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Prólogo

de Monty Roberts

L os perros han desempeñado un papel importante en mi vida. Mi


mujer, Pat, mis hijos y yo hemos tenido varios con el correr de los
años que fueron tiernos compañeros e importantes miembros de nues-
tra familia. Sin embargo, ha sido otra maravillosa criatura la que ha
dominado mi carrera profesional. Me he pasado la vida desarrollando
-ya menudo defendiendo- el método que he descubierro para comu-
nicarme con los caballos.
En todo este tiempo me ha resultado evidente el enorme interés que
tiene el mundo de los perros por mis ideas. En todas las partes del
mundo a las que voy, en mis demostraciones hay siempre cuatro veces
más propietarios y adiestradores de perros que domadores de caballos.
Casi sin excepción, tienen comentarios firmes y positivos que hacer
sobre mi método.
Si pudiera volver a empezar, disfrutaría del reto de adaptar mis ideas
y trasladarlas al mundo del perro. Pero tal y como están las cosas, tengo
más que suficiente para mantenerme ocupado desarrollando mi propia
disciplina y compartiéndola con otras personas. Mortunadamente, en
los últimos años, he sabido de una adiestradora canina de gran talento
que, inspirada en mi método, ya ha emprendido esta tarea.
Me sentí profundamente emocionado cuando me enteré del trabajo
quejan Fennell ha venido haciendo en Inglaterra. He tenido la fortu-
na de conocerla allí y me ha contado muchas cosas que me recuerdan
mis propias primeras experiencias. Como a mí, ajan le parece profun-
damente injusta la forma en que el hombre ha maltratado a veces a un
animal que afirma llamar "su amigo". Ella también cree apasionada-
mente que la 'violencia no tiene lugar en nuestra relación con los ani-
males. Asimismo, sueña, como yo, con un mundo en el que todas las
especies puedan vivir en paz.

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Saber escuchar al perro

Igual que me sucedió a mí, Jan ha tardado en armarse del coraje


necesario para contar su historia. Yo fui dando largas al asunto duran-
te años antes de escribir mi primer libro, El hombre que escuchaa los
caballos!.Jan ha sido igual de cuidadosa para esperár a publicar sus
ideas. Ahora siente la confianza que le da su experiencia y está prepa-
rada para compartir su extraordinario trabajo. con un público más
amplio.
En esta empresa, les deseo a ella y a sus ideas lo mejor. Estoy segu-
ro de que habrá quienes la critiquen. Si la experiencia me ha enseñado
algo, es que la naturaleza humana tiene una capacidad casi ilimitada
para la negatividad. Cada uno de nosotros debería tener presente que,
por cada grano de negativo dentro de la comunidad humana, hay una
montaña de positivo esperándonos entre los animales. Sin embargo,
también debemos mencionar que por cada persona negativa, hay lite-
ralmente cientos que tienen sed de una mejor forma de tratar con los
mejores amigos del hombre.
Me enorgullece pensar que aferrándome a mis creencias he ayudado
a hacer del mundo un mejor lugar para el caballo y espero que también
para las personas. Confío en que este libro pueda lograr lo mismo para
otra criatura muy especial: el perro.

Monty Roberts

1 El hombre que escucha a los caballos (Ed. Tutor, Madrid, 2002).

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..--
Introducción

C reo firmemente en la importancia de aprender de los errores que


cometemos en la vida. Y con razón, porque yo misma he cometi-
do más de la cuenta, tanto en mis relaciones con personas como con
perros. De todas las lecciones que éstos me han enseñado, ninguna fue
tan dolorosa como la que recibí en el invierno de 1972. Me parece
oportuno empezar contándoles la tragedia de Purdey. Por razones que
pronto resultarán evidentes, su historia es inseparable de la mía propia.
Era la época en que me había casado y estaba criando a mis dos hijos
pequeños, mi hija, Ellie, nacida aquel febrero, y Tony, que entonces
tenía dos años y medio. Vivíamos como una familia en Londres, pero
acabábamos de decidir trasladamos al campo, exactamente a una aldea
de Lincolnshire, un condado en pleno centro de Inglaterra. Como tan-
tas personas que se sienten atraídas por la vida rural, todos nosotros
estábamos deseando dar largos paseos por el campo y decidimos que
nos gustaría la compañía de un perro para llevado con nosotros. En vez
de comprarnos un cachorro que acabe de nacer, pensamos en acoger a
un perro ya crecido. Nos gustaba la idea de ofrecer un hogar a un ani-
mal que hubiera recibido un trato injusto, así que allá que nos fuimos
todos a la RSPCN y vimos a esta monada de perrita, un cruce de
Border collie y"Whippet, blanca y negra, que tenía ya seis meses. Nos
la llevamos a casa, y decidimos llamada Purdey. '

No era el primer perro de mi vida. Ése había sido Shane, un magní-


fico Border collie tricolor que me había regalado mi padre cuando era
una adolescente de 13 años que crecía en Fulham, al oeste de Londres.
Siempre me habían encantado los perros y de niña me había inventado
una perrita imaginaria llamada Lady. Recuerdo a mi abuela siguiéndo-
me cariñosamente la corriente y hablándole a mi amiga de ficción con-

2 Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals, la Sociedad Protectora de Animales
británica, lit. "Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales". (N. d. T)

II
Saber escuchar al perro

migo. Creo que entonces ya veía a los perros, igual que ahora, como
modelos de amor incondicional y absoluta lealtad, cualidades que son
difíciles de encontrar en los seres humanos. La llegada de Shane a
nuestra familia sólo había confirmado mis sentimientos.
Adiestré a Shane con mi padre, según la técnica que papá había
empleado él mismo de joven para educar a sus perros. Papá era un
hombre bondadoso, pero también estaba decidido a que el perro hicie-
ra lo que se le ordenara. Si Shane hacía algo mal, recibía un cachete
en la nariz o un azote en las nalgas. Pero yo también recibía un azote en
el trasero y pensaba que estaba bien, especialmente porque Shane era
una criatura extremadamente inteligente y parecía comprender lo que
. queríamos. Todavía puedo recordar el orgullo que yo sentía alllevarlo
a los parques de Putney Heath y Wimbledon Common en el autobús
númerp 74. Shane se sentaba a mi lado sin correa, comportándose
impecablemente todo el tiempo. Era un perro extraordinario.
Si algo funciona, seguimos haciéndolo; como suele decirse, no se
remienda lo que no está roto. Así que cuando cogimos a Purdey deci-
dí aplicad e el mismo método que había empleado con Shane, ense-
ñándole la diferencia entre lo que estaba bien y lo que no con una mez-
cla de amor, afecto, y fuerza, cuando era necesario.
Al principio este método parecía funcionar también con Purdey. Se
comportaba bien y congenió fácilmente con la familia en Londres.
Los problemas empezaron cuando finalmente nos trasladamos a Lin-
colnshire aquel septiembre. Nuestro nuevo hogar no podría haber
ofrecido mayor contraste con el ruidoso y superpoblado Londres.
Vivíamos en un pueblecito aislado. No había farolas, los autobuses sólo
pasaban dos veces por semana y había que caminar seis kilómetros y
medio hasta la tienda más próxima. Recuerdo que cuando era muy
pequeña, me llevaron por primera vez al mar. Al vedo, huí de él des-
pavorida corriendo colina arriba. Mi expresión de niña de tres años fue
"muy muy gande" y, si ella hubiera podido hablar, estoy segura de que
es lo que hubiera dicho Purdey sobre su nuevo hogar. Todo parecía
"muy muy grande".
A poco de llegar, Purdey empezó a comportarse de un modo que en
aquel momento creí extraño y no poco preocupante. Se iba corriendo
al campo y desaparecía durante horas; luego regresaba habiéndoselo
pasado obviamente en grande en algún sitio. También estaba hiperacti-
va y parecía que la mínima cosa o el ruido más insignificante la ponían

12
Introducción

en tensión. Me seguía absolutamente adondequiera que yo fuera, lo


que resultaba molesto porque mis dos hijos eran pequeños. No me
gustaba nada que vagara así por el campo. Todos tenemos la responsa-
bilidad de asegurar que nuestros perros no pongan en peligro ni moles-
ten a otras personas. Pero decidí que me había hecho cargo de aquella
perra e iba a seguir con ella. Le debía una ayuda para que se asentara y
tenía confianza en que lo conseguiría. Los acontecimientos, sin embar-
go, pronto me sobrepasaron.
El primer indicio que percibí de que algo iba mal fue cuando un
granjero de la zona vino a verme. Me dijo en términos inequívocos
que, si no mantenía a aquella perra bajo control, tendría que pegarle un
tiro él mismo. Me quedé anonadada, desde luego, pero también enten-
dí las razones de aquel hombre porque tenía ganado y Purdey eviden-
temente corría tras los animales y les acosaba. Así que la metimos en el
enorme jardín de más de 60 metros que teníamos, pasamos una cuer-
da por su collar y la atamos a la de tender la ropa, para que no pudiera
alejarse. Pero aun así se escapaba en cuanto podía.
Las cosas empeoraron una fría mañana de invierno justo antes de
Navidad. Yo había bajado con los niños y estaba siguiendo nuestra
habitual rutina para comenzar el día. Purdey corría por todos lados fre-
néticamente, que era lo que siempre hacía a primera hora de la maña-
na. Recuerdo que Ellie estaba gateando en el suelo, mientras Tony
jugaba a ayudarme, clasificando una pila de ropa que yo tenía en la sala
de estar. Al entrar en la cocina, que daba directamente a la sala de estar,
para recoger sus desayunos, oí un fuerte estrépito. Nunca olvidaré lo
que vi cuando me di la vuelta. La perra había saltado sobre Tony y le
había empujado a través de uno de los vidrios de una puerta corredera
de cristal. Había vidrios rotos por todas partes. Desde ese momento
fue como si todo sucediera a cámara lenta. Recuerdo a Tony mirándo-
me con aquella expresión atónita, helada, mientras Dr-sangremanaba a
chorros de su carita. Recuerdo que corrí hasta Tony, le cogí en brazos
y agarré un pañal afelpado limpio de una pila de ropa. Mis días como
voluntaria en St John Ambulance3 me habían enseñado a comprobar,
en este tipo de accidentes, si había fragmentos de cristales en las heri-
3 La mayor institución benéfica de primeros auxilios, transporte y atención humanitaria del
Reino Unido. También está presente en otros países. Entre sus diversas actividades, forma soco-
rristas. Cuenta en la actualidad con más de 47.000 voluntarios, la mitad de los cuales son jóvenes
menores de 18 años. (N. d. T)

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:J
Saber escuchar al perro

das. Cuando me quedé convencida de que no había ninguno, empecé a


presionar el pañal sobre su cara, aplicando tanta presión como podía
para detener el flujo de sangre. Luego me lo cargué en brazos y me
dirigí hacia Ellie que estaba milagrosamente sentada y quieta en medio
de aquel mar de vidrios rotos. La recogí con el brazo que tenía libre y
me senté allí de rodillas pidiendo ayuda. Mientras tanto Purdey corre-
teaba alrededor como una loca, ladrando y saltando en el aire como si
estuviera jugando a un juego formidable.
Era la pesadilla que ninguna madre desea tener. Cuando después de
un cierto tiempo llegó la ayuda, los amigos y la familia fueron unáni-
, mes. Las heridas de Tony eran espantosas y le quedarían marcas de por
vida. "Esta perra es mala, una fiera", decían. Pero yo todavía me sentía
responsable de Purdey, y estaba decidida a dar a la perra otra oportu-
nidad. Continuó metiéndose en problemas de vez en cuando, pero'cpor
lo menos durante un par de meses, todo se mantuvo relativamente en
calma.
y entonces, una soleada mañana de invierno, justo antes del primer
cumpleaños de Ellie en febrero, me encontraba en otra parte de la casa
mientras Ellie estaba en el suelo jugando con sus juguetes, bajo la vigi-
lancia de mi madre. En cuanto oí el chillido de mi madre, me di cuen-
ta de que algo había sucedido. Cuando llegué a la sala de estar, mi
madre sólo acertó a gritar: "La perra la ha mordido, Ellie no ha hecho
nada y la perra la ha mordido. La perra se ha vuelto loca". No quería
creerlo. Pero cuando vi que Ellie tenía un pequeño corte bastante feo
encima del ojo derecho, no me quedó otra opción. La cabeza me daba
vueltas. ¿Por qué había pasado esto? ¿Qué había hecho Ellie? ¿Dónde
me había equivocado en el adiestramiento? Pero yo sabía q~e ya había
pasado el momento de hacerse preguntas.
En cuanto se enteró de la noticia, mi padre vino a verme. De niña le
había oído hablar de uno de sus perros favoritos, un cruce de perro pas-
tor y Olde English bulldogge llamado Gyp, y de cómo se había vuelto
"loco". Mi abuela había estado intentando que se quitara de un sofá y él
la había intentado morder. Según la manera de pensar de mi abuelo, si
un perro podía revolverse contra la mano que le daba de comer es que
estaba condenado, así que a Gyp se le sacrificó. Mi padre no tenía que
explicármelo con más detalle. "Hija, ya sabes lo que tienes que hacer:
cuando se les va la cabeza, se les va", dijo con tristeza. "No pierdas
,tiempo, hazlo cuanto antes." Aquella noche mi marido volvió del tra-

14
Introducción

bajo. "¿Dónde está la perra?", me preguntó. "Ha muerto", le dije. La


había llevado al veterinario aquella tarde y la había hecho sacrificar.
Durante mucho tiempo, una parte de mí estaba convencida de que
había hecho lo correcto con Purdey; pero, al mismo tiempo, siempre
creí que le había fallado, que era culpa mía, no suya. Incluso en el
momento de sacrificarla, sentía que estaba abandonándola. Tardé casi
veinte años en confirmar mis sospechas. Lo que ahora sé es que todo
el comportamiento de Purdey estaba causado por mi incapacidad para
comprender a aquella perra, para comunicarme con ella, para mostrar-
le lo que yo quería verdaderamente. Para decirlo con la mayor claridad:
era una perra, un miembro de la familia canina, no de la humana, pero
yo estaba usando con ella un lenguaje humano.
< Durante los últimos diez años he aprendido a escuchar y a com-
prender el lenguaje de los perros. A medida que ha ido creciendo esa
comprensión, he podido comunicarme con ellos, y ayudarles -a ellos y
a sus dueños- a superar sus problemas. En muchas ocasiones mi inter-
vención ha evitado que un perro fuera sacrificado a causa de su com-
portamiento aparentemente incorregible. El gozo que he sentido cada
vez que he salvado la vida de un perro de esta manera ha sido inmen-
so. Mentiría si no admitiese que está también teñido del remordimien- .
to de no haber aprendido estos principios a tiempo para salvar a
Purdey.
El objetivo de este libro es comunicar los conocimientos que he
adquirido. Explicaré cómo llegué al método que empleo actualmente.
Seguiré después esbozando cómo puede usted aprender este lenguaje
por sí mismo. Igual que el aprendizaje de cualquier lengua, tiene que
tomarse en serio. Si lo aprende con desgana o sin poner en ello tod~ el
alma, sólo conseguirá confundirse a sí mismo y al perro con el que esté
intentando comunicarse. Si lo aprende bien, puedo asegurarle que su
animal le recompensará con su cooperación, su lealtad y su amor. .

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Capítulo 1

Ellenguaje perdido
"Elperro es un león en su propio hogar." Provervio persa

L a humanidad ha perdido muchos secretos en el curso de su histo-


ria. Entre ellos se encuentra la verdadera naturaleza de nuestra
relación con el perro. Como muchos millones de personas de todo el
mundo, siempre he sentido que existe una especial afinidad entre nues-
tras dos especies. Va más allá de la mera admiración por las capacida-
des atléticas del perro, su inteligencia y su belleza. Hay en ello un
vínculo intangible, algo especial que nos conecta y que probablemente
ha existido desde los más remotos comienzos.
Durante casi toda mi vida, esta sensación se fundaba en poco más
que el instinto, un acto de fe, si se quiere. Hoy, sin embargo, la rela-
ción del ser humano con el perro es el tema de un creciente conjunto
de datos científicos fascinantes. Tales pruebas indican que el perro no
es sólo el mejor amigo del hombre, sino también el más antiguo.
Según las investigaciones más actualizadas que he leído, las historias
de las dos especies se entrelazaron desde hace mucho tiempo: 100.000
años a. C. Fue entonces cuando el hombre moderno, el Homo sapiens,
apareció a partir de sus antepasados los neandertales en África y en el
Oriente Próximo. Fue también por esta época cuando el perro, Canis
jamiliaris, empezó a evolucionar a partir de su antepasado, el 1000,
Canis lupus. Hayal parecer pocas dudas de que los dos acontecimien-
tos estuvieron relacionados y de que el vínculo se estableció en los pri-
meros intentos del hombre por domesticado. Por supuesto, nuestros
antepasados fueron incorporando otros animales a sus comunidades;
los más destacados: la vaca, la oveja, el cerdo y la cabra. Pero el perro,
no fue sólo la primera, sino, con gran diferencia, la adición más exito-
sa a nuestra familia extendida. .

Hay pruebas convincentes que sugieren que nuestros antepasados


valoraron a sus perros por encima de casi todo lo que formaba parte de

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Saber escuchar al perro

su vida. Una de las cosas más conmovedoras que he visto en años


recientes fue un documental sobre los descubrimientos llevados a cabo
en el antiguo yacimiento natufiense de Ein Mallah en el norte de
Israel. Allí, en aquel paisaje reseco y sin vida, los huesos de un perro
joven de una antigüedad de 12.000 años fueron encontrados descan-
sando bajo la mano izquierda de un esqueleto humano de la misma
época. Los dos habían sido enterrados juntos. Da la impresión de que,
evidentemente, el hombre había querido que su perro compartiese con
él su última morada. Descubrimientos similares, que se remontan al
año 8500 a. C. han sido realizados en América, en el yacimiento de
Koster, en Illinois (Estados Unidos).
La sensación de qúe el hombre y el perro compartieron una singu-
lar intimidad viene confirmado por el trabajo llevado a cabo por soció-
logos en ciertas comunidades de Perú y Paraguay. En ellas, incluso
actualmente, cuando un cachorro se queda huérfano es habitual que
una de las mujeres se ocupe de su crianza. La mujer cuida y alimenta al
perro hasta que está preparado para valerse por sí mismo. Nadie sabe
con certeza a cuántos años se remonta esta tradición. Sólo podemos
aventurar la intensidad de la relación que los antepasados de estos pue-
blos debieron de tener con sus perros.
Sin duda, nos quedan muchos más hallazgos por descubrir, muchas
más ideas reveladoras que llegar a comprender. Pero incluso con los
conocimientos de que disponemos actualmente, no debería sorpren-
demos que la empatía entre las dos especies fuera tan intensa. De hecho,
más bien al contrario: las enormes similitudes entre los dos animales
los convertirían en compañeros naturales.
La profusión de estudios que han sido realizados en este campo nos
dice que tanto el antiguo lobo como el hombre de la Edad de Piedra
compartieron los mismos instintos impulsores y la misma organización
social. En pocas palabras, ambos era depredadores y vivían en grupos.
o manadas con una estructura muy marcada. Una de las mayores simi-
litudes que compartían era su inherente egoísmo. La respuesta de un
perro ante cualquier situación -como la de un ser humano- es "¿qué
gano yo con ello?". En este caso, es fácil ver que la relación que desa-
rrollaron supuso para ambas especies un enorme beneficio mutuo.
A medida que el lobo menos receloso, más confiado, se asentaba en
su nuevo medio junto al hombre, descubrió que tenía acceso a técnicas
y herramientas de caza más sofisticadas, como, por ejemplo, trampas y

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El lenguaje perdido

flechas de piedra. Por la noche, podía encontrar calor alIado del fuego
del hombre y alimento en forma de sobras de comida desechadas.
Apenas sorprende que el lobo se adaptara con tanta facilidad a la
domesticación que estaba a punto de empezar. Introduciendo alIaba
en su vida doméstica, el hombre cosechaba los beneficios de un reper-
torio de instintos superior. En épocas anteriores de su historia, la enor-
me nariz del hombre de Neandertalle había proporcionado un potente
sentido del olfato; su descendiente se daría cuenta de que, integrando
en la caza al recién domesticado lobo, podía volver a explotar aque-
lla facultad perdida. El perro se convirtió en pieza esencial de la maqui-
naria de caza, ayudando a levantar, aislar y, caso de ser necesario,
acabar con la presa. Desde luego, además de todo esto, el hombre dis-
frutaba de la compañía y la protección que el perro le brindaba dentro
del campamento.
Las dos especies se comprendieron instintiva y completamente. En
sus manadas separadas, tanto el hombre como el lobo sabían que su
supervivencia dependía de la supervivencia de su comunidad. Cada ele-
mento de esta comunidad tenía un papel que desempeñar y lo asumía.
Nada más natural que las mismas reglas fueran aplicadas en las mana-
das ampliadas. Así, mientras los humanos se concentraban en tareas
como la recogida de combustible, la recolección de bayas, las repara-
ciones en las viviendas, y la cocina, el principal papel de los perros con-
sistía en salir con los cazadores para prestarles su vista y su oído.
También desempeñarían un rol parecido una vez de vuelta en el cam-
pamento, actuando como primera línea de defensa, rechazando a los
atacantes y avisando a los humanos de su llegada. El grado de com-
prensión entre el hombre y el perro estaba en su plenitud. Sin embar-
go, en los siglos que han pasado desde entonces, el vínculo se ha roto.
No es difícilver cómo las dos especieshan seguido caminos separa- /
dos. En los siglos transcurridos desde que el hombre se ha convertido
en la fuerza dominante de la Tierra, ha moldeado al perro -y a muchos
otros animales- de acuerdo exclusivamente con las reglas de la socie-
dad humana. El hombre no tardó mucho tiempo en descubrir que
podía ajustar, mejorar y especializar las capacidades de los perros apa-
reándolos selectivamente con propósitos de cría. Ya en el año 7000 a.
c., en el Creciente Fértil de Mesopotamia, por ejemplo, alguien apre-
ció las impresionantes capacidades para la caza del lobo del desierto de
Arabia, una variedad más ligera y rápida que su pariente del norte.

19
Saber escuchar al perro

Lentamente el lobo evolucionó convirtiéndose en un perro capaz de


perseguir y capturar presas en aquel clima extremado y, lo que era más
importante, a hacerla siguiendo las órdenes del hombre. Este perro
-conocido por diversos nombres: Saluki, Lebrel o Galgo persa,
Cazador de gacelas- sigue actualmente sin alteraciones y bien podría
ser el primer ejemplo de perro de pura raza. No fue ciertamente el últi-
mo. En el antiguo Egipto, el Perro de los faraones fue criado para la
caza. En Rusia, el Borzoi o galgo ruso fue criado para la caza de osos.
En Polinesia y América Central, las comunidades desarrollaron inclu-
so razas de perros específicamente para la alimentación.
El proceso ha continuado a través de las épocas, ayudado por la
buena disposición del perro a recibir nuestra impronta. Aquí en
Inglaterra, por ejemplo, la cultura cazadora de la aristocracia terrate-
niente produjo una serie de perros hechos a medida para desempeñar
tareas específicas. En una hacienda rural decimonónica, una jauría típi-
ca incluía un Springer spaniel para levantar (spring)o sacar a la caza de
su refugio, un Pointer o un Setter para localizar y señalar o hacer la
muestra (pointo set) de las aves, y un Retriever, para cobrar (1'etrieve)las
piezas muertas o heridas y llevárselas al perrero.
En otras partes, diversas razas mantuvieron el vínculo histórico
entre el hombre y el perro incluso más estrechamente. En ningún lugar
queda mejor ejemplificado que en el desarrollo de perros guía para los
ciegos. Fue al final de la Primera Guerra Mundial, en una enorme casa
de reposo en el campo, cerca de Potsdam (Alemania), cuando un médi-
co que trabajaba con heridos de guerra notó sólo por casualidad que,
cuando los pacientes que habían perdido la vista se dirigían hacia un
tramo de escaleras, su Pastor alemán les cortaba el paso. El doctor
intuyó que el perro les estaba apartando del peligro. Empezó a adies-
trar a sus perros específicamente para usar esa capacidad natural de
, pastoreo con el fin de ayudar a seres humanos que ya no podían ver. El
perro lazarillo se desarrolló a partir de allí. Puede ser nuestra reversión
más directa a aquella comunidad más primitiva. Ahí estaba un perro
poniendo a disposición del hombre un sentido que había perdido.
Desafortunadamente, es un raro ejemplo de cooperación en el mundo
moderno.
En años más recientes nuestra relación ha cambiado, desde mi punto
de vista, a menudo en detrimento del perro. Nuestros ex-compañeros
para la supervivencia se han convertido en una mezcla de acompañan-

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- - --

El lenguaje perdido

tes y accesorios. La evolución de los perros llamados falderos lo ilustra


perfectamente. Estas razas fueron probablemente iniciadas en los tem-
plos budistas en las altas montañas del Himalaya. Allí, los monjes cria-
ron los robustos Spaniels tibetanos de modo que fueran haciéndose
cada vez más pequeños. Y luego los usaron como si fueran bolsas de
agua caliente, enseñándoles a saltar sobre su regazo y a quedarse bajo
sus túnicas para defenderse del frío. .

En época de Carlos TI de Inglaterra (1660-1685), la idea había lle-


gado hasta este país, donde el English toy spaniel (Spaniel enano
inglés) evolucionó cruzando ejemplares de Setter cada vez más peque-
ños. Con el tiempo, estos minúsculos perros de caza fueron mimados
por sus pudientes amos y cruzados con razas de perros enanos traídos
de Oriente. La historia de la raza todavía es apreciable hoy día en los
característicos rasgos de la cara achatada del King Charles spaniel
(Spaniel rey Carlos). Éste fue, en mi opinión, un momento transcen-
dental de la historia de la relación del hombre con el perro. Para el
perro nada había cambiado, pero para su ex-compañero, la relación era
enteramente nueva. El perro había dejado de tener una función más
allá de la meramente decorativa. Era un preludio de lo que se avecinaba.
Hoy día, son escasísimos los ejemplos de la antigua relación que
hombre y perro disfrutaron. Nos vienen enseguida a la mente los pe-
rros de trabajo, como los de caza, policía o granja, aparte de los perros
guía que ya he mencionado. No obstante, son las rarísimas excepcio- .-----

nes. En general, hoy tenemos una cultura y una sociedad en la cual


no se ha concedido consideración al lugar del perro. La antigua leal-
tad ha sido olvidada. Nuestra confianza ha llegado a dar asco y con
ello la comprensión instintiva que compartieron las dos especies se ha
perdido.
De nuevo, es fácil ver por qué ha habido un fallo en las comunica-
ciones: las pequeñas comunidades en las cuales comenzó nuestra his-
toria han sido reemplazadas por una sociedad enorme y homogénea,
una aldea global. Nuestras vidas en las grandes ciudades nos han
hecho anónimos, y no reconocemos a la gente que nos rodea. Si nos
hemos divorciado de,las necesidades de nuestros prójimos humanos,
con los perros hemos perdido completamente el contacto. Como noso- .l
tros hemos aprendido a abordar todo lo que te1).emosque afrontar en
nuestra sociedad, simplemente hemos supuesto que nuestros perros
han hecho lo mismo:; La verdad es que no. Hoy, el concepto que el

. l." 21

. ::-~~7"
",
Saber escuchar al perro

hombre tiene del papel del perro y la idea que el perro tiene de su posi-
ción están completamente enfrentadas. Pretendemos que esta sola es-
pecie se atenga a nuestras normas de comportamiento, que viva según
reglas que nunca impondríamos a otro animal; una oveja o una vaca,
pongamos por caso. Hasta a los gatos se les permite que se rasquen
solos. Sólo a los perros se les dice que no pueden hacer lo que quieran.
Es irónico -y en mi opinión, trágico- que del millón y medio de
especies conocidas de este planeta, la única dotada de suficiente inteli-
gencia para apreciar la belleza de otros seres no sepa respetar a los
perros por lo que son. En consecuencia, el excepcional entendimiento
que existió entre nosotros y nuestros antiguos mejores amigos casi ha
desaparecido. No es de extrañar que haya actualmente más problemas
con los perros que nunca.
Por supuesto que hay mucha gente que vive perfectamente feliz con
sus perros. El antiguo vínculo sobrevive puro en alguna parte de nues-
tro interior. Ningún otro animal evoca el mismo conjunto de emocio-
nes o sirve de base para relaciones de tanta ternura. Pero sigue siendo
un hecho que la gente actual que vive en armonía con sus perros ha lle-
gado a esta situación por un accidente feliz más que a través del cono-
cimiento. Nuestra conciencia del lenguaje instintivo, sin palabras, que
compartimos con nuestros perros se ha perdido.
Durante la última década, he intentado superar esta división, resta-
blecer aquel vínculo que existía entre hombre y perro. Mi búsqueda de
este medio de comunicación perdido ha sido larga y a veces frustrante.
. Pero al final ha sido la empresa más gratificante y emocionante que
haya emprendido jamás.

22
Capítulo 2

Una vida rodeada de perros

A hora me cuesta imaginario, pero hubo una época en la qutfno


podía afrontar la perspectiva de volver a establecer un lazo -de
amistad con otro perro. En el espantoso período que siguió a la muer-
te de Purdey, me sentía profundamente desilusionada. En un momen-
to dado, incluso creo que llegué a salir con la típica frase: "Jamás
volveré a tener otro perro en esta casa". Pero la realidad era que mi
afecto por los perros era demasiado profundo. Y al año, poco más o
menos, de la muerte de Purdey, un pequeño perro de caza estaba
curando las cicatrices que me había dejado mi trágica pérdida.
A pesar de nuestro temprano revés, mi familia y yo nos habíamos
adaptado bien a la vida de campo. Fue el interés de mi marido por la
caza lo que volvió a traer perros a nuestro hogar. Un día del otoño de
1973, regresó de una partida de caza al salto lamentando carecer de un
buen perro. Había visto un conejo herido escabulléndose en el bos-
que adonde iría a morir. "Si tuviera un perro, eso no habría pasado",
dijo con una mirada que dejaba pocas dudas sobre lo que estaba pen-
sando.
Así fue como aquel septiembre, el día de su cumpleaños, llegó a la
casa su primera perra de caza, una Springer spaniel a la que llamamos
Kelpie. Le encantó la perrita tanto como a mí. Iba a ser el comienzo de
mi duradera predilección por esta maravillosa raza. .

Como supongo era de esperar, estábamos aterrorizados por la idea


de repetir la experiencia de Purdey e inmediatamente compré uno de
los habituales manuales sobre adiestramiento de perros de caza. Tengo
que confesar que nuestros primeros esfuerzos para moldearIa no fue-
ron precisamente un éxito clamoroso; más bien al contrario.
Queríamos adiestrar a Kelpie para cobrar piezas, tarea poco natural
para un perro de muestra especializado en levantar la caza.
Ateniéndonos rígidamente al libro, la iniciamos arrojándole objetos
para que los recogiera y nos los devolviera. El libro insistía en la impor-

23
Saber escuchar al perro

tancia de comenzar con algo muy ligero. La idea era enseñar a la perra
a que mordiera "suavemente" los objetos que cobrara.
Decidimos usar uno de los antiguos baberos de Ellie, al que hicimos un
nudo. Una mañana sacamos a Kelpie al aire libre, lanzamos el babero y
esperamos que nos lo trajera. Nos emocionó mucho cuando ella dio un
brinco y fue a recoger el babero, pero nuestras expresiones pronto cam-
biaron cuando pasó corriendo por nuestro lado y se metió en casa.
Recuerdo a mi marido dirigiéndome una mirada perpleja: "Y ahora, ¿qué
dice el libro que tenemos que hacer?", preguntó. En aquel momento creo
que todos nos partimos de risa. Cometimos un montón de errores con
Kelpie, pero también nos divertimos mucho. Siempre que hoy se me sube
a la cabeza mi talento o me siento demasiado segura sobre la capacidad
que tengo de controlar a los perros, me acuerdo de aquel momento.
Pero Kelpie era, al fin y al cabo, la perra de mi marido. Yo estaba tan
encantada con ella y con lo bien que había encajado en nuestra vida que
poco después decidí tener mi propia perra. Me había enamorado sin
remedio de la raza Spaniel y compré una cachorrita de nueve semanas,
una Springer spaniel con linaje de campeones. La llamé Lady, por la
perra imaginaria que había tenido de niña.
Estaba menos interesada en la caza que en la crianza de perros y en
las exposiciones caninas. Lady fue quien me inició en ese fascinante
mundo. A mediados de la década de 1970, vlajaba con ella a exposicio-
nes por todo el país. Era una perra encantadora y tenía mucho éxito
con los jueces adondequiera que íbamos. En 1976, Lady se había clasi-
ficado para la exposición canina más prestigiosa, la de Cruft's, en
Londres. El día que viajamos hasta el famoso centro de exposiciones
Olympia fue un momento que me llenó de orgullo.
Encontré el mundo de las exposiciones caninas gratificante y extra-
ordinariamente divertido. Ante todo, era una gran red social, una
forma de conocer gente que compartía los mismos gustos. Dos de los
mejores amigos que hice fueron Bert y Gwen Green, una pareja bien
conocida en el mundillo, cuya línea de perros, con el afijo Springfayre,
era enormemente popular. Bert y Gwen conocían mi interés por ini-
ciarme en la cría de perros. Fueron ellos quienes me regalaron a
Donna, una perra de tres años, que era la abuela de Lady. Donna tenía
todo lo necesario para ser una buena perra de base y me ayudó a empe-
zar mi propia línea de cría. Pronto me había dado mi primera camada,
y me quedé uno de los siete perros, al que llamé Chrissy.

24
Una vida rodeada de perros

Chrissy era un ejemplar de exposición que se convirtió en un perro


de caza de mucho éxito. Ganó uno de los certámenes en la categoría de
cachorros a la edad de ocho meses y se clasificó también para Cruft's.
El momento álgido de mi vida con él sucedió en octubre de 1977,
a
cuando le llevé al Show Spaniels Field Day amada de Campo para
Spaniels de Exposición), una prestigiosa muestra de perros de caza que
se hubiesen clasificado para Cruft's. El concurso juzgaba los perros sólo
por sus capacidades de trabajo. Como suele decirse, no cabía en mí
cuando Chrissy ganó el premio como Mejor Springer de la Jornada.
Recuerdo vivamente el momento en que el juez me entregó la escara-
pela de ganador. "Bienvenida a la elite", me dijo. Después de aquello
sentí verdaderamente que había llegado a ser alguien en el mundo del
perro.
Animada por este éxito, seguí mejorando mi línea de cría gracias a
dos perras de buena raza y creo que gané una reputación bastante con-
siderable. Durante esta época, siguieron añadiéndose nuevos ejempla-
res a la colección de perros de la familia. Trágicamente, Donna murió
de un tumor en 1979, con sólo ocho años de edad, pero en el período
post~rior también compré para mi hija una Cocker spaniel llamada
Susie, y crié perros con su hija Sandy.
Sin embargo, fue Khan, uno de los English springer spaniels que yo
había criado, quien me proporcionó mi mayor éxito, al ganar en su
categoría en muchos concursos y el premio Best of Breed (el mejor de
su raza). Era un perro maravilloso de hermosos rasgos, en especial el
tipo de rostro cálido pero masculino que siempre estaban buscando los
jueces. En 1983 se clasificó para Cruft's, emulando la hazaña de seis de
mis anteriores perros. Me dio un enorme placer que ganase en su cate-
goría. También en este caso me llena de orgullo recordar el momento
en que recibí el diploma de ganador.
Como ya he explicado, conocí a personas maravillosas y afables que
me enseñaron mucho. Pero la más sabia de todas ellas fue sin duda Bert
. Green. Recuerdo que solía decirme: "Dudo que le hagas ningún bien
a la raza; pero no le hagas ningún daño". Con esta frase quería decir
que teníamos la responsabilidad de mantenemos fieles a los principios
de la fraternidad de criadores de perros.
Para mí, criar perros conllevaba su propia serie de responsabilidades,
en especial porque casi todos los pocos perros que crié iban encon-
trando acomodo, con todas las precauciones debidas, en hogares de

25
Saber escuchar al perro

diversas familias. Era responsabilidad mía asegurar que estos perros


tuvieran temperamentos que convirtieran su posesión en un placer. Así
que inevitablemente me había pasado mucho tiempo adiestrándolos,
trabajando en lo que todo el mundo solía llamar "clases de obediencia".
Fue aquí donde el malestar que yo había sentido durante tanto tiem-
po sobre nuestra actitud hacia los perros realmente aflaró. El recuerdo
de Purdey era una nube constante en el fondo de mi alma. Estaba
siempre preguntándome lo que había hecho mal, cuestioándome si de
alguna manera la había adiestrado incorrectamente.
Mi creciente malestar se vio alimentado por la desconfianza que sen-
tía acerca de los tradicionales métodos de adiestramiento por imposi-
ción. En mis técnicas de adiestramiento no había entonces nada radical
ni revolucionario. Al contrario, en la mayoría de los sentidos era tan
conservadora como todos los demás adiestradores. Pasaba por la ruti-
na de adiestrar al perro a sentarse y a quedarse quieto empujándolelas
nalgas hacia el suelo, a que se pusiera a mi lado con un tirón del collar
de ahogo y a seguirme. E inculcaba estas formas de disciplina median-
te los métodos consagrados par la tradición.
Sin embargo, a medida que pasaba cada vez más tiempo adiestrando
perros, empezó a tomar forma una molesta duda sobre lo que estaba
haciendo. Era como si una voz en el fondo de mi alma estuviera dicién.,.
dome constantemente: estás obligando al perro. a hacer esto; pero el
perro no quiere hacerlo. En realidad, yo había detestado siempre la
palabra "obediencia". Tenía la misma connotación que "domar" en el
mundo del caballo. Simplemente ponía de relieve la realidad de la si-
tuación, que lo que estaba empleando era un tipo de imposición, una
forma de contrariar la voluntad del animal. En mi opinión, es como la
palabra "obedecerás" en los votos de matrimonio. ¿Por qué no usar
términos como "colaborarás", "trabajarás junto a", "cooperarás"?
"Obedecer" me resulta demasiado emotivo. Pero ¿qué podía hacer al
respecto? No había libros sobre cómo obrar de otro modo. Y ¿quién
era yo para poner las cosas en duda? No había más vuelta de hoja; tení-
as que tener a tu perro bajo control, no podías permitir que fuera
corriendo por ahí completamente descontrolado. Es responsabilidad
nuestra, como lo es con nuestros hijos, hacerles socialmente responsa-
bles. No tenía una verdadera alternativa.
No obstante, fue en esta época cuando empecé con mis tentativas
para que el proceso de adiestramiento resultara más benévolo cuando

26
Una vida rodeada de perros

fuera posible. Con esta idea en mente comencé a introducir sutiles


cambios en mi técnica. El primero no suponía nada más complicado
que un simple cambio de lenguaje. Como ya he explicado, estaba
empleando los métodos tradicionales de imposición, incluyendo ellla-
mado collar de ahogo. En mi opinión, el nombre estaba mal puesto.
Usado correctamente, el collar. no debía nunca ahogar al perro, sino
tan sólo controlado. Según lo entendía yo, no tenía sentido empleado
para dar tirones del perro hacia atrás. Así que intenté suavizar la ter-
minología para conseguir suavizar la actitud de las personas.
Como parte del adiestramiento, enseñaba a la gente a emplear la
correa para hacer un ruido ligero, un chasquido, que el perro recono-
ciera como señal anticipatoria antes de adelantarse a su dueño. Cuando
oía la correa, reaccionaba para evitar el ahogo. Así que para mí y mis
alumnos, eran collares de control más que de ahogo. Fue un cambio
menor, pero la diferencia de énfasis era fundamentaL
Intenté hacer lo mismo en el adiestramiento de las pautas junto al
amo. N o aprobaba el método que empleaba la mayoría de la gente, que
suponía coger la correa y derribar al perro. Creía que era un error. Mi
forma original de conseguir que se echase era hacer que el perro se sen-
tara y luego inclinade suavemente hacia un lado retirándole la pierna
más cercana al adiestrador. Siempre que podía, buscaba un método más
suave dentro de los parámetros tradicionales del trabajo.
Mientras lo hacía, tuve mucho éxito enseñando a otras personas a
trabajar con sus perros. Pero los cambios que yo estaba consiguiendo
suavizando el enfoque eran muy pequeños. La filosofía central seguía
siendo la misma.. Estaba obligando al perro a hacerlo. Siempre sentía
que estaba imponiendo mi voluntad al perro en vez de conseguir que
hiciera por propia voluntad lo que yo quería. E intuía que el perro no
sabía por qué lo estaba haciendo. Las ideas que cambiaron todo esto
comenzaron a tomar forma a finales de la década de 1980.
En aquella época, mi vida había cambiado considerablemente. Me
había divorciado, y mis hijos habían crecido y estaban camino de la
universidad. Yomisma había estudiado psicología y conductismo como
parte de una licenciatura en 'literatura y ciencias sociales en la
Universidad de Humberside. Tuve que dejar las exposiciones caninas a
causa del divorcio. Justo cuando la gente estaba empezando a respetar,...
me y yo a tener éxito, todo me fue arrebatado de repente: fue muy frus-
trante. De mala gana, tuve que desprenderme de algunos de mis perros.

27
Saber escuchar al perro

Mientras tanto, mantuve un grupo de seis ejemplares. En la época en


que nos trasladamos a una nueva casa en el norte del condado de
Lincolnshire en 1984, me faltaba el tiempo necesario que requiere el
exigente mundo del perro de competición. Yo estaba trabajando dema-
siado para mantener a mis hijos como para poder permitirme el lujo de
competir o criar a tiempo completo. Aparte de mis propios perros, mi
contacto con ese mundo quedó reducido al trabajo que hacía en un
refugio para animales que había cerca de casa, el Jay Gee Animal
Sanctuary, y a escribir una página dedicada a las mascotas para un
periódico local.
Mi pasión por los perros siguió siendo tan grande como siempre. La
única diferencia entonces era que tenía que encauzarse en otra direc-
ción. Mi interés por la psicología y el conductismo había continuado
desde la universidad. El conductismo en particUlar se había convertido
ya entonces en parte de la corriente dominante. Había leído a Pavlov y
a Freud, a B. F. Skinner y a todos los expertos reconocidos en este
campo y, para ser sincera, encontré mucho con lo que podía estar de
acuerdo. La idea, por ejemplo, de que cuando un perro te salta encima
está intentando establecer una jerarquía, y se te está subiendo enci-
ma para ponerte en tu sitio. O la idea de que un perro se abre paso para
ponerse por delante cuando te diriges a una puerta porque está com-
probando que no hay moros en la costa, protegiendo la guarida, y cree
ser el líder.
También comprendí y acepté la idea de lo que se llamaba "ansiedad
por separación". El punto de vista de los conductistas era que un perro
destroza los muebles a mordiscos o destruye la casa porque está sepa-
rado de su dueño y esa separación le causa un enorme estrés. Todas
estas cosas tenían pleno sentido y me fueron de gran ayuda. Pero en mi
opinión faltaba algo. Lo que yo seguía preguntándome era: ¿por qué?
¿De dónde sacaba el perro esa información? En aquella época yo me
preguntaba si no estaría loca por llegar siguiera a plantearme cosas
como éstas, pero ¿por qué un perro es tan dependiente de su amo que
le resUlta estresante estar separado de él? Entonces no lo sabía, pero
estaba considerando la situación desde el punto de vista equivocado.
No creo exagerado decir que mi actitud hacia los perros -y mi vida-
cambió una tarde de 1990. En aquella época, también trabajaba con
caballos. El año anterior, una amiga l11Ía,Wendy Broughton, cuya
yegua China, que antériormente había sido de carreras, la había estado

28
Una vida rodeada de perros

montando yo desde hacía bastante tiempo, me había.preguntado si


estaba interesada en ir a ver a un vaquero norteamericano llamado
Monty Roberts. Le haoía traído la Reina para demostrar sus innova-
doras técnicas con los caballos. Wendy le había visto dar una exhibición
en la que había conseguido que un caballo que nunca había sido ensi-
llado aceptase la silla, la brida y el jinete en menos de treinta minutos.
Era, al menos a primera vista, muy impresionante, pero ella seguía
siendo escéptica. "Debe de haber trabajado antes con el caballo", pen-
saba. Estaba convencida de que había sido pura chiripa.
Sin embargo, en 1990, Wendy tuvo la oportunidad de cambiar de
opinión. Había contestado a un anuncio que Monty Roberts había
insertado en la revista Horse & Hound. Estaba organizando otra exhibi-
ción pública y pedía caballos de dos años que no hubieran sido ni ensi-
llados ni montados nunca. Él había aceptado la oferta de Wendy para
aplicar su método a Ginger Rogers, su yegua zaina pura sangre. En
realidad para Wendy era más un reto que una oferta. Ginger Rogers
era una yegua extraordinariamente obstinada. En secreto, estábamos
convencidas de que Monty Roberts estaba a punto de encontrar la
horma de su zapato.
Mientras una tarde soleada de verano viajaba al refugio para anima-
les Wood Green cerca de St Ives (condado de Cambridgeshire), inten-
té mantener la mente abierta, en gran parte po~que tengo inmenso
respeto por el conocimiento que la Reina posee sobre los animales, en
especial sobre sus caballos y perros. Yo pensaba que, si ella creía en este
tipo, tendría que merecer la pena vede actuar.
Supongo que cuando se oye la palabra "vaquero", inmediatamente
se evocan imágenes de John Wayne, personajes de leyenda con som-
breros tejanos y zahones de cuero, escupiendo y maldiciendo a su paso
por la vida. La figura que apareció ante el reducido público aquel día
no podía hallarse más lejos de aquel cliché. Vestido con una gorra de
yóquey, una pulcra camisa azul marino y pantalones beige, parecía más
un caballero rural. Y nada aparentaba en él ser ostentoso ni chillón. De
hecho era muy callado y modesto. Pero había indudablemente algo
carismáticoe insólito en él. Enseguida descubriría hasta qué punto.
Éramos unas cincuenta personas sentadas alrededor del corral circu-
lar que se había montado en la zona ecuestre. Monty Roberts empezó
haciendo algunos comentarios sobre su método y lo que estaba a punto
de mostrar. Sin embargo, los primeros augurios no fueron buenos.

29
Saber escuchar al perro

Monty no sabía que Ginger Rogers se encontraba detrás de él. Mien-


tras hablaba, ella empezó a cabecear lentamente, casi sarcásticamente,
como si asintiera a lo que estaba diciendo. Todo el mundo se partía de
rIsa.
Por supuesto, cuando Monty se dio la vuelta, Ginger se detuvo. Pero
en cuanto se volvió para dar la cara al público, ella volvió a comenzar.
Wendy y yo nos dirigimos una mirada de complicidad. Estoy segura de
que las dos estábamos pensando lo mismo: se está enfrentando con más
de lo que puede soportar. Mientras Monty recogía una cincha y
comenzaba con los prolegómenos de su número, nos sentamos espe-
rando que se armara la marimorena.
Precisamente veintitrés minutos y medio más tarde, estábamos listas
para tragamos nuestras palabras. Ese fue el tiempo que tardó Monty
no sólo en tranquilizar a Ginger, sino también en que aceptase un jine-
te, y en que controlase con facilidad a una yegua que sabíamos con total
certeza que no había sido nunca ni ensillada ni montada en su vida.
Wendy y yo nos sentamos allí en un atónito silencio. Cualquiera que
nos viera aquel día habría visto la incredulidad reflejada en nuestras
caras.Nos quedamosen un estado de shockdurante mucho tiempo des-
pués. Hablamos sobre ello durante días y días. Wendy, que había
hablado con Monty después de su maravillosa demostración, incluso
construyó una réplica del corral circular de marca registrada de Monty
Roberts y empezó a aplicar sus consejos.
Para mí también era como si se hubiera encendido una luz. Había
muchas cosas que me habían calado muy hondo. La técnica de Monty,
como sabe hoy todo el mundo, consiste en conectar -"unirse", como él
dice- con el caballo. El tiempo que pasa en el corral circular lo emplea
estableciendo una compenetración con el caballo, comunicándose de
hecho en el propio lenguaje del animal. Su método se basa en el traba-
jo de una vida con los caballos y, aún más importante, en observados
en su ambiente natural. Lo más impresionante de todo es que en su
método no hay lugar para el dolor ni el miedo. Cree que si no pones al
animal de tu parte, cualquier cosa que hagas será como una violación,
que estarás imponiendo tu voluntad a un ser reacio a aceptada. Y el
hecho de que él estuviera logrando hacer las cosas de modo distinto lo
mostraba claramente la manera en que se ganaba la confianza del caba-
llo. Daba mucha importancia, por ejemplo, al hecho de que pudiera
tocar al caballo en su área más vulnerable, las ijadas. Aquel día, mien-


Una vida rodeada de perros

tras le veía trabajando al unísono con el caballo, mirando y escuchan-


do lo que el animal le estaba indicando, pensé: "Ha dado con ello".
Había conectado con el caballo hasta tal extremo que éste le dejaba
hacer lo que quisiera. Y no había en ello ninguna imposición, ni vio-
lencia, ni presión: el caballo estaba haciéndolo por voluntad propia.
Pensé: "¿Cómo demonios puedo hacer esto con los perros?". Estaba
convencida de que debía ser posible dado que lqS' perros son como
nosotros cazadores-cobradores con quienes tenemos una conexión
mucho mayor históricamente. La pregunta del millón era: ¿CÓMO?

31
Capítulo 3

Escuchar y aprender

M e doy cuenta ahora de que la suerte me estaba sonriendo en esta


época. Si no hubiera empezado a ampliar mi propio grupo de
perros, estoy segura de que nunca habría visto lo que vi. En aquel
momento mi manada se había reducido a un cuarteto de perros: Khan,
Susie y Sandy, y una Beagle que había recogido, llamada Kim. Eran
una pandilla divertida, una maravillosa mezcla de caracteres. Sin
embargo, en aquel entonces yo estaba entrando en otra nueva fase de
mi vida. No tenía ataduras, los niños habían crecido y acababa de per-
der a mis padres. Libre de pensar sobre lo que quería hacer, decidí dar
la bienvenida a mi hogar a una preciosa caéhorrita negra de Pastor ale-
mán llamada Sasha.
Siempre me había gustado la idea de poseer un Pastor alemán, a
pesar de ser una raza que ha tenido mala prensa. La gente los ve como
perros policía, animales agresivos que están siempre atacando a la
gente; por supuesto, nada más lejos de la verdad. Estereotipamos a los
perros exactamente de la misma manera que encasillamos a las perso-
nas. Todos los Pastores alemanes son agresivos; todos los Spaniels son
estúpidos, o a todos los Beagles les gusta vagabundear: ¿quién no ha
oído cosas de este estilo? Pero ~s igual de ignorante que decir que
todos los franceses llevan boina o que todos los mejicanos van por ahí
con sombrero charro: son tonterías. Mi renuencia a tener un Pastor
alemán no tenía nada que ver con esto. Sencillamente no me conside-
raba suficientemente experta como para trabajar con este tipo de perro.
Había oído hablar mucho de su inmensa inteligencia, sobre cómo te-
nías que estimular su cerebro, darles algo en lo que pensar. Siempre me
había parecido que no tenía el tiempo, la paciencia ni, desde luego, los
conocimientos para encargarme de uno de ellos. Pero en aquel mo-
mento quizá sí.
La llegada de Sasha a mi hogar marcó un hito realmente decisivo.
Después de ver a Monty Roberts en acción, yo sabía que tenía que

32
Escuchar y aprender

seguir su ejemplo y observar muy atentamente lo que hacían mis


perros. Tema que dejar de pensar que yo sabía lo que les convenía y
empezar a observarlos con atención. En cuanto empecé a hacerla, los
resultados no tardaron mucho en presentarse. Sasha era una perra
joven e increíblemente activa. Mis demás perros reaccionaron a esta
exuberante nueva presencia de maneras diferentes. La Beagle, Kim,
simplemente la ignoraba. Khan, en cambio, estaba muy satisfecho
jugando con la recién llegada. No le importaba en absoluto que Sasha
le siguiera a todas partes, pegada a él día y noche. Fue Sandy, la Cocker
spaniel de mi hijo Tony, quien tuvo los problemas.
Desde el momento en que Sasha llegó a la casa, Sandy dejó bien
claro que detestaba a esta recién llegada. Sandy, en honor a la verdad,
estaba envejeciendo, ya tenía doce años y simplemente no quería que
esta cachorrilla le estuviera brincando alrededor. Al principio intentó
ignorarla apartando la cabeza, lo que a veces no era fácil porque Sasha,
con sus diez semanas, era ya más grande que Sandy. Cuando esto no
funcionaba empezaba a gruñir por lo bajo y a enseñarle los dientes cur-
vando el labio para que Sasha retrocediera.
Mientras me sentaba y ponderaba lo que estaba sucediendo allí me
di cuenta de que era algo que había visto antes en otra perra mía, una
de mis Springer spaniels originales, Donna, o La Duquesa, como se la
conocía. Como este sobrenombre sugiere, había en Donna algo propio
de la realeza. Cuando paseaba por la casa todo el mundo tenía que
apartarse de su camino. Recuerdo que en una ocasión mi madre llegó
y se sentó en el sillón que Donna utilizaba. Donna había estado echa-
da allí enroscada tan feliz. En cuanto mi madre se sentó a su lado, se
alzó, levantó la vista indignada y la empujó fuera del borde. Mi madre
acabó en el suelo. Cuando se levantó y volvió a sentarse, sucedió lo
mismo. Donna volvió a echarla. En aquel momento, por supuesto, nos
hizo muchísima gracia.
Mientras miraba a Sasha y a Sandy me di cuenta de que estaba suce-
diendo de nuevo algo similar delante de mí. Lo había visto en el pasa-
do sin darme cuenta de lo que estaba viendo; pero ahora era como si lo
estuviera presenciando por primera vez. Era evidente lo que estaba
sucediendo: San~y, como Donn~, estaba intentando demostrar quién
era la jefa; estaba relacionado de algún modo con la posición jerárquica.
Lo siguiente que noté fue la intensísima representación que mis
perros realizaban siempre que se encontraban. Si, por ejemplo, llevaba

33
Saber escuchar al perro

a Sasha al veterinario para ponede una inyección, cada vez que ella vol-
vía a casa, inmediatamente ejecutaba esta representación. Yo no sabía
cómo llamado en aquella época, pero ahora diría que era un saludo
ritualizado. Lamía mucho las caras de los demás perros con las orejas
recogidas hacia atrás: siempre sucedía lo mismo.
Al principio no conseguía aclararme. En el caso de Sasha, no sabía si
atribuido a exuberancia juvenil, al hecho de ser nueva en el grupo o a
alguna costumbre que ella había aprendido antes de llegar a mi casa.
Mortunadamente la inspiración que Sasha me proporcionaba no que-
daba limitada a sus acciones. En su aspecto me recordaba mucho a un
lobo. Había leído algo sobre manadas de lobos en el pasado; pero ella
me hizo examinado más atentamente.
Saqué algunos vídeos sobre lobos, dingos y perros salvajes y quedé
impresionada cuando vi inmediatamente este mismo tipo de compor-
tamiento. Me fascinó ver que, situación tras situación, ellos también
realizaban este mismo saludo ritualizado. Estaba segura de que era algo
que tenía que ver con la posición social. Esa intuición fue consolidán-
dose a medida que investigaba más sobre la dinámica de la manada de
lobos, una comunidad en la que todo gira en torno a los líderes, o pare-
ja Alfa.
Analizaré la pareja Alfa con mayor detenimiento más adelante. Por
ahora explicaré simplemente que los dos lobos AlEason los más fuer-
tes, sanos, inteligentes y experimentados de la manada. Su posición
social se mantiene por el hecho de que son los únicos miembros de la
manada que se reproducen, asegurando así que sólo sobrevivan los
genes más saludables. El punto clave aquí es que la pareja Alfa domina
y dicta cada aspecto de la vida de la manada. El resto de la manada
acepta el gobierno de la pareja Alfa y se someten a ellos sin cuestionar
nada. Por debajo de la pareja líder, cada subordinado se conforma con
conocer su propia posición y función vital dentro de esta jerarquía.
Viendo documentales de lobos, era obvio que los saludos rituales
que estaba contemplando estaban todos relacionados con los lobos que
eran, al parecer, la pareja Alfa. Los lobos que parecían ser los que man-
daban no lamían las caras de los demás lobos; todos los demás les lamí-
an a ellos la cara. Estos lametones eran también de naturaleza muy
concreta: eran casi frenéticos y se centraban en la cara. Había otros
indicios también en el lenguaje corporal. Los Alfas tenían un mayor
nivel de confianza, una superior altivez y mantenían un porte distinto;

34
Escuchar y aprender

lo más notable era que llevaban la cola mucho más alta que los demás.
Los subordinados también emitían sus señales. Algunos simplemente
colocaban el cuerpo por debajo de sus líderes. Otros, se supone que los
subordinados más jóvenes y de menor rango, ni siquiera se adelantaban
tanto, simplemente se quedaban atrás. Era como si sólo ciertos lobos
tuvieran derecho a lamer al líder, y otros no.
De nuevo, enseguida me di cuenta de que ya lo había visto antes. La
Duquesa, mi perra Donna, se comportaba exactamente de la misma
forma autoritaria. Pero fue cuando volví a estudiar a mi manada cuan-
do las semejanzas se hicieron realmente obvias. Inmediatamente empe-
cé a ver de nuevo lo mismo. Observé que era como si hubiera reyes,
caballeros y siervos. Estaba claro que los perros de menor nivel eran
colocados en su sitio por quienes estaban por encima de ellos, exacta-
mente igual que dentro de la manada de lobos. Nunca había estableci-
do esta relación. De repente, me di cuenta de que los perros eran
iguales. Representó para mí un gran avance.
También fue Sasha quien me propc')rcionó la prueba más poderosa.
Ya estaba claro para mí, por ejemplo, que ella había adquirido una posi-
ción más alta dentro de la manada. Había aumentado de tamaño y de
confianza lo suficiente para ignorar las protestas de Sandy. Al mismo
tiempo, Sandy se había vuelto más resignada con la situación. Apartaba
la cabeza, agachaba el porte y bajaba la cola.
El cambio de poder era más evidente a la hora de jugar. Cuando yo
lanzaba la pelota o el juguete que estuviéramos usando, le tocaba a
Sasha cobrado. Los demás lo perseguían y brincaban alrededor de él
cuando caía al suelo, pero no había discusión sobre a quién correspon-
día el papel de recoger la pelota. Y si otro perro se acercaba a ella una
vez que la había recogido, Sasha le echaba una miradita, y todo su len-
guaje corporal gritaba: "Es mía, así que retrocede".
En comparación, el lenguaje corporal de Sandy era sumiso; a medi-
da que esta interacción continuaba, su cuerpo se agachaba cada vez
más. De hecho, Sandy había abandonado la lucha y permitido que
Sasha se impusiera como jefa de la manada. La perra más joven había
dado, si se quiere, un golpe de Estado incruento.
Por supuesto, mis perros no estaban exhibiendo siempre este fasci-
nante comportamiento. Había veses en que estaban felices uno en
compañía de otro. Empecé a comprender que esta jerarquía se refor-
zaba sólo en momentos especiales. Así que el siguiente paso era averi-

35
Saber escuchar al perro

guar exactamente cuándo tenía lugar esta comunicación. Noté que esto
sucedía conmigo siempre que llegaba a casa. Pero observando a los
perros más atentamente, vi que el mismo tipo de comportamiento se
repetía conmigo siempre que otra persona se presentaba en la puerta
de la calle. Cuando entraba el visitante, los perros se congregaban a mi
alrededor. Se ponían muy excitados, corrían a la puerta, correteaban
frenéticamente alrededor de los visitantes. Todo el tiempo que hacían
esto, estaban interaccionando, relacionándose, repitiendo este com-
portamiento ritualizado. Vi que lo mismo volvía a suceder cuando saca-
ba las correas y nos preparábamos para dar un paseo. Todos ellos se
excitaban y agitaban, dando saltos y volviendo a interaccionar entre
ellos mientras nos preparábamos para salir de casa.
Una vez más, estudié la manada de lobos y una vez más volví a obser-
var lo mismo. En el caso de los lobos este comportamiento ocurría
mientras la manada se preparaba para salir de caza. Correteaban por
todos lados y competían para ocupar determinada posición; pero al
final era la pareja Alfa la que mantenía erguida la cabeza y alta la posi-
ción de la cola. Y eran siempre ellos quienes guiaban a la manada en
busca de la presa.
Me di cuenta de que los lobos estaban volviendo a establecer quién
era allí el jefe. El líder recordaba a los demás que su papel era guiarles
y el de ellos seguirle. Ésta era la jerarquía y tenían que atenerse a ella
para sobrevivir. Mi manada estaba haciendo evidentemente lo mismo.
Pero lo que en realidad me interesaba en aquel momento era el hecho
de que me incluyeran a mí. Por la forma en que mis perros reacciona-
ban a mi alrededor estaba claro que yo formaba, de algún modo, parte
de este proceso. Y de todos mis perros, ninguno se inclinaba tanto a
implicarme en el proceso como Sasha.
Si salíamos de casa, Sasha se ponía siempre delante de mí. Se me
atravesaba, cerrándome el paso. Aunque podía atrasarla con la correa,
siempre quería ir delante. Parecía creer que era natural que ella fuera
la primera. Igualmente, si había un ruido fuerte u ocurría algún acon-
tecimiento inesperado mientras estábamos de paseo -la aparición de un
perro delante de nosotros, por ejemplo-, ella se colocaba delante de mí
en una postura muy protectora. También ladraba con mayor furia que
los demás cuando se veía a alguíen pasar junto a la casa o cuando el car-
tero o el lechero se acercaban a la puerta. Y; a diferencia de los demás,
no parecía haber modo de que se calmase en estas situaciones.

36
Escuchar y aprender

Si soy sincera al respecto, estaba en parte preocupada por este com-


portamiento. Me recordaba un poco a Purdey, que también tenía este
hábito de corretear delante de mí. Durante cierto tiempo una parte de
mí temía que pudiera fallarle nuevamente a mi perra. Pero afortunada-
mente esta vez percibí lo que estaba sucediendo. De nuevo, los recuer-
dos de Donna me dieron una primera pista. Recordé cómo se había
comportado años antes cuando había acogido temporalmente a Shaun,
un niño pequeño. Siempre que él se echaba en una manta que yo le
ponía en el suelo, Donna se echaba junto a él poniéndole la pata enci-
ma de una de sus piernecitas. Si él se la quitaba dando una patadita, ella
la volvía a poner. Estaba actuando claramente como protectora suya,
vigilándolo en todo momento. Entonces me di cuenta de que, igual
que Donna había sentido que el niño era responsabilidad suya, de
algún modo Sasha también debía estar sintiendo que ella tenía un papel
que desempeñar cuidando de mí. ¿Por qué si no me daba un trato tan
particular cuando entraba por la puerta o cuando recibía visitas? ¿Por
qué si no se volvía tan hiperactiva cuando la sacaba de paseo?
Ahora me doy cuenta de que muchos de mis errores se debían al
condicionamiento que tenemos como seres humanos. Como casi todos
los demás habitantes humanos de este planeta, yo había dado por
supuesto que el mundo giraba en torno a nuestra especie, y que las
demás especies de alguna manera encajaban en nuestro gran plan.
Había dado por supuesto que, siendo yo el ama de los perros, tenía que
ser también su líder. Ahora, por vez primera, empezaba a preguntarme
si era así verdaderamente. Empezaba a preguntarme si Sasha estaba
intentando cuidar de mí.
Toda la información que recibía de mis perros era reveladora. Pero
éste fue para mí el conocimiento más sensacional de todos. Me obligó
a volver a evaluar por completo mi forma de pensar. Y fue entonces
cuando empecé a caer en la cuenta. Pensé: "Espera un momento, ¿y si
yo estuviera estudiando esta situación desde el lado equivocado? ¿Y si
estuviera imponiendo a esta situación un marco más bien arrogante,
presuntuoso -y típicamente humano-? ¿Y si, en cambio, trato de ima-
ginármelo desde el punto de vista del perro, y éste, en vez de pensar
que depende de nosotros, piensa exactamente lo contrario, que es res-
. ponsable de nosotros? ¿Y si cree ser el líder de una manada en la cual
nosotros somos también subordinados? ¿Y si cree que su tarea consis-
te en protegernos, en mantener nuestro bienestar, en vez de ser al

37
Saber escuchar al perro

revés?". Pensando así, muchas cosas encajaron de repente. Recordé la


ansiedad por separación. En vez de un perro preocupado diciéndose
" ¿Dónde está mamá (o papá)?", teníamos a un perro intranquilo que se
decía" ¿Dónde están estos malditos niños?". Si usted tuviera un hijo de
dos años y se diera cuenta de que no sabe dónde está, ¿no se volvería
loco de preocupación? Los perros no estaban destruyendo la casa por
aburrimiento: era por puro pánico. Cuando su perro le salta encima
cuando entra en casa, no es porque quiera jugar con usted, sino porque
está dándole la bienvenida a su vuelta a la manada de la que él se con-
sidera el jefe.
En muchos sentidos me sentía como una tonta. Había cometido el
error que las personas cometemos tan a menudo en nuestro trato con
los animales. Había dado por supuesto que mis perros no tenían su
propio lenguaje. ¿Cómo iban a tenerlo? Vivían con nosotros... Había
supuesto que ellos comprendían que estaban viviendo conmigo en una
casa. No se me había ocurrido pensar que las reglas por las que se esta-
ban rigiendo les habían sido dictadas cuando eran salvajes. En pocas
palabras, les había impuesto restricciones humanas: había permitido
que la confianza diera asco. No puedo decir que la idea se me ocurrie-
ra como un destello cegador, ninguna manzana cayó de ningún árbol,
ni rasgó el cielo rayo alguno, pero desde aquel momento cambió toda
mi forma de pensar.

38
Capítulo 4

Tomar el mando

E n pocos meses había conseguido aclararme más de lo que hubiera


creído posible. Tomándome el tiempo necesario para ver a mis
perros relacionarse entre ellos, escuchando lo que me estaban diciendo,
había adquirido algunos conocimientos convincentes. Comportamientos
que yo había visto en el mundo salvajelos repetían a diario mis perros en
mi propio hogar. Había empezado a ver cómo imponían a otros su
voluntad, cómo mostraban supremacía, cómo manifestaban predominio.
y no había gritos, ni azotes, porque los perros ni gritan ni golpean.
A partir de la observación de mis perros, había conseguido estable-
cer tres claras ocasiones en las que interaccionaban entre sí: en
momentos de peligro aparente, cuando iban de paseo y cuando se vol-
vían a reunir. En cada uno de estos momentos, observé que ciertos
perros eran puestos en su sitio, que el líder afirmaba su autoridad y los
subordinados la aceptaban. Lo que {quería saber entonces era: ¿cómo
podría yo dar un paso más?
En mi opinión, el aspecto más inspirador del trabajo de Monty
Roberts era la forma en que era capaz de reproducir el comportamien-
to de un caballo aunque él fuera un ser humano. Sabía que tenía que
intentar seguir su ejemplo e imitar el comportamiento de mis perros.
Quería ver en qué medida cambiaría la situación si yo tomaba el mando
del modo en que un líder lo haría en la naturaleza. Además, y esto era
crucial, quería descubrir si era algo que convenía hacer. ¿Habría algún
efecto colateral? ¿Cómo repercutiría en el bienestar y en la calidad de
vida de los perros? Teniendo esto presente, sabía que el reto más
importante era desarrollar una forma para llevar a los perros a tomar
decisiones por su propio libre albedrío. Como dice Monty, yo quería
una situación en la que, si hubiera una reunión, yo seda elegida presi-
denta. Era una tarea desalentadora.
Sabía de antemano que dos elementos eran de suma importancia.
Pronto los llamé "las dos Ces". Tenía que ser coherente y también

39
Saber escuchar al perro

tenía que mantener la calma. Durante generaciones se nos ha enseña-


do a inculcar obediencia a nuestros perros 1adrándo1es las órdenes.
Todos hemos usado palabras como sitz, aus,platz, ven. Yo misma las he
usado. Los perros las reconocen bien, pero no porque comprendan el
significado de las palabras. Simplemente aprenden a establecer asocia-
ciones con los sonidos si se emplean reiteradamente. En mi opinión, su
eficacia prueba sólo el valor de la coherencia al dar información a tu
perro. En todos los demás sentidos, hablar a voz en grito es una forma
infalible de crear un perro neurótico.
Mientras me preparaba para dar el siguiente paso, 10 que sucedía a
mi alrededor reforzaba esta sensación. En el parque al que solía llevar
a mis perros a hacer ejercicio, recuerdo a un hombre que llevaba allí a
su Dobermann con el mismo fin. Cualquier perro que se acercara al
Dobermann era recibido por los gritos del amo, que blandía al mismo
tiempo su bastón. Casi en cuanto empezaba a hacerla, su perro empe-
zaba también a gruñir y a querer morder. Noté que, en cambio, la
gente que estaba relajada y contenta con sus perros tendía a estar a
cargo de animales que permanecían relajados y contentos mientras
jugaban. Esto me llevó a pensar en la naturaleza del 1iderazgo que
debía proporcionar, y enseguida me di cuenta de que la calma parecía
ser un requisito fundamental por todo tipo de razones.
Tanto en el mundo humano como en el de los perros, la forma más
elevada de liderazgo es la de tipo silencioso, inspirador. Piénsese en los
grandes personajes de la historia: Gandhi, Toro Sentado, Mande1a...
todos ellos hombres enormemente carismáticos, pero tranquilos.
Aquel famoso verso del poema "Si..." de Kip1ing siempre se me viene
a la cabeza cuando pienso en las cualidades del líder:

"Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,


cuando todo a tu lado es cabeza perdida... "

Cuando te 10piensas, resulta evidente. Un líder que parezca trastor-


nado o nervioso es un líder que no inspira confianza, un líder en el que
es más difícil creer. Desde luego, es un principio que se reconoce en las
manadas de lobos: en ellas los lobos Alfa exhiben una serenidad que
raya a veces en el desdén.
Yo sabía que si iba a empezar a comunicarme en e11enguaje de mis
perros y, aún más importante, si iba a ser elegida líder, tenía que empe-


1Omar el mando

zar a comportarme del modo que los perros asociarían con ellideraz-
go. No soy por naturaleza una persona ni fuerte ni silenciosa, así que
necesitaba adoptar un ligero cambio de personalidad en compañía de
los perros. Comparado con la transformación que vería enseguida, se
trataba de un cambio menor.
Mis primeros intentos comenzaron una lluviosa mañana de entre
semana. Recuerdo que estaba diluviando, y pensaba en lo fácil que sería
esperar un día de sol para empezar este radiante comienzo. Pero ya
estaba impaciente por empezar. Y me había acostado la noche anterior
decidida a probar algo al día siguiente. Debo admitir que estaba llena
de dudas. No tenía ni idea de si iba a funcionar. Me sentía en parte
como una tonta. Me dije: "Espero que no venga nadie esta mañana".
Pero según bajaba las escaleras, supe que no tenía nada que perder.
La gente se imagina que siempre he hecho que mis perros se com-
porten exactamente como yo quería. Nada más lejos de la verdad. En
aquella época, mi manada más bien daba mucho la lata, y lo que es
peor, no tenían modales. Cuando volvía a casa, daban saltos y se me
subían igual que cualquier otro perro; podía llegar a ser increíblemen-
te irritante. A veces iba cargada con la compra o llevaba puesto un con-
junto bonito y se me echaban encima a todo correr. Por eso, lo primero
que decidí abordar fue la reconfiguración de la manada.
Planeándolo todo mentalmente la noche antes de empezar, había
decidido imitar el comportamiento de los Alfa e ignorarles. No era,
claro está, la cosa más fácil del mundo. Pero enseguida me di cuenta de
que tenía a mi disposición más instrumentos de los que había pensado.
Como somos criaturas dotadas de habla, usamos demasiado las pala-
bras. Olvidamos que también conocemos una enorme cantidad de len-
guaje corporal. Si alguien se aparta de ti, por ejemplo, sabes lo que
quiere decir. Igualmente, si entras en una habitación atestada y alguien
aparta la vista, percibes directamente un claro mensaje. Los perros
emplean también este mismo lenguaje, en especial el contacto ocular.
Enseguida me di cuenta de que podía usarlo eficazmente. Así que cuan-
do bajé aquella mañana y dejé entrar a los perros en la cocina, comen-
cé a comportarme de modo diferente. Cuando empezaron a subírseme
dando saltos no les dije que se bajaran, cuando se portaban mal no les
castigaba haciendo que se fueran a echar a su rincón. Durante los pri-
meros pocos minutos de aquel día me aseguré de no entrar ni siquiera
en contacto ocular con ellos. Simplemente los ignoré.

41
Saber escuchar al perro

Debo confesar que al principio era algo forzado. Estaba cortando


con una actitud arraigada que me hacía querer interaccionar con los
perros siempre que podía. No estoy segura de cuánto tiempo podría
haberlo mantenido si no hubiera obtenido resultados casi inmediatos.
El impacto fue evidente uno o dos días después de comenzar este
nuevo régimen. Para mi asombro, en poquísimo tiempo dejaron de sal-
tarme encima y de empujarme. A medida que repetía el procedimien-
to cada vez que me reunía con ellos, se volvieron más y más
respetuosos. Según fue avanzando la semana, empezaron a apartarse y
a dejarme entrar sin molestarme.
Estoy segura de que su aceptación se incrementó por el hecho de
que hubo inmediatos beneficios para ellos. Dejándome el espacio cor-
poral que yo necesitaba, apreciaron un marcado cambio en el ambien-
te durante las ocasiones en que yo estaba con ellos: estaba encantada de
verles. Los perros aprendieron que cuando quería estar con ellos, era
tiempo de calidad. El conductismo me había enseñado que se debe
ignorar el comportamiento indeseable y excesivo, pero al mismo tiem-
po no se debe dejar de alabar el positivo, así que reforcé esto desha-
ciéndome en atenciones, pero con serenidad, cuando venían a mí. En
poco tiempo, los perros sólo se me acercaban cuando se lo pedía, y no
costó mucho tiempo: sucedió en menos de una semana.
El primer paso de prueba se había demostrado tan eficaz que sabía
que había dado con algo importante. Pero enseguida me di cuenta de que
una sola cosa no iba a transmitirles el mensaje. Decidí abordar los mo-
mentos de peligro aparente, y específicamente la llegada de extraños a
la manada. Igual que otros perros, los míos solían ladrar incesante-
mente cuando alguien llamaba a la puerta. Cuando hacía pasar al visi-
tante, inmediatamente quedaba rodeado de perros, subiéndosele por
todos lados y armando un escándalo terrible. Yo gritaba: "Quietos,
silencio". Pero ahora me daba cuenta de que en vez de aplacarlos, esta-
ba exacerbando la situación. De nuevo, pensé en Kipling; sabía que
tenía que "guardar en mi puesto la cabeza tranquila", mantenerme en
calma y ser coherente.
Esta vez decidí decir a la gente que ignorase a los perros cuando
entrara por la puerta. A los perros que continuaban saltando a las visi-
tas, me los llevaba a otra habitaci<>n.Por supuesto, algunas personas
pensaron que yo estaba loca. Para ellos, lo más natural del mundo era
saludar al perro, especialmente si era muy bonito. Mis amigos y mi

42
TOmar el mando

familia habían estado acostumbrados, claro está, a hacer mimos a


Sasha, Khan, Sandy y Kim. Pero estaba decidida a tener la oportuni-
dad de verificar mis teorías e insistí en que hicieran lo que yo les pedía.
Los primeros signos fueron suficientes para convencerme de seguir
con ello. Nuevamente, en pocos días, las cosas empezaron a calmarse.
Pronto los perros se conformaban con ladrar en vez de correr hasta las
visitas, subírseles y arremolinarse a su alrededor. Una vez más los
perros captaron lo que se les estaba pidiendo casi enseguida. Por su-
puesto, no me podía creer que fuera tan sencillo; en parte lo atribuía
al hecho de que tanto Sandy como Khan estuvieran envejeciendo.
Estaba segura de que era significativo el hecho de que el perro que me
daba mayores muestras de respuesta fuera Sasha, la más joven de la
manada, y además una Pastora alemana. Nunca pensé: "Tengo razón,
tiene que haber motivos para que esto esté funcionando". Me estaba
cuestionando cosas todo el santo día. Sin embargo, a pesar de todo esto,
no puedo negar que era una sensación fantástica. Estaban transforma-
dos, parecían más contentos, más tranquilos, y vedo era un placer.
Lo siguiente que quería abordar eran las salidas de paseo. La hora de
paseo era entonces, con toda sinceridad, bastante caótica. Siempre que
salíamos, los perros correteaban a mi alrededor, tirando de la correa.
En muchos sentidos, la situación resumía a la perfección el error nefas-
to en el adiestramiento tradicional. Creo que les había inculcado
muchos buenos hábitos mediante el. adiestramiento de obediencia,
pero si soy sincera conmigo misma, cuando salíamos, o eran como
robots o hacían su santa voluntad: o todo o nada. No quería eso, y me
parecía que debía de haber una forma de conseguir un modo de coo-
peración, una situación en la que pudiera hacedes acatar las normas
cuando quisiera y en la que ellos pudieran disfrutar de la libertad de
correr adonde quisieran cuando fuera posible. Sabía que la mejor
forma de control era el auto control. Pero ¿cómo inculcado?
En vez de ponedes la correa y dejades dar saltos por todos lados
como locos, pensé que volvería a calmar la situación por completo.
Como ahora hacía cada vez más, me detuve a pensar en la analogía con
la manada de lobos. Observé cómo la pareja Alfa permitía a sus subor-
dinados corretear a su alrededor durante un breve período, pero que
con el tiempo todos se calmaban y ellos podían guiar la cacería de
manera ordenada. Así que la primera vez que reuní a los perros para
dar un paseo, no intenté impedir que se excitaran: todo lo contrario.

43
Saber escuchar al perro

Pensando nuevamente en los principios de la manada de lobos, me di


cuenta de que los perros tienen que excitarse porque, para ellos, éste es
el preludio de una cacería y su cuerpo tiene que estar bombeando adre-
nalina. Lo que estaba intentando hacer era no luchar contra su instin-
to, sino seguirlo.
Pero la diferencia esta vez era que, después de ponerles la correa, no
hacía nada, sólo me quedaba allí, esperando impasiblemente, en calma
y en silencio, antes de salir por la puerta. De nuevo, el sereno lideraz-
go que estaba yo mostrando daba resultado, y los perros se tranquili-
zaban por compl~to. Luego descubrí que, durante el paseo, tenía que
seguir mostrándoles mis credenciales como líder. Antes, como a tantos
otros propietarios, los perros me arrastraban por la calle, experiencia
que nunca me resultó especialmente agradable. Sin embargo, descu-
brí que si, cuando empezaba el obligado tirón, yo me esperaba, los
resultados eran sorprendentes. Los perros enseguida se daban cuenta
de que no había que apagar un incendio, que no hacía falta correr, y
una tras otra todas sus correas se iban aflojando a medida que dejaban
de tirar y se volvían a mirarme. Era la primera vez que lo hacían, y me
dio el ánimo que necesitaba para continuar de este tenor. Había sido
una lucha de voluntades, y les había convencido.
Entonces empecé a preguntarme si el mismo procedimiento funcio-
naría cuando estuvieran sueltos, sin correa. Antes, mis perros se dis-
persaban a los cuatro vientos y luego demostraban tener "oído
selectivo": acudían a mi llamada perfectamente bien en ciertas ocasio-
nes, pero si estaban distraídos con un conejo o con otro perro, mis fúti-
les intentos de congregarlos resonaban por los campos. En ocasiones,
he visto a perros volver pasado el rato, sólo para ser golpeados por su
frustrado amo. Siempre pensé que ésta era una señal confusa para el
perro: ¿no le haría a usted dudar de volver si supiera que iba a recibir
una paliza? Cualquiera que haya intentado coger a su perro para
ponerle la correa, sabrá que a veces el perro puede traerle al retortero,
que espera que el amo se acerque y luego vuelve a echar a correr.
De nuevo, la observación de la manada de lobos me dio la solución
para el problema del oído selectivo. Sabiendo que el lobo Alfa condu-
ce a la manada en la cacería, consideré la situación desde el punto de
vista del perro. Si se creía que era el Alfa, supondría que estaba condu-
ciendo la cacería. En tal caso, la tarea del amo, como subordinado, no
sería llamar al perro para que volviera, sino seguirle como miembro

44
TOmar el mando

que era de la manada. Animada por la respuesta positiva que había


obtenido trabajando con las correas, decidí mostrar a mis perros que yo
conducía la cacería también sin correas.
No me entusiasmaba la idea de comprobar esta teoría en campo
abierto, pero afortunadamente tenía suficiente espacio en mi jardín para
empezar. Llamándoles a mi lado y recompensándoles por hacerla inme-
diatamente, eliminaba la confusión que se produce cuando los amos cas-
tigan a sus perros por tardar en acudir. De nuevo, los perros aprendieron
enseguida, todos excepto Kim, la Beagle. Una de las veces seguía sin
responder a la llamada, prefiriendo olisquear por el jardín. Frustrada,
me di la vuelta y me dirigí a la puerta de la casa, decidida a dejarla allí
fuera. Cuando llegué a la puerta, miré atrás y vi a Kim corriendo a todo
correr para entrar. ¡Qué descubrimiento! A partir de entonces, si Kim
no venía cuando se lo pedía, me daba la vuelta y me encaminaba a la
casa; después de lo cual, ella me seguía. Los perros son, por naturaleza,
animales de manada, y si se les da la opción de irse solos o volver a la
manada, eligen siempre la manada.
Era un gran adelanto. Era como si mantuviera sujetos a los perros
con correas invisibles. La diferencia era pasmosa: de nuevo, al cabo de
una semana, más o menos, seguían disfrutando de su libertad, pero
ahora lo hacían sin alejarse nunca demasiado de mí. Y cuando quería
congregar de nuevo la manada para volver a casa~aceptaban al instan-
te las mínimas instrucciones que les daba. Debo admitir que no cabía
en mí.

No quisiera dar la impresión de que todo esto sucedió fácilmente, de


que todo encajó al instante: no fue así, puedo asegurárselo. Al intentar
desarrollar mis ideas, algunas cosas simplemente no funcionaban. En
es'pecial, descubrí que cualquier intento de combinar mis nuevas prác-
ticas con elementos del antiguo adiestramiento de obediencia hacían
más mal que bien. Cuando pensé en incorporar objetos como discos,
clickersy orejeras, me di cuenta de que "esto era simplemente confuso".
y si a mí me parecía confuso, ¿qué les parecería a mis perros?
Me doy cuenta ahora de que estaba actuando como solemos hacer
los seres humanos: estaba complicando en exceso las cosas. Pensaba
una y otra vez: "Tiene que haber algo más, no puede ser tan sencillo",
y buscaba continuamente otras cosas. Pero lentamente iba cayendo en

45

.1
Saber escuchar al perro

la cuenta de que de algún modo era realmente así de simple. Si me con-


centraba sólo en la forma de ser y obrar del perro en vez de en la forma
de ser y obrar de las personas, iba a tener mucho más éxito; era así de
evidente: ¿cuándo se ve a un perro usando collares o correas o clickers
con otro perro? A partir 'de entonces, decidí que iba a intentar hacer
todo esto sin recurrir a ningún medio humano artificial.
Ya había estado aplicando los principios con gran éxito durante dos
o tres meses, pero una parte de mí todavía seguía convencida de que
aún me faltaba algo para téner una visión completa. Mis propios perros
me estaban suministrando información a diario, y a medida que lo
hacían, yo podía ir refinando con pequeños detalles las técnicas que
estaba desarrollando: e,n realidad, a veces era cuestión de ensayo y
error. Pero el siguiente gran avance no vino a través de los perros que
entonces tenía. Una vez más, fueron mis recuerdos de La Duquesa,
Donna, los que me inspiraron.
Siempre he creído en la conveniencia de dar a mis perros huesos de
caña una vez a la semana. Cuando Donna vivía, el momento de poner
los huesos en el suelo marcaba el inicio del mismo pequeño ritual. A su
manera siempre autoritaria, Donna entraba caminando en silencio y
los demás se apartaban inmediatamente. Entonces Donna olisqueaba
despacio los huesos hasta elegir los que quería, y luego se los llevaba.
Sólo entonces los demás cogían aquellos que deseaban. Me daba cuen-
ta de que era el mismo principio de liderazgo con el que yo ahora esta-
ba tan familiarizada. El que no hacía nada aparentemente se llevaba
todo lo que quería. Y me hizo pensar en emplear la hora de la comi-
da para volver a establecer la estructura de liderazgo. No se trataba de
una idea enteramente nueva. La importancia de comer delante del
perro era algo que había leído mientras estudiaba a los conductistas.
Los perros lo reconocían como una simple forma de mostrar que eres
el líder. De nuevo, esto tenía sentido para mí al haber observado otros
animales, en especial leones y -otra vez más- lobos: siempre es el Alfa
quien se alimenta primero en las especies que comen en grupo.
Pero aunque estaba de acuerdo con la idea de los conductistas,
disentía con el método que se derivaba de ella. El enfoque conductista
consistía en imponer una jerarquía durante la comida de la noche.
Siguiendo este sistema, la persona acababa su comida a la vista del
perro antes de dejade comerse después la suya propia. Era un procedi-
miento que producía sin duda resultados, pero había muchos aspectos

46
TOmar el mando

que no me gustaban. Aparte de otras consideraciones, la gente da de


comer a sus perros a diferentes horas del día y de la noche. En los refu-
gios, por ejemplo, a los perros se les alimenta por la mañana. También
pensaba que el método era demasiado prolongado. De nuevo pensé en
los perros salvajes, y no me imaginaba que la manada esperase hasta la
noche. Desde el punto de vista de la comida, los perros prefieren apro-
vechar la oportunidad más que sólo atiborrarse. Cazarán una liebre, o
un pájaro -cualquier presa que les permita aguantar-, y no se estarán
todo el día haraganeando: lo prioritario de la jornada es conseguir
comida.
Además de todo esto, parecía algo desconsiderado. Me puse en el
lugar del perro y pensé que si llevas todo el día sin alimento y enton-
ces la persona se sienta a comer antes de que por fin consigas recibir tu
ración, pasarás mucha hambre. Es posible que esto ponga a los perros
en su sitio, pero no es muy amable. Sabía que la hora de la comida tenía
grandes posibilidades como medio de reforzar las señáles de liderazgo,
pero no iba a comerme el desayuno o la cena enteros delante de ellos,
así que tuve que pensar en algo distinto para comunicar la información.
Tuve que idear un nuevo método.
Estaba empezando a darme cuenta de que la información rápida,
instintiva, era la más útil, probablemente porque un perro no tiene
ninguna idea de futuro. Yo había obs~rvado que a veces el mínimo
gesto es capaz de transmitir una enorme cantidad de información. La
idea se me ocurrió cierto día. Aquella noche, antes de mezclar su comi-
da, puse una galleta seca en un plato. Después saqué sus cuencos y
mezclé bien los ingredientes en una superficie elevada. Lo que hice
entonces fue sacar la galleta y comérmela, de modo que pareciera~como
si la comida estuviera saliendo de sus cuencos. Nuevamente estaba
pensando en ello desde el punto de vista de la mentalidad de la mana-
da. ¿Qué ven? Te ven comiendo de su cuenco. ¿En qué te convierte
eso? En el líder.
En este caso, no estaba tratando de corregir un mal comportamien-
to. No había ningún problema en especial a la hora de comer; de
hecho, más bien al contrario: era un momento en el que sabía que po-
día conseguir que me prestasen toda la atención y también que me
mostraran su mejor comportamiento. Les daba de comer en sus pro-
pios cuencos individuales, cada uno de ellos colocado alrededor de la
cocina y en el vestíbulo. Conocían su sitio y, aparte de su hábito de

47
Saber escuchar al perro

explorar los cuencas vacíos de los demás, se comportaban muy bien.


En este caso;' mi motivación era simplemente reforzar el mensaje que
estaba comunicando en las demás áreas.
Enseguida sintieron que algo había cambiado. Les recuerdo mirán-
dome con bastante extrañeza, intentando averiguar lo que yo estaba
haciendo. Al principio fue un pequeño drama. Saltaron y gimieron un
poquito, pero enseguida se acostumbraron al ritual y esperaban pacien-
temente mientras me comía mi galleta. Parecían aceptar que yo tenía
que quedar satisfecha antes de que ellos pudieran comer también.
Luego, cuando colocaba sus cuencas en el suelo, comían con satisfac-
ción. Los cambios no fueron espectaculares, pero en esta ocasión yo no
había esperado que io fueran. Era simplemente otra confirmación de
que yo era su líder, otro as bajo mi manga. Y de nuevo, lo que más me
agradaba era que el éxito se había conseguido teniendo presente la
naturaleza del perro.
Tengo que reconocer que a estas alturas me sentía bastante satisfe-
cha de mí misma. Pero la vida siempre tiene la costumbre de bajarte los
humos y poco después sufrí un terrible revés. Yahabía perdido a Sandy
en el verano de 1992, pero luego, en febrero de 1994, perdí a mi amado
Khan. Fue, tengo que confesado, un golpe muy duro para mí. Más que
cualquier otro perro, Khan había estado.conmigo en los malos y en los
buenos tiempos. Sólo me quedaban Sasha y la Beagle, Kim. Echaba
terriblemente de menos a los ejemplares que había perdido. Tuve que
esperar la llegada de otro perro para que se consolidaran todas las ideas
en las que yo había estado trabajando.
Capítulo5

El primer test

P ocas semanas tras la muerte de Khan, fui a visitar un refugio de


animales de la zona. Había ido allí a ver al director, un amigo ínti-
mo, pero mi visita no tenía nada que ver con perros. Era para hablar
de ir al teatro, si la memoria no me falla. Mi amigo estaba ocupado, así
que, mientras esperaba, decidí darme un paseo por el refugio.
Mientras lo hacía, me tropecé con una de las escenas más patéticas que
he visto en mi vida. Dentro de uno de los bloques había un pequeño
Jack Russell, flaco y patético. Yo conocía la reputación de esta raza de
poseer un carácter irascible y de ser agresivos mordedores de tobillos,
y no había sentido nunca una especial simpatía por ella. Pero era
imposible no sentirse atraído por aquella pobre criatura. Estaba tem-
blando, y no sólo porque era invierno y tenía frío; pude ver el miedo
reflejado en sus ojos.
Enseguida supe de sus desgarradores antecedentes. Había sido des-
cubierto abandonado, atado a un bloque de hormigón con una cuerda.
No había comido durante días y estaba escuálido. Si no hubiera sido
recogido por el refugio, ya habrí~ muerto. Era evidentemente un perro
muy maltratado..Hablando con la chica que le atendía, la encargada de
las casetas de los perros, me contó que se escapaba constantemente.
También estaban preocupados de que. pudiera morder a alguien.
Encontrar un nuevo perro hubiera sido lo último que se me. hubiera
pasado por la cabeza mientras iba allí en el coche. Sin embargo, volví
a casa con un nuevo miembro de la familia temblando en el asiento de
atrás. Había decidido quedarme con él. Enseguida le llamé Barmie, por
ninguna otra razón más que por el hecho de que estaba, bueno, un !I

poquillo chiflad04. Cuando llegué a casa con él, se sentó debajo de la


mesa de la cocina. Cada vez que pasaba a su lado, gruñía. Lo único que
yo podía sentir era simpatía. No era agresión lo que estaba presen-

4 Adjetivo que en inglés es barmy y se pronuncia igual que Barrnie. (N. d. T.) 1I

49
Saber escuchar al perro

ciando; no era nada más que puro pánico; yo sabía que me habría que-
dado petrificada de terror si alguien me hubiera tratado como le habían
tratado a él.
No me había quedado con él para hacer un experimento, pero ense-
guida pensé que iba a ofrecerme una gran oportunidad. Hasta enton-
ces había estado trabajando con perros comparativamente bien
equilibrados, animales que estaban acostumbrados a que siempre les'
trataran con amabilidad. Y allí tenía uno que no había conocido más
que malos tratos. Durante las semanas siguientes, Barmie me daría la
oportunidad de comprobar los conocimientos que había estado adqui-
riendo tan rápidamente con mis propios perros, la oportunidad de
ensamblar todas las piezas. A cambio, confiaba en tener ocasión de ayu-
dar a aquel perrillo afligido a superar su pasado.
Ya entonces había empezado a tomar forma una regla de oro: fuera
lo que fuera lo que recomendasen los métodos tradicionales de adies-
tramiento, yo necesitaba hacer lo contrario. Así que resistí la tentación
de arrojarme sobre Barmie, de colmade de amor y afecto. Era una cria-
tura tan vulnerable que a veces era casi imposible resistirse. Había días
en los que sólo me apetecía acariciado y deeide que estaba todo bien;
pero en cambio decidí no invadir su espacio y conformarme con dejar-
le en paz. Así que se sentaba allí, bajo la mesa de la cocina, observando
con una mirada intensa. Y yo seguía con mis habituales tareas domés-
ticas como siempre.
En todo lo que había leído y visto, se estaba de acuerdo en que un
perro tarda 48 horas en entender un ambiente distinto, y unas dos se-
manas en aclarar cuál es su sitio en su nuevo hogar. Es como lo que le
pasa a cualquiera cuando está empezando un nuevo trabajo: tardas más
o menos un par de días en ordenar tu mesa, y otras dos semanas en des-
cubrir el puesto que ocupas en la empresa. Así que durante las prime-
ras dos semanas continué así, dejándole de hecho que se las arreglase
por su cuenta. Siempre que le hablaba, lo hacía lo más amablemente
posible. De vez en cuando le miraba desde el otro lado de la habitación
y sólo le decía; "Hola, bonito". Y veía cómo movía la colita, casi con-
tra su voluntad, como si no pudiera evitado. Era como si quisiera saber
lo que se quería de él; pero volvía a dejade tranquilo.
Lo primero que probé con él fue la técnica de la "comida simulada".
En esta etapa todavía estaba experimentando con esa teoría. Era una
oportunidad ideal para probada de verdad, porque le daba cuatro


El primer test

comidas muy pequeñas al día en un intento de fortalecerlo. El pobre-


cillo había pasado, valga la expresión, un hambre canina, y pesaba
aproximadamente dos tercios de lo que debería. Respondió inmediata-
mente. Se sentaba allí observándome con las orejas echadas hacia atrás.
Luego su colita empezaba a menearse, como diciendo: "Sí, lo he enten-
dido". Entonces le ponía su comida en el suelo y me iba. Me observa-
ba mientras me alejaba y después atacaba la comida.
Comenzó a ganar peso y, poco a poco, a relajarse. Dejó de gruilir y
empezó a salir sigilosamente al jardín cuando yo tendía la colada. A
veces cuando estaba sentada se me acercaba con mucha indecisión. Al
llegar, no le tocaba, sólo le dejaba que me conociera. Todavía estaba
muy sensible. Cuando saqué una correa, casi se muere del susto: si te
atan a una correa, pierdes la posibilidad de escapar. Pero no iba a for-
zarle en ningún sentido, así que lo dejé. Mi principio general siguió
siendo que iba a dejarle en paz, para darle tiempo a decidirse.
El gran avance se produjo un mes después, más o menos, cuando yo
estaba fuera en el jardín jugando a la pelota con Sasha. Era ya prima-
vera y recuerdo que Sasha estaba cobrando una pelota para traérmela.
De repente, Barmie apareció en' el jardín con un aro de goma en la
boca, uno de esos que se utilizan para jugar a ensartarlos. Había deci-
dido unirse a nosotros. Estaba viendo que Sasha conseguía atención
porque estábamos jugando a este juego y se acercó con el aro. Le pedí
que lo dejara y así lo hizo. Lo recogí y se lo tiré, y él fue a buscarlo, lo
cogió y luego volvió a meterse a toda prisa en la casa para esconderse
bajo la cama.
Sabía que ésta era una oportunidad para establecer algún tipo de
patrón de conducta, así que decidí no perseguirle. Quería que jugase
según nuestras reglas, de manera que seguí jugando con Sasha.
Efectivamente, reapareció pocos minutos después. Venía otra vez con
el aro. Se lo volví a tirar y él lo recogió de nuevo. Pero esta vez me lo
devolvió. Le recompensé con un "¡buen chico!" y repetí el ejercicio.
Volvió a hacer lo mismo.
Cada perro, como cada ser humano, aprende a su propio ritmo. En
este caso se trataba de un animal que necesitaba rehabilitación, un
perro maltratado, y sabía, por tanto, que iba a ser un proceso lento.
Pero, al final, había ocurrido el gran adelanto. Ahora sabía que era un
perrillo más confiado. Había aprendido que nadie le haría daño. Se
sentía seguro y yo podía adelantar con él.

SI
Saber escuchar al perro

Le había mostrado que jugaría con él, pero sólo según mis reglas. Así
que empecé a llamarle para que se me acercara. Algo que tenía presen-
te era que los perros son, como los seres humanos, criaturas egoístas
por naturaleza, lo cual puede servir como medio de supervivencia o
simplemente para divertirse, pero a los perros les mueve la pregunta
"¿Por qué debo hacerlo?". Mi idea se basaba en la noción de estímulo
y recompensa, que había aprendido del conductismo y, más concreta-
mente, de B. F. Skinner, pero a estas alturas estaba añadiendo a esta
noción los principios de la manada de lobos y la primacía del líder.
Sabía que el líder no era sólo el miembro de la manada que ejercía la
autoridad, sino también el que proveía al suministro, así que yo tam-
bién tenía que atender ambos aspectos. Por consiguiente, cuando llamé
a Barmie para que acudiera a mí, tenía un trocito de comida en la
mano. Esto empezó a funcionar realmente bien, tan bien que pasé a
acariciarle. Dado lo susceptible que había estado cuando llegó a casa,
éste era un momento mucho más significativo de lo habitual. Casi se
me cayeron las lágrimas cuando respondió a mis muestras de afecto.
Me preguntaba cuánto tiempo había pasado desde que le habían mos-
trado una cordialidad así.
Fue mientras empezaba a acariciarle cuando me di cuenta de cuánto
había conseguido avanzar. N até que Barmie agachaba la cabeza antes
de que le acariciara en la nuca. Yo había pasado bastante tiempo con
otros perros en el refugio y había observado que allí todos ellos hacían
lo mismo, agachaban la cabeza. Mis perros no lo hacían y me pregun-
té por qué este perro actuaba de esta manera. Cuando investigué más,
descubrí que ésta es la zona más vulnerable en la mayoría de las espe-
cies, incluido el ser humano. ¿A cuántas personas les deja usted que le
toquen la cabeza o el cuello? Sólo a aquellas en quienes conña. Cuando
los perros se pelean, la violencia comienza cuando uno de ellos se colo-
ca por encima del cuello del otro. Fue en este momento cuando recor-
dé algo que Monty Roberts había dicho. Explicaba que si el animal cree
en ti, puedes tocar 'su zona más vulnerable. Es, en cierta forma, la
expresión definitiva de tu liderazgo. Estás diciendo a tu subordinado
que sabes cómo destruirle. El hecho de que no lo hagas refuerza aún
más tu autoridad. Me hizo darme cuenta de hasta qué punto había
ganado su confianza, lo eficaz que había conseguido llegar a ser per-
suadiendo a mis perros de que era un líder a quien podían confiar sus
vidas. Fue un momento conmovedor.

52

=- - --
El primer test

Mis otros perros, en especial Sasha y Donna, me habían enseñado


mucho; pero respecto a dar cuerpo a las ideas en las que estaba traba-
jando, Barmie fue con mucho mi mejor maestro. Me enseñó que no
podía pasar a otro tema hasta que se sintiera seguro y cómodD, y hasta
que confiara en mí. No había en él ni dolor ni miedo, ahora estaba
aprendiendo porque lo deseaba y porque creía en mí. También me
había ayudado a ver que todos los elementos de mi método deben suce-
der simultáneamente. Es un ciclo que tiene que aplicarse completo y
en el cual toda la información debe impartírseles a los perros coheren-
temente.
Los acontecimientos de los últimos meses habían sido emocionantes
e increíblemente gratificantes. No puede imaginarse la calma que se
había apoderado de los perros: era imponente. Y cuanto más cargo me
hacía de estas situaciones, más control ejercía, más conseguía que qui-
sieran h'lC~Ilo q\l~ yo d~s~'db'd.Lo (}\lelo h~eí~ ~-6nm~s gratincante era
el hecho de que no había ninguna de las imposiciones del llamado tra-
bajo de obediencia. Había probado finalmente lo que había sentido
d\.lrante tanto tiempo: que era posible que los perros me siguieran por-
que querían en vez de porque tuvieran que hacerla.
Como era de esperar, la reacción de los seres humanos fue menos.
serena. Ya me atrevía a hablar abiertamente sobre lo que creía haber
conseguido; pero la reacción de la gente era desigual. Algunas perso-
nas sonreían amablemente; meneaban lentamente la cabeza y me mira-
ban de un modo que me indicaba que, en su opinión, yo había perdido
finalmente la chaveta. Otras no se andaban con rodeos. Algunos de-
cían: "Caramba, qué cruel eres"; otros me despachaban diciendo:
"Vaya por Dios, tú y tus absurdas ideas". No voy a Bngir que estoy
hecha de acero: estaba muy dolida. En un par de ocasiones pensé para
mis adentros: "¿Por qué me tomo tantas molestias? ¿Por qué me pre-
ocupo?". Pero de nuevo pensé en Monty Roberts, cuyo padre le había
pegado de niño por sus ideas y que durante cuarenta años había tenido
que soportar el desdén y las burlas del mundillo de la hípica. Pensé que
si Monty había podido soportarlo, yo también podría. Como parecerá
lógico, entre quienes comprendieron lo que estaba haciendo se encon-
traba Wendy, que después de todo me había presentado a Monty
Roberts. Era una de las personas que más apoyo me ofrecían. Estaba
adoptando mis principios y poniéndolos a prueba con sus perros con
alentadores resultados. Me dijo que persistiera, que perseverara.

53
~---

Saber escuchar al perro

Poco a poco, la noticia se extendió y la gente empezó a preguntar-


me si podría funcionar mi método con sus perros problemáticos.
Empecé a hacer visitas, aplicando las técnicas que había aprendido con
mis propios perros a sus mascotas con problemas. Ver para creer. Casa
tras casa de las que visité, el comportamiento de los perros cambiaba
enseguida. Observé que los perros se sentían libres y contentos de cam-
biar, que querían hacerla. Eran técnicas muy potentes, y me sentí muy
humilde, muy privilegiada.
Hasta ahora, he trabajado con cientos de perros. La técnica de
comunicación que he desarrollado ha servido para mejorar el compor-
tamiento de todos ellos. He llegado a un punto en el que, si un pro-
pietario hace lo que le digo, su perro tendrá que hacer lo que su
propietario quiera. Los principios que establecí durante aquellos emo-
cionantes días de los comienzos forman actualmente la base de mi tra-
bajo. Con ellos debemos empezar la siguiente parte de este libro.

54
Capítulo 6

La Vinculación Amichien:5
el establecimiento delliderazgo de la
manada

N adie podría tener más respeto por la inteligencia del perro que yo.
¡Todavía hay veces en que me pregunto seriamente si no son cria-
turas más sensatas que algunas de las personas con las que trato! Pero
hasta yo he tenido que aceptar que hay algo que queda fuera de su alcan-
ce. Los perros no van a aprender nuestro lenguaje. Lo malo es que para
comunicamos con éxito con nuestros perros, somos nosotros quienes
tendremos que aprender su lenguaje. Es una tarea que requiere una acti-
tud abierta y respeto por el perro. Nadie que considere inferior a su perro
conseguiránada.Debe ser respetadoen todo momento por ser como es.
Lo bueno, sin embargo, es que, mientras que los seres humanos
hablan en una desconcertante variedad de lenguas y dialectos, los
perros comparten un lenguaje universal. Es un lenguaje silencioso y
extremadamente potente, pero en el fondo depende de una sencilla
serie de principios que, con unas pocas variaciones sutiles, determinan
el comportamiento de todos los perros. Para comprender los princi-
pios de este lenguaje, antes tenemos que entender la sociedad en la que
todos nuestros perros creen estar viviendo. Y el modelo de esta comu-
nidad es la manada de lobos.
La apariencia y el estilo de vida del perro actual están, por supuesto,
muy alejados de los de su antiguo antepasado. Pero los siglos de evo-
lución no han borrado sus instintos básicos. Al perro se le podrá haber

5 El nombre que dio la autora a su técnica es Amicbien Bonding. Amicbien no es voz inglesa,
sino un neologismo en inglés que Jan Fennell tomó del francés: ami, amigo, y cbien, perro.
Bonding, que también puede significar "unión", "conexión", "adherencia", etc., se refiere aquí a la
vinculación, al proceso de establecimiento de vínculos (bonds). En el resto de la obra, empleare-
mos exclusivamente "Vinculación Amichien~. (N. d. T.)

55
Saber escuchar al perro

extraído de la manada de lobos, pero los instintos de la manada de


lobos no se han extraído del perro. Dos fuerzas inmensamente pode-
rosas rigen la vida de una manada de lobos: la primera es su instinto de
supervivencia; la segunda, su instinto de reproducción. El medio que la
manada ha desarrollado para garantizar estos fines es un sistema jerár-
quico tan estricto y exitoso como cualquier otro de los existentes en el
mundo animal. Todas las manadas de lobos está formadas por líderes y
subordinados. Ya la cabeza de la jerarquía de cada manada se hallan los
máximos dirigentes: la pareja Alfa.
Al ser los miembros más fuertes, sanos, inteligentes y con mayor
experiencia, les corresponde a los dos Alfa asegurar la supervivencia
de la manada. En consecuencia, dominan y dictan todas las acciones de
ésta. Su posición social se mantiene mediante exhibiciones consecuen-
tes de autoridad. Para recalcado aún más, la pareja Alfa son los únicos
miembros de la manada que se reproducen. Como seres humanos, por
supuesto, nosotros nos hemos desarrollado siguiendo distintas líneas
evolutivas, que nos gustaría creer que son más democráticas. Pero a
veces me pregunto si fuimos nosotros y no los lobos quienes tomaron
una dirección equivocada. ¿Hasta qué punto podemos confiar en nues-
tros líderes? ¿Cuántos de nosotros los conocemos en persona? Dentro
de la manada de lobos no existe tal incertidumbre. La pareja Alfa con-
trola y dirige la vida dentro de la manada y el resto de la manada acep-
ta este gobierno indefectiblemente. Cada miembro subordinado se
contenta con conocer su posición y su función dentro de esta jerarquía.
Todos viven felices sabiendo que tienen un papel vital que desempeñar
en el bienestar global de la manada.
La jerarquía de la manada se refuerza constantemente mediante el
empleo de comportamientos muy ritualizados. Es fundamental debido
a la naturaleza si~mpre cambiante de la vida de manada, en la cual los
Alfas y sus subordinados frecuentemente mueren o son reemplaza-
dos por razón de.la edad. Sin embargo, desde el punto de vista de los
modernos descendientes del lobo, cuatro rituales principales guardan
la clave del instinto de manada que pervive dentro de ellos. Son las
bases de todo lo que se expondrá a continuación.
A nadie sorprenderá descubrir que el momento culminante de domi-
nio de la pareja Alfa tiene lugar durante los momentos de caza y comi-
da. El alimento, después de todo, representa la necesidad más básica de
la manada; su misma supervivencia depende de él. Al ser los miembros

56
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

de la manada más fuertes, inteligentes y con mayor experiencia, la pare-


ja Alfa toma el mando durante la búsqueda de nuevos territorios de
caza. Cuando se descubre la presa, guían la cacería y dirigen la matan-
za. La posición social de la pareja Alfa como miembros que toman las
decisiones clave en ningún momento resulta tan evidente como duran-
te este proceso. Las presas del lobo van desde ratones a búfalos y alces.
Una manada puede pasarse horas acechando, acorralando y matando su
presa, recorriendo hasta 80 kilómetros de una vez. La organización de
estas operaciones requiere una combinación de habilidades de decisión,
dirección y táctica. Corresponde a la pareja Alfa proporcionar este lide-
razgo, y a los subordinados seguirles y apoyarles.
Cuando la matanza ha terminado, la pareja Alfa tiene la precedencia
absoluta en la consumición de la presa. Después de todo, la supervi-
vencia de la manada depende de que ellos se mantengan en inmejora-
bles condiciones físicas. Sólo cuando están satisfechos e indican que
han acabado de comer se permite alimentarse al resto de la manada, y
siguiendo estrictamente la jerarquía, con los subordinados de mayor
rango primero y los de menor en último lugar. De vuelta: en el campa-
mento, los cachorros y las lobas que los cuidan serán alimentados
regurgitando los cazadores su comida. El orden es absoluto e inque-
brantable. Un lobo actuará agresivamente hacia cualquier animal que
intente comer antes que él. Incluso eI,hecho de que la manada esté for-
mada por sus parientes consanguíneos no detendrá al Alfa de atacar a
cualquier animal que rompa el protocolo y se atreva a colarse.
La pareja Alfa corresponde al respeto que le es conferido asumien-
do una responsabilidad total por el bienestar de la manada. Siempre
que aparece la mínima amenaza de peligro, es nuevamente papel de la
pareja Alfa proteger a la manada. Ésta es la tercera situación en la que
se refuerza el orden natural de la manada. Los dos miembros de la
pareja Alfa desempeñan su papel de líderes sin pestañear, y en prime-
ra línea. Reaccionarán ante el peligro de tres. formas posibles, eligien-
do entre la huida, la inmovilidad o la lucha, y saldrán corriendo,
ignorarán la amenaza o se defenderán. Sea cual sea la respuesta que
elija la pareja Alfa, la manada volverá a respaldar a sus líderes incondi-
cionalmente.
La cuarta clave ritual tiene lugar siempre que una manada se reen-
cuentra después de estar separados. Cuando la manada vuelve a reu-
nirse, la pareja Alfa elimina toda confusión volviendo a reafirmar su

57

- .-..
~
Saber escuchar al perro

dominio mediante la emisión de señales claras al resto de la manada.


La pareja posee su propio espacio personal, una zona VIP si se quiere,
dentro de la cual opera. No se permite a ningún otro lobo invadir este
espacio a menos que sea invitado a hacerlo. Rechazando o aceptando la
atención de otros miembros que desean entrar en su espacio, la pareja
Alfa restablece su primacía en la manada, sin recurrir nunca a la cruel-
dad ni a la violencia.
Podemos considerarles mascotas, pero nuestros perros todavía
creen que son miembros funcionales de una comunidad que opera
según principios que descienden directamente de la manada de lobos.
Tanto si su "manada" consiste en él mismo y su dueño, como en una
gran familia formada por varios seres humanos y otros animales, el
perro cree formar parte de un grupo social y de una jerarquía que debe
respetarse en todo momento. Además, todos los problemas que en-
contramos en nuestros perros están enraizados en su creencia de que
son.ellos en vez de nosotros, sus dueños, quienes lideran sus propias
manadas.
En nuestra moderna sociedad, mantenemos a los perros como
cachorros eternos, dándoles de comer y cuidándoles, así que nunca tie-
nen que arreglárselas por su cuenta. Esta es la razón por la que a los
perros no se les debería dar nunca la responsabilidad de ser Alfa de una
manada, simplemente porque serán -incapaces de asumir las decisiones
que tengan que afrontar. La responsabilidad ejerce sobre ellos una
inmensa presión y les induce a los trastornos de comportamiento que
presencio tan a menudo.
En el curso de los últimos años, los muchos perros con los que he
trabajado han sufrido síntomas que iban desde morder a ladrar, pasan-
do por perseguir a ciclistas. Pero en todos y cada uno de los casos, la
raíz del problema residía en la errónea creencia de los perros sobre el
lugar que ocupaban dentro de la manada. Por tanto, en todos y cada
uno de los casos, he empezado de la misma forma, pasando por el pro-
ceso de la Vmculación Amichien. Nunca me he desviado ni una sola
vez: es absolutamente fundamental.
La vinculación está formada por cuatro elementos bien diferencia-
dos. Cada uno de ellos se relaciona con los momentos concretos que
he identificado en los que se establece y refuerza la jerarquía de la
manada. En cada una de estas ocasiones, el perro se enfrenta a una pre-
gunta a la que debemos responder por él:

58
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

. Cuando la manada se reúne tras una separación, ¿quién es ahora


el jefe?
. Cuando la manada es atacada o hay una amenaza de peligro,
. ¿quién va a protegerla?
Cuando la manada va de cacería, ¿quién será el guía?
. Cuando la manada come, ¿en qué orden lo hace?

Se trata de un método holístico de trabajo: los cuatro elementos deben


tener lugar conjuntamente, y deben ser repetidos de forma constante, un
día sí y al otro también. De hecho, el perro debe recibir Un auténtico
bombardeo de señales. Necesita aprender que no tiene la responsabilidad
de cuidar de su amo, que no es trabajo suyo cuidar la casa, que todo lo
que tiene que hacer es relajarse y disfrutar de una vida cómoda y agrada-
ble. Es un mantra que hay que repetir una y otra vez. Sólo entonces el
perro recibirá el mensaje de que ya no es el responsable, sólo entonces
será capaz de ejercer la forma más poderosa de control, el autocontrol.
Después de haber logrado esto, la tarea de abordar los problemas más
específicos de ese perro en concreto se vuelve infinitamente más sencilla.

1. La reunión - La regla de los cinco


minutos
El primer requisito de la Vinculación Amichien es establecer ellide-
razgo durante la vida diaria en el hogar. Hacerlo supone abordar esos
momentos en que el perro y su dueño se reúnen tras una separación.
La mayoría de la gente se imagina que estas reuniones ocurren en con-
tados momentos del día, cuando salen a trabajar o a la compra, por
ejemplo. En realidad, la separación ocurre en incontables ocasiones a
lo largo de la jornada.
En todo lo que se expone a continuación, debe contemplarse al
perro, no como una encantadora mascota casera, sino como el líder
profundamente protector y fieramente leal de una manada de lobos.
Por tanto, al margen de si su amo se va de casa o simplemente sale de
la habitación para ir al jardín o al cuarto de baño, el perro lo ve como
un caso en el que alguien bajo su responsabilidad o un niño sale de su
custodia protectora. Aunque la persona probablemente sepa cuánto
tiempo estará ausente, el perro no. Por lo que a él respecta, el sujeto

59
7

//

Saber escuchar al perro


,/

bajo su responsabilidad puede no volver nunca y es posible que jamás


vuelva a vede. Así que, tanto si está ausente ocho horas como si está
fuera ocho segundos, en cuanto el sujeto que tiene a su cargo reapare-
ce, el perro llevará a cabo un ritual encaminado a restablecer su lide-
razgo. Para contrarrestar este proceso, el dueño debe empezar a
exhibir el comportamiento de un líder. Y el primer paso para estable-
cer ese liderazgo consiste en ignorar al perro.
Todos los perros llevan a cabo sus diferentes rituales cuando se reú-
nen con sus dueños. Pueden empezar dando brincos a su alrededor o
ladrando, lamiéndoles o trayendo juguetes. Sea lo que sea, es esencial
que el dueño haga como que no lo ve, que finja que no está sucedien-
do. Si no se hace esto, significa que el perro ha sido reconocido, que se
le ha rendido homenaje, que su comportamiento ha logrado atraer la
atención y el perro ha conseguido lo que quiere. Su primacía ha sido
confirmada. Incluso girándose y diciendo "Basta ya", el dueño está per-
mitiendo que el perro logre su objetivo. La clave, por tanto, estriba en
no establecer contacto alguno con el perro. Entiendo por esto ningún
contacto ocular, ni conversación, ni contacto físico alguno, a menos
que sea para apartado suavemente.El dueño no debe hacer nada.
Por muy agitado o agresivo que el perro se muestre, llegado a un
punto decidirá dar por terminado este ritual y se alejará. En la mayo-
ría de los casos, el perro se tomará probablemente un breve lapso para
evaluar lo que ha sucedido. Es muy posible que vuelva y repita de
nuevo el mismo repertorio. Si lo hace, ignórelo. Lo que sucede es que
el perro está percibiendo un cambio fundamental en su ambiente. Cada
vez que vuelve, lo hace intentando descubrir un punto débil en el
nuevo aspirante a líder. He visto perros llevar a cabo el mismo ritual
una docena de veces antes de rendirse; pero cada vez la representación
es más contenida. Al final, sus ladridos serán apenas audibles. La clave
es recordar que nada puede suceder hasta que termine este repertorio.
Cualquier intento de conseguir que el perro coopere con usted antes
de ese momento será inútil.
El perro dará señales de que su resistencia ha terminado relajándose
o apartándose a algún sitio en el que echarse. Es la primera indicación
que perciben los amos de que el perro les está contemplando, a ellos y
su relación, bajo otro aspecto. La sumisión del perro refleja un nuevo
respeto por el espacio del amo. El proceso está lejos de haber acabado,
pero se ha producido un avance decisivo.

60
La Vinculación Amichien: el establecimiento del liderazgo de la manada

Lo importante ahora es que nada suceda durante por lo menos cinco


minutos. Se puede conceder al perro más tiempo si se prefiere, pero en
ningún caso debe intentarse ninguna otra cosa antes de que hayan
transcurrido esos cinco minutos. Yo lo llamo "el tiempo muerto".
Durante este período, el amo debe seguir simplemente con su rutina
habitual. Algunos se impacientan; por eso les digo que, si no pueden
pensar en otra cosa, deben meterse en la cocina y hacerse una taza de
té o de café, porque suele tardarse en prepararlo más o menos ese
tiempo. El propósito de esta pausa es permitir que empiece el silencio-
so proceso de deponer al perro, de quitarle el trono. Lo que el dueño
está invitando a hacer al perro durante este lapso es reflexionar deteni-
damente en lo que acaba de suceder. Se le da tiempo para darse cuen-
ta de que han ocurrido dos cosas: en primer lugar, que su ritual no ha
obtenido ningún tipo de respuesta y, en segundo, que algo ha cambia-
do en su relación con su compañero de manada. Ha habido una sutil
alteración en la jerarquía. I
Algunos perros lo cazan al vuelo; otros no son tan rápidos. En algu- 1
nos casos se tarda menos tiempo; en otros, más. Sin embargo, por I
experiencia, creo que cinco minutos suelen ser suficientes para que
tenga lugar esta asimilación. Si durante ese tiempo un perro se acerca 1
a su dueño sin que éste se lo pida, debe ser ignorado; aunque venga a
sentarse en el regazo de su amo, debe ser expulsado sin decir una pala- l'
bra. No debe permitirse al perro exigir nada nunca más. 1'
Puede, por supuesto, ser un reto, especialmente con perros grandes y
corpulentos. Pero el amo debe mantenerse firme. Si el amo está de pie iI
y el perro se acerca a él, debe cerrarle el paso con el cuerpo y apartarse 1'
del animal. Si el perro le salta encima, colocando las patas delanteras en I
el regazo del amo, éste debe, en silencio, poner una mano en el pecho del 1
perro y presionarle suavemente para que se baje. El amo no debe dar un
empujón fuerte ni tampoco decir nada. No me canso de insistir en este
punto. Incluso decir "Fuera" o "Vete" asegura que el perro se ha salido con
la suya y ha sido reconocido. Una vez que hayan transcurrido los cinco
minutos, puede comenzar la tarea de entrar en contacto con el perro. Y es
al establecer contacto con él de una forma particular como el dueñQpodrá
reforzar el mensaje de que se ha establecido un nuevo liderazgo.
A menudo oigo a la gente quejarse de que es cruel ignorar al perro del
modo que yo propugno. Siempre respondo lo mismo: la realidad es que
estableciendo mi relación con el perro sobre la base correcta, puedo dis-

61
Saber escuchar al perro

frotar aún más de su compañía. Concediéndome a mí misma el tiempo


para seguir tranquila con las demás tareas que tengo que hacer en casa,
puedo hacer que el tiempo que paso con mis perros sea efectivo y de ca-
lidad. Todos los amos pueden empezar a crearse esos momentos de cali-
dad desde el comienzo mismo. No estoy diciendo ni por un instante que
los amos deban ignorar a sus perros de ahora en adelante; todavía pue-
den mimar y acariciar a sus compañeros tanto como deseen, pero según
sus propias normas. Los perros serán más felices en este tipo de relación,
porque no habrá confusión sobre quién cuida de quién.

- Acudir a la llamada -
Una vez que hayan transcurrido los cinco minutos, el amo puede
empezar a interaccionar con su perro según las nuevas reglas. Y la pri-
mera tarea que les pido que practiquen es conseguir que el perro acuda
a su llamada cuando el amo quiera. Los principios rectores en esta
situación son petición y recompensa. Empleo la palabra "petición" en
vez de "orden" a propósito, porque de 10que se trata aquí es de un pro-
ceso recíproco. Recuerde siempre que estamos intentando crear una
situación en la que el perro haga cosas siguiendo su libre albedrío.
Queremos que et perro elija a su amo como líder por voluntad propia.
Los puntos clave que pido a la gente que recuerde mientras va avan-
zando son que siempre deben establecer contacto ocular y siempre de-
ben llamar al perro por su nombre. Lo más importante de todo: deben
siempre acordarse de recompensar su buen comportamiento cuando
acuda como se le ha pedido. La elección de la recompensa queda ente-
ramente a la propia elección del amo. Yo encuentro muy eficaces
como golosinas los trocitos de queso o de hígado o las tiras de carne;
pero esto depende deccada amo: cualquier cosa que le guste a su perro.
Una mujer me preguntó una vez si podía dar a su perro una lata ente-
ra de comida. Dada la cantidad-de recompensas que deben prodigarse
en las primeras etapas del proceso, el perro acabaría estando bastante
gordo.
Lo importante es que, en el segundo mismo que el perro acuda, se
le ofrezca la recompensa en la boca y se le diga "buen chico" o "buena
chica", o "muy bien". Asimismo, recomiendo que los dueños acaricien
suavemente la cabeza y el cuello del perro. Desde el mismo comienzo
están estableciendo un principio importante: el perro ha hecho 10 que

62
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

se le había pedido que hiciera y en cuanto lo ha hecho ha conseguido


un beneficio. Recompensando al perro con comida, reiteradas aproba-
ciones y caricias en una zona enormemente importante de su cuerpo,
el amo está enviando un poderoso mensaje que se reproducirá una y
otra vez de ahora en adelante. Si el perro acude al líder cuando se le
pida, el líder se lo recompensará.
Se trata de una etapa crucial al comenzar a establecer elliderazgo del
dueño y debe practicarse hasta que la respuesta sea exactamente la que
el dueño solicita. Es bastante probable, por ejemplo, que el perro res-
ponda a las atenciones y en especial a las caricias volviéndose a agitar
como antes. Si el perro empieza a empeorar volviendo de esta manera
a su antigua conducta, el amo debe parar inmediatamente y suspender
el proceso durante al menos una hora antes de volver a empezar. El
perro debe entender que sus acciones tienen consecuencias y que, al
igual que el buen comportamiento es recompensado con comida o
afecto, el comportamiento indeseable produce consecuencias mucho
menos agradables; pierde lo que más anhela, la atención de su líder. Si
esto sucede, pido a los amos que simplemente repitan el proceso desde
el comienzo y sigan repitiéndolo con calma y coherencia hasta que el
perro comprenda lo que quieren. Es fundamental que los,dueños no se
apresuren y, aún más importante, que no se enfaden. Les pido que
mantengan el pulso cardíaco bajo en todo momento; les digo que
recuerden a Kipling y "guarden en su puesto la cabeza tranquila".
Un instrumento añadido en esta etapa es la creación de "zonas
prohibidas" dentro de la casa. Desde los comienzos, puede enseñarse al
perro que ciertas zonas de la casa pertenecen al líder. Nuevamente, el
animal reconocerá los principios en juego a partir de su conexión ins-
tintiva con el lobo. Dentro de la manada, el espacio del Alfa es respe-
tado en todo momento. Los subordinados sólo entran en este espacio
a invitación de su líder.
Lo normal es que el perro responda inmediatamente al nuevo siste-
ma. Si lo hace, el amo simplemente necesita pasar unos pocos días repi-
tiendo el proceso, empezando y terminando de la misma manera. Al
progresar, deberían notar que el perro comienza a responder sin preci-
pitarse a que se le llame por su nombre. Éste es un buen indicador de que
se están aproximando a su meta. Comparo el comportamiento de un
perro que ha captado mi método al de un niño bien educado respon-
diendo a la autoridad de un maestro de escuela.

63
Saber escuchar al perro

Si se le llama por su nombre en clase, el niño demostrará haber oído


al maestro y luego esperará a que éste le indique la tarea. Quiero que
el perro se comporte precisamente de la misma manera. Quiero que se
quede allí, de pie o sentado, que demuestre haber oído a su amo
mediante el contacto ocular y que espere su petición, sea la que sea.
Los perros poseen muchas cualidades maravillosas, pero no son -al
menos que yo sepa- capaces de leer el pensamiento. No saben lo que
se quiere de ellos. Al sentar estas bases, al establecer así elliderazgo, los
amos están preparando el camino para una nueva relación. De ahora en
adelante, el perro ya no tendrá que adivinar lo que su amo quiere. Está
listo para escuchar y cooperar con las peticiones de su amo. También
está preparado para relajarse y disfrutar de la vida.

2. Señales de peligro
Uno de los mensajes que recalco cuando estoy trabajando con los pro-
pietarios es que los cuatro elementos de la Vinculación Amichien
deben actuar conjuntamente. Mientras inician la primera parte del
proceso de establecimiento de vínculos, deben también empezar a ocu-
parse de una segunda área clave, que clasifico como momentos de peli-
gro aparente. En casa suele manifestarse habitualmente cuando llegan
visitas. Todos hemos presenciado escenas de perros que pierden los
estribos en cuanto suena el timbre o la aldaba. No hay ni un solo car-
tero o lecherd que no haya sido víctima de este tipo de atenciones no
deseadas. De nuevo, la clave para comprender este comportamiento se
halla en la manada. Si un perro cree ser el líder de su manada, consi-
derará que le corresponde defender la guarida. Por tanto, en casos
como éste, el perro está respondiendo a una amenaza no identificada.
Alguien o algo está a punto de entrar en su comunidad y está ansioso
por conocer con precisión quién o qué es. Luego, cree que es respon-
sabilidad suya tratar con el intruso.
Hay dos elementos en el proceso que pido a los dueños que realicen
en este caso. El primero implica al dueño; el segundo, al visitante.
Cuando el perro empiece a ladrar o se ponga en pie de un' brinco al
oírse ruidos de-alguien que está en la puerta, la tarea del dueño es agra-
decérselo al perro. La idea clave aquí es que el amo, como líder que es,
6 En los países anglosajones es habitual el reparto de leche fresca puerta a puerta. (N. d. T)

64
111

Mi padre, con
su perro Gyp.

I
Haciendo
amigos: a los
cuatro años
de edad,
en una
merienda
familiar
en el Parque
Norman,
de Fulham
(Londres).
Mi primer amor: con
Shane, el Border collie
que inspiró mi pasión
por los perros.

Pasión por los caballos


a la edad de diez años.
Ganador de
concursos:con ml
Springer spaniel
Khan.

La familia.
Mi hijo TOny
(derecha) y mi
hija Ellie, con
Kelpie, nuestra
perra de caza.
..
Dan Broughton montando a
Ginger Rogers, la yegua que
Monty Roberts transformó en
veintitrés memorables minutos.

Donna, "La Duquesa".


Lu JJ.rif¡W.rifb.rifn
B.rif?'weic ("cbifl.r;rdo")... Aquí .r;rp.r;rrezC!J
cm el Jack Russell rescatado
que me enseñó tanto.

Una joven Sasha, mi Pastora negra, Sasha enseñando a


intenta infructuosamente atraer Barmie ajugar a tira
la atención de Sandy. y afloja.
'JI E

iII ~
lO

... --

Un loboAlfa demuestra su supe7'ioridad colocandoel cuello sobre la cabeza y la cruz


de otro, ms partes vulnerables.

_e ch.", _.,
j)¡¡-'C~- " ~ ~

~ ~ ~ iII '"
~ i ~
.C" i!! 1!!
" "" >
~.
"
? ft",

'i!IJ

Igual que los lobos dan vueltas en torno a su presa, mis Spaniels demuestran
el mismo instinto.
~
El parecido entre los lobosy los
perros puede ser asombroso.
Arriba, un cachorro de
lobopide comida;
derecha, el cachorro
de Molly hace
otro tanto.
Tanto los perros
como los lobos
Juegan a
inmovilizar
a su presa.
I!;

-..-
t
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

está reconociendo el papel esencial que el perro está desempeñando en


la manada. El perro se ha dado cuenta de que hay un peligro potencial
y ha alertado al encargado de tomar las decisiones. Es como un niño
que ha dicho a sus padres que hay alguien a la puerta y al que se le han
dado las gracias por hacerla. Relevado de su responsabilidad, el perro
puede, a continuación, dejar a quien toma las decisiones que decida si
se permitirá al visitante que atraviese la puerta.
Los perros son todos muy distintos. Algunos han desarrollado peo-
res hábitos que otros; por eso, inevitablemente las reacciones (de
perros y de humanos) serán diferentes. La experiencia me ha enseñado
que hay cuatro maneras de afrontar esta situación. En primer lugar, los
amos pueden permitir que el perro se acerque a la puerta con ellos.
Pero si se hace así, debe pedirse al invitado que ignore al perro del
mismo modo que el amo ha estado haciendo después de las separacio-
nes. Debe explicarse a la visita que, sean cuales sean sus propias reac-
ciones instintivas, no deben acariciar al perro.
Es algo -lo sé- muy difícil, en especial para quienes aman a los ani-
males y en el caso de perros que se te suben literalmente a las barbas,
exigiendo atención. Por eso, la primera alternativa para esta situación
es ofrecer al dueño la opción de ponerle al perro la correa, algo que le
permitirá ejercer un mayor control si la situación se complica.
Si el comportamiento del perro es verdaderamente inaceptable, hay
que aplicar la siguiente alternativa y pedir al perro que se vaya a otra
habitación. Pero es importante que esto no se vea como una exclusión
o un castigo. N o debe empujarse físicamente al perro ni cogerlo en
brazos para llevárselo a la otra habitación. No debe echársele de casa;
al jardín, por ejemplo. Durante todo el proceso quiero que el perro
esté realizando asociaciones positivas con su comportamiento en cier-
tas situaciones. Por tanto, debe hacerse según los principios de recom-
pensa ya establecidos. El perro será alabado por reconocer el peligro;
luego se le apartará del proceso de toma de decisiones y se le dará una
de sus golosinas favoritas por su cooperación. Y entonces puede cerrar-
se la puerta para quitarle de en medio temporalmente.
Abordando de este modo la situación, el amo creará yl tiempo y el
espacio necearios para explicar al invitado lo que está pasando. Puede
entonces darse instrucciones al visitante para que se comporte del
mismo modo que ahora es la norma. Una vez que esto se haya enten-
dido, puede dejarse con total seguridad que el perro vuelva a la sala de

65
Saber escuchar al perro

estar. Siempre pido a los amos que se aseguren de que al volver el


perro nadie le habla al entrar. Si así se hace, el perro reconocerá la
situación como normal y empezará a comportarse como viene siendo
ya habitual.
La cuarta y última opción para abordar esta área se aplica si los invi-
tados no creen en lo gue el dueño está haciendo o simplemente no son
capaces de entenderlo. Los niños, claro está, son el ejemplo más obvio
de estos últimos y trataré de ellos con detalle a su debido tiempo. En
este caso puede ser mejor dejar al perro en una habitación separada.
Igualmente, puede ser lo más acertado si tiene usted amigos o familia-
res que simplemente no quieran cooperar con el proceso. Para la
mayoría de la gente, no merece la pena enemistarse con sus familiares
y amigos por esto.

- Controles básicos -
En muchos sentidos, aprender la Vmculación Amichien es comparable
a aprender a conducir un automóvil. Con el tiempo, las rutinas funda-
mentales se acabarán transformando en un hábito. Sólo será en las
situaciones difíciles cuando los propietarios tendrán siquiera que pen-
sar en las prácticas que están aplicando. Por lo general, quedará alma-
cenado en el subconsciente, como una nueva capacidad muy útil que
servirá para aumentar enormemente el gozo de vivir de quienes aman
a los perros.
Sin embargo, a nadie se le permite conducir un coche sin haberle
enseñado antes a localizar y a manejar los mandos básicos de control,
como los pedales, el embrague y el acelerador. La siguiente etapa a la
que debe pasar el propietario es el paseo con el perro. Antes de que sea
capaz de salir al mundo exterior, el amo debe aprender las habilidades
básicas requeridas para ejercer el control en esté ambiente. Como en
todos los métodos de adiestramiento canino, el control consiste en la
capacidad de conseguir que el perro acuda a la llamada de su amo, que
camine a su lado, que se siente y que se quede quieto.
Según afirma el dicho, como tu casa no hay nada. Y por lo que res-
pecta a la colocación de las primeras piedras de mi método, resulta
enteramente cierto. Creo fervientemente que no hay ningún lugar
como el propio ambiente del perro para empezar a cimentar la relación
que se establece mediante la Vmculación Amichien. Por eso pido a los

66
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

dueños que se concedan por lo menos una quincena para acoplar todos
los elementos de mi método.
Por supuesto, el proceso para conseguir que el perro acuda a la lla-
mada de su dueño cuando éste lo desee ya ha empezado durante el tra-
bajo de establecimiento de vínculos que sigue a la regla de los cinco
minutos. En esta primera etapa, el perro ha empezado a darse cuenta
de que ciertos comportamientos son recompensados con comida y
otros no. Enseguida elige el comportamiento del que más provecho
obtiene. El principio seguirá siendo fundamental ~n todas las partes del
adiestramiento de cada una de las etapas.
Al pasar a la próxima fase, lo primero que recomiendo a los propie-
tarios que enseñen al perro es a sentarse. Para la mayoría de los pro-
pietarios de perros normales, es el medio más importante de conseguir
que un perro ejercite su derecho a quedarse inmóvil. Es útil -y a veces
vital- disponer de esta medida de control. En ciertas situaciones peli-
grosas, puede salvarle la vida a un perro.
En todo lo que hago es fundamental la idea de que los perros empie-
cen a tomar decisiones por su propia voluntad. A cada paso quiero que
realicen asociaciones positivas con ciertos comportamientos. Quiero
que reconozcan las situaciones en las que saben instintivamente que algo
les espera, que serán recompensados si actúan correctamente. Como ya
he dicho, no hay instrumento más poderoso a este respecto que lacomi-
da. Para enseñar a un perro a sentarse, pido al dueño que llame al perro
para que acuda, y que luego acerque un trocito de comida al perro, casi
tocándole la nariz y lo mueva sobre la cabeza del perro. Como el perro
arquea instintivamente la cabeza hacia atrás p::iraseguir el olor, su cuer-
po también se inclinará hacia atrás. Cuando "esto suceda, las nalgas del
perro tocarán el suelo. En cuanto lo hagan, debe meterse la golosina en
la boca del perro, acompañada contemporáneamente por una confirma-
ción verbal: la palabra "sitz" o "siéntate". La señal está clara, la acción
del perro es correcta y recibe la correspondiente recompensa.
Si el perro se mueve hacia atrás al seguir el trozo de comida, puede
colocarse una mano detrás de él para evitado. Nunca deben utilizarse
las manos para forzar la grupa del perro a bajar al suelo. Si, por cual-
quier razón, el perro se aparta, pido a los dueños que, simplemente,
retiren la comida de delante del perro y vuelvan a empezar. Si se repi-
te, el perro aprenderá enseguida las realidades de la vida: si hace bien
la tarea recibirá su paga; si la hace mal, no. Pronto se sentará natural-

67
Saber escuchar al perro

mente. Pero los perros son, sin duda, criaturas muy inteligentes: si un
perro empieza a sentarse delante de su amo sin habérselo pedido, no
debe premiársele de ninguna forma; el perro está intentando volver a
disponer del control sobre la toma de decisiones.
A partir de aquí, recomiendo a los dueños que pasen al trabajo de
adiestramiento de las pautas junto al amo. Entiendo por ello conseguir
que el perro comprenda que la mejor posición para él es estar alIado
de su dueño en todo momento. Nuevamente, recomiendo que esto se
enseñe sin correa; al perro le quedará así abierta la posibilidad de huir
si se asusta; de este modo se sentirá cómodo y seguro. También aquí la
comida es el medio ideal para comunicar este mensaje. Pido a los due-
ños que animen a su perro a acudir para ponerse a su lado usando la
golosina preferida de su mascota. Como en el resto del trabajo, pido a
los propietarios que refuercen con caricias el mensaje que están trans-
mitiendo al perro. La clave vuelve a ser que las caricias se restrinjan al
área primordial de la cabeza, el cuello y la cruz. La señal es inequívo-
ca: soy el líder, conozco tus puntos débiles, pero estoy aquí para prote-
gerte. El perro no tendrá más alternativa que confiar en alguien que
presenta credenciales tan formidables.
En la mayoría de los casos, hastan la capacidad de sentarse y perma-
necer junto al amo. Pero soy partidaria de conseguir que el perro tam-
bién se eche a petición del dueño. La razón es sencilla. La calma es de
suma importancia en cada elemento de mi método y ésta es la posición
más relajada que puede adoptar un perro. Nuevamente, animo al perro
a hacerlo mediante recompensa y estímulo, pero en este caso condu-
ciendo al perro debajo de un mueble no muy alto, una mesa o una silla,
para conseguir que se eche. Una vez más, estoy manipulando la situa-
ción, consiguiendo que el perro haga algo por una buena razón en vez
de usando la fuefza. Y de nuevo, es una idea que los perros captan con
increíble rapidez.
Un aspecto que merece la pena destacar en esta etapa es que e[ perro
no necesita ser recompensado con una golosina cada vez que comple-
ta satisfactoriamente una acción meritoria. La comida es un poderoso
medio de transmitir el mensaje inicial. Pero, a medida que el proceso
se desarrolla satisfactoriamente, sugiero a los dueños reducir poco a
poco la frecuencia de recompensas de comida. Pueden empezar bajan-
do a una vez sí y otra no que el perro hace lo correcto; luego a una vez
cada seis, y así hasta que se dé comida una vez cada veinte. Pero este

68
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

instrumento nunca debe desaparecer totalmente del proceso. Es im-


portante mantener vivo el interés.
Como en tantos casos, es adecuado traer aquí a colación la analogía
con los niños. Recuerdo una vez con mi nieta, Ceri, cuando sus padres
le estaban intentando enseñar buenos modales. Había aprendido a
decir las palabras mágicas "por favor", pero en una ocasión no las usó.
"Se me ha olvidado, sólo tengo cuatro años", dijo con una sonrisa
angelical. Los perros no son muy distintos. También les lleva su tiem-
po captar las cosas cabalmente. Pero si se les da el tiempo, el afecto y
el ánimo debidos, lo conseguirán.
La gente a menudo se pregunta si mi método elimina el placer de
poseer un perro. Siempre lo encuentro desconcertante: de hecho, suce-
de exactamente lo contrario. Al eliminar la responsabilidad de la vida
del perro, el propietario le asegura una existencia más feliz y despreo-
cupada. Y, al crear un ambiente en el que el amo puede relacionarse con
su perro a las horas que él o ella elija, al perro se le ofrecen períodos de
verdadera calidad con su líder. Ese tiempo de calidad puede emplearse
para construir una relación incluso más profunda y gratifican te.
Dos actividades específicas, el juego y el cepillado, son particular-
mente agradables al cimentar la relación que los amos buscan en este
sentido. Los juguetes ofrecen un medio perfecto tanto para establecer
vínculos con el perro como para reforzar, al mismo tiempo, el orden
jerárquico. Asimismo, al dueño puede resultarle muy placentero cepi-
llar a su perro. Y vuelve a aplicarse el principio de la recompensa. Si el
perro se deja cepillar suavemente sin protestar, se le puede elogiar y
recompensar con comida. Todas ellas son las piezas con las que se irá
preparando la futura vida en común. Más adelante consideraré ambas
áreas con algo más de detalle.

3. Encargarse del paseo


Las primeras disciplinas -acudir, sentarse y ponerse junto al amo-, no
deberían llevar, salvo caso raro, más de una semana. Sientan las bases
para la siguiente área de importancia: salir de paseo, que es equivalen-
te, a los ojos del perro, a liderar la manada en una cacería. Por supues-
to, los hábitos de paseo varían considerablemente de persona a
persona. Algunas sólo tendrán el tiempo justo para sacar a sus perros
a pasear durante breves momentos por la mañana y por la noche. Otras

69
Saber escuchar al perro

tendrán la posibilidad de dar paseos largos y frecuentes a cualquier


hora del día o de la noche. Mi método está pensado para ajustarse a
todos los estilos de vida. Sea cual sea la situación, la clave para esta
parte del proceso es que los propietarios se encarguen del paseo. Con
mucho, la forma más sencilla de que dispone el propietario para saber
si el paseo está yendo según el plan previsto es preguntarse si están
contentos ellos mismos y si controlan la situación. Una vez más, la
calma y la coherencia son cruciales.
La primera tarea es conseguir que el perro se acostumbre a la correa.
Personalmente prefiero las correas ligeras de cuerda. Las cadenas me
parecen armas, y si se tiene presente que un perro sólo tira de la correa
porque cree que es lo que debe hacer, porque es el líder, ninguna forma
de limitación ñsica le hará cambiar de idea. Lo que hay que cambiar es
la idea que tiene de su papel en la manada. Pido a los amos que llamen
a su perro para que acuda a su lado; luego, usando comida como
recompensa, deben ponerle la correa. Indudablemente, éste es uno de
los momentos más intensos del método: marca la primera ocasión en
que al perro se le niega la opción de huir. Es también la primera vez,
en el proceso de vinculación, que el amo coloca un objeto alrededor de
la zona -sumamente importante- de la cabeza, el cuello y los hombros
del animal. Si el perro muestra por ello cualquier tipo de ansiedad,
haga que la asociación con la correa resulte positiva usando comida
como recompensa. Una vez que haya aceptado la correa, la creencia del
perro en elliderazgo del amo aún se hará más profunda.
Por supuesto, no resulta nada sorprendente que todos los perros se
exciten ante la perspectiva de salir de casa y adentrarse en el mundo
exterior. Desde su punto de vista, van de caza, la actividad más ele-
mental de todas. Agradecen la descarga de adrenalina que experimen-
tan. Pero es tarea del amo mantener estable el entusiasmo del perro. Es
una prueba importante de liderazgo.
Cuando el perro ha aceptado la correa, pido al dueño que consiga
que se ponga a su lado, de nuevo usando comida como recompensa si
es necesario. Si el perro intenta tirar, les digo a los amos que se que-
den quietos: el perro recibe una demostración de las consecuencias de
su acción. El amo debe entonces volver al principio y pedir al perro
que se ponga a su lado una vez más. Cuando el perro lo haya hecho,
es el momento de ponerse en marcha. Cualquier indicio de tirar de la
correa debe tener como resultado un aflojamiento de ésta y la suspen-


La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

sión del paseo. El mensaje crucial que tiene que transmitirse ahora es
que el perro debe permanecer cerca del amo, no delante de él, sino a
su lado. Cualquier desviación provoca un retorno a la guarida.
Este principio no tiene nunca tanta importancia como en la siguien-
te etapa crucial: cuando el amo sale por la puerta de casa. Para el perro,
es un pórtico que conduce a otro mundo, una salida de la guarida a un
lugar que alberga un millón de peligros potenciales. Es absolutamente
fundamental que el amo atraviese primero la puerta. Esto significa que
es el líder y que está realizando la tarea de asegurarse de que no hay
moros en la costa. De nuevo se trata de una señal inmensamente pode-
rosa. Si el perro, de alguna manera, consigue salir primero, hay que
volver a empezar.
Los temas establecidos bajo techado deben mantenerse establecidos
cuando el perro sale al exterior. Así, por ejemplo, cuando comienza el
paseo, nunca debe permitirse que el perro camine delante. Una vez
más, esa posición queda reservada al líder. Si el perro siente que esta
posición es aceptable, quedará establecida su creencia de que está lide- (

randa la cacería. Debe permanecer junto al amo en todo momento.


Naturalmente, en esta etapa los perros pueden excitarse considera-
blemente. Tirar de la correa es uno de los problemas más comunes que
afrontan los propietarios de perros en todas partes. Es imprescindible
que los amos no entren en un forcejeo a ver quien tira más. Incluso los
perros más pequeños pueden tirar con mucha fuerza. No debe consen-
tirse este juego. El perro debe jugar según las reglas del amo, no según
las suyas propias. Si un perro tira continuamente, hay que aflojar la
correa, señalando que el paseo queda suspendido. A muchas personas
esto les puede parecer muy severo, pero no durará mucho tiempo.
Cuando el perro aprende que tirando de la correa el paseo se suspen-
de, no tarda mucho en caer en la cuenta.
Por supuesto, hay personas que argüirán que negar al perro su paseo
diario es cruel. Sin embargo, en mi opinión, es más importante que
el perro establezca una confianza total en ti antes de introducirse en el
mundo exterior. De otro modo, el perro puede verse proyectado a un
medio que no comprende y en el que se le pide que desempeñe un
papel de líder para el que, simplemente, no está preparado. En mi opi-
nión, esto sí es mucho más cruel. Y además, por muchos sacrificios que
el amo haga a corto plazo en este período, le parecerán minúsculos en
comparación con los enormes beneficios que se derivarán de ellos.

71
Saber escuchar al perro

- Las peticiones de "quieto" y "ven"-


Pasear al perro es, por supuesto, uno de los grandes placeres de la vida.
Ningún amo puede dejar de disfrutar del momento en que suelta a su
perro para que corra a sus anchas, libre para expresar su personalidad
i'sus capacidades atléticas naturales. Pero al pasar a esta etapa pido a
los amos que añadan dos habilidades adicionales a su repertorio: las
peticiones de "quieto" y "ven".
Los perros deben permanecer siempre de la correa en zonas urbanas
y en las proximidades de carreteras. Nunca deja de sorprenderme
cuánta gente no se da cuenta del riesgo intrínseco de dejar a un perro
correr en libertad en estas situaciones tan peligrosas. Pero una vez en
campo abierto, puede prepararse al perro para soltado. La primera vez
que se intente, recomiendo a los amos seguir una rutina que, nueva-
mente, refuerza los principios establecidos en casa.
La primera disciplina es enseñar al perro a quedarse quieto. Se con-
sigue fácilmente manteniendo al perro atado con la correa. Primero
debe pedirse al perro que se siente del modo habitual. Entonces el
amo debe girarse para colocarse frente al perro, dar un paso atrás
mientras levanta al mismo tiempo la palma de la mano y pronunciar la
petición: "Quieto". Luego debe pedirse al perro que acuda. El proce-
so debe repetirse, alejándose el amo cada vez un poco más. Sin embar-
go, si el perro se mueve, hay que volver a colocarlo en el punto en que
el proceso empezó la primera vez. Nuevamente, el perro debe apren-
der las consecuencias de sus acciones. Las reglas de este juego deben
permanecer bajo el control del líder.
Una vez establecido este control adicional, el propietario está listo
paf~ §(J}tilf{l}{Jt=llO.L~ pljm~¡HYSlt$}}!~
~~~~~e la correa; recomiendo
animar al perro a quedarse junto a su amo durante unos instantes.
Como siempre, puede usarse un pequeño incentivo de comida para ase-
gurarse de que así suceda. Y luego debe decirse al perro alguna palabra
que reconocerá a partir de ahora como señal de que se le suelta: algo
como" A jugar".
La prueba clave ahora es si el perro va a regresar. Nuevamente se
lleva a cabo mediante respuesta y recompensa. Sugiero a los amos que
pidan al perro que acuda a su lado en cuanto se aleje más de tres o cua-
tro metros de ellos en el primer paseo. Saber que volverá ayudará tanto
al amo como al perro a disfrutar del paseo de ahora en adelante.

72
La Vinculación Amichien: el establecimiento delliderazgo de la manada

Al final, depende de cada propietario decidir si se deja al perro ir


suelto o no, y cuándo. No debe intentarse si se presiente la mínima
posibilidad de que no regrese. Recomiendo a quien no esté seguro de
ello que ponga a prueba la respuesta del perro pidiéndole que acuda
dentro de casa o en el jardín. La respuesta servirá de guía sobre cómo
actuará en un medio más amplio. Con perros que demuestren dificul-
tades en esta área, recomiendo que se añada una prolongación a la
correa. Puede usarse para ayudar al perro a comprender lo que se quie-
re de él tirando suavemente del perro hacia usted y acompañándolo
con una petición de que acuda y dándole comida como recompensa.

4. El poder de la comida
Los controles que las manadas de lobos aplican en la naturaleza que-
dan, por supuesto, fuera de nuestro alcance. Aunque quisiéramos,
seríamos físicamente incapaces de reproducir la agresividad y el extra-
ordinario lenguaje corporal mediante los cuales el Alfa ejerce su lide-
razgo. Pero, añadiendo un poco de ingenuidad y de sutileza humanas,
creo que uno de los instrumentos más poderosos de que se vale el Alfa
queda dentro de nuestras posibilidades. Lograr el control de la hora
de la comida es un elemento de enorme importancia en la Vinculación
Amichien.
Por razones que luego explicaré, llamo a este elemento de la técnica
"comida simulada". Pido a la gente que lo aplique sólo durante las dos
primeras semanas, más o menos. Si es posible, prefiero que todos los
miembros (humanos) de la familia participen. Actuando como un equi-
po, esto les permitirá comunicar una inmensa cantidad de información
y colocarse cada uno de ellos en un nivel superior de la jerarquía fami-
liar. De nuevo el requisito primordial es ser coherente; por eso es esen-
cial que se repita en todas las comidas del perro durante este período.
Muchas personas, por razones prácticas que puedo entender, dan de
comer a sus perros sólo por la noche. Para conseguir un mayor efecto,
prefiero que se dé de comer a los perros dos veces al día, una por la
mañana y otra por la noche.
La técnica es sencilla. Antes de preparar la comida del perro, pido a
los dueños que coloquen un pequeño tentempié -uno por cada persona
de la casa- en un plato situado en una superficie elevada. Sirve cualquier
cosa, una galleta, una pastita, una tostada... Luego les pido que colo-

73
Saber escuchar al perro

quen el cuenco del perro junto al plato. Asegurándose de que el perro


esté prestando atención, deben proceder entonces a mezclar su comida.
Cuando se haya terminado, sin dirigir al perro la palabra ni mirarle,
cada miembro de la familia debe coger su tentempié y comérselo. Sólo
se debe colocar el cuenco del perro en el suelo cuando todos hayan ter-
minado de comerse la galleta, o lo que sea. Nuevamente, conviene
hacerla con la menor ceremonia posible y prestando al perro la mínima
atención. Luego el amo debe irse y dejar al perro comer en paz.
El mensaje aquí es claro y potente. Igual que en la manada de lobos,
la jerarquía se manifiesta claramente a la horade la comida. El líder y
sus subordinados inmediatos son quienes comen primero. 'Sólo puede
comer el siguiente miembro en el orden jerárquico de la manada cuan-
do ellos quedan satisfechos. Para reforzar este mensaje, si el perro se
aleja de su comida durante la colación, se le debe retirar el cuenco
inmediatamente. Los amos no deben preocuparse porque pase ham-
bre. Por lo que respecta a los asuntos relacionados con las comidas, los
perros caen en la cuenta con extremada rapidez, se lo puedo asegurar.
La clave aquí vuelve a ser que el perro debe aprender que sólo se re-
compensa el comportamiento aceptable. Es el líder quien dicta las nor-
mas sobre distribución y consumición de comida. Si no cumple las
reglas del líder a las horas de comer, pierde el turno.
Los perros son animales gregarios, les gusta vivir en grupo. A menu-
do le digo a la gente que dos perros dan la mitad de trabajo que uno
solo. Juegan juntos, se entretienen el uno al otro y, cuando el amo se
ausenta, se hacen compañía. Pero cualquiera que sea la situación u
organización familiar, es importante recordar que el perro considera a
los demás animales, incluidos los seres humanos, que comparten su
espacio vital como compañeros de su manada. Todos necesitamos vivir
siguiendo unas reglas y el perro desea más vivir con reglas que noso-
tros. La clave para todo lo que hago estriba en el establecimiento de una
'serie de normas que el perro comprenderá en el contexto de su mana-
da. Una vez que el amo haya empezado a aplicar los cuatro principios
que acabo de explicar, debería tardar dos semanas aproximadamente en
conseguir que su perro asimile por completo esas reglas. Por supuesto,
no hay dos mascotas iguales. Cuantos más problemas tenga el perro o
más grave sea su comportamiento, más tiempo se tarda. No hay espa-
cio para el miedo o el dolor en mi método; por eso, siempre doy el
mismo mensaje: tenga paciencia, sea amable y acabará por suceder.

74

..
Capítulo 7

Vidas separadas:
la ansiedad por separación

S ea el caso que sea con el que me enfrento, desde comportamientos


obsesivos a perros que muerden, pasando por eneuresis (micción
nocturna), siempre comienzo por el proceso de Vinculación Amichien.
Sólo cuando ha sido eliminada la equivocada percepción que el perro
tiene sobre su posición social, pueden, el perro y sus propietarios,
empezar a llevar una vida más relajada y gratificante. Pero, por supues-
to, no hay dos combinaciones de circunstancias iguales ni hay un solo
problema idéntico a otro; de hecho, cada perro con el que he trabaja-
do ha demostrado tener más de un problema, no sólo aquel que preo-
cupaba a sus amos. Por consiguiente, he tenido que ir adaptando mi
método para tratar con una gran variedad de perros y un abanico aún
más amplio de problemas. Si algo resultó evidente en cuanto empecé
con mi trabajo fue que no iba a volverme a aburrir en toda la vida.
Ningún caso ilustra esto mejor que uno de los primeros perros que
traté, el de Sally,una enfermera de zona7que vivía en una preciosa casi-
ta de campo en un pueblo si~ado a pocos kilómetros de mi casa. Sally
me llamó una noche muy agitada. "He oído hablar del trabajo que has
estado haciendo", me dijo. "¿Sería posible que te ocuparas de mi
Bruce?" Bruce era un perro mestizo de cuatro años, muy bonito, con
un aspecto que recordaba a un zorro. Sally se desvivía por él y él sen-
tía por ella la misma adoración: el problema era precisamente que él la
quefía algo más de lo debido. ¡Y simplemente no podía soportar que le
separaran de ella!
Cuando su ama estaba en casa, Bruce la seguía a todas partes. Estaba
constantemente a sus pies. Pero sus problemas empezaban de verdad
cuando ella se iba de casa. En cuanto Sally salía por la puerta, se arma-

7 District nurse:una enfermera del National Health Service (Servicio Nacional de Salud) que
tiene asignada una zona en la que hace visitas a domicilio. (N. d. T.)

75
/'

Saber escuchar al perro

ba la de San Quintín. Bruce corría como un loco por la casa, agarran-


do desesperadamente todas las prendas de Sally que pudiera encontrar.
A! volver a casa, muy a menudo veía que Bruce se había hecho con ellas
una especie de cama en la que había estado echado. Ni que decir tiene,
la cuenta de la tintorería era astronómica. Muchos de sus vestidos favo-
ritos habían quedado inservibles.
Pero, con gran diferencia, el aspecto más inquietante del compor-
tamiento de Bruce era la forma en que había empezado a atacar fí-
sicamente la puerta principal de la casa. Había empezado por morder
el marco. Sus ataques habían ido arrancando poco a poco la madera
hasta dejar al descubierto la pared. Cuando Sally me llamó, había con-
seguido atravesar, royendo, royendo, el papel pintado y la yesería, y se
veían los ladrillos. La puerta tenía un aspecto lamentable. Sally se
moría de ganas de llamar al carpintero, pero sabía que tenía poco sen-
tido arreglar el marco hasta que Bruce no corrigiera su comporta-
miento.
En estos años, he visto estos síntomas en innumerables ocasiones. El
comportamiento de Bruce era un ejemplo clásico de uno de los pro-
blemas más comunes que trato: la ansiedad por separación. No hay
111
duda de que estar separado de su amo puede perturbar terriblemente a
111: un perro. La angustia que el perro siente puede ser la causa de algunos
111
comportamientos muy destructivos. He visto perros que se comían
muebles y cortinas, ropa y periódicos. Recuerdo uno que se comió una
casete; tuvieron que operarle para sacarle la cinta que, como si fuera un
espagueti, se había desenrollado en el estómago. Huelga decir que los
perros pueden matarse en estas situaciones.
Sin embargo, la experiencia me ha demostrado que la causa de la
ansiedad del perro no es porque se sienta triste como un niño abando-
nado, sino porque se considera un padre, y está angustiado porque no
ve a su hijo. No tardé mucho en darme cuenta de que esto era preci-
samente lo que creía Bruce, el perro. de Sally. También quedó claro
enseguida que la vida que ambos llevaban juntos sólo servía para en-
conar más esta situación. Lo primero que noté cuando visité a Sally
fue que Bruce corrió hasta mí dando brincos nada más verme. Estaba
claro que Sally lo consideraba un comportamiento normal en un perro.
Por tanto, él no tenía ni noción de lo que era el espacio personal. Para
rematarlo, el perro la seguía adondequiera que fuera, frecuentemente
caminando junto a ella de habitación en habitación. Su compañerismo,

76
Vidas separadas: la ansiedad por separación

a primera vista, era bastante encantador, dado que, además, Sally hacía
poco que había roto con su pareja. Pero yo sabía que esto estaba exa-
cerbando los problemas que se habían desarrollado.
Cuando pregunté a Sally por su rutina, enseguida me quedó claro
que no tenía prácticamente ninguna. Al ser enfermera de zona, la lla-
maban a cualquier hora del día, sin seguir ningún patrón coherente.
Normalmente salía por la mañana, pero a veces se pasaba por casa para
comer; otras veces no volvía hasta entrada la noche. Era evidente que
esto le producía una cierta sensación de culpabilidad. Por ejemplo, la
casa estaba llena de juguetes de todos los tipos concebib1es. Había tam-
bién un cubo lleno de galletas cerca de la puerta de entrada. Cuando le
pregunté para qué servía, Sally me explicó que era parte de la rutina
que seguía al salir de casa: al irse por la mañana daba unas pa1maditas
a Bruce, le decía que le vería más tarde y según salía le daba una galle-
ta. No guardaba las galletas, para que Bruce pudiera servirse mientras
ella estaba fuera. No había ninguna duda acerca del cariño que ella
profesaba a Bruce; pero ese cariño estaba mal encauzado. Era necesa-
rio que ella reorientara su afecto.
No tardé mucho en formular un diagnóstico. Estaba segura de
encontrarme ante un perro que se sentía responsable de su ama. Bruce
sentía que Sally era su hija, y no al revés, de modo que cuando ella se
levantaba para moverse por la casa él -como cualquier buen padre- la
seguía para asegurarse de que no le pasara nada. Sus ataques al marco
de la puerta eran expresiones de puro pánico por su parte. El área en
que él se concentraba era aquella en la que había tenido lugar la sepa-
ración. Mordía la puerta en un intento de escapar de casa y recuperar
a su cría. Cuando expliqué a Sally 10 que ocurría, entendió la reacción
de Bruce perfectamente. ¿No se volvería usted loco de preocupación si
su bebé se fuera de ese modo? Y, en cualquier caso, ¿qué otra cosa
podía hacer Bruce? (Se ha demostrado recientemente que los niveles
de endorfinas de los perros aumentan cuando mastican, atenuando el
dolor como una descarga de adrenalina.)
Además, Sally estaba haciendo muchas cosas que sólo empeoraban la
situación. Para empezar, le señalé que la forma que tenía de salir de
casa agitaba a Bruce. El ritual que seguía antes de irse por la mañana
reforzaba la posición del perro como líder de su pequeña manada. A
medida que él había empezado a entender el ritual, podía anticipar 10
que iba a ocurrir. El perro sentía que era el responsable y no quería que

77
Saber escuchar al perro

ella saliera a un mundo que a él le parecía que ella no comprendía bien:


un Alfa, dada su posición social, sabe, por definición, qué es lo que con-
viene hacer. .

Su ansiedad aumentaba al ver el humor que ella traía al volver.


Siempre que volvía y se encontraba el habitual desorden, regañaba a
Bruce. Desde el punto de vista de Bruce, esto debía relacionarse con
algo que ella se había encontrado mientras estaba ausente "por ahí
fuera". Así que el perro estaba ansioso cuando ella se iba y ansioso
cuando regresaba por lo que le hubiera podido suceder. Por si todo
esto fuera poco, la costumbre de Sally de dejarle las galletas en la puer-
ta agravaba aún más la situación."Es el líder quien suministra la comi-
da; por tanto, si puedes conseguir comida a cualquier hora, es que
debes ser el líder.
Siempre que me encuentro un caso así, me acuerdo de aquella esce-
na de Peter Pan en la que Wendy y los niños se echan a volar con el
hada Campanilla. Al partir, un poco del polvo mágico de Campanilla
cae sobre la perra de los niños, Nana,s que flota con ellos. Cuando la
cadena a la que sigue atada le impide seguir volando, su rostro se cubre
de una mezcla de tristeza y de terror. Está preocupada por el destino al
que se dirige su familia y desesperada porque ella no puede acompa-
ñarlos para protegerlos. Me daba mucha pena aquella perra y sentía
una compasión similar por Bruce. Como tantos perros con los que me
cruzo, creía que era responsable de su ama. Dado que sus orígenes
se encontraban en una sociedad en la que la clave era la conservación
de la manada, su separación de su hija le desesperaba. Mi tarea consis-
tía en intercambiar sus roles: había que cambiar la descripción del tra-
bajo de cada uno.
Cada propietario con el que trato tiene que empezar de la misma
manera. Lo primero que Sally tenía que hacer era seguir el proceso de
Vinculación Amichien. Sólo siguiendo las cuatro partes podía reequili-
brarla relación para que Bruce fuera relevado de la responsabilidad
que estaba causándole tanto estrés. La intimidad de Sally con Bruce era
tal que al principio ella se sentía terriblemente culpable por ignorarle.
Como tanta gente, se preguntaba si esto no apenaría al perro. Todavía
hoy, las personas que empiezan el proceso me dicen: "Estoy seguro de

8 Nana es una perra de raza Terranova que actúa en la obra como niñera de los hijos del matri-
monio Gentle. (N. d. T.)

78
Vidas separadas: la ansiedad por separación

que mi perro cree que ya no le quiero". A esto respondo que, una vez
más, estamos obsesionados por una idea humana del mundo, en con-
creto por nuestra idea del amor. Si realmente amamos a alguien o apre-
ciamos algo, nuestra única motivación debería ser desearles 10 mejor.
En circunstancias como éstas, pido a los amos que piensen menos en 10
que ellos necesitan y más en las necesidades del animal. Y además, una
vez que se haya completado el proceso de vinculación, se es libre de
colmar al perro co~ tantas atenciones como se quiera: es afecto en una
distinta dirección.
Bruce tenía cuatro años, y llevaba mucho tiempo haciendo esto, así
que definitivamente se trataba de 10 que llamo un perro "de rehabilita-
ción". Para afrontar el problema concreto de salir de casa, yo necesita-
ba profundizar el proceso. Lo primero que hice fue conseguir que Sally
dejara de dirigirse al perro al salir. Quería que ella se comportara como
una líder y se moviese como quisiera. También le pedí que realizara
una transformación menos drástica en el ambiente de la casa cuando
saliera. Mientras ella estaba allí sonaban la radio o la televisión a todo
volumen y ella hablaba con Bruce o por teléfono. En cuanto salía por
la puerta, todo aquel ruido desaparecía. Bruce se quedaba allí sopor-
tando el silencio. La casa se transformaba de un lugar en el que había
ruido y actividad en otro en el que nada ocurría. Para el perro era obvio
que ella estaba a punto de salir.
También le pedí que no le dejase comida. La señal que estaba trans-
mitiendo era completamente errónea. Reforzaba la sensación que el
perro tenía de ser el líder. Además, era un práctica completamente sin
sentido. El perro no se comía las galletas. ¿Qué padre va a sentarse a
comer cuando no sabe dónde está su hija? En cambio, conseguí que
Sally diese ella misma de comer al perro, simulando que comía para
destacar su 1iderazgo. Le pedí que continuase así durante las siguientes
dos semanas.
~in embargo, desde mi punto de vista, la clave era que Sally tenía
que quitarle dramatismo a la salida y la llegada, para que parecieran
sucesos normales. Para ayudar a Bruce a comprender que las idas y
venidas de Sally eran normales, le pedí que probase una técnica que
llamo "salida simulada". Debo admitir que Sally me miró de forma
extraña la primera vez que le expliqué 10 que quería que hiciera, pero,
a pesar de todo, siguió adelante. Quería que saliera sin que Bruce se
agitase. No podía salir por la puerta por obvias razones: era donde

79
Saber escuchar al perro

se concentraban todas las ansiedades de Bruce. Desafortunadamente


la casita no tenía más puertas, así que le pedí que utilizara otra salida: la
ventana del salón.
Antes de hacerlo, le pedí que se pusiera los zapatos y el abrigo a la
vista de Bruce. También le pedí que dejara la radio puesta para que no
se produjera un cambio apreciable en el ambiente. Luego ella se subió
a la ventana y salió al exterior, dio la vuelta a la casa y volvió a entrar
por la pu~rta principal. Al reaparecer, me aseguré de que ignorase
completamente a Bruce. El mensaje que estaba transmitiendo era que
ella era la líder y que, por tanto, iría y vendría como le pareciera. No
necesitaba pedirle permiso a Bruce para salir de casa.
Sally pensaba que las reacciones retardadas que se reflejaban en el
rostro de Bruce eran maravillosas. No podía entender lo que estaba
pasando. Pero lo más importante es que tampoco le asustaba. Animada
por ello, le pedí que repitiera el proceso, pero esta vez quedándose
fuera cinco minutos. Nuevamente, al volver ignoró a Bruce. Y de
nuevo él se mostró relajado ante la perspectiva de que Sally hubiera
salido y volviera a entrar a la casa. En esta ocasión, como en la prime-
ra, al regresar, Sally se encontró la puerta intacta.
A menudo me preguntan por qué es necesario reforzar elliderazgo
cada vez que te reúnes con tu perro. Hay varias razones. .En el nivel
más básico, la respuesta, una vez más, se sitúa en la vida salvaje. La
composición de las manadas cambia constantemente. Cuando un
grupo de lobos sale de caza, no hay ninguna garantía de que todos vuel-
van vivos. Siempre existe la posibilidad de que la pareja Alfa o sus
subordinados puedan morir o acabar heridos, y no vuelvan. Por eso,
después de cada separación, se restablece la jerarquía, la manada vuel-
ve a definir su estructUra de poder de modo que en todo momento se
sepa quién manda, quién defenderá a la manada y en qué orden tienen
que cumplirse los roles. Para el perro se trata de una acción instintiva
y se aplica igualmente a la situación dorvéstica. Siempre que el amo
deja de estar a la vista del perro, éste no tiene forma de saber ni de
comprender adónde ha ido su amo ni cuánto tiempo estará ausente. Así
que siempre que vuelve a aparecer, sin importar el tiempo que haya
estado ausente, el perro necesitará saber quién está desempeñando el
papel de líder. Es la única forma de poder mantener el statu quo.
Teniendo esto presente, era imprescindible que Sally siguiera
actuando así durante un período prolongado. Empezamos a trabajar

80
Vidas separadas: la ansiedad por separación

durante el fin de semana. Le pedí que se quedara fuera cinco minutos


más cada vez que saliera. Al cabo del fin de semana, Bruce estaba apre-
ciablemente más relajado y había dejado la puerta en paz. No sé lo que
pensarían los vecinos de aquella mujer que salía continuamente por la
ventana, pero, francamente, ni a Sally ni a mí nos preocupaba lo más
mínimo.
Sally siguió haciendo lo mismo siempre que se iba a trabajar. Poco
tiempo después, en vez de echar a correr hasta ella cuando reaparecía
por la tarde, Bruce se quedaba allí de pie tranquilo meneando la cola.
Ambos se profesaban aún más cariño que antes. Y por fin Sally pudo
llamar al carpintero.

81
Capítulo 8

Mucho temperamento:
cómo abordar la agresión por dominancia

A medida que se iba extendiendo mi reputación con perros proble-


máticos, cada vez me invitaban a tomar parte en más programas de
radio en los que el público participaba por teléfono. Más adelante, en
la primavera de 1999, fui invitada por Yorkshire TV; la cadena regional
de televisión, a aplicar mis métodos con seis perros problemáticos. Los
perros habían sido elegidos entre las seiscientas cartas recibidas, y cons-
tituían una muestra representativa del tipo de dificultades que se me
pide que solvente en mi trabajo. Entre ellos había lo que parecía ser una
perra con muy mal genio, una Cocker spaniel dorada, llamada Meg.
Sus amos, Steve y Debbie, me contaron que sufría repentinos cam-
bios de humor; rompía a ladrar en un tono muy estridente siempre que
se acercaban extraños y rasgaba las cartas cuando el cartero llegaba por
la mañana. Lo peor de todo es que mordía a la gente; de hecho, había
mordido a la hija pequeña de una amiga de la pareja. Incluso los amos,
que tenían tres hijos, admitían que tenían miedo cuando Meg se
encontraba en "una de sus rachas de mal humor". Confesaron que les
habían aconsejado elegir entre darle una soberana paliza o sacrificarla
antes de que hiciera daño a alguien de verdad.
Incluso antes de conocer a Meg, estaba segura de que era un clásico
ejemplo de perro que sufría del problema más común, con mucho, que
me piden que trate: la agresión por dominancia. Puede manifestarse en
una enorme gama de posibilidades de q)mportamiento. Se encuentra
en el núcleo de los problemas que muchísima gente tiene con perros
que muerden, ladran o saltan sobre quienes visitan sus casas. Es la
causa básica de los ataques sobre las especies de seres humanos en
mayor peligro de Inglaterra: el cartero, el lechero y el repartidor de
periódicos. Pero en toda su infinidad de manifestaciones, la agresión
por dominancia puede ser vencida introduciendo un solo cambio fun-
damental: quitándole al perro su posición como líder de su manada.

82
Mucho temperamento: cómo abordar la agresión por dominancia

Ningún perro decide ser el líder de su manada por propia voluntad.


El perro sabe instintivamente que debe haber un líder para que la
manada sobreviva, y los amos de Meg le habían concedido inadverti-
damente esa posición a través de las señales que le habían transmitido.
Teniendo esto en cuenta, el comportamiento de Meg era perfectamen-
te comprensible. Sólo estaba intentando llevar a cabo el trabajo que le
había sido asignado. Su agresividad se debía al hecho de que la habían
puesto en una situación en la que no tenía ni experiencia ni asesora-
miento y estaba operando en un mundo que no comprendía. Su feroz
actitud hacia los extraños era su forma de repeler a intrusos que ella
creía suponían una amenaza para su "manada". Para exacerbar la situa-
ción, Meg era la única perra de la casa. ¡Pregúntese a cualquier padre
o madre en solitario sobre el estrés que conlleva ese rol!
Como Steve y Debbie estaban descubriendo, en esta situación un
amo se encuentra impotente para ayudar. De hecho, lo que considera
una ayuda suele ser lo contrario. El perro no busca consejos en el amo.
En su cabeza, si el amo fuera superior, más fuerte y tuviera más expe-
riencia, sería el líder. Por tanto, el amo es ignorado y, si es demasiado
insistente, se le recuerda -a través de la agresión- que su papel es el de
mero subordinado. No era nada sorprendente que toda la familia se
estuviera volviendo aprensiva con Meg y sus cambios de humor.
Yo comprendía perfectamente los sentimientos que los amos de Meg
estaban sufriendo. Querían a su perra, y sólo deseaban ayudada. De lo
que no se daban cuenta era de que la mejor manera de ayudada era
haciéndole saber quién era el jefe. Así es como podrían dar a la perra
algo de paz y quitade la presión que estaba soportando.
En todo el trabajo que hago, me gusta predicar con el ejemplo. Para
que los amos puedan aplicar adecuadamente mi método, es necesa-
rio que les muestre lo que se puede lograr exactamente estableciendo
elliderazgo. Así que, desde el primer momento que entré en el salón,
rehusé reconocer a Meg de ninguna manera: ni contacto ocular ni físi-
co, nada. Además de recalcar mi estatus de Alfa, esto transmitía a Meg
que yo no suponía ninguna amenaza para ella ni para las personas bajo
su tutela. Para recalcar aún más mi posición, también me aseguré de
dar la impresión de que aquél era mi sitio, es más, que estaba en mi
casa. La gente siempre se sorprende del poder que encierra esta simple
acción. En vez de montar su habitual escándalo, Meg simplemente me
ignoró a su vez. Incluso esto fue una revelación para una familia cuya

83

I
Saber escuchar al perro

reacción normal a esas alturas era estar aterrada siempre que un recién
llegado entraba en contacto con Meg.
Mi reto ahora era conseguir que los amos de Meg fueran capaces de
comportarse de la misma forma autoritaria. Así que lo primero que
hice fue pedir a Steve y Debbie que salieran de la habitación sin pres-
tarle atención. Luego les pedí que volvieran a la habitación y conti-
nuaran ignorando el comportamiento de Meg, fuese el que fuese.
Como la mayoría de los amos, al principio les pareció poco natural. Era
adentrarse en lo desconocido. Habían visto a su perra exhibir un com-
portamiento tan excéntrico que una parte de ellos, estoy segura, tenía
miedo de cómo reaccionaría ella ante este repentino desaire. Pero
cuanto más les explicaba, más comprendían que su constante deferen-
cia en Meg estaba prolóngando su régimen de terror. Cada vez que la
reconocían -de cualquier modo que fuera-, estaban reafirmando su
posición como líder. Y haciéndolo, nada iba a cambiar.
Como tantos de mis clientes, Steve y Debbie estaban sinceramente
decididos a afrontar el problema y accedieron a continuar como les
había explicado. Meg, por supuesto, estaba extraordinariamente agita-
da. Me miraba fijamente, con los ojos casi fuera de las órbitas. Iba de
un lado a otro, rezongando por lo bajo; era perceptible su temblor.
Cuando se calmó un poco, pedí a Steve y a Debbie que empezaran a
llamarla para que se acercara a ellos, usando pequeños trozos de híga-
do seco para recompensar su buena disposición. Antes de una hora, sus
dueños estaban sentados junto a una perra que estaba tangiblemente
menos estresada que nunca. Lo más importante de todo es que la mira-
da intensa con el ceño fruncido había sido reemplazada por lo que me
gusta llamar "ojos tiernos". En los años que he estado usando mi méto-
do, he llegado a reconocer los ojos tiernos como la señal más clara de
que se ha establecido un contacto, de que me he comunicado con el
perro. En cuanto vi los ojos de Meg, supe que habíamos superado lo
peor y el cambio había comenzado. .
Continué trabajando con Steve y Debbie durante dos semanas, ase-
gurándome de que ellos siguieran afirmando su liderazgo durante ese
período de tiempo. Captaron bien los principios de la Vinculación
Amichien. Ignoraban a Meg siempre que se acercaba sin ser invitada.
Hacían caso omiso de todos los intentos de ella por establecer con-
tacto. Siempre que respondía positivamente era recompensada con un
trozo de comida.

84
- --

Mucho temperamento: cómo abordar la agresión por dominancia

Al mismo tiempo, me concentré en enseñarles a reaccionar de modo


diferente cuando Meg se ponía agitada. Si ladraba al cartero, alguien
de la familia reconocía el ladrido con un simple "gracias". El mensaje
era que Meg había hecho su trabajo, había transmitido la información
al líder recién elegido.
Las viejas costumbres no se pierden fácilmente ni en los perros ni en
los seres humanos. Durante un período, ella continuó gruñendo a los
visitantes cuando entraban en la sala de estar. Les pedí a Steve y
Debbie que, siempre que esto sucediese, se levantaran y salieran de la
habitación. Esta simple acción dejaba claras a Meg dos ideas muy
poderosas: en primer lugar, que sus acciones tenían consecuencias; en
segundo, que ya no era rol suyo decidir quién era bienvenido en la casa
y quién no. Sus días como líder habían terminado.
Finalmente, durante este período pedí a la familia que simularan que
comían. Cada uno de ellos ponía empeño en comerse una galleta a la
vista de la perra. Sólo cuando todos habían acabado, se colocaba su
cuenco en el suelo. Sus amos estaban indicándole: "Bueno, hemos ter-
minado, ahí tienes lo que ha quedado". Era, como ya he explicado, otra
forma importante de recalcar la jerarquía y de relevar a la perra de su
I
responsabilidad en una tarea para la que no estaba preparada.
En pocas semanas, la personalidad de Meg -y todo el ambiente fami-
liar- se había transformado. La llegada del correo matinal ya no era
causa de consternación. Si Meg mostraba cualquier signo de agitación, I
la calmaban unas pocas palabras tranquilizadoras de sus amos. Se ha- I
bían acabado los días de las impetuosas carreras al felpudo de la entra-
da. Los visitantes también eran libres de ir y venir sin molestias ni inti-
midaciones.
La idea que había detrás del programa de televisión era que los tele-
videntes vieran al perro "antes y después" de un período aplicando mi
método. Con las cámaras todavía rodando, Steve y Debbie confesaron
que estaban profundamente conmovidos por la transformación que
había tenido lugar. No podían ocultar sus emociones mientras abraza-
ban a Meg de un modo que no les habría parecido nunca posible.
Debbie lloró públicamente. Momentos como éstos hacen que lo que
hago valga la pena. Sentada allí con ellos me resultó imposible no
derramar una o dos lágrimas yo misma.

85
Capítulo 9

El apaciguamiento:
perros que muerden

E l problema más peligroso, alarmante y difícil con el que tengo que


enfrentarme es, sin lugar a dudas, el de los perros que muerden.
.

Sólo tengo que volver la vista atrás, a mi propia Purdey, para recordar
el escalofriante espanto que supone descubrir que tu perro es capaz de .
atacar a un ser humano. Para casi toda la gente, como le pasaba a mi
padre, morder representa el cruce de una frontera, la entrada en una
forma de comportamiento que es simplemente inaceptable. He perdi-
do la cuenta del número de veces que me han pedido intervenir en
casos en los que a los perros se les había concedido una última oportu-
nidad para reformarse o afrontar el sacrificio. He tenido la suerte de
I1
salvar a la mayoría de ellos.
Al enfrentarnos con este tema, antes de nada, tenemos que ser rea-
11
listas. La verdad pura y dura es que, por supuesto, los perros no pue-
den desaprender aquello para lo que están programados instintiva-
mente. Su derecho a la autodefensa está tan profundamente arraigado
como el nuestro. Colocados en una situación amenazadora afrontarán
las tres opciones: huida, inmovilidad o lucha. ¡No nos quepa la menor
duda!: si es necesario emplearán la tercera, y ejercerán su derecho a
defenderse a sí mismos. Así de sencillo.
Como en todas las áreas de mi trabajo, no hay dos perros mordedo-
res iguales. Las causas que se hallan en la raíz de su comportamiento
pueden ser las mismas, pero la forma de manifestarse la agresión es,
111 por natu.raleza, única. Así fue, desde luego, en los casos de tres perros
11

muy distintos que se me pidió tratar desde que desarrollé mi método.


1I
¡.

Años de experiencia me han enseñado a reconocer ciertos tipos de


perros sin siquiera ponerles la vista encima. Ése era el caso de Spike,

86
El apaciguamiento: perros que muerden

un Pastor alemán de color blanco que tenía dos amos, unos hermanos
llamados Steve y Paul, que vivían en las afueras de Manchester. Me
habían llamado con la esperanza de que pudiera quitarle a Spike el
hábito que tenía de atacar y morder a quienes visitaban su casa. Los
ataques de Spike se habían hecho cada vez más virulentos. Así, por
ejemplo, había empezado a atacar a cualquiera que intentara salir de la
casa. En cuanto alguien, incluidos los hermanos, colocaba la mano en
el picaporte de la puerta principal, Spike le saltaba encima y le propi-
naba un desagradable mordisco. Los familiares habían cogido tanto
miedo que habían dejado de visitarles. Steve y Paul estaban seriamen-
te preocupados con la posibilidad de tener que deshacerse de Spike si
la situación no mejoraba.
Ni siquiera necesité entrar en su casa para darme cuenta de que
Spike era un animal formidable. Por la profundidad, el tono y la poten-
cia del ladrido y el furioso ritmo con que lo emitía, mientras me diri-
gía por el sendero hacia la puerta principal de la casa, adiviné que se
trataba de un perro que estaba sumamente seguro de sí mismo y de su
posición en la manada.
Fue una impresión que pude confirmar en cuando me hallé dentro
de la casa. Dentro de la seguridad de su propia guarida, Spike simple-
mente irradiaba autoridad. Había un aura casi tangible alrededor del
perro. Mientras paseaba pavoneándose, su lenguaje corporal era incon-
fundible. Se trataba de un animal robusto y muy consciente de su
potencia. Era el macho Alfa de aquel hogar, decidido a que todo el
mundo lo supiera. Según entraba yo, me miró fijamente a los ojos,
ladrando amenazadoramente a un metro de mí.
Como ya he dicho antes, el respeto es absolutamente capital en todas
las relaciones con perros. Si se lo demuestras, te corresponderán mos-
trándotelo a ti. En el caso de Spike, sabía que sería especialmente
importante. Como siempre, mi primera tarea consistía en convencer a
Spike de que yo también era una Alfa. En este caso, tenía que persua-
dirle, además, de que no representaba para él ninguna amenaza.
Empecé, como siempre, por ignorar inmediatamente al perro. En esta
ocasión, sin embargo, también tuve buen cuidado de evitar cualquier
movimiento repentino que hubiera suscitado probablemente la ansie-
dad de Spike. La experiencia también me ha enseñado que incluso el
movimiento más inofensivo, cruzar las piernas; por ejemplo, puede
provocar una respuesta en un perro de naturaleza fuerte ~y agresiva

87
Saber escuchar al perro

como aquél. En muchos sentidos había que andar en la cuerda floja:


no podía permitir que me considerara débil, pero, al mismo tiempo, no
podía enviarle señales de hostilidad. Tenía presente, como siempre, el
modelo de la manada de lobos. Mi objetivo era crear una situación en
la cual respetásemos mutuamente el espacio del otro.
Los hermanos habían pedido el asesoramiento de muchas personas
antes de dirigirse a mí. Me horrorizaron algunas de las cosas que les
habían dicho. Por ejemplo, les habían aconsejado que lo que el perro
necesitaba era una buena paliza. "A ver si le inculcáis a golpes un poco
de respeto", les había dicho uno que se decía experto. Otra persona
había recomendado -¡horror!- que bastaba con que le miraran fija-
mente a los ojos hasta que él apartara la mirada. Aparte de atacar físi-
camente al perro, no se me ocurre nada más seguro para provocar un
enfrentamiento; constituye un desafío directo y, en el caso de perros
como Spike, invariablemente se defenderán. Mortunadamente los her-
manos eran demasiado sensatos para emprender cualquiera de estos
tipos de acción. Me daba horror sólo pensar en las consecuencias que
podría haber tenido si no hubieran sido tan prudentes.
En cuanto empecé a explicarles la situación, Steve y Paul comen-
zaron a concebir por fin alguna esperanza. Spike consideraba clara-
mente a los dos hermanos y la casa como responsabilidad suya. Su
comportamiento agresivo, en especial en la puerta, tenía que ver evi-
dentemente con la protección de la guarida. No podía racionalizar lo
que había al otro lado de la puerta, pero estaba seguro de que era res-
ponsable de proteger a su manada de cualquier peligro que hubiera ahí
afuera, fuese el que fuese. Charlando con los hermanos más en detalle,
me enteré de que la reacción de Spike, más que morder propiamente,
era, en realidad, "marcar" el mordisco, lo que no me sorprendió en ab-
soluto. Muy pocos perros muerden para causar daño. Lo que hacen es
lanzar una advertencia. Si un perro, especialmente un Pastor alemán
como Spike, quisiera realmente morderte, lo haría; horroriza sólo el
pensamiento de la carnicería que podría causar.
El carácter protector de Spike era, en realidad, típico de los perros
pastores, como los Collies y los Shetland. Criados por el hombre para
realizar tareas de vigilancia y cuidado de otros seres, eso es lo que
hacen lo mejor que pueden en un ambiente que no comprenden.
Según iba conoci~ndo mejor a Spike y a sus amos, resultó evidente que
su comportamiento cada vez más agresivo lo estaba agravando el hecho

88
El apaciguamiento: perros que muerden

de que en aquella casa todos aceptaban por completo su superioridad.


Como nadie había puesto nunca en duda su liderazgo, se había ido
incrementando la base de su poder. Había que invertir aquella situa-
ción; los amos tenían que ejercer lo que llamo "gestión del poder".
Mi objetivo era permitir a los hermanos empezar a establecer su pro-
pia posición dentro de la estructura de poder de su manada. Para con-
seguido, tenía que ayudades a crear un ambiente lo más tranquilo y
menos amenazador que fuera posible. Por suerte, descubrí de forma
imprevista una aliada enormemente útil: su asistenta. Algunas personas
tienen, indudablemente, mayor confianza con los perros que otras. A
veces me pregunto si estas personas no se hallan de algún modo en
contacto más íntimo con el antiguo lenguaje ya perdido. Sin embargo,
también hay otras que se ponen muy nerviosas en presencia de los
perros. Todos conocemos a personas que, siempre que entran en con-
tacto con un perro, andan de puntillas casi arrastrándose P9r las pare-
des. Su nerviosismo es, por supuesto, inmediatamente captado por el
perro. Pero la realidad es que nadie necesita abrigar temor alguno.
Tratados correctamente, casi todos los perros son perfectamente segu-
ros y no harán daño a nadie.
No cabía duda acerca de la categoría en que encajaba la asistenta de
los hermanos. Había estado presente en la casa durante toda mi sesión
siguiendo discretamente con sus tareas habituales, limpiando, fregan-
do y sacando brillo. Apenas prestaba al perro ninguna atención. A su
vez Spike la trataba con el máximo respeto. En un determinado
momento incluso se apartó de un salto al pasar ella con el carrito en el
que llevaba los útiles de la limpieza.
Pude utilizada como medio para explicar a los hermanos lo que te-
nían que hacer. Podían ver que en absoluto h::¡bíanada imperioso en la
mujer; pero, al negarse instintivamente a rendir homenaje al perro,
había convencido a Spike de que ella era su superior. Si había un mode-
lo del comportamiento que debían tratar de conseguir, ella lo repre-
sentaba a la perfección.
Sabía que el reto que tenían por delante los hermanos era inmenso.
Les dije que en una escala de uno a diez en términos de agresión, Spike
podía encontrarse fácilmente en el ocho: muy por encima de la media
de cuatro o cinco con la que generalmente me encontraba. Les adver-
tí que podrían tener que mantener la silenciosa presión durante meses
en vez de las pocas semanas habituales. Mortunadamente, también

89
- --

Saber escuchar al perro

ellos eran alumnos bien dispuestos y adoptaron mis métodos con entu-
siasmo. Me llamaron de vez en cuando durante la siguiente quincena,
normalmente para consu1tarme sobre el modo de actuar en situaciones
concretas. En la mayoría de los casos estaban haciendo exactamente 10
correcto, habían entendido mis ideas a la perfección.
Cuatro meses después de visitarles, recibí una llamada telefónica de
un pariente suyo pidiéndome ayuda en un problema que se estaba
encontrando con su perro. Me contó que el comportamiento de Spike
había mejorado enormemente. Los hermanos eran ahora capaces de
controlar cualquier situación que ocurriera dentro de la casa. Su fami-
lia había vuelto a visitarles.

No todos los perros irradian la misma mezcla de confianza y poder que


Spike, por supuesto. Pero ello no hace que su agresión sea menos peli-
grosa. En noviembre de 1996 empecé a aparecer en un programa de
radio de la BBC, uno de esos en los que los oyentes participan llaman-
do por teléfono. En él ofrecía ayuda con perros problemáticos. Dos de
los primeros oyentes que llamaron eran una pareja, Jen y Steve, de la
pequeña ciudad de Driffie1d, a sesenta y cinco kilómetros de mi casa.
Habían recogido seis meses antes un pequeño Cocker spanie1 de tres
años llamado Jazzie. Tenía fama de comportarse mal, pero, como ya
habían tenido otros perros antes, estaban convencidos de que podrían
mejorar su temperamento. Sin embargo, sus esfuerzos habían sido en
vano. Y 10 que es peor, Jazzie había empezado a morderles, a los dos,
siempre que no aprobaba 10 que le pedían que hiciera.
De nuevo, se me iba formando una clara idea del perro con el que
estaba a punto de enfrentarme incluso antes de conocer a Jazzie.
Mientras me acercaba a la puerta de la casa, oí furiosos ladridos, pero
esta vez de un tipo muy diferente del superseguro Spike. Éstos eran
muy en staccato,casi de pánico. Mis sospechas se vieron confirmadas en
cuanto entré. Mientras Jen y Steve me recibían, Jazzie se adelantó
ladrando ahora más agresivamente que antes. Su lenguaje corporal
indicaba el máximo enfrentamiento, pero la diferencia crucia1 se halla-
ba en su postura. A diferencia de Spike, que me había ladrado "en la
cara", Jazzie permanecía de pie por 10 menos a dos metros de mí. Al
instante me quedó claro que se trataba de un perro que estaba aún más
aterrorizado por la situación que los humanos con los que entraba en


El apaciguamiento: perros que muerden

f'¿ contacto. Se trataba claramente de un Alfa en contra de su voluntad, un


perro al que le habían encargado la tarea de líder, pero que era com-
pletamente inadecuado para el puesto. Una vez más, teníamos que des-
pojarle de su responsabilidad.
Como ya he explicado, todos los perros reaccionan ante las señales
que les presento a su propio ritmo y a su modo. Algunos, como Spike,
son especialmente reacios a renunciar a su responsabilidad; creen tanto
en sí mismos que no pueden afrontar la perspectiva de perder su posi-
ción de mandamás. Es algo que, desde luego, podemos ver también en
nuestros políticos. Basta observar el modo en que personas como
Margaret Thatcher se apegan a la idea de que siguen en el poder aun-
que ya les quede poco. Otros perros, sin embargo, se sienten comple-
tamente aliviados al quitarles la carga que pesa sobre sus hombros.
]azzie era un ejemplo de estos últimos.
Empecé trabajando con ]en y Steve de la forma habitual, eXplicán-
doles mi método y haciéndoles que lo pusieran en práctica de inme-
diato. Durante todo el tiempo que estuvimos hablando, ]azzie perma-
necía de pie en la misma habitación, manteniendo todavía ligeramente
la distancia, pero sin dejar de ladrar y gruñir de continuo. Aunque,
claro está, soy inmune a tales interrupciones, los amos, como ocurre a
menudo, llegaron a su límite y me preguntaron si debían sacarlo de la
habitación. Les dije que intentaran ignorarlo, y así hicieron. En me-
dia hora, su persistencia tuvo su recompensa. Y, de repente,]azzie dejó
de hacer ruido alguno, se dio la vuelta y se alejó de nosotros, encami-
nándose hacia una escalera que había en medio de la habitación, que
era un espacio diáfano, sin tabiques. Así pudimos ver cómo se subió a
lo alto de la escalera, donde enseguida se plantificó y se quedó sentado
dándonos la espalda. Si hubiera sido un niño, habríamos sacado la con-
clusión de que estaba pasando una rabieta.
En todas las situaciones, es fundamental que se deje al perro la opor-
tunidad de huir, que tenga la sensación de que es libre para apartarse
de la situación. Lo peor que podemos hacer es acorralar al perro. De esa
manera se ponen en juego las siguientes dos opciones: quedarse inmó-
vil o luchar. Y es entonces cuando empiezan de verdad los problemas.
Por esta razón, dejamos a]azzie que se quedara allí sentado.]en y Steve
se preguntaban si debíamos cogerle en brazos, pero yo les aseguré que
] azzie estaba haciendo exactamente lo que se quería de él. Nunca había
visto yo un ejemplo más claro de un perro afrontando una nueva situa-

91
Saber escuchar al perro

ción y reflexionando cuidadosamente sobre su futuro. Les recomendé


que en adelante no se acercaran a Jazzie, sino que le invitaran a acer-
carse a ellos, algo fundamental con los perros morded ores que se están
reformando: no debe ponerse a estos perros en una situación en la que
la única defensa sea un ataque.
Jazzie se quedó sentado en la escalera durante por lo menos media
hora. Luego, de repente, se volvió a levantar, bajó al trote la escalera y
vino a echarse en la alfombra. Al poco rato se estaba estirando en la
alfombra delante de nosotros. Recuerdo que el sol entraba a raudales
en el salón. Y no pude evitar pensar que las sombras se estaban disi-
pando también de la vida de Jen y Steve. El equilibrio de poder había
cambiado perceptiblemente durante aquella sola hora. De repente era
como si Jazzie no tuviera la mínima preocupación. Yano se sentía res-
ponsable de ninguno de los que estaban en aquella habitación. En vez
de éso, esperaba ahora la oportunidad de rendir homenaje a sus nuevos
líderes. Jen y Steve podían empezar a disfrutar de una nueva y satisfac-
toria vida con él. Sólo más tarde me di ClJ-entade que Jazzie había esta-
do a punto de ser sacrificado; si hubiéramos tardado sólo unos pocos
días más... Mi intervención había sido la última posibilidad de cambiar
su suerte, que de otro modo estaba echada. La satisfacción que sentí
por mi trabajo fue enorme.
Como nota final, debo mencionar que dos años más tarde recibí una
llamada de] en. Steve y ella estaban preocupados por el hecho de que
Jazzie había vuelto a empezar a gruñir y a ladrar a los visitantes.
También les había marcado un mordisco a ellos cuando habían tratado
de retirar algún objeto. Cuando le pregunté si seguían cumpliendo
todavía la regla de los cinco minutos, admitió que no. El comporta-
miento de Jazzie había mejorado tanto que, en honor a la verdad, se
habían hastiado un poco de todo aquello.
Dije ajen lo que digo a todos los amos con los que trato. Mi méto-
do es una forma de vida, no un remedio rápido. Debe cumplirse a raja-
tabla en todo momento, y tiene que convertirse en un hábito. Lo que
fue, sin embargo, especialmente agradable en este caso fue la rapidez
con que Jen y Steve fueron capaces de rectificar la situación. Les reco-
mendé volver al comienzo, volver a "cerrar filas" ante Jazzie, como
habían hecho al empezar el proceso dos años antes. Siempre me acabo
interesando personalmente por las familias a las que ayudo. Así que
llamé ajen al día siguiente para ver cómo iban las cosas. Simplemente

92
El apaciguamiento: perros que muerden

se echó a reír. Jazzie había vuelto a comportarse del mejor modo posi-
ble, me contó. Aplicando el método, sólo habían tardado cuatro horas
en allanar todos sus problemas.

Por supuesto, siempre que trato un caso de perro mordedor, no puedo


evitar pensar en Purdey. Cada vez vuelvo mentalmente a los terribles
acontecimientos de hace casi treinta años. El comportamiento de
Purdey -ahora lo sé- era típico de muchos perros. No era distinta de
Jazzie y Spike, estaba simplemente intentando realizar el trabajo que
creía que debía hacer. No era culpa suya que no estuviera en llbsoluto
dotada para la tarea. Cuando Purdey había saltado sobre mi hijo Tony
y le había ladrado, le estaba tratando como miembro subordinado de la
manada. Él había desafiado inadvertidamente su liderazgo y ella le
había tratado del modo que creía correcto. Tuvo la mala suerte de que,
al ha~erlo, él estuviera de pie en aquel lugar tan peligroso.
S~yo volviera a tener la oportunidad, habría reaccionado de modo
completamente distinto ante el comportamiento que condujo a aquel
instante: no la habría castigado cuando se comportaba mal; habría
entendido que, cuando ella se perdía por el campo, creía que salía de
caza, en una misión para ayudarme a mí y a mis compañeros de mana-
da. Si hubiera disfrutado de los conocimientos que ahora poseo, la
habría relevado de la responsabilidad delliderazgo y le habría permiti-
do llevar una existencia menos tensa mucho antes de llegar a aquel fatí-
dico momento. Es fácil darse cuenta de las cosas a posteriori, cuando
ya es tarde: no cambiará lo que le pasó a Purdey, pero sí me propor-
ciona el ánimo para hacer todo lo que pueda para salvar a todos los
Purdeys que me voy encontrando. Y esa decisión nunca es más acusa-
da que en los casos en que se ven envueltos niños.
N o tengo duda alguna de que los perros ven a los niños de forma
distinta que a los adultos, y creo que por dos razones: la primera, por-
que los perros encuentran a los niños incluso más desconcertantes que
a los adultos. Si lo pensamos bien, los niños deben de resultar espe-
cialmente incomprensibles para un perro. Hablan más de prisa, se
mueven más rápidamente y se comportan de una manera mucho
menos previsible que los adultos. Como ya he explicado, la calma y la
coherencia son esenciales para establecer una relación con un perro.
Ambas son palabras que no suelen asociarse con los niños.

93
Saber escuchar al perro

La segunda razón es más obvia todavía: los niños están, en el senti-


do literal de la expresión, más cerca del nivel del perro. Por esta razón
el animal tiende a vedes o como una amenaza o como seres que mere-
cen mayor protección. Lo primero, por supuesto, es una dificultad a la
que muchos amos encuentran diñcil enfrentarse. Desde mi punto de
vista, está claro: los niños muy pequeños y los perros deben estar sepa-
rados siempr~t¡ue sea posible, o si no, vigilados. TantÜ'-unos como
otros necesitan espacio para desarrollarse y se les debe dar ese espacio.
En cambio, contemplar la escena de un perro protegiendo a un niño
es de lo más enternecedor. No creo que exista vínculo más mágico. Es
una unión increíblemente poderosa y que yo había visto años antes con
mi propia perra Donna. Pero hasta en este caso el vínculo puede traer
problemas, como descubrí cuando me llamaron para tratar a Ben, un
dominante perro mestizo de color negro que vivía con sus amos, Carol
y John, y su hijo de nueve años, Danny, en Salford (Lancashire).
Estaba claro que Ben adoraba a Danny y se había vuelto fieramente
protector con él. Su comportamiento más agresivo se dirigía hacia el
padre de John, el abuelo de Danny. Naturalmente, no era diñcil ver
por qué. El abuelo vivía a unos ciento sesenta kilómetros, en Gales, y
veía con poca frecuencia a la familia. Siempre que llegaba a la casa,
colmaba al niño de afecto. Ben no tenía idea alguna de qué relación
sostenía aquello, simplemente veía a aquel anciano miembro de la
familia como una amenaza y había empezado a atacar ñsicamente al
abuelo. La situación había empeorado tanto que el abuelo a veces que-
daba confinado a un sillón, incapaz de hacer el mínimo movimiento sin
que Ben gruñera y fijara en él la mirada amenazadoramente.
La tensión que este tipo de situaciones puede generar en una familia
es inmensa. Las lealtades se vuelven confusas. Los amos son acusados de
preocuparse más por sus animales que por los de su propia sangre. Todo
ello puede resultar muy perjudicial. Afortunadamente, también en este
caso estaba tratando con una familia lo bastante madura para afrontar el
problema. Con lo!, adultos empecé haciendo frente a la situación del
modo habitual. Adoptaron el proceso de Vmculación Amichien bastan-
te bien; pero sabía que la clave del éxito era implicar a Danny.
Implicar a los niños puede ser una de las partes más diñciles del pro-
ceso que practico. Resulta de lo más comprensible que muchos no sean
capaces de entender lo qu~ se está intentando llevar a cabo. Como ya he
explicado, en el caso de niños muy pequeños, recomiendo separados de

94
El apaciguamiento: perros que muerden

los perros si se alborotan mucho estando juntos. Pero cuando los niños
tienen tres o cuatro años, son capaces de entender gran parte de lo que
está sucediendo y podrán participar en el proceso, especialmente si se
les presenta como un juego. Según mi experiencia, enseñar a un niño
pequeño a ignorar a un perro si se acerca a él puede funcionar bastante
bien. Dicho esto, aunque se presente como un juego, los niños pueden
aburrirse, como les pasa con la mayoría de los juegos; por eso, al fin y a
la postre es asunto que debe quedar al buen juicio de los padres.
Pero en el caso de Danny, no tuve ninguna duda en implicarle en el
proceso. Ante todo, en este caso su ayuda iba a ser fundamental para
tratar con Ben. Comprensiblemente, a Danny le resultaba realmente
muy difícil dejar de acariciar a Ben. Cuando le pedí que dejara de hacer-
la, me dijo que la tarea de ignorar a su compañero de juegos le parecía
increíblemente dura. Pero -con permiso de los padres, claro está- le
expliqué las posibles consecuencias. Con delicadeza le conté que si no
hacíamos bien aquello, era posible que Ben no siguiera siendo su amigo
por mucho tiempo. No estaba intentando asustar al ciño, sino simple-
mente que entendiera el mensaje. Mortunadamente funcionó, y duran-
te el resto de la sesión Danny afrontó la situación metiéndose las manos
en los bolsillos siempre que se encontraba cerca de Ben.
La sesión duró dos horas, durante las cuales Ben hizo todo lo que
pudo para atraer la atención de la familia. Debo confesar que, al final,
todo el mundo estaba empezando a perder la paciencia. Pero fue pre-
cisamente en ese momento cuando Ben les demostró el valor de lo que
estaban haciendo. Para aquel entonces, Ben había agotado su reperto-
rio de formas de atraer la atención y se echó en uno de sus sitios favo-
ritos frente a la chimenea. Cuando vi esto, supe que se había dado
cuenta de que el tiempo y las energías que había empleado habían sido
en vano. Con el ambiente más relajado, el abuelo se levantó de su sillón
y cruzó la habitación. Sin pensar en ello, al pasar junto a su nieto, puso
de forma automática las manos en los hombros del niño. Ben perma-
neció en la alfombra de la chimenea, imperturbable. Al acabar mi visi-
ta, la tensión que rodeaba a Ben se había disipado a ojos vistas. Cuando
volví a hablar con la familia pocas semanas después, me contaron con
orgullo que no había vuelto a haber enfrentamientos. Danny esperaba
con impaciencia que su abuelo le visitara con más frecuencia.

95
t
t

Capítulo 10

Los guardaespaldas:
perros hiperprotectores

E l perro tiene bien ganada su reputación como mejor amigo del


hombre. Además del entretenimiento y compañerismo que ofrece,
su afectuosa naturaleza y su imponente presencia física da a mucha
gente una importante sensación de seguridad; todos hemos visto inclu-
so al animal más dócil transformarse en un diablo cuando ha visto ame-
nazado a su amado amo.
Sin embargo, el lado protector de una mascota no es siempre para
bien, sobre todo cuando se aplica en el seno de las familias. He tenido
que tratar diversos casos en los que el favoritismo hacia ciertos miem-
bros de la familia ha sido fuente de consternación. El ejemplo más
extremo con el que me he topado fue el de Toby, un Springer que vivía
con una pareja, Jim y Debbie, en Grimsby (Lincolnshire). El afán de
Toby por proteger a Debbie se ponía de manifiesto por la noche. Jim
y ella habían llegado a tener horror a acostarse.
De día, Toby era un perro razonablemente equilibrado, pero allle-
gar la noche se transformaba. En el momento queJim y Debbie empe-
zaban a apagar las luces de la casa y se encaminaban al piso de arriba,
a acostarse, Toby les adelantaba en las escaleras, se precipitaba en su
habitación y saltaba sobre la cama. Aunque dejaba meterse a Debbie
sin protestar, Toby rezongaba y gruñía a Jim en cuanto hacía el míni-
mo movimiento para acercarse al edredón. Su empeño en mantener
separados a marido y mujer era tan grande que Jim temía verdadera-
mente que acabaría por morderle.
Jim había recurrido a todo tipo de tácticas para engañar a Toby y
conseguir llegar a la cama antes que él; de todo: desde adelantarse a
Debbie sigilosamente hasta distraer al perro fingiendo que había algún
tipo de peligro. Jim se iba a otra parte de la casa y empezaba 'a golpear
ruidosamente en una puerta; en cuanto Toby iba a ver qué pasaba, vol-

96
Los guardaespaldas: perros hiperprotectores
,'-

vía a entrar corriendo en el dormitorio y se metía bajo el edredón. Al


principio el problema les parecía divertido, pero para cuando Jim y
Debbie me llamaron, distaba mucho de ser una broma.
Pocas facetas del comportamiento de un perro son tan fundamentales
como la protección que Toby estaba manifestando: en realidad, se esta-
ba comportando como un cónyuge celoso que repele a un pretendiente
riv:al.A primera vista, es difícil de entender; pero el principio se aclara
cuando tenemos presente el ambiente de la manada. Como ya he expli-
cado, las reglas de la vida en la manada de lobos se fundan en la prima-
cía de la pareja Alfa. Para el antiguo antepasado del perro, estos dos
miembros de la manada representan la suma autoridad y su posición
social es tan invulnerable que son los únicos animales a los que se les
permite reproducirse. La clave que debía entenderse en esta situación es
que, como único perro de su "manada", Toby había buscado una pareja
entre sus subordinados humanos. Y había elegido a Debbie en vez de a
Jim. La perspectiva de que los dos humanos pudieran tener relaciones
entre. ellos era completamente inconcebible para Toby y la idea de que
Jim (a ojos de Toby, un miembro subordinado de la manada) campar.
tiese la cama con Debbie, "su" compañera Alfa, representaba una ame-
naza a todos los principios que gobernaban su mundo. Si se contempla
el problema desde este punto de vista, no resulta nada sorprendente que
Toby fuera tan protector. Sus instintos le habían dicho que Jim y Debbie
eran macho y hembra, lo que no hacía más que incrementar su ansiedad.
A veces les cuesta bastante tiempo a los amos aceptar el diagnóstico
que les ofrezco. Y ése fue, desde luego, el caso con Jim y Debbie, que
encontraron muy difícil de aceptar que, de hecho, Toby estaba actuando
como un novio celoso, repeliendo los avances de un pretendiente rival.
Pero según fui explicándoles las cosas y empezaron a aplicar mi método,
no tardaron mucho en convenir con mi forma de ver el problema. Lo
primero que les pedí que hicieran fue impedir la entrada de Toby a su
dormitorio. No tengo nada personal contra los perros que duermen en
los dormitorios de sus amos,aunqu,e no llegaría tan lejos como para per-
mitirles dormir en la cama; pero, si esto no ocurre, no veo problema
alguno en que compartan la habitación si eso hace felices a los amos.
Pedí a Jim y Debbie que, si descubrían que Toby se había colado en
el dormitorio sin que se dieran cuenta, emplearan el principio de
recompensa para sacarle de la habitación. Si se subía a la cama mien-
tras Jim estaba acostado, Jim tenía que moverse mucho para que el

97
Saber escuchar al'perro

perro estuviera lo más incómodo posible. Lo importante -insistí- era


no obligar nunca al perro a bajarse de la cama. Cualquier tipo de
enfrentamiento forzaría al perro a ,considerar la alternativa de luchar,
algo que nadie quería. Era mucho mejor ingeniárselas para eliminar la
necesidad de que el perro adoptase tal medida. El comportamiento de
Toby no tardó mucho en mejorar, y en poco tiempo la jornada de Jim
y Debbie tenía un final más relajado y agradable.

Al ser criaturas tan extraordinariamente inteligentes, los perros han


desarrollado un enorme repertorio de trucos para afirmar su autoridad,
y casos como Toby ejemplifican sólo uno de los métodos más habitua-
les. También me he encontrado con numerosos perros que tienen la
costumbre de apoyarse ligeramente sobre sus amos. A veces puede ir
aumentando hasta tal punto que la fuerza que el perro esté aplicando
impida de hecho cualquier movimiento hacia delante. Es un truco muy
lngemoso. .
Es fácil ver lo que sucede en esta situación. El perro está intentando
dirigir los movimientos del amo, tratando de imponer su voluntad y,
una vez más, demostrar que es él quien manda. Por supuesto, se trata
de algo indeseable y no puede permitirse. Si soy sincera, no había pre-
csenciado esta costumbre muy a menudo hasta que empecé a trabajar
profesionalmente. Sin embargó, desde entonces he visto numerosos
casos; el más memorable fue el de un Pastor alemán llamado Zack.
A Susie, el ama de Zack, le encantaba sentarse en el suelo con su
mascota. Por supuesto, en circunstancias nprmales no hay nada más
agradable ni más natural que poder sentarse así, tranquilamente, con
nuestro mejor amigo. El problema era que Zack llevaba hasta el colmo.
la tendencia a apoyarse. En cuanto Susie se sentaba junto a él, Zack no
es que se apoyara, se colocaba sobre sus piernas de modo que la man-
tenía clavada en el sitio. Lo vi con nrls propios ojos cuando los visité.
En cuanto Susie se sentó, Zack se volcó encima de ella. Al principio
Susie mantuvo las rodillas levantadas, pero Zack la forzó literalmente
a bajadas, aplastándolas contra el suelo. Luego se estiró sobre ellas.
Los Pastores alemanes son perros grandes y poderosos y Susie era una
mujer relativamente delgada. Era, a todos los efectos, prisionera de
Zack, y no podía moverse de allí sin su permiso. Como para afirmar
aún más su superioridad, Zack colocó entonces su tripa para que Susie

98
---- -- ~~

Los guardaespaldas: perros hiperprotectores

le rascase, algo que también resultaba ser parte habitual de la vida dia-
ria en aquella casa.
Evidentemente, Zack estaba forzando a Susie a adoptar una rutina que
él había elegido. Mientras seguían sentados en el suelo, lo primero
que pedí a Susie fue que dejase de rascarle. Se mostró reacia. "Se enfa-
dará y empezará a gruñir", me dijo. Así fue: en cuanto ella dejó de ras-
carle, él empezó a hacer ruidos sordos. Sin embargo, ella comprendió
lo que se le pedía y dio el siguiente paso: liberarse de la presa a la que
la tenía sometida con el cuerpo. Lo único que hizo fue sacar las piernas
de debajo del perro, levantarse y marcharse. A partir de allí empezó a
practicar los fundamentos de la Vinculación Amichien, teniendo, en
este caso concreto, especial cuidado de liberarse siempre que Zack
intentaba imponerse a ella físicamente. Cada vez que él lo hacía, ella se
desasía. En poco tiempo, Zack empezó a aprender las consecuencias de
sus acciones,
-,- y Susie pudo echarse en el suelo junto a él.

Todos nosotros, estoy segura, hemos conocido hogares vigilados por


un perro hiperprotector. Al primer atisbo, sonido u olor de un tran-
seúnte, el perro sale disparado, ladrando y saltando lo más activamen-
te que puede, mientras, al mismo tiempo, recorre arriba y abajo,
caminando o incluso corriendo, la valla o la cerca que limita sus domi-
nios. El mensaje que transmite es claro: está usted peligrosamente
cerca de mi territorio, apártese por su propio bien. Eso es exactamen-
te lo que hacen muchas personas.
Este tipo de comportamiento, especialmente 'Cuando lo manifiesta
una raza grande, agresiva y de fuerte ladrido, puede llegar a molestar
muy seriamente a los transeúntes. Es normal que la gente se cruce a
propósito a la otra acera, incluso que den un rodeo para evitar enfren-
tamientos. Los niños, sobre todo, pueden vivir.aterrorizados por estos
perros. Por supuesto, hay desgraciadamente unos pocos amos que dis-
frutan de tener un perro con fama de agresivo. Del mismo modo, hay
algunos transeúntes groseros que se dedican a provocar deliberada-
mente a estos animales, poniéndolos aún más frenéticos para satisfacer
su retorcido sentido del humor.
Sin embargo, en la mayoría de los casos, la verdad es que este com-
portamiento es tan penoso para el amo y el perro como lo es para el
transeúnte. La raíz del problema, que yo llamo "recorrer las lindes", es,

99
Saber escuchar al perro

naturalmente, territorial. El perro cree que es el líder de su manada y


considera cualquier aproximación al perímetro de su guarida como un
ataque potencial a sus dominios. Durante el tiempo que llevo adies-
trando perros, he visto algunos a los que les ha agobiado enormemen-
te el peso de esta responsabilidad. Se me viene a la cabeza un caso, en
el que el perro recorría los linderos del jardín circular de su amo
corriendo a más no poder, El pobre ariimal corría y corría en círculos
cada vez más cerrados, pero en un estado de ansiedad cada vez mayor.
Lo bueno es que, como dos historias modelo confío en que ilustren, el
recorrido de lindes es un problema relativamente sencillo de tratar.
El primer caso es el de una mujer llamada Mary y su perra Border
collie, Tess. Mary y Tess vivían en una casa situada en el extremo de
una urbanización y, en consecuencia, era casi incesante el flujo de tran-
seúntes que pasaban por delante de su jardín. Sin embargo, el mayor
problema se planteaba con una vecina en especial, una mujer que pasea-
ba a su perro, otro Border collie, y que pasaba pegada a la casa de Tess
y Mary todas las mañanas a la misma hora. La mera vista de este otro
perro siempre hacía explotar a Tess. Recorría a todo correr el períme-
tro de la valla, ladrando y gruñendo. A decir verdad;la otra ama pare-
cía azuzar a su perro a pagarle con la misma moneda. Él también
saltaba y se revolvía agresivamente, agitando a Tess aún más. Mary
había hecho todo lo posible por arreglar el problema, pero sin suerte.
Cuando me llamó, ya no aguantaba más.
Mary había cometido todos los errores más habituales. Por ejemelo,
había cogido la costumbre de chillar a Tess. Los amos que gritan
"¡Basta ya!" sólo están garantizando que su perro haga exactamente lo
contrario y que continúe. Al hacerlo, están reconociendo lo que hace
el perro, excitándolo aún más. Empecé pidiendo a Mary que volviese a
los fundamentos y empezase el proceso de Vmculación Amichien.
Además, le pedí que mantuviera a Tess dentro de la casa durante un día
más o menos para que captase el mensaje. Me parecía que conectando
con Tess de este modo, Mary estaría en una posición más ventajosa
para transmitir el mensaje correcto cuando llegase el momento.
La prueba se presentó unos pocos días más tarde, cuando Mary dejó
a Tess salir al jardín por la mañana. El viejo adversario de Tess apare-
ció a su hora habitual y, como siempre, Tess respondió al desafío ,
ladrando y recorriendo la valla a todo correr. La tarea de Mary consis-
tía en relevarla de la responsabilidad de patrullar los límites de su "gua-

100
Los guardaespaldas: perros hiperprotectores

rida". Para ello, pedí a Mary que volviera a emplear los principios de
petición y recompensa que había estado aplicando dentro de la casa.
Tess se encontraba en tal estado que apenas notó que Mary se le iba
acercando. Sabiendo yo que esto sucedería, había pedido a Mary que
tocase ligeramente el collar de Tess para atraer su atención y que luego
le ofreciera un trocito de comida. En casos como éste, en los que los
amos están tratando de resolver situaciones profundamente arraigadas
y muy preocupantes, les pido que den a sus perros premios de comida
que reflejen la especial naturaleza de las circunstancias. Por supuesto,
queda reservadá al amo la elección de 16 que conviene dade. Yo perso-
nalmente prefiero el queso, algo que les encanta a mis perros pero que
sólo reciben en contadas ocasiones. El premio especial recalca el men-
saje de que ciertas acciones traen cíertas, agradables, consecuencias.
Mary utilizó su premio para atraer la atención de Tess. Una vez que
lo consiguió, empleó las técni~as que había aprendido para llevársela
dentro de la casa, apartándola de la situación conflictiva. Hizo lo
mism,o al día siguiente, volviendo a animar a Tess a apartarse del
enfrentamiento. No se trataba de un caso de fácil arreglo y llevaría su
tiempo. Mary perseveró y, al cuarto día, la ansiedad de Tess se había
reducido hasta tal punto que, antes de que Mary llegase a la valla, la
perra ya notaba que se acercaba. Poco tiempo después, Mary sólo tenía
que caminar las tres cuartas partes de la distancia hasta la valla antes de
que Tess se le ¡lcercara buscando su premio. Era evidente que Tess esta-
ba captando perfectamente el mensaje.
Al cabo de una semana, la situación había progresado tanto que
Mary sólo tenía que quedarse de pie en el umbral de la puerta, a quin-
ce metros de la valla. Tess todavía seguía ladrando al otro perro, pero
ni remotamente con la misma intensidad ni con tanta furia. Cuando
veía a Mary en el umbral, volvía a la casa y la situación se calmaba.
Después de unos cuantos días más, ya no iba ni siquiera hasta la valla.
Se quedaba ladrando en medio del jardín. Con el tiempo, Tess, igual
que el otro perro, siguieron tranquilamente con sus vidoas.El ritual
matinal había terminado.

Me han pedido que trate a bastantes "vigilantes de lindes" en años


recientes. En el caso de un par de Schnauzers llamadas Kathy y Susie,
mi tarea consistía en tratar a dos perros al mismo tiempo. Debido a la
. i'
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1 k¡ ¡!lAIO ¡';.:,~,
A
c,.c')
Saber escuchar al perro

insólita posición de su casa, Kathy y Susie tenían un enorme lindero


que vigilar. Su casa estaba situada en la parte de atrás de una hilera de'
una veintena de casas adosadas, lo cual quería decir que todos los jar-
dines de sus vecinos daban a los grandes terrenos situados delante de la
casa de Kathy y Susie. Al mínimo atisbo de que estos vecinos salieran
a sus jardines respectivos, Kathy y Susie entraban en acción como
movidas por un resorte. Comprensiblemente, los vecinos no estaban
muy contentos con la situación. Los dueños tampoco; no querían que
sus perras fueran una molestia.
Recuerdo que los visité una cálida tarde de verano. A decir verdad,
tenían sus dudas sobre las posibilidades de que mi método pudiera fun-
cionar. Pero, afortunadamente, Kathy y Susie me ayudaron a demos-
trar la validez de mis ideas casi enseguida. El hecho de que fueran dos
perras en lugar de una sola suponía poca diferencia para mí. Desde el
momento en que llegué a su casa, establecí mis credenciales de líder
emitiendo las señales sencillas y potentes que siempre empleo. Más o
menos una hora después de mi llegada, las dos perras oyeron a alguien
en uno de los jardines del vecindario y se precipitaron a defender su
valla. Entonces las dejé que fueran, y luego, sin gritar, me dirigí a la
puerta principal y les pedí que vinieran. Los amos contemplaron, con
la boca abierta, cómo las perras dieron media vuelta y se dirigieron
corriendo hacia mí y hacia la recompensa que yo les tenía preparada.
Ni que decir tiene que los amos se tomaron el método muy en serio
desde aquel momento.
La transformación no iba a ser tan drástica como al pedirles yo que
acudieran a mí, por supuesto. A un amo le cuesta tiempo reajustar sus
relaciones con su perro. Y no verá resultados' hasta que el proceso de
vinculación haya tenido éxito y el perro esté convencido. Es cuestión
de coherencia y de paciencia. En este caso, también pedí a los amos de
Kathy y Susie que pidieran ayuda a sus vecinos. Mientras intentaban
aplicar mis ideas, solicitaron a sus vecinos que ignorasen por completo
a las perras. Tenían la suerte de contar con unos vecinos muy com-
prensivos y en poco tiempo tanto los vecinos como ellos iban a verse
recompensados. Poco a poco, las perras se fueron apartando de sus dis-
putas de lindes. En menos de una semana, Kathy y Susie estaban total-
mente ajenas a las idas y venidas en las casas contiguas. En lo que
quedaba de aquel precioso verano, tanto los amos como sus vecinos
pudieron disfrutar de sus jardines en paz.

102
Capítulo 1L

Cuando te tiene en el bote:


perros que te saltan encima

A lgunos propietarios de perros soportan que éstos les salten enci-


ma; algunos incluso lo encuentran simpático (¡suelen ser propie-
tarios de perros pequeños!). Sin embargo, en muchos casos, convierte
la vuelta a casa en un suplicio: toda la rop,! llena de huellas de barro y
la compra por el suelo son sólo dos de los resultados que puede provo-
car que el perro te salte encima. El peor aspecto de este problema
desde mi punto de vista es la falta de entendimiento entre el perro y su
dueño; ninguno comprende lo que el otro está intentando decide; y ahí
es donde, por así decido, puedo echar una mano como "traductora".
Todos los perros con los gue trato son memorables a su modo, pero
ninguna de las mascotas de las que me he ocupado es tan inolvidable
como Simmy, un cruce color canela entre un Whippet y un Terrier,
ambos de pedigrí. Los dueños de Simmy, una pareja, Alan y Kathy, de
Scunthorpe, en Lincolnshire Septentrional, me llamaron completa-
mente desesperados. Me contaron que el problema con Simmy era que
saltaba delante de la gente que visitaba su casa. Yo sabía que suoirse a
las personas era una costumbre especialmente molesta, pero no hasta
qué punto. Lo descubrí cuando me encontré por primera vez con
Simmy.
En cuanto entré en casa de sus dueños, Simmy empezó a dar botes
sobre las patas traseras haciendo todo lo posible por llegarme a los
ojos. Se lo había visto hacer a muchísimos perros anteriormente, por
supuesto. Lo que marcaba la diferencia con Simmy eran las asombro-
sas capacidades atléticas que demostraba. No medía más de 35 cm de
altura, pero podía saltar con facilidad hasta metro y pico del suelo
intentando llegarme a los ojos. Lo que era aún más impresionante era
el hecho de que podía seguir haciéndolo sin parar (era, en este sentido,
un perfecto ejemplo de cruce: unía a la elasticidad del Whippet la ina-

1°3
Saber escuchar al perro

-~ gotable persistencia del Terrier). Me recordaba a Tigger, el personaje


de los libros de Winnie el Pooh.Igual que Tigger, dar botes era lo que
Simmy mejor hacía. Sus dueños me contaron que hacía lo mismo con
todas las personas que los visitaban y seguía haciéndolo imperturba-
blemente ya estuvieran de pie o sentados. Ni que decir tiene que era a
la vez embarazoso e incómodo. Saltaba a la vista que sus dueños tenían
los nervios de punta. Sabía que tenía entre manos un trabajo difícil.
Como ya he explicado, el lenguaje corporal es uno de los más pode-
rosos medios de que disponen los perros para comunicarse. Y no hay
señal física más clara que la que subyace tras la acción de saltarte enci-
ma. Nuevamente necesitamos volver atrás y considerar el comporta-
miento de perros y lobos en la naturaleza para comprender los
principios que están operando. Los perros usan su presencia física para
establecer su superioridad. Es, por supuesto, un rasgo que también
tenemos los humanos. Si no me cree; observe el lenguaje corporal de
dos boxeadores cuando se ponen en guardia uno frente a otro al
comienzo de un combate. Ambos están intentando establecer alguna
forma de ventaja psicológica ya desde antes que comience el contacto
físico, la pelea propiamente dicha. Los DOSestán intentando transmitir
un mensaje bien claro: yo soy aquí quien manda, y vaya demostrarte
quién es el jefe.
En el caso de los lobos, sin embargo, se trata de algo más que de
poses. y comienza a una edad muy temprana. Una forma de subirse a
los demás se da ya en las camadas de cachorros. Mientras se entregan
a la rutina de peleas informales por la que pasan todos los animales
jóvenes, los lobeznos colocan la mitad superior de su cuerpo sobre la
importantísima zona de la cabeza, el cuello y la cruz qe sus compañeros
de camada. Colocarse en esta posición establece una importante señal
que se repite durante toda su vida en manada. Y de nuevo tiene que ver
en todos sus extremos con la posición social y elliderazgo.
Dentro de la población adulta de la manada, la pareja Alfa usa esta
forma de dominio físico para reafirmar su primacía. Siguen una rutina
similar al reunirse con su manada después de la cacería. Elevándose por
encima de sus compañeros de manada y formando un arco sobre la
misma parte crucial del cuerpo, la zona del cuello y la cabeza, están,
simultáneamente, demostrando su afecto a sus subordinados y recor-
dándoles su poder supremo. El mensaje es nítido: sé cómo someterte y
si es necesario matarte. Reconoce mi liderazgo una vez más.

1°4
Cuando te tiene en el bote: perros que te saltan encima

Para superar los problemas de Simmy, tendría que exhibir ante él un


lenguaje igualmente poderoso. En la mayoría de los casos, saltar enci-
ma es uno de los hábitos más fáciles de corregir usando mi método. La
clave estriba en acordarse de que no debemos implicamos en el com-
portamiento de ninguna manera. Así, mientras el perro da un bote
delante de ti, simplemente das un paso atrás y luego te apartas de él. Si
se tienen restricciones de espacio o el perro está demasiado excitado,
hay que emplear sencillamente la mano para rechazar al perro y apar':'
tarle dándole un suave empujón. En ambos casos es importante no
hablar ni establecer contacto ocular con el perro. Hay que recordar
que no se debe rendir homenaje a su liderazgo.
~Como ya he explicado, la increíble exuberancia de Simmy me cogió
por sorpresa incluso a mí. Sin embargo, no le permití que me hiciera
desistir de mi táctica de apertura habitual. Mientras entraba en la casa,
me cuidé mucho de ignorarle. Costó trabajo, no vaya usted a creer. A
veces, me saltaba encima y daba con su cara en la mía. Llegados a este
punto recuerdo que Alan se puso comprensiblemente muy nervioso. Se
adelantó para coger el collar de Simmy, claramente decidido a bajar a
su perro al suelo a la fuerza. Pero insistí en que no lo hiciera. La clave,
como siempre, era que yo quería que el perro ejerciese el autocontrol.
Quería que hiciera las cosas por su propia voluntad, no porque se le
impusiera la voluntad de su dueño. Estoy segura de que debió de resul-
tarle muy difícil a Alan resistirse, pero lo hizo. Mientras Simmy seguía
dando botes y más botes delante de mí, simplemente charlé con Alan y
Kathy hablando por encima de él (¡a veces ladeando el cuerpo!), dando
una idea general del proceso que quería que siguieran. En pocas pala-
bras, no quería que ellos se vieran envueltos en el juego de saltos al que
se entregaba Simmy. Cada vez que Simmy daba un bote, los amos res-
pondían. Cada vez que lo hacían, estaban reconociéndole: aquello tenía
que acabar. .

Seguí charlando con Alan y Kathy mientras entrábamos en el salón.


Según lo hacíamos, Simmy caminaba marcha atrás delante de mí, aún
dando botes y más botes. Era una actuación realmente merecedora de
un Oscar. Y era precisamente lo que yo quería que hiciera. Su com-
portamiento no tardó mucho en empezar a cambiar. Los perros más
listos son siempre los más difíciles de reajustar. Están preguntando
constantemente por qué: ¿por qué tengo que hacer lo que dices?, ¿por
qué no puedo seguir haciendo lo que quiera? Simmy era ciertamente

1°5
Saber escuchar al perro

uno de los listos. Así que, cuando descubrió que su comportamiento no


estaba generando ninguna reacción, cambió de disco y empezó a
ladrarme muy fuerte. De nuevo sus pobres amos estaban muy preocu-
pados, casi fuera de sí, por la situación. Pero nuevamente lo único que
hice fue ignorar lo que estaba pasando y rehusé enfrentarme con
Simmy. Al mismo tiempo, les aseguré que lo que estábamos haciendo
rendiría buenos frutos enseguida.
Después"de unos qUince minutos, las baterías de Simmy por fin se
agotaron. Se dio cuenta de que sus atenciones no estaban consiguien-
do nada y se largó a otra parte de la casa. Si hubiéramos estado en la
Segunda Guerra Mundial, yo habría llegado al Desembarco en
Normandía, al Día D. La batalla más decisiva se había ganado, pero la
guerra no había terminado del todo. Simmy regresó después de unos
diez minutos. Había empleado su "tiempo muerto" para evaluar lo que
estaba pasando y había decidido comprobar la situación con otro asal-
to de botes y ladridos. Esta vez los saltos duraron poco más de treinta
segundos; los ladridos, algo más, quizá un minuto. Enfrentado con la
misma respuesta evasiva, volvió a retirarse.
Simmy seguía una rutina que he visto muchísimas veces. Había cap-
tado que se había producido un cambio fundamental en su ambiente.
Cada vez que volvía, lo hacía con la esperanza de encontrar el punto
débil del aspirante a nuevo líder. He visto a perros hacer esto una doce-
na de veces antes de rendirse. Cada vez, sus niveles de energía se redu-
cen un poquito. Al final sólo emiten un patético gemidín de protesta.
La clave estriba en recordar que sólo cuando haya acabado este reper-
torio es cuando puedes aplicar la regla de los cinco minutos. Cualquier
intento de conseguir que el perro coopere contigo antes de ese
momento será ignorado.
Poco tiempo después, Alan y Kathyestaban reproduciendo mi
método, usando los cuatro elementos de la Vmculación Amichien para
establecer su liderazgo sobre Simmy. En especial, trabajaron mucho
para relevarle de su responsabilidad cuando llegaban visitas a la casa.
Para ello usaron diferentes opciones dependiendo de sus invitados.
Cuando iba a vedes una de las abuelas, metían a Simmy en otra habi-
tación. Cuando era el hermano de Alan, se le daban instrucciones de
encontrarse con Simmy a la puerta. Pero en cada caso, si Simmy empe-
zaba a dar botes, le dejaban a su aire. Cada vez se le transmitía la misma
señal: no era tarea suya afrontar aquella situación. Debía relajarse y

106
Cuando te tiene en el bote: perros que te saltan encima

dedicarse a disfrutar de la vida. Ya nadie estaba interesado en jugar al


juego de los saltos. Como siempre hacen los perros, Simmy no tardó
mucho en captar el mensaje. Y pronto las visitas de Alan y Kathy eran
recibidas con apenas una mirada. Los días de saltos de Simmy habían
terminado. ¡Estoy segura de que agradeci& el descanso!

1°7 .
Capítulo 12

Desafío total: perros que se desmandan


al soltarles la correa

L a capacidad de recuperar a un perro que está suelto es quizá la más


trascendental que pueda poseer cualquier amo. En algunos casos,
marcará la diferencia entre la vida y la muerte. Se trata de una de las
situaciones clave en las que es vital que el perro considere a su amo
como un líder capaz de tomar importantes decisiones y como el miem-
bro más experimentado de la manada.
Con el paso de los años, he presenciado muchos casos en los que la
falta de control po~ría haber tenido fatales consecuencias. Siempre se
me viene a la cabeza un incidente en especial. Sucedió una mañana
mientras esperaba fuera del consultorio de mi médico. El edificio esta-
ba cerca de una urbanización grande y de una carretera muy transita-
da. Mientras esperaba que abriera la consulta, vi de repente a un
Yorkshire terrier que salía a todo correr de la urbanización y se dirigía
derecho a la carretera. Al perro lo perseguía un grupo de tres niños que
le chillaban y le hacían gestos en vano. Cada vez que el perro se para-
ba, miraba hacia atrás para verles y cuando los gritos se acercaban,
echaba de nuevo a correr.
A aquella hora de la mañana había en la carretera mucho tráfico, y a
gran velocidad, porque era hora punta. Veía que el perro se dirigía
derecho hacia ella. Sabía que tenía que hacer algo, así que chillé a los
niños a voz en grito. Debieron preguntarse quién era aquella loca que
gritaba y les hacía señas como si fuera el fin del mundo. Sin embargo,
sabían que estaban en un buen lío e hicieron exactamente lo que les
pedí. Lo primero que hice fue indicarles que se quedaran quietos.
Después les grité que se dieran la vuelta y volvieran corriendo en direc-
ción a la urbanización. ¡Qué alivio cuando el Terrier, al ver esto, se
detuvo, a pocos metros de la carretera y del intenso tráfico matinal!
Luego dio media vuelta y empezó a perseguir a los niños, apartándose

r08
Desafío total: perros que se desmandan al soltarles la correa

de la carretera y siguiendo la dirección que habían tomado. Fue un


momento escalofriante. Si hubieran seguido persiguiendo al perro, no
me cabe duda de que, con aquel tráfico, le habrían atropellado.
En este caso, por supuesto, no tenía tiempo de explicarles a los niños
su error. Al perseguirlo estaban participando en el juego de su perro y
dándole la impresión de que él iba guiándoles, de que era su líder.
Tenían que dar por terminado el juego y reafirmar algo de autoridad.
Estoy segura de que este incidente les sirvió de lección. En realidad,
conseguir que el perro comprenda lo que se quiere de él en estas cir-
cunstancias es muy sencillo. Como siempre, requiere una combinación
de persistencia y de presencia de ánimo. '
Uno de los perros más memorables que he conocido era un San
Bernardo llamado Beau al que me pidieron que tratase como parte de
mi trabajo con perros difíciles para la cadena Yorkshire Television.
Todos sabemos que los San Bernardos son famosos en todo el mundo
por su trabajo en los rescates de montaña. Con su típico barril de
coñac, estos perros excepcionales han salvado la vida a cientos de alpi-
nistas, localizando a escaladores perdidos en los lugares más remotos y
ayudando a ponerles a salvo. Menos mal que Beau no estaba trabajan-
do en las montañas. Era la negación de su raza: un San Bernardo al que
nadie era capaz de recuperar.
Heidi, el ama de Beau, había pasado infinitas horas persiguiéndole
en vano por los parques cercanos. Daba igual lo que intentase: simple-
mente no podía conseguir que acudiera a su llamada. Había llegado a
tal punto que había renunciado incluso a intentarlo. Siempre que ella
y Beau salían de paseo él permanecía atado a una larga correa.
Sencillamente ya no tenía valor para volver a soltarle.
Pero como ama responsable que era, Heidi sabía que esto distaba
mucho de ser lo más saludable para Beau. Como todos los perros,
necesitaba ejercicio. Le pedí que lo soltase. Echó a correr pesadamen-
te por el parque como un inmenso tanque. Cuando llegó el momento
de recuperarlo, los esfuerzos de Heidi fueron tan infructuosos como
me había dicho. Lo llamó seis veces y luego se rindió. Los errores de
Heidi eran bastante habituales. En su casa, enseguida noté que mante-
nía comida a disposición del perro por todos los sitios. Durante el
paseo, seguía a Beau siempre que estaba suelto. Naturalmentle, al
hacerla, estaba rindiendo homenaje a la posición de Beau como líder.
Le estaba permitiendo dictar las normas del juego.

IO9
.
Saber escuchar al perro

Lo primero que tenía que hacer Heidi era abrumar a Beau de seña-
les, empezando con los cuatro elementos principales del programa de
vinculación. Sólo afirmando el control de su perro en casa era como
podría conseguir que se comportara como ella quería al aire libre. Beau
era básicamente un perro bondadoso y cogió las cosas al vuelo. A
mucha gente este régimen les resulta muy duro de mantener. Pero
durante este período pido a los propietarios que se abstengan de sacar
a sus perros hasta que estén preparados. Sin embargo, en menos de dos
semanas, Beau respondía a las llamadas de Heidi dentro de la casa y del
jardín. Ella había aprendido a alabar su comportamiento y él, a cam-
bio, había llegado a establecer una asociación positiva con este proce-
dimiento. Lo crucial ahora era que Heidi reafirmase el mensaje que
había estado transmitiendo dentro de la casa. Tenía que afirmarse
como miembro de la manada que iba a liderar la cacería. No era una
tarea nada fácil.
. Beau se puso muy excitadocuando ella sacó la correa. Así que pedí
a Heidi que calmase la situación inmediatamente. Le indiqué que deja-
ra la correa en una mesa y se fuera. La señal era nítida: el perro se había
equivQcado de medio a medio y la cacería se había suspendido. Beau
tenía que darse cuenta de las consecuencias de sus acciones. Cuando al
final Beau se calmó, Heidi le ató la correa al collar y, tomando la delan-
tera, lo llevó a la puerta. En esta etapa era fundamental que ella consi-
guiera controlar el paseo de inmediato. Asíque cuando Beau empezó a
tirar de la correa nada más salir por la puerta, volví a pedirle a Heidi
que se disociara de la situación. Ella se detuvo, giró en redondo y vol-
vió a entrar. Tardó tres o cuatro días en conseguir pasar de la verja del
jardín. Los persistentes tirones de Beau hacían que el paseo se aplaza-
se constantemente. Pero con el tiempo captó el mensaje y era capaz de
caminar de la correa sin tirar.
La clave ahora era reafirmar los beneficios de obedecer y acudir a la
llamada a volver. Indiqué a Heidi que prolongase la correa aún más
añadiendo una cuerda larga. Luego le pedí que empezase alargando la
correa para que Beau tuviera que detenerse a unos dos metros de ella.
Llegadas a este punto, le dije que le hiciese acudir usando comida
como recompensa. Siempre que lo hacía correctamente, ella alargaba
la correa un poco más, un metro en cada ocasión, más o menos. Beau
respondió a su petición cada vez hasta que la cuerda se hubo alargado
sus buenos diez metros. En aquel momento, le pedí que lo soltase.

110
Desafío total: perros que se desmandan al soltarlesla correa

Lo que quería que Heidi hiciese entonces era practicar 10que había
estado haciendo con la correa, pero ahora sin ella. Así que le indiqué
que volviera a pasar por el proceso de llamar a Beau para que acudie-
ra. En poco tiempo estaba recogiendo los frutos del duro trabajo que
había hecho en casa. De nuevo, el aliciente de la comida atraía a Beau
a acudir a la llamada de Heidi cada vez que ella ampliaba la distancia.
Poco tiempo después, acudía a sus llamadas desde más de 50 metros.
En menos de un mes, los paseos de Heidi con Beau se habían conver-
tido en la experiencia enormemente agradable que ella siempre había
deseado. Sus días de perseguirle por todas partes habían acabado.
Acudía a su llamada sin falta. El desenlace no podría haber sido mejor.
y además, Beau se había convertid<,>en un perro mucho más en forma,
más saludable y más feliz.

Si algo he aprendido durante el tiempo que llevo adiestrando perros


siguiendo mi método es que siempre se debe estar dispuesto a impro-
visar. La gran virtud del proceso que he desarrollado es su flexibilidad.
Puede ser modificado para adaptarse a todos los estilos de vida. Como
descubrí adiestrando a una de mis Pastoras alemanas, puede también
refinarse para ajustarse a las personalidades de todos los perros.
Siempre he sostenido que cuanto más listo sea un perro, más se resis-
te al cambio. Los perros inteligentes están poniendo constantemente
en duda las decisiones en su fuero interno. Sea cual sea la actividad, exi-
gen saber por qué se les ha pedido participar. Creo que es por esta
razón por la que los perros inteligentes se adaptan con tanto gusto a mi
método. Comprenden que se trata de una situación que les resulta
beneficiosa y la aceptan de buena gana.
Hay pocas razas más inteligentes que el Pastor alemán. Y ha habido
pocos perros que fueran más rápidos de comprensión que Daisy May,
una Pastora alemana que crié-yo misma. Daisy May era una perra enor-
memente activa, de una vitalidad incontenible, y era un verdadero pla-
cer estar con ella. Había demostrado una gran docilidad durante el
adiestramiento siguiendo mi método y se había adaptado perfectamen-
te a la vida en mi manada. Pero de repente, un buen día, cuando menos
10 esperaba, me presentó su primer reto.
Siempre me ha encantado llevar a mis perros en coche a sitios.pin-
torescos de los alrededores. Cierto día los llevé a un camino de herra-

111

--
Saber escuchar al perro

dura en el campo y les dejé a sus anchas para que disfrutaran. Pero
cuando llegó la hora de volver a casa, Daisy se negó en redondo a vol-
ver a subirse al coche conmigo. Me quedé de pie junto al coche, lla-
mándola; pero no hizo nada más que retozar interminablemente,
negándose a entrar. Evidentemente, llegados a este punto, yo tenía la
sencilla opción de cogerla y forzarla a entrar en el coche. Pero como
ya he explicado anteriormente, quiero que los perros tomen las deci-
siones por voluntad propia. Quiero que establezcan asociaciones posi-
tivas con las situaciones y que actúen de manera consecuente. Si me
hubiera limitado a meter a Daisy May en el coche a empujones habría
establecido una asociación completamente negativa. Así que decidí
probar con otra cosa. Mientras ella seguía jugando, me subí al coche y
arranqué sin ella. Al hacerlo le estaba presentando una elección. Todo
su interior le decía que su lugar estaba con la manada. Su superviven-
cia dependía de ello. ¿Estaba dispuesta a vivir ahora sin esa manada?
Después de unos veinte metros, me detuve, salí y la volví a llamar.
Daisy May fue corriendo hasta el coche, pero continuó retozando por
ahí. Estaba claro que quería seguir jugando a este juego. De nuevo se
negó a venir. Y una vez más volví al coche y arranqué, pero esta vez
conduje a mayor velocidad y una distancia más grande. La pregunta
que yo le estaba haciendo ahora era: "¿Realmente quieres quedarte
sola?". Vi inmediatamente a Daisy May por el espejo retrovisor. Corría
detrás de mí como alma que lleva el diablo. Esta vez, cuando me detu-
ve, se metió de un salto con los demás perros. Recompensé su com-
portamiento con un elogio.
Mi trabajo con los perros de otras personas me ha enseñado que las
lecciones importantes como éstas hay que recalcarlas lo más pronto
posible. Así que al día siguiente intenté repetido y regresé al mismo
lugar. De nuevo, Daisy May se negó a entrar al coche la primera vez
que se lo pedí. Pero en esta ocasión no iba a jugar con ella. En cuanto
empezó a juguetear decidí mostrarle que sus acciones iban a tener con-
secuencias. Inmediatamente me alejé con el coche a buena velocidad,
internándome unos doscientos metros en campo abierto. En ningún
momento, debo añadir, estuvimos a menos de cuatrocientos metros de
ninguna éarretera. Nuevamente, Daisy May me pisaba los talones. En
cuanto abrí la puerta del coche, se subió de un salto. Fue la última vez
que tuve que emplear este procedimiento. Después de aquello, Daisy
May era siempre la primera en subirse al coche.

112

~,
.
Capítulo 13

Pérrez contra Pérrez: cómo quitar


hierro a los enfrentamientos caninos

H ace unos años, mientras trataba de descubrir las conexiones entre


el comportamiento de los perros domésticos y las manadas de
lobos, vi un documental extraordinario. Narraba la historia de una
comunidad de lobos que vivían en estado salvaje en el Parque Nacional
de Yellowstone, en Wyoming (EE UU). A pesar de que Norteamérica
sea uno de los baluartes del lobo gris, la especie había desaparecido de
los pfiramos de Yellowstone durante más de sesenta años. La manada
que aparecía en el reportaje había sido trasladada al parque en un
esfuerzo por reintroducir la especie en la zona. El documental seguía
su proceso de asentamiento en este nuevo ambiente.
El reportaje ejerció en mí una gran influencia y me ayudó a acla-
rar los principios que ahora sostienen mi método. Ninguna de las
ideas que transmitía me resultó más útil que las contenidas en una
secuencia en la cual la manada se veía forzada a encontrar un nuevo
macho Alfa. El anterior titular habían muerto, víctima de la bala de
un cazador humano que había dejado sola a la hembra Alfa para li-
derar la manada. Pero enseguida otro lobo de una manada vecina
llegó intentando imponerse. El proceso que se desencadenaba era
fascinante. El forastero empezó aullando para ver si le contestaba el
inconfundible aullido en tono bajo de un macho Alfa. Animado al
no oído, empezó a merodear por el perímetro del territorio de la
manada.
Sus atenciones produjeron enseguida una respuesta de la manada,
que empezó a realizar un complejo ritual, a veces muy agresivo. Los
lobos se turnaban para cargar impetuosamente contra el intruso. Se
detenían de repente y seguían una complicada rutina. Todo eran poses.
Me recordaba a los indios americanos cuando arrojaban una lanza que
se clavaba a los pies de un posible enemigo. Cada vez, los lobos se reti-

113
Saber escuchar al perro

raban antes de volver a arremeter. Además de todo esto, había una


incesante comunicación a través del lenguaje corporal.
Durante todo este proceso, el forastero permaneció impertérrito.
No hizo más que mantenerse firme mientras movía la cola. No ame-
nazaba a los lobos de la otra manada de ninguna manera; pero, al
mismo tiempo, no mostraba ningún signo de debilidad. La manada
continuó con este repertorio durante un pasmoso período de seis horas
y media. Al final, sin embargo, sucedió algo extraordinario. De repen-
te, cesaron las embestidas y los lobos empezaron a acercarse al recién
llegado uno por uno. Éste se había jugado el todo por el todo. Si hubie-
ra perdido, la manada le habría liquidado casi con toda seguridad; pero
había triunfado.
Una vez que los miembros de la manada terminaron de rendirle
homenaje, la hembra Alfa se acercó a él. Cómo último símbolo, él
colocó su pata delantera sobre el hombro de ella y la cabeza sobre su
cuello. Mantuvo aquella posición durante no más de medio segundo.
Fue suficiente para indicar que se había cerrado el trato. Era el nuevo
macho Alfa. Resultaba maravilloso poder contemplar aquello, un ejem-
plo de naturaleza en su forma más pura y poderosa. El resto de la
manada saludó el acontecimiento saltando por todas partes, dando cla-
111 ras muestras de júbilo por el hecho de que el orden se había restable~
cido y la manada volvía a tener líder una vez más.
El perro puede haber salido de la manada de lobos, pero los instin-
tos del lobo no han salido del perro. Nuestras mascotas domésticas
pasan a diario por sus propias versiones de este comportamiento. Y
nunca resulta más evidente que en una de las situaciones más habitua-
les que tienen que afrontar los propietarios de perros: cuando un perro
desafía a otro. Como cualquier otro propietario de perro, yo conside-
ro la idea de que uno de mis perros sea atacado por otro como la peor
pesadilla posible. Los perros son capaces de infligirse espantosas lesio-
nes, sin excluir la posibilidad de que puedan hacerse heridas que resul-
ten fatales.
Cada vez que un perro se pelea, el costo físico que al animal le supo-
ne siempre queda igualado por el daño psicológico que provoca en el
amo. Éste era sin duda el caso de Christine, una mujer a la que ayudé
como parte de mi trabajo para la ya mencionada cadena de televisión.
Los problemas de Christine habían empezado al alquilar una pequeña
granja en el condado de Yorkshire en la que había metido una pareja de

114
Pérrez contra Pérrez: cómo quitar hierro a los enfretamientos caninos

perros, Basil, un mestizo muy vivo, parecido a un Border collie, de


color marrón claro y blanco, y la perrita Tess, un cruce de color negro.
Pero el origen del problema de Christine era otro perro. Reggie, un
cruce de Rottweiler, de color marrón claro, habitaba en las instalacio-
nes que había heredado al hacerse cargo de la pequeña granja. En mi
opinión, la temible reputación de los Rottweilers es inmerecida. He
conocido muchos ejemplares adorables de esta raza. Muchas personas
olvidan que fueron criados originalmente como perros de guarda por
los ganaderos de Alemania y Suiza. Reggie estaba desempeñando el rol
histórico de su raza admirablemente. Le tenían sujeto a una barra con
un lazo corredizo. Tampoco ésto es algo que apruebe de ninguna
manera. A pesar de las restricciones a las que le habían sometido, era
un animal más que capaz de asustar a cualquier visitante no deseado:
tenía un aspecto temible.
El problema de Christine consistía en que Basil era uno de los pocos
que no sentía ni pizca de miedo de Reggie. En varias ocasiones, se
habí~ escapado de casa, se había dirigido a la parte del patio dominada
por el Rottweiler y se había peleado con él. Todos hemos sido testigos
de algún Yorkshire terrier dispuesto a "comerse" a un Pastor alemán
gigante, o del Dachshund que se pone en guardia frente a un Dober-
mann. Aunque nosotros somos perfectamente conscientes de la dife-
rencia de tamaños, los perros mismos parecen no tener apenas idea de
su estatura relativa. En esto vuelve a aparecer nuestra perspectiva de
humanos. Somos nosotros quienes hemos desviado a los perros
siguiendo distintos caminos evolutivos. En realidad, todas las razas se
encuentran dentro de un margen diferencial de cinco generaciones.
Debido a esto, es natural que todos los perros se consideren física-
mente equivalentes entre sí. Por expresarlo con sencillez en este caso:
Basil se imaginaba que él era también un Rottweiler. Desgraciada-
mente, la ventaja de tamaño y potencia era demasiado real. Reggie
medía por lo menos el doble que Basil. El hecho de que estuviese enca-
denado le colocaba en una posición en la que no tenía más opción que
defenderse. Había infligido heridas a Basil, rasgones, desgarrones y
perforaciones en las orejas, las patas y el cuerpo: Basil parecía un cola-
dor. Reggie también lucía unas cuantas heridas de guerra. Poco a poco,
los dos se estaban haciendo literalmente pedazos.
A estas alturas, es importante decir que mi método no elimina las
tendencias agresivas de ningún perro. Como ya antes he explicado, el

lIS
Saber escuchar al perro

instinto de morder no puede desaprenderse: forma parte de la perso-


nalidad del perro. A veces comparo a los perros con Rambo en su pri-
mera película. Si se le hubiera dejado en paz, Rambo era capaz de vivir
su vida como cualquier persona equilibrada; pero forzado a defender-
se, retrocedió a un conocimiento que le permitía volverse ultraviolen-
to. Debe quedar bien claro: hay perros que son capaces de infligir
daños terribles a seres humanos en una situación de enfrentamiento.
Razas como los Pitbull, por ejemplo, se criaron específicamente con el
propósito de pelear: si se les instiga a hacerlo, recurrirán al máximo a
esa naturaleza salvaje. Mi método no puede eliminar estos instintos
básicos de ningún perro, sea cual sea su raza; pero lo que sí puede hacer
es permitir a la gente controlar a sus mascotas para que los enfrenta-
mientos que sacan a relucir esta naturaleza salvaje no tengan nunca
lugar. r---
Desgraciadamente, yo no era libre de ayudar a Reggie, porque
Christine no podía conseguir el permiso de su amo para que yo pudie-
ra trabajar con él. El dueño de la propiedad quería simplemente un
perro de guarda que estuviera en su puesto las 24 horas del día. Basil,
sin embargo, era un caso distinto. En cuanto lo conocí, me resultó obvio
que se trataba de un caso patente de Alfa no elegido, tan claro como la
luz del día. La primera vez que me encontré con él exlúbió todos los sín-
tomas clásicos: tiraba de la correa, se te subía encima y ladraba. Creía
evidentemente que era el jefe de la casa. Incluso había cogido la cos-
tumbre de subirse a la encimera de la cocina para poder vigilar por la
ventana.
Christine empezó siguiendo el normal proceso de vinculación con
Basil. Durante este período, le pedí que extremase la vigilancia para
mantenerlo alejado de la parte del patio que ocupaba Reggie. Los dos
perros no debían verse. Cuando sentí que Basil estaba preparado, lo
sacamos al patio. Lo tenía sujeto no sólo con una correa sino también
con un arnés. Sabía lo agitado que probablemente se pondría y no que-
ría arriesgarme a la posibilidad de que se soltara de la correa. En pre-
paración por lo que estaba a punto de suceder, habíamos metido a
Reggie en un cobertizo.
Pero en cuanto llevamos a Basil a la zona de su viejo enemigo, vol-
vimos a sacar a Reggie. Permanecía sujeto a su cadena. Al mismo tiem-
po, me arrodillé, manteniendo, en silencio y con calma, a Basil sujeto
a una distancia de unos seis metros desde el final de la cadena. Ni

II6
Pérrez contra Pérrez: cómo quitar hierro a los enfretamientos caninos

siquiera hoy me explico exactamente cómo la cadena de Reggie siguió


en su sitio. Reggie se arrancó como un obús y se lanzó contra Basil.
Pero Basil estaba tan listo para el enfrentamiento como siempre: ape-
nas podía retener a mi perro. Los dos canes estaban listos para hacer-
se picadillo; pero mientras siguieran demostrándose signos de agresión
entre ellos, me aseguré de que no pudieran alcanzarse el uno al otro.
Con el tiempo, los niveles de adrenalina disminuyeron y empezó el
cansancio. No se trataba del ritual de seis horas y media que realizan
los lobos, sino más bien de un más prudente cuarto de hora. En cuan-
to cesaron las amenazas, Christine, como habíamos quedado con ante-
lación, apareció con un cuenco de comida para cada uno de los perros.
La señal que estábamos transmitiendo era doble. Queríamos que los
perros establecieran una asociación positiva con la presencia del otro.
y queríamos que entendieran que la asociación positiva sólo ocurría
cuando estaban tranquilos.
En este caso, todavía no puedo hablar de un éxito completo. Los dos
habían estado enfrentados durante mucho tiempo. No era una situa-
ción de fácil arreglo. Basil respondió bien al proceso de vinculación y
empezó a estar mucho más tranquilo en sus enfrentamientos con
Reggie. Hace bastante tiempo que no se han peleado. Y en este lapso
a Basil no' han tenido que darle puntos. Si también al Rottweiler se le
hubieran dado las señales debidas, no tengo ninguna duda de que los
dos podrían coexistir pacíficamente. Pero esto aún no ha sucedido. Lo
que más deseo es que Basil siga sin visitar al veterinario de la zona
durante los próximos años.

Siempre que montamos en nuestro coche, afrontamos la realidad de


que, por muy expertos que seamos como conductores, siempre existe
el riesgo de que nos encontremos con otro conductor que no esté pre-
parado para estar en la carretera. La misma realidad la afronta cual-
quier amo de perro cada vez que sale de la seguridad de su hogar. Por
regla general, pasear a un perro es una actividad grata -y a veces muy
sociable-. He forjado muchas amistades mientras estaba paseando a
mis perros. Pero por desgracia es un hecho cierto que la mayoría de los
propietarios de perros se acabarán cruzando más tarde o más tempra-
no con una situación en la que su mascota tendrá que afrontar la agre-
sión de otro animal.

II7
Saber escuchar al perro

No hay -es triste decirlo- nada que podamos hacer al respecto. No


todos los propietarios ejercen el cuidado y el control que encuentro en
la mayoría de la gente con la que trabajo. Todos los propietarios sen-
satos de perros son víctimas de un irresponsable más tarde o más tem-
prano; tenemos que reconocerlo. Aparte de las demás consideraciones,
como ya he dicho antes, no podemos eliminar los naturales instintos
defensivos a los que recurre un perro cuando no puede evitar el enfren-
tamiento. Mi mejor consejo es que todos debemos evitar e ignorar tales
situaciones como mejor podamos.
Pero hay muchas cosas que podemos hacer para aseguramos de que
nQ sean nuestros perros los agresores. De nuevo, las ideas centrales en
este tema están arraigadas en la naturaleza del animal y en la dinámica
de la manada de lobos. En la naturaleza salvaje, las manadas de lobos
hacen todo lo que pueden para evitar a otras manadas. La intensidad
con la que marcan guaridas y sendas de caza tiene como finalidad ase-
gurar que las manadas permanezcan confinadas en sus propios territo-
rios. Los enfrentamientos son raros. ..

Teniendo esto presente, podemos darnos cuenta de lo poco natural


que es para los perros domésticos entrar en contacto con otras mana-
das. En este sentido, d~bemos recordar nuevamente que, para un
perro, una manada puede consistir en tan sólo dos miembros: un ser
humano y él. Para un perro que cree ser el líder de su manada, se trata
de un momento de peligro potencial. Si ocurre un enfrentamiento,
hará lo que sea necesario para proteger a quienes estén bajo su respon-
sabilidad. La ansiedad puede verse incrementada si tales encuentros
ocurren en el ambiente de paseo que al perro le resulte familiar, un
parque cercano, por ejemplo. Además de la responsabilidad ante su
manada, un perro puede sentir también una amenaza territorial.
Para superar la ansiedad natural que ocurre, recomiendo que todos
los perros con los que trato sigan un proceso que he denominado
"cruce de manadas". Es algo que puede desarrollarse mientras los amos
aprenden a hacerse cargo del paseo. La idea consiste en acostumbrar al
perro a entrar en contacto con otros perros y sus amos, para que sus
manadas se crucen sin incidentes. El objetivo a largo plazo es hacer a
los perros tan indiferentes a sus prójimos como lo es el hombre urba-
no moderno respecto a los suyos. Siempre que un perro entra en con-
tracto con otro, pido a los amos que simplemente ignoren al otro
perro. Si el perro responde a su ejemplo dejando que pase el otro sin

IIS
Pérrez contra Pérrez: cómo quitar hierro a los enfretamientos caninos

reacción alguna, se le premia con comida. De nuevo, se está animando


al perro a establecer una asociación positiva con esta situación. La clave
para asegurar que éste sea un proceso sb complicaciones reside en los
principios que ya hemos aprendido en casa. Lo más importante de todo
es que los amos deben demostrar cualidades de liderazgo que el perro
pueda identificar y en las que sea capaz de creer.
Sin embargo, como ya he dicho, por mucho control que un amo o
un ama en concreto esté ejerciendo sobre su perro o su perra, no hay
nada que pueda hacer para controlar el comportamiento de los perros
de los demás. A menudo me preguntan qué pistas pueden tenerse
presentes en el lenguaje corporal de los perros agresivos. Com-
prensiblemente, la gente quiere saber cómo manejar las situaciones
inevitables en las que un perro desafía a otro. ¿Qué hace que un perro
que gruñe se transforme en un perro que pelea?, ¿cuáles son los desen-
cadenantes del ataque?, etc. Siempre respondo lo mismo: tienen que
mirar al amo más que al perro y dejar que el perro juzgue a su igual.
Si un (amo está relajado y contento, su perro se siente invariable-
mente de la misma manera. En cambio, si un amo está agitando los
brazos, parece tenso o agresivo y forcejea para controlar a su perro, lo
más verosímil es que también el perro se halle muy exaltado. Es mucho
más probable que ataque un perro acompañado por este tipo de amo.
El ataque de otro perro representa posiblemente la mayor prueba del
liderazgo de un amo. Mi consejo es evitar a toda costa los enfrenta-
mientas. Desde luego, recomiendo no agravar la situación regañando
al otro amo. Es imprescindible que alguien mantenga la calma.
También es éste un momento para pensar en Kipling y "guardar en tu
puesto la cabeza tranquila".
A menudo me preguntan por qué no recomiendo a la gente que sim-
plemente recoja a su perro en estas sitaaciones. En este sentido lo que
creo es que transmite al perro señales confusas. En primer lugar, se le
aparta del nivel de su igual, del otro perro, y no puede, por tanto, eva-
luar la situación por sí mismo. En segundo lugar, el amo se arriesga a
recibir un mordisco en el proceso. J}n mi opinió:Q, es mucho mejor
demostrar un fuerte liderazgo y llevar al perro hacia un modo de mane-
jar la situación que pueda repetir una y otra vez si es necesario.
No hay duda de que la ansiedad por la posible agresión entre perros
puede arruinar la vida que un amo disfruta con su perro. El caso de
Miss Ardey, una enfermera retirada, lo ejemplifica mejor que cualquier

II9
Saber escuchar al perro

otro que yo haya conocido. Miss Artley vivía en una preciosa casita en
Bridlington, un centro de veraneo en la costa de Yorkshire. Compartía
allí su vida con dos maravillosos Bobtails llamados Ben y Danny.
Desgraciadamente, se habían vuelto muy agresivos hacia otros perros
durante su paseo diario. Sobrepasaban ampliamente los 45 kilos de peso
y eran muy grandes. La diminuta Miss Artley no pesaba más de 44.
Apenas podía controlar a Ben y a Danny cuando estaban atados con la
correa y recogerlos una vez sueltos quedaba desde luego fuera de sus
posibilidades. Por consiguiente, ella se encontraba cada vez más inca-
paz de detener cualquier posible ataque.
Para cuando el ama me llamó, la situación se había deteriorado tanto
que la pobre mujer había recurrido a pasear a los perros a las horas más
insólitas del día. Me contaba que salía a medianoche y luego a las cinco
de la mañana para evitar que hubiera enfrentamientos desagradables.
Estoy segura de que, como mucha gente, ella tenía sus reservas acerca
de mis habilidades antes de conocerme. Puedo entenderlo perfecta-
mente. Por fortuna, la convencí en menos de cinco minutos.
Miss Artley tenía a sus perros en el jardín porque eran demasiado
bulliciosos. La vivienda estaba impecable y las exuberantes carreras de
los perros por toda la casa acababan por tirar todos sus preciados teso-
ros. En menos de cinco minutos después de mi llegada había conse-
guido tranquilizarlos. Como siempre, yo había entrado a la casa
empezando como pensaba continuar: transmitiendo fuertes señales de
que yo era la líder y de que mi autoridad era absoluta. Los dos perros
no tardaron mucho en estar echados de buena gana en el salón por pri-
mera vez en los seis años que habían pasado con su ama.
Sin embargo, el principal problema del ama era el paseo. Mi solu-
ción al respecto era sencilla. Me había propuesto asegurar que ella evi-
tara aquellas situaciones en las que los perros se enfrentaran con otros
animales. Para ello, le pedí que emplease recompensas de comida para
conseguir que los perros se acostumbraran a apartarse siempre que
entraran en contacto con otros perros. Así que le indiqué, por ejemplo,
que si iba por una calle y veía acercarse a otro perro, evitara un enfren-
tamiento directo cruzando
I
la calzada. Y le pedí que, una vez que estu-
viera ya segura en la otra acera, premiase a los dos perros con un
trocito de comida. Esta sencilla acción no sólo eliminaba la negativa
posibilidad de un enfrentamiento, sino que también demostraba a los
perros que su ama había tomado aquella decisión de actuar como líder

120
Pérrez contra Pérrez: cómo quitar hierro a los enfretamientos caninos

para defender a la manada. Al mismo tiempo, recalqué a Miss Artley la


importancia de que se mantuviera tranquila, en calma, durante toda
esta clase de situaciones.
No es éste un problema que se resuelva en un instante. Y es de suma
importancia lograr el proceso de vinculación antes de intentar un
paseo. En casos graves he pedido que se encierre a un perro en su casa
durante una semana antes de salir y encontrarse con una situación de
potencial enfrentamiento. Estos enfrentamiento s ocurren porque los
perros creen que están repeliendo un posible ataque contra una mana-
da de la cual son responsables. Si han sido degradados en el orden
jerárquico de la manada, será más fácil que se sometan con mayor faci-
lidad a su nuevo líder.
Miss Artley se atuvo estrictamente a lo que le pedí. En menos de dos
semanas paseaba durante las horas normales del día. La transformación
en su vida era evidente cuando me llamó por teléfono un año después en
el aniversariocde mi visita. Me contó que~ella, Ben y Danny acababan
de 1;olver de la playa, donde habían estado paseando y jugando con
otros perros amigos suyos. Se habían reintegrado totalmente a la socie-
dad de Bridlington.

121
Capítulo 14

Relatos de lo inesperado:
el miedo a los ruidos
/-

L a gente a menudo pregunta qué hay de malo en que 'Un perro se


crea que es el líder, porque a nosotros, como humanos, nos han
enseñado que la autoestima es una fuerza importante para tener con-
fianza en ti mismo. Relevándole de su rango -me preguntan-, ¿no le
estamos despojando de su autoestima, de su autoconfianza? Si el
mundo en el que vivimos hubiera sido creado por perros y para perros,
la respuesta podría ser distinta. Pero el h~cho es que los perros viven
en un mundo exclusivamente organizado para las necesidades huma-
nas. y ahí es donde empiezan los problemas. Y por eso la respuesta a
esa pregunta debe ser un rotundo "no". La creencia del perro en el sis-
tema jerárquico a partir del que ha evolucionado es absoluta. Si cree ser
el líder, también estará convencido de saber más que cualquiera de sus
subordinados. Su lógica en sencilla. ¡Si un miembro inferior de la
manada supiera más que él, sería el líder! Mientras un perro crea tener
esta posición social, asumirá la responsabilidad de la toma de decisio-
nes en todas las situaciones que afronte. La realidad es que es extre-
madamente peligroso permitir que un perro haga esto; en una situa-
ción desconocida, irá creando sus propias reglas sobre la marcha.
La comparación obvia vuelve a ser con los niños pequeños. Por listo
que sea el niño, por mucha confianza que tenga en sí mismo, ¿dejaría un
padre que su hijo de cinco años condujera el coche familiar o dirigiera
la expedición para ir de compras al centro de la ciudad? Por supuesto
que no; un niño es simplemente incapaz de afrontar estas situaciones.
La diferencia estriba, desde luego, en (que el niño crecerá algún día,
mientras que los perros, como ya he explicado, seguirán siendo cacho-
rros de por vida; nunca se les podrá dar esa responsabilidad.
El peligro de permitir que un perro crea en su posición de liderazgo
nunca es más acusado que en situaciones en las cuales se enfrenta con

122
Relatos de lo inesperado: el miedo a los ruidos

imágenes y sonidos que no comprende. Percibe estas situaciones como


peligros potenciales para los miembros de su manada. Como bien sabrá
quien haya visto a un perro perseguir un coche o turbarse al oír un
trueno, la realidad es que son mucho más peligrosas para el perro.
Me han pedido atender a muchos casos de este tipo. Iban desde
perros que enloquecían al oír pasar un coche o un camión, hasta mas-
cotas que aullaban y ladraban continuamente con los rayos y los true-
nos o las explosiones de los fuegos artificiales. Cualquiera de estas
situaciones puede provocar en el perro una enorme aflicción. Estoy
segura de que todos hemos oído historias de perros que han irrumpi-
do en la calzada al petardear el tubo de escape de un coche y han muer-
to atropellados. Es un área tremendamente importante. En todos los
casos es síntoma de la misma dificultad: la incapacidad del perro para
afrontar elliderazgo. Lo que hace esta situación más peligrosa que la
mayoría de las situaciones es el hecho de que, además de no estar pre-
parado para su responsabilidad, el perro siente que no entiende nada,
que.no está a la altura de las circunstancias.
~
Su reacción es, así de sim-
pIe, dejarse llevar por el pánico.
Gran parte del conocimiento que ahora poseo proviene del trabajo
con mis propios perros. Hace unos años me horrorizaba la noche del
5 de noviembre, BonfireNight en el Reino Unido, la noche más ruido-(,
sa del año.9 Con el paso de los años, mi casa, contigua a un recinto
ferial donde el ayuntamiento organiza el principal castillo de fuegos
artificiales de la zona, se había convertido en algo así como un refugio
para perros traumatizados. Hace unos años, recuerdo que estaban
explotando los cohetes cuando me sobresaltaron unos golpes frenéti-
cos que llamaban a la puerta. Un transeúnte había encontrado una
perra sentada en mitad de la calle que pasa por delante de mi casa, lite-
ralmente paralizada de miedo. Quien llamaba había supuesto errónea-
mente que era mía. No había ni rastro del amo. No pude menos que
sonreír cuando vi a un hombre intentando engatusar a la perra con una
galleta. Ninguna comida de la tierra era capaz de quitarle a aquella
perra de la cabeza el estruendo estallando a su alrededor. La recogí cui-
dadosamente de la carretera y la metí en casa. Más tarde descubrí que
se llamaba Sophie. Se sentó petrificada en mi cocina durante horas. Lo

9 La noche de las hogueras: se celebra, corno su nombre indica, con grandes fogatas y fuegos
artificiales. (N. d. T.)

123
Saber escuchar al perro

único que hice fue dejada en paz, ofreciéndole comida y bebida.


Pasaron tres días antes de que su amo la reclamase.
Otro tanto de lo mismo sucedió al año siguiente, cuando me traje-
ron a casa a una Border collie blanca y negra. Era evidente que se había
escapado de su amo en medio de las explosiones. La calmé metiéndo-
la en mi coche con el motor en marcha y la radio a todo volumen hasta
que terminó la exhibición. Mortunadamente, su amo descubrió a dón-
de la habían llevado y quedó aliviado cuando la recogió más tarde
aquella misma noche.
Pero los dramas no quedaron limitados a los perros de otras perso-
nas. La exhibición también aterrorizaba a mi pequeña Beagle, Kim.
Creo que la primera vez que sucedió, simplemente me senté allí abra-
zando a aquella pobre criatura, patética y temblorosa. Otro año, la metí
a ella y al resto de mis perros en el coche y me fui al campo en medio
del Lincolnshire para apartarme lo más posible de las explosiones. Mi
reacción fue -ahora me doy cuenta- precisamente la misma que había
tenido cuando mis hijos se habían despet:tado por la noche, asustados
por los rayos y los truenos. En ocasiones como ésta nuestro instinto
natural es reunir a nuestros seres queridos y consolados. Instinti-
vamente todos estamos representando la escena de Sonrisasy lágrimas
en la que Julie Andrews se lleva a su habitación a los pequeños Von
Trapp y empieza a cantades las "cosas tan bellas" que le gustan a ella.
¡Recuerdo que solía decides a mis hijos que los truenos eran los ruidos
que hacían los ángeles al jugar a los bolos!
Sólo cuando mi método empezó a desarrollarse es cuando me di
cuenta del tremendo error que estaba cometiendo al reproducir esta
situación con mis perros. Lo que estaba haciendo era elogiar el com-
portamiento de mis perros al reaccionar negativamente ante el ruido.
Lo que necesitaba hacer era precisamente lo contrario, ignorar la
situación y demostrad es que no tenía ninguna importancia. Todo
encajó perfectamente cuando entendí la cr~encia absoluta que el perro
tiene en el liderazgo. Si un perro ha elegido a su amo como líder,
siempre creerá inc~mdicionalmente que el líder sabe más que él: si no
lo supiera, no seríá el líder. Me di cuenta de que lo que tenía que hacer
en casos como aquél era no dar importancia a la situación. Seguir en
calma y simplemente ignorar el ruido. Había que volver de nuevo a
Kipling: el líder tiene que "guardar en su puesto la cabeza tranquila
cuando todo a su lado es cabeza perdida". Me di cuenta de que si un

124
Relatos de lo inesperado: el miedo a los ruidos

perro creía en su amo y éste ignoraba el ruido, el perro haría lo


ll11smo.
El principio se demostró cierto cuando trabajé con un problema
similar, el de un perro que tenía miedo al ruido de los coches. Por
experiencia sé que el ruido del motor de un coche o de un camión
rugiendo a escasos metros de su cara puede ser una de las cosas más
terroríficas y desconcertantes que deba afrontar un perro. He conoci-
do amos que no podían llevar a su perro a ningún sitio en el que pudie-
ra haber cerca el mínimo tráfico. Para quienes viven en zonas urbanas,
puede condenar tanto al amo como al perro a una forma de enclaus-
tramiento.
Poco después de haber empezado a usar mi método, se puso en con-
tacto conmigo un señor mayor que estaba teniendo graves problemas
para sacar de paseo a Minty, una Border collie preciosa de color azul
mirlolOque era en realidad de su hijo, pero que el anciano había acogido
porque aquél se encontraba trabajando en el extranjero. Diariamente, a
la hOJ;ade comer y al caer la tarde, a este señor le gustaba visitar a su
mujer, que se encontraba en una residencia para ancianos cercana. El
problema era que sus visitas se veían perturbadas por el hecho de que
Minty caía presa del pánico más absoluto en cuando veía un coche u oía
un motor. Para ir a la residencia tenían que ir pegados a una calle con
mucho tráfico. El amo se había visto forzado a volverse a casa más de una
vez y estaba empezando a angustiarse cada vez más con la situación.
Empecé a trabajar con el amo en su casa, siguiendo primero las cua-
tro partes de la vinculación. Merece la pena mencionar en este punto
que el trabajo que hago se lleva a cabo en el ambiente de la casa si es
posible. Hay dos razones: la primera, que es mucho más probable que el
perro manifieste su verdadero carácter en casa; la experiencia me dice
que, una vez que sacas al perro de su terreno, se comportará de forma
completamente distinta. Incluso el perro más satisfecho y seguro puede
aterrorizarse al salir al aire libre. La otra ventaja de trabajar en casa es
que el amo ve todo lo que haces. No hay ningún secreto ni misterio
alguno en lo que hago. Además, también el amo se siente siempre más
relajado en casa. Y cuanto más relajado esté, más probable es que el
proceso se desarrolle sin problemas.
é

10 Gris azulado con motas o rayas negras. Merle en inglés. Es un término muy preciso,que se
aplica al color de ciertos ejemplares de Border collie y, por extensión, de otras razas. (N. d. T.)

I25
Saber escuchar al perro

En este caso, el amo entendió bien las principales partes del proce-
so de vinculación; pero era evidente que el área clave con Minty iba a
ser el paseo. El plan que concebí se basaba en una idea muy sencilla:
cuando Minty saliera a la calle, quería que fuera una experiencia con la
cual estableciera una asociación positiva en vez de negativa, como hasta
entonces. Así, después de cosa de una hora estableciendo la relación
con Minty, y habiendo ya asentado mi posición como líder, le puse la
correa y la saqué a dar un paseo.
El tráfico en la calle era intenso, justo como yo quería que fuera.
En cuanto la perra empezó a reaccionar ante el primer coche que
pasaba, dije: "Minty, ven", ofreciéndole a la vez un trocito de queso.
Hice lo mismo con cada coche que pasaba. Si Minty no acudía a mi
llamada y continuaba ladrando al coche, la ignoraba: no estaba dis-
puesta a tratar positivamente el comportamiento indeseable. Pero si
Minty acudía, la recompensaba con queso y amables elogios. Seguí
así mientras continuamos paseando a lo largo de la calle. Estaba muy
concurrida y no caminamos mucho antes de que Minty estuviera
más pendiente de mí que de la calzada cuando se oía un coche acer-
carse. Después de unos doce coches, pude dejar de asociar la situa-
ción con la comida. Habíamos estado fuera duran~ sólo un cuarto
de hora. Era sencillo: yo había establecido una buena asociación a
partir de otra mala. Devolví a Minty a aquel señor y poco después se
dirigía a la residencia para ancianos a compartir con su mujer la
buena nueva.

Por supuesto no hace falta un coche que petardee para sacar a un perro
de quicio. En casos como el de Bonnie, un cruce de Welsh corgi y
Border collie de color negro y marrón claro que vivía con su familia en
Revesby (Lincolnshire), incluso un teléfono que suena puede provocar
una enorme ansiedad., Como sucede a menudo, el ama de Bonnie, Pat,
me llamó por diversas razones. Bonnie estaba sufriendo muchos de los
síntomas de la agresión por dominancia: tirar de la correa, saltarte
encima empinándose y ladrar. Hablando con Pat me enteré de algo
muy específico de Bonnie, su reacción al teléfono. Pat me contó que
siempre que sonaba, Bonnie se ponía frenética, jadeando, corriendo
arriba y abajo e incluso aullando. Su reacción había llegado a ser tan
extremada, que había empezado a realizar un extraño ritual en el que

126
Relatos de lo inesperado: el miedo a los ruidos

lamía la moqueta hasta que dejaba de sonar el teléfono... iYdurante los


quince minutos siguientes!
Yo estaba interesada en verlo por mí misma y decidí comprobar la
reacción de Bonnie visitando la casa de Pat y llamándola con mi móvil
mientras estaba en la misma habitación. Efectivamente, Bonnie se puso
histérica. Pero la prueba me sirvió para enterarme de tantas cosas sobre
Pat como sobre Bonnie. Vi que Pat reprendía a su perra y decía "¡Basta
ya!" a voz en grito. Mientras charlaba con ella, no me sorprendió ente-
rarme de que Pat también se había acostumbrado a ir corriendo a coger
el teléfono siempre que sonaba. Por supuesto, todas estas cosas estaban
simplemente exacerbando el problema.
La ansiedad de Bonnie estaba arraigada en su creencia de que era la
líder de su "manada" casera, y el sonido del teléfono representaba una
amenaza desconocida para ella. La incapacidad de Bonnie para neutra-
lizar o afrontar aquella amenaza la volvía ciega de pánico. La excitadí-
sima reacción de Pat sólo servía para aumentar la tensión. Los lamidos
de BO1)llieen la moqueta eran su forma enormemente obsesiva de mos-
trar su desesperación. Mi tarea consistía, en primer lugar, en quitarle
drama a la situación, en empezar a persuadir a Bonnie de que el soni-
do del teléfono no era nada por lo que mereciera la pena preocuparse
lo más mínimo.
Desde el momento que llegué, transmití a Bonnie señales coheren-
tes con mi liderazgo. Una vez convencida de que ella me veía de este
modo, le puse la correa, me senté tranquilamente con ella y volví a
marcar el número de Pat en mi móvil. Cuándo empezó a sonar el telé-
fono, permanecí totalmente relajada. No reaccioné de ninguna mane-
ra durante varias llamadas. Bonnie estaba ansiosa, pero enseguida se
dio cuenta de que estaba sucediendo algo distinto. Para animarla a
mantener la calma, recompensé a Bonnie con un premio especial, un
trocito de queso. La idea era desensibilizarla, ayudarla a establecer una
asociación positiva en vez de la habitual negativa siempre que en el
futuro oyera el familiar sonido del teléfono.
Bonnie reaccionó bien y, aunque agitada, permaneció a mi lado, bajo
control. Durante la hora siguiente, intenté lo mismo cada quince minutos,
más o menos. Cuando sonó el teléfono por cuarta vez, Bonnie no reac-
cionó de ninguna manera. El frenético comportamiento anterior había
desaparecido, igual que su costumbre de lamer la moqueta. Su actitud ante
el sonido del teléfono ha seguido siendo la misma desde entonces.

127
Saber escuchar al perro

Fueron tres de mis propios cachorros los que me ayudaron a esta-


blecer de una vez por todas la idea de las buenas asociaciones. Mi
Pastora alemana Sadie, hija de Sasha, tenía casi un año mientras que
Molly, una pequeña Springer spaniel, y su hermanastro Spike Milligan
tenían siete y cinco meses respectivamente. Se acercaba su primer 5 de
noviembre, la Noche de las Hogueras, y había hecho todos los prepa-
rativos que pude para asegurar que no se angustiasen. Les había deja-
do dentro de casa y había encendido un pequeño televisor que había en
la cocina, donde estaban comiendo y descansando. La idea era que el
ruido de la televisión actuaría como distracción útil cuando empezaran
los fuegos artificiales.
Pero estaba tan absorta en otras cosas que se me olvidó cerrar la
puerta cuando salí al jardín a ver los fuegos artificiales. Antes de que
me diera cuenta, los tres cachorros corrían dando brincos hacia mí. No
podían haber elegido peor (jO mejor!) momento. Casi inmediatamen-
te, silbaba el primer cohete subiendo hacia la negra noche y explotan-
do en una cascada de color. .
No tuve tiempo ni de quedarme admirada; en cuanto sucedió la
explosión, Spike en especial se dejó llevar por el pánico. Se tiró al suelo
y se hizo un ovillo alrededor de mis pies. Al mismo tiempo, las otras
dos se quedaron allí de pie, agachadas casi hasta tocar el suelo y mirán-
dome con los ojos muy abiertos como pidiendo instrucciones. En aquel
entonces tenía ya suficiente experiencia para saber que tenía que actuar
con decisión. Así que simplemente sonreí y dije: "Ese era de los gran-
des, ¿verdad?", con un tono de voz natural, y seguí con lo que estaba
haciendo. Fue suficiente para que los perros se relajasen. Momentos
después, los tres se habían alzado del suelo y empezado a apartarse de
mí. Se pasaron la siguiente media hora contemplando el resto de la
exhibición. El año siguiente, cuando empezaron los fuegos artificiales,
escarbaban en la puerta tratando de salir. Ahora creo que es su noche
favorita del año. ~.

128
La manada. IOdos mis perros caminan sin correa, pendientes de su líder.

Saludando a la Alfa. Mis perros respetan mi espaciocorporal mientras las orejas


recogidas hacia atrás son muestra de su satisfacción.
La posicióndelas orejasmanifiesta el humor delperro
~

~
~

Sasha está relajada, con las orejas Su expresión dulce y las orejas recogidas
erectas, mostrando que está alerta hacia atrás indican que Sasha está
y feliz. mostrando respeto.

~ "'1

El cuerpo de Sasha está bajo, las orejas caídas y los ojosindican


inquietud: está demostrando preocupación y ansiedad.
"

i"
~

La clásicapostura dejuego; Sasha invita a jugar a Spike Milligan.

Adictos a la tele: dos de mis Pastores alemanes pasando el rato.


Reciclaje: Derek con los
guantes de goma que su ama
ya no necesita.

Inseparables: Ernest con Gypsy y Kerry.


Reformar el
carácter: Dylan,
el peligroso Akita
ya completamente
rehabilitado.

Volviendo con la Alfa: mis perros demuestran la orden más importante de todas.
En el aire:
intervención en
un programa de
radio de la BBC en
el que los oyentes
participan llamando
por teléfono.

En imagen:
filmación para
Yorkshire 7elevision
con el cámara
Charlie Flynn.
--~

,/

Otra clienta satisfecha: con Rachel Keys, cuyos dos perros rescatados,
Keeny y Peggy, se transformaron gracias a mi método en una demostración
para el diario Daily Mail.
Mi mentor: con Monty Roberts compartiendo un momento después de pronunciar
yo unas palabras en su exhibición de septiembre de I998.
Capítulo 15

Nuevos perros, los mismos collares:


la introducción de los cachorros en la casa
¿

G ran parte de mi trabajo lo desarrollo con perros que necesitan


rehabilitación, animales con problemas de comportamiento que
van desde tirar de la correa hasta destrozar la casa. La raíz de los pro-
blemas de estos perros siempre reside en el pasado. Sus dueños -y no
por culpa suya- se han pasado años transmitiéndoles señales que a su
vez han dado al perro un equivocado sentido de su propia importancia.
Mi tatea consiste en restablecer el equilibrio, en ofrecer señales que
sirvan de base a un nuevo orden y aseguren un futuro más amable y
más tranquilo tanto para el perro como para su amo.
No hace falta ser un genio para deducir que l~forma ideal de evitar
estos problemas es tratar al perro al comienzo mismo de su vida. Un
cachorro ofrece una perfecta oportunidad para hacer las cosas como
Dios manda. Algunas personas se sorprenden al saber que a menudo
me llaman para ayudar a los amos con sus nuevos cachorros. La verdad
es que agradezco de verdad estos casos. Por definición, provienen de
propietarios de perro ideales, personas que se preocupan por sus mas-
cotas, las respetan y quieren comprenderlas desde el comienzo de su
vida con ellas. Para vivir con animales, la gente debería informarse
sobre ellos de antemano; pero muy pocas personas se toman el tiempo
y las molestias de hacerla.
Debo decir que tengo firmes puntos de vista sobre a quién se debe-
ría dejar tener cachorros y a quién no. Con la mayor franqueza: muchas
personas no están capacitadas para cuidar perros de ninguna clase y
mucho menos los más jóvenes y vulnerables. Desde luego, nunca debe-
""
ría regalarse un cachorro a ningún niño. Y no tengo reparo alguno en
decirlo con toda claridad. Si un niño quiere un juguete, sugiero que sus
padres le regalen una muñeca o un tren eléctrico. Un perro no es un
juguete.

129

,
Saber escuchar al perro

Tengo que admitir que mis opiniones al respecto han molestado a


mucha gente. Es verdaderamente muy raro que acceda a dar a la gente
un cachorro la primera vez que me visitan. Prefiero estar segura de que
se va a dar al perro el hogar adecuado y tengo que ser firme al respec-
to. Recuerdo que en cierta ocasión me negué a entregar un cachorro a
una familia que había viajado más de trescientos kilómetros para venir
a verme. En otra ocasión, rehusé separarme de un cachorro que una
familia deseaba para Navidad. Lo querían para sus hijos y, cuando
rechacé su petición, su reacción inicial fue decirme que irían a otro
lado. Desde luego, habrían encontrado a alguien que les hubiera ven-
dido un cachorro. Hay personas que crían o venden perros sin preocu-
parse lo más mínimo por el bienestar del animal. Pero, en este caso,
comprendieron mis motivos. Mi argumento contra la entrega de
perros en Navidad es sencilla: la calma y la coherencia son elementos
centrales de todo lo que hago. La Navidad es la época menos en calma
y menos coherente del año.
La familia discutió el tema. Me alegra poder decir que comprendie-
ron lo que yo les expliqué y estuvieron de acuerdo. En vez de recibir
un regalo el día de Navidad, la familia vino a mi casa en Nochebuena.
Los niños disfrutaron de la ilusión de ver a su nuevo amigo, pero com-
prendieron que tendrían que esperar hasta después de las vacaciones,
cuando todo volviera a la normalidad, antes de poder volver para lle-
várselo a casa con ellos. Aparte de otras consideraciones, esto aseguró
que su deseo de tener un perro fuera sincero y que adiestrarían al
cachorro en el ambiente adecuado. Les entregué el cachorro en Año
Nuevo, contenta de que iba a un buen hogar.

Para hacerse cargo de un cachorro, hay algunas reglas de oro. La pri-


mera es que el perro no debe tener menos de ocho semanas al aban-
donar su primer hogar. Las razones que tengo para pensar así se
relacionan de nuevo con la naturaleza del perro. Todos los cachorros
nacen en un ambiente familiar natural, la camada. Es aquí donde deben
aprender las realidades fundamentales de la vida. Tienen que desarro-
llar habilidades sociales en el seno de la camada y aprender el lenguaje
de su grupo de iguales. Separar a un perro del ambiente de la camada
antes de acabar estas primeras ocho intensas semanas creo que es enor-
memente dañino para él.

13°
Nuevos perros, los mismos collares: la introducción de los cachorros en la casa

Una vez que el cachorro haya dejado la camada, lo más crucial son
las primeras 48 horas que pase en el nuevo hogar. Es una verdad dura
pero importante de recordar: un cachorro es un animal gregario al que
se ha separado de su manada. Lo normal es que la camada sea un entor-
no feliz, animado y lleno de cariño donde se relaciona con sus herma-
nos: de pronto se traslada al perro a un ambiente completamente
extraño, a un nuevo hogar cuya elección no depende de él. Tratar al
cachorro como se haría con cualquier perro normal es potencialmente
traumático. Por mucho cariño que encuentre en su nuevo hogar, va a
ser una experiencia angustiosa para el cachorro. Por esta razón, duran-
te estos dos días soy partidaria de establecer el vínculo más estrecho
posible con el cachorro.
Creo que debo hacer todo lo que pueda para asegurar que les guste
el ambiente de su nuevo hogar y para conseguir que la vida en su seno
les parezca tan natural como sea posible. Con este fin, recomiendo que ~--
se duerma con el cachorro durante la primera noche. No estoy dicien-
do que deba acostarse en la cama del amo. Un método mucho más
práctico es que para pasar la noche el amo se eche junto al cachorro en
un sofá cubierto con material impermeable. La experiencia me dicta
que es un pequeño sacrificio que, en un momento especialmente vul-
nerable, tranquiliza al cachorro. El vínculo que ello establece también
será útil al día siguiente cuando se le ayude a investigar y explorar su
nuevo ambiente. Es de crucial importancia que el perro se sienta
cómodo en este nuevo entorno. Es aquí donde recibirá su comida,
donde conseguirá afecto, donde dormirá.
Sin embargo, al mismo tiempo es importante establecer inmediata-
mente buenos hábitos. Por razones que enseguida expondré, no creo
que la "comida simulada" sea necesaria con los cachorros; pero los res-
tantes tres elementos de la Vmculación Amichien deben ser introduci-
dos lo antes posible.
El elemento más importante de todos es, indudablemente, establecer
el orden en los momentos de separación. Por tentador que sea cuando
los amos vuelven de la compra y este encantador montoncillo de pelu-
sa se les acerque dando saltos, es imprescindible que ignoren al cacho-
rro en estos primeros días. La señal transmitida debe ser clara e
inequívoca: "Jugaré contigo, pero no ahora; ya te diré cuándo". Debe
transmitirse desde el comienzo, desde la primera separación, aunque
haya ido a otra habitación y dejado de ver a su amo sólo unos segundos.

131

,
Saber escuchar al perro

Los dos procesos pueden parecer contradictorios. ¿Cómo puede un


amo ser autoritario y cariñoso mientras está al mismo tiempo impo-
niendo estas reglas?, pregunta a menudo la gente. Les hago notar que
el placer que se consigue cuando el cachorro aprende a jugar en las
condiciones correctas es, en todo caso, aún mayor que el que se obten-
drá en un ambiente familiarhenos reglamentado. No se trata en abso-
luto de eliminar la diversión; todo lo contrario. Es simplemente que el
afecto debe darse en la dirección correcta.
Lo bueno de los cachorros es que la regla de los cinco minutos que
sugiero a los amos que empleen después de la separación es casi siem-
pre tiempo suficiente para el caso. En perros adultos con problemas
de comportamiento, el repertorio de trucos que emplean para tratar de
llamar la atención puede durar cualquier cantidad de tiempo. He visto
episodios que iban desde diez segundos hasta una hora y media. Un
perro adulto puede saltarte alrededor, ladrar y gemir durante lo que
parece una eternidad. Un cachorro no llega nunca a ese nivel.
Una vez que el cachorro se haya asentado, puede empezar el proce-
so normal de hacer que acuda a la llamada de su nuevo líder. y, como
digo, es aquí donde puede empezar el verdadero placer. Parte de la
diversión de tener un perro es ponerle nombre. Es fundamental que
este nombre se use desde el mismo inicio. En esta etapa, cuanto más se
familiaricen con su perro, mejor. Pido a los amos que llamen tan a
menudo como puedan a sus cachorros para que acudan, acordándose
siempre de recompensarles con trocitos de comida y elogios cuando
hagan lo correcto. En mi opinión, no hay límite respecto al número de
veces que un cachorro debe oír las palabras "muy bien" o "buen perro".
Uno de los grandes placeres de adiestrar a un cachorro es la veloci-
dad con la que los perros jóvenes aprenden nuevos hábitos. He descu-
bierto que si se repite cualquier procedimiento tres veces, el cachorro
capta el mensaje, sea éste el que sea. Igual que con perros más mayo-
res, resultará evidente cuándo está funcionando la Vinculación
Amichien: al empezar a quedarse de pie moviendo la cola o sentarse en
una postura relajada mientras espera que el amo le preste atención,
confirmando así el proceso de elección de liderazgo. A medida que se
desarrolle, los amos también pueden empezar a trabajar en las demás
áreas de la vinculación. No recomiendo sacar a los cachorros para dar
paseos hasta dos semanas después de las primeras series de vacunacio-
nes; es decir, hasta que tengan unas catorce semanas. Y ello por la sen-

132
Nuevos perros, los mismos collares: la introducción de los cachorros en la casa

cilla razón de que los cachorros no están todavía preparados para salir
al mundo. Mi experiencia me dicta que es mucho mejor insertados en
un buen grupo de juego formado por cachorros, donde pueda corre-
tear en una situación parecida al alegre ambiente de' juego natural,
común en las camadas.
Pero al mismo tiempo es importante que desde los primeros
momentos se establezcan los principios de las pautas junto al amo y
recomiendo adiestrar al cachorro en casa o en el jardín. Lo importan-
te es enseñar al cachorro que el mejor lugar en el que puede estar es
junto a su amo. De nuevo, debe hacerse mediante comida y recom-
pensas. Si el perro quiere ir delante, la correa debe relajarse y hacerse
volver al perro a donde debe estar. Hay que evitar a toda costa las dis-
putas a ver quién estira más, como en el juego de la cuerda. No hay
nada que le encante más a un cachorro que un juego. Ya habrá sufi-
ciente tiempo para juegos más adelante. Por ahora, debe aprender las
reglas de un juego distinto. Si no establece usted esas reglas en este
mom~nto, créame, el cachorro elaborará las suyas propias.
En mi opinión, el tono de voz que el dueño emplea con un nuevo
perro es de suma importancia. Pido a la gente que no grite ni chille,
sino que hable con lo que llamo una hermosa voz. Les recuerdo que se
supone que el perro es el mejor amigo del hombre. ¿Cómo hablarían
con su mejor amigo? ¿Le chillarían y le gritarían o hablarían q)ll él con
amabilidad y con calma? Una vez que el perro esté respondiendo a las
órdenes amables, la voz puede reducirse casi a un susurro, algo que
rendirá sus frutos más adelante. Un perro que sintoniza con órdenes
suaves prestará realmente atención cuando el amo alce la voz.
Respecto a la toma de decisiones en la puerta, el cachorro debe ser
ignorado cuando entre la gente. Se puede trabajar en esta situación de
dos maneras: en cierto sentido es más fácil ignorar a un perro de corta
edad; por otro lado, no hay nada que despierte tanto el lado sentimen-
tal de la gente como la vista de un cachorro precioso. Sin embargo, es
imprescindible respetar los principios en todo momento. ¿Cuántas
veces no habremos oído decir que "un cachorro no es para Navidad,
sino para toda la vida"?11 Pues~lomismo se aplica a mi método. No es
algo que se aprenda y después se deseche. Los amos deben empezar a
hacer las cosas bien desde el principio, y luego atenerse a ello.

II Lema de muchos anuncios contra el abandono de perros en el Reino Unido. (N. d. T.)

133
Saber escuchar al perro

Ya he hablado del poder que tiene la comida; pero no es nunca tan


importante como en el adiestramiento de los cachorros. Sin embargo,
en este caso, los métodos para darles de comer tienen que ser sutil-
mente corregidos para adaptarse a las singulares circunstancias que se
dan en los cachorros. Se mantiene el mensaje central de la alimenta-
ción: elliderazgo, como siempre. A los cachorros de ocho semanas se
les suele dar de comer cuatro veces al día. Al darles la comida con esta
frecuencia, los amos les están transmitiendo también un mensaje pode-
roso y coherente: ellos son los proveedores, reside en ellos la autoridad
en el seno de esta manada. Por eso, veo poca necesidad de llevar a cabo
la técnica de la "comida simulada". ¿Por qué usar una almádana para
partir una nuez?
Pero, al mismo tiempo, la comida desempeña un papel realmente
útil para transmitir otros comportamientos. Uno de los más sencillos
es enseñar al perro a sentarse. Como ya he dicho anteriormente, adies-
trar a un perro a adoptar una postura sentada es una herramienta ina-
preciable. Empleando el método antes"descrito, y acercando comida a
la cara del cachorro y luego colocándosela sobre la cabeza, el perro
aprenderá rápidamente a hacerla. Una vez más estamos jugando con el
principio de "¿Y yo qué saco con esto?", el interés propio que ya está
arraigado en el cachorro. Nunca deja de sorprenderme lo rápido que
captan estas cosas los cachorros.

134
Capítulo 16

Gremlins:
cachorros problemáticos

L os cachorros nos ofrecen una oportunidad perfecta de adiestrar a


un perro correctamente desde el inicio mismo. Tristemente, igno-
rar la forma correcta de introducir a un cachorro en una casa puede
acarrear desastrosas consecuencias. A menudo me piden que trate a
cachorros que se han vuelto incontrolables, y al llegar a la casa descu-
bro una escena extraída directamente de la película Gremlins. Unas
semanas antes, a los amos se les caía la baba viendo a su nuevo amigo
de peluche tan adorable; pero, cuando llego, viven aterrorizados por
una criatura que, desde el punto de vista de los amos, se ha transfor-
mado de repente en un monstruo. La verdad es que es tan fácil formar
un cachorro que se porte mal como adiestrar uno que se comporte
perfectamente.
Cuando la gente me pregunta cómo pueden adiestrar a un perro
para que sea feliz y bien equilibrado, a menudo empiezo pidiéndoles
que den la vuelta a la situación. Si quisieran deliberadamente volver
completamente neurótico a un cachorro, ¿qué harían? Probablemente
le hablarían en un lenguaje que no entendiera, le pedirían que hiciera
un trabajo para que el que no estuviera preparado y se pasarían los días
transmitiéndole señales contradictorias que asegurasen que no tuviera
ni la mínima noción de lo que está bien o mal. En cierto momento le
recompensarían por ser un exuberante peluche la mar de divertido, y
al siguiente le castigarían por el mismo comportamiento. Eso es preci-
samente lo que muchos amos hacen con sus cachorros. Lo que tienen
que hacer es exactamente lo contrario. La realidad es que cualquier
estúpido puede conseguir que un perro enloquezca; pero se necesita un
verdadero amante de los perros para crear una mascota satisfecha y
feliz. Dos casos ejemplifican las principales áreas de problemas que me
piden que trate en el caso de los cachorros: la dentición y la educación

135
Saber escuchar al perro

para la limpieza. Los dos tipos de problemas están causados por amos
que adoptan un método inadecuado al comienzo de la vida del perro.
De todos los problemas que la gente experimenta con cachorros, los
más comunes con mucho son los relacionados con la dentición. Una
vez más, antes de estudiar este tema es útil entender un poco las fuer-
zas naturales que están operando. Los cachorros desarrollan un arsenal
de dientes como pequeñas agujillas a una edad temprana. No tienen
una verdadera función, aparte de permitir al perro poner a prueba la
potencia de sus mandíbulas. Los cachorros, en gran medida igual que
los niños pequeños cuando les salen los dientes de leche, hacen estas
comprobaciones mordiendo todo lo que puedan llevarse a sus jóvenes
bocas. En el seno de la camada, muerden a sus hermanos. Estos lo
resuelven con una señal muy sencilla: chillan y luego se apartan de la
situación. Pero, a falta de hermanos, un cachorro criado en un ambien-
te doméstico morderá alegremente lo que pueda echarse a la boca,
incluyendo los dedos de su amo.
Desde mi punto de vista, la mejor manera de tratar con este proble-
ma es a través del juego. El dolor no forma parte del método de adies-
tramiento que empleo. Todo lo contrario: prefiero con mucho enseñar
a los perros las lecciones importantes de sus jóvenes vidas mediante la
diversión y el juego. Los cachorros ofrecen una oportunidad ideal para
hacerla, siempre que se lleve a cabo del modo correcto. Siempre reco-
miendo a los amos de cachorros que cuenten con una abundante pro-
visión de juguetes y objetos que el cachorro pueda mordisquear. Son el
equivalente de los mordedores de nuestros bebés. Los cachorros tardan
en echar los dientes unos catorce meses, así que necesitan algo de
ayuda. La elección de juguetes queda enteramente a la decisión del
dueño; pueden incluirse objetos como barritas masticables y nudos
para morder o incluso una toalla anudada húmeda. Lo único que pido
al respecto es que los juguetes sean de tamaño razonable: los objetos
pequeños pueden introducirse con facilidad en la garganta de un
cachorro, e incluso en la de un perro adulto. ~~
Estos juguetes demuestran tener un valor inapreciable cuando el
cachorro empieza a masticar un objeto inadecuado; las borlas que cuel-
gan de los tiradores de los muebles, pongamos por ejemplo. En este
caso, recomiendo distraer al cachorro con uno de sus juguetes y arro-
járselo a otro sitio para que siga jugando. Lo importante aquí es no cas-
tigar la natural exuberancia del cachorro. El amo está desviando el

136
Gremlins: cachorros problemáticos

juego de forma positiva. Si el perro se comporta bien, la diversión se


concluye mediante el "juego del gracias": se retira el juguete al cacho-
rro y se le recompensa agradeciéndoselo. Es otra forma sencilla de
transmitir el mensaje de la Vinculación Amichien. Como líder, el amo
ha elegido el juguete, además del momento en que el juego tiene lugar,
cuánto tiempo dura y cuándo termina.
Obviamente, si un cachorro se pasa de la raya, entonces hay que impo-
ner elliderazgo. Así, por ejemplo, los cachorros son muy aficionados a
tirar de las prendas de ropa y a morderlas, algo que hay que cortar de
raíz. Lo que hago para enseñar a un cachorro a que deje de morder es lo
siguiente: si me muerde en el brazo, por flojo que lo haga, grito y me
aparto de él para desanimarle a morder más fuerte; si persiste en seguir-
se comportando mal, pido que se le deje solo, expulsado de la manada
durante unos cinco minutos, para que tenga tiempo de calmarse antes de
ser readmitido en el grupo silenciosamente, sin decir una palabra.
Pero es muy fácil que los amos transmitan a los cachorros en plena
dentición señales erróneas respecto a estos mordiscos. Ése fue el caso
de un cachorro de Akita llamado Nuk:e. Cuando fui a ver a los amos de
Nuke, una madre y sus tres hijos, me explicaron que a Nuke le encan-
taba jugar a los mordiscos. Toda la familia le ponía juguetes, o sus pro-
pias manos, junto a la boca para que los mordisqueara. Si les mordía,
le daban un cachete en la nariz. Todo había parecido muy divertido al
principio. Desgraciadamente, Nuke se había ido poniendo cada vez
más eufórico en su forma de jugar a este juego y había empezado a
hacer heridas a los niños. Cada vez mordía más ferozmente.
Los Akitas son perros bonitos, majestuosos, pero también muy fuer-
tes, incluso a esa edad. Les había echo sangre a todos los niños. Nuke
sólo tenía once semanas. La familia ya había empezado a encerrarle en
una habitación separada. Charlando con la familia, resultaba evidente
que habían cometido diversos errores. En especial, al consentir el deseo
natural de Nuke de ejercitar sus dientes, la familia se había creado pro-
blemas innecesariamente. El cachorro había aprendido a conseguir que
los amos le prestasen atención siempre que quería. También había
empezado a aprender a manipularlos, sobre todo durante el juego.
Como ya he explicado, es fundamental que el líder ejerza el control
del tiempo de juego. Es él quien debe decidir cuál es el juego, cuándo
empieza, cuáles son las reglas y cuándo se termina. Nuke estaba
tomando todas estas decisiones. Había que cambiar esta situación. Mi

137
Saber escuchar al perro

primera tarea consistía en empezar a restablecer elliderazgo. Los niños


eran todos ellos adolescentes y capaces de comprender los principios
de mi método; pero, como la casa siempre estaba muy ocupada, con
incesantes idas y venidas de otros niños, les pedí que mantuvieran a
Nuke confinado en una zona concreta cuando no estuvieran solos.
Mantuvieron a Nuke detrás de una cancela en la cocina. Cuando la
familia estaba sola, le dejaban volver al salón. Cada una de las veces
entraba dando saltos, pero ellos siempre le cerraban el paso con el
cuerpo. Si se les subía encima como solía hacer, esperando que le deja-
ran entregarse a su juego de morder, simplemente apartaban el brazo.
Si conseguía morderles, les pedí que chillaran y se apartaran, exacta-
mente como hacen los hermanos de los cachorros en la camada. Nuke
captó rápidamente que no estaba recibiendo la atención que quería. En
este sentido, un perro no es distinto de un ser humano: si algo no está
consiguiendo el resultado deseado, lo deja de hacer.
Ya no hubo más actividades que aquellas que ellos le ofrecían; Nuke
aprendió rápidamente que tenía que mqptenerse equilibrado, compor-
tarse bien y ejercer el auto control. Y como ya he dicho anteriormente,
la forma más poderosa de control es el auto control. En pocas semanas,
el comportamiento de Nuke había mejorado enormemente. Los niños
podían jugar con él en gran medida como hacían antes; pero la dife-
rencia esta vez era que las reglas del juego habían cambiado. Eran ellos
los que decidían cuándo y dónde se realizaba la actividad, y durante
cuánto tiempo. Nuke había vuelto al buen camino para convertirse en
un perro bien equilibrado.

El segundo problema más común que me piden que afronte con cacho-
rros es la educación para la limpieza, o sea, las evacuaciones; puede aca-
bar resultando algo muy estresante tanto para los amos como para los
perros. En el verano de 1997, me pidieron que visitase a una familia
que tenía problemas con D'Arcy, su cachorro de Setter Gordon negro
y fuego. D'Arcy era tan aristocrático como su nombre sugiere. Incluso
a la tierna edad de cinco meses, era un perro precioso, de noble porte.
Era evidente que iba a ser un adulto magnífico. Pero, para extremo
embarazo de sus amos, D'Arcy había empezado a comerse sus propias
heces. La familia lo había intentado todo para quitarle este hábito, pero
cuanto más lo intentaban, más se esforzaba D'Arcy en evitar que le des-

138
Gremlins: cachorros problemáticos

cubrieran. Para entonces, se escondía en rincones del jardín y se metía


bajo los arbustos a hacer sus cosas. La familia estaba profundamente
consternada y no tenía ni idea de cómo afrontar la situación.
En cuanto conocí a D'Arcy, me resultó evidente que tenía algunos
problemas que saltaban a la vista. A pesar de lo joven que era, estaba
obviamente estresado. Te saltaba encima y tiraba de la correa, lo tenías
constantemente "en tus barbas". Para la familia, ni siquiera eran sínto-
mas, pero para mí todos se relacionaban con el problema central. Ya
estaba convencido de ser el líder de aquella manada. Hablando largo y
tendido con la familia, también quedó claro por qué la hora de la depo-
sición se había convertido en el verdadero foco de la ansiedad del
perro. La familia era quisquillosa, les gustaba tener la casa impecable y
se habían vuelto casi neuróticos con las defecaciones del perro. Si creían
que iba a,hacer sus necesidades, lo cogían y lo llevaban afuera a todo
correr, armando un lío enorme mientras lo hacían. Si se descubrían
excrementos en la casa, montaban una escena igual de teatral.
Me parecía evidente que D'Arcy estaba estresado porque no sólo
creía ser el líder de su manada, sino qu~ también sentía que estaba
fracasando en ese papel. Parte de su trabajo consistía en mantener
contenta a la familia. Obviamente, lo estaba haciendo mal; así que
había buscado una solución para la causa de la infelicidad, el producto
de la traumática hora de la defecación... y se lo estaba comiendo. Mi
tarea era doble. Además de retirarle a D'Arcy elliderazgo, también
tenía que quitarle drama al momento de la deposición.
La educación para la limpieza es, por supuesto, una parte fundamen-
tal del adiestramiento de los cachorros, un aspecto que ha generado
multitud de ideas encontradas. Algunos de los métodos tradicionales,
tales como restregar la nariz del perro en sus heces, bordean lo bárba-
ro. No tienen cabida en mi método. Pero no hay forma de obviar que
se trata de una práctica que debe ser aprendida. Según mi experiencia,
no es necesario hacerlo dándole al cachorro una clase sobre etiqueta.
En cambio, empecé haciendo que la familia de D'Arcy iniciara el
proceso de vinculación como normalmente, ignorando las atenciones
del cachorro. Era un perro exigente, así que llevó algo de tiempo, pero
produjo buenos resultados. Para mejorar la situación en el momento de
la deposición, les pedí que alentaran el comportamiento de D'Arcy a
través del proceso de estímulo y respuesta. Estaban obviamente sobre
ascuas respecto a sus deposiciones. Les expliqué que tenía que ser algo

139
Saber escuchar al perro

al azar. No iban a poder pillarle cada vez. Les pedí que se concenrn-
sen en los momentos de deposición más probables, a primera hora ~
la mañana, al despertarse tras un sueñecito y después de las comidas
Lo más importante, sin embargo, era que calmaran todo el proceso
que se le quitase drama. En vez de aturullarse y correr nerviosos de aci
para allá, les pedí que se mantuvieran relajados y contentos. y, com~
siempre, quería que fueran coherentes en lo que hicieran, para que
D'Arcy entendiera qué era lo que más le convenía.
La primera tarea fue evitar que siguiera comiéndose sus heces. Así que,
siempre que uno de ellos se encontraba cerca cuando él estaba evacuan-
do, les pedí que le dejaran terminar y luego le hicieran acudir a ellos con
una recompensa. Les hice que le alabaran expresamente de forma cohe-
rente, diciéndole "muy bien, qué perro más limpio" mientras le acaricia-
ban y le daban su recompensa. Mientras D'Arcy digería su recompensa,
ellos quedarían libres para deshacerse de los excrementos.
Vale la pena mencionar en este punto que la educación para la lim-
pieza es una de las raras ocasiones en las que el amo puede acercarse al
perro para llevarle la recompensa. Según mi experiencia, no confunde al
perro; de hecho, refuerza el poderoso mensaje que se transmite cuan-
do se le recompensa por el comportamiento correcto. Convierte la
ocasión en algo especial que, a su vez, hace que el perro se esfuerce en
hacerlo mejor. Esta práctica normalmente necesita continuarse sólo un
poco de tiempo hasta que el cachorro comprende.
D'Arcy reaccionó bien a la rutina y enseguida dejó de comerse las
heces. (Por cierto, este proceso puede mejorarse añadiendo calabaci-
nes o piña tropical a la dieta del perro. Por alguna razón, estos alimen-
tos hacen que las heces resulten desagradables al gusto.) Animada por
este éxito, hice que la familia empezase a conducirle~a lugares apropia-
dos cuando tenía que deponer. De nuevo, les pedí que se mantuvieran
en calma y que fueran coherentes, que mantuvieran el pulso sin altera-
ciones. Cuando iba al lugar equivocado, simplemente retiraban los
excrementos y no decían nada. Tenían que hacer lo mismo si se perdí-
an el momento en que él no se comportaba bien. Les expliqué que cas-
tigar al perro después era más inútil aún; habría olvidado lo que había
hecho y le desconcertaría la ira repentina. De nuevo D'Arcy respondió
a sus amos y en menos de dos semanas hacía sus necesidades siempre
en el mismo sitio y después dejaba allí sus excrementos. La familia no
cabía en sí de alegría.

14°
Capítulo 17

El Rincón de Pupú:
perros que dejan huella

A pesar de haber sido correctamente educados respecto a la limpie-


za, algunos perros adultos empiezan a tener problemas y hacen sus
necesidades en casa. Mientras que el estrés se manifiesta en los seres
humanos de muchas formas, desde enfermedades físicas hasta alcoho-
lismo, los perros demuestran el problema a su manera. El síntoma
menos agradable es indudablemente ensuciar la casa, una contrariedad
qu~ a ningún propietario de perro le gusta tener que afrontar. Con los
años, he tenido que tratar docenas de casos relacionados con perros
que ensuciaban sus casas: me ha llamado gente con perros que se ori-
naban cuando un extraño entraba en la vivienda, o que evacuaban en
los muebles, en las cortinas o incluso en sus propios amos. Es un pro-
blema profundamente angustioso y debemos, una vez más, observar el
mundo natural para encontrar una explicación.
Los lobos y los perros salvajes son especies muy territoriales. En
libertad en su ambiente natural, orinan y defecan para marcar los lími-
tes de sus áreas. Los olores transmiten una señal muy clara a otros ani-
males: cualquier violación de este espacio encontrará resistencia. Es
invariablemente una tarea realizada por perros que toman decisiones,
es decir, por los líderes Alfa. Dicho sea de paso, es por esta razón por
la que la evolución ha dotado a los perros de la capacidad de orinar en
pequeñas cantidades. La facultad de mantener orina en la vejiga les
permite marcar el área más amplia posible.
Aunque éste sea el comportamiento más aceptable en la naturaleza,
sucede exactamente lo contrario en el ambiente doméstico. Y cuando
un perro instintivamente empieza a ensuciar la casa, puede ser tre-
mendo para los amos. Dos casos en los que me he visto envuelta ilus-
tran cómo puede abordarse el problema rápida y, aún más importante,
limpiamente.

141
Saber escuchar al perro

Uno de los primeros casos con los que tuve que enfrentarme fue el
de Callie, un cruce tipo Labrador que vivía con una pareja en la ciudad
de N ewcastle. La perra, en gran medida como sus dueños, era muy
bondadosa. Al principio había empezado dejando pequeñas manchas
húmedas en la moqueta, pero la situación había empeorado enorme-
mente. Se subía al sofá de la pareja y allí orinaba en abundancia. El pro-
blema se había agudizado tanto que se habían visto forzados a cubrir
los muebles con hules.
Como tantos de los auténticos amantes de los perros que me piden
ayuda, Susie y Tom no estaban enfadados con su perra. Simplemente
no comprendían lo que estaba pasando y les parecía que la única forma
de poder ayudarla era entendiendo mejor su problema. Durante nues-
tra conversación inicial por teléfono, la pareja se había concentrado en
la costumbre que la perra tenía de mojar el sofá. La gente a menudo se
ciega tanto con un problema abrumador que no ven la relación que
guarda con muchos otros. Ése era el caso. Charlando con Susie y Tom
en su casa, descubrí que la micción no era ni con mucho el único sín-
toma que la perra estaba manifestando. éallie también se ponía ner-
viosa si tenía que salir sola al jardín, por ejemplo. No salía nunca si
estaba oscuro. Me pareció evidente que se trataba de un ejemplo de
perro completamente estresado. Y lo estaba a causa de la responsabili-
dad que inadvertidamente le habían otorgado sus dueños.
En este caso concreto, mis esfuerzos para explicar el proceso se vie-
ron facilitados por el hecho de que Tom era bombero. A menudo he
comparado la forma de proceder de una manada de lobos con el modo
en que trabajan los bomberos. La analogía les ayudó a él y a su mujer
a entender rápidamente los principios. El respeto del perro por la men-
talidad de manada es tal que desempeñará su papel, sea éste el que sea,
al máximo de su capacidad, para mantener la supervivencia de esa
manada. La forma de pensar predominante es "todos para uno y uno
para todos"; nada que se parezca ni remotamente a "aquí me las den
todas". Es exactamente igual que en un equipo de bomberos. En
momentos de peligro, trabajan unidos de una manera que raramente
podemos ver en nuestra sociedad c°lI1-petitivae inherentemente egoís-
ta. Por supuesto, se trata de un grupo jerárquico; sin embargo, desde el
jefe de bomberos hasta el recién ingresado, hay un respeto mutuo y por
la comunidad en la que operan: tiene que haberlo, porque cada una de
sus vidas depende de ello. Nos encontrábamos ante una perra que esta-

142
El Rincón de Pupú: perros que dejan huella

ba estresadísima porque se le pedía realizar un trabajo para el que no


estaba preparada. Lo comparé con una situación en la que al último
bombero ingresado en el cuerpo, en su período de pruebas, se le envia-
ra a encargarse de una incidencia al mando de todo el equipo el primer
día de trabajo. La pareja entendió lo que estaba diciéndoles enseguida
e inmediatamente empezaron a aplicar las técnicas de la Vinculación
Amichien.
Naturalmente, no hay nunca dos casos iguales. A menudo se dan
rutinas añadidas que los dueños tienen que realizar para tener éxito. En
este caso, además de trabajar en los cuatro elementos de la vinculación,
pedí a la pareja que se concentrara en las técnicas de "limpieza" que
enseño a los amos de cachorros. Les animé a seguir a su perra por
todos los sitios y a recompensada cuando evacuara del modo correcto.
Igualmente, les insistí en que no se hicieran grandes dramas si no lo
hacía bien. La calma y la coherencia eran, como siempre, la clave. No
iban a librar a su perra del estrés generando ellos mismos situaciones
estre<santes.
Incluso yo misma me sorprendí de la rapidez con la que funcionó.
Recuerdo que fui a ver a Susie y Tom un sábado por la tarde. Al día
siguiente, me llamaron para comunicarme la noticia de que la perra se
había orina do en el suelo. En otras circunstancias, por supuesto, ha-
brían sido malas noticias; pero en este caso se trataba de un verdadero
p~ogreso. El miércoles estaban de nuevo al teléfono diciéndome que
había empezado a orinar en el lugar indicado fuera de la vivienda.
Aquel día no había ensuciado la casa ni los muebles de ninguna forma.

La facilidad con la que curaron a su perra de su problema contrasta


vivamente con otro caso, el de una presentadora de televisión que
conocí durante mi época en Yorkshire Television. Georgie era una
mujer joven, atractiva y muy desenvuelta~ Adoraba a su perro, un
Bichon a poil frisé llamado Derek. Desgraciadamente, Derek había
adquirido la costumbre de defecar por toda la casa. Al regresar por la
noche, Georgie se encontraba heces por todo el salón. Derek también
había cogido el hábito de hacer lo mismo durante la noche.
Como si el problema no fuera ya bastante desagradable, el hecho de
que su salón estuviera cubierto con una moqueta pardusca y ondulada
suponía que a menudo Georgie no veía los excrementos de Derek. Su

143
Saber escuchar al perro

primera tarea cada mañana consistía en tirarse al suelo e inspeccionar-


lo atentamente para buscar los añadidos nocturnos. Ni siquiera esta
medida resultaba infalible. Una mañana bajó descalza y pisó precisa-
mente algo que Derek había dejado detrás. Me confesó que se había
gastado una fortuna en guantes de goma y en lejía. En una de las sali-
das típicas del humor de Georgie, había rebautizado la casa llamándo-
la El Rincón de Pupú. Pero en realidad no tenía ninguna gracia.
Cuando fui a la casa, lo primero que vi fue que Derek seguía a
Georgie a todas partes. Y en cuanto Georgie se sentaba, cedía a los
deseos del perro y se lo subía a la falda. Estaba incurriendo, por supues-
to, en todos los errores clásicos, rindiéndole homenaje en cuanto ella.
entraba en casa. También era evidente que las evacuaciones de Derek
estaban relacionadas con la ansiedad por separación. Me enteré de que
Derek estaba concentrando sus actividades en la puerta principal, mar-
cando nuevamente la entrada a la guarida. '
Como muchas personas, Georgie acogió mi método con leves mues-
tras de horror. La perspectiva de retirar atención del perro le parecía
terrible. Su reacción natural era mimario a la menor oportunidad.
Creo que en parte se debía a la culpa que sentía por dejarle solo los días
laborables. Creía que tenía que compensarle de algún modo. Pero
enseguida vio los frutos de hacer las cosas a mi manera.
Como de costumbre, entré en el ambiente de la casa exhibiendo
todo el repertorio de señales necesarias para persuadir a aquel perro
de que yo era su líder. Así, después de los habituales intentos de conse-
guir que yo le prestase atención, Derek se puso a deambular por allí y
a entretenerse solo, yéndose a la cocina, donde empezó a jugar con una
barrita masticable. Fue sólo unos minutos más tarde cuando Georgie
se dio cuenta de que el perro nunca había hecho eso antes. Le dije que
era porque había sentido, por mis acciones, que yo era la líder y él
había podido cederme su papel de "canguro". El trabajo de Georgie
consistía en convencerle de la misma manera.
Volvimos a pasar por el proceso de vinculación concentrándonos en
las técnicas que empl~ para enseñar a los cachorros los hábitos de lim-
pieza. Recuerdo que di a Georgie otro útil consejo: "Usa siempre
detergente biológico en vez de desinfectan!~ al limpiar las deposicio-
nes del perro: es la única forma de descomponer las enzimas grasas de
las heces". Si no, el perro todavía podrá reconocer el orar y, casi con
toda seguridad, volverá al mismo sitio a repetir el proceso.

144
El Rincón de Pupú: perros que dejan huella

Georgie estaba, por supuesto, absolutamente hasta la coronilla de


limpiar los restos de Derek; pero, a diferencia de Tom, el bombero, y
de su mujer, esta ama encontró muy difícil persistir en mi método.
Cuando la vi dos semanas más tarde en el estudio de televisión, me
resultó obvio enseguida que no estaba siguiendo adecuadamente el
proceso. Derek se mostraba aprensivo en el estudio y estaba buscando
. consuelo en las demás personas en vez de en su ama. Tampoco pude
evitar fijarme en que ella tenía un par de guantes de goma en su ves-
tuario, lo cual quería decir que no estaba haciendo bien su parte del
trabajo. Si lo hubiera hecho, Derek habría estado centrado en ella.
Aquel día, en televisión, con otro presentador, estuvimos hablando
de los problemas de Georgie. Georgie admitió que Derek había hecho
grandes progresos: no la seguía.a todas partes tanto como antes y había
perdido la costumbre de ensuciar la casa por la noche. Sin embargo,
no había conseguido quitarle el hábito de hacerla durante el día. Re-
cuerdo que se sentó allí ¡disculpándose por haberle fallado a Derek
como madre!
Después, Georgie me reconoció que no estaba cumpliendo religio-
samente la regla de los cinco minutos. Tuve que decirle que no se tra-
taba de algo que pudiera arreglar leyéndole a Derek "el parte" veinte
minutos cada noche. Mi método implicaba un cambio permanente en
la vida de Georgie y en su actitud con su perro. Era evidente que no lo
había entendido.
Como Derek no estaba captando el mensaje, pedí a Georgie que
ampliara la regla de cinco a quince minutos. El tiempo añadido era
necesario no tanto por la fuerza de carácter que Derek había estado
demostrando, sino por la incapacidad de Georgie para ser estricta y,
por tanto, convincente como líder. Era una situación con la que me he
encontrado repetidamente: Georgie no era capaz de dirigir su afecto
en otra dirección.
Por experiencia, puedo afirmar que cualquiera que quiera verdade-
ramente mejorar la calidad de su vida con su perro es, no obstante,
capaz de superar cualquiera de los obstáculos que mi método pone en
evidencia. Y así fue finalmente -me encanta decido- en el caso de
Georgie. Dos semanas después de verla por última vez, Georgie me
envió una carta contándome que Derek se había reformado. Me decía
que ella se había pasado la última quincena murmurándose a sí misma
mi mantra. Había sido coherente con Derek y lo había tratado siempre

145
Saber escuchar al perro

con calma, y, de este modo, él hacía sus necesidades en el sitio correc-


to. No había habido más sorpresas en su moqueta. Yo no cabía en mí
de alegría por recibir aquella carta, pero aún me alegró más ver la foto-
grafía que la acompañaba. Era una instantánea de Derek con los guan-
tes de goma favoritos de su ama junto a las patas. Yano eran necesarios
para limpiar la casa y se habían convertido en su juguete más querido.

14.6
Capítulo 18

Puestos vacantes:
los problemas de ampliar la manada

U na tarde de otoño de 1997, recibí una llamada telefónica de un


caballero irlandés llamado Ernest. Estaba a punto de casarse, pero
me había llamado porque tenía un problema bastante grave, no con su
boda ni con su futura mujer -me apresuro a aclarar- sino con su perro.
Ernest conocía a la mujer con la que iba a contraer matrimonio, Enid,
desde hacía más de treinta años. Ella, como él, era viuda. Se habían
cono~ido a través de sus anteriores parejas. La amistad había continua-
do aunque Enid vivía en el norte de Inglaterra y Ernest se encontraba
entonces en Irlanda. Habían decidido casarse y establecerse en un
chalé que habían construido en la otra orilla del Mar de Irlanda, en el
condado de Louth.
Su problema era que, aunque ellos estaban deseando irse a vivir jun-
tos, sus respectivas perras no. Ernest había adquirido una perrita cruza-
da llamada Gypsy poco después de morir su primera mujer. En los siete
años que habían pasado desde entonces, Gypsy se había convertido en el
ídolo absoluto de su vida. De manera parecida, Enid sentía un profundo
afecto por su perra, un cruce de Labrador llamada Kerry que tenía ya 13
años. Ernest había empezado a visitar a Enid en su casa cada mes y había
intentado presentar Gypsy a Kerry, pero las dos perras lo rechazaban de
plano. La pareja lo había intentado todo, incluyendo un conductista
especializado en animales que les había elaborado un largo informe de
cinco páginas, pero que no había hecho nada para mejorar realmente las
relaciones entre las dos perras. Ernest y Enid estaban muy deprimidos.
Quedé en encontrarme con la pareja y sus mascotas en una residen-
cia canina de una amiga y, en primer lugar, decidí llevarlos a todos a dar
un paseo. Enseguida resultó bastante obvio que las dos perras se esta-
ban midiendo con la mirada (a decir verdad, Gypsy más que Kerry).
Era indudable que estábamos ante una relación tensa.

147
Saber escuchar al perro

Todas las personas que me llaman se preocupan por su perro lo sufi-


ciente para querer solucionar el problema que tiene, cualquiera que
éste sea. No le sacrifican porque muerda ni le ingresan en una perrera
porque no pueden arreglárselas con él. Ernest y Enid estaban tan deci-
didos a solucionar el problema que estaban dispuestos a aceptar que yo
me ocupara de él. El problema era que Kerry protegía a Enid y Gypsy
a Ernest. Ambas perras se percibían a sí mismas como líderes de sus
respectivas manadas. Y ahora se estaban disputando el puesto vacante
dentro de la nueva manada ampliada. Lo que yo quería era conseguir
que las dos perras dependieran la una de la otra para que se sintieran
cómodas y ofrecerse compañerismo, que formasen su propia manada.
Luego las afirmaría como subordinadas del mismo rango en aquella
manada.
Lo primero que pedí a la pareja que hiciera fue dejar a las dos perras
en la residencia canina, que estaba cerca de la casa de Enid. Durante un
par de días las pusimos en sendas casetas contiguas, de manera que
mientras estaban privadas de la presencia de sus amados dueños, sin-
tieran la presencia de la otra. Al tercer día, fui allí y me las llevé a una
zona grande de ejercitación. La razón era que quería que las perras
tuvieran espacio para separarse la una de la otra, pero, al mismo tiem-
po, estuvieran en un ambiente común. Ambas tenían su propio espacio
desahogado.
Se esquivaron todo lo que pudieron, como si no quisieran tomarse
en serio la una a la otra. Me hizo concebir muchas esperanzas. Hice lo
mismo durante tres días seguidos y al tercer día parecían querer cono-
cerse. Meneaban la cola y se hacían gestos invitándose a jugar. Era la
señal que necesitaba para dar con ellas el próximo paso. Al día siguien-
te las metí en la misma caseta. Había dos camas y dos cuencas -todo
estaba separado si ellas lo querían así- y también había mucho espacio,
era una caseta doble muy grande. Aquella tarde recibí una llamada tele-
fónica de la amiga mía que dirigía la residencia canina. Me contó que
ya sobraba una de las camas: estaban durmiendo juntas. Yo estaba
encantada.
Resistí a la tentación de decide a Enid que todo iba bien porque no
hay nada peor que hacer concebir esperanzas a la gente y que después
algo salga mal. En cambio, pasé a intentar el siguiente paso. Dejamos
a las perras así una semana larga, durante la cual se llevaron estupen-
damente.

148
Puestos vacantes: los problemas de ampliar la manada

í
Como Ernest estaba en Irlanda, pedí a Enid que viniera ella a la resi-
dencia en primer lugar. La tarea importante entonces era situar a ambas
perras por debajo de los dos amos en la jerarquía de la manada amplia-
da, con el fin de mostrarles que no tenía sentido maniobrar para colo-
carse en mejor posición para el rol de líder, porque ese puesto no
estaba vacante. Pedí a Enid que las ignorase totalmente cuando las
viera. Yo creía que Kerry pensaría automáticamente: "Ésta es mi niña,
vamos a divertirnos", y que Gypsy se sentiría marginada. Quería que
Enid las dejara a las dos sintiéndose marginadas, para que se volvieran
de nuevo la una a la otra. Tuvimos una agradable sesión de media hora
aproximadamente, durante la cual Enid no demostró a las perras nin-
gún afecto: no acarició a ninguna de ellas y ni siquiera estableció con-
tacto ocular. Esto puede parecer muy duro, pero quería dejar bien
establecido para las perras que no tenía sentido retarse mientras Enid
estuviera presente. Hicimos lo mismo en varias ocasiones y Enid fue
mostrándose paulatinamente amistosa con las perras, acariciándolas,
dándoles recompensas, pero siempre con mucha tranquilidad. Ella
sabía que la calma y la coherencia serían la clave para todo lo que está-
bamos haciendo.
En su siguiente visita a Inglaterra, pedí a Ernest que repitiese lo que
Enid había hecho. Quería que, al igual que ella, lo hiciera solo. Cuando
Gypsy lo vio, se puso excitadísima y gruñó a Kerry más de una vez. Si
Ernest la hubiera colmado de atenciones en aquel momento, es muy
probable que Gypsy se hubiese vuelto bastante agresiva con Kerry, que
era lo último que queríamos. De nuevo Ernest estaba decidido y, aun-
que era dificil, lo hizo. Volvimos a repetir el proceso durante los dos
días de su estancia, con mucho éxito.
Antes de que Ernest regresase a Irlanda, decidí que podíamos inten-
tar una vez más, pero en esta ocasión todos juntos, los cinco. Llegó el
gran día y allí estábamos de pie en la zona de ejercicios relajados y con-
tentos. No tengo palabras para expresar la alegría que sentí en esta oca-
sión, porque aquellas personas habían puesto su fe en mí para
conseguir hacer algo que cambiaría decisivamente sus vidas a mejor. Y
estaba funcionando.
Poco tiempo después, fui invitada a la boda de Enid y Ernest.
Después de la ceremonia, para mi sorpresa, me invitaron al convite y,
al pasar al comedor, me indicaron que me sentase en la mesa principal.
Ernest empezó su alocución agradeciéndome todo lo que yo había

149
Saber escuchar al perro

I
hecho por ellos. Decir que me sentí abrumada es decir poco. Fue
entonces cuando caí en la cuenta de lo que esta técnica podía significar
para la gente. Era una de lis experiencias más humildes de mi vida.
Sabía que para que ellos pudieran estar realmente satisfechos en su vida
en común, aquellas perras que tanto amaban tenían que conseguir lle-
varse bien. No me había dado cuenta de cuánto significaba para ellos
hasta aquel día.
La semana siguiente, quedó arreglado que las perras irían a reunirse
con Ernest y Enid en su nuevo hogar. Hubo algunas llamadas telefóni-
cas, pero sólo problemas menores. La nueva familia congenió maravi-
llosamente bien. Aproximadamente un mes después recibí una llamada
telefónica de Enid, que estaba muy angustiada. Me contó que habían
ido de compras a Dublín aquel día y que de alguna manera Kerry se
había salido del coche y se había perdido. Había desaparecido en las
calles. Enid y Ernest habían ido a la comisaría de policía, hecho un lla-
mamiento por la radio, puesto pósteres en las calles, de todo, y todo en
vano. Estaban anonadados, como yo lo estaba por ellos.
Después de diez días habían perdido prácticamente la esperanza
cuando recibieron una llamada telefónica de alguien de Dublín que se
había encontrado una perra perdida que encajaba con su descripción y
la había recogido. Fueron allí en su coche a todo correr y, efectiva-
mente, era Kerry. Enid creía que se alegró de volver a verlos; pero lo
que realmente les conmovió fue que Kerry pasó de largo junto a ellos
y echó a correr hasta el coche donde Gypsy estaba esperando. Cuando
abrieron la puerta, Gypsy salió de un brinco, gimoteando y dando vol-
teretas con absoluta delicia por ver a su amiga. Todavía sigo recibien-
do felicitaciones de Navidad de los cuatro -"Ernest, Enid y las chicas"-
y siempre que veo la felicitación, me imagino aquel momento.

IS°
Capítulo 19

El perro del hortelano:


los problemas a la hora de la comida

A primera vista, la hora de la comida debería ser la parte más senci-


lla de la vida diaria de un pefro. Comer, después de todo, es el ins-
tinto más elemental. Algo tan sencillo aparentemente como poner un
cuenco de comida en el suelo y dejar que el perro se ocupe de lo demás,
¿verdad? Bueno, pues sí y no. Siempre que se cumplan las reglas res-
pecto al modo de servirla, las horas de la comida no deberían repre-
sent~r el más mínimo problema. La dificultad, como he descubierto en
diversos casos que he debido tratar, es que los perros tienen la costum-
bre de dictar esas reglas ellos mismos, excelente fórmula para no crear
más que anarquía. .
De todos los perros que he tratado, el más interesante fue un Lhasa
apso tibetano de once meses llamado Jamie. Había llegado a casa de su
amo a la edad de ocho semanas y siempre había sido muy melindroso
con la comida. En algún momento, la familia había empezado a darle
de comer con la mano. En el mes anterior a que me llamaran, sin
embargo, sus hábitos de comida habían disminuido hasta casi desapa-
recer. Rechazaba testarudamente comer nada que sus amos le pusieran
delante. A medida que se desesperaban más y más, lo iban probando
todo, desde el solomillo más exquisito hasta las comidas preparadas
para perros más caras. ¡Llegaron incluso a pedir una comida para él del
"Telechino" más cercano con la esperanza de que pudiera apetecerle
algo de la tierra de sus ancestros! Todo en vano. Se encontraba enton-
ces terriblemente delgado y estaban empezando a marcársele las costi-
llas. A la frustración de sus amos se añadía el hecho de que merodeaba
alrededor del cuenco sin ponerse nunca a comer. Le habían llevado a
que le reconociera un veterinario; pero éste no había encontrado
nada físico. Fue precisamente el veterinario quien les había reco-
mendado a los dueños que me llamaran.

151
Saber escuchar al perro

Como ya he explicado, fue estudiando la vida en el seno de las mana-


das de lobos cuando observé por primera vez el papel tan sumamente
importante que desempeñaba la comida. Siempre me viene a la cabeza
un episodio concreto que vi en un documental. Se veía a un coyote
mientras daba vueltas en torno a los restos de un alce que había sido
abatido y devorado por una manada de lobos. Los lobos estaban repo-
sando después de haber comido hasta saciarse aproximadamente tres
cuartas partes del alce. Sin embargo, era evidente que la presencia del
forastero no era apreciada y fue la hembra Alfa la que lo espantó. Lo
que era interesante era lo que sucedía después. Tras ahuyentar al coyo-
te, la hembra Alfa volvía a los restos del alce y casi de manera ritual
arrancaba un poco de carne. El mensaje que transmitía al coyote era
nítido: ella tenía el poder de decidir quién comía y cuándo. Estaba rea-
firmando su liderazgo con el lenguaje más potente que cabe imaginar.
He visto este comportamiento reproducido casi con toda precisión
en los perros. Muchos amos han sonreído dulcemente al contar cómo
su perro aparece regularmente con una "galleta en la boca. En parte
-estoy segura- sufren una decepción al enterarse de que el perro no va
a enseñarles la galleta porque tenga hambre, sino más bien para reafir-
mar su puesto como principal distribuidor de comida de la casa.
Cuando viajé para visitar a Jamie y a sus amos, resultó enseguida
obvio que su comportamiento también estaba arraigado en esta idea.
En cuanto llegué a la casa, percibí los clásicos signos de un perro que
creía llevar la voz cantante. Al llegar, me saltó alrededor y me ladró
furiosamente, con el evidente deseo de ponerme en mi sitio.
Naturalmente, yo le ignoré. Cuando me senté con sus amos, se subió a
su regazo, y estuvo presente durante todo el encuentro. No me sor-
prendió nada descubrir un cuenco con comida en un rincón de la coci-
na. Ni tampoco me inmuté cuando los amos de Jamie me contaron que
la comida se quedaba allí las 24 horas del día y era sustituida tres veces
cada jornada. Me resultó evidente que la comida tenía un significado
especial para Jamie. Pero para asegurarme al cien por cien, me acerqué
al cuenco. En cuanto lo hice, se puso a corretear ladrando aún más
furiosamente. ,,~
Expliqué a los amos lo que estaba sucediendo. La razón por la que
no comía del cuenco no tenía nada que ver con falta de apetito. Cada
perro reacciona de modo distinto al descubrir que no está a la altura del
puesto de líder. La reacción de aquel cachorrillo había sido desarrollar

152
El perro del hortelano: los problemas a la hora de la comida

una fijación por la comida, algo que él consideraba como símbolo defi-
nitivo de su poder. Por eso la vigilaba como un guardia de servicio en
Fort Knox,rz casi desafiando a sus amos a que se atrevieran a comérse-
la. Y por eso nunca comía del cuenco. En apariencia se trata de algo
completamente irracional. Su actuación iba a acabar con su vida. Y no
tengo ninguna duda de que este perrillo habría ayunado hasta la muer-
te. Pero ¿por qué tiene un perro que comportarse de acuerdo con la
lógica de otra especie? Visto desde esta perspectiva, a sus amos les
pareció que todo encajJlba perfectamente. ¿Por qué iba a comerse un
líder el contenido mismo de lo que constituía la base de su poder?
La solución con la que la familia había intentado montar el proble-
ma había sido exactamente lo contrario de lo que se requería. Por
supuesto, comprendí perfectamente por qué la familia había hecho lo
que había hecho, colocando comida por toda la casa. Para mí estaba
claro que su decisión de dar de comer a Jamie con la mano había sido la
causa principal del deterioro. Al perro aquello le había parecido como
arrastrarse, como humillarse vilmente. Era la confirmación de lo que ya
creía: su manada dependía de éhotalmente. Mi tarea consistía en expli-
car a la familia la necesidad de alterar el equilibrio de poder de la casa a
favor de ellos, y muy especialmente el poder de las horas de la comida.
Les pedí que aplicasen las habituales técnicas de vinculación; pero en
ese caso también les pedí que se concentrasen en la hora de la comida,
realizando cuidadosamente el proceso de "comida simulada" tres veces
al día. No obstante, si Jamie abandonaba el cuenco, tenían que reco-
gerlo y no volvérselo a poner hasta el siguiente momento establecido
para comer. Esto no dejaba a Jamie ninguna escapatoria: o comer cuan-
do se le daba comida o pasar hambre.
El estómago de Jamie había llegado a encogerse bastante, así que les
pedí que le dieran sólo pizcas de comida. Además, le iban a ofrecer,
naturalmente, muchas recompensas por sus acciones como parte del
resto del proceso. El primer día apenas comió nada, debido en parte al
delicado estado en que se encontraba, pero también porque sus amos
le estuvieron transmitiendo señales que no había visto nunca, pero que
comprendía perfectamente. Necesitaba tiempo para pensar. Sin

12 Recinto militar en el cual se guardan, en un refugio especialmente protegido y dotado de


las máximas medidas de seguridad, las reservas de oro de Estados Unidos. Es el símbolo máximo
de inexpugnabilidad. (N. d. T.)

153
Saber escuchar al perro

embargo, el segundo día había comprendido el mensaje y volvió a


comer. Comió dos bocados de su primera comida, y tres más d~ la
segunda. Para alegría de la familia, se comió toda la cena aquella noche.
El quinto día, hacía ya tres comidas diarias. Cuando llegó su primer
cumpleaños, había recuperado su peso ideal y manifestaba todas las
señales de ser un perrito normal y equilibrado.
Los problemas deJamie no eran nada raros en un cachorro. La hora
de comer tiene el potencial de transmitir más falsa información que
casi cualquier otra situación. Es por eso por lo que constituye uno de
los elementos clave de mi método. Las señales erróneas pueden resul-
tar desastrosas. Y cuanto más joven e impresionable sea un perro,
mayor será la magnitud del desastre. No es ninguna sorpresa que
mucha gente lo haga mal. No tengo más remedio que decir que se dan
por ahí muchos consejos confusos o incluso absolutamente peligro-
sos respecto a la comida. Así, por ejemplo, he visto a supuestos exper-
tos defender que es una buena práctica quitar al perro la comida
mientras está comiendo. En un program<l de televisión que tuve oca-
sión de ver, filmado en uno de los asilos para perros más famosos del
Reino Unido, se mostraba a adiestradores metiendo en una habitación
a un perro atado con la correa, colocándole delante de un cuenco de
comida y luego haciendo todo lo posible para quitarle el cuenco al ani-
mal mientras comía. Cuanto más intentaban interrumpir el momento
de su comida, más les gruñía y les mordía el perro. Como resultado de
su comportamiento en esta situación, el perro fue sacrificado.
En mi opinión, tales supuestos expertos mataron un perro sin nin-
gún tipo de justificación. Como ya he explicado, la hora de comer es
absolutamente sacrosanta en el ambiente natural del perro. Cada perro
come cuando le toca. Y durante su turno no puede permitirse que nada
lo interrumpa. No se me ocurre nada que pueda provocar a un perro a
defenderse más que intentar interrumpir su hora de comer. El argu-
mento del asilo para perros -que si no podían quitarle al perro la comi-
da es porque era tan peligroso que no se le podía dar un nuevo hogar-
era injusto. Reconozco que lloré cuando vi lo que estaban haciendo.
He presenciado muchas veces el tipo de agresión que aquel pobre
perro manifestaba. En ninguna de ellas se demostró más eficaz mi
método que con Mulder, un Cocker spaniel dorado. Mulder tenía un
apetito excelente. El problema que tenía su familia era que se mostra-
ba demasiado agresivo e impaciente en su deseo de hacerse cargo de

154
El perro del hortelano: los problemas a la hora de la comida

sus horas de comer. Siempre que llegaba la hora de la comida, Mulder


empezaba a, gruñir. Mientras Yvonne abría su lata de comida, él se
ponía cada vez más agresivo. Lo peor de todo es que había cogido la cos-
tumbre de saltar y morder la mano de Yvonne cuando ella colocaba su
cuenco en el suelo de la cocina, el caso más literal de morder la mano
que te da de comer que he tenido ocasión de presenciar. Para Mulder,
el Alfa, no tenía sentido que un subordinado le diese de comer; cual-
quier amo al que su perro le haya traído algún animal muerto habrá
sido testigo de cómo su perro intentaba invertir estos roles. A ojos de
Mulder, Yvonne se estaba comportando mal accediendo a la comida
antes que él.
Cuando llegué a la casa, mi tarea consistió en mostrar a Yvonne cómo
debía controlar la hora de la comida de allí en--adelante. Así que le ex-
pliqué el proceso de la "comida simulada". A Mulder, claro está, le
habían puesto el nombre por el protagonista de la serie de televisión
Expediente X Estoy segura de que a Yvonne nunca le dio más miedo
ninguno de los episodios que su perro. Le había destrozado tanto los
nervios que estaba temblando violentamente al entrar en la cocina. Se
las apañó para recuperar la compostura, se preparó una galletita para
ella, y luego vació la comida de Mulder en el cuenco y colocó ambas
cosas en una superficie elevada. Se quedó pasmado cuando Yvonne
empezó a comer primero. El perro no podía creerse el atrevimiento de
su ama. Le insistí a ella en que debía tomarse su tiempo. Yeso hizo,
masticando lentamente durante un largo minuto, más o menos, mien-
tras su perro seguía mirándola sin poder creérselo.
Sólo cuando ella demostró con muchos aspavientos que había ter-
minado, es cuando Mulder recibió su comida. Estaba tan aterrada que
había empezado a tirarle la comida al suelo. Así que, para darle con-
fianza, fui yo quien colocó el cuenco en el suelo sin hacer ruido algu-
no y luego le dejamos en paz. La "comida simulada" comunica uno de
los mensajes más poderosos de que dispone el lenguaje de los perros;
pero nunca más que en el caso de Mulder. Citando una frase de
ExpedienteX, la verdad estaba ahí fuera, para todo hay una explicación.
Yvonne simplemente no había sabido dónde buscarla. Después de dos
semanas de aplicar la técnica, Yvonne podía preparar en paz las comi-
das de Mulder. Él ya no ha vuelto a dar ningún problema.

155
Capítulo 20

Viajes de perros:
el caos en los coches

A muchos perros, el asiento trasero del coche les puede parecer un


infierno. En mis años de trabajo he conocido a un perro que ladra-
ba a lo largo de todos y cada uno de los trescientos veinte kilómetros
que Lincolnshire dista de Escocia, durante las cuatro horas que dura el
viaje, y otro que intentaba literalmente salirse del coche gateando por
la ventanilla en plena autopista. Muchos amos habían admitido la
derrota y habían renunciado a la idea d~ viajar más de unos cuantos
kilómetros con su mascota petrificada de terror.
Pero la ansiedad de un perro apenas sorprende si reflexionamos sobre
ella. En casi todos los sentidos, el coche es poco más que una versión
condensada de la guarida. Siempre que se sube en él, se ve rodeado por
algunos de los miembros de su manada, o por todos ellos. Sin embargo,
desde todos los ángulos se abalanzan sobre él una serie de visiones y
sonidos que no comprende, no puede alcanzar y está convencido de que
van a dañar a todos los seres que se encuentran bajo su responsabilidad.
Colocado en tal tesitura, ¿quién no caería en el pánico más absoluto?
No obstante, la realidad es que cualquier amo puede abordar los pro-
blemas de lo que llamo "el caos en el coche". Dos casos que he tenido
ocasión de tratar ilustran con qué facilidad y eficacia pueden transfor-
marse en alegres viajeros hasta los perros más gravemente trastornados.
Una pareja de Cleethorpes (Lincolnshire) poseía un cruce de
Labrador y Border Collie llamado Blackie. Lo habían intentado todo
con tal de quitarle la manía de subirse por las paredes en cuanto le
colocaban en la parte trasera del coche. Habían probado poniendo la
radio a todo volumen, gritándole... Nada funcionaba. Todos los viajes
se habían transformado en pesadillas, incluso el recorrido de menos de
un kilómetro que hacían diariamente hasta la playa más cercana, donde
Blackie, en cambio, disfrutaba sin problema de su paseo.

156
Viajes de perros: el caos en los coches

Pasé la primera hora, más o menos, de mi visita del modo habitual.


Mientras explicaba mi método a los propietarios de Blackie, empecé
simultáneamente a bombardearle con las señales centrales para él. Al
empezar Blackie a ignorar a sus amos, enseguida comenzó a acudir bien
a mí. Cuando la gente ve por primera vez a su perro conectando con-
migo de esta manera, suele preocuparse. Se preguntan si de alguna
manera he apartado de ellos el afecto del perro, si de algún modo los he
sustituido. Por supuesto, la realidad es que el perro ha encontrado un
líder que él cree puede cuidar de todos los miembros de su manada. Es
un proceso que luego tendrán que realizar ellos mismos. Enseguida ven
que la mejor manera de que dispongo para ilustrar las posibilidades del
método es llevarlo a cabo yo mis¡Ua.Su vínculo con el perro sigue sien-
do idéntico, lo único que se altera es la estructura de poder.
Pronto sentí que había hecho suficientes progresos con Blackie para
intentar dar una vuelta con él y con sus amos en el coche. Al montar-
nos, ellos ocuparon su posición habitual en la parte delantera y Blackie
la suy~aen la parte posterior del coche, que era un modelo familiar. Yo
me coloqué entre ellos en el asiento trasero. A diferencia de tantas per-
sonas que dejan a sus perros -muy equivocadamente, a mi manera de
ver- moverse libremente por el coche, los amos de Blackie lo habían
encerrado detrás de una rejilla en el maletero de su coche familiar. Lo
mantuve atado con la correa y la pasé a través de la rejilla para tener
control sobre él.
Mientras arrancaba el motor, permanecí tan silenciosa y tranquila-
mente como pude. Al echar a andar, moví un brazo hacia atrás entre las
barras de la rejilla y lo coloqué en la cruz de Blackie. Cuando Blackie
empezó a intentar levantarse, apliqué un poco más de suave presión y
él se calmó inmediatamente.
Viajamos unos cinco o seis kilómetros metiéndonos, con toda inten-
ción, por la parte más concurrida de la ciudad. Quería que Blackie se
enfrentase con tantas visiones, sonidos y, desde su punto de vista, ame-
nazas, como fuera posible. En todo el viaje, mantuve el brazo colocado
sobre su cruz. Cada vez que él mostraba cualquier signo de aprensión
o excitación, yo aumentaba la presión suavemente. Hay, en estos casos,
una delgada línea que separa la imposición del consuelo, algo que la
mayoría de las personas entienden instintivamente; para quienes no
son capaces de comprenderlo, lo comparo con sujetar a un niño duran-
te su primera visita al dentista, un proceso doloroso, pero necesario:

157
Saber escuchar al perro

asegurando que el niño se mantenga sentado en calma, será mucho


menos traumático. Cuando volvimos a casa, apenas tenía que seguir
manteniendo allí el brazo. Blackie se había pasado la última parte del
viaje sentado sencillamente en la parte posterior del automóvil, viendo
pasar el mundo. Desde entonces ha estado viajando felizmente en el
coche a diario.

Como los seres humanos, los perros pueden llevar las cicatrices de
experiencias previas. A alguien que se haya visto envuelto en un acci-
dente de coche, por ejemplo, le resulta muy duro volver a subirse des-
pués a un automóvil. A los perros también les pasa lo mismo, como
descubrí cuando me llamaron para que tratase un caso especialmente
penoso. La experiencia que este Dobermann había sufrido había sido
horrible; hasta apareció en un periódico local. Lo encontraron herido
y profundamente angustiado al borde de una autopista. Por increíble
que pueda parecer, lo que supuestamellte había sucedido era que sus
amos lo habían arrojado literalmente de.un coche que circulaba a toda
velocidad. Las heridas del perro eran tan horrendas que hubo que
recluido en una Unidad de Cuidados Intensivos. Hasta el punto de
suponer que moriría con casi total seguridad. Sin embargo, se fue reco-
brando poco a poco. Pasado un cierto tiempo, lo acogió una pareja que
vivía en la pequeña localidad de Barnetby (Lincolnshire). No tardaron
mucho en darse cuenta de que, no obstante, seguía teniendo un gran
bloqueo mental.
Los Dobermann no son precisamente muy tímidos que digamos,
pero la mera vista de un coche era suficiente para que le entrara el
pánico más absoluto. Cuando sus amos lo habían conseguido meter a
la fuerza en el coche, se había orinado por todo el interior del vehícu-
lo. Lo más fácil habría sido considerar a aquel perro como una causa
perdida, tan grave era su trauma. Pero, de nuevo, trataba con personas
que se preocupaban auténticamente por el bienestar del perro. Estaban
decididos a probar todo lo posible.
Durante el día que pasé con ellos, les expliqué que se enfrentaban
con un largo camino. Se trataba de un perro que iba a necesitar mucho
consuelo antes de volver a acercarse voluntariamente a un coche.
Mortunadamente eran excelentes estudiantes. Después de dos semanas
o así, habían establecido elliderazgo como de costumbre. Entonces les

1S8
Viajes de perros: el caos en los coches

pedí que concentrasen tanta actividad como pudieran sobre y alrede-


dor del coche.
Así empezó otro mes de trabajo. Comenzaron colocando un cuenco
de comida en el camino de entrada de la casa a plena vista del coche.
La idea era quitar al perro de la cabeza que el coche era algo que sólo
tenía asociaciones negativas. A partir de aquí les pedí que fueran acer-
cándose cada vez más al coche. De nuevo les insistí en la importancia
de la calma y la coherencia. Tatdaron 10necesario, llegando incluso a po-
nerse a cenar en sillas plegables en el camino de entrada para recalcar
el mensaje que querían transmitir. Con el tiempo su trabajo dio su
fruto. El momento decisivo tuvo lugar cuando le persuadieron a co-
merse su cena en la parte posterior del coche inmóvil. A partir de aquel
momento, empezaron a practicar juegos de recuperación de juguetes
que le echaban dentro y fuera del coche.
El progreso fue minuciosamente lento, pero los amos estaban deci-
didos a que funcionara. Poco tiempo más tarde habían conseguido pro-
gresa:t hasta encender el motor mientras comía en la parte trasera.
Luego recorrían en el coche el camino de entrada mientras el perro
ingería su comida. Las cicatrices mentales eran tan terribles que tarda-
ron ocho semanas en conseguir sacar el coche a la carretera. Pero me
alegra poder decir que ahora viajan muy unidos con toda libertad. Su
miedo a viajar es agua pasada.

159
Capítulo 21

Perros al borde de un ataque de nervios:


los problemas emocionales

C ada perro tiene su propio carácter. Al igual que los seres humanos,
unos son juguetones y otros, apacibles; los hay extrovertidos y los
hay introvertidos. Ésa es la razón que explica por qué se enfrentan de
manera distinta con el estrés que tienen que afrontar cuando se les da
el puesto de líder. Mientras unos arremeten contra el mundo, otros se
revuelven contra sí mismos, a menudo en las formas más autodestruc-
tivas. Durante el tiempo que llevo trat~ndo perros problemáticos, he
visto un repertorio de síntomas que superan toda posibilidad de des-
cripción.
Me he topado con perros que se encogen de miedo ante los ruidos
más leves e inocentes. Una suave llamada telefónica es suficiente para
que busqu~n refugio a toda prisa. Algunos perros son tan crónicamen-
te nerviosos que considero un gran logro si al final del tiempo que paso
con ellos han conseguido acercárseme un metro. He visto perros que
se quedan paralizados ante cualquiera vestido de uniforme. En muchas
ocasiones he presenciado cómo algunos manifiestan la señal definitiva
de sumisión y sencillamente se echan de bruces y se orinan. Estoy
segura de que continuaré encontrándome nuevas manifestaciones de
este problema mientras siga trabajando con perros. Sin embargo, la
raíz de este comportamiento es siempre la misma: el perro está sim-
plemente abrumado por su responsabilidad como líder. Lo manifiesta
a través de su nerviosismo y de un comportamiento obsesivo.
Riby era un Labrador negro de cuatro años que llevaba el nombre
de un pueblecito cercano a Grimsby (Lincolnshire), la localidad en la
que vivía. Sus amos me llamaron porque Riby había adquirido la cos-
tumbre especialmente desagradable de morderse los pies. El problema
había empezado como una pequeña manía, pero se había ido haciendo
cada vez más obsesivo. Cuando me llamaron, había llegado a un nivel

160
Perros al borde de un ataque de nervios: los problemas emocionales

en el que se los mordía de continuo. Obviamente, no era sano en abso-


luto y Riby presentaba una serie de desagradables heridas abiertas. Si
continuaba así, lo más probable es que se acabaran infectando, quizá
gangrenándosele y habría que sacrificarle. Sus amos estaban compren-
siblemente desesperados por encontrar una solución. Habían probado
todo tipo de tratamientos, incluidos los sedantes. Cuando les visité,
Riby llevaba un "collar isabelino", una especie de embudo de plástico
blanco sobre la cabeza. El collar estaba diseñado para impedirle que se
llegara a los pies. --

Riby exhibía el habitual repertorio de síntomas. Muchas personas


creen que es normal que un perro te salte encima, tire de la correa,
acose a quienes visitan la casa. Puedo asegurarles que no es así. Riby
también hacía todas estas cosas. Lo más revelador de todo era que
había adquirido el hábito de quedarse echado por la mañana. No se
levantaba hasta que sus amos le engatusaban para que lo hiciera. Era
como si estuviera de cuerpo presente, la señal inequívoca de que /una
vez más estaba tratando con un perro que creía ser el líder. Lo
Empecé siguiendo el habitual proceso de vinculación. Riby respon-
dió bien. Con bastante rapidez sentí que se trataba de un perro tímido
que estaba listo para renunciar a su liderazgo en cuanto fuera posible.
Después de hora y media aproximadamente, pedí a sus amos que le
quitaran el collar isabelino. En cuanto lo hicieron, empezó a roerse los
pies. El problema de Riby era una variante del comportamiento que
entre los humanos se conoce como automutilación. Lo importante era
demostrar a Riby que no tenía necesidad alguna de comportarse así;
que sería recompensado por otra actividad.
Así que me arrodillé y le llamé con una recompensa para que acu-
diera a mí. Cuando se me acercó, cubrí sus pies con mi mano izquier-
da, puse la derecha bajo el mentón y le acaricié la barbilla. Lo hice sin
decir palabra. Quería que el proceso no fuese en absoluto estresante,
sino lo más tranquilo posible. Permaneció distraído durante breves ins-
tantes, pero ensegrnda empezó a comerse los pies. En cuanto lo hizo,
volví a distraerle. Esta vez le pedí que se pusiera a mi lado, de nuevo
recompensándole con comida. Y nuevamente era una asociación posi-
tiva. Continué así durante un buen rato. Cada vez que parábamos y él
volvía a sus pies, yo volvía a empezar a trabajar con él. Sólo le mante-
nía activo. Trabajamos de este modo durante unos veinte minutos.
Como se estaba comportando mucho mejor al cabo de este tiempo, me

161
Saber escuchar al perro

fui a la cocina a tomar una taza de té con su dueña. Charlando, nos


olvidamos de Riby durante unos instantes. Fue pocos minutos después
cuando nos dimos cuenta de que Riby se había quedado dormido en el
suelo del salón. Por fin había renunciado al estresante puesto de guar-
dián y podía relajarse por vez primera.
Ésta era la primera ocasión que me había encontrado un comporta-
miento tan grave, así que pedí a su ama que me mantuviera al corrien-
te sobre sus progresos durante los días siguientes. Creo que supe de
ella una o dos veces durante las semanas posteriores. Su mensaje fue el
mismo en ambas ocasiones: los pies de Riby se habían curado y él se
había vuelto a adaptar a la vida normal. Después de las pocas horas que
habíamos pasado juntos, no había vuelto a morderse los pies.

La psicología del perro es tema que merece un libro aparte, y bastante


grueso. No voy a analizar aquí el funcionamiento de la mente canina.
Pero sí diré que el perro tiene una capacidad de obsesionarse que no
difiere mucho de la nuestra. He visto todo tipo de comportamientos
inverosímiles a lo largo de estos años. Un Pastor alemán llamado
Rusty, por ejemplo, podía pasarse horas enteras persiguiendo su propia
cola. Sus amos no podían comprender lo que hacía y me llamaron. Al
llegar descubrí un perro bastante equilibrado con unos pocos signos
reveladores de liderazgo. Te saltaba encima y gemía un poco, pero en
absoluto de manera excesiva.
Quizá me habría llevado algo de tiempo descubrir lo que estaba cau-
sándole el problema, pero la suerte me sonreía aquella tarde. Mientras
hablaba con los propietarios de Rusty, su hija de tres años se quedó
dormida. Rusty estaba claramente muy apegado a la niña y, como era
de esperar, se acurrucó a su lado. La niña no durmió mucho tiempo.
Fue al despertarse ella cuando caí en la cuenta. Mientras volvía en sí, la
niña tendió instintivamente la mano hacia la cola de Rusty. La sujetó y
empezó a retorcer la punta, como si estuviera dando cuerda a un jugue-
te. Casi inmediatamente Rusty se transformó en un derviche que gira-
ba vertiginosamente. Se elevaba del suelo, dando vueltas como una
girándula la Noche de las Hogueras del cinco de noviembre.13

13 Bonfire nigbt. Véase capítulo 14 y nota 9. (N. d. 7:)

162
Perros al borde de un ataque de nervios: los problemas emocionales

Sus amos nunca se habían fijado en lo que sucedía. Les expliqué que
la causa de aquel comportamiento era que la niña jugaba con la cola.
Como ya he dicho antes, puede ser difícil enseñar a un niño pequeño
la forma correcta de comportarse con un perro. En este caso, pedí a los
padres que mantuvieran a los dos separados cuando no hubiera nadie
presente. También les indiqué que jugasen a juegos que atrajeran la
atención de la niña apartándola de la cola del perro. Asimismo les suge-
rí jugar a cobrar objetos, algo que hiciera que la niña se concentrase en
la zona de la cabeza del perro en vez de en su parte posterior. Poco
tiempo después, Rusty había sido redimido de su costumbre. Su rutina
de giros de derviche desapareció y quedó liberado para pasarse la vida
persiguiendo en el parque juguetes en vd de su cola.

163
Capítulo 22

El efecto yoyó:
los problemas de los perros adoptados

L os refugios de animales y los centros municipales para perros se


han convertido, para muchas personas al menos, en un lugar ideal
para encontrar una nueva mascota. La idea de recoger un perro que lo
ha pasado mal en la vida resulta, por supuesto, atractiva a muchos nive-
les. A los amantes de los perros les conmueve pensar que podrían dar-
les a estos perros abandonados parte del afecto que tanto les ha faltado
en la vida. Si recogen un perro con un historial de mal comportamien-
to, les gusta pensar que son ellos quienes pueden enderezarle. Sin
embargo, el perro adoptado viene con su propio repertorio exclusivo
de problemas. La mayoría de las veces -lo digo por experiencia- el
comportamiento que le llevó a ser abandonado o entregado a un asilo
en primer lugar se repite una y otra vez. Y cuando esto ocurre, los amos
que empiezan con las mejores intenciones se descubren a sí mismos
incapaces de afrontar el reto. Ésa es la razón de que tantos perros se
conviertan en lo que llamo "perros yoyó", pasándose la vida yendo y
viniendo de las familias a las perreras y centros institucionales. Al final,
por supuesto, se les acaban las oportunidades y pueden incluso tener
que afrontar el sacrificio. Sólo comprendiendo sus problemas particu-
lares pueden los amos confiar en evitar esta situación y proporcionar-
les un hogar feliz y permanente.
Lo primero que hay que decir al respecto es que no es culpa del
perro verse atrapado en este círculo vicioso. En el 99,9 por ciento de
los casos, el comportamiento del perro es resultado directo de errores
humanos, principalmente pereza, estupidez y, triste es decido, cruel-
dad. Los problemas que manifiestan casi todos los perros recogidos se
han visto agravados por la violencia que han afrontado en algún
momento de su vida. Pero la violencia sólo engendra violencia. Lo iró-
nico es que los perros que han sido recluidos en una perrera o un asilo

164
El efecto yoyó: los problemas de los perros adoptados

por atacar a algún ser humano sólo se estaban defendiendo. En gene-


ral se han visto acorralados en situaciones en las que no se les ha deja-
do la opción de huir. En el mundo humano, la autodefensa constituye
un principio legal perfectamente aceptable. Sin embargo, los perros
tienen que soportar las consecuencias, aunque no haya sido culpa suya.
He visto de primera mano el efecto traumático que pueden tener los
malos tratos en un perro cuando recogí a mi propio perro adoptado,
Barmie, el pequeño compañero que tanto me enseñó cuando estaba
desarrollando mi método. Si aprendí alguna lección fundamental tra-
bajando con él, fue que el vínculo de confianza entre perro y amo es
aún más importante en casos como éste. Barmie, con toda la razón,
!-
desconfiaba profundamente de cualquier ser humano. Como todos los
" perros recogidos, tenía que aprender que las manos que le habían pro-
ducido tanto dolor pueden también ofrecer afecto y alimento.
Igual que en medicina, prevenir en mucho mejor que curar. Durante
el rodaje de mi serie de programas para la televisión, me pidieron que
r ayuda"sea preparar a un ama para la lÍegada de una perrita especialmen-
te perturbada. Tara había sido recogida por un amigo mío, Brian, que
dirigía un refugio en Leeds. Había descubierto que le quedaba un día
para ser sacrificada. Lo que hacía su caso aún más desgarrador era el
hecho de que presentaba en aquellos momentos una preñez avanzada:
sus cachorros también habrían muerto. Brian había asistido al parto de
Tara y estaba entonces preparado para encontrarle un buen amo. Lo
había hallado en la figura de Hilary, una auténtica amante de los
~
perros, que necesitaba desesperadamente encontrar una nueva masco-
ta con la que compartir su vida.
Como suele suceder con los perros recogidos, no se sabía exacta-
mente por qué había sido abandonada Tara. Se había portado perfec-
tamente en el refugio y parecía una perra normal, bien equilibrada.
Suelo decir a la gente que no se preocupe por el historial de un perro.
El pasado tiñe todo lo que hace un perro, pero es raro que nadie pueda
proporcionarte el historial completo en ningún caso. Es mucho mejor,
a mi parecer, concentrarse en cambio en su futuro.
Por supuesto, Hilary quería hacer todo lo que le fuera posible por
esta pobre perra. Así, por ejemplo, había preparado comida para su lle-
gada; pero después de explicarle por qué esto no era conveniente, la
retiró. La experiencia me dice que suelen pasar dos semanas hasta que
las cosas se ponen realmente feas. Es en ese momento cuando el perro

165
Saber escuchar al perro

se transforma de una criatura encantadora y pacífica en un ser que


parece completamente en discordancia con el resto del mundo. En el
caso de Tara, tardó aún menos tiempo del que había supuesto.
Al principio, Tara sólo curioseaba por la casa. Hilary estaba tan
ansiosa de mimarla que yo tenía que decirle constantemente que la
dejara tranquila. Pero, después de un breve lapso, Tara se acercó a su
nueva ama directamente. Se fue derecha a ella y colocó su cabeza en las
manos de Hilary. Fue entonces cuando cometió su gran error. Acarició
instintivamente a su nueva compañera. La verdad sea dicha, se moría
de ganas de alargar una mano afectuosa en dirección a Tara desde que
ésta había llegado. Era el desencadenante que Tara había estado espe-
rando. Inmediatamente empezó a dar saltos y brincos por todos lados.
Se volvió completamente hiperactiva. Era como si Hilary hubiera acti-
vado un interruptor dentro de la cabeza de la perra. Y era como si Tara
fuera realmente esquizofrénica, como si hubiera dos perras dentro de
una sola. Saltaba a la vista por qué estaba recogida en un asilo. En una
situación doméstica como aquella, se ~olvía completamente hiperacti::'~
va. Toda una serie de amos habían sido incapaces de controlar su com-
portamiento. El resultado había sido su existencia nómada.
Pero Hilary estaba decidida a romper el ciclo y a comprender cuál
era el problema. Ya le había explicado a grandes rasgos los principios
generales de mi método. Mientras observábamos a Tara corriendo a
todo meter por la casa, le expliqué que los problemas normales estaban
arraigados más profundamente de lo habitual debido al historial de
aquella perra. Como ya he explicado en detalle anteriormente, los
perros pueden estresarse enormemente con el rol de líder. En el caso
de un perro recogido, la presión llega a ser casi insoportable porque
aún hay más en juego. Basta pensar en ello un momento para com-
prenderlo. Hete aquí un perro que quiere desesperadamente formar
parte de un ambiente de manada normal, pero al que, en cuanto
encuentra un hogar que le gusta, le promueven ,al puesto de líder.
Cuando e:bperro descubre que no puede asumir esta responsabilidad,
intenta aún con más empeño complacer a su amo. Cuando éste reac-
ciona violenta o airadamente, el comportamiento del perro va hacién-
dose cada vez más excesivo. He visto innumerables casos en los que los
perros recogidos saltan encima, tiran de la correa, ladran y muerden, y
se vuelven generalmente hiperactivos. Creen realmente que es lo que
sus subordinados esperan de ellos. Es un círculo vicioso, pero en más

r66
El efecto yoyó: los problemas de los perros adoptados

de un sentido. La reacción del amo sólo sirve para provocar en el perro


un frenesí aún mayor. Y poco tiempo después el perro es devuelto al
refugio del que vino, con su reputación como perro problemático con-
firmada por lo que ha sucedido. El efecto yoyó ha continuado.
f
Expliqué a Hilary que la solución se encontraba en tratar el proble-
ma fundamental en vez de los síntomas. Había que enseñar a Tara que,
en realidad, aquélla era una forma completamente equivocada de com-
portarse en una casa. La tarea que tenía que afrontar Hilary era intro-
ducir una serie de reglas diferente. Como siempre, recalqué la
importancia de un liderazgo bondadoso y fuerte. Pedí a Hilary que
mantuviera una postura tranquila e ignorase la actuación "a petición de
..! la Reina" a la que se entregaba Tara en cuerpo y alma. Todo me indi-
caba que en el pasado la reacción había sido exactamente la contraria
de aquélla. Cada vez que Hilary mostraba la mínima debilidad, yo le
recordaba lo que le esperaba a Tara si fracasábamos.
Efectivamente, Tara se calmó en QOcotiempo. Intentó en diversas
T ocasiQnes atraemos a su mundo. Siguió intentando establecer contac-
to ocular con Hilary, pero no lo consiguió. Después de un buen rato,
fue a echarse en el suelo. Cuando estaba completamente relajada, le
dije a Hilary que esperase cinco minutos. Una vez transcurridos, Hila-
ry llamó a Tara para que acudiera a ella con una recompensa. Tara no
acertó a la primera y volvió a empezar a dar saltos por todos lados. De
nuevo le dije a Hilary que se apartase y la ignorara. Tara sólo consiguió
su recompensa cuando jugó siguiendo exactamente las reglas de Hilary.
l'
Era cosa nuestra mostrarle cómo tenía que cpmportarse. Media hora
después, Tara era una perra diferente. Hilary y ella han sido estupen-
das amigas desde entonces. El ciclo se había roto, ya no era una perra
yoyó.

, 167
J
Capítulo 23

Juguetes~iy trofeos:
el poder del juego

N o quiero dar la impresión de que todas mis ideas son originales,


de que se me ha ocUrrido a mí un proceso constituido en su inte-
gridad por técnicas que no se han empleado nunca previamente. Como
ya he explicado al comienzo de este libro, saqué muchas 4e mis prime-
ras ideas del conductismo. En muchos sentidos, me reconforta ver ele-
mentos de mi obra incorporados en otro lugar. Nunca me ha
sorprendido tanto ver en práctica un elemento de mi método como en
la primavera de 1998, cuando fui invitada a visitar las instalaciones de
adiestramiento de perros más grandes y famosas del Reino Unido, la
escuela de cuidadores de la Policía Metropolitana de Londres, situada
en la localidad de Bromley (condado de Kent).
Me incorporé a una sesión con un adiestrador jefe llamado Eric, en
la cual se estaba enseñando a un grupo de Pastores alemanes a obligar
a salir a personas escondidas. Había elementos fascinantes en lo que la
policía estaba enseñándoles. Se adiestraba a los perros, por ejemplo, a
quedarse por lo menos a dos metros de un objetivo. Eric explicaba que
se trataba de una mera medida de supervivencia; si se acercaban más se
arriesgaban a ser atacados con una patada o, aún peor, con un cuchillo.
Fue durante esta situación tan tensa y tan seria, cuando Eric hizo
algo que me dibujó en el rostro una sonrisa de complicidad. Elobjeti-
vo del ejercicio era animar al perro a ladrar tan furiosamente que inti-
midara a la persona, forzándola al final a rendirse. Efectivamente, el
primer perro nos acorraló en un rincón con la pura ferocidad de su
actitud. Cuando Eric quedó contento de que el perro había hecho lo
que se le había pedido, se metió la mano en el cuello de su chaqueta (se
había enseñado a los perros a reaccionar a cualquier movimiento cor-
poral más bajo de este nivel). De allí no sacó nada más siniestro que el
juguete favorito del perro, una vieja pelota de goma ya muy estropea-

168
- - ~

~- -
- - --- -----
--
~-
-
----

--~~c -

Juguetes y trofeos: el poder del juego

f
da. Cuando lanzó la pelota sobre la cruz del perro, el terrible animal de
un momento antes se había transformado en un cachorrillo bullicioso
que daba saltos de alegría. Naturalmente, el cuidador del perro le había
enseñado a responder así al estímulo de la pelota al comienzo mismo
r
de su adiestramiento. Desde entonces, había seguido siendo un pode-
roso medio para indicar al perro que había hecho algo que merecía la
aprobación de su cuidador. Era una forma de recompensa que recono-
cí perfectamente bien: jugar.
J
El período de juego proporciona quizá la perfecta oportunidad para
combinar la diversión con el aprendizaje: no hay mayor placer. Pero es
precisamente porque desempeña un papel tan importante en la rela-
ción entre seres humanos y perros por lo que jugar tiene que ser diri-
f gido del modo correcto. Es posible que no parezca un problema
especialmente grave; pero que el perro dicte las reglas al amo Jluede
tener funestas consecuencias. Estoy segura de que todos nos hemos
visto en una situación como ésta: nada más ponemos cómodos al final
f de un. duro día de trabajo, aparece nuestro perro con una expresión las-
timera en el rostro y uno de sus juguetes favoritos colgándole de la
boca. El perro quiere jugar y quiere jugar ahora, ya. Aunque a la mayo-
ría de los amos les resulte difícil percibido al principio, la situación se
carga de problemas potenciales.
El hecho de tirar la pelota e ir a cobrada debe contemplarse desde
dos perspectivas. Para nosotros, estos objetos son meros juguetes. Para
el perro, en cambio, representan algo mucho más precioso: son trofeos,
J medallas honoríficas, si se quiere, que ganar -y perder- en el seno del
ambiente de la manada. Los grupos de cachorros, en especial, luchan
continuamente por la posesión de los objetos. Los ganadores se pavo-
nean como si acabaran de ganar la Copa del Mundo.
De nuevo, se trata de un principio que se remonta a la manada de
lobos. En la naturaleza, la supervivencia de la manada depende de que
sus líderes estén a la altura de su tarea. Por consiguiente, la pareja Alfa
debe demostrar con regularidad que merecen ser los líderes. Los perros
j ponen constantemente a prueba el valor de sus líderes del mismo modo,
y la hora de juego ofrece una perfecta oportunidad para llevar a cabo esta
evaluación. Si se permite que los perros crean que tienen control de los
juguetes "trofeo" que sus amos les lanzan, también desarrollarán la creen-
"" cia de su posición superior dentro de su manada: es imprescindible que
el amo se imponga como líder durante estos períodos dejuego.

169
Saber escuchar al perro

Los problemas comienzan cuando el amo rechaza participar en el


juego. De manera muy parecida a un niño que se coge un berrinche
cuando se le niega algo, un perro puede tratar la falta de respuesta com-
portándose mal. He conocido casos en los que los perros han comen-
zado a ponerse regularmente muy nerviosos cada noche respecto a los
juguetes, algo que puede ir aumentando hasta llegar a convertirse en
un comportamiento destructivo e incluso agresivo.
Hay unas cuantas reglas muy sencillas que aplico durante los perío-
dos de juego. El primer medio de establecer el control durante estos
períodos es no sólo el más poderoso, sino también el más sencillo.
Desanimo a los dueños a dejar los jy.guetes del perro por toda la casa.
Es una buena práctica dejar a la libre disposición del perro uno o dos
de sus juguetes favoritos. De esta forma, puede jugar solo siempre que f
quiere. Pero es fundamental que los juguetes con los que el amo inte-
ractúa con el perro estén guardados en un lugar donde el perro no
pueda cogerlos. De esa forma el poder durante el período de juego
queda enteramente en manos del amQ desde el comienzo mismo. Es el
amo, y sólo el amo, quien decide cuándo tiene lugar el período de
juego y qué juguetes se emplean. En cuanto a la elección de los jugue-
tes, es algo que queda enteramente a la libre elección del amo. La única
advertencia que añadiría es que todos los juguetes deben ser de un
tamaño adecuado. Al igual que los cachorros, los perros pueden, por
ejemplo, ahogarse con pelotas tan pequeñas que se les puedan colar en
la garganta.
En cuanto al período mismo de juego, una de las reglas de oro en las
que insisto es que el amo no debe nunca entrar en competición con su
perro a ver quién tira más. Hay dos excelentes razones para ello: en pri-
mer lugar, permite que el perro dicte las reglas del juego; en segundo,
y potencialmente aún más peligroso, existe el peligro de que el perro
pueda sentir su superioridad física sobre el amo, y si comienza a creer
que es más fuerte que su líder, empezará a revaluar si elliderazgo debe
seguir descansando en los hombros de su compañero humano.
Frecuentemente empleo el período de juego para practicar y volver J
a revisar algunas de las formas claves de disciplina con mis perros.
Habilidades como la capacidad de recuperar al perro acudiendo a tu
llamada y las pautas junto al amo necesitan repasarse con regularidad.
Alejándome de mis perros cuando recuperan y me devuelven una pelo-
ta, les animo a que acudan a mí. Quieren que el juego continúe. Saben

17°
.,
í

Juguetes y trofeos: el poder del juego

f
que, para que así sea, la pelota debe volver a mis manos; como quieren
seguir jugando, se comportan de forma que asegure que eso suceda.
Se me ha pedido que afronte todo tipo de problemas en este campo.
Ninguno fue tan interesante como el de Benji, un encantador "Westie"
f
o West Highland terrier. Benji tenía un problema muy original. Su
ama, Mavis, me llamó para decirme que se estaba comportando de
forma muy extraña siempre que ella le traía una nueva pelota sonora.
A Benji siempre le había encantado el período de juego y le atraía jugar
1 especialmente con este tipo de juguete. Pero la visión de esta nueva
pelota lo transformaba. Efectivamente, cuando visité a Mavis, vi la
reatción de primera mano. Se echaba, colocaba la cabeza en el suelo y
no paraba de temblar.
t No tardé mucho en descubrir cuál era el problema. Mavis me contó
que Benji siempre había conseguido pinchar cualquiera de los muñe-
cos sonoros a los pocos minutos de dárselos. Pero aquel más grande
había permanecido intacto porque no le cabía en la boca. Los Terriers
f son e.specialmente bien conocidos por sus habilidades como cazado-
res de ratas. Sospeché que la costumbre de Benji de pinchar las pelotas
para que dejaran de sonar se relacionaba con esto. De hecho, no había
podido "matar" al Rey de las Ratas que era su pelota gigante, algo que
.¡ le había dejado aterrorizado.
Me arrodillé junto a Benji y, asegurándome de que veía lo que yo
estaba haciendo, pinché la pelota con un destornillador. Me miró aten-
tamente mientras yo comprobaba que el aire había sido expulsado y se
f había eliminado el ruido chillón. Su reacción fue increíble. En cuanto
se eliminó el ruido, Benji agarró la pelota, la levantó del suelo sacu-
diéndola y empezó a dar saltos en el aire con ella. Tenía la~ orejas
levantadas, todo su cuerpo volvía a temblar, pero esta vez de excitación.
Su enemigo mortal había dejado de existir. Cuando le volví a tirar la
pelota, corrió alrededor con ella triunfalmentc=. Siguió siendo su jugue-
te favorito durante muchos meses.

, 171
-1
Capítulo 24

""¿Cómolo ha conseguido, señora?"

D esde que empecé a desarrollar mis ideas, me he ido afirmando


cada vez más en la creencia de que el hombre y el perro forman
una relación única. Cada vez que veo que un periódico o una revista
científica publica nuevas pruebas que lo confirman, me siento más con-
fiada en que el poderoso modo de comunicación que empleo está, de
algún modo, volviendo a conectamos con nuestro pasado.
Cuanto más he trabajado con diferentes razas y problemas concre-
tos, más se han ido unificando mis ideas alrededor del método que he
bosquejado en las páginas anteriores de,este libro. Como nuestra rela-
ción con el perro, es un proceso en constante evolución.- La gente a
menudo se refiere a mí llamándome experta. Siempre respondo de la
misma manera: el experto es el perro, yo sólo soy alguien que ha apren~
/
dido a escucharlo y ahora se siente preparada para compartir con otras
personas lo que ha oído.
Al hacerla, confío en haber ayudado a muchas personas a aprender
a adiestrar y vivir con sus mascotas de forma sensible. Inevitablemente,
hay casos en los que mis esfuerzos no han sido suficientes. Al final, es
cosa de cada amo poner en práctica mi método: no es un remiendo des-
tinado al olvido, sino una forma de vivir con su mascota. Algunos amos
-muy pocos afortunadamente- no lo han entendido y sus perros han
sufrido las consecuencias.
No obstante, en la gran mayoría de los casos, he podido servir de
ayuda. Ya medida que mi método ha ido ganando crédito, he tenido la
oportunidad de ayudar en situaciones cada vez más emotivas. En diver-
sas ocasiones se me ha pedido intervenir en casos de perros que se
enfrentaban con la amenaza de ser sacrificados por ley. Uno de ellos
fue el de Dylan, un Akita.
El ama de Dylan era una representante llamada Helen. Cuando via-
jaba a lo largo y ancho del país, Helen se llevaba con ella a Dylan, que
actuaba de compañero y protector. Y; dado el temible poderío de la

172
"¿Cómo lo ha conseg;uido,señora?"

raza Akita, desempeñaba el segundo rol con soltura. Por desgracia, su


vena protectora se demostró demasiado poderosa.
Cierto día, Relen estaba cargando algunas -compras en el maletero
de su coche en el aparcamiento del supermercado cuando se le acercó
una conocida suya. La puerta del coche se abrió. En cuanto Dylan vio
a la mujer extender la mano hacia Relen, se lanzó a por ella. Las heri-
das en el brazo de la mujer eran tan graves que requirieron hospitali-
zación y muchos puntos. El ataque fue tan grave que tuvo que
intervenir la policía, y Dylan y Relen fueron procesados por la Ley de
Perros Peligrosos (DangerousDogs Act). Un juez tenía que decidir si
había que sacrificar a Dylan o no.
Relen se puso en contacto conmigo a través de sus abogados. Lo
hizo por dos razones: en primer lugar, por supuesto, quería, si era posi-
ble, salvar a su perro; pero lo más importante es que estaba decidida a
descubrir por qué su perro lo había hecho. Naturalmente, ambas cosas
estaban relacionadas. Si podía resolver el enigma y cambiar la forma
que tenía el perro de comportarse, el juez lo consideraría tal vez con
mayor simpatía.
Su asombro era evidente cuando me llamó por primera vez. "No
entiendo por qué lo hizo", me decía una y otra vez, "es tan adorable".
Como siempre, Relen no tenía conciencia de los demás síntomas que
Dylan había estado manifestando. Cuando le pregunté si la había esta-
do siguiendo por la casa, si se agitaba cuando recibían visitas y si ten-
día a protegerla, me contestó afirmativamente a cada pregunta.
Le dije a Relen que debía ser absolutamente diligente en el empleo
de mi método; los peligros de aplicarlo incoherentemente habían que-
dado demostrados en el caso de otro Akita que yo había tratado. A
pesar de mis peticiones, el amo en aquel caso no había aplicado mis
señales de manera coherente y el perro no pudo mejorar. Cuando vol-
vió a morder, aunque no hubo juicio en aquella ocasión, hubo que
sacrificarlo. Sus amos quedaron, como cabe suponer, anonadados.
Relen disponía de unos dos meses antes de que el tribunal tuviera
que decidir el destino de Dylan. Al cabo de aquel período, yo tendría
que presentar una detallada evaluación de Dylan y su comportamiento
al tribunal. Su destino dependía de que nosotras consiguiéramos cam-
biar su conducta en este tiempo.
Saltaba a la vista que Dylan se creía un líder. Como de costumbre,
tenía que tratarle holísticamente, relevándole de aquelliderazgo me-

173
Saber escuchar al perro

diante el repertorio completo de señales de la técnica de Vinculación


Amichien. Sin embargo, en este caso concreto, tenía que concen-
trarme especialmente en los momentos de peligro aparente. Uno de
ellos se había producido cuando había ocurrido el ataque. Enseñar a
Dylan a comportarse en aquella situación era mi única esperanza de
salvado.
No era difícil ver por qué Dylan había decidido ser protector. En la
casa, Helen y él eran inseparables. El estatus del perro lo recalcaba el
hecho de que ella le permitía precipitarse a la puerta, tirar de la correa
y exigir las caricias siempre que él quería. Cuando Helen empezó a
emplear la Vmculación Amichien, Dylan comenzó a considerada desde
una perspectiva completamente diferente, al ver que ahora era Helen
quien tomaba las decisiones y actuaba como protectora. Ya no era fun-
ción suya cuidar de la manada.
Aproximadamente una semana antes del juicio, redacté mi informe.
Yo no creía que Dylan fuera ya una amenaza. Éstas fueron mis palabras
al juez: "El ama de Dylan se ha dado cuenta de haber estado transmi-
tiendo a su perro las señales erróneas. Ahóra conoce las señales correc-
tas y no permitirá nunca que el perro tenga que afrontar nuevamente
. ese tipo de situación de enfrentamiento". El magistradotenía, natural- -
mente, la libertad de ignorado. Pero mi opinión era que el comporta-
miento de Dylan había sido modificado.
Siempre me siento protectora con los perros con los que trabajo, a
veces creo que demasiado. Debo admitir que alguna vez me quitó el
sueño preguntarme qué les iba a pasar a Helen y Dylan. La mañana de
la audiencia, Helen me llamó desde el tribunal. Estaba conteniendo las
lágrimas y sólo pudo articular tres palabras antes de echarse a llorar.
"Se ha salvado", dijo.
Al magistrado le había llevado diez minutos examinar el caso, tras lo
cual, su veredicto fue dictar una orden de control sobre Dylan.
Significaba que ella podría conservado. Siempre que no volviera a ata-
car a nadie, podrían seguir con su vida juntos. Hasta ahora he interve-
nido en cinco casos como éste, y me complace decir que en cada uno (.
de ellos he ayudado a salvar la vida del perro.

La gente a menudo me considera una eterna optimista; dicen que soy


demasiado propensa a ver lo bueno de los demás, a contemplar cada

174
"¿Cómo lo ha conseguido,señora?"

experiencia desde el lado positivo, como ~a oportunidad para apren-


der. N o lo vaya negar -realmente creo en considerar la vida como una
botella medio llena en vez de medio vacía-. Por eso resultó de lo más
irónico que, cuando mi método demostró su validez en circunstancias
bastante dramáticas un día de 1998, yo fuera la última en juzgada una
experiencia positiva.
Una cálida tarde de verano, había llevado a mis perros a dar un paseo
por uno de mis sitios favoritos, un pintoresco paraje de la campiña del
f condado de Lincolnshire. Los había metido en el coche y me había
dirigido hacia un sendero que corre paralelo a un arroyuelo precioso.
Recuerdo vivamente que, mientras paseábamos juntos, iba pensando
qué tarde tan maravillosa hacía. El resplandor del sol brillaba desde
poniente, los pájaros cantaban y una adorable brisa muy suave me aca-
riciaba la cara. Los perros tampoco podían quejarse; corrían libremen-
te, entrando y saliendo del agua. Sinceramente, la vida parecía casi
perfecta.
i Fue más adelante donde la idílica situación se transformó en una
pesadilla. Los perros, como a menudo hacen, se me habían adelantado,
algo perfectamente aceptable porque sabía que acudirían a mí si los lla-
maba. Durante un breve instantg, desaparecieron de mi vista en un
recodo a la derecha del sendero. Fue entonces cuando oí un repentino
aullido. Al correr en dirección del sonido, casi tropecé con Molly, una
de los Spaniels, que estaba revolcándose, gimiendo y mordisqueando
desesperadamente. Cuando miré hacia delante, vi al resto de los perros
~ ladrando como posesos y también dando saltos. Sólo tardé un segundo
en darme cuenta del problema: delante de mí había una hilera de col-
menas. Los perros estaban siendo atacados por sucesivas oleadas del
enjambre de abejas que las habitaban.
Durante los segundos siguientes, todo pareció suceder a cámara
lenta. Mientras todavía trataba de recuperarme, yo también fui ataca-
da. Fue una de las experiencias más aterradoras de mi vida. Realmente
no puedo explicar el miedo que sentía. Con las abejas arremolinadas
J- alrededor de la cara, no veía lo que tenía delante. No conseguía oír más
que su zumbido y los gañidos y alaridos de mis perros en algún lugar
delante de mí.
Reaccioné instintivamente y empecé a dirigirme lo más rápidamen-
te que pude hacia el coche, aparcado a unos quinientos metros. Me
resultó horriblemente largo. Probé moviendo los brazos, pero fue inú-

175
~
Saber escuchar al perro

tiL Entonces empecé a dar latigazos en el aire con las correas ligeras de
cuerda d~ mis perros que llevaba en torno al cuello. Con sinceridad,
estaba completamente ajena a las picaduras que me llovían sobre la
cal)eza, el cuello y las manos. Sólo seguí adelante como mejor pude,
cayendo de bruces cada dos por tres. Nunca me han parecido tan lar-
gos quinientos metros.
Al final conseguí llegar al coche. Me temblaban tanto las manos que
me pareció una eternidad lo que tardé en meter la llave en la cerradu-
ra. Lo primero que hice fue abrir la puerta del maletero e indicar a mis
perros por señas que entraran. Luego me metí de un salto en el asien-
to del conductor, puse el motor en marcha y abrí las ventanillas y el
techo corredizo para que pudieran salir las abejas. Los perros habían
entrado todos en lo que pareció un instante. Entonces pisé el acelera- ~

dor tan a fondo como pude y salí a toda velocidad. Para mi asombro,
las abejas que había fuera del coche siguieron pegadas a nosotros per-
siguiéndonos durante casi dos kilómetros por el estrecho camino. Pero
al final, salimos a la carretera y las dejamos atrás.
Apenas recuerdo el camino de vuelta. Llegados a casa, metí a los
perros y empecé a evaluar los daños. Barmie se había llevado la mejor
parte, quizá porque levanta tan poco del suelo. Los Spaniels, Molly y -
Spike Milligan, habían recibido picaduras, pero sólo aquí y allá por lo
que pude ver. Sus orejas peludas y colgantes les habían protegido la
cara, aunque los dos habían recibido muchas picaduras en los labios.
Irónicame~te fueron los más grandes y poderosos de mis perros, los
Pastores alemanes, quienes se llevaron la peor parte.
El que peor estaba era Chaser, el hijo de Sadie, que tenía seis meses.
Vi que el ojo derecho lo tenía completamente cerrado. El párpado
inflamado era de un rojo vivo. Cuando llamé al veterinario, estuvo de
acuerdo en que convenía llevarlo al consultorio de inmediato. Los
demás perros estaban asustados, pero sanos y salvos, así que me pare-
ció que podía dejarlos en casa mientras ayudaba a la víctima en peores
condiciones.
En la consulta nos atendió Simon, uno de nuestros veterinarios
habituales. Nada más reconocer a Chaser, le inyectó un antihistamíni-
co y volvió a reconocerlo buscando más picotazos. Una vez acabado el
tratamiento, pude relajarme por vez primera en una hora. Creo que fue
sólo entonces, al empezar a bajar mis niveles de adrenalina, cuando
comencé a ser consciente del dolor palpitante en mi cabeza y de las

176
"¿Cómolo ha conseguido,
señora?"

diversas picaduras que había recibido en la cara, el cuello y las manos:


debía tener un aspecto horrible. Me sentía bastante mal; la experiencia
había sido una de las más traumáticas de mi vida. Ver a mis perros
sufriendo tanto era algo que nunca quisiera repetir. Sólo al empezar
Simon a hacerme preguntas sobre la terrible experiencia es cuando me
di cuenta de la importancia de lo que había sucedido.
Simon nos conocía bien a mí ya mis perros y me pidió que le expli-
cara lo que había ocurrido. Repasé la historia y quedó horrorizado.
;¡ "¿Cuánto tiempo tardaste en encontrar a todos los perros y en volver
a reunirlos?", me preguntó. "Deben haberse dispersado en un radio de
varios kilómetros." Sólo entonces caí en la cuenta de que en medio
de tanto dolor y tanto caos, mis perros se habían mantenido a mi lado.
~ Ni siquiera me había dado tiempo de apreciarlo en aquel momento.
Había dado por hecho que estarían junto a mí cuando abriera la puer-
ta del coche, y así había sido.
Fue al volver a casa en el coche cuando caí en la cuenta. A pesar del
hecho de que fueran mejores corredores que yo, de que tenían la
opción de huir en la dirección que les hubiera apetecido y de lo mal
que lo estaban pasando, mis perros nabían permanecido a mi lado. Se
habían fiado de mí para sacarlos del atolladero y ponerlos a salvo.
Habían demostrado que mi método funcionaba en las circunstancias
más difíciles que cabe imaginar. Aquella tarde, de vuelta en casa, me
senté en el suelo haciéndoles a todos mis perros más mimos que nunca
a la hora de la cena. Y después me quedé allí sentada un buen rato,
riéndome mientras las lágrimas me corrían por la cara.

Quizá el aspecto más gratificante de mi trabajo haya sido la forma en


que me ha llevado por nuevos e interesantes derroteros en mi vida.
En el otoño de 1998, por ejemplo, me pidieron que me convirtiera en
reportera de la BBC Humberside, la emisora local de radio de mi
región. Durante cuatro años había sido invitada habitual de un progra-
ma en la emisora para resolver consultas telefónicas de los oyentes
sobre los perros y sus problemas. Los editores parecían satisfechos con
la respuesta del público y me invitaron a incrementar mi participación.
Mi primera intervención fue un diario de una jornada en Cruft's, la
famosa exposición canina londinense, y tuvo la suficiente audiencia
para que me invitaran a una segunda intervención. Debo admitir que

177
Saber escuchar al perro

me quedé sin palabras cuando me preguntaron si me gustaría realizar


una entrevista a fondo nada menos que con Monty Roberts.
Para aquel entonces el éxito del libro en el que narraba sus expe-
riencias, El hombre que escuchaa loscaballos,había convertido a Monty
en una celebridad mundial. El éxito de la película de Roben Redford
El hombre que susurraba a loscaballoshabía aumentado aún más la fas-
cinación que sentía el público por su original forma, tan sensible, de
trabajar con los animales. Resultaba que Monty había vuelto a Gran
Bretaña y realizaba una exhibición cerca de la ciudad de Market
Rasen (Lincolnshire). Había concedido una entrevista a la emisora de
radio.
En los años transcurridos desde mi primer encuentro con él, había
visto a Monty Roberts trabajar con unos veinte caballos. Mi respeto
por su trabajo se hizo cada vez más profundo. Y cada vez se reafirmó
más mi convicción de que los seres humanos son capaces de comuni-
carse con otras especies. No soy una profesional del periodismo, así
que, aunque en parte estaba emocionada ante la perspectiva de ver de
nuevo trabajar a Monty, en parte también estaba aterrada ante la pers-
pectiva de realizar una entrevista. Viajé hasta Market Rasen con una
mezcla de entusiasmo y turbación. .

En la exhibición, conocí y hablé con Kelly Marks, socia de Monty


Roberts en Inglaterra. Me sentí en extremo halagada cuando Kelly, una
ex yóquey que se había convertido en una de las discípulas de mayor
confianza de Monty, me dijo que había oído hablar de mí y de mi tra-
bajo. Pero lo que me dejó atónita fue cuando entonces se dio la vuelta
hacia Montyy le dijo: "Oye, aquí tienes ajan Fennell". Monty seguía
siendo el mismo vaquero jovial de inverosímil aspecto que había visto
por primera vez años antes. Se me acercó sonriendo calurosamente.
"¿Qué es eso que he oído de que está usted adaptando mi método para
los perros?", me preguntó. "¿Cómo lo ha conseguido, señora?" Le res-
pondí: "¡Escuchándoles!", y él se rió.
Charlamos brevemente antes de empezar con nuestra entrevista
radiofónica, una más de las que estaba concediendo él aquel día. Me
encantó que entonces Monty Roberts me invitara a quedarme con él
mientras elegía los caballos que pensaba usar aquella noche para su
exhibición. Todo ello era material útil para mi intervención en la radio
y acepté encantada. Al final de la tarde, Monty me preguntó que si
tenía pensado volver aquella noche a ver la exhibición. Cuando le con-

178
"¿Cómo lo ha conseguido, señora?"

testé que sí, me pidió que me pasase entonces a saludarle. "A lo mejor
podemos hacer algo juntos", me dijo cuando nos separábamos.
A decir verdad, no volví a pensar en su comentario. Tenía bastante
que hacer comprobando que la entrevista había salido bien y llegando
a casa a tiempo para ocuparme de mis perros, cambiarme de ropa y vol-
ver a la exhibición aquella misma noche. Sólo al regresar a Market
Rasen y volver a ver a Kelly Marks es cuando caí en la cuenta de que
algo se estaba tramando. Yase iban llenando las gradas. Tal era la capa-
cidad de convocatoria de Monty Roberts que las mil entradas se ha-
bían agotado semanas antes. Kelly me pidió que me uniera a ella en
medio de la pista, junto al corral circular de Monty. Debo admitir que
busqué el lugar menos visible, pero, aun así, me sentí terriblemente
cohibida.
Monty Roberts realizó su habitual espectáculo, tan fascinante como
siempre. Llevó a cabo dos exhibiciones de media hora: la primera, "ini-
ciar a un bebé", en la que ensillaba un caballo no montado nunca antes,
y una segunda, en la que se enfrentaba con un caballo que tenía la
manía de dar coces a la gente. Fue al comenzar la segunda mitad del
espectáculo cuando me di cuenta de lo que Kelly y Monty habían pla-
neado. Mientras Monty volvía, Kelly me hizo pasar dentro del famoso
corral circular con ella. Cuando dudé por un segundo, Monty sonrió y
me hizo señas de que entrara, engatusándome como si yo fuera una
yegua mestenca renuente que acabase de empezar a adiestrar. Antes de
que me diera cuenta, Kelly estaba presentándome al público.
Pronunció unas palabras con las que explicaba que el método de
Monty había sido la inspiración de diversos adiestradores. Durante los
años desde que había hecho públicas sus ideas, se había sorprendido
constantemente por el trabajo que habían llevado a cabo aquellas per-
sonas. Kelly admitía que ni ella ni Monty se habían sorprendido nunca
tanto como cuando oyeron hablar del trabajo que estaba realizando
con perros una inglesa. Llegados a este punto, yo me estaba, de verdad,
poniendo como un tomate de vergüenza. Pero antes de que me diera
cuenta, Kelly estaba dando por terminado su discurso, diciendo al
público que yo iba a explicar mi trabajo y pasándome el micrófono. Al
principio tenía el corazón en la boca. De algún modo, me recompuse
y empecé a hablar a los graderíos atestados que me rodeaban. Expliqué
cómo ver a Monty había cambiado mi vida y cómo los extraordinarios
resultados que acababan de presenciar con caballos eran también posi-

179
Saber escuchar al perro

bles con perros. Sólo después, cuando la gente parecía haber entendi-
do lo que yo había dicho, es cuando me di cuenta de lo claras que había
llegado a tener las ideas.
En aquel momento debo reconocer que toda la situación me resultó
más bien borrosa. Es decir, aparte de una imagen. Al devolver el micró-
fono a Kelly, escuché el ruido de los aplausos sonando alrededor de la
pista. Y al darme la vuelta, vi que era el mismo Monty quien los había
empezado. El camino que he recorrido durante los últimos nueve años
ha sido inspirado por su obra. Su creencia en la posibilidad de que
hombre y animal trabajen juntos en armonía apuntala todo lo que he
hecho. Y ahora allí estaba él aceptando -y aprobando muy públi-
camente- mi trabajo. Fue uno de los momentos de mi vida en que me
he sentido más orgullosa y más humilde al mismo tiempo, un momen-
to que no podré olvidar mientras viva.

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