El fin del principio…

En un banco de la alameda te estoy viendo venir entre la gente pero tú no me percibes a pesar de que hace rato que sé que estás aquí. Tal vez sí, es posible, insensata; y me estés engañando; jugando conmigo para solazarte en mi estado febril. Pasaste de largo una vez por delante del banco para asegurarte de que era yo. Espejismo me vuelvo entre la penumbra y la luz. Con disimulo me miraste para no apreciar más que una mancha trajeada bajo la lengua verdosa de un árbol, musitando que leo, que escribo... Desandas camino para ver si consigues una imagen más nítida que te empuje a dar el último paso del viaje que nos ha traído aquí a los dos. Una hora, un banco y un libro en la mano; lo he cumplido a rajatabla. Sabes que no puedo mentir, que tengo prohibido engañarte. Estás tan nerviosa que noto el seísmo que sobrevendrá. Sientes que por vez primera en tu vida has hecho algo para cambiarla. Desde que me autorizaste fui abatiendo los misterios de tu subconsciente, poblando cuanto de verdad me interesa. Intrigante y seductor, me alimento del cuenco de tu soledad. Sin embargo, infeliz, no sabes que tú eres la poderosa y yo el indefenso, temeroso de fracasar en algo que aún no ha empezado. Estoy aquí, en el parque. Huele a mar. Estoy aquí en el parque. Sé que vendrás.

…el principio del fin

La entrada y el laberinto
Martes, 8 de mayo princesadelosueños, que tiene 37 años, está intentando enviarte un mensaje privado. ¿Deseas recibir mensajes privados de princesadelosueños? Hola Fantasía. Hola, Princesa. Me hace muy feliz que estés ahí. ¿Por qué me has elegido? Me atrajo tu nick. Eso está bien, muy bien. Te estaba esperando sin tú saberlo, sin yo saberlo. No entiendo bien lo que quieres decir. Es pronto para explicaciones, aunque seguro que sabes por experiencia propia que todos buscamos algo en el Chat. Aunque sea solamente pasar el tiempo. ¿Es eso lo que te hace feliz: simplemente pasar el tiempo o es que has encontrado ese algo que dices buscar? Esa es una pregunta para la que no estoy preparado aún. Es demasiado difícil expresar con palabras el camino que vamos a empezar juntos. Eres un poco presuntuoso ¿No? No lo soy en absoluto. En este momento reboso humildad. Te he estado esperando durante mucho tiempo. ¿No pretenderás asustarme? ¿No serás uno de esos raros que se pasean por el Chat buscando incautas? No, nada más lejos de eso. Yo sólo he entrado para distraerme un rato. No busco nada más. Pues para entretener ese tiempo que dices te propondré un pasatiempo. Jugaremos a un juego ¿A que juego? Al juego de los acertijos. Explícate… Imagina que te estoy esperando en un lugar de tu futuro, en una ciudad desconocida. Una ciudad de agua y de verde, de verde y de luz, de luz y de lluvia.

Se hizo un prolongado silencio entre nosotros. Confieso que me sorprendió agradablemente la forma tan poética que tenías de presentarte. Me sentía curiosa, intrigada. Sí, allí estaba yo, sentada en un cibercafé, rodeada de adolescentes que tecleaban frenéticamente ante las pantallas parpadeantes entre medias risitas y cantidades ingentes de chucherías. “Fantasía está escribiendo un mensaje”, leía en la parte inferior del monitor y mientras esperaba iba repasando las circunstancias que me habían llevado a entrar en aquel tugurio del acné juvenil. A la puerta del cíber había quedado con Andreu, un compañero de trabajo. Pero esta vez Andreu, por lo visto había decidido no acudir a la cita quizás porque había encontrado algo mejor que hacer que entretenerse con una treintañera desorientada. El fuerte sol de la tarde me empujó a entrar en el local y casi inconscientemente me senté en una de las cabinas. La chica del mostrador me hizo una señal y a un movimiento del ratón ante el roce leve de mi mano

la pantalla pasó del negro al azul de manera casi instantánea. La cara de media luna de Andreu se borró de mi mente y decidí entrar en el Chat de Yahoo y qué lugar mejor que la sala de los aburridos para evacuar de mi cabeza la resignación, la manida resignación que se empareja con la soledad. Había unos quince navegantes y enseguida mis mensajes comenzaron a intercalarse entre los de los demás en una especie de concierto desconcertante. Allí lo encontré, te encontré, Fantasía; un nombre más de la lista de pasajeros del Chat que se mantenía mudo posiblemente leyendo la retahíla de sandeces que unos cuantos ociosos colgaban en la red para perder su tiempo de la manera más absurda. Creo que me puse en tu lugar, cuando imaginé que podías estar pensando lo mismo que yo, así que decidí lanzarte un privado. Volví a la blancura de la pantalla. Durante unos segundos me mantuve expectante releyendo la última frase. La verdad es que me apetecía jugar, distraerme con algo que me evadiera de mi aburrida existencia, y no había duda que el método de aquel ciberhabitante prometía ser original. Imagina que te espero en esa ciudad en un tiempo futuro que ha de llegar. Imagina que inicias un viaje que te llevará allí. Un viaje que comienza en este mismo momento. Imagina que los sueños pudieran tocarse. ¿Y por qué habrías de esperarme? – Repuse mientras me arrellanaba en la silla dispuesta a seguirte el juego. Aunque tú creas que me has escogido, la paradoja es que soy yo el que puede que te elija a ti. ¿Elegirme para qué? – La verdad es que me estabas intrigando con tanto misterio. Para un viaje alucinante. ¿A sí? ¿A un viaje? Me encanta viajar. Y dime, ¿adónde vas a llevarme? Tú vendrás a mí, a mi ciudad. Vendrás a mi encuentro irremisiblemente. Presiento que eres tú la señalada. Estás muy seguro de ti mismo. ¿Es que acaso te crees que tienes poderes? – Sé que el sarcasmo no es lo mío pero creo que estuve fina. Me separé del respaldo de la silla y me acerqué en a la pantalla, interesada en tu respuesta. No te hiciste esperar. Mi poder es casi infinito, sin embargo he de confesarte que nada puedo sin ti. ¿Sin mí? Vaya, eso está mejor. Bueno, en fin, ¿A dónde vamos? No seas impaciente. ¿Y tú? ¿Quién eres tú? – Contesté resuelta a obtener un nombre concreto al que dirigirme -- ¿Dime quién eres? ¿Cómo te llamas? – Me precipité a preguntar, pero en lugar de responderme, tu reacción fue inesperada. Soy un Cazador de Sueños… - Espetaste súbitamente consiguiendo descolocarme. - …de sueños que se hacen realidad, de realidades que son sueños atrapados, de ilusiones que no pueden ser verdad… ¿De veras? Jaja – Añadí al comentario un icono de risita irónica. No te rías. Hablo en serio. Perdona, hombre, perdona; no sabía que fueras tan susceptible. – De pronto sentí una sonrisa medrando en mi cara, una leve sonrisa ridícula que imitaba a la de los rostros de los jovencitos que me rodeaban.

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¡Qué tontería!, pensé, yo no soy ninguna adolescente y sin embargo intuyo que tengo en la cara la misma mueca bobalicona que ellos. Miré alrededor para corroborar

mi presentimiento y el rostro de una niñita pecosa que se giró para mirarme me lo confirmó sin lugar a dudas. Volví a posar mis manos en las teclas. No hay nada que perdonar, es simplemente que creo que no me tomas en serio. ¿En serio? – Pregunté perpleja.

No obtuve ninguna respuesta. El privado se cerró, Fantasía desapareció de la lista de navegantes. Te habías ido. “¡Otro que me deja plantada, maldita sea!”. Sin embargo en mi cerebro se prendió una sensación de intriga, de ambiguo bienestar al que no podía poner rostro ni nombre. Una sensación agradable que había conseguido que durante unos minutos me olvidara del doctor Andreu y de los problemas del hospital. Y todo gracias a un desconocido excéntrico que desvariaba con viajes alucinantes. Lo que es la vida, pensé mientras salía al calor de la calle, lo que es la vida. Bajaba la Rambla de las Flores para coger el metro junto al Liceo e irme a casa, y te fuiste de mi cabeza entre el ruido de los coches, el bullicio de los turistas que pululaban por todas partes a la busca de un subvenir y el de los cientos de viandantes que a esa hora disfrutaban del paseo más popular de la ciudad. Miércoles, 9 de mayo Me levanté temprano, me gusta llegar al trabajo media hora antes del cambio de turno y tomarme un buen desayuno en la cafetería del hospital antes de comenzar la jornada. Mi meticulosidad obsesiva me obliga a cumplir unos rituales aparentemente inútiles que a mí me dan tranquilidad para comenzar el día con confianza, Después de desayunar subí a mi planta de maternidad para darle el relevo a las compañeras de la noche. Marosa estaba con una de las limpiadoras en el ofis; ambas se reían con ganas, así que saludé y me interesé de inmediato por comprender sus jocosos comentarios. Pronto supe que la comidilla de la planta a aquella hora era que Elisa había encontrado unos pantys debajo de la cama del dormitorio del médico de guardia. El doctor Méndez había tenido, por lo visto, una noche movidita para gloria y memoria de la fama del personal hospitalario. Me reí con ellas, pero aquellas medias caladas de fina redecilla negra me eran muy familiares. ¡Maldición. Eran mías! Y no de aquella noche, sino de la anterior, en la que había estado de guardia el doctor García, el doctor Andreu García, el mismo que me había dejado plantada a la puerta del cibercafé después de haber obtenido de mí lo que quería. “Joder, qué diferentes somos las mujeres de los hombres”, -pensaba mientras mantenía la risita tonta y me atrevía a coger en las manos aquel trofeo de guerra, de mi batalla perdida una vez más ante un hombre que se aprovechaba de mis debilidades. No paré en toda la mañana: la toma de temperaturas; el baño de los bebés -veinte, la mitad para mí, la planta estaba casi llena - ; reparto de desayunos; pasar visita con el médico; reposición de material; pedido de farmacia; además tres ingresos y dos cesáreas programadas, cuatro altas… Un sin vivir que agradezco porque mantiene mi mente ocupada. Mi trabajo es mi mejor evasión, la cura más efectiva de la enfermedad que padezco, porque estar sola a estas alturas de mi vida es como padecer una enfermedad crónica que tiene mal remedio. Cuando entré por la puerta de casa eran casi las cinco de la tarde. Había comido en el hospital y me tumbé en el sofá blanco del saloncito mirando al techo mientras

escuchaba las noticias del telediario veinticuatro horas y me amodorré en ese limbo intermedio que precede al sueño. Poco a poco dejé de escuchar la voz cadenciosa del presentador y me quedé profundamente dormida. Cuando desperté eran más de las siete. Estaba completamente atontada - no me sienta bien dormir la siesta- por lo que me levanté dando tumbos y fui a dejarme caer en la silla de la salita, ante la pantalla del ordenador. Lo encendí y después de consultar mi correo decidí entrar en el Chat para perder un poco el tiempo. En la sala de los aburridos estaban los de siempre. Recordé el nombre de mi último contacto y lo busqué en la lista, pero no lo hallé, así que me dediqué a escribir una sarta de tonterías que iban desfilando y se iban confundiendo con las de los demás. Ya me estaba cansando de tanta incongruencia cuando ocurrió algo que me sobresaltó para terminar de despertarme. En la parte inferior derecha de la pantalla alguien me solicitaba un privado. Fantasía, que tiene 43 años, está intentando enviarte un mensaje privado. ¿Deseas recibir mensajes privados de Fantasía? “Así que ahora eres tú quien me solicita. Bien, muy bien, ahora seré yo quien se burle de ti”, - pensé, – y acepté tu solicitud con una risita maliciosa en el rostro. Hola Princesa –irrumpiste en el blanco impoluto de mi ventana - ¿Me recuerdas? ¿Cómo no iba a recordarte? Me dejaste plantada. – Añadí a mi comentario un icono contrariado. ¿Cómo tu amigo?

Me quedé perpleja. Con sólo tres palabras me habías desarmado. Se hizo un largo silencio entre nosotros. Todas mis pretensiones jocosas se esfumaron súbitamente. Comprendí al cabo de un minuto que aquel era un silencio estudiado, medido con el tiempo justo que hace medrar la intranquilidad. ¿Cómo sabes tú eso? ¿Acaso me espías? ¿Acaso me conoces? – A medida que escribía mis planes de burlarme de mi interlocutor se disipaban para dar paso a una especie de ansiedad nerviosa. - ¿Cómo coño lo sabes? – Volví a inquirirte con una precipitación que se diluyó en la lentitud del sistema. Soy un cazador, – Me respondiste lacónicamente y luego añadiste una explicación pausada. - No suelo ser habitante de este mundo absurdo en el que me has encontrado. Soy un cazador y te necesito.

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Me sentí amenazada. Conocías detalles de mi vida y mis sospechas de que eras alguien cercano a mí se acrecentaron. Titubeé durante unos instantes. Estuve tentada a cortar la comunicación pero luego pensé que si me conocías tal vez sólo quisieras tomarme un poco el pelo. En estos casos casi siempre es un amigo el que aprovecha su ventaja para divertirse un rato y al final siempre desvela su identidad. Los hombres sois así. Si no alardeáis de vuestras conquistas éstas no existen. Volví a sonreír. El pensamiento de que alguien de mi entorno me estaba vacilando consiguió vencer mis temores ridículos y decidí que yo también me iba a divertir contigo, a dejarme llevar, a dejarme hacer hasta que me conviniese. Conmigo misma acordé que me lo pasaría bien jugando al gato y al ratón, aún a costa de saber que yo era la presa, así que contesté:

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¿Para qué me necesitas? Para jugar a un juego. ¿Al mismo de ayer? No. Hoy será el juego de la sinceridad. Ok, como quieras. A ver con qué me sales… Yo soy un visitante incierto. ¿Qué quieres decir? He venido aquí a buscar un espíritu que quiera entenderme.

Sinceramente, comencé a pensar que utilizabas una manera extravagante de ligar. Entre tanto tentáculo que se extiende por los Chat lo verdaderamente difícil es entablar una conversación coherente. La mayor parte del tiempo lo pasas escribiendo y leyendo nimiedades que lo único que consiguen es que sientas la agridulce sensación de estar haciendo el ridículo. Esa alma anónima con la que sueñan muchos de los que entran por esa ventana indiscreta no existe o en todo caso está tan perdida en el caos que es imposible de hallar. Confusa, me preguntaba qué habría de verdad y qué de ilusión en aquel raro espécimen que había encontrado por casualidad. Decidí que jugaría contigo. “Así que quieres ponerte misterioso, pues te mostraré que yo también sé jugar como tú”.- me justifiqué y tecleé rápidamente. Tal vez yo pueda hacerlo… - Me sentí satisfecha. Tu respuesta no se hizo esperar. Estoy sólo en este mundo que no es el mío y mi soledad me devora.

Me creí el lacónico mensaje. Bien pudiera haber sido una estratagema astuta, pero fue tan imprevisto, tan certero en los matices que quería poner en claro, que me lo creí a pies juntillas. Luego te explicaste mejor, eso creo. Tal vez todo era cierto. Tal vez no buscabas un amor burlón, sólo una amistad que naciera de un cuento para ser un cuento en el que yo sería la protagonista. Así que tu problema es que estás solo. Conozco esa sensación. La verdad es que me sentí ilusionada con la perspectiva de ser el bálsamo que curara en otro mi propio mal. ¿Por qué no? No tenía nada que exponer más que ser yo misma sin ser yo, así que decidí jugar al juego de representar mi propio personaje y así comenzaron unos días extraños, los primeros de nuestros encuentros furtivos, en una intimidad fingida robada al maremágnum caótico de la gente que pulula por los chats sin saber verdaderamente lo que busca. Si has de ayudarme necesito toda tu atención. Ya la tienes. Pero necesito saber cosas de ti para confiar. Para tener has de desear. Para recibir has de dar. ¿De darte qué? Aquí estamos muy incómodos. Admíteme en tu Messenger, dame tu nick y yo te daré el mío.

Lo pensé unos segundos y por fin me decidí. No arriesgaba nada con ello, así que lo hice y siguiendo tus instrucciones salí del Chat y abrí el Messenger. Un extraño nombre, egosumbelial@hotmail.com, pedía permiso para ser incluido en mi lista de amigos. Más incertidumbre. Está bien, acepto. De nuevo una pantalla blanca, más amplia, más misteriosamente blanca, en la que escribiste.

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Yo soy un visitante incierto, ya te lo dije. Soy el que escribe tu destino. Apareció repentinamente y consiguió descolocarme. ¿De veras? Repuse incrédula pensando que estabas alucinando en colores. – Eres insistente. ¿En qué mes vives? Es primavera Sin embargo en mi mundo es Noviembre. Has pasado dos veces delante del banco en el que estoy sentado esperando. Sé que intentas determinar mi rostro pero aún no lo tengo. ¡Vaya hombre! Aquí estoy, al como te lo prometo en este mismo momento de mi pasado y de tu presente. A la hora indicada, en el banco de la alameda, con un libro en la mano. ¿Vendrás a mi encuentro? No lo sé. No sé de qué me hablas. No entiendo nada. Soy el que escribe tu destino y he venido para que tú me ayudes a hacerlo. Por eso vendrás a la alameda en el noviembre en el que yo ya existo ¿Estarás dispuesta?

“Se trata de jugar fuerte al aventurero misterioso”, - pensaba mientras escribía las tres letras del que prometía ser un compromiso: Iré – y añadí – Iré si me dices de qué me conoces. – Demasiado evidente. Con mi condición podría estropear la magia que estaba sintiendo crecer, pero para cuando me arrepentí ya le había dado al enter. Se puede huir del destino. Si tú lo haces yo lo comprenderé, pero si quieres seguir en mi juego habrás de ser completamente sincera conmigo, sólo así podré llegar a ti.

Decidí guardar mi curiosidad y seguir jugando a tu ritmo. ¿Cómo? ¿Sabes que las almas tienen nueve puertas? Pues no, - admití ingenua y añadí resultona, - pero lo sé ahora. Necesito las claves para poder abrirlas. ¿Las claves? – Sonó como si fuera un diálogo dentro de una novela de misterio, así que me pareció muy oportuno dejarme seducir. La primera se abre con un gran secreto. Un secreto que no le hayas contado a nadie jamás y que has de compartir conmigo para que pueda entrar en el primer ámbito. – Se hizo un silencio prolongado. – No contestas. ¿Tienes miedo acaso? ¿Qué puedes temer si vives en la impunidad del anonimato? No creo que sea tan anónima para ti. Te prometo que no sé quien eres, ni de dónde, ni a qué te dedicas. A mí no me interesa nada de eso. Entonces, ¿Cómo es que sabes cosas de mí? No seas boba, no son cosas de ti, sino de todo el mundo. Simple casualidad. Coincidencia. He visto tu perfil: 37 años, divorciada, con ganas de amigos… el resto lo deduje leyendo lo que escribías en el Chat. Si ya… ¡Quiero ese secreto! A cambio yo seré también sincero contigo. Lo juro.

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Yo no tengo ningún secreto. – Repuse con cierta indignación causada por tu insistencia. Mientes. Tú sabes que mientes. ¿Lo dices también por casualidad? –Propuse con evidente sarcasmo mientras volvía a recostarme en la silla. Me balanceé complaciéndome en el movimiento de vaivén. Admito que estaba disfrutando. Muy aguda. Está bien claro que secretos los tiene todo el mundo. Pero tú tienes un secreto para mí. A prisa, no me hagas esperar. Mi tiempo es precioso.

¿Qué podía contarte? Algo interesante. Algo que llamara tu atención. Me estaba divirtiendo. No podía negar que tu estilo era original. Pero la verdad es que a estas alturas de mi vida no tengo nada interesante que contar. Quizás que estoy separada después de diez años, pero eso no es interesante, es deprimente. Tal vez que sufro porque no me adapto a mi nueva vida, a mi cama vacía, a mi desayuno mustio en una salita en silencio total. Supongo, supuse que todo eso te aburriría como me asfixia a mí y rebusqué en mi cabeza algo que pudiera sorprenderte. Recordé un encuentro virtual de esos que establezco de vez en cuando en el mismo Chat en el que te encontré y por fin hallé algo que me pareció adecuado para entregarte a cambio de tu presunta sinceridad. Bueno sí, tengo uno, uno que es más bien un deseo. ¡Habla! Verás: deseo hacer el amor con un chico que me gusta. – Sentí como si me confesara porque era algo que no le había dicho a nadie. Eso es algo que le pasa a la mayor parte de la gente. Si, sí pero mi deseo es imposible…. ¿Por qué? Es también un habitante del Chat, como tú, y vive en Argentina, en Buenos Aires; tan lejos que es como si viviera en el infinito. Eso no sería un escollo si él siente lo mismo por ti. Eso no lo sé. Aún no sé si me quiere o si juega conmigo como tú lo estás haciendo. El Chat es casi siempre un fraude. Lo es, sin embargo tú no. Me sorprende tu franqueza. Es que lo he sido. He sido totalmente sincera. – Tardaste tanto en contestarme que me impacienté. - ¿Es que no quieres saber por qué es imposible? – Volvió el silencio. Dime ¿por qué no contestas? – Me revolví inquieta en la silla giratoria. Miré a la pared de la salita. Desde ella las Señoritas de Avignon de una lámina, me devolvieron unas miradas desconcertantes que aumentaron mi ansiedad. Me estoy bebiendo tu sinceridad. Ella me alimenta. No, no me interesa el porqué sino el para qué. Conozco tu secreto y eso me da derecho a la llave que abre la primera sala… He entrado. Es luminosa. Las paredes son de un blanco níveo ¿Sabes lo que simboliza? No, no lo sé. La pureza, la frescura, la limpieza, la inocencia, la bondad. Se considera el color de la perfección. Tú eres así. Lo he visto en tus ojos marrones, tus ojos clavados en la nada de un espacio vacío. Se percibe el perfume que exhala tu piel, un perfume a jazmín. Es exquisito. Por el sé que tu piel es fina y suave, como de melocotón. Muchas gracias, - yo también sé manejar los tiempos, que no soy una niña tierna a la que avasallar - pero ahora la sinceridad está en tu alero, no en el mío. Es verdad, tienes el derecho de conocer algo de mí.

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¿Y qué es? – Por fin me pareció obtener una victoria. Me atusé un poco el pelo y me dispuse a recibir tus explicaciones con la sensación de haber tomado el mando de la situación. Donde vivo hay otras almas prendidas de mis cabellos. Habitan en mi y yo en ellas. Cada una guarda una historia, tal vez la historia del porqué están aquí. Tu sinceridad merece un premio. Una de esas almas va a hablarte, tal vez con ello halles respuestas a tu conflicto. ¿De verás? – Toda mi seguridad se fue al garete. - Me tomas el pelo. Adiós mi querida Princesa. Ya hablaremos…

Me quedé paralizada, mirando fijamente a la pantalla sin tener nada claro. Mi confusión se fue incrementando a medida que me iba dando cuenta de que ya no estabas, de que me habías dejado con un alboroto tremendo en la imaginación. No sabía a que atenerme. Me costaba creer que hubieras invertido tanto tiempo en burlarte de mí. Puede que no fuera una broma, tal vez era algo diferente. Hay tanta gente rara que se me pasó por la cabeza que quizás fueras el miembro de una de esas sectas esotéricas que buscan adeptos por procedimientos excéntricos. Tal vez fueras un loco de los que no tienen más tiempo que perder que el de su locura. La visión de un manicomio encerrado en un Chat me invadió y me hizo sentir indefensa, atrapada por los tentáculos de unas letras que se convertían en palabras peligrosas que me amenazaban. Apagué el ordenador en un estado de nerviosa agitación. Preparé una ensalada y un bocadillo caliente. Tomé una pastilla de valeriana para calmarme acompañada de un té. Me tumbé en el sofá, entretenida con los cotilleos de un programa de actualidad. Pero las imágenes de los famosillos morían en mi retina mientras mi cerebro exploraba los rostros de los posibles sospechosos de ocupar el papel del Cazador enigmático que se había colado en mis intimidades. El primero en el que reparé fue mi exmarido, pero su imagen se esfumó casi de inmediato, pues aún estando juntos ya me ignoraba, a estas alturas ni se acordaría de mí. Después vino Marosa, mi mejor amiga, para la cual la palabra Internet era sinónimo de repelencia. Pasaron otras enfermeras, médicos, celadores, todos demasiado ocupados con sus vidas reales para inventarse un personaje como Fantasía. Entonces reparé en Alfonso, uno de los administrativos de urgencias que tomaba café con Marosa y conmigo al terminar el turno de mañana. Tenía todas las papeletas para cumplir el perfil: joven, soltero, loco por los videojuegos y por la informática en general, siempre a la última en todos los cachivaches tecnológicos y además un espíritu burlón rebosante de ironía. Tenía todo a favor para asumir la personalidad del extraño que me tenía en vilo. Sí, era él. Tenía que ser Alfonso. Con ese consuelo me dormí en cierto modo reconfortada por haberle puesto nombre a mi visitante virtual. Cuando desperté por la mañana me di cuenta de que me había dormido vestida. Una ducha rápida me puso en la calle de un salto. Llegaba tarde al trabajo y esa es una sensación que no puedo soportar. Entré precipitadamente en la cafetería de empleados. Allí estaba Marosa charlando animadamente con un grupo de compañeras. Saludé y me senté entre ellas. Después de un par de churros no tardó en salir el tema de las medias del doctor Méndez. Me sonrojé, o al menos eso creo, pero intenté relajarme porque no tenía la menor duda de que yo estaba fuera de toda sospecha. Tomé un sorbo de café. ¡Mierda, el doctor Andreu! Puede que me tocase pasar visita con él y aún no había decidido cómo encarar la situación. Apuré el café a costa de quemarme la lengua y me despedí con la disculpa de que tenía que ver a un conocido que estaba ingresado antes de empezar el turno. Lo que hice en realidad fue subir corriendo como una loca las

escaleras de servicio hasta la tercera planta para ver en la cartelera si el doctor Andreu García pasaba visita esa mañana. Exhalé un respiro de alivio cuando me topé con el nombre de la doctora Quintáns. Eso me daba una tregua para pensar que decirle cuando lo viera, cómo mirarlo y como afrontar lo sucedido en el cuarto de guardia, el plantón delante del ciber y la retahíla de improperios que iba a lanzarle. Cuando Marosa entró en el ofis para cambiarse yo ya había recibido el relevo y estaba sacando la medicación que teníamos que administrar a aquella hora. Hacia las once nos sentamos para el café de la mañana. La doctora se asombraba de la cantidad de extranjeras ingresadas y tenía razón; de los veinticuatro bebés a los que pasamos visita había doce españoles, el resto sudamericanos la mayoría, dos rumanos y tres marroquíes. Esto parece la ONU, sentenciaba. – Reímos jocosamente. Recuerdo que cuando empecé, hace casi quince años, la proporción era de veinte a uno y ahora las cosas habían cambiado radicalmente. Marosa se burlaba de mí, claro ella tiene tres hijos, la doctora dos y Asumpta, la otra enfermera estaba embarazada de cuatro meses. Y yo que siempre quise un bebé nunca pude tenerlo y mira que mi marido y yo lo intentamos. Pusimos todos los medios, pero nada, la naturaleza no quiso y no quiso, y he de confesar que ahora lo agradezco. No sé si la naturaleza sabe o no lo que hace pero conmigo creo que acertó porque ahora que me he quedado sola creo que no podría cargar con la responsabilidad de criar un niño. Prefiero disiparme, prefiero que pasen los días sin control ni una meta fija, tal vez es que me da pereza vivir. Al terminar el turno salí deliberadamente por urgencias y pasé cerca de la ventanilla de admisión para que Alfonso me viera. En efecto, allí estaba su pelo crespo sobresaliendo por encima de un vetusto monitor. Lo saludé y estiró su cuello para identificar mi voz entrando a través de la ventanilla del cristal que lo separaba del ruido de un pasillo siempre repleto de gente nerviosa. Me devolvió el saludo acompañándolo de una sonrisa pintada en su cara pecosa. Inexplicablemente audaz me atreví a dejar caer algunas indirectas acerca de sus dotes para manejarse en la red para ver si podía apreciar en su rostro algún gesto que lo traicionara, pero él se limitó a bromear comentando que navegar por Internet es mejor que ser marinero, porque le permitía tener un amor en cada puerto sin el riesgo de mojarse. Nada saqué en limpio más que una carcajada que no pude reprimir. Si Alfonso era mi extravagante compañero del Chat lo había disimulado muy bien y no había dado la menor señal de ello, tal vez porque deseaba seguir jugando conmigo o quizás porque yo me estaba equivocando. Llegué a casa sudorosa y cansada. El metro estaba hasta los topes de gente y hacía un calor insoportable, por eso nada más entrar me fui a la ducha y luego directa al sofá entrando en un placentero sopor. Cuando estaba a punto de quedarme dormida recordé que no había mirado el correo y como estaba esperando noticias de mi hermana me levanté perezosamente y me senté ante el ordenador. Había dos mensajes en la bandeja de entrada. El primero era de mi hermana Aurora se había ido de vacaciones unos días a Túnez y me escribía para ponerme los dientes largos. El segundo era un mensaje tan inesperado como sorprendente. De: egosumbelial@hotmail.com Para: almadeprincesa@hotmail.com Asunto: almadesara. Te mereces un regalo por tu sinceridad. Rebusqué por la pantalla y me di cuenta de que con el mensaje venía un archivo adjunto así que lo abrí. Era un relato corto, como un cuento. Leí las primeras líneas y

me agradó la forma en que estaba escrito: íntima, afectiva; así que miré cuantas páginas tenía: ocho. No era muy grande por lo que decidí imprimirlo y volví con los folios al sofá,. Me acomodé entre los cojines y me dispuse a disfrutar de mi insólito regalo.

Alma de Sara …

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