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i nesto

istro
(ra la
no eternidad
Cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea
CONTRA LA
POSTMODERNIDAD
ALPHA MINI
16
De pronto, mefue indiferente ser moderno.
ROLAND BARTHES
Hay un acuerdo tácito en definir la hipó­
tesis histórica de la postmodernidad a
partir de la brecha existente entre el in­
dividuo postmoderno (consumista, indi­
vidualista, de identidad mudable, no fi­
jado geográficamente) y los universales
modernos (la moral burguesa de la auto-
contención y el trabajo, los ideales eman-
cipatorios de la Ilustración, las identi­
dades nacionales y el Estado moderno).
En la postmodernidad falta el esquema
general de implicación entre los dos tér­
9
minos, de ahí el paulatino debilitamien­
to de los dispositivos de legitimación, los
ideales regulativos y la trama categorial
de la modernidad, cuya sombra sigue pre­
sente en un nivel micrológico a pesar de
haber perdido su vigencia desde una pers­
pectiva global. La ventaja normativa que
extrae el postmodernismo de esta situa­
ción de crisis e incertidumbre consiste
en no dar un paso atrás en el crepúsculo
de los ídolos, mantenerse en la brecha.
Una brecha que sigue aumentando gra­
cias a la concurrencia de factores como
los mass media (la aparición de la socie­
dad del espectáculo diluye la barrera en­
tre realidad y ficción), el ñn de la política
de bloques (con el consiguiente debilita­
miento de las identidades nacionales y,
en general, del control que ostentan los
i o
estados sobre la cosmovisión de sus ciu­
dadanos) y la creación del mercado glo­
bal (el capitalismo victorioso coloniza el
globo sin apenas resistencias, poderosos
oponentes, ni alternativas viables). La
postmodernidad es la transcripción cul­
tural, política y filosófica de un capitalis­
mo sin fronteras que, además de meterle
la mano en el bolsillo, ha inscrito sus
ideas en el imaginario de la gente.
Entre finales de la década de 1970 y
mediados de los años noventa en los paí­
ses desarrollados asistimos a lo que se co­
noce como la reacción conservadora, una
época de bonanza económica caracteri­
zada tanto por la desregulación de los
mercados y el triunfo de la ideología neo­
liberal como por el descrédito y posterior
derrumbe del socialismo real. De modo
11
paralelo, en el ámbito cultural se produ­
ce una neutralización del proyecto van­
guardista que pretendía sintetizar, en un
mismo gesto subversivo, creación artís­
tica y transformación política. En resu­
men, que como proyecto científico, cultu­
ral y político Occidente se convirtió en un
Museo a mediados de los años ochenta.
Los lugares comunes del postmodernis­
mo recogen el sentir de una generación
que no se reconoce en los ideales del pa­
sado y tampoco mira con buenos ojos el
futuro inmediato. Relativismo, escepti­
cismo y escatología constituyen los ingre­
dientes del mismo desengaño político,
de un malestar cultural que ha conocido
multitud de acepciones: crisis de los me-
tarrelatos directrices de la modernidad
filosófica (Lyotard), descrédito de la pu­
ra
reza, la novedad y el espíritu contestata­
rio del modernismo cultural (Jameson),
disolución de la barrera entre realidad y
apariencia, herencia de la metafísica oc­
cidental (Baudrillard) o, simple y llana­
mente, fin de la Historia (Fukuyama).
Somos los herederos -querámoslo o no-
de este gesto de renuncia que marcó épo­
ca. Perry Anderson resume esta coyuntu­
ra histórico-política del siguiente modo:
«La postmodernidad surgió de la cons­
telación de un orden dominante descla-
sado, una tecnología mediatizada y una
política monocroma.»1Veamos por qué
estos tres factores no son aplicables a
nuestra coyuntura actual.
1 P. Anderson: Los orígenes de la postmoderni­
dad, Anagrama, Madrid, 2,000, p. 126.
13
Algunos autores definen la postmoderni­
dad, desde un punto de vista sociológico,
como el periodo en que el antagonismo
de clase fue sustituido por una plurali­
dad de formas de subjetivación en pug­
na dentro de un horizonte de emancipa­
ción local. Agnes Heller y Ferenc Fehér
llevan este tópico al paroxismo cuando
afirman en Políticas de la postmoderni­
dad que trascender la modernidad con­
siste en estar «más allá de los argumen­
tos de clase».2Puede que esto se cumpla
para las clases subalternas. Elpobretaria-
do internacional se ha mostrado muy dé­
bil en las últimas décadas, incapaz de ge-
a Á. Heller & F. Fehér: Políticas de la postmo­
dernidad, Península, Barcelona, 1988, p. 152.
14
nerar las sinergias necesarias para crear
un frente de lucha social unificado. Nos
hemos acostumbrado a un enfoque mi-
cropolítico del antagonismo social, asis­
tiendo en lo que va de siglo a luchas loca­
les en la estela del Ejercito Zapatista de
Liberación Nacional (ez l n ). Sólo tras la
primavera árabe, con la irrupción de los
indignados en España y la escalada de al­
tercados en Grecia entre manifestantes
y policía, parece que la solidaridad entre
los olvidados del sistema se restablece en­
tre muy diversas naciones. En el otro lado
de la balanza, la clase que detenta el mo­
nopolio de los grandes capitales nunca
ha sido postmoderna en el sentido pro­
puesto por Hellery Fehér: siempre tuvie­
ron la coherencia del privilegio. Por mu­
cho que revistan sus argumentos de cla-
15
se con el manto de las «leyes objetivas
del mercado», las clases altas poseen una
ideología y un proyecto que, desgracia­
damente, es congruente con la realidad.
Una pequeña camarilla transnacional im­
pone globalmente sus intereses de clase a
través de la agenda política neoliberal y
la orientación económica del capitalismo
global. En 1997, los quinientos ejecutivos
más importantes del mundo se reunieron
en el Hotel Fairmont de San Francisco
para acuñar el nombre de la sociedad ha­
cia la que, según esta ilustrada élite trans­
nacional, nos encaminamos a corto pla­
zo: la «sociedad 20/ 80», compuesta por
un 20% de individuos imprescindibles
para el funcionamiento de la maquinaria
económica global, pues poseen trabajos
estables, contratos de por vida, salarios
16
blindados, elevadas remuneraciones e in­
gresos extra (bonus); al 80% restante le
están reservadas las «ventajas» de la des­
regulación neoliberal: largas jornadas,
contratos precarios, sueldos bajos, des­
pido libre y barato. Esto es, todo un pro­
grama político de lucha de clases desde
arriba. Como es habitual en estos casos,
la ideología de clase opera a modo de me­
canismo de des-identificación: los predi­
cadores de la desregulación son, en últi­
ma instancia, los más renuentes a la hora
de aplicarse el cuento.
Parabién o para mal, la crisis que esta­
mos atravesando ha puesto sobre la mesa
este antagonismo silenciado, poniendo
fin a la ¿rrealPolitik de la globalización
y a la retórica neo-colonial del proyec­
to identitario europeo. Desde mediados
17
del siglo pasado, no se recuerda en Euro­
pa un enfrentamiento mayor entre capi­
tal y trabajo del que se está produciendo
en este momento entre las demandas de
los trabajadores y parados de la periferia
(elprecariado de los mal llamados Pi es:
Portugal, I talia, Grecia y España) y los
proyectos de reajuste programados por
los grandes bancos del centro (principal­
mente franceses y alemanes). El Banco
Central Europeo y el Fondo Monetario
Internacional están imponiendo en toda
la Unión una contrarreforma neoliberal
basada en políticas económicas procícli­
cas de austeridad, unas medidas que -di ­
cho sea de paso- son técnicamente ilu­
sorias y no plantean una salida viable de
la crisis, dado que deprimen los ingresos
de los trabajadores y, con ello, contraen
18
aún más la demanda agregada de estos
países.3
En este contexto, la confrontación po­
lítica se expresa con toda su distorsión
retórica, con todas sus manipulaciones
mediáticas. En la pugna por monopoli­
zar el discurso y hacer oír la propia voz
como la de un interlocutor legítimo, el
objetivo principal -en este punto del
3 Cfr. A. Doménech, G. Búster, D. Raventós:
«Reino de España: las políticas del miedo y el de­
rrumbe electoral del PSOE», Revista Sinperrniso.
14/ 02/ 2011. (Disponible on-line: http:/ / www.
sinpermiso.info/textos/index.php?id=394o); C.
Lapavitsas et ali: «Crisis en la zona Euro: Pers­
pectiva de un impago en la periferia y la salida de
la moneda única común», Revista de Economía
Crítica, no. 11, 2011. (Disponible on-line: http:/ /
revistaeconomiacritica.org/ sites/default/files/
revistas/ nn/ RECii_6_Crisis_Zona_Euro.pdf)
19
conflicto- consiste en criminalizar a la
clase oponente, apropiarse de los gran­
des referentes y pretender que se está ha­
blando en nombre del «interés general».
Esto sucede a ambos lados de la barrera,
los creadores de opinión afirman situar­
se en una posición privilegiada. Por un
lado, los indignados griegos y españo­
les - y no sólo ellos- reclaman que los es­
peculadores y banqueros que están en el
origen de las diferentes burbujas (finan­
ciera e inmobiliaria) comparezcan ante
la ley; del otro lado, el mainstream de los
medios de comunicación al servicio de
las grandes corporaciones ha decidido
criminalizar sistemáticamente cualquier
atisbo de violencia en la conducta de los
insurgentes, da igual que los altercados
sucedan en la plaza Syntagma en Atenas
20
o ante el Parlament de Catalunya en Bar­
celona. En este tira y afloja están enjuego
el espacio público y la esfera simbólica.
En ambos bandos se formulan proyectos
amparados por los mismos lemas de «re­
cuperación» y «reforma», aunque de muy
diverso signo. Unos están deseosos de
disciplinar económica y policialmente a
las clases trabajadoras y dispuestos a sa­
lir de la crisis a cualquier precio: redu­
ciendo el gasto público mediante priva­
tizaciones masivas de bienes y sectores
públicos, generando puestos de trabajo
precarios gracias a la flexibilización de
los salarios y alterando - a favor de la pa­
tronal- los mecanismos de la negociación
colectiva. Otros, que se niegan a asistir
de brazos cruzados al desmantelamiento
del Estado de Bienestar, reclaman un cas­
a i
tigo ejemplar a los responsables de la cri­
sis, exigen el cumplimiento de sus dere­
chos y apuestan por salir de la crisis a
través de «la eutanasia del rentista» -una
reforma impositiva que solucione el gra­
ve problema del fraude fiscal en nuestro
país-,4una profundización en los expe­
rimentos asamblearios y un avance ha­
cia la democracia participativa.
William Buffet, una de las grandes for­
tunas del mundo, tiene muy claro dónde
está el campo de batalla y cuál es su trin­
chera. En marzo de 2004 declaró: «Si se
está librando una guerra de clases en
América, claramente mi clase lleva las de
^ Los datos de abril de aon son escalofriantes:
la economía sumergida en España mueve el 23,3%
del P1B, de la cual 161.000 millones son producto
de la evasión fiscal.
ganar». No se equivocaba. Tres décadas
después de que Reagan afirmarse que
«los pobres tienen demasiado y los ricos
demasiado poco», el i% más rico de la po­
blación norteamericana sigue aumenta­
do su porción de la riqueza nacional: en
1976 ésta representaba el 9% de la ren­
ta nacional, en 2,006, el 20%. Lawrence
Summers, principal asesor del equipo
económico de Obama, resumió esta trans­
ferencia de ingresos en los siguientes tér­
minos: «En los últimos treinta años, el
80% de las familias estadounidenses ha
enviado un cheque anual de 10.000 dóla­
res al 1% más rico de la población.»5En
resumen, la lucha de clases nunca desa­
5 Cita tomada de F. Basterra: «El mus de Oba­
ma», El País, 28 de febrero de 2009, p. 8.
23
pareció, simplemente la iniciativa cam­
bió de bando. No es de extrañar que en
nuestra coyuntura actual regrese con ma­
yor transparencia que nunca la confron­
tación entre intereses de clase; es el mo­
mento de decir adiós a los sutiles análisis
ideológicos y a las intrincadas políticas
de resistencia para dejar paso a un mar­
xismo sin modales que sepa expresar, del
modo más vulgar y naif posible, las de­
mandas de la gente. Hasta Fredric Jame-
son reconoció en 1998 que el momento
del ornato conceptual había pasado a me­
jor vida:
Ahora que, tras los pasos de grandes
pensadores como Hayek, se ha hecho
habitual identificar libertad política
con libertad de mercado, las motiva­
24
ciones subyacentes a la ideología ya no
parecen requerir una elaborada maqui­
naria de decodificación y reinterpreta­
ción hermenéutica; y el hilo conductor
de toda la política contemporánea pa­
rece mucho más fácil de captar: a saber,
que los ricos quieren que bajen sus im­
puestos. Esto significa que un anterior
marxismo vulgar puede ser nuevamen­
te más pertinente para nuestra situa­
ción que los modelos más recientes.6
El prejuicio del «orden dominante des-
clasado» tiene, como correlato, la teoría
postpolítica de aquellos sociólogos que
anuncian el fin de las ideologías y el ad­
6 F. Jameson: «Cultura y capital financiero» en
El giro cultural, Manantial, Buenos Aires, 1999,
p.183.
25
venimiento de una sociedad global sin
clases -tras la autodisolución de la clase
media occidental-y, por tanto, conside­
ran obsoleta la división del espectro polí­
tico en izquierda y derecha. Nos interesa
especialmente la contribución de Antho­
ny Giddens al debate sobre la postmoder­
nidad y su apuesta por la Tercera Vía. Se­
gún Giddens, no se ha producido un corte
tajante con la modernidad sino una radi-
calización de ciertos factores presentes
en ella, en concreto, la autoconcienciay
la reflexión. Lo que él denomina «moder­
nidad reflexiva» surge de la conjunción
de individualismo e incertidumbre que
da lugar a una sociedad postradicional
que desintegra las identidades colecti­
vas. Con la autoconciencia, se generali­
za una actitud de duda y sospecha que
26
caracteriza a una era basada en el recono­
cimiento de la ambivalencia. Frente a la
modernidad simple, con sus grandes cer­
tezas, sus ideales prefijados y sus proyec­
tos faraónicos, la «modernidad reflexiva»
está marcada por el signo de interroga­
ción y la democracia. La duda corroe los
referentes colectivos, los dispositivos tra­
dicionales de donación de sentido; la so­
ciedad profundiza en un individualismo
reflexivo, lo personal deviene político,
no hay autoridad social o política que no
surja del consenso entre las partes. Una
vez la ciudadanía toma conciencia de la
crisis ecológica, cualquier actividad rela­
cionada con el consumo y la producción
se convierte en objeto de debate colecti­
vo; temas considerados previamente per­
sonales, bien fueran profesionales (tra­
27
bajo, medio de transporte) o privados
(estilo de vida), saltan al espacio público.
En la sociedad postradicional el desa­
cuerdo persiste, pero es superable me­
diante el diálogo y la educación, no ex­
presa un antagonismo de clase irresolu­
ble. De hecho, para Giddens no hay clases
sino estilos de vida. Son los individuos
- y no los grandes colectivos- los prin­
cipales agentes de la política, son ellos
quienes han de asumir a título personal
el margen de incertidumbre y los riesgos
de una sociedad hiperconectada. Surge
así una nueva forma de hacer política
que gravita en torno a la responsabili­
dad que tiene un individuo sobre la con­
ducta que acarrea su estilo de vida.
La propuesta de Giddens se conoce
como Tercera Vía, una apuesta política
de centro izquierda que pretende supe­
rar la dicotomía entre la nueva derecha
liberal y la vieja izquierda socialista. Los
lemas de la Tercera Vía son «ningún de­
recho sin responsabilidades» y «ningu­
na autoridad sin democracia»; sus obje­
tivos: reformar el Estado y el gobierno
para que cooperen con la sociedad civil
en la gestión democrática de los riesgos
a los que se enfrenta el siglo xxi. El Es­
tado democrático resultante se define
como un «Estado sin enemigos»7que fo­
menta la descentralización, la eficiencia
administrativa, la expansión del rol de la
esfera pública y el reparto equitativo de
las oportunidades entre todos los ciuda-
7 A. Giddens: La tercera ví a, Taurus, Madrid,
1999, PP- 92 ss.
bajo, medio de transporte) o privados
(estilo de vida), saltan al espacio público.
En la sociedad postradicional el desa­
cuerdo persiste, pero es superable me­
diante el diálogo y la educación, no ex­
presa un antagonismo de clase irresolu­
ble. De hecho, para Giddens no hay clases
sino estilos de vida. Son los individuos
- y no los grandes colectivos- los prin­
cipales agentes de la política, son ellos
quienes han de asumir a título personal
el margen de incertidumbre y los riesgos
de una sociedad hiperconectada. Surge
así una nueva forma de hacer política
que gravita en torno a la responsabili­
dad que tiene un individuo sobre la con­
ducta que acarrea su estilo de vida.
La propuesta de Giddens se conoce
como Tercera Vía, una apuesta política
2,8
de centro izquierda que pretende supe­
rar la dicotomía entre la nueva derecha
liberal y la vieja izquierda socialista. Los
lemas de la Tercera Vía son «ningún de­
recho sin responsabilidades» y «ningu­
na autoridad sin democracia»; sus obje­
tivos: reformar el Estado y el gobierno
para que cooperen con la sociedad civil
en la gestión democrática de los riesgos
a los que se enfrenta el siglo xxi. El Es­
tado democrático resultante se define
como un «Estado sin enemigos»7que fo­
menta la descentralización, la eficiencia
administrativa, la expansión del rol de la
esfera pública y el reparto equitativo de
las oportunidades entre todos los ciuda­
7 A. Giddens: La tercera vía, Taurus, Madrid,
1999, PP- 92 ss.
29
danos. Las tesis de Giddens se inspiraron
en la corriente del nuevo laboralismo
que Bill Clinton impulsó en Estados Uni­
dos, Gerhard Schróder prosiguió en Ale­
mania y, finalmente, Tony Blair sintetizó
en Reino Unido. En estos tres países los
resultados han sido desastrosos. Stuart
Hall calificó la Tercera Vía de «una va­
riante socialdemócrata del neolibera-
lismo», una apuesta social-liberal por la
desregulación, la moderación fiscal y las
políticas flexibles incluida la del empleo.
En último término, no es sino un logo no­
vedoso que encubre una táctica oportu­
nista para recuperar el poder por parte
de una izquierda esclerotizada. La Terce­
ra Vía desmanteló el Estado de Bienestar
al mismo tiempo que decía estar ayudan­
do a los individuos a que satisficieran sus
30
necesidades por sí mismos. Ironías de la
historia, para muchos críticos la defun­
ción de la Tercera Vía ocurrió el 15 de fe­
brero de 2003, fecha en que el gobier­
no británico embarcó al ejercito de su
«Estado sin enemigos» en la invasión de
Iraq. Pero no hay nada extraño en la polí­
tica exterior de Blair, no hay ninguna in­
congruencia en que la Tercera Vía sea el
perrito faldero del Tío Sam. Desde tiem­
pos de Karl Popper es un dogma del libe­
ralismo que la tolerancia tiene sus lími­
tes, y la Sociedad Abierta, sus enemigos.
Para los fundamentalistas no hay piedad
ni tolerancia que valga. La Tercera Vía
también externaliza el antagonismo me­
diante guerras libradas en nombre de los
derechos democráticos. En este combate
a muerte entre el San Jorge de la demo-
3i
craciay el dragón del fundamentalismo,
la superioridad moral del liberalismo ¿s
taken for granted. Como Adán y Eva al
comienzo del Génesis, los neoliberales
parecen haber sido creados para «pro­
crear, multiplicarse y someter todo cuan­
to vive y se mueve sobre la tierra».
Giddens considera que en el horizon­
te político de nuestro tiempo se encuen­
tra el escepticismo ante toda forma de
identidad colectiva y cualquier disposi­
ción política que no sea refrendada por
mecanismos de decisión democráticos.
Pero se equivoca: de Jean-Marie Le Pen a
Hugo Chavez, el mapa de la política ac­
tual está de rodillas ante el populismo.
En lo que va de siglo, se ha estrechado el
margen de las políticas efectivas que reci­
ben el asentimiento de la población. Nos
3^
vemos abocados a una suerte de disyunti­
va: o bien optamos por la expertocracia,
una forma de democracia en que no go­
biernan los elegidos en las urnas sino una
casta de expertos que toman decisiones
sin consultar con el pueblo; o el populis­
mo, en que una persona se autodesigna
dirigente simbólico de un movimiento
con amplias bases populares. Inmersas
en una grave crisis de legitimidad, la de­
mocracia dialógica y las políticas del con­
senso se hallan atenazadas por esta pin­
za: u optan por un sujeto sin conciencia,
el populismo, o bien por una conciencia
sin sujeto - y por tanto sin responsabili­
dad-, la expertocracia. De tanto gestio­
nar y conciliar intereses, los partidos de
centro-izquierda se han olvidado de escu­
char las demandas de la gente. Hoy día,
33
los únicos capaces de suscitar el entusias­
mo popular son los movimientos radica­
les (Tea Party, e z l n ) que, al margen del
sistema electoral y mediante un contacto
directo con sus bases sociales, generan
identidades colectivas, congregan sim­
patizantes dispuestos a todo y saltan por
encima de los aparatos procedimentales
del Estado (maquinaria burocrática, ad­
ministración, etcétera).
En suma, la propuesta política de Gid-
dens resulta ingenua porque sus análisis
no tienen en consideración el papel que
siguen representando los estados en la
geopolítica mundial. Algo parecido les
sucede a Antonio Negri y Michael Hardt,
autores de I mperio, el libro que muchos
han tildado de «Manifiesto comunista
del siglo xxi». Según estos autores, los
34
cambios acontecidos durante la última
fase del capitalismo global han puesto fin
a la política moderna -caracterizada por
la Realpolitik, el enfrentamiento estra­
tégico entre los intereses de Estado y, en
última instancia, el imperialismo- y han
abierto la puerta a una nueva coyuntura
que ellos califican de postmoderna. En
la postmodernidad el Estado-nación su­
fre una crisis terminal y, por tanto, deja
de ser el locus clásico de poder. El impe­
rialismo desaparece y en su lugar emerge
una entidad global, multipolar y descen­
trada, el imperio. Con la creación de un
orden jurídico cosmopolita que cuenta
con el ejército de Estados Unidos como
perro policía, salta a la palestra la multi­
tud como nuevo agente político. Negri y
Hardt se refieren a los movimientos anti-
35
sistema cuyos ataques, según dicen, van
dirigidos al centro virtual del imperio,
pero, por mucho esfuerzo que pongan es­
tos insurgentes en tomar el poder, el ca­
pitalismo tiene un corazón de hierro. Se
han planteado innumerables objeciones
a las tesis defendidas en I mperio;8tan
sólo recordaremos aquí las principales:
i. El imperio sin imperialismo de Negri
y Hardt es una contradictio in adiecto
que no explica el neocolonialismo, ni las
nuevas formas de dominación Norte-Sur
(pago de la deuda externa, presión a tra­
vés de las compañías transnacionales,
venta de tecnología punta y armamento,
8 Cfr. A. Boron: I mperio & I mperialismo, El
Viejo Topo, Barcelona, 2,003.
36
etcétera). Al analizar la política exterior
de Estados Unidos desde una perspectiva
jurídica y calificar dicho país de «impe­
rio ético» o «brazo armado del derecho
internacional», nuestros autores olvidan
deliberadamente las motivaciones eco­
nómicas que subyacen a la geoestrategia
estadounidense. Así, no se les cae la cara
de vergüenza cuando escriben: «La Gue­
rra del Golfo [...] fue una operación re­
presora de escaso interés desde el punto
de vista de los objetivos, de los intere­
ses regionales y de las ideologías políti­
cas implicadas [...] La importancia de la
Guerra del Golfo estriba principalmen­
te en el hecho de que presentó a Esta­
dos Unidos como la única potencia ca­
paz de aplicar la justicia internacional,
no en función de sus motivaciones nació-
37
nales sino en nombre del derecho global,»9
a. Cuando proclaman la defunción del
Estado-nación, Negri y Hardt repiten in­
conscientemente la ideología neoliberal
al uso, con todos los tópicos incluidos:
Estado mínimo, libre circulación de bie­
nes, fronteras abiertas, etcétera. Pero
hay algo que no encaja. En Estados Uni­
dos las reaganomics han sido (y son) una
forma de keynesianismo invertido, en el
que los presupuestos del Estado se desti­
nan a mantener un gasto desorbitado en
armamento. La amplia gama de iniciati­
vas que han adoptado los estados de todo
el mundo para paliar la crisis económi­
ca nos puede dar una idea del poder que
9 M. Hardt & A. Negri: Empire, Harvard Uni-
versity Press, Cambridge, aooo, pp. 171 ss.
38
sigue ostentando la maquinaria estatal:
concesión de subsidios al sector priva­
do, millonarias operaciones de rescate
de firmas y bancos costeadas por el bolsi­
llo de los contribuyentes, políticas de aus­
teridad fiscal encaminadas a garantizar
mayores ganancias a las empresas, deva­
luación o apreciación de la moneda local
a fin de favorecer algunas fracciones del
capital en detrimento de otras y, en defi­
nitiva, el hecho de garantizar la inmovi­
lidad internacional de los trabajadores al
tiempo que se facilita la ilimitada circu­
lación del capital. En los manuales de
economía Hayek y Keynes son presenta­
dos como enemigos de por vida, sin em­
bargo, sus propuestas son las dos caras
de la misma moneda, como demuestra el
sistema de fuerzas de la economía global
39
previo al derrumbe de Lehman Brothers:
a pesar de su elevado déficit público, Es­
tados Unidos tuvo un periodo continua­
do de bajos tipos de interés gracias a que
China hubiera vinculado el yen al dólar y
tuviera asegurada la colocación de la
deuda externa norteamericana. En el pe­
riodo de bonanza económica, el paladín
del Estado mínimo fue a lomos del corcel
asiático. Lo que vino tras la caída de Leh­
man Brothers es conocido por todos. En
Estados Unidos la crisis financiera deri­
vada de la sobreinversión, la especula­
ción (CDS) y las hipotecas basura tuvo
que ser suplida por una inyección de fon­
dos por parte del Estado. Los excesos ha-
yekianos fueron costeados por una inter­
vención keynesiana. La Reserva Federal
pagó del bolsillo del contribuyente la or­
40
gía de crédito que Wall Streethabía podi­
do permitirse durante casi una década
gracias a Ja política económica de control
c intervención estatal desplegada por el
gigante chino. Antonio Gramsci se que"
dó corto cuando escribió en sus Quader-
n¿: «El laissez-faire es también una forma
de regulación estatal, introducida y man­
tenida por medios legislativos y coerciti­
vos. Es una política deliberada, conscien­
te de sus propios fines, y no la expresión
espontánea y automática de l oa hechos
económicos.»10
3. El concepto de multitud, como ha
reconocido Hardt en entrevi stas poste­
riores, tiene más de poético que de socio­
10 Citado en P. Anderson: L a s antinomias de An 
tonio Gramsci, Fomamara, BaTcelona, P-
lógico. En este libro y en posteriores no
hay ni rastro de una discusión sobre las
formas de lucha, los modelos organiza-
cionales, las estrategias de movilización,
las tácticas de enfrentamiento, la agen­
da política y sus instrumentos, así como
otros aspectos de la subversión promovi­
da por la multitud. Como alternativa al
imperio, Negri y Hardt ofrecen una apo­
logía abstracta de un sujeto político sin
contornos definidos, apenas reconocible
dada su pluralidad, su articulación rizo-
mática y la inconmensurabilidad de su
discurso. Pero en algún momento redu­
cen el campo de aplicación y aclaran a qué
se están refiriendo:
Los héroes reales de la liberación del
Tercer Mundo son los emigrantes y las
42
corrientes de población que destruye­
ron las antiguas y las nuevas fronteras.
En realidad, el héroe poscolonial es el
único que transgrede continuamente
las fronteras territoriales, el que des­
truye los particularismos y apunta ha­
cia una civilización común.11
Enunciado enigmático donde los haya.
Los flujos migratorios son presentados
como la panacea, cuando en realidad la
transgresión de las fronteras es la cruda
realidad a la que muchos inmigrantes se
ven empujados por pura necesidad. Ade­
más, ¿acaso las poderosas oligarquías afri­
canas no están «poniendo fin a los parti-
M. Hardt & A. Negri: op. cit., p. 33*-
43
cularismos» cuando desvían los fondos
de sus países a paraísos fiscales para uso
privado? ¿Acaso esta jet set de caciques
del petróleo, las armas y los metales pre­
ciosos no contribuyen con sus viajes de
negocios a la creación de una «civiliza­
ción común»? En suma, ¿tiene el mismo
valor la «desterritorialización» del inmi­
grante que la del empresario? Algunas
analogías conceptuales establecidas por
Zygmunt Bauman sugieren que así es. La
teoría de la modernidad Líquida ideada
por este sociólogo polaco puede consi­
derarse la continuación de la postmo­
dernidad por otros medios, así que me­
rece la pena detenerse en ella.111La elite
Ia Cfr. Z. Bauman: La postmoderni dad y sus
descontentos, Akal. Madrid. 2001.
44
de empresarios transnacionales y la ma­
sa de inmigrantes sin papeles son, por
definición, nómadas que carecen de una
identidad territorial fija; viven en los no-
lugares, espacios de transición, donde lo
efímero deviene eterno y se hace de la im­
provisación una forma de vida y del azar
un monumento; unos disfrutan de aero­
puertos con aire acondicionado y gran­
des terminales, otros se hacinan en cam­
pos de refugiados en condiciones de insa­
lubridad y precariedad extremas. Estas
comparaciones, como puede compren­
derse, tienen un límite, aquel a partir del
cual la teoría se convierte en una retóri­
ca cínica que, en su obsesión por inter­
pretar la realidad, es incapaz de posicio-
narse en el espectro político y, en lugar
de responder a la pregunta esencial, a sa­
45
ber, ¿a quién sirve mi discurso?, se dedi­
ca a balbucear tecnicismos y a establecer
analogías conceptuales.
Este límite ha sido transgredido repe­
tidas veces por las celebraciones abstrac­
tas de la diferencia plural y la alteridad
radical que suelen realizar los seguidores
postmodernos de Gilíes Deleuze y Em-
manuel Lévinas. En términos sociales y
políticos, estas dos corrientes de pensa­
miento tienen en común el considerar
que toda identidad es, por definición, re­
presiva. Con esta premisa en la mano, es­
bozan una apología indiscriminada de lo
otro, saludado como el presunto antago­
nista del orden existente. Ambas corrien­
tes comparten un interés obsesivo por el
examen de formas sociales sin identidad
constituida, cuyo rostro informe, situado
46
en los márgenes del sistema, les dota de
un aura subversiva. Este culto a la alteri-
dad y a la diferencia como valores absolu­
tos se apoya en el prejuicio de que todo
lo minoritario es liberador; todo lo oscu­
ro, profundo; todo lo misterioso, el signo
de alguna deidad perdida; todo lo raro,
digno de compasión. Estas corrientes de
pensamiento -que se llaman a sí mismas
«radicales»- comparten el siguiente man­
damiento: No harás delprincipio de iden­
tidad, de la metafísica de la presencia y
del humanismo bien intencionado una
ley de hierro que ignore el sufrimiento,
la cultura y los intereses de los demás.
Nada que objetar a este dogma de fe (los
excesos de la Ilustración y el humanis­
mo están ampliamente documentados).
En todo caso proponemos incluir la cláu-
47
silla: No reivindicarás la diferencia de
modo indiferente —para cualquier con­
texto y situación—, ni levantarás falso
testimonio contra lo idéntico —declaran­
do nuevamente elfin de la metafísica—;
en resumen, no adorarás al falso ídolo
de la alteridad —ese becerro de oro—sin
antes cerciorarte de que, con tal conduc­
ta, no eres un intelectual orgánico al ser­
vicio del sistema.
En el momento en que el enemigo al
que batir deja de ser el fantasma de algu­
na entelequia filosófica y las afirmacio­
nes acerca de lo radical-postmoderno son
aplicadas a nuestra coyuntura histórica,
económica y política, la supuesta radi-
calidad del planteamiento se desvanece
ante nuestros ojos. Enarbolar en abstrac­
to la bandera de «lo otro» es un gesto de
48
impotencia, nunca de subversión, máxi­
me cuando se esgrime contra un siste­
ma como el capitalista que, en contra de
la opinión común, no tiende a la homo­
geneidad, sino a la reproducción ad in-
finitum de las diferencias -diferencias
que más tarde serán reabsorbidas por
el capital- en una dinámica competitiva
donde, a priori, todo está legitimado.
El capitalismo convierte toda forma de
oposición, resistencia o denuncia en una
oportunidad para publicitarse por otros
medios. Como ya advirtiera Terry Eagle-
ton: «El capitalismo ha ensamblado con
promiscuidad formas de vida diversas;
un hecho este que daría que pensar a
aquellos incautos postmodernistas para
quienes la diversidad, sorprendentemen­
te, es de algún modo una virtud en sí mis­
49
ma.»1;i En definitiva, estamos ante un
sistema productivo incluyente en senti­
do extremo: no le importa a quién explo­
ta , y además potencia, por razones de au­
mento y diferenciación de la demanda,
el pluralismo de hábitos en consonancia
con la proliferación de mercancías. La
diferencia, la hibridación, la heteroge­
neidad y otras tantas formas del radica­
lismo postmoderno, lejos de suponer un
corte de discontinuidad con el statu quo,
cumplen el papel de la transgresión in­
herente de un sistema, la excepción que
confirma la regla, el momento de descar­
ga mediante el cual un sistema libera sus
tensiones, expurga sus pecados y conti- 13
13 T. Eagleton: Después de tu teoría. Debate.
Barcelona. ¿005. p. 61.
núa reproduciéndose como estaba. «De
aquí el error de cierto tipo de postmoder­
nismo que quisiera hacernos creer que
nos hallamos en los umbrales de una épo­
ca radicalmente nueva, caracterizada por
la deriva, la diseminación y el juego in­
controlable de las significaciones.»14Lo
radical-postmoderno es el chivo expiato­
rio al que recurre un capitalismo con ros­
tro humano que simula responsabilidad
ecológica, cuidado de lo auténtico, filan­
tropía para con el desvalido y respeto
de las diferencias. El soporte de la éti­
ca consumista es la fascinación turística
por la multiplicidad de usos, costumbres
y creencias. La anomalía es perseguida
M C. Mouffe: El retorno de lo político, Paidós,
Barcelona, 1999, p. 35.
51
por los turistas, fotografiada con tesón.
El gusto por lo raro se impone planeta­
riamente.
En este contexto, el pensamiento de la
diferencia deviene apología de la falsa
situación; la adoración mística de la al-
teridad radical se traduce en la celebra­
ción del exotismo y la incomunicación;
la apuesta por el nomadismo, al no esta­
blecer distingos, se solapa con la ideolo­
gía neoliberal de la libre circulación de
personas; la llamada a romper con la pro­
pia identidad, si no se precisa, es el refle­
jo poético-metafísico de aquella exigen­
cia capitalista que impone al ciudadano
desdoblarse en múltiples consumidores,
tantos como mercancías.
Veamos el caso de Simón Critchley.
Este autor defiende una ética de la de­
manda infinita', todo acto moral es la res­
puesta activa ante «la llamada penitente
de la alteridad radical cuyo rostro su­
friente nos interpela» (la influencia de
Lévinas es clara). De estas premisas se
deduce que no hay acto moral sin mal aje­
no, la empatia es el motor de la ética y la
tolerancia y la caridad sus máximas de ac­
ción por antonomasia.'5Alain Badiou ha
argumentado en profundidad contra esta
postura. En primer lugar, la empatia es
un proceso de identificación y proyec­
ción emocional, no de apertura. Ningún
ser humano, por mucho que sufra, cum­
ple las condiciones necesarias para ser el
otro levinasiano. «El otro se me asemeja
Cfr. S. Crii.ehley: La demanda infini ta, Mar-
bot, Barcelona. 2010.
53
siempre demasiado, como para que sea
necesaria la hipótesis de una apertura
originaria a su alteridad. »,fi ¿Quién es el
otro? La ética de la alteridad radical se ve
obligada a decidir entre quedar reducida
a mera contemplación narcisista del su­
frimiento de los demás (caso de Bauman
y Critchley) o transubstanciarse en una
teología negativa que cae postrada ante
el milagro de un Otro -el Deus abscondi-
tus del libro de J ob- cuya ausencia silen­
te genera trances místicos y lágrimas de
emoción entre los feligreses. Aún más: la
ética de la alteridad radical es inmovilis-
ta y profundamente reaccionaria, niega
la dimensión política del encuentro con 16
16 A. Badiou: La ética, Herder, México, 2004,
p.47.
54
eJ otro, es incapaz de concebir una ac­
ción colectiva que implique la partici­
pación de tres o más personas. Según los
levinasianos el pueblo carece de iniciati­
va y está condenado a la pasividad, debe
resignarse a la condición de la princesa
llorona a la espera de un príncipe azul
que la libere del dragón y las cadenas.
Tengan cuidado, Franz Kafka ya advirtió
que el príncipe siempre llega con retra­
so: «El Mesías vendrá solamente cuando
ya no será necesario. Vendrá solamente
un día después de su advenimiento. No
vendrá el día del Juicio Final, sino al día
siguiente.»
En cuanto a la caridad y la tolerancia
como máximas de cooperación, seamos
claros: un parche circunstancial no sol­
venta problemas de orden estructural y
55
sistémico. Como ha señalado Slavoj Zi-
zek, la caridad es el pilar básico de nues­
tro injusto sistema económico y la tole­
rancia su maquillaje represivo.17Son los
ingredientes del capitalismo con rostro
humano. El ejemplo preferido del eslo­
veno es la publicidad de Starbucks. Esta
invierte, de forma paradigmática, la car­
ga semántica del acto mismo de consumir
cuando nos asegura que, por cada con­
sumición en Starbucks, la compañía se
compromete a pagar bien a los agricul­
tores y a destinar parte de sus beneficios
a fines ecológicos o a paliar el hambre en
Guatemala. De este modo, justifica sus
precios elevados al mismo tiempo que
17 Cfr. S. Zizek: First as Tragcdy, Theti as Parce,
Verso, Londres, ¿009.
56
ahuyenta la mala conciencia del consu­
midor. Por un módico precio añadido, el
cliente no sólo está comprando una taza
de café, sino que además contribuye con
su dinero a promover una ética del consu­
míanlo responsable. Es la lógica perversa
de un capitalismo que sintetiza egoísmo
y filantropía en un mismo acto de consu­
mo, pecado consumista y redención an­
ticapitalista en la misma taza de café. En
el precio de una mercancía no sólo está
incluida la satisfacción personal sino el
cumplimiento de las obligaciones con la
sociedad y el medio ambiente. Así, las
empresas subliman el malestar de la po­
blación y canalizan el compromiso so­
cial según sus propios intereses. La raíz
del problema no se encuentra en la ins-
trumentalización empresarial de las di s-
57
posiciones morales sino en el enfoque de
muchos críticos que recurren a la denun­
cia moral y pretenden solventar los pro­
blemas del sistema mediante la compa­
sión y la tolerancia. Como afirma Oscar
Wílde en unas líneas que son más actua­
les ahora que nunca:
La mayoría de la gente arruina su vida
por un malsano y exagerado altruismo;
en realidad, se ven forzados a arruinar­
se así. Es inevitable que se conmuevan,
al verse rodeados de tremenda pobreza,
tremenda fealdad, tremenda hambre.
En el hombre las emociones se susci­
tan más rápidamente que la inteligen­
cia [...] es mucho más fácil solidarizar­
se con el sufrimiento que con el pen­
samiento. De esta forma, con admira­
bles aunque mal dirigidas intenciones,
58
de forma muy seria y con mucho senti­
miento la gente se aboca a la tarea de
remediar los males que ve. Pero sus re­
medios no curan la enfermedad: sim­
plemente la prolongan. En realidad sus
remedios son parte de la enfermedad.
Tratan de resolver el problema de la po­
breza, por ejemplo, manteniendo vivos
a los pobres o, como hace una escuela
muy avanzada, divirtiendo a los pobres.
Pero ésta no es una solución, agrava la
dificultad. El objetivo adecuado es tra­
tar de reconstruir la sociedad sobre una
base tal que la pobreza resulte imposi­
ble. Y las virtudes altruistas realmente
han evitado llevar a cabo este objetivo.
Así como los peores dueños fueron los
que trataron con bondad a sus esclavos,
evitando de este modo que los que su­
frían el sistema tomaran conciencia del
horror, y los que observaban lo com­
59
prendiesen, igual sucede con el estado
actual de cosas en I nglaterra, donde la
gente que más daño hace es la que trata
de hacer más bien; [...] la caridad de­
grada y desmoraliza. [...J Es inmoral
usar la propiedad privada a fin de ali­
viar los terribles males que resultan de
la misma institución de la propiedad
privada.'8
La apelación abstracta a la tolerancia y la
comprensión cultural es incapaz de tras­
pasar el velo ideológico del multicultu-
ralismo así como de enfrentarse a una
xenofobia que hunde sus raíces en un sis­
tema productivo, el capitalista, que ge- 18
18 O. Wilde: El alma del hombre bajo el soci a­
lismo y notas periodísticas, Biblioteca Nueva, Ma­
drid, 200a, p. 15.
60
ñera de continuo situaciones de injusti­
cia, desigualdad y antagonismo social.
Examinemos el caso del Fuerte Europa,
donde los índices de xenofobia no hacen
sino aumentar cada año. La política de
inmigración propugnada por la Unión es
tajante: reforzar el cerco proteccionista
para impedir i a intromisión de un factor
productivo a la vez querido e indeseado,
la fuerza de trabajo inmigrante. En esta
coyuntura, ios índices de xenofobia no
son sino un reflejo del miedo de las cla­
ses trabajadoras, que viven en condicio­
nes de extrema precariedad laboral y re­
celan de la competencia profesional que
suponen los inmigrantes. El caso de Es­
paña es paradigmático. En el 2007, entre
un 60-65% de la opinión pública españo­
la desconfiaba de la llegada de inmigran­
61
tes; con la crisis, este porcentaje ha subi­
do hasta el 82,-83%. En muchos casos el
odio al extranjero no es una cuestión per­
sonal, sino laboral. La tolerancia, como
la xenofobia, es un placebo que encu­
bre los verdaderos conflictos de intere­
ses. Quienes creen que el multicultura-
lismo pone fin a las tensiones sociales
no son capaces de hacer frente a la nueva
forma de xenofobia sin atrezzo culturalm
trampantojo identitario que azota Euro­
pa y podría resumirse en la exigencia -fa­
laz, por otro lado- de «¡que esos cabro­
nes no vengan a quitarnos el trabajo!».
En un país como Alemania, donde los in­
tercambios culturales con la comunidad
islámica son muy activos, Angela Merkel
declaró hace un año que «la sociedad cul­
tural ha fracasado». En el fondo, las pala­
62
bras de Merkel expresan un malestar so­
cial que con toda probabilidad tiene su
origen en la competencia feroz del mer­
cado laboral alemán, donde la flexibili-
zación del trabajo y la inexistencia de un
mínimo salarial unitario han ocasionado
un retroceso en el bienestar de los ciuda­
danos, quienes han visto congelados sus
salarios reales, que en 2007 estaban en el
mismo nivel que hace veinte años.19Cier­
tamente, la sociedad multicultural ha
llegado a su fin, pero por motivos que en
19 Véase el documento elaborado por la Con­
sejería de Trabajo y Asuntos Sociales en Octubre
2,007, «Salarios reales: El mismo que hace 20
años» (Disponible on-line: http:/ /www.mtin.es/
es/ mundo/ consejerias/ alemania/ publicacio-
nes/ Public5/34.pdf)
63
última instancia no responden a la cul­
tura, sino a la economía. Se acercan pe­
riodos turbulentos para Europa, a raíz de
la confrontación cada vez mayor entre la
opinión pública de los pi gs y Alemania
(la crisis del pepino español y el posible
impago de la deuda externa griega han
echado más leña al fuego). El trato con la
alteridad no parece que vaya a mejorar:
la creciente aceptación de los partidos
de extrema derecha por parte del electo­
rado, las deportaciones de rumanos en
Francia y la prohibición de minaretes
en Suiza anuncian un futuro incierto.
Creemos firmemente que en ninguno de
estos casos estamos ante un choque de ci­
vilizaciones susceptible de ser resuelto
por medio de la toleranciay el respeto -es
más, los acontecimientos de la primavera
64
árabe ponen el último clavo en el féretro
de la conocida teoría de Samuel Hunting-
ton, al constatar que la cultura islámica
no es un todo homogéneo y de ningún
modo se contrapone a la democracia—.
El surgimiento reciente de fundamenta-
lismos de toda clase y condición (cultu­
rales, étnicos, nacionales y religiosos)
ha propiciado una inflación de los de­
bates sobre la identidad y la diferencia.
Por parte de la izquierda, se ha produci­
do un auge de los estudios poscoloniales
que aboga por el análisis (y deconstruc­
ción) de las identidades en detrimento de
la comprensión del sistema productivo.
De este modo, la izquierda acepta sin re­
chistar las reglas de un juego político que
presupone la despolitización de la econo­
mía, se crean barreras ilusorias cuando la
65
lucha real está en otra parte. Allí donde
el objetivo prioritario es la creación de
un horizonte político global unificado,
las identidades habrán de jugar un papel
minoritario. Por muy loable que sea la
tolerancia o la caridad a título personal,
nuestro contexto político exige por parte
de la izquierda esfuerzos renovados en la
comprensión estructural del sistema y en
la articulación de medidas globales que
tengan como principal motor la inteli­
gencia en lugar de la compasión. Hay que
operar de cataratas la estrechez de miras
del corazón.
¿Qué decir de la antimodernidad filosó­
fica, esa corriente de pensamiento obse­
sionada con el fin de la metafísica den­
tro de la cual podrían situarse autores ya
66
canónicos como Jacques Derrida o Jean-
Frangois Lyotard?ao Al priorizar la su­
peración de la metafísica sobre la supe­
ración de las contradicciones sociales
objetivas, esta corriente de pensamiento
antepone el arma de la crítica a la críti­
ca de las armas y, además, se engaña a sí
misma. En vez de analizarlos fenómenos
históricos desde su base material, los an­
timodernos especulan en abstracto acer­
ca de un malvado espíritu del mundo y
su presunta negación, supresión o refle­
xión. Los gigantes contra los que dicen
enfrentarse estos don Quijotes de la filo-
ao Con antimodernidad nos referimos a cier­
tos tópicos y obsesiones reiterativos dentro de la
filosofía continental desde mediados de siglo pa­
sado, no a tesis concretas.
67
sofía no asustan, en verdad, ni a un niño
pequeño: episteme moderna, metafísica
de la presencia, paradigma ontoteológi-
co, metarrelato emancipatorio. ¿El mis­
mo perro con diferente collar? El hecho
de que otorguen tanta importancia a es
tos constructos teóricos nos da una idea
de la (errada) percepción histórica que
tienen muchos de estos autores. A la hora
de hablar de la modernidad, cubren los
huecos de su incompetencia historiográ-
fica, sociológica y política aferrándose
a una historia de las ideas repleta de
simplificaciones. Detrás de tanta alhara­
ca conceptual, tanta hipérbole interpre­
tativa, tanta jerga sin sentido -una vez
hemos separado el grano argumental de
la paja- nos encontramos, en muchos ca­
sos, con la pueril sugerencia de que exis-
68
tío algo asi como una entelequia abstracta
que determinó por completo la cosmovi-
sión de nuestros antepasados a lo largo
de un periodo homogéneo. ¿Y a esto lo
llaman I lustración? En el fondo de su co-
razoncito, la antimodernidad filosófica
es una forma más del chovinismo filosó­
fico que reduce los agentes históricos a
la condición de ejecutores al servicio de
las genialidades de algún difunto filóso­
fo. Los conceptos devienen en cortinas
de humo que bloquean el desarrollo del
pensamiento crítico, la Historia es susti­
tuida por una trama policiaca donde los
malos conspiran con clásicos de filosofía
en la mano. Si en las películas de James
Bond los malos son terroristas islámicos,
hijos de soviéticos, nietos de un comando
especial de las SA, nuestro Sherlock Hol-
69
mes de la filosofía antimoderna se en­
frenta a unos oponentes tanto o más es­
tereotipados. Como afirma Zizek:
Una línea recta une la idea filosófica de
totalidad y el totalitarismo político, y la
tarea de la «policía filosófica» es dedu­
cir por los diálogos de Platón o el trata­
do sobre el contrato social de Rousseau
que va a cometerse un delito político.
El policía político común se introduce
en organizaciones secretas para dete­
ner a revolucionarios; el policía filosó­
fico va a congresos de filosofía para des­
cubrir a paladines de la totalidad.21
a‘ S. Zizek: En defensa de las causas perdidas,
Akal, Madrid, 2,011, p. 104.
70
En la retórica antimoderna de la «supe­
ración de la modernidad» (Überwindung
der Metaphysik) impera una imagen del
filósofo como héroe redentor y de la filo­
sofía como catarsis kamikaze. Hace tiem­
po que la filosofía académica mantiene
una existencia vicaria y vive a costa de re­
petir a cámara lenta el suicidio de la ra­
zón. La antimodernidad filosófica parti­
cipa de este milenarismo; también ella se
despide de muchas cosas y no se separa de
nada. Por las palabras de los pensadores
antimodernos uno llega a pensar que la
tarea más importante a la que puede en­
tregarse hoy un intelectual consiste en
medir sus propias fuerzas con la difunta
metafísica, asesinar (de nuevo) al padre-
Hegel, desechar la pretensión de verdad
como una ilusión, devolver el estatus de
7i
ficción provisional a las proposiciones fi­
losóficas, calificar la sociedad de juego
sin sentido, constatar que el mundo está
fuera de quicio, que el saber está com­
puesto de paradojas, que el pensamien­
to conduce a la espiral de la desespera­
ción y la locura, que la autoconciencia es
un laberinto de espejos deformados, que
la amistad es un imposible y el sueño de la
razón produce monstruos. Menudo abu­
rrimiento. En la práctica, todo esto pro­
duce una brutal disonancia cognitiva.
Por un lado tenemos a académicos que
en horario de trabajo se ponen la bata
de la sospecha y ofician de hermeneutas
sin principios, especialistas del terroris­
mo ontológico, saboteadores de la tradi­
ción; por otro lado, tenemos a esos mis­
mos «sujetos», una vez ha terminado su
72
jornada laboral, poniendo en piácúc&
todo aquello que rechazan por razoné
teóricas. Esta gente lleva años cobran^0
un sueldo por proclamar que lo que d1'
cen no va a parar a ningún lado y, por si*'
puesto, no sirve para nada. El paso de
interpretación del mundo a su transfo*"
mación que Marx exigía hace ciento ci*1"
cuenta años se ha visto bloqueado por e^
peso muerto de estos antimodernos que’
cuando llega el momento de la verdad, se
resisten a dejar sin dueño el sillón de c*'
tedrático.
Esta obsesión por regresar al lugar de^
crimen donde la metafísica fue asesiné'
da, esta pulsión por mancharse las man° 6
con la sangre de los ídolos caídos tiene i**1
nombre: melancolía. La antimodernid^
filosófica no ha elaborado el duelo tras
73
muerte de las grandes pretensiones, si­
gue fijada melancólicamente a su funes­
to objeto de deseo, el mismo que declara
haber perdido para siempre: la posibili­
dad de alcanzar un conocimiento absolu­
to, una verdad apodíctica, un fundamen-
tum inconcussum veritatis. En el fondo
del alma antimoderna hay un raciona­
lista acurrucado que se siente completa­
mente estafado por la crisis de fundamen­
tos. El proceso para pasar de ilustrado a
antimoderno es bien sencillo: uno acepta
primero los criterios racionalistas acerca
de lo que es el conocimiento objetivo y,
una vez descubre que el cumplimiento
de tales criterios es imposible (dada la
triple mediación a la que está sometida
la experiencia por la teoría, los mecanis­
mos de poder y los medios de comunica­
74
ción), concluye que no puede haber co­
nocimiento en absoluto. De aquí a con­
cebir toda realidad como un constructo
social, toda verdad como el resultado de
una convención lingüística, todo forma
de saber como una estrategia de apropia­
ción, todo enunciado como una ficción
pragmática, no hay más que un paso.
No muy lejos de esta postura se en­
cuentra Gianni Vattimo, máximo expo­
nente de la postmodernidad en sentido
filosófico. Su propuesta teórica consis­
te en transformar (Verwindung) dialécti­
camente el pensamiento de la diferencia
en unpensiero debole que pueda obtener
una versión descafeinada de la tradición
moderna. De este modo surge una meta­
física baja en calorías que parte de la fac-
ticidad de la existencia humana (el Da­

sein de Heidegger como proyecto deyecto
articulado) y afirma permanecer fiel a la
experiencia de lo cotidiano. Elpensiero
debole carece de proyecto y se entretie­
ne en pensar de nuevo lo ya pensado (su
conexión con la hermenéutica es clara),
utiliza una noción retórica de verdad cer­
cana a la teoría de los juegos de lenguaje
y no aspira a un conocimiento del todo,
pues el italiano está de acuerdo con el jui­
cio de nuestro policía filosófico: «La mis­
ma noción de totalidad es un concepto
dictatorial.»22En el plano ético, Vattimo
se cuida mucho de no violentar la fragili­
dad congénita a todo lo existente, como
22 G. Vattimo: «Dialéctica, diferencia y pen­
samiento débil», en Gianni Vattimo & Pier Aldo
Rovatti: El pensamiento débil, Cátedra, Madrid,
1990, p. 25.
76
forma de ser en el mundo invoca la pietas
cristiana, un término que entre sus reso­
nancias tiene «la mortalidad, la finitudy
la caducidad», porque:
El verdadero trascendental, lo que hace
posible cualquier experiencia del mundo
es la caducidad; el ser no es, sino que su­
cede, quizá también en el sentido de que
cae junto a, de que acompaña -como ca­
ducidad- a cualquiera de nuestras repre­
sentaciones. [...] El acaecer [...] es aquello
que deja subsistir los rasgos metafísicos
del ser, al tiempo que los pervierte, ha­
ciendo explícita su constitutiva caduci­
dad y mortalidad Recordar el ser equiva­
le a traer a la memoria esa caducidad.23
23 I bídem, p. 34.
77
Anadie se le escapa que este pietismo éti-
co-ontológico es reduccionista en grado
sumo. Vattimo está demasiado imbuido
del pathos del nihilismo fi n de siécle
como para comprender que el ser de las
cosas es algo más que su decadencia. Si
atendemos a cómo se expresa, Vattimo da
a entender que lo único que verdadera­
mente le puede suceder al hombre es ver
morir, morirse él mismo y compadecerse
por todo ello. En este punto Vattimo repite
un prejuicio de época: la muerte es el úni­
co momento relevante desde un punto de
vista ético-ontológico. Como era de espe­
rar, se trata de un prejuicio ampliamen­
te aceptado por aquellos seguidores de
Heidegger que han profundizado en la
dimensión comunitaria del Dasein como
ser para la muerte (Sein zum Tode). Auto­
78
res como Jacques Derrida24o Félix Du­
que25pretenden fundamentar una ética
de la finitud sobre la experiencia del due­
lo ante la pérdida del ser querido (princi­
palmente el amigo, entendido como alter
ego). Una ética que es, a su vez, el basa­
mento para una concepción renovada de
lo comunitario y que tiene especial predi­
camento en autores como Maurice Blan-
chot2fi o Jean-Luc Nancy27Estos pensado­
res coinciden en que la única comunidad
‘M Cfr. J. Derrida: Cada vez única, el fi n del
mundo, Pre-textos,Valencia, 2005.
ar>Cfr. F. Duque: «Hacia una ética post-nihilis-
ta» epílogo a F. Volpi: Martin Heidegger. Aportes a
la fi losofía, p. 97 ss.
'2(] Cfr. M. Blanchot: La comunidad inconfesa­
ble, Arena Libros, Madrid, 1999.
~7Cfr. J-L. Nancy: La comunidad desobrada.,
Arena Libros, Madrid, 2001.
79
auténtica desde el punto de vista ontoló-
gico es aquella en que se comparte la sin­
gularidad del ser finito, unos guardando
la muerte de los otros. En otras palabras,
otorgan la más excelsa dignidad filosófi­
ca a una comunidad ideal de plañideras
donde el llanto y el crujir de dientes es el
pan de cada día. Seamos claros y contun­
dentes a la hora de combatir esta ontolo-
gía necrofdica para la cual no existe más
acontecimiento que la muerte, ni más
temporalidad que la del duelo. Cualquier
autor comprometido con la política real
debe evitar el coqueteo con estos cadáve­
res. En tiempos de crisis como los nues­
tros, cuando se les exige a los intelectua­
les un esfuerzo más en el compromiso con
lo concreto, estas propuestas son el col­
mo del escapismo, una broma filosófica
8o
sin gracia resultante de la trombosis con-
ceptualy\2i diarrea mental que caracteri­
za a los anacrónicos herederos de Heideg-
ger. En el autor de Ser y tiempo, guía es­
piritual de la antimodernidad, se dan
cita los peores tics de la tradición filosófi­
ca -que a base de plagio, sus seguidores
han convertido en aberraciones de la na­
turaleza-: la jerga de la autenticidad, la
retórica de lo originario, el tufillo pue­
blerino, el chamanismo de la diferencia y
la pedantería etimológica. Adorno juzgó
acertadamente que una de las invarian­
tes «que atraviesan su filosofía es la re­
valoración de toda ausencia de conteni­
do, de toda carencia de conocimiento,
hasta convertirse en indicio de profun­
didad. La abstracción voluntaria se pre­
senta como voto voluntario [...] como si
81
el vacío del concepto de ser fuera fruto de
la castidad monacal de lo originario, no
condicionado por las aporías del conoci­
miento». Pero ya se sabe: «El ser es seduc­
tor, elocuente como el rumor de las hojas
en el viento de las malas poesías.»28
Creemos que la postura más sana para
evitar el enredo entre modernos, premo­
dernos, postmodernos y antimodernos
acerca de la superación, autoliquidación o
desdoblamiento de la modernidad, con­
siste en negarla mayor; como hace Bruno
Latour. «La modernidad nunca comen­
zó. Nunca hubo un mundo moderno.»29
x W. Adorno: Dialéctica Negativa, Akal,
Madrid, pp. 8o ss.
i<J Bruno Latour: Nunca fuimos modernos. En­
sayo de antropología simétrica, Siglo xxi, Buenos
Aires, 2007, p. 77.
82
Se trata de una decisión metodológica,
no una afirmación de hecho, que consis­
te en no aplicar a toda una época un mol­
de prefabricado, evitar la trampa de quie­
nes definen nuestro tiempo en relación
a los ídolos del pasado, y por esta razón
son incapaces de atisbar las aspiraciones
del futuro inmediato, y quedan fijados a
aquellos ideales cuya superación, en caso
de que se llevara a cabo, no significa ya
nada para nosotros. No olvidemos que
la ausencia de fundamentos lo deja todo
como estaba y nos obliga a retomar la
investigación donde la habíamos dejado.
Eagleton ha puesto de manifiesto que el
postmodernismo, en su dimensión po­
lítica, surge del fracaso experimentado
por una izquierda a la intemperie, inca­
83
paz de generar una alternativa viable al
capitalismo, que acepta resignadamen-
te la omnipotencia del sistema, al mis­
mo tiempo que sitúa los restos del poten­
cial subversivo en fogonazos eventuales
de transgresión lanzados desde la perife­
ria.30 El statu quo puede fragmentarse o
deteriorarse pero de ningún modo des­
mantelarse por completo. La búsqueda
colectiva de la liberté, egalité y fraterni-
té con mayúsculas debe, por tanto, reem­
plazarse por proyectos más modestos. La
realpolitik, las demandas cosmopolitas y
la política transnacional de clases dejan
el terreno libre a las iniciativas micro-
políticas, las políticas de la amistad y las
30 Cfr. T. Eagleton: La ilusión del postmoder­
nismo, Paidós, Barcelona, 1997.
84
políticas de la identidad. La lucha que fra­
casó en las calles se interioriza en la caja
negra del sujeto. De este modo, cuanto
mayor era el alcance y la interconexión
de «su enemigo», más reducido se volvía
el horizonte político de la postmoderni­
dad. En palabras de José Manuel Roca:
A tenor del discurso postmoderno, la so­
ciedad se había hecho demasiado com­
pleja y la vida demasiado rápida como
para tratar de entenderlas y menos aún
encauzarlas de modo colectivo. El es­
fuerzo mancomunado por transformar
el mundo en un sentido guiado por la
razón debía dejar paso al esfuerzo por
adaptarse a él: las revoluciones y las
grandes reformas ya no eran colosales
empeños compartidos, acometidos co­
losalmente, sino modestas tareas parti-
85
ciliares, pues lo importante no era in­
tentar cambiar las lógicas sociales ni las
rígidas estructuras que determinan la
vida de millones de personas, sino hacer
la revolución en casa y modificar cada
uno privadamente aspectos de su vida
cotidiana.31
En vista de que no es posible transformar
la injusta distribución de la renta o las je­
rarquías de poder, la mayor parte de los
autores que escriben dentro de la «coyun­
tura postmoderna» han puesto todos sus
esfuerzos en desmantelar o reformular
la noción de sujeto. Autores como Axel
Honneth o Judith Butler llevan tiempo
trabajando en ello. Por muy variados que
31 J. M. Roca: La reacción conservadora, La
linterna sorda, Madrid, 2009, pp. 74 ss.
86
sean sus enfoques, la ética del reconoci­
miento (heredera del racionalismo ilus­
trado) y la teoría queer (con toda su irreve­
rencia postmoderna) tienen un elemento
metodológico común, a saber, la falta de
análisis económicos. Salvo raras excep­
ciones (como David Harvey), el olvido
de la economía es la invariante de las po­
líticas postmodernas porque la propia
noción y forma de lo político con la que
opera se basa en la despolitización de la
economía. «Si queremos jugar el juego
de una pluralidad de subjetivaciones po­
líticas, es formalmente necesario no ha­
cerse ciertas preguntas»?* sentencia Zi- 32
32 S. Zizek: «Class Struggle or Postmodernis­
mo?», en Butler, Laclau & Zizek: Contingency, He-
gemony, I Jniversaliiy, Verso, Londres, 2000, p. 98.
87
zek. Esta ausencia tiene una explicación
histórica. El postmodernismo es la con­
sumación de lo que Anderson denomina
marxismo occidental, una corriente de
izquierdas surgida del desengaño polí­
tico y constituida por autores como Lu-
kács, Adorno, Benjamin, Sartre, Althus-
ser o Della Volpe. En una clara inversión
de la trayectoria intelectual de Marx, los
marxistas occidentales abandonaron el
análisis económico y el compromiso mi­
litante para recluir su actividad intelec­
tual en el campo de la epistemología y la
crítica cultural. Completamente desco­
nectados de los conflictos sociales de su
tiempo, estos autores enriquecieron las
bases filosóficas del marxismo, amplia­
ron el número de temas sometidos a dis­
cusión y, por desgracia, dieron la espalda
88
a la calle o contemplaron los aconteci­
mientos de actualidad como un especta­
dor contemplaría, desde la seguridad de
la playa, el espectáculo sublime de un
naufragio. Anderson es implacable: «El
método como impotencia, el arte como
consuelo y el pesimismo como quietud:
no es difícil percibir elementos de todos
ellos en el marxismo occidental. Porque
lo determinante de esta tradición fue su
formación por la derrota, las largas déca­
das de retroceso y estancamiento, mu­
chas de ellas terribles desde cualquier
perspectiva histórica, que sufrió la clase
obrera desde 1920.»33
La sombra de esta tradición planea so­
33 P. Anderson: Consideraciones sobre el mar­
xismo occidental, Siglo xxi, Madrid, 1979, p. 116.
89
bre la generación de los postmodernos.
El ejemplo más claro es Lyotard, quien
pasó de la política marxista (décadas de
I 95° Y 1960) a la ontología postmoder­
na (años setenta y ochenta) y de ahí a la
ciencia ficción (años noventa). En rela­
ción con el capitalismo, Lyotard fue inca­
paz de encontrar un término medio entre
el escapismo y la paranoia. La definición
inicial de la postmodernidad como fin de
los metarrelatos eludió la aparición del
metarrelato neoliberal que desde enton­
ces ha colonizado el mundo a la medida
exacta del capital, sin apenas encontrar
resistencias, y apelando siempre al santo
y seña de los derechos democráticos. Más
tarde, sus investigaciones se centraron
en los viajes intergalácticos, la entropía
cósmica y el éxodo masivo de la raza hu­
90
mana de la Tierra tras la ^tinción del Sol.
En este nuevo contexto piterpretativo, el
capitalismo se convirtió en la clave cos“
mológica que permitía descifrar la natu­
raleza del sistema solar, dlia suerte de es­
tructura trascendental o'omo la ley de la
gravedad, condición de posibilidad de
todo fenómeno humané* Ly°tard pasó
de cero a cien sin compr^nder la natura­
leza del sistema.
Desde la década de 19 ^°la historia de
la teoría política realizó un £*ro similar
al marxismo occidental su alejamien­
to de la economía y su acercamiento a la
moral: tan pronto se adv*rt*0 9ue l as rei­
vindicaciones de redistribución econó­
mica eran insostenibles & larS° plazo, se
impusieron en su lugar l as versiones re­
ducidas y puramente ne^ativas de supre­
9t
sión de la humillación y el menosprecio.
Una vez se asumió que el capitalismo era
el horizonte insuperable de nuestro tiem­
po, los conflictos se desplazaron de lo
económico a lo cultural e identitario. Los
objetivos a corto plazo no eran ya la su­
presión de las desigualdades materiales o
la creación de las condiciones de una vida
digna34sino, como mucho, el reconoci­
miento, la tolerancia y el respeto.
En este desplazamiento los postmo­
dernos encuentran una vertiente eman­
cipadora e incluso subversiva del capi­
talismo. La ampliación del campo de ba-
;14 De hecho, el espíritu postmoderno recela de
expresiones como «vida digna», por la sencilla ra­
zón de que no cree en la existencia de una natura­
leza humana y, por tanto, descree de la posibilidad
de una realización de las facultades humanas.
92
talla capitalista a todas las esferas de la
realidad pone fin a las formas conven­
cionales de socialización, pero también
permite que muchas subjetividades mi­
noritarias obtengan la visibilidad y el
reconocimiento que la alta cultura les
había negado. El principio de oferta y
demanda ofrece a los marginados un lu­
gar destacado en el escaparate del mer­
cado identitario y cultural. Eloy Fernán­
dez Porta defiende que la alianza entre
capitalismo emocional y cultura pop ha
generado históricamente la coyuntura
ideal para una democratización de las
subjetividades, facilitando que las capas
marginales accedan a un producto llama­
do vida interior.35¿Todas ellas o sólo un
35 E. Fernández Porta & J. L. Pardo: «La cultura
93
grupo minoritario? Es cierto que las for­
mas de subjetivación relacionadas con
la sexualidad o el género han sacado mu­
cho partido de la coyuntura generada por
el capitalismo cultural. Nuestro sistema
productivo se basa en el consumo de es­
tilos de vida y, por esta razón, potencia
una dinámica de experimentación con
nuestra sexualidad (y nuestras relaciones
personales) en distinos planos (dermoes-
tético, farmacológico y mediático). Estas
prácticas están a la orden del día en la so­
ciedad europea y norteamericana. No es
de extrañar, por tanto, que la teoría queer
sea, junto con los manuales de autoayuda
y los panfletos New Age, la propuesta teó-
de masas en el siglo xxi. Manual de instrucciones»
en Quimera, 320/ 321, julio-agosto de 2010, p. 27.
94
rica más comprometida con una orienta­
ción de praxis real en aquellos países de­
sarrollados donde las iniciativas sociales
se han visto reducidas a mínimos históri­
cos sin igual. Parece, por tanto, que la po­
lítica postmoderna será queer o no será.
La identidad sexual se ha convertido en
la gran plataforma de autoemancipación
que posibilita la realización (y también
la frustración) de uno mismo, con todo
un abanico de posibilidades donde ele­
gir: sadomasoquistas, pagafantas, aman­
tes platónicos, voyeurs, reprimidos, feti­
chistas, monógamos, polígamos, caza­
dores nocturnos, francotiradores de día,
gente desorientada e ingenua, matapajas
a dos velas, nostálgicos, zapadores, tro­
vadores de estar por casa, escritores de
alcoba, correveidiles, perdedores de de­
95
voción, estrategas, ingenieros de carrete­
ras y caminos, edipos, electras, rencosos,
monjas clarisas, espíritus puros y auto-
destructivos, etcétera. Ahora bien, ¿pue­
de pensarse un homólogo a estas políti­
cas de la identidad para toda la casta de
los desclasados, aquellos que, en térmi­
nos marxianos, sólo disponen de su pro­
pia fuerza de trabajo (desempleada) y
aquellos que se ven forzados a permane­
cer fieles a una clase que no han elegido?
Estamos pensando principalmente en los
homeless del Primer Mundo, los habitan­
tes de las favelas en Asia y Lationamérica
y las masas desposeídas del Africa subsa­
hariana, por no hablar de las poblaciones
indígenas que han visto cómo su cultura
se convertía en un casino o un parque te­
mático, o las poblaciones que son azota­
96
das por alguna catástrofe natural. Para
todos ellos se ha hecho realidad el pro­
nóstico de Benjamin de que en el futuro
no habría un pobre sin un fotógrafo de­
trás que documente sus miserias. Su apa­
rición en los medios de comunicación es
constante y, todo hay que decirlo, fotogé­
nica. Son el objeto principal de las cam­
pañas publicitarias desplegadas por las
ONGs. Sin embargo, ¿podría decirse que
la lógica del escaparate capitalista está re­
conociendo su subjetividad? Parece que
no. La lógica del espectáculo sólo benefi­
cia a quienes ya tenían ganada la partida
de antemano. La visibilidad es, en la ma­
yor parte de los casos, una lacra. El pro­
blema de las leyes de excepción es que
terminan por racionalizar los intereses
de los vencedores.
97
Cuando afirman que todo vale, que el no­
madismo se ha impuesto para mayor glo­
ria de los desclasados, que la distinción
entre alta y baja cultura se ha difumina-
do en una plebeyización de las costum­
bres, muchos autores postmodernos con­
funden sus deseos con la realidad. Aun
cuando pudiera hablarse de una «clase
creativa»36que disfruta de los bienes de
un capitalismo cognitivo -flexibilización
del horario laboral, nuevas tecnologías y
puestos de trabajo gratificantes-, esta
clase seguiría constituyendo una mino­
ría global. La polarización Norte-Sur se
acrecienta; incluso dentro del Primer
Mundo la diferencia de clases, poder ad-
3° Cfr. Richard Florida: La clase creativa, Pai-
dós, Madrid, 2010.
98
quisitivo y jerarquía se vuelve cada vez
más radical. Además, la sociedad del con­
sumo y del espectáculo metamedia tie­
nen unos límites bien definidos, como
afirmó Susan Sontag:
La afirmación de que la realidad se está
convirtiendo en un espectáculo es de un
provincianismo pasmoso. Convierte en
universales los hábitos de una reducida
población instruida que vive en una de
las regiones más opulentas del mundo,
donde las noticias han sido transforma­
das en entretenimiento. [...] Cientos de
millones de espectadores de televisión
no están en absoluto curtidos por lo que
ven en su televisor. No pueden darse el
lujo de menospreciar la realidad.37
37 Susan Sontag: Ante el dolor de los demás,
Alfaguara, Madrid, 2003, p. 128.
99
La postmodernidad surgió como mode­
lo cultural dominante en Estados Uni­
dos, una sociedad capitalista de una ri­
queza sin precedentes y con altos niveles
de consumo. Y desde ahí colonizó el ima­
ginario del resto de sociedades, en una
proyección imperialista del modelo nor­
teamericano. Si bien es cierto que des­
de una perspectiva global la lógica cul­
tural del capitalismo es hegemónica, en
muchos rincones del planeta, lo postmo­
derno sólo es incipiente y lo moderno es
algo más que residual. Ahí donde los ni­
veles de consumo son más bajos y no se ha
superado el estadio de desarrollo indus­
trial, prevalece una configuración más
próxima al modernismo cultural, con un
dualismo todavía marcado entre alta y
baja cultura. El cine indio ofrece el ejem-
ioo
pío más claro, con su contraste enti'^^°s
autores de culto y los blockbuster de
lywood. Incluso en nuestras socied^ es
desarrolladas el antagonismo de c^Ses
persiste detrás de la cobertura ideo^0^1"
ca de un postmodernismo que post^a
anarquía cultural y quiere situarse Un
pistoletazo en un estadio social rtfCOn~
ciliado donde todos podamos goza^ Con
nuestro dildo de forma pueril e irre^P011’
sable. ¿Es el postmodernismo alg<7 mas
que una cortina de humo al servitf*0
formas de vida recortadas a la medi¿^a ^
escaparate capitalista?
I O I
E r n e s t o c a s t r o c ó r d o b a (Madrid,
1990) estudia Filosofía en la UAM. Tra­
baja como crítico en Quimera. Ha colabo­
rado en medios como Revista de Occiden­
te, Voz y Letra, Bajo Palabra, Mombaga,
salonKritik y Cuadernos del I vám. Inte­
resado en cuestiones de estética, estu­
dios culturales y teoría de la imagen apli­
cados especialmente al cine, la poesía
y el arte contemporáneo. Ha publicado
los libros colectivos de ensayo Bizarro
(Delirio, 2010) y Red-acciones (Caslon,
2011). Escribe poesía y tiene un poema-
rio inédito.
© 2o i i Ernesto Castro Córdoba
© 2011 Ed*ciones Alpha Decay, S.A.
Gran Via Cafl es 94 - 08028 Barcelona
wfW- alphadecay. org
Primera eM c^n: septiembre de 2011
Tipografía y di s^o de la serie: Norbert Denkel
Corrección Pruehas: Victoria Malet
Comj?üs*crá,1: Sergi Gódia
Composición de Cut?ierta: Fotocomposició Gama, S.)
Impresión^ Imprenta Kadmos, S.C.L.
1s b K : 978-84-92837-35-9
Depó£it0 legal: s- 984-2011
Conl> a la postmodern i dad entabla una polémica con las prin­
cipales contribuciones políticas, sociológicas y filosóficas de
los últimos tiempos. Comparecen ante el tribunal pensado­
res como Zygmunt Batimán. Anthony Ciddcns, Agiles He-
ller. Toni Negri. Simón Critcliley, Cianni Vattimo, EIov Fer­
nández Porta y .J ean-Francois Lyotard. entre otros. Se
discuten las falacias de la economía neoclásica, el fetichismo
de la alteridad radical y la retórica de la diferencia. A esto se
añade una ardua polémica con aquella forma de filosofía
obsesionada con el suicidio de la razón, la muerte de la me­
tafísica y la superación de la Modernidad. También se deba­
te sobre la crisis del proyecto europeo v sobre movimientos
sociales recientes como el 15-VI o la primavera árabe.
La tesis principal del libro afirma que la postmodernidad
hace tiempo que llegó a su fin. sus categorías no son aplica­
bles a un tiempo como el nuestro, marcado por una grave
crisis económica, ecológica y social. Asistimos al regreso de
la lucha de clases, la geopolítica, las estrategias neocolonia-
les, el populismo y el fundamentalismo étnico, cultural y
religioso. En este contexto de grandes transformaciones, la
apuesta normativa del postmodernismo resulta intelectual­
mente muy pobre y políticamente inútil. El afán por las
cuestiones culturales e ¡dentitarias lleva a que muchos de
sus autores olviden deliberadamente el análisis económico
del sistema. Por este motivo, el postmodernismo resulta ser.
en la mayor parte de los casos, una réplica exacta de la
ideología neoliberal.