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" e d i c i ó n : s e pt i e mbr e de 2001
2 ' e d i c i ó n : d i c i e mb r e de 2001
3 • e d i c i ó n : d i c i e mb r e de 2001
Todos los de r e c hos r es er vados . Ni ng u na par t e de esta p u b l i c a c i ó n
puede ser r e pr o duc i da , a l ma c ena da o t r a ns mi t i da en maner a al guna
ni por ni ng ún me di o, ya sea e l é c t r i c o , q u í mi c o , me c á n i c o , ó p t i c o ,
de g r a b a c i ó n o de f o t o c o p i a , s i n pe r mi s o pr e vi o del editor.
En c ubi e r t a : Al e j a nd r o J o d o r o ws k y . Fot o: C. Beaur egar d
Di s e ño g r á f i c o : G Ga uger & J Si r uel a
© Al e j a ndr o J o d o r o ws k y , 2001
© Edi c i one s Si r ue l a , S. A. , 2001
Pl aza de Ma nu e l Be c e r r a , 15. «El Pa be l l ón»
28028 Ma d r i d . Tel s . : 91 355 57 20 / 91 355 22 02
Fax: 91 355 22 01
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L A DANZ A DE L A RE AL IDAD
Infanci a 13
Los a ño s oscuros 45
Pri meros actos 77
El acto po é t i c o 103
El teatro como r e l i g i ó n 147
El s u e ño sin fi n 221
Magos, maestros, chamanes y charl atanes 261
De la magia a la psi comagi a 333
De la psi comagi a al psi cochamani smo 379
A pé nd i c e : Ac t o s p s i c o má g i c o s
t r a ns c r i t o s p o r Ma r i a n n e Co s t a
Breve epi stol ari o ps i c o má g i c o
L A DANZ A DE L A RE AL IDAD
«Hay problemas que el saber no sol uci ona. Al gún dí a llega-
remos a entender que la ci enci a no es sino una especie de va-
ri edad de la fantasía, una especialidad de la mi sma, con todas
las ventajas y peligros que la especialidad comport a. »
El libro del Ello, Geor g Groddeck
Infancia
Nací en 1929 en el norte de Chi l e en tierras conquistadas a
Perú y Bol i vi a. Tocopi l l a es el nombr e de mi puebl o natal. Un
pe que ño puerto situado, qui zás no por casualidad, en el para-
l el o 22. El Tarot tiene 22 arcanos mayores. Cada uno de los 22
arcanos del Tarot de Marsel l a está di buj ado dentro de un rec-
t ángul o compuest o de dos cuadrados. El cuadrado superi or
puede si mbol i zar el ci el o, la vi da espi ri tual , y el i nf eri or puede
si mbol i zar la tierra, la vi da materi al . En el centro de este rec-
t ángul o se inscribe un tercer cuadrado que si mbol i za al ser hu-
mano, uni ón entre la l uz y la sombra, receptivo haci a lo alto,
activo haci a la tierra. Esta s i mbol ogí a que se encuentra en los
mitos chi nos o en los egipcios - e l dios Shu, «ser vací o», separa
al padre tierra, Geb, de l a madre ci el o, Nu t h - aparece t ambi én
en la mi t ol ogí a mapuche: al comi enzo el ci el o y la tierra esta-
ban tan apretados el uno contra el otro que no dej aban sitio
entre ellos, hasta l a l l egada del ser consci ente, que l i beró al
hombre alzando el firmamento. Es decir, estableciendo la dife-
renci a entre bestialidad y humani dad.
En quechua Toco significa «dobl e cuadrado s agrado» y Pilla
«di abl o». Aquí el di abl o no es una encar naci ón del mal si no
un ser de la di mens i ón s ubt erránea que se asoma por una ven-
tana hecha de espí ri tu y materi a, el cuerpo, para observar el
mundo y aportarle su conoci mi ent o. Ent re los mapuches, Pi-
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llán es «al ma, espí ri tu humano llegado a su estado definitivo».
A veces me pregunto si me dej é absorber por el Tarot la ma-
yor parte de mi vida por la i nfl uenci a que ej erci ó sobre mí el ha-
ber nacido en el paralelo 22, en un puebl o l l amado doble cua-
drado sagrado -ventana por donde surge la conci enci a-, o bi en
si nací allí predetermi nado sin más para hacer lo que hice se-
senta años más tarde: restaurar el Tarot de Marsel l a e inventar la
Psicomagia. ¿Puede existir un destino? ¿Puede nuestra vida estar
orientada hacia fines que sobrepasan los intereses individuales?
¿Es por casualidad que mi buen maestro en l a escuela públi-
ca se apellidara Toro? Entre «Toro» y «Tarot» hay una si mi l i tud
evi dente. El me e ns e ñó a l eer c on un mé t o do personal : me
mos t ró un mazo de cartas donde en cada una estaba i mpresa
una letra. Me pi di ó que las barajara, tomara al azar unas cuan-
tas y tratara de formar palabras. La pri mera que obtuve - no te-
ní a yo más de 4 a ños - fue OJ O. Cuando la dije en voz alta, co-
mo si de pr ont o algo estallara en mi cerebro, así , de gol pe,
apr endí a leer. El s eñor Toro, l uci endo en su rostro moreno el
al bor de una gran sonri sa, me fel i ci tó: « No me ext r aña que
aprendas tan rápi do porque en medi o de tu nombre tienes un
ojo de oro». Ydi spuso así las cartas: «al ej andr OJ O D OR O wsky».
Ese moment o me mar có para siempre. Pri mero, porque enalte-
ció mi mi rada of reci éndome el edén de l a l ectura y, segundo,
porque me s eparó del mundo. Ya no fui como los otros ni ños.
Me cambi aron a un curso superior, entre muchachos de más
edad que, por no poder leer con mi soltura, se convi rti eron en
enemigos. Todos esos ni ños, la mayorí a hijos de mi neros en pa-
ro - e l desplome de la bolsa norteameri cana en 1929 habí a deja-
do en la miseria al 70% de los chi l enos-, eran de pi el morena y
nariz pequeña. Yo, descendiente de emigrantes j udí o-rusos, te-
ní a una vol umi nosa nari z curva y l a pi el muy bl anca. Lo que
bastó para que me bautizaran «Pi nocho» y me i mpi di eran con
sus burlas usar pantalones cortos. «¡ Patas de l eche! » Qjii/ás por
poseer un ojo de oro, para mitigar la horri bl e falta de aniigui-
tos, me encl austré en la Bi bl i oteca Muni ci pal , reci én inaugura-
da. En aquellos años no presté at enci ón al embl ema que reina-
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ba sobre su puerta, un compás entrecruzado con una escuadra.
La habí an f undado los masones. Allí, en l a fresca sombra, l eí
durante horas los libros que el amable bibliotecario me dej ó to-
mar de las estanterí as. Cuentos de hadas, aventuras, adaptacio-
nes infantiles de li bros clásicos, di cci onari os de sí mbol os. Un
dí a, escarbando entre las hileras de impresos, encont ré un vo-
l umen amari l l ento, «Les Tarots, par Etteilla». Por más que traté
de l eerl o, no pude. Las letras tení an f orma ext raña y las pala-
bras eran i ncomprensi bl es. Tuve mi edo de haberme ol vi dado
de leer. El bi bl i otecari o, cuando le comuni qué mi angustia, se
puso a reír. «¡ Pero c ómo vas a comprender: está escrito en fran-
cés, amiguito! ¡Ni yo lo ent i endo! » ¡Ah, cuan atraí do me sentí
por esas misteriosas pági nas! Las recorrí una por una, vi a me-
nudo númer os , sumas, repetidas veces la palabra «Thot », algu-
nas formas geométri cas. . . pero lo que me fasci nó fue un rectán-
gul o en cuyo i nt er i or , sentada en un t r ono, una pr i nces a,
portando una corona termi nada en tres puntas, acariciaba a un
l eón que apoyaba la cabeza en sus rodillas. El ani mal tení a una
expres i ón de prof unda i nteli genci a sumada a una dul zura ex-
trema. ¡ Era una fi era mansa! La i magen me gust ó tanto que co-
met í un delito, del que aún no me arrepiento: ar r anqué l a hoj a
y me la llevé a mi dormi t ori o. Escondi da bajo una tabla del pi -
so, «LA FORCE» se convirtió en mi secreto tesoro. Co n la fuer-
za de mi i nocenci a me enamor é de l a princesa.
Tanto pens é, s oñé, i magi né esa amistad con una fi era pací-
f i ca, que l a real i dad me puso en contacto con un verdadero
l eón. J ai me, mi padre, antes de calmarse y abri r su ti enda Casa
Ukr ani a, ha bí a trabaj ado como artista de ci r co. Su núme r o
c onsi stí a en hacer ejercicios en un trapeci o y l uego colgarse
del pel o. En ese Tocopi l l a, pegado a los cerros del desierto de
Tarapacá, donde no habí a l l ovi do durante tres siglos, el invier-
no caluroso se convertí a en una irresistible atracci ón para toda
clase de espect ácul os. Entre ellos l l egó el gran circo Las Águi -
las Humanas. Mi padre, des pués de la f unci ón, me llevó a visi-
tar a los artistas, que no se habí an ol vi dado de él. Yo t ení a 6
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años cuando dos payasos, uno vestido de verde con nari z y pe-
l uca del mi smo color, el toni Lechuga, y el otro compl etamen-
te naranj a, el t oni Zanahor i a, me pus i er on en los brazos el
l eonci to que hací a pocos dí as pari era l a l eona.
Acari ci ar a un l eón, pe que ño pero más fuerte y más pesado
que un gato, de patas anchas, hoci co grande, pelaje suave y
ojos de una i ncomensurabl e i nocenci a, fue un pl acer supre-
mo. Puse al ani mal i l l o en la pista cubi erta de aserrí n y j ug ué
con él. Si mpl ement e me convert í en ot ro cachorro de l eón.
Abs orbí su esencia ani mal , su energí a. Luego, con las piernas
cruzadas me sent é en el borde de la pista y el l eonci l l o dej ó de
correr de un l ado para otro y vi no a apoyar su cabeza en mis
rodillas. Me pareci ó quedarme así una eterni dad. Cuando me
l o qui t aron estallé en un l l anto desconsolado. Ni los payasos,
ni los otros artistas ni mi padre pudi eron acallarme. Mal humo-
rado, Jai me me llevó de l a mano haci a l a ti enda. Mi s lamentos
cont i nuaron durante un par de horas por l o menos.
Des pués , ya cal mado, sentí que mis puños tení an l a fuerza
de las anchas patas del cachorro. Baj é a la playa, que estaba a
doscientos metros de nuestra calle central y ahí , s i nt i éndome
con el poder del rey de los ani mal es, des af i é al oc é a no. Sus
olas que vení an a l amer mis pies eran pequeña s . Come nc é a
lanzarle piedras para que se enojara. Al cabo de diez mi nutos
de apedreo las olas comenzaron a aumentar de vol umen. Creí
haber enfureci do al monst ruo azul . Seguí l anzándol e guijarros
con la mayor fuerza posible. Las oleadas se pusi eron violentas,
cada vez más grandes. Un a ma no á s pe r a det uvo mi brazo.
«¡ Basta, ni ño i mpr udent e! » Er a una mendi ga que vivía j unto a
un vertedero de basuras. La l l amaban Rei na de Copas - como
el naipe de l a baraja es pa ñol a - porque siempre, llevando en l a
cabeza una corona de l atón oxi dado, se tambaleaba de borra-
cha. « ¡ Una pe que ña l l ama i ncendi a un bosque, una sola pe-
drada puede matar a todos los peces ! »
Me de s pr e ndí de su garra y desde mi encumbr ado t rono
i magi nari o l e grité con desprecio: «¡ Suél t ame, vieja hedi onda!
¡ No te metas conmi go o te apedreo t a mbi é n! » . Ret r oc edi ó
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Yo, a los 6 meses, cuando a ún el actor y el espectador
no estaban separados.
W asustada. Iba yo a recomenzar mis ataques cuando la Rei na de
f Copas, l anzando un chi l l i do gatuno, i ndi có haci a el mar. ¡ Una
mancha plateada, enorme, se acercaba a la playa... y, sobre el l a,
si gui éndol a, una espesa nube oscura! De ni nguna manera pre-
tendo afi rmar que mi i nf ant i l acto fuera el causante de l o que
s ucedi ó, sin embargo es ext raño que todos aquellos aconteci-
1 mi entos se produj eran al mi s mo t i empo, const i t uyéndose en
f una l ecci ón que nunc a j a má s se borrarí a de mi mente. Por una
misteriosa razón, millares de sardinas vi ni eron a vararse en la
playa. Las olas las arroj aban mori bundas sobre la arena oscura,
que poco a poco se cubri ó del plateado de sus escamas. Br i l l o
que pront o des apar eci ó porque el ci el o, cubi erto por voraces
gaviotas, se t ornó negro. La mendi ga ebri a, huyendo haci a su
cueva, me gri tó: «¡ Ni ño asesino: por marti ri zar al océano ma-
taste a todas las sardi nas! ».
^ Sent í que cada pez, en los dolorosos estertores de su ago-
nía, me mi raba acusador. Me l l ené los brazos de sardinas y las
arroj é haci a las aguas. El océano me r es pondi ó vomi tando ot ro
ej érci to mor i bundo. Volví a recoger peces. Las gaviotas, c on
graznidos ensordecedores, me los arrebataron. Caí sentado en
la arena. El mundo me of recí a dos opciones: o sufría por la an-
gustia de las sardinas, o me alegraba por la eufori a de las ga-
viotas. La balanza se i ncl i nó haci a la al egrí a cuando vi llegar a
una mul t i t ud de pobres, hombres, mujeres, ni ños, que con fre-
nético entusiasmo, espantando a los páj aros , recogi eron hasta
el úl t i mo cadáver. La balanza se i ncl i nó haci a la tristeza cuan-
ta do vi a las gaviotas, privadas de su banquete, pi cotear decep-
w t tonadas en la arena una que otra escama.
| ^ En f orma i ngenua me di cuenta de que en esa real i dad - e n
! a que yo, Pi nocho, me sentí a extranj ero- todo estaba comuni -
(ado con todo por una espesa trama de sufri mi ento y placer.
No habí an causas pequeña s , cual qui er acto pr oducí a efectos
que se ext endí an hasta los confines del espacio y del ti empo.
Me afectó tanto esa al fombra de peces varados que comen-
( é a ver a la mul t i t ud de pobres que se haci naban en La Ma n-
I ( hur r i a -gueto con chabolas de calaminas oxidadas, pedazos
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de cart ón y sacos de patatas- como sardinas varadas y a noso-
tros, la clase alta f ormada por comerciantes y funci onari os de
l a Compa ñí a de El ect ri ci dad, como ávidas gaviotas. Des cubrí l a
cari dad.
J unt o a l a puert a de l a Casa Ukr a ni a ha bí a un cor t o eje
donde se incrustaba una mani vel a que serví a para subi r o ba-
j ar la corti na de acero. Allí vení a algunas veces a frotarse la es-
pal da el Mos car dón. Lo habí an apodado así porque en lugar
de brazos mostraba dos muñone s que agitaba, s egún los bur-
lones, como alas de insecto. El pobre era uno de los tantos mi -
neros que en las oficinas salitreras habí an sido ví cti mas de una
expl os i ón de di nami t a. Los patrones gri ngos expul saban sin
pi edad, con los bolsillos vací os, a los accidentados. Se conta-
ban por docenas los muti l ados que se emborrachaban con al-
cohol de quemar hasta perder l a razón en un s ór di do al macén
del puerto. Le dije al Mos car dón: «¿Qui eres que te rasque l a
es pal da? ». Me mi r ó con ojos de ángel apaleado. «Bueno. . . Si
no le doy asco, cabal l eri to. » A dos manos me puse a rascarlo.
Lanzó suspiros roncos semejantes al r onr oneo de un gato. En
su rostro lacerado por el sol i mpl acabl e del desierto se di buj ó
una sonrisa de pl acer y grati tud. Me sentí l i berado de l a cul pa
de haber asesinado a las sardinas. Bruscamente s urgi ó de la
ti enda mi padre y corri ó a patadas al manco. «¡ Rot o
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degene-
rado: no vuelvas por acá nunca más o hago que te metan pre-
so! » Quise expl i carl e a J ai me que era yo qui en le habí a pro-
puesto al infeliz tan necesario alivio. No me permi t i ó hablar.
«¡ Cál l ate y aprende a no dejar que se aprovechen de ti estos ro-
tos abusadores! ¡ Nunca te acerques a ellos, están cubiertos de
piojos que transmiten el tifus!» Sí, el mundo era un tejido de su-
fri mi ento y placer; en cada acto el mal y el bi en danzaban como
una pareja de amantes.
Todaví a no comprendo por qué tuve este capri cho: una ma-
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EnChile, individuo generalmente analfabeto y de la clase más pobre.
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t
ñaña me l evanté di ci endo que si no me compraban zapatos ro-
jos no sal í a a la calle. Mi s padres, acostumbrados a tener un hi -
j o raro, me pi di er on ser paciente. Ese calzado no podí a encon-
trarse en la exi gua zapat erí a de Tocopi l l a. En Iqui que, a ci en
ki l ómetros de distancia, era probable que se pudi eran encon-
trar. Un vendedor viajero accedi ó a llevar a Sara, mi madre, en
su aut omóvi l hasta el gran puerto. El l a r egr es ó sonriente tra-
yendo en una caja de cart ón un l i ndo par de botines rojos con
suela de goma. Al ponér mel os sentí que en los talones me cre-
cí an alas. Corrí , dando ági l es saltos, haci a el col egi o. No me
i mport ó reci bi r el aluvión de burlas de mis compañer os , ya es-
taba acos t umbrado. El úni c o que a pl a udi ó mi gusto fue el
buen s eñor Toro. (¿Acaso ese deseo de zapatos rojos me llega-
ba di recto del Tarot? En él l ucen zapatos rojos el Loco, el Em-
perador, el Col gado y el Enamorado. ) Carlitos, mi c ompa ñe r o
de banco, era el más pobre de todos. Des pués de asistir a la es-
cuela, tení a que sentarse frente a los bancos de la plaza públ i -
ca y, provisto de un caj oncito, ofrecer sus servicios de lustrabo-
tas. Me daba vergüenza ver a Carlitos acucl i l l ado ante mis pies
dando escobillazos, poni endo tinta y bet ún, s acándol e lustre al
cuero sucio. Si n embargo cada dí a l o hací a para darle l a opor-
tuni dad de ganar unas monedas. Cuando col oqué en su caj ón
mis zapatos rojos, di o un grito de admi raci ón y al egrí a. « ¡ Oh,
qué l i ndos son! Por suerte tengo tinta roj a y bet ún i ncol oro. Te
los dej a r é como de char ol . » Y durant e casi una hor a, l enta-
mente, pr of undament e, cui dadosament e, acari ci ó esos dos,
para él, objetos sagrados. Cuando le of recí mis monedas, no
las quiso aceptar. «¡ Te los dej é tan brillantes que podr ás andar
i-n la noche sin necesidad de l i nterna! » Entusiasmado comen-
i é a admi rar mis esplendorosos botines corri endo al rededor
del ki osco. Carl i tos enj ugó con di si mul o un par de l ágri mas .
Mur mur ó: «Ti enes suerte, Pi nocho. . . Yo nunca podr é tener un
par así ».
Sent í un dol or en el i nt eri or del pecho, no pude dar un pa-
so más . Me s aqué esos zapatos y se los regal é. El ni ño, ol vi dan-
do mi presencia, se los cal zó apresurado y part i ó corri endo ha-
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ci a l a playa. No sól o me ol vi dó a mí sino t ambi én a su caj ón. Lo
guar dé pensando devol vérsel o al dí a siguiente, en l a escuela.
Cua ndo mi padre me vi o l l egar descal zo, s e enc ol er i z ó.
«¿Di ces que se los regalaste a un lustrabotas? ¿Estás loco? ¡Tu
madre viajó ci en ki l ómet ros de i da y ci en ki l ómet ros de vuelta
para comprárt el os ! Ese mocoso va a volver a la plaza en busca
de su caj ón. Allí lo es per ar ás el t i empo que sea necesari o, y
cuando llegue le qui t arás, a golpes si es preciso, tus zapat os. »
J ai me usaba c omo mé t o d o educat i vo l a i nt i mi daci ón. El
mi edo de que me gol peara con sus musculosos brazos de tra-
pecista me hací a transpirar. Obedecí . Fui a la pl aza y me insta-
l é en un banco. Pasaron ci nco i ntermi nabl es horas. Ya estaba
anocheci endo cuando avanzó un grupo de mi rones corri endo
al rededor de un ciclista. El hombre, pedal eando l entamente,
i ncl i nado como si un peso enorme l e quebrara l a espalda, traí a
en el manubri o, dobl ado en dos, semejante a una mari onet a
con los hi l os cortados, el cadáver de Carlitos. Ent re la ropa he-
cha j i rones bri l l aba su pi el , antes morena, ahora tan bl anca co-
mo la mí a. A cada pedal eo, esas piernitas lacias se bal anceaban
di buj ando arcos rojos con mis botines. Tras la bi ci cl eta y el gru-
po de consternados curiosos i ba quedando un r umor como i n-
visible estela: «Fue a j ugar entre las rocas mojadas. Las suelas
de goma l o hi ci eron resbalar. Cayó al mar, que l o azot ó cont ra
las piedras. Así fue como el i mprudent e se a hogó» . Su i mpr u-
denci a, sí, pero antes que nada mi bondad l o habí a matado. Al
dí a siguiente fue toda la escuela a depositar flores en el l ugar
del accidente. En esas rocas escarpadas manos piadosas habí an
const rui do una capi l l a de cement o, en mi ni at ura. Dent r o de
ella se veí a una foto de Carlitos y los zapatos rojos. Mi compa-
ñer o de curso, por parti r demasiado r ápi do de este mundo, sin
cumpl i r la mi si ón que Di os i mparte a cada al ma que se encar-
na, se habí a convert i do en «ani mi t a» . Allí est arí a pri s i onero
dedi cado a otorgar los mi lagros que el puebl o creyente le soli-
citaría. Muchas velas se encender í an ante los zapatos mági cos ,
ayer dadores de muerte, hoy dispensadores de salud y prospe-
ri dad. . . Suf ri mi ent o, consuel o. . . Cons uel o, suf ri mi ent o. . . La
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cadena no tení a fi n. Cuando l e ent regé el caj ón de lustrabotas
a sus padres éstos se apresuraron a depositarlo en las manos de
Luci ano, el hermani t o menor. Esa mi sma tarde el ni ño comen-
zó a lustrar zapatos en la plaza.
En real i dad en aquel l a época, donde yo era un ni ño dife-
rente, de raza desconoci da -Jaime no se de c í a j udí o sino chi le-
no hi j o de rusos-, aparte de los libros nunca nadi e me habl ó.
Mi padre y mi madre, encerrados desde las ocho de l a ma ña na
hasta las diez de la noche en la tienda, conf i ando en mis capa-
cidades literarias, dej aban que me educara solo. Y aquel l o que
veí an que yo no podí a hacer por mí mi smo se l o encargaban al
Rebe.
J ai me s abí a muy bi en que su padre, mi abuel o Al ej andr o,
expul sado de Rusi a por los cosacos, al llegar a Chi l e si n propo-
nérs el o, úni cament e porque una sociedad caritativa l o embar-
có en donde habí a sitio para él y su fami l i a, habl ando s ól o yí-
di sh y un ruso r udi ment ar i o, por compl et o desarrai gado, se
volvió l oco. En su esquizofrenia creó el personaje de un sabio
cabalista a qui en, durante uno de sus viajes haci a otra di men-
s i ón, los osos l e devoraron el cuerpo. Fabr i cando l abori osa-
mente zapatos sin l a ayuda de máqui nas , nunca ces ó de con-
versar con su ami go y maestro i magi nari o. Al mori r, se lo l egó
a J ai me. Este, aun sabiendo que el Rebe era una al uci naci ón,
se vio contagiado. El fantasma comenzó a visitarlo cada noche
en sus s ueños . Mi padre, fanáti co ateo, vivió l a i nvasi ón del per-
sonaje como una tortura y, apenas pudo, trató de deshacerse
de él embut i éndol o en mi mente como si fuera real. Yo no me
t ragué el embuste. Si empre supe que el Rebe era i magi nari o,
pero J ai me, tal vez pensando que por l l amarme t ambi én Al e-
j andro estaba yo tan l oco como mi abuel o, me decí a: « No ten-
go ti empo para ayudarte a resolver esta tarea, pí des el o al Re-
be», o bi en, la mayor parte de las veces, «¡ Vete a j ugar con el
Rebe! » . Eso l e convení a porque, mal i nt er pr et ando las ideas
marxistas, habí a deci di do no comprarme juguetes. «Esos obje-
tos son productos de la mal i gna ec onomí a de consumo. Te en-
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señan a ser soldado, a convertir la vida en una guerra, a pensar
que todas las cosas fabricadas, por tenerlas en versiones di mi -
nutas, son fuente de placer. Los juguetes convierten al infante
en un futuro asesino, en un explotador, en fin, en un compra-
dor compulsi vo. » Los otros ni ños tenían espadas, tanques, sol-
daditos de pl omo, trenes, muñecos , animales de felpa, yo na-
da. Utilicé al Rebe como j uguete, le presté mi voz, i magi né sus
consejos, le dej é guiar mis acciones. Luego, habi endo desarro-
l l ado mi i magi naci ón, expandí mis conversaciones ani mado-
ras. Le di voz a las nubes, al mar, a las rocas, a los escasos árbo-
les de la plaza públ i ca, al cañón antiguo que ornaba la puerta
del ayuntamiento, a los muebles, a los insectos, a los cerros, a
los relojes, a los viejos que ya nada esperaban sentados como
esculturas de cera en los bancos de la plaza pública. Podí a ha-
blar con todo y cada cosa tenía algo que decirme. Poni éndome
en el lugar de lo que no fuera yo mi smo, sentí que todo era
consciente, que todo estaba dotado de vida, que lo que yo creí a
i nani mado era una entidad más lenta, que lo que yo creía invi-
sible era una entidad más rápi da. Cada conci enci a poseí a una
velocidad diferente. Si yo adaptaba la mí a a esas velocidades
podí a entablar enriquecedoras relaciones.
El paraguas que yacía l l eno de polvo en un ri ncón se queja-
ba amargamente: «¿Por qué me trajeron hasta aquí si nunca
llueve? Nací para protegerte del agua, sin ella no tengo senti-
do» . «Te equi vocas», le decí a yo, «si gues teni endo sentido; si
no en el presente, por lo menos en el futuro. Ens éñame la pa-
ciencia, la fe. Un dí a lloverá, te lo as eguro». Des pués de esta
conversaci ón, por pri mera vez en muchos años descargó una
tempestad y cayó durante un dí a entero un verdadero di luvi o.
Las gotas azotaban con tal fuerza que yendo yo a la escuela,
con el paraguas por fin abierto, no tardaron en perforar su te-
la. Un viento huracanado me lo arrebató y, así desgarrado, lo
hi zo desaparecer en el cielo. Imagi né los murmul l os placente-
ros que daba el paraguas, des pués de atravesar los nubarrones,
convertido en barca, navegando feliz hacia las estrellas...
Sedi ento sin esperanzas de las palabras car i ños as de mi
24
Mis bisabuelos, rama paterna.
padre, me dedi qué a observar, como un viajero perteneci ente
a otro mundo, sus actos. El , huér f ano a los 10 años y t eni endo
que mant ener a su madre, su hermano y sus dos hermanas, to-
dos menores, tuvo que abandonar los estudios y ponerse a tra-
bajar durament e. Apenas s abí a escribir, l eí a con di f i cul t ad y
habl aba un es pañol casi gutural . Su verdadero i di oma era l a
acci ón. Su terri tori o, l a calle. Admi r a dor ferviente de Stal i n,
se dej ó los mismos bigotes, con sus propi as manos f abri có la
mi sma casaca de cuel l o cerrado e i mi tó esos mi smos gestos bo-
nachones encubri dores de una i nf i ni t a agresividad. Por suer-
te, mi abuelastro materno Moi s he, que habí a perdi do su for-
tuna a causa de la crisis, t ení a una mi nús cul a compraventa de
oro; por su carenci a de dientes y cabellos, a mé n de unas ore-
jas enormes, era semejante a Ga ndhi , lo que equi l i braba las
cosas. Huyendo de l a severidad del di ctador me refugiaba en
las rodillas del santo. «Al ej andri t o, l a boca no está hecha para
deci r frases agresivas, a cada pal abra dura se seca un poco el
alma. Te ens eñar é a dul ci f i car lo que habl as. » Y des pués de te-
ñi r me l a l engua con pi nt ura vegetal azul , t omando un pi ncel
de pel o suave de un cent í met ro de ancho, lo untaba en mi el y
hací a como si me estuviera pi nt ando el i nt er i or de l a boca.
«Ahora l o que digas t endr á el col or del buen ci el o y el dul zor
de la mi el . »
Por el contrari o, para Jaime-Stalin, l a vi da era una i mpl aca-
ble l ucha. No pudi endo matar a sus competi dores, los arrui -
naba. La Casa Ukr ani a fue un carro de combate. Como l a ca-
l l e central 21 de Mayo - f echa de una hi st óri ca batalla naval,
donde el hér oe Ar t ur o Prat hi zo de su derrota por los perua-
nos un tri unfo mor a l - estaba l l ena de tiendas que of recí an los
mismos artí cul os que él, empl eó una técni ca de venta agresiva.
Se dij o: «La abundanci a atrae al comprador: si el vendedor
es pr ós per o eso quiere deci r que ofrece los mejores artí cul os».
Ll enó las estanterí as del l ocal con cajas de cart ón por donde
asomaba la muestra de lo que cont ení an, una punt a de calce-
tín, un pliegue de medias, un extremo de manga, el tirante de
un sostensenos, etc. El negoci o parecí a l l eno de mer cader í a, l o
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que era falso, porque las cajas, vacías, sól o cont ení an el pedazo
que asomaba.
Para despertar la codi ci a de los clientes, en lugar de vender
art í cul os por separado, los or gani zó en lotes diferentes. En
bandejas de cart ón exhi bi ó conj untos compuestos, por ejem-
pl o, de un cal zón, seis vasos de vi dri o, un reloj , un par de tije-
ras y una estatuilla de la Vi r gen del Car men. O bi en un chale-
co de lana, una al cancí a con f orma de puerco, unas ligas con
encaje, una camiseta sin mangas y una bandera comuni sta, etc.
Todos los lotes t ení an el mi smo preci o. Al i gual que yo, mi pa-
dre habí a descubierto que todo estaba rel aci onado.
Puso frente a la puerta, en medi o de la vereda, a exót i cos
propagandistas. Los cambi aba cada semana. Cada cual , a su
manera, ensalzaba a voz en cuel l o la cal i dad de los artí cul os y
lo baratos que eran, i nvi t ando a los curiosos a visitar la Casa
Ukr a ni a sin compromi s o. Vi , entre otros, un enano con traje
tirolés, un flaco maqui l l ado de negra ni nf ómana, una Car men
Mi r a nda en zancos, un falso aut ómat a de cera gol peando con
un bast ón el cristal desde el i nt eri or del escaparate, una terro-
rífica momi a y t ambi én un «es t ént or» que t ení a tal vozarrón
que sus gritos se oí an a ki l ómet ros de distancia. El hambre crea
artistas: esos mi neros cesantes inventaban con i ngeni o todo ti-
po de disfraces. Co n sacos harineros t eñi dos de negro fabrica-
ban un traje de Drácul a o del Zorro; con retazos ext raí dos de
los basurales hací an más caras y capas de luchadores; hubo uno
que l l egó con un perro sarnoso vestido de huaso que podí a
danzar cueca alzado sobre las patas traseras; otro of reci ó un
nene que daba chi l l i dos de gaviota.
En esa época en que no habí a televisión y el cine sól o abrí a
sus puertas s ábados y domi ngos, cual qui er novedad atraí a a la
gente. Si a esto se agrega la belleza de mi madre, alta, bl anca,
de enormes senos, que siempre hablaba cantando, vestida con
un traje de campesi na rusa, se puede comprender por qué Jai-
me les r obó los clientes a sus adormi l ados competidores.
El due ño de l a ti enda vecina, El Cedr o del Lí bano, era para
nosotros un «t urco». En vez de mostradores transparentes usa-
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ba toscas mesas de madera, no t ení a escaparates que di eran a
la calle y se al umbraba con una bombi l l a de sesenta vatios ca-
gada por las moscas. De la trastienda s urgí a un espeso aroma a
fritanga. La esposa de don Ornar, hombr e corto de estatura,
era una s eñor a menuda como él pero de pi ernas el efanti ási -
cas, tan hi nchadas que, a pesar de estar conteni das por vendas
negras, parecí an prestas a derramarse y cubri r con una super-
fi ci e de carne el piso de madera agrisado por años de pol vo.
Allí, la ausencia de clientes fue sustituida por una i nvasi ón de
arañas .
Un dí a, sentado en un ri ncón de nuestro pequeño patio, le-
yendo Los hijos del capitán Grant, escuché unos desgarradores la-
mentos que provení an del patio del turco, separado del nuestro
por un muro de ladrillos. Er an tan desoladores esos gritos, tra-
tando de ser apagados por largos shhh femeninos, que la curio-
sidad me di o fuerzas para escalar el muro. Vi a la muj er de pier-
nas gordas espantando moscas, con un abanico de paja, de las
costras que cubrí an casi todo el cuerpo de un ni ño.
- ¿ Qué tiene su hi j o, s eñora?
- O h , parece una i nf ecci ón, veci ni to, pero no. Lo que pasa
es que se ha pasmado.
- ¿ Pas mado?
- M i mari do, a causa de los malos negocios, está muy triste.
El pe que ño conf undi ó esa tristeza con el viento. Cubr i éndos e
de costras, para i mpedi r que el aire mal i gno le tocara la pi el , se
pas mó. Para él, el t i empo no pasa. Vi ve en un segundo tan lar-
go como l a cola del di abl o.
Me di eron ganas de llorar. Me sentí cul pabl e por mi padre.
Co n su cruel dad stal i ni ana habí a arrui nado y entri steci do al
turco. Su hi j o ahora estaba pagando l a dol orosa cuenta.
Regr es é a mi cuarto, abrí la ventana que daba a la calle y sal-
té del segundo piso. Mi s huesos resi sti eron el i mpact o, sola-
ment e per dí l a pi el de las rodi l l as. Se f or mó un t umul t o. La
sangre me escurrí a por las piernas. Ll egó J ai me, apart ó con ra-
bi a a los curiosos, me felicitó por no l l orar y me llevó a la Casa
Ukr ani a para desinfectar las heridas. A pesar de que el al cohol
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par eci ó quemarme, no gri té. J ai me, en su papel de guerrero
marxista, vi endo mi , para él, f emeni na sensi bi l i dad, habí a de-
ci di do educarme a l a dura. «Los hombres no l l oran y con su
vol unt ad domi nan el dolor. . . » Los pri meros ejercicios no fue-
r on difíciles. Come nz ó por hacerme cosquillas en los pies con
una pl uma de bui tre. «¡ Ti enes que ser capaz de no reí r! » Lo-
gr é no sól o domi nar las cosquillas de las plantas, sino las de las
axilas y t ambi én, t ri unf o total, permanecer serio cuando me
hurgaba con la pl uma en las fosas nasales. Domi nada la risa me
di j o: «Vas muy bi en. . . Comi enzo a estar orgul l oso de ti. ¡ Espe-
ra, di go que comi enzo, no que l o estoy! Para ganarte mi admi -
raci ón tienes que demostrar que no eres un cobarde y que sa-
bes resistir el dol or y la humi l l aci ón. Te voy a dar de bofetadas.
Tú me of recerás tus mejillas. Te gol pear é muy suavemente. Tú
me pedi rás que aumente l a i ntensi dad del golpe. Así l o har é,
más y más , a medi da que me lo solicites. Qui ero ver hasta dón-
de l l egas». Yo, sediento de amor, para l ograr la admi raci ón de
J ai me fui pi di endo bofetadas cada vez más intensas. A medi da
que en sus ojos bri l l aba l o que i nt erpret é como admi r aci ón,
una ebri edad i ba nubl ando mi espí ri tu. El cari ño de mi padre
era más i mportante que el dolor. Resistí y resistí. Al fi nal escu-
pí sangre y arroj é un pedazo de diente. J ai me l anzó una excla-
maci ón de sorpresa admirativa, me t omó entre sus musculosos
brazos y corri ó conmi go haci a el dentista.
El nervi o del premol ar, en contacto con l a saliva y el aire,
me hací a sufrir atrozmente. Do n J ul i o, el sacamuelas, pr epar ó
una i nyecci ón calmante. J ai me me dij o al oí do (nunca l o habí a
escuchado habl ar en f orma tan delicada): «Te has comport ado
como yo, eres un valiente, un hombre. Lo que te voy a pedi r
no estás obl i gado a hacerl o, pero si lo haces, cons i deraré que
eres di gno de ser mi hi j o: rechaza la i nyecci ón. Dej a que te cu-
ren sin anestesia. Domi na el dol or con tu vol untad. ¡ Tú pue-
des, eres como yo! ». Nunc a en mi vida he vuelto a sentir un do-
l or tan atroz. (Mi ent o, lo volví a sentir cuando la bruj a Pachi ta,
con un cuchi l l o de mont e, me arrancó un t umor del hí gado. )
Don J ul i o, convenci do por mi padre medi ante l a promesa del
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regalo de medi a docena de botellas de pisco, no dijo nada. Es-
carbó, apl i có su torturante maqui ni l l a, me i nt roduj o una amal-
gama a base de mercuri o y por fin t aponó el agujero. Co n son-
ri sa de c hi mp a nc é e xc l a mó : « ¡ Li s t o, muc ha c hi t o, eres un
hér oe! » . ¡ Catástrofe: yo, que habí a resistido l a tortura si n un
gemi do, sin un temblor, sin una l ágri ma, i nt er r umpí el gesto
de mi padre, que abrí a los brazos como las alas de un cóndor
triunfante, y me desmayé! ¡Sí, me desmayé, como una mujercita!
J ai me, si n ni si qui era darme l a mano, me conduj o a casa.
Yo, humi l l ado, con las mejillas hi nchadas, me met í en l a cama
y dor mí veinte horas seguidas.
No sé si mi padre se di o cuenta de que habí a queri do suici-
darme al saltar por la ventana. Tampoco sé si se di o cuenta de
que cayendo «por azar» de rodillas ante El Cedr o del Lí ba no
(nosotros vivíamos en el segundo piso, j usto enci ma) yo estaba
pi di éndol e per dón al turco. Sól o di j o « Babos o, te caíste. Eso te
pasa por estar siempre met i do en los l i bros». Es cierto, yo esta-
ba siempre meti do en los libros, a tal punt o concentrado que
cuando l eí a y me habl aban no escuchaba ni una pal abra; él,
apenas llegaba a la casa, con una sordera semejante a la mí a, se
met í a en su col ecci ón de sellos; s umer gí a en agua tibia los so-
bres que le regalaban los clientes, despegaba cui dadosamente
con unas pinzas las estampillas - s i per dí an un di enteci l l o del
borde per dí an t ambi én su valor—, las secaba entre hojas de pa-
pel poroso, las clasificaba y las guardaba en ál bumes que nadi e
tení a el derecho de abrir.
Como se f ormaron dos grandes costras, casi circulares, una
en cada rodi l l a, mi padre las e mpa pó con un al godón embebi-
do en agua caliente y, cuando la materia se hubo rebl andeci do,
con sus pinzas me las des pegó enteras, exactamente como lo ha-
cía con sus estampillas. Por supuesto contuve mis gritos. Satisfe-
cho, me unt ó con al cohol la carne roja, desollada, viva. Ya a la
ma ña na siguiente se formaban dos nuevas costras. Dej ármel as
despegar sin quejarme se convirtió en un rito que me acercaba
al Dios lejano. Cuando comencé a sentirme mej or y una nueva
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pi el anunci ó con su rosado el fin del tratamiento, me atreví a to-
mar de la mano a J ai me, lo llevé al patio, le pedí que trepara
conmi go a lo alto del muro, le most ré el ni ño pasmado y le i n-
di qué mis rodillas. El , sin necesidad de más gestos, compr endi ó.
En aquellos años Tocopi l l a no tení a hospital. El úni co médi co
era un gordo bonachón l l amado Ángel Romero. Mi padre des-
pi di ó al gri tón de turno - e n este caso un boxeador que le daba
golpes a un mani quí decorado con un gran $-, le pi di ó a don
Ornar que l e permi ti era entrar a c ompa ña ndo al doctor Romer o
en su visita al enfermo, pa gó la consulta, ya con la receta viajó
los ci en ki l ómet ros que l o separaban de Iqui que, c ompr ó los
medicamentos, regresó y, provisto de los desinfectantes, las pi n-
zas y la j of ai na con agua caliente donde bañaba sus sobres, em-
pa pó y abl andó las costras del pobre ni ño para, con delicadeza
i nfi ni ta, des pegárs el as una por una. Des pués de dos meses de
asiduas visitas, el turqui to recuperó su aspecto normal .
Hay que compr ender que todos estos actos acont eci eron
en un lapso de diez años . Al narrarlos en bl oque puede pare-
cer que mi i nf anci a estuvo ati borrada de hechos i nsól i tos, pe-
ro no es así. Fuer on pe que ños oasis en un desierto i nf i ni t o. El
t i empo era caluroso, seco. De dí a, un si l enci o i mpl acabl e caí a
del ci el o, se desl i zaba por l a mur al l a de cerros estéri l es que
nos empuj aba haci a el mar, surgí a de un suelo compuesto de
pi edreci l l as sin una mot a de tierra. Al ponerse el sol no habí a
páj aros que cantaran, ni árbol es cuyas hojas el vi ento hi ci era
murmurar, ni met ál i cos cantos de gri l l o. Al gún que otro j ot e,
los rebuznos de un bur r o lej ano, aullidos de perro presi nti en-
do la muerte, combates de gaviotas y el constante estallido de
las olas mari nas, que por su hi pnót i ca r epet i ci ón t ermi naba
por no ser escuchado. Y en l a noche f rí a más si l enci o a ún:
ocul t ando las estrellas, cuyo respl andor habr í a podi do con-
vertirse en s i nóni mo de mús i ca, l a camanchaca, espesa nebl i -
na, se acumul aba en l a ci ma de los cerros para f ormar un mu-
ro l echoso, i mpenet rabl e. Tocopi l l a par ecí a una cárcel l l ena
de muertos. J ai me y Sara se habí an i do al ci ne. Yo acababa de
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despertar transpi rando aterrado. El si l enci o, rept i l i nvi si bl e,
penetraba por debajo de la puerta y vení a a l amer las patas de
mi catre. Yo sabí a que estaba en pel i gro, el si l enci o quer í a en-
trar por mis fosas nasales, ani dar en mis pul mones, borrar la
sangre de mis venas. Para ahuyentarl o me poní a a gritar. Er an
alaridos tan intensos que los cristales de la ventana comenza-
ban a vibrar emi t i endo zumbi dos de avispa, lo que aumentaba
mi pavor. Entonces llegaba el Rebe. Yo sabí a que era una me-
ra i magen, nada, su apari ci ón no bastaba para el i mi nar l a mu-
dez uni versal . Necesi taba l a presenci a de amigos. Pero ¿cuá-
les? Pi noc ho, por nar i gudo, bl anco y ci r cunci s o, no t ení a
amigos. (En ese cl i ma t órri do l a sexual i dad era precoz. Al la-
do de nuestra ti enda se elevaba el cuartel de bomberos. En su
gran patio, col gando de un alto mur o, como cuerdas de un ar-
pa gigantesca, se estiraban sogas que serví an para sostener las
mangueras, lavadas y puestas a secar des pués de los i ncendi os.
Los hijos del vigilante, más sus amigos, una pandi l l a de ocho
picaros, me i nvi taron a trepar con ellos veinte metros de soga.
Ya arri ba, al abrigo de las miradas adultas, sentados f ormando
un cí rcul o, comenzaron a masturbarse, aunque la emi s i ón de
esperma fuera una cosa legendaria. Por mis ansias de comuni -
caci ón, los i mi té. Sus infantiles falos, con el prepuci o cerrado,
se elevaban como ojivas morenas. El mí o, pál i do, mostraba sin
di s i mul o su ampl i a cabeza. Todos not aron la di f erenci a y se
pusi eron a lanzar carcajadas. «¡ Ti ene un hongo! » Humi l l ado,
roj o de ver güenza, me des l i cé cuerda abajo hi r i é ndome las
palmas de las manos. La not i ci a se di f undi ó por toda la escue-
l a. Yo era un ni ño anor mal , t ení a una « pi chul a» di f erent e.
« ¡ Le falta un pedazo, est á mo c ho ! » Saberme mut i l ado hi zo
que me sintiera aún más separado de los seres humanos. Yo
no era del mundo. No t ení a sitio. Sól o mer ecí a ser devorado
por el silencio. ) « No te pr eocupes » , me dij o el Rebe, es decir,
me dije yo mi s mo ut i l i zando l a i magen de aquel j u d í o anti -
guo, vestido de r abi no. « S ol e da d es no saber estar consi go
mi s mo. » Bueno, no qui ero que se piense que un ni ño de siete
años puede habl ar un lenguaje semejante. Yo c ompr endí a las
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cosas, sí, pero no de maner a raci onal . El Rebe, si endo una
i magen i nterna, depositaba en mi espí ri tu conteni dos que no
eran intelectuales. Me hací a sentir algo que yo tragaba en l a
mi s ma f orma que el agui l ucho, todaví a con los ojos cerrados,
traga el gusano que le depositan en el pi co. Luego, más tarde,
ya adul to, he i do t raduci endo en palabras l o que en aquel l a
é poc a eran, ¿ cómo podr í a expl i carl o?, aberturas a otros pla-
nos de la real i dad.
« Tú no estás solo. ¿Recuerdas cuando l a semana pasada tu-
viste la sorpresa de ver crecer en el patio un girasol? Llegaste a
l a concl us i ón de que era el vi ento qui en habí a transportado
una semilla. Una semilla, al parecer insignificante, cont ení a en
el l a la flor futura. ¡ Ese grano sabía de al guna manera qué pl an-
ta i ba a ser; y esa pl anta no estaba en el futuro: aunque i nma-
teri al , aunque sól o un desi gni o, allí mi s mo exi stí a el girasol,
flotando en el viento, durante cientos de ki l ómetros. Y no sól o
estaba allí la planta, t ambi én la adoraci ón de la luz, los giros en
pos del sol , l a misteriosa uni ón con l a estrella polar, y - ¿ po r
qué no? - una f orma de conci enci a. Tú no eres diferente. Todo
lo que vas a ser, ya lo eres. Lo que vas a saber, ya lo sabes. Lo
que vas a buscar, ya te busca, está en ti . Puedo no ser verdade-
ro, pero el viejo que ahora vas a ver, aunque tenga la inconsis-
tencia mí a, es real porque eres tú, es decir, es el que serás. »
Todo esto no lo pens é ni lo oí , lo sentí. Y ante mí , j unt o a la
cama, mi i magi naci ón permi t i ó que apareci era un cabal l ero
anci ano, de barba y cabellera plateada, con ojos llenos de dul -
zura. Er a yo mi smo converti do en mi hermano mayor, en mi
padre, en mi abuelo, en mi maestro. « No te preocupes tanto,
te he a c ompa ña do y te acompañar é siempre. Cada vez que su-
friste creyéndot e solo, yo estaba contigo. ¿Quieres un ejemplo?
Bi en, ¿recuerdas cuando hiciste el elefante de mocos ? »
Nunc a me habí a sentido tan abandonado, i ncomprendi do,
castigado injustamente como en aquella ocasi ón. Moi she, con
su sonrisa desdentada y su corazón de santo, le propuso a mis
padres llevarme de vacaciones a la capital, a Santiago, durante
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un mes para que mi abuel a mat erna me conoci era. La viej a
nunca me habí a visto, separada de su hi j a por dos mi l ki l óme-
tros. Yo, para no decepci onar a J ai me, ocul t é mi angustia de
ser separado del hogar. Mos t rando una t ranqui l i dad que era
falsa, me embar qué en el Horacio, un pe que ño vapor que val-
seó tanto que l l egué con el es t ómago vací o al puerto de Val pa-
raí so. Luego, des pués de ser sacudido cuatro horas en la terce->
ra clase de un tren a car bón, me pr es ent é t í mi do y verdoso
ante doña Jashe, s eñora que no sabí a sonreí r ni mucho menos
tratar con ni ños de mi enf ermi za sensi bi l i dad. El medi o her-
mano de Sara, Isidoro, un muchacho gordo, afemi nado, sádi-
co, comenzó a perseguirme vestido de enfermero, amenazán-
dome con una bomba de i nsect i ci da. «¡ Te voy a poner una
i nyecci ón en el cul o! »
Por las noches, en un cuarto oscuro, con una pe que ña y du-
ra cama arri mada a la pared, sin l ámpar a para leer, i l umi nado
por al gún respl andor l unar que se filtraba a través de la exi gua
claraboya, me met í a el í ndi ce en la nari z, fabricaba pildoritas y
las pegaba en l a pared empapel ada de celeste. Dur ant e ese
mes, poco a poco, con mis mocos, fui di buj ando un elefante.
No se di eron cuenta porque nunca ent raron a asear o hacer-
me l a cama. Al cabo de un mes, el paqui dermo estaba casi ter-
mi nado. En el moment o de l a despedi da - Moi s he regresaba
conmi go a Tocopi l l a- , mi abuela ent ró en el cuarto para reco-
ger las sábanas que me habí a prestado. No vio un hermoso ele-
fante fl otando en el cielo i nf i ni t o, vio una horri bl e col ecci ón
de mocos pegados en su precioso papel . Sus arrugas t omaron
un tinte violeta, su espalda gibada se estiró, su voceci l l a amable
se convirtió en rugi do de l eona, sus ojos vidriosos se l l enaron
de r el ámpagos . « ¡ Ni ño asqueroso, cochi no, mal agradeci do!
¡ Vamos a tener que empapel ar otra vez! ¡ Deberí as mori rt e de
ver güenza! ¡ No qui ero un ni et o así ! » « Per o, abuel i ta, yo no
quer í a ensuciar nada, sól o hacer un boni t o elefante. Me falta
un col mi l l o para t ermi narl o. » Esto l a enf ureci ó más aún. Cre-
yó que me burl aba de ella. Agar r ó un puña do de mis cabellos y
comenzó a darme tirones con l a i nt enci ón de arrancármel os .
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Ga ndhi s e i nt erpuso det eni éndol a con f i r me del i cadeza. El
odi oso Isidoro, burl ón, a espaldas de Jashe, agitaba en mi di -
recci ón, haci a delante y haci a atrás, su bomba de i nsecti ci da
como si fuera un falo violador. Me obl i garon a asistir al arran-
cami ento del papel , cosa que hi ci eron protegi endo sus manos
con guantes de goma. Luego col ocaron los trozos en medi o
del patio común de ese congl omerado de casitas, los roci aron
con al cohol y me obl i garon a arrimarles fósforos hasta que ar-
di eron. Vi consumirse a mi queri do elefante. Gr an canti dad de
vecinos se asomaron por las ventanas. Jashe me unt ó la nari z y
los dedos con las ceni zas, y así , suci o, me l l evar on al t r en.
Cuando l a l ocomot ora estuvo lejos de Santiago, Moi she, con
su pañuel o bl anco empapado en saliva, me l i mpi ó la cara y las
manos. Se ext rañó: «Pareces insensible, ni ño. No te quejas ni
l l oras». Me embar qué en el Horacio, viajé tres dí as y desembar-
qué en Tocopi l l a sin deci r una palabra. Cuando apareci ó mi
madre, corrí haci a el l a y c ome nc é a l l orar convul si vamente,
hundi do entre sus enormes tetas. «¡ Mal a! ¿Por qué me dejaste
ir?» Apenas vi l l egar a mi padre, que se habí a retrasado un
cuarto de hora, retuve mis l ágri mas, s equé mis ojos y mos t r é
una falsa sonrisa.
«Yo estaba ahí , dá ndome cuenta de los límites mentales de
esa gent e», me dij o el viejo Al ej andro. «Veían el mundo mate-
ri al , los mocos, pero el arte, la belleza, el elefante mági co, se
les escapaba. Si n embargo al égrate de ese sufrimiento: gracias
a él l l egarás a mí . El Ecl esi astés dice: " Qui en añade ci enci a aña-
de dol or". Pero yo te di go, sól o qui en conoce el dol or se acer-
ca a la sabi durí a. No puedo afirmarte que la he logrado, no soy
más que una estaci ón en el cami no de ese espí ri tu que viaja ha-
ci a el f i n del t i empo. ¿Qui én s eré en tres siglos más ? ¿Qué?
¿Cuál es formas me servirán de vehí cul o? ¿En diez mi l l ones de
años todaví a mi conci enci a necesi tará un cuerpo? ¿Deberé aún
utilizar ór ganos sensoriales? ¿En cientos de mi l l ones de años
segui ré di vi di endo l a uni dad del mundo en visiones, sonidos,
olores, sabores, i mágenes táctiles? ¿Seré un i ndi vi duo? ¿ Un ser
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colectivo? Cuando haya conoci do el universo entero, o los uni -
versos, cuando haya llegado al fin de todos los tiempos, cuan-
do la expans i ón de la materia se detenga y yo con el l a empren-
da el cami no de regreso al punt o de ori gen, ¿me di sol veré en
él? ¿Me convertiré en el misterio que yace fuera del ti empo y
del espacio? ¿Descubri ré que el Creador es una memor i a sin
presente ni futuro? ¿ Tú, ni ño, yo, anci ano, habremos sido sól o
recuerdos, i mágenes insustanciales, sin haber nunca hol l ado l a
más mí ni ma realidad? Para ti no existo aún, para mí ya no exis-
tes, y cuando nuestra historia se cuente, el que la cont ará sól o
será un collar de palabras escurridas de un mont ón de cenizas. »
Se me hi zo esencial por las noches, cuando despertaba soli-
tario en l a casa oscura, i magi nar ese dobl e mí o proveni ent e
del futuro. Es cuchándol o, poco a poco me calmaba y un s ueño
prof undo vení a a otorgarme el maravilloso ol vi do de mí mis-
mo.
Durant e el dí a l a angustia de vi vi r i napreci ado, Robi ns on
Crusoe en mi isla i nteri or, no me desesperaba. Encerrado en l a
bi bl i ot eca, los amigos l i bros, con sus hér oes y aventuras, me
ocul t aban el si l enci o. Ot r o que dej ó de escuchar el si l enci o
por causa de los libros fue el gri ngo Mor gan. Trabajaba, como
todos los ingleses, en la Compa ñí a de El ectri ci dad, que surtí a
de energí a a las oficinas salitreras y a las minas de cobre y pla-
ta. De tanto beber gi nebra, le di o gota. Cuando le pr ohi bi er on
la i ngesti ón de al cohol , muerto de aburri mi ent o, se s umer gi ó
en l a bi bl i oteca, secci ón «es ot eri s mo». Los masones habí an le-
gado estantes atiborrados de libros en i ngl és que trataban de
temas misteriosos. The Secret Doctrine de Hel ena Blavatsky, se-
gún Jai me, l e per t ur bó el cerebro. Sol í a deci r «¡ Ti ene l a azotea
l l ena de mos cas ! ». El gri ngo acept ó l a existencia de unos invi-
sibles Maestros Cós mi cos y comenzó a creer fervientemente en
l a reencarnaci ón del alma. De acuerdo con su escritora i dol a-
trada decl aró a qui en quisiera oí rl e que era una costumbre tro-
gl odi ta el venerar y enterrar los cadáveres, puesto que infecta-
ban el planeta. Habí a que i nci nerarl os, como en Indi a. Vendi ó
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todo lo que t ení a y con el di nero obt eni do, más sus ahorros,
abri ó un negoci o de pompas f únebres que l l amó «Ori l l as del
Ganges, crematori o s agr ado». El lugar, adornado con collares
de flores artificiales, dulces de pasta de al mendra i mi t ando fru-
tas y exót i cos dioses de yeso, algunos con cabeza de elefante,
desembocaba en un largo patio cubi erto de azulejos anaranja-
dos en cuyo centro se elevaba un hor no, semejante a aquellos
para fabricar pan, donde podí a caber un cristiano. El cura, con
sus diatribas contra tal monstruosi dad sacrilega, quiso derri bar
una puerta abierta de par en par: ¿acas o los tocopi l l anos ha-
brí an permi t i do que quemaran a sus difuntos en una parrilla?
Por supuesto que nadi e deseaba que la silueta carnal de sus
amados muertos se convi rti era en un mont ón de pol vo gris.
Mor gan, a qui en ahora l l amaban «el Teós of o», al zó los hom-
bros. « No es nada nuevo, lo mi smo le s ucedi ó a doña Blavatsky
y a su socio Ol cot t en Nueva York; las costumbres ancestrales
ti enen raí ces prof undas . » Cambi ó el gi ro de su negoci o: si el
cura sostení a que, s egún l a t eol ogí a cristiana, los animales no
tení an alma, entonces era muy recomendabl e quemar sus res-
tos. El hor no empezó a funci onar: pri mero fueron perros, lue-
go, gracias a los módi cos precios, gatos; al gún que otro rat ón
bl anco y al gún despl umado l oro. Las cenizas eran entregadas
en botellas de leche pintadas de negro, con un t apón dorado.
At raí dos por l a humareda nauseabunda, mul t i t ud de buitres
comenzaron a posarse en los azulejos naranjas manchándol os
con sus excrementos blancos. Por más que el Teósof o los es-
pantara a escobazos, tercos volaban en cí rcul os que se conver-
tían en espirales descendentes y volvían a aterrizar, graznando,
defecando. La fetidez se hi zo insoportable. El Teósof o cerró l a
funeraria y comenzó a pasar la mayor parte de su ti empo sen-
l ado en el respaldo de un banco de l a pl aza públ i ca, prome-
tiendo la reencarnaci ón a qui en quisiera aceptarlo por maes-
tro. Allí fue donde - porque me di o pena verlo converti do en
hazmerreí r de todo el puebl o- ent abl é una amistad con él.
A mí no me par ecí a un orate, como decí a mi padre. Sus
ideas me gustaban. «Ni ño, con toda evi denci a fuimos algo an-
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tes de nacer y seremos algo des pués de mori r. ¿Me puedes de-
ci r qué?» Me froté las manos, bal bucí , luego me quedé sin ha-
bl a. Él se puso a reír. «¡ Ven conmi go a la pl aya! » Lo seguí y, al
llegar a la costa, me mos t ró unas torrecillas unidas por cables
por donde se deslizaban carros de acero, al parecer llenos. Ve-
ní an de los cerros, atravesaban la playa a lo largo y desapare-
cí an entre otros cerros. Vi caer de uno de ellos un guij arro, en
parte gris y en parte cobri zo. «¿ De d ó nd e vi enen? ¿ Adonde
van?» « No l o sé, Teósof o. » «Vaya, no sabes de dónde vi enen ni
adonde van, pero eres capaz de recoger una de sus piedras y
guardarla como un tesoro... Mi r a , muchachi t o, yo sí sé de qué
mi na vi enen y a qué mol i no van, ¿pero qué l ogro con decí rte-
lo? Los nombres de aquellos sitios nada te di rí an porque nun-
ca los has visto. Así es el al ma que transporta nuestro cuerpo:
no sabemos de dónde viene ni adonde va, pero ahora, aquí , l a
queremos y no deseamos perderl a, es un tesoro. Una conci en-
ci a misteriosa, i nfi ni tamente más ampl i a que l a nuestra, cono-
ce el ori gen y el fin, pero no nos lo puede revelar porque no
tenemos un cerebro l o bastante desarrol l ado para compren-
derl o. » El gri ngo met i ó su pecosa mano en un bol si l l o y extra-
j o cuatro medal l i tas doradas. En una ha bí a un Cri st o, en l a
otra dos tri ángul os entrecruzados, en l a tercera una medi a l u-
na conteni endo una estrella y en la cuarta un par de gotas uni -
das, bl anca y negra, f ormando un cí rcul o. «Toma, para ti . Las
cuatro son distintas y se di cen catól i ca, hebrea, i sl ámi ca y taoís-
ta. Creen simbolizar verdades diferentes, pero si las metes en
un hor ni l l o y las fundes, f ormarán una sola semilla del mi smo
metal. El al ma es una gota del océano di vi no de l a que somos,
por muy corto ti empo, el humi l de vehí cul o. Ha salido de Di os
y viaja para regresar y disolverse en Di os, que es goce eterno.
Toma esta cuerda, ami gui t o y hazte un col l ar con las cuatro
medallas. Llévalo siempre para que recuerdes que un hi l o úni-
co, la conci enci a i nmort al , las une a todas. »
Ll egué ufano a la Casa Ukr ani a mostrando mi collar. J ai me,
más Stalin que nunca, t embl ó de furia. «¡ Teósof o creti no, mi t i -
gando el mi edo de mor i r con ilusiones! ¡Ven conmi go al retre-
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te! » Me arrancó las medallas. Una por una las fue l anzando a la
taza. «¡ Di os no existe, Di os no existe, Di os no existe, Di os no
existe! ¡Te mueres y te pudres! ¡ Después no hay nada! » Y tiró
de la cadena. El rui doso chorro se llevó las medallas y con ellas
mis ilusiones. «¡ Papá nunca mi ente! ¿A qui én le crees, a mí o a
ese t arado?» ¿A qui én de los dos i ba a elegir, yo, que tanto an-
hel aba l a admi raci ón de mi padre? Jai me sonri ó un segundo,
luego me mi ró severo como de costumbre. «Estoy cansado de
tus greñas , ¡ no eres una ni ña! »
Sara era huér f ana de padre. Jashe se habí a enamorado de
un bai l arí n ruso no j udí o, un goy, de cuerpo hermoso y cabe-
l l er a dor ada. Mi ent r as estaba enci nt a de ocho meses, este
abuelo se subi ó, para encender una l ámpara, en un barri l lle-
no de al cohol . La tapa se quebr ó, él cayó en medi o del l í qui do
inflamable y empezó a arder. Las leyendas familiares cuentan
que salió corri endo a la calle, que envuelto en llamas di o saltos
de dos metros de altura y que mur i ó bai l ando. Cuando nací ,
l l egué al mundo con cabellos tan abundantes y dorados como
los del i dol atrado danzarí n. Sara nunca me acari ci ó el cuerpo,
pero pas ó horas pei nando mi mel ena, haci éndome rizos, ne-
gándos e a cortarla. Yo era su padre reencarnado. Como en esa
época ni ngún ni ño usaba el pelo largo, no cesaban de gritar-
me «mari qui t a».
Mi padre, aprovechando que Sara dor mí a l a siesta, me llevó
al pel uquero. Se l l amaba Os amu y era j a poné s . En pocos mi -
nutos, reci tando repetidas veces «Gat e, Gate, Paragate, Para-
samgate, Bodhi Svaha»
2
, me pel ó al rape y barri ó, sin i nmutar-
se, los rizos de oro. Ins t ant áneament e dej é de ser el muert o
quemado y fui yo mi smo. No pude contener unas l ágri mas que
me acarrearon un nuevo desprecio de mi padre. «¡ Al f eñi que,
aprende a ser un macho revol uci onari o y deja de aferrarte a
esa pel ambrera de puta burgues a! » Qué equivocado estaba Jai-
me: que me qui taran la mel ena que tantas burlas me atraí a era
'Mantra del Sutra del Corazón.
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un enorme alivio... pero lloraba porque al perder los rizos per-
dí a tambi én el amor de mi madre.
De regreso a la tienda tiré al váter mi pi edra cobriza, di un
tirón de la cadena y corrí orgulloso hacia la plaza para burlar-
me del Teósofo, apoyando el í ndi ce en mi sien como úni ca res-
puesta a sus fervientes palabras.
Podrí a pensarse que en mi infancia fui más i nf l ui do por Jai-
me que por Sara. Si n embargo no es así. El l a, obnubi l ada por
el carisma de mi padre, se hi zo perro de su mente. Aprobaba y
repetí a todo lo que él decí a. Si la severidad era la base de la
educaci ón que yo debí a recibir, por ser hombre y no muj er,
desde que el j aponés me cortó el pelo mi madre se es meró en
aplicarla. Prisionera todo el dí a en la tienda, poco o nada po-
dí a ocuparse de mí . Mis calcetines estaban agujereados en los
talones y un bulto de carne surgí a de cada uno de ellos. Por su
forma redonda y su color, los ni ños lo comparaban con las pa-
pas peladas. Durante el recreo, si querí a correr en el patio, mis
crueles compañeros , s eñal ando hacia mis cal cañares, gritaban
insidiosos: «¡ Se le ven las papas ! ». Esto me humi l l aba y me obl i -
gó a quedarme quieto, con los pies sumergidos en cual qui er
sombra. Cuando le dije a Sara que me comprara calcetines
nuevos, refunfuñó:
-Es un gasto inútil, los rompes el mismo dí a en que los es-
trenas.
- Mamá, toda la escuela se burl a de mí . Si me quieres, zúr-
cemelos por favor.
- Es t á bi en, si necesitas que te demuestre que te qui ero, lo
voy a hacer.
Tomó su costurero, enhebr ó una aguja y, con gran dedica-
ci ón, reparó los agujeros mos t rándomel os perfectamente zur-
cidos.
- ¡ Per o, mamá, usaste hi l o col or carne! ¡Mira, me los pongo
y parece que todavía se me ven las papas! ¡ Segui rán burl ándo-
se de mí !
- L o hice adrede. Realizando el trabajo inútil que me pedí as
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te demos t ré que te querí a. Ahor a tú me tienes que demostrar
que posees un espíritu guerrero. La mal dad de esos ni ños no
te debe afectar. Exhi be orgulloso tus talones y agradece aque-
llas burlas porque te obl i gan a fortalecer el alma.
Es i ncreí bl e la abundanci a cul tural que habí a en esa peque-
ña ci udad perdi da en el ári do norte de Chi l e. Antes de la crisis
del 29 y la i nvenci ón por los alemanes del salitre artificial, esa
regi ón, i ncl uyendo Antofagasta e Iqui que, era considerada co-
mo l a afortunada cuna del «oro bl anco». El inagotable nitrato
de potasio, ideal para fabricar abonos y sobre todo explosivos,
atrajo una mul t i t ud de emigrantes. En Tocopi l l a vivían italia-
nos, ingleses, norteamericanos, chi nos, yugoslavos, japoneses,
griegos, español es, alemanes. Cada etni a encerrada entre mu-
ros mentales altivos. Si n embargo, fragmentari amente, pude
disfrutar de esas diferentes culturas. Los español es aportaron a
la bi bl i oteca di mi nutos y mági cos cuentos de Callej a, los ingle-
ses pr odi ga r on tratados ma s óni c os y rosacruces; Pa mpi no
Brontis, el panadero griego, para promover sus pasteles relle-
nos con mermel ada de rosas, cada domi ngo por l a ma ña na i n-
vitaba a los ni ños a veni r a escuchar su t raducci ón en verso de
la Odisea. Los japoneses se ejercitaban en la playa en el tiro al
arco, i nocul ándonos el amor a las artes marciales. De vez en
cuando, en el sal ón muni ci pal las damas norteamericanas mos-
traban su generosidad, ofreci endo salchichas y refrescos a los
hijos de aquellos a quienes sus mari dos s umí an en la miseria.
Gracias a ellas me hi ce consciente de la inj usticia social.
El dí a en que mi padre a nunci ó a quemar r opa « Ma ña na
nos vamos de aquí . Vi vi remos en Sant i ago» , me sent í mori r.
Amanecí con una urti cari a feroz. Toda l a pi el se me habí a cu-
bierto de ronchas, la fiebre me hací a del i rar ¡y el barco partí a
tres horas más tarde! Jai me, terco, no querí a postergar el viaje,
a pesar de que el doctor Romero le di j o que yo debí a quedar-
me por l o menos una semana en cama. Echando pestes contra
l a medi ci na occi dental , mi padre corri ó haci a el restaurante
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chi no y, con sus dotes de vendedor, l ogró convencer a los pro-
pietarios de que le di eran el nombre y la di recci ón del médi co
que los curaba. No era sól o uno sino tres vetustos hermanos los
que domi naban la ci enci a del yi n y el yang. Serenos como los
cerros, con ojos de gato al acecho y pi el del col or de mi fiebre,
cal entaron sal gruesa, la reparti eron en trozos de tocuyo, hi -
ci eron paquetillos y con ellos, casi que má ndome , me frotaron
el cuerpo, susurrando: «Te vas pero t ambi én aquí te quedas. Si
las ramas crecen queri endo ocupar el ci el o entero, las raí ces
nunca abandonan l a tierra donde naci er on». En medi a hor a
los chinos me curaron la pi el , la fiebre y la pena, i ni ci ándome
en el t aoí smo.
Al verme repuesto, mis padres permi t i eron que fuera a des-
pedi rme de mis compañer os de curso. Nadi e en la escuela se
s orprendi ó cuando anunci é que me i ba para siempre. Des pués
de todo yo era el ni ño que podí a desaparecer en un segundo.
La leyenda provení a de un espect ácul o al que asistí en el Tea-
tro Muni ci pa l . En ese l ocal general mente exhi bí an pel í cul as
(allí tuve el supremo placer de ver a Charl es Laught on en El jo-
robado de Notre-Dame, a Bori s Karl of f en Frankenstein, a Buster
Crabbe en Flash Gordon conquista el Universo y tantas otras mara-
villas), pero a veces en el escenario que el telón blanco oculta-
ba se presentaban compañí as extranjeras. Nos l l egó Fu-Man-
chú, un mago mexi cano. Pi di ó a los adultos que obligaran a los
ni ños a mantener los ojos cerrados y, con una gran sierra, pro-
cedi ó a di vi di r a una muj er en dos. Cuando la r e me ndó y la
sangre fue l i mpi ada, se nos permi t i ó ver el resto del espectácu-
lo. Convirtió sapos en palomas, extrajo de su boca un cor dón
i ntermi nabl e del que colgaban parpadeantes bombillas eléctri-
cas, le cambi ó diez veces el col or a un pañuel o de seda, baj ó a
la platea y de una gran tetera que habí a l l enado con agua ver-
lió en vasitos transparentes el l i cor que los espectadores le pe-
dí an. A mi abuelo le di o vodka, a J ai me aguardiente, a otros
whisky, vi no, cerveza, pisco. Al f i nal mos t r ó un armari o roj o,
con el i nteri or negro, y pi di ó l a col aboraci ón de un ni ño. Yo,
impulsado por un deseo irresistible, s ubí al escenario. Apenas
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puse los pies en ese piso, por pri mera vez me sentí bi en ubica-
do. Supe que era ci udadano del mundo de los mi l agros. El
prestidigitador me dijo solemne: «Ni ño, te voy a hacer desapa-
recer. J ura que nunca le cont arás el secreto a nadi e». Yo j ur é ,
extasiado de felicidad. Si me extirpaban de ahí iba a conocer
por fi n l o que habí a más allá de l a dol orosa realidad. Me hi zo
entrar en el i nteri or del armari o, alzó su capa forrada de satén
rojo y me ocul tó un segundo, luego la baj ó. ¡Yo habí a desapa-
reci do! Volvió a alzar y bajar la capa. ¡ Otra vez yo estaba ahí !
Grandes aplausos. Volví a mi asiento y por más que mis padres,
mi abuelo y una gran cantidad de espectadores vi ni eron a pre-
guntarme cuál era el truco, res pondí con toda di gni dad: « He
j urado guardar el secreto para siempre y así lo haré». Guar dé
tan celosamente ese secreto que hoy, por pri mera vez, des pués
de más de sesenta años , me deci do a revel arl o. No ent ré en
otra di mensi ón: cuando fui ocultado por la capa, unas manos
enguantadas me hi ci eron girar y me i ncrustaron en un ri ncón.
Una persona toda vestida de negro, en ese caj ón negro, no se
veía. Le bastó cubri rme con su cuerpo para que yo desapare-
ciera. ¡ Qué prof unda decepci ón! No exi stí a un más allá. Los
milagros eran simples trucos... Si n embargo apr endí algo muy
i mportante: un secreto guardado, aunque nul o, daba poder.
En l a escuela decl aré que habí a estado en otro mundo, que co-
nocí a la llave para ir allá, que pos eí a la facultad de desaparecer
cuando me diera la gana. Y t ambi én i nsi nué que tenía el poder
de hacer desaparecer a cual qui era sin dej arlo regresar. Aun-
que mis amigos no aument aron, vi di s mi nui r las burlas. Me
apl i caron l a ley del hi el o: nunca más me di ri gi eron l a palabra.
Pasé de los insultos al silencio. Er an menos dolorosos los pri -
meros.
El barco l anzó un suspiro ronco y a ba ndonó el puerto. En
Tocopi l l a se quedaba mi corazón de ni ño. De pront o me aban-
donó el Rebe, el anci ano Al ej andro, l a al egrí a. Ent ré brusca-
mente en el ri ncón oscuro. Desaparecí .
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Los a ño s oscuros
¿Enci erran los nombres un destino? ¿Atraen ciertos barrios
a personas cuyo estado emoci onal corresponde al significado
ocul to de esos nombres? La plaza Di ego de Al magro, donde
llegamos a vivir en Santiago de Chi l e, ¿se volvió un sitio nefas-
to por cul pa del nombre con que l o bautizaron, el de un con-
quistador español , o bi en el lugar era neutro pero yo lo sentí
oscuro, triste, abandonado porque lo hice espejo de mi pesa-
dumbre? En Tocopi l l a agradecí a a mi nariz, a pesar de detes-
tarla por su curvatura, que me otorgara el ol or del océano Pa-
cífico, ampl i a fragancia que s urgí a de las aguas gél i das para
entremezclarse con el sutil perfume del aire en un cielo siem-
pre azul . Allí, ver pasar una nube era un aconteci mi ento ex-
traordi nari o. Por su bl ancura, los cúmul os se me antojaban ca-
rabel as t r ans por t ando á nge l e s col oni zador es haci a selvas
encantadas donde crecí an gigantescos árbol es de azúcar. El ai-
re de Santiago, bajo una bóveda cetrina, ol ía a cable el éctri co,
gasolina, fritanga, aliento canceroso. El embriagador rui do de
las olas era sustituido por el cruj ir de achacosos tranvías, boci-
nazos incisivos, motores sin recato, voces inclementes. Di ego
de Al ma gr o fue un conqui s t ador frustrado. Por e ng a ños os
consejos de su cómpl i ce Pi zarro, parti ó de Cuzco hacia las tie-
rras inexploradas del Sur creyendo encontrar templos con te-
soros fabulosos. Ávi do de oro, avanzó cuatro mi l ki l ómet ros
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quemando chozas donde vivían abor í genes que pensaban en
guerrear y no en construi r pi rámi des , hasta llegar al desolado
estrecho de Magallanes. El frío extremo y la feroci dad de los
mapuches se encargaron de di ezmar a la tropa. Volvió como al-
ma en pena a Cuzco, donde su t rai dor soci o, no quer i endo
comparti r las riquezas robadas a los incas, lo hi zo ejecutar.
Jai me ar r endó un par de cuartos en una casa de hués pedes ,
frente a la triste plaza. El albergue era un apartamento som-
brí o, con dormi tori os semejantes a jaulas, donde en un escue-
to comedor nos serví an, al al muerzo y a la cena, hojas de le-
chuga anémi ca, sopa con nostal gi a de pol l o, pur é de papas
arenoso, una l ámi na de caucho bautizada bistec y, como pos-
tre, un bi zcocho lisiado cubi erto con engrudo. Café sin leche y
un bol i l l o por cabeza por l a mañana. Cambi o de s ábanas y toa-
llas una vez cada qui nce dí as. Si n embargo ni mi madre ni mi
padre se quej aron. El porque, des pr endi éndos e de preocupa-
ciones familiares, podí a dedicarse a buscar el l ocal que necesi-
taba para recomenzar su combate -preci sament e a la nueva
ti enda l a l l amó El Combat e y l a decor ó con un letrero donde
dos bulldogs, cada uno para su santo, tiraba de la pi erna de un
cal zón f emeni no, demostrando que el artí cul o en cuesti ón era
i r r ompi bl e- ; y ella porque Jashe, su queri da madre, vivía a po-
cos metros de la plaza Al magro. . . En espera de i nscri bi rme en
la escuela públ i ca, me dej aron preso en ese ámbi t o i nhóspi t o
encargado a la patrona, una vi uda tan reseca como el pur é co-
tidiano, que sin golpear entraba en el cuarto sól o para hacer-
me cómpl i ce de sus i mproperi os contra el gobi erno del Frente
Popular. Mi entras J ai me comí a empanadas en la calle y Sara to-
maba mate en la casa de su madre, yo degl ut í a con trabajo el
menú de l a Gran-Pensi ón El Edén de Creso. Tí mi do como era,
hundí a mi rostro entre las pági nas de las aventuras de J o hn
Cárter en Marte. Frente a mí se sentaba una anci ana con la es-
pal da en f orma de gancho, que habí a perdi do todos los di en-
tes menos un col mi l l o de la mandí bul a inferior. Cada vez que
le servían la sopa, escarbaba en su bolso sarnoso, con di si mul o
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ext raí a un huevo y, con gesto tembloroso, lo quebraba contra
su diente huér f ano para vaciarlo desde l o alto en el l í qui do i n-
sí pi do, salpicando el mantel y mi l i bro. Yo i magi naba a la vieja
acucl i l l ada en su cuarto, como una enorme gal l i na despluma-
da, poni endo cada dí a un huevo en lugar de defecar. Así como
habí a aprendi do a vencer el dol or tuve que aprender a domi -
nar el asco. Al final del al muerzo y la cena, se des pedí a de mí
be s á ndome las mejillas. Yo obligaba a mi boca a sonreír.
Por fin abri ó la escuela. Me despert é a las seis de la ma ña na
y cuidadosamente or dené mis cuadernos, l ápi ces y libros. Tem-
bl ando, por el frío y los nervios, en ayunas, baj é a la plaza y me
senté a esperar que llegara la hora de correr hacia un lugar con
ni ños de mi edad, que nunca sabrí an que me apodaban Pi no-
cho ni conocerí an mi hongo ni las patas de leche que oculta-
ban las piernas largas de mi mamel uco. De pronto resonaron si-
renas y bri l l aron reflectores. Des emboc ó un coche de pol i cí a
seguido por una ambulanci a. La plaza desierta se l l enó de mi -
rones. Los carabi neros, como si yo f uera un ni ño i nvi si bl e,
arrastraron hasta mi banco a un mendi go muerto. Los perros
vagos le habí an destrozado la garganta y devorado parte de una
pi erna, los brazos y el ano. Aj uzgar por la botella de pisco vacía
que encontraron j unt o a él, se habí a dor mi do borracho sin des-
confi ar de l a hambr una cani na. Cuando vomi t é, enfermeros,
pol i cí as y glotones ópti cos pareci eron verme por pri mera vez.
Se pusi eron a reír. Un bruto me espet ó agitando un muñón del
cadáver: «¿Quieres comerte un pedazo, ni ñi to?». Las burlas se
disolvieron en el aire y el aire me que mó los pulmones. Ll egué
al colegio sin ni nguna esperanza: el mundo era cruel. Ant e mí
se presentaban sól o dos alternativas: o me convertía como los
otros en un asesino de s ueños , o me encerraba en mi mente
t ransf ormándol a en fortaleza. Opt é por l o segundo.
Un sol de rayos azumagados provocó un calor insoportable.
La profesora no nos di o ti empo para deshacernos de nuestros
pesados bolsones. Nos embar có a todos en el aut obús de la es-
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cuela. « ¡ Ma ña na comenzaremos los estudios, hoy nos vamos
de excur s i ón a t omar aire pur o! » Al ar i dos de entusi asmo y
aplausos. Todos los ni ños se conocí an entre ellos. Me senté en
un ri ncón, en el asiento de atrás, y no des pegué mi nari z del
cristal de la ventani l l a. Las calles de la capital me pareci eron
hosti l es. Atravesamos calles s ombr í a s . Pe r dí el s ent i do del
ti empo. De pront o me di cuenta de que el aut obús avanzaba
por un cami no de tierra dej ando tras de sí una col a de pol vo
roj izo. Los latidos de mi corazón se acel eraron. ¡ Habí a man-
chas verdes por todos lados! Yo estaba acostumbrado al siena
opaco de los i nfecundos cerros del norte. Er a l a pr i mer a vez
que veía pl antí os, filas ki l ométri cas de árbol es al borde del ca-
mi no, y sobre todo el l o un intenso coro de insectos y páj aros.
Cuando llegamos a nuestro destino y desembarcaron mis com-
pañeros , entremezclados en un cl amoroso j ol gor i o, para des-
vestirse y lanzarse desnudos a un cristalino arroyo, no supe qué
hacer. La profesora y el chofer me ol vi daron en el asiento tra-
sero. Tardé medi a hora en deci di rme a bajar. En una roca pla-
na habí a huevos duros. Si nt i éndome sumergi do en l a mi sma
soledad que la vieja del diente huér f ano, t omé uno y me subí a
un árbol . No hubo manera de que respondi era a las insistentes
invitaciones de la profesora para que bajara de la rama donde
per manecí a sentado inmóvil, me desvistiera y nadara con mis
compañer os . ¿Qué podí a saber ella? ¿ Cómo deci rl e que era l a
pri mera vez que veía una corri ente de agua dul ce, la pri mera
vez que me subí a a un arrayán, la pri mera vez que sentí a las fra-
gancias de la vi da vegetal, la pri mera vez que veía mosquitos di -
buj ando con sus et éreas patas ma c r a més en l a superficie del
agua, la pri mera vez que escuchaba el sacerdotal croar de los
sapos bendi ci endo al mundo? ¿Sabí a el l a que mi sexo sin pre-
puci o semejaba un hongo blanco? Lo mej or que me podí a su-
ceder era que me dej aran estar qui eto en ese mundo aj eno,
húme do, bal sámi co, en el que, por no conocerme, nadie po-
dí a establecer la di ferenci a. ¡Sí, antes de que se me rechazara
era mej or que yo mi smo, ai s l ándome, los negara!
Mur mur a ndo «Es t ont o», me dej aron t ranqui l o y pr ont o,
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enfrascados en los j uegos acuáti cos, me ol vi daron. Comí lenta-
mente el huevo duro y me compar é con él. Cortarme del exte-
ri or me convení a, me daba fuerzas pero al mi smo tiempo me
volvía estéril. Tuve la sensaci ón de estar de más en el mundo.
Repent i nament e una mari posa de alas iridiscentes vi no a po-
sarse en mi ceño. No sé l o que me s ucedi ó entonces, mi visión
pareci ó extenderse, penetrando en el ti empo. Me sentí como
el mas car ón de proa, presente, de una barca que era todo el
pasado. Yo no estaba sol amente en ese ár bol mat eri al , si no
t ambi én en un árbol geneal ógi co. Qui ero expl i carme bi en: el
t érmi no «geneal ógi co» me era desconoci do y t ambi én la metá-
fora «fami l i a-árbol »; sin embargo sentado en ese ente vegetal,
i magi né a l a humani dad como un transatl ánti co i nmenso ati-
borrado de un bosque fantasmal, viajando haci a un futuro ine-
l udi bl e. Inqui eto, dej é veni r al Rebe. « Un dí a te darás cuenta
de que las parejas no se encuentran por pur o azar: una con-
ci enci a sobrehumana las une con obstinados designios. Pi ensa
en las ext rañas coi nci denci as que hacen que tú llegues al mun-
do. Sara es huérf ana de padre. AJ a i me tambi én se le muere el
padre. Tu abuela materna, Jashe, pi erde a J os é , su hij o de 14
años , fallecido por comer una l echuga regada con aguas infec-
tas, lo cual la perturba mental mente para toda la vida. Tu abue-
la paterna, Teresa, pi erde t ambi én a su hi j o preferi do, ahoga-
do en una creci da del Dni éper, a los 14 años, lo que la vuelve
l oca. La medi a-hermana de tu madre, Fanny, se casa con su pri -
mo J os é , vendedor de gasolina. La hermana de tu padre, tam-
bi én Fanny, se casa con un garajista. El otro medi o hermano
de Sara, Isidoro, f emeni no, cruel , solitario, t ermi nará soltero
vi vi endo con su madre en una casa que él mi smo, como arqui-
tecto, le di seña. Benj amí n, homosexual , cruel , solitario, vivirá
en pareja con su madre, comparti endo el mi smo lecho, hasta
la muerte de aquél l a y perecerá un a ño des pués de su entierro.
Se di rí a que una fami l i a es el reflejo de la otra. Tanto Jai me co-
mo Sara son ni ños abandonados persi gui endo sin cesar el ine-
xistente amor de sus padres. Lo que a ellos les han hecho te lo
están haci endo a ti . A menos que te rebeles, a los hijos que vas
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a tener has de hacerles lo mi smo. Los sufrimientos familiares,
como eslabones de una cadena, se repi ten de gener aci ón en
generaci ón, hasta que un descendiente, en este caso qui zás tú,
se hace consciente y convierte su mal di ci ón en bendi ci ón. » A
los diez años ya pude comprender que para mí la fami l i a era
una trampa de la que debí a l i berarme o mori r.
Ta r dé muc ho en encont r ar l a e ne r g í a para r ebel ar me.
Cuando la profesora le dijo que su hij o estaba gravemente de-
pri mi do, que quizás tení a un t umor en el cerebro o bi en pade-
cí a los efectos de un intenso traumatismo debi do a una pérdi -
da de t erri t ori o o un abandono fami l i ar, J ai me, en l ugar de
preocuparse por mi salud mental , se of endi ó. ¿ Cómo esa flaca
tonta, histérica, burguesa, osaba acusarlo, ¡a él! , de padre ne-
gligente y a su vastago de mariconcete débil? Inmediatamente
me prohi bi ó ir a la escuela y, aprovechando que habí a encon-
trado un l ocal , se fue del Edén de Creso sin pagar la úl t i ma se-
mana.
Sara, para ser bi en vista por su f ami l i a, quer í a tener una
tienda en el centro de la ci udad, pero Jai me deci di ó, impulsa-
do por sus ideales comunistas, arrendar un sitio en un barri o
popul oso. Nos s umergi ó en l a calle Matucana.
La zona comerci al ocupaba tres cuadras solamente, por ella
ci rcul aba un enj ambre de gente pobre, empleadas domést i cas,
obreros y mercachifles, sobre todo los s ábados , dí a de paga.
J unt o a las barreras del tren, en cuclillas, se veí an filas de ven-
dedores de conejos. Los cadáveres col gando del borde de ca-
nastos, conservando l a pi el pero con el es t ómago abierto, don-
de br i l l aba un negro hí g a do del t a ma ño de una acei t una,
formaban collares asediados por las moscas. Vendedores calle-
j eros anunci aban j abones que el i mi naban todas las manchas,
jarabes buenos para la tos, la di arrea y la i mpot enci a, tijeras
tan poderosas que cortaban clavos... Muchachos delgados, con
la más cara cetrina de la tuberculosis, ofrecí an sus servicios de
lustrabotas. No exagero. Los s ábados se me hací a difícil respi-
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rar, tan espeso era el hedor a ropa sucia que surgí a de la mul ti -
tud. En esos cuatrocientos metros, como enormes arañas som-
nolientas, abrí an sus puertas tres tiendas de ropa hecha, una
zapat erí a, una farmacia, un gran al macén, una hel aderí a, un
garaje, una iglesia. Además , bulliciosas, atestadas de parroquia-
nos y desparramando efluvios avinagrados, siete cantinas. Chi -
le era un paí s de borrachos. Todas las actividades giraban en
torno al al cohol . Desde el presidente, Pedro Agui rre Cerda, al
que por su mucho beber y su nariz abultada lo l l amaban « don
Ti nt o», hasta el miserable obrero que cada fin de semana, des-
pués de comprarl e a su muj er ropa i nt eri or nueva y a su prol e
camisas y calcetines, se bebí a el resto del sueldo y luego se pa-
raba en medi o de l a vía f érrea - en Mat ucana pasaban, entre l a
calle y la vereda, largos trenes de carga- y desafiaba, puños en
ristre, a la l ocomotora. El orgul l o vi ri l de los ebrios no tení a lí-
mites. Una vez, me t ocó pasar por l a calle en el moment o en
que la máqui na acababa de despedazar a un altanero. Los mi -
rones j ugaban, pat eándol o entre jocosos gritos, a lanzarse un
trozo de carne humana.
Mi padre, emperrado en convertirse en el rey del barrio, pa-
ra atraer a la plebe volvió a colocar ante la puerta gritones cada
vez más extravagantes, payasos cirujanos reparando un muñe-
co sangriento con el signo $ en la frente, «¡ El Combate mej ora
los pr eci os ! » , o una gui l l ot i na donde un mago decapi taba a
gordos que representaban a comerciantes explotadores, o un
enano con vozarrón enorme disfrazado de Hi t l er: «¡ Guer r a a
la carestí a! », etc. A pesar del exceso de ladrones, col ocó toda la
mercaderí a amontonada en mesas, buscando siempre dar la idea
de abundanci a. Instal ó un mostrador de madera que, en el me-
di o, tení a una ranura y él mi smo, delante de los clientes, con
un afilado cuchi l l o y moldes copiados de ropa americana, cor-
tó espesas capas de tocuyo para que los trozos de tela fueran
ahí mi smo cosidos por ni ñas obreras, confecci onando así ropa
barata que i ba directamente del fabricante al consumidor. Pu-
so altavoces a fuerte vol umen lanzando alegres mel odí as espa-
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ñol as que tení an letras siempre lascivas. «Échal e guindas al pa-
vo... que yo le echaré a la pava... azúcar, canel a y clavo. » Los
obreros, obnubilados, l l enaban el negocio. Muchos vení an con
canastos. Apenas yo, que tení a la obl i gaci ón des pués de termi-
nar las tareas de ir al Combate a vigilar el conj unto de clientes,
veí a que un roto habí a escondi do un chal eco de l ana, unas
enaguas, o cualquier prenda en el f ondo de su canasto, le hací a
una s eña a mi padre. Jai me de un salto pasaba sobre el mostra-
dor, caí a sobre el caco y lo demol í a a golpes. El pobre hombre,
si nti éndose culpable, no se def endí a y aceptaba servil el casti-
go. Si era una l adr ona, l e daba t remendas cachetadas y l e
arrancaba la falda para expulsarla a la calle, de una patada, con
los calzones en los tobillos.
De ni nguna manera aprobaba yo l a vi ol enci a de mi padre.
Se me anudaban las ent rañas y me ardí a el pecho cuando veía
esas caras ensangrentadas aceptando el castigo como si fuera
dado por los puños de Dios. Para los hombres, un diente roto
o una nariz quebrada era menos grave que el hecho, para las
mujeres, de mostrar las nalgas desnudas con los calzones bajos,
a veces agujereados, ante los ojos de una mul t i t ud burl ona. Po-
breci l l as, se quedaban paralizadas, agobiadas de ver güenza,
con las manos pegadas al pubis, incapaces de inclinarse haci a
l a prenda í nti ma y alzarla. Al gui en tení a que venir, un ami go,
una parienta, y cubri rl a con una chaqueta o un chai , para sa-
carla de ese cí rcul o hostil. Cada vez que yo s eñal aba con el ín-
dice el canasto culpable, un gusto amargo i nvadí a mi boca: no
querí a dañar a esa gente que robaba por hambre, pero tampo-
co deseaba traicionar a mi padre. El jefe sagrado me habí a da-
do una or de n y yo, aunque s i nt i era que era a mí mi s mo a
qui en humi l l aban y herí an la carne, tení a que cumpl i rl a. Des-
pués de cada paliza me encerraba a vomi tar en el baño.
Mi cuerpo, que cont ení a tanta cul pa, tantas l ágri mas prohi -
bidas, tanta añoranza de Tocopi l l a, comenzó a transformar la
pesadumbre en grasa. A los 11 años pesaba un poco más de
ci en kilos. Agobi ado, me costaba despegar los pies del suelo,
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avanzaba raspando l a calle con las suelas seguido como por
dos largos l amentos, respi raba con l a boca entreabi erta ha-
ci endo esfuerzos para tragar un aire que me rechazaba, el pel o
que antes fuera ondul ado me caí a lacio y opaco sobre la fren-
te. Habi endo ol vi dado que habí a un ci el o sin fi n, vivía con l a
cabeza i ncl i nada dá ndo me como úni co hori zont e l a grosera
vereda de cemento.
Sara pareci ó darse cuenta de mi tristeza. Ll egó de la casa de
su madre portando en los brazos una caja de madera barniza-
da de negro. «Al ej andro, pront o acabar án las vacaciones. En
un mes más podr ás i r al liceo y encontrar amigos, pero ahora
tienes que entretenerte con algo. Jashe me ha regalado el vio-
lín de su hij o J os é , que en paz descanse. A el l a le darí a una ale-
grí a enorme que tú estudiaras y con este sagrado i nstrumento
hicieras lo que mi pobre hermano no pudo hacer: tocarnos El
Danubio azul durante las cenas familiares. »
Me vi obl i gado a tomar clases en la Academi a Musi cal que
una f anáti ca socialista ani maba en el s ót ano de l a Cruz Roj a.
Para llegar ahí tení a que cami nar por toda Matucana. El estu-
che negro, en lugar de tener costados con curvas siguiendo la
f orma de un violín, era recti l í neo como un at aúd. Los lustra-
botas, al verme pasar, estallaban en risas sarcásticas. «¡ Ll eva un
muert o! ¡ Sepul t ur er o! » Yo, roj o de ver güenza, con el rostro
hundi do entre los hombros, no podí a ocultar l a funeral caja.
Ellos tení an razón. El violín que llevaba dentro eran los restos
de J os é . Por no quererl o enterrar, l a abuela me habí a converti-
do en su vehí cul o. Yo era una f orma hueca a la que se utilizaba
para transportar un al ma en pena. Pens ándol o mejor, era el
ent errador de mi pr opi a al ma. La llevaba di f unta dent ro de
ese horri bl e estuche. Des pués de un mes de cursos donde las
notas negras me pareci eron de l uto, me detuve frente a los lus-
trabotas y los mi ré sin deci r palabra. Sus sarcasmos aumenta-
r on hasta convertirse en un coro ensordecedor. Lent ament e
bor r ó l a al garabí a el piafar de una i nmensa cucaracha mecáni -
ca del col or de mi estuche. Lancé el at aúd hacia l a vía f érrea,
donde fue reduci do por la l ocomot ora a un mont ón de astillas.
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Los andrajosos, sonrientes, recogi eron los pedazos para hacer
una fogata, sin preocuparse por mí , que s eguí a de pie frente a
ellos sacudido por antiguos sollozos. Un anci ano borracho sa-
lió de la cantina, me col ocó una mano en la cabeza y con voz
ronca susurró: « No te preocupes, muchacho, una vi rgen des-
nuda al umbrará t u cami no con una mari posa que arde». Lue-
go se fue a ori nar sumergido en la sombra de un poste.
Ese viejo, converti do en profeta por el vi no, con una sola
frase me sacó del abismo. Aunque sepultado en el f ondo del
pantano, alguien me i ndi caba que desde ahí podí a emerger l a
poesí a. Jai me, de la mi sma manera en que se habí a burl ado de
todas las rel i gi ones, se ens a ñó t ambi én con los poetas. «Ha-
bl an de amar a la mujer, como ese tal Garcí a Lor ca, pero son
puros mar i cones . » Luego ext endi ó su despreci o a cual qui er
f orma de arte, literatura, pi ntura, teatro, canto, etc. Sól o bufo-
nes despreci abl es, par ás i t os sociales, narcisistas perversos,
muertos de hambre. En un ri ncón de nuestro apartamento,
cubierta de polvo, vegetaba una má qui na de escribir marca Ro-
yal. La l i mpi é cuidadosamente, me sent é frente a ella y me pu-
se a l uchar contra el rostro de mi padre que, gigantesco, i nvadía
mi mente. Me mi raba con desprecio. «¡ Mari ca! » Transforman-
do mi sumi si ón en revuelta di s gregué con furi a al dios bur l ón
para escribir mi pri mer poema. Aún l o recuerdo:
La flor canta y desaparece,
¿ cómo podemos quejarnos ?
Lluvia nocturna, casa vacía.
Mis huellas en el camino
se van disolviendo...
La poes í a oper ó un cambi o f undamental en mi conducta.
Dej é de ver el mundo por los ojos de mi padre. Tratar de ser
yo mi smo me estaba permi t i do. Si n embargo, para guardar el
secreto, cada dí a fui quemando mis poemas. El al ma, vi rgen
desnuda, al umbraba mi cami no con una mari posa en llamas.
Cuando pude escribir sin sentir vergüenza y sin pensar que
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comet í a un cri men, quise conservar mis versos y encontrar a
qui én leerlos. Pero el poder de mi padre, su culto al valor, su
desprecio a la debi l i dad y la cobardí a, me causaban terror. ¿Có-
mo anunci arl e que tení a un hij o poeta? Tarde en la noche, es-
pe r é que regresara de El Combat e, deci di do a enfrentar su
cansancio y su mal humor. Ll egó, como de costumbre, con un
mont ón de billetes envueltos en papel de di ari o. Lo pri mero
que me dijo fue un agrio «¡ Tráeme el al cohol ! ¡Hay que desin-
fectar esta pest e! ». Vació en su escritorio un di nero arrugado,
sucio, mal ol i ente. Vapori zó sobre él una nube desinfectante y
col ocándos e guantes de ciruj ano comenzó a ordenarl o y con-
tarlo. Aveces, l anzando insultos, aplanaba billetes verdosos. Yo
los veía como cadáveres de insectos marinos. «Pont e los guan-
tes Al ej andro, no vayas a atrapar una asquerosidad, y ayúdame
a contarl os. » Me atreví a comenzar mi conf esi ón. «Papá, tengo
algo i mport ant e que deci rt e. » «¿Al go i mport ant e, tú?» «¡ Sí ,
yo! » Y en ese «yo» traté de embut i r toda mi i ndependenci a:
« ¡ No soy tú, no veo el mundo como tú lo ves, res pét ame! ». Pe-
ro como un billete traía costras, de barro, de sangre o de vómi-
to, J ai me me olvidó y, l anzando mal di ci ones, con una l i ma de
uñas comenzó a despegar la i nmundi ci a. Me pr epar é a gritarle
por pri mera vez en mi vida: «¡ Imbéci l , date cuenta de que exis-
to! ¡ No soy tu hermano Benj amí n, el mari cón, soy yo, tu hi j o!
¡ Nunca me has visto! ¡ Por eso engordo, para que te des cuenta,
si no de mi alma, al menos de mi cuerpo! ¡ No me pidas que sea
un guerrero, soy un ni ño! ¡ No, un ni ño no, porque tú l o has
asesinado! ¡Soy un fantasma que qui ere hui r del cadáver adi-
poso que lo enci erra para encarnarse en un cuerpo vivo, l i bre
de tus conceptos y tus j ui ci os ! ». No pude pronunci ar ni la pri -
mera sí l aba porque, anunci ado por un tremendo rugi do sub-
t erráneo, comenzó un tembl or que amenazó convertirse en te-
rremoto. Cuando el piso y las paredes vi bran podemos pensar
que por la calle pasa un cami ón de gran tonelaje, pero cuando
las l ámparas se convierten en péndul o, las sillas se pasean de
un muro al otro, se despl oma un armari o y una lluvia de pol vo
cae del techo, nos convencemos de que la tierra se ha encole-
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rizado. Esta vez su furi a parecí a convertirse en odi o mortal . Te-
ní amos que asirnos a los barrotes de una ventana para no des-
pl omarnos, los muros se cuarteaban, el cuarto se convertí a en
una barca agitada por la tormenta. Desde la calle nos l l egó el
gri terí o de una muchedumbr e enl oqueci da. J ai me me t omó
de una mano y dando traspiés me conduj o haci a el bal cón. Se
puso a lanzar carcajadas. «¡ Mi ra a esos santurrones, j a, j a, caen
de rodillas, se gol pean con un puño el pecho, se mean y se ca-
gan, tan cobardes como sus perros ! » Efectivamente, los canes,
sueltos de vi entre, aul l aban con los pelos erizados. Cayó un
poste. Los cables de la luz se agitaron en el suelo dando latiga-
zos chispeantes. La mul t i t ud corri ó a refugiarse en la iglesia,
cuya úni ca torre se i ncl i naba de un l ado para otro. Jai me, más
y más alegre, en el bal cón que amenazaba despl omarse, me
mant uvo j unt o a él i mpi di e ndo que cor r i er a haci a l a cal l e.
«¡ Suél t ame, papá, la casa se puede derrumbar! ¡ Afuera estare-
mos más seguros! » Me di o un cachete. «¡ Qui eto, aquí te que-
das, j unt o a mí ! ¡ Ti enes que tenerme confi anza! ¡ De ni nguna
manera acept ar é que seas un cobarde como los otros! No te
hagas cómpl i ce del temblor. El mi edo aumenta los daños . Si l e
haces caso, la tierra se envalentona. Ignóral a. No pasa nada. Tu
mente es más poderosa que un es t úpi do t erremot o. » Por suer-
te las sacudidas no si gui eron aumentando. Poco a poco el sue-
l o r ecuper ó su cal ma habi tual . Jai me me sol tó. Con una sonri-
s a de s a t i s f a c c i ó n y ai res de h é r o e me mi r ó des de u n a
inaccesible torre. «¿Qué querí as deci rme, Pi nocho?» «¡ Oh, pa-
pá, debe de haber sido algo sin i mport anci a, el t embl or hi zo
que lo ol vi dara! » Se sent ó frente a su escritorio, se col ocó sus
tapones en las orejas y, como si yo hubi era dejado de existir, se
di spuso a t ermi nar de contar, l anzando sus acostumbradas
maldiciones, los sucios billetes obreros.
Volví a mi cuarto si nti endo que sobre mi al ma habí a pasado
una aplanadora. La val entí a de mi padre era i nvenci bl e, su au-
tori dad absoluta. El era el amo y yo su esclavo. Incapaz de re-
belarme sól o me restaba obedecer, l i qui dar mi actividad crea-
dora, no tener existencia sin ser gui ado: el i mposi bl e sentido
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de la vi da era adorar al omni potente Padre. . . Ot r a vez me die-
r on ganas de saltar por la ventana, esta vez para ser arrol l ado
por el tren que a cada hora de la noche pasaba por ahí debajo
l anzando silbidos que atravesaban como inmensos alfileres la
l i bél ul a de mis s ueños . Un pensami ento me i mpi di ó pasar al
acto. « No me puedo mor i r sin conocer el sexo de mi padre.
Debe de tener un falo tan grande como el de un asno. »
Es per é hasta las cuatro de la mañana, hora en que los ron-
qui dos de mis progenitores, tan potentes como el de las loco-
motoras, i nvadí an el hogar. Avancé con l a punt a de los pies,
tratando de no pensar, no fuera que al guna palabra hi ci era vi-
brar mi mente más allá del cráneo provocando crujidos en los
muros, en el piso o en los muebles. Se me convirtió en una ho-
ra el mi nut o que de mor é en abri r l a puert a del dor mi t or i o.
Un a os curi dad ranci a me i nmovi l i zó. Por mi edo a tropezar
con un zapato o con el ori nal l l eno de orines, que cada maña-
na vaciaba mi madre mientras Jai me y yo t omábamos el desa-
yuno, me que dé converti do en estatua hasta que mis ojos se
acost umbraron a l a negrura. Me fui acercando al l echo. Me
atreví a encender mi l i nterna. Con ella, cui dando que ni ngún
rayo fuera a dar en sus rostros, recorrí los cuerpos. Era la épo-
ca más calurosa del año. Tanto el l a como él dor mí an desnu-
dos. Ebrias por el penetrante olor, zumbaban algunas moscas
l i bando entre los pelos de las axilas. La pi el blanca de mi ma-
dre guardaba aún las huellas rojizas del corsé que la opr i mí a
de la ma ña na a la noche. Sus senos, dos pl át anos inmensos, re-
posaban serenos j unt o a sus flancos. Dor mí a, rol l i za diosa de la
abundanci a, con una marf i l eña y menuda mano apoyada en el
espeso vello pubi ano de mi padre. Mi sorpresa fue tan grande
que la l engua hi nchada me comenzó a palpitar como si se hu-
bi era transformado en corazón. Me di er on ganas de reír. No
de al egrí a sino de nervios. Lo que estaba vi endo daba un golpe
demol edor a la torre mental en que la autori dad de Jaime me
habí a encerrado. El cal or de los dedos de Sara, tan cerca, le
provocaba una erecci ón. Por cierto, el mi embr o ci rcunci so te-
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ní a f orma de hongo, pero, ¡ i ncreí bl e! , era mucho más peque-
ño que el mí o. Más que falo parecí a un dedo meñi que.
De un solo golpe compr endí el por qué de l a agresividad de
Jai me, su vindicativo orgul l o, su eterno rencor al mundo. Me
habí a preci pi tado en l a debi l i dad, cons t r uyéndome solapada-
ment e un caráct er de cobarde, de ví ct i ma i mpot ent e, para
sentirse poderoso. Se burl aba de mi nariz larga porque entre
las piernas se sabí a corto. Necesitaba probarse a sí mi smo se-
duci endo a las di entas, domi nando a mi enorme madre, en-
sangrentando a los l adrones. Su poderosa vol unt ad se habí a
convertido en el compl ement o de su mí ni ma pol l a. Se me des-
b o r o n ó el gigante. Y, con él, el mundo entero. Ni nguno de los
sentimientos que me habí an i ncul cado eran verdaderos. To-
dos los poderes, artificiales. El gran teatro del mundo, una for-
ma hueca. Dios se habí a caí do del trono. La úni ca fuerza au-
téntica con l a que yo podí a contar era l a escasa mí a. Me sentí
p m o un ente sin esqueleto al que l e hubi eran qui tado las mu-
letas. Si n embargo, ni ás . ml í a- ^»a- ínfima- ve edad que una i n-
ciensa menti ra.
Me habí an inscrito en el Li ceo de Apl i caci ón, magní f i ca es-
cuela en un noble edificio, con profesores capaces y un ópt i mo
programa de estudios, pero con una inesperada di fi cul tad: los
al umnos eran simpatizantes de l a Al emani a nazi . Durant e l a
guerra, qui zás por causa de la fuerte i nmi graci ón al emana o
por l a i nfl uenci a de Carlos Ibáñez, dictador surgido de un ejér-
cito formado por instructores teutones, más del ci ncuenta por
ci ento de los chi l enos eran germanóf i l os y antisemitas. Bast ó
que des pués de la clase de gimnasia yo tomara la obl i gatori a
ducha colectiva para que mi hongo me traicionara. A los gritos
de « J u d í o errante! » fui expulsado de todos los j uegos que or-
ganizaban los estudiantes en los momentos de descanso. Du-
rante las clases se me concedi ó el pri vi l egi o de sentarme solo
en un banco: nadie quiso comparti r el sitio doble conmi go. Al
comi enzo no compr endí este ext rañami ent o. Jai me nunca me
habí a di cho que pert enecí a a la raza j udí a. Según él, mis abue-
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los eran rusos de pura cepa, comunistas, que habí an hui do de
las iras zaristas. ¡ Los j udí os , tanto como los cristianos, los bu-
distas, los mahometanos y otros religiosos eran unos locos que
creí an en cuentos de hadas! Poco a poco, reci bi endo un i nsul -
t o tras otro, c ompr e ndí que mi cuerpo estaba f ormado por
una materi a despreciable, diferente a la de mis compañer os .
En el pri mer trimestre me vengué convi rt i éndome en el mej or
al umno. No fue difícil: sin que mis padres me hablaran —una
frase de más convertí a su fatiga en exasperación—, y sumergi do
en el silencio al que me habí an condenado los muchachos, el
úni co entreteni mi ento que me quedaba era estudiar horas y
horas, dí a y noche, no por placer o deber sino como una dro-
ga que me i mpedí a enfrentar l a angustia. Por suerte ahí , en
ese pantano sin f ondo, surgí an de pront o como flores de l oto
algunos cortos poemas.
Esto de sentirme cuerdo hasta el aburrimiento
viendo pasar los enloquecidos carnavales
agitando banderas procaces por las calles
como si todos fueran muertos vestidos de dorado
mientras yo hago de mi rincón un templo vacío...
Cansado de vi vi r como una ví ct i ma traté de entrar en l a
compet i ci ón de salto de altura. En medi o del patio se ext endí a
una fosa cuadrangul ar l l ena de arena. Una vara hori zontal en-
tre dos col umnas medí a la altura de los brincos. Apenas sona-
ba l a campana otorgando un recreo, los muchachos corrí an
hacia el sitio para formar una larga cola. Uno tras otro intenta-
ban dar saltos que sobrepasaran los de sus compañer os . No lo
hací an mal . La vara a veces alcanzaba el metro setenta. Cuan-
do yo intentaba ubi carme en la cola, entre todos me empuja-
ban fuera, mur mur ando sin mi rarme: « Gor do hedi ondo» .
Si desde pequeño habí a aceptado ser humi l l ado, si nti endo
mi di ferenci a como una castraci ón, ahora, que me sabí a pro-
visto de un sexo de mayor t amaño que el de mi padre, tuve ga-
nas de demostrarles a mis enemigos que no me podí an vencer.
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Ent ré en l a of i ci na del Rector, l ugar sacrosanto donde ni ngún
al umno se atrevía a asomar, le expuse mi pr obl ema y le pe dí
que me ayudara a sobrevivir aceptando aquel l o que deseaba
proponerl e. ¡ Accedi ó! Al sonar l a campana, los al umnos de ca-
da curso se f ormaban en los corredores del pr i mer y segundo
piso, ante las puertas de las aulas, esperando la llegada del pro-
fesor. El patio, cuadrangular, con su arena para salto de altura,
quedaba en el centro. En esos ci nco mi nut os que duraba la es-
pera, el Rector me permi t i ó que i ntentara saltar. Por mi excesi-
vo peso yo distaba de ser un atleta. Me propuse comenzar por
un metro y medi o. Al comi enzo me resul tó i mposi bl e sobrepa-
sarlo. Ent re las burlas generales, eran por lo menos qui ni entos
al umnos, yo corrí a haci a l a vara, daba un br i nco con toda l a
ener gí a que podí a, como si en el l o me fuera l a vi da, me eleva-
ba en el aire, echaba abajo el pal o y caí a despatarrado en l a
arena. Estallaba un j ol gor i o bur l ón. Si n hacer caso de las atro-
nadoras risas, volvía a comenzar. Y así, si n cesar, ci nco mi nut os
seis veces por dí a, una y otra vez, fracaso tras fracaso, durante
cuatro meses. Poco a poco fui adelgazando, de ci en kilos pas é
a ochent a; aunque cont i nué vi é ndome obeso, gracias a una
nueva muscul atura pude sobrepasar el met ro sesenta. En los
dos úl t i mos meses l ogré bajar diez kilos más y, como el mejor,
s obr epas é l a barra a l a altura de un metro setenta. Un si l enci o
rabioso c or onó mi éxi t o.
Ha bí a t er mi nado el a ño escolar. De pi e en el pat i o, for-
mando un grupo compact o, los al umnos esperaban a que se
abri era el por t ón para salir a l a calle en una caót i ca estampi da
haci a el verano. Yo, a qui en habí an rel egado al f ondo, s ent í
que antes de parti r debí a ir a agradecer al Rect or el favor que
me habí a otorgado, y c ome nc é a abri rme paso entre los estu-
diantes. Para l l egar a l a r ect or í a t ení a que atravesar t odo el
grupo. Se apretaron cada vez más , creando un mur o humano.
Empe c é a apartarlos a empuj ones. Ni ng uno daba un gri to ni
hací a un gesto vi ol ento. Todo s ucedí a en un hi pócri t a si l enci o
porque desde los pasillos altos vi gi l aban los profesores. Ll e-
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gando ya al centro del pati o, al alzar el brazo i zqui erdo para
separar los hombros de dos oponentes, me par eci ó reci bi r en
el bí ceps un puñet azo. No me quej é. Seguí tratando de avan-
zar. La sangre c omenz ó a gotear por mis dedos. La manga de
mi camisa bl anca se estaba t ornando granate. Una raja en l a
tela mostraba el sitio por donde habí a entrado l a cuchi l l ada.
Abr i e r on el por t ón. La masa, l anzando un al ari do, corri ó ha-
ci a el ext eri or y en un par de mi nut os que dé solo en medi o
del cuadrado de arena. Al ver l a mancha roj a, los profesores
c or r i er on haci a mí . Pál i do, pero si n l l or ar ni quej arme, les
mos t r é l a heri da. « Ha sido un accidente. Dos c ompa ñer os es-
taban j ugando con un cortapl umas, pas é j unt o a ellos j usto en
el moment o en que uno hací a un gesto brusco. Por suerte le-
vant é un brazo, si no l a hoj a se hubi era enterrado en mi cora-
zón. »
Ll amar on a la Cr uz Roj a. La ambul anci a me llevó a la clíni-
ca. Ans i os os por par t i r de vacaci ones ni ng ún prof es or me
a c ompa ñó. Tras de mí cerraron las puertas del vacío liceo. Un
enf ermero rudo desi nf ectó y cosi ó la heri da con tres puntadas.
« No es nada, muchacho. Vete a tu casa, traga estas pastillas y
duerme una siesta. » A soportar el dol or ya estaba acostumbra-
do; t ambi én lo estaba al desi nterés de los otros por lo que me
pudi er a suceder. Apart e del i magi nari o Rebe y del no menos
i magi nari o Al ej andro anci ano, nunca al gui en me habí a acom-
pa ña do. La soledad, como l a venda de una momi a, me opr i mí a
el cuerpo. Dent ro de ese capul l o de tela cor r oí da yo, oruga es-
téril, agonizaba. ¿Y si no levanto el brazo y la puñal ada me per-
fora el corazón? ¿Habrí a muerto alguien? ¿Qui én? ¡ Al guno que
no era yo! Mi verdadero ser nunca ha germi nado. En el cuadri-
l át ero de arena se hubi era despl omado sól o una sombra. Si n
embargo el azar habí a ordenado que mi al ma muerta no desa-
pareciera. Si esos designios misteriosos llamados destino desea-
ban que yo viviera, para hacerl o tení a pr i mer o que nacer.
Me encer r é en el cuarto que me habí an dado en el f ondo
del oscuro apartamento. Como los i nvi ernos t ení an pocos dí as
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de gran frío, el i mi nando estufas el éctri cas o a gas, nos cal entá-
bamos con braseros. Reuní todas mis f ot ograf í as y sobre esos
carbones transformados en rubí es las vi convertirse en cenizas.
Ya nadi e, nunca, j a má s , podr í a i denti fi carme con las i mágenes
de aquel que habí a dej ado de ser. Yo, ni ño, triste, en un banco
de la plaza de Tocopi l l a, disfrazado de Pi errot, soportando una
vieja medi a negra por sombrero cuando Sara habí a promet i do
fabricarme un bonete punt i agudo, bl anco, con pompones de
gasa. En otra foto apar ecí a yo, que siempre andaba con el pel o
revuelto, alpargatas y mamel uco de piernas largas, vestido a la
inglesa, pant al ón corto gris, chaqueta sal y pi mi ent a, zapatos
bl anqui negros y casco de gomi na, y posando tieso, enf urruña-
do, con las canillas desnudas (nadie pudo obl i garme a poner-
me los calcetines de a l godón) , para que le enviaran a la abuel a
una i magen que no era la mí a. «¡ Qué vergüenza: Jashe nos va a
despreci ar. . . ! » Más tarde yo, ahogado en un grupo del l i ceo,
entre esos muchachos crueles, de los cuales aún recuerdo el
apel l i do de dos con escal ofrí os de i ra, Squel l a y Ubeda, gran-
dotes abusadores que habí an i nstaurado un j uego envilecedor:
cuando es t ábamos di s t r aí dos , se nos acercaban por det r ás y
dá ndonos un golpe de pelvis en el cul o procl amaban «¡ Clava-
do! » . Los tres pri meros años los tuve que pasar con las nalgas
apoyadas contra una pared. Por fi n, at raí dos por mis gritos, los
sorprendi eron tratando de vi ol arme en las letrinas y los expul -
saron del colegio. En lugar de agr adecér mel o mis c ompa ñer os
r ompi er on el silencio en el que me mant ení an con una sola e
i nj uri osa palabra: « ¡ Sopl ón! » . Seguí quemando otras fotogra-
fías, creí que habí an ardi do todas, pero no: en el f ondo de l a
caja de zapatos donde guardaba mi col ecci ón, quedaba una.
En ella me vi posando j unt o a una muchacha de pul posa boca
y grandes ojos claros con una expr es i ón de arrogante mel an-
col í a. La ar r oj é al brasero. Al verl a arder, de pr ont o me di
cuenta de que tení a una hermana.
Puede parecer i rreal que al gui en, desde su naci mi ento, con-
viva con una hermana dos años mayor que él, creci endo en l a
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mi sma casa, comi endo en la mi sma mesa y sin embargo se sien-
ta hi j o úni co. Hay una real i dad densa, construi da por l a pre-
sencia de los cuerpos, que si no va a c ompa ña da de una real i dad
psí qui ca, se hace invisible. No es que yo tomara el sitio de mi
her mana, no es que el l a fuera una pal oma sacrificada, no es
que el centro de la at enci ón, por ser hombre, se me concedie-
ra. Muy al contrari o, sin que hasta ese moment o me di era cuen-
ta, el borrado habí a sido yo. General mente el hij o varón, el es-
perado, aquel que va a asegurar l a cont i nui dad del apel l i do
paterno, es el preferi do. A la ni ña se la relega al mundo de la se-
ducci ón y del servicio. En mi caso fue todo l o contrari o. Cuan-
do ella naci ó, l o oc upó todo. Yo, desde mi pri mer vagido fui un
intruso. ¿Por qué? Aún hoy no me l o expl i co con certeza. Ten-
go varias hi pótesi s, todas me convencen pero ni nguna logra sa-
tisfacerme. Nunca vi a mi padre usar su apel l i do. Su fi rma ban-
cari a era un escueto Jaime. Es más , en su carnet del Part i do
Comuni s t a apar ecí a como J uan Araucano. A veces me decí a:
«Lees mucho, tal vez un dí a cometas la estupidez de querer ser
escritor. Si firmas Jodorowsky nunca triunfarás, usa un seudóni -
mo chi l eno». Parece ser que mi abuelo Al ej andro l o habí a desi-
l usi onado. Con rencor secreto, casi no l o nombr ó, nunca cont ó
acerca de él una anécdot a, sól o permi t i ó saber que era un za-
patero r emendón con ínfulas de santo. Por consejos de su Re-
be, la mayor parte de lo que ganaba -que era mí ni ma porque a
sus zapatos y reparaciones no les poní a preci o, el cliente daba
lo que le dictaba su buena vol untad, que siempre era t acaña- se
i ba en l i mosna para los pobres. De tanto sufrir por ellos, mur i ó
relativamente j oven, con el corazón carcomi do. «¿Qué clase de
santo es ese que le qui ta el pan a su fami l i a para ofrecerlo a bo-
cas aj enas?» Al fallecer dej ó una muj er y cuatro ni ños en l a mi -
seria. La col oni a j udí a , emigrantes preocupados ellos mismos
por sobrevivir, les cerró las puertas. Mi padre, sacrificando sus
ambi ci ones - ha br í a quer i do estudiar para convertirse en un
t eóri co superi or a Ma r x- , se puso a trabajar en lo que pudo
-cargador, vendedor de carbón, mi nero, ci r quer o- tratando de
dar una vida decente a sus hermanas (que, s egún él, se convir-
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ti eron en putas), y lograr que Benj amí n, el menor, se l i cenci ara
como dentista. No obtuvo los agradecimientos de nadie: su her-
mano, en lugar de darle trabajo como mecáni co dental - és e era
el pacto; Jai me, habi endo heredado la habi l i dad manual de su
padre, podí a fabricar excelentes dientes-, se enamor ó de un j o-
venzuel o de tez mor e na e hi zo s oci edad c on él . Teresa, mi
abuela, apr obó los devaneos de Benj amí n y acept ó vivir con él y
su (para Jaime) vergonzoso amante.
Creo que l a cul pa de todo aquel l o mi padre se l a i mput ó al
zapatero. En el antiguo Egi pt o, cuando quer í an el i mi nar a un
f araón, en lugar de condenarl o a mori r, se preocupaban de bo-
rrar su nombre de todos los papiros y estelas. Así, ext i r pándol o
de la memor i a colectiva, lo condenaban a la verdadera muerte
que es el ol vi do. Cuando un hombr e odi a a su padre, no se re-
produce - par a i mpedi r que el apel l i do se mul t i pl i que - o se
cambi a de nombre. Supongo que J ai me perci bi ó a mi herma-
na como hi j a úni ca. Yo l l egué dos años des pués por sorpresa:
nadie me habí a deseado, el sitio que mi cuerpo ocupaba en el
mundo era usurpado, un abuso mi presencia. Traí a yo en los
genes l a amenaza de l a sobrevivencia del odi ado apel l i do. Ot r a
hi pót esi s, que no ni ega l a pri mera, me hace pantal l a de pro-
yecci ón del odi o que Jai me le tení a a Benj amí n: su put erí o, su
trai ci ón, la apr opi aci ón de la madre, cosas difíciles de tragar.
Tení a que vomitar ese resenti mi ento, desquitarse con al gui en.
Me cri ó cobarde, débi l ; bur l ándos e de ella desarrol l ó mi sensi-
bi l i dad femeni na: con su vi ol ento ej empl o me hi zo detestar las
actitudes machistas. Como su hermano vivía en una casa ates-
tada de libros - e n general historias de amor y temas de sexua-
l i dad solapada-, me hi zo amar l a l ectura i ns cri bi éndome en l a
Bi bl i ot eca Muni ci pal y des pués , en l ugar de j uguetes, me di o l a
l i bert ad de comprar los vol úmenes que qui si era. Ter mi né vi -
vi endo rodeado de muros cuajados de libros, como mi tío. Jai-
me nunca memor i zó bi en mi nombre y a menudo, cuando de-
c i dí a no l l a ma r me P i n o c h o , me d e c í a , c o mo p o r e r r or ,
Benj ami nci to. Incontables veces af i rmó: «Eres el úl t i mo Jodo-
rowsky», i nocul ándome de manera sutil l a esterilidad. Hi pót e-
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sis... Me i gnoró debi do a mi nariz curva. Le molestaba ser ruso
- l l egó a Chi l e con 5 a ño s - y más aún ser j udí o. Querí a raí ces.
En ese Chi l e donde los Guggenhei m se habí an apoderado de
las mi nas de salitre y cobre y luego de los bancos, medrando
gracias a la mi seri a obrera, el antisemitismo pr endi ó como fue-
go en un pajar. A l a menor cont i enda pol í t i ca, comerci al , o
s i mpl ement e por una di s cus i ón cal l ej era, se l e podí a gri tar
« J u d í o de mi erda! ¡ Despat ri ado! ». Para él, que tení a l a suerte
de poseer una nariz recti l í nea, el que yo hubi era naci do con
ese pr omont or i o curvo en medi o de l a cara, era una denunci a
constante. Quizás por eso no tengo recuerdos de haberme pa-
seado, de haber entrado en una dul cerí a o en un cine solo con
él. Si empre que sal í amos, él i ba en el centro y del brazo, entre
mi madre y mi hermana, y yo atrás... y yo en el ri ncón más os-
curo de la mesa del restaurante... y yo en la gal erí a del ci rco, le-
j os del palco de ellos j unt o a l a pista. En real i dad mi fami l i a era
un t ri ángul o padre, madre e hij a, más un intruso. . . Hi pótesi s. . .
J ai me, huér f ano de padre a los 10 años, por el trauma se queda
ni ño, nunca crece emoci onal ment e, tampoco crece su pene.
Nadi e lo ha queri do nunca. Teresa, la madre i deal , a la que as-
pi ra desde que toma el sitio del padre, l o traiciona. En las mu-
j eres adultas ya no puede confiar. La prueba: des pués de l a no-
che de bodas con Sara, no aparecen huellas de sangre en las
s ábanas . Le han dado gato por l i ebre, l a novi a no era vi rgen.
J ai me, sin un peso en los bolsillos, abandona a su esposa, que
ha quedado pr eñada, y se larga a trabajar como mi nero a una
empresa salitrera. Un a ño más tarde, a ese l ugar agobi ante,
donde la sal devora todos los colores, lo va a buscar Sara, con
las llaves de una ti enda en Tocopi l l a y una ni ña en los brazos.
J ai me, al ver a su hij a, ve a su propi a alma. Por pri mera vez se
siente amado. Esos i nmensos ojos verdes son un espejo que
perf ecci ona las i mágenes devaluadas de sí mi smo. Raquel i ta,
para si empre vi rgen, sól o suya, de nadi e más , podr á verlo va-
l i ente, poderoso, bel l o, triunfador. . . Sara, con su dote en for-
ma de llaves, será otra vez aceptada, aunque nunca perdonada:
una trai dora como Teresa, casada a la fuerza con él, pero ena-
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morada de otro, al gún i mbéci l cuya úni ca cual i dad serí a l a de
tener un pito grande... Mi madre acept ó sumisa ser relegada a
segundo t érmi no - t r aí a la or den de Jashe de servir y obedecer
a su mari do, por muy despreciable que ese i ndi vi duo f uera-,
para no tener que avergonzarse ante l a col oni a j udí a . En l a
pri mera noche del reencuent ro, J ai me l a pos eyó con l a mi sma
f uri a con que deseaba castigar a Teresa, con ese rencor, con
ese odi o. Un esperma l anzado como escupitajo me engendr ó.
Pobre Sara, tan bl anca, tan humi l l ada, s i nt i éndos e, como yo,
una i nt rusa en l a vi da. Su padre se habí a quemado vi vo. En
Moi s és vi l l e, el puebl o ar gent i no donde des embar car on los
emigrantes creyendo llegar a la nueva Palestina, en verdad un
terreno i nhóspi t o, al ver esa hoguera que bri ncaba por la calle
dando aullidos de socorro, cerraron puertas y ventanas. Jashe,
enci nta de seis meses, por una mi r i l l a de los postigos vio con-
vertirse a su rubi o mari do en un esqueleto negruzco. Pasados
tres meses, se casó con Moi sés (vendedor ambul ante de corba-
tas), di o a l uz a Sara y, en los dos años siguientes, a Fanny e Isi-
doro. Fanny naci ó tan mor ena que l a apodaron La Negra. Con
el pel o mot udo, el l abi o i nf eri or be mbón y las orejas tan gran-
des como las de su padre, creci ó mi ope, desgarbada, orgul l o-
s áment e fea. Astuta, se a pode r ó de l a at enci ón, del poder. Po-
co a poco esgri mi ó el cetro de la decenci a, haci endo i mperar
l a apari enci a recatada, l a moral rabí ni ca, l a reverencia untuosa
ante las exigencias del qué di rán. Ca r c omi ó l a poca vi r i l i dad
de Isidoro, convi rt i éndol o en su bl ando paje y, pl antada en el
centro, expul s ó a Sara haci a la peri feri a de la fami l i a a punt a
de burlas, sarcasmos y críticas. La Saruca era rara, un caso ex-
tremo, no sabí a medi rse, lívida como un cadáver no podí a de-
j ar de l l amar l a at enci ón, daba ver güenza aj ena, t er mi nar í a
mal . La prueba: mientras que el l a se casaba con un pr i mo her-
mano para que no entraran ext raños en la fami l i a, Sara se ha-
bí a enredado con un comuni sta, un pobr et ón, un asi mi l ado,
por poco un goy. Mi madre, acostumbrada desde ni ña a l uchar
( per di endo s i empre) par a obt ener el c a r i ño de s u madr e,
i denti fi có a Raquel con Fanny, aj ai me con su Jashe y se trenzó
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en una rel aci ón tri angul ar donde el amor era sustituido por
los celos. Ret ar dó l o más posible l a madur aci ón de su hij a. Has-
ta los 13 años la obl i gó a cortarse el pel o dej ando la nuca des-
nuda, le pr ohi bi ó usar collares, aros, anillos, prendedores, así
como barni z de uñas , colorete, lápiz l abi al , ropa i nt eri or fi na.
Un dí a, ayudada hi pócri t ament e por J ai me, Raquel pr ocl amó
su revol uci ón, l l egando con falda corta, un atrevido escote, un
par de medias de seda, la boca roja y pest añas postizas. Sara, fu-
r i bunda, enl oqueci da, l e ar r oj ó haci a l a cabeza una pl ancha
caliente. Por suerte Raquel l a esqui vó, perdi endo sól o un pe-
dazo de l óbul o. Al ver correr l a sangre, J ai me l e pr opi nó a mi
madre un puñet azo en el ojo. El l a se des pl omó ret orci éndos e
como epi l épt i ca, l l amando a gritos a su Jashe... Come nz ó una
nueva etapa que sól o pude observar de muy lejos, como desde
ot ro planeta: la bel l eza de Raquel fl oreci ó, mientras que Sara
se encer r ó en un mut i smo agudo. J ai me, a mi hermana - una
her mana que nunca me di ri gí a la palabra, mi rando a través de
mí , como si mi cuerpo fuera i nvi si bl e-, l e concedi ó muchos ca-
pri chos. Yo tení a derecho a un traje, un par de zapatos, tres ca-
misas, tres calzoncillos, cuatro calcetines, un chaleco de l ana y
basta. Mi hermana se creó un guardarropa con una i mpresi o-
nante hi l era de vestidos, docenas de boti nes y cajones l l enos
de toda clase de mudas. La cabellera, abri l l antada por cham-
pús i mportados, l e l l egó hasta l a ci nt ura. Maqui l l ada, se veí a
tan bel l a como las actrices de Hol l ywood, a quienes habí a to-
mado por model o. J ai me apenas podí a di si mul ar sus miradas
de deseo. Como por casualidad, repetidas veces, en la tienda,
al cruzarse con ella en el estrecho pasillo que dejaban los mos-
tradores, le rozaba los senos o el trasero. Raquel protestaba, fu-
riosa. Sara enroj ecí a. A parti r de los 14 años , ante la belleza de
Raquel , los j óvenes comenzaron a asediarla con llamadas tele-
f óni cas. Tambi én comenzaron los celos delirantes de Jai me. Le
pr ohi bi ó habl ar por tel éf ono (del que habí a cambi ado el nú-
mero) , ir a fiestas, tener amigos. A mí , en el mayor de los se-
cretos, me encar gó la tarea de vi gi l arl a a la salida del l i ceo, se-
gui rl a cuando iba de compras, espiarla en todo moment o. Yo,
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en mi afán de ser tomado en cuenta, me convertí en un feroz
detective. Raquel, condenada a la soledad, tuvo que encerrarse
en su cuarto, el más grande de todos, y leer revistas femeninas
en medi o de sus muebles blancos, craquelados estilo al gún rey
de Francia, o tocar Chopi n en su piano de medi a cola, igual-
mente blanco y craquelado. Jai me le habí a dado una j aul a dis-
frazada de palacio. Como los muchachos esperaban en enjam-
bre a las ni ñas cuando sal í an del col egi o, mi padre deci di ó
gastar más inscribiendo a Raquel en una escuela particular ti-
po mediointernado. Las alumnas comí an y dormí an allí ci nco
días y salían del encierro, cargadas de tareas, viernes, s ábado y
domi ngo. Así mi padre se sintió seguro, nadie le robarí a a su
adorada. Error. . . La f ami l i a Gross, j udí a , se habí a dedi cado
desde 1915 a la educaci ón como negocio. Isaac, el padre, pro-
fesor de historia, depresivo, suicida, fue sustituido por su hi j o
mayor, Samuel, dejado cojo por la pol i omi el i ti s. Las clases de
i ngl és las daba Esther, la vi uda, t ambi én coja, pero de naci-
miento. Las dos hermanas, Berta y Paul i na, enormes, obesas,
igualmente cojas, por problemas óseos, se encargaban de los
cursos de gimnasia y bordado. El úni co que marchaba correc-
tamente era el otro hijo, Saúl, profesor de matemáti cas, semi-
calvo, maniático del orden, 45 años. . . Raquel, que acababa de
cumpl i r 15, quizás para liberarse del asedio de su padre, decla-
ró estar enamorada de Saiil Gross, quien se preparaba para ve-
ni r a pedi r su mano. Es más, reveló que estaba encinta. Sara,
invocando la vergüenza del escándal o, escándal o que causarí a
la muerte de su madre, insistió para que la boda se realizara
con la mayor brevedad posible. Jaime, anonadado, aceptó reci-
bi r al futuro novio. Cuando Saúl vi no en visita oficial, acompa-
ñado por su familia, la escalera ret umbó bajo el sonido de tan-
tas muletas y bastones. En esa reuni ón se habl ó sobre todo de
di nero. El profesor se compromet i ó a comprar un apartamen-
to en el centro de Santiago e instalarse con Raquel dándol e los
lujos a los que ella estaba acostumbrada. Por su parte, Jaime se
compromet i ó a correr con todos los gastos de la boda. La cere-
moni a se real i zarí a en un i nmenso sal ón cercano a la plaza
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Di ego de Al magr o, es deci r pr óxi mo a donde vivía Jashe. Así
serí a más fácil para l a anci ana desplazarse. Una semana antes
del magno aconteci mi ento, ya las ni ñas obreras habí an confec-
ci onado un traje de novi a, con cola de tres metros, para Ra-
quel . J ai me quiso habl ar en pri vado con Saúl . Yo, def ormado
por mis actividades detectivescas, col oqué un oí do en el ojo de
la cerradura y pude escuchar lo que ambos se decí an. Mi pa-
dre, tajante, con l a voz infectada por un amargo rencor, l e di j o:
- Us t ed va a f ormar parte de nuestra fami l i a. Tenemos que
l i mar asperezas. Dí ga me, ¿ cómo puedo confi ar en su decenci a
si usted, si endo un hombr e ya madur o, todo un profesor, se
atrevió a forni car con una al umna, menor de edad, vi rgen, en
este caso mi hija?
- Per o ¿ qué me está di ci endo, don Jai me? ¿De dó nde saca
t amaña monstruosi dad? ¡ Para mí , Raquel i t a es una diosa, i n-
macul ada, purí si ma! Aún hoy, a una semana del mat ri moni o,
no conozco el sabor de sus labios.
-Pero. . . entonces... ¿mi hi j a no est á encinta?
- ¿ Enci nt a? ¿Ver a Raquel con el vientre hi nchado, andando
como un pato, converti da en una hembra vulgar? ¡ Nunca! No
está en mis planes tener hijos. Para cojos basta con mi madre,
mi hermano y mis hermanas. No tenga mi edo, don Jai me. Ra-
quel cont i nuará siendo l o que siempre fue. No seré yo qui en
vaya a hol l ar a tan sagrada doncel l a.
J ai me se quedó mudo un buen moment o. Supongo que su
rostro se puso granate. Expul s ó de vxn empuj ón a su futuro yer-
no, se encerró dando un portazo, l anzó un f renéti co «¡ Menti -
rosa! » y estalló en sollozos de rabia.
El casamiento fue grandi oso. Me compr ar on un pant al ón a
rayas, una chaqueta negra, una camisa de cuel l o dur o y una
corbata gris. Así vestido me sentí ri dí cul o, pero ni nguno de los
trescientos invitados se fij ó en mí . Sara, exhi bi endo su f el i ci -
dad ficticia ante cada i nvi tado, vi gi l ando que los pollos asados
no fueran servidos secos, que el pescado rel l eno estuviera fres-
co, así como el pur é de hí gados y l a pasta de huevos duros mo-
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lidos, probando l a buena cal i dad del dul zor salado de l a sopa
de remol acha, en fin, dándol e consejos a la orquesta de veinte
maestros, no podí a pensar en mí . J ai me, i nc ómodo en su es-
moqui n arrendado, se ocul taba en el sal ón para fumadores be-
bi endo un vodka tras otro. La concurrenci a, j udí os comerci an-
tes, a l os que ni ng ún l azo ami st oso pr of undo l i gaba a l os
novios, ya antes de la ceremoni a nupci al habí an acabado con
un buf é entero. Un rabi no j or obado aul l ó, más que cant ó, el
texto hebreo. Baj o el t ol do ceremoni al , él y el l a di er on el sí.
Saúl , tembl oroso, pi só un vaso que ni al pr i mer apl as t ón ni al
segundo ni al tercero se quebr ó. Al cuarto, por f i n revent ó per-
mi t i endo que l a orquesta estallara en un freilaj, zarabanda que
hi zo bai l ar envarados a j óvenes y viejos, todos si nt i éndose cul -
pables de agitar las piernas ante la siniestra i nmovi l i dad de los
cojos Gross. Raquel l anzó su ramo de rosas de papel hacia las
dos engalanadas cuñadas que, parecidas a hi popót amos furio-
sos, se l o di sput aron, haci éndol o añi cos. (Berta, un mes más
tarde, se arroj ó desnuda al mar, cerca de Val paraí so. La encon-
t raron pi erni abi ert a en l a playa con un « ¡ Fea! » escrito en s u
vi entre. El sexo estaba l l eno de cicatrices de quemaduras de ci -
garillo. ) De pront o, mientras las mujeres y los ni ños devoraban
enormes trozos de pastel, los hombres corrí an hacia un ri ncón
del sal ón y, t rans port ándol o en grupo cerrado, ocul t aron a Jai-
me en el vestuario. Me acer qué a ellos. «¿Qué le pasa a mi pa-
pá? » « No es nada, ni ño, no es nada. Como J ai me no está acos-
t umbrado a beber, el al cohol , más la fel i ci dad, se le ha subi do
a la cabeza. » Al cancé a oí r la voz de mi padre: « ¡ Déj enme salir,
le voy a r omper la cara a ese l adr ón! ¡ No se la mer ece! » Siguie-
r on unos gruñi dos . Manos tensas l e tapaban l a boca. Luego si-
l enci o. Si gui ó l a fi esta. Sara se levantó para ofrecer un bri ndi s
y, en l ugar de hablar, l anzó teatrales lamentos. Jashe la t omó
en sus brazos y la cons ol ó. Fanny di o tres aplausos, gri tó «¡ Bas-
ta, una boda no es un ent i erro! », pi di ó otro freilaj , rescat ó a
Jashe y se puso a bailar con ella, seguida por los trescientos i n-
vitados, sin i mportarl e la pena, fingida o no, de su hermana.
Todos se agi taron si n recato porque el gr upo de cojos habí a
71
parti do. Tambi én Raquel y Saúl . Des pués de bri ncar medi a ho-
ra, bañados en sudor, los invitados se f ueron yendo. Quedó Sa-
ra, en un extremo de l a devastada mesa, comi endo bolitas de
azúcar plateadas, úl t i mos restos del i nmenso pastel de novios..-
y yo, en el otro ext remo, i ncl i nado, bal anceando mi corbata
como si fuera un péndul o. Los ronqui dos de J ai me acompaña-
ban al úl t i mo pasodoble de l a orquesta.
Mi padre, con ese casami ento, se ar r ui nó. Pas ó meses ra-
bi ando, mendi gando pr ór r ogas a los fabricantes, pi di endo di -
nero prestado a usureros, economi zando en los gastos. Durante
un ti empo nos alimentamos pri nci pal mente de pan con queso
y café con leche. Como por mi l agro, J ai me s ol uci onó sus pro-
bl emas e c onómi c os en el moment o en que Raquel r egr es ó.
Cuando Saúl vi no a buscarla, mi padre, sacando a rel uci r sus
fuerzas de ci rquero, lo corri ó a patadas. El mat ri moni o fue anu-
l ado. Parece ser, lo supe por una empl eada, que el mari do re-
sul tó más celoso que J ai me. Raquel habí a salido de las brasas
para caer en las llamas. Tan grandes eran los celos de Saúl que
obl i gaba a mi hermana a usar faldas hasta los tobillos, sombre-
ros alones ocul t ándol e el rostro y faja que le di si mul ara los se-
nos. Podí a salir breves momentos a la calle, medi dos por cronó-
metro, sól o para hacer las compras del dí a. Raquel , sin poder
tener vida social, para acompañar s e, adqui ri ó un pol l i t o. El ave-
ci l l a l a seguí a por todo el apartamento, t omándol a por su ma-
dre. Una ma ña na , cuando r egr es ó del mercado, encont r ó al
pol l o ahorcado con un cor dón de zapatos. Ot r o dí a, Saúl , pen-
sando que su esposa le daba demasiada i mport anci a al pi ano,
aprovechando que ella habí a bajado en busca de aspirinas a la
farmacia, l e serruchó una pata al nobl e i nstrumento, t umbán-
dol o de costado. Luego le expl i có a Raquel que las hormi gas
habí an corroí do esa extremi dad. Cuatro meses des pués del ma-
t ri moni o, mi hermana aún conservaba su hi men. Saúl pretexta-
ba que no tení a erecci ón a causa de las almorranas y exi gí a que
su muj er le untara cada noche pul pa de pl át ano en el ano.
J ai me emer gi ó del pantano, pa gó sus deudas, c ompr ó del i -
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ciosos víveres y volvió a contratar gritones para que atrajeran
clientes. Sara en cambi o comenzó a marchitarse, le di o por en-
cerrarse en el baño a fumar a escondidas o pasar horas fabri-
cando pasteles rel l enos con fresas para envi ársel os a su madre.
Raquel , atri ncherada en su habi t aci ón, habí a deci do dedicarse
para siempre a la poes í a.
¿ Con tantos aconteci mi entos, qui én podí a precuparse de
mi persona? Ni para Raquel , ni para Sara, ni para J ai me, yo
exi stí a. Supe, siempre por l a sirvienta, que Sara, des pués de mi
naci mi ent o, se habí a hecho ligar las trompas decl arando «¡ Las
trompas son t r ampas ! ».
Cua ndo ya no me que dó ni nguna f ot ograf í a que quemar,
t omé un puña do de cenizas, las disolví en un vaso de vi no y be-
bí esa mezcl a gri sácea. Se me acabaron las dudas. Habí a sepul-
tado el pasado en mí mi smo.
Compr e ndí entonces los abusos a los que me s omet i ó la fa-
mi l i a. Vi con exacti tud l a estructura de l a trampa. Me acusaban
de ser cul pabl e de cada heri da que me habí an i nf eri do. Nunca
dej ó el verdugo de declararse víctima. Por un hábi l sistema de
negaci ones, pr i vándome de l a i nf or maci ón - no habl o de i n-
f or maci ón oral sino de experiencias en su mayor parte no ver-
bales-, se me des poj ó de todos los derechos, se me trató como
un mendi go desprovisto de terri tori o al que se le otorgaba por
des deños a bondad un fragmento de vi da. ¿Sabí an mis padres
l o que estaban comet i endo? De ni nguna manera. Faltos de
conci enci a, me hací an a mí lo que a ellos les habí an hecho. Y
así, repi t i endo l a f echorí a emoci onal de gener aci ón en gene-
raci ón, el árbol fami l i ar acumul aba un sufri mi ento que duraba
ya varios siglos. Le pr egunt é al Rebe: « Tú que pareces saberlo
todo, di me qué puedo pretender en esta vida, qué es lo que se
me debe, cuál es son mis derechos esenci al es». Imagi né l o que
el Rebe me contestarí a:
-Ant es que nada, deberí as tener el derecho a ser engendra-
do por un padre y una madre que se amen, durante un acto se-
73
xual coronado por un mut uo orgasmo, para que tu al ma y tu
carne obtengan como raíz el placer. Deberí as tener el derecho
a no ser un accidente ni una carga, sino un i ndi vi duo esperado
y deseado con toda la fuerza del amor, como un fruto que ha
de otorgar sentido a la pareja, convi rti éndol a en familia. Debe-
rías tener el derecho a nacer con el sexo que la naturaleza te
ha dado. (Es un abuso deci r «Es per ábamos un hombre y fuiste
muj er », o viceversa.) Deberí as tener el derecho a ser tomado
en cuenta desde el pr i mer mes de tu gest aci ón. En todo mo-
mento la embarazada deber í a aceptar que es dos organismos
en vías de separaci ón y no uno solo que se expande. De los ac-
cidentes que ocur r an en el parto nadi e te puede acusar. Lo
que te sucede dentro de la matriz nunca es cul pa tuya: por ren-
cor a la vida, la madre no quiere pari r y, a través de su incons-
ciente, te enrol l a el cor dón umbi l i cal al rededor del cuel l o y te
expulsa, i ncompl et o, antes de ti empo. Porque no se te quiere
entregar al mundo, ya que te has converti do en un t ent ácul o
de poder, se te retiene más de nueve meses, s ecándos e el líqui-
do amni ót i co y tu pi el siendo quemada; se te hace girar hasta
que tus pies y no tu cabeza comi enzan el deslizamiento haci a la
vulva, así van al ni cho los muertos, con los pies para delante; se
te engorda más de la cuenta para que no puedas pasar por la
vagina, siendo sustituido el al umbrami ent o feliz por una fría
cesárea que no es parto sino ext i rpaci ón de un tumor. Negán-
dose a asumir la creaci ón no col abora con tus esfuerzos y soli-
cita l a ayuda de un médi co que te opr i me el cerebro con su
f órceps; porque padece una neurosis de fracaso, te hace nacer
semi ahogado, azul ado, obl i gándot e a representar la muert e
emoci onal de quienes te engendraron. . . Deberí as tener el de-
recho a una prof unda col aboraci ón: la madre debe querer pa-
ri r tanto como el ni ño o l a ni ña qui eren nacer. El esfuerzo será
mut uo y bi en equi l i brado. Desde el moment o en que este uni -
verso te produce es tu derecho tener un padre protector que
est é, durant e tu creci mi ent o, si empre presente. Así como a
una pl anta sedienta se le da agua, cuando te interesas por al-
guna actividad tienes derecho a que te ofrezcan el mayor nú-
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mero de posibilidades para que, en el sendero que elegiste, te
desarrolles. No has veni do a reali zar el pl an personal de los
adultos que te i mponen metas que no son las tuyas, la pri nci -
pal fel i ci dad que te otorga la vida es permi ti rte llegar a ti mis-
mo. Deberí as tener el derecho a poseer un espacio donde po-
der aislarte para construi r tu mundo i magi nari o, a ver lo que
quieras sin que tus ojos sean limitados por morales caducas, a
oí r aquel l o que desees aunque sean ideas contrarias a las de tu
f ami l i a. No has veni do a realizar a nadi e sino a ti mi smo, no
has veni do a ocupar el sitio de ni ngún muerto, mereces tener
un nombre que no sea el de un fami l i ar desaparecido antes de
tu naci mi ento: cuando llevas el nombre de un difunto es por-
que te han inj ertado un destino que no es el tuyo, us ur pándo-
te la esencia. Tienes pl eno derecho a no ser comparado, ni n-
g ún her mano o her mana vale más o vale menos que tú, el
amor existe cuando se reconoce la esencial diferencia. Debe-
rías tener el derecho a ser excl ui do de toda pelea entre tus fa-
miliares, a no ser tomado como testigo en las discusiones, a no
ser r ecept ácul o de sus angustias económi cas , a crecer en un
ambi ente de confianza y seguridad. Deberí as tener el derecho
a ser educado por un padre y una madre que se ri gen por ideas
comunes, habi endo ellos en la i nt i mi dad aplanado sus contra-
di cci ones. Si se di vorci aran, deberí as tener el derecho a que
no te obl i guen a ver a los hombres con los ojos resentidos de
una madre ni a las mujeres con los ojos resentidos de un pa-
dre. Deberí as tener el derecho a que no se te arranque del sitio
donde tienes tus amigos, tu escuela, tus profesores predilectos.
Deberí as tener el derecho a no ser criticado si eliges un cami-
no que no estaba en los planes de tus progenitores; a amar a
qui en desees sin necesidad de aprobaci ón; y, cuando te sientas
capaz, a abandonar el hogar y partir a vivir tu vida; a sobrepa-
sar a tus padres, ir más lejos que ellos, realizar lo que ellos no
pudi er on, vivir más años que ellos. En fi n, deberí as tener el de-
recho a elegir el moment o de tu muerte sin que nadie, en con-
tra de tu vol untad, te mantenga en vida.
75
Pri meros actos
Si Mat ucana se me presentaba como una agobiante cárcel ,
mi cuerpo t ambi én. Por sentirme mal en l a carne, habí a hui do
haci a el intelecto. Vivía encerrado en mi cr áneo, levitando a al-
gunos metros sobre un degol l ado que me era aj eno. Tení a
conci enci a de mí mi smo como una mul t i t ud de pensamientos
desordenados, pensamientos que al final per dí an sentido con-
vi rt i éndos e en amasijos de palabras huecas, sin raí ces que se
al i mentaran de mi esencia. Si endo un pozo seco, las frases flo-
taban f ormando un tejido angustioso. Sabí a que yo estaba en
al guna parte detrás de mi frente, pero me era i mposi bl e deci r
qui én o qué era ese yo. El frío, el calor, el hambre, los deseos,
el dol or, las penas surgí an a lo lejos, como en el cuerpo de un
extranj ero. Lo úni co que me mant ení a en l a vi da era l a capaci-
dad de imaginar. Vivía s oñando con aventuras en paí ses exóti-
cos, triunfos colosales, ví rgenes dormi das con una perl a en l a
boca, elixires que concedí an la i nmort al i dad. De todas mane-
ras, cual qui er cosa que deseara obtener se r es umí a en una sola
pal abra: «cambi ar». La cual i dad esencial para amarme era lle-
gar a ser lo que en ese entonces no era. Yo esperaba, como un
sapo a la pri ncesa, a que un al ma superi or y compasiva, ven-
ci endo su asco, se acercara para darme el beso del conoci mi en-
to. Por desgracia sól o contaba con dos amigos irreales, el Rebe
y Al ej andro anci ano. Para lo que deseaba l ograr necesitaba al-
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go más que un par de fantasmas. Deci dí ayudarme yo mi smo.
Des pués de meditaciones que me pareci eron eternas no lo-
gré disolver mi intelecto en el cuerpo. Sal i rme de l a cabeza me
resul t ó tan i mposi bl e como escapar del i nt er i or de una caja
fuerte. Imposible cederle a la carne la s upr emací a de mi i den-
tidad. Deci dí entonces seguir el cami no contrari o: ¡ya que no
podí a descender, harí a que todas mis sensaciones ascendieran!
Puro intelecto, comencé a absorber mi f orma física, luego i n-
cor por é las necesidades, los deseos, las emoci ones. Exa mi né
qué era lo que sentía, y luego c ómo me sentí a si nti endo aque-
l l o. Compr e ndí que l a l l amada «r eal i dad» era una construc-
ci ón mental . ¿ Compl et a i l usi ón? Imposi bl e saberlo. Pero con
toda evidencia l o que habí a de real en mí nunca l o perci bi rí a
en s u total i dad. Si empre el i nt el ect o me pr opor c i ona r í a un
fantasma i ncompl et o, deformado por l a falsa conci enci a de mí
mi smo, aquella que me i ncul cara l a fami l i a. «¡ Vivo, mal , den-
tro de un l oco! ¡Mi barca raci onal navega en l a demenci a! » Lo
que al comi enzo me pareci ó una pesadilla, poco a poco se con-
virtió en esperanza. Puesto que todo lo que se presentaba co-
mo «mi ser» eran i mágenes ilusorias, no diferentes de las de
un s ueño, me era posible cambi ar l a s ens aci ón de mí mi smo.
Comenzó un largo proceso. Concent r é mi at enci ón en los
pies. Los sentí pesados, insensibles, lejanos, sin capaci dad de
equi l i br i o certero. Co me nc é a i magi narl os ligeros, afinados,
sensibles, seguros, sus dedos extendi dos ent rando i nt répi dos
en los caminos de l a vi da. Me i magi né con los pies de Cri sto,
atravesados por un mi s mo clavo a dhi r i é ndol os al dol or del
mundo, agujero sangrante ofreci endo una ascensi ón al l amen-
to, converti do en plegaria. Imagi né que las heridas que pade-
cía no eran las mí as sino las de la humani dad y que, a través de
ellas, abs orbí a el sufri mi ento ajeno para hacerl o ci rcul ar por
mi sangre, que era un bál s amo, t r as f or mándol o en f el i ci dad.
De s pué s me c onc ent r é en mi s huesos, los s ent í uno por
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uno. ¡ Qué ol vi dada estaba esa humi l de estructura! La ha bí a
acarreado como un s í mbol o de muerte, sin darme cuenta de
su fuerza vital. Recr eé mi esqueleto ot or gándol e una materi a
fuerte y flexible como el acero de las espadas, huesos casi i n-
grávi dos, con una médul a de lava hi rvi ente, semejantes a aque-
llos que confi eren su realeza al vuelo del águi l a. De pront o me
di cuenta de que habí a creado un esqueleto de bai l arí n. El es-
queleto de mi abuelo materno. Entonces sentí, sin que mi vo-
l unt ad i ntervi ni era, formarse alrededor de esa l umi nosa estruc-
tura de mús cul os alargados y potentes, visceras indestructibles
y una cabellera abundante, dorada, cayendo hasta los hombros
como una aureol a l í qui da. Compr endí que, durante mi gesta-
ci ón, Sara no cesó de querer recrear a su padre, el mí ti co dan-
zarí n converti do en antorcha ardiente. Esos deseos se i nfi l tra-
r on en mi s cél ul as , como una or den cont rari a al desarrol l o
natural , haci éndome nacer dando gritos de i nsati sfacci ón. Yo
era yo, ¡ qué pecado! , y no el gigante de dos metros veinte, hér-
cules solar casi i ngrávi do. Para ser amado, tení a que convertir-
me en aquel mi to. El muerto ardiente era mi ideal de perfec-
c i ó n. . . Me d i e r o n ganas de des hacer t odo ese t r abaj o e
i magi narme otro cuerpo i deal . Si n embargo, por más que l o
i nt ent é, fui i ncapaz de el i mi nar l o. Rec onoc í que llevaba ese
model o embut i do en los genes, cada cél ul a de mi cuerpo aspi-
raba a ser él. Seguir l uchando para cambi ar de efigie hubi era
sido engañar me a mí mi smo. Quizás durante siglos, de ances-
tro en ancestro, l a nat ural eza estaba t rat ando de pr oduc i r
aquel ente. ¿Por qué no obedecer? ¿Y si aquel l o, en f orma me-
tafóri ca, me convertí a en padre de mi madre, por qué no? El l a
s oñaba con ser hij a de un hombre fuerte pero sensible, un ar-
tista. Ci er t a vez, vert i endo muchas l ágr i mas , Sara me c ont ó
que su padre, Al ej andr o Prul l ansky, mi entras avanzaba dan-
zando por la calle, converti do en una rosa de llamas, en l ugar
de quejarse, gri taba poemas hasta desmoronarse en cenizas.
Sent i rme vi vi endo en ese gracioso cuerpo i magi nari o me
ot or gó movi mi entos que hasta entonces nunca habí a conoci -
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do. El espacio, que antes me parecí a un pavoroso abismo, me
r odeó como un abrigo ti erno, me mos t ró caminos, se convirtió
en al fombra y en techo protector, se al argó hacia el hori zonte
como un arpa, se alzó frente a mí of r eci éndome infinitas ven-
tanas. Por pri mera vez me sentí bi en en el mundo. Desapare-
ci ó la s ens aci ón de di vergenci a. Invisibles e i ncontabl es fila-
mentos me uní an al f ondo de l a tierra, al paisaje, al ci el o. El
planeta entero, l ami endo la pl anta de mis pies, me i mpul saba
a danzar, a saltar cada vez más alto, a ir más allá de las estrellas,
hasta el f ondo del firmamento.
Esto que estoy contando puede parecer absurdo. ¿Qué ut i l i -
dad t endrí a tal aut oengaño? Puedo responder que, en aquel
entonces, cuando era un j oven que l uchaba por escapar del
peso de la depresi ón, i magi narme potente e i ngrávi do fue un
salvavidas que me permi t i ó no ahogarme en la trampa fami l i ar
y emprender el trabajo liberador. Pero, sin ni ngún guí a, ¿por
dónde comenzar? A veces, en el desamparo más grande, cuan-
do nos sentimos definitivamente abandonados, aparece un sig-
no donde menos l o esperamos que nos i ndi c a el c a mi no.
Aquel l os que osan, sin esperanzas, avanzar en la oscuri dad, al
f i nal encuentran una meta l umi nosa. En l a pági na arrancada
de un l i bro, que un vi ento de ot oño trajo hasta mis pies, leí un
texto que tuvo la vi rt ud de i ndi carme que i ba por buen cami-
no: «El i ni ci ado que se lanza de buena fe al asalto de la Verdad,
para sól o encontrar, en todos lados, la i nexorabl e barrera que
lo rechaza hacia el "tumul to ordi nari o" , escucha al Maestro de-
ci rl e: "¡ Atenci ón, hay un mur o! " . "Pero, este mur o, ¿es provi -
sional?", pregunta el al ma i nqui eta, " ¿ debo franquearl o o de-
mol erl o? ¿Es un adversario? ¿Es un amigo?". " No te l o puedo
decir. Tienes que descubri rl o tú mi s mo. " ».
¿Quién habí a escrito estas l í neas que un papel , revolotean-
do por l a calle como una mari posa sucia, transportaba haci a
mí? ¿Se me querí a deci r que mi despreciado ser merecí a que el
mági co azar se ocupara de él? ¿Que no era un ente vací o, que
en mí existía el poder para atravesar o demol er el mur o por-
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que era yo qui en l o habí a construido? Al deci rl e «¡ At enci ón,
hay un mur o! » el Maestro expresaba que el di scí pul o, por dis-
tracci ón, no l o veía. Quizás conf undí a l a barrera con l a reali-
dad, haci endo de sus límites mentales la naturaleza del mun-
do. Me s ent í ret rat ado: desde ni ño me ha bí a n qui t ado l a
l i bertad, mi mente estaba rodeada por una valla que l e i mpe-
dí a la expans i ón. Cerré los ojos. Me vi sumergi do en una esfe-
ra negra. Ese era el muro. Apenas pegaba los pár pados , me en-
c ont r a ba c o mp r i mi d o de nt r o de un c r á n e o os cur o. Y al
sentirme ciego se me escapaba la posi bi l i dad de ser. Perder la
vi si ón del mundo ext eri or era perderme a mí mi s mo. Si me
hundí a los í ndi ces en las orejas, la soledad aumentaba. Separa-
do de l a l uz y el soni do, mi miserable condi ci ón, mi falta de
sentido, mi nada, se manifestaba con i mpl acabl e cruel dad. En
real i dad esta negrura es i mpal pabl e, me dije. Y si es i mpal pa-
bl e, puede no ser una barrera espesa sino un espacio i nf i ni t o.
¡ Eso es! Voy a i magi nar, cuando ci erre los ojos, que mi con-
ci enci a se encuentra flotando en medi o del cosmos.
Empe c é a sentir que penetraba hacia delante. Viaj é y viaj é,
un ti empo considerable, siempre más allá, por una ext ensi ón
si n t érmi no. Poco a poco, en el i nf i ni t o negro, empezaron a
bri l l ar puntos de l uz y acabé avanzando a través de un firma-
ment o estrellado. Des pués de gozar con la i nmensi dad que se
me ofrendaba, empr endí l a mi sma experi enci a hacia atrás, co-
mo si tuviera ojos en la nuca, en seguida hacia el lado izquier-
do y el derecho, como si poseyera ojos en las sienes. Luego des-
cendí por un pozo de ci rcunf erenci a i nf i ni t a sin nunca tocar
f ondo. Tanto avancé que per dí la sensaci ón de bajar y t ermi né
con l a caí da converti da en ascensi ón. Más allá, más allá, siem-
pre más allá. Volví a mi centro e hice crecer la esfera hacia to-
dos los puntos al mi smo ti empo. Al r ededor de mí el espacio se
expa ndí a sin cesar. Des pués comencé a contraerl o. Adel ant e,
atrás, i zqui erda, derecha, arriba, abajo, se concentraron en mí .
Me nut rí de astros vol vi éndome cada vez más intenso. Acabé
con l a distancia. Fui un punt o de l uz. ¡Ah, qué concent raci ón!
¡ Atenci ón, at enci ón, at enci ón, es todo lo que yo era! La mente
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se me convirtió en un recept ácul o transparente donde las pa-
labras ordenadas en frases sin comi enzo ni f i n - r e ba ños i m-
personales sin más ut i l i dad que su bel l eza- desfilaban como
nubes barridas por el viento.
Permi tí que la sensaci ón de mi cuerpo se hi ci era presente.
Concent r é mi at enci ón en las diferentes partes del organi smo.
Me di cuenta de lo que sentía. Cada viscera, cada mi embro, ca-
da regi ón, t ení a algo que deci rme. Al pr i nci pi o eran quejas,
acus ándome de abandonarlos, de no confiar en ellos, seguidas
luego por eufóri cas declaraciones de amor. Des cubrí que mis
brazos, mis piernas, mis orejas, la pi el , los mús cul os , los hue-
sos, los pul mones, los intestinos, el cuerpo entero estaba i m-
pregnado de la i nmensa al egrí a de vivir. Me hundí en el cerebro
y entré en l a mí ti ca gl ándul a pi neal . Imagi né ser un diamante
rei nando en un trono en medi o de reverentes ci rcunvol uci o-
nes... Luego navegué en l a corri ente de l a sangre. El cal or de
ese l í qui do espeso me pareci ó proveni r de un pasado remoto.
Me ent regué al flujo y reflujo, yendo y vi ni endo del centro a la
periferia y de la peri feri a al centro, como desde el estallido del
punto creador hasta los confines del universo, una i nconmen-
surable rosa que se abre y ci erra eternamente.
Gracias a estos ejercicios pude extender mi reduci do espa-
ci o mental . Cada vez que una i dea aparecí a, encerrada en su
col l ar de palabras, estallaba en mi l ecos que se i ban transfor-
mando como nubes. Nunc a más volví a pensar en l í nea recta
sino en complejas estructuras, laberintos donde a veces el efec-
to era anteri or a la causa. La superficie de mi cr áneo se convir-
tió en i nt eri or y mi conci enci a, como l a pul pa de un durazno
al rededor de su cuesco, en un exteri or que se uní a en f orma
i ndi sol ubl e con el f i rmamento.
Estas sensaciones se convi rt i eron en mi secreto. Ni mis pa-
dres ni mi hermana se di er on cuenta de esa t rans f ormaci ón.
De todas maneras, aunque hubiese dejado de disimular, como
se fij aban en mí muy poco, me habrí an visto i gual , es decir, un
ente invisible. Si n amigos, sin ternura familiar, desde que re-
gresaba del l i ceo me sentaba en mi sillón de madera con los
82
pies paralelos, firmemente apoyados en el suelo, abiertos a la
anchura de los hombros, las manos extendidas sobre mis mus-
los, palmas hacia arriba, la col umna vertebral recta sin apoyar-
la en el respaldo y, con los ojos cerrados, me entregaba duran-
te horas a mis ejercicios. Mi mente era un terreno i nmenso y
desconoci do y me dedi caba a expl orarl a. Así lo hice hasta los
19 años . Fui avanzando por etapas. Al pri nci pi o, para ayudar-
me y no dejar que pensamientos parási tos me i nvadi eran, re-
pet í a una pal abra absurda: «¡ Cocodr i l o! ». Conqui st ado el es-
paci o, deci dí cambi ar mi s ens aci ón del t i empo. Para l o cual
el i mi né la idea de muerte. « Uno no muere, sino que se trans-
f orma. ¿En qué? ¡ No lo sé! Pero fui algo antes de nacer y seré
algo des pués de que mi cuerpo se disuelva. » Me i magi né con
diez años más , con trei nta, ci ncuenta, ci en, doscientos años .
Seguí avanzando haci a el futuro, aument é mi edad vertiginosa-
mente. «Así seré cuando tenga mi l años, treinta mi l , ci ncuenta
mil. . . » Imagi né los cambios en mi morf ol ogí a. En un mi l l ón de
años empezar í a a dejar de poseer f orma humana. . . En dos mi -
llones de años mi materi a se harí a transparente. En diez mi l l o-
nes de años serí a un ángel i nmenso, viajando con otros ánge-
les, en euf óri co tropel , a través de las galaxias, en una danza
cós mi ca, ayudando a la cr eaci ón de nuevos soles y planetas.
Ci ncuent a mi l l ones de años más tarde, ya no tendrí a cuerpo,
s erí a una ent i dad i nvi si bl e. Mi l mi l l ones de años más tarde,
f undi do en las energí as y la totalidad de la materia, serí a el uni -
verso mi s mo. Y más lejos aún, cada vez má s pr of undo en l a
eterni dad, acabarí a converti do en el punto-conci enci a, raíz ab-
soluta de l o existente, donde todo está en potenci a, donde l a
materi a es sól o amor. Al fin, des pués de la expl osi ón e i mpl o-
s i ón de i ncont abl es universos, los astros se di sol vi eron y mi
mente se inmovilizó. Come nc é a retroceder, hasta llegar otra
vez a mí . Entonces me di ri gí al pasado, me hice ni ño, feto, ima-
gi né mul t i t ud de vidas, cada vez más primarias, bestias oscuras,
insectos, moluscos, amibas, minerales, una roca vagando por
el cosmos, un sol, un punt o en cont i nua expl osi ón, para, a tra-
vés de este úl t i mo, sumergi rme en el i mpensabl e, i ni magi na-
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bl e, i nf i ni t o, eterno mi st eri o, al que, incapaces de def i ni r l o,
llamamos Di os.
Cuando surgí a de l a medi t aci ón y me veí a otra vez como un
ser humano, todos los probl emas me par ecí an insignificantes.
Sal í a a la calle y con una altivez que distaba poco del del i ri o de
grandezas veí a a la gente s umergi da en su estrecho espacio
mental , aceptando en f orma absurda la brevedad de sus vidas,
mucho más cercanos al ani mal que al ángel . Como no me ha-
bí an amado, no s abí a amarme a mí mi s mo y por eso, no pu-
di endo amar a los otros, los mi raba con vi ndi cati va cruel dad.
Pens é que podí a hacer de la mente lo que yo quisiera. Si na-
die se di gnaba f ormarme, serí a mi pr opi o arqui tecto. Se me
pr es ent ar on muchos cami nos . La f i l os of í a fue uno, el arte
otro. Ent re l a i nt el i genci a y l a i magi naci ón el egí l a i magi na-
ci ón. Antes de ponerme a desarrollar ese que entonces consi-
deraba el poder s upremo del es pí ri t u, me i nt er r ogué sobre
cuál era mi objetivo cumbre. «¡ Poder crearme un al ma! » ¿Y el
objetivo de l a humani dad? No uno, sino tres: conocer l a totali-
dad del universo, vivir tantos años como vive el universo, con-
vertirse en l a conci enci a del universo.
Me di cuenta de que l a i magi naci ón bási ca (¿por qué no lla-
marl a «pri mi ti va»?) cor r es pondí a a las cuatro pri meras opera-
ciones de las mat emát i cas : sumar, restar, mul t i pl i car y di vi di r.
Co n la suma, equivalente a agrandar, revisé mis recuerdos: la
literatura y el cine habí an usado hasta el cansancio esa técni ca.
Un si mi o que se convierte en Ki ng Kong, un largarto en God-
zi l l a, o un insecto en Mot hr a, mari posa tan grande que el mo-
vi mi ent o de sus alas provoca huracanes. Inspi rado por esto, un
terrón de azúcar se al argó hasta ser una pista de aterrizaje de
navios cós mi cos . Mi abuel a fue capaz de al argar uno de sus
brazos para que, dando la vuelta al mundo, vi ni era a rascarle la
espalda. A un santo, el corazón se le hi ncha tanto que hace es-
tallar su pecho y sigue aument ando de vol umen hasta ser gran-
de como un rascacielos. Los pobres vi enen por mi l l ones a vivir
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al rededor de él. Se nut ren cortando pedazos de la viscera que,
cuando l a mut i l an, gi me con placer.
La segunda técni ca, restar, di smi nui r, podí a encontrarl a en
los cuentos de hadas: allí abundaban enanos, gnomos, hom-
brecillos. Al i ci a come el pastel que l a e mpe que ñe c e . J onat han
Swift enví a a su hér oe al paí s de Li l i put .
Apl i cando esta técni ca, i magi né que el ani l l o de bodas de
un casado insatisfecho se achicaba hasta cortarle el dedo. Eva,
expul sada del paraí s o, lo busca durante siglos entre los hom-
bres pregunt ando por su ubi caci ón. Nadi e sabe reponderl e.
Desesperada, se queda muda. Entonces, como di mi nut a vege-
taci ón, el paraí s o l e crece en l a lengua. Una l ocomotora, arras-
trando vagones llenos de turistas japoneses, recorre los l óbul os
cerebrales de un f i l ósof o cél ebre.
Ot r o aspecto del di s mi nui r es restar partes de un todo, el i -
mi ná ndol a s o haci éndol as i ndependi ent es. Por ej empl o, en
una pel í cul a, las manos de un asesino, separadas de su cadáver
e inj ertadas en un pi ani sta que ha per di do en un acci dente
esas preciosas extremidades, adqui eren vol untad propi a y obl i -
gan al artista a asesinar. En Alicia un gato se hace invisible me-
nos su sonrisa, que queda fl otando en el aire. Drácul a carece
de reflejo en los espejos...
Las ventanas de un rascacielos, queri endo conocer el mun-
do, se desprenden de la fachada y se van vol ando. Bandadas de
gaviotas di mi nutas vi enen a ani dar en las cuencas vacías de un
mari nero ciego. La sombra se desprende de un hombre santo
y parte a vivir sus aventuras f orni cando con las sombras de to-
das las mujeres que encuentra. . .
Ot r a t écni ca bás i ca era l a de mul t i pl i car : una pi nt ur a de
Breughel representa la i nvasi ón de millares de esqueletos; una
de las siete plagas es la i nvasi ón de langostas; para probar que
Rahul a es su hi j o, Buda le da su ani l l o. Le dice «Tráemel o» y se
mul t i pl i ca en miles de seres i dént i cos a él. El hi j o, sin parar
mientes en los falsos Budas va directamente haci a su padre y le
entrega el ani l l o.
I magi né un desfile por las calles de Roma f ormado por ci en
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mi l Cristos cargando cada uno una cruz. En África cae una l l u-
via de ni ños albinos. La estatua de l a Li bert ad aparece negra
una ma ña na por estar cubi erta de moscas... El emperador j a-
ponés corta las lenguas de sus dos mi l concubi nas y las ofrece
en f orma de suchi a su ej érci to triunfador. Mi l l ones de rabinos
ennegrecen las calles de Israel protestando cont ra su Mesí as
porque, des pués de ser esperado durante miles de años , ha de-
ci di do llegar con l a f orma de un puerco.
Ter mi né de desarrol l ar estas técni cas simples vi sual i zando
l a más i ngenua de todas: el i nj erto. Se une una parte de ru-
mi ante, más otra de l eón, más otra de águi l a más un rostro hu-
mano y se obtiene una esfinge; se pega un torso de muj er a la
mi t ad i nf eri or de un pez y se obtiene una sirena; se le agregan
alas de páj aro a un andr ógi no y aparece un ángel . ¿Y por qué
un ángel , en l ugar de largos cabellos, no podr í a tener f i ní si -
mos arco iris? Tr onco de hombr e más cuerpo de caballo: un
centauro. ¿Y por qué no el mi s mo tronco de hombre inj ertado
en un caracol, en una pi edra, como l a proa viviente de un bar-
co, como la parte consciente de un cometa? Los aztecas mez-
cl an un repti l y un águi l a y obti enen a Quetzalcóatl, la serpien-
te empl umada, mientras en la sombra de las quebradas queda
arrast rándose un águi l a cubi erta de escamas. Si el Di os Anubi s
tiene cabeza de chacal t ambi én la puede tener de elefante, de
cocodri l o, de mosca, o de má qui na registradora. ¿Y por qué no
pensar que el misterioso rostro de Ma homa es un un espejo o
un reloj?
Ot r a t écni ca pr i mar i a era l a de t ransf ormar una cosa en
otra: un gusano se convierte en mari posa, un hombre en l obo,
otro en vampi ro, un robot en navio i nterpl anetari o, un hada
buena en bruj a, un dios en demoni o, una rana en pri ncesa,
una puta en santa. En el Quijote los mol i nos se hacen agresivos
gigantes, la posada se transforma en palacio, los odres de vi no
en enemigos, Dul ci nea en nobl e dama, etc.
Andando por la ci udad i magi no que las casas se convi erten
en inmensas cabezas de lagarto, al i ndustri al la bi l l etera se le
transforma en cuervo, las perlas del col l ar de la diva de pront o
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son pequeña s ostras que gi men como gatas agóni cas . Mi ma-
dre me abraza pr i mer o con dos, l uego con seis y por úl t i mo
con ocho brazos: ahora es una tarántul a.
De transformar pas é a petrificar: las hijas de Lot se convir-
t i eron en estatuas de sal, la hi j a del rey Mi das en estatua de
oro, los aventureros que mi r ar on a la Medus a en estatuas de
pi edra. El ti empo cesa de transcurrir, planetas, ríos, gente, to-
do se paraliza para siempre. El universo es un museo que na-
die visita; las gol ondri nas, transformadas en granito, caen co-
mo l l uvi a mortal del ci el o.
Apl i qué a mi mundo i magi nari o l a i dea de uni ón, pens é en
un lazo i nvi si bl e con capaci dad de ext ens i ón i nf i ni t a y l o vi
atravesar el tercer ojo de los seres humanos hasta reuni r a to-
dos los pobladores del planeta en un col l ar viviente; el poeta se
une con una humi l de pi edra, descubre que ella es su ancestro
y que lo que recita no es más que la l ectura de un amor inscri-
to en la materia desde el comi enzo de los tiempos; me uno a
los enfermos y a los pobres, me doy cuenta de que su dol or y su
hambre son mí os ; me uno a los campeones del deporte, ellos
son mis propi os triunfos; me uno a la totalidad del di nero, lo
hago mí o: esa ener gí a me invade como un t orbel l i no, me da
salud, me i mpul sa a dejar de pedi r y a comenzar a invertir, me
hace comprender que de cazador debo pasar a sembrador. Yo
mi s mo me i denti fi co con el cordón uni dor, me siento canal, l o
que tengo lo estoy reci bi endo y en el mi smo instante de reci-
bi r l o lo voy dando, nada para mí que no sea para los otros. Si el
ni ño en el desierto ci erra l a mano, obtiene para él un puña do
de arena, si la abre, todo el desierto puede pasar por ella... Me
uno a la poes í a chi l ena, los poetas se van esfumando mientras
sus palabras se f unden:
En la noche cuando fantasmas agrietan el poco de tierra
que perdura en mi cuerpo mientras duermo
mi corazón sería capaz de negar su pequeña crisálida
y esas pavorosas alas que le asoman emergiendo de la nada.
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¿Quién eres? Alguien que no eres tú canta tras el muro.
La voz que ha contestado viene de más allá de tu pecho.
Anduve como vosotros escarbando la estrella interminable
y en mi red, en la noche, me desperté desnudo
única presa, pez encerrado en el viento.
Anduve por todos los caminos preguntando por el camino
sin itinerario ni línea, ni conductor, ni brújula
buscando los pasos perdidos de lo que no existió nunca
contemplándome en todos los espejos rotos de la nada.
Oh abismo de magia, abrid las puertas selladas,
el ojo por donde debo volver otra vez al cuerpo de la tierra
¿ Qué sería de nosotros sin el quehacer sin luces
sin el doble eco hacia el que tendemos las manos ?
(Humberto Díaz Casanueva, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pablo de
Rokha, Rosamel del Valle)
Me di cuenta de que el deseo de uni ón l o llevaba en cada
cél ul a de mi cuerpo, en cada mani f est aci ón de mi espí ri tu. Ya
no se trataba de i magi nar lazos, sino de darse cuenta de que
ellos exi stí an: estaba amarrado a la vi da y uni do a la muert e,
amarrado al ti empo y uni do a la eterni dad, amarrado a mis lí-
mites y uni do al i nf i ni t o, amarrado a la tierra y uni do a las es-
trellas. Uni do a mis padres, a mis abuelos, a mis ancestros, uni -
do a mis hijos, a mis nietos, a mi futura descendencia, uni do a
cada ani mal , a cada pl anta, a cada ser consciente. Uni do a la
materia bajo todas sus formas, yo era l odo, diamante, oro, plo-
mo, lava, pi edra, nube, onda magnét i ca, estallido el éctri co, hu-
racán, océano, pl uma. Amar r ado a lo humano, uni do a lo divi-
no. Anc l a d o en el pr es ent e, u ni d o al pasado y al f ut ur o.
Ancl ado en l a oscuri dad, uni do a l a l uz. At ado al dol or, uni do
a la euforia delirante de la vi da eterna.
Después de uni r así, me propuse ver a qué me conducí a se-
j parar: la voz del padre muerto resonando durante años por toda
í 88
I
i
la casa; de las monedas de medi o dól ar se elevan millones de pe-
queñas águi l as plateadas que vuelan haci a la estratosfera para
devorar satélites; la pi el de tigre que ha perdi do al Buda que so-
lía meditar sobre ella, le propone a un asesino que la convierta
en su capa; en el país de los descabezados, el úl ti mo sombrero es
quemado públ i camente. . . Cuando perecen todos los seres vivos,
los caminos gi men, sedientos de huellas.
Me propuse materializar l o abstracto. El odi o: cuerno de l a
abundanci a dentro de un cofre del que hemos perdi do la llave.
El amor: cami no donde las huellas en l ugar de seguirnos nos
preceden. La poesí a: excremento l umi noso de un sapo que se
ha tragado a una l uci érnaga. La traición: persona sin pi el que
avanza saltando de una pi el a otra. La al egrí a: río l l eno de hi -
popót a mos abri endo sus hocicos azules para ofrecer diamantes
que han ext raí do del barro. La confianza: danza sin paraguas
bajo una l l uvi a de puñal es. La libertad: hori zonte que se despe-
ga del océano para volar formando laberintos. La certeza: una
hoj a solitaria convertida en el refugio de un bosque. La ternu-
ra: virgen vestida de luz empol l ando un huevo morado.
Así, me dedi qué durante mucho ti empo a i magi nar técni cas
para desarrollar mi i magi naci ón. Cómo, por ej emplo, vencer
las leyes naturales (volar, estar en dos o más sitios a la vez, sacar
agua de la piedras); i nverti r las cualidades (el fuego enfría, el
agua quema, la sal endul za) ; humani zar plantas (un árbol ven-
de boletos de l ot erí a) , animales (un gori l a llega a ser decano
de la Facul t ad de Fi l osof í a) y cosas (un tanque de guerra se
enamora de una danzari na de ballet); agregar lo que se ha per-
di do (darle tentácul os de pul po a la Venus de Mi l o, cabeza de
mosca a l a Vi ct or i a de Samotraci a, un oj o de elefante como
cús pi de a la pi r ámi de de Gi za) ; extender la parti cul ari dad de
un ser o de una cosa a todos los seres o cosas (un l eño en lla-
mas, una nube en llamas, un corazón en llamas, un saxof ón en
llamas, un j ui ci o moral en llamas).
Una noche, buscando enri quecer mi mi rada, usada mayor-
mente en el pl ano hori zont al , eché l a cabeza hacia atrás, tanto
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como pude, para sentir qué me pr oducí a ver en l í nea vertical.
Me distrajo l a visión de una t el araña en l a l ámpar a. En el cen-
tro de ella, esperaba agazapada la tejedora. Al rededor, revolo-
teaba una mosca. En l ugar de compadecerme de mí mi s mo,
constatando el abandono en que se tení a a mi cuarto -aseado
a regañadi ent es por Sara una vez por mes para satisfacer la mi -
rada crítica de su madre cuando, quej ándos e del hedor de Ma-
tucana, vení a de visita-, i magi né los diferentes grados de una
historia, organi zándol os en una escala que i ba de menor a ma-
yor conci enci a. En el pr i mer grado, no conci bi endo cambiar,
esf orzándose por seguir siendo siempre l o que creen que son,
la mosca pasa su vi da tratando de evitar a la ar aña en tanto que
la ar aña pasa su vi da tratando de cazar a la mosca. En un esca-
l ón más alto, l a mosca, perci bi endo el deseo carní voro de l a
araña como un aporte de energí a, pi erde el mi edo, acepta que
es al i mento y se sacrifica. La araña, por su parte, aprende a po-
nerse en el lugar de la mosca y decide renunci ar a cazarla, aun-
que aquello le haga mor i r de hambre. En tercer lugar, la mos-
ca, que voluntariamente ha entrado en la pegajosa trampa, al
ser devorada por la araña, invade sus cél ul as, su al ma y la trans-
f orma en un ente l umi noso. Los dos animales, amalgamados,
son un nuevo ser, que no es mosca ni ar aña sino las dos al mis-
mo ti empo. En cuarto lugar, l a araña-mosca, dá ndos e cuenta
de que la luz que la habita no es de su propi edad, de que ella
es una servidora y la inagotable energí a i mpersonal su dueña,
se desprende de la tela y, at raí da por la l uz, asciende hasta su-
mergirse en el sol. En qui nt o lugar, semejante al pr i mer grado,
la ar aña en su tela espera que venga a pegarse una mosca. Si n
embargo ahora la ar aña no está agazapada, se muestra abierta-
mente, sin voracidad, y la mosca, sin angustia ni revoloteos i n-
necesarios, se dirige en l í nea recta haci a l a tel araña. El cambi o,
la t ransmut aci ón y la ador aci ón le han dado a la amenazadora
real i dad un ba ño de al egrí a. La cacer í a se ha convert i do en
una danza donde l a muert e cont i nua va a c o mpa ña da de un
naci mi ento cont i nuo.
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De pront o, sin que ni un movi mi ento de patas l o anunci ara,
l a ar aña pendi endo de un largo hi l o, se dej ó caer haci a mí . Di
un grito de mi edo, esqui vé, el sillón se vol có y caí de espaldas
en el suel o. Me c o l o qué los zapatos c omo guantes y de un
aplauso apl ast é al i nocent e bi cho. Sent í pena, no por él si no
por mí mi smo. Gracias al abandono en que se tení a a mi cuar-
to, pude darme cuenta de que, a pesar de esos goces imagina-
tivos, emoci onal ment e no me sentí a mejor. Las i mágenes que
creaba podí an ser joyas, pero el cofre donde las guardaba, es
deci r mi persona, no tení a valor. Estaba usando l a i magi naci ón
en f orma l i mi tada. Me habí a dedi cado a crear representacio-
nes mentales. Técni ca que por cierto abrí a senderos oní ri cos,
i ndi caba ideales sublimes, daba elementos para fabricar obras
de arte, pero no cambi aba l a manera i ncompl et a en que me
perci bí a a mí mi smo. El cuerpo se me presentaba como un pa-
voroso enemi go, ni más ni menos un ni do donde habitaba l a
muerte y tení a mi edo de usarlo en toda su ext ensi ón. Mi sexo
se embargaba de vergüenza, para di si mul ar el mi edo a crear.
Mi c or a z ón s e s ume r g í a en l a mal dad y l a i ndi f er enci a del
mundo, para prohi bi rse desarrollar sentimientos sublimes. Mi
mente invocaba a la debi l i dad humana, para i gnorar su poder
de cambi ar al mundo. Todos los infinitos, si bi en los podí a i ma-
ginar, visceralmente me daban pavor. Mi parte ani mal quer í a
un espacio reduci do, una madri guera, un ti empo corto, «s ól o
dur ar é l o que dure mi or gani s mo», una conci enci a opaca, con-
f or má ndome con vivir en l a penumbra evitando responsabili-
dades, una vi da i nvari abl e def endi da por s ól i dos hábi t os , el
cambi o consi derado como un aspecto di si mul ado de l a muer-
te. Deci dí entonces l i berarme de las i mágenes , fi esta ment al
que disfrazaba una hui da de mi naturaleza orgáni ca, para i n-
vestigar una f orma de creaci ón medi ante mis sensaciones. Pen-
sé: « Cua ndo reci bo una noti ci a triste, no tengo ganas de mo-
verme; me siento pesado, denso. Por el cont rari o, cuando l a
nueva es agradable, tengo ganas de danzar; me siento l i vi ano,
ágil. Los hechos que conozco por medi o de palabras o de imá-
genes visuales, no me cambi an el cuerpo pero sí la sensaci ón
91
que tengo de él. ¡ Debe ser posi bl e transformar a vol unt ad la
per cepci ón de mí mi s mo! » .
Come nc é una intensa serie de ejercicios. En l a noche, cuan-
do cesaban los insultos, y a veces los golpes, entre mi padre y
mi madre, cuando mi her mana cesaba de tocar en su pi ano
bl anco los estudios de Cho pi n y el si l enci o se ext endí a como
bál s amo sobre una llaga, me sentaba desnudo en mi sillón de
madera y comenzaba a descontraer mis mús cul os para concen-
trarme y meditar. Desgraciadamente las l ocomotoras, varias ve-
ces durante la noche, se det ení an j usto bajo mi ventana, l an-
zando un ensordecedor pi t i do. Este lanzazo llegaba como un
tajo sangriento hasta el centro de mi espí ri tu. Luc hé durante
varias semanas para no def enderme, dej arlo atravesar mi con-
ci enci a si n retenerl o, no prestarle at enci ón y seguir el ejerci-
ci o. Cuando l o l ogré pude sumergi rme en mis medi taci ones
si n ni ng una a pr e he ns i ón. Vencí t a mbi én a las moscas, que
eran más molestas que los trenes. A pesar de cerrar las cortinas
y s umer gi r me en l a os cur i dad, esos insectos no cesaban de
zumbar y revolotear, i rri t ando mi pi el con sus paseos. Agr egúe-
se a esto que, no t eni endo el apartamento en que vivíamos ni
aire acondi ci onado ni calentadores, el cal or y el frío se me ha-
cían agobiantes. Todas estas dificultades favoreci eron mi capa-
ci dad de concent raci ón.
Si quer í a desarrol l ar mi i magi naci ón sensori al , antes que
nada debí a l i berarl a de l a t i raní a del peso. Por su fuerza de
at racci ón, el planeta estaba siempre presente en el cuerpo di -
ci éndome «Eres mí o, de mí vienes y a mí l l egarás». Sent í que l o
que más pesaba era l a sombra. Me l l ené de ella, una materi a
densa, dol orosa, agobi ante. Col mé mis pies con su negrura,
luego las piernas y el resto del cuerpo. Cuando fui una pi el re-
l l ena de al qui trán, i nspi ré l o más prof undo que pude y es pi ré
el magma de mis pies rel l enándol os esta vez de luz. Vacié mis
piernas, mis brazos, mi t ronco, mi cabeza y fui un pellej o col -
mado de respl andeci ente ener gí a. Me sentí l i vi ano, cada vez
más l i vi ano. Me par eci ó que si daba un paso i ba a saltar veinte
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metros. La ausencia de sensaci ón de peso me l l enó de al egrí a,
de ansias de vivir, me hi zo respirar prof undo. Ya no t ení a el es-
pí ri t u i nvadi do por desperdi ci os ps i col ógi cos , dolorosas ser-
pientes de sombra. Tuve ganas de vestirme y salir a cami nar.
Así l o hi ce. Er an las cuatro de l a madrugada. El barri o obrero,
con sus faroles vací os (los cacos robaban los focos), estaba casi
sumi do en las tinieblas. Si nt i éndome tan l umi nos o como l a l u-
na, ma r c hé dando de vez en cuando agradabl es saltos. De
pront o vi aproximarse a tres i ndi vi duos de mal a catadura. Pru^
dente, cambi é de vereda. El l os, al ver el movi mi ent o defensivo,
se abri eron en abanico. Uno sacó una macana, el otro un cu->
chi l l o y el tercero una pistola. Me l ancé a correr haci a la calle
San Pabl o, arteria central del barri o por donde pasaban tran-
vías y habí a l a pos i bi l i dad de encont rar un bar aún abi erto.
«¡ Det ent e, huevón! » , gri taron. Lancé una l l amada de auxi l i o
que s onó como un chi l l i do de puerco en el matadero. ¡ Ni ngu-
na ventana se abri ó! ¡ Ni nguna puerta! Allí i ba yo, el ex ingrávi-
do, gal opando más pesado que un paqui dermo, bajo el i ndi fe-
rente firmamento, l uci endo en mis pantalones la huel l a fecal
del mi edo. Co n el dol or de l a di gni dad pulveri zada, depos i t é
mis esperanzas en l l egar a la calle central . ¡A diez metros de
el l a vi que estaba oscura! Entonces, venci do, entregado, tem-
bl ando, me detuve y es peré a los bandi dos. ¡ Ll egaron j unt o a
mí y de un puñet azo en el vientre me l anzaron al suelo! Co n
cal ma agóni ca les r ogué que no me mataran, que se l l evaran
todo, porque yo era un poeta. Me registraron los bolsillos, ex-
traj eron un arrugado billete y mis papeles de estudiante. Des-
pués de observarlos con mi nuci osi dad me los devol vi eron, j un-
to c on el di ner o, s al udar on y se f uer on di c i endo que er an
pol i cí as, que me habí an conf undi do con un l adrón. « J o v e n,
para otra vez no huya porque se hace s os pechos o! » Adol or i do,
en cuerpo y al ma, l l egué a San Pabl o. ¡Allí, a la vuelta de la es-
qui na, en una caf eterí a, al umbrado por una l á mpa r a de gas,
un grupo de personas j ugaba a las cartas! ¡ Con unas cuantas
zancadas habr í a estado a salvo! ¡Si hubi er an sido en verdad
asaltantes, podr í an haberme degol l ado por entregarme así, co-
93
mo una res, a unos pasos de la sal vaci ón! ¡ En ese mi s mo ins-
tante j ur é que siempre mant endr í a mi esfuerzo hasta que no
me quedara una gota de ener gí a y que nunca abandonar í a una
obra empezada hasta haberl a t ermi nado!
Apenas regres é a mi cuarto cont i nué mi trabajo. Acababa
de encontrar el terror, una sensaci ón de ahogo paralizante que
me habí a converti do en ani mal . En ese rei no, donde los unos
se devoran a los otros, el mi edo es el el emento esencial de la
sobrevi venci a. As cender del ani mal al hombr e es per der el
mi edo. ¿Qué mi edo? Las bestias no t i enen el concept o de
muerte, se conocen como una materi a. Su mi edo esencial es
perder l a f orma corporal . Sent í como nunca l a amenaza de mi
organi smo. La carne pr omet í a envejecer, enfermarse, mor i r ;
necesi taba ser al i ment ada, prot egi da. J unt o con el mi edo a
perder l a f orma surgí a l a necesidad de poseer una guarida. Yo,
descendiente de j udí os , nóma de s durante siglos, no tení a tie-
rra ni raí ces ni madri guera. ¿ Cómo deshacerme de esa angus-
tia? ¿Imi t ar a Buda, rechazando la vi da terrenal , desi denti fi -
c á ndome del cuerpo, t ambi én de mi «ego» para, vol vi endo a l a
i mpersonal i dad de l a ener gí a ori gi nal , l i berarme de l a cadena
de las reencarnaciones? Aquel l o, por el at eí s mo que J ai me me
habí a i ncul cado, me pareci ó un cuento de hadas, una fuga co-
barde. « La espada que todo lo corta no te corta cuando te con-
viertes en l a es pada. » Pensando así, deci dí converti rme en l o
que causaba mis terrores.
Err-mis.ejercicios precedentes c omenc é poj: jmaginarme_lk>
no de un magma negro, al que- expul s é para que la luz me_ ha-
bí tara. Per o al dr a gón mi t ol ógi co, i nmor t al , no se l e puede
vencer as es i nándol o sino s educi éndol o, aceptando ^er su ali-
ment o. Volví a i magi nar mis piesHenos~cTe ese nefasto al qui -
trán. Luego, en lugar de i denti fi carme con ellos, me hice uno
con l a mat eri a negra. Yo era l a amenaza, yo era el dador de
muerte, yo era la nada con sus ansias carní voras. Subí por las
piernas, l l ené la pelvis, el t ronco, los brazos, la cabeza, bor r é
todo resi duo de moral , fui por compl et o una espesa mal dad.
94
Haci endo un esfuerzo f enomenal a ba ndoné el apego a mi for-
ma humana y des bor dé. Sal i éndome del reci pi ente carne, cre-
cí haci a todas las di recci ones como una masa voraz, comencé a
i nvadi r l a casa, l a ci udad, el paí s, el pl aneta, l a galaxia, hasta
col mar el universo y cont i nuar l a expans i ón i nf i ni ta. En mí ha-
bi taban los astros, los monstruos del espacio, los demoni os, las
entidades ambiguas, los insidiosos fantasmas, los asesinos de-
mentes, las ratas, las ví boras, los insectos venenosos... Luego
i magi né sentir l o inverso: l a amenaza i nf i ni ta, l a sombra mor-
tal , c o me nz ó a i nvadi r el espacio desde todos los punt os, e
i nundó el cosmos avanzando haci a mí . Se t r agó las galaxias,
nuestro sistema solar, el planeta, el conti nente sudameri cano,
Chi l e, Santiago, el barri o Mat ucana, mi casa, mi cuarto y por
f i n se concent r ó en mi cuerpo. Al mi smo ti empo que yo ocu-
paba el universo, el universo se acumul aba debajo de mi pi el .
Me sentí i nvenci bl e, yo era el mal , nada podí a aterrarme, ni si-
qui era mi padre. A esas horas de la avanzada noche, desnudo
como estaba, comencé lentamente a recorrer el apartamento.
Lo hi ce avanzando agazapado, como una f i er a hambr i ent a.
Muy r ápi do mis ojos se acostumbraron a la oscuri dad, aumen-
taron mis percepciones auditivas, pude oí r los más leves cruj i-
dos y desde lejos sentí la respi raci ón prof unda de Jai me, Sara y
Raquel . Tambi én mi olfato perci bi ó, como nunca antes l o ha-
bí a hecho, los diferentes olores que l l enaban el hogar: el azu-
carado de las sábanas húmedas , el ranci o de las tablas del sue-
l o, el azufrado del aire, el salobre de los muros. Ent r é en el
cuarto de mi hermana. A causa de las ventanas cerradas, por
mi edo a los ladrones, el cal or la hací a dor mi r desnuda con las
piernas abiertas. Acer qué mi nariz a unos cent í met ros de su se-
xo y olí... Fue tanto mi pl acer y mi odi o que l a negrura de mi
cor azón par eci ó transformarse en t aránt ul a. Me i magi né vio-
l ándol a y l uego des t rozándol e el vientre con mis col mi l l os para
devorar sus tripas. Sabor eé largos mi nutos la visión de esa boca
pr ohi bi da y luego me desl i cé hacia el dormi t ori o mat ri moni al .
Allí estaba mi madre, pegada a l a espalda de mi padre. Dor-
mí an tan prof undamente que parecí an estatuas de cera. Me i n-
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vadi ó una cól era gigantesca. Estuve seguro de que de un mor-
disco podí a destrozarles l a yugular. Sara mer ecí a mi odi o por-
que en su neci a pasividad era cómpl i ce de J ai me. Si n mover un
dedo dej ó que mi padre se compl aci era en aterrarme. Er a él
qui en, por vencer los probl emas con su hermano homosexual ,
obl i gado a afirmar una hombr í a dudosa, se habí a esmerado en
convert i rme en un cobarde. Me llevaba a l a playa, me hací a
meter las piernas en pozas donde sabí a que habi taban pul pos.
Se hací a el di straí do, dejaba que uno de esos viscosos animales
enrol l ara sus tentácul os en mis tobillos, me dejaba chi l l ar un
buen rato y luego llegaba ri endo, despegaba las ventosas de mi
pi el , azotaba al ani mal contra las rocas y des pués , i nt roduci en-
do la mano por la raíz de los tentácul os, daba la vuelta, delan-
te de mis narices, a la capucha del monst ruo, dej ándol a al re-
vés. «¡ Son inofensivos, no chilles como una muj erci ta, aprende
a ser val i ente! » Pero ¿ cómo un ni ño de ci nco años podí a ser va-
liente cuando el adulto lo obl i gaba a acostarse en su espalda y
prenderse de su cuel l o, mi entras cor r í a haci a las olas de un
océano enfurecido? Allí, aferrado a mi padre como una lapa,
cerrando los ojos, arrugando la nariz y apretando las mandí bu-
las, soportaba que éste, dando rugidos l eoni nos, se lanzara una
y otra vez contra la base de las gigantescas olas para atravesar-
las j usto cuando comenzaban a estallar. A pesar de ser un ni ño
yo sabí a que si me soltaba per ecer í a ahogado. El agua fría del
océano Pacífico parecí a converti r mi carne en hi el o. Los dedos
se me agarrotaban. La fuerza de las olas no t ardarí a en des-
prenderme de la poderosa espalda. Me poní a a lanzar alaridos.
J ai me, furioso, escupi endo una y otra vez la pal abra «¡ Cobar-
de! » me depositaba en la playa sin reparar en que esos labios
que l l oraban, estaban t eñi dos de azul por el f rí o. « ¡ Dej a de
temblar, mari qui ta! ¡ Ti enes que aprender a vencer el mi edo! »
Pues bi en, ahora lo habí a venci do. Allí estaba la pareja culpa-
ble, indefensa, a l a merced de mi odi o. Tomé un macetero lle-
no de tierra húme da - donde, en lugar de germi nar las semillas
de clavel que Sara enterrara, se habí an cri ado gusanos—, con
una delicadeza fel i na trepé en l a cama y, poni é ndome en cu-
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clillas, lo vacié entre las entrelazadas piernas. Muy cerca de sus
sexos vi retorcerse paquetes de vermes. El demoni o que prote-
ge a los habitantes de la noche hi zo que no se despertaran.
Volví a mi cuarto, feliz como nunca lo habí a estado, y me dor-
mí sabiendo que al despertar l a real i dad ya no serí a l a misma...
Ni Jai me ni Sara nunca comentaron el i nci dente. ¿Por qué? El
aconteci mi ento era tan ext raño, tan i mposi bl e, que sus mentes
l o borraron como a un mal s ueño.
Poco a poco fui comprendi endo que el ser que yo perci bí a
no era exactamente el ser que yo era. Más aún, la conci enci a
que perci bí a no era exactamente mi conci enci a sino una de-
f or maci ón de ella, causada por mi fami l i a y mi educaci ón esco-
lar. Me perci bí a como mis padres y profesores me habí an per-
ci bi do. Me veía con l a mi rada de los otros. El cerebro del ni ño,
como un trozo de cera, era escul pi do s egún el j ui ci o aj eno.
Me concent r é en mi nari z ganchuda. Revi sé l a memor i a que
el l a cont ení a: desprecios, burlas, sobrenombres, « Pi nocho» ,
«Pi po», «Nari zón», «Al bacora», «Bui t re», «J udí o errant e». Lue-
go, las miradas despreciativas de Jai me y Raquel , tan orgullosos
de sus narices rectas. Y por fin, la i ndi f erenci a de mi madre,
qui en, des pués de que me raparan la cabellera rubi a y me cre-
ci eran en su reempl azo unos pelos oscuros, me habí a borrado
de su al ma. «Sí, la siento fea, horri bl e, grandí s i ma, monstruo-
sa, esta nariz huesuda que no es mí a, no la qui ero, me invade,
es un vampi ro pegado a mi cara. » Una vez que del i mi té exac-
tamente esta sensaci ón de disgusto, c omenc é a cambi arl a. La
f orma de gancho que se me i mponí a tuvo que ser vencida. Re-
bl andecí sus límites, la convertí en una masa dúctil y maleable,
la per f umé, la l l ené de amor, de l uz, de bondad y por úl t i mo le
ot or gué una belleza subl i me. Belleza que poco a poco expandí
por mi cara, mis cabellos, mi cabeza y luego, como un agua lus-
tral, por mi cuerpo, l avándol o de las miradas crueles para otor-
garle l a hermosura que se merecí a. Encendí l a radi o, encont ré
una mús i ca de Berl i oz. Dej ando caer complej os de fealdad co-
mo si f ueran harapos, me puse a bai l ar per mi t i endo que mi
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cuerpo hi ci era movi mi ent os elegantes, del i cados, hermosos.
Sent í que esa bel l eza f or mal me i nunda ba el al ma. Al go se
abri ó en mi conci enci a y me di cuenta de que esa belleza asu-
mi da era como una f l or derramando su aroma haci a el mundo.
Lo mi smo hice con l a fuerza. La mi rada paterna me habí a
sumergi do en el corsé de l a debi l i dad. Es cogí como punt o de
parti da mis testículos y los l l ené de una energí a que luego fui
expandi endo por mi or gani s mo. Cua ndo estuve compl et a-
mente habitado, quise eyectar esa fuerza por los dedos de mis
manos y de mis pies y con esos veinte rayos transfixiar al mun-
do, pl egando su negatividad para hacerlo positivo, pero me en-
cont ré con candados. En mi al ma habí a prohi bi ci ones de ser
yo mi s mo, exi gi endo que conservara el c ondi c i ona mi ent o,
obl i gándome a vivir s egún las normas recibidas a través de una
anquilosada tradi ci ón. « No debes comer puerco, no debes ca-
sarte con una católica, el mat ri moni o es para toda la vida, el di -
nero se gana sufriendo, si no eres perfecto no vales nada, de-
bes ser y hacer como todo el mundo, si no obtienes di pl omas
f racasarás en l a vida. . . » Al menor i nt ent o de transgredir esas
ideas locas aparecí an los guardianes familiares bl andi endo es-
padas castradoras. « ¿ Có mo te atreves? ¿Por qui én te tomas?
¿Quién eres tú para cambi ar las reglas? ¡Si así lo haces, te mo-
rirás de hambre! ¡ Nos avergonzaremos de t i ! ¡Estás l oco, recu-
pera la cordura! ¡ Todos te rechazarán, te des preci arán, te des-
t r ui r án! ¡Vas a per der nues t ro c a r i ño! » Me s ent í como un
perro l l eno de pulgas. Me di cuenta de que en todos los planos
mis padres habí an abusado de mí . En el pl ano i ntelectual, con
sus palabras mordaces, agresivas, sarcásti cas, me cort aron los
caminos que conducí an al i nf i ni t o, haci éndos e pasar por clari-
videntes y omni potentes, obl i gándome a ver al mundo a través
de sus lentes de color. Abus ar on de mí emoci onal ment e, me
hi ci eron sentir con toda cruel dad que pref erí an a mi herma-
na, creando con el l a un trío s ór di do de dependenci a, celos y
amorodi o. Comerci aron con mi cari ño: «Para que te amemos
tienes que hacer esto o lo otro, tienes que ser así o asá, tienes
que comprar ese afecto que te damos a un alto pr eci o». Abusa-
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r on de mí sexualmente, mi madre porque cubri ó con un espe-
so velo de vergüenza todas las manifestaciones de la pasi ón, ha-
ci éndos e pasar por santa. Y luego mi padre, seduciendo a sus
di entas, delante de mí , mediante i nsi nuaci ones procaces dis-
frazadas de chiste. Abus aron de mí materi almente: no recuer-
do que mi madre me coci nara un plato, siempre l o hi zo una
empl eada. No recuerdo que me acariciaran, no recuerdo que
me sacaran a pasear, no recuerdo que me celebraran un cum-
pl eaños , no recuerdo que me regalaran un j uguete, no recuer-
do que me di eran un cuarto agradable; dor mí en sábanas vie-
j as y r emendadas , tuve cort i nas or di nar i as t e ñi da s de un
i nsoportabl e col or vi no, no hubo en mi techo una bel l a l ámpa-
ra, mis bibliotecas f ueron tablas viejas extendidas sobre l adri -
llos, siempre fui inscrito en desastrosas escuelas públ i cas y ade-
má s , todos los s á ba dos , el dí a en que los otros muchachos
reposaban de la escuela yendo a fiestas, yo, para «pagar » lo que
me daban, tení a que quedarme en la ti enda vi gi l ando la mer-
cancí a de la codi ci a de los ladrones... Y ahora ese ni ño abusa-
do, me abusaba a mí , tratando a cada instante de reproduci r
aquel l o que lo habí a traumado. Si se burl aron de mí , me obl i -
gaba a buscar compañí as que me despreciaran. Si no me qui -
si eron, me obligaba a entrar en rel aci ón con gente que nunca
podr í a quererme. Si ri di cul i zaron la creatividad, me obligaba a
dudar de mis valores, s umi éndome en l a depres i ón. Si no me
di er on faci l i dades materi al es, me obl i gaba a ser enf ermi za-
ment e t í mi do i mpi di é ndome así ent rar en una t i enda para
compr ar aquel l o que me era necesario. Me convert í a en un
rencoroso pri si onero de mí mi smo. «Me despreci aron, me cas-
ti garon, entonces ahora no hago nada, no valgo nada, no ten-
go derecho a existir.» Incapaz de sentirme en paz, estaba aco-
sado por una j a ur í a de rancias rabias. Come nc é a sacudi rme
como si arroj ara esos viejos dolores, esas cól eras infantiles, esos
rencores, esos candados, lejos de mi cuerpo. ¡ Basta ya! ¡ Esto
no soy yo, esta depr es i ón no es mí a, no me han venci do, no me
i mpedi r án hacer lo que qui ero hacer! ¡ Fuera, pulgas invasoras!
¡ El uni verso i nt er i or me pertenece, t omo pos es i ón de él , l o
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ocupo, extermi no lo superfl uo! ¡ Me abro a las energí as menta-
les, las reci bo del f ondo de la ti erra y las proyecto hacia el fir-
mament o, al mi s mo t i empo las reci bo del f ondo del i nc on-
mensurable espacio y las proyecto haci a el centro del planeta,
soy un canal recept or y transmi sor! Lo mi s mo hago c on las
energí as emocionales, sexuales y corporales. Las sumerjo en el
vací o i nsondabl e. . . Cada i dea, sent i mi ent o, deseo, necesi dad
llega al al ma di ci endo «¡ Eres Yo! ». Son entidades usurpadoras.
El ser vací o, pudi endo contener al universo, no sabe qui én es,
pero vive, crea, ama.
Más o menos al alba de cumpl i r los 19 años , acont eci ó una
querel l a fami l i ar que, a pesar de su monstruosi dad, me revel ó
otro aspecto de l a cr eaci ón: hasta entonces habí a trabaj ado
con i mágenes y sensaciones, pero no habí a expl orado una téc-
ni ca compuesta de objetos y acciones. Sucedi ó así: Todos los
dí as, entre la una y las tres de la tarde, mis padres cerraban El
Combate para veni r a al morzar al apartamento. J ai me se senta-
ba en la cabecera que daba a la ventana (así se apropi aba, reci-
bi éndol a por la espalda, de la l uz que vení a del ci el o) . J unt o a
él, a su derecha, ubi caba a mi hermana. A mí des deñaba otor-
garme, un poco más alejado, el l ado i zqui erdo. Y en el otro ex-
tremo, lejos, en su isla emoci onal , rei naba mi madre, comi en-
do siempre con las pupilas de los ojos dirigidas haci a el techo
para expresar el asco que le daba la rui dosa manera de comer
de mi padre. Ese dí a, enervado por el acumul ami ent o de deu-
das, J ai me devoraba el al i ment o que le habí a servido nuestra
fiel empl eada, ens uci ándos e los labios y la camisa más que de
costumbre. De pront o Sara l anzó un sordo gemi do y mur mu-
ró: «Este hombre parece un puerco, me da ganas de vomi t ar».
Det rás de mi madre, en l a pared, colgaba un cuadro pinta-
do al ól eo por un artista comerci al de l a más baja cat egorí a.
Er a el consabi do paisaje cordi l l erano, al umbrado por l a roj a
l uz de una puesta de sol . A el l a le gustaba por ser su madre
qui en l e habí a i nsi nuado comprarl o. Mi her mana y yo l o en-
cont r ábamos ri dí cul o. J ai me l o odi aba porque l e habí a costado
100
caro. Cua ndo escuchamos las inesperadas palabras de Sara,
Raquel y yo enmudeci mos de terror. General ment e, en estos
casos, J ai me se levantaba para propi narl e un puñet azo en uno
de sus hermosos ojos. Esta vez no fue así: el hombre se puso pá-
l i do, l evantó l entamente el plato, tal como un sacerdote alza el
cáliz, y l anzó sus huevos fritos haci a la cabeza de mi madre. És-
ta los esqui vó y f ueron a dar en el cuadro. Las dos yemas, en
medi o del ci el o, se quedaron pegadas como soles. ¡Y, oh reve-
l aci ón, por pr i mer a vez esa vul gar pi nt ur a me par eci ó bel l a!
¡ De un solo golpe, habí a descubierto el surrealismo! Más tarde
no me costó nada comprender l a frase del futurista Mari net t i
« La poes í a es un act o».
101
El acto po ét i c o
Las def i ni ci ones son úni c a me nt e aproxi maci ones . Cual -
qui era que sea el sujeto, su predi cado es siempre la totalidad
del universo. En esta i mpermanente real i dad, aquello que ima-
gi namos como l a ver dad absol uta se nos hace i mpens abl e.
Nuestras f l echas nunca pueden dar en el cent ro del bl anco
por que es i nf i ni t o. Los conceptos que l a r azón empl ea son
ciertos para mí , aquí , en esta fecha precisa. Para otro, allá, más
tarde, pueden ser falsos. Por esto, a pesar de haber sido cri ado
en el más tenaz at eí s mo, deci dí el egi r entre dos creencias l a
que fuera más útil, aquel l a que me ayudara a vivir. Antes de
aparecer en el mundo fui una f orma de vol unt ad que eligió al
que i ba a ser su padre y a la que i ba a ser su madre, para que en
contacto con los límites mentales de esos dos emigrantes, por
el sufri mi ento y la rebel dí a, mi espíritu se desarrollara. ¿Y por
qué nací en Chi l e? No tengo l a menor duda: es mi encuentro
con l a poes í a l o que j ustifica mi apari ci ón en ese paí s.
En los años cuarenta, y a comi enzos de los ci ncuent a, en
Chi l e se vivía poé t i c a me nt e como en ni ng ún ot ro sitio del
mundo. La poes í a l o i mpregnaba todo: l a enseñanza, l a políti-
ca, la vi da cul tural y la amorosa. Cuando en las continuas fies-
tas, una cada dí a, la gente bebí a vi no sin limitarse, no faltaba
un ebri o que recitara versos de Neruda, de Gabri el a Mi st ral ,
Vi cent e Hui dobr o y otros magní f i cos poetas. ¿Por qué tan líri-
103
ca al egrí a? En esos años en que l a humani dad padecí a l a se-
gunda guerra mundi al , en el lejano Chi l e, separado del resto
del planeta por el océano Pacífi co y la cordi l l era de los Andes,
el encuent ro entre los nazis y los aliados era vi vi do como un
parti do de fútbol. En cada casa, en un mapa clavado en l a pa-
red, con alfileres provistos de banderitas, entre i nnumerabl es
bri ndi s y apuestas, se s eguí an los avances y retrocesos de los
ej ércitos contrarios. Para los chi l enos, su largo y angosto paí s, a
pesar de los problemas internos, era una isla paradi sí aca, pre-
servada por la distancia de los males del mundo. Mi entras en
Eur opa i mperaba l a muerte, en Chi l e rei naba l a poesí a. Sien-
do el al i mento abundante -l os cuatro mi l ki l ómet ros de costa
pr oducí an deliciosos moluscos y peces-, el cl i ma excepci onal y
el vi no un néctar barato - u n l i tro de roj o valía menos que uno
de l eche-, en todas las clases sociales, de pobres a ricos, lo que
más i mport aba era l a f i est a. La mayorí a de los bur ócr at as vi -
vían correctamente hasta las di eci ocho horas. Una vez fuera de
la of i ci na, se emborrachaban y cambi aban. Abandonaban su
personal i dad gris para asumir una i dent i dad mági ca. ( Un dig-
no notari o, desde las seis de la tarde, embor r achándos e en los
bares, se hací a l l amar «El terrible tetas negras ». Muc ho se cele-
braba la manera que tuvo de abordar a una parroqui ana: «Se-
ñora, yo t ambi én he sido muj er: hablemos de vaca a vaca». ) El
paí s entero, al atardecer, era presa de una l ocura colectiva. Se
festejaba l a ausencia de solidez del mundo. ¡ En Chi l e l a ti erra
tembl aba cada seis dí as! El suelo mi s mo era, por deci rl o así,
convulsivo. Esto hací a que todos estuvieran sujetos a un tem-
bl or exi stenci al . No habi t aban en un mundo maci zo regi do
por un orden raci onal sino en una real i dad temblorosa, ambi -
gua. Se vivía precari amente tanto en el pl ano materi al como
en el rel aci onal . Nunc a se sabí a c ómo t ermi narí a l a noche de
par r anda: l a parej a casada a me di o dí a po dí a deshacerse al
amanecer y encontrarse en la cama con otros; los invitados po-
dí an arrojar los muebles por la ventana; etc. Los poetas, esen-
cialmente trasnochadores, vivían con euf óri ca desmesura. Ne-
ruda, f renét i co col ecci oni sta, cons t ruyó una casa-museo con
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f orma de castillo, congregando en torno a él una aldea entera.
Hui dobr o no se cont ent ó con escribir «Por qué cantái s l a rosa,
¡ oh Poetas! Hacedl a f l orecer en el p o e ma » si no que cubr i ó
con tierra fértil los pisos de su casa y pl ant ó un centenar de ro-
sales. Teófilo Ci d, hi j o de ri quí si mos libaneses, renunci ando a
su fortuna, conservó como todo bi en una subscri pci ón al dia-
ri o f rancés Le Mondey, ebri o dí a y noche, comenzó a vivir en un
banco del Parque Forestal . Allí l o encont r ar on muert o una
ma ña na , cubi ert o por las hojas de su per i ódi co. Hu b o ot ro
poeta que sól o aparecí a en públ i co cuando i ba a los velorios de
sus amigos para saltar sobre el at aúd. El exquisito Raúl de Veer
no se ba ñó durante dos años para que su hedor designara a los
verdaderos interesados en oí r sus versos. Todos ellos habí an
comenzado a salir de la literatura para parti ci par en los actos
de l a vi da cot i di ana con una postura estéti ca y rebelde. Para
mí , como para muchos otros j óvenes , eran í dol os que nos mos-
traban una hermosa y demente manera de vivir.
Al celebrarse las bodas de oro de Jashe con Moi she, l a fami-
l i a deci di ó celebrar tan magno aconteci mi ento con una fi esta,
i naugurando al mi s mo ti empo la nueva casa que Isidoro, ar-
quitecto, habí a di s eñado para su madre: un gran caj ón del que
surgí a otro caj ón, más pequeño, equi l i brándos e sobre un par
de col umnas. Al evento asistieron parientes cercanos y lejanos,
venidos de Argent i na. La mayorí a de ellos, j ubi l ados rechon-
chos, en contraste con su pi el morena, l ucí an orgullosos sus ca-
bellos blancos, colmados de la viscosa satisfacción de pertene-
cer a esa anodi na f ami l i a sefardita. Sara, entre risas nerviosas y
l ágri mas azucaradas, i ba de un pariente a otro l anzando exage-
rados elogios motivados por la angustia de hacerse querer. Por
desgracia, siendo entre tanto pato feo el cisne boni to, se hi zo
acreedora a todos los desprecios. Parti cul armente el de la envi-
diosa Fanny, que se permi t i ó bromas crueles sobre la bl ancura
de su pi el y el sobrepeso, compar ándol a con un saco de hari -
na. J ai me, por tener una ti enda en un barri o obrero, t ambi én
fue despreciado. Como signo de gran condescendenci a lo i nvi -
105
taron a j ugar a las cartas y, conspi rando entre ellos, le extirpa-
r on una fuerte canti dad de di nero. De mí , nadie se ocupó. Pa-
reci eron no verme. Estuve sentado varias horas, sin comer, en
un ri ncón del oscuro patio. ¿Qué tení a yo que ver con ellos?
¿Era una vida di gna verse obl i gado a hacer mi l reverencias, co-
mo mi madre, para ser aceptado a medi as en ese medi ocr e
purgatori o o dej arme esqui l mar como mi padre para demos-
trarles que no era un pobr et ón? Verlos así, en manada, me lle-
nó de furia. J unt o a un grueso ti l o, el úni co árbol que engala-
naba el j ardi nci l l o, se apoyaba un hacha. Impul sado por un
deseo irresistible, la t omé y comencé a dar feroces tajos en el
tronco. Muchos años más tarde me di cuenta del cri men que
habí a cometi do. Para mí , en aquel moment o, cuando aún no
me sentí a ligado al mundo ni veí a a las familias como árbol es
geneal ógi cos , ese vegetal no era un ser sagrado sino un sí mbo-
l o oscuro que catalizaba mi des es peraci ón y mi odi o. Aument é
la i ntensi dad de mis hachazos, perdi endo la noci ón de todo lo
que me rodeaba. Des pert é medi a hora más tarde, dando gol-
pes en una heri da que abarcaba ya la mi tad del tronco. Shoske,
mi tía abuela, lanzaba alaridos de horror, «¡ Bandi do! , ¡ detén-
ganlo, está cortando el ti l o! ». Jashe, provista de una l i nt erna y
seguida por todos sus parientes, i r r umpi ó en el pat i ni l l o. Tu-
vi eron que sostenerla para que no cayera desmayada. Isi doro
se preci pi t ó hacia mí . Sol té el hacha y le di un puñet azo en el
vi entre. Cayó sentado aplastando las margaritas con su gran
trasero. Todo se paral i zó. Los convidados, j ueces severos, me
mi raban convertidos en estatuas de cera. Ent re ellos, Sara, roj a
de vergüenza. Jai me, detrás del grupo, se hací a el desentendi-
do. El tronco recto y grueso del tilo l anzó un cruj i do amena-
zando quebrarse. Moi s he vaci ó una botel l a de agua mi neral en
la tierra, t omó puña dos de barro y, de rodillas, sol l ozando, co-
me nz ó a rel l enar el enor me hoci co de madera mi entras mi
medi a tía, con los negros cabellos erizados, estiraba un í ndi ce
vengador mos t r á ndome el cami no de salida. «¡ Vete de aquí ,
salvaje, y no regreses nunca más ! » Me emba r gó una emoci ón
i ntensa. Tuve mi edo de poner me a sol l ozar como el seudo-
106
Ga ndhi . Co n sati sf acci ón creci ente me vi estallar en carcaja-
das. Sal í a la calle y comencé a correr respi rando con fel i ci dad.
Sabí a que ese acto atroz marcaba para mí el comi enzo de una
nueva vida. Más precisamente, el comi enzo, por fi n, de mi vida.
Al cabo de un t i empo, me detuve. Sent í pasos que vení an
haci a mí . El aire enrareci do y la oscuri dad me i mpi di er on dis-
t i ngui r qui én me seguí a. «Si es Fanny», me dije, «t ambi én le
dar é un puñet azo». Pero no era ella sino Bernardo, un pr i mo
lej ano, estudiante de arquitectura, unos años mayor que yo, al-
to, huesudo, mi ope, con grandes orejas y cara de mi co, pero
voz aterciopelada, románt i ca.
- Al ej andro, estoy maravillado. Tu acto rebelde es di gno de
un poeta. Sól o l o puedo comparar a aquel de Ri mbaud cuan-
do pi nt ó con sus excrementos las paredes de un cuarto de ho-
tel. ¿ Cómo se te pudo ocurri r algo semejante? Si n deci r nada,
lo dijiste todo. ¡ Ah, si yo pudi era ser como tú! Lo úni co que me
interesa es la pi nt ura, la literatura, el teatro, pero mi fami l i a, la
tuya, es deci r aquel l a que acabas de abolir, me lo i mpi de. Ten-
dr é que ser arquitecto como Isidoro, para satisfacer a mi ma-
dre... En fin, pr i mo, ¿te atreves a dor mi r en tu casa esta noche?
Me han di cho que J ai me es un hombre feroz...
Mi encuentro con Bernardo fue provi denci al y a él le debo
mi entrada en el mundo poét i co, aunque más tarde me decep-
ci onara hasta l a médul a. La admi r aci ón que al parecer t ení a
por mi talento, resul tó banal : si mpl emente se habí a enamora-
do de mí . Des pués de muchos titubeos -sabi endo que reci bi rí a
un rot undo no- , se deci di ó a conf es ármel o en las letrinas de la
Academi a Li terari a, mos t r ándome, con los ojos enroj ecidos, su
sexo en erecci ón como si fuera una mal di ci ón di vi na. Esa no-
che, pretextando una amistad pura, me llevó a dor mi r donde
las hermanas Cereceda.
¿Eran huérf anas? ¿Millonarias? Tení an una casa de tres pi -
sos sól o para ellas. Nunc a las vi trabajar ni tampoco vi a sus pa-
dres. La puerta de la calle per manecí a sin cerrojos para que los
amigos artistas pudi eran entrar a cual qui er hor a del dí a o de la
107
noche. Habí a libros por todos lados con reproducci ones de los
mejores cuadros y t ambi én discos, un pi ano, fotografí as, obje-
tos hermosos, esculturas. Car men Cereceda, pi nt ora, era una
muj er musculosa, de espesa cabellera, ensi mi smada en un si-
l enci o precol ombi no. Su cuarto estaba decorado, paredes, sue-
lo y techo, con un mural , entre Picasso y Di ego Ri vera, cuaj ado
de mujeres de gruesas piernas y s í mbol os pol í t i cos. Veróni ca
Cereceda, frágil, hipersensible, de palabra fácil, con un cr áneo
cubi erto por una escasa pelusa, poetisa y futura actriz. Ambas
her manas amaban el arte sobre todas las cosas de l a vi da.
Cuando l l egué con Bernardo, me reci bi eron sonrientes.
- ¿ Qué haces, Al ej andro? - me pr egunt ó Veróni ca.
-Es cri bo poemas.
- ¿ Te sabes al guno de memori a?
- E l Ser es algo que se cons ume/ echando llamas desde el
s ueño - reci t é, rojo hasta l a punt a de las uñas. Veróni ca me di o
un beso en cada mej i l l a.
- Ve n, hermano. . . -y t omá ndome de l a mano me llevó a una
pi eza adornada con moti vos mapuches, donde habí a un pe-
queño l echo, una mesa con una máqui na de escribir, una res-
ma de papel y una l ámpar a- . En este l ugar me enci erro cuan-
do qui ero crear mis poemas. Te lo presto, el ti empo que te sea
necesario. Si tienes hambre baja a la coci na: encont rarás frutas
y barras de chocol ate, eso es lo úni co que comemos. Buenas
noches.
Allí me quedé encerrado varios dí as sin que nadie me mo-
lestara. A veces una sombra gol peaba la puert a y deposi taba
ante ella un par de manzanas. Cuando vencí mi ti mi dez, salí a
trabar conoci mi ent o con el grupo, que no excedí a una veinte-
na. Composi tores musicales, poetisas, pintores, un estudiante
de filosofía. En la casa, aparte de mí , que era el más j oven, las
Cereceda alojaban a una muchacha lesbiana, Pancha, que ha-
cía grandes muñecas de trapo, a Gustavo, el ami go í nt i mo de
Car men, pianista, y a Drago, un di buj ante tartamudo. Al ver
que el di nero escaseaba en esa casa, las frutas y los chocolates
eran aportados por los integrantes del grupo, c ompr endí que
108
mi acept aci ón era un verdadero sacrificio. Veróni ca, idealista,
compar t i ó conmi go su enorme cul t ura y l o poco que pos eí a
si mpl emente porque amaba l a poesí a. En mi recuerdo ha que-
dado como un ángel . . . Cada vez que en este mundo tan l l eno
de vi ol enci a al gui en me defrauda, recuerdo a esas hermanas y
me consuel o pensando que t ambi én hay seres sublimes. Para
un j oven, el encuent r o con otras personas es f undament al :
ellas pueden cambi ar el curso de su vida. Al gunas son compa-
rables a los aerolitos, trozos opacos que pueden en al gún mo-
ment o chocar cont r a l a Ti er r a causando enormes da ños , y
otras son como cometas, astros l umi nosos que pueden aportar
elementos vitales. Tuve la suerte provi denci al de encontrar en
esa époc a seres que me enri queci eron la vida, benéf i cos come-
tas. Pude ver t ambi én a otros, que mer ecí an tanto como yo un
destino creativo, caer en compañí a de rapaces que los condu-
j e r on al fracaso y a la muerte, aerolitos. Bueno, qui zás no fue
solamente l a suerte: por una desconfianza de ni ño heri do yo
habí a desarrollado el talento de esquivar. En el boxeo no gana
sól o el que golpea más fuerte, sino t ambi én el que elude mej or
los golpes. Si empre r ehuí los contactos negativos y bus qué ami -
gos que pudi eran ser mis maestros.
Un dí a, a las seis de l a mañana, Veróni ca me despert ó. «Bas-
ta de trabajar sól o con tu mente. Las manos, tanto como las pa-
labras, ti enen mucho que expresar. Te voy a ens eñar a fabricar
títeres. » En l a coci na me mos t ró cómo, hi rvi endo papel de dia-
ri o cortado en finas tiras, es t ruj ándol o y des menuzándol o, pa-
ra luego mezcl arl o con hari na, se obt ení a una pasta muy fácil
de model ar. Sobre una pel ot a hecha c on una medi a viej a y
unos puña dos de as errí n pude escul pi r cabezas de muñe c os
que se endureci eron al ser secadas al sol. Car men me mos t r ó
l uego c ómo pintarlas. Pancha cosi ó los trajes donde i ntroduj e
mis manos como si fueran guantes para mover y hacer habl ar a
los personajes. Drago me fabri có un teatrito, especie de bi om-
bo plegable, det rás del cual podí a ani mar a mis muñecos . Me
e na mor é de ellos. Me encantaba ver que un objeto que yo mis-
109
mo habí a fabri cado, se me escapaba. Desde el moment o en
que met í a la mano en el títere, el personaje empezaba a vivir
de una manera casi aut ónoma. Yo asistía al desarrollo de una
personal i dad desconoci da, como si el muñe c o se valiera de mi
voz y de mis manos para tomar una i dent i dad que ya le era pro-
pia. Me parecí a realizar un oficio de servidor más que de crea-
dor. ¡ Fi nal ment e, t ení a l a i mpres i ón de estar siendo di ri gi do,
mani pul ado por el muñe c o! Por otra parte, en cierta f orma,
los títeres me hi ci eron descubri r un aspecto i mportante de la
magia, l a transferencia de una persona a un objeto. Como mi
contacto con Jai me y Sara habí a sido casi nul o, igual que con el
resto de mi familia, fui para todos un mutante i ncomprensi bl e,
las más de las veces invisible y, cuando visible, despreciado. Si n
embargo, el al ma, para desarrollarse, necesita el contacto fa-
mi l i ar. Deci di do a entablar una rel aci ón prof unda, escul pí mu-
ñecos que los representaban, retratos caricaturescos, pero muy
exactos. Así pude hacer habl ar a don J ai me, a doña Sara y a to-
dos los demás . Mi s amigos, vi endo estas representaciones gro-
tescas, reí an a carcajadas. Si n embargo, a medi da que mis ma-
nos se f undí an con los personajes, ellos comenzaron a existir
con vi da propi a. Apenas les prestaba mi voz, decí an cosas que
nunca habí a pensado. Pri nci pal ment e se j usti fi caban, conside-
raban mis críticas injustas, insistían en que me amaban y al fi-
nal se quejaban exi gi endo que yo, por haberlos decepci onado,
I mpi di er a per dón. Me di cuenta de que mis quejas eran egoí s-
tas. Me l ament aba porque no quer í a perdonar. Es decir, no
querí a madurar, ser adul to. Y el cami no del per dón "exfgfa re-
conocer que, a su manera, toda la fami l i a, padres, tíos, abue-
los, eran mis víctimas. Habí a defraudado sus esperanzas, espe-
ranzas para mí por cierto negativas, absurdas, pero para ellos,
para su ni vel de conci enci a, l egí ti mas. Les pe dí sinceramente
per dón. « Per dóname Jai me por no haberte dado l a oport uni -
dad de vencer tus compl ej os sociales, si gui endo una carrera
universitaria. Que yo obtuviera un di pl oma de médi co o abo-
gado o arquitecto, era la úni ca oport uni dad que tenías de ser
respetado por l a comuni dad. . . Per dóname, Sara, por no haber
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sido l a r eencar naci ón de t u padre. . . Pe r dóna me Raquel por
haber naci do con el falo que tú hubieras debi do tener... Per-
dóna me abuela por haber cortado el ti l o, por haber renunci a-
do a l a rel i gi ón j udí a. . . Per dóname tía Fanny por encontrarte
tan fea... Y sobre todo tú, gordo Isi doro, pe r dóna me por no
comprender tu cruel dad: nunca creciste, fuiste siempre un gi-
gantesco nene. Cuando l l egué a visitar a tu madre, me trataste
como a un rival peligroso, no como a un ni ño. » A su vez, todos
los muñe c o s me f uer on per donando. Yo t ambi én, uno por
uno, derramando l ágri mas, los per doné.
Ext r añament e, qui zás la magia de los títeres funci onaba, la
actitud de mis padres haci a mí , cuando deci dí reanudar las re-
l aci ones, se t or nó má s comprensi va y car i ños a. Ta mbi én mi
abuela, sin volver a menci onar el i nci dente del árbol , me i nvi -
tó a tomar té con ella y por pri mera vez me hi zo un regalo: un
reloj de pulsera que tení a, en lugar de agujas, un elefante mar-
cando con su t rompa los mi nutos y con su col a las horas. ¡Mi-
lagro! Me l o expl i co así: l a i magen que tenemos del otro no es
el otro, es una repres ent aci ón. El mundo que nos i mponen los
sentidos depende de nuestra f orma de verlo. Para nosotros, en
cierta manera, el otro es lo que creemos que es. Por ej empl o,
cuando hice el muñe c o de Jai me, l o model é de l a manera en
que yo l o veía, l e di una existencia l i mi tada. Al ani marl o en el
teatrillo, otros aspectos que no habí a captado se deslizaron vi -
ni endo desde mi oscura memori a y transformaron su i magen.
El personaje, enri queci do por mi creatividad, evol uci onó hasta
llegar a un mayor grado de conci enci a; de feroz y obcecado pa-
só a ser amable, pl eno de amor. Quizás mi inconsciente i ndi vi -
dual estaba estrechamente uni do al i nconsci ente familiar. Si
mi real i dad variaba, t ambi én variaba l a de mis parientes. En
cierto modo, al retratar a un ser, se establece un nexo entre él
y el objeto que lo si mbol i za. De tal manera que, si se pr oducen
cambios en el objeto, el ser que di o ori gen a lo que lo repre-
senta, t ambi én cambi a. Años más tarde, estudiando l a bruj erí a
y la magi a en la Edad Medi a, vi que aquel l o se utilizaba para
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dañar a enemigos. En un col l ar se col ocaban cabellos o uñas o
trozos de vestimenta de la futura vícti ma y se poní a en el cuel l o
de un perro que luego se asesinaba. Grabando el nombre del
enfermo en la corteza de un árbol , se hací an incantaciones pa-
ra trasladar la enf ermedad haci a el vegetal. Este pr i nci pi o se
conserva en la bruj erí a popul ar en f orma de fotos o represen-
taciones en estatuillas de cera que se atraviesan con alfileres.
Me l l amó t ambi én l a at enci ón l a creenci a de l a transferencia
de personal i dad por el contacto físico. Tocar algo o a al gui en
significaba en cierta manera convertirse en ello o él. Los médi -
cos medievales para curar a los caballeros des pués de los tor-
neos col ocaban sus ungüent os curativos en la espada que ha-
bí a i nf l i gi do l a heri da. En aquel l a época no habí a oí do habl ar
de este tema pero, intuitivamente y de una manera positiva, lo
apl i qué.
Me dije: si los muñecos que esculpo cobran vi da y me trans-
mi t en su ser, ¿por qué no, en l ugar de caracteres quesdesprecio
u odi o, eli j o personajes que me puedan t ransmi t i r íun saber
que no poseo? En aquellos años Pabl o Ner uda se presentaba
como el poeta máxi mo, pero yo, como l a mayorí a de los j óve-
nes, por espí ri tu de cont radi cci ón, me negaba a ser su segui-
dor fanáti co, De pront o, surgi ó un nuevo poeta, Ni canor Parra,
que, r ebel ándos e cent ra ese geni o tan visceral-y- tan compro-
meti do pol í t i cament e, publ i có unos versos inteligentes, humo-
rísticos, distintos a todo lo conoci do, que bauti zó como «anti-
p o e ma s » . Mi ent us i as mo fue de l i r a nt e . Po r f i n- « n a ut or
des cendí a del Ol i mpo románt i co para habl ar de sus angustias
coti di anas, de sus neurosis, de sus fracasos sentimentales. So-
bre todo un poema, La Víbora, me mar có. Allí no se hablaba,
comV en los sonetos de Ner uda, de una muj er i deal , si no de
una veí dader a bri bona.
Durante largos aim&^stwve condenadoja-adorar a una mujer
despreciable,
Sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
Trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
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Llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
A la luz de la luna realizar pequeños robos
Falsificaciones de documentos comprometedores
So pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.
¡ Cómo envi di é, no habi endo aún hecho el amor con muj er
al guna, a Ni c a nor Parra por conocer a una hembr a tan tre-
menda!
Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar...
De i nmedi ato f abri qué mi pasta y me puse a model ar un tí-
tere que representaba al poeta. El peri ódi co no habí a publ i ca-
do ni nguna foto de él, pero por contrastre con Ner uda, que
era un tanto calvo, rechoncho, con aires de Buda, l o escul pí fi -
no, de mejillas hundi das, ojos inteligentes, nariz agui l eña y ca-
bel l era l eoni na. Encaj onado en mi teatrillo, mani pul é durante
horas al muñe c o Ni canor, haci éndol o i mprovi sar antipoemas
y, sobre todo, contar sus experiencias con las mujeres. Agobi a-
do por mi castidad, habi endo teni do una madre con el tronco
enf undado en un corsé, a qui en l a más leve menci ón sexual l a
hací a enrojecer, la muj er se me presentaba como el mi steri o
má xi mo. . . Ya bi en compenet rado del espí ri t u del poeta, me
sentí capaz de encont rar una musa, de preferenci a i gual a la
Ví bora. . .
En el centro de la ci udad, el café Iris abrí a sus puertas a las
doce de la noche. Allí, i l umi nados por crueles tubos de neón,
los noct ámbul os bebí an cerveza de presi ón o un barat í si mo vi-
no que a cada trago les provocaba tiritones. Todos los camare-
ros, vestidos con uni f orme negro, eran ancianos que camina-
ban sin apuro de mesa en mesa dando pasos cortos.
Gracias a esa cal ma, el ti empo parecí a fijarse en un instante
eterno donde no cabí an ni penas ni angustias. Tampoco una
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gran f el i ci dad. Se bebí a en si l enci o como en un purgat ori o.
Allí nada nuevo podí a pasar. Si n embargo, l a mi sma noche en
que me deci dí a ir al café Iris para encontrar la muj er que serí a
mi musa feroz, l l egó allí Stella Dí az Var i n. ¿ Cómo poder des-
cribirla? Estamos en 1949, en el paí s más lejano, allí donde na-
die quiere ser diferente de los demás , donde es casi obl i gatori o
vestirse con tonos grises, tener los hombres el pel o bi en recor-
tado y las mujeres un pei nado qui ti noso del sal ón de belleza,
cuarent a a ños antes de que aparezcan los pr i mer os punks .
Cuando acabo de instalarme frente a una taza de café, Stella (a
qui en acaban de expulsar del di ari o La Hora por su artí cul o so-
bre la tala de árbol es, i ndustri a que más tarde devastó el sur
del paí s) se me acerca agitando su i ncreí bl e cabellera roja, una
masa s anguí nea que le llega más abajo de la ci ntura, compues-
ta no de cabellos sino de crines. No exagero, nunca más en to-
da mi vida encont ré una muj er con cabellos tan gruesos. En l u-
gar de empolvarse la cara, como es costumbre en las chilenas
de aquel l a época, se l a ha pi nt ado de vi ol eta pál i do usando
una acuarela. Sus labios son azules, cubre los pá r pa dos una
gran onda verde y las orejas, brillantes, l ucen doradas. Es vera-
no, per o sobre una cort a f al da y una cami seta si n mangas,
donde se di s t i nguen sus arrogantes pezones, l l eva un vi ej o
abrigo de pi el , probabl emente perruna, que le llega hasta los
talones. Bebe un l i tro de cerveza, fuma pi pa y, sin fijar su aten-
ci ón en nadi e, encerrada en su Ol i mpo personal , escribe en
una servilleta de papel . Se le acerca un hombre ebri o, le dice
algo al oí do. El l a abre su abri go, alza la camiseta, le muestra
sus abundantes senos y luego, con la rapi dez del r el ámpago, le
asesta un puñet azo en el ment ón que lo hace recul ar tres me-
tros y caer en el suelo desmayado. Uno de los viejos servidores,
sin inmutarse mayormente, le vierte un vaso de agua en la ca-
ra. El hombre se levanta, le pi de humi l des excusas a la poetisa
y va a sentarse en un ri ncón de la sala. Parece que no ha pasa-
do nada. La mujer sigue escribiendo. Yo me enamoro.
Mi encuentro con Stella fue fundamental . Gracias a el l a pu-
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de pasar del acto concept ual , cr eaci ón medi ant e palabras e
i mágenes , al acto poét i co, poemas resultantes de una suma de
tareas corporales. Stella, desafiando los prej uicios sociales, se
comport aba como si el mundo fuera una materi a dúctil que
el l a podí a model ar a su antojo. Le pr egunt é al viejo barman si
l a conocí a.
- Por supuesto j oven, ¿qui én no? Vi ene aquí muy a menudo
a escribir y tomar cerveza. Antes f or mó parte de la pol i cí a se-
creta, donde apr endi ó a dar golpes de kárat e. Luego se hi zo
periodista, pero la corri eron por contestataria. Ahor a es poeti-
sa. El críti co de El Mercurio nos dijo que era mej or que Gabri e-
la Mi stral . Probabl emente se acostó con ella. Tenga cui dado j o-
ven, esa fiera le puede quebrar la nariz.
Tembl ando, la vi termi nar un segundo l i tro de cerveza, lle-
nar f ebri l varias hojas de su cuaderno y por fin, altiva, salir a la
calle. Con el mayor di si mul o posible, l a seguí . Me di cuenta de
que el l a andaba con los pies desnudos, teñi dos de varios colo-
res f omando un arcoiris que i ba del roj o de las uñas hasta lle-
gar, en los tobillos, al violeta. Tomó un aut obús que recorrí a l a
ancha Al ameda de las Delicias rumbo a la Estaci ón Central . Su-
bí y me sent é delante de ella. Sentí su mi rada en la nuca pene-
t r ándome como un estilete. La noche se convirtió en ens ueño.
Ir en el mi smo vehí cul o con esa muj er era como avanzar haci a
nuestra al ma común. De pronto, des pués de una parada, cuan-
do el aut obús se puso en marcha, corri ó hacia la puerta y se ba-
j ó en marcha. Yo, sorprendi do, l e r ogué al chofer que se detu-
viera, cosa que hi zo doscientos metros más lejos. Avancé haci a
el punt o donde Stella habí a descendido. Vi con sorpresa que
se di ri gí a haci a mí ha c i é ndome s eñas de que me detuvi era.
Co n el corazón l ati endo aterrado, me quedé inmóvil. Cerré los
ojos y es peré el feroz puñet azo. Sus manos comenzaron a pal-
parme el cuerpo, sin sensualidad. Luego me abri ó l a bragueta
y exami nó mi sexo, tal como un médi co. Suspi ró.
- ¡ Abr e los ojos, mocoso! ¡Se ve que eres casto! Soy mucho
para ti . Un avestruz no puede empol l ar un huevo de pal oma.
¿Qué quieres?
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- Me han di cho que usted escribe. Yo t ambi én. ¿ Podrí a te-
ner el honor de leer sus poemas? - s onr i ó. Vi que tení a un i nci -
sivo con un trozo quebrado, lo que le daba un aire de caní bal .
- ¿ Sól o te interesas en mi poesí a? ¿Y mi cul o y mis tetas, qué?
¡ Hi pócri ta! ¿Ti enes un poco de plata?
Es carbé en mis bolsillos. Encont r é un billete de ci nco pesos.
Se l o most ré. Me l o arrebat ó.
-Junto al cine Al ameda hay un café abierto toda l a noche.
Ve n. Tengo hambre. Comer emos un sandwi ch y beberemos
una cerveza.
Así lo hicimos. Abri ó su cuaderno y, mascando pan con sal-
chi chón, los labios bl anqueados por la espuma de la cerveza,
comenzó a leer. Reci tó durante una hora que para mí f ueron
diez. Nunca habí a escuchado una poes í a así. Sent í a cada frase
como un navajazo. Esos versos se transformaban, en el instante
mi smo en que los oí a, en heridas profundas pero placenteras.
Escuchar a esa auténti ca poetisa, l i berada de la ri ma, de la mé-
trica, de la moral , fue uno de los momentos más conmovedo-
res de mi j uvent ud. El lugar era sucio, f eo, al umbrado por fo-
cos cruel es y los par r oqui anos ani mal es cos , s ór di dos . Si n
embargo, ante aquellas palabras sublimes, se t ransf ormó en un
pal aci o habi t ado por ángel es . Tuve al l í l a pr ueba de que l a
poes í a era un mi l agro que podí a cambi ar l a visión del mundo.
Y al cambi ar la visión cambi aba t ambi én al objeto perci bi do.
La revol uci ón poét i ca me pareci ó más i mportante que l a revo-
l uci ón pol í ti ca. De aquel l a l ectura me queda en l a memor i a,
como un precioso resto de naufragio: « La muj er que amaba a
las palomas en éxtasis de vi rgen y amamantaba lirios por la no-
che con su pezón dor mi do, s oñaba adosada a la pared y todo
parecí a bello sin serl o». Cer r ó bruscamente el cuaderno y, sin
querer escuchar mis palabras de admi raci ón, se l evantó, salió a
la calle, me t omó del brazo y me conduj o hacia la esquina pró-
xi ma, cerca del Instituto Pedagógi co. Una puerta estrecha era
l a ent rada de l a pens i ón donde l e arrendaban un p e q u e ño
cuarto. Me sent ó de un empuj ón sobre el pel daño de pi edra
que estaba ante la puert a, se ar r odi l l ó j unt o a mí y c on sus
116
dientes afilados me at r apó l a oreja derecha. Así per maneci ó,
pareci da a una pantera que manti ene a la presa en el hoci co
antes de t ri t urarl a. Mi l es de pensami ent os acudi er on a mi
mente. «Puede estar loca, puede ser ant ropóf aga, me somete a
una prueba, qui ere ver si soy capaz de sacrificar un pedazo de
oreja para obtenerl a a ella. » Y bi en, deci dí sacrificarlo: cono-
cer a esa muj er bi en val í a tal mut i l aci ón. Me cal mé, dej é de
contraer mis mús cul os , me ent regué al placer de sentir el con-
tacto de sus labios húme dos . El ti empo par eci ó solidificarse.
El l a no hi zo a demá n de soltarme. Por el contrari o, apret ó un
poco más los dientes. Traté de recordar cuál era la farmacia de
t urno para correr, des pués de perder el pedazo, a comprar al-
cohol para desinfectar la heri da y evitar una hemorragi a. Mi l a-
grosamente fui salvado por un exhi bi ci oni sta. Pasó ante noso-
tros, cubr i éndos e l a cara con un peri ódi co abierto, mostrando
fuera de su bragueta un vol umi noso falo. Stella me soltó para
ahuyentarlo a patadas. El hombre, corri endo a todo lo que da-
ban sus piernas, se disolvió en la noche. La poetisa, ri endo, se
s ent ó a mi l ado, de un pal metazo l i mpi ó el sudor de una de
mis manos y a la l uz de un fósforo exami nó mis líneas.
- Ti enes tal ento, muchacho. Nos vamos a ent ender bi en.
Ve n a mear.
Hi z o que l a a c ompa ña r a a una iglesia cercana. J unt o al por-
tón habí a una escultura de San Ignacio de Loyol a.
- Ha z l o sobre el santo - me dij o ar r emangándos e l a fal da-.
Or i nar y rezar son dos actos igualmente sagrados.
No t ení a calzones y su cabel l era pubi ana era abundant e.
Así, de pie j unt o a mí , l anzó un grueso arco amari l l o que fue a
moj ar el pecho de pi edr a del monj e. Yo, con un chorro más
delgado pero que llegaba más lejos, bañé la frente de la esta-
tua.
- Yo l e cal enté el corazón, tú l o coronaste, muchacho. Aho-
ra vete a dormi r. Te espero mañana, a medi anoche, en el café
Iris.
Me di o un r ápi do pero intenso beso en l a boca, me encami -
nó haci a l a Est aci ón Cent ral y cuando l e di l a espalda me pro-
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pino un punt api é en el trasero. Si n oponer resistencia, me de-
j é impulsar, di cuatro pasos rápi dos, r ecuper é mi marcha nor-
mal y muy di gno, sin voltear la cabeza, me al ej é de ella.
Al dí a siguiente dej é pasar las horas, sin que ni nguna de
ellas me i mport ara. Inmóvi l i ba yo avanzando a través de un
ti empo pl ano, gris, un túnel vací o donde al fi nal bri l l aba como
una esplendorosa j oya l a ansiada medi anoche. Ll egué al café
Iris a las doce en punto, trayendo escondi do en el pecho el tí-
tere de Ni canor Parra. Regalo para Stella... Pero mi amada aún
no habí a llegado. Pedí una cerveza. A las doce y medi a pedí
otra. A la una, otra; a la una y medi a, otra; a las dos, otra y otra
a las dos y medi a. Ebr i o y triste la vi entrar, ufana, a c ompa ña da
por un hombre más bajo que ella, con cara de boxeador y ex-
presi ón socarrona c omún a esos rotos descendientes de solda-
do es pañol e i ndi a violada. La nz á ndome una mi rada desafian-
te se s ent ó c on, supuse, su amant e, f rent e a mí . El l a y él ,
satisfechos, sonreí an. Me puse furioso. Met í mi mano bajo el
chaleco, extraje el muñe c o y lo l ancé en la mesa. «¡ Que este
Ni canor Parra sea tu maestro! Merecerí as andar con un poeta
de esa di mens i ón y no envilecerte con piojentos como el que
ahora te acompaña. Si lees su genial poema La Víbora encon-
trarás tu retrato. Adi ós para si empre. » Y dando tropezones, en-
r edá ndome en las patas de las sillas, bus qué la salida. Stella co-
rrió detrás de mí y me devolvió a la mesa. Creí que el boxeador
insultado iba a darme de puñet azos , pero no. Con una sonrisa
me t endi ó la mano y me dij o: «Te agradezco lo que has di cho.
Soy Ni canor Parra y la muj er que me i nspi ró La Víbora es Ste-
lla». Si bi en es cierto que los rasgos de mi títere no se parecí an
a los del gran poeta, tuve la certeza de que, gracias a esa escul-
tura, me habí a encontrado con él. El mi l agro era uno de los hi -
los con que estaba tejido el mundo. Parra, genti l mente, me di o
su númer o tel efóni co, me hi zo entender con una sola mi rada
que la poetisa no era su amante y que yo tení a muchas posibi-
lidades de serlo, y se des pi di ó de nosotros.
Frente a esa extravagante y hermosa muj er me quedé mudo.
118
La borrachera s e me habí a di si pado como por encanto. El l a
me observó con i ntensi dad de tigre, aspi ró el humo de su pi pa
y lo s opl ó en mi cara. Me puse a toser. La nzó una ronca carca-
j ada que atrajo la at enci ón de todo el mundo, l uego se puso se-
ri a y con tono acusador af i rmó: « ¡ No lo niegues, tienes un cu-
chi l l o! ¡ Dámel o! ». Avergonzado, no queri endo contradeci rl a,
escarbé en un bol si l l o y s aqué un modesto cortaplumas. El l a l o
t omó, l o abri ó, exami nó l a semi oxi dada hoj a y pr egunt ó cuál
era mi nombre. Col ocó su mano i zqui erda abierta apoyada en
la superficie de la mesa y con el cortaplumas en la derecha se
hi zo tres heridas en el dorso que f ormaron una sangrante A.
La mi ó la hoj a para l i mpi arl e el plasma y empapada de su saliva
me l a ent regó. Con rapi dez vertiginosa cal cul é: «La A está for-
mada por tres l í neas rectas, lo que facilita los cortes. Si me tallo
una S t endr é que hacerme un heri da si nuosa y larga, puedo
cortarme una vena, no tengo una pi el grasa como ella. ¿Qué
hago? Me está someti endo a una prueba. Voy a quedar como
un tonto cobarde. Tengo que encontrar una sol uci ón elegan-
te». Tomé su mano y l amí l a heri da, ci nco, diez, i nfi ni tos mi -
nutos, hasta que ya no salió una gota de sangre más . Le of recí
mi boca t eñi da de roj o. El l a me bes ó con pasi ón.
- Ve n - me di j o-. Ya no nos vamos a separar más . Dormi re-
mos de dí a y viviremos de noche, como los vampiros. Aún soy
vi rgen. Haremos de todo menos l a penet r aci ón. Mi hi men l o
guardo para un dios que baj ará de las mont añas .
Al salir a la calle me pi di ó de nuevo el cortapl umas. Se lo
pas é tembl ando: con toda seguridad mi acto galante no habí a
bastado para equi l i brar los cortes de su mano. Co n voz peren-
toria me dij o que meti era mi mano en el bol si l l o i zqui erdo del
pant al ón y sacara el f orro. Así lo hi ce. El l a, con gran destreza,
cortó los hilos del f ondo del bol si l l o. Luego l o i nt roduj o otra
vez en el i nt eri or de mi pant al ón. Met i ó allí su mano derecha y
con firme delicadeza me e mpuñó los testículos y el pene.
-Desde ahora, cada vez que cami nemos j unt os t endré em-
puñadas tus partes secretas.
Así avanzamos por la Al ameda de las Del i ci as, r umbo a su
120
guari da, sin decirnos una palabra. Comenzaba a amanecer. El
úl t i mo frío de la noche, en su agoní a, se hi zo más intenso. Si n
embargo el calor que me comuni caba su mano, la mi sma que
escri bí a tan admirables versos, invadía no sól o mi pi el sino que,
entrando a l o más prof undo, encendí a mi alma. Los páj aros co-
menzaban a cantar cuando llegamos a la puerta de la pensi ón.
- Quí t at e los zapatos. Los j ubi l ados duer men hasta tarde.
Cuando un rui do los despierta l anzan gritos de tortuga agoni-
zante.
La escalera cruj í a, los escalones cruj í an, el piso apol i l l ado
del pasillo cruj ía. La puerta del cuarto, al abrirse, l anzó un ge-
mi do f únebr e que fue coreado l argamente por las tortugas,
l uego silencio.
- No vamos a encender la l uz. Or f eo no debe ver desnuda a
su amada, que yace en los infiernos.
En tres segundos me des poj é de l a ropa. El l a l o hi zo lenta-
mente. Oí el pl af pegajoso de su abrigo de pi el de perro aplas-
t ándos e en el suelo. Luego el susurro de su pe que ña falda des-
l i z á ndos e por las pi er nas . De s pué s el f rote acei toso de su
camiseta y entonces, maravilloso recuerdo, la vi como si una
l á mpa r a de qui ni ent os vatios l a i l umi nar a. El bl ancor de su
pi el era tan intenso que vencí a a la oscuri dad. Estatua de már-
mol , con sus grandes pezones rosados, su ni mbo de crines ro-
jas y por sobre todo esa rosa que le estallaba en el pubis. Nos
abrazamos, nos dejamos caer en el l echo y, si n preocuparnos
de los rui dos de acor deón enfermo que emi tí a el somier, nos
estuvimos acari ci ando durante horas. Al llegar el dí a, el cuarto
se l l enó de una l uz pri mero roja, luego anaranjada. Los rui dos
de l a calle, pasos, voces, tranví as, aut omóvi l es , más un zum-
bar de moscas, trataron de disipar nuestro encantami ento. Pe-
ro el deseo i ba en aumento. La vagina, tanto como el ano y l a
boca, estaban vedados. En el i nt eri or de l a sibila sól o podí a en-
trar el dios de las mont a ña s . Nos quedaban las caricias, que
eran cont i nuaci ón, avanzando siempre, sin recordar dónde las
habí amos empezado, sin desear alcanzar un final. Stella se fue
poni endo tensa y, de pront o, en lugar de lanzar el grito del pla-
121
cer, apret ó tanto los dientes que comenzaron a crujir. Aumen-
tó ese rui do a tal punt o que creí sentir que todos los huesos de
su cuerpo estallaban. Así , como corol ari o de una tempestad
pasional, vi ni endo del f ondo de un océano de carne, emer gí a
la estructura ósea, como un antiguo navio naufragado. El l a, sa-
tisfecha, me mur mur ó en la oreja: « Un esqueleto se ha senta-
do en mis pupilas y entre sus dientes me está mor di endo el al-
ma » . Lue g o, antes de dor mi r s e i nc r us t a da en mi pe c ho,
suspi ró: «Le hemos dado un orgasmo a mi muer t e» .
Así comenzó y así si gui ó nuestra rel aci ón. Nos acos t ábamos
a las seis de la ma ña na , nos acar i ci ábamos por lo menos tres
horas, dor mí a mos prof undament e, yo a causa de la t ens i ón
nerviosa que me provocaba tan intensa muj er y el l a por efectos
de la mucha cerveza. Nos l evant ábamos a las diez de la noche.
Como el di nero era un s í mbol o nefasto el i mi nado por l a poe-
tisa, mi tarea era al i mentarl a. Sal í a a la calle, tomaba el tranvía
que iba hacia la avenida Matucana, usando mi llave penetraba
en la casa de mis padres y, asegurado por el ri tmo cont i nuo de
sus tremendos ronqui dos, robaba alimentos de la despensa, un
poco de di nero de la cartera materna y otro de los bolsillos pa-
ternos. Regresaba a la pens i ón, donde devor ábamos todo, has-
ta las migas. El menor resto atraí a una invasión de hormigas y
cucarachas. Aveces Stella, adrede, dejaba en el suelo los platos
grasosos, que al poco rato eran visitados por docenas de bichos
negros. El l a los atravesaba con un alfiler y los clavaba en el mu-
ro. A la mancha compacta de cucarachas le habí a dado la for-
ma de una Vi r gen. Un falo alado, t ambi én hecho con cucara-
chas, vi ni endo de las mont añas , vol aba haci a la santa. «Es la
anunci aci ón a Marí a», me dij o orgullosa de su obra cl avándol e
en el rostro, a manera de ojos, dos col eópt eros verdes que nun-
ca supe dónde los habí a conseguido.
Más o menos a medi anoche, cami nando sin que ella dejara
de i r j unt o a mí con l a mano en mi bol si l l o, l l egábamos al café
Iris. El cacareo de los borrachos se i nt errumpí a. Stella se ma-
122
qui l l aba en f orma diferente cada vez, siempre espectacular. No
faltaba un i mpert i nent e que se acercara, sin dignarse darme
derecho a la existencia, para i ntentar seduci rl a medi ante au-
daces manoseos. El puñet azo en el ment ón cumpl í a su cometi -
do. Los mozos se llevaban al insensato y lo devolvían a su mesa.
Apenas se despertaba, curado de la borrachera, el hombre nos
enviaba una botella de vi no haci endo discretas señas de discul-
pa. Una vez dada la l ecci ón de la fiera, los hombres dejaban de
l amerl a con los ojos, para sumergirse en discusiones que nada
t ení an que ver con la razón. Cont i nuament e se alzaba al gui en
y recitaba medi o cantando un poema. Stella me met í a algodo-
nes en las orejas, me obl i gaba a quedarme qui eto, como un
model o posando para una pi ntora, y con los ojos fij os en los
mí os , sin mi rar haci a el cuaderno, escri bí a a vel oci dad vertigi-
nosa una pági na tras otra.
Una noche, cansado de esta i nmovi l i dad le propuse un j ue-
go: observarí amos gente desconocida y, sin decirnos nada, cada
uno en una hoja de papel escribiría el oficio de la persona, su
carácter, su nivel social, su situación económi ca, su grado de i n-
teligencia, su capacidad sexual, sus problemas emocionales, la
consti tuci ón de su familia, sus posibles enfermedades, la muer-
te que le cor r es ponder í a. Gr an canti dad de veces nos dedica-
mos a este j uego. Habí amos llegado a tal amalgama espiritual
que las respuestas eran iguales. Esto no significa que acertára-
mos a hacer un retrato exacto del desconoci do, eso no lo po-
dí amos comprobar. Pero por l o menos s abí amos que entre no-
sotros dos habí a una comuni caci ón telepática. Al cabo de cierto
ti empo, cada vez que est ábamos en presencia de alguien, basta-
ba que nos di éramos una fugaz mi rada para saber cómo actuar.
Todo l o que es di ferente atrae l a at enci ón del ci udadano
c omún y t ambi én su agresi ón. Una pareja como l a nuestra i n-
quietaba, era un i mán para los destructores, envidiosos de la
fel i ci dad ajena. El ambiente del café Iris se fue tornando inso-
portable. Los parroqui anos comenzaron más y más a lanzarnos
pullas, alabanzas agresivas, pensamientos socarrones, miradas
embebidas de sexual i dad grosera.
123
-Se acabó el Iris. Buscaremos un nuevo sitio - me di j o Ste-
11a.
- Per o ¿ adonde vamos a ir? Es el úni co café abierto toda la
noche.
- Me han di cho que hay un bar en l a calle San Di ego, El Lo-
ro Mudo, que no ci erra hasta el alba.
- ¡ Es t ás l oca Stella, es un l ugar l óbr ego, donde va l a peor
gente! Di cen que hay por lo menos una pel ea a cuchillazos ca-
da noche - no l a pude convencer.
- ¡ Si Orf eo seduce a las fieras, nosotros podremos hacer can-
tar misa a ese l oro mudo!
Pasada la medi anoche, el vi no habí a sumergi do a los pati-
bularios parroqui anos de aquel tenebroso lugar en una torpe-
za vacuna. Mi llegada, llevando prendi da del brazo a la poetisa
maqui l l ada más extravagante que nunca, no provocó ni nguna
reacci ón. Stella era tan diferente de las putas gastadas que allí
varaban, un ser de otro planeta, que si mpl emente no f ueron
capaces de verl a. Si gui er on, como si nada, bebi endo. El l a ,
ofendi da en su exhi bi ci oni smo, deci di ó beber de pie, j unt o a
la barra. Yo, vestido normal ment e, comencé poco a poco a ser
notado. Al cabo de medi a hora, cuando l a poetisa, habi endo
termi nado el pri mer l i tro de cerveza, pedí a un segundo, se me
acercaron cuatro i ndi vi duos. Hi ce l o que pude para di si mul ar
el mi edo que me embargaba, obl i gando a mi rostro a conver-
tirse en una más car a i nexpresi va. Arroj é un bi l l ete arrugado
sobre el mes ón y dije, con un tono natural pero lo bastante al-
to como para que el cuarteto me escuchara: «Cóbr es e. Es el úl-
ti mo que nos queda» . Dej é el vuelto, unas cuantas monedas,
en un pl ati l l o. Los cuatro curiosos, con todo ci ni smo, las toma-
r on y las sepultaron en sus bolsillos.
-¿Y usted, j oven, de dónde es?
-Soy chi l eno, como ustedes. Lo que pasa es que mis abuelos
fueron emigrantes, vi ni eron de Rusia.
- ¿ Rus o? ¿ Camar ada? - mur mur a r on socarrones-. ¿Y en qué
trabaja?
- Bueno, no trabajo, soy artista, poeta...
124
- ¡ Ah, poeta, como el panzón Ner uda! ¡ Vamos, beba una co-
pa con nosotros y recí tenos un poema!
Stella seguí a siendo invisible para ellos. Las miradas lúbri-
cas se di ri gí an haci a mí . Tení an sexualidad de presidiarios. Un
j oven de pi el bl anca los excitaba. Tr agué l a copa de vi no áci do.
Me dispuse a improvisar unos versos. Los parroqui anos fijaron
su at enci ón en mí. . .
Donde hay orejas pero no hay un canto
en este inundo que se desvanece
y el ser se otorga a quien no lo merece
soy mucho más mis huellas que mis pasos.
En medi o de mi recitado vi que todos los ojos se desviaban
haci a Stella, ya nadie se preocupaba de escucharme. Deci di da
a robarme el públ i co, con el gran alfiler de un prendedor de
pel o que habí a sacado de su cartera forrada de lentejuelas, mi
ami ga se estaba atravesando el brazo. Si n hacer un gesto de do-
l or e mpuj ó la aguja lentamente hasta que salió por otro lugar.
Yo t ambi én estaba fascinado. No sabí a que l a poetisa tení a do-
tes de faqui r. Cua ndo estuvo segura de haber capt urado l a
at enci ón de los parroqui anos, c ome nz ó a reci tar un poema
dá ndol e un t ono i nsul tante al mi s mo t i empo que mi l í met r o
por mi l í met ro se i ba alzando la camiseta.
¡Yo soy la vigilia, ustedes son los hombres castigados
los labradores de gestos oblicuos
que al engendrar falsos surcos
la semilla huyó despavorida!
Mos t ró sus perfectos senos, acusando con los erguidos pe-
zones, en un provocador movi mi ento semicircular, a los ofen-
di dos borrachos. Si al guna vez en mi vi da sentí que i ba a defe-
car de mi edo fue en aquel l a ocas i ón. Co mo un vol cán que
comi enza una desvastadora erupci ón, esos hombres oscuros se
i ban l evantando, hundi endo sus manos en los bol si l l os para
125
buscar el cuchi l l o que siempre llevaban. A ese odi o se mezcla-
ba un deseo bestial. Es t ábamos a punt o de ser violados y destri-
pados. Stella, que tení a una voz gruesa, mascul i na, i nspi ró una
gran bocanada de aire y l anzó un atronador grito que paral i zó
por un instante a todo el mundo. «¡ Alto, macacos, respeten a
la vagina vengadora! » Yo aproveché el desconcierto para arras-
t rarl a de un brazo y hacerl a saltar c onmi go por l a vent ana
abierta. Corri mos haci a las i l umi nadas calles del centro como
liebres perseguidas por una j aur í a furiosa.
Ll egamos hasta la Al ameda de las Delicias. A esas horas de
la noche no se veía un alma. Apoyamos la espalda en el tronco
de uno de los grandes árbol es que se al i neaban en el paseo, pa-
ra recuperar el aliento. La poetisa, atacada de risa, se s acó del
brazo el alfiler. Yo t ambi én, contagi ado, c ome nc é a estreme-
cerme l anzando carcajadas. La al egrí a de pr ont o se desvane-
ció. Nos di mos cuenta de que una sombra ext raña nos cubrí a.
Levantamos la vista. Sobre nuestras cabezas, col gando de una
rama, habí a una muj er ahorcada. La l uz de un letrero de neón
teñí a de roj o l a cabel l era de l a sui ci da. Vi en el l o un signo. . .
Por l a muerta ya no podí a mos hacer nada, nos alejamos rápi-
damente de allí para no tener líos con los carabineros. Al lle-
gar a la puerta de la pens i ón me des pedí de Stella.
-Necesi to estar solo un ti empo. Me siento como un náufra-
go sin salvavidas en tu i nmenso océano. Ya no sé qui én soy. Me
he converti do en un espejo que sól o refleja tu i magen. No pue-
do seguir habi tando en el caos que fabricas. La muj er que se
col gó del árbol la inventaste tú. Cada noche te asesinas porque
sabes que vas a renacer, semej ante a ti mi sma. Si n embargo
puede que un dí a te despiertes siendo otra, en un cuerpo que
no te mereces. Te lo ruego, permi te que me recupere, dame
unos dí as de soledad.
- Bi e n -di j o con una inesperada voz de ni ña- , nos veremos a
las doce en punt o de l a noche, dentro de vei nti ocho dí as, un
ci cl o lunar, en el café Iris... Pero, antes de irte, a c ompá ña me a
ori nar sobre San Ignacio de Loyol a.
En esos vei nti ocho dí as, pretextando un agotamiento ner-
126
vioso, al i ment ándome sól o con frutas y chocol ate, no salí del
cuarto que me prestaron las Cereceda. Me sentí a vací o. No po-
dí a escribir, ni pensar, ni sentir. Si me hubi er an pregunt ado
qui én era, mi respuesta habrí a sido: «Soy un espejo quebrado
en mi l pedazos ». Durante horas, dur mi endo muy poco, fui pe-
gando los fragmentos. Al cabo de ese ci cl o l unar me sentí re-
const rui do. Si n embargo, me di cuenta, no me habí a encon-
t rado a mí mi s mo, era ot ra vez el espej o de aquel l a muj er
terri bl e.
Como un drogado necesitando su dosis, l l egué al Iris. A las
doce en punt o de la noche, a pesar de que sabí a que ella era
capaz de llegar con horas de retraso. No fue así. Me esperaba,
de pie j unt o a una ventana, con un sobrio abrigo mi l i tar y sin
maqui l l aj e. Así, desprovista de máscara, s eguí a conservando su
belleza, pero ahora la expres i ón de su rostro deslavado era la
de una santa. Co n una voz tan suave que me r ecor dó l a de mi
madre cuando vení a a cantarme a la cuna, me dij o: «Soy una
pal oma mensajera entre tus manos. Déj ame ir. El dios que es-
taba esperando ha bajado de las mont añas . Ya no soy vi rgen.
Estoy segura de que llevo en el vientre el ni ño perfecto que el
destino me habí a pr omet i do» . Me mos t ró una aguja enhebra-
da con uno de sus largos cabellos. No pude i mpedi rme lagri-
mear mientras me cosí a el bol si l l o. Cerré los ojos. Cuando los
abr í Stella habí a desaparecido. La volví a ver ci ncuent a años
má s tarde, pri s i onera en ot ro cuerpo, una pe q ue ña y dul ce
abuelita de corta cabellera gris.
Se me cayó el mundo. Volví a la casa de Matucana. Mi s pa-
dres no me preguntaron nada. Jai me me pas ó unos billetes. «A
parti r de ahora te voy a dar un sueldo semanal. La úni ca obl i -
gaci ón que tienes es la de ayudarme en la tienda los s ábados ,
cada dí a hay más l adrones. » Mi madre me pr epar ó un baño ca-
liente y luego me sirvió un copioso desayuno. Vi en sus ojos la
angustia de no comprenderme. Si yo era i ncomprensi bl e, sien-
do parte de ellos, eso significaba que el mundo que tan sólida-
mente habí an construi do tení a una falla, un terreno pobl ado
de l ocura que no coi nci dí a con sus esquemas de la «real i dad».
127
Les era absolutamente necesario consi derar mi f orma de ac-
tuar como un del i ri o. Para su propi o equi l i bri o tení an que ha-
cer entrar al l oco en la camisa de fuerza de la «vida nor mal ».
Cuando se di eron cuenta de que no me podí an doblegar, tra-
taron de seduci rme i ns pi r ándome pena. Y me la di eron. Du-
rante varias semanas me sentí culpable, dudé de la poesí a, me
pr omet í no frustrar sus esperanzas, cont i nuar mis estudios uni -
versitarios hasta obtener un di pl oma. Pero una noche, soñan-
do, vi un alto muro en el que se f or mó una frase: «¡ Suel t a la
presa, l eón, y emprende el vuel o! ». Empa quet é unos cuantos
libros, mis escritos, la poca ropa que tení a y regresé donde las
Cereceda.
Me absorbí en l a fabri caci ón de mis muñecos . Como un er-
mi t año, pasaba el dí a encerrado en el cuarto di al ogando con
ellos y, sólo a altas horas de la noche, cuando mis anfitrionas y
sus amigos dor mí an, i ba a la coci na a comer un pedazo de cho-
colate. Ci ert a ma ña na l l amaron a mi puerta, los golpes eran
cortos, discretos, delicados. Me deci dí a abrir. Vi una mucha-
cha de baja estatura, con cabellos col or ámbar y una expres i ón
de i ngenui dad que me conmovi ó profundamente. Si n embar-
go le pregunt é con falsa brusquedad cómo se llamaba.
- Luz .
- ¿ Qué quieres?
- Di c e n que haces unos muñecos muy lindos, ¿me dejas ver-
los? -se los most ré con gran placer. Er an ci ncuenta. El l a se los
calzó en las manos, los hi zo hablar, ri ó-. Tengo un ami go pi n-
tor al que le encant ará ver lo que haces. Por favor, ven conmi -
go a mostrarle tus personajes.
Lo que sentí por Luz no tenía nada que ver con el amor o el
deseo. Supe que para mí ella era un ángel , el pol o opuesto de
l a l uci feri na Stella; en lugar de parti r el venenoso mundo en
mi l pedazos, veía un caos de trozos sagrados a los cuales tení a
el deber de j unt ar para reconstruir una pi rámi de. Luz vení a a
sacarme de mi enci erro oscuro, conduci rme al mundo l umi -
noso y, una vez allí, desaparecer. Así fue. Luz y Stella eran dos
visiones opuestas del mundo. Aunque ambas se sentí an extran-
128
jeras, fuera de él, una lo veía con lazos celestes, la otra le daba
raí ces en el i nf i erno. Un a deseaba mostrar las bondades ha-
ci éndos e espejo de ellas, la otra, con igual actitud, querí a re-
flejar las fallas. Las dos eran de una sola pieza, consecuentes
con ellas mismas, cobras encantadoras de hombres, una de-
seando i nocul ar el veneno del i nf i ni t o, l a otra el el i xi r de l a
eterni dad.
El ami go de Luz, con toda evidencia enamorado perdi da-
mente de ella, era un pi nt or maduro, con aspecto de profeta,
mel ena larga y barba hasta medi o pecho, l l amado Andr é Racz.
Vivía en un viejo taller, mucho más largo que ancho, de por l o
menos trescientos metros cuadrados. Se llegaba a él por un lar-
go y oscuro pasadizo con piso de cemento en donde se oxida-
ban unos rieles, lo que daba al sitio la apariencia de una mi na
abandonada. Las pinturas y los grabados de Racz estaban basa-
dos en los Evangelios. El Cristo, con la mi sma fisonomía que el
artista, predicaba, hací a milagros y era crucificado en la época
cont empor ánea, en medi o de automóvi l es y tranvías. Los sol-
dados que l o torturaban vestían uniformes estilo al emán. Uno
de ellos le daba con su pistola un tiro en el costado. La virgen
Marí a era siempre un retrato de Luz.
Fui sacando de l a maleta mis títeres, uno por uno. Con l a
atenci ón atrapada por la belleza de su amiga, apenas los mi ró.
Luz, sin parecer darse cuenta de la molesta situación, sonreí a,
como esperando un milagro. ¡ Y el milagro sucedi ó! Un muñe-
co, al que yo le habí a dado el papel secundario de vagabundo
bor r acho, vesti do con un abri go par chado, l arga mel ena y
abundantes barbas, al surgir en aquel ambiente, l l eno de cua-
dros religiosos, reveló su verdadera personalidad: era un Cristo.
Y lo más sorprendente: con rasgos muy similares a los de André
Racz. El pi ntor, entusiasmado como un ni ño, l o movi ó dialo-
gando consigo mi smo. Luz t omó las manitas del muñeco y co-
menzó a valsear con él. Racz, como una sombra, la siguió por to-
do el taller. Vi en su mi rada perruna que deseaba que mi títere
fuera de él para poder regal ársel o a ella. Inmediatamente le di -
j e: «Es un obsequio. Tómel o» . El , muy emoci onado, me respon-
129
di o: «Muchacho, eres un mensajero di vi no. No has llegado has-
ta aquí por casualidad. Sin conocerme hiciste mi retrato. Acabo
de comprar un bol eto de avión para i rme a Europa. Necesito
poner una distancia abismal entre Luz y yo. Podrí a ser su abue-
l o. La estoy encadenando a un viejo. Sé que ella, mientras me
recuerde, dormi rá con el muñeco. Así será más fácil l a ruptura.
Este es mi taller, en el pasé momentos inolvidables. Te lo regalo.
No qui ero abandonarl o en manos vulgares. Ahor a vete, deseo
despedirme a solas de mi Vi rgen». Sal í a la calle como si emer-
giera de un s ueño. Me pareci ó imposible que me regalaran, así
de pronto, un taller en el que podr í a vivir como se me antojara.
Per o era verdad: al dí a si gui ente, Luz pa s ó a buscarme, me
acompañó al taller, me dijo con cierta tristeza: «André me rega-
ló todos sus cuadros, sin querer darme su nueva di recci ón», me
ent regó las llaves del l ocal y se fue. Nunc a más láfvolví a ver.
Así, de la noche a la mañana, en la calle Vi l l avi cenci o, nú-
mer o 340, me encont r é propi et ari o de un i nmens o espacio,
qui zás el l ocal de una antigua fábri ca, que por encontrarse en
el extremo de un túnel largo de ci en metros, estaba aislado de
los vecinos. Allí, l i bremente, se podí a hacer todo el rui do que
se quisiera. Pensé que la finalidad suprema del artista era con-
vertirse en creador de fi estas. Si l a vi da coti di ana parecí a un i n-
fierno, si todo se r es umí a en dos palabras, « pe r ma ne nt e i m-
per manenci a» , si el futuro que se nos pr omet í a era el tri unfo
de los verdugos, si Di os se habí a convert i do en un bi l l ete de
dólar, habí a que acatar lo que decí a el Ecl esi astés: « No hay co-
sa mej or para el hombre sino que coma y beba y que su al ma se
al egre». Las «Fiestas del Tal l er», una por semana, se hi ci er on
muy conocidas. Vení a gente de todas las clases sociales. En la
puerta estaba escrita la frase de El lobo estepario, de Hesse: «Tea-
tro mági co. La entrada cuesta l a razón». Al lado de ella, un ex
mendi go, el Patas de Humo , que acostumbraba dor mi r en el
túnel y a qui en yo le habí a dado el cargo de asistente, le pasaba
un vaso l l eno de vodka, un cuarto de l i t ro, a cada invitado. Si
no lo bebí a de golpe, no podí a entrar. Si aceptaba ese gran tra-
130
go, que lo emborrachaba de i nmedi ato, el Patas de Humo te-
ní a l a mi si ón de admi t i rl o dándol e una cari ñosa patada en el
cul o, fuera hombre o mujer, j oven o viejo, obrero o di putado.
Ya una vez adentro, no se bebí a más , s ól o se conversaba y se
bailaba, pero no mús i ca popul ar sino clásica. La que más gus-
taba era El lago de los cisnes. En ese espacio tan l l eno como un
aut obús a la salida del trabajo, se improvisaban grupos que i mi -
taban con una gracia tremenda los gestos mecáni cos de los ba-
llets rusos. El encuentro de artistas con profesores universita-
rios o boxeadores o representantes de comer ci o, daba una
mezcl a expl osi va. Co mo el trago estaba l i mi t ado s ól o a ese
cuarto de l i tro i ni ci al , no habí a vi ol enci a y la fiesta se convertí a
en un j uego paradi sí aco. De vez en cuando, casi sin pr oponér -
selo, natural mente, al gui en se subí a en una silla y se convertí a
en el centro. Er an cortas intervenciones, pero por su intensi-
dad se hací an inolvidables. Un j oven al umno de l a Escuela de
Leyes, a voz en cuel l o declara que su padre, un abogado famo-
so que vive recl ui do en su i nmensa bi bl i oteca, nunca le ha per-
mi t i do leer uno de esos preciosos tratados, dej ando siempre su
cuarto de trabajo cerrado con llave.
-Pues bi en, antes de veni r a esta fiesta veo que mi padre es-
tá dor mi do frente a su escritorio, de bruces sobre unos pape-
les. Ent r o por pri mera vez en el recinto sagrado y con emoci ón
intensa tomo uno de sus libros, y entonces... ¡Vean! -y el mu-
chacho saca de la mochi l a que lleva en su espalda un l omo de
l i br o- . ¡ Todos los vol úmenes eran falsos: una col ecci ón de lo-
mos, nada má s , oc ul t a ndo ar mar i os l l enos de bot el l as de
whisky! - l uego se pone a gri t ar-: ¿Qui énes somos nosotros?
¿ Dónde estamos nosotros? -para dejarse caer con los brazos en
cruz entre su públ i co.
Más tarde, un hombre maduro hace subir con él en la silla a
una seductora j ovenci ta. Decl ara, con l ágri mas en los ojos:
- L a es per é toda mi vi da. Por f i n l a he encontrado. Quisiera
cubri rl a de caricias pero. . . - c on la mano i zqui erda se qui ta la
mano derecha, que es artificial, y la agita-: la per dí cuando era
ni ño. Me acos t umbr é tanto a mi mano falsa que crecí sin dar-
131
me cuenta de que era manco. Hasta el dí a en que Margari t a
me of r endó su cuerpo. Y yo, acari ci ador a medias, qui si era te-
ner dos, tres, cuatro, ocho, i nf i ni t as manos para des l i zarí as
eternamente sobre su pi el .
Vei nte hombres levantan sus manos y col ocándos e en com-
pacto grupo detrás del manco se hacen uno con él. La mucha-
cha se deja acariciar por los doscientos ci nco dedos... Ot r o ca-
bal l er o, de aspecto pul c r o , voz grave y gestos mes ur ados ,
dando un sorpresivo gri to se sube en los hombros de un j oven,
pi de at enci ón, cuando la obti ene se arranca la corbata y cl ama:
- ¡ Ll evo veinte años casado, allí están mi muj er y mis dos hi -
j os! ¡ Estoy cansado de ment i r! ¡ Soy mar i cón! ¡ Y el j oven que
me carga sobre sus espaldas es mi amante!
En 1948, sin saberlo, al consi derar la creaci ón de fiestas co-
mo l a e xpr e s i ón s upr ema del arte, estaba de c ubr i e ndo los
pri nci pi os del «ef í mero páni co», al que des pués los artistas lla-
maron « happeni ng» .
En cierta ocasi ón un j oven de mi edad, 19 años , de mi rada
inteligente, cuerpo altivo y del gado, voz de barí t ono africano,
manos de ari stócrata, se s ubi ó en la silla de las confesiones y
bal anceándos e como un me t r ónomo, des pués de colocarse un
espejo oval como más car a, se puso a recitar un largo poema.
Er a Enr i que Li hn. Ya a esa edad estaba habi tado por el geni o
de l a poesí a. Su talento des per t ó en mí una gran admi raci ón.
Obtuve por unos amigos comunes su di recci ón y fui a buscarlo
a la casa donde habi taba con sus padres, en el barri o Provi den-
ci a, que en ese entonces era consi derado como muy alej ado
del centro de la ci udad. Las calles estaban bordeadas de f ron-
dosos árbol es y las casas eran pequeñas , de un solo piso, con
patios donde crecí an árbol es frutales. Nervi oso, hice resonar la
mano de cobre que serví a de l l amador en l a puerta. Me abri ó
el poeta. Con el ceño f runci do, gr uñó:
- ¡ Ah, el organi zador de fiestas! ¿Qué quieres?
- Qui er o ser tu ami go.
- ¿ Er es homosexual?
132
- No .
-Ent onces, ¿por qué quieres ser mi amigo?
- Por que admi ro t u poes í a.
- Compr endo, yo no cuento, lo que te interesa son mis ver-
sos. Ent ra.
Su cuarto era pe que ño , su cama estrecha, su armari o ena-
no. Si n embargo aquel l o estaba conver t i do en un pal aci o:
L i h n , con letras menudas, llenas de ángul os , habí a cubi ert o
las paredes y el techo de poemas. Tambi én los postigos y los
cristales de la ventana, los muebl es, la puert a, las tablas del
suel o, el pe r ga mi no de la l á mpa r a . Y a esto se agregaban
mont ones de hojas manuscri tas, versos cubr i endo el bl anco
de los l i bros; billetes de tranví a, boletos de ci ne, servilletas de
papel , cont eni endo a duras penas sus versos. Me sent í sumer-
gi do en un compact o mar de letras. Donde posaba mi mi r ada
s urgí a un canto t ort urado pero hermoso.
- ¡ Que l ásti ma, Enr i que, esta obra maravi l l osa se va a per-
der!
- No i mpor t a: los s ue ños t a mbi é n s e pi e r de n y nosot ros
mi smos, poco a poco, nos disolvemos. La poes í a, sombra de
un águi l a que vuel a haci a el sol, no puede dej ar huellas en l a
ti erra. La or aci ón que más compl ace a los dioses es el sacrifi-
ci o. Un poema l l ega a su per f ecci ón, cual ave Féni x, cuando
arde. . .
Al borde del vért i go c ome nc é a ver las letras cami nar por
las paredes como un ej érci t o de hormi gas. Le propuse a L i h n
que s al i éramos a cami nar.
El poeta t omó dos sombreros de su padre, estilo Maur i ce
Chevalier, y un par de bastones, por si acaso nos agr edí an los
cacos, y así, ensombrerados y embastonados, marchando enér-
gi camente, descendi mos por l a avenida Provi denci a. No pue-
do dejar de pensar que los nombres que el azar ofrece ti enen
un prof undo mensaje. Nos topamos con un robusto árbol que
crecí a en medi o de l a vereda. Si n ponernos previ amente de
acuerdo, como si fuera l a cosa más natural del mundo, trepa-
134
mos por el tronco y nos sentamos codo a codo sobre una grue-
sa rama. Allí nos quedamos conversando y di scuti endo hasta el
alba. Comenzamos por constatar que es t ábamos de acuerdo
en que el l enguaj e que nos ha bí a n e ns e ña d o t ransport aba
ideas locas. En lugar de pensar correcto pens ábamos torci do.
Ha bí a que darles su verdadero sentido a los conceptos. Pasa-
mos mucho rato haci éndol o. Recuerdo algunos ejemplos:
En vez de «nunca» : muy pocas veces. En vez de «s i empr e»: a
menudo. «Inf i ni t o»: ext ens i ón desconoci da. «Et er ni dad» : f i n
i mpensabl e. «Fr acas ar »: cambi ar de acti vi dad. «Me desilusio-
nó» : l o i magi né er r óneament e. «Yo sé»: yo creo. «Bel l o, f eo»:
Me gusta, no me gusta. «Así eres»: así te perci bo. « Lo mí o» : l o
que ahora poseo. «Mor i r » : cambi ar de f orma. . . Luego, pasa-
mos revista a las defi ni ci ones y llegamos a la concl usi ón de que
era absurdo def i ni r af i rmando. En cambi o era j usto def i ni r ne-
gando. «Fel i ci dad»: estar cada dí a menos angustiado. «Gene-
r os i dad» : ser menos egoí s t a. «Val ent í a»: ser menos cobarde.
« Fuer za» : ser menos débi l . Etc. Ll egamos a la concl us i ón de
que, a causa de ese lenguaj e torci do, la soci edad entera vivía
en un mund o pl agado de si t uaci ones grotescas. Gr ot es co,
aparte de su def i ni ci ón en el di cci onari o como ri dí cul o, extra-
vagante o grosero, serí a t ambi én una i ncomuni caci ón incons-
ciente. Por ej emplo, el Papa creí a estar en comuni caci ón direc-
ta con un dios en verdad ciego, sordo y mudo. Un ci udadano,
mientras era apaleado por los carabineros, pensaba que el Es-
tado lo estaba protegi endo. Ll evaban veinte años de matri mo-
ni o habl ando, sin darse cuenta, un lenguaje él y otro lenguaje
el l a. Las peores situaciones grotescas: creerse conocer, creer
saberlo todo sobre un tema, pensar haber j uzgado con absolu-
ta i mparci al i dad, creer amar y ser amado para siempre. En una
conversaci ón la gente pensaba una cosa y al tratar de comuni -
carla decí a otra cosa. Su i nterl ocutor escuchaba una cosa, pero
c ompr endí a otra. Al contestar, no contestaba a aquel l o que el
otro habí a pensado pr i mer o, ni si qui era a l o di cho, sino que
contestaba a aquello que habí a comprendi do. Total: una con-
versaci ón de sordos que ni siquiera sabí an escucharse a sí mis-
135
mos... Propuse, como sol uci ón a la comuni caci ón grotesca, el
acto poét i co. Si gui ó una encarni zada di s cus i ón que t er mi nó
con el i mpacto de los pri meros rayos solares. Habí a dos formas
de poesí a: la escrita, que debí a ser secreta, una especie de dia-
r i o í nt i mo que necesi taba un mí ni mo nú me r o de l ectores,
creada para benefi ci o solamente del poeta, y la poes í a de ac-
tos, que debí a realizarse como un exorci smo social ante nume-
rosos espectadores. El discutir estos temas sentados en la rama
de un árbol les di o una i mport anci a f undamental . Desde ese
dí a Enri que y yo comenzamos a vernos muy a menudo y reali-
zamos, durante tres o cuatro años , una gran canti dad de actos
poét i cos que f ormarí an, sin yo saberlo entonces, la base de la
terapia psi comági ca.
Lo pri mero que nos propusi mos en esa ci udad donde las ca-
lles a menudo se torcí an en ángul os caprichosos, fue concertar
una cita y llegar a ella andando en l í nea recta, sin desviarnos
para nada. No di go que siempre tuvimos éxi to. A veces encon-
tramos obs t á c ul os i nf r anqueabl es o pel i grosos, c omo, por
ej empl o, aquel l a vez que penetramos por el cami no descen-
dente de un estacionamiento para automóvi l es. No hi ci mos ca-
so del letrero «Reci nt o particular, pr ohi bi da l a ent rada». Avan-
zábamos , en éxtasis poét i co, por l a húme da penumbra cuando
una j aur í a de perros bravos se l anzó haci a nosotros dando ate-
rradores l adri dos. Dej ando de l ado toda di gni dad, nos echa-
mos a correr seguros de salir de allí con los pantalones destro-
zados. No sé por qué di vi na i ns pi raci ón a L i h n se l e ocur r i ó
ponerse a ladrar con más feroci dad que los canes, mientras ga-
l opaba a cuatro patas. El terror l e ot or gó un vol umen de voz
descomunal . No tardé en i mi tarl o. En un instante, de persegui-
dos, pasamos a formar parte del grupo perseguidor. Los canes,
Ni econcert ados , no i nt ent aron mordernos . Sal i mos del tene-
broso s ubt er r áneo, sacudi dos por carcajadas nerviosas per o
con una sensaci ón de tri unfo. Esta aventura nos hi zo compren-
der que i dent i f i cándonos con las dificultades podí a mos con-
vertirlas en aliados. No resistir ni hui r del probl ema, entrar en
él, hacerse parte. de él, us ar l o^omo el emento ríe la l i beraci ón.
136
En algunas ocasiones nos i nsul taron porque, si en nuestro
cami no habí a un coche, nos encar amábamos y cami nábamos
por su techo. Un propi etari o furioso nos-persi gui ó l anzándo-
nos piedras. Srnembargo, muchas veces tuvimos la fel i ci dad de
lograr la l í nea recta. Frente a una casa, l l amábamos al ti mbre,
pe dí a mos permi so, ent r ábamos por l a puert a y s al í amos por
donde podí amos , aunque fuera por una estrecha ventana. Lo
i mportante era, con acti tud de flecha, seguir la l í nea recta. Tu-
vimos la suerte de que en ese entonces Chi l e fuera un paí s poé-
tico. Deci r « Somos j óvenes poetas en acci ón» era provocar una
sonrisa hasta en los rostros más severos. Muchas amables seño-
ras nos a c ompa ña r on en la travesía de su hogar y nos hi ci eron
salir por la puerta trasera. Si empre nos ofreci eron un vaso de
vi no. . . Esta travesía de la ci udad en l í nea recta fue para noso-
tros una experi enci a f undamental , porque nos ens eñó a ven-
cer los obs t ácul os haci éndol os part i ci par en l a obra de arte.
Er a como si, una vez deci di do el acto, l a real i dad entera dan-
zara con él.
Poco a poco, f ui mos comet i endo actos que i nvol ucraban
más participantes. Un dí a, metimos gran canti dad de monedas
en una caja de galletas agujereada y recorri mos el centro de la
ci udad, dej ándol as caer. ¡ Era extraordi nari o ver a la gente bi en
vestida, ol vi dando su di gni dad, agacharse f ebri l a nuestro pa-
so, la calle entera con la espalda dobl ada! Tambi én deci di mos
crear nuestra propi a ci udad i magi nari a j unt o a la ci udad real.
Para el l o t ení amos que proceder a i nauguraci ones. Nos colo-
cábamos al pie de una estatua o de cual qui er monument o cé-
lebre, previamente cubi erto, entero o en parte, por algunas sá-
banas, y ef ect uábamos una ceremoni a de i nauguraci ón s egún
los dictados de nuestra fantasía. Al descorrer l a tela apl audí a-
mos y le dá ba mos al moni got e un senti do di ferente al de su
hi stori a real . Por ej empl o, apl audi mos al hér oe naval Ar t ur o
Prat porque, al saltar al abordaje y reci bi r en la cabeza el ma-
chetazo que le di era el coci nero del barco enemi go, se habí a
i l umi nado e i nventado en su agoní a la receta de las empana-
137
das al horno. De otro padre de la patria se alababa el que hu-
bi era venci do al ej érci to enemi go usando como arma el amor,
envi ando al invasor una hor da de expertas prostitutas entre las
cuales, por idealismo pat ri ót i co, se contaban sus hermanas, su
madre y sus dos abuelas. Así, con estas jocosas i nauguraci ones
nocturnas, regadas por abundante vi no, les di mos otro sentido
a los bancos, a las iglesias, a los edificios gubernamentales. Le
cambi amos el nombre a una gran canti dad de calles. L i h n de-
cía habitar en «Mal de Amor es » esquina con «Aveni da del Di os
Que En Mí No Cr ee» . Cuando otros amigos se sumaron a los
actos poét i cos presentamos una gran expos i ci ón de perros, su-
pl antando a los canes por cual qui er objeto. Un poeta desfila-
ba, por ej empl o, arrastrando una maleta y af i rmando, para ha-
cer valer a su «ani mal », que al no tener patas no podí a clavarse
espinas, l o que economi zaba muc ho gasto veteri nari o. En el
desfile vimos al perro- l ámpara (puedes l eer toda l a noche j un-
to a él sin pel i gro de que te ori ne) ; el perro-cal zonci l l o de pier-
nas largas (mejor que un galgo); el perro-tarro de basuras (en
l ugar de hacer i nmundi c i a s las r ecoge) ; el per r o- car abi na
(muy buen guar di án) ; el perro-billete de banco (es muy sim-
pát i co y nos atrae muchos ami gos) ; etc. Ot r a vez deci di mos
que el di nero podí a ser transformado. En l ugar de monedas
us arí amos camarones hervidos. Cuando l e pusimos en l a mano
al revisor que nos cobraba el billete del aut obús uno de estos
rojos animales, no supo c ómo reacci onar y nos dej ó viajar si n
problemas. Para entrar en un sal ón de baile pagamos l a entra-
da con una concha mari na. Muchas veces í bamos al Museo de
Bellas Artes, nos par ábamos ante los cuadros e i mi t ábamos las
voces de los personajes, at ri buyéndol es toda clase de discursos
absurdos. Adqui r i mos tanta perf ecci ón en esta actividad que al
final fuimos capaces de hacer habl ar a una pi nt ura abstracta. A
veces L i hn y yo nos fijábamos objetivos que, por su simpleza, se
hací an ext r años : cuando nos ha r t á ba mos de l a Uni ver s i dad,
í bamos a Val paraí so en tren, deci di dos a no regresar hasta que
una anci ana nos i nvi tara a tomar una taza de té. En busca de
esta anfi tri ona, que c ompa r á ba mos a las magas de los cuentos
138
de hadas, r ecor r í amos las abigarradas calles de los cerros del
puerto. Fi ngi endo un cansancio ext remo, ca mi ná ba mos apo-
yados el uno en el otro, reci tando poemas. No faltaba una se-
ñor a que nos ofreciera un vaso de agua. La convencí amos de
que era mej or darnos un té. Consegui do el objetivo, regresá-
bamos triunfantes a la capital.
Ot r o dí a, a c ompa ña dos de cuatro poetas, todos muy bi en
vestidos, entramos en un restaurante f rancés. Pedi mos filetes a
l a pi mi ent a. Cuando nos los traj eron, nos frotamos con ellos
los trajes, empa pá ndol os en salsa. Termi nada la oper aci ón pe-
di mos lo mi smo y repetimos el acto. Y así, seis veces, hasta que
todo el restaurante trepidaba, presa de una especie de páni co.
Cada uno de nosotros, sacando una cuerda del bol si l l o, se hi zo
un col l ar de seis filetes. Pagamos y salimos tranquilos, como si
l o que habí amos hecho fuese l a cosa más natural del mundo.
Un a ño des pués volvimos al mi smo establecimiento y el j efe de
los camareros nos di j o: «Si piensan hacer como el otro dí a, no
los podemos admi t i r » . El acto l o habí a i mpr es i onado de tal
modo que, a pesar de haber transcurri do tanto ti empo, le pa-
recí a que nos habí a visto la semana anterior... Ot r a vez deci di -
mos anunci ar l a l l egada de un sabio sufí, al que bauti zamos
Assis Namur. Reparti mos panfletos que decí an: «Mañana, a las
ci nco de la tarde, a los pies de la vi rgen del cerro San Cri stóbal ,
el santo Assis Namur-el-pobre, des pués de un supremo esfuer-
zo, l l egará a la i ndi f erenci a». Tomamos el funicular, nos senta-
mos a los pies de la gigantesca Vi r gen. L i hn, enrol l ado en una
s ábana, en posi ci ón de medi t aci ón, con un lápiz para cejas, se
escri bi ó un rot undo «¡ No! » en l a frente. Esperamos horas. No
l l egó nadie. Si n embargo, al dí a siguiente, apareci ó un peque-
ño art í cul o en el Diario de la Tarde, rel at ando que el famoso
sheik Assis Na mur habí a visitado Santiago de Chi l e.
Co n nuestros actos poét i cos pr et endí amos poner en eviden-
cia l a cual i dad imprevisible de l a realidad. En una reuni ón de l a
Academi a Li t erari a, L i h n y yo comenzamos, dando gritos de
horror, a sacarnos de todos los bolsillos carne pi cada para bom-
139
bardear con ella a los dignos asistentes. Se f or mó un páni co co-
lectivo. Para nosotros l a poes í a era una convul si ón, un terremo-
to. Debí a denunci ar las apariencias, desenmascarar la falsedad
y cuestionar los convencionalismos. Frente a una terraza de un
café, vestidos de mendi gos, sacamos un violín y una guitarra co-
mo si f uésemos a tocar. Rompi mos los instrumentos musicales
estrel l ándol os contra la acera. Le di mos una moneda a cada pa-
rroqui ano y nos fuimos. En l a conferenci a de un profesor de l i -
teratura, en el sal ón central de la Uni versi dad de Chi l e, con tra-
jes de explorador, nos acercamos gateando a la mesa del orador
y, con mel odramát i cos quejidos de sed, nos peleamos por beber
el agua de la clásica botella. Disfrazados de ciegos y l l orando a
gritos, hi ci mos cola para entrar en un cine. En un acto de ho-
menaje a las madres, el 10 de mayo, vestidos de esmoqui n can-
tamos una canci ón de cuna der r amándonos en la cabeza varias
botellas de leche. El entusiasmo j uveni l , sin embargo, nos hi zo
cometer algunos graves errores. Fui mos a la Facultad de Medi -
ci na y, con la compl i ci dad de amigos estudiantes, robamos los
brazos de un cadáver. L i h n uno y yo el otro, nos los meti mos en
una manga del abrigo. Luego nos dedicamos a saludar a la gen-
te dándol es la mano muerta. Nadi e se atrevía a comentar que
estaba dura y fría porque no querí an enfrentarse al hecho bru-
to de ese mi embro muerto. Cuando termi namos el j uego maca-
bro, arrojamos los brazos al río Mapocho sin pensar en las con-
secuencias y sin respetar al ser humano que los habí a pos eí do.
Este sentimiento de l i bertad nos conduj o al cri men. En las ori -
llas del río Mapocho, en aquel entonces agrestes, una col oni a
de hormigas habí a fabricado su escultural ci udad. Enri que y yo
citamos en esas laderas a un grupo de artistas pr omet i éndol es
una «comedi a ej empl ar». Pusimos sillas plegables al rededor del
hor mi guer o. Ll egamos vestidos de sol dados. Avanzamos ha-
ci endo resonar las botas con el paso del ganso, saludando a la
manera nazi , y pisoteamos el ni do haci endo una matanza de
millares de insectos. Estos, enl oqueci dos, se extendi eron como
una mancha negra bajo los pies de los espectadores que, asquea-
dos, comenzaron a zapatear. Si bi en es ci erto que todos com-
140
prendi eron lo bi en fundado de nuestro mensaje, no por eso de-
j á b a mo s de ser unos crueles asesinos de hormi gas. Nos senti-
mos afectados por esta experi enci a y eso hi zo que nos interro-
gár amos seriamente. ¿Cuál es la defi ni ci ón de un acto poét i co?
Debe ser bel l o, i mpregnado de una cual i dad oní ri ca, presci ndi r
de toda j usti fi caci ón, crear otra realidad en el seno mi smo de la
real i dad ordi nari a. Permi t e trascender a otro pl ano. Abr e l a
puerta de una di mens i ón nueva, alcanza un valor purificador. . .
Por el l o, al proponernos realizar un acto diferente de las accio-
nes ordinarias y codificadas, era necesario que mi di ér amos de
antemano las consecuencias. Debí a ser una fisura vital en el or-
den petri fi cado que perpetuaba l a soci edad, no l a manifesta-
ci ón compulsiva de una rebel i ón ciega. Er a esencial desconfiar
de las energí as negativas que podí a l i berar un gesto insensato.
Compr endi mos por qué Andr é Bret ón se habí a excusado tanto
des pués de declarar, cedi endo al entusiasmo, que el verdadero
acto surrealista consi stía en salir a la calle bl andi endo un revól-
ver para matar a cual qui er desconocido. . . El acto poét i co, gra-
tuito, deber í a permi t i r manifestar con bondad y belleza ener-
gí as creativas normal ment e reprimidas o latentes en nosotros.
El acto i rraci onal era una puerta abierta al vandalismo, a la vio-
l enci a. Cuando la mul t i t ud se enardece, cuando las manifesta-
ciones degeneran y la gente i ncendi a automóvi l es y rompe cris-
tales, se asiste t ambi én a una l i beraci ón de energí as repri mi das.
Pero aquello no merece el nombre de acto poéti co. . . Un hai ku
j a poné s nos di o una clave: el al umno le muestra al maestro su
poema:
r
Una mariposa:
/) le quito las alas.
' ¡Obtengo un pimiento!
La respuesta del maestro es i nmedi ata.
- No , no es eso. Escucha:
i
( Un pimiento:
141
le agrego unas alas.
¡Obtengo una mariposa!
La l ecci ón era clara: el acto poét i co debí a ser siempre posi-
tivo, buscar la const rucci ón y no la dest rucci ón.
Pasamos revista a los actos que ha bí a mos ej ecutado. Mu -
chos de ellos no eran sino reacciones rencorosas hacia una so-
ci edad que cons i der ábamos vulgar, o simulacros más o menos
torpes de un acto di gno de llamarse poét i co. Vi mos cl aramen-
te que el dí a que i nvadi mos la ti enda de mi padre -persegui -
dos por Assis Namur que cl amaba que J ai me era santo porque
vendí a un precioso vací o- para abri r una caja y mostrar que no
cont ení a nada, hubi ér amos debi do llegar en proces i ón con un
saco de calcetines y l l enarl a, para que su s ueño de comerci an-
te se hi ci era real i dad. En lugar de poner tierra con l ombri ces
entre las piernas de mis padres, hubi era t eni do que l l enar la
cama con monedas de chocol ate. En l ugar de observar en l a
oscuri dad, como una f i era, el sexo de mi her mana dor mi da,
con i nmensa delicadeza deber í a haber col ocado entre esos la-
bios una perl a. En l ugar de cortarle los brazos al muerto, debi-
mos pi ntarl o de dorado, vestirlo con una túni ca violeta, poner-
le mel ena y barba y agregarle una cor ona de focos el éctri cos
para converti rl o en un Cri sto. Debi mos col ocar j unt o al hor mi -
guero una virgen de yeso untada de mi el para que las hor mi -
gas l a cubri eran dá ndol e una pi el viviente...
Des pués de esta t oma de conci enci a no tuvimos r emor di -
mientos. El error es di scul pabl e, mientras se cometa una sola
vez y en una sincera bús queda de conoci mi ent o. Aquel l as atro-
cidades nos habí an abi erto l a vía del verdadero acto poét i co.
Deci di mos crear uno para el consagrado Pabl o Neruda. Se sa-
bí a que regres arí a de Eur opa en una fecha muy precisa, du-
rante l a pri mavera. Ha bí a mos conoci do a un cabal l ero cuya
pasi ón era cultivar mariposas. Conocí a a f ondo las costumbres
de esos insectos y sabí a cri ar sus larvas. Lo hi ci mos cómpl i ce de
nuestro acto. Fui mos con él a Isla Negra, playa donde el poeta
142
habí a construi do un refugio uni endo varias casas, entre las que
emer gí a una torre. L i hn, con aire de mago, i nt roduj o en l a an-
tigua chapa una llave vieja, al parecer un recuerdo de su abue-
la, y sin hacer el menor esfuerzo la hi zo girar. ¡ Se abri ó la puer-
ta del ant r o sagrado! A pesar de que s a bí a mos que en esa
époc a allí no habitaba nadi e, entramos andando sobre l a pun-
ta de los pies, con mi edo de despertar qui én sabe qué musa te-
rri bl e. Los cuartos estaban llenos de hermosos y ext raños obje-
tos: colecciones de botellas de todos los tipos, mascarones de
pr oa con rostros encendi dos por el del i ri o, piedras estrafala-
rias, enormes conchas de mar, libros antiguos, bolas de cristal,
tambores pri mi ti vos, cajas moledoras de café, todo ti po de es-
puelas, muñecos fol kl óri cos, aut ómat as, etc. Er a un museo en-
cantador f ormado por el ni ño que habitaba en el al ma del poe-
ta. Co n respeto religioso no tocamos nada. Nos movi mos poco,
más que andar nos deslizamos esquivando los objetos. El culti -
vador de mariposas, cargando sus paquetes, tieso como una es-
tatua, apenas se atrevía a respirar. De pront o Enr i que fue po-
s eí do por una ener gí a angél i ca que l e hi zo perder gran parte
de su peso. Comenz ó a saltar sin el menor esfuerzo, entonan-
do una canci ón compuesta de sonidos i ni ntel i gi bl es, que sona-
ban entre ár abe y sánscri to. Lo vimos bai l ar como si su cuerpo
hubi er a per di do los huesos, sus equi l i bri os eran f ant ást i cos,
más y más osados, más y más cerca de los preci osos objetos.
Cuando l l egó al paroxi smo se agitaba tan r ápi do que parecí a
tener cientos de mi embros. No r ompi ó nada. Todo permane-
ci ó en su sitio. Termi nada la danza, nos arrodi l l amos medi tan-
do mientras el caballero col ocaba en ri ncones estratégi cos sus
larvas. Termi nada su tarea, emprendi mos el regreso a Santia-
go. El cultivador nos as egur ó que, cuando Ner uda entrara en
su casa, de todos los ri ncones s urgi rí an nubes de mariposas.
Antes de lanzar en 1953 mi l i breta de di recci ones al mar, to-
mar un barco en Val paraí so, cuarta clase en dormi t ori o colec-
tivo, y parti r haci a Parí s con sól o ci en dól ares en el bol si l l o, de-
ci di do a nunca más regresar, no porque no amara Chi l e o a
143
mis amigos (me dol i ó prof undamente cortar todos los lazos),
sino para vivir a f ondo la i dea de que el poeta debe ser un ár-
bol que convierte sus ramas en raí ces celestes, real i cé dos actos
poét i cos, uno en c ompa ñí a de L i h n y el otro solo, que afecta-
r on prof undamente mi carácter.
En una librería que no por azar se llamaba Dédal o, Enr i que
y yo presentamos una obra de títeres de Federi co Garcí a Lor ca
en nuestro teatrillo, que llamamos El Bul ul ú. Domar a mi ami-
go poeta para que ensayara, s acándol o de los brazos de Baco,
fue una tarea ci cl ópea. Por suerte fuimos alentados por nues-
tras novias y sus hermanas, que pacientemente cosi eron todos
los trajes. El dí a de la represent aci ón, el públ i co, la mayorí a es-
pañol es refugiados de la guerra ci vi l , l l enó el lugar y no escati-
mó sus aplausos. A pesar de que el preci o de la entrada era mó-
di co nos tocó una buena canti dad de di nero. Euf óri cos por el
éxi to, des pués de repetidos bri ndi s, deci di mos alquilar uno de
esos coches abiertos tirados por un caballo, llamados «vi ctori a»,
como hací an las parejas románt i cas y los turistas. Le pregunta-
mos al cochero qué recorri do harí a a cambi o de la suma que
habí amos ganado. Nos propuso un paseo de ci nco ki l ómetros
por las calles más bellas del centro y sus alrededores. Acepta-
mos, pero en lugar de viajar c ómoda ment e sentados, corri mos
detrás de la victoria. (Es decir, perseguimos a la fama.) En los
úl ti mos trescientos metros, la alcanzamos y termi namos el reco-
rri do sentados y alzando los brazos como si f uéramos campeo-
nes... En f orma i ntui ti va habí amos descubierto que el incons-
ci ente acepta como reales hechos que son met af ór i cos . Ese
acto, al parecer absurdo, excént ri co, era un contrato que hacía-
mos con nosotros mismos: i nverti rí amos nuestra energí a en l a
obra, nos darí amos el trabajo de perseguir la victoria, no sería-
mos perdedores sino ganadores. Enri que L i hn dedi có toda su
vi da al arte, perf ecci onó su obra sin cesar, falleció a los 59 años.
Es considerado como uno de los grandes poetas chilenos. El úl-
ti mo verso que escri bi ó, en su l echo de enfermo, fue: «...desovi-¡
l i a el ovillo de la muerte con sus manos que se di rí an de ángel ».
144
El segundo acto poét i co, cuando estaba pr e pa r á ndome pa-
ra parti r y la despedi da que me ofrecí an mis amigos en el Caf é
del Tango, frente a la Al ameda de las Delicias, se prol ongaba,
oí mos un creciente rumor, algo así como si se aproxi mara una
ol a gigantesca. Nosotros, los j óvenes artistas, que vivíamos ais-
lados en nuestra esfera idealista, si n que nos i mport ara para
nada l a vulgar pol í ti ca, no nos habí amos dado cuenta de que el
paí s estaba votando para elegir a un nuevo presidente. El can-
di dato popul ar, en esa votaci ón democrát i ca, absurdo f enóme-
no hi stóri co, era el ex di ctador mi l i tar Carlos Ibáñez del Cam-
po. Y ahor a, por s egunda vez, y por su pr opi a vol unt ad, el
puebl o l e habí a dado el mando. La marej ada atronadora esta-
ba compuesta por unos ci en mi l i ndi vi duos que subí an desde
l a paupér r i ma Est aci ón Cent ral hacia los barrios encopetados
procl amando el tri unfo. Er a un oscuro rí o de hormi gas eufóri-
cas y borrachas que i nvadí a la ancha avenida. Pi cado no sé por
qué bi cho, me levanté de un salto y l l eno de una al egrí a i ncon-
teni ble corrí hacia la Al ameda, me par é en medi o de ella y es-
per é que llegara hasta mí la marabunta. Cuando tuve a pocos
metros la pri mera l í nea de vociferantes me puse a gritar a voz
en cuel l o, sin pensar un segundo en las peligrosas consecuen-
cias: «¡ Muer a Ibáñez! ». Ya no era Davi d cont ra Gol i at, era una
pul ga contra Ki ng Kong. ¿ Cómo se me pudo ocurri r enfrentar-
me a ci en mi l individuos? En estado de éxtasis, extranj ero a mi
cuerpo y por lo tanto al mi edo, grité y gri té, hasta enronque-
cer, i nsul tando al nuevo presidente. El rí o no reacci onó. Mi ac-
to era tan insensato que se les hi zo i mpensabl e. Si mpl emente
me i nt egraron al t ri unf o. Yo era uno de ellos, un ci udadano
más que vitoreaba a su nuevo mandatari o. En lugar de «mue-
ra» oyeron «viva». Mi entras el torrente humano pasaba alrede-
dor de mí , yo, ahí , de pie, pareci do a un s al món desafiando a
l a corri ente, me di cuenta de que no estaba haci endo aquel l o
porque quer í a mori r, sino, bi en al contrari o, porque, sobre to-
do, que r í a vivir, es deci r, sobrevi vi r si n ser tragado por ese
mundo prosaico. Si n embargo el tal mundo prosai co, por l o
i rraci onal , tiene destellos surrealistas. La gente que avanzaba
145
no i ba gri tando «Viva Ibáñez» sino «Viva el Cabal l o». El candi -
dato ganador habí a comenzado su carrera como ofi ci al de ca-
bal l erí a y porque habl aba poco y tení a unos dientes anormal -
mente grandes, el puebl o lo l l amaba el Cabal l o. Quizás por eso
gober nó el paí s a coces.
Mi s amigos, que al pr i nci pi o creyeron que habí a corri do a
vomi tar al baño, se i nqui et aron por mi des apari ci ón, sal i eron a
buscarme a la calle y me di vi saron parado voci ferando cont ra
todos en medi o del desfile. Pál i dos, l l egaron hasta mí y me sa-
caron en andas. Me des pl omé en el café sobre una mesa, con
el resuello cortado. El cuerpo me dol í a entero, como si me hu-
bi eran dado una paliza. Luego me acomet i ó una risa nerviosa
y un tembl or intenso. Me cal maron l anzándome en el rostro el
agua de una j arra. El Al ej andro que se cal mó ya no era el mis-
mo. Se habí a despertado en su i nt eri or una fuerza que le per-
mi ti rí a remontar muchas corrientes adversas. Años más tarde
apl i qué esta experi enci a a la terapia: no se puede sanar a al-
gui en, sól o se le puede ens eñar a sanarse a sí mi smo.
146
El teatro como r e l i g i ó n
Antes de 1929, el norte de Chi l e atraí a aventureros de todo
el mundo. Aún los alemanes no habí an i nventado el salitre sin-
téti co, y al salitre natural se le l l amaba oro bl anco. Los barcos
extranj eros vení an a cargar mi l l ares de ki l os de esa mat eri a
ambi gua, dobl e, andr ógi na, que por un l ado, en su cual i dad
de potente abono, era aliada de la vi da y por otro, el más codi -
ci ado, si rvi endo para fabricar explosivos, aliada de la muerte.
En ese mundo de mi neros corrí a el di nero a raudales. En Iqui-
que, Antofagasta y Tocopi l l a, prosperaban los bares, los barrios
de prostitutas y los artistas. En las aldeas mineras se const ruí an
enormes teatros. Todo tipo de compañí as visitaban esa nueva
Cal i f orni a. Vi ni er on grandes cantantes de óper a, bailarinas co-
mo Ar ma Pavlova o lujosos espect ácul os de variedades. Justo al
nacer yo, no sól o se der r umbó l a Bol sa en Estados Uni dos , sino
que el salitre si nt ét i co c ome nz ó a venderse a muc ho menos
preci o que el de la r egi ón nor t eña. Las mi nas y las ci udades
que se al i mentaban de ellas entraron en una l enta agoní a. Si n
embargo, a pesar de la crisis económi ca, por una especie de
i ner ci a, algunas c ompa ñí a s , por supuesto más modestas, si-
gui eron visitando esas salas que, por falta de cuidados, poco a
poco se i ban desmoronando. El Teatro Muni c i pa l de Tocopi -
l l a, transformado en ci ne, de ti empo en ti empo, sobre todo en
i nvi er no, es t aci ón i deal por l a ausenci a de lluvias, alzaba l a
147
pantal l a bl anca dej ando al descubi erto un ampl i o escenario.
Muchos espect ácul os se presentaron allí. Cada uno me ens eñó
algo. No digo que con mi cerebro i nfanti l traduj era este cono-
ci mi ent o en palabras. Mi i ntui ci ón l o abs orbi ó como semillas,
que lentamente, con el transcurso de los años , fueron desarro-
l l ándos e, cambi ando mi per cepci ón del mundo, gui ando mis
acciones y, al fin, mani f es t ándos e en la Psicomagia. Apart e de
Fu-Manchú, el prestidigitador que descri bí en un capí t ul o pre-
cedente, pude maravi l l arme vi endo a Ti nny Griffy, una i nmen-
sa gri nga de por lo menos trescientos kilos, que cantaba, ac-
tuaba y bai l aba zapateando vestida como Shi rl ey Templ e. El
escenario, cor r oí do por el ambi ente salino, no resistió tal peso
y l a gorda se hundi ó. Un grupo compacto de hombres, como
hormi gas cargando un escarabajo, la sacaron en andas y la de-
posi taron en el taxi que la llevaría al hospi tal de Antofagasta, a
ci en ki l ómet r os de di st anci a. Ti nny Griffy, para caber en el
asiento trasero, tuvo que sacar por una ventani l l a sus dos pier-
nas, semejantes a i nmensos j amones. Apr endí que entre nues-
tros gestos y el mundo hay una estrecha rel aci ón. Si se sobre-
pasa la resistencia del medi o, éste, al ser destrui do, al mi s mo
ti empo nos destruye. Lo que l e hacemos al mundo nos l o ha-
cemos a nosotros mi smos. Ta mbi én l l egó un es pect ácul o de
perros. Canes de todas las razas y en gran númer o, vestidos co-
mo seres humanos: l a muchacha buena, su novi o, el mal o, l a
seductora, el payaso, etc. Durant e hora y medi a vi un universo
donde los perros habí an suplantado a la raza humana, i magi -
né, qui zás di ezmada por una peste. Cuando salí del teatro, l a
calle me par eci ó pobl ada de animales vestidos con ropas hu-
manas. No sól o perros, t ambi én tigres, avestruces, ratas, bui -
tres, ranas. A esa t emprana edad se me hi zo evidente la pel i -
grosa part e a ni ma l de cada ps i qui s mo. . . Vi n o t a mb i é n el
maravilloso Leopol do Frégol i . El hombre i nterpretaba a toda
una compañí a, cambi ándos e vertiginosamente de trajes. Podí a
ser gordo o flaco, muj er u hombre, subl i me o ri dí cul o. Su es-
pect ácul o me hi zo comprender que yo no era uno, sino varios.
Mi al ma semejaba un escenario donde habi taban i ncontables
148
personajes l uchando por apoderarse del mando. La personali-
dad era un asunto de el ecci ón. Podí amos elegir ser l o que qui -
s i éramos . Vi no una f ami l i a, padre y madre más catorce hijos.
Er an italianos. Los ni ños, tan domados como los canes, baila-
ban, hací an acrobacias, equi l i bri os, mal abari smos, cantaban.
El que más me gust ó fue un ni ño de 3 años vestido de pol i cí a
que les daba de macanazos a culpables e inocentes. Gracias a
ellos pude comprender que l a salud de una fami l i a consiste en
realizar una obra en c omún, que no hay un foso que separe a
las generaciones, que la revuelta de los hijos contra los padres
debe ser s upl ant ada por l a a bs or c i ón de un c onoc i mi e nt o
si empre, claro está, que la generaci ón precedente se dé el tra-
bajo de expandi r su conci enci a y transmitir lo adqui ri do. Por
otra parte, vi endo a esos pequeños disfrazados de adultos, pu-
de darme cuenta de que el ni ño nunca muere, de que cada ser
humano, si no ha hecho su trabajo espiritual, es un ni ño dis-
frazado de adulto. Es maravilloso ser ni ño cuando se es ni ño y
terrible que en la temprana edad se nos obl i gue a ser adultos.
Tambi én es terrible ser ni ño cuando se es adulto. Madur ar es
col ocar al ni ño en su sitio, dejarlo vivir en nosotros pero no co-
mo amo sino como seguidor. El nos aporta el asombro cotidia-
no, l a pureza de l a i nt enci ón, el j uego generador, pero en ni n-
gún caso debe convertirse en ti rano.
Creo t ambi én que l a fasci naci ón por el teatro ent ró en mi
al ma gracias a tres aconteci mi entos que marcaron profunda-
mente mi al ma i nf anti l . Parti ci pé en el enti erro de un bombe-
ro, vi un ataque epi l épt i co y es cuché cantar al prí nci pe chi no.
Como l a Casa Ukr ani a estaba al l ado del cuartel de los bom-
beros, mi padre, para matar su aburri mi ent o, no t ardó en ins-
cribirse en l a Pri mera Compañí a. En ese puebl o tan pe que ño,
los i ncendi os eran escasos, a lo más uno por año. Ser bombero
entonces se convertí a en una actividad social, un desfile cada
aniversario de la f undaci ón de la Compañí a, algunos bailes be-
néf i cos, ejercicios públ i cos para probar los equipos, campeo-
natos de fútbol i nt ercompañí as (habí a tres) y present aci ón de
149
su orquesta los domi ngos en el kiosco de la plaza. Cuando reu-
ni eron los fondos para comprar un fl amante carro, los bombe-
ros vistieron su traje de parada, pant al ón bl anco y chaqueta ro-
j a c on una est rel l a de c i nc o punt as sobre el c or a z ón, y se
sacaron una fotografí a en grupo. Mi padre me propuso como
mascota. La i dea fue aceptada y yo me vi , a los 6 años, converti-
do como por arte de magia en bombero. Por esa cont i nua dan-
za de la reali dad, apenas estalló el fogonazo que i nmort al i zarí a
a la Compañí a, estalló en el barri o de los pobres un i ncendi o.
Así, con los uni formes de luj o, cubri endo el cami ón con un ra-
ci mo bl anqui rroj o part i ó l a Compa ñí a haci a el siniestro. Si n
que nadi e me invitara, me col é entre ellos. No a pa gué ni nguna
l l ama pero se me e nc ome ndó la sagrada tarea de vigilar las ha-
chas por que l a pobl a c i ón i ndi gent e era capaz, mi ent ras los
bomberos l uchaban por salvarlos del fuego, de robar no sól o
las hachas sino t ambi én las ruedas, las escaleras, las mangue-
ras, las tuercas y los torni l l os de la lujosa máqui na. Cuando aca-
baron de exti ngui r al enemi go, se di eron cuenta de que falta-
ba el c oma nda nt e de l a Co mp a ñ í a : l o a r r a nc a r on de l os
escombros converti do en algo negro. Vel aron ese cadáver en el
cuartel, dentro de un at aúd bl anco cubi erto de flores anaran-
jadas y rojas que si mbol i zaban las llamas. A medi a noche lo sa-
caron de allí para llevarlo, en un solemne desfile, haci a el ce-
me nt e r i o. Nu nc a un e s pe c t á c ul o me ha bí a i mpr e s i ona do
tanto, sentí orgul l o de participar, pena por los deudos y, sobre
todo, terror. Era la pri mera vez que me paseaba a esas horas de
l a noche por l a calle. Ver a mi mundo cubi erto de sombras me
reveló el lado oscuro de la vida. Aquel l o que era ami go, oculta-
ba un aspecto pel i groso. Me at erraron los habitantes que se
amontonaban en las aceras, rel umbrando en sus siluetas oscu-
ras el bl anco de sus ojos, para vernos pasar dando trancos l en-
tos, deslizando los pies sin dobl ar las rodillas. Pr i mer o i ba la or-
questa t ocando una des garradora mar cha f úne br e . Lue g o
vení a yo, solo, pequeñi t o, ocul t ando con un rostro de guerre-
ro mi i nconmensurabl e angustia. Des pués avanzaba el ostento-
so coche por t ando el f ér et r o y por fin, det r ás de él, las tres
150
Compa ñí a s con sus trajes de parada, cada bomber o al zando
una antorcha. Dj ; común acuerdo todas, las luces deJIocopilla_
estaban apagadas. La sirena no cesaba de sonar. Las llamas de
las teas creaban sombras que se agitaban como buitres gigan-
tescos. Resistí desfilar así unos tres ki l ómet ros, luego me des-
mayé. Jai me, que iba en el carromato al l ado del chofer, se ba-
j ó de un salto y me r ec ogi ó. De s pe r t é en mi cama c on una
fiebre muy alta. Me parecí a que las s ábanas estaban llenas de
cenizas. El ol or de las coronas, con flores traí das de Iqui que, se
me habí a pegado a las fosas nasales. Me par ecí a que los buitres
de sombra ani daban en mi cuarto dispuestos a devorarme. Jai-
me no encont ró más f orma de cal marme, mientras me poní a
toallas húmedas en la frente y en el vientre, que deci rme: «Si
hubi era sabido que eras tan i mpresi onabl e, no te invito al en-
tierro. Por suerte te recogí apenas caí ste. No te preocupes, na-
die se di o cuenta de tu cobar dí a» . Durant e mucho ti empo so-
ñé que l a estrella del uni f orme se me adher í a como un ani mal
en el pecho, succi onando mi voz para i mpedi rme gritar, mi en-
tras i ba encerrado en un at aúd bl anco r umbo al cementeri o. . .
Más tarde esta angustiosa experi enci a me permi t i rí a uti l i zar,
para las curaciones ps i comági cas , el funeral met af óri co: un i m-
presionante ri tual donde se sepulta la personal i dad enferma.
En los l í mi tes de Tocopi l l a, di r ecci ón Iqui que, l a f ami l i a
Pri eto habí a construi do un bal neari o públ i co. La ampl i a pisci-
na, cavada en las rocas al borde del mar, era l l enada por las
olas. No me gustaba nadar allí porque uno podí a encontrarse
con peces y pul pos. El l ugar era muy concurri do. En algunas
ocasiones vi correr gente haci a una playa veci na pues allí, le-
vantado una nube de arena, se retorcí a, presa de un ataque de
epi l epsi a, el Cuco, un hombr e calvo en paro. La gente, que
si empre estaba di s t raí da ba ñá ndos e o bebi endo botellas de
cerveza por docenas, se enteraba porque el enf ermo comenza-
ba a emi t i r gruñi dos roncos que i ban aument ando de intensi-
dad hasta convertirse en atronadores alaridos. En medi o de
una nerviosa alharaca, el grupo se lo llevaba cargando haci a
152
un sal ón cubi erto, a la sombra, mientras no cesaba de agitarse
y aul l ar l anzando espuma por l a boca. El es cándal o duraba un
hora, ti empo que el ataque del Cuco necesitaba para desapa-
recer. Co n orgul l o de haberl o salvado at ándol e las manos, los
pies y met i éndol e un mango de pl umer o en la boca, los mi ro-
nes hací an una colecta y le of recí an una empanada y una cer-
veza. Él comí a y bebí a, con cara de perro triste, y l uego se i ba,
agachando la cabeza. A mí , como a muchos otros, supongo,
me daba una gran pena. . . Ese domi ngo por l a ma ña na , mo-
ment o en que el bal neari o estaba repl eto, comencé a oír, an-
tes que nadi e, los resuellos del calvo. Corrí haci a la playa y lo vi
c ómoda me nt e sentado en una pi edra, es mer ándos e en i r ele-
vando el vol umen de su l amento. No me vio llegar. Cuando l e
t oqué el hombr o y me vi o, se levantó de un salto l anzándome
una mi rada furiosa. Agar r ó un guij arro, amenazador. «¡ Lárga-
te de aquí , ni ño de mi er da! » Sal í corri endo, pero apenas sentí
que me ocul taban las rocas me detuve para observarlo. Cuan-
do, at raí dos por sus alaridos, los bañi stas comenzaron a correr
haci a él, se met i ó un pedazo de j a bón en la boca, se t endi ó en
el suelo y comenzó a retorcerse y echar espuma. ¿Qui én i ba a
creerme que el Cuco era un actor redomado, tan sano como
aquel l os que a c udí a n a salvarlo? Cua ndo se r et or cí a en ese
suelo l l eno de piedrecillas puntiagudas, se herí a dol orosamen-
te la pi el ; los salvadores, nerviosos, al levantarlo lo estrellaban
cont ra las rocas; la empanada que le daban era medi ocre y la
cerveza una. ¿Valía la pena darse ese t remendo trabajo por tan
poco? Me di cuenta de que l o que ese pobre hombr e perse-
guí a era la at enci ón de los otros. Más tarde c ompr obé que to-
das las enfermedades, hasta las más crueles, eran una f or ma
de es pect ácul o. En l a base habí a una protesta contra una ca-
renci a de amor y la prohi bi ci ón de cual qui er pal abra o ges t ó
que evi denci ara esa falta. Lo no di cho, lo no expresado, el se-
cret o, podí a llegar a convertirse en enf ermedad. El al ma i n-
f ant i l , ahogada por la prohi bi ci ón, el i mi na las defensas orgá-
ni c a s pa r a p e r mi t i r l a e nt r a d a de l ma l que l e d a r á l a
opor t uni dad de expresar su desol aci ón. La enf ermedad es una
153
met áf ora. Es l a protesta de un ni ño converti da en representa-
ci ón.
En el edi fi ci o de bomberos, segundo piso, habí a un gran sa-
l ón que nadi e uti l i zaba. AJ a i me se l e ocurri ó que l a Compa ñí a
podí a expl otar ese espacio ar r endándol o para fi estas. El tiem-
po pas ó y, probabl emente por la crisis, no se pr es ent ó ni ngún
cl i ente. Mi padre af i rmó que no era por falta de di nero sino
por i nerci a; nadie quer í a darse el trabajo de cambi ar sus viejas
costumbres. Las grandes fiestas, bodas, entrega de premi os, se
hací an en el sal ón de patinaje del bal neari o de los Pri eto y bas-
ta... «Vamos a darles un ej empl o» , di j o y, haci éndos e cl i ente
del restaurante El Puente de Jade para obtener del due ño que
fuese su i nt ermedi ari o, of reci ó gratis el espacio bomber i l a la
c ol oni a chi na, c o mp r o me t i é nd o s e él mi s mo a organi zarl es
una kermes ani mada por las orquestas de las tres Compañí as .
Las familias asi áti cas bai l aron tangos tocados por los i nstru-
mentos de vi ento, apostaron en las t ómbol as , comi er on chu-
rrascos y bebi er on vi no con aguardi ent e, duraznos y fresas.
Esa fiesta, para ellos exót i ca, les gus t ó tanto que le di er on un
di pl oma a mi padre decl ar ándol o ami go de l a col oni a chi na.
Rot o el hi el o raci al , al gunos chi nos vi ni er on a nuestra casa,
por l a noche, a j ugar al mah- j ongl Ent re ellos, el más asiduo
fue un hombre j oven, de pi el mate con tinte amari l l o, sin una
mancha, sin un vello, con las uñas largas y pulidas, el pel o tu-
pi do y negro recortado con preci s i ón mat emát i ca y el rostro
tan bi en di buj ado como una figurilla de porcel ana. Sus trajes
de casi mi res fi nos, cortados a la per f ecci ón, sus camisas de
cuel l o ampl i o, sus corbatas de un gusto exquisito, sus zapatos
de charol l anzando destellos, sus calcetines de seda, colabora-
ban armoni osamente con sus gestos distinguidos. J ai me lo lla-
maba el Prí nci pe. Yo, que nunca habí a visto tal belleza mascu-
l i na, l o mi raba extasiado t omá ndol o por un gran j uguete. Él
'Juego chino, emparentado conel dominó, enel que se utilizan 144 fi-
chas de madera.
154
s onr eí a f i j ando en mí sus ojos rasgados. Luego, con un ri t mo
hi pnót i co, me decí a cosas en chi no que, aunque yo no las po-
dí a comprender, me hací an reír... Una tarde, Sara Fel i ci dad,
muy emoci onada, me di j o: «Tengo una not i ci a maravillosa: el
Prí nci pe esta noche nos va a cantar óper a, al estilo de su paí s ».
Compr endo por qué mi madre estaba tan conmovi da: cuando
era j oven ha bí a quer i do ser cantante de ópe r a , pero su pa-
drastro y su madre le qui t aron la vocaci ón a palos. A las diez
de l a noche l l egó el hermos o chi no. Vení a a c o mp a ña d o de
dos mús i cos vestidos con faldas sobre pantalones de raso. Un o
cargaba un raro i nstrumento de cuerda, el otro un tambor. El
Prí nci pe, port ador de una maleta, pi di ó que se le concedi era
una hor a para vestirse y maquillarse en l a sala de baños . Mi s
padres esperaron i mpaci ent es j ugando al domi nó. Yo, acos-
t umbr a do a acos t arme t e mpr a no, c o me n c é a d o r mi r me .
Cua ndo el Prí nci pe se pr es ent ó ante nosotros, se me hel ó el
bostezo en la boca, Sara Fel i ci dad l uchó por atajar una tos ner-
viosa, J ai me abri ó los ojos con tal fuerza que pareci ó que nun-
ca i ba a poder volverlos a cerrar. El ami go chi no se habí a con-
verti do en una bel l a muj er. Deci r bel l a es deci r poco. Al son
l as t i mero del i ns t r ument o de cuerdas y al r i t mo f ér r eo del
tambor, dando r ápi dos y cortos pasos, par eci ó deslizarse flo-
tando. Su bata, de seda y satén, l ucí a colores brillantes, roj o,
verde, amari l l o, azul , cuajados de i ncrustaci ones de vi dri o y
metal . Por las anchas mangas surgí an sus pequeña s manos pi n-
tadas de bl anco con las uñas cubiertas de laca, agitando un aé-
reo pañuel o. En su espalda, a manera de alas, vi braban unas
cuantas varillas portadoras de banderas. El rostro, converti do
en más car a de diosa, t ambi én bl anco, moví a unos pe que ños
labios parecidos a los del congri o. El Prí nci pe, o más bi en l a
Pri ncesa, estaba cantando. No era una voz humana sino el la-
ment o de un i nsecto mi l enar i o. Frases largas, sinuosas, agu-
das, de ot ro mundo, i nterceptadas por bruscas detenci ones
que subrayaban los dos instrumentos. . . Caí en trance. Ol vi dé
que estaba vi endo a un ser humano; ante mí , l l egado de un
cuento de hadas, un ente sobrenatural compar t í a el tesoro de
155
su existencia. Sara Fel i ci dad no par ecí a sentir l o mi smo. Co n
el rostro granate y la respi raci ón entrecortada, f runcí a el ceño
como si asistiera a un acto i nsano. Se veí a que no podí a sopor-
tar que un hombre j ugara a convertirse en mujer. J ai me, al ca-
bo de un ti empo, pareci ó compr ender el significado prof undo
de la repres ent aci ón: estaba vi endo a un payaso ori ental . Todo
aquel l o era una broma que le j ugaba su ami go. Se puso a reí r
a carcajadas. La apari ci ón i nt er r umpi ó el canto, hi zo una pro-
f unda reverencia, ent ró al ba ño y treinta mi nutos más tarde sa-
lió el Prí nci pe, i mpecabl e como de costumbre. Co n una altiva
di gni dad des cendi ó la escalera, seguido por sus dos acól i tos, y
salió a la calle para perderse en la noche y nunca más volver.
Pensando una y otra vez en esta tensa si tuaci ón, que me de-
j ó un recuerdo i mborrabl e, me di cuenta de que todo acto ex-
traordi nari o abate los muros de la razón. Qui ebra la escala de
valores y remite al espectador a su propi o j ui ci o. Act úa como
un espejo: cada cual lo ve con sus límites. Pero esos límites, al
manifestarse, pueden provocar una i nesperada t oma de con-
ci enci a. «El mundo es como yo pi enso que es. Mi s males vie-
nen de mi vi si ón t orci da. Si qui er o sanar no es al mundo a
i qui en debo tratar de cambi ar sino a la opi ni ón que tengo de
k él. »
Los milagros son comparables a las piedras: están por todas-'
partes ofreci endo su belleza y casi nadie les concede vai at~Vi -
' vi mos en una r eal i dad donde abundan los prodi gi os , per o
ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su per-
x cepci ón. Si n esa sensi bi l i dad todo se hace banal , al aconteci-
f
mi ent o maravi l l oso se le l l ama casual i dad, se avanza p o r t e l
! mundo sin esa llave que es la grati tud. Cuando sucede lo ex-
traordi nari o se le ve como un f enómeno natural , del que, co-
mo parási t os, podemos usufructuar sin dar nada en cambi o.
Mas el mi l agro' exi ge un i ntercambi o: aquel l o que me es dado
debo hacerl o fructificar para los otros. Si no se está uni do no
ise capta el portento. Los milagros nadie los hace ni los provo-
156
ca, se descubren. Cuando aquel que se creí a ciego se qui ta los
anteojos oi cüros , ve la l uz. (Esta oscuri dad es la cárcel racionaf.
Consi dero que fue un gran mi l agro la llegada a Santiago de
Chi l e, huyendo de l a Al emani a nazi , del coreógraf o Kur t J óos ,
a c ompa ña do por cuatro de sus mejores bailarines. Ot r o mi l a-
gro fue que el gobi erno chi l eno lo acogiera y le bri ndara una
s ubvenci ón que l e per mi t i ó instalar una escuela con ampl i os
salones y recrear todos sus ballets expresionistas. En el centro
de l a ci udad se er guí a el Muni c i pa l , un teatro estilo i tal i ano,
hermoso, ampl i o, construi do antes de l a crisis, que al ber gó l a
mayor parte de las grandes compañí as extranjeras que vi ni e-
r on en esa época. Co n mis amigos poetas habí amos descubier-
to, en la parte trasera del edificio, una puerta de servicio que
no t ení a cerroj o. Nos bastaba esperar que comenzase l a fun-
ci ón para sacarnos los zapatos e i nt roduci rnos, atravesando la
penumbra, hasta llegar a los costados del escenario y desde allí
observar el espect ácul o. Mi s amigos vi eron La mesa verde, Pava-
na y La gran ciudad, sól o un par de veces. Yo vi por lo menos un
centenar de representaciones. Er a tanta mi devoci ón que con-
t empl aba de rodi l l as esas excepci onal es cor eogr af í as . En La
mesa verde, al rededor de un rect ángul o de este color, un grupo
de di pl omát i cos hi pócri tas di scutí an sobre la paz, para al final
decl arar l a guerra. Apar ecí a l a Muert e, vestida de dios Mart e,
i nterpretada con gran brí o por un danzarí n ruso, mos t rándo-
nos los horrores del confl i cto. En Pavana, una ni ña i nocente
era aplastada por el ri tual de la corte. En La gran ciudad, dos
adolescentes idealistas llegaban a Nueva York y en su afán de
t ri unf o eran destruidos por los vicios de l a i mpl acabl e ur be/
Por pri mera vez vi una técni ca que empl eaba con s abi durí a el
cuerpo para que expresara una ampl i a gama de sentimientos e
ideas. Los ballets que habí an visitado el paí s dej aron un fasti-
di oso legado: escuelas de la l l amada danza clásica que encerra-
ban en un mol de c omún a todos los cuerpos, def or mándol os
en aras de una bel l eza hueca y obsoleta. J ó o s , esceni fi cando
con su técni ca subl i me los más urgentes problemas, pol í ti cos y
157
sociales, pl ant ó la semi l l a que más tarde se desarrol l ó en mi es-
pí ri tu: l aJ i nal i dad d^l arte es r i i r ar SLeJ ar.tejM>.sana.n^ e« vpr-
. dadero. ( OH O' CU W&J O <~
Pude caer en el error de l i mi tarme a un arte preocupado só-
lo de afirmar doctrinas políticas pero, por suerte, otro mi l agro
se produj o. El bailarín pri nci pal , Ernst Uthoff, ent ró en conflic-
to con el genial coreógraf o y deci di ó crear su propi o ballet, re-
cuperando elementos de la danza clásica. Dej ando de lado los
problemas del mundo material, queri endo qui zás olvidar los su-
frimientos de la guerra, esceni fi có un cuento fantástico: Copelia.
Aún recuerdo el nombre de la bai l ari na que encar nó a la mu-
ñeca que su creador i ba a tratar de volver humana, r obándol e
el al ma a un j oven enamorado: Vi r gi ni a Roncal , una muj er que
of r endó su vi da a la danza. Ni nguna belleza excepci onal , pe-
queña de estatura, pero un talento gigantesco. La pri mera vez
que la vi levantarse de la mesa donde yacía el cuerpo i náni me
del hombre al que le habí an robado el alma, dar sus rí gi dos pa-
sos de aut ómat a para poco a poco ir sintiendo la invasión de la
vida y por úl ti mo, en una especie de frenesí , desprenderse de
los movimientos mecáni cos y danzar como una verdadera mu-
jer, y luego, al descubrir al j oven i nani mado y darse cuenta de
que esa al ma no era suya, por honestidad, por amor, haci endo
un esfuerzo supremo, devolver en un beso aquella vida que no
le pert enecí a y recuperar sus movi mi entos de aut ómat a, me hi -
ci er on l l orar. Co mp r e ndí que el arte no s ól o debí a sanar_eJ ,
cuerpo sino tambi én el alma. Todas las finalidades se res umí an
en una sola:,realizar las potencialidades humanas para después. ,
trascenderlas. Sacrificar lo personal para llegar a io i mpersonal :
nada es para mí que no sea para los demás. ]
Fue tanta l a admi r aci ón que me des per t ó Copelia que me
acerqué a la escuela de Ut hof f para ver si me admi t í an. Allí me
encandi l ó una bai l ari na de espesa cabellera crespa, fuerte co-
mo un robl e y grande como una yegua mági ca. Tuve la suerte
de gustarle. Me absorbí en ella. Conocí la danza a través de sus
movimientos en el amor. Una noche que se cortó la luz eléctri-
158
ca, nos acariciamos sobre el escritorio donde di buj aba Andr é
Racz. Un sudor pegajoso nos fue cubri endo el cuerpo. No nos
preocupamos, enardeci dos como es t ábamos por el placer. La
luz volvió de golpe. Nos encontramos con toda la pi el t eñi da de
negro. Nuestros movimientos entusiastas habí an hecho volcar-
se una gran botella de tinta chi na. Nor a vio en aquello un sig-
no: el goce de sus movimientos me hací a olvidar mi talento de
bai l arí n. No quiso ser culpable de ani qui l ar una vocaci ón que
para ella era sagrada. Me cancel ó sus encantos y me pres ent ó a
l a yugoeslava Yerca Lucsi c, una apasi onada maestra de bai l e
moderno. Sus cursos eran intensos, en ellos se creaba sin cesar.
Apr endí a moverme s egún los nueve caracteres del eneá gono
de Gurdjieff, a i mi tar a todo upo de animales, y t ambi én a pari r
y dar de mamar, si nti endo lo que era la mat erni dad, frente a
mujeres que danzaban i mi tando la erecci ón y la eyacul aci ón de
un falo. Investigamos la expresi ón de las heridas del Cristo. Tu-
ve que bailar el lanzazo en el costado, la corona de espinas y los
clavos de los pies y manos. La danza se convirtió en una activi-
dad que me permi t í a conocer lo que yo era, más lo que yo no
era. Yerca deseaba sobrepasar los límites. Y a causa de esto, mu-
ri ó. Co n sus ahorros habí a comprado una casita frente al océa-
no en una playa cercana a la capital. Allí i ba a pasar los fines de
semana. For mó pareja con un pescador. Es decir, con un hom-
bre bel l o pero i ncul to. En lugar de educarlo, lo i nduj o a la afir-
maci ón de sí mi smo. Lo vistió de pescador l i mpi o, y así, con un
al bo traje de tocuyo al mi donado, un pañuel o roj o al rededor
del cuel l o y los pies desnudos, lo present ó a sus amigos que ve-
ní an a pasar allí el fin de semana. Er an bailarinas, artistas, pro-
fesores y al umnos universitarios, gente de la clase alta. La pare-
j a fue muy celebrada. El l a hablaba sin cesar, mientras él, mudo,
servía los tragos. Un dí a la esperamos, pero Yerca no vi no a dar-
nos clase. Ni ese dí a ni toda la semana. Por los peri ódi cos nos
enteramos de que el pescador la habí a asesinado cortando su
cuerpo, con un alicate y un cuchi l l o, en pedacitos. Cuando l o
t omaron preso, denunci ado por sus camaradas, ya habí a usado
como carnada l a mi tad del cuerpo de mi maestra.
159
Los actos cri mi nal es, a pesar de su horror, a veces nos pro-
vocan la mi sma f asci naci ón que los actos poét i cos . Por eso los
aprendices de psicomagos deben tener mucho cui dado. Todo
acto debe ser creativo y termi nar con un detalle que afirme la
vi da y no la muerte. El pescador destruyó el cuerpo de la baila-
ri na. Yerca destruyó el espí ri tu del pescador. Si en lugar de eso
se hubi era preocupado de hacerlo participar en su mundo crea-
tivo al mi smo t i empo que el l a apr endí a a pescar, él no la ha-
brí a asesinado y ella, qui zás, habrí a creado un hermoso ballet
sobre la pesca.
L i hn, al verme frustrado por mi carenci a de cursos, me pro-
puso que di ér amos un recital de danza. « ¿ Cómo, dónde , con
qué músi ca?» Me r es pondi ó: «Des nudos , con sól o un taparra-
bos para que no nos l l even presos. J unt o a la f ábri ca de electri-
ci dad de l a embajada. Los motores serán nuestra mús i ca».
Frente al Parque Forestal, la embaj ada de Estados Uni dos ,
con potentes motores, fabri caba su pr opi a el ectri ci dad, para
que los conti nuos temblores, al afectar a la Cent ral El éctri ca,
no la sumi eran en la oscuri dad. Como a las diez de la noche,
todos los dí as y durante una hora, resonaban sus máqui nas con
un ri t mo regular. Allí citamos a nuestros amigos y, cuando co-
menzó el ri t mo bronco, nos desvestimos y nos pusimos a dan-
zar c omo l ocos. Pr ont o los espectadores s i gui er on nuest ro
ej empl o. Compr e ndí que todo podí a ser danzado. Que l a rea-
lización artística era el resultado de apasionadas elecciones. Se
nos of recí a el pastel, no t ení amos más que verl o, t omar una
por ci ón y comerl o. Er a la galleta de Al i ci a: al comerl a, el l a se
agrandaba o empequeñecí a. Así era la vi da, el arte, un asunto
de visión y el ecci ón. Y en lo negativo, acabé por comprender,
s ucedí a l o mi smo. El espí ri tu de aut odes t rucci ón l e presentaba
al i ndi vi duo un me nú con todas las enf ermedades, fí si cas y
mentales. El i ndi vi duo el egí a su pr opi o mal . Para curarl o ha-
bí a que investigar qué lo habí a i ncl i nado a elegir este probl e-
ma y no otro.
160
Si bi en es cierto que l a real i dad nos of recí a un pastel no por
eso debí amos esperarlo i nmóvi l es y con la boca abierta. Para
realizarnos, en l ugar de pedi r que se nos di eran oport uni da-
des, podí a mos t ambi én nosotros, los artistas, al parecer peque-
ños , ofrecer oport uni dades a los poderosos. Es así como me
pr es ent é, l l evando un canasto l l eno con mis muñecos , en las
oficinas del pr ós per o Teatro Experi ment al de l a Uni vers i dad
de Chi l e, organi smo gubernament al que of recí a grandes es-
pect ácul os y ma nt ení a una escuela. Me r eci bi er on Domi ng o
Pi ga y Agust í n Si ré, los directores generales. Les dije de gol pe:
«¡ Qui er o di r i gi r el Teatro de Tí t er es del TE UCH! » . Me res-
pondi er on que el T E U C H no tení a teatro de títeres. Abrí mi
canasta y vol qué los muñecos en su escritorio: «¡ Ahor a lo tie-
ne! » . De i nmedi ato me di er on un cuarto abandonado que es-
taba det rás del reloj que ornaba la fachada de la Casa Cent ral .
Los poetas y sus c ompa ñer a s me ayudaron a l i mpi ar el pol vo
acumul ado durante medi o siglo y allí comenzó a crecer El Bu-
l ul ú. Un a actividad donde se mezcl aron los goces artísticos con
los placeres amorosos. Nos uni mos al coro de la Uni versi dad,
el gobi erno puso a nuestra di sposi ci ón un barco de guerra y
j unt os , el coro de sesenta personas y nosotros los ti ti ri teros,
seis hombres y seis muchachas, recorri mos dando f unci ones
por todo el norte de Chi l e. Er a una actividad muy bel l a, esen-
ci al mente anóni ma. Ocul t os, con los brazos en alto mani pu-
l ando a esos héroes, aprendi mos a sacrificar el exhi bi ci oni s mo
i ndi vi dual . Supi mos ponernos al servicio de los muñecos y del
públ i co. ¿Qué di ferenci a habí a entre nosotros, sumidos en l a
sombra, dando la ener gí a a personajes que evol uci onaban en
lo alto y una congr egaci ón de monjes concentrados en sus ora-
ciones exaltando a Dios? Des pués de una f unci ón para los ni -
ños de los mi neros, Eduar do Mat t ei , uno de los muchachos
que mej or manej aba a los muñecos , me dij o: «Me siento como
un sapo l l eno de amor reci bi endo los destellos de la l una lle-
na» . Ocul t é una sonrisa sarcástica, su frase me habí a pareci do
cursi . Compr e ndí l o sincero que era cuando, al termi nar l a gi-
ra, se des pi di ó de nosotros y se hi zo monj e benedi cti no. En el
161
monasterio de Las Condes, en la ceremoni a donde el abad le
lavó los pies, para darle des pués su nuevo nombre, Frater Mau-
rus, estuvimos todos los titiriteros. Eduardo, gracias a su trato
con los muñecos , habí a encontrado l a fe.
En otra ocasi ón volví a visitarlo. Frater Maurus, vestido con
su hermoso hábi t o de benedi ct i no, se veí a fel i z. Le dij e que
pensaba i rme de Chi l e para estudiar en Eur opa. Me respon-
di ó: «Te van a ens eñar una ci enci a de vacíos, te van a mostrar
dónde no hay. Para eso son expertos: como los buitres, detec-
tan a la perf ecci ón los cadáveres, pero son incapaces de saber
dónde están los cuerpos vivos. ¡ Hay i nnumerabl es formas de
romper un vaso, pero una sola de hacerl o! ». Respet é su sentir.
Er a una posi ci ón opuesta a la mí a: yo querí a cortar mis raí ces
para abarcar el mundo entero. El deci di ó encerrarse allí, en
ese monasterio, al pie de la cordi l l era, para cantar gregori ano
toda su vida. Deci si ón tanto más heroi ca porque yo sabí a que
estaba enamorado de una de nuestras actrices. ¿Era necesario
para su entrega a Di os el i mi nar a la mujer, a la familia? La pro-
funda vocaci ón de Eduardo me reveló el carácter sagrado del
teatro. Yo que habí a sido cri ado ateo ¿ podí a aspirar a la santi-
dad? Cada rel i gi ón tiene sus santos, Frater Maurus no t ardarí a
en convertirse en santo catól i co, pero t ambi én estaban los san-
tos musulmanes, los santos j udí os llamados «j ustos», los santos
budistas o i l umi nados, etc. Las religiones se habí an apropi ado
de la santidad. Ser santo significaba respetar los dogmas. ¿Qué
nos quedaba a nosotros, los no abanderados t eol ógi cament e;
aquellos a quienes la naturaleza ani mal nos hací a desear uni r-
nos a una hembra? Er a i mposi bl e pensar que Di os habí a crea-
do a la mala muj er sól o para tentar a los buenos hombres. Si
ellas eran tan sagradas como nosotros, la cópul a t ambi én era
sagrada y si ese acto conducí a al orgasmo, éste debí a ser acep-
tado y gozado como un don di vi no. Pensé que se podí a llegar a
ser un santo civil: la santidad no tení a que estar necesariamen-
te ligada a la castidad o a la renunci a del placer sexual, base de
l a familia. Un santo civil podí a no entrar j a má s en un templ o, y
tampoco necesitaba venerar un dios con nombre e i magen de-
162
f i ni dos. Este hombr e, con conci enci a no sól o social, no s ól o
pl anetari a, sino t ambi én cós mi ca, habi endo sobrepasado los
intereses excl usi vamente personales, era capaz de actuar en
pr ovecho del mundo. Sa bi é ndos e uni do, los dol ores de los
otros eran sus dolores, pero t ambi én las al egrí as de los otros
eran su al egrí a. Sabí a compadecer y ayudar al necesitado, tan-
to como apl audi r al triunfador, siempre que éste no fuera un
explotador. El santo civil se hací a poseedor del planeta: el aire,
las tierras, los animales, las aguas, las energí as de base, eran su-
yas y actuaba como su dueño, cui dando con esmero de no da-
ñar esa propi edad. El santo civil era capaz de generosos actos
anóni mos . Amando a la humani dad habí a aprendi do a amarse
a sí mi smo. Sabí a que el futuro de la raza humana dependí a de
parejas capaces de llegar a una rel aci ón equi l i brada. El santo
ci vi l l uchaba no sól o por que los ni ños fueran bi en tratados si-
no t ambi én los fetos, a quienes se debí a proteger de la pareja
neurót i ca que los habí a engendrado, modi f i cando l a venenosa
i ndustri a de los partos. Y l uchaba t ambi én por liberar la medi -
ci na de las grandes empresas industriales, fabricantes de dro-
gas más dañi nas que l a enf ermedad. Ll egar a l a bondad del
santo ci vi l - al gui en ajeno a toda secta, dul cement e i mperso-
nal , capaz de acompañar a una mori bunda, de la que no cono-
ce su nombre, con la mi sma devoci ón con que lo harí a si fuese
su hij a, su hermana, su muj er o su madr e- me pareci ó imposi-
ble. Pero i ns pi r ándome en algunos cuentos iniciáticos donde
los hér oes son simios o loros o perros, todos ellos animales que
pueden imitar, deci dí empl ear esa técni ca. De copi a en copi a,
l l egarí a un dí a a l a acci ón auténti ca.
Pensar en la i mi taci ón de la santidad ci vi l , le di o una justifi-
caci ón a mi vida. Si n embargo, tratando de aplicar lo que en
aquellos años sól o eran teorí as, comet í grandes errores. Por
ej emplo l a desvi rgi ni zaci ón de Consuel o. Al café Iris, invitada
por su hermana pi ntora, l l egó esa j ovenci ta de cuerpo desgar-
bado pero de sensuales curvas, con un rostro de boca grande,
ojos hundi dos y orejas despegadas que le daban un si mpát i co
163
i
aire simiesco. Cuando me la presentaron y se sent ó a conversar
conmi go en una mesa aparte, al mi s mo t i empo que pei naba
sus cabellos cortados al estilo varoni l , me acl aró que era lesbia-
na. La mayorí a de las relaciones sexuales que habí a teni do era
con mujeres casadas que se negaban a abandonar a sus mari -
dos para irse a vivir con ella. Como Consuel o se interesaba en
la literatura, i ni ci amos una amistad donde se comport aba co-
mo muchacho. Todo i ba muy bi en, t ení amos gran pl acer en
a c ompa ña r nos para recorrer l i brerí as o t omar un caf é en al-
gún sitio de moda, cuando mi deseo de i mi tar l a santidad ci vi l
vi no a entremezcl arse. Le pr e gunt é si a ún conservaba su hi -
men. «¡ Por s upues t o! », me di j o con orgul l o. Embargado por el
deseo de hacer el bi en en f or ma desinteresada, l e r es pondí :
«Ami ga mí a, sé que l a penet r aci ón fál i ca no te i nteresa para
nada, pero es lamentable que una futura gran poeta como tú
tenga que envejecer siendo vi rgen. Mi entras conserves esa teli-
l l a nunc a s erás adul t a, t ampoco s abr ás por qué rechazas el
mi embr o vi r i l : l e t endr ás mi edo, l o s ent i rás acecharte en l a
sombra como un enemi go i rreducti bl e. Demués t r at e a ti mis-
ma que eres fuerte. Te pr opongo l o siguiente: dé monos cita en
mi taller a una hora precisa. Yo habr é consegui do que me pres-
ten una mesa de operaci ones, en el teatro de l a Uni ver s i dad
hay una que han usado en una obra. Ll ega cubi ert a con un
abri go, debajo del cual vendr ás vestida con un pi j ama de hos-
pi tal . Yo estaré disfrazado de ci ruj ano. Si n que pensemos ni un
segundo en acariciarnos, te acuesto en la mesa, i mi t o que te
anestesio, te qui to los pantalones, te abro las piernas, tú imitas
que duermes y entonces, con preci si ón y del i cadeza extrema,
real i zo el acto purament e medi ci nal de penetrarte. Un a vez
perf orado el hi men, me reti raré con l a mi sma del i cadeza que
ent ré. No habrá el menor goce, habi endo sido excl ui do todo
frote repeti do. Será una amistosa oper aci ón qui rúrgi ca, nada
más . Termi nado este acto poét i co, te vas a vivir tu vi da, l i bre
del engorroso hi men» . A ella l e par eci ó bi en mi idea. Fij amos
l a hor a del encuent ro y realizamos l a oper aci ón si gui endo al
pie de la letra lo pl aneado. Cons uel o, feliz de no haber sufri do
164
ni ngún traumatismo, me agr adeci ó l a i mpecabi l i dad de mi ac-
t uaci ón, y con el rostro resplandeciente por haberse l i berado
de un detalle molesto, se fue a ver a sus amigas. Si n embargo,
al dí a siguiente, por l a noche, cont rol ando su ebri edad, me vi -
no a confesar que habí a sentido una f orma de placer que que-
ría investigar. Li t eral ment e me arrastró haci a el taller, me arro-
j ó en l a cama y me abs orbi ó con frenesí. Aunque no era el ti po
de muj er que me excitaba, gracias a la ener gí a de mi edad, res-
pondí a sus caricias. Termi nado el acto, lo úni co que des eé fue
estar lo más lejos posible de la apasionada muchacha. Por des-
gracia, a parti r de ese dí a comenzó una per s ecus i ón feroz. A
donde yo iba, ella llegaba. Si en una fiesta se me acercaba una
muchacha, Consuel o la hací a hui r a insultos y empuj ones. No
servía de nada que le di j era que no la amaba, que no era mi ti-
po de mujer, que recordara su lesbianismo, en fin que me de-
j ara tranqui l o. Ll oraba, amenazaba con suicidarse, lanzaba i m-
precaci ones . . . La vi da s e me hi zo i mpos i bl e. Ha bl é c on s u
hermana y le r ogué que se hi ci era cómpl i ce de mi pl an. Dán-
dose cuenta de la gravedad del del i ri o de Consuel o, la pi nt ora
acept ó. Me encerré en el taller sin salir durante una semana.
Enr i que L i h n t el ef oneó a Consuel o y pi di ó visitarla en su casa,
porque tení a una not i ci a grave que darle. Cuando l l egó a la ci -
ta, vestido de negro y apesadumbrado, le c omuni c ó a la mu-
chacha que yo habí a muert o atropel l ado por un aut obús . La
hermana mayor, estallando en falsos sollozos, le dijo a Consue-
lo que ella estaba enterada de ese fatal accidente pero que no
l e habí a di cho nada por mi edo a causarle un dol or atroz. Con-
suelo cayó al suelo presa de un ataque de nervios. Su hermana
se la llevó de reposo a una casa que t ení an en Isla Negra. Allí
per maneci ó tres meses. Cuando volvió a Santiago y me encon-
tró sano y salvo sentado en el café Iris, me pr opi nó una bofeta-
da. Luego se puso a reír, y des pués comenzó a besar con pas i ón
a una amiga. Nunc a más volvió a i mport unarme. Por mi parte,
deci dí , durante un largo ti empo, dejar de i mi t ar l a santidad ci -
vi l .
165
Me atrajo otra i dea: La real i dad, amorf a en un pr i nci pi o,
desde que se le propone un acto, de la naturaleza que sea, po-
sitivo o negativo, se organi za en t orno a él y le agrega inespera-
dos detalles. Pensando así, deci dí real i zar una acci ón, con el
mayor di si mul o posible, para ver si obt ení a una respuesta. Fui
a una ti enda especializada en fabricar calzados para artistas y
me hice fabricar unos zapatos de payaso de cuarenta cent í me-
tros de largo. Los pedí de charol , con las puntas rojas, los talo-
nes verdes y los lados dorados. Exi gí a demá s que en las suelas
les col ocaran unos pitos para que, al ser aplastados, l anzaran
un maul l i do. Vestido con un correcto traje gris, camisa bl anca
y corbata discreta, cami né por las calles del centro, a medi o-
dí a, hora en que se l l enaban de gente. Er a el moment o de la
pausa del caf é o del aperi ti vo. Da ndo un maul l i do tras ot ro
avancé entre ellos. Nadi e par eci ó consi derar anormales mis za-
patos. Echaban una mi rada fugaz haci a mis pies y s eguí an de
largo. Decepci onado me s ent é en una terraza a beber un re-
fresco, cruzando una pi er na para elevar un zapato, con muy
pocas esperanzas de provocar una reacci ón. Se me acer có un
caballero bi en vestido, de unos 60 años , rostro serio, voz ama-
ble.
- ¿ Me permite, j oven, que l e haga una pregunta?
- Po r supuesto, señor.
—¿Dónde consi gui ó esos zapatos?
- Me los hice fabricar, señor.
- ¿ Por qué?
-Ant es que nada, para l l amar l a at enci ón, i nt roduci endo en
la real i dad algo i nsól i to. Y segundo, porque me gusta el ci rco,
sobre todo los payasos.
- Me alegra oí rl e habl ar así: ésta es mi tarjeta - e l s eñor me
of reci ó un cartonci l l o donde estaba escrito con letras peque-
ñas su nombre y con letras grandes, col or naranj a: T ONI ZA-
NA HOR I A .
- ¡ Oh , qué i ncr eí bl e sorpresa, yo l o c onoc í en Tocopi l l a ,
cuando era ni ño! Ust ed me puso en los brazos un cachorro de
l eón.
166
- ¿ Có mo te llamas, muchacho? - cuando pr onunci é mi ape-
l l i do, s onr i ó- . Ahor a comprendo, eres de los nuestros. Tu pa-
dre trabaj ó conmi go. Fue el pr i mer hombre que se col gó del
pelo, antes sól o hací an eso las mujeres. La cabra tira al mont e:
estos zapatos i ndi can tus deseos de volver al mundo al que per-
teneces. Y este encuent ro no es casual. Estamos actuando en el
teatro Col i seo. Hay artistas i nternaci onal es y un grupo de có-
micos, yo (el burro pr i mer o) , y el t oni Lechuga, el t oni Chal u-
pa y el payaso Pi ri pi pí . El t oni Chupet e anda, como deci mos
ent re nosotros, c on el hoci co cal i ent e. Va a beber dur ant e
unos qui nce dí as. Lo queremos mucho y tememos que los em-
presarios lo despi dan. Si tú, que tanto pareces amar el ci rco, te
decides a tentar la experi enci a, sin que nadi e lo note, puedes
ponerte el traje, la pel uca y la nariz de nuestro ami go y reem-
plazarlo el ti empo que dure su borrachera. Las rutinas son fá-
ciles, no hay mucho que hacer. Me darás un falso hachazo en
l a cabeza, cacarearás bombardeando con huevos de madera al
t oni Chal upa, y part i ci parás en el concurso del pedo más fuer-
te, l anzando chorros de talco por un tubo ocul to en los f ondi -
llos de tu pant al ón. Si llegas un par de horas antes de la pri me-
ra f unc i ón t e e ns e ña r é l o f undament al , el resto l o p o d r á s
improvisar.
- No creo que sea capaz de hacerl o.
- S i aún te queda algo de ni ño en el al ma, podr ás . Te voy a
dar un ej empl o: cuando me preguntes con voz de falsete «¿ En
qué se parece un toro vivo a un toro muer t o? » , yo te responde-
ré: «Muy fácil: el toro vivo embi s t e», y tú encadenar ás : «¿Y el to-
ro muer t o? » , y yo excl amar é: «¡ En bi st ec! ». Y el públ i co se rei-
rá y apl audi rá. Es tan fácil como eso. ¿Te decides?
Me vestí con el traje del t oni Chupete en el pe que ño apar-
tamento que el t oni Zanahori a arrendaba frente al Col i seo. Si
bi en mi ami go habí a di s eñado su personaje copi ando los colo-
res del t ubércul o, Chupet e se habí a construi do como un gran
bebé: un ri dí cul o pañal sobre un cal zonci l l o l argo, un gorro
con orejas de conej o y un bi berón en la mano. De la roja nari z
167
falsa pendí a una gruesa gota de l ana i mi t ando un moco. . . Fue
i mpresi onante asistir a la ceremoni a de t ransf ormaci ón del ca-
ballero decente que me habl ara en la terraza del café en paya-
so anaranj ado. Tuve l a s ens aci ón de estar vi endo el renaci -
mi ent o de un antiguo dios. Ese personaje mí ti co me ayudó a
vestirme y maqui l l arme. A medi da que entraba en el disfraz,
mi persona se i ba esfumando. Ni mi voz podí a ser l a mi sma, ni
mis movimientos. Tampoco podí a pensar de l a mi sma manera.
El mundo habí a recuperado su esencia: era un chiste total. Mi
aspecto exterior disuelto en ese grotesco ni ño me otorgaba la
l i bertad de actuar sin repeti r las conductas impuestas que se
habí an converti do en mi i denti dad. ¿Qué edad era l a de Chu-
pete? Nadi e podí a saberlo. Mezcl a de infante, hombre adul to y
t ambi én mujer, aquí estaba la úl t i ma y miserable mani f est aci ón
del a ndr óg i no esenci al . Cua ndo se es j oven, por debaj o de
nuestra al egrí a vital se extiende una i nmensa angustia. Al con-
vertirme en Chupete, me que dó sól o la eufori a, la angustia se
desvaneci ó j unt o con mi persona. Me di cuenta, una vez más,
de que aquello que yo creí a ser era una def or maci ón arbitra-
ri a, una más cara raci onal fl otando en l a i nf i ni t a sombra inter-
na no expl orada. Más tarde c ompr endí que las enfermedades
no son nuestras sino de aquel que creemos ser. Se alcanza la sa-
l ud venci endo las prohi bi ci ones, s al i éndonos de cami nos que
no nos pertenecen, dej ando de persegui r ideales impuestos,
hasta llegar a ser uno mi smo: la conci enci a i mpersonal que no
se autodefine. Cuando cruzamos la calle r umbo a la puerta de
los artistas, Zanahori a me llevaba tomado de una mano, como
si fuera su hij ito. A pesar de que mar chábamos con di gni dad,
nos si gui ó un grupo de ni ños, ri endo a carcajadas. Ent ré en la
pista, mezclado en el grupo de payasos. Nuestra tarea consi stí a
en l l enar el lapso que demoraban los empleados en desmontar
los trapecios y las redes de seguridad. Las rutinas eran simples
y con mi experi enci a de ti ti ri tero no tuve di f i cul tad en reali-
zarlos. Si n embargo me i mpr es i onó ese teatro ci rcul ar l l eno de
públ i co que nos rodeaba. En los títeres se actuaba hacia delan-
te. Un a f or ma de es pect ácul o que c or r es pondí a a l a cabeza
168
eencuent ro en Chi l e, cuarenta a ño s más tarde, con el
oni Chupet e. El payaso que antes era ni ño , ahora se ha
;onvert i do en su madre.
humana, con sus ojos di ri gi dos haci a el frente y la oscuri dad
detrás. Me di cuenta de que desde ni ño me habí a acostumbra-
do a ver el mundo desde fuera: yo espiaba los aconteci mi entos,
a veces i ba haci a ellos, la mayor parte de las veces ellos se di ri -
gí an haci a mí . Al estar rodeado por el públ i co, i nmedi atamen-
te, en lugar de mi rar desde el exterior, uno pasaba a ser el cen-
tro. Para que una acci ón fuera vista por todos, habí a que girar
constantemente. Esto nos hermanaba con los planetas. No es-
t ábamos fuera de l a humani dad, ér amos su corazón. No venía-
mos como extranjeros al mundo, el mundo nos pr oducí a. No
é r a mos el ave mi grat ori a, si no el f rut o que of recí a el ár bol .
Pensando así, se me ocurri ó un chiste que propuse a mi ami go
Zanahori a. Con mucha amabi l i dad deci di ó estrenarlo esa mis-
ma tarde.
-A ver, payaso, dí game qué es usted.
—¡Soy extranjero, señor!
-¿Y de qué paí s viene?
—¡De Extranj a!
Este absurdo di ál ogo no pr ovocó risas. Me sentí muy aver-
gonzado. Se me acercó el payaso Pi ri pi pí, i nvi t ándome a su ca-
marí n. Er a un personaje distinto de los otros. Fuera de l a pista,
habl aba con un marcado acento al emán. Cuando salía ante el
públ i co, sin deci r una palabra, r es pondí a a todo lo que se le di -
j era tocando diferentes i nstrumentos. Al f i nal de su núme r o,
donde lo a c ompa ña ba n su esposa y su hij a, des pués de haberse
pel eado por obtener una gran suma de di nero y ser acusado
de avaro, para demostrar su desi nt erés, comenzaba a lanzar sus
monedas hacia un rect ángul o de madera que yací a en el suelo.
Cada moneda, al chocar allí, daba una nota musical. Pi ri pi pí se
entusi asmaba y arroj ando así las piezas pr oduc í a un vals, al
cual se agregaban las dos mujeres tocando acordeones y toda
la orquesta del ci rco. Ent ré en el camarí n, muy nervioso. Su es-
posa me sirvió mate, en una calabaza con bombi l l a de plata.
Er a argentina. Piripipí, vestido con un terno de buen corte, ca-
misa y corbata, conservaba su maquillaj e.
- No s e sorprenda - me di j o- . Hace algunos años pe r dí mi
170
rostro humano. No vivo disfrazado. Esta más car a de payaso es
mi verdadera cara. La antigua se quedó en Al emani a: mi fami-
l i a, j udí a, se l a llevó con el l a haci a el campo de concent raci ón.
Yo era un di rect or de orquesta bastante conoci do. Graci as a
unos f i el es admi radores, pude en Hambur go esconderme en
las bodegas de un barco de carga que me depos i t ó en Argent i -
na. En otra ocas i ón l e cont aré c ómo me convertí en el payaso
Piripipí. Me gust ó su chiste. Es diferente. Permi te interpreta-
ciones profundas. No debe i mportarnos que a veces el públ i co
no ría. Ya l o ha visto usted: cuando hago sonar mis monedas
los rostros se ponen serios y algunos hasta l l oran. La_cormci -^
dad ve rdade ra per mi te-ríiucho s niveles de i nt erpret aci ón. Se
comi enza por la risa y des pués se llega a la compr ens i ón de la
belleza, que es el respl andor de la impensable Verdad. Todos
los textos sagrados son cómi cos en su pri mer ni vel . Des pués los
sacerdotes, que carecen por compl eto de sentido del humor,
borran l a risa de Dios. En el Génesi s, cuando Adán, creyéndo-
se cul pabl e por haber desobedecido, se esconde al sentir «l os
pasos de J ehová» estamos ante algo j ocoso. Di os no tiene pies,
es una ener gí a i nconmensurabl e. Si crea el rui do de pasos, no
podemos dejar de i magi narnos que sus zapatos son de payaso.
« ¿ Dónde estás?», cl ama haci éndos e el que busca. Si Di os lo sa-
be todo, ¿ cómo puede preguntarle a un pe que ño ser humano
d ó nd e est á? Esta br oma se t ransf orma en l ecci ón i ni ci át i ca
cuando el « ¿ Dónde estás?» se i nterpreta como: ¿ Dónde estás
dentro de ti? Yo, por no estar en ni nguna parte, por no tener
patria, no existo como ser humano. Soy un payaso. Un ser i ma-
gi nari o que vive en un universo oní ri co: el ci rco. Si n embargo,
los s ueños son reales como s í mbol os . El es pect ácul o se desa-
rrol l a en una pista ci rcul ar, un mándal a, una r epr es ent aci ón
del mundo, del universo. La mi sma puerta es a la vez entrada y
salida. Eso quiere deci r que la meta es el ori gen. Interpreta es-
to como quieras. Sales de la nada, llegas a la nada.
» Cua ndo vemos trabajar en la pista hermosos caballos, ele-'
fantes, perros, páj ar os y toda clase de fieras, compr endemos
que l a conci enci a puede domar nuestra ani mal i dad, no repri -
171
mi éndol a, sino dá ndol e opor t uni dad de realizar tareas subli-
mes. La bestia, al saltar a través de un aro en llamas, vence el
temor a la perf ecci ón di vi na y se sumerge en ella. La fuerza del
elefante se pone al servi ci o de l a cons t r ucci ón. Los f el i nos
aprenden a colaborar. El l anzador de cuchi l l os nos ens eña que
sus hojas metál i cas, s í mbol os del verbo, son capaces de ci rcun-
dar a la muj er atada en el bl anco, s í mbol o del al ma, sin herir-
la. Las palabras son domi nadas para el i mi nar de ellas la agresi-
vi da d y poner l as al s er vi ci o de l e s pí r i t u: l a f i na l i da d del
lenguaje es mostrar el valor del al ma, valor que es entrega ab-
soluta. El tragador de sables nos muestra en qué manera total,
sin ofrecer ni ngún obs t ácul o, se acata l a vol unt ad di vi na. La
menor opos i ci ón causa heri das mortales. La obedi enci a y l a
entrega son la base de la fe. El hombr e que escupe llamas sim-
bol i za a la poesí a, lenguaje i l umi nado que viene a i ncendi ar al
i nundo. . . Los contorsionistas nos ens eñan c ómo l i berarnos de
nuestras formas mentales anquilosadas: no se debe aspirar a
nada permanente. Hay que construi r con val entí a en l a i mper-
manenci a, en el cambi o cont i nuo. Los trapecistas nos i nvi tan a
elevarnos de nuestras necesidades, deseos y emoci ones para
conocer el éxtasis de las ideas puras. El l os evol uci onan haci a lo
.celestial, es deci r la mente subl i me. Los prestidigitadores nos
di cen que l a vi da es una maravi l l a: no hacemos los mi l agros,
-aprendemos a verlos. Los equilibristas muestran cuan peli gro-
sa es la di stracci ón: lograr el equi l i bri o significa estar por com-
pleto en el Presente. En fin, los malabaristas nos ens eñan a res-
petar los obj etos, conocer l os pr of undament e, ubi c a ndo el
i nterés en ellos y no en nosotros mismos. Es la ar moní a en la
coexistencia. Gracias a nuestro afecto y dedi caci ón, aquel l o at~
parecer i nani mado, nos puede obedecer y e n r i q u e c é i s
Al cabo de veinte dí as, y cuando ya me parecí a que i ba a ser
payaso para siempre, apareci ó el verdadero toni Chupete. Traí a
l a cara hi nchada. El t oni Chal upa l o fue a buscar al bar para
cortarle la borrachera a golpes. Los cómi cos agradeci eron mi
col aboraci ón y por cortesí a me dej aron dar una úl t i ma repre-
172
sent aci ón, cosa que hi ce l l orando verdaderas l ágri mas, al mis-
mo ti empo que lanzaba otras falsas de tres metros de largo. Esa
noche, cuando los artistas se habí an i do a cenar al restaurante
del teatro, Pi ri pi pí me llevó haci a el centro de la solitaria pista
y_nre pas ó unas tijeras.
- Recort a las uñas de tus pies y manos, t ambi én un mec hón
de tus cabellos -l evant ó la al fombra y me mos t ró una grieta en
el suel o-. Deposi ta aquí esa parte tuya. Así tu al ma s abrá que
tienes una raíz en el ci rco.
Hi c e como me decí a, y mi entras tanto Pi ri pi pí tarareaba
una canci ón:
Entre los diez mandamientos
uno sólo es para mí:
ser tan libre como el viento
conservando la raíz.
- Aho r a que tus uñas y pelos f orman parte de la pista te que-
darás para siempre en el mándal a -traj o l a caja de terci opel o
donde guardaba sus monedas y las puso en mis manos-. Lán-
zalas al suelo. Si respetas su orden y el ri t mo que te iré dando,
obt endr ás el vals - as í l o hi ce. La mel odí a no r es onó con per-
f ecci ón, pero, por muy coj a que resultara, tuvo el poder de
emoci onarme- . Ami go, te l o dice al gui en que en un dol oroso
moment o l o per di ó t odo para des pués darse cuent a de que
gracias a ello se habí a encqntrado a sí mi smo, no te dejes ate-
rrar por una falsa concepci ón del di nero. Gánal o siempre con
actividades que te den placer. Si eres artista, vive del arte. Si no
vas a ser profesor de filosofía, ¿para qué quieres ese di pl oma?
Abandona l a uni versi dad, no pierdas allí tu ti empo. La vi da es-
tá compuest a por el pasati empo di sti nto de cada i ndi vi duo.
J uega tu j uego. Verás que cuando seas abuel o y lleves a tus nie-
tos al ci rco, un payaso estará di ci endo «Soy extranj ero, de Ex-
t ranj a». ¿Ves? Has dejado aquí tu huel l a para siempre.
Seguí al pie de la letra las ens eñanzas del toni Pi ri pi pí , re-
173
nunci é a l a facul tad de Fi l osof í a, donde habí a padeci do tres
años , y me i nscri bí en los cursos del Teatro Experi ment al de la
Uni versi dad de Chi l e. Poco dur é allí como al umno porque el
manej o de los títeres me habí a converti do en un buen actor.
Me di eron la oport uni dad de actuar en La guarda cuidadosa de
Cervantes, Don Gil de las calzas verdes de Ti rso de Mol i na y Vive
como quieras de George Kauf man y Moos Hart . Del T E U C H , pa-
sé al T E UC , Teatro de Ensayo de l a Uni versi dad Catól i ca. Allí
figuré en La loca de Chaillot de Gi r audoux y El águila de dos cabe-
zas de Cocteau. Tuve bastante éxi to. Se me propuso entonces
actuar en el teatro profesi onal j unt o al mí t i co Al ej andr o Fl o-
res, el más conoci do de los actores chi l enos. Ya no se trataba
de ser apl audi do por la fl or y nata, part i ci pando en una fun-
ci ón viernes, s ábados y domi ngos, sino de presentarse ante un
públ i co popul ar, la semana entera, dos funciones diarias y tres
los domi ngos. Un trabajo agotador pero exaltante. La obra se
l l amaba El depravado Acuña. En aquellos años habí a conmovi -
do a l a pobl aci ón un vi ol ador de muj eres que se apel l i daba
Acuña. Al ej andro Flores andaba ya por los setenta años , alto,
del gado, de rostro nobl e, gestos elegantes, largas manos páli-
das, una voz cál i da con caja de resonanci a en su pl exo solar,
mi rada socarrona e inteligente. No sé si era un gran actor, pe-
ro sí una personal i dad magnét i ca. En todos los papeles en que
lo habí a visto, fuera el estilo de obra que fuera, no cambi aba. Y
esto es lo que hací a del i rar a su públ i co. Iban a verlo a él y nun-
ca eran defraudados. Flores les ens eñaba que un hombr e del
puebl o, naci do en l a más humi l de de las cunas, podí a compor-
tarse como un prí nci pe.
Aunque en nuestro pr i mer encuent ro se mos t r ó altivo, mi -
r á ndome desde una gloriosa l ej aní a, apenas me di ri gi ó l a pala-
bra se convirtió en mi maestro.
-Joven tocayo, éste no es un teatro de aficionados. Aquí de
nada val en las teorí as, Stanislavsky y sus compi nches no nos sir-
ven. Nadi e te va a deci r c ómo hablar, moverte, maqui l l arte o
vestirte. Te las tienes que batir por ti solo. En escena el que tie-
ne más saliva traga más pan seco. No trabajamos para pasar a la
174
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A L E J A N D R O F L ORE S " <
Premio Nacional te Arte
Olía 1 «r aftar y dirirtor , M i . a actriz
RAFAEL FRONTAURA ' '" MANOLITA FERNANDEZ
Premio Nat, de Arte
Actuad,m especial <¡c la 1.a aririx v
M A R I A M A L U E N D A J ODOR OW S K Y
(Gentileza «leí T. Ki.perlinyntal de la II. de Chile) Creador úet Tentro Mímico
Aflor fitrniro Actriz do <Mrkt\úr
J O R G E S A L L O R E N Z O D E L F I N A F U E N T E S
Tarde a las 6,45 - J UNI O 1 953 - Noche a las 10
historia sino para ganarnos el bistec, no para que nos admi ren
sino para que se diviertan un par de horas. Es tu deber entre-
tenerlos y si no puedes hacerlos reír, por lo menos debes lo-
grar que sonrí an. No buscamos l a per f ecci ón sino l a efectivi-
dad. ¿ Compr endes ? La vani dad no te servirá de nada. Lo úni co
.que se te exige es que te aprendas el texto de memori a. A tex-
to sabido no hay cómi co mal o. Si el públ i co te aplaude, termi -
nas con nosotros la temporada. Si no logras gustar, te cambia-
mos por otro al s épt i mo dí a. Pero como veo que me escuchas
con el respeto que se debe, te voy a dar un consejo, el úni co.
Or denar é que por las mañanas te abran el teatro. A esas horas
nadie viene. El aseo comi enzan a hacerl o des pués de almorzar.
Hay una luz de trabajo que te i mpedi r á estar en la oscuri dad.
Paséate no sól o por el escenario sino t ambi én por l a gal erí a y
la platea. Si éntate en cada butaca. Absorbe el espacio, el suelo,
las paredes. Párate en el centro del tablado, abarca con l a mi -
rada todos los ángul os , que ni ngún detalle se te escape. Inte-
gra la sala en tu memori a. Nunc a te olvides de esto: el cuerpo
de un actor comi enza en su corazón, se exti ende más allá de su
. pi el y termi na en las paredes del teatro.
Cuando comenzaron las funciones pude ver su efectividad.
Habl ara con el actor que hablara, l o hací a de frente al públ i co,
nunca volteando l a cabeza, con l a acti tud de una cobra hi pno-
tizando a una manada de simios. Como una mari posa noctur-
na, a cada cambi o de l uz, sin que el texto lo j ustificara, se des-
plazaba haci a el área i l umi nada, de tal manera que siempre sus
ojos des pedí an destellos. Si un actor habl aba bajo, él s ubí a el
vol umen de su voz. Si al gui en recitaba con demasiada fuerza,
él bajaba el vol umen hasta frasear mur mur ando. Nunca dejaba
que otro se convi rti era en el centro de la at enci ón, él era el pa-
t rón y en todo moment o l o demostraba. Si al gui en t ení a un
texto l argo, él se las arregl aba para atraer la at enci ón entre-
chocando unas monedas en su bol si l l o, o l uchando por arre-
glarse el nudo de la corbata como si en ello le fuera la vi da o
si mpl emente t eni endo un ataque de tos. Todo esto real i zado
en f orma si mpáti ca, elegante, sin ni nguna groserí a. Er a un he-
176
cho i ndi scuti bl e que la gente vení a a verlo exclusivamente a él.
A Flores le gustaban las cosas indiscutibles. Recuerdo una de
sus pintorescas frases, lanzadas durante las conversaciones en
los camarines: «El tonto, cuando no sabe, cree que sabe. El sa-_
bi o, cuando no sabe, sabe que no sabe. Pero cuando el sabia,
sabe, sabe que sabe. En cambi o el tonto, cuando sabe, no sabe
que s abe». Como se habí a quedado calvo, usaba un pel uquí n.
El objeto no era de muy buena calidad. Antes de que entrára-
mos en escena not é que unas mechas se le habí an separado de-
j ando ver un pedazo de cr áneo desnudo. Se l o comuni qué. El ,
con esa ej emplar seguridad en sí mi smo, no hi zo ademán de re-
tocar su pei nado. Me di j o: « No te preocupes, muchacho: todo
Chi l e sabe que soy cal vo». No sé si esa cal ma que siempre lo em-
bargaba era natural. Cada día, antes de que se levantara el tel ón,
vení a un hombre f orni do, de unos 50 años , con cara de ex bo-
xeador, trayendo un mal et í n de doctor. Se encerraba unos mi -
nutos con Al ej andr o Fl ores en su camar í n. « Son mis vi tami -
na s » , de c í a el di vo. «Es mor f i na » , chi s mor r eaban los otros
actores. ¿Quién decí a la verdad? ¡Qué i mport aba! Des pués de
la i nyecci ón, aunque el teatro se derrumbara, el pr i mer actor
cont i nuarí a ens eñando su agradable y beata sonrisa. Recuerdo
que el dí a del estreno todos andábamos preocupados porque
no encont r ábamos ciertos objetos, necesarios para el desarro-
l l o de la obra. Flores se encogi ó de hombros. «El teatro es un
mi l agro cont i nuo. Si falta un segundo para que comi ence l a
obra con un grupo de embozados y no hay capas, cuando se le-
vanta el t el ón, aparecen los actores perf ect ament e emboza-
dos. »
Al fi nal del pr i mer acto, se s uponí a que el depravado, desde
l a sombra, l e pegaba un tiro. Flores debí a desplomarse dándo-
le al públ i co la i dea de que lo habí an asesinado, para reapare-
cer vivo y vendado en el segundo acto. En una repres ent aci ón,
el revól ver no f unci onó por falta de balas de fogueo. Fl ores,
que se estaba poni endo las botas, es per ó unos momentos el es-
tallido y, como vio que no llegaba, excl amó: «¡ Acuña me ha en-
venenado la bot a! » y se des pl omó. «La vi da es un cami no gris:
177
nunca nada es absolutamente mal o, nunca nada es absoluta-
mente bue no» , otra de sus frases. Co mo el públ i co popul ar
apl audi ó mis apariciones, Flores me concedi ó el honor de visi-
tarlo en su camarí n. Lo pri mero que me l l amó l a at enci ón fue
una cubi erta de taza de escusado, que colgaba de un clavo en
la pared.
- Muchacho, por muy encumbrado que esté el rey, necesita
posar sus nalgas en la miserable taza. La hi gi ene, en la mayorí a
de los teatros donde act úo, no es muy de fiar. Mi fiel cubi erta
siempre me acompaña. De l a mi sma manera que un actor res-
peta su nombre, debe respetar su cul o.
Me fij é entonces en que j unto a ese í nt i mo obj eto, sobre
una banqueta alta, habí a una escultura de bronce consti tui da
por qui nce gruesas letras de trei nta cent í met ros de alto, for-
mando un reluciente AL E J ANDR O F L ORE S .
- No s e sorprenda, j oven tocayo: aunque como escul t ura
son un amasijo vulgar, esas letras merecen que yo las venere.
Hoy en dí a el públ i co no viene at raí do por el paquete de hue-
sos que es mi cuerpo, sino por mi nombr e. Si bi en es ci erto
que al comi enzo yo lo inventé y en él puse mi energí a, así co-
mo lo hace un padre con su hi j o, ahora él se ha converti do en
mi padre y en mi madre. Al ej andro Flores es un sonido-amule-
to que l l ena los teatros. Cuando me muevo en el escenario el
públ i co no escucha, por ej empl o, «Buenos dí as» sino «Alej an-
dro Flores dice buenos dí as». Mi nombre es el que habl a y el
que existe. Yo no soy más que el propi etari o anóni mo de un te-
soro. He sabido que en Indi a la gente tiene en las casas escul-
turas de sus dioses a las que ofrecen flores, frutas de azúcar e
i nci enso, es deci r convi erten las estatuillas en í dol os, ot orgán-
doles con su fervor el poder de hacer milagros. Así trato yo a
este conj unto de letras, como a un í dol o. Cada dí a les saco bri -
l l o y las perf umo. Las flores que reci bo se las ofrendo. Cuando
tengo la mente cansada, apoyo en ellas mi frente y me recupe-
ro. Si los negocios van mal , las froto largamente con mis ma-
nos y pront o los billetes l l egan. Si necesito una muj er para pa-
sar las angustias de la noche, apoyo mi corazón en ellas. Nunc a
178
fallan. El egí un nombre de 15 letras porque ése es el núme r o
de l a carta del Tarot «El Di abl o», un sí mbol o potente de l a crea-
tividad. El di abl o es el pri mer actor en el drama cósmi co: i mi t a
a Di os. Nosotros los actores no somos dioses sino diablos.
Er a la pri mera vez que alguien me i ndi caba que si exal tába-
mos nuestro nombre se convertí a en el más poderoso de los
amuletos. Jai me, queri endo integrarse en Chi l e, ser igual a los
demás , odi ando l a excl usi ón, nunca f i rmaba con su apel l i do.
Sus cheques l ucí an un escueto J ai me. El pol aco-ruso J odo-
rowsky le molestaba. Co n los años compr endí que el nombre y
el apel l i do enci erran programas mentales que son como semi-
llas, de ellos pueden surgir árbol es frutales o plantas veneno-
sas. En el árbol geneal ógi co los nombres repetidos son vehícu-
los de dramas. Es pel i gros o nacer de s pué s de un her ma no
muert o y reci bi r el nombre del desaparecido. Eso nos condena
a ser el otro, nunca nosotros mismos. Si la muchacha recibe el
nombre de una antigua amada de su padre, se ve condenada a
ser su novi a para toda la vida. Un tío o una tía que se ha suici-
dado convi erte su nombr e, durante varias generaci ones, en
vehí cul o de depresiones. A veces es necesario, para cesar con
esas repet i ci ones que crean destinos adversos, cambi arse el
nombre. El nuevo nombre puede ofrecernos una nueva vi da.
En f orma i ntui ti va así l o comprendi eron l a mayorí a de los poe-
tas chi l enos, todos ellos llegados a la fama con s eudóni mos .
Le pedí al actor que me concedi era el gran honor de pul i r-
l e el nombre cada mañana. Se negó, rotundamente.
- No , muchacho. Sé que tus intenciones son buenas, que me
admiras, pexapar a &ex tienes que aprender a no desear ser el
Ot ro^Pul i endo mis letras, en cierta f orma me robarí as poder.
Te llamas Al ej andro, como yo. Tu devoci ón está condenada a
converti rse en des t r ucci ón. Un dí a t endr ás que cortarme el
cuel l o. En las culturas primitivas, los di scí pul os siempre termi-
nan devorando al maestro. Vete a i nsemi nar tu pr opi o nom-
bre, aprende a amarl o, a exaltarlo, a descubrir qué tesoros en-
ci erra. Ti enes 19 letras. Busca la carta del Tarot l l amada «El
Sol ».
179
Si gui eron las f unci ones. El públ i co l l enaba el teatro. Fui
mej or ando mi a c t ua c i ón, pr ovocando cada vez má s risas y
aplausos. El dí a en que una admi radora me l anzó un ramo de
flores, el divo me l l amó una vez más a su camarí n.
- L o siento mucho, j oven tocayo, hasta a quí no más llega-
mos. Te doy los siete dí as. Tengo que reemplazarte.
- Per o, don Al ej andro, el teatro se agota a cada representa-
ci ón, recibo aplausos, buenas críticas, todos mis chistes hacen
reír.
- Es o es lo mal o. Te destacas demasiado. Piensas s ól o en ti
mi smo y no en el conj unto de la obra, y aquí el úni co que tie-
ne derecho a pensar sól o en sí mi s mo soy yo. Un a rueda so-
porta un eje, no más . Es a mí a qui en vi enen a ver. Todo debe
girar al rededor de mí . Fíj ate bi en: soy más alto que tú. Y tam-
bi én más alto que los demás actores. Nada más contrato gente
de menor estatura. Así me destaco. Y eso es lo j usto. Cuando
participas en un j uego, debes respetar sus leyes o el arbitro te
expulsa de la cancha. Has i do aument ando la comi ci dad de tus
escenas. Obl i gado a conservar el equi l i bri o gl obal , a cada re-
pr es ent aci ón debo batal l ar para opacarte. Si esto cont i núa,
pront o t endré una crisis cardí aca. Mi r a , muchachoa _áÍj i i e-hi ce
actor fue pri nci pal ment e por fl oj era: no me gusta trabajar, ni
hacer grandes esfuerzos. Sobre todo no me gusta pelear para.
defender lo que es mí o. . . Y no me mires así, con cara de pensar
que soy un i nmenso egoí st a. No tengo por qué darte l o que
•> cons eguí con mi propi o esfuerzo, sin que nadie me ayudara. El
públ i co que viene a este lugar, que no por azar se l l ama Teatro
Imperi o, es mí o y de nadie más . Tú no tienes que r obár mel o
es cudándot e en l a creenci a hi pócri t a de que, porque eres j o-
ven, el viejo tri unfador debe darte sus secretos y cederte lo que
una vi da de esfuerzos le ha costado. De todas maneras, la gen-
te que viene aquí corresponde a mi ni vel , humano, cul t ural .
Nunca te compr ender án: su gusto ordi nari o va a limitarte. Ve-
te a crear tu propi o mundo. . . si eres capaz. Para el l o t endrás
que encadenar a tu ni ño i nt eri or, aquel que teme i nvert i r y
que todo el ti empo está pi di endo que le den.
180
- Per o, don Al ej andro, ¿qui én va a poder reempl azarme en
siete dí as? En cierta manera, por supuesto que des pués de us-
ted, yo sostengo la obra.
-Eres i ngenuo, tocayo. En mi compañí a, todos son necesa-
rios pero ni nguno es i mpresci ndi bl e, excepto yo.
Reci bí l a l ecci ón de mi vida: cuando asistí, con una sonrisa
sarcásti ca, a la pr i mer a represent aci ón de mi sustituto, vi apa-
recer, grotescamente vestido con un traje que mal i mi taba el
que yo habí a creado para mi personaje, nada menos que al ex
boxeador, el asistente de las inyecciones. Ese hombr e, torpe,
de pés i ma di cci ón, menos actor que una pi edra, ba ña do en su-
dor, haci endo l o que mal amente podí a, me produj o pi edad.
Pens é: «Aquí se a c a bó l a obra. Al termi nar, l a gente no va a
apl audi r y Flores se dar á por fin cuenta de lo que yo apor t aba».
Tuve l a sorpresa de ver que el públ i co apl audí a con el mi smo
entusiasmo de siempre. Siete veces o más se cerró y abri ó el te-
l ón. El di vo, con sus largos brazos abiertos, en medi o de sus
modestos actores, reci bi ó las ovaciones de costumbre. El depra-
vado Acuña l l egó al final de la temporada con el teatro l l eno.
Recor dé una f ábul a de Esopo: Un mosqui to llega y se instala
en l a oreja de un buey. Procl ama: « ¡ He l l egado! ». El buey sigue
arando. Al cabo de un ti empo, el mosqui to decide irse. Procl a-
ma: «¡ Me voy! ». El buey sigue arando. ^
Intenté crear mi propi a compañí a, pero muy pront o per dí
el entusiasmo. Me di cuenta de que no me gustaba el teatro
i mi t ador de la real i dad. Para mí , esa clase de arte era una ex-
pres i ón vulgar: pret endi endo mostrar algo verdadero, recrea-
ba l a di mens i ón más aparente, t ambi én l a más vacua, del mun-
do, t al c o mo er a p e r c i b i d o e n un es t ado de c o nc i e nc i a
l i mi t ada. Ese «teatro real i sta» me par ecí a desentenderse de l a
di me ns i ón oní r i ca y má gi c a de l a exi stenci a. . . Todaví a sigo
pensando l o mi smo: en general los comport ami ent os huma-
nos es t án motivados por fuerzas i nconsci entes, cual esqui era
que puedan ser las expl i caci ones racionales que les atribuya-
mos l uego. El mundo no es homog é ne o, sino una amal gama
181
de fuerzas misteriosas. No retener de l a real i dad más que l a
apari enci a i nmedi at a es trai ci onarl a. Detestando corno detes-
taba esa l i mi tada f orma teatral, e mpe c é a sentir repul si ón por
la noci ón de autor. No quer í a ver a mis actores repeti r como
loros un texto escrito previamente. Lo que hací a de ellos crea-
dores, y no i nt érpret es, era todo aquel l o que no era expr es i ón
or al : sus sent i mi ent os, deseos, necesi dades y los gestos que
adoptaban para expresarlos. Me propuse entonces f ormar una
compa ñí a de teatro mudo, para lo cual c omenc é a estudiar el
cuer po, sus rel aci ones c on el espaci o y la e xpr e s i ón de sus
emociones. Vi que todas ellas part í an de l a posi ci ón fetal, l a i n-
tensa depres i ón, l a extrema defensa, l a hui da del mundo, para
llegar a lo que l l amé «el euf óri co cruci f i cado», la al egrí a de vi -
vi r expresada con el t ronco erecto y los brazos abiertos como
tratando de abarcar el i nf i ni t o. Ent re estas dos posiciones se si-
tuaba t oda l a gama de emoci ones humanas, así como entre
una boca firmemente cerrada y una boca abierta al má xi mo se
ubi caba todo el lenguaj e humano; así como entre una mano
cerrada y una mano abi erta se i ba del egoí s mo a la generosi-
dad, de l a defensa a l a entrega. El cuerpo era un l i bro vivo. En
el lado derecho se expresaban las ataduras con el padre y sus
antepasados. En el l ado i zqui erdo con l a madre. En los pies es-
taba l a infancia. En las rodillas, l a expres i ón cari smáti ca de l a
sexualidad vi ri l . En las caderas, la expres i ón del deseo femeni -
no. En l a nuca, l a vol unt ad. En el ment ón, l a vani dad. En l a
pelvis, el valor o el mi edo. En el pl exo solar, la al egrí a o la tris-
teza... No es el moment o de descri bi r aquí todo aquel l o que en
esa época pude descubrir. Para prof undi zar este conoci mi ent o
hice l o que muchos hacen, comencé a ens eñar l o que no sabí a.
I na ug ur é un curso de teatro mudo. Y, e ns e ña ndo , a p r e ndí
enormement e. (Años más tarde l l egué al convenci mi ent o de
que el terapeuta que no está enf ermo no puede ayudar a su pa-
ciente. Tratando de curar al otro se cura a sí mismo. ) Mi mej or
al umno fue un profesor de i ngl és de un i nt ernado para j ó v e ~
nes, con un físico monstruoso pero extraordi nari o, del gado al
extremo, con l a cabeza como aplastada por los costados; su ca-
182
ra, aun vista de frente, par ecí a un per f i l . Se l l amaba Da ni e l
Emi l f or k. Ha bí a si do un exi mi o bai l arí n. Por moti vos senti-
mentales i ntentó suicidarse arroj ándos e a un tren, salvó su vi-
da pero per di ó un t al ón. La danza se l e ne gó. En su aparta-
ment o, para algunos selectos admi radores, bai l aba al son de
discos de Bach y Vi val di , apoyado en su pi e sano, movi endo el
t ronco, los brazos y la pi erna destalonada. Unos amigos me lle-
varon a verlo. Caí en éxtasi s, allí estaba el actor perfecto para
mi teatro mudo. Le propuse asociarse conmi go. Dani el , con
seriedad mel odr amát i ca, me dij o: « He sufrido el mart i ri o lejos
de la escena. Si me propones actuar en la f orma que me des-
cribes, llegas como un ángel a cambi ar mi vi da. Aba ndona r é el
i nt ernado y me dedi car é en cuerpo y al ma a seguir tus i ndi ca-
ciones. Si n embargo es necesario que sepas que soy homose-
xual . No qui ero que haya mal entendi dos entre nos ot ros ». En
esos dí as l l egó a Chi l e la pel í cul a francesa Los hijos del Paraíso.
Al verl a me di cuenta de que yo habí a i nventado algo que exis-
tía desde hací a mucho ti empo: l a pantomi raa. Inmedi atamente-
te baut i cé al futuro grupo «Teatro Mí mi co» y comencé a bus-
car b e l l a s l ñu c ha c ha s para que i nt egr ar an l a c o mp a ñ í a al
mi s mo t i empo que satisficieran mis necesidades sexuales. Al
comi enzo, todo avanzó muy bi en. Pero al cabo de cierto tiem-
po vi con est upef acci ón que las mujeres, una tras otra, dejaban
de venir. Des cubr í , consternado, que Dani el , al parecer ena-
mor ado de mí , por celos, las estaba echando. Le pedí aclara-
ciones que comenzaron como vi no dul ce pero que pront o se
t or na r on vi nagre: t er mi né e xpul s á ndol o de l a c ompa ñí a . . .
Emi l f or k, deci di do a cont i nuar toda su vi da en el teatro, pi di ó
que los directores del Teatro de Ensayo de la Uni versi dad Ca-
tól i ca l e concedi eran una audi ci ón. Accedi er on al urgente pe-
di do porque la fama de su talento se ext endí a por todos los
cí rcul os culturales. La cosa se ef ect uó en el pe que ño teatrito
de la escuela. Frente a veinte butacas, se elevaba un escenario
de madera cruj iente, rodeado de cortinas hechas con tela de
yute. Los directores, es cenógraf os y actores de ese grupo eran
aficionados pertenecientes a la clase alta. Vestían temos grises,
183
corbatas discretas y sus cabellos l ucí an severamente ordena-
dos. Le propusi eron a Emi l f ork que se tendi era como si estu-
viese muerto y que, poco a poco, interpretara el naci mi ent o de
la vida. Mi ex amigo, sin que nadie tuviera ti empo de i mpedí r-
selo, se des nudó y se l anzó al suelo. Así como cayó, así se que-
dó. Inmóvil, semejante a una pi edra, al parecer sin respirar. Pa-
só un mi nut o, dos, ci nco, di ez, qui nce y Dani el amenazaba
quedarse cadáver para siempre. Los exami nadores comenza-
ron a agitarse en las sillas. A los veinte mi nutos cuchi chearon
entre ellos, temi endo que al actor le hubi era dado un ataque al
cor azón. Estaban por levantarse cuando el pi e der echo de
Emi l f ork experi ment ó un leve tembl or que, creci endo de más
en más , se ext endi ó por todo el cuerpo. La res pi raci ón, ha-
bi e ndo t a mbi é n apar eci do c on di s i mul o, fue c r ec i endo y
ahondándos e hasta convertirse en un resuello de fiera. Ahor a,
Dani el , como en un ataque de epilepsia, se arrastraba por to-
dos los rincones, l anzando al mi smo ti empo aullidos ensorde-
cedores. La energí a que lo pos eí a no cesaba de aumentar, pa-
recí a no tener límites. Co n los ojos echando llamas y el sexo
erecto, comenzó a dar enormes saltos, trepando por las corti-
nas, que no tardaron en desprenderse de sus varillas. Emi l f ork
entonces sacudi ó las paredes de madera que rodeaban el ta-
blado. Las hizo trizas. Después, con fuerza i naudi ta, empezó a
desclavar las tablas del suelo para agitarlas como armas. Sal tó a
la platea. Los honorables mi embros del Teatro de Ensayo, lan-
zando chi l l i dos ratoniles, huyeron del lugar, dej ando al enlo-
queci do actor encerrado allí. Se oyeron por todo el edificio sus
alaridos durante una hora. Luego se fueron cal mando. Si gui ó
un largo silencio seguido por unos golpecillos discretos en el
i nt eri or de l a puerta. La abri eron t embl ando. Surgi ó Dani el
Emi l f ork, vestido muy en orden, bi en pei nado, calmo, con sus
habituales gestos de prí nci pe ruso. Mi ró al grupo desde las al-
turas de un profundo desprecio. « Banda de tías, ustedes nunca
sabrán lo que es la vi da y por lo tanto lo que es el-verdadero
teatro. No me merecen. Retiro mi sol i ci tud de i ngreso. » Y se
fue, no s ól o de allí si no t ambi én de Chi l e . De s e mba r c ó en
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Franci a, nunca más habl ó es pañol y no cesó de vivir exclusiva-
mente del teatro y del ci ne, pasando mi l y una privaciones, has-
ta alcanzar la cel ebri dad.
La i da de Emi l f ork a Franci a nos conmovi ó a todos. Qui en
más , qui en menos, se sentí a ahogado en Santiago de Chi l e. To-
daví a no se comerci al i zaba la televisión y allí, en esa ci udad tan
lejana de Europa, rodeada por un carcelario ani l l o de monta-
ñas, se tení a l a s ens aci ón de que nada nuevo podí a suceder.
Si empre la mi sma gente, siempre las mismas calles. Aho r a yo
s abí a que en Fr anci a exi s t í an grandes mi mos , Et t i ennc De-
croux, J ean Loui s Barraul t y, sobre todo, Mar cel Marceau. Si
querí a perfecci onar mi arte, debí a hacer como Emi l f ork: aban-
donarl o todo y partir. Pero lazos con nudos muy estrechos me
ataban. Pri mero que nada, mis amigos y novias, mis compro-
misos con el Teatro Mí mi co, que ya habí a dado exitosas repre-
sentaci ones, l uego l a a mbi c i ón de pr obar en gran escala l a
efectividad del acto poét i co y por úl t i mo, muy en el f ondo de
mis sombras, el deseo de vengarme de mis padres, refregarles
por el rostro el sufri mi ento que me habí an causado por su i n-
c ompr e ns i ón. De s c ubr í que el r encor ataba tanto c omo el
amor. Ent ré en un per í odo nebul oso donde era incapaz de to-
mar decisiones; una i nerci a prof unda se habí a apoderado de
mi alma. Pasaba los dí as encerrado en el taller, leyendo. Excur
/sé este matar el ti empo di ci éndome que para conocer un autor
¿ habí a que leer sus obras completas. A una vel oci dad forzada leí
\odo Kafka, todo Dostoievsky, todo Garcí a Lorca, todo Andr é
Bret ón, todo H. G. Wells, todo Jack London y, aunque parezca
fraro, todo Bernard Shaw. Ll egaron una noche mis amigos poe-
tas, ebrios hasta casi no poder tenerse en pie, vestidos de ne-
gro, portando una corona f únebre con mi nombre. Encendi e-
r on velas y se sent aron a mi al r ededor s i mul ando l l antos y
bebi endo aún más vi no. La real i dad volvió a danzar... A las dos
de l a mañana, al gui en gol peó l a puerta con frenesí . Le abri-
mos. Ent ró mi padre, descalzo, enarbol ando una l ámpara.
- ¡ Al ej andro, se nos que mó la casa!
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- ¿ L a casa de Matucana?
- ¡ Sí , mi casa, tu casa, con los muebles, la ropa, el pi ano de
Raquel , todo!
- ¡ Oh, mis escritos!
- ¡ Me cago en tus escritos! ¡ Piensas en unas i nmundas hojas
de papel y no en mi di nero, el que guardaba dentro de la caja
de zapatos en el armari o, en mis ál bumes de sellos, veinte años
col ecci onándol os , en mis zapatos de ci cl i sta, en l a vaj illa de
porcel ana que tu madre conservaba desde que se casó, no tie-
nes corazón, no tienes nada, ya no sé qui én eres, pens ábamos
veni r a dor mi r aquí , pero esto es un ni do de borrachos, iremos
a un hot el !
Y se fue l anzando gr uñi dos de exas per aci ón mi entras los
poetas, euf óri cos con l a noti ci a, danzaban en ronda. Hicimos_
una col ecta para arrendar tres victorias. Empr endi mos viaje
haci a Mat ucang. El paso cansi no de los caballos, l e daba una
voz met ál i ca a la noche que morí a. Sobre el ri t mo de las herra-
duras fuimos i mprovi sando el egí as a la casa quemada. Cuando
llegamos ya no habí a bomberos. No habí a nadi e. Apret uj ado
entre dos feos edificios de cemento, mi hogar dor mí a como un
ave negra. Los bardos se baj aron de los coches y danzar on
frente a los restos cel ebrando el fin de un mundo y el renaci-
mi ent o de otro. Escarbaron entre los escombros en busca del
gusano roj o en que se habí a convertido el ave Féni x. Sól o en-
cont raron l a faja renegri da de mi madre. ¡ Ah, mi pobre Sara
Fel i ci dad! A causa de todos esos años sin hacer ejercicios, pa-
rada diez horas diarias detrás del mostrador, hasta el punt o de
tener los codos llenos de callos de tanto apoyarse en esas su-
perficies frías, y t ambi én por comer con angurri a para com-
pensar el afecto que le faltaba - mi padre, converti do en «el pi -
caflor de barri o», so pretexto de ventas a domi ci l i o, i ba en su
bi ci cl eta f orni cando a diestra y siniestra con sus di entas-, en-
gor dó, per di ó las formas, se sintió ahogar dentro de un mag-
ma de carne. . . Para encont rar límites que le aseguraran que
era un ser vivo, que al mundo lo regí an leyes infalibles, que no
estaba abierta como un arroyo ante el hoci co sediento de cual-
187
qui er rapaz, se enf undó en un cor s é, provi sto de varillas de
acero, que l a encerraba de los senos hasta medi o musl o. Lo
pri mero que hací a al levantarse era gritar para llamar a la sir-
vi enta, que acudí a r ef unf uña ndo como de cost umbre, para
que la ayudara a tirar de los cordones. Sal í a del cuarto tiesa pe-
ro con f orma, l a ani mal i dad compr i mi da: una s eñor a segura
de sí mi sma que dejaba sin pudor que los ojos de los otros la es-
cudri ñaran. Por la noche, de regreso de la ti enda, con los pies
hi nchados y los ojos enroj eci dos por la l uz de neón, l l amaba
otra vez a la sirvienta para que la sacara del cepo. Esto lo hací a
en el moment o en que todos debí amos estar en la cama. Yo sa-
bí a que no iba a poder dor mi r me de i nmedi ato. Mi madre co-
menzaba a rascarse con sus largas uñas siempre pintadas de ro-
j o. Su pi el seca por tantas horas de enci erro, la tela de l ona le
i mpedí a transpirar, pr oducí a un quej i do de papel que se rasga,
insidioso, penetrante. El conci erto duraba medi a hora. Yo sa-
bí a, por los chismes de la criada, que Sara Fel i ci dad calmaba la
pi cazón unt ándos e del cuel l o a las rodillas con su propi a saliva.
Esa gordura, esos callos en los codos, esos pies tumefactos, esa
pi cazón, yo siempre los habí a visto con cierto sarcasmo, como
si mi madre fuera cul pabl e de tal fealdad, feal dad que debí a
ocul tar en una faja. Ahor a , vi endo a los poetas patear carca-
j e á ndos e esa hor ma renegri da, sentí por ella una tristeza pro-
funda. Pobre mujer, sacrificando con i ngenui dad su vi da sól o
por falta de conci enci a. Mi opes , el mar i do, l a madre, el pa-
drastro, los medi ohermanos , los pri mos, incapaces de ver su
maravillosa bl ancura, de cuerpo y de alma. Vi vi endo como una
ni ña castigada, consi derada intrusa desde que era un feto, pa-
ri da con desgano, reci bi da en una cuna fría, cisne entre patos
orgullosos... Estaba brotando el alba. La real i dad volvió a dan-
zar. Pasó un vendedor de globos rojos en f orma de cor azón.
Co n un grito severo detuve a los poetas futbolistas. Pagué las
tres victorias y con el resto le c ompr é sus globos al vendedor.
Amar r é el corsé al conj unto volátil y lo sol té. Se elevó muy alto,
hasta convertirse, en medi o del cielo rosado, en una pe que ña
mancha negra. Esa subi da l a c ompa r é a l a As unci ón de l a Vi r -
188
gen Marí a. Tuve que beber un largo trago porque me puse a
toser. Quizás entonces c ompr endí la estrecha uni ón que efec-
túa el inconsciente entre las personas y sus objetos í nti mos. Pa-
ra mí , l i berar la faja de mi madre, enviarla al f ondo del ci el o
transportada por globos en f orma de corazón, fue como per-
mi ti rl e salir de su cárcel coti di ana, de su insulsa vida de muj er
de comer ci ant e, de su mi s eri a sexual , de sus anteoj eras de
huér f ana indeseada, en fin, de su absoluta carenci a de amor.
Yo habí a pasado todos esos años que j á ndome de su falta de
at enci ón, de cari ño, pero habí a sido incapaz de darle un míni-
mo de afecto, encegueci do como estaba por el rencor. Como a
ella, pri si onera de su estrecha conci enci a, poco podí a darle, le
of r endé mi amor a su faja, convi rti éndol a en ángel .
La casa quemada par ecí a deci rnos que un mundo estaba
t ermi nando y que otro se aprestaba a nacer de sus ruinas. Esto
coi nci di ó con el fin del i nvi erno y el comi enzo de la primavera.
Nos di mos cuenta de que en Chi l e hací a más de veinte años
que no se celebraba un carnaval. Nos propusi mos hacer rena-
cer la Fiesta de la Pri mavera. Fui mos tres los que parimos esta
idea: Enri que L i hn , J os é Donoso (que luego serí a conoci do co-
mo novelista: El obsceno pájaro de la noche) y yo. Comenzamos to-
dos los dí as, a las seis de la tarde, hora en que la gente salía del
trabajo y l l enaba las calles, a salir disfrazados para comenzar a
crear un entusiasmo colectivo. L i hn se vistió de di abl o; un dia-
bl o flaco, el éctri co, ret orci éndos e como un tallarín escarlata,
agitando una col a dura termi nada en punt a de fl echa, i nterro-
gando a los paseantes con solapada i ntel i genci a sobre sus ínti-
mas depravaci ones. Donos o, vestido de negra, por supuesto
ni nf ómana, con dos pelotas de fútbol como senos, agredi endo
sensual mente a los hombres , los cuales se escapaban de sus
asaltos en medi o de carcajadas colectivas. Y yo, vestido de Pie-
rrot, bl anco de los pies a la cabeza, proyectando una tristeza
amorosa universal, r epl egándome en los brazos de las mujeres
para que me acunaran como ni ño heri do. . . Otros poetas y un
grupo de estudiantes universitarios si gui eron nuestro ej empl o
189
y a di ari o, en el centro de la ci udad, los t ranseúnt es vi eron un
espect ácul o de euf óri cos disfrazados. Al gunos comerciantes as-
tutos se apoderaron de la i dea y organi zaron un baile en el Es-
tadio Naci onal . Fue un éxi to sin precedentes. La cancha se lle-
nó, t ambi én las gr ader í as , l uego los terrenos exteriores y las
calles adyacentes. Esa noche bai l ó, se e mbor r a c hó y a mó un
mi l l ón de personas. Nosotros, los pri meros disfrazados, tuvi-
mos, como los demás , que pagar la entrada. Nadi e nos lo agra-
deci ó. Pasamos a f ormar parte del anoni mat o general. Disgus-
tados, sabiendo que algunos mercaderes se habí an hi nchado
de di nero, nos fuimos a pasar la pena en un bar cercano a la es-
taci ón Mapocho. Allí se bebí a bajo el encanto de la estri denci a
de los trenes. Aún no t ení amos l a s abi durí a del Bhagavad Gi tá:
«Pi ensa en la obra y no en el f ruto». Nos molestaba que no se
nos hubi era reconoci do. . . Años mas tarde apr endí con ciertos
bodhisattvas a bendeci r en secreto todo aquel l o que abarcaba
mi mi rada. Esa noche habr í amos queri do ser felicitá71os7"«Gra-
cias a ustedes, una fiesta maravillosa ha renaci do. Mer ecen un
pr emi o, una copa, un di pl oma, cuando menos un abrazo o
bi en la entrada gratuita a todas las festi vi dades». Nada obtuvi-
mos, ni siquiera una sonrisa. Deci di mos hacer una cel ebraci ón
al estilo mapuche: pusimos las sillas sobre la mesa y nos senta-
mos en el suelo, con las piernas cruzadas, f ormando un círcu-
l o. Cesamos de habl ar y cada uno bebi ó con un ri t mo funera-
ri o largos tragos de su botel l a de r on hasta acabarla. Un l i tro
de al cohol por cabeza. En si l enci o, mis amigos se f ueron des-
pl omando. Yo me sentí mori r. El exceso de al cohol me ahoga-
b a . Sal í corri endo a l a calle, vomi t é j unt o a un farol , ma r c hé
/ con los brazos abiertos mi r ando haci a el ci el o y por fin me sen-
/ té en la cuneta de una esqui na solitaria. La tristeza del Pi errot
comenzó a i nvadi rme. ¿Qui én era yo? ¿Qué finalidadtenía mi
existencia? Así estaba r umi ando mis ideas, atravesado por el
frío del alba, cuando sentí un golpetear aterciopelado. Al cé l a
cabeza que mant ení a hundi da en mi pecho y vi acercarse al pe-
rro. No di go un, di go al, porque l o he visto, revisto, repasado
tantas veces en mi memor i a que se ha converti do en un ejem-
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pi ar arquet í pi co que algo tiene de di vi no. Er a de t amaño me-
di ano, con una pel ambrera qui zás bl anca, que las vicisitudes
de la vi da habí an tornado gris y costrosa. Coj eaba de la pata de-
l antera derecha. En resumen, un perro miserable, con ese or-
gul l o dol oroso mezcl ado de humi l dad que cargan los canes sin
amo. Se a c e r c ó mi r á n d o me c on una i nt ens a neces i dad de
compañí a. Su corazón latía tan recio que es cuché el tambori -
leo. La col a, l uci endo cicatrices de dentelladas, se agitaba feliz.
Al llegar ante mí , con gran delicadeza dej ó caer de su hoci co
una pi edra bl anca. Sus ojos revelaban un amor tan prof undo,
yo nunca habí a reci bi do una muestra de afecto tal, que me hi -
ci eron ver de golpe lo poco que en la vi da se me habí a queri -
do. Ayudado por l a borrachera, que abat i ó los muros de mi
vergüenza, me puse a llorar. El ani mal di o un par de saltos tor-
pes, se al ej ó corri endo unos metros, se detuvo, regres ó y l ami ó
l a pi edra. Compr endí . Tení a ganas de j ugar. Me estaba pi di en-
do que la l anzara a lo lejos para persegui rl a, recogerl a en su
hoci co y t raérmel a. Lo hice así. Varias veces. Por lo menos vei n-
te. Pasó un ciclista. El can se l anzó corri endo detrás de él. Am-
bos desapareci eron en l a curva de una esquina. Ya no volvió.
Quedé solo frente al guij arro bl anco. Esa pi edra era mi ances-
tro. Vi ej a de mi l l ones de años , habí a s oñado con hablar y ahí
estaba yo, Pi errot , tan al bo como el l a, convert i do en su voz.
¿Qué es lo que quer í a decir? Es peré reci bi r el más hermoso de
los poemas, di ctado por ese pedrusco caí do del hoci co de un~-
perro. ¡ Reci bí en la mente algo que sól o puedo comparar a un <
mazazo! ¡Ella i ba a durar más que yo! Compr e ndí con l uci dez
al uci nante que yo era un ser mortal . Mi cuerpo, aquel con e l _
que estaba tan prof undament e i denti f i cado, i ba a envejecer,,,
podri rse, disgregarse. A mi memori a se la i ba a tragar la nadaTt M!
Mi s palabras, mi conci enci a, todo l o mí o, al pozo negro del o l «
vi do. Tambi én i ban a desaparecer las„casas, las calles, la totali-
dad de los seres vivientes, el planeta, el sol, la l una, las estrellas,
el universo entero. Arroj é lejos la pi edra bl anca, como si fuera
una bruj a: me habí a inyectado una angustia que durarí a toda
l a corta vi da que un azar i ndi ferente me habí a otorgado. . . De
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mi padre no reci bí aspirinas metafísi cas. Nunca i ncul có en mi
mente de ni ño un más allá, una esperanza de reencarnaci ón,
un dios cl emente, un al ma eterna, todos esos mi tos que tan
bi en saben procl amar las religiones para consolar a los morta-
les... Me l ancé a correr por las calles l anzando aullidos. Nadi e
se s or pr endi ó de ver a ese payaso, pensando que era un úl t i mo
resto del baile de carnaval. Ll egué al taller y me dej é caer en el
suelo, para dormi rme como un pedazo de materi a i nani mada.
Esta angustia de mor i r me durarí a hasta los 40 años. Angus-
I tia que me obl i gó a recorrer el mundo, estudiar las religiones,
/ l a magi a, el esoteri smo, l a al qui mi a, l a cabal a. Me hi zo fre-
cuentar grupos iniciáticos, medi tar al estilo de numerosas es-
cuelas, contactar con maestros, en fin, buscar sin límites* don-
de fuera, aquello que podí a consol arme de mi fugacidad. S i n o
vencí a a la muerte, ¿ cómo podí a vivir, crear, amar, prosperar?
Me sentí separado no sól o del mundo sino t ambi én de l a vida.
Los que creyeron conocerme sól o conoci eron las máscaras de
un muerto. En esos insoportables años todas las obras que rea-
licé, más los amores, fueron anestési cos que me ayudaron a so-
portar l a angustia que corroí a mi alma. Si n embargo, en l o más
í nt i mo de mi ser, en f orma nebulosa, sabí a que ese estado de
agoní a permanente era una enfermedad a la que tení a que cu-
Nrar, convi rt i éndome en mi propi o terapeuta. En el f ondo no se
/trataba de encontrar el fi l tro mági co que me i mpi di era mor i r
i sino, sobre todo, de aprender a mor i r con f el i ci dat L
J unt é de mi l ingeniosas maneras (entre otras venderme un
par de noches a una vieja mi l l onari a) el di nero para comprar
un pasaje en un barco italiano, el Andrea Doria, cuarta clase, ca-
marote común de veinte camas, escalopes resecos, vi no hecho
con agua y polvos, tomates insulsos, rumbo a Franci a. Regal é to-
do lo que tenía: libros, títeres, dibujos, cuadernos con poemas,
decorados y ropajes del Teatro Mí mi co, unos pocos muebles,
mi ropa. Con sól o un traje, un abrigo, más un par de calcetines,
un cal zonci l l o y una camisa de nai l on, que lavaría cada noche;
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sin maleta, con ci en raquí ti cos dól ares en el bolsillo, des pués de
arrojar mi l i breta de direcciones al mar, partí en un viaje que
durarí a ci nco semanas, subiendo por el océano Pacífico hasta
el canal de Panamá y de allí a Cannes, para desembarcar en te-
i ri tori o francés sin saber una sola palabra de ese i di oma.
El acto de arroj ar la l i breta fue para mí fundamental mente
necesari o. Esas hoj as cons t i t uí an mi uni ón c on el pasado.
Uni ón tanto más fuerte por cuanto habí a sido agradable. No
abandonaba mi paí s como un expul sado pol í t i co o como un
Iracasado o como al gui en detestado por la sociedad. Me estaba
vendo de un paí s que me habí a aceptado como artista, de u n á ^
c ompa ñí a de veinte mi mos que ya t ení a un sól i do repertorio, ^
de gentiles amigos, muchos de ellos grandes poetas, de apasio-
nadas muchachas, con una de las cuales podr í a haberme casa-
do. Me estaba yendo t ambi én, de cuajo, de mi fami l i a: nunc a -
más los volví a..ver. Tampoco a mis amigos: cuando regres é a
Chi l e, cuarenta años más tarde, todos habí an muerto, segados
por el tabaco, el al cohol o Pinochet. . . Fue una f orma de suici-
di o, desaparecer, deshacerme de los nudos emocionales, dejar
de ser ese ente naci do de raí ces dolorosas, para converti rme
en otro, un ego virgen que me permi ti era un dí a, padre y ma-
dre de mí mi smo, llegar a ser lo que yo quer í a y no lo que la fa-
mi l i a, la soci edad y el paí s me i mponí an. Ese 3 de marzo de/
1953, a los 24 años , al arrojar mi l i breta de direcciones al m a r ^
morí . Cuarenta y dos años más tarde, t ambi én un 3 de ma r z o/
1995, mi adorado hi j o Teo, de 24 años, en pl ena fiesta, murió_V
repenti namente. Co n él, des aparecí una vez más .
Ll egar a Parí s sin habl ar f rancés, con di ner o apenas para
subsistir treinta dí as, sin ni ngún amigo, queri endo triunfar en
el teatro, es una l ocura. El pi nt or Roberto Matta, con mucho
humor, dij o en una ocasi ón: «Triunfar en París es muy fácil, só-
lo los pri meros ci ncuenta años son difíciles». Yo, con una inge-
nua confi anza en mí mi smo, creí que llegaba a Eur opa como
un salvador. Lo pr i mer o que hi ce, apenas baj é del tren a las
dos de la madrugada, fue l l amar a Andr é Bret ón, cuyo teléfo-
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no me sabí a de memori a. ( En Santiago, el ferviente grupo su-
rreal i sta La Ma ndr a gor a ma nt e ní a rel aci ones con el poet a,
qui en estaba casado con una pianista chi l ena, El i sa, a qui en le
clavó l a tapa del pi ano, por odi o a l a músi ca. ) Me cont es t ó con
una voz pastosa:
- Oui ?
- ¿ Ha bl a usted es pañol ?
- Sí .
- ¿ Es Andr é Breton?
- Sí . ¿Quién es usted?
-Soy Al ej andro Jodorowsky y vengo de Chi l e a salvar al Su-
rrealismo.
- A h , bueno. ¿Me quiere ver?
- ¡ I nmedi at ament e!
- Ah o r a no, es muy tarde, ya estoy acostado. Venga a mi
apartamento ma ña na a las doce del dí a.
- ¡ No , ma ña na no, ahora!
- L e repi to: éstas no son horas para visitas. Venga ma ña na y
con mucho gusto conversaré con usted.
- U n verdadero surrealista no s e guí a por el rel oj . ¡ Ahora!
- ¡ Ma ña na !
- ¡ Ent onces nunca!
E i nt er r umpí l a comuni caci ón. Sól o siete años más tarde,
a c ompa ña do por Fernando Ar r abal y Topor, asistí a una de las
/ reuni ones que presi dí a en el café La Promenade de Venus, y
j tuve el placer de conocerl o. . .
En esos pri meros meses en París t ermi naron de derrumbar-
se mis ilusiones. Tuve que ganarme la vida haci endo toda clase
de trabajos miserables, como pedi r en los apartamentos peri ó-
dicos viejos para ir a venderlos por kilos a un armeni o que sur-
tía a una fábri ca de papel, salir a ofrecer en las terrazas de los
cafés mis dibujos, pegar sellos en cerros de sobres, empaquetar
supositorios contra una epi demi a de gripe, etc. Co n gran traba-
j o r e uní el di ne r o s uf i ci ent e par a es t udi ar tres meses c o n
Et t i enne Decroux. La pant omi ma se me habí a converti do en
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una rel i gi ón. Estaba dispuesto a darle mi vida. Consi deraba que
la col ecci ón de elogiosos artículos de prensa y fotografías mos-
trando mis creaciones, me daba derecho a l a admi r aci ón de l ^
maestro. Des pués de todo est ábamos l uchando por i mponer el
mi smo arte, considerado como una decadente curiosidad histó-
rica. Nunc a me i magi né que ese mí ti co creador del moder no
lenguaje mí mi co, un hombre de cuerpo ancho, manos gruesas
y rostro adocenado, tuviera tal cruel dad, tal amargura, tal envi-
di a del éxi to ajeno. Supe que ese año se habí a presentado con
sus al umnos en Londres, al mi smo ti empo que Marceau. El es-
pect ácul o de Marceau fue declarado el mej or del año, y el de
Decroux el peor de año. Lo que pasaba es que con su técni ca
implacable, i nhumana, que exi gí a i ncreí bl es esfuerzos para rea-
l i / ar cada movi mi ento, aburrí a a los espectadores. En cambi o la
fineza de Marceau, su i ngenui dad, sus gestos aéreos que suge^
rían todo sin ni ngún esfuerzo, encantaban al públ i co. Decroux /
baraj ó mis fotos con un ostentoso desprecio, me pi di ó que me
desvistiera y, tomando como testigo a su hij o Pepe, procedi ó a
exami nar mi cuerpo, clasificando sus defectos con frialdad mé-
di ca. « Comi enzo de escoliosis, cuerpo semita con nalgas sali-
das, debi l i dad de los mús cul os abdominales: en pocos años ten-
dr á un vi ent re caí do. » Me pi di ó que me movi er a. Tr at é de
hacer gestos bellos. Concl uyó: «Se mueve sacando los codos:
mal gusto expresi oni st a». Luego, l anzándome para siempre al
ol vi do, a ba ndonó el exi guo cuarto donde reci bí a a sus al um-
nos. Pepe, con una sonrisa cruel , me t endi ó una factura por
lies meses de cursos adelantados... Al salir, recogí un programa.
Allí leí que el maestro, en compañí a de su esposa y su hi j o, sól o
para cuatro espectadores,' hací a dos años que cada noche esta-
ba dando un recital en ese pequeño apartamento. ^
La pri mera l ecci ón fue una paradoj a, semejante a un koan:
«La pant omi ma es el arte de no hacer movi mi ent os». Para ex-
pl i car aquel l o, se nos di j o: « La tortuga, debaj o de su capara-
zón, es f el i na», « La mayor fuerza es la fuerza que no se em-
pl ea», «Si el mi mo no es débi l , no es mi mo» , «La esencia de l a
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vi da es l a l ucha cont ra el pes o» . Durant e i ntermi nabl es horas
estudiamos el mecani smo de l a marcha, l a expr es i ón del ham-
bre, de la sed, del calor, del frío, del exceso de l uz, de la oscu-
ri dad, de las diferentes actitudes de un pensador y, por úl t i mo,
todas las gamas del sufri mi ento físico: dolores.£ausadji^a©£-eíi=v
fermedades, por quebr azón de huesos, por heridas (en la es-
pal da, en el pecho, en el costado, en las extremi dades}, por
quemaduras, por áci do, por asfixia, etc.
Una vez por semana, nos r euní amos en el gran gi mnasi o de
una escuela. Decroux, con una l ubri ci dad de anci ano, hi zo co-
locarse a las mujeres delante, «Los hombres no me i nt eres an»,
y a nosotros detrás. ( Lo que me des per t ó el anti guo dol or de
saber que J ai me sól o t ení a ojos para Raquel. ) Cuando daba sus
ej emplos se arremangaba los anchos pantalones y a menudo,
como si no se di era cuenta, exhi bí a sus testí cul os. Odi aba las
i mi taci ones chaplinescas. La Mí mi ca debí a ser un arte tan se-
vero como el ballet cl ási co. Lo úni co que cambi aba era l a con-
ci enci a del peso. «Sól o los idiotas se elevan sobre la punt a de
los pi es. » Anal i zamos las leyes del equi l i bri o, los mecani smos
del cargar, tirar, empuj ar. Estudi amos la mani pul aci ón de obje-
tos imaginarios. Apr endi mos , con las manos planas, a crear di -
ferentes espacios... El conoci mi ent o que se nos transmi tí a era
otorgado por gotas, l entamente, como a r egañadi ent es . A pe-
sar de hacernos pagar muy caro las clases, nos daba la sensa-
ci ón de que l o r obá ba mos . Para j usti f i car esta acti tud ci taba
una frase de Bret ón: « Un mal escritor es como una mancha de
agua sobre el papel , se exti ende r ápi do pero no tarda en eva-
porarse. Un buen escritor es como una gota de aceite: cuando
cae hace una mancha pe que ña , pero con el t i empo se va ex-
t endi endo hasta l l enar t oda l a hoj a. Los cursos qúe Te s ' doy
ahor a, les s ervi rán dent r o de di ez a ños » . Te ní a r azón. Esa
cruel dad de bisturí, que el i mi naba toda rel aci ón afectuosa, me
obl i gó a ser j uez de mí mi smo, sin esperar confi rmaci ones aje-
nas. Para resistir el despreci o, la demol i ci ón, semejante a un
pescador que se sumerge en el oscuro océano y l uego emerge
port ando una perl a, tuve que buscar y encont rar mis valores.
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Ap r e ndí que no puede haber cr eat i vi dad ef ect i va s i no l a )
.»( ompa ña una buena técni ca. Tambi én que la técni ca, sin arte, h'
destruye a]a vi da. ——-^_J[
A la llegada de Mar cel Marceau, seis meses des pués , mi des-
ti no teatral se puso en marcha. El mi mo, tras un mi nuci os o
examen, me acept ó en s u compañí a, dá ndo me un papel míni -
mo para demos t rarme que s i en mi paí s yo era al gui en, en
Franci a era un don nadi e. Poco a poco gané su apreci o y obtu-
ve el grado más alto que concedí a a un col aborador: sostener-
le los letreros anunci ando sus pantomi mas. Así lo a c o mpa ñé
en sus giras por muchos paí ses. Mi entras mi ami go dor mí a has-
ta tarde, fatigado por la repres ent aci ón de la ví spera, yo me le-
vantaba t emprano y visitaba cuanto maestro y l ugar sagrado
podí a encontrar. Co mo no t ení a l a opor t uni da d de real i zar
mis ideas, deci dí dársel as a Marceau. Escri bí para él El fabrican-
te de máscaras, La jaula, El devorador de corazones, El sable del sa-
murai, Bip vendedor de porcelana, etc., pantomi mas que le di er on
a su carrera un nuevo i mpul s o. Ha bi e ndo deci di do que no
querí a termi nar mi vi da haci endo gestos de mudo con un ma-
quillaj e bl anco sobre mis arrugas, me de s pe dí de Mar ceau y,
otra vez en paro, ya con el peso de una j oven esposa, tuve que
aceptar un trabajo de pi nt or de br ocha gorda. Por esa danza
de l a real i dad, el jefe de l a empresa, J ul i en, era mi embr o de un
gr upo de Gur dj i ef f y su col aborador, Ami r , un f i l ósof o sufí .
Pi ntar con ellos una casa entera en las afueras de Parí s se con-
virtió en una exper i enci a mí st i ca. El pr opi et ar i o de l a man-
si ón, seudo ari stócrata, con toda evi denci a i mpotente, se decí a
pi nt or abstracto y escultor. En grandes telas, perpetraba man-
chas gol peando con un l áti go untado en pi nt ura. Como escul-
tor, i mpr i mí a sus nalgas en un mol de y fabricaba sillas de plás-
ti co. Lo bauti zamos «el Fur i os o» . Su muj er t ení a hermosos
ojos verdes y J ul i en se e na mor ó de ella. Una noche, como es-
pect ácul o exót i co, nos i nvi taron a cenar con sus amigos en un
pabel l ón pi nt ado de dorado, azul y roj o, colores que, s egún
ellos, usaban los reyes de Franci a. Bebi mos mucho vi no. Poseí-
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do por un furor poét i co, i mprovi sé versos compuestos exclusi-
vamente de insultos. Los invitados se aterraron y comenzaron
a irse. Cuando se quedaron a solas con nosotros, el desbocado
«trí o obr er o» , t embl ando nos col ocaron delante tres botellas
de vi no y subi eron al entresuelo para acostarse. Co n la euf ori a
de r omper los límites, al poco rato subí al dor mi t or i o y, si n sa-
carme los zapatos, me acos t é entre ellos. Antes de dor mi r me,
penet r é a la esposa, muy brevemente, como un saludo de bue-
nas noches.
Tempr ano en l a ma ña na , dej é a mis patrones r oncando y
fui a trabajar. El Furi oso l l egó a medi odí a, me s onri ó y se puso
a pi ntar sus telas a latigazos como si no hubi era pasado nada.
J ul i en, por el cont rari o, no di s i mul ó sus malas pulgas. Indi có
haci a mi abundant e cabel l era y g r uñó: « Con esa mel ena de
"arti sta" para ellos no eres real . Te t oman por un buf ón. Si
quieres r omper las convenci ones, convi ért et e en un hombr e
nor mal , como nosotros, para que aprendas a saborear las con-
secuencias de tus actos. Esta gente es peligrosa, tiene el poder
de su l ado, práct i cament e nuestras vidas están en sus ma nos » .
Y acto seguido, esgri mi endo unas tijeras, me cort ó el pel o, casi
al rape. Luego me envi ó a l i mpi ar un techo l l eno de tel arañas,
sabiendo que le tení a fobi a a esos bichos. «Ni los pobres, ni los
seres conscientes, tenemos derecho a las fobi as. » Cuando fui a
l a panader í a, manchado de yeso y pi nt ura, mi nuevo aspecto
atrajo a muchas s eñor as bi en vestidas. Me deseaban, conf un-
d i é n d o me con un ho mbr e s oci al ment e i nf er i or , a l mi s mo
t i empo que f i ngí an rechazarme. Me di cuenta de que el mun-
do no estaba compuesto úni cament e de artistas, í nf i ma mi no-
r/ía, sino de mi l l ones de seres anóni mos , destinados al ol vi do.
/ En ellos las creencias, los sentimientos, los d e s e o v a d q ui r í a n
ext rañas formas. Al go andaba mal . Mi visión de l a vi da era la-
ment abl e. No estaba preparado aún para soport arl a tal cual
era. Necesitaba refugiarme en un teatro, dor mi r y comer en el
escenario, no leer los peri ódi cos , volver a dej arme c r e c e r á pe-
l o. Tuve l a sorpresa de ver llegar un lujoso aut omóvi l , con los
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asientos forrados de pi el de l eopardo. El chofer, l uci endo un
uni f orme azul estilo Hol l ywood, ent r ó en l a casa y pr egunt ó
por mí . Me pr es ent é cubi erto de costras de pi nt ura. «El s eñor
Mauri ce Cheval i er quiere habl arl e. » Lo seguí , subí en el Rol l s
Royce y me encont r é frente a frente con el cél ebre cantante,
que en aquel l a époc a ya sobrepasaba los setenta años. «El em-
presario de su trío, el s eñor Canetti , que t ambi én es empresa-
ri o mí o, me l o ha r ecomendado muc ho (mientras trabajaba
con Marceau yo habí a hecho una i ncursi ón en el music-hall di -
i i gi endo a unos cantantes, Los tres Horaci os ) . Se trata de que
usted me ayude a pone r buenos gestos en mi s canci ones y
montar un par de pantomi mas cómi cas. Des pués de un largo
eclipse voy a regresar a las tablas y qui ero sorprender al públ i -
co con cosas nuevas. Si es un verdadero artista y no un pi nt or
de brocha gorda, venga conmi go. » Tuve un corto t i empo para
despedi rme de J ul i en, Ami r y los due ños de l a casa que, bo-
quiabiertos, me vi eron alejarme para siempre.
El cél ebr e vi ej o vi no tres veces por semana, durant e un
mes, a mi cuarto de empl eada, dos metros de ancho por tres
de largo, para ensayar con gran di sci pl i na. Canetti , por su par-
te, me habl ó en secreto: «Cheval i er ya está pasado de moda. Su
éxi to no me interesa, l o creo i mposi bl e. En cambi o cuento con
un j oven mús i co geni al , Mi c he l Legrand: me aprovecharé del
es pect ácul o para l anzarl o. Le voy a contratar una orquesta de
ci en mús i cos , algo nunca visto. Tendr á un tri unf o arrol l ador.
La Al hambr a (así se l l amaba el teatro) se l l enará gracias a él. Te
pi do que con t u esceni f i caci ón acent úes su pr es enci a». En una
ancha escalera, col oqué a los ci en mús i cos f ormando un mur o
de f ondo, cada uno con un traje de col or diferente, si gui endo
un cuadro de Paul Kl ee. Legr and estaba vestido de bl anco. En
verdad sus arreglos de mel odí as populares eran excepcionales.
Si n embargo, él, sus ci en mús i cos y el monument al r ui do de
los instrumentos, pasaron a segundo pl ano cuando el viejo en-
tró, vestido de atorrante, con la nariz roj a y una botel l a de vi no
en l a mano, cantando « Ma pomme » . ¡ Éxi to del i rante! Hasta tal
punt o que el es pect ácul o, que se creí a que i ba a permanecer
199
en cartelera un mes, dur ó un año. Al teatro se l e cambi ó de
nombre y se le puso «Al hambr a Mauri ce Cheval i er». El cantan-
te ar r endó un apartamento, que estaba enfrente, para obser-
var cada dí a las enormes letras l umi nosas que f or maban su
nombre.
Desde aquel moment o no ces é mi s actividades teatrales y
poéti cas. Cont ar todo lo que viví en ese entonces serí a moti vo
de otro l i bro. Marceau, porque su sostenedor de letreros se ha-
bí a enfermado, me pi di ó que, como favor especial, lo sustitu-
yera durante l a gira por Méxi co. Así l o hi ce. Me ena mor é del
paí s y allí me quedé, f undando el Teatro de Vanguardi a para
mont ar cerca de ci en es pect ácul os en di ez años . Trabaj aron
conmi go las más grandes actrices y actores del moment o; es-
t rené, entre muchas otras, obras de St ri ndberg, Samuel Bec-
kett, Ionesco, Arrabal , Tardi eu, Jarry, Leonor a Carri ngt on, au-
tores mexi canos y mí a s ; a da pt é a Góg ol , Ni et zs che, Kaf ka,
Wi l he l m Rei ch y t ambi én un l i bro de Eri c Berne, El juego que to-
dos jugamos, que aún treinta y tantos años des pués se sigue re-
presentando, y para lo cual tuve que i mponerme, l uchar con-
tra la censura y en una ocas i ón ir tres dí as a la cárcel . Padecí
que me clausuraran las obras, que mi embros de la extrema de-
recha asaltaran el teatro donde act uábamos , l anzando botellas
con áci do. Tuve que escaparme en l a oscuri dad, acostado en el
f ondo de un automóvi l , para que no me l i ncharan cuando, en
el Festival de Acapul co, est rené mi pr i mer filme, Fando y Lis,
etc. Poco a poco, entre éxi tos, fracasos, es cándal os y catástro-
fes, una prof unda crisis moral fue demol i endo la admi raci ón
fanáti ca que le tení a al teatro. Ese oficio se caracteriza por un
despliegue de los vicios del carácter que los ciudadanos no ar-
tistas tratan por todos los medi os de ocultar. Los egos de los ac-
tores se muestran a pl ena l uz, sin vergüenza, sin autocensura,
en su exagerado narci si smo. Son ambiguos, son débi l es, son
heroicos, son traidores, son fieles, son mezqui nos, son genero-
sos. Pel ean por su crédi t o, qui eren su nombre más grande que
el de todos y que encabece el cartel sobre el título de la obra.
200
Cart el de mi obra de teatro Zaratustra ( Méx i c o , 1976) .
• De izquierda a derecha (detrás), Henr y West ( mús i c o ) ,
Hé c t o r Boni l l a (act or), Mi ckey Salas ( mús i c o ) con su
hi jo, Carl os Á nc i r a (actor), Isela Vega (actri z), Jorge
Luque (actor) y Al varo Ca r c a ño (actor) con su hi jo;
•(delante) Lui s Ur í a s ( mús i c o ) , Bront i s Jodorowsky,
Va l ér i e Trumbl ay (en su vi entre, Teo J odorowsky),
El Gr e ña s (vendedor de los programas de l a obra),
Al ejandr o Jodorowsky con Axel Cr i s t ó ba l Jodorowsky
y Susana Ca mi ní (actriz) con su hi jo.
Si todos ganan el mi smo sueldo, exi gen que se les deslice en el
bol si l l o un sobre conteni endo unos pesos más, se saludan con
grandes abrazos y por detrás de las espaldas di cen horrores los
unos de los otros, tratan con des es peraci ón de tener más l í neas
de texto, se roban las escenas l l amando la at enci ón de manera
sol apada, es t án l l enos de or gul l o y vani dad pero al mi s mo
ti empo no ti enen ni nguna seguridad en ellos mismos, qui eren
ser el centro de la at enci ón, no cesan de competir, exi gen ser
vistos, oí dos y apl audi dos en todo moment o, aunque tengan
que prostituirse en anunci os publ i ci tari os. Sól o saben habl ar
de sí mismos o bi en de problemas humani tari os, una hambru-
na, una peste, un genoci di o, siempre que sean ellos los l í deres
promotores de una superficial sol uci ón. Para aumentar su po-
pul ari dad, s ec a r en pasar por devotos, a c ompa ña ndo a un Pa-
pa o un Dal ai Lama. En fin, son adorables y asquerosos, por-
que muestran a pl ena luz lo que su públ i co oculta en la sombra.
Me pr egunt é: ¿serí a posible que el teatro presci ndi era de
los actores? ¿Y por qué no del públ i co? El edi fi ci o del teatro
me pareci ó l i mi t ado, inútil, anti cuado. Se podí a crear un es-
pect ácul o en cual qui er sitio, en un aut obús , en un cementeri o,
en un árbol . Interpretar un personaje era inútil. El actuante
- no actor- no debí a darse en espect ácul o para escapar de sí, si-
no para restablecer el contacto con el misterio interior. El tea-
tro dej aba de ser una di st racci ón para convertirse en i nstru-
ment o de aut oconoci mi ent o. Sj astituí l a cr eaci ón de obras
escritas por l o que l l amé un «ef í mero».
En l a represent aci ón, el actor tení a que fundirse totalmen-
te en el «pers onaj e», mentirse a sí mi smo y a los demás , con tal
domi ni o que l l egaba a extraviar su « pe r s ona » para volverse
otro, un personaje con límites concisos, fabricado a punta de
el ucubraci ones. En el ef í mero, el actuante debí a el i mi nar al
personaje para intentar alcanzar a ser la persona que era o es-
taba siendo. En la vi da coti di ana, los ciudadanos llamados nor-
males cami naban disfrazados i nt erpret ando un personaje i n-
culcado por la fami l i a, la sociedad o bi en que ellos mismos se
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habí an fabri cado, una más car a de di si mul os y fanfarronadas.
La mi si ón del ef í mero era hacer que el i ndi vi duo dejara de i n-
terpretar un personaje frente a otros personajes, que acabara
el i mi nándol o para acercarse de gol pe a la persona verdadera.
Este «ot ro» que despertaba en la eufori a de la act uaci ón l i bre,
no era un fantoche hecho de mentiras, sino un ser con l i mi ta-
ciones menores. El acto ef í mer o conducí a a l a totalidad, a l a l i -
beraci ón de las fuerzas superiores, al estado de gracia.
Esa expl oraci ón del eni gma í nt i mo fue para mí , sin darme
cuenta, el comi enzo de un teatro t erapéut i co que me llevaría
más tarde a la creaci ón de la Psicomagia. Si no la i magi né en
aquel entonces fue porque pens é que lo que estaba haci endo
era un desarrollo del arte teatral. Antes de que en Estados Uni -
dos comenzaran a surgi r los happeni ngs, mont é es pect ácul os
que sól o podí an ser dados una sola vez. Introduj e en ellos co-
sas perecederas: humo, frutas, gelatinas, des t rucci ón de obje-
tos, ba ños de sangre, expl osi ones, quemazones, etc. En una
ocas i ón nos movi mos en un escenario donde pi aban dos mi l
pollos y en otra serruchamos un contrabaj o y dos violines. Pro-
cedí a así: buscaba que me prestaran un lugar, el que fuera, sal-
vo un teatro: una academi a de pi nt ura, un asilo para enfermos
mentales, un hospital. Luego convencí a a un grupo de conoci -
dos, de preferenci a no actores, para que parti ci pasen en una
mani f est aci ón públ i ca. Muchas personas llevan en el al ma un
acto que las condi ci ones ordi nari as no les per mi t en realizar,
pero apenas se les ofrece la posi bi l i dad de expresar en circuns-
tancias favorables aquel l o que duer me en ellas, es muy raro
que duden. Para mí , un ef í mero tení a que ser gratuito, comn
una fiesta: cuando la ofrecemos no cobramos a los invitados las
bebidas o los alimentos. Todo el di nero que podí a ahorrar lo
invertía en esas presentaciones. Le preguntaba al parti ci pante
qué tení a ganas de exponer y l uego le daba los medi os para ha-
cerl o. El pi nt or Ma nuel Fel guér ez deci di ó ejecutar ante los es-
pectadores una gal l i na para conf ecci onar allí mi s mo un cua-
dro abstracto con las tripas del ani mal mientras, a su costado,
su esposa Li l i a Carri l l o, t ambi én pi nt ora, vestida con uni f orme
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de soldado nazi , devoraba un pol l o asado... Un a j oven act r i z, ^
lamosa des pués , Meche Car r eño, quiso bai l ar desnuda al son
de un ri t mo africano mientras un hombre barbudo l e cubrí a el -
cuerpo con chorros de espuma de afeitar. Ot r a quiso aparecer
como una bai l ari na clásica, con un tutu pero sin braga, y ori -
nar mientras i nterpretaba l a muerte del cisne. Un estudiante
de arqui tectura deci di ó llegar con un mani quí para gol pearl o
vi ol ent ament e y sacar del pubi s apl astado vari os met ros de
chori zo. Ot r o estudiante apareci ó vestido de profesor universi-
tario port ando una canasta l l ena de huevos. A medi da que re-
citaba f órmul as algebraicas, se estrellaba un huevo tras otro en
la frente. Ot r o, vestido de charro, l l egó con una tinaja de co-
bre y varios litros de l eche. Acostado en posi ci ón fetal dent ro
del reci pi ente, se puso a recitar un poema incestuoso dedi cado
a su madre mi entras vaciaba, tragando, las botellas de l eche.
Una muj er de larga cabellera rubi a apar eci ó cami nando apo-
yada en muletas y gri tando a pl eno pul món: «¡ Mi padre es i no-
cente, yo no! » . Al mi smo ti empo sacaba de entre sus senos tro-
zos de carne cr uda que l anzaba sobre el públ i c o. Luego se
sent ó sobre una silla de ni ño y se hi zo rapar por un pel uquero
negro. Frente a ella habí a una cuna l l ena de cabezas de muñe-
ca, si n ojos ni pel o. Ya con el c r á neo des nudo, l a muj er co-
menzó a lanzar las cabezas al públ i co chi l l ando: «¡ Soy yo! ». Un
muchacho, vestido de novi o, empuj ó haci a el ti ngl ado una ti na
de ba ño l l ena de sangre. Lo s eguí a una bel l a muj er vestida de
novia. Él comenzó a acariciarle los senos, el pubis y las piernas,
para acabar, cada vez más excitado, por sumergi rl a, con su am-
pl i o traje bl anco, en la sangre. Se puso i nmedi atamente a fro-
tarla con un gran pul po mientras ella cantaba un aire de ópe-
ra. Una muj er de enorme cabellera roj a, de pi el muy pál i da y
con un vestido dorado que l e mol deaba el cuerpo, apar eci ó
con un par de tijeras grandes en las manos. Varios muchachos
morenos se arrastraron haci a el l a, of r eci éndol e cada uno un
pl át ano que ella cort ó ri éndos e a carcajadas.
Todos estos actos, verdaderos delirios, fueron i magi nados y
realizados por personas consideradas normal es en l a vi da real .
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f Las energí as destructivas, que cuando permanecen estancadas
I nos carcomen por dentro, pueden liberarse gracias a una ex-
' presi ón canalizada y transformadora. La al qui mi a del acto lo-
grado transmuta la angustia en euforia.
Los ef í meros páni cos se real i zaron sin publ i ci dad, dándos e
la di recci ón y la hora en el úl ti mo moment o. Por este sistema
de boca a oreja, asistían por t érmi no medi o unas cuatrocientas
personas. Ni ngún artí cul o, por suerte, se publ i có en los peri ó-
dicos. La oficina de espect ácul os dependi ente del gobi erno, al
mando de un i nfame bur ócr at a l l amado Peredo, ej[ej^ia_iiua-
censura i mbéci l . Recuerdo que en una obra teatral me hi zo
ocul tar el ombl i go de un personaj e. En otra, el actor Carl os
Anci r a se colocaba una capa t ermi nada en dos bolas t amaño
pel ot a de f útbol , el t urbi o l i cenci ado cons i der ó que hací an
al usi ón a testículos y nos las hi zo cortar. Pudi mos, por la dis-
creci ón y gratuidad de nuestros ef í meros, llegar a expresarnos
sin ni ngún probl ema. La reacci ón fue muy diferente cuando
se me ocurri ó realizar uno en la televisión naci onal .
Mi l abor en el Teatro de Vanguardi a me habí a conquistado
l a admi raci ón de un escritor y periodista, J uan López Moct ezu-
ma, que l l egó a ser presentador de un programa cul tural . Le
di eron una hor a que no cons eguí a anunci adores porque en
un canal vecino habí a una serie ameri cana que atraí a a la ma-
yoría de los espectadores. J uan me propuso hacer lo que qui -
siera durante esos sesenta mi nutos. Me concent r é prof unda-
me nt e y supe c on p r e c i s i ó n el act o e f í me r o que q u e r í a
realizar: lo que más odi é en mis años oscuros fue el pi ano de
mi hermana. Ese i nstrumento me mostraba, con la risa sarcás-
tica de sus dientes blancos y negros, la preferenci a que mis pa-
dres tení an por Raquel . Todo para ella, nada para mí . ¡ Deci dí
destruir ante las cámaras un pi ano de cola! La expl i caci ón que
di al públ i co en ese entonces fue la siguiente: «En Méxi co, como
en Es paña, el toreo es considerado un arte. El torero, para rea-
lizar su obra, empl ea un toro. Al fi nal de l a l i di a, cuando gra-
cias a él ha expresado su creatividad, lo mata. Es decir, destruye
206
Cruci fi cado en los restos del pi ano.
su i nstrumento. Así mi smo lo qui ero hacer yo. Voy a ofrecer un
conci erto de rock y luego voy a asesinar a mi pi ano». Encont ré,
gracias a los anuncios de un peri ódi co, un viejo pi ano de cola
que vendí an a un preci o asequible a mi bol si l l o. Lo hice enviar
al estudio donde se i ba a realizar el programa cul tural en di -
recto. Contraté t ambi én un grupo de rock de j óvenes aficiona-
dos. Cuando comenzó l a emi si ón, des pués de recitar mi texto,
dando orden al grupo para que se l anzara a tocar, s aqué de
una mal eta un combo y comencé, con grandes golpes, a de-
mol er el piano. Tuve que emplear toda mi energí a, que se mul -
tiplicó por l a rabia que llevaba acumul ada tantos años. Rom-
per un pi ano de col a a combazos no es fácil. Avancé en mi
demol i ci ón sin cejar, pero lentamente. Los pocos espectadores
l l amaron a sus familiares y amigos. Como una i nundaci ón i n-
conteni bl e la noti ci a se expandi ó: ¡un l oco, en el canal tres, es-
taba rompi endo un pi ano de cola a martillazos! Al cabo de me-
di a hor a, l a mayor í a de los espectadores mexi canos ha bí a
abandonado su programa predilecto para ver lo que el marcia-
no estaba cometi endo. Las llamadas tel efóni cas aument aron
de ci en a mi l , a dos mi l , a ci nco mi l . Protestaban las asociacio-
nes de padres de f ami l i a, el Cl ub de Leones, el mi ni st ro de
Educaci ón y muchos otros notables. ¿ Cómo era posible que''
habi endo tantos ni ños pobres se destrozara ante sus ojos (a
esas horas los nenes do r mí a n) tan preci os o i ns t rument o?
¿Qui én habí a permi t i do mostrar ese escandaloso acto de vio-
lencia? (el programa ameri cano que pasaba a la mi sma hor a
era un sangriento espect ácul o de guerra). Cuando termi né mi
obra, acostado entre los escombros con un par de pedazos so-
bre mí , como una cruz, de la que saqué lastimeras notas, el es-
cándal o habí a adqui ri do proporci ones nacionales. Al dí a si-
guiente todos los peri ódi cos hablaban del ef í mero. De manera
brutal yo habí a desvirginizado el arte mexi cano. Se me admi r ó
por la audacia al mi smo ti empo que se me consi deró un artista
mal di to. Satisfecho de la enorme notori edad que habí a alcan-
zado, decl ar é que en el pr óxi mo pr ogr ama de J uan Ló pe z
Moct ezuma i ba a entrevistar a una vaca para demostrar que
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ella sabí a más de arqui tectura que los profesores de la univer-
sidad. La televisión decl aró que el programa no se harí a por-
que «a los estudios no entra ni nguna vaca». Res pondí : « No es
verdad: hay muchas vacas haci endo tel enovel as». Nuevo escán-
dalo en l a prensa. Los al umnos de l a Escuel a de Arqui t ect ura
me ofreci eron el anfiteatio de su facultad para que entrevista-
ra a la vaca. Allí me pres ent é, ante dos mi l al umnos, con mi bo-
vi no, al que previ amente un vet eri nari o ha bí a i nyectado un
cal mante. Pres ent é al ani mal con el trasero haci a el públ i co
compar ándol o a una catedral góti ca. La conferenciawdwó- dos
horas donde las carcajadas fueron aument ando hasta que lle-
gó un grupo de forni dos empleados a comuni carme que al de-
cano l e compl acer í a que yo, con mi c ompa ñer a vaca, abando-
nara para siempre esos dignos lugares. """"
Estos efí meros me mostraron el enorme i mpacto que produ-
cían, mucho más que el teatro habitual. En esos años de forma-
ci ón yo creí a que, para l ograr una mut aci ón de l a mental i dad
colectiva, habí a que agredir a la sociedad en sus conceptos fósi-
les. No se me ocurrí a pensar que a un enfermo no se le agrede
sino que se le sana. Aún no concebí a el acto terapéuti co social.
Vi no mi regreso a París, el encuentro con Arrabal y Topor,
los tres años que asistimos a las reuni ones del grupo surrealista.
Bret ón, a escasos años de su muerte, era ya un Sumo Pontífice
viejo y cansado, rodeado de acóli tos sin talento, más preocupa-
dos de la política que del arte. Fue entonces cuando fundamos
el grupo páni co. Lo i nauguramos con un ef í mero de cuatro ho-
ras que ya he descrito en otro l i bro. Este espect ácul o cerró una
etapa de mi vida. En él me castré s i mból i cament e, me hi ce ra-
par, azotar, le abrí el vientre a un rabi no gigantesco s acándol e
visceras de puerco, nací a través de una vulva enorme entre un
río de tortugas vivas... Sal í de aquello enfermo, agotado, exan-
güe. A pesar de su éxi to, la revista Plexus lo l l amó «le mei l l eui
ha ppeni ng qu' on ait vu á Parí s » y los poetas beatni ks Al i e n
Gi nsberg, Lawrence Ferl mghet t i y Gregory Corso lo aplaudie-
ron e i ncl uyeron en su revista City Lights Journal, yo no estaba
210
E f í me r o pá ni c o ( Pa r í s , 1974). Me someto a una t ort ura
para des prenderme de mi narci si smo f í s i c o . La verdugo
me da latigazos hasta ensangrent arme. Fot o: Jacques
Prayer.
satisfecho. Veía merodear a mi al rededor el espectro de la des-
11 ucci ón tenebrosa y sentí a, más que nunca, que el teatro tení a
que i r en el sentido de l a luz. En busca de una acci ón positiva,
arroj é por la borda toda actividad teatral exhi bi ci oni sta con sus
deseos de reconoci mi ento, premios, críticas o menciones en los
medios de comuni caci ón y comencé a practicar el teatro-consejo.
Si al gui en deseaba expresar los residuos psí qui cos, serpien-
tes de sombra, que lo r oí an por dent ro, le comuni caba la si-
guiente teorí a: «El teatro es una fuerza mági ca, una experi enci a
personal e intrasmisible. Pertenece a todo el mundo. Basta con
que te decidas a actuar en otra f orma que la coti di ana para que
esa fuerza transforme tu vida. Ya es hora de que rompas con los
reflejos condi ci onados, los círculos hi pnót i cos, las autoconcep-
ciones erróneas. La literatura l e concede un gran lugar al tema
del "dobl e", alguien i dénti co a ti que poco a poco te expulsa de
tu propi a vida, se apropi a de tu terri tori o, de tus amistades, de
tu fami l i a, de tu trabajo, hasta transformarte en un pari a e i n-
cluso tratar de asesinarte... Te debo deci r que en realidad eres
el " dobl e" y no el ori gi nal . La i dent i dad que crees la tuya, tu
ego, no es más que una copi a pál i da, una aproxi maci ón de tu
ser esencial. Te identificas con ese doble tan i rri sori o como i l u-
sorio y de pronto aparece el auténti co. El amo del lugar vuelve
a tomar el sitio que le corresponde. En ese moment o tu Yo l i -
mi t ado se siente persegui do, en pel i gro de muerte, lo que es
cierto. Porque el ser auténti co t ermi nará por disolver al dobl e.
Nada te pertenece. Tu úni ca posi bi l i dad de ser es que aparezca^
el otro, tu naturaleza profunda, y te el i mi ne. Se trata de un sa-
j cri fi ci o sagrado en el cual deber á s entregarte por ent ero al
amo, si n angustia^. Puesto que vives preso en tus ideas l ocas ^
serttimientos confusos,_deseos artificiales, necesidades inútiles, ,
¿ por qué no adoptas puntos de vista totalmente distintos? Por
ej empl o, ma ña na serás un i nmort al . Como un i nmort al t e le-
vantarás y te cepi l l arás los dientes, como un i nmort al te vestirás
y pens arás , como un i nmort al recorrerás l a ci udad. . . Durant e
una semana, veinticuatro horas al dí a, y para ni ngún cómpl i ce
215
espectador salvo tú mi smo, serás el hombre que nunca mori rá,
actuando cual otra persona con tus amigos y conocidos, sin dar-
les ni nguna expl i caci ón. Logr ar ás ser un autor-actor-especta-
dor, present ándot e no en un teatro sino en la vi da».
Aunque dedi car a l a mayor parte de mi t i empo al ci ne,
creando filmes como Fando y Lis, El Topo, La montaña sagrada o
Santa sangre, actividad que me ot orgó experiencias que necesi-
tarían un l i bro entero para narrarlas, seguí desarrollando el ar-
te del teatro-consejo. Establ ecí a una serie de actos para realizar
en un tiempo dado: ci nco horas, doce horas, veinticuatro. . . Un
progi ama elaborado en funci ón del probl ema que acarreaba
el consultante, destinado a romper el personaje con el que se
habí a identificado para ayudarlo a restablecer los lazos con su
naturaleza profunda. «Aj j uel que se depri me o al uci na o fraca-
sa, no eres tú.» A un ateo le hice adoptar durante semanas la
personalidad de un santo. A una mujer, que sufría po r odi ar a
sus hijos, le asi gné el deber, por contrato escrito y f umado con^
una gota de su sangre, de imitar durante ci en años el amor ma-
* terno. A un juez, preocupado del poder que tenía de castigar
en nombre de una ley y una moral que le ofrecí an dudas, le di
la tarea de disfrazarse de vagabundo para ir a mendi gar frente
a la terraza de un restaurante, y de sus bolsillos debí a extraer
puñados de ojos de muñeca. A un hombre enfermizamente ce-
loso, de dudosa vi ri l i dad, le hice llegar a una reuni ón fami l i ar
vestido de señora.
De este modo creaba sobre el personaje una persona desti-
\nada a visitar la vida cotidiana y mejorarla. En esa etapa mi bús-
queda teatral fue adqui ri endo una di mensi ón terapéuti ca. De
autor y director, me transformé en consejero, dando instruccio-
nes a las personas para que se liberaran del personaje y se com-
portaran como seres auténti cos en la comedi a de la existencia.
La vía que Ies ofrecía era la de la imitación. El j oven inexperto,
que creyendo imitar a un santo civil se habí a aprovechado se-
xualmente de una pobre muqhacha, ya estaba superado. Ahor a
el proceso se fundaba en un deseo real de cambiar. ¿Si un buen
216
' i 1 ?
catól i co practicaba l a i mi taci ón de Cri sto, por qué un ateo har-
to de su i ncredul i dad no comenzar í a a i mi tar a un sacerdote?
¿Aeaso un débil, si nti éndose i mpotente, con los testículos pi n-
tados de rojo, no podí a i mi tar la fuerza viril? ¿Acaso
-
ui m majer.
a qui en l a familia educó como un hombreci l l o, para vencer su
esteri l i dad no podí a meterse una al mohadi l l a bajo el vestido
i mi t ando que estaba encinta? Yo mi smo, i mi t ando aquello que
más me faltaba, la fe, me di cuenta de lo lejos que estaba de cre-
er en Di os, en el ser humano, en lo que fuera. Dudé del arte.
/ ¿ Pa r a qué sirve? Si es para entretener a gente que teme desper-
\ tarse, no me interesa. Si es un medi o de triunfax~ecaojárnica-
j mente, no me interesa. Si es una actividad adoptada^poxjaai ego
/ para ensalzarse, no' me interesa. Si debo ser el buf ón de aque-
\ líos que tienen el poder, j rue envenenan al planeta y que ham-
, brean a millones, no me interesa. ¿Cuál entonces es la finalidad
del arte? Des pués de una crisis tan prof unda que me hizo^aen-
sar en el suicidio, l l egué a la concl usi ón de que la finalidad del
arte era Sanar. <*Si el arte no sana, no es art e», me dije y deci dí
uni r en mis actividades el arte y la terapia. No qui ero que se me
enti enda mal . La terapia que yo conocí a era realizada por espí-
ritus científicos, que se enfrentaban al caót i co i nconsci ente y
trataban de darle un orden; extraí an de los s ueños un mensaje
racional. . . Yo no llegaba de la ci enci a a la terapia, sino del arte.
Mi meta, por el contrari o, era enseñarl e a la razón a hablar el
lenguaje de los sueños. No me interesaba el arte que se hací a te-
rapia sino la terapia converti da en arte.
Esta entrada prof unda en l a expr es i ón de l a fuerza incons-
ciente, que si se la escucha no es nuestro enemi ga, sino nues-
tra aliada, se la debo a Ej o Takata, qui en fue mi maestro zen
durante ci nco años . Si n saber muy bi en en l o que me met í a,
acept é formar parte de un grupo que medi t arí a durante siete
dí as compl etos dur mi endo s ól o veinte mi nut os cada noche.
Ll eno de valor, me arrodi l l é con las nalgas apoyadas en un co-
j í n, crucé las manos, j unt é los pulgares con una mí ni ma pre-
si ón, como si sostuviera entre ellos un papel para ci garri l l os,
218
esti ré l a col umna vertebral, me sent í ancl ado en el suelo, uni -
do al centro de la tierra mientras mi cr áneo trataba de llegar al
cieloT^e^scoñtraj e los mús c ul os faciales y l uego el resto de
ellos, el i mi né de mi m'ente toda palabra y s i nt i éndome posee-
dor de una técni ca perfecta me dispuse a quedarme allí, inmó-^
vi l , como un Buda, una semana entera. Apenas pas ó un par de
hor á s f c omenzó la tortura. Me dol i eron las rodillas, las piernas,
l a espalda, el cuerpo entero. Si me moví a un poco, el gi gant ón
mexi cano que se paseaba con el palo me daba una zurra en los
hombros. Si hací a una mueca porque las moscas me andaban
por l a cara, el maestro lanzaba un grito demoní aco. La imagi-
naci ón se me desat ó, l a cól era t ambi én. ¿Qué hací a yo ahí , en
medi o de esos al umbrados y rapadas, suf ri endo sin ni nguna
necesidad? En un ri ncón veí a mis zapatos, como bocas abier-
tas, i nvi t ándome a enfundarlos y parti r lejos de ese i nfi erno. . .
Al son de un gong, t ení amos que correr al comedor e i ngurgi -
tar en dos mi nutos un bol de arroz, casi hi rvi ente, sin dejar un
solo grano en el tazón. Vol ví amos a medi tar con el vientre hi n-
chado. Comenzaba un conci erto de eructos y una pedorrera
general . Co n rabia, con vergüenza, veía que los otros, y sobre
todo las otras, resistían más que yo. A medi anoche nos tirába-
mos como perros en el suelo para dor mi r esos divinos veinte
mi nut os. Nos despertaban a gritos e insultos y t ení amos que
correr a sentarnos para cont i nuar la medi t aci ón. Se nos permi -
tía una vez por dí a ir a defecar, en una l etri na común, donde
una hi l era de hoyos sobre un pozo artesiano invitaba a hom-
bres y mujeres a perder por compl eto la i nt i mi dad. Resistí y re-
sistí, más que por mi sti ci smo, por orgul l o. Takata se puso a to-
car el tambor cantando el Sutra del Cor azón. Luz Marí a, una
f orni da lesbiana, que t ambi én tocaba el tambor, frente a él, tu-
vo un acceso de furi a y se lo arroj ó a la cabeza. El monj e hi zo
un movi mi ent o mí ni mo, se i ncl i nó unos cent í met r os , de tal
maner a que el pesado i nst rument o pa s ó a mi l í met r os de su
orej a y se estrelló contra el mur o dej ando un agujero. Ej o, sin
i nmutarse en l o más mí ni mo, si gui ó cantando el sutra. Nunc a
se c oment ó esa agresi ón. Ya al qui nt o dí a, converti do en un es-
219
pant apáj ar os , con las rodi l l as hi nchadas y sangrantes, con el
vientre l l eno de gases, los ojos l agri meando y un dol or en el pe-
cho, fui arrastrado por dos agresivos al umnos, a las tres de la
madrugada, a un cuarto donde el maestro i ba a pr oponer me
una adivinanza, un koan. Yo estaba obl i gado a l uchar y defen-
derme, mientras el par de fanáti cos me cubrí a de golpes. Me
arrastraron por las escaleras y me sentaron frente a la cort i na
del cuarto sagrado. «Me duele el pecho. Creo que me va a dar
un i nf art o. » « ¡ Revi ent a! » , me cont est aron, y s e f uer on. Un
gong me i ndi có que debí a entrar. Así l o hi ce. Allí estaba Ej o
transfigurado: vestía un hábi to de ceremoni a que le daba el as-
pecto de un santo. Me mi ró con una obj etividad que interpre-
té como desprecio y me dij o, a mí , que estaba de rodillas ante
él con l a frente tocando el suelo: « No comi enza, no termi na,
¿qué es?». Yo estaba preparado para responder a una adivinan-
za clásica c ómo «Este es el soni do de dos manos, ¿cuál es el so-
ni do de una ma no? » . A l o cual habr í a l evantado mi di estra
abierta, r es pondi éndol e con una ampl i a sonrisa: «¿Escuchas?».
O «¿El perro tiene t ambi én la naturaleza de Buda? » , a lo cual
yo habrí a respondi do berreando: «¡ Muuu! » . Pero ante esa pre-
gunta tan simple, tan i ngenua, tan obvia, sól o pude tartamu-
dear: «¿ Ej o, qué quieres que diga? ¿Di os? ¿El universo? ¿Yo?
¿Tú? ¿Todo esto?». El monj e t omó un mazo y gol peó el gong,
lo que significaba que todo el zendó
4
se enteraba de que yo ha-
bí a fracasado. Me i ncl i né, humi l l ado, y comencé a salir. Ent on-
ces Ej o me gri tó: «¡ Int el ect ual , aprende a mor i r ! ». Esas pala-
bras, di chas con un atroz acento j a p o né s , me cambi ar on l a
vida. Bruscamente c ompr endí que todo l o que habí a buscado
hasta entonces, todo l o que habí a realizado, l o hi ce con un co-
barde i ntel ecto que no queri endo mor i r se aferraba a los ba-
rrotes de la razón. . . Se comenzaba a existir cuando-e4-ye-ac4er
dejaba de identificarse con el yo-observador. EnrxjéjdjLgGlpejen
el mundo de los s ueños .
4
Recinto o sala en donde se practica zazén, meditación budista zen.
220
El s u e ño sin fi n
A los 17 años ha bí a t eni do, sin darme cuent a, mi pr i mer
s ueño l úci do. Como no estaba preparado para tan i mportante
aconteci mi ento, sentí un prof undo terror y me cons i deré su-
mergi do en una anomal í a. . . En l a pri mera parte del s ueño es-
taba en un cine en el que se proyectaba una pel í cul a de di bu-
j os animados. Un paisaje con grandes rocas que poco a poco se
i ban poni endo blandas hasta chorrear arroyuelos oscuros que
comenzaron a salir de la pantalla para caer en la sala. Entonces
me vi sentado en el centro de ese vasto l ugar como úni co es-
pectador. Supe de manera i ndudabl e que estaba s oñando, es
decir, me des pert é dentro del s ueño. Esto de saber que todo lo
que veí a era i rreal , de saber que mi propi a carne allí no existía,
que esa lava de rocas derretidas, que i ba t ragándos e fila tras fi-
la las butacas, era pura i l usi ón, me angust i ó. El pel i gro, a pesar
de ser un s ueño, me espantaba. Quise hui r, pero pens é: «Si
cruzo esa puerta, ent raré en otro mundo y nunca más podr é
volver al mí o, qui zás mor i r é». ¡ Ent onces sentí páni co! Mi úni ca
posi bi l i dad de salvación era despertarme. Me pareci ó i mposi -
bl e. Tan i mposi bl e como si tú, lector, en este moment o levan-
taras tu mi rada del l i bro y te dijeras: «Estoy s oñando, debo des-
pert ar». Me sentí atrapado en un mundo monstruoso que i ba a
tratar de no soltarme. Hi ce i nmensos esfuerzos por salir del
s ueño, me sentí paralizado, no podí a mover ni los brazos ni las
221
piernas, l a lava i ba l l egando a mi sitio. Pr ont o me sepul t arí a.
Seguí i ntentando con des es per aci ón despertarme. As cendí de
las prof undi dades haci a mi verdadero cuerpo que, como un
trasatl ánti co, dor mí a estirado en l a superficie. Me rei nt egré a
mi envol tura y des per t é empapado en sudor, con el corazón la-
ti endo apresuradamente. Cons i der é que este s ueño, en reali-
dad un regalo, era una enfermedad. A partir de entonces, cada
noche al acostarme para dor mi r me creí a amenazado. Tení a
mi edo de que el mundo oní ri co me tragara para si empre.
Este mi edo me i mpul s ó a l eer l i bros sobre los s ueños , sus
mecanismos, sus cualidades, la manera de interpretarlos. Ha -
bí a diferentes clases de s ueños , sexuales, angustiosos, agrada-
bles, y t ambi én t er apéut i cos . En l a a nt i güeda d los enf ermos
i ban al templ o esperando s oñar con una diosa que los curara.
Se consideraba a los s ueños como prof ét i cos. Fr eud les di o la
mi si ón de mostrar nuestros residuos psí qui cos, los deseos frus-
trados, las pulsiones amorales, at ri buyendo s i s t emát i cament e
un significado s i mból i co a tal o cual i magen. Según J ung no se
trataba de expl i car los aconteci mi entos oní ri cos sino de seguir
vi vi éndol os, medi ante el análisis, en estado de vi gi l i a, a fin de
ver a dónde nos conducí an, qué mensaje nos estaban dando.
Si n embargo todos estos mé t odos interpretativos consi deran
que el s ueño es algo que reci bi mos con el objeto de que lo ha-
gamos actuar en el mundo raci onal . Son s í mbol os , no realida-
des. A menudo un consultante nos dice «Tuve un s ueño» , nun-
ca «Visité un s ueño» . La etapa siguiente, situada más allá de l a
i nt erpret aci ón raci onal , consiste en entrar en el s ueño l úci do,
en el que sabemos que estamos s oña ndo; conoci mi ent o que
nos da la posi bi l i dad de trabajar no sól o sobre el cont eni do del
s ueño sino t ambi én sobre nuestra misteriosa i dent i dad.
Cuando Andr é Br et on me r e c ome ndó la l ectura de Les rêves
et les moyens de les diriger, escrito por Hervey de Saint-Denis en
1867, c ompr endí lo esencial de la cuest i ón: todos actuamos co-
mo víctimas de los s ueños , como s oñador es pasivos, creyendo
222
que no podemos i nterveni r en ellos. A menudo dentro del sue-
ño tenemos atisbos de que estamos s oñando pero por mi edo,
i gnoranci a, de i nmedi at o rehui mos esta sensaci ón y nos deja-
mo,s_atrapar por el mundo oní ri co. Hervey de Saint-Denis ex-^
pl i ca su mé t odo para di ri gi r los s ueños . No tiene una f i nal i dad
muy extraordi nari a, no se propone ahondar en los profundos^
misterios del ser, si mpl emente desea «ahuyent ar las imágenes
desagradables y favorecer las ilusiones fel i ces».
Des pués de la l ectura de este document o, dej é el temor de
l ado y me l ancé a la aventura de domar mis pesadillas, como
pri mer escal ón en l a conqui sta del mundo oní ri co. Un s ueño
l úci do no se obti ene por vol untad, hay que parti r a la caza de
él, y para lo cual debemos prepararnos no i ngi ri endo al cohol
u otros excitantes como té, café o drogas; cenar l i gero y no ex-
ponerse a un bombardeo de i mágenes ci nemat ográf i cas o tele-
visivas; convencerse de que es posible en medi o de un s ueño
darnos cuenta de que estamos s oñando y buscar un el emento,
un gesto, algo que nos i ndi que que no actuamos en el mundo
que l l amamos real. Al comi enzo, cuando no di st i nguí a bi en los
dos mundos , al pregunt arme ¿estoy despi erto o estoy s oñan-
do?, me apoyaba con las dos manos en el aire, como en una ta-
bl a invisible^y me daba un i mpul sp. Si as cendí a era porque es-
taba s oñando. Daba un gi ro en el aire y trataba, hasta l ograrl o,
no de verme vol ar sino de sentirme volar. Luego me poní a a
trabajar en mi s ueño. No qui ero deci r que éste es el úni co mé-
todo: cada s oñador l úci do debe encontrar el suyo. Pi enso que,
dada la i nmensa canti dad de neuronas que f orman nuestro ce-
rebro, l o sabemos todo pero sin darnos cuenta. Necesitamos
que al gui en nos l o revele. Recuer do el cuent o del l eonci l l o
que, habi endo per di do a sus padres, fue adopt ado por una
oveja que lo cri ó en medi o de la manada. Creci ó pací fi co, asus-
tadizo, l anzando, para comuni carse, pe que ños maul l i dos. Un
dí a un viejo l eón cazó a una de las ovejas, y comenzó a devo-
rarl a al mi s mo t i empo que mant ení a pri s i onero bajo una de
sus patas al j oven l eón asustadizo.
-Dej a de temblar, amiguito y come conmi go un buen bocado.
223
A la i dea de devorar carne cruda, el f el i no vomi t ó, pero sin
embargo se sintió pos eí do de una angustia ext raña. No podí a
dejar de temblar, mas no era de mi edo. Un a ener gí a descono-
ci da le sacudí a el cuerpo. La fi era se lo llevó j unt o a un manso
arroyuelo.
- Mi r a tu reflejo y di me: ¿Ves una oveja? - e l j oven negó con
la cabeza-. ¿Qué ves?
- Veo un l eón.
- ¡ Es o es lo que tú eres!
El j oven fel i no l anzó por pri mera vez en su vi da un atrona-
dor rugi do y comenzó a devorar los restos del herbí voro.
Antes de que sepamos que podemos s oñar l úci do, tal activi-
dad no se nos plantea. Un a vez que se nos revela el tema, co-
menzamos, pr i mer o l ent ament e y l uego con más y má s fre-
cuenci a, a pensar en él durante el dí a y a prepararnos para la
noche. El s oñador tiene memori a, se recuerda lo que se pro-
puso durante la vi gi l i a y es muy posible que lo realice. Fui poco
a poco, con una paci enci a inagotable, durante años , conquis-
tando el mundo oní ri co. No l e doy al t érmi no «conqui st ar» el
sentido de ganar una batalla o un terri tori o. Conqui star para
mí es vivir en su pl eni t ud el mundo de los s ueños , que no tiene
fi n. En esta conqui s t a se pres ent an di f i cul t ades, y t a mbi é n
trampas, en las que uno puede caer y quedarse allí durant e
años , sin avanzar. Se decl aran per í odos de sequí a, en los que el
i nconsci ente se ni ega a bri ndarnos la l uci dez oní ri ca. Soña mos
sin cesar durante la noche y nos despertamos sin recordar na-
r
da. Paci enci a. Fe. De pront o, como una fl or que se abre, nos
^/encontramos otra vez l úci dos vi vi endo en el otro mundo. Estos
s ueños nos ens eñan, nos muestran a qué ni vel de conci enci a
^heraos llegado, nos dan la al egrí a de vivir.
Pr i mer o tuve que vencer a las pesadillas. Mi s s ueños esta-
ban poblados de amenazas, de sombras, de persecuciones ase-
sinas, de hechos y objetos asquerosos, de ambiguas relaciones
sexuales, que me excitaban al mi smo ti empo que me cul pabi l i -
zaban. Ahí era yo un personaje i nf eri or a mi ni vel de conci en-
224
< ía en el mundo real, capaz de realizar f echorí as que en la vigi-
l i a j a má s me permitiría.JVLe~repetí muchas veces, como una es-
pecie de l etaní a, _«Soy yo el que s ueña, tal como me conozco
despierto, y no un ni ño perverso y vul nerabl e. Los s ueños su-
ceden en mí , son parte mí a. Todo aquel l o que aparece es yo
mi smo. Esos monstruos son aspectos mí os no resueltos. No son
mis enemigos. El i nconsci ent e es mi aliado. Debo enfrentarme
con las i mágenes terribles y t ransf ormarl as». Frecuentemente
tení a la mi sma pesadilla: estaba en un desierto y desde el hori -
zonte surgí a, como una i nmensa nube de negatividad, un ente
psí qui co deci di do a destrui rme. Me despertaba gritando y em-
papado en sudor. De pront o me cansé de esta i ndi gna hui da y
deci dí ofrecerme en sacrificio. En el apogeo del s ueño, en un
estado de terror l úci do, dije: «¡ Bast a ya, voy a dejar de querer
despertarme! ¡ Abomi naci ón, des t ruyeme! ». El ente se acercó,
amenazador. Per manecí quieto, cal mo. Entonces, esa i nmensa
amenaza se disolvió. Des pert é unos segundos y volví a dormi r-
me, pl áci dament e. Co mp r e ndí que era yo mi s mo el que al i -
ment aba mis terrores. Supe que aquel l o que nos at emor i za
pi erde toda su fuerza e ne ! moment o en que dejamos de c o m-
bati rl o: Come nc é un largo per í odo en el que, cada vez que so-
ñaba, en l ugar de hui r, me enfrentaba a mis enemi gos y les
preguntaba qué querí an deci rme. Poco a poco las i mágenes se
transformaron delante de mí y se me ofreci eron como un pre-
sente, a veces era un ani l l o, otras una esfera de oro o un par d e -
llaves. Purle comprobar que, así como todo demoni o es un án-^.
gel que ha caí do, todo ángel es un demoni o que ha^subido. ¿
Cuando me habi t ué a no tener mi edo, a converti r las ame-
nazas en mensajes útiles y los monstruos en aliados, pude em-
prender otras bús quedas . Al encontrarme en lugares descono-
cidos, me elevaba en el aire para constatar que s oña ba y me
dedi caba a recorrerlos en busca de tesoros espirituales. Se me
presentaban obst ácul os, un gran mur o, una mont aña i nfran-
queable, un mar tormentoso. Me pude declarar venci do unas
cuantas veces, pero luego me di la facultad de atravesar la ma-
225
teria. Ni ngún obs t ácul o entonces pudo detenerme. Por ejem-
pl o, me l ancé en el oc é a no embraveci do dispuesto a ahogar-
me. Me hundí , pero pront o, en medi o del agua, encont r é un
túnel que me conduj o a la playa. Vi aj é por el i nt eri or de una
mont a ña hasta su ci ma, una vez allí me arroj é al vací o, caí, me
estrellé en el suelo e i nmedi atamente me encont r é de pi e vien-
do el cadáver reventado de al gui en que no era yo. Compr e ndí
que para el cerebro la muerte no existía. Cada vez que yo mis-
mo o un enemi go me el i mi naba se pr oduc í a una i nmedi at a
reencarnaci ón.
Venci da la materi a c omenc é a encont rar personajes miste-
riosos, amenazantes, burl ones, a los que no me atrevía a acer-
carme, como si fueran dioses poseedores de secretos que no
><"fríerecía saber. Me dij e: «Así como he desafiado a las pesadillas,
debo t ambi én enfrentarme a los seres sublimes, hablarles si n
/ turbarme por sus mofas, establecer contacto con ellos, cono-
/ cer esos secretos que pi enso me son vedados. Pero, para l ograr
Tt quel l o, debo antes convencerme de que yo t ambi én soy fuer-,
te, de que domi no esa di mens i ón, de que soy el amo, de que
soy un ma go» . Cuando me despertaba dentro del s ueño, pedí a
cosas. Por ej empl o: qui ero que por esta aveni da desfi l en mi l
leones. Mi deseo no se reali zaba i nmedi at ament e. Pasaba un
corto t i empo y entonces veí a desfilar los leones. «Qui ero ir a
África y ver el efantes. » Iba al Áfri ca y veí a elefantes, de allí me
transladaba al pol o norte entre osos blancos y pi ngüi nos . Otras
veces eran espect ácul os de ci rco, óper as , visitas a ciudades for-
madas de rascacielos de formas barrocas. Vi si té enorme^bata-
llas de otros tiempos, o museos donde vi centenares de cuadros
y esculturas. Cuando ya adqui r í este poder de t rans f ormaci ón,
me sentí tentado de realizar experiencias eróticas. Creé mujeres
Sensuales, mi t ad humanas mi t ad bestias, or gani cé orgí as , me
t ransf ormé en muj er para dej arme poseer, me hice crecer un
Z
fal o descomunal , visité un harem ori ental , di latigazos, amar r é
colegialas... Pero, en cuanto me entregaba al placer, inevitable-
mente el s ueño me abs or bí a y se transformaba en pesadilla. El
- deseo, al apoderarse de mí , hací a que perdi era la l uci dez y que
226
_££iJblU>*-*S* ^ **** « r ^ > ^
los aconteci mi entos escaparan a mi cont roL Ol vi daba que esta-
ba s oñando. Me pasaba i gual con la riqueza. Cuando me atra- "*
paba l a f asci naci ón del di nero, mi s ueño dejaba de ser l úci do.
Cada vez que trataba de satisfacer mis pasiones, olvi daba que
estaba s oñando. Compr e ndí f i nal mente que, en l a vi da como
en el s ueño, para permanecer l úci do es necesario distanciarse^
control ar la i denti fi caci ón. Des cubrí que, aparte de la fascina-f
ci ón sexual y económi ca, me atraí a como un i mán el deseo de^
adqui ri r fama, ser apl audi do, domi nar aj as multi tudes. Expul -f
sé de mis s ueños estas tentaciones.
Volví a trabajar en mi levitacíón. Me di cuenta de que cada
vez que me elevaba en el aire me mostraba orgul l oso, vanido-
so. Estaba real i zando una hazaña que los otros no l ograban,
era di gno de admi r aci ón. Vencí ese pel i gro. Trans f ormé el vue-
lo en algo nor mal , útil, que me servía, no sól o para viajar por el
pl aneta sino t ambi én para salir de él. Come nc é a ascender. Ex-
per i ment é un terror enorme. El mi smo que sentí en mi pr i mer
s ueño l úci do cuando no me atreví salir del cine en el que esta-
ba encerrado. Sent í que un lazo vital me ataba al pl aneta tie-
rra. Me des pert é con el corazón pal pi tando fuerte. Durant e el
dí a i magi né muchas veces mi cuerpo atravesando la estratosfe-
ra para hundi rse en el cosmos. Por l a noche, s oñando, l ogré l o
que querí a. Vencí el mi edo a mori r, la s ens aci ón de peso, de
ahogo y comencé, con la vel oci dad de un cometa, a viajar en-
tre las estrellas...
Avanzar en esa cal ma i nmensi dad, donde las grandes masas
planetarias y los astros incandescentes se mueven en una orde-
nada danza, s abi éndome i nvul nerabl e, descarnado, f orma pura
y consciente, fue una experi enci a i nol vi dabl e. Es difícil expl i car
esto con palabras: de al guna manera el cosmos me encerraba,
como una ostra a su perl a, como si yo fuera una cosa preciosa;
me cui daba como a una l l ama que no debí a apagarse; yo repre-
sentaba a la conci enci a que esa materia habí a demorado mi l l o-
nes de años en crear. El cosmos era mi madre mur mur a ndo
una canci ón de cuna para hacerme crecer. Las palabras que yo
p^Uaj j r onur i gi ar noexariJMÍas.áno la voz de esos astros. El sen-
227
ti mi ento de fl otar en un espacio i nf i ni to rodeado por su amor
total me hi zo despertar henchi do de fel i ci dad.
No pretendo que se crea que este proceso i ni ci áti co a través
de los s ueños l úci dos se real i zó en un t i empo corto. En mi caso
esos s ueños no dependen de mi vol unt ad, se me presentan en
l a mul t i t ud de s ueños ordi nari os como un verdadero regal o.
He pasado a veces un año entero sin tener esa clase de expe-
riencias. Tampoco pr ogr es é en el or den en que l o descri bo, a
veces i nvesti gué en un tipo de real i dad oní ri ca, l uego en otro,
para volver des pués a cont i nuar el pri mero. En el mundo oní-
ri co no existe un orden raci onal , causa y efecto son abolidos. A
veces surge pri mero un efecto y este efecto es seguido por su
causa. De pront o todo existe en f orma s i mul t ánea y el t i empo
adqui ere una sola di mens i ón que no es obl i gatori amente un
presente como l a razón l o conci be. No hay un mundo sino una
f í mul t anei dad de di mensi ones. Lo que aquí l a razón l l ama vi -
»tia, allá tiene otro sentido. Me propuse, mi entras vagaba des-
pi ert o dentro del s ueño, entrar en l a di mens i ón de los muer-
tos.
Des pués de atravesar en una pe que ña barca un oc éa no fu-
rioso, des embar qué en l a isla donde estaba l a puerta del rei no
de los muertos. Ha bí a filas de postulantes ansiosos de entrar.
Un tétri co port ero los pal paba y deci dí a qui énes mer ecí an o
no franquear el úl t i mo umbral . Los que el uj ier rechazaba se
i ban desolados por tener que seguir vi vi endo. El port ero me
pal pó y me decl aró di funto. Apenas pas é l a puerta me encon-
tré en un paisaje de colinas verdes. Las personas muertas, pa-
rientes, amigos, personajes famosos, no se me acercaron, a pe-
sar de mi rarme con agrado, como esperando un acto mí o que
les probara mis buenas i ntenci ones. Lancé al aire sobres de pa-
pel vací os que cayeron llenos de golosinas y objetos preciosos.
Se los regal é a los difuntos... Des per t é muy feliz, di ci éndome:
« Ahor a s é que en el pr óxi mo s ue ño l úci do po dr é conversar
con ellos. Me han acept ado» .
228
*-A todos los que no han realizado estas experiencias puedo
afirmarles que en al guna regi ón del cerebro, si el cerebro es
verdaderament e l a sede del es pí r i t u, existe una di me ns i ón
donde los difuntos que hemos amado y tarnBién aquellos que
nos conci ernen, pero que no conoci mos y no pudi mos por eso
mi s mo amarl os, est án vivos, si guen des ar r ol l ándos e y t i enen
un i nmenso placer en comuni carse con nosotros. Se me puede
contestar que esa vi da es pura i l usi ón, que en mi mundo psí-
qui co sól o existo yo. Es cierto y no lo es. Por una parte, los ce-
rebros humanos pueden estar conectados entre ellos, y por
otra, estar conectados con el universo, que a su vez puede estar
conect ado con otros universos. Mi memor i a no es sól o mí a,
f orma parte de la memor i a cósmi ca. Y en al gún sitio de esa me-
mori a, los muertos siguen vi vi endo.
Soñé con Bernadette La ndr u, l a madre de mi hi j o Bront i s.
El l a me a mó, yo nunca. Se fue con el reci én naci do a Áfri ca y
desde allí, cuando t ení a 6 años , me l o envi ó. Yo me oc upé de
él desde entonces. Su amor por mí convert i do en odi o, el l a
s i gui ó su cami no. Su gran i nt el i genci a la conduj o a la pol í ti ca,
al comuni s mo más ext remo. Fue líder. En 1983, en Es paña, al
despegar el avi ón que i ba a llevarla a un congreso revol uci o-
nari o en Col ombi a , j unt o con destacados intelectuales mar-
xistas, J orge I bar güengoi t i a, Ma nue l Scorza y otros, est al l ó.
Aún hoy creo que no fue un acci dente si no un cr i men de l a
CI A. La me nt é que pereci era en f orma tan vi ol enta sin haber
t eni do l a opor t uni da d de ent abl ar una conf r ont aci ón que,
por el bi en de Br ont i s , nos conduj er a a una reconci l i aci ón-
amistosa. Gracias a un s ueño l úci do, pude encont rarl a en l a
di mens i ón de los muertos. Fue en un pe que ño puebl o seme-
j ante a los del norte de Franci a. Nos sentamos en el banco de
una pl aza públ i ca y comenzamos a hablar. Por pri mera vez la
vi cal ma, amabl e, l l ena de ami stad. Acl ar amos por f i n que
amar apasi onadamente a al gui en no si gni fi caba que el ot ro
obl i gat or i ament e de bí a cor r es pondemos . Ta mbi é n acl ara-
mos que si en los pri meros seis años de la vi da de Bronti s fui
un padre ausente, i rresponsabl e, esa deuda l a habí a pagado
229
o c upá ndo me de él el resto de su i nf anci a y adol escenci a. En
fi n, nos abrazamos como buenos amigos. El l a me di j o: «Políti-
camente si empre t e c ons i der é nul o por que vivías en t u i sl a
ment al separado de l a mi seri a del mundo. Aho r a que has de-
ci di do que el arte s ól o vale cuando sana a los otros, ya te pue-
do ayudar. La pol í t i ca es mi especi al i dad. Cons ul t a conmi go
cuando qui er as ». Hoy en dí a, antes de tomar pos i ci ón frente
a aconteci mi entos mundi al es que me parecen graves, consul -
to con Bernadette.
Í
' " En la mi sma di mens i ón me encuent ro en compa ñí a de Te-
esa, mi abuela paterna, a la que, por desavenencias familiares,
ho tuve ocas i ón de conocer. Es una muj erci t a de cont ext ura
gruesa y frente ancha. En el s ueño, me doy cuenta de que, en
real i dad, no nos conocemos, de que no hemos paseado j unt os
ni una sola vez. Le di go: « ¿ Cómo es posible que tú, mi abuel a,
Inunca me hayas t eni do en br azos ? ». Compr e ndo que esto es
;
u ñ a falta de ti no y rectificar «Mej or di cho, ¿ cómo es posi bl e,
abuela, que yo, tu ni eto, nunca te haya dado un bes o? ». Le pro-
pongo dársel o ahora y ella acepta. Nos abrazamos y nos besa-
mos. Despierto con un ní ti do recuerdo del s ueño, contento de
haber recuperado este arqueti po familiar.
Gracias a esos s ueños l úci dos, puedo encontrar otra vez a
Denisse, mi pr i mer a esposa, una muj er del i cada, i ntel i gente,
afectada por l a l ocura. Cuando l a instalé en una casa para en-
f ermos mental es en Ca na dá , su paí s de or i gen, se de di c ó a
construi r una mesa de veinte patas. Al mi smo t i empo regaba
una pl anta seca que estaba en un macetero en la ventana de su
cuarto. Un dí a, en el tallo reseco, creci ó una hoj i ta verde. A
Denisse le pareci ó que ese vegetal, al parecer muert o, quer í a
agradecerl e sus cui dados. « Co mp r e ndí por f i n l o quej era el
amor: es el agradeci mi ento al otro por ejystifc..». J unt o con ella
est á Enr i que L i hn, que sigue escri bi endo y dando conf eren-
cias, y Topor, que habi endo atravesado el misterio de esa muer-
te que no lo dejaba apreciar la vida, ahora di buj a i mágenes lle-
nas de f el i ci dad; y mi hi j o Teo, que este 14 de j ul i o del a ño
2000, ha bi éndome dej ado a los 24 años , cumpl i ó 30 en medi o
230
Cartel de mi obra Opéra Panique, ou l'éloge de la quotidienneté
(Paris, 2001). Foto: Alberto Garcia Al i x.
De izquierda a derecha (detrás), Edwin Gér a r d , Jade Jodorowsky,
Ad án J., Brontis J., Va l ér i e Crouzet, Marianne Costa, Kazan,
Cr i s t ó ba l J. y Marie Riva; (delante), Da mi án J., Rebeca J.,
Al ma J., Alejandro J., Dante J. e Iris J.
l à
de su i ncomparabl e eufori a vital. En esa di mens i ón conoci ó a
su abuela, Sara Fel i ci dad. . .
Cua ndo l ancé mi l i bret a de di recci ones al mar, cor t é de
cuajo mi árbol geneal ógi co. A mi madre nunca más l a volví a
ver. Una noche, habi endo yo cumpl i do 50 años , apar eci ó en mi
s ueño. Pri mero oí su voz, aquel l a que creí a olvidada, transpor-
tando palabras levemente cantadas. «Ent ra, no temas. » Me di
cuenta de que estaba en un hospital. Abrí la puerta y la vi , muy
tranqui l a, recl i nada en su l echo. Me sent é j unt o a ella y habla-
mos un largo rato, tratando de arregl ar nuestros probl emas.
' Me expl i có por qué se habí a encerrado tanto en el l a mi s ma y
yo le expl i qué mi silencio de todos esos años . Al fi nal nos abra-
zamos como nunca antes lo habí amos hecho. Entonces se ten-
di ó, cerró los ojos y mur mur ó: «Ya puedo mor i r t ranqui l a». Me
\despert é triste y convenci do de que ese encuent ro era un sue-
ño prof éti co: mi madre se estaba mur i endo. Le escri bí de i n-
mediato una carta a mi hermana, cuya di recci ón cons eguí gra-
cias al poeta Al i e n Gi nsberg, que por azar encont r é en Parí s
' (lo habí an expulsado de Cuba porque en una entrevista radio-
f ó ni c a di j o que habí a s oña do que hací a el amor con el Che
Guevara), y la envié a Perú, donde ella vivía con mi madre. Le
dije: «Raquel , no sé si Sara Fel i ci dad está aún en condi ci ones
¿|e leer una carta mí a. Si n embargo, aunque parezca no oír, lé-
ele las palabras que le escribo. Su al ma las capt ará». La carta
l l egó dos dí as des pués del fal l eci mi ento de mi madre. Guar dé
una copi a de ella:
«Queri da Sara Fel i ci dad: l ament o no estar j unt o a ti en es-
tos moment os difíciles. Si el destino así lo qui ere, alcanzare-
mos avernos antes del gran viaje final. Naci mos en circunstan-
cias trági cas y quedamos marcados para toda la vi da. El dol or
que tuvimos y los errores que cometi mos vi ni eron en su mayor
parte del mundo que otros seres humanos crearon a nuestro
alrededor. Me cost ó años darme cuenta de que el dol or que
tuvimos en esa f ami l i a que trataste de construi r fue product o
de nuestra falta de raí ces, de nuestra raza que de tanto ser per-
232
seguida se hizo extranjera en todos los sitios. Si algo negativo
hubo entre nosotros, lo he perdonado. Y si pequé de ingrati-
tud hacia ti, te ruego que lo perdones. Hicimos lo que pudi-
mos tratando de sobrevivir. Sin embargo quiero que estés
tranquila: tu ser esencial, tu gran fuerza, tu voluntad inque-
brantable, tu espíritu de lucha, tu orgullo real, tu sentido de la
justicia, tu desbordante emocionalidad, tu gusto por la escritu-
ra, tQdo,£so me ha sido un legado precioso y ha pasado a ser
parte de_.rni .ser, por lo que te estoy infinitamente agradecido.
Recuerdo de aquella época la importancia que dabas a la for-
ma de los ojos, las manos, las orejas; cómo odiabas los alimen-
tos enlatados, la luz artificial; el cariño que le tenías a las flores,
tu generosidad para repartir comida, tu deseo fundamental de
orden y limpieza, tu sentido moral, tu capacidad para trabajar
horas y horas, tu corazón lleno de ideales. Sí, sufriste mucho
en este mundo y lo comprendo. Hace unos días soñé contigo.
Estabas enferma. Sin embargo te veía tranquila. Conversamos
como nunca lo habíamos hecho. Tú y yo nos propusimos co-
municarnos. Me di cuenta de que habías recibido muy poco
amor en tu paso por la Tierra. Entonces te expresé mi cariño
de hijo y te bendije para que cesaras de sufrir. Fuiste exacta-
mente la madre que yo necesitaba para encaminarme en la vía
del desarrollo espiritual que me era necesario. La verdad es
que, sin ti, me hubiera perdido en el camino. Y ahora quiero
decirte que estoy a tu lado, que te acompaño y que sé que co-
nocerás por fin la felicidad que indica tu nombre. Confía en la
voluntad del Misterio, entrégate a sus designios. Los milagros
existen. Todo esto es un sueño y el despertar será magnífico...
Tu hijo de siempre.»
En la dimensión de los muertos, éstos viven gracias a la
energía de la memoria. Aquellos a los que estamos olvidando
se pasean con siluetas esfumadas, casi transparentes; aparecen
en áreas cada vez más lejanas. Los que recordamos surgen ní-
tidamente cerca de nosotros, hablan, hay en ellos una alegría
agradecida. Pero en la oscuridad yacen siluetas de antepasa-
233
dos que vi vi eron hace varios siglos. No porque no los conoz-
camos dej an de estar allí. Basta avanzar haci a sus ámbi t os para
que se di buj en con más cl ari dad y nos habl en en lenguaj es
que qui zás desconozcamos, si empre con un enorme car i ño.
Quienes no conocen esta experi enci a, se habr án dado cuent a
de que a los familiares, y a los amigos, les es muy i mport ant e
que les demostremos que no nos ol vi damos de ellos, felicitán-
dolos por sus aniversarios, envi ándol es tarjetas postales si esta-
mos de viaje, l l amándol os por t el éf ono, etc. Sabemos que, en
la medi da, que los otros nos recuerden, vi vi mos. Si nos ol vi -
dan, nos sentimos mori r. Exactamente pasa esto en el mundo
oní ri co. Si el i nconsci ente es colectivo y el ti empo eterno, se
podr í a deci r que cada ser que ha naci do y muert o ha quedado
grabado en esa memor i a cós mi ca que t odo i ndi vi duo port a.
Me atreveré a af i rmar que cada muert o espera en l a di men-
si ón oní ri ca que por fi n una conci enci a i nf i ni t a se acuerde de
él. Al fi nal de los tiempos, cuando nuestro espí ri t u haya alcan-
zado su má xi mo desarrol l o y abarque l a total i dad del Ti empo,
no habr á un solo ser, por i nsi gni fi cante que parezca, que sea
ol vi dado.
Tambi én expl or é l a di mens i ón de los mi tos. Allí viven los
dioses antiguos, los animales mági cos , los hér oes , los santos,
las ví rgenes cósmi cas, los arquetipos poderosos. Antes de ser
aceptados por ellos, debemos vencer una serie de obs t ácul os
que son en real i dad pruebas i ni ci áti cas. Se presentan en for-
ma mal i gna, nos atacan, se bur l an de nosotros o parecen i n-
sensibles, dormi dos, i ndi ferentes. J ung cuenta-en mi autobio-"
graf í a que tuvo un s ueño en el que encont r ó en una caverna, a
un Buda dor mi do, su dios i nteri or. No se atrevi ó a despertar-
l o. Si n embargo, si conservamos l a cal ma, si no hui mos , si
reacci onamos con fe, si somos valientes y osamos enfrentarlos
o despertarlos, los monstruos se transf orman en ángel es , los
abismos se convi erten en palacios, las llamas en caricias, el Bu-
da abre los ojos si n reduci rnos a cenizas c on su mi rada. Por el
contrari o, nos comuni ca todo el amor del mundo, obtenemos
234
aliados que podemos i nvocar en cual qui er pel i gro. Ei. s. ueño_
l úci do nos. e ns e ña que en ni ngún mome nt o estamos solos,
que l a acci ón i ndi vi dual es i l usori a. El pensami ento, preso en
las redes de la raci onal i dad, i nt ent a rechazar los tesoros del
mundo oní ri co. Pero sin cesar es asediado por fuerzas que vie- "
nen de las prof undi dades de l a memor i a colectiva. En l a vi da
real, los dioses destronados se han converti do en payasos, en
estrellas ci nemat ogr áf i cas , en futbolistas l egendari os, en hé-\
roes pol í t i cos , en mi steri osos mul t i mi l l ona r i os . Queremos. '
crearnos con ellos aliados potentes, pero no ti enen consisten-^
ci a: con gran cel eri dad se deshacen en el ol vi do. En l a di men-I
si ón oní ri ca encontramos a las verdaderas entidades, con raí ^
ees mi l enari as. Allí, he podi do en muchas ocasiones ver a los
arcanos j i e l Tarot, encarnados ya sea en personas, en ani ma-
l e v
e n
objetos o en astros; los s í mbol os son enti dades vivas
que habl an ^t r a ns mi t en s u s abi durí a. Al comi enzo, cuando
trataba de contactar con las di vi ni dades, sin estar preparado
para el l o, tuve este s ueño:
En el sal ón de mi casa he preparado una mesa redonda, pa-
ra cenar con los dioses y conversar de i gual a igual con ellos. A
pesar de no ser una dei dad, el pri mero que l l egó fue Conf uci o,
un i mponent e y eni gmát i co chi no, t ranqui l o, i nmutabl e. Ape-
nas se sent ó, surgi ó un j oven hi ndú, de pi el azul, vestido con
telas brillantes y joyas, elegante, poderoso: era Maitreya. Lue-
go, j ust o frente a mí , se s ent ó Jesucristo. Un gigante de tres
metros de altura, tan potente que comencé a i nqui etarme. Se
del i neó det rás de él otro ser, Moi sés, más alto, más reci o, de
una severidad que verdaderamente me at erró. Sent í que de-
trás del profeta comenzaba a gestarse la i nconmensurabl e f i -
gura de J ehová. El sal ón se l l enó de tan i ncomprensi bl e ener-
gí a que l l egué al páni co: ¿ Cómo yo, débi l e i gnorante, habí a
osado proponerme conversar de igual a i gual con esos dioses?
Trat é de despertar. Conf uci o, l entamente, se di s gregó. Mi e n-
tras Moi sés y J ehová se disolvían en una sombra torva que i ba
l l enando el lugar, preso en el mundo oní ri co, pedí per dón a
Mai treya y Jesucristo, sonri eron, se amal gamaron, se hi ci er on
235
uno, t rans f ormándos e en un caballero vestido con traje de ca-
l l e, tan bueno como un abuelo sabio y, sonri endo, me of reci ó
una taza de té. El l í qui do s ombr í o se hi zo l uz. Des pert é con los
cabellos erizados.
El encuent ro con los arqueti pos di vi nos, si no nos hemos
preparado previamente, es muy peligroso. No excluyo de este
pel i gro un paro cardí aco. Bus qué en los textos de al qui mi a un
guí a para preparme a tan arriesgado encuentro. Un tratado es-
crito en latín en la pri mera mi tad del siglo XIV, Rosarium philo-
sophorum, pudo i ns pi rarme con sus eni gmát i cos textos. « La
cont empl aci ón de la verdadera cosa que perf ecci ona a todas
las cosas es la cont empl aci ón por los elegidos de la pur a sus-
tancia del mercuri o. » Antes de intentar uni r el yo i ndi vi dual a
la fuerza universal, es necesario contempl arl a, sentirla, i denti -
ficarse con ella, aceptarla como esencia, desaparecer en su i n-
fi ni ta ext ens i ón. Esa fuerza debe actuar en nuestro i ntel ecto
como disolvente. Cuando, en el s ueño, el dios amable me ofre-
ce un té, me está i ndi cando que soy el t errón de azúcar que de-
be disolverse en el l í qui do hi rvi ent e, es deci r, su amor. « La
obra, muy natural y muy perfecta, consiste en engendrar un
ser semejante a lo que es uno mi s mo. » Compr e ndí que la ma-
yor parte del ti empo no somos nosotros mismos, vivimos ma-
nej ándonos como títeres, presentando a los otros una l i mi t ada
cari catura. El ser i gual al que verdaderamente somos, debe-
mos crearl o en nosotros mi smos, c omo un model o, descu-
bri endo sus designios, las ór denes que, en tanto que semi l l a,
lleva impresas. Un árbol en f ormaci ón trata de crecer para lle-
gar a convertirse en el vegetal -patrón que lo guí a. El engendra-
mi ent o del semejante no es desdobl ami ento sino transforma-
ci ón: uno mi smo, para permi t i r que se realice la obra natural ,
debe transformarse en el Yo i mpersonal -pat rón, es decir, en el
más alto nivel de perfecci onami ento. Así nos hacemos guí as de
nosotros mismos. «Eucl i des nos ha aconsejado no realizar ni n-
guna operaci ón si el sol y el mercuri o no están reuni dos . » En
todo moment o el Yo i ndi vi dual y el Yo i mpersonal , intelecto e
236
i nconsci ente, deben actuar j untos. Por eso en mi s ueño Mai -
treya y Jesucristo se hi ci eron uno.
Tuve l a opor t uni da d de conocer en Par í s al al qui mi s t a
Eugéne Canseliet, qui en publ i có las obras del misterioso Ful -
canel l i . Recuerdo que me dij o: «El atanor es el cuerpo. El co-
razón, l a redoma. La sangre, l a l uz. La carne, l a sombra. La
sangre viene del corazón, que es activo, y va a la carne, que es
pasiva. El corazón es el sol, el cuerpo l a l una. Lo positivo está
en el centro. Lo negativo al rededor del centro. Ambos f orman
la uni dad» . Si pensamos que el universo tiene un centro crea-
dor, nosotros, que somos un mi ni uni verso, t ambi én debemos
tenerlo. Pasados ya los ci ncuenta años, gracias al s ueño l úci do,
deci dí i ntentar el encuent ro má xi mo: ver a mi dios i nteri or.
Estoy en una cena familiar, con mi mujer, con mis hijos. Co-
memos en la terraza, al rededor de una mesa rectangular. Es de
noche y en el cielo rel umbran las estrellas. En un plato con for-
ma de cruz, Cri sti na, la sirvienta que tan bi en se ocupó de mí
en la i nfanci a, nos sirve un cabrito asado. «Estoy s oñando. » Co-
l oco planas las manos en el aire, me apoyo en ellas y levito. Ha-
bl o, desde arri ba, a mi s seres queri dos. «Voy a salir de este
mundo. » El l os s onrí en con compl i ci dad y comi enzan a desa-
parecer. Me embarga una prof unda pena. Ese dol or l anci nan-
te me obl i ga a quedarme, pero aparece Cri sti na agitando unas
tijeras de podar árbol es con las que da cortes en el aire. «¡ Vete!
¡Si subes eres ángel , si bajas eres demoni o! » Al i vi ado, l i bre, co-
mi enzo a ascender. Me veo flotando en el cosmos. Las estrellas
br i l l an más que nunca. Deseo salir de l a di mens i ón cós mi ca
para entrar en aquella donde rei na mi conci enci a. Bruscamen-
te todos los astros desaparecen: me encuent ro en un espacio
que al parecer se extiende hasta el i nf i ni t o. Ese vací o oscuro,
en f orma i ntermi tente, con el ri t mo de los latidos de un cora-
zón humano, es atravesado por ondas de l uz ci rcul ar semejan-
tes a aquellas que se producen en un lago cuando cae en sus
aguas tranquilas una pi edra. Veo en l a l ej aní a el centro. Es una
237
masa de l uz, como un sol si n llamas, que vi bra y late, pr odu-
ci endo ondul aci ones iridiscentes. Ese t amaño colosal, compa-
rado con él soy menor que un át omo, me l l ena de terror. Quie-
ro despertar, pero me contengo. «Est o es un s ueño. Nada me
puede pasar. » «¡ Te equivocas, si la experi enci a es demasi ado
intensa caus ará tu muerte en l a vi da real, nunca más desperta-
rás! » «¡ Atrévete! Recuerda lo que te di j o Ej o Takata: ¡ Intelec-
tual, aprende a mori r! » Deci do correr el riesgo, vuelo con ce-
l eri dad haci a ese tremendo ser de l uz y me arroj o en él. En el
moment o de hundi r me en esa materia, porque el fulgor es tan
denso que l o puedo sentir en mi pi el , experi ment o l a i ncon-
mensurabl e vastedad de su poder...
Para que se me compr enda mej or debo recordar aquí un
moment o cruci al que los actores y yo vivimos durante el rodaje
de La montaña sagrada: des pués de dos meses de pr epar aci ón,
encerrados en una casa sin salir a la calle, dur mi endo sól o cua-
tro horas diarias y haci endo ej ercicios i ni ci áti cos el resto del
ti empo, más cuatro meses de intenso rodaje, viajando por todo
Méxi co, ya habí amos per di do l a r el aci ón con l a real i dad. El
mundo ci nemat ogr áf i co habí a t omado s u lugar. Yo, pos e í do
por el personaje del Maestro, una especie de Gurdj i ef f injerta-
do con el mago Merl í n, me habí a converti do en un ti rano. A
toda costa quer í a que los actores l ograran l a i l umi naci ón. No
es t ábamos haci endo un f i l me, es t á ba mos f i l mado una expe-
ri enci a sagrada. ¿Y qui énes eran esos comediantes que, atrapa-
dos t ambi én por l a i l us i ón, aceptaban ser mis di s cí pul os ? A
uno, un transexual, l o habí a encont rado en un bar de Nueva
York, el otro era un gal án de telenovelas, y l uego mi mujer, car-
gando su neurosis de fracaso, y un admi r ador ameri cano de
Hi t l er, y un mi l l onar i o deshonesto que habí a sido expul sado
de la Bolsa, y un homosexual que creí a habl ar sánscri to con los
páj aros y una bai l ari na lesbiana y un cómi co de cabaret y una
afroameri cana que, avergonzada de sus antepasados esclavos,
decí a ser pi el roja. Mi i dea, al contratar este rami l l ete, me ha-
bí a sido i nspi rada por l a al qui mi a: el estado pri mero de l a ma-
238
teria es el l odo, el magma, el «ni gr edo» . De él, por sucesivas
purificaciones, nace la pi edra filosofal, que transforma los me-
tales viles en oro. Estas personas, sacadas del mont ón, de ni n-
guna manera artistas teatrales, al finalizar la pel í cul a debí an es-
tar convert i das en monj es i l umi nados . Bus cando los sitios
mági cos , habí amos escalado todas las pi rámi des aztecas y ma-
yas que los servicios de turi smo en gran parte han reconstrui-
do. Así es como llegamos a Isla Muj eres y pudi mos cont empl ar
las maravillosas aguas azul turquesa del mar Cari be, por fin al-
go aut ént i co. Deci dí entonces realizar una experi enci a funda-
mental : des pués de l ograr que todos se raparan, yo inclusive,
hice que nos embar cár amos en un pe que ño barco camarone-
ro. Al cabo de una hor a de viaje, estuvimos en altamar. Un
cí rcul o verdi azul resplandeciente nos rodeaba. El maravilloso
océano llegaba hasta el hori zonte ci rcul ar con sus enormes pe-
ro tranquilas olas. Agr upé a los actores al rededor de mí y les
dije, en un estado de trance: «Vamos a saltar y sumergirnos en
el oc éa no. El al ma i ndi vi dual debe aprender a disolverse en
aquel l o que no tiene l í mi t es». No sé l o que pas ó en ese mo-
ment o. El l os me mi r a r on con ojos de ni ño, o f r e nd á nd o me
una fe que en verdad no merecí a. Di entonces un grito de ka-
rateka y sal té, empuj ando al grupo haci a el mar. Apenas me
hundí reci bí una gigantesca l ecci ón de humi l dad. Nos habí a-
mos arroj ado disfrazados de peregrinos estilo sufí. Cal zábamos
gruesas botas, pantal ones bombachos, fajas al rededor de la
ci nt ura, camisas amplias y abrigos largos, t ambi én sombreros
alones. Los sombreros no f ueron probl ema, si mpl emente no
se hundi er on. Pero los trajes, en un segundo se empaparon de
agua adqui r i endo un pel i groso peso. Me sent í caer haci a las
profundi dades marinas como una pi edra, un descenso que du-
ró una eterni dad. De gol pe el mar entero se compr i mi ó contra
mi cuerpo, con su i nconmensurabl e potenci a, su i nsondabl e
mi s t er i o, su mons t r uos a presenci a. Estaba at rapado en ese
vi entre s obrehumano s i nt i éndome más p e q ue ño que un mi -
crobi o. ¿Qui én era yo en medi o de ese col osal ser? Me agi t é
cuanto pude, sin tener la seguridad de salvar mi vida, era posi-
239
ble que continuase hundi é ndome hasta el oscuro f ondo. No se
me ocurri ó rezar ni i mpl or ar ayuda, no tuve ti empo. La enor-
me masa de agua me l anzó haci a l a superficie. La zambul l i da
habí a durado escasos segundos y sin embargo emergi mos to-
dos a unos qui nce metros del barco. En tierra qui nce metros
son poca cosa, en al tamar equi val en a ki l ómet ros . No se me
habí a ocurri do pensar que allí moraban tiburones y otros pe-
ces carní voros. En l a embar caci ón los pescadores, t rat ándonos
de gringos locos, se agitaban i mprovi sando un salvamento. No-
sotros en cambi o, adiestrados por esos meses de ejercicios i ni -
ciáticos, esperamos cal madamente, con la parte i ndi vi dual bo-
rrada por las olas, convertidos en un ser colectivo. La pi el roja,
dando suaves manotazos, decl ar ó que no sabí a nadar. El nazi
resul tó c a mpeón de nat aci ón: l a t omó por l a barbi l l a y l a hi zo
flotar. Cor ki di , el f ot ógraf o, ol vi dando compl etamente que su
tarea era f i l mar tales trascendental es moment os , l anzando
mal di ci ones, ayudó a arroj arnos un salvavidas atado a una lar-
ga cuerda. . . El que estaba más cerca de l a embar caci ón, el mi -
l l onari o, l anzó el flotador haci a su veci no, el pajarero, que, re-
ci tando un mantra, a su vez se lo l anzó a otro, y así y así nos
fuimos uni endo agarrados a la cuerda. Si n esa cal ma habrí a-
mos podi do ahogarnos todos. Subi mos al barco en medi o de
un si l enci o religioso. Nos desvistieron, nos envol vi eron en toa-
llas. Comenzamos a temblar. Cua ndo recuperaron el uso de
sus mandí bul as , los actores, más el f ot ógraf o, sus ayudantes y
los pescadores de camarones, comenzaron a i nsul tarme. Sól o
dos se quedaron silenciosos. El cómi co, que en el fi l me tení a el
papel de un l adrón, s í mbol o del Yo pri mi t i vo y egoí sta, se ha-
bí a comport ado como tal: sin preocuparse del grupo, apenas
emer gi ó del agua na dó con toda l a fuerza de su desarrollada
muscul atura hacia la nave. Tambi én falló mi muj er: fue la úni-
ca que no saltó. Se que dó en l a cubierta, mi r ándonos , paraliza-
da o bi en i ncr édul a. A causa de esto, algo entre nosotros se
cortó para siempre. Allí mi s mo nos di mos cuenta de que nues-
tros cami nos s eguí an derroteros diferentes. Compr e ndí que,
para llegar a mí mi smo, t ení a que despoj arme de esa l epra que
240
era el terror al abandono y aceptar mi soledad para poder lle-
gar un dí a a una genui na uni ón con los otros. En cambi o los
i nt érpret es decl araron que se habí an dado cuenta de que les
i mport aba un pepi no llegar a ser monjes i l umi nados, y que lo
úni co que deseaban era convertirse en estrellas de ci ne. La i n-
mer s i ón en el mar Cari be habí a sido un error que les serviría
de l ecci ón: ya nunca más obedecer í an a mis locuras de direc-
tor. Para comenzar, exi gi eron un buen desayuno, con zumo de
naranj a, huevos, tostadas, cereales, mant equi l l a, mermel ada,
má s el cese de toda i mprovi saci ón ajena al l i breto. En caso con-
trari o, dej arí an de fi l mar. . . Para mí aquel l o fue una experi en-
ci a esencial. Supe que de ahí en adelante t endrí a el val or de
enfrentarme al i nconsci ente, sin dejarme i nvadi r por el terror,
sabi endo que siempre l a barca de mi razón arroj arí a una cuer-
da para recuperarme.
Vol vi endo al s ueño l úci do, apenas me arroj é en ese gigan-
tesco ser de l uz, exper i ment é, como en el mar Cari be, l a i n-
mensi dad de su poder. Pero esta vez, preparado como estaba
por l a anteri or experi enci a, no l uché por salir a l a superficie
como si escapara de las fauces de un monst ruo, sino que me
dej é deslizar haci a el f ondo. Tuve l a s ens aci ón de caer lenta-
mente al mi smo ti empo que me i ba di sol vi endo, como si la luz
fuera un áci do. Al fi nal , l anzando un grito donde se mezcl aba
la eufori a y la paz, dej é de aferrarme a mi úl ti ma mi ga de con-
ci enci a i ndi vi dual . Me i nt egré al centro. Estallé en una i ncon-
cebi bl e sucesi ón de formas geomét ri cas , mi l l ares, mi l l ones, y
aquel l o formaba mundos que se evaporaban, océanos de colo-
res, palabras, frases, discursos en i ncont abl es i di omas entre-
mezcl ándos e como colosales laberintos, el ti empo converti do
en un instante eterno, pal pi tando, abr i éndos e en infinitas po-
sibilidades de futuros, yo era el núcl eo creador estallando sin
cesar, sin det enci ón, sin silencios, en incontables metamorfo-
sis. Me s acudi ó una especie de vi ol ento terremoto, en mis i n-
concebi bl es extremos se abri eron ocho puertas, ocho puentes,
ocho túnel es, bocas, qué sé yo, y de allí parti eron otros univer-
241
sos que t ambi én estallaron en delirantes creaciones, a su vez
uni éndos e con otros, hasta f ormar una masa astral pareci da a
un descomunal avispero.
¿ Cuánt o dur ó este s ueño? No l o sé. La noci ón de duraci ón
habí a sido abol i da. Tuve la suerte, o la desgracia, de que una
l l uvi a torrenci al , a c ompa ña da de un viento huracanado azota-
ra esa noche a la ci udad. Las persianas de mi s ventanas co-
menzaron a golpear con estruendo. Des per t é creyendo que el
s ueño conti nuaba. Tardé un buen rato en recuperar mi razón.
El mur o que me separaba del i nconsci ente se habí a derrumba-
do parci al mente. A pesar de saberme i ndi vi duo, podí a sentir la
incesante creaci ón de i mágenes en mi cerebro.
Aquel l o no paraba de produci r mundos, aquel l o era un i n-
menso huracán de l ocura creativa. El Yo vivía dentro de un po-
l i facéti co dios demente. La razón era una barca pe que ña su-
mergi da en un océano i nfi ni to agitado por todas las tormentas,
atravesado por todas las enti dades, angél i cas o de moní a c a s ,
aquello no hací a di sti nci ón, por todos los lenguajes vivos, muer-
tos o por crear, por la i nconmensurabl e mul t i pl i caci ón de las
formas, por el absoluto desmembrami ento de la uni dad.
Des pués de esta visión extrema, que en cierta f orma utilicé
para crear mis historias del Incal , pas ó mucho ti empo antes de
que volviera a soñar. El tema del s ueño l úci do, en Estados Uni -
dos, y luego en el mundo, comenzó a ponerse de moda. No fal-
tó un ameri cano que tratara de vender má qui na s que l o po-
dí an produci r. Se publ i car on varios l i bros, unos serios, otros
menos, como el caso de un autor que se atri buyó poderes má-
gicos. Los leí con avidez. Me si rvi eron para darme cuenta de al-
go f undament al : aquellos que des cri bí an sus s ueños l úci dos ,
contaban cosas que cor r es pondí an a su ni vel de conci enci a, a
sus creencias. Si eran cat ól i cos, por ej empl o, con gran emo-
ci ón veí an a Cristo. Si tení an al guna f orma de moral , los men-
sajes de sus s ueños la corroboraban. Recor dé haber conversa-
do c on un ami go psi coanal i sta que me mos t r ó ej empl os de
s ueños : los pacientes de analistas freudianos s oñaban con sím-
242
bol os sexuales," los jungiaWSs^TOiTñTand transformaci o-
nes, los lacanianos con juegos verbales, etc. Es decir, s oñaban
de acuerdo con las teorí as de su analizante, teorí as que para
ellos t ení an fuerza de dogma. Compr e ndí que algo semejante
pasaba con los s ueños l úci dos: una escritora cursi manej aba su
conci enci a dentro del s ueño como una muj er cursi, un etnól o-
go mrtómarí o*creaba' ensu-murukumí ri co aventuras que lo ha-
cí an pasar por al gui en que retení a los intransmisibles secretos
de l a magi a i ndí gena. . . Exami né mi visión del centro creador.
Al convert i rme en él , tuve ocho puertas. Es decir, un dobl e
cuadrado. ¡ Tocopi l l a! Toco: dobl e cuadrado. Pi l l a: diablo-cons-
ci enci a. ¿Era una coi nci denci a? ¿ Los quechuas habí an teni do
mi mi s mo s ueño? ¿El incesante creador, Pillán, se comuni caba
con los otros creadores por sus ocho puentes? O bi en el nom-
bre de mi al dea natal ha bí a modi f i cado mis i má genes . ¿Por
qué no nueve puertas, o diez, o mil?
Deci dí proceder con la mayor de las cautelas. Ya habí a lle-
gado a la ci ma de la mont aña: me habí a mi meti zado con la de-
mente creaci ón universal, ¿qué más querí a? ¿Para qué estaba
tratando de modi f i car mis s ueños ? Si deseaba obt ener algo
provechoso tení a más bi en que modi f i car al soñador, al ser que
era en l a vigilia, aquel que se i nt roducí a en el mundo oní ri co
tratando de manej arl o. Para l ograrl o, necesitaba empr ender
otras experiencias por un sendero oní ri co diferente.
Observé que mant enerme consciente durante el s ueño lúci-
do r equer í a un esfuerzo considerable. Fi nal ment e l a gran en-
s eñanza que obt ení a estaba menos en el mundo extraordi na-
r i o que p o d í a crear que en esta exi genci a de l uci dez. Si n
l uci dez, nada era posible. Desde el moment o en que me deja-
ba llevar por los acontecimientos, si nti endo las emoci ones que
ellos me despertaban, el s ueño me abs orbí a y per dí a l a l i mpi -
dez. La magi a no operaba sino gracias al di stanci ami ento; lo
que permi t í a el j uego era la cl ari dad del testigo mientras que
l a fusi ón, por el contrari o, empequeñec í a el campo de posibi-
lidades. Me dije: «Los s ueños ti enen una razón de ser: como
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productos de la creaci ón universal, son perfectos, no hay nada
que quitarles ni nada que agregarles. La ar aña para sí mi sma
no es horri bl e, lo es para la mosca. Si he venci do el mi edo, el
mundo oní ri co no tiene por qué afectarme. Y si he venci do la
vani dad y veo i mágenes sublimes, ellas tampoco deben alterar-
me. En realidad, el que se despierta en el s ueño no es un ser
superi or dotado de poderes fabulosos, es una conci enci a cuyo
papel es convertirse en un testigo i mpasi bl e. Si se interviene en
los s ueños , al pr i nci pi o se hace por experi mentar una real i dad
desconocida, pero des pués l a vani dad puede hacernos caer en
una trampa. El mi crobi o que es consciente del mar Cari be, no
es el mar Cari be. La di vi ni dad puede ser yo y cont i nuar siendo
ella; yo no puedo ser la di vi ni dad y cont i nuar siendo yo. Deci dí
entonces dejar de l ado mi vol unt ad y entregarme al s ueño lú-
ci do en cal i dad de observador. Acl aro que ser observador no es
alejarse de la acci ón, es vivirla i ndi ferente: si una fiera me ata-
ca, me defi endo sin angustia. Si el l a vence, me dejo devorar y
observo lo que significa ser tri turado. En el comi enzo de estas
nuevas experiencias, me encont r é en situaciones donde pude
matar. No l o hice. En l a vi gi l i a no soy un cri mi nal , ¿por qué l o
serí a en el s ueño? Como resultado de mi trabajo, que se exten-
di ó durante un lapso de ti empo que dur ó años , muchas cosas
de l a personal i dad pri mi ti va f ueron vencidas. Al proponerme
no i nt erveni r en el acontecer oní ri co, cesaron por compl et o
las pesadillas. Tambi én las i mágenes angustiosas, asquerosas,
perversas. Se di ría que el i nconsci ente, sabiendo que yo estaba
abi erto a todos sus mensajes, sin vol unt ad de def enderme o
adulterarlo, se convirtió en mi socio.
Despertarse o no despertarse dent ro del s ueño pasa a ser
una pr eocupaci ón de segundo pl ano. Se l l ega a un ni vel de
conci enci a en que se sabe, en todos los s ueños que acontecen,
que se está s oñando. Las i mágenes oní ri cas son experiencias
que nos transforman, tanto como los hechos de la vi da real. En
verdad, s ueño y vi gi l i a mar chan tan j unt os que al habl ar de
ellos nos referi mos a un solo mundo. Un o dej a de buscar el
desprendi mi ent o, l a l uci dez y acepta con humi l da d l a beati-
244
tud. Los s ueños l úci dos se han convert i do en s ueños felices.
Si n embargo no se llega a ellos de golpe, se pasa por diferentes
etapas. En lo que a mí se refiere, cuando dej é de j ugar al mago
y ya hube domado las pesadillas, convi rt i endo cada amenaza
en al i ado, en regal o, en ener gí a posi ti va, c o me nc é a s oña r
t r ans f or mándome en mi propi o terapeuta. Cur é heridas emo-
cionales, consol é carencias. Por ej empl o:
Estoy descansando desnudo en mi dormi t ori o, tal como es
en real i dad: un cuarto con paredes y cortinas blancas. Un le-
cho de tablas, un col chón duro, una mesita de noche, una silla
y un pe que ño ropero, nada más. Ni ngún adorno. Aparece mi
padre, con la mi sma edad que yo. Se apoya en su bicicleta, que
tiene sobre el guardabarros de la rueda trasera una caja l l ena
de mercaderí a: ropa i nt eri or de mujer, corbatas, baratijas. Est á
vestido con el traje que copi ó de una f otograf í a de Stalin. Me
pregunta, con intensa expresi ón de sorpresa, qué hago aquí , y
le respondo:
-Soy tu hi j o, ya no estás en Matucana. Ahor a habitas en mi
ni vel de conci enci a. Dej a esa bicicleta, no eres un comerci an-
te, eres un ser humano. Ol vi da tu uni f orme de comuni sta y re-
conoce que adoraste a un falso héroe.
A medi da que habl o la bicicleta se esfuma y t ambi én su tra-
je. Queda desnudo. Me acerco a él con los brazos abiertos. Re-
trocede con mi edo o repugnanci a.
- Cal ma, deja de avergonzarte de tu sexo, hace una eterni-
dad que sé que es pe que ño, eso no i mport a. El amor filial exis-
te y t ambi én el paternal . Tanto mi edo tení as de ser homose-
xual como t u her mano que el i mi naste t odo contacto f í si co
entre nosotros. Los hombres no se tocan, decí as. Y en toda mi
ni ñez, nunca me diste un abrazo, nunca me besaste. Hi ci st e
que te temiera, nada más . A la menor falta, me dabas un gol pe
o un grito rabioso. Es un error eri gi r l a pat erni dad sobre un
zócal o de mi edo. Qui ero que sea el amor y no el terror el que
me ate a ti . Fui tu ví cti ma cuando pe que ño, pero ahora que soy
mayor voy a tomarte entre mis brazos y tú harás lo mi smo -y
sin temor lo abrazo, lo beso y luego lo mezo como si fuera un
245
párvul o. Y al aquietarlo siento la fortaleza sorprendente de su
espalda. ¡ Ahora tiene 100 años y yo t ambi én! Somos dos ancia-
nos, recios, llenos de ener gí a- . ¡El amor alarga la vi da, padre
mí o! -si go meci éndol o, con audacia, con t ernura- . Co mo t ú
nunca te comunicaste conmi go por el tacto, yo t ambi én le he
negado todo contacto corporal a mi hi j o Axe l Cri stóbal -y apa-
rece con l a edad que yo tení a en l a époc a de mi s ueño, 26 años .
Lo acari ci o con i nmens a ternura, y l e pi do que me acune
como acabo de acunar yo a mi padre. Él me t oma entre sus
brazos, l l orando de f el i ci dad. Yo t ambi én. . . Me despierto. Mi
hi j o me habla por t el éf ono y me propone que tomemos el de-
sayuno j untos. Le di go que venga a verme. Apenas le abro la
puerta, lo abrazo. Él no se sorprende y me corresponde con
i gual cari ño, como si toda l a vi da nos hubi ér amos comuni cado
corporal mente. Le expl i co el s ueño y le pi do que, aparte de re-
ci bi r prot ecci ón, sienta que puede darl a.
- Abr á z a me como si fuera un ni ño, y mé c e me susurrando
una canci ón de cuna.
Al comi enzo Cri stóbal l o hace con ti mi dez, pero poco a po-
co se conmueve y acabamos por establecer un contacto en el
que el amor filial y el paternal se entremezcl an indivisibles. Por
fin hay bienestar y paz en nuestra rel aci ón.
Natural mente, sin pr oponé r me l o, pas é de estos s ueños en
que me curaba a mí mi s mo a aquellos en que me preocupaba
de los otros:
Estoy vol ando sobre l a aveni da de los Campos El í seos, en
París. Abaj o desfilan miles de personas exi gi endo la paz mun-
di al . Cargan una pal oma de cart ón de un ki l ómet ro de largo
con las alas y el pecho manchados de sangre. Comi enzo a gi rar
al rededor de ellos para l l amar l a at enci ón. La gente, admi ra-
da, i ndi ca haci a mí , vi éndome levitar. Entonces les pi do que se
den las manos y f ormen una cadena, a fin de vol ar conmi go.
Tomo a uno con t ernura y lo levanto. Los demás , sin soltarse
de las manos, t ambi én se elevan. Me paseo por el aire haci en-
do hermosas f i guras c on esa cadena humana. La pal oma de
246
car t ón nos sigue. Sus manchas de sangre han desapareci do.
Me despierto, con la sensaci ón de paz y al egrí a que otorgan los
buenos s ueños .
Tres dí as más tarde, paseando con mis hijos por l a mi s ma
aveni da de los Campos El í seos, bajo la arbol eda cercana al obe-
lisco, veo a un caballero anci ano con el cuerpo entero cubier-
to de gorriones. Está sentado en una de las sillas de metal que
br i nda el ayuntami ento. Co n l a mano estirada, i nmóvi l , ofrece
un pedazo de pastel. Los paj ari l l os revol otean a r r a nc á ndol e
migas mientras otros esperan su t urno, amorosamente estacio-
nados sobre su cabeza, sus hombros, sus piernas. Son centena-
res de aves. Me sorprende ver pasar a los turistas si n prestar
mayor at enci ón a l o que consi dero un verdadero mi l agro. No
pudi endo contener mi curi osi dad me acerco al anci ano. Ape-
nas l l ego a un par de metros de él, todos los gorri ones huyen a
refugiarse en las ramas de los árbol es.
- Per done - l e di go-, ¿ cómo puede suceder esto?
El caballero me responde amabl emente:
- Vengo aquí todos los años , en esta temporada. Los pajari-
tos me conocen. Se transmi ten el recuerdo de mi persona a
t ravés de generaci ones . Yo mi s mo f abri co el pastel que les
ofrezco. Conozco sus gustos y sé dosificar los ingredientes. Hay
que tener el brazo y la mano quietos e i ncl i nar la muñe c a para
que la masa se vea claramente. Y l uego, cuando vi enen, dejar
de pensar y quererlos mucho. ¿Quiere intentar?
Pedí a mis hijos que esperaran sentados en un banco, cerca
de allí. Tomé el trozo de pastel, ext endí la mano y me que dé
qui eto. Ni ngún gorri ón osó acercarse. El buen viejo se col ocó
a mi l ado y me t omó de una mano. Inmedi atamente acudi eron
los pajarillos y se posaron en mi cabeza, en mis hombros, en mi
brazo, mi entras otros pi cot eaban el manj ar. El cabal l ero me
sol tó. De i nmedi at o los páj aros huyeron. Volvió a tomarme la
mano y me pi di ó que a mi vez yo tomara a uno de mis hijos y él
a los otros, f ormando una cadena. Así lo hi ci mos. Los páj aros
vol vi eron y se posaron si n mi edo sobre nuestros cuerpos. Cada
vez que el viejo nos soltaba, los gorri ones huí an. Compr e ndí
247
i
que para las aves, cuando su benefactor, todo bondad, nos to-
maba de la mano, pa s á ba mos a ser parte de él. Cuando nos sol-
taba vol ví amos a ser nosotros mismos, temibles humanos. No
quise seguir pert urbando a ese santo. Le of recí di nero. De ni n-
guna manera l o qui so aceptar. Nunc a más l o vol vi mos a ver.
Gracias a él c ompr e ndí ciertos pasajes de los Evangelios: J esús
bendi ce a los ni ños sin deci r ni nguna oraci ón, sól o pone sobre
ellos las manos (Mat eo 19.13-15). En Marcos 16.18, el Mes í as
comi si ona a sus apóst ol es: «. . . sobre los enfermos pondr á n sus
manos, y s anarán». Las misteriosas palabras de San J uan Após-
tol en su pri mera epí st ol a, 1.1: « Lo que era desde el pr i nci pi o,
l o que hemos oí do, l o que hemos visto con nuestros ojos, l o
que hemos cont empl ado, y P A L P A R O N NUE S T R AS MA N O S
tocante al Verbo de vi da».
Ent re mi s ueño l úci do y el hombre de los páj aros habí a una
coi nci denci a asombrosa. En cierta manera, en el mundo de l a
vi gi l i a operaban las mismas leyes que en el mundo de los sue-
ños. Aquel que habí a l l egado al desprendi mi ent o consciente,
gracias a la humi l dad y el amor, para ser útil a los otros, comu-
ni cándol e su ni vel , necesitaba no sól o uni rse con ellos espiri-
tualmente sino t ambi én corporal ment e. A través del contacto
físico podí a transmitirse el al ma. Fue entonces cuando comen-
cé a desarrollar l o que más tarde l l amé «mas aj e i ni ci áti co». Me
dije: l a manera en que J esús t ocó a los ni ños, una i mpos i ci ón
de manos que si n una pal abra les t ransmi t i ó su doct ri na, no
fue l a de un médi co. El médi co ausculta una má qui na bi ol ógi -
ca y se entera de un mal , no es una comuni caci ón de al ma a al-
ma sino de cuerpo a cuerpo. Tampoco act uó como un militar,
un vigilante, un guerrero, un amo, personas que se di ri gen a
nuestro cuerpo i mponi endo sus normas, gol pe á ndonos , ate-
mor i zándonos , humi l l ándonos , l i mi t ando nuestra l i bertad. Ni
tampoco act uó como un seductor, dá ndol e a nuestro cuerpo
un significado puramente sexual o emoci onal . Dej ó esto en un
segundo pl ano e hi zo de sus manos la cont i nuaci ón de su espí-
ri t u; a través del contacto físico transmi ti ó conci enci a. ¿Era po-
sible esto? Para l ograrl o tení a que vencer al centro i ntel ectual
248
que provoca la acti tud del médi co, o al centro sexual que pro-
duce la lascivia o al centro corporal con su ani mal i dad engen-
dradora de abusos de poder. Me concent ré en las manos y sen-
tí en ellas la fuerza de la evol uci ón, esos mi l l ones de años que
habí an tardado en llegar a ser humanas, emergi endo de las pe-
zuñas y las garras, pasando por lo prens i l , hasta despegar el
pul gar y convertirse en extremidades que no sól o mani pul an
i nstrumentos o procuran al i mento, prot ecci ón y caricias, sino
que t ambi én pueden transmi ti r ener gí a espiritual. . . Tratando
de despertar esta sensi bi l i dad pens é poner mis manos en con-
tacto con s í mbol os sagrados o í dol os bi enhechores. En l a ci u-
dad de Méxi co, en el Mus eo de Ant ropol ogí a, estuve frente al
cal endari o solar azteca. Un a gran rueda de grani to en l a que
es t á grabada l a s abi dur í a mi steri osa de una ant i gua ci vi l i za-
ci ón. Un mándal a con un rostro en el centro, rodeado de un
pr i mer cí rcul o de veinte sí mbol os, con otro en los bordes for-
mado por dos serpientes que en la parte superi or unen sus co-
las y en la parte i nf eri or se observan frente a frente con rostros
humanos. . . Ese mándal a, hoy s í mbol o de l a naci ón mexi cana,
me at raí a como un i mán. Por esa i nexpl i cabl e danza de l a rea-
l i dad, el sal ón donde el monument o era exhi bi do entre otras
escul turas, t ambi én de i nmens o valor, q ue d ó mo me nt á ne a -
mente sin visitantes y el guar di án se aus ent ó, qui zás para ir a
hacer sus necesidades, de j á ndome solo frente al cal endari o.
Sobr epas é la barrera y depos i t é mis palmas en su centro, preci -
samente en el bajorrelieve del rostro que mi r a haci a el espec-
tador (los de las dos serpientes se presentan de perf i l ) . Apenas
col oqué mis manos en esa superfi ci e, un escal of rí o me reco-
rri ó el cuerpo. No af i rmo que el má nda l a me l o produj era y
dejo l a posi bi l i dad de que fuera una reacci ón psi col ógi ca, sin
causa en l a pi edra. Si n embargo, vi ni era de donde vi ni era, una
ener gí a t remenda penet r ó en mis cél ul as. Mi visión cambi ó, ya
no vi ese monument o como un disco, sino como un cono. El
tope era la cara que estaba bajo mis manos y la base, a un cen-
tenar de metros de distancia, las dos serpientes que f ormaban
el cí rcul o exterior. Es deci r que ese ser de pi edra part í a de un
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ni vel ani mal , para subi r en veinte ani l l os f ormado cada uno
por el girar de un s í mbol o, hasta llegar a la conci enci a angél i -
ca-demoní aca representada por el rostro de frente. Sent í que
esa cara, brillante como un sol, se mi raba en mí como si yo fue-
ra su espejo. Sent í que detrás de ella crecí a un cuerpo de ser-
piente. Y si yo era su reflejo, mi espí ri tu t ambi én tení a un cuer-
po de rept i l . Dos serpientes de perf i l f or mando un cí rcul o y
ahora dos serpientes de frente, el rostro y yo, f ormando otro
cí rcul o, porque aparte de l a uni ón en l a cús pi de, muy abajo,
en las raí ces, se entremezcl aban t ambi én nuestras naturalezas
ani mal es. Esta i nt ensa exper i enci a dur ó apr oxi madament e
ci nco mi nutos. Luego oí los pasos del guar di án y t ambi én los
de un nut ri do grupo de turistas. El lugar se l l enó de gente. Sa-
l í del museo s i nt i éndome una persona distinta.
En Francia, en una pequeña iglesia de l a Camarga, en Sainte
Mar i e de la Mer, se conserva la estatua de una vi rgen negra,
í dol o de los gi tanos. Un a vez por a ño, en verano, mi l es de
ellos, vi ni endo de todos los ri ncones de Eur opa, se concent ran
allí para rendi rl e homenaj e. En una cer emoni a popul ar i m-
presionante, se pasea a la santa, se le canta, se le reza. Pasadas
esas fiestas, el puebl o nóma de se va y otra vez la iglesita queda
sola. Cuando la visité, en i nvi erno, las puertas no estaban ce-
rradas con llave. Ni ngún sacerdote cui daba el lugar. Me acer-
qué a la vi rgen negra, que a pesar de su i nmensa i mport anci a
parecí a abandonada, e i mpresi onado por su leyenda me arro-
dillé ante ella. Mi pr i mer i mpul so fue solicitarle algo, como to-
dos lo hacen. Pero me contuve. Me acer qué a ella y comencé a
masajearle la espalda. Se me podr á deci r que es una proyec-
ci ón subjetiva, que un trozo de madera tallada no puede tener
sentimientos, sin embargo a través de mis manos perci bí el es-
fuerzo que hací a ese í dol o para sostener el peso de tantas peti-
ciones. Acari ci é su espalda como si fuera la de mi madre, em-
bargado por una t er nur a dol or os a que poco a poco se fue
transmutando en al egrí a. Cuando l a sent í aliviada, j unt é mis
manos, que a pesar del frío i nvernal estaban plenas de calor, y
le i mpl or é: « Ens é ña me a transmi ti r la conci enci a a través de
250
las manos » . En mi mente r es onó su dulce voz: « Da vi da a l a pie-
dr a». No compr endí el sentido de esa frase. La atri buí a un de-
l i ri o de mi i magi naci ón. . .
Meses más tarde, en el per í odo de vacaciones, me i nvi taron
a dar seminarios sobre el Tarot en el sur de Franci a. El arqui-
tecto Ant i Lovacs tení a un hermoso terreno en las laderas de
los montes de Tourrettes-sur-Loup, con una casa en f orma de
esfera en l a que habi t é durante dos meses. En una ancha cor-
nisa, desde la que se podí a observar el valle ext endi éndos e has-
ta la costa, encont ré un peñas co de f orma casi oval y de apro-
xi ma da ment e un met r o ochent a de al t ur a. Al l í estaba ese
mi neral , si mple, humi l de, anóni mo, hermoso, testigo del paso
de mi l l ones de años . Co mpr e ndí el mensaj e reci bi do de las
profundi dades de mi i nconsci ente, en Sainte Mari e de l a Mer.
El cal endari o solar azteca, con su sistema si mból i co muy seme-
j ante al del Tarot, habí a depositado su ener gí a en mis manos,
entrando por l a puerta intelectual. La vi rgen negra, un í dol o
poderoso, habí a hecho l o mi smo pero ent rando por l a puerta
emoci onal . Ahor a tení a que enfrentarme a la materia en su es-
tado ori gi nal , sin que escultores humanos hubi eran i nterveni -
do en sus formas. Se trataba de un cuerpo a cuerpo. Esa pi edra
no t ení a más significado que ella misma. No formaba parte de
una catedral ni de un mur o de las lamentaciones ni de l a tum-
ba de un hombr e dios, era ella, viviendo con un ri t mo i nfi ni ta-
mente más l ento que el mí o pero t ambi én con un capital de vi-
da colosal. Recor dé los ci nco lemas de los sabios que aparecen
en el grabado que orna el Rosarium phüosophorum: Lapis noster
habet spiritum, corpus et animam (Nuestra pi edra posee un espí-
ri t u, un cuerpo y un al ma). Luego Coquite... et quod quaeris inve-
ntes... La palabra coquite, siendo ambi gua -probabl ement e «co-
s e » - , l a traduj e por « ma s a j e a » , l o que me di o «Mas aj ea. . . y
encont r ar ás lo que bus cas ». Solve, coagula (Disuelve, coagula)
me i ndi có que debí a sentir que estaba di sol vi endo l a pi edra en
su pr opi a conci enci a para des pués rei ntegrarl a otra vez a su
cuerpo, esta vez una materi a i l umi nada. Solvite corpora in aquas
(Disuelve los cuerpos en agua) me i ndi có que, en la acci ón de
251
masajear l a pi edra, debí a disolver tanto mi cuerpo como el de
l a roca en una absoluta comuni ón, siendo el amor el misterio-
so el i xi r al quí mi co que todo lo disuelve, que todo lo transfor-
ma en uni dad. Y por úl t i mo: Wer unseren maysterlichen Steyn will
bauwen/Der solí oler naehren Anfang schauwen (Qui en qui ere rea-
lizar nuestra Pi edra perf ect a/ debe cont empl ar antes el pri nci -
pi o más cercano). Debí a, sobrepasando el Yo i ndi vi dual , dejar-
me poseer por el Yo i mpers onal , l a conci enci a uni versal (lo
i mpersonal está más cercano de la verdad que lo personal ), y
así, en trance, alcanzar el cor azón vivo de l a pi edra. . . Deci dí
masajearla dos horas cada ma ña na , de seis a ocho, antes de de-
sayunar con mis al umnos.
El pri mer dí a, en medi o de una ni ebl a mat i nal que nos su-
mí a en un espacio abstracto, vi a l a roca c omo un i nmens o
huevo, insensible a mi presencia. Me par eci ó evidente que, hi -
ci era l o que hi ci era, nunca se est abl ecerí a un contacto entre
nosotros. Pero pens é en l a f ábul a del cazador que qui ere cazar
a la l una. Durante años trata de hacerl o. Nunc a sus flechas lle-
gan a ella, mas se convierte en el mej or arquero del mundo. . .
Compr e ndí que no se trataba de hacer de la pi edra un ser vivo
sino de tratar de hacerl o. El al qui mi sta debe tentar lo i mposi -
ble. La verdad no está al fi nal del cami no sino que es l a suma
de las acciones que se hacen para conseguirla. Sent í que debí a
efectuar el masaje desnudo. Paci entemente, con agua, j a b ó n y
una esponja lavé l a pi edra. Luego, ayudado por un aceite de la-
vanda, comencé a acariciarla. El sol aún no enviaba sus rayos
más ardientes. A pesar de que en ni ngún moment o cesé de so-
barla, su superficie si gui ó fría, i mpenetrabl e. . . Fi el a mi deci-
si ón, cont i nué cada ma ña na mis masajes. Poco a poco comen-
cé a quererl a como se qui ere a un ani mal . Apr endí a ol vi dar la
i dea de i ntercambi o, a dar sin esperanza de obtener. Apr endí a
amar la existencia de esa pi edra sin preocuparme de que ella
fuera consciente de la mí a. Cuant o más insensible era su cuer-
po, más prof undo era mi masaje. Recor dé las palabras de An-
toni o Porchi a: «La pi edra que tomo en mis manos absorbe un
poco de mi sangre y pal pi t a». No sentí pasar esos dos meses. El
252
úl t i mo dí a, concent rado como siempre en mis caricias, no sé
por qué al cé l a vista: un cuervo negro, con una mancha bl anca
en el pecho, estaba allí, tranqui l amente posado en l a roca. Cl a-
vó sus ojos en los mí os , l anzó un grazni do y se echó a volar.
Los talleres llegaban a su t érmi no. Un al umno conf esó ha-
berme espiado una ma ña na y me solicitó un masaje. Accedí . Le
pedí que se desnudara, que se acostara en una mesa. Comencé a
masajearlo sin proponerme nada. Mi s manos se movi eron solas.
Acostumbradas a la aparente insensibilidad y dureza de la pie-
dra, sentí an no sólo la pi el y la carne sino t ambi én las visceras y
los huesos. Me pareci ó que ese cuerpo estaba divido por barre-
ras horizontales y me dedi qué a establecer las conexiones verti-
cales que i ban de los pies a la cabeza. Al dí a siguiente, mi alum-
no reuni ó sus ahorros y parti ó en un viaje alrededor del mundo.
En l a serie de s ueños en que el personaje central , uno mis-
mo, da más i mport anci a a la real i zaci ón de los otros que a la
personal , hubo uno que me mar có prof undament e y que qui -
zás sea el resultado de mi experi enci a del masaje a la roca:
Estoy sentado, medi t ando ante las puertas de un t empl o.
Sé que no me han dej ado entrar porque cargo conmi go un i n-
menso saco al parecer l l eno de basura. Consi dero que ese saco
f or ma parte de mí mi smo y que, por lo tanto, tengo derecho
de asistir a las ceremonias que se realizan allí dentro acompa-
ña do por mi carga. Se acerca un grupo de hombres y mujeres,
cada uno cargando tristemente un saco semejante al mí o. Me
levanto, l l eno de al egrí a, y les di go: «¡ Si hay que ver para creer,
entonces vean! ». Abr o mi saco y lo vací o. De él sale un grueso
chor r o de tinta negra que f orma un charco ante mis pies. La
pobr e gente sigue mi ej empl o y comi enza a vaciar sus sacos
que t ambi én están llenos de espesa tinta negra. Hemos creado
una oscura laguna...
Des prendo de l a fachada del t empl o una del gada col umna
y con el l a revuelvo el magma. A medi da que la vara de pi edra
gi ra, van surgi endo de la mancha largos tallos que se elevan
muchos metros. En sus extremos se abren enormes girasoles.
253
Esas flores atraen la l uz y pront o el l ugar es i nvadi do por un
respl andor dorado. A su vez las torres del t empl o se abren co-
mo si fueran flores. La al egrí a de la gente es tan i ntensa que
me contagia. Me despierto en un estado de alegre exi t aci ón.
Por l a ventana de mi dor mi t or i o entra l a l uz del sol a raudales.
En l a Bi bl i a, en el Exodo, se cuenta que Moi sés, conduci en-
do a su sediento puebl o por el desierto, encont r ó un charco
amargo. Di os l e i ndi có un arbusto. Moi sés removi ó con él las
aguas y ellas se t ornaron dulces. Cal mó así la sed de dos o tres
mi l l ones de gargantas (Exodo 15.22-25).
Cuando Moi sés no rechaza el agua amarga, es decir, no re-
chaza la aparente pesadilla y act úa con las ramas sobre ella, ha-
ci endo de l a planta una pr ol ongaci ón de sí mi smo, l a convier-
te en dul ce aliada. La conci enci a, al reconocer y entregarse
con amor al i nconsci ente, hace que aquél se revele en toda su
positividad. (Lo contrari o de aquel l o que Stevenson ha descri-
to en El Dr. Jekyll y Mr. Hyde.) En el mundo de los s ueños lúci-
dos, comenzamos por actuar, dar, crear. Luego tenemos que
aprender a recibir. Acept ar el favor que el otro, lo otro, puede
hacernos, es una f orma de generosi dad. El saber dar debe i r
a c ompa ña do por el saber recibir. Todos los personajes y obje-
tos de nuestros s ueños ti enen algo que ofrecernos. Todos los
seres, animados o i nani mados, que vemos en la vida real pue-
den ens eñar nos algo. Por aquel l o, poco a poco, fui dej ando de
lado los actos voluntarios y obedeci endo de más en más la vo-
l unt ad del s ueño. Al f i n, me sentí muy a gusto siendo l o que
era en ese mundo oní ri co: un viejo sereno, ent r egándos e a los
acontecimientos sabiendo que por manifestarse son una fi esta.
He aquí algunos sueños felices. Al comi enzo los anot é. Hoy en
dí a no lo hago. A aquel l o que tiene por naturaleza esfumarse,
hay que dejarlo que se esfume:
Expl or o las faldas de una mi steri osa mont a ña sin preocu-
parme de la leyenda que cuenta que está habi tada por feroces
guerreros de oro. En una gruta de hi el o descubro un manan-
tial de agua caliente. Hu nd o mis manos en el agua sabi endo
254
que des pués de curar todas mis enfermedades me dar á el po-
der de curar los males de los otros.
Soy ni ño. Ent ro en un colegio di ri gi do por una fami l i a de
gordos. Como i nstructor gi mnást i co me dan un elefante. Du-
rante los ejercicios me hago muy ami go del ani mal . Por las axi-
las me crecen dos brazos más . Reci bo un di pl oma donde se me
da el título de Demoni o Ascendente.
Un mandar í n chi no yace en estado de coma. Un grupo de
sacerdotes ancianos le aplica, en los costados, una pl ancha ca-
liente para ver si el dol or le hace reaccionar. «Pi erden su tiem-
po» , les digo. «Está definitivamente muert o. » Los ancianos ce-
san de quemar el cadáver y me mi ran. Ext r añado, me pregunto:
«¿Qué hago aquí , en Chi na? ¿Quién soy?». El muerto me res-
ponde: « ¡ Tú eres yo, venera a qui en te quema! » .
He i do hasta una al t í s i ma mo nt a ña en busca de mi hi j o
muert o. Lo llevo en aut omóvi l haci a el valle. La nieve ha bo-
rrado todos los cami nos, pero conduzco con entusiasmo, a pe-
sar del pel i gro de caer en preci pi ci os, porque llevo a Teo haci a
una enorme f i esta. El rí e. Entramos en l a ci udad. Por las calles
hay desfiles de carnaval encabezados por sus hermanos.
Cuando llegamos a la cal i dad de testigo l úci do de los sue-
ños , cuando logramos someter nuestra vol untad a la del mun-
do oní ri co, cuando nos damos cuenta de que no somos noso-
tros los que s oñamos , ni aquel que duerme ni aquel que está
despierto en el s ueño, sino que es el yo colectivo, el ser cósmi -
co, que nos uti l i za como canal para hacer evol uci onar l a con-
ci enci a humana, la barrera entre la vigilia y el s ueño, si no de-
saparece, por l o menos se hace t r ans par ent e. Nos damos
cuenta de que a la sombra del mundo raci onal prosperan las
misteriosas leyes del mundo oní ri co. . .
Les propuse a mis consultantes tratar la real i dad como un
255
s ue ño, al comi enzo per s onal y no l úc i do, par a anal i zar los
acont eci mi ent os c omo s i f ueran s í mbol os del i ncons ci ent e.
Por ej empl o, en lugar de l amentarnos porque los ladrones nos
han desvalijado la casa o porque nuestra amante nos ha aban-
donado, preguntarnos: «¿Por qué he s oña do que me r oban,
que me abandonan? ¿ Qué me estoy que r i e ndo deci r, c o n
el l o?». A lo l argo de mi s entrevistas me di cuenta de que los
acontecimientos t i enden a ordenarse, «por cas ual i dad», en se-
,^ries que en el s ueño corres ponden a las metamorfosi s de un
úni co mensaje. Es c o mún que personas que sufren por una
-ruptura con su pareja, pi erdan di nero o sean desvalijadas. En
otros casos, personas mezcladas en conflictos que despi ertan
una cól era i rraci onal , se ven de pront o en medi o de un venda-
val o un tembl or o una i nundaci ón.
A un consultante, cuya madre acababa de suicidarse y con
l a que habí a teni do relaciones de amor odi o, des pués de l a ce-
r emoni a de i nci ner aci ón, su apartamento c ome nz ó a i ncen-
diarse. En este t i po de encadenami ent os l a r eal i dad se nos
presenta como un s ueño pobl ado de sombras angustiosas, en
el que somos vícti mas, seres pasivos a los que todo les sucede.
Si por un esfuerzo de conci enci a no nos i denti fi camos con el
yo i ndi vi dual , si somos capaces de «sol tar la pres a» y convertir-
nos en testigo i mpasi bl e de aqueffcTque parece acontecer por
accidente, más aún, si dejamos de sufrir por lo que nos sucede
y comenzamos a sufrir por sufrir por lo que nos sucede, pode-
mos pasar a la etapa que corresponde al s ueño l úci do e i ntro-
duci r en l a real i dad acont eci mi ent os i nesperados que l a ha-
gan evol uc i ona r . El pas ado no es i na mo v i b l e \ e s pos i bl e
cambi arl o, enri quecerl o, despoj arlo de la angustia, darle ale-
grí a. Es evidente que l a memor i a tiene l a mi s ma cal i dad que
los s ueños . El recuerdo está const i t ui do de i má genes tan i n-
materiales como las oní ri cas. Cada vez que recordamos, recrea-
mos, damos otra i nt erpret aci ón a los aconteci mi entos memo-
ri zados. Los hechos pue de n ser anal i zados desde múl t i pl es
puntos de vista. Lo que en un ni vel de conci enci a i nf ant i l sig-
ni f i ca n, cambi a c ua ndo pasamos a un ni vel de c onc i e nc i a
256
adulta. En l a memori a, como en los s ueños , podemos amalga-
mar i má genes diferentes. Estuve tres meses i nmovi l i zado en
un cuarto de hotel de Mont r eal , Canadá, durante un crudo i n-
vi erno, esperando una visa para poder entrar en Estados Uni -
dos como ayudante de Marceau. El cuarto era gris, depri men-
te, el l echo estrecho y dur o, un lavabo emi t i endo si n cesar
gr uñi dos de puerco, l a ventana i nvadi da por las fl echas neón
de una pi zzerí a. No queri endo ya recordar más esos meses de
tan dol orosa soledad, en mi mente me puse a pi ntar las pare-
des del cuarto de brillantes colores, le di a la cama un gran ta-
ma ño, con s ábanas de seda y al mohadones de plumas, conver-
tí los gr uñi dos del lavabo en apaci bl es notas de t rompet a y
a g r e g ué a l a ventana, en l ugar de las flechas i ndi cando una
sangrienta pizza, un paisaje azul l unari o donde danzaban enti-
dades luminosas. Cambi é mi burdo cuarto en un sitio encan-
tador, como si sobre una mal a f otograf í a hubi era hecho reto-
ques. Log r é que para si empre se uni er a l a pi eza real con el
aposento i magi nari o. Luego me de di qué a rastrear otros re-
cuerdos desagradables, para agregarles detalles que los enalte-
ci eran. Convert í a los egoí st as en maestros generosos, los de-
siertos en bosques exuberantes, los fracasos en triunfos. Co n
los hechos más cercanos, aquellos que habí a experi ment ado
durante el dí a, apl i qué otra técni ca: antes de dor mi r me acos-
t umbr é a pasarles revista. Pr i mer o de pr i nc i pi o a fin y, des-
pués , a la inversa, s egún el consejo de un viejo l i bro de magia.
Esta práct i ca de l a « mar cha atrás» tení a el efecto de permi t i r
ubicarse a cierta distancia de los sucesos. Des pués de haberme
anal i zado, j uzgado y dado i nsultos o alabanzas en el pr i mer
examen, volvía a repasar el dí a en sentido inverso y entonces
me encontraba distanciado. La real i dad así captada presenta-
ba las mismas caracterí sti cas que un s ueño l úci do. Lo que me
. hi zo darme cuenta, más que nunca, de que, al i gual que todo/
el mundo, en buena medi da, yo estaba sumergi do en una rea-
l i dad semejante al s ueño. El acto de pasar revista a la j or nada
por l a noche equi val í a a l a práct i ca de rememorar mis s ueños
por l a mañana. Pero el solo hecho de acordarse de un s ueño
257
es ya organi zarl o raci onal mente. No vemos el s ueño compl et o
sino las partes que hemos sel ecci onado s egún nuestro ni vel de
conci enci a. Lo reduci mos para que encaje con los l í mi tes del
Yo i ndi vi dual . Lo mi s mo hacemos con l a real i dad: al repasar
las úl ti mas vei nti cuatro horas, no tenemos acceso a todos los
aconteci mi entos del dí a, si no a los que hemos captado y rete-
ni do, es decir, una i nt erpret aci ón l i mi t ada, transformamos l a
real i dad en aquel l o que pensamos de ella. Esa i nt erpret aci ón
selectiva constituye una base en gran parte arti fi ci al sobre la
que basamos l uego nuestros j ui ci os y apreci aci ones. Para ser
má s consci entes, podemos empezar por di s t i ngui r nues t ra
per cepci ón subjetiva del dí a de aquel l o que constituye su rea-
l i dad objetiva. Cuando ya hemos dej ado de conf undi rl as, so-
mos capaces de asistir como espectadores al desarrol l o de la
j ornada, sin dejarnos i nf l ui r por j ui ci os, apreciaciones y emo-
ciones infantiles. Desde este punt o de vista se puede i nterpre-
tar l a vi da como se i nterpreta un s ueño. . . Un consultante no
s abí a qué hacer para que unos arrendatari os j óvenes y desa-
prensivos desalojaran una casa que era de su propi edad. Al go
le i mpedí a acudi r a la pol i cí a, aunque la ley estaba de su parte.
Le dij e: «Es t a si t uaci ón te convi ene. Graci as a el l a, expresas
una vieja angustia. Trata de i nterpretarl a como un s ueño de l a
noche anteri or. ¿ Ti enes un her mano me nor ? » . Me cont es t ó
que sí, y entonces le pr egunt é si no se habí a sentido posterga-
do cuando ese i ntruso le r obó la at enci ón de sus padres. El res-
pondi ó que así era. Des pués le i nt errogué sobre las relaciones
que en el presente mant ení a con su hermano. Como me lo es-
peraba, me conf esó que no eran buenas ya que nunca se veí an.
Le expl i qué que era él mi s mo qui en propi ci aba l a i nvasi ón de
sus i nqui l i nos (más j óvenes que él ) , a fin de exteri ori zar la an-
gustia que en su ni ñez le causaba la presencia de su hermano
pe que ño. Añadí que, si quer í a que se resolviera l a si t uaci ón,
era preciso que perdonara a su hermano, que lo tratara bi en y
que se hi ci eran amigos. « Debes ofrecerle un gran ramo de flo-
res, al morzar con él, a fin de establecer una rel aci ón fraternal
y dejar a un l ado el pasado en el que te sentí as desplazado por
258
su causa. Si lo haces así, se acabar á tu probl ema con los i nqui -
l i nos. » El consultante me mi ró ext r añado. ¿ Cómo l a sol uci ón
de un viejo pr obl ema i ba a resolver una di f i cul t ad presente?
Si n embargo cumpl i ó al pie de l a letra l o que l e acons ej é. Me
envi ó des pués una corta misiva: «Of recí las fl ores a mi herma-
no y habl é con él el viernes a medi odí a. El viernes por la no-
che, los i nqui l i nos se marcharon, l l evándose todos mis mue-
bles. Pero, en fi n, se f ueron y pude recuperar mi casa. ¿ Es a
pér di da de muebles puede significar que me he desprendi do
de una parte dol orosa de mi pas ado? » . Esa pregunt a revelaba
que mi consultante estaba aprendi endo a descifrar situaciones
reales como si se tratara de sueños.
Si en el mundo oní ri co nos damos cuenta de que estamos
s oña ndo, en el mundo di ur no, atrapados en el l i mi t ado con-
cept o de nosotros mi smos, debemos echar por l a bor da las
ideas y sentimientos preconcebi dos para, con el espí ri tu des-
nudo, sumergirnos en l a Esencia. Una vez consegui da esta l u-
ci dez, t endremos l i ber t ad para actuar sobre l a real i dad, sa-
bi e ndo que, si s ól o tratamos de satisfacer nuestros deseos
egoí st as, seremos arrastrados por el t orbel l i no de las emoci o-
nes, perderemos la ecuani mi dad, el cont rol y, por lo tanto, la
pos i bi l i dad de ser nosotros mi smos act uando en el ni vel de
conci enci a que nos corresponde. En el s ueño l úci do se apren-
de que todo aquel l o que se desea con verdadera i ntensi dad, es
deci r con fe, des pués de una espera paci ente, se real i za. Sa-
bi endo esto, debemos dejar de vivir como ni ños , si empre pi -
di endo, para vivir como adultos, i nvi rti endo nuestro capital vi-
tal. Dos monjes rezan conti nuamente, uno está preocupado, el
ot ro sonrí e. El pri mero l e pregunta: « ¿ Cómo es posible que yo
viva angustiado y tú feliz, si ambos rezamos el mi smo núme r o
de hor as ? » . El otro l e responde: «Es q « e t ú. si empre rezas para*
pedü^j ei ^aí f i bi o yo sól o rezo para dar graci as». Para l ograr l a
paz, tanto en el s ueño noct ur no coi né en el s ueño di ur no que
l l amamos vi gi l i a, hemos de estar cada vez menos i mpl i cados
con el mundo y con l a i magen de nosotros mismos. La vi da y l a
muerte son sól o un j uego. Y el j uego supremo es dejar de so-
259
ñar, es decir, desaparecer de este uni verso oní r i co para inte-
grarnos en aquel que l o s ueña.
' Hay una di mens i ón que aún no he t eni do la suerte de ex-
' peri ment ar: los s ueños t er apéut i cos compart i dos. Se cuent a
que Marí a Sabina, la sacerdotisa de los hongos, reci bi ó a un
hombre que tení a un dol or atroz en una pi erna. Ni los reme-
dios más sofisticados, ni l a acupunt ura, ni los masajes habí an
/logrado aliviarlo. La anci ana dividió en dos partes iguales una
/ por c i ón de hongos para compart i rl a con su paciente. Se acos-
tó j unt o a él. Se dur mi er on abrazados. El l a vio en sus s ueños
c ómo el paciente, converti do en nagual , devoraba un cordero.
El due ño del r ebaño l o gol peó con s u cayado hi ri éndol e una
ata. Mar í a t omó al ani mal e i mponi é ndol e las manos en el
i embr o heri do lo s anó. La curandera y su paci ente se des-
rtaron al mi smo ti empo. A éste, el dol or de la pi erna le ha-
ía desaparecido. Nunc a más volvió a experi ment ar tal sufri-
ifiiento.
/
260
Magos, maestros, chamanes y charlatanes
Mi pri mer encuentro con l a magia y l a l ocura, unidas al arte,
data de la infancia. Tendrí a yo unos 5 o 6 años cuando Cri sti na
vi no a trabajar como sirvienta. Con mis ojos de ni ño la vi como
una vieja, pero en real i dad era una muj er de 40 años, sól o que
el aire cargado dobl emente de sal, la mari na y la del polvo sali-
troso del desierto, habí a abierto surcos en su frente y mejillas.
Toda su ropa era de col or café, como el hábi t o de las monjas
carmelitas. Su pel o, estirado y recogi do en la nuca f ormando
un mo ño , par ecí a un casco. Li mpi a , si l enci osa, amabl e, con
unas manos grandes pero sensibles, fue ella la que me di o las
caricias que mi madre se ahorró, qui en mas aj eó mis pies cuan-
do tení a fiebre, la que me vistió por las mañanas para que fuera
a la escuela, la que hor neó mis pasteles preferidos llenos del os-
curo dul ce de leche que l l amábamos manj ar bl anco. ¡ Cuánt o
quise a Cri sti na! Mi madre era una necesidad afectiva muy do-
lorosa, estaba uni do a su ausencia, pero Cri sti na, con su humi l -
dad puebl eri na, fue un bál s amo para mi corazón heri do. Tuve
la sorpresa de que mi padre, vi éndome en los brazos de mi que-
ri da sirvienta, delante de ella, como si fuera sorda, me di j era
con una sonrisa cínica, satisfecho de sí mi smo: «Sól o a mí se me
ocurre dar trabajo a una l oca». Esas palabras entraron en mi al-
ma como un navajazo. Enroj ecí , l uchando por contener mis lá-
grimas. J ai me se encogi ó de hombros, con una expres i ón de
261
desprecio, y se fue. Cri sti na comenzó a mecerme entre sus bra-
zos hasta que me dor mí . Serí an las tres de la ma ña na cuando
despert é en mi cama. Es cuché los fuertes ronqui dos de mi pa-
dre y l a respi raci ón, como una queja, de mi madre. Con l a boca
seca y con hambre, me habí an acostado sin darme de cenar, me
levanté para ir a buscar una vaso de agua y una fruta. Los cuar-
tos estaban oscuros pero de la coci na vení a el tenue respl andor
de l a l l ama de una vela. Al comi enzo Cri sti na pareci ó no darse
cuenta de mi llegada. Ext r añament e concentrada, sentada en
un banqui l l o frente a la mesa vacía, moví a con delicadeza y pre-
ci si ón sus manos en el ai re. Par ecí a estar mol de a ndo al go,
creando formas, al i sando mat eri a i nvi si bl e, repasando una y
otra vez sus dedos por imaginarias superficies. Transcurri ó un
rato largo, quizás una hora. Yo estaba allí, fascinado, paralizado,
vi endo algo que no podí a comprender y que no cor r es pondí a a
nada de lo que habí a conoci do. Cansado, hambri ento, sedien-
to, no pude contenerme más: «¿Qué estás haci endo Cri sti na?».
Gi ró lentamente su cabeza, y sin dejar de acariciar el aire, mi -
r á ndome con ojos vidriosos, me dij o con ansiedad: «¿La ves? Ya
la estoy termi nando. Cuando Di os se llevó a mi hi j o, la Vi r gen
del Car men vi no a deci rme: haz de mí una escultura de aire.
Cuando la termines y todos la vean, tu ni ño, otra vez vivo, se le-
vant ará de su tumba. La ves, ¿verdad? ¡ Dí mel o! ». ¿Qué podí a
contestarle? Yo no sabí a mentir. Er a la pri mera vez que estaba
en contacto con la l ocura, la pri mera vez que veía a una perso-
na que actuaba como una uni dad sin observarse a sí mi sma, sin
más cara social. At errado, sentí que me helaba. Comenz ó a so-
pl ar el vi ento frí o que en las noches baj aba de l a cor di l l er a.
Cr i s t i na abr azó s u es cul t ura i nvi s i bl e, angusti ada. « ¡ No , no
qui ero que te la lleves, mal di t o! » Pareci ó l uchar contra un hu-
racán, luego, sol l ozando, apoyó su cara sobre la mesa con los
brazos colgando como si tuviera las manos vacías. Al cabo de al-
gunos segundos, volvió a ser la que yo conocí a. Me di o un vaso
de agua, me pel ó una manzana y me llevó a la cama. Se que dó
j unt o a mí hasta que me disolví en el s ueño.
262
Mi segundo encuent ro con l a magi a fue en Santiago. Nues-
tro grupo de j óvenes poetas atrajo a muchos intelectuales ma-
duros, homosexuales. A veces eran pintores, otras veces escri-
tores y, algunos, profesores universitarios. Poseí an una cul tura
ext r aor di nar i a, habl aban vari os i di omas , de pr ef er enci a el
1 ranees, y eran muy generosos. Sabi éndonos heterosexuales, se
enamoraban pl at óni cament e, en silencio reverente y, para go-
zar de nuestra j uveni l presenci a, nos i nvi t aban a menudo al
bar de los alemanes a beber cerveza, a comer salchichas y a go-
zar de un trío de cuerda que, a c ompa ña do al pi ano por el Pi -
rulí, un flaco f emi noi de con l a mel ena t eñi da de vi ol ento ama-
r i l l o, tocaba valses vieneses. Ent re ellos se destacaba el Chi c o
Mol i na , ci ncuent ón bajo de estatura, ancho de tronco, piernas
delgadas y pies di mi nut os, que s educí a nuestros espí ri tus con
su saber enci cl opédi co. Pol í gl ot a, era capaz hasta de l eer el
sánscri to, no habí a autor o artista que se le nombrara que no
conoci era. Un dí a, al parecer más ebri o que de costumbre, nos
revel ó que su í nt i mo y mi l l onari o ami go, la Lor a Al dunat e, po-
seí a un espejo mági co fabricado en el siglo XIV. Parece ser que
l o habí a comprado en Italia, en Tur í n, una ci udad consagrada
al di abl o. Real i zando frente a él ciertos rituales secretos, el es-
pej o dej aba de r epr oduci r l a real i dad para mostrar antiguos
reflejos. Mol i na nos j ur ó haber visto, con más cl ari dad que en
un fi l me, una escena noct urna en un bosque donde, a l a l uz de
l a l una l l ena, mujeres desnudas besaban el ano de un macho
cabr í o. Exci tados por tales revelaciones, lo sacamos en andas
del restaurante al emán y l o llevamos ante l a casa de l a Lor a Al -
dunate, que estaba muy cerca de allí. Comenzamos a gritar pi -
di endo que nos abri era, que exi gí amos ver el espejo mági co.
Un caballero alto, cadavéri co, di sti ngui do, abri ó las persianas
y, desde el segundo piso, vaci ó su baci ni ca l l ena de orines so-
bre nuestras cabezas. «¡ Bor r achos indecentes, con l a magia no
se j uega! ¡ Nunca verán mi espejo! ¡ Cuando muera, me l o lleva-
ré a l a tumba encerrado j unt o conmi go en el at aúd! » Mol i na
nos mi r ó exhi bi endo una ampl i a sonrisa en su cara simiesca.
«¿Ven c ómo era verdad? Yo nunca mi ent o. ¡ Di os me l i bre, co-
263
mo di j o Ner uda, de i nventar cosas cuando estoy c a nt a ndo! »
Ti empo más tarde supimos que era mi t óma no y estafador, por-
que se habí a hecho admi rar meses l eyéndonos los capí t ul os de
su magní f i ca novela El nadador sin familia a cambi o de invita-
ciones a cenar, hasta que uno de nuestros amigos, profesor de
fi l osofí a, des cubri ó que eran l a t raducci ón de l a obra de Her-
má n Hesse El juego de abalorios, que aún no habí a sido publ i ca-
da en español . ¿Ent onces? ¿Exi stía el espejo mági co o era una
ment i r a el aborada con l a compl i ci dad de l a Lor a Al dunat e?
Cuando abri ó las persianas, su f uri a par ecí a si ncera; si n em-
bargo L i h n emi ti ó una duda: nadie l l ena de orines una baci ni -
ca en una sola noche; costaba creer que un hombre tan distin-
gui do acumul ara tanto l í qui do amari l l o s ól o por el pl acer de
col ecci onarl o. En fi n, las depravaciones son incontables. . .
La seguridad del Chi co Mol i na para afi rmar un hecho que
l a razón no podí a aceptar como cierto, l a encont r é en casi to-
dos aquellos que decí an tener contacto con planossujaeriores.
Fue entonces cuando comencé a p é ns a r q ue l a ment i ra, aparte
de su cal i dad despreciable, t ení a t ambi én una utilidad mí st i ca.
En l a Bi bl i a, en el Génesi s, J acob estafa a su hermano Es aú ha-
ci endo que éste l e venda l a pri mogeni t ura por un pedazo de
pan y un guisado de lentejas. Luego se aprovecha de la cegue-
ra de su padre para hacerse pasar por su her mano y obtener su
bendi ci ón. Más tarde se me hi zo evi dente que l a ment i r a o
« t r ampa s agr ada» , como l a l l amé, era una t écni ca empl eada
por todos los maestros y chamanes.
En 1950, gracias a Mari e Lefevre, tuve mi pr i mer encuent ro
con ese lenguaje ópt i co que es el Tarot. ¿A qué edad habí a lle-
gado Mari e a Chi l e? Nunc a nos lo quiso decir. Cuando la co-
noc i mos tení a más de 60 años . Pequeña, las canas de su larga
mel ena teñi das con un enjuague azul , maqui l l ada y vestida al
estilo de la hij a de Drácul a, vivía en un subsuelo con su aman-
te, Nene, un muchacho de 18 años , sin cul t ura y en paro, pero
1
de belleza angél i ca. Nosotros, los poetas, des pués de acalora-
das discusiones metafí si cas en el café Iris, l l egábamos ebrios,
264
al rededor de las tres de la mañana, al subsuelo, sabiendo que
allí nos esperaba una ol l a, cal ent ándos e a fuego l ento, l l ena de
sabrosa sopa. Nene, desnudo como de costumbre, con una ci n-
ta de seda rosa atada en f orma de nudo mari posa al rededor
del pene, dor mí a a pi erna suelta. El l a, que por el contrari o no
dor mí a nunca, se levantaba para servirnos una taza de la sa-
brosa sopa confecci onada con todas las sobras que le regalaba
el restaurante veci no, a cambi o de que l eyera el Tarot a los
clientes. La Lefevre habí a di buj ado ella mi sma sus 78 cartas. En
l ugar de copas, espadas, bastones y oros, baraj aba sopaipas
(oros), calabazas de mate (copas), Shivalingams, sexos mascu-
l i no y f emeni no f ormando una uni dad (bastones) y ojos den-
tro de un tri ángul o (espadas). Recuerdo algunos de sus arca-
nos mayores: en l ugar del Emper ador y la Emperat ri z, habí a
un guaso y una hermos a ranchera. La Papi sa era una machi
mapuche. El Mundo, un mapa de Chi l e. A pesar de l a i ngenui -
dad de esta baraja, el l a, con su lenguaje tan chi l eno contras-
t ando con su pr onunc i a c i ón tan francesa, hací a lecturas de
una preci si ón psi col ógi ca sorprendente. A mí , que sin sentir-
me pobre, habí a el i mi nado el di nero de mi vida, subsistiendo a
la aventura, enfrascado en el presente, sin plantearme para na-
da el mañana, me vaticinó cientos, miles de viajes por todo el
planeta. Me costó creerle y sin embargo su predi cci ón se reali-
zó. A Carl os Faz, un pi nt or de tal ento excepci onal , l e di j o:
« ¡ Nunca viajes por mar ! » . Un año más tarde, yendo a Estados
Uni dos y habi éndos e pr ohi bi do a los pasajeros, en Ecuador,
bajar, Carl os, ebri o como siempre, sal tó del barco al muel l e,
cal cul ó mal la distancia, cayó al agua y se ahogó. Tení a 22 años .
Esta s eñor a fue para mí un ej emplo de generosidad, de liber-
tad, de sutileza. A Faz no le dijo que se i ba a ahogar, lo que se
habrí a converti do en una orden de sui ci di o (la mente tiende a
realizar las predi cci ones) , sino que le advi rti ó"de un pel i gro,
dej ándol e la posi bi l i dad de CTTfrlmíárlo o no. Tambi én me en-
s eñó que uno puede crear milagros para los otros: en al guna
parte del mundo una muj er bi en i nt enci onada podí a recibirte,
a cual qui er hora, con una sonrisa humi l de en los labios, darte
265
un plato de sopa y leerte las cartas, sól o por amor al ser huma-
no, gratis.
Ot r o maestro que cambi ó mi visión del mundo fue Ni canor
Parra. Cuando l o conocí yo era un adolescente, él un hombr e
maduro, profesor de mat emát i cas en l a Escuel a de Ingeni erí a.
Como revol uci onari a reacci ón contra l a poes í a emoci onal de
Ner uda, Pablo de Rokha, Garcí a Lor ca y Vi cent e Hui dobr o, se
habí a declarado antipoeta. Para nosotros, los j óvenes , su apari-
ci ón en el mundo l i terari o s emej ó l a de un mesí as. Des pués de
mi torpe encuentro con él en el café Iris, mi ti mi dez enfermi za
me i mpi di ó visitarlo. Tuvo que ayudarme Stella Dí az. Haci en-
do l o que para ella era una i nmensa conces i ón, cubri ó l a lla-
marada de sus cabellos con una boi na: «Ni ca no quiere que me
presente con la cabeza descubierta. Di ce que las col orí nas en-
l oquecen a los al umnos » , y me llevó al terri tori o del gran anti-
poeta. Parra era un hombre sencillo y l a admi r aci ón de los j ó-
venes poetas lo estimulaba. Nos vimos muchas veces, contando
t ambi én con l a presencia de Enri que L i h n . Di scut í amos en un
pe que ño bar cerca de la Bi bl i oteca Naci onal , al rededor de esa
maravillosa bebi da que es l a chi cha dul ce. Un dí a Ni canor me
ent r egó un gran sobre l l eno de hojas de variados t amaños , es-
critas a máqui na. « Son escritos diversos, una especie de di ari o
l i terari o. ¿Me los puedes ordenar? Yo, de tanto releerlos, ya no
me doy cuenta de cuál es el valor que ti enen. Los he l l amado
"Notas al borde del abi s mo" . » Reci bi r tal muestra de confi anza
de un poeta consagrado fue para mí una bomba espiritual. Pa-
sé muchas noches encerrado, reverente, revisando esos textos
i nédi t os , or dená ndol os por temas, el i mi nando las repeti ci o-
nes. Co n un estilo conci so, «Qui ero un arte clínico-fotográfi-
co», en prosa, el poeta descri bí a su i nt i mi dad. Al cabo de qui n-
ce dí as, le ent regé esas notas, copiadas sobre hojas regulares,
en un orden que me pareci ó perfecto. Parra nunca las publ i -
có, ni volvió a habl ar de ellas. Co n una cul t ura uni versi tari a
muy superi or a la de sus antecesores, todos autodidactas, se ha-
bí a especializado en el estudio del Cí rcul o de Vi ena y l a obra
266
de Ludwi g Wi t t gens t ei n. Tant o l e i nt eresaba Gal i l eo c omo
Kafka, de qui en admi raba, por enci ma todo, su di ari o. Tení a
su propi a i nt erpret aci ón de la cél ebre frase del Tractatus, «De
lo que no se puede hablar hay que cal l ar». Para él, la metafísi-
ca, la rel i gi ón, eran terrenos vedados. Tambi én la expresi ón ríe
senti mi entos personales. «El, poeta no se debe exhi bi r: debe
mover los hilos desde afuera. » Ner uda y sus seguidores se pre-
sentaban como grandes justos, grandes amadores, grandes hu-
manistas, con angustias y esperanzas subli mes, en fin, como
desmesurados egos románt i cos. Parra se es cudó en su intelec-
to y adopt ó pri mero una, luego varias más caras . El poeta era
un profesor con l a l engua roí da por el cáncer, un hombreci l l o
aplastado por la sociedad, por las mujeres, un payaso trági co;
más tarde habl ó a través de un i ngenuo personaje que se cree
Cristo; des pués como un viejo i ncrédul o; y por úl ti mo, conver-
ti do en traductor, hi zo suya la personal i dad de Shakespeare.
Sustituyó el l i ri smo por el humor corrosivo. «El saber y la risa
se conf unden. » En fin, se i nventó a sí mi smo. Cuando escribo
estas l í neas, Parra debe de tener 86 años y, al igual que Casta-
ñeda - « el guerrero no deja huel l as »- , estoy seguro de que ñas
die puede preciarse de conocerl o í nt i mament e. El anti poeta \
ha convert i do su cor azón en una fortaleza i mpenet rabl e. La '
frase de J es ús «Por sus obras los conoceréi s» no puede aplicar-
se a él ^ „ ~"~ -— - - • " " ~
Los recuerdos que tengo de Ni canor Parra, al rededor de
una botel l a de chi cha, datan ya de hace medi o siglo. A los 20
años sus teorí as se grabaron en mi mente como marcadas por
un hi erro al roj o vivo. Pero ese ocul tami ento del ego, esa vela-
ci ón de las emoci ones personales, esa i mpersonal i dad del crea-
dor, en lugar de alejarme de ella, me conduj o a la magia. En la
magi a se apl i can los mismos pri nci pi os, sin embargo se va más
lejos: el mago acepta cortar los lazos que lo unen a influencias
exteriores, pero sabe reci bi r del i nt eri or al ser esencial, i mper-
sonal, que tiene sus raí ces más allá de nuestro sistema solar.
Par r a se hi zo presente en uno de mi s s ue ños felices, en
1998: en el hel i cópt ero que conduzco dando vueltas al rededor
267
de l a boca de un vol cán en er upci ón, Ni canor j oven l e da un
curso de poes í a a un grupo de poetas ancianos. « No describan
sus experiencias, el poema debe ser la experi enci a. No mues-
tren lo que son, si no lo que van a ser. No exhi ban sus senti-
mientos, creen con el poema un nuevo senti mi ento. No reve-
l en l o que saben, si no l o que sospechan. No busquen l o que
desean sino lo que no desean. Por lo tanto, ahora que son sue-
ño, dej en de soñar. » Entonces me despierto.
Cuando l l egué a Parí s, sin l ograr establecer de i nmedi at o el
cont act o que tanto deseaba con Andr é Br et on, si empre en
busca de la aspirina metafí si ca que me consolara de ser mort al ,
e nc ont r é en los l i bros dos maestros: uno fue Gur dj i e f f , j ¿ e
qui en leí todo lo que escri bi ó o di ctó, a mé n de losjensayos so-
bre él publicados por sus di scí pul os. El otro fue Gaston Bache-
l ard, cuyo l i broJ La philosophie du non me congr aci ó con la filo-
sofía y me propuso nuevas visiones de la real i dad que tanto me
agobiaba. Poco a poco conocí excelentes artistas que, si bi en
me enri queci eron es t ét i cament e, nunca me propus i eron en-
trar en el territorio de la magi a o de la terapia. Muy por el con-
trario, su bús queda consi stí a en hui r del Ser Esenci al para exal-
t ar e l p o d e r de l Yo p e r s o na l . C o n e l l o no q u i e r o dar a
entender que desprecio todo esto, porque pienso, al contrari o
que algunos i mprovi sados gur ús , que esa parcel a de nuestro
espí ri tu con la que a menudo nos identificamos, el ego, no de-
be ser des t r ui da ni des pr eci ada. Bi e n c onduc i da , nues t r a
egoí st a personal i dad puede convertirse en un admi rabl e servi-
dor. Es por aquello por lo que se representa a Buda medi t ando
sobre un tigre dor mi do o a Jesucristo mont ando un asno o a
Isis acariciando una gata. Los dioses ti enen cabalgaduras y és-
tas representan el ego. El Yo personal , si se entrega a la vol un-
tad cósmi ca, es admi rabl e. Si desobedece a la Ley se convierte
en un monstruo nefasto que devora a la conci enci a.
El escultor canadiense J ean Benoi t, ferviente surrealista, me
invitó a pasar unos dí as de vacaciones en un pe que ño puebl o
268
del sur de Franci a, Saint Cyr la Popi e. Frente a su casa se en-
cont raba l a de Andr é Br et ón, una cons t rucci ón de madera y
piedras talladas. Mi ami go se burl ó de mi ti mi dez y me arrastró
haci a el hogar del poeta. Me reci bi ó su esposa y me di j o que no
sabí a en dónde estaba Andr é, pero que no tardarí a en llegar,
que l o esperase mi entras el l a estaba en l a coci na. Me que dé
con Benoi t, que gozando del futuro encuentro, seguro de que
serí a «el éct ri co», empezó a vaciar una botel l a de vi no. Yo tem-
blaba, de pies a cabeza. Ver en su i nt i mi dad al mi t ol ógi co crea-
dor del surreal i smo me provocaba una exi t aci ón nervi osa,
mezcl a de páni co y eufori a. Al cabo de diez mi nutos me di er on
unas ganas irresistibles de orinar. Benoi t, del ei t ándos e con el
vi no, hi zo un gesto confuso i ndi cando la escalera que llevaba
al otro piso. «A la i zqui erda. » Subí , s i nt i éndome un i ntruso, a
l a vez que pos eí do por una extrema curi osi dad, buscando el
baño. Al llegar al pr i mer descanso, vi a l a i zqui erda una peque-
ña puer t a de mader a. Las ganas apremi ant es me hi c i e r on
abri rl a de golpe. Me encont r é frente a frente con el maestro,
sentado en la taza, pantalones enrollados más abajo de sus ro-
di l l as, def ecando. Br et ón, con l a cara desencaj ada, granate,
l anzó un aul l i do tremendo, como si l o estuvieran degol l ando.
Un grito que debi ó de oí rse no sól o en toda l a casa sino tam-
bi én en los alrededores, porque muchos perros se pusi eron a
ladrar. Ins t ant áneament e di un portazo y baj é en t romba los es-
calones, para salir huyendo haci a la estaci ón y tomar el auto-
bús que i ba a Parí s. La escena habí a durado sól o algunos se-
gundos, sin embargo yo habí a comet i do el sacri l egi o de ver
cagar al exquisito poeta. ¿Serí a perdonado al gún día? En l a du-
da, deci dí emi grar a Méxi co.
El Instituto Naci onal de Bellas Artes, que di ri gí a el poeta
Salvador Novo, me cont rat ó para dar clases de pant omi ma en
su Escuela de Teatro. Mi llegada a la capital de Méxi co desper-
tó mucho entusiasmo y tuve cientos de al umnos. Mi objetivo
era pasar de la pant omi ma al teatro, ¿por qué no hablar?, y de
allí al ci ne, para l o cual tení a que formar actores capaces. En
269
un sitio privado i naugur é un l aboratori o de i nvesti gaci ón de
las expresiones corporales, l i ber ándome de los estereotipos de
la pant omi ma. Tuve la sorpresa de ver llegar a un grupo de mé-
dicos, todos di s cí pul os de Er i c h Fr omm. Este cel ebrado psi-
quiatra y ensayista, padeci endo una enfermedad cardí aca, vivía
muy cerca de la capi tal , en la agradable Cuernavaca, que en
esa época no estaba carcomi da por la pol uci ón, gozando de su
cl i ma templ ado, su veget aci ón exuberante y su escasa altura,
casi a nivel del mar. Un grupo de psiquiatras mexi canos, más
dos col ombi anos, seducidos por su humani smo radi cal , le ha-
bí an solicitado que los aceptara como di scí pul os. Fr omm, su-
pongo, los encont r ó atrapados en las trampas del i ntel ecto y,
fiel a su misticismo ateo, «Di os no es una cosa, y por lo tanto
no puede ser represent ado por un nombr e o por una i ma-
gen» , los invitó a liberarse de todo lazo mental , «i dol atrí as», y a
perder los límites i ndi vi dual es para entregarse pl áci dament e a
una rel aci ón feliz con la naturaleza. Por supuesto que el cuer-
po era la naturaleza que se tení a más cercana. Es por esto que,
habi éndos e enterado de mis cursos de expres i ón corporal , se
los r ecomendó a todos. Estos psiquiatras, extraordi nari amente
cultos, des pués de muchos años de intensas lecturas, eran há-
biles para manej ar t eorí as, pero torpes para mover sus cuer-
pos. Tiesos, tensos, i nexpresi vos, i denti f i cados con las pala-
bras, no control aban sus gestos. Lo pri mero que hice con ellos
fue hacerles visitar diferentes espacios para que si nti eran có-
mo sus actitudes cambi aban de acuerdo con las di mensi ones
de los sitios y la ubi caci ón de sus cuerpos. Vi er on que en cier-
tos puntos se sentí an mej or o peor que en otros, comprendi e-
r on que l a comuni caci ón no sól o era oral sino t ambi én espa-
ci al , supi eron que sus cerebros f unci onaban sobre la base de
un terri tori o, real o i magi nari o. Constataron cuan anquilosada
tení an la col umna vertebral y c ómo su marcha era desequili-
brada. Se tomaron el trabajo muy en serio e hi ci er on grandes
progresos. Me pi di eron que los acompañar a al Sanatorio Tl al -
pam, del doctor Millán, para que los ayudara a investigar el len-
guaje corporal de los enfermos mentales. Así lo hice. Contentos
270
ct uando en una pant omi ma (Santiago de Chi l e, 1950).
f^Fui precursor de Iggy Pop? )
de los resultados, deci di er on por fin i nvi tarme a Cuernavaca
para que conoci era al maestro. Fr omm nos reci bi ó en un her-
moso bungal ow con las paredes cubiertas de buganvillas. Er a
un hombre de cabellera bl anca y ojos claros, apacible, con una
voz exenta de agresividad, ci tando a cada moment o la Tora pa-
ra afi rmar su at eí s mo, vestido con pantal ones bl ancos y una
chaqueta azul claro, de tela bri l l ante, lo que le daba el aspecto
de mús i co de orquesta estilo Tommy Dorsey. Este buen j udí o
de ni nguna manera me par eci ó l a i magen del padre severo
que proyectaban sobre él sus al umnos mexicanos. Mi entras su
esposa servía un aperitivo, Fr omm me pi di ó que l e descri bi era
las técni cas de la pant omi ma, especialmente aquellas relacio-
nadas con l a expres i ón del peso. «El hombre que no ha reali-
zado su libertad, es decir, que no ha cortado los lazos incestuo-
sos con su madre y los que lo conectan con su f ami l i a y con su
tierra, todo lo vive como una carga sin saber qui én sostiene ese
p e s o » , me di j o. Co mo nues t r a c o nv e r s a c i ó n s e al ar gaba,
Fr o mm propuso que f uér amos a al mor zar a un restaurante
que estaba en uno de los cerros a la salida de Cuernavaca. «Yo
iré en automóvi l con el mi mo» , le anunci ó a sus al umnos. «Mi
cor azón no me permi t e darme el pl acer de una del i ci osa as-
censi ón. Pero les aconsejo ir a pi e, en ar moní a compl eta con la
naturaleza y entre ustedes. Todo amor está basado en el cono-
ci mi ent o del otro; todo conoci mi ent o del otro está basado en
l a exper i enc i a c o mpa r t i da . » Cua ndo l l egamos a l a f onda,
Fr omm pi di ó un j arra de agua de tamari ndo y, con una sonrisa
beata, me dij o: « Bebamos tranqui l amente este saludable líqui-
do. Mi s colaboradores, conversando entre ellos y gozando del
maravi l l oso paisaje, t ar dar án por l o menos una hor a en lle-
gar». Se equi vocó el maestro: sus di scí pul os l l egaron en menos
de veinte mi nutos, transpi rando, pál i dos, con el resuello entre-
cortado. Un o cayó semidesmayado en una silla, otro vomi t ó,
los demás se preci pi taron sobre las bebidas frías, haci éndol as
desaparecer a grandes y desesperados tragos. Al cabo de un ra-
to, avergonzados, confesaron su error. Co n toda cal ma habí an
emprendi do el cami no que conducí a al restaurante del cerro.
272
De c omún acuerdo, para comul gar mej or con l a Madre Natu-
raleza, deci di eron marchar en silencio. Al cabo de unos mi nu-
tos constataron que los dos col ombi anos, apresurando con di -
s i mul o el paso, c a mi na ba n di ez met r os má s adel ant e. Se
apresuraron a alcanzarlos. Comenzó una competenci a a gran-
des pasos, cada cual tratando de probar que era más resistente
que los otros. Esto degener ó en carrera. Los úl ti mos ci en me-
tros los cabalgaron al borde del desmayo... Fr omm estalló en
carcajadas, teñi das de tristeza y compas i ón. Di j o: «El comi enzo
de la l i beraci ón reside en la capacidad del hombre para sufrir.
Y éste sufre si es opr i mi do, física y espi ri tual mente. El sufri-
mi ent o lo mueve a actuar contra su opresor buscando el térmi-
no de l a opres i ón, en lugar de buscar una l i bertad de l a cual
no sabe nada. El mayor opresor de ustedes, amigos, es el Yo i n-
di vi dual . Ni ngún terapeuta puede curar en nombre de sí mis-
mo. Recuerden l o que dice l a medi ci na hi ndú: el médi co rece-
ta, Di os cura. . . Me parece esencial que cont i núen medi t ando
con el monj e zen». Me s orprendí . ¿Un monj e zen en Méxi co?
Ni n g ú n a nunc i o me l o ha b í a i nd i c a d o . S a b í a que E r i c h
Fr omm habí a invitado a Méxi co a Daisetz Teitaro Suzuki y pu-
bl i cado un l i bro a medias con él, Budismo Zen y psicoanálisis, pe-
ro l a existencia del monj e, cuyo nombre fue pronunci ado, Ej o
Takata, me conmoví a. Ha bí a l eí do cuanto l i bro pude encon-
trar sobre el tema, pero el contacto di rect o con un maestro
zen era más i mportante que toneladas de escritos. En el auto-
bús que nos llevaba de regreso les pr egunt é dónde podí a en-
contrar al monj e. Pasaron varios mi nutos de embarazoso silen-
ci o antes de que me respondi eran. «Es un secreto. Aparte de
nosotros nadie sabe que está aquí . No podemos comuni car su
di recci ón. El úni co que puede dar una respuesta es el doct or
E, nuestro tesorero. » El doctor F. me reci bi ó en su ampl i a ofi-
ci na y me dij o: «Ej o Takata trabaja exclusivamente para noso-
tros. En las afueras de l a ci udad l e hemos construi do un pe-
que ño zendó. Si usted qui ere i r allí, a medi t ar con nosotros
todos los dí as (excepto s ábados y domi ngos, por supuesto) a
las seis de la mañana, debe antes ofrecernos un donativo, por
273
ej empl o. . . » (y sin termi nar la frase escri bi ó una i mportante su-
ma en un papel. Es posible que para él no fuera tan i mport an-
te pero para mí equi val í a a todos mis ahorros). Si n dudar un
segundo, l e fi rmé un cheque. Me di o una tarjeta con l a direc-
ci ón de Ej o Takata y un pl ano para llegar hasta allí.
A las seis de la ma ña na del dí a siguiente, recorrí un cami no
que bordeaba quebradas en cuyo f ondo se acumul aban basuras
y ratas y l l egué a una modesta casa de un piso rodeada por un
j ar dí n. Con el corazón pal pi t ándome aceleradamente di unos
tí mi dos golpes en l a puerta. Al instante me abr i ó un j a po né s
vestido de monj e. Tení a el cr áneo rasurado, un rostro de edad
i ndefi ni bl e, con una sonrisa mostrando dientes engarzados en
marcos de acero y pequeños ojos brillantes. Hi zo una reveren-
cia y luego me abrazó con cari ño, como si me conoci era ya de
muchos años. Me conduj o a la pe que ña sala de medi t aci ón y
me mos t ró un rect ángul o de tela roja con un cí rcul o bl anco en
el centro donde habí a una palabra j aponesa. Me tradujo: «Feli-
ci dad». ¿ Cómo podí a darme cuenta en ese instante de que Ej o
Takata me estaba transmitiendo la esencia del zen? Me escudri-
ñó el rostro, vio que no habí a compr endi do el mensaje. Hi z o
chasquear varias veces su l engua i ncl i nando la cabeza de un la-
do a otro. Con su ori ental acento mur mur ó: «Necesi tar mucho
zazén». Me pas ó un coj ín negro, un zafú, me mos t ró c ómo po-
nerl o bajo mis nalgas para medi tar de rodillas, corri gi ó la posi-
ci ón de mis manos y de mi col umna vertebral y se sent ó a me-
di tar frente a mí , i nmóvi l como una escul tura de cera. Pas ó
medi a hora. Las piernas me dol í an atrozmente. Comenzaron a
llegar los psiquiatras. Si n disculparse de su retraso, se sentaron
y, con prof unda y extraordi nari a concent raci ón, permaneci e-
r on i nmóvi les una hora y medi a, para des pués , sonrientes, ha-
cer una rápi da reverencia e irse. Yo, con el cuerpo ent umi do,
apenas podí a marchar. Durante tres meses sufrí el marti ri o, to-
dos los múscul os me dol í an y t ambi én las articulaciones, se me
dor mí an las piernas y el cuel l o se me hundí a en la espalda ha-
ci éndome sentir como una tortuga enferma. Ej o, con su bast ón
de madera, me daba fuertes gol pes en los omópl a t os , para
274
hacerme recuperar l a ener gí a. Por el cont rari o, los médi cos ,
si empre sonrientes, eran capaces de no moverse durante ho-
ras. Una vez vencidos los dolores corporales, tuve dificultades
con mi mente. Como estar qui eto era atrozmente aburri do, me
dedicaba a i magi nar poemas, cuentos, i mágenes sensuales, so-
luciones a todo tipo de problemas. Me di cuenta de que era ne-
ci o tratar de conseguir la admi r aci ón del Maestro i mi t ando el
aspecto exterior de un Buda: tení a que vencer mi caos mental .
Cons t at é que, en todo moment o, mi espí ri tu estaba i nvadi do
por di ál ogos i ntermi nables, monól ogos , j ui ci os, i mágenes a las
que, poni éndol es nombre, comparaba con otras. Ll amé a esto
«cacareo ment al ». Empe c é a tratar de no dejar entrar palabras
en mi espí ri tu. Luché tres años hasta poder al fin, cada vez que
l o deseaba, quedarme con l a mente l i mpi a de palabras. Muc ho
me al egré de esta vi ctori a. Si n embargo me di cuenta de que
para l ograr borrar el lenguaje tení a que dedi car toda mi aten-
ci ón a el l o, es decir, hacer un esfuerzo cont i nuo. Ese no era el
cami no correcto para i nt er r umpi r el di ál ogo i nteri or. Lo que
debí a hacer era más bi en desidentificarme de mis pensamien-
tos. Er an mí os, pero no eran yo. Mi entras medi taba dej arí a que
las palabras atravesaran mi mente como si fueran nubes lleva-
das por el viento. Las frases vendrí an, nadi e se apoder ar í a de
ellas, se irían. . . Dispuesto a i ni ci ar esta nueva l ucha, l l egué una
ma ña na brumosa al zendó. Encont r é a Ej o guardando en un
saco de tela lo poco que poseí a.
- Doct or es tramposos: t oman pi l doras antes de medi t ar.
Qui eren parecer, no ser. Me voy - j unt o a mí , muy t ranqui l o,
cargando su bolsa, baj ó haci a la ci udad.
- ¿ Ti enes di nero, Ejo?
- No .
- ¿ Ti enes dónde dormi r?
- No .
- ¿ Ti enes amigos en l a ciudad?
- No .
- ¿ Qué vas a hacer? -se encogi ó tranqui l amente de hombros
y con una gran sonrisa me cont est ó:
276
- Fel i ci dad.
Decl i nó mi of reci mi ento de alojarlo y, mientras un taxi me
llevaba a la capital, él comenzó a cami nar haci a las mont añas .
Pasaron dos años antes de que lo volviera a ver. Habí a esta-
do en la sierra ens eñando a los i ndí genas a cultivar soja. Tam-
bi én les ens eñó a construi r chozas hi gi éni cas, con la coci na al
exteri or, ori entadas haci a el naci mi ent o del sol, y a fabri car
con sus excrementos gas butano. Como su ens eñanza era gra-
tuita, los ayuntamientos al comi enzo creyeron que era un peli -
groso comuni s t a. Muchas veces amenazar on c on t i rot earl o.
Si n preocuparse de perder la vida, Ej o cont i nuó su obra sacan-
do de la mi seri a a incontables familias. Cuando regresó a la ca-
pi tal , él y sus nuevos al umnos se dedi caron a sanar enfermeda-
des medi ante plantas y acupuntura. Un dí a, cuando estaba yo
filmando La montaña sagrada en las ci mas nevadas del Ixta-
xi huat l , sufriendo por el frío y la enorme canti dad de dificulta-
des t écni cas, el monj e vi no a visitarme. Desesperado, le pre-
g unt é : « ¿ Cu á nd o de j a r á l a mo nt a ña de estar bl a nc a ? » . Se
concent r ó un instante en su vi entre y l uego r es pondi ó, son-
ri ent e: « ¡ Cua ndo es t á bl anca, está bl anca, y cuando no es t á
bl anca, no está bl anca! ». Compr e ndí que debí a dejar de cifrar
mis esperanzas en el futuro y aceptar la si tuaci ón presente con
fel i ci dad. Hasta su muerte, Ej o Takata siempre vivió en lugares
prestados, al i ment ándos e gracias a escasas donaciones.
Cuando t ermi né de escribir el gui ón de La montaña sagrada
y me ot or gué el papel del alquimista, un maestro al estilo de
Gurdj i eff, me di cuenta de que conocí a a la perf ecci ón las mo-
tivaciones del al umno, pero que carecí a de las experiencias mi -
lagrosas, sobrehumanas que, s uponí a, conocen los gurús. Por
esa danza de la real i dad, mientras preparaba la músi ca y los de-
corados del f i l me, cont act ó conmi go un neoyorki no que de-
seaba ser mi secretario. Como su exagerada insistencia me mo-
l estó, col gué el t el éf ono en medi o de una de sus imperativas
frases. El hombre t omó un avión y al dí a siguiente me vi no a vi-
sitar. Al verlo tan f anáti co y brutal , me di cuenta de que habí a
277
encontrado a Axón, el mi l i tar tirano que corta testículos en mi
pel í cul a. Cuando l e dije que no l o empl ear í a como técni co si-
no como actor, me conf esó: «Es o es lo que yo querí a, pero co-
mo nunca he actuado solicité un puesto de ayudante. Si n em-
bargo, si he veni do hasta aquí y he l ogrado f ormar parte del
elenco, es gracias al poder ps í qui co que desarrol l é sól o con un
mes y medi o de estudio en el Ar i ca Trai ni ng, f undado por un
maestro boliviano, Ós car Ichazo, poseedor de todos los secre-
tos de Gurdj i eff». Le pr egunt é en qué consi stí a esa ens eñanza
y me res pondi ó: «Ós car dice que no aporta ni nguna i dea nue-
va. Lo que él pr opone es una mezcl a de diferentes t écni cas,
taoístas, sufís, cabalísticas, al quí mi cas, etc., que permi t en obte-
ner l a i l umi naci ón en cuarenta dí as. Si estás buscando un gu-
rú, él es el i ndi cado. Act ual ment e tiene 240.000 al umnos » . En
verdad, contactar con un hi ndú o un ori ental - e n el per i ódi co
The Village Voice abundaban los anunci os de toda clase de san-
tones-, no me convení a. Mi personaje del alquimista era occi-
dental. Que Ichazo fuera sudameri cano y que hubi era bautiza-
do su técni ca con el nombre de un puerto chi l eno, Ar i ca, lugar
donde mi padre habí a instalado una fábri ca de somieres, me
sedujo. Axón me cont ó que Ichazo habí a llevado un grupo de
ci ncuenta y siete americanos, buscadores de la verdad, como
Li l l y o Cl audi o Naranj o, al desierto de Tar apacá para enseñar-
les un mét odo que les permi t i rí a levitar en diez meses. Vi aj é a
Nueva York, obtuve una entrevista con Ichazo y le propuse ve-
ni r a Méxi co para que él me iniciase a mí (tres dí as le basta-
ban) y dos de sus asistentes a mis actores (lo que necesi t arí a
seis semanas de trabajo cont i nuo durante veinte horas diarias).
Ll egamos a un acuerdo: viaje en pri mera clase para él y su se-
cretaria chi l ena, una altiva dama de la aristocracia, dos aparta-
mentos comuni cados en un hotel de ci nco estrellas, más 17.000
dól ares.
Ós car Ichazo y su c ompa ñe r a desembarcaron en Méxi co.
Apenas l l egaron al hot el el l a me pr egunt ó: « ¿ Dónde es t á l a
mar i huana? ». Muy sorprendi do l e dije que como yo no fuma-
ba no habí a pensado en eso. La dama, furiosa, comenzó a gri-
278
tar: «¡ Es es t úpi do e i mperdonabl e no esperarnos en Méxi co
por lo menos con un ki l o de hi erba! ¡Vaya i nmedi atamente a
conseguirlo o no obt endr á nada del Maes t ro! ». El tono des pó-
tico de la dama me l l enó de furor. Tuve ganas de bajarle los hu-
mos, pero me contuve porque el encuentro con Ichazo me pa-
recí a esencial para el éxi to de mi pel í cul a. En menos de una
hora mis ayudantes l l egaron con un ki l o de mari huana de l a
mej or cal i dad, envuelta en hojas de per i ódi co. La chi l ena se
c a l mó. Yo t ambi én. Un texto sagrado ti betano di ce: « No t e
preocupes de los defectos del maestro: si necesitas atravesar un
río, no i mport a que la barca que te lleva a la otra ori l l a esté mal
pi nt ada» . Ej o Takata, por ej empl o, f umaba un ci garri l l o tras
otro, pero aquel l o no i mpi di ó que me revelara el corazón del
zen.
Fijamos el encuentro privado con Ichazo a las seis de la tar-
de del dí a siguiente en mi casa. Allí tení a, en el tercer piso, un
ampl i o estudio, con las paredes cubiertas de libros y un venta-
nal que daba a l a plaza Rí o de J anei ro. La noche precedente
cenamos j untos. El maestro me cont ó de dónde vení an sus po-
deres:
- Na c í en 1931 en Bol i vi a. Hi j o de un mi l i t ar bol i vi ano, fui
educado en La Paz, en una escuela de j esuí t as. Una noche, ya
con 6 a ños , estaba en l a cama l eyendo un cuent o de hadas
cuando, presa de un ext r año ataque, como de epi lepsi a, me
des mayé para, de i nmedi ato, en estado astral, salir del cuerpo.
Me vi muert o, t endi do en l a cama. Así, desmaterializado, co-
nocí los misterios del más allá. Al regresar a mi cuerpo de ni -
ño, mi mente era l a de un adulto, l a de un conocedor de l a ver-
dad. Cuando el sacerdote que era mi profesor me descri bí a el
i nf i erno, yo pensaba «Ya estuve en el Inf i erno y no era as í ».
Aba ndoné mis relatos infantiles y comencé a leer, ent endi én-
dolos pl enamente, toda clase de libros científicos, filosóficos y
sagrados como la Baghavad-Gita, el Tao Te Ki ng, el Zohar, los
Upani shads, el Sutra del Di amante y tantos otros. Tambi én me
interesaron los escritos de Gurdj i eff y sus di scí pul os. Ya a los 9
279
años reci bí a clases de hatha yoga, hi pnot i smo y artes marciales
con un verdadero samurai. A los 13 años unos curanderos bol i -
vianos me i ni ci ar on en sus ritos mági cos d á nd o me de beber
ayahuasca. A los 19 años conocí a un caballero anci ano que se
i nt eresó en mi gran desarrollo espiritual. En 1950 me invitó a
Buenos Ai res, donde me puso en contacto con un grupo de
viejos sabios, muchos de ellos tení an 80 años o más. Habí an ve-
ni do de todo el mundo, esencialmente de Eur opa y de Or i en-
te, con el fin de i ntercambi ar sus técni cas espirituales. Me con-
trataron como empl eado para asearles los cuartos, hacer las
compras, coci nar y servirles en todo lo que necesitaran. Así po-
dí an dedicarse sin estorbos a di scuti r sobre técni cas, yoga, tan-
tra hi ndú y tibetano, Kábal a, Tarot, Al qui mi a, etc. Yo me levan-
taba a las cuatro de la ma ña na para prepararles el desayuno y,
de manera discreta, me quedaba entre ellos. Poco a poco se
acostumbraron a mi presenci a y comenzaron a usarme como
conej i l l o de Indias para probar l a efecti vi dad de sus conoci -
mientos, como una clase parti cul ar de medi t aci ón o una reci-
taci ón de mantras. Al cabo de dos años , poseyendo l a totali dad
de las técni cas, yo sabí a más que cada uno de ellos. Orgul l osos
de mi síntesis, me di eron preciosos contactos con cof radí as de
Ori ent e. Me abri eron las puertas de los sitios más secretos, l u-
gares donde era muy difícil entrar, casi i mposi bl e. Come nc é a
viajar. En todas partes me reci bi eron no como un al umno sino
como un maestro. Visité Indi a, Ti bet (paí ses donde corrobo-
ré mis conoci mi ent os del tantra) , J a p ó n (donde resol ví to-
dos los koans), Ho ng Kong (donde me revelaron los secretos
del I Chi ng) , Irán (donde los sufís me i ndi caron el verdadero
significado del eneá gono y el nombre secreto de Di os) . Regre-
sé a La Paz para vivir con mi padre y di geri r esos conoci mi en-
tos. Des pués de medi tar durante un año, caí en un coma di vi no
que me dur ó siete dí as. Éxtasi s que me mantuvo inmóvil, como
muerto. Así supe de qué manera el universo fue creado, cuál es
eran las relaciones mat emát i cas entre las cosas, la enf ermedad
de l a actual civilización y l a manera de curarl a. Al recuperar
mis movi mi ent os supe que me habí a i l umi nado. Co mpr e ndí
280
fío-"? » *'i at* mm
que en lugar de ayudarme a mí mi smo debí a tratar de ayudar a
Di os.
Todo esto me l o cont ó Ichazo con l a mi sma convi cci ón con
que el Chi co Mol i na afirmaba haber visto f unci onar un espejo
mági co. Co n l a mi sma convi cci ón con que Carl os Cas t añeda
me cont ó que, cami nando en l a ci udad de Méxi co con don
J uan por el Paseo de la Ref orma, porque en lugar de escuchar-
lo se distrajo vi endo pasar a una mujer, el viejo le di o un pal-
metazo en la espalda que lo l anzó, en menos de un segundo, a
ci ncuenta ki l ómetros de distancia. La mi sma convi cci ón con l a
que más tarde Ichazo me cont ó haber estado j unt o a j e s ús , en
el moment o en que ést e « pa de c í a » s u t r ans f i gur aci ón. ¿ Me
quiso deci r que podí a viajar a través del ti empo o que t ení a re-
cuerdos de anteriores reencarnaci ones? Esta úl t i ma posi bi l i -
dad concordaba con el hecho de que Ichazo afirmaba poseer
una memor i a prodi gi osa: recordaba con toda ni ti dez sus expe-
riencias cuando tení a 1 año de edad.
A las seis en punt o de la tarde, Ichazo di o un golpe seco en
la puerta de mi casa. Como si ya hubi era estado allí muchas ve-
ces, se me adel ant ó para subir las escaleras hasta el tercer piso
y sentarse en el c ómodo sillón que esa ma ña na mi sma yo habí a
compr ado para él. Sonr i ó con sat i sf acci ón ol i endo el cuero
nuevo.
-Bravo. . . Este muebl e no tiene pasado. Es como yo. Soy la
raíz de una nueva tradi ci ón. Ol vi da a todos los cristos, ol vi da a
todos los budas, l a real i zaci ón personal no existe. Yo, ahora
mi smo, te ens eñaré a domesticar el ego. Te ens eñar é el cami-
no por donde regresarás al poder i mpersonal que nos respira,
a la fuerza que existe más allá del ni vel de nuestra mente cons-
ciente -y, sin más, sacó de sus bolsillos un paquete de carame-
los, un tubo con pastillas de vi tami na C, un encendedor, un ci-
garro de mar i huana y un mi steri oso papel i l l o. Me pi di ó que
trajera un vaso con agua. Abri ó el papel i l l o: cont ení a un pol vo
anaranj ado. Lo verti ó en el agua-. Es LSD, puro. Bebe - aun-
que estaban de moda, yo nunca habí a queri do hacer experi en-
282
cias psi codél i cas. En mis entrevistas afirmaba que no las nece-
sitaba porque eran mis pel í cul as las que me daban tan podero-
sas i má genes . Tr agué saliva y, venci endo mi temor, i nger í el
brebaje. Esperamos en medi o de un denso silencio. Pasó una
hora. Ni ngún efecto. Encendi ó el por r o- . Fúmat el o. Apresura-
rá el proceso.
Compar t i mos la f umada. A los pocos mi nut os c ome nc é a
tener mis primeras alucinaciones. Me emba r gó una al egrí a i n-
fantil. Por l a gran ventana del estudio vi l a plaza Rí o de Janei -
ro, con sus árbol es y su copi a en bronce de la estatua del Davi d
de Mi guel Angel , cambi ar de aspecto como si fuera una colec-
ci ón de cuadros de los pi ntores que me gustaban, Bonnar d,
Seurat, Van Gogh, Picasso, etc. De pr ont o oí un cruj i do que
pareci ó parti r la casa en dos y excl amé:
-Est o no sirve para nada, es i gual que ver una pel í cul a de
Wal t Di sney. Ade má s , he dej ado de ser d ue ño de mis movi -
mi entos. Si ahora al gui en me ataca, no podr í a def enderme.
- Dej a de criticar y ten confianza en mí . Basta de paranoias.
Adonde qui era que vayas, de allí podr á s salir. Sabe t ambi én
que, en el estado en que estás, puedes manejarte perfectamen-
te bi en en l a real i dad coti di ana - e n ese preciso moment o s onó
el t el éf ono- . Responde - me or denó. Como si descendiera de
otra galaxia me acer qué al aparato y lo des col gué. Er a uno de
mis actores pi di éndome ciertos datos. Si n mayor di fi cutad se
los d i - . ¿Ves? - me di j o satisfecho Ichazo-, ahora que tus mie-
dos se han cal mado, vamos a comprobar si tus i mágenes son
tan infantiles como dices.
Me pi di ó que fuera al ba ño y observara mi rostro en el es-
pejo. Así l o hi ce. Me vi de mi l maneras diferentes, en un conti -
nuo cambi o. Apareci eron una tras otra mis personalidades, el
ambi ci oso, el egoí sta, el perezoso, el col éri co, el asesino, el san-
to, el geni o vanidoso, el ni ño abandonado, el i ndol ente, el me-
l ancól i co, el resenti do, el buf ón arribista, el falso l oco, el co-
bar de, el or gul l os o, el envi di os o, el j u d í o acompl ej ado, el
er ot ómano, el celoso y tantos otros. La carne se me agrietaba,
las facciones se me hi nchaban, la pi el se l l enaba de llagas. Vi la
283
pudr i ci ón de mi mat eri a y l a de mi ment e. Tuve asco de mí
mi smo. Come nc é a vomitar... Ichazo me di o un dul ce y l uego
una pastilla de vi t ami na C. Un a ol a de calor, transportada por
mi sangre, me i nundó el cuerpo. Me sentí mejor.
—Si al guna vez sentiste c ompa s i ón, verdadera c ompa s i ón
por al gui en, r ecuér dal o.
Me puse a l l orar como un ni ño de tres años . Tení a en mis
brazos, mor i bundo, a Pepe, mi gato gris: mi padre l o habí a en-
venenado. Sus ojos vidriosos y su l engua col gando me part í an
el corazón. Habr í a dado mi vi da por salvarlo.
- Ha z crecer esa emoci ón, compadece a todos los animales,
al mundo, a l a humani dad entera. Así. Ahor a mí rat e otra vez
en el espejo, pero con pi edad. . . Ese ser de múl t i pl es facetas os-
curas, es tu pobre ego, mor i bundo. Si ahora puedes alcanzar
este alto ni vel de conci enci a, es gracias a él, a su incesante su-
f ri mi ent o en busca de l a uni dad. Su monst ruosi dad te ha en-
gendrado, sus defectos han sido las raí ces que han al i ment ado
a tu Esenci a. Compa dé c e t e de él, dale la mano a tu ego. La
mari posa no le tiene asco a la oruga que la ha pari do.
Pe g ué mi rostro a l a s uperf i ci e pl at eada, a bs or bí por l a
pi el mi i magen. Cua ndo me ret i ré, el espejo reflejaba t odo el
cuarto menos a mí . A pesar de darme cuenta de que esa i nvi -
s i bi l i dad era una al uci naci ón supe que ya nunca más viviría
cri t i cando cada uno de mis pasos. El cruel j uez i nt eri or se ha-
bí a derret i do. Por pr i mer a vez me sent í en paz conmi go mis-
mo.
- ¡ No t e quedes ahí ! - e xc l a mó Ichazo-. ¡ Si gue avanzando!
- me hi zo desparramar por el suelo todas las f otograf í as y pro-
gramas de es pect ácul os que guardaba en los cajones de mi es-
cr i t or i o- , ésas f ueron tus obras de teatro, tu par de pel í cul as,
tus actores, tus amigos, tú mi smo, envuel to en la comedi a de
l a fama. En el estado en que estás ahora, ¿ c ómo ves todo?
Vi todo con l a ment e de un extraterrestre, sin deseos, sin
amarras; la angustia de la s epar aci ón estaba presente en cada
detalle, se i ntuí a la verdad, pero se la ubi caba lejos, como un
i rreparabl e mi steri o, como una dol orosa esperanza. Ahí , don-
284
de vivir era sufrir, la i gnoranci a se convert í a en orgul l o, el Yo
en una cárcel sin puertas ni ventanas.
- ¿ Te das cuenta? Has vivido buscando en l a l ej aní a l o que
estaba en ti , lo que eras tú - me t endí sobre esas fotos, esos re-
cortes de per i ódi co donde se me nombraba, esos programas y
grabaciones, como si todo aquel l o fuera una vieja pi el que se
hubi er a des pr endi do de mi cuer po. Y Ós c a r me di j o- : Ha y
tres centros en el ani mal humano: el i ntel ectual , el emoci onal
y el vi tal . Mi s maestros los l l aman el Pat h, el Ot h y el Ka t h.
Mi entras el ego es falso y la conci enci a def orme, duer men, sin
cumpl i r su tarea de rel aci onarnos con el mundo en f orma i n-
medi ata, superando los i l usori os, pero mortal es, obs t ácul os .
¡ Vamos a despertarlos!
Tuve que concentrarme, pri mero, en un punt o de mi vien-
tre que estaba más o menos a cuatro pulgadas bajo mi ombl i -
go. Capt é una fuerza i nmensa.
- No l o observes desde el exterior. No definas l o que sientes.
Ent ra en el Kat h, convi értete en ese centro - o í la voz de Ichazo
lejana. Me disolví en, ¿ cómo describir aquello?, una di mens i ón
de ener gí a inagotable, semejante a una abertura en la roca por
donde mana un t orrent e- . Esa ener gí a l a puedes enviar, en
f orma de t ent ácul os invisibles, haci a la distancia que quieras.
Puedes entrar con ella en el cuerpo de los otros y darles vi da o
muerte - me mos t ró a los peatones que atravesaban la pl aza-.
Lanza el Kat h, penetra en ellos.
Di un i mpul s o y s ent í c ó mo de mi vi ent re s ur gí a una co-
rri ente energét i ca, invisible y larga, que i ba a atarse al cuerpo
de los paseantes. De i nmedi at o me sent í uni do a ellos, com-
pr endí sus mentes, capt é sus emociones, conocí , ¿o i magi né?,
gran parte de sus pasados. Des pués de seguirlos durante ci en
metros, se convertí an en amigos por los que sentí a una i nmen-
sa pi edad, tanto era el dol or que los embargaba.
- Suf r en por que no es t án consci entes. No t e quedes ahí .
Busca la uni ón que más te convenga, sin darte límites.
Subí a la azotea y me t endí desnudo en el suelo de cemento.
285
Ya habí a anocheci do y el ci el o se veía cuajado de estrellas. En-
vié un l argo t ent ácul o y me uní al astro más bri l l ant e. No l o
sentí i ndi ferente. Ese cuerpo celeste era un ser que r econocí a
nuestro ví ncul o y me enviaba una f orma de ener gí a que enri -
quecí a mi alma. Deci dí atarme a otros astros. Mi haz invisible
se dividió en i nnumerabl es ramas. Cons t at é con sorpresa y fas-
ci naci ón que cada estrella tení a una «per s onal i dad» diferente.
Er an todas distintas, cada una con su pr opi o ti po de benevo-
lente conci enci a. Aquel l o me par eci ó natural : l a creaci ón nun-
ca se repite. Si empre habí a vi vi do con gatos y nunca encont r é
uno que tuviera un caráct er semejante al de otro. Pareci do sí,
pero no igual. Cada copo de nieve que cae es distinto. Y las cs.-
trellas. Allá arri ba habí a una masa de seres i ndi vi dual es, como
las facetas i nnumerabl es de un di amante úni co, envi ándoni e
sus energí as. Al mi smo t i empo, reci bí a yo l a fuerza que l a Ti e-
rra me enviaba. Mi cent ro de gravedad se uní a al centro del""""
pl aneta, y desde allí s ubí a haci a el Kat h de cada ser viviente.
J uve mi edo. La t ent aci ón del poder era apremi ante. Justo en-~
tonces Ichazo me pr egunt ó:
- ¿ Qué harás con ese poder?
f - ¡ Ayudar a mi pr ój i mo! - r e s pondí , y el mi edo se desvane-
- ¿ Có mo sientes tu corazón?
- Co mo un enemi go, un mús cul o i mpl acabl e, un reloj i ndi -
ferente que marca el desgaste de mi ti empo, un verdugo que
amenaza a cada instante detenerse y acabar con mi vi da -res-
pondí .
-Te equivocas. Ent ra en él. Allí encont rarás el Ot h.
En el estado en que mi mente se encontraba, proponerse
algo era realizarlo de i nmedi at o. ¡ Me encont r é de pront o su-
mer gi do en mi cor azón! Los latidos ret umbaban como true-
nos, una lluvia sonora deci di da a penetrarl o todo, para abatir
cual qui er ilusión de existencia personal . Recor dé una tarde en
que, solitario, desde l a terraza de mi hot el , en Indi a, en Banga-
l ore, observaba el ci el o nuboso agitado por una fuerte tempes-
286
tad. Cada retumbar par ecí a deci r la sí l aba sagrada Ram. Así los
latidos, sacudi endo mi corazón para luego agitar mi cuerpo, el
t uarto, la ci udad, el mundo, el cosmos entero, parecí an la voz
del di os creador. Ese era el repeti do eco del verbo pr i mer o:
Ram, Ram, Ram. Estaba yo, i nocente como un reci én naci do,
en medi oj de un gigantesco templ o dorado que pal pi taba con
devoci ón repi ti endo el nombre di vi no. Y ese ri tmo atronador,
t uando mi mi edo y desconfi anza hubi er on desapareci do, se
convirtió en una constante expl os i ón de amor, organi zada en
olas que i ban del centro a las fronteras infinitas y de las fronte-
ras infinitas al cejLiuo. Ese núcl eo era mi conci enci a, transpa-
rente como un di amante, diamante que era protegi do por el
templ o dorado, met áf or a del universo. Come nc é a sentir el i n-
conmensurabl e amor que el corazón sentí a por mí . Supe por
fi n l o que era ser amado. En mi pecho no se ani daba un ver-
dugo sino un maravilloso ami go, madre y padre a la vez, puen-
te entre este mundo de materia en el que nace el espí ri tu y ese
mundo espi ri tual que produce a l a materi a. En esa i nmens a
cuna de oro fl otando en el océano del goce i nf i ni t o, acunado
por el oleaje amoroso, como un ni ño feliz que ha encont rado
la f ami l i a y el hogar que le corresponde, c omenc é a dor mi r me.
Me des per t ó una orden reci a de Ichazo:
- No seas autoi ndul gente. La fel i ci dad es una hermosa tram-
pa. Ve más lejos. Navega por el mar de las ideas locas. Sumér-
gete en l a ener gí a mental . Encuent ra el Path.
Regresamos a la terraza. Desde allí se veí a un gran anunci o
de Coca-Col a. Er a un cí rcul o l umi noso que daba vueltas alre-
dedor de un eje vertical.
- No necesitamos má nda l a s tibetanos ni s í mbol os esotéri -
cos. Este anunci o, si el i mi nas de tu ment e las palabras, y no
despegas la vista de él, al concentrar tu at enci ón, se converti rá
en l a puerta.
El letrero gi rando se transformaba, desde mi punt o de vista,
en óval o, en l í nea, en óvalo otra vez, en cí rcul o y así y así. Me
fue tragando las fronteras racionales, la vol unt ad de ser y... de
pront o, sin pr oponér mel o, como si hubi era dado un salto i n-
287
conmensurabl e, me sentí fuera del mundo de las sensaciones.
¿ Cómo expl i car aquello? La fuerza del Kat h y l a f el i ci dad del
Ot h se vol caron en una transparencia i nmut abl e, el Pat h. Ha -
bí a vivido en un mundo de compactas nubes grises y ahora as-
cendí a hasta fl otar en un ci el o t ransl úci do. Si n deseos, sin de-
fi ni ci ones, cont i nuaci ón pura, l i bre de un comi enzo o un fi nal ,
ahí , exento de t i empo y espacio, me s umer gí en l a beati tud.
¿ Cuánt as horas per ma nec í allí i nmóvi l ? Cuando r ecuper é mi
cuerpo, mi nombre, mi isla raci onal , me encont r é solo, frente
al parpadeant e cí r cul o cocacol esco. Me s ent í r i dí cul o per o
t ambi én eufóri co. Lo que recordaba no l o habí a i magi nado, l o
habí a vivido. Esa experi enci a se converti rí a en mi guí a. Se me
habí a mostrado l a meta, ahora dependí a de mi perseverancia
alcanzarla realmente. Ej o Takata, cuando l e pr egunt é qué era
el Buda, me r es pondi ó: « La mente es el Buda » .
Al dí a siguiente, por l a mañana, reci bí una llamada telefóni-
ca de la altiva col aboradora de Oscar di ci éndome que era ur-
gente que yo le consiguiera a alguien para inyectar una dosis de
morf i na al Maestro pues estaba sufriendo dolores insoportables.
Me quedé boqui abi erto, pensando en negarme. Entonces ella
me gri tó: «¡ Imbéci l , encuentre lo que le pi do! » . Yo necesitaba
proseguir mi experiencia, Ichazo me habí a prometi do dos sesio-
nes: me tragué la rabia y corrí a casa del doctor Tol edano, un
amigo que habí a actuado en Fando y Lis extrayendo ante las cá-
maras un vasito de sangre del brazo de la actriz para bebérserl a
golosamente. Llegamos al hotel . La ogresa, temi endo que si me
expulsaba del apartamento el médi co se iría conmi go, l anzán-
dome una mi rada ful mi nante, admi ti ó mi presencia. Retorci én-
dose, hecho un ovi l l o, Ichazo yací a en l a cama. Le dol í an los
múscul os, los huesos, las visceras, todo. Tol edano le inyectó rá-
pidamente la dosis de morf i na y el enfermo se cal mó. Surgi endo
del l echo en plena posesi ón de sus facultades, nos expl i có:
- Es t oy í nt i ma me nt e uni d o a mi escuel a. For ma mos un
cuerpo y un espí ri tu colectivo. Ahor a en Nueva York, a causa
de mi ausencia, han estallado graves disputas y probl emas. Los
288
al umnos no están aún preparados para regirse solos. Por eso
sentí l a catástrofe en mi cuerpo. ¡ Lo siento mucho, tengo que
i egresar i nmedi atamente a Nueva York! - l a muj er ya tení a pre-
paradas las maletas. Se despi di eron f rí ament e y, sin más , toma-
i i i i i el taxi que los llevaría al aeropuerto.
El fi nal del encuent ro con Ichazo, se asemeja al fi nal de mi
encuentro con Carlos Cas t añeda. Ese escritor, rodeado de un
aura sulfurosa, era i nencontrabl e. En la época de su mayor ce-
l ebr i dad, ci entos de nort eameri canos andaban por Méxi c o
bus cándol o, con el goloso deseo de que les presentara al mi to-
l ógi co maestro del peyote: d o nj u á n. No tuve que buscarlo. El
se acercó a mi mesa... Estaba yo comi endo un bistec de carne
argenti na en el restaurante El Ri ncón Gaucho que Wol f Ru-
binsky, un ex l uchador, habí a abierto en l a capi tal i na Aveni da
Insurgentes, a c ompa ña do por una actriz de l a televisión que,
des pués de seguir un curso de ent renami ent o en una iglesia
de Ci enci ol ogí a' , deci di ó cambi ar su nombre mexi cano por el
de Troi ka. «En los valles rusos, cubi ertos por una s ábana de
nieve, s í mbol o de la pureza, una troi ka se desliza sin esfuerzo
ni obstácul os: como ahora mi ment e. » A mí no me interesaba
su mente sino sus exuberantes formas. Al comi enzo, cuando
Cas t añeda se acercó, creí que era un camarero. En Méxi co, es
lácil determi nar la clase social a la que pertenece un i ndi vi duo
sól o con verle el físico. El hombre era bajo de estatura, f orni -
do, con el pel o crespo, la nari z achatada y la pi el levemente pi -
cada, en f i n, un humi l de aut óct ono. Pero en cuanto me habl ó,
por el t ono reposado de su voz, por su del i cada pr onunci a-
ci ón, por l a vi braci ón l umi nos a de su i ntel ecto, supe que era
un hombre de cul tura superior. Su si mpat í a personal me hi zo
consi derarl o i ns t ant áneament e como un ami go.
- Per done, Al ej andro, que lo i nt errumpa. He visto varias ve-
ces su pel í cul a El Topo, por lo que me da gusto saludarlo. Soy
Carlos Cast añeda.
'Movimiento sectario fundado por el escritor Lafayette Ronald Hubbard.
289
Podrí a haber sido un embaucador - nadi e conocí a el rostro
del escritor-, sin embargo le creí. Más tarde pude comprobar,
por un di buj o que apar eci ó en un l i bro y por una foto que pu-
bl i có su ex esposa, que efectivamente era él. Tambi én Tr oi ka le
creyó. Aunque nunca l o habí a l eí do, l a not ori edad del perso-
naje pareci ó embriagarla. Co n un gesto displicente, como si l a
acosara el calor, se abri ó el escote, mostrando la punt a de uno
de sus dos magní f i cos promont ori os, e hi nchó los labios para
murmurar, besando un falo invisible: «¡ Qué i nt eresant e! ». Cas-
t añeda, des pués de fi j ar una mi rada de hal cón en l a carne viva
que se le estaba ofreci endo por enci ma de un bistec sangrante,
me s onri ó: «Si nos hemos encont rado, debe de ser por algo.
Me gust arí a habl ar con usted en un sitio más t ranqui l o». Pro-
puse a Cas t añeda ir a su hotel , pero él insistió en veni r al mí o.
Yo, por tener un floreciente productor, estaba alojado en el l u-
j oso Cami no Real . ¡ Qué mej or sitio para encontrar a Cast añe-
da que un cami no real ! Quedamos en que vendr í a al dí a si-
guiente, a medi odí a. Lo es per é, i mpaci ente. A las doce menos
ci nco, s onó el t el éf ono de mi cuarto. Me dije: «Por supuesto,
me l l ama para deci rme que no puede veni r». Res pondí . Co n
un tono respetuoso me pr egunt ó si no me molestaba reci bi rl o
antes de l a hora fi j ada. Me conmovi ó tanta delicadeza. Apenas
ent ró en mi cuarto, le of recí una silla. Nos sentamos frente a
frente y nos mi ramos a los ojos, es c udr i ñá ndonos como dos
guerreros, sin ni nguna agresi ón por supuesto y sí con mucha
esperanza de encont rar un i nt er l ocut or agradabl e. ¿ Cuá nt o
dur ó esto? Una eterni dad. Fue el pri mero en habl ar y pront o
l l egué a la cuesti ón que nos interesaba.
- E n tus libros, nos has revelado una f orma de ver el mundo
diferente, has hecho revivir el concepto de guerrero espi ri tual,
has vuelto a poner de actual i dad el trabajo sobre el s ueño lúci-
do y sin embargo no sé si eres un l oco, un geni o o un ment i ro-
so.
- To do l o que cuento es verdadero. No he i nventado nada
- me r es pondi ó con una l umi nosa sonrisa.
- Leyéndot e he teni do l a i mpres i ón de que, f undándot e so-
290
bre una experi enci a real, en Méxi co, a parti r de ella elaboras e
i ntroduces conceptos ext raí dos de l a t radi ci ón esot éri ca uni -
versal. En tus libros puede encontrarse el zen, los Upani shads,
el Tarot, el trabajo sobre los s ueños de Hervey de Saint-Denis,
etc. Si n embargo, de una cosa estoy seguro: es evidente que re-
corres real mente este paí s para hacer tus investigaciones. Es
probable que, agl uti nando todo lo que descubres, hayas crea-
do l a f i gura de d o n j u á n .
- De ni nguna manera. Te lo aseguro: él existe...
Y a cont i nuaci ón me cont ó aquello de c ómo el bruj o (con
qui en se reuni era en el Paseo de la Ref orma, arteria central de
l a ci udad) , con una si mpl e pal mada en l a espalda, l o habí a
proyectado a varios ki l ómet ros de di stanci a porque se habí a
dejado distraer por una muj er que pasaba por allí. Luego me
habl ó de la vida sexual de don J uan, capaz de eyacular qui nce
veces seguidas. Recuerdo que t ambi én me cont ó que su maes-
tro despreciaba a los seres humanos que, sacrificando sus ca-
pacidades mági cas , «f abr i caban» ni ños . « Ca da hi j o nos r oba
un pedazo del al ma. » Ins i nuó el tema del cani bal i smo satur-
nal . Pero, qui zás vi endo en mí una expres i ón de horror, cam-
bi ó de tema:
- ¿ Por qué las circunstancias nos han j untado? ¿ No será para
que realicemos una pel í cul a? Hol l ywood me ha ofrecido varios
mi l l ones de dól ares para llevar a l a pantal l a mi pr i mer l i bro,
pero no qui ero que d o n j u á n termine siendo Ant hony Qui nn.
í bamos a ponernos de acuerdo para ver las posibilidades de
filmar en los sitios reales, mostrando verdaderos milagros, au-
ténti cos brujos, sin uti l i zar efectos especiales, trucos que con-
verti rí an todas esas ens eñanzas en banales cuentos de hadas
cuando, a Cas t añeda, le comenzaron los dolores de es t ómago,
algo que, me dij o entre quejidos, no l e ocurrí a nunca. Por l a
sierra bebí a agua de los arroyos sin ni ngún mal pero en la ci u-
dad, donde el agua era al parecer potable, la diarrea lo atacaba.
Comenz ó a retorcerse más y más. Ll amé un taxi y lo a c ompa ñé
a su hot el Hol yday Inn. Por los tradicionales embotel l ami en-
tos del tráfico, demoramos casi una hora en llegar. Apenas nos
291
di mos l a mano, se fue corri endo. Nunc a más l o volví a ver. Al
mi smo ti empo que a él le habí an dado esos retortijones, a mí
me at acó un vi ol ento dol or en el hí gado que me obl i gó a guar-
dar cama tres dí as. Una vez restablecido, lo l l amé al hot el . Se
habí a marchado, sin dejar una di recci ón. Cuando pas é por allí
e i nt errogué al port ero, me di j o que el s eñor estaba acompa-
ña do por una atractiva muchacha. Su descri pci ón concordaba
con l a f i gura de Troi ka. . . La di arrea de Cas t añeda, durante mu-
cho ti empo, no me pr ovocó sospechas. Ese mal ataca a tantos
turistas que los mexi canos lo l l aman «la venganza de Moct ezu-
ma » . Pero, poco a poco, r ecor dando otra vez los detalles de
nuestro encuent ro, se me pl ant earon algunas dudas. La di a-
rrea exige una evacuaci ón rápi da. ¿Por qué Cas t añeda no us ó
mi baño? Eso l o habr í a aliviado por un buen moment o. Si se
estaba cagando, ¿ cómo resistió el viaje en taxi por más de una
hora? Por otra parte, en este molesto percance, uno, en lugar
de retorcerse, lo que puede dar ori gen al escape de un nausea-
bundo chorro, tiende más bi en a hacerse un nudo al rededor
del abdomen. A él par ecí an dol erl e, aparte del es t ómago y las
tripas, las visceras, los mús cul os y los huesos. Probabl ement e,
al gún espí ri t u envi ado por otros bruj os l o habí a atacado, al
mi s mo ti empo que a mí , para i mpedi rnos que el proyecto se
realizara, lo que habr í a si gni fi cado revelar ciertos secretos al
mundo entero o... bi en su cuerpo, falto de su acostumbrada
droga, necesitaba, como el de Ichazo, una i nyecci ón de morf i -
na. Mi st eri o que j a má s resol veré. Troi ka des apar eci ó de las te-
lenovelas. Al gui en me dij o que habí a fi rmado un contrato pa-
r a trabaj ar dur ant e c i nc o mi l a ños en el bar co de Ro na l d
Hubbar d.
La ret i rada de Ós c a r Ichazo me ha bí a dej ado f rust rado.
Sent í a que habí a perdi do l a oport uni dad de realizar una expe-
ri enci a esencial. Si n embargo, la danza de la real i dad me otor-
gó esa oport uni dad. . . Francisco Fi erro, un ami go pi ntor, regre-
s ó de Hua ut l a , a donde ha bí a i do a c ome r hongos c on l a
cél ebre curandera mazateca Marí a Sabina. Me vi no a buscar a
292
la casa donde estaba encerrado hací a ya un mes con mi grupo
de «act ores», pr epa r á ndonos para filmar La montaña sagrada.
Ichazo nos habí a dej ado dos instructores, Ma x y Li di a, que, se-
guros de poseer los secretos supremos, nos trataban como sar-
gentos. El l a era una ameri cana corta de estatura, mi ope y gor-
da y él un fl aco l ar gui r ucho con el rost ro i nvadi do por las
espinillas. Nos permi t í an dor mi r sól o cuatro horas diarias, de
medi anoche a las cuatro de la mañana, el resto del ti empo de-
bí amos dedi carl o a todo tipo de ejercicios seudosuf í es, seudo-
budistas, seudoegipcios, s eudohi ndúes , s eudochamáni cos , seu-
dot ánt ri cos, s eudoyógui cos , s eudot aoí s t as , etc. Ej ercicios que
al fi nal no nos servi rí an para nada... Franci sco Fi erro me en-
tregó un frasco l l eno de mi el en la que reposaban seis parejas
de hongos.
-Es un regalo que te enví a Marí a Sabina. El l a te vio en sue-
ños. Parece que vas a realizar algo que ayudará a nuestro paí s.
¿ Cuándo? ¿Qué? No me l o dij o. Lo que me dij o fue que ella, y
otros como ella, te querí an ayudar. Cómet el os todos. Son ma-
chos y hembras. Los que no te sirvan, tu organi smo los recha-
zará y los vomi tarás. Me dij o que lo hicieras por la noche, para
que des pués avanzaras haci a la luz y vieras por pri mera vez el
amanecer.
Mi ent ras mis actores se acostaban para, cuatro horas más
tarde, ser despertados por un gong i nvi t ándol os a darse una
ducha fría, yo, en la azotea, desnudo dent ro de un saco de dor-
mi r, i ngerí los hongos. Las alucinaciones esta vez no f ueron óp-
ticas. Lo que adqui ri ó caracteres fantásti cos fue el conj unto de
mis sensaciones. Come nc é a darme cuenta de que aquello que
cons i der aba ser «yo mi s mo» no era s i no una c ons t r uc c i ón
ment al obt eni da a base de sensaci ones. « S ól o si ento c omo
pi enso que soy.» El veneno del hongo c o me nz ó entonces a
mostrarme otras posibilidades. Compr e ndí que me habí a cons-
t rui do a partir del i ntel ecto, «esto es una ma no» , «esto es mi
ros t ro», «soy un hombr e » , «he aquí mis l í mi t es». Ahor a algo
me decí a: « Cua ndo hablas de límites, en real i dad te refieres a
i nfi ni tos no conoci dos. Puedes ser algo más que un huma no» .
293
Me acucl i l l é y poco a poco me f ui convi rt i endo en un l eón.
«Esto no es una mano, es una pat a. » «Est o no es mi rostro, son
los rasgos salvajes de un fel i no. » « No soy un hombre, soy una
potente bestia. » Mi fuerza ani mal se habí a despertado: era una
sensaci ón corporal , cada mús cul o adqui rí a l a fuerza del acero
y una embriagante elasticidad. Así como un abani co cerrado
que tranqui l amente se abre, mis sentidos se extendi eron. Pude
distinguir los diferentes efluvios que transportaba el aire, escu-
char una gama de i nnumerabl es ruidos, ver insospechados de-
talles, sentir el poder de mis mandí bul as . Antes de aquello ha-
bí a sido casi un ciego-sordo-mudo sin olfato. El Kat h par eci ó
hervi r en mi vientre: yo era un cazador, mi l presas me estaban
l l amando para ofrendarme su ener gí a vital, pero algo me de-
tuvo. La fuerza mental , pura, y a la que sentí penetrante, sutil,
del i cada como una mujer, se enf rent ó, con amor intenso, a la
bestia. Compr endí entonces el significado prof undo de la car-
ta XI del Tarot, La Fuerza, donde una muj er con un sombrero
en f orma de ocho acostado, s í mbol o del i nf i ni t o, abre o ci erra
el hoci co de un l eón. Hasta ese moment o habí a vivido repri -
mi endo con desprecio y temor mi ani mal i dad, al mi smo tiem-
po que l i mi t ando con mi raci onal i dad, converti da en una isla
l ógi ca, l a i nfi ni ta ext ens i ón de mi mente. En el Ot h, corazón,
era yo un humano; en el Path, espí ri tu, un ángel ; y en el Kat h,
cuerpo-sexo, una bestia... Me quedé allí, al acecho, no de una
pe que ña presa si no de l a vi da entera. Las estrellas bri l l aban
más que nunca ot or gá ndome inagotables energí as, la tierra se
manifestaba, pri mero en f orma de terri tori o l i mi tado, l a terra-
za, y luego ext endi éndos e, como una hembra que se entrega, a
toda la ci udad, el paí s, el conti nente, el pl aneta entero. Yo es-
taba acucl i l l ado, aferrado con mis garras al gl obo t er r áqueo,
viajando a través del cosmos. Comenzó a amanecer. Perci bí el
movi mi ento del planeta gi rando para ofrecer, parte por parte,
su superficie a la cari ci a del sol. Sent í el gozo de la Ti erra reci-
bi endo la luz y el cal or vital y t ambi én sentí la eufori a solar en
su don incesante e i nsemi nador y, al rededor de aquel l o, la ale-
grí a de los otros planetas y la de las estrellas atravesando el fir-
294
I
i i l amento como iridiscentes navios. Todo estaba vivo, todo era
(«i nsci ente, todo, entre explosiones, naci mi entos y catástrofes,
estaba danzando entregado a la maravi l l a del instante. Esas
cuí n las misteriosas bodas al quí mi cas: la uni ón del cielo y de la
tierra, l a fusi ón del animal-vegetal-mineral con el i nmat eri al
espí ri tu en el cor azón humano, es decir, en l a fuente donde
surgí a a torrentes el amor di vi no.
Estas dos experiencias, LSD y hongos, cambi aron la percep-
ci ón de mí mi smo y de la realidad para siempre. Tení a la sensa-
ci ón de que mi mente, como un capul l o de flor, se habí a abier-
to. Est o c o nc o r d ó c on un regal o que Ya ma da Mu mo n , el
maestro de Ej o Takata, venido a visitarlo de J a p ó n des pués de
que los di scí pul os de Fr omm l o expulsaran, me envió con un
al umno en agradecimiento por haber ofreci do al monj e mi ca-
sa para que fundara su nuevo zendó. El muchacho, mexi cano
típico, vestido de monj e j aponés , con la frente y las mejillas i n-
vadidas por las cl ási cas espinillas de todo al umno aspirante a
Buda, me ent regó un pañuel o plegado. «¡ Si ént ese y ábr al o! »,
excl amó par ándos e j unt o a mi silla con el tronco i ncl i nado, las
palmas de las manos j untas a la altura del pecho y los pár pados
entrecerrados tratando de parecer ori ental . Fui abri endo el pa-
ñuel o. Estaba plegado rehuyendo la si metría. Múltiples doble-
ces, todos bellos, más grandes, más pequeños , diagonales, hori -
zontales, verticales, cada uno pl anchado con dedi caci ón. Er a
evidente que, para lograr ese efecto, el maestro habí a emplea-
do un largo t i empo. Ir abri endo esa verdadera obra de arte,
que me obligaba a usar los dedos con respeto, me provocó un
prof undo goce estético. Cuando el pañuel o estuvo extendi do,
vi que en el centro, con tinta negra, estaba escrita una frase en
j aponés . Entonces el al umno, con gravedad, i mi tando a un sa-
mur ai , par eci ó l eer lo que se sabí a de memori a: « Cua ndo se
abre una flor, es pri mavera en todo el mundo» . Di o medi a vuel-
ta y sin deci r adi ós se fue. Traté infructuosamente de volver a
dobl ar el pañuel o, no pude. La experi enci a vital es irreversible.
295
La realidad, con su constante danza, cons i der ó que ya esta-
ba preparado para entrar en el mundo de l a magia operativa...
Mi vecino Gui l l er mo Lauder, un representante de artistas po-
pulares que vivía en un edi fi ci o de apartamentos a ci ncuent a
metros de distancia en mi mi sma calle, me vi no a invitar para
que asistiera a una sesi ón de l a curandera Pachi ta. La s eñor a
i ba allí todos los viernes para «oper ar » a enfermos. Yo ya habí a
oí do hablar de ella. Se decí a que abrí a los cuerpos con un cu-
chi l l o oxi dado, que cambi aba ór ganos enfermos por ór ganos
sanos, que podí a materializar objetos y tantas otras cosas. Todo
aquello, par eci éndome ingenuas i nvenci ones, una burda i mi -
t aci ón de las verdaderas operaci ones qui r úr gi cas , me daba
mi edo. . . Mi pr i mer contacto con l a magi a popul ar habí a sido
en la casa de F. S., f unci onari o del Mi ni s t er i o de Educaci ón,
qui en ofreci ó un cóctel en mi honor para cel ebrar mi llegada a
Méxi co con el obj eto de dar cursos de pant omi ma. Vivía en
una lujosa mans i ón con los muros cubiertos de cuadros de pi n-
tores mexicanos modernos. Esos artistas tení an una fuerza i m-
presionante - en sus obras se mezcl aba el expresi oni smo mura-
lista, el surrealismo y las escuelas abstractas-, sin embargo sentí
que algo les faltaba. F. S., homos exual muy i nt ui t i vo que no
despegaba un instante los ojos de mi rostro, y tampoco de mi
cuerpo, me dij o, sin que yo le hubi era comuni cado este sentir:
« Lo que les falta a nuestros pintores, es la raíz mági ca. Buscan-
do el qui méri co aplauso i nt ernaci onal han olvidado que l a ba-
se sagrada de la vi da mexi cana es la bruj erí a. Ven conmi go, te
voy a mostrar una creaci ón genui na» Lo s eguí por un largo co-
rredor donde en vitrinas, al umbrados por luces verdosas, pare-
cí an dor mi r cacharros y esculturas precol ombi nas. Ll egamos a
su dormi t ori o. J unt o al l echo de metal , con l a cabecera simbo-
l i zando el árbol del bi en y del mal , y en el techo un gran cua-
dro de J uan Sori ano donde una mano gigante acariciaba el se-
xo del tronco sin cabeza de un adonis desnudo, habí a un baúl
negro con incrustaciones de marf i l . Al abri rl o, el i nt eri or de l a
caja se i l umi nó. Se me hi zo un nudo en l a garganta. Me di j o
que mirase si me atrevía. Allí, en bandejas cubiertas de tercio-
296
»
pelo, yací an toda clase de estatuillas de cera. Inmedi atamente
sentí un fuerte dol or de cabeza. Aquel l as fi guras, de un col or
pareci do a la carne en des compos i ci ón, estaban atravesadas
por múl ti pl es agujas, en los ojos, en el sexo, en el ano, en los
senos, en todas las extremidades. Las expresiones de esos ros-
tí os pút r i dos eran de un i nconmens urabl e suf ri mi ent o. Las
bocas abiertas, a veces con los dientes perforados por alfileres,
lanzaban aullidos mudos. Esos objetos, tan cargados de ener-
gí a mal éfi ca, me afectaron el organi smo. Tuve ganas de llorar.
, Có mo era posible que en el mundo existieran seres capaces
de plasmar tanta maldad? F. S. cerró el baúl , me ofreci ó un tra-
go de tequila y, vi endo mi azoro, se puso a reír.
- Bi enveni do a Méxi co, mi mo. Si éste es el paí s de la l uz, por
lo mi smo, es el de la sombra. ¿Te das cuenta? Si j untaras todos
los cuadros que hay en mis cuartos, no al canzarí an a tener la
fuerza de una sola de mis figuras de cera. Ellas son auténti cos
objetos de bruj erí a destinados a dañar a al gui en. Las he podi -
do obtener gracias a ciertos contactos peligrosos. Espero que
un dí a las autoridades oficiales me permi t an organizar una ex-
posi ci ón de este gran arte.
Un par de años más tarde, encont raron a F. S. asesinado en
su l echo. Des pués de castrarlo le habí an embut i do el sexo san-
grante en la boca.
Es por esto que hasta ese moment o habí a rehui do todo con-
tacto con l a magi a popul ar. Sin embargo l a t ent aci ón de ver
operar a Pachi ta me deci di ó a enfrentar los pel i gros. Las le-
yendas urbanas contaban que habí a brujos negativos que po-
dí an i ntroduci rse subrepti ci amente en el i nconsci ente de un
visitante y lanzarle un maleficio de efecto retardado para que,
al cabo de tres o seis meses, se cons umi era hasta mori r. Por
eso, antes de visitar a la anci ana me pr ot egí lo mej or que pude.
En cierto modo, sin darme cuenta, aquél fue mi pri mer acto
ps i comági co. Sent í que t ení a que ocul t ar mi i dent i dad para
que sus maleficios resbalaran en mi anoni mat o. Así pues, me
vestí y cal cé con prendas nuevas. Para que no me j uzgara por
297
mis gustos, era i mportante que aquellas ropas no fueran elegi-
das por mí . De modo que di mis medidas a un ami go y le pedí
que me comprara todas las prendas. Además , me conf ecci oné
un document o de i dent i dad con un nombr e falso (en este ca-
so Martí n Arenas) , otro lugar y fecha de naci mi ent o, otra foto-
grafí a (el rostro de un actor muert o) . Compr é una chul eta de
cerdo, la envolví en papel de plata y me la puse en el bol si l l o.
Así, cada vez que meti era allí la mano, el contacto i nsól i to con
la carne me recordarí a que estaba en una si tuaci ón especial y
que no debí a dejarme fascinar a ni ngún preci o. Antes de enca-
mi narme a la cita, me di una ducha y me froté el cuerpo con
j ugo de l i món, para el i mi nar al má xi mo mi ol or personal. Ca-
mi né t embl ando los ci ncuent a metros que me separaban del
apartamento de Gui l l er mo Lauden Hay que deci r que ser reci-
bi do allí por Pachi ta era un pri vi l egi o. Cuando l a bruj a i ba a
operar a otras ciudades, podí an acudi r miles de personas. Un a
vez la tuvi eron que sacar del acoso de la mul t i t ud en un hel i -
cópt ero. Los otros dí as de la semana operaba en la peri feri a de
l a capi t al , at endi endo a l a gente pobr e. Los vi ernes curaba
donde Lauder a l a gente acomodada, entre ellos poderosos
pol í ti cos, artistas cél ebres, enfermos venidos de lejanos paí ses,
casos urgentes. La puerta estaba entreabierta. No se escucha-
ban voces ni pasos. El l ugar par ecí a vací o. Tratando de mar-
char en silencio me desl i cé haci a el i nteri or. Todo estaba a os-
curas . Las vent anas h a b í a n s i do cubi er t as c o n f razadas.
Trat ando de no tropezar con al gún muebl e, l l egué al s al ón.
Tres velas otorgaban un poco de l uz a la penumbra. En el sue-
lo yací an varios cuerpos envueltos en sábanas ensangrentadas.
J unt o a ellos, de rodillas, mujeres y hombres rezaban acompa-
ñándol os . Cómoda me nt e sentada en un sillón estaba l a vieja,
l i mpi ándos e la sangre de las manos. A pesar de la semioscuri-
dad y desde lejos, por el i ntenso magneti smo que s urgí a de su
cuerpo, me pareci ó verl a a pl ena luz. Er a pequeña , gorda, con
una larga frente abombada y un ojo más bajo que el otro, co-
mo caí do, velado por una membr ana bl anca. Traté de di si mu-
l arme entre sus acól i t os . Inút i l . Co mo una serpi ente cobr a
298
hi pnot i zando a un mono, fi j ó su centelleante ojo derecho en
mi silueta y t al adr ándome con él me di j o con una voz de gran
dul zura: «Entra, ni ño queri do. ¿Por qué le tienes mi edo a esta
pobre vieja? Ven a sentarte j unt o a mí » . Lentamente avancé ha-
cia ella, estupefacto. Aquel l a muj er habí a encontrado las pala-
bras y el tono justos para dirigirse a mí . Aunque me acercaba a
l a cuarentena, emoci onal ment e no habí a madurado. Cuando
me enamoraba me comport aba como un ni ño de nueve años
(edad que cor r es pondí a a aquel l a que tení a en el moment o en
que me desraizaron bruscamente de Tocopi l l a. La pér di da del
t erri t ori o amado col oca un di que en el cor azón i mpi di endo
crecer emoci onal ment e) . Por más que est reché mi chul eta de
cerdo, caí en una pl ena f asci naci ón. Me acer qué a Pachi ta sin-
t i éndome como el hi j o que por fin encuentra a su madre per-
di da. Me sonri ó con el amor universal con que siempre habí a
esperado que una muj er me sonriera. «¿Qué quieres, mucha-
chi to?» La respuesta surgi ó de mis labios antes de que pudi era
pensarla. «Me gust arí a verte las manos . » Ant e la sorpresa gene-
ral - t odo el mundo se preguntaba por qué me concedí a aque-
l l a pref erenci a-, puso su mano i zqui erda entre las mí as . ¡ La
pal ma de aquel l a mano t ení a l a suavidad y l a pureza de una
vi rgen de qui nce años ! Me i nvadi ó una s ens aci ón difícil de des-
cribir. Delante de aquel l a anci ana con rostro deforme, tuve la
i mpres i ón de encontrarme en presenci a de l a muj er i deal que
el adolescente que habí a en mí habí a buscado siempre. El l a se
puso a reír. Reti ró su mano de las mí as y la l evantó hasta el ni -
vel de mis ojos, dej ándol a así ext endi da y qui eta. De los asis-
tentes se elevó un mur mul l o: «Acept a el don» .
«¿Qué don? » , pens é a toda vel oci dad. «Est á haci endo el ges-
to de darme algo, invisible por supuesto. Le segui ré el j uego.
Har é como si tomara un regalo invisible...»
Esti ré mis dedos y los acer qué a su pal ma como si fuera a
asir algo. Para sorpresa mí a, entre la base de sus dedos medi o y
anul ar bri lló un objeto met ál i co, muy pe que ño. Lo i mpensa-
ble estaba ocurri endo. Antes l e habí a acariciado l a mano, no
era posible que hubiese teni do algo escondi do y, sin embargo,
300
.illí estaba el don. Lo t omé: era un t ri ángul o dent ro del cual
li.ibía un ojo. Aquel l o me i mpr es i onó porque un ojo dentro de
un ti ¡ ángul o era el s í mbol o de mi pel í cul a El Topo. (En ese mo-
mento, creyendo que l a anci ana pensaba en mí como un ci -
ii< asta, no me di cuenta de un mensaje más prof undo. En los
billetes de un dólar, bajo l a pi rámi de coronada por un tri ángu-
l< i con ojo, está el l ema «En Di os conf i amos ». Er a probabl e que
l ' . i chi ta, en su l enguaj e no oral , me estuviera di ci endo: «Te
a \ uda r é a encont rar aquel l o que te falta: tu Di os i nt eri or». )
I mpecé a sacar conclusiones de aquel l a experi enci a sorpren-
dente. «Est a muj er es una presti di gi tadora excepci onal . ¿Có-
mo se las ha i ngeni ado para hacer salir ese tri ángul o de la nada?
; \ c ómo, una muj er del puebl o, sin cul t ura ci nemat ográf i ca,
puede saber que ése es el s í mbol o de mi pel í cul a? ¿Gui l l ermo
I . uider es un cómpl i ce malhonesto? Sea lo que sea, qui ero ver
i (>mo cura ella. » Le pr egunt é entonces si me permi t i rí a ver sus
operaci ones. « Por supuesto, ni ño quer i do del al ma. Ve n el
pr óxi mo viernes. Pero no soy yo la que opera, es el He r ma no. »
El viernes siguiente l l egué a la hora i ndi cada. Pachi ta me es-
taba esperando. El pe que ño apartamento par ecí a un aut obús
repl eto: habí a por l o menos cuarenta enfermos, algunos con
muletas, otros en silla de ruedas. Me pi di ó que la siguiera a un
pe que ño cuarto donde sól o colgaba un cromo representando
a Cuauht emoc, hér oe di vi ni zado. «Hoy, mi pe que ño, qui ero
que seas tú el que lea el poema que tanto ama mi Señor. » Se
col ocó una túni ca amari l l a i mpregnada de coágul os de sangre
entre la pedr er í a y los di seños i ndi os que la l l enaban. Se s ent ó
en un banqui l l o de madera y me pas ó una hoj a manuscrita. Pa-
reci ó dormi rse. Me puse a leer aquellos versos:
Fuiste Rey en esta tierra
fuiste grande Majestad
y ahora eres Luz Eterna
en el trono celestial.
Ven pronto Niño Bendito
venidnos a consolar
301
ven a darnos tus consejos
y a quitarnos todo mal.
El poema era largo. Pachi ta bost ezó de vez en cuando. Lue-
go se retorció como si su cuerpo estuviera reci bi endo a un nue-
vo ser. Y, de pronto, la que parecí a una anci ana cansada, l anzó
un grito es t ent óreo, al zó el brazo derecho y se puso a habl ar
con voz de hombre: « ¡ Her manos queridos, doy gracias al Padre
por permi t i rme estar de nuevo con ustedes! ¡ Tr aedme al pri -
mer enf er mo! » . Empezar on a desfilar los pacientes cada uno
con un huevo en l a mano. Des pués de frotarles con él todo el
cuerpo, la bruj a lo r ompí a y, verti éndol o en un vaso con agua,
examinaba yema y clara, para descubrir el mal . Si no encontra-
ba nada demasiado grave, recomendaba infusiones de olivo, de
malva o, a veces, cosas más extrañas como lavativas de café con
leche, cataplasmas de papaya y huevos de termita, de patata co-
ci da o de excrementos humanos. Tambi én comer lenguas de
ciertos páj aros, beber un vaso de agua donde se habí an puesto
a remoj ar clavos oxidados, o remedios que eran actos: el enfer-
mo, al ver un arroyo, debí a cortar una flor roj a y observar cómo
el agua se la llevaba, luego poner una palangana de agua deba-
j o de l a cama para que l e chupara los malos pensamientos. . .
Cuando el pr obl ema l e par ecí a grave, pr oponí a una «oper a-
ci ón».
Ese pr i mer viernes el Her ma no Cuauht emoc ef ect uó di ez
operaciones. Fui testigo de cosas i ncreí bl es. Enf undado en mi
ropa nueva, quise e mpuña r la chul eta de cerdo. Los ayudantes
de Pachi ta, una medi a docena, i nmedi at ament e me ordena-
r on sacar l a mano de mi bol si l l o. Tambi én me pr ohi bi er on cru-
zar las piernas o los brazos, exi gi éndome que mi rara al Her -
mano sin voltear la cabeza. Ver a esa mujer, pos eí da, esgrimir
su gran cuchi l l o y hundi r l o en la carne de los pacientes, ha-
ci endo surgi r chorros de sangre, era al uci nant e. A pesar de
que algo en mí decí a que todo aquel l o era teatro, un acto de
presti di gi taci ón destinado a impresionar, usando como pri nci -
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pal el emento curativo el terror, la personal i dad de aquella mu-
jer me avasallaba... Lauder me contó que un día, habi endo oí do
hablar tanto de ella, la esposa del Presidente de la Repúbl i ca la
invitó a una r ecepci ón noct urna en el patio del Palacio de Go-
bi erno. Allí habí a numerosas jaulas con diversas variedades de
páj ar os . Cua ndo l l egó Pachi t a, aquel l os ci entos de avecillas
despertaron y se pusi eron a trinar como si saludaran al alba. La
curandera no utilizaba úni cament e su carisma. Varios ayudan-
tes col aboraban dando su energí a a la oper aci ón. Estas perso-
nas no eran cómpl i ces de una supercherí a; todos tení an una fe
i nmensa en la existencia del Her mano. A los ojos de aquellas
buenas gentes, la acci ón del desencarnado era lo que i mporta-
ba. Veí an a Pachi ta sól o como su «car ne». El l a era un «canal »,
un i ns t rument o ut i l i zado por el di os. Cua ndo no estaba en
trance, la respetaban pero no la veneraban. Para ellos, el desen-
carnado era más real que la persona a través de la cual se ma-
nifestaba. Esta fe que envolvía a Pachi ta generaba una atmós-
fera sagrada que cont r i buí a a convencer al enf ermo de que
tení a posibilidades de curarse. Los enfermos, sentados en el sa-
l ón a oscuras, esperaban a que les llegara el t urno de entrar en
el «qui r óf ano» . Los ayudantes habl aban susurrando, como si
estuvieran en un templ o. A veces, uno de ellos salía del cuarto
de operaciones escondi endo en las manos un paquete miste-
rioso. Ent raba en los aseos y, por la puerta entornada, se perci -
bí a el fulgor del objeto que cons umí a el fuego. El ayudante ad-
vertía en un mur mul l o: « No entren hasta que el da ño se haya
consumi do. Es peligroso acercarse a él mientras está activo. Po-
drí an pi l l arl o. . . ». ¿Qué era realmente ese « daño» ? Los enfer-
mos lo ignoraban, pero el mero hecho de tener que abstenerse
de ori nar mientras se pr oducí a una de aquellas i nmol aci ones
por fuego les provocaba una i mpresi ón ext raña. Poco a poco,
abandonaban l a real i dad habi tual para sumergirse en un mun-
do paralelo totalmente i rraci onal . De pront o sal ían del qui ró-
fano cuatro ayudantes portando un cuerpo inerte envuelto en
un l i enzo ensangrentado y lo depositaban en el suelo, como si
fuera un cadáver. Porque, un vez termi nada la operaci ón y co-
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locados los vendajes, Pachi ta exi gí a del paciente i nmovi l i dad
absoluta durante medi a hora, so pena de muerte i nst ant ánea.
Los operados, temerosos de ser aniquilados por fuerzas mági -
cas, no hací an ni el menor gesto. Ni que deci r tiene que esta
sabia coreograf í a preparaba al candi dato. Cuando Pachi ta l o
l l amaba en voz baja, ut i l i zando si empre l a mi s ma f ór mul a :
«Ahora te toca a ti , hij ito de mi al ma», el paciente se echaba a
tembl ar de pies a cabeza y regresaba a la i nfanci a. Recuerdo
haberl a visto, ese dí a, dar un caramelo a un mi ni stro mientras
le preguntaba con su voz grave y cari ñosa: «¿Qué te duele, pe-
queñi t o?». El hombre l e r es pondi ó con voz de ni ño: « Hace se-
manas que no duermo. Me levanto a ori nar cada medi a hor a».
«No te preocupes, te voy a cambiar la vej iga. »
Pachita, convertida en el Her mano, mant eni endo siempre
los ojos cerrados, hi zo pasar pri mero a los hombres, afi rmando
que si endo más débi l es que las muj eres habí a que calmarles
sus dolores cuanto antes. En el qui róf ano habí a sólo un catre
estrecho provisto de un col chón f orrado con pl ásti co. El pa-
ciente debí a traer una s ábana, un l i tro de al cohol , un paquete
de al godón y seis rollos de vendas. Los ayudantes lo despoja-
ban de su camisa y si era necesario, una oper aci ón de testículos
por ej emplo, de su pant al ón. Todas las mani pul aci ones se ha-
cí an en la penumbra, a la luz de una úni ca vela, ya que, s egún
ella, l a luz eléctrica podí a dañar los ór ganos internos. Cubri en-
do el l echo con su s ábana, el enfermo se acostaba. Un ayudan-
te, de manera ceremoni os a, l e pasaba un l argo cuchi l l o de
monte a la curandera. La e mpuña dur a estaba recubi erta y fo-
rrada con ci nta negra de aislar y la hoj a sin filo tení a un graba-
do de i ndi o con penacho. Luego, s eñal ado por el Her mano el
lugar del cuerpo que i ba a abrir, un ayudante lo rodeaba de al-
godones y derramaba en ellos abundante al cohol . El ol or del
product o se ext endí a por l a habi taci ón, creando un ambiente
de hospital. El pri mero en pasar fue el mi ni stro. El Her mano
pr egunt ó: «¿ Enr i que, tienes preparada l a vej i ga?». El hi j o de
Pachita most ró un frasco que cont ení a algo como tejido orgá-
ni co. El hombre se acostó tembl ando, hel ado de mi edo. Le to-
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mé l a mano. La curandera l e di o en el vientre un corte de unos
qui nce cent í met ros de largo. Luché por no desmayarme mi en-
tras veía salir la sangre. La vieja auscul tó el i nt eri or del vientre,
levantó la mano, hi zo un gesto y materi al i zó unas tijeras. Cort ó
al go que pr oduj o una i nsoport abl e hedi ondez. Luego s acó
una hedi onda masa carnal que Enri que envolvió en papel ne-
gro. Des pués extrajo del frasco l a nueva vejiga. La col ocó j unt o
a la heri da y, para mi gran sorpresa, la vi ser absorbida, sin que
nadi e la empuj ara, haci a el i nteri or del cuerpo. Col ocó los al-
godones embebidos en al cohol sobre el tajo. Los pr es i onó un
moment o, l i mpi ó la sangre y la heri da, sin dejar cicatriz, desa-
pareci ó. «Mi cari ñoso ni ño, ya estás curado. » Los ayudantes l o
vendaron, lo envol vi eron en su s ábana y se lo llevaron cargan-
do para acostarlo en el sal ón de espera. Ot r o ayudante corri ó
al ba ño para quemar el paquete negro.
A pesar de mi i ncredul i dad, ese acto habí a pareci do tan real
que mi razón comenzó a tambalearse. ¿Era una genial prestidi-
gi tadora o una santa que hací a milagros? Tuve vergüenza de
mí mi smo. ¿ Cómo podí a creer que esa anci ana no trampeaba?
A la luz de una sola vela, se podí an ocultar un sinfín de mani -
pulaciones fraudulentas. Y si era capaz de hacer milagros, ¿pa-
ra qué necesitaba un cuchi l l o? ¿Quería hacernos creer que era
un i nstrumento mági co? Para demostrar que no hay truco ha-
ce que se lo pase un ayudante... pero... el que uti l i za ¿es el mis-
mo que l e han dado? Podrí a, en l a oscuri dad, cambi arl o por
otro i gual que tenga una empuña dur a de caucho, di si mul ada
por la ci nta de aislar, l l ena de sangre de pol l o o de perro. Se di -
ce que por bondad recoge perros vagabundos, pero ¿y si en l u-
gar de ser una santa es una i mpostora que asesina a esos ani-
mal es para extraerl es el l í qui do vital? Y los al godones que
col oca al rededor de l a heri da, ¿para qué? El cuchi l l o nunca es
desinfectado. . . entonces, ¿de qué sirve el al cohol ? Pachi ta, a
pesar de que di ce que nunca come, se la ve gorda, con una
gran panza. Sobre su vestido siempre lleva un delantal. ¿Y si la
panza fuera falsa? ¿Y si estuviera l l ena de sacos de plástico con-
t eni endo sangre y objetos que l uego aparecen « mági camen-
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te»? ¿Será una loca? ¿Será una mi t ómana? Como Ichazo, como
Cast añeda, cuenta cosas que ni nguna persona, medi anamente
inteligente, puede creer. «Yo sé qui én mori rá de aquí , y cuán-
do. Sé cuánt os dí as tiene todo aquel que me viene a visitar.»
« No se preocupen por l a sequí a. Mañana haré llover.» « Na da
más doy un empuj ón y salgo de mi cuerpo. A veces voy a visitar
lugares, Si beri a, el Mont e Bl anco, Mar t e, l a Luna , J úpi t er . »
« Como un ciclón se acercaba al terri tori o de los i ndi os coras,
fui a pedi rl e al Padre prot ecci ón para ellos y lo conseguí : el ci-
cl ón fue desviado de su trayectoria. » « Cua ndo caigo en trance,
vivo en el astral. Si al gui en despedaza mi cuerpo, el Her mano
lo reconstruye. » Además Pachi ta afirmaba viajar en el ti empo,
predi ci endo acontecimientos futuros, o ir al pasado para traer
de regreso al gún objeto.
De pie a su lado vi , des pués de verter allí clara de huevo, có-
mo hundí a el dedo í ndi ce, que t ení a una larga uña pi nt ada
con laca roja, en el ojo de un ciego. La vi cambi ar el corazón a
un paciente, al que pareci ó abrirle el pecho con un solo tajo,
haci endo saltar un chorro de sangre que me manchó la cara.
Pachi ta me obl i gó a meter la mano en la heri da para que pal-
para la carne desgarrada. (Cuando le cont é a Gui l l er mo que la
sent í frí a como un bistec cr udo, me di j o que era por que el
Her mano realizaba esos trabajos en una di mens i ón astral, dis-
tinta a la nuestra.) Sentí llegar a ese hueco el nuevo corazón, al
parecer comprado con anteri ori dad por Enri que, no se sabí a a
qui én ni dónde, qui zás a un empl eado corrupto de l a morgue.
La masa muscular se habí a i mpl antado en el enfermo de for-
ma mági ca. Este f enómeno se repet í a en cada oper aci ón. Pa-
chita tomaba un trozo de intestino que, no bi en lo col ocaba so-
bre el « oper a do» , des apar ecí a en su i nteri or. La vi abri r una
cabeza, sacar sesos cancerosos y meter allí nuevo tejido encefá-
l i co. Esa ilusión táctil y ópti ca, si ilusión era, i ba a c ompa ña da
de efectos olfativos, el ol or de la sangre, la hedi ondez de los
cánceres y daños. . . y de efectos auditivos: el rui do acuoso de las
visceras, o el resonar de los huesos cortados por una sierra de
carpintero. A la tercera operaci ón, todo comenzó a parecerme
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natural. Es t ábamos en otro mundo. Un mundo en el que las le-
ves naturales eran abolidas. Si se trataba de hacer una transfu-
si ón porque el paci ente se estaba desangrando, el Her mano
metí a el extremo de un tubo en su propi a boca y el otro extre-
mo en un agujero del brazo y comenzaba a escupir litros de lí-
qui do roj izo. En dos ocasiones vi cómo se transformaba el da-
ño en una especie de ani mal que par ecí a resopl ar y mover
excrecencias como patas. A las doce de la noche, al uci nado,
cubi erto de sangre, regresé a mi casa. Ya nunca más el mundo
sería i gual . Habí a visto por fin a un ser superi or ejecutando mi -
lagros, falsos o verdaderos.
Deci dí asistir a las operaciones todos los viernes. El trabajo
de l a curandera habí a obt eni do mi prof unda admi raci ón. El l a
no se estaba haci endo ri ca con su actividad. Al salir, los enfer-
mos deposi taban en una cacerola el di nero que deseaban dar.
La mayorí a dejaba sól o monedas y los más ricos, aquellos que
vení an de otros paí ses, demostraban una ext r aña avaricia. Un
señor, a qui en debí a sacarlo de su parál i si s, le dij o: «No tengo
di nero para pagar l e» . El l a l e cont est ó: « Hombr e , ahora no me
pagues nada. Cuando te cures, vol verás a trabajar. Ent onces
me pagar ás l o que qui eras ». Lauder me cont ó que Pachi ta vi-
vía en una casa modesta ubi cada en las afueras de la ci udad,
rodeada de perros, loros, monos y un águi l a. Aparte de man-
tener a sus hijos, el poco di nero que podí a ahorrar lo daba a
una escuelita de su barri o. «En las colonias pobres de Méxi co
la gente ve pur a por quer í a. Es casi i mposi bl e enderezar a un
cabr ón grande. Hay que ens eñarl es cosas buenas desde que
est án chi qui t os . » Er a evidente que Pachi t a curaba por voca-
ci ón. Si ha c í a trampas, eran trampas sagradas. El e ng a ño ,
cuando tiene una finalidad benéf i ca, es aceptado en todas las
religiones. El mí sti co Jacob engaña a su hermano y a su padre.
En l a t radi ci ón i sl ámi ca está prohi bi do ment i r pero se aceptan
soluciones astutas. Un fugitivo pasa por un cami no donde en
una or i l l a está sentado un sabio. «Por favor», l e dice, «no di -
gas a mi s perseguidores que he pasado por aquí » . El sabio es-
pera a que el fugitivo desaparezca de su vista y entonces se va
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a sentar en la ori l l a de enfrente. Cuando l l egan los persegui-
dores y le preguntan si vio pasar a al gui en, responde: «Mi en-
tras he estado sentado aquí , no he visto pasar a nadi e» . Para
que un mi l agro se produzca, es necesaria la fe. Esto lo saben
los chamanes. En sus ceremonias con neófi tos, real i zan falsos
mi l agros, para que la visión raci onal del al umno se fisure y,
así, convenci do de que en su f érrea real i dad hay otras di men-
siones, comi ence a tener fe. Graci as a esa nueva vi si ón, los
acont eci mi ent os excepci onal es pueden pr oduci r s e. ¿ Acas o
Pachi ta era una gran creadora de trampas sagradas?
Asistí, durante tres años, a i nnumerabl es operaciones. Mu -
chos sanaron. Otros muri eron. Por ej empl o: vi ni eron de París
dos personas que padecí an males incurables. Uno , un i mpor-
tante periodista, tení a un cáncer en l a cadera. El otro, con una
grave enfermedad cardí aca, era el encargado de las relaciones
públ i cas de una empresa ci nemat ográf i ca. Ambos , acompaña-
dos por un sacerdote domi ni co, Mauri ce Cocagnac (que des-
pués escri bi ó un l i bro sobre estas experiencias), fueron opera-
dos por el Her ma no. A uno l e c a mbi ó el cor azón, al ot ro l e
i nj ertó en la cadera un hueso nuevo. Antes de que regresaran
a Franci a les dij o: «Ni ños queridos, ya están curados. Dej en de
tomar medicinas y por nada del mundo consul ten un médi co
antes de seis mes es ». Apenas regresó a Parí s, el peri odi sta reu-
ni ó una j unt a médi ca. Los resultados f ueron lapidarios: el cán-
cer aún estaba allí. El hombre mur i ó un mes más tarde. Por el
contrari o, el otro operado dej ó de i ngeri r pi l doras y no vio a
doctores durante seis meses. Cuando estos lo exami naron, se
quedaron con la boca abierta: el corazón estaba sano, funci o-
nando como el de un muchacho j oven. . . Compr e ndí que en el
mundo mági co no sól o l a fe j ugaba un papel esencial sino tam-
bi én l a obedi enci a. Aunque no se creyera en el poder de l a
bruj a, era conveniente darle todas las posibilidades de actuar
siguiendo al pie de la letra sus instrucciones. Más tarde apl i qué
esto a la Psi comagi a. JJn acto ps i comági co debe ser realizado al
pie de l a letra, como un contrato. El consultante se compro-
mete a obedecer. Si no lo hace o si transforma las i ndi caci ones,
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por prej ui ci os , mi edo o c omodi da d, el i ncons ci ent e se da
< uenta de que puede desobedecer y la curaci ón no se realizas!.
(l uando estaba filmando Tusk en Indi a, cerca de Bangal ore, \
uno de los elefantes que actuaban, qui zás enervado por el car
lor, des t ruyó un decorado. Su mahoud
1
' (o cornac) , con una
barra de hi erro, comenzó a castigarlo. Er a i mpresi onante ver a
ese mas t odont e, t embl ando como un ni ño, or i ná ndos e d©
mi edo frente a su frágil amo. El hombr e l o gol peó hasta en-
sangrentarlo. Yo prot est é. Me parecí a_i nconcebi bl e que se cas-
ligara así, con tan cruel i ntensi dad, a un ani mal . El oficial, en-
( argado de la col oni a de paqui dermos, me dij o: «Por favor, no
intervenga. El domador sabe lo que está haci endo. Si dejaba su
elefante desobedecer, aunque sea en algo pe q ue ño , éste sé\
senti rá l i bre de hacer lo que qui era y más tarde acabar á ma- \
l ando a seres huma nos » . El i nconsci ente se comport a así. El
(onsultante tiene que enseñarl e a obedecer. Esto es difícil: en_^
i ealidad, las personas se enferman porque no pueden resolver
ni hacer consciente un dol oroso probl ema. Qui eren ser trata-
dos, es decir, que les el i mi nen los sí nt omas, pero no ser c u r a ; /
dos. A pesar de pedi r ayuda, l uchan para que esa ayuda no sea—
efectiva. , _____
En las operaci ones, el Her ma no exi gí a al paciente y a to-
dos sus ayudantes una col abor aci ón i ncondi ci onal . A veces,
parecí a que el trabajo se compl i caba; en aquel moment o, el
ci ruj ano y el pr opi o enf ermo solicitaban la ayuda de todos los
ci r cuns t ant es . Re c ue r do oper aci ones dur a nt e las cual es
Cua uht é moc excl amaba de pront o por boca de Pachi ta: «¡ El
ni ño se enf rí a, r ápi do, cal i enten el aire, o l o per demos ! » . Al
moment o, todos cor r í amos , hi stéri cos, en busca de un radia-
dor el éct ri co. Al i r a conectarl o, ¡ c ompr obá ba mos que habí an
cortado la el ectri ci dad! « ¡ Ha ga n algo, desgraciados, o el ni ño
ent r ar á en l a agoní a» , r ugí a el Her ma no, mi entras el enfer-
mo, al borde de l a crisis car dí aca, vi éndos e si n duda con el
vi entre abi ert o y las tripas al ai re, ge mí a , hel ado de t error:
6
Quien lleva los elefantes.
309
« ¡ Her ma ni t os , se l o supl i co, a yúde nme ! » , y todos ar r i mába-
mos la boca a su cuerpo y s opl ábamos angustiados, olvidados
de nosotros mi smos, tratando desesperadamente de calentar-
l o con el al i ento. «Muy bi en, queri dos hi j os», decí a de pront o
el Her mano, «ya sube l a temperatura, ya pas ó el pel i gro, aho-
ra puedo cont i nuar ». Compr e ndí que toda cur aci ón es colec-
tiva, tri bal . Ni el c ha má n act úa solo -s i empre está rodeado de
invisibles al i ados- ni el enf ermo está solo. Cuando en Temu-
co, Chi l e, en un machi t ún
7
, tuve l a opor t uni dad de i nt errogar
a l a machi pr i nci pal , l e pr egunt é qué mét odos empl eaba para
curar a los enfermos y me r es pondi ó:
- L o pr i mer o que hago es preguntarl e qui én es su dueño.
- ¿ S u dueño?
- As í es: todos los enfermos pert enecen a al gui en, a su pa-
reja, a su f ami l i a, a su empl eador. Los que no t i enen due ño
no pueden ser curados. Un a vez que sé aquel l o, di scut o el
preci o. Para l a cur a se necesi ta organi zar una comi da, i nvi -
tando gente ami ga, que l uego ayudará a ahuyentar a los dia-
blos, haci endo rui dos, tamborazos o disparos. Li mpi a do el l u-
gar, pue do ope r a r a c o mp a ñ a d a p o r e s pí r i t us b e né f i c o s .
Nosotros trabajamos por el enf ermo aquí en l a ti erra, al mis-
mo t i empo que ellos l o hacen en el ci el o.
Como desde mi encuent ro con Cas t añeda no habí a cesado
de sentir un agudo dol or en el hí gado, fui a ver a Pachi ta pre-
muni do de un huevo. Pachi ta me l o frotó en l a regi ón dol ori -
da y me dij o:
- Ni ño queri do del al ma, aquí tienes un tumor. Te voy a ope-
rar para arrancárt el o de cuajo - vi endo l a palidez de mi rostro,
se puso a reí r-. No temas, muchachi t o, l l evo más de setenta
años operando, miles de personas han sido abiertas por el cu-
chi l l o del Her mano. Si hubi era ocurri do un percance a al guno
de sus pacientes, harí a ya ti empo que estoy en la cárcel . Escu-
cha: cuando yo tení a 10 años , vi un t umul t o cerca de la carpa
de un ci rco porque l a elefanta, pr eñada, no podí a pari r el ele-
Tiesta sagrada mapuche.
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lantito, ya que se le presentaba atravesado. Ahí estaba, agoni-
zando, tirada en una al f ombra de aserrí n. Los pobres artistas
l i di aban. Ese paqui dermo era la atracci ón del espect ácul o, y si
morí a ellos t ambi én se mor í an, pero de hambre. La elefanta,
ile pront o, se puso a berrear ensordecedoramente. No sé qué
me pas ó entonces. Me dor mí , y cuando des per t é me vi cubier-
ta de sangre. Me cont aron que yo habí a tomado un hoj a del
lanzador de cuchi l l os, abierto el vientre del ani mal , ext raí do a
su hi j o y luego cerrado la heri da, apl i cándol e mis manos, sin
dejar cicatriz. Desde entonces no he cesado de operar, a hu-
manos y t ambi én a animales.
Cons i deré que l o que me contaba era un cuento terapeúü-
(o, por compl et o i rreal . Pero, por una irresistible curi osi dad,
i lecidí entregarme a la experi enci a para ver qué se sentía en tan
i aras ci rcunstanci as. Me qui t é l a cami sa, como si fuera al go
c histoso. Mas cuando me vi extendi do en la cama, frente a Pa-
< hita, que bl andí a su cuchi l l o disfrazada de hér oe azteca y ro-
deada de fanáticos que rezaban, empec é a sentir mi edo. Quizás
estaban todos locos. Presa del páni co, excl amé: «Ya se me pas ó
el dolor, Her mano. No es necesario que me oper e» . Intenté le-
vantarme. La pos eí da, con i nmensa autori dad, me obl i gó a que-
dar tendi do, me col ocó l a punta del cuchi l l o detrás de mi oreja
i zqui erda y des cendi éndol o lentamente me dij o:
- S i no quieres que te opere el hí gado, comenzar é a abrirte
desde aquí , te sacaré el corazón. . . - s i gui ó baj ando el cuchi l l o- ,
¡ l uego te cortaré el es t ómago y, por fin, te sacaré del hí gado a
ese chi ngado di abl o!
Increí bl e sutileza psi col ógi ca: me hi zo elegir, entre dos po-
siblilidades atroces, la menos atroz. Ol vi dándome de la tercera
posi bi l i dad, que era levantarme y escapar, excl amé que, por fa-
vor, s ól o operase el hí ga do! Un par de tijeras apareci ó en su
mano, hi zo un rol l o con mi pi el y di o un corte. Oí el rui do de
las dos hojas de acero. Comenz ó el horror. Aquel l o no era tea-
tro. ¡ Sentí el dol or que siente una persona a la que le cortan la
carne con unas tijeras! Corrí a la sangre y pens é que me mor í a.
Des pués , me di o una cuchi l l ada en el vi entre y tuve la sensa-
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ci ón de que l o abr í a dej ando mi s tripas al aire. ¡ Es pant os o!
Nunca me habí a sentido tan mal . Durant e unos mi nutos que
me pareci eron eternos, sufrí atrozmente y me que dé bl anco.
Pachi ta me hi zo una transfusi ón. A medi da que es cupí a su ex-
traño l í qui do rojo por el tubo de pl ásti co que me habí a embu-
tido en l a muñeca, sentí, poco a poco, que me i nvadí a un agra-
dable calor. Des pués l evantó mi hí gado sangrante (el mí o o el
de un becerro, qué sé yo) y comenzó a tirar de una excrecen-
ci a que tenía. «Vamos a arrancarl o de raí z», af i rmó el Her ma-
no. Y yo padecí , aparte del ol or a sangre y de la horrorosa vi-
s i ón de l a vi scera granat e, el dol or má s grande que ha bí a
sentido en mi vi da. Chi l l é sin pudor. Di o el úl t i mo ti rón. Me
mos t r ó un pedazo de materi a que par ecí a moverse como un
sapo, l o hi zo envolver en papel negro, me col ocó el hí gado en
su sitio, me pasó las manos por el vientre cerrando la heri da y
al moment o des apareci ó el dolor. Si fue presti di gi taci ón, l a i l u-
sión era perfecta: no sól o yo sino todos los presentes, entre los
cuales estaba el product or de cine Mi c he l Seydoux, vi eron co-
rrer la sangre y abrirse el vientre. Me vendaron, me envolvie-
r on en la sábana, me l l evaron al sal ón y me acostaron entre los
otros operados. Allí me quedé inmóvil medi a hora, feliz de es-
tar vivo. Pachita, l i mpi ándos e la sangre, se arrodi l l ó j unt o a mí ,
me t omó las manos y me pr egunt ó c ómo me llamaba. Luego,
me est rechó entre sus brazos y me ent r egué a ellos con sed de
madre. Cuanto más pedí , más me di o. Quise un i nf i ni t o cari-
ño, obtuve un i nf i ni to cari ño. Esa muj er era una mont aña, tan
impresionante como un mí ti co maestro tibetano. Nunc a sentí
tanta gratitud como en el moment o en que me dij o que estaba
curado y que podí a y debí a marcharme. Sí, Pachi ta conocí a el
al ma humana y s abí a muy bi en uti l i zar una terapia que mez-
claba el amor y el terror. A este respecto, recuerdo las palabras
de Mai móni des comenzando el pr ól ogo para el tratado Bera-
j ot , del Tal mud: «Reuni os , sabios, y esperad en vuestros asien-
tos. Qui ero haceros un hermoso obsequio: ens eñar os el temor
a Di os». " ~~* — " "
Para liberarse de l a enf er medad era necesari o col aborar
312
i mi la hechi cera. Un a persona, a pesar de creer en el poder
del Her mano, podí a muy bi en no desear recobrar l a salud. Re-
cuerdo, por ej emplo, a una muj er l l amada Henri et t e, paciente
de un médi co ami go, J ean Cl aude, geni o de l a fitoterapia, que
no le daba más que dos años de vida. Henri et t e tení a cáncer y
\a le habí an ext i rpado los dos pechos. A instancias de J ean
(Uaude, que deseaba i ntentarl o todo, viajó a Méxi co. La alber-
gamos en nuestra casa. Aunque muy depri mi da, se decl aró dis-
puesta a dejarse operar por Pachita. Esta le propuso cambiarle
l oda la sangre i nyect ándol e dos litros de pl asma procedentes
de otra di mens i ón, materializados por el Her mano. Ll egó el
(lía y, des pués del habi tual ceremoni al , Henri ette se encont r ó
l endi da en el catre. El Her mano l e clavó el cuchi l l o en el bra-
zo y oí mos caer su sangre en un balde de l at ón. Er a un chorro
espeso y mal ol i ente. Des pués , el Her mano i nt roduj o en la he-
i ida, como en otras operaciones habí amos visto, el extremo de
un tubo de pl ásti co, levantando esta vez en el aire el otro ex-
tremo, para conectarlo con l o invisible. Oí mos el soni do de un
l í qui do que emanaba l entamente de no se sabe dónde , y el
Hermano dij o: «Reci be el plasma santo, hij ita, no l o rechaces ».
/VI dí a siguiente de la operaci ón, Henri ette estaba triste, abati-
da. Tratamos de hacerla reaccionar, pero fue en vano. Se mos-
traba como una ni ña, arisca y egoí st a. Trataba de cul parnos
por querer sustraerla a su calvario. Dos dí as des pués , le salió en
el brazo un purul ent o gran absceso. Muy asustado, l l amé a En-
ri que, qui en, previa consulta con su madre, me res pondi ó: «Tu
amiga tiene fe en la medi ci na, pero la rechaza. Quiere desha-
cerse del plasma santo. Que esta noche haga sus necesidades
en un ori nal y ma ña na por la ma ña na se apl i que el excremen-
to en el brazo». Transmi tí el mesaje a Henri et t e, que se ence-
rró en su habi taci ón. No sé si si gui ó el consejo o no, lo cierto es
que el absceso reventó dej ando un agujero enorme, tan pro-
fundo que se veía el hueso. Inmediatamente, la llevamos a casa
de Pachi ta que, converti da en el Her mano, le dij o con su voz
de hombr e : «Te esperaba hi j i t a, voy a darte l o que deseas.
Ven. . . ». La curandera l a t omó de l a mano como a una ni ña, l a
313
conduj o al catre y, sorprendentemente, se puso a tararear una
vieja canci ón francesa, mi entras bal anceaba el cuchi l l o ante
los ojos muy abiertos de la enferma. Tuve la i mpres i ón de que
l a hi pnoti zaba. Entonces l e pr egunt ó:
- Di me , hij ita, ¿por qué quisiste que te cortaran los pechos?
A lo que Henri et t e, que s abí a habl ar es pañol , con su voz de
ni ña, cont est ó:
- Par a no ser madre.
- Y des pués , mi queri da ni ña, ¿ qué quieres que t e corten?
- Los ganglios que se me van a hi nchar en el cuel l o.
- ¿ Par a qué?
- Par a no tener que habl ar con l a gente.
-¿Y des pués , hijita?
- Me cort arán los ganglios que se me hi nchar án debaj o de
los brazos.
- ¿ Par a qué?
- Par a no tener que trabajar.
-¿Y des pués ?
- Me cort arán los ganglios que se hi nc he n cerca del sexo,
para que pueda estar sola conmi go mi sma.
-¿Y des pués ?
- Los ganglios de las piernas, para que no puedan obligar-
me a ir a cual qui er sitio.
-¿Y qué quieres des pués ?
- Mo r i r me . . .
- Mu y bi en, hij ita, ahora ya conoces el cami no que s egui rá
tu enfermedad. El i ge: o avanzas por ese cami no o te curas.
Pachi ta le puso un emplasto en el brazo y, a los tres dí as, la
heri da habí a cicatrizado. Henri et t e deci di ó regresar a Parí s, y
mur i ó dos semanas des pués , en brazos de J ean Cl aude. El últi-
mo gesto que hi zo fue el de col ocar en el dedo anul ar de su
médi co un ani l l o de bodas. Cuando di l a triste not i ci a a Pachi -
ta, me res pondi ó:
- E l Her mano no viene sól o a curar. Tambi én ayuda a mor i r
a quienes lo desean. El cáncer y las otras enfermedades graves
se presentan como ej érci tos guerreros, si gui endo un pl an de
314
c onqui s t a preci so. Cua ndo revelas a un enf er mo que desea
destruirse a sí mi s mo el cami no que lleva su enf ermedad, se
apresura a seguirlo. Por esta razón, la francesa, en lugar de es-
tar dos años sufriendo, dej ó de luchar. Se ri ndi ó a la enferme-
dad y la dej ó realizar su pl an en dos semanas. - —-
Fue una gran l ecci ón: antes yo creí a que, para salvar a una
persona, bastaba con hacerl a consciente de sus impulsos de au-
t odest rucci ón. Pachi ta me hi zo comprender que este descubri-
mi ent o t ambi én podí a acelerar l a muerte.
Lo pr i mer o que hací a Pachi t a era tocar car i ños ament e al
que acudí a a ella. Desde el moment o en que sentí an las cál i das
manos de aquel l a anci ana, se convertí a en la Madr e Uni versal .
Pachi ta sabí a que en el adul to -i ncl uso en el más seguro de sí -,
duerme un ni ño ansioso de amor, y que el contacto físico era
más eficaz que las palabras para establecer confi anza y poner
al sujeto en estado recepti vo. Este contacto t ambi én par ecí a
permi t i rl e hacer el di agnóst i co. Recuerdo, por ej empl o, el dí a
en que l e llevé aj ean Paul G. , un ami go f rancés. Hací a ti empo
que t ení a dol ores, y los médi cos franceses habí an necesitado
seis meses para encontrarl e un pól i po en el intestino. Pachi ta
l e pas ó las manos por el cuerpo e i nmedi at ament e excl amó:
- Muchachi t o, tienes un bul to mal o en las tripas.
¡Mi ami go estaba at óni t o! Pero, aparte de manifestar estas
facultades casi adi vi natori as, la bruj a daba consejos que hoy
me parecen actos ps i comági cos : un dí a reci bi ó a un hombre
que estaba al borde del sui ci di o porque no soportaba l a i dea
de quedarse calvo a los 30 años. Habí a probado todos los trata-
mi entos posibles, sin éxi t o, y no admi t í a verse pel ón. El Her -
mano l e pr egunt ó por boca de l a anciana:
—¿Crees en mí ?
El hombre r es pondi ó afirmativamente y, de hecho, tení a fe
en Pachi ta. El espí ri tu l e di o entonces estas instrucciones:
- Pr ocúr at e un ki l o de excrementos de rata, ori na enci ma y
mézcl al o bi en hasta obt ener una pasta que te apl i carás en l a
cabeza. Eso te hará crecer el pel o.
315
El hombr e pr ot es t ó débi l ment e, pero Pachi t a i nsi sti ó, di -
ci endo que, si querí a evitar l a calvicie, no habí a más remedi o.
Tres,meses después, volvió a ver a la vieja y le dij o:
-Es muy difícil encontrar excrementos de rata, pero al fin
l ocal i cé un l aboratori o en el que cri aban ratas blancas. Con-
' vencí a uno de los trabaj adores para que me los guardara.
Cuando reuní el ki l o, ori né enci ma, hi ce l a pasta y entonces
me di cuenta de que me daba l o mi smo no tener pel o. Por l o
tanto, no apl i qué el ungüe nt o y deci dí cont ent arme con mi
suerte.
^- Pachi ta le habí a pedi do un preci o que él no estaba dispues-
to a pagar. Cuando se encont r ó abocado a la acci ón, compren-
di ó que podí a perfectamente aceptar su destino. Ant e la reali-
dad del difícil acto que se l e exi gí a, des cubr i ó que pr ef er í a
seguir siendo calvo. Sal i ó de su mundo i magi nari o para mi rar
cara a cara al mundo real. Estas instrucciones, absurdas a pri -
mera vista, le di eron ocasi ón de madurar, le hi ci eron pasar por
todo un proceso que al final le hi zo posible aceptarse tal como
era.
Recuerdo a una persona a la cual el di nero le s uponí a un
probl ema grave: era incapaz de ganarse la vida. La vieja le i m-
puso un ext raño ceremoni al .
y.— -Debes ori nar todas las noches en una baci ni ca hasta que la
llenes. Des pués , tienes que dejar el recipiente debajo de la ca-
j n a y dor mi r treinta dí as enci ma de tu pis.
Fui testigo de la consulta y, por supuesto, me pr egunt é cuál
podí a ser su si gni fi cado. Poco a poco e mpe c é a encont rarl e
sentido: si una persona que no sufre ni nguna di smi nuci ón físi-
ca ni i nt el ect ual no consi gue ganarse l a vi da es por que no
qui ere. Un a parte de s í mi s ma no admi t e el di ner o. Aho r a
bi en, seguir las prescripciones de Pachi ta s uponí a exponerse a
un verdadero suplicio: no hace falta mucho ti empo para que l a
ori na conservada dí a tras dí a bajo la cama apeste. El paciente,
obl i gado a dor mi r enci ma de la baci ni ca, i mpregnado de sus
propi os tufos, en f or ma i nconsci ente establece una rel aci ón
si mból i ca: l a or i na es amari l l a, como el oro. Pero, al mi s mo
316
ti empo, un desperdi ci o. Pr oduci r desperdicios es una necesi-
dad fisiológica; y la necesidad de ori nar o defecar es en sí con-
secuencia de otra necesidad, la de comer y beber. Para subve-__
ni r a esto, hay que ganar di nero. El di nero, en l a medi da en
que representa energí a, tiene que circular. Aquel l a persona ñcu™.
se ganaba la vida porque sentía repul si ón por ese di nero, sucio,
vi l y no querí a verse i mpl i cada en su mani pul aci ón. Se negaba
a i nterveni r en el movi mi ent o que hace que el di nero entre y
salga, se transforme en al i mento. Le repugnaba reconocer el
lugar l egí ti mo del «oro» en la red que constituye toda existen-
cia. Pachi ta le obl i gó a domi nar ese mi edo. Al encontrarse ca-
da noche solo con sus meados, tuvo la revel aci ón de que el di -
nero era sucio sól o cuando no circulaba. Si se negaba a verlo y
l o met í a debaj o de l a cama, empezaban los probl emas. Por
otra parte, el hecho de practicar el ej ercicio hasta el fin le obl i -
gó a dar prueba de vol untad, cual i dad indispensable para ga-
narse la vida normal mente.
En otra ocasi ón, a una muj er que, en una oper aci ón previa,
el Her mano l e habí a ext raí do un cáncer pul monar, pero que
cont i nuaba con molestias respiratorias graves, Pachi ta le dij o
con gran severidad:
- T u cáncer está curado y tú no l o has entendi do. Cuando
uno piensa que está mal , el cuerpo se enferma. Ya estás bi en
pero no quieres cooperar. No pienses que estás enferma y de-
j ar ás de tener molestias.
Para ser bruj o o chamán hay que habitar en un mundo don-
de la supersti ci ón se hace realidad. Por lo que a mí respecta, no
creí a lo suficiente en la magia pri mi ti va para convertirme en cu-
randero. Estaba seguro de que esos tumores ensangrentados
que se moví an y resollaban eran simplemente animalitos, lagar-
tijas, ranas, qué sé yo. Por ello, si bi en quise aprender de Pachi-
ta, nunca aspi ré a reci bi r su don para convertirme en sanador a
mi vez. Compr endí que, para aprender del Her mano, debí a su-
poner falsos todos sus milagros. Si hubi era partido del pri nci -
pi o de que aquello era verdad, pronto me habrí a encontrado
317
en un callej ón sin salida, es f orzándome por convertirme yo mis-
mo en mago para nada o para conseguir resultados sól o parcia-
les o mediocres, ya que, lo creo, uno no puede cambiar de pi el ,
liberarse de su cul tura racional yj ugar a ser un «pri mi ti vo». De
este modo, me encont raba ment al ment e en di s pos i ci ón de
aprender algo que des pués podr í a servirme en mi propi o con-
texto; por ejemplo, la manera de utilizar los objetos si mból i cos,
a fin de produci r ciertos efectos en el prój i mo; o c ómo dirigir-
me directamente al inconsciente en su propi o lenguaje, ya fue-
ra a través de palabras o de act os v Más tarde, gracias al ej empl o
de esa notable mujer, me i nteresé en conocer el lugar que ocu-
• _ _ a i J
4>aba la magia en la historia. Leí un buen númer o de libros so-
bre el tema, para tratar de extraer elementos universales dignos
de ser utilizados, ya de manera consciente y no supersticiosa, en
mi propi a práctica. En todas las antiguas culturas se cree en el
poder de las incantaciones, la convi cci ón de que el deseo ex-
presado con palabras en la f orma requeri da provoca su realiza-
ci ón. Pero con frecuencia el nombre del dios o del espíritu se
refuerza por su asoci aci ón a una i magen. Los antiguos sabí an
intuitivamente que el i nconsci ente es t ambi én receptivo a las
formas, a los objetos. Por otra parte, concedí an i mportanci a ca-
pital a la palabra escrita, transformada en talismán. Ot r a prácti-
ca universal es la de la purificación, las abluciones rituales. En
Babi l oni a, durante las ceremonias de curaci ón, los exorcistas
ordenaban al paciente que se desnudara, que tirara sus ropas
viejas, sí mbol os del Yo enfermo, y que se pusiera vestiduras nue-
vas. Los egipcios consi deraban la puri f i caci ón como requisito
prel i mi nar para el recitado de las f órmul as mági cas, como ates-
tigua este texto: «Si un hombre pr onunci a esta f órmul a para
uso propi o, debe untarse de ól eos y ungüent os y tener en la ma-
no el incensario l l eno; debe tener nat rón de cierta calidad de-
trás de las orejas y una calidad diferente de nat rón en la boca;
debe vestir dos prendas nuevas, des pués de haberse lavado en
las aguas de la crecida, calzar sandalias blancas y haberse pinta-
do l a i magen de l a diosa Maat en l a l engua con tinta f resca».
Los antiguos atri buí an tambi én un papel de aliado a numero-
318
sos objetos: los textos mági cos se recitaban sobre un insecto, un
ani mal pe que ño o, i ncl uso, un collar. Tambi én se uti l i zaban
l>andas de l i no, figuritas de cera, plumas, cabellos, etc. Los ma-
ídos grababan el nombr e de sus enemigos en vasijas que des-
pués eran rotas y enterradas, dest rucci ón y des apari ci ón que
debí an acarrear las de tales adversarios. En las suelas de las san-
dalias reales se pi ntaban las efigies de los «mal vados», para que
el rey pisoteara a diario a los invasores en potencia. En este mis-
mo orden de ideas, los brujos hititas me hi ci eron descubrir los
conceptos de sustitución y de identificación: en realidad, el ma-
go no destruye el mal sino que se apodera de él descubriendo
sus orí genes y lo extirpa del cuerpo o del espíritu de la víctima
para devolverlo a los infiernos. Según un antiguo texto, «se ata-
rá un objeto a la mano derecha y al pie derecho del enfermo,
des pués se desatará y se atará a un ratón, mientras el oficiante
dice: ' Yo te he extirpado el mal y lo he atado a este ratón"; y en-
tonces se l i berará al rat ón». Pachita extirpaba el mal para insti-
larlo en una planta, un árbol o un cactus, lo que hací a que el ve-
get al mur i e r a poc o a poc o. Ta mb i é n s e s ol í a s us t i t ui r al
enfermo por un cordero o una cabra: se ataba el turbante de és-
te a la cabeza de la cabra, a la que se le cortaba el cuello con un
cuchi l l o que antes habí a tocado el cuello del paciente. Según la
magia j udí a es posible engañar, burl ar e i nduci r a error a las
fuerzas del mal . Para ello se disfraza a la persona en la que ellas
se ens añan, se le cambi a el nombre. Si se quiere puri fi car un
objeto se le hunde en la tierra, etc.
Pachi ta me habí a di cho: «Vendré a verte en tus s ueños ». Su-
cedi ó que, probabl emente a causa de una i nfecci ón intestinal,
me comenzaron unos dolores de es t ómago que cont i nuaron
varios dí as porque me quise curar con hierbas y no con anti-
bi óti cos. Dor mí mal durante tres noches pero a la cuarta tuve
un s ueño: Estoy en mi cama, sufriendo los mismos dolores que
tengo cuando estoy despierto. Ll ega Pachi ta, se acuesta enci-
ma de mí y chupa el lado derecho de mi cuel l o di ci endo: «Voy
a curarte, muchachi t o». Haci endo un esfuerzo, desliza su ma-
319
no i zqui erda entre nuestros cuerpos y la apoya en mi vientre.
Des pués , se eleva en el aire sin separarse de mí . Levitamos un
rato hori zontal mente, luego bajamos a la cama. El l a se desva-
nece lentamente. Me des pert é curado, sin sentir dol or al guno.
Cuando Pachita mur i ó, me cont ó Gui l l er mo Lauder que el
médi co no pudo fi rmar de i nmedi ato el certificado de defun-
ci ón, porque el pecho del cadáver estaba caliente. Ese cal or
dur ó tres dí as . Sól o ent onces s e l a pudo decl ar ar muer t a .
Ti empo des pués , el don pas ó a su hi j o Enri que, que, pos eí do
por el Her mano, e mpe z ó a operar como su madre. Cl audi a,
asistente del cineasta Francoi s Rei chenbach, durante una fil-
maci ón en Bel i ce, anti gua Hondur as bri t áni ca, tuvo un acci-
dente automovi l í sti co y se le secci onaron varios nervios de la
espalda y se le r ompi er on nueve vért ebras . Pe r ma ne c i ó tres
meses en coma. Cuando r ecobr ó el conoci mi ent o, l e di j eron
que estaba paral í ti ca y que no podr í a volver a andar. Como úl-
ti mo recurso, viajó a Méxi co y se hi zo operar por Pachi ta, que,
según ella cuenta, la abri ó de la nuca hasta el cócci x y le cam-
bi ó las vértebras dañadas por otras que habí a comprado en el
depósi t o de cadáveres. A la semana siguiente ya estaba andan-
do. Este «mi l agro» le cambi ó la vi da y la hi zo interesarse en la
magia mexi cana con un enorme deseo de ayudar a sus amigos
de Franci a, para lo cual invitó a Enr i que a veni r a Parí s para
operar. Este accedi ó.
Mi hij a Eugeni a padecí a en aquella época una enfermedad
casi de exclusividad francesa, la espasmofilia, con contraccio-
nes involuntarias de los mús cul os del vientre muy dolorosas.
Habí a perdi do el apetito y estaba en los huesos. Ni ngún médi -
co la pudo curar. A pesar de que tení a una f ormaci ón universi-
taria y una férrea educaci ón raci onal -hasta los 16 años la edu-
có en Dussel dorf su madre al emana-, le propuse que i ntentara
curarse con el Her mano. Por pura des es peraci ón, ya que ella
no creí a en esas «s uper cher í as » , acept ó. Ll egamos al aparta-
mento y nos abri ó la puerta un ayudante mexi cano que habí a
veni do con Enri que. Poni éndos e un í ndi ce en los labios, nos
320
i ndi có que debí amos entrar en silencio. Las habitaciones, con
las ventanas cubiertas por frazadas, estaban oscuras. Entramos
a tientas en el sal ón y nos sentamos. Nuestros ojos se f ueron
acostumbrando a la penumbra. El silencio era i mpresi onante.
De pront o el ayudante, apresurado, abri ó l a puerta del baño.
Sal i ó de allí el respl andor de un objeto que se quema y el hom-
bre mur mur ó:
-Es un daño. No entren hasta que se consuma. Si no, se les
puede echar enci ma -y se fue. Una sonrisa despectiva se f or mó
en los labios de Eugeni a, que gruñó:
- Cuent os para retrasados mentales.
Al cabo de un rato, l a puerta del f ondo se abri ó y salieron
dos personas cargando a una tercera, envuelta en una s ábana
ensangrentada, pál i da, al parecer prof undamente dormi da o
muerta. La acostaron en el suelo, j unt o a nosotros. Espantada,
mi hij a me pi di ó que nos f uésemos i nmedi atamente de allí, y
tembl ando de pies a cabeza, se levantó para hui r. Apareci ó una
f i gura ext r aña, un hombr e que sabí a mantenerse en l a som-
bra, y pi di ó a Eugeni a que se acercara. Esta, de golpe, se cal mó
y l o si gui ó dóci l ment e. Yo presenci é l a operaci ón. Habí a como
antes sól o una cama y el l ugar estaba apenas i l umi nado por
una vela. Una muchacha cubierta de sangre yacía tendi da en
el suelo, con expres i ón ri sueña. El Her mano, a pesar de mane-
jar el cuchi l l o de monte, no se le veía de pie portando, aterra-
dor, la túni ca del emperador azteca. Ahor a el curandero per-
manecí a, sentado, en la sombra. No se veía de él más que sus
manos. La « car ne» se habí a hecho i mper s onal . Aus cul t ó el
vientre de mi hija, le dij o que llevaba allí acumul ada una gran
cól era cont ra su padre y que la i ba a curar de un mal que no
era daño. El cuchi l l o se hundi ó en l a carne, corri ó l a sangre,
las manos se i nt roduj eron en la heri da, pareci eron poner los
ór ganos en su sitio, vol vi eron a salir, sobaron la pi el , no quedó
huel l a del corte. Eugeni a nunca se quej ó. El Her mano hablaba
esta vez con dul zura y no pr oducí a dolor. Al salir, así se lo hice
observar al ayudante, que me r es pondi ó que de encarnaci ón
en encar naci ón el He r ma no i ba progresando, y que úl ti ma-
321
mente habí a aprendi do a no hacer sufrir a los pacientes. Euge-
ni a nunca más volvió a tener espasmos, r ecuper ó su peso nor-
mal y muy pront o encont r ó al hombre de su vi da.
Des pués de crear la Psi comagi a y el Psi cochamani smo, he
vuelto repetidas veces a la ci udad de Méxi co para estudiar los
mét odos de los l l amados charlatanes o curanderos. Son muy
abundantes. En el corazón de l a capital hay un gran mercado
de bruj erí a. Allí se venden toda clase de productos mági cos , ve-
las, peces del di abl o, estampas de santos, hierbas, j abones ben-
ditos, Tarots, amuletos, etc. En algunas trastiendas, sumidas en
l a penumbra, hay mujeres que, con un t ri ángul o pi nt ado en l a
frente, hacen «l i mpi as» del cuerpo y del aura. Cada barri o tie-
ne su bruj o o bruj a. Gracias a la fe de sus pacientes, l ogran mu-
chas veces curarlos. Los médi cos surgidos de las universidades
desprecian estas prácti cas. Por supuesto que esa medi ci na no
es científica, sin embargo es un arte. Y para el i nconsci ente hu-
mano es más fácil comprender el lenguaje oní ri co -las enfer-
medades desde cierto punt o de vista son s ueños , mensajes que
denunci an probl emas no resueltos- que el lenguaje raci onal .
Los charl atanes, c on gran creat i vi dad, des arrol l an t écni cas
muy personales. Los comparo a pintores. Todos pueden pi ntar
paisajes, pero el estilo con que lo hacen es i ni mi t abl ement e i n-
di vi dual . Al gunos t i enen más i magi naci ón o talento que los
otros, pero todos, si se les concede la fe, son útiles. Le habl an
al hombre primitivo que cada uno de nosotros aún lleva dentro.
Don Ar nul f o Martí nez es el bruj o futbolista. Me costó locali-
zarlo. Vi ve en un caóti co barri o pobre. Las casas tienen núme-
ros desordenados, al lado de la 8 se encuentra la 62 y des pués la
34, etc. Lo pude encontrar preguntando a los vecinos. Do n Ar -
nul f o me esperaba al final de un estrecho pasadizo con los mu-
ros cubiertos de jaulas de canarios. Tuve que atravesar un cuar-
to donde estaban su esposa, su madre y su numer os a pr ol e.
Separado por cortinas de pl ásti co rel umbraba el pe que ño espa-
cio sagrado, con estantes plagados de estatuillas representando
322
.i Cri sto y a la Vi r gen de Guadal upe, muchas velas encendidas,
l í qui dos de col or en diferentes tipos de botellas, j unt o con foto-
grafías de su época de futbolista. En el centro del altar reinaba
la pelota formada por pent ágonos negros y blancos. El curan-
dero, en lugar de ocultar la pasi ón de su j uvent ud, la usaba en
sus prácti cas mági cas. Para diagnosticar mis males, me frotó to-
do el cuerpo pri mero con un ramo de claveles rojos y blancos,
luego con l a pelota de fútbol. Me vaticinó problemas económi -
cos. Gr abó con sus largas uñas mi nombre en una vela y me pi -
di ó que l a encendi era en mi dormi t ori o, dej ándol a consumirse.
Por azar, porque así él l o querí a, por al gún truco, cuando me
col ocó una mano en la frente y la otra en el corazón, para libe-
rarme de mis preocupaci ones, los canarios comenzaron a tri -
nar. No hay nada mej or para apaciguar el al ma que un coro de
canarios. Do n Ar nul f o nos está di ci endo que «cada cual debe
curar con lo que más ama, sin preocuparse de lo que pi ensen
los demás . Los objetos son recept ácul os de energí as, positivas o
negativas. El l os no son di aból i cos ni sagrados. Es el odi o o el
amor que depositas en ellos lo que los transforma. Una pel ota
de fútbol puede llegar a ser sant a».
Gl or i a es una muj er enérgi ca, vestida con pantalones cortos
y camiseta, alta, muscul osa, madre de tres hijos. Su ayudante
fiel es su mari do, un hombre delgado y pequeño. Gl ori a, al pa-
recer, no tiene nada de extraordi nari o. Vive en un apartamento
y vende muñecos que reproducen personajes de las series i n-
fantiles de la televisión. En los muros desnudos sól o hay un gran
retrato de Marí a Sabina porque Gl ori a, cuando cae en trance,
recibe al espíritu de la sabia de los hongos. Sus pacientes enton-
ces se di ri gen a ella l l amándol a «Abuel i ta». No tiene un l ugar
sagrado especial. Reci be en su dormi t ori o, que está casi com-
pletamente invadido por una cama muy ancha y un ropero. Se
sienta en una esquina del l echo y col oca al consultante de pi e
frente a ella. Ci erra los ojos, se repliega y luego se yergue con-
vertida en l a Abuel i ta, una vieja que habla un español defectuo-
so mezcl ado con frases en náhuat l . Auscul t a a la persona con
323
sus manos y luego comi enza a dictar una larga serie de hierbas,
flores y antiguas medicinas. Recetas que religiosamente su mari -
do apunta en un cuaderno de escuela. Por fi n «Marí a Sabi na»
entrelaza los dedos y hace un cí rcul o puri fi cador con sus brazos.
El paciente debe i nt roduci r sus piernas en el ani l l o corporal y
luego sacarlas así como se saca un sable de su vaina, y a conti -
nuaci ón los brazos, la cabeza y el torso. «Puri f i cado estás, mi
nieto. » Mientras la Abuel i t a se despide y Gl or i a comi enza a salir
del trance, el caballero da fotocopias de papelillos escritos en
una vieja máqui na. Reproduzco uno que aconseja un sahume-
rio para purificar la casa expulsando los espíritus negativos: «En
una sartén ponemos un poco de aceite y 21 chiles de árbol (des-
panzurrados), se fríen y se queman. Cuando haya humo se pasa
la sartén por toda la casa y se dice: " Cort o, aparto, retiro y des-
truyo todo lo que no nos corresponde y todo ser de oscuri dad".
Cuando se haya pasado la sartén por toda la casa, se deja en un
lugar seguro y se sale de la casa unos 10 o 15 minutos. Se regre-
sa para abrir las ventanas. Hacer esto 3 veces lo más seguido que
se pueda, pero no en el mi smo dí a». Él i phas Lévi en su l i bro
Dogma y ritual de la alta magia res umi ó a ésta en cuatro palabras:
«Querer, osar, poder y cal l ar». Se puede deci r que la Abuel i t a ha
resumi do en cuatro palabras la bruj erí a sanadora. Corto: Se cor-
tan los lazos que unen al enfermo a deseos, sentimientos y pen-
samientos negativos. Aparto: Se aparta al espí ri tu de su cárcel
material. Retiro: Se retira el daño (la enfermedad es vista como
un demoni o enviado por gente envidiosa o por entidades mal é-
ficas) . Destruyo: El daño se destruye fuera del cuerpo del pacien-
te. La enfermedad ha sido concretizada en un objeto, siempre
considerado viviente. Gl ori a, en trance, agrega una di mens i ón
nueva al acto de pos es i ón. La Abuel i t a l e di ce al consultante:
«Ahora que has establecido contacto conmi go, yo estoy t ambi én
en ti. Te vas pero me voy contigo. Ya no te abandonar é. Cuando
quieras ayudar a tus semejantes, l l ámame y, a través de ti, yo los
ayudaré». Esto nos está di ci endo que los valores sublimes del es-
píritu, una vez que se revelan, son irreversibles.
324
Do n Ernesto vive en un barri o más acomodado y ha adapta-
do su apartamento para que le sirva a su actividad. El lugar se
asemeja a una pe que ña estaci ón ferroviaria. Hay largos bancos
de madera a ambos lados. En ellos, esperan con paci enci a los
candidatos a la l i mpi a. Previamente se han deteni do frente al
escritorio que está j unt o a la puerta y le han pagado a la espo-
sa del curandero una suma que equivale a tres dól ares. En el
fondo del hangar hay en el suelo un cuadrado de tres por tres
metros consti tui do por baldosas blancas. Allí ofi ci a don Ernes-
to, secundado por su hij a.
Se le pi de al solicitante que escriba en una hoj a de papel to-
do aquel l o de l o que se qui ere des prender: enf ermedades,
probl emas económi cos , líos sentimentales, tensiones fami l i a-
res, angustias, etc., y que se pare en el centro del cuadrado. La
hija, presi onando una botel l a de pl ásti co l l ena de al cohol , lan-
za un chorro ci rcul ar al rededor de l a persona. Do n Ernesto l o
enci ende. En las llamas quema l a hoj a con l a lista de males.
Cuando el ani l l o de fuego se consume, barre el cuerpo del so-
licitante con un ramo de crisantemos. Luego l e hace extender
las palmas abiertas en acti tud de súpl i ca. El estira haci a el te-
cho su mano derecha, si mul a que toma algo del aire ( mundo
di vi no) , lo deposita en la pal ma abierta y hace que la persona
e mpuñe el don invisible. Do n Ernesto define con una pal abra
ese don: a veces es Paz, otras Amor , otras Prosperi dad y otras
Sal ud. Las personas se van con las manos e mpuña da s como si
hubi esen reci bi do un tesoro. Co n don Ernesto comprendemos
que para dar no es necesario poseer materi al mente.
Do n Toño es un i ndi o hui chol . Sus prendas son blancas con
hermosos bordados donde se mezcl a el amari l l o, el celeste, el
negro y el bl anco. Una vez por semana, un ávi do pr omot or l o
va a buscar a la sierra y lo trae a la capital para que ejerza su
medi ci na en l a trastienda de una l i brerí a esotéri ca. El l i brero,
t ambi én ávi do, cobra de antemano por cada consulta el equi-
valente a ci ncuenta dól ares. Des pués de inclinarse y hacer en
su i di oma una i nvocaci ón haci a los cuatro puntos cardinales,
325
don Toño pregunt a cuál es l a enf ermedad y dó nde siente el
consultante el dolor. Una vez que, presi onando con sus dedos,
l o l ocal i za con exactitud, medi ante un abani co de pl umas du-
ras comi enza a «barrer» el cuerpo, desde los puntos más leja-
nos hasta el dol or central . Da la i dea de estar acumul ando el
mal que se ha extendi do por el organi smo. Entonces, con los
brazos abiertos, como las alas de un águi l a, acerca su boca a
ese núcl eo y comi enza a chupar. Luego alza la cabeza y escupe
una pi edra, a veces pequeña , otras más grande, de diferentes
colores que van del sepia al negro. Ha sacado el daño. . . Yo te-
ní a una verruga en l a comi sura de un ojo. Des pués de absorber
y escupir mi mal , una pi edreci l l a verdosa, don Toño me puso
las manos j untas, como en acti tud de rezo. Sorbi ó de la punt a
de mis dedos y es cupi ó en mis palmas un bel l o cristal. Luego
me regal ó un col l ar de cuentas con sus cuatro colores sagra-
dos. Co n él se aprende que la finalidad de la medi ci na no es
sól o curar sino t ambi én revelarle al paciente sus valores.
Sol edad es una muj er madura, morena, muy fuerte, actriz
de prof esi ón, que todos los fines de semana abre las puertas de
su apartamento y da masajes gratis. Es mé di um y la posee el es-
pí ri tu de Magdal ena. Cuando me ve llegar, me reconoce, cosa
que no me ext raña porque pertenece al mundo teatral y cine-
mat ogr áf i co. Pero no es por eso por l o que me reci be antes
que a nadie. Me lleva al pe que ño cuarto donde oficia; allí hay
un armari o pe que ño, de hi erro esmaltado en bl anco, como en
los hospitales, un si l l ón-cama de cuero negro, para masajes, y
en l a pared l a f ot ograf í a de una muj er, muy mexi cana, cuyo
rostro, de ojos i mpresi onantemente l umi nosos, no me es des-
conoci do.
-Es mi s eñor a Magdal ena. El l a fue maestra de Do nj u á n. Tú
la conociste. Me habl ó de ti . Fuiste a verl a porque a causa de
un fracaso teatral padecí as una baja de energí a, ¿verdad?
¡ Ci ert o! Habí a pasado por tantos disgustos con l a vani dad
de los actores, la mal dad de la prensa, el poco i nterés del pú-
bl i co y la enorme pér di da económi ca que la ener gí a se me ha-
326
!>ía i do j unt o con l a al egrí a de vivir. Al gui en me r ecomendó vi -
sitar a Magdal ena para reci bi r un masaje energét i co. Así lo hi -
( e. Encont r é a una muj er i ndef i ni bl e. Por un l ado era un ser
pri mi t i vo, con l a s abi dur í a si mpl e y di rect a del puebl o, por
ot ro, en ciertos moment os , most raba un es pí ri t u cul t i vado,
usando frases dignas de un prof esor uni versi t ari o. La úni c a
manera que t endrí a de def i ni rl a serí a deci r que me pareci ó un
diamante mostrando constantemente una faceta diferente. Hi -
zo que me desnudara y me tendiese de bruces en su mesa rec-
tangular. Me mos t r ó un frasco grande l l eno de una pasta se-
mejante a vaselina y me cont ó que los mayas de Qui ntana Roo
le ens eñar on a hacer este ungüent o. Me unt ó toda la espalda,
t ambi én la nuca y las piernas. No fue un masaje, sino simple-
mente una ext ensi ón del i cada de la pasta. Luego apoyó las ma-
nos en mi cabeza y rezó en un ext raño lenguaje. Me sentí lige-
r o, cada vez má s al egr e, y me di o un at aque de r i s a. La
depr es i ón y el cansancio se habí an volatilizado. Antes de i rme
quise pagarl e. Me l o i mpi di ó: «Yo hi ce muy poco. Es el un-
güent o el que te ha ayudado, agr adéces el o a él ». Le pr egunt é
su compos i ci ón y, sonri endo con mal i ci a, me cont est ó:
- Unas pocas hierbas que no conoces y mucha mari huana,
molidas hasta hacerlas pol vo y disueltas en vaselina caliente. La
mari huana te despierta la al egrí a en el cuerpo. El cuerpo se la
transmite a tu espí ri tu y tu espí ri tu se da cuenta de que, en el
(ondo de tus pesares, él sigue intacto, como unaj oya l umi nosa.
Entonces el pesar se desvanece porque es sól o un mal s ueño.
Sol edad me c onf i r mó l a capaci dad de Ma gda l e na par a
adoptar personalidades diversas. Pasaban frente al Palacio de
Bellas Artes, donde una c ompa ñí a extranj era presentaba un
programa de danzas, y Sol edad se quej ó tristemente de no po-
der verl o por falta de di ner o, pues l a entrada resultaba muy
cara. Magdal ena la invitó a seguirla: « Nos dej ar án pasar gra-
ti s». Estaban vestidas de maner a humi l de. Sol edad se si nti ó
acompl ej ada pero si gui ó a su maestra. Magdal ena cambi ó de
acti tud y en pocos segundos par eci ó ser una princesa. Se ha-
brí a di cho que llevaba un invisible atuendo lujoso. Los porte-
327
ros se i ncl i nar on ante el l a y las dej aron pasar. Las acomodado-
ras, dando muestras de un fascinado respeto, las l l evaron a un
pal co. Pudi er on ver con toda t ranqui l i dad el ballet si n que na-
di e las molestara. La f abri caci ón del ungüe nt o era un secreto.
Sol edad no sabí a que Magdal ena me habí a honr ado comuni -
c á ndome l o. Es ci erto que los masajes de Sol edad eran exce-
lentes. Sus manos, con las yemas de los dedos reuni das j unt o a
las del pulgar, i mi t aban cabezas de serpientes, los brazos eran
el cuerpo ondul ant e de los ofidios, que el l a hací a reptar por
la pi el , presi onando hasta parecer dar un masaje a los huesos
y no a l a carne. Al mi s mo t i empo, en cada parte del cuerpo en
la que largamente se det ení a, recitaba el nombr e de un dios
náhuat l y una or aci ón di r i gi da a él. Di vi dí a el organi smo en
veinte secciones, en veinte dioses. Al llegar al vientre (el Kat h)
en lugar de nombr ar a un dios cantaba el nombr e del paci en-
te, convi rt i éndol o en el cent ro del gr upo di vi no. Luego, ex-
t endí a l a pasta y l a mar i huana pr oduc í a su efecto. Una euf ori a
mí s t i ca. La enf er medad, en l a ebr i edad, s e ol vi daba. El pa-
ci ente, al sentirse sano, recuperaba la fe. Y cuando el efecto
del ungüe nt o cesaba, el i nconsci ent e, e ng a ña do, s eguí a cre-
yendo que el cuerpo estaba a salvo y entonces se pr oduc í a la
curaci ón.
A don Rogel i o l o l l aman el « cur ander o rabi os o». Es un vie-
j o flaco, amari l l ent o, si n di entes, vestido de negro y c on un
ani l l o en cada dedo con una calavera. Di ce:
- L a gente es envidiosa y hace trabajos. Los celos enredan el
espí ri tu; la envi di a provoca daños . Luego, es necesario hallar-
los y echarlos fuera.
Ci t a el evangel i o de San Lucas , cuando J e s ú s c ur ó a un
hombre pos eí do por un espí ri tu i nmundo y gri tó al demoni o,
con irresistible autori dad, «¡ Sal de él ! ».
- Cua ndo el espí ri tu está enredado, si gui endo el ej empl o de
nuestro Señor, yo lo desenredo a la fuerza -y don Rogel i o, pa-
rado frente al enf ermo, azota el aire, al rededor del cuerpo da-
ñado, con un gallo roj o, l anzando atronadores gritos de f uri a-:
328
J' . na afuera, cabrón de mi erda! ¡Vete! ¡Vete! ¡ Dej a tranqui l o a
este cristiano!
Con él se aprende que hay que proceder con certeza total y
ui i ori dad absoluta. La menor duda provoca el fracaso. Hay un
ilu ho zen que dice: « Un grano de polvo en el azul del medi o-
día, oscurece todo el ci el o».
En diferentes ocasiones, a través de los años , asistí a las cu-
i , k iones efectuadas por don Carl os Said. Des pués de Pachi ta
es uno de los curanderos más creativos, en constante desarro-
llo, i ncorporando nuevos elementos a sus sesiones. Cuando lo
visité por pri mera vez reci bí a en un cuarto de su gran aparta-
mento, en un viejo edi fi ci o no muy lejos del centro de l a ci u-
dad. La gente esperaba en el sal ón, entre j arrones de flores y
cuadros representando a Cristo. Muchos me di j eron que don
Carl os los habí a sanado de peligrosos cánceres . Tení a un pe-
que ño altar, semejante a los de los templos catól i cos. Al l ado
de él, una vieja silla de madera estilo es pañol , con cojines de
terciopelo roj o. Según Said, aunque no l a vi éramos, allí estaba
sentada su maestra doña Paz. Esta vieja sabia veía a los enfer-
mos ref i ri éndos e a ellos como «caj i t as», es deci r formas que
c ont ení a n di ferentes el ementos, enf ermedades, penas, etc.
El l a le dictaba los remedi os que sanarí an esos males. Años más
tarde, don Carlos Said, convirtió el pri mer piso de su casa en
templ o. Al entrar, los solicitantes se encuentran con hileras de
sillas dispuestas como en las iglesias o en los teatros. Hay sitio
para unas ci ncuent a personas. Frente a ellas se alza un altar:
plataforma a la que se llega subi endo doce escalones. En lo al-
to, coronando a la mesa rectangular, rei nan siete grandes ci -
rios encendi dos. En cada esquina del altar hay un fl orero con
crisantemos. Las paredes están cubiertas de cuadros, de cierto
buen gusto, que muestran el Ví a Cruci s. Do n Carlos ofi ci a ves-
tido de bl anco, como un i ndi o mexi cano. Lo ayudan dos mu-
jeres, con túni cas blancas, sin maquillaj e y el pel o corto o reco-
gi do en l a nuca f or ma ndo un mo ñ o . Par ecen monj as. A l a
i zqui er da de los parti ci pantes, hay una hi l er a de col chones
329
donde yacen enfermos envueltos en s ábanas con aplicaciones
en el cuerpo de ramos de hierbas frescas.
Apenas el futuro paciente entra, otra ayudante le vierte en
las manos, de una botel l a negra, un poco de perfume mági co
l l amado «Si ete Machos » para que lo rocí e por su cabeza y cuer-
po, cort ándos e así de los lazos que lo unen con el exterior. Se
penetra en un lugar sagrado por compl eto. Trai ga l o que el en-
fermo traiga, eso debe entrar en el templ o. Nada debe quedar
fuera, en el mundo ordi nari o. Lo que se deja atrás no se puede
curar. Son diablos que esperan y, apenas el enf ermo regresa, se
le echan otra vez enci ma.
Los pacientes son tratados en estricto or den de llegada. Si n
embargo hay algunos que se han presentado al alba, citados
para un tratamiento especial. Están sentados en una silla, con
el cuerpo y la cabeza cubiertos por mantas blancas. Said ha de-
positado bajo la silla una pal angana l l ena de carbones encen-
didos e i nci enso. Un humo denso y perf umado se escapa, en-
vol vi endo al penitente. El curandero le pi de al enf ermo que se
pare descalzo frente al altar, sobre un t ri ángul o de sal t eñi da
de negro y rodeado por un cí rcul o de sal bl anca. Lo pri mero
que hace es colocarle al rededor del cuel l o un grueso trozo de
cuerda con nudo corredi zo. Parece deci r: «Est a enf ermedad es
tu enfermedad, tu responsabilidad. No vienes aquí a dár mel a a
mí . Dej a que tu espí ri tu la reconozca y se aparte de el l a». Para
acentuar esto, con las manos cerradas, don Carl os cruza con
fuerza los brazos al rededor del paci ente haci endo una cruz,
luego ci erra invisibles pestillos en el aire. Des pués , con una de
sus grandes manos, la i zqui erda, toma tres huevos crudos y co-
mi enza con ellos a frotar el cuerpo de su protegi do. De pront o
en un pañuel o mexi cano, un paliacate roj o, envuelve los hue-
vos. Sigue frotando. Luego arroj a con fuerza el paquete a un
reci pi ente y se escucha c ómo estallan los huevos bajo la tela.
Ha retirado y destruido parte del daño. Ahor a , esta vez con un
cuchi l l o, comi enza a dar intensos tajos en el aire, al rededor
del enf ermo. Está cort ando los deseos locos, los sentimentos
locos, las ideas locas. Rocí a un t ri ángul o con al cohol y lo en-
330
( ¡ e n d e . Cuando las llamas cesan, l e qui t a l a cuerda, empapa
pañuel os con Siete Machos y, extendi dos, los pasa por el pa-
ri ente de pies a cabeza, usando el perf ume como una bendi -
ci ón. Ant es de que se vaya, en un vasito de papel , le ofrece
agua filtrada y luego un trozo de l i món untado en semillas ne-
gras. La puri f i caci ón no sól o debe ser exteri or sino t ambi én i n-
terior. Ter mi na l a ceremoni a dándol e, para que l o succi one,
un chupete de azúcar que tiene f orma de corazón. Durante es-
te compl ej o acto, que varí a con nuevos detalles para cada en-
fermedad, don Carl os habl a, como en trance, revelando que
hay al gui en que ha atravesado una muñequi l l a con agujas o
que ha uti l i zado a un bruj o negativo para que envíe el mal . La
cur aci ón es una l ucha cont ra un enemi go exteri or donde el
curandero, asistido por aliados invisibles que se r eúnen a su al-
rededor, siempre está en peligro de que las entidades negativas
lo ataquen por haber ext raí do los daños . Todos los curanderos
afi rman que si algunos sanan y otros no, es porque no bastan
las operaci ones mági cas : es nececesari o que en el enf er mo
ocur r a un cambi o de ment al i dad. Aquel l os que vi ven en un
constante pedi r deben aprender a dar.
331
De la magia a la psicomagia
Cuando cumpl í 50 años, naci ó mi hij o Adán. Justo en ese mo-
mento, el productor de mi film Tusk se decl aró en quiebra y no
pagó lo que me debí a. Durante el embarazo de Valérie, yo habí a
estado en India, filmando en condiciones miserables, con técni-
cos medi ocres, s egún pr oducci ón por razones de economí a.
Sospecho que gran parte del di nero destinado a crear i mágenes
de calidad pasó a los bolsillos del ávido organizador. El hecho es
que, de regreso a París, me encontré con una mujer cansada, un
recién nacido, otros tres hijos y cero pesos en la cuenta banca-
ria. Lo poco que Valérie habí a economi zado y que guardaba
dentro de una caja de dulces mexicanos, alcanzaba para nutrir-
nos diez días, no más. Ll amé a Estados Uni dos a un amigo mi -
l l onari o y le pedí prestados diez mi l dól ares. Me envió ci nco mi l .
Abandonamos el apartamento espacioso que t ení amos en un
buen barri o y por circunstancias milagrosas encontramos una
pequeña casa en las afueras de la ci udad, en Joi nvi l l e le Pont.
Me vi obligado a ganarme la vida leyendo el Tarot... Todo esto,
vi éndol o desde ahora, no fue una desgracia sino una bendi ci ón.
J ean Cl aude, siempre preocupado por llegar al ori gen de
las enfermedades, puesto que a los males (al igual que los cha-
manes) los consideraba sí ntomas corporales de heridas psico-
lógicas causadas por relaciones familiares -o sociales- dolorosas,
durante dos años me habí a enviado, los s ábados y domi ngos, a
333
algunos de sus pacientes para que les leyera el Tarot. Lo hice
si empre gratis y muchas veces con buenos resultados. Aho r a
que estaba en la mi seri a, con una grave responsabi l i dad fami-
liar, me vi obl i gado a cobrar mis lecturas. La pr i mer a vez que
estiré la mano para reci bi r el di nero de mi consulta, creí des-
mayarme de vergüenza. Esa noche, cuando mi muj er y mis hi -
j os dor mí an, en l a soledad del pe que ño cuarto que, medi ante
una al fombra rectangular violeta, habí a transformado en tem-
pl o taróti co, me puse de rodillas, sentado en los talones, como
me l o ens eñar a Ej o Takata, y medi t é. El monj e habí a di cho:
« Cua ndo se quiere agregar más agua a un vaso que está total-
mente l l eno, pri mero es necesario vaciarlo. Así, una mente lle-
na de opi ni ones y especulaciones no puede aprender. Debemos
vaci arl a para que en el l a se dé una condi ci ón de a per t ur a » .
Cuando me cal mé y vi l a vergüenza como una nube pasajera,
dá ndome cuenta de que era orgul l o disfrazado, r econocí que
no estaba vi vi endo de la candad públ i ca, que el acto de l eer el
Tarot tení a un nobl e val or t erapéut i co. Pero me asaltaron las
dudas. ¿ Lo que l eí a en las cartas era útil para el consultante?
¿Tení a el derecho de hacerl o profesionalmente? Volví a pensar
en Ej o Takata. Cuando el monj e vivía en J a p ó n, visitaba cada
año l a pe que ña isla donde estaba el hospital de leprosos - que
en ese ti empo eran i ncurabl es- para realizar un servicio social.
Allí reci bi ó una l ecci ón que l e cambi ó l a vi da. Al pasear j untos,
al borde de un acanti lado, los visitantes i ban delante y los le-
prosos detrás. Así a las esposas, madres, parientes, amigos, se
les evitaba ver a sus seres queri dos con el cuerpo mut i l ado.
Ci erta vez Ej o t ropezó y estuvo a punt o de caer al abismo. En
ese moment o un enf ermo se adel ant ó para sostenerlo pero, al
ver su pr opi a mano sin dedos, no qui so tocarl o por t emor a
que se contagiara. Desesperado, estal l ó en sollozos. El monj e
r e c upe r ó el equi l i br i o e hi zo una veni a al enf er mo, agrade-
ci éndol e emoci onado su amor. Ese hombre, tan necesitado de
c ompa s i ón y ayuda, habí a si do capaz de ol vi dar el ego, mo-
vi éndose no para su pr opi o benefi ci o, sino con l a i ntensi ón de
auxi l i ar al otro. Takata escri bi ó este poema:
334
El que tenga sólo manos
ayudará con sus manos
y el que tenga sólo pies
ayudará con sus pies
en esta gran obra espiritual.
Recor dé t ambi én un cuento chi no:
Un a alta mont a ña i mpedí a con s u sombra que una al dea,
construi da a sus pies, reci bi era los rayos solares. Los ni ños cre-
cí an raquí ti cos. Una ma ña na los aldeanos vi eron al más ancia-
no marchar por l a calle, con una cuchara de porcel ana en las
manos.
- ¿ A dónde vas? - l e pregunt aron.
- Voy a l a mont a ña - cont es t ó.
- ¿ Par a qué?
- Par a qui tarl a de allí.
- ¿ Con qué?
- C o n esta cuchara -l os aldeanos estallaron en carcajadas.
- ¡ Nunc a podr ás !
El anci ano r es pondi ó:
- Ya l o sé: nunca podr é . Pero al gui en tiene que comenzar.
Me dije: «Si qui ero ser útil, debo hacerl o en f orma honesta,
con mis verdaderas capacidades. De ni nguna manera me com-
port aré como vidente. Pr i mer o que nada, no soy capaz de l eer
el futuro, y segundo, me parece que es inútil conocerl o cuan-
do i gnoramos qui é ne s somos a quí y ahor a. Me c onf or ma r é
con el presente y cent r ar é l a l ect ura en el conoci mi ent o de
uno mi s mo, part i endo del pr i nc i pi o de que no tenemos un
destino predet ermi nado por posibles dioses... El cami no se va
creando a medi da que avanzamos y a cada paso se nos ofrecen
mi l posibilidades. Vamos el i gi endo constantemente. Pero ¿ qué
es lo que deci de esta el ecci ón? El l a depende de la personal i -
dad con que hemos sido formados en l a i nfanci a. Es deci r que
l o que l l amamos futuro es una repet i ci ón del pas ado» .
Al mi smo ti empo que escri bí a para Moebi us el cómi c El In-
335
cal, c ome nc é mis sesiones de l ect ura del Tarot. Cuant o má s
avanzaba, con más fuerza constataba que todos los probl emas
desembocaban en el árbol geneal ógi co. Exami nar las dificulta-
des de una persona era entrar en l a at mós f era ps i col ógi ca de
su medi o familiar. Compr e ndí que es t ábamos marcados por el
uni verso psicomental de los nuestros. Por sus cualidades pero
t ambi én por sus ideas locas, sus sentimientos negativos, sus de-
seos i nhi bi dos, sus actos destructivos. El padre y la madre pro-
yectaban sobre el bebé esperado todos sus fantasmas. Querí an
verlo realizar lo que ellos no pudi er on vivir o lograr. Así asumí -
amos una personal i dad que no era l a nuestra, sino que prove-
ní a de uno o varios mi embros de nuestro ent orno afectivo. Na-
cer en una fami l i a era, por deci rl o así, estar pos eí do.
La gest aci ón de un ser humano casi nunca se realiza en for-
ma sana. Infl uyen en el feto las enfermedades y neurosis pa-
rentales. Al cabo de ci erto t i empo, con s ól o mi r ar moverse y
oí r unas cuantas frases de mi consul tante po dí a deduci r en
qué f orma habí a sido dado a l uz. (Si se sentí a obl i gado a hacer
todo rápi do, habí a sido pari do en escasos mi nutos, como con
urgencia. Si frente a un probl ema esperaba hasta el úl t i mo mo-
mento para resolverlo medi ante una ayuda exterior, habí a na-
ci do por f órceps. Si l e costaba tomar decisiones, habí a naci do
por cesárea, etc.) Compr e ndí que l a manera en que nos paren,
muchas veces no la correcta, nos desví a de nosotros mi smos
una vi da ent era. Y estos mal os partos dependen de los l í os
emoci onal es de nuestros padres con nuestros abuelos. El da ño
se transmi te de gener a c i ón en gener a c i ón: el embruj ado se
convierte en embruj ador, proyectando sobre sus hijos lo que
fue proyectado sobre él, a no ser que una t oma de conci enci a
logre r omper el cí rcul o vi ci oso. No hay que temer hundi rs e
profundamente en uno mi smo para enfrentar l a parte del ser
mal consti tui do, el hor r or de l a no real i zaci ón, haci endo saltar
el obs t ácul o geneal ógi co que se l evanta ante nosotros c omo
una barrera y que se opone al flujo y reflujo de la vida. En esta
barrera encontramos los amargos sedimentos psi col ógi cos de
nuestro padre y de nuestra madre, de nuestros abuelos y bisa-
336
buelos. Tenemos que aprender a desidentificarnos del árbol y
compr ender que no está en el pasado: por el cont rari o, vive,
presente en el i nt eri or de cada uno de nosotros. Cada vez que
tenemos un probl ema que nos parece i ndi vi dual , toda l a fami-
l i a está concerni da. En el moment o en que nos hacemos cons-
cientes, de una manera o de otra la fami l i a comi enza a evolu-
cionar. No sól o los vivos, t ambi én los muertos. El pasado no es
i namovi bl e. Cambi a s egún nuestro punt o de vista. Ancestros a
quienes consi deramos odiosamente culpables, al mut ar nues-
tra ment al i dad, los compr endemos en f or ma di ferente. Des-
pués de perdonarl os debemos honrarl os, es decir, conocerl os,
analizarlos, disolverlos, rehacerlos, agradecerles, amarlos, pa-
ra, fi nal mente ver el « Buda» en cada uno de ellos. Todo aque-
l l o que espi ri tual mente hemos realizado podr í a haberl o hecho
cada uno de nuestros parientes. La responsabi l i dad es i nmen-
sa. Cual qui er caí da arrastra a toda la fami l i a, i ncl uyendo a los
ni ños por venir, durant e tres o cuatro generaci ones. Los pe-
queños no perci ben el t i empo como los adultos. Lo que para
los grandes se desarrol l a en una hora, ellos lo viven como si
hubi era durado meses y los marca para toda la vida. Los abusos
padeci dos durante la i nf anci a, una vez vueltos adultos, tene-
mos tendenci a a reproduci rl os sobre otros, o bi en, sobre noso-
tros mismos. Si ayer me torturaron, hoy no ceso de torturarme,
converti do en mi pr opi o verdugo. Se habl a mucho de los a bu- \
sos sexuales que sufre la i nf anci a, pero se pasan por alto los
abusos intelectuales - embut i r en l a mente del ni ño ideas locas,
prej ui ci os perversos, racismos, etc. -, los abusos emoci onal es
- pr i vaci ón de amor, desprecios, sarcasmos, agresiones verba-
les-, los abusos materiales -fal ta de espacio, cambios abusivos
de terri tori o, abandono vestimentario, errores en la alimenta.?/
ci ón, etc. -, los abusos delj ser - no nos di eron la posi bi l i dad de
desarrol l ar nuestra verdadera person-alidacL-establecieron pla-
nes en f unci ón de su pr opi a hi stori a familiar, nos crearon un
destino ajeno, no vi eron qui énes ér amos , nos convi rt i eron en
espejo de ellos, qui s i eron que f uér amos ot ro, esperaban un
hombr e y naci mos muj er o viceversa, no nos dej aron ver todo
337
l o que quer í amos , no nos dej aron escuchar ciertas cosas, no
nos dej aron expresarnos, nos di eron una educaci ón que con-
sistía en l a i mpl ant aci ón de l í mi t es - . En cuant o al abuso se-
xual , la lista es larga. Tan larga como la lista de cul pabi l i zaci o-
nes: «Me casé obl i gado porque tu madre estaba enci nta de ti ,
has sido una carga para nosotros, por tu causa dej é mi carrera,
quieres irte a vivir tu vi da como un egoí sta, nos has traiciona-
do, no fuiste lo que nosotros quer í amos que fueras, te permi -
tes sobrepasarnos y realizar lo que nosotros no pudi mos » . La
hi stori a fami l i ar está pl agada de relaciones incestuosas, repri -
midas o no; de núcl eos homosexuales, de sadomasoquismo, de
narci si smo, de neurosis sociales que, como un l egado, se re-
pr oducen de gener aci ón en gener aci ón. Esto, a veces, puede
verse en los nombres. Un a consultante me escri bi ó: «Me pro-
pusiste que aclarara el incesto i nconsci ente con mi hermano.
Tení as razón. Mi hermano se l l ama Fernando y el padre de mis
hijos i gual mente se l l amaba Fer nando. Pero esto t ambi én l o
encuentro en mi geneal ogí a: mi madre tiene un hermano que
se l l ama J uan Carlos y se casó con un Carl os. Igual mi abuela
materna: su hermano se l l amaba J os é , se cas ó con un J o s é y su
padre (mi bisabuelo) se l l amaba t ambi én J os é » .
¿ Cuá ndo c ome nz ó t odo esto? Vi a me nudo personas que
arrastraban probl emas desde la guerra del 14. Un bisabuelo re-
gresó del frente con una enf ermedad pul monar a causa de los
gases tóxi cos, y eso le pr ovocó un di sturbi o emoci onal , una i n-
capaci dad de realizarse, una deval uaci ón mor al . Y cuando el
padre es débi l o está ausente, la madre se hace domi nant e, i n-
vasora, y ya no es una madre. La ausencia del padre provoca la
de la madre. Los hijos crecen con sed de caricias, que se trans-
f orma en cól era repri mi da. Cól era que se prol onga a través de
varias generaciones. La falta de caricias es el mayor abuscTque~~
padece rrn-niñp. Toda esta basura,-si no se hace consci ente,
nos afecta. Las relaciones entre nuestros padres y nuestros tíos
y tías se deslizan haci a nosotros. Por ej empl o: J ai me odi aba a
Benj amí n, su hermano menor. Yo fui su hi j o menor. Me con-
338
virtió en una pant al l a donde proyect ó a su her mano. Eso l e
permi t i ó descargar su odi o cont eni do sobre mí . Aunque no co-
nozcamos nada de violaciones, abortos, suicidios, o de aconte-
ci mi entos vergonzosos como un pariente encarcel ado, una en-
f ermedad sexual , al cohol i s mo, dr ogadi cci ón, pr os t i t uci ón e
i nnumerabl es otros secretos, todo esto lo padecemos y a veces
lo repetimos. Nos l l amamos Rene, que qui ere deci r «r enacer »,
v nos sentimos invadidos por una personal i dad vampi ra, sin sa-
ber que hemos naci do des pués de un her mani t o muert o. El
padre le da a su hi j a el nombre de una muchacha que fue su
pri mer amor, y esto hace de ella su novi a para toda la vida. La
madre le da a su hi j o el nombre de su abuel o materno, y el hi -
jo, para satisfacer el lazo i ncestuoso de l a madre t rat ará, i n- ^
fructuosamente, de ser i gual a ese abuelo. O bi en, en una fa- I
mi l i a de muchas hijas, una de ellas, por el deseo de darl e al /
padre un vastago que per pet úe su apel l i do, l o har á en un baile I
con un hombre desconoci do, con un extranj ero que luego re-
gresa a su patria, con al gui en que la abandona enci nta. Si mbó-
l i camente ese ni ño está engendrado por Di os. Es la i mi t aci ón
de Mar í a. La Vi r g e n fue pos e í da por s u padre, l o i nt r o d u j o ^
compl et o en su vientre, lo convirtió en su hi j o, l uego hi zo de i
ese hombre-di os su pareja. Ahor a, para siempre j untos, ambos /
rei nan en el ci el o, como un mat ri moni o. La madre soltera pa-
re un hi j o que, met af óri cament e, es de su pr opi o padre y lo lla-
ma J e s ús o Emmanuel o Salvador, en fin, el nombre de un san-
to, y ese ni ño vi vi rá angus t i ado s i nt i é ndos e obl i gado a ser 1
perfecto. Los textos sagrados, mal interpretados, ti enen un pa- j
peí nefasto en esta catástrofe familiar. Las religiones extremis- J
tas crean frustraciones sexuales, enfermedades, suicidios, gue- j
rras, i nf el i ci dad. Las interpretaciones perversas de la Tora, del /
Nuevo Testamento, del Cor án o de los Sutras han causado má s /
muertes que la bomba atómi ca. /
El árbol se comport a, con todos sus integrantes, como un
i ndi vi duo, un ser vivo. Al estudio de sus probl emas l o l l amé Psi-
cogeneal ogí a (así como al estudio del Tarot l o l l amé Tarol ogí a.
339
Años más tarde se mul t i pl i caron los «t aról ogos « y los «psi coge-
neál ogos » ) . Al gunos terapeutas que han hecho estudios genea-
l ógi cos, han queri do reduci rl o a f órmul as mat emát i cas , pero al
árbol no se l e puede encerrar en l a j aul a raci onal . El i ncons-
ciente no es científico, es artístico. El estudio de las familias de-
be hacerse de otro modo. A un cuerpo geomét r i co, conoci én-
dose perf ectamente las rel aci ones entre sus partes, no se le
puede modificar. A un cuerpo or gáni co, cuyas relaciones son
misteriosas, se le puede agregar o retirar una parte, y sin em-
bargo, en su esencia, sigue siendo lo que es. Las relaciones i n-
ternas de un árbol geneal ógi co son misteriosas. Para compren-
derlas es necesario entrar en él como en un s ueño. No hay que
i nterpretarl o, hay que vi vi rl o.
El paciente debe hacer l a paz con su i nconsci ente, no inde-
pendizarse de él, sino converti rl o en aliado. Si aprendemos su
lenguaje, se pone a trabajar para nosotros. Si la fami l i a que se
encuentra en nuestro i nteri or, ancl ada en l a memor i a i nf ant i l ,
es la base de nuestro i nconsci ente, debemos entonces desarro-
llar a cada pariente como un arqueti po. Es preciso que le con-
cedamos nuestro ni vel de conci enci a, que lo exaltemos, que lo
i magi nemos alcanzando lo mej or de él mi smo. Todo lo que le
damos, nos lo damos. Lo que le negamos, nos lo negamos. A
los personajes t óxi cos, debemos transformarl os di ci éndonos
«Est o es lo que me hi ci er on, esto es lo que yo sentí, esto es lo
que el abuso me pr oduce hoy, ést a es l a r epar aci ón que de-
s eo». Luego, siempre en nuestro i nteri or, debemos hacer que
todos los parientes y ancestros se real i cen. Un maestro zen di -
j o: « La naturaleza del Buda t ambi én est á en un per r o» . Esto
quiere deci r que debemos i magi nar la perf ecci ón de cada per-
sonaje de nuestra fami l i a. ¿ Ti enen el corazón l l eno de rencor^
el cerebro oscurecido por prej uicios, el sexo desviado por mo-
rales abusivas? Como un pastor con sus ovejas, debemos llevar-
los al buen sendero, l i mpi ar l os de sus necesi dades, deseos,
emoci ones y pensami entos ponzoños os . Un árbol es j uzgado
por sus frutos. Si el fruto es amargo, el árbol del que provi ene,
aunque sea majestuoso, es considerado malo. Si el fruto es dul ce,
340
el árbol torci do del que provi ene es consi derado bueno. Nues-
tra fami l i a, pasada, presente y futura constituye el árbol . Noso-
tros somos el fruto que le confiere su valor.
Como mis consultantes aumentaron, me vi obl i gado a tratar-
los en grupo algunos fines de semana. Para curar a la fami l i a or-
gani cé su teatral i zaci ón. La persona que estaba es t udi ándol a
debí a elegir entre los asistentes a aquellos que represent arí an a
sus padres, sus abuelos, sus tíos y tías, sus hermanos y hermanas.
Luego, en un espacio dado, tení a que ubicarlos de pi e, senta-
dos, parados sobre sillas o acostados (enf ermos c r óni c os o
muertos), lejos o cerca unos de otros, obedeci endo a la l ógi ca
de su árbol . ¿Quién era el hér oe de la fami l i a o el más podero-
so? ¿Qui énes eran los ausentes, los despreciados? ¿Qui énes es-
taban uni dos y por qué lazos? Etc. Luego, el paciente debí a ubi -
carse. ¿Dónde? ¿En el centro, en la periferia, separado de todo
el mundo? ¿ Cómo se sentí a allí? En seguida debí a confrontarse
con cada «actor». Representando la fami l i a de esta manera, co-
mo una escultura viviente, el i nvesti gador se daba cuent a de
que las personas que habí a elegido «por azar», en muchos as-
pectos corres pondí an a los personajes y tení an cosas i mportan-
tes que decirle. Se pr oducí a una conversaci ón que generalmen-
te termi naba en intensos abrazos y l ágri mas.
Estos ejercicios nos dejaban convenci dos de que, habi endo
hecho conscientes esas relaciones enfermas, las habí amos cu-
rado. Si n embargo, al vol ver de l a s i t uaci ón t er apéut i ca a l a
real, los sí nt omas dolorosos s eguí an como antes. ¡ Para superar
una di fi cul tad no bastaba con i denti fi carl a! Una toma de con-
ci enci a, una conf ront aci ón teatral, un pe r dón i magi nado, que
no era seguido de un acto en l a vi da coti di ana, resultaban esté-
riles. Ll egué a la concl usi ón de que debí a i nduci r a la gente a
actuar en medi o de aquel l o que concebí an como su real i dad.
Pero me resistí a hacerl o. ¿ Con qué derecho i ba a entrometer-
me en la vi da de los demás , ej erci endo una i nf l uenci a que fá-
ci l mente podí a degenerar en una toma de poder, establecien-
do dependenci as? Estaba en una pos i ci ón difícil, ya que las
342
personas que vení an a consul tarme pedí a n, en ci erto modo,
que me convi rti era en padre, madre, hi j o, mari do, esposa... Pa-
ra que las tomas de conci enci a fueran eficaces, deci dí hacer ac-
tuar al otro, no l l amándol e paciente sino consultante, recetán-
dol e actos muy precisos, sin por ello asumi r la tutela ni el papel
de guí a respecto a la totalidad de su vida. Así naci ó el acto psi-
comági co, en el que se conj ugaron todas las influencias asimi-
ladas en el transcurso de los años y que he descrito en los capí -
tulos precedentes.
En pr i mer lugar, la persona se compr omet í a a realizar el ac-
to tal y como yo se lo prescri bí a, sin cambi ar un ápi ce. Para evi-
tar deformaciones debidas a las fallas de la memori a, debí a to-
mar nota i nmedi atamente del procedi mi ent o a seguir. Una vez
realizado el acto, debí a enviarme una carta en l a que, en pri -
mer lugar, transcri bí a las instrucciones recibidas, en segundo
lugar, me contaba con todo detalle l a f orma en que las habí a
ejecutado y las circunstancias e incidentes ocurri dos en el pro-
ceso. En tercer lugar, descri bí a los resultados obteni dos. Hay
personas que tardaron un año en mandarme la carta, otras dis-
cut í an, no quer i endo hacer exactamente l o que se les reco-
mendaba, regateaban y encontraban toda clase de excusas pa-
ra no seguir las instrucciones al pie de la letra.
Co mo e xpe r i me nt é con Pachi t a, cuando se cambi a al go,
por mí ni mo que sea, y no se respetan las condi ci ones i ndi s-
pensables para el l ogro del acto, los efectos pueden ser nulos o
negativos. En verdad, la mayor parte de los problemas que te-
nemos son los que queremos tener. Estamos atados a las di f i -
cultades. Ellas f orman nuestra i denti dad. A través de ellas nos
defi ni mos. No tiene nada de asombroso, pues, que algunos tra-
ten de tergiversar y se las i ngeni en para sabotear el acto: salir
de las dificultades i mpl i ca modi f i car en prof undi dad nuestra
rel aci ón con nosotros mismos y con el pasado. La gente quiere^
dejar de sufrir, pero no está dispuesta a pagar el preci o, es de- \
ci r a cambiar, a no seguir viviendo en f unci ón de sus preciados /
probl emas. Por todo aquel l o, l a responsabilidad de prescri bi r
<un acto que debí a ser ejecutado al pie de la letra era i nmensa.
Tuve que, en el moment o de darl o, desi dent i f i carme de mí
mi s mo para, en una especie de trance, dej ar habl ar a mi i n-
consci ente, conect ado di rect ament e con el i nconsci ent e de
aquel o aquella que me consultaba. Me concentraba en el me-
ro hecho de dar, de aliviar el dol or, prescri bi endo acciones que
eran semejantes a s ueños l úci dos, sin preocuparme por el fru-
to que pudi era cosechar a título personal. Para estar en condi -
ci ones de sanar a una persona, no hay que esperar nada de
ella, entrando en todos los aspectos de su i nt i mi dad sin sentir-
se i nvol ucrado ni desestabilizado.
En su Tratado de las cinco ruedas el es padachí n Mi yamot o Mu -
sashi recomi enda ir al terreno muy temprano y adqui ri r de él
un perfecto conoci mi ent o antes del combate. La fami l i ari za-
v
ci ón con el terreno psicoafectivo de l a persona me par ecí a un
requisito fundamental para la r ecomendaci ón de cual qui er ac-
to. Ant e todo, le pedí a que me contara lo que concer ní a a su
probl ema, con l a mayor canti dad de detalles posible. En lugar
de tratar de adivinar por el Tarot lo que pudi era ocul tarme, so-
met í a a la persona a un intenso i nterrogatori o. Le preguntaba
por su naci mi ento, sus padres, sus tíos, sus abuelos, sus herma-
nos, su vi da sexual, su rel aci ón con el di nero, sus complej os so-
ciales, sus creencias, su vi da senti mental , su salud, sus culpas.
(Muchas veces este moment o se asemejaba a una conf esi ón en
el confesi onari o de una iglesia.) Surgi eron secretos terribles.
Un hombre me conf esó que, siendo ni ño, al t érmi no del año
escolar, es per ó enci ma de un mur o a un profesor detestado pa-
ra arroj arle una gran pi edra sobre l a cabeza. Pensaba que el
profesor habí a muerto, pero huyó sin comprobarl o. Durant e
treinta años se sintió un asesino. En otra ocas i ón reci bí a un
padre de fami l i a, belga. En seguida not é que era homosexual .
«Sí «, me conf es ó, «y lo hago con di ez personas al dí a, en las
sáunas, cada vez que vengo a París. ¿Sabe cuál es mi probl ema?
S
e gust arí a hacerl o con catorce, como hace un ami go mí o! » ,
cibí, de personas que par ecí an normal es, las confi denci as
is oscuras y extravagantes. Un a muj er me conf es ó que el pa-
jare de su hij a no era otro que su propi o padre; un adolescente
344
suizo, seducido por su madre, me cont ó todos los detalles. Lo
que más lo perturbaba eran los celos de el l a porque no lo de-
jaba tener ni nguna ami ga. La gente se desahogaba con con-
f i anza al no perci bi r en mí ni nguna crítica. Si el terapeuta j uz-
ga en nombre de una moral , no cura. La actitud del conf esor™
debe ser amoral . Si no es así, los secretos nunca surgen a la l uz.
Recuerdo un cuento budista: Dos monjes están medi t ando e n\
medi o de la natural eza; a uno lo rodean muchos conejos, a)/
otro ni nguno se le acerca. Este pregunta: «Si nosotros dos me-
ditamos con i gual i ntensi dad el mi smo númer o de horas cada j
dí a, ¿ por qué a ti te rodean los conejos y a mí no? » . «Muy s i m- /
pi e», responde el otro: «Por que yo no como conej o y tú sí». /
Un a participante, en uno de mis cursos, no soportaba que
l e tocaran el pecho. Apenas un hombre con el que, no obstan-
te, deseaba mant ener rel aci ones sexuales hací a a d e má n de
acariciarle los senos, se poní a a chillar. Esta si tuaci ón la hací a
sufrir mucho, y ansiaba librarse de su páni co insensato. Le pro-
puse que se descubriera el pecho. Así lo hi zo, revelando unos
hermosos senos. Le pr egunt é:
- ¿ Conf í as en mí ?
- S í - r es pondi ó.
- Me gustarí a tocarte de un modo particular, que no se pa-
rece ni a las caricias de un hombre deseoso de gozar tu cuerpo
ni al tacto de un médi co que te exami na f rí ament e. Me gusta-
rí a tocarte con mi espí ri tu. ¿Crees que podr í a establecer con
tus senos un contacto í nt i mo que no tenga nada de sexual?
-Qui zás. . .
Entonces levanté mis manos, a tres metros de ella, y le dije
con suavidad:
- Mi r a mis manos. Voy a acercarme l entamente, mi l í met ro a
mi l í met ro. En cuanto te sientas agredida o i ncómoda, ordena
que me detenga y dej aré de avanzar.
Ac er qué, pues, mis manos con ext rema l ent i t ud. Cua ndo
estuve a diez cent í met ros de sus senos me pi di ó que me detu-
viera. Obedecí y, al cabo de un largo rato, despacio, muy des-
paci o, volví a acercarme, atento a su reacci ón. El l a, tranqui li za-
345
da por l a cal i dad de l a at enci ón que l e dedi caba, perci bi endo
que actuaba con del i cadeza y des prendi mi ent o, no prot es t ó.
Por fin mis manos se posaron en sus senos, si n que ella sintiera
dol or al guno, lo que le produj o vivo asombro. Apl i cando la ex-
peri enci a que tuve con el s eñor que al i ment aba a los gorri o-
nes, t omé por los hombros a un partipante y, sin soltarlo, hi ce
que t ambi én le tocara los senos. A la muj er no le dol i eron. Sol-
té al hombre, la muj er se puso a gritar... Esta anécdot a es un
ej empl o del di stanci ami ento que, a mi modo de ver, es indis-
pensable para qui en desee real mente ayudar a los demás . Pu-
de tocar, pal par los senos de aquel l a muj er s i t uándome fuera
de mi centro sexual, si n pensar en obt ener placer. En aquel
moment o yo no era un hombr e sino un ser. Lo i mportante es
situarse en un estado i nt eri or que excl uya toda t ent aci ón de
aprovecharse del otro, de abusar de la f asci naci ón que se ejer-
ce sobre él para afi rmar nuestro poder avasallando su vol un-
tad. Si es así, la rel aci ón de ayuda pi erde su esencia y se con-
vierte en una mascarada.
Para que un acto mági co tenga buenos resultados, el char-
latán popul ar debe, obligatoriamente, presentarse como un ser
superior, conocedor de todos los misterios. El enfermo, de ma-
nera supersticiosa, acepta sus consejos si n comprender de qué
manera ni por qué afectan a su i nconsci ente. Por el contrari o,
el psicomago se presenta sól o como el conocedor de una téc-
ni ca, como un instructor, y se preocupa de expl i car al enf ermo
el significado si mból i co de cada acto y su finalidad. El consul-
tante sabe lo que está haci endo. Toda superst i ci ón ha sido eli-
mi nada. Si n embargo, en cuanto se comi enzan a ejecutar los
actos prescritos, la real i dad se pone a danzar en una nueva for-
ma. Suceden cosas inesperadas que ayudan a la real i zaci ón de
algo que parecí a i mposi bl e. Por ej empl o, a un profesor de es-
cuela pri mari a, muy mal trado en la i nfanci a, que estaba aque-
j ado de una tristeza cróni ca, le acons ej é, entre otras cosas, que
aprendi era a equi l i brarse en l a cuerda floj a, así como hacen
los artistas de ci rco. « ¡ I mpos i bl e! » , me di j o, «vivo en una pe-
346
quena al dea, en el sur de Fr anci a. ¿ Dó nde voy a encont r ar
qui én me ens eñe tal cos a?». Le insistí en que se propusi era ha-
cerl o. ¡Al volver a la escuela, uno de sus al umnos le cont ó que
estaba aprendi endo el equi l i bri o sobre l a cuerda con un artista
de ci rco reti rado que vivía a pocos ki l ómet ros de allí! En otra
ocas i ón a un paciente con tendencias suicidas que, por ser pro-
ducto de un incesto, consi deraba que su sangre era i mpura, le
acons ej é, para que su i nconsci ente sintiera que l a habí a reem-
plazado por otra, que fuera con dos grandes termos a un ma-
tadero, que comprara sangre de vaca, que volviera a su casa y
que se di era con el l a una ducha hasta que toda su pi el estuvie-
ra cubi erta de roj o. Luego, sin lavarse, debí a vestirse e ir a ca-
mi nar por las calles, enf rent ando con orgul l o las miradas de
los paseantes. Tambi én excl amó: «¡ Impos i bl e! ». Si n embargo,
al i r al dentista, en l a sala de espera encont r ó un ej emplar de
El Incal. Le pr egunt ó al sacamuelas si lo habí a l eí do. Este di j o
que no, que lo habí a dej ado allí uno de sus clientes, que era
due ño de un mat adero y que admi raba muc ho mi obra. Mi
consultante obtuvo su di recci ón, se pr es ent ó con algunos de
mis ál bumes autografiados y el propi etari o, muy contento, le
di o los litros de sangre que necesitaba... Un dí a reci bí l a visita
de una dama suiza cuyo padre habí a muert o en Perú cuando
el l a t ení a 8 años . Su madre hi zo desaparecer t odo rastro de
aquel hombre, quemando cartas y fotos, por lo que mi consul-
tante s e guí a s i endo, en el pl ano emoc i ona l , una ni ña de 8
años. Le prescri bí un acto: ir a Perú y recorrer los sitios en don-
de habí a vivido su padre, hasta encontrar una prueba palpable
de su existencia. Cuando regresara a Eur opa debí a enterrar el
o los recuerdos en su j a r dí n y plantar allí un árbol frutal y, des-
pués , ir a casa de su madre y darle una bofetada. Es preciso de-
ci r que su madre, de caráct er col éri co, vi ri l , la maltrataba e i n-
sultaba. La muj er se fue a Perú, encont r ó l a pens i ón en que
habí a vivido su padre y, por esa si ncroní a que l l amo danza de
la real i dad, encont ró cartas y fotos. El padre las habí a entrega-
do a l a dueña de l a pens i ón, conf i ando en que un dí a su hi j a
iría a buscarlas. Al leer aquellas misivas y contempl ar esas foto-
347
grafías, dej ó de ver al autor de sus dí as como un fantasma sin
rostro y sintió por fin que habí a sido un ser de carne y hueso. Al
enterrar los documentos en su j ar dí n, t ambi én ent erró a la ni -
ña de 8 años. Entonces fue a ver a su madre con la i ntenci ón de
darle la bofetada prescrita. Pero se llevó una sorpresa al com-
probar que ella, por pri mera vez, estaba es perándol a en la esta-
ci ón ferroviaria y, t ambi én por pri mera vez, le habí a preparado
de comer. Al verla tan amable, se sintió muy turbada por tener
que golpearla, ya que, excepci onal mente, su madre no le daba
pretexto para hacerlo. Pero ella sabí a que el acto ps i comági co
era un contrato i nel udi bl e que debí a respetar. A los postres, mi
consultante abof et eó a su madre por sorpresa y sin razón apa-
rente, temerosa de una reacci ón brutal de su parte. Pero ésta se
l i mi t ó a pregunt arl e: « ¿ Por qué l o has he c ho? » . Ant e tanta
ecuani mi dad, l a hi j a por fi n encont r ó palabras para expresar
todas las quejas que tení a de ella. La madre le cont est ó: «Me
has dado una bofetada... ¡ Pues debiste darme muchas má s ! » .
Una mujer, crítico l i terari o, que se aproxi ma a los 50 años ,
casada con un profesor de f i l osof í a, de l a mi s ma edad pero
adolescente perenne, me l l ama por tel éf ono desde Barcel ona
porque ha descubierto que su mari do tiene una amante de 23
años . « Somos intelectuales, personas serias y maduras que re-
huyen los escándal os emocionales. Pero, reteni endo mi rabi a,
he caí do en una depres i ón enorme. Y él no qui ere renunci ar
ni a ella ni a mí. ¿Qué debo hacer?» «Te voy a pedi r que anali-
ces tu vida como si fuera un s ueño. ¿Por qué s ueñas que tu ma-
ri do de 50 años tiene una amante de 23?» «¡ Oh, recuerdo que
precisamente cuando tení a 23 años me lié con un hombre de
50! Aquel l o dur ó tres años. Luego l o a ba ndoné para i rme con
un hombr e más j oven. » «¿Ves? Estás vi vi endo algo que es se-
mejante a una repet i ci ón oní ri ca. En cierta manera, te s ueñas
en el l ugar de la esposa e ng a ña da y te das cuent a de c ómo,
siendo j oven, hiciste sufrir a la muj er de tu amante. Si aquel l o
no dur ó, es muy posible que la aventura de tu filósofo se acabe
t ambi én en un año más , puesto que te has enterado de que ya
lleva dos con la otra. Luego regres ará a l l orar en tus brazos. »
348
i
• Cada dí a que pasa me parece un siglo. No puedo tolerar esta
situación. Me siento di smi nui da, enferma de rabia, vieja.» « No
soy un charl at án, no te puedo aconsejar que envuelvas el cadá-
\ er de un col i brí en una ci nt a roj a y que se lo hagas tocar, o
que sobre sus huellas en la arena viertas pét al os de rosa, para
que vuelva de i nmedi at o. Pero sí te puedo ayudar a que tu i n-
consciente acepte esta rel aci ón triangular y esperes con cal ma
a que pase el año. » Le prescri bí que fuera a una paj arerí a, que
( omprara tres canarios, un macho (su mari do) y dos hembras:
una, j oven, boni t a (la amante), y la otra de más edad, fea y gor-
da (ella). Luego debí a meter los páj aros en una j aul a y colgar-
la en su ofi ci na, frente a su escritorio. Al cabo de diez dí as, de-
bí a regresar a la paj ar er í a y regalarle los canari os al mi s mo
hombre que se los vendi ó. Le dije: «El vendedor de páj aros re-
present ará a Dios (tu padre, un hombre ausente). Una vez que
te sientas bi en, debes ent regarl e ese pr obl e ma i nf ant i l , de
a ba ndono» . Pasaron los dí as, de pront o me l l ama en un estado
de conmoci ón: «Acaba de suceder lo i ncreí bl e: puse a los ca-
narios j untos, los al i ment é por igual. Pero poco a poco la hem-
bra j oven fue engordando, perdi endo las plumas, inmovilizán-
dose e n un r i nc ó n. La ot r a, l a de má s edad, e mb e l l e c i ó ,
adel gazó, tri nó con al egrí a. Supe más tarde que una hembr a
joven perece si no es fecundada por el macho. Al déci mo dí a,
es deci r hoy, cuando me sent é a trabajar, de pront o mi ré haci a
l a j aul a y en ese preci s o mome nt o l a pá j a r a enf er ma cayó
muert a. Estoy aterrada. El l a representaba a mi ri val . Si ento
que l a he matado. ¿Qué hago? » . «La real i dad ha danzado para
reconfortarte. Acept a ese don. Pon el avecilla en el f ondo de
una maceta, l l énal a con tierra y planta un rosal. Mant énl o vivo
lo más que puedas en tu casa y ve a regalarle la pareja restante
al paj ar er o. » Al cabo de un t i empo l a consul tante me l l amó
otra vez para deci rme que estaba encantada del acto. Hací a ya
mucho que no se sentí a tan bi en. Habí a vuelto a encontrar la
al egrí a de vivir. Ahor a l e i mportaba un cuerno l o que hi ci era
su mari do.
Podr í a parecer un fácil j uego surrealista dar consejos psico-
349
mági cos , pero, en real i dad, sól o puede dispensarlos una perso-
na que haya trabajado mucho sobre sí mi sma. Cada acto debe,
como un par de zapatos hechos a la medi da, corresponder a
las sutiles característi cas del consultante. Si no hay dos perso-
nas iguales, no pueden recetarse actos i dénti cos. Ci erto i ndi vi -
duo, después de asistir a una de mis conferencias, se sintió auto-
ri zado para ponerse a practi car i nmedi atamente, organi zando
un grupo f emeni no. Pi di ó a sus alumnas que se i denti fi caran
con una muñeca, que vertieran en ella los dolores infantiles y
la rabia contra sus padres y que las depositaran en un saco, que
él guar dar í a para hacer más tarde una ceremoni a de puri fi ca-
ci ón. Además debí an comprar unas tijeras grandes y enviárse-
las, con una tri pa de gal l i na, a su madre. ¡ Catastrófi co! ¡ No se
puede prescri bi r los actos «al por mayor »! ¡El supermercado
ps i comági co es una aber r aci ón! Por supuesto que"el efecto fue
negativo. Los familiares no compr endi er on tal acto, muchos
pensaron que su hija habí a enl oqueci do. No estaban tan aleja-
dos de la realidad: des pués de ese taller, vi no a verme una mu-
j er despavorida, al borde de una psicosis, convenci da de que
ahora el «ps i comago» t ení a un poder sobre ella. Para tranqui -
lizarla, le r ecomendé que fuera a recuperar su muñeca, pero el
hombre no se la pudo devolver porque, apenas se marcharon
sus alumnas, habí a ti rado todo a la basura. En resumen, se tra-
taba de un comerci ante dedi cado a ganar di nero expl ot ando
l a credul i dad de un grupo de mujeres. Recuerdo una historia:
En una f ábri ca, un compl i cado aparato s e des compone.
Vi e ne n los mejores t écni cos , trabaj an dí as enteros, con toda
clase de herramientas sofisticadas, pero no l ogran hacerl o fun-
cionar. Por fi n llega un viejo trayendo una maletita. De el l a sa-
ca un si mpl e marti l l o, da un pe que ño gol pe en un engranaje
del aparato y éste se pone en marcha. El viejo pi de por sus ser-
vicios un mi l l ón un dólar. Los fabricantes se quej an: « ¿ Cómo es
posible? ¡ Ust ed se permi te pedi r un mi l l ón un dól ar sól o por
un mar t i l l azo! » . « No » , r es ponde el anci ano, «el mar t i l l azo
cuesta un dólar. Los estudios que tuve que hacer para poder
darl o con efectividad, cuestan un mi l l ón». Pr oponer un acto
350
de psi comagi a efectivo es el resultado de un largo aprendizaj e.
Cuando se me hi zo claro que mis consejos podí an provocar
una mut aci ón en l a mente del consultante, me di cuenta de l a
enorme responsabi l i dad que tal cosa i mpl i caba. Un error po-
dí a provocar catástrofes como el agravamiento de una enfer-
medad, un sui ci di o, un di vorci o, una depr es i ón, una psicosis o
un acto cri mi nal , por l o cual comencé l a Psi comagi a t omando
muchas precauciones; la pri nci pal de ellas, dar actos muy pe-
queños que no i nvol ucraran a más personas que el consultante.
A una muj er que ha bí a creci do mart i ri zada verbal ment e
por sus padres y que no podí a hablar sin palabras agresivas, le
r e c ome ndé comprar mi el en trozos de panal . Le pedí que en-
dul zara su boca mascando aquel l o hasta obtener un mont onci -
11o de cera, que esos restos los fuera acumul ando en un j oyero
y que, al cabo de un ti empo, le di era a esa cera la f orma de un
cor azón, que untara su l engua en ti ntura vegetal roja, que la-
mi era el corazón hasta teñi rl o de rojo y que por úl t i mo lo cla-
vara en la l etri na, frente a la taza donde hací a sus necesidades.
Así su i nconsci ente reci bi rí a el mensaje de que habl ar era un
acto de amor y no una excreci ón.
" Ot r a consultante solicitó que le prescribiera un acto que le
permi ti era perdonar a su padre muerto y vencer así el odi o ha-
cia los hombres. Le pedí que me dijera en qué moment o su pa-
dre habí a roto toda rel aci ón con ella. «Poco des pués de mi pri -
mera regl a», me r es pondi ó. (Es frecuente que un padre, por
temor a excitarse, se aparte de su hija cuando ésta se hace mujer.
La ni ña, sin comprender por qué la aleja, sufre de no sentarse
más en sus rodillas y le duele renunci ar a esa f orma de i nt i mi -
dad, de contacto.) Des pués le pregunt é dónde estaba enterrado
su padre y le propuse que fuera a su tumba. «Allí, lo más cerca
posible del at aúd, enterrarás un al godón empapado en tu san-
grej aí énstrual y un paquete con terrones de azúcar. El azúcar páX^
ra señal ar que no se trata de un acto agresivo, sino de una a pr o- J
( xi maci ón amorosa, de un intento de comuni caci ón significandeí
que las reglas no^son un i mpedi ment o a la felicidad. » —~~
Cuando l a persona que nos ha heri do ha fallecido, para el
351
i nconsci ente la tumba es la repres ent aci ón de ella. Si no tiene
tumba, se uti l i za una f ot ograf í a y si no hay f otograf í as un di bu-
j o. Ot r a consultante se encont r ó a los cuatro años i nt erna en
un colegio que di ri gí a su tía abuela. Esta s eñor a la tiranizó sá-
di camente. En su trabajo conmi go, l a consultante des cubr i ó el
odi o prof undo que sentí a haci a aquel l a mujer. No podí a per-
donarl a pero tampoco podí a vengarse, puesto que su victima-
ría ya habí a dejado este mundo. Por lo tanto, le acons ej é que
fuera al sepulcro de aquel l a muj er y, una vez allí, di era ri enda
suelta a su odi o: que pateara la t umba, que gri tara i nsul tos,
que ori nara y defecara, pero con la condi ci ón de que analizara
mi nuci osamente las reacciones que le provocaba la ej ecuci ón
de su venganza. Si gui ó mi consejo y, des pués de desahogarse
sobre la losa, sintió desde el f ondo de sí mi s ma el deseo de l i m-
pi arl a y cubr i r l a de fl ores. Aque l odi o no era si no ljajzarajie-
formada de un afecto no correspondi do.
Cua ndo l a persona odi ada ha si do i nci ner ada y no ti ene
tumba, o si mpl emente está aún viva, se puede i nsul tar a una fo-
t ograf í a. Luego l a i magen debe ser quemada. Ens egui da el
consultante debe tomar un poco de las cenizas, disolverlas en
un vaso de vi no, si son de un hombre, o en un vaso de leche, si
son de una mujer, y beberl o. Así el mal , puri f i cado finalmente,
se convierte en ant í dot o.
Un muchacho se l amenta de «vivir en las nubes » , me expl i -
ca que no consigue « pone r los pies en l a r eal i dad» ni «avan-
zar» en pos de la aut onomí a financiera. Tomo sus palabras al
pie de la letra y le propongo que consiga dos monedas de oro
y se las pegue a las suelas de los zapatos, de manera que esté to-
do el dí a pi sando oro. A parti r de ese moment o, baja de las nu-
bes, pone los pies en la real i dad y avanza.
Ot r o consul tante, casado y sin hijos, no se siente lo bastan-
hombr e. Fue educado por su madre, vi uda, en medi o de
tres tías y una abuela, t ambi én viudas o solteronas. Para él, un
padre es un ser i nexi st ent e: ha embarazado a una muj er y
l uego ha muert o. Por eso teme que su muj er quede enci nt a.
Para hacerl o sentir existente como hombr e, l e aconsej o que
352
r e úna t r ei nt a mi l f rancos (puede cons egui rl os prestados) ,
que los enr ol l e a l o l argo, ma nt e ni é ndo l o s uni dos c on un
el ást i co; que compre dos bolas chinas (de esas que los ori en-
tales hacen gi rar en sus manos para calmarse y medi t ar) ; que
se f abri que un sost én de gamuza y que lleve entre las piernas
el r ol l o de billetes como un falo y las bolas chi nas como testí-
culos. Co n ese peso debaj o del pant al ón, debe ir a su trabajo,
visitar a sus amigos, conversar con sus familiares, acari ci ar a
su esposa. Tambi én dor mi r así durante tres dí as. Este conse-
jo, al parecer cómi co, tuvo un resul tado i nesperado: aparte
de cambi ar su caráct er, el hombr e dej ó enci nt a a su muj er.
A una cantante, que si empre fracasaba en las audi ci ones,
por sentirse sin talento, le r ecomendé que pusiera diez mone-
das de oro dentro de un preservativo y que lo i ntroduj era en su
vagina. Luego, así, que se presentara al examen. Cant ó como
nunca. Obt uvo el trabajo. ——
A veces, para sol uci onar los probl emas, no dudé en reco-
mendar actos que una persona con prej uicios podr í a conside-
rar por nogr áf i cos . Si n embargo, si se pret ende curar espiri-
t ual ment e a un sufri ente, es necesari o hacerl e compr ender
que sus ór ganos sexuales son santuarios donde puede encon-
trar aquel l o que él l l ama Di os. Tambi én debe aprender a valo-
rar su cuerpo no des deña ndo sus secreciones. El excremento,
la saliva, la ori na, el sudor, la sangre menstrual o el semen pue-
den ser usados como el ementos l i beradores de senti mi entos
i nhi bi dos. Una consultante, lesbiana, se siente incapaz de co-
menzar el l i bro que se ha propuesto escribir. Apenas enci ende
el ordenador se pone a resolver juegos. Le expl i co que se ha
quedado ni ña, es decir, asexuada, porque sabe que al llegar a
adul t a car ecer á del poder f ál i co. Le aconsej o que vaya a un
sex-shop, que compre un falo que pueda amarrar a su pubis
con un ci nt urón, que ponga un gran papel bl anco a l a altura
de sus caderas, que unte el falo en tinta y que escriba con él las
dos pri meras frases de su l i bro. Des pués de esto, el resto le se-
rá fácil redactarlo en su ordenador.
En Guadal aj ara, un hombr e enf ermi zament e t í mi do me
353
consulta porque no llega a concretar sus proyectos ni a termi -
nar lo que comi enza. Le aconsejo que vaya a la concur r i da Pl a-
iza de la Li beraci ón, desnudo bajo un gran abrigo, que se sien-
t e en un ba nc o y que me t i e nd o l a ma no p o r un bo l s i l l o
desf ondado se masturbe hasta eyacular. Gua r da r á el s emen
dent ro de un medal l ón oval con l a foto de su madre, col gado
en su cuel l o como un tal i smán.
Una muj er j oven, francesa, nunca ha sentido deseos sexua-
les. Su padre ha muert o de un cáncer de próst at a y el l a, i rra-
ci onal mente, cul pa de esto a su madre, acumul ando una feroz
rabia contra ella. Le expl i co que teme que, si experi ment a el
deseo, t endrá relaciones sexuales, queda r á enci nta y se trans-
f or mar á en una madre, es decir, en su madre. Le aconsejo que
sobre una f otograf í a de su progeni t ora col oque dos huevos de
avestruz, s í mbol o de los ovarios maternales. Revent ándol os a
martillazos dej ará surgir su rabia. Luego, con otros dos huevos
de avestruz, que r epr es ent ar án sus propi os ovarios, har á una
gran torti l l a y la of recerá en una cena a un grupo de siete ami -
gos. «Mi ent ras los observas comer, per mí t et e i magi nar c ó mo
f unci onan en l a cama, verás que te aparecen los deseos. En
cuanto a los restos de los huevos rotos a martillazos y la foto-
grafí a de tu madre, enti erra todo eso y pl anta una flor bl anca.
Ensegui da ve a la t umba de tu padre y, con agua, j a bó n y una
escobilla, l i mpí al a. »
Un hombre casado, con dos hijos y que ama a su mujer, me
cons ul t a por que padece eya c ul a c i ón pr ecoz. Le pr egunt o
cuánt o dura su acto sexual. «Apenas veinte s egundos » , me res-
ponde. Le aconsejo que esa noche haga el amor con su esposa
poni endo j unt o al l echo un cr onómet r o y que l e promet a que
va a eyacular más r ápi do que nunca, es decir, en exactamente
diez segundos. Así trata de hacerl o. Regresa feliz a verme, di -
c i éndome con una gran sonrisa: «Fracas é. Por más que traté
no pude. Dur é medi a hor a» .
Un muchacho que carece de padre siente que no tiene au-
tori dad. Me pi de un consejo para desarrollar l a capaci dad de
dar ór denes . Le aconsejo que comi ence por dar ór denes a las
354
cosas que son. Si ve que est á comenzando a l l over que di ga
« ¡ Or de no que comi ence a l l over! ». Si su perro está acostado,
que di ga « ¡ Or deno que estés acos t ado! ». Si ve pasar automóvi -
les que di ga « ¡ Or deno que pasen aut omóvi l es! », etc. Así vence-
rá su ti mi dez y se acos t umbr ar á a mandar. s
Un a muj er fue abandonada por su padre cuando t ení a 6
a ños . Si empr e se une a hombr es que l a abandonan. Ya no
qui ere cont i nuar vi vi endo sola como su madre, que solía decir-
le: «Más vale sola que mal a c ompa ña da » . Quisiera formar una
pareja estable. Le expl i co, a la luz del Tarot: « Co mo te ha falta-
do la comuni caci ón con tu padre, y s ól o has escuchado a tu
madre, no sabes aceptar a los hombres. Ti enes que aprender a
oí r las palabras mascul i nas. Te aconsej o que te compres unj
wal kman para que, durante cuarenta dí as, te pasees y trabajes
escuchando grabaciones de la voz de poetas y de, hombres sa^
bi os ».
No queri endo pasar por charl atán, r enunci é a tratar de cu-
rar enfermedades físicas. Si n embargo hice algunas excepcio-
nes. Un profesor de buceo s ubmari no ha padeci do durant e
a ños de aftas en l a boca. Ni ngún mé di c o ha podi do curarl e
esas úl ceras. Vemos en el Tarot que ese mal provi ene de la i m-
pot enci a que siente de no poder hacerse escuchar por su ma-
dre, ya muerta. El l a, muj er di vorci ada y narcisista, sin hombre,
pasaba dí as enteros ante el espejo, preocupada de sí mi sma, l u-
chando contra las arrugas. Le pregunto cuál era la altura de su
madre. « Un met ro s es ent a» , me responde. Le aconsejo que
consiga una Vi r gen de yeso de un metro sesenta de altura. Que
luego descienda con ese í dol o en el océano hasta llegar al fon-
do. Una vez allí debe perf orar las orejas de la santa con un ta-
l adro. Luego pegar un instante su boca j unt o a cada agujero y
des pués , ya en tierra, gritarle a la escultura todo aquel l o que
nunca pudo deci r a su madre. Por úl t i mo debe enterrar esa vir-
gen poni éndol e un poco de su semen en cada oreja y plantar
allí un árbol . El consultante si gui ó mis consejos. Sus aftas desa-
pareci eron.
355
Mi amigo chi l eno Martí n Bakero, psiquiatra y poeta, cami-
na con dol or porque l e ha creci do una verruga en el pie iz-
qui erdo, entre el cuarto y el qui nt o dedo, que le llega hasta el
hueso. El der mat ól ogo, vi endo que las pomadas que le ha da-
do no han surtido efecto, ha comenzado a quemarl e la verruga
por capas di ci éndol e que el t rat ami ent o puede durar entre
uno y dos años. Le pregunto a Bakero si hace ya mucho tiem-
po que está en París. «Cuat ro años » , me contesta. «¿Tuviste en
l a i nfanci a una buena rel aci ón con tus padr es ? » «Mi padre fue
un hombre ausente. Mi madre me trató magní f i cament e. Hi j o
úni co, en cierto modo fui su pareja. Reconozco que tenemos
una prof unda rel aci ón edí pi ca. » « Lo que pasa es que te culpa-
bilizas por haberl a dejado en Chi l e. Toma l a foto de tu madre,
sácal e diez fotocopias, pega una cada mañana, con arci l l a ver-
de, en tu pie enfermo, y marcha así todo el dí a. » En una carta,
el poeta me relata su acto: «Al comi enzo, me resistí a llevar a
cabo lo que me aconsejabas: siempre los sí nt omas del enfermo
van acompañados de un goce i nconsci ente. Te dije: " No tengo
fotos de mi madre" y respondiste "Di búj al a". " No sé dibuj ar",
gr uñí y replicaste "Te estás resistiendo a la curaci ón" . Al dí a si-
guiente hice todos mis esfuerzos y encont ré una foto de mi ma-
dre, llevé a cabo el acto y, una vez finalizadas las diez aplicacio-
nes, l a l l aga de s a pa r e c i ó, dej ando paso a una pi el nueva y
l i mpi a. No he vuelto a tener pr obl emas » .
Una muj er que cojea, apoyada en un bast ón, quiere que l a
ayude a cami nar bi en. Le expl i co que no hago mi l agros. No
soy Pachi ta para agregarle un hueso y estirarle la pi erna, sin
embargo puedo hacerle aceptar mej or su cojera. Le pregunto
que dónde ha consegui do ese bast ón tan feo, sin barni z y de
madera ordi nari a. «Er a de mi abuel o pat er no» , me responde.
«¿Y qué pas ó con ese abuel o? » « Nunc a se comuni có con nadi e.
Vivió como un er mi t año, encerrado en su apar t ament o. » Le
aconsejo que queme ese bas t ón, que tome un puña do de sus
cenizas y que se frote la pi erna corta. Luego que se compre el
más bel l o bastón que encuentre, con mango de plata y madera
de ébano. Así lo hace. Recupera el gusto de pasearse cami nan-
356
do. Apr endí , dando este acto, que los lugares del cuerpo que
están afectados, una cicatriz, unaj oroba, etc., deben ser exalta-
dos.
Fi nal i zaré estos ej empl os transcri bi endo una carta: «Fui a
verlo al café donde cada mi ércol es lee gratuitamente el Tarot y
le hice una consulta: "Hace 18 meses que siento un fuerte dol or
en la nuca. ¿Este dol or puede ser efecto de una regresi ón desde
el punt o de vista espiritual?". Habí a consultado a médi cos , acu-
puntores, masajistas, ost eópat as, ensalmadores, curanderos y,
desde luego, tomado medicamentos antiinflamatorios, cortiso-
na, infiltraciones, etc. Nada habí a hecho efecto. Usted me i ndi -
có un acto ps i comági co: debí a sentarme en las rodillas de mi
mari do y él tení a que cantarme en la nuca una canci ón de cu-
na. Pero lo que usted no sabí a es que mi mari do es cantante de
óper a. Me cant ó una canci ón de Schubert. Estoy curada, ya no
me duel e». Haci endo una ecuaci ón entre la nuca, el pasado y el
inconsciente, sentí que la rel aci ón de la consultante con su pa-
dre no habí a podi do desarrollarse bi en. Al sentarla en sus rodi -
llas, el mari do, si mból i cament e, des empeñar í a el papel de pa-
dre y ella volvería a la infancia. Por otra parte, cant ándol e una
canci ón de cuna a la altura del sitio dol oroso, realizaría un de-
seo i nfanti l que no habí a sido satisfecho, es decir, que el padre
la durmi era y se comuni cara con ella en el pl ano afectivo.
Esta pri mera serie de consejos, las más de las veces dados al
final de una l ectura de Tarot, se extendi eron por un per í odo
de cuatro años , sin que osara resolver cosas más importantes.
( Habi endo sol uci onado mis probl emas económi cos gracias a
l a excelente acogida que habí an reci bi do mis cómi cs -col abo-
raba ya con diez dibuj antes-, deci dí sentarme en un café y leer
gratuitamente el Tarot durante dos horas para luego dar una
conf er enci a coment ando aquel l o. A esta acti vi dad l a l l amé
«Cabar et Mí sti co». ) A pesar de que nunca repet í un consejo,
me i mpuse ciertas reglas. Por ej emplo: siempre cui dé que un
acto tuviera un fin positivo, evitando aconsejar algo que termi-
nara en la cól era o la dest rucci ón. Si a veces se hi zo necesario
sacrificar ani mal es, si n excepci ón comestibles, f ueron l uego
357
coci nados y of reci dos en banquet e a f ami l i ares o ami gos .
Cuando se ent erró algo, la tierra disuelve y puri fi ca, se pl ant ó
en el mi smo lugar un bel l o vegetal. Cual qui er conf ront aci ón
vi rul enta frente a una t umba fue coronada por una ofrenda de
mi el , azúcar, flores, o por l i mpi arl a con agua y j a bón para des-
pués perf umarl a. Cada vez que l a f ami l i a i mpl ant aba una vi -
si ón castradora, yo aconsejaba que el o la consultante se pre-
sentara disfrazado, pr i mer o de aquel l o que se le i mponí a , y
que luego se vistiera de aquel l o que se le i mpedí a ser. Muchas
mujeres que habí an desilusionado al padre por no nacer hom-
bre y que habí an sido forzadas a masculinizarse, con la subse-
cuente frigidez y esterilidad, se mostraron ante él con una fal-
sa panza de embarazada, vestidas con eroti smo f emeni no, bi en
maquilladas y con pel uca larga.
Una muj er que ha vivido con su padre vi udo y cuatro her-
manos, un «harén de hombr es » , ha sido tratada como un ser
decorativo pero sin valor y siempre se ha vi ri l i zado buscando la
acept aci ón del padre. Le propongo que vaya a verl o, vestida de
hombre, l l evándol e de regalo una botel l a de mezcal , su alco-
hol preferi do. «Si te pregunta por qué vienes disfrazada así, le
dices: "Bebamos pr i mer o un vaso y l uego te respondo". Des-
pués de bri ndar ve al baño y t ransf órmat e en muj er seductora,
con pel uca de largos cabellos, pest añas postizas, labios grana-
tes, mi ni f al da, etc. Presént at e ante él y di l e: " Mi r a , éste es un
aspecto mí o que desconoces. Te he mostrado dos extremos: el
hombre que quieres que sea y la muj er exagerada que no quie-
res que sea. Ahor a te voy a mostrar c ómo soy en real i dad. Y vas
a vestirte como una muj er decente y de buen gusto. Te mues-
tras así ante tu padre y le dices: " Mí r ame bi en, nó soy un ma-
r i macho ni una puta. És t a es l a muj er que soy. Ser muj er no
es ser una i di ota. Acépt ame como tu hi j a". »
Respecto al hecho de mostrarse ante los padres obedeci en-
do al pie de la letra las i mágenes que nos han pegado como eti-
quetas, realizamos un acto, de c omún acuerdo, con mi hi j o
Cri s t óbal que, s egún él , l e c a mbi ó l a vi da. Debo r econocer
que, en l a é poc a en que naci ó, yo er a a ún l o que l l amo un
358
«bár bar o psi col ógi co». Sól o me interesaba mi real i zaci ón artís-
tica, sin preocuparme de sanar ni mis problemas psi col ógi cos
ni los de nadie. Consi deraba que la gente era como era y adop-
taba ante ella una postura crítica. Fui un padre insensible, se-
vero, compet i úvo. Recuerdo haber teni do un ataque de celos
cuando lo vi chupar la leche de los senos de «mi » mujer. Es de-
cir, me compor t é con él exactamente como mi padre se habí a
comport ado conmi go. En l a br uma de mi neurosis, l e puse dos
nombres, Axel , para que fuera un remedo exacto de mi perso-
na ( Al ex) , y Cri st óbal , para que descubri era un nuevo mun-
do. . . Axe l Cri stóbal , bajo este dobl e deseo, pareci ó crecer con
una dobl e personal i dad. Cada vez que hací a algo «satisfacto-
ri o» (i mi tarme), era el Doct or J ekyl l . Cuando hací a una «mal -
da d» (intentar ser él mi smo) lo trataba de Mi ster Hyde. Este
confl i cto le provocó cl ept omaní a. (Y yo, como Jai me habí a he-
cho conmi go, para castigarlo lo privé de sus juguetes.) Duran-
te años no pudo domi nar su i mpul so de robar. A pesar de que
con el ti empo nuestra rel aci ón, saliendo de la barbarie psico-
l ógi ca, se convirtió en un amor consciente (ambos nos preocu-
pamos de aplanar las asperezas del pasado en múl ti pl es con-
f ront aci ones, que t er mi nar on en que Axe l l e dej ó el sitio a
Cri s t óbal ) , él si gui ó si nti endo esos impulsos de apoderarse de
objetos ajenos. La l ucha por i nhi bi rl os l e angustiaba. Me pi di ó
un acto de psi comagi a para curar aquel l o. Hi ce que se ensu-
ci ara las manos con barro recogi do al pie de un árbol . Luego
me arrodi l l é ante él, le puse esas manos sucias sobre mi rostro
y l e pedí per dón. Des pués , en el lavabo de mi baño, l entamen-
te, con at enci ón concentrada, se las lavé y per f umé. Luego le
froté las palmas con una tarjeta postal mexi cana que represen-
taba a san Cri stóbal port ando al ni ño J es ús . Des pués le reco-
me ndé fabricarse unas tarjetas de visita que decí an: «Soy Axel i -
to, el ni ño l adr ón. Pude haber robado esto, pero deci dí no
hacerl o. Agr a dé z c a nme y be ndí g a nme » . Cri st óbal , cada vez
que i ba a una ti enda, apenas se sent í a tentado, cui dando de
que nadie lo viera, depositaba su tarjeta. A veces colocaba más
de diez. Er a tan hábil para eso que nunca nadie lo s orprendi ó.
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La cl ept omaní a des apar eci ó por compl et o, def i ni t i vament e.
Ti empo des pués vi no a verme port ando una maleta. Me s ent ó
en el sal ón, des apareci ó en un cuarto y volvió vestido de Doc-
tor J ekyl l . Co n fuerza s obr ehumana, dej ó salir su rabi a y se
arrancó a pedazos el disfraz, para patearlo en el suelo. Así des-
nudo volvió a salir para, des pués de un rato, veni r a verme dis-
frazado de Mi ster Hyde, con su sombrero, su capa, su bas t ón,
sus dientes largos. Se echó en mis brazos y l l oró l anzando hon-
dos y desgarradores l amentos. Co mpr e ndí l o que me pedí a.
Comenc é, tambi én l l orando, a despoj arlo de su disfraz. Luego
hi ci mos un paquete con las prendas, tanto las de J ekyl l como
las de Hyde, y cami namos hasta el Sena. Allí, de espaldas a la
corri ente, lanzamos el bul to y nos fuimos, sin volver atrás, a ce-
lebrar l a l i beraci ón en un buen restaurante.
Ot r o consejo que di varias veces, por supuesto cada vez con
ciertas variantes, fue a personas que padecí an por tener una
madre invasora. Aunque ya no vivieran con ella, todo el ti empo
la tení an en la mente, di ri gi endo sus vidas. Propuse que la tra-
taran como a un í dol o. En Indi a, a los dioses representados por
esculturas, se les alimenta. Es deci r que se les ofrecen flores, i n-
cienso y comi da. En la época en que di ri gí a Mauri ce Chevalier,
fui invitado a cenar en su mans i ón. Allí vi un banqui l l o donde
el cantor se arrodi l l aba para rezar. En el lugar donde deber í a
estar el Cristo o la Vi rgen, vi el retrato de una señora. Er a la ma-
dre del cantante. El la habí a ascendido a í dol o. Inspirado por
esto, r ecomendé a mis consultantes que en lugar de l uchar i n-
fructuosamente por expulsar a la invasora, que mientras más la
atacaban más crecí a, l e di eran un sitio preciso en l a casa. Un
pe que ño altar donde col ocarí an la foto de su madre encuadra-
da por un marco de acero y cubi erta por una rej illa de alambre.
Así el inconsciente podí a estar seguro de que la «fiera» no se es-
caparí a. Luego, para sentirla satisfecha, habí a que honorari a,
depositando ante ella flores frescas, quemando i nci enso, man-
teni endo todo el ti empo encendi da una l ampari l l a comprada
en una iglesia. Además , cada vez que cenaran debí an reservar
unos trocitos de comi da para depositarlos en un platillo ante el
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í dol o maternal . Así ella, bi en alimentada, cesarí a de devorarlos.
Muchos consultantes padecí an probl emas de deval uaci ón.
I ns pi r ándome en las técni cas chamáni cas de don Ernesto, les
pe dí que en una hoj a de buen papel escribieran todo aquel l o
de