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VOLVER A BAILAR

A Patri,
…ella sabe.


Málaga, 27 de Enero de
2014

Querido hijo,

La calle no había estado tan animada desde las antiguas verbenas de San Juan.
Me divertía saludar a los vecinos que hacían cola en la puerta de la casa de Matías.
Todos octogenarios. Buenos días. Buenos días. Buenos días. Y así, hasta quince antes
de doblar la esquina y subir la cuesta de los Dolores donde a esa hora siempre había
alguien que preguntaba qué se vendía en esa casa. Ya había escuchado varios
disparates al respecto, que si era un prestamista, un contrabandista de tabaco, etc.
¡Qué locura, a su edad y con unos valores tan firmes!, respondía yo. Pero sentía
curiosidad, Francisco. Por eso la mañana del dos de enero, cuando más fuerte caía la
lluvia, cogí el paraguas de tu padre, guardé prudentemente la cola, y entré en esa
casa a ver qué se cocía allí.

Uno tiene sus sueños, Adela, sus cosas íntimas, me dijo. Y yo asentí. Y cuando
me ofreció sentarme para escuchar el resto de la historia, pues me senté a
escucharla. Sin prisa. Después me enseñó el canasto con los números. Los escribía a
mano, uno a uno. Números torpes salidos de sus dedos artríticos. A las ocho en punto
salía a la calle a repartirlos y ya había vecinos esperando. Todos los días. Así que
cuando me ofreció uno, no pude negarme. Por ti, Francisco. Después hablamos de
cuando éramos jóvenes y quedábamos donde el pozo de Santo Domingo a reunirnos
con la pandilla. Coincidimos en algún guateque, pero nunca bailamos juntos. Antes se
bailaba agarrado cuando se podía, y moviendo los brazos y las caderas cuando
creíamos que nadie nos veía. Íbamos al cine Victoria en invierno, a los baños del
Carmen en verano, y nos movíamos entre calle Ancha, la plaza de la Merced y El Palo,
como si Málaga sólo fuera eso, un pedacito de lo que es. También estuvimos viendo
viejas fotografías. Deberías ver las de la nevada del cincuenta y cuatro, con el río
Guadalmedina helado. Yo me acuerdo, Francisco, pero tú eras muy pequeño y ni
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siquiera te dejé salir de casa por miedo a que cogieras una pulmonía. El frío de ese día
se ha quedado atrapado en viejas fotografías en blanco y negro. Como si en aquella
época no existieran los colores. Pero sí que existían. Ese día, la nieve era blanca como
la cal, las fachadas eran amarillas y naranjas, yo llevaba una falda roja y tu abuela
una camisa verde con lunares amarillos. No vivíamos en ningún mundo en blanco y
negro, como se empeñan en mostrar. Nuestra vida tenía tanto color como la vuestra.
Matías piensa como yo. A veces, hasta decimos lo mismo a la vez. Dice que eso es un
nexo. ¿Sabes tú lo que es eso? Pues una cosa muy grande que nos une a todos los
que somos de la misma generación. Haber vivido las mismas cosas nos hace
entendernos. El hambre. La represión. En fin, todas esas cosas que cuanto te las
cuento tú nunca me escuchas. Eso ya no existe, dices. Pero sí existe, hijo, cuando
Matías y yo cerramos los ojos, está ahí. Tan vivo todo, como el sabor de la cebada y
del pan duro. Pues eso, que nos reímos un buen rato, porque cuando uno recuerda no
sólo añora, también se ríe. Cuando salí de allí llevaba el numerito en el monedero
chico. Y para no perderlo, me lo guardé en el pecho, junto al pañuelo y la medallita de
la virgen del Carmen. Cuando llegué a la casa lo dejé sobre el taquillón y entré a
despertarte. Tu habitación estaba en penumbra y olía a rancio, así que descorrí las
cortinas, abrí la ventana, y me senté a los pies de tu cama. Te miré largamente antes
de despertarte. Suspiré, varias veces, y carraspeé bien fuerte, pero tú seguías
dormido, con los pies destapados y la cara cubierta por la sábana. ¡Qué alto eres,
hijo! Si te tapas los pies, te destapas la cabeza, y lo mismo al revés. ¡Cuánto te
pareces a tu padre! ¿Dejaré de verte alguna vez como un niño? Justo me hacía esa
pregunta cuando abriste los ojos. Tan azules aún. Te he traído un numerito, te dije, así
que te levantas, te aseas, te vistes y mientras yo pongo algo de orden en esta casa,
te vas a ver a Matías. No respondiste porque estabas demasiado somnoliento, si yo lo
sé, hijo, por eso cerraste los ojos de nuevo y te pusiste a roncar como un oso. Pero...
Sí, siempre tengo uno. Las madres tenemos nuestros deberes, y el mío, en ese
momento era volcarte ese jarro de agua fría sobre tu calva brillante. ¿Quieres
matarme?, vociferaste sobresaltado. ¡Ay, si pudiera!, dije. Y entonces te volviste como
loco. ¡Le estás faltando el respeto, madre! Te levantaste torpemente, buscaste apoyo
en tu bastón, pateaste las zapatillas y la alfombra y te dirigiste al extremo de la
habitación. El viejo marco con la fotografía de tu boda presidía la pared. ¿Recuerda a
Matilde? ¡Mi mu-jer!, y usted, madre, le está faltando el respeto. ¡Qué tragedia!,
murmuré. Pero no me oíste. ¡A Dios, gracias!

A las cinco de la mañana sacaba el ordenador del maletín, lo colocaba en la
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mesa camilla junto a la impresora y pulsaba el botón ON con un solo dedo, como le
había enseñado su nieto. Mientras el ordenador arrancaba, abría el cajón de la
cómoda y escogía una corbata. Se la colocaba frente al espejo del armario. Un nudo
simple que cada vez le costaba más. Descolgaba la chaqueta del perchero y se la
colocaba. Un poco de Brummel como toque final. Parecía un banquero, ¿quién lo iba a
decir? A sus ochenta y cuatro años y con tanto campo a sus espaldas. Todo eso me lo
refirió mientras llovía fuera. Una débil luz se colaba por la ventana y traspasaba el
cortinaje floreado creando figuras en las paredes. Créeme que le daban un aspecto
primaveral al salón. Los hombres no os fijáis en esas cosas, pero Matías sí. A Matías le
gustan las flores. Cuando tiene todo listo, entorna la puerta de entrada, cuelga el
cartelito de Abierto, se sienta en la silla de enea y vocifera: ¡Que pase el primero! Ese
día yo era la quinta de la mañana, pero no llevaba número, me colé.

Te preparé el desayuno sin discutirte la hora. Te había estado preparando
tostadas con mantequilla, mermelada y miel durante treinta y cinco años. También un
vaso de leche semidesnatada con un culito de café. Desde que te casaste con Matilde
preferías huevos revueltos, salchichas, bacon y té verde con manzana y canela. Los
hijos se vuelven desconocidos cuando se marchan de casa. Pero, ¿qué ocurre cuando
vuelven veintitantos años después? Pues que regresan con un puñado de manías que
no hay quien las entienda. Y por eso te saqué el numerito, Francisco. El siete. El de la
buena suerte.

Yo quiero a mi hijo, le conté a Matías. Pero no como antes, cuando venía de
visita y por no hacerme un feo se sentaba conmigo a ver una película de Sarita
Montiel y comentábamos que esas caderas eran un pecado del Señor, y nos
santiguábamos los dos y nos reíamos a carcajadas y Matilde se quejaba de que no
podía con los dos juntos. Ese es el Francisco que quiero, Matías. Un Francisco risueño,
enérgico, y más hombre. Lástima que Matilde se llevara todas tus cualidades a la
tumba, hijo, y que ahora me toque a mí bregar con un pelele que encoge los hombros
cuando su madre le pregunta qué quiere de desayunar. ¡Esto es lo que hay!, te dije
soltando el plato con las tostadas sobre la mesa. Volver a ejercer de madre cuando
debería ser abuela, ¡o bisabuela!, me crispa los nervios, hijo. ¡Bébete la leche,
Francisco, o te la tiro por encima!

Jonás. Jubilado. Soltero. 72 años. Visitó a Matías ese mismo día que te cogí el
número. Era su tercera visita esa semana y ya saludaba a Matías con la familiaridad
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de un viejo amigo. ¿Ha contestado? Matías es muy explícito contando las cosas. Para
que puedas verlas como si hubieras estado aquí, Adela. Jonás no traía las gafas y en
la pantalla sólo podía ver una mancha borrosa. Aún así parecía feliz de alguna
manera. Matías apretó una tecla del ordenador y la impresora crujió. Al instante salió
de la bandeja una copia impresa con la imagen de una señora de muy buen ver. Aquí
tiene su cita. Jonás besó la imagen borrosa. Es guapa, ¿verdad? ¡Más que la Rivelles!
Se despidieron con un apretón de manos. Espero que haya encontrado a su pareja de
baile. Luego dijo ¡Siguiente!, y entró Antonio, que tenía el número seis.

La rehabilitación no te ha servido para nada, hijo. Bajaste la cuesta de los
Dolores apoyado en el bastón que heredaste de tu padre. Es todo de cabeza, dijo el
médico, pero tú insistías en que no te habías recuperado del todo de la operación de
la rodilla. Con el bastón voy bien, madre. ¡Pareces un anciano!, te dije desde la
puerta. Acabas de cumplir sesenta y siete años, Francisco, y si no fuera por la calva,
la barriga y la cojera, parecerías un madurito de cincuenta. Deberías quitarte esas
cosas. Al menos la barriga y la cojera. Ya sé que lo de las pelucas no es discutible.
Pero ahora las hacen de pelo de verdad, Francisco. ¡De pelo de verdad! Ahí lo dejo,
hijo. Tú, piénsalo.

El número seis. Más de metro noventa, casi como tú, pero delgado como un
fideo, y una cabeza que apenas sobresalía de los hombros. Parecía un alfiler. Llevaba
una chaqueta a cuadros y un pantalón de pijama. Vivo aquí al lado, dijo cuando le di
los buenos días. Tiene voz de niño. A estas edades esa voz no queda bonita. Yo no le
di conversación. Ya sabes que con los desconocidos yo no paso de un buenos días,
buenas tardes, buenas noches. Con Matías es diferente. Él no es un desconocido.
Hemos sido vecinos toda la vida. Pero su mujer era muy celosa y nadie se le podía
arrimar porque cacareaba como una gallina y te lo hacía pasar mal. Nadie del barrio
se les acercaba. Y era por eso. Pero a lo que vamos, hijo. Matías, todos estos años, se
había preguntado a qué se dedicaba aquel hombre alto, silencioso y huraño, y resulta
que escribe cuentos. ¡Cuentos para niños! ¿Quién lo iba a decir? Matías lo puso en el
perfil que le estaba creando, y luego le pidió una fotografía y como no traía, pues le
pidió que se pusiera derecho, que mirara a la pantalla y que sonriera. Y Antonio sonrió
por primera vez en mucho tiempo. ¿Ves lo que hace Matías, hijo? Hace feliz a la
gente. Todos tenemos una pareja de baile, Adela, dijo. Sólo hay que encontrarla. Por
eso toda esa gente se levanta temprano y haga frío o calor, llueva o truene, se ponen
en fila y aguardan su turno. Por eso te cogí ese número. Para que vuelvas a bailar.
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El video club de la plaza se traspasa. Una lástima. Tenía buenas películas
antiguas. Y como estaba de liquidación, me fui con una lista en el bolsillo del abrigo.
Podía haber escogido el camino corto para llegar, pero preferí bajar la cuesta y pasar
por delante de la casa de Matías sólo para ver si seguías allí. Te vi de lejos. Hablabas
con varios vecinos de la cola. Te reías. Eso ya era algo. Un cambio importante. Ya
sabía yo que el siete era un buen número. Te saludé con la mano al pasar. Te volviste
de espaldas, como si no me conocieras, por eso me acerqué, te di el toquecito en el
hombro y te dije: hoy comemos potaje de habichuelas blancas, Francisco. No me
llegues tarde que la cocina la cierro a las tres. Farfullaste algo a mis espaldas, pero
hice oídos sordos y me asomé por la ventana a la casa de Matías. ¿Todo bien?, le
pregunté. Todo bien, Adela. Atisbé a ver a Don José con él. Fue tu pediatra, y el de
todos los niños del barrio. Lleva jubilado más de veinte años. Pero qué porte tiene Don
José. De siempre. Matías me contó más tarde que Don José no buscaba pareja de
baile, sino un casamiento como Dios manda.

Llegué al video club y le solté la lista al encargado. Éstas son todas las películas
que tengo de Sarita Montiel. ¿Tiene alguna que no esté en esta lista? El encargado me
ofreció El enamorado, La reina de Chantecler y Furia roja. Me pidió veinte euros por
las tres. Cuando le dije que sólo tenía diez no los aceptó. A la vuelta, pasé de nuevo
por casa de Matías. Aún no habías entrado, pero estabas ya en la puerta. Eras el
siguiente. Me asomé por la ventana y le dije: Matías, el siguiente es mi Francisco. Y
como se acercó y me dijo que seguro que te encontraba una mujer no tan buena
como tu Matilde pero parecida, le ofrecí los diez euros de las películas en
agradecimiento. Pero no los aceptó. Le conté que en el video club tampoco los habían
querido. ¡Dinero que me ahorro!, dije. Y como me vio algo enfurruñada, me dijo que
me pasara al día siguiente que me invitaba a un café. Y allí me planté a por mi café
cuando el sol ni había salido. Me gusta madrugar y aprovechar el día. A Matías le pasa
igual. Le pregunté cómo te había ido porque no decías ni mú que dicen las vacas. En
lugar de contestarme, me dio un paquete. Pero si no es mi cumpleaños, dije. No lo
abras hasta que te hayas ido, dijo. Es cierto que nos tuteamos, pero es normal, nos
conocemos de toda la vida, ya te lo he dicho. Lo ayudé con los números y con la
canastilla, y al salir, saludé a los primeros de la fila. Buenos días. Buenos días. Buenos
días. Abrí el paquete nada más doblar la esquina. Me pudo la curiosidad, Francisco.
Eran mis tres peliculitas, hijo, esas que no me quiso vender el del video club.
Envueltas en papel con imágenes de cromos de esos a los que jugábamos las niñas en
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el Llano, y con un lazo rojo. ¡Un lazo, Francisco! Encaré la cuesta arriba como si no me
pesaran las piernas, ni me pincharan las varices.

Hablamos de ti mientras tomamos el cafelito. Con sacarina y con poca leche.
Matías me contó que soltaste el numerito en la canastilla y el bastón de tu padre en el
paragüero y dijiste: Estoy aquí por mi madre. Y luego le contaste toda la cantinela, tal
cual se la cuentas a todo el mundo: Yo a Matilde la quería con locura y no tuvimos
hijos porque Dios no quiso mandárnoslo, pero criamos a Rulfo, a Neruda y a Corín
como si lo fueran. Mi madre no quiere animales en casa, ya la conoce usted, que dice
que es alérgica a los pelos de los gatos, pero yo creo que es por fastidiarme. Matías
sólo dijo: Le recuerdas demasiado a tu padre. Y es verdad, Francisco. Lo reconozco.
Tarde. Pero lo reconozco. Si somos iguales, hijo, que reconocemos las cosas pero no lo
confesamos hasta pasados muchos años, cuando creemos que ya nadie se acuerda de
que tenemos algo que confesar. Yo quería tener un hijo, Francisco. Más que nada en el
mundo. Se lo dije a mi madre. Mamá, yo quiero tener un niño. Mi madre me acarició
la cara, el pelo, los hombros, y luego me besó en la frente y me dijo: Pídeselo a los
Reyes Magos. Y se lo pedí. Año tras año. Pero sólo me traían bebés de plástico. Y
cuando fui mujercita y me vino el periodo, estas cosas no se le cuenta a un hijo, pero
esta vez es necesario para que lo entiendas de una vez, yo dije: ¿Ahora ya puedo ser
madre de verdad? Y mi madre me respondió: siempre que te cases, hija. No había
cumplido los quince cuando conocí a tu padre. Quiero tener un hijo, le dije. Naciste a
los nueve meses. Desapareció antes de echarnos las bendiciones. Nos dejó su bastón
y una caja de cartón llena de fotografías. Para que sepa de dónde viene, dijo. No se
trata de no contar, Francisco, ya ves que no sé mucho más de tu padre que tú.

Matías me dijo que sacaste un pañuelo del bolsillo y te limpiaste el sudor de la
calva y la frente. ¿Cómo se puede sudar tanto en el mes de enero, Francisco? Eso hay
que vértelo. Te sentaste en el butacón donde momentos antes se había sentado Don
José y le confesaste que estabas nervioso como un chaval. Y él te sirvió un pajarete
en una copa de coñac. No es el vaso adecuado, le dijiste. Y muy bien dicho. ¡Ese es mi
hijo!, le dije a Matías. ¿Qué más da el vaso? Sí, que da. Sí, que da. Le contesté muy
seria. Creo que levanté incluso el dedo, como cuando te mando a ordenar tu
habitación. Ay, hijo, cuando se es madre, se es madre todo el tiempo y con todo el
mundo. Si hasta le dije lo flaquito que se está quedando con tanto trajín de ayudar a
la gente, y le llevé unas salchichas, unos huevos de codorniz, un fuet y un yogurcito
griego. En estos días yo lo veo hasta más repuesto. Me dijo que le pusiste pegas a
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todas las mujeres que te enseñó. Que no te gustaba ninguna. Que no hacías más que
resoplar y decir: Fea. No me gusta. Fea. No me gusta. Flaca. No me gusta. Etc.
Cuando te di por perdido y me fui a levantar de la silla, Matías me rogó que me
volviera a sentar porque aún quedaba historia. ¡Pare!, dijiste. ¡Esa! Y señalaste la
pantalla. Siempre te he dicho que está muy feo señalar, que no es de hombres
educados, pero en este caso está justificado. Esperanza. Bonito nombre. Rubia.
Rellenita. Gafas de artista. Vestido alegre. Sonrisa coqueta. Sí, Francisco, la he visto.
Matías me ha enseñado la fotografía. Amenacé con dejar de visitarlo. Soy muy
impertinente, hijo, lo sé, pero parece que a él no le molesta. Él se retrepa en el
butacón, me mira, se ríe y me dice, Ay, Adela, y luego me deja hacer. Es un hombre
muy amable. En su juventud ya apuntaba maneras. Se daba un aire al actor ese tan
alto y tan guapo, que salía en las películas de convoys. Me dijo que saliste de su casa
sin el bastón, que se te olvidó en el paragüero, y que cuando quiso dártelo, dijiste:
Sólo es un recuerdo de mi padre, quédeselo. Ay, Francisco, ya era hora de que ese
viejo bastón inútil saliera de nuestras vidas.

Viejos tangos de mi flor, y un gato de porcelana pa que no maulle al amor.
Desde que volviste a vivir conmigo no he vuelto a comer con la radio puesta. Con lo
que me gusta, Francisco. Ya sabes que me gusta canturrear cuando estoy sola. Y todo
a media luz que es un brujo el amor, a media luz los besos, a media luz los dos. Sólo
son viejas canciones que me llevan a otra época, letras y melodías que me traen a la
memoria bailes, verbenas y amores de juventud. Desde que se te murió tu Matilde en
esta casa ya no se escucha música, sólo la emisora esa que sólo retransmite fútbol y
más fútbol. Suena a disco rayado. La misma voz impostada, los mismos equipos cada
semana, el uyyyy, el aaaay, y al final ese gooooool ensordecedor. Maldita la hora en la
que arreglé el aparato. Un desastre que Matilde se muriera. No te lo he dicho hasta
hoy porque hasta hoy no he entendido ese querer tan grande que le tenías. Como si
no existiera nadie más en el mundo que ella. Como si te hubiera dado la vida, y la
vida se te hubiera ido con ella. No, hijo, no entendía que la quisieras más que a tu
madre. Porque fui yo quien te crió y la única que daría mi vida por que la tuya fuera
más dichosa. Ahora soy capaz de verlo. Celos, Francisco. Ya que está escrito, escrito
se queda. Matías me preguntó: ¿Quién ha sido el amor de tu vida, Adela? Mi hijo, dije.
Desde que era un bebé de plástico y yo una niña. Entiendo, dijo. Y como se hizo un
silencio, dije lo primero que se me ocurrió: Las mujeres deben sobrevivir a sus
maridos. El silencio no se fue, así que me fui yo. Me fui a misa, que ahora para
escuchar música tengo que irme a la iglesia. Cuando termina la misa de las siete, me
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quedo a la de las ocho, que ahí es cuando cantan. Y todo por escuchar las canciones.
También rezo. Por tu padre. Por Matilde. Por la mujer de Matías. En fin, por todos
nuestros muertos. Cada vez son más, así que después de comulgar, me arrodillo, les
rezo un Padre Nuestro de los antiguos, que el nuevo no me lo sé, y les pido que se lo
repartan. Mi canción favorita es esa que canta una chiquilla del coro que no debe de
tener más de quince años y que canta como los ángeles. Siempre procuro sentarme
cerca porque la niña además de cantar, interpreta. Y es una delicia verla. Tan bajita.
Tan flaquita. Con esos ojos tan grandes y ese sentimiento que pone cuando canta
Jesús quién eres tú. El guitarrista es el novio. Tiene la cara empedrada, pero es de ese
tipo de acné que se cura con los años. Tú también lo tenías y fue cumplir los veinte y
ni pomada ni nada, se te quitó solo.

Me eché tres cucharones de potaje de habichuelas en el plato, con cuidado de
dejarte los tropezones, que sé que te gustan. Lo hice al estilo de mi madre: con
patatas, arroz, chorizo y habichuelas blancas. Ella sí que sabía cocinar. El reloj de la
cocina atrasaba unos minutos, así que más o menos eran las tres y media cuando
empecé a comer. Como no estabas, abusé del salero. El plato ardía, así que acerqué la
cabeza al plato en lugar de la cuchara a la boca. Es que así sabe mejor. Sorbí
ruidosamente y me reí al escucharme. Me encanta ser traviesa cuando no estás. ¡Qué
aproveche, Adela!, escuché tras de mí, donde la ventana que da al patio. Me giré y ahí
estaba Matías. Traía un ramito de margaritas en la mano. Si alguna vez te has
preguntado si las viejas podemos sonrojarnos como las adolescentes, la respuesta es
que sí, sólo que esperamos que las arrugas y los pellejos nos sirvan para algo más
que para avejentarnos esa juventud que nos palpita dentro, y sepan disimular
nuestro apuro. Buenas tardes, Matías, ¿quiere un poquito? Pues no le voy a decir que
no, dijo. Y por eso lo dejé pasar.

Matías es de buen comer, hijo, no sabes lo que disfruté viéndolo rebañar el
plato con piquitos de pan. Dijo que el potaje estaba exquisito. Esa palabra jamás se
ha escuchado en esta casa. Ex-qui-si-to. Mi potaje, hijo. El de habichuelas blancas. Ya
sé que a ti no te hace mucha gracia, pero a Matías le supo a gloria. Me dio
conversación mientras comía. No es algo a lo que esté acostumbrada, ya sabes que en
esta casa, por oír algo que no sea el tic tac del reloj, yo pongo la radio, pero no hizo ni
falta. Hablamos de cine, no del cine de ahora, sino del que se hacía antes, y
coincidimos en que la mejor película de todos los tiempos es Lo que el viento se llevó.
Matías se compró la película en el video club, cuando me compró las de Sarita, y me
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ha invitado a verla una tarde en su casa. Antes de irse me ayudó a fregar los platos y
a poner las margaritas en agua. Me asomé por la ventana y le dije adiós con la mano.
Lo seguí con la mirada hasta que llegó abajo de la cuesta. Antes de girar, se dio la
vuelta, levantó la mano de nuevo y me sonrió. Le devolví la sonrisa porque tenía la
intuición de que antes de desaparecer por la esquina, se volvería. Si se vuelve es que
le importo, pensé. Cuando cerré la ventana aún sonreía como una tonta. Y de repente,
Francisco, me sentí sola. Cuando llegaste, el vacío y la soledad persistían. ¿Dónde has
estado? Por ahí, dijiste. Tu aliento olía a vino. Te fuiste a tu habitación y cerraste la
puerta. Me senté en el sofá, con la mano en el pecho, y me puse a pensar. Debería
haber pensado en ti, como hago siempre, pero pensé en tu padre. La última vez que
lo vi tenía diecisiete años. Iba vestido con traje de chaqueta y corbata y me hablaba
de minas, de diamantes, de África, y de cosas que yo no entendía. Tu padre era como
un plato de angulas, como un batín de raso, como un sillón de cuero. Pero Matías es
otra cosa. Matías es como ponerse las zapatillas viejas y echar una cabezada en el
sofá de la salita. Eso es Matías.

Llamé con los nudillos a tu puerta. Siempre entro sin preguntar. A veces te he
pillado en calzoncillos. Aún sigues tapándote. Siempre tan pudoroso, Francisco.
¡Adelante!, dijiste. Estabas sentado en la cama, con el retrato de tu boda en la mano.
Los ojos llenos de lágrimas. Las lágrimas sobre la imagen de Matilde. Perdóneme la
tristeza, madre. ¿Podría usted abrazarme? Si es que yo no sé abrazar, Francisco. ¡Ya
eres muy grande y muy viejo!, dije. Me puse en pie y salí de tu habitación. Matías dice
que las palabras hay que escribirlas, que las historias hay que contarlas y los besos
hay que darlos, así que me volví. Esta vez entré sin llamar. Te soné los mocos con el
pañuelo que siempre llevo en la manga, y abrí los brazos cuanto pude. Procura no
aplastarme, hijo. Fue una sensación extraña y placentera a la vez. Te besé en el
hombro y en el cuello, y hasta que no te volviste a sentar en la cama, no pude
besarte la frente y la calva. ¡Eres tan alto, hijo!

Me tomé medio vasito de anís, como una deliciosa medicina, antes de bajar la
cuesta de los Dolores. Era temprano pero ya había gente en la puerta de Matías.
Buenos días, buenos días, buenos días. La puerta estaba entornada y entré sin llamar
porque ya le había avisado que iría temprano a tomarnos el cafelito de la mañana. Ya
tenía el ordenador encendido, la canastilla repleta de números y a otro de los vecinos,
el que fue maquinista de tranvías, sentado en una silla. Es un señor muy mayor. ¿Qué
hace usted aquí, Don Federico? Quiero aprender a bailar. ¿Usted sabe bailar, Adela?
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De joven bailaba Foxtrot. Yo nunca tuve tiempo de aprender, dijo. Pero nunca es
tarde. No sé por qué ese empeño en camuflar las palabras, hijo. Dicen bailar cuando
quieren decir amar. Es como con las fotografías. El pasado de los viejos es blanco y
negro. Los viejos no aman, bailan. ¡Estupideces! Todos somos ríos que van hacia el
mar, tengamos la edad que tengamos. Y si yo fui aquella mañana a casa de Matías,
fue con el ánimo de pedirle un baile.

Yo no tengo claro si lo que hice fue ganar o perder en la vida, Francisco, pero sí
sé que quiero seguir jugando en esta tómbola. Y a esta edad en la que no se debe
tener miedo a nada, de repente le tengo miedo a todo. Ya ves que los dos nos
parecemos también en eso. Ya le has llorado suficiente a esa mujer con la que
compartiste la mayor parte de tu vida. Deja que duela, así es como desaparece. Ahora
debes volver a la pista de baile porque a ti te gusta bailar, Francisco. Da saltitos.
Mueve las caderas. Sigue el ritmo. Déjate llevar, hijo. Y yo haré lo mismo. Ese viejo
solitario que le arregla la vida a la gente y que tiene buena conversación, buenos
modales, y que me trata con tanta dulzura y amabilidad, hace que cada uno de mis
huesos vuelva a estar en su sitio y que en vez de andar, vuele. Por eso he cogido un
numerito de la canastilla para mí. El quince, la niña bonita.

Hace muy buena noche para ser enero, ni demasiado frío, ni demasiado viento,
y el cielo despejado. Hoy vas a conocer a Esperanza. Te has puesto traje y corbata, te
has perfumado y le has comprado flores. Estoy nervioso, madre, dices. Hace cuarenta
años que no tengo una cita. ¿De qué voy a hablarle? Tú háblale de las pequeñas cosas
de la vida y de esa despreocupación que uno quisiera tener en la primera cita. Dile
que odias los entierros y que te encantan los recitales, que roncas como una bestia y
que no usas peine. Que lloras mucho, al menos tres veces a la semana, y sobre todo
cuando estás bien. Dile también que las sábanas se te quedan cortas, que no tienes
un libro favorito y que has viajado tantas veces a Madrid que si la ciudad
desapareciera tú serías capaz de volver a reconstruirla. Dile todo eso si quieres, pero
no le digas que tu madre es soberbia y desdeñosa, ni que no puedes olvidar a tu
esposa muerta.

El quince, la niña bonita. Me vestí para la ocasión. Un vestidito de flores. Muy
alegre. Nada de negro, que ni me favorece, ni soy viuda. Matías se sorprendió cuando
le entregué el número. Su cara, por lo general sonrosada y alegre, se tornó de
repente triste y cansada. ¿Qué te ocurre, Matías? Yo ya sabía por dónde iba, pero una
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mujer ha de hacerse la interesante. ¿No es este un lugar para volver a bailar? Pues
vengo a por mi carnet de baile. Matías me ofreció asiento donde tantas veces me he
sentado a tomarme el cafelito, se sentó delante del ordenador y abrió la página donde
elabora los perfiles de los vecinos. Adela Gutiérrez, dije. Puede elegir un seudónimo,
dijo. Y el usted surgió así de repente, como de repente surgen las cosas, y todos los
escalones que habíamos subido, de repente los bajamos. ¿Ahora me hablas de usted?,
pregunté agarrada a mi bolsito de mano. Las piernas juntas y daleadas, los ojos
entornados. Así lo hacía Sarita en sus películas, y siempre con muy buen resultado.
Matías no respondió. ¿Y por qué? A usted le gusta imponer distancias, me dijo. Acaba
de imponer una, y créame que lo siento. Como se hizo un silencio como el que se
hace cuando pasa un ángel, lo rompí diciendo que prefería un seudónimo. La niña
bonita. Ponga usted eso. Y lo puso, y dijo: como decía un sabio griego, los niños
matan a las ranas por juego, pero ellas mueren de verdad. ¿Me va a hacer usted un
perfil, sí o no? Matías apretó los labios y escribió de carrerilla, con sus dedos artríticos
golpeando el teclado, lo siguiente: Déspota, soberbia, altiva, ingrata, ególatra, fría,
pero conserva la tez hermosa. Me levanté alterada. Vencida por mi propio juego y con
ánimo de salir de esa casa en la que tan cómoda me había venido sintiendo, pero lo
reconsideré, y volví a sentarme. Prosiga, dije. Matías arrimó su silla a la mía y dijo:
De cerca tienes los ojos bonitos. ¿Ya no me habla de usted? Ya no. Ah, dije. Matías se
volvió hacia el ordenador y pulsó una tecla. Ambos permanecimos en silencio mientras
las pantallas se sucedían una tras otra y aparecían y desaparecían fotografías y
fotografías de señores tan mayores como nosotros. Nada, dijo al fin. ¿Nada? No hay
ningún perfil que coincida con el tuyo. Tendrás que conformarte conmigo. ¿Bailamos,
Adela?

Ahora te toca a ti, Francisco. Basta con tener ganas de bailar.









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