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Retazos de un amor truncado
Desde la cama del hospital, intentando mantener viva su esencia, Abril, en un momento
de soledad, recordaba viejas vivencias, retazos de una vida a la que no pudo pedirle
más. El tiempo en la planta de oncología parecía no correr, pero él siempre estaba a su
lado para acariciarla, mimarla y darla aliento. Apenas había salido unos minutos para
hablar con el médico y ella ya notaba su ausencia.

John llegó a su vida cuando más lo necesitaba, cuando más sola se sentía. Sin esperarlo,
un 19 de julio encontró a su alma gemela, ironías de la vida, en la sala de espera de un
centro sanitario. Tenía revisión y ya llegaba tarde al trabajo, nerviosa, caminando de un
lado a otro, tropezó con él. Era un joven alto, apuesto, algo desaliñado, pero con una
sonrisa hipnótica. Ambos cruzaron miradas, ella pidió perdón y él supo que la amaría el
resto de sus días. El doctor salió a llamar por orden y John era el siguiente, enseguida
ofreció a Abril su turno, había notado su inquietud y visto las veces en las que, con
angustia, había mirado el reloj. Tenía la mañana libre, así pues, aquello no suponía un
problema, esperaría algo más, menos de lo que había esperado en su larga existencia
para encontrarla. Ella agradeció su gesto y a cambio le ofreció tomar un café otro día.
Ante la atenta mirada del resto de pacientes intercambiaron los teléfonos con la promesa
de volver a verse.

Poco a poco fueron conociéndose, cada línea de sus cuerpos, cada recoveco de sus
mentes, cada vena de sus corazones y cuanto más sabían uno del otro, más se amaban.
Eran dos jóvenes que soñaban con un futuro juntos, que hacían planes, pero ambos
ignoraban lo que el destino les tenía reservado. Y es que el amor, muchas veces, duele
más que la soledad. Abril se sentía plena, llena de felicidad y cada mañana daba gracias
por lo que tenía. Pasaron los meses y pronto decidieron vivir juntos, porque los minutos
que no estaban unidos se enredaban en su estómago, en su pelo y les sumía en la más
profunda oscuridad.

En pequeñas cajas metieron su infancia, sus recuerdos y tesoros más preciados, para
compartirlos, para llevarlos a una nueva etapa en la que siempre permanecería la
esencia de aquel pirata y aquella princesa de cuento.
Fueron pasando los años y todo iba viento en popa, se regalaban miradas, abrazos, besos
furtivos, hablaban de sus días, se contaban todo, no solo se habían vuelto inseparables
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sino que eran los mejores amigos que podían haber encontrado. Pero cuando crees
tenerlo todo, la vida te da un revés, te abre los ojos, y te recuerda que estás aquí de paso,
que puede hacer y deshacer a su antojo.

Pronto se hicieron ilusiones con la idea de formar una familia, era lo único que podría
aportar un rayo más de luz en su apacible existencia. Lo intentaban, pero algo no
funcionaba, aún así no perdían la esperanza, eran jóvenes y tarde o temprano llegaría.
Pero algo se rompía poco a poco dentro de Abril, deseaba ser madre más que nada en el
mundo y la sola idea de que por su culpa no pudieran tener al tan soñado bebé le llevó, a
escondidas, a hacerse unas pruebas de fertilidad. Y lo que aquel día encontró, fue algo a
lo que siempre había temido, a aquella que todo lo tiñe de negro.

Apenas habían pasado dos días cuando el teléfono sonó, John estaba en el trabajo así
que estaba sola. Era el médico, tenía malas noticias, no quería contarle nada por
teléfono, era mejor que acudiese a consulta y allí, en una hora, se lo explicaría mejor.
En ese momento Abril no tenía ni idea de lo que iba a venir, tan solo pensó que no
podía tener hijos, pero eso no podría empañar su felicidad, adoptarían, habían tantos
niños faltos de amor que lo más importante era compartir con alguien todo lo que
habían construido.

Cogió su coche y camino a su final, como si de una premonición se tratase, fue viendo
su vida, aquellos momentos en los que creía ser inmortal, aquellos en los que se veía
sentada en una mecedora, acunando, entre sus brazos, a alguno de sus nietos,
disfrutando del paisaje, disfrutando de la brisa de la mañana. Y llegó el momento, con el
corazón en un puño entró en aquel frío hospital para enfrentarse a su verdad. El médico
tenía mala cara, estaba intranquilo, nervioso, no sabía por donde empezar, no sabía
como debía darle la noticia. No había mucho que decir, las pruebas habían revelado un
cáncer de útero, estaba en fase 4, había metástasis, y ya, no había vuelta atrás. Podrían
paliar su dolor, darle unos meses más con quimioterapia pero no había operación
posible que lograra sacar de ella todo su mal, no había esperanzas. Entonces sentada en
aquella butaca la realidad le lanzó una bofetada y la vio, allí estaba ella, esperándola.

Abril se quedó bloqueada, todo su mundo se paró, no pensaba en sí misma, tan solo veía
la cara de John. ¿Cómo podría decirle todo esto? ¿cómo explicar que su vida en común
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se iba acabar?, se hizo el silencio, perdió el color y muy pronto, aturdida por tanta
información, cayó al suelo. En su inconsciencia no dejaba de preguntarse, ¿Por qué a
mí? ¿qué hice mal? ¿cómo no me di cuenta antes? Y mientras las posibles respuestas
taladraban su cabeza despertó en una fría habitación rodeada de tubos y cables, fue
entonces cuando se dio cuenta de que, por él, lucharía hasta su último aliento.

Comenzaron a hacerle pruebas, a ofrecer distintas posibilidades, llevaba prácticamente
todo el día allí y debía llamar a John, estaría preocupado. Pero no quería contárselo bajo
aquellas paredes, quería que, al menos, el lugar fuese hermoso, tan hermosos como
habían sido sus años juntos. Lo citó en uno de sus lugares favoritos, junto a un pequeño
lago al que solían ir los domingos de picnic. Extendió su manta, sacó decenas de fotos
que fue atesorando y ante el asombro de John, Abril fue creando un cuento para él que
así decía:

Érase una vez una joven princesa que cada día lloraba y lloraba por sentirse sola, sus
días eran eternos y sus noches largos océanos. Cuando apenas tenía ganas de seguir
viviendo, llegó él, un rudo pirata con capa y espada que con mucho amor la liberó de
su dolor. Juntos marcharon lejos de aquel lugar, y en un bonito bosque echaron raíces
juntos. Pero, como las flores, las personas también se marchitan y la joven princesa
que no podía ser ya más feliz empezó a secarse, su hora había llegado. El pirata no
tenía que estar triste porque nunca debería olvidar que todas las sonrisas que la
hicieron feliz fueron fruto de su encanto, de su amor, de su dulzura…

Fue entonces cuando John la interrumpió, pálido y con los ojos vidriosos le pidió que le
contara qué estaba pasando. Abril con gran entereza contuvo las lágrimas y le dijo lo
que el doctor le había explicado. Furioso, John se levantó y golpeó una y otra vez a un
pequeño árbol, las lágrimas rodaban por su cara, aquello no podía ser cierto, no podía
perderla, no la dejaría marchar. La abrazó para evitar que el tiempo pasase, para evitar
que la fría muerte se la arrebatase.

Los meses fueron pasando, John dejó su trabajo para dedicarse por completo a Abril en
sus últimos momentos. Habían probado todo, tratamiento experimentales, nuevos
fármacos, quimioterapia… pero la vida se iba apagando en sus ojos. Era toda una
luchadora, apenas la habían dado dos o tres meses y ya superaba los seis. Estaba
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agotada, ya no le quedaban fuerzas para seguir, pero en lo más profundo de su ser sabía
que no podía abandonarle todavía, John no estaba preparado.

No pasó un día en el que él se marchase a casa, cada noche la pasó a su lado, le contaba
anécdotas, leía para ella sus novelas favoritas, le hacía reír siempre que podía, pero los
estragos de esta dura enfermedad también le estaban pasando factura a él. La sonrisa,
esa que tanto la enamoró en aquella sala, se había desdibujado, los años parecían
haberse apoderado de su piel y su cuerpo y Abril no podía permitir aquello, le amaba y
le amaría allá donde fuese, pero él necesitaba pasar página, necesitaba recuperar su vida
e intentar, al menos, seguir adelante sin ella. Siempre tendría sus recuerdos, eso ni la
muerte podría arrebatárselos.

Una mañana, cuando John estaba hablando con el doctor, Abril empezó a despedirse de
todo aquello que había vivido, recordó esta historia, su historia. Aunque asustada, muy
asustada, estaba lista para partir. Al entrar, ella le cogió sus manos, las besó y le pidió
que le dejase marchar. En ese momento John se sumergió en su mundo, ¿qué sentido
tendría la vida ahora que lo iba a perder todo? En este frío invierno se le escapaba su
primavera, se le escapaba su Abril, no podía ser egoísta pues ella ya no podía más. El
miedo recorrió su cuerpo, se vio solo, ya no tenía nada, ya no la tendría más a su lado.
Abril le dio las gracias por todo lo que él le había regalado, le pidió que como buen
pirata guardase sus cosas en un cofre, como su tesoro, su gran tesoro y lo enterrara bajo
tierra para que dentro de muchos años, juntos, volvieran a revivir su aventura.

Las lágrimas recorrieron cada arruga de sus caras, se abrazaron, John se acercó y la
susurró al oído: “Gracias por aparecer en mi vida, siempre supe que eras un ángel. Estoy
muy orgulloso de ti, has luchado, pero aunque ella crea que ha vencido nuestro amor
estará siempre por encima, descansa en paz y vuelve a tu cuento de hadas. Te quiero.”
Sus manos se soltaron, una sonrisa cubrió la cara de Abril, era libre, no tendría que
pelear más, y sin apenas sentirlo exhaló su último aliento y su corazón se paró, pero
nunca dejaría de latir por él.

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