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IV.- LA ESTIRPE (ANTROPOGONÍA).

DE

LOS

HOMBRES

Muchos son los mitos griegos que hacen referencia al origen de la humanidad. Son muchos y en ocasiones contrapuestos, si bien todos confluyen en un punto que más abajo indicaremos. Los hombres están hechos a semejanza de los dioses, con quienes comparten, básicamente, sus características físicas y psicológicas (aspecto que podría dar pie a la explicación inversa: que los dioses están hechos a semejanza de los hombres). Pero los hombres están expuestos a las penurias de la vida, a las enfermedades, etc., al contrario que los dioses, considerados siempre felices. Sin embargo la diferencia esencial entre dioses y hombres es que éstos son mortales (brotoi/ en griego), mientras que los dioses son inmortales (a)qa/natoi o a1mbrotoi). De entre los relatos antropogónicos vamos a destacar tres, los más importantes, que han tenido el máximo desarrollo posterior: El mito de las cinco edades del hombre; el mito pelásgico de la creación; y el mito prometeico de la creación.

1.- LAS CINCO EDADES DEL HOMBRE.
Cuenta este relato (que aparece pormenorizado en la obra de Hesíodo “Los trabajos y los días”) que los dioses crearon en primer lugar, cuando todavía reinaba Cronos, la raza humana de Oro. Sin embargo, en otros lugares se cuenta, de forma quizás deliberadamente ambigua que la raza de oro de los hombres tuvo el mismo origen que la de los dioses, y que ambos en un momento dado decidieron separarse en un lugar llamado Mecona (que posteriormente será conocido como la ciudad de Sición). Sea como fuere, la estirpe dorada de los hombres vivía como los dioses, sin preocupaciones, fatigas ni vejez, y el campo producía para ellos frutos diversos y en abundancia. Finalmente morían sumidos en un sueño. Y tras su desaparición se conviritieron en demonios (dai/monev) bienhechores y protectores de los mortales. A continuación los dioses crearon una segunda estirpe, aunque ésta era peor, de plata. Éstos vivían durante cien años en una continua infancia, ajenos a las preocupaciones, pero cuando crecían vivían poco tiempo y llenos de sufrimientos, porque no habían aprendido a honrar a los dioses y se entregaban a la violencia. No obstante, a éstos se les sigue llamando bienaventurados, “divinidades subterráneas de rango inferior”. Después creó Zeus una tercera generación: la estirpe de bronce. Ésta representa un degradación con respecto a la anterior, pues sólo estaban interesados en la guerra, y

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con su gran fuerza construían de bronce sus armas, casas, etc 1. Éstos perecieron por sus propias obras, aunque en algunas versiones se cuenta que fue el propio Zeus el que decidió aniquilar esta raza sepultándola bajo un diluvio2. Más tarde Zeus creó otra estirpe de hombres, pero como contrapunto a la anterior (e interrumpiendo la progresiva degradación humana) ésta era más justa. Se trataba de la divina estirpe de los héroes. Los hombres de esta estirpe reciben el nombre de semidioses, pues eran muchos de ellos hijos o descendientes de los dioses. A ella, que es la que nos ha precedido inmediatemente, se refieren la mayoría de relatos y ciclos heroicos de los mitos griegos. En efecto, muchos de ellos perecieron en Tebas y Troya, como refieren las conocidas leyendas sobre estas ciudades. Pero a otros Zeus “determinó concederles vida y residencia lejos de los humanos, hacia los confines de la tierra” donde “viven con el corazón libre de dolores en las Islas de los Afortunados, junto al Océano”. Finalmente apareció la estirpe de hierro, la nuestra3. En ella los hombres viven llenos de fatigas y preocupaciones, aunque algunas alegrías se mezclan con sus males, pues domina el desprecio, la violencia, la soberbia, la maldad y la injusticia. Y, al final, cuando Aidós y Némesis (Ai)dw/v y Ne/mesiv, que podrían representar el sentimiento del honor y la justicia contra los excesos, respectivamente), abandonen a los hombres, dejándolos solos con los sufrimientos, también Zeus destruirá esta generación de hombres. Como se puede comprobar, esta visión del mundo, aunque no concreta los detalles sobre la aparición de los hombres sobre la tierra ni su destrucción (con la excepción del mencionado diluvio), representa una continua degradación en la condición humana (sólo parcialmente interrumpida por los héroes), que recoje el profundo pesimismo de su autor, Hesíodo (por otra parte, y curiosamente, uno de los primeros autores de la literatura griega).

2.- PELASGO Y SUS DESCENDIENTES.
Otro mito sobre la creación del hombre es el que tiene como primer protagonista a Pelasgo. Sobre éste, por otra parte, existen diferentes versiones sobre su nacimiento y origen, pues en algunas de ellas aparece como hijo de Zeus y de diferentes mujeres, pero en especial de Níobe, descendiente del dios-río Ínaco (situado en la región de Argos), pero considerada como la primera mujer mortal que fue amada por Zeus.
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Curiosamente, si pudiéramos adaptar la cronología mítica a la histórica, o prehistórica, los hombres de la estirpe de bronce pertenecerían al período que los historiadores denominan también Edad del Bronce, que sitúa en el momento anterior al que los hombres aprendieron a trabajar y fundir el hierro. 2 Este diluvio aparece en los tres mitos antropogónicos como forma de aniquilar a los hombres, a causa, generalmente de la depravación de éstos. Sin embargo, la causa última o los motivos concretos que llevan a Zeus a enviar el diluvio difieren en sus particularidades en cada uno de los tres mitos. 3 Del mismo modo que en la nota 26, la estirpe de hierro correspondería a la Edad del Hierro histórica, que se sitúa después del hundimiento de la civilización micénica griega (aproximadamente en el siglo XII a.C.), en la que se enmarcaría la gran mayoría de los episodios míticos griegos.

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Sin embargo, la versión más difundida es la que hace a Pelasgo como un descendiente de la tierra (de Gea), nacido espontáneamente de ella. Así, según esta tradición, Pelasgo fue el primer hombre al que, no obstante, siguieron otros muchos, nacidos igualmente de la tierra. Pero fue Pelasgo el que enseñó a los demás a construirse sus viviendas, fabricar su vestimenta, etc., por lo que es considerado el promotor del género humano. Siguiendo esta tradición, los propios griegos llamaban pelasgos a los más antiguos pobladores del suelo griego, anteriores incluso a ellos mismos, los propios griegos4. Pelasgo se unió con una hija de Océano, Melibea (o, según otras versiones, con la ninfa Cilene), con la que engendró a Licaón. Éste se convirtió en el rey de Arcadia (la región central de la península del Peloponeso). Este Licaón tuvo con diferentes mujeres cincuenta hijos, los cuales dieron nombre a las diferentes ciudades de Arcadia. Parece ser que fue Licaón el que introdujo el culto a Zeus en Arcadia. Sin embargo, tanto él como sus hijos adquirieron pronto fama de crueles y salvajes, por lo que Zeus quiso comprobar en persona si esto era cierto. Así pues, el dios, disfrazado de mendigo, se presentó en la casa de Licaón, al que le pidió hospitalidad. Licaón aceptó ofrecérsela, posiblemente porque sospechaba que el mendigo era un dios y quería ponerlo a prueba. Para ello, ordenó que mataran a su hijo pequeño y lo cocinaran para servírselo de comida a Zeus, y todo ello con la ayuda del resto de sus hijos, excepto dos, Lebéado y Eleuter, que aterrorizados por las intenciones de su padre huyeron a la región de Beocia. El macabro festín le fue ofrecido al mendigo-Zeus, pero éste, al darse cuenta, apartó bruscamente la mesa y fulminó con el rayo a sus anfitriones, o bien los convirtió en lobos, tanto a Licaón5 como a sus hijos, excepto a uno6. Pero no contento con esto, Zeus, convencido de la perversidad de los humanos, decidió destruirlos a todos, por lo que decidió aniquilarlos mediante un diluvio del que ninguno de los hombres pudiera salvarse. Es precisamente este diluvio el punto de unión que, como consecuencia de la degenaración humana, une las tres principales leyendas sobre el origen del hombre, tanto la anterior, como ésta, como la siguiente, en la que quizás queda aclarado de modo más explícito no sólo el nacimiento del hombre, sino también los motivos del castigo de Zeus a los hombres y las consecuencias de éste.

3.- PROMETEO Y LA CREACIÓN DE LOS HOMBRES.
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Como veremos después, los griegos, helenos en su lengua, se consideraban descencientes de Helén, un hijo de Deucalión. Por otra parte, esta tradición concuerda bastante bien con ciertos testimonios arqueológicos e históricos que consideran que los antiguos griegos, pueblos de origen indoeuropeo, llegaron a lo que posteriormente sería conocido como Grecia a principios del IIº milenio a.C., y en este lugar se mezclaron con sus habitantes autóctonos, de estirpe mediterránea, que podrían ser considerados como los pelasgos anteriormente mencionados. 5 El nombre de Licaón procede de lu/kov, “lobo” en griego. 6 Existía una antigua leyenda relacionada con sacrificios humanos en Arcadia, que mantenía que si alguien hacía un sacrifico en el altar en el que había muerto el hijo pequeño de Licaón, éste quedaba convertido en lobo, y sólo podría recobrar su forma humana natural si transcurridos nueve años no había probado la carne humana.

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Son muy comunes los mitos que hacen al titán Prometeo (hijo de Jápeto y hermano de Epimeteo y Atlante, que, como vimos, tuvo una trascendental importancia en la Titanomaquia) creador del género humano, pues según la versión más aceptada fue él el que formó a los hombres a partir de arcilla y agua, de la misma manera que su hermano Epimeteo había creado a los animales. Sea como fuere, y dado que los animales se habían quedado con diferentes características que les ayudaran a conseguir su supervivencia (velocidad, garras, fuerza, alas, etc), Prometeo se va a convertir en el gran benefactor del género humano, a pesar de acarrearse con ello la ira de Zeus, como ya comentamos en el capítulo II (a pesar de lo cual vamos a dar aquí una explicación más amplia, dada la trascendencia del episodio para este tema). Así, en primer lugar, en el momento de decidir qué parte de las víctimas sacrificadas por los hombres correspondía a los dioses, el astuto titán (que se había convertido en el árbitro de la disputa, al gozar todavía del favor de Zeus por no haber ayudado al resto de titanes cuando lucharon contra los dioses) cubrió los huesos de los animales con brillante y apetitosa grasa, mientras que la carne la tapó con la piel. Hechas estas dos partes le dio a elegir a Zeus qué parte quería y éste, obviamente se quedó con aquella que parecía mejor (por ello, a partir de entonces los hombres comen carne y dejan para los dioses los huesos y la grasa). Pero descubierto el engaño, Zeus, irritado, privó a los hombres de uno de los más preciados bienes de los dioses: el fuego. Éste era símbolo de la inteligencia y de la capacidad creadora, por lo que los hombres, privados de él, volvieron a quedar indefensos ante las fuerzas de la naturaleza. Pero de nuevo Prometeo ayudó a los hombres, y en esta ocasión se las ingenió para sacar del Olimpo, a escondidas de Zeus, un poco de fuego oculto en una caña y entregárselo a los hombres, con lo que éstos pudieron prácticamente equipararse a los dioses. La consiguiente cólera de Zeus fue enorme e ideó terribles castigos no sólo para Prometeo, sino también para sus criaturas, los hombres. Por ello encargó a Hefesto que encadenara a Prometeo en una roca del monte Cáucaso, y allí llegaba cada día un águila que le devoraba el hígado, el cual le volvía a crecer durante la noche. Prometeo sufrió pacientemente aquel tormento durante años y años, pues conocía un secreto que podía poner en peligro el poder de Zeus. Al cabo del tiempo el héroe Heracles (hijo de Zeus) mató al águila y liberó a Prometeo, y todo ello con el beneplácito del propio Zeus, que no sólo quería favorecer, honrar y dar prestigio a su hijo, sino que también estableció como condición que Prometeo contara al dios aquello que sabía, que no era otra cosa que si Zeus engendraba un hijo con la nereida Tetis, éste podría destronarlo, pues el hijo que ésta tuviera sería más fuerte que su padre. En aquel entonces Zeus estaba enamorado de la nereida, pero ante tal advertencia desistió de unirse a ella y la casó con el mortal Peleo7 (con lo que su hijo sería también un mortal).

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La celebración de esta boda está en el origen de la guerra de Troya. Por otra parte, el hijo de Tetis y Peleo fue Aquiles, el más destacado guerrero de esta leyenda, y uno de los más famosos héroes griegos.

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De todos modos, como Zeus había jurado que nunca liberaría al Titán, para conseguir no quebrantar este juramento obligó a éste a llevar un anillo hecho con las cadenas que lo sujetaban a la roca, y este anillo llevaría atada una piedrecita que formaba parte de dicha roca. Pero antes de que todo esto sucediera, Zeus también decidió castigar al género humano, y encargó a su hijo Hefesto que creara un nuevo ser, una mujer, a la que todos los dioses dotaron con diversos encantos (y perfidias), por lo que recibió el nombre de Pandora8. Zeus entregó a Pandora a Prometeo para que se casara con ella, acompañada de una misteriosa caja, pero el titán era demasiado inteligente y rechazó el regalo de los dioses. Sin embargo, su hermano Epimeteo, cuya inteligencia no se igualaba a la de su hermano, se enamoró de Pandora y decidió casarse con ella, a pesar de las advertencias de Prometeo de que no se fiara de los presentes que hacían los dioses. Tras la boda, Pandora, llena de curiosidad convenció a Epimeteo para que abriera la caja que le habían entregado los dioses. Pero en esta caja estaban contendidos todos los males que afectan a los hombres, y una vez abierta se esparcieron por el mundo para siempre, pese a los intentos de Epimeteo de cerrar inmediatamente la caja. Cuando lo consiguió, sólo quedó dentro la esperanza. Sin embargo, ni siquiera así quedó contento Zeus, sino que también quiso destruir a la totalidad de los hombres, para lo cual decidió aniquilarlos enviándoles un diluvio que los ahogara a todos. Pero también en este momento Prometeo consiguió ayudar a los hombres, pues, conocedor de las intenciones de Zeus, advirtió a su hijo Deucalión, de que tomara una serie de medidas ante el inminente peligro. Pero esta historia forma parte ya del siguiente apartado.

4.- DEUCALIÓN Y EL DILUVIO.
Quizás debido a que la raza humana se había degradado y aquellos hombres de bronce debían ser aniquilados, quizás porque los hombres sólo daban muestras de salvajismo y crueldad, o quizás porque los hombres podían equiparse a los dioses (lo que implicaría que ningún dios es necesario), Zeus decidió aniquilar al género humano mediante un diluvio. Y es aquí donde confluyen las tres historias anteriormente descritas, en las que los hombres tienen un origen aparentemente muy diverso, pero todas coinciden en este punto, punto de inflexión a partir del cual surgirá, o resurgirá, la raza humana actual. Diversas teorías modernas nos hablan de diferentes estratos en la historia cultural de la humanidad (edad de piedra, edad de bronce, de hierro, etc.), y también en la historia genética (desaparición de diferentes especies humanas, como el hombre de Neanderthal, etc.), e incluso en la evolución geológica de la tierra (deshielos generalizados tras la última glaciación, la de Würm, aparición de un clima más
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En griego significa “regalo de todos”.

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templado con el consiguiente “desplazamiento climático” en diferentes zonas de la Tierra, y hasta, como consecuencia de ello, ascenso del nivel del mar, con lo que muchas zonas costeras, llanas y aptas para el poblamiento humano, fueron anegadas y cubiertas por las aguas). Obviamente, los griegos ignoraban estas teorías, sin embargo quizás no fuera descabellado pensar que en la memoria colectiva de la humanidad se habían mantenido, quizás mediante relatos alegóricos cuyos orígenes se remontarían miles de años atrás, aquellos avatares que en la prehistoria afectarían a muchos de los pueblos que más tarde emergerían como plenamente históricos. Esto quizás aparezca más claramente con la leyenda del diluvio, tema recurrente en varias culturas antiguas, no sólo relacionadas entre sí, lo que explicaría una influencia mutua, sino también entre otras muy alejadas geográficamente. Posiblemente sea ello el recuerdo de un antiguo cambio climático, en el que las temperaturas se suavizaron, se producirían lluvias generalizadas, ascendería el nivel de lo ríos con los consiguientes desbordamientos, también ascendería el nivel del mar, etc.; todo ello muy idóneo para ser interpretado por mentes que no comprendían plenamente lo que ocurría como que la tierra era tragada por el mar o que la lluvia del cielo inundaba toda la tierra. No obstante, aunque todo esto plantea hipótesis interpretativas muy interesantes, en el ámbito de nuestro estudio nos ceñiremos al relato mitológico griego. Zeus consideraba que toda la raza humana era terriblemente cruel, o que debido a la insolencia de Prometeo toda ella era culpable, por lo que decidió, como dijimos, aniquilar al género humano, pero a instancias del propio Prometeo (siempre favorecedor nuestro) no la destruyó completamente, sino que consideró que todavía existía un hombre justo. Este hombre no era otro que Deucalión, hijo del propio Prometeo (al que había engendrado con la oceánide Clímene), y estaba casado con Pirra, que era hija precisamente de Epimeteo y Pandora. Así, poco antes de iniciarse el diluvio que Zeus había decido enviar a la tierra para matar a los hombres, Deucalión, que a la sazón era rey de Ftía, en Tesalia, fue advertido por su padre Prometeo para que construyera un arca y se metiera en ella con su esposa Pirra, y con provisiones para un determinado espacio de tiempo. El diluvio dio comienzo y las tierras permanecieron sumergidas durante nueve días, mientras que Deucalión y Pirra permanecían en el arca, que nevegó a la deriva durante este período hasta que llegó a la cima del monte Parnaso, el único que no había sido sepultado. Cuando cesaron las lluvias y el nivel de las aguas descendió, Deucalión y Pirra bajaron del arca y se dirigieron al oráculo de Temis, que estaba situado a las faldas de este monte (este oráculo sería después conocido como el de Apolo, en Delfos), para preguntarle cómo conseguirían compañeros con los que habitar la tierra, pues se sentían muy solos al haber perecido todos los seres humanos.

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Llegados a este punto hay que advertir que, pese a todo, parece que no todos los seres humanos murieron, pues en algunas leyendas otras personas, que también se consideraban justas, fueron advertidas del peligro a tiempo y pudieron salvarse; asímismo en algunas ciudades los habitantes fueron despertados antes de la inundación por los aullidos de unos lobos (quizás descendientes de aquellos humanos que fueron convertidos en estos animales), o por los chillidos de unas ocas que preveían la catástrofe, con lo que los hombres siguieron a los animales y pudieron ponerse a salvo en las cumbres de las montañas. Esto explicaría el hecho de que los descendientes de Deucalión, de los que después hablaremos, encontraran habitadas muchas de las tierras en las que se fueron instalando. El caso es que Temis (o según otras versiones Hermes, de acuerdo con la voluntad de Zeus) aconsejó a Deucalión que para repoblar el mundo debían ir arrojando detrás de ellos los huesos de su madre. Y así, tras un primer momento de estupor, Deucalión acertó a entender que los huesos de su madre no eran otra cosa que las piedras, que forman parte de la Tierra, primera madre de todos los seres vivos. Por tanto Deucalión fue lanzando piedras, de las que nacieron los hombres, mientras que de las que lanzaba Pirra fueron naciendo las mujeres. No se especifica el número de piedras que éstos lanzaron, pero debieron ser suficientes, pues la tierra volvió a repoblarse. Por otra parte Deucalión y Pirra también tuvieron sus propios hijos, que fueron Helén, Anfictión, Pandora, Protogenia y Tía (en otras versiones también Melantea, Melanto, Oresteo, Prónoo y Maratonio). Muchos de ellos tuvieron descendencia, pero el más importante, o el que más nos interesa a nosostros es Helén, antepasado de todos los griegos, y los que dio nombre, helenos9. De él hablaremo a continuación.

5.- DESCENDIENTES DE DEUCALIÓN.
De Deucalión y Pirra nacieron diferentes hijos cuyos descendientes dieron origen a numerosos pueblos. Sin embargo, nosotros debemos destacar a Helén, el antepasado de los helenos. Éste se estableció en Ftía, donde antes había reinado su padre, y se casó con una ninfa llamada Orséis, con la que tuvo tres hijos: Doro, Juto y Eolo, cuyos desdencientes dieron origen a su vez a las tres tribus o estirpes griegas, los Dorios, los Jonios y los Eolios.

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La palabra “griegos” no corresponde a la denominación propia en idioma griego, sino al nombre que los romanos daban a éstos. Así el nombre “griego” en lengua “griega” es 3Ellhn. Por otra parte, con este mito se consiguía dar unidad al conjunto de pueblos griegos, bastante dispersos geográficamente y con multitud de dialectos según sus diferentes tribus o estirpes.

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Doro emigró primero al monte Parnaso, donde dió origen a la primera tribu doria, y posteriormente al norte10. Por su parte Juto, emigró a la región del Ática, en la que está situada Atenas, donde se ganó el favor del rey Erecteo (desdendiente del dios Hefesto)11, y se casó con su hija, Creúsa, con quien tuvo una hija y dos hijos: Diomede, Aqueo12, e Ión (aunque en varias versiones Ión sería hijo de Creúsa y del dios Apolo, y fue adoptado por Juto), el cual dio nombre a los jonios, que serían así considerados como origarios de Atenas, de donde se extenderían por varias regiones griegas. Finalmente, Eolo, que heredó el trono de su padre, con lo que se estableció definitivamente en Tesalia, se casó con Enáreta y tuvo muchos hijos, que también se establecieron por diferentes lugares de Grecia: Creteo, Sísifo, Atamante, Salmoneo, Deyón, Magnes, Perieres y Macareo; e hijas: Cánace, Alcíone, Pisídice, Cálice y Perimede. Muchos de ellos son protagonistas de mitos propios, pero prácticamente todos tuvieron una amplia descendencia cuyos miembros (unidos entre ellos o con otros seres humanos y especialmente con hijos o descendientes de dioses) aparecerán continuamente en casi todos los ciclos míticos griegos, aunque en muchas ocasiones con unas correspondencias cronológicas difícilmente adaptables. Sin embargo, de todo ello hablaremos en los próximos capítulos, dedicados a los diferentes conjuntos de sagas familiares, episodios míticos centrados en diferentes ciudades y conjuntos de mitos que tienen como protagonista un héroe o semidiós, muchos de ellos relacionados entre sí y con aparición de personajes que pertenecen a diferentes ámbitos y mitos, pero que se agrupan en la forma antes dicha para, al menos, intentar dar un cierto grado de estructuración y coherencia al complejísimo y variadísimo conjunto de mitos griegos, y a los que damos el nombre de ciclos míticos.

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De los mitos relacionados con los dorios pueden verse más detalles en el tema relacionado con Heracles, y, más concretamente, con los desdendientes de éste, los Heráclidas. 11 De ello hablaremos con más detalle en el tema dedicado al ciclo ateniense. 12 De éste descenderían los miembros de otra tribu griega que en ocasiones, según diferentes criterios, aparece relacionada con los jonios: los aqueos.

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