Zenteno dixit

A Cori Galeano.

Febrero 15 SUCEDE ASÍ: los que esperan bajo su balcón pueden escuchar los pasos intempestivos o el descorrerse de los cerrojos y se lo comunican a la multitud que asimila los murmullos o los gritos ahogados de los que habitan la línea de fuego, la cercanía, tan anhelada. Después pueden verse o imaginarse las vidrieras descorriéndose, el ondular inspirador de las cortinas del color del jaspe, el momento expectante de no saber si traspasará la tela roja y pondrá sus manos en el antepecho para dejarse golpear por la luz del astro que impere. Entonces lo veremos. Estaremos atentos a lo que tenga que decir. Al menos eso es, en pocas palabras, lo que siempre le dice Vincent a los recién llegados mientras que los muchachos y yo tiramos los dados o preparamos los carbones para el asado quincenal. Es claro que lo hace para granjearse la admiración de los nuevos, su maniobra para arrebatarle al tiempo de la espera lo que de otra manera sería únicamente pérdida. Todos hemos debido hacernos de algo con lo que escandir este largo interregno de duda, esta promesa que para algunos declina y que para aquellos que queremos conservarla debe convertirse en esos trucos contra el aburrimiento, en la herramienta para hacerle el desquite a la impaciencia y que para Vincent es contar una y mil veces cómo es que veremos emerger en el balcón que tenemos a unos trescientos metros la presencia de Archibaldo Zenteno. También ahí tiene que buscarse la explicación de los rasgueos de Luis ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 1

en la guitarra, las predicciones meteorológicas de Antonio, los autorretratos astigmáticos del Zurdo, mis caricias a Paola. Es en verdad enternecedor el que después de tanto tiempo el juego le resulte a Vincent. Los recién llegados ni siquiera terminan de organizar sus cosas en los espacios dejados por los que abandonan: pronto quedan sitiados, hipnotizados, escuchando su español soberbio y casi sin acento mientras se aprietan las manos y miran al cielo, agradecidos. Me parece difícil creer que alguno de los muchachos o yo tuvimos alguna vez ese gesto de alegría, ese afán jubiloso de la esperanza. Vincent adopta su papel de guía y responde las mismas preguntas de siempre, con el mismo tono interesado, hasta que en la saturación del conocimiento infundado de Vincent (pero cómo saberlo, cómo estar seguros de que lo que dice Vincent, el más antiguo de nosotros, no es lo que sucederá realmente, que sus palabras no son premonitorias) los nuevos dejan de ser nuevos y se van adaptando a la vida en uno de los semicírculos intermedios que rodean el balcón del hombre y en donde nosotros vivimos desde un tiempo que la prudencia (o la modestia, no estoy muy seguro) no me permite registrar. Lo cierto es que de alguna manera todos agradecemos el juego monótono de Vincent, en primer lugar porque su extroversión de extranjero trasatlántico nos da la posibilidad de fingir un poco de interés con respecto a los nuevos vecinos, irrupciones en el lento fluir de la espera, y además porque, así no lo queramos aceptar, nos ayuda a alimentar en la ficción de su relato la esperanza en decadencia de seguir aquí; recordándonos lo que el olvido empieza a reclamar y que para todos es la certeza de que lo que dejamos atrás, aquello a lo que renunciamos, se justifica en nuestra vida en estos cuartuchos improvisados en los que perfeccionamos el adquirido hábito de la paciencia, en los subterfugios que utilizamos para sobrevivir; la seguridad de que llegará el instante en que se descorran las ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 2

ventanas y podamos escuchar las palabras que pronuncie la figura que esperamos. Escucho cómo finaliza el relato conocido de Vincent mientras saco las yucas peladas que flotan junto a las cáscaras en un balde con agua y se las paso al Zurdo para que las coloque sobre el grill. Antonio, sentado junto a los nuevos, ejecuta una sombra sobre su rostro para ver el cielo, fingiendo desinterés. -Verán refulgir su túnica bajo la luz del sol como un preámbulo candoroso a lo que tenga que decir -concluye Vincent. -Eso es si sale de día -bromea Antonio, todavía un poco molesto por la apuesta que acababa de perder-, por la noche es más como un epílogo. Digo, mientras se acostumbra uno a la penumbra. Zurdo, viejito, no me vas a dejar quemar el choricito. Los muchachos y yo sonreímos, un poco con la soberbia del estudiante adelantado. -Igual será una cosa fantástica -le dice Vincent a los recién llegados-. Por algo decidí viajar hasta acá, ¿no les parece? Una mujer de unos cuarenta años y un anciano en silla de ruedas asienten firmemente. La mujer dice llamarse Angélica, y el anciano, don Emilio, es su padre: un hombre rodeado de una tristeza que no comprendo y que acompaña con una mirada curiosa todo lo que sucede. Pero no habla: fue su hija la que lo presentó. Vinieron, como todos nosotros, porque alguna vez escucharon las palabras del gran Zenteno repetidas en bocas que a su vez repetían palabras escuchadas en una fuente siempre imprecisa, y, como en todos nosotros, lo que escucharon les causó tal impresión que decidieron venir a completar el movimiento telúrico en el epicentro del cataclismo. Se instalaron justo atrás de nuestro campamento, en el espacio que dejó esta mañana el matrimonio de estudiantes americanos. Tuvieron suerte. Caminaban por esta hilera de caseríos cuando vieron al muchacho desarmando su carpa portátil, maldiciendo en la efectividad del inglés el día en que había ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 3

decidido abandonar los otoños dorados de su Michigan natal y hacerle caso a su mujer. La muchacha lloraba los inútiles ruegos de quedarse, silenciosa e insistente. Era Luis el que vigilaba la noche, por si ocurría algo inesperado; es decir, por si ocurría cualquier cosa. Alumbró con la linterna la tela de mi cambuche, para despertarme. Paola dormía a mi lado, destilando ese olor a campo sembrado de agapantos sin el que me sería tan insoportable la espera. -¿Qué pasó, viejo? -fingí el temblor ansioso de que fueran las ventanas descorriéndose. -Nada, che. No te preocupés. No es Zenteno. Son los gringos que se van. Que suerte que tenés. -Ah. Bueno, ya te lo decía yo. Ese par no aguantaba el mes. En la mañana arreglamos las cuentas. -No le va a gustar nada a Antonio, ¿eh? Te apostó tres a uno. Apostamos cigarrillos y cervezas, pequeñas fortunas presidiarias. -Vení a dormir, querido -susurró Paola, sin despertarse del todo-. Hace frío. -Dale, Luisito, mañana arreglamos todo. Estáte atento. Todavía no amanecía, y ni los vecinos laterales ni los del semicírculo inmediatamente anterior a ése habían puesto centinelas; de lo contrario habrían sido ellos y no Angélica y don Emilio los que tomaran el lugar del matrimonio, así como nosotros tomaríamos una vacante que se abriera en el semicírculo que tenemos frente a nosotros o pudiéramos tomar un puesto más central en esta misma hilera. Todos queremos lograr una cercanía que nos garantice el contacto directo cuando ocurra el prodigio. Todos nos movemos en estos semicírculos como astros en sus órbitas incompletas buscando una alineación que desconocemos y que al momento de concretarse abrirá las puertas del balcón ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 4

del gran Zenteno. -¿Hace cuánto que llegó usted acá? -le pregunta a Vincent la señora, y no nos queda claro si se refiere al país o a la inmensa plaza que ocupamos- Habla muy bien el español. -Oh -responde Vincent-. He estado aquí el tiempo suficiente como para echar de menos la infelicidad que llevaba junto a mis compatriotas y mis tropezones en las calles adoquinadas de mi vieja Tallin. Pero regresaré una vez ese balcón se abra y yo logre poner en mi lengua lo que diga el hombre. -Imposible, Vince -acota el Zurdo dándole vuelta al asado-. Más te valdría enseñarles a los vikingos un poquito de castellano. -Te equivocás en las coordenadas, zocato -corrige Vincent-. Los vikingos son los de la península. Mis ancestros fueron casi todos campesinos o pastores. -Igual que acá -dice Paola-. Mirá nomás qué coincidencia. Zurdo, acordáte de guardarle algo a Luisito para cuando despierte. -Angélica -dice Vincent, desviando el tono político que vaticina-. Discúlpame si te tuteo, me resulta más fácil la conjugación de la amistad que la de la distancia. Decíme, Angélica, ¿cuáles, y bajo qué circunstancias, fueron las palabras que escuchaste? Y así llega la pregunta que de no haber sido Vincent habría sido el Zurdo o Paola o cualquiera de nosotros, la única pregunta que en realidad nos interesa y cuya respuesta es siempre una hecatombe de los gestos, un espejo límpido en el que reconocemos una silueta que nos estaba vedada y que viene acompañada del sonido de las otras imágenes haciéndose añicos contra nuestra sensación de estar al borde de un precipicio en el cual es posible la comprensión, no sabemos de qué, la comprensión del enigma negro que llevamos dentro y que nos ha impulsado a escribir cartas de despedida o renuncia para salir a buscar la pieza esencial que falta en este mosaico silencioso en donde auguramos el júbilo que no ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 5

pudimos encontrar en las oficinas o en los viajes, en los proyectos o en los amores; siempre al borde de este precipicio que es la inmensa plaza de tierra aplastada en la que esperamos la aparición del hombre que nos revele aquello que nos separa de la felicidad, aquello que buscamos con la perseverancia de los ingenuos, con la esperanza de los cobardes, con la urgencia de los afligidos. Cuando Angélica concluye su relato los muchachos y yo nos miramos satisfechos, reconociendo el tono deletéreo del dictamen, contentos de encontrar una nueva excusa para continuar con nuestra labor de espera. -Zenteno dixit -la voz de Vincent confirma lo que pensamos.

Últimos días de mayo LA DIVISIÓN del trabajo y los lazos que establecemos (¿Lazos…qué quiere decir esa palabra?) hacen del tiempo muerto de nuestra espera algo casi agradable. Después de la llegada de Angélica (su presencia cálida fue la que la unió a nosotros, y se lo agradecemos El Zurdo ha dejado de hacer la interminable versión de su autorretrato y ahora dibuja su perfil honesto) cada uno fue asignado con un día de la semana para actuar de centinela. Todos menos don Emilio, claro. Desde el comienzo nos pareció innecesario crear relevos en las noches; la vigilancia es un lujo que nos permitimos pero que no es esencial: de abrirse las ventanas del balcón nos despertaríamos en un sobresalto, no cabe la menor duda. Cada semana un pequeño comité camina la exagerada distancia que separa el campamento del mercado más cercano. Nos hacemos únicamente de lo necesario: enlatados, granos, frutas, café, vino tinto, crema de dientes, baterías, aspirinas, cigarrillos, preservativos. Hacemos el asado quincenal a la mañana siguiente para no tener que salar la carne. No compramos periódicos: no hay noticias que esperar salvo ésa que todos ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 6

esperamos. Al mismo comité le encomendamos también, y sólo a veces, las cartas que enviamos a madres preocupadas y a cónyuges furibundos. Los que deben salir del campamento para completar los rituales higiénicos (escasos) y las urgencias sanitarias tienen la responsabilidad de traer agua. En las noches vadeamos la oscuridad con fogatas efímeras que alimentamos con basura y ramitas secas con las que nos procuramos durante el día y que se consumen mientras charlamos o escuchamos la voz nostálgica de Luis que rememora en las melodías sureñas de Cadícamo y Lepera la tierra que dejó para venir hasta aquí. Ninguno de nosotros le reprocha estos ataques de amor patrio: se los atribuimos a su juventud exacerbada y nos refocilamos al pensar que algún día fuimos como él. Vincent y don Emilio, que se han hecho amigos en la afinidad de los ancianos, le piden a una sola voz (literalmente, pues el viejo Emilio es mudo) que entone una vez más «La casita de mis viejos», y sólo entonces Barrio tranquilo de mi ayer nos damos cuenta Como un triste atardecer de lo mucho que Vincent A tu esquina vuelvo viejo extraña su lejana Estonia. Se los ve llorar a los dos viejos, emocionados. Un poco arbitrariamente se han creado estos vínculos en los que sobrevivimos. Vincent, Antonio, Paola: todos han sido encuentros afortunados de los avances que se hacen en pos del balcón. A veces nos llegan nuevas palabras. La red de innumerables semicírculos concéntricos tiene esa ventaja. Pero son palabras que debemos sopesar y discutir antes de la asimilación que buscamos. Hemos sabido de calumniadores que propalan sentencias apócrifas, pastiches hechos de fragmentos legítimos pero que entregan un sentido que el análisis elemental prueba espurio. Poco a poco vamos haciendo una antología de las palabras que nos resultan más íntimas, más rotundas. En las madrugadas, cuando todos duermen, Paola y yo hacemos un amor callado y apasionado. En los momentos álgidos le ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 7

susurro al oído las frases de Zenteno que más me cautivan. Sé que lo disfruta. Septiembre 4 MOVIMIENTOS DE UN RELOJ DESCABALADO, caprichos de un zodiaco arbitrario, inescrutables disposiciones del azar que nos sitúa en el punto desde donde tal vez podamos escuchar con nitidez lo que el gran Zenteno diga y que únicamente entonces podremos valorar con justicia. Quizá sea cierto lo que dice Vincent, que la desesperanza de los otros se convierte para nosotros en aliciente. Tal vez. Pero yo creo que también podría darse un paso hacia lo otro y decir que nuestras albricias son vientos gélidos para los que se quedan atrás, para los que estuvieron con nosotros y que por cuestiones del movimiento aleatorio de estas hileras de hombres y mujeres no pudieron continuar, o lo hacen únicamente en distancias a la que no podemos regresar por el temor a perder el terreno ganado. Son estos cambios en los semicírculos los que impiden la conformación de grupos estables, de sociedades en donde los rostros sean reconocibles y amigos; son estos puestos de espejismo en los que nos vemos rodeados (pero no queremos admitirlo) de caras nuevas en las que se evidencian nuestras carencias. Hace algunos días se estableció una nueva disposición en los semicírculos que nos deja una mezcla de bienestar y desasosiego. Sin la menor señal de advertencia vimos cómo los Jaramillo desalojaron sus tiendas y evacuaron el lugar que ocupaban en el campamento frente a nosotros. Se iban porque el nene tenía una otitis purulenta que no pudieron controlar con las indicaciones del médico que vive (que vivía, imposible saberlo) en uno de los semicírculos más allá de los nuestros. Sentimos un poco de lástima con la partida del primer ser humano que veíamos nacer en esta plaza. Hace unos meses su madre había dado luz en su tienducha sucia con la ayuda de comadres y viejas chismosas que rodearon el lugar. Por estar lejos de su casa buscando algo con que atizar el brillo de sus ilusiones, los ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 8

padres escogieron el nombre de Jesús. El Zurdo y Antonio sirvieron de testigos en la ceremonia improvisada del bautismo. «El redentor ha llegado a nuestro pesebre -bromeó Vincent cuando se enteró-. Y en nuestra humilde choza el Zurdo es la mula y Antonio es el buey.» El caso es que los vimos partir con los gestos de la derrota y tuvimos que tomar una decisión, aunque estuviera tomada de antemano. Cada vez que se abre una vacante corremos el riesgo de fragmentar una vez más nuestro grupo si el lugar que encontramos es más pequeño que el que ocupamos. Norma, José Asunción, la bella Mercedes: todos han debido quedarse en un atrás que comienza por ser contiguo pero que en las constantes mudanzas se fractura hasta la disolución. Permanecer unidos no tiene sentido cuando hay posibilidades de aproximación, pero es algo que ayuda. ¿Acaso cabe esperar un reencuentro, una nueva disposición que devuelva a los amigos extraviados? El espacio que dejaban los Jaramillo era apenas justo para tres personas. Decidimos hacer el esfuerzo de acomodar a cuatro. Los adelantos se ejecutan siguiendo una regla instituida por nosotros mismos y que da prioridad a los que llegaron primero. Por derecho éramos Vincent, Antonio, el Zurdo y yo quienes teníamos la obligación de avanzar. Nada del otro mundo. Era algo a lo que estábamos habituados; y además era un cambio superfluo: nosotros habíamos avanzado un poco y Angélica y don Emilio llegaban al semicírculo en done Luisito y Paola permanecían por decreto. Todos volvíamos a ser vecinos en ese movimiento de las piezas. El grupo quedaba intacto, mis visitas a la tienda de Paola no mermaban su frecuencia. Era improbable un cambio repentino. Estábamos alegres. Pero hace dos días una epidemia de disentería que llegó a nosotros sólo en forma de rumor flageló los costados de este semicírculo que comparto con los muchachos y nos ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 9

enfrentó en la apertura de fantásticas localidades centrales a una de las escenas de separación. Era el tiempo de la siesta bajo la canícula. -Va a caer un aguacero de miedo -dijo Antonio-. Tenemos que apresurarnos. ¿Dónde está el Zurdo? Sé que dudé al ver los ojos de Paola. Sé que concebí la idea de abandonarla. -Luisito, andáte con los muchachos. Yo me quedo -dije al final. Paola no estuvo de acuerdo. Me reprochó con palabras que al principio fueron tiernas el que dejara pasar una oportunidad así, después de tanto tiempo. Le dije que no me importaba avanzar más con tal de estar con ella. Reincidí en aquello que había marcado mis desilusiones pasadas: le dije que la amaba; que juntos, desde lejos, veríamos las iridiscencias que la luz formara en los pliegues de la túnica del hombre. Nos besamos. Lloró un llanto quedo. Me dijo que no lo aceptaría. -Viejo, se hace tarde -insistió Antonio-. Ayudáme a buscar al Zurdo. Mirá nomás esos nubarrones-. Levanté los ojos. Vi el cielo más límpido que jamás haya visto. Vincent se despedía de don Emilio con ademanes fraternos. El viejo escribía algo en un pedazo de cartón. Fue en ese momento que llegó el Zurdo, acompañado de Angélica. -Muchachos, vayan ustedes. Nosotros nos quedamos-los vimos tomándose de las manos. Entonces comprendimos que a pesar de la inestabilidad de la estructura en la que habitamos todavía queda espacio para las concordancias. No las de la colectividad, pero al menos sí las de la intimidad, las que pueden hacer de la espera algo parecido a una existencia digna. Miré a Paola. Le agradecí sin decírselo el que hubiera querido sacrificarse por mí, que hubiera querido renunciar a la posibilidad de nuestra vida juntos con tal de saberme en un lugar que permitiera una mejor visión del gran Zenteno. Quizá no se lo dije ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 10

porque, además de agradecérselo, resentí un poco el que su conato de sacrificio les permitiera al Zurdo y a Angélica convertirse en un símbolo que habríamos podido ser, un símbolo que se deshizo al momento de partir y del que me siento distante ahora que estamos aquí, desde donde pueden imaginarse las orquídeas que cuelgan del balcón mientras recordamos a los que no nos acompañan. A veces creemos escuchar ecos de la guitarra de Luisito. En las noches difíciles fumamos y jugamos a las cartas. Cuando la espera se hace insoportable, Vincent nos muestra el pedazo de cartón en donde el viejo Emilio escribió las palabras que escuchó del gran Zenteno.

Noviembre 9 ESTA MAÑANA, temprano, vino el Zurdo a decirme que algo grave había sucedido. Caminó toda la madrugada, despertando a la gente con la linterna, hasta que llegó a nuestro nuevo campamento, a unos doscientos metros del balcón del hombre. No me quiso anticipar la noticia, apenas me rogó que lo acompañara. Pensé en despertar a Antonio, pero era mejor si se quedaba y vigilaba el campamento. Le dije cualquier mentira a Paola y salí del cambuche con el Zurdo. No me respondió ninguna de las preguntas que le hice desde mi preocupación. Caminaba sin mirar a nadie, casi como un sonámbulo. -Loco, todo esto es una mierda -dijo cuando yo había desistido-. Esperamos a que se descorran esas putas ventanas y la vida se nos pasa acá, tirados en estas tiendas de muerte que no son un hogar. Más le vale al viejo ese que lo que tenga que decir justifique todo lo que tenemos que pasar. Te juro, loco, que lo mato si me doy cuenta de que esto no fue más que un desperdicio. ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 11

Después volvió al silencio. Cuando llegamos al campamento vi que don Emilio esperaba fuera de la tienda. Lloraba sin sonidos, y había una mujer extremadamente gorda pero hermosa consolándolo inútilmente. Otro grupo de personas vigilaba, desde sus puestos, cómo la tragedia de otros era para ellos solamente novedad. Al verme llegar, el viejo estiró los brazos como un nene, y cuando me tuvo al frente me tocó la cara con unas manos saturadas de lágrimas y mocos. Traté, desde mi incomprensión, de decirle algo justo. El cuerpo de Luisito había quedado sobre la mancha de su sangre absorbida por la tierra aplastada de la plaza. Al abrir las telas que aislaban la tiendita de las miradas de los impertinentes me llegó ese olor a hierro oxidado y a podredumbre enclaustrada en la sombra que pensé evadir al dejar mi otra vida. Angélica se lamentaba dulcemente y lo peinaba con dedos de madre, pasando una y otra vez sus dedos rojos de sangre en el pelo del muchacho. Ninguno atisbó las posibilidades del suicidio. Según el Zurdo, se habían quedado, como tantas otras noches, junto al fuego. Luisito cantó lo de siempre, me dijo el Zurdo, habló de su casa en la Argentina, como siempre. No nos extrañó en lo absoluto que se fuera a dormir temprano. Fijáte, loco, qué miseria. Nosotros aquí al lado conversando sobre las figuras de las constelaciones o cualquier otra estupidez y el pibe aquí serruchándose el brazo con ese pedazo de lata sucia, muriéndose sin decir nada, junto a nosotros. Angélica deja de peinar el pelo de Luis y me entrega un sobre untado de sangre. Leo: «Rosaura Lemus. La Plata 299. Banfield, Buenos Aires, Argentina». Después se queda mirándome. Se tapa la boca con la mano sucia para no llorar, quizá, o para no decir algo que quiere decir. Siento que el cuerpo muerto de Luis es en verdad eso: lo que no queremos decirnos, lo que tememos decir por aparentar esta perseverancia que se hace cada vez más ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 12

irrisoria. Entre el Zurdo y yo cavamos la tumba de Luisito. Hacemos con dolor de hermanos un hueco en la tierra que injuriamos, en la tierra que tal vez no merezca estas ofrendas. Amenazamos con matar a cualquiera que escoja ese lugar para acampar.

Marzo 12 -ABRIRÁ LOS BRAZOS AL CIELO. Recibirá nuestro agradecimiento más profundo -le dice Vincent a Marcos, un ingeniero melancólico que es nuestro nuevo vecino y que lo escucha con cariño. Paola, que los escucha conversar, hace un gesto de desdén que sólo yo recibo. Si por lo menos supiéramos cuándo fue la última vez que Zenteno apareció en el balcón. Nuestro tiempo aquí deja de medirse con las convenciones regulares. Ignorando cuándo fue la última vez, cuándo será la próxima, esperamos en algo similar a la eternidad. Es asombrosa la fe de Vincent, la inquebrantable determinación de lograr un sueño que comienza a deshacerse en nuestros augurios. Sé que el Infierno no es el castigo: es el tiempo de la espera antes de que llegue el castigo. Quizá, sin darme cuenta, repito el gesto de desdén de Paola. Antes de acostarme, Vincent hace un ademán con la mano. Entiendo que quiere que me acerque. Me dice: -Viejito, las preguntas que te hacés tienen respuesta allá -señala el balcón, a escasos cincuenta metros-. No te podés desesperar en este momento. Me quedo en silencio, sin ejecutar una réplica a lo que me dice Vincent. Cuando entro a la tienda Paola pretende dormir. Me desnudo, en silencio, y al abrazarla noto que gime, desconsolada. Lanzo el murmullo consabido; me siento un poco idiota utilizando ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 13

palabras en las que poco a poco he dejado de creer.

Sin fecha TRATO DE AVANZAR junto a Paola entre cuerpos que se convulsionan, entre chozas y tiendas que se destruyen por la avalancha de hombres y mujeres, por los brazos y piernas que arrasan con los campamentos cimentados en la espera. Avanzo, trato de avanzar junto a la mujer que esperó conmigo el día de hoy, que alivianó mi espera y la hizo más soportable y más compleja. Avanzo, intento avanzar entre los charcos de sangre y vómito, saltando los regueros de bilis dejados por borrachos desafortunados que no tienen la capacidad de moverse en este pandemonio hecho de carne y alaridos, de huérfanos y mascotas olvidadas. Avanzo, invento un camino dentro del caos humano, apartando con mis brazos la desesperación que crece a mi lado como maleza en una jungla húmeda y espantosa en donde todos somos exploradores y óbices de la exploración, en donde todos contribuimos al desenfreno de poder llegar, de poder escuchar las palabras de un hombre que no hemos visto nunca pero que saldrá en cualquier momento para aplacar este ardor de continuar vivos. Avanzo, y mientras lo hago me gustaría decirle a Vincent que su historia estaba acertada en muchas cosas pero que hay otras que no pudimos imaginarnos: este avanzar ininterrumpido y desordenado de gente que se atropella y que aniquila, este derrumbamiento de extremidades que todo lo ciega, que todo lo interrumpe. Ni siquiera escuchamos el descorrerse de las vidrieras: escuchamos el solo inicio del desastre que se regaba como un líquido furioso por el campamento. Los semicírculos no sirvieron de nada, no nos ayudaron a buscar el sitio privilegiado. Eran simples fachadas que se rompieron en el instante del primer grito ahogado. Después todo fue el rompimiento de las órbitas, el símbolo terriblemente informe del zodiaco que destruimos. Me gustaría decirle, o mejor, ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 14

mirarlo y comunicarle el júbilo lleno de horror que me embarga al saber que ha llegado el día, que estamos en el último punto de esta línea que nos separa del resto de los hombres, de sus actos y sus valores. Me gustaría, pero el pobre Vincent salió esta mañana en compañía de Marcos a traer las provisiones para una semana más de espera, una semana que ya no existirá en este día en que la espera se anula con gente que agoniza sobre la tierra aplastada, sobre la tierra sin frutos en la que tuvimos que esperar este día, bajo la tierra en que tantos de nosotros esperarán todavía más en el silencio tan temido. Entre los hombres y mujeres camino, sobre los hombres y mujeres, debajo de los hombres y mujeres, en un camino en donde las preposiciones son algo absurdo camino y pienso que intentaré estar allá para poder repetirle con pelos y señales a Vincent lo que diga el gran Zenteno, entregarle por lo menos mi fiel versión de los hechos y alivianar un poco el dolor que sentirá cuando atraviese las puertas de Viru, cuando camine por las callejuelas de la ciudad antigua y pueda ver desde la iglesia de San Olav el puerto abierto al mar y la nostalgia abierta al arrepentimiento de haberse ofrecido para ir al mercado y no poder estar acá mientras avanzamos tomados de la mano con movimientos furiosos y vesánicos hacia el balcón del gran Zenteno. Atrás van quedando los escombros producidos por nosotros mismos, atrás nuestros compañeros de viaje, atrás Antonio que ha debido permanecer atrás, atrás nuestra vida antes de la misión esperanzadora, nuestra vida de fracasos y de preguntas por el sentido que estamos a punto de arrebatarle al hombre cuando atraviese la cortina del color del jaspe, aquí sí tenías razón, Vincent, las preguntas que nos hicimos constantemente sin hallar una respuesta valiente que nos sacara de la abulia en la que nos movíamos por el mundo, las preguntas que tal vez el hombre pueda responder, si llegamos, si logramos avanzar un poco más en esta arena movediza. Atrás se escuchan los gritos de niños abandonados por sus ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 15

padres, de mujeres que no pueden combatir contra la bestialidad de los hombres que las golpean para despojarlas de la posibilidad del camino que todos debemos abrirnos, avanzando, avanzando, hasta que podemos ver el ondular de las cortinas y vemos cómo se materializa en el aire una mano, un brazo, el cuerpo de un hombre vestido en una túnica violeta que no refulge con este sol del mediodía, un hombre que en el afán por avanzar me ha parecido como cualquier otro y que ni siquiera parece notar nuestra presencia, o tal vez no es que parezca, tal vez es un hombre como cualquier otro, un hombre que levanta su rostro al sol y luego ve la plaza desierta, escuchando el silencio que nosotros no podemos escuchar, presos como estamos de este juego en el que nos involucramos por pasión o por ingenuidad, por amor o por descorazonamiento. Paola y yo logramos el esperado punto de la línea de fuego y levantamos los ojos para ver al hombre que no nos ve, que no nos quiere ver, que no es capaz de vernos a nosotros, solo, completamente solo en ese balcón que ha sido la presencia de nuestros sueños y nuestras pesadillas, sonriendo como un niño o como un enfermo mental y viendo en el aire lleno de polvo sólo un aire limpio, sólo el diáfano paisaje que sus ojos pintan sobre esta debacle. Agarro con fuerza la mano de Paola y apunto mis sentidos al antepecho en donde ahora se apoya el hombre. Es ahora, le digo, es ahora, le tengo que gritar, y al parecer todos piensan lo mismo porque hay una tregua en los alaridos y en los llantos, un leve silencio que se asienta para dejarnos ver los labios que se mueven, la lengua que se apoya contra los dientes y que dice algo, algo, algo que escucho con el embelesamiento del desdichado, con la atención del retardado, con la gratitud del perdonado, mientras hay gente que registra en máquinas que capturan el movimiento y el sonido las palabras que salen de la boca del hombre y que yo trato de tatuar en mi memoria que siempre ha sido deficiente, siempre un lugar caliginoso, pero esta vez no, por Vincent, por el futuro después de esta labor de espera trato de retener lo que dice Zenteno, las ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 16

palabras que caen en mí como un rayo cálido y estruendoso. ¿Por qué no me causa sorpresa la consecuencia de la soledad? Escucho las palabras redondas del gran Zenteno y ni siquiera me maravillo cuando escucho a los que están a mi lado repetir las palabras dichas y veo que son otras, que son distintas a las que yo escuché, que hay abismos que se abren entre ellos y yo, entre las palabras que escucharon y el mensaje que yo logré descifrar, que lo que captaron los hombres con sus máquinas de la memoria se repetirá en las pantallas con el mismo resultado: siempre el mensaje tergiversado, siempre las palabras que fueron otras dispersándose en una doctrina débil que todos acogerán cuando yo estoy cada vez más convencido de que esta vez no hay espacio para los acuerdos, que no hay sitio para las razones rotundas ni para la compañía; sólo el espacio de la soledad, sólo el espacio de la intimidad con uno mismo, onanismo de comprensión en donde veo que todos se regocijan formulando palabras que no entiendo, soltando al aire frases que no escuché pronunciar y que me parecen extranjeras, falaces. Ni siquiera se han dado cuenta de que el viejo Zenteno abandonó el balcón, que no finge más el no poder vernos, que nos ha dejado nuevamente huérfanos frente a su casa a la que no tendremos más acceso que este de sus palabras desde el balcón. Ni siquiera se han dado cuenta de que estamos solos, que se yerguen murallas alrededor nuestro. Hay hombres que se abrazan, o que pretenden abrazarse, agradecidos, cada uno repitiendo aquello que logró escuchar y que difiere del ser humano que tiene más próximo. Hay mujeres que se arrastran por el suelo, extasiadas, con la mano en el sexo o en la cara. Veo a don Emilio en su silla de ruedas, no al Zurdo ni a Angélica sino al viejo don Emilio, solo, humedeciéndose las arrugas con el llanto copioso que deja salir mientras sonríe y muere. Trato de buscar el rostro de Vincent, en la mezcolanza de errores trato de encontrar su figura para acercarme y decirle que no los escuche, que todos están desvariando, repitiendo fórmulas sacadas de ITINERARIOS Documental – ANEXOS http://itinerariosdocumentalanexos.blogspot.com/ 17

quién sabe dónde, pero en vez de su rostro encuentro la duda de si no seré yo quien desvaríe, la duda como una presencia sólida que ya no me deja avanzar, que me obnubila y que me deja como un tonto. Repito en voz alta las palabras que he escuchado, una vez, otra vez, y sólo en ese momento me doy cuenta de que ya no sostengo la mano de Paola, de que ella está frente a mí repitiendo en la sensualidad de su voz algo que me suena como una disculpa, como una excusa, como un rencor; algo que en definitiva no se parece en nada en lo que yo creí escuchar en lo que dijo Zenteno, a las palabras que llevo conmigo y que conservaré por el resto de mi vida, conciente de que me separan definitivamente de todos los hombres. Quizá Paola está pensando lo mismo que yo. Sólo repite ininterrumpidamente la retahíla erial que no comprendo mientras se aleja, mientras me alejo de este propósito de persecución, de la sinrazón de esta búsqueda, del dolor que ya no sentiré cada vez que llegue la certeza del futuro sin ella.

Rubén Orozco

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