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1. Los cínicos. — La corrupción moral suscitó bastante naturalmente en el Imperio
Romano un renacer del cinismo, y la ficción de cartas atribuidas a los cínicos antiguos
parece que fue una deliberada contribución a tal renacimiento. Tenemos así 51 cartas
que llevan el nombre de Diógenes y 36 que figuran como escritas por Crates.
Los estoicos romanos del tipo de Séneca se dirigían sobre todo a los miembros de las
clases sociales más altas, a hombres que pertenecían al círculo relacionado de
ordinario con la Corte, a hombres, principalmente, que tenían alguna aspiración a la
virtud y a la tranquilidad del alma pero estaban al mismo tiempo descarriados por la
vida de lujo y de afán de placeres que llevaba la aristocracia; sentían éstos los tirones
de la carne y los atractivos del pecado, pero estaban también cansados de dejarse
arrastrar y dispuestos a cogerse con fuerza la mano salvadora que se les pudiese tal
vez echar. Ahora bien, además de la aristocracia y de las gentes ricas, había las
masas populares, que habían podido beneficiarse hasta cierto punto de los ideales
humanitarios propagados entre sus amos y señores por los estoicos, pero a quienes no
se dirigían directamente los discursos de hombres como Séneca. Para salir al paso a
las necesidades espirituales y morales de las masas surgió un tipo diferente de
«apóstol»: el predicador o misionero cínico. Estos predicadores cínicos llevaban una
vida itinerante, eran pobres y sumamente austeros, y querían lograr la «conversión»
de las multitudes que acudían a oírles —como cuando el célebre Apolonio de Tiana
(que pertenece más bien a la historia del neopitagorismo), místico y taumaturgo de
extensa fama, predicaba el fomento del espíritu público a los habitantes de Esmirna,
que estaban divididos en facciones rivales, o sermoneaba sobre la virtud a la
muchedumbre reunida en Olimpia para asistir a los juegos y a las carreras—.1 Tal era
el caso también de Musonio (quien, a pesar de su afinidad con el cinismo, pertenecía
de hecho a la escuela estoica y fue el maestro de Epicteto): arengaba a las tropas de
Vespasiano y de Vitelio ponderando los beneficios de la paz y los horrores de la guerra
civil aun con riesgo de su propia vida2, o denunciaba la impiedad y exigía la virtud
tanto a los hombres como a las mujeres. Fueron a menudo hombres de indomable
valor, como se ve por el caso de Musonio de que acabamos de hablar, o por aquel
desafío de Demetrio a Nerón: «Tú me amenazas a mí de muerte, pero la naturaleza te
está amenazando a ti.»3 Demetrio, alabado por Séneca en sus escritos, consoló a
Trásea, cuando éste estaba para morir, con sus discursos sobre el alma y su destino.4
Luciano critica despiadadamente a los predicadores cínicos ensañándose en especial
contra sus malos modales, su incultura, su grosería y mal gusto, sus vulgaridades e

1Filóstr., Apoll. Tyan., IV, 8; IV, 31.
2Tácito, Hist.,III,81.
3

Epict., Disc.,I,25.

4

Tác.,Ann.,XVI,34.

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Frederick Copleston HISTORIA DE LA FILOSOFIA I

Grecia y Roma

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indecencias. Luciano era adverso a todo entusiasmo, y el fervor religioso y la
exaltación mística le repugnaban hasta tal punto que, con frecuencia, por su falta de
simpatía y de comprensión, es injusto con los cínicos; pero téngase presente que no
era él el único en criticarlos, pues Marcial, Petronio, Séneca, Epicteto, Dión
Crisóstomo y otros autores condenan unánimemente sus abusos, por lo que hay que
admitir sin ningúngénero de duda que semejantes abusos eran reales. Algunos de los
cínicos fueron ciertamente impostores y farsantes que exponían al desprecio público el
nombre de la filosofía, según lo afirma Dión Crisóstomo sin reservas5.5 Otros daban
claras muestras de un egoísmo y de una falta de buen gusto y de respeto a su
dignidad que resultaban verdaderamente repugnantes, como cuando aquel mismo
Demetrio que había apostrofado a Nerón se empeñó en insultar también al emperador
Vespasiano, que no era ningún Nerón, o cuando Peregrino atacó al emperador
Antonino Pío6. (Vespasiano no hizo el menor caso de Demetrio, y a Peregrino lo único
que le ocurrió fue que el prefecto le mandó alejarse de la Ciudad. El cínico que insultó
públicamente a Tito, en pleno teatro, por sus relaciones con Berenice, fue azotado,
mientras que Heros, que repitió la hazaña, fue decapitado.)7 Luciano tiende a
interpretar la conducta de los cínicos peyorativamente. Así, cuando Peregrino —
llamado Proteo—, que se había hecho cristiano en Palestina pero muy pronto había
vuelto a las filas de los cínicos, se hizo después quemar vivo en Olimpia para dar un
ejemplo de desprecio a la muerte e imitar a Herakles, patrono de los cínicos, y para
unirse con el elemento divino, Luciano afirma que a todo ello le movió tan sólo el
ansia de notoriedad (κενοδοξία)8. Desde luego que el motivo de la vanagloria pudo
entrar en juego, pero no parece admisible que fuera el único que movió a Peregrino a
querer sufrir tan atroz muerte.
Sin embargo, a pesar de las extravagancias y de los impostores y farsantes, no se ha
de condenar del todo al cinismo. Démonax (c. 50-150 d. J. C.) fue honrado por todos en
Atenas a causa de su bondad9, y cuando los atenienses propusieron instituir en la
ciudad espectáculos de gladiadores, el filósofo les dijo que comenzaran por demoler el
altar de la Piedad. Aunque simple y frugal en todas sus costumbres, parece que evitó
la ostentación de tales virtudes. Llevado ante los tribunales de Atenas bajo acusación
de impiedad, porque se negaba a ofrecer sacrificios y a hacerse iniciar en los misterios
de Eleusis, respondió que Dios no tiene ninguna necesidad de sacrificios, y en cuanto
a los misterios, que si contuvieran alguna revelación de buenas nuevas para el
hombre, él tendría a bien publicarlo, pero que si carecían de todo valor se sentiría
obligado a prevenir al pueblo contra ellos.10
Enomao de Gadara desechó las fábulas antropomórficas del paganismo concernientes
a los dioses y combatió con energía contra el renacer de las creencias en la adivinación
y en los oráculos. Los oráculos, decía, son pura añagaza, mientras que el hombre
cuenta en todo caso con su voluntad libre y él sólo es responsable de sus acciones.
Juliano el Apóstata, acérrimo defensor del paganismo, se encendía en indignación con
sólo recordar a un hombre como Enomao, que había osado atacar a los oráculos

5

Porej., Or.,32,9.
6Suet., Vesp., 13; Dión Cas., 66, 13; Luc., De morte Peregrini, c. 18.
7Cfr. Dión Cas., 66, 15.
8DeMorte Peregrini, 4;20y sig.
9

Cfr. Demonax(Luciano).

10

Demonax, 11.

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Frederick Copleston HISTORIA DE LA FILOSOFIA I

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paganos.11
Predicador célebre y honorable fue Dión Crisóstomo, que nació hacia el año 40 d. J. C.
y vivió, ciertamente, hasta bastante avanzado el reinado de Trajano.
Pertenecía a una aristocrática familia de Prusa (Bitinia) y fue al principio retórico y
sofista. Condenado al destierro, hubo de salir de Bitinia y de Italia (82 d. J. C., en
tiempos de Domiciano) y llevó una vida errante y de mendigo. Por entonces
experimentó una especie de «conversión» y se hizo predicador a la manera de los
cínicos itinerantes, dirigiendo sus discursos a las multitudes de menesterosos que
poblaban el Imperio. Dión conservó, no obstante, sus maneras retóricas, y gustaba de
revestir las verdades morales que exponía en sus disertaciones de formas elegantes y
atractivas; aunque fiel en esto a la tradición de los rétores, insistía en sus prédicas
sobre la obligación de vivir conforme a la voluntad divina, sobre el ideal moral, la
práctica de la verdadera virtud y lo insuficiente de la civilización meramente
material. En elΕὐβοικός describe la vida del campesino pobre pintándola como más
natural, libre y dichosa que la de los ricos habitantes de las ciudades, pero se ocupa
también de estudiar cómo los pobres que viven en las urbes pueden vivir sus vidas de
un modo más satisfactorio sin andar suspirando por el lujo y sin empedernirse en lo
que es peligroso para el alma o para el cuerpo. Amonesta a los ciudadanos de Tarso
advirtiéndoles que tienen un falso sentido de los valores: la felicidad no ha de
buscarse en poseer imponentes inmuebles, riquezas y una vida muelle y delicada, sino
en la templanza, la justicia y la verdadera piedad. Las grandes civilizaciones
materialistas del pasado, como por ejemplo la de Asiria, sucumbieron, así como el
inmenso imperio de Alejandro desapareció también y ahora Pella es sólo un montón
de ruinas12. Exhorta al pueblo de Alejandría a que deje sus vicios y su ansia de
sensaciones, echándole en cara su falta de dignidad y lo vulgar de sus intereses.13
Las preocupaciones sociales de Dión le condujeron al estoicismo, y utilizó en efecto las
doctrinas estoicas de la armonía universal y del cosmopolitismo. Igual que Dios reina
sobre el mundo, debería reinar el monarca en el Estado, y así como el mundo es una
armonía de muchos fenómenos, igualmente los Estados individuales deberían
conservarse de tal manera que viviesen en armónica paz y, por ende, en libres
relaciones recíprocas. Junto a la influencia del estoicismo, parece que Dión recibió la
de Posidonio, del que toma la división de la teología en tres clases: la de los filósofos,
la de los poetas y la del culto oficial o estatal. Después del período de su destierro bajo
Domiciano, alcanzó el favor de Trajano, quien tenía por costumbre invitar al filósofo a
su mesa y a que ocupase un sitio en su carroza, aunque aseguraba no entender ni una
palabra de la retórica de Dión: «τὶ μὲν λέγεις, οὐκ οἶδα. Φιλῶ δέ σε ὡς ἐμαυτόν».14
Ante la corte de Trajano pronunció Dión varios de sus discursos, en los que hacía un
contraste entre el monarca ideal y el tirano. El verdadero monarca es el pastor de su
pueblo y ha sido puesto por Dios para el bien de sus súbditos. Ha de ser un hombre
auténticamente religioso15 y virtuoso, padre de su pueblo, trabajador infatigable y
enemigo de las lisonjas.

11 Juliano, Or., VII, 209.
12 Or.,33.
13 Or.,32.
14

Filóstr., Vit Sophist., I, 7.

15

Cfr. Or, 1-4.

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Para Dión Crisóstomo, la idea de Dios es innata y universal en todos los hombres, y
llega a adquirirse plena conciencia de ella contemplando el plan y la Providencia de
Dios en el universo. No obstante, Dios se oculta a nuestras miradas, y nosotros somos
como niños pequeñitos que tienden sus brazos hacia su padre o su madre16. Pero,
aunque Dios en Sí mismo se nos vele, tratamos de imaginárnosle lo mejor que
podemos, y esto quienes más lo consiguen son los poetas. Los artistas se dedican
también a ello, aunque menos adecuadamente, porque ningún pintor o escultor será
nunca capaz de representar con propiedad la Naturaleza divina. De todos modos, al
figurar a Dios en forma humana no hacen nada indebido, pues no merece reproche el
que se recurra al ser más digno del que tenemos experiencia directa como a una
imagen de la Divinidad.
Posteriormente se encuentran vestigios de un cinismo cristianizado, por ejemplo en la
personalidad de Máximo de Alejandría, que pasó a Constantinopla en 379 o 380 d. J.
C. y trabó íntima amistad con San Gregorio Nacianceno, aunque después se haría
consagrar obispo a espaldas del santo. Máximo imitaba a los estoicos en sus maneras
de proceder, pero no parece que fuera muy consistente su conducta.17
2. Los eclécticos. — Una escuela que se declaraba abiertamente ecléctica fue la
fundada por Potamón de Alejandría en tiempos de Augusto. Según Diógenes Laercio,
esta escuela recibió el nombre de᾽Εκλεκτικὴ αἵρεσις18 y parece que combinó
elementos estoicos y peripatéticos, aunque Potamón escribió también un comentario a
la República platónica.
Tendencias eclécticas manifestó asimismo la escuela de Q. Sextio (nacido c. 70 a. J.
C.). Adoptó los principios estoicos y cínicos, combinando con ellos elementos
pitagóricos y platónicos. Sextio hizo suyas las costumbres pitagóricas del examen de
conciencia y de la abstinencia de carnes, y su discípulo Soción de Alejandría tomó de
los pitagóricos la doctrina de la metempsicosis. Esta escuela no fue, al parecer, muy
importante, aunque Séneca era discípulo de Soción.19
3. Los escépticos. — Aunque ya la Academia, con anterioridad a Antíoco de Ascalón,
había mostrado, según hemos visto, una marcada tendencia al escepticismo, fue a la
escuela de Pirrón, más bien que a la Academia, a la que consideró como antecesora
suya el nuevo escepticismo. El fundador de la renaciente Escuela, Enesidemo de
Knosos, escribió ocho librosΠυρρωνείων λόγων. Los miembros de esta escuela
trataron de hacer comprender lo relativo de todos los juicios y opiniones, concretando

sus argumentos en pro de tal tesis en lo que llamaron Τρόποι. Sin embargo, aunque se

oponían decididamente al dogmatismo filosófico, no dejaron de reconocer los derechos
de la vida práctica y estatuyeron normas según las cuales pudiese actuar el hombre.
Esto no era ajeno al espíritu de Pirrón, quien, pese a su escepticismo, había declarado
que la costumbre, la tradición y la ley del Estado constituyen unas normas para la
vida práctica.
Enesidemo de Knosos (que enseñó en Alejandría y compuso su obra probablemente

16 Or., 12, 61.ώστερνήπιοι παῖδεςπατρὸςἢμητρὸςἀπεσπασμένοιδεινὸνἳμερονἔχοντεςκαὶπόθον
ὀρέγουσιχεῖρκς...
17 Greg., Adv. Maxim., P. G., 37, 1339 y sig.
18

Dióg. Laerc., Proem., 21.

19

Sén., Ep., 108, 17.

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Frederick Copleston HISTORIA DE LA FILOSOFIA I

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hacia el año 43 a. J. C.) ideó diez «tropos» o argumentos en defensa de la posición
escéptica20. Eran éstos:

1) La diferencia entre los diversos tipos de seres vivientes implica diferentes —
y por lo tanto relativas— «nociones» de un mismo objeto.
2) Igual se diga de las diferencias entre los distintos hombres.
3) La diferente estructura y diversa presentación de nuestros varios sentidos
(p. ej., hay una fruta oriental que huele mal pero tiene un sabor delicioso).
4) Las diferencias entre nuestros varios estados, p. ej., de vigilia o sueño, de
juventud o edad avanzada. Así, una corriente de aire puede parecerle a un
joven placentera brisa mientras a un viejo le llena de escalofríos.
5) Las diferencias de perspectiva, p. ej., el bastón inmerso en el agua parece
quebrado; una torre cuadrada parece desde lejos redonda.
6) Los objetos de la percepción nunca se presentan en su puridad, sino siempre
envueltos en un medio, por ejemplo, el aire. De ahí la mezclaἐπιμιξία. Así, la
hierba parece por la noche de color gris y dorada a la luz del atardecer. El
rostro maquillado de una mujer es muy diferente a la luz del sol y a la luz de
una lámpara eléctrica.
7) Hay diferencias en la percepción que se deben a diferencias de calidad, p. ej.,
un grano de arena parece rugoso, mientras que, si dejamos que la arena se
deslice por entre nuestros dedos, sus granos nos parecen suaves y lisos.
8) La relatividad en general.
9) La diferencia entre las impresiones debida a la frecuencia o a la escasez de
la percepción; p. ej., el corneta, que se ve raras veces, impresiona más que el
sol.
10) Las distintas maneras de vivir, los diferentes códigos de moralidad, la
diversidad de leyes, mitos y sistemas filosóficos (cfr. los sofistas).

Estos diez Τρόποι de Enesidemo fueron reducidos a cinco por Agripa:21

1) La diversidad de opiniones a propósito de unos mismos objetos.
2) El proceso hasta el infinito que implica toda prueba de algo (es decir, que
cualquier prueba o demostración estriba en asertos que han de ser probados a
su vez, y así sucesivamente...).
3) La relatividad que implica el que los objetos les parezcan diferentes a unas
personas y a otras, según el temperamento, etc., del sujeto perceptor y según
su relación con los demás objetos.
4) Lo arbitrario de las afirmaciones dogmáticas que se toman como punto de
partida para eludir el regressus in infinitum.
5) El círculo vicioso en que se incurre al dar por supuesta necesariamente en la
prueba de cualquier cosa la conclusión misma que ha de probarse.

20

Sext. Emp., Pyrr. Hyp., I, 36 y sig.

21

Sext. Emp., Pyrr. Hyp., I, 164 y sig.

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Otros escépticos redujeron losΤρόποι a dos:22
1) De nada podemos llegar a cercioramos nunca por ello mismo, como lo atestigua la
enorme variedad de las opiniones, entre las que no puede hacerse ninguna elección
con certeza.
2) De nada se puede llegar a estar cierto por ningún otro medio, ya que al intentarlo
se incurre o en elregressus in infinitum o en un círculo vicioso.
(Evidentemente, estos argumentos en pro del relativismo giran, al menos la mayoría
de ellos, en tomo a la percepción.Mas la percepción nunca yerra, puesto que no juzga,
y el error reside en el juicio falso. Además, la razón puede prevenir el error evitando
el juicio apresurado, considerando la materia con más detención, suspendiendo el
juicio en determinadas circunstancias, etc.)
Sexto Empírico (c. 250 d. J. C.), que es nuestra principal fuente para los detalles de la
doctrina escéptica, arguyó contra la posibilidad de probar una conclusión
silogísticamente23. La premisa mayor —por ejemplo «Todos los hombres son
mortales»— no puede probarse por una inducción completa, y la incompleta implica el
conocimiento de la conclusión —«Sócrates es mortal»—, porque no tenemos derecho a
decir que todos los hombres son mortales, a no ser que sepamos ya que Sócrates
también es mortal. El silogismo es, pues, un ejemplo de circularidad. (Advirtamos que
esta objeción contra el silogismo, suscitada de nuevo por John Stuart Mill en el siglo
19, sólo sería válida si se rechazara la doctrina aristotélica de la esencia específica y
se adoptase de plano el nominalismo. Es por nuestra percepción de la esencia o
naturaleza universal del hombre por lo que tenemos derecho a afirmar que todos los
hombres son mortales, y no porque nos apoyemos en una observación de
absolutamente todos los casos particulares, lo cual sería aquí imposible. La premisa
mayor está basada, pues, en la naturaleza del hombre, y no requiere el conocimiento
explícito de la conclusión del silogismo. Ésta se halla contenida implícitamente en la
premisa principal, y el proceso silogístico explicita y aclara tal conocimiento implícito.
El punto de vista del nominalismo exige, por supuesto, una nueva lógica, y Stuart
Mill trató de establecerla.) Los escépticos ponían en cuestión también la validez de la
noción de causa, pero no parece que diesen ya con las dificultades epistemológicas que
idearía, andando el tiempo, David Hume24. La causa es esencialmente relativa, y lo
relativo no es objetivo sino que es algo que la mente atribuye de un modo extrínseco.
Añádase que la causa debe ser, o bien simultánea, o bien anterior, o bien posterior al
efecto. Simultánea no puede serlo, ya que entonces cabría decir tanto que B era causa
de A como que A lo era de B. Tampoco puede ser anterior al efecto, pues en tal caso
existiría ya sin relación con su efecto, siendo así que la causa dice esencialmente
relación a él; y no podría ser posterior a su efecto... por razones obvias.
Trataron de probar también los escépticos la existencia de antinomias en la teología.
Por ejemplo: Dios ha de ser o infinito o finito25. Mas no es ni lo primero, porque
entonces sería inmoble y, por ende, carecería de alma y de vida, ni lo segundo, porque
entonces sería menos perfecto que el Todo, cuando en realidad Dios tiene que ser

22 Sext. Emp., Pyrr. Hyp., I, 178 y sig.
23 Sext. Emp., Pyrr. Hyp., II, 193 y sig.
24

Sext. Emp., Adv. math.,9, 207 y sig. Cfr. 8, 453 y sig.

25

Sext. Emp., Adv. math.,9, 148 y sig.

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perfecto ex hypothesi. (Es éste un argumento contra lo estoicos, para quienes Dios es
material; en nada atañe a quienes sostengan que Dios es un Espíritu infinito. El
Espíritu Infinito no puede moverse, pero así y todo está vivo o, más bien, es Él la Vida
infinita.) Además, la doctrina estoica de la Providencia implica forzosamente un
dilema: En el mundo hay muchos males y sufrimientos; ahora bien, o Dios quiere y
puede evitar esos males y esos sufrimientos, o no quiere o no puede. Esta última
hipótesis es incompatible con la noción de Dios (por más que J. S. Mill haya concebido
la extraña noción de un Dios finito con el que cooperamos nosotros). Por lo tanto, Dios
quiere y puede evitar el mal y el sufrimiento en el mundo; sin embargo, es bien
patente que no lo hace así. De donde parece seguirse que o no hay Providencia o por lo
menos ésta no es universal. Pero nosotros no podemos dar ninguna explicación de por
qué la Divina Providencia se extendería hasta unos seres y no hasta otros. Así pues,
hemos de concluir por fuerza que no existe Providencia ninguna por parte de Dios.26
En lo que concierne a la vida práctica, los escépticos enseñaban que hemos de
atenernos a lo que nos presentan las percepciones y el pensamiento, dar satisfacción a
nuestros instintos naturales, sometemos a la ley y a la tradición y procurar la ciencia.
Verdad es que en la ciencia nos es imposible alcanzar la certeza, pero podemos seguir
buscándola.27

26

Sext. Emp., Pyrr.Hyp., III, 9 y sig.

27

Sext, Emp., Pyrr. Hyp., 1, 3; 1, 226; Adv.Math., 7, 435 y sig.

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