Lunes 28.04.

14 EL CORREO

CIUDADANOS

9

BILBAÍNOS CON DIPTONGO

JON URIARTE

El hijo del infierno
o tiene grandes cuernos. Tampoco es rojo. En todo caso rojiblanco. Pero es de Rekalde y no hay superhéroe que lo supere. Al menos así lo piensan los de este barrio. Entre ellos, el hijo del infierno. El Hellboy de Bilbao. Kepa Junkera. Tiene cara de bueno. Como el amigo que lleva el bote y sobra dinero. Pero alguien que maneja la trikitixa así, no puede ser humano. Al fin y al cabo, en nuestra tierra siempre la llamaron infernuko hauspoa. El fuelle del infierno. Quizá por ello luzca voz alegre y aire de romería, hasta cuando se pone serio. Hace unas semanas cumplía 49 abriles. Excusa perfecta para llamar al infierno. «Soy de la calle Goya. De Rekalde de toda la vida». Ya se sabe que dos de Bilbao marcan origen antes de arrancar conversación. Nació en Cruces. El resto de hermanos lo hizo en la Gota de Leche, ahora Hotel Indautxu. En cuanto a pupitres, frecuentó el Félix Serrano. «Ya sabes, el de La Casilla». Ya que volvemos a vestir pantalón corto evoca los partidos en las calles y montes cercanos. «Mis aitas no tenían coche y el plan de los domingos era ir al monte». Unos amigos de la familia tenían un caserío en el que les dejaban organizar comidas y fiestas. Pero el pantalón añadió perneras y el mostacho pelusa. Los años de juventud. «La cuadrilla iba de potes por Rekalde y, cada vez más, al Casco». Pero Kepa era un pródigo de los fuegos eternos y tenía otro cometido. Su incursión en la música empezó pronto con las danzas vascas del ‘Beti Jai Alai’ de Basurto y los ratos de ocio y barra se trasladaron allí. La música le llevaba de un lado a otro, como el viento las llamas. Ya con

N

Kepa posando con Paco de Lucía, uno de sus ídolos, y debajo foto de su niñez con camiseta del Athletic y dedicada por Iribar.
:: E. C.

14 años salía a tocar lejos de casa. Y así lleva 34. Dando fuelle a las hogueras culturales y festivas de Euskadi y más allá. Porque hasta

para ubicar felpudo, almohada y buzón, es hombre inquieto. «Vivo entre el Casco Viejo y Busturia». Pobre del cartero al que le toque entregarle cartas. «Después de Rekalde, compré casa en la calle Dos de Mayo, luego viví junto a San Antón, después en Ribera, luego en Correo y ahora en la calle Nueva». A lo que hay que añadir sus días en San Bartolomé, uno de los cinco barrios de Busturia, donde las notas de la triki adquieren

olor a Urdaibai. Y donde juegan, siempre que pueden, sus hijos Maren de 13 años, Sunne de 11 camino de 12 y Kerman de 10 que se calza las botas del Santuxu. «Antes jugaba en el Lauro y ahora ahí. Tiene mucha afición». Lo que no se avista es la misma pasión por la música. Pero hay algo que sí comparten. El Athletic. «Me hice socio hace muchos años, a través del carné de un amigo. Antes estaba en tribuna este alta». Pero la afición viene de viejo. Su ama tenía una prima casada con Hipólito Suárez, cirujano, y en un cumpleaños de sus primos acudió Iribar. El hombre que le firmó aquella foto en la que, todavía niño, soñaba con triunfar en San Mamés. No fue ese el pentagrama previsto por su destino, sino la música. «Aitite tocaba la pandereta y ama bailaba. Con nueve años me enamoré de la trikitixa». También una serie de coincidencias hizo que naciera «Kepa, Zabaleta eta Mutriku». La primera aventura discográfica. Han pasado tantos años como instrumentos. Cuando toca, imagina las historias que contienen. «Una vez compré una concertina en Francia que era de un payaso». Al fin y al cabo los acordeones son como las personas. Cada cual es de un rincón. Como los Junkera Urraza. Una familia con muchos mimbres. «Mis apellidos vienen de Cuzcurrita del Río Tirón, Zollo, Orduña, Cantabria...». Se siente orgulloso de esos orígenes, pero sobre todo de un lugar de Rekalde. La calle Goya. «Aita vivía en el bajo y ama en el primero». Un amor de escalera. Él miró al cielo, ella bajó al averno. Y de ambos nació el hombre del infierno. El que maneja su fuelle, el que lleva su aliento.

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