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Los documentos
de Charapan
Carlos García Mora

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L os documentos
de

C harapan

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l os documentos
de

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C h ar apa n

Patrimonio histórico de un pueblo purépecha

Carlos García Mora
Instituto Nacional de Antropología e Historia Dirección de Etnohistoria

TS I M A R H U Estudio de etnólogos

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García Mora, Carlos: Las documentoss de Charapan. Patrominio histórico del pueblo purépecha, ed. electrónica, México, Tsimarhu Estudio de Etnólogos, 2014, fascículo digitalizado de 26 pp. con fts.

Portada: Conjunto de documentos relatiovos a Charapan, Mich. Frontispicio: Una foja del libro de bautismos del diglo XVII, conservado en la parroquia de Charapan, Mich. Fotos: Carlos García Mora

El contenido de este fascículo forma parte del libro El baluarte purépecha (cuarta parte, capítulo 20: “Las imágenes: figuras emblemáticas”), en el cual pueden consultarse las fichas completas de las referencias bibliográficas aquí citadas:
http://carlosgarciamoraetnologo.blogspot.mx/2012/05/baluarte-piurepecha.html

Escrito con resultados de investigación llevada a cabo en la Dirección de Etnohistoria del Instituto Nacional de Antropología e Historia

© Derechos reservados por el autor

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Pre s e n t a c i ó n
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Este fascículo de etnología histórica versa acerca del pequeño conjunto de documentos disponibles acerca del pasado del poblado purépecha de San Antonio Charápani y su heredero el actual Charapan, en la Sierra de Michoacán. Dichos documentos y libros manuscritos son referidos aquí como parte del patrimonio histórico del pueblo, así como las circunstancias que permitieron su conservación y las que provocaron su dispersión o perdida.

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Fig. 1. Anverso de la segunda foja del pindecuario de San Antonio Charapan, Mich.

se ignora, a ciencia cierta, si en la antigüedad tarasca se pintaron o se escribieron libros o documentos, aun cuando ciertos indicios lo sugieren.1 Si alguna vez se elaboraron algunos registros, ninguno perduró y se desconoce su contenido, perdiéndose sin remedio. Sólo quedó la arqueología y las fuentes escritas más tempranas del siglo XVI, las cuales algo dejan entrever de la realidad antes de sufrir la invasión depredadora de ultramar. Los códices conocidos fueron pintados ya en la época de las repúblicas purépechas en varias zonas, pero en la de Charápani no supervivió ninguno de estos, si acaso alguno se ejecutó allí. En la primera mitad del siglo XVII, una dudosa exepción es dable averiguar: en ese entoces, se conservaba un lienzo pintado donde aparecían Arantsa y varios poblados sujetos, entre ellos un supuesto Charápani de insegura localización.2 Su reseñista los identificó gracias a restos de rótulos de papel adheridos, con nombres de algunos asentamientos en letras latinas y pistas para el resto. Sin embargo, en este llamado Lienzo de Aran(t)sa —antes erróneamente denominado Códice de Sevina— ningún Charápani aparece allí en la actualidad, a menos que su rótulo respectivo se haya desprendido después de haber sido consultado por el primer estudioso en dar cuenta de esta tela.3 Lo cierto es que una indeterminada cantidad de escritos fue elaborada en papel con posterioridad en Charápani o en centros administrativos, por charapanenses y forasteros, incluidos sacerdotes, acerca de asuntos propios de la república purépecha, sus tierras, su poblado, su hospital y su administración religiosa. Varios documentos debieron elaborarse y guardarse en los edificios del cabildo, el hospital, el templo y el convento franciscano, amén de los papeles familiares guardados por particulares.
ASTA LA FECHA

R AMS

1806-

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2r. 19: f.

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Fig. 2. Expediente agrario elaborado en la época de la república purépecha y conservado en Charapan. Aquí se muestra abierto en la vuelta de una foja y en la recta de la siguiente, donde termina la diligencia firmada en 1759 por Ricardo de Monserrate —juez comisario subdelegado para ventas y composiciones de tierras— y donde, a continuación, se inicia el visto bueno de dichas diligencias.

CGM 1973 (en CBCCH 1759-79)

El hospital de los naturales debía llevar un libro de bienes y gastos, pero se desconoce su paradero, si aún existe. A diferencia del vecino Ocumicho, donde sí se conserva.4 Algunos documentos fueron propios de la corporación purépecha. Ése fue el caso en 1634, cuando ésta recibió orden de llevar un libro de cuentas, en el cual se registrara lo producido en las sementeas comunales —destinado a la caja de comunidad— para sufragar sus gastos convenientes y necesarios a su república.5 La disposición debió acatarse, pero quién sabe si tal libro se conservó. Sin duda, los documentos con los cuales se amparaba la posesión de las tierras de la comunidad fueron los más importantes. Sin embargo, aun cuando el gobierno purépecha debía resguardar los títulos primordiales del siglo XVI, no tuvo el cuidado de conservarlos y todos los de ese y el siguiente siglo se perdieron sin remedio. Al inicio del siglo XVIII, nada quedaba, ya que, según declararon las autoridades de Charapan en 1709, sus antepasados los habían perdido.6 Por lo visto, el control comunitario del patrimonio documental no funcionó siempre, o bien, se sufrieron descuidos o sustracciones por causas desconocidas u ocurrieron rupturas políticas internas; como fuera, se suspendió el cuidado de papeles tan importantes como los agrarios. Como aquí se irá viendo, las pérdidas, las destrucciones, las sustracciones u otros incidentes similares fue una constante

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intermitente en la historia charapanense, como lo fue la generación de nuevos documentos que, a su vez, corrieron diversas suertes. Los protagonistas de esta historia de los documentos fueron diferentes, lo cual debe tenerse en cuenta. Así, por ejemplo, en la época de la república purépecha, el gobierno de los naturales y el cura generaron y se hicieron cada uno de sus propios documentos. En términos globales, todos estos pueden ser considerados un cuerpo documental charapanense, pero en varias manos. A consecuencia del mencionado extravío de los títulos de sus tierras de comunidad, Charapan se vio obligado a solicitar nuevos documentos, los cuales logró obtener en ese siglo XVIII y conservarlos hasta el XXI.7 Por más que estos escritos fueron elaborados por escribanos y funcionarios españoles, se consideraron bienes comunitarios cuya posesión se preservó en tanto funcionó el gobierno purépecha. Al finalizar éste, Charapan poseía cierta cantidad de documentos y libros manuscritos contando los del templo parroquial, aunque éstos eran propiedad de la administración eclesiástica y no de la república. Buena parte aún se guardaba a principios del siglo XIX. Cuando el cabildo purépecha fue desapareciendo en ese siglo, sus documentos comunitarios y los del hospital se quedaron con los responsables y luego con sus familiares y herederos. Los documentos agrarios del siglo XVIII subsistieron, gracias al respeto con el cual

Fig. 3. Continuación y final de la certificación mostrada en la figura anterior.

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diferentes familias se fueron transmitiendo los papeles de generación en generación; hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando pasaron a ser custodiados por el Comisariado de Bienes Comunales y, por lo tanto, una institución comunitaria volvió a resguardarlos. Al parecer, si bien estos papeles fueron conservados por una o varias familias a lo largo de, al menos, dos o más generaciones, nunca dejó de considerarse que eran propiedad colectiva.Figs. 2-3 Entre estos últimos, se incluyó el único documento conocido escrito por una pluma purépecha en Charápani, en el tiempo de su república, el cual logró mantenerse a partir de aquellos días. Se trata del recuerdo relativo a los límites de «nuestras tierras que poseemos y trajinamos», hecho en 1763, por el gobernador Juan Antonio, los alcaldes, los regidores y el común de San Antonio Charápani.8 Algunos documentos oficiales —preparados por escribanos de alguna dependencia novohispana— fueron entregados al gobierno de la república charapanense. Algunos eran papeles escritos por funcionarios de fuera, quienes atendieron en alguna ciudad o cabecera asuntos de ésta; otros acudieron a Charápani para recabar información acerca de su república. Esto último no se contó entre las posesiones comunitarias, dado que eran documentos del gobierno colonial; sólo los adquiría Charápani si se proponía mandarlos copiar o transcribir, lo cual ocurrió en algunos casos, pero ya en el siglo XIX o en el XX. Respecto de los documentos del convento, un libro de cuentas y otra pequeña parte de manuscritos fueron recogidos por la orden franciscana, después de entregar Charápani al clero secular en 1754. Hoy en día, se encuentran en el archivo franciscano conservado en la ciudad de Celaya donde, al parecer, los consultó el costumbrista charapanense Lorenzo Murguía Ángeles.9 Otros documentos fueron a parar al Archivo del Arzobispado de Morelia, como fue el caso de los padrones de la población obligada a comulgar cada año, levantados en Charápani por el cura.Fig. 4 Los escritos propios de la parroquia charapanense debieron conservarse allí, entre ellos el pindecuario, donde se asentó una relación de

Fig. 4. Fotocopia de la primera foja del Padron Grâl. de las personas. que componen, a eſta Felîgresîa de Sr. Sn. Antonîo de Charapan y ſuss Agregados Sn. Fhê. de los Herreros y Sn. Fran.co Curupo: qe. deuen Cumplîr con los preceptos Annuales de Ntrâ. S.ta M.e Ygleſia en eſte preſente Año de 1782.

AHMCM 1782

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Fig. 5. Traslado, elaborado a fines del siglo XIX o en la primera mitad del XX, de la “Vista de ojos” efectuada por el comisario subdelegado Ricardo Monserrate en 1799, inclusa en el expediente de la Fig. 2. Expediente agrario elaborado en la época de la república purépecha y conservado en Charapan. Aquí se muestra abierto en la vuelta de una foja y en la recta de la siguiente, donde termina la diligencia firmada en 1759 por Ricardo de Monserrate —juez comisario subdelegado para ventas y composiciones de tierras— y donde, a continuación, se inicia el visto bueno de dichas diligencias..

las fiestas del ciclo religioso anual, respetado por la república de Charápani, indicando algunas de las actividades llevadas a cabo en cada festividad. Tal libro contenía los gastos obligatorios del común de los purépechas y sus autoridades en dichas celebraciones; en particular, el monto de los pagos en efectivo, en especie y en mano de obra, al cura y a su vicario por sus servicios, así como las obligaciones para su manutención y la conservación y funcionamiento del convento, el templo y el hospital de los naturales.10 Aunque en el siglo XIX el pindecuario fue considerado un libro de “el costumbre” y un relato acerca de la fundación del poblado, en el cual el escribano de república anotaba las efemérides de cada año, el traslado disponible en la actualidad —elaborado a fines de la época de la república purépecha— carece de efemérides e historia alguna.11 Si al cura copista sólo le interesó como libro de aranceles, es de suponerse su omisión deliberada. O bien, si alguna vez se incluyó, fue un documento aparte y, por alguna razón, se le llamó pindecuario o se le consideró un suplemento de éste o viceversa. Por circunstancias desconocidas, este libro salió del archivo parroquial y tras quién sabe que vicisitudes, muchos años después apareció en manos de un particular.12 Junto con “el ceremoniero” Matías Bonaparte, Liberato Rivera —hijo de Ramón, el último escribano de Charapan— conservaba los libros del hospital a fines del periodo decimonónico. Todavía en la primera mitad de la década de los años setenta del siglo XX, según se decía, el padre de Valentín Ochoa, casado con la hija de Liberato, había guardado el pindecuario empastado en cuero.13 Otro confuso testimonio sostiene que lo tuvo Donaciano Arellano, cuyo abuelo fue “cabildo” y de quien parece haber guardado un libro, donde se narraba la historia de Charápani y el título de la comunidad.14 Al parecer de algunos más, Florentina Galván guardaba otro pindecuario. Por todo lo dicho, cabe suponer la existencia de pindecuarios sucesivos, escritos o trasladados en diferentes fechas aunque su contenido básico fuera respetado, lo cual parece confirmarlo el que existan otra versiones en archivos de Morelia y Zamora.15 Tras arder el archivo parroquial en un incendio desastroso, allí sólo se conservaron, sobre todo, los libros y los documentos escritos a

Archivo particular de Eduardo Rodríguez (Charapan)

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partir de entonces. ¿Se imagina el lector la información consumida junto con aquellos libros y papeles? Sólo queda lamentar uno de los acontecimientos que oscurecieron varios periodos charapanenses sumiéndolos en el misterio. Lo poco librado del fuego sufrió sustracciones, a decir de una conseja, porque el sacerdote zamorano Francisco Vázquez —quien fue cura de Charapan— «se llevó los documentos». Algo debió haber de cierto en ello, ya que en el Archivo del Arzobispado de Zamora se conserva una versión del pindecuario charapanense; con todo, quizá sólo fuera una copia. En resumidas cuentas, en el archivo parroquial sólo quedó, de la época de la república purépecha, un libro de bautismos y unas pocas fojas sueltas del siglo XVIII.16 desde el siglo XIX, con la constitución del ayuntamiento municipal, numerosos documentos civiles se produjeron, pero se conservaron con precariedad. Algunos de ellos muestran el interés en hacer transcripciones modernas de los documentos coloniales, que aún se tenían disponibles, o bien, que se mandó copiar a mano en algún archivo público o particular.Figs. 5-6 El antropólogo charapanense Pablo Velásquez Gallardo, quien llegó a tener acceso a documentos de su poblado, contó con una colección de sencillos y raros impresos —algunos en lengua purépecha del Proyecto Tarasco (1939-40) dirigido por Morris Swadesh—, los cuales facilitó al estudioso estadunidense Robet H. Barlow, quien elaboró una relación hemerográfica de éstos. También le proporcionó el original manuscrito del texto de una pastorela, escenificada en Charapan a fines del siglo XIX, cuyo paradero actual se ignora. Por cierto, cabe la remota posibilidad de que tal vez el mismo Velásquez Gallardo, siendo un joven estudiante, le haya preparado al historiador Antonio Arriaga una copia o un resumen del expediente agrario, o bien, con más probabilidad, Arriaga mismo consultó el original o una transcripción y publicó una síntesis de su contenido en 1939.17 Como parte de un informe de actividades y obras realizadas por la presidencia municipal de Charapan en 1954, se incluyó el relato mecanografiado de la leyenda fundacional de Charapan.18 Por fortuna,

Fig. 6. Una foja del traslado de un documento del siglo XVIII, con la diligencia efectuada a raíz de un problema de tierras con la vecina república de P´ámatakwarhu, elaborado a fines del siglo XIX o principios del siguiente.

Archivo particular de Eduardo Rodríguez (Charapan)

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Fig. 7. Focopia de la primera página de la “Leyenda de la fundación del pueblo de Charapan, Mich.”, mecanografiada y conservada en la presidencia municipal de Charapan.

ambos documentos se conservaron en el archivo de la administración municipal, a lo largo de la accidentada historia del poblado, incluyendo los años cuando toda la población huyó de las huestes villistas, sin saberse a ciencia cierta qué suerte corrió dicho archivo.Fig. 7 Los documentos de los largos trámites agrarios en el siglo XX, fueron quedando en diferentes manos. Sólo es posible consultar los expedientes completos en el Archivo General del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, hoy llamado Archivo General Agrario, en la ciudad de México, donde acudían desde Charapan a consultarlos. Además de esto, los archivos familiares incluyeron documentos domésticos de diversa índole (testamentos, escrituras, etc.). Si bien su posesión era de interés familiar, éstos contuvieron innumerables datos e informes que, a la postre, fueron una fuente documental adicional para conocer el pasado del poblado y de sus habitantes. En total, Charápani contó con un apreciable conjunto de escritos como parte de su legado histórico, tal como, al parecer, sucedió en general en los poblados purépechas. Aun si la mayoría de la población fuera analfabeta, las repúblicas purépechas contaban con su respectivo escribano para llevar sus libros y elaborar sus escritos. Por lo demás, siempre está abierta la posibilidad de la aparición de documentos guardados en algún archivo, baúl o tapanco. Sea quien fuere el propietario legal de esos papeles, siempre contendran información merecedora de integrarse a la reconstrucción de la historia charapanense y, por consiguiente, ser de interés comúnitario.

APMCH 1954

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Mientras perduró la república purépecha de Charápani, sus manuscritos integraron parte de su patrimonio histórico y material. Asimismo, el archivo parroquial, integrado por documentos escritos por sacerdotes

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españoles, criollos o amestizados, guardó información del pasado charapanense. Tras su pérdida, sólo quedaron los escritos por fuereños, con someros registros de los asuntos locales. Lo que restó del archivo parroquial, de la documentación agraria, del hospital y de otros papeles guardados en archivos públicos, formaron parte de la fisonomía material de San Antonio Charápani. Si bien, como ya quedó visto, el gobierno purépecha estuvo lejos de ser garantía absoluta de preservación documental, al desaparecer éste cesó el control y la responsabilidad comunitarias. Con el tiempo y tras la desaparición de la corporación purépecha, la población fue perdiendo la pista de sus papeles, excepto de los agrarios. Lo poco que aún subsistió fue mejor resguardado por la reconstruida comunidad agraria del siglo XX. Sin duda, pese a la precaria conservación de los documentos charapanenses, éstos fueron siempre fuentes históricas para conocer el pasado de su república y, luego, de su época municipal. Por ello y por su valor jurídico, cultural, religioso o político, eran patrimonio comunitario, hayan o no sido producidos por la corporación purépecha.

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Por otra parte, otra fuente histórica fue el conjunto de fotografías conservadas en muchas manos. La fotografía fue practicada en Michoacán desde el siglo XIX. Charapan y los charapanenses fueron motivos de ésta. Retratos de ellos se tomaron en estudios fotográficos, tal vez de ciudades cercanas. Con certeza, tal material es uno de los medios para conocer su pasado. Ninguna noticia existe de tomas cinematográficas; sólo en el siglo XXI proliferó la grabación en video de bodas, fiestas religiosas y similares.

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A lo largo del tiempo, Charápani elaboró, adaptó, produjo, adquirió, usó y conservó herramientas, platillos, vestimenta cotidiana, trajes de gala, máscaras para danza, piezas artesanales, trojes, capillas, imágenes religiosas, pinturas, documentos, fotografías y otros objetos de su cultura material. Aunque una porción de ella fue producida o conseguida bajo resguardo en común y otra estuvo en usufructo y cuidado privado, ambas pertenecieron al patrimonio supervisado por una corporación que lo articulaba socialmente. En verdad, hubo injerencia externa sobre ese patrimonio, incluso en su contenido ideológico, tal como fue el caso del templo, las capillas, las imágenes, los paramentos, los libros y los archivos del

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ámbito religioso administrados por el clero católico, el cual daba una buena parte de las explicaciones de sus características. De hecho, llegaba a recibirse la visita de inspección del obispo michoacano, quien pedía examinar los inventarios obligatorios del templo parroquial y del hospital, y los libros y el archivo respectivos, todo lo cual debía tenerse bajo supervisión del sacerdote católico.19 No obstante, el sacristán —presumiblemente purépecha— era responsable de mantener todo resguardado. En alguna medida, los funcionarios purépechas del cabildo religioso debían celar tal resguardo. Incluso, los doctrineros purépechas, bajo el mando del cura, pero miembros de la comunidad, debieron poseer algunos de los conocimientos necesarios para aclarar qué significaban tales o cuales rasgos arquitectónicos, pictográficos, escultóricos y otros, tal como ocurría con las pinturas del techo del templo, usadas con fines didácticos para la enseñanza religiosa. Los productos de la cultura material de Charápani, lejos de acumularse de manera ininterrumpida, se integraron y desintegraron en procesos intermitentes de creación y destrucción dando paso a veces a su deterioro, disgregación o pérdida. Ocurrieron desapariciones paulatinas o masivas en períodos específicos, por ejemplo, al secularizarse el convento en el siglo XVIII. En el siglo siguiente, el reparto de los bienes comunales y religiosos diezmó el control del gobierno comunitario, el cual era ya muy poco observante del bien común.20 Ello fue agravado por las reformas liberales y la respectiva escisión política, lo cual disminuyó la articulación social de los bienes de la ex república purépecha. El asolamiento de gavillas en la primera mitad del siglo subsecuente, a raíz del rompimiento del orden porfiriano, provocó el abandono del poblado dejándolo a merced del pillaje. Las conmociones y los movimientos sociales subsecuentes hicieron lo suyo. A pesar de todo, cada movimiento social, a más de erosionar los bienes culturales del pasado, fue productor de nuevas expresiones. En los siglos XVII y XVIII, se barrieron huellas del XVI, aún ligadas a la antigüedad tarasca, pero protagonizaron el mayor esplendor de la república de los naturales. En los movimientos políticos, reformistas y revolucionarios de los siglos XIX y XX, por más que el pueblo purépecha nunca volvió a recuperar su viejo apogeo, generó nuevos platillos, indumentarias, viviendas, construcciones, música, etcétera. En algunos aspectos, como en la construcción de trojes, se alcanzaron altos niveles de calidad artística. Al menos desde el siglo XIX, algunas cosas cambiaron su usufructo comunitario pasando de persona a persona, a veces reapareciendo de nuevo, otras perdiéndose todo rastro de ellas, cuando muchos charapanenses salieron del poblado llevándose consigo objetos

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variados. La consecuente desintegración de familias por la emigración, a veces definitiva, de algunos de sus miembros, favoreció la ruptura de herencias familiares. Imágenes, trojes, piezas de madera labrada, monedas, herrería, máscaras, loza, esculturas tarascas de piedra, documentos, fotografías y otros objetos fueron regados o vendidos, a veces de manera subrepticia, como las imágenes católicas guardadas por algunas familias. Por ejemplo, un antropólogo purépecha —oriundo de Charapan— difusor de la cultura local, sacó del poblado esculturas antiguas, documentos y máscaras.21 Buena parte del patrimonio material de la república purépecha de Charápani se perdió por esas circunstancias. Por supuesto, algunos de los objetos culturales no se fabricaron para ser conservados por tiempo indefinido, ni para ser piezas de museos ni de colecciones colectivas. En la época municipal, por la falta de instituciones locales garantes de su conservación para uso colectivo, se desvaneció la conciencia y el propósito de legar los bienes de la cultura material para descendientes y paisanos. Durante la segunda mitad del siglo XX, en Charapan prevalecía una imagen catastrófica del legado material de la república purépecha: la indumentaria regional en desuso; la cocina, viviendas, mobiliario y menaje en transformación; sus edificios viejos desaparecidos, abandonados, descuidados, desusados o reutilizados con fines diferentes a los originales; la traza urbana original fracturada por otras parciales; los predios, calles y plazas modificadas en su apariencia y uso; y sus fuentes arqueológicas, documentales y fotográficas muy disminuidas y dispersas. Pero a todo esto lo sustituyó una nueva herencia. A lo largo de la época municipal, se fueron gestando entre los habitantes nuevas maneras de producir, conservar y usar una cultura material propia, en una población ahora dividida en pequeños propietarios, comuneros y campesinos sin tierra.

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En resumidas cuentas, la cultura material purépecha fue el fruto de la adaptación de lo tarasco antiguo a lo español novohispano. En mucho, esta cultura implicó cambios radicales, pero conservando semejanzas y alusiones a la antigüedad. A ello se fueron sumando influencias externas asimilándolas con coherencia en una concepción global de la realidad, pues una cosmovisión propia las naturalizó. Esa concepción hizo purépechas los elementos provenientes, en realidad, de otras culturas. Por supuesto, la concepción subjetiva de las cosas fue variando con el tiempo, pero mantuvo su naturaleza apurepechada. Por ejemplo, aun si el troje desplazó a la casa tarasca y sus magníficos techados de palma, fue adoptado concibiéndolo dentro

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de las ideas espaciales, sociales, religiosas y políticas del pueblo purépecha. En la época de su república, un rasgo del resguardo social del patrimonio material fue la asociación de éste con una idea religiosa de su origen y destino, ya sea de uso específico para el culto o propio del ámbito doméstico. Por ello, en los testamentos se disponía de trojes y tierras junto con imágenes de santos y vírgenes.22 Al fin y al cabo, una cultura espiritual e intelectual daba sentido a la material. Por eso, tan grave como las pérdidas materiales, fue la extinción del conocimiento con el cual se interpretaba la cultura tangible. Tal fue el caso de la iconografía del templo, las capillas y los trojes, cuyo significado dejó de transmitirse. En el siglo XXI, a los charapanenses casi nada les era dado decir acerca de la iconografía tallada en la puerta del Yurhíxiu. En efecto, si la cultura se hubiera reducido a su expresión material, sólo habría podido aportar obra inerte y con poco significado. En cambio, ésta tuvo un contenido espiritual e ideológico que le dio sentido, al arraigarla en la geografía serrana y en el pensamiento del pueblo purépecha. A ello habremos de atenernos en los capítulos subsecuentes.

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Not as Véase Roskamp (2001: 239-47). Mena (1913). 3 Véase Arqueología mexicana (México, Editorial Raíces, 17 de marzo de 2014) en la Internet: http://www.arqueomex.com/S9N5n20Esp42.html 4 Carlos Paredes Martínez (1999: com. oral, Morelia). 5 AHPFM (1634: f. 4 r.). 6 AGN-Morelia (1709-63: ff. 1 r., 2 v. y 3 r.). 7 CBCCH (1759-79). 8 CBCCH (1759-79: f. suelta sin foliar entre ff. 38 y 39). Véase trans. en el recuadro: “Los linderos de las tierras de San Antonio Charápani”, en el cap. 29 de este libro. 9 Véase AHPFM (1626-93) y la relación de fuentes para la historia de Charápani en los apéndices de este libro. 10 AMSR (1806-19 y 1852) y Archivo de Enrique Arreguín Velez (1852) y Archivo del arzobispado de Zamora. 11 AMSR (1806-19). 12 Consúltese dicho pindecuario en los apéndices de este libro. 13 Entrev. a Guillermo Jacobo, Charapan, 24 de mayo de 1973 (en ACRL-CGM 1973-4, lbta. 1: f. 55 r.). 14 Entrev. a Carolina Rosas, Charapan, 12 de marzo de 1974 (en ACRL-CGM 1973-4, lbta. 3: f. 64 v.) y CBCCH (1759-79). 15 Archivo de Enrique Arreguín Velez (1852). 16 NPCH (1754-99, 1778, 1779 y 1799). 17 Barlow (1948: 49), Anónimo (1948, reed. en 1995) y Arriaga Ochoa (1939: 146-8). 18 Presidencia Municipal de Charapan (1954). 19 NPCH (1778). 20 Cf. AHMM (1791-2: passim). 21 Véase García Mora (1998: 59). 22 Véase AGN-Morelia 1887: ff. 86 y 87.
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El fascículo Las documentos de Charapan se terminó de editar y formar el martes 29 de abril de 2014, en el estudio del autor, sito en las inmediaciones del pueblo de Tlalpan en la cuenca de México.

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