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James Farr Jobn S. Dryzek Stephen T. Leonard (eds.) Ciencia Politica isto) Serie dirigida por Ramén Maiz Titulo original: Political Science in History Coleccién Fundamentos n.° 140 © Cambridge University Press, 1995 © Ediciones ISTMO, S. A., 1999 Sector Foresta, | 28760 Tres Cantos Madrid - Espafia Tel.: 91 806 19 96 Fax.: 91 804.40 28 Disefio de cubierta: Sergio y Ernesto Ramirez ISBN: 84-7090-344-6 Deposito legal: M-273-1999 Impresion: C+1,S.L., San Sebastidn de los Reyes (Madrid) Impreso en Espaita / Prinzed in Spain Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el articulo 270 del Cédigo Penal, podrén ser castigados con penas de multa y privacién de libertad quienes reproduzean o plagien, en todo o en parte, una obra literaria, artfstica o cient{fica, fijada en cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorizacién. INDICE PREFACIO ... £ COLABORADORES ...cssssssssscscsssssscccssssessscscssssscsessssssusseseosuisss 10 14 TeRENce BALL. 61 IL_LOS FINES PEDAGOGICOS DE UNA CIENCIA : POLITICA. STEPHEN T, LEONARD 92 )LITICA MODERN W. Gusw . 1 V. INCORPORANDO A DARWIN A LA DISCIPLINA: LA BIOLOGIA EN LA HISTORIA DE L A ¢ E Ni % A Pi [ A. |OHN S. DRYZEK y Davip SCHLOSBERG .... 162 Copyrighted material DELAS INSTITUCIONES: UN ALEGATO A FAVOR DEL ENFOQUE HIST\ ‘ORICO. KAREN ORREN y STEPHEN SKOWRONEK 22.22: 378 BIBLIOGRAFIA INDICE DE NOMBRES Copyrighted material PREFACIO Con esta compilacidn de ensayos deseamos suscitar una re- flexidn sobre la historia de la ciencia politica estadounidense. Para ello, pedimos a nuestros colaboradores que aportasen un enfoque histérico a sus temas en la creencia de que para com- prender el presente y las tendencias futuras de la ciencia politi- ca uno debe comprender su historia. Esperamos que sus esfuer- zos puedan animar a los lectores a llegar a la misma convicci6n y quiza comprometerlos en su misma reflexién sobre la historia de la ciencia politica, Nuestra justificacién para este proyecto ha descansado, en ultimo término, sobre esa idea inicial y no sobre el hecho de que los lectores puedan mostrar su acuerdo con todo lo que aqui se expone. Dado que no queremos que la orientaci6n historiografica 0 la estructura tematica del libro Ilegue a ser demasiado difusa, con- sideramos oportuno aclarar algunos detalles. Aunque este es un libro sobre la ciencia politica estadouni- dense, no hemos querido limitar a nuestros colaboradores fijando lindes intelectuales 0 geograficos rigidos sobre los que articular la disciplina. No obstante, establecimos un limite cronolégico si- tuado en la fundacién de la ciencia politica profesional en los afios finales del siglo xIx que, de ningtin modo, exime de una mirada mas retrospectiva. Asi, mientras que algunos de nuestros colaboradores tienen una percepcién generosa de los limites in- telectuales de la ciencia politica estadounidense, otros la mues- tran mucho mis reducida. En este sentido, la ciencia politica es- i tadounidense aparenta ejercer, en ocasiones, un cierto imperia- lismo en su influencia a través de las fronteras nacionales y en la definicién de amplios dominios de investigacién en el exterior de los Estados Unidos; en otros casos, la ciencia politica esta- dounidense parece mds préxima y recogida, preocupada por as- pectos genuinamente norteamericanos ¢ ignorante o radicalmen- te distanciada de discursos elaborados en cualquier otro lugar. Eventualmente, estos discursos fordneos son tomados con mas seriedad y, a veces, la disciplina es mejor entendida tanto por aquello que no consigue abordar como por aquello que real- mente hace. En definitiva, los limites de la disciplina se definen en funcién de lo que preocupa a sus practicantes y del modo en que lo afrontan y, por ello, nosotros no hemos querido imponer ningtin tipo de definici6n mas reducida de estos Ifmites. Esta apertura se refleja en la gama de temas y aspectos que he- mos incluido. Nuestra meta no ha sido la de catalogar los diversos subcampos disciplinares y sus temas de interés. En su lugar, los di- versos ensayos que se incluyen en el libro cubren un conjunto ex- tenso de programas de investigaci6n, tradiciones politicas, priori- dades metodolégicas y debates intelectuales. La disciplina es realmente un trabajo de muchas manos, y cuando se observa des- de perspectivas diversas adquiere formas y significados que no pueden ser discernidos desde ningtin punto de vista exclusivo. Aunque de antemano aspirdbamos a alcanzar una elevada amplitud en nuestro tratamiento, de ningtin modo pretendimos incorporar a este libro todos los temas o perspectivas posibles que pudiesen ser consideradas importantes. Desde luego, echamos en falta un gran nimero de trabajos que sabfamos que podian en- riquecer su contenido y buscamos -e incluso ya habfamos com- prometido— trabajos sobre teorfa de sistemas, estructural funcio- nalismo, desarrollo politico y género, que, finalmente, se fueron descartando por diversas razones. Incluso, si hubiésemos inclui- do estos trabajos, muchos lectores, sin duda alguna, hubiesen encontrado lagunas en el tratamiento. Podriamos, por supuesto, ampararnos en restricciones de espacio, tiempo o limitaciones personales para disculpar nuestra perspectiva, pero éstas no son una raz6n suficiente para impedir su estudio. En su ausencia, in- vitamos a los lectores que perciban limitaciones en la estructura tematica del libro a que compartan la historia de a disciplina a través de aquellos temas que ellos consideren importantes. Esto 8 colmarfa la intencién con la que comenzamos: suscitar una refle- xi6n sobre la historia de la ciencia politica estadounidense. Deseamos enviar un agradecimiento especial a nuestros ensa- yistas Terence Ball, Jack Donnelly, John Ferejohn, J. A. W. Gunn, John G. Gunnell, Joseph P. McCormick II, Cheryl M. Miller, Ka- ren Orren, David Schlosberg, Kenneth A. Shepsle, Stephen Skow- ronek, Douglas Torgerson y Hanes Walton Jr.— por su tesén y tra- bajo. A nuestro editor, Alex Holzman, por su fervoroso aliento y su juicioso consejo. A los revisores de Cambridge University Press que ofrecieron comentarios esclarecedores y sugerencias titiles de las que se beneficiaron todos los autores. Finalmente, dado que este es un libro coeditado, los editores quisieran agradecerse mu- tuamente los placeres que han recibido por el trabajo compartido. COLABORADORES TERENCE BALL, doctor en filosoffa por la Universidad de California (Berkeley), es actualmente catedratico de ciencia politica en la Universidad de Minnesota. Sus intereses com- prenden la teorfa politica, ética ambiental y la historia y filo- soffa de las ciencias sociales. Es autor de Transforming Politi- cal Discourse (1988) y, mas recientemente, de Reappraising Political Theory (1994). Jack DONNELLY ocupa la Cétedra Andrew W. Mellon de cien- cia politica en la Graduate School of International Studies de la Universidad de Denver. Es autor de numerosos libros y articulos so- bre cl tema de los derechos humanos. Entre ellos, cabria destacar The Concept of Human Rights (1985), Universal Human Rights in Theory and Practice (1991) y International Human Rights (1993). En la actualidad, ejerce docencia en las dreas de teorfa politica y re- laciones internacionales. JouN S. DRYZEK es catedratico de ciencia politica en la Uni- versidad de Melbourne. Entre sus obras se incluyen: Rational Ecology: Environment and Political Economy (1987) y Discur- sive Democracy: Politics, Policy, and Political Science (1990). Sus trabajos versan en su mayor parte sobre las dreas de teorfa democratica, historia de la disciplina, politica ambiental, andli- sis de politicas puiblicas, filosoffa de las ciencias sociales, teorfa critica y opinién publica. 10 JAMES Fark es catedratico de ciencia politica en la Universi- dad de Minnesota. Es autor de varios ensayos sobre la historia y filosoffa de las ciencias sociales, asf como coeditor de Political Innovation and Conceptual Change (1989) y Discipline and History: Political Science in the United States (1993). Actual- mente investiga sobre la teorfa del Estado y la practica de edu- cacién ciudadana en los Estados Unidos. JOHN FEREJOHN ocupa la Catedra Catherine S. G. Munro de ciencia politica y es Senior Fellow del Instituto Hoover de la Universidad de Stanford. Ha escrito extensamente sobre las dreas de teorfa politica formal y politica estadounidense. Es autor de Pork Barrel Politics (1974), coautor de The Personal Vote: Cons- tituency Service and Electoral Independence (1987) y coeditor de Information and Democratic Processes (1990). J. A. W. GuNN ha sido profesor del Departamento de Es- tudios Politicos de la Queen’s University de Kingston, Onta- rio, desde 1970. Entre sus libros se encuentran Politics and the Public Interest (1969), Factions No More (1972), Benja- min Disraeli: Letters (1982); Beyond Liberty and Property (1983) y Queen of the World: Opinion in the Public Life of France (1995). JoHN G. GUNNELL es catedratico de ciencia politica en la Sta- te University de Nueva York en Albany. Es autor de numerosos trabajos en teorfa politica, filosoffa de las ciencias sociales e his- toria de la ciencia politica. Sus tltimos libros son Between Phi- losophy and Politics: The Alienation of Political Theory (1986) y The Descent of Political Theory: The Genealogy of an Ameri- can Vocation (1993). STEPHEN T. LEONARD es profesor ayudante de ciencia polf- tica en la Universidad de North Carolina en Chapel Hill. Es au- tor de Critical Theory in Political Practice (1990) y editor de Intellectuals and Political Life (en preparaci6n). Sus trabajos han aparecido en diversos libros coeditados y en revistas como American Political Science Review y Political Theory. En la actualidad estudia el radicalismo politico en la Inglaterra del siglo XVII. 11 JosePH P. McCormick II es profesor ayudante y director del programa Master of Arts in Public Administration en la Howard University de Washington, DC. Sus intereses de docencia e in- vestigaci6n giran en torno a las areas de politica electoral afroa- mericana, comportamiento politico de grupos de interés en el movimiento de justicia ambiental y la interaccién de ciencia, tecnologia y polfticas ptblicas. CHERYL M. MILLER es profesora ayudante de ciencias de las politicas publicas y ciencia politica en la Universidad de Mary- land, condado de Baltimore. Ha publicado articulos sobre res- ponsabilidad burocratica y supervision legislativa en revistas como Public Administration Review, Policy Studies Review, y Congress and the Presidency. Sus investigaciones actuales se centran en el surgimiento y papel de los caucus de legisladores de raza negra de los Estados. KAREN ORREN €s catedratica de ciencia politica en la Uni- versidad de California, Los Angeles (UCLA). Su libro més re- ciente es Belated Feudalism: Labor, law, and Liberal Develop- ment in the United States (1991). Junto con Stephen Skowronek, es fundadora y responsable editorial de Studies in American Po- litical Development. DavibD SCHLOSBERG es aspirante al grado de doctor en el de- partamento de ciencia politica de la Universidad de Oregén. En la actualidad prepara su tesis sobre el examen del desarrollo de la teorfa del pluralismo y en la que se dedica una atencién espe- cial a las nuevas prdcticas politicas en e] movimiento ambiental de los Estados Unidos. KENNETH A. SHEPSLE es catedratico de gobierno en la Uni- versidad de Harvard. Ha realizado numerosas publicaciones en el campo de la teorfa politica formal y ha aplicado su perspecti- va de estudio al examen del Congreso de los Estados Unidos y otras instituciones. Es coeditor de Perspectives on Positive Poli- tical Economy (1990) y autor de Models of Multiparty Electoral Competition (1991). Sus investigaciones actuales versan sobre el estudio comparativo de la formacién de gobierno en las de- mocracias parlamentarias 12 STEPHEN SKOWRONEK es docente de politica estadounidense en la Universidad de Yale. Es autor de Building a New American State: The Expansion of National Administrative Capacities, 1877-1920 (1982) y The Politics Presidents Make: Leadership from John Adams to George Bush (1993). Junto con Karen Orren, es fundador y responsable editorial de Studies in Ameri- can Political Development. DOUGLAS TORGERSON es docente de teoria politica y teorfa de la organizacién en la Universidad de Trent, donde ademas ocu- pa cl puesto de director de estudios administrativos. Es autor de Industrialization and Assessment; Social Impact Assessment as a Social Phenomenon (1980) y coeditor de Managing Leviat- han: Environmental Politics and the Administrative State (1990). Asimismo, es editor de la revista Policy Sciences. HANES WALTON JR. es profesor de ciencia politica en la Uni- versidad de Michigan. Su trabajo mas reciente es The Native Son Presidential Candidate: The Carter Vote in Georgia (1992). En la actualidad prepara una compilacidn de investigaciones sobre politica afroamericana. INTRODUCCION JAMES FARR, JOHN S. DRYZEK Y STEPHEN T. LEONARD 1. La situaci6n actual de la ciencia politica en Estados Unidos no es facil de diagnosticar. Pero, ademas de cualquier otra cosa que pueda decirse, se trata de una situacidn, tanto temporal como temperamentalmente, postbehavioralista. Es decir, la si- tuaci6n actual de la ciencia politica americana da la medida de si misma en el tiempo y en su actitud por contraste con la era be- havioralista que galvaniz6 la identidad de la disciplina a media- dos de siglo. Aunque el behavioralismo nunca logré el status de un paradigma unificado o de un programa de investigacién uni- versalmente aceptado, su énfasis en crear una ciencia de la polf- tica predictiva, su marco conceptual ~comportamiento y proce- so— y su pluralismo liberal, ciertamente, proporcionaron en los cincuenta y sesenta un punto de referencia nitido para la dis- ciplina, ya como paraguas para la investigaci6n empirica, ya como blanco para los criticos disciplinares. Cualesquiera que sean sus méritos o sus defectos, el behavioralismo orienté la dis- ciplina de un modo singular y espectacular, y el éxito con que lo hizo ha mantenido viva su memoria desde entonces en numero- sas disputas en torno al «estado de la disciplina». Aun cuando persiste su recuerdo, el behavioralismo ya no orienta la disciplina en los noventa. Ni, segtin parece, hace algu- na otra cosa en medida considerable. Lo que llamamos «la situa- 14 cién postbehavioralista» no representa, ciertamente, un logro re- volucionario o un consenso idcolégico comprensivo de la totali- dad de la disciplina. No ha habido una «revolucién postbehavio- ralista» © un consenso en torno a un «postbehavioralismo» relevante para las politicas puiblicas, del tipo que David Easton es- peraba inaugurar en 1969, cuando se dirigié a la American Politi- cal Science Association (APSA) como presidente. En su reciente discurso presidencial de 1991 a la APSA, Theodore Lowi ha ar- gumentado que las pocas décadas pasadas de la ciencia politica en Estados Unidos han sido configuradas no por uno, sino por tres proyectos hegeménicos: la opinidn publica, las politicas ptblicas y la eleccién publica. Cada uno de ellos se ha asegurado una po- sici6n estable en la disciplina. Pero ninguno ha logrado algo ni re- motamente parecido a la aceptacién universal; y muchos otros proyectos por completo diferentes se desarrollan con absoluta independencia de ellos. Por el contrario, en la actualidad existen no sélo muchos enfoques en la investigacién empirica, sino tam- bién miiltiples prioridades para la disciplina en conjunto, inclui- das aquéllas relativas a sus misiones de instruccién y servicio. En el presente se dan tres respuestas a la proliferacién de en- foques y de prioridades que caracteriza. Es la proliferacidn —sin- gular— lo que caracteriza en la actualidad la situacién postbeha- vioralista de la ciencia politica estadounidense. Las tres, a su vez, sugieren una cuarta respuesta. La primera expresa desaliento y lamenta la pérdida del punto de referencia disciplinar que suministraba el behavioralismo. Con arreglo a esta perspectiva, la ciencia polftica esta fracturada en in- contables comunidades mas pequefias que tienen poco que decir- se O que ver entre si. Muchos de aquellos que expresan esta res- puesta son antiguos behavioralistas que ayudaron a revolucionar la disciplina en los cincuenta y los sesenta. En un ensayo muy dis- cutido (1988a), por ejemplo, Gabriel Almond se lamenta de que la disciplina esta constituida en la actualidad por «mesas separa- das». En su metdfora, los comensales de cada mesa representan una escuela de pensamiento y conversan entre sf, pero ignoran en gran medida las conversaciones que tienen lugar en otras mesas. Su «amplia cafeteria del centro» se ha disipado junto con el be- havioralismo. Heinz Eulau (1977) y Seymour Martin Lipset (cita- do en Finifter, 1983) han expresado una desazén similar por la «deriva» y el «declive» de la disciplina desde la desaparicién del 15 behavioralismo. Incluso David Easton —cuyo discurso presiden- cial (1969) indicé simbélicamente el declive de la prominencia del behavioralismo, al igual que su Political System: An Inquiry into the State of Political Science (1953) indic6é simbélicamente su confiado surgimiento— encuentra poca coherencia en el pano- rama contemporaneo. En recientes reflexiones ha reconocido no s6lo que ha desaparecido el punto de referencia disciplinar que proporcionaba el behavioralismo, sino también que no ha surgido para reemplazarlo ninguna alternativa coherente tinica —ni siquie- ra el postbehavioralismo-. Efectivamente, declara que «actual- mente hay tantos enfoques en la investigaci6n politica que la cien- cia politica parece haber perdido el norte» (1990, p. 143). La expresién de desaliento asociada a esta primera respues- ta, no esta de més indicarlo, no se limita a aquellos que hace tiempo admitieron el behavioralismo 0 pusieron sus esperanzas en un postbehavioralismo relevante para las politicas publicas. Algunos de los nuevos historiadores de la disciplina que han sido enérgicamente criticos del behavioralismo, en cuanto tenta- tiva desacertada de hacer cientifico el estudio de la politica -como David Ricci (1984), y asimismo Raymond Seidelman y Edward Harpham (1985)-, han argumentado que la disciplina hace tiempo al menos tenia unas prioridades que aglutinaran sus energias colectivas. Desde su punto de vista, sin embargo, estas prioridades no eran principalmente hacer cientifico el estudio de la politica, sino proporcionar una valoracién realista y un alien- to real ala democracia y al cambio progresista en Estados Uni- dos. En los términos de Ricci, las prioridades implicaron una constante y «trégica» persecucién de metas cientificas y demo- craticas incompatibles, pero al menos eran prioridades. Traégica o no, Seidelman y Harpham concluyen que esta claro que la ciencia politica como tradici6n de investigaci6n realista y polf- ticamente comprometida ha Ilegado a su fin. Una segunda respuesta sostiene que la multiplicidad de enfo- ques y de prioridades es engajiosa, por cuanto la mayor parte de ellos no son candidatos genuinos a una ciencia politica digna de ese nombre. En efecto, esta respuesta alza un grito de guerra cientifico a favor de unas prioridades de investigacién determi- nadas como sucesores cientificos de un behavioralismo fracasa- do. Otras prioridades de investigacién son, por ello, relegadas sin un examen demasiado serio. Un ejemplo particularmente notable 16 de esta respuesta estd representado por William Riker, quien identifica su versidn de la teorfa de la eleccién racional con la disciplina misma de la ciencia politica (1982a). Al seleccionar un programa de investigacién —en este caso, uno de los tres proyec- tos hegem6nicos identificados por Lowi-. Riker aduce haber dis- cernido y cultivado el disefio para el progreso cientifico mas me- recedor de las lealtades postbehaviorales de la disciplina. Una tercera respuesta clude tanto 1a desesperacién como la hegemonia cientifica, abrazando e incluso celebrando la diversi- dad disciplinar. J. Donald Moon, entre otros, ha argumentado re- cientemente (1991) que la fragmentacién es inevitable mientras existan definiciones enfrentadas de la naturaleza misma de la po- Iitica y de la ciencia. Este cardcter de inevitable esta garantizado, por afadidura, por la propia capacidad del conocimiento cientifi- co social de influir en sus objetos de estudio. Transformando lo que para algunos es un vicio en una virtud para la disciplina en conjunto, Moon considera deseable la diversidad, en la medida en que socava los efectos de la osificacién institucional, tedrica y metodoldgica. Dogan y Pahre (1990) desarrollan un argumento mas extenso a favor de las expectativas de creatividad e innova- cin ante la interseccién, productora de conflicto, de diversas prioridades de investigacién. Para cllos, el conflicto engendra una fertilizacién mutua e hibridos disciplinares mas aptos para adaptarse a unas prioridades de problemas que estan en constan- te cambio y a los que se enfrentan los cultivadores de la discip na (véanse también Moon, 1975; Ball, 1976; y Dryzek, 1986). En pocas palabras, la fragmentacién actual de la ciencia politica no deberfa ser causa de desaliento u ocasién de defender prioridades de investigacién parciales. Mucho menos deberia diagnosticarse- le el padecimiento de un trastorno de personalidad miltiple, aun cuando algunos de sus sfntomas —en especial, la falta de comuni- cacién entre los adeptos a diferentes programas u orientaciones de investigacién— pueden requerir tratamiento. Estas tres respuestas divergen en sus diagnésticos de la situa- cién actual de la ciencia politica postbehavioralista. Con todo, tienen algo en comtn, siquiera implfcitamente. Cada una de ellas da por sentada la importancia del pasado de la disciplina -y es- pecialmente del behavioralismo- para comprender su presente. Mas concretamente, cada una presupone (y en grados variados manifiesta) una sensibilidad histérica al desarrollo de la discipli- 17 na desde la era behavioralista. La primera implica y desarrolla provisionalmente un relato histérico de la decadencia y la frag- mentacién de la disciplina en general; la segunda, un relato sobre el éxito de la marcha de un tnico programa de investigacién en pos de la ciencia, y la tercera, un relato sobre la creatividad y la comunicaci6n interdisciplinar que la inevitable diversidad de prioridades de investigacién que se ha desarrollado en afios re- cientes ha hecho posible. Sin duda, podria profundizarse mds completando y especificando adicionalmente los detalles hist6ri- cos que prestarian peso y sustancia a estos relatos en competici6n (0, mejor, estos esbozos de relato). Pero nuestro objetivo es sdlo sugerir que tales relatos histéricos (0 esbozos de relato) estan 16- gicamente presupuestos en estos ~y cualesquicra otros— diagnés- ticos de la situacién postbehavioralista de la ciencia politica. Sin embargo, es posible otra respuesta a la situacién postbeha- vioralista —la que informa nuestras intenciones al compilar este vo- lumen-, que se vale explicitamente de las sensibilidades hist6ricas implicadas en, pero no desarrolladas por, las tres primeras. Es una respuesta que conjura a esforzarse por completar los detalles his- t6ricos y por rellenar los relatos histéricos implicados en las refle- xiones actuales sobre el estado de la disciplina. En ocasiones esto comporta fortalecer la linea divisoria que en la historia de la disci- plina traza el behavioralismo. En ocasiones, sin embargo, compor- ta establecer Ifneas de continuidad intelectual del otro lado de la frontera histérica creada por el behavioralismo, localizando ante- cedentes y posibles modelos de identidad disciplinar que van mas alld de las restricciones del behavioralismo. En cualquier caso, cualesquiera que sean los detalles del diagnéstico de este giro his- t6rico autorreflexivo, proporciona un lienzo mds grande sobre el cual representar cémo la disciplina se metamorfoseé en su forma presente, asf como bosquejar variados caminos que abocan a posi- bles futuros. Esta cuarta respuesta, en resumen, alienta una forma de reflexién sobre la situacién contemporanea de la disciplina cuyo propio trabajo empirico consiste en contar los cpisodios, momen- tos, tendencias y desarrollos de la historia de la ciencia politica. Esta misma respuesta de orientaci6n histérica a la situacién actual de la disciplina puede situarse en términos de un desarro- Ilo importante en la ciencia politica postbehavioralista. Este de- sarrollo no se ha advertido o apreciado plenamente. A pesar de la tan divisada fragmentacién en sus investigaciones, la ciencia 18 politica se ha hecho mucho mds acogedora para la historia y para la investigacién histérica de lo que jamds lo fue el beha- vioralismo. Quizas este desarrollo es debido precisamente a la orientacién ahistrica de gran parte del behavioralismo, un ar- gumento presentado hace mucho por Robert Dahl en su famoso «epitafio» al movimiento de protesta behavioralista (1961b). Ahora bien, seria exagerado decir que la disciplina como un todo ha adoptado un giro histérico. Pero la variedad de progra- mas de investigacién, enfoques y prioridades que en la actuali- dad se expresan claramente, de manera autorreflexiva, en térmi- nos histéricos es enormemente asombrosa. Considérense, por ejemplo, las investigaciones del desarrollo polftico estadounidense centradas en el Estado y orientadas a las politicas ptiblicas que se encuentran en la obra de Skocpol, Skowronek, Orren, Bensel y otros (véanse, v.g., las referencias en Orren y Skowronek, cap. XII de este volumen). Muchas obras hist6ricas mas breves de esta clase aparecen en la actualidad en las piginas de Studies in American Political Development. Ade- mis, los politélogos asociados con la teorfa de la eleccién racio- nal han aplicado las herramientas de la teorfa de juegos a episo- dios del pasado, incluidos conflictos del mundo clasico, pautas de voto durante el] Parlamento Largo de Inglaterra, debates sobre el federalismo a finales del siglo xvi, realineamientos de los partidos en los Estados Unidos de mediados del siglo x1x, el auge de la influencia burocratica en Ja politica agricola a principios del siglo Xx y otras muchas cosas (véanse, v.g., las referencias en Fe- rejohn, cap. X, y en Shepsle, cap. XI, de este volumen). Muchos otros estudios importantes con dimensiones o temas histéricos asombrosos han aparecido en las paginas de Social Science His- tory (publicada por primera vez en 1976), una revista que ha mantenido un interés transdisciplinar por aplicar variados méto- dos cuantitativos y cualitativos de las ciencias sociales a la his- toria. Mas recientemente, Social Science History ha admitido que, «de hecho, el intercambio intelectual se produce en los dos sentidos» y que sus ensayos recientes «nos ayudan a ver cémo la investigacién y el pensamiento hist6ricos han participado en in- vestigaciones disciplinares de ordinario consideradas no hist6ri- cas» (Monkkonen, 1991, p. 199). El subcampo de Ia teorfa poli- tica, por supuesto, siempre ha estado interesado en la historia del pensamiento politico. Pero incluso ahi el compromiso con la his- 19 toria y la reflexién sostenida sobre los métodos histéricos de in- terpretacién textual se ha redoblado como resultado del floreci- miento de «la nueva historia del pensamiento politico» asociada con la obra de Quentin Skinner, J. G. A. Pocock y John Dunn, y, mas recientemente, como consecuencia de las «gencalogias del conocimiento/poder» postestructuralistas y postmodernistas de la clase asociada con la obra de Michel Foucault. Es facil encontrar en otras dreas de investigacién y en varios subcampos de la dis- ciplina otros muchos ejemplos que corroboran el argumento: hay un cuerpo creciente de literatura postbehavioralista que convier- te a la historia, tanto en cuanto objeto como en cuanto método, en central para la investigacién en ciencia politica. Las contribuciones a este volumen representan ejemplos de esta cuarta respuesta a la situacién postbehavioralista. Conjunta- mente, ofrecen modos de comprender el pasado y el presente, asi como el pasado en el estado presente de la ciencia politica acadé- mica. Trabajando en un género que incluye las obras sustantivas de orientacién hist6rica que se acaban de mencionar, se dedican a una exploracién de la ciencia politica que discurre en paralelo 0 converge con estudios histéricos mas extensos de la disciplina y, mas en general, de las ciencias sociales, como los que se encuen- tran en la obra reciente de Novick (1988), Morawski (1988), Almond (1990), Turner y Turner (1990), Ross (1991), Gordon (1991), Baer, Jewell y Sigelman (1991), Easton, Gunnell y Gra- ziano (1991), Gunnell (1993) y Farr y Seidelman (1993). Como estas obras, los ensayos aqui incluidos despliegan ciertamente una variedad de juicios sobre el pasado y el presente, desde los par- ciales a los criticos, pasando por los comprensivos. Con respecto a los temas, hemos aspirado a cierta globalidad en nuestra cobertura, sin dejar de ser plenamente conscientes del hecho de que el vasto alcance de la disciplina imposibilita toda se- leccién exhaustiva o incontrovertible de temas y asuntos. Los en- sayos aqui incluidos abarcan no sélo los tres proyectos hegemé- nicos identificados por Lowi -opinién publica, polfticas puiblicas y eleccién piiblica—, sino también el atin mds inclusivo proyecto del behavioralismo y, procedente de una era anterior, el enfoque del Estado, que durante varias décadas constituy6 verdaderamen- te la ciencia politica. Los ensayos también se extienden a algunas de las tradiciones de investigacion de la disciplina de mas larga vida y/o influencia; el realismo en las relaciones internacionales, 20 la biologfa darvinista y la teorfa de la elecci6n racional (en cuan- to aplicada a la teorfa espacial de las elecciones). Dos ensayos presentan versiones enfrentadas del «nucvo institucionalismo» sobre el telén de fondo del viejo. Otro ensayo rememora la edu- caciGn civica y el compromiso pedagégico como una preocupa- cién disciplinar basica; aun otro traza la relaci6n ambivalente de la disciplina con las perspectivas del autogobierno democratico por la ciudadanfa. Lo que la disciplina ha pasado por alto histéri- camente ~o abordado sdlo de manera limitada 0 cuestionable- también es instructivo, como muestra el ensayo sobre la raza. Esta considerable diversidad de temas se extiende por los productos intelectuales de \a ciencia politica, Cada ensayo, por tanto, narra una historia de cambio -en ocasiones desarrollo y en ocasiones decadencia— en los variados conceptos, teorfas, méto- dos, programas de investigaci6n o fundamentos filos6ficos que han identificado histéricamente la obra de los politélogos. Cier- tamente, se alude en cada ensayo a las personalidades y los acontecimientos profesionales de la disciplina, pero el énfasis narrativo recae resueltamente en lo que los politélogos han pen- sado, dicho 0 escrito sobre la politica en el mas amplio contex- to intelectual de los variados enfoques y prioridades de la disci- plina. Los cambios en el tiempo de estos productos intelectuales se explican en el volumen tanto interna como externamente. Se explican, esto es, tanto en virtud de procesos enddgenos de refi- namiento tedrico 0 contraste empirico, como en virtud de pro- cesos ex6genos ocasionados por crisis 0 conflictos del mundo politico. En efecto, los ensayos de este volumen sugieren colec- tivamente —al igual que lo hacen individualmente algunos de ellos— que la caracterfstica definitoria del cambio intelectual en ciencia politica es la mutua determinacién de desarrollos cienti- ficos internos y de acontecimientos politicos externos. Si los ensayos de este volumen ayudan a superar la supuesta dicotomfa entre historia interna y externa, también ayudan a po- ner en cuestiOn aun otras dicotomias. Por ejemplo, Dryzek y Leo- nard (1988), en un articulo anterior, han dividido a los historia- dores recientes de la ciencia politica en dos campos: Whigs y es- cépticos. Los Whigs entienden el pasado como un prélogo a un presente o a un futuro inminente felices, en tanto que los escépti- cos lo entienden como el registro de errores incesante hasta nues- tro tiempo. Pero, por mucho que este esquema bifurcado capte 21 aquello que habia pasado por escritos de historia de Ja disciplina -y aun esto es discutible (véase Farr y otros, 1990)-, los ensayos de este volumen no entran tan claramente en ésta o en cualquier otra dicotomia. Sugieren, en cambio, que el panorama historiogra- fico se muestra en la actualidad mds complejo y mds defendible. Otro ejemplo de esta complejidad defendible en la orientacién historiogrdfica y de la superacién de supuestas dicotomias se hace evidente en cémo nuestros ensayistas orientan sus historias frente a debates y disputas actuales. A primera vista, algunos son més evidentemente «presentistas»: los temas que abordan, al igual que Jos términos para abordarlos, estan dictados por intereses presen- tes. Comienzan sus relatos en el pasado reciente 0 recorren el pa- sado con bastante rapidez hasta el presente, sin demorarse dema- siado en figuras, teorfas o debates distantes. El relato esta, pues, muy claramente «relacionado con» la situacién actual y se con- vierte explicitamente en un diagndstico de ella. Nuestros dos en- sayos finales -cada uno de los cuales presenta su propia versién del «nuevo institucionalismo»— son ejemplos especialmente pro- vocativos de este estilo mds evidentemente presentista. E incluso hacen que sus relatos histéricos sirvan directamente a prioridades de investigacién que compiten en la actualidad por los corazones y las mentes de los politdlogos mientras éstos otean el futuro. Otros ensayos, a modo de contraste, son mas evidentemente «historicistas» en su orientaci6n: sus temas y términos de referen- cia siguen de cerca los debates pasados en los cuales figuraban ori- ginariamente. Comienzan sus relatos en un pasado mds distante 0 los detienen a una considerable separaci6n temporal del presente después de una investigacién mucho mds minuciosa de las figuras, teorias y debates en cuestién. La conexién con el presente no es, por tanto, tan intensamente evidente, en parte debido a la amplitud de la investigacién empirica sobre el pasado que se expone. Pero las diferencias entre enfoques presentistas ¢ historicistas se difuminan con un examen més de cerca. Nuestros inicialmente identificados como presentistas son conscientes, en efecto, de que existe un pasado con el que deben enfrentarse genuinamente, y en sus propios términos. Y nuestros historicistas, por mucho que pue- dan poner entre paréntesis o refrenar las preocupaciones actuales, se dirigen a sus contemporaneos. Considérese, por ejemplo, el pri- mer ensayo del volumen, de John Gunnell. Aunque inicialmente historicista en su tratamiento de la decadencia del discurso de «el 22 Estado» —un discurso que practicamente constituy6 la ciencia po- Iitica académica entre mediados del siglo xx y comienzos del si- glo xx-, Gunnell también muestra cémo temas aparentemente abandonados hace mucho tiempo pueden tener implicaciones pre- sentistas. Tal y como sostiene, el eclipse del discurso estatista, que comenzé con el auge de la teoria pluralista en la década de 1920 y se habfa casi completado para la década de 1950, dejé un «residuo discursivo» que «todavia impregna tanto la ciencia politica como la teoria politica». Relegado a los margenes de la disciplina y, des- pués, casi extinguido cuando el pluralismo se alz6é para reempla- zarlo, cl discurso sobre «el Estado» siguié siendo un presupuesto implicito del propio pluralismo, puesto que, ante todo, fue en gran parte contra nociones de «el Estado» que el pluralismo establecié su ascendiente disciplinar. Ademas, en un momento en que ofmos mas de una voz en favor de «recuperar el Estado» (Evans, Rues- chemeyer y Skocpol, 1985; Almond, 1990), volver a esos debates deberfa ayudarnos a pensar con mAs claridad sobre cémo podria- mos interpretar el discurso actual del Estado en relacién con el «re- siduo discursivo» que ha dejado el propio pluralismo. Asi, los debates actuales pueden tener mds profundidad histé- rica de lo que puede parecer a primera vista, ¢ incluso rasgos de debates del pasado que parecen carecer de una inmediata pertinen- cia contempordnea pueden resultar muy importantes para dar sen- tido a nuestros dilemas presentes. Como ha sugerido Quentin Skin- ner en conexién con el retorno a los debates de los afios cuarenta del siglo xvi (y no digamos de los afios veinte de este siglo) en bus- ca de algtin punto de apoyo para el debate de hoy en dia sobre la libertad negativa y positiva (un debate, podria indicarse, no caren- te de relacién con los debates sobre el pluralismo y el Estado): Pueden ser precisamente aquellos aspectos del pasado que a pri- mera vista parecen carecer de pertinencia contemporinea los que pueden resultar, conociéndolos mejor, de la mds inmediata significacién filoséfica. Porque su pertinencia puede residir en el hecho de que, en lugar de proporcionarnos nuestros habitua- les y cuidadosamente elaborados placeres de reconocimiento, nos capacitan para distanciarnos de nuestras propias creencias y de los conceptos que usamos para expresarlas, forzdndonos qui- zs a reconsiderar, reformar o incluso [...] abandonar algunas de nuestras creencias actuales a la luz de estas perspectivas mas amplias (1984, p. 202). 23 Es en este espfritu que, como insinian algunos de los ensa- yos, se podria reconsiderar cémo tratamientos antiguos de la raza conforman los contornos actuales de la investigacién sobre la politica racial, o incluso examinar de nuevo la exposicién de Arist6teles del juicio practico cuando se trate de pensar mas ade- cuadamente sobre el futuro de los estudios de politicas publicas. Todo esto atestigua tanto los efectos de la situacién postbeha- vioralista como lo que creemos que es el potencial de una res- puesta de orientacién histérica a esa situacién. Que todos nuestros colaboradores no tengan la misma opini6n sobre esa respuesta es, por supuesto, notablemente importante. Pero es igualmente im- portante que muestren cémo toda respuesta adecuada debe en- contrar al menos parte de su fundamento en una reconstruccién de la situacién postbehavioralista informada histéricamente. 2 Apelando de maneras diferentes a nuestra situacién postbe- havioralista, pues, los ensayos de este volumen proporcionan re- latos hist6ricos de algunos de los enfoques mds importante e in- fluyentes de la historia intelectual de la ciencia politica estadounidense. El desarrollo cronoldégico de la disciplina ha ayudado a situar los ensayos en el orden en que aparecen. Asi, el examen del Estado precede al de la teorfa de la eleccién ra- cional, los intereses pedagdgicos preceden a los del behaviora- lismo, 1a opinién ptiblica precede al nuevo institucionalismo, etc., porque en cada caso los primeros han sido materia de deba- tes disciplinares mds duraderos que los tiltimos. Los primeros ayudaron habitualmente a galvanizar la disciplina en un punto anterior en el tiempo, y por ello sus principales figuras son ge- neralmente mas distantes. Pero aun éstos son juicios relativos, dado que hay muchas superposiciones obvias en estos ensayos. En «La declinacién del “Estado”», John G. Gunnell comienza por finales de la década de 1880, cuando se entendia que la cien- cia polftica era «la ciencia del Estado». Este relato pasa rapida- mente al debate entre estatistas y pluralistas que surgi6 en los afios veinte, cuando «la ciencia del Estado» recibié por vez primera un ataque serio. Los pluralistas -siguiendo esencialmente las huellas de Harold Laski- criticaban a los estatistas de la disciplina por te- 24 ner una teoria monista de 1a autoridad y por elevar al Estado a al- turas metafisicas por encima del toma y daca de los grupos de la sociedad, También vefan en el estudio de los grupos un modo de proceder mds progresista metodolégicamente que el supuesto le- galismo y formalismo del pasado. Sin embargo, no todos los po- lit6logos suscribieron las prioridades cientificas y politicas del pluralismo, como dejan claro los escritos de W. Y. Elliott. Te- miendo la «sublimacién» de la politica en sociedad y una auto- rrepresentacién cientifica de la disciplina, Elliott también se es- forz6 en conservar una tradicién idealista del liberalismo que asociaba el Estado con una «comunidad de fines» que tenia auto- ridad sobre, y daba sentido a, la politica de los grupos ¢ intereses. Lo que estaba en juego en este debate, como aclara Gunnell, no era slo la identidad de la disciplina como ciencia de la politica, sino también la naturaleza del propio liberalismo estadounidense. Comprometido a contar una historia esencialmente internalista sobre este desarrollo (0 en este caso un aspecto de la decadencia) de la disciplina, Gunnell sigue de cerca los términos y textos de esos debates antiguos. Sin embargo, muestra claramente cémo los debates de los afios veinte no sélo prefiguraron, sino que también se repitieron en la controversia entre pluralistas posteriores y sus criticos en los afios cincuenta y sesenta. Su «residuo discursivo» sigue entre nosotros, aun en la actualidad. Claramente relacionado con el debate sobre el liberalismo en la ciencia politica estadounidense estaba el debate sobre la demo- cracia misma. En un relato que comienza con Woodrow Wilson y se prolonga hasta Daniel Bell y Seymour Martin Lipset, Terence Ball presenta una exposicién de Ja alianza ambivalente que la ciencia politica ha sellado con la democracia estadounidense. Re- flejando las tensiones aun mas antiguas sobre la democracia esta- dounidense en las eras jeffersoniana y jacksoniana, los politélogos de los Estados Unidos han sido generalmente democraticos en su concepcisn de sf mismos, pero escépticos respecto a las cualidades necesarias para el autogobierno que se encontrarn en los ciudada- nos ordinarios, mucho menos en el pblico de masas. Se podria de- cir incluso que los politélogos, de modos y en momentos diferen- tes, han estado resueltos a salvar la democracia estadounidense de sf misma. De ahf las esperanzas de Wilson y A. Lawrence Lowell de reforma del funcionariado a expensas del gobierno del Congre- so y de la opinién popular, la confianza de Walter Lippmann en los 25 expertos por encima de un «publico fantasmal» de «ciudadanos omnicompetentes» y las variadas esperanzas posteriores en el fin de las ideologias o al menos en un ptiblico apatico, para liberar a las instituciones representativas y burocraticas del gobierno de- mocratico de sabor estadounidense. Ball encuentra el origen de es- tos cambios no principalmente en un didlogo interno entre cienti- ficos e intelectuales, sino en las constelaciones contingentes de fuerzas politicas en momentos concretos. Ademis, sugiere que los politélogos no han podido ser, y no podfan haber sido, normativa- mente neutrales al ofrecer sus diferentes explicaciones de la de- mocracia estadounidense. Y estimando que hoy en dia estd en una encrucijada, alienta a la disciplina en esta era postbehavioralista a prestar atencién a sus responsabilidades pedagogicas a fin de estar tan preocupada por la educacién de los ciudadanos ordinarios como por el adiestramiento de especialistas. Es la historia de la ciencia politica como practica pedagégica lo que Stephen Leonard se propone narrar. Este relato es oportuno, ya que en estos tiempos muchos politdlogos han exigido la «educa- cién de los ciudadanos» y el aprendizaje del deber de servicio como componentes esenciales de la autorrepresentacién de la dis- ciplina. Leonard otorga bases hist6ricas a estos sentimientos re- montandose a los escritos de pensadores como Francis Lieber, Woodrow Wilson, Charles Merriam y los «revolucionarios» de la era behavioralista. Pero lo hace de manera tal que no da una idea romantica de los que previamente habjan pasado por los fines pe- dagégicos de la ciencia politica. Aunque comprometidos siempre con un proyecto pedagégico efectivo, a menudo los politdlogos moldearon los términos de este proyecto en una variedad de ideales no siempre compatibles, algunos de los cuales estaban en desven- taja competitiva en relacién con otros, debido a las preocupaciones teéricas, institucionales e ideoldgicas de la disciplina. Abriendo, y después cerrando 0 marginando, los ideales de educar a los ciu- dadanos, los estadistas y los funcionarios, la ciencia politica con- virtid6 su propia autorreproduccién disciplinar —la pedagogia de futuros politélogos— en su principal interés educativo. Con el ad- venimiento del postbehavioralismo, esta trayectoria de desarrollo estd mds o menos agotada y la identidad pedagégica de la discipli- na es una cuestién abierta. Y como sugiere Leonard, podria ser aconsejable que aquellos comprometidos con una renovacién o, mejor, con una reestructuraci6n de Ia misién educativa de la disci- 26 plina hoy en dia consideraran las razones por las que los fines pe- dagégicos de la ciencia politica tomaron la forma que tomaron. Entre estas posibilidades pedagégicas, la educacién del pro- pio ptiblico se basaba en la idea de que la opinién publica era de suma importancia en el gobierno democratico. Aunque la idea misma de opinién ptiblica se remonta a la formacién de los Es- tados modernos en lo siglos Xvi y XVI, obtuvo un relieve espe- cial con el auge de los Estados democraticos en el siglo x1x. En ese contexto, quedé sometida al examen de los politélogos que formaron y después mantuvieron la disciplina en los Estados Unidos y en otros lugares. Este es cl punto de partida de la ex- posicién hist6rica por parte de J. A. W. Gunn del concepto y de sus usos tedricos. En un relato que comprende las concepciones de Lippmann, Tonnies, Sait, Blumer, Rogers, Berelson, Key, Converse, Noelle-Neumann y muchos otros, Gunn sigue la pis- ta a los cambios en el significado y en el uso del concepto, asf como en las metodologfas que han ayudado a su despliegue dis- ciplinar. Fue en especial la investigacién con encuestas lo que revolucion6 la opinién publica, haciéndola prdcticamente sind- nimo de lo que median las encuestas. Desplazando antiguas no- ciones holistas sobre la mentalidad colectiva, la investigacién con encuestas introdujo una interpretacién basada en la agrega- cidn de las opiniones individuales e incluso privadas. Mas re- cientemente, sin embargo, ha habido un retorno a ciertas nocio- nes holistas, en especial la de que no podemos comprender el concepto o estudiar el fendmeno sin referencia al comporta- miento colectivo, a la psicologfa manipuladora 0 a «espirales de silencios» no intencionadas. La historia de estos amplios cam- bios en el estudio de la «opinién piblica» proporciona pruebas més que suficientes de por qué los politélogos no deberian es- perar el surgimiento de una definicidn sincrética del término o una estrategia de investigacidn sobre la que haya acuerdo para estudiar el fenémeno que designa. Pero por temor a que eso pa- rezca un fracaso metodolégico, el ensayo de Gunn nos recuerda que el concepto sigue estando, para bien o para mal, en el cen- tro de la politica democratica. Ademds -y més histéricamente-, la opinién publica contintia bajo la influencia del pasado, si- quiera porque la teorfa politica que atribuye significacién norma- tiva al contenido de la mentalidad colectiva no puede reempla- zarse con meros datos. Las cuestiones que otorgan significacién 27 al fenédmeno y el andlisis que exploré el significado del concep- to todavia estan entre nosotros. Incertidumbres metodolégicas y presagios politicos también asisten a la historia del pensamiento bioldgico en ciencia politica, especialmente tras la revolucidn darvinista de finales del siglo xtx. En su relato, John Dryzek y David Schlosberg examinan uno de los programas de investigacién mis persistentes (aunque discon- tinuo), que se extiende durante més de un siglo de ciencia politi- ca en la obra de Davies, Masters y otros muchos. Durante este si- glo de trabajo, el pensamiento darvinista ha estado implicado no s6lo en los debates sobre una ciencia genuina de la politica y la sociedad, sino también en los debates mds manifiestamente poli- ticos e ideoldgicos. Esto es evidente en obras antiguas como What the Social Classes Owe to Each Other, de William Graham Sum- ner, y The Natural History of the State, de Henry Jones Ford, asi como en las invocaciones posteriores de la eugenesia y, mas re- cientemente, en las de la sociobiologfa. Tras un perfodo de eclip- sc, que equivale aproximadamente al auge del behavioralismo, la contribucién postbehavioralista a este programa de investigacién ha surgido dentro del subcampo de la biopolitica. Esta tiltima ver- si6n del programa acepta en la actualidad una perspectiva esen- cialmente interaccionista que conecta la naturaleza con la eleccién humana y la cultura politica. Aunque los caprichos cientificos e ideoldgicos evidentes en la historia de este programa de investi- gacion darvinista como un todo todavia han de eliminarse, este punto de vista interaccionista indica cémo los practicantes podrian contrarrestar los usos erréneos del pensamiento bioldgico en po- Iitica. El relato de Dryzek y Schlosberg tiene como consecuencia alentar ciertas tendencias en biopolitica, especialmente aquellas que se reconocen a sf mismas como no deterministas y que re- nuncian a la idea de que la naturaleza tiene una tinica verdad que transmitirnos sobre la politica y la sociedad. Su conclusion es co- herente con la tercera respuesta, la que da la bienvenida, a la frag- mentacidn postbehavioralista que hemos indicado anteriormente. Lo peor, ideoldgica y cientfficamente, del pensamiento biolé- gico se manifest6 en su uso en el estudio de la raza, especial- mente durante el cambio de siglo. Este es el punto de partida his- térico del estudio de Hanes Walton, Cheryl M. Miller y Joseph P. McCormick. Indicando las conclusiones esencialmente racistas a las que Ileg6 gente como John W. Burgess, cuando se fund6 la 28 disciplina en la década de Jos ochenta del siglo x1x, narran las transformaciones en el tratamiento bastante irregular de la raza por parte de la disciplina. En efecto, descubren dos tradiciones de investigaci6n muy distintas —una de ellas Hamada «politica de las relaciones raciales» y la otra «politica afroamericana»—, usando como pruebas histdricas el contenido de los articulos de las re- vistas mds antiguas y sobresalientes de la disciplina, Political Science Quarterly y American Political Science Review. Gene- ralmente, la primera tradicién ha dominado las paginas de estas revistas clave de la disciplina, si es que el tema de la raza se ha considerado en absoluto. Una de las consecuencias de esta domi- nacién, sostienen los autores, ha sido implicar a la disciplina en la acomodacién de las «relaciones raciales» al statu quo institu- cional y sus desigualdades especificas. Walton, Miller y McCor- mick apoyan claramente la segunda tradicién, la de la politica afroamericana, en la cual el empowerment* ha sido el concepto clave y el objetivo nitido. Su futuro esté muy claramente ligado al curso de acontecimientos presentes y futuros, asf como a la respuesta global de la disciplina a esos acontecimientos. Como se ha indicado en relacién con el pluralismo, el con- cepto de «Estado» ha sido de notable importancia en Ja historia de la ciencia politica. Dirigiendo miradas atrés hacia la tradicién del pensamiento politico moderno que moldea la politica princi- palmente en términos de «razén de Estado» y realpolitik, Jack Donnelly narra otra tradicién de andlisis centrado en el Estado —e] realismo en las relaciones internacionales-. Trazando la histo- ria académica de las conceptualizaciones realistas de la politica internacional, Donnelly alude tanto a la ambigiiedad como a las limitaciones del pensamiento realista. Partiendo como premisa de presupuestos de egoismo individual, anarquia interestatal y de la importancia del poder nacional y de la seguridad internacional * Debido a que el concepto de empowerment comprende una serie de con- notaciones que ninguno de nuestra lengua puede sugerir, alo largo de esta obra se mantendra el término inglés, entendiendo que se refiere tanto ala situacién de disponer de parte del poder, como a las medidas, pricticas o procesos, legales, en especial, pero no en exclusiva (desde la tradicional concesién del derecho al voto hasta la mds reciente accidn afirmativa), a través de los cuales se facilita a un determinado grupo social —una minoria racial, en el presente caso- el acceso a.esa parte del poder de una sociedad [N. del T.}. 29 ~-respecto a los significados y las implicaciones de los cuales nunca estuvieron los realistas completamente de acuerdo-, el realismo re- cibié ataques rotundos de una variedad de perspectivas por sus defi- ciencias tedricas, ingenuidad metodolégica ¢ insuficiencias politicas. Y aunque los «neorrealistas» han lanzado recientemente un esfuer- zo de rescate, incluso éste ha carecido de efectividad para detener la pérdida de vitalidad que se siguid de esa la més hiriente de las conclusiones que los criticos infligieron al cuerpo del paradigma rea- lista, a saber, que el realismo era, sencillamente, no realista, debido a sus constructos teéricos y filoséficos esencialmente estaticos. Fue la de la frustracidn no tanto con el realismo como con el propio marco conceptual del Estado de lo que se desahogaron espectacularmente los «revolucionarios behavioralistas» de los afios cincuenta y sesenta. Aunque a algunas figuras precedentes, como Arthur Bentley y Charles Merriam, se las rememoré elo- giosamente, los behavioralistas buscaron, en general, una trans- formaci6n a gran escala de la disciplina. En lugar de «el Estado» y de los métodos legal-formales, prefirieron y desarrollaron es- trategias de investigacién para estudiar «comportamiento» y «procesos», «sistema» y «grupos». Estaba en juego, a su juicio, el destino de una ciencia de la politica genuinamente predictiva contra la tradicién de la investigacién normativa e histérica, asi como las esperanzas de una explicacién cientffica de los proce- sos pluralistas liberales supuestamente operantes en la politica estadounidense. Enfatizando los escritos de Easton, Truman, Dahl y Eulau, James Farr se ocupa de una rememoracién de la revoluci6n, trazando el curso de los debates sobre ciencia y po- litica que acompajiaron el espectacular auge y la muerte igual- mente espectacular del behavioralismo como movimiento en la disciplina. Denominando a su historia una como la adopcién por una palabra de distintas formas para distintos casos gramaticales [N. del T.]. 35 tenido y Ia forma de la historia interna de la ciencia politica’. También quiero sugerir que, en un sentido importante, esta con- troversia vers6 sobre la naturaleza de la realidad politica, sobre el sentido de la democracia liberal y sobre Ja identidad profesio- nal de la ciencia politica y su relacién con la politica. A mediados de los afios cincuenta, en la ciencia politica y en la teorfa politica el liberalismo significaba pluralismo. El pluralismo se habfa convertido en el discurso canénico para describir y expli- car la polftica y en una teorfa normativa de la democracia liberal. La aplicacién por parte de David Truman de lo que estimaba que era la teorfa de la politica de Arthur Bentley (la teorfa de los grupos) a un anilisis del «proceso gubernamental» habfa proporcionado una imagen influyente del funcionamiento del gobierno representativo (Bentley, 1908; Truman, 1951a; Latham, 1952; Gross, 1955). Aun- que Truman mencionaba brevemente a la antigua escuela pluralista, no empleo explicitamente el concepto de pluralismo. La reconstitu- cién del concepto fue en gran medida producto de los afios sesenta y consecuencia de la obra de Robert Dahl y su defensa tedrica de la «democracia polidrquica», asf como de una serie de argumentos afi- nes. El pluralismo, sugerfa Dahl (1956), en realidad era también una descripcién de cémo funcionaba el sistema politico estadouniden- se, frente a lo que él describia como imagenes madisoniana y popu- lista. Y pocos sugerirfan que el famoso estudio de Dahl sobre la po- litica de New Haven no era cuando menos una aprobacién implicita del pluralismo como teorfa normativa de la democraci; Durante finales de los afios cincuenta y principios de los afios sesenta, la perspectiva pluralista de la politica sedimenté progresivamente en el discurso de la ciencia politica y se asocié fntimamente al behavioralismo, que se habia convertido en el credo metodolégico dominante en este campo, asf como en la base de la identidad disciplinar. A finales de los sesenta, sin em- bargo, también se habfa convertido en objeto de erftica constan- te tanto como descripcién de la politica cuanto como teoria de la democracia y forma de la practica democratica adecuadas (McCoy y Playford, 1967; Connolly, 1969). ' Para un tratamiento de las premisas metodoldgicas que gufan este ensayo y el énfasis en la historia «interna», véase Gunnell (1991). Respecto a algunos de los temas sustantivos mds generales relacionados con este tratamiento, véase Gunnell (1993). 36 Se dieron una serie de factores inmediatos, tanto contextuales. como internos, relevantes y que se invocan generalmente al ex- plicar qué precipité este segundo debate sobre el pluralismo y de- terminé su cardcter concreto. No fue el menos importante de ellos la infusién de ideas de los emigré alemanes hostiles al libe- ralismo y al pluralismo (Gunnell, 1988). Igualmente importante fue la critica interna de la ciencia politica como implicitamente conservadora y desconectada de los problemas politicos (Green y Levinson, 1970; Surkin y Wolfe, 1970). Sin embargo, la cues- tidn fundamental, asf como los términos de la discusién, habian sido inmanentes a la disciplina durante mucho tiempo. En medi- da mucho mayor de lo que los participantes eran conscientes, el debate fue la perpetuacidn de una forma indigena mas determi- nante que bien las circunstancias contextuales, en cierto modo accidentales, que pueden haber configurado el cardcter concreto de la discusién, bien las ideologias que se conectaron con ella. Acomienzo de los sesenta, Sheldon Wolin (1960), por ejem- plo, atacé a la perspectiva pluralista del liberalismo y la acusé de socavar «lo politico». Henry Kariel (1961) sugirié que era una amenaza al constitucionalismo. Mediada la década, Grant McConnell (1966) critic6é el dominio del poder privado sobre el interés ptiblico democriatico. A finales de los aiios sesenta, Theo- dore Lowi (1969) atribuyé la patologia de la politica estadouni- dense contempordnea al «liberalismo de grupos de interés». Ellos, como muchos otros criticos representativos del perfodo, reaccionaron tanto a su propia imagen de la situacién politica contempordnea como al modelo descriptivo, explicativo y pres- criptivo de la politica dominante en la ciencia politica behavio- ralista. Pero, por mucho que sus argumentos, preocupaciones y formaci6n intelectual puedan haber sido inicos en algunos as- pectos, ellos, asf como aquellos a quienes criticaban, participa- ban en una estructura discursiva que estaba profundamente in- serta en Ja disciplina y que habja cristalizado en los afios veinte. Debates recientes sobre el retorno al concepto de Estado en ciencia politica y social tienen un pedigri similar (Easton, 1981; Evans, Rueschemeyer y Skocpol, 1985; Almond, 1988b). Aunque podria ser razonable sugerir, a cierto nivel de abs- traccién, que el pluralismo, desde tiempos de Madison y el Fe- deralista, ha sido la concepcién dominante de la politica esta- dounidense, no siempre ha sido una imagen positiva o el centro 37 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. Con el cambio de siglo, el Estado siguid siendo el objeto de la ciencia politica, pero, a pesar de conservar una aura metafisi- ca y presupuestos de su patrimonio teutén, estaba en camino de ser desentrafiado y transformado, en la obra de individuos tales como Woodrow Wilson (1889) y W. W. Willoughby (1896), en la instituci6n de gobierno. Esto, sin embargo, no disminuyo su sta- tus. Mientras que muchos siguieron encontrando solaz conserva- dor en la idea del Estado, los Progresistas, como una generacién previa de cientificos sociales mds radicales, consideraron el Es- tado, ahora en cuanto gobierno, como instrumento de reforma so- cial y como vehiculo de una mayoria democratica constituyente a la que Jos resultados de la investigaci6n social realista podrian despertar. Para los politélogos en general, por tanto, el Estado, por variadas razones, siguié estando profundamente implicado en su identidad. Sin embargo, como descripcién de la realidad politica, la concepcién orgdnica del siglo xx se estaba atrofian- do frente a imagenes de la sociedad y de! gobierno que estaban empezando a parecer intratablemente pluralistas. El advenimien- to de la I Guerra Mundial y el abierto rechazo estadounidense de la filosofia germana, y su concepcidn del Estado, como la fuente culpable del autoritarismo y de la politica imperialista, perturba- ron de manera aun mas extraordinaria el paradigma tradicional, Para finales de la primera década del siglo xx, pocos, si es que alguno, eran los que se aferraban a las concepciones que ca- racterizaron la apoteosis de la idea del Estado en las décadas fi- nales del siglo x1x. Sin embargo, fue escasa la confrontacién di- recta con los argumentos de Burgess 0 de otros propagadores de la teorfa orgaénica germana. Y los principales manuales de la épo- ca mantenfan todavia que el Estado era el objeto de la ciencia po- litica. Aun cuando el compromiso con el Estado no siempre se basara en los mismos fundamentos tedricos e ideologia, era ge- neralizado. La pérdida de la idea del Estado como justificacién del gobiemo limitado y como sustituto del «pueblo» no disminu- y6 su aceptacién por parte de la generacién sucesiva de politdlo- gos que se enfrentaron al problema de la diversidad americana. Segtin un mito persistente en la investigacién sobre la his- toria de la ciencia politica, la muerte de la imagen del Estado del siglo x1x fue parte de una transicién del historicismo al cien- tificismo e implicé un rechazo de las ideas de Burgess, Wi- lloughby y otros (véase, p. ej.. Ross, 1991). Aunque la genera- 39 cién que sucedié a Burgess en Columbia, ¢ incluso algunos de sus contempordneos y colegas intimos, tales como William A. Dunning, se distanciaron de su concepcién particular del Esta- do, y en especial de los elementos racistas, y divergieron inclu- so con mas intensidad ideoldgicamente, no fue esto lo que pre- cipité el debate sobre el Estado que estallé en los afios veinte. Ciertamente, Charles Merriam dio la bienvenida a, y propag6, las nuevas tendencias en la ciencia politica empirica, pero esto fue mas un cambio en el contenido de la idea de ciencia que una modificacién del compromiso bdsico con la ciencia. Merriam nunca os6 desafiar a su maestro Burgess 0 el paradigma del Es- tado, Aunque puede haber varias dimensiones en la explicacién de este hecho, sin duda uno de los factores fue la continuidad que se manifestaba en dreas de acuerdo fundamental (Gunnell, 1992). Merriam, como muchos otros, lleg6 a aceptar la idea de que la sociedad estaba fragmentada, pero esto no era, en mayor medida que lo era para alguien como Charles Beard o Bentley, una causa para depreciar al Estado. El Estado siguié siendo la solucién al problema. En la obra de Merriam, lo que podria Ila- marse pluralismo se acepté cada vez mas como descripcidén de la realidad social, pero dificilmente era una tesis normativa. El Estado siguié siendo el lugar de la democracia liberal y el ve- hiculo para la solucién de problemas sociales. Desde los comienzos de la disciplina, el pluralismo, 0 la di- versidad politica y social, se habian interpretado como una pa- tologia, y las circunstancias de finales del siglo xix y principios del siglo xx en poco contribuyeron a aplacar esta preocupacién que atravesaba lineas ideolégicas. Para Wilson, el problema era la fragmentacidn tanto en el gobierno como en Ia sociedad, y Jesse Macy (1917), al igual que otros muchos, continué consi- derando Ja ciencia politica, a través del gobierno, como respues- taal problema de controlar los intereses conflictivos que prolife- raban. Segtin un mito antiguo, el estudio del Estado del siglo xix no prestaba atencién a los pormenores de la politica y a los varios intereses de la sociedad. Individuos tales como Lieber y Woolsey catalogaron y consideraron una plétora de diversidades politicas, al tiempo que buscaban la unidad en la idea del Esta- do. Pero con el nuevo siglo, en la obra tanto de los politélogos como de los socidlogos, el enfoque de los grupos de interés, como realidad politica, se incrementd. 40 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. holista y oscurecfan y subordinaban los elementos sociales que lo componian. Cada iglesia, ciudad, universidad y sindicato obrero tenia su propia realidad distintiva, y «vida de grupo» y «volun- tad». La imagen del Estado en la «teoria politica», y el concepto de soberania como su «instrumento», era simplemente el homé- logo y la consecuencia de la nocidn del idealismo filoséfico de un «absoluto» metafisico como base del entendimiento humano. Laski opuso esta imagen jamesiana del universo pluralista, que, sugeria, conducia a la idea politica de una reptiblica federada y a una «teorfa del Estado pluralista» e «individualista», Laski sostuvo que, como principio filosdfico, el todo no se conoce antes que sus partes ni tiene superioridad moral. Las par- tes son en si mismas algo diferenciado, no son parte de una red sin costuras en la cual su realidad deriva de su relacién con algo mas grande. En consecuencia, afirmd, el «Estado no es mds que una de entre las variadas asociaciones y grupos a los que perte- nece el individuo» y a los cuales se presta lealtad. La fuente de la ley era, de hecho, no un mandato de un soberano, como habia in- sistido Austin, sino algo generado sociolégicamente por la «opi- nidn» de los individuos y por manifestaciones de su consenti- miento o de la «fusién de su buena voluntad». La tinica raz6n de que ocasionalmente el Estado fuera supremo era que lograba «obtener aceptacién general» de las «voluntades constituyentes de las que esta hecha la voluntad del grupo» y «probar su valor» (como sugirid Dewey) sobre una base «experimentalista». Cual- quier desacuerdo real por parte de sus elementos lo volvia im- potente y privaba de sentido al presupuesto de la soberanja. Laski buscé apoyo a sus argumentos en la idea de Aristéte- les del gobierno mixto y sugirid que esta concepcién de la for- ma de gobierno ofrecfa «una teoria del Estado pragmatista» en la cual el progreso procedfa, no de la uniformidad, sino de la variacién y del conflicto. Sin embargo, rechazé lo que podria también entenderse como la afirmacién de Aristételes de que . el Estado era mds importante porque sus intereses eran mds comprehensivos o de que tenia un fin moral mas amplio. Tam- bién sostuvo que, de hecho, el Estado representaba habitual- mente sdlo a una porcién de la sociedad, y sus fines no eran, en principio, superiores a los de una iglesia 0 un sindicato. Aun cuando el Parlamento, por ejemplo, podria ser la sede formal de la autoridad, sus dictados eran, al cabo, resultado de un 43 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. cido jamds», mientras la separacién de poderes deja paso al de- clive del Congreso y a la centralizacién administrativa. Sin em- bargo, pese a «su polftica corrupta», la «retirada de gran parte de su capacidad de la vida gubernamental, su exuberante optimismo y una fe tradicional, que muy bien puede resultar desastrosa, en sus mecanismos politicos ortodoxos», habfa esperanza. Esta des- cansaba en su herencia revolucionaria y democratica, el creci- miento del trabajo organizado, la protesta social y la experimen- tacién progresista, el renacimiento de las ideas de los derechos naturales y decisiones legales tales como las de Holmes y Bran- deis, que mantuvieron al Estado sujeto a la ley (1919, p. 116). Laski prosiguié con los mismos temas en un tercer volumen, pero para entonces el Estado monista y el Estado pluralista ya no eran simplemente exposiciones tedricas diferentes. Fue mas alla de la afirmacién de que la teorta de la soberanfa habia «cafdo de su elevada posicién». Se presentaba, como estructura caracterfs- tica del poder politico contempordneo, al Estado monista y se ofrecfa el pluralismo como un programa normativo alternativo en oposicién a la «soberanfa unificada de la organizacién social actual» y dedicado a la sustitucién de la «estructura jerarquica» por la «coordinaci6n». La meta de Laski era la «particidn» de la soberanfa y la creacién del «federalismo» social. Segufa acen- tuando la manera en la que el gobierno era controlado por el po- der econdmico dominante y cémo la libertad era incompatible con el poder en manos de «un pequejio grupo de poseedores de propiedades» (Laski, 1921, p. 209). Todavfa buscaba sus ejem- plos modélicos en el movimiento conciliar de la Edad Media, Edmund Burke y el primer federalismo norteamericano. Con el declive del Estado como concepcién de la realidad po- litica, Merriam y otros, como generaciones posteriores de polité- logos, buscaron la identidad y Ja autoridad de la ciencia politica mas en su método que en su objeto, pero esta nocién de identi- dad metodolégica no carecid de problemas. Las ideas de ciencia y de Estado habfan estado fntimamente entrelazadas en el siglo xix, enel sentido de que el Estado se concebia como objeto de la cien- cia y la ciencia se entendia como la base de la autoridad del co- nocimiento. E] declive del Estado significaba la pérdida de un objeto nitido y sustantivo, y esto, a su vez, exigfa Ja reconstitu- cién de la identidad de la ciencia politica —una tarea ala cual Me- triam dedicé buena parte de su vida-. También exigia volver a AT pensar la cuestién de la relaci6n entre ciencia politica y polftica. Es en estos términos que es posible explicar en parte la manera en la cual se desarrollé la controversia sobre el Estado y el plu- ralismo. Aquellos que argumentaban contra el pluralismo como tesis tanto descriptiva cuanto normativa pueden, en algunos ca- sos, haber estado, en un sentido estrecho, motivados ideolégica- mente, pero de manera mds inmediata y general Jo que estaba en juego era la identidad y autoridad profesional de la ciencia poli- tica y el significado mismo del liberalismo. Antes que nada, el pluralismo proporcionaba poca base para distinguir la ciencia politica de la sociologsa, la psicologia y la economia —y, de hecho, parecfa indicar su subordinacién a estos campos-. El dominio de la ciencia politica y la naturaleza de la teorfa polftica, cuyos confines habfan circunscrito cuidadosa y diligentemente Willoughby y otros antes de la I Guerra Mundial, fueron puestos en cuesti6n. En segundo lugar, si la ciencia polf- tica no tenfa acceso al mds profundo objeto cientffico del Esta- do, sus pretensiones de conocimiento y su por mucho tiempo buscada autoridad social estaban en peligro. Finalmente, el plu- ralismo amenazaba la nocién de que existfa, después de todo, un «pueblo», lo cual, a su vez, ponfa en cuestién la idea misma de la democracia liberal tal como se la habia concebido hasta en- tonces. Lo que molestaba a los criticos no era tanto el empiri- cismo de la nueva ciencia de la politica, defendida por indivi- duos como Merriam, cuanto su cardcter interdisciplinar y el rechazo de la concepcién de la realidad politica representada por la idea misma del Estado. Muchos, incluido, por ejemplo, Dunning (1917), alabaron el repudio por Laski de la soberanja unitaria, pero el problema que Laski leg6 a la ciencia politica estadounidense fue el de c6mo, segtin pregunté Walter Shepard (1919), podian resolverse los conflictos entre grupos sin la voluntad suprema del Estado. Ellen Deborah Ellis (Smith College), sin embargo, fue la primera en cxpresar claramente, y en intentar ofrecer una exposicién esque- miatica de la controversia que habia adquirido forma. Enfatizs que lo que habia surgido era una teoria del «pluralismo» cada vez més nitida, la cual podia yuxtaponerse al «monismo» -la teoria del Estado de la ciencia politica aceptada durante mucho tiempo» (Ellis, 1920, p. 394)-. La tiltima representaba al Estado como la asociacidn polftica nitida, unitaria y absoluta y 6rgano soberano 48 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. Marx planteaba a «la teorfa liberal del Estado». Aunque todavia afirmaba gran parte de la critica pluralista, crefa que el pluralis- mo no habia tomado suficientemente en cuenta «la naturaleza del Estado como expresi6n de las relaciones de clase» tanto en sociedades «democraticas» como en los regimenes autoritarios emergentes (Laski, 1925, pp. iii, xi). Sélo en una sociedad sin clases podrfa darse una transformacién fundamental en el Esta- do. La imagen cambiante del Estado, sin embargo, era evidente en un trabajo como el del R. M. Maclver, quien, al tiempo que buscaba una especie de término medio en la controversia, mina- ba implicitamente muchos de los presupuestos cruciales para la anterior teorfa del Estado. Maclver sostuvo que la «teorfa de] Estado ha estado domina- da durante demasiado tiempo por la concepcién legislativa de la soberania» y que hoy en dia el pensamiento politico reconoce «el cardcter limitado y relativo de la soberania». Era necesario, sostu- vo, examinar e] Estado como producto de la «evolucién social», sin «forma perfecta» alguna, y comprender que es sélo «uno de los 6rganos de la comunidad» y que «las grandes asociaciones son tan originarias de la tierra de la sociedad como el propio Estado» (Maclver, 1926, pp. 468, 475). La pretensién de absolutismo le- gal no se diferenciaba del modo en que la ley eclesiastica era do- minante en su esfera concreta. El Estado era esencialmente una de las muchas «corporaciones» sociales y no tanto la fuente de la ley cuanto su guardian. Tras el Estado, declaraba Maclver, estaba la sociedad o la «comunidad», que constituian la unidad o «solidari- dad de los hombres» y de las que el Estado era s6lo agente limi- tado. Pero aun cuando éste no era de manera especial el «hogar del hombre», era algo mas que el producto de asociaciones en pugna, y representaba, especialmente en su manifestacién demo- cratica, el tipo mds extenso y fundamental de pertenencia, pro- porcionando una «forma de unidad a la totalidad del sistema de relaciones sociales» (1926, pp. 479-486). Con todo, este planteamiento un tanto ambiguo no era del agrado de Elliott en absoluto, dado que no le daba al Estado nin- guna autoridad en Ultima instancia sobre los grupos sociales (Elliott, 1927). Ellis sugiri6 que tras tratar de liberarse de «una teo- ria sobrenatural o metafisica», y del campo de la ley y de un and- lisis jurfdico formal del Estado, la ciencia politica estaba ahora asediada por disciplinas tales como la sociologfa, la economia y 51 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. sistema politico proporciona una clase de unidad que inhibe tan- to las fuerzas centrifugas del pluralismo como las fuerzas cen- tripetas de Ja dictadura, al tiempo que crea una especie de todo moral y una comunidad de fines en la cual la soberanfa se con- vierte en «realidad». Elliott no estaba defendiendo un retorno ala concepcidén aus- tiniana legalista de la soberania, pero el concepto, aun cuando fuera una especie de ficci6n, era, crefa, una parte necesaria de la idea de gobierno constitucional. Aquellos que, como Laski, ha- bian desacreditado la idea del Estado se habjan desplazado en la direccién de postular grupos soberanos que planteaban la ame- naza del corporativismo y elevaban, por ejemplo, cl interés de las sectas religiosas por encima del interés de la comunidad. Pero el argumento mas importante que deseaba presentar Elliott, haciéndose eco de antiguas teorfas del Estado estadounidenses, era que el gobierno federal posefa slo una soberania limitada o delegada. La institucién del gobierno era la «criatura de la co- munidad politica» y la representante del «Estado federal creado por la Constitucién» (Elliott, 1928, pp. 106-107). Elliott habfa recibido la influencia de su nuevo colega euro- peo en Harvard, Carl Friedrich, ¢ incurrié en la creencia ingenua de que mientras otros paises estaban abandonando el liberalismo y las instituciones representativas, «la nueva Alemania parece firme en su practica del gobierno parlamentario bajo la benigna moderacién de Hindenburg» (Elliott, 1928, p. 315). Aunque no podia aceptar la critica que Carl Schmitt dirigfa a la toma de de- cisiones parlamentaria, simpatizaba con el virulento ataque de Schmitt al liberalismo pluralista y vefa en e] pensamiento y en la practica pluralistas gran parte de lo que Schmitt Hamaba ro- manticismo politico moderno. Elliott reiteré sus antiguas criti- cas a Laski como otro «discfpulo» de James y el principal opo- nente de la idea de soberania unitaria. Aun cuando estimara que The Granmar of Politics eva mas constructiva y quizds «la con- tribucién mds importante que se ha hecho a la teoria politica re- ciente» (Elliott, 1928, p. 167), acentud la filiacién de Laski al partido Laborista y su tendencia a sacrificar al individuo mismo por el que estaba preocupado, debido a la destruccién del Esta- do y al desencadenamiento de! interés de grupo. Sin embargo, diffcilmente se puede considerar a Elliott simplemente un ided- logo de los intereses conservadores y un partidario del gobierno ST aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. Il. Una alianza ambivalente: la ciencia politica y la democracia estadounidense TERENCE BALL La «ciencia de la polftica estadounidense», como en una ocasi6n se refirié Bernard Crick (1959) a la disciplina académi- ca de la ciencia polftica, ha mantenido una relacién inc6moda y a menudo ambivalente con su objeto de estudio. Este objeto tie- ne dos facetas. Por una cara es el reino general de la politica o (en ciertos sectores) «lo politico». La otra cara, mds especifica, es la politica estadounidense 0, de manera atin mas especifica (y haciendo un guifio a Tocqueville), la democracia en América. Mi objetivo es aqui el de apuntar varias conjeturas acerca de esa relaci6n ambivalente. La primera serd que la ciencia politica, en la medida en que es (0 declara que es) cientifica, estd obligada a ser recelosa y escéptica con las mal informadas opiniones y los prejuicios de los ciudadanos comunes. Mi segunda afirma- cién sera que la ciencia polftica, en un escenario que es no sdlo académico, sino también norteamericano y, por tanto, putativa- mente democratico, no puede adoptar, y no ha adoptado, un punto de vista neutral sobre la educaci6n civica 0 politica de los estadounidenses (especialmente de los jévenes y/o recién llega- dos). Mi tercer argumento serd que ha habido una especie de ba- lanceo entre una concepcidn esperanzada y otra desalentada de 61 la racionalidad y la aptitud de la ciudadanfa para ser educada. Mi cuarta y ultima afirmacién serd que la direccién de la osci- lacién ha sido hist6ricamente variable. Esto es, esperanza y desa- liento han sido respuestas mds o menos racionales a constela- ciones contingentes de fuerzas, temores y posibilidades politicos, en tiempos 0 momentos concretos. Dado que estas pretensiones constituyen un programa excesi- vamente ambicioso para cumplirlo en un nico ensayo, me pro- pongo ilustrar que son admisibles examinando varios episodios de la historia de la ciencia politica estadounidense. Por tanto, no pretendo ser exhaustivo. Mi objetivo es simplemente sugerir que la historia de la ciencia politica estadounidense es en aspectos importantes parte de la historia de la politica estadounidense. De- claraciones acerca de su status «cientffico», su «neutralidad va- lorativa» y su relevancia para las politicas publicas, su inmuni- dad a la «ideologfa» y a un surtido de influencias extranjeras —€stas y otras facetas y caracteristicas de la ciencia politica esta- dounidense se hacen inteligibles (y, en realidad, interesantes) s6lo cuando se las ubica en un contexto intelectual y politico mas amplio en el cual, dentro de la forma de gobierno estadouniden- se, esta disciplina se buscé un hueco y la legitimidad. El proceso que me propongo seguir es el siguiente. Comen- zaré esbozando, muy brevemente y con las menos pinceladas po- sibles, una imagen de dos concepciones alternativas de Ja ciencia politica como vocacién. La primera sostiene que la principal (aunque no exclusiva) tarea de la ciencia reside en la ilustracién y educacién de la ciudadanfa; la segunda que la ciencia politica deberfa servir al Estado como instrumento de control social. A continuacién trataré de mostrar cémo la tensidn entre estas dos concepciones se dirime en tres perfodos o momentos de la histo- ria de la ciencia politica estadounidense. Se trata, respectivamen- te, de la etapa wilsoniana, el perfodo progresista y la era de la re- volucién behavioralista. A pesar de su diversidad y de las obvias diferencias teéricas y metodolégicas, todos son de uno u otro modo ilustrativos del interés en —o quiz preocupaci6n por- la (in)capacidad de los ciudadanos estadounidenses de gobernarse a sf mismos. En el primer perfodo, los afios ochenta del siglo xix, los polit6logos mostraron una desconfianza cada vez mayor en la democracia en general, y, mas especialmente, en la educacién ci- vica. A manos de Woodrow Wilson, la ciencia politica llegé a ad- 62 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. del siglo xvim, pueden encontrarse en Thomas Jefferson, James Witherspoon, Samuel Stanhope Smith, Francis Licber y, mas tarde, John Dewey y el joven Charles Merriam. La segunda concepcidn, propuesta por, entre otros, Woodrow Wilson, mi- nusvalora lo «politico» y enfatiza el elemento «ciencia» en la ciencia politica. De manera mas especifica, considera la ciencia politica como, en un sentido absolutamente literal (y con un guifio a Foucault), una «disciplina» —una ciencia social de con- trol cfvico que sirve al Estado mediante, entre otras cosas, el adiestramiento de especialistas en administracién publica y campos conexos!, En la segunda mitad del siglo x1x, la ciencia politica sufrié las sacudidas de la Scylla de la ciencia desinteresada y la Carib- dis de la pedagogia comprometida. Fenémenos fascinantes pero alarmantes —seccionalismo, guerra civil, inmigraci6n, urbaniza- cién- parecian clamar no sdlo por su estudio sino también por su correcci6n y su reforma. La politica de las grandes ciudades, en particular, presentaba un auténtico panorama de problemas politicos demasiado grande como para ignorarlo. Para algunos, el auge de «maquinarias» politicas encabezadas por bosses y di- rigidas por mufiidores de distrito parecia ser la versi6n mds nue- va y amenazadora de la «maquinaria que se movia por si mis- ma» (Kammen, 1987). De Irlanda, Italia, Escandinavia, Rusia, Europa oriental y otras partes Ilegaban, una tras otra, oleadas de inmigrantes. Recién llegados e ignorantes del «intringulis», con- fiaban en, y fomentaban, maquinarias de las grandes ciudades, como Tammany (Erie, 1989). Periodistas fisgones, como Lin- coln Steffens y Upton Sinclair, podrian desvelar la corrupcién; pero {cémo podia corregirse? Las soluciones que se proponian con més frecuencia eran el «gobierno honesto» y el «control so- cial». Pero si la honestidad contribuia a desarrollar mejores po- liticas, gc6mo podia convertirse a los ciudadanos en honestos ademas de en conocedores de los modos del muiiidor de distri- to? Y gcémo podia controlarse a las masas, tanto por su propio bien como por el de la sociedad en general? ' Mi guifio a Foucault es simplemente ése, porque, desde luego, Foucault consideré toda empresa —incluida la educacién— una forma de «poder discipli- nario» y no habria admitido como significativa la distincién que trazo aqui. 64 Una respuesta a ambas preguntas fue que los ciudadanos —especialmente, aunque no exclusivamente, los recién llega- dos- debfan ser educados en los habitos de la democracia y de la vida cfvica. Era una respuesta que Jefferson habria admitido y apreciado. Pero en su mayoria los polit6logos, iniciado el si- glo, carecfan de la fe de Jefferson en la educacién. La antigua idea de la Ilustracién —sucintamente expresada en el dictum de Helvetius /’éducation peut tout— dejé de ser un articulo de fe, incluso, 0 quiz4s especialmente, entre los estadounidenses edu- cados. Se empezaban a conocer demasiadas cosas sobre las pul- siones irracionales y subconscientes que nublaban la claridad del pensamiento, aun cuando motivaran la mayoria de las ac- ciones de la gente. Si las ciencias sociales, en general, y la ciencia politica, en particular, eran incapaces de iluminar y emancipar a Ja ciudada- nia, al menos podian aspirar a controlarla y de este modo corre- gir y disminuir el entusiasmo por Jos variados planes y proyec- tos estrambdticos que propagaban populistas, socialistas y otros charlatanes de feria de la politica (Ross, 1991, cap. 4). Y tam- bién podrian presionar a favor de reformas polfticas que harian a las maquinarias y a los bosses menos poderosos y, por tanto, menos atractivos para los pobres y para los recién Ilegados. No habia nada necesariamente «democratico» en estos proyectos de reforma politica y contro! social. Con ellos lo que se pretendia era salvar a la democracia estadounidense de si misma. Siendo el fin (de manera ostensible) democratico, y siendo los medios democraticos a menudo no fiables, lo tinico que quedaba por ha- cer era hallar los medios mds eficientes para lograr ese fin. Es este el contexto en el que pueden interpretarse las obras de va- rios politélogos influyentes de ese periodo. Entre las obras ms famosas, y podria afirmarse que la mas influyente, esta cl Congressional Government (1885) de Woo- drow Wilson. El titulo de Wilson describe lo que él deplora: el gobierno del Congreso. Ese cuerpo de individuos ajetreados* no puede lograr nada de valor duradero; sdlo puede enzarzarse en rifias, hacer intercambios y comerciar. La solucién a un gobier- * Hay en el texto original un juego de palabras que no se puede reproducir en castellano: that body of busybodies (N. del T.]. 65 no malo y corrupto al nivel federal reside en un ejecutivo fuer- te, en forma de un presidente liberado de viejos y gastados gri- lletes constitucionales. El equilibrio de poder entre las ramas le- gislativa y ejecutiva tiene que ser inclinado hacia la dltima. Wilson fue, como observa Garry Wills, el primer proponente (a excepcién, quiz4, de Hamilton, un siglo antes) de «la presiden- cia imperial» (Wills, 1992). {Qué ocurre, entonces, con la idea, antiguamente republica- na y mas tarde democratica, del gobierno del pueblo, por el pue- blo y para el pueblo? La respuesta de Wilson es que quien me- jor encarna y representa «la voluntad popular» es el presidente y no una coleccién abigarrada de congresistas. Desde su juven- tud, Wilson habfa sido un lector dvido y un admirador ardiente de Los héroes (1995 [1841]), de Thomas Carlyle, y, mds tarde, de The English Constitution (1867), de Walter Bagehot. Del pri- mero adquirié la admiracién por los hombres enérgicos de genio y tes6n que construyen, y no sélo viven en el mundo. Y del se- gundo adquirié un respeto constante por el sistema parlamenta- rio inglés, con un primer ministro fuerte a la cabeza de un go- bierno unificado. La politica de Wilson ~y su concepcién del lugar y del papel de la ciencia politica— refleja estas tempranas influencias y representa una ruptura con el antiguo discurso de la politica democratico-republicana. Wilson declaré, con cierta doblez, «lo que hago es seiialar he- chos —diagnosticar, no prescribir remedios—» (1885, p. 315). Sin embargo, los «hechos», tal y como los expresaba Wilson, parecian exigir con toda claridad alguna clase de correccién. Haciéndose eco de Bagehot, Wilson sostenfa que el principal defecto de la Constitucién de los Estados Unidos era que sus redactores, por te- mor al surgimiento de un homélogo estadounidense de Jorge III, habjan prevenido constitucionalmente la clase de ejecutivo fuer- te que se necesitaba para limitar al Parlamento (Wilson, 1885, pp- 309-310). «La Constitucién inglesa —continuaba Wilson— es superior en la actualidad porque su crecimiento no ha sido obs- taculizado o destruido por los ligimenes demasiado oprimentes de una ley fundamental escrita.» La Constitucién de Estados Uni- dos encadena al ejecutivo, aun cuando exacerba «la tendencia na- tural, inevitable, de todo sistema de autogobierno como el nuestro [...] a exaltar al cuerpo representativo, el parlamento del pueblo, a una posicién de supremacia absoluta» (1885, p. 311). 66 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. pirateado— habia aparecido s6lo cinco afios atrdés, en 1880. Profun- damente pesimista, y, ciertamente, no siendo progresista, Adams, no obstante, dio expresidn a los mds oscuros temores de muchos progresistas: expresandolo sencillamente, las masas no estén a la altura de la tarea de gobernarse a si mismas; sus representantes son corruptos, incompetentes, y exhiben una tendencia desafortunada pero comprensible a complacer o al menos rendir tributo de pala- bra a lo que perciben como la voluntad popular o a conformarla mediante sofismas y demagogia; y, como resultado, la democracia estadounidense es el peor enemigo de sf misma. La conclusidn se presentaba ripidamente: la democracia estadounidense debfa ser salvada de sf misma y por casi cualesquiera medios. Estas afirmaciones y esta conclusién se expresaron en una va- riedad de lenguajes, tanto practicos como teéricos. Entre los pri- meros estaba el lenguaje de los periodistas fisgones, que se centra- ban en la «corrupcién», si bien no la de la variedad republicana clasica. Y entre los tiltimos existian dos lenguajes teéricos en los cuales la intencionalidad y !a racionalidad —sin duda dos prerre- quisitos de la politica antiguamente republicana y mas tarde de- mocratica— no figuraban en lugar destacado: la teoria darvinista de Ja evoluci6n a través de la seleccién natural, y las teorias de la psi- cologia individual y de grupo que enfatizaban los aspectos sub- conscientes e irracionales del comportamiento individual y colec- tivo. Los tres lenguajes se incorporaron al pensamiento reformista (y especialmente progresista) sobre la democracia y se constituye- ron en atributos centrales de una ciencia politica que podia recla- mar ser algo més que la exacerbacidn del sentido comtin. 3. Con el cambio de siglo, periodistas fisgones, como Lincoln Steffens (1904), mostraron cémo los gobiernos de las ciudades estaban dominados por los chanchullos y la corrupcién. El tér- mino «corrupcidn» tenia, en manos de Steffens y de otros fisgo- nes, s6lo una conexi6n distante y tenue con Ja clasica compren- sién republicana del término. Para Steffens y sus colegas periodistas interesados en la reforma, los funcionarios elegidos y designados eran corruptos, y los ciudadanos simplemente esta- ban mal informados o eran ignorantes. Que pudiera darse una es- 69 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. Human Understanding. Pero 1a ciencia de la psicologia experi- menté un viraje con el cambio de siglo. En Europa, y més tarde en los Estados Unidos, Freud fue una figura clave. Mas préximos, los Principles of Psychology (1890) de William James y, por asf decir, el volumen y estudio de caso a él conexo, Variedades de la experiencia religiosa (1994 [1902]), pintaban un cuadro de la psi- que humana que apenas podrian haber reconocido Locke y su pro- genie. La mente humana no era una tabula rasa, sino un érgano que evolucionaba y un instrumento de adaptaci6n que tiene un pa- pel activo en cl procesamiento de los datos de la cognicién. Pero el equipamiento mental que hace posible la cognicién no se limi- taba a las categorfas bien ordenadas de Kant de tiempo, espacio y causalidad; por el contrario, comprendemos el mundo a través de un monton abigarrado de preconcepciones, prejuicios, emociones y creencias con una base buena o errénea, cuya funcién es otorgar una apariencia de orden a lo que de otra manera podria ser una confusion exuberante y estruendosa. James tenia muy poco que decir sobre las implicaciones poli- ticas de sus ideas, que tampoco desarrollé de un modo sistemiati- co. Pero dos de sus colegas de Harvard pronto hubieron de hacer- lo. Uno fue el fabiano inglés Graham Wallas, que estuvo alli en condicién de visitante; el otro, el politélogo patricio A. Lawrence Lowell. En Human Nature in Politics (1908), Wallas se lamenta- ba de que la ciencia politica continuara aferrandose, en general, a una concepci6n de la naturaleza humana y, en particular, a teorias de la percepcién, de la cognicién y de la motivacién, anticuadas, Y como consecuencia, sus teorfas «intelectualistas» de la politica en general, y de la politica democratica en particular, estan pasa- das de moda. La mayoria de las personas, la mayor parte del tiem- po, estén motivadas por impulsos, necesidades, temores y fobias irracionales de las cuales son totalmente inconscientes. Y cuando tales criaturas actian colectivamente 0 en concierto, como ciu- dadanos, estan incapacitadas para la deliberacién sosegada, fria y racional que exige la teorfa republicana o democratica clasica. En la medida en que la democracia depende de la aptitud del ciudadano ordinario para el pensamiento claro y la deliberacion racional, este descubrimiento perturbador no sdlo minaba la de- mocracia; también arrojaba dudas considerables sobre la efica- cia de la educacién, especialmente de la educacién civica 0 po- litica, para ilustrar a la ciudadanfa y ponerla en guardia contra ee} aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. fue notablemente diferente, puesto que se menospreciaban la educacién cfvica y la «teorfa politica», y se ensalzaba la «cien- cia». «La mayor parte de aquello que aparece escrito bajo cl nombre de teorfa polftica», escribié Hall, podrfa Hamarse mejor literatura politica. Indudablemente, no es. una teorfa en sentido cientffico alguno, porque una verdadera teorfa polftica es una generalizacién que explica rigurosamente los hechos del comportamiento politico. Lamentablemente, la mayor parte de la llamada teoria poli [...] parece derivar su influencia del atractivo de la forma literaria en que se expresa y de los ideales emocionales [que evoca]. Habiendo denigrado asi la teorfa politica, Hall hizo a Lipp- mann un cumplido de doble filo. The Phantom Public, concluia, «es una excelente literatura [que] no contiene generalizaciones cientificas basadas en datos objetivos» (Hall, 1926, pp. 199-200). La American Political Science Review trat6 de manera dife- rente The Public and Its Problems, de Dewey. El libro de De- wey, presuntamente un libro de «filosofia», no se resefié en ab- soluto. Esta omisién, en si misma, podria parecer insignificante; pero la publicacién de The Public and Its Problems coincidié casi cxactamente con el discurso presidencial de William Ben- nett Munro a la APSA en 1927. «La ciencia politica, si ha de convertirse en ciencia ~dijo Munro-, primero deberia obtener una sentencia de divorcio de los filésofos» (Munro, 1928, p. 8). El divorcio de la ciencia politica de la filosofia politica repre- sentaba también un divorcio entre la ciencia politica y la peda- gogia politica. Por todas partes -observ6 Munro-, organizaciones de todas cla- ses Ilevan a cabo campaiias gigantescas de educaci6n civica [...] inspiradas por la esperanza de mejorar la actitud de los ciu- dadanos hacia su gobierno y especialmente su sentido del deber civico. [...] En medida considerable, el dinero que se gasta en estas llamadas campaiias de educacién civica representa una pura futilidad y dilapidacién. [...] Estas campajias ~conclufa— se apoyan en férmulas concer- nientes al deber cfvico que no son tinicamente no cientificas sino también ridiculas (Munro, 1928, p. 7). ve aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. Es menos probable que la gente que presta atencién a sus propios intereses y bienestar —contintia el argumento «econémi- co»— trate de rehacer la sociedad siguiendo lineas utépicas. La politica se convierte en una empresa mas o menos predecible. Si una politica de interés propio y de interés de grupo es una poli- tica escarmentada, inmune a la infeccidn de la ideologia y a los excesos de entusiasmo, entonces la politica estadounidense es probablemente su ejemplar modélico mds puro. El espiritu de comercio, de competicién y de propio interés que asombré y ate- rré a Tocqueville, Mrs. Trollope, Charles Dickens y otros obser- vadores del siglo x1x, no es un vicio nacional, sino una virtud de los estadounidenses individuales que se hace evidente slo cuando se proyecta en una pantalla politica mas grande y se con- trasta con los horrores producidos por los regimenes totalitarios del siglo xx, que subordinaron los intereses individuales al mas grande interés de entidades supra-individuales tales como el Volk, 0 la nacién, o la clase. En la democracia estadounidense, sostenfa Downs, los candi- datos y los partidos polfticos tratan simplemente de ganar elec- ciones y ocupar cargos puiblicos. Y esto no lo hacen proponiendo proyectos ideolégicos grandiosos, sino apelando a los intereses de los individuos y de los grupos. Aquellos que tengan el atracti- vo mds extendido e inclusivo ganarin —esta vez, en cualquier caso-. Las elecciones periddicas proporcionan a los perdedores otra oportunidad de cambiar su programa y la «mezcla» de pro- gramas propuestos con el fin de apelar a mds votantes la préxima vez. En lo que ataiie a los propios votantes individuales, éstos -siendo actores racionales— «invertiran» sélo tanto tiempo y energfa como sus intereses justifiquen. Leer, escuchar e infor- marse sobre los puntos de vista de los candidatos lleva tiempo; y el tiempo, como dice el viejo dicho, es oro. Un ciudadano racio- nal no «dedicaré» mas tiempo/dinero que el que sea necesario para adquirir tal informacién. Algunos concluiran que el coste es demasiado elevado en relacién a los beneficios esperados y no cargarén con el coste ni emitiran un voto. El fenémeno que Be- relson habja caracterizado como «apatfa», de este modo, se mol- dea nuevamente y se describe ahora, en el lenguaje econdmico de Downs, como «abstenci6n racional» (Downs, 1957, capitulo 14). Los indices relativamente bajos de participacién de los votantes no son tanto una desaprobacién de la democracia estadouniden- 85 aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. aa You have either reached a page that is unavailable for viewing or reached your viewing limit for this book. cribir este «consenso lockeano» y extraer sus implicaciones. Una de las mds importantes de estas implicaciones era entera- mente congruente con las de Boorstin, a saber, que Ja cultura politica estadounidense es tinica y, por tanto, no esta disponible para la exportaci6n al extranjero. Este tema, implicito en The Liberal Tradition, se convirtid en un punto central de la obra posterior de Hartz, Founding of New Societies (1964), donde argumentaba que la historia de cada naci6én abria algunos cami- nos al desarrollo politico aun cuando excluyera otros. Una pru- dente politica exterior estadounidense reconoceria esto y se abstendria de tratar de exportar —o imponer mediante la ayuda exterior o la fuerza de las armas— un sistema econdémico o po- Iftico al estilo estadounidense. La primera encarnacion del alardeado «fin de las ideologias» ~o lo que se podria, permitiéndonos una licencia, llamar la te- sis Boorstin-Hartz— fue répidamente acogida por politdlogos ansiosos de quitar importancia a las «ideas» y a las «teorias» de tipo normativo o no empirico. Pero este préstamo fue parcial e incompleto. Entre los politélogos, el principal mensaje de Bo- orstin y de Hartz, aunque no se perdié por entero, pronto se su- bordin6 a la tesis de que prevalecfa un «consenso» estadouni- dense que exclufa (0 quiza indicaba el fin de) la «