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EN DIAS DE INVIERNO BOLIVIANO

EN DIAS DE INVIERNO BOLIVIANO

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EN DÍAS DE INVIERNO BOLIVIANO

MAZURCA

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A doña Sabina Viza Condori viuda de Flores, mi abuela; a mis padres y al tío Modesto, fallecido mientras escribía esta novela.

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PARTE UNO

La abuela mascaba su coca devotamente cuando bajaba desde aquel pueblo perdido entre las montañas. Ella hablaba de aquél como si fuese el paraíso edénico y, con su voz bronca, seguro de pichar su coca y fumar cigarrillos bolivianos que compraba a uno que otro joven que pasaba de ilegal por la frontera, convencía a medio mundo de que ese poblado silencioso, de calles secas y oníricas de tanto polvo, era el mejor sitio para vivir. Se quejaba un poco al bajar a la ciudad. El piso es muy duro aquí – decía, en tanto ajustaba sus chalas confeccionadas con forros de neumáticos. Prefería vivir en la bodega de nuestra casa, para no sentir el ruido de los aparatos modernos, para sentir la sombra helada del altiplano, para dejar a su perro Chiri en el dormitorio, darle en el plato y conversar con él en aymara. Y abría su saco lleno de hojas de coca, las limpiaba con las manos y se las echaba a la boca. Pese a sus pocos dientes ya se había acostumbrado a molerlas de algún modo con las encías. Era feliz pichando coca y más feliz aún al escupirla en su bacinica celeste y repetir el rito cada media hora. La hoja de coca ciertamente es amarga, pero los indios se han acostumbrado a su sabor, como se han acostumbrado a beber cocoroco y pintatani sin arrugarse, o como están habituados a embetunar cada uno de sus platos con ají putamadre y locoto. La abuela pedía de vez en cuando le prepararan guatea pero, tan noble como era ella, antes mandaba a su hijo a traerle un llamo desde arriba. Ahí llegaba en camioneta el tío
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Encarnación, lleno de polvo, con las mejillas rojas, cristalizadas por el viento y el sol altiplánico, cargando en la cabeza un chuyo de lana de alpaca, anunciando que había llegado bien y se devolvía al automóvil a buscar un saco harinero lleno de tunas, duraznos pequeños y más tumbos ácidos, todos protegidos por ramas de alfalfa que de algún modo el llamo habíase comido, sorteando el saco harinero y la fruta fresca. Entonces mi padre recibía de abrazo a su hermano y se dirigía a la habitación de la abuela a decirle que su hijo menor había llegado. El perro se inquietaba y roncaba, reprimiendo un ladrido provocador. La abuela le advertía: Wawa es ése, wawa es ése...

Entonces Chiri se quedaba en silencio y subía a los pies de la cama con ojos de perro melancólico y enfermo. La abuela ya no preparaba la guatea que tanto le gustaba, pues los años y las manos no le acompañaban. Hacía algún tiempo una alpaca se le había lanzado encima y ella, al detenerla, malogró una de ellas. Siempre nos la mostraba diciendo: La alpaca ha sabido pecharme...

Pese a que varios de sus dedos quedaron chuecos desde ese momento y, seguro de por vida, acostumbraba a sobarlos con Wira Sacha, aquella crema que encargaba a Tacna, cuando en Arica aún no la conocían o las caseras no la traían a los mercados de abastos. La abuela también pedía le compraran crema Lechuga pues la cara se le secaba demasiado con el aire de la cordillera. Ya tenía el rostro con más arrugas que planicies y la nariz le asomaba como un cerro rocoso en aquél. Sus orejas también habían crecido, pero ella no se daba por aludida y persistía en usar esos aros grandes llenos cuentas de colores. También vestía con devoción una pañoleta de seda y, las tardes de ocio, la retiraba de su cabeza para peinar por horas y horas su pelo negro y cano. A veces la sorprendía extrayendo con
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paciencia uno por uno esos cabellos blancos que tanto le picaban, decía. Al final, terminaba cada una de sus obsesiones trenzando esas cascadas tan dóciles. Cuando lo hacía, yo recordaba aquellas largas cuerdas blancas rebosantes de ajo que traía de regalo a mi madre.

Mi padre cocinaba guatea en esos días en que a la abuela se le antojaba. Siempre un día sábado, en la tarde. Carneaban en el patio trasero el “cordero de cuello largo” – forma suave de denominar al llamo cuando se le servía a alguna persona no altiplánica- un viernes por la tarde. Mi tío le ayudaba a amarrarlo y sujetarlo, mientras mi viejo le enterraba un cuchillo que guardaba en uno de sus cajones más inexpugnables. Cuando yo era más pequeño mi madre no dejaba que viera el sacrificio, decía que no era bueno que me quedara observando, entonces me llevaba junto a mi hermano a tomar leche con mango junto a la abuelita. Ahí ella nos contaba una y otra vez acerca del carnaval de Oruro, de cómo la challaban con harina de colores, serpentina y agua. Narraba con minuciosidad asombrosa a su edad la forma cómo bailaban los caporales, con esos trajes brillantes, grandes y pesados. Comentaba sobre los vuelos y las polleras de esas jóvenes que bailaban como trompos, enseñando las piernas, haciendo culebrear en el aire sus trenzas negras, ellas morenas, guapas, conquistando a los varones que se acercaban luego del carnaval a invitarlas a una cerveciña – malta o cerveza con leche condensada-. Ella con diecisiete años soñaba con bailar en alguna de esas compañías, sin embargo, fue en esa edad en que conoció al abuelo Romualdo y éste nunca la dejó bailar pues era en extremo celoso. El abuelo Romualdo era un joven que trabajaba como jornalero para un hacendado en el valle de Codpa. Allí conoció a la abuela, quien era hija de un boliviano de mucho dinero y posesiones. En la fiesta de la vendimia se divisaron por primera vez, él con ropa
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dominguera, peinado con limón, zapatos prestados – pues sólo poseía unas chalas- y una sonrisa bella que heredó mi padre. Ella delgada, vistiendo una pollera nueva, colorida, trenzas negras amarradas con cintas brillantes. La gente había bajado de los pueblos precordilleranos como Guallatire, Timar, Esquiña, Sahuara y Ticnamar, trayendo orégano, maíz, ajos, lo que fuera, para cambiarlos por uvas y esa sidra tan dulce llamada Pintatani.

Mucha gente, salidas de no sé dónde, míralas, ahí, como ovejas que rasgan la tierra y levantan polvo y observa, van al río, a los ojos de pasto, con sus chuicas rebosantes de licor, se marean, ríen, se calientan como perros en busca de hembras, olvidan la opresión patronal, sus caminatas en busca de coca a la frontera, cómo que no se puede sembrar la coca aquí, es que es precordillera, indio, no es el clima, pero igual de algún modo hay hojas, la traen los burreros que cruzan a pie la frontera, acompañados de una mula que carga los fardos para venderlos o intercambiarlos por harina o manzanas chilenas que no se dan allá en Bolivia, pues el clima, si va a ser jodido, que sea parejo, justo ¿no, hermano? Pero qué hacemos, chupemos, sigamos dándole a la chuica que son pocos los días de fiesta en esta tierra que parece infierno pues es muy calurosa de día y muy fría en la noche, y como que el corazón revienta por el esfuerzo, poco aire, aire olor a azufre, cerca de los volcanes, no me hable de Pachayatas, de Guallatire, de Caquena, del Chungará, que me duele la cabeza de tanto esfuerzo y cómo hay que caminar, beber agua del Lauca, lanzarse de guata a los bofedales y descansar un poco para continuar, a punta de cocoroco, un poco de agua de las carmelitas en el rostro, pa que el aire refresque la cara, con eso que arde pero que hace tanto bien, y en la tarde alguna tortilla a las brasas con agua de chachacoma pa que el corazón siga funcionando, mierda, y seguir caminando
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hasta Putre, que es el pueblo más grande, incluso que Arica, y puedes ver algo bonito siquiera un poco, calles adoquinadas, una plaza en la que van señoritas con sus polleras y trenzas al aire y cómo ríen aunque sus madres les dicen “no rían tanto, que parecen chilenas” y ellas, tapándose la boca, observando al suelo cuando pasa un carabinero para que no se las lleve asustadas ni tampoco haga lo que comentaban en silencio que les decía algo bonito y pa dentro, y después preñada, y qué paisano se querrá casar contigo, chola, con un hijo de mejillas levantadas, pero blancón como chileno, con apellido Choque, Mamani, Colque o Supanta; vamos, caminemos rápido, que nos pillan acá y es triste que lo descubran en medio del trayecto y le requisen todo lo que lleva, que le quiten a la mula que tanto te acompaña en tus momentos de soledad en esta soledad más grande, aquí en el altiplano donde pareciera que no hay vida, donde hasta el viento suena apagado, y el sol se cansa de tanto calentar por todos lados y para qué decir de la luna que muchas noches se ha quedado parqueada en la loma de la montaña y no ha salido de ahí hasta el otro día en que el sol con rabia la ha sacado poco menos que a chicotazos; y te lleven encima de una camioneta, de noche, te pasen una lona, pero hay veinticinco grados bajo cero y te congelas, y te bajan a un calabozo oscuro, sucio y te gritan “boliviano conchetumadre, que haces acá hijo de puta” y te patean, te cortan el pelo y se burlan de tu nariz grande, de tu piel color oscuro, de tus mechas tiesas, “paisano culiado” y casi no puedes dormir porque hace mucho frío. Por eso hay que caminar, duro, días enteros, que cuando sales con harina, tarros de conservas, entonces no te hacen escándalo, más que mal estás saliendo y no estás entrando a su país donde a los indios se los maltrata, no como en Bolivia, que al menos si se los maltrata, es de otro modo.

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En medio del tumulto se acercaron. Dicen que los aymaras son medio tímidos. Y es verdad. La soledad de la precordillera determina de algún modo el carácter de la gente de esas latitudes. Quebrar el muro de la individualidad es difícil; pero la fiesta estaba, qué muros más no podrían haberse roto. Romualdo la observó, ella también y él la invitó a seguir a la banda de bronces que había llegado desde Potosí. Ésta poseía cerca de sesenta músicos y hacía remecer a todo el pueblo con sus bombos, trombones y platillos. El joven soñó con poder ser alguno de los músicos de dicha banda y la abuela ser como una de esas señoritas que acompañaban bailando huayno. De un momento a otro él la tomó de la mano y la sacó a bailar. ¿Quién es ese pobre hombre que te ha sacado a bailar? – la bisabuela le agarró de las trenzas y se la llevó a casa. Un amigo, mamá, nada más que un amigo. No quiero que lo veas más. Es un simple jornalero. Aprenderás a respetar la memoria de tu padre, carajo.

La abuela hablaba aymara con mi padre y mis tíos, pero se abstenía de articularlo cuando estaba mi madre o alguna persona chilena. Yo nunca comprendí esa actitud, aunque después me encontré con algunos datos que me la aclararon: se les enseñó a ella y a toda su generación a que no debían hablar su lengua pues eso los acercaba más a la nacionalidad boliviana que a la chilena. Mi padre me mencionó alguna vez que el gobierno mandó a profesores desde el sur para hacer clases en las escuelas rurales del altiplano. Acá éstos prohibían a los pequeños hablar aymara. Es más, a quien osara usar su lengua, se lo castigaba dándole de punteros en las
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piernas o reglazos en las manos. Mi padre nunca aprendió a hablar bien el castellano y eso me causaba cierta vergüenza cuando pequeño. Confundía las vocales e o i, la letra jota con la efe; en fin, tenía una mezcolanza de lenguas, quizás podía hablar las dos, pero ninguna de modo correcto. La abuela hablaba algo mejor el castellano, no tartamudeaba como mi padre y usaba bellas palabras antiguas. Decía aborrecer en vez de odiar, usaba el verbo saber para construir perífrasis verbales, así como los bolivianos. Su acento no era chileno, pero tampoco de otro país. Me daba la impresión de que su modo de hablar se había detenido en algún punto de la historia y había sido matizado por la musicalidad tan hermosa de las voces aymaras.

Yo nunca comprendí porqué mi madre pudo fijarse en un hombre como mi padre. No era que él fuese poco atractivo o un hombre desagradable, pero a veces las mujeres blancas son un poco racistas y tratan de paisanos a todos lo que tengan en la piel cierto rasgo moreno. No comprendo esa fijación porque, además, las costumbres de los blancos siempre fueron muy distintas a las de los indios. Mi madre me decía que se había casado con papá porque él tenía un trabajo, que si bien no era el mejor, al menos era algo. Ella nunca se había sentido protegida, pues salió a muy temprana edad de la casa a trabajar como empleada doméstica. Ahí siempre era la que servía y, al conocer a mi padre, pienso, sintió que por primera vez alguien le atendería y le miraría de abajo hacia arriba, no como los ricachones a los que muchas veces atendió. Nunca me han dicho cómo fue su noviazgo y lo que sé lo he ido armando como se arma un rompecabezas de muchas partes. En ocasiones que los vi discutiendo pensé que tal vez no se enamoraron del todo. Quizás nunca lo hicieron y mi madre estuvo con él para sentir que
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era valiosa. Después vinieron los hijos y es probable que haya sublimado esa carencia de amor que sentía por el viejo con su noble rol de madre.

Papá y mamá llegaron a vivir a la casa cerca del año setenta y uno, luego de arrendar unos meses en la casa de don Faustino Choque, un caballero boliviano casado con chilena, que arrendaba piezas a trabajadores solteros. Mi padre conoció a mi madre ahí. La población Chile en aquel tiempo no era nada más que una toma de sitios. Papá se informó del movimiento con uno de sus clientes de la peluquería en que trabajaba. Bienvenido – le dijo – parece que están repartiendo terrenos en las pampas, cerca del Cerro chuño. ¿Por qué no preguntas? Estás recién casado, necesitas una casita para vivir. Los papás arribaron al sector un atardecer, armados de un par de frazadas, un termo y un fajo de cartones. Pernoctaron una noche a la intemperie. Papá asistió a su trabajo la mañana siguiente y mamá se quedó conversando con una señora que se había ubicado en el sitio de lateral. Era la mamá del Peter, ¿te acuerdas? El niño que murió enterrado en el cerro cuando ustedes estaban chicos todavía. Días después aparecieron unos señores de la municipalidad con una micro de carabineros para desalojar a esa gente. El gobierno de Allende, sin embargo, dio una orden para lotear los sitios, por lo cual los señores del municipio y la policía tuvieron que retroceder a sus cuarteles y oficinas. Yo no sé de dónde salió el nombre de Población Chile. Lo que sé es que antes la Cabo Aroca se llamó Población Salvador Allende y luego del golpe militar cambiaron el nombre
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por motivos obvios. La Once de septiembre antes del gobierno de Pinochet se llamó población Venceremos. Era algo curioso que el lugar en que crecí se llamara población Chile, pues la mayoría de la gente que habitaba allí era descendiente de bolivianos, peruanos avecindados en la ciudad o paitocos llegados de los pueblos y valles del interior. Eso se podía comprobar con sólo caminar por sus calles en las cuales se olía la pobreza y la miseria del pueblo aymara. Los primeros años de colonización de esos sequedales debieron ser muy sufridos, me lo imagino, pues no había luz eléctrica, agua potable o alcantarillado y papá junto a mi tío tuvo que cavar un hoyo de cuatro metros de profundidad, construir un cajón con un aro de plástico y una caseta para destinarlos como baño. Es muy poco lo que me acuerdo de eso pues estaba muy chico, lo que sí recuerdo es que nuestros vecinos de esquina, aun mantenían un pozo séptico cuando la mayoría ya contaba con alcantarillado, porque eran muy pobres. En realidad eran más pobres que nosotros; me imagino en qué pobreza habrán crecido.

Don Hernán no tenía trabajo y se las debatía con cualquier pololo que encontrara. A veces cargaba sacos en la feria, otras hacía aseo en el terminal pesquero. Yo me juntaba con sus hijos Chano y Mery y solíamos jugar a lo que nos llevara nuestra exacerbada y hermosa creatividad infantil. La vecina, los quería mucho y, los días en que no tenía cómo cocinar pues su esposo a veces llegaba borracho, le pedía a mi madre algo de plata para tener que vérselas con el hambre. El caballero era algo rudo, muy sureño para sus cosas. Tenía los ojos claros, era rosado y castigaba a los hijos con correa, como nuestros padres a mí y a mi hermano. Pero era, a
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diferencia de mi viejo, un tipo con muchos vicios pues fumaba y bebía sin parar por semanas enteras. Recuerdo una vez, cuando jugábamos con Chano, Mery y mi hermano Josué al club de los amigos, llegó a la casa pateando la puerta. Cuando la vecina le abrió las arremetió contra ella. Chano, que estaba acostado en la cama con la vecina, salió a defenderla. Don Hernán creyó que éste era un amante que tenía su esposa y le empezó a pegar. Todos salimos - incluido Chano que de algún modo se zafó del ataque de su progenitor- hacia nuestra casa, pues en la mitad de los sitios habíamos derribado una muralla de cholguán y nos pasábamos a cualquier hora del día a jugar, salvo en los días de semana que mi madre nos obligaba a estudiar mostrándonos un palo de escoba o la cuchara de palo que usaba para cocinar picante o calapurca. Chano y Mery se llevaba como por tres años con Josué que en esa época tenía cerca de los nueve. Yo contaba con siete y aún chupaba mamadera, pero lo hacía escondido, con la ventana cerrada para que mis vecinos no me vieran. Siempre nos llevamos bien; Chano era quien organizaba los juegos, Mery lo secundaba y mi hermano y yo les seguíamos para no aburrirnos. Cuando Josué cayó al hospital por un problema al estómago yo me puse muy triste. Mis amigos igual, pues nunca nadie antes se había ausentado más de la cuenta. En esos años creo que sólo una vez ellos salieron de vacaciones y nosotros nunca, por lo cual creamos una especie de sentimiento de dependencia bastante fuerte. A veces nos enojábamos fuerte, y ahí yo la sufría un poco. Recuerdo en una ocasión en que contemplaba una pelea que sostenía Mery y Chano por un muñeco de Mazinger Z. Él se lo estaba quitando a su hermana y apenas ésta sí podía mantenerlo para sí. Por esta razón me lo lanzó. Sólo vi el rostro de furia que se dibujó en Chano y me gritó “Pásalo, tíralo”. Yo no. Siempre me gustó Mery y no podía dejar pasar la oportunidad para ayudarle. Pero me dio mucho miedo salir corriendo a mi casa, así es
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que me quedé allí, tieso de pavor, por lo que Chano corrió donde yo estaba y maricón como él solo, en vez de pegarme un combo me tiró de las mechas hasta que me puse a llorar. Nunca me llamaba así, pero sólo cuando estaba enfurecido conmigo me gritaba: “¡Paisano, indio de mierda!”. Mi mamá me encontró en el cuartito que quedaba a un costado del living, llorando en silencio, esperando que ella abriera la puerta para tomar mi mamadera y acostarme a hacer mi siesta sagrada, aquella que es común en las ciudades del norte y es tan deliciosa.

No todas las casas de la ciudad tenían un patio con árboles frutales, ni un lugar trasero en el que se criaran gallinas, conejos o patos. Hubo un tiempo en que yo creía que sí ya que papá siempre se encargó de que estos espacios funcionaran de buena manera y su devoción agrícola me lo hacía entender de ese modo. Mi madre reclamaba por las moscas en el verano, que el olor que sale del patio chico, esos gallineros que dan vergüenza y cómo que los vecinos no dicen nada y así, se las cantaba todas cuando se enojaba. Pero papá ahí, quieto, sumiso y callado como todo buen aymara, aunque de vez en cuando alzaba la voz para defenderse, pues ser aymara no significa ser huevón tampoco. Los indios siempre trataron de revivir algún espacio dentro de sus casas que los conectara con el mundo en que vivieron sus antepasados. Esos microcosmos bien eran las huertas y los chiqueros del patio de atrás. Yo recuerdo cómo se entretenía el viejo al introducir su humanidad entre los árboles de olivo, mora y granadas, entre las matas de ajíes, mentas y rudas o cómo le conversaba a sus animales allá atrás y les compraba alfalfa, en sus buenos tiempos, o cáscaras de choclo – a las que irrisoriamente las denominaba chalas- que nos mandaba a buscar a mí y a Josué en el mercado; ahí cargando el saco lleno, una manzana él
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otra yo, mientras comíamos cubos o pululos largos con los cinco pesos que nos daba de propina.

La abuela a veces sacaba con sus manos ajíes y se los comía enteros con la sopa que le pedía a mi mamá que hiciera. Mi mamá la quería mucho, diré a veces que más que a papá. La viejita era jodida, pero buena persona. Cuando se le morían los perros pedía que alguno de sus hijos le consiguiera uno, así, igual que el anterior, chusco, quiltro, que no inspirara miedo, sino más bien compasión. Entonces criaba al perro muy faldero, pero no faldero como se los conoce aquí, sino preparado para recibir los retos y caricias de su ama. Seguro les contaba de su vida, de sus amores, de los avatares de su viudez y cómo le era difícil llegar a la ciudad pues en ésta la vida era triste y sin sentido. A veces mi madre la subía arriba del furgón y la sacaba a pasear a la playa. Siempre fue acompañada de Chiri que a esas alturas ya estaba viejo, despedía un olor desagradable y estaba quedando pelado. La abuela le echaba aceite de comer para que no le doliera tanto la piel sin vellos y el perro ladraba agradeciendo las atenciones de la viejita. Lo más probable es que nunca hubiera podido recibir aquéllas puesto que era un quiltro sin atractivo alguno, chico, negro, horripilante. Pero en la casa todos lo queríamos ya que era muy fiel y leal con su ama, al punto de mostrar un grado de inteligencia anormal para un animal de sus características. A la abuela no le gustaba mucho la playa, quizás porque nunca la tuvo cerca y no pertenecía al cuadro que por años observaba en los atardeceres. Quizás porque el altiplano, pese a su sequedad, con la luz del sol amainando, escondiéndose entre los cerros, producía tonalidades bellísimas en el suelo, el aire helado era más puro y el cielo mostraba estrellas
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más brillantes y cercanas. El ruido del mar y el viento, seguro, eran muy distintos a la armonía del desierto allá arriba y eso la volvía melancólica, tanto que deseaba retornar de un par de días de estada en la ciudad. En la escuela, siempre los paisanos se juntaban entre ellos y las paisanas igual. Eso era normal y nadie hablaba de discriminación. Yo me juntaba con unos y con otros pues el mestizo siempre tendió a acercarse más al equipo de los chilenos . Mal que mal era mi madre quien iba a las reuniones de apoderados, ella hablaba bien, era muy blanca y no una chola vestida de polleras como era el caso de las mamás de algunos compañeros como el Quispe, Choque o Ayavire. Ellos eran buena onda, me estimaban harto, pero el resto del curso nunca los pescó demasiado. Cuando peleaban siempre perdían, por lo cual preferían permanecer sumisos a todo insulto y provocación que recibieran de los chilenos. A mí me daba por defenderlos, pero mi contextura no difería mucho de la de ellos: delgado, pequeño, algo concorvado. Por lo mismo les decía: “No les hagas caso, vamos al kiosco a comprar membrillos”. Cuando me invitaban a sus casas me quedaba observando sus patios y gallineros, muy parecidos a los que había en mi casa, pero la mía a diferencia de la de ellos poseía un living, dormitorios y una cocina algo más normal. Ellos no tenían esos espacios. Sus casas no poseían sillones ni mesas de centro sino una mesa de comer, un par de sillas y bancas a los costados. Aparte no había ventanas y sólo se iluminaban por la luz que se colaba por las puertas y los agujeros entre tabla y tabla. A veces colgaban en pleno comedor trozos de charqui de llamo, ajíes y trenzas de ajo. A mis compañeros les parecía no importar el aspecto de sus moradas aunque después sí, cuando se ponían a pololear, entonces no hacían pasar a sus pololas sino que las atendían en el antejardín, entre matas y árboles frutales.

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Los aymaras de la ciudad no eran tan pobres como nosotros, pero vivían miserablemente por un asunto de cultura. Muchos de mis compañeros de curso recibían buenos regalos en Navidad. Autopistas, trenes, autos de carrera, algunas veces bicicletas. Es que la mayoría de sus papás tenían chacras en el altiplano o animales. Aunque aún así vivían lamentándose, que mamaceta he sabido tener poco, que mes llamos han sabido morirse puis, pero me consta amontonaban su dinero en el banco y vivían en casas de cholguán, todas miserables y feas. Mi casa era de madera y cholguán y poseía el techo plano casi todas las casas en Arica. Allá no llovía nunca por lo que cada vez que el cielo se oscurecía todos hacíamos fiesta y salíamos a la calle a festejar y esperar que cayeran los primeros goterones. Entonces comenzaba la garúa – a la que nosotros llamábamos lluvia- y corríamos de un lado para otro como orates, riéndonos, extendiendo nuestras manos, esperando que cayera más lluvia. A veces hasta se organizaban partidos de fútbol en los que imitábamos la valentía de nuestros ídolos futbolísticos como Cazely, el Nene Gómez, Juan Carlos Letelier, que jugaban en el Defensores del Chaco, por ejemplo, con lluvia y barro hasta el cuello y aún así metían goles, aunque sólo fuera en nuestra imaginación.

La calle nuestra era más ancha que el resto de los pasajes de alrededor. Decía mi mamá que los fundadores de la población habían pensado en construir una plaza ahí, pero los dineros se los robó una presidenta de la junta de vecinos que se fue al exilio con su marido y su hijo pequeño. Entonces quedó ahí la calle, llena de tierra, ancha, donde era tan dulce jugar a la pelota o hacer carreras de bicicletas o saltar rampas en éstas, las que nosotros mismos construíamos desarmando nuestro hogar, a veces recibiendo los retos de nuestras madres.
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Lo curioso era que en nuestra manzana casi no habían paisanos, ha diferencia del resto de la población. Los más paitocos éramos yo y mi hermano. Pero había chiquillos que eran más morenos – pues mi hermano Josué salió más parecido a mamá- y yo no entendía por qué, si tampoco eran indios. Son azapeños – me dijo mi madre una vez que me llevaba de la mano al jardín- Casi todos los azapeños vienen de Perú. Pero no son de ahí, precisamente. ¿De dónde son, madre? – le pregunté yo con esa voz chillona, frunciendo el ceño como ella. Son de África.

Tengo un zoológico de soldados. A mí me gustan los zoológicos y cuando voy a la feria me gusta quedarme mirando los animales tan bonitos, tan parecidos a los reales que salen en la tele, en los programas que acostumbra ver mi padre sobre la selva y también sobre el mar, cuando sale Jacques Cousteau metiéndose al agua con traje de buceador y se enfrenta a tiburones y morsas para estudiarlos como se estudia en un cuaderno, pero él los mira de cerquita y eso es más entretenido, no tanto como cuando estudia uno del cuaderno; a mí me gustan los animales, por eso tengo la cachada de animales en una caja de zapatos Calpany y le pediré a mis papás para mi cumpleaños un zoológico nuevo y ojalá no me compren zapatillas porque en el cumpleaños pasado se rompieron el mismo día, ni tampoco un tren porque siempre juego en la tierra y algo les pasa a esas porquerías; parece que yo y mi hermano tenemos mala suerte porque siempre nuestros juguetes se echan a perder, nada nos dura, o se desaparecen, o se los roban los vecinos o cualquiera otra catástrofe; por eso quiero un zoológico, aunque mis vecinos dicen que no es un juego
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para niños varones, que bien podría pedir una autopista, una pelota Viniball - esas que traen de Tacna- o algún auto Matchbox de la tele, pero no, yo quiero esos animales que pareciera que fabrican en África, de ahí mismo donde salió Cunta Quinte, el que se parece al Pedrito Corvacho del colegio, o al Coné, del frente, así de negros son ellos, azapeños. Yo creo que son negros porque comen muchas aceitunas negras, entonces la tinta se les sube a las cabezas, a la guata, a las piernas, a todos lados y alguna vez es posible que hayan sido blancos, hasta rubios, pero como vivían en Azapa y como allá lo que más hay es aceitunas, entonces pasaban comiendo aceitunas hasta que un día quedaron negros y aunque se lavaban con shampú o jabón Ña Pancha, ese que traen de Perú, no podían volver al estado original, entonces venían a la ciudad y nosotros los molestábamos gritando “¡Negros curuchos, patas pa’rriba!”, como me enseñara mi amiguito Chano que no tenía bicicleta pero me la pedía a mí para gritarle a un negro que vivía en el pasaje de la vuelta y el juego era entretenido, nada más ir de nuestra calle a la calle de él, él jugaba en el antejardín de su casa con otros niños, entonces había que detenerse en bici justo al frente de su hogar y gritarle: “¡Negro curucho patas pa’rriba!” y luego correr rápido, con la bicicleta a full, antes de que el tipo saliera a echarle la aniñada a uno, así lo hacíamos yo, Chano y Josué y el negro ya estaba muy emputecido, pues vez que íbamos llegaba hasta la reja y no nos podía alcanzar, hasta que un día una niña se me acercó justo cuando me detuve frente a la casa del Cunta Quinte y me preguntó cuál era mi nombre y donde estudiaba y en qué curso iba y si era verdad que estaba aprendiendo a tocar guitarra porque cada vez que me veía iba con mi guitarra a tomar micro para ir a la escuela Artística, entonces vino el negro y me agarró del cuello y me dijo hartas palabras feas que no puedo repetir porque a mamá y papá no le gusta que yo diga garabatos y me amenazó con pegarme si yo, mi hermano y mi amigo, lo volvíamos a molestar. Ahí la niña se fue y yo
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también muy asustado, porque el compadre tenía la edad del Chano y yo no quería tener que vérmelas con él porque como buen aymara, nunca me gustó mucho pelear.

La abuela hilaba lana de alpaca en las tardes en que alojaba en casa. Con paciencia única movía sus dedos chuecos, fabricaba hilos con esas fibras café y los enrollaba en un palito de madera. Así se la llevaba todas las jornadas, mientras mascaba coca por inercia, rumiando como un guanaco el pasto de los bofedales. Su perro le acariciaba los pies y movía con su cola el saco lleno de pompones. Cuando llegaba de nuevo al altiplano, abría la bolsa con lana hilada y destapaba su telar, lo aireaba un poco, se sentaba y comenzaba a tejer ponchos y mantas que regalaba luego a mi papá y a los tíos. Ocupaba el matiz natural de las alpacas, aunque a veces sus ponchos eran de colores diversos y llamativos. Teñía la lana con anilina que pedía le enviara mi madre. Y en esas se las llevaba la abuela, hirviendo agua en su olla grande, alimentando las brasas con llareta seca, moliendo esos trocitos de colorante en su piedra ahuecada y luego echando el polvo en el agua caliente. Entonces depositaba la lana hilada dentro de la olla y la revolvía con su cuchara de palo hasta que aquella lana blanca se tiñera del color escogido, casi siempre vivo, como los matices de carnaval que cargaba en sus recuerdos tan arcaicos. Luego la dejaba secar en el alambrado de las chacras, esos que construía mi tío Anselmo luego de los ruegos de la abuela que se quejaba un poco de que él, el menor de todos sus hijos, era un tanto flojo, no como Encarnación que había salido bueno para trabajar. Pastaba el ganado por días enteros, viéralo usted, hijo, cómo ha sabido correr con los llamos por las quebradas en que caminaban los gentiles – los antiguos aymaras – y también los soldados de la Guerra del Pacífico que, según cuentan los abuelos, muertos de hambre, luego de la batalla, mataban alpacas y llamos a corvo limpio y los asaban en fogones azuzados por la
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llareta. Así el tío Encarnación se llevaba los elogios de la veterana madre, pues además sabía sembrar el orégano, cavar la tierra, adosarle grandes trozos de sacos plásticos y construir estanques para convocar el agua que manaba de las vertientes; también sabía diseñar bloques de adobe con paja, barro y tablones que él mismo cortaba y, como si fuera poco, levantaba en dos días una muralla firme, con cimientos, cadena y pilares incluidos. Encarnación un buen hijo es – repetía ella, echando mano a todas sus eses, al más estilo boliviano – sabe pastar, carnear, construir, sembrar. El tío era el tercero de diez hermanos. La mayor del matrimonio de la abuela se llamaba Alberta. La tía Alberta a veces se asomaba por nuestra casa y siempre nos saludaba con beso salivoso en la mejilla, nos abrazaba, y hacía cariño en la cabeza. Hacía un par de años había abierto un local de frutas y verduras en el mercado que se hallaba cerca de nuestra casa. Por ahí debíamos pasar obligadamente junto a mi hermano para llegar al colegio. Y tan pronto la tía nos veía nos llamaba, nos saludaba con esos besos de sopapo, abría nuestras mochilas y las cargaba con dos membrillos, una manzana y uno que otro plátano. A nosotros nos daba vergüenza molestarla; “tía, es que para qué se molesta”, intentábamos decirle, pero ella no, tan bondadosa, se despedía de nosotros con otro beso de caracol y nos daba su bendición de modo que nos fuera bien en el colegio. Pero un día no se le vio más por la feria – seguro que por toda la fruta que nos regalaba cayó en la quiebra- y se dedicó junto a su esposo a criar animales en el interior. El tío Poncio, su marido, era también muy buena gente y siempre tenía una broma a flor de labios, alguna talla, por ahí uno que otro chiste. Se veía más joven que la tía y era más bajo que ella también. Era mestizo, pues no era Choque, Mamani, Condori -ni ningún otro apellido paisano- sino Murillo. Aunque llevaban muchos años de casados y una hilera de frutos del amor, que es la forma como le dicen a los hijos - los primos sumaban siete- nunca vi al tío hacerle una caricia a la tía, darle
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un beso en la boca o tomarle de la mano; a veces pienso que porque la tía se parecía a mi papá, sólo que tenía el pelo largo. Quizás el tío también hacía esa relación en su mente y ese pensamiento le disuadía a la hora de demostrar el afecto que alguna vez tuvo guardado en el interior de su corazón de hombre andino. El segundo de los hermanos era mi padre: Bienvenido Vásquez. Decía la abuela que era el que más se parecía al abuelo Romualdo, hasta por la forma de caminar. Don Beno, como le decían en el barrio a mi viejo, fue muy cercano a su progenitor. Su madre contaba que fue el que puso el techo de la casa los días posteriores al ventarrón pronosticado por una estrella que vomitaba fuego y azufre en el firmamento, allá por el año cuarenta, cuando Bienvenido apenas tenía diez años y seguro tartamudeaba más que ahora. Era un experto en cargar el borrico y viajar durante jornadas extenuantes junto al abuelo. Papá a veces me contaba de sus viajes a Arica desde el altiplano. Caminaban al valle de Codpa subiendo desde el pueblo, cruzando las espaldas de los cerros, bajando de nuevo allá, quedándose un día para recuperar fuerzas, seguir el descenso del río, llegar a la quebrada de Chaca, salir a caleta Vitor, costear los cerros a orillas del mar y por fin llegar a la imponente ciudad, que tanta admiración provocaba en mi viejo, con sus luces, sus automóviles brillantes y nuevos, sus calles pavimentadas y el aroma del mar cuyo rumor no le dejaba dormir por la noche. Ambos pernoctaban en una gran casona de madera ubicada en Dieciocho con Patricio Lynch la cual poseía dos pisos y se asemejaba a las vetustas casas que conocí años después en el puerto de Iquique. Altas, con techo de calaminas, largas escaleras y enormes ventanas, despertaron mi pueril imaginación y me llevaron a fantasear con espíritus algo traviesos, duendes y penaduras al por mayor. Ahí alojaban por un par de días don Romualdo y su hijo Bienvenido, en tanto cambiaban en los mercados de la ciudad los sacos de orégano, las tiras de ajos, los choclos, tejidos y cueros por harina, manteca y menestras diversas.
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¿Y traías colchón, papá, para que no te doliera la espalda cuando dormías? – le preguntaba cuando me narraba su aventura que siempre parecía fresca a mis oídos expectantes.

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No, hijo. En el puro cuero de alpaca – respondía sonriendo.

Y ahí de nuevo a la cordillera, aquel viejo de cincuenta y tantos y el pequeño analfabeto de diez que observaba con admiración los pliegues del mar brillando ante el saludo del sol en el atardecer. No sabía que muchos años antes sus antepasados habían pisado aquella misma tierra arenosa del desierto para ir en busca de pescado fresco y mariscos con qué alimentar a sus comarcas perdidas entre tanto cerro de colores diversos, allá lejos, cerca de ese monstruo largo e imponente llamado Andes.

Seguían a mi padre mi tía Eulogia, su hermano Encarnación, la otra tía llamada Federica, el tío Tránsito y el menor, Anselmo. La primera aún vivía en el altiplano y muy pocas veces bajaba a la ciudad. Conservaba aún en sus ojos casi apagados por la ceguera el tono de la mirada de los niños, esa ingenuidad de quien vive apartado de la civilización y contempla con candidez el entorno en el cual subsiste. Muchas veces le observé ver televisión; no pocas ocasiones cerraba los ojos cuando se acercaba un objeto hacia el primer plano o se asustaba cuando aparecía un monstruo, seguro porque pensaba tal engendro podía salir del aparato y atacarla. Así era la tía Eulogia; casi nunca hablaba, sino que se quedaba en un rincón de la sala observando el piso, con una sonrisa perpetua en el rostro, con las manos cruzadas entre los muslos. Las veces que se dirigía a mi madre, chilena, blanca, la trataba de usted como si ésta fuese de un mundo superior, y acompaña su vocativo con las palabras: “gracias”, “buenos días”, “hasta mañana”. Mamá a veces la abrazaba y la invitaba a hablar, a contarle de su cosmos tan íntimo. Sin embargo ella rehuía tímida, como si su
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interioridad fuese pobre, prosaica, digna de lástima y se avergonzara de su condición. A mí también me daba pena la tía Eulogia; parecía una niñita dentro del cuerpo de una señora de polleras largas, delgada, ataviada de trenzas extensas y negras. Ese aspecto y su actitud de extraño en el entorno quizás empujaron al designio de que ningún hombre fijara sus ojos en ella. Debido a esta soledad, cual juicio profético, se la llevaba largas horas del día conversando con los animales, limpiando con rastrillo el huerto de las hortalizas que plantaba, contemplando el reflejo de su rostro en el estanque de aguas verdosas, escuchando el sonido seco del viento altiplánico golpear los cactus candelabro en las frías tardes de cordillera. Encarnación, de acuerdo a los comentarios públicos de la abuela, y a las lecturas que mi madre y mi padre hacían de ellos y sus actitudes, era, a todas luces, el hijo predilecto de la awicha. Contaba mi viejo que su hermano había tenido problemas para nacer y luego la niñez le coronó de sinsabores y enfermedades en los primeros cinco años. Era delgado como uno de los pollitos que pululaban en los gallineros de su madre. Apenas se veía venir el invierno boliviano con su concierto de truenos, relámpagos y diluvio bíblico, la abuela le encerraba en su habitación por semanas enteras. Esto porque uno de esos eneros, el primero para ser más exacto, el tío Encarnación casi se despidió para siempre de su lado. Una simple gripe, que luego invitó a sus secuaces fiebre y tercianas, le mantuvo casi

inconsciente por varios días. Desesperada la abuela mandó buscar con el abuelo a un yatire que vivía cerca de Caquena para que éste, a punta de latigazos con ramas diversas y quema de especias, espantara todos los espíritus que vulneraban la existencia de aquel angelito moreno de mechas tiesas. Dicen que el indio llegó cerca de tres días después, cargado de matas, licores de hedores penetrantes y un Equeco tan cargado de sacos que apenas asomaba su rostro sonriente y sonrojado. El tío Encarnación se levantó dos días después y
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lo primero que hizo fue sorberse dos litros de agua de vertiente, como si en ese acto purificara todas sus entrañas con el líquido orinado por la Pachamama desde su recóndita alma. Nunca más el tío tuvo líos con la calentura corpórea y algunos señalan que hasta desafiaba al invierno boliviano parándose en medio de la chacra durante los días de lluvias intensas y nevazones hecatómbicas. Encarnación Vásquez aún no se casaba, sin embargo, tenía una prometida con la cual pronto contraería nupcias, a pesar de la tristeza de la abuela y la aprobación casi devota de su suegra. La anciana perdería a su engreído, éste se encomendaría a los avatares de los hombres casados y le dejaría a expensas de la solitaria vejez que apremia a las madres en el final de sus días. La futura tía había nacido en una comarca apenas constituida por una decena de casas y un templo católico del siglo dieciocho casi cayéndose a pedazos, cuyo nombre era Timar. Su fama trascendía a los alrededores por lo prodigioso de su producción frutal. Visitar Timar era internarse en una especie de Edén legendario, con árboles de la vida cada cien metros y frutas que parecía haber plantado la prosapia del mismísimo Sansón. Matiasa Condori se llamaba la joven que era morena como una aceituna y que con su sonrisa blanca de nevado había conquistado el corazón de ese sahuareño de tomo y lomo. Mamá, ella es la mujer que amo – el tío, muchos años menor que papá, y por alguna extraña razón mejor hispano hablante que él, temblaba cuando llevó a su enamorada delante de su madre, luego de varios meses de cavilaciones. ¿Dónde está ésa? – gruñó con tono de felino enfurecido. Mamá, ella va a ser tu nuera, debes quererla.

La abuela saludó con un beso que apenas rozó la mejilla de su futura hija y ella, que estaba preparada incluso para huir delante de cucharas de palo y almohadazos, se quedó sumisa a
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un costado del hombre a quien quería, como buena mujer aymara. No pronunció palabra alguna, aun cuando la abuela, cercana a estallar en lágrimas, pronunciando una invectiva en un aymara demasiado claro para sus oídos de indígena, incriminaba a su hijo por abandonarla por otra mujer. Quizás pensó en cuántas cajetillas de cigarro había gastado esa chola para embutírselas a un Equeco lleno de várices, dejando que se los fumara en un rincón cubierto por un awayo de colores vivos, quizás acompañado de un Quirquincho disecado lleno de billetes bolivianos, para convocar a todos los vientos de la prosperidad, aquella tan lejana a su linaje, pues su padre apenas era un mediero que siempre vivió en las cuerdas de la miseria, azotado por el truhán vicio del cocoroco, cuyo líquido transparente se asemejaba a todas las lágrimas derramadas por su esposa y sus cinco hijas, las mismas que estaban en edad de ser desposadas por algún hombre “ojalá no tan carajo como el viejo achachi de tu padre”. Le costó a la abuela aceptar a la mujer de su hijo predilecto, pero después de muchas jornadas de desvelo y lloros de Magdalena despechada, asumió su triste destino, el sino que tarde o temprano persigue a todos los progenitores del planeta y que no respeta clases, idiomas ni razas. Federica, en contradicción a su nombre poco femenino, que dicho sea de paso parecía castigo de sus padres – ensañamiento en grado máximo y perpetuo -, era una bella mujer de personalidad grata, sonrisa angélica y figura admirable. No existía en todo el altiplano india más bella que la tía Fede. Tal era su hermosura que no faltó el hombre soltero que cruzó la frontera desde Bolivia a cortejarla, invitándola a su país con la promesa de coronarle de riquezas y comodidades de por vida si es que aceptaba la propuesta matrimonial que, a oídos de ella, más parecía predicación de evangelista demagogo que juramento de amor sincero. La tía, por esta razón, no tenía necesidad de prenderle cigarillos a Equeco, es más:
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cerró los labios de su ídolo doméstico con hojas de coca para que ni siquiera su sonrisa le auguraran más hombres que los que habían venido a visitarle. Sin embargo el personaje, a través de ellos, le atraía la anhelada prosperidad: sacos con arroz, harina, barriles de aceite, todo por conseguir a esa mujer cuyas facciones la emparentaban a la belleza de alguna princesa inca hacía muchos siglos atrás. La tía Fede sólo reía y repartía los bienes que imanaba su persona con los familiares y sus amigas cercanas. Pese a que su figura de mujer hermosa, delgada princesa incaica, sombra del Inti, flor de totora, sedujera a los ojos de los despechados pretendientes altiplánicos, cuando bajaba a la ciudad, no era más que una paisanita cualquiera para el grueso de ciudadanos chilenos. Quizás por eso prefería vivir en los pueblos del interior que poseían algo de comodidad, junto con su prima, pues la circunstancia de la belleza – que viene a ser un antónimo de maldición para cuantos pisan las espaldas de la Pachamama- siempre jugaba a su favor a la hora de encontrar trabajo. La tía Fede bajaba sólo a comprar mercaderías y a saludar a papá en fiestas patrias, fecha en que los aymaras celebran fiesta, trafican animales y bajan a las ciudades a celebrar, aun cuando les importe un carajo la gesta independentista y sus próceres gestores. Ahí llegaba la bella tía, con su pelo trenzado, con falda -imilla, cuando te pondrás polleras- y alguna bolsa con uvas traídas de Codpa. La tía Fede conservaba un poco el acento de los aymaras viejos, la pronunciación pura de los abuelos y quizás ese rasgo le incomodaba un poco. Los aymaras, ante los oídos de los chilenos, hablan como paceños o cochabambinos a la hora de conversar en castellano. Pensándolo bien, la actitud de la tía se asemejaba a la postura frente al mundo de mis compañeros paitocos que se sentían apocados al momento de enfrentarse al sistema citadino, por lo demás muy ajeno a las costumbres que traspasaron por generaciones sus abuelos y padres allá, en la región de las montañas.
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El tío Tránsito era gemelo de la tía Fede, sólo que la vida, Dios, Equeco o quién sabe qué diantres, le había jugado una mala pasada. Todo detalle de fealdad en la formación de la tía se había depositado en él como una especie de esponja, filtro de pelusas de una lavadora, como mercurio que atrapa oro en medio de agua y piedras de río. Tránsito era feo como una roca partida a punta de chuzo, como un trozo de eucalipto quemado, quizás como la flor seca de un cactus deshidratada por el sol aniquilante de la pampa. Era negro, bajo, de nariz ancha; ostentaba pelo tieso, viscoso, labios gruesos, cabeza demasiado abultada para lo escueto de su humanidad delgada. Era, además, medio achinado; no pocas veces presenciando alguna película de Bruce Lee, creí verlo en medio de una trifulca, vistiendo terno negro de mafioso, siendo golpeado sin compasión por el héroe que en un trámite, acompañado de un grito de bumerán, lograba ajusticiarlo y entregarlo en manos de la vergüenza por la pérdida en la lucha. El tío Tránsito, como buen gemelo con Fede, compartía nada más que un detalle con ella: el nombre raro y extravagante que pusieron sus padres, seguro inscrito con devoción al calendario boliviano que inspiraba las designaciones de los aymaras que abrían matriz cuatro décadas atrás. Al menos tengo un apellido decente – le respondía a los otros indios que se mofaban de él. Esto porque algunos padres, renegando de la tradición, abriendo las ventanas a la cultura chilena, comenzaron a nombrar a sus hijos con los apodos de los cantantes y actores de moda por esos años. No faltaba el Rafael Choque o el Sandro Huanca; por ahí una Janis Mamani o un Paul Supanta, que a los ojos de Tránsito era como ver a Leonel Sánchez jugar fútbol con chalas de neumático o a don Verónico Quispe repartir choclos en la feria subido a un BMW. El tío Tránsito se dedicaba a sembrar hortalizas en un pequeño terreno que había alquilado hace algún tiempo en la entrada del valle de Azapa. No era raro verlo por las avenidas
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cercanas a la población pedaleando su triciclo viejo, cargando alfalfa, a veces llevando a su esposa sentada entre vegetales y frutas. Usaba una chupalla que en su cuerpo parecía más grande de lo normal; arremangaba sus pantalones viejos y sucios con barro y mostraba con total indiferencia sus sandalias de neumático cuyas aberturas mostraban dos pies llenos de durezas y uñas verdosas, algo deformes, como piedras que en sus orlas ostentan caracoles fósiles. El tío Tránsito visitaba con frecuencia a mi padre y a veces éste lo visitaba, en el pequeño huerto que alquilaba. Caminábamos desde la casa, cruzábamos varias poblaciones y una pampa calichera muy extensa para llegar al camino de tierra que unía a la ciudad con el valle. Allí nos entreteníamos con Josué viendo los árboles que producían algodón y lanzábamos piedras a las lagartijas que rondaban cerca del camino. Azapa era seco, arenoso, pero en sectores se concentraban frondosos olivos, extensiones de enredaderas que producían maracuyá, mazurcas medio verdes, medio amarillentas. En los cerros desteñidos que limitaban con la quebrada observábamos los geoglifos con formas de hombres y camélidos; el cielo siempre estaba despejado y el sol nortino, aquél ente perpetuo, enemigo de las caminatas hacia el valle, golpeaba con pasión juvenil, con eficiencia de obrero recién contratado.

Y ahí esperaba el tío Tránsito, paciente como los alpacos que rumean el pasto de los bofedales, sentado en un tronco desnudado de su corteza, apolillado, bajo un frondoso molle, con la camisa abierta en tres botones, ostentando un pecho desnudo, lampiño, moreno. Sus brazos también seguían esa tendencia. Los aymaras carecen de vellos en el cuerpo y en la cabeza, abigarrados, plantados así como con furia, muestran una cabellera dura y difícil.
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Kamisaraki – nos gritaba, apenas asomábamos entre tanta maleza y en el horizonte en que el espejismo deforma las figuras con su temblor acuático.

Tan pronto papá y su hermano se saludaban de mano y el tío nos acariciaba el cabello, solían conversar pacíficos, como si la tarde tendiera a ser eterna. Los labios de mi tío jugaban con una ramita de alfalfa en tanto hablaba. Aquélla se mostraba, se perdía entre esos labios carnosos y húmedos, nuevamente aparecía; si el tío Tránsito no pichaba coca, sublimaba su carencia del rumiar con esa fibra de pasto que le acompañaba de modo casi sempiterno. Josué y yo, luego de estar un rato al lado de ellos, sentados en bloques de adobe que acostumbraban ensuciar nuestros pobres pantaloncitos cortos y después de comprobar el carácter lato de la conversación cuyos temas no nos incumbían en lo más mínimo, salíamos a explorar el entorno próximo del seco valle, que aún en su verdor era gris y polvoriento. Subíamos a las pircas a observar parte de la quebrada; contemplábamos las escasas vacas que eran apacentadas con los rastrojos de los vegetales que aparecían como tímidas verdes manos de entre la tierra. No era raro encontrarse en la inspección con escasas manadas de cabritos, horripilantes chiqueros y jaulas para conejos construidas con desechos de desechos, en cuyo entorno próximo, como aureola de santos, revoloteaban las moscas festinando con tanto olor a guano y a frutas podridas. Los indios aymaras, a diferencia de los indígenas de más al sur, siempre tuvieron que vérselas con la escasez de espacio para la crianza de pequeños animales y el sembrado de vegetales. El agua en el norte, además, era considerada como la saliva de los dioses, mínima en cantidad, por lo que se la aprovechaba al máximo en un también enjuto y rebelde terreno. En invierno apenas llovía, por lo que el agua que enviaba Equeco, que con su mazo rompía los cántaros celestes de sus moradas, no lograba amainar la sed de los
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olivos, mazurcas, tomates y vegetales diversos de la región. Asimismo el agua del Lauca, luego de otorgar vida a miles de sembradíos desde donde nacía, arribaba adelgazada, casi sin pasión a las parcelas que cuidaban negros y aymaras en el mentado valle de Azapa. Fue así como descubrí junto a mi hermano, dentro de la parcela próxima a la que el tío trabajaba, otro espacio en el cual brotaban casi mágicamente matas de tomates y ajíes. Éstas provocaban hermosos destellos en medio de la tierra gris, con sus luces rojas, amarillas y sus formas redondas y puntiagudas. Tras ese sitio la cabellera motuda – cual negro azapeño – de los olivos que cubrían gran parte del valle, nos saludaban meciéndose al compás del viento que traían a la quebrada los perfumes del océano y se mezclaban con los de los olivos parturientos, a punto de dar a luz. En época de raima, infinidad de gente bajaba del altiplano hasta las tierras de la aceituna. Apenas llegaban con un morral tejido en telar con lana de alpaca, un par de sandalias y un gorro de totora para desafiar al Inti y su pasión demoledora por ungir pieles indias. Acercaban las díscolas ramas de aquellos árboles ancestrales, bondadosos - que con sus críos negros sostenían la economía de los medieros y obreros de Azapa- con varas largas. Luego agarraban granos oscuros con fuerza y los depositaban en sacos de harina que colgaban de sus cinturas; allí la sangre de las aceitunas entintaba sus pobres pantalones, polleras desteñidas. Sus demás ropas eran ensuciadas con el polvo de las ramas y con el bombardeo de cuentas que caían desde el follaje más alto. Luego de una jornada en la que el sol alcanzaba a cruzar con lentitud de anciano desde la montaña hasta el pacífico, las manos de los indígenas terminaban rasguñadas con las garras de cada árbol, como si quitarles el fruto implicara una batalla cuerpo a cuerpo en la que el olivo defendía a sus críos con sus manos arácnidas, furibundas.

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Papá, ¿de dónde sacan tanto choclo? Casi todo el año hay choclo y no hay día en que en la casa no se coma, mañana, tarde y noche. De Lluta. Y, ¿Lluta es tan parecido a Azapa? ¡Pero si hemos ido! Es ese lugar en que hay muchos jergeles – por mi madre, puta que hay jerjeles- y pican pa qué contarle, con decirle que a un amigo, cuando fuimos de paseo por el curso, lo picaron de lo lindo, aquellos bichos hicieron un festín con él, debe tener la sangre dulce, quizás es más rica la del chileno aquel que la de nosotros los paitocos, porque a nosotros, señora, mire que no nos hacen nada, salimos casi intactos y viera usted cómo llegó a Arica ese pobre infeliz, casi con puros puntitos rojos en todo el cuerpo, porque hasta en el trasero se le metieron los insectos e hicieron lo suyo y este cabro que es blanco parecía que le había dado el sarampión, ¿no ha visto usted cuando a Kiko, de la vecindad del Chavo del ocho le daba sarampión en uno de los capítulos? ¡Lleno de pecas, por todos lados! Pero no son pecas en ese caso, seguro que se los hicieron con algún plumón rojo, y en el caso de mi amigo del colegio, se lo hicieron esos insaciables jergeles que molestan siempre que uno va a Lluta a bañarse en el río, porque pa qué le voy a decir otra cosa, ese valle no tiene otro atractivo pa un niño salvo ése, ah, y bueno, también tiene hartos cerros para escalar, y le diré que una vez nos subimos a uno con mi hermano, y un grupo de amigos del colegio y caminamos harto por una pendiente, era el cerro más alto de todo el valle y casi al llegar a la punta nos encontramos frente a frente con esos monos tan grandes que la profesora dice que se llaman geoglifos y son hechos con pura piedra y a uno se le ocurrió desarmar uno de ellos y dijimos ¡bueno! Pero eran piedras muy grandes, demasiado pegadas en el cerro, era casi imposible, quizás un adulto sí podía hacerlo, además después pensamos, ¿para qué? Al menos así adornan los cerros que son tan aburridos y tristes, no tienen ningún verde, pura arena, no como los cerros donde vive mi
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otra abuela allá en el sur, ella sí que es blanca, no como mi abuela que es del interior y parece boliviana porque usa trenzas, es morena, masca coca, viste pollera y habla en un idioma raro llamado aymara. A mí no me gusta ser indio porque mis compañeros en el colegio a veces molestan, y ruego que ese día que me joroban aparezca mi madre en la escuela para que la conozcan y vean que ella es chilena, blanca, del sur, y ese es mi consuelo: si se burlan de mi apariencia nada más digo los apellidos de mi madre, de donde es y ahí acaban un poco de odiar, pero no falta el compañero que conoce a mi padre y entonces de nuevo empiezan. Yo me saco buenas notas para que digan que los indios les ganamos a los chilenos, que somos más capos que ellos y eso resulta a la hora de la entrega de diplomas, pero no a la hora de buscar amigos, porque ahí los blancos se juntan con los blancos, salvo que sea un blanco un poco quedado, medio pánfilo; esos siempre se juntan con indios, les da lo mismo.

Los aymaras como papá acostumbraban a desayunar con la consistencia y la cantidad de un almuerzo. Sopa espesa, sopaipillas, medio litro de té en una taza grande de lata y charqui frito, si es que aún se mantenía en la despensa las secuelas de algún animal carneado en jornadas anteriores. Los aymaras avecindados en Arica rememoraban esa costumbre yendo a comer, aún despuntando el alba, al terminal del agro, lugar en que se apostaban las cocinerías de dueños altiplánicos en cuyas pizarras, desde muy temprano, se anunciaban fricasé, calapurca, llamo asado y otros platos contundentes y exquisitos al paladar indígena. No era raro sentir a las ocho de la mañana el hedor vaporoso de las comidas condimentadas, el ajetreo de indios que iban y venían de los restaurantes adornados con fotos de la cordillera, los volcanes, de algunos paisajes de La Paz, el carnaval de Oruro, la selva del Beni, entre otros paisajes serranos. Papá a veces dirigía sus pasos hacia allá,
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como tratando de rememorar sus años mozos, intentando refrescar en su memoria la cultura transada y olvidada en la ciudad. Entonces pedía aquellos platos grandes rebosantes en ají, humeantes, exquisitos – por parlantes escuchaba huaynos, morenadas, música de bronces que comía sin que asomaran lágrimas en sus ojos; los indios son muy buenos para comer sin sentir el rigor del picante en sus bocas de cuero duro.

Bienvenido era quien ayudaba al abuelo en sus labores de hombre y esposo, arriba en el altiplano, en la región en que nace el sol tras las montañas cubiertas de nieve. Sabía levantar pircas, conocía el arte de cavar zanjas para que fluyera el agua transparente de las vertientes; pastaba el ganado con la paciencia de los indios andinos; cuidaba con férrea convicción paternal los llamos y alpacas de su padre. De cuando en cuando aparecía entre las protuberancias rocosas de los cerros algún león andino que atacaba al ganado con rigor demoníaco. El abuelo Romualdo había enseñado a mi padre aquellos oficios de aymara que se extendían también en actividades menos rudas como recolectar llareta para avivar el fuego en los fogones domésticos, preparar charqui para conservar la carne pues si no se cumplimentaba con este rito aquélla faenada se perdía siendo digerida por las fauces de gusanos insaciables. También hacía recolección de la papa que luego ubicaba en el techo de paja brava de la morada. La regaba con agua de vertiente en las noches. Al cabo de un par de días los tubérculos amanecían más pequeños, arrugados, momento en que la abuela los cocinaba en guisos, en cuya preparación usaba grasa de los animales que había matado días anteriores. Todo ese saber, transmitido en lengua aymara por el abuelo a mi padre, ligaba fuertemente sus almas de indios americanos, criados en altura, sometidos siempre a las fuerzas de los
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pueblos invasores y de la naturaleza. Bienvenido era su compañero de viaje, el receptor de los comentarios que el viejo hacía de la historia del entorno en el que viajaban. En ese cerro los gentiles hacían sus sacrificios, o en esa loma encontramos vasijas de barro muy antiguas, o en esa quebrada había el esqueleto de un soldado peruano vestido de las ropas de la guerra, y así le contaba a mi viejo todo lo que había aprendido tras décadas de observación a la Pachamama que en cada recoveco de su sustancia mostraba un detalle nuevo a los ojos apagados y a la mirada profunda de aquellos aymaras. Quién no iba a conocer a esa diosa telúrica, si durante extensas horas había que poseerla en caminatas interminables, sorteando sus accidentes como debían sortearse los embates de la vida solitaria allá, las enfermedades, el capricho de Equeco que en noches de tormenta,

antojadizo como él solo, enviaba a sus ministros lumínicos,(aquellas espadas ciclópeas en el cielo), la miseria, la ignorancia de las leyes humanas españolas, tan enredadas como las largas plantas que empantanaban los zanjones en días de invierno boliviano y debían ser extirpadas a punta de azadón y rastrillo para que el agua corriese rauda a las chacras de orégano, maíz y frutales. El abuelo enseñó a mi padre las claves para interpretar el cosmos, el aca pacha, el lugar en el que uno se mueve, en el cual coexiste el mundo concreto con el espiritual, los cuerpos de los indios con los fantasmas de los finados que por alguna razón no se han ido hacia las moradas celestiales sino que se han quedado fregando, quizás con el fin de tomarse venganza de algún indio medio tramposo, o tal vez para quedar tranquilos de algún empacho y espiar sin ser vistos, e irse luego al lugar que les destinó Wiracocha, Inti o Dios, con la conciencia tranquila y sin dudas que les retorcieran la memoria - que es la ruin acusadora y consoladora que tenemos luego de dejar la vida terrena- y soportar el asilo en ese lugar tan desconocido y misterioso que nos depara la muerte.
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Mi padre aún trabajaba en el valle de Camarones cuando le llevaron la noticia de que el abuelo había fallecido víctima de una fiebre fulminante. Aquellos días soleados despertaba a las cinco y media con el canto de los gallos y el aviso del guardia que pasaba por cada una de las puertas de la sección de solteros de la compañía lechera de propiedad del estado. Los dormitorios se constituían de largos galpones construidos de adobe y recubiertos con cemento, los cuales eran pintados con cal y pintura roja. En los rincones oscuros de las murallas, allí donde las sombras de otros muros los ocultaban de la vista de los guardias, los obreros dibujaban corazones y nombres de mujeres con ramas quemadas. Cada trabajador poseía un cuarto independiente, algo sombrío y helado, desde cuyo dintel podía observarse la plenitud de las parcelas, los corrales de animales, la línea plomiza del río, el valle en su plenitud que parecía un chaleco confeccionado con retazos de distintas tonalidades. La compañía se ubicaba soberbia en una de las mesetas laterales del arenoso cerro, polvoriento y blanquecino. De día se oían los rumores del ganado apacentando en las parcelas, también el sonido del viento golpear los molles gigantescos y un par de palmeras que decían habían sido plantadas en los años en que la región pertenecía al Perú; de noche el rumor del río acariciando las piedras, el ladrido esporádico de perros, el sonido de los zancudos enamorando el candil de las lámparas Petromax, los grillos criendo allá afuera, en medio de la oscuridad total y el frío de la quebrada húmeda. El sol asomaba con ligera furia arriba, en las regiones que moldearon el carácter taciturno de los indios, pero aquí, la sombra helada de los cerros en la superficie de la quebrada no permitía la incursión del astro, sino hasta las nueve o diez de la mañana, cuando comenzaba a aparecerse entre los acantilados de roca rojiza.

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Mi padre caminaba junto a sus compañeros de labor vistiendo botas plásticas que cubrían hasta un poco más abajo de sus rodillas. Ostentaba un gorro de mezclilla, pantalones de tela y una camisa de cuadros que compró usada en una feria fronteriza. Bajaba de la meseta, costeaba las parcelas aledañas, llegaba a los potreros de la compañía en los que las vacas pernoctaban y desataba a una que debía arrastrar hacia los enormes galpones habilitados para ordeñar. Sometía sus cuellos al triángulo de maderos, amarraba sus patas y cola sucias de mierda verde con una soga no menos indigna, llevaba un pequeño banco a un costado del estómago blanco y negro y se sentaba ahí a contraer durante horas las tetas del animal que en cada apretujón soltaba un rayo blanco que golpeaba el balde metálico sostenido con sus botas contaminadas con el excremento de los animales chorreado en los pisos del lugar. ¿Bajarás a Arica esta semana, Beno? – le preguntó Guata de leche, un indio que solía sentarse en el suelo y mamar de la ubre de las vacas ese licor divino. No, ¿qué hay? – le respondió. Juega Chile con Unión Soviética. Va a bajar una camioneta mañana. Vamos, la entrada en galería no sale tan cara- Su amigo tomó las ubres del animal con premura; el capataz se acercaba con rostro arrugado, furibundo.

El estadio, que luego llevó el nombre de Carlos Ditborn, en ese entonces se encontraba lejos de la ciudad. Rodeado de tierra suelta y seca, la construcción levantada especialmente para el mundial de fútbol Chile 1962, se erguía en las faldas de un cerro que, dirigido hacia el mar, desembocaba en el imponente morro histórico. A quién se le ocurre construir el estadio tan lejos, reclamaba la gente, no sabiendo que años después aquél, en el mismo lugar, sería parte de un céntrico sector residencial. Arica había cambiado un poco desde que
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papá la visitó por última vez, cuando cumplió el servicio militar, pensó mi padre al caminar junto a su compañero por las calles del centro atestadas de citronetas. Ambos no usaban zapatillas como los jóvenes blancos que deambulaban por ahí sino sandalias confeccionadas con forros de neumático. Quedaron boquiabiertos al ver tanto letrero colgando, cuanto cable de electricidad seccionar el cielo próximo a sus cabezas. Muchos europeos y norteamericanos visitaban por esos días la ciudad nortina; el mundial se comentaba alrededor del mundo y sus hazañas protagonizadas por los futbolistas más destacados del momento. Los ojos de aquellos dos aymaras no sabían diferenciar a esos turistas de piel clara de los señores que de vez en cuando arribaban a las dependencias de la compañía lechera desde Santiago; eran tan blancos, tan rubios y altos como esos extranjeros, que sólo distinguían cierta diferencia cuando unos y otros abrían la boca para hablar. Beno, ¿no sabes qué dice ese letrero qui está allí arriba? No, soy corto de vista – respondía Bienvenido, recurriendo a la misma mentira piadosa de siempre, aquella que ocultaba la carencia que limitaba su personalidad aun más que su raza: él no sabía leer.

Sintieron la brisa de puerto tan deliciosa en sus pieles curtidas, endurecidas por el aire de cordillera y el sol implacable de arriba; el Inti acá se disfrazaba con otros matices y sensaciones; el aire marino se les prestaba complaciente para que su juego de alumbrar ardiendo no perjudicara sus pieles. El calor húmedo de la ciudad era mucho más llevadero que el que creció con ambos y desgastó sus rostros morenos como los cerros milenarios que circundaban sus natales villorrios. Sentados en una banca del paseo La Rambla, mirando el mar y los turistas ricachones que salían y entraban del hotel Pacífico, (construcción que les
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pareció particularmente bella, no tanto por su estilo arquitectónico, sino porque sabían del renombre de aquélla en la que alojaban famosos cantantes, políticos, y las vedettes más connotadas de la época), conversaron de sus vidas y de los sueños que amasaban cual sopaipillas en la profundidad de sus almas. Ambos querían ir a vivir a la ciudad; años antes habían tenido que viajar a la fuerza y reclutarse en el servicio militar cuando apenas sabían algo de castellano y lo supieron aprender a punta de insultos y golpes de los clases, en el regimiento Rancagua, mi padre y su amigo en el Dolores, en la carretera que da hacia el sur. Qué chucha vienes a hacer a Arica, al servivio militar si este no es tu país, huevón conchetumadre. Que indio hueón acá viniste a hacerte chileno; que culiado no me mires con esa cara de llamo pastando pues a tus antepasados le dimos barraca en la guerra del Pacífico; insultos que resonaban en sus oídos cada vez que sentían el aire del racismo que le enrostraban la culpa de haber nacido en el altiplano y llevar dentro de sí la sangre de una prosapia sometida por la fuerza a dos culturas – la inca y la española – en menos de cien años. Pese a eso persistían en su ánimo nómade; ya estamos acostumbrados a los insultos parecían decir a través de sus sonrisas de resignación; nunca soñaron con ser patrones sino sólo con batir perpetuamente un azadón y pasar la vida así, subsistiendo de la bondad de la Pachamama que parecía entregarlo todo con equidad pero en cuotas ínfimas.

Los niños corrían de un extremo a otro de la vereda, pantalones cortos, escarapelas en las camisas, cuidados por la vista desconfiada de sus padres, cargando banderitas chilenas que hacían flamear orgullosos, soberbios, patriotas. Las incontables citronetas y los Chevrolet Nova que pasaban por el sector dando toques de claxon, adornaban sus vidrios traseros con inscripciones de ánimo a su selección. Éstas incluían los apellidos Sánchez, Toro, Muñoz,
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Follioux escritos con tiza mojada. Desde el otro lado de la frontera una infinidad de peruanos y bolivianos habían cruzado para presenciar el partido mundialista; caminaban hasta la calle dieciocho, lugar en que se escuchaba la transmisión radial de los comentaristas deportivos mediante bocinas gigantes que había mandado instalar la Junta de Adelanto con el propósito de que la población no se perdiera los pormenores de este match que podría coronar a la selección chilena con un honroso tercer lugar, por primera vez en su historia. El paradero de liebres hervía en ciudadanos; apenas cada uno de los hinchas se podía asegurar un sitio en medio de la fila que esperaba el siguiente bus, mientras los vítores de vendedores de empanadas, helados, pululos y otros productos como banderas chilenas, pósters de la selección, banderines del mundial se confundían con la bulla feriana de quienes se dirigían al estadio. De un minuto a otro las transmisiones acallaban y luego se sentía el rasgar de una aguja de toca disco sobre el vinilo desgastado. Hacía preludio de un single, profusa y repetitivamente el mismo, cuyo estribillo era coreado por los presentes: “Tómala, métela, remata; gol, gol de Chile, un sonoro ce, hache, i y bailemos rockanroll”. Sentados en la liebre en que mi padre y su compañero lograron subir, los ojos de mi viejo observaron la ciudad con triste simpleza de pueblerino admirado. Las casas céntricas, altas, antiguas, como las que algunas veces visitó en sus viajes con el abuelo, se le mostraron desnudas, con sus murallas atestadas de propaganda política y carteles de publicidad diversa. Nunca aprenderé a leer - pensó luego. Con suerte podía vencer esa tartamudez que se acentuó en sus labios luego de vivir por cerca de dos años dentro del cuartel y ser sometido a las burlas de los oficiales y compañeros. La vida de la ciudad era tan difícil; visitar Arica, me imagino, representaba para él visitar otro país, cuyos habitantes hablaban otro idioma, cuya apariencia física distaba de ser similar a la de él. Los referentes naturales,
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asimismo, eran notoriamente distintos; el mar, la brisa del océano, los valles prodigiosos estaban compuestos por la sustancia de la Pachamama, pero en forma no se asemejaban en lo más mínimo.

Las liebres provocaban una polvareda de los mil demonios cada vez que llegaban con sus ruidos de fierros a las cercanías del estadio. Una multitud nunca antes vista en la ciudad se aglomeraba tras los portones que protegían los carabineros en servicio, uniformados como en desfile dominical. Las aposentadurías del estadio estaban colmadas de público; los gritos que avivaban el ánimo de los seleccionados nacionales se sentían con fuerza en las cercanías. El rocanrol persistía en las bocinas colgadas a los postes de las rejas. A los ojos de los indios todo esto se parecía a las fiestas de carnaval que habían vivido en Codpa o en el desentierro del Ño Carnavalón durante el mes de febrero de cada año en San Miguel de Azapa. Desde las boleterías mi padre y su compañero divisaron un cartel escrito con grandes letras negras. ¿Qué dice Beno, qué dice? No sé. ¿No te he dicho que no he traido mis lentes? No hay entradas - les aclaró un señor peruano que estaba cerca de ellos y desquitaba su enojo echando carajadas a diestra y siniestra - Habrá que escuchar por radio, no es tan chévere, peh, pero que le vamos a hacer, hermano. Los dos indios, en vista de esas circunstancias, decidieron caminar hacia el cerro y apostarse allí, sentados en sendas piedras pensando que desde ese lugar podrían ver un poco el encuentro, con la franquicia de la gratuidad. Craso error. Con suerte se divisaban las cabezas de los asistentes que repletaban el coliseo además de las banderas, los carteles y
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las nubes de papelillo picado que de vez en cuando se lanzaban para avivar las ansias de aquel monstruo bullicioso. Pero del centenar de almas que habían decidido hacer lo mismo que mi padre, más de alguien llevó algún radio receptor para escuchar los pormenores de lo que sucedía allá adentro. Y fue así como mientras aquellos fanáticos y patriotas seguían con sus oídos la transmisión radial llevada a cabo por un furibundo comentarista, los ojos de mi padre detuvieron sus pupilas en las miles de banderas chilenas que flameaban bajo el quemante sol nortino. Hundió su conciencia en los colores patrios y en su estrella que nunca se asemejó a las estrellas que brillaban en el cielo tan límpido de la cordillera; sonaron en sus oídos las notas del himno patrio que dimanaban de las cercanías del estadio interpretados por la banda del ejército, aquéllos que oyó por primera vez a los diez años y que en cuya letra pintaba los paisajes de un país que desconocía, una nación que poseía un mar que bañaba sus costas a diferencia del lugar al que perteneció en el que sólo existían salares y ríos; la tierra que albergaba campos de flores bordados, muy distintos a las tierras áridas cubiertas por bofedales, cactus y llaretas de su natal Sahuara. Si en algo se parecía esa nación a la suya era en la majestuosa blanca montaña que Dios les había dado por baluarte, pero esa larga culebra de roca, cual sagrada Wiracocha de las leyendas

ancestrales, era patrimonio de todos los indios alrededor de este gigantesco trozo de tierra que los españoles denominaron América. ¿En qué se diferenciaba este país al resto de países del continente, entonces? En esas cavilaciones deambulaba la mente de mi padre hasta que un temblor sacudió toda la ciudad y el grito de miles de almas prorrumpió como el estallido de una bomba nuclear; el estadio se levantó un par de centímetros de sus fundamentos y las banderas tricolores flamearon como llamas en medio del fuego impetuoso, infernal. Chile había anotado un tanto.
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¡Ponte de pie, paitoco, vamos ganando! – le gritó a mi viejo un hombre blanco; alzaba sus brazos con alegría infantil; el centenar de chilenos se abrazaban, saltaban mostrando risas, festejando con bulla.

Mi padre se quedó sentado sobre aquella breve roca del cerro, adherido aún a los pensamientos que revoloteaban en su mente segundos atrás. ¿Quién iba ganando y porqué estaba allí? Desconocía cuál era verdaderamente la bandera que lo representaba.

El tío Encarnación le esperaba sentado en las escalinatas, temblando de frío. Los obreros de la lechera festejaban con fiesta, ruido, motores de luz encendidos el tercer lugar que Chile había obtenido en el mundial celebrado en sus tierras. Había estado todo el día esperándole luego de un viaje de veinte horas a pie desde el lugar en que ambos habían nacido y criado en una niñez de miseria y trabajo campesino. Su rostro se notaba demacrado, triste, sin vida. Apenas había comido un poco de charqui y cancha, y bebido agua de río, mezcladas con las lágrimas que sus ojos habían escupido durante el trayecto y la espera. Cuando vio a mi padre se le arrojó a los brazos y comenzó a llorar en silencio. Mi padre supo que lo hacía pues temblaba y sentía la humedad de sus lágrimas en el hombro de su camisa. Hermano, papá falleció.

Mi padre reaccionó en silencio, mientras la música que brotaba de los salones de la lechera y los gritos eufóricos de la gente se le tornaban una cruel burla, una paradoja del destino. En tanto unos festejan otros lloran. Tomando una bolsa de ropa hecha de saco harinero, en la cual ubicó sus pobres vestimentas, una máquina de afeitar y un par de tijeras para cortar el cabello, fue a conversar con su patrón. Don Plácido se encontraba ebrio, con los ojos rojos, sentado en la mesa en compañía dos trabajadoras de la compañía.
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Puis que te pasa, hombre, ¿No estás contento con que Chile haya sacado el tercer lugar de todo el mundo? Esto no pasa todos los días, cholo – el hombre alzó los brazos y pidió una botella de Pilsener.

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Señor, vengo a pedirle permiso. Mi padre ha fallecido – Bienvenido le miró a los ojos y tragó saliva para no quebrarse en llanto. El patrón al escuchar y contemplar el rostro desolado de mi viejo reaccionó y pareció que en un segundo los efectos de la borrachera desaparecieron.

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Oh, Vásquez, hombre, pero ¿qué estás diciendo? – Titubeó un instante. Hubo un silencio. - Cómo lo siento, de verdad – se levantó, pidió permiso y lo llevó de un brazo a conversar afuera, a un costado de la centenaria palmera.

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Fue ayer. Mi hermano me vino a decir – los ojos de mi padre comenzaron a humedecerse. Bajó la vista y simuló el llanto.

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Vásquez, tómese una semana. Vaya a su tierra; llévele las condolencias de mi parte a su señora madre. Cuánto lo siento de verdad – El hombre blanco se llevó la diestra a su paletó negro. Sacó de ahí un fajo de papeles y billetes – tenga estos doscientos escudos para que viaje en camioneta. Le diré a Menares que lo lleve en auto hasta arriba. Cuídese.

El chileno abrazó a mi padre y éste lloró en sus hombros como lo hacía el cielo en días de invierno boliviano.

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PARTE DOS

Carrasco era mestizo como yo. Su padre, nacido en Socoroma, era un aymara tosco, sin gracia alguna; no obstante logró cotejar a una chilena no más agraciada que él, pero al menos blanca. Se casaron y tuvieron al Carrasco (un tipo más moreno que yo) y a su hermana Mónica, que había heredado de su madre el color de piel y de su padre la fealdad y la grasitud del cuerpo. Ella transpiraba por cada mínimo esfuerzo corporal un líquido espeso como el aceite. Mira – me decía el Tabo Carrasco mostrándome el cuello de la blusa colegial de su hermana cuando visitaba su casa. Éste rebasaba en sebo como el de las ropas de los mecánicos que incursionan bajo los automóviles y se arrastran por la mugre como si les gustara andar sucios. Carrasco había tomado de su madre el carácter díscolo, rebelde y hablador. No se amilanaba cuando un chileno se le enfrentaba y lo insultaba con los improperios que yo aprendí a llevar como un apodo que de primeras cuesta asumir, pero que después hasta gusta ostentar. Quizás esto porque le costaba llevar con orgullo la condición que fluía por sus venas y determinaba su visión de mundo. Era tan indio como yo, pero trataba de rehuir el tema por vergüenza. A diferencia de mí, Carrasco era un tipo desordenado y flojo. Nunca hacía sus tareas, copiaba en todos los exámenes o elaboraba torpedos para superar aquéllos sin sobresaltos. Uno de los profesores, el señor Medina – un tipo macizo, alto, canoso y rosado, a quien los

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compañeros de escuela apodaban señor Vitalis – le tomó bronca a Tabo por su forma irresponsable de ser. Una tarde el señor Vitalis enseñaba historia de Chile premunido de su mapa arrugado en el cual la Isla de Pascua se había perdido, seguro en el estómago de las baratas y polillas que habitaban en su casa. Él había añadido un trozo de papel de roneo con la isla calcada de algún otro mapa y pintado quizás por qué corto de vista, pues los límites estaban claramente transgredidos a punta de infantiles rayas de crayones. Habló de los pueblos que originariamente poblaron el sector sur de América, comprendiendo a Perú, Chile, Bolivia y Argentina. Mencionó a los quéchuas, aymaras, diaguitas, mapuches, onas, entre otros pueblos indígenas. Habló largamente acerca de sus formas de vida, de la manera cómo se alimentaban, de cuáles eran sus costumbres para casarse. Los mapuches, alumnos, podían casarse con más de una mujer – decía. ¡A qué buena, quiero ser mapuche! – gritaban algunos compañeros.

Luego de media hora de lata conversación, cuando la superficie de la pizarra bullía con nombres, flechas, algunos dibujos mal elaborados – chozas, barcazas, cerros – el profesor elaboró el plan perfecto para avergonzar a Carrasco luego de todas las insolencias que había soportado de él en el transcurso del año. Alzó la vista, tomó su puntero que golpeó con mediana intensidad sobre su mesa de profesor y pidió silencio para formular algunas preguntas. A ver, usted, señor Carrasco, sí usted Gustavo Carrasco. Cuénteme, ¿a cuál de estos pueblos pertenece usted o tiene cierta relación? Una breve sonrisilla, apenas perceptible entre los poblados bigotes de brocha se dibujó en los labios del viejo señor Medina. Carrasco, lejos de sentirse apocado, echó su cabeza
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brevemente hacia atrás, miró con vista desafiante y le contestó con voz marcial de milico, parecida a la del papá del Galindo que era soldado del Regimiento Rancagua. A ninguno, señor. Mi apellido es español – Un silencio tenso inundó la sala de clases.

Bajé mi vista, apoyé la frente en mis brazos que descansaban encima del pupitre. Pensé que el profesor proseguiría conmigo y, aunque reconocía la procedencia de mi padre, aún me avergonzaba decirlo en público, pues no habría momento ni voz gallarda para explicar la bendita procedencia de mi progenitora, que me servía de salvavidas en aquellos momentos en que debía defender mi formación racial. Luego levanté mi vista cuando percibí que éste se daba vueltas en los pasillos de la sala con profundo disgusto en el rostro. Déjeme decirle Carrasco que aunque su apellido es, como usted dice español – el viejo alzó la voz- eso no significa que usted sea precisamente descendiente de españoles. Primero que todo véase en un espejo. Usted no parece español; basta con mirar su piel oscura, su nariz gruesa para comprobarlo. El rostro de Carrasco se tiñó peligrosamente rojo; sus ojos empezaron a tornarse vítreos. Las miradas de todos los compañeros se dirigieron a él de modo disimulado y él, que tenía muchas ganas de esconder su cabeza como las avestruces en el suelo pero no lo podía ocultar bajo la mesa porque en el acto delataría su vergüenza, se quedó tieso, así tal cual estaba, como las veces que lo castigaban con varilla en las piernas y él seguía estático para finalizar diciendo: “No me pasó nada; ni siquiera me hizo cosquillas el puntero”. La historia chiquillos es la siguiente – el señor Medina permitió un silencio mucho más largo del habitual para introducir a su narración- Resulta que en el tiempo de la conquista llegaron muchos españoles a estas tierras. Ellos se instalaron en las regiones que las autoridades de la época les designaron para trabajarlas y producirlas.

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¿Se las compraron a los indígenas, señor profesor? – le preguntó Mariana, una compañera con la que yo siempre peleaba el primer lugar.

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No precisamente, hija. Digamos que se las pidieron prestadas – El profesor titubeó un poco, quizás pensando en la respuesta verdadera. Esbozó un silencio y continuóCuando ellos llegaron a esas tierras se encontraron con indígenas con muy poca preparación, casi ignorantes. Los españoles les legaron su idioma tan bello y musical.

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¿Es que ellos no tenían idioma, porqué necesitaban otro? – preguntó Magdalena, la chica más bonita del curso.

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No sé hija, quizás para prosperar. Es como ahora, nosotros necesitamos el inglés porque el inglés es hablado en casi todo el mundo. Prosigo: y les legaron su religión, sus costumbres. A cambio ellos debían trabajar para los españoles, además recibían un salario y hogar.

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¡Chitas está buena la cuestión: les quitaron la tierra y más encima tenían que trabajar para ellos! – gritó Morales quien era lejos el más desordenado del curso; vivía en la ribera del río San José en una casa de cartón y cholguán.

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Señor Morales, tenga usted más respeto y diríjase al curso con un tono más formal. No es tan así. Los españoles como les decía no eran malos con ellos, es más y es el motivo de la pregunta que le hice a su compañero Carrasco: estos colonizadores le dieron apellido a los indígenas que trabajaban para ellos.

A esa altura Carrasco estaba que se ponía a llorar; sus labios temblaban y su rostro permanecía irritado al igual que sus ojos que acumulaban el líquido transparente del alma. Yo sentí compasión; mi ser entero solidarizó con él más aún al conocer esa historia de sometimiento ancestral.

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Claro, les dieron sus apellidos. Algunos que se llamaban Condori, Mamani, Huanca, Choque, como muchos de ustedes, luego ostentaron los bellos apellidos españoles, aun siendo indios: CARRASCO – el viejo miró expresamente a Tabo quien ya no aguantó más y se echó a llorar sobre su cuaderno -, Flores, Vásquez, Gutiérrez, Olave, entre otros.

Cuando escuché mi apellido sentí la misma ira e impotencia que seguro inundó el alma de Gustavo Carrasco; no precisamente por la actitud del profesor que solía avergonzar a mis compañeros cuando se portaban mal, sino por aquella historia escrita en los anales de la memoria de la América entera. Esa historia de usurpación de tierras, de hostilidades hacia los pueblos nativos, de actitudes paternalistas como si los indios hubiesen sido sub humanos que necesitaban de la ayuda de los españoles para poder evolucionar, era la que convocaba mis sentimientos más rebeldes y los expresaba en un arraigado resentimiento que fue creciendo con el tiempo. Aquella tarde Carrasco se quedó sentado durante todo lo que restó de clases recibiendo el consuelo mío y de los compañeros que se acercaban a él, pese a los retos de los profesores que venían a la sala luego de esa triste clase de historia. Viejo culiao – decía con rabia, casi llorando – lo voy a denunciar al ministerio por burlarse de mí. El Tabo vivía cerca de mi casa, en la misma polvorienta y peligrosa población Chile, sólo que unas calles más al norte. Su casa no distaba de ser el prototipo de las moradas de los aymaras en la ciudad, aunque se notaba que la madre del Carrasco imponía en algo su cultura sureña y había impedido ciertas costumbres en su esposo como el que armara gallineros y jaulas para conejos en el patio trasero o plantara árboles frutales y pequeñas matas de ajíes en el antejardín. Aún así, quizás la pobreza le había impuesto el que tuviera
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un par de bancas en el living comedor, a las que su madre les confeccionó unas fundas tejidas a palillo, el espacio olía un poco a cuero de llamos y a parafina y todavía conservaba en un rincón del patio una miserable caseta de cuyo interior las moscas ruidosas hacían carnaval. Ahí espiábamos a Carrasco cuando le daban ganas de cagar, pujaba con gritos y luego se limpiaba con hojitas de diario enterradas en un clavo, cortadas como con una regla. El papá del Tabo trabajaba vendiendo frazadas, teteras y artículos para el hogar en un carretón que en el techo poseía un parlante de sonido gangoso. Lo conocí un día en que fui a hacer tareas de la escuela a su casa, junto a Ivonne, una rubia que me tenía enamorado desde que iba en primero. Don Gualberto Carrasco venía llegando, gritando a través del megáfono: “Vieja, ábreme el portón” y la señora Diana, luego de estar al lado de nosotros casi todo el tiempo, ofreciéndonos cada cinco minutos más jugo niños, sírvanse galletitas no más salió roja, muerta de vergüenza y retó a su esposo que se disculpaba de su atolondramiento en castellano aymarizado, como el lenguaje usado por mi padre. Cruzó el umbral, secó la transpiración de su frente con el dorso de su mano y nos saludó tímido; luego salió rápido al dormitorio y se quedó escondido allí, como si fuese un niño pequeño y taimado. Apenas iba en segundo básico y había aprendido a irme solo al colegio, sin que mamá me llevara de la mano. A Ivonne la dejaban al cuidado de mi madre algunos días pues su padre era tripulante pesquero y su mamá trabajaba en la feria El morro vendiendo artículos electrónicos. Ese día terminamos el trabajo, Carrasco nos dejó en la puerta de la reja de su casa construida con tablas de los cajones en que trasladaban vehículos de la empresa General Motors y nos invitó a que siguiéramos yendo. Es posible que papá el próximo mes me compre un Atari. ¿No les gustaría jugar?
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Sí Tabo – respondía Ivonne- invítanos cuando te lo compren. Chao. Chao, Tabo, nos vemos el lunes.

Había que caminar un par de cuadras, por un camino de tierra, pedregoso y angosto que desembocaba en una placita. Sin embargo, el peligro del trayecto consistía en encontrarse con unos cuantos perros bravos a los cuales debíamos enfrentar. Mamá me había dicho

que a los perros había que encararlos sin miedo. Si tienes miedo ellos te ladran y muerden; si te muestras valiente ellos se van con la cola entre las piernas. Ivonne les tenía mucho miedo y me comentaba qué haríamos si es que un perro grande se nos aparecía en el camino. Yo le dije que enfrentarlo, eso, mientras la miraba a los ojos y ella sonreía con esa risa en blanco y negro que me mataba. Me tenía loco de amor; yo con ocho años deseaba besarla y abrasarla, como los galanes de las teleseries que veía en el canal nacional. ¿ No quieres un cubo? En esa casa venden – invité a Ivonne para que se olvidara del miedo a las bestias molestosas. Ya, pero mi mamá no me dio plata – se excusó con su voz chillona. Yo tengo, no te preocupes. Cuestan un peso y cincuenta – tomé una moneda grande de cinco pesos en la cual se veía un ángel alzando los brazos en cuyas muñecas colgaban cadenas rotas. Grité aló, salió una señora a quien compré dos cubos. Luego proseguimos camino a casa. Mamá nos esperaba con las onces, mantel en la mesa, pan amasado con margarina y mortadela, te ceylán comprado en el centro, mermelada Dos caballos, sucedáneo de café brasileño. El televisor en blanco y negro National Panasonic, sobre el refrigerador, transmitía Sábados Gigantes. Te ensuciaste con cubo, Tito, cuándo vas a aprender a comer como la gente – mamá me tomó y trató de remover la mancha con la punta de un estropajo- No le aprendes a la
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Ivonne, tan señorita, sabe comer cubo. Amor – le dirigió sus ojos a Ivonne - tome asiento, su mamá viene en una hora más. No me di cuenta mamá – me disculpé tosiendo. Al mascar el último trozo de hielo, extraje todo el jugo restante y luego hice un globo que reventé fuerte con las dos manos, como aplaudiendo. Papá va a llegar un poco tarde. ¿Dónde está, mamá? – le pregunté; Josué venía llegando con una pelota llena de tierra y transpirando ácido. Se dirigió al refrigerador y sacó un mango que había guardado en la mañana. Hola Ivonne – le dijo a mi amiga y salió por el pasillo hacia la calle. El papá todavía tiene que ir al regimiento, así como supongo que debe ir el papá de la Ivonncita – mamá apagó la tetera de cuyo pitorro salía un clamor de vapor de agua- ¿Tu papá va al regimiento? Sí tía – Ivonne, sentada en la mesa veía el Clan Infantil de Sábados Gigantes mientras movía sus pies que colgaban en la silla. Algunas personas dicen que los peruanos quieren tener una guerra con nosotros. Están llamando a todas las personas que hicieron su servicio militar hace tiempo para que entrenen un poco por si los cholos nos atacan – mamá echó agua a la taza Lozapenco que estaba frente a Ivonne. ¿Va a haber guerra? – pregunté asustado y excitado al mismo tiempo. No, mi amor, dicen, pero no es muy seguro. El presidente dijo que había que estar atento, nada más, por eso llamaron a los reservistas. ¿Reser qué?

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Reservistas. Así se les llama a la gente que hizo su servicio y que en cualquier momento puede ser llamada en caso de que el país esté en guerra. Bien amor, menos cháchara y alístese pa comer. ¿Se lavó las manos?

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Las tengo limpias. ¿A ver? – mamá me tomó las manos que estaban negras de tierra y poseían marcas de jugo rojo - ¡Ya, vaya a lavarse, miércole!

Hacía tiempo que la abuela no venía; había escuchado los rumores que existían ciertas tensiones en las líneas fronterizas y se había disuadido de bajar. Pero aún mandaba frutas y charqui para que pudiésemos comer. Quizás no entendía a ciencia cierta las razones por las cuales existían dichas habladurías que recuerdo haber escuchado de labios de compañeros y profesores, aunque no de un modo oficial. Los amigos del barrio decían que los peruanos querían recuperar el morro antes de que se cumplieran cien años del asalto y toma y por eso se organizaban clandestinamente. En la frontera los controles se demoraban más de la cuenta, revisaban hasta las billeteras de los hombres por si se encontraba algo, o en los maletines. Dicen que hay espías peruanos sacando fotos del morro y de los regimientos – contaba Mondaca bajo la escalera del primer pabellón el que se ubicaba a un costado del patio central. Sí, la semana pasada yo fui a Tacna y se demoran harto revisando. A un peruano le quitaron la cámara fotográfica. Hasta me revisaron la pelota de plástico que mi papá me compró allá – agregó Araya, con tono nervioso, como si su historia tratara de una penadura. ¿Y qué pasa si hay guerra? – pregunté inquieto.

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Van a tomar presos a todos los que tienen cara de cholo – sentenció seco Araya, pero luego rió apuntando a Carrasco y a mí.

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No hueví, Pantruca- expresó Carrasco con tono y mirada desafiante- Se van a llevar a todos los maricones pa violárselos. Ahí tenís que irte tú puh.

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Ya, huevón, no se pongan a pelear – agregó Mondaca- La huevá esta media peluda. ¿Sus viejos también están yendo al regimiento?

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Claro – respondimos en grupo. ¡Carrasco, pero tu papi tiene que pasar a Tacna pa ir! – le dijo riendo Araya al Tabo. Éste se sonrojó y apretó los dientes furibundo.

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¡Qué te pasa con mi viejo conchetumadre! – y avanzó dos pasos para dejarle caer sus puños en el rostro. Yo y Mondaca nos pusimos en medio de ellos dos.

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¡A quién le venís a sacar la madre, indio de mierda! – respondió Araya, tratando de sobrepasar la barrera que formábamos.

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Ya, puh, ahueonaos, no se pongan a pelear que va venir el inspector; ya cachó los gritos – el señor Castillo se dirigió hacia nuestro escondite caminando con paso cansino, lentísimo, casi senil. Nos sentamos y el Araya musitó algunas palabras para iniciar otra conversación.

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Oye sí, la Guerra de las galaxias, oh mortal, le voy a decir a mi viejo que me compre la nave – no dudábamos que las palabras de Araya fuesen como para dárselas de grande; su papá era contador de una empresa pesquera. Poseía los mejores juguetes; autos maxbotch, autopistas, Centella y su moto, un robot parecido a Mazinger Z, la mejor ropa y zapatillas Noth Star. Conversábamos de los personajes del filme cuando tocaron la campana y salimos caminando hacia el frontis de nuestra sala. Carrasco se dirigió a Araya y le advirtió:
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Hueón, si seguís hueándome te las vay a ver conmigo, culiao – y le tocó la oreja. Sale ahueonao, no me toquís la oreja. Uno de estos días veamos quién gana puh. – Araya no se amilanó; era de la brigada premilitar hacía dos años; usaba el pelo corto, frecuentaba regimientos y cuarteles del ejército, veía películas de guerra todas las semanas en el Betamax de su padre. En dicho lugar había aprendido a defenderse como los militares, de modo soberbio y violento.

La abuela fue bajada con cuidado por mi padre y el tío Encarnación quienes hicieron una especie de cadena con sus manos. En medio de sus brazos se sentó la anciana que apenas podía agarrase con sus manos arrugadas y débiles. Estaba enferma hacía varias semanas y, porfiada como ella sola, había rechazado la invitación de los médicos de la ambulancia que la había ido a buscar al pueblo. Por eso el tío Encarnación tuvo que traerla un poco a la fuerza. Si he tomado harta chachacoma, hijo, pero me ha sabido hacer mal – se excusaba con mi padre. Éste la acostaba en la cama y ella se quejaba; le dolía el estómago y esa noche durmió encorvada, con las manos en el vientre y un gesto de dolor en el rostro que deformó los pliegues habituales de sus formas. Vieja, tenemos que llevarla a Tacna – le dijo mi padre a mamá en medio de la cena. Mamá partía con un cuchillo un trozo de charqui que la abuela había traído. Respondió: Tienes razón, viejo, si espera en el hospital que le den hora la viejita se va a morir. Y particular sale muy caro – mamá le alcanzó un trozo de charqui crujiente a papá, Josué y a mí - ¿Por qué no vas a ver cómo está durmiendo? Ya – papá masticó un trozo de carne seca y se levantó de la mesa en dirección al cuarto de la abuela. El perro salió a recibirle contento, moviendo la cola. Mi papá lo acarició y
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le dedicó unas palabras en aymara. Prendió la vela que solía iluminar el lugar a petición de su madre que no estaba acostumbrada a la luz enceguecedora de las ampolletas. En penumbras le contempló y sus labios sonrieron tiernos y melancólicos. Su madre dormía con la boca abierta, mostrando una arruga de dolor en el ceño. Las cuencas de sus ojos, notó, cada vez eran más grandes y las arrugas parecían ganar espacio a los lugares planos de su rostro. La besó en la frente con simpleza de pequeño yokaya, impúber andino, y sintió en su cuerpo el olor a alpacas y a orégano que sentía al estar en su regazo hacía muchos años atrás. Ordenó sus cabellos desordenados en la almohada, luego se levantó, tapó con delicadeza sus hombros descubiertos de las colchas de lana que ella misma había fabricado e invitó a Chiri a descansar a un costado de la abuela. Papá sintió breves quejidos, apenas perceptibles al sonido de la noche, que emanaban de la boca casi despoblada de su madre. Si estás malita, mamá – le dijo despacio el papá, y pasó su mano por la frente de ella en la cual comenzaban a emerger gotitas de humedad – Tienes fiebre, Apachi – y de nuevo besó la faz cuyo líquido quedó impregnado en sus labios de indio altiplánico, rojos como las flores de los cactus del interior. El siguiente día nos levantamos temprano. Josué apenas abría sus ojos pues acostumbraba ver televisión hasta tarde y papá lo levantó de un ala. Yo, más rápido, apenas papá dio el aviso salí corriendo en calzoncillos y me dirigí al patio. Papá y mamá alistaban a la abuela y nosotros dos nos lavábamos, mi hermano en el baño, a punta de baldazos, yo afuera en la batea en que mamá escobillaba la ropa. Apenas terminamos de peinarnos, mamá tomó un bolso en el cual depositó peinetas, un par de toallas, algunos documentos. Papá cerró la puerta de casa, luego el portón. La abuela apenas caminaba y papá le recomendó a mamá tomar un taxi para evitar que la anciana pasara mucho frío encima de una liebre.

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Llegamos en cuestión de minutos a las oficinas de colectivos internacionales ubicadas en la avenida Juan Noé. El día estaba un tanto nublado, eran cerca de las siete y media de la mañana y el sol recién aparecía tras el Cerro Chuño. Desde temprano la avenida Juan Noé y las calles aledañas congregaban a chilenos y peruanos que iban y venían de una ciudad a otra traficando productos diversos; aprovechando el cambio favorable aquéllos, atentos a las novedades importadas, éstos. Los comerciantes, en su mayoría peruanos, arrumaban sacos y bolsas con mercaderías compradas en las ferias de Arica, esperando tomar un taxi y contactarse con alguna persona de buen corazón que les ayudase a pasar algunos productos para no sentirse presionados por la aduana y sus preguntas: ¿está contrabandeando? , ¿Es para su uso personal?, ¿Por qué compra tanto?. Papá llevaba el salvoconducto de la familia y el de la abuela; éste era un papel rosado que poseía la huella dactilar de mi padre y una foto en blanco y negro en el que salíamos riendo. Aparecieron muchos señores peruanos que gritaban: “¡Tacna, falta uno!” y trataban de jalarnos casi a la fuerza a sus automóviles anchos, sesenteros. Papá le dijo a uno que viajábamos todos, que a cómo tenía el pasaje y el tipo le respondió, “hermano, pues le hago un precio”. Rato después subíamos a uno de esos carros enormes que parecían carrozas funerarias; la abuela, delante con papá y mamá, Josué y yo en el asiento trasero. Papá le encomendó los salvoconductos y el caballero desde ese momento, saliendo por calle Velásquez hasta dejarnos en la céntrica avenida Bolgnesi, no dejó de hablar de fútbol, comida y sitios hermosos para visitar en Tacna. Siempre la idea de traspasar la frontera norte fue excitante para mi imaginación creativa de pequeño; a la más mínima declaración de papá: “iremos a Tacna”, toda una lluvia de expectativas, cosquilleos en la guata y avidez consumista me invadían de pronto y muchos
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días antes del viaje comenzaba a imaginar qué era lo que sucedería en la incursión, a qué lugar iríamos a almorzar y qué exquisitez abundante comeríamos. Tacna era el único lugar donde papá y mamá no tenían que andar sacando cuentas y caminando montones antes de entrar a algún restaurante medio decente, pues el dinero chileno poseía mucho más valor adquisitivo que en Arica; allá éramos casi de clase media y los papás podían comprarnos cosas que aquí en definitiva eran prohibitivas por su alto valor. Además yo caminaba por la calle con cierta confianza interior, esa postura que tienen los turistas que actúan sin que se conozca la población en que vive, ni su pobreza: son turistas, eso los hace de otro status. Y otro detalle que consideraba y que es ciertamente contradictorio: en Tacna yo me enorgullecía por ser chileno por esa historia entre países que suele sacarse a relucir en las relaciones entre americanos. Los chilenos habían ganado en la guerra a los peruanos y bolivianos; constituíamos entre comillas una cultura “superior”, triunfadora e invicta, por eso tendía incluso a mirarlos por sobre mi hombro y a criticar internamente sus costumbres comparándolas con la nuestra. “En Chile las calles son limpias, no como acá que son entera de asquerosas” o “los policías acá son desordenados, negros, no inspiran respeto alguno, no como en Chile que andan ordenados, limpios y son muy dignos en el trato”. Pensar así, empero, era una vil estupidez derechamente. Bastaba con que me mirara al espejo para que cayera en cuentas de mi aspecto no difería mayormente de la complexión y color de los cholos y bolivianos. Era tan similar a ellos por mi ascendencia racial. Eran tan aymaras como yo, sólo que el destino les había determinado nacer al otro lado de la frontera. La abuela, caminando a duras penas al lado de mamá por las calles peruanas, podía, por su aspecto, ser una peruana más, con sus trenzas, su pollera, por la forma de su cara y el color de su tez. Hablaba aymara como la mayoría de ellos, tanto así que luego de ir al médico e iniciar su tratamiento empezó a sentirse bien, le mejoró un poco el ánimo y,
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mientras comíamos un helado en la Plaza de Armas, frente a la catedral hermosa y barroca que adornaba el sector y le daba cierta importancia, conversó con una cholita que vendía helados acompañada de un niñito de unos dos años. Ambas dialogaron en aymara de lo más bien, como si se conocieran de hace tiempo y como si esa lengua lograra romper sus diferencias históricas que en definitiva son un cuento de las personas que gobiernan porque al final, el pueblo, las clases pobres de América, pienso, está hermanadas en el dolor, la explotación y la miseria, por lo cual no desean seguirle el juego a los aristócratas sino estrecharse los brazos en forma fraternal. A la abuela le agradaba caminar por las calles de Tacna. Cuando era joven más de alguna vez visitó sus avenidas y rincones centenarios, escuchó el sonido de las guitarras y cajones que llevaba en sus recuerdos tan frescos para su memoria de casi nueve décadas. Para ese tiempo Tacna y Arica poseían un destino incierto que debía dilucidarse, según lo determinado por la firma de capitulación de la guerra del Pacífico que Chile ganó por amplio margen. El modo era simple: un plebiscito. Siempre pensé que luego de la guerra, cuyas batallas novelaban mi mente con imágenes de álbumes que compré cuando era un escolar, el asunto de los límites se había fijado con cierta rapidez mágica y automática. Pero no fue así. Arica perteneció al Perú – o al menos así queda en la conciencia de los ancianos que vivieron a comienzos de siglo, incluyendo en ellos a la abuela- hasta el año 1929, fecha en la que los gobiernos de ambos países optaron por una solución científica y salomónica, echando por tierra la vía de la votación: Tacna quedaba para el Perú y Arica para los chilenos. ¿Cómo decidieron familias enteras si quedarse en la tierra en que nacieron o cambiarse de lugar dando prioridad a la nacionalidad que llevaban impuesta como la carimba – marca en la piel que ponían a los negros con un fierro caliente – sobre su sangre? En definitiva la abuela optó por la opción
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primera. No le interesó en lo más mínimo adquirir como se acepta un contrato, una compra en papeles, ese juego burocrático de la nacionalidad. Amaba su tierra, su entorno, el lugar en el que había crecido junto a los vegetales, oyendo el ruido de la vertiente, el zumbido del aire frío chocar en las rocas y en los cactus. Cambiarse de ahí hubiese sido cambiar las claves con las que interpretaba su cosmos. No mudaría su universo por el ligero capricho de dos gobiernos advenedizos cuyos ministros ni siquiera habían nacido en las tierras cercanas al Andes. Su espacio era ése, entre alpacas, montañas y salares. La abuela de Ivonne, sin embargo, decidió asumir la nacionalidad de sus antepasados y había llegado a radicarse a Arica desde Tacna, lugar en el cual nació, cuando los gobiernos habían decidido el destino de ambas comarcas. Era un poco más antigua que mi apachi; delgada, casi como si sólo tuviese esqueleto y piel, arrugadita y de muy buen humor, acostumbraba invitarme a sentar, junto a su nieta, alrededor de sus pies, en el patio de la casa de Ivonne que daba a la avenida Capitán Ávalos. Allí ella observaba apenas el gran cerro que asomaba como guardián de esas poblaciones callampas del sector oriente de la ciudad, pues sus ojos cada día se iban apagando como una vela que gradualmente se consume en medio de las tinieblas de la noche. No hacía nada, salvo esperar que pasaran los días sentada en un sillón de mimbre, cubriendo sus piernas esqueléticas con mantas tejidas a palillos, abrigando sus pies con zapatitos de paño negro. Ivonne la quería mucho y siempre la llenaba de besos y caricias; jugaba con las carnes caídas de su rostro, acostumbraba a peinarla con un cepillo y a cubrir su cabellera escasa con pinches multicolores. La abuelita reía y mostraba nada más que dos dientes largos, uno arriba y otro abajo y una lengua húmeda y gruesa con la cual convocaba la saliva de sus labios y de los rincones de su boca.

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¡Qué ricos los mangos que se daban en Tacna! – comentaba, luego de un rato en el que parecía ordenar sus recuerdos y pensamientos de décadas- Viéranlos ustedes, jóvenes, qué grandes y exquisitos. Mi padre llegaba con bolsas enteras que le daban los cholitos cuando visitaba sus pueblos: Tarata, Calana, Aguas calientes y tantos otros que no me acuerdo. Su bisabuelo, Ivonncita era un ministro del registro civil, tan distinguido mi padre, ¿no?, blanco, alto; era muy respetado en Tacna. A la gente blanca se le respeta mucho en Tacna. Allí vivíamos en la calle Vigil, cuando Tacna era muy pequeño, apenas eran unas pocas manzanas y el resto puras parcelas. Había muchos chilenos, pero igual peruanos. Al final era lo mismo, porque unos y otros se hacían amigos, se casaban entre ellos y no había problemas.

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¿No peleaban, abuelita? – preguntó Ivonne tomándole la mano larga y huesuda. La abuela sonrió.

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Bueno, hija, a veces, en las Quintas cuando se ponían a tomar chicha o vino. Pero qué, eran peleas de borrachos, nada más, después seguían tomando como si no hubiera pasado nada – la abuela hizo una pausa, mantuvo la boca abierta, clavó su vista en un punto impreciso de la calle, sacó su lengua para secar los labios y luego rió con una carcajada- ¡Una vez dos hombres pelearon por mí, jóvenes! ¡Ja, ja,ja!

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¡Ah, picarona la abuelita! – le dijo Ivonne; los tres reímos y la anciana tendió a ahogarse. Luego tosió.

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Sí, jóvenes. Uno de ellos era un tipo alto, buenmozo, distinguido. Vestía un traje negro, un sombrero de paño, muy elegante. Era un ingeniero limeño, muy dije el joven, un gentleman. Estaba ahí en Tacna visitando unos familiares que vivían cerca de la casa de mis padres. Yo era una jovencita muy risueña, agradable, no me faltaban pretendientes – rió coqueta y nuevamente carraspeó- Nos conocimos en un emporio, allá se le dice
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emporio a los almacenes. Él compraba algo de harina y yo unos panetones tan ricos que vendían ahí. Muy respetuoso el joven se me acercó y me invitó a conversar a la plaza. Estuvimos harto rato. Me contó de su vida, de que su padre se había llegado a El Callao luego de la primera guerra mundial y se instaló junto a su familia. Él era limeño, pero sus padres españoles. ¿Y ahí él se puso a pelear? – preguntó Ivonne. No mi amor, falta – la abuela acarició el cabello lacio y brillante de mi amiga – Resulta que todas las veces que pasaba por ahí para ir a comprar al emporio un chileno borracho me molestaba, diciéndome cosas que les gritan los hombres maleducados a las jóvenes. Yo le comenté así, por decirle esto que me pasaba. Entonces ideó un plan: yo pasaría sola, él se quedaría en la esquina esperando que este roto saliera y, si gritaba, él le enrostraría. ¿Y apareció el chileno? Sí, jóvenes. Él ignorante quiso pegarle, pero este joven apuesto le aforró dos combos que lo dejaron en el suelo. Nunca más en la vida volvió a molestarme. Tan galante era ese limeño. La abuela de mi amiga podía llevar tardes enteras hablándonos de sus historias vividas en Tacna, traduciendo las palabras usadas allá que no lográbamos entender del todo. Hablaba con un tono más pausado, pronunciando las letras con sonidos mucho más bellos y completos. Se parecía mucho a las abuelas que aparecían en la televisión, sólo que era un poco delgada. A veces me avergonzaba de que Ivonne visitara mi casa en los días en que mi abuela llegaba a la ciudad, pues la anciana no era tan parecida a las abuelas normales. Una vez, de improviso, Ivonne fue a conseguirme un cuaderno de matemáticas y mi mamá la hizo pasar mientras yo me encontraba en el almacén comprando el pan. Cuando llegué
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Ivonne estaba sentada a la mesa, conversando con mamá sobre su abuela tan anciana y risueña. Luego mi amiga hizo una pregunta que me avergonzó y que no pude sacarme durante varios meses de la cabeza. Señora, ¿la abuela del Tito es boliviana? - el rostro de Ivonne estaba serio, era una pregunta sincera, profunda a sus once años. Mamá rió y le respondió con ternura. No, mi amor, lo que pasa es que es del interior.

La profesora, luego de leer el listado de alumnos y escuchar el grito casi solemne de los asistentes asintiendo “Presente señorita”, me llamó a su escritorio. Yo sabía que conversaría conmigo pues había faltado el día anterior. Mamá había escrito una comunicación en la parte posterior de mi cuaderno de castellano, pues la libreta la había perdido el mes anterior. Desde el lugar de la profesora pude comprobar a mis cuarenta y tantos compañeros sentados, algunos con cara de sueño, otros definitivamente durmiendo sobre los pupitres. Por extraña razón reparé en que el banco de Carrasco se encontraba vacío; era raro que faltara alguna vez, por lo cual sentí una leve corazonada que me provocó cierta desazón. Luego de que la señorita firmara la nota me fui a sentar y le pregunté a Ivonne por el Tabo Carrasco. ¿No supiste? – me comentó. Miró hacia el frente; la profesora copiaba algo en la pizarra, no le gustaba que platicáramos mucho. Mi amiga habló muy despacio para no ser regañada – Ayer el Carrasco peleó con el Araya. ¿Sí? – dije preocupado. Tabo era desafiante, pero nunca lo había visto pelear, menos con Araya que era un tipo que acostumbraba a trenzarse con chicos aun mayores- ¿Por qué?

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Araya lo estaba buscando de hace tiempo. Ayer le gritó en medio del patio: “Indio culiao”. Carrasco se enojó y ahí empezó la pelea. Fueron al patio de atrás. Se amontonó casi todo el colegio.

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Y ¿qué pasó? ¿Carrasco le pegó? – pregunté expectante. No – Ivonne me miró a los ojos; sabía que yo estimaba al Tabo, que cuando él recibía insultos parte de aquéllos los sentía míos. Puso cara de pena- El Araya le rompió el labio y lo dejó llorando en el suelo.

Me di vuelta en mi asiento y sentí rabia y pena en lo más profundo de mi ser indígena. Si Carrasco era el objetivo predilecto de las burlas de Araya y su grupo era porque acostumbraba a reaccionar, a enfrentar y dar la cara, no como yo y el resto de indios, más indios que nosotros. Yo y los demás paisanos bajábamos el rostro, asentíamos sumisamente, asumiendo una actitud servil frente a los requerimientos e insultos de los blancos invasivos. Carrasco se tornaba una especie de escudo a mi favor; decía en público las cosas que yo pensaba y que por timidez no decía. Pero por ser así acarreaba problemas; quizás nunca quiso reconocerse mestizo al igual que yo, aún así se defendía de las burlas por su aspecto aymara y en su actitud nos defendía al resto que llevaba sangre andina en las venas. En el recreo, cuando salía del quiosco en el que compraba láminas para completar mi álbum de la Batalla de la Concepción, divisé a la mamá de Carrasco que entraba junto a él por el portón principal de la escuela. Carrasco vestía ropa de calle y los mismos zapatos escolares, viejos y cabezones. Se había cortado el pelo y a un costado de la oreja tenía un parche pegado. Crucé el patio; Carrasco se sentó en la baranda que separa el jardín del pasillo de Dirección con rostro calmo, mirando hacia el suelo, algo apenado, pensé. En sus manos llevaba una Merendina a medio acabar.

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Tabo – le dije cuando llegué a un costado de él. Me miró y en su triste observar distinguí que su ojo derecho estaba irritado. El parche de su cabeza empezaba a supurar pues una pequeña mancha de sangre asomaba en él.

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Hola, Vásquez – dijo parco y sin vida. ¿Qué pasa? – le pregunté preocupado. Me senté a su lado y percibí que sus ojos empezaban a tornarse húmedos.

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Mi mamá me va a cambiar de colegio- me miró con pena y luego bajó la vista. Pero, ¿por qué? – no supe qué decirle. Acá me molestan mucho. Además ayer peleé con el Araya y me dejó sangrando. ¿Quieres? – me ofreció la Merendina que acabé de un mordisco.

El Tabo me narró los pormenores de su pelea; con detalles que lo daban por ganador a él, a diferencia de la versión que me había contado horas antes la bella Ivonne. Aún así Araya lo había pillado desprevenido y le asestó un combo en el labio que partió éste con notable dramatismo. Todo el colegio estaba contemplando el pleito y sus compañeros paitocos gritaban por él, como pidiéndole que hiciera justicia por todas las humillaciones que habían sufrido en el transcurso del año. También observaba el espectáculo Sandra, una niña del mismo paralelo, que tenía por las cuerdas los sentimientos del Tabo. Éste le escribía cartas anónimas, cortaba flores del parque y pedía a su hermana que se las pasara sin decirle de parte de quién. Ésta lo hacía pues el Carrasco le daba cinco pesos al día siguiente de la entrega, claro, pasando y pasando. Me sentí un héroe; me dije a mi mismo: “Sácale la chucha a este huevón, hazlo por la Sandra” , y pareciera que los combos me salían más fuertes y hasta como en cámara lenta – Tabo rió esperanzado. Quizás pensó que después de la pelea la niña a quien quería se fijaría en él aunque fuese un moreno, de pelo chuzo y nariz gruesa y viscosa.
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¿A qué escuela te vas? A la D – 11. Unos vecinos van ahí, no voy a estar tan solo.

La mamá de Carrasco salió de la oficina hablando fuerte y mirando atrás de vez en cuando. Estaba enojada y reclamaba al inspector su pasividad frente al tema de la pelea. Cargaba en sus manos una carpeta con papeles, seguro su libreta de notas y certificados. Sus ojos también estaban húmedos y los secaba con un trozo de papel higiénico que apretaba nerviosa en una de sus manos. Papá cambió de trabajo y ahora me va a poder comprar más fácilmente el Atari que le pedí para mi cumpleaños –Carrasco se levantó; su mamá revisaba algunos papeles. ¿En qué trabaja ahora? – le pregunté. No sé muy bien, pero gana más plata. Hijo, tenemos que ir al otro colegio – la mamá lo llamó y me saludó con una sonrisa. La señora era muy agradable y me trataba muy bien, pues sabía que su hijo no tenía muchos amigos; yo era uno de esos pocos. Te voy a ir a dejar la invitación para mi cumpleaños. Chao

Ambos nos abrazamos como si fuésemos personas grandes y nos despedimos. Ivonne y algunos compañeros comenzaban a acercarse y a pedir explicaciones de la escena. Yo les dije que Carrasco se iba, lo cambiaban de colegio. Entonces los chicos, uno a uno se dirigieron a darle la mano al Tabo que atinaba a decir “gracias”, “igualmente”. En eso tocaron la campana y como era costumbre, todos salieron corriendo, tratando de comerse rápido las colaciones. Yo me quedé viendo cómo Tabo y su madre costeaban el jardín, esperaban que el auxiliar les abriera el candado del portón y cruzaban el espacio de cemento que daba a la avenida. Cuando estuvieron ahí Carrasco volteó y sonrió al verme aún observándole. Alzó su mano despidiéndose. Yo también lo hice. Luego me di media
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vuelta y procedí a correr por el patio hasta el frontis de la sala. Las filas ya pasaban a clases y tuve miedo de llegar tarde pues no me agradaba que me vieran cruzar por la puerta, pues no faltaba alguien que me gritaba alguna palabra ofensiva que minara mi debilitada autoestima de niño mestizo.

Josué, mi hermano mayor, había adquirido de mamá la herencia de la piel blanca y los rasgos chilenos que lo separaban de la imagen de indio apaisanado que a mí ciertamente empezaba a acomplejarme. Muchas veces al presentarlo en la escuela en que íbamos mis compañeros pensaban que no éramos hermanos, o que poseíamos padres diferentes. Aún así, poco a poco fue asumiendo una tranca que no guardaba relación con el tema racial: Josué era de muy baja estatura. Cuando más pequeños el tema daba lo mismo porque en tanto uno es chico no se preocupa en lo más mínimo de esos detalles tan circunstanciales y mínimos – a la lectura de nuestra mente adulta-, además casi todos los niños poseen una estatura media. El problema es cuando uno va creciendo y algunos empiezan a hacerlo en exceso y otros, como mi hermano, se quedan abigarrados eternamente a una talla. Entonces empiezan los sobrenombres y las burlas de los niños con esa crueldad venenosa que puede lograr anular nuestras vidas por años. Así sucedió con Josué quien hasta perdió su identidad sobre la base de apodos y chistes. Llegaban a la casa a preguntar por el “Pulga”, “Pablo Mármol” o “Súper Ratón” y cuando mi madre ponía cara de enojada y los chicos se excusaban y preguntaban entre sí cómo se llamaba mi hermano, apenas sabían su nombre y decían: “Señora, buscamos a ese compañero bajito, blanquito que va en sexto básico D”. Josué, además pecaba de ser demasiado regalón. Mis padres se habían casado y decidieron tener hijos pronto, pero el primero no lograba salir nunca por más que mi madre intentara
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embarazarse y que mi padre trabajara con notable devoción en la labor. Fueron al médico muchas veces – en ese tiempo en que las parejas se preocupan de mínimos detalles, que luego sucumben en las aguas de la rutina- y luego de tres años recién les salió el bebé que tanto querían, un poco delgado y enfermizo, pero hijo al fin y al cabo. Entonces lo colmaban de atenciones, visita al doctor al mínimo brote de resfrío, visita al dentista al salirle su primer dientecito, zapatos Calpany y ropita nacional al momento de salir, cumpleaños gigante con fiesta, vecinos y piñata cada trece de abril, entre otras atenciones. Pero, pese a esos tratos que podrían interpretarse como beneficios, los papás sin quererlo habían castrado la voluntad y la independencia de mi hermano con su inexperiencia paternal. Josué no sabía decidir por sí solo, siempre tenía que preguntarle a papá o mamá por mínima que fuera la decisión que debía tomar. Yo, en cambio, pese a la marca indígena en la piel y en la sangre –Josué la llevaba sólo en esta última- me había acostumbrado desde pequeño a la independencia vital. Si Josué no podía subirse al techo porque se podía caer, era tanto el cansancio de los papás al haberse preocupado en exceso de su primer crío, que conmigo parecían seguir el criterio: “Déjalo viejo, que se saque la mugre pa que aprenda”. Es así como, de algún modo providencial, mágico, como los giros y los encuentros que produce la vida misma, había descubierto en clases de artes plásticas que su pasión radicaba en las formas, los colores y las rayas que podía hacer con su lápiz de grafito. Dibujaba en clases, encima de los párrafos de castellano, en los márgenes de los ejercicios de matemáticas, en los papeles cuadriculados que solicitaba la profesora de biología. Primero paisajes, luego super héroes y jugadas futbolísticas, para desembocar, por último, en la afición que sus compañeros celebraban con avidez y expectación: caricaturas de los profesores del plantel. Consagraba tardes enteras en la labor de inventar diálogos, encuadrar
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viñetas, pintar con lápices chinos los dibujos que poseían similitudes notables con sus referentes reales de carne y hueso. Sin embargo, la pasión no se limitaba exclusivamente a la producción de este material; Josué comenzó a frecuentar un local de revistas y diarios ubicados en el mercado en que alguna vez la tía Alberta tuvo un puesto. Mi hermano compraba semanalmente revistas mexicanas de la editorial Novaro, principalmente en su serie Aguila – de tamaño mediano pues la serie Ñandú era la más grande y Colibrí la pequeña – con las aventuras de El Hombre Araña, Batman, Archi y otros personajes. Papá le daba dinero para que comprase golosinas en la escuela – Súper Ocho, algún chicle Dos en Uno, tal vez una melcocha o pululos – pero él desistía y prefería depositar sus monedas en una caja metálica de zapatos Calpany y dirigirse al puesto a comprar sus revistas todos los viernes en la tarde, después de clases. Yo aprovechaba dicha afición y sin sacrificio alguno – ahorrar, ir al mercado – las leía pues Josué me las prestaba sin oponer resistencia alguna; las hojeaba, las volvía a descifrar y las dejaba intactas de arrugas en su velador viejo de mimbre, destartalado por el tiempo y el descuido. Mientras sus compañeros empezaban a interesarse en practicar deporte y cortejar chicas, mi hermano basaba su atención y energías en construir mundos imaginarios con sus lápices, en leer historietas, coleccionarlas al mismo tiempo y seguir, además, las series animadas en televisión. He aquí, sin embargo, un vicio que se transformó en peligrosa adopción y que empezó a minar su creatividad y a desprenderla del blanco. Mi hermano se puso vicioso de la televisión y pasaba tardes enteras viendo películas, programas, ya no tan sólo dibujos animados. Llegó un momento en el cual prefirió estar sentado frente a la caja del diablo que pateando la pelota en la calle o saliendo a andar en bicicleta por la manzana o una plaza arenosa cercana a la casa. En clases se disuadía de que eso no estaba bien. Josué, es que cómo es posible que te la lleves toda la tarde después de clases sólo viendo tele, por qué no
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estudias tus cuadernos; por último dibuja le había dicho su profesora a sugerencia de la mamá, sin embargo, llegando a casa, luego de almorzar viendo teleseries mexicanas y de recostarse a hacer la sagrada siesta que acostumbran los ariqueños, se sentaba en el suelo del living, frente al televisor y de ahí no lo sacaba nadie, hasta la hora de la once comida, en que apenas se levantaba, se sentaba a la mesa que mamá había preparado - pan con margarina, aceitunas de Azapa, té ceylán- y sin despegar los ojos, a veces chocando con la silla y los elementos de cuchillería, continuaba pegado a la pantalla con actitud de ruin hipnotizado, con cara de estúpido sometido. La costumbre obsesionante de mi hermano prosiguió pese a que el televisor de segunda mano comprado por papá a don Patricio, un técnico que arreglaba aparatos en su casa cercana a la nuestra, se echara a perder luego de un par de caídas y el uso vejatorio que le daba mi hermano que lo prendía por tardes enteras sin darle un descanso de misericordia, un breve remanso entre jornadas. La falla consistía en que la pantalla se veía demasiado oscura, situación que llevaba al hecho de que para ver algo de imagen debía mantenerse el cuarto de estar sin luces encendidas de modo que no hicieran reflejo o con todos los orificios entre maderas de las murallas cubiertos para que las imágenes se vieran algo nítidas. Josué acostumbró antes de cada jornada de visionado, tomar una frazada gruesa y colgarla encima de la cortina que cubría casi transparente la ventana y se echaba en el piso, con los ojos muy cerca del aparato. Pero semanas después de esas andadas la tele volvió a malograrse, como si ésta escuchara los ruegos sumados a los insultos de mamá que constantemente lanzaba al aire: “Hasta cuándo, por Dios, tanta tele, niño flojo”. La falla consistía en que el parlante de algún modo se había echado a perder y a la desgracia televisiva de ver oscuro y casi inteligible se le sumaba la verdadera tragedia de que no se escuchaba nada por esa bocina que cuando Josué abrió escondido el aparato con
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la ayuda de los destornilladores que papá guardaba en la bodega, se encontraba llena de tierra, monedas, pepas de naranja y hasta un lápiz enterrado. Mi madre dio gracias al cielo al pensar que sus súplicas habían surtido efecto, sin embargo, Josué se las arregló e hizo pedazos una radio antigua a la cual le extrajo el parlante, demasiado grande la concavidad dejada por la bocina extraída del televisor, por lo cual luego de unir cables, dejó al aire, encima del mueble, el órgano implantado. Josué comenzó, luego de esa operación, a interesarse por el tema de los cables y las antenas. Sabía que sus compañeros de curso veían canales peruanos que igualaban en número y en entretención a los existentes en Arica. Incluso hasta dan películas porno – comentaban celebrando los chicos.

La idea me entusiasmó y di a mi hermano el dinero de un día para que fuésemos a comprar alambre de cobre. Luego tuvimos que caminar cinco cuadras para que un compañero de él, el Tarántula – poseía un gran lunar de pelo en el brazo- le obsequiara entre engaños un tubo fluorescente de medio metro. Estuvimos toda una tarde confeccionando un soporte con palos delgados, ubicando sin que bailara entre los quicios esa larga ampolleta, luego instalando el alambre, elevando la antena a la altura del techo, cuidado Josué no te vengas abajo, y por último pasando los cables por un hoyo hasta el living en que se encontraba el malogrado televisor con el parlante afuera. Nos fuimos a lavar, guardamos las cosas a sugerencia de mamá quien nos había prometido correazos si dejábamos algún desorden. Era día sábado y ella lavaba en la batea ubicada en el patio, escobillando con furia, contagiando con el ritmo del restregar toda la casa y sus alrededores. Josué desarmó su cama y sacó la frazada para instalarla sobre la cortina, yo fui al patio a buscar un par de perros de ropa, pero me los traes porque los voy a necesitar, de vuelta los usamos para sujetar la sucia y despellejada frazada. Nos sentamos expectantes y
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mi hermano prendió el paupérrimo televisor que sobrevivía al parecer porque sabía que nuestros padres eran pobres y no podían comprar otro por el momento. Al mover esa rueda que poseía el aparato para cambiar canales, comprobamos para nuestra sorpresa y satisfacción que la antena confeccionada con nuestras manos funcionaba si no a la perfección, al menos de modo satisfactorio. Se observaban los canales Panamericana televisión canal dos, América televisión canal siete y TNP, canal nueve, aparte de los aburridos canal nacional y Red del norte, que apenas pasaban monos y una que otra película de los Tres chiflados o de Jerry Lewis, en las tardes en que mamá nos servía las onces y el sol refulgía con olor a océano.

El papá de Ivonne era tripulante pesquero en la empresa Guanaye, en el tiempo en que Arica era una ciudad próspera y basaba su economía en el comercio de zona franca y la pesca y envasado de productos marinos. La casa de Ivonne era muy bella, de cemento, con adornos de madera en el living y con electrodomésticos novedosos comprado en Zofri. El viejo ganaba mucha plata y ella siempre andaba bien vestida, con la marca de los zapatos o cuadernos que anunciaban por televisión y que marcaban el prestigio y status de quienes los usaban. Nunca, sin embargo, fue una niña demasiado engreída o sobrada; por el contrario, no tenía empacho de ir a mi casa o a la del Carrasco, que eran muy pobres y feas al lado de su hogar que parecía de millonarios. En casa de Ivonne fue la primera vez que vi una película por Betamax: E.T. el extraterrestre; también fue la primera vez que hablé por teléfono ocasión en que me puse nervioso y hasta avergonzado, pues su mamá y su hermano que iba en el politécnico percibieron que nunca en mi vida había tomado un auricular y me sentí más indio y salvaje que nunca. El televisor de mi hermosa compañera era grande, con cubierta de madera y en colores; además se podía prender, apagar y cambiar
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de canales a distancia a través de un aparatito cuadrado que se enlazaba con aquél mediante un cable grueso. Ivonne fue mi compañera desde primero básico y tuve cercanía con ella desde el día en que nos tomamos de la mano y caminamos juntos por el patio del colegio cuando todo el curso apenas se conocía y cada uno iba asustado al colegio, las primeras semanas de clases. Recuerdo como ayer ese día y no me saco de la cabeza cada uno de los detalles que ocurrieron; yo contaba nada más que con cinco años en el cuerpo. La profesora tuvo que ir a una reunión de docentes y nos dejó solos, haciendo una tarea de castellano. Eran los días en que todos diagnostican la realidad del ser estudiantes y a nadie se le ocurre portarse mal o hacer mucho desorden. Yo me sentaba adelante, de acuerdo a las sugerencias de mamá, para que no me distrajera y pusiera atención en cada una de las clases. Apenas me movía y hablaba, temeroso de que la profesora me retara o que el curso fijara sus ojos en mí; siempre fui tímido, tanto que un par de veces me oriné en los pantalones sólo por el hecho de tener temor de pedirle permiso a la profesora para ir al baño. Ese día llegaron unas alumnas de octavo básico a cuidarnos. Eran tres y, a nuestros ojos de niños prácticamente unas señoras, pues eran altas, voluptuosas y hablaban fuerte. Empezaron a hablar entre ellas ideando un plan que las entretuviera, por un lado y, por otro, que acaparara la atención nuestra, pues pasando los minutos sin hacer nada, algunos compañeros empezaron a inquietarse y hacer desorden. Ubicaron a los varones en la muralla trasera y a las damas adelante, apoyándose en la pizarra color verde militar. El juego consistía en que cada varón debía escoger a una compañera a quien debía tomar de la mano, salir con ella a recreo y estar a su lado en lo que restaba del día. Media docena de chicos saltaban de alegría pues durante días habían
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contemplado platónicamente a algunas de ellas y esta era ocasión propicia para demostrar el infantil y puro afecto que sentían. Carrasco, quien aún no era mi amigo se rió mucho y se sobó las manos, esperando fuese su turno para escoger. El grupo de Araya, que se perfilaba como el de los más revoltosos e inquietos comenzó a hacer burla a los varones con las compañeras del altiplano. A vos te va a tocar con la María Chambe, y a ti con la Jacinta Choque – decían y ellas, pensando que los chicos hablaba en serio, bajaban la vista, con sus morenos rostros algo ruborizados. Me puse nervioso, observando una a una a mis compañeras que se escondían entre sí, tratando de escoger a alguna que fuese bonita y simpática. No sabía a quién elegir y eso convocó todos mis nervios en el momento en que una de las alumnas de octavo me preguntó delante de todos a qué compañera escogería para permanecer toda la tarde junto a ella. Yo miré al grupo de chicas y, de pronto, vi a Ivonne que me hacía señas con sus brazos en alto. Sin oponer resistencia apunté hacia ella y nos encontramos al medio de la sala. Ivonne me tomó la mano, yo estaba nervioso, serio; reía y me miraba a los ojos con esa cara de enamorada que ponían las actrices de las teleseries que veíamos en la tarde, en hora de onces. Me dio un beso en la mejilla y me apretó tanto la mano que intenté sacársela de entre los dedos. Disculpa, no voy a apretar tan fuerte – me dijo mientras observé sus ojos miel tan cerca de los míos. Sonreí nerviosamente. A Carrasco le gustaba en ese tiempo una chica llamada Jeanette Rosales. Ésta era pecosa, rubia, ojos claros, estudiosa, ordenada y angelical. Muchos compañeros sucumbían ante esos encantos de la niña, pero ella se hacía la desentendida y no prestaba atención más que a la profesora y a sus cuadernos extremadamente ordenados y limpios. El Tabo, sin timidez
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alguna, apuntó a ella en el instante de la decisión. Espontáneamente el grupo de varones rió y una voz en medio de esos cuerpos irrumpió cruel: ¡Ah, lo que quería el negro feo! – y la audiencia rió con sarcasmo. Carrasco bajó la vista esperando que la chica pasara al medio de la sala y le tomara la mano. Sin embargo, ésta se resistió y quedó amurrada en un rincón de la pared frontal, con el ceño fruncido y las manos empuñadas en los bolsillos de su delantal de cuadrillé azul. Escoge a otra, negrito – le dijo la chica grande. Carrasco, que no quería de nuevo sufrir las burlas de sus compañeros dijo con voz tímida, resignada. A ella – y apuntó en dirección a Julia Mamani, una compañera tan morena como él que tenía los ojos achinados y los dientes amarillos de tanto sarro. El Tabo miró hacia el suelo, aferró tibiamente la mano de su compañera altiplánica y recibió con estoicismo los gritos que provenían de sus compañeros ¡El beso, el beso!.

Luego de un par de minutos de gritos, decisiones y miradas, tocaron la campana y las parejas infantiles, que sentían por un instante ser grandes, hombres y mujeres hechos y derechos, salieron por la puerta en tanto el patio comenzaba a bullir en gritos, maratones y juegos de escolares. Ivonne y yo caminamos hacia el patio central tomados de la mano; trataba de ignorar las miradas del resto pues me sentía avergonzado; nunca había andado con una chica en esas andanzas y hacerlo, ineludiblemente llevaba a mi mente la fuerte imagen de papá y mamá. ¿Qué dirán ellos si se enteran de esto? – repetía en mi mente y, la misma tensión premonitoria de los castigos en casa, asomaba en mis recuerdos y piel. El juego de las parejas acabó de vuelta de recreo cuando Mónica, una compañera alta y bonita, llegó a la sala con la boca parchada y algunos rasguños en las manos. La profesora
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nos miraba con cara de perro rabioso y nosotros, de sólo verla nos asustamos en extremo. El primer día de clases, cuando gran parte de los chicos lloraban desconsolados pues sus madres les dejaban solos, éstas habían advertido a la profesora: Si se porta mal, péguele no más, señorita.

Richard, quien había escogido a la accidentada para que fuera su pareja durante el recreo, ostentaba dos parches curita en la mano derecha. Tenía los ojos vidriosos y un aspecto lastimero en el rostro. Era desordenado, pero sensible; cuando se portaba mal, al final terminaba llorando, pidiéndole perdón a la profesora y a la mamá, para luego esperar dos o tres semanas de olvido, tiempo suficiente para volver a sus travesuras comunes y a sacrificar sus permisos y premios por aquéllas. Esto es el colmo – fueron las primeras palabras de la profesora, furiosa- los dejo un rato y ustedes arman el feroz escándalo y no bastaba más, se creen grandes y ya están pensando en pololear los perlas. Mírenlos; apenas se saben limpiar el traste y ya andan de la mano. Las heridas de Mónica y Richard se debían a que ambos caminaban tranquilamente por el patio que presentaba ciertos baches en la superficie. Como escucharon las voces de las alumnas grandes de que por nada del mundo debían soltarse de las manos, Richard no soltó la mano de la chica cuando ésta se tropezó al pisar mal. Ella azotó su cara en el piso y él, que la llevaba aferrada, cayó encima de su cuerpo delgado. Mónica se rompió el labio e hirió sus manos al apoyarse. Richard sólo una de ellas; la otra apretaba con pasión los dedos de la accidentada. Ivonne me miraba desde su puesto, mientras la profesora nos retaba. Cruzamos nuestras miradas y ambos reímos. Quizás ella porque le gustaba un poco y yo, porque me provocó gracia el accidente y la cara de estúpido del García que empezaba a tragar las lágrimas y
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moco que le brotaban por las palabras duras de la profesora. Siempre mi mente recordó la imagen de Ivonne regalándome su sonrisa en el rincón de la sala, hasta que empecé a crecer y nuestras almas comenzaron a ligarse por la amistad que surgió entre nosotros. Entonces ese cuadro de la niña sin dos dientes de frente, que usaba moños apretados, frente amplia, chilindrina, fue mi consuelo en las tardes solitarias de adolescencia, cuando me enamoraba de alguien y, por timidez, no lo expresaba, viendo también que nunca era correspondido. Ahí el rostro de Ivonne sonriendo aparecía como de modo milagroso y pensaba que alguien, siquiera una sola persona en el mundo podía quererme, aceptarme tal cual era, con mi piel morena y mi carácter introvertido. Se me venía el alma al cuerpo y podía creer de nuevo en el amor, aunque fuera sólo por un par de días más.

El papá de Carrasco, de un día para otro, apareció por las calles de la población vendiendo sus ollas, frazadas y teteras en un furgón nuevo compró en Iquique. Habían pasado los días en que el presidente había ido a la población Cabo Aroca a inaugurar un parvulario, ocasión en que acudimos con el Tabo, Ivonne y Josué a verlo por primera vez. Mamá nos llevó; ese día faltamos a clases. Todos los días puedes ir a clases, pero no todos los días llega el presidente al lado de tu población – había dicho la mamá. Entonces invitó al Carrasco y a la Ivonne y para esto fue a conversar con los tíos, de modo que le dieran permiso para dejar de ir a la escuela. Mamá nos vistió con un pantalón de tela café, zapatos de escuela y una corbata que ella misma había confeccionado en días anteriores. Carrasco fue vestido de colegial e Ivonne con un vestido que se ponía para ir a los cumpleaños. El día se mostraba un poco nublado y a mí me hizo gracia el hecho de no habernos levantado tan temprano para ir al colegio y haber desayunado rico, con queso, mortadela y un vaso de Cola Cao.
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Carrasco esperaba enfrente de su casa, apoyado en el automóvil nuevo. Su padre cargaba éste con sus mercaderías y su madre regaba con manguera el antejardín. Unos maestros hacían mediciones con huinchas largas y cuerdas. Es que van a hacer una reja nueva, de cemento, como la reja de la Ivonne – expresó sobrado el Carrasco. Su madre saludaba a la mía; el papá de Carrasco se encontraba adentro, seguro esperando que nosotros nos fuéramos para continuar con su labor. Como aymara que era no le gustaba mucho conversar y aferraba su timidez e introversión sin reparo alguno. Al viejo le ha ido bien – dijo la madre del Tabo que conversaba de vez en cuando con mi madre. Ambas tenían el rasgo común de estar casadas con aymaras – se compró el furgón y ahora vamos a empezar a construir de a poco la casa con material sólido. Qué bien, vecina, me alegro. Ve usted que en este país se vive mucho mejor ahora, hay progreso bienestar y tranquilidad, no como cuando estaban gobernando los comunistas y el país parecía cumpleaño de monos – el papá del Carrasco miraba hacia fuera por un rincón de la ventana – Por eso es bueno ir a apoyar al gobierno cuando visita nuestra ciudad. Vea usted, ¿qué presidente va a una población marginal a saludar a los ciudadanos y a inaugurar una escuela para niños? Ninguno, sólo éste. Me cuida al Gustavo, vecina. Acá tiene diez pesos para que le compre algo – la mamá del Tabo le alcanzó una moneda grande y plateada - ¿cómo a qué hora van a llegar? Como a las doce y media. Ah, prenda la tele, de repente sale su hijo – mamá rió y se despidió de la señora. Ivonne esperaba sentada en una banca, a un costado de la puerta de su casa que daba a la calle. La señora Laura, empleada que la cuidaba desde que era pequeña, podaba los escasos árboles que adornaban su jardín. Mamá la saludó y ambas conversaron un poco. Josué,
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Carrasco y yo entramos advertidos por los ruegos de Ivonne que nos dijo que nos limpiáramos los pies antes de entrar. Mis ojos se detuvieron en el equipo de música desde el cual se escuchaba la canción que bailaba John Travolta en una de las películas que proyectaban en el cine por aquellos días. Era grande; poseía dos parlantes de madera, un tocadiscos, un toca casettes y una barra en la que asomaban números iluminados por una luz verdosa. Mira, puedes cambiar de radio con esta cosa redonda – dijo Ivonne y yo, mi hermano y el Tabo nos quedamos estáticos mirando esa maravilla tecnológica – Mi papá me compró el disco de Cepillín la semana pasada. Lo tengo acá. Carrasco agarró el disco que poseía en su portada la imagen en colores del rostro de Cepillín, aquel payaso de mirada melancólica y cabellera abundante y despeinada que entretenía nuestras tardes infantiles. Se quedó leyendo dificultosamente las letras de las canciones, los comentarios del payaso, las inscripciones debajo de cada foto. Papá también me compró el de “Érase una vez el hombre” y el de “Heidi” – apuntó con su dedo una torre llena de discos de vinilo. Tu papá debe ganar mucho dinero – dijo Josué quien miraba asombrado los discos, el equipo, los adornos del living. Sí, un poco. Es tripulante pesquero. A veces vamos al centro a tomar algo al Shop 21 y después nos lleva al Bowling. Mi hermano mayor anda en esos carritos a motor. Yo saco mis patines y me pongo a andar en la pista de patinaje, es choriflay Qué mortal, me gustaría que mi papá tuviera tanta plata como tu papá – dijo Josué- Así podría comprarme muchas revistas de historietas y también iría al estadio todas las semanas. Carrasco, ¿me dejas ver el disco?

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Toma – Carrasco le alcanzó el LP y luego empezó a recorrer el living reparando en cada uno de los elementos que lo ornamentaban - ¡Tienes una foto con Carlos Cazely!

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Sí, mi papá lo conoció mediante un amigo, es buena persona. Oh, las jodió tu papá – el Tabo se sentó a mirar la foto. Alrededor de ésta, en la muralla, se observaban banderines de Club de Deportes Arica y del deportivo San Juan. Ivonne contempló el rostro de asombro del Carrasco y agregó:

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Ese banderín del San Juan se lo dieron a mi hermano cuando fue a jugar a Arequipa. Mi hermano es bueno para la pelota. Tiene fotos con Letelier, Chamaco Valdés, el Nene Gómez, Montilla, Miguel Alegre.

Mientras conversábamos la señora Laura se acercó a la puerta y nos dijo que mamá estaba esperando para que nos fuésemos con prontitud al lugar de reunión. Eran cerca de las nueve y el presidente llegaría a eso de las diez y media. Mamá tenía premura en que llegáramos temprano para alcanzar buena ubicación y pudiésemos ver de cerca al mandatario. La casa de Ivonne era tan bonita que vez que íbamos nos costaba salir de ella; poseía el encanto de las cajas de sorpresa, la variedad de los museos, la magia de las casas que aparecían en la tele y eran tan lujosas y hermosas. Afuera se percibía la efervescencia e inquietud de los lugares en que se celebrará algún evento importante. Los vecinos, con su mejor ropa, colmaban las calles cercanas, cargando letreros con fotos del presidente sonriendo, carteles con la inscripción algo antigua: “VAMOS BIEN, MAÑANA MEJOR” y banderas chilenas de plástico. Los carritos de venta de palomitas de maíz y de golosinas, asimismo, ya se instalaban en las cercanías. Los autos de carabineros, tétricos y viejos como vehículos funerarios blanco y negros, rondaban el sector levantando el polvo de las calles, obnubilando la vista del público que llegaba en masa al lugar del mitin. Se escuchaban los sones del himno patrio desde los
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parlantes apostados a un costado del proscenio en el que en pocos minutos más el presidente se dirigiría a la comunidad. Mamá pasó los diez pesos al Tabo, advirtiéndole que los guardara en un lugar seguro para que no se le perdieran. Ella extrajo de su cartera un par de monedas con las cuales compró cabritas para mí, Josué, Ivonne y Tabo. El cielo comenzaba a despejarse y el sol nortino, ardiente astro cuya pasión llega a ser de pronto insufrible, entibiaba cada vez con mayor fuerza. Pese a esto, mamá prefirió que nos ubicáramos frente al escenario, tras unas rejas metálicas dispuestas para la ocasión. Los costados ciertamente estaban marcados por las sombras de los molles cercanos al colegio que sería inaugurado, pero mamá aseveró que no se vería nada desde ese lugar, por lo cual nos quedamos apostados ahí donde estábamos, a pleno sol. Cuando llegó la hora presupuestada, casi todos los ciudadanos de las poblaciones Cabo Aroca y Chile habían dirigido sus pasos a esa sede social que se ubicaba en las faldas del Cerro Chuño. Nosotros, estacionados tras la reja cercana al escenario, teníamos una vista privilegiada de lo que sucedía; los periodistas del canal nacional a quienes muchas veces habíamos visto por televisión, hablaban frente a las cámaras, muy cerca de nosotros; eran blancos, como la mayoría de los santiaguinos. Muchos señores de traje y corbata, lentes oscuros y bigotes, caminaban furtivos entre la multitud. Mira, esos son de la CNI – me dijo Carrasco, ante lo cual pregunté qué significaba eso – Son como espías de las películas. Si alguien está en contra del presidente lo matan. Así son de chacales. No, eso no puede ser – le repliqué.

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Verdad, Tito – El Tabo acercó sus labios a mi oído y me comenzó a hablar despacio – El Miguel llevó una revista al colegio. Ahí salían fotos de muertos y también historias de gente que le habían pegado.

Ivonne estaba un poco aburrida y le preguntó a mamá a qué hora acabaría todo. Cuando mamá iba a responderle un locutor empezó a hablar por alto parlantes anunciando la llegada del presidente y toda la gente hablaba entre sí, cuchicheando, ahí viene, en un auto, está con su señora, es igualito que en la tele, y todas esas cosas. Desde la calle observamos venir una multitud de hombres de terno oscuro, militares con traje café claro cargando metralletas, camarógrafos y periodistas; en medio de ellos asomó con los brazos en alto el mandatario y su señora; sonreía fijando sus ojos en la multitud que procedía a vitorearlo. Ahí está, niños, ¿ven? - dijo mi madre – es muy blanco, llega a ser rosado.

El presidente vestía pantalón plomo, vestón militar blanco, de cuya parte delantera colgaban medallas y condecoraciones coloridas, zapatos lustrados negros, gorra militar y en su diestra cargaba un sable dorado. Su señora vestía un traje rojo y un sombrero del mismo color que le protegía del sol inclemente que golpeaba aquella hora; una de sus manos aferraba un abanico de color negro. Cuando subieron al escenario extendieron sus brazos al público, sonrientes; tras de nosotros la gente gritaba, aplaudía, cantaba el himno nacional emocionada. Luego de ese rito ambos se sentaron en la parte trasera del escenario, entre autoridades de la ciudad y militares de rango. Papá era también devoto de su excelencia, sin embargo, no formaba parte de la bulliciosa audiencia que aguardaba a cada una de las palabras de la autoridad en ese minuto pues debía trabajar para rellenar las cacerolas día a día. Además casi siempre que el presidente venía a Arica él se las arreglaba para ir con mi madre a los mitines de aclamación que las autoridades de la ciudad organizaban con rigurosa meticulosidad: contrataban buses de
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acercamiento gratuitos, regalaban carteles con la foto del sonriente general, poleras, cintillos y toda clase de elementos de merchandising. Esta vez la concentración era cercana a fin de mes y el viejo debía pagar los gastos de arriendo, agua y luz de la peluquería que hace años atendía, oficio que aprendiera dentro de uno de los cuarteles donde hiciera su servicio militar. Esa oportunidad fue la primera que enfrenté con infantil inocencia la reflexión acerca del tema del poder. Haber estado entre la gente, a pleno sol, a cinco metros del escenario donde el mandatario liberaba su discurso, fue un momento casi alucinante e imborrable, no por la importancia que revistiera ese señor con vocación xenófoba, sino por los pensamientos que revolotearon en mi mente durante aquellos cuarenta minutos de invectiva. Pensé en la blanca piel de ese caballero, tan distinta a las pieles de la gente de mi ciudad; rosada, casi transparente; en los ojos del mandatario, claros, no oscuros como los míos o los de mi familia paterna. Aquel señor además ostentaba un apellido extranjero como la mayoría de los presidentes de la república que han gobernado en el curso la historia; vivían tan lejos de la realidad de las poblaciones; no eran vendedores, ni peluqueros, ni tripulantes, como nuestros padres; sus padres, seguro, fueron dueños de grandes extensiones de terreno desde siempre –aquellas que usurparon a los indios originarios de América-, pertenecían a la alta sociedad o a la clase media que a los ojos pueriles nuestros no dejaba de ser alta en comparación a la miseria que nos rodeaba. Por el peso de la historia sus hijos seguirían gobernando el país y posiblemente los nuestros mantendrían su ubicación de obreros y

empleados, como era la tónica desde que llegaron de España o bajaron desde los campos a la ciudad. Capitalizaban su poder sobre las masas como lo hacían los patrones de fundo con el perraje: a través de favores y supuestos beneficios. Pero nunca lo soltaron y, si alguna vez intentaron hacerlo, fue de modo paternal, tutorial y fingido.
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Allí estaba yo, bajo el sol que atrapaba mi corta cabellera negra y hacía hervir mi cabeza, como las veces en que aguardaba formado en el patio de la escuela que los sones del himno nacional dimanaran de los parlantes y que la bandera tricolor flameara movida por el aire marino. Contemplaba al dictador hablando tras un podio que poseía tallado el escudo de la nación, mientras la sombra inquieta de la bandera bailaba sobre su imponente humanidad de mandatario. De pronto, una cámara de televisión nacional se acercó a la audiencia y filmó los rostros de las personas que estábamos ahí congregadas. Dice mamá que aparecí con el ceño fruncido y con cierta mirada de melancolía durante varios segundos. Ostentaba la corbatita que ella había confeccionado con tanta dedicación y ese peinado que papá acostumbraba a hacerme con pulcritud de escultor. Ella estaba orgullosa de que hubiese salido en televisión y expresó con esperanza que algún día sería un tipo tan famoso como el presidente y saldría casi todos los días por la tele hablando, haciendo declaraciones y ayudando a la gente. Al día siguiente la profesora me saludó con una sonrisa en el rostro; acercó su perfumada mano a mi rostro y me dio un beso en la frente. Alberto, te felicito, saliste en la televisión, te veías tan bonito. Un poquitito serio, pero bien; te enfocaron varios segundos y mira, acabo de verlo hoy en la mañana – sacó de sus papeles una hoja de diario que me alcanzó con delicadeza – tu foto en primera plana. Ahí estaba yo, Alberto Vásquez, en primera plana, al costado de Ivonne, Josué y Tabo que yacían tras los pilares de las rejas. Camisa blanca, pantalones y zapatos de escuela, corbata café, peinado a un costado, sosteniendo una pequeña bandera chilena de nylon en mi diestra, con la frente arrugada por el sol y los conflictos vitales que minaban mi alma en ese instante. Bajo el retrato en blanco y negro yacían un par de líneas escritas que me atreví
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a leer nervioso: una patriótica multitud que incluía pobladores, niños y ancianos, dio un caluroso recibimiento a S.E. el presidente de la república, capitán general Augusto Pinochet Ugarte quien en la mañana de ayer inauguró un jardín infantil en la población Cabo Aroca. Qué bien, Alberto, te felicito; si sigues tan estudioso como siempre algún día vas a ser tan importante y famoso como el presidente – nuevamente me acarició con afecto la cabeza y sentí mucha vergüenza –Si quieres te puedes dejar el diario, te lo regalo. Mis compañeros empezaban a acercarse a mi puesto, curiosos por las palabras de elogio que recibí de la profesora y del diario que cubría gran parte de mi pupitre. ¡Saliste en el diario, Vásquez, qué buena amigo, nunca he sido amigo de un famoso! – García me dio la mano y se quedó mirando la foto. Ya pus loco, suelta el diario, todos queremos ver – Araya me golpeó la espalda y prosiguió – Si pus, Vásquez, igual ayer yo te vi por la tele. Estabai como enojado, bien serio; te enfocaron harto rato. ¿Querís pululos? – Saqué dos fideitos de la bolsa que cargaba. La profesora mandó a sentarse a los compañeros que se había congregado alrededor de mi mesa. Ivonne estaba al lado y tomó el diario para leerlo. Sonreía levemente, pensaba quizás que yo tenía los méritos por aparecer en la televisión y en la prensa, aunque la situación me incomodaba más de lo que me agradaba. Saliste bien. Mamá estuvo esperando que saliera yo y se me vio un poco, pero tú saliste clarito. Le gusta que yo sea tu amigo; dice que eres estudioso y ordenado y como que siempre sales al escenario a recibir premios y ahora más encima sales en la tele, es como si la fama te estuviera persiguiendo. Ah, pero si es lo más normal; además salí de pura suerte.
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La abuela bajó ese fin de semana con ojos pequeños, entrecerrados y un semblante cansado, exhausto. El tío Encarnación al saludar a papá le refirió unas palabras de lástima hacia su madre; estaba tan viejita, había trabajado tanto en su vida, que ahora al parecer se le habían venido los años encima de un día para otro y estaba mala para comer y un poco idiota. La esposa del tío Encarnación bajó a la awicha del brazo, con pasos pequeños le hablaba al oído con afecto y la abuela, apenas caminaba, tanteando el terreno duro de la ciudad, respirando con su nariz escarpada la brisa marina, tan distinta al olor de las montañas que configuran el Andes. La abuela besó a mi padre y mi madre que salía de la casa secándose con un paño de cocina las manos, abrazó la delgada humanidad de la viejita y la besó. Hacía muchos días que no bajaba del altiplano y la abuela mostraba más lustros que los que antes ostentaba, como si aquellos meses de destierro en las alturas se hubiesen transformado en años. Encima de la camioneta balaba un cordero que yacía sujeto porn un cordel al acoplado; el animal tenía la misma mirada desganada de la abuela, mientras rumiaba rastrojos de alfalfa regadas arriba, entre sacos de fruta y trenzas de ajos tiernos. La abuela se ubicó en el mismo cuarto en que siempre alojaba, en un rincón de la bodega, junto a su perrito Chiri que también parecía más anciano. Apenas tenía un par de pelos en el cuero y ostentaba una barbilla algo cana. Ya no ladraba tan fuerte y observaba con ojos tristes y lagrimosos a todo aquel que se acercara a la abuela a saludarla. Josué estaba metido en el televisor y fue llamado por mamá para que fuese a saludar a la abuela y a los tíos. Mi hermano en ese tiempo tenía el párpado labial más oscuro y espinillas en toda la cara y en los brazos; sus compañeros de curso intercambiaban con él calendarios con mujeres desnudas que escondía bajo el colchón.

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Toda la familia, incluidos tío Encarnación y esposa que mostraba un vientre sutil de parturienta, se congregó alrededor del lecho de la abuela a escucharla, a enterarnos de sus últimos meses arriba en la cordillera. Contó sobre los pormenores de la chacra que aún mantenía, de las lluvias exiguas que había traído el invierno boliviano ese año, de la visita de un león por esos parajes tan ignotos, los leones saben tener miedo a los hombres, por eso aborrecen los caceríos, decía, de que los Mamani pretendían cambiar el alambrado para dejarse unos metros cuadrados más de terreno, ladrones son, recalcó un par de veces. Mientras hablaba, Josué en forma refleja aprovechó de reventarse las espinillas del brazo y sin darse cuenta se llevó rastrojos de ellas a los dientes, para luego escupirlos en el suelo. Luego mamá ofreció té a la abuelita y a los tíos y ellos aceptaron, ofreciendo queso y charqui fresco que traían desde arriba. Pero quizás suegra quiere que le haga un caldito de gallina – le dijo mamá a la awicha y ella le respondió. Gracias, hija, tan buena usted es.

Mamá partió a la cocina a preparar la sopa y el tío invitó a papá que le ayudase a bajar el animal que empezaba a balar con mayor fuerza desde la camioneta. Josué pidió permiso y se dirigió de nuevo a la sala a seguir viendo tele, pese a los gritos de la mamá, es que sigue viendo tele el flojo, que como tanto, que voy a poner en empeño ese aparato y mi hermano le replicaba no le basta el empeño que le coloco pa verla y ella, sí, hazte el chistocito no más, ya te quiero ver en un par de semanas cuando no encuentres la tele en su lugar y tengas que quedarte en la casa todo el día estudiando. La tía quedó en el cuarto aplicando crema Lechuga en las manos de mi abuelita. Chiri, el perro regalón, se acurrucaba en el regazo de la abuela, ronroneando como los gatos. Yo pedí

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permiso y fui a la cocina para hacer compañía a la mamá que partía con un gran cuchillo la mitad de una gallina y ponía una olla con agua y papas peladas en el fogón. Cuando la sopa y el té estuvieron listos y papá ayudaba a mamá a preparar el charqui que él disfrutaba viendo freírse en la paila, toda la familia se sentó a la mesa. Mamá preparó un plato especial para que el perro comiera en el patio unos huesos de pollo y trozos de queso también. La abuela tosía de vez en cuando y hablaba despacio, con muy poca fuerza, sobre sus dolores de huesos por el frío altiplánico. Luego expresó que había traído el cordero para cocinarlo en una guatea, pero como estaba vieja no la podía preparar ella. A ver, hijos si ustedes pueden hacerla – dijo con voz desganada- Estoy tan apachi que ya no puedo preparar nada, carajo. Entonces el sábado la casa se llenó de familia; de algún modo creo que mi tío y mi padre presentían que la viejita ya empezaba a hablar con la melancolía y nostalgia de las ancianas que perciben que su hora está cercana y empiezan con sus actos a despedirse de todo el mundo. La sentaron afuera, en medio del patio, rodeada de nietos pequeños, bulliciosos, mientras Encarnación, Bienvenido y Tránsito calentaban las piedras en una fogata prodigiosa y sus esposas pelaban las habas, molían en piedra el choclo para confeccionar las humitas, aliñaban la carne faenada el día anterior. El toca casette sonaba y embriagaba con música de bandas de bronces el espacio. La abuela sonreía y mostraba sus encías desnudas con dos dientes que sobrevivían a los años de trabajo. En su falda descansaba un breve saco de harina lleno de hojas de coca que sacaba con su diestra, restregaba con ambas y se lo echaba a la boca para mascarla por un buen rato. Josué estaba encerrado viendo tele, comiendo cubos que él mismo hacía con jugo Yupi de frambuesa casi todos los días. Veía, como era su costumbre, el canal peruano. ¿Qué están dando? – le pregunté.
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Un programa que se llama el Show de Yola Polastri. Dan monos también; es parecido al show de la tía Patricia que daban antes – Josué me invitó a un cubo; debía ir a buscarlo al refrigerador - ¿Todavía no terminan de cocinar?

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No, apenas están empezando. No han calentado ni las piedras todavía – Fui a sacar un cubo. El refrigerador estaba lleno de carne de cordero dispuesta en fuentes metálicas. Regresé y Josué arreglaba la antena.

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Ayer en la noche dieron “Risas y Salsa”, salen las medias minas. Más que en “Sabor Latino”. Chucha, se cayó la frazada – Josué se levantó, se dirigió a la cortina y ubicó la vieja manta que ayudaba a oscurecer el cuarto. Sin cometer ese rito era imposible ver bien televisión pues la pantalla sucumbía frente al reflejo de la luz.

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Tengo dos fichas para ir a los flippers. Si quieres vamos. Ya, pero no ahora, justo van a dar el comentario deportivo de un cabro chico que aparece comentando el fútbol en el show de Yola. Puede que comente de Cobreloa que está en la Libertadores.

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Entonces las guardo para la noche – aferré las fichas que tenía en el bolsillo y las puse sobre un mueble lleno – Oye Josué

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¿Qué? Aféitate, compadre.

Afuera mi padre procedía a cavar un orificio en tierra; mi tío Encarnación puso en éste ramas de alfalfa y el tío Tránsito con guantes de cuero en las manos comenzó a armar una especie de iglú encima, montando las piedras que estaban blancas de tan ardientes. Mis primos chicos jugaban a los pies de la abuela que seguía pichando coca con la mirada perdida en algún lugar. Mamá y las tías trajeron al patio la carne, las habas, las humitas, las papas con cáscaras para ubicarlas dentro del montículo de piedras con el cuidado máximo
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de no desarmar la construcción y luego que la labor hubo concluido, el tío Tránsito colocó trozos de cartón de sacos de cemento, después sacos de papas y enseguida todos fueron echando tierra encima del montículo. El casette de música hacía un par de segundos había finalizado, entonces el tío Encarnación me pidió ir a darlo vuelta y a ponerle un poco más de volumen. El padre de Carrasco también hacía guateas para el día del Ño Carnavalón e invitaba a su familia y a un par de amigos que poseía en la ciudad. Tabo me invitaba pues éramos muy cercanos y, aunque hacía tiempo que habíamos dejado de ser compañeros de curso, no perdíamos el contacto y la cercanía que desde pequeños nos caracterizó. Su padre en poco tiempo había logrado construir una casa de cemento, instalado un local en el mercado y en la feria dominical e iba a abrir un almacén en su misma casa el cual sería atendido por una prima del Tabo. Sus padres ahora podían comprarle buena ropa y zapatillas de marca. Mira, son Diadora, con poliuretano, como las que salen en la tele –me mostraba con cara de sobrado. Mi familia seguía siendo pobre, con suerte me compraban zapatos y usaba alpargatas en clases de educación física. Carrasco, al igual que mi hermano, empezaba a oscurecérsele el espacio bajo la nariz y las patillas con tímidos bellos. Su hermana engordaba pavorosamente y poseía las espinillas que con suerte le salían a él, una que otra en la frente y en la barbilla. Ya usa sostenes y la semana pasada manchó las sábanas con sangre – decía riendo, como si le hiciera gracia contarlo. Su padre ahora era menos tímido con las visitas y me saludaba con afecto sincero, extendiéndome su diestra, sonriente. Carrasco nunca tuvo amigos tan cercanos y, luego de que su familia empezara a prosperar, no faltaron aquéllos que intentaron acercársele; sin
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embargo, su padre, que aún conservaba la distancia y resquemor de los aymaras en la sangre, los miraba con desconfianza. Yo siempre fui amigo de Carrasco, desde los tiempos en que era tan pobre como yo y jugábamos en la tierra con soldaditos que nos regalaban en los cumpleaños o en Navidad, por eso su viejo y mamá me tenían buena, además de que el padre del Tabo conocía al mío y sabía que provenía de un cacerío cercano a Codpa, quizás muy parecido a su Socoroma natal. El Tabo tenía un Atari y una autopista con los cuales jugábamos las veces que lo visitaba acompañado de Ivonne. Ella estaba ahora más delgada y alta desde que Carrasco dejó de ser nuestro compañero; yo no notaba mayores diferencias hasta que Tabo me mostró unas fotos del último año con nosotros y notamos que Ivonne en ese tiempo era más gordita, más baja que ambos y tenía un peinado más anticuado. Ahora Ivonne se mostraba delgada, poseía el pelo largo y cada vez que usaba poleras delgadas podíamos ver con un poco de disimulo cómo asomaban tímidos un par de senos juveniles en sus pechos. Carrasco me dijo una vez: A mí hace tiempo me gusta la Ivonne, por eso la invito – me miró y noté sinceridad en sus palabras. Traté de disimular que la declaración me daba lo mismo, pero no era cierto, pues casi la mayoría de las noches recordaba la mirada tierna de Ivonne observándome la vez en que íbamos en primero y me pidió que fuera su pareja de recreo – A ti no te gusta, ¿cierto? No, claro que no – mentí y luego tragué saliva. Carrasco rió y prosiguió soberbio. Pensé que sí. ¿Me ayudas a conquistarla? – bajé la vista; me era difícil ocultar el sentimiento que llevaba dormido por años dentro de mi ser; me levanté, traté de no ponerme nervioso, pero al parecer Tabo se percató. ¿Te pasa algo? – también se incorporó y se puso delante de mí.
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No nada, claro que no. Ivonne es bonita, simpática, pero no es mi tipo. El asunto es que si le gustan los morenos como tú o como yo –miré sus ojos brillosos y esperanzados.

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Le he escrito un par de poemas. Pienso en dedicarle dos canciones. Una de Roque Narvaja y otra que no sé quién la canta y se llama “Quiéreme tal como soy”. Salía en “Música libre”.

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Está bien, si quieres te ayudo, no tengo problema- Tragué saliva y contemplé cómo Carrasco salía corriendo con dirección a su dormitorio, lleno de jolgorio, con gesto de carnavales en la cara. Me dio pena haber mentido y más tristeza aún al saber que debía callar por años más el sentimiento que había permitido crecer en mi interior durante tanto tiempo. Pero lo peor vendría después, seguro: sacrificar mi amor por Ivonne o conservar a mi único amigo de infancia por ella. El Tabo regresó con una hoja de papel de cuaderno doblada, en cuyos pliegues ostentaba una mancha de líquido.

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Es mi perfume - adelantó sonriendo.

Salimos de su casa y nos dirigimos por la avenida que comenzaban a pavimentar hasta un bazar ubicado muy cerca de mi casa. Era mediodía y el sol pegaba fuerte. Las portadas de los periódicos daban cuenta de los sucesos del día anterior con letras grandes y fotos no menos dramáticas. La Estrella de Arica resaltaba con grandes letras: “¡GUERRA!” y mostraba una foto de un portaviones con dos jets de combate en medio del mar. Los argentinos están en guerra con los ingleses – dijo con cierto aires de sapiencia el Tabo – ayer dieron un reportaje en la tele. ¿Quién crees que gane? No sé, puede que los argentinos – dije sin pensar demasiado en la respuesta. Ja, Ja, esos tipos son buenos pa la pelota no más. Van a ganar los ingleses, parece que tienen ayuda de Estados Unidos y de algunos países de Europa.

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Entramos al bazar que atendía una señora vieja, arrugada y llena de verrugas. Adentro olía a medicamentos y pastillas. Tabo le pidió sobres de carta, en lo posible románticos. Tendría que ser sobres de esquela – le dijo la señora, mientras sacaba de la última repisa cercana al techo una caja envuelta en papel de regalo cubierta por una bolsa de nylon transparente. Ésta estaba llena de esquelas y sobres – Uff, señora, tiene hartas esquelas. ¿A cómo las vende? Diez pesos, hay otras a ocho. Puedes escogerlas.

Tabo estuvo mucho rato revisando cada uno de los diseños que poseía la señora en su caja; compró dos y lamentó, mientras salíamos hacia la calle, el hecho de no haber escrito la carta que tenía en papel de cuaderno en una de esas hojas tan bonitas y coloridas que poseían formas de corazones, enamorados y atardeceres. Le entregas esta carta a Ivonne. Pero no le digas que yo se la he escrito. Voy a enviarle hartas y luego también flores y chocolates, pero yo te digo cuando debes decirle – Tabo me alcanzó la carta que ubicó en un sobre rosado. No te preocupes, Tabo, yo se la voy a entregar –le di la mano a mi amigo y me di media vuelta. Al dar dos pasos sentí la voz de Carrasco tras de mí. Tito... ¿Qué? – me di vuelta y nuestras miradas se estacionaron. Gracias amigo. Eres mi único buen amigo que tengo. Papá va a hacer una guatea el próximo sábado. ¿Por qué no vienes? No sé si él se moleste – me sentí algo ruborizado. Ah, qué va Alberto, si él me dijo que te invitara. Va a celebrar que le ha ido tan bien en los negocios. Aprovechamos de jugar Atari. ¿Puede venir el Josué? – le dije mientras me acercaba a él.
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Claro. También invita a la Ivonne – Tabo volvió a sonreír como todas las veces que hablaba de ella.

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¿Seguro? No sé si le gusten mucho estas actividades. Ah, invítala no más, y es problema de ella si quiere venir o no. Igual la vamos a pasar bien junto al Josué.

Una de esas cartas estaba en la orilla del mueble, a un costado de las fichas de flippers que dejé. Cayeron con el movimiento y Josué las recogió mientras veía televisión. Cuando le vine a avisar que la guatea estaba lista y que mamá lo llamaba, renegando por el vicio de su hijo que no se despegaba de la caja del diablo, me mostró una y me preguntó si era mía. No, las escribió el Carrasco. Son para Ivonne, pero no se lo digas a nadie – le hablé despacio. Ah, ¿si? ¿Y qué cree ese paitoco? ¿Qué una mina rica como la Ivonne se va a fijar en él? – rió con sarcasmo. Ah, pero al menos no es enano como tú – respondí, defendiendo a mi amigo. Cuidado Tito, no te me subleves. Además la Ivonne tiene un pololo – sentí un escalofrío, una especie de corriente gélida que me invadió en cada músculo. Pensé con rabia y luego con resignación que alguien se nos había adelantado. ¿Cómo? –Indagué tratando de no mostrar demasiado interés. Claro, anda con el Abelardo Aguirre, ese rubio de mi curso. Estaban en la fiesta del Diego Aravena tomados de la mano. Eso no es posible, la Ivonne me hubiera contado – repliqué serio. Ja, ja, ja. ¿Tú crees que te va a decir? Hermanito, las minas andan en otra. ¿Sabías tú que maduran antes de nosotros? Cuando yo me afeito ellas ya están quedando

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embarazadas. Además siempre se fijan en huevones grandes, no en pendejos como tú o el Carrasco. No te ha contado porque no te tiene confianza, punto. Ya no te pesca. ¿Y qué me decís a mí? Yo nunca he andado detrás de la Ivonne – traté de recuperar mi dignidad. ¿A no? Si se te nota en la cara cuando la miras, ja, ja, ja – Josué apagó el televisor- Bien Tito, vamos a almorzar que me dio hambre. Ah y olvida a tu compañera y bota esas cartas culiás que le escribió el indio del Carrasco. Qué se va fijar esa mina en un huevón como él. Mamá y las tías ya habían instalado la mesa en el patio y los elementos cocidos en tierra expelían su delicioso olor dispuestos en fuentes plásticas sobre la mesa. La abuela había terminado de mascar coca hacía mucho rato y bebía un vaso de Pintatani, mientras la tía Fede, llegada hacía poco con su novio, un sureño de mejillas rosadas y sonrisa eterna, le decía mamá tenga cuidado, no le vaya a hacer mal. Papá y el tío Transito conversaban en aymara y mi madre ubicaba a los primos pequeños en una mesa pequeñita, la cual rodeaba de tiempo en tiempo el perro de la abuela, como vigilando que los nietos de la awicha comieran toda su merienda preparada en la superficie de la Pachamama. La primera en ser servida fue la abuela quien tan pronto recibió su plato con un trozo de carne, dos papas y una humita dejó de lado la caña de pintatani y consagró sus manos a la labor de partir la carne, actividad que por motivos obvios no podían llevar a cabo sus encías. El pololo de la tía Fede procedió a servir la Coca Cola en vasos plásticos, yo me levanté a poner otro casette de música. ¿Tienes los Kjarkas? – preguntó la tía Alberta.

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Parece que tenemos uno – respondí. Su esposo golpeó el portón de la reja tosca de madera, casi a punto de rendirse por el tiempo y las polillas. Venía cargado con tunas y tumbos que llevaba en un saco plástico.

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Pasa Poncio – le gritó mi madre. Buenas tardes, familia – habló elevando la voz el tío y le alcanzó las frutas a mi padre.

Los días de guatea eran hermosos, más que por el sabor delicioso de los elementos cocinados barro tierra, por los momentos que podíamos vivir con mi familia aymara; revivíamos el espacio que nos correspondía por raza, atraíamos los aires de la cordillera, el sonido de las zampoñas y charangos, las conversaciones en la lengua de mis antepasados y, aunque afuera solía en cierta medida avergonzarme de esas circunstancias, dentro de ese espacio me sentía libre, pleno y me invadía un extraño orgullo sanguíneo al ver la simpleza de mis familiares y el conocimiento que manejaban ellos el cual no se basaba en libros ni bibliotecas, sino en las conversaciones de los ancestros, en la experiencia de sembrar, en las palabras llenas de sabiduría de la abuela. Desde aquel día la abuela no durmió bien y era acosada por una maldita tos, medianamente imperceptible, que la atacaba mientras transcurría la noche. Su perro Chiri subía a su cama, movía su cabeza cerca de las manos de la abuela y lamía sus dedos arrugados y secos. Poseía un pañuelo en el cual escupía sus humores verdes de tanta coca pichada o usaba su bacinica para arrojarlos con resignada carraspera. Atraía su espacio altiplánico encendiendo una vela sobre una palmatoria centenaria; allí en su velador estaban también su crema Lechuga, sus aros largos y coloridos, su bolsa con hojas de coca, sus cigarrillos bolivianos, una pata de león disecada en la cual guardaba algunas monedas, un frasco de agua de las carmelitas, un tarrito de Wira sasha traído desde Tacna. Papá la iba a observar mientras estaba en casa y se quedaba conversando con ella en aymara, sabe Dios sobre qué
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disquisiciones. En una de sus conversaciones apareció mi madre y la abuela quedó dormida mientras la luz de la vela temblaba por sus leves ronquidos. Papá se la quedó observando por largo rato con los labios cerrados, dibujando una sonrisa que era normal para esas líneas rosadas. Luego tomó la mano arrugada de su madre y mamá se acercó y se sentó en la cama. Papá le comentó que la abuela estaba ya muy anciana y era probable que no pasara de un par de meses. Conocía esa tos que se manifestaba como sutil y hasta inofensiva, pero era la tos que los ancianos aymaras que estaban próximos a dejar el mundo cargaban como corona a sus avanzados años pisando la tierra. Pero en paz morirá – decía mi padre - no sufrirá mucho.

La abuela se quedó como por cinco meses en esa visita, hasta que la tos pudo abandonarla y se sintió más aliviada de sus achaques y dolores de huesos. Pero estaba cansada y su rostro reflejaba el devenir y peso de los años vividos, en esos días cercanos a los noventa, que saliendo de su convalecencia mostraba el mismo semblante ido y pálido. El campo está quedando abandonado, decía; sus hijos, amigos y familiares estaban emigrando a la ciudad en busca de trabajo y en el proceso vendían animales, dejaban que sus campos se secaran bajo el furibundo sol o consumidos por las heladas altiplánicas. En Sahuara no vivía más que una pareja de ancianos – la familia Huanca Condori - y el resto de casas permanecían abandonadas, descascarándose por el viento. Antes tan bonito era. Había juventud, fuerza. Ahora, ¿qué? Puros viejos – decía.

Entonces sus ojos se llenaban de lágrimas y esperanza al mismo tiempo. Seguro recordaba cuando sus hijos eran pequeños y corrían de un extremo a otro del pueblo, levantando polvo con sus pies descalzos y les gritaba vengan a tomar el té y ellos iban rápido, sentándose a la mesa; harina tostada, sopaipillas fritas en grasa, charqui, leche de burra, quiñua en invierno, papas chuño, calapurca; los rostros sucios de tanta tierra y las manos negras que sostenían
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jarrones confeccionados con tarros de conserva y alambre, y el mantel mostrando las letras azules de la molinera, cocido en los bordes por las manos trabajadoras de la awicha y si hacía frío no bastaba más que ir al patio y extraer del balde unos cuantos trozos de llareta que ubicaba en el brasero de la cocina y cubrir las delgadas piernas de los críos con esas mantas tan llamativas que ella misma hilaba y tejía en el telar que había sido de su suegra. Y de cuando en cuando, en medio de la tarde, creía ver aparecer a Romualdo entre los cerros y a ella se le venía el alma al cuerpo, aun cuando luego caía en cuentas de que aquello no era más que una ensoñación, pues el hombre a quien amaba había sido robado de su lado por una tos incurable cuando sus hijos eran todavía jóvenes y quedó sola, enfrentando a la naturaleza y a la miseria que siempre azotó al altiplano desde que ella tenía memoria. Quizás esa misma tos ahora le llevaría nuevamente a sus brazos morenos y batallados, ajados por el frío y el trabajo de campo y ese pensamiento revoloteaba en su mente; para qué seguir viviendo en esta tierra, si detrás de la vida están los seres que alguna vez compartieron este espacio que ha ido desmejorándose con el transcurso de los años; si el altiplano no es el mismo, los chilenos han llegado con sus camionetas y luz eléctrica y han robado el alma de lo que teníamos; los jóvenes bajan a la ciudad, se avergüenzan de que alguna vez labraron la tierra, picharon coca y pastearon llamos por los rincones desconocidos de los cerros. Cruzando la muerte quizás no habrá una ciudad con calles de oro, mar de cristal como lo predicaban los sacerdotes en los funerales de los seres que alguna vez partieron, tal vez esos lugares eran de pisos blandos y polvorientos, con vertientes de aguas puras y gélidas, los llamos y los leones pastarían juntos en un mismo bofedal y era posible que cada fin de semana, con la presencia de Dios, San Pedro y otros santos se celebrara un carnaval, en cuyo jolgorio escucharía con gozo magnánimo los mismos sones que alguna vez escuchó en Oruro cuando era una adolescente y grabaron su
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alma de indígena soñadora. Pensando en esto la abuela esperaba el día de la redención, la hora del último hálito para habitar en esa ciudad tan parecida al pueblo en que naciera y marcara, como la carimba a la piel de los negros, su personalidad de aymara sufrida y esperanzada.

Las cartas de Carrasco para Ivonne ya sumaban tres y mi alma se debatía entre dos pensamientos que no me dejaban tranquilo. Por un lado ayudar a mi entrañable amigo, tan cercano a mí por afinidad filial y racial y, por otro, reafirmar el sentimiento que carcomía mi corazón desde que era pequeño. Acostado en mi cama que se ubicaba a un costado de la de Josué, nada más separada una de otra por un breve pasillo, me daba vueltas, nervioso, casi sin poder dormir o novelando en mis sueños imágenes extrañas que me asustaban. No quería perder a mi amigo Tabo con quien profesaba una suerte de solidaridad sanguínea; menos aún cuando me recordaba de sus miradas agradecidas las veces que iba a visitarlo o de los momentos hermosos que vivíamos en el colegio o en algún rincón de la ciudad las veces que salíamos temprano del colegio e íbamos al centro, escondidos de nuestros padres. Pensé que no ibas a llegar –dijo Carrasco. Nos encontramos en calle veintiuno con Sotomayor. Las vitrinas de los locales céntricos mostraban televisores arrumados, equipos de música y novedades electrónicas. La avenida era colmada por taxis y automóviles nuevos. Muchas peruanas de polleras y awayos con críos en las espaldas recorrían las veredas transpirando, con bolsas de mercaderías en sus manos. Me atrasé un poco. ¿También hubo protesta en tu colegio? – le dije mientras caminamos hacia la costa. Sí, los profesores están de paro. Se quejan de que ganan poco. Muchos de ellos son contrarios a Pinochet, también protestan por eso. ¿Dónde vamos?
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Quiero ir a ver unas bicicletas. ¿Y dónde queda? En el pasaje Sangra. ¿Vamos? Sí, pero después podemos ir a los flipers que quedan más abajo, por veintiuno.

Doblamos por el pasaje que da hacia el cerro y tras los edificios la inscripción en el costado resaltó imponente: “ARICA SIEMPRE ARICA, MAYOR ES MI LEALTAD”. Un poco más abajo, agarrados a las murallas blanquecinas asomaban los letreros de las casas comerciales. Nos detuvimos en un edificio cuadrado de tres pisos; en el subterráneo se ubicaban algunos locales que vendían electrodomésticos, revistas, whiskys y chocolates importados; los dependientes veían el partido de España y Camerún. Mañana juega Chile con Austria – me dijo Carrasco- Los profesores nos pidieron que lleváramos tele – Carrasco se detuvo en el local de revistas y sacó cinco pesos con los cuales compró dos sobres de láminas. El local mostraba en sus paredes pósters de la selección nacional y fotos de Rumennige, Zico, Kempes y Elías Figueroa. ¿Cuántas láminas te faltan para terminar de completarlo? – le pregunté a Carrasco quien hojeaba la revista Ercilla con el rostro del presidente Reagan. Como veinte. De Chile la única que me falta es la del guatón Santibáñez; parece que es la lámina clave – Tabo dejó sobre el mostrador la revista y se dio media vuelta - ¿Tú lo coleccionas? El Josué, pero yo igual le ayudo a juntarlo. Le faltan hartas láminas, pero él más que comprarlas las juega. Casi siempre gana – salimos por un pasillo y subimos una escalera que desembocó a un local de ventanales grandes y aspecto moderno. Allí yacían ordenadas meticulosamente una docena de bicicletas de diversas marcas y colores.
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¿Quieres que te compren una? – preguntó Gustavo abriendo los ojos, admirado. Sí, pero es difícil que me la compren. El trabajo de mi papá no está bien y casi nunca me compran buenos regalos. Pero igual le voy a decir, como sabes que en una de ésas.

Las bicicletas Oxford eran las que tenían mayor prestigio, seguro adquirido debido a que aparecían en las tandas comerciales que daban entre dibujos animados; poseían freno en el manubrio, dos cambios, sillín ajustable. Pero las Bianchi y las Caloi no dejaban de ser bonitas y muchos compañeros de curso y vecinos las compraban; al fin y al cabo andaban igual y uno se entretenía de lo mejor. El deseo de la bicicleta lo compartí con Josué una de las noches, mientras él leía la revista de “El llanero solitario” y yo me acercaba al oído una pequeña radio a pilas con la cual escuchaba música hasta tarde. ¿Crees que papá pueda comprarme una bicicleta para mi cumpleaños? – Le dije. Josué se ponía serio al leer sus historietas y le molestaba que le metiera conversa, sin embargo, era tal mi deseo que interrumpí su lectura. No sé, pregúntale a él – me respondió seco. Puta que soi paleteado – repliqué con dureza. Deja de molestar, estoy leyendo. De repente le puedes decir al papá del Carrasco que te compre una, él tiene plata, es narcotraficante – dejó la revista en su pecho cubierto con el cubrecama y me miró para contemplar mi reacción. Mentira, eso no es cierto – defendí a mi amigo- Siempre que a alguien prospera en Arica se dice que es por la droga. Él trabaja, por eso tiene plata – dejé la radio que transmitía música de los sesentas en un viejo velador, al costado de nuestras camas. Vaya, vaya, Tito. ¿Tú crees que el indio culiao ése con el puro carretón pudo construir la feroz casa que tiene? Aparte que antes se compró un furgón y ve todas las cosas que tiene adentro en la casa, hasta Atari – volvió a tomar la revista y la dejó en el velador, a
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un costado de la radio- Vende droga, está diciendo – Josué abrió el mueble y extrajo las tres cartas que me había pasado Carrasco para que se las diera a Ivonne. Estaban abiertas en un extremo, pero no se notaba – En todo caso su hijo escribe bien, es un poeta el culiao. Josué, las abriste, soi bien vacuna – me enojé y le arrebaté las cartas de un tirón. Ah, pero si las dejaste ahí, me dio curiosidad. Aparte que tú las tienes hace tiempo ahí, te apuesto que las ibas a leer igual. Josué tenía razón; apenas hice un par de aspavientos, arrugué mi cara demostrando furia, tomé las cartas de su interior, me di vuelta y comencé a leerlas. Carrasco tenía muy buena letra, era ordenado y además poseía un talento único para redactar cartas amorosas. Ubicaba muy bien las palabras, construía imágenes, adjetivaba en el momento exacto; era todo un escritor. Las cagó, escribe super bien – dije para mis adentros.

Mientras Carrasco se encontraba extasiado apoyando sus manos en los extremos de esa máquina luminosa y bulliciosa, apretando los botones para mover las paletas que sonaban como martillazos bajo el extenso vidrio del fliper, me preguntó en medio del ruido si es que le había llevado las cartas a Ivonne. Sí, se las dejé en uno de sus cuadernos. Es mejor para que no me acose con preguntas – le mentí. Carrasco seguía jugando y escuchó sin mirarme a los ojos. Gracias Alberto, no sabes cuanto te agradezco. Esa mujer será mía muy pronto – la máquina se estremeció con el sonido de una campanilla y luego con la música

electrónica y luces que dimanaban del tablero de forma estridente y carnavalesca. Todo el público infantil que repletaba el recinto miró hacia el fliper en que jugaba el Tabo ¡Qué buena, gané una ficha, la Ivonne me trae buena suerte!
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Una de esas noches, en tanto escuchaba un programa romántico que transmitía radio Arica en amplitud modulada, pensé en Ivonne y un sentimiento de desolación inundó todo mi ser. Era cierto, al parecer estaba pololeando con un compañero de Josué, quizás ya se han besado y ese rufián, lo más probable dejó viajar sus manos por el cuerpo delgado y blanco de ella. También era verdad que desde hacía muchos meses que ambos estabábamos distanciados y que parecía que Ivonne era otra; seguro ya le había llegado la regla y ese proceso natural le había robado su inocencia y ahora pensaba como las mujeres mayores, así de complicada. Sin embargo, mi mente podía hilvanar esos y otros pensamientos que dieran excusas de nuestra separación y mi silencio frente al amor que le profesaba. Si me conformaba con seguir aquella actitud no sería más que un cobarde en la vida, que buscaría pretextos para no asumir los desafíos que se avecinaban y podrían hacerme más grande como persona. Si durante muchos años amé a Ivonne, ahora era el instante preciso para decírselo, pese a que mi mejor amigo también la quisiera. Ivonne decidirá. Si quiere quedarse con Carrasco, bien, no me enojaré, si conmigo seguro que Tabo tendrá la misma actitud varonil y, por último si desea estar con el rucio, es asunto de ella – pensé y vivencié una especie de paz que fue coronada por la canción que comenzó a sonar por el pequeño parlante de mi radio. Los días posteriores busqué en el recreo y en algunos momentos de clases, algún instante para escribir una carta de amor que resumiera todo lo que sentía por Ivonne, que diera cuenta de los extensos años en los que pensaba en ella. Por alguna extraña razón me nublaba; escribía, rayaba encima y las palabras se me atragantaban enteras. Si yo nunca fui un mal estudiante aquella virtud se contrariaba con el oficio y talento de escribir. No podía resumir en verbos lo que sentía por Ivonne, menos hilvanar cartas tan hermosas como las que Tabo le escribía a mi chica. Fue así que de un momento a otro, movido por la necesidad
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y las circunstancias, dejé entrar en mi mente al maldito Satanás y decidí traicionar a mi mejor amigo. Ivonne, he escrito esta carta para ti – ella me miró con dulzura. Hacía un par de días no la veía frecuentar al matón del curso de mi hermano y se la notaba triste sentada en el puesto, poniendo atención a los profesores, mirando adelante con los ojos vidriosos. ¿Qué cosa es? – preguntó seria. Me asusté pero me armé de valor y traté de que mis palabras salieran de mi boca impecables y certeras. Resume lo que siento por ti.

Al día siguiente, nervioso pero con sobria esperanza, me encontré con Ivonne en el Polivan, un local ubicado bajo el morro, muy cerca del club de yates y la costanera. Papá apenas me había provisto de dinero para comprar dos completos y dos bebidas

individuales; usaría mi pase escolar para pagar los pasajes en micro de ella y míos. Vestí los jeans nuevos que papá me regaló en mi cumpleaños – la bicicleta debía esperar un par de años más – una polera importada que era de Josué y que me gustaba mucho, y mis zapatos negros de colegio. Ivonne vestía jeans ajustados, una blusa amarilla con el dibujo de los “Cuatro fantásticos” y zapatillas rosadas. Verla así me impresionó; se veía tan mujer tras los breves trazos de maquillaje que poseía en el rostro; cuando me vio sonrió y sus mejillas se ruborizaron un poco. Conversamos de todo, sin embargo, yo no sabía de qué modo introducir al tema que me interesaba. Supuse que ella había leído la carta y ese pensamiento prácticamente no me dejó dormir en la noche anterior imaginando los gestos de su rostro y la decisión que tomaría respecto de mis sentimientos hacia ella. De un momento a otro, empero, sin planificarlo demasiado, ambos rompimos el hielo. Escribí lo que sentí. No es que te quiera engrupir, decir que eres bella es expresar una verdad – desde mis hombros hacia arriba Ivonne me contempló seguro, todo un hombre
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de decisiones, pero hacia abajo, mis manos transpiraban y mis piernas se movían con insistencia. Estaba muy nervioso, esperando que la tierra me tragara o que las toneladas de roca que observaba tras el ventanal se me vinieran encima. Gracias, eres tan tierno. No pensé que tuvieras tanta sensibilidad- rió y sus ojos me indicaron que algo en su interior sucedía a mi entero favor. Rato después salimos y caminamos por la costanera; el día estaba despejado como la mayoría de los días en Arica y el sol comenzaba a anunciar su procesión lenta, de tibieza máxima por el horizonte, sobre el mar calmo. Nos sentamos en la baranda, frente a unos tetrapodos y ambos sonreímos como dos locos que hacen gracia de cada mínimo espectáculo que se presenta en el entorno. Yo también te quiero. Me gustas desde que ibas en primero – Ivonne me tomó la mano y me sentí tan pequeño ante su mirada, aquel mismo océano que estuvo tan cerca de mí cuando entramos al colegio – Te veía tan ordenado, tan callado, tan estudioso. ¿Puedo ser algo más que tu amigo? – apreté la suave mano de Ivonne, era una paloma dócil y blanca en medio de mis dedos. Sí, pero te pido nada más que un favor: no te enamores de mí. Puedes sufrir mucho. Entonces acercó sus labios a los míos y sentí su perfume, la suavidad de su piel, la carnosidad perfecta de su boca y me dejé llevar por el beso y los movimientos de su cabeza. Aferré con mi diestra su cintura adolescente, tan breve pero precisa como la curvatura de una pieza de fina porcelana. Esas palabras siempre las guardaría en mi mente; me servirían para descifrar sus actuaciones posteriores, las circunstancias postreras que ambos enfrentaríamos. Mas en ese momento sólo me rendí en los brazos de esa especie de ensueño real, de momento teofánico, con la tibieza del sol besando nuestros cuerpos, con el

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sonido del mar y las gaviotas repitiéndose en nuestros oídos. Sentí que la amaba más que nunca y que la naturaleza se concertaba y me ayudaba a amarla con pasión y deseo juvenil. Ivonne comenzó a frecuentar mi casa en las tardes; mis padres la estimaban mucho y por vez primera papá venció su timidez y compartió la mesa junto a nosotros. Yo le pregunté a mamá si Ivonne le era agradable como nuera y mamá no respondía; sólo reía y se callaba por un rato. Aún así la colmaba de atenciones y preparaba queques y budines las veces que iba a tomar onces. En el colegio manteníamos cierta distancia a sugerencia de Ivonne; ella se juntaba con sus amigas con quienes recorrían de un lado para otro en recreo, conversando. Ellas desconocían lo que sucedía entre nosotros, pero a mí no me importaba, pensaba que era su forma de ser, nunca había tenido una andante y deduje que esa era una actitud normal de las mujeres. A veces el rucio del otro curso la iba a ver, pero ella se comportaba muy seria y lo mandaba rápido a freír monos. Me cerraba un ojo y me enviaba un beso. Luego de clases caminábamos juntos por la avenida; más de alguna vez compramos cabritas en el negocio de enfrente del colegio y nos las fuimos comiendo durante el trayecto; descansábamos en una plaza cercana y en ese lugar nos mirábamos frente a frente, nos dábamos un beso y alguna vez tallamos un corazón con nuestras iniciales en una banca. Uno de esos días, sin embargo, apareció por una calle cercana Gustavo Carrasco quien se dirigía a mi casa con una caja de chocolates que había comprado para que yo se la llevase a la bella Ivonne; no se percató de nuestra presencia sino hasta que quedamos a unos diez metros de distancia. Mi amada y yo nos apoyábamos en el tronco de un árbol y él asomó tras de éste. No hubo forma de ocultarnos y mi mirada chocó violenta con la suya, en silencio magno, como en las películas. Tabo se quedó estático, empalideció y sus ojos se
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tornaron vítreos. Lo contemplé de pies a cabeza; en un segundo pasaron por mi mente como una secuencia frenética de diaporamas los momentos vividos junto a él, sus cumpleaños, nuestros partidos de fútbol, las veces que nos consolábamos luego de las burlas de nuestros compañeros, su mirada agradecida por ser su mejor amigo. Tragué saliva y reflexioné, por qué mierda traicioné a mi amigo. En eso sus manos soltaron la caja envuelta en papel rosado y no atinó a recogerla; retrocedió lentamente, luego se dio media vuelta y corrió con locura, llorando como un niño siendo perseguido por un padre castigador. Me despegué de las manos de Ivonne quien no se había percatado de la presencia de Tabo y reaccionó impávida ante mi huida. Perseguí a Carrasco por las calles cercanas con un nudo en la garganta; la traición cometida, pensé, era tan humillante como las burlas y mofas que hacían de él los compañeros no aymaras. Qué bajo había caído, cambié la amistad y el calor de un amigo por un par de besos y caricias de una mujer que ni siquiera se la había jugado por mí como lo hizo mi amigo Gustavo. Luego lloré cuando Tabo volteó su rostro y con voz quebrada me dijo ¡ándate de aquí, déjame solo! Transpiraba, su rostro ardía, bajo su boca brillaba la sustancia de sus narices; sus ojos estaban rojos. Me dejé caer de rodillas en el suelo; vi cómo Gustavo se perdía entre las calles polvorientas de la población; sentí cómo Gustavo se perdía también entre los míseros pasajes de mi vida.

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PARTE TRES

Atardecía y el viento helado de la costa irrumpía con fuerza entre las ventanillas entre abiertas de la micro en que me desplazaba. La radio tocaba con matiz gangoso una canción de Los prisioneros en tanto doblamos por la esquina de Daniel Copaja y la avenida dieciocho de septiembre. Frente a la universidad aún humeaban neumáticos, maderos negros y la calzada yacía llena de piedras; las protestas contra el régimen se agudizaban y los apagones de luz eran frecuentes en la ciudad. Debía ir a casa de Montoya, amigo de liceo a redactar un informe de un ramo electivo, sin embargo, lo llamaría por teléfono para cancelar dicha cita. Las circunstancias lo ameritaban. Habíamos avanzado un poco la jornada anterior y Gianina Sandoval, compañera del cuarto G, había quedado de avanzar pasando a máquina el borrador, así arreglaría relaciones con nosotros luego de acostumbrar llegar tarde a todas nuestras citas de estudio, pues pertenecía a un grupo izquierdista de carácter extremo y asistía a reuniones casi todos los días. Era frecuente, en medio de nuestro trabajo, encender el televisor diez minutos antes de las nueve y observar la franja política con la propaganda de los adherentes al SI y aquellos que defendían la postura NO al régimen militar. A Francisco Montoya lo conocí entrando al liceo, el año ochentaicinco. Ocupaba el último asiento de la sala, era serio, un poco antisocial y se evadía del mundo ensartándose en las orejas a toda hora sus audífonos de esponjas color naranja. Habíamos entrado con cierto miedo a la educación media, luego de las amenazas y restricciones que liberaran los profesores hacia nosotros. Ya los quiero ver; en el liceo no les van a dictar, deben tomar
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apuntes, los profesores no andarán detrás de ustedes para que estudien; el que se sacó rojo se fregó no más. Yo usaba una carpeta de cartón en la cual depositaba los dos cuadernos que poseía. En la portada había pegado una foto de Los prisioneros publicada en un reportaje de la revista La Bicicleta; ya era fanático de ellos, luego de que un amigo de Josué le prestara un casette blanco, original, en el verano previo a ingresar al liceo A – 5. A Montoya le gustaban los Doors, Pink floyd y Scorpions; le llamó la atención que tuviera la foto de esos tres delgados jóvenes vestidos con camisa a cuadros y jeans. Se llaman Los prisioneros, son de Santiago – le dije y lo invité a sentarse al lado mío ¿los conoces? No, ni en pelea de perros – Francisco se sacó los audífonos y me extendió la diestra – Francisco Montoya, compadre. Alberto Vásquez – respondí y le acerqué la portada de mi carpeta. No los cacho, ¿qué estilo de música hacen? Como punk artesanal, acá le dicen rock latino. Hay una movida buena en Santiago, están apareciendo hartos grupos de rock en castellano. Un amigo de mi hermano se mueve harto allá y le cuenta. Montoya venía de la población Once de septiembre. Vivía en la quinta etapa con su abuela y una hermana mayor. La viejita subsistía con una mínima pensión y su hermana trabajaba como garzona en un restaurante de la calle Maipú. A veces, luego de clases, nos íbamos caminando por calle Patricio Lynch y Franco le iba a pedir un par de monedas para comprar cigarros o completos en calle Baquedano. Tenía una polola que iba en el primero H y que vivía muy cerca de su casa. La chica era muy delgada, morena, quitada de bulla igual que él y se habían conocido en la escuela D 91, lugar en el que fueron compañeros de curso. Vanessa tenía una amiga que provenía del altiplano llamada María Mamani con quien solía
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recorrer de lado a lado el patio del liceo todos los recreos, sin aburrirse. Vanessa no era bonita pero poseía la simpatía furtiva de quienes no son agraciados en el plano físico. A ambos nos hermanaba la pobreza y el estigma de vivir en poblaciones consideradas como peligrosas. Era frecuente leer en el diario acerca de las redadas antinarcóticos ocurridas en la población Chile, de historias de delincuentes que acuchillaban a pobladores, de padres que se violaban a sus hijas. La fama del sector Once de septiembre poseía similitudes notables con el cartel que tenía mi población y este aspecto, a ambos, nos molestaba un poco al momento de responder a la indagación de los profesores o compañeros de ese céntrico liceo.
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Ah, entonces cuando vaya tengo que entrar de espaldas – expresaban y ambos elaborábamos una sonrisa de impostada indiferencia.

Precisamente la pobreza de mi familia vino a desplazar al complejo provocado en mi niñez por el carácter mestizo de mi constitución racial. No es que ya no me avergonzara de poseer sangre india en mis venas y su color en mi piel, sino que aquel complejo había pasado a segundo plano, empujado, destronado por la vergüenza de ser pobre y no poseer las comodidades que tenían los demás compañeros de curso: bonitas casas, zapatillas y ropa. Con suerte apenas mis padres me compraban jeans o camisas en los locales de ropa americana y con el dinero que lograba juntar adquiría zapatillas de marcas desconocidas. Los círculos que podía frecuentar llevando esas trancas no eran los de mayor glamour; así seguí profesando la introversión como forma de vida, dedicándome a labores hogareñas y ajenas a las fiestas, la conquista de chicas y todas esas actividades de las cuales renegaba, pero que en el fondo de mi corazón anhelaba, por los placeres que veía podían traerme. Cuando la micro llegó al puerto el sol refulgía anaranjado, apunto de sumergirse en el horizonte azul. Los carabineros controlaban el tránsito de los buses y automóviles que
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colmaban el sector; había movimiento de multitudes, música por altoparlantes, banderas flameando al viento costero. Me bajé de la micro y caminé en dirección a la plaza Colón lugar en el cual ya había empezado la concentración oficialista. Los cuerpos de las personas entorpecían mi paso rápido que tendía a desesperarse según el pulso de mi corazón. Panfletos en el suelo, carteles con el rostro de Pinochet o con la inscripción SÍ en blanco, rojo y azul, banderas de la UDI por el sí entorpecían mi búsqueda; mis padres debían estar en algún sitio; era urgente encontrarlos con premura, la abuela se había agravado y bajaría en cualquier momento desde el altiplano a la ciudad. Era probable que la llevaran luego al hospital y casi un hecho de que falleciera en un par de días más. Una cantante, Patricia Maldonado, empezaba a cantar una canción de Nino Bravo sobre el escenario, la multitud alzó sus pancartas y banderas; yo caminé por la vereda de la calle siete de junio por el edificio de la alcaldía y traté de divisar a mis padres de algún modo. Oscurecía sobre Arica y pensar en el incierto destino de la abuela me entristecía en extremo, al punto de que dicha cavilación me mantenía apretada la garganta y nublada la vista con gotas de lágrimas en los ojos. Pasó media hora y reconocí a mis padres que se encontraban de pie sobre una baranda, escuchando el discurso encendido del entonces aglutinador de las fuerzas derechistas, el abogado Jaime Guzmán, quien hablaba de los beneficios de votar sí en el próximo plebiscito y acusaba a la izquierda de mentir en las apreciaciones expuestas en su franja de cinco minutos por radio y televisión. Ostentaban en sus ropas chapas con el sí, un par de llaveros y una pancarta con el rostro del presidente sonriendo sobre un fondo celeste. Papá insistió en llevar el afiche dispuesto en madera en tanto mamá me preguntaba más detalles de los dichos de la tía Alberta.

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Iba rápido, lo único que dijo es que la abuelita llegaría en la camioneta del tío Encarnación como a las once. Había que estar atento porque estaba tan mal que quizás la llevarían directo al hospital – dije, mientras caminábamos a la avenida dieciocho con el fin de tomar micro hasta la casa.

Papá se fue callado durante todo el trayecto; mamá le daba ánimo tomándole la mano; mientras observaba las murallas pintadas de la ciudad me acordé que debía llamar a Franco y ese pensamiento me inquietó; fue así que tan pronto bajamos pedí cien pesos a papá para llamarlo desde un teléfono público y explicarle que no podía ir a hacer la tarea a su casa pues la abuela estaba muy enferma y deseaba estar con ella en sus últimos instantes de vida.
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Franco, hola, soy Alberto. Disculpa por no haber llegado – fui breve y sincero. Me empeñaba por ser ser responsable y odiaba inventar excusas para evadir las tareas escolares – Vino mi tío y nos dijo que la abuelita estaba muy mal. Llega un rato más desde el altiplano y quiero estar con ella si es que se despide de nosotros.

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Pucha, qué fome, lo siento harto –hizo una pausa, seguro que Gianina le preguntó quién era y él tapó el auricular para contestarle – No te preocupes, nosotros avanzamos acá – tapó de nuevo el fono y luego dijo: - espera, la Gianina quiere decirte algo.

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Hola Tito – dijo. Hola Gianina, ¿cómo estás? Bien, ¿qué pasó? – preguntó con extrañeza. Mi abuela está mal; quiero estar con ella si es que parte esta noche – dije con pena. Pucha qué lata – hizo una pausa- Pensaba invitarte a una reunión del movimiento. Pero mañana te cuento, es posible que vayamos a tu casa pa saber cómo evoluciona tu abuela. Cuídate, te paso al Franco.
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Llegamos a casa y media hora después apareció el tío Encarnación en su camioneta. Frenó brusco y tocó la bocina. Su esposa se secaba las lágrimas con un pañuelo y saludó a mamá tendiéndose a quebrar. Papá abrazó al tío y ambos fueron a ver el asiento del costado de chofer en el cual esperaba la awicha. Dormía con el rostro arrugado, de cuando en cuando se quejaba; su respiración era dificultosa, se percibía que la flema obstaculizaba su garganta. Se ha puesto mal, Bienvenido. La viejita quiere irse – expresó con pena el tío. Abrieron la puerta y entre los dos le cargaron hasta el cuarto, mientras la tía y mamá la tapaban con los tejidos que ella solía confeccionar. El perro Chiri iba tras de ella, con paso nervioso moviendo la cola. Josué había salido temprano y aún no llegaba. Frecuentaba un grupo de amigos que se reunían un par de cuadras más arriba, en una plaza pequeña y oscura. Anda a buscar a tu hermano, dile que venga pronto porque la abuelita está muy mal – me dijo mamá con un dejo de desesperación reprimida. Josué a esas alturas ya había salido del liceo Domingo Santa María y luego rindió la prueba de aptitud, pero no pudo alcanzar el puntaje necesario para postular a ingeniería comercial en la Universidad de Tarapacá. Se preparaba en un preuniversitario y trabajaba en las mañanas en la feria Santa Blanca, atendiendo un local de electrodomésticos. Allí tenía un par de amigos que pertenecían a la pandilla de los chaperones, descendientes de padres altiplánicos radicados en la ciudad que llevaban una vida algo turbia y licenciosa. Los chaperones acostumbraban, en sus noches de juerga en lugares como el parque Rosedal y el África 2000, a armar pleitos – balazos y cuchillas incluidas – con sus acérrimos enemigos, los masa, hijos de bolivianos avecindados en las cercanías de Arica, principalmente en los valles de Lluta y Azapa. Wilson Chuquimia, uno de los tipos que se juntaba con mi
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hermano en la plaza que frecuentaba, fue uno de los líderes del grupo, hasta que un boliviano del grupo de los masa, en una fiesta andina realizada en el terminal Asoagro, le pegó un disparo en la espalda y le dejó inválido de la cintura hacia abajo. Wilson, de veinte años, usaba silla de ruedas y se dedicaba a vender música chichera en el mercado Diego Portales. A veces visitaba nuestra casa y solía entablar conversación con mamá quien le aconsejaba dejar esas juntas y dedicarse a trabajar y a juntar dinero para comprarse una casa mediante el subsidio habitacional. Wilson decía que bueno, pero a la semana siguiente ya se le veía de nuevo en la esquina tomando cerveza con sus amigos o visitando la casa del Indio Pepe, ubicada en la calle Pachama, con el fin de comprarle papelillos con pasta base de cocaína. Josué a lo más tomaba cerveza en la plaza y fumaba de vez en cuando; hasta donde sabía no había probado la pasta base pues veía que muchos de sus compañeros de curso se quedaban pegados con ese menjunje y transitaban cual espectros por las calles de la población vendiendo estupideces como discos usados, tapas de WC, adornos y zapatos viejos, para procurarse un poco de ese polvo del demonio que tantos problemas traía a las familias de la ciudad. Josué estaba ahí en la plaza con Wilson, el Huevo, el huaso Adolfo y Papichi, conversando e intercambiando películas porno. Los saludé y pedí a mi hermano me acompañara a un rincón. Este se excusó renegando. Dice mi mamá que vayas, la abuela está muy mal. Parece que de esta noche no pasa – le dije mirándole a los ojos. Si Josué era algo indiferente, esta vez comprendió y se despidió rápido de sus amigos de juerga. Compadres, tengo que irme, mi abuela está mal. Nos vemos mañana. Toma Papichi – mi hermano le alcanzó una cinta de video- tenla tú no más, yo no tengo pasapelículas en la casa, no saco nada con llevármela.
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Chao Pulga, cuídate – dijo Wilson quien también se despidió de mí alzando un vaso con cerveza.

Mamá había ya lavado a la abuela y ubicó en su débil humanidad, casi piel y huesos, su ropa nueva: falda larga hasta los tobillos, blusa con vuelos y una chompa verde. Sus trenzas se unían tras su encorvada espalda. La llevarían al hospital, pese a que ella, con su tenue voz indicaba que no, que prefería quedarse ahí, en la habitación junto a sus pobres pertenencias y a su perro regalón. Papá y el tío le rogaron y ella por afecto a éstos accedió, aunque a regañadientes. Josué besó a la abuela en la mejilla y la abrazó con cariño; la abuela sonrió pese a quejarse de sus fuertes dolores en los pulmones que ya no le dejaban respirar. Papá, mamá y los tíos fueron a dejar a la awicha a la posta y Josué y yo quedamos en la casa a la espera de cualquier eventualidad que surgiera en relación al estado de la anciana. Mi hermano encendió la tele, como era su costumbre y sintonizó un canal peruano. Daban las noticias y pasados unos minutos el comentario deportivo de El Veco por Panamericana Televisión. Josué dio volumen al aparato, se levantó y se dirigió a la cocina a preparase un sándwich de mantequilla y aceitunas. Luego partió un par de maracuyás que mamá había sacado de la enredadera, extrajo con una cuchara las pepas, las depositó en un vaso plástico, echó azúcar, revolvió el contenido y enseguida ubicó el vaso bajo la llave del lavaplatos. Mamá dejó picante en el refrigerador, por si te daba hambre, dijo – fui a mi pieza, saqué mi carpeta y me devolví de nuevo al living. ¿Picante de qué hizo? – preguntó gritando. De guatitas – abrí y saqué el cuaderno de historia, luego me senté en el comedor. Guácatela, no sé cómo cresta pueden comer eso. Hubiera hecho de gallina – mi hermano se echó en el sillón con el vaso y el sándwich en las manos.
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Luego de las noticias y de la tanda comercial que incluía spots de Inca Kola, Donofrio, Pilsen Callao y Banco Wiese la pantalla se tornó oscura y un sonido de órgano Hammond irrumpió desde los parlantes del televisor. ¿Qué van a dar? – pregunté a Josué. Parece que el Show de Jaime Bayli – me dijo desganado, dejó lo que restaba de pan y jugo en el respaldo del sillón y se levantó a cambiar de canal – No hay nada bueno pa ver – Fue haciendo zapping y se encontró con el canal once – Y esta cagada de Telenorte, puta la huevá fomeLuego de un par de segundos detuvo su búsqueda en el canal peruano América en el cual proyectaban una película en la que actuaba Mariel Heminway. Ah, esta película es buena. Esta loca es atleta y el tipo se la come grosso. Sale en pelota- de nuevo se fue a sentar y se quedó pegado a la tele hasta que fue la una de la madrugada. Josué había dejado algo de sus aficiones infantiles como la colección de revistas, luego de que se las prestara a una amiga de mamá y ésta nunca se las devolviera. Aún dibujaba aunque en forma esporádica; su último descubrimiento en materia de comics fue el que hiciera un día al encender el televisor por la tarde y encontrarse con Robotech, serie que proyectaron íntegra en canal dos de Perú, mucho antes de que se la viera en nuestro país. En un viaje a Tacna compró un par de póster y revistas de aquel manga las cuales intercambiaba con los fanáticos de la historieta japonesa que había en el liceo. Pese a sus aficiones y talentos, mi hermano aún no lograba conquistar a una mujer y se llevaba la vida contemplándolas en calendarios y revistas o conociéndolas en el lugar donde trabajaba sobre la base de invitaciones y obsequios caros que cercenaban en un buen porcentaje su escuálido salario de empleado. A veces me preguntaba por una que otra compañera que
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visitaba la casa para elaborar un informe o hacer una tarea, pero luego que yo preguntaba por qué lo hacía se evadía, diciendo, no, por nada. Papá y mamá llegaron esa noche alrededor de las tres. El perro de la abuela salió a recibirles expectante, seguro con la esperanza de encontrar a la anciana ahí, cruzando el portón de madera, viejo y desarmado. Pero no fue así y el animal se devolvió gimiendo como luego de que se castiga a los perros con un palo y se guardan en un rincón de la casa. Ambos venían cansados y con sus semblantes mustios que denotaban tristeza y casi nula esperanza. La abuela está muy mal. Tus tíos se quedaron a hacer guardia. La hospitalizaron y está en UTI – dijo mamá mientras papá se sacaba la corbata y abría el refrigerador para sacar la olla con comida que luego ubicó sobre el fogón de la cocina. ¿Qué dijeron los médicos? – pregunté preocupado. Que está mal – papá tenía los ojos húmedos y estaba a punto de llorar. No recuerdo en mi memoria haberlo visto quebrantado alguna vez; en esta ocasión entendí que los problemas y esta circunstancia particular lo desnudaban de su aspecto de hombre fuerte e imbatible. Ambos se sentaron en el comedor comiendo picante y tomando té ceylan con actitud silenciosa y preocupada. Al día siguiente me levanté a las siete como de costumbre y tomé la micro ocho con dirección al colegio; tenía un poco de sueño pues luego de que mis padres llegaron no pude conciliar rápido el sueño y me di vueltas en la cama escuchando radio en mi pequeño y antiguo receptor. Al despedirme de ellos en la mañana mamá me comunicó que la abuela permanecía estable dentro de su complicado estado. El tío Encarnación había pasado muy temprano y le había anunciado aquella nueva. En esos momentos la tía Alberta se

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encontraba en el hospital recibiendo las noticias de los médicos de turno y estaría allí hasta la tarde, momento en que papá y mamá harían el relevo. Gianina me esperaba sentada en el parque que quedaba enfrente del liceo; fumaba un cigarrillo y escribía pensamientos en la hoja de un cuaderno universitario. La saludé y le pregunté por Montoya quien llegó segundos después de la mano con Vanessa. Montoya le pasó a Gianina un casette pirata y un par de invitaciones mimeografiadas en papel de roneo. Son bien buenos, flaca – mi compañera le alcanzó su cigarrillo que en pocos segundos alcanzaría el límite del filtro. ¿Te gustaron? – depositó el casette en uno de los bolsillos de su bolso artesanal. Claro, a ver si mañana te traigo el Mujeres de Silvio y otro de Sol y Lluvia – Franco me tocó el hombro - ¿Cómo está tu abuela? – botó el humo del cigarro con dirección al suelo. Luego devolvió aquél a Gianina. Está complicada. Bueno, no tanto como anoche. Dentro de lo mal al menos está estable. Qué mala amigo. Nosotros avanzamos harto ayer. La Giani tiene lo que hicimos – Montoya conversó algunas palabras en voz baja con su polola. Pidió permiso y se apartó junto a Vanessa indicándonos que seguiría conversando con nosotros en la sala. Tito, toma, para que vayas y te despejes un poco. Es una fiesta que está organizando el movimiento. Van a ir juventudes de otros partidos. Si quieres te paso a buscar – Gianina me alcanzó uno de los papeles amarillentos que Franco le había pasado. Ya, gracias, ¿cuándo es? – pregunté mientras cruzábamos el patio. Hoy a las ocho y media. Es gratis y va haber copete y cosas pa picar.

Los padres de Gianina eran profesores del liceo Politécnico de la ciudad, ambos militantes comunistas. Ella también estaba inscrita en el partido pero con un grupo de amigos formaban una brigada con ideales propios y un carácter mucho más revolucionario que los
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militantes antiguos. Leía a Marx, Engels, Heidegger, Mao y algunos escritos de Abimael Guzmán. Por ese tiempo ya viajaba encubiertamente a Tacna para reunirse con gente de Sendero Luminoso; sin embargo eso lo supe mucho tiempo después cuando empecé a participar activamente del movimiento. Gianina vivía cómodamente en una casa grande de la villa Magisterio que poseía un enorme anteardín, tres dormitorios y dos baños. Su hermano mayor, Salvador Albano, estaba exiliado en España, país en el cual estudiaba un master en ciencias políticas y vivía con su pareja, una española que se dedicaba al diseño de interiores. Su otro hermano trabajaba en una empresa naviera importante en el sur de Holanda. Ellos desde el extranjero enviaban algo de dinero a sus padres y uno que otro presente, lo cual, sumado a los sueldos de ambos, hacían un monto digno como llevar una vida sin mayores sobresaltos. Gianina poseía un dormitorio de lujo: una cama de dos plazas, televisor de veintiuna pulgadas, video grabador, radio doble casette y una máquina de ejercicios en un rincón. En las murallas resaltaban los posters de Ernesto Che Guevara, Patrick Lumumba, Víctor Jara y Salvador Allende. Su colección de música también era un bien envidiable: cerca de cincuenta casettes todos originales y dos docenas de discos de vinilo. Más de alguna vez me regrabó una placa de Shwenke y Nilo, Europe, Depeche Mode y Mecano.
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Fíjate que ése me lo mandó mi hermano desde Madrid. Y tiene el autógrafo de la mina. Aunque era burguesa no era avara ni soberbia; su actitud llana le permitió a mi ser

mostrarse tal cual era, sin avergonzarme de ser un joven de población, hijo de obreros pobres y esforzados. Gianina no pololeaba pero existía en sus pensamientos un chico de su misma edad que alguna vez conoció en una protesta desarrollada en la avenida Tucapel; le decía el Negro. Según la descripción que ella hacía de él era un tipo de pelo largo, artista y líder de la
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facción revolucionaria a la que pertenecía. Aunque reconocía que no era un galán de teleserie la cautivaba su mirada profunda y el tono moreno de su piel. En ese sentido la Giani, creo, podía perfectamente acceder a un chico buenmozo y atractivo pues no era fea. Delgada, de tez blanca, un tanto menuda, de ojos café claros y personalidad arrolladora, se había transformado en el sueño de un par de compañeros de liceo y otro resto de chicos de la arena política. Yo era su silencioso admirador, pero de ese estado no pasaba, pues me consideraba feo, sin gracia, pobre y más encima indígena. Qué se va a fijar en mí, habiendo tantos tipos más blancos y solventes que yo – pensaba. Días después Gianina me alcanzó un poemario artesanal, un libro de cuentos con portada serigrafiada en colores y unos panfletos con mensajes subversivos. Los tomos estaban firmados por un tal Manuel Viza.
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Es el seudónimo del Negro, así firma todas sus obras, algunos le dicen comandante Colque – dijo Gianina con una sonrisa enamorada en los labios – Ahora escribe un poemario y prepara un libro con todos sus ensayos. Además lidera “Inti”, el grupo maoísta al que pertenezco. El mino raya pesado con la lucha por la reivindicación del pueblo aymara. Él pertenece a esa etnia – quise decirle yo también pero me frené, por vergüenza – Sus ideas son geniales. Me gustaría que leyeras algo de él; llévalos, después me los traes.

Gianina saludó a mi madre que levantaba la vajilla de la mesa; le ofreció onces pero ella se excusó pues era tarde y llegaríamos atrasados. Preguntó a mamá cómo estaba la abuelita y ella, pidiéndole disculpas por darle la espalda en tanto tomaba la esponja y le aplicaba detergente para lavar la loza ocupada, le expresó que mejor, pero que la situación de su suegra era de sumo cuidado. Yo recién salía del baño luego de peinarme; saludé con un
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beso en la mejilla a mi compañera, me dirigí a mi habitación para buscar trescientos pesos que me había dejado mi padre y tomé mi billetera que ubiqué en el bolsillo trasero de mi jeans gastado. Mamá, voy a una reunión, llego como a las once, más o menos – le di un beso en la mejilla, Giani se despidió de ella y tras caminar por el patio cruzamos el portón que se encontraba entre abierto. Subimos a una micro pagando con el pase escolar, eran las ocho veinte, aún hora de poder usarlo; nos sentamos en el último asiento. El bus estaba medio lleno, un tanto oscuro y se escuchaba en su interior un programa de recuerdos de radio Golondrina. Afuera podía observar los frontis maltrechos de las casas de la avenida Loa, sus vidrios polvorientos, algunas fuentes de soda, un par de borrachos durmiendo sentados en la berma, todas escenas matizadas por las luces amarillentas de los postes que producían especies de retratos en sepia del triste paisaje urbano y poblacional. De algún modo había asumido la idea de ser pobre, de vivir en un sector marginal, como uno se resigna en la vida a las condiciones impuestas por el destino; sin embargo aquella disposición ciertamente había creado en mí una especie de resentimiento contra algo o alguien que no tenía rostro definido, algo o alguien desconocido en cuya búsqueda y posterior venganza invertiría mis días posteriores. Deseaba salir de esa miseria un día cercano, caminar con seguridad por las calles observando a los demás sin un dejo de inferioridad en los ojos, sin acomplejarme de mis limitaciones que forjaron una personalidad castrada, anómala. La pobreza, pensaba, no era solo no tener dinero; el asunto iba mucho más allá de lo material; aquélla es una acusadora que repite insistentemente al oído frases disuasivas cuando tienes sueños y quieres concretarlos, es similar a la fuerza de gravedad que dispone su ley nefasta sobre cada uno de los cuerpos que habitan el planeta, un perfume que persigue a la propia piel en
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el lugar donde uno está, la actitud con que el yo se enfrenta a la vida y a las personas que rodean el espacio que ha sido irremediblemente impuesto por el destino. Llegamos a una vieja casona ubicada en la calle Yungay, en la ladera del morro; desde afuera no se percibía movimiento ni autos estacionados. Desde esa posición la ciudad nos mostraba sus luces en medio de la noche, como si fuese una pecera de aguas negras y escualos luminosos. Gianina dio tres golpes certeros en la puerta, con ritmo distinto al usual. Minutos después apareció una chica maciza vestida de negro que abrió la puerta, nos saludó, se asomó por la puerta y observó a ambos lados. Disculpen, hay que ser precavidos; pasen – dijo mientras nos invitó a caminar por un pasillo lúgubre, oscuro que desembocaba en un salón iluminado por un par de ampolletas de cuarenta. ¿Habrá llegado el Negro? – preguntó en voz baja Gianina. No, todavía no. Por favor tomen asiento.

Luego de saludar a la decena de jóvenes que se encontraban en el lugar, me senté junto a Gianina en una banca de madera, apoyando mi espalda en la pared. Desde ahí observé inquisitivamente el paisaje que me rodeaba; los tipos conversaban entre sí; movían sus manos, jugaban con el humo del cigarrillo mientras lo exhalaban. La mayoría usaba barba y asumía un estilo hippie al vestir; pañuelos en el cuello, boinas de color oscuro, lentes estilo Jonh Lenon, chalecos de lana de alpaca, zapatos de gamuza punta gruesa o chalas artesanales. El dibujo de un puño sobre una superficie roja resaltaba de la muralla derecha con la inscripción en letras triangulares “Y VA A CAER”. La misma chica de complexión gruesa se nos acercó con una bandeja y dos vasos plásticos y nos ofreció fanshop. Gracias – le dijimos a dúo. Uno de los chicos que estaba frente a nosotros consultó su reloj y le hizo señas a la anfitriona con la mano derecha. Por un pequeño tragaluz de la
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muralla frontal a mí pude observar flamear la bandera ubicada en la cima del morro, iluminada por los haces de luz de los focos alógenos. Estás muy serio, ¿te pasa algo? – Gianina me miró como extrañada. No, nada, nada más me vine pensando. ¿Es por tu abuelita? – indagó; se secó con los dedos la huella de la bebida en sus labios. No, no es eso – respondí ido. Ah, entonces penas de amor – rió con dulzura. Consultó la hora y miró hacia el nacimiento del pasillo oscuro. Seguro esperaba al Negro. Un par de veces conversé con Gianina sobre mi sufrido curriculum amoroso, saturado de experiencias platónicas y amores no correspondidos. Desde mi primer pololeo a los doce años, no había podido entablar ninguna relación sentimental por el miedo a sufrir la dramática experiencia del engaño – como fue en el caso de mi romance con Ivonne – y por no lograr superar los complejos que azotaban la frágil barcaza de mi personalidad. El tenerla como amiga fue una especie de remanso en medio de las tormentas de mi historia; conversar con ella las cosas que sucedían en mi interior fue similar a una terapia que necesitaba con urgencia para ir atando cabos sueltos, proseguir desatando otros, comprender con mediana cercanía los conflictos por los que atravesaban las mujeres y saber actuar frente a ellos. Sin embargo, pese a que ella conocía gran parte de mi vida, había áreas de ésta que se las había vedado del todo; conflictos íntimos que eran sólo de mi dominio y que creía con esperanza algún día poder resolver. Un día nos vimos en La Lisera con ocasión del aniversario del colegio. Apenas participamos en las actividades pues ambos, al igual que Montoya, nos desagradaban las competencias, la música y la batahola que se generaba en torno a esas celebraciones. No éramos tan amigos, sólo un par de buenos compañeros, sin embargo me encontró triste, medio aproblemado por la soledad que
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acostumbraba a arreciarme y frente a cuya compañía ya me resignaba como las circunstancias del destino que uno acepta sin mayores cuestionamientos. Entonces le conté sobre mis penas de amor, sobre la vez que traicioné a mi mejor amigo y obtuve el supuesto cariño de la chica que amaba desde que era un pequeño, que luego me enganché tanto en esa relación para comprobar que Ivonne en realidad no me quería, que estaba conmigo por lástima y me lo dijera luego de encontrarla besándose con un chico frente a su casa. Quizás debas conversar con tu amigo y pedirle perdón – me dijo Gianina con sincero afecto. Tienes razón. He llevado el peso de lo que le hice durante años. Eso no me ha dejado vivir tranquilo – las olas del mar rugían a nuestro alrededor. Estábamos sentados en las rocas y sentíamos la fresca brisa marina, exquisita a nuestras pieles- Quizás sea ese el primer paso para saldar luego el trauma de la traición de Ivonne. -

Claro. ¿Tienes modo de ubicar a tu amigo? No. Hace cinco años se cambió de casa. Antes vivía en mi población y luego de que su viejo empezara a ganar más plata se cambió a la villa Pedro Lagos.

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Ah, el Negro vive por ahí – Gianina sacó un cigarro - ¿Fumas? Bueno, gracias – Los tipos del liceo ya se estaban yendo y Luz Moraga, compañera de curso nos avisó que se iría e invitó a que nos fuéramos con ella. Giani le hizo señas para que esperara pues estábamos conversando pero la chica respondió que se iría con el grupo pues el aburrimiento la tenía demasiado consumida.

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En el movimiento hay unas cabras muy buena onda que te pueden gustar. Tú no eres feo, además eres tierno y simpático – sonreí incómodo; pensé ineludiblemente que me lo decía por lástima.

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Gracias.
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Caminamos por la orilla de playa con los pies descalzos. La peña se observaba casi en su totalidad, la marea estaba baja; el cielo se mostraba ligeramente nublado y las gaviotas revoloteaban a nuestro alrededor matizando el sonido de su aletear con el del movimiento de las palmeras, donde termina la arena y empiezan las escaleras y parques. Esos días debíamos guardarnos temprano pues el dictador había decretado toque de queda luego de haber sido emboscado por el frente patriótico Manuel Rodríguez en una cuesta cercana al Cajón del Maipo. Pese a esto teníamos tiempo para conversar aún. ¿Te puedo confesar algo? – la pregunta me brotó espontánea, con la naturalidad con que asoma un renuevo en el tallo de una planta. Claro – me miró a los ojos. Siempre me he acomplejado por ser aymara – se lo dije mirando a la arena. Algunos segundos después vine a reaccionar sobre el calibre fundamental de mi declaración- Sí, eso. Alberto – dijo con suavidad; el agua cubrió nuestros tobillos y atinamos a corrernos hacia la arena seca; reímos – Dímelo mirándome a los ojos – Levanté la mirada, sonreí ruborizado y quedé en silencio. Luego hablé. Me da vergüenza – Gianina sonrió y acarició mi rostro. Ja, ja, ja, qué tierno – se detuvo y me miró de frente- Alberto, pensé que me dirías que estabas enamorado de mí o que eres homosexual – rió con cierta indiferencia propia de los blancos que no entienden la profundidad de la problemática. Esto es serio, Gianina. Pa ti puede ser un detalle, una circunstancia, pero para mí es una especie de ancla que no me deja bogar mar adentro – tragué saliva; resumí las sensaciones de toda una vida cargando ese dilema. Era primera vez que se lo confesaba a alguien y hasta ese minuto me arrepentía de haberlo hecho.
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Disculpa, no quise ofenderte – Gianina me invitó a sentarme junto a ella en la arena. Dejamos nuestros zapatos y calcetines a un costado. Mi diestra encontró una conchita de almeja. Me quedé jugando con ella mientras oía a Gianina.

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Sí, pero lo hiciste. Alberto, por favor, no me cobres sentimientos. Tú sabes que a mí me da lo mismo que tú seas aymara o no; sino no sería tu amiga, no me juntaría contigo como lo hacen los otros tipos que los aíslan – me quitó la concha de entre las manos para que le prestara atención- Yo estaría orgullosa de ser aymara, de poseer verdadera sangre americana y el color de los antepasados, parte de su cultura y su modo de ver la vida.

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Es tan fácil decirlo, pero es distinto cuando te ves enfrentado a las burlas, al hielo, a la discriminación –tomé un puñado de arena y lo boté enérgico al suelo.

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¿Y qué haces tú contra eso? – me preguntó casi enojándose, con el tono de las invectivas que pronunciaba en el liceo en contra de la dictadura –Eres el típico compadre que reclama, reclama y nunca hace nada para revertir las cosas. ¿Sabes? Al Negro le pasaba exactamente lo que te pasa a ti. Vivía acomplejado por su aspecto, hacía caso de las burlas y pasaba deprimido todo el tiempo. Pero se hizo la misma pregunta que yo te hago a ti. Entonces comenzó a descubrir las riquezas que tenía dentro y las comenzó a desarrollar. Es un tipo excepcional, no creas que es universitario, ni mucho menos, tiene la misma edad de nosotros. Ahora es líder, escritor, planea estudiar Antropología en Santiago. Es un gallo fascinante. Vieras tú cómo causa furor en las compañeras santiaguinas o sureñas; a mí me gusta montones, tanto así que cualquier día de éstos yo me le declaro, lo que me frena un poco es que hay una galla de un colectivo de arte que anda muy pegada a él y no quiero armar atados.

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Pero te apuesto que el tipo al menos es mino – dije para desarmar su discurso.
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Ojalá; el Negro es súper feo pero es muy carismático e inteligente – respondió con una sonrisa en los labios, recordándose tal vez de alguna jornada junto a él.

Aquella noche llegaría el famoso Negro y Gianina le esperaba expectante, pendiente de que tocaran la puerta rápido tres veces y saliera de entre las sombras su galán revolucionario. Yo llevaba tres fanshop en el cuerpo y comenzaba a ponerme menos tímido, asestando conversa a unos tipos que me alcanzaron unos escritos de Miguel Henríquez impresos en papel periódico. Cinco minutos después golpearon la puerta. La chica de negro se levantó, apagó las luces de la sala, se dirigió por el pasillo hasta la puerta guiada por las luces que se colaban por las ventanillas cercanas al techo. Dos sombras aparecieron desde la puerta, la silueta de Francisco Montoya y la de Manuel Viza, el Negro o también llamado comandante Colque. La gorda dio aviso de que prendieran la luz y tan pronto la sala se iluminó Gianina se dirigió al pasillo. Saludó al Franco con un beso en la mejilla y al asomar a la luz el Negro le abrazó, rió coqueta y le asestó un beso cerca de los labios. Luego lo tomó del brazo y lo llevó hasta donde yo estaba. Me levanté para saludarlo. Él vestía jeans, chalas, camisa cuadrillé; en sus muñecas y cuellos resaltaban collares de cuentas de madera y trenzados con colores andinos. Era un poco más alto que yo, usaba melena hasta los hombros y una barba discreta en el mentón. Poseía el rostro escarpado de quienes sufrieron alguna vez acné. Hola, un placer. Comandante Colque, para servirte – su sonrisa era grata y un tanto familiar. Hola, Alberto. Un gusto de conocerte, Gianina me ha hablado mucho de ti – le dije mientras escrutaba su rostro. El Negro dirigió sus ojos a los de Gianina, ésta rió, él le siguió y respondió amable.

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Ojalá que te haya contado sólo cosas buenas – me tocó el hombro y luego se excusó; debía saludar a cada uno de los asistentes.

Formamos un círculo con las sillas y bancas; el Negro dejó su morral tejido en el suelo y de éste extrajo una carpeta con algunos de sus escritos, bosquejos del mensaje que liberaría aquella jornada. Entre papeles y casettes que poseía en su bolso pude distinguir una Biblia de tapas oscuras. Su discurso franco, directo, de tono coloquial versaba sobre los desafíos que tendría para los grupos juveniles organizados el retorno a la democracia. Daba por hecho que el dictador caería por las urnas o por la vía armada y que el triunfo de las fuerzas opositoras no consistía precisamente en aquéllo sino en construir una sociedad más justa e igualitaria. Para eso era fundamental educar a las bases y, por lo mismo, requería de los líderes transmitir una misma doctrina, los lineamientos y objetivos de modo claro y sin ambigüedades. Muchas revoluciones se han quedado ahí, en el romanticismo de los discursos, en la celebración por el poder, pero tras de eso no ha habido nada y se ha tenido que ir improvisando sobre la marcha lo cual es nefasto para la consolidación de los procesos sociales que tienden a lograr la justicia y la igualdad de los ciudadanos – el comandante movía sus manos con seguridad y observaba los ojos de los oyentes con convicción alucinante- Por lo pronto nuestra tarea como movimiento indígena es estudiar el modo cómo reivindicar los derechos de los pueblos originarios americanos, lo cual es un tema que va más allá del retorno a la democracia. El temor que expresaba radicaba específicamente en la tendencia histórica de los gobiernos nacionales a tratar a los pueblos autóctonos dentro de una institucionalidad que en sus estructuras había demostrado ser inútil e ineficaz.
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Nuestros países fueron formados por españoles nacidos en América. Repartieron las tierras que eran nuestras, constituyeron democracias excluyendo el consejo indígena, – el Negro sorbió un poco de bebida que la anfitriona le sirvió- redactaron constituciones, fundaron sus poderes a la usanza de Europa. ¿Dónde estaban los indígenas cuando ellos hacían esto? Confinados en un rincón. Las guerras han sido negocio de los criollos, las dictaduras, las guerras civiles, también. Ha llegado el tiempo en que los indígenas tengamos el protagonismo que el imperio español primeramente y luego el yanqui nos robó.

Gianina sonreía con los ojos brillosos. Sentía en su alma, seguro, que sus ansias revolucionarias se identificaban con el discurso categórico del comandante Colque. Yo, mientras él hablaba, no podía sacar de mi mente un pensamiento insistente, demasiado molesto que me causó cierto pavor. Al Negro lo había visto en alguna parte, no sabía dónde. Su rostro me supo familiar, su voz cadenciosa, la profundidad de su mirada. Viajé a los rincones de mi mente; creí verlo en el liceo, entre los amigos de Josué, tal vez en alguno de sus compañeros de trabajo; se parecía al primo de Ayavire, un compañero de enseñanza básica; quizás en su melena me lo encontraba familiar con un dependiente de una tienda de abarrotes del mercado Cabo Aroca, donde solía ir a comprar. De pronto un estrépito inundó mi ser, boté un poco de bebida pues mis manos se pusieron flojas con los nervios que asomaron. Pensé que la revelación que vino a mi mente como una especie de abducción, por ser tan inesperada, bordeaba el límite de lo imposible. Fui asociando una a una las características físicas del comandante e hilvanando los detalles de carácter y logros que Gianina hiciera de éste y llegué a una conclusión pavorosa. Pero yo mismo no deseaba convercerme, quizás por temor. Por esta razón, para despejar las dudas, me acerqué al oído del chico que estaba a mi lado y le hablé en voz baja.
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Disculpa, ¿cuál es el verdadero nombre del Negro? – el discurso estaba finalizando y la audiencia aplaudió despacio para que la bulla no se percibiera afuera.

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Fíjate que no sé. Lo único que sé es que sus escritos los firma con la chapa de Manuel Viza –ambos nos levantamos- Quizás tiene apellido Colque. Pregúntale a la Gianina.

Los asistentes se dirigieron a un mesón de la sala anexa para recibir de manos de Mónica una breve pila de panfletos. La semana siguiente habría protesta, ocasión propicia para repartirlos. Fui tras de Gianina quien conversaba con Susana, encargada de logística del movimiento. Gianina, por favor, necesito hablar contigo – la llevé del brazo hasta un rincón. Me cercioré que el comandante no estuviera cerca para que no percibiera mi inquietud al preguntar. Alberto, por qué tan urgido, dime. Gianina, ¿cuál es el nombre real del comandante? – temblé y mientras ella alzaba la vista a un punto inexacto del techo tratando de recordarlo, deseé que mi conclusión fuese errónea. Luego de un par de segundos respondió. Gustavo Carrasco, ese es su nombre –Gianina rió y me pidió permiso para seguir platicando con Susana. Empalidecí y el espacio me pareció una ruleta. No eran los fanshop; la noticia fue un balde de agua fría; nunca me imaginé que luego de años me encontraría de modo sorpresivo con mi amigo de infancia. No supe cómo reaccionar; pensé que Gustavo se cobraría venganza por la traición que cometí, quizás me golpearía, me enrostraría frente a los presentes, no sé. Pregunté dónde quedaba al baño y fui corriendo hacia allá; me mojaría la cara, neutralizaría un poco la presión y luego huiría corriendo por la calle. Otro día le explicaría a Gianina lo

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que había sucedido y todo seguiría su curso normal. Presentaría mis excusas para no adherir al movimiento y asunto arreglado. El baño se encontraba ocupado, sin embargo, adentro la luz se apagó pronto y la puerta se abrió con cierta dificultad. El comandante Colque salió moviendo sus manos húmedas, intentando secarlas con el aire. Me miró a los ojos y sonrió cortés. Yo le observé asustado, pálido. ¿Te pasa algo? – preguntó y nuestras miradas se ligaron con fuerza. Por primera vez notó algo familiar en mi faz.
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Gustavo, soy yo – mi voz se quebró y por mis ojos asomaron lágrimas abundantesAlberto Vásquez – Carrasco se quedó tieso por varios segundos que me parecieron una eternidad. Tragó saliva, su mirada se tornó vítrea, sus labios temblaron. Miró hacia el suelo y apretó las manos húmedas. Deseé con toda mi alma que Tabo dejara caer aquéllas sobre mi rostro, que se cobrara venganza y me gritara traidor, maricón, indio de mierda me lo merecía, sin embargo levantó su vista, vi su rostro arrugado, lleno de lágrimas sinceras. Luego de algunos segundos en los cuales, pienso, trató de

interpretar mi aspecto tras la deformidad que provocaba el líquido en sus ojos, se abalanzó sobre mí abriendo sus brazos. Me aferró a su cuerpo tremolante de emoción. Casi seguidamente gritó a gran voz:
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¡Amigo! ¡Amigo! – y recostó su húmeda mejilla en mi hombro.

Mi quebranto fue tan grande, que el lloro y las frases pidiéndole perdón que brotaron de mi alma arrepentida convocaron a los muchachos que se despedían en la sala contigua. Allí nos vieron, dos indios llorando en la clandestinidad, luego de años de separación. Nadie comprendía lo que estaba sucediendo y nadie seguía entendiendo cuando tratamos de explicar entre lloros y suspiros que alguna vez fuimos amigos, que contemplamos las
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fauces hambrientas de la pobreza, que nos desayunamos con los insultos y burlas que hacían de nosotros los chilenos por ser indios y morenos, que luego de años Gustavo olvidaba la traición y me perdonaba como si fuese su hermano. Ahí estuvimos, conversando toda la noche, sentados en el techo metálico de la antigua construcción, contemplando aquella ciudad que hacía cien años pertenecía a Chile, hace cuatrocientos a Perú y toda una vida a nuestros antepasados.

La abuela dormía conectada a un tubo de oxígeno que los paramédicos ubicaron a un costado de su lecho. Prohibieron que su perro se acercara, pero la abuela en su desgastado idioma pidió a papá contrariar el designio de los asistentes y Chiri permaneció día y noche al lado de su ama con los ojos más tristes que de costumbre, lamentándose de vez en cuando como si fuera un humano con cuerpo de perro. Tabo y yo nos sentamos a su lado a contemplarla, indagando con la vista sus rasgos aymaras tan oxidados por el tiempo, pero a la vez tan bellos. Es tan linda – dijo susurrando mi amigo – Es una india pura. Cómo me hubiera gustado conocerla antes para que me contase de su vida en el altiplano, para que me empapara de su sabiduría. Ahora apenas habla, está tan mal la awicha – acaricié su delgada mano. Sus dedos estaban chuecos – Mira Gustavo, tiene los deditos doblados, una vez un llamo la atacó y ella se defendió. Era tal la fuerza que la mano le quedó así. ¿Qué edad tiene? - preguntó, mientras sonreía al descubrir cada uno de los rincones de su rostro.

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Más de noventa, es posible que hasta tenga cien. Antiguamente a la gente se la inscribía cuando eran grandes, de ocho o de diez años – mamá se asomó a la puerta de la habitación con sigilo, luego susurró:

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Chicos, vengan a comer algo – besamos a la abuela en la frente y apagamos la vela que iluminaba el espacio. Salimos en puntilla de pies; el perro subió a la cama y se acostó en la curvatura que formaba la abuela entre sus piernas y estómago.

Gustavo en esos días acababa de escribir un volumen con ensayos sobre la realidad latinoamericana y los desafíos de la lucha indigenista. Deseaba llevar un par de ejemplares a unos dirigentes estudiantiles de una universidad paceña y me pidió que lo acompañara. El movimiento contaba con fondos donados por una ONG británica; estaríamos un par de días en los cuales haríamos contacto con uno de los promisorios líderes del movimiento autóctono en Bolivia, un dirigente sindical llamado Evo Morales. Antes habíamos viajado a Tacna a entrevistarnos con algunos compañeros del movimiento revolucionario Túpac Amaru. La cita clandestina se realizó en una casa habitación de Calientes, un sector rural, camino a la cordillera, un atardecer helado del mes de agosto del año ochenta y ocho. Para ese entonces ambos ya habíamos cumplido la mayoría de edad y poseíamos salvoconductos para cruzar la frontera. Con el fin de no despertar sospechas, nuestro itinerario del día solía ser muy similar al que acostumbran a hacer los turistas chilenos en dicha ciudad peruana: visita a las ferias, almuerzo en el mercado central o en la avenida Bolognesi, paseo por la catedral y los monumentos céntricos. Tabo aprovechó de visitar algunas imprentas ubicadas en los recovecos del casco antiguo de la ciudad y en un par de galerías. Su fin era indagar sobre los costos para editar sus escritos de modo masivo, ya que se daba cuenta de que los impresos de modo artesanal estaban siendo escasos y

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sufría cada vez que los duplicaba puesto que la sede del movimiento podía ser allanada en cualquier momento por los aparatos represores del régimen militar. En la orilla de la carretera nos esperaban dos campesinos premunidos de herramientas de trabajo. Apenas bajamos del combi se nos acercaron y pronunciaron la palabra que nos serviría de clave. Los saludamos con abrazos y apretones de mano y nos llevaron por un camino de tierra hacia una parcela ubicada a unos diez minutos de camino. Atardecía y sobre los cerros el cielo se teñía de un tono violeta y rosado. El caminar se nos hizo más grato contemplando a los obreros pasar con sus ovejas y cabras; sentimos el olor a guano, a tierra, a hierba húmeda. Las humildes casas de alrededor se comenzaban a iluminar con velas y una que otra lámpara a parafina. Los cholos nos hablaron de siembras, vendimias y fiestas carnavalescas que tendrían lugar en una semana más. Nos invitaron a venir y nos ofrecieron sus casas para pernoctar aquellos días. Gustavo les agradeció y sacó de su morral un paquete de velas y un pack de baterías chicas. Luego de un par de minutos de caminata se detuvieron y apuntaron con el dedo a una casa en cuyo patio se erguía imponente un molle antiquísimo. Ahí es – dijo uno de los campesinos. Los abrazamos y nos despedimos de ellos.

El compañero Mamani fumaba al costado del árbol; caminó hacia el portón y tan pronto nos divisó hizo señas de bienvenida. Luego silbó con dirección a la casa; de ésta salieron los compañeros Yuri Solano y Sofía Choquehuanca. ¡Qué va, hermanos, bienvenidos! – Mamani nos aferró contra su cuerpo, contento de vernos. Olía a campo y a sudor. Luego extendimos nuestras diestras a los dos anfitriones restantes. Nos hicieron entrar en la casa que poseía piso de cemento en bruto, murallas de adobe y se iluminaba por dos lámparas Petromax. Tabo se excusó puesto que ambos teníamos los zapatos llenos de polvo.
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No se preocupe, pe, estamos en el campo. Por favor tomen asiento – nos dijo Sofía. Luego pidió permiso y se dirigió a la cocina, desde allí escuchamos el ruido de las cacerolas hirviendo, el crepitar de la leña quemándose.

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Gracias. Mi nombre es comandante Colque, él es el compañero... Condori – fue el primer apellido que se me vino a la mente, era el que usaba la abuelita y mis antepasados por parte de mi padre.

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Somos del movimiento revolucionario INTI. Gracias por recibirnos y confiar en nosotros. Sé que no es fácil para ustedes vivir en la clandestinidad – dijo con sinceridad Carrasco mientras tocaba afectivamente con sus manos las espaldas de los peruanos.

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No hay porqué, comandante. Verá: el compañero Gamboa, uno de los brazos derechos del compañero Abimael, nos avisó que ustedes querían conversar con nosotros y el departamento de logística de nuestro movimiento hizo todos los contactos. La idea es poder ayudarlos a armar un movimiento insurgente potente y eficaz en su país.

Sofía Choquehuanca, militante nacida en Ayacucho hacía treinta y cinco años atrás, era pareja de Solano. Era quechua de sangre y aspecto; creció en la sierra misma y luego pudo acceder a estudios universitarios, donde hacía un par de años se había licenciado en ciencias políticas. Su esposo, limeño con familiares en Huaraz, estudió en la universidad San Marcos primero leyes – estudios que no concluyó – y luego licenciatura en historia; ahora ambos no trabajaban en lo suyo sino que dedicaban su tiempo completo a la causa revolucionaria. El movimiento les pagaba con el dinero que conseguían de organizaciones europeas, asaltos a bancos e instituciones financieras y aportes de particulares. Para no despertar sospechas en los sistemas gubernamentales de inteligencia del Perú ejercían el comercio detallista – se dedicaban a vender insumos agrícolas- y labores de agricultura. Esto les permitía desplazarse por regiones cercanas como Arequipa, Ilo, Tarata, Moquegua
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y efectuar labores de coordinación y contrainteligencia. Ambos habían participado en operaciones que les otorgaban cierto prestigio dentro de la organización: el enfrentamiento con fuerzas policiales en Ayacucho el año ochenta y tres, el secuestro de dos policías en Huaral el ochenta y cinco, la instalación de dos coche bombas en el distrito limeño de Miraflores hacía dos años, entre otras labores como adoctrinamiento de pobladores en los denominados pueblos jóvenes, especies de tomas instaladas en las periferias de la ciudad de Lima y redacción de tratados sobre la doctrina de Abimael Guzmán; Sofía le conoció mientras estudiaba en la Universidad de Ayacucho; fue una de las fundadoras del movimiento y encargada de organizar las primeras reuniones en la fase de difusión y adhesión de prosélitos a la causa. Durante dos horas nos contaron de sus experiencias, de los sistemas de comunicación que usaban para mantener contacto y cohesión, de los problemas que enfrentaban y debían superar – caudillismos entre militantes, conflictos de poder – y nos prestaron material escrito para que lo pudiéramos llevar y compartir con los activistas en Arica. Mientras platicábamos digeríamos un delicioso plato que la compañera Sofía Choquehuanca había preparado; acompañamos la comida con un té amargo y oscuro. Se llama seco de res – mencionó humilde frente a nuestras alabanzas – es un plato típico peruano - Mamani se excusó, partió a la pieza contigua y extrajo desde un cajón de detergente un par de álbumes con fotos y recortes de diarios. Solano se levantó, descolgó la lámpara del techo y procedió a bombearla pues se estaba apagando. Hizo lo mismo con la lumbre que iluminaba desde el otro extremo la sala. Mamani llegó a la mesa con los tomos.

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Llevamos un registro de nuestras operaciones. Es importante pues luego evaluamos las fortalezas y debilidades de cada acto subversivo – Carrasco tomó uno de los registros y me alcanzó el restante. Mientras lo observaba formuló preguntas a los anfitriones.

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¿Cómo manejan ustedes el asunto de las muertes de los ciudadanos comunes y corrientes en un operativo? Son vidas que se pierden, muchos de ellos son gente obrera, como nosotros –preguntó Carrasco con sencillez, luego sorbió un poco de té hasta dejar vacía la taza metálica. Sofía le ofreció más y él accedió.

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Sí, es una pregunta que siempre nos hacen los periodistas extranjeros. Mira, es complicado. Detrás de cada vida hay una familia, una historia, sueños. Ellos son mártires de nuestra causa; ellos mueren en sacrificio por un país más justo e igualitario.

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Sin embargo, compañero, no lo saben y, en ese sentido, no aplican voluntad. Para ser mártir hay que decidir serlo. Sino aquel proletario es una mera víctima – Afirmó Carasco. Mamani se incomodó un poco.

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Sí, por un lado sí, pero cada lucha tiene un costo y ese es el costo, la destrucción, las víctimas inocentes; todo sea por la causa justa que llevamos – el comandante Colque afirmó con la cabeza y siguió viendo las fotografías con autos destruidos, cadáveres desintegrados, filas de adolescentes marchando con un fusil bajo el brazo en paisajes selváticos, guerrilleros posando para la cámara al lado de campesinos serranos, notas de prensa con el reporte de sus acciones extremistas.

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Compañero – agregó Solano – durante mucho tiempo tratamos de hacer una lucha pacífica, por las vías que la institucionalidad corrompida nos ofrecía. Sin embargo, no había atención de la prensa, no había espacios para debatir, éramos un par de huachafos luchando contra el mundo. Con las acciones subversivas revolucionarias hemos ganado

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un espacio en la conciencia del Perú, la gente nos conoce, se interesa por nuestras ideas, debate en torno a ellas. Además, estimados compañeros, el problema del terrorismo, como quienes ostentan el poder le llaman, no es culpa de los grupos revolucionarios, sino de los gobiernos – dijo Sofía con tono combativo- Nosotros actuamos reactivamente; si ellos se preocuparan de dar de comer a los pobres, mejorar las condiciones de vida del proletariado, detener el poderío de los ricos sobre la base de impuestos especiales, el pueblo no recurriría a las armas y no existirían grupos revolucionarios. El MRTA y Sendero surgen a propósito de la injusticia y la desigualdad social provocada por los gobiernos, no por el mero capricho de un líder carismático. Aquel grupo de peruanos hablaba con seguridad y con notable convicción en sus ideas de revolución e instauración de un nuevo sistema sobre la base del respeto al ser humano, los grupos étnicos y los ideales políticos. Mientras caminábamos hacia la carretera Gustavo me habló de su admiración del trabajo de Tupac Amaru y, aunque tuviera discrepancias con ellos en cuanto al uso de acciones armadas –metodologías más que objetivos- no dejaba de alabar la visión holística de ellos, su entrega a la causa, su excelente trabajo en cuanto al adoctrinamiento de los adherentes y sus redes de comunicación, pese a moverse en la clandestinidad. Mamani le había entregado el nombre de una periodista francesa que visitaría Tacna la semana siguiente y Carrasco pensó en la posibilidad de contactarla en Arica; urgía buscar apoyo de organizaciones extranjeras que se interesaran por la revolución indigenista en América, específicamente en nuestra ciudad que considerábamos estratégica. Esa noche pernoctamos en un hostal ubicado en calle Augusto Leguía pese a haber recibido la invitación de los compañeros peruanos a quedarnos en su acogedor hogar. El problema
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de haber aceptado radicaba en que debíamos “borrar” de nuestros recuerdos o papeles todo rastro que delatara que ambos estuvimos en el sector de Calientes. Carrasco se preocupó de guardar los comprobantes de la residencial de modo de presentarlos a las autoridades toda vez que procediera. En la mañana salimos temprano y nos dirigimos al mercado Dos de mayo. Desayunamos té y sándwich de queso blanco por dos soles cada uno; luego cruzamos la calle y nos detuvimos en un local donde vendían revistas y libros. Carrasco me pidió que escogiera la literatura que deseaba llevar y un par de revistas. Tomé uno de Vargas Llosa –aunque derechista era mi escritor preferido- Arguedas y Sábato. De revistas la Mecánica popular, Muy Interesante y una Vanidades. ¿Vamos a irnos leyendo durante el viaje? – le pregunté sonriendo No Tito, son para ubicar entre las hojas el material que nos pasaron los Túpac Amaru.

Caminé hacia la avenida Loa vistiendo mis únicos jeans, una polera comprada en un local de ropa americana y mis zapatos de escuela. Llevaba en mis bolsillos ocho mil pesos, las llaves del portón, un par de panfletos del movimiento y mi carné de identidad. Horas antes acompañé a Carrasco a visitar a su padre que hacía cuatro años estaba en la cárcel. Las apreciaciones de mi hermano y los rumores de las viejas del barrio no eran del todo infundados; la justicia había dado su veredicto: don Gualberto era traficante de drogas. Fue complicado asumirlo. En la casa cachaba movidas medio raras, pero simplemente trataba de no meterme –me dijo Tabo mientras íbamos de viaje al penal – Bueno, mi familia luego de eso quedó destruida; mi vieja se fue con un chofer de camiones que le trabajaba a papá y mi hermana ahora trabaja en Antofagasta de garzona. El papá de Tabo se encontraba bien; su aspecto no se hallaba desmejorado, tenía un poco de canas y se veía tenía un buen pasar. Mi amigo le llevaba encomiendas con galletas, víveres,
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tarros de conserva y un poco de dinero de los negocios de su propiedad que aún funcionaban. Con eso subsistía Carrasco y solventaba sus gastos escolares. Me saludó con afecto, se rió al verme tan cambiado, un poco barbón; se había hecho muy buen amigo de su hijo y ambos se contaban las penas y alegrías que les aquejaban cada semana. El caballero, sin embargo, desconocía parte de la verdad respecto de las actividades políticas de su hijo; Carrasco había decidido no contarle mayores detalles de la causa pues en las circunstancias en que vivía el país, ser revolucionario era ser prácticamente un suicida; Tabo no quería dar más preocupaciones de las que el viejo tenía. Me aparté un poco de ellos dos para que conversaran con intimidad y me quedé observando el patio de visitas de la cárcel de la ciudad ubicada en calle Baquedano que a esa hora hervía en gente que hablaba como en una feria. Las personas, muy cerca una de otra, conversaban, comían tortas y queques preparados para la ocasión; algunos reos abrazaban y besaban grotescamente a sus parejas, otros solitarios no hacían más que apoyarse a la pared viendo cómo los grupos de conversación llevaban sus pláticas. Cuando llegué a avenida Tucapel busqué un teléfono público y disqué el número de Gianina con el propósito de decirle que iría al centro a eso de las siete y que me desocuparía como en una hora. Debía compartir con ella y los demás compañeros el material que habíamos traído de Tacna y dar un informe sobre el viaje en general. Además era necesario ponerse de acuerdo sobre la participación del movimiento en la marcha que se realizaría el siguiente día en el centro de la ciudad. Hola, ¿cómo estás? – hablé con voz grave. ¿Quién es? – preguntó Gianina con perplejidad. Yo, el Alberto. Ah, Tito, ¿cómo estai? ¿Estás en Arica?
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Sí, llegamos ayer en la mañana – introduje rápido, la comunicación se cortaría – Hoy voy al centro, ¿te parece que nos juntemos?

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Este, es que ya habíamos acordado reunirnos acá, lo que pasa es que le celebraremos el cumpleaños al Franco.

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Chuta, tienes toda la razón, se me me había olvidado. Entonces voy pa llá como a las ocho. ¿Qué falta?

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No sé – Gianina hizo una pasa para pensar – Una bebida, eso creo.

Entré a la población por una calle angosta en la cual jugaban un par de niños; eran cerca de las seis y el aire estaba fresco por lo cual luego de seis cuadras caminadas no transpiraba en exceso. Crucé por una plaza donde se congregaban grupos de estudiantes del liceo B – 4, sentados en el pasto, conversando, fumando y sorbiendo de una botella envuelta en papel café. Ingresé a calle Pachama metiendo bien adentro mi mano en el bolsillo, escondiendo el fajo de billetes en el fondo. Algunas señoras regaban la calle de sus modestas casas de madera; en otra esquina un grupo de fumones jugaba a los naipes y apostaba monedas de diez pesos. La casa de Wilson Chuquimia quedaba un poco más al sur, por aquel mismo escondrijo miserable. Josué empezó a frecuentar la casa de éste hacía un par de meses. Había dejado el preuniversitario y seguía trabajando. Era muy poco lo que ayudaba en casa en lo que refería a sueldo y gastaba su dinero en ropa, cerveza y al parecer en la pasta

base. Los frontis de las casas de esa delgada pero larga calle reflejaban el abandono de sus moradores. Las construcciones, levantadas en su mayoría con las planchas de cajones de madera en que General Motors importaba sus automóviles, apenas poseían algún matiz para ornamentarlas; las rejas, levantadas con palos humedecidos por el riego, se erguían chuecas desde el piso; los perros quiltros deambulaban por el sector, rastreando con sus hocicos las bolsas de basura dejadas en plena calle.
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La casa del Chuquimia tenía reja de latones oxidados; desde el interior de ésta se escuchaba música de Pintura Roja, grupo peruano de ritmo chicha; golpeé la reja por un lapso de dos minutos con una piedra y apareció el Papichi soberbio preguntando quién golpeaba tanto. Soy yo, el Tito – respondí. Me hizo esperar y trajo un manojo de llaves con una de las cuales abrió el portón. Hola Tito, pasa – Papichi cerró con dos vueltas la chapa, luego se agachó, recogió una piedra y la lanzó a un gato que se encaramaba por la muralla lateral - ¡Fuera conchetumadre!. La habitación poseía piso de madera, blanco de tan sucio que estaba, una mesa, un mueble con espejo y un librero. No existían cuadros, adornos, lámparas ni elementos decorativos. El hermano de Wilson, el indio Bryan, en sus noches de angustia, había sacado todas aquellas pequeñas cosas y las había vendido para adquirir un poco de pasta base y seguir surcando el infinito imaginario. Sobre el mueble descansaba un equipo de música. Josué estaba sentado en un desvencijado sillón cubierto por una sábana sucia; Papichi ocupaba una banca de madera que tendía a cojear; Wilson llenaba con cerveza una taza vieja y sin oreja, sentado en su silla de ruedas. Tito, un poco de chela – Wilson me acercó la taza que recibí por cortesía - ¿cómo estamos? Bien, normal – sorbí un poco de cerveza. Los ojos de Josué estaban rojos; Papichi le alcanzó un frasco con gotas que aplicó observando el cielo del cuarto. Estuviste en Tacna – agregó Papichi. Sí, fui a dar una vuelta –Traté de ser escueto– La pasé bien. Oye, Tito pa mí que ese huevón del Carrasco te está gastando duro y parejo, ja, ja, ja – Wilson rió y bebió de la botella.
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No pasa na, compadre – bajé la vista.

Josué me acompañaría a comprar zapatillas al local de un tipo que conocía en la feria donde trabajaba. Durante tres meses junté el dinero que mi padre me daba para gastar en el liceo, vendí algunos casettes que pirateé por encargo y limpié el auto del papá de Gianina un par de veces, labor por la cual me pagaba quinientos pesos. Era posible que por primera vez pudiera comprarme zapatillas de marca, unas Power de media caña que me gustaron desde que las vi en las vitrinas de la feria Manuel Rodríguez. Josué decía que en la Santa Blanca su amigo podía hacerle una atención y vendérselas más baratas. Mi hermano miró su reloj y al comprobar que aún era temprano y los efectos de la pasta aún no se le despegaban, me invitó a comer completos con té en fuente de soda “Tribilín” ubicada en Baquedano casi esquina Maipú. Dos completos, maestro – ordenó Josué y luego aprovechó de hojear el diario La estrella que descansaba en el mesón. La televisión transmitía la teleserie “Bellas y audaces”. Me quedé observando sin mucha pasión; por inercia apreté mi bolsillo para comprobar que el fajo de billetes estuviera allí. Van a salir Los prisioneros en la tele – me dijo Josué en tanto no despegaba sus ojos del diario. No, ¿la legal? – pregunté incrédulo. Sí, en la franja del No. Acá dice – me alcanzó el diario.

Mi grupo preferido casi nunca apareció por televisión por esos años aun cuando sus discos eran éxito de ventas y sus canciones aparecían en las radios a cada momento. La gente del dictador les tenía vetados aún en los programas “Más Música”, “Sábado Taquilla” e incluso en la Teletón. Aunque visitaron Arica un par de veces mi situación económica me prohibió

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poder irlos a ver y a lo más me sentaba en el pasto cercano al estacionamiento del estadio Carlos Dittborn cuando iban para escuchar su concierto desde afuera. Qué buena, los voy a ver – le pasé el matutino a Josué. El dependiente del local apareció con dos tazas de té y luego con dos completos. Agregué al mío mostaza, ketchup y un poco de ají. Media hora después salimos y cruzamos la calle; nos internamos por los pasillos del edificio Richard, una construcción antigua, algo descuidada, en cuyo tercer piso se encontraba radio Nacional de Chile. En una ocasión fui con mi hermano a retirar un par de entradas al cine Rex que nos habíamos ganado en un programa llamado “Haciendo las tareas” que era conducido por Juan Carlos Chinga. Esta vez subimos al cuarto piso y Josué golpeó a la puerta del número cuatrocientos cinco. Luego de esperar un par de minutos apareció una tipa rubia de unos treinta años. Poseía la belleza de una puta acabada; era delgada y usaba una blusa con escote amplio. La unión de sus generosos senos asomaba como una línea en el ángulo de su prenda. Hola – sentenció mi hermano que por su baja estatura miraba hacia arriba a los ojos de la mujer.
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Hola Pulga, ¿la trajiste? Claro – Josué sacó del bolsillo de su jeans una caja de fósforos envuelta en papel metálico de cigarrillos. Se lo pasó a la rubia y ésta sonrió. La voz masculina de un tipo resonó adentro.

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¡Ya hueón, espérate un poco! – arrugó la cara observando hacia el interior. Luego se excusó – disculpen, este culiao anda super angustiado – Se quedó desnudando del papel aquella breve caja y luego la abrió. Sonrió al ver el contenido- Chucha, qué buena.

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Prueba – Josué dijo seco, con seguridad. Luego sus ojos se fueron a los senos de la mujer. Ésta humedeció el dedo meñique de su diestra y lo untó en el polvo blanco que asomaba de la caja. Luego se llevó el dedo a la lengua. Tragó y esperó dos segundos.

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Es buena, hueón. ¿Cuánto es? Diez. Tengo ocho. Dejémoslo en nueve. Nueve lucas –Josué puso la palma de su mano para recibir el dinero.

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¿Tienes mil pesos? Claro – mi hermano me miró. Atiné y saqué de mi bolsillo el fajo de billetes; conté y saqué un arrugado billete verde- Ahí tienes.

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Toma, diez, gracias chico.

Josué se despidió de la compradora, nos dimos media vuelta y bajamos por las oscuras escaleras. La avenida empezaba a alumbrarse con los focos amarillos de los postes, asomaban los vendedores de cigarrillos importados, un poco más allá las prostitutas; la calle Maipú –a la que desembocaba otra de las salidas del edificio- se encontraba plagada de colectivos negros y viejos; algunas peruanas recorrían las veredas con sus bolsas cargadas de mercadería en las espaldas. Caminamos rápido, esquivando los cuerpos de la multitud; el humo de los restaurantes allí ubicados nos cubrió con su olor a frituras y pollos asados; los postes mostraban letreros con el rostro del dictador sonriente promoviendo su opción al plebiscito. Llegamos a Velásquez y doblamos a la izquierda. Ingresamos a la feria Santa Blanca por la entrada lateral; Josué saludó al guardia extendiéndole la mano; ambos intercambiaron breves palabras y risas de familiaridad.

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Al llegar a la tienda de zapatillas Josué me pidió el dinero y me dijo que le indicara el modelo que deseaba adquirir. Ingresó al local, me quedé afuera observando los perfumes que descansaban en las vitrinas del puesto contiguo; después de unos minutos mi hermano se asomó y me hizo señas para que pasara. Él es mi hermano, se llama Alberto – dijo dirigiéndose a su amigo. Lo saludé; era un comerciante bajo, moreno y obeso. Su camisa estaba a punto de estallar en uno de sus ojales.
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Hola, Toño, pa servirte – me ofreció asiento mientras sacaba una caja de unos estantes altos que guardaba sobre la vitrina. Sacó un par de zapatillas - ¿Son éstas?

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Sí, ésas – asentí. Él sacó bolas de papel blanco de dentro del calzado, extrajo la lengua del par derecho y me lo alcanzó.

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¿Cuarenta y dos? – Preguntó. Sí – me probé la zapatilla. Era blanda, olía a nueva. Me gustaba demasiado. ¿Cómo te queda? Bien, super bien - me levanté; Marco Antonio acercó un espejo que ubicó en el suelo de modo perpendicular.

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Sí, te viene – se agachó y tocó con sus dedos la punta de la zapatilla – ni muy suelta, ni muy apretada- Josué le preguntó el precio.

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Y, guatón ¿cuánto? Mira, están como a ocho quinientos, ocho. Pero a ti te las dejo en siete. Buena guatón, te las mandaste – le pegó en la espalda y sacó del bolsillo de su jeans el dinero. Se lo pasó. Yo me saqué la zapatilla, Toño la tomó, ubicó en la caja, la depositó en una bolsa y me la pasó dándome las gracias.

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Salimos por calle dieciocho; Josué me miró y seguro me vio tan feliz que llevó la palma de su mano a mi mejilla y clavó sus ojos en los míos. Puta hermano, por fin podemos comprarnos lo que queremos – luego sacó mil pesos – Toma, lo que me prestaste pa darle el vuelto a la prosti del edificio. Pensé en cambiarme de calzado ahí mismo, sentado en la berma y pasarle los zapatos viejos a Josué para que los llevara a casa, sin embargo las zapatillas estaban tan nuevas que en la fiesta en honor a Franco lo notarían y los ojos clavados en ellas me provocarían un poco de vergüenza. Le pasé la bolsa con lo comprado a mi hermano quien ahora iba a la casa, y crucé la calle para tomar locomoción hasta la casa de Gianina. Mientras esperaba me acordé que debía comprar una bebida y un pequeño presente al festejado. Caminé hacia la costa y doblé en el paseo peatonal Thompson; seguro que encontraría algo para regalar entre los puestos de artesanía que allí se ubicaban. Cada vez que iba al centro acostumbraba a pasar por ese lugar y, aunque no compraba casi nunca, me quedaba observando los collares, badanas, cuadros y artesanía en barro que los comerciantes de los puestos ofrecían a los transeúntes. Para ese tiempo sólo el tramo entre la pileta y veintiuno de mayo se encontraba iluminado y el pasadizo que desembocaba en un extremo a Colón y en otro a Prat era una cueva con olor a orina donde los borrachos y vagabundos solían dormir. Luego de adquirir un llavero con la figura de un indio soplando una zampoña, dirigí mis pasos a veintiuno para bajar hasta Prat; frente al correo había una confitería en la cual podría comprar una gaseosa de litro y medio. En la esquina opuesta a la vereda se encontraban un grupo de jóvenes alrededor de un stand en cuyo interior se instalaban dos parlantes que no cesaban de emitir canciones y mensajes a favor del gobierno. Los muchachos vestían jeans, polera blanca con el logo del SÍ y gorra con los colores nacionales. Me detuve por curiosidad; entre yo y ese espectáculo pasaban automóviles y personas; estaba detenido en
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la avenida más importante de la ciudad en el horario en que se percibía mayor movimiento. Por extraña intuición mis ojos se fijaron en una muchacha delgada, alta, de pelo color miel y ojos claros que reía y jugaba con los demás fascistas allí estacionados. Era bella, graciosa. Me quedé mucho rato contemplándola no con el fin de querer robar una mirada como lo hacen los conquistadores que desean ser vistos, hacer señas, acercarse y entablar

conversación. No. Mi mirada estática se debía a que yo reconocía esa risa, esos ojos, esa cabellera jugar al viento. Muchas coincidencias en los patrones de mujeres que guardaba en mi cerebro, aquellas características despertaban mis recuerdos y las sensaciones guardadas en las fauces de mi mente con un sabor agridulce. Me observó desde la distancia pero siguió riendo. Luego volteó su rostro y su alegría se transformó en duda, quizás perplejidad. Conversó con una chica ubicada al lado suyo. Bajó la vista, me contempló de reojo. Sentí miedo y caminé con paso rápido al destino pensado con anterioridad. Al llegar a la esquina sentí el sonido de unos pasos ligeros tras de mí y volteé reflejamente. Era la chica que había estado mirando segundos antes. Sentí miedo. Disculpa – me dijo algo agitada - ¿Por casualidad tú te llamas Alberto Vásquez? – Sonrió nerviosamente; reconocí ese matiz de labios. Sí; yo te conozco – antes de que pronunciara su nombre con rapidez supe quién era y sentí una extraña felicidad. Soy Ivonne, ¿te acuerdas? Tu compañera de educación básica. Claro, Ivonne – hice una pausa y luego reí. Nos abrazamos y quedamos conversando por unos minutos sentados en la berma, al costado de la avenida. Qué sorpresa, no pensé volverte a encontrar. Nunca más te vi; te hacía en Iquique, como tienes familia allá...

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No, sólo voy en las vacaciones para allá. ¿Tú como has estado? – sonrió y me miró a los ojos. Estaba tan bella que olvidé por completo las noches de lágrimas, la desesperanza, los pensamientos oscuros que siguieron a su engaño.

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Muy bien. Voy en cuarto medio en al A-5, salgo este año, me estoy preparando para la prueba. ¿Y tú? – Ella bajó la vista con un matiz de desazón.

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Bueno, eh... yo voy en tercero. Me quedé en un año. En el Santa Ana las monjas son un poco cuáticas – un par de chicas del grupo aparecieron por la calle perpendicular. Ivonne las observó y les hizo señas para que esperasen. Ellas se quedaron conversando – Debo irme, Alberto. Anda a verme uno de estos días. Ahora vivo acá en el centro – Sacó un lápiz con el logotipo del SI y un panfleto con la típica cara del dictador sonriendo de perfil. Encima de su rostro escribió: “Ivonne, tu amiga de básica. Calle San Marcos 346. Arica. “

Llegué a la casa de Gianina alrededor de veinte para las nueve con la alegría de haberme comprado zapatillas de marca y ver después de años a quien fuera mi gran amor de infancia. Los padres de Gianina me saludaron afectuosamente mientras abrían la puerta de calle y disuadían a “Nerón” de que no me ladrara ni me mordiese. Desde el patio observé por los ventanales los globos, serpentinas y una piñata con la cabeza de Pinochet, confeccionada por Gianina. El equipo sonaba fuerte con la música de De Kiruza. Adentro se percibía el espíritu de celebración, alegría; Franco ostentaba en la cabeza un gorro de rey. Saludé a los presentes que eran casi los mismos chicos que habían estado en la reunión en que me reencontré con Carrasco y luego de un abrazo al festejado, risas de por medio, le alcancé el pequeño obsequio que había comprado para él en el local de artesanía. Gianina venía saliendo de su cuarto y me saludó con un abrazo fuerte. Detrás se acercaba el comandante Colque tocando una corneta, ostentando serpentinas de colores que colgaban
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por su cuello. La anfitriona bajó el volumen del equipo y alzó las manos para que le prestáramos atención. Chicos, va a empezar la franja. La tele de mi pieza está dispuesta – se dio media vuelta y partimos detrás de ella. Tabo, hoy salen Los Prisioneros – dije, recordándome lo que había leído horas antes en el diario. ¿Si? Qué buena – me abrazó mientras caminábamos a la habitación de Gianina - ¿Cómo estás? Bien, ¿Y tú? Bien; tengo que contarte algo después, Tito. ¿Muy grave? – tendí a asustarme. Tabo lo percibió. No te urjai, si no es malo.

Nos sentamos en la cama y en el suelo; los cojines volaron por la habitación, toma siéntate ahí; Gianina dio volumen al gran televisor. La voz del locutor en off anunciaba cadena nacional de radio y televisión; los sones de música orquestada con imágenes de paisajes del país aparecieron discretos luego y tras de esto silencio, un fondo celeste con letras blancas que versaban: “ESPACIO DE LA OPCIÓN SI”. Gianina y Franco lanzaron peluches contra la pantalla; el resto abucheamos con locura. Los spots que siguieron durante cinco minutos mostraban las obras realizadas por el gobierno militar en el transcurso de quince años; las entrevistas a adherentes al régimen que asistían a concentraciones de la opción; un grupo de rubios y cuicos cantando digamos todos que sí, el país merece sí, por un futuro mejor, alusiones al gobierno de Allende en el cual había que hacer filas para comprar mercaderías –argumento que repetían con insistencia -, imágenes de Pinochet visitando poblaciones marginales. El teléfono sonó y Gianina se dirigió a contestar; habló despacio, tratando de
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no interrumpir el silencio con que observábamos televisión. En voz suave pronunció la dirección de su casa, luego colgó. -

¿Quién era, Giani? – preguntó el comandante Colque. Cuáuhctemoc Velásquez, ¿te suena? – Gianina se volvió a sentar. Ah, el mexicano. ¿Está cerca? – Carrasco se alegró. Claro, viene en camino – la televisión anunciaba la proyección de la franja de la opción NO con la frase cantada por una multitud Chile, la alegría ya vieneee, y la aparición de un arcoiris dibujado a un costado del adverbio, marcado y categórico.

La figura de Patricio Bañados apareció en la pantalla dando la bienvenida al espacio; comenzó a agradecer las numerosas cartas y muestras de adhesión que había percibido de la gente; aquella actitud le hacía ver que el próximo cinco de octubre los ciudadanos del país darían una demostración poderosa que el pueblo de Chile no quería vivir más al amparo de una dictadura sangrienta y represiva. Después recordó lo prometido en la emisión anterior: el espacio mostraría fragmentos de un reportaje que produjera Ictus y Teleanálisis hacía meses atrás. Empezaron a sonar los acordes del “Baile de los que sobran” y mientras la guitarra interpretaba tres acordes aparecían los rostros de González, Narea y Tapia. Me emocioné mucho. Casi nunca había podido ver a mi grupo preferido por televisión puesto que la dictadura tenía vedados ciertos contenidos por asuntos políticos. Podía ver que mis ídolos eran tan iguales que yo; usaban jeans y zapatos negros, fueron a un liceo muy parecido al mío y conocieron muy de cerca la pobreza. Cuauhctémoc llegó a la casa de Gianina pocos minutos después de que la franja acabara. Ya retomábamos nuestros lugares en el living mientras los padres de la anfitriona regaban las plantas en el antejardín. Mónica puso un casette de Pink Floyd y se dirigió a la cocina a buscar las bandejas que contenían papas fritas y canapés. De vuelta los ofreció a cada uno
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de los presentes. Me acerqué a Daniel, uno de los integrantes del movimiento. Era estudiante de segundo medio en el Liceo Integrado. Qué tal Dany, cómo te trata la vida – saqué un par de papas que tenía en mi palma. Bien, Tito. ¿Cómo les fue en Tacna? La raja, hicimos muy buenos contactos y trajimos algo de material. Esta semana contactaremos en Arica a una periodista francesa que está en Tacna conociendo el avance del emerretea. ¿Te traigo bebida? Ya puh – respondió. Me levanté y tomé dos vasos con Free Cola; observé hacia el patio, venían entrando Gianina y el comandante Colque acompañados por Cuáuhctemoc, un muchacho de pelo largo estilo rasta, algo blanco que vestía pantalón de tela rayado, zapatillas de básketball, chaqueta militar y polera con el rostro del Che. Alcancé la

bebida a Daniel y me quedé de pie para saludar a nuestra visita. Antes de presentar a nuestro amigo una pregunta chiquillos - dijo Gianina con

preocupación- ¿Alguien dejó estacionado un auto en la vereda de enfrente? – todos nos miramos y respondimos negativamente; nadie tenía automóvil. Luego de la respuesta, el comandante me invitó a salir rápido de la sala y encaramarnos por la reja. Los padres de Gianina observaron por las aberturas que poseía ésta. Todavía está – dije. Nos quedamos observando y percibimos que los tipos de dentro conversaron entre ellos. Luego prendieron el motor y huyeron rápidamente con ruido de neumáticos y carraspera de motores. Son espías, hueón – expresó Carrasco. Chucha.

Los dueños de casa salieron hacia la vereda con su perro Nerón y contemplaron las calles donde se había perdido el carro, pero ya era tarde. Retornamos al living; aconsejé a mi
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amigo que no dijéramos delante del visitante el asunto, sino después de que se fuera, para no asustarlo. Me dijo que era mejor. Gianina salió por la puerta y nos pidió explicaciones; bajamos el perfil y bromeamos; sorbí un poco de bebida del vaso que tenía en la mano. Velásquez nos esperaba con una sonrisa en los labios; Carrasco le palmoteó la espalda. Bien, compañeros, quiero presentarles a un gran amigo a quien conocí hace algún tiempo en La Paz, Bolivia. Él es estudiante de cuarto año de medicina en la Universidad Autónoma de México y activa dentro del movimiento zapatista. Su nombre es Cuáuhctemoc Velásquez – aplaudimos; Carrasco le habló al oído invitándolo a dirigir unas palabras al grupo. Él accedió, luego de que Mónica le acercara un vaso con bebida y asintiera con un movimiento de cabeza por la cordialidad de la compañera.
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Pos, muchas gracias compañeros; nunca creí que de tan chavos sirvieran a la revolución en este país que me ha parecido muy padre – observó el vaso, pensando en lo que diría a continuación – los cuates de México, nuestros compañeros allá, están muy expectantes frente a los acontecimientos que sucederán en Chile y desean de todo corazón que la opción por la democracia pueda triunfar sobre la dictadura sangrienta y criminal del general Pinochet – tosió un poco, luego pidió perdón pues se encontraba mal de la garganta después de tantos viajes realizados – muchas gracias, carnales, por recibirme con cariño. Viva la revolución.

Aplaudimos y luego le estrechamos nuestras manos en señal de afecto. Gianina lo invitó a sentarse y el resto acercó las sillas para entablar conversación; Francisco bajó el volumen del equipo y a la usanza de los maestros de ceremonias pidió a cada uno que dijera su nombre y algunos datos sobre su persona para que Velásquez nos conociera un poco más. A decir verdad, el mexicano había tenido cierto contacto con el comandante Colque hacía dos años atrás en un encuentro de juventudes marxistas realizado en la capital boliviana. Fueron
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compañeros de cuarto en una escuela rural, sitio en el que se celebró el ampliado que reunió a cuarenta representantes de siete países de Sudamérica. Una vez realizado el encuentro, el comandante invitó a Cuáuhctemoc a visitar su ciudad natal, lugar en que estuvo cerca de una semana. Los meses que siguieron mantuvieron contacto epistolar; en este vínculo Carrasco le contó sus intenciones de crear un movimiento sobre las bases de una revolución que luchara por la conformación de gobiernos indígenas en nuestro continente. En esos términos el azteca dudó de la viabilidad de la utopía trazada por su amigo, quien para responder a su desconfianza argumentó: De aquí a cincuenta años más podremos lograrlo, la idea es que nuestra generación asuma el rol que debe asumir, siente las bases y se adoctrine para alcanzar la meta – expuso Carrasco en una de sus extensas cartas llenas de ímpetu y sueños. El comandante Colque para esos años activaba dentro del partido Comunista lugar en el que se lo estimaba bastante por su entrega y compromiso, pero a la hora de atender a sus ideas no sentía reciprocidad de parte de los dirigentes, pues éstos señalaban estaba muy joven para dárselas de ideólogo y sus ideas iban mucho más allá de la lucha contra una dictadura y recuperar la democracia en el país. Ahí conoció a Gianina, Francisco, Mónica, Daniel y el resto de los muchachos que fundaran el movimiento. Cada uno de ellos llevaba a cabo un sistemático trabajo de difusión en los lugares donde estudiaba el cual ya estaba dando frutos sorprendentes: en la primera reunión abierta realizada en una sede social de la población Once de septiembre habían asistido cerca de cuarenta jóvenes de distintos puntos de la ciudad; el ampliado que siguió convocó a sesenticinco. La próxima actividad oficial del movimiento sería el siguiente día, ocasión en la cual nos adscribiríamos a una marcha que los partidos de izquierda celebrarían en apoyo a la opción NO en el plebiscito a realizarse a comienzos de octubre. En horas de la tarde Gianina, Kitim – estudiante de la Escuela
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Artística y muralista oficial del grupo- Mónica, Daniel y Jean Pierre – alumno del colegio San Marcos, hijo de franceses avecindados en Arica- prepararon material impreso y pancartas para llevarlas al mitin. Francisco y el comandante redactaron un comunicado que explicaba los lineamientos e ideas fundamentales que sustentaban la lucha de INTI, su carácter revolucionario y la invitación a adherir a los ideales del movimiento. El contenido del documento era el siguiente: “A los ciudadanos de Chile, América y el mundo: Como movimiento revolucionario creemos que el país que poseemos por circunstancia está viviendo un momento trascendental en su historia, por lo cual apoyamos la unión de los partidos de la izquierda en favor de la democracia y la pronta expulsión del poder del tirano dictador Augusto Pinochet Ugarte, quien durante diecisiete años ha gobernado el país sobre la base del terror y la opresión. Apoyamos el retorno a la democracia como ambiente más propicio para la concreción de los objetivos que nos mueven. Creemos que el concepto de nacionalidad surge de un grupo de individuos extranjeros a nuestras tierras que, movidos por sus afanes de conseguir riquezas y fama, se rebelaron contra la corona española con el fin de no tributar sus ganancias en el continente y de este modo ganar dinero a manos llenas. Los miembros de este grupo usurparon territorios, mataron indígenas, esclavizaron a los pueblos nativos y los relegaron a rincones, quedándose ellos con la tierra que no era de su propiedad. El cuento de la independencia no refleja más que el gran negocio de los inmigrantes extranjeros que de este modo dejarían de ser vasallos de una corona para transformarse ahora en reyes y señores de lo que les perteneció a nuestros ancestros. Los próceres a quienes se nos enseña venerar, la bandera nacional, el escudo, el himno y las fechas que conmemoramos no son sino sólo imposiciones románticas de esta cáfila de mercenarios que históricamente han llevado a
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las nuevas naciones a la guerra, usando a los indígenas y al proletariado como carne de cañón para perpetuar y acrecentar su poder. Creemos, además, que mientras no se resuelva este conflicto de poder que atávicamente cargamos en Sudamérica, seguirán existiendo los abusos entre el empresariado y la clase obrera. Por último llamamos a las agrupaciones indígenas y movimientos revolucionarios a una gran movilización de preparación, adoctrinamiento, difusión y organización que tienda a remover las estructuras de poder en la América Latina que sólo han generado dramáticas desigualdades sociales, marginación y pobreza y luchar por la autogestión de cada uno de los pueblos originarios sobre la base de la igualdad y la justicia social.” Luego de que Velásquez tomara el taxi con dirección al hostal donde alojaba, pues debía partir la mañana siguiente a México, seguimos en la celebración sirviéndonos la torta que mamá de Gianina preparara. Daniel ubicó un casette de Soda y algunos comenzaron a bailar. Carrasco había ido al baño y yo lo esperaba para preguntarle qué era lo que debía decirme. La anfitriona a esas alturas fue a buscar una escoba a la cocina y una corbata de su padre al dormitorio; la piñata con el rostro del dictador esperaba colgada en un larguero del techo. Tabo salió luego de cinco minutos y nos encontramos en el pasillo; me pasó las manos húmedas por la cara. Disculpa, todavía no aprendo a mear –dijo riendo. Me sequé con un extremo de mi polera. ¿Qué me ibas a decir cuando llegaste? - tenía la duda; ese tipo de frases premonitorias me mantienen a la expectativa. Ah; le mostré el panfleto de nuestra declaración al secretario regional ayer en la mañana. ¿Y? – pregunté con cierta indiferencia.
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Me mandó a freír monos – me dijo serio. Lizardo Rodríguez, secretario regional del partido siempre mostró cierta animadversión al liderazgo de Carrasco. Todos coincidíamos en señalar que la razón de esta antipatía era su envidia puesto que el comandante era un tipo inteligente, lúcido, locuaz y era capaz de mover masas con su carisma.

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¿Tanto? – pregunté con preocupación. El asunto era de cuidado. Sí, me dijo que cómo era capaz de haber escrito semejante documento, que iba contra las bases mismas de la institucionalidad del país y todas esas payasadas que está acostumbrado a decir – Gianina pasó a nuestro lado con una corbata oscura; me sonrió y le cerró un ojo de modo coqueto a Carrasco.

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¿Y tú qué le dijiste? Nada; nada más le respondí que la nacionalidad a nuestro modo de ver era una cuestión abstracta, un invento del poder para lograr cohesión y una creación del ser humano para procurarse una muralla más de incomunicación; si lográbamos destruir el concepto de nacionalidad podíamos cimentar la unión entre los pueblos; así de simple, directo al hueso – sonrió, pero percibí cierto dejo de tristeza en sus ojos.

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Chucha, qué buena y ¿qué más te dijo él? No nos autorizó para lanzar el panfleto en medio de la marcha. Dijo: “Lo que importa por ahora es que Chile obtenga su democracia. El resto de reivindicaciones se verán después, en el camino” – Gianina llamaba con sus gritos a los presentes, mientras vendaba los ojos de Francisco con la vieja corbata de su padre. Venía el rito de derribar la piñata.

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Puta, qué mala, ¿cómo lo haremos? – pregunté preocupado.

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No sé, ahora tendremos que ver eso. ¿Sabes? Me da rabia la actitud de Rodríguez, piensa que con la democracia las cosas van a cambiar de buenas a primeras.

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¿Y no es así? – pregunté con extrañeza. Tito, analiza las democracias en Latinoamérica: están estructuradas para que los pobres sean más pobres y los ricos sean más ricos. Te aseguro que si gana el NO habrá participación ciudadana, se acabará el terror pero seguirán las mismas calamidades de siempre: no habrá salud para todos, la justicia será muy ajena a la gente y sólo los que tienen dinero podrán acceder a una buena educación. La idea es remover las estructuras; nuestra lucha indigenista empezará esa revolución- me tocó el hombro. Sentí que sus palabras tenían peso, me identificabancuestión, pero es mucho mejor noticia. Vamos al living, después te cuento otra

Nos reunimos alrededor de Francisco que se encontraba con la vista vendada, sosteniendo un escobillón de cabellera frondosa. Mónica puso el tema “Y va a caer” de Sol y Lluvia y todos fuimos silbando y aplaudiendo de acuerdo al ritmo contagiante de sus sones. Francisco reía, apenas podía sostenerse en pie sin desequilibrarse al dar de escobazos al aire, buscando el rostro del dictador hecho piñata. El resto gritaba dale duro, hazlo tira, venga a los compañeros, doblándose de tanta carcajada junta. Los padres de Gianina celebraban aplaudiendo, contentos por la alegría juvenil allí contemplada. Segundos

después Franco asestó un golpe mortal al elemento de cartón con lo cual recuperó el sentido de orientación. Abrió sus piernas para equilibrarse bien y en tres golpes rasgó el rostro de cuyo interior salieron caramelos, panfletos, chocolates, chupetes y golosinas diversas. Mientras caminábamos por la avenida Tucapel a casa – el Negro se quedaría en mi cuarto esa noche – sentí la duda de preguntarle cuál era la noticia que hacía horas me estaba

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ocultando. La noche estaba tibia, los automóviles pasaban rápido por nuestro lado emitiendo su ruido de insectos por el ambiente. Estoy andando con una mina – Carrasco me miró y rió maliciosamente- Es muy rica – Yo también reí. ¿Cómo se llama? - pregunté. Llegábamos a la rotonda Tucapel. Un auto oscuro

estacionó cien metros más allá de nosotros. Savka, hace teatro. Va en segundo medio en el Colegio Alemán – cruzamos la calle. Distinguimos que el chofer del auto prendía un cigarrillo - ¿Es idea mía o es el mismo auto que estaba frente a la casa de Gianina? Parece que es el mismo – me asusté. Le sugerí al Negro que cambiáramos de ruta y nos fuésemos por Libertad. Nos metimos a unos pasajes oscuros que desembocaban a dicha avenida – Parece que nos están cachando, compadre. No te preocupes, es así. Quieren asustar un poco, luego se cansan y se van – respondió Carrasco; seguimos conversando del tema sentimental. Por ese nombre y el colegio me da la impresión de que es burguesa – se me pasó decirle por la mente que me había encontrado con Ivonne en el centro, pero luego me disuadí; era un tema sensible para ambos. Sí, un poco. Su papá tiene una envasadora de tomates en Azapa; su vieja es Psicóloga, pero bien, ambos tienen pensamientos de izquierda, vivieron un tiempo en Europa, sus mentes son un poco más abiertas. La noticia ciertamente me alegró. El Negro debía tener una compañera que lo respaldara y estuviera con él en las luchas que demandaba la revolución. Sin embargo luego pensé en mi amiga Gianina que cada día profesaba un amor más férreo hacia él; ya había dado luces de

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eso en nuestras conversaciones y, hasta donde sabía, Carrasco estaba enterado de primera fuente. Negro, tú sabes que somos amigos desde hace tiempo y es ineludible que te haga esta pregunta: ¿Tú sabes que la Gianina anda detrás de ti? – tendimos a parar nuestra caminata, pero nada más bajamos el ritmo de nuestros pasos. Me miró y titubeó un poco. Más o menos – dirigió sus ojos hacia el suelo. Le incomodaba la pregunta. Te lo digo porque... no sé... Ella pertenece al movimiento, es bonita, te quiere – se tomó un tiempo para pensar. Un par de perros nos ladraron desde el patio de una casa. Carrasco dio un salto de susto. Ambos reímos. Luego contestó. Me pasa algo raro con la Giani. Cuando la conocí en una protesta me atrajo mucho y luego en el partido ese sentir se acrecentó. Es bella, bonita de cara, delgada, todo bien. Pero de pronto la fui conociendo y creo que eso fue matando mis sentimientos de a poco hacia ella. ¿Qué detalle suyo te molesta? Como buena mujer tiende a manipular, más aún si es una líder innata – pateó un tarro de conservas que descansaba en la vereda- En realidad a esta altura lo menos que quiero es que me controlen. La idea es que nadie domine a nadie, que los dos construyan una relación bonita y punto. ¿La Giani sabe que tú andas con la mina? – llegábamos a avenida Joaquín Aracena; el cerro Chuño se observaba como una suave y ciclópea mancha en el oriente- El Negro dio un soplo de desazón, incertidumbre. Chuta compadre. Qué difícil – se detuvo, me puse frente a él. Se metió las manos al bolsillo, seguimos conversando bajo la luz amarillenta de un poste.
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No les has dicho. No, claro que no, es más, le he mentido. Entonces sientes algo por ella. No Tito, no es eso – llevó su diestra a mi hombro, puso su mirada sobre la mía, aproblemado- La Gianina es la segunda del movimiento, quien la lleva cuando yo no estoy. Es super movida, jugada. Si le llego a decir la comadre se va a bajonear, hasta puede que dejemos de ser amigos.

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¿Tanto así? – pregunté perplejo. Amigo, la mina hasta ha llorado diciéndome que me ama y que quiere estar conmigo – los ojos del Negro se humedecieron. No le daba lo mismo jugar con los sentimientos de Gianina- Yo le he dicho que esperemos un tiempo, que es posible que seamos pareja, que por ahora lo urgente es consolidar al movimiento. Con eso la he calmado un poco.

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Pero tarde o temprano va a cachar – me rasqué la cabeza y miré al suelo. Las calles estaban vacías salvo por un recolector que cruzaba por Aracena en dirección a Tucapel pedaleando un triciclo repleto de papeles y cartones; levantó la caja de vino que llevaba en una de sus manos y nos saludó. Respondimos a dúo ayudados de nuestro puño izquierdo. Seguimos conversando; luego Carrasco, en un segundo percibió un movimiento en el espacio y gritó.

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¡Tito, bota los panfletos! – Me puse nervioso en tanto sentía a mis espaldas el ruido de una camioneta acercarse con velocidad. Tomé los papeles agrupados en un fajo y los tiré detrás de un kiosco. Segundos después apareció una patrulla de carabineros con la baliza funcionando. Dos policías bajaron corriendo de su interior mostrando en sus diestras sendas lumas.

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¡Buenas noches. Manos en la nuca, piernas abiertas contra la pared! – Empujaron nuestros cuerpos hacia la muralla cercana. Otro carabinero extrajo de nuestros pantalones las billeteras tratando de indagar nuestra identidad.

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¿De dónde vienen? – Preguntó el carabinero macizo. De un cumpleaños, mi cabo – respondió el Negro. Mientras uno revisaba papel por papel el contenido de las billeteras, otro pasaba revista a los bolsillos y el cuerpo con las dos manos. Éste último pateó una de las piernas de Carrasco con el fin de que las abriera un poco más. El Negro gimió del dolor. Luego se apartaron de nosotros y se dirigieron a la patrulla, Carrasco me miró y me cerró el ojo, como diciéndome que no me preocupara. La noche era tan silenciosa que pudimos escuchar lo que conversaban los dos uniformados.

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No hay nada sospechoso aquí; hay que decirle a esos hijos de puta que cuando soplen lo hagan bien – el cabo cerró las dos billeteras.

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Estos pendejos andan enfiestados, no vienen ni cagando de una reunión política. Dejémoslos ir no más – golpeó con la luma su palma varias veces. Nos entregaron los documentos y subieron al móvil. Uno de ellos gritó.

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¡Pero váyanse altiro pa la casa, hueones; no los queremos ver acá hueveando porque a la próxima los llevamos detenidos! – luego el vehículo prendió motores – ruido de fierros, luces rojas en alto- y se perdió entre las calles polvorientas de la población.

Apretaba con mi mano transpirada el papel con el rostro del dictador sonriente. Encima de él Ivonne había escrito su nombre y dirección; comprobaba que no se me perdiera entre los boletos y envoltorios de caramelo que guardaba en el bolsillo de mi pantalón escolar. La calle Patricio Lynch parecía despejada al internarme por ella desde Chacabuco. En el
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parque Carlos Ibáñez, frente al liceo, había hecho hora leyendo un par de revistas “La Bicicleta” que amigos de Gianina habían mandado al movimiento desde Santiago. Esperé tirado en el pasto, hasta que fueron las cuatro, hora que consideraba propicia para ir a ver a mi amiga de infancia; antes hubiera sido auto invitarme a almorzar actitud que no estaba acostumbrado a asumir. Había traído de la casa dos sándwichs de mortadela los cuales guardé en mi bolso bien envueltos en una bolsa pues no quería pasar la plancha de Manolito –un compañero de curso – quien siempre que traía pan con cecina dejaba la sala pasada a embutido. Allí en el parque me los almorcé y convidé a Franco y a su polola quienes se quedaron conversando conmigo sobre una jornada que tendría el movimiento días antes del plebiscito. En la calle Lynch frecuentaba comprar ropa americana pues muchas tiendas de este rubro se instalaban ahí. Algunos comerciantes peruanos también visitaban el sector y salían de éste con fardos cargados de mercadería para cruzarlos por la frontera, hasta que el gobierno peruano prohibió la importación de ropa usada, por lo que en más de alguna visita a Tacna los ayudé colocándome tres o cuatro prendas encima de las mías. Luego de cruzar Santa Rosa me las sacaba y entregaba. Los comerciantes me agradecían sonriendo. A veces me daba vergüenza pasar delante de esos locales y que los dependientes me reconocieran como cliente asiduo; el llevar ropa usada en el cuerpo también ayudó a armar mi personalidad acomplejada y taciturna. Mientras subía por esa calle que termina en los faldeos del morro, en la entrada oriente de la cárcel de Arica, pensaba en los días vividos junto a Ivonne. Yo no había cambiado mucho desde ese entonces, salvo, por la actitud que ahora asumía respecto de mis orígenes raciales. Luego de decir adiós a este complejo, asumió otro mucho más insufrible: el de la pobreza. Sin embargo, luego de leer sobre los ideales políticos de Carrasco, el material que
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otros grupos subversivos nos habían provisto y después de conversar con muchos compañeros, llegaba a la conclusión que la pobreza forjaba de un modo distinto las personalidades de los individuos; desembocaba en la particular deducción que el haber nacido en una cuna de oro, propugnando el mensaje revolucionario que asumía como un baluarte en mi vida, hubiera sido nefasto. Al momento de hablar de pobreza, pesa más la palabra del pobre que ha llegado alto que la de aquel burgués que siempre habla de ella sin haber conocido el hambre, ni la discriminación o el frío. La casa, ubicada en la antigua calle San Marcos, era una vetusta construcción de adobe, cuyo frontis repleto de trizaduras comenzaba a descascararse por la acción de los años y los temblores que arreciaban de cuando en cuando la ciudad. Arrendaban allí piezas una docena de familias de mal vivir que entraban y salían por el oscuro pasillo ostentando miserables ropas y un aspecto deplorable. Saqué el papel con la dirección; pensé haberme equivocado. Sí joven, este es el 346 – me respondió una señora delgada y baja que apenas mostraba un par de pelos en la cabeza y cuando hablaba dejaba ver tres o cuatro dientes agarrándose de sus encías. Busco a la señorita Ivonne Herrera – dije con timidez. La señora rió y pude observar con mayor calma su caricatura de sonrisa. Ah, ¿es una niña blanquita, pelo medio rubio y bonita? – siguió riendo y esta vez tapó su boca, avergonzada. Sí, señora, ella misma – sonreí. Dio media vuelta y se internó por el lúgubre pasadizo. Me quedé observando los autos que bajaban hacia el centro, parte de la costa que se veía refulgir en el ángulo en que la calle se perdía por el desnivel. Guardé el papel en

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mi bolsillo; del pasillo salieron dos chicos de cerca de diez años comiendo aceitunas y lanzándose las pepas entre ellos, como si sus bocas fuesen metralletas. Rato después salió la señora bajita con una bolsa de saco plástico y un monedero en su mano. Me miró y advirtió que ya había avisado y que pronto vendrían a atenderme. Traté de relacionar la imagen de prosperidad que recordaba de Ivonne con la pobreza que podía observar en el lugar en ese momento. Alguna calamidad debió haber pasado para que ella estuviera viviendo acá, hacinada y sin comodidades. En eso pensaba cuando sentí sus pasos venir hacia fuera y apareció con un rostro de alegría y un dejo de vergüenza. Nos abrazamos, luego expresó, seguro que esperando que mi respuesta fuese negativa ¿Quieres pasar? – entendí que lo decía por cortesía más que por deseo. Su mirada triste observó el suelo; sonrió y luego me miró a los ojos. Bueno.

Después de pasar por el pasillo tenebroso en los que escuchamos gritos, transmisiones radiales de fútbol, valses peruanos, cruzamos un patio descubierto en el cual se erguían tres maderos sosteniendo alambres que dejaban colgar en su delgadez sábanas y ropas diversas. En un extremo del espacio una señora restregaba con escobilla en una batea y su hija pequeña yacía sentada en la bacinica jugando con una muñeca decapitada. Ven, por acá – me dijo Ivonne. La seguí hasta una habitación construida en madera antigua. Abrió la enorme puerta cuyas bisagras emitían un ruido tétrico- Pasa. Gracias.

Dos camas, un comedor, un clóset antiguo y algunos adornos que recordé haber visto en la antigua casa de Ivonne conformaban la habitación. Apenas sí entraba la luz por una ventana cercana al cielo que poseía vidrios cubiertos de tierra y algunas marcas de pedradas. En la pared, donde los haces de luz llegaban con mayor fulgor, su madre ubicó una figura de la
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virgen de La Tirana que con su mirada prendida en el cielo proyectado en parte por aquel tragaluz, parecía rogarle a Dios le sacara de ese lúgubre cuarto. Adentro olía a comida y encierro. ¿Tu mamá no está? - inventé una pregunta; estaba tan impactado por todo ese paisaje desolador que quise romper el silencio que podía delatar mi tristeza y perplejidad. No, está trabajando, pero llegará como en media hora más.

En un segundo pensé que lo que estaba viviendo era una especie de mal sueño. Uno tiende a delirar por las noches y es el único espacio donde las incoherencias se presentan en un contexto que parece verídico. Esta vez esto me parecía incomprensible, no supe qué había pasado, cómo la familia de Ivonne que tenía tan buena situación económica había caído en la miseria absoluta. Miré a mi amiga a los ojos, me correspondió y luego comenzó a sollozar. Amiga, no te preocupes, todo va a estar mejor – la abracé y besé en el cuello. Volví a sentir el aroma de su cuerpo, el cosquilleo de sus cabellos en mis mejillas. Alberto, tú no sabes las cosas que han pasado, todo esto es una pesadilla – sequé sus lágrimas con mi mano y la besé en la frente. Luego me invitó a sentarme a la orilla de cama para que conversáramos. En el breve trayecto tropecé con una muñeca botada en el piso. Me contó que luego de la bonanza económica que experimentaron a comienzos de década, hacía tres años que a su padre lo habían despedido del trabajo pues la industria pesquera empezó a decaer en forma abrupta; ya no había grandes cantidades de peces, los capitales fueron a dar a otros rubros. Miles de personas quedaron cesantes en la ciudad; algunos instalaron puestos en las ferias céntricas, otros compraron colectivos para trabajarlos. El padre de Ivonne, como muchos otros, partió a la ciudad de Antofagasta a trabajar en una
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empresa minera a comienzos del año ochenticinco. Ganaba bien, estaba veinte días en la faena y diez en la casa con sus familiares, hasta que un día, su madre recibió una llamada telefónica del jefe de recursos humanos de la compañía. Debía viajar urgente a Antofagasta pues su esposo había sufrido un accidente mientras trabajaba. Ambas se trasladaron en bus hasta dicha ciudad; fueron diez horas de angustia. El señor de la empresa no les había explicado la magnitud del imprevisto; la madre de Ivonne pensó que se trataba de una caída, un rasmillón o luxación pero no de lo que comprobó con sus ojos, asistida por el médico que la abrazaba para que no cayera en un estado de histeria. Su marido sufrió una fuerte descarga eléctrica mientras manipulaba una máquina industrial. Está con peligro de muerte, tiene muy pocas posibilidades de subsistir y, de hacerlo, va a quedar con secuelas irreparables, esto es, con un estado de demencia avanzado – la madre de Ivonne lloró en el hombro del médico tratante, en tanto Ivonne observaba por la ventana a su padre hinchado, con la piel de color violeta, conectado a un respirador artificial, acompañado con enfermeras que controlaban su pulso de cuando en cuando. La madre de Ivonne encomendó su fe a la virgen de la Tirana; viajó a esa localidad, hizo mandas para que su esposo pudiera recuperarse; gastó mucho dinero en oraciones, ofrendas y cuanta cosa. Arrendó un cuarto en la ciudad para estar cerca de su esposo en tanto sus hijos mayores terminaban su educación media en Arica; ellos tenían a cargo la casa y solventarían los gastos de su subsistencia con el dinero que les mandaba la señora. Sin embargo, mientras la madre de Ivonne se llevaba entre la iglesia y el hospital, preocupada del estado de su esposo, sus hijos se hundieron con extremada pasión en las garras de la cocaína. Vendieron todo lo que encontraron en la casa para adquirir la droga – muebles,

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electrodomésticos, adornos – y cuando éstos acabaron prosiguieron con estructurales de la casa: rejas, puertas, tina, pizarreños, cañerías.

elementos

Al salir del estado crítico, el padre de Ivonne fue a vivir con su esposa e hija a una casa arrendada por la compañía en una población de Antofagasta. Sin embargo aquellos días de convivencia fueron horribles, espantosos; la personalidad de su padre había mutado drásticamente y el caballero se comportaba violentamente a cualquier mínima alusión de ambas. Fue por esta razón que el doctor decidió internarlo en el hospital psiquiátrico en el que se encontraba viviendo hace cerca de un año. En ese lugar se encuentran todas muchas de las víctimas de ese tipo de accidentes en las minas – me dijo con tristeza- Sus familias los abandonan, viven solos, conversando con las puertas, mirando hacia la costa como esperando que alguien los venga a buscar. La historia era conmovedora, no pude evitar dejar caer lágrimas; apreté la mandíbula para no llorar. Le expliqué lo que me había acontecido a mí luego de que habíamos terminado la relación. No me importa lo que sucedió, le dije, aún éramos chicos, lo que importa es que fuimos buenos amigos desde primero; ese recuerdo es el que predomina en mi alma con respecto a ti. Aquel era el tema de nuestra conversación cuando sentí abrirse la puerta lentamente. Miré esperando ver entrar a alguien que no apareció aunque aquélla seguía abriéndose, dejando entrar la luz amarillenta del atardecer. Una cómoda se ubicaba a un costado del umbral. Seguro que la persona que iba entrando no era más alta que ésta. Pronto apareció una niñita de dos años con dos moños a los costados de su cabeza, sorbiendo una mamadera. Su rostro rosado, sus ojos claros, matizaban con su vestidito de puntos rojos que se abolsaba en la altura del pañal. Caminó dos pasos y se quedó estática viéndonos, en tanto sorbía con placer su leche tibia. La imagen me conmovió y me mantuvo perplejo por un par

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de segundos. Observé a Ivonne, me miró, rió y abrió sus brazos a la criatura que acudió corriendo a su encuentro. Tragué saliva. Es mi hija – dijo y la besaba en las mejillas mientras la niña aún seguía mirándome con curiosidad inocente. Mi ser aún no podía salir del asombro. El reencontrarme con Ivonne aquella noche en la avenida veintiuno de mayo ciertamente había despertado el sentimiento profundo que aguardaba durante años en las laderas de mi corazón solitario. Y aunque en discurso yo le profesaba amistad, en el fondo me daba cuenta que la amaba como siempre la había amado y mi corazón no podía estar lejos de su recuerdo. Ni siquiera me cuestionaba que ella tuviera una posición política tan distinta a la mía – era pinochetista- o que luego de la prosperidad viviera en la absoluta miseria; sin embargo el hecho de saber que tenía una hija frenó mi candidez conquistadora. Era posible que tuviera una pareja, hasta que fuese casada y eso echaba por tierra cualquier posibilidad de iniciar una nueva relación. Minutos después apareció un tipo de unos veinte años con una mochila Disney en su mano. Se detuvo en el umbral y se sorprendió al ver a Ivonne con compañía. Ap, disculpa, te traje las cosas de la Cami – entró, me extendió su mano y besó a Ivonne en la mejilla– ahora voy a comprar, vuelvo enseguida. De la esperanza de ver a mi amada, a la perplejidad del saber que tenía una hija y detrás, seguro un compromiso de por medio, desemboqué a la desazón: Ivonne no estaba sola, tenía una pareja a su lado – el padre de su hija – y el destino una vez más se encargaba de separarnos. Era un karma que había que asumir sin cuestionamientos. Me levanté, no sé que pasó por mi mente y sollocé por un par de segundos. Me di vueltas para que Ivonne no viera, pero ella percibió mi acción, dejó a la chica sentada en la cama y fue a abrazarme. ¿Alberto, qué te pasa? – dijo mientras me abrazaba
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Ivonne, nada – respondí, pero me encontré en el límite en que uno se reprime y en un segundo se echa al bolsillo el qué dirán y se lanza a las aguas de la sinceridad. Lloré como si fuese un impúber.

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Sucede que siempre te he amado, perdóname, es que no te puedo sacar de adentro – hice una pausa. La saliva tapó mi garganta, tosí un poco- Me ilusioné tanto al verte esa noche, pero me doy cuenta que lo nuestro no puede ser, que el maldito destino me separa de ti.

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¿Por qué dices eso? – acarició mi pelo como lo solía hacer cuando éramos enamorados. Tienes pareja, una hija, por eso – la miré y su rostro me pareció diluido producto de las lágrimas en mis ojos. Ivonne rió.

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Ja, ja, ja; ay, que eres bien tonto, Alberto – Me dio un beso en la mejilla; levantó mi rostro con su mano y despejó las lágrimas de mis ojos – si el chico que vino a dejar a mi hija es el Diego, mi primo – Hizo una pausa para clavar sus ojos en los míos - Celoso, si todavía no se te quita lo de niño chico...

Diego venía entrando por el pasillo y conversaba con alguien. Una muchacha entró a la habitación y detrás de ella el primo de Ivonne. Traían una bolsa con berlines. Diego, él es Alberto, amigo desde que íbamos en primero básico – el muchacho dejó la bolsa en la mesa y se acercó para saludarme afectuoso, reparó en que tenía los ojos irritados y había estado llorando. Pero no hizo comentario alguno. Ella es mi polola, Pierina – dijo él y me acerqué para darle un beso en la mejilla. Trajimos unas bombas para compartirlas, ¿quieren? – dijo Pierina. Asentí junto a Ivonne, luego ésta tomó a Camila en los brazos y fue a buscar un plato y un par de cuchillos.

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Pasé gran parte de la tarde riendo junto a ellos, contándoles de mis experiencias en política, explicándoles acerca del estado de salud de la abuela, hablando del encuentro dramático que había tenido con Gustavo Carrasco. Ivonne me preguntó mucho acerca de él y le puse al tanto de la hermosa persona que era y que nuestra amistad con el tiempo había ido consolidándose. Sin embargo no le conté que había peleado con él por el motivo de las cartas que escribió para ella y que yo hice pasar a mi nombre para entregárselas. Al igual que consideraba que hablar de Ivonne al Negro era un tema sensible, creía que hablar del tema de que Carrasco estuvo enamorado de ella era un tópico ciertamente difícil de conversar por las implicancias emocionales que ello conllevaba. Debía irme a la marcha, besé a Camila que ya dormía en un rincón de la cama, me despedí de Diego y su polola y caminé con Ivonne por el pasadizo que desembocaba en la calle. Ahí ella se quedó apoyada en el umbral de la puerta de entrada, yo me puse enfrente y estuvimos un par de minutos sin conversar, riéndonos y moviendo nuestras piernas, ociosos. Miré mi reloj y afirmé que era verdaderamente tarde. La abracé suavemente por la cintura y dirigí mis labios a los suyos, pero ella corrió la cara, dejándome con ganas. Sonrió comprensiva. Alberto, con más calma – me dijo. Oh, disculpa, soy un estúpido – argüí – Adiós, cuídate.

Caminé rápido con cierta vergüenza por la calle San Marcos en dirección a Yungay, sin pensar siquiera en voltear. Medité: el que Ivonne haya sido tierna conmigo, que haya sacado mis lágrimas con sus manos y que hablara de nuestra relación pasada no significa necesariamente que sienta algo por mí. Soy un verdadero imbécil. Llegué con ese sabor amargo en los labios a la casona que servía de sede al movimiento, sin embargo no se percibía vida alguna. Una hoja de cuaderno pegada en una cerca metálica lateral señalaba: “POR MOTIVOS CONOCIDOS NOS REUNIREMOS FRENTE AL
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FERROCARRIL ARICA – LA PAZ HOY A LAS 19:45 HRS. SE RUEGA PUNTUALIDAD” Restaban cinco minutos y bajé con paso rápido por Colón, doblé por veintiuno hasta cruzar por Prat. Desde lejos percibí una batahola, gritos con consignas de la lucha indigenista, pancartas, la voz de Gianina avivando los ánimos con un megáfono. No podía creer lo que estaba viendo, cerca de ochenta jóvenes en esa pequeña plazoleta, algunos subidos a la reliquia de ferrocarril, otros en las bases de las palmeras, el resto en las barandas que rodeaban a la pileta de agua. El Negro conversaba con Franco, ambos reían con entusiasmo. Hola Negro, disculpa, tenía un compromiso – expresé agitado. Sequé la transpiración de mi frente con un poco de papel higiénico que guardaba en mi bolsillo. Hola Tito – respondieron. Oye, ¿y esta gente? Esto es el producto del trabajo de difusión de la gente del movimiento en los liceos y colegios de Arica – dijo Tabo con humildad – Ellos son los que poseen los méritos. Son cerca de cien – dijo Franco – y con la película clara, cachan cuál es nuestra lucha y han adherido a ella. Grosso, compadre – me emocioné. Sentí que muchos de los que asistían en ese momento a aquel lugar se identificaban con los procesos que habíamos vividos con Carrasco desde pequeños; definitivamente no estábamos solos en medio del dolor. Gianina se acercó al lugar donde estábamos, me saludó con su efusividad acostumbrada, cuidando de no golpearme con el megáfono que tenía en una de sus manos y enseguida preguntó al Negro y a Franco si debíamos partir a encontrarnos con los demás grupos políticos al mitin. Franco consultó su reloj, miró a Carrasco y éste indicó que sí. Gianina se subió al borde de la pileta y solicitó el silencio de los presentes.
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¡Compañeros, atención, en este momento nos sumaremos a la marcha convocada por los partidos de izquierda a favor de la opción NO en el plebiscito, les ruego que seamos ordenados y cautos; subiremos a calle Prat y doblaremos a mano derecha en dirección a la Plaza Colón. Por favor, no se despeguen unos de otros, esto es para que los demás partidos sepan que nuestro movimiento está alcanzando mucha fuerza entre las juventudes de los liceos y colegios de nuestra ciudad. Viva la revolución, vivan los pueblos originarios!

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¡¡Viva!! – respondió la multitud.

Ya oscurecía sobre la ciudad y una helada brisa marina se sentía en la piel, amén del ruido del mar cercano al lugar de encuentro. La gente que transitaba se detuvo al ver pasar al grupo y contempló las pancartas escritas con mensajes en favor de la autonomía de los pueblos originarios, de la devolución de tierras a los indios del sur, del pronto retorno de una democracia justa y eficaz para todos. Una patrulla de carabineros pronto se acercó, dos carabineros bajaron y pidieron explicaciones a los participantes; el Negro salió de entre la multitud a explicarles que nos dirigíamos a una marcha autorizada por la gobernación en favor de la opción NO en el plebiscito. El carabinero le solicitó que procurara que nadie del grupo impidiera el paso de los vehículos que por ahí transitaba, de lo contrario tendríamos problemas. Minutos después se nos acercó una mujer de unos veintiún años junto a un tipo bajo, moreno de alrededor de veinte que cargaba una maquina fotográfica de zoom protuberante. Era extranjera; lo deduje por su extraño acento -aunque hablaba muy bien español- y su aspecto: ojos azules, tez blanca, delgada, pelo claro. Los jóvenes que caminaban hacia el encuentro quedaron boquiabiertos, algunos de ellos silbaron y otros gritaron piropos y frases por el estilo. Buscaba al comandante Colque.

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Disculpa, mi nombre es Alberto Vásquez, soy colaborador del comandante Colque – dije y le extendí mi mano.

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Buenas tardes mi nombre es Nadine Gallimard, soy periodista de la revista Temps; él es el fotógrafo que me acompaña, Mark Gómez – le di la mano y expresé mi agradecimiento por acompañarnos- Supe del comandante Colque en Perú; tendríamos que haber venido la próxima semana pero en vista de esta marcha a favor del NO pasamos la frontera para cubrirla y, bueno, queremos aprovechar el momento para entrevistar al líder de este movimiento llamado INTI.

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Cómo no, si me esperan voy a buscarlo y vuelvo enseguida – La mujer asintió con una sonrisa. Me abrí paso entre la multitud; poco a poco se fue sumando más gente; llegábamos a la

plaza y una multitud esperaba el inicio de la concentración con gritos y proclamas contra la dictadura. Cuando vi al comandante me recordé de lo que me había dicho respecto de los panfletos. A modo de recordárselo le pregunté qué decisión había tomado. Tito, esta vez cederemos. La idea es ser conciliadores; ya habrá tiempo para explicarle con mayor detenimiento al secretario regional acerca de nuestra lucha – el Tabo aferró una pancarta con un mensaje contra la dictadura. Ah, Tabo, no venía para eso, precisamente –seguimos caminando entre la gente- llegó la periodista francesa; está más atrás, te está esperando. Qué raro. ¿No iba a estar en Arica la próxima semana? –preguntó indiferente. Dice que aprovechó el día ya que quería cubrir la marcha – respondí. Caminé junto con él en busca de ella. Le comenté al oído – Negro, es la media mina. ¿En serio? – sonrió.

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Claro– reí. Nos dirigimos por Prat; caminamos tres pasos y de pronto, así como de improviso, se me ocurrió hacerle una pregunta– Negro y, ¿vino tu chica?

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Claro, mira, la de polera rosada y jeans bien azules – apuntó con el dedo. Estaba relativamente cerca de nosotros. Se percató que la mirábamos y el Negro le mandó un beso empujado por un soplo. Ambos rieron – después te la presento, pero no le digai a la Giani en todo caso, se puede sentir.

La muchacha era verdaderamente bella; me sorprendió que Carrasco, que no era un tipo apuesto, a quien yo conocía desde que éramos pequeños y que nunca presentó atractivo alguno al sexo opuesto, hoy, superando sus complejos, mostrando una superlativa confianza en sí mismo y habiendo desarrollado sus potencialidades, podía ser todo un conquistador y resultar atrayente a muchas chicas que lograba conocer. Oye hueón, ¿cómo cresta lo hacís? – pregunté con envidia y un poco de rabia. Para amar a otros debes amarte a ti mismo. Ahí empieza todo. Después... no sé, después tú tienes que ver cómo seducir- Me pegó una palmada en la cara. La periodista y su ayudante se acercaban a nosotros. Negro, ella es la mina – la contemplé de pies a cabeza. Era perfecta. Aún faltaban metros para que llegara y Carrasco saludó en la distancia. ¡Hola, bienvenidos a Chile! – sonrió y peinó con su mano el pelo largo que se asomaba en el rostro. Hola, soy Nadine Gallimard; él es mi asistente y fotógrafo, Mark Gómez – la mujer le miró a los ojos profundamente y le sonrió. Carrasco le miró con seguridad y trató de quemarla con la mirada – Tú eres... El comandante Colque, un placer.

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Carrasco conversó con Nadine unos segundos. La idea de ella era poder hacerle una entrevista lo más pronto posible pues debía entrevistarse en próximas horas con la mano derecha del compañero Abimael, quien estaría de visita en Tacna. El Negro le sugirió, si no le molestaba, desarrollar la entrevista ahí mismo, sentados en el pasto, en tanto se desarrollaba el acto político a favor de la democracia en el país. A la periodista le pareció genial la idea; seguro que le parecía una propuesta peculiar, extremadamente original y hasta trascendental: entrevistar a un líder indigenista, con un acto contra Pinochet como telón de fondo, bajo la luz de las estrellas y el sonido del Pacífico cercano. Carrasco la invitó a sentarse en el pasto ofreciéndole su chaleco con el fin de que su pantalón no se humedeciera, en tanto la tomaba de la mano para que no se desestabilizara. Nadine sonrió ante tantas atenciones. Verdad que eres todo un caballero – y sonrió coqueta. No es nada – arguyó el comandante.

Carrasco llamó a Francisco y a Daniel. Les dijo que le avisara a Gianina que le estarían entrevistando y que entre los tres pudieran encargarse de que los adherentes al movimiento participaran activa y pacíficamente en el mitin. Enseguida me tomó la mano y me invitó a que me quedase a su lado. Mark procedió a retratar a Carrasco ajustando el zoom de su cámara con énfasis y pasión. El comandante pidió ser retratado usando una pañoleta en el rostro para guardar anonimato. Sentados Carrasco, Gallimard, yo y Gómez luego de que éste hubo tomado dos docenas de fotos de distintos ángulos, la periodista procedió a desarrollar su entrevista para lo cual encendió su grabadora y la ubicó al medio del pequeño círculo formado. El contenido de ésta fue el siguiente. ¿Qué entiende el comandante Colque por movimiento revolucionario que hace particularmente distinta esta facción de otros brazos de la izquierda chilena?
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Como lo dice su nombre, movimiento viene a ser una facción no organizada ni constituida. Para nosotros movimiento implica la cristalización de una doctrina pero sobre una estructura no preconcebida, sino que natural y espontánea. Los movimientos son flexibles, actúan sobre la base de necesidades que se van presentando y no sobre una planificación. Esto no significa en absoluto que seamos una agrupación que improvisa sus objetivos. No. Tenemos claros esos objetivos de antemano y vamos en pos de ellos usando las metodologías que nos dictan las circunstancias y los contextos en los cuales nos desenvolvemos. Por su parte, lo revolucionario implica que nuestra agrupación busca un cambio estructural; cuando me hablas de revolución inmediatamente se me viene a la mente la figura de un dínamo: un elemento que da vueltas en forma enérgica. Queremos que la realidad dé una vuelta categórica, radical. de manera

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¿Cuáles son esos objetivos del movimiento? y, si es que no es la misma pregunta ¿en qué áreas debe dar una vuelta radical la sociedad chilena para que su revolución sea alcanzada?

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Antes quiero explicar la base de nuestra doctrina. Las nacionalidades no existen en sí mismas; éstas fueron creadas por los personajes que vinieron a conquistar sangrientamente Sudamérica. Necesitaban crear una especie de sentimiento de

pertenencia en los pueblos para que adhirieran a su proyecto y, de este modo, desarrollaran su negocio de modo fluido. Al proletariado se le enseñó que Chile, Perú, Argentina, Bolivia era su país, con bellas montañas, hermosos valles; allí habían nacido y por eso debían amar a su patria, quererla y defenderla. Pero, ¿quiénes son los dueños de esa patria? Es obvio que ellos no, ellos trabajan para lo que los dueños dicen que es su patria. Esos propietarios de América ganan a manos llenas a costa del trabajo de sus
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obreros. Lo triste y lo trágico es que aquéllos usurparon las tierras, principal bien, a los pueblos originarios de América, que ahora tienen posición semejante a la del proletariado y aún menor: en algunos países no se reconoce a los pueblos nativos, se los relega a un rincón y se los discrimina al momento de solicitar empleo, créditos o postular a un cargo público. Nuestro objetivo es el reconocimiento oficial de los pueblos indígenas por parte de los estados, la restitución de los bienes usurpados a ellos o, en su defecto, una indemnización histórica; propugnamos que los pueblos desarrollen sus ancestrales formas de organización políticas y religiosas y que los estados los reconozcan como entes representativos y autónomos. En cuanto a la segunda pregunta, que es bien amplia, queremos lograr una revolución primero en la mentalidad de los ciudadanos. Nosotros cuestionamos a los próceres y a los símbolos patrios de Chile y de cualquiera otra nación; deseamos fronteras abiertas. Queremos que la salud y la educación sean un derecho de todos para lo cual solicitamos que la ley del cobre sea reformulada y que el dinero que estaba destinado a las FFAA vaya destinado a los hospitales y universidades del país, pero no a su aparato burocrático, sino a las bases, a la gente misma sobre la base de postulaciones. Cuando tú hablas de reformas, diriges tu mirada al estado más que al gobierno, ¿es eso un equívoco de tu parte o lo dices deliberadamente? No, no es una equivocación. Los cambios que propugnamos son a la estructura misma del estado, independiente del gobierno que esté. En este sentido creemos que la dictadura es corrupción sobre la corrupción, pero, obviamente tenemos que atacar la cáscara para luego proceder sobre la pulpa. Es más fácil realizar nuestra revolución en democracia, porque entendemos que hay participación de todos los grupos políticos

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constituidos, que en dictadura en la cual se reprime cualquier intento de opinión divergente a la del oficialismo. ¿Qué opinión te merece a ti como líder del movimiento revolucionario INTI el uso de la violencia armada y el denominado terrorismo? ¿Lo aprueban como método de lucha? Es difícil pregunta. Desde luego que no de buenas a primeras. El terrorismo surge puesto que los grupos de poder si no son presionados, no dan su brazo a torcer. Es la propuesta caradura de los tiranos: detengan la movilización y conversamos; saben que los momentos de protesta crean cohesión y potencian un movimiento. Lamentablemente los grupos de poder no funcionan sobre la base de las conversaciones y, por esta razón, entonces la única forma de ejercer presión es precisamente el uso de la violencia y las protestas. No obstante la violencia a veces genera víctimas inocentes, sin embargo uno debe preguntarse si el que tiene la culpa de ello es el violentista o el que detenta el poderío económico. La acción revolucionaria siempre es reactiva, nunca proactiva. Otro aspecto del terrorismo es que acapara la atención de los medios. Si llegas con tu carpeta de fundamentos a un diario nunca te darán espacio, no sucederá nada, para qué decir de la televisión. Por ese lado aprobamos el terrorismo, obviamente teniendo en consideración los aspectos tratados anteriormente. Es cierto que las revoluciones se relacionan íntimamente con las utopías, sin embargo y, en honor a la verdad, ¿no crees que los objetivos de movimiento revolucionario que tú encabezas son muy altos y difícilmente alcanzables? Desde luego. Son difíciles de alcanzar puesto que implican un cambio de mentalidad de todo un país y, de acuerdo a nuestra meta, de todo un continente. Sin embargo hemos trazado un itinerario revolucionario que consta de etapas o fases. Esta generación tiene una meta: educar y adoctrinar, nada más que eso. Generalmente en la historia de las
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revoluciones se cae en el error de que las reformas deben hacerse de buenas a primeras. Por aprendizaje histórico eso es imposible, primero tienes que educar a las masas, al pueblo, enseguida preparar líderes y posteriormente atacar el poder. No pretendemos tomarnos el poder primero, eso lo considero, a título personal, ególatra y mesiánico. Tu respuesta me da a entender que este proceso no es a corto plazo. Desde luego; estamos hablando de un período de tres a cuatro décadas. Pero en tres o cuatro décadas el comandante Colque puede que esté más viejo o simplemente no exista. Claro. No sé si hablar de riesgo pero, históricamente los revolucionarios han muerto solos y usualmente no han visto las metas alcanzadas. Yo me hago esa idea: no alcanzaré a ver la revolución, pero nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos sí. Las grandes reformas no dependen de una persona, un líder carismático con vocación de kamikase, sino de un pueblo. Comandante, pero ¿cómo controlar que los procesos de una revolución se están cumpliendo sin caer en la indeterminación o en el riesgo de que todo se diluya en el tiempo? Nada más que con la preparación de líderes visionarios, redes de acción en todos los niveles de la sociedad. Debemos poseer una propia filosofía educativa y quienes están encargados de pensarla y redactarla son los indigenistas que tienen estudios en esta área. Necesitamos un arte propiamente indigenista, políticos con nuestro pensamiento, ecologistas, entre otros; ellos deben liderar con su palabra rectora esas áreas. Nuestra revolución es un proyecto y como tal, tiene objetivos, requiere de recursos financieros y humanos, tiempos que cumplir y constante evaluación. Si el liderazgo cumple con estas premisas la revolución se irá concretando de modo progresivo y eficaz.
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La institucionalidad requiere de estos grupos cierta formalidad para ejercer libremente con su acción dentro de la sociedad. ¿Es posible que este movimiento revolucionario luego se convierta en un partido político más con representación parlamentaria y, en el futuro presidente de la república, por ejemplo?

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Sí, pero no en primera instancia. Eso llegará cuando el itinerario así lo determine; creo que en los últimos estadios de éste.

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¿Guardan relación filial con algún otro movimiento revolucionario de América Latina? Sí. Mantenemos contacto epistolar y, hasta donde es posible personal con compañeros de movimientos estudiantiles con carácter indigenista en Bolivia, con los zapatistas en México, con agrupaciones peruanas de carácter revolucionario, entre otros. No coincidimos en absolutamente todos sus postulados y doctrinas, pero nos hermana el carácter revolucionario que mueve nuestra labor.

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Bueno, pasando a un plano más personal e íntimo, ¿quién es el comandante Colque? El comandante Colque no es más que un indio americano, preparado por la vida para llevar a cabo una revolución estructural en el lugar donde nació y, eventualmente en el continente.

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¿Nada más que eso? ¿No nos hablas de tu vida, quién eres, cuál es tu preparación? No, creo que eso no interesa. Lo que importa es que las ideas que nos mueven puedan prevalecer por sobre los protagonismos personales.

Nadine apagó la grabadora y retrocedió un poco de cinta para comprobar que la entrevista había sido grabada correctamente. Nos levantamos y la periodista intercambió algunas palabras con el comandante. Gómez me preguntó si conocía una taberna a la que pudiera invitar a Nadine; yo le di el dato de algunas que se ubicaban en la avenida veintiuno. Hizo algunos comentarios halagüeños sobre la ciudad; me habló que habían visitados las playas,
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el valle de Lluta y Azapa, observaron los geoglifos, conocieron Putre y el lago Chungará. Más atrás empezaban a sonar los primeros discursos de la concentración. Gómez se excusó y se despegó de mi lado para dirigirse al escenario y desde ese lugar hacer algunas tomas. Carrasco acompañó a la extranjera hasta el lugar en que se encontraba la multitud y siguió platicando con ella hasta que Gómez se le acercó luego de haber sacado sus fotos. Se despidió de ambos y corrió hacia donde estaba. Y, ¿qué novedades, Tabo? – pregunté con curiosidad. Nandine luego viaja a Nicaragua a entrevistarse con el líder de una facción sandinista– Carrasco se elevó en la punta de sus pies para contemplar al orador que exponía su discurso sobre el escenario, luego observó a la audiencia- ¿Me acompañas a echar un vistazo? Claro – le dije.

La multitud colmaba la plaza Colón y las calles aledañas; era una de las últimas concentraciones oficiales en favor del NO. Como nunca antes en la historia de la dictadura se otorgaban facilidades para expresar con vigilada libertad el repudio al régimen de muerte y hambre que imperaba por esos años. Familias enteras asistían, vistiendo poleras y gorros con los colores del arcoiris, a las reuniones multitudinarias que en un par de ocasiones desembocaron en protestas. Las banderas y pancartas cubrían la vista al firmamento, movidas por la brisa; en ellas los rostros de Salvador Allende y el Che predominaban en tonalidades claras y oscuras. Un aire nuevo de esperanza podía respirarse; la caída de la dictadura era un hecho inminente y, si bien es cierto existía la posibilidad de un fraude urdido por las fuerzas oficialistas, el curso que había tomado el proceso indicaba que si esto así ocurría el pueblo se movilizaría en las calles como nunca antes en la historia del país. Los ojos del mundo estaban puestos en el proceso que eventualmente podía derrotar al
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dictador de un modo pacífico y participativo, muy distinto al camino que pensaron los militantes izquierdistas del orbe. Mientras caminaba podía distinguir los rostros de las personas, sonrientes, sus miradas llenas de esperanza en los cambios que sucederían en el país. Durante diecisiete años vivieron engañados por un sistema que controlaba radio, prensa y escrita y televisión, ocultando la sangrienta represión a quienes disentían del régimen, condicionando la aplicación de la justicia que estaba a manos de los tribunales, violando sistemáticamente los derechos humanos, castrando la personalidad y el concepto de libertad de toda una generación. Se vislumbraba una pequeña luz en la oscuridad del túnel, una isla en medio del profundo océano, un rincón de remanso en medio de la tortuosa tempestad. Chile estaba a un paso de la ansiada democracia; el sueño de muchos que cayeron en el camino podría cumplirse de modo cabal. Un poco más allá, cruzando San Marcos, en la plaza del roto chileno, pudimos contemplar a los muchachos de nuestro movimiento sentados en el parque dirigiéndose a grupos de tres o cuatro personas; eran cerca de cinco círculos pequeños liderados por Daniel, Mónica, Gianina, Francisco, entre otros. Hablaban con convicción, con pasión en los objetivos que cambiarían el destino de nuestra sociedad. Me recordé de las visitas que realizábamos con Carrasco en las afueras de los colegios, en torno a una botella plástica en cuyo contenido se preparaba un desabrido jugo; breves reuniones que tenían por objetivo exponer nuestras ideas en torno a los cambios que propugnábamos en el país y que tenían un éxito de adhesión extraordinario. Los muchachos del movimiento poco a poco fueron sumando más adeptos a la causa, trabajando en la confección de lienzos, picando stencil en una antigua máquina de escribir, moviendo la manivela del mimeógrafo, cortando hojas de roneo a punta de regla, compartiendo el mensaje en los lugares donde estudiaban. Y así, casi de un modo mágico e inesperado, el movimiento empezaba a cobrar fuerza, a consolidarse pese a desenvolverse
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en los límites de la clandestinidad. Si observábamos el proceso con alegría y esperanza no era precisamente porque el hecho de crecer tan rápidamente nos otorgaba prestigio como movimiento emergente, sino porque irremediablemente nuestras mentes viajaban a nuestras infancias sufridas, etapa en la cual lidiábamos con las sombras de la pobreza y la discriminación racial. Entendíamos que nuestras historias estaban escritas para producir cambios en el entorno en el que habíamos nacido. Gustavo Carrasco, comandante de la causa revolucionaria, quien alguna vez en los albores de su vida había renegado de sus orígenes, ahora se transformaba en un hombre que aunaba los sentires, las vivencias y las esperanzas de un grupo importante de jóvenes que creíamos en una sociedad más justa y humana. Observé los ojos del Negro contemplando al igual que yo la multitud, el grupo de jóvenes revolucionarios que estaba a su cargo; sentía como mi corazón también lo hacía el peso del momento histórico por el cual estábamos atravesando. Estos momentos nunca se repetirían; el romance de las revoluciones es hermoso y apasionante, sin embargo no dura para toda la vida; era un momento tan bendito que prefería no pensar más allá de él; seguro enfrentaríamos problemas, experimentaríamos crisis profundas o quizás perderíamos todo de un momento a otro por nuestra inexperticia. El Negro pronto se puso a llorar; lo comprobé cuando se dirigió a un banco y se inclinó sobre sus muslos con las manos dispuestas en su cara. Tito, todo será tan difícil en el futuro. Los revolucionarios mueren solos, incomprendidos. Mira el caso de Jesucristo, o el del Che – despejó las gotas de su cara con sus dedos morenos. Me puse a su lado y lo abracé. No te pongas grave, Tabo. Nos queda una vida por delante y, si fracasamos, al menos habremos hecho el intento de conseguir una transformación en la sociedad – recosté mi cabeza sobre su hombro.
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Ese es mi problema: no pienso en el fracaso – tosió, sacó un trozo de papel higiénico y se secó el rostro – Ve tú cuántos empiezan con nosotros y cuántos son los que verdaderamente terminarán.

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Tabo, el futuro no te pertenece. Hay que vivir la vida intensamente como si el último día fuese hoy, disfrutar lo que se está viviendo. ¿No es todo hermoso? Que hayamos sufrido cuando pendejos, que las burlas hayan forjado tu carácter, que de acuerdo a eso empieces a escribir y tu pensamiento sea conocido por centenares de jóvenes que más encima adhieren a ellos. ¿No te parece motivo suficiente para estar contento? – Tabo se incorporó, me miró a los ojos con profundidad y afecto.

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Alberto, prométeme que si me pasa algo tú continuarás en la lucha tomando mi posición – dijo serio, como si supiese que su vida estaba en peligro.

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Negro, no te entiendo, ¿por qué dices eso? Eres joven, tienes toda una vida por delante y demasiadas cosas por entregar aún.

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Los organismos de seguridad nos tienen en la mira, saben de nuestros movimientos, seguro que tienen mis escritos y libros artesanales. Es cierto que estamos cerca de recuperar la democracia, pero no es menos cierto que aún estamos viviendo en los últimos días de una dictadura agónica, pero dictadura al fin y al cabo – el mitin continuaba con la presentación de un grupo folclórico de la ciudad. Alrededor de la manifestación deambulaba un grupo de hombres vestidos de ternos oscuros comunicándose entre sí por radios.

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Negro, ¿cómo lograste saberlo? - pregunté algo asombrado. Nuestro grupo tiene una comisión de contrainteligencia. Por favor no lo digas a nadie. Esto lo saben muy pocos activistas – Carrasco observó alrededor y bajó un poco el volumen de voz- Han estado espiando nuestra sede; estuvieron frente a casa de Gianina
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el día

en que celebramos el cumpleaños de Franco, nos persiguieron cuando

caminamos por avenida Tucapel y luego por Libertad. Ellos llamaron a la patrulla de carabineros para que nos detuvieran. ¿Tú tienes contacto con alguna persona de la UDI por el sí? Miré a los ojos de Carrasco y quedé estático frente a la declaración. Nada más había visto a Ivonne, que pertenecía a ese partido, en dos ocasiones: la noche que nos reencontramos después de años y esa misma tarde, cuando fui a visitarla a su modesta vivienda. Efectivamente mis pasos estaban siendo controlados de algún modo. Reconocí el hecho con cierta incomodidad; en esas circunstancias el ocultar a Carrasco que Ivonne de nuevo aparecía en mi vida, matizándola de colores, era una insensatez. Sí, Negro, tengo una amiga que es pinochetista. Te lo iba a decir, pero las cosas no se dieron – bajé la vista algo avergonzado. Nuevamente le miré a los ojos – Es Ivonne, nuestra compañera de básica. ¿Ivonne? – pensó un momento, arrugando la frente - ¿No es la niña que nos gustaba y por la que peleamos? Claro, ella – dije con simpleza, pensando que algún rencor del pasado podía surgir en nuestra relación – Hace un par de días la divisé en un stand del SI, me pareció cara conocida pero seguí caminando; ella fue detrás de mí, me llamó y nos pusimos a conversar. Hoy fui a su casa – miré el rostro de Carrasco, quise notar algún gesto que delatara su sentir respecto a nuestra antigua amiga. Ivonne – Tabo quedó suspendido por varios segundos en el recuerdo de su nombre. Sentí que aquél no le era indiferente y que con mi declaración abría un cofre cerrado por años en algún rincón de su corazón. Tragué saliva y bajé la vista; en mi mente maldije al destino. Cómo era posible que de nuevo mi amigo siguiera sintiendo algo por
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ella aun cuando habían pasado los años, ¿es que acaso no podía fijar sus ojos en otra y dejar libre mi opción de poder amarla? ¿Volveríamos a repetir la trágica historia que hirió nuestros corazones y nos distanció por años? ¿Te acuerdas? – traté de romper el silencio. Siempre me acordaré de ella – respondió clavando sus ojos en los míos. Apreté la mandíbula; su declaración fue categórica, a mi pesar- Pero no te preocupes – prosiguióyo quiero a mi mina. Además ni cagando andaría con una simpatizante de la dictadura – Un suspiro de alivio que salió de cada uno de mis poros prosiguió a sus palabras. Sonreí de felicidad. ¿De qué ríes? – preguntó curioso. De nada – respondí- Se acuerda mucho de ti, le conté que activábamos en la izquierda, obviamente no le di mayores detalles. Tiene una hijita. ¿Sí? Me alegro – Carrasco se levantó y me invitó a caminar hacia el lugar donde se encontraba su andante - ¿Está bien? En realidad no mucho – le expliqué la historia que me había narrado horas antes Ivonne. Nos abrimos paso entre la infinidad de cuerpos que colmaban el lugar- Ahora vive en una casona antigua en la calle San Marcos. Su madre arrienda una pieza ahí. ¿Es de la UDI por el sí? – preguntó mientras nos aproximábamos al grupo en que encontraba Savka. Claro, pero no tiene muchas convicciones. En realidad simpatiza algo con Pinocho, pero es promotora en el stand porque le dan algo de plata – respondí. La chica platicaba con dos muchachas de alrededor de diesiséis años. Eran muy bellas y de acuerdo a su forma de vestir deduje pertenecían a la burguesía. Carrasco saludó a Savka con un beso en la boca; me incomodé puesto que si Gianina estaba cerca y contemplaba
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esas demostraciones de afecto seguro haría un acto de celos en el lugar. Me acerqué a la chica y mientras Carrasco le hablaba de mí y del modo en que nos conocimos y reencontramos, la saludé y le di un beso en la mejilla. Enseguida repetí el rito con sus amigas. Platiqué tibiamente con las muchachas de temas livianos en tanto el Negro tomaba las manos de su andante y la abrazaba; ésta reía y lo miraba a los ojos, luego recostó la cabeza en su hombro. Este hueón es un suicida, pensé. Observé a mi alrededor, tratando de ubicar con mi vista a Giani con la idea de detenerla, distraerla, de modo de que no comprobara con sus ojos que el hombre a quien amaba estaba con otra mientras éste proseguía con sus demostraciones de romanticismo extremo. Fue tal el miedo que me despedí del grupo y de Carrasco haciéndole señas, indicándole que volvía enseguida y fui a buscar a Gianina para estar un rato con ella, cerciorándome de que no se fuera a pasear por el lugar. El acto continuaba con el discurso del presidente regional de la Central unitaria de trabajadores; algunos grupos de manifestantes se retiraban del lugar guardando pancartas y banderas por el paseo peatonal Bolognesi. Cruzando San Marcos me encontré con Jean Pierre y le pedí datos de Gianina. No sé, creo que se fue a meter al medio, ahí está la mayoría del movimiento – le expresé las gracias. Me dirigí hacia allá raudo, oteando mi entorno con la posibilidad de que ella estuviera cerca del trayecto que realizaba. Observé, de pronto, al grupo en el que se encontraba el Negro y para mi sorpresa éste, abrazado de Savka, conversaba con Gianina. Denotaba preocupación en el rostro y su chica, con cara de perplejidad, respondía enojada a las incitaciones de aquélla que se encontraba de espaldas a mí. Mi amiga movía sus manos, Carrasco parecía decirle cálmate y ésta prosiguió hasta que apuntó con el dedo al comandante y se dio media

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vuelta con el rostro enrojecido y una mueca de ira en los labios. Corrí a su encuentro; Gianina cruzaba la calle; con los ojos vidriosos comenzaba a llorar. Gianina – grité y le extendí mi brazo para aferrarla contra mí. ¡Déjame Alberto, por favor! – me lanzó un manotón; yo retrocedí y lo esquivé. ¿Qué pasó? Ese hijo de puta me engaña – apretó las manos furibunda y cambió de dirección, caminando hacia el puerto. Intenté ir detrás de ella - ¡Alberto, por favor no me sigas, quiero estar sola! –la agarré del brazo enérgico; silenció sus gritos y me miró sorprendida; seguro no esperaba que yo la tratara de ese modo. ¡Oye hueona qué quieres conseguir con todo esto; no eres una pendeja de diez años! – dije enfurecido poniendo mi rostro a centímetros del suyo. Arrugó su cara y lloró como si fuese una niña. Pasó así largo rato, recostaba en mi pecho, en medio de la plaza. La gente empezaba a hacer abandono del lugar en tanto los parlantes reproducían desde un toca casette el vals del NO interpretado por Flor Motuda. Desde lejos divisé a Carrasco que se acercaba; le hice señas; se despidió de mí al igual que Savka moviendo su mano. Se internaba en la multitud de adherentes al movimiento; caminarían por Bolognesi hasta el centro gritando contra la dictadura, en favor de la lucha indigenistas y la abolición del concepto de nacionalidad. Yo debía volver pronto a casa, sin embargo vi tan afectada a mi amiga que mientras seguía llorando la invité a caminar por la plaza Vicuña Mackenna, a un costado del morro, hasta llegar a la costanera, donde hacía muchos años había besado por primera vez a Ivonne. La noche estaba tibia y las luces de los postes que iluminaban la costanera y la Isla del Alacrán se reflejaban en las breves ondas del mar. Atrás quedaban los gritos, la multitud esperanzada, los carteles con mensajes contra Pinochet y su dictadura. El mar y su aliento
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helado nos recibieron pacientes, afables; sentimos que el espacio era sólo nuestro y nos invitaba a desnudar nuestro interior. El morro observando el océano vedaba de nuestras vistas la ciudad con sus rumores de autos y gentes. Gianina dejó de llorar y se sentó en la baranda observando el oscuro mar, el faro instalado en el islote, los veleros que se movían con dulzura en las orillas del lugar. Con la manga de su chaleco secaba sus lágrimas y limpiaba los humores de su nariz. La observé y luego de unos segundos, al percibir mi mirada, se volteó y nuestros ojos se encontraron. Perdóname, no quise gritarte –tomé su mano suave. Ella correspondió y entrelazamos nuestros dedos – Tú sabes que te quiero. Gracias a ti encontré el sentido a mi vida, asumí la lucha que llevo con pasión. No me gusta verte triste, tú lo sabes Giani. Disculpa. Soy super impulsiva. Me dio rabia ver al Negro con esa mina; es tan cuica, hasta a veces creo que es una momia disfrazada de izquierdista – sacó un pañuelo y se restregó las narices. Gianina, el Negro así como tú, como yo, como el Dany, el Jean Pierre o quien sea tiene derecho a querer a alguien por convicción propia. Tú no puedes meterte en su voluntad ni disponer de ella. Es que él es el que me da esperanzas; dice que lo nuestro podría ser algún día, que igual le gusto un poco, cosas así –Gianina botó al mar el papel que tenía en sus manos; éste flotó un par de segundos y luego se hundió en las profundidades. Amiga, él tiene miedo – cubrí su mano con las mías. Una brisa helada nos golpeó; el cabello de Gianina se movió dócil, como las algas sobre la superficie del océano – Piensa que si no te da ninguna esperanza tú te irás del movimiento y teme en lo profundo de su corazón que eso suceda – observó mis ojos; apretó sus mandíbulas,

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quiso introducir al llanto; entonces la abracé y acaricié su pelo, golpeé suavemente con mi mentón su cabeza- Giani tú eres muy valiosa para él, te admira tanto... Entonces, ¿por qué no me ama? – preguntó ofuscada. Comenzaba a sollozar. Ambos son demasiado parecidos. Tú y él son líderes natos, son capaces de convocar gente, de mover multitudes. ¿Conoces a Savka? ¿La mina que estaba con él en la concentración? –preguntó sin pasión. Claro. Ella es super piola, no mata ni a una mosca. Tranquila, quitada de bulla, complaciente; muy diferente al Negro – dejé de abrazarla y tomé con mis manos su rostro. La observé y se mostraba despeinada, con el maquillaje corrido y los labios húmedos -¿Te puedo contar algo? Claro. Estos días volví a encontrarme con quien fue el gran amor de mi infancia, ¿te acuerdas que una vez te lo conté? – Sonreí; pronto las imágenes vividas junto a mi amada en ese lugar hacía muchos años volvieron a revivir; el mismo aire marino despertó el aroma de su cuerpo en mis narices, su sonrisa de sal, su cabello moviéndose como el reflejo de las luces en el agua. Aquella noche conversamos y reímos largo y tendido hasta las tres de la madrugada sin percatarnos de que las agujas corrían, persiguiéndose una a otra, a nuestro pesar. Aunque sentimos un poco de frío, el cual capeamos caminando hasta la playa El Laucho y un poco de sueño (varias veces detuvimos nuestras conversaciones para bostezar), pudimos vivir el placer de amarnos como amigos, de divertirnos en torno a nuestras vivencias y de

apoyarnos el uno al otro sin esperar retribuciones de ningún tipo a cambio. Deseé haber tenido una hermana como Gianina, tan divertida y ocurrente a ratos, tan seria y radical en otros. No dejaba de ser la niña tierna que había conocido hacía cuatro años antes, sentada
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en un rincón de la sala, usando un moño alto, cargando un bolso artesanal; esa alumna que se atrevía a hacer preguntas difíciles a los profesores y a contrariarles enérgica toda vez que sus ideales izquierdistas así se lo dictaban. Y ¿de qué colegio vienes? – me preguntó con voz chillona y algo burguesa. De una escuela que queda en la población Chile. La D –17 –dije algo compungido - ¿Y tú? De la Escuela república de Israel – respondió con aires de grandeza –queda en la villa Magisterio. Guardó silencio, rato después un compañero, el guatón Montesinos, llegó con dos o tres diarios y los ubicó en su mesa; el resto del curso acudió a mirarlos. ¿Qué pasó? – pregunté extrañado. Seguro que trajo los diarios de hoy. Ayer en Santiago hubo un terremoto; quedó la crema – sentenció con los ojos entrecerrados y cierto aire de soberbia que me descolocó - ¿Tienes familia en Santiago? No – respondí seco. Yo sí, un tío que es abogado. Permiso – se levantó y partió a mirar los diarios que había traído el guatón Montesinos. Esos días acostumbraba a tomar la micro en avenida dieciocho de septiembre y no cortar por Juan Noé a Mackenna o esperarla en la esquina de Noé con general Lagos pues no me gustaba llegar temprano a casa. Despejaba mi mente cruzando el parque Ibáñez y desde lejos contemplaba los autos a pedales a los que acostumbraba a subir cuando pequeño; enseguida caminaba por Colón y divisaba los productos importados que se mostraban en las vitrinas de las ferias. A veces compraba pululos a las cholas que se apostaban en la esquina de Chacabuco con Colón y solía caminar hasta dieciocho, entre bolsas de mercadería y peruanas con sus típicos awayos en las espaldas que cargaban críos o productos. Los
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televisores de las estanterías de las importadoras transmitían los partidos de las eliminatorias a México 86 y la gente se ubicaba en las veredas a mirar, entorpeciendo el paso a los transeúntes. Fue durante esos días que papá compró un televisor en colores debido a que el aparato arreglado por Josué, al cual debía verse con las ventanas cerradas, evitando cualquier reflejo de luz, no funcionó más y terminó en manos de una cholita que pasó un día frente a la casa gritando: “¡Casera cambio cosas!” Casera, ¿cuánto me das por este televisor por arreglar? –le dijo mi madre una mañana. Josué y yo estábamos en el liceo. Puis caserita, no está muy bonito que digamos – la peruana se agachó a mirar. Vio el televisor y sintió lástima del aparato: abierto, con un par de perillas menos, ostentando calcomanías desteñidas, con marcas de sebo alrededor del botón de apagado – Un balde, casera, está muy malogrado, pe. Josué llegó horas después con un hambre de los mil demonios, abrió la olla para comprobar que mamá había cocinado papas a la huancaína con pollo al jugo y él la abrazaba agradecido, por fin una comida que me gusta, y en tanto se sacaba la corbata y el pantalón para quedar en calzoncillos y camisa, sacó un pedazo de pan y lo untó en la crema que mamá preparó, cabro cochino, no puedes sacar con una cuchara, se dirigió a la sala y al ver que la frazada que tapaba la ventana no se encontraba en su lugar fue corriendo a su pieza y desarmó la cama que mamá solía hacer, extrajo de ella una frazada antigua, gruesa y la colgó con cuatro perros de ropa que acostumbraran a quedar en el alambre que sostenía la cortina. Luego del trámite se arrojó de estómago en el suelo, frente al mueble que encontró vacío, sólo con los rastros de tierra, un par de monedas, tres o cuatro cáscaras de naranja, un lápiz de carbón, chucha acá estaba la hueá, y una tapa metálica de Coca Cola. Mamá, ¿dónde está la tele?- expresó desesperado mi hermano.
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Se la cambié a una peruana por un balde de plástico – respondió indiferente.

Los días que siguieron a ése Josué, enojado por la transacción realizada por mamá, apenas comía y la miraba con ojos irritados y la mandíbula apretada. Josué, esa mugre apenas se podía ver – yo defendía a mamá y trataba de consolar a mi hermano – Papá dijo que compraría una. Y tú le crees; eso sucederá el día en que le paguen a los bomberos – respondía enojado.

Sin embargo Josué esta vez se equivocaba. Un camión de la casa comercial DIN irrumpió un día sábado en la mañana. Mi padre trabajaba en su peluquería y mamá había ido a comprar al terminal Asocapec. Un tipo malajestado vestido con un overol azul, golpeó la reja con una piedra y luego gritó. Josué escuchaba un casette de Los Prisioneros y releía una revista de historietas japonesas mientras comía pan con mantequilla. Repetía a cada rato, puta, estoy aburrido, sentado en el piso de madera. Los conejos metían bulla en el patio; sintió los golpes y gritos allá afuera. Pensó decirme que me dirigiera a atender, pero yo dormitaba encima de mi cama cubierto con una sábana. Salió del cuarto enojado, maldiciendo. Te apuesto que de nuevo son los Testigos de Jehová; huevean todos los sábados – rezongaba mientras mojaba su cara, el pelo y vestía una polera rota. Se dirigió al portón que apenas lograba sostenerse por lo antiguo y por lo miserable de sus estructuras – Señor, ¿qué desea? ¿Estas son las azaleas 2563? – gritó mientras mi hermano se acercaba. Sí, señor, ¿por qué? –preguntó Josué, desafiante. Venimos a dejar un televisor – un joven bajito y de barba cargaba una caja mediana que había bajado del camión hacía unos minutos. Dejó el bulto en el suelo.

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Chucha, el viejo no estaba mintiendo – dijo en voz baja mi hermano- Sí, jefe, déjelo no más.

Luego de firmar un par de hojas y despedirse de los tipos, Josué entró corriendo con la caja en las dos manos. Tomó un cuchillo de entre los servicios de la cocina y procedió a romper las huinchas y cintas adhesivas que rodeaban la caja con la desesperación de un tipo que no ha comido en una semana y encuentra una caja repleta de víveres. Me pidió que le ayudara a sacar el televisor de la caja y al abrirla lo encontró sostenido por estructuras de plumavit en sus ángulos. Extrajo éstos y llevó el aparato hasta el mueble donde solía descansar el anterior. Ubicó y desplegó la antena que refulgía con la luz que se colaba de la ventana, enchufó el aparato, puso canal nacional y lo prendió. Oh, qué mortal; cáchate Alberto, se ve clarito y con la ventana abierta – exclamó sorprendido mi hermano en tanto observaba aquel televisor color catorce pulgadas que papá había adquirido para ver las eliminatorias al mundial. Enseguida conectó los alambres de cobre que desembocaban en la antena ubicada en el techo – No sé si se verán los canales peruanos – y movió los cables con cuidado hasta conseguir una tenue imagen en pantalla primero en blanco y negro, entre líneas de interferencia, y después una señal más o menos nítida – Mira, igual se ve; teta. Esos días Gianina apareció en el liceo con unos periódicos izquierda: Fortín Mapocho; Revista Análisis y Apsi. Me los prestó para que los hojeara, pero ten cuidado, que la profe no te vaya a cachar, y ¿por qué tanta cuática?, le decía y ella, lo que pasa es que son contrarios a la dictadura. Y me las quedaba leyendo durante los recreos y luego, al no terminarlos de leer se los pedía prestados; pero guárdalas bien, tus viejos son pinochetistas y te pueden armar atados. Entonces en la noche, acompañado de mi radio a pilas chica, en tanto escuchaba radio Nacional que programaba música romántica, me quedaba leyendo
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hasta la una o dos de la madrugada el material, conociendo noticias que no aparecían en radio, televisión o en los diarios. A veces hasta pensaba que lo que en esas páginas amarillentas se mostraba correspondía a una especie de país paralelo, distinto al que alcanzaban a reportar los medios a los cuales yo y mi familia tenía alcance. Allí me enteré de que el gobierno al cual honraba torturaba a los contrarios a sus ideas; en esas páginas burdas, con fotos en blanco y negro supe de las matanzas luego del golpe militar del año 73, del vil fraude en el plebiscito de 1980 donde no existían registros electorales y los votos eran escrutados en las municipalidades por gente cercana al régimen, de los miles de exiliados que no podían retornar a la tierra que les vio nacer sólo por el hecho de pensar distinto al dictador y a su cáfila de secuaces. Una especie de contradicción vital me envolvió con sus brazos arrolladores; me preguntaba quién mentía y quién decía la verdad y en eso pensaba mientras veía sesenta minutos, las cadenas nacionales en las cuales el dictador hablaba y los medios obligatoriamente debían conectar su señal o veía los titulares de los diarios cada mañana al dirigirme al liceo. Hasta que un día sábado por la noche, mientras veía televisión con Josué y éste ajustaba la antena para lograr una mejor señal de algún canal peruano, nos encontramos con un reportaje sobre el gobierno de Pinochet producido por la televisión española. Déjala ahí Josué, va a estar interesante – le dije. Tito, te apuesto que en el otro canal peruano están dando “Risas y Salsa” – intentó persuadirme, pero al final desistió y nos quedamos observando la totalidad del

reportaje que mostraba con imágenes inéditas lo crudo y sanguinario que había sido el dictador con sus enemigos, gente de su misma nación y sangre. Días después despegué de la ventana de nuestra habitación un autoadhesivo con el dibujo de un puño en alto y la inscripción: “VAMOS BIEN, MAÑANA MEJOR” y un póster con la
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foto de la Junta militar que colgaba de la muralla ubicada a un costado de la cama de Josué. Hijo y, ¿por qué sacaron eso si se veía tan bonito? – preguntó mamá con un gesto de desazón en el rostro. Pondremos unos pósters de Los Pecos y Yuri, mamá, es eso – respondí, elaborando una mentira que no lograra ofenderla. Gianina varias veces me invitó al partido en el cual también militaba Francisco Montoya, sin embargo me rehusaba a pertenecer a alguno debido a que nunca fui demasiado amistoso y aún cargaba en mis espaldas el peso de mis complejos de infancia. No obstante ella seguía prestándome material, música, me mantenía al tanto de las noticias que acontecían respecto de la resistencia al gobierno militar. Me sentí decepcionado y traicionado por los militares y Pinochet, pues mintieron burdamente a toda mi generación con sus trasnochados ideales de justicia y equidad, mientras en sus cuarteles asesinaban a compatriotas y en los tribunales absolvían a quienes cometían aquellas horrorosas masacres. Es tarde, debo irme – expresó Gianina; apenas abría sus ojos de tanto sueño y me escuchaba con su cabeza apoyada en mi pecho. Ambos yacíamos acostados en la arena. ¿Tomas taxi? – pregunté mientras dejaba su cabeza en la arena y me incorporaba sacudiéndome los pantalones. Sí. ¿Me puedo ir contigo y me bajo en la esquina de tu casa? Sí, claro, no hay problema – respondió y se levantó. Las olas del mar golpeaban con suavidad en la orilla; caminamos por la avenida costanera hasta la calle San Marcos y luego de esperar veinte minutos, hace un poco de frío, puta que se demora en pasar la

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cagá, nos subimos a un taxi. La noche silenciosa y oscura nos contagió de sueño mientras el carro se perdía entre las calles desoladas de la ciudad.

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PARTE CUATRO

La abuela falleció un día viernes en la tarde cuando llevaba a cabo su siesta acostumbrada, después de almuerzo. Mi padre la dejó con vida cuando la fue a ver antes de dirigir sus pasos al mercado y, de vuelta, la anciana había dejado de respirar y tenía los ojos cerrados como si estuviese durmiendo y en medio de ese dormir, soñara con la tierra que le vio crecer, sus chacras y sus animales pastando en cerros verdes de alfalfa. No se percibía en su arrugado rostro señal alguna de sufrimiento; su brazo derecho aún poseía la curvatura que solía formar para que su pequeño perro durmiese ahí. Papá extrajo un espejo de entre los pertrechos de la abuela y lo acercó a la nariz y boca de su anciana madre. Aquel elemento permaneció intacto, sin huellas de bruma en su reflejo díscolo y movedizo. Se dirigió al comedor donde estaba mi madre y apoyado en el umbral de la puerta le dijo: Vieja, mamá ha fallecido – apretó los dientes y sus ojos se humedecieron en complicidad a ellos. Mamá se dirigió al cuarto en que Josué y yo leíamos y nos dio la noticia con simpleza, sin preámbulos dramáticos. Nos levantamos y fuimos a su habitación elemental. Papá tomaba la mano de la abuela y miraba su rostro, seguro haciendo un recuento de todos los momentos vividos a su lado en el transcurso de su historia. El silencio reinaba allí, interrumpido levemente por pequeños alaridos de inquietud lanzados por Chiri que percibía que su ama no movía su esquelética humanidad siquiera un poco. El animal bajó de la cama y se recostó clavando su mirada triste en las nuestras. Se fue la viejita - dijo papá y lloró como solía hacerlo, sin derramar lágrimas.

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Días antes le habían desconectado el tubo de oxígeno cuya mascarilla usaba de cuando en cuando. Le incomodaba cargar entre nariz y mentón esa especie de caparazón de

quirquincho transparente por lo cual la sacaba de su cara cada vez que podía. Así uno de los días que antecedieron a su deceso comprobó que no la necesitaba y que podía respirar sin ella aunque con cierta dificultad. La dejaron hacer dicho desarreglo, pero si viene el médico se la pone enseguida, le advirtió mi madre. Apenas hablaba y se la pasaba el día acariciando la piel áspera de su perro, murmurándole historias en aymara o ensartando un cigarro en la boca de Equeco hasta que éste se lo consumía; luego deshacía las cenizas esparcidas en el mueble con sus dedos arrugados y chuecos. Apenas sí comía y sus platos predilectos pasaron a formar parte de su círculo íntimo de enemigos, pues le provocaban hinchazón, diarrea y vómitos. Debía conformarse con las cremas de verduras que le preparaba mamá como si fuese una impúber de escasos años. Los tíos la venían a ver y se quedaban toda la tarde conversándole de cuando era una mujer fuerte que pastaba el ganado, cosechaba los sembrados, hilaba lana de alpaca y cocinaba tan sabroso. Ella reía, luego tosía y los hijos, mamá no se agite mucho, en tanto los bisnietos gateaban de un extremo a otro del piso de tablones y recibían en las manos y rostro las caricias de la lengua juguetona de Chiri. La abuela fue feliz en sus últimos días recordando el campo que le vio nacer y no sacaba de su mente la imagen de un pueblo alegre, con niños que corrían a esconderse tras los cerros y sembrados de maíz, ven aquí a tomarte tu leche, carajo, con casas de murallas de adobe, blancas, ventanas pequeñas y techos de paja brava. No se despegaba del cuadro vivo de las chacras en todo su verdor, siendo regadas por el agua de la vertiente que corría como una culebra por los canales secos de los sembradíos. Seguro abundaban en sus sueños los inviernos con lluvia, nieve y truenos y sus maratones a buscar a sus llamos en compañía de los hijos mayores, si Romualdo estuviera aquí, y guardarlos en
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corrales para que la nevazón no los consumiera de frío y humedad. Los hijos decidieron no contarle lo que sucedía allá arriba, que ya nadie quiere quedarse a cuidar los terrenos y todos han bajado a la ciudad, que los llamos se están muriendo de a poco pues los pastizales se están secando ya que no ha llovido en meses, que los nietos se avergüenzan de decir que son indios y cuando queremos llevarlos al interior prefieren quedarse en casa viendo televisión o jugando al fútbol. Si debían introducirla al cielo en vida preferían que la awicha se llevara a la presencia de Dios esa imagen del altiplano colmado de vida y carnavales que vivió en su infancia y juventud y no la escuálida realidad que existía en el presente del pueblo aymara, novelada con historias de abandono y olvido a los fundamentos ancestrales. El cuerpo de la abuela descansaba con las manos a ambos costados y su pañoleta de seda verdosa en la cabeza. Mamá había cubierto aquél con un tul para que las moscas no se posaran allí. Así lo vio el médico y sus asistentes cuando llegaron en una ambulancia del hospital; el facultativo traía en carpeta los antecedentes clínicos de la anciana. Comprobó que estaba demasiado viejita y su muerte se había producido por problemas propios de su avanzada edad. Extendió su mano a mi padre dándole el pésame y se despidió de los presentes con una venia cordial. Minutos más tarde fueron llegando los tíos, primos y amistades cercanas. Se la quedaban mirando encima de su cama, cubierta por el visillo e inclinaban su cabeza en señal de tristeza, era tan buena la abuela, si pareciera que está durmiendo, derramaban lágrimas en silencio, se abrazaban entre ellos; los bisnietos pequeños se acercaban a la cama como si la abuela estuviese durmiendo y tendían a subirse para darle un beso o a apretarle un brazo de modo que despertase y los primos y tíos no, la abuela está muerta, carajo. Papá le comentaba con voz suave y melancólica los últimos minutos de la abuela, de que la había dejado con vida y luego de regresar del mercado la
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viejita ya había partido, que apenas tuvo que cerrarle los ojos a la fuerza pues se fue en el sueño, sin sufrimiento. Estaba tan anciana que todos comprendían que el advenimiento de su muerte estaba cercano; por eso nadie hizo gran escándalo y quienes llegaban hasta se alegraban de que la abuela hubiese partido de modo tan angelical y pacífico. Los tíos, primos y los hijos de éstos se iban retirando de modo gradual e iban apareciendo otros parientes cercanos, familias vecinas, gente de Sahuara a contemplar el sueño eterno de la abuela sobre su camastro armado de cueros de cordero y frazadas de lana de alpaca. Mi madre se quedaba con ellos explicando lo que antes contaba tan apacible mi padre en tanto éste con los tíos y algunos primos hacían los preparativos del funeral subidos a la camioneta del tío Encarnación. Josué, quien nunca fue tan cercano a la abuela, partió triste a la casa de Papichi y le contó lo que había acontecido, yo me dirigí al almacén de enfrente con el fin de llamar por teléfono a Gianina y explicarle que la hora de la abuela había llegado. Gianina, hola soy Alberto – le saludé compungido, ella lo notó. Hola Tito, ¿por qué esa voz? La abuela – mi voz se quebró y me fue imposible terminar la frase. Amigo, ¿es lo que imagino? – me dijo suave. Claro, esta tarde, papá la encontró como durmiendo, vieras tú, tan bonita, como si estuviera descansando – seguí llorando y corté. Luego caminé por las calles de la población con la mirada nublosa, sin tomar un rumbo definido, sin un pensamiento concreto en mi cabeza sino con una superposición de retazos de imágenes movedizas y escurridizas que no lograban estacionarse. Habían sido días complicados para el movimiento. La policía días antes incautó cincuenta ejemplares del libro de ensayos del Negro en el complejo fronterizo Chacalluta los cuales
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fueron catalogados de material subversivo. La noticia apareció en los medios de la ciudad y el país. Desde ese día el movimiento dejó de reunirse en la sede alquilada para tal efecto y las reuniones, según acuerdo, se celebrarían en lugares distintos – sedes, parroquiasavisadas en el mismo día. Gianina reportaba de extraños llamados telefónicos a su casa y que un tipo la observaba con binoculares desde su auto estacionado mientras compraba en el supermercado. El comandante pidió a la plana mayor acompañarse de dos o tres personas al momento de salir de su casa a hacer algún trámite, esto después de que dos individuos le siguieran de a pie en el trayecto del liceo al paradero en el que tomaba locomoción para retornar a casa. La comisión de inteligencia del movimiento, asimismo, informaba que los aparatos de espionaje del régimen estaban particularmente preocupados en la articulación de nuestro movimiento debido al rápido crecimiento de la facción y el abundante material ideológico que producía. Lejos de desanimarnos, estas eventualidades producidas por la causa que llevábamos, nos fortalecían y producían en nuestras relaciones mayor cohesión. La novia de Carrasco, también por esos días, tuvo un rol más participativo en el movimiento luego de que el Negro conversara con Gianina respecto de sus sentimientos y pareceres en torno a su persona. A esas alturas mi amiga se resignaba a pensar sólo en la revolución por el bien de la causa justa que llevábamos por bandera. Savka se encargó de liderar el brazo artístico de INTI, agrupando a los muralistas, músicos, actores y poetas comprometidos con nuestra lucha. Horas después de que se supiera del decomiso del material doctrinario, Carrasco se dirigió a mi casa. Era cerca de las diez de la noche y yo escribía una tarea de Historia tomando un café, con mi radio a pilas junto al cuaderno. Mamá me dio el aviso que Tabo me buscaba; éste había cruzado el patio y se encontraba en la cocina saludando a papá, preguntándole acerca de la salud de la abuela. Conversamos de temas diversos en el living y luego salimos a la calle a platicar en voz baja. Enseguida
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caminamos por las calles oscuras en las que jugábamos cuando pequeños y buscamos coincidentemente el trayecto hacia la plaza donde algún día me sorprendiera besando a Ivonne, apoyado a un árbol grueso y frondoso. ¿Y qué es de ella? – preguntó preocupado. Lo miré y bajé la vista, confundido. No sé, compadre, no sé. Es tan difícil entender a las hembras – llené mi boca con aire, mis mejillas se inflaron y luego soplé hacia arriba; el aire movió parte de mi pelo. Te noto medio choreado – me abrazó y agarró un poco de mi cabello; me movió la cabeza – Cuéntame, qué te pasó. No, lo que pasa es que creía que ella seguía sintiendo lo mismo que yo. Me decía que la fuera a ver y todo –hice una pausa; pasaban dos tipos con una bolsa que llevaba dos botellas de cerveza, nos pidieron cigarros- Y un día llegué como a tres cuadras y cacho que está un tipo, alto, blanco, conversando con ella. ¿Y qué hiciste? – preguntó serio observando mis ojos. Me quedé viéndolos ubicado tras un poste, pa que no me sacara el rollo – reí con un poco de vergüenza- Quería ver si pasaba algo más entre ellos. ¿Y? - Carrasco rió, expectante de conocer el final de la historia. Al momento de despedirse el hueón miró pa todos lados, la abrazó e intentó darle un beso, pero la Ivonne le corrió la cara –esbocé una sonrisa de autoconmiseración. Puta Tito, y ¿eso no te da una buena señal de la mina? – me palmoteó la espalda, como si lo que dije hubiera sido motivo de celebración. Es que eso no es todo – me detuve y jugué por un instante con una ramita que encontré en el suelo- Al otro día la fui a ver, tratando de no mencionarle que el día anterior la había cachado con el gallo y todo el cuento. Ya...
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Y estuvo ida, pensando, super preocupada de no sé que cosa. Después de un silencio me dijo seca y con un poco de lágrimas: Alberto, por favor no me vengas a ver nunca más.

Ivonne, apoyada en el umbral miraba a ambos lados, inquieta, nerviosa. Yo frente a ella, ocupando un espacio de la vereda, quedé estático frente a su declaración. Pensaba que todo iba bien; los días luego del reencuentro conversamos mucho, caminamos en compañía de su hija por las calles cercanas; yo jugaba con Camila y ella reía mientras la tomaba entre mis brazos. No conversamos de sentimientos pero vertimos éstos en cada una de las palabras que pronunciábamos o en cada acto que solíamos realizar. Me inundó la perplejidad y luego la ira. No quería contarle que ayer me la había quedado viendo tras del poste mientras conversaba con ese tipo de bolso verde; no quise buscar la discusión, mal que mal Ivonne y yo no éramos nada, sólo amigos, pero la indeterminación de sus sentimientos me causaba desazón y hasta enojo. Ivonne, está bien, pero quiero saber por qué – le dije mirando a los ojos. Tito, no es algo que me incumba a mí, no es porque no te quiera; simplemente no podemos seguirnos viendo y punto; algún día te lo diré – respondió con los ojos llorosos. Pasó los dedos sobre sus mejillas; luego continuó inquieta mirando alrededor. Ivonne debe haber una razón de peso. Cuéntame, ¿hice algo que te ofendió? ¿No aceptas mi posición política? – Mi voz tembló, yo amaba a Ivonne y sentía que de nuevo la perdía y esta vez para siempre. Alberto, entiende, no es por algo que hayas hecho o algo que no hiciste. No quiero hacerte daño; por eso es mejor que no nos veamos, al menos hasta un par de años más – comenzó a sollozar y esa actitud contradictoria terminó por colmarme la paciencia. Lo que pasa es que tienes a un hombre que te viene a ver. Tú lo amas, es mejor partido que yo que soy pobre, indio y más encima izquierdista – apreté los dientes, traté de
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detener el llanto, soberbio. Me miró a los ojos y nos mantuvimos durante varios segundos contemplando. Luego rompió el silencio. Es cierto que él existe en mi vida, pero no lo amo; te pido que nos dejemos de ver porque yo te amo a ti – Lloró y corrió a mis brazos. Allí humedeció con sus lágrimas mi camisa y tembló con angustia. Por un lado decía amarme, pero por otro que no deseaba verme más, ¿qué hombre acepta una mentira de esa magnitud? Me despegué de sus brazos con fuerza, caminé por calle San Marcos hacia el centro, en tanto escuchaba los gritos de Ivonne pronunciando mi nombre y luego un lloro desgarrador que se perdía entre los ruidos del tráfico, de los niños que jugaban, del océano que alcanzaba a contemplar desde la avenida. Eres un verdadero concha de tu madre, Tito – me dijo Carrasco serio, disgustado. Me asusté y temblé de pavor. Gustavo, dime, ¿qué pasa? – lo que vivía en ese minuto era una especie de película de enredos. ¡Ella te ama, hueón, entiéndelo! – gritó y sus palabras calaron lo profundo de mi angustiado corazón. Luego bajó el volumen de la voz y habló casi en susurros, pero enérgico- Tito, nuestra inteligencia ha estado investigando a Ivonne. Ese culiao que la va a ver es un oficial de carabineros. ¿Cierto que tenía el pelo corto y usaba un bolso verde olivo? – relacioné las imágenes; el tipo poseía aspecto de uniformado. Claro, sí, ¡mierda! – me llevé las manos a la cabeza. El conchesumadre ése anda baboso por tu mina y el hueón sabe que tú la amas porque tiene contactos con la CNI – Carrasco me tomó el rostro con las dos manos, me habló como si fuese un padre- Tito escúchame: Ivonne te dijo eso porque el tipo la tiene amenazada; si tú la sigues viendo el compadre te va a mandar a matar, no le cuesta
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nada. Sería una especie de crimen perfecto – Carrasco se detuvo; yo empezaba a llorar – te saca del camino, lo condecoran por echarse a un revolucionario y más encima se queda con la mujer que desea. Luego de escuchar a mi amigo uní en mi mente las escenas vividas junto a Ivonne; lloré por largo rato, ignorando las palabras de consuelo que Carrasco me pronunciaba al oído. Había sido tan injusto con la mujer a quien amaba, tan tosco; no comprendía que efectivamente ella sentía algo por mí y deseaba que nada malo pudiera acontecerme. Me arrepentí mil veces de haberla tratado de esa forma como si fuese una cualquiera. Era posible que nunca me perdonara y desapareciera de mi vida para siempre. Habían sido tantas jornadas con su imagen en mis recuerdos, tantas noches de novelar historias con su presencia a mi lado en lugares paradisiacos, que me costaba pensar cómo sería la vida sin ella en mis pensamientos. Me lancé al suelo y gemí de tristeza. Rato después me vi en el pecho de Tabo, recibiendo las caricias de su mano en mi hombro; no supe cuánto rato había pasado; al parecer quedé dormido en el pasto mientras lloraba. Miré a sus ojos y sonrió; sentí que amaba a Gustavo con amor entrañable, con un amor más fuerte que el que se puede profesar a un amigo o más profundo que el que uno entrega a una mujer. Acaban de decomisar mis libros de doctrina – me dijo Tabo con cierta pena – Se suponía que venían muy bien escondidos entre libros de literatura universal y de ciencias exactas. Chucha – lo lamenté; era uno de los primeros grandes golpes al movimiento – Pero cómo, si el plan era casi perfecto – dije, sorprendido. Un soplo, nada más que un soplo – el comandante bajó la vista, tomó un puñado de ramas y lo dejó caer al suelo, violento.
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Pero, ¿quién, Tabo, quién pudo ser? – cuestioné, triste. No quiero pensar mal, pero la semana pasada los milicos detuvieron a Lizardo Rodríguez – hizo una pausa; unos fumones se ubicaron en el otro extremo de la plaza y se dedicaron a drogar y a compartir una caja de vino tinto envuelta en una bolsa negraSalió luego de dos días sin ningún rasguño. Precisamente después de eso han vigilado a la Gianina, a ti, a mí y ahora confiscaron los libros con nuestras ideas. Es sospechoso.

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¡Maricón! – Exclamé con rabia. Sentí algo de miedo por lo que podría pasar en los días siguientes- Gustavo, ¿has pensado que podría suceder este domingo después del plebiscito?

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Si gana Pinochet es sospechoso pues las encuestas dan por ganadora a la opción nuestra; si el dictador quiere ganar a través de un fraude los partidos de izquierda y organizaciones del extranjero estarán observando in situ el desarrollo de la votación, el conteo de los votos y todo lo que suceda. Si ellos ven algo raro obviamente irán avisando a las bases para organizar al pueblo a un acto multitudinario en los días que sigan.

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Si gana el NO y el dictador reconoce ese triunfo, ¿qué pasará con nosotros? – pregunté tratando de adelantarme a los hechos.

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Seguiremos con nuestra lucha y si el sistema democrático no da motivos para tomar el fusil, no lo tomaremos – sentenció con seguridad- Tendremos más posibilidades para exponer nuestras ideas y seguro que podremos hacer proselitismo de la causa sin tener que andar escondiéndonos. ¿Por qué preguntas eso, Tito?

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Quiero saber cuándo podré ver de nuevo a Ivonne - dije con la mirada prendida en el firmamento. Tragué saliva y lloré nuevamente.

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Tito, nuestra prioridad es la lucha que nos mueve, lo personal viene después –respondió enfático. Sequé mis lágrimas con mis dedos y le respondí.

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¡Para ti es fácil decirlo, tienes a tu mina al lado; mírame: amo más que la cresta a Ivonne y nuestras vidas están en peligro al punto que no podemos vernos! –le quedé mirando a los ojos-¡Es fácil decir te amo cuando todo va a tu favor!- Bajé la vista, no quería ser desafiante con Carrasco- Disculpa...

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Alberto, no seas injusto, ¿he reclamado alguna vez por el hecho de que mi padre está en la cárcel, porque mi madre se fue con un tipo o por que mi hermana se prostituye en Antofagasta? ¡Dime! –gritó enfurecido.

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No, Tabo, claro que no – respondí dócil tratando de calmar los ánimos caldeados de mi amigo.

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¿No te parece justo poder tener a alguien que me quiera y que me apoye en medio de la lucha? Cada quien lleva la cruz que sus espaldas pueden soportar– arrugó su cara, introduciéndola al llanto.

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Tabo, perdóname – bajé la vista.

Gianina, Tabo, Savka, Jean Pierre, Francisco, Vanessa, Daniel y Mónica llegaron en la noche de aquel día viernes tres de octubre cerca de las diez de la noche. Traían un arreglo floral confeccionado por la misma Giani el cual carecía de designación pues luego de percibir la vigilancia cercana e insistente de los organismos de inteligencia del régimen preferimos ser prudentes a la hora de hacer demostraciones públicas referentes a la causa. El féretro de la abuela había llegado hacía un par de horas y la familia decidió ubicarlo en el living para lo cual papá y los tíos sacaron los sillones, muebles y adornos y sólo dejaron la alfombra y algunas sillas que dispusieron alrededor del elemental cajón. El aire olía a claveles y rosas allá adentro; el rostro de la abuela se percibía bajo el cristal de ataúd como
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la faz de alguien que duerme en las aguas de un profundo sueño, exento de toda bulla e indiscreción. Afuera los primos y tíos descargaban de la camioneta del tío Encarnación sacos de arroz, azúcar, jabas de cerveza, dos corderos, chuicas de Pintatani, cajones de tomates, papas, lechugas, tarros de conservas y otros productos los cuales ubicaban en un rincón de la cocina y en el dormitorio de mis padres ya que el espacio se hacía insuficiente allá adentro. Tito, perdona, pero ¿qué onda? Parece fiesta – preguntó asombrada Gianina. Los funerales aymaras son así – respondí mientras mamá nos servía un poco de bebida y un par de galletas. El perro Chiri caminaba de un lado hacia otro de la casa, cruzaba entre las piernas de los asistentes, mostraba sus dientes pequeños y gruñía a quienes se acercaban al ataúd, luego se lamentaba con esos gemidos agudos que solía elaborar cada vez que una tía o mamá lo retaba. Ah, perro, calma – entonces se quedaba echado en las bases de los cirios, como si supiese que su ama estaba aún ahí, esperando que él la defendiese de los extraños. Papá había discutido con los tíos sobre el destino de la mascota que acompañó a la awicha en los últimos lustros de su vida y, pese a que era horripilante, en aspecto mezcla de varios bichos con resultado indeterminado, cada quien quería conservar al animal pues él llevaba algo de la vida de la anciana en la piel, en el cuerpo o en algún rincón de su personalidad perruna. Hasta ahora no mostraba signos de desesperación y sólo se percibía en él cierto grado de inquietud; seguro captaba que aquel día la abuela durmió más de la cuenta, que sus manos no le prestaron las caricias cotidianas que solían aliviar los ardores de sus escaras, que la casa se encontraba atestada de gentes extrañas que conversaban en voz alta, aunque su ama estuviera durmiendo, que había sacado a la vieja que le daba de comer en su
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mano metros más adentro y le ubicaron en un salón iluminado, distinto al cuarto elemental con murallas derruidas y piso de tablones polvorientos. No podía observarle desde abajo, sólo lograba contemplar un rectángulo oscuro, seis ampolletas amarillas y una cruz plateada refulgir con la ayuda de los haces de luz que recibía. Entonces, seguro, deducía que la abuela estaba allí adentro y ladraba un poco, despegándose breves centímetros del suelo y los visitantes primero, saquen ese perro, que está ladrándole a la difunta, y éstos luego que algún tío les explicara la historia del perrito lo dejaban gruñir todo lo que quisiera, pues quizás le gritaba a la finada en su lenguaje canino que la extrañaba y le deseaba un buen viaje al regazo del Padre. Era el mismo animal que alguna vez encontraron comiendo basura cerca del terminal agropecuario y que recogieron para llevárselo al altiplano y la abuela, han sabido traerme este perro tan chiri, y de primeras lo aborrecía, hasta que comprobó que ese animalejo mal parecido desafiaba a los llamos que osaban salirse de la manada o despejaba con su hocico las acequias cubiertas de ramas o piedras lodosas que impedían que el agua circulara libre. También acompañaba a su ama en las largas caminatas que hacía a los cerros, perseguía a los ratones que acechaban los sacos con legumbres, y lamía los pies de la anciana toda vez que tuviera heridas que pudiera ayudar a cicatrizar con su lengua prodigiosa. Chiri era un animal completo y la fealdad con que el destino le había marcado cruelmente era compensada indiscutiblemente con sus capacidades campesinas que bordeaban el límite de lo humano. Las tías y mamá, luego de que los primos y tíos descargaran el centenar de kilos de verdura, carne y menestras, se apostaron en la cocina vestidas con delantales, cuchillos en mano, a preparar picante de gallina en una olla de propiedad de la tía Alberta, que fue cargada por su esposo Poncio quien apenas se la podía puesto que el tamaño del elemento casi le igualaba en altura. Mi primo Jonathan bromeó:
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Tío, mejor se baña en la tina de mi casa - los visitantes rieron a carcajadas; el tío hizo señas de que le aforraría.

En la cocina mis tías ya picaban y cortaban la cebolla con destreza, mientras las papas se sancochaban con cáscara en dos o tres ollas grandes; tía Fede se encargaba de cocinar la gallina, luego deshuesarla y despellejarla; tía Alberta preparó el arroz graneado – rayar zanahorias, una pisca de orégano-, por ahí otras dos cocineras, esposas de primos mayores, pelaban y molían locoto en pequeñas máquinas prensadoras, cuidando de que las pepas no saltasen a sus ojos ni les cayesen mucho en las manos, porque viera usted cómo arden casera, repetían las señoras del mercado y por ahí que depositaban la cebolla picada en otro recipiente con aceite hirviendo y mientras se revolvía otras manos maternales espolvoreaban el ají de color, los aliños diversos, la sal, los caldos para cocinar y el aderezo empezaba a expandir su olor delicioso por los rincones de la casa incluido el salón en el que se velaba a la abuela quien para los efectos de su muerte expresamente había solicitado a sus hijos realizar exequias como Dios lo mandaba, con animales sacrificados, mucho trago – Pintatani de Codpa, cocoroco y cerveza-, abundante comida y bandas de bronces al momento de ser sepultada. Si los indios eran medio melancólicos para vivir y realizar sus labores cotidianas de labrar la tierra y pastar el ganado, a la hora de morirse parecían convocar todos sus hábitos carnavalescos y verterlos con rigurosidad en los funerales de sus seres queridos. En el velorio se acostumbraba a servir comida en cantidades, traer músicos para que pudiesen alegrar el alma perdida del difunto soplando las tarcas con pasión desbordante, servir licor como si se estuviese en frente de un festejado más que de un pobre finado que dejaba la tierra para continuar con su existencia en las moradas misteriosas que preparaba Dios para los suyos.

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Gianina, sentada en un extremo de la sala junto a los demás muchachos del movimiento, había disipado de sus ojos el rigor del sueño que en un segundo tendió a ponerle pesados los párpados y observaba con inusitado asombro cada uno de los pormenores del velorio que para ella, imagino, tenía un carácter más de espectáculo que de responso común y corriente. Estaba pendiente de lo que sucedía en la cocina a través de los sonidos de sartenes, cocimientos y cucharones golpear las ollas; ya había visto hacía un par de horas la descarga de víveres para la alimentación de los asistentes y comenzaba a escuchar los sonidos de zampoñas que manaban de un equipo de música. Varias ocasiones en el par de horas que permaneció acompañando los restos de la abuela, había contemplado el arrugado rostro de aquélla y se la quedaba mirando por minutos enteros, luego me decía qué rico que tu abuela haya sido una aymara pura, la veo y observo a una india sufrida de quinientos años atrás, y yo la acompañaba en su contemplación y sentía un fuego mágico en el alma. Ser indio no es una mera condición; pertenecer a una etnia implica mucho más que una designación o un traje, una circunstancia o sino: llevar sangre nativa significa poseer una visión de mundo determinada por el espacio que rodeó a los antepasados y que se ha ido enriqueciendo por las experiencias de éstos, sabiduría mucho más rica que la de los libros pues fue recibida por ellos de las manos de la misma Pachamama bendita. Tía Fede se acercó a Gianina y a los chicos y les ofreció comida; algunos ancianos del pueblo ya empezaban a mostrar signos de licor en la cabeza y comentaban tristes el destino de abandono de los pueblos del interior mientras alzaban sus copas a diestra y siniestra. Mi amiga tuvo cierto gesto en el rostro de decir que no; Gustavo se la quedó mirando y le hizo señas. Por doctrina había que aceptar si es que en nuestro rechazo lográbamos herir al otro. Gianina respondió por todo el grupo, la tía contenta les invitó a sentarse a la mesa instalada en el patio delantero de la casa.
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Mientras comíamos aprovechamos de conversar en grupo de los temas triviales que nos incumbían como estudiantes. Restaba poco para que saliéramos de cuarto medio y ya pensábamos qué carrera seguir si es que nos iba bien en la prueba de aptitud. La mayoría de la plana central del movimiento –los que estaban conmigo en el velorio de la abuelapensaban continuar sus estudios universitarios en Arica; Tabo deseaba matricularse en la Universidad de Chile o la Usach en Santiago; si esto llegaba a concretarse el comandante designaría a una persona para que dirigiera la organización en Arica, en tanto él estudiaba y trataba de abrir una facción en la capital. En este lugar sus ideas podrían divulgarse desde el centro hacia las provincias y realizaría una labor mancomunada con líderes de organizaciones indígenas de etnias como la mapuche, rapa nui, káweskar, entre otras. Alberto, ¿cuándo son los funerales de la abuela? – preguntó Jean Pierre.

Según me lo había expresado el comandante la cúpula central quería hacer un llamado a todos los adherentes al movimiento para que el día del entierro estuviesen presentes en el camposanto; la ocasión serviría como un homenaje a la figura de la abuela, pues su existencia había sido inspiradora para el fundador de nuestra agrupación. Se exceptuarían gritos con contenido político contingente pues el tributo requerido se basaba en la exaltación de la raza aymara, más que el de la reivindicación; este mensaje era dirigido a los estadistas y pueblos de Latinoamérica, no a los indígenas precisamente. Yo no manejaba la información y tuve que llamar a mamá. Ella venía secándose las manos con un paño, preguntando a los presentes que se le cruzaban en el trayecto si se ofrecían alguna agua de hierbas para bajar la cena. Sí, hijo, dime – se sentó en nuestra mesa. Gustavo le formuló la pregunta hecha en primera instancia por Jean Pierre.

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Tía, ¿cuándo son los funerales de la abuela y en qué lugar? – sorbió un poco de bebida. Gianina recogía con el tenedor los últimos granos de arroz y picante que iban quedando en su plato. El resto conversaba entre ellos.

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Van a ser en el cementerio de San Miguel de Azapa, este domingo cinco – dijo con serenidad propia de velorio.

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Pero mamá, el domingo es el plebiscito – me acordé; Gustavo también relacionó la respuesta con la fecha clave que habíamos estado esperando durante muchísimo tiempo.

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¿Y qué?, los milicos tendrán que entender los asuntos humanos. Uno no planifica que sus muertos se mueran justo cuando a ellos se les place organizar una votación – respondió y pidió permiso puesto que la tía Alberta la requería en la cocina para servir media docena de platos a un grupo de conocidos que se integraban al velatorio.

Era la una de la madrugada de esa noche tibia y primaveral, la primera de las exequias de mi abuela. Los muchachos del movimiento se despidieron uno a uno de papá, mamá y mis familiares directos. Existía cierta inquietud en nosotros: de acuerdo a los informes entregados por el comité de inteligencia de la agrupación – cuyos nombres de los integrantes ni siquiera yo conocía- los organismos de seguridad del régimen deseaban desarticular algunas agrupaciones de corte izquierdista; un par de brigadas de las JJCC, el sindicato de estibadores del puerto de la ciudad y nuestro movimiento. Uno de sus modos de operación, el más frecuente, era infiltrar gente de sus filas y recabar toda la información que pudiera conducirles a los lugares en que nos reuníamos, cómo lográbamos financiarnos, quiénes eran los cabecillas de cada agrupación y de este modo impedir de algún modo que nos juntáramos, cerrar las cuentas bancarias siempre con un buen pretexto de las autoridades del banco o amedrentar a los líderes con golpizas o atentados simbólicos a sus casas. Carrasco a esas alturas desconfiaba hasta de las amistades de los adherentes quienes
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no participaban activamente en el movimiento por una razón práctica: gracias a la desconocida comisión de investigación y otros datos proporcionados por amigos izquierdistas de otras facciones, se sabía que los hombres de Pinochet, además, recababan información verbal a través de personas cercanas, preponderantemente, luego mediante la intercepción de teléfonos o correspondencia y en última instancia procedían al espionaje en lugares públicos. El comandante había sido cauto en no ventilar mi relación con Ivonne con otros compañeros, sin embargo, temía que yo hubiese podido advertirle de nuestros movimientos en alguna de las conversaciones sostenidas y que ella, a su vez se la entregara a su amigo carabinero. Pero si tú dices que te habían indicado que ella me amaba – le respondía. Puede que antes no; esas palabras quizás fueron liberadas por ella y ahora le pesa haberlas dicho; por eso, a modo de restitución, como arrepentimiento te profesa amor eterno – argumentaba. Sucedió, esa misma noche, en medio de la oscuridad de las calles de la ciudad, mientras las fuerzas militares iban tomando ubicación de los locales de votación – en su mayoría escuelas o liceos municipales- el grupo de la plana mayor que se dirigía en el automóvil de los padres de Jean Pierre por avenida Capitán Ávalos hasta la rotonda Azapa, sufrió un atentado incendiario que provocó heridas de diversa consideración en los cuerpos de Jean Pierre –que iba conduciendo- Gianina, Daniel, Francisco y Vanessa. Lamentablemente los daños sufridos por Mónica y Savka fueron los más dramáticos: ésta llegó a la posta del Juan Noé con un treinta por ciento de su cuerpo quemado (la molotov usada por los desconocidos entró por la ventana en la cual ella iba asomada), aquélla con heridas en su rostro al golpearlo bruscamente contra el parabrisas luego del frenazo imprevisto que Jean Pierre produjera para no estrellarse contra un poste del alumbrado público. Gustavo apagó
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las ropas de su polola con la ayuda de su polera, en tanto Francisco y Jean Pierre intentaban apagar con extintor las llamas que manaban de los asientos del automóvil. Algunos conductores y pasajeros asistieron a los muchachos en medio de los gritos de desesperación de Gianina, quien de acuerdo a lo narrado por Francisco, gritaba en estado de shock, dando manotones a todos los que osaban detenerla y calmarla un poco; Tabo, en tanto, lloraba silenciosamente mientras aplicaba agua en las quemaduras de Savka que esperaba la ambulancia tendida en el pasto del bandejón central, inconsciente, con la vista perdida en el infinito azul de la noche. Una hora después recibí el recado de una vecina; eran las dos y media y ella apareció en la casa apenas vestida con su bata de dormir y un chaleco largo de lana. Su rostro denotaba sueño. Papá, que había dicho se amanecería para atender a la docena de personas que participaban del velorio de la abuela, le hizo pasar, pero ella se excusó y se remitió a dar el recado: los amigos de su hijo tuvieron un accidente grave. Es urgente que vaya ahora mismo al hospital. Llegué al Juan Noé a las tres y un cuarto de la madrugada del día sábado cuatro de octubre. Me bajé en dieciocho con Vicuña Mackenna y corrí hasta el frontis del servicio de urgencia con el corazón casi desbordándose de los nervios, permitiendo que mi mente imaginara sucesos no tan graves como los que esperaba. Hasta el momento sólo me imaginaba que algún vehículo se había cruzado por delante del carro de mis amigos o que en un descuido Jean Pierre perdió el control del volante estrellando su Hyunday contra alguna muralla. Luego intuí que la tragedia podía relacionarse con las últimas persecuciones a las que habíamos sido sometidos por pertenecer al movimiento. Dos ambulancias yacían estacionadas y un par de autos en la zona de parqueo. Las ventanas del edificio mostraban las luces tenues de los pasillos y una que otra luz de habitaciones un poco más fuertes que aquéllas. El auto de los padres de Savka esperaba un poco más allá, entre las pequeñas
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palmeras de la avenida; apenas sí se escuchaba una radio AM cuyos sonidos se colaban desde alguna dependencia cercana al hospital. Percibí a Francisco y a Jean Pierre apoyados en la muralla, desde unos cien metros; el viento helado azotó mi rostro y oxigenó mis pulmones agitados. Temblé de miedo al ver desde más cerca los rostros húmedos y tristes de los muchachos. ¡Franco, dime, qué pasó! – le dije en voz baja, pero con un tono inconfundible de desesperación. Metros más adentro una señora alta y distinguida lloraba en el hombro de su esposo. Gianina yacía sentada en el suelo, sollozando con desconsuelo. Franco me miró a los ojos, me abrazó y rompió sus lágrimas en mi pecho. Apenas pude distinguir sus palabras en medio del temblor y sus gemidos. ¡La Savka, parece que va a morir! – y siguió llorando; todo mi cuerpo se inmovilizó.

Traté de buscar a Gustavo con vista en el espacio próximo, aquella lúgubre sala de espera, gris, iluminada por un tubo fluorescente cubierto en polvo y telarañas. Un paramédico dormitaba con los brazos cruzados en el pecho detrás de un mesón; frente de sí en una radio a pilas se escuchaba la voz de un predicador anunciando los juicios del Apocalipsis sobre la ciudad. Un poco más allá, en una breve habitación un carabinero hacía anotaciones en un libro grande y grueso. Todo me parecía una mala pesadilla, un cuento de horror del cual quería pronto despertar; pensé en mi amigo y recordé sus actuaciones cuando pequeño en instantes extremos. Carrasco era capaz de cometer estupideces en circunstancias marcadas por la agresión y la violencia. Si bien se presentaba como un líder carismático y mesurado, pronto vinieron a mi mente las imágenes de aquel niño ofuscado, trenzándose a golpes con los compañeros que lo insultaban; volaron en mi imaginación el instante en el que destrozó un cuaderno cuando un profesor lo retó por no poner atención en su asignatura y la ocasión
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en que rompió a pedradas los vidrios de su casa luego de que su padre no le comprara a tiempo el ansiado Atari que esperaba para su cumpleaños. Gustavo seguro estaba cerca de su amada, esperando conocer de labios de un médico su crítica situación. Pregunté a los muchachos dónde se encontraba él; no lo sabían. La señora seguía llorando y su esposo observaba alrededor como buscando a alguien que le diera luces del estado de su hija, o le proporcionara datos más exactos de lo que había acontecido. Yo a esa hora de la madrugada sólo conocía de labios de Francisco la declaración primera, por lo cual navegaba sin saber bogar en el mar de la incertidumbre. Esperé que el portero volviera a cerrar sus ojos cargados de sueño y que el carabinero no observara hacia el lugar donde me encontraba. Abrí con suavidad la puerta y me interné por los oscuros pasillos del hospital. Volteé para comprobar que no había sido visto por los dependientes del hospital y sólo contemplé las luces colándose por entre las estructuras cuadriculadas de la muralla y tras de ellos a los muchachos del movimiento que aparecieron de repente en medio de la luz tifoidea del cuarto de espera. Pensé en devolverme, pedir datos de los chicos accidentados, recabar información que me ayudara a armar la escena del atentado que para ese minuto se me mostraba como un mero accidente automovilístico (fallas en el sistema eléctrico del vehículo, la inflamación de una colilla de cigarro caída en el tapiz). Sin embargo ya me encontraba caminando en búsqueda de Jean Pierre, Savka y mi amigo Gustavo en medio de esos pasillos helados y lúgubres. En algún lugar del hospital habían de encontrarse ellos quizás no entendiendo a ciencia cierta lo que sucedía, rogando como yo que la pesadilla tuviese un fin prematuro y esperanzador; que el ensueño se acabara con la escena del sol nortino apareciendo tras del cerro cercano a la población que me vio crecer. Caminé por las orillas de los zaguanes, tratando de que la luz mortecina no delatara mis movimientos rápidos y desesperados; a un costado del primer pasadizo los grillos emitían su crinar
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apostados en los matorrales del patio central; aquél terminaba en una puerta que a medida que avanzaba se me mostraba como las de un viejo ascensor. A un costado de éste se distinguían carteles de colores chillones dispuestos en una franela vieja y desteñida pegada sobre la pared. Cuando llegué frente a él volteé para cerciorarme que aún permanecía clandestino, sin ser descubierto; recién empezaba a sorber la magnitud de lo que estaba viviendo; apenas salía gradualmente del estado de shock en el que me encontraba, como si estuviese despertando de la ebriedad para tener nuevamente los sentidos lúcidos y libres de toda distorsión. Pero aún así mi mente era una especie de dínamo descontrolado o película con escenas incoherentes cuya relación se me hacía difícil hilvanar. Trataba inútilmente de armar los antecedentes conocidos por Gustavo, con las imágenes de los muchachos en el velorio de la abuela, las palabras de la vecina despeinada dando el recado y la oscuridad a mi alrededor, la escena de los padres de Savka, Francisco llorando en mi pecho, las luces perezosas de algunos ventanales en el edificio que tenía enfrente de mí. Qué mierda había pasado a fin de cuentas, pensé. Reaccioné con estrépito, las escaleras se me nublaron, las luces de allá afuera se transformaron en rosas esponjosas de puntas diversas, las lágrimas deformaron mi entorno; los candiles de los postes de la ciudad, contemplados desde el segundo piso, se convirtieron en luces navideñas, intermitentes, brillantes, de resplandores puntiagudos; escuché unos pasos, me detuve y ubiqué mi cuerpo contra la muralla. Olvidé mi timidez y decidí usar violencia si es que alguien intentaba mi plan de búsqueda de los compañeros heridos. Las escaleras compartían el mismo tono tétrico de los pasadizos por lo cual no fue difícil ocultarme en tanto sentía cerca de mí los pasos que iban acrecentándose en volumen según corrían los segundos. Deduje que eran paramédicos por el tema de conversación y el sonsonete algo particular de sus voces. Fumaban ambos un cigarrillo y al momento de pasar por mi lado expiraron por sus bocas un aura plomiza y turbulenta que se
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confundió en medio de la oscuridad. No sentía miedo, sólo cierto nerviosismo inherente al tipo que está dispuesto a usar sus manos cuando está en peligro. Las palabras ahogadas por los ecos se fueron perdiendo en medio de las escaleras, así como el hedor del tabaco en las altas murallas de concreto de los salones previos a las habitaciones. Llegué al cuarto piso con el aliento entrecortado y cierto sabor a humo de cigarrillos en mis labios. Reaccioné: ¿qué hago aquí, si ni siquiera conozco en qué habitación, de las decenas que se presentan a mi vista por los ventanales, están los amigos a quienes amo? Detuve mi marcha frenética al terminar de subir la escalera que daba al quinto piso. Me apoyé en la baranda y contemplé la ciudad iluminada y más cerca de mí los bloques de edificios que constituían el hospital. Definitivamente perdería inútilmente el tiempo si subía y empezaba a buscar piso por piso a los combatientes; además me arriesgaría a ser descubierto y en este nivel de lucha seguro el carabinero y los médicos se harían ciertos cuestionamientos sobre el carácter del atentado. Ningún grupo de amigos sufría un ataque de esas características, salvo a que perteneciera a uno de los dos bandos del marcado espectro de la aguerrida lucha política. Pensé, luego, que de algún modo los organismos de seguridad del régimen militar debían estar presentes ahí para obtener información del éxito de su sanguinaria y cobarde agresión. Podían recabar información a través de los médicos, paramédicos, el carabinero de guardia o bien, enviando alguno de los hombres de los que actuaban en las calles de la ciudad espiando y secuestrando gente para torturarla. Decidí quedarme ahí, sentado en la baranda, contemplando los pasillos próximos, el parque del centro y el movimiento de los pasillos en los bloques de edificios con el propósito de captar si es que mi teoría en verdad tenía asidero en la realidad. Mi cuerpo se encontraba exhausto. Ese día había despertado temprano y mal humorado pues debía rendir una prueba en el liceo y por falta de tiempo sentí que no me había preparado lo suficiente. Francisco, al llegar me saludó con afecto,
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preocupado de que no hubiese estudiado bien. La salud de la abuela no era del todo buena y le advertí días antes que ella podría fallecer en cualquier minuto, esta vez con certeza casi religiosa, pues no hacía más que dormir y conversar algunas palabras a volumen mínimo. Eso ciertamente también me mantenía soliviantado, inquieto, desconcentrado de mis labores y particularmente sensible, amén de los acontecimientos que sucedían paralelamente con el movimiento. Francisco era una de las pocas personas que conocían la historia de mi relación con Ivonne y sabía que por causa de la convicción ideológica que me movía a mí y a los demás miembros de la agrupación prefería mantenerme lejos de su lado, aún con las consabidas preguntas sobre mi labor dentro de la facción revolucionaria. Después de la conversación sostenida con Gustavo, en la cual me exponía su desconfianza respecto de mi amistad con Ivonne y de las supuestas preguntas que pudo haberme hecho para sacar información que le fuera útil a la posición política que defendía, según ella de modo circunstancial, no dejé de pensar en la postura del comandante y llegué a la conclusión que era perfectamente lógico que éste dudara de mi amiga. Quizás no comenté con ella mayores detalles de nuestra revolución, pero lo dicho de modo general bien podía servir para que alguien contrario a nuestras ideas pudiera armar un rompecabezas fundamental sobre nuestra estructura e ideas. Recuerdo haber expresado a Ivonne que Carrasco era un tipo brillante y un escritor prolífico pese a su corta edad; le mencioné que en su currículo contaba con manifiestos y ensayos profundos y extensos que habían traspasado fronteras publicándose en medios de Europa y Cuba. Del mismo modo en que los arqueólogos logran construir el esqueleto de una bestia antediluviana a partir de una vértebra, la información proporcionada por Ivonne podría haber dado luces a gente de su facción para armar un perfil general de la organización que lideraba mi amigo y que cada día contaba con más adeptos. Salimos de clases, la polola de Francisco se había retirado
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más temprano y no teníamos mucho qué hacer. La prueba rendida horas antes nos amargó un poco la existencia y necesitábamos relajo. Era viernes, una de la tarde; junté un par de monedas junto a Franco, caminamos del liceo por avenida Juan Noé a la cuadra en que se ubicaban las oficinas de colectivos a Tacna; pedimos una Inca Kola de litro y una bolsa de pululos a una cholita que vendía productos bajo la sombra de un árbol y luego cruzamos la avenida Velásquez para desembocar en el Parque Brasil, pasos más allá del costado del casino, más cerca del ferrocarril Arica Tacna y del mercado internacional Máximo Lira. Franco se notaba algo inquieto y demostraba síntomas de su estado retrayéndose en clases, prestando poca atención a mis palabras cuando conversábamos, alejándose de los grupos en recreo, quedándose apostado en el ángulo formado por las barandas en el segundo piso del pabellón Lastarria del liceo A 5 para observar tristemente los autos que circulaban por la avenida general Lagos. Sentados en el pasto se desahogó. Johanna está con atraso – dijo mirándome a los ojos; se mordió los labios con rabia y pena- Eso me tiene cagado. Ya no frecuentaba con tanta insistencia la compañía de ella; ésta solía caminar de la mano con su amiga aymara por los pasillos del liceo, platicando quién sabe qué cosas que por lo general debían ser temas demasiado interesantes pues, las veces que las contemplaba, sus conversaciones no admitían pausa alguna. La chica apenas se veía triste, sí un poco más delgada, mostrando un rostro ligeramente pálido, lo cual producía en mí cierta conmiseración: vestía tan humildemente, su humanidad era tan esquelética que inmediatamente mi pensamiento relacionaba su figura con la fragilidad de su quizás tortuosa existencia. Qué haría con una criatura a su temprana edad; parecería una pequeña impúber jugando a las muñecas; seguro su columna ostentaría la curvatura prematura de las adolescentes que cargan críos así como por encargo y tarde o temprano también adquieren
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en el rostro un tinte de melancolía que apenas pueden disimular con rouge o maquillaje. Traté de imaginar qué pensamientos revoloteaban en la convulsionada mente de mi compañero; seguro que jamás poseería el apoyo de su familia pues era pobre, entonces daba lo mismo si aceptaran el nacimiento de su vástago o no: al fin y al cabo no tendrían de qué modo ayudarle; seguro que la familia de su polola aceptaría la noticia no de muy buena forma y la alejarían de él para siempre o por un largo periodo que podría ser una especie de exilio por motivos sentimentales y no políticos. Ya no quiere conversar conmigo, dice que me he comportado como un maricón – bajó la vista y lloró; cada persona llora de modo distinto; el lamento de Franco era, en este sentido, particularmente triste. Franco, vamos, supongo que dejarás de oír lo que diga la gente y aceptarás los consejos que te dicta el corazón- acerqué mi brazo a su hombro; detrás de las construcciones portuarias el bravo mar golpeaba las piedras de la orilla. Cuando me lo dijo me agilé, no supe cómo reaccionar. La traté mal, como si fuese su culpa el que estuviera embarazada – me miró con sus ojos irritados y lastimeros de joven pobre. Entonces, ¿es seguro que está esperando? – pregunté. Es un atraso demasiado largo. Lo más probable es que así sea – secó las lágrimas de sus ojos con la manga de su roído chaleco. Vas a ser padre – advertí con una ligera sonrisa en el rostro.

Durante unos segundos prosiguió con el rito de enjugarse las gotas del alma que colgaban de sus mejillas y el líquido de su nariz; distinguí que su mente voló por espacios ignotos y extensos; su mirada se clavó en un punto incierto del pasto amarillento que ostentaba espacios de tierra endurecida de cuando en cuando. Le contemplé y recordé a aquel joven
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retraído que hacía cuatro años conocí en una de las antiguas aulas del liceo A número cinco escuchando personal estéreo; observé sus gastados y brillosos pantalones, el cuello desarmado de su camisa, sus zapatos baratos abriéndose bajo el talón, su mochila sucia y desteñida que conocí junto a él y que en ese tiempo ya tenía las características de haber sido usada hacía años. Era así tan pobre como yo, qué haría en la vida con un hijo a cuestas si seguro sus padres apenas podían alimentar su boca y la de sus hermanos. De pronto sus labios dejaron de emitir ruidos y apenas sí se percibía la prédica eterna del mar y los ruidos de los automóviles que circulaban por las cercanías del parque. Me miró y su rostro parecía lúcido, compuesto, ligeramente angelical. Es difícil, Alberto. Si es así, ¿qué puedo hacer? Mi viejo está cesante, las cosas no andan bien en la casa. Tendría que dedicarme a trabajar, en la ciudad ya no hay pega y más encima quiero rendir la prueba para seguir estudiando. Las cagué, mil veces las cagué – tragó saliva; una señora con su hijo que llevaba un globo flotante pendiente de un hilo pasó cerca de nosotros. Te podría decir que consigas dinero, que vayas a Tacna con tu polola y se haga un aborto en alguna clínica, pero los revolucionarios no piensan de esa forma. Ser valiente no sólo implica tomar un fusil y disparar. La vida nos enfrenta a muchas batallas y hay que ser valiente en cada una de ellas, aunque sean íntimas y no recibas aplausos de nadie – sentencié. Abrí la botella de Inca Kola con los dientes y ofrecí a Franco el primer sorbo. Éste agradeció, agarró la botella y tragó como si trajese una sed de tres días. Tienes razón. No puedo estar pensando en que las embarré; debe haber alguna otra solución...

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Agradece que no estás solo; me tienes a mí, a Gianina, al comandante, a los chicos del movimiento. Imagina, será el primer bebé que participará en nuestras reuniones. Mortal – sorbí algo de bebida.

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Será revolucionario desde pendejo –rió y alzó el puño izquierdo, convincente.

Era ineludible que el tema de los sentimientos provocara en mí algún grado de desazón por la historia que cargaba durante años como si fuese una bomba de tiempo, el hilo encendido que desemboca en un cartucho de dinamita que posee efectos insospechados. Al menos Franco estaba cerca de su novia; las circunstancias podían jugar a su favor y, pese al momento que ambos atravesaban, el ser que se movía en el vientre de su chica había sido producto del afecto, la cristalización de los etéreos sentimientos que seguro expresaban con palabras sinceras en cada una de sus citas. Yo comenzaba a desconfiar de mis sentimientos hacia Ivonne; mi mente elaboraba infinitas teorías para explicar la posición de ella, entre las cuales se encontraba sólo una tesis a mi favor: Ivonne me amaba y deseaba estar conmigo. Las hipótesis restantes, manejadas en el odioso plano de lo paradigmático - que uno suele activar para explicar los acontecimientos que suceden cotidianamente en la vida -, me daban por perdedor y hasta me mostraban como un imbécil por haber caído en el juego y entregar algún tipo de información a los secretos organismos de la dictadura. Pensé en las palabras del Negro: ella me quería, por eso me pidió alejarme de su vida por un tiempo; pero luego de improviso mi mente lanzaba cual proceso cinematográfico de montaje la imagen de Ivonne rechazando los brazos de oficial de carabineros; pensaba: ella sabe que la estoy observando, mal que mal los organismos de Pinochet parecen poseer el don de la ubicuidad y la omnisciencia; nada más está actuando para que piense que la quiero y de ese modo me entregue a sus brazos, paso previo a mi confesión que sería mucho más eficaz que si me aplicasen corriente en los testículos o agujas en las uñas. Mi mente también
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elaboró otra posibilidad, algo kafkiana, pero no menos probable: Ivonne no era tal, sino que una impostora. Mi verdadera amiga vivía en alguna ciudad del norte del país, con ambos padres; conservaba la misma situación económica de hace algún tiempo, cuando éramos pequeños y la historia dramática que se me había presentado, calando en los más hondo de mi corazón como una daga ardiendo, no era más que un montaje de algún organismo represor para que Carrasco –quien también la quiso alguna vez- y yo cayéramos en el juego, nos enemistáramos y tributáramos gratuita información del movimiento que provocara su disolución y nuestra magnánima vergüenza. Entonces recordaba las palabras del comandante, aduciendo total credulidad a las informaciones entregadas por el comité de inteligencia de INTI; no poseía informaciones para creer que Ivonne no era tal sino una actriz personificando su papel (había rasgos de ella que no cuadraban en el recuerdo que llevaba anclado durante años en mi cabeza). Luego mi cerebro actuaba de modo suspicaz: ¿quién me dice que las informaciones de la inteligencia son cien por ciento veraces? ¿No puedo saber quiénes forman parte del comité? – Pregunté con fingida indiferencia, algún grado de desinterés; no quería incomodar al Negro si es que me respondía negativamente. Pensé que aquello podría tensionar nuestras relaciones. Alberto, disculpa, eso es un secreto. Nada más lo conozco yo y la gente involucrada. Es por motivos de seguridad. Si alguna vez nos llegaran a detener no revelaríamos los nombres de los que nos proporcionan información –dijo el comandante mientras caminábamos por las polvorientas calles del asentamiento en el kilómetro dieciocho del valle de Azapa. El sol anaranjado comenzaba a acostarse entre los olivos y el cielo se tornaba violeta sobre los cerros que encerraban al valle. De éstos percibíamos los geoglifos acostados en las arenas de los montes café claros; el aire se tornaba helado, con aroma a brasas y animales
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allí, lejos del mar y los elementos que lo circundaban. El paisaje me recordaba vagamente al poblado que hacía algún tiempo había visitado junto a Carrasco, en las inmediaciones de Tacna; las casas del poblado eran uniformes, cercadas por mallas de alambres instalados en gruesos troncos, parecidos a durmientes de rieles. El polvo blanco del camino se levantaba en cada paso dado; recordé mis caminatas con Josué y mi padre las veces que solíamos visitar al tío Tránsito kilómetros más al poniente; las mismas malezas, idénticas piedras demarcaban el camino que atravesaba el caserío. El comandante vestía un gorro de lana café, jeans y chaqueta verde olivo. Hacía frío y yo trataba de capearlo con las manos instaladas en los bolsillos de mis pantalones y resguardando parte de mi cara con una bufanda vieja que tejiera mi madre hace un par de años. ¿Falta mucho para llegar? – pregunté; dos campesinos acompañados de una jauría de perros caminaban por la misma vía polvorienta. Carrasco los saludó y éstos respondieron afablemente. No, no mucho; es la última casa, la que se ve allá, frente al árbol – Carrasco apuntó con el dedo. Doblamos hacia el oriente; a un costado del camino se observaba un corral de vacas que yacían genuflexas en la tierra, emitiendo bramidos cada cierto tiempo. Más atrás las mazurcas se movían y murmuraban incitadas por el gélido viento otoñal. Habíamos salido de casa alrededor de las tres de la tarde. Aquel día algo nublado, parecido a las jornadas en que el invierno boliviano deja ver sus músculos vaporosos en el cielo, Carrasco había recibido una carta desde Iquique, lugar en el cual se encontraba su madre con su nueva pareja. Su mirada poseía un dejo de tristeza y al momento de preguntarle cómo se encontraba ella, éste me respondió con un escueto bien que me provocó un sabor amargo e inquietante en el alma. No quise indagar más allá de aquella breve declaración,
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seguro que mi amigo encontraría el tiempo y lugar oportuno para contarme de la pena que trajo consigo la misiva recibida aquella jornada. Carrasco se agachó y tomó una piedra que cubría la totalidad de su mano. Golpeó el portón y gritó con voz alta. La casa desde afuera, similar a las construcciones que se ubicaban al costado del camino por el cual cruzamos el poblado, mostraba cierto abandono: vidrios faltantes reemplazados por nylon en las ventanas, pintura descascarada, malezas y tierra seca en el espacio entre el frontis y la reja, algunas calaminas sueltas en el techo. Un perro corrió desde el interior del sitio al patio y, abriéndose de patas, procedió a ladrar y a mostrar sus dientes con bravura de animal viejo. Los elementos circundantes adquirieron un tono azulino; el atardecer iba transformándose en noche. Luego de algunos minutos apareció un señor de unos sesenta años, vestido con un pantalón desteñido, chaleco café, sandalias negras de neumáticos, un gorro de mezclilla deshilachado. Cargaba una linterna grande y un balde metálico cuya manilla había sido reemplazada por un alambre grueso y oxidado. Era aymara, deduje, luego de contemplar sus rasgos disimulados por la vejez. El perro dejó de ladrar y produjo en sus fauces un sonido lastimero, mientras movía su cabeza en las piernas del hombre que se acercaba a nosotros. ¡Quiubo joven, un gusto de verlo! – gritó riendo; en el trámite dejó ver sus encías casi despobladas. Don Primitivo, que tal – Carrasco le extendió la mano; el hombre desanudaba un alambre que sujetaba el portón de un extremo de la reja- Un amigo. Vásquez – señalé – un placer, caballero. Pasen, lo estaba esperando, joven Gustavo. ¿Cómo está su padre?– preguntó al comandante mientras nos indicaba que le siguiéramos por el patio lateral hasta el fondo.
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El sitio estaba delimitado por altos cañaverales; una acequia emitía su ruido por uno de los costados. El perro inquirió con sus narices el olor de Carrasco; luego comenzó a ladrar- ¡Quieto Capitán; anda a echarte!- La bestia se retiró cabizbaja y se arrojó sobre un sucio choapino instalado frente a la puerta de la morada. Papá está bien; hace un par de días fui a verlo y fíjese que está un poco más animado. Hay posibilidades de que le den algunos beneficios, como la dominical, por ejemplo. Qué bien, me alegro, aquí se le extraña harto. Los animales están gordos y harta gente me ha preguntado por ellos, si el caballero desearía venderlos – don Primitivo tomó un báculo de rama de molle para ayudarse a caminar en medio de las matas de tomate que yacían plantadas en el terreno trasero; dos perros grandes y velludos le salieron al encuentro, se arrojaron sobre él en señal de cariño- ¡Ah, calma! Luego del espacio plantado con matas de tomate, seguía un huerto de más grande extensión cubierto con mazurcas verdes, de cuyas manos numerosas asomaban como sonrisas amarillas los jóvenes choclos. La tierra estaba húmeda; seguro que el viejo había regado hacía poco el huerto. Don Primi encendió la linterna; el frío comenzaba a calar los huesos con mayor insistencia y la noche ya había caído ineludible sobre el valle. Al terminar el sembrado la acequia lateral doblaba en uno de los ángulos del territorio y partía horizontal, hacia el terreno contiguo. Dos árboles grandes, frondosos, semejantes a monstruos con sus brazos extendidos en la oscuridad, nacían de un costado del riachuelo. Cruzamos un pequeño puente que terminaba en una tranca; detrás de ella un grupo de vacas dormían emitiendo ruidos esporádicos. Los chanchos están listos pa enterrarles el cuchillo y hace como dos semanas la chancha tuvo varios críos. Ustedes los van a ver. Vieran cómo maman de la teta. Pasen – el señor abrió y nos invitó a pasar previniéndonos de no pisar el excremento de las bestias.
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Luego se detuvo y apuntó con la luz de la linterna. Detrás de nosotros el canal murmuraba con su ruido de campanillas opacas. Joven Gustavo, supongo que usted no viene solo pa ver a los animales de su taita – expresó serio. No, desde luego que no – Carrasco percibió que algo andaba mal; distinguí algo de preocupación en su rostro, deformado por las tinieblas que cubrían el entorno. Uno de los perros comenzó a golpear mi pierna con su cola y luego a lamerme la diestra. La escondí en el bolsillo de mi pantalón. Los milicos estuvieron cerca de aquí la semana pasada. Gracias a Dios que no entraron acá, aunque sí revisaron la parcela de Domingo Churata, aquí, justo al lado – dijo don Primitivo con un poco de desazón. Carrasco miró alrededor, imaginando, seguro, si las fuerzas del régimen podían de algún modo descubrir el escondite- Me dio un poco de miedo, joven Gustavo, pa qué le voy a decir una cosa por otra. Mierda – exclamó casi imperceptiblemente el comandante; luego se llevó la diestra a la cara y dirigió sus ojos al suelo, allí los mantuvo estacionados por un par de minutos. No quería decirle, pa no preocuparlo, pero es mejor que lo sepa– el campesino se dio media vuelta y, ayudado por su báculo, fue a un rincón del corral, al costado del chiquero en que descansaban los cerdos. Apuntó con el haz de luz una especie de montículo sobresaliente del suelo. Carrasco reaccionó y se dirigió tras de él. Hice lo mismo. Pero no se nota, don Primi, eso está muy escondido – argumentó. Sí joven, pero usted sabe cómo son los milicos.

El comandante se agachó en el lugar donde se levantaba el terreno y apartó con su mano un poco de tierra. Sorpresivamente entre ésta asomó una manilla la cual aferró y jaló hacia sí;
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en el acto abrió una compuerta que daba paso a un oscuro túnel; la tierra suelta se levantó y obstaculizó un poco el cuadro visto por nuestros ojos. Don Primi, quédese usted vigilando alrededor. Con mi amigo voy a bajar a mostrarle nuestras joyas –dijo Carrasco; me invitó con su mano a acercarme en tanto se adentraba en el pasadizo subterráneo, buscando con su pie derecho la base de la escalera. El anciano le alcanzó la linterna; los perros daban vueltas a los costados de la boca de la cueva. En pocos segundos el comandante se encontraba adentro; alumbró hacia arriba para que yo no tuviese problemas al bajar. Mis manos removieron un poco de arena mezclada con el guano seco de los animales, pisé el primer peldaño de la escalera algo frágil y me interné con sorpresa y algo de temor. Hasta la declaración del viejo y la acción del comandante de remover la tierra y abrir la compuerta, desconocía la existencia de aquel escondite. El espacio no sobrepasaba los dos metros de largo por otros tres de ancho. Debíamos movernos en cuclillas, con el cuidado de no remover la tierra de las paredes laterales para no provocar derrumbes que inutilizaran el lugar. En cada una de las murallas de barro compacto descansaban especies de compartimentos confeccionados con cajones de frutas. Carrasco extrajo uno de aquéllos, solicitándome antes que cargase la linterna y apuntara con el foco al lugar. Lo ubicó en el suelo que sonó apagadamente luego de que Carrasco dejara caer el pesado bulto. Estaba cubierto con un cartón grueso de color oscuro que mi amigo extrajo con cuidado. Luego sopló encima de él para que el viento arrojara al piso restos de arena y terrones café. Dentro de la caja se observaban tres armas cortas de fabricación soviética. Botó al suelo el cartón y aferró raudamente una de ellas; las piezas de ésta emitieron un ruido similar al que producen las fichas de dominó cuando se golpean entre sí.
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Tenemos treinta metralletas; el resto de las cajas son pertrechos y explosivos de diverso grado de potencia – los ojos de Carrasco brillaron; su imagen, iluminada a la luz tenue de la linterna cuyas pilas comenzaban a extinguirse, bien podía ser la imagen que lo inmortalizara en un retrato: mirada profunda, chaqueta militar, bototos gruesos, fusil en mano, posición de combate. Un par de insectos trepaba por la muralla ubicada en las espaldas del comandante; nos sentamos en el suelo; inspeccioné el espacio con mi vista, ayudándome con la linterna.

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Negro, no lo sabía, esto me sorprende – argüí con sinceridad. Los compañeros bolivianos los pasaron por la frontera altiplánica. Creen que los usaremos contra la dictadura. Puede que sea así, pero yo miro un poco más allá. Nuestra revolución recuperará la dignidad de los pueblos originarios.

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Pensé que la violencia armada sólo era un discurso, que seguiríamos el camino trazado, el plazo de cuarenta años – expresé, asustado por la idea de ocupar dichas armas en la lucha asumida.

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Alberto, eso sería lo ideal, pero los que luchan contra la tiranía y la tiranía misma nos han cerrado la puerta. Puedes quedarte toda la vida pidiendo por favor que la abran, o abrirla ocupando la fuerza. Escojo la segunda opción – Carrasco simuló destrabar el arma y apuntar a un enemigo imaginario proyectado en la muralla cubierta de relieves.

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¿Cuándo se supone que las ocuparemos? – Pregunté inquieto; los perros ladraban allá afuera. Algunas vacas se levantaron emitiendo mugidos discretos. Cayó algo de tierra.

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Cuando sea necesario – respondió Gustavo y luego guardó el arma, reaccionando ante el movimiento y los ruidos de afuera- Vamos, es hora de devolvernos a casa.

Bajé las escaleras cuidando de que mis zapatillas no sonaran demasiado al contacto con el suelo encerado de los peldaños que desembocaban en el primer piso. Frente a mí se
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levantaba una muralla cuyo espacio no lograba acaparar los haces de la luz azulina de los tubos fluorescentes. Observé con detenimiento aquélla y cargaba en su tersura un par de carteles del ministerio de salud y un gran afiche con una especie de mapa; me acerqué con sigilo pues en el espacio no existían paredes que ocultaran mi humanidad de la vista de alguna persona que apareciera desde el patio. Se trataba de un plano del edificio; sentí un estrépito de alegría y busqué con mi vista el punto del mural en el cual se encontraba UCI: el cuarto piso del ala central de la construcción. Corrí por el pasillo hacia el lugar; al mirar el block pude percibir el pasillo iluminado del nivel en cuestión y algunas sombras moverse. Me adentré, preferí usar las escaleras pues en aquellas tendría más espacio para esconderme si asomaba alguna persona que quisiera abortar mis planes. Anhelaba encontrarme de improviso con el comandante, aunque también me asustaba la idea de verlo demacrado, demasiado débil frente a la prueba y a la vez desesperado. El silencio, sólo aplacado por mis pasos deliberadamente apagados, tendía a mantener paralelismo con el ronroneo de los focos, una especie de zumbido al que uno llega a acostumbrarse de tanto escucharlo por largo rato. Llegué agitado al último tramo de escalera y me detuve para terminar de subir el piso sin emitir ruido alguno y asomar sin dejar mayor evidencia. Presentía que alguien caminaba de lado a lado del piso; eran pasos no disimulados; en el lugar el olor de los medicamentos se confundía con el del humo de cigarrillo. Carrasco no fuma, pensé. Entonces sentí una pesada mano que apretó mi boca por detrás. Temblé de pavor. Alberto, soy yo, por favor, no digas nada – Carrasco habló a mi oído despacio, apenas perceptible. Mierda, me asustaste – le respondí en el mismo volumen.

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Mi corazón agitado parecía querer salirse de sus cavidades internas. Los ojos de Carrasco estaban irritados; su rostro poseía un peligroso matiz que desconocía; mechones de su pelo navegaban libres tapando espacios de su faz. La voz del comandante se escuchaba más grave de lo normal; seguro que sus fauces guardaban flema acumulada por el llanto. Me miró y al hablar su rostro se deformó de modo horrible, conteniendo la pena que se manifestaría en sollozos. Bajamos un par de peldaños y nos sentamos expectantes en un peldaño. Carrasco observaba insistentemente alrededor para evitar ser descubierto. Savka va a morir –apretó los labios y éstos, rebeldes, húmedos, apenas se resistieron a la fuerza magnánima de la tristeza. Carrasco tragó saliva, carraspeó para sostener la voz- está muy mal, me lo dijo el médico hace unos veinte minutos. Mis ojos se humedecieron; sentí que mi amigo se sentía culpable por el destino de su amada. Pensé en las jornadas junto a ella, en la imagen de ambos sonriendo mientras caminábamos en grupo por la costanera, en su chica enojándose con las demás por no haber ensayado sus papeles en alguna performance, en las veces que me saludaba con afecto de hermana, atrapándome con sus brazos tan dóciles, tan dulces; la imaginé con su burguesa alegría saltando en las concentraciones en favor de la democracia luego de la declaración el que no salta es Pinochet, alzando la voz frente a una asamblea de cuarenta y tantos jóvenes liceanos las veces que divulgaba los fundamentos ideológicos del movimiento a la salida de algún colegio, contando chistes en nuestras reuniones sociales, en tanto el comandante tomaba de su mano y besaba ésta cada cinco minutos. No puede dejarnos tan tempranamente, argüí en mi interior. Comencé a llorar conteniendo las lágrimas y los murmullos internos que afloraban con tanta profusión de modo espontáneo. Al menos quiero estar con ella cuando muera – dijo sollozando.

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No digas eso, Gustavo, quizás ocurra un milagro – respondí y no logré reprimir el primer suspiro después del cual lloré por un par de segundos.

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Prefiero que muera a que cargue toda una vida aquel rostro de monstruo que esos hijos de puta le dejaron – Carrasco secó los líquidos en su rostro con la manga de su chaleco¡Vieras tú cómo se quejaba del dolor y yo, impotente abrazándola, preguntándome cómo poder calmar el ardor de su piel!

Carrasco puso su rostro en mi hombro y temblaba en tanto sollozaba; le abracé y ambos lloramos por un rato. Sentí odio hacia los aparatos de seguridad del dictador; mientras esperábamos dar nuestra lucha en paz y sin provocar tensiones, él había dado su primer golpe fuerte contra nuestra organización a través de sus asesinos a sueldo. No se conformaba sólo con desarticularnos; literalmente truncaba la vida de tres de nuestros amigos de por vida. Sentimos pasos de un individuo acercarse a las escaleras, Carrasco reaccionó y se incorporó intempestivamente, me jaló del chaleco e invitó a parapetarme tras un basurero del tercer piso. Un tipo macizo, moreno, cruzó rápido y se perdió entre las escaleras. Minutos después mi amigo se levantó y le vio dirigirse por el pasillo hacia la entrada del recinto. Es un CNI, me lo dijo el médico – agregó- El resto de gente está afuera, quieren detenerme. Ya saben que soy el cabecilla del movimiento. ¿Tienes miedo? – le pregunté; acercó su rostro y su mirada sometió a la mía. No lo sé, Alberto, sólo sé que ha llegado el momento de tomar las armas. ¿Estás seguro?- pregunté con temor. Sí – respondió seco.

Subió las escaleras con rapidez. Tocó el timbre de la puerta conducente al interior de la unidad y una enfermera de rostro somnoliento y pálido le salió al encuentro. Luego de
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observar a ambos lados le dejó entrar; Carrasco se dio media vuelta y me indicó con las manos que le esperara. Me senté en el suelo y permití que los pensamientos revolotearan en mi mente libres; a esas alturas no poseía la más mínima voluntad para oponer resistencia al destino que parecía jugar, en cada movimiento, en contra de nosotros. Ubiqué mi cabeza entre mis piernas flectadas y una sucesión de recuerdos, pensamientos, sensaciones se apoderaron de mi mente, haciéndola naufragar en un mar oscuro e incierto. Desperté rato después, movido bruscamente por la diestra de mi amigo. Una enfermera y un médico me contemplaban; en mi poca lucidez vi que ambos le abrazaban y que Carrasco lloraba con desconsuelo. Más adentro una señora sollozaba reprimiendo gritos, disuadida por la voz grave de un hombre. Son los padres de Savka, pensé. Me incorporé; Carrasco se arrojó sobre mí y repitió afectado, frágil, ahogado en llanto. ¡Murió! – un estrépito inundó mi ser.

Tuve que permanecer varios minutos así, junto a él, para sorber en mi mente que aquello no era una mala pesadilla, sino la cruda y triste realidad. La polola de amigo había dejado de existir. Los ideales exigen un costo difícil de pagar a quienes se aventuran a ir en pos de ellos.

Con los ojos irritados, disimulados detrás de oscuros lentes que matizaban de un tono azulino los cerros arenosos y sin vida que rodean el pueblo de San Miguel de Azapa, caminé sin vida, cansado, con el estómago ardiendo, la garganta amarga producto de la cafeína y rastrojos de hojas de coca en los dientes. Al igual que la brigada no había pegado los ojos desde hacía cerca de cincuenta horas y despertaba los sentidos estimulado; mi cuerpo se encontraba exhausto y caminaba casi sin prestar voluntad propia, sino sólo obedeciendo al itinerario trazado por el comandante para esa jornada. Guardé las manos
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frías en el pantalón negro y sentí algo de alivio, pese a que el sol golpeaba con locura, como acostumbraba a hacerlo en el transcurso del año; mi cuerpo, sometido a esa especie de frío de madrugada, se desplazaba como un alma en pena, junto con la gran multitud que avanzaba detrás del féretro de la abuela, levantando el polvo en cada paso, procurando un paisaje onírico, mientras los sones de la banda de bronce compuesta por músicos aymaras irrumpían el silencio del valle y lo despertaba con la pasión de un movimiento telúrico o con el estruendo similar al que emitía el río cuando las aguas cordilleranas arrojadas por la furia del invierno altiplánico abrían como cicatrices sus lechos secos. El cementerio ubicado en la pendiente del cerro, mostrando infinitas moradas pequeñas y cruces de madera, se encontraba desierto; sólo el gentío que acompañaba las exequias de la anciana madre de papá colmaba un tercio del espacio, cerca de cuatrocientas personas, muchas de ellas pertenecientes al movimiento revolucionario que lideraba Gustavo Carrasco. Éste caminaba junto a mí. No había probado bocado alguno y el ayuno obligado por la muerte de Savka, cuyos funerales se realizarían el día siguiente, le tenían con el rostro demacrado y el alma particularmente sensible. La herida de bala que ostentaba en un costado del vientre aún supuraba, por lo que era necesario revisar los apósitos que la protegían cada media hora. Gianina había tomado el rol de enfermera del comandante, previas instrucciones de la madre Juana del Gerónimo, religiosa española que atendió a los muchachos maltrechos en la incursión del día anterior. De todos los heridos, Francisco había sido el más perjudicado: la bala recibida por las fuerzas de la represión se alojó en uno de sus brazos. La hemorragia había sido intensa, dramática; apenas huimos en auto por las polvorientas calles de los caminos no oficiales del valle (aquéllos cercanos al cerro Chuño que alguna vez conocí cuando visité junto con mi padre y Josué) le llevamos para que fuese atendido en la posta clandestina que funcionaba en las dependencias de la parroquia San José, ubicada en una de
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las abandonadas calles de la población Cabo Aroca; las fuerzas militares deambulaban en sus vehículos de guerra por las avenidas marginales, seguro resguardando que llegada la madrugada los ciudadanos de la ciudad concurrieran en paz a los centros de votación, sin encontrarse con elementos extraños en las calles que pudieran poner en peligro sus

integridades tan sumidas al temor en cerca de dos décadas de dictadura. Gracias al cielo, y pese a la desesperada conducción del automóvil alquilado que hacía Ricardo, perteneciente al brazo armado del grupo, entramos a la población por el sector de Campo Verde sin ser descubiertos y perdiéndonos de la camioneta de carabineros que nos siguió desde el retén de San Miguel. Al llegar a un pasaje oscuro descendimos con rapidez y estacionamos el auto afuera de un taller mecánico, entre varios móviles viejos y sucios. El comandante apretaba con un paño de franela amarilla la herida alojada en su estómago, en tanto trataba de aguantar los gemidos que de rato en rato asomaban irremediables por sus labios húmedos. Para esas horas Carrasco parecía un zombi, una especie de robot antropomorfo cuyos músculos faciales dejaban ver expresiones neutras, indiferentes. Algo lo disimulaba cubriéndose la faz con un oscuro pasamontañas, al igual que nosotros, que recién sacó de su cabeza cuando penetramos nerviosos por un largo y lúgubre pasillo y la madre nos hizo entrar a una pequeña piecita de madera, la cual iluminó ayudada de una palmatoria metálica y picada, en cuya base se levantaba una vela amarillenta de flama titilante. Francisco mordía un pañuelo cubierto de sangre y empezaba a perder el conocimiento; el dolor de su brazo hacía tiritar al resto de su cuerpo. Su rostro brillaba húmedo, rojizo, deformado por la agonizante luz. Comandante, ¿voy a morir? – le preguntó al Negro. Éste, que apenas sí podía seguir disimulando el ardor de la carne abierta en el tórax, respondió lacónico. Franco, ten fe. Pronto vamos a salir de esto.
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Luego se echó sobre una cama y dobló su humanidad, mientras la madre Juana buscaba con desesperación su caja de insumos médicos que debía estar en la repisa adherida a una de las paredes del cuarto. Seguro dormía cuando golpeamos con fuerza la puerta de la capilla

pues vestía una bata desvencijada, de colores que se resumían en blanco, pero que alguna vez fueron diversos. Se nos mostró despeinada, pálida, en tanto se asomaba por el largo pasillo, arrastraba sus chalas y caminaba tanteando las cosas. Tenía cerca de sesenta años; dos gatos le acompañaron. Vimos cuatro luciérnagas correr rápidas a nosotros en medio de las tinieblas. ¿Quién es? – preguntó con voz bronca; luego carraspeó. Neutralizó la luz amarillenta del poste que se colaba hasta el patio de su morada formando una visera con la diestra. Hermana, somos nosotros, los del movimiento INTI. Necesitamos su ayuda – dijo con voz desesperada el comandante. La religiosa asomó sus ojos en una abertura de madera que poseía el rústico portón y contempló con dificultad el rostro transpirado de Gustavo quien en un acto rápido arrancó el pasamontañas que cubría su cabeza; despeinado, con los ojos desorbitados, rojos, observó a la madre y su mirada le explicó lo dramático del momento. En mi cabeza despertaban los recuerdos, las consignas, el sonido de los disparos de carabineros, nuestras jornadas de entrenamiento en el altiplano, las tardes de concentración en favor de la democracia, la participación combativa en las protestas realizadas en avenida Tucapel. La adrenalina viajaba con rapidez, confundiéndose en la sangre que recorría los conductos del cerebro y el resto de mi cuerpo y empalaba mis sentidos; mostraba imágenes distorsionadas, incoherentes, superponiéndose una sobre la otra, montando un filme sin un hilo conductor; asimismo anulaba la sensibilidad natural y me hacía sentir las cosas como si estuviese borracho, aunque no hubiese digerido siquiera un sorbo de alcohol. La puerta se
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abrió y entró Francisco, quien emitía un gemido similar a un perro lastimero que es golpeado por su amo; su rostro, arrugado, brillaba al ponerse en contacto con los breves y esporádicos haces de luz que se colaban por la reja. Luego entró Gianina; guardaba en su mochila negra de lona una petaca de pisco cuyo contenido estaba pronto a acabarse; sorbió el último poco y arrojó la botella a un costado del pasillo. No estaba herida pero el enfrentamiento sin duda la había afectado psicológicamente. No pronunció palabra alguna en el trayecto y se dedicó a observar con la mirada perdida el lúgubre paisaje nocturno que contemplaba desde la ventana; las sombras de los olivos, el costado del cerro Chuño ganándole espacio al cielo oscuro del valle, las luces de la ciudad asomando mientras entrábamos con rapidez a la población. Parecía ida, perdida en un punto incierto de sus recuerdos. A veces creo que todo por lo cual luchamos es en vano – dijo.

Cargaba el fusil y secaba la transpiración de su frente con el dorso de su mano. Ésta se tornó negra por el matiz de la crema oscura que usábamos en el rostro las veces que subíamos al desierto para entrenarnos en el uso de las armas. Atardecía y los cerros se pintaban de violeta, rosado, bajo un sol que se escondía en un horizonte teñido de colores cálidos. El viento se respiraba helado y formaba remolinos en la tierra seca y arenosa. Nunca será en vano; lo que hagas moverá aunque sea una sola voluntad en favor de la justicia– respondió Gustavo, de cuclillas en el suelo. Vestía botas militares, pantalones verdes y un chaleco negro con refuerzos de lona en los hombros y codos. Sobre su cabellera negra, brillante y lacia, cargaba una boina de color oscuro. Lidiaba con una sarta de municiones que deseaba instalar en la metralleta que aferraban sus manos y descansaba en su regazo. ¿Y qué pasa si fracasamos? – Preguntó Gianina.
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Un revolucionario nunca piensa en el fracaso. Para él existe una sola posibilidad: conseguir lo que sueña.

Carrasco se levantó, corrió el seguro de su arma y disparó en dirección al poniente, al pico de una roca que se veía oscura sobre el telón anaranjado del ocaso. Los disparos quebrantaron el silencio del desierto. ¿Tienes miedo? – pregunté a mi amiga. No; ese caso es parte del eje de las probabilidades, nada más, por eso preguntaba – sacó un cigarro del bolsillo que se ubicaba a la altura de sus rodillas. Lo intentó prender con un fósforo que extrajo de ese mismo lugar pero el viento aplacó la pequeña flama. Gustavo le alcanzó un encendedor. Prendió el cigarrillo y su rostro se cubrió de una bocanada de humo blanco. Acostumbrábamos visitar el desierto de Acha desde el mes de febrero del año ochenta y ocho, luego de que los compañeros peruanos del movimiento revolucionario Túpac Amaru nos aconsejaran prepararnos por un eventual desconocimiento del dictador al plebiscito al cual había convocado. Era una hipótesis que algunos grupos de izquierda manejaban casi como un hecho, en consideración a los antecedentes recabados en las historias de otras dictaduras latinoamericanas y africanas. Ese concha de su madre de Pinochet es un pata conchudo, mariconazo, que está organizando ese evento para ganar tiempo, preparar a su gente y aplacar las protestas – señaló Solano, miembro del MRTA, en uno de los últimos encuentros que sostuvimos en Tacna, esta vez en una casa habitación ubicada en el sector de Parachico, a la entrada poniente de la ciudad.

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Puede ser; es un rumor que circula también dentro de los grupos de extrema izquierda de mi país –replicó Carrasco. El anfitrión nos había servido chicha morada, éste tomó un sorbo pequeño; sus labios se tornaron oscuros.

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Es necesario que se preparen. Mi movimiento es admirador de su doctrina, comandante, pero le critica que no asuma una actitud más pragmática, no tan teórica.

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¿Qué cree usted que podamos hacer, Solano? – preguntó Carrasco. Tomar desde ya las armas, compañero – sentenció seco el peruano- En tanto usted busca adoctrinar a las masas, Pinochet y sus asesinos habrán matado a la mitad de los chilenos.

Las armas llegaron al mes siguiente por un paso fronterizo clandestino cercano a la localidad de Guallatire, en el altiplano. Nuestro movimiento debía poner el transporte hasta el hito ubicado tras el volcán del mismo nombre. Compañeros bolivianos, contactados por los militantes del MRTA peruano debían trasladar los pertrechos desde el pueblo de Julo en un camión especialmente contratado para el trámite. Éste cargaba cueros de alpaca y leños para ocultar la docena de cajones que contenían armas y pertrechos de guerra. El intercambio se produjo una noche de viernes, jornada en la cual los carabineros del retén acostumbraban a realizar un alto en sus labores para hacer un fogón y someter sus fauces al alcohol que lograban conseguir incautando móviles que intentaban pasar de contrabando whiskies y productos nacionales desde nuestro país a la nación altiplánica. Hacía frío, quizás quince grados bajo cero y nos guarecimos junto a Carrasco y a Francisco bajo el motor de la camioneta que condujo Jean Pierre. Los compañeros bolivianos llegaron luego de un atraso de tres horas. Ha sabido detenernos la policía – dijo uno de ellos. Pero no nos revisaron, compañeros – agregó otro.
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Los cajones yacían esperándonos bajo los bultos de cueros y maderas, embalados en cajones de frutas. La cabeza amenazaba con estallarme debido al tipo de oxígeno de los cuatro mil seiscientos metros sobre el nivel del mar que se respiraba en el lugar. Sólo la luz de la luna iluminó nuestro rápido accionar; haber usado linternas u otro tipo de instrumentos de iluminación hubiera despertado sospechas de algún policía fronterizo, aunque habíamos buscado el momento propicio – hora de cambio de guardias, el relajo de los carabineros-, para realizar la internación ilegal de armas. La agitación hizo vomitar a Francisco y a Jean Pierre, quienes luego de unos minutos decidieron, a sugerencia del comandante Colque, irse a descansar a la cabina de la camioneta. Gustavo y yo teníamos experiencia en climas de altura, pues acostumbrábamos visitar el altiplano conversando con ancianos, determinando la realidad actual del pueblo aymara. El Negro llevaba una bitácora de cada una de las incursiones y un registro fotográfico de ellas. En un futuro cercano planeaba publicar un libro con todas las experiencias, impresiones y sentimientos que habían surgido a propósito de nuestros viajes a los pueblos de nuestros ancestros. La puna había dejado de afectarnos y el frío era parte de nuestros cuerpos ya, tanto que solíamos lavarnos a torso desnudo temprano, al despuntar el alba, tomando agua de los riachuelos que cruzaban las comarcas andinas para lavarnos. Aprendimos a mascar hojas de coca; disfrutamos tomando agua de chachacoma y alimentándonos con productos consumidos por el pueblo aymara: quinua, cancha serrana, calapurca, pan hecho de harina de maíz, charqui de llamo. Después de cada viaje sentía que las ansias revolucionarias de Gustavo despertaban a una mayor pasión, como si los elementos naturales y ese pedazo de cielo que acompañaron la existencia de nuestros antepasados nutrieran de algún modo sus sentidos.

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Esta es nuestra verdadera nación y aquéllos nuestros verdaderos colores, no el blanco, azul y rojo que propugna la bandera chilena- señalaba serio, con las manos empuñadas, convencido en la lucha asumida.

Demoramos treinticinco minutos en cargar las armas y luego nuevamente ubicar los cueros y maderos sobre el acoplado del camión de patente boliviana. Luego de terminado el objetivo uno de los bolivianos convidó una botella de aguardiente a Gustavo quien aceptó por cortesía; antes de sorber arrojó un poco de ella en la Pachamama. Me pasó la botella y sorbí; mi garganta ardió con furor. Gracias compañeros; la nación aymara les agradecerá en un futuro cercano – dijo Carrasco; de su boca salía humo producto del frío inclemente en tanto nos despedíamos extendiendo nuestras diestras en señal de agradecimiento. Luego subimos al automóvil, acomodamos a los chicos que dormían en el asiento trasero y el comandante tomó la conducción de aquél. Entrando a Guallatire don Facundo Supanta nos esperaba con té y sopaipillas; él y su hijo Manuel se encargarían de cargar a seis guanacos sobre el acoplado en tanto su señora nos atendía en la cocina de su morada. Antes, sin embargo, Carrasco pidió permiso al campesino y me invitó le acompañase hasta el retén. El reloj marcaba las dos de la mañana. Mi amigo cargaba una jaba de cervezas Paceña las cuales ubicó en el mesón de atención. El ruido de botellas alertó a uno de los policías que se encontraban en el baño del recinto. Salió secándose las manos con el chaquetón verde olivo que cargaba en su cuerpo. Luego vistió sus guantes con premura; por su boca expulsó un chorro incierto de humo que hizo temblar a la llama de la vela que iluminaba el cuarto de líneas fundamentales. Buenas noches – dijo con voz marcial.

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Buenas noches, mi cabo- respondimos a dúo. Carrasco dejó descansar su mano sobre la caja, luego pronunció con familiaridad

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Mi cabo, un obsequio, para que sigan celebrando –expresó.

El carabinero sonrió, agradeció y llevándose las manos a la boca para formar un túnel con ellas, llamó al sargento quien se encontraba en el patio, frente al fogón que logramos percibir por sobre el hombro del cabo, tras la puerta y una ventana. Afuera se escuchaban música y risotadas. Luego de unos minutos se acercó el clase acompañado por el sonido de pasos pesados y de su respiración dificultosa. Su rostro blanco se percibía curtido por una costra rojiza y por líneas milimétricas del mismo tono. Se acercó al mesón y nos miró a los ojos, algo incomodado. Disculpen –aplacó la sonrisa con el rigor de los músculos de su rostro; se cuadró e hizo sonar sus botas. Carrasco le extendió la mano. No se preocupen; ustedes son tan humanos como cualquiera. Les traemos un presente, señor sargento – El cabo observó la reacción de su superior, compartiéndole su júbilo algo reprimido. Éste lo miró y sonrió algo incrédulo. No está permitido recibir obsequios mientras ejercemos nuestra función, señor – respondió el carabinero. Supongo que tampoco les está permitido hacer fiestas en el patio de sus retenes – arguyó Gustavo. El sargento se ruborizó y arrugó la cara. El cabo dejó de sonreír y reaccionó incorporándose, ubicándose derecho en su sitio.- Mi sargento, no quiero ofenderle, sé que están lejos de su casa, extrañan a sus familias. No lo tomen a mal, es un presente desinteresado; por favor, recíbanlo. De todos modos si no lo aceptan igual lo dejaremos aquí- El uniformado observó al subalterno, inquiriendo algún gesto en su rostro que le aconsejara tomar una decisión prudente. Éste sonrió y movió las cejas.
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Está bien. Disculpen, jóvenes. Es que debemos cuidarnos las espaldas. No podemos aceptar cosas de buenas a primeras. Pero ustedes me traen buena espina. Gracias – el sargento nos extendió la diestra y ordenó al cabo cargar la jaba hacia el espacio trasero, intercambió algunas palabras con nosotros y luego nos invitó a pasar.

Observé a Carrasco y éste asintió con un movimiento de cabeza. Sobrepasamos el mesón, caminamos por una breve salita y el carabinero abrió la puerta que daba al patio. Allí cerca de siete carabineros bebían y conversaban sentados alrededor de una fogata; vestían chaquetones gruesos, botas, pasamontañas doblados en la frente. El carabinero que nos recibió dejó caer la caja de cervezas a los pies del extremo y el sonido de las botellas que gritaron como las gargantas de infinitas campanas se reflejó en los montes cercanos. Algunos perros que deambulaban por el lugar ladraron somnolientos. Chicos, los amigos aquí presentes están visitando el pueblo – dijo con voz marcial el sargento- Nos han traído un regalo. Los carabineros emitieron voces de alegría y aplaudieron apagadamente con sus manos enfundadas, el humo que manó de sus bocas se confundió con el que despedían los maderos y transitaba por la llama movediza y luminosa del fogón. Mis ojos se detuvieron allí, contemplando la fiesta de las brasas anaranjadas, la juerga de las ramas en el pequeño infierno producido. El frío adormecía mis manos y el resto de mi cuerpo; la pobreza me había impedido comprar alguna parka aunque fuese en un local de ropa usada, por lo cual ostentaba una chaqueta roída conseguida por Gustavo a un amigo de su barrio; bajo los jeans vestía un pijama de franela y un pantalón viejo de algodón. Estaba algo tenso, intranquilo; pensaba en las armas que guardábamos bajo los animales que seguro ya terminaba de cargar sobre la camioneta don Facundo y en lo peligroso de la misión.

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¿No es peligroso, Gustavo, ubicar las armas bajo los animales, cerca del calor del motor? – pregunté horas antes, cuando la camioneta ascendía la infernal cuesta del Águila, lugar donde se comenzaba a abrirse la quebrada de Lluta.

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Toda misión tiene su riesgo – advirtió. El valle se distinguía oscuro allá abajo; sólo desafiaban la oscuridad los focos de uno que otro automóvil que se internaba en las huellas húmedas de la quebrada, entre los sembrados y los árboles frondosos.

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¿Qué haremos si nos llega a detener la policía? –preguntó Ricardo, en tanto movía la manivela del vidrio para arrojar un pucho de cigarrillo consumido.

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Desde hoy, con las armas en las manos, enfrentaremos esa situación huyendo y atacando – respondió Carrasco.

Un camión que se acercaba a nosotros en la oscura carretera alumbrada por los focos de nuestra camioneta y los de dicha máquina, nos hizo cambio de luces; Ricardo correspondió el saludo - Si nos detienen desarticularán fácilmente al movimiento. Creo que nadie está dispuesto a eso. ¿Sabes manejar las armas, comandante?- inquirió Francisco. Sí. Los peruanos me enseñaron. No es tan difícil – Carrasco miró a los ojos de FrancoPracticamos algo en un cerro cercano a Calana. Una vez que las tengamos en nuestro poder, organizaremos jornadas de entrenamiento en Acha. La flama de la vela ardió con mayor intensidad; un pequeño zancudo había sucumbido frente a esa palma amarillenta y ardiente. La respiración dificultosa de Franco, sus gemidos abortados a la altura de la garganta, el sonido metálico del choque de los arsenales quirúrgicos manipulados por la madre, acompañaron a la escena desesperada de aquel filme real que protagonizábamos. Carrasco yacía en un costado de la cama medio dormido,
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apretando con sangre fría el apósito que lograba frenar la hemorragia de su cuerpo en el tórax. Había solicitado a la madre que atendiese primero a Franco. Éste se convulsionó como un poseso cuando la madre ensartó unas pinzas plateadas que fulguraron tibiamente al contacto con la luz de la vela. No te muevas, chico, aguanta – dijo la monja.

Ricardo y yo aplastamos al paciente contra el desvencijado lecho. Franco respiraba raro, como animal alcanzado por la flecha de un furtivo cazador que se retorcija en la pradera; su piel ardía y los restos de su camisa sucia, ensangrentada, con manchas de aceite y tierra, yacían pegados a aquélla cual nata en la superficie de la leche. ¡Madre, dígame si voy a morir! – dijo, apretando los dientes. Hijo, estás mal – respondió la madre, inquiriendo en la herida abierta, apenas perceptible por la escasa luminosidad del espacio. Compañeros, por favor, si muero díganle a mi polola que la amo y que también amo a nuestro hijo que está por nacer – agregó. Tras unos segundos quedó inconsciente, con los brazos extendidos en la cama, el rostro apuntando a un rincón del cuarto y los ojos entrecerrados. Comprendí que las disquisiciones de Francisco, la problemática que novelaba sus pesadillas y pensamientos durante esas semanas, esas sensaciones inciertas, contradictorias, habían llegado a una conclusión: haría frente al peso de la paternidad. El comandante me miró, perplejo por las palabras emitidas por el compañero herido. Quizás sentía la misma pena que me embargaba; cómo una vida tan joven podía dejar el carnaval sufrido de la existencia sin conocer al fruto del amor, acuñado en las entrañas de la mujer a quien entregó el afecto apasionado de combatiente y revolucionario. Imaginé a Vannessa caminando solitaria por las calles de la ciudad, con un pequeño en los brazos, indagando sobre el destino de su
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joven pareja, preguntando a los transeúntes, a los dependientes de las tiendas céntricas con la desesperación de la mujer abandonada a su suerte, con los llantos de la criatura

retumbando en sus oídos, sintiendo una mano interna apretando su estómago, esperando sin esperanzas los atardeceres y la noche cálida sin buenas nuevas sobre su amado. Lloré apoyando mi frente contra la muralla de madera empapelada con periódicos viejos amarillentos. Afuera se escuchaban los sones de las botas de los soldados de Pinochet golpeando la tierra dura de las calles, los gritos detente, no te muevas, rojo de mierda; las camionetas buscando al grupo de terroristas que habían asaltado el retén de carabineros de San Miguel de Azapa, mientras adentro la madre luchaba por extraer la bala alojada en la extremidad del Franco, Carrasco respiraba por la boca emitiendo un sonido bestial y el resto esperaba con pavor en el suelo que las tropas de afuera no golpearan el portón de la morada y que los automóviles estacionados emitieran rápido su ruido de motores y se perdieran entre las avenidas sucias y polvorientas de la población Cabo Aroca. La madre gritó casi imperceptiblemente y en el retroceder golpeó su humanidad contra la mesa en que descansaban sus elementos quirúrgicos; unas tijeras y un rollo de gasa se perdieron en la espesura de las breves tinieblas de abajo; las pinzas alzadas al cielo por la madre apretaban una diminuta bala, grisácea, horripilante, que apenas era una pequeña sombra en medio de un universo oscuro iluminado por un sol largo y parpadeante. Salió, por fin – dijo la religiosa.

Se la quedó contemplando por varios segundos, quizás imaginando la historia de su trayectoria, filosofando sobre la potestad que poseía de coartar la joven existencia de aquel revolucionario herido en combate. Un chispazo de esperanza, tal vez parecido en efecto al percutir de un cartucho en las mandíbulas de una pistola, brotó en mi corazón. Era posible que Francisco pudiese salvarse.
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Sáquemela a mí, madre, por favor – rogó Gustavo. Un sonido de motores sonó como un relámpago allá afuera. La madrugada volvió a ser silencio en la ciudad desnuda y dormida.

El féretro de la abuela fue cargado por sus hijos varones y los esposos de las tías, quienes cargaban el luto con devoción y un rostro demacrado, extrañamente matizado por la rigurosidad del sol nortino. El trayecto desde la puerta del camposanto hacia la sepultura que se ubicaba en un extremo de aquél fue lento, con la cadencia con que los guanacos mascan alfalfa en sus tardes ociosas y heladas. Apenas sí se escuchaban las pláticas de los asistentes entre tema y tema interpretado por la banda de bronces. Mi padre no lloraba, a diferencia de sus hermanos; sólo apretaba las mandíbulas y observaba el suelo mientras caminaba sosteniendo con una de sus manos el ataúd. Vestía su único traje oscuro que alguna vez, hacía muchos años, adquirió para recibir su carné de peluquero profesional, de cuya existencia supe cuando en mis tardes de descubrimiento encontré en su ropero un fajo de fotografías que me lo mostraron joven, apuesto, ostentando un desconocido júbilo, tal vez el tenor casi imperceptible que otorga la esperanza en los años en que uno es joven. Esa tarde calurosa de verano descubrí que me parecía dramáticamente al viejo en las facciones, en la complexión delgada, en el color de su raza que alguna vez me avergonzó cargar y que a esas alturas de la lucha mostraba como una divisa de batalla, como un pendón bordado en la carne que me enorgullecía con la pasión con que el sol ama a sus planetas. Los jóvenes del movimiento se habían ubicado entre la multitud, dispersos, ocultos y parapetados tras los cuerpos de los asistentes, llevando en sus brazos derechos la franja que distinguía al grupo de otros partidos o facciones existentes. Desde el día en que en la frontera había ocurrido el decomiso de material escrito por el comandante y Gianina y otros miembros del
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grupo comentaron sobre supuestas persecuciones, cada uno de los compañeros

del

movimiento debió moverse en medio de las calles y en los lugares que frecuentaba con extremo cuidado. Esta ocasión tenía, sin embargo, una connotación especial: hacía horas un grupo armado de INTI – corpúsculo en el cual me incluía- se había enfrentado a carabineros en el control de San Miguel de Azapa, pocos kilómetros del cementerio en el cual se sepultaría a la abuela. Los medios de comunicación de la ciudad y el país exponían en sus noticiarios los pormenores del enfrentamiento que, según los periodistas, había provocado la muerte de dos uniformados y heridas de diversa consideración a otros tres. Se sospechaba que al menos uno de los terroristas involucrados en el ataque huía con la vida pendiendo en un hilo, lo cual era cierto. Esa certidumbre provocó en el comandante y yo una creciente desesperación, sumada a los sentimientos que azotaron como un vendaval el alma de cada uno de los integrantes de la organización luego del atentado que sufrieran los muchachos y que costara la vida de la polola de Gustavo. La prensa, manejada por los organismos de la dictadura, había hablado de un accidente en el automóvil de Jean Pierre provocado por una falla eléctrica. A nuestro favor la opinión pública, hasta el momento, no entabló algún tipo de relación entre aquél pavoroso hecho y nuestra incursión a la comisaría. Aquello si bien no cambiaba el destino magro que preveíamos, al menos no lo precipitaba tan drásticamente. Los acontecimientos tensaban el ambiente de aquel domingo cinco de octubre de mil novecientos ochentiocho, momento en el que la ciudadanía salía de sus casas en dirección a los centros de votación para expresar su opinión sobre el gobierno del general Pinochet; había visto las multitudes caminar por la avenida Capitán Ávalos y camiones militares controlando las calles aledañas, en tanto el cortejo fúnebre avanzaba con lentitud bajo el sol pleno que azotaba la ciudad. Iba con papá, mamá y Josué en un furgón dispuesto por un vecino cercano a la familia. Carrasco había tomado un taxi y viajó tras la
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carroza con Gianina y otros colaboradores. Se quejaba

del dolor, aunque trataba de

disimularlo para lo cual se inyectó una dosis de morfina proporcionada por la religiosa horas antes. Le preocupaba el estado de Francisco; por esto designó a uno de los

compañeros jóvenes encargarse de las informaciones que recibiese de la hermana Juana del Gerónimo y luego divulgarlas a la cúpula del movimiento que se encontraba en los funerales de la abuela. Mamá había notado cierta inquietud en mi rostro; la ausencia en mi casa por esos días – que no era tan evidente pues ésta se encontraba llena de gente que asistía al velatorio de la abuela- provocó preocupación en ella. Papá parecía sumido en su dolor, taciturno en extremo, por lo cual parecieron no preocuparle mis actuaciones, al menos en los tres últimos días. No has estado en la casa y recién llegaste hoy en la mañana a dormir algo – habló mamá. Observaba el movimiento de personas que transitaban por la avenida; seguro irían a votar. Se persignaban al contemplar el cortejo. Un camión militar con soldados armados pasó cerca de nosotros; los uniformados que vestían trajes de camuflaje color café claro se sacaron el quepi en señal de respeto. Disculpa; estaba en el hospital acompañando a los papás de Savka – respondí.

Josué había ido a votar en la mañana y dormitaba en el asiento lateral al de mamá. La noche anterior salió con sus amigos y era probable que comprobara en su cuerpo la resaca de la pasta base. Apenas abría sus ojos, dos insectos rojizos que se mostraban brillosos y saltones. Mamá se había cansado de retarlo y procedía a resignarse a la suerte funesta de tener un hijo drogadicto. Debes retirarte de ese grupo, hijito. Tan pronto pase el funeral de la awicha trata de dejar a los chicos, por favor – arguyó suplicante- Es probable que Pinochet gane y te
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pueden tomar detenido por ser contrario al régimen- Me miró a los ojos y pude intuir que tenía miedo de mi destino. Era obvio que no sabía de los movimientos secretos de INTI, pero creo que lograba intuir que el grupo estaba siendo sometido a la persecución de los aparatos de represión del gobierno de facto. Aunque había leído la noticia del supuesto accidente del auto de Jean Pierre en las páginas del diario local y en primera instancia creyó en la versión contada por el periodista, comenzó a sospechar de la veracidad de aquélla al conversar con los padres de Gianina. Días antes de la muerte de la abuela, mamá descubrió entre mis pertenencias un puñado de cartuchos de balas, algunos libritos con la doctrina del comandante y una pañoleta con el logotipo del movimiento. Esos comunistas te lavaron la cabeza – dijo en tanto batía tres huevos en una olla. La cocina olía a cebolla; mamá preparaba el almuerzo- No sabes qué peligroso es que tengas esas cosas en la casa. Puede que incluso lleven detenido a tu padre por ser terrorista. Con su actitud usted avala el matonaje del dictador – respondí. Josué llegaba del trabajo y cruzó por el pasillo hacia el living. Se sacó la camisa, la dejó en el suelo y prendió la tele. Saludó desde dentro. ¿De dónde sacaste esos casquetes de balas? – inquirió. Se restregó los ojos con el dorso de su mano empuñando un cuchillo. Vildoso. Su padre es militar; se los cambié por un casete de Fernando Ubiergo – inventé. ¿Y los libros?

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Me los conseguí. No creo que en el leer haya algo malo – respondí. Josué salió con el torso desnudo; extraía de sus narices algún elemento sólido. Besó a mamá y se dirigió al refrigerador.

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¿Hay algo pa comer? - sin esperar respuestas sacó un plato plástico que contenía media docena de torrejas de mortadela algo secas y un poco de margarina. Tomó un pan que descansaba en la panera dispuesta en la mesa y procedió a prepararse un sándwich.

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¿Cómo te fue, Josuecito? – preguntó la mamá que tapaba la olla y luego ubicaba sus manos bajo el caño del lavaplatos.

-

Bien, pero cada día hay menos movimiento. Arica se está muriendo de a poco – respondió mi hermano; mascó la mitad del sándwich y regresó al living. Mamá se acercó a mí y me abrazó con ternura; su pelo olía a comida y transpiración.

-

Hijo, por favor, para qué vas a estar arriesgándote – dijo, enseguida besó mi mejilla- En la juventud uno es tan idealista; lucha por la justicia, reclama, cree que el mundo puede cambiar. Te darás cuenta cuando crezcas que el mundo real es distinto: cada quien lucha por lo suyo, que siempre habrá pobres y ricos y que los ideales no son más que ensueños románticos que uno tiene mientras es joven.

Mamá hablaba con sinceridad y desde la experiencia de tener cuarenta años. Pensé en las responsabilidades que debía cargar a mis cortos dieciocho años, en las privaciones que demandaba la lucha asumida, en los sacrificios, las horas de insomnio, la persecución, el trabajo, el entrenamiento en las armas, en la vida revolucionaria, en el dejar de pensar en la mujer a quien amaba sólo por suponer que podía ser una espía de los hombres de la dictadura. ¿No podía ser la vida mucho más simple que eso? ¿Por qué no había optado por llevar una existencia normal, como los demás tipos de mi edad que no se hacían mayores problemas y que disfrutaban de los beneficios que deparaba la normalidad, el
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establishment? ¿Conseguiríamos algo con todo lo que nos proponíamos llevar a cabo o la vida seguiría un curso calvinista, predestinado, rígido el cual había sido escrito por Dios quien había sometido su juicio nefasto al ser humano, relegándolo a vivir en un sistema donde ineludiblemente explotados y explotadores, sometedores y sometidos, coexistían agrediéndose unos a otros, de por vida? ¿Valía la pena jugársela por un ideal si al final los grandes revolucionarios de la historia habían muerto solos, abandonados a su suerte, ridiculizados por un sistema que nunca admitió algún deseo de redención? Las preguntas bien podían tener infinidad de respuestas, pero el peso y la terquedad que otorga la revolución, anularon sus ecos en mi mente. Mamá, nunca dejaré de creer en que es posible que los pueblos de América pueden llegar a vivir libres y recuperen lo que los imperialistas les han robado – respondí. Besé a mi madre y me interné en los pasillos de la casa con dirección a mi cuarto. Ahí me recosté en mi cama a pensar en las palabras de mamá y en los hechos excitantes

producidos desde que me había integrado al movimiento, retomando la amistad sincera y enriquecedora con Gustavo. El Negro comprobaba con su mano de cuando en cuando el apósito ubicado bajo su camisa. Su torso seguro transpiraba bajo el vestón y la camisa blanca. Hacía rato notaba cierta inquietud en él quien volteaba con insistencia su faz y movía sus ojos buscando con la vista a algo o alguien dentro de la multitud. Ésta ya se había congregado alrededor de la fosa cavada en tierra en cuyas orillas esperaban impacientes dos hombres vestidos con pantalones gastados, chalas y camisas delgadas, abiertas en el pecho, quienes cargaban sendas palas en sus brazos, esperando la señal para cubrir el féretro de la abuela con la seca y arenosa tierra de aquel lugar desértico. Podía observar en el gentío a mis primos, vecinos, clientes de la peluquería de papá, compañeros del movimiento revolucionario y rostros
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desconocidos, seguramente cercanos a la familia extensa que había dejado la abuela en el transcurso de sus días; el comandante acercó su rostro a mi oído y me susurró soliviantado: Hay gente de la CNI, Alberto – tosió y en el acto arrugó su cara de dolor; tomó con su diestra la herida. Una mancha de sangre, breve, cubrió parte de su camisa. ¿Quieres que llame a Gianina? – pregunté tratando de ayudar a mi amigo a avanzar. Crucé mi brazo por sobre su hombro. Es mejor que nos vayamos. Deben habernos perseguido de algún modo. Tengo miedo – clavó sus ojos en los míos y pude ver su mirada perdida en la oscuridad de las gafas. No nos pueden hacer nada, estamos en medio de la multitud, es un funeral, tendrán siquiera respeto por la finada – argüí. Han matado tanta gente que su respeto por los difuntos debe haberse gastado de tanto usarlo- respondió Gustavo. Comprobé con mis ojos la hipótesis del comandante. Lejos del grupo, en las murallas del camposanto observé un par de desconocidos, tipos de rostros blancos, pelo corto, que ocultaban parte de su faz con lentes oscuros. En el otro extremo, en la mitad del cerro tres individuos observaban; uno de ellos premunido con binoculares. Sentí un estrépito en el cuerpo que tensó mis músculos y les otorgó un golpe helado, muy distinto al viento que golpeaba afuera, en los rincones del valle. Carrasco continuó buscando con su mirada a los agentes de la muerte; sus labios serpentearon, introduciendo el llanto; dos lágrimas brotaron bajo las lunas de los lentes y reptaron por los pliegues de su rostro moreno. Allá atrás hay un grupo de militares. Estamos cagados – dijo y lloró sobre mi hombro.

Comprobé con mis ojos la certeza de la declaración del comandante. Cerca de una decena de soldados aguardaba en la entrada del cementerio, delante de un camión castrense. Cargaban fusiles negros, mientras observaban a la multitud congregada alrededor del cajón
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de la difunta abuela. El sacerdote se abrió paso entre la multitud y se ubicó a un costado de la fosa, tras el féretro. Los tíos y papá yacían genuflexos, tomando con sus manos aquél, llorando con lamento hecatómbico, desgarrador. Por primera vez papá se quebrantaba frente a mis ojos y supe que era tan frágil tras el aspecto duro y frío que había impostado durante años; era probable que se mostrase así luego de las humillaciones experimentadas y la herencia de sometimiento de su raza que traía marcada en su corazón. Un rumor de lloros inundó el ambiente, música a las palabras del cura que leía un pasaje del evangelio de San Mateo. Tras el valle la ciudad, seguro, permanecía expectante frente al proceso eleccionario que se estaba desarrollando y dentro de ella un compañero, el pobre Francisco Montoya, se debatía entre la vida y la muerte en una humilde habitación ubicada en un sector marginal y otros combatientes recibían auxilio médico en el hospital Juan Noé. No te desesperes, Tabo. Es el día del plebiscito; deben de estar resguardando el orden, nada más – dije. En el intertanto mis ojos se clavaron en la mirada de una mujer desconocida, ubicada tras las personas apostadas en las espaldas del sacerdote. Vestía traje negro y un sombrero gris bajo cuyas alas caía una especie de tul que lograba disimular los detalles de su rostro. Mi mirada se estacionó en su figura misteriosa. El comandante respondió, secándose las lágrimas del rostro con un pañuelo. Siento que nuestro fin está cercano, amigo. Dime alguna razón que me haga sentir que no es así – dejó caer su cabeza en mi pecho y su humanidad tembló. El comandante perdía las esperanzas y en el acto aprovechaba de desestabilizar las bases de mis sueños e ideales. Qué sería de mi vida sin la lucha asumida como norte, qué sería de los muchachos que tenían a mi amigo como modelo e inspiración; qué destino correría el pueblo aymara y los demás pueblos indígenas con la rendición de este revolucionario frente
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a los tentáculos del miedo y la desesperanza. Guardé silencio por unos segundos; los lamentos se hacían cada vez más fuertes en la multitud. Mis ojos ardían de sueño; mi cuerpo helado pedía a gritos la sustancia del sol para calmar un poco el empalamiento y la tensión ocasionada por los frenéticos días transcurridos. La misteriosa joven sacó de su cabeza el sombrero y llevó su diestra aferrando un pañuelo a sus narices. Reconocí la línea de sus cejas, la curvatura de sus pómulos, el matiz de sus ojos perfectos. Sin embargo los jadeos juveniles tras mis espaldas, el sonido de pesados pasos resonando entre los cuerpos de los asistentes, el polvo levantado por aquéllos, la agitación del aliento de un hombre que venía desesperado a nuestro encuentro, me sacaron de las elucubraciones; era Manuel, el compañero encargado de acompañar a Francisco en su agonía. Estaba despeinado, con los ojos irritados, con manchas de tierra y transpiración en su rostro. Su camisa se mostraba sucia y sin botones en los extremos. Apenas podía hablar, atragantado con el ritmo frenético de su corazón; había llorado, se notaba. Abrazó al comandante y tembló gimiendo de modo lastimero. No tuvo que decir palabra alguna para que entendiéramos el mensaje que traía como si fuese un chasqui encargado de llevar el recado desde una especie de infierno al mundo no menos desolado en que existíamos con los sueños balanceándose en el borde de un precipicio oscuro y sin fondo. Los restos de la abuela descendían sujetos a cuerdas a la garganta de la tierra desértica y los sones enérgicos de la banda azuzaban los lamentos de la gente que procedía a aferrar en sus manos puñados de tierra y lanzarlos sobre la fosa que era alimentada por las palas repletas de tierra que lanzaban con rapidez los dos obreros del cementerio. Mamá lloraba abrazada de papá, sosteniendo un ramo de claveles sin vida, exhaustos por el sol inmisericorde que las golpeaba. Josué observaba ido el panorama, acompañado de sus amigos del barrio. Se acercó las manos a los ojos y secó con los dedos el líquido allí acumulado. Tras de su grupo la misteriosa mujer comenzaba a avanzar hacia
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el costado de la multitud; repitió el rito que había realizado minutos antes, esta vez para arreglarse el pelo y, al observarla de perfil comprobé que era la mujer que había amado durante toda la existencia. La alegría inundó mi corazón, acallando las imágenes y sonidos trágicos que se sucedieron aquellos días como la programación penosa y triste de un mediocre canal de televisión. Ivonne estaba allí, en el funeral de la abuela. Me amaba de verdad; las noticias preliminares escuchadas en radio Cooperativa anunciaban una tendencia notoria a favor de la opción NO en el plebiscito; era posible que la dictadura pusiera fin a sus magros años de gobierno y el arco iris tras la tempestad asomara libre en cada una de las esquinas de la ciudad y la nación. La derrota del dictador traería, además, mi libertad para amar a la mujer de mis sueños, la dulce Ivonne quien fue el faro en el mar oscuro de mi infancia y el agua en el camino desértico de la lucha. Los dos compañeros se abrazaron y noté que Carrasco, que parecía entregar el alma en el abrazo férreo, gimió un desgarrador grito que incluso opacó los sones de la banda de bronces que nuevamente golpeaba como azote de aguas el ambiente. Sentí gozo y pena al mismo tiempo y, en el intertanto, contemplé el abrazo desesperado de los muchachos y a la mujer de mis sueños tras los cuerpos cuyas imágenes me sabían como fotografías tomadas tras un vidrio catedral. El ataúd de la abuela era rodeado con cordeles gruesos por los dos obreros que trataban aquél como si se tratase de un mueble más, con la prisa con que se embala una caja a la hora de partir y luego alcanzaron los cabos a los hijos y yernos de la abuela. Los llantos de Carrasco y Manuel se distinguían con claridad entre las endechas de la multitud y los sonidos estremecedores de los bronces. El cielo comenzó a cubrirse de nubes cenicientas y majestuosas cuando el féretro, tembloroso en la parábola formada por los cordeles, se internó en la boca terrosa del suelo, produciendo cascadas de arena en las orillas. La multitud se fue acercando con paso cansino, levemente unos metros, contemplando cómo la
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tierra se iba tragando el cuerpo de la abuela para digerírsela en su estómago voraz. Cuando descansó en el fondo los trabajadores del cementerio tiraron los cordeles, los enrollaron y arrojaron al suelo, tomaron las palas que, enterradas en la tierra húmeda, oscura en comparación a la de la superficie, esperaban impávidas el momento de la sepultura. Y ahí, en su concavidad metálica, desgastada por el paso de los años y el rasguño de las piedras y el terreno, procedieron a lanzar como escupitajos la arena sobre el cajón, que recibía además los pétalos que descendían flotantes desde arriba. Mi corazón latió con frenesí y sus pulsaciones repercutieron en todo mi cuerpo llegando a mi cabeza como las coces ciclópeas de un dios furibundo y castigador. El paisaje se me tornó un ensueño, una pesadilla incoherente, un bombardeo de matices y sensaciones. Mis oídos mezclaron los lamentos, el sonido de trombones, los sollozos del comandante tras mis espaldas, el ruido del viento helado golpeando las ramas de los olivos polvorientos, los latigazos de mi corazón desesperado, navegante de mares inciertos y aguas rebeldes. Generalmente el mundo occidental repite una y mil veces la frase “Vamos de frente hacia el futuro”- dijo Gustavo con certeza; sus palabras retumbaron en el espacio como los golpes de un trueno en días de invierno. Cerca de cuarenta jóvenes le oíamos, sentados en la verde alfombra del bofedal. Hacía frío en Caquena, lugar escogido para ese encuentro, uno de los últimos que sostendríamos antes del trágico destino que correrían los compañeros caídos en combate. Detrás de la figura de Gustavo, la montaña permanecía impasible, expeliendo fumarolas en su cima nevada como un anciano que fuma insistente, desesperado. El cielo despejado mostrando en un rincón al sol bendito no lograba disuadir con la tibieza que mendigaba al astro al frío que se colaba en cada rincón abierto de nuestras ropas. Savka, al lado del comandante, sorbía un poco de té en un tazón que compartía cada cierto tiempo con Gianina. Los guanacos se asomaban
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allá atrás, en el espacio colorido que formaban las llaretas, las piedras y los cactus candelabros. Nuestra cosmovisión aymara dice que nosotros no miramos al futuro, sino que al pasado, por una razón lógica: el futuro es desconocido, es imposible que nuestros ojos puedan contemplarlo- agregó- Nosotros miramos al pasado, al pretérito tiempo lleno de alegrías, pero también de penurias y sometimientos. Enfrentamos lo porvenir de espaldas, teniendo en consideración nuestra historia. No transaremos con la deuda que los hijos de los conquistadores intentan desconocer. Aquél es nuestro motivo y objeto de lucha. Rato más tarde la lluvia acompañada de granizo nos obligó a guarecernos en una casa cedida por un pastorcillo de guanacos y llamos. El rumor de la lluvia sobre los techos cubiertos de paja, los zarpazos lumínicos sobre el cielo esponjoso y oscuro, me

mantuvieron en vela, delirante, sometido al tambor de la puna que golpeaba mi cabeza con saña irredenta. Recordé con olores, sensaciones y matices las calles polvorientas de mi población como la superficie de un madero abandonado a su suerte, el rostro de papá haciéndome cariño, besando mi frente con palabras temblorosas, oscilantes, examinando cada centímetro de mi piel, tan similar en color a la suya, forjada por el sol andino inclemente; mi mano tomando apenas los dedos de mamá, blancos y suaves y el sentir los ojos de la multitud y pensar con infantil tragicidad no me parezco a mamá; los rostros deformes, inciertos de mis compañeros , mostrando bocas grandes, rojas, húmedas sobre mí, riendo, pronunciando entre gritos viscerales, indio de mierda, paisano reculiao, boliviano conchetumadre y perderme en la oscuridad de sus fauces ardientes; recordar el día en que mamá nos dijo conteniendo el llanto hoy comeremos pan con huevo y té y nosotros contentos recibíamos en la mesa un plato con dos tostadas y un jarrón con té casi
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sin azúcar mientras el ruido de las ollas en las calles sonaba cual caer de lluvia sobre los techos de las casas en días de invierno boliviano, sorteando nubes negras, las mismas que contemplaba tapizando el cielo de Azapa aquella tarde dominical de octubre, mientras el dictador se debatía entre aceptar o no el resultado adverso de las urnas y la multitud comenzaba su diáspora entre las sepulturas blancas y abandonadas del cementerio. A esas alturas no era yo más que un zombi existiendo por inercia de los años, un ánima material ocupando un espacio perteneciente a los mortales. Recuerdo contemplar a Gustavo llorando, sostenido de Manuel y otros compañeros, con la camisa manchada en el tórax; sangre y materia en un grito de color sobre la tela –en mis oídos el ruido de los lamentos que flotaban en el aire, alcanzando protagonismo, desplazando al sonido normal de las cosas- se le ha abierto la herida, pensé y, en vez de caminar hacia mi amigo, el hermano que la vida me regaló y fue al mismo tiempo el ángel enviado por Dios para guiarme hacia el camino que todo hombre debe recorrer en su existencia, dirigí mis pasos hacia el sur sin entender a ciencia cierta el porqué del itinerario, serpenteando la ruta como un ebrio que no puede controlar la anarquía de sus miembros adormecidos, y sentir luego del lamento las voces lejanas del comandante pronunciar mi nombre y sostener mi vista hacia el frente y contemplar tras los cuerpos oscuros, sombras flotantes, fantasmas morenos, a la mujer vestida de negro que me observaba impávida cual estatua sepulcral, mientras batallaba con mi peso corporal, la insurrección de mis miembros y los ruidos totalizantes del ambiente. Pero luego éstos, sometidos al ecualizador interno de mis emociones, bajaban sus decibeles y solo oía retumbar en mis oídos la voz de Carrasco quien me gritaba amigo, ven, por favor, Alberto, te lo suplico y yo, sin otorgar voluntad, seguía caminando hacia la mujer que amé entrañablemente y ella, de pronto, despertaba de su ensueño, resucitaba de una especie de dejavú profundo y permitía a su alma expresar signos a su rostro de musa griega. Y, lejos de
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dibujar una sonrisa en la faz y promover en sus mejillas dos margaritas, ombligos evidentes y esperanzadores, arrugó su faz, desesperada, incriminada por quizás qué recuerdo ancestral; lejos de sentirme rechazado, obedecí a la fuerza misteriosa que controlaba mi actuar y caminé hacia ella; comenzaba ella a sollozar cuando su voz reverberante y la de Carrasco confluyeron en la misma frecuencia; los sonidos del mundo dejaron de existir y sólo sobrevivieron sus voces trémulas, suplicantes, cercanas a la desesperación. Hubo un momento en que alzó sus brazos y mostró las palmas de sus manos, palomas con las alas abiertas con dirección a mí, detente, Alberto, por favor, amigo. Un cuerpo acercándose a mí con dificultad, Ivonne cubriéndose la cara con pavor en grado máximo, el golpe de aquel cuerpo precipitándose en mi espalda, mi humanidad azotándose de bruces en la arena blanda del cerro, una docena de disparos y sus ecos apagándose en la inmensidad del valle, me despertaron del ensueño. Abrí los ojos y el paisaje enunciado por mis ojos fue cielo plomizo y aves nerviosas desplazándose hacia un destino incierto. Sentí en mis labios el salado sabor de la tierra y una gota de ardiente saliva serpenteando por sus vértices hasta mi cuello. Un cuerpo temblaba a mi costado, sujetando su cabeza sobre mi brazo algo

adormecido. A lo lejos escuchaba gritos de alegría, música folclórica, el vocear del lema YA CAYÓ. Alberto – era la voz dificultosa del comandante, ahogada en un acuoso sonido. Tosió y los humores de su boca irrumpieron como la erupción de un volcán que expelía lava tibia y roja que sentí en mi rostro cual pequeñas gotas de lluvia. Mis ojos seguían estacionados en el firmamento. Gustavo, dime qué pasó, por favor – le dije y comencé a llorar.

Intenté moverme pero mis extremidades no respondieron a las órdenes de mi voluntad desganada y exhausta. El cuerpo del comandante comenzaba a sufrir convulsiones más
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dramáticas. Moví con dificultad mi cabeza y contemplé su rostro moreno disfrazado del polvillo blanco de aquel cerro venerado por nuestros antepasados. En el movimiento de su humanidad vomitaba sangre oscura que tendía a atragantarle las pocas palabras que podía articular. Su frente, húmeda por la transpiración, mostraba viscosa su pelo azabache como un río de petróleo. Ellos dispararon - respondió – Alberto, tengo frío. Parece que voy a morir. Tabo - dije entre sollozos- intentaste salvarme la vida – lloré con gran lamento, no importándome que alguien me viese. Alberto, yo te amo, eres mi amigo– dijo y su respiración se tornó peligrosamente rápida. Carrasco tosió y en el regurgitar asomó el efluvio rojo y ardiente de su boca que descansó en el suelo. Luego respiró con dificultad y pareció entregar el alma el alma en una bocanada de aire, en tanto sus ojos abiertos se estacionaron en el cielo y sus labios formaron aquella bella sonrisa afable que solía caracterizarle. Amigo, por favor, no te mueras – dije, casi sin aliento.

Cerré mis ojos, cansado, escuchando lejanamente los lamentos de la gente, los gritos de mi madre, las manos grandes de papá sobándome la frente. No recuerdo con exactitud los pormenores de aquel acontecimiento, solo sé que floté por una especie de abismo oscuro, incierto, en tanto los ruidos del mundo se iban apagando en forma gradual, hasta que sorbí con paz inefable el silencio absoluto de la existencia, quizás parecido al que uno percibe en el vientre paradisíaco de su madre. Cuando desperté, el mundo me supo distinto, como si de pronto hubiese nacido de nuevo. Desde la ventana de la fría sala de hospital pude contemplar las banderas blancas en cuya plenitud luminosa resaltaban un NO y un arcoiris.

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El cielo de Arica estaba despejado y detrás de las casas y edificios descansaba pacífico el cerro Chuño, observador silencioso de mis aventuras infantiles. Doctora, ¿qué es esa música de fiestas allá afuera? – pregunté con curiosidad inquisitiva. Nada, Alberto – respondió- Sólo que se cumple un mes del triunfo del NO. Quizás deba ser eso – arguyó. Recosté mi cabeza para seguir durmiendo. En el velador mamá había ubicado una foto en la que aparecía junto a Gustavo en el cumpleaños número diez de Josué y una foto de la abuela sosteniendo en brazos a Carlos, el hijo del tío Encarnación. Mis piernas, sometidas a la inmovilidad luego de haber recibido un disparo muy cerca de la espalda, colgaban como dos troncos cubiertos de hielo de las poleas instaladas en el cielo inmaculado del techo de aquel cuarto. Con inquietud volví a voltear mi rostro con dirección al mueble; había algo raro allí en lo cual no reparé del todo. Sobre la superficie, a un costado de los retratos, descansaba una tarjeta en cuyo ángulo resaltaba una cinta negra entrelazada. Mi amigo – pensé y todo lo material que estaba a mi alrededor pareció moverse de su estructura. La noticia la confirmé horas después cuando mamá, papá y Josué me lo dijeron casi sin convicción, con los ojos llorosos, mordiendo sus labios, melancólicos. Atardecía en la ciudad y aquella brisa marina que se colaba por la ventana (la misma que junto a mi amigo y comandante sorbíamos durante muchas jornadas cerca del Pacífico) me atrajo también en sus manos invisibles su perfume de recuerdos, la tibieza de sus palabras, el murmullo de su corazón revolucionario. Lloré amargamente por varios días hasta que mis ojos no tuvieron lágrimas y mi boca se secó de dolor.

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EPILOGO

Las hojas de los árboles caían como barcazas, sometidas con coquetería a las brisas otoñales que se le cruzaban en el trayecto. El sol anaranjado, detrás de los grandes árboles, había dejado de entibiar la ciudad hacía un rato. La multitud se dispersaba lentamente entre los caminos de la Quinta Normal; globos de colores, carteles con el rostro del Che, un puño en alto, nación mapuche presente, eran parte del colorido cuadro de aquella tarde. El sonido de una guitarra y una voz grave aplacaba el rumor del viento golpeando las hojas cobrizas y frágiles. Gianina cargaba en su mano una varilla en cuyo extremo se erguía una nube rosada de azúcar. Me hizo señas con su cabeza, invitándome a acompañarla a los columpios, lugar en que jugaba Gustavo. Vestía ella un poncho de alpaca, jeans y una blusa clara que mamá le regaló para su cumpleaños. Me levanté de la banca y aferré con rapidez mi bastón; ubiqué mi pierna derecha a distancia apropiada de la otra y me dispuse a caminar. La base blanda de la muleta producía una especie de pulsación graciosa en el suelo engravillado; algunos pequeños – como ocurría frecuentemente- se quedaron observando mi pierna tiesa, muerta, y el bastón remover breves centímetros de tierra. Detrás de mi caminar mis huellas eran acompañadas por un orificio redondo, marca de una tercera pierna que me acompañaba durante años. A diferencia de lo que mis cercanos se imaginaban, la inmovilidad de mi extremidad derecha no se debía a los disparos recibidos por mí aquella trágica tarde de octubre el año ochentiocho sino a un accidente de tránsito que sufriera en Iquique once años después, mientras realizaba una auditoría a una empresa importadora de automóviles coreanos. Llevaba tres años de pololeo con Gianina y era posible que Gustavo,
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nuestro primer hijo, aún no existiera siquiera en los bocetos de nuestra imaginación desbordante. Cerca de los columpios sentí la vibración y el ruido agudo de mi celular ubicado en el bolsillo de mi camisa. Me detuve apoyando el peso de mi cuerpo en el bastón que tendió a resbalarse y saqué el aparato para responder. Mamá – dije sonriendo. Hice señas a Gianina; sonrió y alzó los brazos en señal de júbilo; corrió a mi lado, y acercó su oído al mío que esperaba cubierto por el teléfono – como está usted. Qué bueno escucharla. Al otro extremo mamá respondía que se encontraba bien, aunque un poco cansada pues los hijos de Josué no cesaban de jorobarla con su inquieta existencia. Los gemelos tenían ya tres años y eran el terror de cuanto jardín infantil pisaran. En la imposibilidad de que encontraran matrícula en algún establecimiento – por los antecedentes conductuales que a esa edad ya cargaban- mamá le dijo a Consuelo, pareja de mi hermano, que ella podía cuidarlos, siempre y cuando les dejara listas las meriendas necesarias. Josué trabajaba en Iquique, en la minera Collahuasi para ser más exactos, como muchos padres de familia de la ciudad. Arica se está muriendo de a poco, hijo – dijo mamá con voz melancólica- vieras tú cuántos jóvenes no saben ya que hacer, hay poco trabajo, poco movimiento. Y las autoridades no hacen nada ¿Tú estás bien allá, hijo?
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Sí, no me puedo quejar. El mes pasado cambiamos el auto y es posible que el mes siguiente compremos la casita en Punta de Tralca, como te había dicho la semana pasada – respondí- Mamá, te paso a la Giani. Saludos a papá.

Mientras Gianina conversaba con mamá, caminé con dirección a mi hijo que gritaba papá, aquí estoy desde lo alto de una estructura metálica de muchos colores. El aire atraía los rumores de la música de un grupo folclórico; sentí pasos acercarse a mí. Volteé para mirar.
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Dos chicas de dieciséis años aproximadamente caminaban escrutando mi rostro con curiosidad pueril. Se detuvieron y conversaron entre ellas, luego de una breve plática fijaron nuevamente sus ojos en mí. Seguí caminando con algo de vergüenza, con cierto sabor de desazón en el alma, una sensación parecida a aquella que experimenté los primeros días en Santiago cuando me vi entregando currículos en las empresas y me preguntaban ¿usted es peruano?, seguro extrañados del tono moreno y los rasgos aymaras de mi rostro. Una de las jóvenes, de pronto, decidió salir a mi encuentro; sentí sus ahogados pasos en el suelo, el aliento entrecortado de su boca contrapunteando el pulso del bombo de la agrupación que tocaba en el otro extremo del parque. Disculpe, caballero – pronunció. Tomó tiempo para recuperar el aliento. Rió y me indicó con su mano que esperara. La otra chica se acercó con timidez- ¿Puedo hacerle una pregunta? Sí, desde luego – respondí. ¿Usted es Alberto Vásquez? – inquirió, provocando en su rostro una actitud de suspenso. Estudié su aspecto y el de su compañera; era posible que la conociera en algún lugar, que fuera hija de algún conocido y no quería pasar de maleducado al no recordarme de ello. Sí – repliqué- ¿Las conozco en alguna parte? No, señor – sonrieron y se miraron. Sus ojos luego brillaron; se llevaron las manos a la cara. Estaban sorprendidas - Usted fue el mejor amigo del comandante Colque... Sí – dije algo perplejo. Gianina se acercaba; ya había terminado de comer el algodón y aprovechó de arrojar en un tacho de basura la varilla que le sostuvo. Luego de años el tema surgía a propósito de la relación hecha por las adolescentes y, aunque reconocer mi pertenencia al movimiento revolucionario INTI ya no me
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avergonzaba –por el sabor a fracaso a que sometía a mi conciencia- ciertamente me incomodaba. Me encontraba yo tan compenetrado en el mundo real, en la mierda aniquilante del sistema, que despertar aquellos recuerdos, tan hermosos pero a la vez tan trágicos, ciertamente me sabía a ligera crucifixión. Distaba yo de ser el joven idealista, pobre y tenaz; ahora poseía casa propia en un buen barrio, automóvil, comodidades, dinero, pero ya no creía en sueños; quizás sea aquélla la peor enfermedad de la adultez, más que el paso de los años. No me costó entrar a la universidad el año noventa, luego de que permaneciera postrado durante un par de meses, recuperándome de las heridas recibidas en el último combate que sostuvimos con las fuerzas de la dictadura. Mas el golpe mayor que azotara mi vida con el rigor del viento de altamar sobre una barcaza de totora fue sin duda alguna la muerte de Gustavo y, tras de sí, el ocaso de los ideales propugnados. La historia del comandante fue silenciada por Lizardo Rodríguez, quien con los años llegó a ser diputado por la circunscripción Arica, Parinacota. La envidia empujó sus ruines propósitos y divulgó, usando todos los medios a su alcance, que Carrasco no dejaba de ser un jovencito soñador e irresponsable, gracias a quien perdieron la vida los compañeros abatidos y cuya muerte en los funerales de la abuela se debía a un ajuste de cuentas por unos dineros que debía su padre a un narcotraficante y no a motivos políticos. Los jóvenes que vivieron cerca de nosotros la revolución conocen que aquel político mentecato y mediocre inventó dichas falsedades porque siempre envidió el liderazgo del comandante y su brillantez de mente para trazar los lineamientos de una revolución. Respecto de esto y de la actitud de la gran mayoría de compañeros que lucharon contra la dictadura, se cumplieron las profecías liberadas por el comandante en torno a que transarían los ideales del socialismo. El país siguió aferrando sus rígidas estructuras de desigualdad que lo marcaron desde su origen. La
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dictadura continuaba en las mentes y en los rincones de las ciudades; los trabajadores no podían organizar sindicatos libremente sin que se aplicara sobre ellos algún grado de presión; aún subsistía la cesantía y la pobreza extrema; la educación y la salud no eran un privilegio de todos; aun la justicia era administrada por ministros que velaban por los intereses de los grupos de poder. La elite plenipotenciaria manejaba los destinos del país avalada por el sello de la democracia, explotando a la clase obrera, manejándola a su entero antojo, usando las fuentes laborales de los trabajadores como medida para acallar sus ansias de justicia y equidad. Luego de los hechos acontecidos mi vida cayó en una completa anarquía, en la cual los poderes de mi ser entraron en conflicto vital, cuestionando los valores por los que alguna vez luché, cerrando mi corazón a cualquier asomo de amistad y afecto de parte de mis cercanos. Es verdad que los revolucionarios mueren solos, abandonados, humillados por sus adversarios, los poderes organizados que arrastran a las masas y compran sus conciencias procurándoles pan a sus bocas hambrientas y circo a sus ojos ávidos de luces y sensaciones. Sentí que aquellos que nunca sacrificaron su tiempo y comodidades eran los primeros en sacarme en cara las muertes de los compañeros, la disolución del movimiento revolucionario INTI, mi alejamiento absoluto de las actividades políticas en democracia. Es fácil cargar una polera con la imagen del Che, de Jesucristo o Ghandi, pero difícil renunciar a la vida como lo hicieron ellos o Gustavo. Yo también estuve dispuesto a morir y, es más, casi así sucede; quienes nunca tomaron un fusil o sintieron en el estómago el miedo de perder la vida no pueden llenarse la boca de consejos revolucionarios, menos criticar a quienes llevaron a cabo – o al menos intentaron- grandes procesos sociales. La amargura y la soledad hicieron mella de mi ser y traté de acallar esas voces, las miradas de la gente, las ideas de justicia e igualdad, emborrachándome en bares de mala muerte,
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buscando la compañía de alguna mujer con quien acostarme por un par de horas y descargar en el acto mis ruines pasiones, tan distantes a las que, férreas y poderosas, movieron mi voluntad en pos de una sociedad mejor en la cual se respetara al pueblo indígena. Muchas noches caminé solitario por las calles de la enorme urbe que mostraba a mis ojos volúmenes amorfos, oscuros, muy similares a los cuadros que ocurrían dentro de mi corazón; en aquellas caminatas lloraba sin encontrar consuelo en un recuerdo o en una palabra pronunciada tras del teléfono. Lo trágico de la soledad no es el estar solo, sino el estar con uno mismo. Yo sabía que dependía de mí tomar decisiones respecto de mi vocación y de la lucha que la vida me encomendara y que, mientras no llevara a cabo dicha acción, mis días seguirían siendo tempestuosos, tortuosos y lúgubres. Un día viernes del mes de julio del año recién pasado –acostumbro visitar Arica en compañía de mi mujer e hijo dicha época del año-, caminando por el ahora paseo peatonal veintiuno de mayo, me quedé observando a una mujer de cerca de treinta años que trabajaba de garzona en un restaurante. Apoyé mi cuerpo sobre una banca y dejé descansar sobre un borde de ésta mi muleta. Pensé que se trataba de alguna vecina, compañera de infancia, quizás miembro del movimiento. Había olvidado en parte la vergüenza de saludar a los activistas de INTI por pensar no haber cumplido con lo que me rogara mi gran amigo. Esta disquisición me atraía un sentimiento de culpa enorme, una sensación parecida a la que experimenta un hombre cuando se arrepiente de haber apuñalado a quien le dio de comer. La delgadez de la señora y cierto tono de tristeza en su mirada llevaron mi mente a recordar mis días de adolescencia, la gente que vivía en mi población, a mi familia que nunca aspiró a ser sino sirvienta de las clases acomodadas. La luz del sol no provocaba sombras en el suelo cubierto de adoquines; la gente pasaba a mi alrededor indiferente, demasiado preocupada de sus asuntos, rumiando sus problemas con el ceño fruncido,
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sumándose al lamento de la ciudad agónica y abandonada a su suerte. La lastimera imagen de la dama vestida con un raído delantal rojo me conmovió; no pude dejar de apretar la garganta deteniendo la pena y la tristeza; sus ojos, familiares a las imágenes atesoradas en el cofre ancestral de mis recuerdos, despertaron media docena de nombres. Un joven salió de entre un grupo que caminaba desde el oriente hacia la costa, bajando por la callejuela, vestido con el uniforme del liceo en que alguna vez cursara mis estudios secundarios. Cargaba en su espalda una vieja y estropeada mochila de lona color verde olivo en cuyo bolsillo central ostentaba un parche negro con una figura de color amarillo. El cuadro visto me despertó de cierta inercia pasiva del mirar; acerqué mis pasos unos metros hacia el joven que raudo se adentraba al restaurante en que laboraba la mujer de ojos tristes. Contemplé con detenimiento el elemento decorativo de su bolso y comprobé con asombro que aquella insignia correspondía al sol amarillo con trazos delgados símbolo del movimiento revolucionario INTI. El estudiante saludó con besos y abrazos a la mujer que sonrió; luego secó la transpiración de su frente con el dorso de la mano. Fueron a una mesa ubicada en el rincón del local y se sentaron. Entré con el corazón agitado y al acercarme sutilmente hasta el lugar donde el joven y la señora platicaban creí contemplar a Francisco Montoya en la figura de aquel estudiante secundario. Me detuve y mis piernas temblaron de emoción. Mi mente viajó al año ochenticinco, a la antigua sala de clases del liceo; ese adolescente delgado, pálido, inmerso en el sonido que producían sus audífonos de esponjas naranjas que conocí aquel primer día de clases habíase reencarnado en el aspecto del liceano que continuaba sosteniendo conversación con la garzona. El mismo peinado, iguales gestos, similares líneas del rostro, me hicieron sonreír de alegría. Mi cerebro relacionó con rapidez las historias, los tiempos, las circunstancias y todo me llevó a la sorprendente conclusión: el estudiante secundario era
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hijo de mi amigo y compañero Franco, aquel que ofrendó su vida por la causa revolucionaria recibiendo dos disparos de parte de un carabinero en el enfrentamiento sostenido en el retén de San Miguel de Azapa. La señora, seguro, se trataba de Vanessa, el amor de Montoya, quien se encontraba encinta el momento en que partió de este mundo. La voz de Franco retumbó en mis oídos así tan vívida como la última vez que la escuché esa noche de miedo y desesperación en el oscuro cuarto de la parroquia; los años y la desazón habían impedido dar el urgente recado que entre el dolor y la angustia los labios de Montoya articularan: Por favor, díganle a Vanessa que la amo y amo a nuestro hijo.

Estaba allí yo, delante de ellos, luego de diecisiete años, para entregar aquel mensaje tan sublime y glorioso de amor paternal. Lloré silenciosamente y me ubiqué en una mesa cercana procurando no ser visto por ellos. Extraje de mi bolsillo un pañuelo con el cual enjugué mis lágrimas; sentí que aquel encuentro no era casual, que el destino se había concertado para regalármelo y despertar en lo profundo de mi interior la fe perdida en tantos años. Madre e hijo se amaban tanto; se miraban con dulzura, con la transparencia que otorga el amor verdadero. Traté de armar una historia de ellos luego del abatimiento de mi amigo de liceo y pensé en aquella delgada joven, pobre y melancólica, caminando por las calles de la ciudad sin el hombre que amó a su lado, llorando de alegría al abrir sus piernas, sintiendo que una pequeña vida se asomaba llena de expectativas a un mundo hostil; imaginé a aquel muchacho crecer sin un padre que lo acompañara a jugar fútbol al parque, sin un ser que recibiera tarjetas suyas algún día de junio, sin un hombre que lo besara en la frente y golpeara enérgico en la espalda en su noche de graduación. Sin embargo no pude proyectar con qué imagen de progenitor ausente pudo haber crecido aquel joven y sentí miedo por un instante de pararme y entregar aquella frase tan corta pero a la
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vez conmovedora que debía liberar en sus oídos. Me acerqué, empujado por una fuerza sobrenatural, y dije con la voz temblorosa Vanessa, soy yo, ¿te acuerdas? –apreté mis labios para no llorar frente a ella. Vannesa me miró por un par de segundos, escrutando cada centímetro de mi faz. Abrió los ojos y se llevó las manos a la boca. El joven observó perplejo aquel encuentro. ¡Alberto! – pronunció y se quedó estupefacta.

Me acerqué a ella y apañé su asombro con un sincero abrazo; ambos lloramos de emoción. El joven se levantó, aferró su mochila; con los ojos húmedos descubrí que era la misma que usaba Franco en el colegio. Mamá, qué pasa, quién es este señor... – preguntó el muchacho. Es Alberto; fue amigo de tu padre, un revolucionario, el mejor amigo que tuvo el comandante Colque. Yo te he hablado de él, ¿no te acuerdas? Alberto Vásquez – pronunció con asombro- Usted estuvo con papá en sus últimos minutos, ¿no? Sí hijo- avancé un paso, lo aferré entre mis brazos y besé su mejilla- Eres tan parecido a tu padre; te veo y lo veo a él – dije llorando. No pude contener la lluvia en mis ojos; él sollozaba en silencio- Antes de morir te dejó un mensaje a ti y a tu madre. Pensé que había dejado de amarme – expresó Vanessa secándose la humedad de sus labios. Te equivocas, Vanessa. El dijo que te dijera que te amaba y que amaba al hijo que estaba por nacer... Los tres lloramos abrazados, no supimos si de gozo, emoción o tristeza. De pronto atábamos un cabo que la historia con su daga filosa había provocado; con esto, aferramos la continuidad de nuestras vidas con un horizonte esperanzador. Francisco Montoya hijo
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contaba con diecisiete años. Durante su infancia creció escuchando los pormenores de la revolución en la cual participó su padre; leyó con detenimiento los textos del comandante; conoció mediante fotografías a los integrantes del movimiento, cargó desde la pubertad la insignia que llevó Francisco en el momento de su muerte. Se sentía orgulloso de haber sido hijo de un combatiente noble y bizarro y compartió la llama de su pasión indígena y libertaria con los compañeros de su curso que llegaron rato después a buscarle al restaurante. Francisco habló con emoción cuando detuvimos nuestros pasos en la plaza Colón y nos sentamos en el pasto, luego de habernos despedido de su madre que aún debía trabajar. Compañeros – dijo- tengo el grato placer de presentarles a un gran hombre. Ustedes lo conocen por las referencias que dan los textos del comandante Colque y por algunas fotografías. Fue amigo de mi padre y del comandante. Su nombre es Alberto Vásquez. Los ojos de aquellos jóvenes titilaban como las estrellas en la inmensidad del cosmos. Aquellas miradas llenas de sueños e ilusiones se fijaron en mis ojos y sentí despertar en mi interior una especie de fuego, esa misma llama que consumía mi corazón cuando compartía el mensaje o tomaba un fusil para practicar en el desierto de Acha o en los descampados del altiplano. Esos ojos ávidos de aprender eran similares a los de las dos chicas que me detuvieron en la Quinta Normal.
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Hola, soy Gianina, esposa de Alberto. ¿Usted era de la plana mayor del movimiento? – sonrieron aún mas asombradas. Claro – respondió Giani- ¿Ustedes conocen el movimiento? Por supuesto; también creemos en la revolución y en las ideas del comandante – agregó una de ellas.

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Pamela y Camila eran estudiantes del liceo uno de niñas y llegaron al conocimiento de INTI luego de que una compañera de curso llevara una edición antigua de “Reniego” el segundo libro publicado por Gustavo Carrasco. El ejemplar, viejo y ajado, lo había

adquirido en un puesto del persa Bio bio a dos mil pesos. El vendedor le refirió la historia del movimiento pues participó alguna vez de las reuniones que sostuvimos a la salida de los liceos en Arica; manejaba él la versión oficial de la lucha sostenida, sus ideas y los pormenores de la muerte del comandante. Es más: poseía en su local un póster con la foto de Gustavo y una cita extraída de uno de sus textos, entre los afiches de Allende, el Che y Miguel Enríquez. A propósito de aquéllo fue que Soraya – amiga de las muchachaspreguntó ¿quién es ese tipo de la foto?. El vendedor, entonces, procedió a narrar la historia del movimiento y mientras la joven escuchaba su corazón sintió una llama y la convicción de que debía aferrar la lucha en favor del reconocimiento de los pueblos indígenas y la restitución de sus bienes. Compró el documento, buscó los restantes en la feria de libros del Parque Almagro, en San Diego, un par de librerías de Valparaíso, es más, encargó a conocidos le buscasen material de Carrasco en alguna tienda de Arica. Con cinco libros en su poder firmados por Manuel Viza – el seudónimo literario del Negro-, procedió a compartir sus ideas con un grupo de compañeros que acostumbraban a reunirse en una de las salas de su liceo los días viernes a las seis de la tarde. Pamela y Camila llegaron a una de las sesiones luego de leer un cartel en que apareciera el símbolo de INTI y una foto de Gustavo, acompañado por Francisco y mi persona, una ocasión en que fuimos a practicar el uso de las armas en el desierto de Acha. Vestíamos uniforme verde olivo y botas militares dadas de baja por el ejército; en nuestras manos cargábamos sendas armas aferradas a nuestros pechos; sonreíamos iluminados por el sol desértico del atardecer, tan delicioso, que produce miles de matices sobre los descampados de la pampa. Era la misma foto
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arrugada que guardaba en mi billetera y que observaba en mis noches de borrachera. No era raro que la dejara apoyada en la botella de cerveza y entre sorbo y sorbo platicara con el Negro y Francisco a través de la imagen, no importándome las burlas de los tipos de las mesas vecinas. Había tantos sueños en esas miradas, tantas esperanzas en esas sonrisas juveniles; pronto mis ojos contemplaban a mi alrededor, las luces mortecinas del bares, sus paredes escritas con mil sustantivos inciertos, el humo de cigarrillos congregándose en torno a cada foco de luz. Qué distinta era mi vida sin esos sueños, sin aquellas metas que cumplir. Vivía en la mierda, arrastrándome entre los sucios espacios de la maldita e injusta sociedad. Conservo una foto de ese tiempo – dije en tanto extraje del bolsillo trasero mi billeteraes quizás parecida a la que vieron.
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Permiso- dijo Gianina- voy a buscar a Gustavito. Vuelvo enseguida.

Las muchachas sonrieron emocionadas. Se acercaron curiosas cuando abrí las alas del elemento y asomaron decenas de papeles de colores diversos. Entre ellos se mostró el retrato ajado que había guardado por años. Acá está- dije alcanzándoselas. Es él – dijeron y cotejaron mi rostro con el de la foto.

En sus bellos ojos asomaron lágrimas de emoción. La música del espectáculo que se realizaba metros más allá tornó a suavizarse. Una voz se alzó fuerte entre la asamblea. Pronunció el nombre de Gustavo y las banderas y los puños en alto se alzaron cómplices; la ovación no se hizo esperar. Observamos junto a las muchachas hacia el escenario, acercándonos de modo espontáneo al sitio. Un joven de cabellera larga, vestido con chaleco de lana de alpaca, procedía a leer un texto del comandante.

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Alberto – dijo Camila tomándome del brazo- Nos gustaría invitarlo a una de nuestras reuniones.

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Sería muy importante para nuestra agrupación poder escuchar a Gianina y a usted; podrían enseñarnos tantas cosas – agregó Pamela- No sabe cuánto lo agradeceríamosLas observé y sus miradas fueron elocuentes para reforzar sus ruegos.

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Hace mucho tiempo que dejé de ser un revolucionario – me excusé- Vivo como cualquier otro mortal; me vendí al sistema. Disculpen – mis ojos experimentaron escaramuzas de lágrimas.

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Eso es mentira – dijo enérgica Camila – Si fuese verdad usted no estaría aquí ni tampoco se hubiera emocionado al oír hablar del comandante y al conversar de él- Sus ojos se estacionaron en los míos. Pude distinguir cierto detalle común a la mirada de Carrasco; quizás la pasión, la fuerza vital concentrada en ella- Los sueños no mueren, sólo invernan esperando el momento de un nuevo sol.

Aquella noche llovía sobre Santiago y la avenida Providencia con su interminable fila de autos se asemejaba a un río oscuro en cuya largueza sus peces de ojos luminosos corrían en procesión hacia un lugar apacible para guarecerse de la tempestad. Las gentes corrían de un lugar a otro cargando sus paraguas, pisando el suelo que hacía explotar gotas en cada paso. Las luces de la ciudad se deformaban al contacto con el agua caída en el parabrisas. Eran las seis de la tarde, pero las nubes negras sobre la capital habían precipitado el advenimiento de la noche otoñal; de cuando en cuando los fragores lumínicos de la tormenta iluminaban por breves segundos la ciudad, como si una fuerza divina desde lo alto fotografiara los actos colectivos de los mortales que sobrevivíamos en la metrópolis. Gianina marcó desde su celular el número de nuestra casa para comunicarse con Poliana, estudiante de diseño que cuidaba a Gustavo las veces que debíamos salir de noche. Esperó
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unos segundos y luego conversó con ella de modo distendido; pidió que le pasase a nuestro hijo. Ambos emitimos un par de palabras. Cuídate, y no hagas pasar rabia a tu tía Poliana. Chao, un beso – dijo Gianina y, mirándome a los ojos, sonrió junto a mí. La reunión organizada por los dirigentes del liceo en que Camila y Pamela estudiaban, comenzaría a las seis y media. Imaginaba compartir mis experiencias con no más de veinte jóvenes quienes, pensé, estarían más interesados en organizar protestas y desmanes que en aferrar sueños y sacrificar la comodidad de sus hogares por llevar a cabo grandes transformaciones sociales. Llegaríamos justo en la hora y, de acuerdo a lo conversado con Gianina, nos retiraríamos temprano. Si acepté la invitación fue por un asunto de cortesía más que de convicción: las heridas recibidas en el pasado por mi alma soñadora no habían cicatrizado del todo y era posible que nunca lo hicieran; a esas alturas no creía en sueños ni en luchas vitales. Los argumentos a mi posición férrea los dictaba el fracaso y la decepción y no quería salir de ellos pues eso implicaba poner voluntad; es difícil hacerlo cuando se está cansado de la vida y de sus vueltas insufribles, desgastantes. Mi esposa nada más callaba; creo que esperaba el momento en que por mis propios medios me diera cuenta de lo equivocado de mi filosofía; seguro aguardaba aquel instante como el perdido navegante en alta mar anhela encontrar el buque que lo arrime hacia algún puerto. Acercándonos a Plaza Italia, Gianina reparó en un cartel de publicidad gigantesco, perfectamente iluminado, dispuesto sobre la azotea de uno de los edificios. Yo lo oteé indiferente, más concentrado en el flujo de vehículos que en sus detalles blancos con tonos verdosos. Ahí está tu amiguita – dijo con cierta ironía.

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Esperé llegar al semáforo para observar con detenimiento la gigantografía. Aparecía allí la foto del rostro de Ivonne promocionando una conocida marca de acondicionador para el cabello. Luego de los trágicos incidentes ocurridos en octubre de 1988, perdí todo rastro de la misteriosa Ivonne al menos después de un año; luego de las lecturas que de ella hiciera mi mente ésta llegó a la conclusión que se trataba de una mujer fatal, demasiado nefasta en cada una de las etapas por las que mi vida debió atravesar. Su paso en mi historia dejó huellas imborrables, un sabor amargo, desazón al grado máximo, que no estaba dispuesto a repetir con un nuevo acercamiento a ella, pese a sus tentativas por restaurar la amistad que hubo entre nosotros. La historia de que su padre había sufrido un accidente por el cual perdió su capacidad mental y la posterior bancarrota a la que su familia se vio afectada, había sido montaje llevado a cabo por los aparatos del régimen para recabar información de Gustavo y de mi persona. Ella se había prestado para dicho juego pues se encontraba algo enamorada de un oficial de carabineros que conoció en Antofagasta y le prometió amor eterno; llegada a Arica Ivonne comprobó que el uniformado era casado, padre de una hija y que hacía las veces de amante con la mujer de un conocido importador de la ciudad. Sin saber qué hacer y con la negativa de regresar a Antofagasta pues vivía ella en la etapa vital de la rebeldía y la independencia, se fue a vivir con una amiga quien le contactó con unos tipos que buscaban actrices para un supuesto cortometraje. Sabían los aparatos represivos del régimen que la izquierda poseía en sus filas a mucha gente que se dedicaba al teatro y a las artes en general. Querían éstos contratar a jóvenes actores que personificaran roles en un video dirigido por un tal Kurt Hormazábal, pero esta historia no era más que una argucia, un pretexto de un ruin plan: recopilar información de los grupos de izquierda con el fin de desbaratar sus planes en contra del régimen de Pinochet. El salario que ofrecía
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la productora al personal que trabajaría en el proyecto no dejaba de ser tentador, menos para una joven que deseaba vivir sin depender del dinero que le ofrecían sus padres. El organismo de inteligencia pronto investigó la vida de los sesenta jóvenes que se presentaron al casting. Para sorpresa de ellos se encontraba Ivonne, la chica que cuando adolescente fue el sueño amoroso de nosotros, aquellos dos revolucionarios izquierdistas. No podían desperdiciar la oportunidad que se les estaba presentando: usar a esa mujer para desarmar, mediante la seducción, las estructuras de un movimiento que peligrosamente crecía y amenazaba con propagarse al resto del país. La pobreza en que vivía, la existencia de una hija, la trágica novela relatada por sus labios, eran una patraña, una mentira cuidadosamente montada. Lo que no se esperaban los asesinos de Pinochet era que Ivonne se enamoraría de mí y que aparecería de improviso un oficial de carabineros que la cortejaría. Eso explicaría sus ruegos de no ir a verla a su supuesta casa, pues era verdad que el carabinero la tenía amenazada con matarme. Saliéndose del plan, al enterarse de la muerte de mi abuela, asistió aquella tarde de domingo a sus exequias, cubierta de un velo negro para que yo y mis cercanos no la reconociéramos; sin embargo, la fatalidad me invitó a caer en sus brazos inciertos e invisibles y me dirigí en pos de ella mientras me hacía señas con sus manos para que no me acercara. Sabía Ivonne que el carabinero enamorado de su figura hermosa y de su rostro de porcelana, habíase contactado con sus amigos de la CNI dando instrucciones en caso de que la encontraran flirteando con este sucio y asqueroso izquierdista. Era verdad: los proyectiles iban dirigidos a mí; Carrasco lo percibió, observó al grupo de tipejos apuntando sus armas contra mí y, al intentar proteger mi vida, recibió en su cuerpo indígena el rigor del odio represivo de los hombres del dictador. Luego de años supe que Ivonne había estudiado modelaje y posteriormente ingresó al mundo de la televisión actuando como extra en un par de teleseries de los canales más
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importantes del país. Se veía muy guapa y aparecía con frecuencia en los diarios y revistas haciendo noticia con supuestos romances con tipos de la farándula y futbolistas destacados. Me la encontré luego de varios años en el Luguria, lugar que acostumbraban visitar personajes de esa prosapia, en tanto celebraba con mis compañeros de trabajo la titulación de uno de ellos. Platicaba con una amiga y con su actual pareja, un conocido cineasta. ¿Cachai quién está ahí? – me preguntó Órdenes, gerente de recursos humanos de la empresa. No, ¿quién? – pregunté con desgano; el lugar escogido por el grupo no hacía más que incomodarme. Una galla que ha trabajado en varias teleseries, es modelo también, cuánto que se llama... –observé al lugar indicado por Órdenes. Estaba ella ahí, bella como en la infancia. Sin embargo, después proyectar durante muchas jornadas todas las imágenes que cargaba en mi interior, no tuve intención alguna de acercarme, ni siquiera recordar su nombre. No sé, no la cacho; ni me interesa – respondí lacónico.

Rato después tomé mi bastón y me dirigí al baño. Había bebido un par de cervezas y, aunque éstas no habían ocasionado demasiado daño en mis percepciones, deseaba pronto llegar a casa a encontrarme con Gianina y mi hijo. Con cierta dificultad ingresé al pasillo en cuyo final se ubicaba la sala de baño, a un costado del que pertenecía a mujeres. Mi bastón resbalaba un poco sobre el piso recién encerado, por lo cual caminé lento, observando las réplicas de cuadros famosos ubicados en las paredes del zaguán. De pronto la vi salir del baño; vestía jeans y una blusa de color verde claro. Su cabello se mostraba un poco más claro que cuando la conociera años atrás. No tuve intención alguna de saludarla; observé hacia delante y seguí caminando. Ella pasó al costado de mí, no percatándose en absoluto
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de mi presencia, pero en el acto pasó a llevar con su pie izquierdo mi bastón. Mi cuerpo se desestabilizó y en un momento creí que me vendría de bruces en el suelo. Sostuvo con sus manos mi cuerpo asustada, arrepentida. Me pidió disculpas mirándome a los ojos; en ese instante me reconoció casi de inmediato. Alberto- dijo perpleja. Hola. Permiso, voy apurado, debo irme pronto – señalé, serio. Alberto, por favor, soy yo, Ivonne – arrugó la cara; sus ojos lagrimearon. Aún no salía del asombro.
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Sé que eres tú, pero no tengo ganas de conversar contigo; me basta y me sobra con haberte conocido antes, permiso.

Aferré con fuerzas mi bastón, tendí a resbalarme. Me detuve y proseguí. Entré al baño y azoté la puerta con furia. Segundos después entró decidida; yo estaba bebiendo un poco de agua del lavamanos. Alberto, tú eres el amor de mi vida – se acercó a mí; me abrazó por detrás. Por el espejo vi sus cabellos descansar sobre mis hombros. Bajé la vista y mis ojos se detuvieron en el aro plateado del desagüe. Al día siguiente pasó a buscarme al trabajo. Llevaba puestos lentes oscuros; manejaba su automóvil nuevo. Tomamos un café en el Starbucks de Isidora Goyenechea y luego fuimos a su departamento. Empezaba a desvestirme sentado en la orilla de su cama, ubicando mi corbata, la camisa sobre su máquina para hacer ejercicios cuando, sin mediar estímulos, recordé la historia de mi romance con Ivonne; ella se encontraba en el baño cambiándose la ropa por algo más cómodo. Desde el octavo piso de su departamento ubicado en avenida Kennedy observé los edificios cercanos, los parques paradisíacos, la inmensidad de ese sector de Santiago, cuna de la burguesía y la aristocracia de la nación. Recordé a Gianina,
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mi hijo Gustavo, la imagen del comandante, las calles polvorientas del barrio que me vio crecer. Qué mierda estoy haciendo aquí – dije y me vestí raudo.

De algún modo consiguió el número de mi celular y procedió a llamarme todas las noches a eso de las once. Gianina interceptó una de sus llamadas mientras me encontraba en el patio jugando con Gustavo. Furiosa salió y lanzó mi teléfono por los aires, diciendo ¡quién mierda es esa puta que te llama todos los días!. El aparato se hizo trizas al chocar con el piso de cemento. Le expliqué la historia, cuidando de suprimir los detalles que pudieran jugar en mi contra: había besado a Ivonne y mientras lo hacía volví a rememorar los dulces instantes con ella vividos hacía años. Cuando llegamos al liceo dos chicos nos esperaban en la puerta consultando sus relojes. Lo pude comprobar al acercarme lentamente por la callecita que daba a la entrada. Había dejado de llover y el aire que se respiraba sabía a humedad y vegetación. Parecía que no habían asistido muchos estudiantes a la reunión pues los patios se veían vacíos y en los pasillos cercanos nada más que un par de jóvenes se desplazaban cubiertos por parkas gruesas. Caminamos tras los muchachos; Gianina aferró mi mano; en el patio de cemento el agua de las charcas reflejaba los mínimos focos de luz del interior del plantel. Al final del pasillo se ubicaba una sala amplia, de paredes blancas, en la que se alzaban media docena de paneles con recortes de diarios, fotos y material impreso. Parece que no vino mucha gente – dije para romper el silencio. No crea – respondió uno de los muchachos; ya entrábamos al espacio extenso e iluminado- Muchos jóvenes llegaron, más que en cualquier otra invitación. Lo que pasa es que están adentro, en el aula magna, esperando poder escucharle, señor Vásquez.

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Las fotografías contenían retratos de la historia del movimiento revolucionario INTI posiblemente bajadas de la página que había construido Francisco Montoya, hijo del compañero muerto en combate. Los textos pegados en las cartulinas correspondían a párrafos extraídos de los libros del comandante y panfletos también escritos por él que alguna vez repartimos en las gloriosas jornadas de protesta en contra de la dictadura de Pinochet. Media docena de jóvenes salieron a recibirnos y afables nos estrecharon las manos. Sus miradas denotaban expectación; sentí que me conocían aunque yo no tuviera idea de ellos. Un rumor inundó el gran salón en el cual esperaban los asistentes detrás de las grandes puertas en la que esperaban dos señoritas; Gianina me observó con cierto nerviosismo. De algún modo lo que veíamos en ese momento distaba de ser similar a lo que pensamos horas antes. Antes de entrar detuve mi humanidad frente a la entrada del espacio y estacioné mi bastón apoyado en el estómago. Tomé la mano de Gianina y sentí un escalofrío momentáneo, sólo experimentado por mí en los días de combate, cuando junto a Gustavo y los demás compañeros vivíamos escondidos de las fuerzas militares y creíamos en la libertad de los pueblos originarios hacía cerca de veinte años. Apreté los labios y besé la frente de mi esposa; tomé el bastón aprontándome a entrar. Camila y Pamela ingresaban al hall por una puerta lateral; cargaban en sus manos una cámara filmadora y una grabadora de sonido. Caminaron hasta el lugar en que nos encontrábamos y saludaron efusivamente a Gianina, luego a mí. Nos expresaron palabras de agradecimiento; habían esperado durante muchos días que llegase la jornada y estaban ansiosas por escucharnos hablar y compartir la historia del movimiento. Pamela consultó su reloj. Estamos atrasados como en cinco minutos – dijo con suavidad- ¿Está todo listo adentro, Gonzalo?
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Claro – respondió uno de los muchachos. ¿Cuánto tiempo se supone que debo hablar? – pregunté tembloroso. Cuanto usted guste, Alberto- respondió uno de los muchachos.

Cuando ingresamos una ovación general, casi ensordecedora, inundó el espacio como si fuese el sonido de una tormenta en los inviernos altiplánicos, fríos y formidables. El teatro se encontraba repleto de jóvenes que enarbolaban la bandera multicolor de los pueblos indígenas, pancartas con mensajes de justicia y equidad, el rostro de revolucionarios latinoamericanos y la insignia que alguna vez caracterizara nuestro movimiento. Me detuve a mitad del pasillo cuando aún restaban un par de metros para subir al escenario, no pude contener la emoción y procedí a llorar, observando los rostros de aquellos jóvenes

idealistas en los cuales me vi reflejado en mi infancia. Gianina percibió mi contrición y secó con sus suaves manos las lágrimas que reptaban de mis ojos a la barbilla; mi nombre, el de Gianina y el comandante retumbaban en las paredes del gran salón. Recordé mis imágenes de niñez, la pobre casa de madera en que crecí, las calles terrosas de la

población, la imagen de papá y mamá abrazados en la puerta de la horripilante reja, meciendo sus manos mientras caminaba de espalda a ellos, dirigiendo mis pasos al colegio, volteándome para observarlos cada cuatro pasos y responder a su despedida; la voz de la profesora diciéndome algún día vas a ser muy conocido, te lo mereces, sacas buenas notas, las jugarretas con Gustavo en los patios de la escuela de población, las maratones desde ésta hasta nuestra casa, permiso, vamos a saludar a la abuela, nuestros viajes a Putre, Caquena, Codpa y los poblados del interior, jornadas en las que aferrábamos con mayor pasión el sentimiento de ser indios y luchar por aquellos hermanos abandonados como huérfanos que carecen de gobierno y esperan resignados las migajas de la sociedad; rememoré las palabras de la abuela en mis oídos, su voz bronca, su aliento a coca, su
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sonrisa esperanzada, su sueño de que algún día su descendencia volvería a sus tierras y el pueblo que vio nacer a sus hijos recuperaría el color, el ruido de carnavales, la vida que la sociedad chilena había diezmado ofreciéndoles comodidad, robándoles del alma los últimos vestigios de cultura que poseían sin orgullo, con sórdida vergüenza. Volví a mi pasado de pobreza, de complejos, pero también de magia y sueños de justicia. La lucha no había sido en vano; la muerte de Gustavo, la caída de Francisco, las cicatrices en mi cuerpo y las pesadillas nocturnas, los descansos medicados de Gianina, nuestras historias de sufrimiento y dolor no eran casualidad del destino, ni un capricho de un dios frío y calculador. Nuestra novela, escrita con letras de sangre, con hojas de piel curtida, bajo el cálido cielo nortino, entre villorrios perdidos en las montañas altiplánicas, era el prólogo de una gran obra que comenzaba a escribirse allí, en el teatro de aquel liceo, dos décadas después de haber creído en imposibles. Sentí que el fuego que alguna vez embargara mi corazón se encendía lentamente, como en la mecha húmeda de un candil, despacio, pequeña, ganando al rocío, luego más fuerte, hasta permanecer sólida enfrentando a las tinieblas contrarias y aniquilantes. Tomé el micrófono; la audiencia silenciosa nos contempló con ojos ávidos, curiosos, ingenuos; Gianina lloraba emocionada a mi lado. Luego procedí a narrar la historia - escrita un frío día de invierno, lejos de mi ciudad natal- que empezaba con el vívido y hermoso recuerdo de que mi abuela mascaba coca devotamente cuando bajaba de Sahuara, un pequeño pueblo perdido entre las montañas, el mismo que hoy habitan sólo las sombras de los cactus y las secas mazurcas movidas por las manos invisibles del helado viento cordillerano.

Santiago de Chile, abril de 2005.
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