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Actitudes Hacia El Uso Del Espanol Sedano

Actitudes Hacia El Uso Del Espanol Sedano

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ACTITUDES HACIA EL USO DEL ESPAÑOL Mercedes Sedano (Publicado en Akademos, vol. 2, nº 2, 2000, pp.

119-132)
http://150.185.88.116/Humanitas2/publicaciones/AKADEMOS/pdf/Vol2-N2/pag119.pdf

RESUMEN El artículo se basa en algunos materiales publicados en Venezuela para abordar tres posibles actitudes ante el uso del español por parte de los hispanoablantes: i) una actitud correctista, rígida, apegada a lo que se considera el modelo propuesto por la Real Academia Española; ii) una actitud permisiva, adoptada por dos grupos muy diferentes entre sí: los “despreocupados”, que desconocen o niegan los mecanismos del idioma, y los “rebeldes”, que sí conocen y dominan dichos mecanismos, pero que reaccionan contra lo que consideran rigidez y purismo de los gramáticos; iii) una actitud equilibrada, que acepta las desviaciones comunicativamente funcionales y socialmente aceptadas, y que rechaza aquellas que van en contra de la claridad del mensaje o de los usos socialmente aceptados. 1. INTRODUCCIÓN* En el presente artículo me baso en algunos materiales publicados en Venezuela para reflexionar sobre las posibles actitudes ante el uso del español. Estas actitudes, por prototípicas, parecerían darse no solo en Venezuela sino también, aunque en distintas proporciones, en los otros países de habla hispana. En el habla hispana aunque sean semejanzas entre sí, presentan también considerables divergencias. El uso de estas variedades está condicionado por tres factores fundamentales: la zona geográfica, el nivel socioeconómico de los hablantes, y el estilo empleado. Dentro de cada comunidad lingüística existe una variedad llamada estándar, que es la empleada por los hablantes cultos en las situaciones formales o semiformales. Esta variedad, por su riqueza estructural y léxica, permite inagotables combinaciones a través de las cuales pueden expresarse los más complejos y sutiles mensajes. Al mismo tiempo, se trata de una variedad que goza de alto prestigio social dentro de la comunidad correspondiente.

*

Mi agradecimiento más sincero para los evaluadores de este artículo, que me ayudaron a mejorarlo con sus atinadas observaciones. Está de más decir que los errores que aquí pueda haber son de mi entera responsabilidad.

Por encima de las distintas variedades nacionales o regionales, el modelo que normalmente se considera destinado a regular la conducta lingüística de los hispanohablantes es el propuesto por la Real Academia Española (RAE). El modelo RAE, a pesar de lo problemático que puede resultar, suele ser el que, con pequeñas variantes, se imparte a los educandos. Basta revisar algunas obras utilizadas como guías del español en Venezuela –la situación no debe ser muy diferentes en los otros países– para observar en qué medida lo que en ellas se considera “correcto” o “incorrecto” se ajusta más a las normas de la RAE que a la manera de hablar típica del país. Conviene señalar que todas las variedades del español, e incluso los modelos propuestos por las gramáticas, evolucionan con el tiempo a causa de necesidades y presiones de muy diversa naturaleza. En tal sentido, se comportan como cualquier otro hábito social. Y, como ocurre con todos los hábitos sociales, cada cambio genera actitudes muy variadas. Entre todas las actitudes posibles, es fácil distinguir tres que podríamos considerar prototípicas: i) una actitud represiva, correctista, que condena la variación y el cambio, cualquiera que estos sean; ii) una actitud permisiva a ultranza, que los acepta sin restricciones; y iii) una actitud equilibrada, valorativa, que rechaza o acepta en función de sólidos argumentos. Analicemos en detalle estas tres actitudes.

2. ACTITUD “CORRECTISTA” Esta actitud se basa en la creencia de que solo hay una variedad aceptable: la que sigue de cerca el modelo gramatical y léxico propuesto por la RAE. Adoptan esa actitud –es triste reconocerlo– algunos gramáticos y maestros, y también, ciertas personas que se consideran “muy leídas” pero que, en el fondo, parecen leer mucho y asimilar poco. Los correctistas se apoyan en el conocimiento –real o imaginario– del modelo RAE para despreciar los usos que divergen de dicho modelo. Al adoptar esa actitud, persiguen un doble objetivo: tener acceso a un nivel socio-cultural superior, y desvalorizar a las personas que emplean variedades de habla consideradas poco prestigiosas.1 Lo curioso es que, a pesar de todos sus esfuerzos, los correctistas no logran ser aceptados por nadie. Por un lado, usan un lenguaje tan abundante en formas
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Como saben muy bien los psicólogos, la desvalorización de las cualidades ajenas es una forma común, aunque muy mezquina, de enaltecimiento propio.

obsolescentes y en hipercorrecciones que las personas verdaderamente cultas no dudan en calificarlos de artificiales. Por otro lado, su lenguaje está tan alejado del que emplea el hablante común que este, o se burla de ellos o dice admirarlos pero “de lejitos”, para usar una expresión muy venezolana. En cualquier caso, el resultado final es siempre el aislamiento social de estos “maestros del idioma”. Lo que podríamos considerar característico de los correctistas es su inseguridad social, su rigidez lingüística y su apego al modelo que ellos consideran dotado de mayor prestigio. En el fondo, son personas que no reflexionan ni sobre las posibilidades expresivas ni comunicativas del idioma, ni sobre el valor funcional de las distintas variedades y de los frecuentes cambios. Lo único que saben –muchas veces intuitivamente– es que la lengua tiene un valor social; por eso tratan de emplear –no siempre con éxito– el modelo RAE, para ponerse a salvo de una evaluación social negativa. En contra de la actitud correctista se puede argumentar que la lengua cambia y se diversifica inevitablemente con el transcurrir del tiempo. Notemos, además, que la Real Academia es mucho menos purista y represiva que los que en ella se apoyan. En la primera página del Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, se lee la siguiente advertencia: “Por su carácter, pues de simple proyecto, el presente Esbozo carece de toda calidez normativa”. Dado que el proyecto de gramática representado por el Esbozo no ha sido reemplazado aún por ninguna gramática de la Academia, debemos suponer que desde hace casi treinta años la RAE ha renunciado explícitamente a la imposición de modelos. Parecería entonces que nuestra máxima autoridad en lo que al español se refiere orienta, describe, da marcos de referencia, pero no impone. Esa posición, más cercana a los usos reales que a los modelos literarios del pasado, se hace evidente en la Gramática descriptiva de la lengua española, obra colectiva dirigida por Bosque y Demonte y que fue publicada en 1999. Dicha gramática, cuya función no es imponer normas sino describir en profundidad los usos del español actual, no es obra de la RAE. Sin embargo, el hecho de que se haya incluido en la colección “Lebrija y Bello” auspiciada por ese organismo da una idea de la “apertura” de la RAE, apertura que seguramente se verá reflejada en la futura gramática de la Academia.

2. ACTITUD PERMISIVA

Esta actitud representa la aceptación de los más variados usos del idioma. Dentro de los hispanohablantes que adoptan una actitud permisiva, habría que distinguir, a su vez, dos grupos muy diferentes entre sí. El primer grupo está integrado por aquellos que desconocen o niegan la importancia de los mecanismos del idioma. Por lo general se trata de personas que no realizan un esfuerzo individual destinado a mejorar su propio lenguaje. Desde su perspectiva, el poder hablar es uno de los atributos del ser humano, como lo es el poder mantenerse erguido o el poder caminar: es un don que se posee y punto. Dentro de ese orden de ideas, mejorar las destrezas sobre la lengua resulta tan innecesario para el ciudadano común como esforzarse por correr los dos mil metros planos cuando no se tiene la intención de competir en ninguna carrera. “Allá los escritores con sus malabarismos lingüísticos; para el hombre de la calle basta con que hacerse entender”, suelen decir. La actitud permisiva de este grupo puede obedecer a muy variadas causas: ignorancia, falta de estímulo, inseguridad, pereza mental, etc. El resultado es un lenguaje empobrecido, repetitivo, lleno de muletillas y, lo que es más grave aún, un lenguaje que resulta poco preciso y generalmente inadecuado para expresar ideas de cierta complejidad conceptual. Páez Urdaneta (1984, p. 159) señala los peligros de esta actitud hacia la lengua cuando escribe lo siguiente:
Nuestros bachilleres hablan español, pero no saben expresar por escrito u oralmente nada que no sea una voluntaria o forzada memorización, una copia de lenguajes ajenos. Así, la gran mayoría de nuestros ciudadanos educados no “habla”, no participa en la construcción ideológica de la nación porque, orwellianamente, el español nacional es posesión de unos pocos.

El segundo de los grupos permisivos es muy diferente al primero: está constituido por individuos verdaderamente cultos, capaces de expresarse con gran dominio sobre los más variados tópicos y en los más variados registros. La actitud permisiva que adoptan es una reacción contra los gramáticos puristas, es decir, contra esos gramáticos que se enfrentan a un discurso buscándole los “errores” y las “desviaciones” para condenarlas, sin advertir que el mismo puede estar lleno de importantes ideas o de hermosas imágenes. El grupo de los permisivos al que estoy haciendo referencia es un grupo rebelde. Para sus integrantes, opuestos a cualquier forma de tiranía lingüística, lo que importan son las ideas, las imágenes, y cuanto más originales mejor. Para ellos, el decir se supedita al tener algo que decir. Rosenblat (1969), en su artículo “Sarmiento y Unamuno ante los problemas de la lengua”, señala a

estos dos escritores del pasado como abanderados de la rebeldía contra la imposición de los gramáticos. Una actitud semejante a la de estos autores podemos encontrarla en Venezuela, por ejemplo, en algunos artículos de Juan Nuño. He aquí un párrafo ilustrativo donde este autor arremete contra los censores del idioma:
Desde que a Richelieu se le ocurrió la bendita idea de crear una Academia para que ochenta años después, por borbónica importación, hicieran otro tanto en España, vivimos los pobres hispanoparlantes bajo el reino del terror implantado por los augustos gramáticos y sus acólitos normativistas. No deja de ser curioso que la lengua inglesa no se porte tan mal mientras disfruta de una total carencia de autoridades académicas. En la nuestra, los gramáticos con alma de policía viven de corregir el idioma a cada paso. Y por esa misma actitud fijista (recuérdese el absurdo lema: “limpia, fija y da esplendor”, más propio de un abrasivo que de una Academia), terminan por equivocarse rigurosamente, y llegan a decir las más hilarantes vaciedades. (El Nacional, C1, 21-12-1985)

En mi opinión, la actitud permisiva de ciertos escritores es peligrosa. Y lo es porque crea en los jóvenes, sobre todo en aquellos que aspiran a escribir, la ilusión de que pueden llegar a ser buenos escritores con solo tener brillantes ideas. Falso. Que no se dejen engañar. Para comunicarse bien hay que poseer la maestría del idioma. Los escritores que se consideran a sí mismos permisivos no predican con el ejemplo; ellos, que han dedicado su vida al ejercicio de la lengua, presentan sus ideas e imágenes dentro de los más intachables moldes idiomáticos. Las pequeñas desviaciones que pueden ofrecer son producto de una gran maestría, no de una gran ignorancia. A modo de ilustración puedo citar al propio Nuño, que a veces se desviaba de los modelos consagrados no ya porque hiciera mal uso de los vocablos o de las construcciones sintácticas del español sino porque de vez en cuando usaba una expresión propia del lenguaje informal en sus escritos más formales. Pero eso no era una falla involuntaria sino un recurso pragmático cuya función era seguramente buscar la complicidad del lector. 3. ACTITUD EQUILIBRADA La tercera actitud representa el equilibrio entre el correctismo extremo y una mal concebida libertad. Dicha actitud se fundamenta en el conocimiento, a veces intuitivo, de que las amplias posibilidades en el uso de una lengua tienen dos importantes limitaciones, una relacionada con el código mismo, y otra con las normas de la sociedad que habla esa lengua.

Con respecto al código, todos sabemos que una lengua es un sistema de signos. Como sistema, representa un conjunto de posibilidades, muy amplias, desde luego, pero no inagotables. Dentro del sistema lingüístico del español, por ejemplo, es una verdad conocida que el artículo debe preceder al sustantivo. Invertir el orden acarrearía, por lo tanto, una fuerte violación del código, cuyo resultado sería una oración no solo agramatical sino también incomprensible.2 Puesto que toda lengua es un sistema de signos que los hablantes comparten, resulta evidente que cualquier desviación del código es en principio peligrosa pues podría alterar la comprensión del mensaje. Sin embargo, hay desviaciones permisibles y hasta convenientes: aquellas que, sin desvirtuar la comunicación, redundan en una mayor economía o en una mayor expresividad. Pensemos por ejemplo en el llamado “que galicado”, tan criticado por los gramáticos y, sin embargo, tan útil en determinados contextos. Observemos al respecto estas dos expresiones: fue a partir de ese momento CUANDO me sentí mejor y fue a partir de ese momento QUE me sentí mejor.3 De las dos, la segunda, que contiene un “que galicado”, es más económica que la primera (mientras CUANDO tiene dos sílabas, QUE tiene una sola) y, además, no ofrece ningún tipo de ambigüedad. ¿Por qué no usarla entonces? De hecho, eso es lo que están haciendo la mayoría de los hispanohablantes, entre ellos sus más afamados escritores.4 No admitir que “desviaciones” como la que acabo de ilustrar son altamente justificables es oponerse a la natural evolución del idioma.5 En relación con el aspecto social de la lengua, cabe recordar que toda comunidad se rige por un conjunto de normas sociales, muchas de ellas implícitas. Hay normas para vestirse, para comer, para saludar. También hay normas para hablar o para escribir. Las normas varían con frecuencia según
2

Pensemos, por ejemplo, en lo poco comprensible que resultaría una construcción como niño el lo sabe en lugar de el niño lo sabe.
3

Esta última oración es empleada por Benedetti (1980:109).

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Sobre los usos actuales del “que galicado”, pueden consultarse, por ejemplo, Sedano (1998 y 1999), y Bentivoglio, De Stefano y Sedano (1999). 5 Esto no significa, desde luego, que se esté estimulando el abandono de todos los relativos del español por la partícula que. Evidentemente hay contextos donde resulta necesaria la repetición de esa partícula para evitar la ambigüedad, etc.; sin embargo, en otros contextos, como sucede en el ejemplo de “que galicado” expuesto más arriba, el uso de que es ventajoso, lo cual justifica su expansión en el español actual.

las situaciones. En nuestra sociedad venezolana, por ejemplo, el comer pollo con las manos, costumbre más o menos permisible en cierto tipo de restaurantes populares, sería totalmente inadmisible en una cena estrictamente formal. La utilización de palabras como amuñuñado, brejetero, campuruso, chévere o jartazón, perfectamente aceptable en una conversación familiar, resultaría poco apropiada en el discurso de un ministro en un acto oficial. La violación de las normas sociales puede acarrear sanciones. Si una persona come pollo con las manos en una cena formal, es muy posible que no vuelva a ser invitada. De igual manera, si emplea un lenguaje inadecuado para la ocasión, el rechazo social de sus interlocutores no tardará en hacerse sentir. De la importancia comunicativa y social del lenguaje se derivan dos tareas que debe cumplir la educación formal: i) crear conciencia entre los estudiantes de las posibilidades y limitaciones de su idioma, ii) lograr que los educandos conozcan a cabalidad la variedad estándar de su comunidad;6 esa variedad no es, desde luego, la única que podrán emplear en su vida, pero sí es la única que les permitirá el manejo del código amplio, en el sentido empleado por Bernstein (1974), así como el acceso a ciertos medios culturales y sociales. Olvidarse de la importancia del lenguaje es peligroso y puede resultar altamente inconveniente. Las sociedades cambian, sus normas también. Hay normas que eran verdaderamente impositivas hace cien años y que ahora no lo son. Igual ocurre con la lengua. Ahora bien, hay varias formas de innovación –o si queremos, de desviación– dentro de una lengua:
i)

hay innovaciones que se justifican lingüísticamente por economía, expresividad, etc., y que, al mismo tiempo, encuentran un amplio respaldo social; este sería el caso del llamado “que galicado” en contextos como el que se mostró anteriormente; hay innovaciones que, aunque poseen una justificación lingüística, no encuentran, o no encuentran todavía, el apoyo social de ciertos grupos. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con la forma hubieron – en lugar de hubo– en una frase como HUBIERON muchos estudiantes que protestaron, considerada generalmente “incorrecta”.

ii)

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Sobre la enseñanza de la lengua en Venezuela, cf., entre muchos otros, Rosenblat (1975), Uslar Pietri (1981), Páez Urdaneta (1996), Serrón (1998), y Molero de C. et al. (1998).

El empleo de hubieron, como el de habían, hayan,7 etc., se justifica lingüísticamente por dos razones complementarias: a) puesto que en los verbos con un solo argumento este suele ser el sujeto, resulta natural que, en las construcciones con el verbo “unipersonal” haber, el sustantivo que lo acompaña se interprete como sujeto y no como objeto directo; b) a través de formas como hubieron, habían, etc., los hablantes reanalizan el verbo haber –considerado tradicionalmente unipersonal y por lo tanto sin un verdadero sujeto– como un verbo pluripersonal, similar a existir; esto crea una economía en el sistema del español pues permite reducir el ya escasísimo número de los verbos unipersonales (llover, nevar, amanecer y algunos más). A pesar de las razones lingüísticas que justifican su uso, el empleo de hubieron no se ha extendido (¿todavía?) ni a los escritores ni a las personas cultas de nuestra sociedad. De ahí se deriva que esa forma podría plantear problemas de tipo social para su emisor. En consecuencia, antes de emplear hubieron, el hablante debe evaluar bien la situación en que se encuentra a fin de no incurrir en un “error social” que luego podría lamentar;
iii)

hay innovaciones que no tienen una motivación lingüística sino social. En esos casos, puede ocurrir que la innovación sea el reflejo de una legítima reivindicación social o bien del deseo de fortalecer el sentimiento de grupo. Labov (1972), por ejemplo, demostró que la centralización de ciertas vocales en la isla de Martha’s Vineyard, en los Estados Unidos, estaba asociada al deseo de identificarse con la vida y costumbres de ese lugar: centralizaban los que se sentían orgullosos de vivir en la isla; no centralizaban los que deseaban vivir en el continente. No todas las innovaciones lingüísticas, sin embargo, reflejan sanas reivindicaciones sociales; algunas solo reflejan ignorancia o, lo que es peor, pérdida de los propios valores y de la propia identidad. Este es el caso de la palabra casual, muy utilizada actualmente en Venezuela para hacer referencia a la ropa informal. El uso de este término no se justifica lingüísticamente por cuanto resulta homófono con la palabra casual, empleada en el español general para indicar casualidad, ej.: un encuentro casual. ¿Por qué entonces se está hablando de ropa casual? Pues simplemente porque los publicistas han puesto de moda esa expresión copiándola del inglés. La motivación que lleva a los

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Sobre el empleo del verbo haber unipersonal, cf. Bentivoglio y Sedano (1989); Obediente (1989); DeMello (1991); Montes de Oca (1991); y Domínguez (1998).

hablantes venezolanos a emplear la expresión ropa casual es social. Pero ¿se trata de una motivación socialmente legítima? ¿No estamos mostrando con ella que somos un país anheloso de asemejarse al modelo del Norte? Innovaciones como la de ropa casual u otras que están apareciendo actualmente en nuestro idioma son negativas y, desde luego, no deberían tener cabida en nuestro repertorio lingüístico.8 Una profunda reflexión sobre las posibilidades y limitaciones de un idioma debe por fuerza crear una actitud equilibrada: ni se acepta todo ni se condena todo. Se aceptan las desviaciones que se consideran funcional, expresiva y socialmente adecuadas; se condenan aquellas que van en contra de la claridad del mensaje y de los usos socialmente aceptados. En caso de dudas con respecto a la variedad estándar, un criterio bastante sensato es observar cómo se comportan los buenos escritores de la actualidad y los hablantes verdaderamente cultos, a los que adjudicamos sentido crítico y capacidad de reflexión lingüística. Ellos pueden dar pautas adecuadas por las que guiar nuestro comportamiento en materia de lenguaje. De las tres actitudes que se han analizado, la tercera es la más sutil, pues su puesta en práctica exige dominio del código y una profunda sensibilidad lingüística y social. Sin embargo, es la actitud más recomendable. La posición reflexiva que conlleva, así como su sana y bien fundamentada capacidad crítica, son las bases para que el idioma se diversifique y cambie pero dentro de los límites permisibles. Cabe concluir diciendo que las actitudes a las que se ha hecho referencia en este trabajo emergen de una reflexión basada en el estudio de lo que sucede en Venezuela. Es obvio, sin embargo, que dichas actitudes se darán también, aunque con distintas características, en los otros países de habla hispana. Esclarecer estas actitudes, profundizar en el tema y estimular la actitud más conveniente ante los cambios del idioma son tareas para los lingüistas, comunicadores y educadores no solo de Venezuela sino de todos los países en los que se habla español.

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Se podría argumentar que de nada sirve cuidarse de formas provenientes de otro idioma si no se cambia la actitud de los hispanohablantes hacia el país de donde proceden esas formas. Es cierto. Pero hay que empezar por alguna parte. Crear conciencia de los usos dentro de nuestra propia lengua puede ser el primer paso para generar una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos.

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