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Reencuentro

Guillermo Paniaga

El cortejo avanzaba bajo una llovizna persistente que humedecía cada


hueco, cada grieta, cada pared de las bóvedas grises, negras, tristes.

Natalia tomó las manos de Julián y las llevó lentamente hacia su pecho;
Julián apenas pudo percibir los latidos como ausentes del corazón cansado
y apenado de la mujer.

Los caballos retozaban nerviosos, afectados por el luctuoso instante; con


la respiración exhalaban un vapor tibio y agridulce de alfalfa y miel, de
caballeriza aseada; era un aroma inadecuado para el dolor porque
recordaba infancias. La humedad sí era densa, como los ánimos; las
ruedas del carruaje patinaban sobre un empedrado cubierto de arenilla y
aserrín viejo. Se oía un bisbiseo de pasos lentos y arrastrados; la ausencia
de palabras remarcaba la insistencia de los llantos mudos, del rodar de la
carroza, del resoplo agridulce de las bestias.

Julián miró a Natalia y vio una cara demacrada, blanca, serena, vacía,
llena, temerosa, valiente, resignada, orgullosa, poderosa, pordiosera:
contradictoria. Alguien sollozó. Desde la sala llegó un rumor apagado.
Julián se inquietó porque ella también notó que eran las voces de los
chicos haciendo preguntas insistentes e imposibles de responder.

El viento silbaba entre los árboles. La neblina comenzaba a descender; la


escena era cada vez más espectral. El golpe de las ruedas sobre el
empedrado provocaba un leve temblor que se aferraba a los suelas,
ganaba los pies y luego trepaba por la piernas para recaer en los
estómagos, allí donde las almas reposaban; allí, en el último subsuelo de la
caja carnal.

Julián la miró sin decir palabras. No fue necesario hablar: ella siempre
supo, siempre entendió. Cuánto amor en tan poco tiempo. ¡Cuánto amor!

El carruaje, ahora, se había detenido delante de la puerta de hierro. La


antigua placa de bronce había sido pulida para recibir a ésta nueva que
esperaba, debajo de un exquisito género de tela negra, que la
descubrieran las manos trémulas del cortejo. Los caballos seguían
nerviosos.

Su aliento, con las horas, fue cada vez más débil. El cabello descolorido,
seco, revuelto sobre la almohada, dibujó un complicado laberinto de
cuerdas que Julián observó ensimismado para no pensar... o para intentar
no pensar.

Las cortinas de encaje blanco, las velas, las flores, el silencio, la bruma, los
pasos apagados, alguna tos solitaria, los sollozos, el empedrado húmedo,
los caballos tensos, el chirrido de los ejes de las ruedas, las placas de
bronce, las bóvedas grises, negras, tristes: todo conspiraba contra la vida.

Se ahogó, tosió mil veces como si el alma hubiese buscado


necesariamente huir en esa acción; un hilo de sangre brotó de su pequeña
nariz. Julián acercó la vela, tomó un pañuelo y delicadamente la higienizó
(Natalia no vio cuando Julián, con el pañuelo, restañó una lágrima dulce,
aquella con la cual le aseó la nariz).
Seis hombres asían los bronces en el último tramo, trasponían la puerta de
hierro al tiempo que los sollozos se transformaban en llantos, en pañuelos
aplastados sobre rostros dolidos, desfigurados.

Julián acomodó la almohada y la besó; le cerró los ojos... repasó con los
dedos el borde seco y ya frío de sus labios.

Alguien hablaba, era el obvio discurso para “el hombre probo y el padre
ejemplar”; nadie lo escuchaba.... todos lloraban...

El cura dijo una oración moviendo apenas los labios, dibujó una cruz en el
aire y bajó la mirada hasta perderla en el empedrado. Los llantos
recobraron intensidad. La bruma era espesa; el viento comenzó a ganar
fuerzas. La lluvia rebotó sobre los cristales. La neblina se disipaba. La
llovizna persistía, pero las gotas fueron más gruesas y picaban en los
rostros. Los paraguas se abrieron. Los caballos intentaban un paso que el
cochero censuró. Los movimientos se hicieron menos lentos. Una lágrima
serpenteaba tímidamente en la mejilla de Natalia. La llovizna fue
chaparrón. Los tiempos se acortaban. Los llantos se tornaron quejas y
reclamos inútiles cuando la puerta de hierro se cerró bruscamente
impelida por el viento. Las velas se apagaron. Los caballos por fin
marchaban. El cortejo desaparecía en corridas y paraguas compartidos.
Las placas de bronce quedaron descubiertas, una junto a la otra. Un rayo
cayó sobre el pararrayos de la iglesia. El piso vibraba, el apuro fue
confusión. Julián abría los ojos y vio a Natalia en un tiempo que no era
aquel, la vería en un pretérito doloroso y ahora absurdo confundiéndose
con el presente y sentenciando un futuro eterno. Los paraguas se
voltearon; las calles se anegaban. El viento huracanado y la lluvia
desesperada anunciaban el reencuentro de los amantes.

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