P. 1
Walsh Rodolfo El Violento Oficio de Escribir

Walsh Rodolfo El Violento Oficio de Escribir

|Views: 334|Likes:
Publicado porralexandra

More info:

Published by: ralexandra on Oct 17, 2009
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

12/29/2012

pdf

text

original

Cuando se escriba la historia de la revolución de setiembre, la base aeronaval Comandante Espora
ocupará un lugar destacado. Se comprobará entonces que el papel de la aviación naval en el sur de la
provincia de Buenos Aires fue tan decisivo como la acción del ejército y la aeronáutica en Córdoba y
Mendoza, o la presencia de la flota en el Río de la Plata. El país tiene cierta conciencia de esto, aunque
ignore los detalles; tampoco el autor de la presente nota ha podido conocerlos sin vencer cierta resistencia
a la publicidad, que honra indudablemente a quienes supieron cumplir su obligación en el terreno de las
armas. La misión periodística, si bien lo hace responsable de su versión de los hechos, sólo le permite
silenciar los nombres, la mayoría de los nombres, de quienes forjaron allí el triunfo y algunos actos
individuales de heroísmo que harían honor a cualquier fuerza armada del mundo.

A tres meses de esos episodios, sin embargo, el fin principal de la nota que sigue reside en un carácter de
homenaje a una de las figuras más limpias del movimiento revolucionario, que fue también el oficial de más
alta graduación de todas las fuerzas armadas muerto en combate: el capitán de corbeta aviador naval
Eduardo Estivariz.

En uno de los hangares de la base aeronaval de Espora hay un gran pizarrón donde se registra el
movimiento de aviones: tripulación, hora de salida, misión, hora de llegada. Multitud de mañanas apacibles
han presenciado este ritual.

El 18 de setiembre un ritmo febril preside las anotaciones. Nunca en la historia de la base, han entrado ni

salido tantas máquinas.

La explicación es simple: se está combatiendo desde hace tres días. Al término de la jornada se habrán
efectuado más de doscientos cincuenta salidas en misión de guerra.

Los aviones que despegan van cargados de bombas y cintas de balas para las ametralladoras. Los que
vuelven traen señales del combate: desgarraduras del acero o de la tela, perforaciones nítidas que admiten
una repentina vislumbre de cielo en una carlinga cerrada.

A las once de la mañana han salido dos Grumman J2F5. Uno de ellos se verá obligado a un aterrizaje de
"emergencia". Más tarde se le contarán veintidós perforaciones en un pequeño sector del ala solamente.

El otro –el que lleva la identificación 2-0-12– no volverá nunca.*

Los pilotos de la base han tenido su bautismo de fuego el 16, sobre el quinto regimiento. Esa tarde,
vencidos todos los plazos, se comunica a su jefe que será bombardeado en el término de dos minutos.

A las 18.45 se imparte la orden y Bahía Blanca presencia el primer bombardeo aéreo de su historia.

–Eran nueve o diez aviones –nos dice un testigo–, a unos mil metros de altura.

* Junto con el capitán Estivariz y el suboficial Rodríguez murió en acción el teniente de corbeta Miguel Irigoin. Su
hermano, guardiamarina, tripulaba el otro aparato derribado en Saavedra. Un tercer hermano, aviador naval como
ellos, se encontraba entonces exilado en Montevideo, después de haber participado en el movimiento del 16 de junio.
La base de Espora se había sublevado el 16 de junio. Algunos de sus efectivos participaron en la lucha, otros
regresaron cuando se confirmó el fracaso de la intentona. En la escuadrilla de observación, el teniente Irigoin fue el
primer piloto que aseguró al jefe de la misma su incondicional adhesión. En los tres meses intermedios el camarote del
teniente Irigoin fue centro de reunión de los jóvenes oficiales que, dentro de su jerarquía, participaban de las ideas
revolucionarias a las que aquél ofrendaría su vida. Su recuerdo merece también el homenaje agradecido de los
argentinos.

Rodolfo Walsh

El violento oficio de escribir

11

De pronto veo uno que se desprende de la formación, gira sobre un ala y desciende como una flecha.
Llevaba las bombas prendidas a las alas.

Se oyen las explosiones, y en los intervalos las ametralladoras del regimiento. Una bala alcanza a un
piloto: un teniente de navío. El aparato se aleja a escasa altura en dirección a la base, donde conseguirá
aterrizar.

A las 23.45 un vivo resplandor ilumina la zona. Es un Catalina que acaba de lanzar una bengala. En
seguida se oye una explosión que sacude la ciudad.

A la mañana siguiente se obtienen impactos directos en los edificios. Después flamean banderas blancas:

el regimiento se rinde.

A pesar de este éxito inicial, la situación se agravará en los días posteriores. Por todos los caminos se
acercan tropas leales: de Azul, Olavarría, Tres Arroyos, Santa Rosa, Neuquén. Una columna de tanques
llegará a setenta kilómetros (Tornquist).

En total, son más de ocho mil hombres. Y el día 18 será decisivo para el destino de la revolución en el sur.

A las siete y media de la mañana, varias escuadrillas atacan con bombas y ametralladoras a una columna
de treinta vehículos con artillería antiaérea, en el camino de Sierra de la Ventana a Tornquist, y consiguen
dispersarla produciéndole grandes daños.

A las ocho, un Catalina localiza en Río Colorado dos trenes que llevaban tropas. Volando a baja altura
obtiene blancos directos, que destruyen también la estación y el puente sobre el río. Una hora después, dos
Beechraft completan el bombardeo. Las bajas son insignificantes, pero los daños materiales implican la
paralización momentánea de los seis regimientos allí concentrados. Y en un dramático mensaje al ministerio
de Ejército, el general Boucherie comunica que no podrá avanzar de día si no cuenta con apoyo aéreo. Los
rebeldes de Bahía Blanca, agrega según los informes de que dispone, dominan el aire con una fuerza de
sesenta a cien aviones.

Por el camino de Laprida a Coronel Pringles avanzan cincuenta micros con tropas, protegidos por artillería
antiaérea. El ataque a esta columna, en oleadas de aviones, dura todo el día, y al fin se consigue retardar su
avance, causándole gran destrucción de material.

Otra columna es sorprendida entre la Sortija y Coronel Pringles, y dispersada con bombas y fuego de
ametralladoras. Gran parte de los treinta vehículos que la componen se incendian.

Son innumerables las operaciones de menor envergadura, los ataques en vuelo rasante a trenes y
camiones, las voladuras de puentes y caminos.

Al anochecer de este día interminable, la aviación naval puede hacer balance. Con una fuerza
relativamente escasa, ha realizado centenares de salidas forzando el material y los hombres a límites
extremos. Ha contenido al enemigo en todo el frente, permitiendo que la infantería de Marina, sin entrar en
combate por el momento, refuerce las defensas de Bahía Blanca y Puerto Belgrano. La ofensiva de las
fuerzas leales, si no paralizada del todo –esa noche se alertarán las patrullas civiles en la ciudad del sur–, ha
sido demorada el tiempo necesario para que, al día siguiente, la flota de mar, apostándose frente a Mar del
Plata y Buenos Aires, haga valer el peso decisivo de su fuerza.

Y antes de que concluya la jornada se ha pagado –en sangre– el precio de la victoria.

La tripulación de uno de los aviones perdidos regresó antes de la noche.

El piloto refiere que fue alcanzado por artillería antiaérea. Consiguen descender en las inmediaciones.
Desmontan la ametralladora del avión, apostándose al borde de un camino, resueltos a defenderse. Entonces
ven a una camioneta que se acerca a toda velocidad. Son dos pobladores del lugar que han presenciado los
hechos y acuden en su ayuda, a pesar de estar ocupada la zona por tropas gubernamentales. Los proveen de
ropas civiles y los llevan a Espora. Merece recordarse este acto de arrojo.

Rodolfo Walsh

El violento oficio de escribir

12

Un tercer Grumman enviado durante la tarde a sobrevolar la zona, ha vuelto con impactos en el tanque de
combustible. El piloto viene herido. Informa que el fuego antiaéreo es intenso. Agrega que no ha visto a la
máquina desaparecida.

El piloto de la misma es el capitán Estivariz, comandante de la escuadrilla. La noticia de su muerte llegará

más tarde.

En el laconismo de los partes oficiales, "el capitán Estivariz fue derribado en ataque a baja altura sobre
una sección blindada de doce tanques", en las proximidades de Saavedra.

Una de las contingencias previstas de la guerra, sin duda. Pero hay algo más, algo que se recoge hablando
con quienes mejor lo conocieron. La figura de Estivariz pierde entonces sus rasgos casi anónimos, se recorta
con perfiles extraordinarios como uno de los jefes más brillantes de un arma que ha dado sobradas muestras
de altivez.

–Su muerte es la pérdida individual más alta que podíamos haber sufrido –nos dice alguien que ha

combatido a su lado.

¿Será acaso la amistad dolorida, el recuerdo vivo y lacerante del compañero muerto lo que palpita detrás

de esas palabras?

Veamos su foja de servicios. Abanderado de la Escuela Naval –el alumno más brillante de su promoción–,
toda la carrera de Estivariz confirma este galardón inicial. Se especializa en los Estados Unidos, en Canadá.
Registra el primer vuelo en helicóptero a Ushuaia y desempeña papel principalísimo –piloteando una de esas
máquinas– en el memorable rescate de una patrulla del Ejército aislada por los hielos en la base más austral
del mundo. Sus conocimientos en materia aeronáutica llegan a ser vastísimos. Hay más: fechas,
calificaciones, ascensos. Pero de algún modo estas cifras, estas constancias, estos adjetivos no nos devuelven
la imagen que buscábamos. Será necesario que indaguemos en las relaciones humanas, en las líneas
definitorias de un carácter, en la anécdota y el recuerdo personal, para que las palabras arriba citadas se
confirmen en su plenitud y la figura de Estivariz surja ante nosotros como la de un hombre excepcionalmente
austero, excepcionalmente capaz, excepcionalmente valeroso.

Para él, la revolución no es un juego, no es una aventura. Sabe que no puede hacerse sin violencia, y
primordialmente sin violencia íntima, porque toda su vida ha girado en torno a la inflexible ley militar. Sólo
se decidirá cuando esté convencido de la absoluta justicia de su causa. Y aun entonces medirá
escrupulosamente las consecuencias que puede traer un fracaso. No las rehuirá, pero las tendrá presentes.
Conoce también la exacta dimensión del peligro personal. No es un impulsivo, está perfectamente centrado.

Sólo en una oportunidad, quizás, el instinto se sobrepone en él a la pausada reflexión.

Está al frente de la escuadrilla de observación, después del 16 de junio, cuando el gobierno peronista
castiga la base prohibiendo rigurosamente los vuelos. Esta prohibición es subrayada por la orden de entregar
los timones. Estivariz se niega, simplemente.

Lo separan del mando y lo pasan a disponibilidad.

Pero quien lo suceda dejará sobre el escritorio del despacho, en todo el período pre-revolucionario, el
cartel con la leyenda: "Capitán de corbeta Estivariz, comandante de la escuadrilla de observación". Y allí se
encuentra todavía, como el más alto homenaje de sus compañeros de armas, como afirmación de que
Estivariz sigue presidiendo simbólicamente el destino de sus alas.

El 15 de setiembre se halla en Buenos Aires, ya enterado del estallido inminente. En la mañana del 16 lo
rescatará de una estancia próxima, aterrizando en pleno campo, un avión de la Marina.

La revolución está en marcha. Cuando llega a Espora, su sucesor le ofrece la escuadrilla. Estivariz insiste
en actuar como subordinado. Más tarde consentirá en impartir las órdenes por intermedio del comandante
designado. Y por último, la simple gravitación de los hechos –los hombres acuden instintivamente a él en
busca de instrucciones– lo restituye al puesto donde se cumplirá su destino.

Rodolfo Walsh

El violento oficio de escribir

13

El domingo 18 de setiembre, al amanecer, la escuadrilla recibe orden de bombardear a las fuerzas leales en
Sierra de la Ventana. Debe ser precedida por aviones de ataque, encargados de hostigar y disminuir la
resistencia antiaérea. Por circunstancias diversas, esos aviones llegan un poco más tarde. Y al trasponer un
cerro, volando en escalón, los pesados Grumman reciben en pleno el fuego de las baterías.

–El cerro parecía haber entrado en erupción –nos dice un piloto–. Veíamos pasar las trazadoras en todas

direcciones.

El capitán Estivariz inicia el bombardeo. Llegan luego los aviones de ataque y la lucha se vuelve furiosa.
Las máquinas se entrecruzan con inminente peligro. Algún avión vuela tan bajo que las esquirlas de sus
propias bombas le perforan las alas.

–Cualquiera que hubiese alcanzado un camión con municiones, no contaría el cuento –dice alguien.

Cuando los Grumman aterrizan en Espora, a las nueve y media de la mañana, casi todos han recibido

algún impacto.

Y sin embargo, el capitán Estivariz no está conforme. Una hora más tarde vuelve a salir.

–Si es necesario –dice a un compañero al despegar por última vez–, volaremos rozándoles las cabezas.

Es una decisión razonada y consciente. Sabe que hay que parar a cualquier precio los tanques que avanzan
sobre Bahía Blanca, que están cada vez más cerca, que llegarán a ponerse a pocas horas de marcha.

Para comprender, sin embargo, lo que esas palabras significan cuando se habla de acción de guerra,
conviene tener en cuenta que el Grumman J2F5 es un pesado anfibio que no se utiliza con fines de ataque,
pues se trata de un avión de observación. Su visibilidad es pésima. Maniobra, mala. Velocidad reducida:
unos 200 kilómetros. Armamento pobre: 130 kilos de bombas, sin ningún elemento de puntería, y una
ametralladora con sector de fuego muy reducido y de función puramente defensiva, pues sólo puede disparar
hacia los costados.

Desde luego nadie mejor que él, comandante de la escuadrilla, conocía estas características. Su decisión
de volar a baja altura sobre una columna blindada, rozando las bocas de los cañones antiaéreos, habla de un
extraordinario espíritu de sacrificio y una desesperada voluntad de contener la avalancha.

Ya antes, en tiempos de paz, alguien que temía por él le había manifestado su inquietud ante el hecho de
que volara en esos aparatos.

–Son viejos –respondió–, pero son fieles.

He visto los hierros monstruosamente retorcidos y quemados del 2-0-12. De algún modo atestiguan esa
fidelidad. Es cierto que lo llevó a la muerte, pero murió con él.

Se estrelló contra un galpón de material y se incendió completamente. Alrededor había campo. En otras
circunstancias el piloto habría efectuado un aterrizaje de emergencia. Es evidente que ya estaba herido de
muerte y había perdido el control de la máquina.

Con él fallecieron el teniente de corbeta Miguel Irigoin y el suboficial primero Juan Rodríguez.

Hay un episodio conmovedor, que bien puede servir como epilogo para esta nota periodística, porque
ilustra como pocos la singular relación entre jefe y subordinado, que no es dependencia mecánica, sino un
vínculo humano, surgido en la acción común de todos los días.

Se pensaba que el suboficial Rodríguez, hombre de tierra adentro, podía ser adicto al gobierno depuesto.
Quizá lo fuera. No siempre un rótulo político basta para definir a un hombre, para abarcarlo en toda su
profundidad. Alguien sugirió a Estivariz que acaso no convenía llevarlo a bordo, detrás del puesto del piloto.
¿Lo seguiría en el momento decisivo?

–A mí –respondió con simplicidad ejemplar– me seguirá.

No era una jactancia. No era un homenaje a sí mismo. Era un homenaje al hombre leal y sencillo que,
literalmente, lo siguió hasta la muerte. Que más allá no puede acaso un hombre seguir a su jefe.

Rodolfo Walsh

El violento oficio de escribir

14

En el avión que nos traía de Bahía Blanca, rondaban mi memoria las líneas de un poema leído mucho
tiempo atrás, en otro idioma. Las escribió durante la primera guerra un soldado, antes de morir en una
trinchera de Francia. En ellas la misteriosa visión de la muerte presentida se mezclaba a la nostalgia de la
hermosa estación ya cercana:

...Cuando la primavera vuelva con sus sombras y murmullos

y las flores del manzano perfumen la mañana.

¿Qué me hacía recordar estas líneas patéticas dentro de una chaquetilla ensangrentada, en un país remoto,
hace muchos años? Mil metros más abajo los caminos eran líneas grises. Días antes los habían poblado
tropas, tanques, las bocas de los cañones verticales rumbo al sur. Y las explosiones, las rojas trazadoras, el
humo y el esplendor del combate.

Tengo una cita con la muerte

cuando azules días la primavera traiga,

volvían, desmadejadamente traducidas, las líneas del poema. Abajo se recortaba el tablero de cuadros
verdes y amarillos donde se había jugado un ajedrez fatídico. En una de esas casillas un viejo avión había
quebrado sus alas. Tres hombres habían muerto.

Y sin embargo la tarde era increíblemente azul y diáfana. Y sin embargo, era primavera. Setiembre –18 de
setiembre– y casi primavera.

Rodolfo Walsh

El violento oficio de escribir

15

You're Reading a Free Preview

Descarga
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->