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Belda

Testigo indiscreto de la Feria


Cien fotografías para la historia

con textos de
José Sánchez de la Rosa
Belda Testigo indiscreto de la Feria. Cien fotografías para la historia

LA SAGA
En su estudio de Marqués de Molins hay una foto magistral en la pared, una foto de gran formato, que
lo domina todo. Recuerdo muy bien cuando la vi por primera vez. Es del abuelo Belda, un documento casi
sagrado. Por todas partes había fotos de niños, niños en actitudes múltiples, de primera comunión, en
bautizos, muchachas con trajes de novia, encuentros de familia. Pero el soberbio cuadro estaba allí, absor-
bente, total, encima de nosotros, como en un museo. En ese cuadro solanesco, el daguerrotipo elevado a lo
excepcional, hasta el naturalismo más rabioso, hay unos viejos de un asilo, en el patio, pelando patatas, la
figura de una monja que lee y un caballero distante, yo diría alguien que ha ido de visita y se coloca al fon-
do. Una sola vez el cuadro salió de la casa. Fue con motivo de una exposición antológica en la sala Estudio
de José Antonio Lozano. La instaló al fondo de la galería y causó asombro.
Todas las demás fotos son piezas menores, y la gente del clan Belda lo acepta. Jaime reconoció que su
padre fue un genio de la fotografía. Tenía una fuerza intuitiva, un sentido artístico y una imaginación por-
tentosa, sin olvidar con qué equipos se trabajaba entonces, todo dependía del arte personal del fotógrafo.
¿Cómo vino a Albacete, don Jaime, el patriarca de la saga? Porque los Belda no podían, ni querían, ocul-
tar su raíz levantina, de la que estaban orgullosos, y además el apellido no tenía vuelta de hoja. El abuelo
vivía en Novelda, y allí fue a buscarle un amigo suyo, apellidado Cano, quien le insistió mucho para que de-
jase el pueblo y se viniese a Albacete. El ya tenía una gran inquietud, y hacía sus pinitos artísticos, aunque
su principal actividad era la fotografía comercial. Vino con su hermano Antonio, montó un estudio en la
calle del Rosario, y se hizo el amo en pocas semanas.
Me lo contaba Jaime en su casa. En el vestíbulo aparecían fotos decorativas, para despachos. Una obsesión
rural repetía los enfoques de parvas de mies, hombres del campo, bestias y aperos. Hay una foto deliciosa por
su simplismo, con cuatro tejas en hilera recortadas en un azul velazqueño, de una expresividad rotunda.

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Belda el discípulo hizo su primera foto en un estudio de luz natural, con una kodak, Retrató a Gabriel
Sáiz de Baranda, que sería un popular farmacéutico y que entonces sólo tenía cinco años. Lo disfrazó de
Charlot. Trabajaba con placas viejas, y ya no pudo dejar el oficio, para él un veneno, una droga, como solía
decir.
No había en la ciudad muchos fotógrafos. Junto a Belda, trabajaban Escobar, Collado, Linares... Luego
surgieron muchos más, Turpín, que era carpintero y hacía los marcos en casa de los Belda, y después se
estableció.
El ambiente familiar afecta profundamente al joven fotógrafo que sigue los pasos de su progenitor con
una fidelidad tenaz, y eso que no accedió en seguida a que siguiera su oficio. Le dio un año para pensarlo,
hasta que lo puso al frente de la tienda, y ocasionalmente dejaba que le ayudase en el estudio. Se dio cuenta
en seguida de que la tienda se le quedaba chica, que su vocación era hacer fotos.
La ciudad le ayudó mucho. Como en todas las ciudades provincianas y pequeñas había sitios que retrató
muchas veces, desde ángulos diversos, siempre originales. Serían la historia de su evolución profesional, por
ellos podría seguirse todo el proceso de renovación urbana, del ensanche y de los cambios del callejero.
Cuando por fin se hizo fotógrafo, con todas las de la ley, su padre lo mandó a Sevilla con un amigo suyo,
alemán, llamado Ducker, para que aprendiese nuevas técnicas. Por cierto que aquel hombre fue un pionero
del color en España.
Hasta que se produjo el vuelco fundamental en el arte fotográfico en la industria. El cine revoluciona-
ría de forma brutal el clima existente.
Hay tres fases fundamentales, que coinciden con la posibilidad de cambiar el pequeño formato, la apa-
rición del flash y la implantación del color. Lo que había empezado con la cámara oscura y las sales de

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plata. iba a sufrir una transformación espectacular En cuanto a las máquinas, las leikas rompían viejos
moldes, porque con ellas la fotografía tenía una movilidad auténtica.
Belda hizo trabajos de prensa. Fue corresponsal de Abc durante muchos años, y lo dejó cuando empe-
zaron a funcionar las agencias. Una de sus fotos para un periódico fue la de la comisión que pidió en Ma-
drid el ferrocarril Baeza–Utiel. Pero siempre dijo que su mejor foto fue una del Viernes Santo en Hellín, una
mañana, casi al amanecer. Era una improvisación, y quizá por eso le gustaba tanto. Creía Jaime en aquel
momento confidencial que los libros fotográficos tenían porvenir. Acababa de aparecer uno de la actriz
Gina Lollobrígida, pero él recordaba otro, magnífico, de Gyenes, sobre ballet, con el bailarín Antonio como
protagonista.
Y eso de que una imagen vale más que mil palabras lo seguirá al pie de la letra. Por algo él vivía de hacer
imágenes.
En cuanto a Albacete como leit–motiv, siempre prefirió la Posada del Rosario. Para él era un verdadero
plató, un sitio poco común.
Nunca le gustó mercantilizar el arte, aunque hacía fotos “de diario”, atendiendo la demanda del públi-
co. “Incluso en ese trabajo rutinario hay que poner pasión”, aseguró. “Mi padre lo decía: Hasta en la foto
de carnet, Jaime, hay que poner entusiasmo”. Su obsesión fue conocer al cliente. “Eso es básico. Al fin y al
cabo eres un vendedor, tienes que aprender inmediatamente los gustos de la gente, y acertar”.
En este libro hay cien fotos suyas. Es un testimonio de amor a la ciudad que lo acogió, donde orientó
su oficio, lo que más quería. En algunos aspectos, fue como si las calles y plazas, el paisaje y la Naturaleza
le hubieran estado esperando mucho tiempo. Belda dio cumplida respuesta a esa exigencia sentimental,
aceptó el compromiso, devolvió ciento por uno el caudal recibido y lo plasmó para la historia. Jaime Belda

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se integró plenamente en un ambiente sencillo y puso unos gramos de cordialidad, buen humor y trabajo
a la tarea emprendida.
Y nos queda el tercer hombre de la saga, el delfín. Jaime padre le dejó terminar Derecho, pero después
él eligió seguir la tradición familiar. Sólo le pedía que tuviese afición, que pensara en fotógrafo, que viviera
de la fotografía y para la fotografía con intensidad, a cada momento.
No voy a olvidar la anécdota que me contó.
–Una vez llamaron para hacer una foto de grupo, en un pueblo. Se instalaron unas sillas, porque eran
bastantes, diez o doce, pero se situaron todos y dejaron una vacía. A los pocos minutos trajeron al hombre
que faltaba: estaba muerto, quería retratarse toda la familia con él, tener ese recuerdo.
Con Jaime charlé en muchas ocasiones. Coincidí con él en la coronación de la Patrona, en el Parque. En
un momento de la ceremonia, al iniciarse la misa, colgó la cámara de su hombro y vino hacia nosotros, los
periodistas, a compartir esos minutos. Había disparado su objetivo hasta lo inverosímil. Estábamos unos
cuantos sentados en la arena y él también lo hizo. Nos tiró una foto un colega. Sé que un día le pidieron
hacer unas fotos inconvenientes y se plantó. Y que, al terminar la guerra quemaron el archivo. Había unas
fotos complicadas, de mítines y actos políticos y quisieron evitar situaciones fáciles, de represalias y acoso
personal. Así eran las cosas en aquel tiempo.

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LA CABALGATA

El fotógrafo tiene que apretar los pasos para seguir el ritmo de los gastadores que van delante,
marcialmente encabezando el singular desfile, de difícil definición. La cabalgata es una mezcla de reta-
blo civil, romería religiosa y cortejo oficial. La Virgen cerrará una formación variopinta. Hecha la prime-
ra toma hay que esperar. Todas las figuras, las carrozas, los acompañantes cruzarán ante sus ojos, ávidos
de captar todo lo que se mueve, los acompañantes, los protagonistas, los detalles de cada representación,
un traje regional, un carretón adornado con ramas de romero, alegorías festivas, la música –las rondallas,
la banda– corren por cuenta de la organización municipal, la cámara es un cómplice mudo. En un par de
horas todo habrá terminado según lo previsto, con la apertura de la Puerta de Hierros por el alcalde, muy
pronto desbordado por la multitud, que se dispersa por el círculo interior, en cuyo templete –que remata
el famoso Pincho de la Feria– Belda ha seguido el largo itinerario, interesado por todo. Gente a caballo,
danzantes; el cilindro de hormigón del depósito de la Fiesta del Árbol emerge al fondo ampliando alguna
vez la perspectiva, que se sepa bien donde estamos. También, a su izquierda, surge la cúpula vidriada
de la Casa Perona asomando sobre los tejados. No han pasado desapercibidos aviones de la Base que se
han sumado a la fiesta y se sitúan en la vertical del Ayuntamiento en el Altozano. Gigantes y cabezudos,
jacas enjaezadas y sus jinetes, grupo manchego luciendo el traje típico, una escuadra juvenil, mozas que
cantan y bailan alrededor de sus carros, motoristas y bomberos, las torres preciosistas del Gran Hotel y
el edificio de enfrente, arquitectura perdida y después suplantada por, el banco macizo y poderoso, todo
como en una ráfaga intermitente, en un trayecto repleto de sorpresas. Es un viaje colosal, como el de
los simones, uno de ellos con Potaje en el pescante, una peregrinación que cierra el cabildo revestido y
solemne junto a la Patrona que custodia un piquete de la Guardia Civil.

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LA FERIA, LA GRAN TENTACIÓN


¿Qué puede hacer un hombre con una cámara en la mano un 7 de septiembre? Se puede volver loco
mirando por su ojo mágico situaciones extravagantes. Nada de lo que ocurra en ese momento será ajeno
a su sensibilidad. Cada imagen, cada sombra, cada grupo con un latido humano, la figura de un niño, la
pareja de ancianos que pasa, el vendedor de globos en la esquina, la Puerta de Hierros todavía cerrada espe-
rando una llave excelente, una nube solitaria puesta sobre la cornisa por un decorador sublime, los pasos
de alguien que anda presuroso no se sabe en busca de qué, el perfil deL último barrio antes del edificio,
puertas pintadas de bermellón, postes de luz, ventanas cerradas, todo el misterio de la ciudad que ha deja-
do la casa y se mueve por un lugar casi mítico que ya lo era en 1783, mientras Carlos III veía crecer la puerta
de Alcalá y aquí había un arquitecto de pueblo llamado Josef que hacía un edificio singular en 33 días y por
muy pocos reales. De aquella historia se deriva este movimiento insólito, y la cámara lo persigue, ponga-
mos que en los años 50, era la obstinación por captarlo todo, una especie de trilogía colorista, la Cabalgata,
la Sartén y la Cuerda. En ello se empeñó, en una búsqueda fértil de cada cada caso, el testigo indiscreto que
fue Jaime Belda Seller. Se apostó tal vez frente a la posada, donde una mujer vendía sus piñas y piñones,
mientras el guardia de la esquina, bajo su sombrilla, iba a retirarse para dejar paso al variopinto cortejo.
Qué derroche de perfiles en pocos minutos, cuánta sugerencia plástica, que variedad en los tipos, en el
insólito desfile, mitad monje y mitad soldado. Otro día se quedará en la Sartén, y no digo que la cogerá por
el mango porque, para ser exactos, la va a redescubrir toda, entera y verdadera, como si fuera la primera
vez que el viejo recinto recibiese la caricia instantánea de un flash tentador. Y otro día, ya metidos en fae-
na, será la Cuerda el sitio elegido, la algarabía del mercado ganadero, del chalaneo, un mundo de bestias y
hombres, de tratos a gritos y miles de cabezas, que el reino animal es generoso.

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Sin tiempo que perder, cada clic será el fraseo de una historia profunda. Como si pulsara una guitarra. Lás-
tima que la máquina no capte el olor, ni el griterío, ni la polvisca de la concentración. Allí se mueve, de un
sitio para otro, el fotógrafo irreverente que va a lo suyo.
Y cuando acabe el ciclo festivo, eso habrá en el fondo oscuro de la máquina, una experiencia gráfica, el
reflejo de una Feria aprehendida por arriba y por abajo por el artista con esas tres referencias principales
para ordenar un álbum casi doméstico, tantas veces visto pero no como ahora, que la vida, a través del ob-
jetivo indiscreto, la ha mecido la mano como si fuese la cuna de un niño. La Cabalgata, móvil y rampante,
rítmica, excesiva, la Sartén, crepitando en el ferial, y la Cuerda, la heterogénea y estrepitosa aglomeración
de sudor, relinchos, billetes grasientos, tragos de orujo. Tres protagonistas de una misma emoción visual,
por la que hay que ir por partes, después de admirar la colección de documentos que la compendian y que
les presentamos aquí.
 
 

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EN LA SARTÉN

Este es un lugar distinto, como un barrio intimista y austero del conjunto ferial. No es por casualidad que
le llamen la Sartén, que esa es su forma, arranca en el círculo interior, trasciende los redondeles, atraviesa
el arco que hizo Collado Piña –cada alcalde ha dejado su rastro en el palacio– alcanza los pabellones y llega
a la Puerta enrejada cuya salida, después del ensanche, organiza por un lado la feria lúdica de artefactos de
recreo, teatros y tómbolas y por el otro barracas tradicionales, un café, una buñolería, juegos infantiles. En
seguida abrirá sus taquillas el Teatro Chino de Manolita Chen, que haría famosa a Marifé de Triana en sus
giras por España. Y ya hay cola –destacan los sombreros canotier y las gorras– frente al Parque Zoológico.
Pero donde la Sartén alcanza todo su sentido, su dimensión pedánea, es en el recodo, una verdadera galería
rústica, casi un museo etnológico de horcas, útiles de labranza, herramientas del campo, grandes cedazos,
aperos, hoces, y es la cámara la que hace la selección conveniente, para que lo veamos todo, a la vendedora
de cestillos, dos cubas de sardinas en la puerta de un cuartucho como una naturaleza muerta. Detalle por
detalle y el conjunto lleno de sabor, el traslado de las fincas no tan lejanas a unos tinglados que estallan de
cal, y donde puede aparecer un viejo tarimón vestido y un trillo ornamental. El fotógrafo se recrea con esta
visión directa y antigua, sin que importe el anacronismo de una peña que reúne a sus socios al atardecer,
en el oreo, para disfrutar del buen vino. la compañía y la repalandoria. Hay dispersos algunos garitos con
navajas, y suculencias de la gastronomía popular con una clientela puntual. Un clic tras otro, atendiendo al
cuadro más abierto, y ese matiz que enriquece la estampa inconfundible. Pasará mucho tiempo y allí segui-
rán los talabarteros, sólo que vivirán, cuando venga otro siglo, aplastado
su martilleo sutil y su habilidad trabajando sobre el cuero por la ferocidad del rock y otras agresiones so-
noras. La Sartén hierve a pleno sol, sacándole los colores a las guarniciones, a los tejidos de un talar de

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pueblo, a los almireces que brillan como el oro y a un espejo que refleja todo su alrededor. No tiene prisa
Belda en esta hora letal, se remanga y sigue su camino por los vericuetos del edificio, con una luz hiriente
que le ayuda en los claroscuros y en las sombras, a las que se acoge bajo el tejadillo árabe para limpiarse el
sudor y beber de un botijo panzudo. 
 
 
  
 
 
 
 

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EN LA CUERDA
Jaime, en mangas de camisa, se introduce en el laberinto de la Cuerda. Es mediodía, la liturgia de
los tratos está en todo lo suyo. Se abre paso como puede entre carros y carretas, a intervalos se detiene y
dispara su cámara. Saluda a las familias arremolinadas como si las conociera de toda la vida y al barbero
que afeita a un cliente en un clareo entre la multitud. Oye gritos, rebuznos, una larga y estridente retahila
de sonidos, le invitan a beber de una bota, cada paso que da es casi a codazos sobre el barrizal, porque
por la mañana pasaron un balde sobre la tierra de los míticos ejidos de Santa Catalina, destacados en los
programas de mano. El sol implacable cae sobre el heterogéneo colectivo y pronto secará los charcos. Un
abuelo que levanta una pequeña cubeta suelta el chorro sobre su boca entreabierta, mientras el agua le
chorrea hasta el pecho. No ha sido ajeno el fotógrafo a esta escena. Y tampoco cuando un abuelo cruza,
entre potros auténticos, con un pequeño caballo de cartón recién feriado en los redondeles para algún
nieto. Ni cuando un gitano abre los hocicos de la mula y mira su soberbia dentadura intentando saber los
años que tiene el animal. Muchos años, por cierto, contemplan este insólito paraje, instalado junto al edi-
ficio ferial, sobriamente encalado para las fiestas. El alcalde divulgó un bando pidiendo que los vecinos
limpiasen sus fachadas; el enjalbiegue se extiende por los barrios. La Cuerda sería un zoo si no se tratase
de una feria ganadera, quizá de las más famosas y también de las más antiguas de España. Dicen que en el
XIX concurrieron aquí más de cincuenta mil cabezas. “Es de ver la Cuerda –escribía Sabater y Pujals en un
libro sobre la Feria, premiado por el Ayuntamiento con la Rosa de oro en unos juegos florales del Ateneo
en 1883– con su grande exhibición de toda clase de caballerías, de ramal, de silla, de tiro y de labor, en que
se destacan, por su brío y hermosura, las célebres muletas de Infantes y de otros puntos de la Mancha, con
las de los piariegos de nuestra provincia, no menos finas ni menos estmadas”.

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Contar los feriantes es también un signo de extraordinaria vitalidad. Entender sus regateos de com-
praventa, en un lenguaje indescifrable para el profano, no es tan fácil. Es cierto que nunca hay palabras
mayores, que todo se concreta en un chalaneo. Cada grupo, disperso en el formidable balamío concentra-
do, merece una instantánea. La mayoría de los payos son mirones, absortos y en silencio ante la expresión
calé. Belda los retrata a todos, que al fin y al cabo forman parte de un ritual humano de difícil descripción.
La imagen, al final, valdrá más que mil palabras. Como ese anuncio de un chiringuito que desafía el orden
ortográfico ofreciendo “cocido, gisado y vinos”. ¿Qué se compra y qué se vende aquí? Ya está dicho, ca-
ballos, asnos, cerdos, cabras, mulas sobre todo, imprescindibles todavía en un campo sin mecanizar que
hay que solventar a brazo partido con un par de ejemplares en la siembra, en la noria y en las labores
habituales. Son las que más se aprecian en este marco rústico y que se alarga por unas horas en este sitio
excepcional donde se manifiestan los peculiares negocios. La gente ha venido desde todos los lugares del
país, los ocasionales feriantes han plantado aquí sus carros como lo hubieran hecho en una reserva india.
El carro es el habitat general, en él se duerme, a su lado, en plena acampada, se almuerza y se cena, es una
intemperie compartida y de noche casi siempre al raso. La convivencia es espesa y pacífica, y ese talante
afecta a los tratos, que discurren con pasión y fantasía, con los vendedores dispuestos a convertir un tu-
llido burro en una criatura que le hubiese valido a Juan Ramón para inmortalizar a su inefable Platero. De
pronto aparece un gallo peleón que parece retar al fotógrafo. No escapa al incruento disparo, sale indemne,
aunque no resistirá la inmediata y suculenta pepitoria. Ni los feriantes en corro, charlando y fumando,
Ni los sagatos. Nunca falta el protocolo del alboroque, con que se cierra una venta. Se celebra con sincera
alegría y espontaneidad y la impertinente cámara recoge cada instante del trato y del acuerdo. A medida

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que avanza el día la afluencia a la Cuerda crece. Curiosos, ganaderos, labradores, se amontonan en el abiga-
rrado campamento que describió Mariano Roca de Togores. El marqués de Molins le escribió a su hija una
carta, muy difundida en libros, periódicos y sobre todo revistas feriales, donde le contaba su experiencia
de una parte sugestiva del ferial. No nos resistimos a reproducir algunos párrafos esenciales de ese escrito.
“Cansados de pasar un mes entero en fiestas y regocijos... no lejos, en fin, del ruido de la feria de Albacete
en que, como vastísima caravana, o más aún como innumerable y desordenado campamento, millares de
tiendas ponen el sitio a unas pacíficas murallas, levantadas en medio del desierto”.
Las fotografías que ilustran este escenario trascienden el clima que traslada el autor, humanizan su
contemplación azarosa y cansada, están vivas, como la Cuerda en su apogeo, sin que extrañe demasiado
que en otro tiempo fuese un foco de atención nacional, hasta el punto de acaparar el interés de cientos de
personas que acudían sabedoras de su importancia.
Lo que ve el ojo infatigable del artista es un cuadro general, un tremendo puzzle que él disecciona con
talento y profesionalidad, como si en vez de un acto multitudinario, alborotado y y cromático, se tratase de
una tragedia griega.

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