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VIOLENCIA EN LA PAREJA : SEÑALES DE ALERTA

VIOLENCIA EN LA PAREJA : SEÑALES DE ALERTA

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Estudio sobre la violencia en la pareja y las señales de alerta para detectarla y para poder trabajar y encontrar posibles soluciones. Trabajo de nuestra colaboradora Alejandra Palacios Banchero, Psicóloga Clínica y Comunitaria, experta en Familia.
Estudio sobre la violencia en la pareja y las señales de alerta para detectarla y para poder trabajar y encontrar posibles soluciones. Trabajo de nuestra colaboradora Alejandra Palacios Banchero, Psicóloga Clínica y Comunitaria, experta en Familia.

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Índice

Introducción 1. Señales de Alerta 2. ¿A qué llamamos Violencia Familiar? 3. La Violencia Familiar tiene consecuencias 4. Cómo se explicaría este fenómeno. 5. La violencia es una conducta aprendida 6. Mitos sobre la Violencia Familiar 7. ¿Soy una víctima? 8. ¿Soy un agresor? 9. ¿Existe algún tipo de tratamiento? 10.Hacia una mejor calidad de vida. Referencias

Introducción

La familia, institución social, núcleo de soporte y apoyo para sus miembros, donde se da y se recibe el amor tan necesario para el desarrollo saludable de los individuos; en donde se intercambian, consolidan y se adoptan mensajes, valores, tradiciones, costumbres, deseos, mitos y creencias; y en donde también se resuelven y comparten aspectos de convivencia, responsabilidades, información y opciones de decisiones que afectan a todo el grupo familiar, se ve seriamente lesionada cuando se instaura el abuso, la violencia y el maltrato como sistema de relación entre sus integrantes. La familia además, tiene que soportar un grado muy alto de conocimiento entre la pareja, aspectos de intimidad y el enfrentamiento a crisis originadas por factores internos y externos que son causa de estrés. En la violencia familiar, estos factores constituyen desencadenantes habituales de tensión y violencia y acrecientan el estrés entre todos sus integrantes. Aunque nos parezca extraño a la luz de nuestra razón y quizás veamos con horror algunas de sus manifestaciones entre nuestros familiares, en amigos o en la calle, este problema es muy común y está muy arraigado en nuestra sociedad, por la educación, la costumbre y la tradición. La composición actual de la familia dentro de la sociedad, compuesta por el padre y la madre, laborando generalmente fuera del hogar, así como familias compuestas por un solo progenitor en situación de soltería, viudedad o divorcio, constituye un problema social y político que interesa a gobiernos e instituciones internacionales, pues hay una gran incertidumbre sobre la futura calidad de vida y la integración de las diferentes generaciones en una misma sociedad. En sociedades como la nuestra el problema se agudiza pues el índice de familias constituidas por un solo progenitor —generalmente mujeres e hijos dependientes—, es muy alto. Estas familias que antes se originaba por el

fallecimiento de uno de los padres y las ocurrencias eran poco frecuentes, ahora se origina con gran frecuencia, por la concepción de hijos producto de relaciones ocasionales o inestables, por las uniones de hecho, por la separación o el divorcio. Hay muchas madres solteras, se-paradas o divorciadas, con escasos recursos económicos, de vivienda y de educación para mantener a sus hijos, lo que da lugar a tasas de mortalidad y deterioro en la calidad de vida de los ciudadanos. Los hijos criados en el seno de una familia de este tipo, tienden a repetir el ciclo, lo que suscita gran preocupación en los gobiernos porque para el Estado supone altos costos en la implementación de políticas de vivienda y ayudas de toda índole; además de la alta incidencia e incremento de la violencia que se ha observado en hijos de estas familias. El problema también es complejo cuando se unen parejas en segundas nupcias o conviven juntas sin la formalidad del matrimonio y tienen hijos propios producto de un matrimonio o una relación anterior o de una relación ocasional. Los problemas de relación entre padres no biológicos e hijos suelen ser un foco de tensiones, especialmente cuando existen hijos propios en ambos integrantes de la pareja. Situación que es muy común en nuestra sociedad. Muchos desconocen que la violencia es una conducta aprendida y que el agresor no conoce otras formas de relacionarse pues los modelos aprendidos no le han permitido comunicarse en forma pacífica, menos egoísta y con igualdad de derechos, oportunidades y obligaciones para todos los integrantes de la familia. La gente por lo general prejuzga la actitud de la víctima y no entiende sus reacciones. Pocos conocen el estrés intenso y continuo al que están sometidas y todos los mecanismos que tienen que movilizar, para poder soportar la situación y no perder su integridad física y psicológica. No se entiende muchas veces por qué defiende o protege al agresor, por qué no lo abandona o por qué inclusive, se siente culpable por una conducta de la cual ella no es responsable, ni tampoco se entienden las razones por las cuales muestra desconfianza hacia su propia familia o amigos o a la persona que les brinda algún tipo de ayuda o hacia el funcionario que los atiende o de las actuaciones que este realiza para su defensa y protección. El interés cada día más creciente por conocer la dinámica de este

fenómeno que afecta a todas las poblaciones y lesiona los derechos humanos de las personas, ha hecho que se profundice más en su estudio y se apliquen planes y programas para su erradicación. Se han firmado acuerdos entre organismos internacionales y gobiernos de la mayoría de los países del mundo. Para ello que se han emitido leyes que sancionan al agresor y protegen a las víctimas. Se procura también promover en la población y especialmente en la juventud, valores de mutua tolerancia, autoestima, comprensión, solución pacífica de los conflictos y preparación para la vida familiar con derechos y obligaciones domésticas compartidas e igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, dentro de las relaciones familiares. Las nuevas tendencias en el tratamiento y prevención de poblaciones que viven en situaciones de riesgo, violencia y adversidad y exhiben una evidente condición de vulnerabilidad, señalan la importancia de orientar los planes y proyectos hacia una propuesta que se centra en las fortalezas de los individuos y las comunidades, antes que en su déficit. Esto es, la promoción de factores protectores que fomenten el empleo de recursos biológicos y psicológicos de personas y comunidades, para procurar el bienestar físico y psicológico y mejorar la calidad de vida de los individuos, las familias y la comunidad y lograr una sociedad eficaz y saludable. Esto es, la Resiliencia. Sirva entonces el presente como instrumento de orientación para identificar las señales de violencia dentro de las relaciones familiares y constituya medio informativo para el mejor conocimiento de la dinámica de este fenómeno tan común y cotidiano, en beneficio de la paz social y familiar. .

Señales de Alerta

La violencia familiar incluye más que violencia física. Si tu pareja hace cosas que te causan miedo y te aísla de tus amistades y familiares, es posible que seas una víctima de violencia familiar. Algunas señales que nos pueden alertar sobre un comportamiento violento dentro de las relaciones familiares: • • • • Muestra con frecuencia una actitud hostil, prepotente y sentimientos negativos. Arremete contra puertas, objetos, animales, cuando algo le disgusta. Ordena e impone sus deseos. No informa, no consulta no solicita la opinión de la pareja o de los otros miembros del grupo familiar. Critica constantemente a la pareja o a otro miembro de la familia como persona, madre, padre, hijo, trabajador, estudiante, ama de casa, etc. Se comporta de manera sobreprotectora o se pone demasiado celoso(a) y exclusivista. Amenaza con hacer daño a la pareja, a sus hijos, familiares, mascotas o a sí mismo. Impide a la pareja ver a familiares o amigos. Impide o manipula a la pareja para que no realice actividades que puedan permitir su autonomía o libertad. (estudios, trabajo o labores fuera del hogar, membresías). Destruye las pertenencias de la pareja o de otro miembro de la familia. Intimida con gestos, insultos, gritos, o manipula a la pareja y/o a los hijos u otros. Tiene un control abusivo sobre la economía familiar y utiliza el manejo de la economía como recompensa o castigo. En ocasiones dice sentirse rechazado o solo (a). No logra reconocer los sentimientos o derechos de otros.

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Crea situaciones o realiza acciones que provocan conflicto para después culpar a la pareja o a los hijos u otras personas de la situación o hace que los demás crean que la pareja es culpable o que lo provoca. Niega o no le da importancia o justifica sus comportamientos controladores, manipuladores, abusadores o violentos. Culpa a la pareja o a otras personas o a las circunstancias por su comportamiento Obliga a la pareja a tener relaciones sexuales que la hacen sentir incomoda o cuando no lo desea. Le pega a la pareja con la mano o con el puño, la patea, la empuja, la muerde, la araña o cualquier otra acción que le cause lesión física. Tiene la idea irracional de que el hombre es de la calle y la mujer de la casa, que el es el que manda y los demás deben hacen lo que el quiere o decide. Suele mantener excelentes relaciones con otras personas diferentes a la familia y no es extraño que sean reconocidos como “buenas personas” y acuse a la pareja de ser dominante, irritable, controladora y caprichosa, haciendo él papel de víctima frente a los demás Algunos ingieren bebidas alcohólicas o drogas sin control y en ese estado pueden reaccionar con hostilidad y violencia Algunos también utilizan armas u otros objetos (cuchillo, piedra, palos, etc.). como amenaza para intimidar o amedrentar. El desamor, el abandono, la infidelidad, la indiferencia, la sobreprotección, la permisividad. también son manifestaciones de comportamiento violento.. Su actitud, al igual que el dependiente alcohólico y el drogadicto, es la de negar, minimizar, racionalizar o presentar amnesia selectiva para explicar y justificar su comportamiento. De esta forma se exime de culpas y la traslada a la víctima, a las circunstancias o a otras personas.

El abuso, la violencia y el maltrato son comportamientos aprendidos y como cualquier comportamiento aprendido, puede ser cambiado. Pero no es fácil. No hay una sola causa para la violencia familiar y tampoco hay una sola solución. Sin embargo, lo mejor que se puede hacer es aprender a reconocer las señales de alerta de este tipo de comportamiento y buscar ayuda cuando lo veas en tu pareja, tus amigos o en ti mismo.

¿A qué llamamos

Violencia Familiar?

Se define la violencia familiar como la agresión, amenaza u ofensa ejercida sobre la mujer u otro integrante de la familia, por cónyuges, concubinos, ex cónyuges, ex concubinos o personas que han cohabitado, ascendientes, descendientes y parientes colaterales, consanguíneos o afines, que menoscabe la integridad física, psicológica, sexual o patrimonial” En la dinámica de las relaciones interfamiliares, la violencia familiar es el conjunto de conductas, acciones u omisiones habituales, ejercidas contra la pareja, u otro miembro de la familia, con el propósito explícito o no, de mantener el control de la relación. Dichas conductas adoptan formas físicas, psicológicas o sexuales, o atentan contra las propiedades o individuos relacionados con la pareja o que involucran aislamiento social progresivo, castigo, intimidación y/o restricción económica. En sociedades Se distinguen tres tipos de violencia: violencia física, violencia como la nuestra, psicológica y violencia sexual la violencia Violencia física es toda aquella conducta que directa o indirectamente esté dirigida a ocasionar un daño o sufrimiento físico sobre la persona, generalmente es tales como heridas, hematomas, contusiones, excoriaciones, dislocaciones, quemaduras, pellizcos, pérdida de dientes, empujones o cualquier otro ejercida por el maltrato que afecte la integridad física de las personas, así como toda hombre, por conducta destinada a producir daño a los bienes que integran el patrimonio costumbre, de la víctima. Violencia sexual es toda conducta que amenace o vulnere el derecho tradición y de la persona a decidir voluntariamente su sexualidad, comprendida en esta no sólo el acto sexual sino toda forma de contacto o acceso sexual o no educación. genital.. Violencia psicológica que se presenta en forma de intimidación, amenazas, insultos, control, aislamiento y devaluación de la persona. Ciertas conductas de maltrato que constituyen violencia psicológica, se tornan cotidianas y son consideradas como algo “natural” y parte de la

relación de pareja. La víctima no se da cuenta hasta que el abuso, la manipulación y el maltrato se han instaurado crónicamente en la relación. Por lo general la toma de conciencia y la búsqueda de ayuda llegan cuando la autoestima ya se encuentra disminuida y gravemente lesionada.
En todos los casos, el patrón de la amenaza de ejercer violencia y su ejercicio dentro de la familia, son conductas aprendidas en su entorno y reforzadas por la violencia en los medios y en la sociedad y por la estructura tradicional de dominación en la familia. En sociedades como la nuestra, la violencia generalmente es ejercida por el hombre, debido a la costumbre, la tradición y estilos educativos; transmitidos de generación en generación, e interiorizados por el agresor y la víctima, a través de modelos que han sido reforzados dentro de la propia familia, la calle, los medios de comunicación. Sin embargo, con poca frecuencia pero igual importancia, también observamos casos de conducta violenta en mujeres hacia su pareja y familia e hijos hacia padres y hermanos. La violencia familiar por lo general, se fundamenta en una estructura familiar vertical, en la rigidez de las jerarquías en las relaciones familiares, en las creencias en torno a la obediencia y el respeto, a la disciplina y al valor del castigo, a la idea irracional que el proveedor de la economía tiene derecho a exigir y ejercer dominio sobre los demás y al grado de adhesión a los estereotipos de género --el hombre es superior, la mujer es inferior-y al grado de autonomía relativa de los miembros que componen el grupo familiar --el hombre es de la calle, la mujer de la casa, el hombre es superior, la mujer inferior. El fin es ejercer, por medios violentos o de manipulación, control y dominio sobre la relación. En la violencia familiar, la agresión constituye el estilo de relación en la pareja y a partir de ella se construyen patrones específicos de comunicación, negociación y resolución de problemas. Siendo la agresión una manifestación de los conflictos que surgen al interior de la familia.

La violencia psicológica es la que primero se instaura y la que más daño hace. De todas las formas de violencia, la violencia psicológica o abuso emocional, es la que presenta más incidencia y es la que menos se denuncia. Ciertas conductas de maltrato se tornan cotidianas y son consideradas como algo “natural” y parte de la relación de pareja. A diferencia de la violencia física, cuyos efectos son evidentes (moretones, heridas, fracturas), la violencia psicológica, por su modo de operar, pasa inadvertida e incrementa la confusión, la sumisión y la culpabilidad en la víctima. Esta no se da cuenta hasta que el abuso se ha instaurado crónicamente en la relación. Por lo general, la toma de conciencia y la búsqueda de ayuda llegan cuando la autoestima ya se encuentra disminuida y gravemente lesionada. Constituyen muestras de violencia:

Violencia verbal: rebajar, insultar, humillar, ridiculizar, manipular e inducir a la confusión (la mujer llega a creer que merece estas agresiones). Intimidación: acusar con miradas, gestos o gritos (ej. “si dices algo te mato”). Amenazas: de herir, matar, suicidarse, llevarse a los niños. Abuso económico: Control abusivo de la economía familiar, recompensas o castigos monetarios, Aislamiento: Control abusivo de la vida del otro mediante vigilancia de sus actos y movimientos, la escucha de sus conversaciones, impide el trato con amistades, distancia la visita a familiares y amigos, la ignoran o le hacen vacío (no le hablan, no la miran y ella va creyendo que se merece ese trato). Desprecio: trata a la pareja como alguien inferior, toma decisiones que afectan la convivencia sin consultar con la pareja, no toma en cuenta su opinión ni su deseo en decisiones importantes para la vida familiar. Menosprecia sus ideas u opiniones. Niega ante los demás su condición de pareja o la acusa de ser la causante de los problemas en la relación.

Abuso sexual: Imposición del uso de anticonceptivos, negar que utilice métodos anticonceptivos, presiones para abortar, menosprecio sexual, imposición de relaciones sexuales contra la voluntad o deseo del otro. Control: organiza las tareas o actividades del otro, impone su voluntad en decisiones como vestir, peinarse, el trato a los hijos, la organización del hogar y hasta las actividades que ella pueda realizar fuera del hogar. Manipulación. Provoca situaciones conflictivas o histriónicas que pueden crear reacciones violentas, agresivas o aparentemente extrañas en la víctima, con la intención de que los demás lo perciban como víctima de ésta y así lograr atención y opiniones favorables hacia su persona. Tiende a engañar y mentir para disculpar, justificar
El desamor, el abandono, la infidelidad, la conducta engañosa, la mentira, la indiferencia, la sobreprotección y la permisividad también son manifestaciones de violencia, pues el ser humano para su desarrollo personal y su salud física y psicológica, necesita del amor, la protección y la atención de otros, sin menoscabar su independencia y autonomía. La violencia se manifiesta tanto por la agresión como por la omisión, la permisividad y la indiferencia y afecta la salud física y mental de todos sus miembros. Un ambiente familiar con una pobre comunicación y una inadecuado control emocional, se traduce en interacciones y mensajes agresivos en los cuales se ignoran los pensamientos, los sentimientos y las emociones de los demás o existe una tolerancia exagerada y un escaso respeto por los pensamientos, sentimientos y emociones de cada uno de los integrantes de la familia y en especial de los niños o indiferencia y abandono que pone en riesgo al individuo y menoscaba su respeto y dignidad. No es común observar comportamientos violentos, al comienzo de la relación. Durante este período, por lo general los comportamientos son positivos, todo es “color de rosa”, la pareja se percibe perfecta, con la sensación de haber encontrado a su “media naranja”. Las imperfecciones o defectos son minimizados, justificados y vistos como pasajeros, por ambos. Algunos especialistas informan que la violencia en la relación de pareja se inicia luego de ciertos eventos importantes que provocan cambios en la dinámica familiar, como son: el inicio de la convivencia, durante el primer embarazo, el nacimiento del primer hijo, la infidelidad en uno o ambos

cónyuges o convivientes, entre otros. Una vez que se inicia el comportamiento violento este es cíclico y repetitivo.

Fase 1: Acumulación de tensión
Se observan cambios en el agresor que se hacen estables en la vida conyugal. Se manifiesta como hostilidad, provocaciones y verbalizaciones ofensivas y agresivas. El agresor se muestra nervioso, irritable y no reconoce su enfado. Comienza con sutiles menosprecios, ira contenida, fría indiferencia, sarcasmos, largos silencios. Pueden aparecer además episodios de comportamiento agresivo dirigido más hacia objetos que hacia su pareja (da portazos, arroja objetos, rompe cosas).

Fase 2: Explosión violenta
Sigue una descarga incontrolada de las tensiones acumuladas (golpes, insultos, frases hirientes, abuso sexual, entre otras). Luego de la descarga desaparece la tensión y el estrés en el agresor. Si hay algún tipo de intervención —policía, fiscalía, familiares, amigos— aparenta calma y tranquilidad. Tiende a minimizar y culpar a la pareja diciendo que lo provocó, o que ella es la culpable de la situación. En esta fase los incidentes se tornan periódicos y las lesiones son cada día más graves. Cesa cuando el agresor descarga su tensión o repara en la magnitud del daño causado.

Fase 3 Arrepentimiento y reconciliación
Entra luego a una fase en la que el agresor muestra signos de arrepentimiento, se muestra amable, cercano y en ocasiones pide perdón o promete no ejercer más violencia, trata inclusive de reparar el daño. Da señales de amor y consideración y todo es felicidad. A esta falsa ilusión —”luna de miel”— sigue un nuevo ciclo de tensiones, desde el momento que considera que está perdiendo el control sobre su pareja y el ciclo se vuelve a repetir una y otra vez.

La violencia familiar tiene consecuencias

Legales

Pues se violan derechos fundamentales de las personas, lesiona su autonomía, su libertad y pone en riesgo su salud física y mental. La violencia familiar constituye una falta o delito que es penalizado en la legislación de casi todos los países del mundo.. Porque perpetúa comportamientos negativos y crea estereotipos culturales que pasan de generación en generación. Se extiende pues se manifiesta en otros ámbitos de relación como son la escuela, el trabajo, el vecindario, la comunidad.. En comunidades donde la violencia familiar se ha instaurado como sistema de relación entre sus pobladores, genera en ello, baja motivación de logro, resignación, conformismo, fatalismo, menor inteligencia emocional y social, déficit en habilidades como la de solución de problemas, control de impulsos y de relaciones sociales . Esta situación representa un grave problema social, político y de salud pública por el alto riesgo en la salud física y mental de los individuos y las familias y por el deterioro cada vez mas evidente en la calidad de vida de poblaciones con estas características

Sociales y Culturales

Familiares

Pues cuando se instaura la violencia, la familia se encuentra seriamente lesionada y no cumple las funciones de apoyo, protección y afecto recíproco que debe desempeñar para el desarrollo saludable de sus miembros. Desencadena entre sus integrantes una serie de reacciones en cadena de comportamientos violentos, pues la conducta violenta se manifiesta del agresor a la víctima, de la víctima a los hijos, los hijos a los hermanos y a niños menores, a mascotas, a personas mayores. .Los hijos irán creciendo y cuando sientan a sus padres vulnerbles,

también ejercerán violencia contra ellos. Las relaciones se deterioran y son causa frecuente de ruptura y abandono, con consecuencias no solo para la familia sino para la comunidad, pues surgen las familias disfuncionales con conflictos y problemas en el vecindario, en la comunidad Además, si la relación se rompe, el comportamiento violento o sumiso, tiende a repetirse en otra relación de pareja y los hijos cuando mayores adoptarán el rol que observaron en sus padres. La comunicación interfamiliar en este tipo de relación es ineficaz pues tiende a ser controladora, atacante, condenatoria, impositiva, manipuladora, vejatoria, hiere la autoestima, genera desmotivación, crea confusión y no permite que la pareja y los niños se sientan aceptados, reconocidos y valiosos., lesionando así su desarrollo físico y psicológico.

En la salud

Pues en ocasiones es la causa de lesiones físicas y enfermedades de diferente índole. El maltrato prolongado, con amenazas de diferente índole y escasa ayuda social, puede favorecer el deterioro del rendimiento personal, social y familiar de quien lo padece y es causa de estrés intenso y de grandes proporciones. Las consecuencias a nivel físico y psicológico, pueden ser graves, gravísimas, reversibles o irreversibles, llegando incluso hasta la pérdida de la salud y la vida de la víctima. El daño psíquico inducido por la violencia familiar es una consecuencia traumática que desborda la tolerancia de la víctima, modifica su interacción con el medio y le origina alteraciones en las áreas afectivas y de la voluntad. Se instaura a nivel inconsciente por la desorganización de sus mecanismos defensivos y la incapacidad de responder a él; se mantiene en tiempo indeterminado, pudiendo recuperarse o no. Los síntomas de daño psíquico entre otros, son: Accesos emotivos incontrolables, ira, ataques convulsivos, insomnio, perturbaciones del sueño, crisis de ansiedad, confusión mental, estados regresivos, actitudes y comportamientos infantiles, depresión.. En el agresor también se observan consecuencias, pues aumenta su frustración, su soledad, su disconfort, consigo

mismo y con los demás, acompañados de síntomas de depresión o agresividad insana y descontrolada, pues no ha podido satisfacer sus profundas necesidades de atención, afecto y darle valor real a su persona. Permanecerán sus tendencias hostiles y en caso de ruptura de la relación, si su necesidad de afecto supera a sus tendencias hostiles, tiende a suplicar, prometer, reconoce su mal comportamiento y acepta su culpa. Pero, si no logra reanudar la relación, su reacción, tiende a desarrollar una profunda depresión que lo lleva posteriormente a engancharse en una relación con las mismas características.. Si sus tendencias hostiles superan a las necesidades de afecto, al no lograr reanudar la relación, lo dominan sentimientos de odio y venganza que pueden desencadenar hechos violentos y hasta trágicos, que podrían hacer peligrar la vida de la pareja y de otros. En la violencia familiar, víctimas y agresores poseen muy baja autoestima, debido a que la víctima es alguien a quien maltratan sin que ésta pueda poner límites; y el agresor compensa lo inferior que se siente, maltratando y abusando de su pareja. Estas personas (víctima y agresor), tienden también a desvalorizar y utilizar un lenguaje verbal y no verbal que menosprecia y desvaloriza a los hijos, que en el futuro serán también personas con baja autoestima y tendrán heridas emocionales que afectarán su vida futura, sus relaciones de pareja, su desempeño como estudiantes o trabajadores, su desenvolvimiento en el medio y en las relaciones interpersonales y probablemente sea la causa del alcoholismo o la drogadicción u otros problemas psicológicos pues se ha observado que en las historias de sujetos que presentan este tipo de problema relatan haber sido testigos o han estado expuestos en el pasado a relaciones interfamiliares en donde la violencia, el maltrato, la manipulación y el abuso han caracterizado la relación y por ello tienden a asumir el papel de víctima o de agresor en sus relaciones familiares.

Los hijos también sufren consecuencias graves, gravísimas, reversibles o no en su salud física y mental
En la violencia familiar, los hijos, son también víctimas o testigos de la violencia instaurada en las relaciones familiares. Los padres transmiten a los hijos costumbres, tradiciones, valores y modelos de relación y de conducta. Son los primeros agentes socializadores del niño, en especial cuando se trata de transmitir el modelo de padre o madre, que queda grabado a lo largo de toda su vida. Las consecuencias de estas conductas son observadas en los hijos de cualquier edad, pues se les expone o son también víctimas de comportamientos negativos que los afectan en su salud física y mental, en su educación, en sus relaciones interpersonales, en sus futuras relaciones de pareja y en su eficacia y productividad como personas dentro de la sociedad. En una relación interfamiliar caracterizada por el abuso, la violencia y el maltrato, podemos escuchar con frecuencia, al padre abusador, que impone al hijo, formas no asertivas de disciplina, y que le dicen, “soy tu padre y tienes que hacer lo que yo diga“, “es por tu bien”, “a mí me educaron así”, “debes hacer lo que yo digo, por eso eres mi hijo”, con el convencimiento de que los niños les pertenecen y que tienen un derecho absoluto sobre ellos y sobre su futuro. Estas concepciones también están avaladas por la costumbre, la educación, la tradición y los modelos que presentan los medios de comunicación. En contraposición, se escucha a la pareja víctima de maltrato, frases como “lo haces para molestarme”, “que quieres que haga, es tu padre”, “nadie nos puede ayudar”, “estamos solos” o “no me siento bien”, “ahora no... busca que hacer por allí”, “no molestes”, asociado a sentimientos de infelicidad, inadecuación y baja autoestima, por parte de la víctima, que desplaza a los hijos el abuso y maltrato recibido. En este tipo de relación, la comunicación con los hijos es ineficaz pues se caracteriza por ser controladora, atacante, condenatoria, dogmática, manipuladora, vejatoria. Muchas veces busca cambiar una conducta en los hijos, pero notoriamente hiere la autoestima, genera desmotivación, crea confusión y no permite que los niños se sientan aceptados, reconocidos y

valiosos., interfiriendo en un desarrollo físico y mental adecuado y saludable. En respuesta, los hijos, al recibir maltrato tanto del agresor como de la víctima, muestran conductas perturbadoras, agresivas, apáticas, de retraimiento, ansiedad o timidez, con claras muestras de una autoestima baja, inseguridad y dificultades para relacionarse con los demás. Puede también desplazar su agresividad y arremeter contra sus hermanos menores, niños más pequeños o ancianos o hacia mascotas u objetos o desplazar estos modelos de comportamiento (violencia/sumisión) a la escuela y el vecindario.. Es entonces cuando encontramos casos de niños con problemas de aprendizaje y problemas de conducta: niños agresivos, niños incontrolables, niños tímidos, niños retraídos, niños que no aprenden, niños con problemas de salud, niños con todo tipo de problemas psicológicos, pues la violencia familiar afecta su desenvolvimiento y desarrollo físico y mental.. Las conductas de violencia o de sumisión se repetirán una y otra vez en una y otra generación y en todos los ámbitos de relación, si no se hace algo por eliminarlas.

¡Un día no muy lejano, los hijos, también, irrespetarán y ejercerán violencia contra los padres cuando sientan a estos vulnerables!
Sociales

¿Cómo se explicaría este fenómeno?

El fenómeno de la violencia familiar es muy complejo pues en el intervienen muchos factores. Es una conducta aprendida, que ha sido transmitida de generación en generación, se presenta en forma cíclica y repetitiva como se presenta, sucede dentro del seno de familias de cualquier nivel social, económico, educacional o cultural, la víctima y el agresor tienen características particulares, el escaso apoyo familiar y social que agrava más el problema, tiene consecuencias en la vida y en la salud de las personas, afecta a la sociedades; factores que hacen difícil su estudio y erradicación. Se han realizado varios intentos para determinar el perfil del agresor y el de la víctima para establecer pautas de tratamiento. Con este fin, varios autores han relacionado estas conductas con algunos trastornos de la personalidad. Hay autores que explican la violencia familiar como un trastorno de personalidad denominado “dependencia emocional”, que se origina en carencias afectivas tempranas y el mantenimiento de vínculos con personas no satisfactorias, atemorizantes o sobreprotectoras o muy permisivas Esta dependencia emocional se define como la necesidad afectiva extrema que una persona siente hacia otra, a lo largo de sus diferentes relaciones de pareja. El dependiente emocional no soporta la soledad, tiene que estar con una pareja para sentirse bien, pues la indecisión y la sensación de inutilidad o desvalecimiento personal es lo que lo une a la otra persona. Sus características son similares a la dependencia alcohólica y a la drogadicción. El dependiente emocional presenta déficit en áreas de la personalidad

como la autoestima, el autoconcepto, los estados de ánimo, tolerancia a la frustración y control de impulsos y en las relaciones interpersonales La autoestima y el autoconcepto son bajos, probablemente debido a experiencias desvalorizadoras y de carencias afectivas o poco satisfactorias. Son poco tolerantes a las frustraciones y tienen pobre control sobre sus impulsos. El estado de ánimo que priva en ellos es el disfóricos, con tendencia a rumiaciones, es decir, tristeza, pesimismo y quejas constantes, que pueden desencadenar estados depresivos y ansiosos. En las relaciones interpersonales son inseguros, tienden a ser exclusivistas, necesitan el acceso constante de la persona de la cual dependen y la aprobación constante de los demás; tienen miedo e intolerancia a la soledad. Sus relaciones con la pareja se caracterizan por ser asimétricas y desequilibradas, pues uno es el que domina y el otro el que se somete. Muestran además déficit en las habilidades sociales y en la capacidad empática, pues no logran colocarse en el lugar del otro, ni entender sus emociones y sus sentimientos. Son poco asertivos pues desconocen los límites de sus derechos y no respetan los derechos de los demás; son además, poco capaces en la resolución de problemas. La dependencia emocional en la relación de sumisión en grado extremo, explicaría la conducta de la víctima que permanece en una relación de violencia y aquellos casos enmarcados dentro del síndrome de adaptación paradójica que algunas víctimas presentan dentro de la violencia familiar (identificación con el agresor, permanece con el agresor y lo defiende, a pesar de los recursos que pueda tener para romper con la relación). A pesar del maltrato, estas personas siguen amando a su pareja y no la dejan. La ruptura de la relación les desencadena profunda depresión y tienden a volverse a enganchar en una relación de dependencia. En el agresor la dependencia emocional es dominante y se presenta con las características ya descritas pero acompañadas también de otros factores como la ambivalencia —sentimientos positivos y negativos simultáneos hacia la pareja—. Es una forma atípica de la dependencia emocional en la que el maltrato y la violencia constituyen una fachada que esconde profundas necesidades de afecto. Son individuos que por un lado atacan, controlan y humillan a su pareja y por el otro quieren a la pareja siempre consigo y en exclusividad. A pesar de los sentimientos de hostilidad

y el desinterés, también sienten amor por la pareja y no la dejan. En el dependiente emocional dominante, la ruptura de la relación puede provocar dos tipos de reacción: • Aquel cuya necesidad de afecto supera a sus tendencias hostiles, tiende a suplicar, prometer, reconoce su mal comportamiento y acepta su culpa. Pero, si no logra reanudar la relación, su reacción, al igual que el dependiente emocional sumiso, tiende a desarrollar una profunda depresión que lo lleva posteriormente a engancharse en una relación con las mismas características. Aquel cuyas tendencias hostiles superan a las necesidades de afecto, al no lograr reanudar la relación, lo dominan sentimientos de odio y venganza que pueden desencadenar hechos violentos y hasta trágicos, que podrían hacer peligrar la vida de la pareja y de otros..

En un intento por determinar un perfil del agresor con el objeto de sugerir líneas de intervención específicas en la aplicación de programas para el tratamiento de la violencia familiar, Echburúa señala que existirían seis perfiles de personalidad diferenciados, dentro de la población de agresores, que se asocian a un determinado tipo de trastorno de personalidad. Estos son: Agresores narcisistas/adaptados (gravedad baja), que presentan un patrón de superioridad, sensibilidad a la crítica y poca empatía, pueden beneficiarse de un tratamiento que establezca en forma explícita los objetivos del mismo; se plantea la aceptación de la responsabilidad con tacto, sin herir su autoestima; y se lleva a cabo un entrenamiento adecuado en empatía. Agresores evitadores/depresivos (gravedad baja), con un patrón de inhibición social, sentimientos de incompetencia e hipersensibilidad a la crítica, y tendencias depresivas, responden bien al reforzamiento del terapeuta, al entrenamiento en habilidades sociales y de comunicación y a la reestructuración cognitiva de sus miedos infundados, y pueden requerir un tratamiento complementario de tipo psicológico o psicofarmacológico para hacer frente a los síntomas de ansiedad y de depresión. Agresores antisociales (medianamente graves), con un patrón de desprecio y violación de los derechos de los demás, requieren el

establecimiento estricto de límites, el desarrollo de la empatía y el control del abuso de alcohol y drogas. Agresores narcisistas puros (también medianamente graves), con un patrón de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía; debe motivárseles con un tratamiento del que van a obtener mas ventajas que inconvenientes; y con tareas en grupo, que puedan controlar su tendencia al individualismo estricto. Agresores paranoides (muy graves), que muestran un patrón de desconfianza y suspicacia, y se suelen presentar como víctimas, necesitan ver un beneficio directo del tratamiento, lo cual se puede conseguir, más que con un desafío directo a sus ideas irracionales, con una comunicación abierta, unas tareas graduadas y una estrategia de solución de problemas. Agresores con trastorno límite (también muy graves), con un patrón de inestabilidad en las relaciones interpersonales, la imagen de sí mismos, y los afectos, y de una notable impulsividad y tendencias suicidas, pueden beneficiarse del tratamiento, si se les enseña una regulación de los afectos, control del abuso de alcohol y/o drogas y el manejo de la ansiedad y de la ira, así como habilidades apropiadas de comunicación.

La Violencia es un comportamiento aprendido

Hasta hace pocos años y por generaciones, la educación tradicional, las costumbres sociales y las normas religiosas defendían e inculcaban una estructura patriarcal en las relaciones familiares, en donde el hombre ejercía autoridad y poder indiscutibles. Se establecieron estereotipos de roles y comportamientos rígidos en las relaciones de pareja, con la concepción de que el hombre ejercía un rol eminentemente racional, dominante, con un control emocional adecuado o superior, poco demostrativo en los afectos, emprendedor, competitivo, agresivo, de la calle, proveedor de la familia (virilidad), y la mujer, emotiva, sentimental, demostrativa en los afectos, pasiva, sumisa, obligada a apoyar y atender al marido, responsable de la crianza de los hijos, en la casa y dedicada al hogar (feminidad). Muchos de estos patrones estereotipados aprendidos durante generaciones, permanecen aún como norma de convivencia en las relaciones de numerosas familias y las conductas aprendidas de maltrato y violencia ejercida hacia la mujer y los hijos, constituyen todavía un intento del hombre por controlar la relación, lo que refleja una situación de abuso de poder, ejercida por el que se atribuye ese poder --el marido-- y lo sufren quienes se hallan en una posición más vulnerable —la mujer y los hijos—. La mayor participación de la mujer en la vida social y laboral y el interés cada vez más creciente de los gobiernos del mundo para aplicar políticas de educación igualitaria; así como la creación de leyes que favorecen la igualdad entre hombres y la mujeres, ha permitido que salgan a la luz casos de violencia doméstica que hasta entonces habían permanecido ocultos dentro del seno familiar, con la indiferencia y desatención de la sociedad y los gobiernos.

Lesiones y enfermedades físicas y psicológicas causadas por el maltrato y la violencia familiar, ejercida contra la mujer, aún predominan sobre casos de violación callejera, asaltos, homicidios y accidentes de tránsito. Campañas educativas, declaraciones y convenios promocionados por organismos internacionales, tales como la Asamblea General de las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales, tratan de eliminar la violencia y el trato desigual en la pareja y la familia en el mundo. Sin embargo, hay poca información sobre la dinámica que está en juego dentro de este fenómeno tan complejo. El interés es cada día más creciente por la magnitud del problema y se sigue estudiando las variables que intervienen desde diferentes perspectivas para su mejor comprensión y manejo.

Mitos sobre la violencia familiar

Mito 1. Las víctimas son las que provocan la violencia. Por algo le habrán pegado. Realidad: Los comportamientos de abuso y violencia surgen con motivo y sin motivo. No hay provocación que justifique la violencia. El agresor tiende a negar o minimizar su conducta y culpar a la víctima o a otros. Mito 2. Las víctimas no son tales. Son personas masoquistas que les gusta que las maltraten. Realidad: A nadie le gusta que lo maltraten o lo golpeen. En la mayoría de los casos la víctima no encuentra salida para su situación (problemas económicos, los hijos, la crítica social). Ha perdido el control de su vida y está tan traumatizada que se paraliza y no reacciona. El agresor le ha “lavado el cerebro” y la convence de que ella lo “provocó” . La ha sugestiona para que crea que es ella la culpable. Mito 3. El maltrato psicológico no es tan peligroso como el físico. Realidad: Las conductas violentas se inician con actos de hostilidad, provocaciones y verbalizaciones ofensivas y/o degradantes que se hacen habituales y progresivas hasta la descarga incontrolada de una agresión física o sexual. El maltrato psicológico causa un estrés de grandes proporciones, similares a los que soportan víctimas de secuestro o en situación de rehén y tiene consecuencias graves, gravísimas, reversibles y no reversibles, en las personas que lo padecen. Mito 4. “Los trapitos se lavan en casa” y “lo que ocurre en casa ajena a nadie le interesa”. Realidad: El fenómeno de la violencia familiar es un problema de todos: familia, amigos, vecinos, comunidad. gobierno. La violencia es una conducta aprendida y el silencio y la no intervención agravan el problema, lo perpetúan pues se repite en otras generaciones o en otras relaciones de pareja, se desplaza pues la víctima también arremete contra los hijos y los hijos contra hermanos menores, personas mayores, mascotas; y se expande, pues se repite en la escuela, en el trabajo, en el vecindario. Es urgente que autoridades y comunidad intervengan para eliminarla.

Mito 5. El agresor es una persona que padece algún tipo de enfermedad mental. Realidad: El agresor no es un enfermo. Es una persona con baja autoestima que se descontrola fácilmente y da paso a la ira. Generalmente no tiene la intención de hacer daño, pero quiere someter y controlar la relación familiar. es responsable de sus actos y ante la Ley está cometiendo una falta o un delito Mito 6. Las personas que son abusadoras y violentas nacieron así y nadie las puede cambiar. Realidad: La conducta violenta , manipuladora, maltratadora, abusiva es una conducta aprendida. Y si se puede cambiar. Se requiere que el agresor “toque fondo” y acepte la responsabilidad y las consecuencias de su conducta. Es el primer paso para poder aprender a controlar su hostilidad y su ira, superar sus complejos, levantar su autoestima, manejar los conflictos en forma pacífica y negociadora , respetando la opinión y los derechos de los demás, eliminar las ideas irracionales y creencias que hay en torno a las relaciones interfamiliares. Mito 7. Solo los hombres son agresivos con las mujeres. Eso ha sido siempre así. Realidad: También existen casos de hombres maltratados por mujeres, hay casos de padres maltratados por sus hijos, existe maltrato entre hermanos y maltrato a personas mayores. Depende del modelo aprendido. Mito 8 Si el hombre trabaja, trae dinero a la casa, y es bueno con los hijos, una mujer no debe exigir mas. Realidad: La mujer tiene tantos derechos como el hombre. Las relaciones de pareja deben caracterizarse por la igualdad, respeto mutuo y compartir deberes y responsabilidades, además de enfrentar los conflictos de manera constructiva

buscando el beneficio de todos los integrantes de la familia. Dentro de las relaciones familiares, nadie tiene que imponer su voluntad o sus decisiones. Esto constituye maltrato y no tiene justificación. Los hijos en este caso son testigos de la violencia que ejerce su pareja sobre ella, causándoles un trauma que los afectará en toda su vida.
Mito 9 La violencia solo ocurre en niveles socioeconómicos bajos y de bajo nivel educacional y cultural. Realidad: La violencia ocurre entre familias ricas, acomodadas y pobres, las de alto nivel educacional así como las de bajo nivel educacional . Se puede presentar en cualquier grupo social sin importar raza, nación, religión o cultura. En cualquier ciudadano de la calle, así como en individuos de jerarquía y reputación en la cultura, en la sociedad, en la política. . Mito 10. La violencia en la relación de pareja no es un problema grave. Realidad: La violencia doméstica es la mayor causa de lesiones en la población y afecta la salud mental y física en las víctimas y su entorno familiar. Hay quienes dicen que el lugar más peligroso para la mujer y los hijos es la propia casa. El porcentaje de lesiones causadas por violencia en el hogar sobrepasa a los presentados por accidentes automovilísticos e incidentes en la calle. Mito 11. La conducta violenta es algo innato que pertenece a la esencia del ser humano. Realidad: La violencia es una conducta aprendida a través de la imitación, educación, cultura y tradición. Se transmite de generación a generación. Sin embargo, así como la violencia es una conducta aprendida, también las conductas pacíficas y armónicas en las relaciones de pareja se pueden aprender. Mito 12. El consumo de alcohol o drogas es la causa de las conductas violentas en la pareja. Realidad: El alcohol y las drogan pueden provocar el asalto o incitar el

comportamiento violento, sin embargo también se presentan casos de maltrato y de violencia habitual en personas que no han ingerido alcohol o drogas. Mito 13. Si la esposa aguanta las reacciones violentas del marido, con el tiempo las cosas cambiarán y mejorará la relación. Realidad: La conducta violenta es progresiva y cíclica. Si la víctima no habla de su problema y busca ayuda es probable que la violencia y el maltrato empeore y nunca mejore. Mito 14. La mujer debe de aceptar tener relaciones sexuales con su pareja así ella no quiera. La violación no es un delito cuando se trata de la esposa. “La esposa tiene que cumplir con sus obligaciones” Realidad: La mujer tiene derecho a decir que no cuando no quiera tener relaciones sexuales con el marido. Toda conducta que amenace o vulnere el derecho de la esposa a decidir voluntariamente su sexualidad es considerada un delito. Mito 16. La violencia se resolverá mediante leyes y normas modernas y más rigurosas en el castigo para el abusador. Realidad: El castigo no resuelve el problema. En la prevención está la solución. En la información oportuna, los modelos que se deben de resaltar y los valores que se deben inculcar esta la solución al grave problema de la violencia.

Un factor importante para la eliminación de la violencia familiar, es combatir mitos,

creencias e ideas irracionales que existen sobre las relaciones interfamiliares y que están muy arraigados en nuestra población.

¿Soy una víctima?

Víctima es “aquella persona que ha sufrido un perjuicio (lesión física o mental, sufrimiento emocional, pérdida o daño material, o un menoscabo importante en sus derechos), como consecuencia de una acción u omisión que constituya un delito con arreglo a la legislación nacional o del derecho internacional “
(Organización de las Naciones Unidas, 1986).

Cualquiera puede ser víctima si se engancha en una relación de abuso, violencia y maltratos continuos. No importa la edad, el nivel social, educacional o cultural. Es más frecuente que lo padezcan mujeres y niños, aunque también se ven casos de hombres y personas ancianas maltratadas. Se ha observado que en la mayoría de víctimas que sufren de violencia familiar hay antecedentes de episodios depresivos previos al abuso y tendencia a establecer relaciones asimétricas con el otro sexo, por lo general, aceptando reglas patriarcales o matriarcales en la relación. En la historia de muchas de estas personas – hombres o mujeres -se ha observado que han sido víctimas o testigos de conducta violenta y probablemente hayan desarrollado una autoestima baja y una alta tolerancia a la violencia, ya que se trata de un modelo aprendido. En estados depresivos originados por situaciones adversas, enfermedad, crisis de la edad, vivencia de alguna situación traumática, duelo, dificultades económicas, familiares o sociales, entre otras, la persona se encuentra triste, apática, su autoestima está disminuida y lo invade el pesimismo En ese estado, la persona se encuentra vulnerable y al establecer una relación de convivencia con una pareja manipuladora, con tendencias

controladoras y dominantes, fácilmente y sin darse cuenta, se entra dentro del juego de la violencia y el papel que representa es el de víctima. Al comienzo de la relación todo es perfecto, los comportamientos son positivos, las imperfecciones o defectos son minimizados, justificados y vistos como pasajeros, por ambos. Pasado el período de “luna de miel”, la pareja entra en una dinámica de manipulaciones, humillaciones, maltrato y agresiones. La víctima, al ver que no hay manera de evitar la violencia, se paraliza, se inmoviliza. Por eso existe la creencia desde afuera, que la víctima no hace nada por remediar su situación y que le gusta que la maltraten. Son “masoquistas” dice el común de la gente. Su pareja le ha repetido tantas veces que no sirve para nada y que ella lo provoca, que termina creyéndolo. Cae bajo un estado de sugestión como mecanismo para defender su integridad física y psicológica, y al igual que los casos de víctimas de secuestro o en situación de rehén, llega un momento que se identifica con el agresor, siente que ambos “están en el mismo barco” y por lo tanto, piensa que cualquier intrusión los puede dañar. No permite que otros intervenga (amigos, parientes, autoridades) y acepta su situación en silencio y como inevitable. A la víctima le es difícil romper la relación y permanece con su pareja probablemente porque cree que las alternativas que tiene son peores que su situación (dificultades económicas, prestigio social, responsabilidad con los hijos, aislamiento del entorno, falta de apoyo, temor a la soledad, una justicia incompetente y lenta, etc.), o por las amenazas de la pareja, que por lo general resultan creíbles, o por haberse enganchado en una situación paradójica de dependencia afectiva, en la que la víctima tiende a proteger, justificar y disculpar al agresor. (Síndrome de adaptación paradójica o Estocolmo doméstico). Su lucha por soportar un estrés continuo de grandes proporciones y adaptarse para preservar su integridad, la hace aceptar las conductas abusivas, manipuladoras, maltratadoras y violentas de la pareja como “normales” o irremediables en la relación o llega a convencerse que puede soportar la situación, generando en ella una alta tolerancia a la violencia y

actitudes de sumisión. Bajo la sugestión creada, se convence también que es ella misma la que provoca la violencia, se culpa y se censura o piensa que algún día el abusador cambiará su conducta y podrá vivir en armonía y felicidad con su pareja. Culpa también a otras personas, a las circunstancias o a situaciones de conflicto externos a la familia: “No le tengo paciencia“, “yo tengo la culpa por no tener la comida lista”, “es por el trabajo”, “fulanita o menganito lo tiene así”, “son las preocupaciones”, “los niños lo alteran”, son frases que dice la víctima para justificar o culparse. Instaurado el abuso, la violencia y el maltrato, la víctima poco a poco se va sintiendo desconcertada, frágil, indefensa, sin protección y amparo. Llega a soportar el abuso en silencio y acepta la situación como irremediable y sin solución, vive desconcertada, sugestionada, sometida al temor y a la presión. La ausencia de redes sociales sólidas, como la familia, la comunidad, hacen que su mundo gire alrededor de la pareja; que los proyectos de él sean los suyos propios y que todo su mundo se reduzca a el/ella. El agresor se adueña de sus pensamientos, sus sentimientos, sus actuaciones. Empeora su situación cuando, a pesar del esfuerzo por romper el silencio y denunciar, se encuentra con una justicia lenta e inadecuada, que la escucha pero que no la satisface y familiares y amigos que le pueden decir que así es la convivencia y que tiene que tener paciencia. No encuentra además personas que la apoyen, y por lo general brinda su confianza a individuos que no son los más adecuadas (religiosos, hechiceros, brujos, charlatanes, “una aventura con alguien”, empleados domésticos o subordinados, desconocidos en un bar, en la calle, etc.), personas que muchas veces agravan su situación o la exponen a mayor peligro. La víctima es también maltratada no solo al interior del hogar sino también por parientes, vecinos, la comunidad e inclusive por autoridades, pues nadie comprende el estrés de grandes proporciones que tiene que soportar, tampoco comprenden sus reacciones que son totalmente normales para personas en su situación. Es juzgada y criticada injustamente por las creencias, prejuicios e ideas irracionales que todavía existen en nuestro

medio, sobre las relaciones de pareja y la violencia familiar. No tiene protección o apoyo familiar ni social. A la víctima la responsabilizan además de los fracasos y problemas que puedan presentar los hijos y su pareja en la escuela, el trabajo, con familiares o el vecindario. Ella es culpable de de todo, inclusive de los conflictos, infidelidades o de la adicción al alcohol o las drogas del marido o de los hijos y ella en silencio, asume la culpa, sola, en silencio, con su dolor y su angustia.

Las reacciones de la víctima son respuestas normales a una situación anormal.

Identifica las características y los síntomas
En la víctima se suscitan una serie de reacciones que son normales ante el estrés extremo causado por las conductas de abuso, violencia y maltrato que le muestra su pareja, siendo todas estas reacciones un intento para afrontar una presión extraordinaria y adaptarse a la situación. Es decir, son conductas normales ante una situación anormal. La víctima tiene una imagen negativa y desvalorizada de sí misma. Su autoestima, su autoconcepto está seriamente lesionado. A menudo se siente fracasada, sola, miserable, sin control sobre su vida. Le es difícil comunicar sus pensamientos y sentimientos. Muestra enfado, nerviosismo. Es emocionalmente inestable, de humor cambiante, generalmente tímido y sumiso en sus relaciones interpersonales. Presenta reiterados sentimientos de miedo, terror, angustia, dolor, frustración, vergüenza y culpa. Piensa en el futuro en términos negativos y desesperanzados. Puede desplazar la violencia recibida hacia los hijos o ancianos u otras personas y también demostrar ira y conductas agresivas o muestras de

desinterés, desensibilidad, indiferencia o desamor. Se aísla socialmente. Tiene alta tolerancia hacia la violencia. Piensa que algún día las cosas van a cambiar, pero no es así; pasa el tiempo, la situación empeora y las consecuencias son catastróficas. Termina sola, anulada y enferma. Ya no controla su vida, otros lo hacen por ella. No es feliz y tampoco hace feliz a los suyos.

La víctima siente que el mundo se le desmorona y no puede hacer nada por remediarlo.

Algunos de los síntomas o signos que se presentan con frecuencia en víctimas de violencia familiar: son los siguientes: En el Área de los Afectos: depresión, irritabilidad, ansiedad, temor, estado de ánimo lábil, inapropiado, disforia (sentimientos de mal humor, agresividad verbal o física sin estímulo que lo desencadene dirigida especialmente a hijos), sensación de no tener sentimientos, de sentir que nada la conmueve o afecta. En el Área Fisiológica: perturbaciones en el sueño (duerme mucho o tiene insomnio), enuresis, anorexia, bulimia, taquicardia, disfunción menstrual, disfunción eréctil en los hombres, disfunción sexual, frigidez, impotencia, debilidad, fatiga, somatizaciones (enfermedades cardiacas, asma, úlcera, erupciones en la piel, etc.) En el Área Cognoscitiva: disfunciones en la memoria, amnesia, confabulación, defectos de la atención, alteraciones de la conciencia. En el Área Perceptiva: alucinaciones, distorsión de la imagen corporal, otros.. En el Área Motora: temblor, tics. El maltrato continuado genera en la mujer un proceso patológico denominado Síndrome de Estocolmo-doméstico, Es un proceso de cambios y adaptaciones similar al Síndrome de Estocolmo que se van dando a través de cuatro fases:

1. Fase desencadenante. (Indefensión aprendida) Con el maltrato, se rompe la seguridad, confianza y expectativas que la víctima tenía en su pareja. Esto le causa desorientación, pérdida de referentes (otros modelos) e inclusive depresión. Se siente triste, desilusionada, indefensa. 2. Fase de reorientación. (Pérdida de control) La mujer busca nuevos referentes pero sus redes sociales están ya muy mermadas, se encuentra sola, generalmente posee exclusivamente el apoyo de la familia. No encuentra solución ni puede controlar la situación. Se siente inútil e incapaz y se culpa por lo que sucede.
3. Fase de afrontamiento. (Baja respuesta conductual) Con una percepción de la realidad desvirtuada, se inculpa de la situación y entra en un estado de indefensión y resistencia pasiva. Asume el modelo mental que su pareja le ha impuesto, con la intención de manejar la situación traumática. Se siente indefensa frente al agresor y acepta pasivamente su superioridad, sus caprichos, deseos y decisiones, como proceso de adaptación a la situación

4. Fase de identificación. (Identificación con el agresor) La víctima proyecta la culpa hacia otros, hacia el exterior, a través de un proceso de identificación. Defiende al agresor y justifica su conducta, dificulta la intervención de otros para la solución del problema..
Estas fases también se presentan como reacción a la situación en los casos de personas que atraviesan por situaciones traumáticas con riesgo de vida, como son las de estar en condición de rehenes o en situación de secuestro. Síndrome de Adaptación Paradójica. Existen casos en los que la víctima, soportan la violencia de su pareja, a pesar de que aparentemente poseen independencia personal o económica, con posibilidad de acceso a recursos alternativos que le permitirían romper con la relaciona pero paradójicamente son incapaces de hacerlo; retiran denuncias o procesos judiciales, declaran a su favor, etc. Esta conducta, se explicaría por la identificación con el agresor acompañado de ciertas características de personalidad que posee la víctima, como el de establecer vínculos de dependencia emocional. Se han identificado algunos trastornos psicológicos como consecuencia de la violencia y el maltrato habitual. Somatizaciones: Quejas físicas sin lesión aparente. Trastorno de Ansiedad Generalizada: Angustia, quejas constantes de

sentirse “nervioso”, Tensión muscular, temblores, incapacidad para relajarse. Hiperactividad, mareos, palpitaciones, vértigos y molestias epigástricas, sequedad en la boca. Cuadros ansioso-depresivos inespecíficos: Sentimientos de desesperanza, abandono y aislamiento social. Problemas de sueño o apetito, deterioro del estado de ánimo y la actividad cotidiana. Estos problemas se agravan con el tiempo y surge un importante riesgo de suicidio. El cincuenta por ciento de las mujeres maltratadas piensan al menos una vez en el suicidio y casi una cuarta parte de ellas intenta quitarse la vida. Abuso de alcohol o sustancias: Consumo de alcohol en el domicilio o solo o a escondidas, que muchas veces pasa desapercibido Dependencia en el consumo de somníferos y tranquilizantes Trastorno de Estrés Post-Traumático. Entre otros síntomas: episodios en los que se revive la situación traumática en forma de imágenes intrusas en la conciencia o sueños reiterados en que se revive esta situación. Estallidos dramáticos de miedo, pánico o agresividad. Síntomas de ansiedad y depresión. Ideaciones suicidas, desapego emocional, falta de capacidad de respuesta al medio ambiente. El cuadro se agrava si la víctima consume sustancias psicotrópicas o alcohol. Trastorno Persistente de la Personalidad tras Experiencia Catastrófica, entre otros síntomas: desconfianza permanente, aislamiento social, sentimientos de vacío o desesperanza, sentimiento permanente de estar constantemente amenazado, de “no poder mas” y de “estar al límite”. Vivencia de extrañeza de sí mismo..

Si la víctima cree que va a resolver su problema con otra pareja en una relación ocasional o ya separada del agresor, en una nueva relación, sin haber superado su situación, probablemente vuelva a engancharse en una relación similar a la anterior, donde una vez más será víctima de abuso, violencia y maltrato. Esto le causará mas conflictos, mayor confusión, más desconfianza y mayor desesperanza, repitiéndose el ciclo una y otra vez, probablemente a través de varias relaciones en las que actuará el mismo papel: el de víctima.

¿Soy un agresor?

El agresor puede ser una persona que pertenece a cualquier nivel educacional, económico o social, o de cualquier grupo cultural o religioso, de diferente adscripción política, nación, país. Su motivación por lo general, no es la de hacer daño. Su intención es la de someter por la fuerza y obligar al otro a hacer lo que no haría por su propia voluntad y ejercer dominio y control sobre la relación. Esto no excluye sin embargo, la posibilidad de que haya algo en la estructura de su personalidad que desvíe su conducta de aquello que se considera comportamiento normal.. El déficit en la personalidad que presenta, no lo priva tampoco del contacto con la realidad. No es un enfermo y por lo tanto, es responsable de sus actos y ante la Ley está cometiendo una falta o un delito. Son personas impulsivas, inseguras, dependientes, con grandes necesidades de atención y afecto. Presentan déficit en áreas de la personalidad como son el conocimiento de sí mismo, autoestima, empatía, control de impulsos, tolerancia a la frustración y habilidades como las de comunicación, de resolución de conflictos, sociales. El agresor es una persona con grandes carencias afectivas originadas probablemente por experiencias traumáticas en el pasado que han lesionado su autoestima y no le han permitido desarrollarse como personas adaptadas y saludables. Por lo general no son conscientes de sus necesidades internas ni de sus conflictos. No se conocen a sí mismos por lo tanto no saben como dar ni recibir afecto —“lo que no se conoce no se puede amar” y para amar a los demás hay que amarse a sí mismo”—.

Mantienen una relación de dependencia con la víctima pues hay en ellos una gran necesidad de ser atendidos y reconocidos. Pueden presentar un comportamiento ambivalente, es decir, pueden ser amables, cercanos y cariñosos o violentos, prepotentes, agresivos, maltratadores. El objetivo es mantener el dominio y control sobre la relación. Viven reaccionando automáticamente, de acuerdo a las “grabaciones” o modelos aprendidos. No ven que cada situación tiene diversas soluciones y no perciben más opciones:.Esto los lleva a sentirse mal, frustrados, incapaces, inseguros, pues siempre siguen el mismo patrón sin pensar en otras alternativas que se le presenta en la vida . Todos nos acaloramos ante situaciones de frustración, confrontación, discusión, pero estas personas no son capaces de controlar su enfado y se descontrolan de una forma violenta, dando paso a la ira, pues no aprendieron a manejar sus impulsos y a utilizar conductas pacíficas, de diálogo, consideración y respeto por el otro. No escucha razones ni explicaciones. No saben como manejar sus dificultades, su hostilidad y sus frustraciones. Tienen dificultad para relajarse y tienden siempre a acumular tensión y luego explotar en forma violenta cuando se sienten presionados, necesitan atención o “respeto” y cuando las cosas no se hacen o no sale según sus deseos y necesidades. Tienden a desquitarse cuando sienten que han sido ofendidos o irrespetados. En un alto porcentaje, el abuso de alcohol o drogas constituyen desencadenantes. Son personas emocionalmente inestables. Les es difícil expresar sus sentimientos y emociones. A menudo se sienten fracasados, solos y miserables. Su baja autoestima y el desconocimiento que tiene de sí mismo, además de la imagen negativa y desvalorizada que tiene sobre su persona, coexiste con sus actitudes amenazantes y omnipotentes, reforzándose y confirmándose con cada uno de los actos de violencia. Compensa sus necesidades de atención y afecto y sus sentimientos de inferioridad distorsionando la imagen que tiene de sí mismo al reprimir ciertos aspectos

de su personalidad y trayendo lo opuesto a flote. Hace creer a los otros y a sí mismo, lo que el quisiera ser, hace alardes de cualidades que no tiene o tiene sólo en potencia y es vulnerable porque no tiene la firme convicción de que son reales, de ahí la lucha que los sumerge en una preocupación y ocupación constante por mantener su falsa imagen. Se engaña a sí mismo y trata de engañar a los demás justificando, disculpándose, culpando a otros, manipulando. Esta lucha interna lo hace vivir en tensión o caer en depresiones o mostrar conductas prepotentes o manipuladoras, ya que solo está pendiente de cumplir un rol que haga que los demás lo valoren. Su “yo” está tan debilitado que teme mostrarlo, dejando su autoconcepto en manos de los demás. La preocupación constante por mantener una imagen de alguien que no es en realidad, le causa ansiedad, angustia, depresión y hasta desesperación y tiende a buscar diferentes mecanismos para defender su integridad psicológica. De allí que justifica, minimiza, niega, racionaliza su conducta. Desconocen y no satisfacen adecuadamente, necesidades como la autorrealización, el reconocimiento, pertenencia, seguridad y las fisiológicas que le permitirían un mejor desenvolvimiento y adaptación; por ello no es extraño que fracasen en lo que emprendan, se fijen metas inalcanzables y descuiden su salud —generalmente abusan del alcohol o las drogas o presenten problemas de salud—. Con los efectos del alcohol o las drogas es probable que se sobrevalore, distorsione los hechos y eventos y responda con violencia para demostrar su poder y superioridad Por lo general no toman parte en competencias y no soportan los desafíos pues se sienten incapaces y en desventaja, sentimientos que compensa con la violencia que ejercen sobre la pareja y la familia. Su inseguridad lo hace exigir a la víctima su total dedicación y exclusividad, para que no compare, para que no se de cuenta y provoca su aislamiento. Son poco tolerantes a la crítica o a que se ponga en evidencia sus defectos, errores o limitaciones.. No aceptan su debilidad y sienten que la crítica prueba y expone su inferioridad, su incapacidad y esto aumenta su malestar y hace que reaccione con violencia hacia las personas más vulnerables, su pareja y sus hijos. Por esta razón también no permite que la familia hable sobre los problemas o conflictos que suceden en casa. Si la

pareja o alguno de los miembros de la familia lo denuncia o habla o solicita ayuda a alguien, lo considera traición, sin reparar en el daño que le está haciendo a la pareja y a los hijos. Los sentimientos de inseguridad e inferioridad que sufren los lleva a sentir envidia y celos desmedidos e injustificados cualquier reacción en de la persona para defenderse, es interpretada como que lo está molestando o le está impidiendo el éxito. Tiende además a menospreciar a la persona o reaccionan con tristeza, depresión, renuncia y aparente abnegación, o bien con actitudes de ansiedad, miedo, agresividad y rencor, sembrando así el sufrimiento, separando a los miembros de la familia, distanciándose de su pareja, buscando conflicto dentro del grupo familiar o entre parientes y amigos o vecinos, aislando así a la familia de la comunidad. No deja que la pareja se supere o pueda tener oportunidades con mayor autonomía y libertad pues piensa que esta puede superarse y poner en evidencia sus limitaciones e incapacidades y así quitarle el dominio y el control que tiene sobre la relación por eso mantienen a la víctima en exclusividad y sumisión y le impiden cualquier muestra de autonomía y oportunidad, aún si esto significa mejoras en la situación o economía del hogar Es un excelente manipulador, simula, promete, chantajea emocionalmente, acomoda hechos, y eventos, busca aleados en su defensa, con el fin de no perder el control sobre la relación o responsabilizarse por sus actuaciones. Tiende a sobrealardear y mentir; dice lo que no es o muestra una conducta abusiva y prepotente. Puede falsear datos y eventos para acomodar la situación a sus necesidades. Esto le da seguridad y piensa que elimina sus sentimientos de inferioridad. Tiende a criticar a los demás como defensa para desviar la atención a sus limitaciones. Es agresivo y critica el esfuerzo de los otros, especialmente el de la pareja, para que éstos se ocupen en defenderse y no vean en lo que falla, así crea una superioridad ilusoria. Proyecta su debilidad o inferioridad culpando a otros por sus fallas, se siente bien haciendo que los otros se sientan mal. De allí las desvalorizaciones y menosprecio que suele mostrar a la pareja, a los hijos y otros familiares y amigos.

Nunca reconoce sus errores. Muestran gran dificultad para colocarse en el lugar de la otra persona (déficit en la capacidad empática), lo que hace que niegue, ignore o minimice el sufrimiento de la víctima y las consecuencias de su comportamiento. Niega que su conducta sea violenta y busca siempre culpar a otros por esta. Explica sus reacciones como motivadas por la provocación, especialmente por parte de su pareja. Crea situaciones o realiza acciones que provocan conflicto, para después culparla de la situación o hacer los demás crean que la pareja es la culpable o que lo provocó y así lograr apoyo y atención de otros. Su actitud habitual, al igual que el dependiente alcohólico y el drogadicto es la de negar, minimizar, racionalizar o presentar amnesia selectiva para explicar y justificar su comportamiento. De esta forma se exime de culpas y la traslada a la víctima, a las circunstancias o a otras personas.

No escucha, no responde, no respeta, no le importa lo que yo sienta, lo que yo piense, lo que yo diga, lo que yo quiera, dice la víctima.

Al distorsionar la realidad para no sentirse responsable, niega habitualmente haber agredido a su pareja – “qué te pasa”, “qué tienes ahora”, “de qué se queja, no le hice nada”, “no fue nada, por qué lloras”—. La culpa y justifica sus conducta agresiva ---“ella me hizo perder la paciencia”, “yo no quería, pero ella me provocó”--, “le dije que no se metiera”--. Minimiza su gravedad –“no es para tanto, solo fue un empujoncito Se altera sin motivo, no escucha razones ni explicaciones y responde con agresividad para lograr control sobre la relación

Por sus reclamos y quejas, son muchas las ocasiones en que la tilda de ”loca” y busca aliados para confirmar su versión —generalmente los hijos— y racionaliza para reafirmar esta situación --“ella es la que me tiene dominado, no me deja en paz”., “no se qué le pasa a esta mujer, ya está con sus locuras”, “¿no ves cómo se pone?” , “está loca, ¿ves?, no se de qué se queja”--. Frases como “no se que te pasa” o “déjame en paz”, “ya estas con tus tonterías”, “estoy ocupado, no puedo hablar contigo”, “estoy cansado”, “siempre lo mismo”,” de qué vamos hablar”, “ya me tienes cansado/a”, maltratan y desconciertan a la víctima, el agresor compensa sus sentimientos de inseguridad e inferioridad a la vez que a través de la sugestión, el maltrato y el miedo va adquiriendo mayor control sobre la relación..

El agresor puede mostrar actitudes: Prepotentes, camuflada o ambas
La actitud prepotente es la más común, especialmente en varones. El agresor se muestra violento, tiene roles rígidos y es muy sexistas, caprichoso, se cree dueño y por encima de la pareja a la que considera inferior, la aísla del entorno con amenazas y violencia, para que no cuestione su autoridad ni su exclusividad

En la actitud camuflada, el agresor se muestra manipulador, inmaduro, aparentemente dependiente, absorbente. También aísla a la pareja, pero creando conflictos para que las salidas sean más problemáticas. Domina a la pareja a través del chantaje emocional, fingiendo necesitarla para conseguir que ella no se realice o disponga de su tiempo y amistades, y se queja aparentando ser víctima de la pareja, con el fin de buscar apoyo y aliados en otras personas.

En la violencia familiar...
• • El agresor preconiza con educación rígida, incluyendo castigos y correcciones. Ejerce su poder autoritario y controlador dentro de la familia sobre normas, cuestiones económicas, decisiones. No tolera las negativas de la pareja, no solo en lo que hace o deja de hacer, sino también en sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Vigila y controla las actividades de cada uno de los miembros de la familia. Ejerce la violencia cuando sienten que pueden perder el dominio o control. Necesita reafirmarse y no tolera perder. Utiliza el sexo como un acto de agresión. Aísla a su pareja para controlarla. Tienden a mantener relaciones excelentes con otras personas diferentes a la familia y con frecuencia son reconocidos como buenas personas. . Desautoriza a su pareja ante los hijos, o los manipula a su favor.

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¿Existe algún tipo de tratamiento?

La gente suele decir que la terapia psicológica es para “locos”. Nada mas lejos de la realidad. La terapia aplicada por estos profesionales es una asistencia o ayuda que se diferencia de la ayuda informal porque proviene de una persona formada y autorizada para prestar esa ayuda y lo apoyan teorías científicas que le permiten determinar el origen de los trastornos y la forma de aliviar sus consecuencias. La psicoterapia es un campo privilegiado donde la persona tiene la oportunidad de tomar conciencia y lograr verse como realmente es y no como creía ser. Nos revela el sentido de las conductas que en lo cotidiano de la vida parecen neutras, aunque se sufra por ellas. Así, los síntomas o trastornos van resultando significativos en la medida misma que vamos comprendiendo el papel que juegan en nuestra vida y nuestra salud. Por ello es importante la asistencia de un profesional de la psicología experto en el tema en la atención y tratamiento de la familia disfuncional. Las nuevas tendencias en el tratamiento del fenómeno de la violencia familiar, sugieren un tratamiento integral y simultáneo a todos los involucrados en estos casos, es decir, a todo el grupo familiar, con el fin de lograr su recuperación y el aprendizaje de conductas más armónicas de convivencia, formas más positivas y pacíficas para resolver conflictos y una relación interfamiliar en la que se estimule el diálogo, el entendimiento y se respete la opinión de todos sus miembros— incluyendo a niños y adultos—en las decisiones importantes que afecten a todo el grupo familiar.. Básicamente el tratamiento a todos los miembros enfatiza el conocimiento de sí mismo y el desarrollo personal: Se intenta además prevenirla transmitiendo a la juventud valores como la mutua tolerancia, autoestima, comprensión, solución pacífica de los conflictos y preparación para la vida familiar con derechos y obligaciones domésticas compartidas entre hombres y mujeres y en general, igualdad de oportunidades entre los géneros.

En una familia en donde el abuso, la violencia, la manipulación y el maltrato caracterizan la relación, todos sus integrantes están afectados de una u otra forma, especialmente los hijos pues también están expuestos a estas conductas negativas. Ya hemos revisado las consecuencias. La familia, en condiciones como esta, está en una situación en la que todo lo que perciben lo hacen con más intensidad de lo que se considera normal. Esto significa que el clima de afecto alrededor de ellos tiene el potencial de ser sentido como de mucho cuidado y útil o distante y frío. Es importante por lo tanto, establecer redes de apoyo que involucren a familiares, amigos y a la comunidad, para romper el silencio y el aislamiento y que vayan logrando, todos los miembros afectados, independencia y autonomía, a la vez que sientan el estímulo para que vivan el presente, el pasado no los agobie y construyan expectativas positivas para el futuro. No es suficiente escuchar la historia, la intervención debe enfocarse en las impresiones sensoriales y los recuerdos intrusos que son el resultado de las experiencias traumáticas vividas y que son percibidas de diferente forma por cada uno de los miembros. Muchas veces se omiten pensamientos importantes, impresiones que queden gravadas y son causa de temores y sentimientos como culpa, odio, simpatía, rencor, ambivalencia. En la violencia familiar, víctimas y agresores poseen muy baja autoestima. La víctima es alguien a quien maltratan sin que pueda poner límites y el agresor compensa lo inferior que se siente, maltratando y abusando de su pareja. Estas personas (víctima y agresor), además de ser modelos a imitar, tienden también a desvalorizar y utilizar un lenguaje verbal y no verbal que menosprecia y desvaloriza a los hijos, que en el futuro serán también personas con baja autoestima y tendrán heridas emocionales que afectarán su vida futura, en las relaciones de pareja, en los campos estudiantil y laboral, en las relaciones interpersonales y probablemente, sea la causa del alcoholismo y drogadicción en muchos sujetos, El tratamiento de la familia debe enfocarse en el conocimiento de sí mismo, en desarrollo de la autoestima y de la capacidad para el control de las emociones, los manejos de situaciones conflictivas y habilidades de relación que fomenten el beneficio grupal y no el individual. El aprendizaje de habilidades de comunicación que les permita exteriorizar sus emociones, ideas y opiniones. Aprender además a escuchar y respetar las opiniones de

todo el grupo familiar, incluyendo a los niños, y rebatir los mitos y creencias sobre roles y comportamientos negativos, que no benefician el desarrollo personal y menos el familiar.

En el manejo y tratamiento de la víctima:

Además de asesoría legal, la víctima requiere apoyo emocional y atención especializada pues se siente desorientada, sin control sobre su vida. La autoestima y el autoconcepto los tienen seriamente disminuidos, se encuentra sola, aislada, sugestionada por el terror y la violencia habitual y desconfía de todo y de todos por lo que necesita que le aseguren que esta situación no volverá a ocurrir. Es prioritario que se establezcan redes de apoyo familiar y social con el objeto de que salga del aislamiento y se amplíe su círculo social y así reciba el soporte y la protección indispensable para que consiga un cambio en su situación. Durante el tratamiento se deben rescatar y fortalecer los recursos que posee la víctima que la ayuden a superar su situación. El abordaje de sentimientos e ideas irracionales y conductas que pueden estar relacionados con costumbres y modelos aprendidos. Tratar aspectos como la autoestima, la culpa que asume, las justificaciones que da por el comportamiento de la pareja. La sugestión a la que ha estado sometida. Prestar atención no solo a la historia, sino a ideas intrusas y pesadillas que reviven los episodios traumáticos. Se analiza su comportamiento con hijos u otros familiares y la manera como se relaciona con ellos. Se enfatizan aspectos positivos que le permitan lograr su independencia y autonomía con el objeto de que pueda volver a tener control sobre su vida. Aprende estrategias de afrontamiento y habilidades de comunicación y de manejo de problemas. Se estimula el desarrollo personal en aquellas áreas que presenta déficit. Se trata de lograr que el pasado no la angustie, viva el presente y planifique su futuro con expectativas positivas para ella y los que están a su cargo.

Existe algún tratamiento para el Agresor?

En muchos países se ha propuesto que en la legislación no solo se incluya la sanción al agresor, sino también su rehabilitación. Sin embargo, el problema es complejo, porque intervienen muchos factores y el más importante es que el agresor no suele reconocer el problema, no asume su culpa ni su responsabilidad. También se han dado casos en que por algún motivo, el agresor pueda que acuda a un programa de rehabilitación, especialmente en la fase de “luna de miel” cuando después de un episodio violento, promete que no va a volver a ocurrir o cuando la pareja ha logrado fortalecerse psicológicamente y el agresor percibe un riesgo real de abandono inminente por parte de la pareja, o en otros países porque la justicia lo ordena. En apariencia, esta podría ser una muy buena razón para un cambio de conducta, pero para ello es imprescindible querer hacerlo, y el agresor por lo general no acepta la responsabilidad real. Recordemos que es un excelente manipulador y puede que acepte el tratamiento como forma de evadir responsabilidades o porque no le queda mas remedio que hacerlo. Así como el alcohólico y el drogadicto, para que el tratamiento sea eficaz, es necesario que primero “toque fondo”. Es decir, que realmente asuma y acepte que tiene un problema que afecta su conducta y que esta ocasiona consecuencias catastróficas en su pareja, en los que dependen de el — especialmente los hijos —y por qué no, también en su persona. Es necesario que tenga la firme voluntad de cambiar, elevar su autoestima y aprender nuevas formas de relacionarse, de resolver los conflictos y eliminar las ideas irracionales que tiene sobre las relaciones de pareja, la disciplina, etc. El tratamiento está encausado en primer lugar, a que la persona se conozca a sí misma, levante su autoestima y aprenda a controlar sus comportamientos y reacciones violentas, su ira. Se abordan también aspectos que pueden estar relacionados a su

comportamiento violento, como son: ideas irracionales, costumbres y modelos aprendidos, el rol que asume. Se pone en relieve todas sus manipulaciones para no asumir su responsabilidad. Negaciones, racionalizaciones, justificaciones, minimizaciones, juegos y conducta ambivalente. En definitiva, se ayuda al agresor para que tenga una percepción real de las consecuencias que ha tenido su comportamiento en su persona y en su familia. El programa también incluye el desarrollo de la autoestima y el autoconcepto y el aprendizaje de habilidades que están en déficit como las habilidades de comunicación, empatía, relaciones interpersonales, manejo y solución de conflictos entre otros, con el fin de estimular su desarrollo personal. En los casos que lo amerite, se hace un tratamiento paralelo de problemas de adicción al alcohol o drogas, celos patológicos, u otros. Algunos autores informan que el tratamiento ha dado buenos resultados en casos en que la voluntad para el cambio ha sido real y haya una motivación efectiva para el desarrollo personal.

Muchos se preocupan por ver, jugar y arreglar lo que está fuera de ellos, cuando la solución de la gran mayoría de los problemas está en que cada uno vea y arregle lo primero que le corresponde, que es él mismo.

Hacia una mejor calidad de vida.

La familia debería ser, en condiciones ideales, el contexto proveedor de amor, apoyo, protección y compañía entre sus miembros; sin embargo hoy muchas familias pobres o acomodadas viven en condiciones de extremo riesgo para su salud física y mental por la presencia dentro de la población de fenómenos adversos como la violencia familiar y callejera, el alcoholismo, la drogadicción, la irresponsabilidad, la infidelidad, las relaciones de pareja inestables y el irrespeto por la familia; es decir, modelos de relaciones interpersonales negativas que se repiten de generación en generación y que se presentan en ámbitos como el hogar, la escuela, el trabajo, el vecindario, la comunidad, la sociedad entera. El problema se agrava pues hoy en día se vive en comunidades donde se han desarticulado gravemente las relaciones sociales. Los vecinos prácticamente no se conocen y observamos entre ellos, indiferencia, desinterés, escasa o poca relación, conflictos, abuso e irrespeto por los derechos del otro. Como consecuencia, se aprecian individuos, familias y comunidades caracterizadas por baja motivación de logro, resignación, conformismo, fatalismo, violencia, menor inteligencia emocional y social, con déficit en las habilidades de comunicación, solución de problemas y habilidades sociales, poca tolerancia a las frustraciones, pobre control de impulsos, entre otras. Esta situación representa un grave problema social, político y de salud pública por el alto riesgo en la salud física y mental de los individuos y el deterioro cada vez mas evidente en la calidad de vida de la población. El no conocernos a nosotros mismo, el tener un autoconcepto, un autorespeto, una autoevaluación y autoaceptación devaluados, sosteniendo una imagen que realmente no es la nuestra, crea ansiedad, angustia, depresión y hasta desesperación. C. Rogers dice: “el sentirse devaluados e indeseables es, en la mayoría

de los casos, la base de los problemas humanos”. La vida esta llena de conflictos, renuncias, frustraciones, dolor, duelo, pero también está llena de esperanzas, ilusión, lucha, adaptación. De nosotros depende el énfasis que le demos a lo negativo representado por el dolor, la miseria, el conflicto, la venganza, el desinterés, la violencia, la pasividad y la frustración o nos esforcemos, con optimismo, por dedicar nuestras energías físicas, psicológicas, morales y espirituales y la entereza de que somos capaces por reconstruir nuestras vidas y buscar con optimismo, fe y esperanza todas aquellas oportunidades y aprendizajes que podamos obtener a través del conflicto y la adversidad propia y ajena. De cada uno de nosotros va a depender el énfasis en el dolor, la miseria, la deprivación, el conflicto, la venganza, el desinterés, la violencia, la pasividad y la frustración, o dedicar las energías físicas y psíquicas, espirituales, morales y toda la entereza de la que somos capaces para reconstruirnos y buscar con optimismo y fe, oportunidades dentro de esa adversidad y el conflicto propio y ajeno. Esto es, desarrollarnos como personas sanas y provechosas para nosotros, nuestra familia y para la sociedad en que vivimos.

El hombre tiene la capacidad para elegir el camino y su actitud personal ante cualquier reto o cualquier circunstancia y así decidir su propio destino. Lo que el hombre llega a ser lo tiene que hacer por sí mismo aunque ese “sí mismo” a veces esté oculto y sumergido en la inconsciencia o en la ignorancia. (M. Rodriguez).

El tratamiento de familias en riesgo de violencia familiar

El tratamiento a la familia debe estar focalizado en el desarrollo de la autoestima y de la capacidad para el control de las emociones, el manejos de situaciones conflictivas y habilidades de relación que fomenten el beneficio grupal y no el individual. El aprendizaje de habilidades de comunicación que les permita exteriorizar sus emociones, ideas y opiniones. Aprender además a escuchar y respetar las opiniones de todo el grupo familiar, incluyendo a los niños, y rebatir los mitos y creencias sobre roles y comportamientos negativos, que afectan la salud física y mental y no benefician el desarrollo personal y menos el familiar.

La violencia es una conducta aprendida y las capacidades y habilidades personales y de relación, que no han sido suficientemente desarrolladas en el agresor y también en la víctima, pueden mejorarse con esfuerzo y voluntad. De nosotros depende preocuparnos por lograr nuestra autonomía, elevar nuestra autoestima, controlar nuestros impulsos, nuestras emociones nuestras frustraciones y respetar los deseos y opiniones de los demás. Esforzarnos por una relación familiar armónica, cálida, en donde los conflictos se resuelvan en forma pacífica, colocándose en el lugar del otro, respetando la opinión y las decisiones de los demás. Buscando oportunidades y soluciones, utilizando nuestros recursos, los recursos familiares y aquellos que podamos obtener en la comunidad en que vivimos. “Cuando aprendemos a conocernos, en verdad vivimos” (R. Schüller).

Algunos rasgos positivos propios del bienestar psicológico

Factores que pueden personas: 1. 2. 3. 4. 5. 6.

ayudar al bienestar y la salud de las

Dormir, comer y trabajar bien Mantener relaciones sociales saludables Tener dominio sobre alguna actividad o tarea Sentimiento de pertenencia y de sentido Control sobre nuestro propio destino Satisfacción de sí mismo y de la propia existencia.

Resiliencia: Un nuevo enfoque para la prevención

En toda sociedad existen factores que representan un riesgo para la integridad física y psicológica de las personas, que aparecen como provocadores de conflictos, problemas psicológicos y desajustes psicosociales que determinan una interacción particular del individuo con el ambiente. Estos factores son situaciones estresantes o riesgo biológico o psicológico que afectan la vulnerabilidad de una persona e incrementan la probabilidad de una consecuencia negativa en su desarrollo y disminuye su calidad de vida. En contraposición existen factores protectores que intervienen para aplacar esos factores de riesgo. Estos factores son fuerzas internas y externas (factores biológicos, de personalidad y familiares y/o sociales) que colaboran con la persona en su interacción con el riesgo, disminuyendo la probabilidad de disfunción y los inconvenientes que se presentan en estas situaciones. Las nuevas tendencias en el tratamiento y prevención de poblaciones como la nuestra, que viven en situaciones de riesgo y adversidad y exhiben una evidente condición de vulnerabilidad, señalan la importancia de orientar los planes y proyectos hacia una propuesta que se centra en las fortalezas de los individuos y las comunidades, antes que en su déficit. Es decir, fomentar algunos rasgos positivos orientados hacia el bienestar físico y psicológico de las personas para mejorar la calidad de vida de los individuos, las familias y la comunidad y lograr una sociedad eficaz y saludableDesde hace algunos años se observa creciente interés por el estudio de la capacidad de reacción que pueden desarrollar algunas personas, cuando están expuestos a la adversidad y la violencia. Estos, muchas veces, logran sobrepasar niveles de resistencia y terminan con más energía protectora que antes de la exposición a estas situaciones violentas y/o adversas. Esta capacidad de recuperación se ha denominado "Resiliencia" -palabra que proviene del campo de la Física -- alude a la propiedad de los

cuerpos elásticos de recobrar su forma original, liberando energía cuando son sometidos a una fuerza externa. Según Suárez Ojeda (1997) son siete los atributos o Pilares que aparecen con frecuencia en las personas resilientes: Introspección, Independencia, Capacidad de Relacionarse, Iniciativa, Creatividad, Moralidad, Autoestima Consistente. Grupos poblacionales asolados por desastres naturales y catástrofes provocadas por el hombre deben poner a prueba su Resiliencia Comunitaria. Son cuatro los Pilares más significativos: Identidad Cultural, Autoestima Colectiva, Vida Cultural y Artística y Ética. Se define la Resiliencia como la capacidad humana para enfrentar, sobreponerse, aprender de, o más aún, ser fortalecido o transformado por las adversidades inevitables de la vida. (Grotberg 2003). Edith Grotberg, experta en Resiliencia, considera que los niños, adquieren factores de Resiliencia: YO SOY-YO ESTOY, YO PUEDO, YO TENGO. YO SOY-YO ESTOY: (Fortalezas internas) alguien a quien los otros aprecian y quieren, alguien al que le gusta ayudar y demostrar mi afecto, respetuoso, autónomo, de buen temperamento, orientado al logro, buena autoestima, esperanza y fe en el futuro, creyente en Dios o en principios morales, empatía, altruismo, cualidades para tener algún control sobre el ambiente. Dispuesto a responsabilizarme de mis actos, seguro de que todo va a salir bien. YO PUEDO: (Habilidades interpersonales y resolución de problemas) ser creativo, ser persistente, tener buen humor, comunicarme adecuadamente, resolver problemas de manera efectiva, controlar mis impulsos, buscar relaciones confiables, hablar cuando sea apropiado, encontrar a alguien que me ayude. YO TENGO: (Soportes externos - Factores protectores) relaciones confiables, acceso a la salud, educación, servicios sociales, entre otros, soporte emocional fuera de la familia, un hogar estructurado y con reglas, padres que fomenten la autonomía, ambiente escolar estable, ambiente familiar estable, modelos a seguir, organizaciones religiosas o morales a su disposición, personas que lo van a ayudar ante cualquier circunstancia.

Yo soy-Yo Estoy, Yo-Puedo corresponden al mundo interno. Yo-tengo corresponde al ambiente protector que se erige frente a las situaciones de riesgo. Actualmente se enfatiza el “Estar resiliente” en vez de “Ser Resiliente” por considerar que se trata de un atributo humano, que se puede adquirir gradualmente y fortalecer con intervenciones adecuadas. El origen de la Resiliencia se fundamenta en la relación significativa que el sujeto establece con una, dos o más figuras de su entorno. Es un estado no definitivo que depende de su situación vital y de las condiciones de su entorno. Al ser la Resiliencia una capacidad psicológica, ésta es susceptible de ser estimulada a través de los elementos protectores. Se enfatizan los factores positivos, y no los negativos de las situaciones y de esa manera se potencian los elementos de protección, disminuyendo el riesgo en la vida de un ser desvalido. Bajo este criterio se cuenta con un elemento valiosísimo para el desarrollo en la población. Hay que tener presente, sin embargo, que los comportamientos resilientes lo son dependiendo del contexto donde se presenten: un comportamiento puede ser resiliente en una sociedad y no serlo en otra (un comportamiento puede ser considerado resiliente en Venezuela pero no en China).

Características de individuos y comunidades resilientes:
El individuo resiliente es aquel que a pesar de la adversidad y de vivir en alto riesgo, es capaz de prosperar, ser competitivo, aprender de la experiencia y salir fortalecido de esa adversidad y además lograr éxito. Las características que más destacan en ellos son las siguientes: 1. Habilidad para relacionarse cálida y positivamente con otros. 2. Activos, flexibles, adaptables, comunicativos, capaces de demostrar

afecto y empatía. 3. Habilidad para sentirse contento y feliz, con sentido de dirección y propósito. Tienen buen sentido del humor. 4. Habilidad para pensar en abstracto, reflexiva y flexiblemente y posibilidad de intentar soluciones nuevas a problemas cognitivos y sociales. 5. Habilidad para actuar con autonomía. 6. Capacidad para trabajar en forma productiva y con sentido de competencia con algún grado de control sobre el ambiente. 7. Fe en un futuro mejor y sentido de anticipación y de coherencia. Los siguientes son factores que hacen a las personas resilientes: • • Activos y sociales. Un modelo con quien identificarse. Una persona adulta que le haya brindado aceptación y amor sin condiciones y una salida positiva para su vida. Poseedores de por lo menos una habilidad que les de un sentido de orgullo y aceptación entre sus pares.

El individuo resiliente aprende de la experiencia y moviliza todos sus recursos biológicos, psicológicos, ambientales para seguir apostando a la vida con fe y optimismo.

Las comunidades resilientes son aquellas que a pesar de adversidad y de vivir en alto riesgo, son capaces de prosperar, ser competitivas, aprenden de la experiencia y salen fortalecidas de esa adversidad y logran éxito en lo que emprenden. 1. Identidad cultural que hace sentir a sus pobladores orgullosos de sus raíces, de sus valores y del lugar en que nacieron o que adoptaron. 2. Autoestima colectiva producto del sentimiento de pertenencia y orgullo por la ciudad que habitan. 3. Vida cultural activa, con número y diversidad de eventos artísticos, culturales y deportivos que la ciudad ofrece y en la que sus habitantes

participan de alguna forma. 4. Ejercicio de una democracia activa y de participación ciudadana. 5. Jerarquización de los valores éticos. Presencia de moralidad y libertad de culto. 6. Distribución equitativa de bienes y servicios con accesibilidad para todos. Los siguientes factores hacen a las comunidades resilientes : Un sistema de creencias y valores, sistema de relaciones sociales (espacios privados y públicos), sistema político-económico, sistema educativo, que reduzcan el impacto del riesgo, reduzcan la probabilidad de reacciones negativas en cadena, que promuevan la autoestima y la autoeficacia colectiva, respete las diferencias individuales y la autonomía de las personas, respete los derechos de las personas y que creen oportunidades a sus pobladores.. Las comunidades resilientes movilizan todos sus recursos biológicos, psicológicos, ambientales de sus pobladores y de la comunidad, para seguir apostando a la vida con fe y optimismo.

Promoviendo la resiliencia.

La promoción de la Resilencia, se basa en el esfuerzo por conocer y fomentar factores protectores internos y externos que favorezcan el desarrollo de estas cualidades o características resilientes, en términos de competencias, robustez e invulnerabilidad frente a lo adverso del mundo actual, a veces muy complejo y estresante. Se ha observado que personas y comunidades resilientes presentan una aproximación activa hacia la resolución de problemas de la vida, siendo capaces de actuar efectivamente a pesar de la gran cantidad de

experiencias emocionales de riesgo y procurarse la atención positiva de otras personas. Estas personas tienden a percibir sus experiencias de manera constructiva, aún cuando estas hayan causado dolor y sufrimiento. Además la fe y el optimismo favorecen una visión positiva de la vida y un sentido de trascendencia De acuerdo a varios autores, los niños y adultos mentalmente sanos presentan una serie de atributos susceptibles de estimularse para generar capacidades resilientes. Estos son: • • • Autoaceptación y autoestima alta Flexibilidad y congruencia con actitudes y metas Capacidad para relacionarse cálida y positivamente con otros. Ser activo, flexible, adaptables, comunicativos, capaces de demostrar afecto y empatía. Afrontamiento del estrés superando la frustración. Valoración realista y aspiraciones Habilidad para sentirse contento y feliz, con sentido de dirección y propósito y buen sentido del humor. Responsabilidad y toma de decisiones Habilidad para actuar con autonomía y autodirección sin conformismo ni egoísmos Capacidad para trabajar en forma productiva y con sentido de competencia con algún grado de control sobre el ambiente. Fe en un futuro mejor y sentido de anticipación y coherencia. Habilidad para pensar en abstracto, reflexiva y flexiblemente y posibilidad para intentar soluciones nuevas a problemas cognitivos y sociales.

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En niños y adultos, en el hogar, la escuela, la comunidad, se puede fomentar el aprendizaje de habilidades que permitan utilizar recursos biológicos, psicológicos y ambientales y prosperar, madurar, ser competitivo y salir fortalecido de la adversidad y el conflicto y además lograr éxito en lo que se realiza. Estos son factores de resiliencia que se basan en el desarrollo de la autoestima, la autonomía, la creatividad, el sentido del humor y la identidad, unido a nuestra realidad, nuestras necesidades, presiones, frustraciones, limitaciones y motivaciones y que hacen que nos enfrentemos a la vida y a

nuestra labor, con optimismo, descubriendo oportunidades, materializando las ideas y los proyectos y que tengamos fe y esperanza en el futuro. Se trata de respetar las diferencias individuales, desarrollar la inteligencia emocional y social, eliminar el conformismo, el fatalismo, la corrupción y la violencia, a su vez que se fomenta el aprendizaje de habilidades de relación y de solución de problemas que permitan mejorar la convivencia interfamiliar y social y apoyar los aportes y soluciones individuales y comunitarias. También se pueden fomentar factores protectores a través de programas que promuevan un conjunto de capacidades como la iniciativa, la autonomía, la creatividad, el sentido de humor y el soporte social no solo dentro del hogar, sino también en instituciones como la escuela, los centros de trabajo, la iglesia, los clubes de barrio, los centros comunitarios, etc.; programas que fomenten la unión y contactos más cercanos entre vecinos, y actividades que promuevan la cooperación y la exposición de sus habitantes a influencias positivas que permitan el desarrollo de la comunidad, su progreso y la salud mental de la población. Es decir, promover el ser, hacer y el convivir en el campo de la resiliencia. Otros autores proponen: • Ampliar el conocimiento de las personas entre sí (familia, vecinos, compañeros) • Potenciar la interacción positiva, creativa, amistosa, constructiva y participativa • Incrementar las conductas facilitadoras de socialización (liderazgo, sensibilidad, empatía, etc.) • Disminuir las conductas perturbadoras de agresividad, apatía, retraimiento, ansiedad y timidez • Mejorar las habilidades de comunicación y escucha, mejorar la autoimagen y la valoración de sí mismo • Promover la expresión integral y creativa de la personalidad • Promover las competencias propias de la resiliencia • Propiciar la expresión de las habilidades intelectuales. En el hogar y la escuela se pueden realizar acciones que favorezcan la promoción de la resiliencia en niños y jóvenes: • · Establecer relaciones estables, al menos con uno de los padres o un sustituto.

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· Crear un clima educacional abierto y con límites claros · Señalar responsabilidades sociales dosificadas con exigencias de logro · Enseñar el afrontamiento sano y activo como respuesta al estrés. · Brindar apoyo social fuera del grupo familiar (amigos, deporte, vida espiritual) · Ofrecer modelos sociales que motiven el afrontamiento constructivo. · Crear oportunidades para el desarrollo de autoconfianza y la autoestima. · Ayudar a percibir y manejar de manera positiva el estrés, de acuerdo a su nivel de desarrollo..

¡En nosotros está el cambio!
La convivencia no es suficiente para formar familia. .Es en una relación estable, en la que se respeten los derechos del otro y los propios, donde se forma familia. Es así como personas podrán encontrar protección, compañía, seguridad y el afecto y apoyo emocional que se necesita para una desarrollo saludable. Es así también como la familia podrá identificarse con sentido de orgullo y pertenencia por sus raíces, sus valores, sus costumbres y sus tradiciones. Crecerá la aceptación y la autoestima entre sus miembros. En la unión y la fuerza podrán superar la adversidad, el conflicto, las frustraciones. Sus relaciones se caracterizarán por ser cálidas, positivas. Predominará el compañerismo y el sentido de humor. Se desarrollará además la capacidad de perdonar, aceptar a los otros y aceptarnos a nosotros mismos como personas que somos, con fe y esperanza en el futuro, con una mejor visión del mundo y una mejor calidad de vida para todos.

Sí podemos...
1. Puedes aprender a desarrollar capacidades y habilidades que te permitan elevar tu autoestima y aceptarte a ti mismo y a los demás como personas que son. 2. Afrontar el estrés y el conflicto, superando la frustración y buscando alternativas de solución. 3. Puedes Actuar con autonomía, responsabilidad, flexibilidad y congruencia con tus actitudes y metas. 4. Puedes desarrollar la habilidad para sentirte contento y feliz, con sentido de dirección y propósito y buen humor. 5. Crecer y ser capaz de utilizar tus recursos y toda la entereza de la que seas capaz para reconstruirte y buscar con optimismo y fe, oportunidades dentro de esa adversidad y el conflicto propio y ajeno. 6. Podemos tener fe en un futuro mejor con un sentido de anticipación y coherencia. 7. Podemos ser personas resilientes. Con voluntad y esfuerzo podemos superar nuestras dificultades y es en la familia, en primer lugar donde obtendremos la protección y el apoyo necesario para corregir y cambiar las conductas que nos hacen daño y no nos permiten desarrollarnos como personas sanas y provechosas para nosotros, nuestra familia y para la comunidad.

Referencias

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