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El placer de las mariposas.

Mirna sabe que para meterse dentro de ella, primero tiene que apagar la luz. La oscuridad la ayuda a desplazarse hacia su deseo. Luego se acuesta y se tapa hasta los hombros, se envuelve en el capullo donde se prepara para madurar y transformarse. Casi sola. Con aquel otro que evoca pero no entero. Un detalle es suficiente para venir oruga. Mirna se introduce en aquella metamorfosis de gestos tan propios y a la vez tan en la oscuridad. Alas naranjas, con explosiones rojas, amarillas, azules y rojas de nuevo se tensan sobre su espalda, que es una curva erecta. Tiembla, Mirna-posa, tiembla de dolor y de goce (que a veces es lo mismo) y se imagina un tallo tierno, lleno de nctar, del cual se alimenta, hasta que un suspiro grita por sus labios, de los que cuelga una baba. Las sbanas se vuelven seda que la acarician. Y cuando su boca ya est seca, las alas de Mirna se esconden lentamente. Su espalda se endereza. Yace tendida en la cama, an en su capullo. Prende la luz. Es breve la vida de las mariposas.