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Joel Sanchez y reportaje DIA DE MUERTOS

Joel Sanchez y reportaje DIA DE MUERTOS

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Entrevista al medallista olímpico en Sydney 2000, Joel Sánchez y un reportaje sobre el colorido del Día de Muertos en México
Entrevista al medallista olímpico en Sydney 2000, Joel Sánchez y un reportaje sobre el colorido del Día de Muertos en México

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El Colegio de Bachilleres fue una oportunidad de vida porque me permitió ver el mundo de otra manera: Joel Sánchez Guerrero

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l Colegio de Bachilleres fue una oportunidad de vida porque me permitió ver el mundo de otra manera: Joel Sánchez Guerrero A finales de la década de los 80, un joven con su certificado de bachillerato en mano, abandonó las aulas del plantel 1-El Rosario para entrenar con ahínco y alcanzar las metas que se había fijado como deportista y persona. Su nombre: Joel Sánchez Guerrero, quien logró obtener la medalla de bronce en la caminata de 50 kilómetros durante los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Para este atleta mexicano "combinar la escuela y el deporte fue muy difícil porque estaba inscrito en el turno matutino y los entrenamientos más importantes en el Comité Olímpico eran en la mañana; entonces cuando cursaba el tercer semestre decidí cambiarme al turno vespertino", comentó. Agregó que durante su estancia en el plantel 1-El Rosario experimentó dos cambios de director y uno de ellos le negó el permiso para faltar a algunas clases e irse a competir a Europa, por lo que decidió darse de baja un semestre. Sin embargo —dijo— después regresé a concluir mi bachillerato. Al referirse a sus materias preferidas, mencionó Ciencias de la Salud, Taller de Análisis de la Comunicación, Historia de México y Literatura. También destacó su gusto por la Sociología, porque "cuando entras a bachilleres piensas en una revolución, eres muy impetuoso; empiezas a reconocer valores, la ética y la moral… te vuelves reaccionario. Por ello considero que el Colegio de Bachilleres fue una oportunidad de vida, ahí percibí el mundo de otra manera". Siendo egresado de la capacitación para el trabajo en Administración de Recursos Humanos, indicó que cuando cursaba Sueldos y salarios se dio cuenta de cómo se interpreta el intercambio de bienes y ser-

vicios, además descubrió el valor de los productos y de la profesión de cada persona. De sus inicios como atleta, recordó que fue a los 15 o 16 años cuando dio sus primeros pasos. Me gustaba el futbol y comencé a practicarlo —dijo—, pero en una ocasión en la que se estaba realizando un certamen deportivo organizado por el Instituto Politécnico Nacional (IPN), encontré a un familiar que entrenaba atletismo, por lo que me llamó la atención y empecé a practicarlo también. Además el atletismo me apasiona porque si quieres sobresalir tienes que ser muy disciplinado y esforzarte al máximo, pues es un deporte individual. Sobre su palmarés —siempre sonriente y de buen humor— Joel nos habló de su primera participación en Juegos Olímpicos, en Seúl 1988, donde fue descalificado en el kilómetro 16. "Fue como mi novatada", señaló, pero no se dio por vencido y obtuvo el subcampeonato centroamericano en 1990, así como el subcampeonato panamericano de 1991 en 20 kilómetros. En 1997 logró colocarse dentro de los primeros 12 marchistas del mundo y en 1998 alcanzó un lugar dentro de los primeros seis. Dos de sus máximas glorias son, en 1999, en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, donde ganó en caminata de 50 kilómetros y, la otra, en la olimpiada de Sydney 2000, en la que subió al podium luego de merecer la medalla de bronce. Al respecto confesó que "fue un momento que quedó grabado en mi cabeza…, es el máximo anhelo de todo deportista". También reconoció que ello le cambió la vida. Gracias a su gran participación en el certamen olímpico obtuvo una beca para estudiar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Estado de México. Finalmente, el hoy coordinador del proyecto Impulsar para triunfar, A.C., recomendó a nuestros alumnos que "reconozcan lo valiosos que son y el privilegio que tienen al poder estudiar en el Colegio de Bachilleres para que se puedan desarrollar al máximo y crecer como personas".

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JAVIER CERÓN MONTES

para los vivos
DE

fiesta y devoción
OCA

La muerte, un asunto de

M

uerte. ¿Qué es eso?, ¿destino inexorable de todo aquello que posee vida? ¿final del principio y principio…? No lo sabemos; sin embargo, es curioso ver cómo en nuestro país se le teme, se le festeja y se le rinde culto a la vez.

Fiesta entre vivos y muertos
En las culturas antiguas, como la china y la egipcia, el culto a los muertos es un símbolo de unidad familia y, por ello, se les homenajeaba construyendo templos y pirámides. En China, durante los aniversarios, se quemaba incienso, se encendían candelas y colocaban ofrendas de alimentos sobre un altar. Eran los días en los que se recordaban las grandes deudas que se tenían con los antepasados. Por su parte, los egipcios creían que el individuo tenía dos espíritus y cuando fallecía, uno se iba al más allá, mientras que el otro permanecía vagando en el espacio, por lo que tenía necesidad de alimentarse. Consideraban que este espíritu vivía en el cuerpo que ellos cuidadosamente habían embalsamado, de manera que el espíritu podía seguir existiendo, era quien recibía las ofrendas. La fiesta de muertos de los aztecas estaba vinculada con el calendario agrícola prehispánico, porque era la única que se celebraba cuando iniciaba la recolección o cosecha. Es decir, era el primer gran banquete después de la temporada de escasez de los meses anteriores y que se compartía hasta con los muertos. En la cultura mexica se consideraba que el destino del hombre era perecer. Este sentimiento de la representación del destino se debe entender en el sentido de que el pueblo

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azteca se concebía como soldado del sol, cuyos ritos contribuían a fortalecer al SolTonatiuh en su combate divino contra las estrellas, símbolos del mal y de la noche. Los aztecas ofrecían sacrificios a sus dioses y, en justa retribución, éstos derramaban sobre la humanidad la luz o el día y la lluvia para hacer crecer la vida. El culto a la muerte es uno de los elementos básicos de la religión de los antiguos mexicanos, quienes creían que la muerte y la vida constituían una unidad. Para los pueblos prehispánicos la muerte no era el fin de la existencia, sino un camino de transición hacia algo mejor, lo cual se hace evidente en los símbolos que encontramos en su arquitectura, escultura y cerámica, así como en los cantos poéticos en los que se evidencia el dolor y la angustia que provoca el paso a la muerte, al Mictlán, lugar de los muertos o descarnados que esperan como destino más benigno los paraísos del Tlalocan. Por otro lado, cuando alguien moría, organizaban fiestas para ayudar al espíritu en su camino. Los antiguos mexicanos, al igual que los egipcios, enterraban a sus muertos envueltos en un petate y les ponían comida para cuando sintieran hambre, ya que su viaje por el Chignahuapan, parecido al Purgatorio, era muy difícil de transitar porque encontrarían lugares fríos y calurosos. Cuando los conquistadores llegaron a América en el siglo XVI, se aterraron por las prácticas paganas de los indígenas, y en un intento de convertir a los nativos americanos al catolicismo, movieron la fecha del festival hacia principios de noviembre para que coincidiesen con las festividades católicas del Día de Todos los Santos y todas las almas, que fue inspirado por el ritual celta pagano de Samhain, el Día del Banquete de los Muertos. Los españoles combinaron sus costumbres con el festival similar mesoamericano, creando de este modo el Día de Muertos.

Mexicanización de la muerte
En los cultos prehispánicos y en la religión cristiana, la muerte no es el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección son los estadios del proceso que nos enseña la religión cristiana. De acuerdo con el concepto prehispánico de la muerte, el acto de perecer significa acceder al proceso creador que da la vida. El cuer-

po muere y el espíritu es entregado a Dios, o a los dioses, como la deuda contraída por habernos dado la vida. Sin embargo, el cristianismo modifica el sacrificio de la muerte, de modo que muerte y salvación se vuelven personales; el individuo es el que cuenta. En las culturas contemporáneas la muerte es una palabra que no se pronuncia; no obstante, el desprecio, el miedo y el dolor que sentimos hacia ella se unen al culto que le profesamos. Es entonces cuando se vuelve jocosa e irónica y la llamamos calaca, huesuda, dientona, flaca, parca o anoréxica. Además, al hecho de morir le damos definiciones como petatearse, estirar la pata o pelarse, expresiones que nos permiten jugar y burlarnos de la muerte. También nos la comemos en las calaveritas de azúcar, que portan en la frente los nombres de las futuras víctimas, o bien saboreamos los huesos de la pelona sopeados en un espeso chocolate cuando comemos el pan de muertos.

El culto a La anoréxica

rEPortAJE

¡Pásenle a la mesa, por favor!
En los hogares mexicanos es costumbre poner el altar de muertos. Antiguamente se ponía en la sala de la casa, a la vista de los visitantes y amigos, pero hoy en día los podemos encontrar en el área más íntima de la casa. La fotografía de nuestro ser querido ocupa el lugar principal del altar y alrededor se colocan objetos que la persona disfrutaba en vida, como sus platillos favoritos, cigarros y bebidas predilectas. También se colocan algunas imágenes religiosas, como una Virgen, un Cristo y algunos santos. Flores de cempasúchil, calaveritas de azúcar y pan de muerto, no pueden faltar, así como tampoco pueden estar ausentes el copal y el incienso para generar un ambiente místico. Ya en la noche, las velas, los cirios o las veladoras son encendidas en espera del ser querido que vendrá a visitarnos. Cabe destacar que también en esos días la gente asiste a los panteones a saludar a sus difuntos con flores, música o comida.

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Nos guste o no, es innegable que en nuestros días el culto a la Santa Muerte es un fenómeno que cada día se hace de más y más adeptos. Sin embargo, ¿por qué rezarle y hacerle peticiones a algo contrario a la vida? Veamos ahora. En palabras de Raúl Villamil Uriarte, profesor de Psicología y coordinador de esta disciplina en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco, los párrocos y obispos plantean que es erróneo que la gente venere a la Santa Muerte, ya que Dios es el único en quien deben confiar y tener fe, además de que a últimas fechas el número de seguidores ha crecido de manera importante. En Antropología—dijo—existe algo denominado inversión del sentido, que es una especie de inversión de símbolos y consiste en pensar por lo menos en 5 o 6 generaciones atrás de nosotros, quienes le confiaron su bienestar moral y religioso a los santos oficiales, como la Virgen de Guadalupe, San Antonio e incluso la imagen de Dios mismo, que eran representativos de las plegarias de la gente. Si echamos una mirada a la actualidad —agregó— nos encontramos con un país en el que cada vez hay más pobreza, represión, corrupción, marginación y violencia, por eso la gente se cansó de esperar que sus santos y la vida les haga justicia y es entonces cuando se comienzan a introducir en los símbolos sagrados institucionales otro tipo de imágenes, rituales y creen-

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cias que son mucho más funcionales para los fieles. Según Villamil, esta puede ser una explicación de por qué en la actualidad imágenes como la Santa Muerte y Jesús Malverde tienen presencia en ciertos grupos sociales, conformados por gente humilde y miembros de la delincuencia organizada. La influencia de estos íconos ha sido tan fuerte que el segmento más liberal de la Iglesia católica ha negado el acceso de estas figuras a la Casa de Dios; sin embargo, varios curas han acudido a oficiar misa a las comunidades en donde se les adora, con la finalidad de recuperarlos para el sistema oficial simbólico de santos. De hecho —señaló— en el barrio de Tepito existe una comunidad cuyos habitantes cooperan económicamente para realizar una misa en honor a la Santa Muerte los días 1 y 2 de noviembre. El académico precisó que a un lado de la Virgen de Guadalupe, y de todo lo que monolíticamente representa la religión católica para el pueblo mexicano, está de manera muy significativa el fervor hacia la Santa Muerte, la cual plantea una gran paradoja, ya que a pesar de ser la representación de nuestro inevitable destino, el hecho de adorarla y pedirle favores en vida la ha convertido en la verdadera imagen sagrada de los desposeídos, los presidiarios, los viciosos y de los criminales. Entonces, al parecer, el cobijo de las figuras santas tradicionales de la Iglesia católica no alcanzó para ese segmento de la población que necesita de una fe y de ser reconocidos por alguien. En ese sentido, la Santa Muerte tampoco es reconocida por el catolicismo, lo cual la convierte en una imagen religiosa marginal, por ello sus fieles se identifican y se sienten comprendidos ella. Recientemente se le dio una nueva imagen, que es una mezcla de un párrafo de la Biblia, una pintura y una supuesta aparición a una persona no devota, de lo cual Villamil opina “la Santa Muerte es una mujer. Tal vez encarnar la muerte es una gran metáfora, ya que ahora se asemeja a una persona que está viva, lo cual me parece que tiene que ver con el simbolismo y el significado. La gente transforma de manera más funcional sus símbolos, así que se está convirtiendo en algo que sus seguidores quieren que sea, ya que ellos no quieren morir ni parecerse a un esqueleto con una guadaña en mano, es algo así como un ritual hacia la Santa Muerte, pero viva. Desde la perspectiva de Villamil, la problemática de la Santa Muerte no se puede explicar exclusivamente a partir de una imagen o un ícono, ya que hay una construcción de diferentes símbolos que avalan su figura; además de que está inmersa en un sistema de santerismo procedente de Cuba. La Iglesia católica se rehúsa a reconocerla, debido a que tendría que compartir el poder del sometimiento que tiene con sus feligreses, además de aceptar la decadencia de su propio sistema simbólico de santos e imágenes sagradas, apuntó. Estamos hablando también de un gran negocio —dijo— basta con echar un vistazo a los puestos de periódico en donde se ofertan algunas revistas y cuadernillos que nos dicen cómo adorarla, así como en los tianguis en los que se venden bustos, figuras, llaveros, etc. Entonces estamos hablando de un enfrentamiento de capitales entre los que construyen a la Iglesia católica y los de aquellos que conforman el culto a la Santa Muerte. Incluso existe un debate respecto a si el culto a la muerte tiene raíces prehispánicas o surge durante la época colonial. Existe una antropóloga mexicana que plantea que no tiene ninguna raíz prehispánica, pues en esos tiempos el culto a la muerte tiene otros registros y diferentes dimensiones e interpretaciones. El culto a la Santa Muerte contemporáneo sí proviene de la Colonia y está relacionado con el sincretismo de las culturas española e indígena y que tiene que ver con la producción de imágenes, como La Llorona, las cuales se llegaron a utilizar para generar miedo y mantener a la gente bajo control.

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FUENTE:

WWW.ACABTU.COM.MX/DIADEMUERTOS

ES.WIKIPEDIA.ORG; MX. GEOCITIES.COM/SANTAMUERTE2002

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