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El experimento Miller

El experimento Miller

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2do 3era TT

Biología (Valerani)

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(David Pacchioli, Universidad del Estado de Penn)

Reflejos Desde un Pequeño Charco Caliente
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Los científicos teorizan sobre posibles escenarios en los cuales la vida podría haber empezado a desarrollarse en la Tierra. Hacia 1953, nos cuenta Jim Kasting, los científicos creían saber cómo había comenzado la vida terrestre. Los químicos Stanley Miller y Harold Urey, de la Universidad de Chicago, simularon el crucial instante, ocurrido hace cerca de 3900 millones de años, cuando un puñado de moléculas simples inorgánicas, impulsadas por la caída de un rayo (o quizás simplemente el calor del Sol penetrando un ocasional agujero en las nubes), se juntaron formando los prototipos de las moléculas complejas de las cuales la vida en la Tierra está hecha. | Ahora, eso solo fue una época. ¿Lo recuerda, en Star Trek? ¿El fangoso charco de barro en los límites de ninguna parte? ¿La horrible humedad? Antes, todo estaba muerto como los PlayDoh. Después, vino una cadena de sucesos impactantes que han permanecido ocultos, por un tiempo indefinido, y que han dado lugar a los cocodrilos y los astronautas, mascotas y plátanos, mosquitos y líquenes, partículas del virus Ébola... En su laboratorio, Miller y Urey dispararon ráfagas de rayos, en forma de cascadas de chispas, en un frasco conteniendo un “océano” de agua líquida, y una “atmósfera” de gases ricos en hidrógeno (metano, amoniaco, ácido sulfhídrico, y vapor de agua). Tras unos días, comprobaron los resultados: “Obtuvieron todo tipo de compuestos”, dice Kasting, “incluyendo grandes cantidades de aminoácidos”, las moléculas que se unen formando proteínas. Éste simple experimento parecía corroborar la visión que Darwin (y no Gene Rodenberry) describió cien años antes, que sostenía que la vida había emergido “en algún pequeño estanque caliente, con toda clase de amoniaco y sales de fósforo, luz, calor, electricidad, etc... presentes'. Pero el experimento de Miller-Urey, a pesar de la importancia que tuvo, tenía un fallo. Urey había basado su idea de atmósfera primitiva en datos astronómicos que por aquel entonces se obtenían, como el primer espectrograma de los planetas gigantes del Sistema Solar: Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Éstas características bandas de color mostraron que los gigantes estaban relacionados con atmósferas ricas en metano y amoniaco, que se pensó eran originarios de la formación de los planetas. Hasta el momento, seres de todos los planetas han compartido una atmósfera “primordial”, el resultado de su nacimiento común. A causa de su gran gravedad, se creía que los gigantes habían retenido esa atmósfera inicial, mientras que atmósferas de la Tierra y otros planetas más pequeños habían perdido parte de sus gases ligeros, hidrógeno entre ellos, al espacio. No obstante, poco después de la publicación del experimento de Miller-Urey, los geólogos anunciaron nuevos hallazgos en las emisiones volcánicas de la Tierra, dando un giro de 360 grados a la antigua teoría. “Lo que expulsan los volcanes no es metano ni amoniaco”, dice Kasting, “sino un 80% vapor de agua, del 15% al 20% del dióxido de carbono, así como trozos de monóxido de carbono y moléculas de hidrógeno.”. James C. G. Walker, uno de los mecenas de Kasting durante su graduación en la Universidad de Michigan en los años 70, cogió los datos de éstas emisiones y los comparó con la cantidad de hidrógeno a partir de la cual se esperaría que escapara de un planeta con la gravedad terrestre. (“Hizo esto en la parte de atrás de un sobre”, cuenta Kasting). Lo que Walker encontró fue una imagen mucho más distinta de la primitiva atmósfera terrestre: una mezcla rica en oxígeno de dióxido de carbono, nitrógeno, y vapor de agua. Lo curioso es que el oxigeno, a pesar de ser absolutamente necesario para la vida multicelular, es veneno para la síntesis pre-biótica. “Realiza el experimento de Miller-Urey en una atmósfera rica en oxígeno”, dice Kasting, “y no obtendrás nada que se parezca a un aminoácido. Hay demasiados átomos de oxígeno para eso”. Así que, durante los últimos años, “el entusiasmo por la teoría del pequeño charco caliente ha sido en vano.”. Entre tanto, dos teorías más o menos contrapuestas han ido desarrollándose. El descubrimiento de microbios y otros pequeños organismos viviendo en afloramientos hidrotermales (puntos de ebullición muy calientes en el fondo oceánico) ha conducido a la idea de que la vida se habría originado en el fondo del mar. Violentas diferencias en la temperatura y la concentración al límite de oxígeno alrededor de éstos afloramientos los convierte en buenos catalizadores para las reacciones químicas, comenta Kasting. “El

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problema con ésta teoría es que los compuestos orgánicos complejos que podrían dar lugar a la vida no permanecen estables durante mucho tiempo a esas altas temperaturas.”. Los aminoácidos, en vez de polomerizarse, tenderían a descomponerse. La segunda teoría propone como escenario los fríos climas del espacio (específicamente, en los oscuros y gélidos corazones de nubes de polvo interestelar). “Largas y complejas moléculas orgánicas podrían aparecer cuando la radiación ionizante conduce a reacciones de ión-molécula”, explica Kasting. “El intenso frío prevendría la descomposición”. En el llamado Modelo de Semillas Espaciales, éstas moléculas son traídas a la Tierra por meteoritos y cometas. El punto débil de éste modelo es que gran parte de un meteorito se desintegra en el impacto con nuestra atmósfera. “El potencial de supervivencia de los organismos es bajo. Son quemados hasta tostarse.”. Kasting, por su parte, no está preparado para abandonar la idea del pequeño estanque caliente. Usando modelos computerizados de procesos atmosféricos con descargas de rayos, está trabajando para reconciliar la visión de Darwin con las restricciones impuestas por una atmósfera relativamente rica en oxígeno. “Mi idea”, cuenta Kasting, “es que ésta atmósfera contenía algo de metano: justo el suficiente para permitir la formación de moléculas de ácido cianhídrico, uno de los materiales necesarios para iniciar la aparición de aminoácidos y ácidos nucleicos. De 10 a 100 partes por millón podría ser suficiente.”. La vida tal y como la conocemos hoy, explica, requiere tres tipos de moléculas: ADN, para almacenar la información genética que permite a las células el duplicarse; ARN, que transfiere esa información desde el núcleo hasta el resto de la célula; y las proteínas que catalizan esas reacciones. “Es un mecanismo muy complicado”. En 1989, los biólogos moleculares Thomas Cech de la Universidad de Colorado, y Sidney Altman, de Yale, compartieron el Premio Nobel por mostrar que bajo determinadas circunstancias el ARN puede duplicarse por sí solo. Y no sólo eso, sino que además podría almacenar información genética. El ARN, en otras palabras, puede hacerlo todo. “Ahora se cree que los comienzos de la vida han pasado por una etapa en la cual sólo el ARN estaba presente”, dice Kasting: el llamado Mundo-ARN. Todo lo que necesitas para la vida, por encima de esos aminoácidos cruciales, son los ingredientes del ARN: ribosa (un azúcar), fosfato (una sal), y las cuatro bases (adenina, citosina, guanina y uracilo (éste último sustituye a la timina en el ADN)). La cuestión es: ¿puedes obtener éstas moléculas en una atmósfera donde una cantidad significativa de oxígeno esté presente? La respuesta, según Kasting, es que sí (asumiendo que hay una pequeña cantidad de metano en el ambiente). La ribosa, explica Kasting, “es simplemente cinco moléculas de formaldehído fuertemente unidas”, y el formaldehído es fácil de obtener allí donde haya dióxido de carbono y luz. El fosfato aparece, normalmente, con el desgaste de las rocas. Y las cuatro bases, adenina, citosina, guanina y uracilo, pueden ser sintetizadas a partir del ácido cianhídrico, para lo que se necesita ese rocío de metano. “Así pues, la clave del pequeño charco de Darwin”, dice Kasting, “es que había una buena fuente de metano en la primitiva atmósfera”. Ésta fuente, sugiere, se halla bajo el mar, en la actividad volcánica que provoca esos afloramientos a altísimas temperaturas. Actualmente, el carbono expulsado por afloramientos ronda el 99% de dióxido de carbono, dice, y cerca del 1% de metano, una mezcla insignificantemente distinta a la que se obtiene en volcanes “de tierra”. “Y hay muy buenas razones geoquímicas para creer que el manto de la Tierra hace 4000 millones de años era radicalmente inferior al de hoy en día, lo que implica que el metano componente de esas emisiones sería mucho mayor. “Lo suficiente para permitir la formación de moléculas orgánicas”. “Sin embargo, esto no implica que haya sido así como la vida comenzó a ser lo que es”, añade Kasting rápidamente. Sin embargo, es un escenario plausible. Y si comenzó así aquí, ¿qué impide que el proceso se repita, alrededor del Universo, allí donde las condiciones en las que se desarrolle sean las mismas, o similares?

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