AGRADECIMIENTOS AMANTE DESCONOCIDO Patricia Fontané Roche SIEMPRE JUNTOS Naiara Philpotts UN SABIO GUERRERO Lucila Martínez LA LEYENDA

DE AERIS Thyara Larrañaga MY BLOODY VALENTINE Andariel Morrigan LA TIENDA DE LA ADIVINACIÓN Patricia K. Olivera SIN FUTURO Nina Benedetta LIEBE Jeimy Sánchez A MI LADO L. A. Zyanya ESCRIBIÉNDOLO Linda Ravstar EN BUSCA DEL AMOR DE VERDAD Rhodéa Blasón SUSURROS NOCTURNOS Vejibra Momiji FELIZ SAN VALENTÍN, TONTO Martha Lila Álvarez Morelos LAS FANTASÍAS NO EXISTEN Candy Von Bitter

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La idea de esta antología surgió a raíz de que, en diciembre pasado, una compañera planteó hacer una con motivo de la Navidad en un grupo de escritores. Entonces yo estaba terminando de calificar y entregar los premios de un concurso de relatos de terror que había organizado en octubre último. Lo que ella planteaba era el concepto de compartir en lugar de competir. Y, si bien entonces aquello no se pudo concretar, dado la falta de tiempo de los escritores que estábamos interesados en su propuesta, la idea de ‹‹compartir›› quedó rondando en mi cabeza hasta ahora. Con la cercanía de una fecha como la de San Valentín, en donde hacemos homenaje al amor y a la amistad, pues se me ocurrió organizar esta antología y convocarla. Para ser una primera que organizo en mi blog de literatura, ‹‹Nozomi Sumi››, la acogida que ha tenido ha sido bastante positiva y mayor a la que esperaba. Son catorce escritoras las que han decidido compartir sus relatos en esta antología que ustedes podrán disfrutar, de todo género y estilo, y espero que sepan apreciar el trabajo y empeño que, tanto ellas como yo, hemos puesto en ello. Para finalizar, quiero agradecer a José Luis M. por la corrección de los escritos; a Patricia Olivera, por darme una mano en la edición de dos escritos, y a Alejandro C. por el diseño de la bellísima portada que engalana esta antología. Gracias a ellos y a las escritoras que se han encaminado en este proyecto, es que veo y finalizada esta antología que nació hace tiempo atrás. ¡Feliz Día de San Valentín, día del amor y de la amistad! Cinthya H. (Nozomi)

Patricia Fontané Roche
14 de Febrero del 2010 El taxi se detuvo frente a las breves escaleras de acceso al adosado número 12 de la calle, silenciosa y oscura a esas horas de la noche. Ella había estado deseando llegar y se alegraba de que todavía no hubiera dado medianoche, de modo que aún sería el día de San Valentín cuando James recibiera su visita sorpresa. En realidad, el plan inicial había sido regresar a casa dos días después, pero la reunión se había desarrollado tan rápido y con resultados tan satisfactorios, que su jefe le había permitido adelantar su vuelo para pasar, al menos, la noche de los enamorados con su novio. Cansada por el viaje, pero contenta de haber llegado al fin, ella se apeó del automóvil y pagó al amable taxista antes de tomar su maleta y subir las escaleras hasta la puerta de entrada. Los tacones la estaban matando, pero pronto se los quitaría... Pensó en James. ¿Se alegraría de verla aparecer de improviso? Llevaban juntos dos años. Se habían conocido durante la proyección de un documental en el Victoria & Albert Museum y había sido amor a primera vista. Él la había abordado a la salida del salón de visionado y, con la excusa de no saber en qué dirección se encontraba la cafetería del museo, le había invitado a tomar un café con él. A los dos les gustaba el café solo y largo, al estilo americano. Probablemente porque ambos eran americanos. James se había criado en Londres, pero su familia era de Georgia y, a veces mostraba esa elegancia y esos modales sureños que a ella la volvían loca. Ella había nacido y vivido en Chicago hasta los veintiún años. Después había viajado a Europa buscándose a sí misma y, se había encontrado en

aquella bulliciosa ciudad de casas victorianas y edificios modernos mezclados en curiosa armonía. Con los recuerdos todavía en la memoria, abrió la puerta y, trató de ser silenciosa al entrar en el estrecho vestíbulo con suelos de madera vieja. Se quitó por fin los tacones para no hacer ruido al pisar los escalones en su ascenso hacia el dormitorio. Imaginó que James estaría allí, viendo la televisión. No estaría dormido, él no solía acostarse temprano. Comprobó al llegar al rellano del piso superior que había luz en el dormitorio y escuchó de fondo la tenue música del tocadiscos antiguo que le había regalado por Navidad. Sonaba una canción lenta, algún clásico que ella no reconocía. La música era cosa de James. Se preparó para entrar en la estancia y sorprenderle, pero justo cuando iba a abrir la puerta de golpe, algo la obligó a detenerse. ¿Había alguien más allí con James? O quizá sólo fuesen imaginaciones suyas. Pronto, un gemido femenino la convenció de eso que no quería creer. No, James no estaba solo. Estaba con otra mujer. Incapaz de creer hasta ver, ella empujó levemente la puerta. Ni siquiera crujió, y la pareja que hacía el amor sobre su cama, no se percató de su presencia enseguida. Ella observó la escena mientras una mezcla de emociones estallaba en su interior. Tenía ganas de gritar, de llorar y de romper algo. Sentía dolor, asombro, terror, ira, decepción y tristeza. Tantas cosas y tan confusas que no supo cómo reaccionar, de modo que se quedó ahí plantada mirando, hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Entonces, no supo si fue un minuto o un segundo después, él la vio y detuvo aquella danza de cuerpos desnudos, cubriendo ambos con la sábana de seda oscura. —¡Kate! —exclamó James—. ¿Qué haces aquí? No volvías hasta el jueves. Le hizo gracia ese intento de reproche. Como si fuese ella quien estuviese haciendo algo mal. —¡Oh, Dios mío! — murmuró la chica que hasta ese momento había estado encima de su novio, moviéndose y frotándose contra él como una gata en celo. No la conocía, pero la odió al instante. Por suerte, o por desgracia, la intrusa sí parecía saber quién era ella. —He adelantado el viaje de vuelta —respondió Kate con un hilo de voz—. No ha sido una buena idea. —Oye, puedo explicarlo —declaró entonces James, aunque dudaba de que eso fuese cierto. —No hace falta —replicó Kate—. Me ha quedado muy claro. Te estás tirando a otra en mi casa, en mi cama y en San Valentín. —Pero… —Trató de protestar él. —Quiero que te vayas de aquí —dijo ella con frialdad— . Mañana cuando regrese no quiero verte, ni tampoco tus cosas. Desaparece de mi vida.

Kate decidió que ya había visto y dicho suficiente. Se dio la vuelta y se apresuró para salir de aquel lugar cuanto antes. No sabía a dónde iba a ir, pero le daba igual. Quería alejarse de allí lo antes posible y no escuchó la llamada de James ni las excusas baratas que le gritaba desde el piso superior. No quería oír más mentiras. Kate volvió a ponerse los zapatos y salió de nuevo al exterior, a la fría noche londinense. Cuando llegó al final de la calle, se permitió dejar aflorar las lágrimas, pero le sorprendió ver que no salían. No lloraba, no quería llorar. La tristeza había sido momentánea, pero lo que de verdad bullía en su interior en ese momento era la furia, la ira cruda y llana. Cogió un taxi y le pidió al chófer que condujera sin especificar un destino concreto. Pensó que el movimiento, que el avance inexorable del vehículo la ayudaría a aplacar su rabia, pero no fue así. A cada instante se sentía más y más furiosa. Se detuvieron en un semáforo en una calle iluminada por luces de neón y llena de gente que se divertía en los locales nocturnos. Kate indicó al conductor que había llegado al lugar indicado, le pagó y descendió del coche dispuesta a entrar en el primer establecimiento que encontrase. No supo el nombre del local, pero el interior estaba pobremente iluminado y había bastante gente, muchos hombres en la barra. Eso la animó. Se dirigió a los servicios y se observó en el espejo. Resolvió quitarse la chaqueta del traje y doblar la falda en su cintura para hacerla más corta. También se desabrochó los primeros botones de la blusa. Le dio una propina a la mujer que custodiaba el aseo para que le permitiera echarse unas gotas de perfume y usar un cepillo de dientes desechable. Una vez lista, salió, se sentó en la barra y pidió un combinado. El camarero la atendió con una sonrisa amplia y sugerente. Era atractivo, pero estaba trabajando y lo que ella buscaba era algo rápido y sin complicaciones. Le sonrió a su vez, pero en cuanto recibió su consumición se giró en la silla, dando la espalda a la barra. No tardó mucho tiempo en recibir los primeros pretendientes.

14 de Febrero de 2011

Estaba harta de tener que reclamar una y otra vez a ese grandísimo malnacido el dinero que le debía. Llevaba un año luchando por hacerlo desaparecer de su vida de una vez por todas, pero estaba resultando ser una tarea de lo más complicada. Ya era la tercera vez que le aseguraba que había hecho el ingreso en su cuenta y era mentira. ¿Es que no iba a dejar de mentir nunca? No obstante, una parte de ella sabía que era culpa suya.

No tenía que haberle prestado tanto dinero cuando aún estaban juntos. No tenía que haber pagado los gastos de ambos durante tantos meses. No tenía que haber confiado en las tonterías de James, en su cabeza llena de pájaros. ‹‹Sólo quinientas libras para el estudio de grabación››, decía. ‹‹En cuanto grabemos la maqueta, todo irá como la seda. Te lo devolveré en menos de un año››. ¡Qué estupidez! Y ella había sido más estúpida todavía. ¿Cómo había podido pensar que algún día James sería un músico famoso? Y lo más importante... ¿Cómo había podido creer que, si ese día llegaba, él seguiría con ella? En el último año había aprendido mucho, había cambiado a la fuerza y ya no se fiaba de nadie. Todo el mundo era malo hasta que se demuestre lo contrario, especialmente los hombres. De nuevo furiosa, entró en el metro, maldiciendo por tener que cogerlo en hora punta. Consiguió entrar a presión en uno de los vagones. Se acomodó como pudo en la parte trasera junto a la puerta que no se podía abrir y que comunicaba con el siguiente vagón. Se apoyó contra el saliente acolchado, pero pronto se dio cuenta de lo increíblemente incómodo que era. La esquina se estaba clavando en la parte baja de su espalda y el hombre que había delante suyo no parecía poder moverse para dejarle más espacio. Decidió sentarse en el saliente, con tan mala fortuna que el desconocido de enfrente quedó de pie entre sus piernas. En cuanto él se dio cuenta de tan comprometida postura, trato de moverse para dejar espacio, pero, en ese momento, el vagón volvió a abrir sus puertas y una nueva marea de gente lo empujó hacia ella. Para evitar perder el equilibrio, él colocó una mano en uno de sus muslos. Aunque retiró la mano y se disculpó inmediatamente después, la sensación de su tacto cálido permaneció en la piel de Kate unos segundos. Lo cierto era que no le había molestado, en absoluto. Observó al extraño que tenía delante, apenas unos centímetros. La miraba desde arriba con unos ojos oscuros que mostraban incomodidad, pero también algo más descarado... ¿Deseo? Era atractivo, moreno y alto, pero lo mejor era el aroma intenso y embriagador de su colonia, o quizá de su loción de afeitado. Vestía traje y llevaba un maletín. Venía de la City, casi seguro. En un traqueteo del tren, él pareció verse obligado a colocar uno de sus brazos contra la pared, justo al lado de la cabeza de Kate; pero algo en esos ojos negros le dijo que ese acercamiento había sido deliberado. Ella sonrió provocativamente. La inicial sensación de molestia parecía haber desaparecido. De hecho, Kate se encontraba extrañamente a gusto en aquella posición y con aquel hombre que olía tan bien, tan cerca de ella. Se sintió atrevida, desinhibida, y se le ocurrió probar a deslizar su mano suavemente por el torso de aquel desconocido. Su reacción fue de sorpresa, no se lo esperaba, pero ella pudo ver que le gustaba, su intuición se lo decía. Y si no quería fiarse de su

intuición, pronto él le dio una pista. La mujer notó la erección del hombre contra la cara interna de su muslo, y al instante se excitó. ¡Aquello era una locura! Quería arrastrar a ese desconocido a algún lugar escondido y tener sexo salvaje y anónimo con él. ¿Se atrevería a hacerlo? —¿Cómo te llamas? —le susurró entonces él. Kate lo miró a los ojos, y negó con la cabeza. No iba a decirle su nombre. Se estaban acercando a una estación y ella sabía que sería ahora o nunca. En cuanto el vagón abrió sus puertas, cogió la mano del desconocido y salió al andén. Sabía que en algún lugar de esos pasillos largos y alicatados debía de haber un recodo oculto o un respiradero. Cuando lo encontró no le costó demasiado forzar la endeble reja para entrar en un pequeño espacio oscuro donde un montón de interruptores y cables se amontonaban en un rincón. Parecía increíble, pero no les había visto nadie. Empujó al desconocido contra una de las paredes de cemento desnudo y lo besó con furia y ardor, sujetando su nuca para evitar que se alejase o que intentara hablar con ella. No quería palabras. Por suerte, él captó el mensaje y la rodeó con sus brazos, atrayéndola hasta que sus cuerpos estuvieron completamente pegados. Después recorrió con sus manos la espalda de Kate hasta ahuecarlas en torno a sus nalgas, y la alzó para tener las caderas a la misma altura. Kate lo rodeó con sus piernas. Notó cómo él giraba y la sujetaba contra la pared mientras guiaba sus manos a lo largo de los muslos de ella, levantándole la falda en su ascenso. Él dejó sus labios. Comenzó a besarla en el cuello y Kate aprovechó para tantear en el interior de su abrigo negro. Acarició su espalda fibrosa y su vientre plano. Finalmente, se detuvo en sus pantalones. Se sintió peculiarmente satisfecha al comprobar que la excitación de su enigmático compañero se había hecho más evidente que en el tren. No dudó en bajar la cremallera y acariciar su erección, haciendo que él ahogase un gemido. La sensación de dominio que tuvo en ese momento le cosquilleó en todo el cuerpo. Si quería, podía hacer que ese hombre al que ni siquiera conocía, suplicase ante ella. Podía controlarlo, pedirle cualquier cosa... Y estaba segura de que lo haría. Sin embargo, se conformó con la certeza. Permitió que él apartase su ropa interior y se hundiese en ella. Se amoldó a sus embestidas con las caderas y durante unos breves, pero deliciosos minutos, disfrutó de aquel encuentro fortuito como si no fuese a acabar nunca. Cuando alcanzó el orgasmo, se sorprendió al ver que había sido mucho más intenso de lo que esperaba. Tanto que tuvo que esforzarse por ahogar sus jadeos hundiendo la cara en el pecho de su amante desconocido. Poco después, él soltó un gruñido extasiado contra los labios entreabiertos de Kate, y supo que todo había acabado. Media hora más tarde, Kate entraba por la puerta de su adosado, con una sensación tan exquisita que le apenó saber que pronto desaparecería. No era la primera vez que tenía sexo casual con hombres que no conocía demasiado, sobre todo desde que encontró a James con esa fulana un año atrás. Pero sí había sido la primera vez con un hombre con el que no había cruzado ni una sola palabra. Un completo extraño.

¿Era posible que la adrenalina todavía fluyese por sus venas? Tenía ganas de hacerlo otra vez, de salir y encontrar a ese hombre de ojos oscuros para volver a esconderse juntos en un rincón. Pero no. Era mejor así... Al terminar, mientras ambos se colocaban la ropa en su sitio, él había intentado retenerla. Le había preguntado su nombre otra vez, le había asegurado que él no solía hacer cosas como esa y le habría ofrecido darle su número de teléfono. Kate no había abierto la boca, simplemente había negado con la cabeza y, tras besarle por última vez en los labios, se había marchado sin mirar atrás. Y volvería a hacerlo... Por muy estimulante y maravilloso que hubiera sido aquel encuentro indecente, Kate seguía sin confiar en nadie. Aunque entregase su cuerpo, nunca volvería a entregar su corazón a ningún hombre.

14 de Febrero de 2012

Kate accionó el grifo de la ducha y se observó en el espejo del lavabo mientras esperaba a que llegase el agua caliente. Le había crecido el pelo. Más bien se lo había dejado crecer hasta que casi le había cubierto la espalda por completo y le caía en suaves ondas cobrizas sobre sus pechos. En general, a los hombres les gustaba el pelo largo. A James no. Cuando estaba con él lo había mantenido corto, a la altura de la mandíbula. ¡Qué tontería! Casi no reconocía a la chica que había sido antes: insegura, dócil y ansiosa por agradar. ¿Cómo podía ser así? Los hombres debían ser quienes se esforzasen, quienes se desvivieran por conseguir mantener a una mujer junto a ellos. ¡Así lo veía ahora! Confiando en que el agua ya estaría caliente, retiró la cortina de la ducha y se deslizó al interior. La temperatura era perfecta. Escuchó entonces el crujido de la puerta del baño y supo que el hombre con el que había dormido esa noche quería un segundo asalto. ¿O era un tercero? No estaba segura de recordar su nombre. ¿Era Andrew, o tal vez Matthew...? Resolvió llamarle simplemente ‹‹tú››. —¿Se puede? — preguntó él, aunque se unió a ella bajo el chorro de la ducha sin esperar respuesta. —¿No tienes que trabajar hoy? —quiso saber Kate. En realidad no tenía demasiadas ganas de repetir con él. Era guapo, pero un egoísta en la cama.

—No hasta mediodía — respondió. Comenzó a besar su cuello mientras sus manos reptaban hasta los pechos de Kate y los apretaban con escasa habilidad. —Es un pena — declaró Kate zafándose de su agarre—.Porque yo entro a trabajar en media hora. Era mentira, por supuesto, pero no se le ocurrió mejor excusa. Terminó de aclararse el jabón del cuerpo ante la contrariada mirada del hombre y salió de la ducha envuelta en una mullida toalla azul. Él la siguió. Era un verdadero desperdicio que fuese tan mediocre, porque tenía un cuerpo de escándalo. —Bien, entonces… —comenzó a hablar él—. ¿Quedamos otro día? —Creo que no es buena idea — respondió Kate con naturalidad— . Nunca repito, es una norma personal. —¿Estás de broma? —masculló el hombre, humillado. —No, va en serio. Kate no se sentía mal por ser tan directa. Al fin y al cabo los hombres lo hacían constantemente y nadie se ofendía. ¿Por qué no podía hacerlo ella? Le sostuvo la mirada con decisión mientras él asimilaba el hecho de que tenía que marcharse y quedarse con las ganas. Al final, salió del baño airadamente. —Eres una puta —le gritó, despechado, mientras se ponía los pantalones. —En ese caso, deberías pagarme ¿No crees? —replicó Kate, comenzando a enfadarse. —¿Cómo puedes estar ahí, tan tranquila? — preguntó él, cogiendo su camiseta de debajo de la cama—. Parece que te has deshecho de tíos como yo muchas veces, ¿Verdad? —Eso a ti no te importa. —Es por eso que a las tías como tú nunca se las toma uno en serio —insistió aquel imbécil en sacarla de quicio—. Sois fáciles, y terminaréis solas. Kate no pudo aguantar más. Salió del cuarto de baño, aún en ropa interior y abofeteó a aquel engreído en su arrogante cara. ¡Le temblaban las manos de rabia! ¿Cómo se atrevía aquel despojo a insultarla de ese modo? —¡Fuera de mi casa! —le gritó ella. —Loca —declaró él en un susurro antes de marcharse dando un portazo. Kate se desplomó en la cama y trató de tranquilizarse. Había tenido miedo de que él le devolviese el golpe. Por suerte, podía ser un completo idiota, pero no era violento. Terminó de vestirse y de arreglarse, y cuando estuvo lista, salió a dar un paseo para despejarse. Aquel día era San Valentín, y hacía dos años que no tenía pareja. Por fin, unos meses atrás, había conseguido que James saldase su deuda y cortase definitivamente los lazos que aún quedaban entre ellos. Ya era libre. Sin saber muy bien en qué ocupar la mañana, Kate decidió comprar una revista en un quiosco y sentarse en una cafetería aprovechando que era un día soleado, inusual en Londres en esas fechas. Compró un ejemplar de ‹‹Vanity Fair›› y se sentó en una mesa exterior del Caffe Néro. Pidió un capuchino y comenzó a leer la revista sin demasiado interés.

De pronto, un hombre se sentó en la mesa de al lado y extendió un periódico, The Times. Y Kate notó una corriente eléctrica al mirarlo. Su cara quedaba oculta por las páginas del periódico, pero a Kate la invadió una sensación familiar. El traje, el abrigo negro, el pelo oscuro... Lo conocía, su instinto se lo decía. Entonces detectó un aroma que pareció arrojar luz a su dilema. Recordó aquel día un año atrás. El metro abarrotado y unos ojos oscuros que la habían mirado de un modo que debía estar prohibido. Recordó el rincón oculto en los pasillos de una estación que no reconocía y la sensación de euforia que le había hecho sentir aquel encuentro. Por un instante, sintió el impulso de caer otra vez en la tentación pero después recordó su norma: No repetir nunca. Era una norma absurda, lo sabía. Acostarse con el mismo hombre dos veces no significaría automáticamente que se iba a enamorar de él, pero era mejor prevenir que curar. Reafirmada en su decisión de evitarlo, Kate apuró su capuchino de un trago, guardó su revista en el bolso y se levantó, con tan mala suerte que hizo caer el pequeño florero de plástico que había sobre la mesa. Vio cómo el hombre apartaba el periódico y la miraba. No cabía duda ya de que era el desconocido del metro. El corazón le dio un vuelco. Él se levantó y recogió el florero, volviendo a colocarlo en su lugar, de un modo tan caballeroso que a Kate le entraron ganas de suspirar. —¿Se encuentra bien? —le preguntó. Su voz... Era tal como la recordaba. Kate asintió y trató de escabullirse antes de que la reconociera. Pero ya era tarde. —Un momento, señorita —pidió él, siguiéndola—. ¿Nos conocemos? —No —respondió Kate caminando todo lo deprisa que le permitían sus piernas. —Espere, por favor — r ogó él, apresurando sus pasos hasta situarse delante de ella para cortarle el camino. —¿Qué? —Sí, sí nos conocemos — a dvirtió él, tan pronto como pudo verle la cara de cerca— . Eres la chica del metro. —No sé de qué me hablas —mintió Kate, visiblemente nerviosa. Los sensuales labios del hombre se curvaron en una sonrisa y sus ojos oscuros la atraparon sin remedio. Kate se estremeció de nuevo. Al conocerse, ella había dirigido la situación con mano de hierro. Ahora, no obstante, era él quien la dominaba mientras Kate trataba de escapar como una chiquilla avergonzada. —Créeme, nunca olvidaría ese día —declaró él con un tinte sugerente en la voz. —Pues yo he debido olvidarlo — replicó Kate, poniéndose a la defensiva— .Porque no sé quién eres. —No me miras como si no supieras quién soy. —¿Ah, sí? ¿Y cómo te miro? —Como si quisieras volver a meterte en el metro conmigo. Kate no supo qué contestar. ¿Acaso su cara era como un libro abierto para él? ¿Y qué pasaba con esos escalofríos que no cesaban?

Sí, era cierto que había recordado su encuentro a menudo, sobre todo las noches en que estaba sola en casa. También era cierto que, en ocasiones, había pensado en él mientras estaba con otro hombre. Y, ¡por Dios!, era cierto que había intentado encontrar a alguien que pudiese igualar la emoción y el éxtasis que había experimentado con él, sin conseguirlo. ¡Pero no iba a ceder! Tenía unas normas. —No... No voy a ir a ninguna parte contigo —balbuceó Kate, consciente de lo poco firmes que sonaban sus palabras. —¿Ni siquiera si te invito a tomar algo? —Mucho menos si me invitas a tomar algo. —¿Por qué no? —quiso saber él, algo desconcertado. —Mira, aquello que pasó fue un momento de locura, un paréntesis en nuestras vidas —declaró Kate, ya sin molestarse en fingir que no le conocía—. Estuvo bien. Pero no quiero conocerte ni quiero que me conozcas, y no quiero tomar nada contigo ni tampoco volver a entrar en el metro. ¿Entendido? —Sí, claro… —respondió él, atónito—. Pero, ¿no tengo yo nada que decir al respecto? —¡No, claro que no! — aseguró Kate, y se volvió para alejarse de él antes de cambiar de parecer. Por desgracia, él no quiso darse por vencido. —Escucha, no me parece justo —expuso—. Yo también estaba ahí y sentí eso… —¿Eso? —Kate se detuvo de golpe con curiosidad—. ¿Qué es ‹‹eso››? —La conexión entre nosotros —contestó él—. No intentes negarlo. —Lo niego —replicó ella, terca. —Puedes hacer como que no sabes de lo que te hablo — continuó él, pasando por alto su comentario—.Pero fue la primera vez que estuve con alguien de esa manera, y no he podido dejar de pensar en ello durante un año. ¿Cómo es posible que no veas que lo nuestro fue cosa del destino? Sin poder evitarlo, Kate se echó a reír. ¿Destino? ¡Estaba loco si pretendía convencerla con esa táctica para acostarse con él de nuevo! —Oye, aprecio tu interés de verdad —repuso ella—. Y admito que lo nuestro fue algo realmente increíble. También admito que es posible que, si insistes un poco más, termine cediendo y volvamos a hacerlo. Pero deja esa tontería del destino, ¿quieres? —¿Y si te lo demuestro? —inquirió entonces él. —¿Cómo? —Dentro de un año, si ninguno hemos encontrado lo que buscamos, nos reuniremos aquí y comprobaremos si aún existe esta conexión entre nosotros —declaró, convencido de sus palabras—. Si está ahí, si sigue siendo tan increíble como aquella vez, tendrás que salir conmigo. ¿Trato hecho? —¿Eso es todo? ¿No vas a intentar convencerme para hacerlo ahora? — q uiso saber Kate, confusa. —Lo que quiero es convencerte de que estamos hechos el uno para el otro. Kate puso los ojos en blanco ante tal declaración. —Pero, si no nos acostamos, ¿cómo sabes entonces que esa conexión de la que hablas aún está aquí? Él sonrió ante su pregunta, llena de contradicción y deseo mal disimulado.

No le dio una respuesta explícita, sino que se inclinó y atrapó la boca de Kate, en un beso tan apasionado que la dejó completamente desarmada y anuló la poca voluntad que le quedaba para resistirse. Sin romper la unión de sus labios, Kate alzó los brazos y le rodeó los hombros, acercando más su cuerpo mientras él estrechaba su cintura con movimientos que parecían contenidos. Kate estaba segura de que trataba de evitar que las cosas se desbocaran. No quería acariciar sus pechos ni descender más allá de sus caderas con el fin de mantener aquel fuego bajo control. Lo único que Kate no entendía, era por qué. Tras un tiempo que le pareció demasiado corto, él rompió su abrazo y, con el aliento entrecortado, le dedicó una última sonrisa. —La conexión sigue aquí —le dijo antes de marcharse. Y Kate no pudo contradecirle.

14 de Febrero de 2013

Era un disparate eso que estaba a punto de hacer. Había pasado todo un año. Trescientos sesenta y cinco días desde que lo había visto por última vez. Él no iba a estar ahí. Le avergonzaba confesar que había seguido yendo a esa cafetería a menudo con la esperanza de volver a cruzarse con él. Siempre se convencía a sí misma de que en realidad no lo buscaba, pero en el fondo no se lo creía. Lo buscaba y lo sabía. Sabía que hablar con él había sido un error y más aún dejar que la besara. Antes de ese día, el día de San Valentín del año anterior, había creído que su vida era buena, que no necesitaba un hombre en ella y que el amor era cosa de débiles. Sin embargo, durante las siguientes semanas, descubrió que era incapaz de pensar en otra cosa que no fuese él. Era lo primero que venía a su memoria al despertarse y lo último en lo que pensaba antes de acostarse. Aquel extraño insoportablemente atractivo que la había cautivado de una manera tan intensa e irrefrenable. Necesitaba volver a verle, volver a acostarse con él. Lo deseaba, pero era peor que eso. Lo amaba. ¿Cómo era posible? Hacía un año que no tenía relaciones con ningún hombre, y no era por falta de oportunidad, sino porque ninguno era él. La tensión y el nerviosismo la abrumaban mientras caminaba en dirección a la cafetería. Temió empezar a temblar como una hoja en cuanto abrió la puerta del establecimiento, pero ahí no había nadie, estaba vacío. Se acercó al mostrador y pidió un té, pero en lugar de servírselo, el camarero le preguntó si estaba esperando a alguien. Ella asintió. —A un hombre. —Me ha pedido que le dé esto a una chica que encaja con su descripción — declaró él y le tendió un papel.

Kate lo desdobló y lo leyó. Había una dirección bajo la cual, con pulcra caligrafía, él había escrito: ‹‹Esperaré durante todo el día. Feliz San Valentín››. Se preguntó si aquella dirección sería la de su casa, pero cuando llegó, comprobó que se trataba de un hotel. Con la inquietud haciendo mella en su decisión, Kate entró en el hotel y se acercó a la recepción que estaba desierta. No era hora habitual para la llegada de huéspedes. —¿Hola? —llamó tímidamente. De pronto, sintió una presencia a sus espaldas y, antes de poder girarse, una voz le susurró al oído. —Sabía que vendrías —dijo. Lo reconoció al instante. El extraño que había poblado sus sueños y sus pensamientos durante tantos días la cogió en ese momento de la mano. La guió hasta un pequeño ascensor al final del corredor principal. Cuando las puertas metálicas se cerraron, Kate se permitió observarle. Tenía los rasgos faciales de una deidad griega: una mandíbula marcada, una nariz recta y labios hechos para ser besados. Y también estaban sus ojos, negros como el carbón, ardientes y profundos. Esos ojos la miraron con tal anhelo que se sintió desnuda antes de tiempo. No hablaron hasta que él se detuvo frente a la puerta de una de las habitaciones del segundo piso. Entonces, una vez dentro y tras haber cerrado con llave, la atrajo hacia sí y comenzó a besarla con desesperación. Kate no pudo evitar lanzar un suspiro de alivio. Todas las dudas y la incertidumbre que habían hecho presa de ella durante ese año, se desvanecieron de repente. Por fin estaba allí entre sus brazos y esa corriente eléctrica, esa conexión entre ambos, era más evidente que nunca. Los besos apresurados y febriles se fueron transformando poco a poco en dulces y suaves encuentros, en los que sus labios se fundían , sus lenguas se buscaban y exploraban mutuamente. Con delicadeza, él le quitó el abrigo, se deshizo de su suéter y de su falda, dejándola en ropa interior. Esa sería la primera vez que estarían desnudos, y Kate no podía esperar para descubrir si el tacto de la piel de él sería tan asombroso como en sus fantasías. Desabrochó con agilidad los botones de la camisa masculina y aspiró aquel aroma que la enloquecía. Tenía que preguntarle qué colonia usaba. Suavemente, él la empujó para que se sentara en el bode de la cama y, acto seguido, se arrodilló frente a ella y comenzó a quitarle las medias negras, desabrochando con destreza el elástico que las mantenía unidas a sus bragas de encaje. Sus miradas se cruzaron. Kate se quedó contemplando esos ojos que lanzaban chispas y sintiendo cómo sus manos expertas acariciaban con deliberada lentitud los muslos femeninos. No tardó en ceder al deseo. Se arrojó a los brazos de él que la tumbó de espaldas sobre el colchón y comenzó a atormentarla de nuevo con sus manos, recorriendo esta vez su vientre y sus pechos. Estaba claro que pretendía tomarse todo el tiempo del mundo, en contraposición a aquella primera vez en el metro, pero Kate no podía resistirlo más. Lo empujó con fuerza para quedar encima de él, y se deshizo de sus pantalones con insólita rapidez.

Complacida, comprobó que la respiración de él se hacía más superficial mientras acariciaba con firmeza la gran erección bajo su ropa interior, y notó cómo las manos masculinas se cerraban en torno a sus caderas con impaciencia. A pesar de que sabía que ella no podría aguantar mucho más la espera, decidió prolongar un poco aquella dulce tortura deslizando sus manos y su boca por el torso liso y duro de él. Casi tuvo ganas de reír cuando él soltó un ronco gemido y rodeó su cintura para volver a colocarse encima, entre sus piernas. Kate había conseguido hacerle perder el control, y eso le gustó. En aquel juego de poder, ambos llevaban el mando y, tal vez por eso, resultaba tan ferozmente excitante. Sin alargar más la cruel espera, él la despojó con celeridad del resto de su ropa y se recostó sobre su cuerpo, introduciéndose en ella con un delicioso y firme movimiento. Kate jadeó y enredó las manos en su pelo oscuro, acompasándose a sus pausadas pero enérgicas acometidas. El tiempo y el espacio desapareció a su alrededor. Pronto lo único que parecían ser capaces de sentir eran la unión de sus cuerpos y el sabor de los ávidos besos, anticipando un placer todavía mayor que no tardó en llegar. Perdida en aquel mundo de sensaciones, las más intensas que jamás había experimentado, Kate se dejó llevar al límite y sintió cómo el cuerpo de él se estremecía a su vez, dentro de ella. Una emoción parecida a la felicidad se alojó entonces en su pecho y comenzó a reír, al principio con suavidad, después con ganas. —¿Qué te hace tanta gracia? — quiso saber él, rodando sobre un costado y atrayéndola hacia sí para mirarla a la cara. —Esto —respondió ella entre risas—. Es tan... raro. —Yo no diría raro — replicó él, recorriendo su largo y sedoso pelo con los dedos— . Es un tanto insólito, sólo eso. Kate se irguió sobre sus codos, repentinamente seria y examinó el rostro de aquel hombre, su amante desconocido, con expresión reflexiva. ¿De verdad podía ser tan perfecto? —¿Qué? —quiso saber él, perplejo. —Es imposible… —murmuró ella. —¿Qué es imposible? Kate dudó. Aunque no podía entenderlo de un modo racional, y además iba en contra de todos y cada uno de sus principios, tenía la certeza de que podía confiar en él. —Que me haya enamorado de ti —declaró. La mirada en los ojos oscuros se dulcificó y aquella boca perfecta dibujó una arrebatadora sonrisa. —Te dije que estábamos hechos el uno para el otro — repuso él—. Lo supe desde el primer momento en que te miré, incluso antes de besarnos por primera vez. Y, definitivamente, antes de hacer el amor en ese escondite del metro. —Pero, ¿cómo? —No lo sé, llámalo intuición o presentimiento, pero es así —contestó sin dejar de acariciar su pelo y el contorno de su mejilla—. ¿Siempre intentas racionalizarlo todo?

—Sí, casi siempre —admitió ella—. ¿Y tú siempre eres tan resuelto y tan seguro de ti mismo? —En general sí —aceptó él sonriendo de nuevo. Kate le devolvió la sonrisa y él la besó otra vez, reavivando las brasas de aquella pasión arrolladora. —Dejando a un lado la erótica del misterio — murmuró él contra su boca— . ¿Vas a decirme ahora cómo te llamas? —Kate —respondió ella, sin aliento—. ¿Y tú? —Ethan. Entonces ella sonrió y lo empujó contra la almohada para mirarle directamente a los oscuros ojos. —Prefiero llamarte ‹‹Amante Desconocido››.

14 de Febrero de 2014

Eran las 7 de la tarde y su vuelo llegaba con retraso a Heathrow. De nuevo había tenido que pasar varios días fuera de Londres en una de esas estresantes e infinitas reuniones de empresa. Ethan le esperaba en su casa, o eso había dicho, de modo que indicó al taxista la dirección y se acomodó en el asiento. La casa de Ethan, un ático algo viejo pero elegante en Tower Hill, estaba demasiado lejos de su adosado como para pensar en pasar primero por ahí. El ático era amplio, con tres habitaciones, y la mayor parte de las noches Kate dormía allí. Incluso había empezado a plantearse dejar el adosado que había compartido con James y mudarse definitivamente a Tower Hill. Estaba más céntrico, más cerca de sus trabajos. Por supuesto, Ethan trabajaba en la City, tal y como Kate había imaginado al verlo por primera vez. No entendía muy bien a qué se dedicaba, pero comprenderlo no era importante. Lo fundamental para ella era saber a ciencia cierta que él estaría en casa cada noche a la hora de la cena. Con esos pensamientos en la cabeza, el taxi se detuvo frente al edificio y Kate se apresuró a entrar. Se moría de ganas de ver a Ethan, y eso era algo que en el año entero que llevaban juntos no había conseguido superar. Cada vez que estaban separados, sentía una indescriptible desazón. ¡Por Dios! Era una mujer adulta y, aún así, en ese momento no había nada que deseara más que volver a estar entre los brazos de su Amante Desconocido. Abrió con acierto la puerta de la vivienda y entró en el vestíbulo entarimado. La cocina y el salón estaban a oscuras. El sonido amortiguado de una canción romántica le llegó a los oídos desde el dormitorio. De pronto, una sensación de déjà vu se apoderó de ella y el corazón le dio un doloroso vuelco. No, no quería ni pensar en la posibilidad de...

Con pasos temerosos e indecisos avanzó hasta la puerta del dormitorio y, notando ya las lágrimas asomando a sus ojos, la empujó. El alivio que sintió al ver la cama hecha y cubierta de pétalos de rosa fue tan grande, que lloró con más fuerza, aunque ya no eran lágrimas de miedo, sino de alegría. Buscó a Ethan con la mirada y lo encontró en medio de la habitación, donde había colocado una mesa pequeña con sendos platos de algo que Kate reconoció como pollo a la naranja con arroz chino, su plato favorito. —Feliz aniversario — dijo él con esa sonrisa deslumbrante que Kate nunca se cansaría de contemplar—. Y Feliz San Valentín. —Menos mal… En ese momento, Ethan se percató de sus lágrimas y la miró confuso. Se acercó a ella y le limpió las mejillas con los dedos, en un gesto tan tierno que conmovió a Kate. —¿Estás bien? —preguntó, preocupado. —Creí que había vuelto a pasar —murmuró ella, rodeando su cintura y apoyando la cabeza en el hueco de su hombro. Él la abrazó también, percatándose de a qué se refería. Kate le había contado, en alguna ocasión el modo en que había terminado su relación con James. —Lo siento, mi amor —se disculpó—. No se me ocurrió que podía asustarte. —Tranquilo —replicó Kate—. Este es sin duda el mejor San Valentín de mi vida. Ethan la obligó a alzar la barbilla para mirarle a los ojos y la besó con dulzura. —Sabes que yo jamás haría algo como eso, ¿verdad? — le dijo. Kate asintió—. Nunca te engañaría, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. —Te quiero —declaró Kate en respuesta. Era la primera vez que lo decía así, de forma tan clara, tan directa. Lo había insinuado antes con palabras que no eran ‹‹amor›› pero que se parecían, y lo había demostrado con gestos, con detalles... Pero nunca le había dicho ‹‹Te quiero››. —Y yo a ti, cariño —respondió Ethan—. Te adoro. Kate se alzó de puntillas y lo besó con pasión. Lo arrastró consigo hacia la cama y ambos se tumbaron, devorándose el uno al otro con besos tan exigentes como tiernos. —¿Qué pasa con el pollo a la naranja? —preguntó Ethan, alejándose un instante del magnetismo de la boca de Kate. —Dejémoslo para el postre —respondió ella con una sonrisa sugerente. Y volvió a perderse en esa locura que era amarle.

Naiara Philpotts

E

lla colocó en una mesita que había frente a él, un pequeño cofre cerrado, con un diminuto candado con doble cerradura. La caja estaba fabricada con una madera tersa y fina, quizás era caoba o cedro, también podría ser de un viejo nogal… No. Era ébano definitivamente. Sin embargo, jamás ninguno se había molestado en averiguar qué madera era. —¿Qué es esto? —preguntó él con intriga. Habían pasado tantos años que ni siquiera se acordaba de lo que, juntos habían guardado en ese pequeño recipiente de madera. Recuerdos y más recuerdos atrapados, estaban listos para salir y ser liberados. —Bueno, veo que ya no te acuerdas de nada… —con toda la dulzura del mundo, ella le dio un golpecito suave en su cabeza, teñida por el impasible tiempo. Eran dos personas mayores que, habían pasado más de seis décadas acompañándose el uno al otro. —Auch… —se quejó y continuó hablando—. Sigues golpeando igual de fuerte que hace cincuenta años… —Se sobó la cabeza—. De eso aún sí que me acuerdo… —rió él con dificultad. Los años no venían solos y tenía achaques como cualquier anciano. La mujer bordeó el sillón donde él estaba sentado leyendo un libro, y se sentó con cuidado a su lado. Sus piernas estaban muy adoloridas y ya caminaba despacito. Más lento de lo que a ella le gustaría. Se tomó un momento para observar la nieve que se agolpaba en la ventana. Desde la noche anterior, nevaba intensamente. Era uno de los febreros más fríos que recordaba. No obstante, pensó que eso no impediría a los jóvenes enamorados celebrar su día… Después de todo, también era su día. Tomó los lentes que colgaban en su cuello, sostenidos por una correa de cuentas de colores, y se los colocó para ver mejor. Eran grandes y muy redondeados. Hacían ver la cara de la anciana muy pequeña. Parecía una pequeña ratita que tenía detrás de un par de lentes, unos ojos enormes, verdes, acuosos y refulgentes. Mientras tanto, él se había quedado mirando el cofre con cierto aire nostálgico. Sonrió con ternura y un nudo afloró en la garganta del hombre. Se había acordado…

—¿Tienes tu llave? —preguntó con seriedad a su esposa. Ella lo miró y asintió con las arrugadas mejillas, algo encendidas, por el llanto que evitaba que saliese a la luz. Ambos hurgaron entre sus ropas. Y con la paciencia propia de un sacerdote, luego de un rato desataron unas pequeñas pulseras tejidas, ya deshilachadas y muy desgastadas, de las cuales colgaban unas llavecitas. Había llegado el momento de abrir el baulito que habían cerrado por última vez, hacía más de veinte años. Ninguno de los dos habló. Sabían que no debían romper ese momento. En su pasado, habían hablado muchas veces de cómo sería ese instante, pero ninguno quería pensar en que llegaría. Ese momento los asustaba y a la vez los llenaba de emoción. Colocaron las llaves al mismo tiempo. Él susurró una pequeña cuenta regresiva y las giraron. Se escuchó un pequeño chisporroteo metálico de engranajes viejos moviéndose, hasta que las trabas subieron dando la pauta para abrir el cofre. Lo hicieron juntos, despacio, y con cuidado. Eso era demasiado importante para ellos. Necesitaban que sea su momento. Ella suspiró. Las lagrimillas recorrían lentamente su rostro. Algunas gotas quedaban atrapadas en sus arrugas, pero luego por el peso seguían cayendo con suma suavidad, salpicando así el delantal de cocina que le había regalado para su último cumpleaños su hija mayor. Sin dudarlo, él le tomó la mano. —¿Estás preparada? Si quieres lo podremos postergar… —le dijo con firmeza en su voz, aunque su corazón sabía que no debían alargar más lo inevitable: era eso o partir solo. —Sí… Estoy lista —murmuró alargando su mano libre hacia uno de los papeles que sobresalía de la cajita de madera—. Prometimos irnos juntos… y así será… —una vez dicho eso miró la fotografía que había agarrado. Allí estaban ella, su hija y su hijo, su marido y dos de sus nietos. Tenían tres, pero, para esa foto, uno aún no había nacido. De fondo podía observarse una bonita casa muy espaciosa, con un gran parque. Después de mucho esfuerzo habían logrado tener lo que siempre habían anhelado. —Oh… recuerdo ese día —sonrió—. Era el cumpleaños de nuestro hijo… — la atención del hombre por esa foto se disipo en un momento. Acercó la caja y empezó a buscar nada en concreto, sólo a buscar. Ella lo imitó. Había tantos papeles descoloridos por el tiempo. Cartulinas de colores chillones que ya estaban amarillentas por los años, cartas de amor, llaveros, caracoles, algún que otro escarpín destejido, piedras de formas y colores curiosos, fotos de sus hijos de niños, fotos de dos de sus nietos, de mascotas que habían tenido a lo largo de tanto tiempo, fotos de jóvenes, fotos de su casamiento, de aún más jóvenes… Conforme iban mirando las cosas, más viejos eran los recuerdos que revivían en su mente. Cada cosilla de ahí era única y especial. Ahora tan solo quedaban dos pequeños papeles dentro del cofre. Uno era una foto de ellos besándose en la edad de dieciséis o diecisiete años en la terraza de un shopping… Casi no se distinguían las figuras, pero ellos tom aron la fotografía a pesar de la mala calidad de la imagen. Él tomó el otro papelillo,

y resultó que era una pequeña notita escrita en papel de color púrpura, que ella le había regalado a él mucho tiempo atrás. Un vale de amor para toda la vida. Él lo leyó en voz alta y quebrada. Había llegado la hora. Ellos giraron para verse mejor, el abuelo le quitó las gafas a su mujer, un gesto que siempre solía hacer de joven cuando le quería robar un beso más cómodamente. Poco a poco, él se acercó a la cara de su esposa y la acarició. Ella puso su mano detrás del cuello de su marido y enredó sus marchitados dedos en el cabello entrecano y enrulado de este. Le sonrió y él le devolvió el gesto. Ellos cerraron los ojos y se fueron acercando cada vez más, hasta que… sus labios se rozaron. Primero sintieron mucho frío y una opresión en el pecho que les cortaba la respiración. Esta sensación, al segundo, fue tapada por una apabullante calidez. Sentían como si un haz de luz los iluminara por dentro y los revitalizara. No obstante, cuando el abrió los ojos no estaba besando a su mujer, besaba a una jovencita. Una pequeña chica: baja y delgada. Él la conocía muy bien. Rió, esta vez sin dificultad, ni con la voz ronca o gastada. Ella miró con cuidado y, notó que frente a sus ojos estaba su primer amor y único amor. Un muchachito flacucho, con cabello negro, corto y extremadamente crespo, dueño de unos ojos marrones vibrantes y pestañas muy largas. Sonrieron juntos y se abrazaron. Poco a poco, la habitación, la casa, su barrio, su mundo… desapareció. Y quedaron suspendidos en la nada. Era un sitio blanco. Sin pisos, ni paredes. No había límites. Solo un blanco interminable, y ellos suspendidos allí. Al cabo de un rato, ese sitio también fue desvaneciendo y dejó paso a una isla perdida y solitaria. No podían creer que habían abandonado su living. En la playa había una pintoresca cabaña y en la orilla, enterradas en la arena, había unas antorchas que ayudaban a iluminar junto, con el sol que ya casi había desaparecido. Era un atisbo del atardecer más maravilloso que habían visto. Miraron sus manos y seguían entrelazadas. Sonrieron y una plenitud inimaginable, los llenó. Ellos, sabían lo que había sucedido. No estaban sorprendidos. Su deseo se había cumplido. Habían abandonado todo lo que conocían para ser nuevamente felices, en un nuevo mundo que sólo ellos conocerían. Su refugio. Su lugar. Su mundo. Un mundo, donde nadie más viviría, un mundo para amarse todas las vidas que sean suficientes, un mundo donde sus almas serían libres y se tendrían la una a la otra para perpetuarse juntas toda la eternidad…

Nota de la autora: Escrito el 1ro de Septiembre del 2013 y, editado para la Antología ‹‹Be My Valentine››. Fue realizado con todo el amor del mundo para vos, amor, por nuestro primero, de muchos años juntos.

Lucila Martínez

¿

Sabes que es lo principal que se festeja en el día de San Valentín? El amor. No importa entre quiénes o entre cuáles, lo único que importa es el amor que se manifiesta y al cual se le rinde homenaje. ¿La forma en que se homenajea? Hay tantas que yo no alcanzaría a expresarlas todas. Pero puedo contarte una en particular… En ese dichoso tiempo cursaba el último año de la universidad. Era un año bastante agotador y sofocante, al punto de querer dejar todo mi esfuerzo en los cuatro años posteriores. Sin embargo, el pensar y un poco de mano de obra de mi madre, me hicieron abstenerme de cometer semejante error. A pesar de todos mis patéticos lamentos por ese año en particular, en las tardes frías del invierno, conocí a un vagabundo bastante… raro. Ignorando la mugre que traía constantemente encima suyo y el cabello largo, siempre era educado y buen hablador. Nunca decía groserías, ni mucho menos te miraba con doble sentido. Recuerdo que había sido una tarde de muchísimo frío, la nieve caía blanca sobre las calles y el viento aullaba susurros alentadores. Yo luchaba contra la nevada asentada en el asfalto, cuando al otro lado de la calle, un hombre delgado con ropas lamentables entonaba canciones de Los Beatles. Y, sin previo aviso, su mirada chocó con la mía. Le sonreí de lado, animándolo a seguir cantando, por supuesto. De todas formas, no quería hacer enojar a un vagabundo en situaciones precarias, cuando quería llegar lo antes posible a mi hogar. Seguí mi camino y, antes de que siquiera pudiera llegar a la esquina, lo escuché gritar. Me estaba llamando a mí, era definitivo, ya que era la única transeúnte a esas horas de la tarde. —¡Hey, niña! ¡Ven aquí!

Yo volteé un poco irritada. No sabía qué quería de mí, pero lo podía intuir. ¿Dinero? ¿Alimento? ¿Un baño? ¿Ropas? Cualquiera de esas posibilidades era muy probable. Mi tiempo era oro, quería llegar lo antes posible a mi hogar para avisarles a mis padres que no iría a la cena de esa noche. Y si este hombre me atrasaba, mi madre podría imaginar que me abdujeron los extraterrestres. Suspiré un poco lamentada, y crucé la calle congelada hasta él. —¿Qué tal? —pregunté educada. —Señorita, ¿usted sabe que dentro de dos meses será San Valentín? —Me quedé completamente extraña ante su pregunta. Miré hacia ambos lados de la vereda y al parque detrás de él, buscando alguna salida rápida. Al parecer no había ninguna y la única posibilidad de salir de allí era siendo paciente con el señor. —¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Pues… claro que lo sé! El vagabundo se rascó la barba y un poco de tierra seca cayó al suelo. Miré su vestimenta con pena. A veces me preguntaba cómo hacía gente como él para sobrevivir en las calles. Yo no podría. —Porque tiene rostro de estar perdida entre corazones rotos. —Ahora le tocó a él mirarme con pena. Retrocedí un paso, asombrada y algo perturbada. ¿Cómo sabía, un completo extraño como ese señor, que había tenido problemas amorosos? ¡Aguarden! ¿Qué clase de pregunta era esa? ¡Claro que todos tenemos problemas amorosos! Y el que no los tiene es un jodido querubín o Cupido. —¿Quién no los tiene, señor? —bufé—. No hay nada que se le puedan hacer a nuestros corazones rotos, salvo volver a intentar y ser pacientes, ¿o no? Mi extrañeza al hablar con una persona, completamente ajena a mí, sobre mis problemas amorosos era épica. A pesar de eso, ese hombre parecía un gurrero sabio del oriente, queriéndole dar una lección de vida a un alumno. Supongamos que el alumno era yo. —Siéntate conmigo, pequeña, te contaré una historia. De pronto, me sentí en un mundo extraño, en el que los abuelos todavía cuentan historias a sus nietos. —Woh, woh, espere un momento. ¿Me quiere contar una historia? — Asintió—. ¿A mí? —Volvió a asentir. El hombre caminó hasta una banca de la plaza y se sentó allí, con nobleza y delicadeza varonil. Yo le seguí, más extrañada que momentos atrás. Tomé asiento junto a él y miré al frente, a la nieve para más especificación, esperando a que empezara su relato. —¿Sabes qué significa el Día de San Valentín? —Además de ser marketing publicitario de corazones mal dibujados… —Se festeja el amor entre parejas —acerté a decir, distraída. —¡No! —gritó, haciéndome sobresaltar—. ¿Qué enseñan en estos días, Señor? —Miró al cielo, con cierto ruego en su mirada cristalina y avejentada —. Trata sobre el amor, entre amigos, familia y parejas. La comunidad, la prosperidad de seguir juntos un año más, la paciencia que nos da el Señor todos los días para soportar ciertas crisis, y muchas otras bendiciones más. Metí mis manos en mis bolsillos, tratando de soportar más el frío. Mientras el vagabundo rezaba en voz baja, yo observaba el parque, silenciosa. En una

esquina, había un café literario, lleno de jóvenes y adultos, acompañados por un libro. —¿Quiere tomar un café, mientras me cuenta su historia? —Dejó de rezar, me miró y luego al café literario. —Ya era hora de que me invitaras, jovencita. Aquí estoy que titirito al compás de una canción de John Lennon. Lo ayudé a ponerse de pie y ambos emprendimos un pequeño viajecito hacia el café. Una campanilla de cobre sonó cuando entramos. Nos sentamos en una mesa junto al ventanal que daba a la plaza y pedí un café negro con crema. Para el hombre, una buena taza de chocolate y un excelente almuerzo. El que me dijera que ese día no hice mi buena acción del día, terminaría mal. —¿Y de qué trata la historia, señor…? —Roderick, mi nombre es Roderick Evans. —¿Señor Evans? Roderick miró al ventanal, ajeno al plato que estaba depositado en la mesa nuestra. Parecía estar pensativo, tal vez perdido en su vieja mente, en la que guardaba miles de recuerdos. —¿Alguna vez te has sentido sola, pequeñita? Lo miré algo minuciosa. Él todavía tenía la vista fija en el parque, observándolo atentamente, como si esperara que alguien, por el arte de la magia, apareciera de repente. —Sí, me ha pasado… ¿por qué? Su suspiro fue muy lastimoso, y casi tuve intensiones de darle un sano abrazo. —Yo era demasiado joven… Tenía mi familia, ¿sabes? Dos hermanas menores y unos padres que podían mantenernos a rastras, pero lo hacían con esfuerzo y amor. Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló en el mundo, el ejército insistía en que nos teníamos que unir. Yo quería proteger mi país, defenderlo… pero mi padre hizo todo lo posible por detenerme… Giró su rostro y miró su chocolate caliente, con pesar, mientras sus ojos se aguaban. Me reacomodé por décima vez en mi asiento, desde que comenzó el relato. La Guerra estaba consumiendo al país, estaban los que luchaban en el exterior y los que luchaban aquí, en el país, porque aquí también había luchas. ¡Y vaya, qué luchas! La mayoría del tiempo me escapaba con la esperanza de poder enlistarme y enorgullecer a mi familia. Sin embargo, mi padre estaba cerca para impedirlo. Un día, discutí con mi padre. Parecía de esas discusiones en las que piensas que nunca más les hablarás a ellos por no dejarlos cumplir tus sueños… Es que yo era tan iluso —se lamentó—. Recuerdo vagamente que mi madre lloraba, mientras abrazaba a mis hermanas con temor. Yo no las quería asustar. No. Solo quería protegerlas de todo mal. A los días escapé y me enlisté para ir a la Guerra. Me tocó una división muy liviana, no pasó mucho, y si digo que maté a cinco coreanos, es bastante. Ahí conocí a un amigo, que perdí tiempo después, en vísperas de Navidad. Un oriental lo había asesinado a sangre fría, mientras nosotros hacíamos una expedición y él cuidaba el campamento, junto a un cobarde. —Mi piel se erizó, y no exactamente por el frío. Asusta, ¿eh?

A los dos años volví, hecho un hombre ya. La granja de mi familia estaba igual a como la recordaba. Antigua, pero encantadora y acogedora. Realmente esperaba que alguna de mis hermanas me recibiera con los brazos abiertos y una buena taza del té de mi madre. Pero no fue así… Antes de que entrara, mi padre había salido del hogar con su hacha de cortar leña y unos guantes para prevenir lastimaduras. —Rió con sequedad, al tiempo de que le daba un pequeño sorbo a la bebida caliente—. Recuerdo que él me miraba entre sorprendido y herido. No hubiera esperado otra reacción, había escapado de mi hogar para ir a una más que asegurada muerte, pero allí estaba, frente a mi padre. Lo único que me había dicho fue «Ya no eres bienvenido en esta casa». Sentí cómo un mareo me dominaba. ‹‹Mi propio padre no podía estar haciéndome eso››, me decía. Con el orgullo herido y callado me marché de ahí, sin decir nada. Al tiempo me enteré de que mi madre y mis hermanas… —Posó una mano por su rostro, queriendo concentrarse—. Mi madre y mis hermanas murieron ahogadas en el río que atravesaba el pueblo... Era justo el día de San Valentín. —Sonrió con amargura, mientras titiritaba de frío. Le pasé mi bufanda y guantes de cuero para que se calentara, y los aceptó gustoso—. Mi padre había salido a talar, como de costumbre, y tenía pensado comprarle un obsequio a mi madre por ser un día tan particularmente amoroso. Me dijeron que ella estaba tendiendo la ropa detrás de la granja, que justo daba al río congelado. Mis hermanas jugaban con nieve… y la más pequeña, oh, pobre Annie, se paró sobre el hielo delgado y cayó al agua. ¿Qué cosa más triste puede ser ver a una hija siendo atrapada por las garras de una corriente helada, mientras la otra salta para salvarla? Sammy había querido ser valiente y rescatar a la más pequeña, pero también fue llevada por la corriente. Y mi madre, mi encantadora y amable madre, a la que nunca más pude decirle que la amaba con ternura, a la que nunca más volví a ver para que me diera las buenas noches, o para que me abrazara en tardes frías como estas, saltó al agua en un tonto anhelo de querer salvar a mis hermanas… ¿Cómo reaccionaría un padre, cuando le dicen que sus dos hijas, las únicas, se ahogaron y que su esposa también, por querer salvarlas? —A esa altura del relato, Roderick estaba llorando compungidamente, y no podría decir que yo no lloraba, porque mentiría—. Mi padre no volvió a ser el mismo. Mis hermanas y mi madre fueron encontradas una semana después, en el pueblo vecino, a veinte kilómetros de distancia. Tres cuerpos, fríos, arrebatados de su hogar, por un simple hecho de terquedad humana. ¿Y sabes qué es lo peor de todo esto? ¿Lo que, a hoy día, siendo un vejestorio que duerme en las calles, no me puedo perdonar? —Yo negué con la cabeza, mientras miraba a la calle, tratando de contener las lágrimas—. No me pude despedir de ninguna de ellas… A mi madre no le volví a decir nunca más que la quería. A mi Annie no le dije que la amaba tanto como a Sammy. Y a mi padre… después de eso, nunca más lo vi y tampoco le pude decir que lo amaba tanto, que lo único que quería hacer era pedirle perdón por no haber estado junto a él cuando más me necesitaba, cuando más necesitada a alguien que lo protegiera, cuando yo estaba en el exterior, protegiendo a un

país, el cual, hoy me olvidó. No, no estuve para él, ni para mi madre, ni para mis hermanas. ¿Y quieres saber por qué te cuento todo esto? —Su pregunta me sorprendió. Asentí lentamente, mientras miraba mi café, ya frío—. Porque tienes el mismo rostro de ansias que yo tenía. Lo reconocí al instante… Déjame hacerte una pegunta, niña, ¿cuándo fue la última vez que les dijiste ‹‹Los amo›› a tus padres? —Yo… no lo sé. —Fruncí el ceño extrañada—. Estuve muy ocupada, estudiando para mis exámenes. —Quiero decirte algo, pequeña. No hay nada más importante que el amor hacia la familia, los amigos y a una pareja. Si desapruebas ese examen, ¿él les dirá a todos tus seres queridos que los amas? Porque no lo creo. —Sobó su nariz, mientras me observaba con una media sonrisa. Ambos terminamos nuestro desayuno o almuerzo frío, en silencio. Pero era de esa clase de silencios que acompañaban. Que estaban allí para cualquier duda existencial, o por mera y simple compañía. No sabría explicarlo. Cuando pagué por la comida de ambos, nos dirigimos a la entrada para salir. Un viento gélido nos dio la bienvenida, y el Sr. Evans comenzó a temblar del frío. Sin previo aviso, me quité el tapado de cuero y piel sintética, y se lo colgué en los hombros. —Téngalo, como un regalo —le sonreí. —Gracias, pequeñita. —Me dio unos golpecitos en los hombros, a modo de aprecio. Después de ese particular día, lo vi seguido por los próximos cinco años. Era otra víspera de San Valentín, y él no estaba en el parque. Recuerdo haber estado buscándolo por todos lados, pero no había hallado ningún rastro siquiera. A pesar de mi aflicción, otro vagabundo me había dicho que al viejo Roderick Evans le había llegado la hora. Su débil y tosco cuerpo no había podido soportar mucho las heladas de esos años. Me había lamentado bastante… Él me había hecho un inmenso favor, aunque pareciera broma. A veces, solo falta que un completo extraño te demuestre que él aprecia mejor la vida, con sus beneficios limitados, que uno mismo. Eran muchas las veces en las que me quedaba observando por varias horas a mis hijos jugar en el living o miraba a mi esposo, mientras agradecía internamente por tenerlo y haberlo conocido pocos días, después de aquel extraño primer encuentro. Una semana más tarde, decidí practicarle un sepelio, como conmemoración a su vida en el mundo, por la bondad que exoraban sus ojos cristalinos y por la valentía que tenía aún en sus últimos días. La ceremonia se hizo justo en el día de San Valentín. Mi esposo me hacía compañía y un cura regordete hacía la misa. Luego de una hora, solo quedamos el féretro y yo, en el medio del cementerio. —Mira, viejo gruñón, me has demostrado que la soledad es enseñadora de moralejas y recuerdos —Miré al cielo limpio y sonreí—. Gracias por todo, Roderick, por esas incansables charlas y por impartir tu sabiduría a mi mente ciega.

Antes de marcharme, leí el mensaje de la tumba. Dejé tres rosas blancas y dos rojas. Luego, me dirigí a mi hogar para celebrar San Valentín junto con mis hijos y mi esposo, porque en ese día se festeja cualquier clase de amor. Roderick T. Evans 14 de septiembre de 1900 – 6 de febrero de 1989 A un fiel amigo y sabio guerrero, quién vivió en soledad Y murió en gloria. Gracias por tu inolvidable presencia.

***

¿Sabes que es lo principal que se festeja en el día de San Valentín? El amor. No importa entre quiénes o entre cuáles. Lo único que importa es el amor que se manifiesta y al cuál se le rinde homenaje.

Thyara Larrañaga
is hermanas, Terrae, Aqua e Ignis, y yo sabíamos que nuestras otras mitades, o nuestras almas gemelas, se encontraban encerradas en las cuatro bestias de Nymph. Nuestra madre nos lo había dicho y no dudábamos de ella. —Aeris, ya ríndete, no vas a encontrar a tu otra mitad —dijo Terrae reprochándome. — Pe… pero… —no terminé de hablar porque Ignis me interrumpió. —Aeris, Terrae tiene razón. No solo porque eres la más inteligente entre las cuatro significa que vas a encontrarlo así por así. Los encontraremos por el destino, la pasión nos llevará hacia ellos. —¡Cállense, ustedes dos! Si la chica quiere buscarlo, déjenla. Aer es la más sabia, ella sabe lo que hace. —Terrae e Ignis se dieron por aludidas e intentaron hablar, pero Aqua no las dejo ni decir ‹‹a››—. Hasta que llegue el tema, ni una palabra más respecto a eso. Ignis era la más apasionada de nosotras y la menor. Terrae era la más estable de nosotras, casi nada le afectaba y era la tercera hermana. Aqua era la que se dejaba llevar por las emociones, la más sentimental y la mayor de todas. —Bueno, hermanas mías, me tengo que ir a hacer un recado de nuestra querida madre. Salí antes de que se despidieran de mí. Realmente no tenía nada que hacer, ningún recado. Solo quería tiempo para pensar en dónde comenzaba a buscar a mi soulmate. Podría estar en cualquier parte. Me dirigí al campo y me senté bajo un gran árbol de más de trescientos años de antigüedad. Puse mis dos manos en mi cara frustrada. A este paso jamás lo iba a encontrar. Saqué mi cuaderno de bocetos. Como todos los días, hice un dibujo de cómo imaginaba a mi bestia de Nymph: desde hipogrifos, basiliscos,

M

mantícoras, quimeras, kirins, fénix, leones, serpientes, águilas, entre otros animales. Caminé de regreso a casa, tomándome el tiempo necesario para observar el paisaje en la oscuridad y dibujar lo que veía en un lienzo. Nunca caminaba de noche por acá, pero se me había ido el tiempo volando. Sin querer mis pensamientos regresaron a mi soulmate. A pesar de dibujar cientos de bocetos sobre su aspecto, sentí que ninguno era el correcto. Y me preguntaba decenas de veces el porqué, pero no conseguía respuesta alguna de mi parte. Llegué a las puertas del castillo y encontré a mi madre parada en el umbral esperándome. Por favor que no me dé un sermón, que no me dé un sermón, por favor, por favor por favor. —Hija mía, no deberías estar hasta tan tarde fuera. —Al parecer Dios no escuchó mis plegarias. Solo espero que no su sermón no sea largo—. Tú sabes que te puede pasar cualquier cosa, única y exclusivamente por ser la hija del Rey. Que sea esta la primera y última vez que llegas a estas horas de la noche. ¿Me entendiste? Asentí. —Por supuesto, madre. No voy a volver a regresar tarde. Lo prometo. Mi madre, satisfecha, me dejó en las puertas del castillo sola. Hay ocasiones que es bueno estar sola como hay veces que no. Y esta era uno de esos momentos. ¿Por qué? Pues sentí que alguien vigilaba cada movimiento que hacía. Escuché un paso por el pasillo. Luego dos. Tres. Cuatro. Una silueta. Cerré los ojos esperando que el intruso me matara, pero no sucedió. Abrí mi ojo derecho lentamente y vi a Aqua mirarme raro. —¿Qué haces? ¿Y por qué cerraste los ojos cuando llegué? —preguntó extrañada. —Pensé que era alguien más —respondí simplemente—. ¿Vamos? —Claro. De mis tres hermanas, con la que mejor me llevaba era con Aqua. No le importaba que le diera una explicación completa de lo que pasó o el porqué me demoré, o también si hice esto y entre muchas cosas que me cuestionaban las otras dos. —¿Y lo encontraste? Oh… Ella sabía que estaba mintiendo acerca del recado y no dijo nada. Dios, por eso era mi favorita. — No, me fui donde siempre a dibujar. — Pero sí que eres tonta. —La miré interrogante—. Es obvio que si te quedas ahí no lo vas encontrar jamás. Me encogí de hombros. Nunca era bueno pelear con Aqua porque terminaba enojándose, llorando o yéndose y dejándote hablando sola. Será sentimental, pero tiene un carácter. — Buenas noches, Aqu. Duerme bien. — Igualmente Aer. Se despidió con la mano y entró a su habitación, la cual se encontraba frente a la mía. Me tiré en la cama king size y suspiré.

Hoy había sido un día agotador y raro. Al día siguiente desperté por mi caída de la cama. Mis hermanas y mi madre entraron preocupadas por mi gritó. — ¿Estás bien? — ¿Te duele algo? — ¿Qué pasó? — ¿Por qué gritaste? Me hacían una pregunta tras otra, me provocaban dolor de cabeza. ¡Cállense, por favor! Solo… cállense. Al parecer, Aqua reconoció el augurio en mi cara porque les pidió amablemente que guardaran silencio. Después de un rato que vieron que me encontraba bien, se fueron una por una, quedándose solo mi hermana favorita conmigo. —¿Cuál es el plan de hoy, hermanis? ‹‹¿Plan? ¿Qué plan? Ah, el de encontrar a mi soulmate››, pensé. —Vagar por el bosque y la ciudad hasta dar con él. —Claro. ¿Sabes? A veces pienso cómo eres la más inteligente. —No estoy pensando. Solo me dejo llevar por mis instintos. —Lo que sea. —Rodó los ojos y antes de cruzar el umbral de la puerta dijo—: Nos vemos luego, hermanis. Bufé. Ella sabía lo mucho que odio que me llame ‹‹hermanis››. Es tan… Mejor lo olvido. Convencerla de que deje de llamarme así no es mi prioridad en estos momentos.

***

Caminé despreocupadamente por toda la ciudad, saludando a las personas que vivían ahí, y escuchando atenta los rumores de un gran animal que merodeaba los bosques. ‹‹Si un gran animal merodea el bosque, sería lo mejor que no vaya para allá››, pensé. Pero, ¿y si es mi amada bestia el que realmente ronda el bosque? ‹‹Voy, no voy, voy, no voy. Voy, no tengo nada que perder.›› ‹‹Tu vida, tal vez›› ‹‹¡Cállate, conciencia! No hablaba contigo.›› ‹‹Soy tu conciencia y debo decirte qué es lo mejor para ti››. ‹‹Puf. Tú solo piensas en ti, no en mí. Porque si yo muero, tú mueres, y eso no te convendría.›› ‹‹Bueno, yo…›› ‹‹Lo sabía. Solo te importa salvar tu pellejo. Y, de todas formas, si no fuera así, igual no te haría caso. No eres la mejor conciencia del mundo y eso me lleva a no hacerte caso.›› Monté mi caballo y cabalgué por la ciudad en dirección al bosque. Me demoré unos quince minutos aproximadamente en llegar al lugar propuesto. Bajé de mi caballo cuidadosamente, intentando no torcerme el

tobillo, como ya me había pasado antes por estos lugares llenos de grande raíces, enredaderas y piedras. Cuando toqué el suelo, amarré la correa de mi caballo a un árbol. ‹‹No te va a pasar nada, no te va a pasar nada››, me repetía una y otra vez, mientras caminaba entre los bosques. Escuché un gruñido a lo lejos. Luego de unos minutos, el sonido de aquél se acercaba a mí. Percibí un movimiento entre los árboles. Se escuchó un rugido con eco, por lo que no sabía de dónde provenía. ‹‹Tranquilízate. Inhala, exhala, inhala, exhala››, me ordenaba a mí misma. Un animal salió de entre los arbustos y saltó sobre mí. Por instinto apreté los ojos y los tapé con mis manos, esperando el ataque, de lo que yo había visto, una pantera. Pero, para mi suerte, nunca llegó. Aquélla no me mató. Retiré las manos de mi cara y abrí los ojos lentamente, rezando que todo haya sido una ilusión de mi parte. ¡Oh, santos panditas bebés! No se creerán lo que mis ojitos veían, porque ni yo misma me lo creía. Había un gigantesco tigre blanco encima de la pantera, que a su lado se veía frágil, como si fuera de porcelana. Me pregunté cómo me vería yo. — ¿Te encuentras bien? Pero, ¡qué demonios! Me encontraba asombrada, aterrada y terriblemente curiosa. ¿Era posible que una animal hablara? Porque si así fuera, me acababa de dar cuenta. ‹‹Es obvio que no hablan, no seas boba››. ‹‹Pero este animal me acaba de preguntar si me encuentro bien. Así que sí hablan y punto››, le respondí cabreada a mi conciencia. ‹‹Eres una pava y de las más grandes››. ‹‹Intentaré buscarle el lado bueno a eso››. —Muchacha, te lo vuelvo a repetir, ¿te encuentras bien? —Sí, lo siento por no responderte a la primera —mentí—, pero no conozco a muchos animales que hablen. Más bien, eres el primero. —Si estás bien ya me puedo marchar — dijo dándose la vuelta para irse. —¿Y cómo es que puedes hablar? — No es de tu incumbencia, muchacha —respondió alejándose de donde me encontraba. —Por lo menos dime tu nombre —grité. No hubo respuesta alguna de su parte—. ¿Me vas a ignorar? Dios, ¡qué insoportable era este! No me quedaba otra que seguirlo hasta que me respondiera algo, cualquier cosa. Por lo menos, una palabra, una pista de su nombre. ‹‹No lo conoces. ¿Qué tal si lo sigues y después te ataca?›› ‹‹Tengo el presentimiento de que no lo va a hacer. Aparte, ¡me salvó la vida! Tengo que saber el nombre de quien me rescató, ¿no?›› ‹‹Está bien, tú ganas. Pero si intenta hacerte algo, gustosa te diré: ―Te lo dije‖››. ‹‹¡Hecho!›› Levanté mi mirada y el gran tigre blanco se encontraba lejos. Corrí a su encuentro, como alma que lleva el diablo, sin importarme mucho los baches. Me iba a decir su nombre, aunque tuviera que obligarlo.

—¡Oye! Dime tu nombre —insistí cuando llegué a su lado. —No —respondió tajante. —No seas gruñón y respóndeme. ¿Cómo te llamas? Gruñó. —No te das cuenta de que no quiero que me sigas, ni me preguntes nada, ¿verdad? ‹‹Claro que sí me di cuenta, idiota. Solo quiero saber tu nombre y el porqué me rescataste››, pensé. Fingí que no lo escuché y repetí mí pregunta a la gran bestia blanca que se encontraba frente a mí: —¿Cómo te llamas? Yo soy Aeris. —Byakko, mi señora. Me llamo Byakko —dijo resignado por mi insistencia a no irme. Fue ahí que me di cuenta de que él era una de las cuatro bestias de Nymph. ¿Cómo se me había podido pasar algo tan importante como eso? Era completamente evidente que era un tigre mucho más grande que yo y eso que medía un metro setenta. ¿Será el mi soulmate? No, no lo creía. Pero me salvó la vida y le estaba agradecida. Si tan solo hubiese tenido a mi alcance mi espada, él no hubiese aparecido y no lo conocería. Todo pasó por algo y ese algo fue olvidarme mi arma y conocer a Byakko. Byakko… No creía que ese fuera su verdadero nombre. Tal vez ese era su nombre mientras fuera una bestia. Aunque Byakko era insoportable, sentí un tipo de conexión, como si fuera atraída magnéticamente hacia él. Sé que es estúpido y que lo conozco menos de un día, tal vez horas, pero cómo puedo explicar lo que siento, si ni siquiera yo misma lo sé. Los pensamientos en mi cabeza iban de uno a otro, saltándose y cambiando recurrentemente, pero siempre eran sobre la majestuosa bestia blanca. ¿Y si él si era mi soulmate y no el de alguna de mis hermanas? ¿Qué pasaría si me involucraba con él, me enamoraba y después no era correspondida, era el soulmate de una de mis hermanas? No podría soportar tremendo dolor. Caería en una gran depresión, pero como dice mi madre, ‹‹Es mejor tarde que nunca›› o ‹‹Es mejor amar y perder, que amar y no tener››. Era cómodo estar a su lado, a pesar de los gruñidos que le hacía a cada animal que intentaba acercarse mucho. Era realmente lindo y tierno. Cuando me despejé de mis cavilaciones, noté que no conocía esta parte del bosque. Jamás me había adentrado tanto, pero como estaba sumergida en mis pensamientos, no me percaté de este detalle. —Byakko, ¿dónde estamos? —pregunté entrando en pánico. — Shhh… ¡Tranquila! Estamos todavía en el bosque. —Pero nos estamos alejando mucho. —No pensaba decirle que no tenía ni la más remota idea de donde me encontraba—. Creo que será mejor que regrese. —No vas a poder volver sola, no conoces el camino. —Pero, ¿cómo?— Uno: Has estado perdida en tu mente por todo el camino y ni me has escuchado mientras te hablaba. Dos: tu mirada te delata, estás más que asustada, ¡estás aterrada!

—Tengo que llegar a casa antes de que anochezca. —¡Era un hecho! Era mujer muerta en cuanto pusiera un pie en la entrada de mi casa—. Mamá me va a matar. De aquí a mi casa deben de ser horas de camino. —Aeris, relájate —me dijo en total calma. ¿Me está pidiendo que me calme? ¿Es que no sabe que cuando a una mujer le dicen que se calme se altera más?—: ¿Quieres que me calme? ¡Claro! Porque no eres tú al que van a gritonear cuando llegue a su casa tan tarde. Y mira, el sol ya está a una hora de irse y ¿quieres que este en calma? Pues no, eso no va a suceder, a menos que llegue a casa en menos de una hora y… —Aeris, vas a llegar a tu casa en menos de una hora. Ok, ahora de ser la persona más intranquila pasé a ser la más sorprendida. —¿Cómo se supone que me vas llevar? —Súbete a mi lomo y llegaremos a tu casa en menos de media hora, lo prometo. —De acuerdo. Subí encima de su lomo como si estuviera montando a Juvenal, mi caballo. Pasé mis manos a través de su espeso pelaje. Se sentía tan suave entre mis manos. Al poco rato de acariciar el cuello del gran tigre blanco, caí en los brazos de Morfeo.

***

Desperté completamente aturdida y sin saber dónde me encontraba. Lo último que recordaba era quedarme dormida sobre Byakko. Busqué entre mis ropas algo cómodo que ponerme y salí disparada hacia la cocina buscando a mi madre. La encontré. Pero, para mi sorpresa, se encontraba acompañada de un hermoso joven alto, fornido, de cabellos rubios, ojos verdes en los que podías perderte y una sonrisa que podría cautivar a cualquier chica (e incluso chico). Los dos se levantaron respectivamente de sus lugares en son de saludo. —Aeris, cariño, este muchacho y yo esperábamos a que te levantaras para tomar té y hablar de algunas cosas. Pero parece que antes debes charlar a solas tú con él. —Miré a mi madre extrañada. ¿Por qué tengo que hablar con alguien que no conozco? —Eh, está bien, querida madre. —Mi mirada se dirigió una milésima de segundo al muchacho, pero me pilló observándolo y regresé mi vista avergonzada a mi madre. Sé que mi cara estaba tan roja como un tomate y probablemente hasta más. Mi madre me echó una mirada y se retiró de la cocina, dejándonos solos. El silencio entre ambos era notable, pero no era uno incómodo. Todo lo contrario. Ninguno de los era capaz de romper el silencio. Pasaron unos minutos, cuando decidí hacerlo. —Te me haces conocido, pero no sé quién eres —dije. Pasaron varios minutos antes de que me contestara.

—Es porque esta es la primera vez que me ves en mi forma humana — ¿Forma humana? ¿De qué habla?—. Me refiero a que me has visto en mi forma animal. ‹‹¿Cómo supo lo que pensé? ¿Qué? ¿También lee las mentes? ¿Su forma animal? ¿Humana? Ya me confundí.››, pensé. El muchacho dio una risotada y yo rodé los ojos. —Primero, eres tan transparente como el cristal. Segundo, no lo pensaste, lo hablaste. Tercero, cuando era ese gran tigre blanco... —dejó las palabras en el aire y mis ojos por poco salían desorbitados. —No, no, no, no, no. No puedes ser tú. Byakko era un tigre. Tú eres un humano. Es imposible. ¡Olvídalo! No pienso… Posó su dedo índice en mis labios, silenciándome. —Solo guarda silencio y escucha. —Asentí y él prosiguió—. Hace mucho tiempo el padre de cuatro muchachos y rey de Kyasth hizo un trato con una bruja, la paz de su reino a cambio de lo que ella quería. En ese momento el rey se encontraba tan emocionado con la idea de que no iba haber más guerras o disputas en su reino que no le preguntó lo que quería. Solo le dijo que le entregaba lo que ella quisiera. Al cabo de unos días la guerra paró y la bruja regresó a reclamar lo prometido. El rey escuchó a todo oídos lo que proponía la bruja. pero se negó rotundamente a entregar lo que pedía. —¿Por qué? ¿Qué era lo que ella quería? —pregunté, queriendo saber cada detalle de la historia. —La bruja quería a los cuatro hijos del rey, los hermanos Chekovsky. —Sigue, ¿qué pasó después? —La bruja no pensó en darse por vencida e intentó matar al rey para quedarse con los jóvenes muchachos, pero no lo logró. Ese mismo día el rey mandó a cien de sus soldados a pelear contra ella y asesinarla, pero esta no se encontraba. Los soldados entraron a uno de los cuartos de la casa de la bruja y encontraron a una niña de unos quince años, y la llevaron donde el rey — Hizo mueca de disgusto. Parecía que lo que sigue en la historia no me iba a gustar—. Cuando la pequeña niña se paró frente al rey, este le preguntó por su madre y la niña no respondió. Le hizo otra pregunta, pero siguió guardando silencio. El rey disgustado por la actitud de la niña la mando a decapitar. La pequeña era inocente, ella no sabía que su madre era una bruja. Unos días después apareció la bruja encolerizada por la muerte de su pequeña hijita y decidió, por fin, no matar al rey. Pero se llevó lo que él más quería, sus hijos. Cuando los cinco, los cuatro hermanos y la bruja, estuvieron lejos del reino, en Nymph, separó a los cuatro hermanos en diferentes direcciones y los maldijo convirtiéndolos en gigantescas bestias para que todos les tengan miedo y no se les acercaran. Únicamente una muchacha podría romper el hechizo, esa muchacha no le iba a tener miedo a algunas de las bestias y los trataría como a cualquier otra persona —finalizó. —Entonces, si tú te convertiste en humano y eras una bestia peluda blanca, significa que eres uno de los hermanos Chekovsky. Mi madre nos dijo a mis hermanas y a mí que una de las cuatro bestias iba a ser nuestro soulmate. Incluso hice dibujos sobre cómo eras, pero nunca llegué a tu yo verdadero — hablé cada vez más emocionada. Con cada palabra mi alegría y cariño aumentaban—. Fue una total coincidencia encontrarte en el bosque. Bueno,

más o menos. Me dijeron que había una bestia negra, pero resultó que era la pantera. Me topé contigo por el destino. —¿De dónde sacas que soy tu alma gemela, tu otra mitad o como tú lo llamas, tu soulmate, Aeris? Tal vez fue solo porque fuiste la única que se acercó a mí. —Me gustas, Byakko… —Mi real nombre es Valentine, llámame así —dijo dándome una de esas sonrisas con hoyuelos que podían derretir a cualquiera. —Bien, Valentine. Según leí en un libro de mitología griega, los seres humanos fueron creados originalmente con cuatro brazos, cuatro piernas y una cabeza con dos caras. Ante el temor de su poder, Zeus los dividió en dos seres separados, condenándolos a pasar sus vidas en busca de sus otras mitades — le respondí sencillamente—. Y estoy segurísima que tú eres mi otra mitad. Me dio otra cálida sonrisa mostrando una hilera de blancos dientes. Le sonreí de vuelta. —Te creo. ¿Sabes?, cuando te vi frente a la pantera, no pensé, solo reaccioné, como si hubiera algo que me amarraba a ti, como si necesitara… cuidarte… protegerte de cualquier peligro. —Por cierto, ¿cómo es que estás aquí? —Tu madre… Entró mi madre interrumpiéndolo y terminando de hablar por él. —Lo dejé dormir acá. Ya estaba a punto de oscurecer y no iba a permitirle irse. —¿Tú lo dejaste dormir aquí? —pregunté incrédula. —Sí, es lo mínimo que pude hacer por traerte cargando. —¿Cargando?— Ajá, te trajo en su espalda. Me contó que estaban en el parque de la ciudad conversando y dijiste que ya era tarde. De camino hacia aquí te torciste el tobillo y Valentine te cargó hasta acá. Mientras tanto, tú te quedaste dormida. Niñas, ¿sí o no que este chico es un amor? —Sí —respondieron mis tres hermanas al unísono. Aqua se acercó por detrás de mí sigilosamente, dándome un susto de muerte cuando me habló. — Es él, ¿no? Me limité a sonreírle y asentir.

***

Estaba parada frente a todos mis ciudadanos. Iba a dar un discurso a todas estas personas que me habían apoyado en mis peores momentos. Cada vez que me sentía mal, me escabullía al pueblo y hablaba con los comerciantes, mercaderes, niños, adultos, ancianos; ellos me hacían sentir mejor, como nueva. —Hoy, 14 de febrero, voy a declarar el día de San Valentín como princesa de Nymph. Y no lo hago porque se me da la gana de hacerlo, sino, porque

hoy es un día especial para mí. Y pienso que todas las parejas, ya sean almas gemelas o no lo sean, deberían tener un día para celebrar su amor. —Les sonreí a todo mi pueblo y a varios más que accedieron a asistir a esta reunión, como a los que simplemente quisieran escuchar mis palabras—. Gracias a todos. Espero que esta pequeña tradición de Nymph pase de pueblo en pueblo y no se desvanezca en el aire.

Andariel Morrigan
dio San Valentín. Todas las tiendas se llenan de globos de colores rosa y rojo, lazos de los mismos colores, bombones... Que es un día donde abundan las parejas prodigando amor... Gastando un dineral en productos que podrían comprar cualquier otro día, al igual que declararse amor eterno el resto del año. Las tiendas al final del día tendrán un buen cierre de caja, por la noche todas las parejas estarán en la cama haciendo el amor después de una maravillosa cena romántica, con champán y velas. Y la gente como yo, sobre todo las chicas, estaremos acurrucadas en el sofá de casa con una caja de bombones que nosotras mismas nos regalamos para este día tan especial, para las parejas claro.

O

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El 14 de Febrero para mí es un día normal como cualquier otro, porque el año pasado mi novio decidió romper nuestra relación de cerca de cuatro años, el día en que todos se aman y nuevas parejas se crean. Fue tan humillante que me dejara en plena cena romántica en el restaurante lleno de parejas que cenaban... Me levanté a la vez que le tiraba encima el vino y me fui corriendo de allí lo más dignamente que me permitía la situación. Así que ahora, a una semana de San Valentín, estoy dispuesta a pasarlo bien, en vez de quedarme en casa lamiendo mis heridas. Eso ya lo hice durante casi una semana y ya va siendo hora de pasarlo lo mejor posible.

Salía de una tienda de ropa después de haberme probado varios vestidos de fiesta para ir a una de las discotecas más exclusivas de la ciudad de Londres. En una bolsa llevaba un vestido de color rojo satinado y en otra, unos zapatos de tacón a juego. Hace medio año que estoy viviendo en Londres. Al final, la empresa en la que estaba trabajando me trasladó a los despachos de la ciudad para ser la secretaria del abogado jefe. A las dos semanas de estar en la ciudad me llegó la invitación para ir a la fiesta de San Valentín que da la discoteca cada año. No sé quién me envió la invitación y tampoco es que me importe. Llegué a mi apartamento. Fui a la habitación y saqué el vestido, guardándolo en el armario con la percha que había pedido que dejaran en la bolsa y luego me puse los zapatos para que se amoldaran a mis pies. Regresé al salón y entré a la cocina para prepararme la cena. El lunes por la mañana, después de ducharme, me miré en el espejo. Tenía un cuerpo lleno de curvas, pechos normales, ojos verdes, cabello largo castaño. Una chica normal del montón. Me vestí con un traje con corbata que usaba de vez en cuando para ir a trabajar. Me hice un moño y tomé el bolso para ir a la oficina. Cuando llegué, dejé mis cosas en el perchero y cogí unas carpetas para dejarlas en el despacho de David, mi jefe, que aún no había llegado como cada día. Fui a la cafetería para desayunar antes de que él llegara. Era pequeña y estaba en la misma planta, por lo que no tardaba en regresar a mi mesa si llamaba alguien. —Buenos días, Amanda. ¿Vas a ir a la fiesta de Morgan? —preguntó una voz ronca detrás de mí a los pocos minutos de estar sentada tomando mi café con leche. El jefe había llegado. —Buenos días, señor Preston. —Me giré para verle y dedicarle una leve sonrisa—. Sí, ayer fui a comprar el vestido. David Preston era el ejecutivo más hermoso y magnífico que había visto en toda mi vida. Eso que había visto a muchos pasar por su despacho durante los meses que he estado aquí desde mi traslado. Llevaba un traje de corbata de color azul, y camisa blanca, su cabello con gomina peinado hacia atrás y sonreía mientras se servía un café. Yo regresaba a mi escueto desayuno, aún no había sonado el teléfono por suerte para mí. Sus movimientos eran fluidos y era de esos escasos momentos que podía fijarme en él sin distraerme del trabajo. Cuando terminó de servirse el café, salió de la sala sin decir nada. Estas cosas por su parte eran igual; un saludo de buenos días, servirse el café y meterse en su despacho esperando a que llegara el primer cliente de su apretada agenda. Así todos los días. Un mes después de que me llegara la invitación de la fiesta de la discoteca Rapsodia, conocí a Morgan Thompson, amigo de mi jefe David y el dueño de dicha discoteca. Fue el mismo David quien me lo dijo unas horas antes de que llegara. Y cuando llegó le di las gracias por enviarme la invitación. Él con una enigmática sonrisa y mirada me dijo textualmente: ‹‹De nada, preciosa. Pero yo no he sido.›› Me guiñó un ojo y entró en el despacho de David donde se tiraron horas reunidos. Después de eso nos hicimos amigos. Nunca le pregunté quién fue el misterioso hombre que me envió la invitación y él nunca me dijo nada.

A la hora del almuerzo salió David de su despacho. Con un gesto serio se plantó delante de mi escritorio. Miré la agenda, no tenía ninguna cita por lo que podía ir a comer a cualquier restaurante que quisiera. Levanté la mirada y luego me levante de un salto sin entender muy bien qué era lo que quería. —¿Ocurre algo señor Preston? —pregunté sin dejar de mirarle ladeando la cabeza. Pareció despertarse con unos parpadeos. Vi cómo cambiaba su expresión y suspiró con los ojos cerrados. —Lo siento, he tenido una mala llamada —respondió con media sonrisa. Fui a sentarme de nuevo, pero lo que dijo me dejó a mitad de camino—. ¿Quieres venir conmigo a almorzar? —Le miré por unos segundos intentando no fruncir el ceño por lo que había dicho. Podía aprovechar aquella invitación para conocerle un poco más, por lo que sonreí y asentí con la cabeza. —Claro, me encantaría. Puse en suspensión el ordenador, y cogí el bolso. Pasé hacia delante del escritorio, poniéndome a su lado y vi cómo me sonreía. Fuimos los dos por el pasillo. El ascensor no tardó en llegar, por lo que entramos en este y, sin decir nada, comenzamos a bajar hasta llegar a la planta baja. Al salir del edificio, David me tomó de la mano y fuimos hacia un bar donde servían comida para los ejecutivos como mi jefe. No dije nada sobre que me cogiera de la mano, no era incómodo. Mientras comíamos, hablamos de todo un poco: de las siguientes reuniones que tenía por la tarde, y de las que quedaban de semana. A David le gustaba que todo estuviera en orden y bien hablado. Ninguno de los dos mencionó la fiesta, era como si fuera un tema tabú. Él iba a ir con alguna de sus amantes, con las que a veces veía que se iba cuando venían al despacho a verle para irse a cenar. Yo iría sola a pasarlo bien, no había nada de lo que hablar. Pagamos la comida, y regresamos a la oficina de la misma manera que al principio, sin decir nada los dos. Ninguno buscaba una relación estable, por lo que no había problema alguno. Pasada una hora de haber regresado llegó un mensajero, donde dejó un sobre para mí. Firmé el papel y me quedé con el sobre misterioso sin remitente. Lo abrí y saqué la tarjeta que había dentro. Pasaré por tu apartamento el viernes a las 19.00, Iremos a cenar y luego iremos a la fiesta del Rapsodia. Tuyo. Fruncí el ceño mirando y volviendo a leer el escrito de la tarjeta, parecía que era de la misma persona que me había enviado la invitación. La dejé en la mesa y, al alzar la mirada, vi que estaba David mirándome desde su puerta. Él apreciaba la tarjeta y luego volvía a observarme, sonriendo levemente. —¿Puedes traerme un café, Mandy? —preguntó, metiéndose al despacho de nuevo. Suspiré y me levanté para ir a la pequeña cafetería, le preparé el café tal como le gustaba, regresé a la oficina y entré a su despacho. Dejé la taza humeante y me quedé allí de pie, sin saber muy bien que decir. —Aquí tiene su café —murmuré con el ceño levemente fruncido.

—Gracias —respondió. Al apartar la mirada de la pantalla de su ordenador, me dedicó otra sonrisa, cogiendo la taza del café con una mano. Hice un gesto con la cabeza de asentimiento y giré sobre mis tacones para regresar a mi mesa. No entendía a que venía a que sonriera tanto, ya que pocas veces lo hacía. Siempre sus sonrisas eran para sus amantes, chicas guapas, esbeltas como si fueran modelos... Tal vez son modelos. Yo no tengo nada que hacer contra esas mujeres, soy de las que tienen curvas peligrosas y que usa una talla grande de ropa. Me senté de nuevo en la silla. Miré la tarjeta, la cogí y la metí en el bolso. No quería verla de nuevo. Regresé a trabajar con el ordenador, olvidando por completo la tarjeta. Hice pasar a los siguientes clientes al despacho de David. Regresé a mi trabajo, a atender llamadas y concertar más reuniones. Quedaba media hora para terminar de trabajar, cuando apareció por el pasillo una de las modelos que iban a ver a David. Puse los ojos en blanco y me levanté para ir a anunciar a su modelo. —Señor Preston, han venido a verle —anuncié en la puerta. Él alzo la mirada de los papeles que tenía esparcidos por su mesa y miró por encima de mi hombro para ver de quién se trataba. Su ceño se frunció y regresó a sus papeles. —Estoy muy ocupado hoy, Samantha. No puedo ir contigo lo siento —dijo con un tono frío que nunca había escuchado usar en una de sus modelos. Ni siquiera la miró. Me giré un poco para ver a la tal Samantha y vi que tenía una mueca en su rostro. Se giró y se fue pisoteando como niña pequeña pataleando. Tapé una sonrisa con mi mano y me giré para salir de su despacho. —Amanda —escuché detrás mío su voz, por lo que me giré y vi que estaba bien cerca de mi cuerpo—. A partir de mañana no dejes que ninguna de las mujeres que vienen a verme pasen al despacho. Le fruncí el ceño y me volví a girar. —Lo siento, señor, pero de eso se tendrá que ocupar usted. Son demasiadas mujeres a las que llamar para decirles que ya no vengan a buscarle. —Por eso mismo —respondió en un tono duro. Sonreí apagando el ordenador y recogiendo los papeles de la mesa. —Lo siento, no tenga tantas... visitas. —Lle dediqué otra sonrisa y seguí recogiendo. —Amanda... —escuché un suspiro y la puerta de su despacho cerrarse. Suspiré yo también negando con la cabeza. Cogí la agenda y la metí en el bolso, cogí la tarjeta y la metí en la basura. Ya vería si no me iba yo sola a cenar y ese misterioso se quedaba solo esperando en la puerta de mi edificio.

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Al final, tuve que hacer las llamadas que me dijo David. El martes me encontré con la lista de a qué chicas tenía que llamar para decirles que él ya no quería saber nada de ellas. Con la mayor dignidad que pude y mayor vergüenza aún por los gritos de todas las despaché. El miércoles ya las tenía a todas tachadas. Rezaba para que no aparecieran en tromba a buscar explicaciones... No vinieron, llamaron constantemente al teléfono de la oficina, haciendo que desviara sus llamadas al buzón de voz, aunque tenía ganas de dejar el teléfono descolgado para que no llegaran llamadas. Realmente estresante. En vez de salir a almorzar, me llevé la comida de casa, David se iba a comer con unos clientes con los que se reunía y yo seguía despachando modelos histéricas. Iba a tener que pedirle un dinero extra por los esfuerzos que hacía en sacar a las chicas, sin tener que recurrir a los de seguridad. Estaba calentando el tupper en el microondas, cuando escuché que alguien tosía detrás de mí. Me giré y vi allí plantado a David, con una sonrisa en el rostro haciendo que le frunciera el ceño. —Espero que ya no queden mujeres a las que despachar, creo que merezco un dinero extra por eso —dije. Al ver que se le borraba la sonrisa me giré hacia el aparato y, cuando estuvo listo, cogí mi tupper. Pasé por su lado para ir a comer a mi mesa, pero su mano se cerró en mi brazo haciendo que me detuviera. —Siento que hayas tenido que pasar un mal momento en hacer esas llamadas a esas mujeres —dijo, por fin, después de unos segundos. —Bueno, la próxima vez no tenga tantas mujeres besando el suelo por donde pisa. —Hice un movimiento con el brazo para deshacerme de su agarre y fui al escritorio seguida por él. —La verdad es que no pensaba que fueran tantas —respondió a mis espaldas mientras me sentaba en la silla, cogía el tenedor y comencé a comer mirando una revista de moda—. Sólo quiero que ahora esté una en la lista, pero creo que ella no está interesada. —Vi de reojo cómo se sentaba en la silla que había delante de mi mesa, me encogí de hombros y seguí comiendo. Estuvimos los dos en silencio. Yo comiendo tranquilamente y leyendo la revista y él mirándome fijamente, pero después de unos minutos suspiró y se metió en su despacho. Cuando la puerta se cerró, suspiré relajando el cuerpo de la tensión que aguantaba porque me mirara fijamente. Por dentro no estaba nada tranquila.

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El jueves llegó y así otro día más de trabajo en la oficina. Por suerte parecía que todas las amantes dejaron de llamar, dándose por vencidas. Las tiendas se llenaron de colores rosas y rojos como ya predije. Cuando llegué a la oficina, vi en mi mesa un ramo de rosas rojas y rosas. Fruncí el ceño y cogí el ramo. Lo observé con detalle buscando alguna nota,

pero no había ninguna, olí las rosas y fui a la cafetería donde había allí una jarra, la llené de agua y metí el ramo. Fui de regreso a la oficina y dejé aquélla encima del archivo. Fui de nuevo a la cafetería y arreglé una cafetera para cuando David llegara. Lo que no pensé era que él ya estaba ahí. Cuando me giré para ir a coger la azucarera, me di de bruces con el cuerpo trajeado de David. Antes de que me apartara, pude oler su colonia masculina. —Buenos días, señor Preston —saludé con una sonrisa, pasando por su lado para sacar del armario la azucarera. —Hola, Amanda —devolvió el saludo, con una voz tan ronca que me puso la carne de gallina—. Ese ramo es muy bonito. —Sí, aunque no se quien lo ha enviado. No había ninguna nota. —Me encogí de hombros, pasando por su lado y saqué dos tazas donde puse un poco de azúcar. Luego puse el café y un poco de leche en una de las dos tazas. —No sabía que tenías admiradores secretos —comentó cogiendo la taza que no tenía café. Alcé una ceja con lo que dijo y di un sorbo a mi café escondiendo media sonrisa. —Yo tampoco, pero creo que ya sé de quién puede tratarse. Le sonreí, por fin, terminando el café porque había puesto poco y me dispuse a irme a la mesa. Pero David se puso en mi camino, prohibiéndome salir. Le fruncí el ceño sin entender por qué no me dejaba ir. —¿Puedo saber quién crees que te ha enviado el ramo? —preguntó, acercándose demasiado a mi cuerpo, haciendo que diera unos pasos hacia atrás hasta llegar a toparme contra el mueble. —David... —conseguí decir sin tartamudear, ya que notaba el calor de su cuerpo acariciar al mío. Cerré los ojos y respiré hondo. Abrí los ojos y se conectaron con los suyos—. Gracias por las rosas, son preciosas. —Le di un beso en la mejilla. Al verlo desconcertado, pasé por su lado—. Pero no me gusta mucho San Valentín. Dejé de caminar y de respirar al ver que estaba de nuevo delante de mí. Cuando me recuperé de la sorpresa, le miré con la boca abierta y luego le fruncí el ceño. —¿Qué dem...? —no pude terminar la frase. Sus labios no me dejaron, sus manos en mi cintura me pegaron a su cuerpo. Al principio me resistí. Mis manos empujaron su pecho. Pero al notar sus pectorales bajo ellas, no pude retener un gemido que se ahogó en su boca. Correspondí a su beso, dejando que metiera la lengua en mi boca. Mi cuerpo se juntó más al suyo y mis manos fueron a su cuello. Sentí como un calor subía por mi cuerpo, haciendo que jadeara al notar como su miembro crecía entre nuestros cuerpos. Sus manos bajaron por mi espalda hasta llegar a mi trasero, donde me apretó bien este. Noté a ellas moverse arrugando la tela de la falda, dejándola arrugada en mi cintura. Subí mi pierna hasta su muslo. Su mano derecha acarició el mío, haciendo que , separando mis labios de los suyos. Eché la cabeza hacia atrás, notando su boca besar mi cuello a la vez que escuchaba que gruñía. De un salto, mis dos piernas quedaron alrededor de su

cuerpo, por lo que David aprovechó en caminar y apoyar mi espalda en la pared, donde siguió besando y mordiendo mi cuello. Yo seguía jadeando. —Esto está mal David... —Gemí cuando mordió un poco más fuerte mi cuello, olvidando por unos segundos lo que quería decirle—. Tienes una reunión... —Sacó la blusa de la falda y la subió hasta por encima de mis pechos. Abrió mi sujetador de encaje blanco. Se dedicó a morder y succionar mis pezones. —No hay reuniones hasta la tarde —respondió, mirándome desde mis pechos, donde sonrió de manera lobuna que hizo que jadeara y mordiera mi labio inferior con los ojos cerrados, señal que hizo que David volviera a mis pechos. Minutos más tarde, después de martirizar mis pezones hasta dejarlos bien duros, regresó a mis labios donde nuestras lenguas volvieron a acariciarse sin piedad y con pasión salvaje. Una de sus manos fue hasta mi entrepierna y tiró de la braguita de encaje. Poco después un dedo se adentró en mi humedad hasta meterlo dentro de mí. jadeé dentro de su boca y comencé a moverme contra su dedo. Su boca recorrió mis mejillas hasta llegar de nuevo a mi cuello, donde mordió algo más fuerte que las otras veces, haciendo que mi vientre se contrajera y gimiera un poco más alto. —Estás bien mojada aquí abajo, Mandy —susurró contra mi oreja, haciendo una especie de ronroneo. —Entonces hazme tuya... —susurré de vuelta, jadeando y mirándole llena de placer, clavando las uñas en sus hombros a través de su camisa. Sacó su dedo de mi vagina y lo llevó a mi boca, donde no tuve ningún reparo en saborear mis propios jugos. Me movió un poco, escuché el ruido que hacía la cremallera de su pantalón rasgar, su pene saltó rozando mis muslos. Besé sus labios una vez más y noté cómo iba entrando en mi interior. Mi vagina se apretó alrededor de su eje haciendo que lo sintiera bien adentro de mí. Noté cómo una chispa de electricidad recorría mi cuerpo y nuestras miradas se conectaban mientras los dos jadeábamos. —¿Notaste eso? —pregunté sin dejar de mirarle. Me dedicó una sonrisa ladeada que tomé como una afirmación sin que contestara con palabras. Sus manos se amoldaron a mi trasero y comenzó a embestirme sin dejar de mirarnos a los ojos. Mi respiración era algo superficial. Cerré los ojos y él volvió a succionar mis pezones. Mis pechos no eran nada del otro jueves, ni muy grandes ni muy pequeños. Las penetraciones se volvían más profundas y certeras, al igual que aumentaba su velocidad, haciendo que gimiera más alto. Mi espalda se arqueaba y se pegaba a la pared. Dejó mis pechos, por fin, y subió hasta mi boca donde mordisqueó mi labio inferior hasta hacerme sangre. Lamió las gotas dejando escapar un gruñido desde el fondo de su garganta. Saqué mi lengua donde se unió a la suya, entrelazándose dentro de su boca, donde pude notar que sus colmillos eran un poco más largos de lo normal. Pasé mi lengua por estos haciendo que él gimiera y me penetrara más fuerte. Nuestros gemidos se alzaban por toda la cafetería y se ahogaban dentro de nuestras bocas. Notaba mi propia humedad en su duro eje. Había perdido la cuenta de cuantos orgasmos había tenido antes de que él terminara llenándome con su semen, gimiendo en el hueco de mi cuello.

Mi cuerpo temblaba con el último orgasmo junto con el suyo. Mis ojos estaban cerrados e intentaba recuperar el aliento. Pasados unos minutos, en los que ninguno de los dos se movió, por fin pude bajar mis piernas de su cuerpo e intenté mantener el equilibrio en mis tacones después de haber deslizado su pene de mi vagina. Acomodé mi ropa, viendo de reojo que él hacía lo mismo. Antes de salir me cogió de la cintura y dejó un último beso en los labios. Fui hacia el baño donde me limpié y luego hacia el escritorio a trabajar. Vi de reojo que David se metía en su despacho y contestaba a una llamada. A la hora del almuerzo, saqué mi tupper y fui a calentarlo. Desde que habíamos tenido sexo en la cafetería, David no había salido de su despacho. No se escuchaba nada. Sonó mi teléfono y lo cogí, concertando reuniones para la semana que viene y la siguiente. Regresé y me puse a comer, donde minutos más tarde apareció un chico que llevaba comida al despacho de David. Ni siquiera me levanté para anunciarle porque él ya sabía que iban a ir a su despacho. Como ya predije, por la tarde estuvo reunido. Sólo salió del despacho para ir al baño, donde aproveché para preguntar si querían algo para tomar, pero como no querían nada, regresé a mi asiento a seguir trabajando. Cinco minutos antes de que terminara mi horario, la puerta de su despacho se abrió y se asomó David. Nos miramos por unos instantes antes de que él hablara. —Puedes irte a casa, Mandy. La reunión se alargará un poco más, pero no necesito que estés aquí, así que no te preocupes. Sonrió levemente. Dirigió una mirada al ramo de rosas que aún estaba encima del archivador. Me levanté y recogí mis cosas. Después de coger el bolso, me lo puse al hombro. Cuando fui a despedirme, David estaba a mi lado, cogiéndome por la cintura y dejó un beso en mis labios. —Hasta mañana, señor Preston —susurré algo desconcertada porque me despidiera con un beso, que hizo que tuviera un escalofrío poniendo mis vellos de punta. —Hasta mañana, Mandy. —Sonrió, dejando mi cintura y haciendo que se instalara una especie de pérdida en mi cuerpo. Vi que se metía de nuevo en el despacho. Me guiñó un ojo con una sonrisa antes de cerrar la puerta. Me quedé mirando la puerta de su despacho algo desconcertada, pero reaccioné y saqué el ramo de la jarra. Cogí ésta con la mano libre y fui a dejarla en la cafetería, donde recuerdos de lo que había pasado esta mañana en ella, volvían a mi cabeza haciendo que tuviera calor. Cerré los ojos fuertemente y salí de las oficinas. Tenía que poner en orden mis ideas. Que me besara, me había dejado desconcertada y sintiendo cosas que antes con mi ex no experimenté cuando lo hacía. Que tuviera los colmillos más alargados y puntiagudos que otra gente, también me había dado que pensar. Pero pronto me olvidé de ellos.

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Llegué a casa dejando el bolso en el sofá y el ramo en la mesa de café. Fui a mi habitación y me quité la ropa. Vi las braguitas destrozadas y suspiré, notando los pezones duros por la reacción de recordar cómo las había roto. Dejé caer aquéllas al suelo y fui desnuda al baño. Abrí el agua caliente de la ducha. Al verme en el espejo, di un pequeño salto al ver cómo estaban mis pechos. Tenían unas marcas rojo oscuro. Me acerqué más a ver en el espejo y miré hacia abajo a estos. Observé que parecían marcas de dientes. Jadeé al recordar que, más de una vez David me había mordido fuerte mis pezones y los pechos. Lo que no llegué a fijarme era si me había dejado marca hasta ahora que estaba desnuda. —Mi jefe no puede ser un vampiro... —susurré, pasando un dedo por mi pecho, haciendo que gimiera al notar que un calor se expandía por mi cuerpo desde las marcas. Cerré los ojos y bajé mis manos hasta mi vagina que se había humedecido de golpe. Abrí los ojos y me metí en la ducha, dejando que el agua me limpiara y se llevara esas extrañas sensaciones que tenía sobre mi jefe. Volví a cerrar los ojos con la cabeza hacia atrás, notando el agua dar en mi rostro. Pasé las manos por mi cuerpo, imaginando que eran las manos del magnífico David Preston. Mi mano derecha acarició mi vientre y se metió entre mis piernas. Metí dos dedos y los moví, recordando la sesión de sexo mañanera en la cafetería. Apoyé la espalda en las baldosas. Mi mano libre fue hasta mis pechos y noté que al rozar las marcas, el calor invadía de nuevo mi cuerpo, haciendo que moviera más los dedos dentro de mí. —Eso es Mandy, gime más fuerte. Escuché su voz ronca en un susurro cerca de mi oreja al igual que su aliento en mi cuello. Hice lo que me pedía sin dejar de mover los dedos. Mis piernas temblaban. De mi boca salían gemidos y su nombre, una y otra vez. Sentí la presencia de David cerca de mí, susurrando palabras sucias para que siguiera masturbándome. Mi espalda se escurrió hacia abajo hasta quedar sentada y con las piernas abiertas. Metí más mis dedos en mí. Ladeé la cabeza hacia un lado y noté cómo David me mordía, haciendo que gimiera, en un orgasmo que hizo que todo mi cuerpo temblara y arqueara la espalda. —Buenas noches, Mandy... —escuché el susurro de David en mi oreja. Su presencia desapareció cuando abrí los ojos pensando que estaba allí conmigo. Miré confusa en el baño. No había nadie. Estaba sólo yo. Suspiré. Entre temblores me puse de pie y terminé de ducharme, enjabonando mi cuerpo. Luego aclaré mi cabello y cuerpo. Cerré el agua y salí envolviéndome en unas toallas. Cada vez entendía menos lo que había pasado. Tampoco sabía cómo se lo tomaría David cuando le dijera aquello. Enrollé una toalla a mi cabello. Fui a salir del baño, pero lo que vi reflejado en el espejo hizo que parara y me mirara el cuello. Había dos marcas redondas de color rojo, donde minutos antes no había nada. Me fijé que se parecían a las marcas de mis pechos. Jadeé llevando una mano a mi boca. Me aparté del espejo. Salí de la habitación y fui a la cocina a prepararme la cena.

Después de cenar y lavar los platos regresé a la habitación a ponerme el pijama. Jadeé cuando la tela acarició las marcas de los mordiscos. Cerré los ojos por unos segundos. Estaba dispuesta a preguntarle a David porqué tenía esas marcas. Necesitaba respuestas. Me tumbé en la cama pensando en cómo iba a decirle a David aquello, pero fue arroparme con la manta y quedarme dormida al instante.

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Abrí los ojos a la mañana siguiente cuando la alarma sonó. Suspiré. Ya era 14 de febrero, había llegado el peor día del año para mí, pero tenía fuerzas de sobra para enfrentarlo, al igual que tenía que hacerlo con David. Salí de la cama, fui a la cocina y preparé la cafetera, mientras se hacía el café fui arreglándome para ir al trabajo, me peiné el cabello viendo las marcas oscuras que tenía aun en el cuello, tenía que taparlas de alguna manera si no quería llamar la atención de la gente que pasara a mi lado cuando saliera a la calle. Decidí que en vez de ponerme la corbata que iba con el traje, me pondría un pañuelo, salí del baño y abrí la cajonera buscando un pañuelo que fuera en conjunto con el traje y lo encontré, me lo puse en el cuello y lo cerré intentando que la marca no se viera. Saqué la ropa del tendedero y la doblé mientras me tomaba el café con unas tostadas. La puse en los cajones de la habitación. Me fijé en que las rosas del ramo no estaban marchitas, por lo que, las puse mejor en un jarrón con agua y las dejé en la sala. Cogí el tupper con las sobras de la cena que guardé ayer y lo metí en el bolso. Salí del apartamento, cerré la puerta e hice camino hacia el trabajo. Por suerte no había aún parejas por la calle al ser un día laborable. Al llegar a la oficina dejé el tupper en la nevera y me puse a hacer café. Si no era para ahora, sería para un poco más tarde. No sabía a qué hora había terminado la reunión de ayer, sólo esperaba poder hablar un momento con David. Hice la misma rutina de siempre, dejé el bolso en el perchero, el abrigo y encendí el ordenador. Al final, tuve que ir a por un café con leche. Volví a sentarme en la silla y a los tres minutos llegó David. Me levanté de un salto al verle y nos quedamos mirando fijamente por otros tres minutos más. —Buenos días, Amanda —saludó con una sonrisa sin dejar de mirarme, pero me fijé en que estaba observando mi cuello—. Bonito pañuelo. —Buen día, señor Preston —susurré de vuelta, mi mano derecha fue hacia el pañuelo y lo toqué levemente poniéndolo mejor—. Gracias. —Sonreí levemente y caminé hacia él, quedando los dos cara a cara. Su mirada siguió fija en mi pañuelo. Su mano se movió hasta llegar a la prenda, donde la acarició y tiró de ésta hasta que el nudo quedó suelto,

dejando la marca a la vista. Me fijé en que sonreía. Acarició la marca haciendo que un calor pasara por mi cuerpo hasta llegar a mi entrepierna. Junté los ojos en un jadeo. David aprovechó que tenía los ojos cerrados, besó y lamió la marca. Luego subió besando mi mejilla hasta llegar a mis labios. Mis manos fueron a su cuello, atrayendo así más su cuerpo al mío, olvidando por completo lo que quería decirle desde la noche anterior. Al separarse de mis labios, los lamió y pude recordar lo que quería decirle, aunque me temblaban las piernas por estar entre sus brazos. —¿Qué son estas marcas, David? —pregunté lo más seria que pude mirándole fijamente. Él cerró los ojos por unos momentos, y cuando los abrió me besó la frente, quedando más desconcertada que antes. —Dijiste que te hiciera mía y eso hice. —Encogió sus hombros acariciando mi espalda. Fruncí el ceño esperando a que siguiera—. Soy un vampiro, Amanda, sólo que eres la primera mujer en la cual dejo las marcas de mis mordidas. —Hice un intento de apartarme de su cuerpo, pero eso hizo que me atrajera más hacia él—. Cuando tocaste las marcas, te sentí a mi lado. Tenemos una conexión especial a través de mis mordidas... Fue una sorpresa sentirte masturbándote en la ducha. No estuve en tu apartamento, pero sí pude sentir dónde estabas y el placer que tuviste con el orgasmo. No supe qué decir a eso. No me esperaba que tuviera una conexión a través de las marcas, tampoco que fuera un vampiro de verdad. Ladeé la cabeza sin dejar de mirarle, intentando ordenar todos mis pensamientos. —Entonces, ¿fuiste tú quién me envió la invitación del Rapsodia? —pregunté con el ceño fruncido. —Sí, desde que llegaste transferida de España y te vi, quise que fueras a la fiesta de Morgan. Lo que no supe era que, al final, llegarías a meterte debajo de mi piel de esa manera durante estos seis meses. Cerré los ojos, negando con la cabeza aún en los brazos de David Preston. Apoyé la frente en su hombro sin saber qué decir. Tanto tiempo viendo a muchas mujeres viniendo a buscarle, tocando su cuerpo y ahora resulta que era yo quien le había llamado la atención desde un principio. Me aparté de su cuerpo, haciendo que su abrazo se perdiera y quedé mirándole desde una distancia, necesitaba pensar un poco mejor. —¿Y qué pasa con todas esas mujeres que han desfilado por ésta oficina durante todos estos meses? —pregunté, arreglando el pañuelo y evitando mirarle—. ¿Por qué yo y no una de ellas? ¿Sabes? No soy ninguna modelo como todas ellas, tengo mis curvas, David... —Lo sé, pero creo que ahora realmente no importa. Es San Valentín y quiero pasarlo contigo. —Acarició mi mejilla mirándome—. Y, si me dejas, podríamos comenzar una relación fuera de esta oficina. Alcé una ceja cuando dijo eso. Co estaba yo para relaciones estables, al menos no de momento. Pero, a la vez, hacía casi un año que no tenía sexo, aunque ganas no me faltaban. Suspiré, pasando las manos por mi cara hasta llegar a mi cabello y estiré algunos mechones. —No quiero una relación estable ahora, David, y más que me lo pidas en San Valentín, un día que odio por culpa de mi ex novio. —Me aparté un poco más de él. Me acerqué a la mesa, cogí el café que estaba ya frío, le di un sorbo y no dije nada más.

—¿Qué hizo tu ex para que odiaras éste día? —preguntó él acercándose a la silla sentándose en ésta. —Fuimos a un restaurante lleno de parejas enamoradas. En medio de la cena no se le ocurrió peor humillación que dejarme, cortó nuestra relación. — Suspiré, cerrando los ojos y cruzando mis brazos sobre mi pecho, mirando hacia el suelo. Ninguno de los dos dijo nada, por lo que se hizo un gran silencio en la oficina. Le miré de reojo y vi que me seguía observando. Me pasé la mano derecha por mi cuello, notando la marca de su mordedura arder. Vi que se tensaba, por lo que dejé la mano en donde la tenía y me quedé apreciándole. —Está bien, acepto cenar contigo después del trabajo, pero nada de restaurantes elegantes. Cenamos en mi casa y luego nos vamos al Rapsodia — comenté seria bajando la mano de mi cuello. —Bien. Iré cómo quedamos a las siete después del trabajo. —Sonrió abiertamente, se inclinó hacia mí y nos besamos levemente. Se levantó sin dejar de sonreír y entró en el despacho para hacer la primera reunión de la mañana. ¿Qué había pasado? Negué con la cabeza levantándome y fui a la cafetería a calentar en el micro el frío café con leche. Me rasqué la nuca mirando cómo daba vueltas el plato con la taza. Al final, el admirador secreto resultaba ser mi magnífico jefe que a la vez era un vampiro. Saqué la taza y me quedé allí de pie, bebiendo el café y mirando fijamente aquél aparato. Las voces de los hombres que iban a la reunión con David me sonaban a las que siempre había escuchado a través del teléfono, y después cuando venían al despacho. Eran voces roncas, llenas de sensualidad. Metí la mano libre por debajo del pañuelo y rocé una de las marcas con el dedo. Luego bajé hasta llegar a mis pechos. Acaricié la marca del pezón cerrando los ojos, pero los abrí al escuchar un potente gruñido venir del despacho. Después se oyeron unas risas masculinas. Apreté el pezón un poco y luego lo dejé para seguir bebiendo el café con leche. Terminé de beber, limpié la taza y después me giré para salir de la cafetería, pero me encontré con David mirándome como si fuera un animal salvaje. —Mandy... Estoy en medio de una reunión, no vuelvas a hacer lo que has hecho, si no quieres que te haga el amor con público. —Llegó hasta mí y tomándome de la cintura. Nos besamos de una manera salvaje. Nuestras lenguas se encontraron acariciándose y nuestros cuerpos se unieron. Noté su erección apretada en su pantalón por lo que gemí queriendo que cumpliera lo que había dicho aunque sabía que eso estaba más que mal. Por suerte nos separamos los dos al mismo tiempo, jadeando y mirándonos con los ojos vidriosos por la lujuria. Llevé mis manos al pañuelo y lo desaté. Me estaba molestando demasiado. —Esto no quedará así, Amanda —dijo David con los dientes apretados y la mandíbula tensa. Se giró sobre sus talones y regresó a su despacho donde se escucharon más risas. Suspiré. Apoyé mi cuerpo en el borde de la encimera de mármol e intenté recuperar el aliento y la compostura para regresar a mi mesa y seguir con el trabajo.

A la hora del almuerzo iba a ir a la cafetería a calentar el tupper. Me encontraba de pie, cuando la puerta del despacho de David se abrió, por fin, Salió Viktor Williams, un elegante hombre con el cabello largo recogido en una coleta baja. Su pelo de color negro hacía juego con sus ojos negros como la noche, al igual que con su traje de la misma tonalidad. Parecía que le gustaba lo negro. Nos quedamos mirando al otro sin decir nada. Él parecía analizarme de arriba abajo. De regreso estaba serio, pero sus ojos parecían divertidos al llegar a mi cuello. Fue cuando recordé que la mordedura de David no estaba oculta por el pañuelo. —¿Puedo ayudarle en algo señor Williams? —pregunté algo incómoda por su revisión a mi cuerpo e imagen. —Sí... David dice que en la nevera de la cafetería hay unas cervezas, ¿Podrías traer las seis que hay? —preguntó con media sonrisa antes de entrar en el despacho. —Se dice ‹‹Por favor››, ¡merluzo! —escuché desde dentro la voz de Markus White. Viktor puso los ojos en blanco y se volvió hacia mí. —Por favor, Amanda. —Volvió a sonreír levemente, haciendo un gesto con la cabeza y luego se metió en el despacho sin esperar respuesta. Suspiré, negando con la cabeza y fui hacia la cafetería. Saqué las seis botellas de cerveza, el tupper lo metí en el micro, encendiéndolo. Luego saqué el abridor junto con la bandeja y puse las botellas encima de ésta con el abridor. Fui con la bandeja en las manos. Llegué a la puerta e iba a llamar, cuando ésta se abrió sola, dejando ver a los hombres que estaban reunidos alrededor de la mesa de David. Me acerqué a ella, dejando la bandeja. Sentí los ojos de los hombres sobre mí, con un gran silencio. Vi de reojo a Viktor al lado de David y a éste con una sonrisa. —Si necesitan algo más, estaré almorzando en mi escritorio —dije con una sonrisa. Me giré y salí del despacho cerrando la puerta. Llegué a la sala y saqué el tupper del microondas. Cogí un tenedor y me senté en la silla delante del escritorio. Comencé a comer la ensalada de pasta con pollo de la noche anterior y una botella de agua con lima. Sabía que todos me habían mirado el cuello, por lo que comencé a preguntarme si los cinco hombres que estaban reunidos con David también eran vampiros como él. Tal vez por eso se reían, por las reacciones de él cuando me acariciaba las marcas de las mordidas. Llevé la mano a las marcas del cuello y las acaricié. Segundos después se escuchó un gruñido y las risas de los hombres que había en el despacho de David. Si no las tocaba, no pasaba nada. Pero si lo hacía, parecía que el placer le llegara también a él. Suspiré, dejando mi cuello y seguí comiendo tranquilamente. Pero la excitación que cargaba en mi cuerpo, desde que David me había besado por la mañana, no me daba un respiro. Así que, cuando fui a limpiar el tupper después de terminar la ensalada, volví a acariciar mi cuello. Que sufriera él un poco al igual que yo era lo justo, aunque con ello mi excitación aumentara un poco más. Iba a secar mis manos, cuando noté en mi espalda su calor y sus manos coger mis muñecas. Jadeé, cerrando los ojos con media sonrisa, cuando sus labios besaron mi cuello, luego su aliento chocaba en mi oreja.

—Deja de provocarme, Mandy, porque, en vez de cenar comida, te cenaré, y no quiero llegar tarde a la fiesta de Morgan —susurró en mi oreja, haciendo que me estremeciera y mi vello se pusiera de punta, ante la idea de estar desnuda en la cama con él también desnudo encima de mi cuerpo. —Esa sería una idea maravillosa, David —susurré, dándome la vuelta en su abrazo. Le miré sonriendo. Alcé las manos y acaricié sus mejillas. David movió un poco su rostro hacia una de mis manos buscando el contacto. Luego cogió mis muñecas y besó las palmas de mis manos. —A mis amigos les divierte lo que estás haciendo —dijo mirándome a los ojos con media sonrisa. Dejó mis manos y abrazó de nuevo mi cuerpo por la cintura—. Viktor y Markus se alegran que siente por fin cabeza, aunque les he dicho que aún no es nada fijo. A ellos parece ser que les da igual. —Apoyó su frente en la mía cerrando los dos los ojos. Yo intentaba no reír por lo que pensaban esos amigos de David. —¿Ellos son como tú? —pregunté abriendo los ojos y dejando un beso corto en sus labios. Necesitaba sentirlos sobre los míos. —Lo son... Y son mis amigos desde hace mucho tiempo, Mandy, tanto que casi no lo recuerdo—. Hizo una sonrisa tan seductora que provocó que me temblaran las piernas—. Por cierto, Morgan también lo es. —Dejó escapar una carcajada y besó mis labios. Estuvimos un rato besándonos, con los cuerpos bien unidos, sus manos enredadas en mi cabello y las mías en el suyo. No se escuchaba nada en la oficina, pero ambos sabíamos que sus amigos estaban en su despacho. Su boca se separó de la mía y fue bajando hasta llegar a mi cuello, donde lo mordisqueó y lamió. Un jadeo salió de mi boca. Tenía los ojos cerrados, disfrutando de lo que hacía en mi cuello y la cabeza ladeada para dejarle más espacio. Gemí cuando noté que mordía mi cuello, en concreto en la marca del día anterior. Mis manos bajaron por su cuerpo hasta llegar a la cintura de su pantalón. Abrí la cremallera y metí la mano dentro. Descubrí que iba de comando. Su piel era suave al tacto, caliente y duro como el acero. —Mandy... Eres pura tentación. —Gimió aún en mi cuello. Lamió y besó una vez más, separándose un poco de mí. Nos miramos a los ojos. Sonreí y me acerqué. Lamí sus labios para luego besarnos—. Realmente tengo que regresar con los chicos, Mandy —susurró, dejando besos cortos en mis labios mientras decía eso. Pero ambos sabíamos que ninguno de los dos quería separarse del otro. No sabía de dónde venían esas ganas de estar con él. Podría ser que siempre habían estado dentro de mí, pero había negado esos sentimientos desde que me había dado cuenta de que no podía hacer nada contra todas aquellas modelos. Saqué la mano de su pantalón con los ojos cerrados y me aparté de su cuerpo unos centímetros. —No quiero ser una más David —susurré apartándome un poco más hasta casi quedar cerca de la puerta. Vi cómo se apoyaba en el mármol con la cabeza agachada. —Lo recuerdo, Amanda. Pero recuerda que ibas a intentar darme una oportunidad después de esta noche —dijo con voz calmada, pero algo ronca por la excitación.

—Sí, te la dar, pero no quiero que te acuestes con otras. Tendremos exclusividad. Si me entero o veo que no lo cumples, me iré de aquí. Dejaré de ser tu secretaria y no me verás nunca por más que me busques —le dije con los brazos cruzados mirándole desde el marco de la puerta. Se había girado hacia mí para verme, parecía calmado por lo que le decía. No se veía arrogante como normalmente era. —Eso no pasará Mandy. Las marcas te unen a mí. Eres mía y yo soy tuyo, no hay más que hablar. Te escogí a ti por encima de todas esas modelos, porque me pareces una chica interesante con un fuerte carácter. —Se acercó a mí acariciando mis mejillas. Me tomó del rostro con suavidad y nos besamos de nuevo por unos segundos. Luego se separó y se fue al despacho. Cuando los chicos le vieron entrar dijeron a la vez ‹‹¡Ya era hora!››. Reí entre dientes. Fui a la mesa y me senté para seguir trabajando.

***

Pasadas dos horas salió Viktor del despacho. Cerró la puerta tras de sí y se acercó hasta donde estaba sentada. Se agachó hasta quedar cerca de mi rostro y susurró. —Si David llegara a cansarse, sólo llámame. Tienes mi teléfono, iré a buscarte. —Acarició mi cabello, enredando un mechón en su dedo índice y siguió—. Y no te preocupes por las marcas, sé cómo cambiarlas. —Rió suavemente en mi oreja y dejó un beso en mi cuello por encima de las marcas de David, se levantó y se separó de mí. —Gracias por tu oferta, Viktor, pero no creo que eso llegue a pasar. —Sonreí levemente cogiendo el pañuelo y me lo puse al cuello. —Bueno, sólo tenlo presente por si algún día llegara a ocurrir. —Sonrió y se fue por el pasillo silbando. Negué con la cabeza, incrédula por lo que me había dicho. Seguí con el trabajo. Cuando regresó ni siquiera le miré al pasar por delante de mi mesa y entrar en el despacho de nuevo.

***

A la hora de salir, esta vez la puerta del despacho no se abrió, por lo que recogí mis cosas y la mesa llena de papeles. Guardé las carpetas en los archivadores. Me puse el abrigo y con el bolso fui a la cocina para coger el tupper. Lo guardé y me fui de la oficina. Sólo esperaba que no tardara en terminar la reunión con sus amigos.

Llegué a mi apartamento. Me duché y luego me puse a preparar la cena. Hice pollo al limón con patatas al horno. Cuando quise darme cuenta, llamaron al timbre. Sonreí quitándome el delantal. Debajo tenía el vestido nuevo que me había comprado. Abrí la puerta encontrándome con un David vestido con un pantalón tejano azul descolorido, una camiseta azul oscuro y una chaqueta de cuero con bufanda al cuello. Me miró de arriba abajo con una sonrisa. Dio un paso adelante y tomándome de la cintura, me atrajo a su cuerpo y nos besamos. —La cena se enfría, David... Has llegado cuando estaba sacando la bandeja del horno —dije al separarme de sus labios. Lo tomé de la mano entrando en el apartamento. —Huele bien. ¿Pollo y limón? —preguntó sentándose en la silla que le indiqué. Le sonreí y entré en la cocina para preparar el plato. —Sí, he hecho pollo al limón y patatas al horno, espero que te guste —dije aún con una sonrisa dejando los platos en la mesa. Quedamos uno al lado del otro. Se inclinó hacia mí y nos besamos una vez más. —Seguro que me gusta si lo has hecho tú —susurró en mis labios dejando un corto beso. Nos separamos y nos pusimos a comer el pollo. Comimos en silencio. Al menos al principio tenía preguntas por hacerle, pero no estaba segura de querer saber las respuestas. Bebí un poco de vino tinto y le miré ladeando la cabeza. —¿Cuántos años tienes, David? —Le miré con suma curiosidad. Comí un trozo del pollo esperando una respuesta. Sonreí un poco para animarle. —Si mal no recuerdo tengo seis siglos, Mandy. También los chicos rondan la misma época. —Dejó escapar una carcajada al ver mi cara boquiabierta. —¿Morgan también? —pregunté sin creer que tuvieran tantos años. Él sonrió asintiendo con la cabeza y bebiendo un poco del vino. Parpadeé sin creerlo aún. Fruncí el ceño y seguí comiendo. Miré mi plato y luego al suyo, dándome cuenta de que estaba comiendo comida normal. —¿Y qué pasa con la comida y la sangre? —le señalé con el tenedor lleno de patata—. ¿Y qué me dices del sol? ¿Eh? —Fruncí el ceño y llevé el tenedor a mi boca comiendo, sin dejar de mirarle. —Lo de la comida y la sangre puedo decírtelo, pero lo del sol.... digamos que si te lo digo, pierdo el misterio, ¿no crees? —Sonrió llevando un trozo de pollo a su boca. —Bueno, entonces dime lo de la comida —respondí con resignación, terminando las patatas y bebiendo un poco más del vino. —Bebo sangre antes de comer. —Se limpió la boca con la servilleta y al dejarla alzó las cejas con una sonrisa. —¿Sangre de dónde? —pregunté aún con el ceño fruncido. David movió las cejas y suspiré—. Está bien, me doy por vencida. —Cerré los ojos, pero luego le miré de nuevo—. Pero algún día tendrás que decírmelo. Alzó las manos en señal de rendición con una sonrisa, haciendo que yo lo hiciera también. Me levanté y cogí los platos, llevándolos a la cocina. Saqué una copa con helado y dos cucharas. Regresé al comedor. Dejé la copa delante de él y me senté en su regazo con una sonrisa. David pasó sus brazos por mi cintura, acomodándome mejor encima de él. Cogí el helado y comí un poco. Me giré hacia él y nos besamos probando el helado entre los dos. Me aparté y cogí un

poco más de helado, haciendo de nuevo lo mismo. Así nos pasamos hasta que se terminó el helado. —Voy a terminar de arreglarme. —Sonreí dejando un beso en sus labios y me levanté para ir al baño. Era la primera vez que compartía un postre con alguien. Ni siquiera lo hice con mi ex, ya que a él no le gustaba el helado. Me limpié los dientes y luego arreglé mi cabello. Salí del baño y regresé al comedor. Me puse un abrigo encima del vestido de color rojo. —¿Te he dicho que estás hermosa con ese vestido? —preguntó apretando mi cuerpo al suyo besando mi frente. —No, tus acciones me lo han dicho. Y más tus besos. —Sonreí acariciando sus mejillas. Nos miramos por unos segundos. —¡Vamos! Llegaremos tarde a la fiesta de Morgan. —Me tomó de la mano y con la otra el bolso donde me lo tendió. Me lo puse en el brazo libre y cogiendo las llaves salimos del apartamento. Reí al ver el coche que tenía, tan llamativo como el dueño. Condujo por entre las calles de Londres hasta llegar al Rapsodia. Había una cola de personas impresionante. Dejó el coche en el aparcamiento. Salimos y nos acercamos a la entrada. El portero al ver a David hizo un gesto con la cabeza. Saqué del bolso la invitación entregándola al hombre. La vio con atención. Me miró y luego a David. Asintió con la cabeza y devolví la tarjeta. La metí en el bolso a la vez que entrábamos por la puerta a la discoteca. Dejamos los abrigos en el guardarropa y fuimos por la sala llena de gente y de música. Poco a poco me estaba dando cuenta de que la gente nos miraba, haciendo que me preguntara si era porque David estaba para comérselo, o porque yo estaba con él, o porque todos sabían que David era un vampiro y ellos también lo eran. Noté su brazo en mi cintura atrayéndome a su cuerpo. Sonreí levemente y le di un beso en el cuello. —¿Nos miran porque me tienen envidia o porque ellos también son vampiros? —susurré aún cerca de su cuello mirando de reojo a la gente. —Las dos cosas, Mandy —respondió él volviéndose hacia un camarero que pasaba cerca. Cogió dos vasos con lo que parecía ser Bloody Mary. Alcé una ceja cogiendo el vaso y lo examiné con algo de disimulo. —¿No es Bloody Mary cierto? —Sonreí levemente olisqueando por encima del borde del vaso. Me sonrió y le dio un sorbo a su bebida. Me giré hacia la gente que todavía nos miraba. Vi que se acercaba a nosotros Morgan. Le sonreí mostrando divertida mi vaso. Soltó una carcajada y llegó a nosotros. —Me alegra ver que estáis juntos, aunque no todas puedan decir lo mismo —dijo él a modo de saludo besando mis mejillas. Dio una mala cara a mi bebida y luego miró hacia David frunciendo el ceño. —Tranquilo, Morgan, que no lo voy a beber. —Sonreí dejando el vaso encima de la bandeja de un camarero. Este me miró con cara de circunstancias y luego a Morgan con cara de susto. —Simplemente dale una copa de champán o lo que ella quiera. — Morgan le hizo un gesto condescendiente y el camarero me miró sin decir nada, pero esperando.

—Un ron con cola, gracias. —Sonreí hacia el camarero, éste puso en marcha hacia la barra. Al girarme hacia David lo vi hablando con una mujer que parecía bien melosa con él. Suspiré sin saber muy bien si molestarles. Miré ahora a Morgan que estaba en una posición de madre enfadada con los brazos en jarras y fulminarle con la mirada. Sonreí hacia Morgan cuando noté unas manos agarrando mi cintura. La cara de sorpresa de él fue de risa, además de que se había quedado boquiabierto por quién me cogía. Por ese gesto en su rostro supe que no era David. —No me puedo creer que se cansara tan rápido —dijo en mi oreja la voz de Viktor. Su pecho se pegó a mi espalda haciendo que sus brazos rodearan todo mi cuerpo—. ¿Has hecho algo que provocara su cansancio? —Quedamos en que le daría una oportunidad a partir de hoy, pero parece que no se la está ganando —respondí apoyando mi cabeza en su hombro y miré de reojo a Morgan, que ahora tenía cara de disgusto. —¡No me lo puedo creer! —dijo Morgan incrédulo al ver que David ni siquiera había reparado en que estaba en los brazos de Viktor, y viendo que aquél se iba con aquella mujer de pasarela. —No te preocupes, Morgan, sabía que esto pasaría. —Le sonreí intentando quitarle importancia—. Viktor... ¿necesitas una secretaria? Creo que voy a dejar la empresa en la que estoy ahora. —Me giré hacia él con media sonrisa. Viktor me miró fijamente hasta que sonrió y asintió con la cabeza. —Me vendría genial una secretaria como tú, Mandy. —Los dos miramos a Morgan, me separé de los brazos de Viktor y me acerqué al rubio. —Tal vez no hayas enviado tú mi invitación, pero te doy las gracias por haberte preocupado ahora por mí. Espero verte pronto de nuevo. —Le di un beso corto en los labios y me separé de él, pero me cogió del brazo con suavidad. —¿Estás segura de querer ir con Viktor? Él tampoco es de los que tienen una relación estable con una única mujer —dijo con preocupación. Me giré hacia el mencionado, quien se encogió de hombros sonriendo, ya que lo había escuchado. Luego me giré buscando a David, pero parecía que se había escondido con la mujer. Miré de regreso a Morgan y sonreí negando con la cabeza. —Estoy segura, Morgan, Viktor está aún aquí, David no. Por lo que yo decido con quien paso hoy la noche. Mañana que pase lo que quiera, tal vez me muera. —Reí por mi broma y abracé a Morgan antes de ir con Viktor—. Puede que, al final, no esté hecha para relaciones con un solo hombre. Me giré hacia Viktor, que sonrió abriendo sus brazos. Me acurruqué contra su cuerpo cuando me abrazó y nos besamos. La chispa que sentí con Viktor pareció intensificarse hasta crear una tormenta. Nos separamos después de ese beso demoledor y jadeando susurré: —Sácame de aquí, Viktor. —Escondí mi rostro entre su cuello y su hombro—. No quiero ser más humillada. —Claro —respondió dejando un beso en mi cuello. Me separé de su cuerpo quedando su brazo por mi cintura. Caminamos hacia la salida. Ni siquiera me importó la bebida que había pedido. No quería estar allí, era un mundo de vampiros, uno que aún no estaba hecho para mí.

Llegamos al guardarropa, Viktor pidió mi bolso y la chaqueta. Cuando la chica lo dejó en el mostrador, él me puso el abrigo y luego cogí el bolso. Salí de su mano, nos acercamos al aparcamiento. Se había levantado frío, por lo que me pegué más al cuerpo de Viktor, viendo que aún había gente esperando en la entrada. No les di importancia. Al llegar abrió un mercedes de color negro, haciendo que riera por la vista, Viktor seguía vistiendo de negro, todo lo de él era de color negro. Abrí la puerta del coche, sentándome en el asiento pasajero y poniéndome el cinturón. Cuando se subió nos pusimos en marcha saliendo del aparcamiento del Rapsodia. Cerré los ojos quedando el coche en silencio.

***

Cuando el coche se detuvo abrí los ojos. Vi que no estábamos en mi apartamento, aunque no quería ir y recordar lo que había compartido con David. Miré por la ventana la casa que se alzaba entre varios árboles. Era de estilo victoriano de color claro. Vi a Viktor que me esperaba y le sonreí señalando la casa. Salí del auto y me estiré, parecía que habíamos tardado en llegar. —Creí que tu casa sería de color negro. —Reí haciendo que él también lo hiciera. Me tomó de la mano y besó el dorso de ésta mientras me miraba fijamente. —En mi casa lo único de ese color es mi ropa y las de la cama. —Sonrió y comenzamos a caminar hacia la entrada de la casa cogidos de la mano. Ahora mismo no me importaba estar fuera de Londres, tampoco que tal vez Viktor y David dejaran de ser amigos por mi causa, ni qué era lo que iba a hacer mañana por la mañana cuando ya no fuera San Valentín. Viktor abrió la puerta, dejó que entrara primero. Vi la entrada y parte del gran salón que se abría a mis ojos. Todos los muebles eran art decó y vintage. T también había algunos cuadros con pinturas de paisajes, pero una me llamó la atención. Me acerqué a una donde se veía a siete hombres, dándome cuenta de que eran los de la reunión de esta mañana, entre ellos: Markus, Viktor, Morgan y David. —Esa pintura es de cuando estábamos viviendo en Escocia —dijo Viktor a mi espalda—. Es sorprendente que, después de tantos años, aún todos estemos juntos. Como una familia bien avenida. —Escuché su risa. Abrazó mi cintura. Apoyé mi espalda en su pecho y la cabeza en su hombro. —¿Me estás diciendo que ellos son tus hermanos? —Le miré frunciendo el ceño. Él sonrió asintiendo, por lo que volví a mirar hacia el cuadro. —Morgan... Es el padre biológico de David y Markus. Los demás somos hijos de sangre. Digamos que él nos convirtió en vampiros —manifestó con un tono nostálgico y apretando mi cuerpo más entre sus brazos. Me giré hacia él en su abrazo y acaricié sus mejillas con media sonrisa. No sabía por qué quería tenerme a su lado y no al de David, pero parecía que a

Morgan tampoco le importaba que no estuviera con aquél. Supuse que entre ellos se conocían, sobre todo con los años que llevaban juntos. Besé sus labios, dándome cuenta de que quería estar más con Viktor que con David. —Bueno, ¿me muestras el resto de la casa o vamos a tu habitación? — pregunté dejando besos por su cuello. Estiré del coletero de su cabello dejándolo suelto. Tomó mi rostro entre sus manos y nos acercamos para besarnos. La tormenta de antes se desató de nuevo en mi interior, haciendo que gimiera dentro de su boca y acariciándonos con nuestras lenguas. —Mi habitación está arriba, ¡vamos! —Llevó sus manos al borde de mi abrigo, sacándolo. Cayó al suelo junto con mi bolso. Hice lo mismo con su chaqueta que quedó junto con mi abrigo. Tomados de la mano fuimos a la escalera. Subimos entre besos. Recorrimos un pasillo oscuro hasta llegar a una puerta, Viktor la abrió de un empujón y entramos en ésta. Nos besamos de nuevo caminando hacia la cama que estaba en el centro de la habitación. Abrió la cremallera de mi vestido que cayó al suelo. Saqué mis zapatos, quedando delante de él con lencería de color negro. Al verla rió negando con la cabeza. Nos besamos y mis manos fueron a su ropa para quitársela entre besos. Se separó de mi cuerpo donde nos quedamos mirando el cuerpo del otro con atención. Había fuego en sus ojos. Esa chispa excitante entre los dos prendió de nuevo. —Voy a morderte, así las mordidas de David ya no estarán, nunca llegué a pensar que te las hiciera y luego ya no te prestara atención —comentó acariciando mi cuello por encima de las marcas. Miró hacia mi pecho. Con la mano libre arrancó el sujetador de encaje dejando mis senos libres. Hizo lo mismo con mis braguitas. Dejó la tela caer al suelo, e inclinándose sobre mi cuerpo lamió las marcas. Jadeé echando la cabeza hacia atrás. Me cogí a sus hombros para no caer aún en la cama. Pronto sentí hundirse sus dientes, allí donde David mordió hacía unos días. No pude evitar caer en la cama quedando sentada y jadeando. Me recosté en ésta abriendo las piernas. Le hice un gesto con la mano para que se acercara. Subió a la cama quedando encima de mi cuerpo. Besó mis labios acariciando con sus manos mis pechos. Mordió mi cuello fuerte, haciendo que gimiera alto y hundiendo mis uñas en la carne de sus hombros. Me encontraba con los ojos cerrados cuando noté un gusto a hierro en mi boca. Abrí los ojos y vi que tenía la muñeca de Viktor cerca de mis labios. Lamí estos y abriendo la boca dejé que acercara de nuevo su muñeca. Mordí ésta, haciendo que mi boca se llenara con su sangre. Nos miramos fijamente, yo seria y él con media sonrisa. Sabía lo que eso significaba, pero estaba dispuesta a correr riesgos. Si él no era el adecuado, tendría toda la vida a encontrar a alguien que fuera para mí. Chupé su muñeca y la aparté de mí, y luego lamí mis labios. Ni siquiera me había dado cuenta de que tenía su pene dentro de mi vagina. Mordí mi labio inferior ahora sonriendo. Tomando mis caderas comenzó un vaivén de nuestras caderas, chocándose la una contra la otra.

Nuestros dedos se entrelazaron. Nos besamos de nuevo y esa tormenta seguía creciendo en mi interior. Ahora sabía que mi cuerpo se había estado preparando para ese intercambio de sangre. Un orgasmo se construyó en mi interior. Viktor comenzó entonces a ir más rápido y fuerte. Los dos gemíamos a la vez. Sus gemidos se parecían más a gruñidos, pero no importaba porque los míos eran más altos de lo que solía hacer. Nuestras bocas se unieron de nuevo hasta que llegó uno de los orgasmos más épicos que había tenido desde que comencé a tener relaciones sexuales. Mis ojos se quedaron en blanco por la intensidad y luego mi cuerpo se quedó relajado debajo del suyo. Nos quedamos jadeando con los ojos cerrados. Abracé su cuerpo y suspiré del gusto. Cuando se separó de mi cuerpo nos acomodamos en la cama bajo las sábanas. Me acurruqué contra su cuerpo, abrazándonos. Cerré los ojos, notando las caricias en su cabello y esto hizo que me relajara un poco más. —Odio San Valentín —dijo Viktor de repente. Parpadeé y comencé a reír por lo que había dicho. Negué con la cabeza y lo atraje un poco más a mí para besar sus labios. —¡Qué bien! Yo también odio San Valentín. Ahora fue él quien se rió y dejó un beso en la cabeza. —Entonces… ¡feliz día! —dijo besando y mordiendo mi cuello.

***

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me dolía la cabeza. Llevé una mano a ésta y me quedé mirando alrededor. Recordé que había ido con David a la fiesta, pero salí poco después con Viktor. Miré a mi lado encontrándolo dormido. Sonreí y acaricié mi cuello. Me levanté, saliendo de la cama y me acerqué a una puerta que esperaba que fuera el baño. Al abrirla un enorme lavabo se mostró. Cerré la puerta cuando entré e hice mis cosas. Luego regresé a la cama. Me abracé a su cuerpo desnudo y cerré los ojos, quedando dormida de nuevo. Tenía todo el fin de semana para disfrutar con él, un vampiro que me hacía ver las estrellas. Pasé un fin de semana de lujo, montando a caballo, paseando por el lago que había dentro del bosque donde nadamos desnudos e hicimos el amor en el agua y entre los árboles. Entre tanta pasión y lujuria, mezclamos nuestra sangre. Sentí más cambios en mi cuerpo, mejoras en mis cinco sentidos, aquél parecía moldearse y perder algo de peso, pero siempre manteniendo mis curvas. El domingo, cuando los dos estábamos en la cama abrazados, Viktor dijo lo que ambos nos habíamos negado a hablar en todo el fin de semana. —Tenemos que ir a ver a David y decirle que ya no trabajas para él. Me apretó contra su cuerpo un poco más, quedando encima de su cuerpo desnudo.

—Lo sé... Ni siquiera me ha llamado al móvil. —Alcé la cabeza para mirarle y fruncí el ceño—. ¿Quién era esa mujer? Ladeé la cabeza al ver que apartaba la mirada de la mía por lo que profundicé más el ceño. —Es su mujer, Mandy —dijo, por fin, en un susurro. Nos miramos y abrí la boca para decir algo, pero la cerré sin saber muy bien qué decir—. Desde hace mucho tiempo que lo es, lo que no sé es por qué ha venido aquí, si estaba en Japón con su último amante. Apoyé de nuevo la cabeza en su pecho, abrazando más su cuerpo. Cerré los ojos queriendo saber por qué había dicho David que yo era suya, me había mordido y luego no se había preocupado porque me fuera con Viktor.

***

Por la mañana no quería salir de la cama de Viktor ni separar mi cuerpo del suyo, pero tenía que saber por qué tanta mierda sobre David. Desayuné en la cocina, sentada encima de Viktor en silencio. Pasamos por mi apartamento donde me cambié de ropa, luego fuimos a las oficinas y al despacho de David. Él ya estaría allí, por lo que, con paso firme, fui a su despacho. Viktor tomó mi mano y sonrió hacia mí, pero luego se puso serio cuando llegamos a la puerta de mi todavía jefe. No dije nada sobre la nueva chica que había ocupado mi escritorio. Humana, ¡pobre incauta!, como había sido yo hacía más de seis meses atrás. Entramos al despacho sin dejar que aquella boba nos anunciara, no teníamos por qué. David Preston se encontraba detrás de su escritorio, serio y calmado, mirándonos. Apreté la mano de Viktor y éste me devolvió el apretón. —¿Por qué, David? ¿Por qué lo has hecho? —pregunté, sorprendiéndome de que no me temblara la voz. No me moví del lugar. Alcé la barbilla sin querer que me intimidara su postura ahora que se había levantado de la silla. —Simplemente porque puedo, Amanda Scott. Porque puedo —respondió él sin cambiar su gesto. Dejé escapar el aire y me giré hacia Viktor. Le sonreí levemente y observé de nuevo hacia David. Cogí aire y apreté de nuevo la mano de Viktor. — Entonces no me verás más. Como ya he podido ver, tienes otra secretaria besando el suelo por donde pisas. —Sonreí sin apartar la mirada de él—. Me llevo a Viktor conmigo, o él me lleva a mí, me da igual. No todos los hombres son iguales, ni todos los vampiros son como tú de estúpidos. Gracias por todo, David Preston, y hasta nunca. Dejé la mano de Viktor girándome y salí del despacho. Me paré delante de la humana y le sonreí mostrando mis colmillos. —Ve con cuidado. No todas sobreviven a David Preston, Angélica. —Le miré arrogante. Al sentir a Viktor a mi lado me cogí a su brazo—. Yo, por suerte, lo he logrado. Ya lo hice una vez hace años, pero ahora me he liberado de él.

Solté una carcajada al ver la cara de desconcierto de la chica y caminé con Viktor por el pasillo para salir de las oficinas.

***

Gracias a Viktor había recordado mi vida pasada, una donde vivía en las Highlands y había conocido a David Preston. Me había enamorado de él y me destrozó el corazón y el alma al irse con otra, con la mujer del Rapsodia. Había recordado todo en la ducha de la casa de Viktor y, poco a poco, lo había hecho el fin de semana. Morí sola. Pero el destino había escogido que volviera a la vida después de tantos años. No le había hecho daño a David, no servía de nada. Pero ahora podía vivir una vida que no había tenido antes por la enfermedad que me comió entera. Viviría para siempre al lado de Viktor. Cuando fuera la hora iría por mi cuenta a buscar a alguien más, o simplemente iría con Morgan o Markus, más no volvería con David. Ya no. —¡Ahora te recuerdo! ¡Eras Elizabeth McCarrick, una de las pocas Laird de las Highlands! —dijo Viktor sorprendido mirándome fijamente. Sonreí asintiendo y señalando hacia el coche. — Sí, y ahora vamos, quiero ir a casa —murmuré caminando con él hacia su coche—. Vamos a las Highlands... Mi castillo y mi gente me están esperando.

***

Así fue como desperté. Cambié mi nombre a Amanda McCarrick, descendiente directa de Elizabeth McCarrick. Todo el mundo pensaba que había muerto sin descendencia, pero nadie preguntó nada al verme. Todos me aceptaron como la nueva Laird y a Viktor como mi esposo. Era feliz en mi castillo, con mi gente, con Viktor a mi lado y lejos de David Preston. Amanda McCarrick, la Laird inmortal.

Patricia K. Olivera

H

acía un par de semanas que un circo había llegado a la ciudad. Cada vez que pasaba por allí, al regresar del trabajo, podía ver el lugar abarrotado de gente. Era increíble cómo un espectáculo de esta naturaleza atraía al público, en especial, teniendo en cuenta que ya casi no se usaban animales para los números, sino que eran personas con distintas habilidades, quienes desplegaban un gran espectáculo a los espectadores. Todos los días me decía que al siguiente fin de semana iría por allí; pero, al final, me quedaba en casa viendo el partido de turno. El día de San Valentín, un día cualquiera para mí, en el que para rematar el trabajo en la oficina había sido especialmente pesado, decidí que no estaría nada mal darme una vuelta por el lugar. Como todos los días, el sitio estaba lleno. A duras penas encontré un hueco para estacionar mi coche. Con las manos dentro de mi abrigo comencé a pasear por entre la muchedumbre; la mayoría, parejas que iban abrazadas, llevando esos ridículos globos plateados con forma de corazón. Noté que, dentro del predio había varias carpas con distintos entretenimientos y diversiones. En realidad el circo me pareció salido de época. Me sentí transportado a otro tiempo, ya que no era tan moderno como me imaginaba. Mis ojos se pasearon por todo el lugar, hasta que se detuvieron en una carpa, donde al parecer se leía la suerte en la bola de cristal. Sonreí para mis adentros, pues me hizo recordar esas películas y revistas cómicas que me gustaba ojear de niño. Si bien el lugar estaba lleno de gente, esa carpa en especial lucía bastante tranquila. Es más, los visitantes parecían pasar de largo sin darle importancia. Poco a poco me fui acercando. La entrada al sitio estaba semi cerrada, pero se veía una tenue luz dentro. Me aproximé y vi que en el interior no había nadie, sólo una mesa cubierta con un mantel de colores brillantes y encima una bola de cristal transparente. Un poco más atrás había una cortina de

colores dorados que al parecer dividía un sector privado de la carpa. Seguí curioseando y vi algunos implementos, que serían mágicos, colgados de las paredes. La lámpara del techo de la tienda estaba cubierta con una pantalla tejida en una especie de macramé, en color crudo. La luz que se filtraba a través de ella dibujaba diferentes figuras en las paredes de la pequeña carpa. Un aroma a incienso se percibía en el aire. Sonreí para mis adentros ante lo que estaba viendo y, en el justo momento en que iba a salir para continuar con mi recorrido, alguien levantó la cortina dorada. Mis ojos se encontraron con los ojos oscuros y profundos de una mujer muy hermosa. No podía apartar la vista de ella, parecía una diosa, más allá de encontrarse vestida como una gitana. De inmediato noté que sus ropas eran transparentes. No llevaba sostén y las aureolas de sus oscuros pezones, en un principio escondidos, pronto comenzaron a asomar, cual botones, bajo la tela. Me humedecí los labios con la lengua ante el repentino deseo que me embargó de abarcar esos senos con mis manos. Un tirón doloroso en mi miembro me bajó a la realidad. Me excité enseguida y ya no lo pude controlar, la visión que ella me daba no me lo permitía. Mis ojos continuaron recorriéndola. Noté que su falda amplia y colorida permitía adivinar el triángulo oscuro de su pubis. Un jadeo ronco se trancó en mi garganta. Pude sentir la humedad tibia que comenzaba a mojar mi ropa interior, al darme cuenta de que la adivina no llevaba ninguna prenda bajo sus ropas. Ya imaginaba mi boca perdida en lo rizos oscuros de su sexo, y mi lengua descubriendo las secretas mieles de su ardiente hendidura. La deseaba. Era muy raro que me ocurriera esto con las mujeres, desearlas así a primera vista. La urgencia de mi sexo se hacía cada vez más dolorosa. Me encontraba en la puerta de la tienda, aún no había terminado de entrar, pero ya sabía que no me iría de allí como si nada. Ella me observaba, con los labios húmedos entreabiertos y los pezones cada vez más remarcados, como pidiéndome que saciara su sed. Era como una tentación al borde de un abismo, al cual me dirigía sin importar mi suerte. ―¿Quiere saber su suerte, caballero? Su voz terminó por convencerme, era suave, aterciopelada. Imaginar sus suspiros y jadeos me ponía más duro aún. Hice un movimiento afirmativo con la cabeza, sin apartar la mirada de sus ojos. ―¿No va a preguntarme cuál es el precio? ―susurró ella, colocando las manos en la cintura, y dejando más en evidencia la visión de sus turgentes senos bajo la tela que ahora parecía más transparente. ―El precio no me importa ―respondí sin titubear, y entré. ―Pues está de suerte. Hace tiempo lo esperaba ―dijo con una sonrisa seductora.

***

La cortina de la entrada a la tienda de la Adivinación volvió a cerrarse, como si ese sector ya hubiera dejado de funcionar. Afuera, la gente que

llegaba hasta el Circo era cada vez más, al igual que los globos plateados que flotaban en el aire. En el interior de la pintoresca carpa, tras la privacidad marcada por la cortina dorada, los murmullos y los gemidos se oían en el aire. El voluptuoso cuerpo desnudo de la gitana se balanceaba sobre el cuerpo atlético del hombre que se había acercado sólo para curiosear, y que ahora deslizaba sus manos por toda esa piel que lo obnubiló desde un primer momento. Su boca y sus manos abarcaban sus senos con ansiedad y sus sexos se amoldaban a la perfección. Él lo quería todo, no le importaban las consecuencias. Nunca le había importado su suerte, que no era mucha y que quizá, al fin, cambiaría en ese día de San Valentín.

Nina Benedetta

U

n ordinario y vacío día más, que pronto se ve desterrado del adusto y frío calendario, para transformarse ante tus ojos en aquella grotesca fecha que —pese a tus reticencias— logró cautivar tu alma dos años atrás. Cuando él llegó a tu vida. Recordarás que en aquel instante tú ni siquiera reparaste en la fecha. Pero al revisar con mayor detenimiento el expediente, lograste constatar tus sospechas. Era el 14 de Febrero. Sonreíste entonces al recordar que Alex mencionó que se casaría contigo, seguramente movido por las locuaces elucubraciones que suelen abundar justamente en ese día, como un virus mortal que se extiende siempre hasta lugares insospechados. No te sorprendió en lo absoluto. Al menos al principio. ‹‹Será mi único acto religioso››, mencionó, como si se tratara de una especie de premonición que hasta este momento no te había importado. Pero era imposible que no sucediera, no... Esto iba a pasar tarde o temprano, y tú debiste asumirlo desde el principio. Tal parece que la ley de gravedad afecta drásticamente a dos cuerpos que se encuentran en constante presencia mutua, con el debido tiempo al final todo termina por caer.

***

Hoy, después de dos extraños años, continúas realizando las mismas tareas matutinas. Bajarás del apestoso autobús que apenas se detiene para tu precipitado descenso, y penetrarás en aquel antiquísimo edificio grisáceo, sintiendo cada mañana que en cualquier momento se te saldrá el corazón por la boca. No tiene importancia alguna para ti el aburrido y cansado trayecto de la oficina principal a la sala de espera. Regresas el saludo a Bertha, la mujer regordeta que te mira desde la recepción. No sabes nada de ella, pero le has dado los buenos días al menos mil veces.

Subirás las grisáceas escaleras oscuras con la vista puesta al suelo. Las enfermeras que vienen y van, los empleados de limpieza que te miran con esa libidinosa sonrisa cada mañana. Sientes tan pocas ganas de vivir. Todo te resulta tan tediosamente aburrido. La vida es espantosamente insoportable. Al entrar en su habitación sientes que la visión se te nubla. Lo único que puedes observar son esos finos y lacios cabellos oscuros, largos hasta la nariz que le cubren los ojos que no puedes ver, pero que sabes que son castaños. ‹‹Ambarinos››, pensarás, ―con un fulgor intenso, como los de un niño‖. Pero Alex no es un niño. Cosa que no dudas en comprobar de nuevo al detener tu famélica mirada en la musculatura masculina. Los delgados rayos de luz que se cuelan por la rendija hacen que la piel tan blanca resalte de manera extraterrena, superficial, pero solo debido a su naturaleza material. Por dentro ese chico es completamente distinto al resto. —Déjame solo —te dirá. Con esa voz amarga, que más bien suena a pregunta, y tú negarás con la cabeza, maquinalmente, pues son palabras que ya has escuchado con anterioridad. Y como tantas veces antes te repetirás a ti misma que no puedes dejarlo, que quizás no querrás dejarlo nunca. Podrían pensar lo que quieran, podrían hacer conjeturas erróneas sobre tus verdaderas intenciones y, mientras te levantas y te acercas a él lentamente para ofrecerle un poco de solidaridad, te preguntarás qué tan erradas serán aquellas conjeturas, adentrándote más y más a la peligrosa verdad que te has ocultado durante estos últimos dos años. Esa verdad cruel, vengativa y hasta humillante que nadie, ni siquiera tú misma, puede saber. Alex se aproxima. Ya no te mira, pero sus pasos encuentran con facilidad el camino a tu lado. Súbitamente posará su frente blanca en tu hombro, que, de pronto, siente un espasmo al sentir el sutil contacto. Es la primera vez que existe un roce de tal magnitud entre los dos, y atrozmente te resulta agradable. Tu corazón bombeará como un demente, mientras piensas que se está partiendo en mil pedazos. La piel se eriza y no puedes respirar, pero quieres mantenerte quieta. Callas y esperas porque él estará llorando. Tal vez acariciarás sus cabellos negros que cuelgan como serpientes muertas sobre un enjuto árbol selvático. Desearás tener el valor para abrazarlo, para tomar entre tus manos ese rostro compungido, mirar de cerca esos bellos ojos agobiados. Intentarás sacar de ellos el fuego que tantas veces has notado en ellos. Arrancar con un beso todas las tristezas, succionar todo el veneno, atrapar cada maldita y atroz pesadilla. Depurar los golpes, limpiar la sangre ya reseca de su alma, acallar los gritos de agonía, los vómitos, el pánico y así, desterrar para siempre los espasmos, las inyecciones, las amargas medicinas, los estúpidos ansiolíticos, los estupefacientes. Oh, si tan solo pudieras liberarlo de su prisión mental. Pero sabes bien que no puedes. Recordarás que está maldito, que no eres nada para él, salvo una extraña fantasía. ‹‹¿Algún día estuviste ahí realmente?¿Algún día exististe?›› Sabes que para ti no debería de ser nada más que un adusto conejillo de indias. Un maravilloso, inocente y perfecto conejillo de indias. Entonces te darás cuenta de que tú también derramas lágrimas, y de que él lo nota. Y él te abraza. Lentamente rodeará tu cintura, sabes que no resistirás aquel contacto, pero eres fuerte y lo intentas.

Alex apretará tu cuerpo, areciera que desea fundirse a él. Es tan fuerte, tan poderoso que te lastima, aunque ni siquiera lo notas. Solo sientes placer, un regocijo que no has sentido nunca, y entonces correspondes. Tus brazos se aferran a él. Y pasarás tus dedos sobre las abultadas cicatrices de su espalda, las acariciarás. Recordarás, entonces, que en su pecho también tiene cicatrices, heridas hechas por él mismo, y que, además, aquellos rojizos arañazos forman palabras, ‹‹Símbolos mágicos››, como él mismo dijo una vez. Pero tú sabes descifrar su contenido, conoces de sobra la frase. ―Sin Futuro‖ Abrirás los ojos de par en par. Continúan abrazados, llorando. Comprenderás que está perdido, que nunca saldrá de esa clínica podrida de cuarta. Y tú tampoco. Así que lo dejas alejarse. Permitirás consecuente que tome tus mejillas con sus frías manos, perpetradoras de bajezas innombrables, que te mire directamente a los ojos, que explore con ellos lo más hondo de tu alma. Y tú beberás de él, de su presencia. Anhelas ser suya, lo has deseado desde siempre. Sabes que estarías dispuesta a entregarte de todas las maneras, y en todos los aspectos en los que una mujer se entrega a su amado. —Sin futuro —susurra. La expresión de sus ojos revela que sufre, que desea marcharse, que debe marcharse, aunque no desea hacerlo solo. —Sin futuro —repites, y un suspiro ahoga la frase. Tu corazón se abruma, conoces ese miedo. Sientes que te asfixia. Que has llevado toda tu vida al límite. Que nunca te atreviste a cruzar esa frontera por el odioso miedo que te ha abrumado desde la infancia. Crees que estás a punto de caer desmayada. Mientras Alex te observa con esa mirada de locura, con esos ojos agónicos. Es como si suplicara, como si rogara por esa unión tan magnífica y gloriosa. Es entonces cuando la promesa fatal y asequible de lo que surgirá se esparce en el ambiente, prontamente decidida, espontáneamente anhelada. ‹‹Adiós››. Un beso sella el pacto, te acerca un poco más a esa quimera que tanto añoras, tu lengua, pegada a la suya, vibrando con el contacto, es una presa fácil y sumisa para el beso experimentado de Alex. Ambas respiraciones se agitan a puntos conmovedores. Las ruinas comienzan a desmoronarse y desaparecer. Súbitamente sientes un fugaz mareo que vuela. Mirando al techo. No te das cuenta de que tu cuello se ha torcido de forma tan brutal que ya no sientes nada, excepto por el tembloroso cosquilleo que el beso fatal ha dejado impregnado en tus labios. ‹‹La muerte es un manjar delicioso››, piensas. Devorando esa imagen postrera del amor terrenal. Aspirando los últimos vestigios de vida que te quedan. Sabes que él vendrá por ti muy pronto, lo intuyes al ver esos ojos inyectados de lágrimas. Ya no tienes miedo, no hay más dolor y, aunque lo hubiera, la vida duele mucho más, ya no hay más dudas. Y cuando la conciencia se desvanezca lo suficiente como para borrar de tu mente los oscuros y demenciales recuerdos, cuando el único sonido sea tu

corazón apagándose lentamente, sabrás que algo mejor comienza para ambos a partir de ahora.

Jeimy Sánchez

e quité la ropa y entré a la bañera. Quería pensar muchas cosas y una de las principales era su regalo. Faltaba muy poco para San Valentín y aunque le había obsequiado muchas cosas en cada mes que cumplíamos, quería que este regalo fuese más especial que los demás. Lavé mi pelo, luego, salí de la tina secando mi moreno cuerpo. Me puse una ropa cómoda y me senté cerca la ventana para poder escuchar y ver la lluvia. ¿Un hombre poético o romántico? Sí, sé que son pocos y yo tengo el privilegio de caer en ese pequeño porcentaje. Además, Dios me hizo así. ¿Qué puedo hacer? Eso me hace ser diferentes a los salvajes y pocos detallistas que son los hombres de hoy día. El sonido se escuchaba suave. Las gotas caían limpiando todo lo que tocaban y, aquel que fuera capaz de estar debajo de ella podría estar seguro que limpiaría su alma. Era una hermosa melodía que hacía conjunto con otros ruidos provenientes de la calle. A pesar de la noche oscura y la lluvia, todo se sentía sereno, como si muchos se encargasen de no hacer ruido para poder disfrutar de la noche perfecta. En esos instantes vinieron recuerdos así como pintados, pero con emociones envueltas. Era ese día, aquel día en que la conocí. ¿Creerían en el amor a primera vista? ¿Serían capaces de confiar en alguien que se escapa de casa? Les contare cómo paso todo.

M

***

Dhana recogió lo más esencial y lo puso en su bulto. Escaparía de casa, o al menos eso intentaría antes de que su madre la fuese a buscar. Estaba cansada de todo: de su vida, su madre, de esa falta de amor que hacía parecer su casa vacía, aunque materialmente fuese todo lo contrario.

Abrió la ventana con cuidado y sacó la cabeza para ver si había alguien que pudiera verla. No había nadie. Volvió a entrar y, antes de que sus planes se estropearan, cogió el bulto colocándolo en su hombro y empezó a salir por la ventana. Se agarró bien fuerte del tubo que se encontraba a su lado derecho y, poco a poco, según podía empezó a bajar. Al final, el tubo no dio para más. Miró cuán era la distancia y, al encontrar que no era tanta, se tiró para caer al pasto de enorme jardín trasero. Los perros se dieron cuenta y empezaron a correr, pero ella los calló. Cogió una pelota y la envió lejos de donde estaba para poder distraerlos. Entre los arbustos buscó la parte trasera donde se encontraba una pared que daba directamente a la calle. Si era capaz de salir por el frente, sería descubierta y estaría castigada de por vida. Luego de caminar un rato entre los arbustos pudo encontrar la pared. Primero tiró el bulto y luego saltó para tratar de agarrarse. No le fue fácil, pero luego de cinco intentos pudo trepar y caer del otro lado. Se alegró tanto de ver la calle, los carros pasar, las personas, los edificios, estaba cansada de ver siempre lo mismo. Desde que su madre le tenía como castigo no salir de casa, podría jurar que, aunque fuese ciega, no se perdería. Los castigos duraban días y a veces semanas. En cuestión a eso su casa seguía igual y cuando estaba aburrida — que eso era casi siempre— se dedicaba a explorar la casa o ir a leer un libro en la biblioteca. Cogió el bulto y empezó a caminar. ¿A dónde iba? No tenía idea, pero sabía que mientras más lejos de su casa estaba, mejor. Nunca había visto esa parte de la ciudad. Personas vendiendo frutas en la calle; otras, flores; algunos tenían pequeños negocios de perfumes y otras, misceláneas. No entendía lo que veía. Ellos tenían poco y, a pesar de eso, la sonrisa en su rostro era una especie de luz. Bueno, sin contar que otros tenían caras de pocos amigos, pero ninguno se comparaba con las caras que hubiese visto antes. Caminó sin rumbo fijo y, a pesar de que tenía algo de calor, el viento fresco y la tranquilidad que sentía lo vencían todo. Decidió irse más lejos. No quería mirar atrás, no por ahora. Siguió caminando sin encontrar a dónde podía ir, hasta que vio un autobús pasar a su lado e, instantáneamente, los ojos le brillaron con una sonrisa. Empezó a seguir al autobús o al menos tratar de hacerlo, pero luego de unos diez metros no lo volvió a ver, ni siquiera sabía por dónde se había ido. Quiso llegar a la parada, pero se percató de que no sabía dónde quedaba. Se sintió algo frustrada y confusa. Estaba perdida, pero en sí, eso no le importaba. Lo que realmente deseaba era no ser encontrada por su madre o los guardaespaldas que ésta le había asignado para que la ‹‹cuidaran››. En la calle se encontró con un anciano. No tardó en ir a donde él y preguntarle: —Disculpe, ¿sabe usted dónde se encuentra la parada del autobús?— preguntó lo más amable que pudo. —No, señorita, no conozco a ningún Mr. Bus —contestó de lo más normal. Ella se le quedó mirando entrecerrando los ojos, tratando de entender si había sido una broma del anciano. Pero al no ver ninguna señal de burla, fue Dhana la que río como si se tratase de un chiste. El anciano no sabía a qué se debía la acción de esa chica y pensó que debería alejarse, pues no sabía si

era de fiar, quizás hasta podía estar drogada. Se asustó ante su pensamiento y tembló, pero alcanzó a alejarse de aquella chica que aún reía. La muchacha vio que el hombre ya no estaba y lo buscó alrededor, hasta que pudo dar con él, pero ya estaba lejos, bastante lejos para que un señor de su edad pudiera caminar tanto en tan poco tiempo. —Señora, ¿me puede decir dónde queda la parada de autobuses? — preguntó a una mujer que caminaba muy cerca con una canasta que parecía ser de artículos para el pelo. —–Sí, señorita. ¿Ve esta calle? —Dhana asintió—. Dobla a la izquierda y luego, en la segunda entrada, doble a la derecha. La estación le quedará al final —le indicó la señora con mucha amabilidad. Dhana quedó tan complacida que decidió comprarle uno de los accesorios que ésta traía en su canasta, antes de que ella se fuera. —Disculpe, ¡espere! Quiero comprar un broche —le dijo. La señora le sonrió y le entregó uno. —¿Cuánto es? —preguntó con interés. —Te lo regalo, niña —dijo la mujer. El mundo si era capaz de voltearse boca abajo, porque eso fue lo que sintió Dhana. Con aquel gesto había recibido muchos regalos. Según sus padres, ella se los merecía, incluso el carro que recibió a sus veinte. Sin embargo, no comprendía. Esa señora dependía de aquello para vivir, ella tenía más que eso, y aún se lo regalaba. —¡No! —protestó—. Quisiera pagárselo. —La mujer se negó—. ¡Por favor! — suplicó. —Señorita, ya le dije que se lo regalaba —insistió la mujer. —¿Dime cuánto es?, por favor —le volvió a suplicar. —Son dos dólares —contestó la mujer, rindiéndose al fin y al cabo. Dhana sacó su pequeño bolso de mano, de su bulto y le entregó un billete de veinte. La señora, al ver el dinero, buscó en el pequeño bolsillo que tenía en la parte del frente y sólo encontró unos cuentos billetes de uno. —Lo siento, señorita, no tengo cambio —dijo algo triste. —No se preocupe, se puede quedar con él —contestó feliz. Sabía que la mujer lo necesitaba más que ella. —Pero… —trató de hablar, mas fue interrumpida. —Ahora soy yo la que se lo regala —dijo mientras se alejaba para que la mujer no volviera a protestar. Se sintió feliz. Era como uno de esos días en los que se hace una buena acción y no se cabe en sí misma de tanta felicidad. Ella no lo había hecho por presumir ni nada de eso, realmente quería comprarle aquel hermoso broche. Al final, pudo devolver aquel preciado gesto. Ella siguió al pie de la letra la dirección que le había dado aquella mujer. Luego de doblar por la derecha pudo ver desde lejos un edifico gris con azul. La calle estaba casi desierta, pero al entrar al lugar pudo ver varios autobuses estacionados. Unos estaba prendidos y varias personas se montaban en él. Los demás estaban apagados, ni siquiera alguien estaba dentro de ellos. Buscó uno de los autobuses que más cercanos le quedaba e hizo la fila. Cuando llegó su turno le pidieron algo que definitivamente no tenía consigo. —¿Qué boleto? —preguntó.

—El que evidencia que pagó para poder montase —dijo el conductor. Dhana dio varios pasos hacia atrás, hasta que se bajó del transporte. —¿Dónde puedo conseguir ese boleto, señor? El conductor le indicó un lugar que estaba a unos pasos, era como una especie de cabina blanca o algo así. Le hizo una señal para que él pudiera esperarla y fue en busca del boleto. Cuando lo obtuvo en su mano, vio como el autobús se alejaba y maldijo por lo bajo. Luego entró a un lugar al que le habían dicho que era para esperar a los autobuses. No había nadie, así que escogió a libertad el asiento. Se quitó el gorro de lana que llevaba y dejó salir su pelo riso. Se colocó el nuevo broche que le habían regalado. Abrió el bulto y guardó el gorro de lana. Saco su teléfono y unos audífonos. Se relajó al escuchar la balada que salía de aquellos cables que llegaban a su oído. Se recostó de la pared y cerró los ojos. Sintió como la puerta se abría de repente. Abrió los ojos y se quitó los audífonos. Pensó que algo andaba mal. Vio a un chico mulato de espalda; llevaba un gorra, un mahón que al parecer estaba gastado y un suéter negro. También llevaba un bulto colgando de su hombro izquierdo. Se rió ante la idea de que quizás él también había escapado de casa. Isaac volteó y se llevó la mayor sorpresa de su vida. Era una chica hermosa, de piel morena, tenía el pelo riso al estilo de afro y unos ojos marrones en forma de almendra. Vio como lo veía y le sonrió. No sabía cómo lo había hecho y si tan siquiera sería golpeado luego, pero se sentó a su lado. Dhana lo miró con sorpresa, pero no hizo nada. Él se sintió más seguro. Observó el bulto que traía y sonrió. —¿Escapando de casa? — preguntó en tono burlón. Dhana tosió al ver que aquel chico había dado justo en el blanco y tuvo miedo de que fuera enviada por su madre. Se alejó un poco. Isaac se sorprendió al ver cómo la chica tosía, y supo que tal vez había atinado. Se sorprendió más cuando ésta se alejó, así que no tardó en decir: —Tranquila, no te hare daño. Me llamo Isaac, ¿y tú? —añadió el mulato mientas extendía su mano. —Soy Dhana —contestó un poco cohibida. No sabía si era el destino, pero se sentía cómoda con ese chico. Sentía como si con él estaba protegida. Isaac no se quedaba atrás, creía que se había enamorado de ella a primera vista. —Y tú… ¿también escapas de casa?— preguntó ella. Ambos sonrieron. —Sí, pero solo por unas horas. Sé que luego se preocuparan por mí o harán algo para encontrarme —dijo él habiéndole recordar su vida a ella—. Es bueno alejarse un poco, hay veces que lo que hay a tu alrededor cansa, pero luego te preguntas: ‹‹¿Qué hago?›› Y te das cuenta de que tienes que volver, por eso solo me escapo por algunas horas —añadió. Ella no pudo sentirme más identificada. Era como si él viviera la vida de ella. Por fin encontraba a alguien que la entendiera. La siguiente media hora se conocieron más. Isaac era un año mayor que ella, así que tenía veintiuno. Las diferencias sociales les fueron irrelevantes. Escucharon música juntos y comieron un dulce de coco que Isaac había traído en su bulto. Parecían dos amigos que se habían conocido desde hacía

muchos años. Ambos se sintieron cómodos el uno con el otro y no dudaron si tal vez se habían conocido en una vida pasada. Isaac miró su reloj, se paró y se dirigió a la puerta. —Me tengo que ir —dijo mientras abría la puerta. Dhana bajó la cabeza. Con la única persona completamente desconocida que se había sentido tan cómoda era Isaac, mas él ya tenía que irse. Realmente ella no quería que se fuera. Él no pudo resistir más—. ¿Quieres venir? Dhana alzó la cabeza y una gran sonrisa se asomó en sus labios. Miró su boleto y pensó por unos instantes, luego lo dejó en el asiento y decidió, por primera vez en su vida, arriesgarse a algo. Quizás él no era de fiar, quizás después sería buscada por los guardaespaldas, pero no le importaba. Él la miro como lo más hermoso del mundo, y vaya que para el sí lo era. No le importó si quizás ella no era de confianza. No pudo dejar de expresar su alegría cuando ella aceptó. ¿Realmente se habían enamorado a primera vista? Luego de salir de la estación, Isaac la llevó a un muelle. Subieron unas escaleras y llegaron a un local inhabitado. El atardecer ya estaba empezando a nacer. Había muchos espejos rotos en el piso y el techo era completamente de cristal. Él le tapó los ojos y la llevó al centro del lugar. Cuando la luz del sol se tornó más rojiza, ella abrió los ojos. La luz que parecía fuego llegó a los pequeños espejos que estaban esparcidos por todo el lugar y parecía como si el piso estuviese en llamas, pero, a la misma vez, esa luz producía otras luces. Dhana no sabía cómo explícalo, pero era lo más hermoso que había visto en toda su vida, teniendo en cuenta que había visto muchas cosas hermosas. Isaac sonrió al contemplarla tan encantada. Luego la sostuvo de la mano y la llevó de vuelta. —Aún no me quiero ir —protestó. —–Tranquila, aun no nos vamos. Bajaron nuevamente las escaleras y caminaron un rato. Subieron otras escaleras, pero estas eran más grandes que las primeras y llegaron a una azotea al aire libre. El sol se veía ocultándose, y las franjas amarillas, rojas y naranjas se esparcían por todo el cielo. Se sentaron y comieron unas frutas que ambos habían traído. La noche casi caía. Isaac sabía que en algún momento Dhana tendría que irse, así que aprovechó cada segundo junto a ella. La observaba cada vez que podía, como si nunca más la pudiera volver a ver. Tendría su rostro grabado en su mente. Quitó los audífonos del teléfono y la música se escuchó un poco más alta. —¿Qué haces? —preguntó atónita. —¿Quisieras bailar conmigo? —preguntó él, mientras se inclinaba como caballero extendiendo una mano y colocando la otra detrás de su espalda. Ella río, pero luego sostuvo su mano. Se paró y lo miró a los ojos. Había poca luz, temía que pudiera tropezar, pero con la poca luminiscencia que había pudo disfrutar de los hermosos ojos del chico .Tenía largas pestañas y se sorprendió que no hubiera descubierto antes aquellos hipnóticos ojos claros del mulato. No sabía por qué no se dio cuenta antes, ni siquiera eran demasiados oscuros para enterarse de una vez. Bailaron al ritmo de la música, sin querer que nadie los detuviese. ‹‹Dos desconocidos››, pensaban ambos, pero jurarían que se conocían más de lo que lo harían las personas que estaban en su vida diaria.

—¿Ojos verdes? —preguntó ella con cortesía. Él se sintió un poco avergonzado y bajó su cabeza. No era aquel chico que le gustase que lo halagasen. No sabía cómo ella se había cuenta. Eran pocos lo que podían percatarse, al menos que estos se hubieran cambiado a un tono más claro, de sus ojos verde oscuro a un verde más claro. Sólo si lo mirabas mucho podrías darte cuenta, ahí fue que captó que él no era el único que sentía eso. Ella también lo había estado mirando mucho. —Sí —dijo mientras sonreía—. Al parecer se han puesto más claros. —Sí, creo que antes los tenías más oscuros, quizás por eso no me percate de su hermoso color. Dhana sonrió. No aguantaba más. Él agarró su cintura y la pegó más hacia él. Ya la luz era casi imperceptible, pero la luna se encargó de iluminar un poco más. La música se siguió escuchando, sin embargo, ya ellos habían dejado de bailar. Ahora ambos se miraban. Era loco, se gustaban mucho. Quizás pensarían que era muy pronto, que eran unos desesperados, pero ambos lo sentían. Tal vez no estaban tan locos después de todo. Ambos lo deseaban. Si no se volvían a ver, esto sería el sello que marcaría todo. Era o quizás fue el mejor día de sus vidas. No esperaron más y pegaron sus labios. El beso fue tímido al principio, como si tuviesen miedo, pero luego se profundizó. Isaac cogió ambos extremos de la cara de Dhana, haciéndola sentir delicada. Ella se alejó un poco, pero él se lo impidió y volvieron a formar aquella danza con sus labios. Luego de un gran beso que lo dejo sin respiración, Dhana bajó su cabeza sintiendo un poco de vergüenza. No se arrepentía de lo que había pasado, era la primera vez y tal vez la última que volvería a hacer algo como eso. —Tengo que irme —susurró Dhana. —Ehh… bueno, no, digo… sí. Te acompaño —dijo un poco aturdido aun por el beso. Ambos cogieron sus partencias y bajaron las escaleras. De camino reían y hablaban sin parar. La escena del beso no se había repetido y sabían que no se repetiría. Cuando estaban cerca de la casa de Dhana se escuchó una voz. —Ahí están. ¡Atrápenlos! —dijo una mujer. Dhana maldijo por la bajo al identificar la voz de aquella fémina. Muchos hombres vestidos de negros los sostuvieron a ambos. Mientras, se escuchaba unos pasos de tacón acercarse. —¿Creías que te escaparías, Dhana? —dijo la mujer con una sonrisa irónica. —No, mamá, solo salí un momento —indicó algo molesta. —¿Y por qué el bulto entonces? —Dhana miró el bulto lo que traía, que gracias a los guardias estaba al frente de ella—. Además, sabes bien que te prohíbo las salidas. ¡Llévensela! —¡No, mamá, no! —suplicó. —¡Suéltenla, suéltenla! —grito histéricamente Isaac, captando la atención de todos. —Con que tú eres la mala influencia que tiene mi hija para escaparse. — Miró su ropa—. Y un hombre de quinta y sin modales —dijo esta vez dirigiéndose a él.

—Mamá, ¡déjalo! Él no tiene nada que ver —manifestó Dhana tratando de soltarse de los agarres de los guardias. —Ustedes, encárguense de él —ordenó la señora señalando a Isaac—. Tú y yo tenemos que hablar, muchachita —dijo señalando a Dhana. Isaac recibió algunos golpes que lo dejaron en el piso, mientras Dhana era arrastrada por los guardaespaldas. Todo se había acabado. Quizás no se volverían a ver, pero todo fue diferente. La locura realmente visitaba sus vidas y sus cabezas estaban afectadas. Después de ese día se suponía que no se encontrarían jamás y así lo pensaron. Mas no fue así.

***

Dhana se escapaba para verse con Isaac, luego se volvía a escapar y se volvía a encontrar con él en la parada de autobuses. Siempre hacían algo para no ser descubiertos. Sabían que era más que el destino los que los estaba uniendo. Las salidas eran casi diarias y cuando ambos no podían se añoraban como dos gemelos separados. A los tres meses se hicieron novios y, después de eso las cosas se volvieron un poco más difíciles en la vida de ella, pues su madre sospechaba algo. Un día la llamó. —Dime, mamá. —¿Quién es? —preguntó su madre muy seria. — ¿Quién es quién? —No te hagas la que no sabes, ¿con quién estás saliendo? —dijo muy enojada. —Con nadie —simplificó el tema haciendo que el enojo de su madre aumentara. Ésta la fulmino con la mirada y Dhana solo la miraba con indiferencia. —Yo espero que no sea el muchacho de quinta con quien te encontré el otro día —dijo señalándola. —¿Terminaste? Dhana no esperó la respuesta y se fue. No le diría nada a su madre. Con Isaac sentía algo diferente y no sería capaz de sacrificarlo solo porque a ella lo le agradaba. Cada mes Isaac le regalaba cosas diferentes. Sacrificaba gran parte de su sueldo para obsequiarle lo mejor, pues tenía en cuenta que la posición de ella lo ameritaba. Le daba flores y joyas, la llevaba a los mejores restaurantes y, aunque ella decía que no tenía que hacerlo, él sentía esa obligación porque ella se lo merecía.

***

Sentí una luz en mi rostro y en mis ojos, al abrirlos me di cuenta de que me había quedado dormido frente a la ventana. Miré hacia fuera y el sol estabaa flor de piel. Nadie podría decir que el día anterior habría llovido. El rocío se sentaba en las plantas y hojas cerca del lugar. En los pequeños terrenos de tierra había lodo con agua estancada que dejaban en evidencia que ayer no fue un día seco. Me paré y estiré. Hoy, sí, hoy era ese día que anhelaba, para que mañana todo fuera perfecto. Si quería tener todo listo tenía que organizar todo desde ahora. No sabía cómo ella reaccionaria ante la sorpresa, pero tuve un sueño, y ahí vi todo: la sorpresa, los detalles y la cara de ella que era bastante satisfactoria. Me bañé y fui por algo de desayunar. Luego de comer un plato de cereal fui otra vez a mi pequeña habitación y saqué todo lo que había ahorrado en estos seis meses. Después de ponerme algo sencillo salí en busca de mi plan. Caminé unas cuadras y me percaté de que yo no era el único que estaba en planes de algo. Las calles estaban repletas, así como en Navidad. Personas con peluches, flores y chocolates iban de aquí para allá a toda prisa, como si el tiempo estuviera detrás de ellos. A cada tienda que entraba o trataba de hacerlo se me hacía casi imposible, las personas las llenabas, e incluso las filas para acceder a ellas eran casi quilométricas. Me cansé de buscar, todo estaba lleno y supe que necesitaba ayuda de alguien más. Cogí mi teléfono y marqué unos números. La persona a quien llamaba lo cogió a la cuarta timbrada. —¿Isaac? —Este… sí… bueno —dije tartamudeando. Hacía mucho que no hablaba con él por motivos personales, pero las circunstancias me llevaron a ello. —¿Cómo estás?... ¡Qué bueno que me llamas! —dijo al otro lado del teléfono. —Estoy bien… y no llamé por cortesía, quería pedirte un favor —fui directo al grano. —¿Un favor? —preguntó curioso. —Sí… este… es que mañana es San Valentín y quería saber si podrías ayudarme. Realmente odia hablarle y más para pedirle un favor, mas por Dhana haría muchas cosas. —¿Es por una chica? —me interrogó. Yo solté una carcajada—. Tranquilo, no me tienes que contestar. Te espero. Fue lo último que dijo y colgó. Mi padre no era de muchas palabras ni menos de muchos sentimientos, yo tampoco lo era con él. Después de todo, él fue el que cambió primero. Conduje hasta el lugar. Me estacioné unas calles antes sabiendo que no encontraría un lugar cerca, debido a la cantidad de personas que hoy hacían encargos y compraban los regalos para sus amantes o futuras conquistas. Llegué a un local en el cual estaba escrito ‹‹Floristería Saac y Malí››. Entré y, como esperaba, el lugar estaba repleto. Saludé a Malí, la esposa de mi padre, que se encontraba ayudando a un cliente y casi juraría que, cuando me miró,

vio un fantasma. Ella se sorprendió a tal nivel que el color se le fue un poco del cuerpo. Se excusó con el cliente y se acercó con nerviosismo. No quería esto, traté de evitar las situaciones incómodas por años, pero creo que, a fin de cuentas, siempre tendremos que experimentarlas. —Isaac, ¡qué bueno verte! Creí que nunca nos volveríamos a ver. —Me dio un abrazo mientras lo decía. —–Sí, estoy aquí —dije con sencillez. Malí era la mujer por la que mi padre había cambiado y, antes de yo enterarme de que se iba de casa con ella, me la presentó como la niñera. Estuvo cuidándome por meses, y aún así nos cogimos cariño, pero todo cambió luego de que mi padre se fue. —Tu padre, ¿dónde está?... Se pondrá alegre cuando te vea por aquí. — Miró hacia los lados. —Él ya lo sabe, le dije antes de venir —cambié mi tono de voz. Sabía que estaba siendo un poco duro, pero no estaba aquí para reconciliaciones ni menos para momentos incómodos. —Isaac… hijo —nos interrumpió la ronca voz de mi padre. —Hola, Saac —dije. Él se acercó y me dio uno de sus típicos abrazos secos y luego me llevó al fondo, donde supuse que estaban las oficinas. Abrió una puerta marrón y me hizo señal para que pasara. De verdad que no estaba para toda esa generosidad de su parte, quería ir al punto y ya. Aún me faltaban varias cosas por comprar. —Siéntate. —Señaló un asiento que se encontraba frente a él. Me senté y el hizo lo mismo, pero detrás de un escritorio. Lo observé por unos momentos, su cara estaba más feliz que nunca, sus arrugas eran más notables, pero se veía feliz y me alegré por ello. — ¿Y tu madre, cómo está? —Papá, no vine a hablar de la familia y de cómo estamos. Él me miró con cara de sorpresa. —Ok, ok, perdón —habló mientras alzaba las manos en señal de rendición— . Dime, ¿qué tienes pensado comprar por San Valentín? Es para tu novia, ¿verdad? Yo asentí. Le expliqué mi sueño y lo que tenía planeado. Le conté detalle por detalle, las flores que quería y las que no. Deseaba que todo fuera perfecto, así como ella. —¡¿Tantas flores?! —Me sobresalté con su grito—. ¿Seguro que quieres tantas? —volvió a preguntar y yo asentí. Hizo unos cálculos y luego me mostró el resultado—. Este es el total, conste que te descontaré porque eres mi hijo. No me molesté. Saqué el dinero de mi cartera y se lo entregué. Vería cómo me las arreglaba para las otras cosas. —¿A dónde quieres el envío y cuál es tu dedicatoria? —manifestó mientras sostenía un papel y un lápiz. —No quiero un envío —dije—. ¿Será posible que yo venga a buscarlo? Él se sorprendió, abriendo sus ojos como dos platos. —¿Seguro? Tendrás que buscar un vehículo bastante grande para eso. —No te preocupes, ya me encargué de todo. Y si no hay más nada, tengo que irme. —Hijo —dijo casi en súplica—. .¿Volverá todo a ser como antes?

—No lo sé, Saac. —¿Cuándo volverás a llamarme ‹›papá›› como solías hacerlo? —preguntó. Yo me quedé callado. Un silencio incómodo se tiñó en la habitación. El sonido del aire y las personas en la parte de afuera se podían apreciar mejor que nada. Mi padre cambió la cara y yo hice lo mismo. —¿Cómo se llama? —dijo esta vez con una sonrisa. Al parecer quería relajar el ambiente y lo logró. Miró mi cara de confusión y aclaró—. ¿Cómo se llama tu novia? —Dhana. Sonreí. Cuando hablaba de ella era imposible no hacerlo. Él también lo hizo y me marché. Me despedí con un gesto de cabeza de Malí y salí de la floristería. Ahora solo me quedaba comprar los últimos detalles. Prendí el carro. Conduje hasta las tiendas necesarias para comprar lo que me faltaba y, siendo el más importante, no me olvidé de conseguir el detalle final. Ya eran las seis de la tarde. Me paré en el lugar donde pensaba decorar todo. Deje allí la mayoría de las cosas que había comprado y no dejaba de pensar que ese sería el lugar perfecto para un día como mañana. Recorrí el lugar sintiendo cada espacio en él, imaginándomelo decorado y arreglado para ella. Antes de irme le escribí un mensaje a Dhana: ‹‹El pato de esta mañana y lo vi con seis patitos, lo más raro era que estaban en la parada de autobús››. El mensaje era un poco raro, pero así tenía que ser, luego de que su madre sospechara que estaba saliendo con alguien. La seguridad alrededor de Dhana se incrementó y, tanto su teléfono como su computadora eran continuamente monitoreados, entonces creamos un código para cada vez que queríamos vernos. El cielo se vistió de negro junto con escarchada plata, acompañada de una perla que se podría contemplar desde lo lejos. Todo estaba en sosiego, y la luz de la luna iluminaba pequeñas cantidades de terreno. Quería verla, cada ser en ella, cada minuto se volvía más desesperante para mí. No podía creer que para poder verla mañana tendría que durar tres días sin hacerlo, sin hablar con ella, por el simple hecho de que su madre no sospechara. —Dhana. Mis labios pronunciaron su nombre en un susurro, que incluso se escuchó como el sonido del viento. ¿Hasta cuándo me tenía que esconder? ¿Hasta cuándo lo de nosotros estaría sumergido en la oscuridad? Golpeé el cristal de la ventana. Esta situación ya me estaba desesperando, quería que todo cambiase a partir de mañana. —Si el mañana no cambia nada, no sabría qué es lo que haría —dije para mí mismo—. Quizás sería yo mismo quien revele todo. La luz tocó mi cara, dándome algo de respiro, haciéndome mirarla como si la observara a Dhana. De todo lo que podía ver alrededor, esto era lo único que me conectaba con ella. Si ambos la contemplábamos, de alguna forma nos diríamos algo, conversaríamos sobre lo que nos callábamos o acerca de lo que no nos podríamos decir.

Me acosté en la cama tratando de conciliar el sueño, pero en mi mente solo llegaban imágenes de ella riendo, haciendo puchero, triste, enojada. Cada imagen eran como un poema para mi alma y yo no quería olvidar su ritmo, pero el sueño, al fin y al cabo, venció ante todo. ‹‹Si mi sueño fuera ella, no quisiera nunca despertar››. Abrí los ojos pensando en esa frase. El día podría ser como cualquier otro, podría comenzar igual que otro, pero hasta las paredes sabían que no era así. Hoy era un día esencial y más que especial. Estire mi cuerpo en la cama, y en un suspiro se me escapó su nombre. La extrañaba demasiado, pero me alegraba de que, al fin, hoy mis ojos podrían disfrutarla. Fui al baño, me quité la barba de tres días y me metí rápidamente a la ducha. Luego de vestirme tomé mi teléfono e hice una llamada. —¿Isaac? —Hola, Roberto, necesito el vehículo que me habías dicho que podrías prestarme —dije sin rodeos. —¿Te lo llevo o lo vendrás a buscar? —Lo voy a buscar. —Luego me preguntó que si el auto era para cosas legales—. No, no es nada ilegal, es para una sorpresa que le tengo a mi novia. —Después de tener su aprobación le dije —: Ok, ya estoy de camino. Colgué. Cogí un abrigo y las llaves. Salí. Me monté en mi carro y conduje en busca de lo que necesitaba. No fue nada de muchas palabras, llegué y Roberto ya me estaba esperando afuera con las llaves del gran vehículo. Estacioné mi carro, lo saludé y luego me fui. Llegué a la floristería de mi padre por la parte de atrás. Sabía que si lo hacía por el frente no tendría espacio para respirar, pues debería de haber miles de personas comprándoles flores y esas cosas a sus parejas, todo en último momento. Me bajé del vehículo y, al ver que el encargo aún no había llegado, decidí ayudar a Malí a vender y hacer las órdenes, las cuales se componían de grandes filas y muchas llamadas telefónicas. A eso de las tres, mi padre me avisó que ya todo estaba listo y para ese tiempo la tienda ya estaba vacía. Entramos y pusimos todo en el vehículo. Antes de irme Mali me habló. —¿Quieres que te ayude? —preguntó. Yo me alce de hombros y ella sonrió. Se montó en el asiento del copiloto. —¿Ya te vas? Asentí. —Espero que todo salga bien —dijo mi padre. —Gracias, yo también espero eso, papá. Él se quedó algo paralizado, pero me dio una gran sonrisa, de esas que hacían que sus arrugas se tonasen aún más. Nos abrazamos y me subí al vehículo. Mali quedó encantada con el lugar. —¿Cómo descubriste un lugar tan hermoso? —me interrogó. —Mamá me solía traer aquí cuando era pequeño. Pasaron tres horas, tres largas horas de trabajo que, sin duda, valió la pena. El lugar era hermoso y con todas esas flores aun lo era más. Agradecí a Malí de

todo corazón. Sinceramente sin ella creo que todo esto no hubiese quedado tan bien. La llevé a su casa y luego devolví el vehículo. Busqué mi carro y ya eran las seis y media cuando regresé a mi casa. No tenía mucho tiempo que perder. Me bañé y me puse una de mis mejores ropas. Tenía todo lo que había comprado ayer y que no era parte de la decoración. Finalmente, salí a toda prisa. Llegué a la parada de autobuses y casi lloré de la emoción de poder verla. Ella vestía un vestido corto color rosa pálido, bastante elegante. Me bajé del vehículo y le di un fuerte abrazo. Me encantaba sentirla, tenerla ahí conmigo. Al parecer el único emotivo no era yo, pues escuchaba cómo sollozaba un poco en mi pecho. Toqué su mejilla con mi nariz, como pidiendo un beso y ella accedió. Toqué sus labios que sabían a gloria y me hacían volar más allá de lo que la misma mente podía hacerlo. Profundicé el beso introduciendo mi lengua en su boca. Ella me rodeó la cintura con su sus piernas y yo la sostuve. Luego nos despegamos para encontrar aire. Nos abrazamos otra vez. Y luego entramos al carro. Antes de irnos, le pedí que cerrara los ojos, pero como sabía que la curiosidad la mataría, en un momento le vendé los ojos y le di un casto beso. Arranqué el vehículo. Tenía el corazón muy acelerado y no solo era por el beso, era por todo: la sorpresa, su reacción, esas cosas eran taladradas en mi mente. Al mirar por el retrovisor, pude ver un carro que ya veía hace cinco minutos detrás de nosotros. ‹‹Estás paranoico y te estas volviendo loco››, pensé. Estacioné el carro y me baje. Lo rodeé y abrí la puerta del copiloto, donde me esperaba mi hermosa novia con los ojos vendados. La tomé de la mano y con cuidado la conduje fuera del vehículo. —Esto es injusto, no me dejaste ni ver el camino —dijo mientras hacía un puchero. Yo solté una carcajada. —Las sorpresas son sorpresas. Ahora fue ella la que río. Cuando nos encontramos en frente de las escaleras le dije: —Cuenta hasta diez. Mientras ella contaba, yo subía las escaleras. La esperé adentro con las mejores de mis sonrisas. —¡Isaac!, no puede ser que me ibas a traer aquí y no me dijiste nada. Pude escuchar como protestaba a lo lejos. Después escuchaba como subía las escaleras. Apagué las luces. Cuando la vi entrar, descifré su cara, era una de asombro, pero alegría al mismo tiempo. Se tapó el rostro con las manos y luego quitó las lágrimas que quizás se habrían escapado. Caminó por el arco llenos de luces. Aún mantenía su boca tapada. Miró el piso que tenía algunos pétalos de flores. Luego de que terminó el recorrido observó a su alrededor. El lugar estaba repleto de flores. Vi cómo se acercaba a la mesa con sus ojos llorosos. —Gracias, gracias, gracias —me dijo mientras me llenaba de besos—. No tenías que hacerlo.

Se pegó a mi pecho y me abrazó. Yo le correspondí. Todo había salido bien hasta ahora, sólo faltaba dos cosas más y, si seguía de acuerdo a mi sueño, la noche seria perfecta. Nos sentamos en la pequeña mesa, a la cual la decoraba un largo mantel blanco, con unas copas de cada lado y pétalos de flores esparcidos por ella. Había dos tapas de color de aluminio tapando nuestra comida. Cogí el vino que estaba en una hielera seca de nosotros y le serví. Su cara aún se veía sorprendida por todo eso y Dhana sonreía para sí misma de vez en cuando. Cogimos nuestras copas y brindamos por nosotros. Destapamos la comida y su delicioso aroma lleno nuestras narices. Sonreí y ella hizo lo mismo. La comida fue rápida, al menos yo traté de hacerlo así. Le dije que tenía otra sorpresa y que me moría por ensenársela. Luego de comer me paré y extendí mi mano para que ella la recibiera y eso hizo, me sostuvo y se paró. La conduje al centro del local. La luz de la luna nos hacía compañía a través del techo y las flores hacían todo más intenso y profundo. En el centro no había nada, solo una pequeña pista. Estábamos rodeados de flores. Ella me miró con su cara confundida. Yo sonreí. Me alejé un poco y prendí una pequeña radio que había comprado recientemente. Esta empezó a sonar haciendo que la música se esparciera por todo el local y proporcionara el mayor de los placeres a nuestros oídos. La invité a bailar y ella aceptó. Después de unos giros y varios pasos se acercó a mi oído. —¿Qué estas tratando de hacer? ¿Volverme loca? Me traes al lugar dónde nos escapamos el primer día que nos conocimos, luego pones la canción que bailamos aquella vez. ¿Qué quieres que recuerde? —Quiero que me recuerdes a mí —dije con voz suave en su oído. —Siempre te recuerdo, siempre pienso en ti. Mi mundo es tuyo Isaac — susurró. La acerque más a mí y me fundí en sus labios. Saboreando cada centímetros de ellos. —Quiero que seas mía —hablé en voz ronca. —Soy tuya, Isaac, y lo sabes —me contestó volviendo a unir nuestros labios. Me despegué y la miré. —No, quiero que seas mía —dije mientras sacaba la última sorpresa de mi bolsillo y me arrodillaba—. Hoy cumplimos once meses desde que nos conocimos y sé que no tengo que tardar más para saber que eres la mujer que quiero para mí, para que estés en mis recuerdos, en mi vida, para que forme una familia conmigo. Las palabras me faltarían para describirte, Dhana, eres todo lo que ni tan siquiera me atreví a soñar, superas mis expectativas, mis esquemas. Por eso, en este día quiero preguntarte si también sientes lo mismo. Dhana Villa Real, ¿te quieres casar conmigo? Momentos de silencio se apoderaron de aquella habitación, Dhana solo me miraba. Cloqué el anillo en su dedo y aún no reaccionaba. Abrió la boca para decir algo. —¡Ahí está! ¡Fue él quien secuestró a mi hija! —se escuchó desde la puerta la voz de la mamá de Dhana. Varios hombres vestidos de policía y armados entraban arruinado todo la decoración. —¡Mamá, ¿qué haces aquí?! —preguntó Dhana aturdida.

Sentí que volvimos al primer día, que nada había avanzado. Sentí que era el día en el que nos conocimos, solo que éste tenía varios detalles añadidos. —Alejándote de este mal nacido. Te pregunté muchas veces si él era tu novio y nunca me dijiste nada. No me dejaste otra alternativa que mandarte a seguir. —Mamá, ¡él es mi novio! No lo llames así y si no te dije nada es porque sabía cómo ibas a reaccionar. ¡Mírate! —gritó exasperada. —Aquel chico, ¡llévenselo! —dijo señalándome. —¡No! ¡No! —exclamó mientras Dhana se paraba delante de mí. Los hombres la apartaron y por más que yo quise correr, estaba rodeado. Vi a Dhana cómo peleaba para que me dejaran y también la vi llorar. Me sentí miserable al verla sollozar, me partía el alma, pero lo más que me dolía era que lo hacía por mi culpa. Lo último que vi fue cómo discutía con su madre, mientras lloriqueaba señalándome. Me llevaron a la comisaria y sin ningún delito declarado me encerraron. ‹‹Solo eso me faltaba, San Valentín sin ella››, me dije. Todo se había arruinado, por no ser más precavido antes, no la volvería a ver. Me halé el pelo de la frustración. ¡Maldición! ¿Cómo es que pude ser tan inútil, tan incapaz de nada? Me senté en la banca que estaba adentro. Cubrí mi cara con mis manos. Solo esperaba que no le hubieran hecho nada a ella. No me importaba mi condición ahora, sólo cómo estaba ella y qué le habría pasado. Me sentí más frustrado aún y algo impotente. El coraje llenó cada parte de mí. Apreté mis puños tratando de liberarme de él, pero fue inútil. No todo había salido como lo había planeado, no todo había salido como en mi sueño y me sentía enojado conmigo mismo, sobre todo por creer en él. Las horas pasaron y con eso mi coraje fue disminuyendo. Me encontraba acostado cuando vi que alguien se acercó a mi celda. —Tiene visita. ¿Visita? ¿Acaso el señor se había expresado bien? Me levanté y observé mi reloj: eran las once y media. La vi, la vi acercarse a mí. Me sorprendí, pero ella empezó a quitar la tela que cubría su pelo y su cara, y la dejó reposar en sus hombros. Solo los barrotes impidieron que nos pudiéramos acercar aún más. —¿Estás bien, mi amor? —preguntó mientras yo observaba su maquillaje corrido. —Sí, sí. Pensé que te había pasado algo —le dije mientras sostenía ambos lado de su cara para asegurarme que, a pesar de un maquillare corrido, todo estaba bien—. ¿Cómo llegaste aquí? —Me escapé. No hubiese podido ni dormir sin saber que estabas bien. Se acercó más y me sonrió. A través de las rejas nos dimos un pequeño beso. —Quiero estar contigo —dijo en tono urgente y una lágrima rodó por su rostro. —Yo también, pero mira dónde estoy. Limpié la lágrima que había caído con mi dedo. Ella se alejó, dio pasos hacia tras y capté el brillo en su mirada. Sabía que significaba, pero me temía de lo que fuera capaz.

—¡Guardia! —llamó–. ¡Guardia, guardia! —volvió a llamar mientras no lo veía venir. —¿Sí, señorita? Se acercó el mismo hombre que me dio el aviso. —Quiero que me encierre —dijo segura de sí misma. —Lo siento, pero si no ha cometido un crimen, no podemos hacerlo. Además su madre nos dijo que si usted venía y trataba de hacer algo estúpido se lo impidiéramos. —No se preocupe, eso no es problema —indicó Dhana acercándose al guardia. Cerro su puño derecho y vi el mejor golpe que he visto que una mujer había sido capaz de dar a un hombre. El guardia se tambaleó y la nariz empezó a sangrarle. Sujetó la muñeca de Dhana. Ella lo miró con la cara en alto. —Está detenida por agredir a una autoridad —dijo serio. Pero Dhana sonrió triunfante. En esos momentos supe que era eso lo que vi en sus ojos. El guardia aún molesto abrió la celda y la lanzó a fondo. Yo la atrapé con mis brazos. —No puedo creer que diera resultado —dijo mientras reía. Yo hice lo mismo. Me senté en el piso y apoyé mi espalda en la pared. Ella se colocó entre mis piernas. Entrelazamos nuestros dedos y se acostó en mi pecho. Después de todo si estaba pasando mi San Valentín con ella, con la persona que amaba. Me sentí el hombre más feliz en esos momentos. Las paredes habían sido testigos de todo, y me alegraba que hubiese algo que testificara hasta donde éramos capaces de llegar el uno por el otro. —Sí –dijo ella mirando al horizonte. Luego me contempló y se encontró con mi cara de confusión—. Sí, quiero casarme contigo. Sonreí, y uní nuestros labios, como si mi vida dependiera de ellos, como si mi aire fueran estos. Ella me correspondía de la misma forma y, sin darme cuenta, todo se volvió perfecto. Desde que la conocí, me enamoré, sentí algo especial junto a ella y, a pesar de todo lo que hemos pasado, me rehusé a alejarla de mí. No tardé en descubrir su valor. Aquella persona que tomó las riendas de mi vida y se adueñó de mi corazón, hoy ha decidido ser algo más, ser mía completamente, ser mi esposa. No encontraba importante los días de San Valentín. Sin embargo, ahora son más las razones para que este día se convirtiera en otra cosa más, más que amistad: liebe*. Me enamoré de ella entregándolo todo y, afortunadamente, fui correspondido. Ya no son solo palabras o gestos los que definen el liebe entre nosotros, ahora es el alma quien me hace entender que el recorrido valió la pena, envolviéndonos en algo loco y prohibido, dejándonos caer en el liebe.

*Liebe: palabra en alemán que significa ‹‹amor››.

L. A. Zyanya

L

os pasos de la mujer apenas y se escuchaban. La tierra estaba húmeda y las tumbas aún se encontraban retiradas, de donde estaba ella.

Un hermoso atardecer se desarrollaba en el horizonte, pero ella nunca volteó a ver cómo se ocultaba el sol. Su rostro siguió impasible. Siempre al frente mientras sus ojos deambulaban por el lugar, y sus manos se aferraban al ramo de tulipanes que portaba con orgullo. Era un extraño lugar para pasar un catorce de febrero, sobre todo si se trataba de una dama bella. Esbelta y firme cual florete, la joven no mostraba titubeos en su andar; parecía estar consciente de dónde se encontraba, y a pesar de la oscuridad que empezaba a cubrir el camposanto, avanzó al mismo tiempo que buscaba con los ojos su objetivo. No había pasado mucho tiempo, cuando se detuvo frente a una placa casi pegada al piso. Lo único que ayudaba a descubrir que esta se hallaba en su camino, era un breve desnivel. Una estrella de seis picos estaba grabada en la piedra, muy cerca de la dedicatoria, de quien se ocultaba en las entrañas de la tierra. ‹‹Y sé que cada día del resto de mi vida te echaré de menos.›› La mujer dejó los tulipanes a un lado de la placa. Acto seguido, se sentó frente a esta y sacó de su abrigo un anillo. Lo colocó con cuidado, justo en medio de la estrella y le sonrió a la piedra. —Hola. Soy yo, otra vez. —La mano de la fémina se situó en el frio material frente a ella. Sus dedos acariciaron con ternura la dedicatoria—. Seguro te has de preguntar, qué es lo que hago aquí. Sobre todo porque es San Valentín. Un suspiro surgió de lo más profundo de su ser, estremeciéndola y haciéndole mucho más difícil el guardar la compostura. —¿Me creerías si te digo que no tengo a nadie con quien pasar este día? Te lo juro. Estoy completamente sola. —Una pequeña y casi imperceptible risa se escapó de los labios de la joven. Esta no tardó en ser acallada por su propio cuerpo—. Aún no encuentro a alguien que sea o actué como tú. Te lo dije. Si no eres tú, entonces no quiero estar con nadie.

Una traicionera lágrima rodó por su mejilla. No permitió que continuara su camino, la limpió con el dorso de su manga y continuó hablando. —¿Qué crees? ¿A que no adivinas quién está a punto de casarse? Tu hermano. ¿Recuerdas que decía que eso no era para él? Pues lo capturaron. Por fin ataron a tu chico. Estoy segura de que, si lo vieras ahorita, te sorprenderías por lo mucho que ha cambiado. Así, la mujer estuvo platicando por un buen rato. Solo hasta que las tinieblas se apoderaron del lugar por completo, fue que tuvo que dar la conversación por terminada. Con mucho cuidado se puso de pie y tomó la sortija de la piedra. Guardó el objeto entre sus ropas y acomodó los tulipanes frente a la placa, dedicándole una última mirada al lugar de reposo de su amado. —Otra vez se me hizo tarde. Ya sé lo que seguramente me dirías, así que mejor me voy, antes de que se den cuenta de mi ausencia. —Con un andar parsimonioso, la mujer se puso en marcha. Pronto dejó atrás la piedra con la estrella—. Volveré, ya verás qué sí. Es una promesa.

***

—No me importa si lo prometiste o no. Te dijimos claramente que no podías ir hoy a la tumba de ese tipo. —Un hombre de facciones abultadas y tez rojiza se plantó frente a la mujer, mientras la señalaba una y otra vez con su regordete dedo—. ¡Ya olvídalo de una buena vez! Ese pobre idiota nunca te hubiera dado las atenciones a las que estás acostumbrada. Mejor búscate otro, y atiende mis palabras, hazlo antes de que te vuelvas una solterona, gorda, horrenda y llena de enfermedades. —¿Te encantaría, verdad? A ti lo único que te importa es que me convierta en una fábrica de bebés, para que no te quedes sin tu preciado heredero. — La joven mujer se quitó el abrigo, con una sonrisa que más parecía un gesto de molestia—. Te lo dije y lo vuelvo a repetir: Prefiero irme, desaparecer de su vida, que casarme con alguien a quien no amo. Ese idiota, como lo llamas, fue el primero y el último hombre en mi vida, y el que quieras casarme por la fuerza, no quita el hecho de que no estoy dispuesta a cumplir tus deseos. Sin permitir que se pronunciara una palabra más, la mujer dio un fuerte taconazo y se retiró del recibidor, dejando a sus padres con deseos de imponerle un castigo digno de los peores torturadores. En su habitación, la joven cerró la puerta con fuerza y apoyó su cuerpo en la madera, escondiendo la cabeza entre las piernas. —¿Por qué? ¿Por qué te fuiste y me dejaste sola? No tenías que irte. Tú eras lo único que poseía, tú y nuestra promesa de quedarnos juntos. La mujer no se permitió romper en llanto. En vez de eso, se acercó a una de las cómodas que tenía dentro de su habitación. De uno de los cajones, extrajo un panqué y una vela, además de un paquete de cerillos, los cuales colocó junto a ella mientras acomodaba la vela en el pan.

En poco tiempo, una débil luz inundó el lugar, permitiendo que la joven mostrara una curvatura en sus labios, lo suficientemente fija como para dejar ver un poco de alegría. —Feliz día de San Valentín, amor. Espero que, en donde quiera que te encuentres, estés mucho mejor que yo. —Con un suave soplido, la mujer apagó la vela dejando la habitación a oscuras.

***

La mujer reposaba en completa calma dentro de las sábanas. Se había cansado de sus propios pensamientos, así que decidió irse temprano a dormir. Hacía rato que en la casa todos dormían, por ello, la fémina se levantó rápidamente cuando un fuerte ruido la sacó de su letargo. Sorprendida y alerta, tomó de debajo de su cama una lata de aerosol pimienta, el cual contenía una considerable cantidad. —¡Ah, no! Este día elegiste asaltar la casa equivocada. Procurando no hacer ruido, la mujer se puso una bata y sus pantuflas, antes de abrir la puerta y salir del cuarto con dirección a la planta baja. Aún no terminaba de bajar, cuando, de la nada, una fuerte y varonil mano le cubrió la boca, al mismo tiempo que una profunda voz le decía: ——Como siempre. Eres demasiado impulsiva, amor. —Los ojos de la joven mujer se agrandaron, sus fosas se ensancharon, y un quejido emergió de su boca al mismo tiempo que dejaba caer el aerosol—. ¿Qué hubieras hecho si en verdad fuera un ladrón? Esa lata no te habría servido de nada. — ¡Tú! ¿Cómo…? —Me necesitas, ahora más que nunca. No iba a permitir que pasaras por todo esto sola. —Pero tú… tú estás… —Lo sé, pero te veo y siempre estoy contigo. Sé por lo que has pasado desde que me fui, sin embargo, no había podido mostrarme… hasta ahora. — ¿Por qué? ¿Por qué ahora? En la oscuridad la mujer pudo sentir cómo la mano de su amado titubeaba. Buscó sus ojos entre la penumbra, pero solo vislumbró un trozo de la camisa favorita de él. —Porque estás en el borde. —La joven no comprendió— .Vine por ti, para cumplir con la promesa que te hice hace cinco años en… Entendiendo a lo que se refería, la mujer no lo dejó terminar. Simplemente buscó el rostro de su amado, para guardar aquel último recuerdo en su mente, con un suave y tierno beso. Las campanas del reloj de la sala dieron las doce en punto.

Linda Ravstar

A

ún recordaba el primer catorce de febrero. El primero que tuvo un significado, que resaltó y dejó de ser un número inútil en el calendario de vacaciones de verano. El primero que me hizo mirar los números con una sonrisa nerviosa. El primer catorce de febrero en que tuve que hacer un regalo. Había otras razones por las que lo recordaba —fue la última vez en que él rompió conmigo y la primera vez que lo escuché recitar un poema—, pero prefería no pensar demasiado en ello. Después de todo, ya nada de eso importaba mucho. Era curioso como detalles que hacía años parecían tan urgentes y tan dolorosos, ahora solo me sacaban una nostálgica sonrisa. Ese primer catorce de febrero, después de todo, también había sido el último. —Ha pasado tiempo —murmuré mientras revisaba algunas viejas cartas. Las que mantenía siempre en mi estantería, perfectamente alineadas, pese a que había decenas de libros tirados encima del escritorio, sobre el velador e incluso en el suelo. Todavía podía sentir el fuego doloroso en mi abdomen al recordar su contenido y sonreí involuntariamente. Me apoyé en la silla del escritorio y tomé un sorbo de té. El borrador de mi nueva novela estaba avanzando con una lentitud casi agónica y, por más que pasara noches en vela con los capítulos incompletos, no podía sentir la conexión con la historia ni con sus personajes. Sin embargo, me resistía a echar por la borda más de cuatrocientas páginas de novela; sin mencionar, claro, que Lara no permitiría que me atrasara en la entrega. Querría un borrador para mitad de marzo, aunque tuviera que cortarme las venas y escribir con sangre. Además, tenía que cumplir. Era el precio. Necesitaba terminar, aunque fuera a la fuerza. No había dormido desde el inicio de febrero. Me tomaba un par de horas para cerrar los ojos, luego me duchaba y seguía escribiendo, aunque odiaba cada palabra que escribía. Melk no estaba feliz con esa crisis en la casa y continuamente se paseaba entre el desorden de papeles con la nariz arrugada y unos enormes ojos aceitunados, reprobatorios. El gato estaba más o menos acostumbrado a esta vida de continuo caos, de continuo ir y venir y ya había vivido tres mudanzas en los cinco años de vida que tenía. Sin embargo, bastaba que algo estuviera en el sitio incorrecto para que se

sentara y me mirara con reproche. No maullaba ni se movía. Simplemente me miraba hasta que adivinaba qué era lo que había hecho mal. —No puedo ayudarte ahora, Melk —susurré mientras tecleaba. Podía adivinar su silueta recortada junto a la cama, donde había dejado todos mis cuadernos de apuntes. Se había acomodado encima de ellos, con la cola furiosa y una mirada indiferente. No podía hacerle caso ahora. Iba contra el reloj más que nunca y, aunque la mayoría de las veces estar bajo presión me hacía escribir más y mejor, la ansiedad amenazaba con devorarme, inspiración y palabras incluidas. Me pasé la mano por el pelo e hice una mueca al notarlo algo enredado. Tenía la espalda contracturada y un martillo me golpeaba la sien. Y apenas eran las diez de la mañana, comprobé. La escena que tenía delante estaba resultando demasiado caótica. Comenzaba con lentitud y reflexión y luego continuaba con pensamientos mezclados, descripciones superficiales y monólogos quebrados. Tendría que rearmarlo todo cuando leyera el borrador. Entorné los ojos. También tendría que llamar a mi madre, porque era miércoles y tocaba hacerlo; quizás Lara llamara para saber cuántas palabras había escrito y exigirme que le leyera la última oración y el último diálogo; finalmente, a Melk se le había acabado la comida, así que tendría que salir a comprar. Sumando y restando, serían varias horas en que no podría estar en casa escribiendo. El pulso se me aceleró con el solo pensamiento y el calor abrasador en mi estómago volvió a golpearme. Inevitablemente, pensé en las cartas que estaban en la estantería. Sacudí la cabeza de inmediato, estiré un poco los brazos y me levanté a toda prisa. Si iba a perder el tiempo en la vida real prefería comenzar de inmediato. Me arreglé un poco en el espejo y sonreí al mirar mi reflejo. Siempre me había parecido gracioso cómo los autores de los libros introducen las descripciones de sus personajes. O lo hacían sin más, sin que nadie preguntara ni nada lo excusara o utilizaban ‹‹la técnica del espejo››. El personaje se despierta, va al baño, se ducha y se observa a sí mismo en el espejo, donde su reflejo le cuenta sus rasgos y facciones. ‹‹Una mirada cansada de color azul le devolvió la mirada. Su cabello negro estaba mojado y no conseguía sacar la expresión preocupada de su rostro››. O alguna tontería así. No entendía cómo a nadie se le había ocurrido algo más novedoso, pero mientras observaba su propio reflejo, decidí que nunca haría algo similar. Melk me miró al salir del baño y me reí. Llevaba veintiséis años en este mundo y todavía no podía entender por qué mi mascota insistía en mirarme fijamente cuando salía del departamento. Era casi como si se resintiera por eso. Me acerqué al gato y pude ver mis propios ojos oscuros en el agua negra del felino. Me arreglé otro mechón de pelo negro y volví a reírme. Ya había encontrado otra forma de describir mi propio reflejo. Dejé todo ordenado —o tanto como era posible— y me dirigí hacia la puerta del departamento solo con un bolso colgado al hombro. Siempre había odiado las carteras. Eran incómodas y siempre se me resbalaban de los hombros; desde pequeña había acumulado resentimiento contra ellas, especialmente por ser un accesorio obligatorio para las mujeres. Mi madre llegó a decir que cualquier chica que anduviera por la calle sin su cartera era simplemente una prostituta. Y, en efecto, todas las chicas andaban con ellas.

Me parecía una demencia colectiva, pero eso no era raro para mí. Muchas cosas me lo parecían. Le dediqué una mirada elocuente a Melk —‹‹No vayas a hacer ninguna maldad, gato, que te conozco››— y eché llave a la cerradura. Nada más abrir la puerta, se me congeló la sangre en las venas. —Hola —dijo Héctor antes de desaparecer. No le respondí. Sonreí a las escaleras vacías que me saludaban, cerré la puerta detrás de mí y eché a andar escaleras abajo.

***

Odiaba el verano. Lo había odiado desde que tenía memoria, pero con el cambio climático, el aumento en la población y las calles cada vez más apretadas y congestionadas, mi odio crecía en mi interior como un monstruo sobrealimentado. No entendía cómo alguien podía disfrutar con el cuerpo sudado, la boca reseca, la ropa incómoda que no eliminaba el calor y los infernales bichos que aparecían por las noches. Eso sumado a las jaquecas imposibles que me impedían siquiera pensar y que se debían exclusivamente al calor. Quería un invierno eterno y más aún en ese momento, que iba pegada a la puerta del metro y sin aire acondicionado. Volví a comprobar la hora y el día en mi celular y sentí cómo mi garganta se transformaba en arena. Solo quedaban tres días para el catorce de febrero. Miré de reojo a mi alrededor, pero era una pérdida de tiempo pretender que iba a encontrar a alguien adecuado en ese lugar. Aunque así fuera, probablemente nunca tendría el tiempo ni la paciencia como para notarlo. Además, hacía algunos meses que venía dándole vueltas a la posibilidad de buscar a alguien conocido. Alguien con el que pudiera conversar y que pudiera recordar conmigo. Alguien que sufriera de verdad. Y, aunque me resistía a pensar en su nombre, ya tenía al adecuado. Solo tenía que encontrarlo. Llegué a mi estación y bajé rápidamente del vagón antes de que alguien me empujara o que la multitud que esperaba subir, me arrastrara de nuevo hacia adentro. Me quedé unos instantes junto a una de las bancas de la estación, esperando a que la gente subiera por las escaleras a toda carrera, y luego volví a acomodarme para subir. Sin embargo, antes de que diera un solo paso, escuché un carraspeo a mis espaldas. Suspiré y me di la vuelta. —No puedes ignorarme —dijo Héctor con los brazos cruzados. Era verdad. El problema con los fantasmas era precisamente ese: que no importaba a donde fuera, él podría seguirme sin problemas. Lucía aburrido. Tenía el cabello desordenado y mal cortado, no se había afeitado y llevaba la misma ropa descuidada que hacía una semana. Alcé una ceja al observarlo. —No me

mires a mí. No tengo la culpa de verme así —dijo de inmediato con un dejo acusador en su voz. Yo no recogí el guante—. ¿A dónde vas? —Trámites —mascullé por lo bajo y empecé a subir las escaleras. —Vas a ir a buscar a Alejandro, ¿verdad? La primera vez que vi a Héctor como fantasma fue un día de julio hace ya tres años. No sabía si podría o no funcionar, por lo que al verlo, lo único que pude hacer fue echarme a llorar y a reír mientras él me observaba con confusión. Se tocó la cara y se echó a a reír conmigo mientras las lágrimas me corrían por las mejillas. Desde entonces se había convertido en mi sombra y en un dolor de cabeza cuando se trataba de tomar esas decisiones. Entorné los ojos un momento. Me acerqué a él y señalé un mechón de pelo que se le había enredado en los anteojos. La primera vez que intenté tocarlo fue dos meses después de que apareciera. Era estúpido, pero temía que desapareciera si siquiera lo rozaba y, la mayor parte del tiempo, simplemente me quedaba observándolo mientras él recorría mi habitación con una sonrisa burlona. En ocasiones, solo lo escuchaba despotricar contra la política local y mundial, contra las nuevas novelas que salían al mercado, contra los videojuegos que descargaba o contra cualquier cosa que no le pareciera, como si pudiera afectarle. Aunque a veces se sulfuraba demasiado y empezaba a fumar descontroladamente, me gustaba escucharlo discutir. Era como si estuviera de vuelta. —Sí, voy a buscar a Alejandro —respondí al fin. Su expresión era extraña. No sabía si estaba enfadado, dolido o satisfecho. Me hubiera gustado que eso no me importara, pero la verdad era que sí lo hacía. — ¿Te molesta? —No lo sé —confesó él y sacó una cajetilla de cigarrillos. Lo miré con incredulidad. Él sonrió. —La verdad, con los primeros siete ya me terminé de espantar. No sé qué sentiré cuando le toque a él. Es un cabrón de mierda — agregó con una risa burlona—, pero no sé si quiero verlo... así. Asentí con la cabeza. Antes de que pudiera responder, comenzó a sonar mi celular. Él tiró una bocanada de humo en mi cara y desapareció. Ni siquiera vi el número antes de contestar: —¿Sí? —Te olvidaste, ¿verdad? De inmediato me di cuenta de que no haber mirado antes, algo que solía hacer bastante a menudo, no había sido una buena idea. Era solo que no me agradaba depender de esos chismes tecnológicos y, aunque, a la vez, me encantaba la tecnología, los celulares simplemente estaban en mi lista negra. El touch de la pantalla era mi perdición y nunca lograba acertarle a las diminutas letras para enviar mensajes. En conclusión, era una auténtica pesadilla, pero también la única forma de mantenerme conectada. Así era el mundo. Una conexión absoluta. Era imposible no reconocer la voz enfadada de Karen al otro lado de la línea, por lo que me obligué a intentar recordar de qué estaba hablando. Era once de febrero. Era martes. Por más agónicos segundos que empleara en intentar que se me prendiera la ampolleta de la cabeza, no podía recordar

qué era lo que tenía que hacer con Karen. Suspiré por la línea del teléfono y me preparé para las consecuencias con una excusa en la boca. —Lo siento, Karen, he olvidado lo que sea que tenía que hacer contigo — dije con sinceridad y un tono apocado que esperaba la aplacase un poco—. He estado a full con la novela y todo es un despelote en mi departamento. Ni siquiera me acuerdo de darle de comer a Melk en ocasiones. Así que... Me interrumpí cuando empecé a escuchar la risita de Karen por el móvil. Me detuve en seco y fruncí el ceño. Héctor no aparecía por ninguna parte. Necesitaba lanzarle algo a alguien. —Era broma, ¿verdad? —dije cuando su discreta risa ya había evolucionado a una evidente carcajada. Pasé por las barras de seguridad de la salida del metro y caminé escaleras arriba con irritación—. Eres tonta, ¿sabes? No sé para qué haces eso. —Porque siempre caes —respondió Karen con una última risita. Podía imaginarla quitándose el pelo de la cara y colocándose sus lentes de sol en la cabeza mientras caminaba con unos tacos de casi veinte centímetros como si anduviera con pantuflas. A veces no entendía mi elección de amistades. — No, es en serio. Te llamaba para que nos juntáramos hoy. —Antes de que siquiera pudiera abrir la boca, ella agregó—: Sin excusas. No me interesa si vas a matar a un personaje o si estás en la cárcel. Sales y te juntas conmigo. Hace semanas que no nos vemos. Era cierto, así que me mordí la lengua par no sacar de la manga algunas de mis múltiples y variadas excusas para evitar socializar. Tenía muchísimas, ya que las había practicado y refinado mientras crecía. Sin embargo, nunca funcionarían con ella, ya que las conocía todas e incluso me había ayudado a inventar otras cuantas. Karen era mi mejor amiga y, aunque muchas veces no lograba comprender cómo había escalado hasta esa posición, sí tenía ganas de verla. Estaba segura, sin embargo, de que su llamada había sido perfectamente calculada; no había llamado tres días antes de San Valentín solo para hacer planes y charlar sobre el tiempo. Había llamado para intentar convencerme de seguir adelante. Había llamado para ayudarme. Porque Karen no sabía que ya había conseguido esa ayuda hace mucho tiempo. —Vale, ¿dónde quieres que nos juntemos? —Me rendí. —¿Qué tal ahora mismo en La Casa Rosada? Gruñí por lo bajo y ella se rio antes de colgar. Karen pertenecía a mi vida normal, esa que había mantenido contra todos los pronósticos y que cada día parecía desdibujarse más. Nos habíamos conocido en la Facultad cuando estudiábamos Pedagogía en Lengua Castellana y Comunicación. Ella fue una de las primeras en leer mis borradores y la más entusiasta de que publicara; incluso más que yo misma. Sin embargo, luego de lo que había ocurrido con Héctor, nos habíamos separado. Precisamente cuando mi vida normal empezó a separarse también de mí misma. Noté la mirada inquisitiva y preocupada de Héctor en mi espalda y le sonreí. Sin embargo, él no me devolvió el gesto. El único problema con él era que, a veces, se parecía demasiado a él mismo. Y sabía, en el fondo, que, aunque estaba orgulloso de lo que había conseguido, también me extrañaba. Extrañaba quien había sido. Tal como yo lo hacía con él.

***

—Te prohíbo comprar flores este año —me dijo Karen nada más sentarme a su lado en uno de los taburetes de ‹‹La Casa Rosada››. Supe de inmediato a qué se refería y no pude evitar poner mala cara. Me senté en silencio e intenté buscar una alternativa más amable que ‹‹Eso no es asunto tuyo, perra››. Tomé uno de los menús de la mesa y me dediqué a estudiarlo con el ceño fruncido. —No veo por qué debería interesarte —dije al fin con la voz algo seca. La diplomacia no era mi estilo en realidad. Sin embargo, evité su mirada, porque ya sentía la tensión esparcirse por mi estómago y no estaba en humor para pelear con Karen. No quería hacerlo. No por eso. No obstante, estaba casi segura de que ella no dejaría pasar el tema tan fácilmente. —Sabes perfectamente por qué, Paula. —La miré de reojo cuando pronunció mi nombre—. Todos los años compras rosas y haces nosequé con ellas. No sigues adelante. Han pasado tres años. Él ya se ha ido. —Está muerto. Lo asesinaron. —Sabía jugar mi papel y no era difícil fingir indignación y rabia cuando, en cierto modo, empezaba a sentirlas. Todos los años Karen me decía lo mismo. Sabía que lo decía con buenas intenciones, que deseaba que continuara con mi vida y fuera feliz, pero ella no sabía nada. No sabía lo que había sucedido en realidad y jamás lo haría. La tradición de comprarle rosas a Héctor simplemente eran retazos de un antiguo romanticismo que no existía. Siempre me habían gustado las rosas y él nunca había comprado, por lo que parecía apropiado llevarle un ramo todos los años. Era un homenaje que solamente yo podía entender. Bajé la vista y recordé con un escalofrío las cartas apiladas en la estantería. Los gritos. Las noticias. El juramento. Las rosas que siguieron. Los siguientes. El orgullo. El fantasma. No podía compartir eso con nadie. Así que tendría que jugar a la chica herida con Karen para apelar a su culpabilidad y su amabilidad; no era tan difícil. Después de todo, sí estaba herida. Solo que no de la manera en que ella podía entenderlo. —Él no querría que siguieras torturándote por eso. Nunca encontraron a quien lo hizo, pero no puedes hundirte en ese pasado. —La voz de Karen era sincera y apocada, pero sus ojos estaban fijos en el menú que apenas observaba. No era sencillo para ella y lamentaba tener que ponerla en esa situación—. Él querría que fueras feliz. —No se equivoca —dijo Héctor, sentándose a mi lado con una expresión seria—. Esto no es sano. Sonreí. Con él nunca lo había sido. —Lo sé, Karen. De verdad que lo sé. Pero necesito tiempo. —Era la excusa de siempre; era la excusa de los tristes y ella no podía refutarla—. No ha pasado lo suficiente. Necesito más tiempo —repetí y tragué saliva. Me

aterraba, en ocasiones, lo fácil que se me hacía mentir. Sin embargo, el dolor que empezaba a sentir en mis ojos no tenía ninguna relación con lo que estaba diciendo—. Lo entiendes, ¿verdad? Ella asintió con la cabeza y aferró mi mano un momento para demostrar su apoyo. El resto del almuerzo transcurrió con normalidad. Karen tenía muchas noticias que compartir —la habían aceptado en el colegio que ella quería y empezaría a trabajar en marzo— y, como ella era quien llevaba gran parte de la conversación, me limité a hacer lo que hacía mejor: escuchar, asentir y sonreír. Era una dinámica que funcionaba y que, al menos para mí, me permitía volver a tomar algo de aire fresco en la ciudad. Podía ver perfectamente cómo Héctor se comía un sándwich gigante, sin dejar de observarnos con el ceño fruncido. Su mirada dejaba traslucir su inquietud, como si fuera una advertencia. Sin embargo, ya estaba acostumbrada a esa clase de aprensiones suyas, así que me limité a hacer un gesto con la cabeza y ordenarle que se marchara. Esa velada era entre Karen y yo. No obstante, tan pronto desapareció, dejando un reguero de migas inexistentes a su paso, empecé a echarle de menos. —¿Qué estás haciendo? ¡¿Qué vas a hacer?! Ni siquiera lo conocía. Sin embargo, sus gritos me dieron escalofríos. Podía sentir ese miedo cosquilleante y electrizante recorriéndome la piel. Estaba tan asustada como él y, no obstante, no dejaba de sonreír. —Paula. ¿Estás escuchándome? Acentué mi sonrisa mientras veía cómo la mitad de su cara se manchaba de sangre. Parpadeé un par de veces y le di un mordisco a mi sándwich. —Sí. ¿Qué planes tienes para San Valentín? ¿Ya hablaste con Carlos? —Era fácil hacerla cambiar de tema, ya que era evidente que se moría de ganas de contarme miles de cosas. Tan pronto le mencioné a su novio, ella sonrió y comenzó a detallarme todo lo que pretendía regalarle. Se conocían desde hace algunos años y, estaba segura, Karen esperaba que algún día él le pidiera matrimonio. Karen siempre había sido esa clase de chicas que soñaban con la boda y el vestido blanco, aunque este ya hubiera perdido todo significado. Casi podía escuchar la risita burlona de Héctor en mis oídos. ‹‹Esas son chorradas›› Apuesto a que tú no eres así», le había dicho él una vez. Tenía razón. Nunca había sido romántica. Exceptuando el ramo de rosas, claro. Una hora y media más tarde, me separé de Karen y me apresuré a cumplir con todo lo que tenía planeado hacer hoy. Aunque me sentaba mal decir ‹‹perdido››, ya había gastado demasiado tiempo, definitivamente mucho más del que había presupuestado antes de salir. Y los recuerdos estaban cada vez más cerca, susurrándome con malicia que la hora se acercaba. Entendía por qué esa fecha era especial. Había repetido la secuencia en varias fechas diferentes durante todo ese tiempo —siete en total, el número de todas mis novelas—, pero esa ocasión siempre lograba erizarme la piel. Quizás todo se debía al primer catorce de febrero. El primero de todos, el primero que había significado algo. La última vez que lo vi devolverme la mirada y la única vez que le di un regalo a un chico por San Valentín. El día en

que había muerto. El día en que también me había dejado. El día en que comenzó el juramento. Necesitaba encontrar a Alejandro. Todo tenía que estar preparado para el catorce. No había tiempo que perder.

***

Karen tenía razón en una cosa. Él hubiera querido que fuera feliz sin él. Conocí a Héctor cuando ambos éramos unos adolescentes asustados. Ambos queríamos ser escritores, aunque era siempre un tema de conversación tortuoso y extraño. Era un par de años mayor que yo y también usaba gafas. No sabía cómo me había contactado, pero no tardamos en convertirnos en amigos. Más tarde me contó que se fijó en mí luego de revisar los resultados de un concurso literario que había organizado la universidad. «Y actualmente es demasiado sencillo ser un acosador», murmuró entre risas al señalar mi perfil público de Facebook. Siempre quisimos algo más, pero él estaba demasiado atemorizado del pasado y del futuro y yo estaba demasiado enamorada como para poder realmente entender las cosas. Todavía podía recordar el tacto de su barba descuidada bajo las yemas de mis dedos o el ardor abrasador de nerviosismo en mi abdomen cuando me llamaba. Él no podía describir mi voz y yo me burlaba. Era un romántico reprimido, un rebelde que lloraba con las películas tristes y un melancólico que siempre sonreía. También un psicópata en formación, amante de Slipknot, la oscuridad, los cementerios y todo tipo de cosas macabras. Un marginado. Perfecto. —Me idealizas mucho —dijo Héctor de inmediato, apareciendo en el borde de la cama de mi habitación. Esta vez llevaba una camisa sencilla y unos vaqueros rotos. Sonreí por lo bajo y bajé la vista de la página que estaba escribiendo. No tenía nada que ver con él. —Y sabes que eso nos destruyó, ¿verdad? —No respondí al amargor de su voz—. Nunca fui nada de lo que creías que era. —Mientes —susurré—. Nunca supiste lo que pensaba en realidad. Me temías. Creías que te haría daño, porque también me idealizaste. También creías que era perfecta y eso te dolía. Te dolía, porque no podías estar a la altura. Me lo dijiste muchas veces. Era mentira. Nunca... —Tenía razón —me interrumpió él y, por un instante, odié que estuviera ahí conmigo. No quería escucharlo—. Sí terminaste haciéndome daño. —Nunca quise... —Lo sé. Era inevitable. Le ordené que desapareciera, pero no lo hizo. Definitivamente, como fantasma podía ser bastante rebelde. No quería recordar todas esas cosas en

este momento. Rehuí su mirada y volví a concentrarme en la pantalla blanca que empezaba a llenarse de letras frente a mis ojos. Podía notar el resentimiento de su mirada clavándose en mi espalda. Después de todo, este también había sido su sueño. «¿Querrías que fuera feliz?», pregunté para mí misma, pero ya sabía la respuesta. Si hubiera estado vivo, seguiría mirándome allí en silencio hasta que me diera vuelta. Luego soltaría algún comentario hiriente y sarcástico y sonreiría con seriedad. Se disculparía y se insultaría a sí mismo —‹‹No soy más que un tonto y lo sabes››— y bajaría los ojos con un semblante melancólico. Lo besaría y nos olvidaríamos de todo. No habría heridas. Y podría sentir el olor a nicotina barata en sus labios. —Te odio —susurró él antes de desvanecerse. Los ojos de Melk, enrollado en el centro de su cama, me miraron con profundidad. Lo sabía.

***

Encontrar a Alejandro Cáceres no fue demasiado difícil. Habíamos sido colegas durante un par de años cuando estaba en la universidad, aunque él estudiaba una ingeniería en la otra punta de la ciudad. Era un viejo amigo de Héctor y, aunque me agradó al comienzo por su ingenio y su caballerosidad, terminé por detestarlo por su forma de ser tan cruel, burlesca y soberbia. En ocasiones, Héctor me preguntaba entonces por qué no lo detestaba a él, ya que no eran tan diferentes. Nunca estuve de acuerdo. Eran completamente disímiles; sin embargo, él nunca me terminó de creer del todo. Él iba a ser el octavo de la lista. La novela que estaba escribiendo —‹‹La mirada en el espejo››— estaba casi lista, por lo que no tendría ningún problema en afinar sus últimas páginas luego del catorce. Sin embargo, tenía que decidir cómo aproximarme a él. No me costó mucho llegar a la conclusión de que, dado lo especial de la ocasión, tenía que cambiar mi método diplomático e ir directamente a por él. Después de todo, Alejandro Cáceres no era un problema en lo absoluto. Me tomé libres el día miércoles y jueves para estudiar un poco sus hábitos. Aunque hacerlo me hizo sentir un poco extraña y descolocada y podía sentir la mirada reprobadora de Héctor en cada esquina que visitaba, era una precaución necesaria. Necesitaba saber si había tomado la decisión correcta. El latido acelerado de mi corazón y el pequeño torbellino de emoción y ansiedad en mi estómago lo confirmaban, pero nunca podía estar lo bastante segura. Para el catorce de febrero, todo tenía que salir bien. Como había sido el primero.

—No deberías seguir con esto. —Escuché que el fantasma decía a mi lado. Podía distinguir la preocupación en su voz; sin embargo, también sabía que lo quería tanto como yo—. Ya te has probado lo suficiente. ¿Qué pasará si...? —No lo harán —lo interrumpí. Lo miré de vuelta y sentí, de pronto, la necesidad de acomodarle las gafas y acariciar su rostro. El solo pensamiento me causó un dolor en el pecho. Ya apenas podía recordar su aroma. Mantenía una cajetilla de cigarrillos en mi velador solo para evitar olvidarlo. Lo cambiaba cada cierto tiempo y tomaba algunos cigarrillos en mis manos para sentir su peso entre mis dedos. Junto a la sonrisa intoxicada de sus labios. Cerré los ojos y asentí con la cabeza. Héctor no respondió. Sabía lo mucho que lo quería, pero nunca había sido suficiente. Simplemente no lo había sido. —Prepararé todo —murmuré, pero él ya no podía escucharme. Nunca había podido.

***

El primer catorce de febrero fue casi para reírse. Él intentó hacer gala del romanticismo que desbordaba por sus poros cada vez que alguien dejaba de mirarlo y preparó la cena él mismo. Hamburguesas con unas patatas fritas y copas de su ron favorito. Las servilletas eran rosas y tenían corazones, eso sí. Había puesto algo de música suave —rock tranquilo, del que él se burlaba— y se había arreglado un poco el pelo. Sonreía con nerviosismo. Todavía podía recordar el aroma exquisito de las hamburguesas contra el cielo nocturno del cementerio. Estaba casi segura de que no podíamos estar ahí, pero a él no le había importado y a mí, muchísimo menos. Hacía frío y el viento terminó de perfeccionar esa escena. Descuidada y soñada. Ideal como solo él podía serlo. —¿Se parece un poco a tu historia? —preguntó él con esa mueca de burlesca seriedad. Un ademán contradictorio, como él. Resoplé ante esa mención; hacía algunos meses, él había preguntado cuál era mi escena romántica ideal. Sin demasiada imaginación, escribí sobre un anochecer en una colina frente a un lago, con la luna reflejándose en el agua, y dos copas de champaña en medio del pasto. Íntimo, tierno, repetitivo. Él se había reído y había escrito sobre la batalla entre dos guerreros rivales que luchaban entre sí, odiándose y amándose al mismo tiempo. Todavía me avergonzaba haber sido tan poco original. Yo había pensado en él al escribir; el solo pensó en su historia, en lo imposible, en lo magnífico. Me reí. —Muchísimo mejor —le dije con sinceridad y él soltó un bufido. Tomó su copa y me observó con sus chispeantes y tristes ojos oscuros. Su voz salió arrastrada e inquieta, pero tan juguetona como siempre. —Por mi deseo. —Sonrió, porque sabía que lo recordaría.

—Por tu deseo —respondí y entrechoqué su copa. ‹‹Si tuviera un deseo, pediría que tú y yo fuéramos inmortales. No pediría estar contigo, porque eso es muy trillado, pero sí que fuéramos eternos. Así, al menos tendría mucho tiempo para intentarlo››. Esa noche me di cuenta de lo que verdaderamente significaba el catorce de febrero. Con él. Su deseo se convirtió en una pregunta interesante y luego en lágrimas desgarradoras. Él no lo entendió, pero al apoyar mi rostro en su pecho y sentir el latir de su corazón —vil órgano metamorfoseado—, supe que nunca sería suficiente. Nunca seríamos suficientes. Nunca seríamos inmortales. Y algún día él volvería la vista atrás y sonreiría con resignación, desapareciendo como el humo del cigarrillo que nunca dejaría de fumar. Una y otra vez, atrás, siempre atrás. Porque éramos diferentes. Él escribía sobre hechiceros tristes, niños furiosos y hombres misteriosos en bares. Era emoción, tristeza, nostalgia y desafío. Todo rebeldía. Todo resignación. Yo dudaba de todo, avanzaba y retrocedía, llenaba páginas y las borraba, nunca terminaba y siempre escribía de amantes serenos, aprendices torpes, asesinos sonrientes y noches de invierno. Era todo sensación y pensamiento. Todo recuerdo. Nunca iba a funcionar. Sin embargo, ese catorce de febrero, entre las lápidas del cementerio y las hamburguesas poco cocidas de regalo, parecía que sí podría hacerlo. Que solo bastaría un susurro más, una caricia, una palabra más para que todo se destruyera y volviera a ser como antes. Como en mis sueños. Como en los suyos. Donde nos odiábamos tanto como nos queríamos. Donde nunca íbamos a estar juntos. —Ya es hora. El número ocho está listo.

***

Cuando Alejandro Cáceres empezó a despertar, una descarga de adrenalina me obligó a sonreír. El ―cuarto de las cosas varias‖ era la única habitación de todo el departamento que siempre mantenía cerrada con llave. Melk nunca había entrado, aunque más de una vez se había quedado sentado frente a la puerta observándolo con los ojos aceitunados y desconfiados. Ni siquiera Karen, que solía pasarse cada cierto tiempo por la casa, husmeando entre mis borradores y enseñándome nuevas recetas para los panqueques, sabía que ese cuarto existía. No era gran cosa. No tenía ningún mueble y el piso era de una madera vieja que nunca me había molestado en encerar. Sabía que había ratas, porque las había en toda la ciudad, pero nunca me preocupaba de espantarlas. En ocasiones, cuando la inspiración se me escapaba de entre los dedos y la nostalgia atacaba como lágrima en verano, tomaba las cartas de la estantería, la cajetilla de cigarrillos, un cuaderno viejo e iba a escribir a esa habitación. Allí podía pasarme horas en silencio, desconectada de mí misma.

Siempre regresaba con cientos de páginas grabadas en mi mente que luego necesitaba escribir. Había cambiado de agente literario unas cuantas veces, precisamente por esa manía mía de no tener un ritmo exacto para escribir. Aunque ya tenía siete novelas, esos individuos siempre buscaban más. Siempre querían una nueva idea, una nueva entrevista, una nueva idiotez con que hacerme ganar dinero. Lara era el último, pero no sabía si duraría mucho. Nunca me había interesado eso. Era un juego. Una carrera. Una competencia. Una pasión. Nunca había sido por el dinero. Nunca había sido por las editoriales. Nunca había sido por los libros. Era por las historias. Por los recuerdos. Por las emociones. Observé el reloj. Eran las cuatro y media de la madrugada del catorce de febrero. Pude ver la mirada pálida de Héctor al otro lado de la habitación y no sabía si se sentía orgulloso o asustado. Probablemente fuera un poco de ambas, porque podía notar el conflicto en el temblor de sus manos. Alejandro terminó de desperezarse y, como era de esperar, empezó a gritar al notar que estaba inmovilizado y completamente a oscuras. —¿Qué está...? ¿Quién...? ¡Hey! ¿Hay alguien ahí? ¡Mierda! ¿Qué es esto? ¡¿Qué es esta mierda?! Sonreí para mí misma. No podía negar la satisfacción que tenía al notar el terror camuflado de rabia que podía escuchar de los labios de ese antiguo amigo. Era primera vez que me atrevía a hacerlo con un conocido, con una conexión en común con Héctor y temía que quizás fuera la última. Era un riesgo demasiado grande. Pero no me importaba. A mi lado, junto a la puerta, había puesto una sencilla mesa de madera con un mantel de tela y dos sillas. Sobre ella, por supuesto, había dos hamburguesas con patatas fritas y dos copas con ron. En torno a cada plato, había puesto servilletas rosadas con corazones. En el centro de la mesa había un bellísimo ramo de rosas. Héctor suspiró a mi lado. Traté de acariciarle el pelo, pero mi mano simplemente atravesó su cuerpo como si no estuviera allí. Él se rio, burlón. Solté un bufido y dirigí mi mirada hacia mi prisionero. —Alejandro. ¿Me reconoces? No sabía muy bien qué iba a decir. No quería decir nada en lo absoluto, pero le debía una explicación por lo que estaba pasando. O quizás simplemente sentía que necesitaba explicárselo, porque necesitaba explicárselo a alguien, quien fuera y un desconocido nunca sería suficiente. Necesitaba alguien que lo hubiera conocido. Que lo hubiera visto sonreír y soltar groserías y que lo hubiera visto con su sarcasmo burlón y su cigarrillo en la boca. Alguien que recordara quién era. Necesitaba a alguien que fingiera entender. El chico no respondió de inmediato. Crucé una mirada con el fantasma, pero él tenía los ojos fijos en su antiguo amigo. Fruncí el ceño. —No sé quién... —Paula. ¿Me recuerdas? —pregunté. Me acerqué entre la oscuridad que nos rodeaba para que pudiera verme el rostro—. Me sentiría un poco ofendida si no lo hicieras, la verdad —bromeé.

—Paula. Paula... —Era como si no pudiera evitar repetir mi nombre mientras me observaba. Lucía confundido, pero extrañamente sereno. Siempre había sido excesivamente analítico—. Podrías haberme llamado si querías verme. — Terminó por decir y soltó una carcajada rota poco convincente. Rodé los ojos—. ¿Qué es todo esto? No respondí. Acerqué una de las sillas que había reservado para la mesa de la cena y me senté frente a Alejandro. Sabía que no podría desatarse, porque había practicado muchísimo los nudos apropiados para inmovilizar a una persona. Había tenido bastante práctica. En cualquier caso, yo tenía la llave de ese cuarto; no podría ir a ninguna parte, ni aunque lograra escapar. —¿Recuerdas a Héctor? ¿Héctor Lundescar? Era tu amigo. —El tono acusador de mi voz fue irrefrenable. —¿Esto es por él...? —Lo interrumpí. —Lo recuerdas entonces. Han pasado tres años desde que lo asesinaron. — Podía ver la inquietud y la desolación en sus ojos. Me agradó—. Hace exactamente tres años. Murió un catorce de febrero. Siempre le gustó la ironía, ¿verdad? El tipo más duro y cínico del planeta... muerto el día de los enamorados. —Sonreí para mí misma—. Pero, en realidad, no era tan duro. Era un chico dulce, aunque a veces era igual de insufrible que tú. —¡Hey! —reclamó el fantasma. —Silencio. —Me di cuenta de inmediato del error. —No he dicho nada. ¿Con quién...? Héctor se cruzó de brazos y comenzó a pasearse por la habitación. Miró con una expresión sarcástica las copas vacías y la botella de ron e hizo el ademán de tomarla. Por supuesto, fue imposible. Negó con la cabeza y continuó paseándose, con la mirada sombría. Eso ya no era sobre él. No realmente. Ahora era sobre mí. Lo que yo quería. Su amigo no iba a escapar. —¿Quieres decir algo? —le pregunté, ignorando a Alejandro. El chico apretó los labios y soltó una grosería. Intentó forcejear contra sus nudos nuevamente y gruñó de dolor al hacerse daño. Rodé los ojos y volví a observar al fantasma, que permanecía en silencio—. Ya sabes cómo es esto. Lo juré ese día. —Nunca me preguntaste si esto era lo que quería. —Lo vi tragar saliva—. Me lo quitaste todo. —¿Acaso no lo es? —pregunté, haciendo caso omiso a su última acusación—. No me detuviste antes. No hiciste nada ni dijiste nada con los demás. ¿Por qué es diferente ahora? ¿Porque era tu amigo? ¿Es eso? ¿Te importa porque lo conocías? ¿Y que el resto se vaya a la mierda? —Esto ha llegado demasiado lejos, Paula. Nunca quise esto para ti. —Mientes. —Quería que fueras feliz. Quería que brillaras. Sabía que eras mejor que yo. En todo. Sabía que no era para ti. Eras perfecta. —Esto es lo que soy en realidad. —¡No es cierto!

—¡No me vas a decir qué hacer ni quién soy! ¡Ya tuve suficiente de toda esa mierda! ¡Siempre era la misma letanía! ¿Alguna vez te importó lo que realmente pensaba? No, siempre fuiste tú y tu egoísmo. Tomabas las decisiones solo. Nunca discutiste nada, nunca preguntaste nada. Te alejabas cuando querías y volvías cuando te apetecía. —No quería llorar, pero las lágrimas se resbalaban por mis mejillas de todas formas, traicioneras, malditas. —Nunca te importó cuánto te quería. Héctor bajó la cabeza y sonrió. Se rio suavemente y negó con la cabeza. Supe de inmediato qué estaba pensando. ‹‹Es siempre lo mismo, ¿verdad?››. Por eso se había alejado. Porque tarde o temprano siempre volvíamos a las mismas discusiones, a las mismas heridas, a las mismas inseguridades. Simplemente no funcionaba. Demasiado distintos. Solo había una cosa en común: nuestro amor por escribir y por ser los mejores. Y ya nada de eso tenía sentido. Una sombra se cruzó en sus ojos y supe que había perdido. Nuevamente. —Sabía que iba a traicionarte. Que te dejaría. Que te haría daño, porque te quería, como un cabrón egoísta, pero no podía estar contigo. Pero nunca pensé... Que me lo quitarías todo. Déjame ir, Paula. Déjame ir de una puta vez. —Ahora era él quien reprimía las lágrimas, de furia, de dolor, de traición, en sus ojos—. ¿No te basta con lo que me hiciste? —Era lo que querías. Querías ver mi oscuridad. Aquí la tienes. —Sonreí—. Decías que era perfecta. Demasiado buena. ¿Qué opinas ahora, fantasma? —¡¡Tú me asesinaste!! —¡Tenía que hacerlo! ¡Tenía que matarte! ¡O me hubieras matado a mí! —Estás enferma. Joder. Ni siquiera lo entiendo... La voz de Alejandro me distrajo un momento. Por estúpidos instantes, había olvidado que estaba ahí. Como siempre me pasaba con Héctor, había centrado mi atención solamente en él y había olvidado qué era lo que estaba haciendo. Alejandro lucía una sonrisa arrogante, pero sudaba y continuaba forcejeando contra las ataduras que lo mantenían sujeto a la silla. Sabía perfectamente por qué sonreía. Para él, había estado hablando sola durante todo ese tiempo. Fruncí el ceño y tragué saliva. —No lo entenderás —dije sencillamente y volví a sentarme en la silla. —¿Qué vas a hacerme? —Lo mismo que a Héctor. —Ya no tenía sentido continuar con rodeos. Tal como había hecho con los otros siete —siete vidas, siete novelas—, no quedaba más que una sola solución. Ya no sentía miedo ni remordimiento de ninguna clase. En cierto modo, era mucho más fácil matarlo a él que matar a cualquier otro desconocido por la calle. Algunos habían tenido familia, hijos, buenos trabajos, parejas estables, promesas, sueños incumplidos. Con un muchacho, rompí a llorar mientras disparaba, porque no se lo merecía. Simplemente había sido escogido para ser el número cuatro. Porque por cada novela que hiciera, tenía que matar a alguien. Por cada persona que matara, tenía que escribir una novela. Esa era mi promesa. —Lo mataste tú —dijo Alejandro. Ahora estaba temblando. De pronto, su expresión tranquila y burlona se deformó en un grito terrible—. ¿Es eso? ¿Lo

mataste tú? ¿Porque iba a dejarte o algo así? —Soltó una carcajada rabiosa— . ¡Eres patética! Ni siquiera estás enferma... ¡Eres patética! ¡Eres una mierda patética! Lo abofeteé para que se callara, pero sonreía. Me agradó su arranque de rabia. Escupía y ladraba como un perro furioso atado con una correa. Tenía la cara enrojecida y los ojos desencajados. Nunca antes lo había visto tan enfadado. Tan contorsionado. Siempre había sido sereno y distante, porque consideraba que implicarse demasiado con los demás era algo insignificante. Aunque solo era un chico idiota, algo arrogante, y no gran cosa, siempre llevaba esa expresión de superioridad en sus ojos fríos. Analítico y cuidado, nunca se enfadaba o alteraba por nada y siempre se reía de todo. Nada era lo suficientemente serio o sagrado para él. Jamás discutía, ya que lo consideraba una pérdida de tiempo. Recordaba que eso irritaba bastante a Héctor, que no perdía oportunidad de debatir cuando podía y que adoraba opinar y escuchar las opiniones del resto. Verlo gritar ahora era simplemente maravilloso. Una venganza perfecta. Muy distinto a como había sido con él. Con Héctor todo había sido violento, apasionado y emocionante. Dulce y temeroso en un comienzo y tormentoso al final. Había gritado, por supuesto, pero más de sorpresa que de dolor. Intentó defenderse con su copa, pero la puñalada —nunca mejor dicho— le había quitado fuerzas. Desesperado, sabía que me preguntaba por qué. Por qué le había hecho eso. Estuve horas a su lado antes de que muriera finalmente. Hablamos muchas cosas. Lloró conmigo y me pidió perdón. Me odió más que cualquier otra cosa. «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?». La misma tontería de siempre. Acaricié su rostro y lo besé. Pasé mi mano por su herida y le prometí que seguiría adelante. —Siempre quise matarte —confesé. —Siempre lo supe —dijo él y, aunque la rabia y la traición se traslucían en sus ojos, apretó los dientes y me sonrió—. También quería matarte. Lo habría hecho, ¿sabes? —Sí, también lo sé. Suspiré. Sabía que Alejandro estaba diciendo algo, pero volví a acallarlo de un puñetazo. Era satisfactorio poder tener el control de esa situación. Era adictivo. Sin embargo, no había más tiempo. Ya había hecho todo lo que necesitaba. Mañana sería otro día. Tendría que terminar la novela y acompañar a Karen al centro, donde me contaría con lujo de detalles todo lo que había hecho con su novio. Yo guardaría silencio y asentiría con la cabeza. La vida seguiría. Pero primero tenía que terminarla. —¡No! ¿Qué haces? ¡¡Para esta mierda!! ¡Aléjate de mí! —Rogar es demasiado humillante, Alejandro. Ten más dignidad —le dije, pero no me escuchó. Siguió gritando, enfadado, asustado, insultándome sin cesar, removiéndose como si no pudiera estarse quieto. Gritó de dolor cuando enterré el cuchillo en mitad de su abdomen, donde la herida tardaría en matarlo—. Cállate y muere. Me reí de mí misma y de mis palabras. Escuché que Héctor también se reía y continué. Siempre me habían gustado los cuchillos. Eran desastrosos, pegajosos, agotadores y sangrientos. La sangre me salpicó la cara y me

manchó la ropa. Antes había usado pistolas e incluso fuego, pero no había nada como sentir la hoja del cuchillo entrar en la carne y cercenar toda la vida que encontraba a su paso. Sentir la sangre manchándome los dedos. Me hacía reír y me fascinaba. Era también más poderoso, más íntimo. Podía escuchar los gemidos ahogados del cabrón justo en mi oído, cada vez más débiles. Estaba segura de que no había nada como eso. Al final, Alejandro se quedó quieto. Como un muñeco roto, su cabeza cayó sobre su pecho y todo su cuerpo pareció desvanecerse. Noté que estaba respirando con dificultad y tragué algo de saliva. No podía ver ni escuchar a Héctor, pero sabía que no podía estar muy lejos. A mi alrededor, solo había oscuras manchas rojas y cientos de hojas de papel. Hojas de papel en blanco, arrugadas y manchadas. Cartas con su firma, con la firma de Héctor, que él nunca había escrito. Recuerdos que lo mantenían conmigo. Y que nunca desaparecerían mientras siguiera escribiendo. Me levanté y cerré los ojos un momento. El proceso más tedioso de todos era deshacerme del cuerpo, por supuesto. Sin embargo, no tenía miedo de que alguien me descubriera. Otra casa, otra ciudad. Otro agente, quizás. Siempre moviéndome, sin cesar. Encontrando nuevas ideas para nuevas novelas. Nuevos números. Nuevas promesas. Me limpié las manos con un paño que había dejado cerca y, sonriente, me senté en la mesa. Héctor ya me esperaba. —Se va a enfriar si no te apresuras —dijo con un cigarrillo en la mano. Sonreía también, con su mirada oscura y contradictoria. Como si nada hubiera sucedido. Porque él sería tal como yo quisiera. —Lamento no tener nada más, pero sé lo mucho que te gustan las hamburguesas. Y a mí me encanta este ron. Estamos parejos. —Vamos a ver si me gusta el ron —dije, como la primera vez. Estábamos en el cementerio, con la luz de la luna en una sencilla ampolleta iluminándonos. Acerqué mi mano y aferré la suya con ternura. Casi podía escucha latir su corazón en el silencio que nos rodeaba. Él se acomodó las gafas y asintió con la cabeza. Carraspeó y negó con la cabeza. ‹‹Romántico reprimido››, pensé con una sonrisa burlona. Ojalá pudiera contarle esto a Karen. Podría reírse conmigo de la estupidez de los hombres y de la aprensión de las mujeres. Podríamos hablar de candelabros y chocolates. De novios. De promesas. —Feliz San Valentín —dijo Héctor, alzando su copa y masticando un trozo de patata. Solté una carcajada. Tomé una rosa del ramo que estaba en el centro de la mesa y aspiré su aroma. Aroma a sangre y a enamorados. —Feliz San Valentín. Seamos inmortales. Él lo sería mientras escribiera. Mientras siguiera escribiéndolo. Y cada año sería como el primer catorce de febrero. El único. Aquel en donde estaríamos siempre juntos.

Rhodéa Blasón

E

n el momento en el que vio aparecer el autobús en la recta del pueblo, María levantó con fuerza el bolso en el que consiguió introducir sus enseres, y supo que cuando se sentase en el bus ya no habría vuelta atrás. Para que su maleta no le pesase mucho, se había abrigado en exceso, tanto que casi no se podía mover, pero así, además de protegerse del frío anochecer, no cargaría con demasiado peso. Su vida giraría como en una rueda de un automóvil y tendría que tener esperanza a que fuese para mejor. Habían sido años de demasiada dureza para su juventud, pero los había superado; ahora tenía fe en que todo mejorase, en que su pasado no hubiese sido baldío, y que lo que le deparase el futuro fuese felicidad. La noche era gélida, el viento le cortaba la piel de la cara, y ella se encontraba muy nerviosa. No quería que nadie descubriese su desaparición, antes de estar ya lejos de aquel lugar en el que había vivido prisionera durante dieciocho años. Estaba sola en la parada del bus. Cuando el conductor la vio, paró, le abrió la puerta y la ayudó con el equipaje. —Buenas noches. ¿A dónde va? —le preguntó a la vez que le hacía el billete. —A fin de trayecto, por favor —señaló ella, haciendo un esfuerzo para que sus palabras se oyesen claras, sin tartamudeos, y para que el hombre no viese cómo temblaba. Cogió el billete, pagó y se sentó sola en uno de los asientos situados en la mitad del autocar. Miró por el cristal de la ventanilla mientras el coche avanzaba, y rezó para no volver nunca más a aquel lugar. Sentía miedo a lo desconocido y porque por la noche no viajaba mucha gente. Trató de ponerse cómoda, y cerró sus ojos intentando no llorar por alejarse de lo conocido y acercarse a lo desconocido. La vida de María nunca había sido fácil. Sus padres la abandonaron nada más nacer en la taberna del pueblo. Allí la recogieron y la criaron con cariño

mientras vivió la abuela del hogar. Cuando ella pereció, María apenas tenía cinco años y su vida sufrió un fulminante y radical cambio. Pasó de ser una niña a ser la criada de la casa. Fregaba los suelos de rodillas, lavaba los platos, la ropa, colocaba cómo podía los paquetes de tabaco del estanco y los productos del ultramarinos. No eran tareas para una niña que debería ir a la escuela y que era demasiado pequeña. Pronto aprendió a contar con los clientes, a sumar, restar, multiplicar y dividir. Y supo valorar las propinas de quienes se las daban por su ayuda y aplicación en el trabajo. También tuvo que aprender a realizar las tareas de la cocina, para que la dueña tuviese más tiempo libre. Ahora, con apenas diecinueve años, María miraba atrás en su vida y se daba cuenta de que nunca había sido bien tratada en aquella casa: no era nada más que una criada. Nunca tuvo cariño, ni un momento para jugar. Siempre tuvo que trabajar duro y sin esperar agradecimiento alguno. Pero, al moverse por la taberna, aprendió a conseguir propinas por su velocidad en ver lo que necesitaban los clientes, por ser amable con ellos, por preguntarles por sus familias,... María aprendió pronto que sus jefes no llevaban ningún tipo de contabilidad del negocio, entonces supo cuándo podía quedarse con algún dinero y cuándo no. Se le daban bien las matemáticas y le gustaba ver que podía conseguir dinero para sí, aunque nunca lo gastaba. No tenía en qué. Pero no le pagaban nada por trabajar como criada y tampoco le enseñaron nada, por lo que, María consideró justo hacer lo que hacía. Los dueños de la taberna tenían dos hijos mayores que ella. Estudiaban en la capital en un colegio privado, y cuando regresaban de vacaciones María tenía mucho más trabajo, ya que ellos no hacían nada. Siempre le tardaba que se fuesen, ya que eran unos chicos mimados, malcriados, maleducados,...y sus padres les daban todo lo que querían. El verano en el que María cumplía los dieciocho años, Juan, el señorito mayor, comenzó a rondarla. Le decía frases bonitas, la esperaba cuando venía de buscar agua del pozo, se lo encontraba en todos los lugares,... a ella no le gustaba la situación. Había aprendido a no confiar en nadie, y hasta el momento le había dado buen resultado pensar así. Pero no podía decir nada, porque no dejaba de ser una criada. Juan se había convertido en un borracho que creía que ninguna mujer se le podía resistir. María veía cómo los dos hermanos intercambiaban miradas cómplices, susurraban a escondidas, y pensaba que los dos estaban tratando de que ella entrase en su juego, que se enamorase de Juan y que la echasen de allí. —¿Sabes, María? —La sorprendió Juan en el lavadero—. Podrías dejar de lavar si quisieses estar cerca de mí. Ella lo miró sobresaltada, pero siguió trabajando. Él no dejaba de hablar y hablar, diciéndole que la convertiría en su princesa si ella sólo accediese a sus peticiones. Cuando acabó de lavar, María supo de había llegado el momento de tomar una decisión. Se marcharía del pueblo, ya que, si ella no se iba, la echarían los padres del señorito bajo falsas acusaciones. Sabía el horario de autobuses y decidió tomar el de la noche. No sabía a dónde se dirigía, pero con lo que había ahorrado sabía que podría sobrevivir algún tiempo.

Cuando despertó, el autobús estaba parado en una estación y totalmente vacío. Se levantó rápidamente. Cuando iba a bajar el conductor, le indicó que hacía media hora que habían llegado a Luar, pero que le había dado pena despertarla. Después de recoger su equipaje, comenzó a andar y se dirigió a la escuela que estaba allí cerca. Desde la puerta sentía a los niños en la clase y una voz fuerte que les explicaba. Se sentó rígida en el banco de la entrada y allí esperó a que saliesen los niños. Creía que ella, a pesar de su edad, podría aprender a leer y a escribir. Por lo menos lo intentaría. Cuando el aula estuvo vacía de niños, entró nerviosa y vio a un joven guapo y apuesto que le recordaba a alguien, pero no sabía a quién. —Buenos días —dijo ella. Él la miró durante un rato y exclamó: —¡Por Dios santo! María, ¿qué haces aquí? —Que... —¿No me conoces? Ella estaba aturdida. —Soy Paco el hijo de Carmina, la modista. Me hice maestro y llevo aquí varios años enseñando en este maravilloso lugar. Entonces María recordó a aquel joven educado y respetuoso siempre con ella, que le llevaba el cubo con la ropa mojada y a sus padres, quienes tanto se sacrificaron para que él pudiese estudiar. —Pues,...yo me he escapado del pueblo porque el señorito Juan quería propasarse conmigo y... quería aprender a leer y a escribir para poder defenderme en la vida. —Me parece mentira —dijo él—. Siempre he soñado contigo como mi compañera, pero nunca me he atrevido a decírtelo, y que ese malcriado de Juan te estuviera acosando me enfada de verdad. María permanecía callada mirando fijamente la vivacidad de aquellos preciosos ojos grises, los cuales la miraban afables, y no respondía al joven. —María, hoy es el día de San Valentín, con tu llegada me has dado el mayor regalo que podría recibir. Te enseñaré todo lo que quieras y podrás quedarte en la pequeña casa del ayudante del profesor. Te conseguiré un sueldo como limpiadora para que tengas para vivir. Pero espero, sinceramente, que te enamores de mí. María, con lágrimas en los ojos, lo abrazó y lo besó en la mejilla. —Gracias, Paco, por ser tan bueno. Y por tu regalo de San Valentín. Pasados varios años, María y Paco se casaron y fueron felices.

Vejibra Momiji
‹‹Tú sabes que cuando te odio, es porque te amo hasta el punto de la pasión que desquicia mi alma›› Julie de Lespinasse
Alemania, 1941 Cada día que despertaba era un sueño transformado en pesadilla, porque aunque no lo quisiera aún seguía con vida. Sabía que, en la historia de la humanidad, los sueños solían ser congraciados de esperanza incluso en las peores circunstancias. Es por eso que durante la noche, en aquel mundo creado por su imaginación, Naomi olvidaba la crueldad en la que ahora vivía y regresaba a los cálidos y dulces momentos de su niñez: una caricia, un juego de pelota, una cometa volando, un beso… Pero cuando amanecía, todo era distinto y si era honesta consigo misma, aún no comprendía, incluso tras meses de encierro y destierro, las razones por las cuáles la gente había cambiado; los vecinos que antes solían saludarla ahora la ignoraban o poco les importaba los ruegos de la gente que sufría al otro lado de la cerca, y pese a las súplicas de su padre, a los soldados del Führer poco les importó dejar a un grupo de niñas huérfanas cuando se lo llevaron como si fuera un criminal común. Lo cierto era que después de tres años de encierro, Naomi ya no era más la hermosa hija de Yaacov, ni la muchacha más pretendida del pueblo y que todo hombre, alemán o judío, anhelaba pedir la mano en su momento. No, ahora Naomi era para ellos tan solo una judía más, una Mischlinge: una mestiza, una bastarda, una abominación contra la raza aria. Su madre, alemana de sangre pura, había sido apartada de su padre, un judío practicante, y de su familia tras meses de intenso acoso. En la fatídica

noche conocida como ‹‹La noche de los vidrios rotos››, varios soldados habían profanado su hogar y habían golpeado y arrastrado sus cuerpos hacia la calle, en medio de destrozos y de un increíble abuso de poder. Su madre había suplicado por su familia y Naomi, con apenas doce años, había presenciado cómo los soldados la abofeteaban y se la llevaban un carro negro. Nunca más supieron de ella. Por su parte, Naomi junto a su padre y sus tres hermanas pequeñas fueron reubicados en una zona apartada y aislada del resto de la ciudad al que llamaron ‹‹Gueto››. Era un lugar donde todos los judíos del pueblo permanecían encerrados y abandonados sin atención médica ni alimentos suficientes para sobrevivir. Después de que su padre desapareció, unos días antes de lo que los alemanes llamaban Navidad, Naomi se quedó a cargo del cuidado de sus tres hermanas pequeñas y la ira inundó su alma. Después de todo el dolor que su familia había recibido en aquellos años, presagiaba, al menos en el fondo de su mente, que ninguno de ellos iba a sobrevivir la guerra porque Yahveh parecía haberlos abandonado, sin esperanza ni alivio. Para finales de enero se presentó un cambio en el gueto; ubicaron a las mujeres más jóvenes, incluyendo Naomi, en cuartos nuevos. Tristemente, esa sería la última vez que vería a sus hermanas pequeñas. Ellas, por el contrario de Naomi, quedaron a cargo de una vieja mujer judía al otro lado del gueto que estaba protegido por varios soldados nazis. Algunos meses después, cuando supo lo que los alemanas habían hecho con los niños, los recuerdos la atormentarían por ese algo que nunca hubiera podido cambiar, por lo que nunca pudo hacer por ellas. La razón principal por la cual las muchachas habían sido trasladadas, era la llegada de tropas nuevas, cargadas de soldados jóvenes e imprudentes, que se encargarían de ir y venir, vigilando todos los alrededores del gueto. ¿Por qué? Los rumores decían que los más viejos estaban partiendo a la guerra, y al parecer, antes de marcharse les convenía colocar una barrera entre las hermosas jóvenes judías y los jóvenes soldados nazis, pues deseaban evitar a toda cosa más híbridos. Eran las órdenes para las fuerzas del Führer. En el nuevo edificio, apenas podían sobrevivir. Todas las habitaciones se encontraban enmohecidas y la humedad se filtraba en el suelo. A principios de febrero cuando el invierno solía ser más fuerte y terrible, el frío comenzó a penetrar a través de las paredes del lugar; desgarrando su piel y enfermando su sus cuerpos. El problema empeoró con el raciocinio de alimentos y la falta de mantas cálidas. Así, encerradas y abandonadas, una a una las muchachas comenzaron a fallecer y sus putrefactos cuerpos trajeron más enfermedades de las que se podían controlar en el interior del gueto. Fue por esos días que una de las jóvenes judías tuvo un ‹‹brillante›› idea: una de ellas debía otorgar favores a un soldado nazi a cambio de comida, medicinas y mantas. Naomi se rio. La susodicha idea no solo era peligrosa, sino muy mala por diferentes razones, siendo la más importante el hecho de que era poco probable que uno o dos de los soldados alemanes se fijaran en ellas. Aun así, Jemina, la joven judía con la idea, convenció a las demás y sin esperarlo todas acordaron enviar a una de ellas con los soldados. La elegida del grupo sería

aquella que tuviera más ‹‹sangre alemana›› y desafortunadamente, esa era Naomi. Para su desdicha, el mestizaje de Naomi era bastante obvio para cualquier ojo común. De madre alemana y padre judío, Naomi y sus hermanas, habían sido agraciadas con características físicas muy particulares: ojos azules, piel blanca y cabello castaño claro. Si no fuera por su apellido, Naomi sin duda habría pasado desapercibida como judía. Sin embargo, había un enorme problema en el plan de Jemina y ese era la negativa, absoluta, de Naomi. —¡Has perdido la razón! —exclamó la muchacha molesta abrazando su cuerpo para calentar sus brazos—. Apenas se atreven a mirarnos, y… ¿quieres que salga de aquí, me acerque a los bordes del gueto y me atreva a seducir soldados alemanes para poder salvar nuestras vidas? —Jemina la miró como si estuviera perforando su alma—. ¡No soy una mujerzuela! ¡De ninguna manera! —Entonces vamos a seguir muriendo una a una en este lugar —declaró la muchacha de cabello oscuro muy enojada, ante lo cual Naomi frunció el ceño. No podía culparla por ello. Los culpables estaban afuera. Naomi no tenía por qué sentirse culpable. No era ella el monstruo. —No me rebajaré a ser la prostituta de un nazi. Ellos me arrebataron a mi familia, me quitaron mi vida, mi hogar, mi primer… —Desvió la mirada—. Jamás podría acercarme a uno, y por Yahvé que no podría tocar a uno, si eso fuera posible de alguna manera… Jemina mordió sus labios y en un arrebato agresivo se lanzó contra Naomi. Las dos jóvenes se enfrentaron en una corta pelea; una jalando el pelo de la otra o mordiéndose las manos hasta caer en el suelo mientras otras muchachas, igual de débiles que ellas, trataban de separarlas. Una de las jóvenes que intervenían en la pelea tosió con fuerza, llevándose la mano al pecho y alejándose para sentarse en una de las viejas camas donde tres o cuatro dormían. Asustada, esta muchacha miró su mano y limpió con su manga la sangre con la que se había manchado. Naomi se detuvo de morder a Jemina y, asustada, corrió al lado de la muchacha. Myriam apenas le pasaba con dos años y desde que habían sido reubicadas era la única amiga que tenía. Verla en ese estado, tan deplorable y débil, la aterrorizó, porque el miedo de perder a otro ser amado le ahogaba los sentidos. Además, pese a que se encontraban encerrados, ninguno era sordo o estúpido en el gueto. Casi todos habían escuchado hablar a algunos soldados de ciertos rumores que provenían desde la capital; rumores que hablan de saqueos, abuso de poder, asesinatos y campos de concentración. Terribles sucesos que estaban ocurriendo a otras familias judías en todo el país y que cada día los acercaba a la muerte. Pero Naomi, Jemina y las otras chicas aún estaban con vida. Incluso Myriam aún estaba a su lado y por su mejor amiga, Naomi era capaz de hacer lo impensable. Durante un largo silencio, se debatió entre lo que era correcto e incorrecto. Myriam movió la cabeza, tratando de que la joven recapacitara, pero la muchacha de rizos oscuros, le sostuvo la mano con fuerza. —No, Naomi, si te descubren, te matarán. —Naomi le sonrió a Myriam; algo dudosa y aterrada, retiró su mano. —Puede que ni siquiera me mire —susurró y se levantó mirando a Jemina—. Bien… ¿cuál es tu plan? —La muchacha de cabello castaño sonrió y comenzó

a comentarles del soldado que estaba más cerca de su edificio en el gueto. Era un joven que apenas debía tener veinte años si eran observadoras. Naomi enarcó una ceja y tragó saliva; al parecer Jemina había estado hablando con él durante varias semanas después de la media noche, pese a que estaba prohibido. Sin embargo, por el sonido de su voz sabía que su plan inicial había fallado. —¿Qué te hace pensar que yo llamaré su atención? —preguntó Naomi levantando una ceja, incrédula. —¿Fuera de tu cara de mosca muerta? —declaró Jemina y Naomi apretó los dientes, enojada—. Le gustan más… delicadas y jóvenes... De este grupo, la única que puede cubrir esas características, además de ser mestiza, eres tú, mi querida Naomi. La muchacha la miró con atención. La idea era una locura, ni siquiera sabía si sería capaz de llamar la atención de un soldado alemán sin que le matara en el acto; además estaba nerviosa, no era algo que una muchacha de quince años hacía todos los días, o al menos eso quería creer. —Mañana es catorce de febrero, y al parecer muchos soldados saldrán fuera de su guardia, por lo que podremos movernos con mayor facilidad. Naomi tembló. Tenía una extraña pesadez en el pecho entremezclada con miedo, pero para disimular se cruzó de brazos. Toda la bendita idea era una locura, podía morir… pero por un instante lo único que realmente le importó era la pobre Myriam. Suspirando, se recostó en la cama más cercana y cerró los ojos antes de seguir preguntando. —¿Cómo se llama? —susurró. —Alphonse.

***

Al día siguiente, según los planes de Jemina, ambas chicas se dirigieron al sitio del encuentro. Al parecer la joven judía ya había hecho los arreglos: se encontrarían con el joven soldado antes de la medianoche en una de las casas abandonas cerca de la barricada. Naomi estaba nerviosa, no sabía si lo que estaba a punto de hacer era correcto o no, puesto que ya no habría boda en un futuro, ni familia que la acompañara ni pruebas de virginidad que se presentaran a la familia… Se esforzó por dejar de pensar demasiado. Como Jemina le había dicho, si al soldado le agradaba la compañía de la joven entonces les ayudaría a conseguir mantas, alimentos y medicinas, y eso era todo lo que necesitaba saber. Cuando llegaron, Jemina utilizó un espejo que le ayudó a enviar una clase de mensaje codificado en dirección a una ventana en la vieja casona. Al otro lado, por una ventana, una luz les respondió. A paso rápido y prácticamente arrastrándose por el piso, ambas jóvenes se dirigieron a la casa y cuando llegaron, cerraron la puerta detrás de ellas como ratones asustados. En la oscuridad, una pequeña lámpara las iluminó.

Frente a ellas se encontraba un joven soldado alemán, vestido en uniforme nazi y con guantes negros hechos de cuero que le cubrían las manos. Jemina fue la que primero que habló, como si estuviera haciendo un trato y estuviera entregando una mercancía. Naomi tenía náuseas y un enorme deseo de salir huyendo del lugar. —Está es la muchacha de la que le hable —murmuró y prácticamente empujó a la joven judía hacia el alemán. El chico la observó con intensidad. Naomi se fijó en él un largo rato. El soldado tenía cabello rubio corto y piel pálida, ojos azules casi grises con un tinte frío en la mirada, como todos los alemanes. Moviendo la mano le indicó a la otra joven que saliera y fue entonces que Jemina los dejó solos. Hubo un largo silencio, cargado de emociones que la invadían. Naomi levantó su mano y le dio una fuerte bofetada. Él la miro furioso y la jaló para besarla con fuerza, ira y dolor. Cuando la alejó, ambos se quedaron en silencio y Naomi comenzó a llorar; no tenía la menor idea de que ese ‹‹Alphonse›› fuera su ‹‹Alphonse››. Su mejor amigo, su primer beso, el amor de su vida. No lo podía creer. Dolía. —¿Qué haces aquí? —le susurró asustada y aterrada de que pudieran escucharlos o verlos. El joven alemán miró por la ventana y disminuyó la intensidad de luz en la lámpara. —Me enlisté hace unos meses… —-Con cuidado y cariño acarició la mejilla de Naomi, pero la joven se alejó, aún asustada de su contacto—. Lo siento, debe ser terrible observar a tu mejor amigo en un traje como éste. —No es eso —mintió—, es solo que estoy… sorprendida. —Miró en otra dirección, el tiempo había sido grato para Alphonse, que alguna vez había sido tan delgado y pequeño que parecía un ratón. Ahora, era ella quién estaba tan delgada y destruida que solo faltaba un fuerte viento para derrotarla. —Tenía que verte… nadie sabe qué pasó, no realmente, desde que se los llevaron a todos… ustedes —Naomi lo miró con horror y dolor, pues comprendía el mensaje escondido detrás de las palabras de Alphonse. El muchacho quiso retirar lo dicho pero ya no podía—. Supe que tenía que venir a verte… Naomi… yo… —¿Para qué? —le cortó las palabras con dolor—. ¿Para ver cómo nos estamos muriendo poco a poco o para recordarte que tienes deberes con tu Führer? —El muchacho no le respondió pero le tomó la mano tratando de que la joven lo mirara. —Para protegerte… Naomi, encontraré la manera de sacarte de aquí — declaró, aunque en ese instante eran apenas promesas claras. Ambos estaban arriesgando todo; él era apenas un hombre y de descubrirse su traición podía ser fusilado y ella, solo Yahvé sabía lo que le podía pasar. Suspirando un poco, se acercó ella a paso lento y le volvió a besar. Este beso fue más delicado, más suave y lleno de melancolía. Después de unos segundos, la joven judía-alemana le correspondió como quién anhela el cariño y el calor humano después de años en el destierro. En medio de la guerra de razas, en medio del odio, un joven había desafiado a todo lo que le estaban enseñando por encontrarla, y esa noche, aunque fuera un instante, Naomi dejó que las pesadillas se difuminaran entre sus brazos. Esa noche se dio el derecho a soñar por última vez.

***

Meses después, la sangre de Alphonse teñiría su ropa mientras un soldado nazi ejecutaría una orden por el único crimen que los dos jóvenes podían tener: amar.

Martha Lila Álvarez Morelos

L

a alarma del teléfono me hace abrir los ojos de golpe, volteo rápidamente encontrándome con el rostro impoluto de Daniel, está bien; su rubio cabello ya inexistente me hace aguar los ojos, recordando las ondas que delineaban su rostro; sus ojos están cerrados, pero se puede notar las marcas de las ojeras que supongo también tendré; sus labios que antes eran rojos, ahora son pálidos y descoloridos; ya había visto las marcas del cáncer en algunos de mis pacientes, sin embargo, el amor hace que veamos las cosas diferentes. Desde que vivimos juntos, tengo la costumbre de levantarme tres horas antes que él para observarlo dormitar, es hermoso ver la pasividad con la que lo hace, es como si el tiempo no estuviera en nuestra contra y la muerte no tratara de llevárselo de mi lado. Son las 6:00 am, es hora de empezar. He decidido ofrecerle a Dani el mejor San Valentín de nuestra vida, ya casi llevamos meses. Me deslizo de la cama con sumo cuidado, evitando hacer el menor ruido posible. Lo escucho gemir y me sobresalto, giro lentamente mi rostro, pero no hay más que signos de paz a su alrededor. Tomo una ducha rápida en el baño de huéspedes y corro a la cocina a llamar a Rose y a Melisa, las chicas me habían ofrecido su ayuda. Rose organizaría conmigo y Melo, al ser chef, prepararía la comida. Después de hablarles para confirmar, me dispongo a sacar de las alacenas todos los ingredientes necesarios y organizarlos en el mesón. Ya tengo casi todo dispuesto cuando mi brazalete se engancha en la repisa de la cocina, rompiéndose. Ahogo un grito y recojo la pulsera que se ha quebrado en la mitad. Las lágrimas surcan mis mejillas y empiezo a hiperventilar, no precisamente por la joya, lloro por la impotencia de no poder hacer nada para salvar a la persona más importante de mi vida; los últimos dos meses han sido muy fuertes.

—Te traigo el desayuno, amor —dije emocionada acomodándome a su lado en el sofá. —¡No lo quiero! —gritó, lanzando la bandeja al suelo y asustándome. Era normal que en su estado tuviera etapas de depresión. Solo le sonreí y me agaché a recoger la vajilla rota—. ¡Ya déjame en paz! ¡No te quiero ver! ¡Déjame! En cada frase la brusquedad en su voz aumentaba, para finalmente convertirse en sollozos. —No te alteres, Dani —pedí acercándome—. No es bueno para tu salud. —¿Qué salud, Mera? ¡¿Crees que esto es vida?! ¡Nunca debí regresar! Sus palabras me herían demasiado. Su regreso fue para mí lo mejor que me podía pasar el hecho de que él no lo valorara me desgarraba por dentro. Terminé de recoger las cosas en silencio y me fui a la cocina. Las lágrimas brotaban como cascadas y yo solo cubría mi boca con ambas manos, evitando emitir sonidos. Las luces de mi teléfono me hacen notar que llevo mucho tiempo en la misma posición. Miro la pantalla y me encuentro con mensajes de las chicas. ‹‹De: Rose Para: Esmeralda Estamos aquí 6:30 am, 10. 02. 2013›› ‹‹De: Melissa Para: Esmeralda ¡AMIGA! ESTAMOS AFUERA HACE 10 MINUTOS. >.< 6:42 am, 10. 02. 2013›› No puedo creer cuánto tiempo estuve sumergida en mis pensamientos. Corro a la puerta, no sin antes limpiarme y guardar las dos partes del brazalete en mi bolsillo, él nunca ha dejado de estar conmigo. —¡Hola! —exclamo en susurros. Las dos sonríen y me estrechan en un gran abrazo. —Mera, estas hermosa, amiga. —Me halaga Rose, haciéndome reír. Ella es preciosa, largo cabello rubio que cae en cascada tras su espalda; al igual que el de Daniel es rizado, para ser primos su parecido es muy grande. Lleva un corto vestido de verano que marca su menudo cuerpo y resalta las partes indicadas. —¿Cómo estás, amigocha? —pregunta Melo, que lleva cabello en una cola alta y unos pantalones clásicos con una blusa en escote V; despreocupada al puro estilo Mel. —Bien, las he extrañado —respondo mientras nos dirigimos a la cocina. No más pisar el lugar y Melo toma su pose mandona: nos ordena recogernos el cabello nos entrega unas redes que trajo para mantenerlo en su lugar. Rose y yo ponemos los ojos en blanco pero obedecemos. —Rose se encargará de pelar las frutas para las bebidas, ya que no usaremos alcohol… —hace silencio para no pronunciar las palabras. Ro me mira precavidas, esperando que llore, sin embargo, me abstengo—. Y, Mera, tú te encargarás de los vegetales para el almuerzo. Cada una se pone a cortar y Mel comienza la preparación del plato principal.

—Hola, Mera —saludó Dani en la pantalla; estaba en la cama de su habitación, tenía una camisa de lana. —Hola, tonto —contesté, a pesar de saber que no me escuchaba. —Te preguntarás por qué un video; pues resulta que de esta manera siento que el tiempo no ha pasado, que puedo hablarte frente a frente —En ese momento ya tenía una sonrisa de oreja a oreja—. Todavía no entiendo por qué dejamos de hablar. Quiero decirte que lo lamento mucho y que me arrepiento, cualquiera que haya sido la razón, me disculpo por todo. ¿Me perdonas? —Claro. Siempre. —Gracias, sé que lo hiciste —Me sonrió—. Ahora regresemos a la razón del mensaje. ¡Feliz Cumpleaños, Gruñona! —gritó y se retiró de la cámara, lo que me hizo preocupar. Unos segundos después, volvió con un pequeño pastel, encendió una vela y me cantó el cumpleaños. —Abre tu regalo. Rose ya debió de habértelo entregado. —Me apresuré a abrir la bolsita. Contenía un brazalete—. Si ya lo viste, habrás notado que tiene unos pequeños dijes, cuatro para ser exactos. El primero es una porción de pastel; nunca me arrepentiré de eso. —Los ojos se me aguaron—. Todavía recuerdo tu cara. —Nos reímos. Continuó—. El segundo es un trébol. —¿Qué significa? —pregunté. La realidad me golpeó, él no podía escucharme. —Significa suerte, fui muy afortunado al conocerte. Ahora mira el tercero. — Eso hice—, es un nudo. Simboliza nuestra promesa, la recuerdas? —Claro que lo hago. —Yo no la he olvidado y siento que por mi culpa no estudiáramos juntos, aún así sigue en pie y estudiaré medicina. —Mi mente se trasladó a la última noche en el campamento; nuestras camas juntas, los dos abrazados llorando el recuerdo de nuestras madres. —El último, como verás, es una lágrima. Esa es por todas las veces que lloramos juntos, por la despedida y porque te perdí y lo siento mucho; te imaginas cuanto, Mera. —Una lágrima rodó por su mejilla, quería limpiarla y cubrirlo en un abrazo del que nunca nos separáramos. Él la limpió y me ofreció una sonrisa—. Bueno, hoy es nuestro cumpleaños y no debemos llorar, límpiate y sonríe. —Me sorprendí. ¿Cómo lo sabía? Explotó en risas. —Bueno, lo sé porque eres una llorona. —Sonreí por su afirmación—. Así está mejor. Ahora para terminar te quiero pedir un favor y me prometerás que lo cumplirás —Por supuesto, Dani —Juré a la pantalla. —Prométeme que serás feliz, que aunque no hablemos seguirás adelante. —Hice un puchero, se rió—. Sí, promételo, Mera. —¿Qué? ¿Era adivino?— Hazlo. —Te lo prometo. —Bueno, no siendo más, me despido. Te quiero, Gruñona. —El video terminó con el rostro de Dani sonriendo. —También te quiero, tonto. —Apagué el portátil y salí de la habitación, no sin antes ponerme la pulsera. —¡¿Qué pasa, Mera?! —Me zarandea Melissa, es ahí que me doy cuenta que he estado llorando.

—Lo siento… yo… —Sorbo por la nariz. —Es mi primo, ¿cierto? —cuestiona Rose preocupada—. Se ha alterado nuevamente? —No, ha estado bien. Lo que pasa es que rompí el brazalete, es como si hubiera perdido otra parte importante de nosotros —les explico mostrando los pedazos de mi pulsera. —¡Oh! Mera, lo siento. —No te preocupes, Mel, no has hecho nada. —Creo que podemos arreglarlo. —Rose me arrebata los pedazos—. ¿Puedo irme, Mel? —Sí, Mera y yo terminamos. —Espera —la llamo—. ¿Qué harás? —No te preocupes, lo traeré como nuevo —explica y sale. Rose siempre ha sido así, es un gran apoyo y gracias a sus consejos he podido sobrellevar mi relación con Dani. Es mi psicóloga de cabecera y, si bien no puede atendernos por cuestiones de ética, me ayuda mucho. A pesar de haberme ocultado la enfermedad de su primo, la comprendí, él no deseaba que yo lo supiera y ella no podía decírmelo. Después de reencontrarme con Daniel, hace dos meses, decidí traerlo conmigo; dejé el trabajo en la clínica y me he dedicado al cien por ciento a cuidarlo. Las acciones que tengo en la empresa de papá y mis ahorros me han permitido sobrevivir. —Dani no está bien, ¿cierto? —No, cada día está peor, se niega a hacerse la quimioterapia. No me escucha, no come, él, literalmente, quiere morir. —No lo creo, Mera, es solo que en su estado, es normal que se ponga sensible —trata de consolarme. —Sí, supongo que sí. También tiene días en donde vuelve a ser aquel Dani que salía con nosotras, ese amigo que nos protegía. Empero, es esporádico, no sucede a menudo y me duele. Melo sonríe. —Sí, ese es el Daniel que yo conozco, el bueno, noble, loco y comprometido con los que quiere. —Solo espero que hoy sea el Tonto del que me enamoré. —Ya verás que sí —afirma y se aleja para terminar de cocinar. La mañana pasa rápido, son las 9:00 am cuando escucho los gemidos de Dani en la habitación. Mi cuerpo que siempre está alerta se levanta bruscamente del comedor. Mera nota mi reacción y se despide. Ya hemos terminado todo y la mesa está preparada. Corro a la habitación encontrándome con Daniel sonriendo. Desde que estamos juntos, son pocas las veces que lo hace y eso me alegra. Me acerco a su lado y le doy un beso en los labios. —Feliz San Valentín, Tonto. —Feliz San Valentín, Gruñona. —Los dos reímos por las memorias del pasado. —No puedo creer que me enamorara de ti, tenía que ser masoquista para aguantar todas tus bromas. —Por eso me amaste, mis tácticas de conquista siempre fueron las adecuada. ¿Cómo conquistas a una gruñona? Pues con bromas. —Me guiña un ojo. —¡Eres un tonto! —exclamo sin dejar de sonreír.

—Quiero bañarme, Mera. —Vamos. —Y con dificultad lo ayudo a levantarse. La vista de su cuerpo no es la mejor, aún en pijama se le marcan los huesos. Está muy delgado. —No me compadezcas, por favor —espeta, pero más que rabia se percibe el dolor en su voz—. ¿Por qué me soportas? ¿No te molestan las veces que grito injustificadamente? ¿Cuándo te levanto en las noches por mis dolores? ¿Cuándo te toca correr a ayudarme a ir al baño a vomitar? ¿Las veces que tienes que bañarme? —Te amo, Dani. Esa es la única y más importante razón. —Eres muy joven, esto no debía ser ahora. —Y sin embargo, lo fue. Y no me arrepiento, si no fuera porque acabaste en mi hospital, nunca te habría vuelto a ver. Solo déjame hacerte y hacernos feliz. Después de aceptar y llevarlo al baño, me pide salir. Esta vez quería hacerlo solo. Lo dejo y termino de arreglar todo para el almuerzo. Coloco las velas y los cubiertos, cuando un estruendo me hace romper los platos que tengo en las manos. Me apresuro en ir al baño y me lo encuentro en el suelo de la ducha, llorando y con los jabones y demás implementos encima. —¡Soy un inútil! —No, no lo eres. Es solo que no puedes hacer estas cosas solo, déjame ayudarte. Lo apoyo en mi cuerpo y lo llevo a la habitación para que se termine de arreglar. Mientras lo observo vestirse, no hago más que rememorar nuestros encuentros.

***

‹‹Buenos días, Gruñona, salí por un momento. Si estás leyendo esto quiere decir que no he regresado. Siento no haberte llevado a tu casa, pero en el estado en que estabas no quise enfrentarme a las preguntas de tu papá, llamé a las chicas y les pedí que te cubrieran; en este momento tú y Melissa están acompañando a Rose. Están furiosas de que no les dijeras. Les expliqué que estabas muy mal, pero no quisieron escuchar, tendrás que hablar con ellas. Siéntete cómoda, papá no está, tuvo que salir urgente por una oferta de trabajo. PD: Tus pantalones y zapatos están en el baño. Juro que no vi nada, cerré los ojos; y déjame decirte que desvestir a alguien tratando de no despertarla y con los ojos cerrados es muy difícil. Te quiero.››
***

Ya daban las 10:00 pm cuando escuché el timbre. Bajé corriendo y, al abrir la puerta me encontré con Dani. Se veía triste, lo invité a pasar y nos sentamos en la mesa, donde se despidió. Me dijo que su padre tenía una oferta de trabajo en otra ciudad, y que tendrían que irse. —P-pero… ¿A-a dón-de?... No, no te pu-puedes ir —balbuceé, aún en shock por la noticia. —A Bogotá, pero prometo que te llamaré. Y vendré en las vacaciones — trató de consolarme. —No, no me dejes —dije evitando llorar—. ¿Quién hablará conmigo? ¿Con quién saldré los fines de semana? ¿Quién me hará reír? —pregunté más para mí que para él—. No, no te puedes ir, no puedes dejarme —golpeé la mesa. Hasta ahí quedo mi autocontrol, las lágrimas brotaron a mares. —No llores —suplicó—, yo te prometo que seguiremos siendo amigos, te llamaré todos los días y me podrás contar todo. —Sus ojos mostraban la verdad, como siempre. —Pero, ¿cuándo regresas? —Guardaba la esperanza que fuera temporal. —Pues, hare mi último año de la escuela y continuaré con los estudios universitarios allá. —Mis esperanzas se destruyeron. Tan rápido como había llegado se iría, en solo dos meses se convirtió en alguien especial. Me dejaría, se iría al igual que mamá. —Pero, se suponía que estudiaríamos juntos. ¿No va a ser así? —No cumpliría, nos habíamos prometido ir juntos a la escuela de medicina y no lo haríamos. —Perdóname, Mera, pero no puedo dejar a mi padre solo, él me necesita. —No me miraba.

***

Ya habían pasado tres meses desde la partida de Daniel cuando me habló de Salomé, una amiga que conoció en su nueva escuela. En ese momento no me di cuenta de lo importante que era ella para él, ni siquiera las fotos que había visto en facebook de él con sus amigos, me hicieron ver lo que venía. Estaba feliz de que hubiera hecho amigos, pero aun así no pude evitar sentir celos. —Qué bien por ti —respondí, luego de escuchar las innumerables cualidades de Salomé—. ¿Es buena contigo? —pregunté sin saber si quería escuchar la repuesta. —Sí, por ella he podido soportar no verte —suspiró—. Y tú, ¿cómo estás? — me preguntó luego de una hora de hablar. Normalmente no me habría molestado oírlo hablar sin parar, pero que me ignorara para contarme de su ‹‹amiga›› no me estaba gustando. —Destruida… —¿Qué? —preguntó Dani, lo que me hizo darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.

—No, muy feliz por ti —quise corregir mi error, no podía salir con eso ahora, tanto tiempo en silencio para que, de la noche a la mañana, le dijera mis sentimientos.

***

—Buenas, Tonto —fue lo primero que dije cuando me vio. —Buenas, doctora. —Sonrió—. ¿Sabe?, ese apodo solo me lo decía una amiga de la infancia. ¿Eres tú, Gruñona? —preguntó, pero creo que ya lo sabía. —Sí, Dani, soy yo. Me acerqué a su cama y le tomé la mano—. ¿Por qué no me dijiste? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Por qué Rose no me lo dijo? No se lo voy a perdonar. —Lo siento, Mera. No quería darte malas noticias, y Rose no te lo dijo porque se lo pedí; perdónala, ella quería decirte. Me diagnosticaron hace poco más de un año. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. No pude cumplir la promesa de salvar muchas vidas. —Quise gritar, en ese momento la promesa era lo de menos. —¿Cuándo llegaste? Yo te hubiera recogido. —No pude contenerme, una lágrima rodó por mi mejilla, él la limpió —Llegué ayer, quería verte por última vez, pero en el aeropuerto no supe más de mí. Hoy amanecí aquí. —Cerró los ojos por un momento, le dolía algo— . Pero pude verte y eso es lo importante. ¿Sabes?, nunca te olvidé, te amé más que a mi vida y aún lo hago, pero voy a morir y eso ya no importa. Sé que no sientes nada por mí, pero quería que lo supieras; te amo, Mera. No podía dejar de llorar. Hoy, al igual que todos los días desde que nos despedimos, lamenté no haberle dicho la verdad; hubiéramos tenido más tiempo. —Dani, yo también te amo. Nunca te lo dije porque no quería que te quedaras y perdieras tus sueños. Y dejé de contestar a tus llamadas porque me dolía mucho que solo hablaras de Salomé. —Mis estúpidos celos me alejaron de mi mejor amigo—. Pero siempre te amé y el día que te fuiste tuve que ser muy fuerte para no decirlo. —Salomé —respiró pesadamente—… ella, fue una persona importante, pero nunca más que tú. Ella estuvo conmigo cuando lloraba por ti, la dejé cuando me diagnosticaron el cáncer. La quiero mucho y te mentiría si dijera lo contrario, pero tú eres mi único amor; lástima que solo ahora pudimos decirlo, ahora que… —No, no lo digas, voy a estar contigo hasta el final. Y por primera vez nos besamos. Fue especial.

***

—¿Qué piensas? —Dani se acerca lentamente a mi lado. —Qué te amo y que como te prometí ese día en la clínica, voy a estar contigo siempre. El almuerzo fue el más tranquilo y hermoso que vivimos en mucho tiempo. Solo me quedaba agradecerle a la vida la oportunidad de permitirme compartir con una persona tan especial y valiosa como Dani. No teníamos la relación más fácil, pero sí un amor fuerte y capaz de resistir todo. El brazalete dejó de ser mi excusa para confiar en nosotros, eso solo era un medio. Dani y yo éramos lo real.

Candy Von Bitter

E

ra la tercera vez que revisaba su reloj. Pronto iban a ser veinte minutos de retraso. ¡Qué mierda! Él comprendía que las mujeres necesitaban tiempo y oportunidad para arreglarse, para hacer lo usual antes de una cita con un hombre. Incluso había leído que les encantaba hacerse esperar, por el mero gusto de hacerlo. Pero era que él ya se estaba hartando y la idea de que todo iba a valer la pena no le servía para calmarle. Pensaba en que durante todo el camino, desde el hotel donde solían encontrarse hasta el aeropuerto, y luego el taxi, ella no le había permitido tocarla ni darle el consuelo de sus caricias para reafirmar la pequeña aventura. Siempre mirando hacia afuera, hacia la calle, hacia los pasajeros; ignorándolo completamente, como si no tuvieran nada que ver. Ella le había dicho que era por si se encontraban a algún conocido, con el cual no habría tenido problema, pero el negarse siquiera a que posara la mano sobre el muslo cubierto por un jean apretado en el avión, donde sólo los rodeaban extraños durmiéndose, le había irritado. Así no era como él imaginaba que sería. Esperaba que estuvieran uno encima del otro, como en cada encuentro clandestino. Quería sentirse dentro de esa burbuja que parecía confinada a habitaciones alquiladas por horas, donde no sólo se olvidaba de su esposa o de las obligaciones que tenía para con su empresa, sino de que él no era un adolescente y existían espacios de piel rosada entre sus cabellos canos. De todas las mujeres con las que había estado, sólo ella había conseguido la perfecta ilusión, la pura fantasía.

***

Se habían conocido en uno de esas subastas de caridad en la que los grandes representantes de Nueva York no podían faltar. La causa: los niños hambrientos y enfermos de África. Todos se saludaban con una sonrisa y era prácticamente una obligación agregar, no importaba en qué sitio, una condolencia por las pobres criaturas que se veían tan cruelmente desfavorecidas por sus circunstancias. Estaba preparado para sufrir en solitario una continua prueba de compasión y humanismo, llena de charlas triviales y ponerse al día con vidas de gente importante y aburrida, cuando ella salió de ningún lado. Venía en nombre de una galería de arte dedicada a los nuevos talentos incipientes, la cual, incluso, había donado generosamente alguna de sus obras más representativas para ser subastadas. Ella era joven y hermosa, pero en un mundo donde era posible pagarse cirugías estéticas y los hombres tenían dinero suficiente para enamorar a las amigas de sus hijas, eso no era novedoso. Una buena apariencia conseguía mucho, pero lo que realmente abría caminos era el saber relacionarse bien, cosa que ella hacía. Resultaba amable al hablar, sin mostrar una falta de carácter que la haría aburrida. Era inteligente sin sonar pretenciosa, un tremendo logro en un ambiente donde pululaban los intelectuales. De graciosa conversación que hacía pasar el tiempo de forma amena y hasta entretenida. A él le encantó intercambiar palabras con ella. Recordaba muy bien su primera impresión de esa noche. El vestido negro, cortado a un lado, abría dócilmente a cada paso para dejar ver esa pierna bronceada, firme e infinita que acababa en un pequeño pie de uñas negras para hacer juego. Su escote era circular y amplio, llegando a mostrar parte de sus hombros y el inicio de sus senos que quedaban resguardados bajo la tela. Le sorprendió ver que pasaba de la edad que él le habría dado, veintiséis años como mucho y veintinueve en realidad. Su voz era ronca, poseía un leve acento francés que hacía difícil concentrarse en lo que realmente quería decir, más allá de cómo pronunciara las palabras. Le recordaba a una profesora suya de primaria, la primera mujer de la que se enamoró. ‹‹Es difícil encontrar a alguien interesante aquí››, le dijo ella esa noche. Sin consultarle a nadie, y apenas mirándolo para asegurarse de que prestaba atención, ella tomó las cartulinas con los nombres dispuestos y los cambió para que pudieran sentarse lado a lado, y continuar su charla hasta finalizar la velada. Le era imposible quitarle la vista de encima y ella, a su vez, no lo hacía respecto a él. Sus gestos, llenos de femenino encanto y franqueza, le fascinaron lo suficiente para sentirse casi un adolescente cuando ella, haciendo la vista gorda a su anillo de bodas, le pasó un número al que podía llamarla si alguna vez quería verla para tomar un café.

***

Le tomó su tiempo decidirse a hacerlo. El estereotipo del empresario mujeriego, que se acostaba con su secretaria y tenía acompañantes en cada

rincón de la ciudad, no era uno con el que se sintiera plenamente identificado. Había tenido sus deslices por aquí y allá, desde luego, pero la última vez había estado tan cerca de ser descubierto, las ganas de jugar con el fuego se le habían esfumado. Una cosa era reconocer que necesitaba un tiempo sólo para relajarse y otra, inaceptable, era aceptar las condiciones del acuerdo prenupcial en caso de infidelidad. Pero cuando, finalmente, arreglaron una cita, las cenizas se levantaron y la llama rugió, fuerte y potente. Además de placentera en la cama, sin hacerle asco a cosas que otras mujeres desaprobaban, ella conocía el valor de la discreción. Nunca lo llamaba, nunca lo iba a buscar, pero siempre estaba disponible para él. Jamás sugirió contarle a su esposa nada al respecto, como si la idea sencillamente no le importara mientras ella obtuviera lo que quería de él. Su vaga sospecha de que se estaba encaprichando de esa mujer, de que quizá su necesidad de verla no se debía sólo a sus encuentros físicos llenos de placer, se solidificó y convirtió en certeza cuando le sugirió irse de vacaciones. Un sencillo fin de semana donde se tendrían el uno al otro, libres y para hacer lo que quisieran. Ella le preguntó qué diría en su casa. Él dijo que pondría como excusa una reunión de negocios para cerrar un trato importante. Como ella vivía sola en un departamento y únicamente trabajaba los días de semana, no habría problemas por su parte. —¿Te das cuenta de qué día es el lunes, no? —le preguntó ella. La sábana colgaba de su hombro desnudo y miraba sus manos juntas, mientras se acariciaban continuamente entre sí como gatos mimosos. Él estaba fascinado con las ligeras pecas de su espalda como para verle la cara. —Sí. Sería el 14 de febrero, el día de San Valentín. La única razón por la que lo celebraba, y generalmente con una cena formal era porque a su esposa le gustaba conmemorar de ese modo la ocasión. Un detalle por el cual ella quedaba satisfecha y agradecida después. Pensaba volver el lunes temprano para cumplir el ritual, pero, antes de eso, disfrutaría de su nueva amante a gusto.

***

—¿Quieres venir y festejemos antes de tiempo? Ella se volvió y, deslumbrante, sonrió. Algunos rastros de semen brillaban todavía en su rostro, pero a él no le importó que lo besara así. Se sentía en la cima del mundo y pocas cosas hubieran podido perturbarlo cuando el perfume de su crema lo hipnotizaba. Para poder conservar ese estado de gracia fue que se decidieron por Buenos Aires como destino. Ella le mencionó que la ciudad capital era la Nueva York de Argentina y ahí sólo serían otra pareja del montón, otros extranjeros como los miles que los visitaban en esa época del año. Conocía lo

bastante de castellano para creer que el idioma no representaría un problema. Iba a ser una experiencia divertida, emocionante, de recuerdo. Pero todo lo que tenía ahí, sentado en el elegante restaurant, rodeado de las obras de arte más importantes de Argentina, mientras veía a los otros huéspedes ser servidos con enormes pedazos de carne humeante, eran hambre y frustración combinados a tal punto que ya no sabía si quería que ella llegara pronto o pedir de una vez su orden. Por fin, casi veinte minutos más tarde, cuando consideraba seriamente llamarla al celular, ella entró por la puerta principal. Vestía de forma tan impecable, su cabello estaba tan perfectamente arreglado en suaves ondas y el collar de diamantes que una vez le regalara brillaba tan primorosamente en su cuello, que él, sintiendo que debía honrar semejante visión, no sólo no le reclamó la tardanza, sino que se levantó para correrle una silla. Ella pidió milanesa a la napolitana mientras él se decidía por un pedazo de vacío. El camarero, formal como todo el ambiente, les sirvió el vino en sus copas antes de recoger los menús en silencio y retirarse. De pronto, dio igual cualquier desaire anterior. Lo que fuera que la hubiera perturbado había pasado al olvido y él podía volver a disfrutarla tal como la conocía; simpática, cariñosa, insinuante. Escondiendo un matiz de ternura y sensualidad en cada uno de sus gestos que la espera del momento culminante, esta vez sí, en la habitación, se esperaba de forma tranquila. Tal como le sucedió en su primer encuentro, ni siquiera se dio cuenta de con qué rapidez pasaban los minutos, hasta que notó que, prácticamente, eran los únicos que todavía comían. Decidieron prescindir del postre, pagar su cuenta e irse. Para mañana quedarían las visitas a los museos y otros centros culturales. Para mañana empezarían a conocer Buenos Aires como tal, porque casi sin hablar estuvo claro que la prioridad de esa noche sería otra bien distinta. La espalda descubierta de su vestido rojo, sostenido por finos hilos, le atraían los ojos de manera incansable. Cuando la tomó de la cintura en su camino al elevador sintió la piel caliente y sedosa, inclinándose ligeramente hacia él como un gato en busca de mimos. La suavidad de las nalgas oprimidas por sus manos y el dato susurrado, secreto, de que ella no llevaba ropa interior, acabaron por destrozar su último puente a la realidad.

***

Comenzaron a besarse como un par de adolescentes, ahí mismo en el pasillo, y así continuaron hasta su habitación. Mientras él buscaba la tarjeta magnética para abrir la puerta, ella continuó recorriéndole el abdomen y el pecho, tirando de su corbata, como si no pudiera esperar para arrancárselo todo de encima. Ser deseado de esa manera era algo que muy pocas veces le había sucedido y de lo que creía ser incapaz de hartarse, si sucedía a través de las manos arregladas y finas de una mujer como ella. En la cama se

revolvieron, se desnudaron olvidándose de cualquier orden. Él se aferró a sus pechos, pequeños, pero eternamente jóvenes, firmes, mas ella tenía otra idea. Le agarró de las muñecas y las puso a cada lado de su cabeza, aplastándolo contra la cama. Iba a revolverse contra su prisión, cuando ella ondulo, muy lentamente, encima de su bragueta hinchada, y dijo que se quedara quieto. —Quiero intentar algo nuevo —habló, remarcando la ronquera afrancesada de su voz, con lo que parecía más que nunca una prostituta de película. Podría haberle pedido cualquier cosa con esa voz y de todos modos le habría sido muy difícil negarse, pero hacerlo en esa situación en particular, restregándole en la cara los beneficios de darle el gusto, era un imposible absoluto. —Sí, sí, probar —jadeó como un tonto. Hasta ahora, todos los juegos de ella sólo le habían reportado placer y bienestar. Se había ganado su confianza, lo suficiente como para saber que, fuera lo que fuera que estuviera concibiendo en su cabeza, lo más probable era que lo hiciera enloquecer de placer. Acariciándole el pecho con el suyo propio, haciéndole sentir sus pezones erguidos, ella le sostuvo las manos dóciles encima de su cabeza y acabó de sacarle la corbata del cuello, de por sí floja. Ató las muñecas con un simple nudo y se aseguró de que fuera seguro. Por un simple tirón no se terminaría el juego. Luego, sin dejar de hacerle su pequeño baile del vientre y tarareando dulcemente, acabó de atar su corbata a la cabecera de madera de la cama. Debido a la altura él debía tener los brazos un poco elevados, cosa que le permitió ver, con más comodidad, la manera en que ella se deslizaba por su cuerpo hasta los pies de la cama. Todo, desde la mirada astuta y fija hasta los movimientos lentos y calculados, le recordaron a una especie de felino siguiéndole la pista a su presa. Ella era una tigresa y él, la inocente víctima. Su cuerpo quemaba. Entonces la mujer procedió a quitarle los zapatos y, seguidamente, los pantalones. Sintió la caricia de sus uñas pintadas por encima de sus calzoncillos blancos. Quería que lo agarrara, que lo tomara y se lo llevara a la boca para darle uno de esos especiales tratamientos que lo llevaban al paraíso. En cambio, la vio levantarse, completamente desnuda a excepción de sus tacones altos, en dirección al armario para sacar un par de calcetines blancos suyos. Eran de tela delgada y resistente, por lo que sirvieron bien cuando ella los utilizó para unir sus tobillos a las maderas que formaban los postes de la cama. Comprobó una vez más cada atadura para que se mantuviera en su sitio, tironeando de ellas con fuerza, antes de dirigirse a él directamente con una sonrisa. —¿Cómodo, cariño? Asintió como un poseso. Ansiaba saber qué más tenía en mente. —Bien —dijo ella y, todavía tarareando, se dirigió a su bolso. Lo abrió y sacó un frasco de vidrio junto a una jeringa. Tranquilamente, meneando las caderas, ella llenó la jeringa con el líquido transparente hasta la mitad. Lo golpeó con sus uñas un par de veces para asegurarse de que las

burbujas de aire desaparecieran. Al volverse, tenía la misma sonrisa beatífica de antes. Pero él no la miraba. —¿Qué haces con eso? —dijo. —No te preocupes, es un juego —le respondió ella acercándose. —No me gusta el juego así —protestó queriendo apartarse de ella, salirse de la cama, pero la corbata y los calcetines se lo impedían—. ¿Qué diablos es esa cosa? —No pasa nada —dijo ella, inyectándoselo en el brazo, sin darle más tiempo a decir nada. De inmediato se sumió en la oscuridad absoluta.

***

Escuchaba unas voces en la habitación. Percibía un duro dolor de cabeza golpeándole las cienes y algo que le picaba en la muñeca. A lo mejor se había pasado más de la cuenta con el vino. Abrió los ojos con precaución, casi temiendo que la luz fuera un castigo del infierno, pero no sucedió así. Se adaptó, parpadeo a parpadeo, a la luz de la habitación y, lentamente, pudo enfocarla en su totalidad. No estaba solo en el cuarto. Después de haberle inyectado ese líquido del frasco, ella se volvió a vestir, esta vez con unos sencillos pantalones de ejercicio y una camiseta sin mangas. Llevaba una simple coleta de caballo y ya no quedaban rastro del maquillaje anterior. Se le hizo casi irreconocible. Sin embargo, aquella no fue la visión que le causó un mayor impacto. ¡Su esposa estaba ahí! Las dos mujeres hablaban en los sofás del cuasi salón, pegado a la habitación. En la mesita del centro brillaba una botella del minibar recién abierta y un par de copas que, aunque eran dos, sólo una se hallaba hasta la mitad mientras que la otra estaba vacía. Reconoció de inmediato el cabello rubio platinado corto, la piel pálida tan exquisita y el vestido que ella decía era su favorito porque iba acorde a cualquier situación. Estaba nerviosa y no encontraba mejor manera de calmarse que continuar recibiendo los tragos de tequila que ella, su amante, le preparaba. No tenía idea de cómo interpretar esa situación. Su cerebro debía estar todavía adormecido por el tranquilizante. Ni siquiera había empezado a imaginar su significado cuando ella, la mujer sin adornos para él desconocida, levantó la vista y le dio una palmada al hombro de su mujer. —Mira, se levantó —anunció, ya no había rastro de acento francés en su voz—. ¿Quieres decirle algo? Su esposa levantó la vista del vaso en su regazo y le clavó sus preciosos ojos celestes con una expresión familiar. Era la misma cara que ponía al ver en la calle a uno de esos vagabundos que andaban mendigando con los pantalones apestando a orina. Le daba pena, lástima, pero admitía que no podía hacer nada al respecto.

—No —dijo, con la voz firme y serena, antes de volverse a su amante—. Explícaselo tú, por favor. —De acuerdo —respondió ella, conciliadora. —¿Qué... qué es esto? ¿Qué han hecho ustedes...? —Es sencillo —dijo ella, levantándose hacia su bolso ya abierto, de donde sacó unos guantes de cirujano—. Me contrató para que vendiera tus órganos en el mercado negro. Ayudarás a un buen montón de buenas personas enfermas que no pueden acceder a un servicio legal. Deberías sentirte orgulloso de tener a una mujer como ella. —Procedió a sacar otro frasco de líquido transparente y llenar una nueva aguja—. Abandonó el negocio por tu causa hace mucho tiempo y tú, ¿cómo le pagas? Follando con otras a sus espaldas. Yéndote de vacaciones con ellas y mintiéndole. Muy mal. Él la vio ponerle la inyección en un costado de su estómago, sin poder hacer nada para evitarlo. Giró el rostro para observar a su esposa, a su linda esposa que hacía conocido hacía diez años y la que, a pesar de ser huérfana, siempre había dispuesto de una fortuna más que aceptable. Le había dicho que todo fue un golpe de suerte, el producto de haber hecho una serie de buenas inversiones en el mercado. No podía ser. —Tú has ayudado mucho —continuó la falsa francesa, todavía aplicándole esa maldita cosa ahora en el lado izquierdo. Se trataba de anestesia y él podía sentir su carne perdiendo sensibilidad, como si en lugar de torso tuviera un espacio vacío hasta sus piernas—. Nadie sabe que estás aquí, nadie sabe que me conoces. Ella dirá que te fuiste de viaje de negocios y tus amigos del trabajo, siguiendo la historia que tú les contaste, dirán que fuiste a vacacionar con tu esposa por el día de San Valentín. Qué romántico, ¿no? Ya no podía mover el cuello. Sólo podía seguir los acontecimientos de la habitación moviendo los ojos. Su mandíbula se abría ligeramente, inútil, y un frágil hilillo de saliva se deslizaba desde su mentón al pecho. Esta era una idea más o menos intuitiva, puesto que en realidad su sentido del tacto no le estaba diciendo nada. Lo que más se movía era su corazón, que quería gritar, romper ataduras y tímpanos llamando a la policía en todos los idiomas posibles. Pero nada sucedía. El plástico que le habían deslizado debajo para no hacer un desastre apenas crujía. Cuando, finalmente, acabó con su cuerpo, su esposa se levantó del sofá. La oyó suspirar. Entonces, de su bolso de Prada original, sacó un par de guantes de cirujano iguales a los de su amante. Se los puso cuidadosamente, estirando el material para que la cubriera totalmente. De pronto, la vislumbró a ella sosteniendo un escalpelo brillante. —¿Quieres empezar tú? Necesitamos un corazón y para eso tú siempre has sido muy buena. —Sí —dijo su esposa, mirando el escalpelo. Parecía estar en medio de un trance o que recién despertaba de uno en el que había estado sumergida contra su voluntad. Tomó la herramienta igual que tomaba las copas, sus frascos de perfume y la polla de su marido; con una delicada seguridad, con confianza. Dio unos pasos en dirección a la cama y lo miró de medio lado—. Lamento que no haya podido ser, cariño. Entonces comenzó a trabajar.

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