MUESTRA DE POESÍA JOVEN COLOMBIANA

POSDATA, PD. . Revista mexicana.
Año 7, Número 1, Enero 2009. 21.5 x 27.8 x 0.4 cms. 64 páginas Director General: José Jaime Ruiz , ruizjj@prodigy.net.mx Editora Responsable: Zaira Espinosa , espinosa.zaira@gmail.com Seleccionador de la muestra: Poeta Ivan Trejo, http://itrejo.wordpress.com/ , ritrejo@gmail.com ….. Primera edición virtual: Septiembre 29, 2009. Publica NTC ... Ediciones virtuales,
http://ntc-ediciones-virtuales.blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com

Cali, Colombia.
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NOTA INTRODUCTORIA Nunca antes generación alguna estuvo expuesta a tanta información. Debes leer los clásicos, le repetían a uno de adolescente, cada generación debe traducir a sus clásicos, dijo después José Emilio Pacheco, y con el paso del tiempo fue siendo menos probable leer toda la poesía que estuvo antes de uno, no para seguir el camino de los clásicos sino para, de alguna forma, buscar lo que ellos buscaron. En cambio, las lecturas de nuestros contemporáneos siempre abren ventanas a un imaginario poético en transición. En este caso en particular, P.D. me ha permitido compartir con ustedes la nueva poesía que se gesta en un país con una tradición poética tan sólida como lo es Colombia. Esta Muestra de poesía joven colombiana, reúne a 11 autores de esta generación de poetas nacidos en los setentas y ochentas, donde la búsqueda de las propias respuestas se basa en la tradición y presenta cada vez menos intenciones neovanguardistas o de ruptura, y a cambio intenta consolidar su propio lenguaje. Remando entre distintas tendencias de la tradición poética colombiana encontrarán en este número propuestas éticas y estéticas frente al mundo, pues los autores aquí reunidos, (y la gran mayoría de la generación), no avivan el fuego de los clichés de la literatura colombiana, puesto que no escribir sobre la violencia, el narcotráfico o el sicariato es también una forma de protestar contra ello. Agradezco profundamente la amabilidad de Juan Manuel Roca pues para esta muestra ha preparado el prólogo Los nuevos poetas colombianos, dando un paseo por las generaciones y tendencias de la poesía colombiana hasta llegar con los jóvenes aquí reunidos. Diría María Mercedes Carranza en la introducción del libro Historia de la poesía colombiana: “El paisaje es el mismo siempre, pero son distintos los ojos que lo miran”. Iván Trejo Enero 2009

NUEVOS POETAS COLOMBIANOS La poesía colombiana, en lo que atañe al siglo XX, fue dejando en su andadura individual y colectiva unas pisadas que se hicieron huellas y que se bifurcaron en varios caminos. De los poetas finiseculares, con ciertas reminiscencias de nuestro primer poeta moderno, José Asunción Silva, quizá sea Porfirio Barba Jacob quien más suscite interés en los poetas posteriores: aún hay cierto eco de desarraigo y exaltación en algunos momentos de los poetas de hoy que evocan a Barba, (Santa Rosa de osos 1883, México 1942) por las vías del poeta más leído y unánimemente celebrado, Aurelio Arturo (La Unión, 1909- Bogotá, 1974). El lenguaje elusivo de Arturo hará un eslabón en un poeta del grupo de Mito como Fernando Charry Lara y posteriormente en Giovanni Quessep, de manera evidente. En un juego de espejos y decapitaciones, en cierto carácter pendular de las influencias, la generación de “Los Nuevos”, por los años veinte, la de León de Greiff, Luis Vidales, Jorge Zalamea y Luis Tejada, da la espalda a la Generación del Centenario, nombrada así por haber coincidido el país con la irrupción de estos poetas en el primer centenario de la llamada independencia. Borrón y cuenta nueva dicen estos poetas, particularmente a partir del libro vanguardista de Luis Vidales, “Suenan Timbres”, de 1926, de cuyos poemas hizo eco la legendaria antología que hicieron Borges, Huidobro e Hidalgo. Tras esta generación aparecieron los llamados “piedracelistas”, un grupo de poetas hispanizantes, seguidores de alguna forma epidérmica de Juan Ramón Jiménez, que de manera nuevamente pendular movieron la cabeza en señal de negación frente a los experimentos oníricos de Vidales, lingüísticos de De Greiff y cotidianos y sutiles de las crónicas poéticas de Tejada. Hacia los años cincuenta aparecería el grupo que se reúne en torno a la revista “Mito”: Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Héctor Rojas Herazo, el ya mencionado Charry Lara, Álvaro Mutis, y dos figuras aisladas que hoy merecen la atención de los poetas recientes: Carlos Obregón, que se fue muy temprano de Colombia y que se suicidaría en España, y Óscar Hernández, olvidado en medio de galeras de tipografía. Tras ellos viene el grupo “nadaísta”, con sus manifiestos contestatarios y sus acciones repentistas e iconoclastas, dentro del cual destaca sin duda Jaime Jaramillo Escobar, de pseudónimo X-504, un poeta de poderosa ironía y acentos singulares. Insulares, sin grupo, dos coetáneos de los nadaístas, José Manuel Arango y Giovanni Quessep, al unísono con un poeta coloquial de la misma estirpe de Óscar Hernández, Mario Rivero, anunciarían, a pesar de los vínculos iniciales de este último con el grupo nadaísta, una andadura individual, sin grupos ni manifestaciones colectivas. Es cuando entonces aparece la poesía de María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo, Augusto Pinilla, Luis Aguilera, Miguel Méndez Camacho, Henry Luque Muñoz, Raúl Henao, Raúl Gómez Jattin, Santiago Mutis, Omar Ortiz, Samuel Jaramillo, Antonio

Correa o Edmundo Perry, entre otros poetas que empiezan a publicar en los años setenta y que hoy tienen amplia y reconocida trayectoria. Algunos pocos de ellos son agrupados de manera transitoria como “La generación sin nombre”, pero casi todos asumen una búsqueda individual, sin asuntos programáticos. Si hago esta suerte de arqueología, de búsqueda de los hombres de cromagnon de los poetas reunidos en esta antología, no sin antes agregar los nombres de Rómulo Bustos Aguirre y Piedad Bonnet que empezaron a publicar en los años ochenta, es solo por contextualizar para el lector mexicano una tradición poética que casi siempre le resulta borrosa. Los poetas insertos en este volumen tienen como común denominador el solo hecho de haber nacido a partir de los años setenta. No voy a cometer el desafuero de emparentarlos uno a uno con sus antecesores, aunque haya el rastro de lecturas de Rojas Herazo, de Vidales, de Mutis, de Arango, de Gaitán y por momentos de Quessep. La verdad es que lo que resulta atractivo de este conjunto de poetas y poemas es su diversidad. No hay un tono uniforme, una coral que canta la misma tonada. De cierto coloquialismo entrelazado a lo inefable, a lo que no tiene una aparente explicación, como recordando que la poesía también tiene tratos con lo fantástico, la palabra de John Jairo Junieles y su relación con ángeles barriales, el pastoreo de sus horas en Cartagena de Indias, nos entrega muy buenos momentos ya celebrados con entusiasmo por Héctor Rojas Herazo. Más ligado a la ironía, a la desacralización de la palabra, John Galán Casanova se va por los caminos del ascetismo del lenguaje, un camino pedregoso si partimos de la idea de que no hay poemas largos y cortos sino poemas justos. Si un poema corto no alcanza un rango estético, sencillamente es largo como un presidio. No es el caso de Galán, no le ocurre como a su “árbol talado”, que se queda sin ramas, sin semillas y sin frutos. Hay en este libro, de manera inusual en Colombia, varias búsquedas poéticas emprendidas con mucho rigor por mujeres jóvenes, de las que resalto la hondura y vigilancia del lenguaje, su manera de hablar de sí sin la carga un tanto fatigosa –por lo demás comprensible en sociedades de viejo cuño machista- del cuerpo, de un Eros de cartilla que tantas veces asedia el poema. De una parte está la poesía de María Clemencia Sánchez, que entrelaza una visión amplia del mundo que le viene sin duda de su insatisfacción con una realidad unívoca y parroquial, con “los cielos que nunca he sido”. Sus dos libros publicados dan testimonio de una inquietante y bella poesía. Lucía Estrada es ya una de las voces más trascendentes de la poesía colombiana. Emparentada con una visión quizá heredada del mejor romanticismo, la limpieza estival de su lenguaje, la manera como adopta máscaras para no hacer de su mirada asombrada y a la vez dolida un festín de desgarramientos confesionales, una exhibición de un mundo acorralante y sombrío, su poesía ha ido creciendo en la admiración de sus pares.

Algo así se puede decir de la naciente y casi inédita poesía de Angye Gaona, afirmativa en sus búsquedas pero no asertiva, ajena a las definiciones y a los conceptos que tanto enajenan y empobrecen la expresión poética. Con ellas y con Lauren Mendinueta y Andrea Cote, hay mucho camino por esperar, caminos en los que sin duda dejarán sus propias huellas. Felipe García Quintero, tan cercano en algunos momentos a José Manuel Arango sin que esto lo haga mimético, es una suerte de animal rizófago, de esos seres que se alimentan de raíces, de ahí su carácter reflexivo, la unión de poesía y pensamiento siempre tan deseada. Su poema “El juego de mi padre” es una bella pieza, un aparato verbal de singular y misteriosa eficacia. Giovanny Gómez es otro poeta para el que no hay dicotomías entre la poesía de imágenes y la poesía coloquial. Entrelaza esas dos supuestas orillas distantes a través del río del lenguaje. Quizá lo hace porque sabe que “el tiempo fluye en pedazos/ y arrecia impenetrable/ su rumorosa música”. Santiago Espinosa habla desde los intersticios de la realidad pero no se somete a ella. Tiene una voluntad inalienable por mezclar en su marmita muchos saberes: la filosofía y la política, la música y la arquitectura, pero sobre todo el rastreo de otros mundos anclados en el peor de ellos, un país que huye de sí mismo. Casas ilusorias, fantasmas, adioses y campanas, desarraigos que van desde “las mesas que esperan” hasta el ojo aventurero y corsario de Sir Walter Raleigh, todo merece ser sopesado por la lengua, aún sabiendo con Borges que “la realidad no es verbal”. En Robert Max Steenkist ronda siempre la presencia del otro y de lo desconocido, como recordando a Lezama y la idea de que nuestra única identidad está, precisamente, en lo desconocido. Nos recuerda de alguna manera que vivimos sin quererlo, bien como condena o como festejo. De ahí la poderosa imagen que atrapa de las olas como suicidas incesantes. La poesía de Steenkist expresa lo que se esconde y esconde lo que se ve, en un juego de contrarios rico y diverso. He aquí una antología de nuevos poetas colombianos que rebasan los tópicos: “aún los perros sienten la necesidad de aullarle a la luna, pero eso no significa que sea poesía”, decía, sabio como siempre, don Alfonso Reyes.

JUAN MANUEL ROCA

SANTIAGO ESPINOSA Bogotá, 1985. Crítico y periodista. Estudió Literatura en la Universidad de los Andes y hoy finaliza sus estudios de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado en adaptaciones de teatro, como director montó La Cantante Calva, de Eugene Ionesco, en el año 2004, y un par de piezas de Harold Pinter en el 2006. Los ecos, su primer libro, será publicado en los próximos meses.

EL CARNICERO La materia “diáspora de estrella”, es para Don Orlando kilos peso tibio entre las manos. Y el tiempo, del negro al blanco, le zumba al oído como moscas en la tarde. Entre lomos, caderas, blancos puñados de grasa, pasan los días de Don Orlando. Por eso alza las carnes al hombro sin pensar en los cortejos. Lee los mensajes de las fibras sin detenerse en augurios. No hubo pudor cuando besó a su hijo entre placentas. Cuando lo tuvo en los brazos, y en los ojos del uno y del otro la misma bruma, sus manos, sin saberlo, imitaron la balanza romana. Las vísceras del hijo se velaron, al ver la luz por el cuchillo de otros. Don Orlando no hace conjeturas, su madre le enseño que era malo especular. Y sin embargo no olvida la bendición antes de hacer los cortes. Hay que lavarse bien las manos, sin importar el precio del jabón.

LA CASA ILUSORIA Como un árbol que se abre camino en la mitad del mar, la casa, su olvidado lenguaje de peldaños, de redes y vacíos luminosos, nació en el sueño del arquitecto. “Una casa”, se dijo, “huella de la vida, que tenga por rostro la prudencia del anónimo…” “Que interprete la montaña sin cortes sin remedos.” “Pura y aislada como la hoguera.” Y de la casa surgieron moradores. Sus altos muros fueron perdiendo la extrañeza, cuando por el pasillo circularon las visitas haciendo de los rincones escondites, refugios, donde la hombría pudo llorar las deudas de rejas para dentro y habría de llegar el sexo a la lengua de los niños. Sonaron los estruendos de cada noticiero. El abandono en las caídas del fútbol. También hubo películas dobladas que hablaban del África, de una aridez distinta a la que comenzó en los muslos y terminó en el trazo de los rostros. Fueron muchos los recuerdos que se robó la mansarda. La capa adusta del abuelo, amables caracoles, los niños jugando a la guerra con sombreros de copa o emprendiendo la caza del Mohán en la selva imaginada. Mientras tanto, en la noche, los otros oían su conciencia traqueando en la madera, dando sus primeros pasos. En medio de los aromas del melón, siempre distintos, viendo a la luz colarse en los vitrales,

por la ventana entró el sonido de un antiguo clarinete, poblando la casa de fantasmas y de barcos que se hunden. Con el adiós de los nardos, creciendo en la portada, quizás solo hubo tiempo de mirarse a los ojos para estrellar las copas de cara a la montaña. Hubo tiempo de alzarlas y volver a brindar por los ausentes. La obra estaba completa. Para Guiseppe Volpini.

VALSE TRISTE A la manera de Jean Sibeluis. El ruido áspero de un fósforo, dos, tres de la mañana. Pasos en la casa de la esquina. ¿No es demasiado tarde para empezar la velada? Quizá estrellen las copas mirándose a los labios y suene en el piano la canción escogida. Él y su corbata roja la que compró con ella antes del accidente. Ella, perfumada, lleva el vestido de encaje: única herencia de su madre. Bailan, jóvenes, por la pista de otros ojos, de otra memoria, sigilosamente haciéndose fantasmas.

EL OTRO Pasa un hombre el niño que fue lo mira con rabia.

CUCHILLADAS “…y el viento podría Con otra sal enrojecer los ojos…” Guiseppe Ungaretti. Podría tu nombre iluminar otros ojos la lluvia, su escándalo lejano en los sucios ventanales, traer algo distinto a las derrotas. Pero escucha, detente. Ahora el niño que fuiste deja en la mesa los juguetes y mira el verde en las montañas detenidamente. Va por la calle, la furia de tu urgencia escoge sus caminos. Míralo haciéndose a tus propias expresiones. Escogiendo las canciones, los libros de segunda. Va con la madre y su saco nuevo, a rayas. Zapatos de otra era, uno detrás de otro. Su golpe de segundos por los parques, los cuartos al blanco, y un suave rumor que se teje en los huesos. El árbol se hizo a sus anillos. Cambió la moda, cambiaron los tiranos. Sonoro pasó el siglo en su barco de ebriedades y otro cráneo adornó el anaquel. Podría ser otra casa, la abuela no haber muerto tan temprano. Podría ser otro mar el que sacude desde el fondo. Pero persiste, no se doblega. Ahora un hombre se afeita ante el espejo en completa soledad. Dibuja a su padre a cuchilladas.

ROBERT MAX STEENKIST Bogotá, 1982. Egresado de Literatura de la Universidad de los Andes de Bogotá. Hizo una maestría en Estudios de Publicación en la Universidad de Leiden (Holanda). Actualmente es asesor de la subdirección de Libro y Desarrollo del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina, el Caribe, España Y Portugal (Cerlalc/UNESCO). Ha publicado un libro de cuentos titulado "Caja de piedras" (1997) y un poemario "Las excusas del desterrado" (2006).

UN REGRESO CUALQUIERA Pocas venas encuentras abiertas a tu regreso. Fácil te fue el olvido de tantas aventuras que dejaste para otro empecinado. Seguirás intentando por mucho tiempo domar el trote de los sueños los párpados rotos. Muy lejos de la línea del paisaje que cerraba tu mundo con sonrisa de verdugo te llegará la certeza de que la quietud y la calma que has inventado para alejarte del camino, esa niebla, sólo es otro frío revés de la puntada, la mala maniobra del trapecista principiante Tú, tozudo, viejo, seguro y siempre derrotado nada vas a tener para alcanzar el hilo nuevamente.

ESTRELLÁNDOSE Hablo de la ciudad que amo, de la ciudad que aborrezco José Manuel Arango En esta noche, Ciudad de canales y veneno, hay un humo entre tus luces y mis ojos. Y no estoy solo. Un cielo de cobre se escurre entre taxis vacíos y asientos empolvados; entre la mujer que porta un abrecartas y el suicida que estira la mano desde su gabán de cuello lato para saludar. En la casa donde el padre cena solo todas las bombillas han confabulado y retienen la luz antes de regarla como un estallido de oro hacia las calles. Y miles de postes las secundan derramando los chorros sobre las aceras con elegancia de cascadas enfurecidas. Tus suspiros de madrastra y viuda, Ciudad, cuando aparecen las luces que no te dejan dormir, uno más se cuelga otra arrastrar su sombra lejos de tu llanto un padre pide disculpas a los puestos vacíos alguien espera la venganza con la puerta cerrada, cuando las luces se prenden, Ciudad, tus suspiros consiguen erguirse como una cortina de niebla blanda. Y esta noche no estoy solo porque las historias que son tus huesos dictan un buen ánimo sobre el asfalto. Hoy me parece que un cielo estrellado remeda Tu universo de ciento diez voltios repetidos. Tú misma te vuelves el rastro del potente estornudo del sol y ese cielo infinito son tus ganas negras de quedarte profundamente dormida.

LO QUE NO NUTRE I think is better that i times like these A poet’s mouth be silent W. B Yeats Mi gente astillada cuenta las penas que faltan para ser alguien. Mi gente abre las jaulas para que regresen los pájaros y rinde las energías con la poca fe que dejaron los titulares exhibidos. Todos los días hay un hueco en el pecho, una trombosis del hijo menor que amerita una visita a la vecina. Dos mujeres tomarán café aguado. ¡ay de todos aquellos que ni el amor les alcanza para salir de pobres y ay de mí que les canto con palabras que tampoco nutren!

PUERTOS Arrodilla su miseria para mirar entre las nubes Felipe Martínez Pinzón Aún hoy Zarpada la barca hace siglos Sorteamos galerías para llegar a puertos desconocidos sin quererlo cavamos tumbas detrás de las barreras del cielo para que en el momento en que los pozos griten nadie sonría triste repitiendo la misma mueca sin eco de esos viejos desdentados

PASO Casandra: no hay escapatoria, forasteros Esquilo y el capitán de los ángeles cerrará los brazos y sacudirá el polvo de sus alas luminosas y en silencio tensará el arco de su sonrisa satisfecha ¡Que bajo una mesa se muevan los grillos sin miedo, que una alfombra siga esperando ser sacudida y que este hombre nunca llegue a una rosa! -labor delicada y vertical como un hacha ésta de levantar desde lo alto para querer dormirse en tiempos de los relojes¡Que sobre la acera descanse una llanta de nadie, que un portafolio parezca entregarle las tripas al viento y que en algún edificio cercano el teléfono haya dejado de sonar! Finalmente los ánimos derrotados se beberán de un sorbo los fantasmas opacos, estancados en elegantes copas de material reciclado ¡Que un niño muera de tedio! ¡Una mujer en el parto! ¡Otros que se asfixien en el silencio de una pensión! Y que muchos fatiguen la carera perdida desde el principio! -las armas del deseo serán las mismas palabras antiguas condenadas a maquillaje y los miedos robustos y desganados colgarán como secándose en los cables mudos del telégrafo¡Que haya un billete que nadie recoge y una navaja abandonada sobre la mesa de recaudos! Nada más se moverá desde lo profundo porque el mundo recibirá sin ansias una tormenta silenciosa y terrible como mandatos de estrellas Como un gran trapero brillante el ángel levantará los párpados azules y verá con rubor nuevo los escombros de su irá - tan sólo amonestará tiernamente a sus inquietos dedos de fuego-

ANDREA COTE Barrancabermeja, Santander, 1981. Estudió literatura en la Universidad de los Andes. Entre los años 1999 y 2000 dirigió el Festival de Poesía de Barrancabermeja. Ha publicado: Puerto Calcinado (Universidad Externado de Colombia – Revista El Malpensante – 2002), Tina Modotti (Biografía – Editorial Panamericana, 2004), y un ensayo sobre la obra de la poeta peruana Blanca Varela. Ganó el Premio Mundial de Poesía Ponts de Strugas de la UNESCO en 2005. Ha sido docente en la Universidad Externado en el Departamento de Extensión Cultural.

PUERTO QUEBRADO Si supieras que afuera de la casa, atado a la orilla del puerto quebrado, hay un río quemante como las aceras. Que cuando toca la tierra es como un desierto al derrumbarse y trae hierba encendida para que ascienda por las paredes, aunque te des a creer que el muro perturbado por las enredaderas es milagro de la humedad y no de la ceniza del agua. Si supieras que el río no es de agua y no trae barcos ni maderos, sólo pequeñas algas crecidas en el pecho de hombres dormidos. Si supieras que ese río corre y que es como nosotros, o como todo lo que tarde o temprano tiene que hundirse en la tierra. Tú no sabes, pero yo alguna vez lo he visto hace parte de las cosas que cuando se están yendo parece que se quedan.

CASA DE PIEDRA Era corriente y deslucido y mohíno el ademán, con que dábamos la espalda a la casa de piedra de mi padre para ondear faldas floreadas y de luz en nuestro puerto desecado. Por primera vez y sin nodriza, bordeábamos la arcada de la tarde, todo para no ver las manos de piedra de mi padre oscureciéndolo todo, apresándolo todo, sus palabras de piedra y cascarrina lloviendo en el jardín de la sequía. Y nosotras en fuga hacia calles blanqueadas y farándula de mediodía y ellos repitiendo en la puerta de piedra: catorce años, falda corta, zapatos rojos sin usar. Éramos en avidez musical y de fasto y malabares, ante la lustrosa acera, antes de quedarnos parados y sin voz para ver la desolada estampa, la ruina. Pues el silencio, que no el bullicio de los días, atraviesa. El silencio, que son treinta y dos ataúdes vacíos y blancos.

UN RINCÓN PARA QUEDARSE Ya no requieras, María, el alma de las cosas desprovistas, que no son más que huesos de esta casa muerta. No busques el vacío de tu cuerpo en las paredes que no saben de ti que por ti no preguntan; ni tampoco cicatrices en el aire de azul embalsamado que sólo está aquí como prueba de un cielo abolido. El paisaje es todo lo que ves, pero no sabe que existes, así como estas cosas que nada contarán de ti, de tus heridas. Acuérdate María, que tú eres la casa y las paredes que viniste a derrumbar y que la infancia es territorio en que el espanto anhela no sé qué oscuro rincón para quedarse.

MIEDO Madre, recógeme el sonido de la lluvia en el tejado del abuelo cuéntame de las noches en que descubrí la sed por los acantilados y de cómo desprendiste el fuego de la luz para permitirnos el encuentro con nuestros primeros demonios. Recuerda nuestra estancia eterna en los rincones de la casa cuando aún llovían tardes grises en la arena y la lluvia mohosa venía con Abril y todavía no tenía miedo.

OLVIDADO PAISAJE Como a una muñeca rota cuélgame los ojos de ver las manos de palpar, pero déjame este pecho sin pecho para no sentir de nuevo aquí, en el medio, tu don de esta sombra que pesa como un cuerpo. Sombra en sombra, mi sombra, que es la parte en mí donde más hurgas y abres agujeros que no sé coser con este, mi cuerpo de tocar. Pero dime además si es para esto padre que me has puesto en medio de tus cosas o para que te suplique cada día, cada noche, que me des una mirada y ni uno más de estos verbos tristes y pesados, que me siembres en medio de los ojos rojos una ceguera de plomo porque no sé, padre, para qué tantas palabras y no poder hacer de esta rabia un olvidado paisaje.

ANGYE GAONA Bucaramanga, 1980. Escritora, escultora y promotora de lectura. Estudió periodismo y artes plásticas en Medellín. Vinculada a la Revista Prometeo y al comité organizador del Festival Internacional de Poesía de Medellín de 1999 a 2003, participó en dicho evento en 2002 y estuvo a cargo de la I Exposición Internacional de Poesía Experimental en 2001. Nacimiento volátil es un libro inédito que reúne algunos poemas escritos entre 1998 y 2006. En la actualidad, dirige el taller de literatura para niños, Galaxias.

LO QUE PIDO Mi hambre no es sólo suya; madre. Mi hambre es la de millones y la Tierra no guarda la semillas en almacenes bajo llave y alarmas; la Tierra no tiene cámaras que vigilen el mar ni gendarmes que apresen a los carniceros. Usted no vende su abrazo, señora. Es preciso liberar la leche que mana tras la alambrada; abrir la despensa, que corran el aire y los niños; Salir a la calle, alzar los brazos, que el Sol alimente estos huesos, madre, los mismos que la Tierra humilde al fin habrá de devorar.

TEJIDO BLANDO Calma y tino te digo, pecho blando. No quieras contener toda el agua de los mares. Toma unas onzas de olas bravas, de espuma fiera. Deja que se encrespe dentro de ti, caballo afrentado, pero no domes esta agua que el tiempo la requiere viva y punzante. Respira y prepárate, pecho blando. No quieras contener todo el aire de los abismos, toma sólo el de tu pequeña inspiración, acarícialo por instantes, susúrrale como si al último aliento y déjalo libre ir allí, a donde tú también quisieras: vasto, inmenso, indistinto. Sopla fuerte lo que guardas. No recojas más lágrimas, pecho blando. Y si un niño preso llora, dirás, y si un hombre es torturado, dirás. Que no es tiempo de guardar la ira, te digo. Es momento de fraguar y hacer lucir el filo.

CAMINO El camino entró por la ventana como una rama que avienta la tormenta. Llovía. Agudos nombres caían gravemente, desde arriba entonados, llamados a rodar por las aceras. Las casas se volvieron caminos o fueron atravesadas por ellos. La lucidez se apoderó de las casas. Los habitantes buscaron las terrazas, ascendieron y alzaron sus frentes con fervor hacia el rayo que reveló el camino, por un instante.

LA FUGA Pierde la casa, salte del cauce, llena los bolsillos de huidas, mira pasar por ventanillas tu cuenta pendiente de paisajes intocados. Encuentra, de madrugada, el grito interior de lo distante; o de tarde, la bola de lodo en el costado: acumulación malsana de familias ovilladas que te dieron en uso sus nombres, ahora gastados, errantes. Márchate hasta el hastío, sangre mía. No quieras pisar el pueblo fértil que te llama a su memoria sólo hasta perderte más, perderte mejor donde prefieras: en el océano de gracias deslumbrantes y profundas, en el desierto aletargado y equidistante de casa, en la montaña fecunda donde se multiplican los caminos. Pisa aquí y allí hasta agonizar. Vuelve a partir cuando te tomen por loca e intenten enviarte en barco a otro puerto o te traten como mercancía que se pierde en los bazares de quien nadie sabe de dónde su brillo o su avería. Entre tanto, estará tu pueblo fértil creciendo abundante y al barbecho, esperando ver florecer tu vara y tu hacer.

VALLE DE SÍMBOLOS Sigo el camino del esternón, busco el origen de la sed, voy al fondo de un valle de paredes intrincadas, sólidas merced al tiempo, movedizas cuando el aluvión, cuando la infancia, era glacial. Colecto las raicillas del pensamiento. Las cargo a mi espalda erosionada junto al agreste olvido que cae de mí. Se asoman, desde pequeñas cuevas, los indicios del dolor; veloces, burlan las miradas y vuelven a ocultarse en la piel del valle. Inscritas en las paredes, las coordenadas indescifrables del rayo prehistórico que formó mi faz. Tiempo de la hondura, tiempo sin sílaba, cuando soy sólo un sonido metamórfico en tránsito a la fatiga. Busco un manantial que bañe la pregunta adherida a mi historia. Busco la vida recién nacida y hallo la sed. Sigo la senda del esternón.

LUCÍA ESTRADA Nació en Medellín en 1980. Ha publicado los libros de poesía Fuegos Nocturnos (Medellín, 1997); Noche Líquida (Colección del Ministerio de Cultura, San José de Costa Rica, 2000), Maiastra (Ed. El Tambor Arlequín. Medellín, 2004), Las Hijas del Espino (Cobalto Ediciones. Medellín, 2006 // Hombre Nuevo Editores. Medellín, 2008), El Ojo de Circe (Antología - Colección Universidad Externado de Colombia, 2006), y El círculo de la memoria (Antología - Lustra Editores, Lima, 2008). Con su libro Las Hijas del Espino obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2005).

II Cuando la noche se inclina y parece que pronuncia tu nombre, hundes tus manos en la oscuridad y buscas a tientas el cuerpo inabarcable de tu memoria. Ese pálpito en la punta de los dedos, la densa respiración de todo cuanto existe, te obliga a permanecer en la sombra. Ninguna imagen tiembla en el espejo. Ninguna superficie se apiada de ti. Todo está vuelto sobre sí mismo y nada consigue reflejarte. Una pausa, y el tiempo detenido cae sobre tu silencio. Cuántas palabras a punto de oscurecerse bajo tu lengua. Cuánto deseo en los ojos que se abren por última vez. Apártate un poco y comprende que nada podría ser el inicio ni el centro en este cuarto cerrado. Que todo será dicho de golpe en medio de la sombra y muy lentamente.

IV Tanto caminar en el mismo laberinto y todavía no se reconoce la piedra en la que tropezamos una y otra vez. El olvido llueve sobre los ojos, y es aquí cuando simulamos dar un paso adelante. Alguien sostiene con su sombra el peso de lo que un día, una noche, volverá a repetirse. No hay una máscara para el miedo, tampoco para la muerte. Todos los muros que nos rodean están siendo escritos por el paso de las horas, por nuestras largas vigilias, por el secreto deseo de la sangre, por la insistencia del amor y el fracaso, por la oscura ceniza que una vez fue nuestra casa y que nos obliga a permanecer. Pregunto entonces con la boca de los muertos ¿qué de ti quedó entre las rosas?

V Mi sombra, devorada por el musgo, intenta descifrar un paisaje incierto. Crece mi corazón entre la hierba, y en él se regocijan el polvo y la memoria. Quien vuelve la mirada, reconoce su rostro entre la sal, bajo las piedras, en el arbusto silencioso, en el sabor amargo del trébol, en el muro del jardín donde una noche mediste con tu mano la distancia del azul. Voces oídas a lo lejos, cantos que te previenen contra el olvido. Todo lo que mires volverá de la herrumbre para sostener tus pasos.

VI Abro la noche para recibirte. En cada palabra mis manos inician un largo recorrido hacia la sombra, hacia lo que no es posible abarcar. Y sin embargo, helo ahí como si quisiera traernos un pedazo de nosotros mismos, un fragmento de luz, una sílaba cerrada en su misterio. Nombrarte es el comienzo del exilio. Y permanecer en ti una constante despedida. Ofrezco mis ojos a lo que se diluye bajo tu lámpara. A la eternidad que se desteje minuto a minuto para que yo pueda entrar en ella. Sin cortejos. Sin una guía para mis pasos. Escribo en el polvo este no saber hacia dónde, a qué distancia se oculta la rosa. Nuestro diálogo es el inicio del viaje, su silencio el camino de retorno. Es necesario permanecer a la intemperie.

MARÍA EGIPCIACA I Una piedra guarda los nombres de la piedra tú estás entre los más altos quien mire atento los cristales bajo el musgo no encontraría la noche más larga aparta otra vez el brillo ofrece el negro de los subterráneos el crujir de las retortas enciende un fuego que dure lo que los elementos y ayúdame a comprender de este lado de la llama por qué el pájaro ya es fuego cuando atraviesa el humo tiéndeme al lado de tu espera noche a noche seguiré el recorrido de tu pupila hasta el alba.

II Soy en otros cuerpos me diluyo pacientes sus manos me construyen como tejiéndose a sí mismas perpendiculares fabulosas por las que resbala un oro líquido altas torres

mis ojos en la oscuridad esperando acontecer entrar en lo desconocido es hilar un poco en la rueca de los acercamientos.

YOCASTA Si preguntaras a la Piedra respondería con tu nombre: el propio corazón es el oráculo.

LUISA ACKERMANN Dibuja sobre mí un pez cúbrelo de agua hasta que desaparezca siembra en mi lugar un fresno derríbalo con tu hacha instituye bajo mi lengua un alfabeto sagrado que en él se reconozcan los hijos del mar y del aire ordénales después el olvido nunca fui la mano que se abre y muestra las líneas de su destino mi alma es el puño cerrado la aldea desierta el paraíso tras la caída de todos los ángeles escribo para merecerlo.

GIOVANNY GÓMEZ Bogotá, 1979. Estudiante de Español y Literatura. Fundador y director de la Revista de Poesía Luna de Locos, en Pereira. Con su primer libro Casa de Humo, ganó el Premio Nacional de Poesía María Mercedes Carranza.

TIEMPOS Hablo de los días y las noches del trepidar de calles del sol que perjura en sus navajas Hablo de una llaga en mi espalda donde el peso del mundo duele de lo único que no dejan ver los cristales del rencor y su transparencia en la sangre Hablo de un animal dormido y compases de vals con mariposas en mi alberca Hablo de no poder ignorar las auroras con sus muertos de mis manos sudorosas de las paredes donde se oculta el amor del dios que canta en esas orillas donde se rompen las olas

DE UN BOSQUE QUE JURAMOS QUEMADO Es inútil saber cuánto esperamos por un amor cuando la casa se nos viene encima y los vestidos siguen desnudos con la risa de una naturaleza que nos tomamos a sorbos Es este el bosque de la memoria que juramos quemando donde el deseo de encontrar vuelve a lo que alguna vez robaste en esos sueños en esos poemas insuficientes que no nos sucederán ahora que no serán nunca

MAR DE LA OSCURIDAD Puedes decir sin explicar cualquier cosa sin embargo lo necesario se vuelve un instante Nada camina ajeno como si yo fuera los dedos de ese dios que enhebra ojos en su collar como si yo fuera la furia esparciendo su humedad sobre paredes de cal Nada responde en estas ruinas donde el viento es rumor de un corazón apagado donde la desnudez tropieza sin cuerpo que reconozca un nombre sin saber qué alimenta esas pieles que ya soñaba yo como si fueran las vestiduras de los días que no habitarás nunca

MAS DEVOLVER LA LUZ ES ENTREGAR DE SOMBRA UNA TRISTE MITAD Si el sueño está ligado al peso de la sangre cada sueño se embriaga del lado donde reposa del origen donde fluye más lento el aire Si me duermo de un lado orillas del mar vienen hasta los ojos se calla el viento húmedo y están livianas las piedras que vuelven insignificantes tus pertenencias en el mundo La visión puede ser el mareo una corriente en la que llevando tu vida se deshacen estas ansias jóvenes de dormir en cualquier lado porque la sensatez es un barco que no atraca en ninguna parte

UN RUIDO AMARILLO EN LA MADRUGADA Días que despiertan muy temprano para mí horas en que el amanecer regresa sobre el cansancio de los ojos y no sé si despertar conviene Una oración rastrea por el cielo del techo y medra en la oscuridad como una luz que tiembla A veces el poema es una lengua extranjera y nuestra voz no se acostumbra a esos balbuceos donde dioses empalados nos recuerdan su carne como niebla perdida en la noche.

COSTUMBRE Las veces que el río dejó sus zapatos y corrió desnudo tras el viento el árbol hizo de su copa las raíces los pájaros caminaron ebrios No he conocido de donde viene la risa sin que deje algunas lágrimas He visto mis piernas huir de mí trastabillando y las lisonjas de tu cuerpo devolviéndome a un sueño

UNA PALABRA COMO CASA Señor dame una palabra que tenga la forma de un barco un barco de velas inextinguibles donde pueda ir a conocer el mar Dame esta palabra por casa por vestido por amante deja que ella sea mi soledad mi alimento y no pueda sobrevivirla Aquí estoy tan vacío de formas y silencio… Toda mi inspiración semeja el ruido de unas manos atadas necesito un barco por cuerpo y el amor por mar Escúchame por estas alucinaciones y la bastedad de las cosas que vuelven a su lugar

DONDE LA LUZ LLUEVE Vidrios Donde la luz llueve sombras donde la sangre recuerda si fuera mi cuerpo tu territorio en letras latinas escribe que me has amado Hay movimientos en cada alma que la empujas a cubrir las hendiduras de su puerta a pensar que la alta noche es de quien habla a solas porque nadie piensa en despedirse aunque la vida se un gesto

LAUREN MENDINUETA
Barranquilla, 1977. Ha publicado seis libros de poesía y una biografía de Marie Curie. Una antología de sus versos, con el título Poesía en sí misma (2007), fue publicada por la Universidad Externado de Colombia. Su libro más reciente La vocación suspendida (2008) recibió en España el VI Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos. En el año 2005 vivió en México con una Beca de Residencia Artística concedida por el Ministerio de Cultura de Colombia y el Fondo Para la Cultura y las Artes de México (FONCA). Sus poemas han sido traducidos al ingles, italiano, ruso, alemán y francés.

CADA DÍA EN OTRO TIEMPO
A Juana Rosa Pita

He venido a la tormenta, al ruido espantoso de la estación del tren. Aquí donde vivo nunca llegará el invierno con sus hábitos curiosos, ni tendré necesidad de poseer un hogar. A veces salgo al muelle y miro cómo rompe el alba sobre las olas, cómo se funden color sobre color. Demasiado pronto el día abjura de su rumorosa vocación y enmudece para hacerme hablar. Desprecio el alarde festivo de la noche y las ramas del roble agitadas contra la tormenta. Nada me obliga a la exclusión: he vencido mi destierro.

LA VOZ ÍNTIMA No sé a dónde dirigirme, ni a dónde encaminar mi desconcierto, para encontrar respuesta a mi afán de existir. Ensayo la ficción del advenimiento de la renuncia y finjo escucharme a mí misma en lo que veo. Tanto tiempo malgastado en pensar: cuando la voz se apropia de la mente, es otra quien habla.

LA TORRE DE MARFIL El mundo es una torre de marfil, en vano busco una puerta en sus paredes curvas. Parezco una actriz representando a un borracho, camino tratando de hacer una línea recta, nunca eses. No soy una profesional de la actuación, ni siquiera me le parezco, pero caminaré tratando de hacer una línea recta. A veces me siento frente al ordenador y busco toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor. Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable. Cuando me miro al espejo me sorprende lo común que parece mi rostro, y me digo: es bueno ser tan común, no te asustes. Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor. Y allí mismo, tecleando, trato de comprender por qué me siento libre en la jaula del pájaro.

LA ERRANCIA Y LA PROXIMIDAD
Para José Luís Rojas

El vuelo de las gallinas no es muy distinto al vuelo de las horas; a pesar de los intentos fallidos nunca aceptan su limitada naturaleza. La hora es la medida indistinta del día humano, la gallina cobarde de la inmortalidad divina. Lo más lejano ocurre con la gracia de lo imposible, mientras el presente se deshace, fluye. El tiempo no se mide, se interpreta: así lo enseña la música.

UN MACONDO JUNTO A LA SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA Memorable la mano de la Sierra desciende oblicua y lenta para sorprender a su presa, como si fuese a ofrendarla al mar, como ofrendándola a la angustia, como si fuera a dejarla, pero luego no. La tierra levanta su espinazo y se queda triste ante la gran cabeza blanca; después se zambulle en la oscuridad, o en la hermosa inconciencia de los aguaceros. Las casas en el calor templado del día se apoyan unas en las otras y se duermen; la sombra que hasta el suelo las inclina es amarilla, como vela de gran mesa. Nada salvó su territorio, ni la revolución de las plantaciones de moscas malvadas, ni la nitidez del cielo donde se lamenta la tormenta, tampoco el rayo de sol. En las iglesias los campanarios están hechos más para pájaros que para campanas, y las piedras en las calles tienen la pureza de una fiera. En estos lugares se da luz a lo invisible. Como signo de que es cierta su existencia se engendró al hombre para que cobrase el salario del oprobio y del martirio. Camino con cuidado por sus calles polvorientas temerosa de maltratar el mito que se fundara con el alma en la arcilla. En este territorio los años mueren como niñitos pálidos y no hay tumba que en su certeza puedas ver. Todo tiene horma de sepulcro y uno sabe que está vivo. ¿Se ignora que aquí se dijo y se fundó el mundo? En Macondo la realidad es apenas el principio y ni siquiera el olvido escribió nunca del fin.

EL DOMINIO Me asomo a la tarde, miro las nubes de soslayo, desplazándose vistas y exaltadas sobre el pico de la montaña. Se deslizan hacia el olvido de la mirada, hacia el coro urdido por el silencio, o más allá. En esta cárcel, mi condena, la muerte está sentada al otro lado de la salida. No me abandonará por ahora, ella seguirá presa en mí, mientras afuera llueve y el recordado azul del cielo se vuelve agua en los cristales.

CREACIÓN DEL MUNDO Y PRIMERA CULPA DEL HOMBRE En el principio todo era definitivo, sin misterio, excesivamente sencillo: era la edad más vieja. Pero en la jerarquía de los siglos todo comenzó con la culpa. Cuenta el libro del Génesis que desde la expulsión dos ángeles al oriente del Jardín vigilan con espada de fuego el anhelado Árbol de la Vida. Para el escriba de Yahvé aconteció lo narrado. Inconsolable suerte de la memoria que nos remite a los días en que la desobediencia doblegó a nuestros padres y la primera muerte alcanzó a Abel. Cuándo comprenderemos que en el tiempo humano no es posible vivir en paz con el tiempo de Dios.

FELIPE GARCÍA QUINTERO
Bolívar, Cauca, 1973 Licenciado en literatura y lengua española de la Universidad del Cauca y Magíster en Estudios de la Cultura de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito. Es autor de los libros de poesía: Vida de nadie (1999), Piedra vacía (2001), y de las compilaciones Señales de tránsito (1997) y Casa de huesos (2002).

XXVI La nada toca mi mano con su voz Expulsa el aire del paisaje Cuando levanto la mirada del polvo para preguntar ¿quién vive? ¿soy yo alrededor sin mí? La nada toca con su mano mi voz Escucho así las nubes dispersar mis pensamientos sobre la Piedra Formas del silencio escrito por un cielo roto de preguntas soy yo me digo para esconder el miedo afuera donde oculto de mí vigilo la sombra espiar mi voz.

XLVI Ya no saber Si lo que atraviesa el cielo Y viene hacia tus ojos Es un pájaro O una piedra.

MONÓLOGO DEL FLAUTISTA DE HAMELIN Las ratas se han comido mis manos y mis labios. He perdido la música en la batalla de las aguas. Cómo recordar bajo la tierra la canción del cielo, si la memoria es un nido de polillas. Sólo escucho a los niños cantar en sus madrigueras. La rata de ojos de polvo que me mira tiene en sus labios mi flauta.

EL JUEGO DE MI PADRE Un día mi padre, siendo niño, me dijo: (ya no recuerdo sus palabras): escóndete en la casa, luego te buscaré. Sigo escondido, esperando.

MI CASA, COMO EL DESIERTO, no tiene techo ni puerta, sólo boca. Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos, sólo una mano empuñada la sostiene. Esta casa la he construido quitando ladrillos y entregando mis huesos al vacío que resta. La casa es oscura como mi voz en sus corredores. Vivo en la casa que camino, la que acecho y me persigue como el gusano tras la carne enferma. A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo

MI MADRE GORDA cuando duerme parece una ballena encallada en la playa. Entonces río, y mis ojos que la miran desde el sueño, se vuelven agua de su océano y mis manos arena de la orilla. Mientras duerme pienso si la vida se entrega a la tierra como las ballenas, y si en vano ahora intento mover su cuerpo hacia las aguas que no quiere más visitar

POCO A POCO EL SILENCIO ha ido llenando mi alma de ruidos, con pisadas temerosas como de fiera perseguida por el temblor del corazón que afila su cuchillo. Es la ciega voz que mantiene abiertos mis ojos. Y —entre mí— pienso en el otro cielo que afuera de la casa me espera: mi cielo, el que inventa la lluvia en un rincón de la calle. Un cielo de aguas podridas. De ahogada luna turbia, salvada del lodo por la mano del sueño. Cielo mío de aguas podridas, sólo en tu carne brillan mis dientes caídos. Cielo repentino de orín de invierno, ven a llenar con tu cuerpo mis manos vacías de ciego sin tacto. Cielo mío de pájaro sin cielo. Cielo de agua de vientre. Cielo mío, hondo como la piedra

LOS PÁJAROS clavan sus picos en mi carne. Sobre mis palmas reposan. Beben el agua de mis ojos y mi lengua calla. La dicha de ser su alimento no me alcanza. Otra será mi gloria, no los cielos.

LA HOGUERA DEL VIOLÍN ¿Qué dice a la noche el sueño mudo? Sus colores, vibrantes, en mi sien aún como este dolor futuro. La algarabía de la luz cerrada a los labios, y las cosas en fervor de ser latiendo.

ES LA CALLE UN PENSAMIENTO QUE INTERROGO Bajo el sol líquido de la naranja la caída al principio: En la montaña profunda de la infancia de alegría el cielo duerme. Al metal de mis gritos se abren los gajos del fruto y contemplo la cima del final. Otra vez la calle es lo que regresa y vuelve para ser extravío. Como un planeta en la mano de bruces tanto es el silencio de ir lejos.

EL QUE HUYE Y EN LA CAÍDA VE SALIR EL SOL Contrario de mí si hablara ¿qué te diría? Nadie y su legión de nombres.

MARÍA CLEMENCIA SÁNCHEZ
Itagüí, Antioquia, 1970. Licenciada en idiomas de la Universidad de Antioquia. Traductora. Publicó El velorio de la amanuense (Premio de Poesía Colombo-Cubano Afranio Parra Guzmán – 1997) y Antes de la Consumación (Colección de poesía Universidad Nacional de Colombia – 2007).

YUKIO Bajo la nieve Está la sangre. El signo alude Al undécimo mes del año: Inicio del regreso Fiebre Pavor Belleza desangrada. Sé como las hojas en otoño, No resistas a la vejación Del ocaso. Asiste al sigilo Que escribe tu nombre En el misterioso blanco. En la huella que se deshiela Está tu arcano Desde el canto De la primera mañana, Un grito que arde en las venas Coronando de agujas El vientre del único beso claro. No escribas con júbilo En noviembre. Bajo la nieve Está la sangre.

El VELORIO DE LA AMANUENSE Escribí la larga estela de tus árboles a imagen y semejanza de tu dictado. La luz que quisieron tus ojos son hoy de las hojas palabras detenidas que la arena de las diásporas entierra. He sido la amanuense del fenecer de los siglos recolectora de veranos vacíos bajo un olmo fértil que no existe. He ido a averiguar en la antigua vegetación de las estepas el nacimiento de los limos. Hoy, dueña de voces extrañas, paisajes ajenos que no comprendo añoro una voz para decir un árbol que ronda mis sueños, el nombre de una mujer que semeja el descenso de las mareas y el diálogo interrumpido que sostengo con el ángel.

LINÓLEO DE ENERO
Para Fabián Rendón

I Se detiene en el secreto del aire Como si alguien la hubiera abandonado A la luz de su silencio. Se alza límpida En la copa de su cielo ancho. Así veo la Rosa de los Vientos. Así veo la muerte, En la exacta raíz que las nutre. II En la visión más clara de lo perdido Que vuelve en esta hora transparente A renovar el arrullo, Oigo la vida que pasa Como un Redoblante Furioso. Deja en el oído La oración de la corteza, El árbol de una mañana feliz.

LIMOGES ¿Qué me espera en la dirección que no tomo? Jack Kerouac He aquí todos los cielos que nunca he sido la pesadilla de trenes en la noche que no se mueven igual que la risa del guardagujas ensartando el hilo de sus días. Ruinas antiguas y mares de otraparte fluyen adentro como una traición a lo que busco. El beso que dejo en los labios de Salomé esculpe la boca que pierdo y equivoco desde Heráclito el rumbo de mi itinerario de hielo. Perderé de nuevo las estrellas al descender a la noche inhabitadas calles de Austerlitz mármol cielo de la estación Saint Pierre de Corps donde en una fracción de segundo vi mi vida toda derrumbarse como un otoño. A ti te crucé en la Avenida Diderot, terrible niño Jean Nicolás— y supe cómo saben las algas del silencio, que la pasión por el oro y la belleza es la misma pasión por la muerte.

SONATA PARA QUE AMANEZCA Estoy en el fondo de un barco roto Estoy en el medio de un mar agrietado Estoy en la orilla de un cielo horadado. Estoy horadada en el medio de un barco Estoy agrietada en el fondo de un cielo Estoy rota en la orilla de un mar. Estoy en el cielo de un fondo roto Estoy en el barco de un miedo horadado Estoy en el mar de una orilla agrietada. Pronto veré la luz.

LOS BELLOS DÍAS Esto dejaremos. Esto y también La canción del deseo Que resiste. Al descender al camino En las horas inciertas Del péndulo, En el tálamo donde las Flores se asientan Sostenidas en su Propio yelmo, A decir lo que fue O fuimos, El vuelo inconfesable Del ángel, Nuestra voz primera, El amor. Esto y también La sentencia de la mirada Que recuerda. Allí, en los ojos donde Bebimos de la sombra Más impronunciable O lo que siendo Dejamos de ser, Irreducible árbol Que cedemos al hambre Para ser Urapán En la raíz De toda tierra.

JOHN GALÁN CASANOVA Bogotá, 1970. Poeta y ensayista. Egresado de la carrera de literatura en la Universidad Nacional Su primer libro, ALMAC N AC STA, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de Colcultura en 1993. además ha publicado El corazón portátil (1999), y AY-YA (2001). En 2005 la Editorial Panamericana publicó su biografía Luis Tejada. Vida breve, crítica crónica, en su colección Cien personajes-Cien autores.

ESCRITURAS, 1 Luego fueron las palabras cotidianas las que bendecían los alimentos las que deseaban los buenos días las de nombrar los dolores: se te fueron muriendo en la boca a pesar tuyo. Entonces te valdrías del papel para salvar esas palabras urgentes. Al deletrear penosamente tus fatigas ibas leyendo el itinerario de tu muerte.

ESCRITURAS, 4 Solía entrar en la noche de los closets, en su denso follaje de alambres y algodón. Al contacto con la oscuridad acudían fragmentos diversos de la habitual provisión de mis días: el incesable rumor de la casa sumando el quehacer de sus habitantes la confusión de culpa y afecto al advertir la muerte en la menguante humanidad del abuelo las manos de mi madre, sus febriles oficios, la piel áspera que suavizaba con limón antes de dormir. Tantas manifestaciones, tanta vida que ahora pretendo conjurar al contacto con lo oscuro de esta página en blanco.

ESCENAS DE PARQUE, 5 Los hombres que envejecen en los parques alimentan las aves con reverencia. Para ellos son siempre recientes, criaturas del espacio, no del tiempo. Les encanta sobre todo esa indiferencia en que viven, el desparpajo con que se añaden al viento. Sus manos tardías semejan pájaros en el breve movimiento de arrojar las migajas de trigo. Las palomas, como los días, acuden a picotear de sus dedos.

ESCENAS DE PARQUE, 7 Emboscado en el ramaje, el viento acecha a los transeúntes. Allá viene una anciana: el ladrón desciende trepa por la espalda arqueada y se eleva luciendo una pañoleta de colores. Un alborozo de hojas bulle en los árboles.

HÁBITOS DE UN DÍA DE LLUVIA, 3 Los niños –siempre más atrevidoscorren por los charcales y sonríen a las ventanas iluminadas de rostros. También a través del cristal se hace parte de la lluvia, sin mojarse, con el encanto propio de las cosas que amamos y no poseemos.

HÁBITOS DE UN DÍA DE LLUVIA, 4 En la noche que llueva quien abra sus ventanas verá la noche mas no la lluvia. En lo oscuro la llovizna ronda como pasos de pájaros en el tejado. Se logra un sueño apacible con una nidada de ellos alojada en la cabeza.

LAS PUTAS Y LOS POETAS Los poetas llegan caídos de la borrachera y hablan y hablan y hablan. Poeta que se respete carga un poema en el que ha escrito sobre nosotras, la libertad, el alcohol y otras lindezas. Ellos saben que aquí se les celebra todo siempre y cuando traigan plata. Sin plata no hay poema que valga.

ANOCHE ACUDIÓ A MÍ I Anoche acudió a mi encuentro. Y he aquí que luchamos hasta rayar el alba. Abatido por su desnudez, rendí mis armas y le confié mi cuerpo como un secreto. II Doy testimonio de esto mientras saco a la puerta el polvo de mi aposento. Vuelvo a mi humana condición: siento envejecer las manos pegadas al palo de la escoba. III Entro a la ducha y sorprendo su cuerpo en el espejo. El azar atraviesa mi costado con el amor imposible. IV En la oscuridad de mis deseos, lloro. Lloro porque mi alma aún no regresa, porque la felicidad me ha dejado sin aliento, porque esta noche también es bella e invita a celebrar nuevos vínculos. V Para recibirla abrí todas las puertas, eché abajo los muros. Y ahora no tengo dónde estar.

JOHN JAIRO JUNIELES
Sincé, Sucre, 1970. Autor de "Papeles para iniciar el fuego" poesía 1993, "Temeré por mí al final de estas líneas" prosa poética 1995, y "Con la luz que me queda basta" cuentos 1996. J.J. Junieles ha obtenido el Premio Metropolitano de Cuento de Universidad Metropolitana, de Barranquilla, y el Premio Nacional de Cuento Universidad Externado, Bogotá 1995.

LO AMADOR No hay matadero sin ruiseñor ni rosal sin gallinazo. Me bajo del autobús en una loma que me deja ver los techos del viejo barrio. En ellos hay pelotas que se quedaron para siempre, ruedas de bicicletas, maderos, trapos viejos. restos de naufragios a la intemperie. En los patios las mujeres espantan perros y aves ajenas, parecen crucificadas en el viento al abrir sus sábanas en las cuerdas. Frecuento mi viejo barrio (su memoria inviolada, quiero decir) Niñas camino a clases de Corte y Confección, afiladores de cuchillos, Pregoneros de sal y almíbar. Rostros abolidos de mi infancia, olor de flores de Azahar bordando melancolías, zapatos pisando ausencias. No hay matadero sin ruiseñor Ni rosal sin gallinazo. Los autobuses recorren la orilla de mi barrio en busca de pasajeros. Hago mi señal, subo a la máquina, es como si uno regresara de lo mejor de uno mismo.

EN LOS PATIOS DEL SEÑOR En mi tierra los campesinos saben que los clavos ponen a parir los árboles. Esperan la medianía del tronco, entonces clavan tres, o cuatro clavos viejos. A los pocos días el árbol florece, entonces llega la cosecha de mangos, naranjas y ciruelas. ¿Será que presienten la muerte y apremian los frutos de la vida? Una conciencia venida del dolor, quizás, que hace crecer lluvias bajo las cortezas. Algo saben estas manos sucias, que proclaman: El que sabe, salvarse sabe. Y uno parece escuchar a Schopenhauer, decirlo a su modo: Hasta los árboles, para florecer, necesitan que los doble el viento. Como las ánimas benditas en el Purgatorio de una litografía de mi infancia, veo a los árboles alzar sus brazos acechando el rabo de las nubes. En un patio lejano, en el corazón de un tronco caído, alguien talla un muñeco para que le sirva de compañía.

CABALLOS Monstruos inocentes del ajedrez, estrellas perdidas de la constelación. Carne de viento en el baldío, olas perdidas de un mar que solloza, sueños antes de los sueños. Naufragios de un dios desconocido, donde el polvo vive su mejor paraíso. Los miro con asombro, como quien se mira en un mágico espejo, y descubre su rostro más antiguo.

DÉJÀ VU Él trabaja en el puerto descargando los barcos que arriban llenos de peces, a veces también los acompaña en la rutina de armar anzuelos e izar las redes. * Hay instantes, frente al mar, en que no está seguro si está viviendo una vida o intentando recordar otra. Como si sus pies caminaran junto a una equívoca sombra. Entonces, respira hondo varias veces, y se dedica a afilar el cuchillo. * No sabe que allá, en el fondo de las horas, alguna vez se llamó Miguel de Cervantes.

AL SALIR DE LA OFICINA Cuando parece que ya nada queda en pie, y uno sale de la oficina, y va con su cuchara al mediodía, guardando distancia suficiente para que no salpique la sangre de la duda. Y uno va por la calle preguntándose cómo decir lo invisible, lo que el pensamiento no puede pensar: el hábito de las nubes de repetir el universo, las señales secretas que los romanos buscaron en el vientre de las aves. A ninguna conclusión llegamos, y seguimos caminando, y nos cosemos las alas en la espalda, y vamos a los altares donde el mundo promete sus panes, mientras olvidamos –menos mal— que el tiempo labra la impaciente materia de lo que somos.

EL ÚLTIMO ENTRE LAS RUINAS El arte, como el dios de los judíos, se alimenta de holocaustos. G. Flaubert. El hombre sale de la cueva vestido de harapos, con sus llagas envueltas en vendajes. No sabe si es de día, no sabe si es de noche. La luz ha envejecido sobre el paisaje, crecen sombras sobre los muros rotos, y altos bosques de humo forman nubes negras como cosechas de moscas. Cierra los ojos cuando pasa un viento de luto alzando el polvo, viene de allá, de ese hueco donde dicen que hubo un mar. No hay nostalgia de unidad en estas ruinas que el hombre observa con la uña rota de su mirada. Los árboles quemados parecen contemplar al hombre y compadecerse: los peces cansados de su sangre, las moscas de su pelo, la mirada de casa sola, su silencio de manos llenas. La memoria le da duro con su martillo, pero algo dentro no se rompe, algo duro como su espalda de minero, que lo sostiene en mitad de la zozobra. El invierno también tiene sus hojas, se dice. Entonces regresa a su oscura cueva, a levantar nuevos muros en el fondo de la tierra, a escribir en ellos las historias de sus mayores que todavía recuerda; y las líneas que dicta su corazón agonizante: Algo nos borrará a todos, y no será la muerte.

EN MÉXICO D.F. MUERE UN MIMO Nada extraño tiene que un mimo muera en México arrollado por un auto, pudo ser en Madrid o en Alajuela (la noticia es escueta, parece el obituario de un fantasma). Uno es lo que come, me digo, y el mimo se alimenta de gestos y silencios. Cuando se lava la cara, el mimo finge que es un hombre. Extraña los guantes blancos con que inventa cuerdas y paredes invisibles. No son pocos los locos que insistieron en su locura, y el mundo se volvió reflejo de sus delirios. Por eso, nada de extraño tiene que un mimo muera arrollado por un auto. Visto de alguna manera es señal de perfección en su arte. El conductor seguramente pasó una toalla por la mancha blanca y roja del parabrisas. Pensó en un ave, tal vez una paloma extraviada entre los edificios.

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