PUNTO DE VISTA

La competencia como motor para mejorar la educación: un voto en contra
CUETO Grade

SANTIAGO

E

l año que termina tuvimos nuevamente malas noticias en cuanto al rendimiento de los estudiantes. Primero, la evaluación censal mostró que solo alrededor del 31% y del 13% de los estudiantes de segundo grado logra el rendimiento esperado en lectura y matemática,

respectivamente. Menos difundidos fueron los resultados de estudiantes de cuarto grado en escuelas interculturales bilingües en lectura, que fueron bastante menores que los recién mencionados. Finalmente, la prueba PISA (administrada a estudiantes de 15 años en secundaria) mostró que la mayoría está en los dos más bajos niveles de rendimiento en lectura, ciencia y matemática. Frente a lo anterior, algunos analistas han sugerido instau-

rar la competencia como motor para mejorar la educación. La hipótesis es que si se publicaran los promedios de las escuelas en las pruebas de rendimiento, las familias tendrían información para seleccionar las mejores escuelas o presionar a sus directores, y el personal de las escuelas mismas tendría que mejorar el promedio o, eventualmente, quedarse sin estudiantes. Se trata de una idea atractiva, pero presenta varias dificultades. La primera es que es muy

difícil atribuir el resultado en las pruebas solamente a factores de la escuela. Hay muchos estudios, aquí y afuera, que muestran que los resultados en las pruebas resultan de una combinación de factores pedagógicos y socioeconómicos (por ejemplo, el nivel educativo de los padres). Diferenciar el peso de cada uno para que la competencia premie a los que hacen mejor trabajo es extremadamente complejo, para lo cual no hay consenso en la in-

vestigación internacional. Una segunda dificultad tiene que ver con la ley de Campbell: “A mayor uso de cualquier indicador social cuantitativo... para tomar decisiones, más susceptible será de recibir presiones para corromperse y mayor su posibilidad de que distorsione y dañe los procesos sociales que pretende monitorear”. Aplicando lo anterior a la educación, lo que podría ocurrir es que la competencia incentive conductas que prioricen resultados en una prueba por encima de la misión educativa de la escuela; ejemplos de esto serían prácticas selectivas para matricular y retener a los ‘mejores’ estudiantes. Pero no se trata solo de argumentos. La competencia como

motor de la educación ha sido intentada por décadas (ejemplo de ello es Chile) con resultados mixtos. Para mejorar la educación se requieren recursos de calidad para todas las escuelas (como infraestructura, materiales pedagógicos y tecnología) y su uso intensivo en sesiones exigentes de aprendizaje. Experiencias locales como Fe y Alegría demuestran que cuando estos están presentes y la escuela tiene mínimos niveles de autonomía es posible educar con altos niveles de rendimiento en contextos de pobreza, con base en el trabajo coordinado de padres y madres, docentes, directivos y estudiantes. En Fe y Alegría lo que prima es la solidaridad, más que la competencia.

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