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Año 2 Nº 10

ISSN 2314– 2774

Consejos para escritores
del Desafío mensual

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Revista Literatta (R)
Revista literaria gratuita, virtual, de distribución por suscripción. ISSN 2314 - 2774 Año 2, número 10 Enero 2014 Periodicidad: mensual

Idea general, diseño, edición: Fernanda Rodríguez Briz Correctora: Ana Laura Delgado Editora sección Inventario erótico: Sandra Flores Ruminot Editora sección Recursos para escritores: Marcela Orellana
Dirección editorial: Buenos Aires 136 2º piso, dpto. 1 ( 5 500 ) Mendoza, Mendoza. Argentina

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Revista Literatta ®
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Núm

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En este número
Índice y noticias varias Primer párrafo Relato Poemario Microrrelatos En primera persona Un tango de mi flor Poesía visual Inventario erótico Ganadora del desafío mensual Próximo desafío mensual Recursos para escritores Cartelera Colaboradores en este número 3 4 5 7 9 10 11 12 13 14 15 16 18 19

Contáctese con Literatta Contáctenos al e-mail revistaliteratta@gmail.com Por favor tenga en cuenta que Literatta revista no puede retribuir económicamente su colaboración ni otorgar premios a los seleccionados para los desafíos mensuales más que la publicación del texto. Selección de textos La Comisión de Selección de Colaboraciones analizará los textos y su fallo será inapelable. Dada la cantidad de material recibido y porque escaparía a nuestro propósito sólo se comunicará la decisión de aceptación o rechazo. ¿Desea publicitar en Literatta? Contáctenos al e-mail revistaliteratta@gmail.com Revista Literatta ® Nº10 enero 2014

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El primer párrafo
de una de esas novelas

¡irresistibles!
Al igual que la mayoría de las obras de Dickens esta novela fue publicada en capítulos mensuales a manera de folletín. Muchos elementos en David Copperfield hacen referencia a la propia vida de Dickens, siendo probablemente la más autobiográfica de sus obras. Esta es su obra favorita, como señaló él mismo en un prólogo "de todos mis libros, éste es el que más me gusta" y luego "como muchos padres, tengo un hijo preferido, un hijo que es mi debilidad; ese hijo se llama David Copperfield". La triste historia del pobre niño ―David – Dickens‖ se narra casi completamente en primera persona, él mismo, siendo la primera novela de Dickens en usar este recurso. Esta novela se sitúa exactamente en el punto medio de su carrera: siete novelas la preceden y otras siete la sucederían.
“Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente. Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche. No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo conserve a su lado.”
La reproducción del texto en esta nota persigue un fin educativo únicamente.

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Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado. No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, algo canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánica e indiferentemente pegándome paraguazos. En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación: él siguió aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un puñetazo en el rostro. El hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo, al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberlo golpeado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, por completo indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza. Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando en vano de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo. Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: «Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza». Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme. Continúa en la siguiente página
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6 Continúa desde la página anterior Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes. Bajé —bajamos— en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fe. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: «¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?». Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos empezaron a seguirnos, gritando como energúmenos. Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle bruscamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo. Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir. Con todo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y —Dios me perdone— hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes con mansedumbre, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. En fin, esa certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior. Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. Tampoco sé si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme. Por otra parte, en los últimos tiempos he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, me hostiga cierto presentimiento. Una nueva angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

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Tsunami
Roberto Gallego

Cuántas canciones nuevas llenarán las emisoras, cuántas emociones libres nos tatuarán el cuerpo. Cuántos sabios barba nieve nos dirán ''aquí - ahora'' cuántos labios besaremos en el callejón del viento. Ya está aquí... ya esta aquí el tsunami 2014... Cuántas maneras de robar se (im)pondrán de moda, cuántas prisiones encerrarán a jodidos banqueros. Cuántos amores gozarán de su noche de bodas, cuántos abrazos ganarán la batalla a Don Dinero. Ya está aquí...ya está aquí el tsunami 2014... Cuántas librerías abrirán en México, Chile, Barcelona, cuántas barquitas surcarán las mareas del Mar Muerto. Cuántos fusiles hablarán y rotos dirán ''perdona'' cuántos civiles soñarán con los dos ojos abiertos. Ya está aquí...ya está aquí el tsunami 2014... Cuántas obras de teatro de risas, de vino y rosas, cuántas playas color vida perfumarán nuestros silencios. Cuántos viajes y aeropuertos -y todas esas cosascuántos poemas lanzaré desde la acera de los tiempos. Ya está aquí...ya está aquí

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El tsunami 2014…

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Aquelarre en los escombros de una jaula
Me despiertan esos demonios en profunda noche parlera que gime adolorida en mis llagas sudantes me arrastran a ese aquelarre que abraza mi cuerpo donde la soledad arde mustia donde las plumas ensangrentadas de pájaros asilados en mis manos escriben las palabras que han muerto

Hoguera
Mis ojos se queman en la zarza ardiente Sí, se queman Y yo sigo tratando de ver

Jorge Campos

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Dejándolo a medias El cuento pareció salir del papel, y las letras correr por sobre la piel y las ropas del escritor antes de perderse tras la inspiración que una vez más lo abandonaba dejándolo a medias del orgasmo creador para irse con otro.

Egocentrismo En el texto del escritor, la línea curva deviene espiral.

Escribe “bicicleta” El escritor piensa la bicicleta. Y escribe “bicicleta”. Y se lanza a decidir si la monta o no. La bicicleta, en tanto, pedalea, rueda. Está lista para darle la vuelta al mundo.

Francisco Garzón Céspedes

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10 Exploramos en esta sección el vínculo entre afecto y palabra. Quienes la sembraron en la infancia, aparecen retratados hoy por escritores ya consagrados.

Mi madre tenía la sabiduría del contar amoroso
En mi familia siempre se asombraban de que mi madre, cuando yo aún no había nacido, pero ya estaba en su vientre, no sólo me hablaba y me cantaba, sino que me contaba cuentos de principio a fin. Sé que quien soy tiene que ver con el hablar de mi madre durante mi infancia. Sé que si soy un lector apasionado desde la niñez, uno que, cuando fuera mayor, deseaba escribir libros; sé que si desde la infancia contaba oralmente a mis compañeros de aula; sé que mi afán por la comunicación; sé que mi victoria desde la oralidad sobre la timidez y la inseguridad y el temor al ridículo; sé que todo esto y más, ha sido posible porque mi madre tenía la sabiduría del hablar amoroso y del contar oralmente. Mi madre, con una parte de ascendencia toledana, de joven era de cabello rubio ceniza, de ojos azules, delgada, luminosa, pero la auténtica fuerza de su encanto estaba en sus valores y en sus acciones, en su capacidad para decir la verdad, en su sensibilidad, en su optimismo y sentido del humor, en la permanente conciencia de la existencia del otro, de los otros, y, mucho, en el poder de sugerencia, en la fuerza evocativa de sus conversaciones, en la energía de sus positivas respuestas, y en el vigor de las anécdotas y cuentos orales que con buen gusto en las palabras, la voz y los lenguajes del cuerpo, contaba, acompañados por cuentos de nunca acabar, adivinanzas, decires, máximas, refranes, trabalenguas y, entre mucho más, acompañados también por canciones. En el silencio de las noches de una capital de provincia, a lo largo de mi niñez, en los años cincuenta del siglo pasado, mi madre abría ante mi mirada, una y tantas veces, un pequeño cofre que antes había sacado del armario y depositado sobre el amplio lecho matrimonial. Sacaba decenas y decenas de fotos de familiares y amigos y las esparcía como al descuido sobre la cama y, después, al azar, elegía dentro de una atmósfera mágica dos o tres fotos, y esa noche me narraba la historia de la persona o de las personas fotografiadas, los rasgos de la personalidad y el carácter de cada una; me narraba cómo era la totalidad del sitio donde había sido tomada la foto, cómo era la ciudad por entonces; y me hablaba de costumbres, sentimientos y sucesos; para finalizar diciéndome por qué estaba esa foto en el cofre y cuál era la importancia afectiva de cada persona para ella o para mi padre o para mi abuelos, mis tíos abuelos o mis tíos. (…) En mi familia, en el hogar de mi niñez, la oralidad también estaba viva en mi abuela y en mi tía abuela y en mi tía, y en los familiares y amigos y vecinos que, con tanta frecuencia, iban a mi casa, a refugiarse en el amor y en la alegría y en el sentido común y en la mirada positiva que allí danzaban. Iban a mi casa a conversar largo, a contar. La oralidad me llevó de modo natural a la lectura, al ansia de conocer, de aprender, de comunicarme, de investigar, de ser útil. La oralidad me llevó al ansia de crear, un ansia que afortunadamente no termina nunca. Contar es devolver las palabras recibidas.

Francisco Garzón Céspedes. Extractos de su “Mi madre tenía la sabiduría del contar amoroso” introducción a su libro “Los 1111 pequeños cuentos del hombre que amaba contar” Madrid: Ediciones Comoartes, 2012. Sólo se reproduce una selección, por razones de espacio. Con permiso del autor.

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Calesita de mi barrio, que en mis años de purrete, eras el mejor juguete, que me podían brindar, cuando paso por tu lado, recordando aquellos tiempos, no sé explicar lo que siento, pero quisiera llorar.

Por Juan José Otero

!Calesita de mi barrio!, espejo de mi alegría, tal vez, el progreso un día, te lleve hacia otro rincón, pero, tenelo por cierto, que aunque deje de ser chico, ha de vivir tu organito, dentro de mi corazón. Voy recordando esos años, cuando al salir de la escuela, dejaba "rango" y "rayuela", y "vigilante ladrón", para correr presuroso, hasta el viejo potrerito, donde vos, con tu organito, gambeteabas mi ilusión. Cuantas veces, sin un cobre, hasta tu lado llegaba, para ver si me "colaba", por descuido o por error, y mordiéndome de rabia, pensaba en los cinco guitas que había gastado en masitas, tal vez el día anterior. Las veces que protesté, al viejo calesitero “!eh, diga!, no tan ligero, así nadie la va a sacar” y el viejito ocultando, su ya clásica sonrisa, me paraba la sortija, justo cuando iba a pasar.

La reproducción del texto en esta nota persigue un fin educativo únicamente.

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Con solo 18 años, un jovencísimo Jozsef estructura su Canción del Cosmos sobre un patrón matemático. Su traducción a lo visual genera este “mandala de palabras” que hoy compartimos. La Canción del Cosmos consta de 14 sonetos muy particulares: el ultimo verso de cada soneto es igual al primero del siguiente; y el último del último soneto es igual al primero. Todos estos últimos y primeros versos componen a su vez lo que él llamaba un soneto maestro. Los rizos más grandes en el mandala se corresponden con los 14 sonetos, mientras que el serpenteo interior indica las estrofas de cada uno de ellos. La guirnalda interior, al centro, indica el soneto Maestro. Lamentablemente no contamos con una traducción al español del soneto completo, pero queremos compartir con ustedes este extracto: Soy un mundo completamente solo, mi alma es la tierra lozana de una giratoria esfera planetaria. Aquí florecen árboles de belleza, plenos de fragancia, mi cerebro: una ciudad llena de zumbidos de motores. Motivos de luz lunar entretejen negro y plata, en mi bosque nocturno, como hombres borrachos, Los mundos aletean como insectos, para danzar y aparearse en el valle estrecho sobre mi oscura fe, mi río sagrado. Mi planeta gira, como lo hace mi gastado cerebro por la noche, se enfría y cae, desapareciendo de la luz, como versos de poemas olvidados de mi juventud. Cuando todos los mundos y todos los planetas deban enfriarse una sola luz fría, la más intrépida, fulgurará en el vacío, inflamada por la hoguera de la verdad de mi planeta solo.
La reproducción del texto en esta nota persigue un fin educativo únicamente.

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La reproducción del texto en esta nota persigue un fin educativo únicamente.

Otra estirpe
Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego... Pido a tus manos todopoderosas ¡su cuerpo excelso derramado en fuego sobre mi cuerpo desmayado en rosas! La eléctrica corola que hoy despliego brinda el nectario de un jardín de Esposas; para sus buitres en mi carne entrego todo un enjambre de palomas rosas. Da a las dos sierpes de su abrazo, crueles, mi gran tallo febril... Absintio, mieles, viérteme de sus venas, de su boca... ¡Así tendida, soy un surco ardiente donde puede nutrirse la simiente de otra Estirpe sublimemente loca!

Delmira Agustini, poeta uruguaya (1886-1914) nacida en una familia conservadora y de clase alta, tuvo la posibilidad de educarse y cultivarse. Niña precoz, ya a los diez años componía versos y estudiaba música, pintura y lengua francesa. Formó parte de la generación del 900 junto a Leopoldo Lugones, Herrera y Reissing, Rubén Darío y Horacio Quiroga, a quien consideraba su maestro. Es famosa su correspondencia con los poetas de su época, Darío y Manuel Ugarte, este último también su amante y se sospecha la causa de su divorcio con Enrique Job Reyes, su esposo, apenas a un mes y medio de contraer matrimonio. Delmira tuvo una muerte trágica, falleció a los 28 años asesinada de dos tiros por su ex esposo, quien luego se suicidó. Su poesía expresó el erotismo femenino en un mundo que aún estaba dominado por los hombres. Eros, dios del amor y símbolo del erotismo, fue la fuente de inspiración y el protagonista de muchos de sus poemas sobre los temas carnales. Su poesía posee una fuerte carga erótica y está llena de feminismo, simbolismo, sensualidad y sexo. Cultivó el verso libre y espontáneo en el que la belleza magnífica de sus expresiones se destaca.
Sección coordinada por Sandra Flores Ruminot Revista Literatta ® Nº10 Enero 2014

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La Bella
Ella era la envidia de las vecinas desde que llegó a ese vecindario. Hacía poco que se había casado y con el marido, que se crió allí, decidieron volver para instalarse y formar una familia. Era joven y bella, muy bella, tanto que las otras mujeres del barrio sentían cierta aprehensión cuando estaba cerca. No sabían explicarlo, así como tampoco comprendían la actitud huidiza de Elvira, la vecina más parlanchina del grupo; cada vez que acudían a casa de La Bella, como la habían apodado, cambiaba de actitud y se volvía callada y taciturna. La Bella la miraba con una media sonrisa comprensiva en el rostro, pero aún así Elvira no recuperaba la forma de ser que la había caracterizado y que cambió un día de forma repentina. Si eso causaba extrañeza en el grupo de vecinas, estas pronto lo olvidaban ante el influjo que La Bella ejercía sobre ellas. Elvira tenía miedo. Un observador cuidadoso lo hubiera notado en la mirada de soslayo que le dedicaba a la mujer. De no ser por esa fea costumbre de espiar a los demás en sus vidas cotidianas, no estaría metida en ese lío. Si no hubiera visto a La Bella aquella noche, cuando se quitaba la peluca, los ojos postizos y la careta; si no hubiera visto a ese ser repugnante cuando se inclinaba sobre el marido dormido no se hubiera asustado tanto y aquella maceta no se habría hecho añicos contra el piso. Si no hubiera descubierto su ―defecto‖ ahora no se sentiría en constante peligro. Patricia K. Olivera

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Hay textos que engañan. Cuando empezamos a leerlos suenan a relato puro o a la exposición del pensamiento. Pero lo que sentimos dice la verdad que alienta en ellos. Son poesía, por el tema elegido, el tono íntimo y las palabras enhebradas con habilidad en juegos de significados, sonidos y estructuras. El espacio de la hoja está habitado por las palabras organizadas nada más que en oraciones y párrafos, ésta es la libertad extrema del poeta. El autor renunció a la rima y a la métrica pero no a la mirada. La sospecha es ahora una certeza, estamos frente a una prosa con corazón de poema.

Antes de la ocultación Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco? La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme. María Zambrano. ―Hacia un saber sobre el alma‖. Madrid, Ed. Alianza, 1989. pág. 196

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―Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. ¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor. No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible. Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.‖ Clarice Lispector . ―Descubrimientos‖, publicado por Adriana Hidalgo, 2010

Técnicamente se habla de discurso híbrido pero eso suena a cosa desabrida y la poesía nunca lo es. Como dice Enrique Anderson Imbert la poesía no está comprometida más con el verso que con la prosa, solo que ha andado más con él que con ella. La poesía prosaica o la prosa poética persiguen con su magia a la idea acercándose al ensayo y al mixturarse con él como dice Santiago Kovadlofff de sus Ensayos de intimidad “van en busca de corazones no compartimentados, inteligencias no sectorizadas, carnales, únicas; de esa persona integral que es cada uno a la hora de habitar su vida, de ponderarla, de escuchar el susurro o la pena de sus sueños, la insistencia del amor y la conmovedora revelación de su ser en el tiempo‖.

―Solo los impresionistas supieron acoger una luz así. Es una luz que no puede abordarse sino con una mirada que provenga de la más íntima placidez, de la placidez de saber ser sustancialmente exterior, contemplativo. En Manet, en Monet, en Renoir está esa luz. La luz del silencio de las cosas abandonadas al peso de su propia presencia. La luz del silencio apacible, de iridiscencias secretas. Ciencia de la mirada que sabe llegar mansamente y aprehender sin ser intrusiva. Sí, los impresionistas. En ellos y únicamente en ellos, el goce extenuante y fiel de esa luz. No he vuelto a encontrar en la pintura esa felicidad. Hoy cinco de junio, la siento vibrar como perfume extendido sobre mi piel y soy, sin embargo, incapaz de sembrar su aroma en mis palabras. Como si, más allá de verla iluminarlo todo, la oyera y sustraído a mi derrota, trascendido por su presencia generosa, escribiera a pesar de mis pesares, extrañamente alentado por su dulzura que me abraza como un beso anhelado y me pide quietud, sosiego, ese sosiego en el que ella envuelve todo lo que toca.‖ Santiago Kovadloff. ―Ensayos de intimidad‖. Buenos Aires, Emecé, 2002. pág. 213

Los textos creyeron engañarnos pero la verdad de la poesía nos vuelve cómplices de quien la escribe bajo cualquier forma. Sección coordinada por Marcela Orellana Revista Literatta ® Nº10 Enero 2014

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Sandra F. Ruminot Nacida en Chile y radicada en Mendoza. Es actriz, docente de teatro y escritora. Editora de la Sección Inventario erótico. sanruminot@gmail.com Francisco Garzón Céspedes (Cuba 1947, residente en España). Escritor, periodista y comunicólogo. Hombre de la escena y de la oralidad, creador de la narración oral escénica y figura clave de la microficción, entre más. Cuarenta y cinco libros publicados impresos, otros digitales. Distinción por la Cultura Nacional, Premio Iberoamericano “Ollantay”… Director General de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE).

Marcela Orellana (Mendoza, Argentina) Su pasión por la lectura la llevó a estudiar Letras y a convertirse en docente y bibliotecaria. Escritora, en 2013 editó su poemario “Cuaderno de Mariángeles.” Editora a partir de la presente edición de la sección Recursos para escritores. marceorellana@yahoo.com.ar Roberto Gallego (Madrid, 1984) filólogo de universidades y calles. Enamorado de la cultura hispanoamericana colabora mensualmente con periódicos y revistas literarias de Chile, Argentina y México; y son retransmitidos diversos poemas suyos en programas de radio de España, Estados Unidos y Perú. Autor de Manual de Maletas y Sueños, de próxima aparición. Es director de www.artepoetico.net Mail: rovermadrid@hotmail.es Fernando Sorrentino (Buenos Aires, 1942) De su vastísima obra prefiere mencionar sus dos últimos libros de cuentos: El crimen de san Alberto (Editorial Losada) y El centro de la telaraña (Editorial Longseller) ambos editados en Buenos Aires en 2008. fersorrentino@gmail.com www.fernandosorrentino.com.ar Patricia K. Olivera (Uruguay-1970). Publica textos de su autoría en los blogs que administra y en otros donde participa. Ha colaborado en varias Revistas Literarias de la red. Actualmente lo hace en Revista Digital miNatura de lo Breve y lo fantástico, La Nueva Literatura fantástica Latinoamericana, y El Descensor, entre otras. También participa de la Revista Literaria uruguaya Palabras, como colaboradora y como ayudante de edición. Administra: mismusascuenteras.blogspot.com Usted también puede publicar en Literatta Envíenos su texto (breve, hasta 400 palabras) al e-mail revistaliteratta@gmail.com En el asunto coloque la palabra “Colaboración”

ciinoe@hotmail.com
https://sites.google.com/site/franciscogarzoncespedes

Jorge Campos (Managua, Nicaragua,1987) Licenciado en Economía. En 2010 sus poemas “En pena” y “Hoguera” quedan en la Lista de Ganadores del VII Concurso Anual de Cuento breve y Poesía de la Librería Mediática (Venezuela). Ha publicado en Revista Pórtico21 (Editorial de Costa Rica), Letralia (Venezuela), 400Elefantes (Nicaragua), Freelance Magazine (Nicaragua), Revista Artesanías Literarias (Argentina) E-mail: jace387@gmail.com http://mireinointerior.blogspot.com

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