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Evocación

Mi padre entra bruscamente a la casa con un hombre desconocido entre sus brazos
que gimotea incesante tratando mediante retorcijones y cabezazos zafarse de sus
manos. Ni bien cierra la puerta a sus espaldas, golpea al tipo en la sien con un
cimbronazo del antebrazo derecho, dejando a su maltratada víctima casi tendida
en el suelo, y con una especie de acrobático movimiento circense extrae de su
espalda la Colt plateada de mi abuelo. El extraño tiene las muñecas atadas detrás
de sus nalgas, la boca obturada con trapos ensangrentados, y tiembla como un
potrillo que recién aprende a pararse. Erguido y jadeante, mi padre transmite un
desconcierto latente. ¿Dónde está tu madre? Mi respuesta es inmediata: mi madre
está en la bañadera. Entonces mi padre comienza a vociferar su nombre repetidas
veces en una actitud encaprichada, hasta que ella aparece medio mojada con un
camisón blanco, y aterida repara en todo lo que sucede: su amante maltrecho es
sojuzgado por mi padre con el revólver de mi abuelo, mientras yo expreso un
incrédulo ademán de sonrisa fiel. La situación llega a su clímax cuando Ab, como
le dice mi madre a su esposo, mi padre, le pregunta con los ojos vidriosos si ya no
lo ama. Ella contesta que lo desea pero que toda esta escena le provoca temor. Él
casi brama, interpretando que desear no es lo mismo que amar sino que se trata de
otra cosa, de una persuasión desordenada. Ella le pide que por favor no haga
ninguna locura, y menos delante del niño, o sea yo; que deje ir a su víctima, que la
abrace de inmediato. Él le dice que la traición es profunda e imperdonable,
estúpida y dolorosa. Habla de los caminos de su padre, el abuelo, y le pregunta si
piensa dejarlo, abandonarlo como a un perro. Ella le dice que toda esta situación es
inaceptable, pero que reconoce su flagrante error; un instante de debilidad torpe.
Él le dice que sin ella no puede vivir, y al segundo ella contesta que con ella vivirá
no matter what. El vuelve a golpear al hombre en la cabeza, y ella grita quebrando
en llanto, acusando a mi padre entre sollozos de brutal cavernícola, mientras él
desata con toscos movimientos las manos del querido galán cautivo, que en un
rapto de adrenalina sale corriendo desbandado y se pierde después entre los
matorrales y arbustos del jardín adyacente al camino de tierra. Entonces mi padre,
admonitorio, dice: Sé que vas a dejarme, pero te amo. A continuación dispara su
Colt contra el pecho de mi madre quitándose la vida después con un balazo en la
cabeza. Unos segundos más tarde, en el silencio omnímodo, un ganso blanco
ingresa por la puerta entreabierta.
Su madre me llama una noche mientras miro la tele fumando un
pucho, después de la cena. Me dice que lo extraña, que si sé algo más de él. No fui
al entierro de sus restos, y no volví a tener contactos con la familia. Le digo que lo
que sabemos todos. Qué respuesta imbécil para una madre que necesita proyectar.
Me corrijo un poco, y le digo que Humberto está bien. ¿De dónde salen tantas
estupideces juntas? Me callo. Ante el dolor ajeno es mejor callar. Su madre llora en
el teléfono, y luego me dice que la perdone por haberme molestado. Le digo que
nada de perdón, que me llame cuando quiera y que..., cuelga el teléfono. Su madre

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nunca supo que Humberto estuvo conmigo la noche anterior a su muerte. Nadie
lo sabe. Todo es terrible y me siento culpable. Quisiera fumar toda la
noche.
Salgo de un reposado ademán de vicio libre como se puede emerger de
una masa líquida más similar al aceite que al agua, cuando una borrasca temeraria
de transformación conceptual me traslada casi de inmediato a la noción del
espacio tiempo objetivo y material de la intersección drástica que empiezo a vivir,
prefigurándose luego en su trama definitiva: con la supuesta botella que guardo
debajo de la cama amenazo de muerte a la pared que se aproxima. Parte de mi
cuerpo cuelga del catre mientras trato de convencer al intruso de que se vaya.
Después de caer definitivamente al piso, voy hasta la puerta y miro por la mirilla,
pero constato que no hay nadie. Siento que una mano pesada sobre el hombro me
obliga a dar un medio giro sobre mi eje, y muy diligente voy hasta la ventana a
recoger la carta depositada en el alféizar, exhibiendo ésta un agujero de bala en el
centro. El mensaje es claro: Es el fin de lo nuestro. Mi corazón está agitado,
transpiro con frío, y la angustia del miedo se presenta obligándome a volver a la
habitación de modo que toda esta representación tenga una explicación en boca
de mi mujer. En ese momento me acuerdo de un día de verano en una chabola
junto al mar, y de una extraña señora con las venas muy azules, y de un barquero
que es un yo interpolado, segregando semen sobre los empeines de los pies de la
señora que parece no darse cuenta. Soleado, mucho sol.
Es verano y no hace calor. Es uno de esos raros días de frío en pleno
verano. Viento sur, diáfana visión. La ciudad lejos, cubierta por un aura sucia. La
proliferación insaciable de automóviles. Marte nos espera. Se sabe que hay agua
por lo menos. ¿Podré nadar? Teniendo la oportunidad de comenzar desde cero:
¿repetiremos las mismas fórmulas? ¿Habrá proselitismo? Comer un sándwich de
miga en la cubierta de un buque pensando en el sándwich de bondiola de cerdo.
Nos alejamos por completo. Me gusta decir que estamos en el medio del río. ¿Cuál
será el medio del río, del Río de la Plata? Vamos rumbo a Colonia del Sacramento.
Cuando lleguemos, nos subiremos al ómnibus de larga distancia que nos llevará
hasta la terminal de Punta del Este. Por si tienen dudas, viajo solo. Mi padre vive
ahí, en una bella casa cerca de la playa con una perra que no es un animal, es su
mujer.
Es verano y hace calor. Es un día plenamente veraniego. Viento norte,
opaca visión. La ciudad que no se ve en el alejamiento progresivo del buque.
Vamos rumbo a Buenos Aires. Cuando lleguemos, me subiré a un taxi e iré hasta
mi hogar. Visitar a mi padre en su bella casa fue como suele ser últimamente;
fumar sentado en un roca mirando el mar. Interacción cero. Ausencia de ambas
partes. Lo nuestro es la inmemorial rutina de los lazos de sangre, nada más.
Vuelvo, estoy aburrido. A veces comemos para no aburrirnos. Fumo mirando el
río.
Es de tarde y tengo un bolsillo lleno de sal. Mientras zigzagueo como
un mocoso a través de los autos detenidos ante el semáforo soy jocosamente
interpelado por una joven pareja a bordo de un Mercedes Benz. Un rato más tarde

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oteo el paisaje abundante en árboles a través del vidrio y saboreo un rico chocolate
amargo discurriendo acerca de las ofrendas que me serán dadas una vez llegados a
destino. Así comienza para mí una nueva vida que señala el rumbo para siempre. A
fin de que se establezca un pacto definitivo entre las partes, la localidad de
asentamiento conclusivo es un pueblo infernal, con pocos habitantes, todos
enanos, y árboles pletóricos con pájaros insólitos sobre las ramas. Nos instalamos
en una casa construida de hormigón, empezando con una primera paliza a puro
cinturón. Soy nombrado Humberto en honor a mi flamante padre, cónyuge de mi
flamante madre, hermosa pero maníaca mujer de origen inglés, e instruido ya
severamente en las normas de la casa y las nuevas reglas a las que debo atenerme y
respetar. Una lluviosa mañana, mi nueva madre me hace abjurar por primera vez
frente a mi nuevo padre de todas mis antiguas costumbres, familia y demás
situaciones lindantes al mí mismo anterior. Esta operación se repite
sistemáticamente.
¿La domesticación es la tendencia consustancial? ¿A qué nos
acostumbraron? La confusión no es un desacierto. El encasillamiento hipotético
es una forma de lo obtuso. ¿No se sienten inmediatamente desprovistos,
despojados, desprotegidos a veces? Uno sabe lo que tiene que hacer. Cada lechón
en su teta es el modo de mamar, dice el Viejo Vizcacha. Audaz intento. Hace calor,
chillan las chicharras del verano, y yo leo el Martín Fierro. Estoy sentado sobre los
escalones de una galería que brinda al parque de la estancia. Es como un conjuro.
El adolescente burgués que quiere aventurarse exóticamente. Soy obvio. Soy todo
lo recibido de un contexto determinado, fascinado por mis descubrimientos.
Tengo entre mis manos una cuidada edición del Martín Fierro y la vuelta del
Martín Fierro, de un total de 6000 ejemplares. Poseo el ejemplar número 43,
impreso sobre papel de la manufactura imperial del Japón, ilustrado. En ese
momento creo que me importa. Es una edición que mi abuelo le regaló a su hija,
mi madre. Un hermoso libro. Leo y leo. Quiero terminarlo en una tarde. ¿Quién
me corre? Soy un joven que me da pudor. Mi experiencia se queda corta. No estoy
preparado para abordar el cosmos así. Creo entender ese cosmos, pero apenas sé
montar. Soy como el hijo subestimado de Güiraldes. La siesta azafranada me llena
de angustia.
Una tarde en la tormenta mientras fumo sobre mi caballo alazán, veo
que una jauría de perros de nadie hociquea histérica alrededor de un viejo silo de
hormigón construido en 1914, discontinuado. Buscan entrar, quieren a toda costa
hacerlo, pero sólo orbitan el enorme cilindro tratando de encontrar el hueco. Los
perros chillan desesperados queriendo entrar. Emprendo el galope en esa
dirección, hacia el abandonado tubo de hormigón. Cuando estoy muy cerca, la
jauría adopta un pasmoso comportamiento de defensa. Ellos no saben que voy con
un revólver en la cintura, y es entonces cuando uno de los perros hambrientos se
me viene al humo mientras bajo del caballo. Le disparo en el medio del hocico y
después empiezo a los tiros espantando a los demás. Algunas palomas también
abandonan el lugar. Huelo el olor descompuesto que sale de las entrañas del silo, y
me acerco hasta la puerta de hierro no muy grande por donde se accede. Noto que

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no tiene puesta la cadena. La puerta está abierta. Cuando la empujo veo que una
parva de chicos está en proceso de descomposición, muertos sobre el piso, cagados
por las palomas.
Nos definimos antológicamente. Soy una defensa que implícitamente
contraataca. Me aparto. Dejo fluir los suspiros de una alucinación errante que
espero se transforme en un más allá después y se multiplique como secuelas
imperfectas. Podemos desertar y escabullirnos, pero todo lo que hierve sublima.
Uso un cuchillo que me encanta. Supongo que casi todos tendrán un cuchillo de
cabecera. Éste me rebanó las yemas de los dedos más de una vez. Es grande como
el cuchillo de los carniceros, excepto que la empuñadura no es blanca como la de
aquellos. Me empeciné en cortar todo con él. Llegué al extremo de cortar hasta la
uvas. Me apena el ciclo de los materiales, en este caso la hoja del cuchillo en
cuestión. Lo afilé tantas veces que posee una panza invertida que provoca en la
actualidad la inevitable ineficacia de sus cortes. Es una pena, como todo lo que no
ocurrió.
Me aparto. Tengo un cuadro que se llama Evocación, y es una serigrafía
en papel. En Evocación hay una llave pequeña, perceptible en la observación
alargada. El desconcierto. Activa en otras formas. ¿No nos parecemos a veces a las
rejas de las plazas? ¿Acaso no nos asemejamos a la vegetación de las autopistas?
Aunque parezca inútil, no lo es. Pero no estoy seguro. ¿Qué imaginan los que
pueden ver? Es evidente que hay un respuesta, atomizada. ¿Cómo sería esa gran
respuesta si uniésemos todo? Grandes novelas, geniales autores. La manifestación
artística total. Nosotros y los medios, y al revés. Habría que detener la rotación
para saber, si es que tal fin es posible. Saber la respuesta en el tiempo que recibimos
centrifugado. Detener por un segundo toda la maquinaria tal vez nos daría el
espacio necesario para obtener una respuesta, pero no sé. Evocación. Tenemos que
aprender a usar la llave.
Convivo con imágenes y sonidos. Cuando estoy nadando, el sensor
auditivo se modifica y comienza después un efecto dominó sobre todos los otros
sentidos. Mi profesor me dice que el incremento de gente que practica natación se
debe al stress. La persona que nada deja de pensar en lo demás y focaliza en su
propio esfuerzo. El cansancio físico es el mejor paliativo para una cabeza que no
deja de pensar. Hoy en día, me dice, ni el yoga logra eso. Natación y más natación,
ése es su lema. También me dice que siempre nos queda el agua. Metafísico mi
profesor. En cambio, yo pienso. Ni nadando dejo de pensar. Mientras estiro los
brazos para seguir avanzando es cuando más pienso en todo lo que me rodea.
Convivo con las imágenes de mis días, siempre.
Sucedió como esos hechos bastante increíbles. Me lo contó el
victimario, Humberto, un amigo que lamento. Cayó a mi departamento en la
mitad de la noche mientras yo dormía; inquieto y angustiado, al borde casi de una
crisis nerviosa. Para tranquilizarlo un poco le serví un vaso con un resto de whisky
viejo que guardaba desde hacía tiempo, y el temblor que tenía en sus manos era tal
que estuvo a punto de romperse los dientes frontales al medio mientras tomaba.
Le pregunté varias veces qué le pasaba antes que me contara el principio del

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incidente. Dijo que había matado a Minerva, pero sin querer. Yo le dije que se
dejara de joder, que de verdad me contara qué le pasaba. En ese instante apoyó el
vaso de whisky en el piso y sin decir nada fue hasta el baño. Escuché que se lavaba
las manos. Después estornudó. Cuando volvió me preguntó si yo estaba bien, y
cómo me iban las cosas. Le dije que estaba más raro que la mierda, y con un tono
más severo lo increpé para que de una vez por todas me dijera la verdad del asunto.
Ahora que recuerdo, sus ojos estaban mansos y en ellos había claridad, algún tipo
de conocimiento superlativo.
La tentación. El globo se ha desinflado. Sumergido entre corales que no
debo tocar. Me lo advirtieron. Siglos de reproducción y ocupación en el lecho
marino. Un misterio genético que se parece a nosotros. No toqué los corales. Su
paleta me atemoriza. Una barracuda que me teme. Me han dicho que me aleje de
ellas, y nos advirtieron de lo metálico, pero ella me teme. La sigo pero escapa.
El barco se mecía suavemente bajo la tormenta que ya salpicaba sus
primeras gotas. El capitán bronceado nos hizo un chiste manifiestamente torpe.
Dijo que en la próxima zambullida no nos alejáramos demasiado por aquel lado
porque ahí nos esperaban los fucking Cubans listos para devorarnos al son de los
tambores. Desisto. Tengo hambre.
El tanque australiano maldecido. El consenso lo alejó de mí. Dicen que
ha muerto una persona, y no es el molinero que murió carbonizado por un rayo en
la tormenta cuando subía a un molino para repararlo. El tanque maldecido
pertenece a un molino diferente. Ahí murió otra persona, dicen. Un peón de a
caballo, con éste desbocado. Una yegua malparida, dicen. Que se ahogó con el
peón cuando en la furia del desdén se estrelló contra el perímetro alambrado, y en
sangre ciega saltó después sobre el agua. Dicen que los encontró don Segovia;
flotando la yegua, hundido el peón por debajo de la yegua enganchado en un
estribo. El tanque fue maldecido. Esta parcela no se vende. Me he bañado en ese
tanque.
Lo obtuso es amenazador, siempre. ¿Levantarían a un hombre de la
ruta? Lo hago, una mañana. Se ha bajado y estoy bien. Era romo, obtuso
justamente. Olvida una navaja caída en el asiento. Lo reconozco después en la foto
de una gaceta local. Es un asesino. Ha matado a su amigo de un escopetazo por la
espalda y después lo ha prendido fuego sobre un lote cultivado de soja. Dicen que
su amigo y su mujer lo traicionaban mutuamente, sobre una cama. Dicen entonces
que el asesino lo invitó a cazar. Todavía conservo su navaja. El otro día la usé para
cortar una naranja.
Tengo hambre, y pienso en el sándwich de bondiola de cerdo, cebollas
caramelizadas, huevo y una mayonesa casera riquísima que me comí ayer al
mediodía junto al bulevar. Hay comidas intensas, y ésta fue una de esas. Cada
bocado, masticado hasta el hartazgo es extraordinario. Uno sabe que se va
llenando, pero en ese instante de placer obcecado piensa que ese sándwich no
alcanza. Que ningún sándwich de bondiola de cerdo como ese va a alcanzar. La
angustia es necia. Tengo hambre que no es hambre. Me dirán que es apetito.

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Es real, sucedió. Humberto asesinó a Minerva sin querer. Es como un
eco imposible, pero Minerva está muerta. Las últimas palabras que le oí decir esa
noche, incomprensibles para mí, fueron su honorable despedida.