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Una banda juvenil Obra de teatro

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Unas jóvenes adolescentes se topan con unos delincuentes y los quieren transformar... Entérate cómo lo hacen.
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Una banda juvenil

Luis Guillermo Santana Carvajal

En este libro fue publicada la obra de teatro: “Una banda juvenil”

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Una banda juvenil

Luis Guillermo Santana Carvajal

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Una banda juvenil

Luis Guillermo Santana Carvajal

UNA BANDA JUVENIL

D.R.

OBRA DE TEATRO EN UN ACTO

PERSONAJES:
ESTHER SOFÍA DAFNE DOS GOLPEADORES COMPARSAS

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Una banda juvenil

Luis Guillermo Santana Carvajal

ACTO ÚNICO

ESCENA PRIMERA
Esther, golpeadores, policías y multitud. Un callejón. Al abrirse el telón se observa la imagen congelada de un linchamiento: un policía en el piso, dos golpeadores pateándolo y multitud alrededor. Entra Esther y advierte al público... Esther.—Después de que platiqué con Dafne y Sofía sobre un plan para transformar conciencias, viví una experiencia terrible, pero gracias a eso entendí el plan... Yo he cambiado. También otros han cambiado. ¿ A ti te gustaría cambiar? Se descongela la imagen e inicia acción de golpeteo. El ambiente es muy tenso. Los golpeadores patean al policía. Esther aparece dando vueltas continuas alrededor de la trifulca, hace gestos de sufrimiento y desesperación. Se congela momentáneamente la acción de la trifulca. Esther.—¡Basta! ¡Basta! Paren tanta violencia. No puedo creer que nadie tenga una pizca de cordura, lo van a matar. Vuelve acción del golpeteo. Se oye un silbato; salen despavoridos los golpeadores y la multitud. Esther abandona la escena, cabizbaja y sin prisa. Queda el gendarme golpeado, tirado en el suelo. Entra el otro policía, toca a su compañero, intenta escuchar su corazón, le toma el pulso, observa que no tiene vida. Se lamenta. Se va.

ESCENA SEGUNDA
Esther, Sofía, Dafne y comparsas. Esther.—(Al público.) Un plan para transformar conciencias... Era el día de mi cumpleaños... (A Sofía.) ¿Pero cómo no las veían? Eso no me cabe en la cabeza.

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Sofía.—Pregúntame si no me veían a mí. De algo estoy segura: los prefectos supieron en todo momento dónde estaba Dafne y qué hacía. Sin exagerarte, sólo dos o tres maestros en toda la escuela no estaban enterados. De las alumnas ni decir; Dafne se drogaba y todos lo sabían. A lo más, entraba a tres de las siete clases diarias. Imagínate. Esther.—Oye, ¿tampoco reportaban esto a sus papás?... De veras me dejas pensando... ¿Se hacían de la vista gorda?... Curioso. Pero tú, qué arriesgada; si de Dafne ya sabían todo, ¿cómo no te sorprendían? ¿Dónde te escondías? ¿Qué perseguías con todo esto?... Por lo visto ponías en juego tu permanencia en la escuela. Sofía.—He de reconocer, corría un gran riesgo, aunque debo confesarte: más de una vez desee ser sorprendida para enfrentar el problema y agilizar una dizque solución. Por fortuna no sucedió así. Fíjate que a Dafne sin conocerla bien, le tenía compasión. Ahora siento por ella más que aprecio, pues es mi gran amiga. Esther.—Bueno, y de sus papás, cuéntame. ¿Por qué dejaron ellos que avanzara tanto el problema de Dafne? Sofía.—Sus papás, gracias a Dios están en franca recuperación. Esther.—¿Recuperación?... Sofía.—Así es; ellos eran el principal ejemplo negativo de la conducta de Dafne. En ocasiones, no sabían de ella hasta por tres días. Su adicción a las drogas los mantenía desconectados del mundo, y por supuesto de su hija. Esther.—¿Y entonces, cómo están en franca recuperación? Sofía.—Han aprendido... Han aprendido. Esther.—¿Aprendido? Sofía.—Dafne ha sido un gran ejemplo para ellos... Y para todos los que la conocen. Qué bueno que estudiará de nuevo con nosotras. Esther.— ¿Qué? ¿En la escuela? ¿Entre nosotras? No entiendo, a Dafne la dieron de baja en la escuela hace dos años, y tú eres la única que me ha hablado de ella; y según entiendo, se ha recuperado y ya la aceptaron de nuevo. Algunos detalles no me cuadran. Entra Dafne y queda en cuclillas. Sofía.—Dafne sólo tenía a una amiga... ¿Recuerdas?...

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Esther. —Sí. Se escucha como baja agua de un excusado. Esther se acerca a Dafne, la observa con lástima. Duda si hace o no contacto con ella. Finalmente, muestra rechazo. Dafne vuelve el estómago. Esther. — (Regresando.) En verdad me pesó mucho dejar su amistad. Poco a poco fui percibiendo algo: la razón se alejaba de ella; entonces yo me fui distanciando. Sofía.—Y yo me fui acercando... Ahora Sofía va con Dafne, pero a diferencia de Esther, hace contacto con ella y trata de consolarla. Sofía.—¡Ah... me costó mucho trabajo! Pues Dafne sólo tenía una amiga y esa amiga era todo cuanto podía aceptar... (Regresando al tiempo que Dafne sale.) ¿Me entiendes? Te tenía a ti, de nadie más quería recibir consuelo alguno sino de ti. Pero, a pesar de todo, te tengo una magnífica noticia. Esther.—¿Cuál? Sofía.—Ahora tiene a dos grandes amigas y cada vez se relaciona con más personas. No lo dudes, pronto tendrá muchas amistades más. Esther.—¡¿Dafne está bien?! Sofía.—Nunca había estado mejor, y por eso platico hoy contigo, justamente el día de tu cumpleaños. Ya verás... Tendrás un regalo muy especial, aquí, en unos instantes. Esther.—¿Qué haces? Sofía.—No comas ansias, espera un instante. Es una sorpresa. Esther.—De acuerdo. Mientras, platícame por qué no pudieron descubrir cómo te volabas las clases junto con Dafne, si aquí todo se sabe. Aunque debo reconocer, ahora se vive otro ambiente en la escuela, no hay tanto chisme ni tantos problemas como antes. Sofía.—Yo no me saltaba las clases, bueno, sólo algunas. Lo cierto es que mantenía contacto permanente con Dafne; la veía una o dos veces por clase: dos minutos, tres minutos, y cuando consideraba un momento de riesgo para ella, entonces me quedaba a acompañarla la hora completa.

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Esther.—¿Cómo le hacías? ¿Tú también le ponías a la ‘cannabis’, verdad? No te hagas... Sofía.—Esther, no bromees. Pronto te quedarás con la boca abierta. ¿En qué estaba?... Ah, preguntaste cómo le hacía. Entre clase y clase me daba mis escapadas rápidas; ya ves, a veces los maestros no se dan cuenta. Entran comparsas: Una profesora y compañeros de grupo de Sofía. Se imparte una clase. Dafne entra; de nuevo en el sanitario. Esther.—Dices bien: los maestros, porque las maestras no te dejaban ni respirar. Sofía.—Bien, pero déjame contarte, no interrumpas... Algunas ocasiones me escapaba a media clase, y el grupo no decía nada... Va hacia el grupo; empieza la acción de la clase, por un lado, mientras a Dafne se le ve drogándose en el sanitario. Sofía hace ademanes para que la encubran sus compañeros, se sale de clase sin ser vista por la maestra y se encuentra de nuevo con Dafne; Después de observarla, le arrebata la droga que trae en la mano, la zarandea y se observa que la regaña. Dafne reacciona. Abraza a Sofía para encontrar consuelo. Ésta la despide y regresa con Esther. Salen comparsas. Sofía.—Otras veces pedía permiso. Cuando los maestros respondían: ¡No! Yo dramatizaba, y muchas veces lograba mi objetivo. Te confieso, de repente llegué a volarme clases completas. Esther.—¿Todo eso hacías?... ¿qué ganabas ¿qué buscabas? Sofía.—¿Qué ganaba?... Bueno, gané diez reportes en mi expediente, saqué dos sietes en mis materias fuertes, mi mamá firmó una carta condicional y por poco me corrían de la escuela... Pero eso sí, valió mucho la pena. Prueba de ello es lo que verás a continuación. Esther.—¿Los prefectos sabían de tu amistad con Dafne? Sofía.—Antes no éramos amigas; recuerda que sólo tú eras su amiga, pero cuando surgió la amistad entre Dafne y yo, nunca la oculté. Inclusive la prefecta Gladis fue muy comprensiva porque no me reportaba, pues confió en mí cuando le expresé mi intención de sacar adelante a Dafne. También les platiqué de esto a mis papás y me apoyaron. Aguantaron la presión de la escuela. (Inquieta, vuelve a mirar el reloj.) Esther.—Sofía, sólo te faltó decirme una cosa.

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Sofía.—¿Cuál? Esther.—¿Quiénes son las dos nuevas amigas de Dafne? Entra Dafne. Esther.—¡Pero Dafne! Mis ojos ven un milagro. Tu semblante irradia gozo, plenitud. Dafne.—¡Feliz cumpleaños Esther! Sofía.—Lo ves Esther. ¿Ahora sí te cuadra todo cuanto te he dicho? ¿Ya entendiste quiénes son las dos amigas de Dafne? Esther.—Estoy muy avergonzada; no merezco el aprecio de ustedes y mucho menos el tuyo, Dafne. Yo debí acercarme a ti, o por lo menos hacer algo. Y en lugar de eso, me alejé. Dafne.—Esther, amiga: he entendido cuánto sufrías por mí, cómo te alejabas y cómo te resignabas a perder mi amistad. Pero yo lo propicié con mis vicios, y cada día te perdía con mis actitudes. Por eso, hoy vengo a ofrecerte una disculpa y a pedirte me aceptes de nuevo. Tú no has dejado de ser mi gran amiga. Esther.—Te admiro Dafne. También a ti Sofía. Quisiera ser valiente como ustedes. Sofía.— Cuando una persona reconoce estar equivocada y de paso muestra arrepentimiento, está a punto de cambiar. Por eso me agrada mucho verte así... sufriendo. Acuérdate de lo que pasó conmigo hace como dos años Esther.—¿Qué?... Sofía.—No te acuerdas... Esther.— (A Dafne) Ah, sí; ya... Dejó de ser la “No te me acerques por que no eres de mi clase”, y ahora es realmente otra persona. Dafne.—No cabe duda: querer es poder. Sofía.—Todos podemos cambiar, Esther. Dafne.—Sofía, yo no he sabido de ese cambio tuyo... Entran comparsas: grupo de compañeros de Sofía. Hacen como que platican. Uno de ellos es Ramón.

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Sofía.—Cuéntale rápido a Dafne, Esther. Esther.—No hay como que tú lo hagas. Sofía.—Bueno, te cuento rápido Dafne, pues recuerda que la razón de vernos aquí, digo, aparte de festejar el cumpleaños de nuestra amiga, es que le contemos a Esther de nuestro plan. Sofía se dirige hacia el grupo. Señala a Ramón. Sofía.—Un día quise poner en ridículo a Ramón, un chavo que no tenía ni para comprarse dos tortillas. Sofía va por Ramón... Le avienta una moneda. Sofía.—Ándale muerto de hambre, recoge eso y cómprate un bolillo. Ramón recoge la moneda y mira profundamente a Sofía. Los compañeros miran sorprendidos. Ramón, después de un momento tenso... Ramón.—Dios te bendiga. Deseo nunca falte alimento en tu casa. (Regresa con sus compañeros, y lo consuelan al tiempo que van saliendo.) Sofía.— Imagínense, me sentí piltrafa. Yo fui rescatada por Ramón, de alguna manera. Dafne.—Y yo por ti Sofía, y, en verdad, no tengo con qué pagarte. Sofía.—Todos tenemos con qué pagarnos y tú ya lo has hecho con tu rehabilitación. Además, ambas hemos acordado una estrategia para triunfar; ahora hay que involucrar a Esther y platicarle de nuestro plan multiplicador: del plan que tenemos para transformar conciencias. Esther.—Con todo respeto chavas: me parecen muy románticas, por no decirles cursis. Uy sí, un plan para transformar conciencias. Sofía.—¿Por qué eres tan necia y tan escéptica, Esther? Emprenderás con nosotros un plan verdaderamente exitoso. Dafne.—Ahora sí Esther, poniéndome de lado de Sofía, si realmente estás avergonzada, no puedes ponerte los moños, pues aunque sea tu cumpleaños, sólo te queda participar en nuestro plan.

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Sofía.—Además, nos vamos a aprovechar de ese quebranto sincero que nos has mostrado; así será reparada tu falta y nos ayudarás a cumplir nuestro plan, aunque te suene romántico. ¿Qué no has oído que el mundo es de los jóvenes? Esther.—Están medio lurias, pero juega. (En broma)¿A quién hay que matar primero? Sofía.—Te quejas de que somos cursis; pero hace rato te pusiste sentimental que hasta te dio moquillo y lloraste, no te hagas... Esther.— No se diga más, adelante, participaré con mucho gusto en su plan. He recibido una gran lección en este día de mi cumpleaños. Dafne.—Querrás decir: Nuestro plan. Esther.—Está bien: Nuestro. Pero, por lo menos cuéntenme de qué se trata, ¿no creen? Sofía.—Claro, te diremos todos los detalles... ¿Seremos las tres mosqueteras? Dafne —¿No les late más que formemos una banda juvenil? Esther.—(Responde lenta y ronca como bajo los efectos de un narcótico.) Juega mi chava, qué propuesta más pacífica y transformadora. (Ríen. Por delante de Esther, salen Sofía y Dafne.) Esther.—(Antes de salir tras ellas...) He recibido una gran lección en este día de mi cumpleaños.

ESCENA TERCERA
Esther, golpeadores, policías y multitud. Un callejón. Como en la escena inicial se forma una imagen congelada de un linchamiento: un policía en el piso, dos golpeadores pateándolo y multitud alrededor. Entra Esther e indica al público... Esther.—Mis amigas me habían platicado de un plan para transformar conciencias... Lo que viví me hizo reflexionar...

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Se repite la primera escena. Se descongela la imagen e inicia la acción de golpeteo Los golpeadores patean al policía. Esther aparece dando vueltas continuas alrededor de la trifulca, hace gestos de sufrimiento y desesperación. Se congela momentáneamente la acción de la trifulca. Esther.—¡Basta! ¡Basta! Paren tanta violencia. No puedo creer que nadie tenga una pizca de cordura, lo van a matar. Vuelve acción del golpeteo. Se oye un silbato; salen despavoridos los golpeadores y la multitud. Esther se repliega al fondo del escenario dando la espalda. Queda el gendarme golpeado, tirado en el suelo. Entra el otro policía, toca a su compañero, intenta escuchar su corazón, le toma el pulso, observa que no tiene vida. Se lamenta. Se va. Voltea Esther y con muestras de indignación, tristeza e impotencia, señala hacia el cuerpo tendido del policía y advierte al público: Esther.—¡Gracias a esto...! ¡¡Gracias a esto entendí el plan!! Yo he cambiado. También otros han cambiado. Te pregunto de nuevo: ¿Te gustaría cambiar? ¿¿Te gustaría cambiar?? (Se sienta atrás del policía. Lo observa. Expresa gran tristeza. Voltea de nuevo al público.) Me da mucha tristeza la maldad. No cabe duda que todos los seres humanos tenemos que cambiar... pero de aquí adentro.

ESCENA CUARTA
Esther, el policía golpeado, los dos golpeadores. El escenario se divide en dos partes. En una: Esther sentada atrás del policía muerto. En la otra, los golpeadores. Golpeador 1.—¿Oíste algo? Se me figuró una voz de mujer. Golpeador 2.—(En burla.) Es tu conciencia de Doña Piadosa. Golpeador 1.—Por esta. (Hace la seña de la cruz con los dedos.) Golpeador 2.— (En burla.) ¿Qué...? Una voz del cielo que te llama. Golpeador 1.—Donde no sea del infierno. Golpeador 2.—Tranquilo idiota. Lo peor que te puede pasar es que te remuerda la conciencia. El golpeador 2, señala hacia un lugar diferente a donde está Esther.

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Golpeador 2.—Mira carnal allí está la vieja que oíste. Golpeador 1.— No manches, no hay nadie. Golpeador 2. (Al público) Se la creyó... No más quería darte un calambrín mi chavo, para ver tu jeta. (Sale enojado el golpeador 1 y tras él, el golpeador 2, quien regresa enseguida. Hace ademán de asombro. Me cae que yo también oí una voz de mujer y casi estoy seguro de haberla visto por aquí. Pero capaz que le digo a este menso y se zurra del miedo o mejor dicho, nos zurramos.

ESCENA QUINTA
Esther, Sofía y Dafne. Un parque público. Empiezan a oírse cantos de pájaros. Las tres amigas están sentadas en la banca de algún parque en pose de tener mucho tiempo platicando. Esther.—No me explico cómo son capaces de tanta maldad. Y todo por la maldita droga. Dafne.—Por las drogas cualquiera es capaz de todo, te lo digo por experiencia. Sofía.—¿Y por qué no pusiste en práctica nuestro plan? Esther.—Les dije a gritos que pararan tanta violencia, que no siguieran, pero no me escucharon... (Sofía y Dafne quedan congeladas. Esther se levanta. Mira al público.) Lo que mis amigas no saben es que ya entendí el plan. Y esos tipos: los que mataron al policía, me tienen que escuchar... (Se descongelan Sofía y Dafne.) Dafne.—¿Qué estás pensando, Esther? Esther.—... Que debemos dar amor a quienes no conocen el amor... Sólo así cumpliríamos nuestro plan para transformar conciencias... ¡Ya sé cómo empezar! Sofía y Dafne.—¿Cómo? Esther.—Voy a hablar personalmente con los tipos que mataron al policía allá en Tláhuac. Dafne.—Ay, esta mujer sí que lo tomó muy en serio.

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Sofía.—Y tú que le crees. Está medio loca, ya sabes. Bueno, pero al fin y al cabo la apoyaremos porque somos las tres mosqueteras. Esther.—No, no, eso ya está pasado de moda. Entra en tu realidad. Habíamos quedado que formaríamos una banda juvenil. Sofía.—Bueno, Esther, platícanos cuál es, según tú, la primera acción que tienes pensada.

ESCENA SEXTA
Esther, Dafne, Sofía, golpeador 1 y golpeador 2. Parque público. Los golpeadores están conversando, uno le da al otro un sobre con droga, se desplazan en el fondo del escenario. Dafne y Esther platican. Sofía está situada entre sus amigas y los golpeadores. Dafne.—Oye, Esther, ¿Hay chance de zafarse de esto? No te mediste con tu plan, te hubieras lanzado tu sola. Esto sí da miedo. Esos tipos tienen toda la pinta de malandrines. ¿Son ellos? Esther.— Sin duda. Lo investigué toda la semana. Según la información que me dieron los vecinos de aquí, es exactamente el lugar dónde se reúnen, haciendo lo que hacen; observa con discreción... Dile a Sofía que venga, se ve muy sospechosa allí. Si nos ven hay que disimular que hablamos de la escuela. Dafne.— Ahora pues, Esther, dinos: ¿qué quieres que hagamos ¿cuál es la estrategia que pensaste? Esther.—No hagan nada, ¿lo oyen?... Nada. Pues es más peligroso de lo que imaginan. Ayúdenme así: Permanezcan cerca de esta calle y tengan prendidos sus celulares. ¿Tienen crédito?... Recuerden que les dije ayer que por lo que se pudiera ofrecer tuvieran sus teléfonos con crédito. Si no, yo les presto ahorita cien pesos para que compren una tarjeta. Sofía.—Yo compré una hoy en la mañana. Dafne.—No te preocupes, el mío todavía tiene. Esther.—Bueno, pues ya váyanse y no se alejen demasiado; manténganse alertas. Sale el golpeador 2. Salen Sofía y Dafne.

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ESCENA SÉPTIMA
Esther, los golpeadores.

Esther, titubeante se acerca al golpeador 1. Esther.—Pst. Golpeador 1.— Dichosos los ojos. ¿En qué te puedo servir mamacita? (La toma de la cintura.) Esther.—(Consigue zafarse con un poco de resistencia.) Quiero hablar contigo sobre el policía que golpearon la semana pasada. Es en buen plan, no pretendo tenderte ninguna trampa. Golpeador 1.—¿Sí sabes que son tus últimas palabras?... Aunque antes, no estaría mal un poquito de carne. (Vuelve a sujetarla de la cintura. Esther nuevamente se zafa. Entra golpeador 2.) Golpeador 2.—Qué tranza carnal, (Mira libidinosamente a Esther por atrás; luego, la quiere abrazar. Esther se zafa con agresividad.) ¿Te vas a comer tu sólo a esta princesa? Esther.—Par de cobardes, ustedes creen que les tengo miedo. Ya sé que estoy en sus manos, pero si tú no quieres escucharme y no le dices a este que se largue, porque ni pienses que hablaré con los dos, atente a las consecuencias. Adelante, aquí me tienes, ¿qué decides? Golpeador 1.—Llégale carnal, voy a poner oreja a este bombón. Y no te preocupes, (vuelve a tomarla de la cintura. Ella le propina un fuerte manotazo.) No me voy a comer yo solo a esta potranca rejega. Así es como nos gustan ¿verdad carnal? Golpeador 2.—(Sin contestar a la pregunta.) Órale pues, ‘ai’ me avisas. (Le da una nalgada a Esther, quien le asesta con la mano; él se enfurece, pero su amigo lo aplaca y lo convence que salga.) Esther.—Nomás oye bien lo que voy a decirte: tú sigues con idioteces y molestándome y te atienes a las consecuencias. Crees que nadie te vio, pero yo sé que entre tú y tu amigo mataron al policía; aunque no vengo a acusarte ni a chantajearte; sólo abre tu cabezota y piensa que puedes sacar de mí información muy importante...

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Golpeador 1.—Está bien, voy a oír lo que me dices, pero si me engañas, escuincla mocosa, yo te tuerzo... Como lo oyes. Así que habla ya. A través de congelamientos y descongelamientos de ambos personajes. El público observará distintos expresiones corporales y faciales como si mirara fotografías que expresan distintos estados de ánimo. Esther: de la dificultad al gusto. El golpeador: de la burla al convencimiento y la reflexión. Se sugieren cinco momentos “fotográficos” El público deberá suponer que hubo una larga plática. Golpeador 1.—Creo que él nunca ‘capizcará’ esto que me ha pasado, aunque yo no dejaré de tirarle mi rollo. Créeme mi chava que en estos minutos o en estas horas, ya ni sé cuánto rato ha pasado, siento aquí en el pecho que he cambiado un chorro, y que nunca jamás volvería a ser malora. Tú, mi chava, me has ayudado a que valore la vida aunque me toque vivirla dentro de la cárcel; pues la tira no tarda en refundirme. Pero me cae, que aunque sea en el botellón, ya tendré mi conciencia libre de toda culpa. Sé que merezco lo más gacho, pero ahora podré estar tranquilo; chido conmigo mismo; y desde las mismísimas rejas, formaré parte de tu banda juvenil... Después me separaré como los cantantes de los grupos y formaré la súper banda del ‘reclu’, ¿cómo ves, mi chava?. Esther.— Por eso es tu obligación hablar con tu amigo. Es probable que él también cambie. ¿Tú crees que para mí fue cualquier cosa platicar contigo? Te acabo de hablar de una manera que sé que no fui yo, pero estoy segura que comprendiste de dónde vino el poder de mis palabras. Golpeador 1.—Pues del mismísimo cielo, está claro. Gracias mi chava, de veras, muchas gracias.

ESCENA OCTAVA
Esther, Dafne, Sofía y golpeador 1. Cancha de futbol dentro de la cárcel. Se escucha ambiente de juego. El golpeador 1 burla a unos muñecos de cartón, tira un pelotazo y festeja su gol. Enfoca la vista y le sorprende ver a tres visitantes: Esther, Sofía y Dafne. Se dirige primero hacia los muñecos que simbolizan ser sus compañeros del reclusorio.

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Golpeador 1.—¡Miren chavos, lo que están viendo mis ojos! Aquí está la chava de que les hablé; fue el ángel que me mandó Dios para que yo me salvara y de paso los salvara a ustedes, mis carnales. (Corre hacia Esther. Se abrazan cariñosamente.) Qué tranza mi chava, qué chida eres, gracias por venir a visitarme hasta la misma cárcel. (Picarón) ¿Y ellas?... Presenta, no... ¿Cómo las dejaron pasar hasta acá? Esther.—Ya ves, nuestras influencias. Golpeador 1.—(Mira lejos frente a él, como si alguien le hiciera una seña.) Pues ya se acabaron mis chavas, por que ya me están diciendo que nos vayamos a la estancia... (Grita.) ¡Sí, ya vamos! Las amigas salen. Golpeador 1.— (A los muñecos de cartón.) Los dejo, carnales. Ahora sí, como ya me voy, se acabaron los goles, bola de batos acartonados, están todos tiesos. (Aparte.) Me cae que ahora sí veo visiones, casi puedo jurar que estoy viendo unos muñecos de cartón. (Vuelve a dirigirse a los muñecos.) Muévanse pues tengo unas visitas muy importantes que atender. (Sale.)

ESCENA ÚLTIMA.
Esther, Dafne y Sofía. Dafne.— (Entrando.) Sofía, parece increíble lo que vimos: ese cuate que estaba fumando mota aquella vez que te acercaste a él, que tenía cara de lujuria y aspecto de matón a sueldo, estaba feliz jugando en la cárcel con todos los reos. Sofía.— (Entrando.) Y no sólo eso. Lo que nos platicó. Y a su modo, se portó como todo un caballero. Dafne.—La verdad, yo si creo que es otra persona. Sofía.—Desde luego que sí, se le notaba en su cara y en sus ojos. Dafne.—¿No me digas que te gustó? Sofía.—Ya vas a empezar con tus tonterías. Dafne.—Oh, pues, qué sentida, sólo era una broma.

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Sofía.—Por cierto, no te fijaste que hablaba como Ramón, hasta parece que se conocieran. Dafne.—Otra vez con tu Ramón, ya dale el sí... Sofía.—Y vuelve la burra al trigo... Dale con lo mismo. Dafne.—Te prometo que ahora sí es la última vez. Esther.— (Entrando.) Lástima de que su amigo, aquel que vimos las tres allá en Tláhuac, lo mataran por líos de drogas. Ni siquiera hubo tiempo para que lo encerraran en la cárcel. A pesar de que según nos platicó, trató varias veces de convencerlo de que se arrepintiera y no lo logró. Dafne.—Cada loco con su tema, mejor ya vámonos a descansar. Sofía.—Bueno, queridas mosqueteras... Dafne.—Ahora sí estás más ‘mamuca’ que nunca. Esther.—Y dale con lo de mosqueteras. Sofía.—Ahora sí ya me voy a callar, y ya vámonos que empieza a hacerse de noche. Por fin... ¿Entonces quiénes somos? Las tres.— (Forman una imagen coreográfica muy expresiva.) ¡Somos una banda juvenil! (Rompen en Risa.)

(SE CIERRA EL TELÓN.)

Vuelve a abrirse el telón y aparece todo el equipo teatral. Sofía.— ¿Entonces quiénes somos? Todos.—(Tomados de la mano.) ¡Somos una banda juvenil!

FIN.

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