Está en la página 1de 8

Benditas palabras, malditas mentiras

Guillermo Paniaga

Yo, vos, él; o tendría que ser más castizo el idioma debido a las actuales
circunstancias geográficas y comenzar diciendo: Yo, Tú, él. Al yo lo
conozco y no sólo por introspección (además, desde ese lado, es tan poco lo
que sé), el yo es el que habla siempre, el que cuenta lo que cuento y me
limita a miras cortas, hasta dónde llegan mis pobres ojitos, estos que
parecen de chino mariguano; el tú es más complicado, o el vos, ya que
hablamos en confianza a pesar de las susodichas circunstancias; vos sos
más bien, en la persona propiamente dicha, una suposición, mi suposición,
el dibujo que me hago con las pocas pinturitas (¿crayones, será más
conveniente?) que me dejó la experiencia a deshora; escribir lo que escribo
en la segunda persona del singular o del plural (dados los resultados, es
igual), lleva al texto hacia un tono acusador; a veces cuaja, a veces no;
puedo decir, por ejemplo, que vos encontraste la carta una noche, al llegar
de un largo día de caminata y clasificados, isla y desconcierto, ansiedad y
excusas consuelo; la viste apenas atravesaste el umbral, pegada a la hoja de
la puerta, que por ser tan poco el espacio que la separa del piso, la arrastró
hacia adentro con un ruido de lija seca sobre mueble recién comprado, así
de horrible, así de sorprendente. Qué fue lo que te sorprendió: en primer
lugar, que no era hora de reparto postal, el cartero pasó ya en la mañana y
no se detuvo en tu casa; en segundo lugar, el remitente, un servidor, que,
según supieras, no tenía la más mínima idea de cuál era tu domicilio,
apenas si aprendió ubicar la isla hace días en un mapa de África que pegó
en la pared de su cuarto hace años, pero claro, esto vos tampoco lo sabías; y
por último y más inquietante, la ausencia de estampillas y sello postal.

Yo, vos, él. La tercera persona es, para qué negarlo, la más apta para estos
berretines. Yo, que escribo, estoy arriba, abajo, en todas partes, y te escribo
a vos, te cuento a vos... y ojo, en la segunda persona también la
omnipresencia, pero más directo el mensaje, como un dedo que te señala, a
vos, que escuchás. La tercera, el mismo buchoneo, pera ya alivianado, un
chisme que se cuenta en los pasillos; el interesado ni se entera, eso
esperamos. Él. La tercera persona, el tercero en discordia, que en esta
historia ni sos vos ni soy yo. Quién es. No sé, y no quiero saberlo. Aunque
lo sé todo, está claro: soy el pequeño demiurgo, el demonio maldito que
crea y destruye a su antojo. Hablar de él sin conocerlo y sin querer saberlo,
sabiéndolo, qué tarea. Por eso la tercera persona también para nosotros.
Usemos las tres (fijate como pluralizo la primera persona también, por pura
inseguridad, creo; salió así) y digamos, sabiendo apenas lo pienso que
sonará sospechosamente a Usted se tendió a tu lado, que ella, vos, abrí el
sobre muy pasada la medianoche y escribí leíste intrigada:

“Tus pechos, como los primeros brotes en los tallos del último invierno,
pétalos rosados, promesas de una flor que ya es y que nunca será; es, y les
escribo; por no ser, jamás morirán; tus pechos, refutación de los ciclos;
los brotes, los pétalos, la promesa, la flor. Levísimo declive, libre camino
el que los unió en mi andar de sudor, vello y saliva...”

¡Pero, qué es esto! dijiste espantada, apartando la página, como si la


perspectiva distante te fuese a dar claridad y sentido a los hechos, a las
palabras. Dejaste la carta sobre la mesa y te preguntaste, conociendo la
respuesta desde antes de haber abierto el sobre, si deseabas continuar
leyéndola. Notó un leve temblor en el pulso, en la mano que aún sostenía el
sobre desgarrado (ella abría los sobres así, sin demasiados miramientos, un
arrancar el borde descuidadamente, con el riesgo de arrasar también el
contenido; más de una vez debió recurrir a las cintas adhesivas para reunir
las partes coincidentes de una factura del gas, una comunicación del
consorcio, un dibujo de Lucas, una carta de mamá). ¿Qué sentido tenía
seguir dándole largas al asunto? Con la mano que conservabas libre y sin
temblores, por estar apoyada sobre la mesa, al lado de la hoja sepia
perforada en cada acento, en cada punto de las jotas y de las ies, hiciste de
la página un bollo y lo arrojaste al cesto de los residuos con nula puntería.
Ni siquiera se toma el trabajo de escribir a mano, dijo al tiempo que, con
mucho esfuerzo, se paraba de la silla para recoger el bollo, alejarse unos
pasos y encestarlo, esta vez sí. Una brisa fresca se coló por la ventana, las
cortinas se elevaron y ondearon la fugaz forma del viento. Sintió un
escalofrío y el aroma del mar. O fue tal vez en orden inverso: primero el
aroma y de ahí el escalofrío. Cómo saberlo, pensaste, Cómo creerlo, se
sinceró, Cómo aceptar livianamente la mentira de decirme que me
impresionaron el viento y el aroma del mar, cuando es tan claro qué... Qué,
qué era eso tan claro, Cómo saberlo, Cómo creerlo, Cómo aceptarlo, Ha de
haber sido el viento, nomás. Cerró las ventanas y se tendió en la cama, con
el sobre aún en la mano, la mano cuyo pulso vacilaba. Sebastián, él, dormía
y la respiración era pesada, Lo único que falta es que se ponga a roncar, te
dijiste, como si aquello fuera a constituirse en la gota que derramaría un
vaso evidentemente vacío, qué otros actos, qué otros modos, qué otras
palabras de Sebastián te habían molestado ese día y esa noche; ninguno,
qué supieras, sin embargo estabas allí, esforzándote, Las personas son
como son y no hay Dios que las haga cambiar, si no te gusta, te jodés;
detestándolo;adorándolo.

“...Suave declive, libre camino el que los une en mi andar de sudor, vello y
saliva” La Olivetti dejó de escupir palabras como si repentinamente se
hubiese posado una roca sobre los tipos. No era la máquina, no eran las
teclas, sino los dedos que, todavía posados sobre ellas, se negaban a
presionarlas; tampoco eran los dedos, caramba, que no tienen
autodeterminación como pretende aquél que ahora descuenta sus horas en
Lanzarote; ni los brazos, ni siquiera la conciencia de aquel otro, este otro
que cree en los desdoblamientos, la pequeña esquizofrenia que me ataca a
veces cuando escribo y no es él quien escribe, si no ese al que ve escribir
palabras que vaya a saber qué diablo se las dicta. No era nada de esto; qué
era; Cómo saberlo, se dijo, sabiendo perfectamente qué era, si no mente,
algo parecido, una especie de pudor que lo hizo sonrojar, indecisión, Cómo
aceptarlo, me sinceré. ¿Qué sentido tenía insistir con el asunto? Ninguno,
se respondió, Pero al fin y al cabo, cuántas de las cosas que hiciste tuvieron
alguna vez algún sentido. Mentiras, puras mentiras, yo el primero en
saberlo. Una brisa fresca se coló por la ventana de la habitación, Pleno
enero, pensó, y tampoco creyó en el aroma de mar que consigo traía, negó
el escalofrío, negué el futuro de cesto de la página que otra vez veía
prisionera de la Olivetti, de mis actos sin sentido, Yo no creo en las
premoniciones ni soy un fatalista, aunque creo en la intuición de los
destinos y lo que deba ser será, pensó, con incoherencia, tentado de llevar
esa frase a la página, pero con qué objeto, qué sentido...
“...La intuición de los destinos y lo que deba ser será; hoy como los rieles
de una vía, mismo camino, corriendo hacia más allá del horizonte,
desesperados, al menos uno, lamentándose porque cree que aún allá, más
allá, donde los ojos no pueden ver, las paralelas seguirán siéndolas; que
su tiempo se acaba y no alcanzará el infinito que tiende a reunirlas...”

Tus ojos, luego de que desplegaras el bollo que durante algunos minutos
durmió en el cesto, recayeron sobre esta frase y no te gustó la elección que
por vos hizo el azar. ¿De dónde le venía esa absurda costumbre? Solía
hacerlo algunas noches, cuando la música en penumbras no alcanzaba para
sumergirla en el ensueño y los sueños. Era casi una reacción automática,
nada que se planeara diciendo, Ahora me levanto piso el parquet helado si
en invierno ardiente si en verano abro un libro cualquiera, el azar elige por
mí, y poso mis ojos sobre una frase cualquiera que también el azar se
encarga de marcar, sino que de pronto se veía a sí misma repitiendo en voz
alta “Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo
infinito, se repitió Oliveira” y entonces quedabas pasmada al encontrar en
esa frase una relación tan profunda con la dirección de tus pensamientos y
emociones, sin notar que quizás era la frase la que disparaba esos
pensamientos y emociones creyéndotelos previos al hallazgo, Pero cómo
saberlo, creerlo, aceptarlo si esta vez desplegó la página sepia, encendió la
luz del escritorio, y dejó caer los ojos sobre una frase que nada le
provocaban salvo bronca porque no era eso lo que había estado pensando y
mucho menos sintiendo. Oyó un ronquido entrecortado de Sebastián y la
piel se le erizó otra vez; luego retornó el silencio, Parece que por ahora el
serrucho no tiene ganas de aserrar, se dijo, con despecho. ¿Querías oírlo
roncar? Cómo saberlo, aceptarlo. Querías oír el ronquido que te librara
definitivamente de la tentación de leer la carta hasta el fin, la despedida, los
consabidos besos y deseos de un pronto reencuentro, la temida confesión,
como si hiciese falta decir más. Regresaste a los primeros párrafos, releíste
aquél primero, el de los pechos, y llegó a la conclusión de que él había
estado borracho o fumado al escribir, teoría que creyó confirmada cuando
pasó al siguiente, Estúpido, estúpido, borracho, dijo y se dijo para fingir
que todo aquel palabrerío le desagradaba, “Tu boca a veces esquiva, como
tus ojos, como tus brazos, que ahora me rodean, ahora me alejan, ahora
me besan, ahora me evitan, ahora me nombran, ahora me olvidan, ahora
se burlan, ahora se apiadan, ahora se ríen, ahora creen que lloran...”
“... Ahora se ríen, ahora creen que lloran...” ¿Ahora creen que lloran? se
preguntó. Sí, ahora creen que lloran, se respondió, Nadie creería lo sobrio
que estamos, que están, que él está, quién escribe. Anoche, anoche sí bebió,
bebí, y fumó medio faso, él se lo fumó, y se echó en la cama a escuchar
Behetoven, tres de la madrugada, el ventilador encendido, las notas del
piano y la vibración de la carcaza de ese maldito y ruidoso escupevientos,
los músculos ahora tensos, ahora livianos, ahora un vértigo, como el de
elevarse a cientos de kilómetros por hora, pura inercia de las carnes que se
resistían a volar, ahora esa mueca, la sonrisa, el piano sonando
escandalosamente bello, el recuerdo de su boca a veces esquiva, como los
ojos y los brazos, que ahora lo rodean, ahora lo alejan, ahora te besa y
ahora te evita. Te evita, lo evita, pero ahora le sonríe, por eso quiere seguir,
escribe para ella, aunque quizás ella nunca lo lea, o bien porque la intuición
que tuvo del destino de la página se cumpla, y entonces, papelito, un bollo
más en el cesto del destinatario si no en el del remitente, que aún no intuye
si acabará ensobrándote, estampillándote, desentendiéndose de un viaje del
que ya no sería responsable, Escribirle para qué, para decirle que la
extraño, que no hay nada que me la quite de la cabeza, qué absurdo, por
qué decírselo, por qué me lo creería, es tan nada el tiempo que nos contuvo,
fue un sueño, un deseo, el sabor de ese sueño, el aroma de ese deseo, ya
está, se esfumó, voló, chefé, caput, pero esto yo no me lo creo.

“...Tan nada el tiempo que nos contuvo, un sueño, un deseo, y sin embargo
sos y aun siento el sabor de ese sueño, el aroma de ese deseo... Pasado,
presente, futuro. Yo, vos, él. Dónde somos. Quiénes estaremos.
Cuándo.”Le gustaría poder reír, pero no le sale, Es cómico este pibe, mirá
las cosas que escribe, y la mueca que al menos intenta ser sonrisa se queda
a mitad de camino entre pena y cansancio, Algo indefinido, dirías si
pudieras verte al espejo. No puede estar diciéndome estas cosas, no es
lógico, no tiene sentido, porque fue nada el tiempo que nos contuvo, un
sueño, un deseo. Se oyó, algo lejana, la bocina de un automóvil, tres tonos
cortos, un llamado, un aviso, nada de ansiedades, Llegué, dale bajá, pero
no, no es así como lo dirían por estas tierras sino, oye, mi niña, baja que
aquí estoy a la espera. Abrió la ventana, la misma que antes había cerrado
por la brisa, el aroma, la noche fresca y se asomó, curiosa, para ver al
Romeo que a los bocinazos alertaba a su Julieta. Encontraste silencio,
desierto de autos y de gente, y más brisa, más aroma de yodo y sal, más
noche ya casi fría. Es cómico este pibe, pensó, mientras cerraba la ventana,
sin saber si estaba refiriéndose al de los bocinazos, o al de la carta, sin
saber si en realidad habías abierto porque creíste para vos el llamado de las
bocinas diciendo tiempo, sueño, deseo, sin saber qué coño era lo cómico en
todo el asunto después de todo, Es más bien para llorar que para reír, se
dijo, ahora adentro, al abrigo de un suéter que se echó a la espalda, incapaz,
si no de risas antes, mucho menos de lágrimas después. Pobre pibe,
pensaste sin embargo, qué le andará pasando por la cabeza para tener que
decirme estas cosas. Ruidos en el resorte del colchón, pasos zombies, ella
dobla la carta con descuido, pero sería injusto decir que hay maltrato ahora
que no es un bollo, la esconde entre las manos, no sabe por qué tantas
precauciones, pretende que nada hay para esconder, la puerta del baño, un
chorrito, como una lenguetazo, ahora sí la vertiente, un último desagüe, el
depósito de agua liberado, arrasando con todo, el clic del interruptor, es
raro que antes no lo oyera, otra vez la puerta, los pasos, los ruidos en el
resorte del colchón, Bien, gracias, no me ocurre nada, sólo que no podía
dormir, dirá a nadie, herida, porque Sebastián parece que por fin roncará.
Sentirás áspera y rugosa la página entre tus manos. La desplegarás bajo el
cono de luz, y no es el azar el que te llevará al párrafo donde un borrón, la
tinta corrida, deforma la palabra destino. Otra vez, ahí, bendita palabra,
bendito concepto, maldita mentira.

“...Sos el sueño, sí, y el deseo, y mi destino... bendita palabra, maldita


mentira...” Mentira por qué, a ver, decime, vos, que la tenés tan clara, No
sé por qué mentira, Mentira algunas horas, cuando te friegan esas posturas
de andar queriendo justificar las buenas y las malas por decisión de
voluntades ajenas a las tuyas, Puede que sí, puede que no, Puede que
quizás, Si vos lo decís, Crees o no crees en el destino, Cómo creerlo, cómo
aceptarlo, Cómo no creerlo, cómo negarlo, Ahí nadamos, Vos te ahogarías
si no fuese por mi algunas tus horas, Las del puede que sí, Obvio,
hermanito, las que te dan por pensar en bendita palabra, tan cursi lo tuyo,
Es el destino, esa voz que me dice, tal vez la tuya, tal vez sos vos, Puede
que sí, puede que no, Cómo creerlo, Cómo aceptarlo, Como que lo vamos
incorporando, ¿no?, Ojo, que se te van mexicanizando las expresiones, vos
y tu pinches lecturas aztecas, Puede que sí, puede que no, Pues que disque
sí, disque no, Que te den por culo, hijo de la chingada, Más respeto,
caballero, y un poco de coherencia, o se me va pa los madriles o se me
queda en el de efe, Como si alguna palabra dicha así o asá fuese a cambiar
las cosas, Qué cosas, Las que veníamos... ah, no sé porque me gasto en
estas discusiones sin sentido, Te conozco, mascarita, que sí me venís con
estos cuentos es porque esperás que salga y te apuntale, Bajate de la colina
que no es un pedestal, Vamos viejo, alguna vez lo reconociste, acordate:
Beatles o Rollings Stones, Lennon o Mc Kartney, Lincoln o Manon, Sí, ya,
ya, no sigas, Sigo, porque se me da la puta gana, Bueno, dale, seguí, Ahora
no sigo nada, Es el destino, parece, Qué cosa, Que tengas que quedarte
callado, O hablar porque se me de la regalada gana, Tal cual, Puede ser, sí,
Bendita Palabra, Maldita Mentira, Y ella, Ella qué, De qué la juega en todo
esto del destino, No sé, Cómo no sabés, No, no sé, Dejás que decida el
destino, Bendita palabra, ¡Maldita mentira! ¿Sabés otra forma? Sí, los ojos,
Qué ojos, Los mismos que antes sonreían, luego rechazaban, Ajá, y
entonces, Entonces dale, anotá:

“...Maldita mentira que se subleva e insiste hasta que la crean verdadera;


la creo, le creo, te creo; creo mi propia verdad, la invento, y busco en tus
ojos la señal que me la confirme, estúpido paranoico, inseguro de mí y de
mis verdades; tus ojos dicen, claro, son tus ojos, pero no los capto con
nitidez, estúpido paranoico, inseguro de mí y de las ambigüedades que
descubro en tu mirada...” Desvió la mirada, la página le hirió los ojos, tal
vez el reflejo del cono luz, el vértigo del contorno en penumbras, cómo
saberlo, cómo creerlo, Qué ganas de tomar una cerveza, pensaste en voz
alta y de todos modos no te oíste. Cómo era eso de los puentes que habías
leído ya no sabías dónde. Sí, lo sabía, pero cómo aceptarlo, cómo
amoldarse a esos estúpidos juegos del inconsciente, un nombre que llevaba
a aquél otro, una simple casualidad, cómo aceptarlo, esto es historia vieja,
cómo creerlo. Los puentes son puentes mientras haya alguien que los cruce,
o algo así. Y dónde estaban los puentes, creyó que decía, pero ni siquiera lo
había pensado hasta que creyó oír que lo decía. Y dónde estaban los
puentes, dijiste, ahora sí, pero en voz muy baja, no sea cosa que alguien,
Sebastián que dormía, vos misma que no querías saber, te fueras a
responder. Desde el cuarto oyó un leve pitido, el reloj de Sebastián, que
marcaba el comienzo de cada hora, Cómo jode ese ruidito del carajo, en la
mañana le pedirás que, al menos durante las horas de sueño, lo desconecte,
Las horas de sueño, se dijo, Qué mierda hago levantada a estas horas,
mañana es martes, día laborable y hay que buscar laburo para que mis
martes y mis todos también sean laborables, tres de la mañana, fresca la
noche, Qué ganas de una cerveza, un ronquido entrecortado, afuera tres
bocinazos, otra vez, Quién será, la vida que sigue, la noche no duerme,
algunos tampoco, Yo no duermo, y él como si no durmiera, acá, dándome
la lata con esto de las benditas malditas y los puentes que no llevan a nadie
en sus lomos de acero y cemento, no son puentes, No, no son puentes, y ya
no quiero seguir leyendo, quiero olvidar que comencé a leer. Un bollo,
puntería, esta vez sí a la primera, cesto, los puentes incendiándose, al cabo
eran de madera y cuerdas, fuego en las benditas mentiras, malditas
palabras, fuego en la brisa que ya no se cuela, ventanas cerradas, hora de
dormir, mañana es martes, y todo así... No voy a seguir leyendo, jamás
empecé, jamás recibí esta carta. No voy a leerla, jamás la leí.

“Los puentes se incendian” escribió, frase sin sentido en mitad de esa carta
que pretendía poesía, o elegía, o confesión... tal vez un puente. Los puentes
se incendian, leyó sin creérselo, cómo creerlo, cómo aceptarlo; sintió
pánico; estaba solo, los puentes se incendian, nadie dictando, apuntalando,
se queman, discutiendo, burlándose, fuego, fuego, riéndose, aconsejándolo
mal, cómo creerlo, cómo aceptarlo. Solo él y su mente, su estúpida
paranoia, ¡se incendian! sus verdades inventadas ahora mentiras malditas,
otra vez, los puentes, misma vez, se queman, siempre ves, fuego, Siempre
veo y digo que no veo, Pero ves, Humo, Estoy solo, a quién le hablo, quién
me habla, Nada, nadie, sólo tu verdad inventada, ¡Fuego! Y ni el agua ni la
cerveza de todos los vasos derramados alcanzarán para sofocarlo ¡Mi
maldita mentira!, gritó, y arrancó la página de la Olivetti, hizo un bollo, la
arrojó al cesto, sin puntería; no se molestó en corregir el yerro, ahí quedó la
página abollada, una palabra visible, su nombre, el de ella, fuego en el
puente, cerró las ventanas para que no entrara más humo, Quién cerró, Yo
cerré, Él cerró, Vos cerraste, Fuego en los puentes, cómo creerlo, maldita
mentira, Ahí la carta, tu nombre, el fuego. Tu nombre, vos, tu nombre, vos,
vos...

Intereses relacionados