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Daniel Medvedov

CONVERSACIONES
CON
UN
TRONCO

MADRID
2009
Sabes, cuando me alejo, cuando voy a otra parte, en otro país,
en otro continente, en otro sitio, en otro lugar, no llamo, no envío
cartas, no hago contacto, me callo.
Me quedo solitario, tranquilo, en calma, entre las olas.
Somos como troncos de árboles que flotan en las aguas de un
gran río, alejándose uno de otro, acercándose a ratos, flotando
junto, deslizándose acaso, hacia la otra orilla, estancándose tal vez,
quedándose atascados, removidos por los remolinos.
Somos así, árboles cortados por el hacha del Gran Leñador.
¿Qué voy a decir? ¿Qué voy a comentar? Serán puras
trivialidades.
Por tanto, no me juzgues si nada sabes, ni nada oyes de mí.
No te he olvidado. Cada uno de los míos es una página en mi
cuaderno.
Recuerdo tu cara, recuerdo tu mirada y tu sonrisa, tu risa y la
melodía de tus pasos, la música de tus palabras, la fragancia de tu
presencia. Son remembranzas que Fellini ha llamado
AMARCORD.
Había una vez un recordador. Recordaba cómo el viento
mueve los valles y cómo es que las aguas rozan las orillas. Pero a
él, todos lo habían olvidado. Hay que recordar a los que se han
olvidado el camino. Dejaba por doquier signos a su paso, ramitas
doradas y huellas al revés, pues tenía los zapatos como Florentino
las herraduras del caballo, para engañar al Diablo. El recordador
había olvidado, sin embargo, hacia dónde se dirigía. Se lo recordó
una hormiga, una abeja, un topo, un cisne, un halcón, un
rinoceronte. Era el recordador olvidado.
Asimismo, yo, recuerdo lo que no he olvidado.

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