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II Certamen de Narrativa Breve Revista Digital I.E.S. Ventura Morón

Varios autores

Relatos en el I.E.S. Ventura Morón II

Relatos en el I.E.S. Ventura Morón II Relato ganador y relatos finalistas del II Certamen de

Relato ganador y relatos finalistas del II Certamen de Narrativa Breve Revista Digital I.E.S. Ventura Morón

© 2007. Varios autores

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C/ Sierra Mágina, 10. 23009 Jaén-España www.ittakus.com II Certamen de Narrativa Breve Revista Digital I.E.S.

PRÓLOGO por Paco Gómez Escribano

Hace dos años, un grupo de profesores interesados en la Literatura pusimos en marcha el “I Certamen de Narrativa Breve Revista Digital I.E.S. Ventura Moron”, en el ámbito de nuestra revista digital del centro:

(http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iesventuramoron/)

Era el primer año y tras anunciar el certamen en Internet se recibieron más de cien relatos. Todos ellos fueron publicados en la revista, con la idea de que cada concursante pudiera leer los relatos de sus contrincantes y de que todos los usuarios pudieran disfrutar del placer de la lectura de forma gratuita.

Este año pasado volvimos a repetir la experiencia y convocamos el “II Certamen de Narrativa Breve Revista Digital I.E.S. Ventura Moron”. Repetimos éxito y consolidamos el certamen. Esta vez el primer premio viajó hasta Argentina. Nuestra ganadora fue María Graciette do Carmo Mendonça, con el relato titulado “Un hombre de buen corazón”. La propia autora nos contaba como se le ocurrió el relato:

“nació más o menos así: yo tenía en mente dos historias. La primera era la de un rufián de alto vuelo que había dado el braguetazo, y en un determinado momento se involucra en una aventurilla con una jovencita, lo suficientemente lista como para ponerlo entre la espada y la pared. El asesinato tenía que ser sin ruido ni sangre, según corresponde a un crimen planeado por un individuo de tan pocas agallas como para vivir de una mujer.

La historia de un punguista me surgió cuando observaba a dos hombres que bebían en la barra de un club nocturno, uno de ellos joven y verborrágico, y el otro, bastante mayor, que lo escuchaba con gesto aburrido. El más joven pagó las copas de los dos y se marchó casi sin despedirse. Se me ocurrió que el viejo podía estar allí evaluando las posibilidades de meter mano en algún bolsillo ajeno.

Puede ser -pero no estoy segura- que en ese momento se fusionaran las dos historias, la del chulo inescrupuloso con la del viejo carterista, quien sin embargo, tal vez por ser de otra época, conservaba sus códigos de malviviente.

Una vez que tuve dibujados a los personajes, los dejé solos para que a través de sus diálogos demostraran quiénes eran o quiénes decían ser. Muchas veces ellos me sorprenden con actitudes que yo no había previsto.”

La elección del relato ganador presentó muchas dificultades a los miembros del jurado, al igual que el año pasado, debido a la gran calidad de muchos de los textos recibidos. No obstante, al final, la decisión se tomó por votación.

Ahora, en vísperas de la preparación de la tercera edición de nuestro certamen, vemos hecha realidad la publicación del relato ganador y de los relatos de los finalistas.

Desde quí doy las gracias a todas los profesores del jurado que nos dieron su tiempo desinteresadamente, a todos los participantes y, por supuesto, al editor.

Paco Gómez Escribano Jefe de Estudios y Coordinador del Certamen

Índice

Relato ganador UN HOMBRE DE BUEN CORAZÓN María Graciette do Carmo Mendonça

KM. 320 Ramón Cabrera Naveiras

UN TRÁMITE MÁS José Adolfo Muñoz Palancas

LA OTRA CEREMONIA Esteban García Franco

COCO

Manuela Bascón

ALBAÑILERÍA POÉTICA Fernando Molero Campos

DOMINGOS Verónica Martín Martín

LA SOLUCIÓN Juan Francisco Buenestado Castro

AL LADO DE SU CAMA Gonzalo López Cerrolaza

LA CONVERSACIÓN Emilia Luna Martín

ESTUDIO BREVE SOBRE LAS OLAS Ginés Mulero Caparrós

ESPEJO Javier Fernando Castillo Naranjo

El VIAJE Enrique Arias Vega

DÍAS DE FERIA Laura Sala Belda

LLUVIA DE RANAS David Nieto

ISA Daniel Lasheras Cordero

LAS DOS CABRAS Josefa Núñez Montoya

EL PREMIO DE FELISA Eva Barro García

EL ROBO DE LA ABUELA Estela Parodi

TRUE ROMANCE Víctor Manuel Martínez García

ÉXTASIS Ángel Aguirre Sánchez

AREQUIPA Manuel Hoya Serna

EL REENCUENTRO Manuel Montes Rodríguez

RAÍCES Pilar Galindo Salmerón

Relato ganador Título: UN HOMBRE DE BUEN CORAZÓN Autora: María Graciette do Carmo Mendonça

En algunos bares, después de cierta hora, suele haber clientes aburridos y sin apuro, dispuestos a pagar un trago a cualquiera que acepte escucharlos. Acodado en el mostrador de uno de ellos, Javier Renard, un hombrecito flaco y mal vestido, se sentía tan vacío como la copa que tenía delante. Estaba convencido de ser una persona de buen corazón aunque poco afortunada. Acababa de cumplir sesenta y cinco años. El pelo, escaso y gris, apenas le cubría el cráneo, y su dentadura mostraba la ausencia de varias piezas. El gran espejo que tenía enfrente reflejó la figura de un hombre joven que acababa de entrar y que –él aún no lo sabía– sería su suerte de esa noche. El recién llegado miró en todas direcciones como buscando a alguien, luego avanzó hacia la barra y se sentó en un taburete contiguo al de Javier. – ¿Puedo invitarlo a una copa? Quedé en encontrarme aquí con un cliente pero aún no llegó y detesto beber solo. ¿Qué prefiere? –dijo, dando por descontada la aceptación. –Una ginebrita, gracias. El joven hizo señas al barman. –Sírvale una ginebra a mi amigo, y para mí un escocés con hielo y un agua mineral. Aparentaba unos treinta y cinco años, vestía un elegante saco sport azul, camisa y corbata rosa pálido, pantalón gris y mocasines negros. Llevaba el cabello castaño peinado a cepillo, barba y bigote tipo candado y, a través de las gafas ligeramente coloreadas, se transparentaban unos ojos oscuros y vivaces. Javier se encontraba algo avergonzado a causa de sus ropas arrugadas y el estado lamentable de su sobretodo, demasiado abrigado para el mes de abril. Como si temiera que sus pensamientos fueran escuchados por ese hombre, sintió la necesidad de mejorar la impresión que podría estar causándole. –Usted es muy joven para saberlo, pero hace cuarenta años mi nombre figuraba con letras de neón en uno de los circos más importantes de la época: era trapecista. Por entonces se trabajaba sin red, y el descuido de una fracción de segundo me costó tres meses internado en un hospital de Buenos Aires, que fue donde se produjo mi caída, y tres años de rehabilitación para volver a caminar. La chica con la que vivía, que era mi pareja en el trapecio, continuó con el circo y, aunque el espectáculo se volvió a repetir aquí en varias oportunidades, nunca

volví a verla. Ahora vivo de una pequeña pensión y de enseñar francés, que es mi lengua materna.

– ¿Usted da clases de francés? ¡Qué casualidad! Ando buscando un profesor nativo para

hacer un curso de conversación. ¿Podría comprometerse a darme clases intensivas? Le pagaría bien.

– ¡Por supuesto, tiempo es lo único que me sobra! Perdón, todavía no sé su nombre, el mío es Javier. –Me llamo Juan –dijo estrechando la mano que el otro le tendía– tendrá que disculparme, necesito hacer una llamada.

Marcó un número en su celular y esperó.

– ¿Señor Garrido? Le interrumpo porque necesito saber si usted quiere terminar ese asunto

hoy o lo dejamos para mañana

No se preocupe, no es molestia.

– ¿Ya se va? –preguntó Javier con mal disimulada decepción.

–Sí, tengo que ir a visitar al cliente que había quedado en ver aquí. Le agradecería que me esperara, no tardaré más de cuarenta minutos. Siéntese junto a la ventana y esté atento, pasaré a recogerlo e iremos a mi casa a conversar un rato, así podrá verificar mis conocimientos de francés. Sacó la cartera y le entregó un billete de cien pesos, diciéndole que

era para matizar la espera. Pagó al barman la cuenta de los dos y salió. El viejo guardó el dinero, tomó su vaso con lo que quedaba de la segunda ginebra y se ubicó en un lugar desde donde podía ver bien la calle. Pensó que si ese hombre no volvía, la plata que le había dejado le serviría para los tragos del día siguiente y algo más. Pasados los cuarenta minutos comenzó a impacientarse. Había empezado a lloviznar y Javier Renard detestaba el otoño, con sus días nublados, cada vez más cortos. Quince minutos más tarde, un automóvil plateado paró junto al cordón. De inmediato reconoció al conductor, corrió hasta el coche y subió.

– ¿Pudo cerrar el negocio? –preguntó mientras se ajustaba el cinturón de seguridad.

–Todavía no, parece que hoy no es mi día. El cliente estaba en reunión con sus socios y me

pidió que lo aguardara unos minutos, pero como usted me estaba esperando, preferí decirle que regresaría en media hora.

– ¿Entonces ya no vamos a su casa?

– ¡Claro que sí! Lo dejaré confortablemente instalado en un sillón, en compañía de mi mejor escocés. Quédese tranquilo, pienso recompensar su tiempo.

Bueno, si lo prefiere así, salgo ya mismo para su oficina

–Con todo lo que bebí, lo que en realidad me preocupa es cómo hacer para mantenerme despierto

–Puede entretenerse como quiera mientras no haga ruido, porque mi mujer estará durmiendo.

– ¿Y si se despierta y me ve, no empezará a gritar pensando que soy un ladrón?

–No hay cuidado, está acostumbrada a ver amigos en mi casa hasta altas horas de la noche, sólo aclárele que yo le pedí que me esperara. –Ya estamos casi llegando, voy a buscar un estacionamiento cercano para que nos mojemos lo menos posible. Javier se sorprendió al mirar por la ventanilla: el barrio no se ajustaba al nivel social del

hombre que conducía ese lujoso coche. –Vamos, mi casa está a la vuelta de la esquina, ¿cree que podrá llegar? –Espero que sí –contestó. Su paso tambaleante evidenció que estaba más ebrio de lo que parecía y necesitó apoyarse en el brazo de su acompañante para poder avanzar los pocos metros que lo separaban del edificio. En la entrada había dos escalones. Pasó con éxito el primero, pero en el segundo, que estaba más resbaladizo, tuvo que abrazarse a su ocasional benefactor para no caer. Por suerte el departamento se encontraba en la planta baja. El dueño de casa sacó su llave, abrió la puerta y prendió la luz. Javier observó que el pequeño living estaba modestamente amueblado, pero se veía limpio y ordenado. Sobre la derecha, en un distribuidor rectangular, convergían cuatro puertas que supuso corresponderían a la cocina, el baño y a dos dormitorios. El joven pareció leerle el pensamiento. –Si concreto este negocio podré mudarme a un departamento más grande y en un barrio

mejor –dijo a modo de justificación. Colocó sobre una mesita auxiliar una botella de whisky y un vaso. Encendió la lámpara de pie

y lo invitó a sentarse.

–Póngase cómodo, no voy a tardar más de media hora. Cuando salió, se dirigió de inmediato al estacionamiento, subió al auto y tomó el camino de su verdadera casa, en el barrio de Belgrano. Antes de llegar, se detuvo en una calle poco transitada y se sacó la peluca, el postizo, las gafas, los lentes de contacto, y guardó todo dentro de una bolsa que metió en la guantera. Su transformación fue sorprendente: el pelo rubio cortado casi al rape, los ojos de un azul clarísimo, y la cara angulosa denunciaban un origen ario. Rogó para que su mujer –la auténtica– estuviera dormida. Pero no fue así.

– ¿Te das cuenta de la hora que es? Victoria estaba de pie a un par de metros de la entrada,

llevaba puesto un camisón algo transparente que dejaba ver sus formas, todavía atractivas. –Perdoname, mi amor, pero me entretuve con un cliente muy importante que empezó a contarme su historia y no lo podía cortar.

–A vos argumentos nunca te faltan para justificarte, pero te advierto que me estoy empezando a cansar. Nunca estás en casa, las veces que salimos solos parece que estuvieras en otro lugar, y las extensiones de mis tarjetas de crédito muestran que en los últimos meses triplicaste tus gastos.

– ¡No sabía que también controlabas mis gastos al centavo! –dijo con falsa indignación.

– ¡Por favor, no empecés con la comedia de siempre! Yo sabía, cuando nos casamos hace

dos años, que lo que más te importaba era mi dinero, aunque no niego que alimentaba la esperanza de que también sintieras algo por mí, a pesar de los veintidós años que te llevo. Pero de eso no te puedo culpar. Lo que quedó bien claro entonces, y te repito ahora, es que voy a seguir pagando tus gustos y caprichos, mientras no incluyas en ellos a mujeres. Compré fidelidad y exijo que se respete el contrato –dijo, volviendo la cara para ocultar el temblor de sus labios. El temía que su mujer hubiera escuchado algún rumor acerca de sus relaciones con Brenda, y por las dudas dulcificó el tono. –Victoria, mi cielo, ¿no te parece que estas escenas se repiten con demasiada frecuencia? Reconozco que en parte es mi culpa, por no atenderte como vos te merecés, pero tus celos infundados están perjudicando la pareja. ¿Por qué no hacemos el viaje que me prometiste el año pasado? Las islas del mar Egeo serían el marco ideal para recomponer nuestra relación – se acercó y la rodeó con sus brazos. Victoria percibió el calor que le trasmitía ese cuerpo vigoroso, y como siempre, cedió a su atracción. Una hora más tarde, de espaldas sobre la cama, sintiendo sobre su hombro la respiración acompasada de su mujer, miraba el tenue resplandor que se filtraba desde la calle a través de

las cortinas. Aún no entendía cómo pudo meterse en ese embrollo con Brenda. La había conocido en un boliche bailable al que concurrió arrastrado por Luis, un amigo que esa noche andaba con ganas de juerga. La pelirroja que estaba en la barra llamó de inmediato su atención. Levaba un mini-vestido de lycra color negro. Cuerpo perfecto, piernas espectaculares, boca sensual y una cascada de cabellos cobrizos le caía sobre los hombros desnudos. Estaba conversando con una rubia menos llamativa que ella, pero igualmente exuberante.

Los buscadores de aventura cruzaron una mirada de entendimiento. Luis eligió a la rubia, preferencia que el otro agradeció. Se acercaron al mostrador y las invitaron con una copa. Las chicas pidieron champagne importado. Algunas horas más tarde, los cuatro salían de un lujoso albergue en la zona de Recoleta. Desde aquel encuentro habían pasado cinco meses. Brenda satisfacía hasta con exceso todas sus fantasías sexuales, pero cada día se ponía más exigente. Para poder solventar sus gastos, se había visto obligado a sacar una nueva tarjeta de crédito y hacerse mandar los resúmenes a la oficina. Ella ya no se conformaba con los vestidos, zapatos y alhajas de poco precio que él le regalaba; “Quiero pieles, viajes y verdaderas joyas, no los anillitos que comprás por pocos pesos en la calle Libertad”, le había dicho con tono despectivo. Él amenazó con cortar definitivamente la relación, y ella con entrevistarse con su mujer para contarle todo. “Tengo amigos que conocí cuando posaba para una revista que estarían dispuestos a difundir las fotos que nos tomaron en distintos lugares” –dijo con sonrisa desafiante. El sabía que era muy capaz de cumplir sus amenazas y eso lo decidió a buscar la manera de liberarse de la trampa en la que estaba encerrado. Y esa noche su plan se había concretado con éxito. El borrachín que descubrió en el bar reunía los requisitos que necesitaba y por esa razón fingió, delante de él, la conversación con un cliente. Se ingenió para hacerlo esperar, mientras acallaba para siempre a la extorsionadora, ahogándola con una almohada, no sin antes atontarla de un golpe, para evitar forcejeos. Había manejado los tiempos con total precisión. La chica que compartía el departamento con Brenda, a la que él nunca había visto, trabajaba de camarera en un restaurante y su turno terminaba alrededor de medianoche. Al abrir la puerta y ver al viejo, comenzaría a gritar, y el resto era previsible. Aunque más tarde Javier lograra despabilarse y contar su versión, era poco probable que tuvieran en cuenta su declaración, un tanto disparatada. Mencionaría a un hombre llamado Juan, de ojos y cabellos oscuros, que usaba lentes coloreados y una barbita tipo candado. Era evidente que esa descripción no serviría para identificarlo, y el auto (si la borrachera le hubiera permitido recordar marca y modelo) no estaba a su nombre. Poco a poco, las imágenes fueron perdiendo nitidez, hasta quedarse profundamente dormido.

Apenas Javier Renard quedó solo en el departamento, empezó a recorrerlo sin titubeos buscando algo valioso “para llevarse de recuerdo”. Con el mayor sigilo, abrió una de las

puertas verificando que se trataba de la habitación de una mujer, la cama de una plaza estaba

a medio hacer y encima había algunas prendas femeninas diseminadas. Sobre la cómoda vio

una cajita de metal que parecía un alhajero. Al abrirla comprobó que contenía sólo baratijas. Desechó la puerta contigua, porque dedujo que era el cuarto donde la mujer de Juan estaba

durmiendo. No valía la pena arriesgarse buscando allí. Era evidente que en ese departamento no había ningún objeto que pudiera interesar a un reducidor. Por suerte –se dijo– la billetera de cocodrilo con esquineros de oro que pude escamotearle a

Juan cuando fingí resbalar en el escalón de la entrada la tengo en el bolsillo de mi sobretodo

y compensa con creces el tiempo invertido. Le había echado el ojo en el bar cuando le dio los

cien pesos, observó que rebosaba de dinero y algunos billetes eran de color verde. A Javier, últimamente, las cosas le iban bastante mal. La gente andaba con poco efectivo encima y corría muchos riesgos con escaso resultado. Estaba a punto de salir del departamento, cuando su corazón de honesto punguista le reprochó llevarse la billetera con los documentos. Él acostumbraba, después de hacer su trabajo, introducirlas en cualquier buzón para que pudieran llegar a manos de sus respectivos dueños. Metió la mano en el bolsillo, extrajo todo el dinero y dejó intacto el resto: tarjetas de crédito, documentos y papeles que no se entretuvo en revisar. Esa plata le alcanzaría para cancelar la deuda que tenía con la dueña de la pensión y comprarse algo de ropa. En agradecimiento, limpió la cartera con su pañuelo y la dejó sobre el mueblecito con espejo que había en el recibidor, para que Juan al regresar la viera de inmediato. Ya en la calle, comprobó que había dejado de llover y un viento fresco soplaba del oeste. Levantó el cuello del abrigo y caminando a buen paso se perdió en la noche.

Título: KM. 320 Autor: Ramón Cabrera Naveiras

-Este es tu sitio –, le dijo, y arrojó sobre el camastro la maleta de cartón. Luego, al advertir la decepción de la muchacha, añadió con enojo-: ¿Pensabas que te llevaba al Ritz? Sois todas iguales, coño. Para salir de vuestra mierda de país cualquier cosa os parece bien. Es al llegar

cuando empiezan los problemas. Esto no me gusta, esto otro no sé qué

casa, ¿no? Dime, ¿lo has olvidado? Sonia se había sentado al borde del colchón con las piernas muy juntas y los brazos extendidos sobre los muslos. Venas de un azul intenso, hinchadas, recorrían sus manos, deformándolas. Agotada, apenas disponía de fuerzas para responder. Deseaba dormir, descansar al menos después de más de dos días de viaje hacinada con otras nueve chicas más en el interior de una destartalada furgoneta sin casi comer ni beber. La garganta, seca, le

dolía con sólo tragar algo de saliva. Hasta respirar le producía sufrimiento. Negó con un leve gesto de la cabeza. -Mejor será así. No nos gustan las desmemoriadas. –Tosió y dejó caer al suelo la punta de cigarrillo que le colgaba de los labios-. Ahora arréglate rápido, que el jefe quiere verte. La muchacha oyó los pasos del hombre que se alejaba y en algún lugar el murmullo de voces femeninas. Una bombilla desnuda colgaba del techo. Cerró los ojos para protegerlos de la luz

y al sentir un ligero mareo se echó encima de las sábanas, encogida. Tenía hambre y sed, y

encontraba a faltar a sus compañeras de viaje. No las conocía, ni siquiera pudieron hablar al no tener el mismo idioma, pero pronto entre ellas se estableció un vínculo, el del silencio, que

las unió como la más fuerte de las cadenas. Ya en España una a una fue bajando de la furgoneta, sin tiempo a despedirse. Estaba convencida de que no volvería a coincidir con

ellas. Recordó que tenía que asearse. En un rincón vio un lavabo, un estante de plástico con toalla

y una pastilla de jabón usada, y un bidé; arrimado a una pared había un armario sin puertas

en el que colocó sus escasas pertenencias. Mientras dejaba que el agua corriera para que saliese templada se acercó a una pequeña ventana que había descubierto detrás de unas cortinas de cretona descolorida. Tenía las persianas medio bajadas y estaba protegida por una gruesa reja de hierro. Una explanada polvorienta, sin árboles, castigada por el sol, en la que estaban aparcados varios camiones, y más allá una carretera de dos carriles por la que circulaban numerosos vehículos, era lo único que pudo divisar. Puso el dedo bajo el grifo y comprobó que el agua seguía fría. Como en su casa.

Peor estabas en tu

Tuvo que esperar mucho rato antes de que el hombre regresara a buscarla. Se puso delante de ella y la examinó de arriba abajo, despacio, sin hacer comentarios, como si considerara la calidad y presentación de una mercancía. La muchacha intentó esbozar una sonrisa. En su pueblo, a pesar de la miseria, de las penalidades, de lo difícil que resultaba sobrevivir, jamás le faltó esa expresión de buen humor en su rostro. La ofrecía inocentemente, de forma espontánea, como lo mejor de sí misma. Ahora, sin embargo, se le congelaba en el rostro. Desde hacía ya un par de días no era más que una mueca forzada. -Vamos. Obediente, fue detrás de él por un largo pasillo sumido en una media penumbra rojiza al que daban numerosas puertas cerradas; luego, por una angosta escalera que les llevó a la planta baja. Cruzaron un par de salones, en el que varias chicas permanecían sentadas o tumbadas en ajados sofás, y a continuación un bar, vacío a esa hora, pero que aún así olía a tabaco y alcohol. Finalmente entraron sin llamar en un pequeño despacho donde un individuo, con una copa en la mano, hablaba por teléfono. Sonia no le entendía. De español sólo sabía cuatro palabras que, acompañadas de risotadas, los dos hombres de la furgoneta enseñaron a todas las chicas durante el viaje. No explicaron su significado. Basta decirlas en el momento oportuno, aseguraron. Y en un orden determinado. Las recordaba bien: dinero, follar, gracias, adiós. Así, en esa secuencia. El hombre del despacho colgó el auricular.

-Salúdalo, es tu jefe. Haz memoria

, Sonia dudó unos segundos antes de decir:

-Dinero. El jefe enarcó las cejas y se repantigó en la silla sin soltar la copa. Iba en mangas de camisa, con el cuello desabrochado del que colgaba una corbata floreada y mugrienta. -¿Pero que dice esa imbécil? ¿Pide dinero antes de empezar? El hombre miró a Sonia, apoyó una mano en su hombro y le susurró en un tono falsamente paternal:

-Lo otro, lo otro Sonia rebuscó en su memoria antes de cambiar la palabra. -¿Follar? El hombre se esforzó en reprimir la carcajada. El jefe entendió y la soltó sin contemplaciones. -¡Que cabrón eres! –masculló partiéndose de risa y palmeando la mesa con la mano libre-. ¿Eso le has enseñado? ¡Joder, joder! No pierdes el tiempo para hacer de las tuyas, Matías. Sonia enrojeció. Igual que había enrojecido una semana atrás, cuando Matías, antes de hacerle firmar unos papeles escritos en castellano, le pidió delante de sus padres que se

ya sabes –le dijo el que la había acompañado.

levantara la falda a la altura de medio muslo y que diera un par de vueltas. Le bastaba esa corta exhibición para hacerse una perfecta idea del cuerpo de la muchacha. -En España –se disculpó-, los hoteleros buscan chicas bonitas. Trabajo serio, por supuesto, pero ya se sabe, el turismo es cada vez más exigente con el aspecto del personal de servicio. En cuanto al idioma no se preocupen. Al principio no es indispensable que hable español. Que se tome su tiempo para aprenderlo. Los padres de Sonia intercambiaron una breve mirada. El sueldo ofrecido superaba con creces lo que allí podía ganarse en muchos meses. Y aquel señor era un hombre respetable, recomendado por un funcionario de la capital. Bastaba ver su traje, la camisa planchada, los

zapatos relucientes, la documentación impresa con sellos y visados, las credenciales, el Mercedes aparcado a la puerta de su casa. Inclinaron la cabeza en señal de asentimiento, agradecidos, y con un gesto invitaron a su hija a corresponder del mismo modo. Un año, dos a lo sumo en un país extranjero. Eso es lo que había calculado Sonia que necesitaría para reunir dinero suficiente con el que sufragar los gastos de un pisito y su boda. Ya con su novio tenían elegido uno, en el extrarradio, aún a medio construir. Minúsculo, sí, pero soleado, desde el que se divisaban a lo lejos las altas montañas coronadas de nieve perpetua. La mitad de la primera mensualidad serviría para pagar el depósito que exigía la compraventa. Sonia calculaba todo eso cuando, esperanzada, estampaba su firma al pie de un escrito cuyo contenido le era indescifrable. Pensaba en ello a la vez que escuchaba lo que el jefe iba diciendo y que traducía Matías. Pero de pie, flanqueada por éste como por un perro de presa, cada frase que llegaba a sus oídos, seca y cortante, era una letra sustraída a la palabra esperanza, un ladrillo robado al hogar que soñaba, una posibilidad menos de poder casarse en el plazo previsto. -De dinero, bonita, nada de nada por ahora. Que son muchas tus deudas y has de saldarlas. Por el momento confórmate con cama y comida y algo de ropa interior, que has de estar

presentable. Eso si cumples. Aunque ya nos ocuparemos de que sea así. Tenemos

dirías tú, Matías? ¿Argumentos? Sí, argumentos para que ni siquiera se te pase por la cabeza

ser remolona. Tu trabajo será fácil. Cualquier chica te enseñará. Bastará con que seas

abierta. ¡Je, je! Entonces las cosas irán bien para nosotros y de paso para ti

¿Entiendes a lo que me refiero? ¿Lo entiendes, no? –El jefe desvió la vista hacia Matías por

comprensiva y

¿como

encima de la copa que se había llevado a los labios-: ¿Sabes si es virgen esta idiota? –le preguntó-. Me mira como una colegiala asustada. Matías se encogió de hombros. -Tenía novio.

-Habrá que comprobarlo. Si lo es reservadla para Don Cosme. Paga bien por las primerizas. Que se ocupe del asunto Erika, que es paisana suya. Matías la acompañó a uno de los salones. Allí susurró algo al oído de una mujer, que de soslayo echó una ojeada a la recién llegada. Otras dos, recostadas indolentemente en un par de sofás, con la mirada perdida, hicieron como que no advertían su presencia. Una cuarta, muy rubia, se arreglaba los pies sentada en el suelo: la tijera hacía saltar trozos de uña que no se molestaba en recoger. Había una quinta, de piel cobriza, contemplándose el rostro en un espejo de mano y pintándose los labios de carmín. Sonia dejó que su vista vagara por la habitación. Una moqueta gastada, llena de lamparones, alfombraba el suelo; de las paredes colgaban fotos de calendario: una montaña nevada, una playa con palmeras, un rió turbulento, un cielo con gruesos nubarrones; en un rincón una mesa con revistas y un jarrón del que sobresalían unas polvorientas flores artificiales; un par de sillones de oreja con la tapicería rasgada en los apoyabrazos cubrían uno de los ángulos de la estancia. Las ventanas, como en su cuartucho, estaban con las persianas a medio bajar. Entre las chicas, como en la furgoneta durante el viaje a España, el silencio parecía ser su modo de comunicarse. -Me llamo Erika. Le sobresaltó, más que la presencia a su lado, el que una mujer tuviera voz. Y mucho más oírla después de tantos días. Y más aún que hablara su lengua a la perfección. Desde su casa hasta España a lo sumo había intercambiado gestos o exclamaciones con sus compañeras que, en vez de tranquilizarla, aumentaron su desasosiego. Todas ellas viajaban con el mismo miedo, la misma sensación de haber sido engañadas. No podía olvidar su desconcierto cuando, a unas dos horas de su casa, la hicieron descender del lujoso Mercedes para introducirla sin apenas explicaciones en la parte trasera de una furgoneta cuyo piso estaba cubierto de paja. Contó ocho muchachas allí dentro. A oscuras, tuvo la impresión de formar parte de un transporte de ganado. -No abras la boca, no hagas ruido hasta que te demos permiso –le dijo Matías mientras cerraba la puerta-. Está todo arreglado para pasar la frontera pero conviene no armar alboroto. Más allá será sencillo – Y en un movimiento calculado y rápido su brazo izquierdo levantó breves segundos el faldón de su chaqueta, suficientes para que Sonia advirtiera el brillo oscuro de la culata de un revólver encajado en el cinto del pantalón. La voz de Erika la apartó de esos pensamientos amargos. Era una mujer alta, de carnes desbordantes, arrugas en el rostro y en el cuello, sombras violáceas sobre los párpados, pestañas postizas, cabellos teñidos de rojo, un amplio escote que descubría la mitad de unos

pechos blandos en los que se dibujaban unas leves estrías. Hasta Sonia llegaron los efluvios de un fuerte perfume. -¿Cual es tu nombre? -le preguntó. Sonia bajó la cabeza para decirlo en un tono apenas audible. En los ojos de Erika hubo un destello de pasajera compasión. Pobrecilla, estás asustada! Son unos cabrones, ¿sabes? Pero todo irá bien, chiquilla, no temas. Ahora –añadió en un susurro-, me acompañarás un momento a mi cuarto. Ven –y rodeó con un brazo la cintura de Sonia obligándola con suavidad a seguirla. Esta vez no subieron las escaleras que antes había bajado con Matías. Regresaron al bar,

situado en la planta baja, y una vez en él, pasando por detrás de la barra, Erika abrió una puerta acolchada de skay. -Este es mi dormitorio –le dijo-. Y mi lugar de trabajo Sonia advirtió que la habitación no era muy diferente a la suya. Algo más grande, tal vez, y algo mejor amueblada. Le extrañó el espejo en el techo. En la ventana, abierta, sin reja, unos visillos verdes cerraban el hueco por el que se colaba la luz mortecina del atardecer y el rugir de los motores de los camiones. -Anda, siéntate en la cama –le pidió Erika. Erika se puso a buscar algo en uno de los cajones de una cómoda. Cuando se volvió sostenía en su mano un pañuelo blanco y una toalla. Se le acercó, colocándose a su lado. Durante un rato Sonia se sintió observada en silencio. Mil preguntas bullían en su cabeza, pero ni una sola se atrevía a formular por temor a una respuesta que con toda certeza convertiría en tragedia el sueño que la llevó a España. Callada, tal vez la realidad se demorase; muda, quién sabe si podría regresar al principio de todo, despertar de la pesadilla y de nuevo encontrarse en su casa, sentada al declinar el día en el murete de piedra seca que cercaba la huerta, aguardando la llegada de Boris, su prometido. -¿Me vas a escuchar, cariño? Sonia afirmó con un tímido movimiento de cabeza.

-No le des más vueltas. Hay muchas como tú en España, en Francia, en Italia

lo que te han traído? –Sonia bajó los ojos-. ¡Hum! Has terminado por comprenderlo, pero te

resistes a aceptar que te haya ocurrido a ti

si no le haces asco al asunto. La mayoría ha pasado por el mismo trago. Yo no, yo acepté

prostituirme para largarme de mi país en el que no tenía ni para un mendrugo de pan. Saldé mis deudas y ahora no vivo mal de un pequeño porcentaje. Y de alguna propina que escondo,

¡ja, ja! Y ahora

tono más cariñoso que pudo-: ¿Eres virgen, criatura? –Los dos lagrimones que resbalaban

¿Sabes ya a

Bueno, la vida no será tan dura como imaginas

Erika apoyó una mano en las de Sonia, juntas en el regazo, y añadió en el

por las mejillas de la muchacha le bastaron para adivinarlo-. ¿Si? Bueno, he de asegurarme Será fácil. Un par de minutos, y luego dispondrás de unos días de descanso. Se levantó y extendió la toalla sobre la cama. A continuación acarició los cabellos de Sonia y suavemente la empujó para que se echara sobre ella. Le levantó la falda hasta la cintura, le

quitó las bragas y recogió y separó sus piernas lo suficiente para dejar su sexo al descubierto. Cogió el pañuelo y enfundó con él el dedo medio de su mano derecha. Con la izquierda dio dos palmaditas en el muslo de Sonia.

-Buena muchacha

Sonia permaneció inmóvil, consciente de que cualquier resistencia sería inútil. Erika llamaría a

Matías y

Sudorosa por el miedo, toda ella era un cuerpo rígido en el que cada músculo, tenso y agarrotado hasta el sufrimiento, carecía de movilidad. Le dio la impresión de ser de corcho, o de madera, y de que flotaba en una ciénaga. Apretó las mandíbulas, cerró los párpados y por

encima de la cabeza se agarró a la almohada con ambas manos cuando sintió a Erika apretar el puño contra su vagina para hurgar con el dedo lo más dentro posible en su interior. Entonces vio a Boris. Le vio acariciándola por encima de la blusa, tendidos los dos encima de la hierba, mientras ella negaba, negaba una y otra vez, y él, al fin, retiraba la mano, comprensivo, y un nuevo beso en los labios sellaba el pacto de respeto, en tantas ocasiones

a punto de ser vulnerado, que las costumbres de su tierra y de su raza imponían a los novios. Le vio de forma clara, como si le tuviera delante, a través de las lágrimas que anegaban sus ojos y le resbalaban mejillas abajo. De pronto le pareció que Boris quería decir algo. Pero ni una sola palabra salía de su boca. De pie, con los cabellos revueltos, algo encorvado por un peso enorme e invisible y los puños cerrados, los labios muy juntos y en el rostro una

expresión desolada, Boris también lloraba. Boris

reflejo se echó bruscamente hacia delante y sus muslos se cerraron con firmeza. -¿Pero que haces, criatura? No hubo otra respuesta que la almohada ahogando las exclamaciones de sorpresa de Erika y el correr de Sonia hacia la ventana, por la que saltó a la explanada. Un tractor que abandonaba el aparcamiento levantó una nube de polvo que envolvió a la muchacha. Indecisa unos segundos, fue detrás de él hasta la carretera. Era ya casi de noche. Los coches circulaban en ambos sentidos. Desorientada, escogió una dirección cualquiera y avanzó por el arcén lo más rápido que pudo, entre bocinazos y ráfagas luminosas, hasta detenerse, con la respiración agitada, junto a una señal de piedra en la que leyó Km. 320. Con gestos desesperados probó a llamar la atención de algún vehículo para montarse en él y huir de allí. Ninguno respondió a su llamada de auxilio. Abatida, se sentó encima del mojón. Unos

Sonia dejó escapar un grito y en un acto

Confío en que no tengas el virgo demasiado escondido –le dijo.

El solo pensamiento de que aquel hombre pudiera tocarla le producía nauseas.

arbolillos salpicaban aquí y allá el terreno que se extendía a ambos lados de la calzada. Detrás de ella un camino rural se perdía entre unos campos de trigo. Intentó decidir algo pero no pudo. Ni siquiera sabía dónde se encontraba. En su cabeza todo estaba revuelto, confuso. Con el borde de la falda se secó la frente, los ojos, las mejillas empapadas de sudor, dejando al descubierto los muslos hasta las ingles. No pensó en cubrirse de nuevo. Un camión cargado de piedras frenó entonces a su altura. Venía por el sendero situado a sus espaldas y al ver a Sonia desde lejos había ido aminorando la marcha. La portezuela se abrió y un hombre obeso y corpulento sacó medio cuerpo por ella. Guardó silencio mientras estudiaba con obscena atención el cuerpo de la muchacha y sus piernas desnudas. -Anda, ven –dijo al fin, y le tendió una mano para ayudarla a subir. La muchacha dudó. Pero el hombre sonreía, y aunque al entreabrir la boca mostrase sus encías en parte desdentadas y los mofletes bañados en sudor y mal afeitados le colgasen a ambos lados de la cara, proporcionándole una expresión repulsiva, esa era la primera sonrisa que veía en muchos días y Sonia se la devolvió, confiada. Le alcanzó la mano tendida y la notó ardiente y rugosa. -¿Cuánto? Supuso que le preguntaba a que lugar se dirigía. Sonia, a su lado en la cabina del camión, se encogió de hombros. Cualquier destino le servía con tal de escapar. -Así me gustan las putas, sin pretensiones, a lo que caiga. Y más todavía –añadió con una risotada-, si no llevan bragas -Y con un dedo le subió la falda Notó una mano del hombre acariciándole el muslo con firmeza y la otra poniéndole en el escote unos pocos billetes. Intentó alejar de su pensamiento a Boris mientras, a través de la ventanilla del camión, veía a lo lejos como se encendían y apagaban las cuatro letras rojas de un rótulo: Club. Allá iría luego. Ya no tenía otro sitio donde cobijarse. Y en su impotencia, en su desesperación, en su asco, no fue capaz de derramar ni una sola lágrima.

Título: UN TRÁMITE MÁS Autor: José Adolfo Muñoz Palancas

Mientras hacía cola y observaba el cuello corto y grueso del hombre que le precedía, tuvo, por un instante, la plena sensación de no tener ni idea de qué pintaba allí. Sin embargo, ese pensamiento se le escurrió de súbito, como el agua de entre las manos, al observar de refilón que un individuo recorría la fila con la aparente intención de colarse. Instintivamente se pegó al hombre del cuello corto y grueso, haciendo todos los integrantes de la fila lo mismo, por lo que la longitud de ésta se redujo a la mitad. El jeta, desenmascarado, al llegar al comienzo sin encontrar un resquicio, tuvo que volver sobre sus pasos hasta el final y ponerse el último, cabizbajo y avergonzado. Pasado el incidente, asegurado su puesto, miró de nuevo la mesa vacía delante de la que hacían cola y que cerraba el paso a una oficina muy iluminada. Ésta se veía cortada por un laberinto de tabiques prefabricados y móviles, de los que se utilizan para compartimentar en diminutos cubículos, tras los cuales se intuían las sombras ajetreadas de los funcionarios, aunque no se les viera. Cuando él ha llegado, sólo estaban cinco de los que ahora son sus compañeros de fila. Ha mirado hacia el principio y no ha visto a nadie atendiendo, pero, siguiendo su instinto, se ha puesto el último y dispuesto a esperar. Mientras aguardaba, ha escuchado un sonido monótono y apagado, algo parecido a cuando un grifo gotea, y también como cuchicheos lejanos. Sin embargo, sus compañeros permanecían en silencio y ha mirado a un lado y a otro sin descubrir su origen. Por fin, de la estancia luminosa, surge un hombre y se sienta tras la mesa con aire resignado y abúlico. Sólo le queda pelo en las sienes y es de color blanco, lo mismo que el bigote que lleva. Usa gafas con cristales al aire y su cabeza es pequeñita y redondeada. Él lo mira y descubre que es clavadito a un maestro que tuvo de pequeño: don Pedro. No puede evitar andar siempre buscando parecidos, es algo que hace desde crío, un entretenimiento como cualquier otro. El funcionario pregunta el nombre y el DNI sin levantar la vista, mientras guía su índice por las hojas apoyadas en la mesa. Tras un instante de búsqueda, responde a cada nombre y número con un: «Siéntese. Ya lo llamaremos». Poco a poco, la fila se va acortando. Ahora, sentado, observa que el hombre de la mesa ha desaparecido. La silla es incómoda, de plástico blanco, de las que se pueden encajar por los lados (mediante unos ganchos metálicos que tienen para tal fin) y formar hileras. Sin embargo, su silla está suelta, no está enganchada a las demás. Mira a su alrededor: hay asientos de sobra y todo el mundo prefiere sentarse solo, cada persona se separa de los otros mediante varias sillas vacías;

excepto dos viejecitos, que se han sentado juntos y mantienen una charla animada. La antesala tiene las paredes desnudas, de un color amarillento, no sabe si debido a la suciedad y el tiempo o quizá por la iluminación escasa. Sus propias manos parecen haberse teñido de ese color de pergamino. Además, percibe un olor áspero, muy fuerte, que le recuerda al de los hospitales. Sus compañeros de espera son de edad avanzada, salvo una muchacha morena y un chico con pinta de yonqui. «Ni que estuviera en el IMSERSO —piensa—. Se nota que todo el que tiene algún viejo lo manda a que le haga los recados para no perder tiempo.» Desde su posición puede observar el ángulo de uno de los cubículos de la estancia iluminada. Ve el borde de un cuadro: pinceladas añiles y escarlatas que se entrecruzan. Piensa si al ver el conjunto los trazos se transformarán en alguna forma reconocible o si se tratará de un cuadro abstracto. Por la megafonía, una voz femenina, metálica y distorsionada anuncia un nombre. El interpelado se pone en pie. Los dos viejitos hablan sin parar de fútbol. De vez en cuando le echan alguna mirada lasciva a la chica morena, pero con disimulo. Al hablar de balones, de juego sucio, de quién se llevará la liga…, parece que lo hacen de ella. La muchacha es muy guapa. Tiene el pelo muy largo y lacio y lleva un vestido entallado y con mucho escote. Se la ve algo nerviosa porque lleva un rato tratando de hablar por el móvil y no lo consigue. No para de levantarse, de dar pequeños paseos (en los que posiciona el teléfono en cada rincón de la sala de espera) y de volver a sentarse. Pasa un rato eterno sin que llamen a nadie. Mira a su izquierda. Su vecino está leyendo un librito pequeño, una antología poética de Machado. Se lamenta de no haber traído el libro que tiene a medias. Lleva varios días sin poder leer ni una página. A veces, aunque esté rendido, lo intenta, pero a las pocas líneas se queda dormido o avanza sin enterarse de nada. Siempre se queja de no tener tiempo para leer y ahora aquí aburrido, perdiendo el tiempo; pero claro, quién se iba a imaginar, no va a ir a todos lados con el libro a cuestas. Si al menos tuviera un periódico… Se conformaría con cualquier cosa. Pero no está en la consulta del dentista, no hay ningún revistero, aunque sea cargado de revistas del corazón de muchos meses atrás. De nuevo escucha el sonido lejano y monótono y los murmullos, aunque más débilmente. Mira en todas direcciones: todos sus compañeros están en silencio. «Deben de ser las conversaciones de la oficina —especula—, que se escapan por algún tabique o se transmiten por alguna conducción. Eso pasa. Es algo así como cuando de niños atábamos dos yogures vacíos con una cuerda y fabricábamos walkie-talkies caseros.» —Luis Artero Parla —proclama la megafonía.

Intenta pensar en algo distinto. Recuerda el sueño que ha tenido esta noche. Caminaba por una calle populosa. Al pasar por la puerta de la comisaría miraba de soslayo a un policía enorme que hacía guardia. Seguía su camino y oía que el policía decía a sus espaldas, con un vozarrón de trueno: «Ha tenido usted mucha suerte». Se volvía para descubrir que, en realidad, no se dirigía a él, sino a otro hombre pequeñito y moreno, que sonreía mientras recogía un objeto que le extendía el policía. Sin embargo, le daba la sensación de que su mano notaba su tacto, como si la mano del hombre fuera en realidad la suya. Siente un presentimiento. Se palpa el bolsillo de atrás y comprueba que su cartera sigue en su sitio. Nota en la boca un sabor amargo, su garganta seca. Vuelve a mirar a su alrededor, pero no

descubre ningún cartelito en la antesala que anuncie los aseos ni ninguna de esas siluetas que se colocan en las puertas de los mismos. No quiere mirar su reloj. Le da miedo mirar su reloj, pero sabe que si pierde demasiado tiempo, tendrá problemas. «¡Menuda me montó Ramiro el año pasado cuando fui a lo de la declaración de la renta!». Los viejos no desesperan, se lo toman con calma. «¡Cómo se nota que no tienen prisa! Lo tienen todo hecho. Podían dejarnos primero a los que sí tenemos, a los que les pagamos la pensión». El grupo disperso por las sillas se ha reducido a la mitad. «No, si al final terminaré cuando ya hayan cerrado las tiendas. ¡Lo que faltaba!». Su mujer, esta mañana, se ha ido antes al trabajo para no despedirse. Él ha aguantado veinte minutos más en la cama, despierto, con el mismo objetivo; aunque luego le ha tocado conducir hacia el trabajo a toda pastilla. Anoche tuvieron una muy fuerte. Ahora siente no haber intentado la reconciliación antes de que se marchara. Tiene que conseguir un hueco, comprarle algo y esta noche arreglarlo todo. «Si termino pronto, puedo pasarme por la perfumería del barrio, que suele cerrar más tarde, o, a las malas, por el centro comercial, aunque quizá da igual. A veces, cuando está tan enojada, no valen las lisonjas, se enfurece incluso más y es capaz de tirarme el regalito a la cabeza». Siente una punzada de rabia al descubrir que el nombrado ahora, iba detrás de él en la cola. Intenta calmarse. «Habrá alguna razón —reflexiona—. Quizá nos llaman por orden alfabético

y no por el que llegamos.» Decide estar más atento, si cabe, y comprobarlo.

Su desasosiego se hace aún más patente al observar que un nuevo grupo de personas va llegando y forma otra fila. Cuando ésta recorre toda la estancia, sale de nuevo el funcionario que se parece a don Pedro. Decide dirigirse a él. Rodea la fila. La gente lo mira con sorpresa

y desconfianza.

—Oiga, soy del grupo de antes y tengo mucha prisa. ¿Va a tardar esto mucho? —Siéntese y espere que lo llamen, por favor —le contesta el funcionario impasible, sin mirarlo siquiera.

— ¿No me ha oído? Llevo no sé cuánto tiempo esperando. Creo que tengo derecho a

preguntar. —Siéntese y espere que lo llamen. Regresa a su asiento. Observa a un recién llegado que mira la fila, da media vuelta y se marcha. Él decide hacer lo mismo. Llega hasta la escalera. Está prácticamente a oscuras. Se hunde en el piso inferior como si fuera un pozo. Baja un par de peldaños, pero se gira y mira de nuevo hacia la sala de espera. Le resulta insoportable la idea de tener que volver otro día, de pasar de nuevo por todo esto. Deja caer, otra vez, su peso sobre el enclenque respaldo de plástico. Le duele la cabeza. El

bip-bip y los rumores parecen martillarlo por dentro. La muchacha morena ya no está, ni los viejos, ni tan siquiera el hombre que leía a Machado. Se frota las sienes y la nuca para aliviar

el dolor. Intenta distraerse. Se mira las palmas de las manos, las líneas allí trazadas. «Si al

menos supiera leerlas, me entretendría. Aunque da igual… ¡Qué coño iban a decirme!». Busca otro pensamiento, pero ineludiblemente vuelve a la discusión de anoche, y eso lo exaspera todavía más. Trata de imaginar cómo organizará la tarde para recuperar el tiempo perdido y que Ramiro no se enfade demasiado. «Por cierto, ¿cuánto llevo aquí?». Justo cuando se dispone a mirar su reloj, se escucha otro nombre y descubre que se trata de uno de los recién llegados. Su cólera explota.

— ¡Hasta aquí hemos llegado! —dice en voz alta, mientras se pone de pie de un salto, tan violento que su silla oscila y cae.

A grandes zancadas, se encamina hacia la mesa abandonada, hacia la aduana del cuarto

iluminado. Apoya sus manos sobre ella, nota su tacto pegajoso.

— ¡Oigan! ¡Oigan! ¡Eh, oigan! —grita.

Golpea la mesa. Intenta apartarla, pero no puede. La gente lo mira amedrentada. De pronto, aparece justo detrás de él un guardia de seguridad.

— ¿Qué le ocurre? ¿Se ha vuelto loco? —le dice.

—Llevo esperando una eternidad. Tengo mucha prisa y ustedes atienden a todo el mundo

menos a mí, incluso a los que acaban de llegar.

— ¿Por qué no se relaja, se sienta y espera que lo llamen como todo el mundo?

—Tengo muchas cosas que hacer para perder el tiempo con su incompetencia. ¡Exijo ver al responsable de esto!

— ¡Usted no exige nada! ¡Se sienta y espera que lo llamen! —vocifera el guardia amenazante, mientras apoya su mano sobre la porra que lleva al cinto. Mira al guardia. Le recuerda a Mauricio, el que era acomodador en el cine de su barrio cuando era pequeño. Se enfada consigo mismo por continuar con la dichosa manía incluso

ahora como está, descompuesto, furioso. Se olvida de los parecidos y se encara con él, a pesar de su enorme tamaño. A estas alturas ya le da igual todo. Cuando comienzan a zarandearse, sale el funcionario calvo.

— ¿Qué ocurre?

Despliega de nuevo sus reproches ante la mirada iracunda del guardia de seguridad, que

revela estar haciendo un esfuerzo inmenso por contenerse. El funcionario lo escucha sin inmutarse.

— ¿Cómo se llama? —le pregunta.

Se ajusta las gafas y repasa las hojas de su estadillo.

—No está —anuncia.

— ¿Cómo que no estoy?

—Que no está. Que no aparece. —Tiene que ser una broma. No puede decirme después del rato que llevo aquí que no estoy, que tengo que volver otro día. —Precisamente. Entonces, empieza de nuevo a golpear la mesa, a insultarlos, a amenazarlos con el puño levantado. El guardia comienza a sacar su porra, pero el funcionario lo detiene con un gesto de su mano, mientras lo observa muy serio, con una mirada terrible. —Está bien. Usted mismo. Entre. De inmediato, una rendija negra, que delata una puerta entreabierta, surge en la pared de al lado. El guardia se la abre completamente. —Pase.

En el interior de aquel pasillo se siente más ligero, relajado. Lo único malo es que cuando el guardia de seguridad cierra la puerta, desde el otro lado, todo queda a oscuras, pero al menos ya no oye el bip-bip, ni los rumores de voces, que en ese preciso instante se dicen:

— ¿Ha muerto?

—Sí. Puedes apagarlo todo.

Título: LA OTRA CEREMONIA Autor: Esteban García Franco

Elise y Laurent llevaban nueve años casados. Ella trabajaba en una empresa de informática

como directora de Recursos Humanos y él era ejecutivo de una empresa de telefonía móvil. Desde que se casaron su sueño fue formar una modélica y ejemplar familia de clase media- alta que les distinguiera de las clases inferiores por su trabajo, su casa, su coche, su ropa y sus vacaciones. Así, en cuanto ahorraron un poco, una de sus primeras inversiones fue contratar una cocinera, y no porque Elise no supiera cocinar, puesto que ella procedía de un medio mucho más humilde en el que desde pequeña su madre le había enseñado a hacer todas las tareas del hogar y le había enseñado a cocinar platos exquisitos, sino porque su incorporación a la nueva clase, según ella, llevaba implícito el hecho de que dejara de cocinar

y quería incluso olvidarse de lo que había aprendido. De manera que realizaron un intenso

proceso de selección en el que se fueron sintiendo cómodos en su nuevo papel de burgueses

a la búsqueda de alguien a quien ya consideraban inferior en clase, obligándose además a

ver a las candidatas como seres de inteligencia inferior a la suya. Como no encontraban una persona que respondiera a sus expectativas terminaron por contratar simplemente a una persona que cocinara bien y decidieron que luego pondrían las cosas en su sitio desde el punto de vista de la lucha de clases. La mujer que contrataron se llamaba Mathilde y aunque nunca tuvieron conciencia de ello, además de muy buena cocinera, era una mujer honrada, respetable y muy educada. Pero Elise y Laurent no le dieron nunca la menor oportunidad de expresarse más allá de la gastronomía. Nunca comió con ellos, y sólo salía de la cocina para que se pusiera de manifiesto la jerarquía de la casa, en la que ellos eran los jefes y ella era la cocinera y sirvienta, hasta el punto de que pronto olvidaron su nombre y lo sustituyeron por un simple “oiga, señora” que fue reduciéndose hasta un seco y despectivo “oiga” que precedía siempre

a imperativos en frases cortas del tipo “oiga, tráigame la sopa; oiga, la sopa está fría; oiga,

llévese la sopa; oiga, tráigala de nuevo caliente; oiga, no tarde; oiga, póngale más sal; oiga, ya está tardando en traerla de nuevo; oiga, ahora quema”. Y por contrato la obligaron a vestir un anticuado traje de sirvienta que la ridiculizaba ante sus ojos y que ellos mismos se encargaron de buscar en una tienda de todo a dos euros.

A los tres años de intentar tener descendencia sin éxito decidieron adoptar un niño, al que pusieron el nombre de Pierre. Por aquel entonces el niño ya estaba preparado para heredar el nuevo apellido de la familia y de haber llegado a casa como Pierre Roche recibió la inesperada noticia de conseguir el nombre de Pierre de la Roche, gracias a un generoso pago

económico que efectuó su padre a un oficinista del registro local para inventarse un dominio familiar y un abolengo de origen más o menos provenzal. Elise y Laurent estaban muy contentos con el apellido y con el niño y desde entonces se volcaron en que su hijo recibiera una educación acorde con su clase social, así que lo llevaron a la guardería más elitista y chic de la ciudad, y se preocuparon en distinguirlo de los otros niños por su ropa, no olvidándose de que sus zapatillas deportivas fueran siempre de las marcas más reconocidas. Pierre fue inscrito más adelante en un colegio privado y a los siete años ya era un experto en multitud de clases extraescolares como esgrima, equitación y artes marciales; también era boy scout los domingos y tocaba la flauta como un virtuoso niño de siete años de clase media-alta. Naturalmente, las notas repetidas del aprendizaje del flautista en la casa fueron lo único que llevaron mal los padres, pero pronto lo solucionaron con la compra de un home cinema con sonido envolvente que les hizo pasar entretenidísimas veladas viendo la televisión por cable sin escuchar más sonidos que los que les llegaban desde detrás del sofá, lugar donde habían puesto los altavoces. Poco a poco fueron afianzándose más en su pertenencia a la clase media-alta. Laurent se compró un coche enorme de marca alemana y Elise un pequeño utilitario muy coqueto. Se compraron también palos de golf, botas de ski, raquetas de pádel y comenzaron a pasar las vacaciones de verano en la Costa Azul, criticando la presencia cada vez mayor de gente de los medios más humildes en las playas; también llegaron a poseer una biblioteca ejemplar que gozaba de la presencia de las más completas colecciones de clásicos y de los premios más prestigiosos, convirtiéndose en poco tiempo en la biblioteca más premiada de todo Montpellier, ya que contaba, entre otras, con las colecciones de los ganadores de los premios Goncourt, los premios Pulitzer, una excelente selección de premios Nóbel y los premios Planeta y Nadal españoles; y era también la más cuidada, puesto que todos los libros tenían un aspecto impecable y ninguno había sido leído nunca, hasta el punto de que prácticamente todos los ejemplares de las colecciones estaban todavía envueltos en plástico transparente. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que había un rasgo distintivo de su clase que habían pasado por alto: tenían que desentenderse del niño y contratar una niñera que se ocupara de él, que lo cuidara, que le ayudara con los deberes y que jugara con él mientras ellos se centraban en sus actividades burguesas. No obstante, para el nuevo proceso de selección hubo un problema causado por el home cinema. Una noche vieron una película que se titulaba La ceremonia y se entusiasmaron al ver en la pantalla una familia de clase media-alta que contrataba a una joven para que cuidara de la casa. Hasta allí todo iba bien y Elise y Laurent se reían alegremente de la presentación de la jerarquía y de la clara inferioridad de la criada, que para ellos no era más que una ignorante, pero poco a poco se iba complicando la

trama y la sirvienta terminaba odiando a la familia hasta que ella y una amiga acababan asesinando a todos, precisamente mientras la familia estaba viendo la televisión. Todo el final fue traumático para ellos y el sonido envolvente estuvo a punto de producirles un infarto cuando escucharon los disparos detrás del sofá, ya que no pudieron dejar de imaginarse a su propia cocinera ejecutándolos despiadadamente. Aquella película les marcó profundamente en la elección de la niñera y decidieron contratar a una chica que tuviera una buena formación, buena cultura y, a ser posible, que no estuviera familiarizada con las armas de fuego. Lógicamente, mantenían en su razonamiento la lucha de clases, incorporando esta vez al desprecio de los sectores más humildes el miedo a que desde estos les hicieran algo malo. Afortunadamente, aprendían mucho gracias a la televisión. De entre todas las personas que vieron, la que más les gustó fue Pauline, una joven estudiante universitaria de Sociología de veintiún años que quería pagarse los estudios gracias al trabajo de niñera. En la conversación que tuvieron les convenció el hecho de que parecía una persona agradable y tranquila. A la primera pregunta que le hicieron ella respondió que ni en su familia ni en su entorno de amistades se había producido algún episodio violento. A la pregunta sobre qué opinaba de la violencia respondió que estaba totalmente en contra porque había que respetar al ser humano, ya que todos los problemas debían tener una solución moderada y pacífica. Y sobre si creía que algún día podría odiar a una familia que tuviera más dinero que ella o un apellido de renombre, o una posición social más elevada y llegar a agredir a alguno de sus miembros, Pauline respondió que ella también había visto la película de La Ceremonia y que podían estar tranquilos, porque sólo se trataba de una metáfora para cuestionar determinados comportamientos sociales y que tenía ideas muy concretas a ese respecto, pero que si consideraba útiles algunos cambios, estos se tenían que producir de una forma moderada, progresiva y dialogada. Elise y Laurent no entendieron una palabra de lo que les decía Pauline, pero les pareció una persona bastante pacífica y decidieron contratarla. El trabajo de Pauline en la casa empezó muy bien. Elise y Laurent tenían mucho tiempo para ir a esquiar, para jugar al golf, al pádel, para ir al teatro, a la ópera, donde ambos se quedaban profundamente dormidos, mientras en casa Pauline y Pierre se iban haciendo grandes amigos. El tío Cedric, hermano del padre de Elise, que había sido maestro y estaba jubilado, llegó por entonces a Montpellier para pasar con ellos una temporada y el día que se instaló en la casa le hicieron una cena de bienvenida a la que invitaron a algunos amigos burgueses. En un momento dado, el tío quiso ver a su sobrino Pierre, que se encontraba jugando en su cuarto con Pauline, y los dos bajaron y saludaron a los invitados. Elise y Laurent se esforzaron por

afirmar la jerarquía, destacando en las presentaciones que Pauline era una simple estudiante universitaria que tenía que pagarse los estudios y que sus padres estaban divorciados, que él trabajaba de empleado en una tintorería y ella era camarera de un restaurante chino. Los invitados, un matrimonio de abogados, un médico y su mujer dentista, miraron por encima del hombro a la joven y no le dirigieron la palabra en toda la velada. El único que manifestó un sincero interés por ella fue el tío Cedric, quien comenzó a preguntarle por sus estudios de Sociología y pronto sintió una profunda simpatía hacia ella. La joven y él tenían inquietudes similares, a los dos les gustaba el arte, la pintura, el cine, la literatura, la música. Ella era una joven muy cultivada y, a diferencia de los amigos de su sobrina, manifestaba un sincero interés por la cultura en lugar de ser un mero pretexto snob para mantener una conversación intrascendente. A Elise y Laurent les sentó muy mal el interés del tío Cedric por Pauline, pero peor les sentó que durante la conversación quedara clara su ignorancia ante cualquier tipo de cuestión cultural. Laurent desconectó completamente de la misma hasta no saber de qué hablaban y cuando en un momento dado escuchó los nombres de Ligeti y Penderecki exclamó con entusiasmo: “¡Penderecki es buenísimo, ayer metió dos goles contra el Arsenal!”. El tío Cedric continuó conversando con Pauline durante un tiempo y quedó entusiasmado, ya que por fin se podía hablar con alguien en aquella casa en lugar de ver la televisión durante todo el día. Poco a poco Elise y Laurent comenzaron a tener cierta animadversión contra la joven y decidieron prescindir de sus servicios, pero cuando el niño escuchó la noticia se puso muy triste y le subió la fiebre; además, el tío Cedric estaba completamente en contra de la decisión. Elise y Laurent se preocuparon mucho porque temieron que pasara como en otra película que habían visto poco tiempo antes en la que la niñera se volvía loca y trataba de llevarse a un bebe y no le importaba asesinar al que se pusiera por delante para cumplir sus objetivos. Tenían que echar de casa a Pauline para que eso no se produjera y, para vencer las reticencias del tío Cedric, decidieron que tenían que sugerir que Pauline se estaba apropiando indebidamente de ciertas cantidades de dinero entrando a escondidas en el dormitorio del matrimonio, pero el tío Cedric defendió a la joven afirmando que aquello era imposible, que debía tratarse de un error y que antes sospechaba de Laurent que de Pauline. Por otra parte, la cocinera llegó a acusarse a sí misma por el aprecio que le tenía a la joven, y Elise y Laurent tuvieron que ceder por no perder a la cocinera, ya que no habían comido mejor Cassoulette que la que ella preparaba y eran tan conservadores que no querían probar otra. No se dieron por vencidos y poco tiempo después intentaron difundir el rumor de que quizá Pauline pegaba al niño, pero el niño insistió en que la única que le había pegado a veces era la madre y que si seguía acusando injustamente a Pauline la denunciaría por malos tratos.

La situación no podía continuar así, habían metido en casa a una revolucionaria que había acabado en poco tiempo con su orden burgués. No sólo el comportamiento del tío Cedric y de Pierre había cambiado sino que, con cada objeto que compraban, eran acusados de consumistas por ambos, que hacían frente común para criticarles por los excesos en los gastos y lo que era más horrible para ellos, el niño no aceptaba llevar ropa de marca. ¿Qué pensarían de ellos los padres burgueses de los demás niños del colegio? Su preocupación fue todavía mayor cuando vieron que su biblioteca ya no era la más limpia e impecable de Montpellier, porque algunos de aquellos libros ya no llevaban los plásticos. El tío Cedric y el niño habían comenzado a leer libros y los devoraban y no hacían más que protestar por el infernal y diabólico sonido envolvente del home cinema. Pierre y su tío no soportaban que sus padres se pasaran las horas muertas delante de la televisión, no soportaban que estuvieran siempre jugando al golf y hablando continuamente de sus victorias en el pádel, no soportaban la compra compulsiva de ropa, lámparas, mesas, cuando todo estaba nuevo. La situación más dramática se produjo durante la cena del undécimo aniversario de bodas del matrimonio; Elise y Laurent habían encargado a Mathilde una cena especial a base de ostras

y caviar, pero cuando el niño vio todo en la mesa protestó por el exceso de lujo inútil que

había y se negó en rotundo a comer alimentos tan caros porque insultaban los principios de

humildad y de igualdad entre todos los hombres. Por la noche, antes de dormir, Laurent le dijo

a Elise: “¿Has visto cómo se ha puesto? Parecía el niño de La Profecía. No, no va a ser como

en La ceremonia, nos va a matar él mismo a cuchilladas. Tenemos que terminar con esta situación”. Elise y Laurent decidieron acabar de raíz con el problema y, como todo había comenzado a partir de la llegada de Pauline, decidieron acabar con ella envenenándola y acusar del envenenamiento al tío Cedric, con lo que matarían dos pájaros de un tiro, porque el tío había leído por recomendación de la joven las obras de Jean Jaurès y numerosos libros de sociología y pedagogía y había cambiado por completo y no dejaba de acusarles de

burgueses, de conservadores y de consumistas. El matrimonio pensó que sería fácil llevar a cabo los planes. Los dos habían visto en un telefilme cómo un marido se deshacía de sus mujeres echándoles en la comida polvo de selenio que previamente había extraído de algunos electrodomésticos. Lo único que tenían que hacer era ir echando aquel tipo de polvo

a escondidas cada vez que Mathilde le preparara la merienda a Pauline. Elise y Laurent

estaban convencidos de que los telefilmes que habían visto habían sido muy instructivos para

ellos.

Esa misma noche, Laurent, aunque no con una conciencia muy clara de qué es lo que estaba extrayendo, limó concienzudamente el interior de su radio reloj despertador y, a la mañana siguiente, después de que Mathilde saliera a comprar al supermercado tras haber dejado preparada la merienda para Pauline y Pierre, Elise y Laurent entraron disimuladamente en la cocina y Laurent echó una buena cantidad de polvo en el vaso de zumo de Pauline. En aquel preciso instante, se abrió la puerta trasera de la cocina y apareció el tío Cedric con una pareja que se identificó rápidamente como agentes de la Policía Local; a su lado se encontraba también una asistente social especializada en problemas derivados de la adopción de niños y otro hombre que se identificó como un abogado. El tío Cedric informó al matrimonio de que les había estado observando durante un tiempo y que a partir de las falsas acusaciones de robo y agresión que habían promovido contra Pauline había ido a hablar con su abogado y con la asistente porque sospechaba que algo malo iba a suceder. También les animó a que respondieran tranquilamente a algunas preguntas que querían hacerles los agentes, que mientras tanto habían depositado el contenido del vaso de zumo en un recipiente y lo habían precintado. Tras las primeras preguntas, Elise y Laurent confesaron rápidamente sus intenciones, afirmando que no esperaban ser descubiertos porque se creían bien protegidos por su propia condición social, lo que a su juicio les legitimaba a cometer impunemente cualquier crimen y ocultarlo tranquilamente como se ocultaba todo en el medio burgués. Laurent insistía en que los telefilmes eran una gran fuente de información y enseñanza para la burguesía y no encontraba explicación para saber cómo les habían descubierto. El tío Cedric, por su parte, dijo que la respuesta se encontraba en la estantería de los libros, porque entre los premios Durkheim de ensayo se encontraba un libro titulado Los riesgos psicopatológicos del comportamiento burgués amenazado en el que se explicaba que, en algunos casos extremos, si algunos miembros de la burguesía se llegaban a sentir amenazados, podían ser capaces de intentar lo peor, incluido el uso de la violencia, el asesinato o el envenenamiento de los propios miembros de la familia. Lógicamente, el abuelo lo había leído y, asustado, se había mantenido alerta durante todo aquel tiempo. Cuando los policías se dispusieron a detener al matrimonio Elise se alejó de ellos corriendo hacia la biblioteca y trató de arrancar la estantería de la pared arrojando al suelo los libros sin dejar de gritar furiosamente: “¡Debimos haberlos quemado! ¡Debimos haber quemado todos los libros!”. Elise se quedó helada al ver que, efectivamente, los premios Durkheim que iban cayendo de los estantes no estaban envueltos en plástico. El tío Cedric observó cómo la policía se llevaba a Elise y Laurent y pensó: “Pobres imbéciles; afortunadamente, todavía se aprende más leyendo libros que viendo telefilmes”.

Título: COCO Autora Manuela Bascón

Tenía trece años. Se fue de manera tan inesperada como llegó. Recuerdo muy bien nuestro último día. Llegué a casa y encontré unas huellas de colores por el piso. La noche anterior estuve pintando y se me olvidó recoger la paleta. Seguro que Coco plantó sus patitas encima

para curiosear. Así que decidí darle un buen baño. Lo saqué al césped para que se sacudiera

a placer y tomara el solecito. Odiaba el secador eléctrico. El agua lo enfadaba, por eso

siempre buscaba la calle, para recuperar rápidamente los “perjúmenes” que el sufrido baño le

había arrebatado. Por eso, restregaba su lomito con una expresión de álgido placer por todo

lo largo de los zócalos de los chalets vecinos y se marcaba -en un sospechoso rinconcito

elegido con sumo cuidado tras el husmeo- un malabarismo digno del más aventajado bailarín de hip-hop. Para Coco, el baño era algo muy desagradable. No había más que ver la carita de asco que se le ponía delante del jabón. No era extraño que ese día -como otras veces- desapareciera con su enfado durante unas buenas horas. Solía irse en busca de su novia a terminar de perfumarse. Es como si tuviera que solventar un problema de identidad haciendo todo lo que –en condiciones normales- hacía más pausadamente. Por eso, aquel fatídico día, yo no me preocupé hasta que llegó la noche y Coco sin volver. Qué raro. Nunca había estado fuera tanto tiempo. Debería haber echado de menos antes su presencia, pero toda la tarde me la pasé medio en trance disfrutando del sol y la pintura. Me sentí culpable. Tenía que ir a buscarlo inmediatamente. Así que opté por llamar primero a casa de Carmen, la de la calle de atrás. Era la dueña de la bóxer por la que jadeaba Coco y a la que solía buscar desesperadamente para demostrar que seguía en forma a pesar de las fragancias de champú. -Carmen, soy Sofía. Te llamo para ver si has visto a Coco, que se me escapó esta tarde y como sé que se va para tu casa y allí le hacéis tanta fiesta y lo recibís tan bien, pues la verdad, no me preocupé. Pero mira la hora que es y no ha vuelto… Carmen no solo recibía bien las visitas de Coco, sino que las propiciaba. Ella presumía de sacarse para unas buenas vacaciones al año gracias a su Mariana, vendiendo sus cachorros sin el más mínimo pudor. Yo nunca me metí en nada y dejé que la naturaleza siguiera su curso, aunque me sabía “abuela” de todos y cada uno de ellos. Pero me hacía la tonta y disimulaba por la felicidad de Coco. -Sí, tu bóxer estuvo aquí un rato jugando con Mariana –me respondió Carmen- pero se fue por el mismo agujero por el que entró, como tú sabes que hace. Es un perro muy listo. Estará por ahí entretenido

Salí a la puerta, lo llamé varias veces a la derecha y a la izquierda. Los demás perros de la urbanización parecían solidarizarse conmigo o tal vez querían resolverme el enigma de su paradero en su lenguaje indescifrable. Ciertamente, estaban alterados, más que de costumbre. Coco no aparecía y eso me preocupaba, porque era tan puntual en todos sus actos que ya quisieran muchos humanos que otros se le parecieran. Durante trece años dio muestras de esa puntualidad que le hacía ser el primero en subir al coche cuando íbamos de

viaje, en traerme el platito de la comida si algún día me retrasaba en ponérsela, en subirse a

la cama a las ocho de la mañana para despertarme, en correr hacia la puerta cada vez que

escuchaba el coche a las dos de la tarde, en traerme las zapatillas cuando entraba en casa…

Cuando nos separamos mi marido y yo le dimos a elegir con quien quedarse, si con él o conmigo. Eso fue cuando Coco tenía nueve años. Entonces vivíamos en el centro y nos separaban una sentencia y cuatro calles. Coco se vino conmigo y mi última maleta. Yo siempre pensé que la razón era muy práctica, pues era yo quien le ponía de comer, quien le rascaba, lo mimaba y le permitía llevar una vida digna de perro. Pero cuando pasábamos por

nuestra ex-casa, siempre se acercaba con un trotecito alegre y yo a veces llamaba a la puerta

y le preguntaba si quería verlo, hasta que un día Coco ya no quiso entrar más, había

olisqueado la presencia de otro perro en la casa. Entonces yo reparaba en lo parecido que son los perros a sus verdaderos dueños. -¡Cocooo! ¡Cocooo…! En esos pensamientos iba yo entretenida por las solitarias calles de la urbanización, mientras me asomaba con miedo a las cunetas, ya imaginando sin querer que alguna desgracia le hubiera pasado a mi perro… y cuando aprecié a lo lejos una mancha oscura en medio del camino, la respiración se me cortó pensando lo peor. Pero no, no hallé nada de lo que temía. Pasé por delante de la casa de las viudas Lucrecia y Emilia y un escalofrío me recorrió la espalda. Nunca supe por qué le decían “las viudas” siendo en realidad solteras. Por la noche, esa casa parecía encantada, porque estaba a contraluz de la luna y se veía negra, con las ventanitas tenuemente anaranjadas por la luz de las velas, para no gastar… Tuve un feo

pensamiento recordando que Lucrecia, la más flaca de las dos, había jurado, besándose el pulgar, que acabaría con mi perro si volvía a ladrarle a su loro. Yo estaba convencida de que los ladridos de Coco no tenían otra finalidad que la del juego. Nunca hizo daño a aquello con lo que podría jugar, su mayor afición. Pero sí que consumía animalitos o trozos de animalitos ya muertos. Muchas veces se presentaba con un trofeo que Eulogio el carnicero le prodigaba: una pata de pollo amarillenta que Coco enterraba en el arriate de los rosales hasta que se “maceraba” en el tiempo y entonces la disfrutaba como un manjar especial. Lo mismo hacía con mi agujero de compost, que yo me afanaba en

almacenar y cubrir todos los días y siempre aparecía tan hondo y tan limpio como el sombrero de un mago. Otras veces llegaba con algún pajarillo putrefacto, de esos que se despeñan tras los primeras clases de vuelo y más que comérselo se revolcaba sobre él no sé si para impregnarse del hedor de la eternidad o para hacerse cosquillas con las plumas. O se presentaba con algún saltamontes. Entonces comenzaba el drama. El no podía entender mi fobia a los saltamontes y como yo corría vociferando, él me perseguía pensando que yo quería jugar y a veces sacudía con fuerza su cabezota y me lo tiraba encima. Ya os podéis imaginar el lamentable show, que acababa con una tremenda taquicardia, alguna llantina nerviosa y un saltamontes lleno de babas intentando saltar a otro monte. Lo que pasó el día del beso sonoro y la promesa de acabar con Coco fue que las hermanas viudas tenían un loro amaestrado. Un loro que contaba todo lo que ellas hablaban a las espaldas de los demás y emitía un sonido parecido a un eructo, porque ese sonido lo escuchaba con frecuencia de Emilia –la más gordita- que sufría de gases continuamente. Lucrecia y Emilia adoraban al loro, que a veces soltaban y revoloteaba a lo alto de la cancela para gritar con desafío: ¡Coco! ¡Lobo! ¡Loco! Entonces, Coco, que siempre atendía a las llamadas, galopaba con sus mofletes danzantes. Las viudas lo creían una amenaza para el loro y me advertían que el perro les enseñaba los dientes, que lo tuviera encerrado. Yo siempre les explicaba que si enseñaba los dientes era porque los mofletes se le llenaban de aire al correr, pero que no temieran nada malo de él, que los bóxer eran perros recomendados para los niños y los ancianos. Ellas me ponían cara de ofensa y terminaban recogiendo el loro en la gigantesca jaula del jardín. -¡Coooco! ¡Cocooo! ¡Cooocooo! La urbanización acababa y ni rastro. Vi caer una estrella fugaz a lo lejos y pedí un deseo: que apareciera Coco aunque fuese con un saltamontes en la boca… Pero lo único que me llegó fue un sentimiento de angustia aplacado con el recuerdo de un suceso extraordinario. El día que Coco se presentó con un manojo de plumas de colores entre los dientes yo pensé que se me desmoronaba la confianza y la vida entera. En ese momento yo tenía visita. Habían venido a casa unos compañeros de la facultad. Hacía mucho que no nos veíamos y habíamos coincidido por la mañana en una librería. Los dos -quince años después- seguían tan dicharacheros como entonces y abiertos a cualquier plan que nos surgiera a lo largo del día. Como era sábado los invité a pasar el finde en mi rinconcito del campo y aceptaron encantados. Habíamos preparado una paella con mucha sustancia. Mucho más rica que la que nos podíamos permitir en aquel piso de estudiantes el día que se habían agotado los víveres en “taperguel”, esos cacharritos que las madres nos metían en el macuto junto a la

ropa limpia y planchada para la semana. Antonio y Mabel se habían casado y resistido a las tentaciones de separación que la vida nos pone por delante. La divertidísima pareja solo frunció el ceño cuando me vieron con las manos en la cabeza y exclamando: ¡Coco, pero qué has hecho! ¿Qué traes en la boca? Espero que no sea… Pero era. Era Guindo, el rojo loro de las viudas. Un revuelo de platos, de sillas, de copas, de todo revoloteó por allí menos el loro, al que intentaba rescatar de las fauces de Coco-loco- lobo, que se resistía. El suceso metamorfoseó el amable rostro del bóxer en otro más feroz. Yo creo que lo recreé de algún mítico cuento de Caperucita, de uno de esos traumatizantes episodios en los que el lobo la devoraba. Así observaba horrorizada cómo sus orejas parecían bailar un incesante tango, sus ojos se poblaban de espesas cejas y se arrinconaban de manera cada vez más oblicua sobre su afilado hocico, su boca se hacía agua y como puñales automáticos lucía unos afilados colmillos dentro de una mueca voraz… Por fin el perro cedió y la expresión de relamida inocencia volvió a su rostro. Guindo estaba muy muerto y yo, deseando también que me tragara la tierra. Mis amigos –puestos en antecedentes- decidieron acercarse a la casa de las “brujas” para ver cómo andaba el ambiente antes de decidir qué hacer. Volvieron muy calmados diciendo que las viudas acababan de salir en su coche y que parecían tranquilas, como si no se hubieran percatado de nada. Se nos ocurrió una idea genial y peligrosísima: allanar la morada de las vecinas antes de que regresaran y meter al loro en la jaula para fingir una muerte natural. En definitiva, el loro no mostraba signos de violencia ni sangre por ningún lado. Las plumas estaban todas en su sitio, solo un poco sucias y eso se arreglaba con unas gotitas de agua… Accedí. Entramos en el jardín y la jaula estaba abierta. La operación la hicimos con elegancia entre los tres. Mabel y yo metimos a Guindo en la jaula y la cerramos bien para exculpar del todo a Coco. Mientras, Antonio hacía guardia en la esquina. Yo me sentía un poco encubridora y cómplice de un asesinato, pero lo justificaba con la idea de que tal vez el loro había provocado demasiado al pobre perro y los animales también tienen un límite. -¡Coocoo! ¡Coocoo…! Aquella tarde discurrió entre gozos y pesares y la curiosidad de saber si las viudas habían vuelto, pero llegó la noche y decidimos pasar página. A Coco, por si acaso, lo até ese día en señal de castigo y para evitar más problemas. Estábamos tomando una copa de Limoncello para brindar por los viejos tiempos, cuando escuchamos los alaridos y las carreras despavoridas por la casa de enfrente. Eran las vecinas, que habían vuelto y se suponía que acababan de descubrir al fiambre con plumas. No podíamos dar crédito a tanto alboroto por un loro. Las vecinas estaban exagerando una

barbaridad. Querían alertar a todos los vecinos y lo consiguieron. Hasta nosotros –haciendo el mejor papel de nuestras vidas- decidimos acercarnos a ver lo que pasaba. Lucrecia y Emilia relataban entre tanta confusión lo que les había acontecido. Por lo visto, esa mañana habían enterrado ellas mismas al loro que se les había muerto atragantado con algo. No se lo habían dicho a nadie y ahora la tumba estaba vacía y el loro sin vida en la jaula cerrada. Era un fenómeno inexplicable que no sucedía a menudo, salvo a los santos. Ya decían ellas que ese animalito más bien parecía alguien reencarnado -¡por Dios, por Dios!– repetían al unísono mientras se persignaban. Ese recuerdo, sobre todos, me provocó una carcajada a pesar de mi pesar. Y ese brote de buen humor me hizo creer con fuerza que Coco ya estaría en casa esperándome con desatino. Así que decidí volver. Pero no estaba en casa. Pasaron unos días y yo no dejé de buscarlo por todas partes en un “sin vivir”. Iba en bicicleta mirando por las cunetas y preguntando a todos los vecinos. Una noche, de regreso me asaltó una presencia frente a mi casa. Era Emilia para decirme que el día que desapareció mi perro andaban por aquí los laceros. Yo ni siquiera sabía quiénes eran los laceros. –Los laceros –me decía con vehemencia– son hombres que contratan los ayuntamientos para que se lleven a los perros abandonados, peligrosos o vagabundos. Y si nadie los reclama, los matan. – ¡Pero mi perro no estaba abandonado, ni era peligroso, ni tampoco vagabundo! –le grité yo con dolor. –En ese caso habría sido un lamentable error –repuso, sin más, con una extraña sonrisa. Y eructó mientras se daba la media vuelta. En casa me puse a investigar por Internet el tema de los laceros y apunté algunos números de teléfono que hasta la mañana siguiente no atendería nadie. Esa mañana tardó mucho en llegar. Y al fin pude saber de Coco -o de un perro parecido recogido cerca de mi casa-. Se trataba de una perrera municipal que más bien parecía un campo de concentración. Había muerto hacía un par de días de un ataque al corazón o de pena, porque en todo el tiempo que estuvo preso en una jaula común no dejó de ladrar, de aullar y sí de comer y beber según me informaron. A otros le hubiesen puesto una inyección letal, pero a él no, por ser de raza. –No llevaba collar –me dijeron. –Acababa de bañarlo –fue todo lo que pude explicar yo. Antes de irme le pregunté a un hombre de aquellos en qué jaula había estado mi perro y me respondió que en la número seis. Fui a mirar y rompí a llorar desconsoladamente ante tanta

miseria. La jaula era muy triste y tenía restos crudos de vísceras de pollos. Alguien se acercó con una manguera y comenzó a regar a toda presión desde la pared hacia el suelo. Había un perro sarnoso y viejo que no reaccionaba ante nada. Otro más pequeño intentaba escaparse por un enmohecido caño y allí se le quedó la cabeza atascada. Fui a comunicarlo a una especie de enfermería y mientras lo intentaba me interrumpía el veterinario para atender a una señora que había ido a vacunar a su caniche comprado allí mismo. Le recomendaba un pienso muy caro que vendían en una bolsa plateada. Justo el que no ponían ellos mismos en los comederos de los perros enjaulados. Salí deprisa, con ganas de vomitar y me metí en el coche. Di un portazo a todo lo que había vivido allí y me quedé sentada con mis recuerdos. Coco había llegado a mi vida por sorpresa un día de los enamorados, con un lazo rojo y dos mofletes muy gorditos. Llegó de manera tan inesperada como se fue. Lo criaba con un biberón y desde pequeño aullaba entonando cuando escuchaba música clásica…

Título: ALBAÑILERÍA POÉTICA Autor: Fernando Molero Campos

“Ay, Dios mío, qué desgracia más grande, mi niño, con lo listo que era y lo mal que ha

acabao”, dicen que gritó la madre de Pepe Palmiro cuando Joaquín Castaneda, jefe de obra,

le dio la noticia. No hacía ni diez minutos que se lo había llevado la ambulancia y allí estaba el

encargado, pateando un montón de arena con cara de perro apaleado y el móvil pegado a la oreja, cagándose por dentro en los muertos del Luiso y escuchando los lamentos y jaculatorias de Engracia Peláez, viuda que era de José Palmiro y mamá de Pepe. Durante mucho tiempo, la buena señora siempre fue diciendo por ahí, a quien quisiera escucharla, lo listo que era su Pepito. Que si se pasaba el día entero estudiando. Que si le gustaba escribir con una letra muy pequeñita en trocitos de papel. Que si se iba a dejar la vista en los libros, todo el día con uno en la mano, leyendo y leyendo libros, algunos de más

de doscientas páginas, que ni siquiera tenían fotografías ni dibujos, que eso sí que era mérito.

Y no fue hasta que Pepe Palmiro abandonó el instituto por culpa de la incomprensión del

profesorado (versión materna del fracaso escolar, todo hay que tenerlo en cuenta), después de “tripetir” 3º de BUP, que la madre redujo la glorificación pública del hijo por mercados y mercerías. Sin embargo, cuando no se podía aguantar las ganas y se dejaba llevar por la

melancolía del ayer, de lo que pudo haber sido y no fue, añadía a su entusiasmo de madre coletillas del tipo: “Claro, como le tenían manía porque sabía más que ellos”; o: “Las malas compañías lo apartaron del buen camino, y mira que se lo dije mil veces, Pepito pégate al hijo de don Camilo el boticario, que siempre estuvo en su misma clase por cierto, desde los tiempos del colegio. Pero no, ya veis, de médico, abogao o maestro se me ha quedao en peón de albañil. Y lo digo sin menosprecio, porque, además, mi Pepito, con callos en las manos y las orejas llenas de mezcla sigue ahí dale que te pego con los libros, que yo no sé cómo le quedan ganas después de tantas horas encima del andamio de ponerse a leer. Así es mi Pepito, ya veis. Cualquier día da el campanazo”.

Y lo dio, vaya si lo dio, aquel 3 de marzo poco antes del mediodía, entre la hora del bocata de

chopped envuelto en Albal y el menú de tres platos y bebida a tres euros del Mesón El Novillero, después de recitar a voz en grito:

“¡Oh, más dura que mármol a mis quejas y al encendido fuego en que me quemo más helada que nieve, Galatea!”

Al parecer andaba Pepe enamorado hasta el tuétano de Amparo, la hija de Rufino, el dueño

del mesón. La muchacha acostumbraba a servir las mesas con un vaquero de talle bajo por el que sobresalía el elástico de un tanga que unas veces era blanco, otras rojo, otras verde, otras amarillo, toda la gama del arco iris tenía, vamos; y tan ajustado (el vaquero) que la tela amenazaba con reventar por las costuras. Que se sepa, nunca se dio el caso; el tejido aguantó firme tanto la presión de las nalgas de Amparo como el imán de millares de ojos frustrados que hilvanaban día tras día el sueño de verle la piel verdadera, asfixiada por el azul desleído del pantalón. No pasaba hombre –entre los 15 y los 90 años- por el salón-comedor de El Novillero que no le

soltara un requiebro, ternezas cargadas de evidentes connotaciones sexuales o un “Ay, Amparito” que resumía en su simpleza el pensamiento único de la masculinidad. Y el que no

le decía nada, ni un piropo bienintencionado, una de dos: padecía timidez enfermiza o era

maricón, de los de qué asco-envidia me dan las mujeres con sus buenas curvas. La niña, que aunque no había acabado la secundaria obligatoria de tonta no tenía ni un pelo, sabía del potencial de sus encantos, y lejos de sentirse un corderillo entre lobos, le seguía la corriente a la clientela con la falaz promesa de alegrías que sólo los más afortunados podían satisfacer más tarde, ya en casa, en la mil veces explorada geografía de sus esposas, o entre las sábanas sudadas del Decameron’s Club, donde trabajaba Aithena La Sorda, la única

capaz de aguantar la cansina lírica de Pepe Palmiro.

El padre, a veces, la reconvenía desde la barra: “Amparo, tápate un poco y ve a la cocina,

que te está llamando tu madre”. Pero como en el fondo ella era parte de la atracción del negocio, se veía obligado a añadir con una sonrisa, dirigiéndose a los parroquianos de mayor confianza: “Y vosotros, dejad a la chiquilla que me la vais a malear”. Temía Rufino que el ofertón de su menú, plagiado en precio y cantidad por dos o tres establecimientos de la misma calle, no fuera suficiente para abarrotar su mesón de currantes, jubilados y universitarios. A los papás de estos últimos, qué duda cabe, les salía más barato que el niño comiera allí que congelarle manjares caseros en tupperwares. Era la mejor opción. Si no, en

un par de años, sus retoños de más de veinte, acabarían desnutridos, obesos de comer porquerías o con el colesterol por las nubes después de haberse alimentado invariablemente

a base de salchichas, fritangas congeladas y productos en cuyas bolsas de plástico se

anuncia que en el microondas tres minutos y listo para comer. El mejor amigo de Pepe Palmiro era Luis Medina, Luiso para los amigos, un manitas en el prodigioso arte del encendido de la hormigonera. El Luiso una vez leyó un libro, “Cómo hacerse millonario criando conejos”, y cuando lo terminó, dijo: “Vaya gilipollez”. Por eso no entendía aquel afán de Pepe por unas palabras que ni siquiera le daban razones para triunfar

en la vida sin dar un palo al agua. A fin de cuentas, para sus populares entendederas, todas las palabras juntas acumuladas en los libros sumaban un estúpido jeroglífico, una sarta de mentiras que de nada le servían a él para sus asuntos terrenales. Y si aguantaba que de cuando en cuando su amigo le diera la tabarra con ellas, era por consideración o porque a cambio le invitaba a cubatas, que la cosa nunca estuvo nada clara. Sólo le hacían gracia aquellos estrambóticos versos que, suplicante y tronchándose de risa, rogaba que le repitiera cuando llevaba una copa de más:

“Vergüenza he que me vea ninguno en tal estado, de ti desamparado, y de mí mismo yo me corro agora.”

“Si tú supieras a cuántas pibitas les he comido yo la oreja con ellos… Por lo del me corro agora, tú ya me entiendes”, le confiaba ufano el Luiso, aclarándole con un gesto de la mano el doble sentido de su rupestre comentario. Lo único que los diferenciaba, pues, era su relación con los libros. Bueno, eso, y que allí donde el Luiso mojaba a poco que abriera la boca y soltara alguna de sus desprejuiciadas chorradas, Pepe, enredado en un verbo trabado y ostentoso, malograba todo acercamiento, espantando a las mujeres como perfumado en abundancia con una vulgar copia de colonia for men Varón Dandy adquirida en un mercadillo a tres euros el frasco. Cuentan las malas lenguas que una vez una chica le hizo caso, y que estuvieron saliendo un par de meses. Al cabo ella dejó de verlo, informando a variopintas concurrencias de sus poderosas razones, porque: “Un dulce no amarga a nadie, pero una tarta de tres pisos empalaga y acojona”. Se refería al anillo rechazado y a la oferta de matrimonio que Pepe, hincada la rodilla en tierra, le propuso delante de todas sus amigas, como si estuviera en un programa de televisión, pero sin mirar a cámara. De un día para otro la chica desapareció de su vida dejando tras de sí un rastro de desconsuelo que Pepe no alcanzaba a refrenar ni declamando en la hostil soledad de su cuarto:

“¡Oh miserable estado, o mal tamaño! ¡Que con lloralla cresca cada día la causa y la razón porque lloraba!”

A Pepe, en plan de coña, muchos lo llamaban P3P (por lo de Pepe Palmiro Peláez), cual

androide reciclado de un basurero interestelar de “La guerra de las galaxias”, Pepepe, o con

el estribillo machacón de un cantante brasileiro florido y salsón: Pepepepepepepe. No era por

falta de respeto ni nada parecido, sólo que su persona incitaba al choteo, bien por su apariencia e indumentaria, bien por la fama de intelectual propalada por la madre y su manía de encajar citas literarias y versos a la menor ocasión, sin importarle un pimiento si su interlocutor era un compañero de obra que a duras penas escribía su nombre sin faltas de ortografía o la camarera renuente de un pub del centro a la que gritaba con el estropajo de una lengua ebria el “En tanto que de rosa y azucena”, sepultado por una catarata de sonidos electrónicos. De él se decía que de pequeño cayó de cabeza en el orinal que siempre tenía al lado de la cama, que su padre le acogotaba con frecuencia por no prestar atención a las cosas importantes de la vida, como la sustitución de un cuero de grifo –era fontanero el buen hombre antes de que la pieza superior de un lavabo a medio colocar le diera un mal golpe en el cráneo-, o que los días en que estaba inspirado se la meneaba cinco o seis veces, contemplando la colección de pequeños almanaques de tías en pelotas que su padre atesoraba en una caja vacía de carne de membrillo El Quijote. Todo lo anterior eran indicios de lo que el destino le tenía preparado. Y de tanto golpe y tanta paja se le quedó medio seco el cerebro, y de ahí le venían todas sus rarezas. Claro que esas mismas rarezas a su madre se le antojaban incuestionables manifestaciones del genio. “¿Acaso no son todos los artistas iguales, unos incomprendidos?”, lo justificaba. Sobre peldaños de incomprensión se había edificado la biografía de Pepe Palmiro. Tanto en los estudios como en las relaciones sociales o en las lides del amor, siempre se estrellaba una y otra vez contra el frontón de las metáforas, las sinécdoques y el retruécano. Por causa de su naturaleza enamoradiza era arrastrado con frecuencia al más exacerbado platonismo amoroso. Sufría por Amparo lo indecible. Tragaba sapos y culebras cuando los demás se le hacían los galantes o verbalizaban a sus espaldas fantasías eróticas cuya principal protagonista era la hija del mesonero. Tampoco le aliviaba el desasosiego su propia incapacidad para reclamar su atención como él quisiera; le faltaba la naturalidad que a otros sobraba. Allí donde los más atrevidos decían: “Amparo, guapa, ¿cuándo me toca el postre?”, a lo que ella respondía dedicándoles un guiño pícaro: “Lo estoy endulzando en la cocina”, a Pepe sólo le salía un rosario de palabras como engarzadas por un fraile tartaja: “Perdona, ¿me… puedes… traer… la… cuenta… cuando… no… estés… tan… ocupada…?” Siempre le ocurría lo mismo, era enamorarse y no atinar con las palabras idóneas, ni siquiera con las prestadas. Y en los últimos años se había enamorado del orden de quince o veinte veces.

Para recuperar su autoestima acudía entonces al Decameron’s Club. En la posición del misionero, a cuatro patas o a horcajadas sobre él, Aithena La Sorda lo complacía, intentando acompasar el movimiento de sus caderas al ritmo pausado de:

“Verdad es que la vida y ejercicio común, y el amistad que a ti me ayunta mandan que complacerte sea mi oficio; mas ¿qué haré? que el alma ya barrunta, que quiero renovar en la memoria la herida mortal de aguda punta.”

Amparo miraba a Pepe y sólo veía su transparencia. Era el hombre invisible para ella, la sombra fugaz de un insulso espíritu.

Un viernes, en un arrebato de atrevimiento, Pepe le entregó una nota junto con el billete de cinco euros con que pagó el menú. Ese día ni siquiera esperó la vuelta. “¿Adónde vas tan ligero?”, le preguntó el Luiso, que no se había dado cuenta de nada, ocupado como estaba dando sorbetones a un arroz con leche caldoso. “Tengo un asunto que resolver. Te espero en

la obra”, le contestó Pepe.

En la nota había escrito lo siguiente:

“Amparo, no puedo vivir sin ti. Desde el día que te vi quedé prendado de ti. Eres una luz que brilla en mi oscuridad. Te amo, te quiero, te adoro…” Si el Luiso hubiera tenido acceso a la cartita le habría añadido sin duda “…y te compro un loro”. Dios había dotado a Pepe de una desaforada pasión por la lectura, pero le había negado unas mínimas dotes para la redacción

o las epístolas amorosas. Él era consciente de ello. Por eso, al final, añadió, como era su costumbre, unos versos que mejor explicaran sus sentimientos:

“No hay corazón que baste, aunque fuese de piedra, viendo mi amada hiedra, de mí arrancada, en otro muro asida, y mi parra en otro olmo entretejida, que no se esté con llanto deshaciendo hasta acabar la vida.”

El fin de semana fue un infierno de esperanzas postergadas para Pepe. El sábado y el domingo, encerrado en casa, con sus libros y sus cosas, se le antojaron dos siglos. Y el lunes no veía la hora de enfrentarse a la contundente realidad que era Amparo. ¿Habría leído su nota? ¿Qué le diría? “Pepe, ¿qué te pasa que estás como atontao?”, le preguntó el Luiso. Pero Pepe le respondió que nada, que el fin de semana había estado destemplado. El bocadillo de la mañana se le hizo difícil de tragar a Pepe. Tenía como un nudo en el estómago; eran los nervios. Pensó no ir a comer a El Novillero; luego rectificó y se convenció de que los malos tragos cuanto antes y rapidito. Abrigaba escasas perspectivas de lograr el amor de Amparo. No se equivocó. Fue sentarse a la mesa del salón-comedor y lo único que la joven le dijo fue: “Toma, los dos euros que te sobraron del viernes”. Y el vaporcillo que subía del plato de sopa hirviendo en la que flotaban tres taquitos de jamón, tres pedacitos de huevo duro y un ejército de fideos desfallecidos le humedeció los ojos tristes mejor que el más contundente de los colirios cinematográficos. Pronto el amor contrariado de Pepe fue la comidilla de la obra. Mientras unos lo animaban a no desfallecer en su intento de enamorar a Amparo, otros se burlaban de él diciéndole que la niña era mucha yegua para tan poco jinete. En el ánimo de ambos grupos estaba sacarle la mayor punta posible al enamoramiento. No querían privarse de unas risas. Algunos incluso se permitían el lujo de darle consejos, como si ellos, al fin y al cabo, no fueran tan perdedores como él, por mucho que se camuflaran tras la supuesta hombría y seguridad que otorgan el matrimonio y sus rendiciones. El comedor de El Novillero se animó sustancialmente con los mimbres de un vodevil de sobremesa cuyos protagonistas principales eran la niña Amparo y Pepe el peón albañil. Ya no sólo se le dedicaban atenciones a la muchacha, sino que se vertían también comentarios jocosos sobre un posible emparejamiento entre ambos. Esto último, por supuesto, cuando el padre atendía la barra, cambiaba el barril de cerveza, rellenaba y ponía a funcionar el lavavasos o aprovechaba un momento de tranquilidad para ir al baño a echar una meadita. Que bien podía el hombre tolerar las familiaridades verbales con la hija y sus encantos, pero no tonterías de amoríos delante de sus propias narices. Amparo, haciendo gala de su condición de lolita de taberna de barrio, lo mismo se mostraba arisca con Pepe que le pellizcaba una mejilla para alborozo de la concurrencia, haciéndolo sufrir horrores por aquel almibarado desdén. Pepe, ilustrado por más de un libro en este tipo de amores que a nada bueno conducen, no alcanzaba a ver que cada almuerzo era un teatrillo de comedia cuyo telón caía al pagar los tres euros del menú y abandonar la mesa para que otros clientes la ocuparan. Abrigaba esperanzas de que la cálida nieve de Amparo

se tornara fuego de amor eterno. Por eso continuó con sus misivas poéticas, por si con ellas podía ablandarle el corazón y recibir una oportunidad de demostrarle cuánto la quería. Todas recibieron por parte de Amparo la misma respuesta: ninguna. Una cosa era el juego establecido en el trabajo y otra muy distinta que se llevara a casa una tarea que carecía de provecho para ella. Tenía la muchacha suficientes admiradores como para enredarse en bobadas sentimentales con un pamplinas incapaz de decir más de tres palabras seguidas, a no ser que rimaran y las hubiera escrito otro unos cuantos siglos atrás, con alguien a quien le faltaban arrestos para levantarla en volandas y raptarla sobre un caballo de espuma. Hasta aquel nefasto tres de marzo en que las ilusiones y el desprecio se hermanaron para ser

conducidos al lugar en el que ni las unas ni el otro tenían ya cabida

mientras Pepe andaba con su recitado, el Luiso, que ya empezaba a estar harto del amor no correspondido de su amigo y que se encontraba alargándole ladrillos al oficial en la segunda planta de la obra, le lanzó uno con acompañamiento de las siguientes palabras: “¡Pepito, ladrillo va!”, confiado de que el poeta de cementos y encofrados se apartaría. Pero tan abstraído estaba en su recitar que no tuvo tiempo de echarse a un lado, y cuando acabó de decir “más helada que nieve, Galatea”, el pico del ladrillo le abrió una brecha en la cabeza por la que hubieran cabido alineadas tres fichas de los coches de choque. Se desplomó y, al poco, a modo de líquido cojín, dejó un cerco de sangre alrededor de su

cabeza, los ojos fijos en un punto en el que revoloteaban cientos de angelitos con la cara de Amparo, criaturas celestes que le repetían incansables: “Te quiero, Pepe. Te quiero, Pepe”. “¡Hostias!”, exclamó el Luiso desde su atalaya. “¿Pepe, ¿te encuentras bien?” Pero Pepe no le respondió, sólo tuvo tiempo de articular una mueca que quería ser una sonrisa de felicidad por la obtención del amor eterno y decir, antes de que la ambulancia se lo llevara clínicamente muerto:

Por gastarle una broma,

“Salid sin duelo, lágrimas corriendo.”

Título: DOMINGOS Autora: Verónica Martín Martín

Los domingos, desde que el mundo era mundo para mí, acudíamos a comer a casa del

abuelo Tuno. Mi madre me emperejilaba como si fuéramos al médico: calzoncillo limpio, los bombachos grises de franela y jersey de cuadros. Me obligaba a lavarme, a restregarme con estropajo, si era necesario, la calcomanía del marciano verde y me empapaba el pelo en Nenuco. A papá le dejaba encima de la cama el pantalón y la camisa a juego: azul marino con azul claro, marrón con tostado. Los calcetines debajo de cada pernera y los zapatos en el suelo. Parecía que se hubiera desintegrado dentro de su ropa. Seguro que alguna vez lo habría deseado. Mamá tardaba horas en arreglarse. Me daba tiempo a montar el fuerte y asaltarlo por los indios Pies Negros al menos dos veces. Eso sí, con sumo cuidado de no manchar ni arrugar el traje de los domingos. Antes de salir, mamá se retocada la melena en el espejo del vestíbulo. Me revisaba de arriba abajo y aplastaba mis orejas a la cabeza para recuperar, en menos de una décima de segundo, su forma despegada como las asas de mi cantimplora del mono.

A casa del abuelo Tuno se llegaba en coche. Nunca fuimos en autobús o andando. Al

aproximarnos al barrio, papá se ponía nervioso si veía muchos autos aparcados en las

aceras, resoplaba y chasqueaba la lengua. Mamá trataba de calmarlo: “Seguro que somos los primeros”. A veces lo éramos, otras no. Papá me permitía tocar el claxon y la verja del garaje se abría, como si hubiera pronunciado las palabras mágicas, ante nosotros. Si había suerte, junto al flamante Mercedes del abuelo quedaba una plaza libre. Entonces mamá respiraba aliviada y sonreía como si hubiera ganado un crucero por las islas griegas (lo que más deseaba en el mundo).Otros domingos, al lado de la antigualla del abuelo, como lo llamaba papá, reposaba el Seat rojo de los tíos. Entonces mamá guiñaba los ojos, como si se le hubiera metido champú, y murmuraba: “Se habrá levantado a las siete la muy…” Papá gruñía y dábamos vueltas a la manzana hasta que me cansaba de contar para atrás.

Al tocar la campanita de la puerta, mamá siempre levantaba delante de su cara el paquete

sorpresa para el postre: canutillos de chocolate, rosquitas de coco, buñuelos al Jerez. Así que

al abuelo quien primero le saludaba era el envoltorio amarillo de Pastelería Hnos. Barrio. Si la

tía Cata había sido la primera en aparcar, en la encimera de la cocina, en lugar visible, encontrabas otra bandeja atada con cordel. Había tardes que Lalita y yo éramos incapaces de tomar ni un dulce más. Y luego me daba rabia al acordarme del bocadito de nata, rodeado de pegotes de crema, en el recreo del colegio el lunes por la mañana. El abuelo nunca comía pasteles ni chucherías. Apenas si terminaba la paella que puntualmente preparaba la señora

Patro desde que el mundo existía para mí. Era un hombre callado, de pómulos angulosos y escasa barba blanca. Vestía siempre un traje completo y visera verde oscura. Papá le comparaba a Don Quijote “pero con mala hostia”. Me encantaba imaginar al abuelo luchando contra molinos de viento y gigantes. Aunque con quien acababa peleando era con la tía Cata y mamá. En el recibidor se besaban todos: papá y el tío, mamá y la tía Cata, mamá a Lalita, papá a la tía Cata, el tío a mamá. “Pero Manu, tú has crecido estos días. Larguirucho como tu padre. ¡Si te queda el jersey cortillo!”, exclamaba la tía Cata tirándome de la manga. “¡Qué va!”, respondía mamá. “La que ha crecido es Lalita que se nota que has tenido que sacar el bajo del vestido. ¡Uy! Mira qué rodillas, señaladas como un ecce homo”. Mi prima podía pasar por una princesa de cuento de cabellos como el oro, pero marcada de costras en las piernas. El abuelo no besaba a los mayores. Daba la mano a los hombres y ponía la mejilla a sus hijas que lanzaban besos sonoros al aire. A nosotros nos abrazaba y nos besaba hasta en las orejas si no te dabas cuenta. Lalita y yo ejecutábamos nuestro saludo secreto perfectamente sincronizados: codo, codo. Mano izquierda arriba dos vueltas y golpe en la frente. Según contaba mi prima, lo había visto en un reportaje sobre una tribu del Congo que sólo comía raíces y bebía sangre de murciélago para poder ver durante la noche y cazar en la selva. Enseguida corríamos por el pasillo derechos al patio y allí nos perdíamos, vigilados por el abuelo, hasta que alguien nos avisaba para poner la mesa. Lalita siempre conocía historias impresionantes. Me prometió que al cumplir los dieciocho organizaría una cacería de ñus en África y que reclutaría sólo a los mejores: a mí, a Rober de clase de flauta y al abuelo. Si alguna visita le preguntaba qué quería ser de mayor, contestaba por este orden: exploradora en Kenia, aviadora y cuidadora de elefantes en la India. Nunca comprendí, pasados los años, por qué se casó con un profesor de Lengua nada más acabar la Selectividad. El abuelo la adoraba porque cuando jugábamos en el jardín, construyendo una caseta para enanos o limpiando de pelusas de chopo los rosales, tarareaba una nana que la abuela cantaba cuando nos dormía para la siesta. La verdad es que a mí no me sonaba ni una nota. Y entonces, la tía Cata o mamá, nos gritaban: “Manu y Lalita, os esperan los platos desde hace media hora”. En la repisa de la alacena de la cocina la señora Patro dejaba un juego de platos de Arcopal color miel que nunca utilizábamos. Por sistema, mamá o la tía Cata los devolvían a su sitio. En su lugar sacaban la vajilla de cerámica inglesa que perteneció a la abuela y que se guardaba en el salón. Cubríamos la mesa con los manteles de lino bordados a mano por la abuela antes de casarse. Para el café y los postres repartían las cucharillas de la cubertería de plata de la boda de la abuela. Según desfilaban los distintos enseres por delante de la

vista del abuelo, su cara se iba nublando como el cielo en un día de noviembre. Papá y el tío charlaban sobre un nuevo coche que anunciaban en el suplemento del ABC mientras empujaban con el pan el arroz. Después la prima y yo rogábamos por coca cola para tomar los pasteles. Entonces las cucharillas del café sonaban como el repiqueteo ahogado de relámpagos anunciando la tormenta. “Estas tacitas me recuerdan tanto a mamá”, suspiraba la tía Cata. “Papá, ¿te acuerdas de cómo jugaba con ellas cuando era una niña?”. Nubarrones se aproximan por las altas esferas, me parecía escuchar de fondo al hombre del tiempo. “¡Pero qué dices!”, interrumpía mi madre. “La que jugaba era yo, que mamá me las alcanzaba de la vitrina. Tú ni siquiera andabas, ¿a qué sí, papá?” Rayos, centellas y chaparrón. “Aquí no jugaba ni Dios porque mamá sólo usaba la vajilla en Navidades y dad gracias”. La voz del abuelo retumbaba como un trueno por todo el comedor, momento que aprovechábamos para escapar a las habitaciones de arriba. A pesar de la distancia, los reproches de un lado al otro subían por las escaleras y se colaban por las rendijas de las puertas.

A

Lalita le encantaba colarse en el vestidor de la abuela. Si abrías los cajones del chifonier o

el

armario, olía como los caramelos de violeta que nos solía comprar en el kiosco de la plaza.

Nos tumbábamos en el diván y esperábamos a que el abuelo apareciese en cualquier instante. Asomaba su cara de palo, derrotada, como si regresara de alguna batalla. “¿Quién

ha ganado?”, preguntábamos cabeza a bajo y con los pies descalzos apoyados en el papel de

la pared. “Cuatro contra uno que vienen con refuerzos”, respondía llevándose las manos al

corazón. Se sentaba entre los dos y nos quedábamos en silencio hasta que alguno, normalmente Lalita, hablaba: “Creo que al final seré exploradora. Me quedaré a vivir en la tribu más escondida y les enseñaré a leer y a tocar la flauta”. Al abuelo y a mí nos parecía una idea excelente. A partir de ahí la planta de abajo no importaba: nos disfrazábamos con los abrigos de piel de la abuela y pretendíamos ser esquimales en busca de víveres para soportar la gran nevada. Y, antes de lo que nos apetecía, nuestros padres venían a buscarnos para volver a casa. En la entrada nos despedíamos con el mismo ritual que en la bienvenida. Nos poníamos los abrigos o las chaquetas, quejándonos si nos doblaban el brazo. Desandábamos el camino de los besos. La tía Cata y mamá apretaban los dientes hasta que al final se decidían a besar el aire. Nosotros abrazábamos al abuelo que deslizaba, con la habilidad de un ladrón de carteras del metro, uno de sus tesoros en nuestros bolsillos. El pacto que manteníamos, sellado con un apretón de manos y saliva, estipulaba que no podíamos abrirlo hasta que estuviéramos en casa. El camino de vuelta me resultaba eterno como la clase de mates del Calculín. No podía evitar palpar por encima de la tela la forma del regalo misterioso. Trataba de adivinar por su forma lo que era. Blando, se desgranaba entre los dedos. Una bolsita de

semillas. Liso, quizás de plástico. Un bote o una figura de plástico se convertían, en la soledad de mi cuarto, en un calidoscopio de mosaicos brillantes. Guardaba cada uno de los cachivaches en una lata metálica de bombones de Pastelería Hnos. Barrio. Al funeral del abuelo Tuno, un domingo por la tarde, acudió mucha gente que no conocía. Mi padre aseguró que toda la plana mayor del Ministerio. Me quedé en la puerta de la Iglesia contemplando cómo entraban señores y señoras enfundados hasta los ojos. Las nubes se apretaban unas contra otras hasta que el cielo quedó cubierto por un extraño tono gris oscuro. Tenía la sensación de estar dentro de una obra de teatro donde se repetía el mismo diálogo una y otra vez. La tía Cata y mamá vestían completamente de negro, saludaban a los asistentes y se subían el cuello de los abrigos de piel. Mi prima deambulaba entre los bancos y las pilas del agua bendita. Se escondía detrás de las columnas para que nadie la viera llorar. Yo me mordía los carrillos por dentro. Lo único que deseaba es que los nubarrones negros estallaran para que todo se inundara de agua y que el ataúd del abuelo saliera flotando hasta llegar a un río y después al mar. Al empezar la misa nos sentamos juntos. Lalita metió la mano en el bolsillo de mi gabardina y me hizo un gesto con el dedo para que guardara silencio. Las piernas se me movían solas, dando patadas al aire, hasta que mamá me echó una de esas miradas que inmovilizan instantáneamente. Por la noche, con el pijama puesto, escuchando el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas de mi habitación, saqué la cajita y la abrí. Contemplé, bajo la luz del flexo, aquel artilugio que colgaba de una cadena. Un anillo grueso donde aparecía pintada la cara de un sol junto a un orificio pequeño, y el interior dibujado de líneas onduladas y números. Leí la nota, escrita con letras redondas, que acompañaba al regalo. “Aprende a usar este reloj porque en África es la única manera de saber la hora. Tan pronto como sepas nos marchamos. Firmado: Lalita”. Y aprendí.

Título: LA SOLUCIÓN Autor: Juan Francisco Buenestado Castro

Ejecutó la acción con precisión a costa del sobreesfuerzo agotador requerido para mitigar el temblor que el corazón desbocado y la respiración espasmódica e ineficaz impusieron a sus músculos en los instantes previos al desenlace. La brutalidad del impacto excedió de largo los requerimientos de su propósito; en su intención estaba no poner a prueba su capacidad para sobreponerse a un fallo inicial y tener que insistir en aquella violencia espeluznante. No podía permitirse darle al arrepentimiento ocasión de sorprenderlo en pleno acopio de decisión para una segunda tentativa; si sobrevenía, tendría que ser sobre un páramo de hechos consumados e irreparables donde no fuera posible su arraigo, porque no podía permitirse renunciar en el último momento al papel de administrador de la tragedia que había decidido asumir tras los largos e hirientes meses de angustia y miedo sufridos, así que apeló a la rabia que últimamente solía sorprenderlo cada vez más a menudo sumiéndolo en un dañino trance de cólera fútil, la misma rabia que lo estuvo consumiendo durante tanto tiempo como permaneció indeciso de pedir explicaciones a Isabel desde que empezó a entrever la naturaleza de aquella relación y de las condiciones que la regulaban, impuestas unilateral y brutalmente. Esa rabia acumulada le sirvió ahora de apoyo para perpetrar este último acto, liberó por fin su tenaza en un último estallido de tensión, y fue vomitada en arcadas redentoras junto con el café y la tostada con paté ingeridos apenas veinte minutos antes. No se manifestaron inmediatamente el espanto ni la vergüenza, ni afloró siquiera un asomo de remordimiento. De repente se encontró enajenado en una sensación oceánica de alivio y se abandonó a la deliciosa lasitud que hizo fluir sus lágrimas a caño pleno. Fueron los recuerdos de Isabel los que, en oleadas de imágenes relucientes, nítidas, llenas de color y de una alegría que había parecido irrecuperable hasta esa misma mañana, clausuraron su mirada durante un buen rato dejando sus ojos inmóviles en el centro de las órbitas, fijos muy lejos de aquella estancia casi sin muebles y del horror que la llenaba, muy lejos de aquel cerro en cuya cima se hallaba la casucha abandonada que un día alguien hizo construir albergando hermosas expectativas y que ahora era casi una ruina ignorada en medio de un bello y amplio paisaje, lejos, mucho más allá de ese paisaje, en ninguna parte. La vio en sus primeros días cuando apenas era un gurruño de carne en el que se destacaba la voluntad inquebrantable de mirar, patente en aquellos ojos exageradamente abiertos, inoperantes aún pero ya ávidos de visiones; rememoró sus gestos, sus mohínes, sus ocurrencias, sus miradas, sus risas y los juegos de sus primeros años; innumerables de esos detalles insignificantes que provocan en los padres un gozo desbordante y una satisfacción tan

profunda que parece retrotraerse hasta los orígenes del propio linaje. El amparo de Isabel durante su desarrollo, su crianza, la convivencia con ella, habían sido el único soporte sólido de su vida, el único afán cuyo objeto resultó consistente y no acabó deshaciéndose como niebla, el único deleite que no dejaba tras de sí un poso de dolorosa melancolía. La vio cuando empezaron a despuntar los atributos de su particular belleza a la vez que se desligaba poco a poco e irremediablemente, no tanto como para impedir que trascendiera su situación sin demasiada tardanza, pero lo suficiente como para haber propiciado cierto sentimiento de culpa en su madre y en él, generado por la ilusión infundada de haber podido evitarla de haber estado más al tanto. Una sombra quitó luz a su ensimismamiento: el recuerdo recurrente y vívido de un breve intercambio de palabras mantenido con ella hacía ya mucho tiempo, pero que se le había quedado atravesado en las tragaderas del alma.

- ¡Ay mi niña, que ya no quiere que su padre le haga cucamonas porque algún cabestro por

ahí se las hará mejores y más gustosas! Le dijo una tarde, mientras trataba de abrazarla, al

verla salir concienzudamente engalanada y pidiendo bula para no volver hasta mucho más tarde de lo que le estaba permitido.

- ¡Que me dejes! Contestó ásperamente a la vez que se zafaba de sus brazos con un brusco

y furibundo manotazo con el que no sólo lo apartó de su camino, sino que también acotó cierto ámbito de su intimidad donde no sería bien recibido en lo sucesivo. Quiso aceptar el desplante como un hito en su crecimiento, como un paso más en su divergencia, tan necesaria como inevitable, pero no pudo deshacerse de un poso de resquemor mortificante revitalizado por la interminable ansiedad cuya presa acababa de soltar por fin. Incluso en ese instante, sentenciado el fin del periodo nefasto con un mazazo oscuro y desolador de la muerte, notó la molestia, ya meramente inercial, de ese pensamiento que no desapareció del todo ni siquiera cuando, acuciado por la incertidumbre, pero temeroso de forzar su pudor hasta la quiebra, le expuso a Isabel sus sospechas pidiéndole confirmación o desengaño, para comprobar abrumado la desgarradora necesidad de ser preguntada que se había estado aguantando, y que afloró disuelta en caudaloso llanto junto con el relato en

trazos gruesos de los principales hitos en el proceso de apresamiento que sufrió, apenas hilvanados entre convulsos hipidos. Recordó cómo tuvo que ayudarla a disipar un acentuado sentimiento de culpa que la ataba al temor de una severa reprensión y que, junto al terror físico, la sumieron en un cruel aislamiento profundo y negro en el que, a partir de aquel instante, brilló al menos una esperanza. Ese pensamiento fue el que acabó por sacarlo de su abstracción. Sus ensoñaciones aparentemente momentáneas ocuparon un tiempo de cuantía indeterminada pero que excedía ampliamente su apreciación. El silencio se condensaba hasta el zumbido, roto

únicamente por el vuelo de algunos moscardones que ya habían empezado a llegar. Ahora volvía a tomar conciencia del exacto presente. Él convocó y administró la muerte porque comprendió la disyuntiva frente a la cual llevó el desgraciado decurso de los acontecimientos: permitir el habitual desarrollo de la suerte de circunstancias en las que había dado su hija o truncarlo. En cuanto asimiló el conocimiento de la situación sin ambages, supo que sólo él podría erigirse en ejecutor de la solución. De cualquier manera la conclusión sería la muerte, dolorosa y desgarradora en un caso, redentora en otro, con el único y más que razonable sobreprecio de su propia existencia en este último; una existencia ya mediada, ajada y vana. Una vez adoptada, su determinación quedó fuera del alcance de la furia, que siguió borboteando pero sin contaminarla, y afrontó su realización como una tarea más, extraordinaria, necesaria y de cierta urgencia, pero esencialmente similar a cualquier otro quehacer doméstico. Su realización requería apenas un sencillo planteamiento y una ocasión propicia. Simplificaba la tarea su disposición a inmolarse en su comisión; aunque procuraría minimizar las consecuencias para él, no importaba en absoluto cuáles fueran. Isabel había sido una víctima fácil; el estupor que causó la repentina irrupción de una desgracia tan inopinada y tan miserablemente administrada por tan poderoso oficiante (el propio receptor de su rendida entrega) propició su sometimiento. Al principio él no pudo sino acompañarla en la resignación, y tuvo que aplacar su propia y bullente rabia ante las súplicas aterradas de su hija hasta el punto, casi imposible, de no permitir ni un asomo de siquiera disgusto. Cuando se acostumbró al dolor lacerante de su cólera contenida, vislumbró las primeras trazas de cuál debía ser su empeño, y entonces fue él mismo quien le aconsejó la subyugación mansa, que no la libraba de alguna periódica ofensa desabrida, alguna humillación tonante, alguna aterradora amenaza, o incluso alguna agresión intolerable, pero disminuía notablemente el riesgo de una reacción de consecuencias fatales. La pudo ir apoyando para que mantuviera cierta gallardía a modo de camuflaje en aquel infierno cotidiano, y ella lo fue logrando acuciada por el miedo y alentada por la promesa de una pronta solución. - Aguanta un poco, hija -le decía- déjame que lo prepare todo antes de que se dé cuenta de cuál es nuestra intención y pueda darnos un disgusto. Hay que procurar que un día, un buen día ya próximo, se encuentre sólo, sin saber dónde estás y privado de cualquier posibilidad de buscarte. Se dará de bruces con una situación inesperada que lo hará cejar en su actitud, al menos hasta que encuentre otra incauta a la que martirizar. Ya falta poco pequeña -le decía fingiendo aplomo mientras acariciaba su cara y besaba su cabeza-. Se lo repetía como si fuera un conjuro capaz de preservarla de cualquier daño durante todo ese día; confiando en

que al menos ella lo creyera así y esta convicción mitigara su sufrimiento. Ella nunca le preguntó cuál era exactamente el itinerario del procedimiento que había ideado, ni se interesó por su posible intervención en algún punto de su desarrollo; posiblemente se figuraría que un día su padre daría la orden de prepararlo todo para irse no sabía adónde. Le bastaba con creer intensamente que ese sitio estaría justo al final del largo recorrido a través de su calvario. Este desinterés de su hija y la casi total ignorancia de su madre acomodaban sus preparativos y las excluían de cualquier implicación de la que tuvieran que rendir cuentas, a la vez que facilitaban las maniobras de elusión de su propia responsabilidad. Porque él había buscado la solución: no pretendía simplemente hacer una finta para esquivar el envite de las circunstancias, que se revolverían para embestir una y otra vez, sino provocar su derrumbamiento eliminando la pieza maestra: aquel cuya especial existencia anunció Isabel mencionando su nombre esporádicamente antes de llevarlo a casa en maldita la hora. Al principio no sospecharon siquiera los principales rasgos de su condición porque no eran inocentes, y el tipo los ocultó ante la amable aceptación que franqueó su llegada para evitar un prematuro y frontal rechazo hasta que, en su degenerado discernimiento, creyó adquirir el derecho de imponer a todos su enfermiza soberbia, su despectiva desconsideración de todo lo que no fuera su santo capricho, su revolución violenta contra la mínima demora en su satisfacción, su cerril, desquiciado afán de posesión de la misma vida de Isabel, y cayó en la demencia de esgrimirlo impúdicamente ante cualquiera exigiendo su reconocimiento incondicional. Aquel domingo, con la excusa de gozar la soleada mañana, salió a darle el encuentro interceptando su habitual, temprana y fatídica visita para desayunar. Lo invitó a hacerlo en un bar cercano al que no había ido jamás y allí le pidió que lo acompañara a visitar una casa de campo que le habían ofrecido en la cercana sierra mientras se comía media tostada untada de paté acompañada de un café con leche, que había pedido desganadamente para completar la escenografía. Tenía unas vistas magníficas, alguna faneguita de olivos, era muy barata, y estaba dotada de un pozo de agua potable y suministro eléctrico. Con algún arreglillo podría ser un lugar magnífico para pasar los fines de semana, parte del verano, organizar algún perol con los amigos…y aún rentaría como para sufragar el coste de su propio mantenimiento y los abastecería de aceite. Podía ser una buena ocasión de invertir sus ahorros, pero no acababa de ver si la compra sería acertada. No había querido comentar nada a la familia hasta hablarlo con él. Sabía que su desmedido egocentrismo lo movería a creer fácilmente en la importancia central de su parecer a la hora de tomar una decisión. La casa, por otra parte, existía. La visitó muchos años antes, invitado por un antiguo compañero de trabajo al que a su vez se la había cedido un amigo para pasar un fin de semana. Ni aquel

compañero lo recordaría ya seguramente, pero la casa seguía allí como se ocupó de comprobar durante la urdimbre de su plan, y también la llave de la puerta que el dueño dejaba despreocupadamente en un recoveco de una ventana próxima, dado el nulo interés de los pocos enseres contenidos allí. No tuvo que pedirle que lo llevara en su coche porque él ni siquiera se planteó otra posibilidad: le gustaba hacer ostentación del caro deportivo, mimado hasta la obsesión, siempre reluciente y equipado con costosos complementos, que sus padres le compraron en cuanto esbozó la mínima expresión de deseo. Sus padres. Los sacó abruptamente de su pensamiento donde ahora sólo conseguían molestar y debilitar el cimiento de su empeño; sencillamente no debían entrar en consideración, ni ellos ni, sobre todo, su dolor venidero. Ya los compadecería después, una vez aniquilada la raíz de su propio sufrimiento, acumulado al de Isabel, y cancelada la posibilidad de que el dolor acabara revirtiendo sobre él. Durante el corto trayecto, asoleado dentro del coche en esa magnífica mañana, llegó a reconocer algunos elementos de la entrañable situación que podría haberse producido de no ser su compañía ese monstruo que hacía chirriar los neumáticos en cada curva mientras ascendían por la carretera disfrutando tanto de la imprudente conducción como del sobrecogimiento que sabía le producía a su copiloto, distraído por el temor de encontrar a alguien en la casa. Recordaba que no era muy frecuentada por su dueño, pero habían pasado muchos años: podía haber empezado a aprovechar esa propiedad, haber cedido el uso a alguien más aficionado al campo… Permaneció en vilo hasta que, ya aproximándose por el camino de acceso, pudo comprobar que no había nadie y entonces, la impaciencia por terminar rápidamente lo obligó a apresurar la consecución de su objetivo. Le aconsejó meter el coche en el cobertizo de la parte trasera, donde estaría a la sombra (y resguardado de la vista de cualquier improbable transeúnte) y lo instó a entrar en la casa. Repasó los argumentos que apuntalaban la precisión de su crimen: decenas de mujeres asesinadas por sus parejas en un goteo incesante y casi diario que nadie ni nada parecía poder contener: ni policía, ni jueces, ni detenciones, ni destierros, ni condenas, ni alejamientos, ni planes especiales de protección habían parado el rosario de agresiones mortales cometidas por esos hombres cuyo único sino era encarnar la desgracia de las mujeres que, al topar con ellos, quedaban automáticamente sentenciadas a arrastrar una existencia inacabablemente miserable o a morir a sus manos tras un vano intento de escapada, lleno de sobresalto angustia y desarraigo. La muerte resolvería, pero en este caso él sería el verdugo, y la dispensaría en orden a recuperar un futuro diáfano para Isabel, un futuro que le había sido arrebatado y destruido sólo para satisfacer un antojo cruel, bastardo, gratuito, desviado, grotesco, mórbido… Al entrar en la vivienda comprobó de un rápido vistazo que la gruesa

tranca estaba apoyada contra la chimenea campera tal como él la puso. No dejó que su víctima se dispersara recorriendo las estancias, porque tenía tanta prisa que apenas pudo contener su desasosiego recurriendo al temor de malograr la ocasión. Le hizo sentarse ante un gran ventanal que enmarcaba una amplia vista de la sierra y la lejana vega a sus pies y retrocedió a hurtadillas, agarró la tranca evocando la frenética repugnancia que experimentaba al imaginarse a su hija despojada de su voluntad a base de golpes, obligada a acatar su esclavitud sin asomo de disgusto, a servir de sumidero para su efervescente y patológica violencia resignadamente, a someterse a sus ansiosos requerimientos sexuales complacientemente, y avanzó hacia él con apresurado sigilo, tembloroso de excitación, sin escuchar la entusiasta perorata que le dirigía para exponerle sus primeras y positivas impresiones del lugar. Levantó la tranca y descargó sobre su cabeza un golpe necesaria e instantáneamente mortal. Ejecutó la acción con precisión a costa del sobreesfuerzo agotador requerido para mitigar el temblor que el corazón desbocado y la respiración espasmódica e ineficaz impusieron a sus músculos. El exacto presente había transpuesto ya el mediodía según su reloj. Se concentró en sus inmediatos actos para prevenir el asalto del espanto, el remordimiento y la vergüenza que todavía ni siquiera pujaban por aparecer, y para sobreponerse al relax que amenazaba con provocarle un inoportuno ataque de desidia. Salió sin mayor cuidado, montó en el coche y se encaminó de vuelta a casa todavía tembloroso. Aparcaría en alguna calle alejada y poco transitada, subiría a casa, tomaría una cerveza y después, durante la comida, preguntaría a su hija con fingida extrañeza cómo es que no había pasado a buscarla. Pero no sabía si podría contener el impetuoso deseo de terminar su tortura haciéndole saber que había perpetrado la solución y todo había terminado.

Título: AL LADO DE SU CAMA Autor: Gonzalo López Cerrolaza

La infancia es ese mágico país de sueños donde todo es posible. Anónimo.

Independiente, siempre. Aislado, nunca. E. Visconti.

Independiente, siempre. Aislado, nunca. E. Visconti. Al lado de su cama, bajo sus pies desnudos, vigilante,

Al lado de su cama, bajo sus pies desnudos, vigilante, observa Panko la penumbra. Le llegan los olores de Raquel, huele a pompas de jabón y a sal de lágrimas. Antes no, antes toda la habitación olía a risas y besos; pero Jaime se marchó una mañana, tras un lento y fuerte abrazo, como de costumbre, y ya no volvió. Panko añora a Jaime, ¿por qué ya no vuelve a casa con esos chocolates escondidos para dárselos cuando Raquel se despistaba? ¿Qué fue lo que hizo Panko para que Jaime se fuese? ¿Acaso le dejó de gustar la capucha de verdugo, como él llamaba la negra cabecita del can blanco, de Panko? Raquel, antes tan risueña, con una de esas sonrisas que tranquilizan las pesadillas del corazón, tiene ahora los labios hacia abajo, a todas horas. ¿Y las caricias? Ya no son las mismas. Ayer eran juegos y cosquillas y diversión; hoy son caricias para peluches, para calmar la sed y secar el llanto. Panko no entiende. Los humanos son bastante extraños. Cuando él se enfada con Suqui, la caniche del quinto izquierda, le pega un par de gruñidos y se va a ver a su amigo Dr. Spock, que no es doctor, pero le gusta que le llamen así, y pasean entre los bebés del parque del Tránsito; esos bebés son unos juguetes fantásticos, tienen cuatro ruedas en lugar de piernas y una señora que les empuja hasta donde ellos quieren ir. Además huelen a talco, que hace estornudar a Panko, y el Dr. Spock casi se muere de la risa cada vez que escucha los achises de su amigo. Lo pasan en grande, la verdad, y, cuando vuelven a casa, Panko se va a dar el lametón de buenas noches a Suqui, a quien ya se le ha pasado el enfado, porque quiere a Panko y le perdona los prontos que tiene, pues sabe que lo hace sin querer y que, aunque no es muy romántico, la quiere, la cuida y la respeta, lo que ya es mucho para un perrito de su tamaño. Sí, los humanos son seres extraños. Jaime no ha vuelto nunca a darle el beso de buenas noches a

Raquel. Y Raquel no se va con sus amigas al parque a jugar con los bebés, no. Se queda tumbada, primero en la bañera, sumergida bajo la espuma, arrugándose y soltando esos suspiros que a Panko le producen escalofríos - él prefería las risas de Raquel -, luego se seca, deja la toalla en el suelo, cerca de Panko, y se tumba en la cama sobre las sábanas y un llanto que parece un siglo. La semana pasada, Dr. Spock acompañó a Panko a buscar a Jaime, cruzaron medio mundo, casi tres manzanas más allá de la Plaza del Conde, pero no estaba ni por el Taller del Moro, donde Panko, en sueños, escucha siempre martillazos y juega con el mágico serrín donde le encanta hundir sus patas; ni en la Ría, ese sitio por el que, en las madrugadas, andan merodeando dos o tres ariscos gatos olisqueando el marisco; ¡hasta miraron a través del escaparate de mazapán de Santo Tomé!, pero Jaime tampoco estaba dentro del local. No, Jaime había desaparecido de la faz de la Tierra. ¿Se habría convertido en un fantasma? ¿Por eso Raquel lloraba tanto? Los dos perros volvieron a casa. Decidieron que lo mejor sería que Panko estuviese siempre cerca de Raquel, cuidando de ella, “para que no se muera de pena”, dijo Dr. Spock. Al lado de su cama, bajo sus pies desnudos, vigilante, observa Panko la penumbra. Le llegan los olores de Raquel, huele a pompas de jabón y a sal de lágrimas. Antes no, pero Jaime se marchó una mañana; desde entonces, Panko cuida de su querida Raquel, como buen dueño de humano que se precie. En uno de esos días nublados como la noche - todos los días de Panko suelen ser nublados como la noche desde que no consigue hacer reír a Raquel -, llamaron al telefonillo, Panko se puso como loco pensando que podría ser Jaime, saltó, ladró alegremente, mordió las sábanas tirando hacia él para despertar a Raquel, incluso comenzó a girar sobre sí mismo como si quisiese morder su rabo sin conseguirlo jamás; al fin Raquel se levantó, pero sólo era el cartero, traía una postal navideña de Marta, preciosa, como todas las que le escribía, bajo una sonrisa de miel, desde hacía ya muchos años. “¡En enero, su postal navideña me llega en enero! Ya les vale a los de Correos, deberían llamarse Despacios” - Raquel hablaba en voz alta, le hablaba a Panko, que la miraba atónito, hacía meses que no le contaba nada, ni sus preocupaciones, ni las curiosidades que acababa de leer en cualquier artículo del periódico - Panko recordaba los sermones que le soltaba su amiga sobre que no comiese ratones ni hámsteres por la salmonelosis o sobre las dos filas de dientes de los tiburones u otros animales peligrosos -; a Panko le encantaba verla así, tan preocupada por su seguridad y con los ojos brillando mientras enseñaba a Panko los peligros de escaparse o buscarse amistades peligrosas (e imposibles cuando se refería a escualos y dragones, pensaba siempre Panko, pero era igual). Mientras Raquel le hablaba con esa voz enérgica y adormecedora al mismo

tiempo, agarraba a Panko de las orejas y le acariciaba lentamente, y ahora, después de muchos días sin caricias en las orejas, ¡volvía a hacerlo! Una postal no parece gran cosa, a simple vista no deja de ser un trozo de cartón rectangular, de perfil casi ni se ve; sin embargo, su contenido puede cambiar una vida. Marta apreciaba a Raquel más de lo que ésta nunca supo. Por motivos de trabajo, Raquel había marchado a Toledo hacía ya unos años, pero nunca perdieron el contacto. Una amistad puede fraguarse a golpes de caramelos con azúcar, noches de discotecas y abrazos entre llantos de alegría - como cuando aprobaron el último examen de la carrera o encontraron su primer empleo - y desolación - como en la muerte de la madre de Raquel -; Marta había estado allí. De hecho, Panko había sido un regalo de Marta, se lo llevó a casa cuando sólo era un comino recién nacido, todo blanco menos la cabecita negra; Panko no se acordaba, pero sus primeras semanas Marta y Raquel las pasaron en vela pues tenían que darle la leche cada dos horas, de modo que se iban turnando para levantarse. Desde que Jaime se había ido, Marta notaba el momento por el que estaba pasando su amiga, y sabía que todo el mundo le decía que qué pena, que pobrecilla, que ya lo olvidaría… esas palabras de ánimo que suelen darse con buena intención y que no consiguen más que dejarlo todo como está, o más abajo aún. Por eso, Marta en la postal no escribió otra cosa que:

Raquel Fiz

Avda. de la Fortaleza s/n.

45005 - Toledo

Raquel Fiz Avda. de la Fortaleza s/n. 45005 - Toledo ¡Felices fiestas! Me alegra que vuelvas

¡Felices fiestas! Me alegra que vuelvas a ser independiente. Podremos salir por tu Toledo o mi Madrid sin que nadie nos estorbe. Jajajá. PD: Un tonto se define por su tontería, no por sus besos. Te quiero. Marta.

Raquel había comenzado a acariciar a Panko en las orejas mientras le hablaba de los retrasos de Correos nada más leerla. Y esos labios hacia abajo que Panko había visto tantos días habían florecido en una preciosa mueca de flor. Si hasta Raquel se había acercado a la cocina y volvía con un trozo de chocolate para Panko. Marta sabía decir las palabras precisas con la intención precisa en el momento oportuno. Entre ellas no hacían falta conversaciones eternas para que una convenciera a la otra de elegir el camino más correcto entre varios senderos.

“Dr. Spock, mi vida ha dejado de ser una vida de perros, Raquelina es una mujer feliz de nuevo, y está viva” - Panko había subido con Dr. Spock a saludar a Suqui, la caniche del quinto: quería llevarla al parque para jugar a mamás y papás con los bebés ahora que Raquel llevaba un par de meses en los que salía más de casa y no necesitaba que él estuviese siempre al lado de su cama. Suqui se encontraba resplandeciente, parecía que tenía el aura de una bóxer, y Panko babeaba moviendo el rabo contento por poder marchar a su lado. Lo que Panko no sabía era que Suqui había visto ya varias veces a Raquel en casa de Roberto, el vecino del quinto. Roberto era un tipo sencillo en su modo de vestir y en su forma de ver la vida. Inteligente y culto como pocos, jamás se había preocupado por conseguir el éxito o la riqueza, le preocupaban los aspectos cotidianos que a menudo pasan desapercibidos, y los disfrutaba al máximo: el florecimiento de su pequeño jardín, jugar con sus sobrinos a indios y vaqueros, el sabor de un entrecot sangrante… Trabajaba de ocho a cinco y cuando volvía a casa lo primero que hacía era sentarse al piano a tocarle a Suqui una canción, cada día una nueva melodía, cada día una sorpresa. Hacía tiempo que Suqui no veía a Roberto tan sonriente y preocupado por si su afeitado dejaba su cara suave como el culito de un bebé o por si la camisa tenía una mancha de aceite o si a Raquel le gustarían más las rosas que los claveles. Lo que comenzó con una petición de vecino de un poco de azúcar para el café había terminado por convertirse en una aventura pasional, como de adolescentes, que parecía ir pasando, poco a poco, a un amor de ésos que hacen cosquillas en la tripa, ponen la carne de gallina en los antebrazos y no permiten un pensamiento donde no aparezca la persona amada, asentándose tan profundamente en el corazón como las raíces de un olmo recorriendo los campos. Hace un par de días llamaron al timbre. Panko pensó que sería el cartero, que vendría con retraso, pero no, era Jaime. Venía con su maleta y la cabeza baja. Por lo visto echaba de menos a Raquel, traía un sinfín de losientos y perdonas y quería intentarlo de nuevo. Raquel no dejó que cruzase la línea de la puerta. Simplemente esperó a que Jaime soltase todo el discurso que, suponía, traía preparado y, después, seria, sin una mueca de sonrisa ni tristeza, más bien de indiferencia, le dijo despacio: “¿Sabes, Jaime? Besabas realmente bien, pero un tonto se define por su tontería, no por sus besos”. Y cerró la puerta henchida de energía y aplauso. Cuando leyó la postal de su amiga, tomó una decisión personal que acababa de llevar a su culmen, no tenía nada que ver con Roberto - quien, por cierto, besaba bastante mejor que Jaime - ni siquiera con Panko, ella misma era quien apostaba por ella y quien ganaba o perdía, nadie más, nunca. Se sentía RAQUEL, con mayúsculas, y además tenía a Panko, a Marta, a Roberto, porque quería tenerlos y quienes querían tenerla. Al tumbarse de un brinco en su cama con el brillo de la primavera nadando en sus ojos, le pareció oler el

algodón de azúcar de las ferias, aquel que todos en su infancia deberían probar al menos una vez en la vida; cerró los ojos e imaginó su niñez: agarrada de la mano de su madre, mirando la noria y las luces de los coches de choque, mordiendo la imaginación y los sueños de caballos blancos voladores. Al lado de su cama, bajo sus pies desnudos, vigilantes, observan Panko y Suqui la penumbra. Les llegan los olores de Raquel y Roberto, huelen a burbujas de jabón caliente y a agua de caricias.

Título: LA CONVERSACIÓN Autora: Emilia Luna Martín

– ¿Y tú? ¿Qué le contestaste? – preguntó con cara de asombro el chico rubio. –Pues eso, que estaba loco por ella y que no me hiciese sufrir –contestó el más alto con ademán triste. Tras este cruce de palabras los dos jóvenes continuaron caminando despacio. El primero con la cabeza alta y el segundo cabizbajo, como si todo el peso de su tristeza descansase sobre su nuca. Yo les seguía de cerca, con los libros bajo el brazo y las gafas de sol disimulando una mirada avergonzada. Pidiendo al cielo que no se volviesen y me descubrieran. Llevaba tras ellos quince minutos. Me enganché con su conversación en el primer semáforo que encontré al salir de mi casa cuando me dirigía al trabajo y éstas fueron las últimas frases que pude escuchar antes de tomar la dirección del instituto y separarme de ellos. Me abochornaba reconocer que seguir a los extraños constituía en esos momentos una auténtica debilidad que iba transformándose, merced a una bien trabajada tenacidad, en un vicio que me dominaba. Afortunadamente nunca había tenido problemas al respecto, nadie se había dado cuenta. Cuando todo empezó, seguía a la gente pero por unos motivos muy diferentes y mucho más ingenuos. La culpa la tuvo mi madre, que una vez me hizo recorrer a su lado más de un kilómetro por la ciudad para ver de cerca el jersey que llevaba un chico joven, que, además de ser un consumado atleta, se paraba en los lugares menos apropiados. Acabamos entrando tras él en un sex shop, con la lengua fuera y dispuestas a preguntar lo que fuera al dependiente con tal de que mi madre observase de cerca la labor. Al cabo de cinco minutos, salimos ambas de la tienda con una sonrisa triunfante y un objeto perfectamente envuelto en la mano esperando dar con una papelera en el menor tiempo posible. También recuerdo aquella mañana de primavera en que mi madre y yo salíamos del mercadillo ambulante y ella se empeñó en seguir a un par de señoras de avanzada edad que, entre suspiro y suspiro, comparaban sus respectivas recetas de “rabo de toro”. Estuvimos tras ellas más de media hora sin ver colmados nuestros deseos. Cuando estaban a punto de determinar el tiempo de cocción de la carne, se dieron un beso y con un “hasta el martes que viene” se separaron. Mi madre no estaba dispuesta a que nos fuésemos a casa sin la receta, de forma que se acercó a la señora más mayor y antes de que ésta introdujese la llave en el portón de su casa, le preguntó cuánto tiempo tenía ella el rabo de toro en la olla express. ¡Lo

que nos reímos recordando la expresión de la señora al murmurar: “–casi tres cuartos de hora”! De ahí a escuchar lo que mis perseguidos hablaban y a interesarme por sus conversaciones había solo un paso. Con la práctica, había adquirido una singular destreza en filtrar conversaciones, y era capaz de distinguir una docena de ellas en cualquier sitio público y elegir la que más me atrajese en ese momento. Analizaba, sin fijarme en nadie en especial, el tono de la voz, las palabras utilizadas y el asunto sobre el que trataba cada charla. A veces eran conversaciones insubstanciales, pero otras eran de lo más interesante. Concluido el análisis, localizaba a los protagonistas elegidos y me acercaba a ellos intentando que no se apercibiesen de ello. Eso era justamente lo que había estado haciendo los últimos quince minutos aquella mañana. Cada vez, esta costumbre iba encontrando mayor facilidad para desbancar a las demás. Fue escalando la pirámide de mis prioridades para instalarse entre los primeros puestos. Sin darme cuenta, dedicaba casi el mismo tiempo a “robar” las conversaciones de los demás que a charlar con mis amigos y mis compañeros de trabajo. Salía del instituto casi sin despedirme de ellos, buscando desesperadamente la ocasión de dejarme atrapar por una charla ocasional. Aquella mañana comprobé que mi estado de ánimo se modificaba dependiendo de la conversación última que pululase en mi mente. La tristeza del chico rubio que contaba a su amigo sus confidencias amorosas había hecho mella en mí. Cada conversación ajena iba alterando mi comportamiento, de manera tal que llegué a perder en parte mi independencia de ánimo, cayendo en manos de la suerte que tuviese al elegir una conversación u otra. Los juegos de los más pequeños en el recreo consiguieron, en parte, alejarme del bajón que amenazaba con acompañarme el resto del día tras la conversación del semáforo. Eso y un par de charlas con el jefe de estudios sumieron mis preocupaciones en el olvido. Cuando salí del instituto, casi no lo recordaba. Aún era temprano y necesitaba comprar algunas cosas en la tienda, de forma que dejé los libros en mi casa y bajé de nuevo a la calle. Llenar la nevera para una sola persona no es tarea difícil, así que en menos de diez minutos me encontraba en la cola del supermercado con la cesta repleta. El establecimiento estaba a punto de cerrar y a esa hora el público que lo frecuentaba era el mismo de siempre: gente que acababa de salir del trabajo y volvía a sus casas con las manos llenas de bolsas. Madres jóvenes que pagaban, sacando con dificultad la cartera del bolso entre un revoltijo de chaquetas y carritos de bebé. Gente con prisas. Estaba repasando mentalmente las cosas que había comprado cuando escuché algo que atrajo mi atención. Entre la maraña de conversaciones que involuntariamente se filtraban por

mis oídos, una se fue abriendo camino y aislando como en un fanal de cristal a las demás. La voz era de mujer y, aunque vestida de temor, era dulce y clara. Su dueña se debatía entre la firmeza y la indignación al dirigirse a su acompañante: “–Él no lo sabe, pero ésta será la última noche que duerma en casa”. Iban justo detrás de mí en la cola. Podría haberme vuelto para observarles mejor, pero, en lugar de eso, hice como que se me caía la bolsa del pan de molde y me agaché buscando una excusa para levantar la vista. Eran dos chicas jóvenes, de unos treinta y tantos. Deduje, por el gesto de sufrimiento de su cara, que la más alta era la que había hablado unos minutos antes. Metí la compra en las bolsas y pagué demorándome aposta, decidiendo qué hacer a continuación.

Estuve tentada de volver a casa, pero una necesidad urgente de saber algo más encadenó mis pies al suelo. Esperé a que las chicas me rebasaran y caminé detrás de ellas. Iban a paso ligero y al cabo de diez minutos las asas de las bolsas de plástico comenzaron a clavarse cruelmente en mis dedos. Al pasar por delante de una agencia de viajes echaron un vistazo alrededor y se metieron dentro. Aunque era tarde, en el fondo lo agradecí, estaba cansada y la chaqueta de paño me sobraba. Observé todas las ofertas de viajes que decoraban el escaparate del establecimiento. Al cabo de dos minutos las chicas salieron de él con un sobre en la mano. Las dejé distanciarse de mí para no llamar en exceso la atención, pero ello no evitó que observara ciertas discrepancias entre ellas. Se pararon bruscamente y no tuve más remedio que dejar las bolsas en el suelo y simular que ataba los cordones de mis zapatos. Ambas discutían en voz alta. Eran las dos y media de la tarde y la calle estaba casi vacía. Sus voces se oían perfectamente. La chica más alta, desarmada y con la voz trémula por el llanto interpelaba a su acompañante acercando su

cara a la de ella. “–No puedo soportarlo más” –decía en tono de súplica– “pero

¿crees que

marcharte es la única solución? ¿No puedes arreglarlo de otra forma?” –insistía la otra. “– ¿De otra forma? ¿Tú crees que esto puede arreglarse de otra forma?” –sollozaba mientras con un movimiento decidido levantaba los faldones de su camisa y mostraba su cintura y parte de su estómago. Unas manchas de color violeta rompían el blanco de su piel mientras unas lágrimas arrastraban el lápiz de ojos mejilla abajo. Colocó la camisa en su sitio y se levantó una de las mangas; el mismo color se agolpaba en sus brazos en forma de lunares. “– Mañana a las doce cogeré ese tren y no volverá a saber de mí” –sentenció. Decir que pasé el resto del día recordando el color de sus moratones es decir poco. La imagen de la chica me atormentó toda la tarde. A la mañana siguiente llamé al instituto para advertir que por motivos de salud no podía asistir a clase. Me levanté temprano y arreglé un poco la casa y como una autómata, sin voluntad propia, me dejé llevar calle abajo hasta la estación de trenes. Ella llegó media hora antes de que el tren partiese y se sentó en un banco

del andén. Podrían haber estallado miles de bombas a su alrededor que ella no se hubiera enterado, tan absorta estaba en sus pensamientos. Ni se fijó en mí cuando me senté a su lado, en un intento de apoyar con mi solidaridad anónima su decisión. Vestida de manera informal y muy sobria, todo le quedaba grande, incluido el anillo de plata y ámbar que bailaba en uno de sus dedos. Cuando el luminoso que pendía del techo gris anunció con sus letras rojas que los viajeros debían subir al tren, se levantó despacio y, seguida fielmente por sus dos maletas con ruedas, recorrió el trayecto que la separaba del vagón. La seguí con la mirada hasta que se disolvió entre un grupo de viajeros. Han pasado dos meses desde entonces y no se qué hacer para desprenderme de mi afición por escuchar. He comprado unos tapones de goma que coloco hábilmente disimulados con mi melena y huyo de los lugares abarrotados circunscribiéndome a ambientes silenciosos en la medida de lo posible. Espero en la puerta del supermercado a que los empleados levanten las puertas metálicas con la idea de no encontrarme con nadie. Incluso tiendo a la luz de la luna para no escuchar nada. Pero, aún así, las conversaciones de los demás desbaratan mis propósitos. Como ocurre ahora. Estoy acabando de tender las sábanas cuando un susurro, que se escapa por la ventana entreabierta de enfrente, perfora mi intimidad. Debe de ser la vecina, que habla con alguien por teléfono. Su tono es tranquilo. Intento alejarme de la ventana, pero una fuerza incontrolable me lo impide. Las palabras van haciéndose cada vez más perceptibles y entre llanto y llanto comunica a su interlocutor que su hijo está destrozado. Que su mujer se fue hace ya dos meses y que no ha vuelto. Tras unos segundos de angustioso silencio, continúa diciendo que sí, que reconoce que su hijo es un poco agresivo, pero “es que él es así”. El dolor producido por el marco de aluminio de la ventana clavado en mi estómago me anima a separarme de ella. La cierro de golpe y me apoyo jadeando en la lavadora. Al día siguiente me sorprendo a mi misma tomando una cita para el doctor Ramos, el psiquiatra que llevó la enfermedad de mi madre en los últimos años. La enfermera, confiando en la veracidad de mi urgencia me la da para el día siguiente. Me abre la puerta del consultorio una mujer joven a la que intuyo más que distingo y que me indica en silencio una silla cuyo armazón de acero sostiene un asiento incómodo y de un blanco inmaculado. Al cabo de unos minutos reaparece para indicarme que el doctor me espera. Al final del pasillo, la silueta del Doctor Ramos se recorta contra la luz que entra por la ventana. Me recibe con un cariñoso beso y me invita a sentarme frente a él con una mesa de nogal entre los dos. Después de cinco minutos de obligados cumplidos me pregunta por el motivo de mi visita. Se lo expongo brevemente y, abriendo un sobre grande que descansa

sobre la mesa saca de su interior lo que parece ser una historia clínica. Lee por encima y, mientras, resume mi situación en unas palabras más que acertadas: “–tienes miedo a la palabra ajena, ¿verdad? –pregunta con autoridad. Asiento en silencio y, tomando el sobre entre mis manos leo el nombre de mi madre impreso sobre él. El tiempo que transcurre entre las palabras del Doctor Ramos y la sencilla exposición que hace del tratamiento que debo seguir se dilata copiosamente, dando cabida a un repaso fugaz de los últimos meses de vida de mi madre y despertando dormidas sospechas y una creciente necesidad de confirmarlas. Cuando acaba la cita, salgo del consultorio sin tener muy claro qué hacer. Dejo a un lado el ascensor y bajo las escaleras intentando retardar en la medida

de lo posible mi enfrentamiento con la realidad. Al salir a la calle, el sol me ciega

momentáneamente. Obligada por mis pies, tomo un camino que no es el de mi casa. Meto las manos en el bolso y saco mi llavero. Repaso con avidez las llaves y la encuentro. Ahí está. Aligero la marcha y atravieso el parque ignorando los rosales en flor que dibujan una franja

roja a la altura de mi cintura. Enfilo la avenida y entro en el bloque de ladrillos rojo que tantos

Subo los escalones de dos en dos como cuando

era una adolescente. Llamo al ascensor y pulso el tercero. Cuando llego, mis pies se paran

ante la puerta de la derecha. Aún está la placa con el nombre de mi padre. Entro en el piso

vacío y el corazón corre como un caballo de carreras, anudándome la garganta. Atravieso el

pasillo sin mirar, sin detenerme en los cuadros amarillentos y desvaídos que todavía cuelgan

de sus paredes. Abro con dificultad una de las ventanas del salón. Y compruebo que sus

recuerdos me trae. Dos, cuatro, seis, ocho

cristales son dobles, como los de toda la casa. Cuando entro en el dormitorio de mis padres, observo cómo la humedad ha causado estragos en el papel pintado de pájaros azules, que a

mi madre tanto trabajo le costó encontrar. El papel se despega por algunos sitios. Es

entonces cuando una lágrima se desliza tímidamente por mi mejilla haciéndome cosquillas en el escote. Introduzco el dedo en un lugar donde el papel está levantado y hurgo en él. Me ayudo con el resto de los dedos y toco algo duro y poroso. Repito entre sollozos lo mismo en el resto de las habitaciones.

Ya es de noche. Mis uñas están destrozadas y los dedos me duelen de arrancar las capas de

material aislante de las paredes, que llena el suelo de terrazo de bolitas blancas. Decido volver a casa. Entonces, una corriente de aire me susurra al oído aquella frase que repetía con insistencia mi madre cuando cerraba las ventanas y que ahora lo explica todo: “Aquí ya

no podrán entrar las palabras”.

Título: ESTUDIO BREVE SOBRE LAS OLAS Autor: Ginés Mulero Caparrós

Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

El libro de arena (Jorge Luis Borges).

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. El libro de arena (Jorge Luis Borges).

Pensé, seducido por la última cita, que el mejor lugar para ocultar una gota de agua es entre las olas del mar.

(El autor).

I. Las olas en la primera hora. Las olas se vuelcan como cantos gregorianos. Los discípulos de Gómez de la Serna nos dirían, sin tener en cuenta ortografías ni gramáticas, ni zarandajas, erguidos como papagayos, altivos por su ocurrencia minimalista, que nos dan la bienvenida con una reverencia virulenta, de arco tribal que invita a la inquietud. El mar está inmenso, precioso, un espectáculo natural y mirífico para mis ojos, bendecido por las primeras olas de la mañana. El ambiente es fresco, limpio, húmedo y lo respiro llenando los pulmones, abriendo los alvéolos, dejándolo que fluya libre, que corra a su libre albedrío. Miro la grandeza acuosa mientras realizo los primeros estiramientos de piernas y brazos. El monumento del Espárrago va a marcar la línea imaginaria de salida. La playa es larga, rectilínea, sin confines, como un día sin pan. Me despojo de la camisa dejando el torso desnudo y la introduzco en la mochila donde llevo una pequeña botella de agua, las chinas, las llaves del coche, poco peso para poder resistir mi Odisea andante, mi naufragio terrenal. Port Ginesta está muy lejos, en el fin del mundo: y es la mitad del trayecto. Pienso en El libro de arena de Borges; hundo el pie, la arena está mojada y fría como el hielo,

tras el recuerdo del paso de la última ola rebelde. Mi pie se hunde hasta el tobillo por mi peso,

la masa húmeda me envuelve y siento cómo en bajorrelieve se hace un molde de arena lunar.

Avanzo otro paso, también pesado, la brisa corre de puntillas y despunta ancho el amanecer,

a mi espalda, como un generoso y difuso incendio. El rumor monótono de las olas me

acompaña como si la soledad no quisiera estar absolutamente sola. Es hermoso el sonido, monocorde a veces, no siempre. En la playa no hay indicios, en lontananza, de ser humano.

Cuando venía con el coche la oscuridad era esdrújula y las calles mediocres iban naciendo a

mi vista a la vez que los focos las iluminaban. Traía la corazonada equivocada de un mar

manso en silencio. Hay un gozo sublime en el néctar de mi alma por estar admirando la luz indecisa del amanecer. Mis primeros pasos son enérgicos, seguros, rápidos, y las olas salvajes se domestican cuando llegan lamiéndome suavemente mis pies cuarteados. Mi caminata es austera y yo avanzo con la frescura que da iniciar un proyecto, con esa ilusión jovial de los principios, aunque ya no sea un mozo, pero el espíritu se sabe que es determinante: la fe mueve Decía, que inicio un proyecto de salud, de adelgazamiento, de expiación, de rememoración…

No sé con precisión si el leitmotiv es uno o es una miscelánea. Dar ignición con enjundia y vehemencia a nuevas cosas trae algazara, como las olas que ahora me acompañan que son

un allegro vivo y espumoso, que esconden en su interior con poco disimulo supuestos vítores,

enmascarados elogios…, apócrifos cantos de sirenas.

Religiosa y peregrina, la estela de los aviones que atraviesan el cielo del Prat de Llobregat ha dejado una estampa azul con una cruz blanquecina, gigante. Religiosa y peregrina, una cuerda que sale de la arena flota sobre el mar rizado con sus boyas fosforescentes imitando a

las cuentas de un rosario, gigante. Perlada ya la frente por el primer esfuerzo, jadeo. Pero no

me rindo: mi vanidad está recién salida del crisol. Mis carnes blandas se balancean, me

avergüenzo de mi patetismo, pero doy otro paso y otro más. Nada me hará renunciar a los consejos de la terapeuta. Pienso que no llegaré ni a la mitad del trayecto, que me tiraré a la arena, agotado, deshidratado (palpo en la mochila con la palma de mi mano la botella de agua de 33 cl., todavía conserva el frío de la nevera) y hundo otro paso en la arena húmeda con coloso ímpetu de pírrico gladiador, de mártir que sabe con previsión que va a ser devorado por los leones hambrientos, y aprieto los dientes, y otro paso de vendimia, y otro más. Paso delante de un pescador que ha madrugado, el primer ser viviente que me encuentro y

se parece a un extraterrestre. Con sus botas altas hasta la rodilla, decrépitos pantalones

vaqueros hasta la ampulosa cadera, camisa a cuadros hasta el cuello peludo y gorro demasiado grande, que le tapa de forma siniestra parte de la cara. Las tres cañas están ensartadas en sus hierros, lanzadas a la esperanza. Los implementos de pesca están desperdigados, anárquicos. Veo, por cierto, que le brillan las pupilas, que tienen lumbre, que le titilan por la ilusión; están pintadas por la luz mágica de la felicidad. <<Buenos días>>, me saluda con voz grave, rota, cavernosa, mostrándome sus dientes negros, podridos, aterradores: le correspondo en el saludo, distraído…, una ola bravía me moja el bañador y tengo un repelús que no sé a qué achacar…

Estoy culminando la primera hora… ya veo el Club Náutico con la multitud de mástiles apuntalando un cielo gris, con alguna –visto y no visto- culebrina de luz. Amable, el aire salino me abofetea cariñosamente la cara, el pecho desnudo, las piernas. Empiezo a tener los primeros síntomas de cansancio, pero nada me detendrá, mi decisión es firme, como recta vara de junco. Sigo hundiendo mi pie pequeño, mancillando la tierra de la límpida playa. He pasado junto al monumento que parece un rascacielos con ¿campanas? ¿Cañones de luz? No sé, no veo bien; la edad tiene eso. He pasado frente a un quiosco de helados cerrado; dos…, no, tres jóvenes –interpreto- duermen en sacos cobijándose a su vera de la helada brisa matutina. A mi espalda el arco del sol no termina de asomar. Me siento destrozado, los gemelos están tensos como cables, mis muslos son de piedra, no puedo más, creo que voy a llorar, intuyo un aleteo: la abeja de la tristeza está a flor de piel, pero doy otro paso.

A menos de diez metros de la orilla se levanta una ola larguísima que simula una anaconda:

¡qué hermosa que es! Retorcida, luminosa, con un lomo de espuma rizada y con las crines del viento. Pienso en mi pasado, en mis quilos, en la lumbalgia de hace dos años -¿o son tres?- se me viene a la mente, de repente, como una ola que se te estampa de sopetón, la palabra <<hernia>>. El apático médico de urgencias me dijo que había que operar; luego, gracias a Dios y a la doctora Ferreró, entendí que todo fue una falsa alarma. Hay nubes oscuras en el cielo que se arquean como olas, o fuentes, o cascadas, y que, en cualquier momento, van a descargar una presunta lluvia de alfileres, clavos, lanzas. No importa. Andaré bajo la lluvia como un héroe anónimo que desafía a los elementos llevándose la victoria en la batalla de la supervivencia. El arrojo no ha de confundirse con la temeridad: pienso que las tumbas están llenas de héroes y que pocos cobardes hacen historia. Mis ojos observan a tres viejecitos que miran las olas. Invento que son Esquilo, Sófocles y Eurípides mirando las enormes olas y debatiendo sobriamente sobre la exaltación natural de la Belleza. Pienso en mi madre muerta:

cómo ha cambiado todo desde que se marchó. Y en mi padre… su tiranía. No puedo evitar el recordar la imagen tétrica de mi padre enseñándome bajo el pulóver la cicatriz de la metralla.

II. Las olas en la segunda hora. Estoy frente al Club Náutico. Mi cuerpo brilla como una patena, curtido, pulido. Estoy tan mojado de sudor, tan encorvado… que parezco una ola, una ola vieja, de otros tiempos, de otros espacios, de otros mares. El corazón bajo la coraza de mi pecho late desaforado,

queriendo salir, huir, volar. Me tiemblan las piernas, y mis ojos, por iniciativa propia, empiezan

a llorar sin motivo aparente, sin haber dado las órdenes pertinentes desde mi cerebro. Noto el cabello empapado como si fueran algas. Me creo estar absolutamente derrotado. Qué cambiantes somos cuando entra la desazón. Cabizbajo me veo la rótula, le hago una

radiografía. Imagino también la tibia y el peroné. Me veo como un esqueleto solitario que anda por la playa con sus huesos endebles, húmedos, quebradizos. El último lengüetazo de la ola sobre los metacarpianos me reactiva la circulación sanguínea. Doy un paso que más que humano simula visceral: de bestia. Me sorprendo a mí mismo por las renovadas fuerzas. Me incorporo un poco como si fuera una metáfora idílica de la Evolución. El esqueleto se pone tieso y el cráneo levanta el mentón. Imagino una curia de esqueletos holgándose entre las olas con promiscuidad. El corazón ya no me palpita desbocado y no temo al infarto de miocardio. Una gota de sudor se cuela entre las cejas encrespadas y resbala por el ancho tobogán de mi nariz; un ramalazo disciplinado de perlas la sigue al abismo. Me doy cuenta de que vuelvo a tener órganos, músculos, piel. El espectáculo del mar me trae a la mirada cercana una luz mineral, extraña. A lo lejos es un espejo con los colores de la plata apagada, o del estaño cegado, o quizá del bronce sin bruñir, o tal vez barajo un eclecticismo singular. Con invención puedo distinguir la cilíndrica torre del Hotel Playafels; está encalada de blanco y es una pieza lateral de un supuesto tablero de ajedrez que ha iniciado la contienda, que espera órdenes. Imagino un pulgar y un índice de gigante levantando de sus raíces y moviendo la torre hasta la casilla circular de la Plaza Cataluña, cayendo, aplastando, remeciendo los cimientos de las Ramblas. El rumor de las olas me cercena la fantasía, quiere que le preste a él la atención debida, quiere que deje de estar absorto en otras lides. Le hago caso…, y escucho en las olas música de piano, un hermoso y soberbio andante. Dispersos, otros pescadores, alguno de ellos recogiendo el sedal con el sibilante sonido. Doy otro paso, cortito, tembloroso. Estoy tan mareado que no sé siquiera si cunde el desánimo:

por primera vez en mi vida creo captar con vértigo el movimiento de rotación de la Tierra. Al fondo…, todavía difuso…, el fin del mundo, bueno, la mitad del fin del mundo: Port Ginesta; luego me quedaba volver, desandar lo andado. Es imposible. No lo conseguiré. Una ola diminuta, blanca como un caniche, me muerde la pantorrilla; tal vez signos de agarrotamiento, pero no me paro, sigo pisando la arena grávida, sintiendo su acupuntura vívida. El caniche blanco de espuma ha conseguido de nuevo distraer mis sentimientos de capitulación. Las nubes, delante, apuntan a ser más negras que la hulla, pero la tormenta no acaba de desencadenarse. Respiro amargura. La expiro. Quiero pensar en mi esposa y en mis hijas:

desde el núcleo de la desesperación les envío mi Amor más llano. Igual que a mi linda hermana. Mis 4 diosas. Y yo solo, como un tonto, levanto al cielo un sombrero invisible. Ahora, al respirar escojo entre la gama otros aires, más benéficos. Dulce, se cuela el universo entero en mis húmedos pulmones de ánfora. El sol a mis espaldas se está levantando, noto su calor de volcán, pero no quiero mirar atrás como la mujer de Lot, con percibirlo tengo

suficiente. Pienso en mis padres emigrando desde un pueblecito del País Vasco. Creo que, en próximas generaciones, tendremos inexorablemente el estigma de la tristeza. ¡Gora la tristeza! No soy yo: son las neuronas blandeadas las que hacen apología de la pena. Doy otro paso. Una pareja de ancianos están tumbados, desnudos. Los miro de soslayo y sigo con mi cansancio pesándome como una joroba, metiéndose en mi mochila. Me acuerdo del agua. La sed. Nada hasta Port Ginesta. Ni una gota de agua. Tengo que dosificar. Mis piernas están acartonadas. Creo que voy a echar los hígados… y el bazo. Avanzo sin embargo distraído por la naturalidad luminosa y reverberante de las olas, esas pequeñas cataratas que recorren los últimos ochocientos metros. ¿¡Ochocientos!? ¿¡Sólo ochocientos!? Me crezco, levantándome

de mis cenizas. Mido mis pasos, aproximadamente… cada tres pasos un metro. Ocho por tres

veinticuatro. Sólo dos mil cuatrocientos pasos. El pequeño infierno al que debo llegar no es una utopía. Aliada, tirando de mi persona con la cuerda más corta que conozco…, mi sombra

va

delante.

Mi

lengua es de cartón piedra y el cielo del paladar está estucado de llagas que un poco de

agua aliviarían, pero me espero para beber. Un padre con casco de moto en la mano trae a

su hija tomada del otro brazo hasta la playa, la deja en la arena (justo donde ha muerto la

última ola tibia) y, agachándose, espera con una genuflexión árabe que su niña de cabellos rizados y ojos azules levante un castillo con almenas. La trenza de ternura, tristeza y nostalgia que me embarga me hace pensar que la madre de esa niña yace en una tumba de Montjuich mirando al mar, por culpa de un accidente de tráfico. Las olas vuelcan su estruendo y los ojos azules, metálicos, fríos e inexpresivos de aquel ángel miran sin verme. Sigo avanzando, dejando una estela de dolor tras mi paso. De pronto, como en un espasmo ávido, noto el Orinoco que me solicita salida sin contemplaciones. Me separo de la orilla. No hay casi nadie. El rumor de las olas se amortigua con tan solo unos metros hacia dentro, se apacigua, quizá. Me escondo detrás del atado de tumbonas envueltas bajo una lona azul con cordones de esparto y me alivio mirando a derecha e izquierda, sin serenidad. Retorno a la frontera entre

la tierra y el mar. El rumor es ahora ensordecedor, como de trompetas de Jericó. Las olas acaban de retirarse y dejan decenas de burbujas blancas que parecen insolentes escupitajos. Cuando quiero darme cuenta (hora y media desde el inicio), la mitad del fin del mundo me está abrazando. Port Ginesta es una maravilla. Los yates se bambolean a merced de la corriente. Hay peces largos como mis brazos rezongando junto a la quilla de un anacrónico barco de pesca. Un velero de los anclados, mecido por el viento, se golpea testarudo contra la popa de un ferry turístico. He llegado a mi primera meta. Lo celebro: bebo de un sorbo la mitad de la botella de agua. ¡Qué placer! Se me acerca la dicha sin resquemor: me gusta. La

brisa fresca me besa en los labios, en las mejillas y en toda la cara. Lanzo una mirada rápida al horizonte neblinoso: un posible petrolero se difumina en el infinito. Sonrío tenuemente. Sin dilaciones deshago el camino, otra vez, nudo a nudo. Las fuerzas renovadas. ¡Vamos, sin tregua! -me digo internamente. Ahora el sol me hiere de frente. Las nubes negras, indecisas, finalmente se retiran. Mis pasos vuelven a ser espléndidos: dos pasos, un metro. Así progresaré un tercio más rápido. He de estibar las ideas en el buque de mi cabeza. Pienso en el trabajo. Cómo esparcen fatuos rumores. Debería decirle a la cara a aquella compañera que es una profesional muy mala, pero que es mucho más mala como persona. Un demonio. Pero si uno se enfrenta a sus propios demonios, éstos huyen como el gato del agua fría. ¡Cómo no las había visto antes! Centenares de gaviotas apostadas en medio del mar. Un modesto barco de pesca las espanta. Vulnerables, levantan el vuelo en un escuadrón muy perfilado; luego dibujan un caligrama que elucubro como la figura de un équido. Sobrevuelan mi cabeza armoniosamente, cabalgan al unísono en una sinfonía dirigida por la varita de un imaginario director de orquesta. Las olas rompen en estruendo con un redoble de tambores. Imagino al violonchelista ruso Rostropovich en medio del mar consiguiendo que las olas bailen entre ellas con pasión al son de sus cuerdas vibrantes. Estoy muy cansado. Oigo que las olas, ahora palomas blancas, me susurran <<Paz>> con su batir de alas, y eso me enternece. De nuevo aparece, difusa entre mástiles, la torre del Hotel Playafels. Una brasería, sin apellido. Un Rincón de Lola, sin el bar delante. Miro a mi espalda: el Macizo del Garraf… como un dinosaurio dormido, palpitante a mi paso. Como un faquir profesional, clavo los pies con ansia en la arena de piedrecillas. Cuando retorne al Club Náutico, ya sólo me quedará una hora de travesía. No me habrá costado tanto. Recurrente, viene a la cabeza mi padre…

III. Las olas en la tercera y última hora. He llegado al Club Náutico con un suspiro atolondrado. Siento la garganta rasposa como un rastrojo del desierto. Quiero pensar que es la última hora, pero no quiero insinuar con ello mi suicidio. Tengo azogue, y eso sí, se me remecen los huesos cuando veo unas chanclas y una toalla abandonadas en la arena: me da por creer que alguien se ha quitado la vida y su cadáver aparecerá violáceo flotando ante mi vista en cualquier momento, en cualquier lugar, dondequiera que yo esté, no abandonándome la imagen del ahogado ni en los sueños, persiguiéndome por los restos de los restos. Me tranquilizo diciéndome que el verdadero suicida se metería en el agua con las chanclas y todo… ¡Dios, tengo las piernas insensibles! No he visto en el camino de retorno a la princesita rubia de ojos metálicos, ni su castillo acabado. Me da por pensar que todo es efímero y que vivimos como en un sueño líquido, acuoso e indefinido. El sol me ciega, me quema los ojos que me lloran. La percepción de las

olas, al entornar los ojos, es de un luminoso interior, como si en el interior del mar hubiera nacimientos de luz, chorros de luz, que quisieran acentuar aquel blanco resplandor de la espuma, darle más lustre, si es que esto es posible. Podía insinuarse en mi mente decenas de lenguas de agua acariciando con lujuria la arena ultrajada con cajas de lombriz, moluscos, huesos de melocotón… Tierra adentro una media de mujer, rota. Una estrella de mar, parda. Un erizo de mar, negro. Una medusa de vidrio. La playa se está colmando de gente. En mi recorrido por la orilla tengo que esquivar algún que otro paseante. Algunos, atletas del camino, con paso seguro, bien marcado en cada huella, sin ninguna enfermedad, están fuertes tal que mástil de roble: análisis final de un juego ingenioso de reflexoterapia de playa. Un viejecito demacrado hunde su rastrillo buscando almejas. Una madurita con bañador obsoleto de pantalón busca su botín: un tesoro de conchas iridiscentes. Una jovencita con bikini floreado rechaza con desdén un guijarro de tres colores. Los márgenes de la playa se están llenando de bañistas, obcecadamente. Tengo que empezar a zigzaguear entre la gente; eso me retardará. Descarada, una cuarentona me desnuda con la mirada: la ignoro, tengo cosas más sabias que dilucidar. Por un momento pienso que deliro, que es un dispendio de la razón, que con o sin verso tergiverso. ¿Quién va mirar a un gordo brillante? ¡Qué asco, la mochila no transpira! Noto por el espinazo cómo me caen finos hilos de agua. Cae un paso, a plomo. Ufano, el sol imperioso se ha plantado en medio del cielo, marcando su territorio. Sopor tedioso, abrumador, desafiante. Tengo que recuperar. Bebo sin detenerme un sorbo breve:

me pinto los labios: el agua me sabe a gloria. Veo el monumento del rascacielos, ¿con campanas? ¿Con cañones de luz? No sé, no distingo bien: reitero, voy perdiendo la visión. Pienso en mi viejo… demencia senil, depresión, alzhéimer…, no deberían ser razones para la desconfianza, el odio… No quiero pensar. Ando ahora con el corazón. Me martillea la idea de si la depresión, la que está en los recovecos de la mente, con sonrisa astuta, con los ojos acechantes de travesura, puede viajar de polizón también en los genes, traspasarse como la diabetes u otras enfermedades hereditarias. El coraje me hace afirmarme con otro paso,

fuerte, levantando la rodilla. Tiro de la cuerda que hace dar vueltas a la polea y saco del fondo del pozo fuerzas de flaqueza y doy otro paso de vendimia y otro más, ahora que avance. Mis oídos se sensibilizan sutilmente. Grandes óperas: Salomé, Electra… las olas. El esplendor del sol me distorsiona la mirada. Y ahora las olas rugen con acritud. Las intuyo como decenas de admirables leones de agua que levantan sus garras arañando, dejando al mismísimo viento hecho jirones. Veo en medio de la arena a Leopoldo Lugones con el león “real” de su Lluvia de fuego (aquellas vírgulas incesantes), o a Jorge Luis Borges con sus

enfrentándose a cara de perro al estertor de mis olas… tan fieras. ¡Oh, Dios

tigres de papel

mío! Se me abren las carnes como a un eccehomo. Arrastro mi pesadumbre como si de una abyecta cadena herrumbrosa se tratase, eslabón a eslabón. Veo a ecuatorianos, peruanos, de los países del Este… Pasean por la playa… Recuerdo cómo era la emigración en otros tiempos. Una ola estalla a mis pies como una bomba, explosiona, suelta esquirlas. Me trae a la memoria el episodio tantas veces narrado por mi padre: aquella tarde (4:30 horas) del lunes negro, 26 de abril del 37, la plaza del Mercado, los teutónicos pájaros de metal, siniestros, abriendo el cielo, cercenándolo como si se tratase de una sandía: la sangre, los gritos, los miedos, el horror, los heridos, los muertos; entre los supervivientes, mi viejo (cuando entonces era un niño), guardando todavía hoy día bajo el pulóver su cicatriz. Veo en la mente a Picasso entre las olas. A él también le gustaba el mar. Su obra maestra, El Guernica, es un grito atroz igual que las olas. Veo entre las olas fantasmas blancos que ruedan succionados, espectros del pasado con la boca desencajada, bramando. Veo en el túnel inextricable de la ola muchos ojos azules, verdes, avellanas, que parpadean, que lloran. Las olas estallan ahora a mis pies, desviándome de nuevo con el clamor de otras balas, o granadas, o bombas, una y otra vez, una y otra vez, derivándome hasta empaparme de otras tragedias, más cercanas. Advierto. Me doy cuenta de que no he de llorar por mis miserias, humildes, simplonas, anodinas. Sólo afrontarlas. Con justicia bondadosa. Y doy otro paso, progresando, soltando lastre, y otro más. ¿Qué otra cosa queda? No voy a caer al suelo. No. Juro y perjuro que no me arrodillaré en la arena húmeda. Aunque mis piernas no sean mías. Aunque no me encuentre el alma. Aunque no sepa ya quién soy. Ya veo el glande del Espárrago entre los apartamentos de primera línea de mar, allá al fondo. Voy a acabar con dignidad mi travesía al final embaucadora. Percibo que las olas silban, cantan, bailan, que las olas claman, lloran, ríen y juegan con la veleidad que les infunde su propia naturaleza. La naturaleza del hombre también es fuerte, doy otro paso de libertad y otro más. Mañana repetiré mi Odisea o pasado mañana. Por salud o por lo que sea. He regresado al origen soliviantado y también liberado. El sol es implacable. La playa es un mar efervescente de bañistas. Sus murmullos son débiles frente al fragor, frente al paroxismo que viene del mar. Las olas siguen volcándose como cantos gregorianos.

Título: ESPEJO Autor: Javier Fernando Castillo Naranjo

Era difícil encontrar las palabras adecuadas, pero había que hacerlo. Además, no podía dejar entrever ningún sentimiento de lástima, él no lo soportaría; era demasiado orgulloso. -Bueno, ¿y cómo sigues? ¿Seguiste estudiando? Se veía triste. Inclinó el cuerpo hacía adelante, se rascó la cabeza como si le molestara responder y apoyó los codos en la mesa con una sonrisa amarga. -Sí papá. Sigo estudiando. Estudio y trabajo. Hago tantas cosas. No puedo permitirme el lujo de andar vagando, como siempre me has dicho. Ahora también escribo, ya ves. Suspiré y sonreí como pude. Se podía adivinar que mentía. Estar metido en una prisión no debería de ser nada fácil y saber que perdería los mejores momentos de su juventud privado de la libertad sería devastador para un muchacho como él, con tantos planes y sueños por realizar. Hacía dos días habían dictado el veredicto acerca de la apelación presentada; la sentencia se mantenía: 20 años de prisión. -Hijo, esto no acaba aquí, seguiremos luchando. -Por supuesto, no lo dudes. El abogado había hecho su mejor esfuerzo, pero las evidencias forenses resultaron ser contundentes. Era una pesadilla. En un minuto, por una decisión desafortunada y una explosión de ira, la vida de una persona se trunca y se hace cien mil pedazos. Era evidente que se sentía incómodo. Siempre fue así. Desde que dejó de ser un niño, el estar frente a mí conversando terminaba siendo irritante la mayoría de las veces. Supongo que esa es una de las funciones de los padres, ser irritantes. Poner las normas, establecer los límites, castigar, educar, es una labor siempre ingrata. Y aparte de ingrata, dolorosa, si al final ves que los resultados no son lo que esperabas. -Debes ser fuerte. Ocupa tu mente, lee, ejercítate, no te encierres en ti mismo… -Papá, no te preocupes por mí. Yo estoy bien, te lo aseguro. Mejor dime cómo te sientes, cómo la pasas… Me prometí no pensar en mí, pero me obligaste. Si lo supieras. Desde aquel incidente, mi vida terminó. Aún sueño todas las noches con el piso de la habitación cubierto de sangre. Creí inicialmente que se trataba de ti y el horror me paralizó por un momento que me pareció

eterno. Sentí que me desvanecía cuando vi el cuerpo en tu cama. Corrí, resbalé, retiré las sabanas de un tirón. Lo que encontré fue un amasijo informe y sanguinolento… ¡era esa maldita mujer!… Su sangre estaba en mis manos, en mi cuerpo… ¡la sangre en mis manos…! ¡Su sangre en todas partes, manchándolo todo! Me volví hacia la puerta y ahí estabas tú, pálido como un muerto, los ojos desorbitados. En medio de la locura tuve la lucidez suficiente para decirte que te fueras, que te escondieras en nuestra casa campestre en las afueras de la ciudad y no hablaras con nadie. Esa muchachita te había vuelto loco de amor y tuvo la canallada de traicionarte y humillarte con otro hombre. Encegueciste de ira y la apuñalaste esa noche. Si alguien era culpable era ella y no tú, lo tenía bien merecido. Yo me ocuparía de todo… -Papá, ¿te encuentras bien? Desde aquel momento mi carrera empresarial terminó. Acabaron para mi los clubes de alta sociedad, las cenas con importantes personalidades de la política, las fastuosas recepciones en la mansión, mis viajes de negocios a los cinco continentes, el mundo y su farsa de poder, hipocresía y riqueza. Ya no podía vivir, no tenía sentido. Eras mi orgullo, seguirías mi estela e irías más allá, aplastarías a mis rivales de una buena vez. Ya no podría ser. Ahora, como tú, yo no era más que un preso encerrado en una cárcel aún más implacable, la de la total desidia. Una vez más nos encontrábamos frente a frente. Esta vez no le recriminaría ni le daría más sermones. Mucho menos, le hablaría de mis desgracias. Reprimiendo las lágrimas, apreté fuerte su brazo con mi mano. -Siempre odiaste que te comparara conmigo. Te decía, “eres igual a mí cuando tenía tu edad” y tú cruzabas los brazos y mirabas para otro lado. Pero es cierto, eres igual a mí. Y no sólo en lo físico, que te veo y parece que estuviera frente a un espejo. Tienes el poder, el talento y la inteligencia. Saldremos de esto y cuando estemos juntos, arrasaremos allá afuera. Prométeme que te cuidarás. -Lo haré. Siempre lo hago. Era inevitable, su postura seguía tan rígida como en el abrazo al encontrarnos en la sala de visitas. Era seguro que quería decirme algo importante, le conocía bien, ese rictus tenso en su rostro era el mío propio cuando quería expresar algo doloroso. -Papá, se nos acaba el tiempo. Sólo querría decirte que…Bueno, desde hace un año y medio, cuando todo esto pasó, no nos habíamos visto una sola vez. He reflexionado y sé que debes de haber sufrido mucho… -No te preocupes por mí. Mira, debo reconocer que si no había venido es porque no podía asimilarlo. Ha sido muy duro, tenía muchos proyectos para ti y me sentí defraudado,

entiéndeme. Pero hijo, sigo creyendo en ti, te he perdonado, no es justo que ninguna ramera se hubiese interpuesto en tu futuro… -¡Pero, qué dices! ¿Perdonarme a mí? Oye, sólo lee lo que te escribí. ¡Está visto que fue una mala idea hablar contigo! Su rostro demudó en una mueca de espanto y odio. Se levantó bruscamente de la silla al momento en que la sirena que anunciaba el fin de la visita había sonado. ¿Qué es lo que le pasa? He regresado a las cuatro paredes del cuarto donde vivo. Parece que sí fue una mala idea el ir a verle. Ha cambiado mucho. Ahora su ingratitud ha reemplazado el orgullo, o lo ha enmascarado. Ya no importa, de nada sirvió querer lo mejor para él, darle lo mejor. Los mejores colegios, la mejor universidad, viajes, el mejor círculo social. De nada sirvió tratar de salvarle de sus tontos errores, de alejarlo de esa muchachita que terminó siendo su perdición, de involucrarlo en mis asuntos. De nada sirvió tratar de salvarle el pellejo, de inventar una coartada, limpiar la escena del crimen, desaparecer el cuerpo. Y ahora, otra vez, de nada sirvió el buscarle, el tratar de darle alientos y de compadecerle. La luna llena se estampa en la ventana y es el adorno perfecto para la soledad que desde hace mucho tiempo me agobia. Este silencio nocturno es malo; no permite distraer la mente. Los latosos vecinos inusualmente guardan la calma. El cigarrillo se agota. Una última bocanada. Que ironía, parece que fue ayer que fumaba habanos carísimos importados y ahora a duras penas consigo estos pitillos abyectos. ¡Maldita miseria! ¡Maldito cuchitril piojoso! Quisiera dormir, pero aún tengo en la mente su mirada de recriminación y ese odio visceral. Nunca lo volveré a ver. Me deslizó un papel escrito en la mesa, lo había tomado distraídamente y ahora lo descubro en mi bolsillo. Así que por fin se decidió a escribir. Qué puede ser, todavía hay luz y no hay sueño…

Sabía que te iba a volver a ver tarde o temprano a pesar de que la desgracia que nos separó no se olvidará jamás. Hace dos días supe el resultado de la apelación y supe que ese momento había llegado. Ya no había vuelta atrás, serían muchos años de condena y yo, de todos modos y a pesar de todo, sigo siendo tu hijo. Te volvería a ver y no sabía bien qué te diría. A lo mejor no te diría nada, no sería capaz de mirarte a los ojos siquiera. Sabes que no soy bueno hablando de lo que siento, prefiero callar que gritar iracundo, prefiero refugiarme en el mutismo que llorar. Contigo es igual. Desde siempre he querido decirte tantas cosas, pero siempre terminé diciendo lo que tú querías oír. Siempre te di el gusto de ser fuerte, aunque por dentro era un chiquillo aterrado y reprimido incapaz de caminar su propio camino. Por ello prefiero escribir estas líneas, que adivino que jamás podré decirte mirándote a la

cara, necesarias ahora que me enfrento a un destino completamente diferente a lo que habías pensado para mí. Te hubiera perdonado por todo. Llegué a odiarte y lo sabías, pero podría soportar el odio y al final perdonarte. Siempre fui el espejo en que te mirabas, pero tu óptica estaba distorsionada por completo. Querías la perfección en mí, sabiéndote perfecto en medio de tus negocios y proyectos infalibles, mientras tambaleabas borracho peleándote con mamá. Querías que fuera íntegro, creyéndote poseedor de toda la virtud que tu círculo de admiradores de la alta sociedad no cesaba de reiterarte, cuando muchas veces te descubría retozando con tus amantes. Pero todo ello, el dolor que le producías a mamá, las infidelidades, el derrumbe de una familia que nunca fue, podría perdonártelo. Todo perdonado, todos tus errores, hasta la traición… Yo también cometí muchos errores. Debí irme con mamá cuando te abandonó, pero en forma sutil me amenazaste: me tendría que olvidar por completo de ti si me iba y tu mundo era demasiado seductor. Tú mismo me enseñaste el gusto por el poder y la riqueza y mamá se había convertido en una mujer histérica y apática, envejecida prematuramente y extraña a la que yo conocía. Permanecí contigo y creíste que era una muestra de lealtad. Cometí el error de creer en tu ilusión y de tratar de ser el espejo que deseabas. Pero el peor error que cometí fue el de no ver los signos de tu ambición y no proteger a la persona que amaba de tus obsesiones. No sé cómo pudiste hacerlo. Al principio pensé que ella no te gustaba porque era pobre y suponías que era una trepadora. No supe interpretar tus miradas y esa charla cordial en la mesa cuando te la presenté. No es que no te gustara, te obsesionaste con ella desde el primer momento y trataste de separarla de mí. Eva era discreta, me amaba y es seguro que calló esos avances que sé que le hacías. Esta vez tu seducción no funcionó y tú, el gran ambicioso de siempre, no pudiste soportarlo. Debí alejarla de ti, sí. Debí prestarle atención cuando me decía que ya no quería aparecer por nuestra casa. Debí entenderlo cuando me decía que prefería no tratarte por un tiempo, hasta que te dieras cuenta por ti mismo de sus intenciones para conmigo. Quería huir de ti, tú querías poseerla y ella, sin embargo, tuvo la nobleza de proteger tu imagen porque me amaba. La llamaste esa noche. Con alguna mentira la llevaste hasta la casa. Intentaste violarla. Ella se defendió y tú en un arranque de ira la asesinaste. Cuando llegué y te vi en el cuarto con ella… ¡Dios! Estabas demasiado ebrio y gritabas disparates. Eva estaba ya muerta y no pude hacer nada… ¡Jamás había odiado tanto a alguien como a ti en aquel momento! Ahora quiero dejar este instante de horror atrás, olvidarlo por completo. Por eso quise volverte a ver aunque no estuviera seguro todavía de, teniéndote en frente de nuevo, poder reprimirme

de golpearte como en aquella noche en que lo hice una y otra vez, hasta casi matarte. Verte, porque he decidido no seguir más siendo tu espejo. Tu abogado me ha dicho que lo querías vender todo para dármelo a mí. Todo lo que se puede vender; las acciones, los negocios, las propiedades. Imagino que es un arranque de arrepentimiento; ya te sientes muerto y me lo dejas todo en herencia. Te digo que no, no acepto tus regalos. El espejo se ha roto. Quiero irme lejos y hacer una nueva vida. Ya creo que ha sido suficiente dolor por un año y medio. Está de más decirte que no nos volveremos a ver…

El papel se ha hecho añicos en mis manos. No lo terminé de leer. La falta de licor me hace alucinar… No es posible, ¡yo no he asesinado a nadie!… ¿Por qué hay barrotes en la puerta de mi habitación…? ¿Por qué hay barrotes en la ventana? ¿Qué es esto? Alguien fuera grita por un megáfono… “Atención, todo el mundo a dormir, ¡luces fuera!”

Título: El VIAJE Autor: Enrique Arias Vega

A Mercedes, el reforzamiento de las medidas de seguridad en los aeropuertos le parecía muy

bien. No era ninguna persona quisquillosa, de ésas que creen que se vulneran sus derechos en cuanto un funcionario le pide el carné de identidad o cuando alguien solicita su acreditación para penetrar en un lugar de acceso restringido.

– ¿Quién ha hecho su equipaje? –le preguntaba una empleada de la compañía aérea en la

terminal de Barajas. –Yo misma –contestó.

– ¿Y ha dejado de tener el equipaje bajo su control en algún momento desde que lo hizo hasta ahora? –No.

Su hijo contemplaba fascinado este interrogatorio previo a obtener la carta de embarque para

el vuelo a Nueva York.

Nada más pasar el control, Mercedes explicó al pequeño que todo aquello era por su bien:

–Hay que evitar que un terrorista o cualquier otro asesino se cuele en el avión y cometa una fechoría. –Podría hacer estallar nuestro avión, por ejemplo –comentó el niño–, demostrando un gran sentido común a sus ocho años. Mercedes suspiró con satisfacción. Estaba contenta de la educación que había dado hasta ahora a Ricardito, pese a que un niño sin padre tiene unas lógicas carencias que ella no podía satisfacer del todo. Aunque era mejor eso que convivir con un sinvergüenza que lo mejor que hizo por ella fue abandonarla a los dos años de matrimonio. Por lo menos, desde entonces nadie le había vuelto a poner la mano encima. Ricardo hijo, ajeno a los pensamientos de su madre, miraba la gente que, como ellos, aguardaba para embarcar en el vuelo transoceánico. –No te muevas de mi lado, querido –le dijo Mercedes–, que en seguida nos llamarán por un altavoz. Junto a ellos, una pareja mayor rebuscaba algo en su equipaje de mano:

–Los tenía por aquí, seguro –le decía ella, compungida, a su enfadado marido.

– ¡Es que nunca sabes dónde dejas las cosas!

–Los debo de haber metido en este bolso

– ¡Mira que no encontrar los billetes! –se impacientaba el hombre.

–La culpa la tiene tanta medida de seguridad y tanta monserga. Le ponen tan nerviosa a una que luego no sabe dónde tiene la cabeza. Mercedes sonreía, comprensiva, aunque a ella cualquier prevención policial nunca le parecía excesiva y consideraba que la disculpa de la anciana respondía a una actitud pueril. Apenas habían pasado dos años desde el atentado terrorista contra las Torres Gemelas con su

espeluznante resultado. Por eso, incluso consideraba insuficientes y frágiles las medidas de seguridad que se solían tomar en un viaje a aéreo a Nueva York. La llamada por megafonía para embarcar interrumpió sus reflexiones:

– ¿Es ése nuestro vuelo, mamá?

–Sí, hijo –y levantándose del asiento dio su mano al niño. Les esperaba por delante un largo trayecto aéreo. Por eso, Mercedes había decido no ir directamente a Orlando, para cumplir así su promesa de llevar a Ricardito a Disney World. Pasarían primero un par de días en Nueva York, donde ella se divertiría más que en el parque de atracciones de Florida. Una amable azafata les mostró sus asientos de clase turista. Les correspondían los dos contiguos a la ventanilla. Entre ellos y el pasillo central quedaba un tercer asiento para otro pasajero. Ella, conociendo de sobra a su hijo, decidió dejarle la plaza del medio, más próxima al pasillo y, en consecuencia, más cercana también a los lavabos adonde querría ir en seguida Ricardito.

Al poco de estar instalados en su lugar, llegó el pasajero del asiento inmediato a los suyos. Su

hijo acababa de darle un codazo para que ella se apercibiese de su aparición. Se acercó a su oído y susurró:

–Mamá, mira qué hombre más malo nos ha tocado al lado.

Mercedes, que se había inclinado para oír mejor a su hijo, miró por encima de su cabeza y vio

a un viajero que le sonreía en un forzado intento de amabilidad. Su aspecto, empero, era

torvo. Se trataba a todas luces de un árabe que no se había afeitado en varios días. Una nube eclipsaba en parte el iris de su ojo izquierdo. El hombre no dijo nada. Sólo sonreía. Pero su

sonrisa, en vez de cordial, resultaba más amenazadora que una escopeta de cañones recortados.

A la mujer le entraron una desazón y una angustia impensadas segundos antes al ver a aquel

individuo sentado en la plaza contigua a su hijo. Su compañero de pasaje había sido el último en subir, con lo que la azafata había anunciado ya la obligación de abrocharse los cinturones, plegar las minúsculas mesitas individuales y demás ritual acostumbrado al inicio de un viaje aéreo. Mercedes y el niño habían quedado presos, al menos temporalmente, entre el fuselaje

del avión y el tipo aquél malencarado. La mujer se persignó como hacía siempre antes de cualquier viaje. Aquella vez con más motivo. Mientras despegaba el avión, Mercedes miró desesperadamente a su alrededor. ¿No habría la posibilidad de evitar a ese tipo? ¿De cambiar de lugar? Cada vez que su vecino la miraba a ella o al niño – ¿por qué lo hacía? – aumentaba su inquietud. En cuanto se estabilizó el aparato y se permitió que los pasajeros pudiesen desplazarse de un sitio a otro, el árabe, seguro que era un árabe, se repitió a sí misma la mujer, se dirigió dos filas más allá a cuchichear con un paisano suyo. El parecido entre ambos hombres era aún más sobrecogedor. Allí debía haber gato encerrado. Mercedes cambió de lugar a Ricardito, dejándole al lado de la ventanilla, interponiéndose, por así decirlo, entre él y la oscura amenaza que presagiaba aquel hombre. Luego pulsó el timbre de llamada de la azafata. Cuando ésta llegó, aprovechó la ausencia de su vecino de fila para hablar de él a la muchacha:

– ¿Ha visto aquel hombre?

– Sí, pero no entiendo.

–Tiene una pinta horrible. –Ya, pero –Y no me gusta nada cómo mira a mi hijo.

– ¿Qué quiere que haga?

– ¿Por qué no le sienta al lado de su amigo y pone a otra persona en su lugar? ¡Ah! Y no le

quiten el ojo de encima. Yo que el comandante de este aparato no me fiaría de esos dos. La desconcertada azafata se dirigió hacia la cabina del piloto, mirando con aprensión a los dos tipos de los que le había hecho recelar aquella pasajera. Al cabo de nada, la auxiliar de vuelo hizo el camino de vuelta y fue directa a donde estaban los dos árabes. No habló con ellos, sino con el caballero que ocupaba el otro asiento y que, ajeno a todo, leía una revista de finanzas. El cambio de puesto se hizo en un santiamén. El pasajero de la revista pareció un poco sorprendido al principio, pero hizo gestos de asentimiento cuando la azafata le mostró con el dedo a Mercedes, quien, pendiente de todo lo que ocurría, le sonrió dulcemente de inmediato. También la miraron agradecidos los dos árabes, quienes pensaron que ella se había tomado todas aquellas molestias para que pudiesen viajar juntos. Al final, pues, todos tan contentos. El caballero de mediana edad que ahora les tocó al lado se mostró un poco azorado al llegar junto a ellos y les pidió disculpas en inglés. Aquello le encantó a Mercedes, formada en un colegio bilingüe y que aprovechaba cualquier oportunidad para mejorar su conocimiento del idioma.

–Perdone que le pidiera que se cambiase de sitio, pero es que aquellos dos individuos no me gustan un pelo. –La verdad es que no me he fijado en ellos –dijo el hombre, mientras se calaba unas gafas de gruesa montura con las que miró a los aludidos. –Hoy día hay que tener mucho cuidado con la gente, con la de cosas que están pasando.

El hombre se giró hacia ella:

–Yo no me preocuparía demasiado. Cada vez hay más controles en los aeropuertos y las medidas de seguridad son más completas. No creo que haya que obsesionarse. Ricardito miraba muy serio a aquel señor cuyas palabras no entendía. Éste, al darse cuenta,

le dirigió una sonrisa a la que el niño correspondió confianzudamente. Volviéndose hacia la

madre del pequeño, continuó exponiéndole su punto de vista. –Si no se lo toma a mal, le diré que no hay que guiarse por los prejuicios. Yo lo único que observo en aquellos caballeros es que, efectivamente, parecen árabes. Y eso no es ningún

delito, que yo sepa.

A Mercedes, el oír calificar de “gentlemen” a aquellos dos individuos le hizo mucha gracia.

Más relajada ya por la presencia de aquel señor tan comedidamente educado y comprensivo, se aprestó a pasar el mejor viaje posible. Seis horas de vuelo dan para muchas confidencias. Incluso para establecer una relación casi familiar. Así se enteró de que Jonathan R. Smith, que así se llamaba el recién llegado, era un viajante de Illinois que volvía a Estados Unidos tras unas largas vacaciones por Europa:

–A veces hay que desconectar –le dijo a la mujer sentada ahora a su lado. Ella le contó prácticamente su vida: la equivocación de su matrimonio, las sevicias que practicaba con ella el padre de Ricardito, cómo estaba afortunadamente en una situación económica desahogada y que hasta ahora no había pensado en volver a casarse. Su vecino no era tan locuaz. Le dijo que le gustaba más Europa que los Estados Unidos pero que allí, claro, no tenía las mismas posibilidades profesionales que en América. –Y eso que lo he probado. Sin demasiada insistencia, debo decirlo, pero sí que lo he

intentado. No, no estaba casado. Nunca lo había estado, le contestó a una pregunta de la que se disculpó en seguida Mercedes:

–Quizás soy demasiado indiscreta –se azoró. –Qué va –le dijo el hombre–. Con los años que tengo es lógico que lo pregunte. Pero –añadió, con un deje de tristeza– nunca he encontrado a la mujer capaz de hacerme dejar la soltería. Mercedes se había olvidado ya por completo de los dos tipos malencarados que la habían asustado. De hecho, ambos parecían dormir como dos benditos uno al lado del otro. Así,

desmadejados y con los ojos cerrados, parecían menos siniestros y casi, casi nada peligrosos.

Entre el almuerzo, la proyección de una película, los consabidos viajes de Ricardito al lavabo,

la oferta de un café por los auxiliares de vuelo, otra merienda al cabo de un rato

iba pasando. Antes de que el viaje llegase a su fin fue ella quien tomó la iniciativa:

–Quizás podríamos vernos mientras estemos en Nueva York. La voz le sonó un poco trémula, con un amago de falsete a consecuencia del nerviosismo que le había producido su propia osadía. –Me temo que no va a ser posible –dijo el caballero–, porque yo enlazo nada más llegar con un vuelo a Minneapolis. Tal parece que llevamos direcciones opuestas. Al ver un esbozo de decepción en el rostro de ella, intentó arreglarlo:

–Tenga, no obstante, mi número de teléfono –dijo apuntándolo en un trozo de papel–. No llevo a mano ninguna tarjeta de visita. De inmediato, al hombre se le iluminó el rostro con una nueva idea:

– ¿Por qué no me da usted su dirección en Orlando? Podría ir a verles en un par de días, en que habré acabado ya lo más urgente que tengo que hacer en Minneapolis y en Saint Paul, ya sabe, las dos ciudades gemelas –dijo, como si ella tuviese que estar familiarizada con la geografía de Estados Unidos. En seguida añadió una justificación con la que suavizar un interés que podría parecer demasiado manifiesto e incorrecto por la mujer:

–Además de visitarles, si usted necesita ir de compras por la ciudad, en ese caso yo podría acompañar al niño a ver alguna atracción de Disney World. Era un hombre encantador, pensó Mercedes. Lo más opuesto que había visto nunca a Ricardo padre, “el difunto”, como gustaba decir para sus adentros, aunque aquel mal nacido desgraciadamente no hubiese muerto todavía. Con la promesa implícita de verse en unos pocos días en Orlando, se despidieron. Al llegar a la terminal, ella se vio haciendo cola con el niño agotado por el viaje y apoyado en su cadera. Estaban en una larguísima fila de ciudadanos extranjeros que debían cumplimentar sus formularios ante los parsimoniosos funcionarios de inmigración. El señor Smith, en cambio, con muy pocos connacionales más pasó de inmediato con su pasaporte norteamericano, camino de la terminal de la compañía aérea que le iba a llevar a Minnesota. No volvió a verle más. Realmente, la frase no es del todo exacta. No le volvió a ver a él. Pero sí a su rostro.

el tiempo

Nada más girarse, después de que el hombre se hubiese alejado por una puerta del fondo, se encontró de nuevo, frente a frente, con su cara. En la foto clavada en la pared junto a otras había algunas diferencias con el Jonathan R. Smith a cuyo lado había viajado más de seis mil kilómetros, con el que se había sincerado y al que había comenzado a tomar un inopinado cariño. Se trataba de un pasquín que decía simplemente, como en las viejas películas del Oeste, “wanted”. Se buscaba a aquel individuo –James R. Stevenson, se llamaba en realidad– como peligroso pedófilo, culpable al menos de una veintena de horribles crímenes sexuales con niños de tres a diez años. Mercedes se quedó vacía, yerta, en estado casi cataléptico. Apunto de desmayarse, oyó a su lado la voz de Ricardito con su cantinela acostumbrada:

–Mamá, quiero ir al water. Justo entonces, antes de poder salir de su parálisis “estupidizante”, los dos árabes que habían coincidido con ella en el vuelo la reconocieron desde el recodo de la fila inmediata, en la que se hallaban esperando su turno, y la saludaron con simpatía:

–Señora, ha sido muy amable al permitirnos hacer el viaje juntos, ya que hacía años que mi colega, el doctor Ahmad Said, de la Universidad de Columbia, y yo no nos veíamos –le dijo uno de ellos, que tenía una mancha lechosa cubriéndole parte del ojo izquierdo, lo que le confería un patético y siniestro semblante patibulario.

Título: DÍAS DE FERIA Autora: Laura Sala Belda

Escrito en tinta azul Cuando duermo poco te necesito aún más, se me hace más larga la espera y es como si paseara por una feria de pueblo con una nube de azúcar en la mano y fuera una niña correteando con otras niñas delante de nuestras madres. Cuando duermo poco estoy como más dulce, como con una sonrisa dormida en los labios y legañas aún pegadas a los ojos. Cuando duermo poco me apetece volver a la cama contigo y que me abraces muy fuerte, como si me hubiese caído de una atracción y llorase desconsolada. Cuando duermo poco vuelvo a creer en los cuentos que me leían de pequeña, los de príncipes que rescatan a princesas, los que tanto daño han hecho a todas las niñas de las ferias de todos los pueblos. Cuando duermo poco quiero decirte que te quiero. Quizás porque le robas horas a mi sueño.

Lucía Esta nota se la dejé a Pablo el día de su cumpleaños. Salí de casa con el pelo mojado, me subí a la moto y conduje por las calles equivocadas hasta que encontré la correcta. Dejé la moto sin atar. La puerta estaba abierta y subí hasta el rellano de su casa. Acerqué el oído a su puerta y no oí nada. Dejé la nota y cuando me iba oí algo. Pablo, ¿qué es esto? Corrí escaleras abajo con miedo de que alguien abriera la puerta de golpe y me encontrara allí, estática con el pelo mojado. Arranqué deprisa sin atarme el casco, sin ponerme los guantes. Al cabo de un rato sonaba mi móvil. No contesté. Me entró el pánico de cuando mi padre me pilló con una mano dentro de mis bragas en el asiento de atrás del coche. Pablo insistió en sus llamadas y yo insistí en mi pánico. Hacía tres años Pablo se vino a vivir conmigo. Esta es la entrada principal. Bueno no es que sea la principal, pero la otra es la puerta de la cocina. A mí me gusta más entrar por la cocina porque siempre que llego a casa me apetece un trozo de queso y así ya voy directa. La principal es la que uso para todo lo demás. Este es el salón, pequeño pero con mucha luz y buenas vistas. Mi habitación queda al otro lado y el baño allí, a la izquierda. Tiene bañera. A ver si cabes, métete. Ah sí, cabes. Tenemos todos los azulejos de distinto color y en mi habitación hay una pared roja. Me gusta. Podemos pintar algún día si quieres, a mí me gusta pintar. Brocha gorda. Éste es el cuarto del ordenador, de la plancha y de los trastos. Tengo que ordenarlo mejor. Y la cocina. Puedes comer en esta mesa. Aquí al lado está tu cuarto. Sé que la cama no es muy grande, pero pueden dormir dos personas, ¿eh? si algún día traes a alguien o tienes novia. No sé si tienes novia. ¿Tienes

novia? No. Bueno pues cuando la tengas o tus ligues o lo que sea. Mucha, mucha marcha espero que no traigas a casa, pero vaya, que también será tu casa. Te veo tenso, ¿no sonríes? Por cierto, me llamo Lucía. ¿Tú?

Soy Pablo, soltero, 28 años, moreno, ojos oscuros, simpático, cariñoso, culto. Culto. ¿Quién pondría culto en un anuncio? Un imbécil. ¿Y quién pondría simpático? Un feo horroroso. Borra. Pablo, ¿soltero? 28 años sí, moreno vale, ojos oscuros vale también, ¿cariñoso? A ver si van a pensar que soy ñoñas. Follador. Si pongo esto no me llaman. O sí, vete tú a saber. Va, quita. Otra vez. Pablo, empresario, serio, responsable, con sentido del humor, inteligente. Fatal. Quita. Hola me llamo Pablo, soy deportista, divertido, me gusta el mar, hablar, el cine, la música. Sí, eso, el cine, la música y el mar, como en el currículum. Tampoco. Quita. Pon algo así como me llamo Pablo, soy guay. Bebo un trago de cerveza, no puedo más. No sé ni presentarme a mí mismo.

Pablo Hace dos años hicimos un viaje en autocar. Nos íbamos al mar en invierno y no queríamos conducir. Lucía se sentaba en el asiento de la ventana y escuchaba música. Yo le cogía la mano y la dejaba estar. En los trayectos Lucía estaba ausente. Y yo aprovechaba para pensar en lo que haríamos allí y en las ganas que tenía de hacer el amor con ella. Sólo nos habíamos acostado una vez, en una fiesta que ella hizo en casa, pero para mí la primera vez fue en ese autocar. Me soltó la mano que le tenía cogida y me dio un casco. Sonaba una canción llamada Inevitable, de la negra. La que suena ahora mismo en esta habitación. Lucía me miró y sonrió y se acercó lentamente a besarme. Fue tan lento ese acercamiento que recuerdo cada cambio de la expresión de su cara. Su lengua buscó la mía mientras me mordía el labio y yo empezaba a notar un pequeño crecimiento por debajo del tejano. Le acaricié el pelo y ella siguió con el beso hasta que se separó de mí, me miró y sacó una chaqueta de su bolsa. La puso por encima de los dos y perdió una mano por dentro de mi pantalón. En ese momento no pensé en la gente del autocar ni en la niña del asiento de delante. Mis manos fueron las siguientes en perderse por debajo de la falda de Lucía mientras ella me susurraba al oído que no quitara las manos de allí. No las quité. Recorrí todo su sexo con los dedos mientras ella se iba humedeciendo cada vez más y se apretaba contra mi oído para silenciar sus jadeos. Mi sexo estaba en sus manos y mi lengua en su cuello. Creo que nunca he estado tan excitado en mi vida. Nos corrimos los dos debajo de la chaqueta ajenos al chico que teníamos detrás y a la niña que se sentaba delante. Nadie dijo nada. Sólo cuando llegamos y sacamos las maletas oí que la niña le dijo a su madre si los orgasmos

eran silenciosos. Pensé que no debía de ser tan niña o que Lucía tenía razón y sí, la edad está en la cabeza. Hace dos años éramos felices, seguramente fuera esa felicidad de los cuentos o esa felicidad de los que no tienen pareja y se la imaginan como una fuente inagotable de placer. Sí, esa felicidad teníamos. O quizás era la felicidad de lo que yo idealizo ahora, aquí sentado con esta nota en mi mano.

Lucía

Hacía tres años Luca estaba en mi vida. Estuvimos rompiendo durante un año, el año en el que con Pablo estuvimos empezando. Empecé a sacar todas las cosas de nuestro piso, de su piso, y alquilé uno para mí. Entonces yo pintaba mucho, empezaba un cuadro casi cada día, vale que no los terminaba, pero empezarlos ya era más que suficiente. Nunca se me dio bien terminar las cosas, me gustaba empezarlas, que me formaran y formarlas un tiempo, pero nunca terminarlas. Supongo que por la misma razón que no me gustaban las despedidas ni las salidas ni esos momentos de desamparo en los que una persona se va y no sabes si

volverá. Me fui yo de casa de Luca porque era su casa, no porque fuera yo la que quería irme.

Y él seguro que no sintió ese desamparo que sentí yo tantas veces. Lo suyo debió de ser una

liberación. A veces, dicen, terminar algo libera. Pues yo debo de estar totalmente no liberada

y no voy a buscar un antónimo, la palabra es no liberada. Lo siguiente que hice al salir de su casa fue buscarme un alquiler asequible que pudiera pagar con las ventas de mis cuadros no terminados. Y eso suponía un cuartucho muy asequible y, encima, alquilar una habitación a algún idiota.

Pablo

La tarde que sentí el desamparo de cuando una persona se va y no sabes si va a volver fue una en que Lucía estaba triste porque su novio la invitó a irse de su casa. Esa tarde yo tenía mucho que hacer, tenía un montón de papeles acumulados en mi mesa y una llamada

pendiente a mi madre. Eso ya podía ocuparme media tarde. Llamar a mi madre los sábados me suponía estar tres horas al teléfono hablando de recetas, de alimentos, de dietas, de frutas, de colesterol. En fin, un sinfín. Los ojos de Lucía me obligaron a dejarlo todo y nos fuimos a dar una vuelta, anduvimos cogidos del brazo, ella con su gorra del frío y yo con la bufanda que me había regalado y nos perdimos por las calles del centro hasta que encontramos una tetería minúscula y entramos a merendar pasteles de chocolate con té. Lucía llevaba su libreta negra y la sacó un momento para apuntar algo. Ese día hablamos mucho, reímos mucho y cuando volvimos a casa nos tumbamos en el suelo a escuchar

música. Yo me olvidé por completo del trabajo y me dormí con una canción de Richard Hawley. Lucía me despertó para que cenáramos algo juntos y ese algo fue una pizza de queso. Entonces hacía un par de meses que yo me había mudado a vivir con Lucía. Ella tenía ese piso cerca del centro y yo me había matriculado en un segundo ciclo de Historia del Arte. Encontré trabajo en una librería y así podía pagarme los gastos y seguir estudiando. Lucía me dejó la habitación a buen precio porque ella no necesitaba el dinero, sólo alguien de confianza que cuidara de su piso cuando ella se iba a cuidar de su hermana, que era bastante a menudo. Nos presentó un amigo en común en una fiesta, en la que bebimos y acabamos en una habitación a oscuras, pero eso no significó nada a la hora de irme a vivir allí. Yo tenía 28 años, me apuntaba a los anuncios por palabras y quedaba con muchas chicas. Lo único que me apetecía era salir de casa y empezar a vivir mi vida.

Escrito en tinta azul No escribiré su nombre, no describiré su gesto, no te hablaré de cómo anda ni de su pelo. Me llamarás desde donde estés para preguntarme por él, por sus manos, por sus pies. Me preguntarás en qué lado de la calle prefiere andar y en qué lado de la cama prefiere dormir. Querrás saber si pela la naranja de una sola tira y qué música escucha antes de dormir. Te intrigará saber si me hace reír, si me coge de la mano mientras conduce, si pone los pies encima de la mesa cuando ve la tele, si le gusta el queso y el yogur. Tendrás curiosidad por su olor, por su color, por su número. Me preguntarás si es de los que quieren o de los que se dejan querer. Si me duele. Querrás saber qué película vería miles de veces y en qué escena me besaría. Si me mira a los ojos y me acaricia la cara. Si se peina.

Lucía Esta nota se la dejé a Luca al cabo de un mes de irme de su casa. Jamás me llamó, jamás me dijo más nada. Me arrepentí un montón de veces, pero mi madre se encargaba de acariciarme el pelo en esos momentos. Otra vez el desamparo. Otra vez mi libreta negra llena de garabatos. Otra vez volví a sentirme como un cuadro a medio pintar, como lo que yo era, a medias. Mi padre había dejado la bebida, mi hermana las pastillas. Parecía una época tranquila para la familia, sin gritos, sin ausencias, sin angustias. Pero tampoco lo fue del todo.

Pablo Lucía me dejó porque su vida no era lo que ella pintaba, o eso me dijo. No entendí qué quería decirme, como tantas veces me pasó con ella. No entenderla me gustaba, nos reíamos en la cama cuando ella de repente me preguntaba si los vecinos cocinaban paella para la familia

los domingos y si el señor del tercero, el de los zapatos rojos que husmeaba cada mañana una caja de libros viejos, acabaría por llevársela. Ella tenía un montón de preguntas, algunas insignificantes para mí, pero ella era capaz de darle un sentido a todo, llegaba a racionalizar sus preguntas de tal forma que al final acababas pensando que el insignificante eras tú por no haberlo pensado antes. Por no haber sacado antes una libreta negra y apuntarlo. Por no preguntarle por su familia, por la no paella de los domingos, por su abuelo de zapatos rojos.

Lucía Sonó el teléfono tantas veces más que al final lo rompí. Porque no era lo que yo pintaba.

Título: LLUVIA DE RANAS Autor: David Nieto

Mueve el culo, grito. Vamos, que es para hoy. M-30. Todos los días la misma cantinela.

Enciendo otro cigarrillo y bajo la ventanilla. Se oyen los coches humeantes. Otro atasco bajo un cielo encapotado. Está con ganas de llover. Después, los charlatanes de la tele clamarán porque no hay agua. Que es bueno para los pantanos y qué sé yo para cuántas memeces más. Que se jodan los pantanos. Otro día de perros para los tipos que mascan asfalto. Otro viernes cojo. Más tiempo perdido. Nos lamentaremos cuando se decoren las grises paredes de la jubilación. Pensaremos en eso. O puede que no. Cielos líticos. Agua salina y muerta. Mar de asfalto. Percibo una melodía en el estéreo. Subo el volumen y es Hard to handle, la versión de los Black Crows. Mucho mejor que la de Otis y fuera del alcance de muchas otras, aunque la de Otis, bueno, también es la pera. El bueno de Otis y su voz de ébano bañada en bourbon. Nada comparable. Llevamos casi una hora sin movernos, pero sólo escuchar los acordes de los Crows me levanta el ánimo. Se me van los pies. Es un tema que resucita el alma al más pintado. Hey, nena, entrégame tu bonito rock and roll. En el medio del atasco. Madrid es una arteria de piedra tallada a martillazos. El cielo se ennegrece por momentos. Hay un tipo alto y chupado que me mira con ojos de besugo. No me mires, tío. Qué pasa, nunca has oído un buen tema o nada provoca vida en esos ojos de idiota. Esa cara. Esa nariz

menuda casualidad. Hoy he estado soñando con ese tío. Bueno,

afilada. Eso me recuerda

no era con ése, pero era muy parecido. Un compañero mío del colegio. Tomás. Un cabrón de siete suelas. Tenía la costumbre de zurrarme durante el recreo un día sí y otro también. Fueron cursos duros. Tomás el Cruel. Tomás el Sádico. Tomás el Caníbal. El traidor. El Tirano. Amedrentaba a todo el colegio, aunque, por causas que se me escapan, sentía una extraña fijación por mí. Nunca lo entendí. Tampoco se lo pregunté. No existía nada que lo justificara. Yo era el típico muchacho enclenque, con gafitas, y un ligero tartamudeo. Pasaba inadvertido para todo el mundo excepto para el Tirano. Durante tres años recibí palizas y toda clase de judiadas. En aquel tiempo aguanté estoicamente y nunca me fui de la lengua. Supongo que la idea de una represalia aún más virulenta me aterraba. Tomás el Tirano. Hoy tuve un sueño con ese tipo. Éramos adultos. Y nos encontrábamos en aquel patio. Bajo un cielo yermo y gris como el de esta tarde. Él me perseguía y yo corría como el niño enclenque

que era. No tenía ninguna posibilidad. Cuando por fin decidía echarme el guante recibía una

bueno, me sacaba los ojos. Nada agradable. Entonces me desperté y mi

, mujer se sobresaltó un poco. Es algo asustadiza. Al poco se le pasó y ya estaba roncando. Suelo tener pesadillas. Ella está ya acostumbrada. Puede ser a causa del estrés en el trabajo.

buena tunda y

De los malditos atascos que me como un día sí y otro también. Parece que nos movemos un poco. La réplica de Tomás cambia de carril hacia la izquierda. Ya no le veo. Si a día de hoy me cruzara con ese hijo de mala madre sería idéntico. Así me lo imagino. Más afilado y viejo. Con los mismos inconfundibles y obtusos ojos de besugo. Muertos. Como el cielo que hoy vivimos. Moveos, coño. Cada viernes a vestir el mismo santo. Y ya no hay música de los Crows. El arte en estado puro ha dejado paso a otra canción insulsa. Las canciones insulsas son como los recuerdos más triviales. Mi mujer siempre me achaca falta de memoria. Sostiene que tiendo a equivocar los nombres, los sucesos. Siempre me está corrigiendo con tal o cual tontería de la que se hable. Tampoco es tan importante. Yo podría echarle en cara que es una pata de mula. Tozuda como pocas y que no es fácil de manejar. No razona. Como en la canción de los Crows. O del viejo Otis, que también es una pasada. Pero decido cerrar la bocaza. Me hace dudar. Dicen que es propio de hombres sabios. Descartes dudaba y así se convirtió en un filósofo cojonudo. Eso dicen. Ya no me acuerdo. Descartes. Demóstenes. Qué sé yo. A veces se me olvidan las cosas que quiero olvidar. Pero siempre regresan. No puedo explicarlo. Pueden ser segundos. O unos pocos minutos. Recupero la memoria. Me acuerdo de todo. Como que puedo enumerar sin error todos los discos de los Crows con sus respectivos temas. Ahí queda eso. Esto va a paso tortuga. Sube la temperatura del viejo trasto. En breve habrá que cambiarlo. Mi mujer montará una escena. Eso si no me deja tirado antes, en medio de un tórrido y asfixiante atasco en la M-30. Entonces seré yo el que recite versos en la escena. Nunca he querido ser uno de esos idiotas con el chaleco verde pistacho apoyados en el maletero de su coche con cara de circunstancias. He perdido la fe en algo. Me han robado la cartera. Los macarrones se quedan fríos. Mi mujer copula con ardor en nuestra cama bajo el corpachón de un fontanero. Un buen tipo. Mi mujer menos. Diablos. Nos movemos unos cuantos metros. Ya se ve la plaza de toros. Y el minarete de la mezquita. Si el mismo Alá decidiera despejar la carretera en este mismo momento me convertiría al Islam. Sin dudarlo. Coño. Caen las primeras gotas. Los cielos romperán en una tormenta de primavera y el tráfico se volverá aún más loco. Si Demóstenes estuviera aquí puede que dijera algo ocurrente. Pero todos estos tipos que me rodean no mascan más que sapos agazapados tras el reflejo de sus cristales. O ranas. Una lluvia de ranas. Eso creo que era una parábola. De la Ilíada, creo. No sé si la ordenó Dios o alguno de sus discípulos. Que no me acuerdo cómo se llaman. Uno se llamaba Pablo, creo. Seguro que había algún Tomás. Un verdadero santo de la tortura. Del resto no me viene nada. Fue una forma de castigar a los hombres. Hombres malos. Todos los hombres, qué coño. Si en este preciso momento millones de ranas se precipitaran desde el cielo ni uno sólo

de los conductores pensaría que es obra de Dios. No dejarían de pensar que el alcalde sigue tocando los cojones con otra bufonada. O que algún desgraciado ha dejado caer todos los bichos desde el helicóptero de Tulipán. Los juzgados recibirían cientos de miles de demandas. ¿Se puede demandar a Dios? Seguro que sí. Alguien lo habrá intentado. Hay gente para todo. Venga. Unos cientos de metros más y me salgo. Cambio de carril y meto la segunda. Hace siglos que no lo hago. Más de lo mismo. Me ha parecido ver al doble de Tomás el Sádico. Esos ojos de besugo son inconfundibles. Ese rictus afilado y estúpido. Debería haber estado más gordo entonces, ya que se comía su bocadillo y el mío. Le estuve alimentando durante tres años. Cada mañana mi madre solía preparar aquellos deliciosos bocadillos y los dejaba sobre la mesa, junto a una nota. También solía poner la misma nota en la nevera. Y en el espejo del baño. Mi madre estaba obsesionada con las notas. Las dejaba por toda la casa. Por la noche las arrojaba al cubo de la basura y confeccionaba las que habríamos de ver al día siguiente. Pensaba que sin las notas olvidaríamos los bocadillos. O el asunto que fuese. Jamás se le olvidaba un bocadillo. Con nota o sin nota a Tomás el Sádico no le hubiese parecido una gran idea comerse solo un bocadillo. En la M-30 podrían poner en práctica la idea. Cada cincuenta metros un letrero indicando la demora hasta llegar a casa. Una vida. Dos vidas. Media eternidad. Doce eternidades. Una infinidad de vidas eternas. Doscientos metros y llega mi salida. A aguantar sin una canción decente que llevarme a la boca. Falta clase. Ya no se hace buena música. Subo la ventanilla. El viento ha empezado a bramar y ya no llueve. Cambio de carril. Parece que se mueve un poco. Otro carril. Esto marcha. Segunda. Tercera. Otro cambio y ya estoy fuera. Salir de la M-30 es como abandonar un terreno minado, o un bosque oscuro y tortuoso, bañado en tinieblas. Calle O’Donnell. Bastante fluida. En quince minutos estaré aparcando el bicho. Subo el volumen del estéreo. Daría media vida por un temazo de los Crows, pero no hay milagro. Es igual. Estoy exultante. Cada día me ocurre lo mismo. No hay variación. Después de hora y media atascado se me llena el pecho de dicha. Soy un caballo salvaje con la crin al viento y sé que es estúpido pensarlo, porque el lunes volveremos a las andadas. Y también el martes. Y puede que el miércoles. Y seguro que el viernes. Pero en estos momentos ha empezado a latir el fin de semana. La mecha comienza a arder y no he de preocuparme por nada en tres días. Dame un buen rock’n roll, nena. Estoy a punto. Hogar dulce hogar. Abro la puerta de una casa vacía. Me desvisto en el dormitorio mientras escucho el último disco de los Crows. Me apetece ponerme más cómodo. Unas pantuflas. Mi camiseta raída del Madrid. Una larga meada y a tirar con decisión de la cadena. Que corra el agua. Malgastemos el tiempo. Adiós a la semana. Otro ladrillo quemado en la incineradora del tiempo. Las verdes

hojas de un nuevo fin de semana cosquillean mis tobillos. Llego a la cocina cantando a pleno pulmón y saco una cerveza de la nevera. Estiro las piernas. Bebo el primer trago y cierro los ojos. La fresca espuma deleita mi garganta. Estoy en la gloria Entonces siento que se abre la puerta. Es mi mujer. Llega arrastrando los pies y viene cargada con las bolsas de la compra. ¿Y el niño? –pregunta. ¿El niño? –respondo incrédulo– ¿Qué niño? Se acerca con los brazos en jarra. Está muy cabreada. Su ceño se encoge como los cielos enlatados de la gran ciudad. Acerca su cara a la mía. Grita. Está gritando. Te has vuelto a olvidar de ir a recogerle. Vuelve a gritar. No puedo creerlo. Has vuelto a hacerlo. ¿No has visto la nota? Bufa, señalando la puerta de la nevera. En efecto. Hay una nota. Mis piernas se agarrotan. Eres idiota. Vocifera. Eres imbécil. Nunca te acuerdas de nada. Nunca. Eres un idiota. Dios mío. Está gritando a centímetro y medio de mi boca. Respiro su aliento espeso. Vuelve cansada tras una larga jornada.

se hace el silencio. Mi mano ha volado hacia su mejilla. Cae al suelo y la botella

se rompe en mil pedazos. Un ruido atronador. Mis sienes tiemblan durante unos segundos. Y después se eleva el silencio. Me incorporo. Las palmas de mis manos sobre la mesa. Silencio. Ahora empiezo a recordar. Todo de golpe. Había una nota. Y otra más en el espejo del baño. Tenía que recoger al chico a la salida de su entrenamiento de baloncesto. Mi mujer ha gateado hasta la puerta. Siempre anda dejando notas por toda la casa. Descartes era el filósofo de la duda metódica, y la lluvia de ranas es un castigo divino que recoge la Biblia. Mira esos ojos mezcla de odio y estupor. No hay lugar a la duda en aseverar que los Black Crowes interpretan la mejor versión del Hard to handle de la historia del rock, nena, le digo con calma.

Entonces

Y

puede, estoy casi seguro, que yo no fuese aquel niño enclenque con gafitas del colegio, ése

al

que siempre zurraban en el recreo. Es más que posible que fuera yo y no otro, en aquellos

interminables tres años de colegio, el que se comiera cada día dos bocadillos.

Título: ISA Autor: Daniel Lasheras Cordero

Las leyendas tienen su precio, solo depende de la cuantía del sacrificio, de la sangre derramada por aquellos mártires que llevaron sus ideas hasta ese punto en el que es

imposible volverse atrás, en este viaje no hay retorno, no volveremos a los idílicos tiempos de ese paraíso creado a nuestro antojo, cruzaremos el umbral, instigaremos la mezquindad del poder, la hipocresía de las monedas, iremos más allá con nuestra consigna; sÍ, todo a cambio

la cueva se muestra como una gran fosa nasal, nosotros como endurecidas

mucosidades nos escondemos evitando la exposición al atorrante sol que se alza categórico sobre los desolados escarpados, dientes de arena compacta, amarillo como un desierto que se ha contraído por el frío paso del tiempo, tan apegados a su modélica forma que solo el viento y el agua en su constante proceso alfarero consiguen retocar su imponente apariencia;

me asomo mientras la arenga se prolonga repetitiva, incluso cargante, palabras, muchas palabras que se resumen en la desesperación de saberse sucumbido de antemano por las garras del flagelante imperio, no hay nada que hacer; lanzo la mirada por el árido valle y sigo la verde serpiente que lo atraviesa, inevitable comparación de esa ribera que se proyecta a lo largo hasta su cabecera, su nacimiento, allá donde se ensancha como una cobra que despliega su cuarteada piel presta a defenderse de la mano del hombre; siempre son los viejos quienes cuentan historias, hablan de esta zona como un vergel dionisiaco, no conocían el concepto de oasis, hablan de tiempos que ni siquiera han vivido con el propósito de animarnos a nosotros, a los jóvenes; dicen que no quieren vernos morir clavados en un monte por haber luchado por unas ideas que ellos consideran peligrosas, prefieren vernos trabajar sudando sangre porque piensan que con ese sacrificio vamos a resucitar a nuestro pueblo, ¿trabajar para quien? no, no me dejaré la piel por estos malditos esclavistas que violan a nuestras madres, ¿cuántos hijos ilegítimos habrá en cada casa? al menos Isa se reconoce como tal; parte de la lucha en la que nos hemos embarcado está cimentada en la venganza

el calor impregna la roca que sin delicadeza alguna

por la trasgresión de los invasores

atraviesa la roída túnica, en su tiempo celeste, ahora regalos de fuego y sangre seca la tiñen, vistiéndome como lo que soy, un forajido pordiosero además de subversivo y perseguido por una aberrante civilización como un trueno que busca donde agarrarse para explotar su furia

de la muerte

sin miramientos; aun con este ardor que soslaya mis pulmones mantengo la firmeza en la postura elegida, haciendo las veces de vigilante improvisado observando el arenoso campo que ni los corderos atraviesan para recompensar sus desgastados gaznates; los pies duros como piedras esquivan el fogoso piso con las devastadas sandalias; no vendrá nadie a

buscarnos aquí, es mas inteligente dejarnos morir de inanición antes que adentrarse en este

desconsolado páramo

mismo, abramos los ojos, siempre hay gente dominada, gente que necesita de un impulso para romper los grilletes, de un aliciente bárbaro para darse cuenta de ese poder invisible que

nos gobierna con más fuerza que las armas del imperio; cómo no, nuestra generación también es víctima de un arrogante mandato, de una ocupación sistemática de nuestras tierras y de una subordinación ininterrumpida del pueblo, de una parte de él, porque exentos los ricos judíos que apoyan al imperio quienes nos han vendido declarándonos personas no gratas para la comunidad; marcados con una equis, marginados y en el punto de mira; pero

esto ha de cambiar, aunque haya que apelar a la fuerza que se oculta tras la muerte, no nos queda otra opción que creer en un paraíso idílico que se nos ofrece tras el umbral de la vida porque del infierno ya se están encargando de que lo palpemos en vida, rodeados de

hay que

demostrarles a esos bastardos hijos de la injuria que en los lugares sagrados, allá donde la fuerza del tiempo ha erigido sus muros respetando la meditación, no puede haber corrupción

ni enriquecimiento banal, nada de eso, debemos darles su merecido reclamando el templo

que ahora se destina al consumo lucrado como la gran casa que es, para todos, donde los más castigados puedan recibir ayuda de los más beneficiados; para eso, honradez, pero les

falta, porque la avaricia nubla y ciega su visión, un milagro haría falta para que todos estos invidentes adinerados pudieran ver la realidad que están creando con sus materialistas

siempre

me quedo un poco rezagado cuando marchamos en grupo, ya no solo porque esté demacrado, pan duro y limosnas no son los alimentos adecuados para estar en condiciones de un enfrentamiento; me quedo porque la elección de las piedras que conforman mi arsenal están bien elegidas, caben en el puño cerrado y tiene sus aristas bien angulosas, tamaño y forma precisa bajo el criterio del maestro; el sol ya se alza cuatro dedos en el horizonte, sin ser severo todavía ya empieza a arrancar el sudor de nuestros cuerpos; nos adelantan burros

acciones; saldremos de esta cueva al despuntar el sol, armaos y no solo de valor

explotación, calumnias y violencia excesiva; o te rebelas o callas para siempre

nuestra historia está repleta de profetas, al final todo se resume a lo

cargados con el doble de su peso sobre sus lomos encorvados, los campesinos nos saludan cómplices, ya nos conocen; los jóvenes que quieren cambiar el mundo, estos chicos disconformes con la autoridad, con pocas ataduras y drásticos ideales; seguramente ellos también habrán participado en revueltas contra el poder invasor que se instalaba avasallante y ahora, cuando ya creían todo perdido y su esperanza había sido subyugada por la sumisión

y la supervivencia, nos ven como héroes que aun sabiéndonos perdedores vamos a

proclamar las verdades como son, claras, como nuestros sentimientos; nosotros no somos tan fuertes como los burros, así que con una veintena de piedras en la alforja nos adentramos

entre las primeras casas de la ciudad; trece ojerosos y barbudos individuos intentan no parecer sospechosos, pero es difícil esconderse de los ojos ajenos; barro, en el suelo, en los muros, las paredes, creo que si un día cayera un diluvio como ese que narran los cuentos borraría toda la desdicha y la ostentosidad de las casas, cuántas diferencias borraría la

lluvia

el creciente bullicio de los vendedores, la plaza está llena de puestos donde se ofrecen frutas,

verduras, pollos, corderos y otros productos artesanos; uno de los cánidos consigue atrapar una gallina, el cacareo escandaloso delator a su vez cesa pronto, pero la carrera del can no se detiene al mismo tiempo que la vida de la gallina; el tendero increpa a su hijo por el

descuido, el perro corre ya lejos de él con el botín entre sus fauces; el muchacho, que estaba

a cargo del cuidado de los pollos, ve acercarse la tempestad encarnada en su propio padre

que cada vez está más enojado por el cúmulo de desgracias que colecciona dentro de sí, dura vida la del labriego, criando pollos con esmero para luego mal venderlos, siempre con el rusiente sol que abrasa las carnes que aun insensibles se percatan del agravio solar, siempre en la mísera situación de los que no hacen nada por cambiar, acumulando y tragando para luego vomitar el resultado de una triste existencia sobre el único fruto que crece y piensa; el perro agotado por el galope da por finalizada la carrera y posa la gallina desangrada en el suelo, a los pies de un grupo de jóvenes que bien pudieran ser perros expulsados de su tierra

miro

y que ahora vienen dispuestos a morder con rabia visceral a los culpables del destierro

los perros no se andan con disimulo en la caza de comida, escuálidos merodean entre

la gallina muerta y los inocentes ojos del perro que muestran una lealtad desconocida al ofrecernos su comida; la confusión es el resultado de la falta de iniciativa y la carencia de decisión, ¿qué hacemos con este bicho muerto?; ahora no es el momento de comer, tenemos

la furia del padre sobre el hijo no es más que

que llevar nuestro mensaje a sus destinatarios

una gota más en ese océano de injusticias que conforman nuestros días, pronto alzará la mano, no para protegerlo de las dentelladas del sol, más bien será la justificación de poder,

llegan

de exacerbar la fuerza reprimida para castigarlo por las propias penas

tarde los taciturnos soñadores que se envuelven en harapos y cargan con piedras, no les

hace falta preguntar de quién es la gallina porque allí donde los golpes se desatan desvelan el

origen de la trama

como siempre el guía, líder o cabecilla es quien toma la iniciativa,

arrojando el cadáver del ave seca sobre el puesto del furioso padre; toma, este es el fruto por el que tanto sufriste, no mereces premio ni recompensa por tu ruin acción, cómo es posible

que pegando a tu propio hijo esperes arreglar tu desdichada existencia, desátate y enfréntate

a los causantes de los problemas que acucian tus días, de verdad que eres un cobarde;

seguimos sus pasos porque la valía de sus palabras no solo no se quedan en eso, palabras, sino que las lleva lejos, hasta los hechos, allí donde lo dicho se convierte en mera anécdota

devuélvela

el pueblo nunca tuvo una vida placentera ni tranquila, siempre bajo los antojos de la enajenación, oprimidos han dedicado sus vidas a cimentar un sistema que ni tan siquiera han elegido; desde niño me había gustado la profesión que el destino me guardaba, el bamboleo de la barca sobre el agua era una eterna niñez, la pesca y el deleite de lo pescado, lo que no entendía por aquel entonces era la profusión con la que mi padre pescaba, echaba redes y redes como para alimentar a diez aldeas como la nuestra, hasta que un día llegó Isa y nos contó a mi hermano y a mí que era lo que se hacía con todo ese pescado, éramos incapaces de imaginar que todo aquello que tanto trabajo nos costaba sacar del mar fuera a parar a las manos del ejercito invasor el cual no pagaba nada por él, fue el detonante para que nos

sumáramos al grupo clandestino que planeaba boicotear al politeísta imperio; ahora, tras indefinidas arengas de Isa, el fin del este grupo sigue siendo el mismo, acabar con el expolio de una colonización tiránica y sobre todo demostrar a los viejos ricos de nuestro pueblo que no estamos dispuestos a tragarnos monsergas de una vida mejor después de la muerte, queremos esa vida mejor ahora y por ello hemos de luchar porque es nuestro deber llevar a buen recaudo los puros sentimientos que enarbolan al pueblo unido; no pesan tanto las piedras del zurrón como la carga sentimental que portamos en nuestros corazones; el silencio

que reina entre nosotros no es capaz de hacer callar a nuestros pensamientos

es un atolladero que convierte la plaza en un hormiguero caótico y desestructurado, voces que se elevan sobre nuestras cabezas confundiéndose y haciéndose ininteligibles, manos que se alzan como alas de gallinas mutiladas, como si quisieran echar a volar y no se hubieran dado cuenta de que su minusvalía se lo prohíbe; personas apretadas, hurtos sencillos, cacareos, ladridos, blasfemias; según nos vamos adentrando en el gentío la masa popular se desvanece como ante el tránsito de una caravana real, como si fuera el mar que el viejo Musa abrió ignorando la existencia de las mareas; el maestro avanza abriendo paso diciendo en voz baja sus consignas: basta de represión, despertad y abrid los ojos, rebelad vuestros sentimientos y mostradlos evidentes a los rostros despiadados que os oprimen, no entréis en su destructivo juego y dejad que los niños aprendan su camino consecuentemente, que el

el mercado

amor fluya entre vosotros hermanos; provocando miradas polisémicas, unas cargadas de desconfianza, ¿dónde van estos vagos que no quieren trabajar?; otras de admiración, ellos son nuestra esperanza; es imposible pasar inadvertido después de habernos hecho conocer como rebeldes frente a la invasión; el mercado desvirtuado y grotesco se extiende hasta las

puertas del templo, allá donde los puestos no son de comida sino de placer

acuden

recuerdos de otras incursiones a mi congestionada memoria, uno de los que más me emociona fue el robo de una caravana entera de víveres que los soldados imperiales ya se habían encargado de robar previamente, esos malditos canallas salían del puerto con tres

carros llenos de peces azulados y escamosos, frescos, que habían sido pescados durante la noche por pescadores como mi padre, también llevaban un carro con doce toneles de vino, seguro que aludían a un nuevo impuesto de producción para robar el fruto de la vid ya fermentado, detrás otro carro con incalculables panes de centeno que aún humeaban el calor impreso por el horno; todo un festín se iban a dar los soldados y los recaudadores de impuestos a costa del sudor de nuestros vecinos; intolerable, aberrante, no se puede permitir que esos cretinos circulen impunemente y además nos hurten en nuestra cara con todo el descaro; el maestro ya los había visto en otras ocasiones y conocía el recorrido que hacían desde que salían del pueblo hasta que se adentraban en la zona rocosa del interior, siempre fueron muy confiados y destinaban a esta labor a jóvenes soldados inexpertos, aquel día eran cuatro los que se jactaban de tamaño botín; cuando bajan de una de las empedradas colinas, próxima a nuestro refugio cavernoso les tendimos una trampa, fue el Iscariote quien simuló estar moribundo, con gran arte dramático consiguió llamar la atención de los imberbes armados que se arremolinaron en torno a su yaciente figura, saltamos sobre ellos como bestias hambrientas, pudimos hacer con ellos cualquier cosa, solo fue un aviso, les dejamos con vida para demostrarles con qué tipo de personas iban a vérselas; fue divertido, aunque aún fue mejor el tremendo banquete que celebramos convidando a todos los enfermos de la zona, había pescado, pan y vino para todos, algo espectacular que el maestro con tintes cómicos hizo aparecer como si fuese un mago; más tarde en su discurso alentador, que pronunció algo ebrio, explicó la procedencia de aquellos artículos que habían degustado; así

se cura el hambre, no hay milagro sin revolución

lugar obsceno donde se venden deidades y creencias, si pagas eres creyente y a su vez digno del dios judío, ese tan agrio al que se le piden explicaciones por todas las desgracias, cuando uno es rico no necesita creer en ningún dios, necesita crearlo para que los pobres le culpen a él de su paupérrima situación; lo tenían bien estudiado los patriarcas; cuánto tiene que llover todavía; las escaleras de acceso están completamente mugrientas, no solo por los restos de tela, barro o excrementos de la amplia gama de seres que pueblan la gran ciudad, sino también por las ideas, ambiciones y frustraciones que ascienden y se estrellan en ellas, es el clima de la putrefacción que se propaga como un fuego incendiario desde las puertas del templo; mientras subimos por ellas las miradas de admiración desaparecen dejando lugar a las de menosprecio, soberbios los ojos de los adinerados que trafican con objetos invisibles, pomposos trajes que violan la armonía del sagrado lugar; nos dejan paso a regañadientes mascullando palabras que es impropio el querer recordarlas; nuestros hombros están sobrecargados por el peso del zurrón, subimos y en la misma puerta nos desplegamos, tres se quedan en el pórtico y los diez restantes nos introducimos bramando y respirando el

el templo es una mezcla de burdel tienda,

viciado aire del lugar; en cada pilar una mujer, sin cadenas, esclava de un áspero destino, al frente suyo un hombre, protector de una dignidad inventada; primer aviso, que salgan todos aquellos que creen en la redención de los pecados atenuados por el inminente abandono de sus actividades; alboroto, la gente se amontona en la puerta, unos quieren entrar y otros salen escurriéndose entre la muchedumbre; no tarda el maestro en lanzar la primera piedra y con su puño alzado clama por la liberación; con su tono ascético cordial alude a la creación y sus fines y en plena orgía levítica se señala el mismo como hijo de la creación, como la cabeza visible de la revolución espiritual contra el imperio; las piedras trazan parábolas precisas estrellándose contra objetos lujuriosos que se venden dentro del templo, contra los proxenetas que han hecho de él su casa quebrantando miembros con las afiladas aristas ígneas; la algarabía es tremenda, parte del pueblo exaltado toma parte a favor de Isa y el estruendo rompe los muros de la ignorancia y del silencio; el mercado convertido en jirones de tejidos y plumas y el templo defecando todo aquello con lo que se había indigestado;

nosotros victoriosos hemos recuperado un lugar comunal para todos

escaparon

la revolución esta en manos del pueblo no solo en la de estos jóvenes idealistas y sentaron precedente, el resto es pura manipulación.

la guardia, escapad

“No tenéis que pensar que yo he venido a traer la paz a la tierra, no he venido a traer la paz sino la guerra” San Mateo (10:34)

Título: LAS DOS CABRAS Autora: Josefa Núñez Montoya

NANDI

Una cabrita se quedó atrás en el camino embarrado por una lluvia menuda y refrescante que caía lentamente como todas las delicadas lloviznas. Era su primera primavera y a cada descubrimiento balaba con una cantinela continua y pesada a la que su madre verdadera o su madre sustituta, como suele ocurrir en el mundo animal con demasiada frecuencia y sin complejos ni consecuencias emocionales para nadie, pasaba un kilo de ella. Son tan constantes estos berridos como mis reivindicaciones – me digo. Y me lo digo buscando razones propias del hombre, que no del animal, que es el que piensa, siente y comunica su sentir y que hago con este relato jugando con la fantasía, que es esta pequeña cabrita que también lo hace. Le pongo sentimiento a sus sonidos altisonantes y le busco su ubicación con

su madre sustituta en una manada de temerosas cabras. Y ocurre que a veces me veo en el

pellejo de algún animal, o me divierto suponiendo que soy otra persona o cosa parecida intentando sentir a través de ellos, en este caso como si fuera una infantil cabrita que vive su primer marzo. Simplemente porque la vi en un día especial mientras recorría un camino cercado al público, desconocido para mí y que mi padre, sin pareja ni amigos, solo pendiente

de la tienda de golosinas y de mí, me hizo conocer como si me enseñara un secreto valioso el

día de su santo. Andábamos por un sendero ancho y solitario que bordea unas cimas de las montañas que descendían hasta el mar. Desde allí se divisaba un enorme abanico calcáreo de otro continente y el Estrecho se convertía en un río más ancho que el Tajo. Era el trozo de naturaleza más importante para mi padre. Por este, mi madre y él se habían hecho el uno para el otro cuando apenas tenían cumplidos los veinte años y por él proyectaron juntos su futuro, familiar y laboral, hasta que la muerte, y tuvo la oportunidad, los separara. Porque mi madre murió a consecuencia de un aneurisma tres días después de haber cumplido yo los nueve años. Por aquí quizás, entre aquellas paredes caídas de la casa derribada que diviso a lo lejos, protegidos por el aroma de las aulagas y avisados por los vuelos de los abejarucos de la naturaleza omitida, mis padres apasionados e incontrolados contribuyeron con la especie humana engendrándome. También y con alta probabilidad este lugar fue el cobijo de

mi padre después del fallecimiento de mi madre, porque aquellos momentos incomprensibles

requerirían de la intimidad más absoluta, del terreno más elevado, sin dueños ni leyes, sin vallas ni setos, para protegerse con la naturaleza de la locura de una muerte inesperada.

El balido de la pequeña cabra de patas negras, y de orejas y trasero de un marrón tostado, me sacó de aquel pensamiento. Observé que balaba si se pinchaba la lengua cuando torpemente intentaba separar de la aulaga la flor amarilla, tierna y jugosa, de su hoja espinosa y puntiaguda; si se entretenía ensimismada en el aleteo del abejorro que volaba entre las flores y se despistaba, y luego volvía a la realidad de la autonomía, balaba; si olía algo nuevo, balaba; por inercia, balaba y balaba una y otra vez emitiendo un sonido gracioso, parecido al balido agudo del gamo, de llamada, pero a la vez de posicionamiento. “¡Beee…! ¡Que estoy aquí! ¡Beee…! ¿Dónde estáis? ¡Beeee…! ¿Me he perdido algo? ¿Dónde está mi madre?” Y entonces, juguetona, saltaba detrás del palmito con pasos cortos de dos en dos y, de puntillas, bordeaba este y otros matorrales de alrededor que también pinchaban pero que ella

los esquivaba con precisión como si no pesara su cuerpo, volandera, como si tuviera un

muelle delicado y gracioso en sus extremidades que, sin hacer ruido, la hacía subir y bajar fácilmente, moviéndose fácilmente a su impulso por aquel angosto lugar sin pincharse.

El entrañable animal da unos brincos y se sube a la roca calcárea. Motea, olfatea. “¿Qué

pasa? ¿Por qué balan las cabras mayores y dejan de hacerlo al paso de esas dos figuras alargadas de olor agrio? ¿Por qué se silencian? ¿Qué es ese olor extraño que se hila entre el aroma de las aulagas y del matagallos? ¿Qué es eso que huele a agrio y salado? Es un

compás binario dual, uno dos, uno dos

Ante el movimiento inusual de las varias cabras, que se desviaban hacia el monte, apartándose del fango del camino, pisando la resbaladiza hierba, y que sus balidos aumentaban en llamadas alarmantes y asustadizas, me fijé que la cabrita optó por inmovilizarse. El instinto de la defensa también es anularse en el paisaje, mimetizarse. En este caso lo intentaba detrás de un palmito abierto y frondoso, rodeado de brezos y otros matorrales. Quieta y miedosa la distinguí y sin dejar de mirarla continué con mi orden andarín para no desajustarla de su entorno, para darle confianza, para que no temiera a los seres humanos, porque a fin de cuenta nos tendríamos que parecer al veterinario y al pastor que la cuida. Yo sería una de esas dos rayas perpendiculares que vería al borde del camino y uno

de esos dos nuevos olores humanos que inmovilizaría su laringe y aumentaría la taquicardia en la pequeña y entrañable cabra.

Mi padre se había colocado para andar unos tenis blancos nuevos y mantenía unos

pantalones y una chaqueta de cuadros de tonos pardos más conocidos. Andábamos por allí

guiados por su deseo y su conocimiento.

En esos momentos íbamos uno al lado del otro con pasos rítmicos y en silencio. Él con la

mirada en el suelo y yo con cara de circunstancia, “en fin qué bonito es el campo, menudo

chaparrón va a caer, me estoy empapando

y de ahí, me pasaba a los pensamientos

Son dos hombres”.

contrarios, “ay que ver lo que se le ocurre a mi padre, valiente día el de hoy, va a llover, qué

bien estaría en mi cama

siguiente, me entraban ganas de coger una piedrecilla y atizar a la cabra para que saliera de su equivocación y de su escondite. Riéndome de esta suposición mi padre que se da cuenta y

me pregunta susurrando:

– ¿Qué te hace tanta gracia, Nandi?

– ¡Papa! No me llames Nandi, no tengo siete años.

Mi padre es así. Llevo dos años fuera de casa, trabajando en el taller de mecánica de la

RENFE y estudiando el último curso de automoción, con veintidós años y todavía me trata

Rita está de

escándalo, hacía tiempo que no la veía. En el instituto nos llevábamos bien, era una chavala con coraje, reivindicativa, y sigue con un despecho a la injusticia que me atrae. Tiene carácter y criterio. Igual quedamos para ir juntos a la manifestación del uno de mayo en Cádiz.

–A ver, don Fer-nan-do, ¿de qué se ríe usted? –me preguntó mi padre.

–De nada –le dije bruscamente. Se me había cortado el encanto de la risa y de Rita. Suspiré profundamente enojado. La tenue sonrisa irónica de mi padre desapareció con mi mirada. No hace caso a mis sugerencias nominativas y sigue llamándome Nandi o me suelta una arenga sobre mi falta de delicadeza a este diminutivo cariñoso instaurado desde la infancia, o me

y cosas parecidas. Pero ahora

esa nota de ironía no es usual en él, porque suele ser tosco en palabras, escueto y tajante en el contenido. Miro al palmito, en la ladera del monte, la vista se hace a la cabra. La distingo. Me pregunto admirando su recurso defensivo por qué nos temerá y a qué otras cosas tendrá miedo, quizás al dolor de un golpe o a la sorpresa de lo imprevisto. Su cautela está llevada por la alerta. La alerta es la hija del miedo y la curiosidad del aprendizaje. Mi padre sigue callado. Estoy rendido. Pero lo prometido es deuda. Yo le insistí. “Papá, ¿que puedo regalarte?”. Se lo pregunté pensando que me iba a sorprender con alguna cosa que le hiciera falta. Por

recuerda autoritariamente que es mi padre, que no lo corrija

como si fuera un niño. Si supiera el polvo que me eché anoche con Rita

y, me preguntaba por qué las cabras nos temerán y, al momento

ejemplo, unos calcetines nuevos para tenerlos reservados para una ocasión especial, o un bloc de notas para ponerlo cerca del teléfono, o quizás una película de la antiguas ahora digitalizada. Pero mi padre es muy raro. “Pídeme algo especial” –le insté. Había metido la pata muchas veces con los regalos porque le compraba una gorra negra, o un cinturón con hebilla de calavera, o aquellos calcetines rayados que me hubiera gustado tener y que después me dejaba para siempre. Casi siempre me reprimía aquellas iniciativas haciéndome sentir un consumista arrebujado, un derrochador y un egoísta, sentimientos que me dejaban el ánimo en el subterráneo. En esta ocasión deseaba realmente ofrecerle a mi padre algo

ajustado a sus necesidades y a mi ausencia. Incluso me picaba la curiosidad por saber qué me pediría ante mi insistencia, siempre tan hermético, tan monótono en su organización diaria, tan cerrado en dar su opinión si no se le pregunta directamente y tan trabajador Cuando lo animaba para que se fuera a cualquier parte, como a la excursión con la gente del Casino, o a visitar la feria de regalos de Madrid, me ponía excusas lisonjeras que fueron apoyadas por la falta de colegas y por unas circunstancias favorables para que no lo hiciera. La vida lo absorbió por sus exigencias prácticas e inmediatas y por mí especialmente. Siempre he pensado que malgasta su vida, que si el amor tiene muchas muertes él tuvo una para rato que acabó con su curiosidad y con su valentía. Desde que me fui hace dos años vengo poco a casa, no porque no me guste mi tierra y mi gente, sino porque es muy atractivo todo lo demás. La libertad y la autonomía suponen los pilares de una felicidad que solo consigo fuera de aquí, lejos de mi padre y de lo conocido. Cuando la distancia llena la añoranza del calor familiar me vengo a casa hasta que me harto de ayudar a mi padre y de vender en la tienda frutos secos. En el fondo me apena esa

constante actividad de mi padre, su vida rutinaria, y el brillo de la tristeza en los ojos limpios y castaños cuando llego o me voy.

– ¿Sabes lo que me gustaría? –Me sorprendió que me contestara mi padre cuando le plantee

qué quería para su santo con un rebote rápido como si estuviera pensado de hace tiempo,

como si estuviera guardado esperando la ocasión.

– ¡Uy! Veremos a ver –le dije alarmado.

Yo acompañaba a mi padre en ese largo paseo para saldar una deuda, la deuda de un regalo doble de santo y del día del padre, más costoso que ir a la tienda y comprarle algo parecido a

aquella correa con la hebilla de carabela que le regalé el año pasado. Me había acostado tarde, los ojos me pesaban por la falta de sueño, pero estaba feliz. La noche anterior había estado en un café-pub chulísimo, de estilo minimalista, sobrio y elegante, en el que las paredes pintadas de gris cambiaban de color según lo hacían las luces que estaban debajo del mostrador. De pronto, el ambiente se ponía de un amarillo limón tenue con el sonido swing que resaltaba la mirada negroide de Rita, viva y sensual, que no se desviaba provocativa de la mía, como de pronto el ambiente se tornaba de un rojizo cálido con el big band de los años 50 que a veces se combinaban con algo de jazz, bossa, música étnica o electrónica para convertirse en un híbrido sonoro muy placentero y de fácil escucha, como muy bien decía la tarjeta de presentación. Allí, Rita y yo pudimos tener una conversación sin estridencias ni confrontaciones políticas, recordando viejas anécdotas, como aquellos ridículos pelos de punta del descuidado director; la musculatura exagerada de la profesora de Educación Física; cuando depilamos en el recreo a Mario, elevando su naturaleza femenina,

pasándonos considerablemente y que nos ocasionó un disgusto

distanciada entre ella y yo se fue acercando a la oreja entre trago y trago de menta fresca, entre risa y risa, entre música y colores cambiantes. Era la tendencia mutua, casi inevitable del deseo, la que nos hacía confluir. Mi mano seguía su cuerpo hasta el limite de mis brazos sintiendo que mi tacto se acomodaba a la figura regordeta que recordaba de ella cuando nos cruzábamos por el pasillo del instituto o cuando salía a la pizarra a resolver los problemas de matemáticas, o cuando tuvo aquel porrazo tan espectacular saltando el trampolín y su pecho salió desnudo de la camiseta. También Rita había estado en mis sueños y lo descubrí anoche, en cada caricia, en cada aliento extenuante. Su piel era de sílex y su sabor a fondue

de trufa. Lo sabía de antes. La saboreé cuanto pude durante todos los colores y tipos de

La conversación tranquila y

música que pusieron durante la madrugada en aquel bar, hasta continuar en el coche y entrelazarnos por fin con la fuerza de atracción de dos pulpos gigantescos confundidos con el abrazo y la penetración. Luego, el susurro al oído de cositas de agradecimiento, y el aire

caliente que encarga cosquillas excitantes nos volvió a transformar, a mí en un cúmulo de nube cálida y a ella en una estrella celeste dentro.

Por esa estrella que llevo aún en mi interior, la cabrita se libró de la pedrada que tenía ganas

de propinarle. Me contuve el impulso, aunque mirando hacia el suelo veía unas piedrecillas

berroqueñas apropiadas para el tiro perfecto. Entonces la cabra, como si intuyera mis

intenciones y estando situado en línea paralela a ella dio unos saltos asustadizos, ligeros e inseguros, como si se tratara de una piedra plana rebotada sobre las aguas de un río calmados y se fue siguiendo la dirección del resto del ganado. A lo lejos, un sonido grave de

un carnero altivo rebotaba a su llamada. Se fue su imagen, pero no sus balidos: beeee, beee,

, cara como hacen los loritos inseparables cuando la mano los dirige hacia la puerta de la jaula. “Pero, ¿por qué estará tan callado mi padre?”

ni tampoco la llovizna que empezaba a apretar. Las gotas de lluvia me picotearon la

beeee

EL

PADRE

Mi

hijo y yo echamos a correr ante los inminentes escupitajos de la lluvia primaveral hacia un

enorme encinar que desprendía asimismo hojas suaves de sus ramas. Desde allí una casa en ruinas me recordó que ese lugar formaba parte de otro momento de mi vida. Paradójicamente dos lluvias inundaban el ambiente como si estuviéramos protegidos por la purpurina del bien en un trenzado único en el que yo me sentí el hombre más feliz del mundo rodeado de naturaleza y al lado de mi hijo. Las gotas de la lluvia y la caída de las hojas bendecían este momento como especial y único. Reconocí en mí el estado de ánimos pleno y gallardo.

Me fijé en la cara fruncida y agachada de Nandi mientras sacudía su cazadora para quitarse las gotas de agua de encima, que luego hizo conmigo, dándome unos azotes lúdicos que me

hacían inclinar hacia atrás y tambalearme perdiendo mi consistencia y estabilidad. Yo lo imité

y nos reímos acompasados por los golpes y por la respiración ruidosa y acelerada que había

provocado la carrera hasta el árbol y porque sentíamos en el fondo la añoranza del juego de cuando él era niño y yo me resignaba a vivir para él sin ella, tras el maldito infarto de miocardio. Como niños silenciosos ante la cabalgata del tiempo, nosotros corrimos juntos para protegernos debajo de un árbol de una lluvia que nos insta a jugar al escondite sabiendo que somos adultos.

– ¿Sabes, Nandi? En tres momentos importantes de mi vida he frecuentado este camino, y

esas tres coyunturas, por una razón o por otra, han hecho que me desviara de mis propósitos. Parece como si mi historia se plegara en tres páginas y este sendero fuera su cosido. Una época frecuentamos este camino tu madre y yo cuando éramos jóvenes y ennoviábamos; otro cuando estaba destrozado y tuve que hacerme a su ausencia; y este otro, el de ahora, en el que siento aturdido con la venta de la tienda y sin ti. Recuerdo que en una ocasión tu madre y yo nos quedamos sobresaltados y perplejos ante una cabra inmovilizada que estaba de pie en el centro de aquella estancia desmedrada de la casa que se ve allí en frente. Nos decíamos una y otra vez que la cabra no se movía, que no cerraba los ojos, que no se le contraía el

abdomen, vamos, que no respiraba, que estaba rígida como si fuera de escayola, como una escultura inanimada. Estábamos asustados porque parecía muerta. Permanecimos durante muchos minutos, más de una hora, contemplándola, esperando que saltara de un momento a otro sobre nosotros y nos envistiera con sus puntiagudos cuernos. La inmóvil figura asomaba los omoplatos de sus extremidades como si estuviera colgada de un cordel con palillos, como ropa mojada. Su color era el de la vejez, de un grisáceo opaco discontinuo, con calvas evidentes a lo largo de su lomo que terminaba en una barba blanca sucia y estropajosa. Su quietud fantasmagórica le daba una consistencia dura y deforme como los peñascos caídos del muro. Tu madre y yo nos tumbamos en la hierba bocabajo esperando algún movimiento reflejo, una carrera inesperada, una caída repentina o una sacudida electrizante, pero como no lo hubo y ya estábamos cansados de esperar se me ocurrió coger una buena piedra del tamaño de mi mano y lanzarla contra ella buscando la vida. Después de varias tentativas le arrojé una, con tal precisión en el costado, que la hice volcar hasta quedarse de un lado con las patas tiesas y rígidas Nos quedamos los dos quietos durante un rato, cortados, helados, sin respiración y como niños asustados echamos a correr agarrados de la mano sin parar hasta la salida del sendero. Tuvimos que guardar el