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Coron«l CéMr Auftuto Sttv» Otrón.

1954 fue un «Ao nefasto

témala. La Invaatón marcanaiia ü^

para G«a>

vada a cabo por los EatadM UnkkM de Norteamértca. por laten

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de tender un valo aobra al vargon-

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"atraco a Guatemala".

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en Juego.

"La Batalla da Gualán". el libro

que a más de dos décadas de diatan*

cía de los acontecimientos escriba al Coronel de Infantería César Aufuato

Silva Girón, viene a poner en claro varias de aquellas Interrogantes de inapreciable valor histórico para laa

nuevas generaciones, tanto clvUea

como militares. El entonces Tenien- te SUva Girón recibe la orden da

Concluye en la otra aolopa.

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LA BATALLA DE GUALAN

CESAR AUGUSTO SILVA GIRÓN

CORONEL DE INFANTEJUA

LA BATALLA DE

GUALAN

JUNIO DE 1954

Colección Luis Lujan Muñoz

Universidad Francisco Marroquín

www.ufm.edu - Guatemala

^j.«

GUATEMALA, C. A.

1977.

•m

Todoi los derechos reservados.

Este libro no puede reproducirse en todo o en parte alguna,

escrita o representada, sin permiso escrito del autor.

Dedico el presente trabajo

al Coronel Diplomado en Estado Mayor

ERNESTO PAIZ NOVALES

con mi admiración

y profunda simpatéa.

.

lu.v

La "Batalla de Gualán", es la historia de un combate,

que hizo morder el polvo de la derrota al enemigo

dentro del marco obscuro de una guerra fracasada.

Dedicatoria

Prólogo

*\r 'aHAO

índice

CAPITULO I

La Epopeya de Octubre

CAPITULO II

PÁG.

13

17

21

El Ejército de Guatemala durante los Gobiernos Re-

volucionarios

25

CAPITULO III

Acciones preliminares a la batalla

31

CAPITULO IV

No todo era comedia: *'Surge un ralor'

39

CAPITULO V

La situación en Gualán y la orden de defensa

CAPITULO VI

Destitución del Jefe de Comisionados Militares

53

65

u

CAPITULO VII

Un incidente inesperado

PÁ6

75

 

CAPITULO VIII

U iMUna (In. íate)

 

tS

CAPITULO IX

amito (2a. faao)

 

t6

CAPITULO X

Otro hecho de Guerra

 

108

CAPITULO XI

La inopeamcia del refueno

^l).^,r»v* ^^

 

CAPITULO XII

Captura del eomando invaaor

ISl

 

CAPITULO XIII

Incineración de cadáveres en Gualán

141

 

CAPITULO XIV

Bl cafo

IpUka

147

 

CAPITULO XV

Relevan del cargo al Teniente Silva Girón

Conclusiones

3**'

,

151

157

DEDICATORIA

La trascendencia histórica que contiene la Ba-

talla de Gualán, apasionante hecho de armas ocu-

rrido en el año de 1954 en el oriente de la Repú-

blica de Guatemala, Villa de Gualán, hoy munici-

pio del departamento de Zacapa, durante una épo-

ca de luz en que nacía un sol evolucionarlo y la

libertad en Guatemala amparada por la magnífi-

ca vivencia de la gesta revolucionaria de Octu-

bre de 1944, era evidente y clara.

Por esta razón al entregarla al estudio analítico

de la historia, JURO SOLEMNEMENTE ante mi

bandera azul, blanco y azul, ante la dignidad su-

blime de mi pueblo y la magestad suprema de mi

Patria, que la presente narración es, con sus he- chos y personajes, totalmente verídica. No habrá ni una sola palabra que señale en

forma perversa a nadie, pero tampoco quedará al margen ni un solo hecho que deba conocer la his-

toria.

En el año de 1954, fui nombrado por mis supe-

riores para encargarme de la defensa de la pobla- ción de Gualán, contra una de las columnas que

preparó y envió la agresión extranjera de los EUA

a Guatemala.

Fui hafita aquel lugar, precioso jirón de tierra

guatemalteca y allí cumplí con la orden de defen-

sa, tal como debe hacerlo en estas cu-cunstancias

y en cualquier tiempo todo miembro del Ejército.

Se combatió porque así lo quiso el enemigo; él

atacó iniciando las hostilidades y sobrevino una

confrontación armada hermosa, digna y valiente

para los defensores de la dignidad de la Patria. No estoy arrepentido de haber luchado con fer- viente ardor en aquella oportunidad, porque esta-

ba cumpliendo órdenes y el deber hidalgo de todo

soldado en tiempo de guerra se reduce a eso y no

estoy arrepentido además, porque estaba total- mente consciente de que al pelear defendía a mi

Patria. Ahora más que nunca, después de sufrir

increíbles como injustas vicisitudes por combatir, me siento sumamente orgulloso, tanto, que si la

Patria requiriera nuevamente de mis servicios en circunstancias como aquella, mil veces volvería

con lealtad a pelear por mi bandera y por la li-

bertad de mi nación.

Al presentar los detalles de la Batalla de Gua-

lán ante la crítica de la opinión pública, se hace

imperativo canalizar desde sus orígenes algunas consecuencias que incidieron en la debacle nacio-

nal.

El inexplicable arrodillarse negativo de pueblo

y ejército ante una agresión sin elementos tácti-

cos, ni estratégicos ni mucho menos idealistas, tu-

vo que tener fundamento lógico. El silencio de las

armas de la defensa y la raquítica fisonomía de

todo un pueblo llegada la hora, fue efecto de la

corrupción moral que se mantuvo latente dentro

del desarrollo revolucionario.

La Revolución nació con bellas metas, pero no

hubo Escuela Revolucionaria; la epopeya de Octu-

bre no logró depurar los procedimientos para de-

fender sus grandiosos postulados. No hubo conso-

lidación para imponer el concepto de aquella enor-

me transformación; la filosofía del magnífico lo-

gro cívico quedó durmiendo en las conciencias de

los políticos y los gobernantes responsables direc-

tos de la muerte de la Democracia en Guatemala.

Dada esta falsa fisonomía revolucionaria, el po-

deroso pueblo norteamericano levantó el látigo y

castigó al infante pueblo guatemalteco, porque le

afectaba, aunque fuera en mínima parte, el que

esta parcela centroamericana reclamara su inde-

pendencia económica, social y política a través

de sus programas vanguardistas.

Fue evidente el esfuerzo manifestado en las

obras emprendidas; hubo orgullo de guatemalte- cos, honestidad en la gallarda empresa, valentía

en la búsqueda de la misión revolucionaria. Se

generalizaba en el ambiente nacional un singular

amor hacia lo nuestro. Se empezaba a valorizar con interés los tesoros que fulguran en las entra-

ñas de esta ubérrima tierra de la eterna primave- ra. Se había enfilado por un sendero maravilloso

hacia un destino nuevo y mejor: Obras y Reno-

vación.

Al tomar la decisión de narrar la BATALLA DE GUALAN. que motiva la aparición de este pe-

queño relato histórico, lo dedico: primero a mi

Patria, con fervor inmenso, porque mi Patria des-

pués de Dios es lo que más amo en la vida.

A la memoria de mis ilustres padres.

A mi esposa, Julia Estrada de Silva, con mucho

amor.

A mis hijos todos, a quienes adoro ardiente-

mente.

A los estudiantes guatemaltecos de todos los

niveles, porque en esas juveniles vidas descansa

la maravillosa esperanza de la redención de la patria, bajo el signo virtuoso de la superación.

A la gloriosa centenaria Elscuela Politécnica que

me dio un acerbo de conocimientos, la llave de la

dignidad y el pundonor militar.

Al indio guatemalteco que es estampa del dolor

en todas sus trágicas expresiones; mi pensamien-

to est¿ puesto en él, mi fe también lo está y mis

deseos son ardientes por que algún día alcance el plano evolutivo que merece, siendo libre y sobe^

rano, altivo como otrora lo fuera, viril e inteligen-

te, digno, evolucionado y admirado por el mundo

entero. Para ese indio, patria, va mi mejor saludo.

César Augusto Silva Girón

PROLOGO

Han pasado veintidós años desde que ocurriera

el hecho de armas que motiva el presente libro. Durante estos años he guardado vivos en mi

mente todos y cada uno de los momentos más im-

portantes y asimismo los mínimos detalles que

conjugaron la batalla que aún la historia espera

conocer y hela aquí, desnuda de toda clase de pre-

siones y convencionalismos, real y patética, en- tregada por la única persona que puede hacerlo

para la patria: SU PROPIO PROTAGONISTA.

En cada segundo, en cada minuto y cada hora

estuvo comprometida mi vida, estuvo enormemen- te comprometida la vida de los humildes pero va-

lientes soldados que me acompañaron en aquella heroica misión. Cayeron muchos de ellos en el esfuerzo supre-

mo y porque vi sus ojos campesinos sin luz en las pupilas, el pecho desangrándose por los impactos del acero de la muerte y porque también sostuve

entre mis manos la cabeza de soldados moribundos

que al exhalar el último suspiro pensaban todavía

en la patria ultrajada. Por esta razón no he olvi-

dado las noches sin estrellas bajo una pertinaz llu-

via castigando los techados de las casas, las ace-

ras y las calles empedradas de Gualán, con silencio

de agonía, estruendo de granadas, tabletear de ar-

mas automáticas y mil relámpagos nacidos del ac-

cionar infernal de los fusiles. Y todo ese apretarse

de gritos convulsionados, bajo el mortal mensaje

de los aviones piratas. Por esa sangre roja de in-

vasores y defensores confundida en el gran even-

to de la muerte, cayendo como cascada de arre-

boles en el dintel soberano de la gloria. Por eso,

no olvido, porque en cada esquina de Gualán hu-

bo siempre una voluntad contraria que vigilaba

mi presencia, atisbando un mínimo descuido y no

olvido la Batalla de Gualán, que ahora narro, por- que hubo armas de francotiradores que agotaron

sus municiones y su paciencia en un vano esfuer-

zo por acallar mi fe patriótica, mi ardor de comba-

tiente definido, mi lealtad inquebrantable en la

defensa de la difícil plaza.

Había llegado a Gualán para defender su suelo

y a sus habitantes ante una agresión enemiga y específicamente eso hice y lo hice con voluntad de

soldado y de patriota, con fe en el triunfo; y pen-

sando en Guatemala, vencí.

vencí y me enorgullezco de ello; vencí por-

que a eso me envió mi ejército. Vencí, porque con esa victoria, le ofrecía una flor perdurable y fragante al altar de mi patria.

Muchos no reconocieron aquella gallarda victo-

ria, muchos, casi todos; el Ejército mismo olvidó

la proeza; y olvidaron, porque nadie, aparte de

aquellos treinta soldados heroicos, estuvieron en aquel escenario iluminado por la aureola simbó-

lica de los grandes hechos anónimos de guerra.

Olvidaron porque no supieron de las fatigas causadas por largas noches de vigilia y cruenta

lucha.

Olvidaron, porque no sintieron el trepidar de

las balas rasgando sus músculos y porque no vie-

ron caer mortalmente heridos a sus soldados.

Olvidaron porque NO PELEARON.

Olvidaron porque los premiaron para eso, para

que olvidaran.

Pero yo lo recuerdo todo y lo escribo ahora sin

temor alguno escudado en la trinchera del honor

y la lealtad, como lo hice allá. Escribo pues, no

con belleza literaria, porque no soy escritor, sino soldado. Escribo sintiendo la dramática batalla re-

correr el templo de mis recuerdos, desde el fondo de mi ser, pulpito sagrado de mis caros sentimien-

tos de guatemalteco. Recuerdo la escena toda y la reconstruyo, he^

cho por hecho, detalle por detalle, hasta formar

el pentagrama de aquel acontecer con sus soles y

sus lunas; con sus días nublados de veinticuatro

horas en la aspillera de la lucha; días sombríos

con olor a sangre y pólvora; días con grito de de-

rrota y de victoria; días con plenitud de patria en

los pechos descubiertos frente al acero invasor.

La historia de Guatemala vive y se nutre de

hechos como éste para perdurar y consolidarse en

el concierto de las naciones y si una vida más que

será la mía, aún falta por caer, bendito sea Dios

que me permite esta enorme satisfacción de mo-

rir por la patria, por esta patria guatemalteca, pa-

tria hermosa que lo merece todo, porque aunque

golpeada, es inmensamente grande, soberana e in- mortal.

El Autor.

CAPITULO I

LA EPOPEYA DE OCTUBRE

En la paz se medita y se planifica el desarrollo

integral de un país. En esas horas de serenidad los

hombres se sientan a la mesa redonda del diálogo multifacético con el objeto de crear logros positi-

vos en beneficio de la gran comunidad. Cuando

esto sucede con nobleza y sinceridad, todas las fi-

losofías coadyuvan para engrandecer a la nación, pero si dentro de esta maquinaria una sola pieza

cobra desbalance, las corrientes se precipitan ha-

cia un infortunado cúmulo de errores y sobrevie-

nen grandes males.

El hombre entonces pierde el norte del ideal y

se impone la reclamación colectiva entre la confu-

sión, el dolor, la tragedia y la desesperación; es como si se estrangulara a los pueblos. Pero la evo-

lución jamás retrocede, acaso se estacione para

medir el daño y sopesar el embate, para rectificar

y proseguir indefectiblemente en la búsqueda del

bienestar y la estabilidad. DENTRO DEL TIEM-

PO, HAY TIEMPO PARA TODO.

A la Revolución Guatemalteca le toca el tumo

de meditar, hacer el inventario y planificar. Está

detenida, pero no vencida, ya volverá su aliento

de superación al derrotero inexorable, inevitable,

a continuar sus pasos dentro de la cósmica espiral

de la vida.

Cuando todo parecia brillar con esplendor de

estrellas siderales para Guatemala; cuando caía

el plenilunio sobre la faz alegre de la patria y toda

su soberbia vivencia se llenaba de ella, inexplica-

blemente se rompió el dique y se interrumpió el

proceso heroico de la gesta revolucionaria. La paz

fue herida en el blanco pecho de su pureza y se

detuvo el vuelo magestuoso de la libertad sobre

el árbol de la amargura y allí en ese ramaje de

singular negrura nos encontramos todavía, su-

friendo el vendaval de la dolorosa experiencia;

pero se hará el día, sacudirá su melena el árbol

del dolor y otra vez saltarán al viento los paj ari-

llos que del viento son. Vendrán las nuevas gene-

raciones a enmendar los errores de los hombres

agobiados por las pasiones y tomarán el timón

reencauzando la nave hacia un destino mejor, ma-

ravilloso y excelso; porque este es el único desti-

no de la Revolución, que es el espíritu de la patria.

La epopeya de Octubre de 1944, vestía sus me- jores galas, demostrando al mundo sus alcances y

proyecciones. La familia guatemalteca se encon-

traba sentada a la mesa grande de la evolución

saboreando los manjares exquisitos de la libertad

y la abundancia; pero este bienestar no pareció

agradar a los nunca satisfechos poderosos del Nor-

te, preocupados por el despertar esplendoroso de

un pequeño pueblo que tenía el derecho de nacer

como pueblo y decidieron recuperar su ancestral hegemonía casi destrozada ahora en la supera-

bundante y ubérrima tierra del quetzal , para

atarla otra vez a su viejo carretón, lleno de vani-

dades y pasiones insanas.

Los pueblos chicos con generosas virtudes de producción en sus entrañas, son pulmones de los pueblos grandes que se ahogan bajo la carga de sus

propias cadenas de ambiciones y es entonces que se transforman en pasto de la rumiante necesidad

de nutrirse y alimentarse para vigorizar su predo- minio con respecto a otros pueblos, y GvxLtemala

no fue, la excepción.

El General Divisionario Jorge Ubico, Presiden-

te de Guatemala, entraba a su catorceavo año de

dictatorial gobierno; a esta altura, en el año de

1943, el destino de este gobernante había llegado a la curva descendente de su imperio y la capitula- ción de su grandeza se encontraba muy cercana.

Estaba por cerrarse el largo capítulo de su his-

toria política y no era en realidad sino la resul-

tante lógica de mantener inalterable el imperio de la dictadura. Esa mentalidad enfermiza y ciega pa-

sión por absorver los hilos del tinglado político

lo atraparon en las redes de una clásica autodes-

trucción.

El movimiento es ley universal de la vida; éste crea, inspira y produce, renovando valores cons-

tantemente. Los pueblos no pueden permanecer estáticos permanentemente. El carro universal de

la evolución los hala ineludiblemente. Crecen y marchan hacia el ignoto porvenir atados a la espi-

ral de la vida en un permanente progreso y la di-

námica de éste los destruye. El triunvirato que asumió el poder a la caída

del general Jorge Ubico, fue efímero en esa opor-

tunidad. Ponce Vaides, el presidente de los 100 días, por sus errores dio paso a la epopeya de Oc-

tubre y con este hecho de armas que conoce ple-

ñámente el pueblo, se rompió la cadena de la es-

clavitud, dejando oír, diáfana y maravillosa, la

oración apasionante de la LIBERTAD.

El 20 de Octubre de 1944 amaneció en las calles

de Guatemala multitud de cadáveres sobre una

alfombra de sangre guatemalteca iluminando co-

mo tea hermosa el destino añorado: la libertad de

la patria.

Los tanques y los obuses de la artillería habían

impuesto con su lenguaje de pólvora su categoría

inobjetable. Los Generales claudicaron y por ese

boquete de minutos, todo un pueblo agobiado por

siglos trasladó su vivienda a un terreno de seño-

rial grandeza. Esto es innegable, noble pueblo mío.

CAPITULO II

EL EJERCITO DE GUATEMALA DURANTE

LOS GOBIERNOS REVOLUCIONARIOS

La Revolución concedió al Ejército el privilegio

de enmarcarlo dentro del profesionalismo como

Institución del Estado; esto por intermedio de la Escuela Politécnica, aunque para ello hubo de su- primir los ascensos a Oficiales del Ejército en los

cuarteles, obligando a los ya ascendidos a efec^

tuar estudios en la Escuela Politécnica, cuyas au-

las se vieron muy concurridas por estos Oficiales. Referirse al Ejército, es caer indiscutiblemente

en un campo difícil, por cuanto es necesario en-

contrarse específicamente documentado y prepa^

rado para ello. El desarrollo de esta Institución del

Estado ha sido muy compleja, aunque su misión

es única y fija para justificar su vivencia dentro

de la sociedad. De todos es conocido que sus linea-

mientos son elevados y legítimos, desde luego sien- do único e indivisible, es esencialmente apolítico

y no deliberante; es una Institución destinada a

mantener el imperio de la Constitución,, velar por

la independencia, la soberanía y el honor de la na^

ción, la integridad de su territorio y la paz de la

república. Su organización es jerárquica y se basa

en los principios de obediencia y disciplina.

Estos son mandatos constitutivos, sin embargo,

no hay necesidad de mucho cavilar para recordar

la situación, postura y desarrollo del Ejército du-

rante los gobiernos de la Revolución, desde la

Junta Militar, hasta Arévalo y Arbenz. Está todo

tan reciente y tan claro que ni siquiera los sim-

ples comentarios de los ciudadanos, se alejan mu-

cho de lo sucedido en aquella época.

En los famosos tiempos de Rafael Carrera, el

ejército se caracterizó por su agresividad y su enor-

me espíritu aguerrido. Igualmente se manifestó el Ejército del General Justo Rufino Barrios, habien-

do dejado para la historia gloriosos e inolvidables

hechos de armas que engrandecen a la patria, sin

que se recuerde que estos Ejércitos hayan recibido

exageradas prestaciones o dádivas para formar un

bastión de alta dignidad castrense. No sucedió lo mismo con Manuel Estrada Ca-

brera, cuya larga y oprobiosa dictadura desfiguró la fisonomía del Ejército para apagar su ímpetu

y desarrollo natural. Lo ahogó dentro de los casti-

llos medioevales San José y Matamoros, sumer-

giéndolo en un estancamiento denigrante y absur- do; lo mantuvo harapiento y con hambre, en una

verdadera situación de miseria y calamidad, ha-

biendo perdido lo más valioso y digno: LA VO-

LUNTAD, es decir, carente de acción y de estatu- ra táctica y estratégica.

El Presidente Lázaro Chacón, acudió al Ejérci-

to, pero tampoco le dio el apoyo indispensable

para su desarrollo y el oficial continuó siendo cie-

go, sordo y mudo; de tal suerte que era inofen-

sivo

'^' *""^^

El General Jorge Ubico, atrapó en sus hábiles redes a los incautos oficiales y a base de una ri- gidez disciplinaria excesiva, los utilizó como ins-

trumento para mantenerse en el poder por varios

períodos consecutivos, haciendo incluso que los

soldados asistieran a las urnas electorales vestidos

de paisano; sin embargo, se preocupó un poco más

por mejorar la presentación del soldado.

Vino la Revolución de Octubre de 1944 y se pro-

dujeron en las filas del Ejército cambios radicales

que deslumhraron a sus miembros en forma tal,

que el mundo de éste, era fascinante. El Ejército

no logró de inmediato captar la onda de evolución

en la que de pronto despertó en medio de exage-

radas dádivas y una modalidad sustancialmente

negativa porque el demasiado recibir distorsiona

la mentalidad del hombre, alejándolo de sus ver-

daderas metas y objetivos.

Durante los gobiernos revolucionarios el ejér-

cito se encontró ocupado más que todo en sus altos

salarios, vistosos uniformes, costosos vehículos,

atractivos clubes y un plan de descaso y vacacio- nes muy mejorado; condecoraciones a granel y un

abuso excesivo de becas al extranjero, que agravó

la situación por el mal planificado sistema de apro-

vechamiento, pues más parecían paseos, que a la postre perjudicaron el espíritu real de la Institu-

ción, porque a su regreso los Oficiales se encon-

traban en sus cuarteles con enseñanzas disímiles,

que no lograban unificar.

Se ambicionó tanto y se querían logros tan ur-

gentes, que se incurrió en errores de cálculo. To-

do proceso evolutivo siempre va por caminos de cordura y razonamiento analizado, deducciones

lógicas y serenos estudios, que formen un caudal

positivo sobre bases firmes; pero la revolución se

desbordó prematuramente en todas sus formas y

manifestaciones, olvidando la planificación. Los

oficiales del Ejército, por ejemplo, rompieron la

barrera del tacto y abusaron de la oportunidad

brillante que tuvieron ante sí; fue un instante en

el que todos a la vez quisieron sacarse la lotería

con becas al extranjero; salieron a tecnificarse a

Escuelas Militare3 de Francia, Inglaterra, Italia,

Estados Unidos de Norteamérica, México, Argen- tina, Brasil. Chile, Venezuela, Colombia y también a Escuelas Militares de países centroamericanos y

de Panamá.

Todos salieron, o casi todos; pero al volver no

se discutió aquí jamás las ventajas o desventajas de tan variadas modalidades de enseñanza. Los

oficiales que iban a especializarse en caballería,

por ejemplo, al volver eran destinados a Unidades

de Infantería u otra arma cualquiera; los que iban

a buscar conocimientos y adiestramiento en para-

caidismo, eran destinados, al volver, a Unidades

de Artillería u otros servicios alejados de su espe-

cialidad, por lo qiie al poco tiempo ya nada record

daban de lo que habían aprendido en el extranje-

ro, perdiéndose no sólo el valor intrínseco de la es- pecialización, sino que también el valor económi-

co que representaba al Estado la inversión y el

esfuerzo. La Revolución lo dio todo y al final na-

da, lo cual quedó plenamente demostrado cuando

al Ejército se le presentó la única gran oportuni- dad de robustecer su imagen ante la opinión pú- blica propia y extranjera, presentando al invasor

una verdadera fuerza de choque y un elevado ni-

vel de conocimientos, valor moral y alto espíritu

de cuerpo para brillar a lo grande ante los ojos del mundo, sin embargo,