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05/17/2012

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El galpón tiene el tamaño de una cancha de fútbol.

Afuera, hay 4x4 de 100 mil dólares, autos, motos y bicicletas tan usadas que casi no tienen valor de mercado. La entrada cuesta 30 pesos, el doble que una de cine o teatro en estos pagos. Acá la función es otra: XIV Copa Nacional de Riñas de Gallos en Termas del Río Hondo. Está la elite gallera, con equipos de todo el país y un merchandising que incluye videos, complejos vitamínicos, protectores hepáticos -el gallo tiene un hígado delicado- y revistas. “Esto es Primera A”, dice un gallero para explicar la magnitud del certamen. Adentro, hay unas dos mil personas y ruido por valor del doble. El día comenzó a las siete, con el pesaje de los animales; se harán unas 100 riñas en 11 bretes, que terminarán a la medianoche. A un costado, las parrillas humean con ganas: hay choripán, empanadas, carne de vaca… Y de pollo. Buena parte del lugar está ocupado por dos filas de bretes, rodeados por una hilera de sillas VIP y tribunas que, al igual que en el fútbol, no se mezclan. Los aficionados de cada gallo ocupan un lado del brete. El lugar de combate mide tres metros por cinco, con paredes de medio metro y piso con colchonetas y arpillera para no lastimar las patas del gallo. Del centro cuelga un reloj y un tubo de luz. Al costado, hay dos piletas para lavar a los animales en los intervalos. Las riñas se dividen en baños; a los 15 minutos, se ordena limpiar a los gallos y la operación se repite. El tramo final dura media hora. En total, son setenta minutos, siempre y cuando el gallo quede en pie y siga echando pico. Caso contrario, termina la pelea. También los corredores pueden arreglar un porcentaje de la parada y detener la riña. A la izquierda, Pantriste, de Córdoba. A la derecha, Freddy 4, de Tucumán. Para la gente, es el gallo zaino contra el rubio. Y así vociferan, como los agentes de bolsa, al apostar. “Cien por el rubio”, dice uno, agitando el billete. “Pago”, acepta otro apuntándolo con el índice. Hay una única apuesta entre los corredores y otra multitud de apuestas periféricas entre el público. Todas son de palabra. El perdedor tiene dos opciones: pagar o pagar. Es una ley no escrita, pero respetada. Si se niega, la organización se encarga de la cuenta, pero el perdedor puede comerse una paliza y una expulsión vitalicia. Rara vez sucede. Los corredores calzan a los gallos: les ponen el cubrepico y las vendas con espuelas de acero. Además, lo mojan, lo masajean, le dan agua y lo hacen escupir como a los boxeadores. Antes de ponerlo en el brete, les acarician las plumas con sensualidad. Hay un proverbio inglés que dice que un buen gallo no puede tener mal color. El rubio y el zaino cumplen con la máxima. Tienen tonos firmes, aspecto arrogante y un plumaje lustroso. “Señores, pongan a sus gallos de frente. ¡Hagan pelear!”, ordena el juez, cuyos fallos son indiscutibles. El cronometrista mira el reloj. A topar se ha dicho. Fábrica de cracks El rubio es del bicampeón nacional Pablo Casal, gallero desde hace 20 años y encargado de una finca. Recibe a Viva en su casa, a diez cuadras del centro tucumano. Al pasar la puerta de entrada está su pequeña habitación. El resto del lugar está ocupado por los gallos. Hay más de 60. Las voces repetidas del cacareo se escuchan desde la calle y, al cabo de un rato, pueden ser desesperantes, como un canon de tenores desafinados. “Tengo que levantar la lona porque los animalitos necesitan tomar sol”, dice Casal, que los está preparando para la copa. La cría y el entrenamiento físico no son sencillos. El cuidador selecciona el plantel de animales y se hará famoso si tiene muñeca y rigurosidad

para entrenarlos. Quizá por eso, cuando hacen referencia a la pelea, todos hablan en primera persona. “Desde que nace el pollito, pasan 10 meses hasta la primera prueba. Los combates se hacen con guantes y piqueras para que no se lastimen. Los animalitos se trenzan y seleccionamos a los que muestran condiciones. Una vez elegidos, esperamos que se vuelvan gallos, que se endurezcan de músculo y de temperamento. Cuando un pollo se hace gallo, fija sus dotes combativas y sabe qué es lo que quiere adentro del brete. Ahí comienza la preparación física. Todos tienen buenas condiciones, pero esperamos que salga el diferente, el Maradona”. Mientras tanto, su hijo les da agua a los animales. Es frecuente que el oficio se realice en casas y se transmita de padre a hijo. En San Pablo, a diez kilómetros de San Miguel de Tucumán, Salvador Escobar cuida gallos desde 1975. Junto con su hijo Dante, atiende a casi 80 animales. En el fondo de su casa, hay caminadoras de entrenamiento, jaulas y un pequeño brete con arena para preparar las piernas del animal. En este momento, mientras apuran un vaso de Coca Cola con cerveza, están topando a dos gallos. “Buscamos que tengan condiciones innatas, que sean buenos peleadores y rápidos con las espuelas”, dice Salvador, con tono manso. La vida útil del gallo depende de sus condiciones. En algunos casos, al cabo del primer combate, queda maltrecho y sólo sirve para cría o sparring; hay otros que pueden llegar a las siete u ocho riñas. Un buen gallo puede pelear hasta los cinco años. Luego, comienza a perder velocidad y reacción. “Hay que prepararle bien su camita con aserrín, cuidar que no se enfermen de moquillo y recuperarlos luego de una riña”, agrega Dante. Está sentado en una silla de cuero de vaca y sostiene en su regazo a un gallo que comenzó comer, luego de diez días de alimentarse por suero. “Si es necesario, lo hago dormir al lado de mi cama, junto a la estufa”, completa su padre. Al rato, los levantan del brete y preparan la comida en un balde. Aunque el menú varía según las teorías de los cuidadores, la alimentación es a base de maíz, con agregados de girasol, arveja, arroz y frutas. Antes de la competencia, se complementan con hormonas, efedrina, energizantes, estimulantes e hidratantes. Como cualquier otro deportista, el gallo necesita, además de una buena alimentación, descanso y preparación física. “Esta es la voladora”, explica Juan Carlos Maldonado, vecino y ex cuidador de los Escobar, ahora con Pyme propia en San Pablo. Es una cama elástica, con goma espuma y una manta arriba. Saca un gallo de su jaula, lo agarra del lomo y lo hace caminar rápido de una punta a la otra. Luego, lo tira al aire suavemente y le estira el cogote. “Son volidos (vuelos) para hacer musculatura. Además, se les da masajes diarios a cada gallo”. En la preparación, hay pasos que pueden confundirse con un tratamiento de belleza: se los descresta y desmejilla para evitar mordidas en combate; además, se les saca plumas para refrescarlo. Es frecuente que los cuidadores hagan su trabajo solos o acompañados por una persona. La relación con el animal es casi de amor-odio. Lo cuidan mucho, pero lo mandan al brete. Lo entrenan con esmero, pero lo descartan cuando no les sirve. En las riñas, los corredores rara vez hablan con sus rivales. Pero sí ponderan las virtudes de su gallo. “Vamos mi pollo viejo, carajo. Demuestre que es guapo”, gritaba uno. “Tire, que usted es bueno pa pelear y pa pisar gallinas”, torea otro. Si el gallo es guapo, su dueño lo es. Si es cobarde y no da suficiente pelea, el dueño queda mal parado. No es casual que el diccionario ponga como una de las acepciones de gallo: “Hombre valiente, que trata de imponerse por su agresividad o jactancia”.

Ser o no ser legal La Ley Nacional 14.346 reprime con prisión de 15 días a un año al que “infligiere malos tratos o hiciere víctima de actos de crueldad a los animales”. Pero el poder de policía corresponde a los estados particulares. En Tucumán, Santiago del Estero y San Luis, hay leyes provinciales que autorizan las riñas en todo el territorio; en otras provincias, se hacen con ordenanzas municipales u otros permisos similares. Los aficionados suelen ser criticados por las sociedades protectoras de animales. En el campeonato de Las Termas, un grupo activista ingresó al reñidero y fue expulsado del lugar. El diario El Liberal reprodujo el diálogo entre un aficionado y una defensora de animales. “¿Le gustaría ser gallo de riña o pollo de granja?”, espetó el hombre. “No sé a qué quiere llegar”, contestó ella. “Un pollo de granja vive dos meses y luego lo matan para venderlo. Un gallo de riña puede morir de viejo. Lo alimentamos bien, lo curamos, le damos cariño y no lo comemos. ¿Qué elegiría ser usted?”. “Nos califican de crueles porque no conocen esta tradición. Los gallos no mueren en el brete. Son animales que nacieron para pelear, nadie les enseña y lo hacen cuando quieren. Tienen una agresividad propia de su genética. Si no los separan cuando son pollitos, se matan”, justifica Ildefonso Fernández, fundador de la revista Tradición Gallera, que se edita en Tucumán desde 1992. Elma Mansilla, presidente de la Asociación Civil Vida Animal de Santiago y miembro de la Red de Entidades Protectoras de Animales, pide derogar las leyes provinciales que permiten las riñas. “El día del torneo, quisimos evitar la comisión de un delito y presentamos un recurso para declarar la inconstitucionalidad de las leyes. Si es necesario, llegaremos a la Corte. Los galleros creen que esto es una guerra, pero sólo queremos evitar el sufrimiento de los animales. Hacer pelear gallos es un delito, como la venta de bebés y la prostitución infantil. Soy cristiana y le pido a Dios por ellos para que se conviertan y dejen de maltratar”. Leones hambrientos Los cuidadores dicen que el entrenamiento del gallo es como el del boxeador. Pero, en la riña, los gallos se miden menos que los púgiles, se estudian poco, baten las alas y se abalanzan uno sobre el otro como dos leones hambrientos. Hay en ese vuelo corto una furia animal pura, absoluta y hermosa. “¡Pique fuerte, mierda!”, grita uno del tablón tucumano, fernet en mano y con el acuso de hojas de coca inflándole un cachete. El primer baño es frenético. Cada tanto, los gallos giran en círculo, rozando los cogotes. Cada tanto, el rubio castiga, con un tiro certero, con las espuelas altas en el pecho rival. El gallo que lanza los primeros tiros busca ultimar a su adversario. Pero las patas del zaino todavía están firmes. En las altas categorías no es fácil ver caer a un gallo. La pelea se da por concluida en ese caso o cuando uno de los dos no echa pico; a veces, aun cuando vaya ganando, el gallo puede estresarse, distraerse o no querer pelear más. Las riñas son imprevisibles. Después del primer baño, el aire queda viciado. Es un aire ya respirado, poblado de partículas de polvo y de restos de plumas. Los cuidadores lavan a los animales enérgicamente, le mojan el pico para sacarle la sangre seca y las plumas. Cambian los cubrepicos y lo secan con una toalla con la que ellos se refriegan la frente. Los gallos tiemblan. El segundo baño es más parejo. Se traban, no se dejan tocar. El zaino devuelve los tiros del rubio. “Upa mi gallo. Devuelva eso”, alienta Casal. El negro saca sus dotes

de buen peleador, analizan en la tribuna. Dicen también que tiene buena mordida, que es atento al pico. Como en el fútbol, esto está lleno de directores técnicos. El rubio pica en la garganta rival y tira fuerte. Lanza picotazos, uno tras otro. Hay más plumas en el aire. La riña es reñida. Una hora sin gallos caídos y con los dos echando pico. Tablas, señores. Cuando las peleas terminan, Paulinho no da abasto. Su consultorio es una mesa en un rincón del galpón. Durante el año, recorre los campeonatos del continente. “Es un manosanta”, define Casal al brasileño. Cose a los gallos maltrechos, los desinfecta y les devuelve la elegancia. “Un gallo bien curado se recupera bien y puede tener varias riñas”, explica el hombre, que no quiere dar su apellido, mientras repara a un perdedor. No tiene tiempo para hablar. Atrás de él, hay una larga fila de cuidadores preocupados que sostienen a sus gallos de los muslos. Cobra 20 pesos por animal. Entre Tucumán y Santiago del Estero, las dos plazas más importantes, se calcula que hay más de 100 mil aficionados a las riñas. Y otros miles en el resto del país. Los corrales en el norte se cuentan por cientos y se hacen torneos todas las semanas. Los galleros repiten que, legal o no, se seguirán realizando, pese a las acusaciones. En las riñas no sólo pelean los gallos: combaten sus dueños, que apuestan dinero pero también ponen en juego estatus, narcisismo y la eterna batalla de la masculinidad. Por algo, ser valiente es ser gallito. Por algo, se usa metafóricamente para hablar de un guerrero, de un campeón, de un tipo duro. Por algo, los galleros nunca lloran después de una mala riña. Luego de varias horas mirando riña tras riña, cada una comienza a ser un mundo concluso en sí mismo. Un mundo con un riesgo estremecido, con el estrago de la pérdida y el placer efímero del triunfo. Un mundo que, como todos, tiene su propia forma de violencia. Y en el que nunca nadie consuela al perdedor.

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