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Academia de Ciencias de La URSS Manual de MarxismoLeninismo

Academia de Ciencias de La URSS Manual de MarxismoLeninismo

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La teoría marxista-leninista de las clases y de la
lucha de clases proporciona la clave para la
comprensión del Estado, que es uno de los
fenómenos más complejos en la vida de la sociedad
humana, explica científicamente su esencia, origen y
desarrollo, la sustitución de unos Estados por otros y
su inevitable desaparición.

Origen y esencia del Estado.

La historia demuestra que la existencia del Estado
se halla vinculada a las clases. En las fases primeras
de desarrollo de la humanidad, bajo el régimen de la
comunidad primitiva, no había clases y tampoco se
conocía el Estado. La dirección de los asuntos
públicos corría a cargo de la sociedad misma.
Luego aparece la propiedad privada y con ella la
desigualdad económica; la sociedad se escinde en
clases antagónicas y la dirección de los asuntos
públicos experimenta un cambio radical. Era ya
imposible decidir esos asuntos por el acuerdo
unánime de toda la sociedad o de su mayoría. Las
clases explotadoras se apoderan de los puestos de
mando. Pero siendo como eran una reducida minoría,

Manual del marxismo-leninismo

81

estas clases sólo podían mantener el sistema que les
favorecía recurriendo a la coerción directa, a la
fuerza, que venía en ayuda de su poderío económico.
Para esto hacía falta un aparato especial: grupos
armados (ejército, policía), tribunales, cárceles, etc.
A la cabeza de este aparato de coerción se colocan
gentes que interpretan los intereses de la minoría
explotadora, y no de la sociedad en su conjunto. Así
se forma el Estado, que es una máquina para
mantener la dominación de una clase sobre otras.
Poniendo en juego esa máquina, la clase económica
dominante consolida el régimen social que le
conviene y mantiene por la fuerza, dentro de un
determinado modo de producción, a sus enemigos de
clase. De ahí que en la sociedad basada en la
explotación el Estado sea siempre en esencia la
dictadura de la clase o clases de los explotadores.
Con relación a toda la sociedad en su conjunto, el
Estado es un instrumento de dirección y gobierno de
la clase dominante; con relación a los enemigos de
esta clase (en la sociedad de explotación se trata de la
mayoría), es un instrumento de represión y de
violencia.

El Estado es, pues, un producto de las
irreductibles contradicciones de clase. "Aparece
donde, cuando y en la medida en que las
contradicciones de clase no pueden ser,
objetivamente, conciliadas."82

El poder político de la
clase económicamente dominante: tal es la esencia
del Estado, la naturaleza de sus relaciones con la
sociedad, aunque también presenta otras
características.

Únicamente podemos hablar de Estado cuando el
poder político de una u otra clase se extiende a un
determinado territorio y afecta a la población que en
él vive: ciudadanos o súbditos.
La extensión del territorio y la cuantía y
composición de la población pueden influir,
ciertamente, en el poderío del Estado y, en algunos
casos, en la forma que el mismo adopta. Pero no es
esto lo que determina su esencia, sino su naturaleza
de clase.

Tipos y formas del Estado.

Los Estados, lo mismo los que existieron en otros
tiempos como los actuales, ofrecen por sus tipos y
formas un cuadro que no puede ser más diverso:
tenemos los imperios despóticos de Asiria, Babilonia
y Egipto, las repúblicas griegas, el Imperio Romano,
los principados de la Rus de Kiev, las monarquías del
Medievo, las repúblicas parlamentarias de nuestros
tiempos y, en fin, la república socialista.
El tipo de Estado viene definido por la clase a la
cual sirve, es decir, en última instancia, por la base
económica de la sociedad. De ahí que el tipo de
Estado corresponda a una formación económico-
social. La historia conoce tres grandes tipos de

82

V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. XXV, págs. 358-359.

Estado basado en la explotación: esclavista, feudal y
burgués. Todos ellos tienen de común y
característico el dominio de los explotadores, es
decir, de una pequeña parte de la sociedad, sobre los
explotados, que son la inmensa mayoría. Un Estado
nuevo y completamente distinto es el socialista, en el
que el poder pertenece a la clase obrera y a todos los
trabajadores, que integran la mayoría o la totalidad
del cuerpo social.
El tipo de Estado expresa, pues, su esencia de
clase. La forma, en cambio, nos habla de la
organización de los órganos de poder y gobierno, de
su régimen político. Atendiendo a este criterio
tenemos la monarquía, al frente de la cual se halla
una persona que no es elegida por la población (rey,
emperador), y la república, donde el poder es
electivo. Hay también Estados en los que se
combinan rasgos de ambas formas, por ejemplo, la
monarquía constitucional, en la que el poder del rey o
del emperador se ve restringido por la ley -
Constitución- y las funciones de gobierno corren a
cargo de órganos electivos.
La forma del Estado es inseparable del régimen
político establecido por la clase dominante. Este
régimen puede ser distinto en Estados de un mismo
tipo. Así, el Estado burgués no adopta sólo la forma
de república democrática, sino también la del
régimen terrorista del fascismo. La aparición de unas
u otras formas de Estado, su desarrollo y prosperidad,
lo mismo que su decadencia y su sustitución por
otras formas distintas, no obedecen al azar.
La variedad de formas en los Estados de un
mismo tipo depende, ante todo, de las modificaciones
experimentadas por el régimen económico y por la
correlación de las fuerzas de clase y de los distintos
grupos en el seno de las clases dominantes.
Al período de la dispersión feudal, en el que cada
hacienda representaba en realidad una economía
independiente y los vínculos económicos entre ellas
eran muy débiles, corresponde un Estado
descentralizado, con un poder central débil y una
gran independencia política de los señores. En el
período de desintegración del feudalismo, cuando se
incrementan las relaciones mercantiles monetarias,
los vínculos económicos entre las distintas comarcas
y entre los Estados, en que se robustece el papel
económico de la burguesía, surge el Estado
centralizado con la forma de la monarquía absoluta.
Pero hay también otros factores que influyen
sobre la forma del Estado: las tradiciones nacionales,
la continuidad en la evolución de las instituciones
políticas, la conciencia política del pueblo, las
relaciones con otros países (por ejemplo, el peligro
de una agresión), etc.
La ciencia marxista-leninista atribuye gran
importancia a la forma del Estado. Así, bajo la
dominación de la burguesía, una forma más
democrática brinda condiciones más propicias para el

Academia de ciencias de la URSS

82

progreso social, para los avances de la cultura y la
ciencia y para la lucha de las masas trabajadoras
contra el yugo y la explotación.
Pero ninguna forma, ni la más democrática, está
en condiciones de cambiar la esencia del Estado de
explotación como instrumento de dominación de una
clase sobre otras. El Estado esclavista tuvo en Egipto
la forma oriental de monarquía despótica gobernada
por los faraones; en Atenas, la forma de democracia;
en Roma, la de república aristocrática y más tarde de
imperio, etc. A pesar de tan gran variedad de formas,
la esencia de todos estos Estados era la dominación
de clase de los esclavistas sobre los esclavos.

El Estado burgués.

También el Estado burgués puede adquirir formas
distintas: república democrática, monarquía
constitucional, dictadura descarada de tipo fascista.
Pero cualquiera que sea su forma, siempre es un
instrumento de la burguesía, es decir, un arma que la
burguesía emplea para mantener sometidas a las
masas trabajadoras.
El Estado democrático-burgués era un gran paso
adelante en comparación con los tipos anteriores. La
revolución burguesa puso fin al régimen de la
monarquía absoluta, que se había hecho odiosa al
pueblo. Estableció el sistema representativo, el
tribunal de jurados y otras instituciones
democráticas, y, bajo la presión de las masas
revolucionarías, sus Constituciones proclamaron
muchos principios de la democracia.
Sin embargo, de la misma manera que el régimen
económico del capitalismo no había suprimido la
explotación de las masas trabajadoras, limitándose a
cambiar su forma, la democracia burguesa no alteró
la naturaleza antipopular del poder político de los
explotadores. Las instituciones democráticas de la
burguesía son democráticas en el papel, no aseguran
a los trabajadores la posibilidad real de ejercer los
derechos que se proclaman. Y no podía ser de otro
modo, pues el régimen económico del capitalismo es
incompatible con la igualdad real y la libertad de
hecho. Incluso el Estado burgués más democrático
tiene por misión la defensa y justificación del sistema
capitalista y de la propiedad privada, con las
consiguientes medidas represivas contra los
trabajadores, que quieren poner fin a ese estado de
cosas.

Así podemos verlo muy especialmente en nuestra
época, en que la burguesía imperialista renuncia a las
instituciones y formas democráticas conquistadas por
el pueblo y mantiene su ofensiva contra los derechos
y libertades individuales. La mejor confirmación de
que esto es así es el Estado fascista -la dictadura de la
parte más reaccionaria y agresiva de la burguesía
monopolista-, que existió en Italia (1922-1943) y en
Alemania (1933-1945) y que todavía perdura en
España.

Esa tendencia de la burguesía a abandonar la
democracia tropieza con la resistencia de las fuerzas
democráticas y socialistas, cada vez más poderosa y
organizada, al frente de las cuales se encuentra la
clase obrera con sus partidos marxistas.
Tales son algunas de las tesis fundamentales del
materialismo histórico por lo que al Estado se refiere.
La doctrina marxista-leninista sobre el Estado no se
reduce, se comprende, a lo que acabamos de exponer.
Son muchos los elementos nuevos y peculiares que a
esta doctrina aporta la experiencia de la época
moderna, sobre todo la experiencia de los
trabajadores que crearon un Estado de nuevo tipo,
como es el socialista. A ello volveremos en la
sección quinta de este libro.

3. La lucha de clases como fuerza motriz del
desarrollo de la sociedad basada en la explotación

Los ideólogos reaccionarios, atemorizados por la
lucha de los trabajadores, tratan de presentar la lucha
de clases como algo que se opone al progreso, como
una peligrosa desviación de la marcha normal de la
sociedad en su desarrollo. Nada puede haber tan lejos
de la verdad como esta afirmación. Lo cierto es que
la lucha de clases no es ningún estorbo para el
progreso; todo lo contrario, representa la fuerza
motriz que hace avanzar la sociedad.

Legitimidad de la lucha de clases.

La lucha de clases preside toda la historia de la
sociedad basada en la explotación. Su significado
creador y progresivo se pone de relieve incluso en las
condiciones de desarrollo "pacífico" y evolutivo de
una formación cualquiera.
La burguesía gusta de atribuirse el mérito del
enorme progreso técnico alcanzado en la época del
capitalismo. Pero los avances de la técnica, en sí,
interesan muy poco al capitalista. Si no tropezase con
la resistencia de los obreros, preferiría acrecentar sus
ganancias con procedimientos tan "sencillos" y
"económicos" como la reducción del salario y la
prolongación de la jornada. Si el capitalista busca
otros caminos para aumentar sus ganancias -nuevas
máquinas, aplicación de otras técnicas o inventos- no
lo hace sólo empujado por la competencia, sino
también, y en gran parte, por la tenaz lucha que la
clase obrera mantiene en defensa de sus intereses.
Un formidable papel de progreso representa la
lucha de las clases oprimidas en la vida política.
Sabemos, por ejemplo, que en la época de las
revoluciones burguesas la burguesía francesa no se
proponía la implantación de la república y
propugnaba la monarquía como forma de gobierno
más apropiada para mantener bajo su férula a los
trabajadores. Poco a poco, sin embargo, bajo la
influencia de la creciente lucha del proletariado y de
todos los trabajadores, como escribe Lenin, "se vio
toda ella transformada en republicana, reeducada,

Manual del marxismo-leninismo

83

instruida de nuevo y regenerada"83

, viéndose
obligada a crear un régimen político más en
consonancia con las reivindicaciones que los
trabajadores presentaban.
De no existir la tenaz lucha de las clases
trabajadoras, la vida política de los países capitalistas
contemporáneos sería muy distinta. Ya sabemos que
en la época del imperialismo la burguesía trata por
todos los medios de recortar y suprimir las libertades
democráticas, de limitar las facultades de los órganos
representativos, y en particular del Parlamento, y de
sofocar cuanto de democrático y progresivo hay en la
cultura de los países capitalistas. Sólo la empeñada
lucha de las masas trabajadoras, dirigidas por el
proletariado, pone un freno a estas antipopulares
tendencias. En las condiciones en que hoy nos
encontramos, esa lucha puede proporcionar frutos
magníficos, defender la paz, la democracia y la
soberanía nacional y cerrar el camino a las fuerzas
del fascismo, de la reacción y de la guerra.
Cuanto más tenaz es la lucha de las clases
oprimidas contra los explotadores, cuanto mayores
son los éxitos que alcanzan en su resistencia a la
opresión, más rápido es de ordinario el progreso en
todas las esferas de la vida social.

La revolución social.

El papel de la lucha de clases como fuerza motriz
de la sociedad de explotación se pone de manifiesto
con singular evidencia en la época en que una
formación económico-social sustituye a otra, es
decir, en la época de las revoluciones sociales.
El conflicto entre las fuerzas productivas y las
relaciones de producción, que es la base económica
de la revolución social, madura lentamente, poco a
poco, mientras el viejo modo de producción
evoluciona. Mas para solucionar este conflicto hace
falta derribar las relaciones de producción
imperantes, y eso jamás se logrará conseguirlo
mediante modificaciones graduales. Y ello porque a
estas relaciones, incluso después de que dejaron de
responder al nivel de las fuerzas productivas, se
encuentran íntimamente vinculados los intereses de
las clases dirigentes. Estas sólo pueden mantener su
vida parasitaria y su privilegiada situación mientras
no se atente contra la forma de propiedad que impera
en la sociedad dada. Ninguna clase explotadora ha
renunciado ni renunciará voluntariamente a sus
propiedades, a todo cuanto le proporciona una
situación privilegiada.
Y la clase dominante, aun caduca, no es
simplemente un grupo de hombres cuyos intereses
divergen de los de la sociedad en su conjunto, sino
una fuerza organizada que durante largo tiempo
detentó el poder. La clase gobernante dispone del
Estado, de un fuerte aparato de violencia, y sus
intereses se hallan defendidos por la superestructura

83

V. I. Lenin. Obras, ed. cit , t. XVII, pág. 368.

política e ideológica. La situación dominante de las
viejas relaciones de producción se ve refrendada por
todo el aparato económico, político y espiritual de la
clase que se encuentra en el poder. De ahí que estas
relaciones no puedan ser reemplazadas por vía
evolutiva, sino mediante una revolución que barra
cuanto se opone al avance de las nuevas relaciones
económicas, y ante todo la dominación política de las
clases caducas. Esta revolución social exige la lucha
más enérgica de las clases oprimidas. El problema
central de la revolución es el del poder político, que
ha de pasar a manos de la clase portadora de las
nuevas relaciones de producción. El nuevo poder
político es la fuerza que lleva a cabo las
transformaciones ya maduras en la vida económica y
social de la sociedad.
No todo cambio político, aun implantado por la
violencia, es una revolución. Cuando lo que se quiere
es el restablecimiento de unas relaciones sociales y
de unos sistemas caducos, es todo lo contrario, una
contrarrevolución, que no trae el progreso, sino el
estancamiento, el retroceso de la sociedad,
multiplicando estérilmente los sacrificios y
calamidades de millones de seres.
El paso de una formación a otra más elevada
viene condicionado en última instancia por el
desarrollo de las fuerzas productivas; esto no quiere
decir, sin embargo, que la revolución social,
cualesquiera que sean las condiciones históricas, ha
de empezar en los países donde la técnica y la
productividad del trabajo se encuentran a un nivel
más alto. En la fase superior del capitalismo, la
imperialista, cuando el sistema capitalista está ya
maduro en su conjunto para el paso al socialismo, la
revolución socialista se puede producir antes en
países menos desarrollados, siempre y cuando las
contradicciones sociales y políticas hayan alcanzado
la suficiente virulencia. Esta conclusión de Lenin, a
la que volveremos más adelante, se ha visto
confirmada, como sabemos, por la propia historia.

Carácter y fuerzas motrices de las revoluciones

sociales.

La historia conoce revoluciones sociales de
diversa índole, que se diferencian por su carácter y
por las fuerzas motrices que las ponen en marcha.
Cuando hablamos del carácter de la revolución
nos referimos a su contenido objetivo, es decir, a la
esencia de las contradicciones sociales que resuelve y
al régimen que trata de establecer. Así, la revolución
francesa de 1789 era de carácter burgués, pues de lo
que se trataba era de suprimir las relaciones feudales
y de implantar el régimen capitalista. La Revolución
de Octubre de 1917 en Rusia tenía como objeto la
supresión de las relaciones capitalistas y el
establecimiento del régimen socialista. Por su
carácter era, pues, socialista.
Las fuerzas motrices de la revolución son las

Academia de ciencias de la URSS

84

clases que la llevan a cabo. No dependen sólo del
carácter de la revolución, sino también de las
condiciones históricas concretas en que ésta se
produce. De ahí que revoluciones de un mismo tipo,
de idéntico carácter, se diferencien a menudo por sus
fuerzas motrices. Así, la fuerza motriz de las
revoluciones burguesas europeas de los siglos XVII y
XVIII estaba constituida, además de la burguesía, por
los campesinos y los elementos pobres de la ciudad,
por la capas pequeñoburguesas. El jefe de estas
revoluciones era la burguesía. Y en Rusia, en la
revolución de 1905-1907 y en la democrático-
burguesa de febrero de 1917, la burguesía -
convertida en una fuerza reaccionaria por su miedo a
la lucha revolucionaria del proletariado- no sólo
pierde la hegemonía, sino que deja de actuar como
fuerza motriz; la revolución democrático-burguesa
rusa fue obra de la clase obrera y de los campesinos.

Papel creador de la revolución social.

Las clases dominantes, movidas por su pánico a la
revolución, tratan de presentarla como un monstruo
sediento de sangre, como una fuerza ciega de
destrucción capaz sólo de sembrar la muerte, la
devastación y calamidades sin cuento.
Si hemos de hablar de víctimas, de sangre, de
sufrimientos humanos, la historia entera de las
sociedades basadas en la explotación y opresión de
las masas trabajadoras no puede ser más siniestra.
Así lo vemos incluso en los períodos de su avance
por vía evolutiva. Con letras de sangre está escrito,
por ejemplo, en la historia de muchos países, el
proceso de centralización del Estado por el que
fueron absorbidos los pequeños principados feudales.
Y lo mismo puede decirse del capitalismo, que en su
desarrollo evolutivo ha causado un número
incomparablemente mayor de víctimas y
sufrimientos que cualquier revolución social. Nos
limitaremos a recordar las guerras mundiales, los
horrores del terror fascista, las ferocidades de las
potencias imperialistas en las colonias. Puesto a
hablar de víctimas y calamidades, la revolución
social contribuye a reducirlas cuando el desarrollo
histórico la pone al orden del día. La demora de la
revolución, cuando ésta está ya madura, por el
contrario, hace muchas veces mayor el tributo de
sangre que los hombres se ven obligados a satisfacer
a la sociedad de clases antagónicas.
Esto no significa que la revolución social no exija
víctimas. Hemos de tener presente que es la
culminación, el punto más alto a que puede llegar la
lucha de clases. La revolución es inconcebible sin
una lucha que venza la resistencia de las clases
caducas, las cuales no se suelen parar en barras ante
el empleo de la violencia. Pero la revolución social
no es sólo la insurrección y los cruentos combates en
las barricadas. Estas formas de lucha son lo que
caracterizan solamente algunas de sus etapas

(revolución política, aplastamiento de la
contrarrevolución, etc.).
Ahora bien, incluso en los casos en que, en virtud
de las condiciones históricas concretas, la lucha
armada significó un elemento importante de la
revolución social, no era un fin en sí misma. Lo
principal en las revoluciones sociales es la creación
de condiciones que propicien el rápido avance de la
sociedad por las vías del progreso. Lo mismo que el
bisturí del cirujano, separa cuanto obstaculiza el
desarrollo ulterior del organismo social, lo que es
causa del estancamiento y de calamidades de toda
clase para los hombres.
Mas la revolución no se limita a cercenar todo lo
caduco y podrido, cuanto se opone al avance. En
lugar de los sistemas y relaciones sociales que
destruye, crea otros nuevos y avanzados. Esto es muy
singularmente lo característico, como veremos más
adelante, cuando se trata de la revolución socialista.
Por otra parte, la subversión que la revolución
social lleva a cabo no significa la negación completa
de toda la vieja sociedad y de lo que ella consiguió.
Si así fuese, el avance de la sociedad sería imposible;
después de cada revolución social habría que
empezar en un terreno virgen, y la sociedad jamás
habría salido del nivel más primitivo. La revolución
social no niega cuanto existía en la sociedad vieja,
sino únicamente lo caduco, lo que se opone al
progreso. Todo lo demás es conservado y recibe un
nuevo impulso. Así ocurre por completo con las
fuerzas productivas y en un grado muy considerable
con los valores espirituales: la ciencia, la literatura y
el arte, en cuanto no se hallen vinculados
directamente con la defensa del viejo sistema, con la
ideología de las clases caducas.
Las revoluciones son los períodos en que la lucha
de clases alcanza su máxima virulencia. Es entonces
cuando con especial vigor se revelan la conciencia, la
voluntad y la pasión de las masas populares. Jamás,
escribió Lenin, es capaz la masa del pueblo de
mostrarse tan activa creadora de los nuevos
regímenes sociales como durante una revolución. En
esos momentos se acelera formidablemente el
desarrollo social, es cuando la sociedad avanza con
mayor velocidad y decisión por la vía del progreso.
Por eso llamaba Marx a las revoluciones
"locomotoras de la historia".
Así, pues, la lucha de clases es la principal fuerza
motriz del progreso histórico, tanto en los períodos
evolutivos de la sociedad de clases antagónicas como
en los revolucionarios.
De aquí se desprende que quienes ocultan las
contradicciones de clase, quienes tratan de apartar de
la lucha a las clases trabajadoras, quienes debilitan
esa lucha y preconizan la paz entre las clases, son
enemigos del progreso y defensores del
estancamiento y la reacción, por mucha que sea la
elocuencia que pongan en tal empeño. Esa posición

Manual del marxismo-leninismo

85

es inaceptable para los obreros y para cuantos aman
el progreso, que se creen en el deber de desarrollar la
lucha de las clases oprimidas contra los explotadores.
Esta lucha contribuye al progreso de la humanidad,
lo mismo si consideramos las tareas inmediatas o
más alejadas de la sociedad en su conjunto, y
responde a los intereses de la mayoría.

4. Formas fundamentales de la lucha de clase
del proletariado

La lucha de clase del proletariado adquiere formas
distintas, según se desarrolle en el terreno
económico, en el político o en el ideológico.

Lucha económica.

Se llama lucha económica la que los obreros
mantienen para mejorar las condiciones de su vida y
trabajo: por un mayor salario, por reducir la jornada,
etc. El método más generalizado de lucha económica
es la presentación de sus reivindicaciones por los
obreros, que se declaran en huelga en el caso de no
verlas satisfechas. Los sindicatos, las cajas de ayuda
mutua y otras organizaciones son instrumentos de
que la clase obrera se vale para proteger sus intereses
económicos.

Cualquier obrero, por escasa que sea su
conciencia de clase, comprende la necesidad de
defender sus intereses económicos inmediatos. Por
eso es la lucha económica el primer escalón del
movimiento obrero, sin que ello signifique que tal
lucha pertenezca al pasado de la lucha de clase del
proletariado. La defensa de las reivindicaciones
económicas conserva todo su valor en nuestros días,
incluso en aquellos países donde existe un
movimiento obrero fuerte y organizado.
Primeramente, la lucha económica permite
mejorar un tanto la situación de la clase obrera aun
dentro del capitalismo. Así lo demuestra la
experiencia de muchos países, en que los obreros
obligaron a la burguesía a hacerles importantes
concesiones. Por esta razón, los comunistas -que son
los luchadores más consecuentes cuando se trata de
defender los intereses de la clase obrera y de todos
los trabajadores- no pierden en ningún momento de
vista la organización de la lucha económica del
proletariado.

En segundo lugar, la lucha por las
reivindicaciones económicas, siendo como es la que
antes y mejor comprenden las masas, incorpora al
movimiento las más amplias capas de obreros, a los
que sirve de necesaria escuela para la lucha contra el
capitalismo y para la educación de su conciencia de
clase. Quiere decirse que de ella depende en gran
parte el éxito de las formas más elevadas del
movimiento obrero.
Ahora bien, la lucha económica presenta una
limitación: no afecta a las bases del régimen
capitalista, por lo que no puede dar satisfacción al

interés económico fundamental de los obreros, que es
el verse libres de la explotación. Además, los éxitos
de la lucha económica son muy frágiles si no vienen
respaldados por las conquistas políticas. La burguesía
aprovecha la menor oportunidad para retirar sus
concesiones y pasar a la ofensiva contra los intereses
económicos de la clase obrera.
Por eso el marxismo-leninismo considera que el
movimiento obrero no puede alcanzar victorias
importantes si la lucha se circunscribe a la defensa de
los intereses económicos inmediatos.
La verdadera lucha de clase del proletariado
empieza en el momento en que rebasa el estrecho
marco de la defensa de los intereses inmediatos de
los obreros y se convierte en lucha política. Para esto
es necesario, lo primero de todo, que los mejores
hombres de la clase obrera de todo el país comiencen
la lucha "contra toda la clase capitalista y contra el
gobierno que defiende esa clase" (Lenin).84

Lucha ideológica.

La lucha de la clase obrera, como la de cualquiera
otra, viene impuesta por su propio interés. Este
interés es producto de las relaciones económicas de
la sociedad capitalista, que condenan a la clase
obrera a la explotación, la opresión y las malas
condiciones de vida. El interés de clase no es algo
que haya inventado un teórico o partido, sino que
existe objetivamente.
Pero esto no significa que la clase obrera adquiera
automáticamente, de la noche a la mañana,
conciencia de sus intereses. Cierto que las
condiciones de vida del proletariado empujan a cada
obrero hacia determinada manera de pensar, al
tropezar continuamente con injusticias y con
muestras de la desigualdad económica y social en
que se encuentra. Esto origina entre los obreros un
sentimiento de descontento, de irritación y de
protesta. Mas no hay que identificar ese sentimiento
con la conciencia del interés de clase. Según la define
Lenin, la conciencia de clase "es la comprensión por
los obreros de que el único medio que tienen para
mejorar su situación y emanciparse es la lucha con la
clase de los capitalistas y fabricantes... La conciencia
de los obreros significa también la comprensión de
que los intereses de todos los obreros de un país son
iguales y solidarios, que ellos forman una clase
distinta de todas las demás clases de la sociedad.
Finalmente, la conciencia de clase de los obreros
significa la comprensión por éstos de que para
conseguir sus fines han de lograr una influencia sobre
los asuntos públicos..."85
Esta conciencia no surge por generación
espontánea en la cabeza de cada obrero.
Lo primero de todo, no es tan sencillo que el
obrero se considere como elemento integrante de una

84

V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. IV, pág. 195.

85

V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. II, pág. 96.

Academia de ciencias de la URSS

86

clase especial. El albañil y el maquinista de
locomotora, el tornero de primera y el peón, el
minero y el cavador: todos se diferencian entre sí por
el género de trabajo y, a menudo, por el nivel de
vida. No puede asombrarnos que el movimiento
obrero de muchos países haya pasado por la fase de
la organización gremial, cuando el principio por el
que se unían era el del oficio o especialización; por
ejemplo, en un mismo ferrocarril podía haber
sindicatos independientes de maquinistas, de
fogoneros y de personal de obras. Y se daba el caso
de que estos sindicatos tratasen de conseguir ventajas
para "sus" afiliados a expensas de los otros obreros.
Pero eso no es todo. No siempre cada obrero
advierte de manera correcta el estado de opresión en
que se encuentra en la sociedad capitalista. Puede,
por ejemplo, atribuirlo a reveses personales.
Entonces el descontento del obrero puede traducirse
en el propósito de "llegar a ser algo", aunque sea a
costa de sus compañeros. En casos muy contados lo
consiguen, pero millones de trabajadores permanecen
como estaban.

La protesta elemental de los obreros puede
también recaer sobre quienes en realidad no son sus
enemigos. Por ejemplo, en la época de la revolución
industrial de los siglos XVIII y XIX, entre el
proletariado cundió el movimiento de los
"rompedores de máquinas" (ludditas). Los obreros
veían que el empleo de máquinas en la producción
los condenaba al hombre, pero no podían comprender
que el mal suyo no estaba en las máquinas, sino en el
hecho de que estas máquinas pertenecieran a los
capitalistas, quienes las aprovechaban para
incrementar la explotación y llevar a la ruina a los
trabajadores.

Otro factor que se opone a que los obreros
adquieran conciencia de sus intereses de clase es la
nociva influencia de la ideología burguesa, de la
propaganda que la burguesía lleva a cabo para
confundir a los trabajadores. La formación de la
conciencia de clase entre los obreros puede verse
dificultada, por ejemplo, por la propagación en su
seno de la idea de que la explotación es eterna y de
que nada podrá cambiarla, de que se pueden
conseguir mejorías mediante convenios y
compromisos con la burguesía, o por las discordias
nacionales que se siembran para escindir a los
trabajadores, etc.
Antes de que el proletariado adquiera conciencia
de clase ha de recorrer, pues, un complejo proceso, el
cual, según sean las condiciones concretas de cada
país, puede transcurrir con rapidez mayor o menor,
con mayores o menores dificultades. En ciertos
países, el proceso se ha dilatado, y el proletariado,
según la expresión de Marx, sigue siendo hoy día una
"clase en sí" y no una "clase para sí", con conciencia
como tal clase y de cuáles son sus verdaderos
intereses.

La mejor escuela de conciencia de clase para los
obreros es la lucha diaria, sin exceptuar la defensa de
sus intereses inmediatos. Mas esto es poco. Para que
los obreros se eleven hasta un alto grado de
conciencia de clase hace falta aún otra forma
específica de lucha, que es la ideológica.
La lucha ideológica del proletariado presupone, lo
primero de todo, la adopción de una concepción del
mundo, de una teoría científica que alumbre a la
clase obrera el camino de su emancipación. La lucha
de los obreros por sus intereses inmediatos, como es
la lucha sindical, no es bastante para la aparición de
ideas socialistas. La doctrina del socialismo podía ser
únicamente fruto de las más avanzadas teorías
filosóficas, económicas y políticas. Esta es la tarea
que cumplieron unos gigantes del pensamiento como
Marx y Engels, que consagraron toda su vida y su
obra a la causa de la emancipación de la clase obrera.
A ellos se debe la doctrina que con autenticidad
científica revela cuál es el interés fundamental de los
obreros -la necesidad de emanciparse de la
explotación-, las vías para alcanzarlo -la destrucción
por medios revolucionarios del capitalismo y la
edificación del socialismo- y las bases de la táctica
del movimiento obrero.

.
Pero la concepción científica del mundo propia de
la clase obrera, obra de Marx y Engels, no es un
compendio de respuestas a cuantos problemas
puedan plantearse a los trabajadores en las etapas
subsiguientes de la historia, en condiciones nuevas y
en una nueva situación. Para que esta concepción del
mundo sea siempre un arma afilada en la lucha de la
clase obrera por la construcción de la sociedad
socialista, hay que darle siempre forma concreta,
desarrollarla y enriquecerla con los datos nuevos de
la ciencia y con la nueva experiencia de la lucha de
clase de millones y millones de trabajadores. Esta
labor de creación teórica ha sido, es y será una
importante tarea de los partidos marxistas-leninistas
de la clase obrera.
Para que la concepción científica del mundo
propia de la clase obrera cumpla su papel en la lucha
de liberación, ha de prender en las masas. De ahí se
desprende la necesidad de que sea llevada al
movimiento obrero desde fuera de la lucha
económica y del marco de las relaciones de los
obreros y patronos. Esta es la función que cumple el
partido marxista-leninista, el cual, tal como Lenin lo
define, une las ideas del socialismo con el
movimiento de masas de los obreros.
Otra tarea de capital importancia de la lucha
ideológica es la de conservar en cualquier
circunstancia la pureza de la concepción socialista de
la clase obrera, sin permitir que los enemigos la
deformen y priven así al proletariado de tan aguzada
arma. Todos sabemos que en cuanto el marxismo-
leninismo se convirtió en una potente fuerza
ideológica, los enemigos de la clase obrera centraron

Manual del marxismo-leninismo

87

sobre él sus fuegos; y no sólo de frente, sino también
por la retaguardia, para lo cual echaron mano de sus
agentes en el movimiento obrero. Con el pretexto de
"perfeccionar" el marxismo, lo que hacen es
deformarlo y convertirlo en algo inofensivo para la
burguesía e inútil para los obreros. Tal es el sentido
de la labor "teórica" de los oportunistas de toda laya,
de los reformistas y revisionistas, contra la cual han
de combatir todos los obreros conscientes y, en
primer término, los partidos marxistas-leninistas.
La lucha ideológica del proletariado no se reduce
a la formación de la conciencia de clase entre los
obreros y a la propaganda del marxismo-leninismo.
La clase obrera no mantiene su lucha de liberación
sola, sino en alianza con todos los trabajadores, de
los cuales es la vanguardia. De ahí que otra
importante faceta de la lucha ideológica de los
obreros es la tarea de apartar a las masas no
proletarias -campesinos, pequeña burguesía,
intelectuales- de la influencia de las ideas burguesas
y ganarlas para el socialismo.

Lucha política.

La forma superior de la lucha de clase de los
obreros es la lucha política.
El proletariado advierte ya la necesidad de
mantenerla cuando trata de defender simplemente sus
reivindicaciones económicas. Los capitalistas tienen
de su parte al Estado burgués, que les ayuda a hacer
fracasar y aplastar las huelgas, que pone trabas a la
labor de los sindicatos y demás organizaciones
obreras, etc. La propia vida empuja, pues, a la clase
obrera a luchar no sólo contra "su" capitalista, sino
también contra el Estado burgués, que defiende los
intereses de la clase capitalista en su conjunto.
De otra parte, una lucha política amplia es posible
únicamente cuando la clase obrera, o al menos su
parte avanzada, ha adquirido conciencia de clase y
tiene noción clara de sus intereses.
La lucha política de la clase obrera abarca por
completo la esfera de la vida social relacionada con
su posición frente a las otras clases y capas de la
sociedad burguesa, al Estado burgués y a la actividad
de éste. "La conciencia de la clase obrera -escribe V.
I. Lenin- no puede ser verdaderamente política si los
obreros no aprenden a hacerse eco a todos y cada
uno
de los casos de arbitrariedad y opresión, de
violencia y abuso, cualquiera que sea la clase a que
estos casos se refieran."86

Ello presupone la
existencia de estrechos vínculos entre la defensa de
los intereses de la clase obrera y la lucha por las
libertades y derechos democráticos en un amplio
sentido, contra la antipopular política exterior de la
burguesía y, en muchos países, por la independencia
nacional, etc.

Todas estas facetas de la actuación política de la
clase obrera son de por sí muy importantes, sobre

86

V. I. Lenin, Obras, ed. cit., t. V, pág. 383.

todo en las condiciones actuales. Pero no sería
correcto reducir a ellas las tareas de la lucha política.
"No es bastante -escribe Lenin- que la lucha de clases
llegue a ser auténtica, consecuente y desarrollada
sólo cuando abarca la esfera de la política... El
marxismo admite que la lucha de clases se ha
desarrollado por completo y es «nacional» sólo
cuando además de abarcar la política toma en ésta lo
que es más esencial: la organización del poder."87
Eso es lo que diferencia al marxista del liberal
adocenado, que está dispuesto a admitir la lucha de
clases incluso en la esfera política, pero siempre y
cuando se prescinda de la lucha de los obreros por
derribar el capitalismo y conquistar el poder.
De todo lo dicho se desprende claramente la causa
de que la teoría marxista-leninista, que ve el origen
de toda lucha de clases en sus intereses materiales,
económicos, subraya a la vez la primacía de la
política frente a la economía, coloque la forma
política de la lucha de clases por encima de
cualquiera otra y considere como política toda lucha
de clases. La lucha económica y la ideológica no
constituyen un fin de por sí; tanto la una como la
otra, con todo el valor que indudablemente tienen, se
hallan subordinadas a los fines políticos de los
obreros, que son superiores, y a las tareas de su lucha
política, que es la única que puede dar satisfacción al
interés fundamental de la clase obrera: emanciparse
de la explotación.
Los obreros ajustan su lucha política a las
circunstancias de cada caso y recurren a los
procedimientos más diversos, desde las
manifestaciones, huelgas políticas (en defensa de
determinadas reivindicaciones políticas) e
intervención en las elecciones y parlamentos, hasta la
insurrección armada. Los fines y métodos de la lucha
política exigen formas más elevadas de organización
de la clase obrera, y ante todo la creación del partido
político del proletariado. Según demuestra la
experiencia, la aparición de tal partido es un
fenómeno regular en la historia del movimiento
obrero. La lucha política exige también la agrupación
internacional -y no sólo nacional- de la clase obrera y
de todos los trabajadores con el fin de aunar sus
esfuerzos.

La revolución proletaria.

El escalón superior de la lucha de clase del
proletariado es la revolución.
Los enemigos del comunismo presentan la
revolución proletaria como obra de un reducido
grupo de "conjurados". Esto es un embuste como un
templo. El marxismo-leninismo no admite la táctica
de las "revoluciones de palacio", de los golpes, de la
toma del poder por una minoría armada. Así se
desprende lógicamente de la interpretación marxista
de los procesos sociales. Porque las causas de la

87

V. I. Lenin, Obras, ed. cit., 1. XIX, págs. 97-98.

Academia de ciencias de la URSS

88

revolución residen en última instancia en las
condiciones de vida material de la sociedad, en el
conflicto entre las fuerzas productivas y las
relaciones de producción. Este conflicto toma cuerpo
en el choque de grandes masas humanas, de clases,
que se levantan a la lucha empujadas por causas
objetivas que no dependen de la voluntad de
determinados individuos o grupos y ni siquiera de
partidos. El Partido Comunista organiza las acciones
de las masas, las dirige, pero sin tratar de hacer la
revolución "por ellas" y sólo con sus propias fuerzas.
La revolución socialista de la clase obrera se
diferencia de todas las revoluciones sociales
anteriores y presenta una serie de características que
le son propias. La principal es que las revoluciones
anteriores se limitaban a sustituir una forma de
explotación por otra, mientras que la revolución
socialista acaba con toda explotación y, en última
instancia, conduce a la desaparición de las clases. Es
la más profunda de cuantas transformaciones conoce
la historia, significa la reorganización completa, de
arriba abajo, de las relaciones sociales. La revolución
socialista pone fin a la milenaria existencia de la
sociedad de explotación y a la opresión, cualquiera
que sea la forma que ésta adopte; es el comienzo de
una época de verdadera fraternidad e igualdad entre
los hombres, del establecimiento de la paz perpetua
en la tierra y del completo saneamiento social del
género humano. Ahí reside el formidable valor
humano de la revolución proletaria, que marca un
importantísimo jalón en la historia.
El carácter de la revolución socialista determina el
nuevo papel del pueblo en la conmoción
revolucionaria. Las masas trabajadoras participaron
también activamente en las revoluciones de antaño,
cuando se trataba de derribar a los esclavistas y a los
señores feudales. Pero entonces eran simplemente la
fuerza de choque que allanaba el camino del poder a
una nueva clase explotadora. Porque todo se reducía
a sustituir una forma de explotación por otra.
Otra cosa muy distinta es la revolución de la clase
obrera. Los obreros, que constituyen una parte
importante de las masas trabajadoras (en muchos
países la más cuantiosa), no cumplen sólo el papel de
fuerza de choque; ejercen también la hegemonía, son
quienes inspiran y dirigen la revolución. Y el triunfo
de la clase obrera significa la supresión completa de
la explotación del hombre por el hombre y la
emancipación de los trabajadores de la opresión que
gravitaba sobre ellos en todos los órdenes de la vida.
Quiere decirse que la revolución proletaria es la
revolución que las propias masas trabajadoras hacen
en beneficio propio. No puede, pues, extrañarnos que
los trabajadores, en el curso de la revolución
socialista, revelen un inagotable manantial de
iniciativa, promuevan de su seno a excelentes jefes y
revolucionarios y encuentren nuevas formas de
poder, distintas a cuanto hasta entonces conocía la

historia. Prueba de ello son las revoluciones
socialistas de Rusia, China y todas las democracias
populares.

La revolución socialista comprende en cualquier
país capitalista un período bastante largo de
transición del capitalismo al socialismo. Su comienzo
es la revolución política, es decir, la conquista del
poder por la clase obrera, y sólo entonces es cuando
se puede producir el paso del capitalismo al
socialismo.

Históricamente, la revolución socialista significa
la supresión de la propiedad privada capitalista sobre
los medios de producción y de las relaciones
capitalistas de producción entre los hombres, que son
sustituidas por la propiedad social, socialista, sobre
los medios de producción y por las relaciones de
producción socialistas. Esto es imposible conseguirlo
mientras en el poder se encuentre la burguesía. El
Estado burgués es el principal obstáculo que se
levanta para la transformación del sistema capitalista.
Sirve fielmente a los explotadores y guarda su
propiedad. Para desposeer a las clases dirigentes y
entregar sus propiedades a la sociedad entera hay que
desplazar del poder a los capitalistas y colocar en él
al pueblo trabajador. El Estado de la burguesía ha de
ser sustituido por el Estado de los trabajadores.
Tal Estado es también necesario porque sólo
teniendo en sus manos el poder se encuentra la clase
obrera en condiciones de hacer frente a las enormes
tareas de construcción de la nueva sociedad que la
revolución socialista le plantea.
Las revoluciones anteriores tenían principalmente
la misión de destruir. Así nos lo dicen claramente el
ejemplo de las revoluciones burguesas. Lo que sobre
todo habían de hacer era barrer las relaciones
feudales, romper las trabas con que la vieja sociedad
se oponía al avance de la producción y limpiar el
camino para el ulterior incremento del capitalismo. A
esto se reducían, en lo fundamental, las tareas de la
revolución burguesa. Las relaciones económicas
capitalistas habían aparecido mucho antes y durante
largo tiempo se habían desarrollado en el seno del
régimen feudal. Esto era posible porque la propiedad
burguesa y la feudal son dos formas de propiedad
privada. Existían contradicciones entre ellas, pero
durante cierto tiempo pudieron vivir una junto a la
otra.

La revolución socialista cumple también la
función de destruir las relaciones caducas,
principalmente capitalistas, y en ocasiones también
feudales, que se mantenían en forma de
supervivencias más o menos vigorosas. Pero a las
tareas de destrucción se suman las de creación en el
campo social y económico, muy complejas y de
extraordinario volumen, que son lo que
principalmente dan contenido a esta revolución.
Las relaciones socialistas no pueden nacer en el
seno del capitalismo. Aparecen después de que los

Manual del marxismo-leninismo

89

obreros han tomado el poder, cuando el Estado de los
trabajadores nacionaliza las fábricas, las minas, los
transportes, los bancos, etc., es decir, la propiedad de
los capitalistas sobre los medios de producción, y los
convierte en propiedad social, socialista. Es evidente
que nada de esto podría hacerse antes de que el poder
pase a las manos de la clase obrera.
Pero la nacionalización de la propiedad capitalista
no es sino el comienzo de las transformaciones
revolucionarias que la clase obrera lleva a efecto.
Para pasar al socialismo hay que extender las
relaciones socialistas a toda la economía, organizar
sobre una base nueva la vida económica del pueblo,
crear una eficaz economía planificada, reestructurar
según los principios socialistas las relaciones sociales
y políticas y resolver complejos problemas en la
esfera de la cultura y la educación. Todo esto es un
enorme trabajo y en su realización corresponde un
papel de excepcional importancia al Estado
socialista, que es el instrumento mejor de que los
trabajadores disponen para construir el socialismo, y
más tarde el comunismo. Por ello, cuando se afirma,
como hacen los oportunistas, que el socialismo se
puede construir dejando el poder político en manos
de la burguesía, se incurre en un error manifiesto;
esto no significa más que engañar a la gente y
sembrar en el pueblo dañosas ilusiones.
La revolución política de la clase obrera puede
adoptar formas diversas. Puede ser llevada a cabo por
la insurrección armada, como ocurrió en Rusia en
octubre de 1917. En condiciones excepcionalmente
favorables, el paso del poder al pueblo puede
realizarse pacíficamente, sin insurrección armada ni
guerra civil. Pero cualquiera que sea la forma en que
transcurra la revolución política del proletariado,
siempre es la culminación de la lucha de clases.
Como consecuencia de la revolución se implanta la
dictadura del proletariado, es decir, el poder de los
trabajadores, dirigida por la clase obrera.
Una vez ha conquistado el poder, la clase obrera
se encuentra con el problema de la maquinaria del
viejo Estado, de la policía, los tribunales, la
Administración, etc. ¿Qué hacer con ello? En las
revoluciones anteriores, cuando la clase nueva
llegaba al poder acomodaba a sus necesidades el
viejo aparato estatal y gobernaba con su ayuda. Esto
era posible porque las revoluciones se limitaban a
sustituir la dominación de una clase explotadora por
la dominación de otra clase también explotadora.
La clase obrera no puede proceder así. La policía,
la gendarmería, los tribunales y demás organismos
que durante siglos enteros estuvieron al servicio de
las clases explotadoras no pueden pasar simplemente
a depender de aquellos a quienes hasta entonces
oprimían. El aparato estatal no es una máquina como
otra cualquiera, que obedece por igual a quien la
maneja: podremos cambiar de maquinista, pero la
locomotora seguirá arrastrando el tren. Pero la

máquina del Estado burgués es de tal carácter que no
puede servir a la clase obrera. Por los elementos que
la integran y por su misma estructura está adaptada
de manera que cumpla la función esencial de ese
Estado: mantener a los obreros sujetos, bajo la
dependencia de la burguesía. De ahí la afirmación de
Marx de que todas las revoluciones anteriores se
limitaron a perfeccionar la vieja maquinaria estatal,
mientras que la revolución obrera ha de destruirla y
sustituirla por un Estado propio, proletario.
Otro factor importante en cuanto a la creación del
nuevo aparato estatal es que ayuda a incorporar las
grandes masas del pueblo a la causa de la clase
obrera. La gente tiene constantemente que
relacionarse con los órganos de poder. Y cuando los
trabajadores ven que las instituciones de gobierno
están regidas por hombres salidos del pueblo, cuando
ven que los organismos estatales tratan de dar
satisfacción a las necesidades diarias de los que
trabajan y no de los ricos, esto, mejor que cualquier
propaganda, explica a las masas que el nuevo poder
es el poder del propio pueblo.
El modo como la vieja maquinaria estatal será
destruida depende de muchas circunstancias, entre
las que se cuenta, por ejemplo, si la revolución se
llevó a cabo por vía violenta o pacífica. No obstante,
cualesquiera que sean las condiciones, la destrucción
del viejo aparato de poder y la creación de otro nuevo
siempre será una tarea primordial de la revolución
proletaria.

La fuerza principal y decisiva de la revolución
socialista puede ser sólo la clase obrera, sin que esto
quiera decir que sea ella la que la realiza
exclusivamente. Los intereses de la clase obrera
coinciden con los intereses de todos los trabajadores,
o sea de la inmensa mayoría de la población. En
virtud de ello es posible la alianza de la clase obrera -
que mantiene la hegemonía- con las más grandes
masas de trabajadores.
Las masas aliadas de la clase obrera no acuden de
ordinario inmediatamente, sino que lo hacen poco a
poco, en apoyo de la consigna de la revolución
socialista y del establecimiento de la dictadura del
proletariado. La experiencia histórica demuestra que
la revolución proletaria puede producirse como
prolongación de la revolución democrático-burguesa,
del movimiento de liberación nacional de los pueblos
oprimidos y de la lucha de liberación contra el
fascismo o contra el imperialismo.
La revolución proletaria exige mucho de los
partidos de la clase obrera. Una de las condiciones
principales para el triunfo es la dirección enérgica y
acertada de la lucha de las masas por parte de los
partidos marxistas.
La época de las revoluciones socialistas significa
toda una etapa en el desarrollo de la humanidad.
Tarde o temprano, las revoluciones socialistas
abarcarán a todos los pueblos y países. Según sea el

Academia de ciencias de la URSS

90

lugar en que se produzcan, adoptan formas
peculiares, en dependencia de las condiciones
históricas concretas y de las características y
tradiciones nacionales. Pero las revoluciones
proletarias se subordinan, en todos los países, a unas
leyes comunes que fueron descubiertas por la teoría
marxista-leninista.

Capitulo VI. El papel de las masas populares y
el individuo en la historia

Los ideólogos de las clases explotadoras
deforman con singular celo cuanto se refiere al papel
de las masas populares y del individuo en la historia.
En su afán por justificar el "derecho" de una minoría
insignificante a oprimir a la mayoría, siempre
trataron de rebajar el papel de las masas del pueblo
en la vida y en el progreso de la sociedad. El pueblo,
la gente, las masas trabajadoras son, según ellos, una
turba obtusa que por su naturaleza misma está
destinada a someterse por entero a la voluntad ajena
y a soportar mansamente su vida de humillaciones y
necesidades.

Para quienes así piensan, las masas populares no
son más que el objeto pasivo del proceso histórico, y,
en el mejor de los casos, ejecutores ignorantes de la
voluntad de los "grandes hombres": de los reyes,
generales, legisladores, etc. Tales teorías subjetivistas
no se limitan a justificar los regímenes en que un
puñado de explotadores oprime a la mayoría de la
población, sino que también argumentan en pro de
una política interior dirigida a la supresión de la
democracia y al establecimiento de sistemas
fascistas. Estos sistemas precisamente, afirman los
ideólogos reaccionarios, son los que pueden asegurar
a los grandes hombres el campo libre para "hacer"
historia e imponer su voluntad sin temor a la
intervención de las masas ignorantes del pueblo. Así
justificaban los hitlerianos y otros fascistas la falta de
derechos a que tenían sometido al pueblo y la
omnipotencia del "führer".
Además de la concepción subjetivista del papel
del individuo en la historia, entre los ideólogos
burgueses goza también de privanza la visión
fatalista, según la cual los hombres no pueden ejercer
influencia alguna sobre la marcha de los
acontecimientos. Tal punto de vista es impuesto con
particular insistencia por las gentes de la Iglesia, para
quienes la vida y el desarrollo de la sociedad han sido
determinados por la providencia, por el sino, por la
suerte ciega. "El hombre propone y Dios dispone": a
esto se reducen todos sus razonamientos.
La teoría fatalista rebaja tanto como la subjetivista
el papel de las masas populares en el progreso de la
sociedad. Lo mismo la una que la otra parten del
falso supuesto de que el desarrollo social se produce
al margen de la actividad y la lucha de los millones
de trabajadores; cada una, a su manera, sirve a los
fines ideológicos de las clases explotadoras,

interesadas en que se mire con desprecio al hombre
del trabajo.

La teoría marxista ha puesto de manifiesto la
falsedad de ambas concepciones, lo mismo de la
subjetivista que de la fatalista. El marxismo-
leninismo, que ha descubierto las leyes del proceso
histórico, ve en las masas populares el portavoz de la
necesidad histórica, la fuerza a la cual corresponde el
papel determinante en el desarrollo social.

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