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PORTADA

Recordar es vivir dos veces

Copyright © 2010 Henry Raad Antón ISBN: 978-9942-11-2781 Editor: Stefania Massa Portada: Iván Coello C. Diseñador: Nuno Acosta

Este ejemplar está dedicado a:

DEDICATORIA
A Patrizia mi querida esposa y compañera. A Ricardo y Alexandra. A Jean, mi hermano y alma gemela. A la memoria de mi abuelo Esteban.

RECONOCIMIENTO
A Stefania, Sin su impulso, serenidad y discreción, este trabajo no hubiese sido el mismo ni tan agradable el peregrinaje. A Mariana Por su acuciosidad, esmero y tiempo.

ÍNDICE
PRIMERA PARTE 13

La estructura familiar De la infancia, niñez, adolescencia y primera juventud La etapa universitaria Un viaje trascendente Un nuevo estilo de vida

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SEGUNDA PARTE

La década de los setenta La década de los ochenta La década de los noventa La década del 2000

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279 371 491 534 615 634 641

TERCERA PARTE

¿La última década? Mea culpa Cartas y adioses

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PRIMERA PARTE

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PRÓLOGO

¡Que me pille la muerte vibrando!
Un impulso irresistible y un gran desgarro se apoderaron de mí ante la evidencia de que los años se habían venido encima y que estaba iniciando una jubilación un tanto forzada por cosas del destino. El tiempo es un amigo cuando lo tenemos por delante y un enemigo cuando queda reducido a un sueño. En eso estaba meditando cuando, así de pronto me bajó la inspiración de realizar este trabajo, pues me gustaba escribir y también me gustaba recordar. Voltear el pasado al presente se constituyó así en una tarea para afrontar ese vacío emocional que llega cuando nuestras rutinas y actividades se interrumpen para ponerlo a uno frente a frente con aquello que sabemos es inevitable. Si, me dije, si recordar equivale a vivir dos veces, hagámoslo, por el simple hecho de experimentar esta aventura. Había escrito obras de teatro, ensayos, columnas de prensa; pero novelas, no. Cuando intenté hacerlo, me faltó tiempo e inspiración. Cada vez que avanzaba en el desarrollo de un guión detectaba que inconscientemente estaba plasmando mi biografía de una manera oculta o clandestina. Finalmente caía en una abstinencia literaria que me obligaba a abandonar el trabajo comenzado una y otra vez. El intento que más avanzó fue en 1990. Hace veinte años ya. La bauticé “El paisito”. Una suerte de thriller político con personajes de la vida guayaquileña en cuyas vidas yo me había entrometido en razón de mis batallas desarrolladas en columnas de opinión. Incluso la palabra “paisito” no era de mi creación y servía mordazmente para dar las pistas necesarias y crear ganchos de atracción1. La trama se desarrolla en Ginebra cuando
1 El término “paisito” fue utilizado por Alfredo Pinoargote en sus columnas de opinión expresadas

en diario El Universo y Revista Vistazo y este personaje era en esos momentos embajador en Ginebra. Nuestra rivalidad fue acérrima y era inevitable que yo me lanzara sobre su garganta cada ocasión que tuviera.

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un estudiante ecuatoriano, supuestamente yo, recibe un encargo remunerado para investigar la vida de un embajador ecuatoriano asentado alrededor del Lago Leman y así observa el desfilar de políticos, empresarios y banqueros que visitan ese paraíso fiscal diseñado para lavar las travesuras del tercer mundo. El embajador atendía a todos con gran cordialidad, y dada su habilidad resulta ser un buen eslabón perdido o la punta de un ovillo que habría que halar. El joven becario, necesitado del trabajo de fisgón encomendado, logra emplearse de chofer de la embajada. Así pasa grandes aventuras que terminan felizmente para él. Retiene el material y lo utiliza para engendrar una novela que gana el premio Alfaguara, con cuya difusión se logra poner en evidencia las triquiñuelas de la banca suiza para captar y lavar esos dineros clandestinos. Además, por supuesto, la red de poder empresarial ecuatoriano, queda desmantelada. Realmente esa novela no prosperó porque me faltaba el tiempo emocional continuo para investigar y escribir. Mi vida ideal estaba muy postergada en beneficio de los menesteres de mi vida alimentaria. Ser escritor a tiempo completo es todo un tipo y estilo de vida que no me atreví a adoptar por simple cobardía, según ahora recién abiertamente reconozco. Una pena que quizás intento resarcir con este agónico trabajo donde el personaje central abiertamente soy yo. No puedo ni quiero disfrazarme. Es así como inicié este trabajo sin perdones, culpas ni tapujos; y, mirándome yo de cuerpo entero, analicé mi vida tal como la recuerdo. ¿A quién le interesaría mi autobiografía? Realmente a mí y quizás a algún descendiente o a un fisgón que los habrá por allí. Cada ser humano ha tenido una experiencia vital y su propia novela dentro de sí. Las más de las veces esas confidencias y eventos íntimos permanecerán ocultos por cobardía, por falta de oportunidad o por íntima decisión. Escribirla con descaro, en mi caso, significaba un simple desafío para conmigo mismo empujado por una fuerza irresistible que siempre me ha gobernado
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desde adentro. Un reventar de mi intimidad mirada en retrospectiva no constituiría una novela, aunque sí un desafío literario, un desgarre psíquico y una forma de cumplir con el deseo de escribir sin necesidad de preocuparse del recordar, sentir y dejarme llevar mirando desde lo alto de la montaña que nos lleva esta edad de la serenidad a la que se me ha permitido llegar de tumbo en tumbo, de caída en caída. ¿Escribir mi biografía para responderme si mi vida valió o no la pena como para contarla? ¿Por qué y para qué? No lo sé. Se trata de un impulso irrefrenable y el solo deseo de hacerlo era y es una válida razón. Teniendo tiempo libre tanto mejor. Si publicar o no este trabajo, esta suerte de novela tardía que condensa mi vida, no es algo que debía decidir ahora pues de hacerlo estaría influenciando mi buen ánimo de desgarrarme con absoluta libertad sin calcular beneficios o consecuencias. Si este trabajo se llega a publicar o no es algo dejado a las fuerzas del azar y del destino, pues finalmente es así como se suceden tantas situaciones cruciales en el desarrollo de toda biografía. Se trata de un esfuerzo intelectual y literario de un jubilado que se ha dispuesto a vivir dos veces: una viviendo sus aciertos y yerros, y otra recordándolos, ordenándolos y plasmándolos en el papel. Solo me ha motivado la experiencia emocional y literaria dándole plenitud a esta etapa tan temida por el vacío que suele tener. Por otra parte, en un trabajo que hice sobre mis ancestros me topé con la imposibilidad de saber sobre sus anécdotas y experiencias ya volatizadas. No dejaron pistas, memorias o algo de donde yo pudiese hilvanar y reconstruir algo de ese ayer que sin duda también es parte de mí. Qué bueno hubiese sido tener algún acceso a ese pedazo del ayer en cromosomas que me corresponde por inevitable y legítima herencia. Dentro de nosotros hay varios “yo” aprisionados, diagramados, predeterminados y sin que hayamos tenido en ello una participación directa o indirecta. Bueno, entonces me dije, empecemos a dejar un legado a las siguientes generaciones que se sucedan de lo que fue mi
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existencia, y había que hacerlo ahora antes de que la memoria o las ganas me abandonaran. Finalmente solo existe aquello que recordamos y, escribiéndolo, traspasará de alguna manera la barrera de la muerte. ¿Qué es la muerte? ¡Olvido!. Vamos pues a desafiar a algo tan inmenso como son el olvido y la misma muerte. Cuando tenía este trabajo decidido, algo avanzado aunque poco estructurado, cayó en mi mano el libro magistral de Oriana Fallaci, “Un sombrero lleno de cerezas”. Obra póstuma de la talentosa periodista y escritora italiana fallecida en el 2006, que la escribió sabiendo que tenía cáncer. Allí nos dice “Cuando el futuro se había vuelto muy corto y se me escapaba de entre los dedos con la inexorabilidad con que cae la arena en una clepsidra, frecuentemente me sorprendía pensando en el pasado de mi existencia: buscando allí las respuestas con las que sería justo morir. Por qué había nacido, por qué había vivido, y quién o qué había plasmado el mosaico de personas que, desde un lejano día de verano constituía mi Yo”. La autora escudriña sobre sus ancestros y así se mete en la historia de Italia y deja su novela llena de profundidad, información, alegría y desencanto. Todo, como debe de ser. El trabajo de investigación de Oriana le tomó varios años. Se la publicó luego de su partida terrenal. Así, de pronto, cobré nuevo impulso. Oriana Fallaci no terminó su biografía que consistía en ese hilo conductor histórico a través de sus ancestros. Ella se metió en una lucha literaria para denunciar la conquista de occidente por parte del mundo musulmán, y así le pilló la muerte anunciada. La italiana vibró y ese fue el impulso existencial al cual ella se sometió con coraje. La fuerza de su pasión la hizo vibrar y vibrando murió. Algo así quería para mí, guardando las enormes distancias. ¡Que me pille la muerte vibrando! Y no es que yo crea que ya me llega la muerte, aunque ya percibo su inevitable aliento. A la muerte le he visto la cara frente a frente en varias oportunidades, y ya le perdí el miedo a desvelar su misterio y arrancar su fea máscara para decirle que no me atemoriza. Se trata simplemente
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de realizar y asumir que por simple ley natural se acerca la hora, el día, el mes y el año señalado para mí. Solamente desconozco esa fecha que estará en la lápida impresa, junto a la que yo nací. Ninguna de esas dos fechas se me consultó así como tampoco el nombre propio que estará impreso en la misma lápida como sintético recuerdo de toda mi existencia. Algo faltaba. Y esa es la intención de este trabajo. Llenar ese espacio del epitafio. Me resisto en parte a cumplir con las inexorables leyes de la naturaleza y de la biología que nos lleva a la degradación orgánica para así reciclar la energía encerrada dentro de nosotros. En medio de esas dos fechas junto a mi nombre, hay algo que sucedió. En eso consiste este trabajo que en el fondo es un válido intento de vivir dos veces. Principalmente escribir el “libro de mi vida” estaba destinado a ser una de las maneras de utilizar mi tiempo durante mi retiro laboral. Era hora de hacer lo que me diese la gana y de disfrutar haciéndolo. Me gustaba escribir, y eso es lo que realmente quise hacer toda mi vida, más aún ahora cuando soy realmente libre para hacerlo sin frenos, cálculos o temores. Escribir frente a frente a la muerte da un libre albedrío absoluto y enorme valentía. Sólo esto en sí, ya habrá valido la pena sino por su valor literario, sí por la aventura de haberme decidido. Así inicié este trabajo. Sin preocupaciones o dudas sobre qué decir o qué omitir. Escarbé fotografías, cartas y objetos en una investigación de mi propia vida. Mi único juez o límite sería mi memoria emocional y mi buena fe llena de esa valentía que se requiere para intentarlo. De eso se trata este singular esfuerzo. En cierta manera busco evitar que esas emociones vividas no queden sepultadas en el escarioso suelo, sino que de alguna manera floten sin contaminar a nadie y que arranquen, no ternura, sino tal vez alguna tenue sonrisa. Quizá, aspiro, a que una sola frase sobreviva en beneficio de alguien. Ojalá así suceda. Sería una linda y suficiente recompensa que no se fugue al más allá.

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Así empecé, sin saber hasta dónde llegaría en este viaje literario de un jubilado que se quiso mirar en el espejo antes de partir. Ganas de vivir no faltan y prueba de ello es que me impulsó a vivir lo pasado nuevamente, convencido que será en sí una experiencia saboreada y rumiada. ¿Qué más ganas de vivir puedo demostrar? Al final de todo solo he intentado repasar los hechos y emociones para plantear una pregunta que siempre me quedará flotando ¿Valió la pena? Todavía no lo sé. Nunca lo sabré. Al final de este trabajo esperé encontrar sino la respuesta, sí la complacencia de haber sido honesto en la delicada tarea de escarbar mí propia intimidad. ¡Mí íntimo deseo fue y es que me pille la muerte vibrando, y no sumergido en un Alzheimer existencial! ¡Lo escrito, escrito está y ya no me pertenece sino a quien le pudiese servir, distraer o enojar! Enero 2, 2010

Algunas advertencias
Una cosa es recordar y toda otra cosa es describir esos recuerdos con precisión y exactitud. Los recuerdos quedan afectados por lagunas y bancos de arena que son las subjetividades, y por eso esa zona del cerebro no se la puede juzgar bajo el rigor de las ciencias exactas sino de las emocionales. La verdad se evapora y prevalece al calor de las emociones y estas se disipan o exacerban con el pasar del tiempo. Unas perdurarán, otras no y otras se transformarán. ¿Recordamos hechos o recordamos recuerdos? Hay eventos que con el pasar del tiempo perdieron su fuerza o importancia y hasta llegaron al desván del olvido total. Lo que no se desvanece es ese agregado emocional que se quedó marcando y que pasó a constituirse en parte de uno mismo posiblemente porque afectó nuestro destino. Ese es quien escribe. Escribe el otro yo que surge luego de que aquellos hechos transformaron a ese ser que nació en estado virginal. Este es mi desafío. Alcanzar una serenidad contemplativa y plasmarla en un trabajo que se inició buscando a ese otro yo que poco a poco se fue transformando por el yunque de la vida.
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Los recuerdos cambian y con el tiempo se depuran o decantan. Para ello creo que es necesario llegar al cénit de la vida o a la madurez total que creo yo ya la alcancé con sudado esfuerzo, para aventurar este trabajo que consiste en dar un testimonio y la debida relevancia a cada hecho o acontecimiento que conformó o alteró mi destino. Solamente mirando desde lo alto de esa montaña de experiencias que se tienen que escalar para coronarla, yo mismo apreciaré el paisaje real. ¡El mío, por supuesto! Cada quien tendrá su colina desde podrá contemplar, salvo que no se atreva a subirlo. Subido y coronado yo estaré cuando escriba fin a este trabajo que supone un compromiso, un último y definitivo compromiso con lo más preciado que he tenido que es mi vida misma que Dios me regaló. Se trata, además, de cumplir cabalmente con el tropismo literario que me impulsa y que no lo puedo detener. En estos años de retiro bien pude haberme dedicado a pasear, al dolce far niente, al viajar, a tomar cruceros o a sentarme en los centros comerciales a buscar con quién conversar sobre el pasado. Preferí la hermosa soledad de escribir y revivir mi propia novela existencial. La soledad al escribir es una gran compañera. Reencontrando el pasado una multitud saldrá al encuentro de uno, y no en forma de fantasmas, sino en tiempo real. ¡Hermosa sensación! Intento ser coherente con quien se confiesa ante sí mismo como ocurrido, libertario, franco, directo y sin doblez. Y si un obstáculo hay que sortear es el de la tentación de querer flagelarse para despertar conmiseraciones o justificaciones, o dibujarse como una víctima o héroe de este tan hermoso transitar que se llama vida. La narrativa deberá ser lo suficientemente cruda y coherente, como discreta en muchos detalles. Lograr ese equilibrio resultará algunas veces difícil. Habrá olvidos y serán involuntarios. Sobrarán matices, más no desfiguración de colores. Habrá juicios sobre personas y acontecimientos, pero ya libres de pasiones.
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Todo esto es inevitable en la medida en que esos acontecimientos tocaron y afectaron mi destino. El principal compromiso es conmigo mismo. Escribir con honradez emocional y con una visión fresca, serena y tranquila. La única meta es poder darme el lujo de escribir mi cuento y mi efímero pasar que dura tan sólo un instante frente a un cosmos indescifrable, aplastante y eterno. Metodológicamente intento aprisionar los recuerdos dentro de un orden cronológico. Esto tendrá sus excepciones cuando los eventos destacados se den durante largos periodos que han quedado unidos o relacionados entre sí por eso de las causas y efectos que se dieron. Me iré acomodando y remendando de la mejor manera posible. Al ritmo del ayer, del hoy y del mañana viajaremos cada vez con más equipaje, razón por lo cual esta autobiografía se convierte en un recoger de maletas donde se juntan buenos o malos recuerdos, buenas y malas circunstancias embalados dentro de ese intangible que llamo alma memorial. Esto me convulsionará y en algunos momentos también me desordenará en la concatenación de hechos versus circunstancias y emociones. Seré repetitivo en algunos pasajes, y me quedaré corto en muchos otros. Eso no lo podré regular porque inevitablemente intervendrán mis pasiones. La vida es pasión, si no poco habría por contar por ser monótono, predecible y plano. Conversando con un amigo respecto de este trabajo, me recomendó que trate de no herir en el camino a personas que pudiesen sentirse afectadas. ¿Cómo hacerlo? Pregunté, si al narrar hechos intento esquivar situaciones que obligatoriamente causaran incomodidad. Se trataría de un trabajo lleno de tapujos, de miedos, de frenos, afirmé, y finalmente si este trabajo no es sino para mi satisfacción literaria y emocional. Muy posible que esta autobiografía será de circulación restringida si acaso vea la luz cuando yo todavía pueda mirar y palpitar. Pasado el tiempo, que deberá inevitablemente pasar, los personajes se
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desvanecerán así como las pasiones y emociones, pero esos hechos sucedieron y nada ni nadie eso lo podrá cambiar. No me pidan entonces, dije, que al final desvíe lo que me caracterizó durante mi trayectoria literaria. ¿Qué sentido tiene ocultar hechos, juicios y opiniones que afectaron mi vida, si finalmente se trata de escribir sobre mi propia vida? Ojalá no haya trasgresiones importantes, y si las hay debo confesar que fueron inevitables porque el destino lo quiso así.

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LA ESTRUCTURA FAMILIAR

Un lunes cualquiera
¿A quién se le ocurriría nacer un lunes? Me lo he preguntado con frecuencia. Como que el lunes es el día más duro de la semana para quienes quedamos formateados, sentenciados o predestinados a vivir una vida demasiado responsable y rígida, derivada quizás de esa programación severa que se suele imprimir el primer día laboral de la semana. A quién se le ocurriría nacer en agosto y en la mitad del mundo, donde el sol arrecia a mediodía bajo un azul bello y profundo, cuando es cuestión de minutos u horas para que caiga o no un diluvio con la complicidad de esas montañas y volcanes que atrapan nubes para luego escurrirlas con fuerza por esas calles empedradas, estrechas y con tantos desniveles que causan veloces riachuelos por donde haríamos surcar barquitos de papel y sueños infantiles. Hubiese querido nacer en otro lugar, en otro sitio, a otra hora que no fuese aquella en la que el frío intenso, la oscuridad de la noche o la intensidad de la lluvia pusieran en problemas a mi madre, la pobre que me alumbró a domicilio, en una villa ubicada casi en las afueras de Quito, cuando todavía la franciscana ciudad terminaba en ese parque que se llama El Ejido. De ahí faltaban todavía seis cuadras hacia el norte, es decir algo más adentro hacia El Batán. Claro, muchos años hace. Lo cierto es que hacía frío y no es que lo recuerdo sino que me lo dicen, y que hubo muchos apuros porque fue un parto sangriento y complicado. Aquel bebé fue puesto de lado y
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depositado en una mesa cubierta de pocos algodones y que aún siendo pocos eran los suficientes para depositar a tan minúsculo pedazo de carne viviente que con agudos chillidos empezada su eterna protesta. Así, y con cara muy rojiza, estaba como que estorbaba el escenario mientras todos se ocupaban de mi madre por la situación inesperada. Total, fue mi tía Alejandrina, una mujer de aspecto severo, robusta, fuerte, ceño fruncido y vestida siempre de negro por la prematura viudez que le acompañó casi toda su vida, la que se ocupó de ese cuerpo escuálido, pequeño y casi insignificante, ante los apuros que el partero sufrió aquel 4 de agosto. Un lunes: ¡qué lata! Todos se concentraban en la madre. Y yo, como si ni hubiese nacido siquiera y siendo, además, el causante de tamaño alboroto. Llover en agosto tampoco es lo usual en Quito. Sin embargo, de esa manera me recibieron entre llantos, sangre y aguas. Mi tía Alejandrina, el primer familiar que me tuvo en sus manos, me limpió quizás con rudeza. Eso explicaría algunas cosas sobre mi futuro carácter sin necesidad de acudir a Freud ni a los sicólogos. Esta historia de mi tía Alejandrina, la primera familiar en acogerme y ponerme sobre algodón en medio del caos que se vivía en aquella villa de la Carrión 442, me la contó mi madre varias veces. Lo que no me contaron, y sí lo viví a los dieciséis años de edad, fue la agonía de mi tía y su muerte. La primera persona que me tuvo en sus brazos fue a la vez mi primer contacto con la muerte. Sufrió la pobre una enfermedad repentina, derrame cerebral creo, que la postró en una silla de ruedas primero, luego le amputaron una pierna para quedar inmovilizada en una cama donde finalmente falleció rodeada por todos nosotros. Recuerda mi oído su ultima exhalación como si todo hubiese sucedido ayer. “Haj, haj”, se oía una y otra vez. Luego un silencio final nos estremeció a todos. Mi tía Alexandrine era una libanesa a la antigua. No era bonita a causa de la rudeza y severidad de su expresión. Viuda desde siempre, emigrante con endurecido y fuerte carácter, educó a dos inmensos hijos, Michel y Pierre que eran tan robustos como altos. Así es como la recuerdo. Quizás fue bonita en otros tiempos. El aspecto no importa, importaba sí su genio duro y temple severo. Hermana mayor de mi padre, fue la única mujer de los cuatro hermanos que llegaron a Ecuador para “hacer la América” como se decía. América para ese entonces era un todo. Nueva York, Veracruz, Guayaquil, Lima, Santiago o cualquier parte de
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ese enorme continente, al que se viajaba en barco en una travesía que duraba algunos meses, y que constituía las más de las veces, un viaje sin retorno y el inicio de un nuevo porvenir. Cuando nací, aquel 4 de agosto, Perú había utilizado un ataque de fuerzas aerotransportadas y paracaidistas para ocupar Puerto Bolívar. La Segunda Guerra Mundial estaba en pleno apogeo nazi y sus tropas alcanzaban el río Dniéper, amenazando ya a la Unión Soviética. Los nazis arrasaban todas las fronteras del centro de Europa. Tropas japonesas desembarcaban en Indochina y, para diciembre, atacarían sorpresivamente Pearl Harbor, obligando a Estados Unidos a entrar en aquella guerra durante cual murieron unas 60 millones de personas, un 2% de la población mundial de aquel entonces. Carlos Arroyo del Río era el presidente ecuatoriano. Quince días antes de mí nacimiento, en Nueva York, a las 13h29, se emitió en la cadena WNBT el primer anuncio televisivo de la historia. El anunciante era la empresa de relojes Bulova y pagó 9 dólares por un anuncio de 10 segundos durante el descanso de un partido de fútbol americano. Algunos de estos fueron los titulares de diario El Telégrafo de ese lunes cuando nací en el centro del mundo, sin la atención ni siquiera del médico, tan ocupado que estaba en cuidar la salud de mi madre en un parto a domicilio bastante complicado.

Bichara, mi padre
La Primera Guerra Mundial afectaba el Medio Oriente y en particular al eterno Líbano, siempre ocupado por los unos y los otros, sin perder jamás su personalidad y milenaria identidad fenicia y pujante. Bichara Raad nació un 25 de marzo de 1900 o 1899, es decir cuando el imperio Otomano todavía dominaba la región. Huyó de aquel ambiente para evitar ser enrolado en el ejército que combatía junto con los germanos en contra de los Aliados. El imperio Otomano se derrumbó en 1918, y Turquía como República se instaló en 1923, mientras Francia ejerció el Protectorado sobre Líbano dentro de ese reparto de tierras coloniales inspirado por la pujanza irresponsable de Winston Churchill. Mi padre pasó un buen tiempo en París, la ciudad de sus amores, y luego lo embarcaron para “hacer la América”. Era el benjamín de la familia de siete hermanos. Tres varones, Assad, Nicolás y Bichara, y cuatro mujeres: Alexandrine, Malvina, Alice y Linda. Mi padre, cuarenta años mayor que yo, igual que sucedería en la distancia generacional que tengo con
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mi primogénito, fue el último vástago de una familia auténticamente libanesa formada por Michel Raad y Anisse Farah. Educados todos en lengua francesa, católico hasta el tuétano como bien correspondía a las personas formadas a principios del siglo XX bajo las severas reglas de los jesuitas, allá en Beirut, una ciudad de contradicciones infinitas y fuerza existencial inextinguible. Bichara Michel quedó huérfano de su padre a muy corta edad. Siendo el menor de tantos hermanos, fue sometido a sus hermanas y a una madre cuya foto también conservo y que, quizás, explica muy bien por qué su hija Alexandrine tenía el rostro tan severo, adusto o enojado. A lo mejor es cuestión de las fotografías de esa época que, en blanco y negro, recalcaban aquellos peinados que, a su vez, hacían destacar unas ojeras muy pronunciadas y sombras en el rostro que pudiesen parecer bigotes o malos afeites. Habrá que entender que a lo mejor ahora con esto del botox y del no sé cuántas otras formas de mejorar la figura, no tendríamos fotografías tan poco decorativas expuestas en esa galería que siempre animó y adornó un hogar como el nuestro que hace culto a los recuerdos. Debería quizás recurrir al Photoshop para modernizar los más de quinientos retratos que copan el largo corredor de mi casa sembrada de añoranzas y respeto al pasado. Ahí están tantas fotografías de seres queridos ya difuntos que a su modo viven todavía cuando al pasar por ese corredor de los recuerdos, los saludo con una sonrisa y creo que me contestan igualmente con cierto dejo de tristeza. A propósito de las fotografías, una digresión anecdótica. Hay o había una costumbre muy libanesa, y creo que es libanesa porque es muy propio de ellos ser estupendos anfitriones, que cuando alguien se hospeda en sus casas o incluso cuando va alguien de visita es de buen gusto colocar la foto del huésped en algún lugar muy visible, tan visible que es inevitablemente toparse con ella. En el velador de la cama, por ejemplo, o en el centro de la sala. Lindo halago. Eso lo descubrí muchos años después cuando pasé por Líbano y me hospedé donde mi tía Linda, la menor de la mujeres hermanas de mi padre. Ella, para no mentir, sí era bonita como su nombre lo indica, y arregladita a la francesa. Finalmente se había casado con un piloto francés, Louis Lanata y vivió muchos años en Mentón, ubicada en la bella Costa Azul francesa. En esa ocasión encontré fotos de mi familia inmediata completa. Sin duda sentí
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que aún sin habernos conocido todos éramos una misma familia que convivía estrechamente. Me pareció simpática la idea, y es por eso que en mi casa mantengo aquella galería en el corredor de los recuerdos. El pasado es parte del presente tanto como la muerte es parte de la vida. Ahí están todos los que son, y son todos los que están. Las visitas o huéspedes siempre y de manera inevitable revisan si están o no y se entretienen recorriendo esa galería emotiva. Ese corredor de los recuerdos y los portarretratos regados por todas partes me ayudan a mí y a mis hijos a mantener vivaces los recuerdos pese a ese desfilar de años que se resbalan como el agua entre los dedos. Mi padre, Bichara, un joven inquieto, buen mozo y de un buen porte que no heredé por eso de los caprichosos cromosomas y ese tema del ADN del que recién algo se sabe ahora, necesitaba de mano dura. Ni eso bastó para arreglarlo del todo. Lo cierto que él muy bien aplicó la regla de la severidad para educar a sus cuatro hijos, severidad que no tenía para sí mismo porque fue un “bon vivant, gourmet y gourmand” a tiempo completo. Un hedonista de buen corazón muy acorde con su encantador estilo especialmente cuando se hallaba delante de una bella mujer. Una suerte de Maurice Chevalier ¿viviendo en el trópico? No, por supuesto. Por esa razón se estableció en Quito. Y entre libaneses y árabes o mediterráneos en general, e incluso en las tradiciones chinas, eso de ser primogénito es cosa muy seria e importante porque otorga autoridad y privilegios sobre los demás hermanos y para toda la vida. Así fue educado mi padre, por jesuitas, por hermanas severas, por hermano primogénito coronado a nivel de monarca debido la prematura muerte del abuelo, y en medio de la guerra aquella, la primera del siglo XX, cuando el imperio austro húngaro y sus aliados los turcos luchaban contra Francia, el país cuya cultura abrazó a mi padre. Los otomanos mandaron sobre esa región asiática y de eso se derivaban conflictos de todo tipo, religiosos, culturales especialmente en el pequeño Líbano ocupados que estaban sus habitantes en el comercio que era y es su instrumento de combate. Atrapado en esas circunstancias mi padre salió a la América obedeciendo órdenes de su hermano Assad. Si fuese por Bichara, él se hubiese instalado en París, en
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Folies Bergère exactamente. Pero don Assad, quien ya estaba ubicado en Guayaquil, convocado a la vez por sus tíos Farah quienes habían hecho ya su América y quisieron mejorarla instalándose en San Pablo, Brasil, para expandir sus negocios, dio la orden. Y donde manda capitán no manda marinero. Así Bichara, el joven indomable de veinte años, vino a este lugar del mundo. Vivió en Guayaquil primero y no sé desde cuándo se instaló en Quito2, posiblemente para liberarse de la mano dura de su hermano mayor. Ahí abrió El Trébol, una sucursal o filial de Almacenes Reunidos C.A. (ARCA) cuya sede estaba en el Puerto Principal. Y las arcas fueron viento en popa. Tiempos felices en los que la colonia árabe en Guayaquil prosperaba con mucha fuerza, y más tranquilamente en Quito porque, como decía Pierre Hitti, mi primo hermano hijo de mi tía Alexandrine, enorme y jocoso como era, “no es chiste ni gracia ganar dinero trabajando como en Guayaquil sucedía en medio de grillos, calor y mosquitos”. La vida en la capital era más apacible, más pausada y con mejor clima. El asunto, sostenía mi primo Pierre, era ganar dinero sin trabajar ni sudar, algo más parecido al paraíso del que fuimos expulsados. Mi padre, quien también era sibarita, pensaba lo mismo, y siempre fue asiduo del Club Pichincha donde hacía gala de su capacidad para jugar el bridge. Allí disfrutaba envuelto en el humo de sus eternos finos habanos que llegaban de Cuba, o de los King Edwards Imperial llegados de Inglaterra, la tierra de Winston Churchill que impuso la moda de esos eternos gruesos cigarros. Luego se adiestró en el juego de naipes llamado Cuarenta donde ya no le era igual de fácil nivelar en humor, al menos, en los dichos de los chagras y riobambeños domiciliados en la capital, que para ese tiempo se comenzaban a adueñar de Quito. ¡Mi padre! ¡Vaya personaje! Pintó canas completas desde sus treinta años de edad y se manejó con elegancia a la francesa. Era alto y tenía presencia y señorío. No pasaba desapercibo en ninguna parte. Usaba chaleco y ropa de los mejores casimires. Excelente memoria y encantador socialmente. Muy poco yo heredé de todo eso. Su cigarro le acompañó a todas partes. Se casó a los cuarenta años luego de ejercer

2 Su brevete de conducir obtenido en 1927 en Quito es el único documento que tengo respecto

a la fecha que mi padre se instaló en la capital. No he podido determinar tampoco la fecha en que estableció “El Trébol” . Asumo que primero se denominó Almacenes Reunidos (ARCA) como sucursal de la firma establecida en Guayaquil, y que luego se denominó “El Trébol” cuando ya fue un negocio propio, habiéndose quedado como socio de la principal.

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la soltería con todos los honores que le correspondían a un hombre que le gustaba la buena vida en las buenas y en las malas circunstancias. Altivo, encantador cuando quería por su galantería y sus poemas que de memoria conocía. Hablaba el español bien pronunciado, distinguiendo con claridad la “P” de la “B”, vocalizando con claridad y solemnidad las palabras. Las frases bien construidas en razón de que el francés realmente fue su lengua principal. Rezaba, sumaba, multiplicaba en ese idioma lo que demostraba que fue realmente su primera lengua. De formación jesuita, tremendista y muy colérico con estallidos tipo fulminante. Luego era un pan de pascua, especialmente las mañanas cuando despertaba alegre, disfrutaba de un excelente desayuno y cantaba en el baño en latín, francés o español según el sol de cada día. Mi padre siempre se levantó las mañanas alegre y contento. Cantaba lo que se le ocurría, cantaba por cantar y porque amaba cada día. Tomaba su desayuno mezclando él mismo su esencia de café con la leche espumosa y caliente en un vaso de cristal para controlar rigurosamente el color exacto y homogéneo que de la combinación lograba. Ponía mantequilla en su tostada como si fuese una tajada de queso. Tenía muchas expresiones en árabe que repetía con solemnidad absoluta acompañadas de ademanes teatrales; y en su buen español, claro, y casi con un elegante acento, repetía también frases con ritualidad continua. Como cuando exclamaba y se preguntaba “¿Cómo se hace para frenar el calendario?”. Le gustaba también recitar poesías. Una de ellas que todavía con claridad recuerdo es “Corazón de madre”, de Joaquín María Bartrina. “¡Te daré rico tesoro, de mi eterno amor en prenda/ Mas pide mayor ofrenda que los diamantes y el oro!/¡Pues me darás cuanto me cuadre, cumplido mi anhelo sea:/¡Quiero de amor en prenda el corazón de tu madre!/Ebrio de insana pasión, se acerca trémulo al lecho y arranca /Del santo pecho de su madre el corazón,/Mas ya en el umbral sombrío de su amada cruel cayó/Y aquel corazón gritó:/¿Te has hecho daño, hijo mío? Sin duda que cuando recitaba este dramático poema se acordaba de su madre, tal como ahora yo me recuerdo de él. Ella murió en 1946 en el Líbano. Todavía escucho en eco el llanto de mi padre cuando se enteró de la noticia. Lo supo el barrio entero por el volumen de pena, más aún
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yo que tenía cinco años y quedé apabullado al ver a Bichara Raad, el invencible, desplomado en su butaca. Hasta ahora retumba en mis recuerdos el timbre de su voz cuando recitaba estos versos con una cadencia y ademanes tan teatralmente marcados. No hay alguna manera tampoco que pueda olvidar su voz cuando cantaba saliendo del baño en sus alegres mañanas: “Adeste, fideles, laeti, trium phantes, / Venite, venite in Bethlehem/ Natum videte Regem Angelorum:/Venite adoremus, venite adoremus/ Venite adoremus Dominum…” Y así de pronto y con igual entusiasmo e intensidad continuaba cantando “La Maquinita”, popularizada por el mexicano Oscar Chávez y cuya letra y música nada tenía que ver con lo que venía cantando…... “El tren que corría, sobre su ancha vía de pronto se fue a estrellar contra un aeroplano que andaba en el llano volando sin descansar. Quedó el maquinista con las tripas fuera mirando p’al aviador que ya sin cabeza buscaba un sombrero para taparse del sol.” Mi padre tenía un repertorio variado y esos son los sonidos musicales que mejor recordamos mi hermano menor Jean y yo, cuando hace poco charlábamos a propósito de este trabajo. Jean, con nueve años menos de diferencia a su favor, recordaba con exactitud las mismas poesías y canciones con las que mi padre decoró mi infancia, niñez y adolescencia. Gracias, padre mío, por marcarnos con estos sonidos y detalles simples como imperecederos. Tu paso por la vida no acaba todavía. En aquel tiempo esos sonidos no me significaban otra cosa que atestiguar que te levantabas contento porque amabas la vida. Muchos años más tarde recién entendería cuánto en mí incidieron y cómo sembraron ese amor y ese respeto a tu forma de ser. Tu personalidad fue destacada, marcó tu vida y tuvieron que respetarte porque simplemente eras tal como eras: directo, alegre, severo, generoso y realmente bueno. Tu violencia era con gritos aunque sin enconos. Tu intransigencia era un simple adorno, porque finalmente nos enseñaste a todos y cada uno de nosotros a vivir y decidir en completa libertad, sin manipulaciones y de
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acuerdo a nuestra propia personalidad. Por doctrina y tradición, como ya lo he dicho, respetaba la primogenitura de sus hermanos mayores y esto finalmente le trajo malas consecuencias cuando el almacén principal de Guayaquil cayó en bancarrota por exceso de gastos y de lujos de sus socios mayoritarios, y por aquello de que las primogenituras jamás podían ser cuestionadas. Lo supo sorpresivamente porque pedir balances a sus hermanos mayores no era imaginable. Tuvo que firmar garantías por valores muy superiores a lo que rendía su franciscano almacén en Quito. Sus ahorros invertidos en Guayaquil, que alcanzaban un millón de sucres, bastante en aquella época (1958) y le daba tranquilidad para trabajar a media llave y ejercer a plenitud su agradable forma de vida, se esfumaron así que así. Nunca pudo tapar el hueco de las nuevas e inesperadas deudas hasta que a los sesenta y un años de edad tuvo que llamar a concurso de acreedores. ¡La quiebra! Las desgracias no vienen solas y se juntó una gran tragedia familiar que le destruyó emocionalmente. Ya llegaremos a eso. Mi padre era un hombre apasionado y de carácter, sin embargo no hizo mal a nadie. Tenía un extenso grupo de amigos sociales y además era el gran consultor de todos los libaneses emigrados que no dominaban el idioma español. Por su buen porte y don de gentes cuando prevalecía su buen carácter, era conocido y estimado por muchos. Cuando no, muchos lo recuerdan como un hombre muy difícil. Generalmente las cosas no son como parecen y siempre hay distintas perspectivas para analizarlas. Por ejemplo, a juicio de mis tías maternas y de su suegra, es decir mi abuela materna con quien mi padre era contemporáneo haciendo una excelente ejemplo de las tirantes relaciones que suelen surgir entre suegra y yerno, me describían a mí como el pobrecito aquel apabullado por un padre autoritario y severo, cuando realmente yo solo conservo recuerdos felices del mejor padre del mundo que pisó el planeta Tierra. Me dejó la más grande herencia que se puede llegar a alcanzar: el orgullo de ser hijo de tan inolvidable y muchas veces incomprendido personaje. Alguna vez cuando le preguntaban por qué no optaba por la nacionalidad ecuatoriana luego de cuatro décadas de vivir en este país, él respondía que no era necesario, que se sentía bien siendo libanés, y que
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si se hacía ecuatoriano nada cambiaría, pues en la primera bronca con cualquier de sus amigos ecuatorianos le dirían a boca de jarro aquello de “turco de mierda”. Yo lo entendía porque en la escuela, en el colegio, universidad y en mi vida pública, seguía sucediendo lo mismo. Cada vez con menos frecuencia esa frase la oí tantas veces que ya no me afectaba como quizás afectó a los oídos de mi padre para quien oír aquello de “turco” era una tamaña ofensa como buen libanes enorgullecido de su patria arrebatada. Finalmente había emigrado a causa de los turcos para llegar tan lejos a oír tamaño gentilicio. Mucha gente todavía lo recuerda y predomina la imagen de un hombre difícil y de carácter. Algo de eso había, lo cual me obliga a narrar una anécdota que justifica esa caracterización que marca su tenacidad y su capacidad de luchar en determinadas circunstancias en contra de las corrientes que acostumbran aconsejar sometimiento o mansedumbre. Resulta que Amira Dassun era una de las cuatro guayaquileñas que se radicó en Quito, casada con Estéfano Isaías Barquet, cuyo domicilio nos hacía además vecinos mientras vivieron en la calle Reina Victoria y Carrión. Luego se mudaron a una casa ubicada al interior de la fábrica textil San Vicente, hasta que finalmente inauguraron su mansión en la calle Roca entre las avenidas Seis de Diciembre y 12 de Octubre. Ahí se celebró los 15 años de matrimonio entre Amira y Estéfano. Fui de traje nuevo y allí entre adultos baile con las amigas de mi madre especialmente con Sarita Dassun y sus hijas Marcia y Sarita. Nunca lo olvido porque fue mi debut social adolescente que yo todavía era. ¡Una inmensidad de casa! Nuestras familias eran muy cercanas y de visitas obligatorias y frecuentes. Una relación sin etiqueta, más bien simple y llana, como lo eran Amira Dassun, mi madre Victoria Antón, Emma Barakat y Sara Dassun, las cuatro mosqueteras que se radicaron en Quito provenientes de Guayaquil. Por otro lado, la familia Isaías se hizo propietaria del local donde funcionaba “El Trébol”, el almacén de mi padre ubicado en la calle Venezuela y Chile, en pleno centro colonial de aquel Quito todavía franciscano. Mi padre pagaba los arriendos convenidos que siempre fueron bastante más altos de los permitidos por la ley. Cuando cayó en aprietos económicos se atrasó en los pagos. por lo que se vio obligado a hacer una junta de acreedores, no judicialmente, sino mediante intermediarios amigos que tenían acreencias. Mi hermano Tony se puso
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al frente en sus cortos 21 años, guiado por Pierre Hitti Raad nuestro primo mayor y amigo íntimo de todo el mundo. En estas circunstancias se llegó a un acuerdo en primer lugar con el tema de los arriendos, y se entregaron cheques a fecha diferida para darles seguridad de que los señores Isaías cobrarían su acreencia. Al día siguiente y a primera hora, quebrando los acuerdos y con los cheques protestados en mano, se presentó un alguacil a las diez de la mañana para hacer el embargo correspondiente y anticiparse a otras acreencias. Mala cosa porque complicó el proceso de entendimiento con los otros acreedores. Hubo que acudir al chulco y esto empeoró la situación. Se cerró el almacén en el mes de mayo y tres meses después ocurriría aquella tragedia familiar que tuvo repercusiones en toda la estructura de nuestro íntimo hogar. Mi padre decidió cobrar venganza a la burla a la que fue sometido mi ya difunto hermano. Para ello mi padre me pidió que recolectara de un garaje convertido en bodega donde estaban encajonados los papeles del negocio cerrado, todos los originales de los recibos de pago de arriendo pagados desde siempre. Era una tarea polvorosa y tediosa porque se almacenaba todos los documentos por año y se los envolvía con unas piolas ya amarillentas por el paso del tiempo. Todo eso estaba almacenado en aquel garaje de nuestra casa, garaje que yo quería utilizar para habilitar allí un estudio, club o lugar de bohemia. Por tanto desocuparlo para mí era un posible premio. Con ese material, mi padre puso una reclamación judicial por pagos indebidos. El juicio duró cuatro años y mi padre se volvió un abogado experto sentándose en todos los juzgados donde el abogado Gonzalo Noboa Elizalde estancaba con una maestría tinterilla con todo tipo de recursos retardatorios posibles e imposibles. Mi padre demostró que no se trataba de un capricho sino de una tenacidad ardiente. Las veredas del centro de Quito son muy estrechas, y los señores Isaías que intervinieron en el juicio y el mismo abogado Noboa Elizalde, apenas divisaban el cabello blanco de mi padre u olfateaban el humo de su enorme cigarro, preferían cruzar la calle para evitarse el mal momento. José Antón Díaz, hermano rico de mi madre y muy amigo de los señores Isaías, trató con mi padre arreglar el asunto poniendo incluso el dinero del bolsillo suyo para liquidar tremendo lío. Mi padre buscaba ganar el juicio para sanear su orgullo inquebrantable y la burla realizada a su hijo con aquel engaño de los cheques posfechados. Se trataba de una batalla campal
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pública y abierta. Toda la colonia libanesa seguía esa gran telenovela, a la cual mi padre echaba candela con sus frases repetidas e hirientes en todos los círculos y ambientes posibles. Está por demás decir que este acontecimiento nos marcó a todos y cada uno de nosotros que vivíamos bajo un mismo techo sometidos a una presión inquebrantable. Ya corría el año 1966 y yo estudiaba en Francia cuando me enteré de que mi padre cobró el dinero, porque aun habiendo ganado el juicio, eso de cobrar tuvo mil obstáculos. Y tal era la manera de ser de Bichara Raad que lo que hizo con la importante suma de dinero percibido fue organizar un viaje de un mes por los Estados Unidos y Canadá junto a su esposa y a sus dos hijos menores. Se gastó casi todo y así terminó la historia que marcó toda una muy compleja y sufrida etapa de nuestra familia, afligida además por aquel telón de fondo negro que se había cernido sobre nosotros enlutándonos a todos. Fue un juicio angustioso ya que sus pormenores eran repetidos a diario en las narrativas que mi padre hacía durante su curso intensivo de abogado. Conservo la foto de mi padre, madre y mis dos hermanos frente a las cataratas del Niágara que estaba adjunta en una carta que me enviaron. Pasaron cuarenta y cuatro años para que finalmente yo llegue a visitar esas voluptuosas cataratas, y allí tuve presente con claridad todas los tristes y difíciles momentos que mi casa sufrió por esa situación, ahora anecdótica, y que por las diferentes circunstancias de aquella época fue trágica y tormentosa para todos nosotros. Por alguna razón u otra la sombra del apellido Isaías se cruzó como nubarrón durante algunos fragmentos de mi vida y de eso quedará alguna constancia durante este recordar al cual me he obligado como distracción o karma literario. La amistad y el cariño que mi madre tuvo con Amira nunca se menguaron, pese a que ella había fallecido en 1957 durante el parto de su hija que lleva su mismo nombre. Los acontecimientos judiciales ya narrados se dieron cinco años más tarde, y si ella hubiese vivido posiblemente nunca hubiesen ocurrido porque los Dassun tienen sangre buena a decir repetido de mi propia abuela Cristina, mientras que a la familia Isaías les seguía un anatema. Todavía recuerdo a Amira y
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a mi madre paseando en ese Cadillac descapotable blanco y celeste del 1.9553 cuando la vida sonreía para las cuatro guayaquileñas que residían en Quito. Algunas ocasiones tuve oportunidad de pasear con ellas en ese hermoso vehículo de colección y la verdad que se sentía delicioso ese viento acariciando la cabeza por fuera y también por dentro, que es donde se alojan los recuerdos. Esta anécdota narrada perfila el carácter altivo y la tenacidad de mi padre. Así mismo, con perseverancia y severidad, nos marcó sobre el respeto a la autoridad aunque ésta se equivoque, el respeto a los mayores solo por serlo, el respeto a la exigencia académica y el respeto al sentido de unión que debe reinar entre hermanos. Mi padre nos marcó, además, durante aquellos tiempos felices imponiendo la puntualidad como norma de vida. Otra marca con hierro caliente. Y con puntualidad se almorzaba, se cenaba o íbamos a misa dominical, a la Iglesia de Santa Teresita donde el padre Alberto Luna Tobar daba sus cortos y profundos sermones halando las orejas a los capitalinos que solo se contentaban con ir a misa y rezar sus Avemarías. Desnudaba la hipocresía de sus ricos feligreses. Este insigne sacerdote fue parte de nuestra intimidad familiar y muy querido por mi padre. Años después fue mi maestro y profesor en la Universidad Católica. Posteriormente se radicó en Cuenca y ya perdí para siempre el gozo de sus sabidurías que tanto recuerdo de aquellos tiempos, repito, tan serenos y a la vez felices. En general, mi padre gozó de una estupenda buena salud. Comía abundantemente y a sus anchas selectivas. Podía despacharse una botella de whisky, marca Old Par de mínimo 12 años, sin que le hiciera otro efecto que el de volverlo más extrovertido, cortés, galante y ruidoso de lo que normalmente era. La diabetes ligera la controló sin insulina y nunca pudo refrenarse ante los deliciosos dulces árabes que mi madre preparaba. Tuvo una vejez tranquila y murió en su cama plácidamente a

3 En Quito solo existían dos vehículos de tales características, el celeste y blanco de la familia

Isaías, y un naranja tomate y blanco, de la familia Ponce Enríquez. El primero fue incautado por el Gobierno de Rafael Correa, en unos malabares judiciales que apuntaban a tapar los huecos financieros que se atribuyeron a Filanbanco, entidad que finalmente quebró bajo la administración del Estado.

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la edad de 82 años. Amaba la vida. Hubiese sido un pésimo e insoportable enfermo. Al respecto de la muerte cuando alguien expresaba la pena que sentía por los hijos, padres, esposa del fallecido que quedaban en el supuesto abandono, expresaba con voz clara y convicción muy fuerte: “¡Pobre solamente es el muerto. ¡Los demás siguen viviendo!”. Bichara Raad fue todo un personaje pintoresco. Tierno y bueno por dentro, aunque su cascarón por fuera lo ocultara por la personalidad fuerte que ostentaba.

¡Victoria!
Mi madre se llamaba Victoria Juana y nació en Guayaquil el 21 de agosto de 1919. La tercera de entre ocho hermanos procreados por Esteban Antón Iza (1887) y Cristina Díaz (1899). Sus verdaderos apellidos son Farhat y Kudais. Al llegar a Ecuador se los “nacionalizaron” a gusto y antojo de quien escribía los papeles. Llegaron por separado, se conocieron aquí y se casaron el 19 de julio de 1915. Ella tenía sólamente 14 años de edad y él 28. Mi abuela, de religión griega ortodoxa ponía los segundos nombres de sus hijos con la coincidencia del santoral. De esos ocho hermanos, Isabel murió prematuramente, e Inés quedó mentalmente inhabilitada debido a una temprana meningitis. Lucrecia Lorenza (1916), Eduardo Edmundo (1918), Victoria Juana (1919), María Piedad o Maruja (1922), Blanca Leonor (1926), y José Alfredo (1927). Dos varones para perpetuar la descendencia en cuanto al apellido adquirido por parte de mi abuelo Esteban. Total de esta pareja de emigrantes que son mis abuelos maternos, hasta el año 2011 que es el que transcurre, he registrado 128 descendientes4. Si se me escapa alguno será debido no a un olvido, sino a alguna transgresión extraconyugal no detectada, pese a que he sido prolijo investigando este asunto. Mi madre fue la más bella de todas las hijas mujeres, y así lo demuestran las fotos de la época. Fue una hermosa mujer que siempre salió victoriosa ante los muchos avatares que le puso la vida. Y es que la victoria no es lo que muchos piensan cuando se desatan las batallas, porque mi madre ninguna batalla libró contra nadie. Ganó la guerra de la vida en excelencia emocional, serenidad, equilibrio, abnegación
4 Ver detalles en la www. www.estebananton.blogspot.com

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y tranquilidad espiritual. Físicamente era bella a lo Rita Hayworth, de quien el entorno y grosor del rojo lápiz labial que de su boca surcaba estaba inspirada por aquella heroína de Hollywood. Me tuvo a sus cortos 22 años, y así yo pude disfrutarla hasta cuando llegué a mis sesenta y cuatro años de edad, mucho más tiempo que los que pude disfrutar de mi padre a quien lo perdí a los 40. Victoria vigilaba y suplía con discreción las diferencias que marcaban esa primogenitura inevitable que me aplastaba y de la cual Tony, mi hermano mayor, sabía sacarle sus provechos. Ella se ocupaba de aplacar las intemperancias verbales de mi padre sabiendo que eran tan solo bravatas y nos hacía entender que su esposo era realmente un hombre generoso y bueno. Yo fui el hijo intermedio que es quien, sin ser ni el primero ni el último ni la única mujer, tenía que buscar la forma de manejar la propia identidad, y mi madre me ayudaba en esta tarea. Ella se encargó de hacer las compensaciones necesarias y con su siempre eterna delicadeza, logró que yo no sintiera los rencores que pudiesen derivarse. La prudencia, el espíritu de entrega, la forma de calcular las previsiones, el remendar lo que se podía y suplir de alguna otra manera lo que se podía, la caracterizaron siempre. Orgullo, discreción y tranquilidad exterior o serenidad interior en los momentos complicados que tantos le tocó sufrir en muchas y duras ocasiones. Siempre se manejó sin alboroto, con sensatez, altura y dignidad. Mi padre era la ola, y mi madre la playa donde ésta aterrizaba con su blanca y tranquilizadora espuma. Los psicólogos buscan por lo general determinar en la infancia de cada quien, cuál ha sido el personaje predominante en la elaboración y conformación de su personalidad y consecuente destino. Muchos años me tomó entender que el personaje preponderante en una persona no es el que aparece en primera plana, sino más bien quien sigilosamente está a la retaguardia como vigilando lo que sucede en la portada. Esa fue mi madre, quien más me influyó en la conformación de mi personalidad y de mi escala de valores. Mi padre tuvo sus aportes notorios en aquello de ser explosivo y de reacciones pasionarias en sus luchas en forma o no de molinos de vientos. La persistencia, la fortaleza y la espiritualidad me vinieron de mi madre, así como su sano sentido del amor propio que cuando se desvía o exagera se suele confundir con el orgullo. ¿Se puede tener amor propio sin tener orgullo? ¡Vaya pregunta! Nunca la pude resolver debidamente, aunque fue mi madre
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quien me demostró muchas veces la frontera de la fina línea llamada dignidad que las separa. Pasada ya gran parte de mi vida, construí una frase que acaricio en forma reiterada; ¡Hay que tener orgullo de tener orgullo y dignidad para saber dosificarlo! Para bien o para mal, a la hora de tener que agachar la cabeza, especialmente en cuestiones de dinero o conveniencias materiales, esta actitud aprendida de mi madre hace sentir que cuando más se cede se es más noble y menos rastrero. Mucho dinero me costaría a mí, como a ella en sus asuntos, manejar este tema del orgullo. Así aprendí a saborear victorias que a ojos de otros no lo eran. Todo eso que narro tiene una importancia muy grande en mi vida, pues más adelante tocará hablar sobre la época de las vacas flacas que llegaron a merodear a la familia, y cómo no se notó la diferencia en la mesa. Así aprendí que la previsión y el orgullo al nivel de dignidad son destrezas, y que con esas herramientas se hace más llevadera la vida sea en la abundancia o en la precariedad. Mi madre era altamente orgullosa y eso la hacía esmerarse más conforme las circunstancias lo exigían. Esa dignidad fue mi bastón en horas complicadas, porque evita el que uno se doblegue y calcule o maniobre con peligro de pisotearse a sí mismo o que se arrastre por cálculo, necesidad o conveniencia. Y eso de pisarse a sí mismo es irreversible porque aplasta el espíritu y la llama vital de dignidad que se lleva dentro a cambio, muchas veces, de prebendas materiales que, por serlas, van y vienen jugando en la inevitable ruleta del destino. Mi padre era fácilmente irritable por cosas pequeñas que a veces agigantaba caprichosa o temperamentalmente. En la mesa, a la hora de comer, yo siempre me senté frente a él, es decir en la contraria cabecera, lo cual me causaba problemas porque de esta forma estaba permanentemente vigilado y me volví confrontador de su fuerte mirada. Y si se me caía un tenedor o un cuchillo al suelo, mi padre se exaltaba y me ponía más torpe todavía. Mi madre tuvo la simple solución casera. Usó una alfombra que estaba en un otro lugar de la casa y la colocó en el comedor. Así atenuaba el ruido que se producía por cualquier torpeza mía y con rápida agilidad yo recogía el cubierto caído ante la complicidad de la mirada y sonrisa de mi madre. De esta manera se eliminaron decenas de contratiempos innecesarios a la hora
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de servirnos la deliciosa comida que ella preparaba. Claro que no fue fácil para una joven guayaquileña, de padres emigrados y libaneses, llegar a Quito, lejos de su entorno, a vivir en esas circunstancias con un señor de pinta autoritaria que le doblaba en edad. Se casó muy enamorada, siempre lo dijo, y eso le sirvió de vitamina. Cuando no hay amor, me decía, nada se soporta cuando arrecian las tormentas que sin duda algunas arreciarán por acumulación de circunstancias pequeñas. Varias guayaquileñas pasaron por la similar circunstancia de venir de Guayaquil a Quito a causa de su matrimonio, y ese fue el grupo de las “monas”, que se estableció en La Mariscal, y cayeron prácticamente prisioneras de esas damas de negro y/o edad y/o pocos afeites que habían emigrado con sus maridos desde esas mismas tierras lejanas de Medio Oriente. Como estas señoras eran bastante mayores a ellas ejercían una gran autoridad sobre ese grupo de guayaquileñas transportadas a la altura, al frío y al rigor de las reglas del ama de casa al estilo árabe tradicionalmente severo. De ahí que mi madre salió una estupenda cocinera especializada en todos los platos y sabores mediterráneos que esas señoras prácticamente obligaban a aprender para mantener la tradición y la atención a sus exigentes maridos. Las escenas más pintorescas se daban cuando se veía a un grupo de seis o siete viejas damas, casi todas musulmanas, sentadas alrededor de la mesa y las jóvenes guayaquileñas sitiadas y situadas intercaladamente, siguiendo la preparación de las recetas que por sus complejidades tenían mucho de artes manuales a más de las complicaciones que requerían las tareas previas que, en algunos casos, necesitaban dos o tres días para poner a punto los aliños tal como lo mandaba la tradición culinaria de nuestras bisabuelas. Agradezco mucho eso porque mi paladar fue abierto y educado con complicados manjares. Siempre he pensado que quien tiene la boca y el paladar abiertos para incursionar todos los sabores, tiene a la vez abierta la mente para mayor cantidad de interacciones. Y la habilidad de mi madre iba más allá de la sazón pues además ejercía una verdadera economía doméstica, profesión que ahora pocos practican salvo por obligada escasez o pobreza. Los días miércoles era el mejor día para ir mercado, y ahí estaban las comadres placeras que vendían desde las legumbres, frutas y carnes. Mi madre prefería el mercado de Santa Clara.
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Iba con dos canastos grandes de mimbre colgados de cada brazo y los iba llenando con las compras ya planificadas con papel y lápiz. Las selecciones eran rigurosas bajo el experto ojo clínico y especializado tacto de mi madre, sumado al cariño que se granjeó por parte de quienes le llamaban “casera” (miren lo lindo que suena el que una indígena la llame así, pues respetaban a la mujer que se ocupaba de la casa con tanto esmero) o señora Victorita cuando ya entraban en confianza como sucedía la mayor parte de las veces. Se negociaba los precios, y las frutas o vegetales eran palpadas y escogidas una a una. Luego de los años eso del compadrazgo surgía naturalmente conforme se apadrinaba en cualquier sacramento a los hijos de aquellas indígenas superadas en atención, cariño, aseo y esmero. Me fascinaba acompañarla al mercado pues me complacía contemplar su estilo, sencillez y disfrute en la tarea de llevar el alimento a su nido u hogar como realmente se llama. No había supermercados, por cierto, y comprar alimentos se constituía en todo un oficio en eso de las relaciones humanas y buen trato. Y así, los miércoles, había un renovado menú que iba subiendo de tono hasta coronar el domingo con un los platos y sabores preferidos por todos. Era como un concierto de notas con sabores que subían en escala, hasta que de pronto llegaba el lunes, día en que comenzaban los estofados artificiosamente elaborados con aquellos productos que no se desperdiciaban y que ya carecían de sorpresa más no de creatividad e ingenio. El martes era el estofado de estofados. “Estafados” le decíamos nosotros aunque todos contentos porque sabíamos que al día siguiente volvía a empezar nuevamente a reiniciarse la semana gastronómica. El martes por la noche el refrigerador quedaba perfectamente vacío haciéndose muy fácil su limpieza. Lo cierto es que todos los días y a cualquier hora siempre comimos delicioso porque el amor y la destreza abundaban de esas manos y de esa bella figura que manejaba su delantal, el cuchillo, la tijera, el dedal y el hilo siempre con un equilibrio emocional y armonía. A las diez de la mañana de cada día todo quedaba en la cocina ya limpio y preparado faltando solamente el cierre que era cuestión de meter al horno y buscar la cocción final correspondiente. A la una en punto todos felices y puntuales en la mesa. Ya poco importaba que se cayeran los cubiertos pues la alfombra atenuaba los ruidos y
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consecuentes disgustos. Las hayacas que elaboraba mi madre para los invitados de los almuerzos dominicales eran exquisitas y altamente generosas en su relleno. Antes de ponerlas en el baño de vapor, utilizaba dos colores de hilo para ajustar con solidez la envoltura y porque además era una hábil costurera. Las hayacas más generosas en pollo, chancho, aceitunas y pasas, iban estaban atadas o marcadas por el hilo azul y eran las seleccionadas para los invitados. De esa manera al servir a los invitados escogía las azules y nosotros debíamos conformarnos con las otras, sin contar con la astucia de mi hermano Tony y mía que nos dábamos el trabajo de cambiar el color de tales hilos, y a la hora de la hora, disfrutábamos de la travesura, de las hayacas y del desconcierto de mi madre. ¡Qué tiempos aquellos! Hoy las hayacas vienen preparadas y flaquitas, sin aquel sabor del esmero y de la inocencia juvenil de aquella travesura. Ni hilos siquiera las ponen porque son lánguidas y flacas, y cuando se abren quedan desarmadas, si acaso su relleno llega a la mitad de abundante como el que mi madre con dedicación las preparaba. ¡Hay tiempos aquellos felices por cierto! Verla cocinando el trigo en unas latas gigantes, de aquellas en las que La Universal empacaba su chocolate en barras enormes. El trigo se vertía en agua caliente aromatizada con especias. La cocción duraba algunas horas hasta que el trigo se reventaba con un olor especial a azahar que inundaba la cocina. Luego se escurría y en sábanas limpias se lo ponía secar al sol durante tres o cuatro días. Mi hermano y yo nos ocupábamos de esa tarea y de vigilar que el sol cayera sobre esos granos de oro perfumados. Y lo hacíamos gozosos participando incluso en la molienda que se hacía lentamente, con un molino al que había que mover a puro impulso de brazo firme. Cada cinco minutos uno le pasaba el turno al otro para que el músculo recobrara su fuerza. Todo el producto se envasaba y se guardaba en frascos gigantes que servían para conservar uno de los principales ingredientes necesarios para preparar el “quipe”. Hoy se compra el grano molido y envasado, sin olor a azahar ni a clavo perfumado y sin esa alegría que ahora recuerdo cuando el sol radiaba sobre el grano destellando un color dorado maravilloso. Todas esas lecciones y trucos de cocina los aprendió Aidita
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Villagómez, la empleada de toda una vida y que, entre otras cosas, me cambió los pañales y nos acompañó como parte de la familia, aun cuando dejó de trabajar con nosotros hace muchísimos años. Ella ha estado presente en todas las solemnidades familiares, nacimientos, bautizos, primeras comuniones, matrimonios y en los fallecimientos que nos fueron enlutando. Mi madre revistió todas estas escenas que cuento y las otras necesarias en una tradicional ama de casa de un estilo de facilidad espeluznante y elegante. Así esculpió a mi hermana Maggie y a Aidita, con un aroma que me forjó el alma con un yunque de ternura y un martillo de buenos ejemplos en cuanto a esa tarea hermosa que significa cuidar un nido, que es lo que el viento de la modernidad se ha llevado para siempre. En los tiempos difíciles, una vez que perdimos muchas cosas, entre ellas la casa de la Carrión para pasar a vivir en una casa arrendada. Mi madre me confió un encargo que a nadie más se lo hubiese confiado: ir a la casa de empeño con sus joyas personales para recolectar dinero, sin saber si esas prendas regresarían algún día. También recuerdo cuando las retorné a casa, algunos meses más tarde. De esa operación no se enteró nadie y fui su cómplice perfecto. ¡Eso me halagaba! Mi madre dejó entrever cierto resentimiento por las inconveniencias o desventajas que le causó vivir lejos de Guayaquil respecto a las preferencias que sus hermanas y hermanos tenían a la hora de las prebendas materiales. Se había casado no con un millonario sino con un hombre rico y generoso, razón por la que descuidó de conformar su propia economía. Solamente cuando a mi padre le faltaron recursos, ella percibió las diferencias en cuanto a los beneficios recibidos provenientes de su familia de sangre. Ella me dijo muchas veces que a la hora de hacer las cuentas fue “la última rueda del coche”, frase ésta con la que bromeaba repetidamente su tío Juan Díaz Salem de quien ella desde siempre fue su sobrina preferida. Esta frase la escuché ya no como broma sino con tristeza cuando la pronunció con sus ojos muy húmedos mientras revisaba una relación de hasta los mínimos gastos mortuorios incurridos, y deducidos de la liquidación de la herencia causada por la inesperada muerte de mi abuelo Esteban. El valor recibido era ciertamente bastante menor a lo que el sentido común indicaba. ¿Qué te sucede?, le pregunté cariñosamente mientras le sobaba la mano.
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Nada, me dijo y, dándome un beso, se retiró al cuarto de baño donde solía refugiarse para que nadie notara su llanto. Si bien el abuelo había repartido a sus hijas mujeres un edificio rentero de construcción mixta, su fortuna era grande y según sus propias palabras que escuché yo varias veces decirlas en la mesa y delante de todos, todavía no estaban en orden sus cosas. Pese a su sentido de previsión, murió intestadamente. Para efectos de la liquidación de bienes conyugales y del reparto legal correspondiente, los libros claramente estaban alterados en la valoración de los inventarios. Las hijas mujeres respetuosamente aceptaron en silencio la decisión de sus hermanos varones, quienes manejaban las empresas cuyas acciones mi abuelo aún tenía en una gran parte. Leonor, la única soltera a la muerte del abuelo, quedó con acciones de la empresa; gracias a ello, el destino le garantizó abundancias de las que ella desprendió generosidades con sobrinos o familiares necesitados. Con el valor recibido como fruto de la herencia, mi madre compró una casa propia en la calle Robles 959 y Valdivia, y de esa manera terminó su angustia de pagar los alquileres, puntual y meticulosa que ella era. Sin embargo, mi madre se mantuvo altiva y no perdió un milímetro de afecto a sus hermanos. Se ajustó en su estilo de vida en dos momentos que coincidieron cuando, ya sin la protección del abuelo, mi padre, el hombre que se casó con ella, también había perdido su propia fortuna. También mi madre fue mi aliada secreta en temas sentimentales. Recuerdo cuando necesité un regalo para un 16 de marzo que cumplía años una enamorada muy a gusto de ella. Marcela Torres se llamaba. Como no tenía dinero, mi madre fue a su ropero y me dio un perfume “Dioríssima de Christian Dior”. Un obsequio del primer mundo que fue uno de los pocos que regalé a enamorada alguna. Y también hubo encubrimiento que muy bien la traigo en este momento del relato. Ella había ocultado aquel revólver calibre 38 en un lugar del ropero, ropero que aún conservo. Mi padre no mataba ni una mosca y esa arma había quedado ahí abandonada en el rincón de los olvidos. Decidí robarla y venderla. Con ese dinero me matriculé en la Universidad Católica de Quito. Años más tarde, mi padre recordó su arma no sé si para venderla o para andar armado durante el gran juicio de inquilinato y la correspondiente bronca que se armó con la familia Isaías. Vaya inútil griterío que mi madre absorbió con cierto aire de
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complicidad ya que, como bien me conocía o por esos presentimientos muy propios suyos, me miraba sonriente de una manera muy tierna y encubridora. De ahí me quedó cierto gusto por las armas que resultan muy fáciles de vender a la hora del apuro. Mi madre enviudó a sus sesenta y dos años. Una larga viudez que le permitió pasar rodeada de sus hijos. Su salud fue buena aunque tenía una muy rara dolencia que se caracterizaba por intempestivas taquicardias que aceleraban sus pulsaciones hasta 300 o más veces por minuto. No eran frecuentes y atacaban unas tres o cuatro veces al año. Cuando esto sucedía, todos quedábamos tensos y preocupados. Al cabo de una o dos horas de reposo, se restablecía. Siempre se pensó que era cosa de represiones emocionales o del sistema nervioso, hasta que muchos años más tarde mi hermano Jean pudo establecer el diagnóstico. No era una enfermedad sino lo que ahora se conoce como Síndrome de WolffParkinson-White. Cerca de cumplir sus ochenta años le vino un derrame cerebral que inmovilizó su lado izquierdo, aunque con su fuerza de voluntad y perseverancia, lo superó y pudo desenvolverse por sí misma. Lo logró gracias a su carácter independiente y autónomo, indispensable dados su buen sentido de la vanidad y su tan bien administrado orgullo. Maggie, su única hija, se ocupaba de su compañía diaria desde la mañana hasta la noche; mi hermano Jean, de su salud ya que fue siempre su vecino de acuerdo a la manera como nos habíamos organizado; y yo me ocupé de su seguridad económica. Ella venía a Guayaquil a pasar conmigo los últimos cuatro meses del año, a vernos a nosotros a sus hermanos y al resto de la familia. Para robustecer su medida economía, además trabajaba en PYCCA durante la época navideña. Eso la ayudaba a incrementar sus ahorros con los cuales era generosa con todos sus nueve nietos. Trabajó hasta dos años antes de fallecer, el 14 de diciembre de 2005. Tuvo una buena calidad de vida y fue querida, admirada y respetada por todos. Por cierto, dejó en herencia más de lo que había recibido ella luego de la muerte de sus padres. Módicas sumas pero con un valor de arco iris por la luminosidad que le dio el resplandor de una vida digna y ejemplar. Fue una mujer excepcional y todos quienes la conocieron así lo reconocen.
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Antoine, el primogénito
¡Vaya problema tener de primogénito a mi hermano Antoine, Tony como lo llamaron sus amigos desde siempre a disgusto de mi padre! Había nacido catorce meses antes que yo, y parece que se me chupó los mejores cromosomas además de toda la leche materna. Nació en la Maternidad Isidro Ayora, allá en el barrio La Loma, con todas las formalidades y atenciones del caso. Champaña y cigarros incluidos. Y, claro, era un viernes ya sin los apuros de los lunes, sino con la perspectiva tan agradable que significa el mejor día de la semana; aunque, a decir verdad, en aquellos días se trabajaba siempre a bajo ritmo, incluso los sábados. No existían los centros comerciales y los almacenes eran personalizados en atención directa de su dueño. Pero que Tony nació un viernes y bajo la concepción de los viernes actuales, no cabe la menor duda. Quizás fue un precursor del san viernes o al menos así lo describo mejor de cuerpo y espíritu completo. Era de tez morena y no paliducho como yo lo fui toda mi vida. Alto, esbelto, simplificado, alegre y encantador desde siempre. Era muy gentil conmigo pues él se encargaría de todas mis cosas como, por ejemplo, de inaugurar la ropa nueva con año y medio de anticipación al menos, pedir los permisos e, incluso, recoger mi mesada directamente del bolsillo del pantalón de mi padre mientras él reposaba y había que entrar con sigilo para no molestar su larga siesta dominical. Yo ni al dormitorio entraba siquiera en aquellos prohibidos momentos para el ruido, y nunca supe si el reparto era exactamente el que me correspondía, pues habría que hacer cálculos actuariales para ponderar lo que significa ser un primogénito en aquellas circunstancias. No me importaba. Éramos felices si alcanzaba para el cine y un chocolatín. ¡Ah, me olvidaba! Ese viernes 7 junio del 1940, fecha de su nacimiento, no llovía, ni ese ni los siguientes siete días. Hasta San Pedro participó en el gran festejo que significó el nacimiento de mi inefable hermano Tony. ¡Vaya celebración y bautizo! ¡El primogénito de Bichara Raad había nacido! Debo confesar que Tony fue un personaje central en mi vida, y de una manera u otra me influyó de forma determinante. Vivimos del contraste y de la purga vital que de esto se deriva, pues para mí él era todo. Y eso, en compensación, me obligaba a competir y a explotar aquellos contrastes. Él sacaba espléndidas notas sin tocar los libros, y yo estudiaba con ahínco para poder a veces igualarlo en puntaje. Lo
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grave era que si él sacaba malas notas, mi hermano y yo quedábamos castigados automáticamente y no podíamos ir al cine. ¡Siempre quiero verlos juntos! Mi padre lo decía aunque no lo practicaba cuando era yo quien fallaba en la libreta. Derechos de primogenitura. Tony, ¡el primogénito! del hijo menor de los siete descendientes de Michel Raad, mi abuelo quien moriría prematuramente en el Líbano a principios del siglo veinte de una neumonía, según lo refirió muy de repente mi padre al referirse al suyo. Realmente mi padre nunca hablaba del pasado y nos dejó muy pocas referencias ancestrales. Un año y dos meses de edad nos distanciaban así que compartimos dormitorios siempre y recorrimos juntos la primaria y secundaria. Él se ocupaba de pagar las pensiones mensuales y de todos los encargos de mínima responsabilidad e incluso la oportunidad de guardarse el “vuelto”. Vivió intensamente y con la velocidad de un rayo. Le gustaba la velocidad y yo la temía. Cuestión de presentimientos, quizás. Total, yo nunca aceleré un automóvil más allá de los 120 kilómetros por hora. Tony en cambio vivió velozmente y a sus cortos 22 años ya había vivido bastante en cuestión de aventuras y peligros, tantas cuantas las necesarias para partir con ellas a lugares tan inimaginables para toda la familia. Tuvo la buena o mala suerte de manejar mucho dinero durante su mocedad debido a negocios que le salían al camino. Uno de ellos y el más abrumador fue el vender radios transistores que acaban de aparecer en el mercado y que transformaron profundamente a nuestra sociedad. El indígena, el campesino y todos los que no tenían acceso a una red eléctrica, y que era un 75% del Ecuador, de pronto accedían a un medio de comunicación. Esas radios portátiles se vendían como pan o mejor dicho como maíz tostado. El Estado le ponía altos gravámenes y el contrabando proliferó consecuentemente. Tony tuvo acceso a una sub distribución y al crédito. Ganó lo que quiso y nunca supo cuánto porque el dinero le entraba y salía de sus manos tan rápido que no tuvo tiempo de averiguarlo. Ese flujo, más su generosidad espontánea, más su pinta y su atrevimiento, le llevaron a una vida acelerada y desordenada. Comenzó a frecuentar lugares nocturnos de alto nivel y a desparramar champaña, exuberancia, atrevimiento y audacia. Cuando ingresaba en la famosa boîte “Le Toucán”, la orquesta interrumpía y lo recibía tocando
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el Bayón de Alí Babá. Tony para ese entonces tenía 21 años de edad y luego de su entrada triunfal a cualquier lugar, su alegría lo inundaba todo como la espuma cuando salta de la botella a la copa de champán que se desparramaba junto a su carismática sonrisa. Su muerte trágica y prematura nos destruyó emocionalmente a todos. Sobre esto entraré más tarde, y solo puedo afirmar que casi cincuenta años luego de su fallecimiento no dejo de encontrarme con personas que lo recuerdan con frescura meridiana.

Madeleine
Para mi padre, París era, fue y será siempre la capital del mundo. A todos nos puso nombres afrancesados en honor a esa ciudad que tanto amó y disfrutó en sus placeres. Y de París, por alguna razón, la Iglesia de La Madeleine le atraía y la mencionaba con mucha frecuencia. Nunca entendí bien este asunto, pues cuando llegué a la Ciudad Luz corrí a visitar la iglesia y no me pareció que significaba tanto cuanto yo la imaginaba. Oscura y sombría no es más que un punto adicional en aquella imponente ciudad que ofrece tanto para impresionar, memorizar y admirar en lo intelectual, histórico y urbanístico. Quizás por estar tan cerca del Café de la Paix, imaginé un día suponiendo que el joven libanés que era mi padre por allí se reunía o buscaba sus aventuras, amigos o amores. Quizás porque por ahí se remonta para ir a la Place Pigalle. Total que él siempre nos dijo que el nombre de mi hermana era en recuerdo de esa Iglesia. Y mi hermana se llamó Madeleine. Creo que hubo el riesgo de que la llame Eiffelina, en honor a la Torre que caracteriza a la capital europea, lo cual hubiese sido un error muy grande, pues mi hermana más bien pequeña de estatura, aunque muy grande de alma y actitud, no merecía complicaciones con su nombre. Finalmente todos la conocieron y la bautizaron de hecho como Maggie, quizás para purgar pecados de mi padre en cuanto a eso de afrancesar los nombres de sus cuatro hijos. Y pasó lo mismo con todos: Antoine fue conocido como Tony; Hanry, escribiéndolo como se pronuncia a la francesa, fue conocido como Genry, escribiéndolo como pronunciaban mis amigos; y Johnny a mi hermano Jean, el benjamín de la familia. Lo cierto es que mi padre escogió para sus cuatro hijos nombres afrancesados. Debió ser fruto de su educación y de los recuerdos de
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esos años de juventud y me refiero al París de la primera post guerra, y no al frío París actual ya invadido por el tercer mundo y sin aquel “charme” que motivó aquella fama eterna y equivocada acerca de las francesas, del amor y de eso que de allí parten las cigüeñas. París es una ciudad inhóspita por la frialdad de sus gentes propias aunque, a decir de mi padre, así no era antes. Ni imaginar siquiera una mezquita ubicada en la mitad de esa belleza urbana. Todo eso lo motivó posiblemente a sofisticar nuestros primeros nombres. No nos puso ni su nombre propio ni Omar ni Nagib ni Razmiye. ¡Menos mal felizmente.! Debió hacerlo en forma afrancesada para distinguirse quizás de los otros emigrantes de Medio Oriente que llegaban con pasaporte turco y nombres árabes. Total que mi hermana asumió con mucha eficiencia y gana su papel de María Magdalena por sí misma, y cumplió su mandato existencial implícito en su nombre de pila imbuido por mi padre. Cercana a Dios, consolando a los enfermos, haciéndose en carne propia los dolores ajenos y siempre presente con el prójimo cada vez que alguien caía en la desgracia. Total así llamaron a mi hermana, la tercera hija de esa familia formada por Bichara Michel y Juana Victoria. Y mi hermana Maggie salió además devota, buena al extremo, aunque altamente energética. Predispuesta a acompañar en las tragedias ajenas y a ser solidaria con sus amigas de siempre, pues amiguera ha sido en toda buena o mala circunstancia. Inocencia o espontaneidad pura hasta el extremo. Es así que bromeábamos, mi hermano mayor Tony y yo, cuando dramatizaba las causas o situaciones, y nos contaba, al regreso de la escuela, que a tal o cual fulanita le había pasado tal cosa y que tenía infaliblemente derrame cerebral, cosa que suena terrible pues uno creía que realmente el cerebro andaba derramado por la calle o sobre la misma mesa con la cual su amiga se había hecho un pequeño chichón en la cabeza. Sus amigas habrán tenido un millar de derrames o conmociones cerebrales, más por la intensidad que Maggie ponía a las desgracias ajenas, que por la gravedad de los hechos reales. Siempre estuvo al pie del cañón o de esos eventos que requieren ayuda para levantar las cruces ajenas. Como le llevaba cinco años de edad, al ingresar a la secundaria, ella me sirvió de puente para conseguir las enamoradas o romances que tuve, pues bastaba preguntarle cuál de las del quinto curso le había reservado el asiento en el bus que le llevaba y la traía de la casa al colegio, para uno
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llenarse de puntería, información y hacer los subsecuentes juegos de aproximación mediante los “mensajitos” de esa época, cuando no había ni Internet ni teléfono celulares. Al quinto curso del colegio la Dolorosa, de la promoción 1953, mi eterno agradecimiento por las atenciones que tuvieron para con mi hermana, e indirectamente para mi imaginación y una que otra concreción que hasta ahora, a los sesenta y nueve años de edad, recuerdo con suma claridad y alegría. Claro que si las veo ahora quizás ni me reconozcan ni las reconoceré yo, posiblemente a causa de las grasas de ellas y al Alzheimer mío que sospecho ronda ya en mi cabeza. Maggie estudió en el colegio La Dolorosa quizás por reiterada mala coincidencia. Sin duda alguna era el más apropiado para su nombre de pila. Ella feliz y alegremente cumplía su mandato y lo ejercía con la alegría y simpatía que irradiaba por doquier. No he encontrado a nadie, jamás, que no se refiera a ella con auténtico cariño, cosa que a la pobre no le pasó tanto conmigo cuando mis escritos punzantes le traían reclamos por parte de quienes no compartían mis criterios literarios. Se casó con quien quiso, cuando ella lo quiso, tuvo los hijos que quiso y elaboró su plan de vida perfectamente bien organizado. Fue y es hija, madre y abuela, a tiempo completo. Lástima que no hayamos tenido otra hermana, aunque eso de los cuñados a veces se vuelve un verdadera lata o complicado rompe cabezas. Es abuela de siete hermosos nietos y se pasa la vida acompasando y vigilante de los detalles de todos. Se multiplica, se agita y reparte toda su energía quien la necesita. Es hiperactiva y lo seguirá siendo porque está en su naturaleza. Lo curioso es que siendo así de energética no le falta la sonrisa ni las ganas de dar todo eso que ella tiene y que, sin duda alguna, heredó o copió de mi madre. Ha llevado una vida feliz, vivaz y plena aunque creo que muy agitada dada la ansiedad esa que hemos heredado de la rama familiar de los Antón, aunque a mi madre ese gen no la atacó como nos ha atacado a otros.

Jean. El benjamín de la familia y el de la vocación inexorable
Médico desde que supo hablar y pronunció su primera frase completa. Luego de que aprendió a decir papá, mamá, lo siguiente que dijo fue
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“quiero ser médico”. Y luego dijo muchas más porque fue actor de teatro, ganó premios de oratoria, es campeón en el manejo de frases de doble sentido picaresco y muy bueno para tomar el pelo cuando le viene en gana. Nueve años menor, durante nuestra infancia fue aquel que le cogió a mi padre ya cansado, y que por tanto supo manejarlo mejor que todos nosotros, menos, por supuesto, que el hijo primogénito, quien hizo de Bichara Raad lo que le vino en gana. Pasados los años nos fuimos haciendo amigos, de verdad amigos, pues la diferencia generacional se fue aplacando y mantuvimos coincidencias gestuales muy extrañas pese a no haber vivido juntos por muchos años. Es curioso observar cómo se suele utilizar tan a la ligera el término “hermano” o “ñaño” para referirse a un amigo entrañable, y no lo viceversa. Tuvo su vocación innata y jamás dudó de que esa fuera su profesión intensamente practicada. Por eso quizás fue intensivista, sin horarios y muchas veces tampoco buenos honorarios, pues a la hora de la tragedia, las clínicas y hospitales se encargan de ordeñar la economía de la familia involucrada. Mi hermano, pésimo comerciante, logró hacerse de un gran capital humano de amigos y de gente agradecida. Económicamente nunca supo comercializar su profesión de acuerdo a su dedicación y esmero. Quise traerlo a Guayaquil para montar una clínica, y yo administrar su capacidad profesional y técnica. Jamás aceptó porque se pasó gran parte de su vida dando clases y trabajando en el Seguro Social, pese a mis esfuerzos por hacerlo pragmático y pisando tierra en cuestiones de dinero. Para él no existe Medicina sin vida hospitalaria, y al dedicarse a ser intensivista su vida transcurre agitada viviendo la muerte como una cosa de todos los días. Nunca tuvo las alegrías del partero ni la comodidad del cirujano plástico o las ventajas del ginecólogo. ¡Terapia intensiva, al lado de esa débil línea que divide la vida de la muerte! Y para colmo, lleva ya cuarenta años dando clases, actividad que le complace y que tampoco rinde dinero. Cuando Jean se hizo adulto ya no compartimos jamás la misma casa. Todo había cambiado y nos tocaba afrontar nuestros destinos por sendas separadas y muy distantes físicamente. Extrañamente mientras más pasaron los años, más amigos nos hicimos y nuestros ademanes y formas de expresarnos se hicieron más y más similares. Se convirtió en mi médico de cabecera desde que estudiaba Medicina y siguió el
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curso de mi mala salud de hierro que me ha acompañado toda la vida. Es intensivista porque le obliga la intensidad que pone en todas las cosas. Nunca quiso abandonar la dureza de su especialización y se pasa recorriendo el país entero dictando conferencias. Sin fines de semana tranquilos al alcance del telefonazo inesperado y con alto riesgo que se le mueran sus pacientes que, cuando comienzan a serlo, están casi más cerca del más allá que del más acá de la vida. Médico a tiempo completo, su biografía la atestiguarán sus miles de pacientes que constituyen su capital invisible y su verdadera fortuna. Más tarde inevitablemente caeremos sobre Jean Michel conforme salten las anécdotas y situaciones que me vinculan a él como amigo, porque somos hermanos y eso muchas veces tiene poco que ver con la verdadera amistad. Se casó muy joven con Mariana y llevan como “mil años” de feliz matrimonio. Ella es serena y tranquila y se ha adaptado a ese complicado modo de vida que lleva su esposo. Resultó su complemento perfecto, su administradora y su sosiego. Debo reconocer que Jean construyó un hogar casi perfecto en medio de sacrificios y esfuerzos que le da mucho sabor a su aventura vital. Tuvo suerte mi hermano menor, el benjamín de la familia, de tener una inexorable vocación temprana. La mayor de las suertes resulta tener una vocación innata y nunca estar rodeado de nubes de dudas al respecto. En cambio yo, tonta criatura, fui arañando mis propias circunstancias, vendiendo cosas sin vocación ni don ni oficio para hacer comercio, haciendo de sastre y zapatero, disfrazándome de empresario por cuenta ajena y luchando por algo que nunca arraigó en mi alma. Es por eso que siempre envidié a Jean, porque vivió haciendo lo que quiso, mientras yo tuve que tomar un muy largo desvío de 42 años para poder hacerlo tibiamente durante el atardecer de mi vida. La biografía de Jean, el médico intenso e intensivista a tiempo completo, alguien deberá escribirla. Es una historia llena de casos que hacen relación a los momentos de dramas familiares causados por las enfermedades. Lo invito a que él escriba cien anécdotas de aquellas que algún día y de tarde en tarde me ha contado. Ahí, en su rostro, mientras narra sus aventuras de emergencia en las que se juega la vida o la muerte, se desborda esa satisfacción del deber cumplido. Sin duda que el mejor
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de sus honorarios se ha acumulado en el reconocimiento a su sentido humano y al fortificante sabor de sentir el “gracias” en la simple mirada de un familiar o de un paciente ya recuperado o bien reconfortado antes de su muerte. Tiene un sentido de la bioética que pocos médicos demuestran a la hora de pasar la factura. Y además, como ya lo dije, es profesor por pura complacencia, como si aquel tiempo no se lo debiera a su hogar tan bien conformado, orgulloso de sus hijos, y éstos de sus padres. Para mí que me he autoproclamado el biógrafo de mi abuelo, Jean resultó el más exitoso de sus nietos, y de quien Esteban Antón debe estar muy orgulloso recordando cómo, a su regazo, se sentaba aquel pequeñín de ocho años para que el abuelo le explicase sobre el contenido de ese libro a colores que tenía en su biblioteca: “El Consejero Médico del Hogar”, de Humberto Swartout5. Fue así que mi hermano Jean confiesa haber aprendido académicamente cómo nacen los hijos y los secretos ocultos y diferenciados de cada uno de los sexos. Jean, años más tarde, fue donde la abuela Cristina a solicitarle ese valioso libro que hasta hoy conserva como preciosa herencia y marcado punto de partida. Cuando estuvo en Sevilla durante dos años de especialización tuvo la oportunidad de quedarse en España, y quizás fue su error profesional no hacerlo. Estaba destinado a darse por completo dentro de las miserias hospitalarias que nuestro país ofrece a esas almas nobles y generosas que buscan la pobreza para hacerse espiritualmente millonarios. Al momento, su problema más complejo es cómo estar junto a sus hijos pues los dos mayores viven en Europa y solo el menor permanece aún con ellos. Hasta aquí hago éstas obligadas referencias para describir el entorno familiar completo en el cual se desarrolló el ambiente íntimo que constituyó el manantial de la vida por la cual he transitado.

5 Casa editora Sudamericana 26 ED. Millar Buenos Aires 1944.

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El abuelo Esteban
Nació en Habeline, Líbano, el 10 de agosto de 1887. Fueron sus padres Tanus Eljuri Farhat y Dibeh Iza. Llegó a Guayaquil en el 21 de mayo de 1907, salió de Beirut a bordo de un buque de bandera francesa de la compañía Messagerie - Marítimo, para llegar a Panamá el 21 de junio. Finalmente el 4 de julio de 1907, llegó a Guayaquil en un vapor de bandera inglesa. Se instaló primero en Riobamba y posteriormente en Guayaquil. Riobamba era un buen punto para el comercio porque era el paso obligado para la ruta Guayaquil-Quito en ferrocarril. Jovencito, fue pastor de rebaño, y luego maestro de escuela en su pueblo natal. No sé nada respecto a su padre ni antepasados. Sus dos hermanos y su hermana también se radicaron en Guayaquil. Era pequeño de estatura, cromosoma que, sin duda, heredé de él. No dominó el español bien pronunciado aunque por su enorme espíritu autodidacta logró manejar el sentido gramatical y cultural encerrado en cada palabra. Su librero o biblioteca estaba ubicado en una pequeña sala, al lado de un balcón por donde durante las noches soplaba delicadamente el viento mientras leía con satisfacción aquellos libros que constituían su tesoro acuñado de a poco y con esmero. Recuerdos muy claros tengo de esa salita de lectura inundada por el sonido de las gotas de cristales que decoraban una lámpara que allí colgaba y se mecía dulcemente con la brisa nocturna que ofrece Guayaquil durante esos meses de agosto y septiembre. Era así el rincón académico del abuelo. Ahí nos ponía en su falda o a su alrededor para contarnos historias. Nos narraba por ejemplo que el libro de las Mil y Una Noches contenía hechos ya sucedidos, y que la alfombra voladora de aquel entonces era el avión de nuestros días, o que la bola de cristal era la televisión que ya comenzaba a funcionar en Norteamérica. Tengo algunos libros de aquel entonces entre los cuales están los cinco volúmenes de la Historia del Ecuador, de Roberto Andrade, cuya edición no está precisada y calculo que tiene cerca de un siglo de antigüedad. El grueso de su librería quedó diseminado o no se sabe. El librero de madera cayó en poder de las polillas ya cuando faltó el cuidado que mi abuelo le daba. En fin, ya no quedan huellas visibles de nada. Todo
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se lo llevó el tiempo. Incluso el edificio se evaporó de nuestras manos. Todo emigrante libanés tenía un sueño al llegar a la América. Construir su edificio, vivir en sus altos y en el primer piso bajo ubicar la tienda. El abuelo cumplió su sueño y en 1926 se ufanó de haber construido uno de los primeros edificios de cemento de Guayaquil. Ubicado en la esquina de Escobedo y Aguirre, luce hoy esbelto por afuera pero desfigurado por adentro porque ya nadie lo habita y se lo ha adecuado para otros menesteres. En el 2010 se lo vendió a otra familia libanesa sin considerar que fue la última rémora de una herencia emocional que no supo conservarse. La propiedad quedó conformada por tantas hijuelas que ya se hacía imposible mantenerla o restaurarla para preservar la memoria familiar y, de alguna manera, agradecer a Guayaquil por haber acogido a tan insigne personaje como lo fue mi abuelo Esteban Antón. Es una pena no haber podido conservar este declarado Patrimonio Cultural de la ciudad. Esa construcción fue el orgullo de mi abuelo quien aprovechó la estancia en Guayaquil de un arquitecto italiano de apellido Rossi mientras éste levantaba otros tradicionales y representativos edificios de Guayaquil, como lo son El Telégrafo, la Gobernación, el Municipio y la casa de Víctor Manuel Janer. Mi idea íntima era lograr la restauración de este el edificio donde había nacido físicamente su hijo menor, José Alfredo Antón Díaz, en 1927, y convertirlo en un Museo del Emigrante el mismo que llevaría el nombre de Esteban Antón. Recuperar el edificio y recrearlo con el mobiliario de la época y reproducir los personajes en cera en sus distintos quehaceres. Museos privados de este tipo hay centenares regados en el mundo. Son monumentos a los recuerdos y además, en nuestro caso, un agradeciendo a la ciudad por haber sido tan generosa para toda la semilla que sembró aquel legendario emigrante en un Guayaquil tan fértil. Me hubiese gustado ser curador de ese pequeño museo. Nunca me atreví a presentar semejante proyecto porque temía o estaba seguro que me declararían loco. Mi Jefe, el único con capacidad de financiarlo, no fue ciertamente ni un filántropo ni un hombre poético ni un iluso romántico como quizás yo lo sea, sino un pragmático empedernido cuyo termómetro y fuerza vital estaban en sus negocios. Hice muchos esfuerzos para que aquel edificio no se vendiera y quedara en la familia. Los seres humanos somos como somos; y es así que el viento del tiempo se llevó esas ilusiones que plasmo aquí con cierto aire de tristeza.
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Y no se puede ser autodidacta sin agotar las vías al alcance. Mi abuelo, en su avidez por integrarse en la ciudad y conjugar su pensamiento universal, ingresó a la logia masónica, en la que fue un miembro destacado. Perteneció a la Logia Masónica Cinco de Junio; en ella desarrollaba trabajos y conferencias. Llegó a ser designado Maestro Miembro del Gran Consistorio grado 33. Lastimosamente él mismo pospuso la fecha en la cual debía recibir tal dignidad para el 10 de agosto de 1959, fecha en la que hubiese cumplido 72 años de edad. Falleció repentinamente dos días antes. Cerró por última vez su negocio a las siete de la noche, cenó y luego fue al aeropuerto a despedir a su hermano menor, Wadih quien viajaba a Estados Unidos muy afectado de salud. Mi abuelo murió trabajando y en pleno esplendor mental. Su hermano le sobrevivió diez años. El hecho de pertenecer a la masonería fue muy importante para el desarrollo de sus relaciones con las fuentes de poder intelectual y económico de Guayaquil. Así, y con su gran poder autodidacta, superó las barreras que a todo emigrante le toca afrontar. Muy destacadas personalidades de la época eran masones. En la Universidad de Guayaquil hubo fuertes corrientes liberales y/o masónicas en contracorriente del pensamiento conservador de aquel entonces, radicado en Quito, bajo la influencia fuerte y dominante de la Iglesia Católica. De eso no hablaba con nosotros el abuelo, y sus hijas todas fueron mujeres devotas, educadas con mucho apego a las prácticas religiosas. De mi madre Victoria doy fe, además, de su espíritu profundamente apegado a la oración que le ayudó en la abnegación altiva cuando le hizo falta y que la ayudo a sobreponerse. La masonería no era un tema de sobremesa en casa. Era un tema silente tal como dictaban sus reglas internas acordes con el manejo invisible y litúrgico del poder. En 1949, mi abuelo publicó un pequeño folleto que descubrí sesenta años después, denominado “Investigaciones sobre la Masonería”, dedicado en especial a su Logia Cinco de Junio No.2 Tres pergaminos daban testimonio del reconocimiento que tuvo en vida, pergaminos que por cierto estuvieron colgados en el corredor de la casa, cerca del comedor. Correspondían a tres condecoraciones: la del Gobierno Libanés, la de la Logia Masónica y la de la Sociedad
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Unión Libanesa. Como buen masón de aquella época construyó su mausoleo en el Cementerio General de Guayaquil donde reposan sus restos mortales. Una buena parte de esos hermosos mausoleos fueron de importantes masones de la época y urbanísticamente constituyen un aporte arquitectónico al tan distintivo cementerio de la ciudad. Esteban Antón era un gran lector y acuñaba segmentos de grandes autores, de conferencias y artículos de prensa internacional que consideraba relevantes. Eran temas preferentemente económicos. Hace más de cuatro décadas, es decir cuando me instalé en Guayaquil en 1968, logré rescatar sus cuadernos y, ayudado de un mimeógrafo, logré imprimir 100 ejemplares para repartir entre sus hijos y nietos. En el 2009 los he vuelto a editar luego de digitalizarlos para colgarlos en la web. ¡Bien se lo merece! Tuve realmente que volver a tipiar las 400 páginas porque las hojas ya estaba amarillentas y la tinta del mimeógrafo se empalideció como lo hacen los recuerdos. Entre los trabajos recogidos con temáticas económicas existen fragmentos de “El Contrato Social”, de J.J. Rousseau, algunos textos de Adam Smith, muchos artículos sobre el patrón oro y la economía mundial tomados de la prensa internacional. Todos ellos recopilados entre 1930 y 1940. También constan cuatro conferencias dadas por él respecto a la filiación masónica, el panismo y la masonería, a la paz duradera y sobre el pasado y el porvenir de estos temas. Salió del Líbano siendo un maestro de escuela, y realmente se doctoró con el esfuerzo y esmero que lo hace un auténtico autodidacta. La fortuna de mi abuelo se incrementó a raíz de la Segunda Guerra Mundial cuando supo abastecerse oportunamente de mucha mercadería venida de Manchester, Inglaterra, antes de que los barcos y submarinos nazis afectaran el tráfico marítimo y el comercio inglés. Mi abuelo estuvo abastecido porque olfateó la situación. Después de todo habría de vivir las dos grandes guerras mundiales y eso macera y forja. En Manchester estaban sus secretos y viajaba con relativa frecuencia en consideración a la época. Allí compraba los productos textiles. Luego proseguía eventualmente al Líbano. Fue un hombre cauto, justo, severo y esforzado. No era como el común de los libaneses que se llenan de espavientos y de gastos suntuarios así no más con el objeto de exhibir sus logros con más facilidad de
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lo que un pavo real exalta sus plumas multicolores. En los primeros emigrantes libaneses predominaba otro prototipo apegado más al de un comerciante esmerado aunque desinteresado del cultivo intelectual. Mi abuelo era culto y eso no era lo usual en los emigrantes de la época. Mi madre y sus hijos pasábamos dos meses en Guayaquil al año, haciendo coincidir con las vacaciones de la Sierra. Del 20 de julio al 15 de septiembre eran las fechas escogidas y volábamos en PANAGRA, un DC3 en el que por lo general el pasajero se mareaba. Yo con frecuencia vomitaba en una bolsa de papel acartonado dispuesta en el frente de cada asiento precisamente para ese uso. Mi abuelo infaltablemente estaba en el aeropuerto a recibirnos y era al primero que abrazábamos. Así fue como desde siempre conocí Guayaquil en aquellas épocas, aun cuando no era tan fácil ni frecuente para un quiteño de mi edad. Viajar al Puerto Principal era la excepción y no la regla. Mi abuelo me dio mis primeros trabajos en su tienda y me remuneraba bastante bien, como para que pudiese estirar esos dineros que prudentemente los estiraba hasta diciembre. Guayaquil, dinero; Quito, estudios. Esa fue la sinopsis histórica de la vida nacional y de la mía propia en la pugna eterna entre las dos principales ciudades del país y entre mi profesión y la manera de subsistir que me señaló o impuso la vida. En memoria a su persona, durante mi jubilación me dediqué, entre otras cosas, a armar un árbol genealógico de sus descendientes. Además levanté un blog para elevarlo a la nube informática y cultivar su memoria y rendirle un homenaje6.

La Carrión 442
Esa era la dirección exacta donde vi la poca luz primera aquel lunes lluvioso. La Mariscal era un barrio en conformación y destilaba los nuevos aires no coloniales que Quito iba tomando en sus ansias de convertirse en un largo chorizo geográfico o en un embudo urbano crónico e insoluble para su tráfico. Se trataba de una villa con techo de tejas, de construcción medio mixta entre ladrillos, adobe y madera, con jardines hacia los cuatro costados. Mi padre, orgulloso, contaba que había hecho una compra maravillosa de esos mil metros cuadrados de
6 http://estebananton.blogspot.com

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terreno, ubicados entre la avenida Seis de Diciembre y la calle Reina Victoria. Cuatro dormitorios, un solo cuarto de baño, una bonita sala grande y otra pequeña. Un comedor revestido de madera caoba. En el patio trasero teníamos un gallinero y se cultivaban hortalizas. Sus amigos emigrantes sean libaneses, sirios o palestinos, habían hecho algo parecido y así es que todos los “tíos” libaneses o sirios contemporáneos a mi padre habían fabricado un cerco de vecinos en alrededor de unas cinco manzanas. Salim Dassun vivía al lado derecho de nuestra villa; estaba casado con Razmiye, la mujer más pintoresca que conocí como aspecto y figura. Él era un excelente pastelero que vivía, como era obligatorio, de la venta de las telas. Los Hayek y mi inolvidable tía Salma, excelente artista de la cocina y nada parecida a la actual Salma Hayek, la que ha triunfado en el cine y que es mucho mejor conformadita que la primera con cincuenta kilos de distancia. José, su esposo, vivía como es lógico también de la venta de telas; era un regordete y buena persona, calvo y usaba sombrero. Y así puedo seguir enumerando cuadra por cuadra con la singularidad de que todos eran vecinos en la Mariscal, al igual que vecinos competidores en sus negocios de telas, ubicados todos ellos en la calle Guayaquil o Venezuela. Los Misle, los Kuri, los Chemali -aunque este último vendía sombreros-, los Thome, los Chediak. También eran vecinos en cuanto a sus almacenes ubicados en la calle Venezuela. Por eso, ahí, muy cerca en una esquina estaba el llamado Club Árabe donde se echaban sus obligatorias canitas de naipes y sus adictivos fuertes cafés turcos, asfixiados en humo, que trasladaban un poco de Líbano a ese franciscano Quito. Con un pretexto u otro, se reunían dos veces al día a la hora que se lentificaba el negocio que, a decir de las verdades, no tenían un ritmo muy vertiginoso que digamos. Con seis ventas al día ya se alcanzaba el objetivo. Las codicias eran limitadas, aunque el buen vivir burgués y la buena cocina los hacía verdaderos millonarios con simpleza. Nuestra casa de la Carrión es el nido de mis mejores recuerdos. ¡La infancia feliz es la que manda! Los amigos se constituían en aquello que en la Sierra se llama “jorga” y en la Costa “gallada”; es decir, por los vecinos de las edades escolares o colegiales que vivían en la zona. A la hora del silbido callejero, uno a uno mostraba poco a poco sus narices. Así transcurrió todo aquello que sucede en esas etapas de la vida,
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cuando la niñez y la adolescencia no eran tan precoces como ahora. Imagínense ustedes que la mayor parte del tiempo la pasábamos en bicicleta o detrás de cualquier tipo de pelota. La calle era la cancha para todo. El tráfico era tan ocasional que nos permitía disponerla como nos daba la gana sin realmente perturbar a nadie; se manejaba con placer y sin apuro sin el estrés que ahora se nota en las impacientes caras de energúmenos de muchos que conducen con sus pupilas ensanchadas por la furia. La bicicleta era todo a la hora de perseguir a los buses escolares de las colegialas de la zona. Ese era el momento en que descansaba la pelota y abandonábamos los aros de básquet atados en los árboles callejeros o las piedras que marcaban arcos de fútbol o las improvisadas sogas que simulaban ser redes de vóley una vez que atravesaban la calle apoyados sus extremos de cualquier rústica manera. Mi padre había plantado seis hermosos pinos afuera de la casa que, así como nosotros, fueron creciendo casi sin hacerse notar por nadie. Con el tiempo, esos árboles daban bastante sombra, que servía para que él parqueara su flamante automóvil De Soto 1948 (que reemplazaba al Packard 1943), y lo resguardara del sol de la una de la tarde, hora en la que, puntualmente, Bichara Raad regresaba a descansar y a almorzar con todos nosotros. Ya éramos seis quienes habitábamos en la casa, pues mi hermana Madeleine nació seis años más tarde a ese lunes mío, y mi hermano Jean, el último, con diez años de desventaja sobre la primogenitura absoluta de Tony. En aquel tiempo se hacía la doble jornada, y de la escuela y del colegio se daba descanso para ir y regresar a casa. La siesta era inevitable y, mientras tanto, esos enormes pinos frondosos daban sombra refrescante al auto que esperaba volver a rodar a las tres en punto de la tarde. Todo iba normalmente transcurriendo hasta que se mudó al frente, a una villa ya de dos pisos con algo de cemento armado, un oficial chileno que tenía unas bellas hijas adolecentes algo mayores que nosotros. Era un agregado militar que daba clases en el Colegio Eloy Alfaro. Este señor militar de nombre Augusto era un tanto prepotente porque ni contestaba el saludo siquiera ni le gustaban nuestros juegos callejeros de pelota. Ni sonreía. Total que tomó la costumbre de parquear su vehículo utilizando
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la vereda de enfrente, al pie y bajo la sombra de los pinos sembrados por mi padre. Y ahí un buen día se armó la grande. Eso sucedió aquel mediodía cuando, rompiendo la puntualidad, ese señor que engendró mi vida llegó un tanto atrasado por una venta gorda de damasco que le costó trabajo cerrar, y se encontró con el militar aquel. Augusto Pinochet era su nombre completo. Estaba acomodando su vehículo justo al frente de la puerta principal de nuestra casa en el lugar VIP, donde los rayos del sol menos penetraban gracias a esos frondosos pinos sembrados por mi padre. En verdad había lugar para seis vehículos con más o menos el mismo beneficio en cuanto a la protección solar, pero cuando Bichara Raad entraba en cólera todo el mundo se enteraba o se debía enterar. “¡Quítate de mi sombra!”, gritó mi padre a voz muy alta y muy templada. Si no hubo trompones fue porque ambos respetaron la pinta y vestimenta que cada cual traía. Total que el incidente quedó superado cuando el edecán del militar chileno retiró aquel vehículo unos cuantos metros para atrás, lugar donde siguió aparcando hasta que, para buena o mala suerte de los chilenos, regresó a su tierra natal al encuentro con su destino. El incidente se me grabó en la mente y lo asocié a cierta anécdota estudiada en la clase de Filosofía, que tanto me gustaba y que narra cuando el emperador Alejandro Magno se acercó a Diógenes, el pensador griego que se encontraba sentado en la calle a modo de pordiosero, si podía hacer algo por él. El personaje le respondió sin inmutarse: “No, tan solo que te apartes porque me tapas el sol”. Mi padre no quería el sol, sino la sombra que había sembrado y que le tomó años poder disfrutar. Tiempos aquellos, tan simples y sencillos. El problema ahora es encontrar parqueo o encontrar siquiera árboles en la gran ciudad. Eso no lo solucionan ni los guerreros ni los filósofos ni las frases ni las armas, ¡Cómo han cambiado las cosas irreversiblemente! En los tiempos actuales, los pinos en Quito no crecen ni son frondosos. La gran ciudad los ha devorado y asfixiado. La clorofila emigró a causa de los tubos de escape y de los malos tratos urbanísticos. ¡Una pena! Esos seis pinos constituían nuestra guarida: Nos trepábamos en ellos al principio para fumar hojas secas, porque de la existencia de la marihuana nada sabíamos. Ahí subidos y ocultos, de a poquito, espiábamos a las hijas del militar chileno que de vez en cuando no
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cerraban bien las cortinas a cuenta que nuestra casa era más bajita que la de ellos de dos pisos y que, al final de cuentas las ramas frondosas las ponían a buen resguardo. Apenas vimos algún corpiño, o lo imaginamos ver, creo. Era divertido. De esos recuerdos ahora disfruto más todavía a sabiendas de lo riesgosa que fue la aventura tal como los chilenos pudieron comprobarlo años mas tarde. Eso se daba cerca de las nueve de la noche, hora cuando sonaba el toque de queda impuesto por nuestros padres. Toque de queda que, años más tarde, Augusto Pinochet nuestro vecino, impuso en todo Chile para disciplinarlos a todos. Creo que podría decirse pintorescamente que mi padre influyó en los chilenos más de lo que algunos pudiesen suponer. Veinte años más tarde fui a Quito con casi el exclusivo propósito de recoger mis pasos y con necesidad de tocar y oler de cerca aquellos recuerdos sintetizados en esos seis hermosos pinos grandes y frondosos. Me encontré con la pésima sorpresa de que los habían destruido, llevándose así un gran tesoro de lo que de mi adolescencia quedaba. En esos troncos había esculpido con esmero corazones, flechas y nombres que atestiguaban el primer beso, las ilusiones y amoríos de esa época tan bella, tierna y ya fugada. Para colmo, pocos años más tarde toda la casa de la Carrión 442 donde yo vi la luz primera un día lunes cualquiera, desapareció en un incendio. Un Chifa de mala muerte reemplazó a la villa esplendorosa a la que nunca tomé una foto. Cuando ocasionalmente paso por esa calle tan metida en mis entrañas, miro al lado contrario para ver la casa de Pinochet; por si acaso reaparece ante mis ojos aquel corpiño que tantas ansiedades nos causaba cuando, por la noche, fumábamos hojas de árboles pinos ya ausentes para siempre, trepados en las ramas esas. Siento todavía el añoro de la espera de alguna visión generosa de esas chilenas que nunca nos voltearon a ver siquiera. Desapareció todo. Del paisaje y del barrio nada queda. Los recuerdos, empero, intactos viven y palpitan dentro de mis sienes y aquí los plasmo en homenaje a la felicidad que aún aflora de aquellos tiempos ya extintos para siempre. Me acuerdo de todo, menos del nombre de esa niña esculpido en la mitad de un mal dibujado corazón en ese asesinado árbol de pino. Un intento de primer amor débil y pasajero. Es que en aquellas etapas de la vida, el amor no era tal cosa, sino el deseo de vivir y saborear lo que estaba por delante. Ahora, sesenta años
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después, no es precisamente así. Somos estatuas de sal contemplando el pasado que sirve de nutriente como las raíces enterradas. Ahora, de viejos, somos entes pragmáticos y conscientes que, haya lo que haya, hay poco por delante en cuanto a nuevos sabores que arrancar a la vida. Ahora simplificamos y escogemos del pino, la madera; de la madera, la leña; de la leña, el fuego; del fuego, esa cocción humeante que revive los recuerdos de esos sabores que brinda la vida cuando sabíamos que todo estaba por delante.

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DE LA INFANCIA, NIÑEZ, ADOLESCENCIA Y PRIMERA JUVENTUD

Dios y religión
La religión está inmersa y es omnipresente en la humanidad, histórica y geográficamente hablando. Por alguna razón debe haber esta constante. Posiblemente por el peso que tiene el misterio de la vida que lleva inherente el concepto de la muerte y la no explicación de lo que sucedió el antes y después de esto que se conoce como vida terrenal. No hay sociedades ateas. Hay ateos, hay agnósticos: los unos dicen negar a Dios y al hacerlo están ratificando la existencia del problema; los otros simplemente han adoptado por la vía más fácil, es decir exteriorizar una aparente indiferencia o una gran comodidad ante la duda. Producto de esas inquietudes existenciales que produce el concepto enigmático de la muerte, nacen y surgen las religiones como un mecanismo de búsqueda dentro de un conjunto social. Y como las religiones convocan ante una misma angustia, captan fieles y el consecuente apoyo material para su subsistencia. Como los humanos somos frágiles, los sacerdotes se convierten en líderes espirituales corriendo el peligro de perderse cuando palpan y cultivan el poder terrenal que, inevitablemente, adquieren a causa de esas angustias. Es así como surgen estas expresiones de poder en forma de basílicas, templos, mausoleos, pirámides, así como por el lado del poder político se fueron construyendo palacios, castillos y monumentos inspirados y financiados por las conquistas, batallas, guerras y luchas por mas
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territorio, más riqueza y más poder en un espiral que nunca acaba. Así lo fui entendiendo conforme maduré intelectualmente. También entendí que tener una religión es una buena opción en la búsqueda del equilibrio emocional frente a ese fantasmal misterio de la muerte y la falta de respuestas racionales que calmen las angustias que produce. Ser biodegradables no significa que lo espiritual no exista, sino más bien que hay un misterio a descifrar que explique la razón de ser de esa energía que vibra en nuestro interior en las complejas maneras de expresión como son el raciocinio, la inteligencia y la capacidad de acumular conocimiento. La energía se transforma y no se extingue, por lo cual realmente no existe la muerte sino la biodegradación corporal. Pero queda el resto, lo que llamamos alma por ser impalpable. Nunca me resigné a ser tan poco, es decir un simple desperdicio corporal. Tampoco creer en Dios me significaba un sacrificio mayor que el de vivir sin Él. Esas fueron mi conclusiones ya adultas, pero antes de ello fui monaguillo, más por mi pinta angelical que por mis propios deseos. Además en la sacristía robábamos el vino antes que éste fuese consagrado, tal como nos lo advirtió el padre Michelena. Mis padres eran católicos, mis profesores lo fueron, mis amigos también. Nada que discutir. Nunca me compliqué analizando si mi religión es la única verdadera. Todos los caminos conducen a Dios y la religión es tan solo un buen camino, pero tampoco el único. Sea por herencia cultural, por haber nacido en un lugar y tiempo determinado o por cualquier otro designio, yo estaba destinado a ser un buen católico. No veía nada de degradante en tener una orientación religiosa, tal como actualmente hay muchos que creen degradante. Si la religión es el opio de los pueblos, tampoco le hace tanto mal como los políticos faroleros. Conforme uno se hace adulto, se plantea preguntas para descifrar acerca de qué es la fe. La fe es un don, y creo que por eso no podemos entendernos cuando discutimos sobre estos asuntos que suelen encenderse y que muchas veces es mejor evitarlos. La fe es un estado de entrega o una mística que eleva, mientras la falta de fe es un reniego, una suerte de rebelión contra tampoco se sabe qué. Para los de la vereda de enfrente, la fe es una forma de llenar un vacío sin acudir a la razón como si la razón alcanzara para entender la vida. Resumiendo, en mi caso concluí que es mejor creer y que con ello me siento mejor por
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dentro. A quienes la fe atormenta, deben buscar un nivel de tolerancia para con quienes sí la tienen. Lo que no se debe hacer por estas razones es entrar en discusiones al respecto porque es imposible entenderse ya que ninguna de las dos posturas puede probarse. Las dudas y fragilidad en los católicos vienen por eso de la culpa. La culpa es de la culpa, solía yo pensar a la hora de golpearme el pecho tres veces seguidas recitando en latín el mea culpa. Que si nacemos con el pecado original es algo que tampoco me hacía sentido. Si nacemos con cero kilómetros de maldad, ¿por qué vendrían luego las tentaciones? La culpa fue de Adán porque se comió una tremenda manzana que Eva, la mujer más bella del mundo en ese entonces, le brindó generosamente. ¿La serpiente? Creo que es el pene. Y si no era así, ¿cómo se hubiese reproducido la especie? Esas preguntas nunca tuvieron respuestas ni en la clase de catecismo, religión ni, incluso, en las de teología que debí tomar tanto en el Colegio San Gabriel como en la Universidad Católica a propósito de la cátedra de Derecho Canónico. Mi Primera Comunión se celebró ruidosamente y no dentro de casa ni en la linda capilla de la escuela Pedro Pablo Borja 2 donde cursé la Primaria, es decir los seis niveles iniciales. Se les ocurrió organizar una gran Misa Campal a propósito de la apertura del Congreso Eucarístico Nacional. Y así, pisoteados, estrujados, en medio de millares de personas, fuimos todos los querubines de Quito a recibir nuestra Primera Comunión. El evento se realizó en el Estadio del Arbolito, donde se jugaban los partidos de futbol de aquel entonces, frente al Parque El Ejido, al lado opuesto del que el oscurantismo religioso de cincuenta años atrás inspiró la hoguera que incineró a Eloy Alfaro luego de su arrastre, mentalizado por las fuerzas conservadoras que se suponía eran católicas y muy clericales. Se declaró al estadio “Campo Eucarístico” y ahí nos agolpamos miles de padres, hijos, sacerdotes, fieles, vendedores de fritada y los demás convocados por la curiosidad exaltada por la prensa dada la excepcionalidad del evento. Es de anotar que la prensa era muy conservadora y curuchupa. Así me recuerdo ese domingo 16 de junio de 1949, vestido con pantaloncitos cortos, un corbatín al cuello y un enorme lazo blanco que me caía del hombro hasta cubrir todo el antebrazo. Una velita en una
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mano, pese al viento, debidamente adornada y en la otra un flamante misal blanco con empaste blindado de nácar. Era tal el caos que reinaba, que nadie sabía cómo llegar donde el Cardenal Carlos María De la Torre pues, según nos habían dicho, él mismo y en persona nos consagraría con ese Sacramento para el cual con tanto esmero nos habían preparado. Claro está que el futuro primer cardenal del Ecuador, quien en ese entonces tenía 76 años de edad, se cansó tan solo de leer el larguísimo mensaje que nos mandaba el Papa Pio Xll a todos los ecuatorianos. Total pillé por ahí a un cura cualquiera y, halándole la sotana, le pedí que me brinde la primera hostia consagrada de las muchas que recibiría durante mi vida. Ni alcancé siquiera a arrodillarme para evitar ser pisoteado por quienes esperaban su turno. Así mismo pillaron la cartera de mi padre. Eso quedó asociado en mi mente pues durante el desayuno posterior que reunió a la familia para festejar y, además, para matar el hambre -en aquella época, se debía comulgar en estricto ayuno desde las 12 de la noche anterior- , se habló más del tema de la billetera robada que de lo principal que era mi Primera Comunión. Me regalaron aquel misal con tapa perlada y lindos impresos a colores en sus páginas interiores que constituye una joya de los recuerdos extraviados que puedo todavía describir con absoluta precisión. En compensación guardo y conservo como tesoro en el baúl de los ayeres, el misal que a mi madre regalé años después sobre el cual ella rezó devotamente durante los millares de misas que acudió y en el que, además de las estampas de innumerables santos, están todavía las fotografías, una a una, de sus cuatro hijos a quienes ella procreó y vio crecer. Hubiese querido recibir aquella Primera Comunión en la intimidad y recogimiento que ofrecía la capilla de la escuela lazarista regentada por Monseñor Manuel Andrade Reimers quien, dicho sea de paso, fumaba como loco unos cochinos cigarrillos amarillos de marca Progreso, fabricados en el país, y que acumulaba por decenas en un cenicero primero, y por centenas en el vecino tacho de basura ubicado al lado de un desordenado escritorio. Solo dos veces entré en su despacho y hasta ahora recuerdo el fuerte y encerrado olor a nicotina que lo transportaba en la sotana. Por mi pinta angelical, rubio, de tez clara y flaquito, fui monaguillo de muchas, muchísimas misas. Me encantaba aventar el incienso y
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me empalagaba con ese aroma de antigüedad. Por esa razón debía aprender de memoria las frases en latín necesarias para acompañar la misa. A la hora de llevar la patena me fascinaba ver comulgar a las chiquillas bonitas y en eso mi imaginación volaba. Siempre me adherí voluntariamente a ser un buen miembro católico, apostólico, romano y pecador, pues si renunciaba a mis debilidades humanas, ya la religión no me serviría para nada. El lío emocional se me armó años después luego del Concilio Vaticano Segundo, cuando todo se revolvió y se trastornó en mis adentros. Los ceremoniales ya arraigados fueron modernizados y se produjo, además, como acto reflejo, un impetuoso destape sacerdotal, acelerado y convulsionado por otras fuertes corrientes libertarias que estallaron durante esa década cuando los Beatles cantaban bajo la inspiración de aquel grito de hacer el amor y no la guerra proclamado por los hippies. Fue imposible evitar ser afectado o influido por esas fuertes corrientes que proclamaban el relajamiento de las costumbres sexuales, el desacato a la autoridad y el rechazo a las generaciones mayores de los treinta años de edad. Toda esa rebeldía alentaba a su vez a la proliferación del consumo de drogas utilizadas estas como un refugio espiritual que nada tenía que ver con la religión. Creo que nuestra generación, aquella formada bajo la anterior y ya narrada circunstancia educativa, quedó decapitada en medio de tantas nuevas influencias tecnológicas que tuvieron un efecto desbastador en nuestra emocionalidad, tal como lo preanunciaba el escritor futurista Alvin Toffler en “El Shock del Futuro”. Para esa década de los sesenta, parte de la cual pasé en Europa, este shock del futuro se me hizo presente, revolcándome del todo. Finalmente hago un resumen substancioso de mis actuales posturas ante un tema tan importante como el que he planteado y que lo hago para crear un marco de referencia a una biografía sincera. Dios, religión y muerte van de la mano, y hay dos opciones: o no te preocupas del tema y lo rehúyes, o lo afrontas. Para afrontarlo es mejor, para mi forma de ser, hacerlo dentro de una organización, que es la religión. Y entre tantas religiones, Dios y mis padres me ofrecieron la católica. Partiendo de ese punto de vista no hay conflictos emocionales entre las distintas
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religiones: todas buscan lo mismo. Se trata de ser una buena persona, no hacer daño a terceros y de interiorizarse espiritualmente, lo cual iba muy bien con mi estilo. Como soy racionalista, tuve mis problemas para aceptar los sermones tal como los dicen en el púlpito y en la escuela de forma repetitiva, cansina y uniforme. Para los otros que quieren discernir sobre los temas de fe, está la Teología, cosa que no es de alcance popular sino de grupos selectivos por su nivel de interés y preparación en el tema. En algo de eso me metí cuando algunos colegiales nos organizamos para pararnos a la puerta de los templos evangélicos que comenzaban a penetrar en Ecuador. Era bueno en Filosofía y me gustaba debatir. Fui activista, jamás seminarista, ni estuve tentado quizás por ser tan contestatario y convencido que no podría practicar el celibato y peor la castidad. El sexto mandamiento es el que da problemas. Para los efectos de este trabajo quedemos en que soy católico practicante, apostólico, romano, pecador, temeroso de Dios. El tema religioso es vital en la biografía de uno y tocarlo en mi caso es inevitable si se trata de presentarme a mí mismo tal como fui y soy todavía, sin perder nunca esa dosis de racionalismo que impide caer en el fanatismo. Observé, conforme me fui haciendo viejo, que aquellos que proclaman que la religión es el opio de los pueblos, en su buena mayoría son propensos a la marihuana y les molesta que se los diga. Formé a mis dos hijos bajo el catolicismo, mi mujer es católica y además romana, romana de verdad. Espero que la tradición se continúe y que toda mi descendencia tenga conciencia de que el tema de la religión no se debe escabullir sino que se debe afrontar con sinceridad y sin vergüenza. Más felicidad terrena se adquiere por ese camino del temor a Dios que negando su existencia. Solamente cuando traspasemos la línea de la vida descifraremos el misterio. El sexo no es el pecado original y es el mejor éxtasis terrenal que podamos alcanzar. Es la mejor terapia para varios tipos de neurosis. La religión no es mala si uno es bueno, ni uno es necesariamente bueno por seguir tal o cual religión. La religión es un método, un camino que ayuda a pavimentar este camino espiritual si queremos recorrerlo. Dios existe y es mejor que sea así. Su existencia no hace mal a nadie. No causar daño a los demás y amar al prójimo es un mandamiento universal que debe procurar toda religión. Cuando la religión causa daño deja de ser tal. Ese es el caso de las guerras religiosas, de la inquisición y los abusos cometidos por
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seres humanos durante la búsqueda de poderes materiales. También considero que el ámbito clerical o religioso no debe entrometerse en el mundo de la política ni en los asuntos del estado, y viceversa. Me siento mucho mejor si mis gobernantes practican alguna religión pues confío que a ellos Dios los iluminará mejor cuando estén en contacto con su limitación existencial. No creo que los curas pederastas ni los malos sacerdotes deben ni puedan afectar la fe ni mis creencias. La religión no es sino un camino por donde es adecuado transitar si uno se siente débil y humano. Únicamente la arrogancia humana puede tapar a Dios con una mano aunque muchas veces es el dinero el que ciega.

Acontecimientos en la escuela
Siempre me fue mortificante eso de los desfiles escolares de aquella época. A diminutos pasos marciales y uniformados de gala para exhibirnos en las calles de esa franciscana ciudad nublada y temerosa del pecado. Primero el cachiporra engalanado, haciendo piruetas y robando la atención de la gente aglomerada en las veredas y de los inevitables vendedores ambulantes que hacían su tarea con más afán que nosotros los “desfilantes”, que es como deben llamarse los estudiantes obligados a marchar como si estuviésemos en guerra. Bum, catapum, pum, pum, resonaba de ocho o más tambores con cintas doradas que chorreaban por sus lados. Seguían los instrumentos de aire para darle realce al evento desarrollado en el estrecho centro de la ciudad, de ese Quito tan bello, cuando el tráfico no lo desfiguraba todavía con tantas cicatrices y remiendos. La cachiporra, los portadores de banderas y los de la banda musical se ganaban los aplausos. Los abanderados, a la hora del desfile, eran los más altos y poco importaban sus buenas o malas calificaciones. Atrás, y a unos ocho metros de distancia, aparecían los estudiantes escolares y colegiales en escuadra de a cuatro, seis o de ocho. Primero los de mayor estatura y así descendíamos en orden degradante. Yo prefería las escuadras de a cuatro para ver si no me tocaba la última fila. La mayoría de las veces, en vano. Inevitablemente, terminaba en la última fila disputando por milímetros para quedar señalado como el más chiquito de todos. Y yo me auto justificaba a cuenta de que era el menor de mi clase habiendo nacido en agosto, legalmente me correspondía estar matriculado en la promoción siguiente. Tampoco hubiese variado mucho la cosa. Dos centímetros más no me iban a mejorar el escalafón en el desfile. ¡Cachiporrero, jamás! Pequeño y para
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colmo menudito, rubio tendiendo a paliducho, sin aire marcial como para intentar romper la admiración de nadie ni espantar a los peruanos en la posible trinchera. ¡Tumbes, Marañón o la guerra! Así nos educaron, odiando a los peruanos e incendiándonos por dentro. Los nuevos aplausos se concentraban en el siguiente cachiporra que precedía al colegio que nos seguía pisándonos los talones y robándonos otra vez todas las miradas que los chaparritos requeríamos para darle sentido o justificación a eso de marchar por las fiestas patrias. ¡Vaya lata! El militar que nos entrenaba en los recreos en eso del un, dos, tres cuatro para marcar el paso, nos inculcaba fiereza; realmente me resultaban aburridos esos ensayos que militarizaban nuestras mentes. En alguna ocasión nos dieron fusiles de madera que nos hicieron sentir listos para la guerra de verdad con bayoneta y todo. Durante las largas horas que duraban aquellos aborrecibles desfiles, yo imaginaba cosas y pensaba respecto a la ventaja que significaba ser chiquito en caso de real combate. Si uno ofrece menos bulto, el rival debería tener mejor puntería; y al contrario. Los grandotes, por lógica, deberían morir primero. Creo que eso es lo que estaba sucediendo en la guerra de Corea cuando Estados Unidos luchaba por defender el paralelo 38 como límite para sostener su influencia en esa zona geográfica. Los gringos, enormes de tamaño, no podían con los pequeños coreanos ocultos y ágiles que ofrecían mayor resistencia de la que se esperaba. Años más tarde en Vietnam se volvería a probar mi teoría. Así, sin querer y durante esos humillantes desfiles paramilitares, cuando dizque rendíamos homenaje a nuestra patria, comencé a trazar las estrategias para obtener las compensaciones necesarias y sustituir de cualquier ingeniosa manera mis falencias físicas frente a los fortachones que acaparaban cachiporra, banderas, bandas de guerra, primeras filas y aplausos. Sin duda que si se trataba de matar al enemigo, el primero en caer bajo el fragor de mis balas sería el cachiporrero que venía atrás mío siguiéndome los pasos y robándose mis aplausos. Eso en caso de guerra, pero mi imaginación volaba para aplicar mi estrategia en las batallas cotidianas, esas minúsculas que se nos presentan día a día. Una mañana, al finalizar el recreo, un compañero también blanquecino aunque el más alto de la clase -y de clase social también más alta- me empujó con desprecio de tal manera que caí malamente
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sobre mi espalda. Todos se rieron de la forma gritona como los niños se ríen para sacar a relucir su burla sobre cualquier ridículo ajeno. No sé si por habilidad o suerte supe reaccionar, entreveré mis patitas en medio de sus rodillas y sus muslos y, yo desde el suelo, lo hice perder el equilibrio y caer de espaldas. Me levanté rápidamente y me puse a saltar como sapito en su cara y pecho hasta hacerlo llorar abiertamente. Estaba yo rojo de la furia y había logrado ganar mi primera pelea con el más alto de la clase, y para colmo de apellido León. No me castigaron a cuenta de que les resultaba inverosímil y no querían agrandar la historia ni sentirse cómplices de encubrir la vergüenza ajena. Dos días después me nombraron presidente del Tercer Grado A. Así saque mis primeras conclusiones prácticas en la escuela de la vida; así también se explicaría luego por qué no evitaba pelear con los más grandes, y no solo de puños cuando chupé algunas palizas, sino en el mundo literario en el que también, ya de adulto, me dieron y di con fuerzas y ganas. David y Goliat siempre fue mi pasaje bíblico preferido. No recomiendo nada ni doy consejos a nadie. Cada cual debe resolver su problema de la manera que sus circunstancias le vayan orientando y muchas cosas dependerán de la buena o mala suerte. Nunca olvidaré esa primera pelea; y desde ese instante estuve seguro de que tampoco sería la penúltima y mucho menos la última. Jamás pude repetir esa maniobra de entreverar mis piernas desde el suelo para lograr tumbar a nadie. Ni me volví a atrever siquiera, salvo una vez que me armé de una botella y la rompí contra la mesa para afilar los vidrios y demostrar mi determinación atemorizante. Funcionó como golpe de efecto, y me alegro porque mi aparente valentía llegaba solo hasta ese punto. La aventura vital está llena de improvisaciones y suerte. ¿Buena o mala suerte? ¿Quién lo sabe? Y así, de a poquito, todo se va concatenando; mil eventos, otros mini eventos, hasta conformar una biografía o un destino. Lo importante es darse cuenta de esos momentos mágicos determinantes y, cualquiera sea la consecuencia inmediata o mediata, se debe reconocer los hechos que, se cree, influenciaron para vivir con pleno sentido existencial y con los pies sobre la tierra; es decir consciente de las propias falencias, debilidades y fortalezas. Si se me ha ocurrido narrar esta tempranera pelea escolar es porque
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refleja que fue toda una lección de vida que, sesenta años después, todavía flota en mi memoria. Ya en la secundaría, cuando tenía mis terribles 15 años, desafíe a los puños nada más ni nada menos que a Felipe Chemali, el mejor “trompón” del colegio, luchador profesional y con unos cuantos años encima ya que reiteradamente repetía los cursos. Esa vez usé también la astucia. Luego de que lo encolericé con una violenta y sorpresiva patada en sus testículos, tuve la prudencia de armar un gran embrollo para darle tiempo a mis compañeros de impedir que me descuartice. Lógicamente había calculado que un cura inspector se hallaba relativamente cerca y que, ante el bullicio, acudiría sea como enfermero o como responsable de la disciplina. Como yo era el aplicado y Felipe no precisamente brillaba sino por su capacidad de pelea, nunca fui castigado ya que realmente provoqué el incidente en desquite de otros constantes atropellos físicos del que era víctima a modo de juego. Finalmente quedamos de amigos y dejó de molestarme. Incluso nos sentamos en la misma banca donde yo le hacía sus exámenes y por eso él me respetaba. Felipe se fue a vivir a Estados Unidos y nunca más lo he visto, aunque siempre lo recuerdo y de eso aquí dejo la constancia. La experiencia no está en lo que a alguien le sucede sino en cómo se resolvieron aquellas situaciones, negativas o no, a las que se saca el mayor provecho debido a que se logró obtener fuerzas de las propias flaquezas. De eso se trata el pasaje bíblico de David y Goliat que siempre tuve presente. Los Goliat deberán aprender a no menospreciar a nadie y los David deberán atreverse a descifrar o encontrar los resquicios favorables para compensar las diferencias. Recuerdo también otra anécdota de la que salí airoso por pura astucia. Eran épocas de pantalones cortos, y ya el reloj, mejor dicho el sonar de la campana, había marcado las cinco de la tarde. En un banquito alargado y de madera del Pensionado Borja 2, donde cursé la escuela, debíamos esperar a que vinieran a recogernos. Cursaba el primer grado y mi hermano Tony el segundo. Mi estómago andaba flojo como solía con frecuencia estar a causa de una enfermedad que tuve desde siempre y de la cual nos ocuparemos constantemente a través de estos relatos. Total no pude contener los esfínteres, así que me aislé unos cuantos pasos para camuflar la “obvia” consecuencia. La mierda licuada comenzó a dejar su huella no solo en el olfato sino en
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el mismo piso a causa de los pantaloncitos tan cortos. Los compañeros, encabezados por mi propio hermano, comenzaron a seguir la pista de esa maloliente marca dejada en las baldosas. Irremediablemente, darían conmigo, así que opté por hacer lo que estaban haciendo los demás; me coloqué estratégicamente en el último lugar de la fila que se formó para seguir la pista y dar con el culpable. Éramos ocho detectives sin lupa que mirábamos el suelo siguiendo una huella que comenzó a dar vueltas en círculo ciego. Cuando llegó Marco, el chófer de la casa, salí de prisa sin dejar más pistas de las que había camuflado ingeniosamente. ¡Uf! Qué alivió llegar a la casa sin que nadie se diese cuenta aparte de mi hermano y de Marco que ya, dentro del auto, no podían ser engañados. Me salvé así de ser objeto de burla escolar a causa de una inevitable cagada. Hice jurar a mi hermano su complicidad eterna que la cumplió cabalmente. El fútbol en mis condiciones atléticas me costó sangre, sudor y lágrimas. Sangre por las hemorragias nasales espontáneas y golpes recibidos, sudor porque corría con ímpetu hasta el agotamiento final, y lágrimas cuando me sacaban del equipo principal y me ponían en la suplencia y alejado del balón. Estas pequeñas situaciones y tantas otras que podrían narrarse son parte de las experiencias escolares que se ponían más en evidencia a la hora del deporte: ser competitivo sin condiciones físicas resulta un problema que hace referencia a la sangre, pues sangre salía cuando, jugando al futbol, iba ciegamente al golpe de piernas contra los grandes. Así aprendí a poner garra, ya que el deporte y en la vida lo importante es competir para pasarla bonito, y sin garra no hay diversión.

El miedo al ridículo y el arte de sacarle provecho o vencerlo
Uno de los grandes obstáculos que se debe sortear en la vida, especialmente cuando se es adolescente, es el miedo al ridículo. Es decir, la timidez que impide actuar con espontaneidad. Resolver esta situación es un momento mágico y determinante en la elaboración del destino. Si no se lo hace durante la adolescencia será mucho más difícil después. Quien no resuelve este problema quedará atrapado por el qué
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dirán y así no vivirá su propia vida sino la que se la impusieron los demás. El miedo al ridículo es la causa de esa timidez crónica, no su efecto. Es terrible quedar inhibido o impedido de actuar bajo las reglas del libre albedrío y con la correspondiente espontaneidad creativa. ¿Cómo vencer este freno natural que nos reprime por simple y muchas veces supuesta presión social externa? No hay recetas y cada quien deberá encontrar una propia solución, adecuada a cada caso. Pero hacerlo debe entender primero que el freno social es algo totalmente subjetivo y que, por tanto, el ridículo se trata de una actitud de rebote dentro de uno mismo. Ellos reirán y se olvidarán o no, pero si la burla ajena e impide desarrollar una acción o causa inhibición, quien habrá perdido es uno mismo. Todo es cuestión de asumirlo y practicarlo sin enfado, una vez que se entiende que si no se lo hace no se podrá vivir a plenitud ni lograr un mejor desarrollo de la personalidad. Hay que forjarse con libertad y no dependiendo del qué dirán. A ese qué dirán es al que hay que tenerle miedo porque no nos permitirá ser auténticos. Tarde o temprano, y lo peor sería que nunca, se debe entender que el miedo al ridículo es lo más ridículo que puede sucederle a uno, mucho peor aún si se constituye en un estilo de vida que es lo que frecuentemente sucede si no se lo corrige a tiempo. Y el mejor tiempo, es la adolescencia. Quizás en algún momento alguien podrá considerar a alguien extravagante o raro pero, a cambio, es decir en represión, no se habrá disfrutado de la vida al rigor de la propia personalidad, de la imaginación y libertad de cada uno. No siempre el miedo al ridículo es negativo, si acaso se lo usa para obtener otro tipo de beneficio. Como buen serranito de aquella época ni traje de baño tenía. Iba junto a mi madre y hermanos a Guayaquil para visitar a los abuelos y a las tías. Eso sucedía invariablemente todos los años durante las vacaciones escolares que en Quito tenían y tienen todavía un calendario diferenciado por el tema del clima. Me resultaba delicioso pasar esos meses de agosto y septiembre en el trópico. En Guayaquil vivía el grueso de la familia materna y paterna; y por eso los primos eran abundantes y para todos los gustos o disgustos. Los domingos íbamos a la piscina del Hotel Humboldt, ubicado en pleno Malecón. Era el mejor hotel de la ciudad de aquel entonces, y es una
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pena que terminó convirtiéndose en guarida, bodegas y pequeñas almacenes para atender a lo que se llegó a denominar “La Bahía”. Con el traje de baño prestado por mi primo, el más alocado de todos los 30 que fuimos por el lado materno, exhibía mi escuálido y no alargado cuerpo adolescente intentando aprender a nadar en esa piscina hotelera, pequeña aunque decorada y ambientada a sus cinco estrellas de la época. Vaya que resulta pavoroso no aprender a nadar de niño pues vencer el miedo al agua, igual que al ridículo, se hace cada vez más difícil conforme agarran los años. Igual sucede con aquello de montar en bicicleta en lo que sí era diestro y arrojado. Y en eso estaba, procurando vencer el miedo y aprender a nadar en esa segura piscina rodeado de primos que nadaban como peces. Cuando de pronto entraron tres hermosas hermanas que acababan llegar del Líbano. Tres bellas jovencitas eran las hermanas Aivas Bucaram. Ya las había visto de lejos y me enamoré brutalmente de la última de ellas porque la intermedia era demasiado, demasiado bonita y ya había prendado a un centenar de corazones de jóvenes ya desarrollados en sus barbas y no lampiños como demostraban mis piernas, brazos y, por supuesto, la cara. Amor a primera vista tan solo de mi lado. Ella jamás, estoy seguro, se enteró de nada aunque mi primo aquel que era el dueño del traje de baño, ya lo percibía porque también a él aquella libanesita le gustaba y veía en mí un posible contendor. Y Nuno, así es como lo llamamos siempre sin saber ni la razón ni el motivo, no solo nadaba sino que hacía piruetas en la tabla y se zambullía espectacularmente las veces que quería. Yo, en cambio, me metía despacito por las gradas aferrándome al filo de cemento porque sumergirme me causaba un pavor indescriptible. Cuando las tres hermanas salieron de los camerinos en sus sendos trajes de baño, yo estaba parado y distraído con la boca abierta contemplando semejante triple maravilla. Entonces mi primo aquel que resultó a la larga la oveja parda por sus terribles andanzas, me empujó de sopetón, yendo yo, desprevenido, a parar en lo más profundo de las aguas sin que hubiese de dónde asirme. Resultaron los segundos más aterradores y largos de mi vida, porque durante ese ínfimo lapso debía resolver cómo no hacer el ridículo ante las bellas libanesas. “Debo salir airoso”, me dije, y por instinto no tragué agua sino que contuve la respiración y di los manotazos para llegar airoso al borde de cemento. Salí con la agilidad que siempre tuve, y, mirando a mi damita con ojos
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de héroe empedernido, tomé fuerza de flaquezas y subí a la tabla esa que impulsa en el salto al agua. Me lancé en un terrible acto de audacia que sorprendió a todos, menos, por supuesto, a mi damita; ella nunca se dio cuenta del drama y de cómo el miedo a quedar en ridículo delante de sus ojos me motivó a un acto heroico que nunca olvidaré, porque a partir de ese momento perdí el miedo al agua y pude zambullirme a mi antojo y disfrutar incluso del mar, que tanto me atraía. Así fue como aprendí que también se le puede sacar provecho al ridículo para, usándolo, convertirlo en una fuerza positiva que revierte en propio beneficio. Gracias, primo, por haberme enseñado a nadar sin desearlo. De esa historia, la de cómo aprendí a nadar o mejor dicho a perderle el miedo al agua utilizando el miedo al ridículo durante aquella mañana dominical ya tan lejana, comencé a tomar conciencia del poder que tiene la mente para reaccionar en el propio beneficio. En aquella ocasión, nada había conquistado en cuanto al mundo de mis amores, pero aprendí a meditar en cada ocasión que se me presentaría durante el resto de mi vida, cómo debería utilizar o no esta extraña dependencia que tenemos por lograr aprobación social. A veces vale la pena, aunque en otras se naufraga lo cual no le quita validez a la experiencia de vivir plenamente y sin lastres o anclas como son esos temores al qué dirán y al chismorreo social. Así, a tientas, penetré a descifrar el enigma personal y aprendí a dosificar aquello relacionado a la timidez y al atrevimiento. Fui avanzando conforme observé que durante la adolescencia los grandes de tamaño estaban tan o más expuestos al ridículo que los físicamente más pequeños. Su “yo” era temeroso igual que el mío. La diferencia estaba en lograr la habilidad de resolverlo antes que ellos y, mejor aun durante esa misma adolescencia, época de inseguridades e inexperiencias inevitables.

La adolescencia
¡Ay, la adolescencia, qué larga que se hace! Yo la sentí larguísima. Día a día, frente al espejo, veía si aparecía una que otra pelusa en el rostro, en los brazos o en las axilas. Conforme mi nariz y otros elementos no pundonorosos crecían, entablé una lucha por superar mi pequeñez con audacia; y así pude sacar algunos beneficios amorosos. Las fiestas
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de la época se realizaban en casas privadas, pues no había discotecas. Por simple ejercicio en mi lucha y desafío al ridículo, invitaba a bailar a las más bonitas, es decir precisamente a aquellas que interesaban a los más grandes. Eso condujo a quedar expuesto a retaliaciones físicas en la misma pista de baile, ya que quedaba al alcance de recibir codazos en la cara por parte de esos vengativos rivales que aprovechaban su altura para ponerme en un ridículo que muy bien logré evitar desarrollando otras mañas. Y es así que me convertí en conversador atroz y atrevido que arrinconaba a esas chicas para evitar los incidentes físicos, a sabiendas de que mis supuestos rivales estaban atrapados en su tan grande timidez verbal proporcional a su tamaño. No siempre resultaban bien las cosas, pues en alguna ocasión, por hacer alarde de mi audacia en el arte de conquistar a las mujeres, un sujeto que ni conocía siquiera se me abalanzó tan grande cual él era y me puso una tremenda patada en los testículos. Quedaron negros como higos. A causa de ese incidente, pasé meses con los dolores que causan la varicocele, es decir, la inflamación de las varices de esa región tan rica en flujo sanguíneo. Aprendí la lección y al menos por unos cuantos meses iba a las fiestas con un suspensorio protector no solo de las patadas que pudiesen darme, sino, además, para contener el bulto de aquellas inevitables erecciones que tanto me incomodaban a la hora de bailar los boleros o pasodobles, que es lo único que bailaba, ya que habían llegado los tiempos del rock and roll. Entre los dieciséis y diecisiete años me resigné a no ser un bailarín; habilidad ni gracia tenía. Hay también que entender que finalmente el ridículo, cuando no lo se puede vencer, es mejor evitarlo y, en contrapartida, desarrollar otros mecanismos en ámbitos en los que se pueda hacer ganancias. Una cosa es no ser tímido; y otra muy distinta ser estúpido. Y en esta etapa de la vida mucho se resuelve tomando atrevimiento. Siendo astuto para avanzar de a poco sin pasarse de la raya y no arriesgarse a recibir un NO completo. Los últimos diez centímetros para que tus labios lleguen a los suyos siempre dependerían de la dama. Uno debe primero vencer el primer metro y medio, hasta que sea ella quien finalmente recorra ese último e ínfimo espacio que a los labios separa. El secreto era buscar a las chicas realizando actos de aproximación y rituales educados hasta provocarlas. Luego se debía aguardar con paciencia, no mucha ni infinita por cierto, para no lanzarse definitivamente hasta estar
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absolutamente seguro de que había suficiente agua en la piscina. En aquellas épocas, y hablo de los años cincuenta, lo usual era declararse para oír aquella frase dulce que educadamente decía: “Déjame pensarlo por unos días” ¡Era un sí definitivo! Eran tiempos en que la buena educación así lo ordenaba a las chicas, pues era lo adecuado y elegante. El beso habría que ver cuándo llegaría. Quizás nunca. Había derechos en cuanto a eso de entrelazar las manos o en cuanto a proclamar a los cuatro vientos si se era correspondido, lo cual siempre enfurecía a los pretendientes más altos y fornidos. La ley de supervivencia de las especies funciona a plenitud y desarrolla prematuramente la audacia, la perspicacia y la capacidad de vencer ese miedo al ridículo que pasma.

Las primeras ilusiones
Cuando la adolescencia cocina a fuego lento nuestra imaginación bajo el carbón de las hormonas, también surgen ilusiones cándidas y amorosas que es como debe llamarse ese impulso a enamorase de la oportunidad que se nos pone por delante. Ya cerca de mis dieciséis años y con la nariz y el pene crecidos, porque inevitablemente crecen juntos, me enamoré locamente de Pilar, una jovencita guayaquileña que solía pasar sus vacaciones colegiales en Quito. Eran tres hermanas muy bonitas y Pilar era la intermedia. Tenían un automóvil flamante a la puerta, marca Hudson, y eso ya era muchísimo en esos tiempos y circunstancias. Como se hospedaban donde su tía Laurita, muy amiga de mi madre, fue muy fácil acceder al contacto con ellas. Gentilmente pasaban a recogernos en su lujoso auto del año que venía desde Guayaquil para pasearlas. Allí nos apretujábamos tantos cuantos entrábamos a echar lujo por la Avenida Amazonas, que en ese tiempo comenzaba a ponerse de moda gracias a una heladería casera instalada al lado del Colegio Santo Domingo. Aunque yo era osado a mi manera cuando me enamoré por primera vez quedé envuelto en una timidez absoluta para poder actuar en calidad de pareja. Realmente ella era muy desarrollada en sus formas ya de mujer absoluta, mientras en mí caso se trataba de un imberbe flacucho de peso mosca. La declaración de amor era obligatoria y debía ser vocalizada, ante lo cual lo de estilo era que ella respondiese que debía pensarlo unos días. Con esa respuesta en tus oídos ya se podía estar tranquilo porque lo difícil era eso de “declararse”. Se discutía mucho en esa época si la declaración vía telefónica era válida pues se necesitaba más arrojo hacerlo en vivo y en directo. Total que
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Pilar fue mi primera enamorada ante la sorpresa de mis amigos y de la mía misma. Una cosa era que “oficialmente” sea tu enamorada, y otra más lejana eso de poder tomarle de la mano, para luego de dos meses al menos aspirar a alcanzar un beso y con los ojos cerrados. En esas circunstancias fuimos todos en manada al cine Variedades, en la Plaza del Teatro. Fernandel, Fernand Joseph Desiré Constandin, fue un comediante francés muy querido por todos, especialmente en su papel Don Camilo, el cura del pueblo enfrentando al alcalde comunista Pepón (Giuseppe “Peppone” Bottazzi). Vaya película que no la pude disfrutar plenamente debido a la indecisión mía de tomar o no la mano de Pilar que estaba sentada al lado mío. Comencé de muy poquito avanzado mi dedo meñique en busca del contacto de aproximación y lentísimamente fui avanzando. Rocé la manga de su abrigo y ya con esa barricada tomada por meticuloso asalto, seguí el proceso lentamente. Sudaba por miedo a un rechazo y entre una y otra cosa se me fueron los minutos. Cuando finalmente me animé a dar el zarpazo final y apreté lo que para mí era su brazo, me topé con que estaba agarrado del separador de asientos, ya que ella tenía su abrigo sobrepuesto sobre los hombros y las mangas caían sobre el madero que nos separaba. Y así súbitamente terminó la película. Nunca voy a olvidarlo porque esa fue la única de las tantas películas de Fernandel que no vi debidamente y con la que aprendí que las acciones no deben ser tan lentas sino que se requiere de impulsos físicos para salir de la propia trinchera, y tomar la otra por asalto. Las guayaquileñas regresaron a su ciudad y quedé despedazado sin haber podido hacer ningún contacto físico que probara al mundo que éramos oficialmente enamorados plenos. Tres meses después, a fines de julio, fui a pasar mis vacaciones en Guayaquil dispuesto a lograr mi empeño. Fui con mi primo a la casa de Sonia, una prima de mi amor primero, y estábamos conversando en las escaleras que dan acceso al departamento. Yo estaba estratégicamente ubicado para lograr la soledad necesaria, y muy decidido a todo. Ella arrimaba a la pared parecía dispuesta a recibir un beso, y yo sentado, la miraba con deseo reflejado en mi pantalón deformado. No me atrevía a ponerme de pie para disimular el bulto. Perdí largos momentos hasta que se nos unieron todos rompiendo el marco de soledad que había logrado.
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Una semana más tarde recibí una carta de Pilar que decía “Henry, somos demasiado jóvenes para amarnos… Quedemos como amigos” ¡Era un rompimiento! …. Fui a Salinas y me pasé en la playa escribiendo desalineados versos. Lo peor se vino luego, pues ella andaba con otro enamorado, claro que más alto y fornido pero era casi albino y realmente feo. Al menos así lo recuerdo. Claro que toda experiencia sirve para algo, y en este caso enseguida me puse a buscar el alivio a mi orgullo herido. Martha se llamaba y estudiaba en el colegio la Dolorosa. Argentina y muy guapa. Aproximaciones varias y finalmente declaración de amor telefónico que, según mis amigos, no contaba. No importa, era la segunda enamorada que tenía y estaba orgulloso de llevar ventaja sobre mis compañeros y amigos. Sin oportunidades físicas de vernos, todo quedó en eso y al cabo de poco tiempo terminamos. Al hilo apareció Susana, otra estudiante del colegio La Dolorosa donde mi hermana me hacía de tráfico de influencias y portaba importantes informaciones. Vivía en el centro de la ciudad y muy pocas oportunidades hubo de estar solos. Lo importante era que había aceptado mi declaración de amor y se constituyó para mí la tercera medalla en el pecho. Tres a cero iba el marcador a mi favor respecto a mis amigos de barrio y así me sentía importante y ellos silenciosamente me presentaban sus respetos. Todo esto me sirvió para adquirir confianza en mí mismo en el tema de mujeres. Y así la vida siguió su curso con estos recuerdos que sirvieron con ternura a formarme en un ambiente estrecho y pueblerino como lo era el de Quito en ese entonces. Tres enamoradas y ni un beso, aunque para esas alturas ya había tenido mi estreno sexual en un burdel guayaquileño. Mis primeros besos formales y apasionados fueron con una bella guayaquileña de ojos almendrados y senos robustos. Sandra. Se dieron esos intercambios salivales en el Teatro 9 de Octubre. Fue mi cuarta enamorada formal y ya eso de haber escudriñado su lengua me daba categoría y lo consideré un acto de graduación completo. Tenía entonces 17 años recién cumplidos. Estuve a punto de tocarle los senos que empeñosamente jadeaban y hasta ahora me arrepiento de haberme portado como un imperfecto caballero.
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Amores y fantasías
Siempre hay anécdotas si uno las sabe percibir, aprovechar, recordar y hasta lamerlas porque refrescan por la inocencia que encierran. Mis tendencias políticas se decidieron muy tempranamente por circunstancias sentimentales. El derecho de votar se lo adquiría a los 21 y yo andaba por los 15. Velasco Ibarra era el Presidente durante el único de los cinco períodos que terminó. Políticamente, mis simpatías se marcaron durante las elecciones de 1956 cuando Camilo Ponce Enríquez sucedió a su vez al propio Velasco Ibarra en unas elecciones muy reñidas y disputadas contra Raúl Clemente Huerta. Mi determinación, más que política, fue por solidaridad con mi amigo íntimo Gustavo Jácome pues él se había enamorado loca y platónicamente de la hija del candidato. Margarita Ponce no era bonita. Era altísima y tenía una frescura y sencillez campesina. No era nada prosuda ni respingada ni sufría de aires de grandeza o actitudes petulantes como la situación lo ameritaba. Ella, acompañada de varias amigas, solía pasear durante las tardes en un inmenso Cadillac Fletwood 1955 descapotado, color blanco con naranja, manejado por un leal chofer de la familia que, con alguna muy medida insistencia, pasaba por la calle Carrión donde solíamos jugar pelota. No precisamente una calle de paseo como lo era en ese tan lejano entonces la avenida Amazonas, donde chicos y chicas se encontraban bajo pretextito de tomar helados luego de salir de misa en la Iglesia de Santa Teresita. El lujoso y llamativo vehículo pasaba por nosotros y ninguna duda alguna existía sobre eso ya que nos obligaba a parar el pateo de pelota y así se establecía un flirteo muy débil, pero al fin flirteo. Fue señal más que suficiente para que surgiera ese amor platónico que nació en el corazón de mi amigo Gustavo, amor que allí se inició y duró bastantes años más sin que nada pudiese concretarse, a más de suspiros y cálidas miradas. Al lado de Margarita estaba usualmente Cecilia, una encantadora guayaquileña hija de Francisco Illingworth Icaza, quien fue vicepresidente de Camilo Ponce. Mi amigo y yo asumimos que esa debería ser la pareja ideal para mí, aunque en verdad creo que fue más un invento de la imaginación y un pretexto para fortalecer nuestra solidaridad juvenil. Que me gustaba, me gustaba, aunque la veía muy formateada por su tradicional apellido. Yo era realmente más rústico en el andar, vestir y en todo las demás maneras sociales. Lastimosamente Gustavo y yo andábamos a pie gastando suelas de
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zapatos. Lógicamente nada prosperó en esas circunstancia paupérrimas y sin un céntimo ni un gramo de valentía siquiera para atreverse a invitarlas a un helado, lo cual era superable si acaso hubiésemos tenido la audacia de no amilanarnos. Lo cierto es que, en compensación, nos hicimos poncistas o socialcristianos. No tardé mucho en descubrir que detrás de todo esa puesta en escena con aquel suntuoso Cadillac pasando por la calle donde nos reuníamos a jugar pelota, había un móvil que consistía en el entusiasmo que otra chica, muy bella por cierto, tenía por mi hermano Tony, quien nunca participaba en el juego de pelota para no estropear sus bien tenidos zapatos y porque, además, no era adepto a practicar deportes. María Gloria Vásconez era muy bonita y este don Juan empedernido hermano mío cayó en las redes de su bella mirada. Como Tony tenía ese don natural para la conquista y procedía con audacia, alentaba aquel romance tomando prestado el auto de mi padre para darle rondas por su casa e, incluso, para aventurar llamadas telefónicas bien correspondidas. Mientras tanto, Gustavo seguía ilusionado con su Margarita del Toboso, acompañado siempre a pie por este Sancho sin panza que se engolosinaba con una simple mirada de Cecilia, la guayaquileña, hija del vicepresidente de la República. Todavía recuerdo su rostro congelado en ese ayer de mis recuerdos. Pasaron los años con la velocidad que pasan y nunca más la vi ni supe nada de su vida. Tony siempre arrebataba el protagonismo a todos y moviéndose solito y no gregariamente como nos movíamos los otros, establecía sus distancias en vestuario, trucos y eficacia. Ahí termina esta anécdota que me indujo, por vanas razones, a tener a tan temprana edad preferencias políticas.

El Criterio de Balmes y del maestro inolvidable.
Para cuando cursaba el cuarto año en el colegio San Gabriel, regentado por los jesuitas, había una materia que se llamaba “Lógica y Ética”. Se estudiaba en cuarto o quinto curso, es decir en plena adolescencia. Cuando veo al mundo tan enrevesado como lo veo ahora que los decenios han pasado, me pregunto a quién se le ocurría eliminar estas materias del Bachillerato. Lo cierto es que cuando se tiene esa edad del desarrollo hormonal y se es un perfecto burro adolescente, andar
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confundido en todos los sentidos es una regla general sin excepciones. Ni la propia nariz se está quieta y crece día a día, así como las barbas, los instintos y fluidos que se riegan por doquier. Dentro de ese marasmo, encontrarse con la lectura de “El Criterio”, de Jaime Balmes, e interesarse en sus orientaciones o consejos, era como encontrar la llave maestra necesaria para enderezar la mente y encauzarla dentro de ese torbellino. Justo cuando ya se comienza a creer que se sabe todo, se encuentra la noción del criterio que es el filtro de toda información. Sin criterio todo lo que se cree saber, pierde su solidez. Y para tenerlo hay que seguir básicos consejos que se encuentran en el libro referido y que fueron de gran importancia para mí ya que se trató de lecturas oportunas en el tiempo oportuno. La primera regla de oro aprendida radicaba en aquello de vencer la pereza intelectual. <<….Para el desarrollo de toda facultad hay una condición indispensable: el ejercicio. En lo intelectual, como en lo físico, el órgano que no funcione se adormece, pierde su vida; el miembro que no se mueve se paraliza. Aun los genios más privilegiados no llegan a adquirir su fuerza hercúlea sin después de largos trabajos. La inspiración no desciende sobre el perezoso; no existe cuando no hierven en el espíritu ideas y sentimientos fecundantes. La intuición, el ver del entendimiento, no se adquiere sino con un hábito engendrado por el mucho mirar. La ojeada rápida, segura y delicada de un gran pintor no se debe sólo a la Naturaleza, sino también a la dilatada contemplación y observación de los buenos modelos; y la magia de la música no se desenvolvería en la organización más armónica, sujeta únicamente a oír sonidos ásperos y destemplados>>. ¡Cuán importante me resultó entender a tiempo esto de que la pereza intelectual es la madre de todos los vicios y la causante de que no tengamos criterios para discernir siquiera! Mi abuelo Esteban me decía que bastaba saber si alguien era trabajador u ocioso para catalogarlo o descatalogarlo del grupo de las buenas amistades. Los ociosos, me decía, se juntan solo para producir más ociosidad en su conjunto. Y estamos hablando de pereza física e intelectual. Solo el esfuerzo continuo otorga el mejor resultado posible, que es
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el de la satisfacción de la tarea cumplida. Dejar cosas a medio hacer se convierte en un sentido de culpa porque, tarde o temprano, afecta el destino y el amor propio de las personas que no supieron apreciar el valor de la constancia y del esmero. Lo que se comienza debe ser terminado, y siempre será mejor comenzar con criterio para que no tengamos que perder tiempo a causa de los errores iniciales en el discernimiento. Y claro que a esas tempranas edades discernir es lo difícil, pues creemos que el discernimiento viene solito con el cambio glandular que nos arremete con tanta inclemencia. Nos crecen barbas sin esfuerzo, pero el discernimiento solo se logra con esfuerzo. La segunda regla aprendida es buscar siempre la verdad completa y no actuar bajo la primera impresión, aunque muchas veces es la primera impresión la que termina prevaleciendo. <<…A veces conocemos la verdad, pero de un modo grosero; la realidad no se presenta a nuestros ojos tal como es, sino con alguna falta, añadidura o mudanza. Si desfila a cierta distancia una columna de hombres, de tal manera que veamos brillar los fusiles, pero sin distinguir los trajes, sabemos que hay gente armada, pero ignoramos si es de paisanos, de tropa o de algún otro cuerpo; el conocimiento es imperfecto, porque nos falta distinguir el uniforme para saber la pertenencia. Mas si por la distancia u otro motivo nos equivocamos, y les atribuimos una prenda de vestuario que no llevan, el conocimiento será imperfecto, porque añadiremos lo que en realidad no hay. Por fin, si tomamos una cosa por otra, como, por ejemplo, si creemos que son blancas unas vueltas que en realidad son amarillas, mudamos lo que hay, pues hacemos de ello una cosa diferente>>. Todos nos creemos dueños de la verdad, y tenemos razón en parte porque estamos de algo convencidos. Sin embargo, antes de actuar o emitir un juicio, se debe conocer la verdad completa. Debemos llenarnos de la mayor cantidad de información posible desde los diferentes ángulos o puntos de vista. Con el tiempo o según las circunstancias, nos daremos cuenta de que toda la información no estuvo siempre a nuestro alcance y que la verdad, por tanto, es esquiva. Antes de actuar hay que tener la información completa, y evitarán groseras equivocaciones en las actuaciones. Sanísimo consejo para toda la vida y especialmente para cuando se es adolescente y se está en búsqueda de normas que
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orienten. La tercera regla es que se debe desconfiar y no adherirse a ciegas a lo que se lea en los periódicos o se oye de los políticos. …<< Los periódicos no lo dicen todo sobre las cosas. Hasta en política no es verdad que los periódicos lo digan todo>>. Es muy común oír de los adultos cuando hacen alguna afirmación aquella tan trillada frase, usada como argumento de que “eso que te cuento está en los periódicos”. A cuántos errores induce la prensa inevitablemente cuando quien lee no tiene criterios bien formados. No hay que darle a lo que encontramos en la prensa todo el valor absoluto que solemos darle. Hay que discernir y poner cautela. Así es como se debe leer los periódicos, con cierta precaución y alerta a que aquello que está impreso, no por estarlo, es absolutamente apegado a la verdad completa. Lo mismo sucede en el terreno de la política porque hay por lo general mucha moneda falsa circulando. Una dosis de criterio ayuda a discernir y a distinguir la moneda falsa que tienen los periódicos frente a hechos y acontecimientos publicados de buena o mala fe. Y el criterio, decía Balmes, es un músculo que se debe ejercitar para que no pierda su capacidad de brindar beneficios. Balmes fue determinante en esa etapa de formación mía, a la jesuita. Hay en ese libro muchos temas que jamás había escuchado antes; de los silogismos, de las reglas para percibir bien, del escollo del análisis, de los axiomas falsos, de las proposiciones demasiado generales, de las palabras mal definidas, de la suposiciones gratuitas y cómo saber si el burro está o no volando, aunque eso aparezca impreso y en primera plana en los periódicos de cualquier mañana. En fin. Mi mente fue como un papel secante que extrajo de ese libro todo lo que pudo. Fue el libro más determinante en esa etapa y quizás en mi vida misma porque me llegó oportunamente. También hubo lecturas que me estropearon, especialmente cuando, pipa en mano para parecer intelectual sin barbas, estrujaba Nietzsche, Schopenhauer, Kant y otras pendejadas complicadas no apropiadas ni para mi entendimiento ni para lograr una formación intelectual bien
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organizada, cimentada y dirigida. Quizás de Schopenhauer obtuve esa tónica pesimista que me hizo algo sombrío en algunos pasajes de mi vida. Finalmente estoy convencido que para eso influyó más otro asunto sobre el que caeré oportunamente y que hace relación no a ningún filósofo, sino a un médico, Bernard Crohn, bajo cuya sombra viví toda mi vida. Pasados los años, y meditando sobre estas experiencias respecto a lecturas precoces, puedo afirmarles que no se trata de leer por leer, sino de tener la suerte de que llegue a las manos la lectura adecuada a las circunstancias por las cuales se está atravesando. No puedo intentar una autobiografía sin citar a Balmes ni al padre Juan Espinosa Pólit, alias Shishipo, y no Aurelio su hermano, muy reconocido por sus traducciones del griego de las obras completas de Virgilio, Horacio y Sófocles, obras que nunca leí. Juan me enseñó a sintetizar, a extraer de la lata lo verdaderamente importante. Para resumir se requiere abstraer y esa es la manera más potente de aprender. Es como desplumar un ave y deshuesarla antes de comerla porque las plumas y los huesos no van a alimentar de ninguna manera, y solo están para adornar la apariencia de las cosas. Comer pavos reales no tiene sentido porque su carne no es proporcionalmente nutritiva en relación a su plumaje. Aurelio Espinosa Pólit fue una eminencia intelectual y nos recomendaba de aquellas lecturas por él traducidas para decorar nuestra cultura. Mientras tanto, su hermano me enseñaba a pensar, abstraer y sintetizar. Lo que leemos no vale por quien lo escribió, sino por la manera que supimos hacerlo con más o mayor sed de extraer y aprender la substancia, que los complejos adornos con que solemos decorar las cosas. Y no se aprende simplemente leyendo. La lectura sirve cuando aplicamos frases o enseñanzas ajenas para nuestros problemas propios, más aún durante aquellos confusos años de juventud y adolescencia. Es en esa época en la que tenemos la oportunidad de sembrar mejor esa semilla que se llama criterio. Ya no se dan académicamente estas materias de Lógica y Ética. Quienes gobiernan estos tiempos de irrespeto hacia el pasado, olvidan que solo aplicando estas bases fundamentales comprendidas en esas dos cátedras, se puede ordenar la sociedad y cultivar la sana convivencia. Lógica y ética, aplicadas diariamente, es lo que a los políticos les
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corresponde aplicar en sus deseos de trascender y cambiar el mundo. Gracias, don Jaime Balmes, por enseñarme tempraneramente esas cosas, sin las cuales no podría siquiera divertirme de las ocurrencias que dice otro Jaime, el peruano de apellido Bailey que anda por ahí rompiendo los esquemas por el gusto de romperlos. Con criterio, incluso uno se queda inmune ante la capacidad de exacerbar que muchos tienen, y queda provisto de una poderosa herramienta que le permite disfrutar de toda vertiente de pensamiento que aparezca. Gracias a Juan Espinosa Pólit, alias Shishipo, quien fue el maestro que más aportó en mi formación humanística, quien me enseñó leer a Balmes, a extraer y deducir en sintético, quien me enseñó lógica y ética y luego, más tarde, psicología. Han pasado suficiente años , décadas completas y es él quien se me grabó en los recuerdos y grabó también en mi mente los principios básicos que he aplicado en mi vida. Sin duda que Juan Espinosa Pólit fue mi maestro inolvidable y a quien más debo agradecer, además, porque me enseñó un método de estudio que perduró y cimentó mi personalidad.

De mi primer librero
Sin duda que aquellos que pudieron dejar una herencia cultural y con posibilidades de influir en personas que nunca conocieron son quienes pudieron expresarse a través de la literatura, las ciencias y el arte. Esa es la verdadera herencia que cuenta ya que la otra, la que está redactada por algún notario u oculta en joyas y en oro o en cuentas cifradas, se suele diluir con gran facilidad una vez los herederos se reconfortan al recibir los beneficios, por más penas que cause la partida del ser querido. Incluso, las creencias religiosas perduran en aquello que quedó escrito así como la Biblia, el Coram o el Canon Pali de los budistas. Y es mejor que no nos adentremos en esos temas que nos llevan por senderos tan eternos. En mi casa no había un librero siquiera. De infante y aún de adolescente los tebeos fueron la distracción dominante en lecturas y dibujos. A ellos me referiré luego. Mi padre era un hombre culto pero no un lector. Una pena por la
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magnífica memoria que engalanaba su gran inteligencia. Cuando cumplí 11 años de edad recibimos, mi hermano y yo, un hermoso e inolvidable regalo que aún conservo: “El Tesoro de la Juventud”, una suerte de enciclopedia que marcó a una generación. Veinte tomos que fueron los primeros de la biblioteca que yo iría a formar durante mi vida. Había mucho que descubrir en sus 7.172 páginas. Abundantes láminas despertaban mi curiosidad y mi avidez. Mi hermano no apreció aquel estupendo regalo, razón por la cual me apoderé de él completamente. Cada volumen contiene obligatoriamente catorce secciones que permiten que, cualquier joven, de acuerdo a sus necesidades o tendencias, abra indiferentemente cualquier tomo para encontrar bastante de todo. “Juegos y pasatiempos”, “Los por qué”, “Narraciones interesantes”, “Poesía’”, “Los países y sus costumbres”, “Hechos heroicos”, “Historia de los libros célebres” y “Cosas que debemos saber”, sección esta última dedicada a hechos interesantes y actualidades de la ciencia y la tecnología de la época: cuándo un tren alcanza 96 kilómetros por hora, y calcula cuántos miles de días le tomaría a un avión llegar a Júpiter o a la Luna. Cosas actualmente tan anacrónicas que es bonito repasarlas ahora que ya estamos viejos. Lo que nunca se hizo anacrónico son los extractos de grandes obras de la literatura universal, de poesías hermosas y muy singularmente las Fábulas de Esopo que captaron mi atención en ese primer contacto real con lo que podríamos decir literatura. De ahí, al azar, escogí aquel poema que recité al finalizar mi sexto grado delante de todos los padres de familia, vestido en pantalón corto, saco y además corbata. “El Médico Cazador” se llama el poema de Vial Aza, que me valió muchos aplausos porque lo aprendí y ensayé con esmero aunque creo que el éxito fue haber seleccionado ese preciso poema por ser ameno alegre y ligero. Así nació mi incipiente biblioteca en la que “El Tesoro de la Juventud” tiene un lugar privilegiado con sus lomos verdes desgastados por el uso y no por el maltrato. Lo acompañan 27 tomos de “Biblioteca Internacional de Obras Famosas”con 13.957 páginas, cuyo año de edición curiosamente no figura aunque se estima que debe ser de alrededor de 1930. Editado en Buenos Aires por la Sociedad Internacional, tiene filigrana y borde de página dorados. Es una edición elegante. En la tapa delantera de cada tomo está grabado en oro sobre blasón bordeau el escudo de la República Oriental del Uruguay, pues al parecer esa edición fue destinada
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venderse en ese país. Allí recopila las mejores producciones literarias de los tiempos antiguos y medievales, seleccionadas en colaboración de varios eruditos de gran talla, encabezados por un personaje como lo fue don Marcelino Menéndez Pelayo, Director de la Biblioteca Nacional de Madrid en ese entonces. Esta joya literaria realmente la heredé de mi madre, aunque reposaba en el librero de mi abuelo de donde la recuperé luego de su muerte en 1959. Mi madre, orgullosa, me contaba que esa valiosa colección se la regaló uno de sus profesores tal como consta en la dedicatoria firmada el 24 de octubre de 1938. Lastimosamente la firma me es ilegible. Sin duda fue un costoso e inusual regalo que recibió a propósito de su grado de bachiller en el Colegio Guayaquil y yo deduzco que quien lo hizo tenía una estrecha relación masónica con mi abuelo. Mi madre y sus hermanas fueron de las primeras mujeres de la colonia libanesa que rompió el paradigma existente en aquella época respecto a la educación del sexo femenino lejos de la vigilancia de las monjas. Otros dos libros me sustraje, literalmente hablando, de la biblioteca de mi abuelo. Todos de pasta dura. Derecho Procesal Ecuatoriano, de Andrés F. Córdova, Vol. 1 y 2, 1953, Talleres gráficos Minerva Quito. Y Sociología, del Doctor Abroteles Eleutheropulos, Profesor de la U. de Zúrich, Editado en Madrid en 1911 por los editores Hijos de Reus, y cuya traducción está revisada por el autor. Este libro lo he desempolvado, y aunque tiene señales de polilla, me apresto a ojearlo en señal de festejo y con una copa de champaña en mano brindo por su centenario mientras escribo estas líneas plagadas de recuerdos. Es el libro más antiguo de esta casa y pese a que algunos ya celebran los funerales de Gutenberg, yo voy a rendirle pleitesía y a felicitarme por haberlo conservado, y especialmente por haberme dado cuenta del hecho7. Estos libros citados son la base y fuente de mi primerísima biblioteca que, conforme pasaron los años, iría formando pese a grandes
7 El miércoles 6 de julio del 2011, invité a mis colegas twitteros a un almuerzo donde se efectúo una

ceremonia para celebrar el centenario del libro. Saqué de paseo al doctor Abroteles Eleutheropulos, leímos algunos párrafos seleccionados de su libro de Sociología, se partió la torta correspondiente, se apagaron las velas al ritmo de feliz siglo Abróteles, y por primera vez en mi vida probé marihuana que alguien preparó en forma de galleta de chocolate, nos tomamos la champaña y la pasamos muy bien.

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percances sucedidos en su merma. Y así fueron llegando otros libros, otras situaciones y otros temas relacionados con esto de las primeras lecturas que fueron incrustándose en mi vida, y ahora me doy realmente cuenta en qué medida a la hora de poner en orden los recuerdos.

De Georges Bernard Shaw a Albert Camus y de los laberintos mentales causados por lecturas desordenadas y apasionadas
Centrémonos ahora en dos personajes que, de alguna manera, marcaron el periodo aquel de mi vida cuando dos intelectuales atraparon mi atención y me influyeron a partir de sus lecturas y antes de haber yo cumplido mis primeros veinte años de edad. Así, de pronto, se me apareció con sus barbas relucientes un enorme personaje. Georges Bernard Shaw golpeó la puerta de mi casa cuando debí apenas elaborar la tesis de grado necesaria para culminar el bachillerato en la especialidad de Ciencias Sociales. En aquello tiempos, elaborar la tesis era como una materia adicional a desarrollar en casa. Me asignaron una lista autores famosos de la literatura universal y yo, por cosas del azar, escogí a este irlandés rebelde. Debía escudriñar sus obras y elaborar una tesis de treinta páginas a doble línea. Mi producto final dobló esa cantidad. Era un trabajo personal no compartido, a modo de un deber a realizar en casa, con un plazo de entrega que fenecía en el mes de junio, es decir, unos días antes de dar los exámenes de grado escritos que precedían al examen oral en el que preguntaban sobre esto y aquello y también sobre la tesis. ¡Valió la pena! Aprendí el valor universal que nos dejó como legado este irlandés nacido en Dublín en 1856 y absorbí como secante toda la herencia que en palabras, pensamientos y estilo de vida dejó regado. Lastimosamente trabajé con libros prestados de bibliotecas, y lo que me queda en mi librero actual es tan solo la tesis que la tengo levantada en el Internet. ¡Cuánto daría por recuperar el libro costoso aquel que me empeñé en comprar con mis escuálidos ingresos! “Biografía de Bernard Shaw, de Archibaid Henderson de Frank Harris (1931). Era grueso, de pasta roja y dura, está extraviado solo físicamente, porque dentro de mí siempre estará en el salón de los recuerdos. Me metí de lleno a investigar la vida de Bernard Shaw antes de
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escoger o centrarme en alguna de sus obras. En esos tiempos había que salir a comprar o prestar libros, o ir a la biblioteca para encontrar el material necesario y poder elaborar finalmente unas doscientas o más fichas copiadas a mano; luego de ordenarlas tenía que cohesionarlas y articularlas para después tipiar en una máquina de escribir. Tarea larga en aquel entonces, porque cualquier error tipográfico obligaba a repetir la página completa. El “liquid paper” no existía. La máquina de escribir era un Underwood fabricada en 1932 que tomaba prestada del almacén de mi padre y que hasta ahora conservo como otro tesoro de mi juventud. Pesa una tonelada y no era tan trasportable como lo hubiésemos querido en aras de la facilidad de llevarla y traerla a casa. Me ubicaba en la mesa del comedor, porque tampoco había un cuarto de estudio y ni siquiera un escritorio. Lo bueno es que el comedor quedaba muy cerca de la cocina y así algún kilo de peso quizás gané, porque siendo sumamente delgado mi madre aprovechaba para alimentarle preparando un zumo de carne con huevo, cebolla y otros vegetales preparados al vapor en baño María. Todo ese conjunto de vitaminas más el aliento que ella me daba al expresar a los cuatro vientos el tesón que yo ponía, hicieron de esta tarea, de la que muchos compañeros renegaban, algo muy agradable y placentero. Yo, en el comedor, rodeado de papeles; ella, en la cocina, preparando ese extracto de amor y cariño cuyo aroma hoy tanto extraño y añoro. Bernard Shaw fue un escritor completo: dramaturgo, novelista, periodista, crítico teatral, con una ironía tan aguda que simplemente me contagió de alguna manera. Sus opiniones solían ser tan controvertidas que acumulaba adhesiones y repulsiones a la vez. La agudeza mental de Bernard Shaw manifestada en sus dichos, sentencias y anécdotas me embrujaban. No me cansaba de recolectarlas y volcarlas manualmente en las fichas que iba atesorando. Había tanto material, que finalmente opté por no imbuirme exclusivamente en una de sus obras, que era realmente la tarea, sino en la biografía completa. Concluí en la tesis que la mejor obra de Georges Bernard Shaw fue su capacidad multifacética, su personalidad y autenticidad. El conjunto literario y su forma de vida es un solo todo que fue lo que me atrajo y me influyó como para que ahora lo cite de forma relevante. Lo que más me apasionó y que hizo divertido el trabajo fue ver
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cómo era menospreciado por aquellos sujetos a su críticas quienes, lógicamente, lo consideraban como “altamente repulsivo” por la forma burlesca de presentar los defectos de los demás. El sarcasmo y la ironía de Shaw me atrajeron con locura y sin ninguna duda influyeron mucho durante mi vida literaria. A quienes siguieron mis entregas de opinión durante mis veinte y tantos años de actividad periodística, que en parte están compendiadas en un libro que publiqué titulado “Al Desnudo”, (2001), les pregunto si acaso creen que, en buena medida, Georges Bernard Shaw me moldeó o influenció de alguna pequeña manera. Hay que guardar las distancias, por supuesto, aunque tenía muy claro que sin polémica no se vive o no se llega a incrustar en el objetivo de ser leído. Aunque, sin duda, la polémica no es el fin en sí mismo, sí es un instrumento válido para destacar un punto de vista. No me gustó ser o escribir a media tinta como tantos columnistas de opinión acostumbran. Si opinión se llama a mantener la mesura y no terminar de decir las cosas para quedar siempre con un pie a salvo “por si acaso”, Bernard Shaw hubiese fracasado. Su fama y su prestigio vinieron de su ironía que, si bien puede atraer ciertas rencillas o rencores, funciona generalmente como un reflector para iluminar en el escenario teatral que construimos cuando analizamos un determinado asunto y queremos destacarlo. Shaw, como buen irlandés, cayó en la turbulencia política, y el separatismo reclamado en esa región no le fue indiferente, así como a mí siempre me encendió el tema de Guayaquil y su pretendida autonomía no independentista. Son causas naturales aquellas pretensiones de mantener identidades y no doblegarse sin luchar por ellas. Para guardar mejor las respectivas distancias se debe mencionar que Shaw ganó el Premio Nobel de Literatura en 1925, y el Oscar de la Academia en 1938 por el guión de “Pigmalión” (My Fair Lady) película que me ató varias veces a la silla de un cine en la versión filmada en 1964 e interpretada magistralmente por Julie Andrews. ¿La recuerdan? Yo al menos nunca la podré olvidar. En cambio tuve que vivir frustraciones literarias, dedicado que estaba a la árida vida empresarial leyendo balances. Gran parte de mi vida la habría de desarrollar pasmado y de forma incongruente con mi propia vocación interior adormecida. La mejor condecoración recibida como literato fue una placa de mármol ubicada en un urinario público al que destruí con una andanada de cañonazos literarios usando la frontalidad, el sarcasmo y la ironía. De eso también hablaremos luego.
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No hay apuro. Pasaron los años y Pigmalión me comenzó obsesionar. Fabriqué fantasías hasta ahora pendientes de cumplir pero con el convencimiento de que algo me falta por hacer respecto a eso de entrometerme en la vida de alguien, para convertirme en una suerte de mentor y enamorarme de esa creación que por su talento y juventud lleve la antorcha de la sabiduría que alcancé a acumular. Algo tengo pensado al respecto pero quedará al margen de esta biografía porque es un intangible todavía que no se si la extensión de mi vida me permita concretar. Y qué tal si para complicar mis influencias literarias poco después me tocó lidiar con Albert Camus. Vaya mezcla antagónica de personajes que reflejan muy bien esa controversia interna existencial que me tuve que tragar durante esa etapa de mi vida al afrontar el desafío de encontrarme a mí mismo, si acaso algún día realmente me encontré y pude reconciliar mis extremos y contradicciones, o mis diástoles y sístoles existenciales. Y fue circunstancial. Mi hermana Maggie tenía que elaborar su tesis de grado y el autor elegido por recomendación de su profesora resultó nada más ni nada menos que Albert Camus, el argelino francés que, siendo novelista, dramaturgo y filósofo, su gran obra, también resultó no el conjunto de su vida como Bernard Shaw, sino el conjunto de su pensamiento existencial que arrastró a miles de personas a meditar sobre temas complejos, nihilistas y bastante complicados en una época impregnada de dos sucesivas post guerras. No es que Maggie me pidió hacer su tesis de grado, sino que yo, cinco años mayor y auto elevado a nivel de genio por aquello de Bernard Shaw y mi tesis de 120 páginas, el doble de lo mínimo exigido, me entrometí mas allá de la opinión que me pidieron. Así fue como caí en “El Extranjero” una obra fuerte y compleja en la que se dibuja la incapacidad para expresar los pensamientos de un individuo que vive y muere escindido entre la razón y la emoción. No contento con ello, caí luego en la lectura de la “La Peste”, que trata de la naturaleza humana frente a una situación como es la peste que envuelve y afecta a las personas sin distingos de edad, educación y situación económica o social. Y así seguí con “El hombre rebelde” que es como yo ya me iba por mí mismo definiendo. De la lectura de esta obra abrí una ficha copiando lo siguiente:
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“¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde un primer momento. ¡Toma posición!” Y así entendí que muchas veces decir no es también alinearse para luchar contra corriente o contra lo más tentador o fácil. Muchos no y peros, hermano menor éste del primero, pronuncié y prevalecieron en mis labios durante mi vida, aunque siempre distinguí que no se trataba de un negativismo sino más bien de una predisposición a seleccionar lo más difícil y a cuestionarlo todo. Todavía no tengo la respuesta y no sé si realmente fui un pesimista durante los momentos decisivos de mi vida. A veces prefiero definirme como un rebelde entendiendo que la rebeldía no es un defecto sino una forma intensa de vivir y buscar dentro de uno esa plena identidad que la intimidad exige. Se trata de vibrar y no de acomodarse para hacer de la vida una aventura más intensa y más apasionada. Y seguí luego con la lectura de “La caída”, un libro brutal en sí y mucho más en las circunstancias en que lo leí, ya medio envuelto en eso del existencialismo que prevalecía como corriente filosófica cercana al anarquismo en el que Camus cayó sin poder levantarse porque la muerte le truncó la oportunidad de hacerlo. Estas intensas influencias recibidas en tamañas lecturas no obligadas y en los consecuentes análisis biográficos y bibliográficos, desordenaban mis esquemas emocionales y revolvían los paradigmas ortodoxos ya sembrados durante mi niñez y adolescencia. Así, ahora atribuyo a ese aspecto sombrío o aire de raro que me caracterizó durante algunas etapas de crisis que viví ya como adulto. Quienes así me recuerden tienen razón en parte. El ceño de la frente fruncido dejó sus huellas y no puedo negarlas. Al contrario, me dan cierto orgullo en cuanto marcan preocupaciones existenciales además de los abundantes dolores del cuerpo que siempre me acompañaron. No quiero dar más lata con estas complejas influencias que me envolvieron durante esos años de juventud e inexperiencia revolcándome en situaciones emocionales derivadas de la búsqueda y justificación existencial. Iba de salto en salto quemando etapas con desordenamientos mentales. El espíritu reverdecía con José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Gibram Kalil Gibran, para luego recaer
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en los precipicios de Frederick Niestche y Arthur Schopenhauer, con quienes el sosiego no se encuentra jamás durante el complicado viaje. Una montaña rusa, un laberinto intelectual y emocional que me confundieron dentro de mis propias y ya complicadas angustias existenciales. El proceso de maduración intelectual durante la formación académica se me hizo confuso de tanto subir y bajar aquel enorme tobogán. Felizmente, y lo digo en broma, Albert Camus murió joven, en 1960, a los 47 años de edad. Se estrelló en su automóvil, tal vez distraído y pensando cómo y cuándo debía morir quien, como él, se inspiró en el negativismo y complejidades oscuras de Friedrich Nietzsche, aquel alemán filósofo neurótico que me hizo trizas la cabeza cuando, quizás por novelería o quizás por sentirme raro o diferente, desordenaba mis lecturas y caía en tantas confusiones evitables. Recalco, ahora que recién puedo reconocerlo, que la sombra de pesimismo que reinó dentro de mí durante algunas etapas de mi vida me lo sembró principalmente Schopenhauer. Rescato algunas de sus frases que acopié en el inevitable fichero manual que utilizaba como método de trabajo y recordación cuando quería hacer un ensayo sobre este o cualquier personaje, ensayo que felizmente nunca pude ni quise terminar por lo complejo que era el pensamiento de este señor. Un tanto dramático resulta interiorizar esta sentencia de infelicidad perpetua que este filósofo sembró dentro de mí en tan temprana edad de mi existencia. <<…No sólo es la pasión la que a veces tiene un desenlace trágico. El amor satisfecho conduce también más a menudo a la desdicha que a la felicidad. Porque las exigencias del amor, en conflicto con el bienestar personal del amante, son tan incompatibles con las otras circunstancias de la vida y sus planes cerca de lo venidero, que minan todo el edificio de sus proyectos, de sus esperanzas y de sus ensueños>>. En otra ficha recogí un pensamiento aún más amargo y lacerante que decía; <<Al paso que la primera mitad de la vida no es más que una infatigable
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aspiración hacia la felicidad, la segunda mitad, por el contrario, está dominada por un doloroso sentimiento de temor, porque entonces se acaba por darse cuenta más o menos clara de que toda felicidad no es más que una quimera, y sólo el sufrimiento es real. Por eso los espíritus sensatos, más que a los vivos goces, aspiran a una ausencia de penas, a un estado invulnerable en cierto modo>>. Negar la existencia de la felicidad es algo cruel, y en esto Schopenhauer es reiterativo. En otra ficha recogí lo siguiente que, siendo irrebatible, me causó mayor angustia. <<…La felicidad está siempre en lo futuro o en lo pasado, y lo presente es tal cual una nubecilla oscura que el viento pasea sobre un llano alumbrado por el sol>>… <<Sentimos el dolor, pero no la ausencia de dolor”>>; <<… La vida no se presenta en manera alguna como un regalo que debemos disfrutar, sino como un deber, una tarea que tenemos que cumplir a fuerza de trabajo >>. Claro que ante el marasmo que producen tales lecturas con semejantes pensamientos tan complejos hay un antídoto para que no naufrague el optimismo. Leer obras deliciosamente frescas es la mejor receta. Debo confesar que nunca pude completar la lectura de “El Quijote de La Mancha” porque me lo imponían como tarea. Prefería acudir a mi pleno albedrío para seleccionar libros llenos de fantasía que sin duda cultivan la imaginación y la ocurrencia. Esas lecturas dan oxígeno y gozosos recreos emocionales. La zaga de Julio Verne con tantas novelas de fertilidad fantasiosa que no se alcanzan a enumerar como “La vuelta al mundo en 80 días”, “Las tribulaciones de un chino en China”, “Viaje al Centro de la Tierra”, “Alrededor de a Luna”, “Veinte mil leguas de viaje submarino”. y más etcéteras, estimularon la febril imaginación que yo llevaba encima y neutralizaron de alguna manera las complejidades sembradas con aquellas otras lecturas filosóficas mencionadas. “Corazón” de Edmundo D´Amicis, o “El Jorobado de Nôtre Dame” de Víctor Hugo, o “El Conde de Montecristo” de Alejandro Dumas, “La isla del tesoro” de Robert L. Stevenson, “El pirata” de Walter Scott, “La cabaña del tío Tom” de H. Beccher Stowe, “Robin Hood” de Walter Scott, “El último de los Mohicanos” de Fenimore Cooper, “Sandokán” de Emilio Salgari, son las que afloran de esa mente adolescente ya adormecida.
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Lastimosamente no había un librero de casa de donde robar alternativas y estas lecturas caían como regalos del cielo, en ediciones baratas que no supe conservarlas. Luego atacaban otra vez las tardes lluviosas que guardaba en mi alma rebelde y confundida. Y me daba por enfurecerme entremezclando ataques filosóficos. Y es así que, otra vez, Nietzsche se entremetía con su concepto de superhombre que nunca logré asimilar y que me planteó dudas dentro de mi fe religiosa tan bien cuidada hasta esos días. La frase recogida en mi inevitable fichero plantea algo que nunca he podido resolver: <<… Me pregunto con cierta desconfianza si todos los que entran el “reino de Dios” no vienen también de Dios>>. Este pensamiento me dio un tremendo revolcón espiritual con las dudas que implica en aquello de la fe y la religión. Y me angustiaba también este otro axioma recogido: <<El egoísmo tiene en cada hombre raíces tan hondas, que los motivos egoístas son los únicos con que puede contarse de seguro para excitar la actividad de un ser individual>>. Altruismo e idealismo entonces quedaban tirados en el piso, mientras para mí eran principios vitales que ya estaban sembrados e interiorizados desde siempre y que se veían en peligro, así de pronto, y ante tan simple y corta frase acuñada, como he dicho, en una ficha escrita y cuidadosamente almacenada en un cajita de cartón. También tropecé circunstancialmente con Nikos Kazantzakis, quien acudía a lacerar las heridas filosóficas y metafísicas sembradas dentro de mí. Llegó a tiempo como para darme boyas de flotación o equilibrio tranquilizadores. “Cristo de Nuevo Crucificado” “Alexis Zorba” 8 , y “La última tentación de Cristo” que tanta polémica causó cuando fue llevada al cine muchas décadas más tarde, fueron obras leídas en seguidilla para poder
8 Llevada al cine con el nombre “El que debe morir” y “Zorba el Griego”, magistralmente interpretada

por Anthony Quinn, uno de mis actores predilectos de la época.

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comprobar que no solo yo había caído en las garras de la confusión, y que a muchos les pasó lo mismo incluso al escritor griego, nacido en Creta, quien también andaba torturado por las preocupaciones metafísicas y existenciales sembradas por Nietzsche respecto al ateísmo y a ese indescifrable superhombre. Kazantzakis resolvió o maceró sus dudas porque también estaba obsesionado con preocupaciones religiosas o espirituales. Para lograr una unión con Dios, Kazantzakis permaneció en un monasterio durante seis meses, cosa que yo nunca estuve ni lejos de querer hacer. Ya para ese tiempo estaba cercano a emprender mi viaje a Europa y cumplir con mi destino. Y así, por recomendación de Thomas GarcíaJaén, español, cordobés, padre de mi íntimo y eterno amigo estudiantil Manolo, leí “Ha estallado la paz”, de José María Girondella, un muy grueso libro que me puso en contacto con el drama de la guerra civil española, que hasta pocos días antes de viajar me tenía sin cuidado. Fue muy útil su lectura para penetrarme en la realidad de la España que iba a conocer en tiempos en los que el Generalísimo todavía gobernaba con mano de hierro. Para terminar y cerrar este capítulo me interesa dejar constancia de un hecho que obligadamente recuerdo cuando un poco más de un año más tarde de mi partida de ese Quito franciscano tuve la oportunidad de estrechar la mano de Jean Paul Sastre. Sucedió en París y en pleno Montparnasse, gracias a mi puro atrevimiento. Con el filósofo francés yo me había familiarizado por la extraña relación odio-amistad que mantuvo con Albert Camus. Jean Paul Sartre fue realmente el existencialista a tiempo completo y padre de esa corriente filosófica que enturbió la mente de este débil joven perseguido por la enfermedad de Crohn, la que acechaba a la vuelta de la siguiente esquina que me tocaría doblar y casi de inmediato. Todo este circunloquio solo pretende recordar mis tremendos revolcones y subibajas emocionales e intelectuales en los que me encontré sumergido por leer y pensar en aquellos tiempos de mi formación académica desordenada y circunstancial. Tantas confusiones, cuántos ficheros que me ponía a elaborar más por saciar una sed de encontrarme a mí mismo y así, quizá, entender quién era yo y para qué
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realmente había nacido y sido escogido entre tantos espermatozoides que quedaron descartados. Creo que recién ahora a los setenta años estoy a punto de descifrar tales misterios, aunque creo resultará inútil para remediar la cosa una vez que soy consciente de que la vida ya se acaba o, al menos, ya ha pasado en su gran parte. Recién ahora creo descifrar que el misterio de la vida es indescifrable y que ninguna mente humana alcanzará a vislumbrar el más allá y la razón de tantos porqués.

Los primeros amigos y de la amistad en general
¿Qué es la amistad? En aquellos tiempos de pureza e inocencia que acompañan a la atolondrada adolescencia, sentimos una necesidad imperiosa de tener amigos y a través de ellos ir afirmando y diseñando nuestra personalidad. Pensamos que esos amigos lo serán para siempre y eso será verdad en la medida que los recordemos y que reconozcamos que influyeron en nuestras vidas. Eso lo sabremos muchos años después. Hay amigos del ayer que ya no lo son sino en forma fantasmal pues ni siquiera sabemos cuál fue su destino, si acaso viven todavía y, sin embargo, siempre estarán presentes de alguna manera en nuestros recuerdos en la mayor o menor medida que influenciaron para bien o para mal. De todas maneras las amistades de adolescentes forman parte de ese hilo existencial que une el hoy con el ayer. Mirando en retrospectiva, algunos amigos han prevalecido en la memoria porque por alguna razón sirvieron como mejor nutriente de nuestro anecdotario y permanecen allí latentes en forma de recuerdos y experiencias que finalmente terminan conformando una parte importante de nuestro acervo espiritual. Hay que mitificar en alguna manera el concepto de amistad y elevarlo más allá de su sentido genérico, tan usado para referirse a muchos conocidos de quienes conforman nuestro entorno o cotidianidad social. Por lo general, aquellos que creen tener muchos amigos suelen en verdad no tener realmente alguno que merezca el calificativo en el real sentido que la palabra exige cualitativamente. Y al contrario, aquel de quien se dice que es de “pocos amigos” puede tener sentido mejor y más puro de lo que realmente es la amistad, ya que la administra como un tesoro escaso y peculiar. Durante el transcurso de la vida, muchas veces
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por simple azar o circunstancias, vamos adquiriendo o encontrando personas que se vinculan con nuestro destino y nos ligan en el campo de la lealtad y de la solidaridad. Las más de las veces nuestro obligado círculo social, laboral o familiar priva la palabra amistad de ese sentido de nobleza que le corresponde. No hay amigos con condiciones ni por oportunismo, y eso solo lo sabremos en su debido momento cuando se ponga a prueba esa relación durante las adversidades que se deberán sortear en el camino. Muchos piensan o creen tener “muchos amigos” cuando a la hora de la hora descubres que eran puras fantasías de su propia creación o deseo artificial de reconocimiento social o simples compañías para tapar su soledad. Durante aquella edad de la adolescencia y debido posiblemente a aquel instinto gregario del cual estamos dotados, nos hacemos amigos con más facilidad y los buscamos o fabricamos por cualquier razón. Luego, como que ese músculo invisible se endurece y nos volvemos más selectivos o perezosos. Posiblemente durante la adolescencia y juventud nos hacemos amigos más por compartir experiencias, por adquirir seguridad grupal y luchar así contra la timidez individual, por desahogar nuestra intimidad o finalmente para compartir los momentos de libertad, expansión o diversión. Así es como se conformó el primer núcleo de los amigos del barrio La Mariscal, a los que se sumaron algunos de relación colegial. Constituimos un grupo que, al simple sonar de un silbido callejero, nos íbamos reuniendo en la esquina de las calles Carrión y Reina Victoria. Hablamos de un Quito bastante más pequeño que el actual. La bicicleta y la pelota eran los principales instrumentos de diversión aunque no todos teníamos bicicleta y, a veces, tampoco la pelota convencional. Así que el fulbito callejero se jugaba con cualquier cosa, incluso con piedras más o menos redondas envueltas en trapos. El asunto era sudar y liberar las energías que a esas edades se suele tener a borbotones. No había ni televisión ni Nintendo ni Play Station ni nada que se le parezca y, aunque los jóvenes de hoy no lo comprendan, pasábamos muy bien. Tampoco había teléfono celular ni todos tenían el teléfono convencional. El silbido y nada más bastaba para reunirnos en la esquina. Me consideraba un buen ciclista y malabarista con el pedal. Mi abuelo
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Esteban nos había regalado, a mi hermano y a mí, la primera bicicleta Tucson, marca inglesa, inglesa de verdad. Y gracias a eso, desde corta edad, tuve miles de horas de práctica ya que mi hermano Tony siempre fue adelantado en eso de las diversiones y hacía cosas de avanzada con amistades mayores a él. Por esa razón la bicicleta realmente fue mía, mientras él apuntaba a manejar clandestinamente el automóvil de la casa. Duró muchos años hasta que aquel primo travieso que venía de Guayaquil a pasar sus vacaciones, la arruinó. Las travesuras de Nuno eran un castigo para nosotros por su desbordado ímpetu especial. Lo que me dolió no es que haya chocado accidentalmente y de frente, sino que la estrelló deliberada y frontalmente para ver hasta dónde resistía el cuadrante principal. Y lo hizo una y otra vez, hasta que del asiento al timón no había casi espacio para estar. Un daño irremediable pese a mi habilidad para reparar cosas. Hasta ahora tengo pena de no haberla podido conservar aunque permanece intacta en el museo de mis recuerdos. Ya no se fabrican bicicletas así. Duras, pesada y con un sistema de frenos que trabajaba con el pedal, bastaba invertir el sentido del pedaleo para bloquear la llanta trasera. Mediante un cambio de piñones traseros mejoré la eficiencia del frenado para ejecutar peligrosos y vistosos malabares. Era una bici de color negro, con letras doradas que decían “Tucson”. ¡Ay mi primo Nuno! ¡Cómo me jodió con esa travesura en particular y tantas otras que, sumadas, eran bastantes! Sus vacaciones en Quito eran un torrente de locuras que alteraban las rutinas de cuantas maneras le era posible imaginar. Cuando regresaba a Guayaquil, me dejaba en herencia las deudas en la tienda de don Lucho, donde este buen señor llevaba en un cuadernito los consumos que hacíamos a buena cuenta. La mía personal nunca pasaba de los diez sucres. La última cuenta de Nuno llegó a topar los cien en solo un mes de estancia. Finalmente este querido primo tenía algo enorme a su favor: su tremenda simpatía capaz de envolver y obtener el eterno y reiterativo perdón. En esa bicicleta perseguíamos a los buses de las colegialas y me prendía de alguna parte del peligroso vehículo para ir a su misma velocidad y conversar así con la chica que se sentaba en la ventana. ¡Cuánta feliz irresponsabilidad! En los tiempos modernos esta diversión no existe en la mente siquiera por la peligrosidad que encierra, aunque en aquel entonces también se corría riesgos en miniatura, pero al fin de
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cuentas riesgos. Luis Reimberg vivía en el edificio del Cuerpo de Bomberos instalado allí a dos cuadras de distancia de la esquina de reuniones. Era hijo del mandamás de ese cuartel. Eso nos dio acceso a la cancha de vóley de los encuartelados que, por serlo, eran magníficos jugadores del vóley serrano, es decir del tres contra tres. Con ellos jugábamos con nuestros refuerzos o en equipos combinados, y hacíamos apuestas, sudábamos y la pasábamos bien. Si bien ni mi altura ni peso eran los adecuados, me desenvolvía con gran agilidad y determinación. Otras cientos de horas pasamos allí sudando sobre la tierra apisonada. Luis, o Lucho como le decíamos, era un joven alegre, alto, simpático y costeño. Fue el primero que se casó a muy temprana edad. Años más tarde nos vimos algunas veces en Guayaquil y él ya era abuelo mientras todavía yo seguía soltero. No lo he visto hace dos décadas pero lo recuerdo siempre y pertenece, por tanto, a aquellos que considero amigos de toda la vida. Con el fútbol, ya lo he dicho y ahora lo reitero, no me fue tan bien. Mi extraña forma de pisar como pato me restaba el don, a lo que se sumaba el porte, el peso y la vehemencia que ponía para superar mis deficiencias. Quería estar donde estaba la pelota y eso no es así. Insistía yo en arrebatar protagonismo a los mejores y más grandes y eso tampoco era lo adecuado ni conveniente para mi integridad personal. Por lo general fui suplente o finalmente arquero cuando yo era el dueño de la pelota. De sudar, sudaba. De correr, corría. De pasarla feliz, la pasaba feliz. Muchas veces sangré, entre otras cosas porque por alguna razón inesperadamente sin mediar golpe alguno me salía chorros de sangre por la nariz. Finalmente me cauterizaron al interior de la fosa nasal con lo cual se solucionó aquel inconveniente que me daba aún más desventaja en el mundo de la actividad deportiva, a la que por compensación le puse más esfuerzo que buenos resultados. Sin embargo son lindos los recuerdos de mi vida deportiva escolar y colegial. Cómo no mencionar una cancha de básquet improvisada rústicamente en el jardín de mi casa, que tenía tantos recovecos que nadie podía vencernos a Gustavo Jácome y a mí cuando aprovechábamos a fondo nuestro gran entendimiento, los extraños rebotes en paredes colindantes y otros malabares aprendidos de tanto ensayarlos juntos.
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Ganar a los grandotes equivalía a la felicidad juvenil inexplicable e imposible de alcanzar en otras circunstancias. A falta de cancha o potrero, jugábamos pelota callejera. Los vehículos no nos molestaban, ni nosotros a ellos, porque el tráfico era muy incipiente todavía. Los transeúntes eran menos escasos, sin estrés, palabra ésta desconocida en aquellas épocas y que en los tiempos actuales oigo pronunciar todo el tiempo y todo lugar. Viene a mi memoria un peatón de unos veinte y pocos años más de edad que con sus libros bajo el brazo, corbata, terno y petulancia, nos hacia interrumpir el juego callejero por la prosa que se traía. Era un universitario apuesto con su reprimida u oculta juventud a cuestas. En alguna ocasión, y dado al calor del juego o la necesidad de continuar una jugada, el señor se enfadó porque la pelota le rozó su nítido pantalón. Conforme se alejó alguien que no fui yo, le gritó: “¿Te crees Presidente de la República o qué?” Lo gracioso de todo esto es que finalmente, bastantes años después, llegó a ser Presidente de la República. Este episodio quizás influyó para que yo no me haya afiliado a la Izquierda Democrática, partido que fundó aquel señor parsimonioso y carente de juventud por su afán prematuro o determinación de llegar a dónde quería llegar. Me refiero a Rodrigo Borja. No fue un mal presidente aunque adefesioso y ceremonioso en la manera de vestir y caminar desde que tuvo uso de razón posiblemente. Prosudo y chapado a la antigua moda liberal, es decir convencional, pese a su discurso progresista. Entre estos amigos del barrio y de aquel tiempo recuerdo en especial y con mucho cariño a Marcelo Coronel Sánchez. Estudioso, aplicado personaje que además era politécnico. De mi estatura, aunque de osamenta más gruesa. Inteligente, creativo, serio, responsable y capaz. Era su rostro rojizo, ojos claros y sus cabellos tendían a rubio. Gran conversador de los temas científicos y cotidianos. Era, eso sí, muy cerrado en sus intimidades. Tenía excelente sentido del humor. Un día se desapareció. Debía ser operado y ni el día anterior a su cirugía programada nos lo contó. Para todos fue una sorpresa pues lucía saludable como todos. Cuando se reincorporó a las andanzas y durante un atardecer tristón de esos que causan ambiente de confianza y confidencia en medio de las garúas y nubes que entontecen a Quito, me
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explicó su dolencia: le habían extraído las glándulas suprarrenales y con voz preocupada me dijo confidencialmente que eso le significa unos veinte años menos de vida. Enseguida yo acudí en su auxilio anímico y le dije que como buen científico que llegaría a ser, debía confiar en el avance de la ciencia. Olvidé el tema porque lo vi llevar una vida plena y normal. Además, cuando uno es joven, una década más o una década menos de vida es algo etéreo y tan difuso que no debería preocupar a nadie. Marcelo murió joven, antes de los cuarenta. Dejó dos hijos a quienes nunca conocí, y ya de esos son casi treinta años atrás. Hace poco releía sus cartas redactadas como si fuese secretario de prensa de la “jorga” quiteña; yo estudiaba en Madrid. Algunas lágrimas vertí. Eso es la amistad. Una unión que se impregna en el recuerdo para siempre, aunque las circunstancias diluyan la frecuencia del trato y esa necesidad de desarrollar una solidaridad que se esfuma porque el destino así lo determina. El enlace cotidiano se vuelve ocasional, se disipa y quedan los recuerdos que son como nutrientes que yacen en nuestra memoria. Con Marcelo compartimos experiencias en Europa cuando estuvimos becados, él en Inglaterra y yo en España. Mantuvimos contacto epistolar fluido y nos reunimos para un viaje a Sevilla. Mucho conversamos especialmente sobre el devenir de la ciencia. Él me hablaba de lo que significarían los satélites, que la lucha por la conquista del espacio se reducía a aquello de facilitar las comunicaciones y que eso sería una revolución tan grande como la industrial del siglo pasado. Yo le oía y realmente no creía que eso lo alcanzaría a comprobar con mis ojos. Era como ciencia ficción. Lástima que Marcelo no pudo disfrutar cuando se plasmó y se incrustó en la vida cotidiana. Con mucho cariño conservo sus amenas y ocurridas cartas que a modo de periódico me ponía al tanto noticioso de lo que ocurría en el franciscano Quito que yo había dejado atrás y para siempre. De ese grupo de barrio y colegial también murió joven Fabián Carrillo Páez. Buen deportista y, durante una etapa, muy confidente mío. Mantenía su fase misteriosa y reservada. Se casó, tuvo su familia y a sus hijos tampoco conocí. No recuerdo cuándo fue la última vez que nos dimos la mano aunque en mi mente nunca lo borré de la lista de amigos porque, de alguna manera, la amistad tiene su magia y no tiene explicaciones. Murió. Cinco letras simples y sencillas que significan un
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punto final, aunque no el final de los recuerdos que aún perduran como lo pueden comprobar. Mi mejor amigo por continuidad y confidencias de esas épocas fue Gustavo Jácome Paredes. Una amistad que perduró durante los años de universidad y muchos más y que se distinguió por la extrema lealtad que siempre lo caracterizó. Un hombre íntegro y noble en excelencia. Recto, solidario e incondicional. Luego de que salí de Quito, a los 24 años de edad recién cumplidos, el destino fue debilitando nuestras confidencias. Contactos ocasionales y más que nada telefónicos. Ojalá hubiesen sido los tiempos del Facebook, del BlackBerry, del Ipad y de la foto digital. Al menos hubiese conocido a sus hijos y quién sabe cuántas otras intimidades suyas más. Para cuando murió con apenas sesenta y algo más años de edad encima, los contactos telefónicos subsistían aunque fueron mermando conforme su memoria se iba disipando a causa de una penosa enfermedad. Mientras pudo, nunca falló su llamada cada 4 de agosto ni la mía los 19 de julio, fechas de nuestros respectivos cumpleaños. ¿Fue mi mejor amigo? Así lo recuerdo y lo recordaré, aunque luego, con el tiempo y circunstancias, poco nos frecuentamos. No estuve en su entierro y siempre me apenaré por ello. He citado esos casos por añoranza y para meditar sobre la amistad, factor éste tan importante en el desarrollo de una buena calidad de vida afectiva. Ellos, los citados, ya partieron y los recuerdo porque quedaron en mi memoria como parte de mi vida, la cual no se disipa ni me abandona del todo todavía. Quedaron los otros primeros amigos del barrio, de esa época durante la cual nos formamos con energía y sin noción del tiempo, que son dos elementos que caracterizan a la adolescencia y sus inmediatos años posteriores. De los otros amigos de ese grandioso momento, no sé mucho. Una cortina de borrosos recuerdos es lo que tapa la visión. Carlos Alarcón fue el primero que emigró. Nunca más supe de él. Los recuerdo a todos como una sola situación. Distingo a Fernando Coronel y a Peter Espinosa, más que a los tantos otros con quienes, de una manera u otra, coincidimos durante aquellos dulces años que intento recordar. Pasamos horas de horas jugando fútbol o vóley, y yo más horas aún haciendo piruetas en la bicicleta. Con el tiempo como grupo barrial no quedó nada, ni el
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barrio mismo, y cada cual tomó su ruta y su camino. No hemos asistido a nuestras respectivas bodas y seguramente estaremos ausentes en nuestras exequias. Nos quedan los recuerdos como un telón de fondo sobre el cual se proyecta nuestra vida cuando nos ponemos nostálgicos mirando hacia atrás. A veces pienso que la amistad es como un árbol sembrado para embellecer el camino que debemos recorrer. Vamos en un veloz tren de la vida mirando el paisaje sin apreciar plenamente el verdadero valor de cada inmenso árbol y sus refrescantes hojas que tan rápido van quedando atrás. Me estoy refiriendo a aquellos amigos barriales, porque el barrio era el hábitat natural que ahora ya no es. Muchas veces se juntan en esa misma época otras amistades de origen familiar como Roberto Hayeck, hijo de mi “tía” Salma y de don José, con quien compartí desde la infancia pues nuestras familias eran casi parientes por la intensidad y frecuencia. Pasados pocos años más y ya para la temprana etapa universitaria, se agregaban amigos de toda la vida, como Manolo García-Jaén con quien compartí desde la escuela hasta la universidad y continuamos todavía. Y de ahí se añadían los amigos de ese amigo, como fue años más tarde Francisco Valdivieso cuando este jovencito regresó de El Escorial; y José Antonio Briz, bastante más joven y quien también llegó de España a vivir su orfandad para finalmente morir secuestrado y macabramente asesinado pocos años después cuando yo ya radicaba en Guayaquil. Amigos hay muchos más y se fueron sumando en nuestra vida conforme la recorríamos. Faisal Misle, atento y un duque en sus formas y maneras de expresar su entusiasmo siempre juvenil. Raúl Molina, Marcelo Andrade, Armando Larrea y ya no quiero continuar hincando sobre aquel ayer que tan rápido pasó como pasa el inexorable calendario. Tampoco puedo ser exhaustivo aunque me sale natural recordar a algunos de ellos con quienes mantuve mayor afinidad y más vivos recuerdos9.

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Ricardo Illingworth, Elías Velasco, René Albuja, Manuel Castro, Jorge Egas, Manuel García, Julio Hanze, A. Mantilla, Mario Piñeiros, Pepe Sandoval, J. Torres, A. Vélez, Rodrigo Viteri, Juan Utreras, Patricio Paredes, Leopoldo Báez, N. Carrera, Fernando Cazar, Vicente Chamorro, Tito Estupiñan, César Landázuri, Julio Mora, Iván Torres, Manuel Vaca, Iván Vera. Fernando Yépez, Patricio Quevedo, Luis Arrobo, Patricio Carrillo, René Cevallos, Mario Durango, G. Gangotena, E. Jaramillo, Pepe Lecaro, Diego Paredes, Carlos Romero, Marcelo Torres, Pedro Velasco, Juan Villacís y Marcelo Yépez (En el orden de la foto de Bachilleres del Colegio San Gabriel, 1959). Faltan algunos que no están en la foto, entre ellos Luis Salazar fallecido hace muy poco.

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Cuando me desarraigué de Quito y partí de esa ciudad sin saber que para siempre, mis amigos de escuela, barriada, colegio y universidad quedarían atrás convertidos en imágenes de sal más que en figuras de carne y hueso. No cumplía mis 24 años todavía cuando me di cuenta de que tenía que volver a fabricar amistades continuamente en distintas ciudades y distintas circunstancias. Concluyo afirmando que aquellas amistades primaverales tienen el sabor que otras no tendrán. Las que vienen cuando ya hemos madurado serán amistades posiblemente más serenas, más racionales que afectivas, quizás más solidarias por que han sido seleccionadas no por eventos fortuitos como los el barrio, la escuela o los vínculos familiares. Sin embargo, aquellas, las primeras, serán las más bellas por ingenuas y espontáneas y las que mejores recuerdos dejan en el paladar de la memoria.

Primeras experiencias en el sexo y el amor, y del amor en general
Me voy a referir a esas circunstancias y edades tenebrosas que se extienden desde que las hormonas nos atacan con furor hasta que, mediante el método del acierto y del error, vamos elaborando propias reglas de juego sobre estos temas que nos acompañarán durante nuestras vidas de forma muy constante. Dicen que un hombre en la adolescencia sufre más de cien ataques o impactos de deseo sexual al día, sin contar los sueños húmedos nocturnos que inevitablemente vendrán durante las horas en las que teóricamente hay que descansar. Reglas de la naturaleza que son difíciles de sortear porque hacen referencia al instinto de reproducción de la especie, es decir que es inherente a cada ser. Lo complicado es que los católicos hayamos hecho de este impulso natural el pecado principal y se lo haya revestido de culpa bajo aquella premisa del pecado original. Culpa realmente no la hay. Así lo expresé en una clase de religión cuando nos daban “educación sexual” que realmente era de disimulado catecismo y religión. ¿Qué culpa puede haber si solito siento esa fuerte comezón incluso mientras estamos en clase de Religión? Lo exclamé luego de levantar la mano para que se me conceda la respectiva autorización, dirigida al cura profesor de tan complicada materia en la que sólo uno sabe lo que sucede adentro de cada pantalón. Los curas de la época usaban sotana quizás por la
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razón de evitar se note la fuerza de una espontánea erección, mientras que nosotros estábamos allí sentados en clase con esa cosa parada, sin saber cómo refrenar la incomodidad que representa esa hormonal y embarazosa rebelión. Las circunstancias culturales que existían en Quito, Ecuador, entre 1954 y vamos a extenderlos hasta los años sesenta y bastante más, eran muy severas, precarias para el desarrollo de la educación sexual. Lo tuvimos que aprender a fuerza de instinto ayudados con informaciones recogidas por doquier. Sexo y amor, en teoría, según nos lo predicaban en casa y el colegio regentado por jesuitas, deberían andar de la mano. Fácil decirlo. Eso en la práctica no suele suceder así. Sólo “puede darse esta unión sexual dentro del indisoluble sacramento matrimonial” era el eco sucesivo que nos cansamos de escuchar. Se propulsaba indirectamente que la gente se casara joven, lo cual podía ser adecuado en los tiempos en que el promedio de vida no llegaba a los cuarenta años de edad. Hoy, a los cuarenta llega una segunda remesón e, incluso, a los sesenta estos impulsos se vuelven a descontrolar con la ayuda del viagra y más estimulaciones visuales que aparecen por doquier a causa de la liberación femenina y su cada vez menos acentuado pudor; porque ellas al igual que nosotros, en ese entonces, tenían sus propios padecimientos debajo de sus faldas. En esos tiempos las mujeres liberadas eran putas, y nosotros, sus clientes o afectos, machos y nada más. Además había otro factor: el de la disuasión. Si las debilidades y las oportunidades se juntaban, el gran peligro de experimentar el sexo no solo eran los embarazos que precipitaban hacia un matrimonio obligado por presiones familiares o sociales. ¿Cómo podíamos arreglarnos para tener sexo, sin arriesgarnos a tener un matrimonio prematuro en contra de nuestra voluntad? En aquellas épocas no solo el embarazo era la causa de un matrimonio forzado, sino la pérdida de la virginidad de la mujer que era considerado como una afrenta familiar. El futuro marido era visitado por los fortachones de la familia ofendida y, sin más, había que presentarse ante el altar. En esas circunstancias, solo quedaban dos salidas obligadas para eyacular: la masturbación o el prostíbulo. El mejor antibiótico era el deporte, hasta cierto punto no más, porque las tentaciones de la carne
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se incrementan en proporción directa a la misma prohibición. Nunca entendí, y así lo pregunté durante otra clase también de Religión, al cura que se esmeraba en darnos como consejo que nos mortifiquemos el cuerpo para controlarlo, mediante latigazos o una ducha de agua fría, para disuadir o reprimir aquel bulto que casi a tiempo completo amenazaba con romper todo lo que se pusiera por delante. Levanté otra vez la mano para pedir autorización de preguntar. Expresé que no entendía ese fenómeno atrapado dentro del cuerpo y que, si aquello era algo natural, por qué no era cuestión de que primero uno piense y que luego, en consecuencia, el miembro se yerga, sino que con frecuencia sucedía a la inversa, y siendo así ¿cómo es que se debía proceder? El cura nos decía que era el pensamiento donde se originaba la tentación, y yo le insistía que el pensamiento muchas veces solía venir después de la erección. ¡Si el huevo o la gallina. Vaya discusión! Si antes o después era algo bastante semántico, pues lo cierto es que esa situación hormonal era una constante ya que esos síntomas eran como un volcán que terminaba, poco antes o poco después, en una inevitable erupción. Cuando adulto de alguna manera comprendí lo que el cura quería decir; sin embargo en aquellos años de turbulencia no era así. Creo que el consejo era mucho más sencillo de entender si se lo enfocaba en que hay que mantener un estado de alerta para evitar las oportunidades antes que buscarlas o provocarlas porque, una vez metido en la boca del lobo, ya resulta absolutamente tarde para frenar el descontrol sexual. Eso en un adulto es más fácil de asimilar porque en la juventud, además, hay el factor curiosidad. Si alguien se organiza previamente y tiene listo el lugar, el bolín, el jabeque o como se lo quiera llamar, ya está dado el primer paso facilitando el camino para caer en la tentación, que irremediablemente vendrá porque la actitud está predeterminada en la emboscada por uno mismo provocada. Frenar oportunidades en frío es mucho más fácil que frenarlas en caliente, aunque tampoco eso es así de fácil ni sencillo porque cuando se enciende la atracción solo hay un remedio: dejar de ver a la otra persona antes de que las dos sientan que sus deseos están condenados a cumplirse por encima de toda inhibición. Luego de una confesión sacramental, el sabio cura me dijo una vez “¡Aléjate de esa mujer porque no hay otra solución!”. Había que cortar las cosas empezando por el principio. Claro que la vi unas
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docenas de veces más, pues para eso está precisamente aquello de la confesión. Lo cierto es que estos problemas del sexo son tan antiguos como la misma humanidad, y es así como se explica la existencia de la más antigua profesión. Me gustó toparme con la frase “hacer el amor”, que recién se puso en nuestros oídos y bocas pocos años después de la adolescencia. Antes usábamos palabras rudas y chabacanas. Hacer el amor significa lo que debe de ser. Unir el sexo y el amor tal como lo intentaba explicar el cura en las clases de catecismo sin atinar a descubrir la frase tan didáctica y fácil de entender, claro está, para los que ya han hecho el amor. Y ya en la práctica sucedía lo que no debía suceder. Muchas parejas de mi generación comenzaban con esa idea, del amor puro o platónico y el sexo quedaba relegado para después investigar qué era lo que realmente se encontraba debajo de las sábanas. Otros hacían lo contrario y, para colmo, supliendo o combinando el amor con el alcohol, descubriendo en ambos casos, muchas veces tardíamente, el grado de egoísmo individual y su incapacidad de hacer el amor en el sentido cabal. Nuestra generación, en sus circunstancias educativas tuvo que explorar envuelta en un mundo oscuro y tildado de pecado. Algunos, creo que la mayoría de mis amigos de aquel entonces, se casaban más que nada para poder ejercer su capacidad sexual, y eso no debe ser así. Sin embargo, hay que anotar que en otras sociedades especialmente las asiáticas y las no occidentales, la selección de la pareja es un tema que se encomienda a la familia y a las comadres casamenteras, y ha funcionado bien bajo las normas de esa tradición. De hecho, mi abuela Cristina desposó a mi abuelo Esteban a sus catorce años de edad; sesenta y cinco años después, en una entrevista que le hizo mi buena amiga Liz López, periodista, afirmó que ella se llegó a enamorar profundamente de mi abuelo conforme él le proporcionó seguridad y respeto y en tanto fue descubriendo que era un buen hombre, serio y trabajador. Pero esa no fue mi vivencia ni mi circunstancia ni mi realidad. Mi problema era cómo enfrentar y fusionar mi vida sexual y la sentimental durante esa primera juventud. Tardé mucho en aprender. Mientras tanto, una cosa era amar y otra fornicar. Ya en el confesionario, al que acudíamos muchas veces bajo el ojo
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vigilante de nuestro cura inspector del curso, encargado, además, de ponernos la nota de conducta, debíamos arrepentirnos incluso de las eyaculaciones nocturnas en medio de un sueño inquieto, que culminaba lleno de placer a pesar de haber rezado el Padre Nuestro y las consecuentes Ave Marías antes de dormir, tal como nos lo habían recomendado hacerlo. Total que el demonio y la tentación habían ganado la batalla y que, habiendo caído en pecado en estado somnoliento, debíamos regresar al confesionario llevando incluso la contabilidad, es decir la suma y el total. Resta o atenuantes, no. Sí o no. Cielo o infierno. Entonces venían las interrogantes adicionales pues, si eso era pecado mortal y por mala suerte nos pillaba la muerte antes de poder confesarnos, irremediablemente deberíamos cocinarnos por toda la eternidad. Total no me parecía justo y en la práctica resultaba más inteligente reunir una docena de esos deliciosos e inevitables pecados para cocinarse a igual temperatura infernal, salvo que hubiese un termostato para castigar proporcionalmente y con justeza a cada pecador. No nos precisaban a qué temperatura se mantenía en el purgatorio para apreciar cuán chamuscados estaríamos antes de llegar al cielo donde, se asume, hay un clima templado; mientras tanto había temperatura carnal y sufrimientos causados por esa extraña apéndice reproductora que se erguía en constante revolución. Vaya problema difícil de manejar en aquellos tiempos en que parecería que el sexo era la línea divisoria entre el cielo y el infierno, entre el bien y el mal. Ante tal problema presentado había que encontrar una solución y no quedaba más. Ni los padres ni los maestros eran el camino. Y así, a la primera oportunidad de experimentar un beso, de esos censurados en determinadas películas prohibidas o no para menores de doce, catorce, dieciséis o dieciocho años de edad, ni corto ni perezoso, me aventuré a escudriñar. ¿Cuántas clases de besos habrá?, me pregunté muy seguro que esto solo se podría resolver con las experiencias y aprovechando que a los besos no los habían tabulado como pecados. Al menos nunca los confesé ni los conté, pues había besos inocentones cortos y otros tan y tan prolongados que no pesaban igual. ¿Cómo entonces llevar la contabilidad? ¿Por número, por intensidad, por duración?

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El Cine Capítol era el lugar ideal. Frente al parque Alameda, en las filas de atrás en la parte de luneta superior. Era matiné. La chica que se me insinuaba era del Colegio Americano, es decir educada por los gringos y no por las monjas que generalmente eran las que formaron a todas mis subsiguientes enamoradas colegiales. Una oportunidad ideal para la cual me preparé lavándome bien la boca, mascando chicle y peinándome con inusual esmero. En esos tiempos no había enjuagues bucales. Ensayé con un espejo y fui muy seguro. Se apagó la luz y así, de sopetón, ella tomó la iniciativa feroz. Me puse en posición, cerré los ojos para dar mi primer beso de verdad y me encontré con una lengua extendida como una serpiente húmeda que brotaba unos diez centímetros fuera de sus labios. Pensé en la serpiente quizás por aquello que le sucedió al pobre Adán frente al árbol del cual se comió la manzana. Mis labios todavía medio cerrados se tropezaron con esa cosa babosa y ya no sabía qué hacer. Tampoco ella sabía besar y quería lucir moderna con eso del beso francés que le habían contado sus amigas. El “beso con lengua”, se decía en aquel tiempo, sin saber ni entender que el beso es una búsqueda apasionada que expresa deseo o amor y que no se surge ni se aplaca sino desde que brota el deseo hasta llegar al éxtasis final. Qué mal rato y qué larga se me hizo aquella función. A la salida, mis amigos me felicitaron. Lo cierto es que rehuí repetir la experiencia y ella nunca jamás supo el porqué de mi alejamiento total. Para mis adentros consideré que era muy joven para mí, y que eso del beso no debía aprenderlo ni experimentarlo con personas menores a mí. La oportunidad que mejor recuerdo se dio esta vez en el cine Nueve de Octubre, en la ciudad de Guayaquil. Última fila, para variar, y también en la luneta superior. Es decir con premeditación consentida. Una bella y bien conformada guayaquileña, morena de ojos verdes almendrados me enseñó con gran naturalidad y encendida pasión lo que significa besar. Eso sí, nada de tocar senos ni bajar las manos más allá de su cintura, aunque los dos jóvenes impetuosos lo deseábamos de verdad. Así entendí lo que podía pasar si se encontraba la soledad y la oportunidad para entrar a las grandes y embarazosas ligas mayores que estaban reservadas quién sabe hasta cuándo, dónde y con quien. Fueron besos largos y prolongados, solo interrumpidos cuando se encendía la luz. En estos tiempos actuales sucede al revés. El beso de los adolescentes se termina cuando empieza la película que realmente la fueron a ver. En
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aquel entonces los insomnios solo se curaban con la masturbación o con ducha fría, y es fácil entender cual era la opción más satisfactoria y frecuente. Venir a Guayaquil a pasar las vacaciones del año escolar se volvió infernalmente interesante. Las hormonas duplicaban su poder y constituían un verdadero suplicio por el calor, por un lado, y por el andadito de las costeñas con ese meneo natural, la gracia tropical y ese portentoso caminar que me volvía loco, loco de verdad. Además, eran vacaciones y por tanto el tiempo libre se vuelve el germen de toda tentación. Finalmente es cuestión de oportunidad. Mis primos costeños eran de mi misma edad y algo más. Todos ya habían tenido su experiencia “vital”; y yo, gracias a mi abuelo y tías tenía ingresos adicionales que me daban paso para considerar que debía regresar a Quito, ya hecho un hombre, un hombre de verdad, con algo que contar. Había las “madamas”, aquellas señoras que administraban un local adecentado, limpio, en cuya sala esperaban las damitas. No eran burdeles oscuros y más bien estaban dirigidos a los “señoritos”. Allí no había ambiente de broncas ni de exceso de alcohol y atendía desde las tardes, lo cual otorgaba una sensación de mayor seguridad. No es que se podía ir así no más, sino que se necesitaba ser referido o acompañado de un conocido cliente. Y así sucedió. Fui impulsado por toda la gallada, que entró con algarabía, cada uno escogió su pareja no sin antes recomendarme apuradamente. Quedé solo mientras ellos fueron a ocupar sendas habitaciones que estaban preparadas por doquier. Como la madama me vio jovencito, flaquito y bastante asustado, me presentó a una chica también jovencita de mi misma o menor edad. Yo andaba cerca de los quince. Y así sucedió, con aire de inocencia, porque ella lo hacía tan inexpertamente como yo, razón que explica todo lo poco que allí aconteció. La aventura se constituyó en mi primera experiencia carnal y siempre la recuerdo con un surrealismo y una ternura más que como pasión consumada y consumida, porque mejor nos entendimos cuando, para guardar las apariencias y ocupar la media hora que me correspondía, nos pusimos a conversar. Realmente yo conversaba para compensar la eyaculación inexperta y precoz, y a ella poco o nada
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le había conversado algún amante fugaz sino que, usualmente era sometida a situaciones más aerodinámicas a las que ella pasivamente cumplía porque era su trabajo y nada más. ¡Cuánto quisiera saber cómo finalmente le fue en la vida! Esas eran las circunstancias de aquella época. Y así sucedió. Cuando salí, todos mis amigos me aplaudieron, pero esa noche no dormí feliz. Ni siquiera creo que dormí. No puedo evitar recordar otra situación importante en mis años tempranos de estudiante universitario ya. Esta era un bella manabita de Bahía de Caráquez que estudiaba en Quito de la que me enamoré de una manera más integral. Yo ya sabía besar y ella también. Recuerdo con claridad una ocasión que desde la calle arrojé a su balcón un papel que envolvía algo más pesado para que alcanzara su destino. Era un bala de revolver, y en el papel decía, “Cuando ya no me quieras, devuélvemela para quitarme la vida…”. Siempre me he preguntado si esa bala estará en alguna caja de recuerdos conservada todavía, porque me gustaría recuperarla para decorar mi museo existencial. Fue esta chica la que me acercó a entender la adultez, porque si hubiese habido alguna buena oportunidad habríamos llegado a la intimidad total y quién sabe qué hubiese pasado después porque realmente la amaba. Pasaron los años y pese a vivir en la misma ciudad nunca la volví a ver. Cada vez que veo una bala recuerdo aquel fulgor y el fragor de esos besos que me hicieron vibrar. Quizás me pude haber casado con ella como consecuencia del amor sumado a esa vibrante atracción sexual, pasmada tal vez por falta de una buena y cómoda oportunidad. Estaba ella programada y preparada para casarse con otra persona y creo que fue feliz. Los matrimonios convenidos suelen funcionar. Del amor platónico también se debe hablar. Sentimentalmente hay dos experiencias de mi vida que recuerdo y que no corresponden precisamente a esta etapa cronológica de la vida, sino a pocos años después, cuando sentí una necesidad de buscar intelectualmente a la mujer perfecta como para construir a la futura esposa, madre de nuestros hijos, por siempre y para siempre, amén. Lo platónico es un proceso de cristalización mediante el cual se idealiza y hasta se aleja de la realidad. Uno no se enamora de una persona de carne y hueso, sino
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de una suerte de estatua de cristal que se construye dentro de sí para poseer un bello adorno, tan bello como frágil y que se suele romper ante el primer choque con la dura y cotidiana realidad. Basta un mal aliento y todo corre el riesgo de esfumarse tan fácilmente como llegó. A ese par de amores platónicos ni siquiera las besé, y ellas no tuvieron o la valentía o el deseo de tomar iniciativas lo cual para mí significaba que a ellas les funcionaba el tema igual que a mí. No era de ser y nunca fue. También ellas tenían su propio proceso de cristalización y posiblemente ese ser ideal no era yo. ¿Cómo les fue a ellas en su búsqueda? Tampoco lo sé. Una terminó divorciada y envuelta en juicios nada platónicos sino de orden material: y la otra viajó y nunca más la vi. Eran joyas no reservadas para mí y nada más. Y las experiencias poco a poco se irían acumulando y mezclando romanticismo, platonismo y amor carnal. Así, poco a poco fui comprendiendo que se debe lograr una buena conjunción y eso no depende solamente de uno sino de los dos involucrados y además del destino que se entromete por doquier. Hay otras situaciones que no puedo dejar de recordar. Tenía 22 años y fue la primera vez que realmente la carne se impuso brutalmente sobre esos ideales y prejuicios que duermen dentro de uno, cansados quizás de tanto esperar que algo suceda. Un sábado de esos en los que no había nada que hacer, un amigo muy cercano me propuso llamar a un par de “chicas” y emborracharnos de verdad. Él tenía la conexión y el departamento. Llegaron aquellas señoritas, de las cuales una salió muy morena o, mejor dicho, negra de verdad. Era la amiga destinada para mí. De inmediato notó en mi rostro la cara de fastidio mezclado con sorpresa. Un racismo sobre el cual nunca había meditado ni recapacitado ni había tenido la oportunidad de reflexionar. Estuve a punto de irme y más por solidaridad con mi amigo me quedé mientras él terminaba su faena. Comencé a acelerar los tragos hasta que esa deliciosa criatura que estaba al frente de mí me enseñó realmente a hacer el amor con gran intensidad. ¡Qué cuerpo, qué facciones y qué forma de brindarse con tanta generosidad! Y claro que estaba disgustada porque yo había trasmitido mi racismo al instante de haberla conocido. Nos hicimos amigos y nos vimos con relativa frecuencia. Luego de esa fogosa e
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inolvidable experiencia aprendí a no menospreciar a nadie. Hasta ahora me acuerdo de ella, quien aparte de puta, era una muy linda persona y exótica mujer. Racista nunca más lo fui. Esa mujer fue quien realmente me enseñó un arte que yo desconocía envuelto en mis teorías platónicas, librescas y tachadas de pecaminosas por mis maestros. Las tantas veces que nos vimos después ya no me cobró, aunque yo encontraba la manera de reciprocar más como un amigo atento y respetuoso. Nunca se debe juzgar por el color de la piel ni por las circunstancias de cada quien. Aprendí a ser cortés y a descubrir que a toda mujer hay que tratarla como a una dama, despojándose de perjuicios, de violencias o desprecios, y eso le corresponde hacer a cada caballero que ella tenga la suerte de encontrar en su camino. Finalmente la relación es entre seres humanos y eso es todo. Fueron muchas experiencias, algunas tenues, otras más intensas que me fueron formando en este tema del amor. Todo en su conjunto tiene su propio valor. No tuve la suerte de algunos, pocos, amigos que tuvieron una sola oportunidad exitosa en materia de sexo y de amor matrimonial. Tampoco es tal como suelen terminan las novelas rosa con aquello que se casaron, fueron felices comiendo sus perdices. Sobre sexo, amor y matrimonio o unión estable y feliz hay muchas cosas intermedias e interminables que no se puede predecir. De esas épocas de aprendizaje experimental, que fueron mis tiempos y propias circunstancias, las cosas ocurrieron tal como las cuento, para bien o para mal. Tampoco envidio el desparpajo actual cuando el sexo dejó de ser un misterio y la promiscuidad la regla general. ¡Quizás es mejor algo intermedio entre lo que viví y lo que palpo sucede en estos tiempos llamados de modernidad! Sostengo y creo, ahora ya de viejo, que en todos los momentos y lugares, sin algo de romanticismo no valen la pena ni el sexo ni el amor.

La vida colegial y la inesperada expulsión
¿Qué significa ser buen estudiante? Siempre me he hecho esta pregunta. Nunca fui de aquellos competitivos que sacan notas impecables y se amargan cuando sus promedios bajan unos décimos. Me mantenía por los primeros lugares y, cuando consideraba que entendía lo substancial de un tema, me daba por satisfecho. Siempre me aburrieron los detalles que consideraba innecesarios y me conformaba
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con la esencia. Demasiada información es desinformación me repetía. El problema consiste en saber qué es la esencia de cada pregunta planteada en cada examen. Solía analizar a cada profesor y captaba de antemano los puntos sobre los cuales iría a formular y esa habilidad me sirvió bastante. Pasados los años, observé el destino de aquellos estudiantes que obtuvieron anillos de oro o fueron abanderados perpetuos, y en muchos de los casos fueron biografías opacas al menos dentro del reconocimiento social o en relación al éxito que de ellos se esperaba. Posiblemente sea porque una cosa es brillar en la competencia de notas ya sea por la buena memoria, por el talento propiamente dado o por la dedicación estudiantil absoluta, y otra cosa es aquel arte de adaptarse a la realidad y sacarle provecho a las oportunidades que se van presentando en el camino de la vida. También es cuestión de la buena o mala suerte, aunque lo cierto es que parece que los anillos de oro no pasan de ser tan solo eso, una argolla y nada más. No comparto la actitud severa de los padres o profesores que obligan a estudiar más allá de lo que cada personalidad pueda brindar, lo que hace que estos jóvenes en formación perciban que el estudio es un castigo y una fea obligación. La sed y satisfacción de saber por el saber es lo que se debe cultivar. Encontrar la inclinación de cada persona y alimentar es la misión de un educador. El estudio compulsivo puede convertirse en un refugio sicológico y en una forma de huir de realidades cotidianas que uno no quiere confrontar. ¿Cuál es la diferencia entre sacar 18 ó 20 en una calificación? Bajar de 15 ya era para mí una señal de alerta. Bajar de 12, todo un pecado mortal. Cada cual tiene su medida y a partir del cuarto curso del colegio, establecí la mía propia con independencia de la que contentaba a mi padre quien, por otra parte, ya se había acostumbrado a no preocuparse al respecto porque mi hermano y yo no dimos problemas académicos y portábamos por lo general buenas calificaciones. Ya las libretas las firmaba mi madre y todo andaba sobre ruedas. Mi padre fue el estricto en eso de las buenas notas, más creo que por su propio orgullo que por otra poderosa razón. Lo genial era que si uno de los dos hermanos, Tony o yo, con apenas 14 meses de diferencia en edad, sacaba mala nota, el castigo supuestamente era para los dos. Mi hermano casi no estudiaba y se las arreglaba para sacar buenas calificaciones gracias a su excelente memoria, mientras yo tenía que esforzarme y dedicarme con mucho más esmero e intensidad.
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Por lo general en la escuela no dimos problemas y obtuve muy buenas notas y bastantes medallas. Nunca fallé en la de conducta porque estaba decidido a someterme a la autoridad y guardar para adentro mi rebeldía. Se puede tener una buena imaginación como consideraba tenerla para transgredir a la autoridad con travesuras o contravenciones sigilosas. La transgresión tiene su propio valor y sabor. La osadía también se debe cultivar. Era cuestión de ingenio y nada más. Mi rebeldía era intelectual, contestataria y las travesuras eran simplemente circunstanciales y nada más. Me ayudaba además mi rostro angelical que, sumado a mis buenas notas, me hacían impune a castigos e, incluso, a levantar sospechas. Siempre se les cargan a los vagos, decía yo. Hazte buena fama y los profesores acaso ni te miren el examen porque es tedioso aquello de corregir. Fui bien comportado aunque muy consciente de mi irritabilidad cada vez mayor conforme evolucionó mi tormentosa enfermedad. ¿O viceversa? ¡Qué sé yo! La secundaria transcurrió sin contratiempos en cuanto a calificaciones, y nunca nos quedamos reprobados en ninguna materia. Es más, nuestros padres se olvidaron de vigilar nuestras tareas y se acostumbraron a que todo, tanto en lo académico como en la conducta, funcionara sobre ruedas, sin sobresaltos ni titulares ni malas noticias al respecto. Solo una ocasión mi hermano, otros cuatro amigos del barrio y yo decidimos interpretar que la asistencia a un evento del colegio era opcional. Decidimos irnos al cine a ver la película “Tammy”, con la bella actriz Debbie Reynolds. Nos pescaron y se armó la grande. El Padre Jorge Chacón S.J., rector del San Gabriel, llamó a mi padre. Felizmente que el capitán de la escapada fue mi hermano por quien el sacerdote sentía una gran preferencia debido a que era uno de los dos actores principales de la obra teatral que el rector, en su calidad de profesor de literatura, estaba montando10. Y si Tony caía bien parado yo caería igual que él. De todas maneras hubo una reprimenda a nombre del principio de autoridad que se debía aparentar. Las cosas se diluyeron sin mayores consecuencias. Total la película que íbamos a ver el siguiente domingo era la que ya habíamos visto durante la gran escapada, por lo que el castigo de no ir al cine esa semana no

10 Gerardo Peña Matheus, fue el otro actor, y pasados cincuenta años cuando ocasionalmente me lo

encuentro en Guayaquil de donde es oriundo, no puedo dejar de recordar la anécdota

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nos hizo mella. Que eso en aquel entonces era una falta grave, lo era. Tan grave que hasta ahora lo recuerdo como una gran contravención. Fui de la promoción de 1959, aquella que inauguró las nuevas instalaciones del colegio San Gabriel ya ubicado en el norte de Quito de esa época. Abandonamos la “batea” que es lo que eran las dos improvisadas canchas cóncavas de básquet donde se estaba durante los recreos. Aquel era un edificio colonial de paredes inmensas de más de un metro de ancho, con corredores oscuros, tan oscuros que ni el cielo los divisaba, pues ningún aula tenía ventanas hacia el exterior. Era y lo fue una suerte de convento, cuartel o prisión, bellísimo como reliquia arquitectónica, pero lo más antipedagógica posible, aunque no lo apreciábamos así en aquellos tiempos. Cada pared blanca bordeada de piedra y correspondiente arcos apabullaban de verdad. Se conectaba por atrás con la Iglesia de la Compañía donde oíamos la misa cotidiana a las once de la mañana, pues en la capilla propia del colegio ya no cabíamos los cuatrocientos alumnos registrados. Uno de los salones interiores, que fue mi aula del segundo curso, sirvió de comedor ese 20 de abril de 1909, cuando el Milagro de la Virgen Dolorosa marcó la fecha y semana festiva del Colegio. Para colmo, el viejo e imponente edificio colonial estaba ubicado nada más ni nada menos que en la calle García Moreno, cuya sola evocación resultaba toda una referencia a la severidad de aquella época estudiantil. Y así, al iniciar el sexto año, nos cambiamos a un edificio moderno y funcional. Patios amplios, luz que nos permitía disfrutar del viento, del aire puro, de los eucaliptos bellos y no esos enclenques que ahora no crecen más debido al monóxido automotriz que hizo de la capital un lugar horriblemente incómodo para transportarse y respirar. Había incluso una piscina tan fría, que usarla resultaba un castigo para la piel. Se sentía algo de esa libertad que augura y necesita el cuerpo cuando ya las hormonas se precipitan y se está a pocos meses de abandonar el colegio para siempre junto con esas marcadas rigideces que se irían a difuminar. Fuimos de los gabrielinos preconciliares, es decir de misa diaria y con presiones sicológicas para que pasemos por el confesionario donde, supuestamente, todos más o menos debiéramos contar nuestra intimidad. ¿Estábamos preparados para pasar de ese régimen a la plena libertad?
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Los ejercicios espirituales del sexto año eran obligatorios. Se realizaban allá por Latacunga. Tres días encerrados con voto de silencio y hablando de la muerte y del infierno al rigor del método diseñado por el Padre Ignacio Loyola. Fueron los últimos ejercicios espirituales que hice por lo tremendos e impactantes que fueron. Los dirigía el asceta y ceremonioso sacerdote español Sánchez Bodero. El lindo recuerdo que conservo es el de las promesas que nos hicieron escribir detrás de una estampa de la Madre Dolorosa. Cuando décadas después las releo, observo la inocencia de la vida en aquella época colegial que se fue junto a ella. Es algo tan lleno de inocencia, similar quizás a las palabras de las candidatas a mises de belleza cuando dicen aspirar a la paz mundial Total, siguen las guerras. Esa alma y propósitos casi infantiles luego se añejan y lucen con el tiempo como una flor marchita que sucumbe por el cambio de estación. Para justificar las ausencias por calamidades domésticas o por salud, era obligatorio llevar una esquela con la firma del padre o la madre, caso contrario llamaban a casa y exigían su presencia, lo cual era bastante incómodo para todos, entre otras cosas porque la ciudad había ya crecido y estábamos ubicados en un lugar considerado distante. Todo transcurría sobre ruedas y ya estábamos a pocos meses de graduarnos. Corría el mes de mayo y la graduación era en julio. Yo había notado que un sacerdote, cuyo nombre me reservo, de estatura mediana, regordete, pelado y de gran prestigio porque su hermano era nada más y nada menos que una alta autoridad judicial y política, se comportaba muy notoriamente deferente conmigo durante sus clases de filosofía, donde le pegaba 20 sobre 20 en seguidilla como el estallar de canguil en una olla caliente. Los compañeros dificultosamente llegaban a obtener un promedio de 16. ¿O yo era un genio o qué? Cierta mañana, cuando el cielo azul se mostraba en su mejor momento, a eso de las diez, fui raptado de clases llamado por el padre espiritual. Me llevó a su pequeño despacho y comenzó a portarse de manera extraña. Las voces de alerta me asaltaron y logré escabullirme poniendo brusquedades para evitar el toqueteo de sus manos que se comenzaban a inquietar mientras su respiración se aceleraba. El hecho se repitió una segunda vez, y ya en esta ocasión fui preparado por lo que reaccioné de manera más determinante y salí tirando la puerta que me aislaba del exterior. Me puse
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a buen recaudo y regresé al aula con un aspecto tranquilo y sereno. Tuve la sabiduría de manejar con sensatez una situación tan difícil de creer y de explicar. En aquella época era inadmisible. Total, yo podía manejar la situación solo y sin escándalos que me iban a perjudicar ante los ojos de otros compañeros. Pese a que yo era resabiado y reactivo guardé la frustración hasta que, otro hecho acaecido pocos días después, me hizo perder el control. Buena o mala suerte, el tiempo lo iría a señalar. Resulta que me enfermé un 19 de mayo, y al día siguiente, como correspondía, presenté una esquela escrita por mi madre. Su letra era muy bonita, como bonita era ella. Quien la recibió no fue aquel sacerdote acosador, sino el nuevo rector, un cura criollo por su apariencia e incluso por sus maneras un tanto chabacanas y vulgares. La caspa era inevitable en las negras hombreras de la sotana y su aspecto no era nítido de acuerdo a su alta función. Nada que ver con la finura y porte del Padre Jorge Chacón y su eterno y refinado rapé. Era las nueve de la mañana y lo intercepté antes de entrar a clases en el patio contiguo. El cura tomó la esquela con sus dedos y uñas mugrosas, la olfateó resbalándola lentamente por sus narices nauseabundas y dijo; “!Ah, con que tarjetitas perfumadas!”. Me lo dijo de cierta manerita y con un tonito que no me gustó. Asocié mis iras y grado de frustración que me traía ya con ese asunto del padre espiritual, y entendí la mala broma, si acaso broma era, de manera fatal. Reactivo en mi máximo esplendor le comencé caer a patadas y a ventilar mis manos por su cara, intentado un puñetazo que no alcancé a dar gracias a la intervención de mi compañero Diego Paredes Peña, quien me atajó fuertemente. Diego llegó a ser Canciller de la República e hizo lo que un diplomático por instinto debe hacer. Diplomático yo nunca fui y funciono reactivamente con explosiones iracundas que no calculan consecuencias. Total que Diego Paredes Peña alcanzó fácilmente a controlarme ya que mi talla era “small”, y la suya “médium” con tendencia a “large”. La expulsión fue ipso facto. Y fue así como este joven aplicado, con veinte en conducta, inexplicablemente el 20 de mayo se quedó sin clases y castigado en casa sin saber qué hacer ni cómo explicar el exabrupto. A mi padre le narré lo de la “tarjetita perfumada”. No me reprochó del todo, en parte porque él mismo ya había sufrido mis pataletas de rebeldía, mi
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determinación y capacidad de reacciones inesperadamente violentas. No conté los otros eventos porque sentía que más me harían daño que bien y que sonaría a justificación. En aquellas circunstancias, mi padre acudió al padre Superior de los Jesuitas en Ecuador, Luis Alberto Orellana S.J, y le explicó el caso. Idas y venidas hasta que finalmente se buscó una transacción honrosa y decorosa. Aunque por el incidente no me presenté a los exámenes del tercer trimestre, pese a lo cual mis promedios superaban fácilmente el mínimo de 30 puntos necesarios para graduarse en julio y no en septiembre, lo cual me permitió ingresar en el colegio San Felipe de Riobamba con el objeto de presentar allá los exámenes finales y obtener mi bachillerato al amparo de los mismos jesuitas que me habían formado. Fue un viaje triste y silencioso en la Pontiac modelo 53 que manejaba mi padre. Era un modelo Station Wagon que aún la conservo. En sus asientos aprendí a manejar y a bastantes cosas más. Finalmente quedé internado en ese colegio riobambeño. El dormitorio era en forma de inmenso galpón ubicado en el tercer piso, donde estaban las treinta camas destinadas a los internos. Tres días después, comencé a sufrir unos cólicos intestinales terribles; lo atribuí al agua no potable que bebíamos, ya que aquel día que me había quedado recostado a causa de las consecuentes diarreas y decaimiento general, lo pude verificar visualmente. Los tanques elevados de agua potable ubicados a la altura de la ventana de aquel galpón estaban en mantenimiento y dos obreros sacaban una montaña de algas verdes que se suelen formar cuando el agua se estanca. También mi diarrea podía ser resultado del estrés. Lo cierto que tuve el pretexto para no ir a unas clases que no me servían de nada, y me escapaba a caminar y cavilar por la ciudad empedrada. Para buena o mala suerte vino inesperadamente Camilo Ponce Enríquez en mi auxilio. El entonces Presidente Constitucional del Ecuador (1956-1960) me dio una mano sin querer. Los acontecimientos sangrientos acaecidos el 2 y 3 de junio de 1959, cuando murieron en Guayaquil dicen unos que centenares, otros que miles, “hampones” para unos y “ciudadanos” para otros, determinaron una convulsión política ante la cual se suspendieron las clases en todo el país por más de una semana. En estas circunstancias regresé a Quito a ponerme en compás de espera. Como solo me faltaba rendir los exámenes escritos y finales de grado,
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mi padre consiguió que los realizara en el Colegio San Gabriel, siempre y cuando no me presentara públicamente y los rindiera en secretaría. Había que respetar el principio de autoridad y el Padre rector se haría de la vista gorda. El examen oral quedó programado ante el tribunal para las siete de la mañana, y a las siete y cinco estaba silenciosamente graduado. Era un 20 de julio. Mi nombre consta en las placas recordatorias de los dos colegios. El padre pedófilo siguió su vida y posteriormente fue trasladado a Guayaquil. Hace unos siete años, vi su foto colgado en un salón de la Universidad Católica de Guayaquil. Al rector aquel a quien caí a patadas y manotones, no lo vi nunca más, sé que murió hace un tiempo a los 90 años de años de edad. Al padre Luis A. Orellana, mis eternas gracias, no solo por ello, sino porque luego fue mi maestro en la Pontificia Universidad del Ecuador donde además, fue, su rector allá en Quito, y por importantes hechos que luego se sucedieron a mi favor seis años después. Finalmente estuvo por Guayaquil como Obispo, hasta 1987, y en algunas ocasiones saludamos afectuosamente. Este importante personaje en mi destino por las posteriores consecuencias derivadas, murió en 1997 a la edad de 83 años. Yo aquí a mis setenta años de edad todo eso lo recuerdo como si fuese ayer. Así es la vida, ¡un simple recordar!

Dicotomía o bifurcación existencial
De forma fortuita en mi vida llegaron a chocar o confluir dos corrientes de pensamiento aparentemente contradictorias y a horas muy tempranas de mi vida. Aún desconocía que estaba en una encrucijada y que estaba por estallar una revuelta en mi interior cromosomático. La dicotomía existencial la fui descubriendo y racionalizándola con el pasar de los años en tanto intentaba conformar y definir mi personalidad acorde a las nuevas y variantes circunstancias que el destino me tenía preparado. Tardé años en el proceso y en evaluar el efecto de incidencias e influencias recibidas imperceptiblemente a través del ambiente familiar. Ya hemos hablado de mi padre y de sus estrictos apegos y admiración hacia la orden de los jesuitas; también hemos hablado de mi abuelo Esteban, un convencido progresista masón. Ahora abstraigamos el factor cronológico, porque el orden de los factores no va alterar el producto, que fue el de la confusión cuando me obstiné en ordenar mis pensamientos ahora que intento narrarlos. Lo que fue, lo sabemos y lo que pudo ser
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nadie lo sabrá. En estas dos corrientes, las mandatarias o explícitas de mi padre y las subrepticias o implícitas emanadas por mi abuelo, se bifurcaban mis opciones de vida y, consecuentemente, mi destino. Claro está que en aquel tiempo ni siquiera supe distinguir ni definir lo que ahora hago mirando hacia atrás el camino recorrido e imaginando el que pude optar si acaso tuve oportunidad de hacerlo. Tampoco eso nunca lo sabré y es como leche derramada que aunque no se la pueda recoger, sí se puede analizar la mancha que ha dejado. Mi tarea era darle coherencia a esa extraña disfunción intelectual que, conforme fui madurando, se acentúo hasta que logré ponerme en armonía conceptual buscando no justificaciones sino coherencias. No llegamos a ser lo que queremos ser sino que hemos llegado a ser lo que somos, y creo que es saludable racionalizar al respecto. Para encontrar aquellas coherencias necesariamente tuve que remendar y juntar las piezas sueltas. Resultado: no fui lo que debí o quise ser. Soy y fui un remiendo circunstancial y eso no me debe avergonzar porque finalmente todos estamos sujetos a las influencias que provienen del mundo exterior a nuestra genética. El hombre es su circunstancia es un decir de Ortega y Gasset. Mi abuelo y mi padre eran hombres rectos, buenos, intachables, severos y estrictos que, además, se llevaban bien entre sí. Jamás ninguna discusión teologal, política ni de tipo familiar. Era un muro tácito que se impuso y que me hacía dudar en quién tenía la razón en sus creencias. Eso tenía que descifrarlo yo y por propia cuenta. ¿Cómo iba a conciliar las dos vertientes? ¿Qué tomar de cada quién? Todo un choque intelectual que tarde o temprano tendría que poner en orden, ya que la lucha o búsqueda era dentro de mí, el jovencito que buscaba su propia y verdadera identidad. ¿Sería un tradicionalista conservador o un progresista liberal? ¿Sería un clerical ortodoxo, o un libre pensador o un anticlerical lleno de odios, vendettas y pasiones? ¿Qué tanto de las dos vertientes, la de mi padre o la de mi abuelo materno, iría a dosificarse para formar un nuevo cóctel con mi propia marca registrada? ¿Debía prevalecer el conflicto o podía yo hacer convivir en armonía las dos vertientes?

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Ya analizando desde el actual presente, creo mi destino quedó marcado por esa suerte de dislexia o dicotomía existencial que hace relación a los cromosomas que se oponen como polos de imanes. La dicotomía RAAD versus ANTÓN chocaba como placas teutónicas dentro de mí. Así sintetizo todo, ahora que la distancia del tiempo me permite ver con más claridad.

La propuesta del abuelo
En algunos momentos de la vida aparece una encrucijada, a veces sin que siquiera uno se haya dado cuenta. Muchas veces se resuelve sola y sin drama; otras quedan huellas aunque sea en la memoria. Y así fue como llegó inesperadamente una propuesta de mi abuelo. Creo que fue el punto de ruptura de un posible diverso camino que no me permitió recorrer el simple antojo del destino. Ese punto crucial lo denomino “la propuesta del abuelo”. Un 4 de agosto de 1959, el día en que cumplí mis 18 años, llegué a Guayaquil recién y subrepticiamente graduado de bachiller el 20 de julio. Merecía, por tanto un doble regalo y así me lo esperaba. Mi abuelo me festejó ruidosamente con su usual vaso de whisky escocés seco que tomaba siempre a la hora del almuerzo. Sus pulmones se llenaban de flema desde el amanecer y esa porción de whisky dilataba sus bronquios. Levantó mi autoestima no solamente con el vaso de licor y su grado de alcohol que puso en mi mano para brindar por mi futuro, sino resaltó la odisea de mi grado de bachiller adornado por la valentía de haberme rebelado contra un cura jesuita y haber sido expulsado con honor y valentía. Me sentí bien con sus elogios y me hizo, además, una promesa como el ansiado doble regalo. Mejor dicho me propuso algo que no esperaba. “Henry -me dijo-, tú eres uno de los pocos nietos que tiene una vocación para los estudios. Mis hijos realmente tomaron otro rumbo. A tus primos de la misma generación no los siento destinados a ser profesionales. Los demás están muy pequeños. Quiero que pienses entre dos opciones, venir a vivir en Guayaquil e inscribirte en la Universidad de Guayaquil bajo mi auspicio y apoyo, y a la vez te enseño a trabajar al lado mío”. La otra opción era que yo determinara la Universidad en la que quería continuar mis estudios. Eran las épocas en las que las vacas flacas se habían instalado en casa de mis padres. Mi abuelo sabía que necesitaba algún apoyo económico ya que mi padre
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no lo podía hacer, por tanto esto me abría nuevos caminos. El apoyo era incondicional y sincero. ¡Una lotería! Debería resolverlo antes de regresar a Quito, es decir luego de un mes durante el cual iríamos conversando y ajustando la concreción de la propuesta. De eso hablamos en la mesa los tres días siguientes con sendos vasos de whisky, delante de nosotros, la abuela Cristina, quien poco intervenía aunque, silente y vigilante, todo lo seguía. Ella era de pocas palabras aunque tampoco silenciaba cuando quería sentenciar. Expresaba su opinión y san se acabó. En medio de ese ambiente las promesas de mi abuelo se deslizaron en la mesa y me iba quedando claro, por las intervenciones de la abuela, que el abuelo se inclinaba a que me radicara en Guayaquil y a su lado. Dentro de mí yo barajaba otras posibilidades y principalmente la de ir a estudiar en Europa. Me atraía la psicología como especialización médica, y en Alemania por más señas, embobado como estaba con Freud y sus teorías. Mientras el whisky se mezclaba con palabras, mi abuelo y yo maquinábamos cada cual por nuestro lado. Había tiempo, todo un mes por delante. Escogiese lo que escogiese habría un cambio radical en mi vida. Durante esas conversaciones de seducción y de atracción hacia sus lares, mi abuelo me decía que en la Universidad de Guayaquil estaban los mejores jurisconsultos del país y que tenía él buenas conexiones a la hora de tener yo que ejercer la profesión. Yo todavía no alcanzaba a comprender el nivel de influencias que realmente tenía como maestro masón que era y la penetración que la logia había alcanzado en esa otrora magnífica universidad, a través de la cual se estructuró la corriente liberal, laica y progresista guayaquileña, muy contrastada con las corrientes conservadoras que prevalecían en Quito, donde fui formado bajo las severas normas de los padres jesuitas. Y así, con ese nuevo panorama en la cabeza, en compañía de dos tías, Lucrecia, la mayor, y Abricia, hermana menor de mi abuela, fuimos a Salinas para pasar una semana frente al mar. Vaya buen lugar para pensar y resolver mis disyuntivas. Era 7 de agosto. Salinas para un serranito llegado de Quito era lo máximo. Playa, cangrejos caminando por la arena cual arañas y Rosendo, el viejo
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pescador, que a la vez era guardián de la villa Martha, ubicada en la calle principal frente a frente a la oficina del Cable. Rosendo nos llevaba a pescar pulpos. El truco era simple. Bajada la marea las rocas quedaban descubiertas, y a ojo del experto pescador, aparecían las posibles cuevas donde colocaba sal. Al cabo de unos segundos el pulpo salía y él lo ensartaba sorpresivamente con una suerte de lanza que terminaba en forma de anzuelo. Luego los atravesaba en un gancho de metal para continuar con su tarea hasta que el agua volviese a subir para recuperar sus dominios. Una vez en casa, esos pulpos viajaban directo a la sartén donde se los preparaba con una salsa de ajonjolí llamada “tajine”. Cogíamos unos veinte pulpos pequeños en una bajamar cualquiera. No está por demás mencionar que Rosendo vivió más de cien años. Tiempos felices que debo plasmar en esta agrupación de recuerdos que me asaltan cuando me sumerjo en esa linda etapa de mi vida. Me despedí de mi abuelo y, finalmente, luego de tres o cuatro horas de viaje, llegamos a la Península. Como la luz eléctrica era escasa uno se acostaba temprano, pese a que llevábamos lámparas Petromax que funcionaban a kerosene, al igual que la refrigeradora. Era ya la una de la mañana, dormía profundamente cuando, de repente, ¡pum! ¡pum! Retumbaban unos golpes de puño sobre las ventanas de madera. ¡Tac, tac! Mi primo Alex, el mayor de todos nosotros, acababa de llegar manejando y portando las malas noticia. ¡El abuelo había muerto! Faltaban dos días para que cumpliese 72 años de edad. Una forma brutal de despertarme del sueño. Ahora, cuando me aproximo a la edad en la que murió mi abuelo, creo que lo más probable es que no hubiese aceptado su oferta de venir a Guayaquil, y lo hubiese convencido ir a estudiar en Europa. Nunca supe realmente si ésta se dio por simple cariño o porque realmente vio en mí un buen barro para que pudiese laborar su mano de alfarero.

Del entorno y otros recuerdos de aquellas épocas
Durante los primeros años de la vida se adquiere más conocimientos que en el resto porque todo es un continuo aprendizaje mediante error y acierto de todo lo necesario para la propia subsistencia. En el campo emocional sucede lo mismo pero las huellas o marcas quedan ocultas aunque ahí radica el forjamiento de la estructura espiritual y de los
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factores determinantes que conformaran las fortalezas o debilidades que soportaran o pesarán el resto de los días. De allí la importancia de una infancia, niñez y adolescencia felices, no por riquezas, sino por la calidez y las imágenes o huellas que dejan en el subconsciente oculto, y que es saludable hacerlo aflorar de tiempo en tiempo. También es cierto que la adolescencia es la época más borrosa, posiblemente porque es uno mismo el transformado desde adentro por los cambios hormonales. Durante esa época los recuerdos pertenecen más al yo consciente, aunque de una manera confusa porque se penetra en el imperioso desafío de, siendo inexperto, sentirse atraído por enfrentar al libre albedrío. Por mi parte y, felizmente, nunca fui tentado a ir donde un psicólogo para escudriñarme por adentro. Me bastaban los amigos y por otra parte había leído lo suficiente respecto al psicoanálisis que Freud lo puso en el tapete, como para desentrañar ciertos tapiñados misterios. Tenía las herramientas básicas para hurgar lo necesario y, así, atender mis dudas o necesidades sicológicas. Entendía el complejo juego de los mecanismos de defensa que ponemos en nuestro camino para complicarnos la existencia o para prevalecer sobre los demás o justificar nuestras actitudes. Entendía el mecanismo del psicoanálisis como para hacer aflorar ese otro yo guardado en el pasado. De ahí me quedó la manía de hacer reverdecer buenos y graciosos momentos juveniles para ejercitar el equilibrio y darle elasticidad a ese músculo espiritual indispensable para encontrar la mejor postura ante la vida. La mejor fortaleza está dentro de uno si acaso se aprende a valorar y reconocer los momentos felices e infelices de nuestra infancia, aquellos que de alguna manera nos marcaron. No se requiere de un sicoanalista para eso. Si de recuerdos felices se trata, hablemos entonces de las primeras lecturas juveniles que copaban el tiempo libre y nos llenaban de esa alegre inocencia ante la vida. Todo giraba alrededor de las revistas cómicas de la época. Los tebeos eran el premio mayor al buen comportamiento. Llegué, junto a mi hermano Tony, a coleccionar tantos cuantos se necesitan para alcanzar casi dos metros de altura en doble
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pila de los llamados “cómics” o revistas de dibujos animados, que en aquellos tiempos comenzaban a proliferar de la misma manera que en los actuales lo hacen los juegos electrónicos con estas llamadas “modernas generaciones” como si cada generación no fue moderna en su momento. Si se sacaba buenas notas o se enfermaba o se merecía un reconocimiento, de regreso a la casa, entraba el padre con una de esas revistas tan bien dibujadas en alegres colores. El Pato Donald, Mickey Mouse, La Pequeña Lulú, Porky y sus amigos, el Gato Félix, Tom y Jerry, Periquita, y para continuar con la saga del gansterismo y de los héroes; Dick Tracy, Superman, El Fantasma, Batman, por mencionar los que primero asaltan los recuerdos. Las tiras cómicas norteamericanas se impusieron gracias a ese genio que fue Walt Disney. Cómo olvidar la revista chilena El Peneca que desapareció del todo algunos años después a fines de la década de los sesenta. O de la revista semanal infantil argentina Billiken que desde 1919 sigue publicando sus historietas concatenadas por esa palabrita mágica que dice “continuará”. A portarse bien se ha dicho, al menos hasta la siguiente edición. Hace algunas décadas ya no circula en nuestro país aunque entiendo que el cono sur subsiste todavía. Eran pilas de revistas que, de haberlas conservado, ya tendría quizás asegurada una vejez tranquila por el valor que han adquirido esos tebeos en el actual mercado de coleccionistas. Nuestras madres nos obligaban a sacar del camino, a desocupar los cajones y, en el mejor de los casos, poníamos un puesto de lectura en la calle para alquilarlas por veinte centavos. El ejemplar nuevo costaba dos sucres. Y eso se practicó mucho en Guayaquil, debajo de los portales amplios donde se sujetaban las revistas con un soguita templada y atada a los clavos toscamente entrometidos en la pared del edificio. Se adecuaban unos banquitos de madera para atender a los jóvenes clientes que se pasaban allí horas de horas, soñando y disfrutando de esos dibujos animados que las generaciones posteriores poco o nada pudieron saborear porque los juegos electrónicos les han modificado su mente y su lenguaje. Y cómo olvidarse de la revista Ecran, también chilena, que dejó de circular en 1969. Vaya portadas en blanco y negro con las fotos en
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traje de baño de Lauren Bacall, Esther Williams, Rita Hayworth, Ava Garner y todas las bellas de Hollywood que se nos metían debajo de la almohada y, por qué no decirlo, de nuestras cobijas también. Esas fotos inspiraban las fantasías en aquello tiempos en los que el bikini ni siquiera se usaba. Bastaba el traje de baño de dos piezas. Era la revista que mi madre leía, y que nosotros relamíamos. También llegaba a casa la revista cubana Bohemia, con unas formidables caribeñas que endulzaban con sus muslos y exuberancias tropicales. Claro que por ahí llegó Fidel Castro y todo eso cambió de contenido, para transformarse pesadamente en una revista revolucionaria y doctrinaria. ¿Por qué las revoluciones quieren cambiarlo todo sin dejar espacios para que cada quien resuelva entre lo que es bueno o malo, feo o bonito, carnes y caderas abundantes o escuálidas? Y claro que nos gustaba el cine. Cine estupendo que recuerdo con cariño y claridad: “Los tres chiflados” con Moe, Larry y Curly, y sus tremendas bofetadas. Lauren y Hardy, con el gordo y el flaco, y luego But Abot y Lou Costello nos despedazaron las costillas con su género humorístico. Y eso fue evolucionando hasta llegar a los norteamericanos Jerry Lewis, Bob Hope, el inolvidable francés Fernandel, el magistral italiano Toto y el mejicano inmortal, Mario Moreno “Cantinflas”. Atrás, en el banco de suplentes, quedaban Germán Valdés “Tintan” o Fernando Soto “Mantequilla”. Era imposible perderse una de esas películas, y para ello se necesitaban buenas calificaciones en las libretas lo que no era, en mi caso, ningún problema. Lo que fallaba muchas veces eran los libretos de esas películas y su calidad artística del conjunto, que quedaban cubiertos por la fama y capacidad del principal actor que era sobre quien recaía la atracción y el monto de taquilla. Atribuyo yo a eso de los pocos esfuerzos y bajos presupuestos que el cine mexicano de esos tiempos fue devorado por Hollywood y por la evolución existencial del cine europeo luego de la post guerra. Para esa época, el cine mexicano llegaba muchísimo y pudimos excitarnos o disfrutar de actrices famosas y muy bellas: María Félix, Silvia Pinal, Amalia Aguilar, Libertad Lamarque, Yolanda Montes “La Tongolele”, Meche Barba, Marga López, Marian Antonieta Pons, Katy Jurado, y agrego a la española Sara Montiel que tanto actúo en el cine azteca. Al igual nos empalagábamos con las rancheras de Jorge
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Negrete, las del malogrado Pedro Infante cuya prematura muerte lamentamos bastante, Pedro Armendáriz, Miguel Aceves Mejía -“Miguel a veces gemía”, le decíamos- y otros tantos más. Fue la era de oro del cine mexicano que luego involucionó y perdió mercado. Arturo de Córdova, los Soler (Andrés, Julián, Domingo y Fernando), Carlos López Moctezuma y tantos otros. Sus rostros aun los mantengo en la retina sin apreciar realmente cuánto me aportaron de alegría en esos años llenos de despreocupaciones, la palabra que más se acerca a la llamada e idealizada “felicidad”. El cine, no en abundancia, que no la había, constituyó parte de esos años dorados de mi generación. También venía mucho el cine italiano, más elaborado y estructurado en técnica y picardía, que me hizo fanático de Vittorio Gassman, Alberto Sordi, Adriano Celetano o Aldo Buzanca. Y claro está que fue una época de oro cuando brillaron directores de la dimensión de Vittorio de Sica, Roberto Rossellini, Giuseppe De Santis y Luchino Visconti, y cuando fantaseaba con Sofía Loren, Ornella Muti, Gina Lollobrigida… Y mejor no sigo para no perturbarme más aún de lo que ya lo he hecho ante el solo sonido de sus nombres y la visión ya lejana, aunque nunca borrosa, de sus rostros hermosos y cuerpos estupendos. Y ya un poquito más adelante nos esperaba la magnitud ofrecida por las estrellas de Hollywood, cuando se anunciaba aquello del “Cinemascope” que vino luego del “Tecnicolor”. Se trataba de una pantalla mucho más grande y algo cóncava que se inauguró con la famosa película “El Manto Sagrado”, con Richard Burton y Víctor Mature. Para esos tiempos había que vestir de terno y corbata para ir a las funciones del especial, que empezaban a las seis de la tarde. En esa primera función en la nueva modalidad estuvo el cine a reventar. Lógicamente fuimos con nuestros padres, debidamente emperifollados al Teatro Bolívar. Lindos momentos. También frecuentábamos el cine Variedades. Algunas veces me tuve que levantar los tacos usando medias dobladas como relleno para encumbrarme unos dos centímetros para que no me obstruyeran la entrada con aquel letrerito colgado que decía “Prohibido para menores de quince años”. Total, a la hora del beso, la pantalla bajaba la luz y cambiaba bruscamente de escena, posiblemente para evitar el famoso mal aliento de Clark Gable, ese actor que enloquecía a las mujeres. Y allí, en una de esas, me enamoré locamente de Pier Angelli, la linda italianita que el malogrado
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James Dean me arrebató antes de estrellarse en su veloz automóvil deportivo. No imaginé que yo terminaría casado con una bella romana, muchos, muchos años después y eso quizás porque aprendí a conducir despacio. Íbamos también al cine Capítol, la mayor parte de las veces a besuquearnos durante esas maratónicas jornadas dobles que daban los miércoles por la tarde, aprovechando las vacaciones de esas medias tardes de cada semana, durante las cuales sí había clases los sábados en las mañanas y que los domingos, en el caso de escuelas y colegios católicos, teníamos obligatoriamente que ir a misa. Y claro que había actores que nos sirvieron como héroes. Mi predilecto fue Alan Ladd, porque alguien me dijo que se parecía a mí, lo cual no era nada cierto. Quién no soñó con ser Errol Flynn, el gran espadachín, o en tener la gracia y encanto de Tony Curtis o de Jack Lemon en sus años juveniles, o la pinta de Gregory Peck, Humperth Bogart, Tyrone Power para poder conquistar a Elizabeth Taylor, Julie Andrews o Doris Day, Natalie Wood, Marilyn Monroe y tantas más. ¿Quién de mi generación puede olvidar a David Niven, Kim Novak, Grace Kelly, Rock Hudson, Peter Seller, Antony Perkins, Spencer Tracy o Maurice Chevalier? Dejemos de lado a Brigitte Bardot y su súper sexualidad que puso al cine francés en su mejor momento taquillero. Brigitte, más que una buena artista, fue un símbolo sexual que alteró aún más nuestra inquieta adolescencia y sus brutales sobresaltos. No todo eran los tebeos, las revistas o el cine. Aunque la música no copaba tanto nuestra existencia, ocupaba buen momento con eso de los tangos, pasodobles, boleros y el rocanrol junto al twist. Había que bailarlos. La música no era de fácil acceso sino por las radios. Los discos de acetato eran tesoro de nuestros padres. Se rompían o rayaban con mucha facilidad. Las más de las veces no nos dejaban manipular la radiola RCA que llegó a casa un día muy importante en nuestra vida, porque significaba modernidad. La radio era obligatoria a la hora de seguir “El Derecho de Nacer”, cuando Albertito Limonta sufría las injusticias de la vida y del amor. La radio novela fue de audiencia obligada porque Aidita Villagómez, nuestra empleada de siempre, era muy devota a todas las audiciones. Recuerdo también con bastante claridad cuando llegaron los marcianos a Quito y estuvimos en el jardín hasta la media noche buscando en el cielo a las naves invasoras que,
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según la radio, ya estaban por Chillogallo, es decir entrando a la ciudad11. Todo aquello eran ficciones o realidades nuestras, lejanos que estábamos de lo que sucedía en el plano internacional. La guerra de Corea fue en verdad la primera guerra de la que tuve conciencia, porque vi imágenes reales traídas en los noticieros enlatados y que pasaban junto con los avances de próximas películas. La televisión estaba muy lejos de llegar a nuestro país y esa era la forma moderna, en aquel entonces, de ver en diferido escenas reales filmadas en el lugar de los hechos. Y con estado de media conciencia o inconsciencia se me grabó en la mente la importancia noticiosa que le dieron a la muerte de Eva Perón o el descubrimiento de la vacuna contra la poliomielitis, debido al pavor de nuestras madres al respecto. Dos amigos de la escuela la sufrían y era penoso verlos movilizar en sus muletas y con unos fierros que los ayudaban a dar rigidez a sus piernas. Mi padre hablaba mucho de Harry Truman. El primer presidente norteamericano que recuerdo con cierta claridad fue el republicano Dwing Eisenhower cuyo vicepresidente, Richard Nixon, visitó Quito en tal calidad. También, por la importancia que le daba mi padre, me quedó flotando la información sobre la independencia de Argelia y la pasión que suscitaba la figura de Charles de Gaulle, quien así mismo visitó Quito. A Richard, por llamarlo con familiaridad, lo vi muy de cerca caminando con nuestro presidente Galo Plaza por la Avenida Seis de Diciembre, en la esquina de la calle Carrión, muy cerquita de mi casa. Parecían dos transeúntes normales ya que las seguridades eran escasas y precarias. Dos demócratas caminando y saludando como personas normales y corrientes. Agité mi mano y contestó, muy claro lo recuerdo. Para el caso de Charles De Gaulle, fue mi padre quien me llevó a la Avenida Diez de Agosto para que lo viera pasar en un auto descapotable. También nos

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trató de la trasmisión radial causada por el montaje de la obra “La Guerra de los Mundos”, del magistral H.H Whells, adecuada por Orson Welles para ser trasmitida por radio Quito en su versión criolla que causó gran conmoción. Eso sucedió el 12 de febrero de 1949, cuando la famosa Radio Quito, especializada en programas noticiosos, presentaciones musicales en vivo y radioteatro, salió intempestivamente al aire con el inicio de la adaptación radio teatral. Fue tan bueno el trabajo del director artístico Leonardo Páez que causó un gran pánico en la franciscana ciudad la que, cuando al sentirse burlada, arremetió contra las instalaciones de la radio e incendió el edificio donde también funcionaban diario El Comercio. La turba enfurecida, impidió el acercamiento de los bomberos. La radio quedó fuera del aire un par de años.

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saludamos, por así decirlo, mientras mi progenitor me contaba que se debió alargar la cama donde durmió ese gigantón como huésped ilustre de nuestra ciudad. Además recuerdo el derrocamiento de Juan Domingo Perón, porque todo el mundo hablaba sobre el asunto y teníamos amigos cercanos12, que allá perdieron su fortuna en aquella Argentina descompuesta por las devaluaciones, a las que obligó el peronismo en consecuencia del desastre económico que el populismo suele causar. Y la crisis del canal de Suez a la cual mi padre daba mucha sonoridad debido a su relación con la segunda guerra árabe-israelí. Hay que advertir que mi padre no podía ni ver a Gamal Adbel Nasser y su famosa RAU (República Árabe Unida). ¡Nosotros somos libaneses!, nos decía, y yo poco comprendía y quizás no comprendo todavía. Otro acontecimiento muy importante que recuerdo es la muerte del Papa Pio Xll, acaecido en 1958, y la refrescante presencia de Juan XXlll, el segundo Papa de los seis de los que, hasta ahora a mis setenta años, he sido testigo. Para el año siguiente oí hablar por vez primera de un tal Fidel Castro que entraba victorioso a la Habana después que un hombre malo, Fulgencio Batista, había sido derrocado. Ambos acontecimientos iban a tener importancia en mi vida en cuanto ya me acercaba a la etapa de participar e involucrarme en esos asuntos que son ya como nubes tormentosas en una adultez que se avecinaba precipitada e irremediablemente. El Concilio Vaticano ll y la Revolución Cubana fueron dos situaciones claves que me exigirían a tomar posturas. ¿Qué tan católico, apostólico y romano debía de ser? o ¿debía ser o un revolucionario o un burgués ya que nada cabía en la mitad? Sin embargo, no predecía cuántas cosas estaban cambiando y continúan cambiando porque durante la juventud uno piensa que solo uno cambia, mientras el escenario exterior seguiría siendo siempre el mismo. Y se hacía inevitable no hacerse algún juicio leyendo y observando
12 José Najas y su esposa, libaneses muy acaudalados, decidieron radicarse en Argentina y vendieron

su famosa casa, donde funciona actualmente la Cancillería. Su fortuna se diluyó en un santiamén y quedaron en la más triste miseria, porque ya eran señores de edad, sin capacidad de entender siquiera lo que había sucedido con la economía de ese tan próspero país. La devaluación no era un fenómeno de fácil comprensión en aquella época.

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los acontecimientos de la política nacional. Fue una época de poca zozobra y de estabilidad democrática y que ninguna importancia tenía a mis ojos ya sea porque no me importaba mucho todo aquello o porque estaba ocupado en la pelota, la bicicleta, las colegialas y los deberes interminables que emanaban de la escuela y del colegio. Tres presidentes culminaron su Mandato, Galo Plaza (1948-1952), Velasco Ibarra (1952-1956) y Camilo Ponce (1956-1960). El relajo se armó después con el cuarto velasquismo, Carlos Julio Arosemena alcoholizado, la Junta Militar y etcétera, etcétera, etcétera que no es hora de contar, y que cincuenta años después nos mantiene todavía en igual estado de inmadurez democrática. Ese fue el telón de fondo de aquellos años en que éramos felices simplemente porque no éramos adultos. Como bien lo decía mi padre, “¡ustedes tienen todo por delante!”, sin que yo alcanzase a comprender el verdadero sentido profundo de esas palabras que recién ahora, ya envejecido, capto y entiendo. Cómo podíamos entender tales asuntos cuando nos era emergente graduarnos de bachiller y hacernos adultos quemando o saltando etapas de la vida, las mejores quizás de nuestra efímera existencia, solamente para poder alcanzar ansiosamente el uso del libre albedrío y dejar de pedir permisos para lanzarnos al viento. Felizmente ninguna etapa se quemó ni la saltamos. Evolucionamos hacia la adultez y, conforme lo hacíamos, siempre nos iríamos repitiendo aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor porque el pasado está ya superado y el futuro siempre será incierto.

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LA ETAPA UNIVERSITARIA

Estudiando Derecho
Mi precavido abuelo no había hecho testamento pues continuamente estaba en eso cuando le pilló la muerte. Sucede que cuando no se quiere morir va postergando decisiones. De acuerdo a las costumbres de la época y a la manera libanesa u oriental, el grueso de la fortuna debería quedar para los hijos varones a quienes los unió en dos sociedades de comercio: Unión Mercantil C.A. y Predios y Construcciones C.A. (PYCCA)13, cada una regentada por uno de sus dos hijos varones aunque asociados entre ellos en estricto derecho. Eduardo, quien había culminado la Universidad en la Facultad de Economía, por ser el primogénito, siguió con la línea de importación de textiles. José, el menor de todos, cursaba la Facultad de Ingeniería Civil y, por tanto, dirigiría un almacén dedicada a comercializar materiales de construcción, especialmente materiales eléctricos. La empresa de mi abuelo Antón Hijos C.A., que inició y capitalizó su sólida fortuna, quedó disuelta o se extinguió con el tiempo razón por la cual la herencia como tal ya quedaba bastante encaminada aunque, según me lo dijo mi abuelo, todavía debería ocuparse de ser
13 Predios y Construcciones S. A, se transformó en Predios y Comercio C.A cuando el giro de negocios

se amplió con importaciones de juguetes, bicicletas y artículos del hogar. En todo caso se mantuvo la sigla PYCCA. En 1961 se fundó Plásticos Industriales C.A PICA. En la empresa fabril ya no intervino Eduardo Antón, y el socio fundador fue su hermano José, con su suegro, Juan Bucaram. Para ese momento se produjo la separación de la sociedad entre los dos hermanos; el mayor se quedó con Unión Mercantil que importaba textiles y fue la empresa que reemplazó a la de Antón hijos. La parte inmobiliaria quedó dentro de Predios y Comercio S.A que se escinde en PRECONSA, de lo que en 1968 se fundó como PYCCA Compañía Limitada que son los almacenes. Leonor entró a conformar esta última sociedad con un 50% de las acciones y la otra su hermano José.

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más equitativo con las hijas mujeres a quienes había entregado sendos inmuebles renteros. Como Blanca Leonor era soltera todavía, quedó dentro de las sociedades comerciales con un 15% de las acciones, a fin de velar por su seguridad económica. Mi madre se quedó con una propiedad rentera de construcción mixta ubicada en la Avenida Olmedo y un valor determinado que fue dado como liquidación de la herencia en 1961 y que se lo utilizó para la compra de una villa en Quito, gracias a lo cual pasamos a vivir nuevamente en casa propia ubicada en la calle Robles 959 y Valdivia, diagonal a la casa que fue de Camilo Ponce Enríquez. Así, a partir de 1961, vivíamos a tres cuadras de la Iglesia de Santa Teresita donde oficiaba las misas el padre Alberto Luna Tobar. Se había acabado el martirio de pagar mensualidades de arriendo, para lo cual, a fines de mes, debíamos apretar la correa hasta saltar esa fea sensación que suele tener todo buen inquilino ante la posibilidad de no poder pagar puntualmente. Por la muerte súbita de mi abuelo en 1959, nunca tuve la esperanza de que su ofrecimiento de financiar mis estudios universitarios de alguna manera se concretara. No hubo tiempo de plasmar esa voluntad y regresé a Quito al mes de su oferta con la sensación de pérdida y tristeza por doble partida. En esas circunstancias anduve deambulando por las calles de Quito meditando qué hacer con mi vida y sin un centavo en el bolsillo, una vez que la quiebra de mi padre se avizoraba. Decidí por exclusión. Las matemáticas no eran mi fuerte, a la biología la veía como tan distante a mi interés que lógicamente quedaba también excluida. Había optado la especialización de Ciencias Sociales que, en ese entonces, se la decidía en el sexto y último año de colegio. Sí tenía clara mi tendencia hacia la literatura y filosofía aunque también tenía claro que eran caminos prácticamente improductivos. También había la opción de meterse a cura ingresando al Colegio Loyola para romperse la cabeza con eso de la teología; o romperse el cuerpo entero ingresando a la escuela militar. Esas dos opciones eran incompatibles para mi temperamento libertario. Ser sacerdote no lo consideré jamás, especialmente cuando me atacó con fuerza la adolescencia y las hormonas se alborotaron para siempre y con intensidad notable. Las mujeres me gustaban con absoluta claridad y frontalidad creciente. A los uniformados les tuve siempre fastidio, quizás porque mi físico no daba para sobresalir en ese ámbito y mi rebeldía innata me impedía
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obedecer mecánicamente y sin razonar. Quizás si en aquel tiempo las mujeres hubiesen podido optar por la carrera militar, me hubiese animado a pasarla bien al menos por un tiempo corto de mi inexperta vida. Pero eso de obedecer por obedecer, ¡nunca jamás! Ser rebelde era lo que mi instinto me pedía. Quedaban también otras actividades que me atraían como las del periodismo, que era como lo es ahora, mal remunerada e ingrata, si acaso no se tiene un medio de comunicación propio que permita actuar con absoluta libertad y revolotear con las verdades a cuestas. Finalmente ser profesor, cosa que alguna vez probé pero me di cuenta de que eso de lidiar con adolescentes no era para mí ya que no tenía la paciencia ni la facha, peor aún cuando parecía el menor de la clase. Aparte consideraba tedioso aquello de corregir exámenes con penosos jeroglíficos por descifrar en cuanto a las letras en forma de arañas. Quería sí hacer universidad y trabajar en cualquier cosa para poder financiar mis gastos, dado que el panorama económico de nuestra casa era bastante oscuro y desalentador. Otra opción que me rondó por la cabeza era aquello de la psiquiatría aunque mi concepción sobre esa carrera era muy difusa en su aplicación en el Ecuador de aquel entonces, y concluía que esa carrera debía estudiarse y practicarse en el primer mundo. Envuelto en este panorama un tanto sombrío fue cómo sin darme cuenta de cómo ni por qué estuve en la secretaria de la Universidad Católica, no Pontificia todavía, frente a Paquito Salazar Alvarado, secretario por muchos años, inscribiéndome en la facultad de Derecho, cuyo Decano era aquel buen hombre que fue Julio Tobar Donoso, el envejecido ya excanciller a quien los peruanos obligaron a firmar el Protocolo de Río de Janeiro justamente pocos meses después de que yo naciera. Cuando nací estábamos invadidos por los peruanos y ya no había mucho que hacer al respecto, solo guardar respeto a tan sacrificado personaje. Para pagar la matrícula me robé aquel revólver Smith Weisson calibre 38 que mi padre tenía bien guardado y que nunca disparó. La vendí y así se inició con malos augurios mi carrera de abogado, quizás con tendencia a la criminología por la forma como empezó el asunto.

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A los 18 años dejé de recibir mesadas y, en adelante, tuve que valerme de varias maneras cualquieras que estas fuesen, lo cual explica cómo fui haciéndome vendedor de calzado, ropa y, finalmente, lápices labiales y maquillaje de la entonces famosa marca Revlon. Ensayé sin éxito en algunos bufetes jurídicos como free lance. En el estudio jurídico de Camilo Gallegos Domínguez fue la aventura principal en esta tarea de conocer juzgados sucios y desordenados y que más bien me desalentaron el amor a la práctica de la profesión. Resultaron ambientes inhóspitos para mi inocencia y mi ilusión. Estaba tierno todavía. Las colaboraciones en los bufetes de abogados eran realmente labores a nivel de conserjería sin promesas ni concreción alguna, salvo que uno llevara sus propios clientes, y yo carecía de conexiones e, incluso, del vestuario necesario para introducirme en ambientes adecuados y comercializar de buena manera el oficio. Mi sangre ardía de frustración y a veces de tristeza. Pese a aquellos avatares y desalientos, fui fiel a un principio que siempre cultivé respecto a que hay que terminar todo aquello que se inicia. No abandoné los estudios como tantos otros lo hicieron14. Rechacé dos oportunidades de trabajo con posibilidades económicas muy prometedoras ya que en ambos casos debía abandonar los estudios. La una provino de mi tío rico, José Antón Díaz, quien había establecido una sucursal de PYCCA en Quito que estaba a cargo de mi hermano Tony. El había abandonado muy prematuramente sus estudios iniciados en la escuela Politécnica y no tuvo un ordenado desempeño a causa de su indisciplina, falta de rigores y estilo de vida que la tarea requería. José Antón me llamó y me dijo que cerraría el almacén, salvo que yo me hiciese cargo. Ya tenía tres años de universidad encima y decidí, por tanto, declinar la oferta. La otra propuesta vino de mi primo Alex Reshuán quien me pidió venir a Guayaquil a trabajar con él para administrar Almacenes SI15 y bajo una oferta económica increíblemente alta. Me daba miedo su vértigo, la velocidad que impregnada en sus cosas y su repetitiva tendencia al doble o nada. Ya para ese momento
14 De los ciento treinta y cuatro alumnos que nos matriculamos en el primer curso de la facultad de 15 Este almacén se inició con un éxito increíble y fue una suerte de almacenes TIA que se fundó dos

Derecho, terminamos tan solo treinta y dos.

años más tarde. Quebró por falta de administración adecuada, ya que Alex se metía simultáneamente en otros negocios, todos brillantes en concepto, pero siempre carentes de ritmo pausado. Creo que si yo hubiese aceptado ese trabajo Almacenes SI no hubiese quebrado, y en eso estuvimos de acuerdo con Alex, años más tarde cuando recordábamos los hechos.

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mi determinación era alcanzar una beca y salir del Ecuador para probar suerte en Europa. Este es un breve resumen de ese hermoso periodo universitario, porque, pese a todos los avatares, es así como lo recuerdo. No cursar universidad para mí hubiese sido un auténtico fracaso. Y así cursé los seis años de Derecho pellizcando dinero en trabajos varios y detestables mientras intentaba descifrar la vida en largas caminatas por las calles de Quito con mi fiel amigo, compañero y confidente, Gustavo Jácome, quien también estudiaba para ser abogado. Hablábamos y hablábamos y conforme más hablábamos los sueños de los ex adolecentes se desvanecían en esa neblina que se llama destino y que nos condujo por sendas separadas.

La cárcel
Gobernaba el Ecuador Carlos Julio Arosemena Monroy uno de los hombres más brillantes que el Ecuador ha tenido, lastimosamente dominado por sus famosos “vicios masculinos” como el mismo llamó a su dipsomanía. Había sucedido constitucionalmente a Velasco Ibarra luego de su tercer derrocamiento y lo hizo en calidad de Vicepresidente Constitucional. Esto sucedió el 9 de noviembre de 1961. Fue a su vez derrocado el 11 de julio de 1963, luego de que los militares lo derrocaron un día después de haberse meado en el macetero del comedor del palacio presidencial durante una cena formal con representantes de otros países, entre los cuales el embajador de EE.UU. Eso cuenta la leyenda. Era considerado de la izquierda ilustre y perteneciente a la “nobleza guayaquileña”. Fue un hombre turbulento y jamás tuvo odio por parte del pueblo. Era la época durante la cual Cuba se había declarado abiertamente comunista y había presiones internacionales para que se rompieran relaciones diplomáticas con el Gobierno de Fidel Castro. La Iglesia Católica luchaba sin cesar al interior del país para que eso sucediera, como efectivamente terminó sucediendo. La opinión pública estaba dividida al respecto; había tensión en el ambiente, razón por la cual la embajada de Cuba en Quito, ubicada en la Avenida Seis de Diciembre, estaba debidamente custodiada por la policía. Se decía que allí se instalaban los cubanos conspiradores que estaban armando la
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revolución dentro de nuestras fronteras. Todos los amigos del barrio confluimos en esa moda de estar en contra del comunismo, quizás por influencias familiares cosa que se explica pues finalmente éramos parte de una burguesía construida por el sudor de la frente de padres o abuelos. Luego de estas precisiones necesarias para desarrollar la anécdota, volvamos a aquel sábado de 1961. Los eventos y bodas matrimoniales en Quito solían celebrarse durante las mañanas. Por lo general, el champagne y las bebidas con alcohol eran más tupidos que los ligeros bocadillos, razón por la cual con el estómago vacío y la sed calmada en abundancia, uno se embriagaba con suma facilidad. Y así sucedió. A eso de las tres o cuatro de la tarde nos embarcamos en un solo auto los amigos que habíamos ido juntos a la boda. Veníamos apretaditos a buena velocidad por la avenida Seis de Diciembre, en dirección a “El Palmito”, un restaurante donde era usual comer pollo a la brasa. Como es de suponer, teníamos hambre. Alegres más que embriagados al pasar por la Embajada a uno de nosotros se le ocurrió gritar “Abajo Cuba”, y todos los demás secundamos con un sonoro “Abajo”. Creo que lo gritamos dos o tres veces y seguimos muertos de la risa a buscar nuestro pollo. Ni bien nos instalamos en una mesa llegaron tres patrulleros de la policía. Nos atraparon a todos y nos metieron en un camión. A mí me vieron la facha de niño porque realmente la tenía, y me pidieron que me ponga de lado. Comencé a patalear afirmando y fingiendo que ya tenía 21 años de edad. Así que un policía sin necesidad de que yo insista y ante mi vocabulario soez, pues no hay nada peor que llamar “chapa” a un policía, me hizo el favor de llevarme. A la cárcel fuimos a parar todos. El pollo nunca llegó a nuestra boca y ya solo eso resultó un brutal castigo. Era sábado, así que había que esperar hasta el lunes para ser sancionados por algún comisario. La cárcel como es tradicional en el tercer mundo era y sigue siendo una pocilga mal oliente. Una especie de taza de baño apestoso y sin tapa ni agua decoraba el fétido ambiente. No había camas, colchones o algún implemento para poder acomodarse, sino a ras de suelo. Como veníamos con nuestro mejor terno resultábamos un blanco apetecible. Así fue como, ocultando nuestros relojes únicos que nos habían regalado alguna vez, nos sentamos en el suelo apoyando espalda con
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espalda para formar un círculo a modo de cerco y protegernos de esos otros infractores con caras raras, atrapados por escándalo público o por pura embriaguez. Poco a poco se iba apretando la pocilga conforme avanzaba la noche de aquel sábado. Resultaba fácil suponer que el lugar se debía llenar como finalmente se llenó hasta que quedamos todos apretujados. Fuimos cambiando de humor y al sentir la largura de la noche, preocupados que estábamos porque no había forma de comunicarnos con nuestras casas. En esas circunstancias, entró un tipo mal encarado, sucio y mal vestido, borracho hasta el nivel aquel en que el alcohol se derrama por los ojos en forma de lágrimas. No fue agresivo sino que realmente era escandaloso con una frase que repetía y repetía a voz muy alta y desgarrada “¡Hoy por mí, y mañana… por la ventana!”. Al inicio la frase me pareció graciosa aunque su repetición incansable me hizo pensar, durante buena parte de la noche, de tal manera que hasta ahora me queda el recuerdo como eco y la aplico cuando me tropiezo con la vida, con la ingratitud y con ese lado no noble que tiene el ser humano. Conforme avanzó el paso de la luna para cederle al sol su real espacio, había descifrado algo que no se estudia ni en el colegio ni en ningún lugar académico. Aquel hombre ya dormido en el cemento sobre su propio vómito, seguramente no había ni leído a Alejandro Dumas ni escuchado aquel grito de combate de los célebres tres mosqueteros -en verdad eran cuatro- que juntaban las puntas de sus espadas al grito de “todos para uno y uno para todos” y vencían a todos los que se les ponían al frente. Eso era teoría al momento de velar por los intereses individuales. La noche fue larga y hubo tiempo suficiente para recordar aquella frase que inmortalizó Lope de Vega, “Fuenteovejuna, todos a una”, invocando al espíritu solidario, como si este aflorase como regla general del comportamiento humano. ¡Literatura, tan solo! El borracho anónimo aquel, desde una cárcel, describía su bohemia, su sufrimiento, su dolencia y frustración mediante una ingeniosa frase que se me pegaría para siempre. Y es que cada vez que me encontré con la ingratitud de alguien para con alguien siempre me acordaré de aquel borracho que, a la hora de ser grato, salta por la ventana de la indiferencia y da la espalda a quien antes le dijo gracias. Así lo iría a comprobar conforme nuestra
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ingenuidad recibiría sus sorpresas caminando o surfeando ya por la vida. La noche fue larga, incómoda y tediosa, aunque finalmente valió la pena gracias a las meditaciones que me causó un borracho sin ninguna preparación académica. Por esa aventura carcelaria nos consideramos presos políticos. Eso fue lo que finalmente dijimos a nuestro padre, en quien percibimos su angustia desde lejos al ver a sus dos hijos detrás de las rejas de esa prisión sucia y mal oliente y con sus mejores trajes recién confeccionados que salieron impregnados de olores que hasta ahora recuerdo. Ecuador rompió relaciones diplomáticas con Cuba poco después, cuando fue derrocado Velasco Ibarra por un golpe militar. La historia estaba escrita, y el régimen de Fidel Castro continuaría cincuenta años y más. Ecuador acumularía durante ese medio siglo una treintena de gobernantes, todos ellos girando alrededor del líder cubano como eterno referente entre lo que era la derecha y la izquierda política. En ese entonces, lejos estábamos de saber tales cosas.

¿Dirigente estudiantil y deportivo?
Estudiantilmente fui gregario y participativo. Consciente de que esa carrera de la abogacía no tenía el impulso vocacional necesario, sí estaba dispuesto a vivir esos años universitarios de la manera más intensa posible. Ese lapso de la vida no se lo puede desperdiciar y para ello me llené de una actitud proactiva muy necesaria para tonificarla. También era cuestión de darle utilidad y desahogar las energías. Había que actuar y participar más que contemplar con pasividad el paso monótono del tiempo. Inquietudes había. Ganas también. Sentía esa necesidad de realizar siempre un paso más allá en busca de sal y pimienta. De esa actitud creo que a alguien se le ocurrió nominarme para la presidencia del quinto año de la Facultad de Derecho. Cargo intrascendente. Mi promesa electoral pragmática ofrecida a los compañeros consistió en reunir fondos para facilitar un viaje colectivo al exterior y divertirnos a más no poder. No era fácil, pues en conjunto éramos solo 32 personas y todos de ajustados medios económicos. El primer mecanismo para conseguir dinero fue organizar una fiesta en
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el flamante Hotel Quito, el mejor de la ciudad. La fiesta fue un éxito económico. El viaje programado nunca se llegó a dar, y ya verán por qué. El año anterior, cuando hacía el cuarto curso me había metido de lleno en una actividad política estudiantil, apoyando a Eduardo Brito para alcanzar la presidencia de la Facultad de Derecho. Triunfamos con un candidato muy popular porque cantaba profesionalmente y muy bonito, con magníficas interpretaciones de boleros populares de la época. El manabita ganó con facilidad absoluta. Buena gente y estupenda persona. Grabó lindos discos. Llegó a ser juez de la Corte Suprema. Al año siguiente, los del segundo curso de la facultad, me propusieron a mí lanzarme a la presidencia de la Asociación de Derecho. Mi compañero de fórmula sería Camilo Ponce Gangotena, hijo del expresidente de la República que por tanto tenía muchos adeptos y también fuerte resistencia. Carismático nunca fui por falta de porte o pinta, y tampoco sabía cantar ni tenía ninguna gracia en particular. Pensé que la alianza entre el segundo y quinto curso era una buena base. No resultó así. De mi mismo quinto curso salió otra candidatura que se alió con un vicepresidente del primer curso, donde había la mayor parte del alumnado y votos. Resultó así que mis cálculos fallaron. Mauricio Gándara, un estimado amigo mío, además de riobambeño, resultó más hábil y con dotes de mejor político. Y hubo un factor con el cual yo no había contado: que Mauricio era “chagra” como se suele conocer a los emigrados de Quito que provienen de las provincias serranas. Y los chagras para ese tiempo, especialmente los riobambeños ya se habían tomado la gran ciudad conforme abandonaban sus huasipungos y haciendas para acomodarse en la capital. Funcionaban como una logia solidaria, lo que explica cómo los riobambeños y provincianos en general al final de cuentas llegaron a tener tanta influencia en el desarrollo de Quito. Perdí la contienda electoral majestuosamente. Según mis apreciaciones, los provincianos votaron por los provincianos, y esa era la gran razón, amén que Mauricio Gándara políticamente y como candidato era mucho más preparado. Mi orgullo se molestó porque, siendo el presidente de mi curso, muy pocos de mis compañeros que me habían elegido me brindaron su apoyo para llegar a dirigir la Asociación, un cargo bastante más importante y notorio. Lo peor de todo es que la famosa fiesta para
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recaudar fondos destinados a financiar el anunciado y prometido viaje estaba ya organizada y mi empuje, y a sola firma, respaldaba compromisos adquiridos con el Hotel Quito, la orquesta, el trago y todo lo demás que era necesario. Presenté ante mis compañeros la renuncia a mi calidad de presidente del Curso, argumentando que ya no tenía sentido que lo siga siendo y pedí que alguien se hiciese cargo de la famosa fiesta. Como nadie quiso asumir la firma de responsabilidad en los contratos ya firmados, anuncié que, en ese caso yo quedaría como responsable final del destino de los fondos que se llegasen a recaudar y que si hubiese utilidad, esta iría al Club Deportivo de la Universidad Católica que estaba en plena gestación. Como se ganó una importante suma de dinero, esta decisión mía fue el boleto de entrada por la puerta principal a la directiva de la nueva dirigencia que regiría los destinos del equipo de fútbol de la U. Católica. Resultó que Mauricio Gándara, electo Presidente de la Asociación tenía muy claro su guión. En su afán de llegar a destacarse políticamente en otro nivel, el 29 de enero siguiente, a muy pocas semanas de su elección y ya en su calidad de Presidente de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, emprendió una abierta campaña a favor de la nulidad de Protocolo de Río de Janeiro, saltándose por encima de lo que muchos consideramos altanero e irrespetuoso para con el doctor Julio Tobar Donoso, decano de la Facultad. Julio Tobar era para ese tiempo un hombre anciano y fue, hasta que murió, el blanco de las ofensas públicas de esa guerra perdida que el Perú nos declaró de forma abusiva y con la protección y garantía de cinco países, entre los cuales estaba los Estados Unidos de América. Total que ese 29 de enero hubo una sonada marcha, otra más de las tantas que se celebraban anualmente y por ritual, como plataforma política nacionalista hasta que, treinta años después, reconocimos el Tratado luego de la guerra de Paquisha que supuestamente ganamos, aunque perdimos los territorios en disputa y se cumplió cabalmente lo estipulado en el Tratado de Río de Janeiro firmado por Julio Tobar Donoso en su calidad de Canciller. Cinco décadas pasamos renegando contra un Protocolo y guerreando de palabras, utilizando esta plataforma política para sobresalir en el discurso patriotero.
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Lógicamente que nos reunimos los alumnos leales al Decano, y logramos recoger un muy amplio número de firmas para reclamar a la Asociación de Derecho presidida por Mauricio Gándara por los hechos públicos sucedidos que fueron recogidos por la prensa. Como consecuencia de ello, la Universidad eliminó los recursos financieros destinados para la Asociación de Derecho y le quitó, además, el local donde funcionaba. Ni cortos ni perezosos, acudimos donde el rector y solicitamos aquel local desocupado para que fuera la sede del Club Deportivo de la Universidad Católica que estaba en sus inicios con la ayuda y empuje del arquitecto Nicolás Vélez, inolvidable personaje. Un viejo que vivía como joven y entre jóvenes y a quien siempre recordaré con mucho afecto. Formamos un interesante grupo de dirigentes, entre los que destacaban Jorge Salvador, Carlos Egas y Pepe Rivera, cuando éste aún era sacerdote y profesor de la universidad. Ya con local propio, iniciamos la aventura de organizarnos para ir a competir en las primeras Olimpiadas Universitarias Nacionales a realizarse en Guayaquil en el mes de mayo y que estaban en la puerta de la esquina. De mi grupo de amigos cercanos o íntimos, destacaban como jugadores Antonio Chiriboga, arquero demasiado arrojado y audaz, y Manolo García, el centro delantero y finalmente goleador del torneo. Teníamos un joven back central de la magnitud que fue Ramiro Tobar, y a eso se sumaron buenos jugadores estudiantes de la Universidad como el “Omoto” Troya, Rafael “Pico” Terán y los hermanos Suárez, especialmente Pepe. Fuimos, jugamos, farreamos y vencimos. En ese inolvidable viaje a Guayaquil me enamoré efímeramente de un linda chica de nombre Guadalupe, y la pasamos muy, muy agradablemente bien pues, incluso, habíamos triunfado en la difícil plaza del estadio Modelo de Guayaquil. Fiestas, serenatas, besos y regreso triunfal. Es de anotar que cuando llegamos a Guayaquil a participar en las Olimpiadas Universitarias Nacionales, pocos en el puerto sabían siquiera de la existencia de la Universidad Católica de Quito. La actividad en este deporte tan popular fue una de las llaves maestras que ayudó a la entidad a ganarse el reconocimiento y respeto tanto dentro como fuera de Quito.

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Con ese antecedente y bríos de neo dirigente deportivo, pasamos a intervenir en el campeonato de futbol provincial de la AFNA de Pichincha. La sufrimos para, finalmente, en 1966, quedar campeones de la primera división profesional de Pichincha. Para cuando esto sucedió yo ya tenía un par de meses por Europa, y la noticia la recibí mediante un cable que decía “Católica Campeón” En esos tiempos un cablegrama se cobraba por palabras. Dos palabras bastaron para llenarme de satisfacción. Esa es mi pequeña historia como dirigente político y deportivo. No muy rica por cierto, aunque sembró felices recuerdos y hay que ser gratos con ellos. Siempre sentí que a Julio Tobar Donoso, un hombre recto y de bien, no se lo podía maltraer por haber firmado un Protocolo bajo el peso de la invasión peruana y bajo una mayor presión internacional que significaba que el mundo estaba inmerso en una Guerra Mundial. Poco después, más tarde que nunca, Ecuador declaró obligadamente la guerra a los alemanes; los norteamericanos se tomaron el peñón saliente de la Península de Santa Elena a modo de Gibraltar, y además se instalaron en las Islas Galápagos con la finalidad de establecer allí bases aéreas de defensa del canal de Panamá para prevenir posibles ataques japoneses muy resueltos a ganar su predominio en el Océano Pacífico. El Canal era estratégico pues cortado el paso rápido al Océano Atlántico, Estados Unidos, navalmente, hubiese quedado dividida en dos. Perú estaba alineado contra el nazismo voluntariamente y antes de nosotros que lo hicimos después de haber perdido medio territorio. La política es así y tiene sus lógicas y propias razones. Julio Tobar Donoso estaba en el decanato prácticamente retirado, y ya era un anciano sin la menor facha de ser un hombre traicionero. Fue el chivo expiatorio de una triste historia limítrofe del Ecuador. La política es cruel e inevitablemente crea chivos expiatorios para ocultar ante sus ojos las culpas de todo el conjunto de una sociedad que necesita purificarse y posiblemente seguir cometiendo los mismos o nuevos errores. Finalmente poco tiempo después Mauricio Gándara llegaría a ser uno de los más jóvenes secretarios de la Administración del Ecuador durante el cuarto velasquismo. En tiempos de Sixto Durán llegaría a ser Embajador en Londres, fue un buen legislador y es considerado un buen
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internacionalista pese a que el tiempo le dio razón a Perú en cuanto al saneamiento limítrofe declarado en el Protocolo de Río de Janeiro. En cuanto a mí, no destaqué políticamente ni gané ninguna otra elección, amén de una concejalía donde llegaría arrastrado por ese vendaval que fue León Febres Cordero cuando se lanzó para alcalde de Guayaquil.

Bohemia universitaria
Siempre tuve la tendencia a tener privacidad y para eso hacía falta crear un ambiente. Para lograrlo adecué un cuarto de servicio ubicado en el patio de la casa a pretexto de convertirlo en un lugar de estudio. Ahí ubiqué mi primer librero, mi primer escritorio, en fin, mi primer todo. Habitábamos ya nuevamente en casa propia, en la calle Robles 951 y Valdivia. Lo decoré con cierto aire sombrío forrándolo de láminas de madera oscuras, iluminación baja, un sofá que resultó muy útil. Yo mismo fui el carpintero, el electricista, el pintor, el estudiante, el poeta y el bohemio. Era “mi” cuarto. Yo tenía la llave y me ocupaba personalmente de su aseo y desaseo. Pese a ser de color tan café oscuro lo llamamos “cuartito azul” en honor a aquel tango que enloquecía a Paco Valdivieso, quien vivía enamorado de su propia melancolía. La voz de Argentino Ledesma nos embriagaba al son de una letra que desgarra como sucede con todos los tangos, lánguidos por naturaleza, pues si no son lánguidos no llegan a ser tangos. Luego seguía “Yira Yira” y “Esta Noche me emborracho”, en la voz de Carlos Gardel, el inmortal. Era la edad de los tangos que venían antes que los pasillos o que los poemas recitados por Manuel Bernal. Recuerdo en especial aquel poema de Guillermo Aguirre, “El Brindis de un Bohemio”, al terminarlo las lágrimas enjugaban el vaso de licor de Paco Valdivieso, mientras Raúl Molina, el arquitecto, rumiaba, literalmente hablando, el vidrio arrancado con sus dientes del borde de su vaso entristecido. Poemas y canciones que escuchábamos una y otra vez, envueltos en el humo del tabaco y al calor del alcohol barato que conseguíamos por ahí luego de exprimir monedas del bolsillo. Así esperábamos que el reloj llegase a la una de la mañana para ir a dar las serenatas. Nos juntábamos de a poco todos los amigo de siempre; Gustavo Jácome, el más puntual de todos, Manolo García, Marcelo Coronel y Raúl Molina, quien tocaba el acordeón cada vez mejor conforme el alcohol se plasmaba en el teclado. Llegaba también, y por
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lo general un tanto atrasado, José Antonio Briz, un jovencillo locuaz que de bohemio no tenía nada pues era alegre y lozano, cualidades que de nada le servirían cuando fue secuestrado y asesinado pocos años más tarde, (1977) por unos izquierdistas de mierda que todavía andan por ahí protegidos por aquello de los Derechos Humanos16. También acudía Tito Larrea, con menos rigor y frecuencia por sus obligaciones deportivas, ya que era el mejor jugador lateral izquierdo que tuvo la Selección Ecuatoriana de Fútbol por mucho tiempo. Amaba a Trudy, una regia manabita, a sabiendas que era mía solo a ratos porque ya estaba pedida. Ella me marcó de apetencias inauditas y solo eso ya era un premio mayor para mi enorme fantasía. ¡Salud! decía. ¡La vida y el amor es una visión, una nube solamente, un espejismo en ese desierto de ansiedades! ¡Era cuestión de ponerse lentes y ver las cosas del color que queríamos! También amaba a Marcela o a las que aparecían en mis sueños de cristal y estaban a mi alcance para descifrar los misterios de la vida. Amor de un día, me decía, no importaba, aunque durasen muchos días porque ¿cómo se puede ser bohemio sin esos ataques de amor que crean melancolía? Realmente a quien amaba más que a todas ellas era a la libertad, a la tristeza por carencia o a la bohemia que dentro de mí era un todo e inconfundible agridulce coctel que yo lo llamaba “la existencia”. ¡Ay, amor!, discúlpame por haber utilizado tu nombre en vano, pero no era mi culpa sino consecuencia de mi torpe inexperiencia. Mucho tardaría en desasociar amor de tristeza y amargura. Amor es alegría y yo no la sabía todavía. ¡Ay, amor!, discúlpame por haberte utilizado, pues amando en vano amé realmente a mis propias ilusiones. Marcela finalmente decidió emigrar a EEUU cuando captó que yo no tenía planeado nada y ella decidió ir al encuentro de su propio destino. Las noches quiteñas frías de aquella época, cuando Quito era realmente una suerte de convento en la zona de la Mariscal, no daba muchas opciones sino aquellas que podíamos financiar con los bajísimos presupuestos que rejuntábamos en una especie de minga que colectaba lo que cada quien podía aportar. En esas circunstancias, resulta fácil
16 Le cortaron la cabeza y la depositaron en la entrada de un convento para causar terror. El cirujano que con bisturí lo cercenó vive todavía gozando de buena salud política en un cargo de elección popular.

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volverse bohemio aunque había dentro de mí algo adicional que eran intensas ansiedades. Las más de las veces me encerraban allí en aquel cuarto azul y a la vez café, para leer, escuchar música tristona, meditar sobre lo que quería de la vida. ¡Claro está, que cuando uno medita sobre esto y aquello es que no sabe lo que quiere porque está lleno de vacío! Me consideraba existencialista sin saber realmente el real contenido de esa palabra que había extraído de complicadas y desordenadas lecturas. Más que existencialista, era alguien que buscaba entender la vida lleno de angustia y ansiedad. Así de raros somos en esa única e inolvidable edad en la que ni dejamos de ser aquello que éramos ni empezamos a ser lo que realmente llegaríamos a ser o ya éramos sin saber. Todo estas horas y esos momentos de bohemia me resultan ahora borrosos porque fueron años confusos entre el trabajo, los estudios, la existencia, el amor y la ansiedad sin entender que la vida es el hoy y no el mañana que queremos alcanzar. También se entrometieron las tragedias. El látigo sorprendente de la muerte Era un sábado de agosto, con un sol brillante como los que iluminan a Quito durante esa época del año. El cielo azul y las montañas exhibían ese majestuoso paisaje que brinda la cordillera ecuatoriana. Mi madre y mis dos hermanos menores estaban en Guayaquil pasando sus vacaciones escolares. Mi padre, Tony y yo nos pusimos de acuerdo para ir a recibirlos al aeropuerto para luego ir juntos a comer en la Granja Azul, donde servían deliciosos pollos en canasta, dorados y jugosos al calor del carbón, en medio de eucaliptos y en un ambiente plenamente rústico. El teléfono sonó, y cambio de planes. A mi madre le había venido una de esas muy aceleradas taquicardias que la obligaban a un reposo hasta normalizar la presión, mucho más si debía tomar un avión para elevarla a 3000 metros de altura sobre el nivel del mar. Postergó su regreso. Cada quien ajustó sus planes. No almorzaríamos juntos. Yo iría en la tarde a San Rafael, a la quinta de Paco Valdivieso. Eran las 11 de la mañana del 25 de agosto de 1.962. Mi hermano se peinaba con mucho esmero y
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evidenciaba que sabía muy bien lo que planeaba. No me lo dijo. La usual cantidad de colonia perfumaba nuestra habitación compartida desde siempre. Mi padre se fue al trabajo y almorzaría en el Club Pichincha antes de echarle al naipe durante la tarde y noche. San Rafael, ubicado en el valle, tiene un clima más cálido que Quito y ya algunos capitalinos comenzaban a poblarlo o al menos ahí tenían una segunda vivienda a modo de casa de campo. Lo unía a la ciudad un estrecho y tortuoso carretero que se recorría en unos treinta minutos. Me pasaron a recoger a las 4 de la tarde y nos enfilamos hacia el valle. Conducía Manolo García muy prudente en su manejo porque, entre otras cosas, don Thomas, su padre, era muy puntilloso y severo con eso de prestarle o no el vehículo. Un tumulto en la mitad del camino nos detuvo. Un accidente. Bajamos inevitablemente y me abrí paso a empujones hasta toparme con el auto descapotado rojo MG de mi hermano. Estaba intacto, salvo el parabrisas y el volante trisados. Un bus había rebanado esas partes sobresalientes del auto deportivo. Una mancha de sangre cubría el asiento. Se habían topado los vehículos saliendo de una curva y uno de los dos o ambos había invadido un tanto de la vía contraria. ¡Sentí un cuchillo que me desgarró el corazón y enmudeció la garganta! ¡Se lo llevó una ambulancia!, alguien dijo. Recordé que unos quince minutos antes nos habíamos cruzado con una que llevaba encendida su sirena. A la clínica Pichincha, otro informó. El retorno lo hicimos en medio de un silencio elocuente. Manolo manejaba prudentemente rápido. Algo de esperanzas yo tenía pues finalmente el auto de mi hermano no estaba destrozado. Llegando a la clínica, de lejos reconocí varios vehículos de los amigos de mi padre. Entre ellos, el Cadillac descapotable de Stefano Isaías Barquet que siempre fue señal de mal agüero en cuanto que ellos tenían comunicación vía radioaficionado entre Guayaquil y Quito, lo que les convertía en portadores de malas noticias entre ciudad y ciudad. Me lancé corriendo hacia el interior hasta que mi primo Pierre Hitti me atrapó con sus inmensos brazos y me inmovilizó mientras yo me desgarraba en sollozos. Me mantuvo así unos cuantos minutos hasta que atravesé la puerta de la sala de emergencia. Allí estaba. Jamás olvidaré la escena que se me petrificó en el alma y en el mundo del recuerdo. Mi padre
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con su altivez y porte se había reducido en su congoja y parecía un muñeco de trapo. Su mano acariciaba la mano de Tony, único miembro de su cuerpo inerte que se escapaba de una sábana blanca que cubría el rostro y todo lo demás. Cuando se es joven, la muerte es un concepto vago, etéreo, reservado para otros. Lo sabemos cómo posibilidad y esto no resulta un problema hasta que toca enfrentarla directamente dentro del círculo íntimo causando estragos y torciendo el destino personal. Nada sabía respecto a lo inesperado y de cómo, en cuestión de segundos, todo cambia y para siempre a causa de ese tufo y estela que deja la ausencia para siempre de alguien que era parte de la propia existencia. Tony, el primogénito, el talentoso, alegre y tan seguro de sí, se estrelló en su MG deportivo, descapotado y de color rojo. Murió a lo James Dean, el actor de la época ídolo de los jóvenes de esa década17. Era el actor preferido de mi hermano. Mi querido hermano se había hecho, así de un día para otro, de ese peligroso vehículo MG comprado a crédito en una sola letra de cambio a pagar 180 días después. Sesenta mil sucres era el precio a pagar. Así fue de audaz y desafiante como lo fue el actor norteamericano. Tony falleció aquel sábado 25 de agosto a los 22 años, 2 meses y 18 días de edad. El impacto se dio a las cuatro de la tarde cuando venía velozmente del valle de los Chillos, visitado a una señora casada con quien había establecido una relación extraconyugal sin importarle que ella fuera esposa de un cercano amigo suyo mucho mayor que él. La letra de cambio debería vencer tres semanas más tarde. Es decir que nunca lo pagó y al fallecer tampoco tenía los fondos necesarios para hacerlo. Confiaba siempre en las soluciones de último momento y tenía casi negociado ese auto con Pepe Juez para así pagar esa deuda. Y posiblemente, luego, comprarse otro. Durante la tenencia de ese peligroso vehículo deportivo tuvo dos accidentes previos debido a que era imprudente y amante también de la velocidad y el vértigo. El MG deportivo rojo tuvo que ser guardado lejos de casa porque tanto mi padre como mi madre le habían prohibido tenerlo. Tony simplemente,
17 Este actor norteamericano murió en 1955 a los 23 años de edad. Su auto deportivo, un Porche Spyder 550 al que bautizó The little bastard («El pequeño bastardo») se estrelló a gran velocidad a solo pocos días que saliera al aire un anuncio publicitario que advertía a los jóvenes que debían conducir con prudencia.

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con su simpatía, mimetizó el asunto y siguió con su vida, mejor dicho rumbo a la muerte. Yo no compartía su actitud. A mi juicioso entender no debía exhibirse en un auto así de llamativo y lujoso, justamente cuando la familia atravesaba por una crisis económica muy notable. Me prestó el auto alguna vez, y con eso me calló al menos por una semana. Cuando me senté al volante del vehículo, sentí aquello que se llama ridículo ya que no alcanzaban mis pies la altura de los pedales profundos. Sentía, además, que manejaba un potro sin control. Mi entusiasmo duró tan solo esa mañana dominical mientras él dormía plácidamente, descansando de la farra del día anterior. Ese era él. Alegre, veloz, osado y atrevido. Le gustaba el vértigo de la vida, a la que le sacó provecho como a sabiendas de que era cuestión de intensidad más que de duración en el tiempo. Aquella noche del 25 de agosto Esa noche del sábado 25 de agosto de 1962, mientras velábamos a mi hermano en nuestra propia casa, en espera que retornaran de Guayaquil mi madre y mis dos hermanos pequeños, en otro lugar, en aquella lujosa boîte “Le Toucan” que mi Tony tanto frecuentaba, la orquesta pidió un minuto de silencio para, a continuación, entonar y entristecer el ambiente al ritmo del “Bayón de Alí Babá”, que era su canción preferida y con la que le recibían cada noche cuando entraba a llenar de alegría con su vital impulso que contaminaba a todos. Debieron pasar algunas décadas para que yo pudiese volver a oír esta melodía. Todavía cuando la hago sonar en mi computadora, las lágrimas del corazón me brotan por los ojos. Mientras esto escribo, la escucho, y casi medio siglo más tarde siento con las pupilas rojas como si el presente y el pasado fuesen un solo instante aplastados en el tiempo. Durante su velación, apareció un enorme ramo de flores en cuya esquela se leía tan solo el nombre de Wanda. La bailarina más hermosa y codiciada del cabaret Moulin Rouge que Tony frecuentaba. Una chilena hermosa. También me sorprendió un señor de aspecto raro, enorme y absolutamente calvo que nadie conocía y que se sentó silencioso durante tres horas muy cerca del cadáver. Finalmente le pregunté su nombre y me dijo: “Su hermano era una linda persona y me ayudó cuando realmente lo necesitaba.” No dijo más y se fue a paso lento y con
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sus hombros gachos y mirada arrastrada. El entierro fue sorprendente. Muchas personas que yo no conocía siquiera. Mucha, mucha gente. Fue un dolor general manifestado en una larga caravana que a pie recorrió a lo largo de la avenida Seis de Diciembre, hasta llegar a la Iglesia de la Paz. A paso lento recogí pensamientos que afloraban de todos esos lugares donde se habían deslizado nuestras andanzas.

Un antes y un después
La repentina y trágica muerte de Tony me marcó para siempre. Fue un antes y un después. De repente, de la noche a la mañana, pasé a ser el primogénito y debí resolver algunas situaciones delicadas que se desencadenaron inmediatamente. Desde arreglar con los dueños del MG destrozado, hasta descifrar si era o no verdad un reclamo de paternidad de otra linda señora separada que me afirmó que yo esperaba un sobrino, lo cual lastimosamente no fue verdad sino un tema de dinero. Revisadas sus cuentas bancarias encontré un enorme movimiento. Asustado, vacié los cajones del armario y me llevé todo el contenido a mi mal llamado estudio a fin de revisarlos y proteger a mis padres de la intensa doble vida que mi hermano había llevado en cuanto a su desbocada economía. Estuvo metido en un negocio muy jugoso con eso de la venta de los radios transistores que, por no necesitar electricidad, se vendían como canguil en olla caliente en las zonas rurales de un país desprovisto de la correspondiente infraestructura. Así ganaba fuertes comisiones y manejó cifras muy importantes, todo a espaldas de la casa. Muchos ingresos, aunque siempre más altos egresos. Era una rueda moscovita desbocada. Detrás de todo estaba la figura de un pariente lejano que tenía una reputación dudosa en cuanto a su estilo de vida y que terminó malamente algunos años mas tarde. Al intentar cuadrar las cuentas aparecieron algunos supuestos acreedores y otros negaban ser sus deudores. Un caos y un lío de buenas proporciones. Solo con ayuda de Ricardo Thome, su mejor amigo, pude solucionar uno a uno los enigmas que quedaron en ese cajón. Algunos años después Ricardo, que se radicó en Toronto, murió abaleado en una calle de Medellín, lo cual me hizo meditar en todo un torbellino de preguntas que tenía respecto a esa forma de vida atrevida y arriesgada
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que ellos tuvieron. ¿A quién hacerle las preguntas? ¿Al destino? Ni el destino quizás tenga las respuestas. Durante las noches frías que precedieron, tomé la costumbre de salir a caminar por las oscuras veredas de ese barrio y avanzaba hasta la calle Carrión donde estaba ubicada aquella casa donde Tony y yo fuimos tan inocentemente felices compartiendo 18 años juntos. Meditaba sobre la vida y la muerte, cosa que hasta ahora no entiendo. Miraba el interior de esas distintas villas donde se veía el resplandor de las luces que trasmitían las sombras de quienes estaban alrededor de un comedor, de una sala, de un dormitorio agrupadas por ese intenso lazo que se llama familia. Entendía que todo eso era pasajero y mis ojos se humedecían inevitablemente. Recuerdo particularmente la noche del 22 de noviembre de 1963, cuando salí a caminar solo, y en mis meditaciones nocturna a propósito de la muerte y sus misterios, contarle a Tony que John F. Kennedy, el hombre más poderoso del mundo, había sido asesinado. Durante esa caminata recordé cuando pocos meses atrás, yo subía la escalera de la casa en la calle Robles 959 y Valdivia, cargado de ocho anchos volúmenes de pasta dura de la “Historia Universal, de Jaques Pirenne”18. Mis brazos cortos apenas alcanzaban para sostenerlos juntos en el espacio entre mi barbilla y las palmas de las manos. Todo empavonado, avanzaba lentamente grada por grada con miedo a que se desmoronara ese ardiente tesoro que me acaba de comprar a crédito y que debía cubrir en doce cuotas mensuales. Tony bajaba fresco y lozano, muy elegante y desprendiendo esa estela de aroma que provenía de las costosas colonias que usaba. Nos tropezamos en la mitad de las escaleras y, en vez de ayudarme, me preguntó: “¿Qué es eso que has comprado? ¿Cuánto te costó?” Le dije que era la Historia Universal de Jaques Pirenne y el precio final en doce meses plazo. Se rió y me dijo simplemente: “Eres un pendejo, yo con ese dinero te llevo a farrear en el Moulin Rouge o en Le Pigalle 19.” Mientras escribo esto, los ocho volúmenes de la Historia de

18 Jaques Pirenne (1891- 1972) era ciudadano belga y uno de los mejores historiadores de la lengua francesa. Realmente me tuve que esforzar mucho para comprar esa edición de 1961, que hasta ahora conservo con mucho cariño y orgullo. Tantas veces he revisado esas 4000 páginas hasta que Google vino a arruinarlo todo. 19 Dos boîtes de lujo o cabaret ubicadas bastante una frente a la otra, muy cerca de nuestra casa

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Pirenne están frente a mí en el librero de mi oficina, testigos silencios y mudos del paso del tiempo inspirando estos recuerdos. Cuatro mil páginas de historia que dan testimonio de tantas personas ya muertas. ¿No es ese el final de todos? Sí. Pero la muerte no se convierte en luto mientras no nos hiere en carne tan propia, como fue para mí la ausencia definitiva de mi hermano. Kennedy murió y pasó a la historia. Mi hermano quedó dentro de mí, atrapado para siempre. La historia de Pirenne ni ninguna otra la atrapó.

El duelo prolongado y la alcancía.
Luego de la muerte de su hijo predilecto, mi padre, como es de suponer, entró en una gran depresión. Colocó sus fotos en toda la casa y en cada uno de todos sus rincones. Repetía o declamaba a cada momento en voz alta una bonita poesía que el padre Albero Luna Tobar escribió en memoria de Antoine. Los domingos en especial se volvieron lánguidos y angustiosos: era una escena de drama griego cuando salíamos todos de estricto negro, a la misa de once, a visitar la tumba de mi hermano en la Iglesia de La Paz. Llanto, rezos. El luto fue brutal y duró bastante más de un año. Mi madre en silencio rezaba con resignación y ocultaba sus lágrimas ante nosotros encerrada en su dormitorio o en el baño. Mi padre no. Sus lamentos eran una obligación colectiva que todos debían compartir. Mis intestinos gemían y yo pensaba que eran del dolor. Era esa enfermedad oculta que llevaba encima que se agudizaba más y más conforme el ambiente tenso lo imponía. Yo tenía 21 años de edad para ese entonces. Todo se volvió oscuro y negro. El pesimismo se impregnó dentro en mí y me sumergí en un periodo existencial confuso y amargo. La crisis económica de la casa se agudizó conforme mi padre se hundía en su tan profundo dolor. Era el tiempo de empeñar nuevamente las joyas de madre. Una de las pocas cosas que nacen grandes y con el tiempo se achican es la muerte de un ser querido. Es la ley de la sobrevivencia, del instinto de defensa el que obliga a continuar. A veces toma más tiempo del que se puede suponer. En estas circunstancias yo aceleré la secreta decisión de salir del entorno familiar y así poder doblar la página y construir mi propia biografía. ¿Cómo atreverse a dejar la familia cuando, de pronto, veía y sentía el peso de la responsabilidad sobre mis hombros? Una primogenitura tardía ya no con beneficios y sin beneficio de inventario,
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conllevaba cargas muy pesadas. Huir era la respuesta. Huir en búsqueda de mi mismo. Había compartido el dormitorio con Tony toda mi vida, y me tocó compartir luego con esa cama vacía que nunca fue retirada y que siempre estuvo preparada para que vuelva el hijo prodigio y ahora pródigo sin esperanza de regreso. Fue un luto demasiado severo que no pude resistir. Durante esas noches y de doloroso silencio, maduré mis decisiones y las comencé a implementar casi de inmediato. Había decorado rústicamente aquel pequeño rincón de la villa convertido en mi lugar bohemio donde me apartaba de los problemas de la casa. Había utilizado unos muebles antiguos salidos de circulación, entre ellos aquel sofá tan utilitario que tenía un respaldo trasero amplio diseñado para guardar los discos de acetato y al que se accedía únicamente por la puerta lateral del pesado mueble fabricado con madera noble y dura. Atornillé y clavé con gruesos clavos y tornillos para bloquear la única puerta de aquel respaldar. Abrí, a cambio, una ranura en la parte superior. Se convirtió el respaldar del sofá en una inmensa alcancía que juré no abrir sino cuando hubiese conseguido una beca para salir del país en busca de un cambio total de mis propias circunstancias. Sucedió tres años después. Cuando llegó el momento, martillo en mano desarmé ese mueble, reitero que fabricado de madera muy noble, y conté lentamente: los ahorros alcanzaban la suma necesaria para comprar 650 dólares, suficientes para que, sumado a la beca, pudiese marcharme a Europa. Había que ser tenaz, y tenaz siempre lo fui. Había que ser audaz y en eso Tony me había señalado el camino aunque nunca dejé de ser prudente; gracias a ello, poco a poco, esa inmensa alcancía se fue llenado de ilusiones y billetes. No bastaba ser tenaz, audaz y a la vez prudente. Había también que ser egoísta para tener la fuerza y valentía para alejarme de la sombra envolvente que rodeaba mi casa. Fue una decisión sufrida y mis intestinos decían que no a los impulsos que de mi alma partían. Me hice nudo las tripas y salí del hogar para nunca más volver, pues el destino señaló, y estaba escrito, que en esa ciudad y en esa casa nunca más volvería a vivir. No importaría dónde me fuese porque todo ese conjunto
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de recuerdos y aquellas circunstancias vivirían siempre dentro de mí. Eran mi acerbo, y estoy feliz de poder ahora, cincuenta años más tarde, escribirlo y reconocerlo desde mi cuartel de invierno alegre y luminoso.

Con el sudor de la frente
Dice el libro del Génesis: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. ¡Vaya castigo! No es justo, pues cuando el trabajo va paralelo con la vocación porque no hay castigo alguno sino cotidiana recompensa. No fue mi caso, lastimosamente. Si bien no me resultó del todo mal en cuanto a ganar sustento y a acumular una relativa riqueza, la suficiente al nivel de mi poca codicia, sí debo confesar que para mí fue mucho castigo ganar el pan haciendo cosas que no me complacían. Para hacer dinero muchas veces uno tiene que venderse y esta suerte de prostitución vocacional se vuelve casi obligatoria cuando, por sentido de responsabilidad, uno pospone sus prioridades vocacionales ante presiones que pone el destino. Sin embargo, en baja voz me repetía que si uno se prostituye es mejor cobrar bien, aunque a la larga resulté torpe para ello pues perdí mi oportunidad de hacerme pagar lo que valía en el momento que más me necesitaban. No supe reconocer ese momento porque nunca fui oportunista, y me alegro no haberlo sido porque caso contrario quizás no hubiese encontrado la necesidad espiritual que ahora tengo para escribir lo que estoy escribiendo. Yo heredé una infancia feliz, educación y una determinada formación y me siento bien agradecido con ello. Eso, en sí, es mucho y bastante. Pero, ya a la hora de enfrentar la vida real, me tocó aquello de ganarme el pan de una manera más arrugada y tormentosa de lo que hubiese deseado. Total que ahora, al momento del inventario, debo confesar que mis artes o inclinaciones intelectuales no me rindieron un centavo. Viví con el sudor en la frente en cuanto a satisfacciones económicas. Quizás la razón de ser de esta biografía es una forma de desquite o un hálito de lucha sabiendo que, mientras se respira aún, se puede hacer algo por satisfacer los anhelos, esperanzas, ansias, pasiones y aspiraciones íntimas. Tienen suerte aquellos que heredan vocaciones, profesiones u oficios. Esa es la mejor herencia porque las que son en metálico o riquezas materiales suelen dar satisfacciones personales o íntimas de menor
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calidad emocional. He tenido la oportunidad de conocer personas que han heredado creo que hasta cuatro veces y por los cuatro costados, aunque no sé si eso los ha hecho felices realmente. La riqueza vocacional es otra cosa, y dura toda la vida porque es el resultante de un encuentro genético y circunstancial que permiten subsistir económicamente haciendo aquello que se disfruta y complace. ¡Eso es calidad de vida! En mi caso, eso no se dio en ningún momento. Haciendo un balance final, encuentro una sensación híbrida. No debo quejarme de los logros materiales alcanzados ni de los espasmos que tuve para reverdecerme académicamente. Me hubiese gustado llegar mucho más alto de lo que finalmente llegué en cuanto a cultivar mi intelecto. No disfruté el sabor de la excelencia en ese estado de alquiler alimentario. Me tocó ganarme la vida con el sudor de la frente, es decir trabajando en algo que nunca me dio satisfacciones plenas. Di prioridad a las urgencias económicas y quede prisionero de ese error que recién ahora, cuando ya nada se puede remediar, pesa como lastre. Para bien o para complicar las cosas, fui desde siempre un responsable de mierda. No podía afrontar un examen escolar, colegial o universitario sino sabiendo que sabía. Anteponía el deber al placer y no porque era un asceta, sino porque no podía disfrutar si tenía algo pendiente. Así que cuando aparecían vacaciones escolares no podía iniciar mi goce sino después de haber realizado los deberes. Y me sucedía que mientras la mayoría de mis amigos dejaban las tareas para el último momento, y cuando yo quedaba libre ya no tenía con quien compartir sino con los rotundamente vagos, es decir con aquellos que no les importaba cumplir o no con nada. Primaba dentro de mí el sentido de responsabilidad crónica y mandataria o compulsiva derivado quizás de ese principio de respeto a la autoridad que proclamaba mi padre cuya pinta era aplastantemente autoritaria y destacada por su imponente cigarro cuyo humo coronaba como aureola su impecable cabello blanco. En mis circunstancias, se me hizo difícil encontrar o improvisar una vocación que lograse aunar mis gustos y apetencias con una forma adecuada de ganarme la vida. Quizás si la época de las vacas flacas no hubiese llegado a mi casa justo en los momentos en los que debía enrumbarme académica y económicamente, se me hubiese hecho todo
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más sencillo y menos dramático. Justo cuando cumplí dieciocho años empezaron las angustias y el choque con la crudeza de la vida. Para 1958, mi padre decidió vender la casa aquella donde yo había nacido un lunes cualquiera y pasamos a vivir en una insípida villa de dos plantas arrendada en la calle García y Seis de Diciembre. El arte de mi madre salió a relucir con su afanosa economía doméstica, aquella que medía y calculaba cómo hacer los estofados y estafados estratégicos los días lunes y martes de cada semana. Mis recuerdos de la infancia se quedaron botados en la casa de la Carrión 442. Sus sótanos, techos, escondrijos y guaridas de una infancia feliz quedaron allí en el cajón emocional de los recuerdos. Empezaron los años de las vacas flacas justamente cuando estaba comenzando a dilucidar qué profesión escoger y diseñar un estilo de vida que me permitiera adobar de la mejor manera posible el sabor salado, similar al de las lágrimas, que inexorablemente tiene el sudor de la frente. Y así empezó la disyuntiva. Hacer una vida acorde con las vocaciones o deseos imaginarios o ser un apoyo alimentario para la casa. Cumplidos los dieciocho años, ya jamás percibí las mesadas que mi hermano Tony repartía del bolsillo de mi padre. Había que arreglárselas de alguna otra manera. Mi padre entró en un desconcierto muy grande tras la sombra económica inminente que, como un nubarrón, nublaba nuestra seguridad económica al conocerse súbitamente que la sociedad comercial con sus hermanos estaba en una peligrosa situación. Así sucedió en el caso de los tres hermanos Raad que emigraron para hacer la América y no fueron prudentes ni precavidos en el manejo profesional de sus asuntos comerciales. Pensaron que las cosas eran estáticas y no sujetas a las mareas que suben y bajan de acuerdo a las variantes lunares. ¿Cuál era mi vocación? El comercio sin duda no. Cuando desde los quince años mi hermano y yo debíamos hacer turnos para cuidar el Almacén El Trébol, sentí conflictos respecto a mi vocación. No me gustaba estar detrás de un mostrador a la espera de que un cliente entrara a buscar distintos géneros de tejidos que iban desde la tradicional popelina hasta el decorativo damasco o los casimires ingleses o los italianos de marca Marzotto.

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Detrás del mostrador
Mi padre, aprovechando nuestra presencia en el negocio, alargaba su recreo con el consabido café preparado en el Club Árabe ubicado en los altos de un viejo edificio esquinero situado enfrente. Cuando aparecía un posible comprador que prometía una venta gorda corría a llamarlo porque mi padre sí era un estupendo vendedor, cosa a la que yo no me le acercaba ni de lejos. Me encantaba, eso sí, verlo vender damascos brillosos y pesados a los cincuenta indígenas que se instalaban en el piso de la tienda con sus ponchos y fundas de mote y maíz tostado e hijos que meaban mientras seleccionaban las telas coloridas destinadas para los disfraces de las fiestas de Corpus Cristi. Tomaba horas la tarea hasta que finalmente sacaban para pagar con papel moneda oculta en lo más recóndito de sus íntimos ropajes. Recién intervenía yo a la hora del trabajo manual que consistía en desarrugar, recontar y terminar de agrupar tanta cantidad de billetes de distinta denominación y olores raros. Por detrás de mi hombro, mi padre vigilaba que no me equivocara y mientras tanto él se inmunizaba con el espeso humo que provenía de su habano importado desde Cuba o Inglaterra. El importe de tales ventas era elevado y, además de lo pintoresco de la escena, aseguraban un buen repunte en el balance de ese mes de octubre. Lo curioso es que esos indígenas cada año buscaban a mi padre y esperaban su presencia, allí sentados comiendo mote y maíz tostado hasta que el mismo dueño los atendiera. Mi padre, por su pinta, se asemejaba a todo un arzobispo o cardenal y es por eso posiblemente que ningún otro libanés del sector pudo arrebatarle tan cuantiosa venta. Luego los indígenas se marchaban sonrientes y mostrando sus dientes ausentes y los que no, negros. Detrás de ellos dejaban una estela de olores que se impregnaban en las telas por lo que había que ventilarlas al día siguiente. Por lo demás eran tardes tediosas y aburridas. Mucho más cuando detrás de mi padre, mi hermano mayor salía de inmediato en busca de su propio trajín con los amigos y amigotes que jamás le faltaron. Para mí fue un gran castigo aquella prematura experiencia laboral. Era tal la búsqueda que tenía de mí mismo a causa de las hormonas que transformaban mi cuerpo y mi mente, que llegué a sentir el peso de la contradicción existente entre estar parado en un almacén esperando
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compradores y saber que debía encontrar una forma de vida que me alegrara interiormente para que el trabajo no se volviera un sufrimiento. Buscaba soluciones en esas lecturas existenciales y desordenadas, exacerbando aún más el tormentoso padecimiento. Por lo general los jóvenes de aquel entonces eran enrumbados en los negocios o profesiones de sus padres o familiares. Así es como se aprendían los artes y oficios. Yo, sin vocación comercial ni afecto a los géneros y telas, no tenía donde mirar, peor en el Quito de esos tiempos donde la actividad comercial era lenta y angustiosa porque, además, había que dejarse regatear los precios hasta el borde como si fuese una partida de póker. Había incluso que acudir de alguna manera a trucos no ortodoxos como confundir al cliente con aquella de las medidas pues ellos, las más de las veces no distinguían el metro, de la yarda o de la vara. Más atención ponían al precio de la unidad que a la unidad misma. Era así como funcionaba. Gerard Raad Dibo, posiblemente el más inteligente, intelectual o sabio de todos mis primos hermanos se preguntaba cuál era la gracia de comprar una mercadería a un precio para venderle a un precio más alto. Por esa razón o falta de desafío no encontraba ninguna atracción a eso del comercio. Tuvo oportunidades de venderse o emplearse como buen manejador de números que era, y prefirió seguir eternamente con el profesorado, el cine, la lectura y sus propias satisfacciones intelectuales. No hizo dinero y vivió a la altura de sus propias inclinaciones. Tenía claro el panorama gracias, quizás, a su habilidad matemática para sumar y restar adecuadamente no las cuentas ajenas, sino sus satisfacciones personales. Y es ahí como reafirmo que esta maldición, porque maldición bíblica lo fue, que aquello de vivir con el sudor de la frente se convierte en algo insoportable si no se logra desarrollar dentro de las propias habilidades y llamado espiritual o vocacional. Ese periodo de búsqueda de cómo lograr el dinero y a la vez realizarse no por el dinero sino por la propia inclinación y quehacer en sí, me produjo un desasosiego profundo. No saber a qué aferrarme ni por dónde empezar ni cómo lograr las metas e ideales que me propuse o supuse. En contrapartida, mi hermano Jean fue médico desde que tenía dos meses de edad y, por tanto no tuvo ese
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problema, aunque a la larga la mística de esa profesión no retribuía en la manera proporcional al esfuerzo y al tiempo dedicado. Me constan sus grandes satisfacciones, aunque admiro y me irrita su incapacidad para cobrar bien, y peor aún, para cobrar oportuna y adecuadamente a su esfuerzo. Para mi hermano Tony también las cosas eran claras: quería vivir con velocidad y lo logró. La pasó bonito y no miró el futuro, sino que le bastó con su rápido y fugaz presente. Mi hermana Maggie también tenía clara su meta de ser devota madre de familia, excelente hija y esposa. Ese sería su rol en la vida que le proporcionaría las enormes retribuciones que ha cosechado en abundancia.

Otras experiencias laborales
Una beca es el sueño dorado de todo buen estudiante porque, además de un reconocimiento, significa una oportunidad para hacer algo que con los propios recursos no podría realizarse. Luego de la muerte de mi hermano, debía enfrentarme con mis íntimos propósitos. Había finalizado ya el cuarto año de la carrera universitaria y podía optar por la Licenciatura de Ciencias Sociales, que consistía en rendir una serie de exámenes orales y escritos en base de los cuestionarios de todas las materias cursadas durante los cuatro años anteriores. Muchos dejaban enfriar sus conocimientos y postergaban la licenciatura hasta el final de la carrera. Yo necesitaba un título para poder aplicar a alguna beca en el exterior, así que logré el cartoncito ese mismo año de 1963 a pura voluntad, porque el ambiente familiar causaba mucha presión emocional negativa y adversa. Además tenía que trabajar y cursar el quinto y sexto año. Y en esto del trabajo debo un reconocimiento a Fuad Dassun, ya un hombre acaudalado para ese entonces, quien por el simple hecho de ayudar a mi familia me contrató en las almacenes Lanafit, con un horario abierto como para cumplir con la universidad. Era una forma de ayuda social y yo así lo sentía. Ni yo ni mi empleador sospechábamos de mi extremado empeño en hacer bien las cosas ante cualquier tarea encomendada. Y así sucedió pues tomé las cosas muy en serio y en vez de aprovecharme de la filantropía de este buen señor, forcé endemoniadamente a los otros vendedores que laboraban sin mayor presión y con gran lentitud. Yo me afanaba y tomaba las medidas de los trajes o pantalones con mucho esmero, debiendo con alguna frecuencia contener la respiración debido a ese olorcito que deja el grajo pegado al casimir, ya que el baño no era una práctica en los
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serranos de aquel entonces. Para medir desde la cintura hasta el talón debía poner la cabeza a la altura de su entrepierna, y entonces era la hora loca, loca de verdad. Rodilla al suelo detenía la respiración para que mi olfato no sintiera aquel mal aroma de casimir guardado e impregnado de un conjunto de fluidos añejados. Esas situaciones me aplastaban la autoestima y me hacían entender que eso realmente no era un trabajo propio para alguien que se esforzaba en obtener otra suerte de beca en función de su desarrollo académico. Algo andaba mal pese a que el sueldo en esos momentos era el factor determinante. Quizás, digo yo ahora, si hubiese sido una tienda para damas así como ahora lo es GAP o Victoria Secret, hubiese guardado mejores recuerdos de aquella experiencia como vendedor de ropa confeccionada. Fue un año triste y lleno de desasosiego. Fuad siempre fue un hombre bueno y le gustaba ayudar por ayudar y especialmente en este caso porque apreciaba mucho a mi madre, íntima amiga de su hermana Amira ya fallecida. Además fue bastante cercano a mí hermano Tony. Cuando Fuad era soltero, abría su enorme villa con servicio de bar y todo lo demás para dar cabida a todos aquellos que disfrutaban de las diversiones nocturnas las mismas que solían prolongarse algunas horas más de las el mismo anfitrión aprovechaba, pues siendo muy trabajador y disciplinado permitía a sus amigos amanecer mientras el ya descansaba. Pierre Hitti Raad, un inolvidable inmenso primo mío, 25 años mayor a mí, simpático y enorme, me rescató de Lanafit y me puso a vender al por mayor zapatos plásticos, un producto que pegó muy fuerte. Para aquel entonces la gente andaba descalza en una proporción mayor a la que andaba calzada. El plástico revolucionó el comercio en la década de los sesenta y transformó a la industria, entre otras, la del calzado. El Ecuador rural andaba en busca del calzado barato. Mi tío rico de Guayaquil, José Antón Díaz, los producía y Pierre encontró en mí un buen vínculo y oportunidad para conseguir una representación del producto que se vendía como agua en el desierto. Y así me puse a vender cartones cerrados de 24 pares por color, por modelo y tamaño. Mejoré mis ingresos aunque tampoco desempeñé una actividad que me trajese alegrías a mi yo académico. Acepté jugar con las cartas que me tocaban durante el reparto del naipe, y en vez de patear el tablero
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entendí que debía sacar provecho a cada situación que se presentase. Cuando Pierre con su magnífico don de gentes captó que el tema no era el dinero, sino la autoestima, intentó conseguirme un puesto en la Cámara de Comercio de Quito donde su flamante yerno, Edgar Terán Terán, tenía un importante cargo gracias a su propia capacidad pero, especialmente, a la simpatía que irradiaba su suegro dentro del círculo comercial quiteño. Edgar de gran talento jurídico como su padre, carecía del sentido del comercio. Era un gran jurista y esa era su profesión. Como buen político, simplemente me desechó con largas evasivas y no recibí ese tipo de apoyo que yo, en ese momento requería para canalizar mi profesión. Años después y cuando Pierre Hitti falleció, le correspondió a su hija Teresa, casada con Edgar, heredar el prestigioso Almacén Rex Novedades. Edgar lo administró como lo hace un abogado, porque su paso por la Cámara no le servía para ejercer ni entender las artes del comercio real sino para captar clientes para el muy importante estudio jurídico de su padre donde también trabajaba él. Cosas y contrasentidos de la vida. Creo que si la oportunidad se me hubiese dada, el puesto aquel me hubiese caído como anillo al dedo. No se dio para buena o mala suerte. Creo que finalmente para buena, porque Quito como ciudad me asfixiaba por su lentitud exasperante y porque constataba que yo no sabía bailar al ritmo de los cambios sucesivos de Gobierno. De pronto salió una nueva oportunidad laboral. Ayudado por mi hoja de vida en la que constaba que era vendedor de ropa y luego de calzado, aunque en verdad ser vendedor nunca fue de mi agrado, conseguí un empleo en la empresa Maulme SA, cuya matriz estaba en Guayaquil. Se trataba de administrar la oficina de Revlon en Quito. Cosméticos, lápices labiales y más de cien productos diferentes sin contar la extensa gama de colores, lo cual obligaba a mantener buenos inventarios detrás de cada mostrador. El trabajo consistía precisamente en eso: vigilar que en ningún local faltase la total gama de productos. Para eso, mensualmente, debía inventariar los stocks en percha de los distribuidores y elaborar la pro forma de una reposición, la misma que tenía que hacer firmar al dueño del local para así formalizar un nuevo pedido, el mismo que generaba una buena comisión. Debía lidiar con unas guapas demostradoras, guapas de verdad, y ocupar un escritorio
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bonito en la avenida Diez de Agosto, frente al parque El Ejido, a pocas cuadras de la Universidad Católica. Una suerte de visitador médico pero manejando productos perfumados o al menos de mucho mejor olor que los que había experimentado en el trabajo para definir lo que se llama tiro en un pantalón. Época confortable aquella, aunque yo bien sabía que por ahí no estaba marcado mi destino. Mi vocación no era aquello de ser comerciante o empresario. Me definía como un intelectual frustrado que buscaba la forma de ganarse la vida mientras tanto, aunque sea alquilando mi alma a quien quisiera hacerlo. Me reconfortaba con ese pensamiento, mientras tramitaba silenciosamente la beca que tenía aplicada en el Instituto de Cultura Hispánica. Mi trabajo me obligaba una vez al mes a viajar a Latacunga, Ambato y a Riobamba. Los viáticos daban para mucho mejor trato que el que yo mismo me daba. Viajando en bus e intentando hacerlo todo en un mismo día, cosa que no era imposible si uno se sacrificaba bastante en cuanto a eso de las comodidades. Ahorrar en viáticos, que eran fijos, resultaba rendidor pues una noche de hotel era más que una propina. El único mal recuerdo que me queda de ese esfuerzo es que durante el trayecto, en horas cercanas al medio de día, el bus apiñaba indígenas que comían sus cuyes en palito con mucha lentitud al lado izquierdo y derecho mío, adelante y atrás de mi asiento. Tantos cuyes como pasajeros, menos uno que era yo, procurando respirar de vez en cuando. Finalmente quedaba impregnado nuevamente de un olor no adecuado para un vendedor de una marca de cosméticos tan famosa como lo es Revlon. En fin, algo para recordar, y debo confesar que por esa experiencia jamás pude comer un cuy, única especie de carne que le tengo un repudio jamás superado. No sé de qué me he perdido pese a tener un paladar muy abierto a todo tipo de sabores. El olor a cuy y poncho añejado resulta un segundo mal coctel para mí olfato que ha quedado archivado en mi cajón de los ascos.

La beca
Llenar el formulario para aplicar la beca del Instituto de Cultura Hispánica tenía una única gran dificultad; El casillero que decía “Referencia de tres personas que lo conozcan”… Vaya usted a saber a quién poner para apuntalar un perfil cultural que, sabíamos todos los que aplicábamos, era posiblemente el factor desequilibrante. Mi
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hoja de vida académica era muy buena. Mi experiencia laboral y mis recomendaciones personales eran de un ambiente netamente comercial y, a la hora de la hora, no iban a pesar. Mis referencias estaban llenas de apellidos libaneses como Dassum o Hitti, mis antiguos jefes eran personajes adecuados para dar referencias en una solicitud de trabajo dentro del mundo del comercio, aunque no precisamente para una beca de estudios en la tierra del Generalísimo Franco. Así que puse a los dos mencionados señores en el segundo y tercer lugar y dejé el primero para alguien que me diera un respaldo con un corte académico. Un compañero, Marcelo, era competidor directo en la beca; años más tarde sería Canciller de la República. Él había puesto nada más y nada menos como referencia a Alfonso Rumazo González, miembro de la Academia Ecuatoriana de la Historia, miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, miembro de la UNESCO, con gran fertilidad de artículos publicados en periódicos y revistas de América Latina y Europa, y que contaba, además, con muchos libros de su autoría en campos diversos como lo son la poesía, la narrativa, la crítica literaria y ensayos históricos. Más tarde sería, incluso, candidato al premio Nobel de Literatura. Apabullante recomendación mientras yo iba por ahí deambulando y meditando a quien poner. ¡Recomendación apabullante, imposible de superar! Marcelo Fernández de Córdova se jactaba de eso y tenía, además, una brillante hoja de estudios y un apellido compuesto, que para los españoles es ya todo un buen decir. Mi apellido de cuatro cortas letras contra otro de diecinueve era otro factor que, a mí entender, me ponía en desventaja. Faltando tan solo un día para entregar la solicitud, salí de clases a las diez de la mañana y fui al rectorado a solicitar una cita improvisada. Fui de forma impulsiva pues no se me ocurría otra opción que pedir la recomendación a quien me conocía como profesor en la universidad y como colegial cuando tuve el percance aquel de la repentina expulsión del Colegio San Gabriel. El padre Alfonso Orellana me atendió en seguida, y ni bien terminé brevemente de explicarle el motivo de mi visita, levantó el teléfono y en forma muy confianzuda y amigable se puso conversar con el embajador de España. El Conde de Urquijo era toda una personalidad. Ahí, frontalmente le dijo, llamándolo por su nombre propio que no recuerdo, que tenía frente a sí a un alumno
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que, como rector de la Universidad Católica, recomendaba. Llené el formulario y me fui directamente al Instituto de Cultura Hispánica a entregar mi solicitud finalmente llena. Bajando las gradas me encontré con mi amigo Marcelo, aquel que llegaría a ser Vice Canciller, y me enseñó un elegante papel carta, casi cartulina, en el que constaba la recomendación de Alfonso Rumazo González, amigo de su familia, y me dijo: “con esto no hay nada que hacer”. Algunas semanas después, llegando a mi casa a la hora del puntual almuerzo, mi madre me dijo que habían llamado de un Instituto de España y que yo debía ir a retirar una comunicación. Salí corriendo, físicamente hablando, y en cuestión de veinte minutos tenía, todo sudoroso, la carta en mis manos. ¡La beca me había sido otorgada! Se habían concedido unicamente dos para Ecuador: una en Quito y la otra en Guayaquil. La carta de don Alfonso Rumazo no había funcionado. Fue una intuición nocturna de última hora la que me hizo posible encontrar la puerta del callejón en el que me sentía atrapado. Llegué atrasado y agitado a la mesa, y luego de que mi padre me dio el consabido severo discurso sobre la puntualidad y el respeto, simplemente conté que había obtenido una beca, que tenía ahorrado dinero para el pasaje y que partiría cinco semanas más tarde. ¡Nunca olvidaré aquel silencio que acompañó a la comida que estaba lista para ser servida! Como si una espesa nube hubiese cubierto y vuelto sombrío al comedor entero poniendo hiel de tristeza sobre los manjares que mi madre como siempre había preparado con su delicado esmero. En esa ocasión el alimento se convirtió en algo accesorio. La foto de mi difunto hermano Tony vigilaba la escena. Ya no estaríamos nunca más allí reunidos puntualmente conformando una familia indivisible. La vida seguía su curso. Mi hermana durante mi ausencia se casó y salió de casa. Mi hermano Jean, de 14 años de edad, quedaría al frente de mis padres como el último vestigio de esa inolvidable familia feliz que ahora recuerdo y añoro más que nunca conforme comienzo a contar mis días en forma regresiva. Yo todavía no cumplía los 24 años de edad, quizás un tercio de mi vida si acaso no se presentase un acontecimiento inesperado como el que arrebató la vida de mi hermano. Sentí por primera vez el miedo de afrentar la adultez y salir de ese cascarón donde había nacido. Ese día supe lo que significaba el peso de una decisión
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tomada por absoluta cuenta mía. Aquella noche no dormí. Sequé mis lágrimas con la almohada y decidí seguir, simplemente porque la vida es como el agua: o se bebe, o se evapora o va al mar donde se vuelve salobre. Comencé a poner las cosas y asuntos en orden, y entre los temas pendientes fui a visitar a un médico de poco prestigio y costo para explicarle mis extraños síntomas. Me recetó unas pastillas para el hígado. ¡Hígado, hígado! ¡Cuántas estupideces se dicen en tu nombre para finalmente tomar remedios que son los que te enfermarán luego!

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UN VIAJE TRASCENDENTE

Viajar es morir un poco
Dice un poema de Edmond Haracourt “El alma desnuda”, que no se puede traducir plenamente sin que pierda su armonía20. “Viajar es morir un poco, es dejar algo de sí mismo y en toda hora y en todo lugar”. Algo de nosotros va quedando atrás continuamente y para siempre. En aquellas épocas, viajar no era lo mismo que ahora por eso de las comunicaciones y facilidades actuales para mantenerse en contacto sin importar las fronteras. Dependíamos de ese tradicional mal correo ecuatoriano con muy bonitas estampillas o del cablegrama que se cobraba por palabras si uno quería rapidez. Frases como lamento informarte, sentido pésame, fulano llega tal fecha, nació un varón, no alcanzaban para hacer fluir las confidencias ni las ganas de desahogo. Claro que escribíamos cartas y estas eran emotivas, no superfluas ni volátiles como ahora sucede con los correos electrónicos en estos tiempos modernos. La voz de mis padres no la escuché durante mis dos años y más de ausencia. La comunicación telefónica era precaria, sonaba carrasposa, débil y, además, era absolutamente costosa.

20 L’Ame

nue Edmond HARAUCOURT, (1896) << Partir, c’est mourir un peu/, C’est mourir à ce qu’on aime/ : On laisse un peu de soi-même. / En toute heure et dans tout lieu/. C’est toujours le deuil d’un vœu./ Le dernier vers d’un poème. Partir c’est mourir un peu./ Et l’on part, et c’est un jeu, /Et jusqu’à l’adieu suprême/. C’est son âme que l’on sème, /Que l’on sème à chaque adieu. / Partir, c’est mourir un peu.

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Pese al gran deseo de partir, había una gran carga de tristeza y una gran cantidad de dudas e incertidumbres. Se marcaba una etapa mi vida. Era como un pesado latigazo porque dejaba un ayer que era doloroso despedir. Y conforme mis experiencias se dieron, ese poema, Alma Desnuda, resonó con frecuencia. De un ambiente estático emocionalmente hablando respecto a las costumbres, amigos y hábitos, pasaba a meterme en un túnel de cambios y de adioses. Era como pasar a navegar de un tranquilo riachuelo a unas aguas rápidas y serpenteadas, sin saber si iría a desembocar en un hermoso lago luego de sortear cataratas. De tener a mis continuos y aparentemente perpetuos amigos del barrio, del colegio, escuela o universidad, primos y parientes, a hacer amistades circunstanciales. La vida de pronto era un torrente que ya no podía detener. De la seguridad del hogar a ese lance al vacío fue un paso muy brusco y profundo para mí. De pronto sentí tristeza y miedo de partir, pero ansias también. Comprendí lo que encerraba la ausencia. Eran otros tiempos. Actualmente es difícil explicar lo que antes significaba viajar. Los jóvenes de hoy no entenderán jamás lo que viajar significaba. Ya no viajan. Solo se transportan. El mundo se achicó gracias a las facilidades y velocidad de la comunicación física, auditiva, visual y por tanto emocional. Por eso quizá la fuerza del poema de Edmond Haracourt ha perdido el sentido que en aquella época encontré. Fue mi poema preferido y lo sentía como un continuo desgarro dentro de mí. La modernidad y la electrónica han atentado contra esa candidez y sensibilidad que teníamos ante una poesía, porque si bien Bécquer nos diría que podrá ya no haber poetas pero que siempre habrá poesía, pienso que la modernidad ha guillotinado la sensibilidad que la inspira. El asunto era cómo lanzarse al vacío, partir, cambiar y afrontar las consecuencias de una decisión tomada en razón del libre albedrío. Fue una decisión no consultada con nadie, sin mucho sentido más que el de cumplir con una necesidad de crecer y de aventurar que surgía de mi propio impulso existencial. Era acudir a la cita a ciegas que tenía con mi desconocido destino. Mi madre prendió con un imperdible al interior de mi chaqueta una fundita de tela confeccionada por ella para asegurarme una segunda billetera. Ese fue el único consejo que me dio junto a un beso y su eterna
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bendición. La casa quedaba medio vacía, ya que conmigo éramos la mitad de sus hijos los que habíamos abandonado el hogar. Tony había fallecido y, al salir yo, quedaba libre para siempre una habitación. Era tal mi determinación que mi padre no intentó siquiera tratar de conversar al respecto, o para no influir en mí libre voluntad o porque, de alguna manera, ya había saboreado algunos anteriores y atrevidos desacatos míos. Me despidieron en el aeropuerto Mariscal Sucre, aquel aeropuerto pequeño que permitía ver a los pasajeros sentados con sus caras pegadas a las pequeñas ventanillas. Sin mirar hacia atrás subí las escaleras que me daban acceso al aparato de IBERIA. La insignia de esa compañía y sus clásicos colores solo estaba pintarrajeada al lado derecho del avión. Al lado izquierdo decía VIASA, empresa de Venezuela, país donde desde ya chorreaba el dinero petrolero. No miré hacia atrás pero espié desde la ventanilla y vi sus manos saludando al viento. Sentí remordimiento. A los 24 años por cumplir todavía no había doblado la página de mi vida aquella de la infancia y juventud. Sí, partir es morir un poco, es dejar parte de sí mismo, y es empezar a morir; lo sentí y comprendí en el mismo momento en que pisé la escalera del avión, aquel que con tanta claridad recuerdo. Cuántas personas dejé atrás y que ya nunca volvería ver, tal como efectivamente sucedió y seguiría sucediendo. Durante el largo, ansioso y ansiado vuelo, recordé con detalle la despedida que mis amigos organizaron con una de esas borracheras baratas que solíamos armar. Me habían regalado un enorme calzoncillo, donde se había impreso lo siguiente “Estrénese en Pasapoga, Lávese en Cibeles. Úsese en el Moulin Rouge. Remiéndese en Bélgica. Suprímase en Dinamarca… Y consérvese como trofeo”. Firmaban: Marcelo Coronel (+), Paco Valdivieso, Raúl Molina, Manolo García, Tito Larrea, Marcelo Andrade, Faisal Misle, José Antonio Briz (+), Ricardo Najas, Gustavo Jácome (+) y Roberto Hayeck21. Lejos estaba de saber que aquel enorme calzoncillo, ya amarillento, iría a regresar firmado por Marie, Silvie, Barbro, Paola, Ione, Genevieve, Margaret, Chin, Esperanza, Francis, Connie, Marilyn, Glenda, Linda, Caroline, Sussie, y Connie.
21 (+) Fallecidos en diferentes momentos y circunstancias.

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El avión se detuvo primero en Bogotá, luego en Caracas y finalmente Madrid. Vuelo largo durante el cual no pude dormir, pero sí, soñar.

Madrid y la beca
Aterricé en la capital española a las ocho de la mañana de un caluroso mes de septiembre. Mi primer incidente o anécdota se presentó en La Plaza de Cibeles donde Iberia tenía su central de embarque terrestre hacia y desde el aeropuerto Barajas. Unos veinte buses de la empresa, todos uniformemente iguales, estacionaban con sus puertas laterales abiertas que daban acceso para guardar el equipaje. Cada cual debería ocuparse de colocar y retirar su propia maleta. Casi una hora duró el trayecto y yo, pegada la cara en la ventana, tomaba contacto visual con un paisaje urbano tan distinto al que estaba habituado. El corazón me latía pausada pero intensamente. Desembarcado en Cibeles decidí pasar por un baño primero antes de retirar mi maleta. Me fijé bien el número del bus que correspondía; era el 80, escrito adentro de un círculo rojo muy grande como para que nadie se pudiera confundir. Tan solo al regresar para recoger mi equipaje, me di cuenta de que en todos los buses decía 80 en letras negras, grandes y dentro de idéntico círculo rojo. Supe después que de esa manera se marca el límite máximo de velocidad permitido al transporte pesado. Angustia para ubicar el bus correspondiente. Sentí el peso de mi tremenda torpeza e inexperiencia. Allí, revueltos, estaban unos cuarenta buses idénticos, unos llegando, otros partiendo, otros parqueados. El número 80 me daba vuelta la cabeza. Centenares se maletas se movían simultáneamente; unas subían otras bajaban y cada quien movilizaba la suya con tremenda rapidez. Total desconcierto. Me sumergí a gatas al vientre de cada bus que encontraba con sus aletas abiertas. Finalmente, al cuarto intento logré encontrar mi equipaje que estaba sumergido al fondo del enorme compartimento. Sudoroso y cansado arrastrando mi maleta a puro pulso, pues en aquel entonces no se habían incorporado aquello de las rueditas, busqué refugio en el primer bar que encontré para luego empeñarme en encontrar un hotel bueno, cercano, bonito y barato en pleno centro de Madrid. A las ocho de la mañana, Madrid estaba todavía en perfecta
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madrugada. Me demoraría en adecuarme no al cambio de horario geográfico, sino al de usos y costumbres especialmente a las extrañas horas de comer que tienen los españoles, amén que comen a todo momento y en todo lugar. Como buen emigrante asustado cuando da sus primeros pasos en tierra ajena, pedí un bocadillo y un tinto leyendo en la pizarra su precio. Por cierto que me sirvieron nada menos y nada más que un inmenso pedazo de pan lleno de jamón y queso, acompañado de un vaso de vino rojo en vez del esperado café tinto. Lo del bocadillo era un falso diminutivo y resultó ser todo un kilo de alimento. Lo del tinto se debía a que en Quito así se pedía al café diluido con agua. Mientras daba cuenta de mi primer y último desayuno con vino, pensaba en lo mucho que debía aprender para instalarme en España y en Madrid concretamente. Por primera vez en mi vida me sentí solo y sujeto a sorpresas tontas e inesperadas que debería sortear una a una conforme se fuesen presentando. Finalmente era mi primera cruzada de frontera y esa extraña sensación de sentirse mohíno y fuera de mi ambiente de seguridad fue el destete violento del hogar y de mis muy marcadas costumbres. Las cosas han cambiado. Mi hijo a esa misma edad en la que yo traspasé por primera vez la frontera, ya había dado varias vueltas al mundo y creo que jamás tuvo esa sensación de ineptitud que a mí me brindó Madrid de bienvenida. En un hotelito de mala muerte recuperé mis fuerzas, horario y semblante. Empecé a recorrer la bella ciudad de Madrid a la que había estudiado solamente en mapas. Caminé y caminé ayudado de una guía Michelin. Fue la primera gran ciudad que conocí fuera del Ecuador, y por tanto me impresionó de verdad en toda su dimensión y detalles. Buscaba un cuarto para estudiante que estuviese situado por la Moncloa o por la calle Argüelles, es decir cerca de la Universidad Complutense de Madrid. Me cambié cuatro veces de lugar por lo difícil que resultaba acomodarme al interior de distintos departamentos que no tenían independencia ni estaban realmente preparados para alojar huéspedes, sino y quizás para hospedajes de emergencia que no exigieran ni ducha ni baño y ni siquiera ofrecían mínima intimidad. Uno de ellos, lo recuerdo, era una cama ubicada en un estrecho corredor, con dos cortinas en cada extremo, por donde transitaban todos los que quería ocupar el único
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servicio higiénico muy demandado, como es de suponer, en todos los horarios para una familia numerosa. Finalmente logré instalarme en el Colegio Mayor de Guadalupe donde me encontré rodeado con alegres sudamericanos. De estar sólo caminando por las calles de Madrid, así de sopetón estaba lleno de nuevos posibles amigos. Bastaba sentarse en cualquier mesa del comedor y me iba a encontrar con personas en similares circunstancias muy dispuestas para entablar una inmediata relación. Estaban representados los países desde la Patagonia hasta el mismo sur del Río Grande. Problema de alojamiento solucionado, aunque mi idea inicial era compartir una habitación con alguna familia española, española de verdad, sin saber lo cerrado de sus costumbres en aquel entonces, cuando el Generalísimo estaba omnipresente hasta en el último rincón de cada casa. Y ahora sí, bienvenido a Madrid, a ese Madrid plácido, barato, alegre y distendido.

La España de esa época
Era una España muy distinta a la actual, cuando nosotros los sudamericanos éramos bien recibidos y nos trataban como sujetos que se exhibían más que con cariño como trofeo para estimular su orgullo conquistador en decadencia. Eso debe haberlos regocijado por el aislamiento internacional al que estuvieron sometidos luego de finalizada la Segunda Guerra en la que no fueron ni vencedores ni vencidos sino aislados. Los emigrantes españoles inundaban Alemania en su reconstrucción de las post guerra mundial, donde Franco, inteligentísimo, no decidió intervenir sino cuando la guerra fría se abrió contra el avasallar de la Unión Soviética que buscaba implantar el comunismo en todo rincón del mundo. El Valle de los Caídos estaba vendido turísticamente como la obra de un faraón, faraón que finalmente terminó como cualquier mortal en 1975, es decir algunos años después de mi estancia en Madrid. A raíz de la muerte del Generalísimo empezaron los cambios y en pocos años España cambió radicalmente. Habían cosas peculiares de los españoles que impedían que fluyera una relación adecuada: una de ellas era su testarudez y su inmovilidad intelectual. Ante el simple escuchar de nuevas perspectivas o razonamientos, su argumento final, definitivo y repetido era ese vozarrón resumido en una sola frase: “¡Que te lo digo yo!”. Punto. Se
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acabó la discusión. La Guerra Civil Española había dejado sus estragos y Franco era parte de ellos aun en tiempos llamados de paz, sin percatarse que la paz comienza cuando se diluye la sensación de vencedores y vencidos. La policía era temida y determinada hacer cumplir la ley y al franquismo. La prensa era gobiernista aunque muy bien escrita en cuanto al tratamiento de las palabras, sintaxis y composición. Sin embargo, a flor de piel se sentía que no tenía la perspectiva histórica que debía contener para cumplir con su función de futuro, resguardado en un pasado justificativo y en un presente contemplativo. Nosotros, los sudacas como nos comenzaban a llamar, no nos percatábamos de los resentimientos y opresión emocional que frenaban la creatividad de los españoles, porque la ciudad de Madrid era sabrosa y muy acogedora para cualquier agradecido becario con sentido utilitario. Los norteamericanos eran los turistas que nutrían las calles y se sentaban en la Plaza Mayor, sin temores ni resquemores de una bomba etarra o musulmana. Nada de japoneses, árabes, jeques, africanos o asiáticos se veían. Recién se comenzaban a inaugurar los paradores turísticos en rehabilitados castillos regados por doquier en hermosos paisajes medievales. Manuel Fraga Iribarne, un gallego brillante, era en aquel entonces el todo poderoso Ministro de Información y Turismo que trazó el plan y dio el empuje para hacer del turismo el principal rubro de la economía española. En las playas comenzaban a exhibirse las nórdicas, asadas al grill por el sol, símbolo de atracción en los folletos de las agencias de viaje de toda Europa. ¡Vaya paisaje tan apetecible o provocador para la imaginación del español y de nosotros los becarios que ansiábamos encontrar alguna aventura sexual a la vuelta de la esquina! El sexo informal era un pecado mortal muy difícil de cometer. Encontrar el dónde era el problema a resolver. Al pie de cada edificio había un muy bien organizado control de ingreso ejercido por la noche por un celador que mantenía en su poder un enorme manojo de llaves mediante el cual abría los pesados portones de cada edificio de los encargados a él. Al grito de ¡sereno!, o por el simple palmotear de las manos, llegaba ese guardia con ceño fruncido a revisar con acuciosa mirada. Verificaba si se tenía o no derecho a entrar, y si alguien intentaba subir a su pareja o visitarla si era el caso, simplemente lo impedía. Durante
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el día los porteros o sus esposas que compartían la guardianía eran más estrictos todavía. Se vivía un total ambiente de control. Estaban lejos de comprender los españoles lo relativo que es aquello de la seguridad cuando el precio a pagar es restringir la libertad a ese nivel. España era un país barato. Un solo sucre, nuestra moneda de aquel entonces, se cambiaba a veinte por un dólar y un dólar alcanzaba a cambiarse por sesenta pesetas o doce duros. Una botella de vino de la casa, servida en la mesa, donde van a almorzar obreros o estudiantes costaba tan solo diez pesetas. La beca que era de cuatro mil quinientas pesetas alcanzaba incluso para cubrir algunas superficialidades. Era de ver a los guadalupanos cuando cobraban la beca a principios de cada mes. Pocos minutos más tarde se los veía salir emperifollados para irse de tascas. Típicos sudamericanos sin sentido de previsión que pasaban una semana del mes saliendo todas las noches y las otras tres recogidos en sus aposentos. Por presiones del ambiente guadalupano me metí a un cursillo sobre tauromaquia, acomplejado de escuchar a Abel Castillo usar tantas palabras raras y sonoras para narrar una de esas otras tantas corridas que él asistía, con el mismo fervor con el cual la mayoría veíamos por televisión jugar futbol a Di Stefano, Puskas y Gento en el Real Madrid de aquel entonces. Luego de las charlas sobre todos los términos que se usan en lo que llamaban “arte”, y con manual en mano, fuimos como parte del curso a la Plaza de Toros de las Ventas. Nunca más volví. Me pareció, cruel y deleznable. Abandoné el curso de tauromaquia y me inscribí en otro de fotografía que resultó mucho más agradable y gratificante. Para sentirme intelectual además compré una pipa. Fotógrafo más pipa un buen estereotipo de ¡becario! Sólo me faltaba dejarme crecer las barbas, tentación a la que siempre resistí porque creo que no quedaba bien en mi cara de bebe. Visité museos, anduve de tascas, caminé y conocí cuanto pude. Madrid en sus secretos: dónde comer barato, cómo ir al teatro de claque, es decir pagando casi nada a cambio de aplaudir a rabiar. Los fines de semana intentamos conocer todos los lugares aledaños, tales como Toledo, Alcalá de Henares o Segovia. Poníamos cuota para la gasolina del vehículo que se ofrecía, y a conocer se ha dicho. Nunca me olvidaré
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de Chinchón, aquel pueblito en forma tal que su plaza central es una auténtica plaza de toros donde Mario Moreno, Cantinflas, filmó “La Vuelta al mundo en ochenta días” una deliciosa película a todo color. Y no la olvido especialmente por la borrachera que nos pegamos con aquel anís dulzón propio del lugar. Sucedió una tarde primaveral cualquiera llena de brisa, sol e irresponsable alegría sudamericana. Nos dimos tiempo para conocer España siempre con presupuestos rigurosos, muchas veces durmiendo mal o sin dormir por falta de alojamiento. Las incomodidades eran lo de menos. El brío se lo llevaba por dentro.

El buen salvaje
No puedo dejar de mencionar aquí una novela que leí con avidez porque se puso en boca de los latinoamericanos que estábamos en Europa, y que hacía sorna sobre las relaciones precarias que manteníamos con nuestras respectivas embajadas o consulados. Una novela magistral del colombiano Eduardo Caballero Calderón, “El Buen Salvaje”, que ganó el premio Alfaguara en 1966. Se desarrolla en París, recorre una infinidad de lugares específicos de esta ciudad como calles, cafés, bistrós, hoteles, parques, plazas, y cita con precisión los nombres de lugares, como el restaurante L’Fouquett’s que más tarde se integraría en mi vida22. La novela trata de un estudiante colombiano a quien su abuela, lavandera, pobre y esforzada, logra que vaya a estudiar a París, viviendo una vida menos que modesta, al borde de lo paupérrimo y miserable. El personaje de esta historia sobrevive a medias con préstamos que hace al portero portugués de la Embajada de Colombia y a otras muchas tretas. Se mezcla en los círculos sociales más altos, gracias a su relación con Rose Marie (quien era adinerada, casi aristocrática), aunque sus habilidades para subsistir eran creadas para encajar artificialmente en dichos estratos sociales. En “El Buen Salvaje” se capta esa esencia irresponsable de la picardía latinoamericana que le proporciona su capacidad de supervivencia. Llevar una doble vida, vivir de los préstamos por doquier, deambular por París, refugiarse en ambientes bohemios cercanos al alcohol y sacarle provecho a cada circunstancia. No era un modelo de vida generalizado, pero ofrecía la oportunidad para retratar un pedacito al menos de nosotros los becarios. La situación nos identificaba ya que de

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En L’Fouquett´s, muy cercano al Arco de Triunfo, y en pleno Campos Elíseos, 14 años después pediría la mano a mi esposa Patrizia Puccini, una bella italiana

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cierta manera nosotros hacíamos lo indecible para vivir y acomodarnos en esas frágiles circunstancias. En fin, una novela que hizo furor entre los latinoamericanos, especialmente porque desnudaba la inexistente relación entre los estudiantes y sus penurias, con el buen vivir de los embajadores, ellos sí, becarios de verdad. “El Buen Salvaje” causó, según se decía, convulsión en el Ministerio del Exterior de Colombia ya que el novelista se sustentaba en ciertos hechos al parecer inspirados en la realidad. Y algo de eso constaté en Madrid, cuando acudí en algunas ocasiones a la embajada en busca de leer periódicos atrasados23. Los estudiantes estorbábamos a la hora de ir a mendigar favores y se debía esperar afuera del edificio para retirar alguna información, carta o documento. En medio de tanta espera, terminábamos por lo general haciéndonos amigos de los porteros y por medio de ellos se aumentaban los cotilleos que ponían al descubierto los muy holgados horarios y escasas obligaciones de nuestro embajadores, además de detalles sobre sus andanzas. Les aseguro amigos, que el sabor de la vida del becario estudiantil durante aquella década de los años sesenta era más gratificante que la vida de esos funcionarios públicos becados por el propio Estado realmente despreciados por esos jóvenes curtidos en las calles de París, Londres, o Madrid. Eduardo Caballero Calderón, el buen novelista colombiano fallecido en 1993, recreó tan bien las circunstancias de aquella época en la que yo fui un becario en España, que no podía, por ello, dejar de impregnar su nombre en este trabajo.

La producción académica
Por ansias más que por prudencia, llegué a Madrid ese 12 de septiembre de 1965. La beca iniciaba su curso a mediados de octubre, y realmente la facultad de Ciencias Jurídicas en la Universidad
23 Una de ellas fue en relación al trágico accidente automovilístico que un Viernes Santo. Sucedió en

la vía a Salinas, el kilómetro cuarenta. Allí murieron tres miembros de la familia Isaías. Las fotos que la prensa traía parecía replicar un accidente de aviación dada la fuerza del impacto.

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Complutense de Madrid inició sus clases recién en noviembre ¡Vaya tiempo que quedó para recorrer la ciudad, y conocer el museo del Prado y todo lo demás que nos daba aquella aureola cultural irradiada a través de las cartas enviadas a amigos y familiares! Lo cierto es que estaba ansioso por empezar a estudiar. Tenía en mente estructurar una tesis doctoral de primer nivel y había seleccionado ahondar el Derecho Administrativo, materia ésta que en Ecuador ni existía como cátedra ni se la practicaba en razón de las continuas dictaduras que despedazaban continuamente el cuerpo legal vigente. Vivíamos la dictadura del triunvirato militar presidida por Ramón Castro Jijón, quien estuvo en el poder desde el 11 de julio de 1963 hasta el 29 de marzo de 1966. Era lógico que tarde o temprano los ciudadanos tendrían alguna manera de reclamar contra los abusos y equivocaciones de los actos administrativos que el Estado diariamente comete en su accionar, las más de las veces a través de una burocracia con capacidad de crear trabas infinitas para justificar su existencia y quehaceres. Con este objetivo en la cabeza, empecé a ir a las bibliotecas a elaborar mis inevitables fichas para armar la pretendida tesis doctoral, aun antes que se iniciaran las clases. Poco a poco comprendí lo que significaba ser un becario en Madrid. Mucho facilismo académico y demasiadas tentaciones para pasarla bien de tasca en tasca, de piqueo en piqueo. Los latinoamericanos juntos son signo de juerga. Pronto lo entendí. Una beca solo sería lo que uno quisiera que sea, porque exigencias ninguna y distracciones a millar. La beca de Cultura Hispánica se trataba más bien de imbuir a los sudamericanos en los valores de la Madre Patria. Éramos una especie de trofeo y testimonio de la Conquista. Deberíamos regresar con el gusto de los toros, del vino español, del fascismo, de Franco y de esa España no reconocida como europea. Para aquella época, Charles de Gaulle la había sentenciado con aquella frase lapidaria: “África empieza en los Pirineos” que aún perdura en los oídos de algunos españoles de la vieja guardia. La beca era un verdadero bono vacacional. Las clases en la universidad eran distanciadas y escasas. Además no quedaba constancia de la presencia o ausencia del becario. Académicamente ni exámenes ni exigencias. Me sentía culpable cuando recibía puntualmente esas 4.500 pesetas mensuales, y casi sin ninguna contrapartida. Era un año sabático y así muchos lo tomaban. Para no sentir frustración, decidí aprovechar las circunstancias y el tiempo. Me matriculé en el Institute
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Français en Espagna y me dediqué de lleno a aprender esa lengua para tener opciones de alcanzar una nueva beca en la tierra de Descartes. Estructuré 420 fichas para mi tesis de grado que se adentraba en el derecho administrativo español. Pasé horas en la biblioteca escarbando bibliografía. Lo hacía por mi propia iniciativa para sacarle provecho a tanto tiempo libre que quedaba. Laboriosamente y a puño levantado, llenaba esos cartoncitos amarillos. Los temas debidamente titulados y subtitulados con tintas roja, azul y negra. En eso me hallaba cuando conocí a Aníbal Soto, un ecuatoriano que gozaba su sexto año continuo en “comisión de servicios”, es decir con su sueldo pagado por el Estado ecuatoriano. Aníbal era un genio en el arte de conseguir becas y gozaba de su sexta consecutiva. Un burócrata perfecto con quien entablé una amistad entrañable y productiva. Aníbal me explicó el arte y el manual que tenía para ir pescando becas en seguidilla. Una de las condiciones era la de llenarte de cartones o elegantes diplomas de cursos rápidos que se daba por toda Madrid a costos relativamente aceptables. Era una inversión muy importante a la hora de llenar la hoja curricular siguiente. Así obtuve un par de esos diplomas muy bonitos y elegantes, y aprendí algunas cosas que jamás antes se me hubiese ocurrido investigar. Algo en Ciencias Políticas y en Derecho Comparado. Mi hoja de vida, en el papel, se volvía interesante. También Aníbal me dio acceso a su voluminoso libro secreto donde constaban todas las becas que estaba abiertas en Europa para el año siguiente. Aníbal era mayor a mí, y ahorraba tanto en Ecuador su sueldo como en Madrid el sobrante de su beca. Llevaba una vida demasiado austera. Era un experto becario de la vida y gracias a él apliqué un par de solicitudes en Francia, que es donde quería yo llegar como final destino. No sabía francés por lo que tuve que darle con toda aplicación a las clases recibidas en la Alianza Francesa, la misma que debería certificar en su momento mis grados de conocimiento del idioma para calificar en alguna de las aplicaciones que había realizado. Felizmente tenía meses para ello, y además la profesora era una linda persona y muy bella como mujer por cierto, lo cual facilitaba mi entusiasmo.

Amistades y recuerdos
Alfonso de la Garza fue la primera amistad que entrelacé. Mexicano y de mi misma edad. Escuchaba más de lo que hablaba y cuando
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lo hacía era en tono bajo y mesurado. Nos sentábamos en la misma mesa del comedor y gustábamos caminar durante esas tempranas tardes otoñales por las amplias y muy verdes avenidas madrileñas del sector. Las hojas caídas formaban un hermoso tapiz. Era una nueva e indescriptible sensación para quien venía de parajes tropicales ¡Mi primer cambio de estación! De a poco se fue engrosando el grupo de paseantes meditativos todos respecto a cosas de la vida y entrecruzando información sobre nuestras propias biografías. Así conocí a quien sería desde allí mi amigo de toda la vida: Jacinto Faya Viesca, todo un personaje que me fue presentado por Alfonso ya que se conocían de muchos años atrás. Se unieron al grupo Aníbal Soto e Isidoro Ponce otro mexicano bien plantado que recién entraba al primer año de Medicina. Había transcurrido un mes de su llegada cuando Alfonso de la Garza ingresó a un hospital de Madrid. Se trataba del apéndice inflamado, cosa que a nadie preocupó. Pasaron los días y se agravó inexplicablemente. Lo fuimos a visitar y ya no lo veríamos más porque se restringieron las visitas. Él tenía una hermana monja que residía en Roma. Jacinto se encargó de que viniera. Ella lo reconfortó y cuando ya las cosas eran inminentes, tomándole su mano cariñosamente le dijo: “Alfonso, tienes suerte ya que pronto vas a ver a Dios”. Él alzó la vista y respondió sin rebeldía, “sí, hermana, sí lo quiero ver pero ¡no todavía!” Unas horas más tarde expiró. Era un 30 de octubre durante un bello otoño que rápidamente, como todos los otoños, languideció engullido por el inevitable invierno primo hermano de la muerte. Las tres noches y días siguientes Alfonso fue velado en el Colegio Mayor esperando culminar los trámites para la repatriación. En un salón desolado estaba su ataúd mientras yo meditaba en el absurdo. Si los planes e ilusiones estaban tan inconclusos todavía ¿por qué? Posteriormente concluimos que había fallecido de una amebiasis, cosa que en México, Ecuador o Perú se solucionaba en un dos por tres. Cruzó el océano para ir a morir en Madrid cuando en tierra propia se hubiese sanado. Entre los ecuatorianos que vivimos ese año en el Colegio Mayor de Guadalupe y compartimos estaban interesantes personajes; Abel Castillo, Gonzalo Callejas y Rodrigo Carrión, hijo de nuestro Juan sin Cielo,
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uno de los mejores periodistas y escritores que ha tenido el Ecuador. Se suman en una segunda fila de mis recuerdos Hernán Toro, Germán Cobo y la presencia callada de Alberto Castro, hijo del General Ramón Castro Jijón, quien a la época presidía la Junta Militar de esa torpe dictadura que nos gobernada en Ecuador. De todos ellos, solo mantuve contactos con Abel Castillo; los demás realmente se perdieron en el tiempo. Durante un almuerzo en el comedor nos enteramos sorpresivamente de la caída del Gobierno de Castro Jijón. Su hijo Alberto se esfumó sin despedirse; nunca más supe de él.

Del primer encuentro con Italia, y de ligueros
La primera Navidad fuera de casa. Tres semanas libres a mi entera disposición. Me decidí por una excursión universitaria cuyo destino era Italia. Excursiones estudiantiles eran baratas en tiempos de Navidad, porque por el frío bajaban las tarifas. Mi amigo Jacinto Faya tomó la opción de ir a Grecia y Egipto, entusiasmado de llevar en ese grupo a Pablito, un entusiasta peruano ciego que quería ir a olfatear esos lugares, al igual que cuando se sentaba a escuchar los partidos de fútbol que pasaban por televisión y festejaba nuestros gritos de gol con más euforia que nosotros los videntes. Luego había que contarle como se elaboró la jugada. Pablo era todo un personaje: tocaba guitarra, cantaba, tenía su novia y le encantaba viajar en grupos para asegurarse apoyo. Era profesor y todos lo querían. Siempre andaba alegre con su bastón de guía y desarrollando la habilidad de reconocer nuestros pasos cuando nos cruzábamos en los largos corredores de la residencia madrileña que conocía, literalmente, a ciegas. Yo preferí viajar a Italia porque entre mis planes estaba llegar al Líbano en otra más prolongada y mejor planeada circunstancia. Esta excursión por Italia fue un éxito completo. Treinta chicas norteamericanas, y seis hombres en el amplio autobús compartiendo hoteles, cansancio, vino, cantos y algunas cosas más. Formamos un lindo grupo que mantuvimos unido en reuniones posteriores en varios lugares de Madrid, hasta que finalmente cada quien retornó a su sitio de partida. ¿Volvería a Italia? Era la pregunta que cada quien se hacía. Y claro que tendría que volver si había arrojado varias veces las tres monedas en la Fontana de Trevi. Mi primer deseo demandado fue volver a la ciudad eterna, el segundo y tercero eran más coyunturales o carnales. Los
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deseos casi todos se cumplieron, al menos el primero porque Roma se constituiría luego de mi matrimonio en parte de mi vida aunque nunca opté su pasaporte por orgullo y nacionalismo reaccionario. Este es el momento de recordar a mis compinches. Carlos De La Flor, médico, otorrino, casado, peruano, con quien compartí algunos viajes más, era de personalidad serena y tranquila. Gustaba tomar fotos a millares y fue mi compañero de dormitorio habitual. Tony Smith, norteamericano vivaz, se la pasó tomando vino y cantando “Capris, c’est fini” durante los más de mil kilómetros de viaje. John Sullivan, también gringo, viajó sin llegar a conocer nada de nada porque realmente fue su viaje de luna de miel; de las habitaciones poco salió y se notaba por su cansancio y sus ojeras que tampoco durmió lo suficiente. Su enamorada, Connie York, era muy bella, pero Italia también merecía recibir mejor atención que la que ellos le dieron. Johnny Haforey era un norteamericano, alegre, participativo y solidario hasta el final. Este era el equipaje masculino, además un inmenso filipino que nunca se integró al pelotón. En la otra esquina del ring, el equipaje femenino nos cuadruplicaba en número: Margaret Hagens, la más alta mujer con quien yo jamás haya hecho un buen flirt avanzado; Francis Petrus, de origen polaco, con quien logré las mejores y profundas conversaciones académicas y emocionales. Aún conservo su regalo navideño que consistió en un par de broches de camisa con la insignia de Roma y que con frecuencia todavía uso medio siglo más tarde. Marilyn Jean Marino, francesa de verdad con quien pude intimar bastante más allá de lo permisible en la España de esa época; Sussie Rovelta, quien con su notable alegría puertorriqueña le ponía salsa latina a la alegre expedición; Carmen Druya y Geen Huges, junto a Manolli de Pablo Garay una simpática y bonita española que servía de guía, fue el grupo más compacto y alegre del bus en las distintas facetas que trajo esa inolvidable convivencia que duró tres intensas semanas. Italia y ese ambiente de abierta libertad que nos brindaba fue realmente mi primer contacto con la Europa plena y muy contrastable con el que España franquista permitía. El tour solo incluía el transporte y el hospedaje con desayuno. Lo demás era a cuenta de cada quien, razón por la cual se conformaban
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automáticamente grupos afines para conocer cada ciudad de acuerdo a comunes intereses. En Roma nos estacionamos seis días, uno de ellos fue la Navidad. Esa noche quedé envuelto en el frío que me abrazaba en la mitad de la Plaza de San Pedro y sus gigantes columnas diseñadas por Bernini trescientos años atrás y que abrazan por envuelven y para siempre. Fue maravillosa la sensación aquella que se me caló en mi memoria, es decir mucho más allá de mis propios huesos que tiritaban por el clima y la emoción por la sorpresa pues llegamos allí sin propósito de hacerlo sino por simple despiste. A la hora de repartir habitaciones había que tener la habilidad para lograr un cuarto con ducha porque ese lujo no era el habitual en aquel entonces. Cuando tocaba dormitorio con ducha, todas las norteamericanas venían a pedirte el favor y, claro que sí, ¡por favor! Luego, cuando no, ya se sabía a quién pedir la reciprocidad respectiva. Las más de las veces, las duchas eran simplemente eso, es decir dos cortinas cerrando un ángulo de la habitación y un chorro de agua asperjada que se recogía sobre un improvisado embalse en busca de un desfogue. Allí tan cerca de la cama, la ducha lucía parte de un todo hormonal. En esos ambientes y en esas edades y circunstancias fue como se facilitó y consolidó la confianza de ese grupo inolvidable, y que estoy seguro nos mantuvo unidos mucho tiempo en la memoria al recordar tantas traviesas picardías y momentos tan agradables de nuestra juventud ya perdida en ese pozo profundo del tiempo. Fue en aquel entonces que descubrí aquello de los panty nylon que reemplazarían a venían las medias fabricadas de ese áspero material sintético. No sabía de su existencia y lo descubrí a la fuerza. Las gringas de la época las comenzaban a usar y a la hora de la hora era un verdadero embrollo descifrar aquel obstáculo que impedía el contacto con los aductores y la piel desnuda de muslos ardientes. Estos americanos con su sentido pragmático todo lo estaban cambiando: ya no eran medias de seda, sino de materiales artificiales. Descartaron los corsés y los clásicos ligueros franceses, tan lindos que eran. Me preguntaba yo entonces para qué cambiar aquellas atractivas costumbres europeas. Impusieron las duchas en lugar de las tinas de baño, siendo estas mucho más sensuales a la hora de la hora. Eliminaron el bidé y con ello la “petitte toilette” que tenía su propio íntimo encanto. Modificaron costumbres
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y forzaron indirectamente a renovar toda la infraestructura hotelera de ese viejo continente que tenía su propia personalidad, estilo y diseño. Afectaron, entre otras cosas, aquel dulce atractivo que ofrecían esos muslos franceses adornados de misterio ¡Imaginen ustedes un Folies Belgère o un Moulin Rouge o un Crazy Horse sin ligueros decorando esas piernas bellas de hermosas bailarinas que constituyen todo un conjunto inseparable destinado a lograr una mejor estimulación de las hormonas! No me digan machista, porque aún se siguen y se seguirán usando esos anzuelos hasta el final de los siglos. Amén, he dicho.

Lance de osadía
Hay simples frases que salen al encuentro de uno y que luego se incorporan para siempre en la memoria emocional afectando el comportamiento y el modo de actuar y la forma de pensar de quien las atrapa. Equivalen a un curso completo en la escuela de la vida aunque no se tome conciencia de esto sino mucho tiempo después, cuando se han vuelto parte del lenguaje cotidiano y del comportamiento de tal manera que han quedado incorporados en la estructura emocional de las personas. Y esto del “lance de osadía” surgió en la relación de amistad profunda que hasta ahora mantengo con Jacinto Faya Viesca. Existían muchas coincidencias en nuestras vidas y esto facilitó que compartiéramos toda clase de confidencias. Jacinto desde siempre, es decir desde que lo encontré en Madrid, me lució una persona ansiosa por buscar los secretos de la vida. Andaba, y aun anda todavía a sus setenta años de vivencias, descifrando el arte de vivir y buscando encontrar una perfecta ecuación entre lo emocional y lo intelectual, lo cual también desde siempre yo había entendido que, al menos en mi caso, era complicado sino imposible de lograr. Para mí toda acción u omisión es un conjunto con pérdidas y ganancias al fragor de esa eterna lucha que existe entre esas dos fuerzas vitales que nos empujan chocándose muchas veces entre sí como polos opuestos que causan repulsa. Muy difícil resulta alinear lo emocional con lo intelectual, y cuando así suceda no lo será por mucho tiempo. Prudencia es algo razonable. Audacia algo irracional. Hay que encontrar el justo medio en cada bifurcación que se presente frente al destino de cada quien.

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Si mucho se piensa no se actúa, y si mucho se hace por lo general no hay tiempo de pensar. Jacinto se hallaba en pletórica búsqueda de explicaciones más allá de donde había logrado descifrar durante su praxis de vida. La distancia que existe entre el deber ser y quién se es causa una dicotomía espiritual o grado de frustración, pues siempre se puede ser mejor o peor de lo que se es. Por otra parte los ideales, con el pasar del tiempo, se pueden sentir pisoteados o halagados por los logros o fracasos que, muchas veces, dependen de ese otro factor sorpresivo y oculto que se llama suerte. Lastimosamente a la suerte también hay que provocarla, lo cual nos lleva al punto aquel que separa la prudencia de la audacia. Qué es mejor ¿ser prudente o ser audaz? No siempre será la misma respuesta. Cabe mencionar que Jacinto era, en aquellos tiempos, un verdadero volcán apasionado. Un extrovertido que no necesitaba justificar sus acciones en el campo de la razón, cosa que para mí era indispensable. Y platicábamos mucho sobre esto y sobre aquello. Fuerte físicamente, con un gran don de la palabra, excelente don de gentes, curioso y atropellador. Nacido y educado en Torreón, proveniente de una familia agrícola, padre dominante y curtido bajo el sol. Allá en Coahuila se encuentra ese tipo de gente no retocada como la que se aglutina en el Distrito Federal. Enamorador por impulsos y atrevido hasta el final, no perdía el tiempo y respondía a la atracción sexual como si fuese una fuerza natural semejante a la gravedad. Yo usaba el acercamiento con tino para lograr el aterrizaje suave y planeado. Él prefería ir directamente al grano como dando chirlazos en la cara con su penetrante mirada, antes que refrenar o pausar esos impulsos bravíos que se suelen tener en esas edades en las que la juventud se desborda por los poros, más aún si tenemos una dosis de machismo cultivado muy propio al estilo del prototipo mexicano y latinoamericano de aquella, y quizás aún de esta misma época. En su eterna búsqueda por descifrar su yo, cayó por pura curiosidad en manos de un terapeuta español con quien mantuvo intensas charlas. Luego de dos o tres sesiones que Jacinto me contó y recontó con mínimos detalles -porque a él le gusta repetir para reafirmar y prevalecer en su punto de vista-, ingresó exultante a mi dormitorio. Abrió con fuerza la puerta, tal como la ha hecho siempre con todo lo que se lo
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pone por delante, y me dijo: He encontrado la frase que buscaba y te la vengo a regalar. El profesor, así llamaba a su terapeuta, me ha dicho que en la vida hay que tener frecuentes “lances de osadía”, y que a ese músculo hay que ponerlo a entrenar mediante continuos ejercicios por pequeños que estos sean. Inmediatamente me pidió que lo acompañe a Galerías Preciados24. Fuimos caminando hacia allá rodando por la calle Argüelles en medio de sus repeticiones interminables narrándome pormenores de lo mismo. Cada vez que repetía me volvía a agarrar el brazo más y más fuerte. Voy, me dijo, “a hacer una lance de osadía, y si eres capaz trata de hacerlo tú también”. Me explicaba que lance significa riesgo y osadía supone valentía por lo que, juntándolos en acciones, se libera las represiones que se fijaron desde la misma infancia y contra las cuales nunca se han provocado rebeliones. Hay que practicar la rebeldía y hacer contravenciones aunque sea para saber que se pueden quebrantar las inhibiciones sembradas en nuestro interior. El miedo a la autoridad nos capa, me decía. Entramos al gigantesco almacén. Jacinto escogió un par de gafas asegurándose que le quedaran muy bien ante un espejo destinado para ello, le sacó la etiqueta y se las puso. Luego seleccionó una hermosa pipa y se la introdujo en la boca con una supuesta experiencia que no tenía pues nunca jamás fumó. Tomó un sombrero que se probó varias veces ante otro espejo y preguntando por doquier si le quedaba o no bien; finalmente tomó en su mano un libro. Se acercó a la caja, coqueteó con la chica encargada de cobrar, pagó sólamente el libro y se despidió piropeando a la cajera diciéndole que tenía los ojos mas lindos que había visto en su vida y que él era mexicano y no sé cuantas galanterías mas. Esperé unos dos minutos y salí detrás de él algo nervioso. Lo encontré sentado ojeando el libro. Ahí me dijo que él no era un ratero, que simplemente lo hacía por primera vez a nombre del ¡del lance de osadía! “Acabo de cumplir mi tarea del día”, me dijo. “He doblegado reglas y he ejercitado mi osadía. Me basta saber que me he liberado un tanto”. Me lo dijo y lo repetía de distintas maneras mientras me apretaba más y más

24 Absorbida años más tarde por el Corte Inglés.

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el brazo como lo suele hacer, con fuerza, para captar toda la atención posible. Ha pasado mucho tiempo, sin embargo con perseverancia y frecuencia Jacinto y yo hablamos de lo mismo todavía. De mi parte sigo sin descifrar cuándo me faltó de osadía y cuánto de prudencia durante mi propio recorrido. Solo sé que tuve conciencia de esta eterna disyuntiva en cada momento que se hizo necesario tomar decisiones importantes. Es por esto que introduzco esta anécdota que siempre la tuve presente aunque creo no haber sabido dosificarla. Creo que nunca logré el nivel de audacia que, ahora cuando hago un balance global, hubiese deseado. Siempre fue la prudencia la que venció muchas batallas que debió perder. Ayer a las cinco de la tarde pasé por una de las farmacias Fybeca y simplemente hice algo similar a lo que hizo Jacinto en Galerías Preciados. Salí sonriente y debo confesar que me puse contento. Tenía el dedo lastimado y disfruté de mi caja de curitas birlada simplemente porque salí sin pagarla, aunque si pagué unos muy costosos medicamentos. ¡Una mísera rebaja! Que me causo una satisfacción interior además de la consecuente sonrisa que nadie la podría entender.

¡Vénceme sin!
Chrisani Méndez era una hermosa criatura estudiante y brasilera. Morena, de ojos fuertes y expresión alegre. Poeta, potente, bravía y locuaz. Más que bella era sexualmente atractiva por sus jugosos labios y su forma desafiante de ser mujer, constituyéndose de inmediato en un gran desafío para cualquier varón con mínimos instintos; y el impetuoso Jacinto Faya los tenía muy fuertes. Las becarias mujeres vivían en un pabellón contiguo situado atrás del Colegio Mayor de Guadalupe. Edificios no tan distantes, dispuestos de tal manera que sus ventanas posteriores se encontraban frente a frente. Era cuestión de cerrar o no las cortinas y agudizar la vista para pescar algún insurgente seno. Por allí nació la relación de ese grupo de brasileras con mi amigo Jacinto, pues él las saludaba alegremente con su brazo levantado mientras hacía su gimnasia totalmente desnudo con su ventana siempre abierta; además de comer cebollas crudas como si fuesen manzanas. Afirmaba también las bondades del ajo y, especialmente, del oxígeno y la luz. Nunca cerró
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sus ventanas y dormía al pelo, porque así debía ser. ¡A lo macho! Total es que nos integramos como amigos de las brasileras y salimos varias veces. Chrisani era de Petrópolis y, pese a tener su dirección, nunca más la vi; y hubiese querido, pasados los años, agradecer una frase de poetisa que ella soltó y que me ayudó a ratificar aquello que yo pensaba sobre el amor y el arte de la aproximación sexual. Jacinto la acosaba con cierta rudeza, pero ella también se defendía y a la vez lo provocaba en un largo juego del cual nunca supe el desenlace. Jacinto le apretujaba fuerte del brazo y le decía cosas atrevidas y seductoras. Eso una y otra vez, hasta que ella lo desafió y le dijo “¡Vénceme sin tocarme”. Así Jacinto comenzó a moderarse. De inmediato comprendí la lección de vida encerrada en esa poderosa sentencia. La esencia de la conquista no está en destruir los muros que defienden a la bella fortaleza, sino entrar por la puerta principal a disfrutar de su realeza. En el arte del amor lo de caballero no quita lo valiente y, en el mejor de los casos, la conquista del castillo tiene una estancia más plena y placentera. Vencer dulcemente es la fórmula intelectual de ejercer el machismo natural que todos los hombres, o la mayoría, tenemos encima por instinto. La conquista es eso: vencer la voluntad atrayendo, para después tocar todo lo que queramos. Esa frase es otra de aquellas que ni Jacinto ni yo nunca olvidamos y recordarla nos une en el pasado y todavía nos divierte. La fórmula de Chrisani no solo se aplica en materia del amor, sino que es una regla general para utilizarla en todos los campos de la vida, aplicables en el mundo de los negocios, de la política o del hogar. No hay que vencer por la fuerza. Hay que conquistar la voluntad ajena. A cada vuelta de la esquina, en cualquier libro por ahí extraviado, en cualquier frase que se escucha en algún momento inesperado se puede tropezar uno con una simple regla de vida que está esperando ser cultivada. Son como semillas que caen en las manos y que deben ser interiorizadas para que florezcan convirtiéndose en una norma de comportamiento, un consejo o una fórmula que puede mejorar la calidad espiritual de quien lo aprovecha. Cada vez que entro en una librería me pregunto en qué página, en qué renglón de cuál de estos libros hay algún nuevo pensamiento que me está esperando para que lo recoja y lo incorpore en mi vida.

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Esta es la historia de esas seis palabras “Lance de Osadía” y “Vénceme sin tocarme” que no me pasaron desapercibidas sino que me agaché a recogerlas para mantenerlas vivas en un florero y evitar así que se marchiten. Jacinto Faya Viesca, felizmente casado con Leticia Rodríguez, una joya que puso a raya a Jacinto y lo complementó debidamente. Tienen cuatro hijos varones, Jacinto, Héctor, Alejandro y José Antonio. Hace poco estuve en México para el matrimonio de Alejandro. Ahora, mientras escribo estas líneas y desde hace tres años, ella lucha contra un cáncer recurrente pese a ser una atleta joven, vigorosa y entusiasta de la vida. La única frase valedera ante situaciones como ésta es aquella inmersa en el Padrenuestro. “Hágase tu voluntad y no la nuestra”, la misma que la he cultivado desde el día en que puse rodillas sobre tierra para orar ante del féretro de mi hermano Tony. Esa frase la he tenido presente durante todas las crisis de salud que me han acompañado al igual que cada vez que he visto rondar ese infaltable e incansable fantasma de la muerte.

Divagaciones filosóficas
¿Era España, me preguntaba yo, un buen destino o el destino correcto para abrir y cultivar mi mente, reprimido que estaba el pensamiento por una dictadura gobernada bajo una mano de hierro derivada de una guerra civil en la que hubo un millón de muertos? ¿Podía yo desde España ver, sentir o entender lo que estaba sucediendo detrás de los Pirineos? Sin duda no, pero en España estaba, por lo que debía beber de sus aguas. Y esos lagos de aguas frescas los encontré en Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, formados en mejores momentos históricos de esa España convaleciente. De Miguel Unamuno me embriagaba su estilo y su prosa que contenía implícitamente poesía. El más sobresaliente ensayista, dramaturgo, novelista, filósofo español de la generación del 98, a quien sólo leerlo era una clase completa de un estilo que me contaminaba de envidia. «La vida es lo individual»; es decir, yo en el mundo; y ese mundo no es propiamente una cosa o una suma de ellas, sino un escenario personal integrado en ese mundo». Así se puede resumir la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica que, en mi interior, tuvo trascendencia porque me ayudaba a liberar de las corrientes negativas
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que me inyectaron Schopenhauer y Nietzsche particularmente cuando me aventuré por pura novelería a navegar por esas aguas turbias y torrentosas sin tener la preparación suficiente. De Ortega y Gasset extraje muchos pensamientos, para mí, renovadores. Sin duda que el mundo estaba cambiando de una manera y forma que no podíamos ni siquiera definir ni predecir en cuanto a su profundidad y velocidad transformadora. La aglomeración de gente en las ciudades generaba un poderío social que causaría fenómenos sociales nuevos. En esas circunstancias fue como “La rebelión de las masas” cayó en mis manos durante la limitada búsqueda que se podía extraer de España durante una estancia pasajera en tiempos no propicios para escarbar en la libertad de pensamiento. Este insigne personaje fue el eterno referente de esa época por la influencia que ejerció a través del periodismo y de su célebre Revista de Occidente. No olvidemos que el falangismo había decapitado otro tipo de corrientes, e incluso opacó la luminosidad de Unamuno. Ortega y Gasset me sembró aquella idea central de que nosotros somos hijos de nuestras propias circunstancias y que las ideas siempre se yuxtaponen. Comprender eso me dio la correcta visión, a mí criterio, para ser un eterno polemista que en el fondo era lo que yo sentía como esencia de identidad mía. Que la verdad absoluta es siempre esquiva y que todo es cuestión de un perspectivismo, da a cualquier pensador un mejor sentido de orientación durante la búsqueda. No hay verdades. Hay búsqueda de verdades. Otro tema que me atrajo en aquello de encontrar definiciones que me serían válidas todo el resto de mi vida, fue respecto al concepto de lo que es el hombre masa, confundido que yo andaba con aquello del proletariado, es decir esa masa de hombres igualados por la fuerza del Estado y resentidos por ese elemento impulsador de la lucha de clases tan eficaz como mecanismo político a partir de que Carlos Marx y compañía, lo definieron así. Pero es inevitable que el ser humano busque ser diferente uno de otro y lucha inevitablemente por ello. ¿Entonces como obligarnos a ser proletarios, que según Marx son los buenos, si por instinto buscamos diferenciarnos unos de otros? Y eso era lo que me tenía molesto con las corrientes comunistas fundamentadas e impulsadas por un odio de clases.

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Este filósofo español fallecido en 1955 acudió en mi ayuda al darle sentido al término masa, que yo y muchos la confundían con el proletariado. Masa, para el filósofo español es todo aquel que no se valora a sí mismo en bien o en mal por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo” pero que proclama sus derechos propios dentro de esa mediocridad a la cual se ha acogido. Cuando Ortega habla de minorías, se refiere con tales a quienes se exigen a sí mismos más que los demás. Por tanto, la división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es una división en clases sociales, sino en clases de hombres. Unos conformistas y otros ávidos de superarse. El hombre integrante de la masa se cree que con lo que sabe ya tiene más que suficiente y no tiene la más mínima curiosidad por saber más. El comunismo o los regímenes totalitarios buscan eso. El hombre-masa, es el hombre cuya vida carece de proyectos y va a la deriva acomodado debajo las alas de un Estado total proveedor de los mínimos y máximos. ¡Cuánto me alivió poner las cosas en esa perspectiva! porque tranquilizaba explicar que quienes pretendíamos y luchábamos por ser minorías o élites no éramos los malos! Habría que vivir con la carga de combatir contra esas corrientes políticas que tratan de nivelar al hombre con una tabla rasante señalada por quienes los oprimen de esa manera. No podía aceptar el comunismo si acaso eso significaba quedar sometido a un nivel señalado por un ente llamado Estado que finalmente deposita su poder en otros seres humanos cuya diferencia con los otros estaba en su incondicionalidad a un Partido. Así fue como escapé a esa teoría del marxismo y me acerqué casi incondicionalmente a una corriente socialista muy a los principios de la sociedad Fabiana, aquella que fundamentaba a los intelectuales del reino Unido que llegaron a ser los laboristas, y de los cuales bastante había leído cuando Bernard Shaw se atravesó en mis lecturas. Este circunloquio no he podido evitarlo al hacer un recorrido por esa etapa española de mi vida. Naufragando e influenciado bajo esta corriente o torrente de pensamientos, me preparaba para abandonar España y traspasar los Pirineos sabiendo que en la Península Ibérica no habría modernidad mientras seguía bajo el esquema político de represión al libre pensamiento que imponía Francisco Franco en España y Oliveira Salazar en Portugal. Esas dictaduras estaban en plena madurez y a casi diez años de caer. Yo no quería ya seguir siendo un hombre masa, me decía; era alguien que quería más y por eso debía beber con avidez todo
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lo que ofrecía la legendaria Europa. España era bella, cómoda, segura a causa de la represión que le impedía saborear la libertad creativa. Le agradezco su beca, su alegría, su idioma y su sol resplandeciente, mas sentía la necesidad de subir algunos peldaños al encuentro de mí mismo, de mi identificación y mis propios sueños y empeños. Para impulsarme debía atravesar los Pirineos. El día que me colmé del nivel de esa manipulación académica que impartía el instituto de Cultura Hispánica, fue durante el X Curso de “Lo español en la creación artística”. Uno de los conferencistas se demoró más de dos horas en explicarnos la influencia española en el cante jondo andaluz. Terminada la charla, a la hora de las preguntas, hablé y lo hice con reflujo del libanés que tengo adentro. Cuestioné la manipulación del tema, pues me hubiese gustado escuchar durante la conferencia, aunque sea unos diez minutos, respecto al influjo del cante jondo en España como efecto de la dominación árabe en la península hispánica cuando los moros se instalaron por más de siete siglos en esa parte de Europa. Y es que estaba harto de ese alarde conquistador que se destilaba hacia nosotros los “hispanoamericanos”, como les gustaba llamarnos. Todo era alarde sustentado en una España que había sido otrora grande y dominante en Europa, gracias a la conquista de América, pero que cuando les tocó vivir las vacas flacas de ser dominados por otra cultura, no extraían las conclusiones correspondientes, y convertían al canto jondo en una forma de penetración de lo español en lo árabe, y no a la inversa. Me paré y lo dije. Silencio en la sala, nuevamente interrumpido por mis palabras, mediante las cuales invitaba al conferencista a preparar una charla respecto a las influencias que había recibido la España conquistadora por parte de sus conquistados americanos. Aplausos por parte de los becarios, y malas caras del otro lado. Y entonces, yo me decía, “si he viajado de tan lejos para ampliar mis horizontes, España no me es suficiente”. Ya era hora de viajar a la ciudad luz, a la del raciocinio de René Descartes, padre de la filosofía moderna y autor de las reglas del método y de la duda metódica para lograr “la dirección del espíritu”. Si del filósofo francés había entendido la lección de que dudar, analizar y revisar son los tres pasos metódicos previos para adoptar una postura, no me quedaba otra cosa que ir a Francia a respirar aires que en España no dejaban circular.
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Ibiza
Para despedirnos de España, Jacinto Faya y yo fuimos a Ibiza a olfatear aquello que se decía que estaba sucediendo por allá. Tras una media noche en la nave, llegamos a la isla. Allí alquilamos sendas bicicletas y pasamos deliciosos quince días viendo y disfrutando de tamaña hendija de libertad que se había infiltrado en la isla, causada por la cantidad de turistas hippies, nórdicos en particular, chicos y chicas, gays y lesbianas que se adentraban en esas oscuras discotecas hasta el salir del sol del día siguiente. Ahí aprendí a distinguir el olor a marihuana en sus diversas variedades; la famosa LSD estaba a flor de mano pues mediante un gotero se la echaba en los terroncitos de azúcar que estaban en cada discoteca y en cada mesa como si alguien fuese a tomar un café cotidiano. Estuve a punto de probar aquel terrible alucinógeno y solo Dios sabe por qué no lo engullí de pura novelería y por ese afán de modernizar mis experiencias y conceptos. Para ese tiempo nadie imaginaba el terrible efecto que tuvo esa droga en toda una generación de jóvenes aventurados a todo y ávidos por vivir el hoy, dejando casi nada para el futuro, si acaso largo futuro les quedaba. Sí. Ibiza es y era una isla. En esos años más que nunca. No era parte de España. Europa la había conquistado y se convirtió en un punto de avanzada a los cambios que se darían años más tarde, cuando murió Franco (1975) y llegó la hora del destape. Con Jacinto me unió por siempre una entrañable amistad plagada de íntimas confidencias, y siempre recordamos esos días en Ibiza más que por parrandas o excesos, por los enormes circunloquios que tuvimos y seguimos teniendo por tanto rebuscar los enigmas de la vida que hasta ahora nos devoran. El drama de la búsqueda intelectual y existencial es que nunca se termina ni se sacia. Jacinto sigue y siguió en su búsqueda y, como muy prolífero escritor, se aventuró en estructurar una columna titulada “Palabras de Poder” que se publica en El Siglo, de Torreón y en otros diarios más. De ahí extraigo lo siguiente. “Nosotros tenemos la capacidad de elegir: o bien optamos por una vida acobardada, apagada y medrosa o nos decidimos por levantarnos cada día diciéndole un sí incondicional a nuestra vida. O nos encogemos como gusanos medrosos, o cada día nos sumergimos de lleno en la
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vida, bañando nuestro espíritu de todas las inmensas fuerzas de la Naturaleza. Podemos elegir: dejar que un mezquino terror se apodere de nuestro corazón o henchimos nuestro pecho de un sano orgullo, estremeciéndonos de gozo por meter de lleno nuestras manos en la vida, en nuestra particular vida que nos toca vivir”. Jacinto sigue en su búsqueda con más intensidad que yo. Un trabajo que nunca terminará sino con él, mientras yo he preferido vivir dos veces, esta, la segunda, recordando y meditando aquello que se grabó en mi mente durante mi primera vida, que es la que nunca podré cambiar.

Adiós, Madrid, adiós
Y así pasó el año con una gran velocidad y variedad de nuevos sabores y experiencias. Ya tenía la confirmación de mi nueva beca que se iniciaba en octubre en el Colegio de la Europa, en Nancy, allá en la muy fría Alsacia francesa. Jorge Rappela era un apuesto uruguayo. Simpático y lleno de vitalidad. Fuimos amigos en la medida en que su tiempo lo permitía, pues estaba enamorado, y ella, su novia, muy bella, lo acaparaba en sus tiempos libres que eran también los nuestros. Ya habían transcurrido los meses y faltaban pocas semanas para terminar el ciclo estudiantil. En cada dormitorio del Colegio Mayor había un viejo calefactor que sonaba y se estrujaba con la dilatación o contracción del material, ya fatigado por las constantes variaciones de temperatura que había soportado durante tantos y tantos inviernos. Estaban ubicados al pie de cada ventana y, como los dormitorios no eran grandes ni mucho menos, quedaban inevitablemente cerca de la cama donde había una lamparita de velador casi siempre vieja y con sus alambres muchas veces ya desgastados. Cosa peligrosa porque allá se trabaja con dos líneas de 110 voltios, es decir con 220 voltios. Cada uno de esos cables busca por su cuenta hacer tierra. Jorge salió del baño que estaba en la mitad del corredor y luego de tomarse una ducha para disfrutar de su sábado y encontrarse con se eterna enamorada, se recostó en la cama y se estiró para prender la luz del velador. Uno de sus pies llegó a tocar con el calefactor, y así murió electrocutado. La muerte absurda volvía asediar mis pensamientos. Sentí estupor y miedo. El tren de la vida avanza inexorablemente. Solo es cuestión de saber si nuestra parada es o no en la próxima estación.
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Empaquetada mi maleta, me despedí de quienes quedaban y salí a buscar el famoso y flamante tren de alta velocidad inaugurado en España, denominado Talgo, que me llevaría a París. No miré hacia atrás. No era necesario: lo llevaba conmigo. Aquello de que partir es morir un poco se iba marcando cada vez más dentro de mí. Lo repito cada vez que emprendo un viaje de ida o de regreso o cuando despido a alguien que quiero y se aleja. Años después, cuando regresé a visitar aquel Colegio Mayor de Guadalupe, toda la infraestructura seguía exactamente igual aunque ya sin contenido. Eran formas de cemento, calles, edificios, árboles ajenos a mí. Otras caras, otros personajes. Uno mismo era ya una persona distinta. Los recuerdos aplastan haciéndonos entender que ya nada será como alguna vez lo fue y que, por tanto, es mejor no revolcarse ni andar sumergido en el pasado. Es dañino ahogarse en la inexistencia de aquellos ayeres. Lo importante es avanzar para seguir fabricando nuevos recuerdos a fin de almacenarlos a modo de alimento para cuando, ya en el refugio del propio invierno, nos nutra con la satisfacción de poder contarlo con placidez y sin dolor alguno. Y eso es lo que ahora intento hacer.

Paris; un mal recibimiento
El veloz viaje en el tren bautizado como Talgo fue largo y se me hizo tedioso embriagado que estaba en meditaciones y recuerdos. Me engullí un par de “bocadillos” esos de una libra cada uno, y me despaché dos botellas de vino para atenuar mis pensamientos. Otra vez estaba solo, sin amigos y en mi mente rebotaba el eco del poema. Si, “partir es morir un poco…” y lo estaba sintiendo con claridad meridiana. Iba agonizando el entusiasmo merced de la incertidumbre. La vida en Madrid era sabrosa y lo desconocido siempre algún temor embarga, especialmente porque me sabía frágil en cuestiones de salud. Era un tema cotidiano que mi vientre me hacía tener como tarea pendiente. Mi equipaje, bastante más pesado que cuando llegué a Madrid, era difícil de portar. Uno se va llenando de recuerdos de cada lugar, que al final hay que arrojar porque pesan y no entran en la maleta ya media deformada de tanto abarrotar. Desde ahí empecé a comprender que en
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la vida y en los viajes hay que andar ligero de equipaje, cosa que pude manejar hasta que, años más tarde, mi querida esposa se esforzaba por contradecirme y ganarme la batalla del sobrepeso en las maletas, muchas veces con cosas innecesarias que poco se iban a usar. Dieciocho horas en el tren para pensar mirando velozmente aquellos árboles que quedaban atrás y cuyas hojas parecían manos y dedos aventados diciendo adiós y hasta siempre. Iba con destino a París a una estancia de cuatro meses, donde debería perfeccionar mi francés pues una de las condiciones de la nueva beca era someterse a un examen del idioma antes de la admisión y consecuente matriculación. El Colegio de la Europa me había concedido esa beca allá en Nancy, la capital de la fría, muy fría, Lorraine, colindante con Alemania y que los germanos y prusianos la habían usurpado a Francia en dos distintas ocasiones bélicas. Llegué a París con una tremenda e inexplicable diarrea, violenta e incontenible. Nervios, tensión, los bocadillos o yo qué sé. Desde el mismo momento en que pisé el suelo y me bajé del tren, mis intestinos ya no obedecían mis órdenes mentales y los esfínteres trabajaban a su máximo nivel por su propia cuenta. Con pesada maleta a cuestas, tomé el metro y llegué al lugar de mi residencia. Eran las ocho de la mañana y mi habitación se desocuparía recién a las tres de la tarde. Dejé la maleta encargada y corrí hacia un bar en busca de un baño. Apestosa sorpresa me llevé al encontrarme con un hueco en el piso equipado unicamente con dos sucios pedales de cemento para apoyar cada pie y mantener las piernas bien abiertas. Había que guardar el equilibrio y evitar que esos chorros virulentos de heces líquidas y calientes que salían de mi vientre, no ensuciasen el pantalón. Y eso tuve que hacerlo una y otra vez, hasta que finalmente, pálido o verdoso, no lo sé, muy fatigado, tomé posición de la habitación que ocuparía durante tres semanas en el College Stanislas, Rue des Nôtre Dame de Champs, mientras durase los cursos en el Institut Catholique de París, ubicado en rue Cherche Midi. Allí ligué con Ida Lampe, una noruega muy agradable e hice amistad con Charles Hamlen, de New Hampshire. Los tres juntos recorrimos París entero y practicamos el francés intensamente cada cual a su manera. Sin embargo durante ese período tenía todo el vientre hinchado y
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adolorido. No fue un buen recibimiento el que me dio París. ¿Eran malos augurios? Mi beca se iniciaba en octubre y estábamos comenzando junio. Mi presupuesto personal estaba calculado meticulosamente y alcanzaba para cubrir el verano, así decidí no visitar médico alguno Había decidido, desde que salí de Quito, no enviar malas noticias sino más bien llenar a mis padres con buenas nuevas mediante infaltables y puntuales cartas semanales. Mi correspondencia contaba trivialidades, de esto o de aquello, siempre quedándome en lo superficial como nombres de amigos y lugares. de mi salud, aunque ya había decidido esperar a octubre para, haciendo efectiva mi beca, hacer uso del seguro médico correspondiente. En Francia me sentía más seguro; esa Francia enorme y grande de la que mi padre me daba eterna fe me proporcionaba una confianza absoluta.

Primeros pasos en París
Me enamoré de París. ¿Quién no se enamora? Caminaba y deambulaba sorprendido por sus calles y amplias avenidas, parques y peculiares plazas y rincones. Caminaba durante horas y horas. Escudriñaba su geometría urbanística trazada hacía más de un siglo durante el Segundo Imperio de Napoleón III (1852-1870) por el célebre Barón Haussmann, quien demolió gran parte de la estrecha ciudad antigua para ejecutar los cambios necesarios que convirtieron a París en la ciudad que ahora todavía nos sorprende. Descubrí la personalidad de cada barrio porque cada uno de sus dieciséis arrondisiment tiene su propia identidad y los fui, uno a uno, paladeando con más intensidad unos que otros. Decidí firmemente no practicar el español. Leer en francés, comer en francés, pensar en francés, dormir en francés. Diarreas francesas. Envolverme dentro de una burbuja emocional para, de esa manera, evitar amistades que por razones del idioma me hicieran retroceder en mi firme intento de seguir hacia adelante. Y así lo hice con muy raras y ocasionales excepciones. Incluso a mi padre le escribía cartas o párrafos en francés, sabiendo que ello le agradaría enormemente. Mi siguiente domicilio en París resultó ya más decente. Limpio, bien ubicado aunque sin ventana hacia la calle sino hacia otro edificio colindante, lo cual lo hacía oscuro. Un ecuatoriano que trabajaba en
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la embajada, Armando Pesantez, quería subarrendar su dormitorio por tres meses, y yo necesitaba alquilarlo por igual tiempo. Un edificio bien tenido, donde una dama francesa viuda había adecuado una habitación con ducha. ¡Ducha! Ducha en tu habitación era un lujo para un estudiante. El servicio higiénico lo compartíamos. Ella se aseaba en su dormitorio y a la francesa, es decir con una lavacara, un jarro y su guante personal enjabonado. Una mujer amable que no se metía con nadie y que solo se limitaba a cobrar su mensualidad, la misma que no resultaba tan cara dadas las circunstancias en las que subarrendé ese lindo rincón tan cercano a la Torre de Eiffel y ubicado en Motte Picquet # 41, al pie de la parada de metro “École Militaire”. Lógicamente que esta actitud me enclaustró en cuanto a amistades y contactos con latinoamericanos se refiere, pero que de servir, me sirvió. Un idioma se lo aprende en la calle y a patadas, sobre todo cuando uno no es dotado de buena memoria musical o auditiva. Leía en voz alta como si fuese Demóstenes; y me gustaba ir al parque de Luxemburgo o a Champs de Mars y, preferentemente, a la Île de la Cité ubicada en la punta extrema de la isla de Saint-Louis. Sentado allí, libro en mano, vocalizaba y aprovechaba el verano caliente de esa hermosa ciudad tan contundente. Una botella de vino barato, un medio metro de pan baguette, un “fromage” en cualquiera de sus 330 variedades según constaba en la Guía Michelin. Mientras los bâteaux mouches transportaban por el Sena turistas que alegres saludaban, yo los miraba con un aire de superioridad intelectual absoluta. París te hace sentir más inteligente y quizás es por eso que los parisinos tienen esa justificada fama de pedantes. Así es París de penetrante. No imaginé que algunos años después yo estaría en uno de esos bateaux mouches, saludando a quienes estaban con sus libros sentados en esa punta de la Île de la Cité. Sin duda que cuando se es turista, París deja de ser aquello que describo con tanta admiración y pasión añejada por el tiempo. Para ese entonces estaba matriculado en un Curso de Civilización Francesa dictado en la Sorbona. Cerca de allí fue que tuve la suerte de encontrar a ese señor pequeño y de fiero aspecto con ceñuda figura, que se llamaba Jean-Paul Sartre. Estrecharle la mano fue toda una emoción, aunque creo que nunca aprendió a sonreír por los surcos duros y profundos que le marcaban el rostro como si un rastrillo
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hubiese pasado por ahí dejando huellas. Sentí respeto al estrechar esa mano y a la vez sentí cierta tristeza al ver cómo un intelectual de tanta envergadura no irradiaba satisfacciones ni alegría sino un trasfondo de pesares. Ese episodio que duró treinta segundos me condujo a sumergirme en sus lecturas y corrientes filosóficas del existencialismo y del marxismo humanista que me atrajeron muchísimo. Años más tarde, ya en mi calidad de turista burgués, pasé a visitar sus restos mortales en el cementerio de Montparnasse.

La putita de Saint-Denis
De vez en cuando me gustaba ir al viejo Mercado de Les Halles, y pasar de ida y vuelta lentamente la Rué Saint-Denis, plagada de una diversidad de prostitutas de todos los grosores, edades, bellezas y fealdades. Había una en especial cuyo encanto era peculiar. Una mujer de rostro divino y de atracción sexual irresistible. Pasaba yo con lentitud y timidez. La miraba con vergüenza y sin nada de osadía. Le sonreía, y ella al comienzo no correspondía. Yo no tenía cara ni facha de cliente aunque las ganas las llevaba por dentro. Y se me hizo una rutina, hasta que, pasando, ella me llamó. Yo le respondí que no tenía dinero ese momento. Le pregunté qué cuánto costarían sus favores. Y tanto va el cántaro al agua hasta que al fin pasó lo inevitable y, en francés y a lo francés, pasando por la “petite toilette” inicial que ya de por sí, realizada con sus manos tan expertas, era un premio mayor y una exultante fantasía. Si alguien me pregunta si lo volvería hacer, la respuesta es sí, ante igual situación sin duda y sin pensarlo dos veces. Por supuesto que no me hizo algún descuento al presentar mi carnet estudiantil, tan útil para entrar en los museos. Allí no. Imaginaba que si la traía a Ecuador, por su facha sería considerada como de alta sociedad, y me preguntaba si eso mismo ya estaba sucediendo desde tiempos coloniales. Era una mujer preciosa y pasado el manto del tiempo recreé mi imaginación bajo la ocurrencia de que ella sería el personaje perfecto para yo mismo educar a mi propia Eliza Doolitle, personaje tomado de la obra teatral Pigmalión, de Bernard Shaw, y llevada al cine con el nombre de “My Fair Lady”. Traerla y cultivarla para que sea la creación de un ejemplo de admiración para toda la denominada alta sociedad. Las buenas formas como que limpian o redimen socialmente, porque en lo demás todos estamos propensos a los mismos pecados. Para los ingleses se trata de la
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buena pronunciación la señal suprema de nivel social, y para los latinos la belleza y el vestuario corporal. Han pasado las décadas y aun recuerdo el rostro de esa mujer que me otorgó sus favores sin que yo haya tenido sentimientos de culpa, de esa culpa que arrastraba por causa de una educación demasiado manipuladora con aquello del pecado original del cual no tenemos culpa alguna.

Aquel amor platónico
Para ese entonces y a causa de mi provocada soledad, estaba en mis recuerdos uno de los más importantes amores platónicos que tuve en Quito. Isabel María Ponce andaba por Europa, y se me ocurrió que en algún momento nos íbamos a tropezar súbitamente. A cada vuelta de la esquina me parecía que cada joven paseante era ella. Andaba por París, me lo decía un amigo en una carta. Finalmente pude establecer contacto. Acudí a la cita convenida telefónicamente en la estación del metro Saint-Germaint-des-Prés. Nos encontramos a la hora convenida sin retardo alguno, y quizás por no haber hablado español con nadie durante algunas semanas, quizás por haber cristalizado o idealizado aquel amor platónico, hablé a borbotones porque estaba represado no solo en el lenguaje sino en la parte emocional. En ciudades como París es donde realmente se aprende lo que es la soledad en medio de tanta gente. Reina el egoísmo; y los parisinos, hombres y mujeres, demuestran una total indiferencia y hasta hostilidad para con el prójimo y peor aun si este es extranjero o no habla bien su idioma. Es una hostilidad decorada con soberbia. Los españoles eran conquistadores con los sudamericanos por complejo de inferioridad frente a los que consideraban plenamente europeos, aunque siempre atentos y simpáticos. Los parisinos tienen la necesidad vital de ser antipáticos o pretenciosos a cuenta de la gran ciudad que los acoge. Hablé y hablamos intensamente. Isabel María estaba ahí, delante de mí con su rostro de inocencia y vivacidad llena de pureza. Nos pusimos al día en las cosas sucedidas, nos tomamos de la mano, unos traguitos, y nada más. Ni el más mínimo beso logré provocar en aquellas circunstancias ideales, pues París en teoría era el escenario perfecto para que los amantes pierdan la cabeza. Estaba escrito que eso sería un romance platónico y estos suelen estar destinados al fracaso carnal. La cristalización o idealización impiden aquello de dejar secretos
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impregnados en la sábana donde hacemos flotar los pensamientos para sumergirnos en esos sueños relajados que vienen luego de alcanzar la plenitud y el éxtasis del amor total, cuando el sudor y el semen conforman un penetrante perfume que se impregna a manera de cóctel muy personal en la memoria emocional de cada uno. Nos volvimos a ver varias veces en distintas circunstancias, siempre románticas y platónicas. La última, y para siempre, fue cuando yo me marché para Beirut y ella para Londres. Estuvimos en el aeropuerto y nunca más el destino nos dio la oportunidad de estrecharnos siquiera la mano. Nuestras maletas tomaron bandas transportadoras separadas y en direcciones diferentes. Mi putita de Saint-Denis fue finalmente algo tan simple como pragmático, al contrario de ese complicado campo de la idealización, en el que todo se cristaliza e inmoviliza como estatua de sal eternamente mirando hacia las nubes rosadas que uno mismo fabrica dentro de su propia fantasía. Veintisiete años después, en mayo de 1994, recibí sorpresivamente una carta de Isabel María que originó una llamada telefónica por parte mía. Estaba en Quito y luego de charlar una hora por teléfono, le envié una extensa epístola poniéndole al tanto de otros aspectos de mi vida. De esas letras mías extraigo un párrafo… “Aquellos tiempos eran de una pureza que añoro, y debo confesarte que al leer tu inesperada carta he revuelto sensaciones impregnadas de ese París de nuestra juventud que recorrí con una inocencia ya generosamente derrochada. Aquella época, platónica toda, fundamentó posiblemente el pragmatismo que ahora me rodea y que dividió mi vida en dos mitades”… Pasados más años aún, ahora estas dos contrastantes personajes se juntan en el relato de mi vida y los unifico en un solo momento como si estuviésemos reunidos los tres conversando. Mi putita de París, Isabel María y yo, haciendo un solo amor como debió de ser. Me impresiona ver cómo de un momento a otro han resucitado y cobrado vida estas imágenes con tanto nivel de detalle e incluso claridad en sus colores. Me hubiese gustado, ahora lo medito, que las dos personas hubiesen sido una sola y, quizás, otro hubiese sido mi destino. Mis designios iban en otra dirección. ¿Quién era yo para contrariarlos? Finalmente la vida es un simple camino que se debe transitar disfrutando o soportando las cosas buenas y malas que van a presentar durante su
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efímero trayecto.

El mundo gay y el cuscús
Me había prometido alejarme de hablar o de siquiera pensar en español. Había faltado a mi promesa deliberadamente durante aquel ansiado encuentro con Isabel María. La siguiente ocasión se dio casualmente. Me encontré con un mexicano que había conocido en Madrid. Nos topamos por Trocadero y charlamos sobre esto y aquello. Me dijo de una discoteca que le habían recomendado y me aseguró que tan solo era cuestión de cinco francos el valor de la entrada con un trago incluido. Era un sábado y decidí ir. Nos encontramos a las ocho de la noche en determinada dirección cerca del Odeón. Entramos al lugar que lucía extraño, oscuro y raro. Cuando de pronto vi a mi amigo bailando mejilla con mejilla con otro joven, tan alto como él, mientras un tercero se me acercó para invitarme a la pista de baile. Dije algo y acentúe el ¡PA!, que suena más fuerte que el NO en español. Aceleré mi trago, y salí. Cinco francos, a un franco por minuto, me había costado ponerme hablar en español por pura casualidad. Mi amigo se quedó adentro y no supe más de él. Era mi primera experiencia en eso del mundo gay y de sus realidades en esas épocas todavía de vergüenza. No había captado todavía que aquello del orgullo gay terminaría imponiéndose, aunque ya era célebre en el mundo estudiantil la reunión anual en Ámsterdam durante la tercera semana de cada junio. Eran los albores de esa liberación de quienes estaban encarcelados en su propio cuerpo viviendo en un estado de excepción, ante el desprecio y la incomprensión de quienes nos sentíamos ser parte de la regla. Tal como van las cosas, al parecer, los raros resultaremos ser los heterosexuales. Tuve un tercer y último resbalón por hablar español a borbotones y que me saldría costoso. Rafael era un guayaquileño con uno de esos sonoros apellidos que se destacan en el Puerto Principal. Estudiaba en Francia y me tropecé con él cerca de la inefable Torre Eiffel. Muy educado, culto, de finas maneras, con excelente francés y bien vestido frente a la casi raída ropa que yo traía. Total es que hablamos de esto y de lo otro cayendo en el tema de la comida. Me invitó o sugirió ir a comer cuscús en un restaurante más o menos bien plantado. Era un domingo, día en el que los comedores estudiantiles cierran. Un almuerzo estudiantil costaba unos tres o cuatro francos. En mi billetera yo siempre tenía
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unos treinta francos ocultos al reverso. Visualmente solo exhibía los diez primeros francos que son los que en mi presupuesto tenía calculado gastar aquel domingo. Luego, era lo planeado ir al Cinamathèque donde, por 1 franco, pasaban películas antiguas seleccionadas por ese museo del cine que está en pleno Trocadero. El cuscús estuvo delicioso, y para colmo Rafael se animó a repetir la botella de vino. Charlamos y charlamos, hasta que se levantó al baño y nunca regresó. ¡Fue suficiente y no había necesidad de hablar más en español! Con las justas alcancé a pagar la cuenta aunque, como lo ven, nunca estuve dispuesto a olvidar la anécdota. Bastantes años más tarde nos vimos en Guayaquil algunas veces, y ya era él un prestigioso y elegante abogado. En la primera oportunidad le recordé sobre el cuscús y la cuenta. Su memoria flaqueó. La viveza del costeño encopetado que menospreció en aquel entonces el aspecto de un serrano pequeñito que se encontró en su paso por París, vistiendo pantalones y zapatos bastante desgastados, hizo que no se inmutara siquiera. Él no se acordó de nada pero de inmediato se despidió. Yo lo cito porque a la hora de apañar recuerdos, me causa gracia mi bautizo de ingenuo. Rafael falleció hace poco pero le sobrevive esta anécdota.

El Lido
Cuando ya me instalé en Nancy, a tres horas de tren de París, hice algunas cortas aunque frecuentes estancias más en la bella Ciudad Luz. Una de ellas fue para encontrarme con mi tío José Antón Díaz, el Mac Pato de la familia, el hermano menor de mi madre, quien había multiplicado rápidamente su fortuna. Viajaba con su esposa Violeta, su hija María Elena, jovencita y la mayor de los cuatro hermanos, y con la familia de José Barakat acompañado de su inteligente esposa América Isaías, y sus hijas adolescentes Denisse y Priscila. Fue muy fructuoso no solo porque me invitaron al Lido; a la hora de cenar donde correspondía por el precio de la entrada, una botella de champagne para cada dos personas y éramos siete en total. ¡Vaya borrachera que me atranqué porque ellos no tocaron casi sus copas! Comí y bebí desaforadamente con hambre y sed atrasadas. Para colmo, al salir a Champs Élysées, mi famoso tío rico con quien llegaría a trabajar luego 42 años de mi vida, me extendió la mano y me dio un billete flamante de nada más y nada menos que ¡quinientos francos!, lo suficiente para todo un mes en la
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vida de este becario. Borrachito y feliz caminé hacia mi hotel de mala muerte que estaba en una calle escondida por el barrio latino. Total que no lo encontré. El paisaje había cambiado al cerrase todas las puertas de tantas pensiones apretujadas que habían por allí regadas. Yo recordaba el mostrador y el nombre del lugar estaba ubicado detrás del portón ya cerrado. Me fui por Les Halles a ver a los camioneros trabajar en pleno vientre de París por donde ingresaban diariamente todas las provisiones de alimentos que la enorme ciudad se tragaba. No tomé la sopa de cebollas correspondiente porque estaba casi empachado, y me senté a observar a las putitas trabajar. No apareció mi putita personal, tan bella que era y es así como ese billete de quinientos francos no pudo ser fragmentado ni inaugurado. Deambulé en medio de ese paisajismo que ya perdió el sector hasta que salió el sol tibio de un fresca primavera y me abandonó también la borrachera. Ubiqué el hotelito de tercera, dormí y volví a Nancy en el tren de la tarde. Luego de esa época estudiantil volvería a París una y otra vez. En diferentes circunstancias, con otros presupuestos, sin obligaciones académicas. Siempre fue la ciudad a la que más deseaba regresar. Mi padre tenía razón, París es París y será muy difícil que otra ciudad le arrebate esa personalidad y encanto que tiene.

El Centro Europeo Universitario y Nancy
Cuando apliqué el formulario para obtener esta beca y siguiendo al pie de la letra la guía y consejos casi profesionales dados por mí amigo Aníbal Soto, tenía que ponerme en posición de ser aceptado. Yo me presenté como interesado en Ciencias Políticas, cosa no muy lejana a la verdad. En lo que sí mentí abiertamente fue en aquello de afirmar que creía en el proceso de integración de América Latina se vendría a consecuencia de la evolución integracionista que empezaba a surgir en Europa. Estábamos en plena Guerra Fría, dividido el Viejo Continente con un cuchillo ideológico simbolizado por el simbólico y sangriento Muro de Berlín levantado apenas cinco años atrás. Mientras en la América Latina vivíamos un nacionalismo apestoso expresado en desentendimientos fronterizos y un subdesarrollo democrático atroz por la continua intervención militar auspiciada por los Estados Unidos. La Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) estaba recién creada como un organismo intergubernamental, acordado en 1960
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durante el Tratado de Montevideo. Yo no le veía futuro, y sin embargo apliqué mi solicitud de beca para analizar y estudiar los mecanismos y estructura jurídica que se estaban diseñando en Europa para emular sus experiencias en América Latina. Total es que con ese propósito me puse a elaborar las fichas para mi segunda tesis doctoral. Debía presentar un examen de francés allá en Nancy y lo pasé con más facilidad de la esperada. El Centro Europeo Universitario o Colegio de la Europa había sido creado para propiciar un vínculo entre los de universitarios de los países del este y los del oeste de Europa, luego de la nueva conformación continental a consecuencia de la ruptura entre países comunistas dominados militarme por la Unión Soviética mediante el Pacto de Varsovia, y los países liberados por los denominados Aliados encapsulados en la OTAN. Era un tema militar de postguerra fundamentalmente político. Estaban frente a frente dos sistemas económicos opuestos. El occidental estaba basado en un orden democrático, sostenido a su vez sobre las bases de la libertad de expresión, del comercio y del movimiento de personas; era manejado por un poder político que permitía ser alternado mediante un sistema electoral libre y abierto con participación de distintos partidos políticos y con un concepto base que necesariamente incluye una clara distinción entre los tres poderes del estado. Por el otro lado se presentaba un sistema denominado también “democrático” de apellido, pero autoritario, regulado por un solo partido y todos esos otros aditamentos que conforman aquello que caracteriza al comunismo en cuanto al manejo de la riqueza concentrada en manos de un Estado repartidor que vigilaba todos los aspectos de cada ciudadano. Había un fuerte deseo, para mí lejano o quimérico, de unir a los países europeos en uno solo, todo sin fronteras. Otros heroicos pensadores creían que simplemente se estaba gestando una nueva conformación de Europa, como finalmente sucedió tres décadas más tarde cuando la Unión Soviética se deshizo. Ese centro académico estaba dirigido nada más y nada menos que por François de Menthon25. Militarmente, Europa tenía dos bloques fuertemente armados. Una tercera guerra mundial en el siglo 20 seguía siendo una posibilidad significativamente probable. Era el ambiente tenso de esa época. Bombas
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atómicas se diseminaban por todo lado. Tanques de guerra soviéticos se fabricaban como si fuesen tractores. Ya no había posibilidades de emular líneas Maginot u otro tipo de obstáculos para evitar invasiones y conquistas de territorios europeos por parte de un ejército soviético artillado hasta los dientes. Nancy es una fría ciudad, donde lo más bello arquitectónicamente es la Place Stanislas y su catedral construida en el siglo 18. Fundada la ciudad el año 1050 como un ducado, pasó a ser anexada por Prusia e invadida por los alemanes. Está ubicada en la región de la Alsacia, cuya capital y hermosura se la roban Estrasburgo y Colmar, respectivamente. Con fuerte influencia germanas por sus continuas anexiones, terminó siendo una ciudad y región orgullosamente francesas. Para los que saben de fútbol, en Nancy se consagró como profesional Michel Platini donde jugó desde 1972 hasta 1979, 181 partidos y convirtió 98 goles, una media impresionante. Para los que saben de teatro, en Nancy se organizan destacados festivales de teatro universitario a nivel mundial, de los cuales viví el correspondiente a ese año de 1967. Dentro de ese ambiente, conocí a un esforzado estudiante ecuatoriano, Eduardo Almeida, sumergido que estaba en esa actividad artística. No supe de ningún otro compatriota que viviera en Nancy. También tuve la oportunidad de conocer a Jack Lang, quien dirigía el Festival. Llegó a ser ministro de la Cultura y Educación en tiempos de François Mitterrand. Simpático y carismático es como lo recuerdo; nos volvimos a ver en Manizales, en 1968, a propósito de Primer Festival de Teatro Latinoamericano celebrado en esa ciudad. Para los que saben de vinos, esa fría región francesa es parte de una ruta obligatoria. Los vinos de Alsacia tienen una fuerte influencia

25 Nacido en 1900, y por tanto exactamente de la edad de mi padre. Este brillante jurista trabajó en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Fue prisionero de guerra y herido en combate. En 1943 se adhirió al general De Gaulle en Londres, luego en Argelia donde fue nombrado Comisario de Justicia en el seno del Comité de Liberación Nacional de Argelia. Condecorado con la Cruz. Fue nombrado Ministro de Justicia por el general De Gaulle durante el Gobierno Provisional de la República francesa, y se encargó de la depuración moderada de los funcionarios que habían colaborado con el mariscal Pétain. Posteriormente fue nombrado Procurador por la Francia en el juicio de Núremberg. François de Menthon fue todo un personaje cargado de historia. Fue profesor en la Facultad de Derecho en Nancy, y ejercía el cargo de Director del Centro Europeo Universitario que me otorgó la beca. Murió en 1984. Un personaje que jugó un papel muy importante en el desarrollo de mi vida, literalmente hablando, como posteriormente lo podrán entender.

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germánica de donde provienen los más destacados vinos blancos del mundo. Para mí, Nancy es una ciudad donde pasé sangre, no sudor, sí muchas lágrimas y sufrimientos. Sudor no hubo porque el clima allí suele ser gélido y nublado, así como fueron las circunstancias de salud que me sorprendieron y sometieron. Nancy está ubicado en el centro de Europa. En un radio de cuatro horas en tren se cubren decenas de las principales ciudades de la Europa del Este, además de otras decenas de importantes ciudades occidentales. Un lugar muy apropiado para aglutinar a los estudiantes de esa unificada Europa que se empezaba a diseñar en la imaginación de algunos soñadores. Nadie imaginaba cómo y cuando se irían a volver a modificar nuevamente las fronteras de ese Viejo Continente desangrado y forjado a punta de guerras. La historia no es estática sino perezosamente cíclica y era cuestión solo de tiempo, sin poder predecirse en qué dirección se irían a dar las cosas. Sin duda en el Colegio de Europa muchas jornadas se vivieron para impulsar ese futuro enigmático que en aquellos tiempos no imaginé ver siquiera. Mi alojamiento fue en el Pabellón o Château de Mombois, ubicado en la avenida de la Liberación 138. Un viejo castillo con habitaciones inmensas, con un lavabo de manos incrustado en la pared de donde fluía solo agua fría y un bidé portátil para hacerse la “petite toilette” en las partes más íntimas utilizando un guante de tela. Los servicios higiénicos estaban al final del corredor y las duchas en otro pabellón a unos seis minutos de caminar atravesando un hermoso bosque en medio del cual se trazaba una calzada natural revestida de hojas otoñales y luego, en invierno, por la nieve que terminaba convertida en lodo. Lindo paisajismo, no apto para entremeter las botas y caminar hacia las duchas con agua caliente. La ducha dejó de ser un ritual y pasó a constituirse en una expedición desafiando vientos y frío, a la ida con más deseo que al regreso. Me dije para mis adentros aquello de que “donde fueres has lo que vieres”. Bastaba con el guante y que el que lo quiera que se lo chante. Yo me lo chanté y me acostumbré a la esponjita al menos cuando arreciaba el viento, la lluvia y la temperatura invernal que es muy prolongada. Esto del relativo desaseo tenía sus ventajas, pues a la hora de intimar con la pareja la paridad de condiciones higiénicas no frustraba aquellos momentos que inevitablemente se darían en forma algunas veces sorpresiva.
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Había un rústico, ruidoso y potente calefactor delante de la ventana. Detrás de ella un paisaje exquisito por la blancura de la nieve que contrastaba con esos árboles sin hojas que esperaban renacer luego del invierno. Afuera, guindando en la ventana, ponía el queso o la mantequilla que traíamos robada del comedor a fin de mantenerlos como en un congelador natural. Funcionaba, salvo cuando los pájaros los picoteaban, lo cual no me molestaba sino que, al contrario, me divertía y alegraba. El comedor universitario estaba lejos de allí. Se debía caminar unos veinte minutos. Había dos opciones de fila: carne, y de caballo la mayor parte de las veces, o pescado. Las guarniciones eran abundantes: arvejas, papas, legumbres, aunque no arroz que para mí era tan importante. También había la opción de alguna sopa espesa reconfortante dado el frío invernal. El pan, mantequilla y queso me lo guardaba en el bolsillo para desayunar al día siguiente en mi habitación y para compartirlo con aquellos pajaritos que se acostumbraron a picotear la ventana para reclamarme o agradecerme sus raciones diarias. Fui de los primeros en llegar a la designada residencia, aquel lunes 10 de octubre. En esa circunstancia e incursionando el viejo palacete y luego de dejar instalado mi equipaje, conocí a Paola Zumbo, despistada ella que andaba igual que yo en ese inmenso y antiguo castillo donde nos íbamos a alojar unas cuarenta personas. Paola, italiana era, fue y lo será por el orgullo que tiene de serlo. Nació y aun vive en Lucca, es decir en la Toscana. Era y es una exuberantemente conversadora y entablamos una fácil relación de amistad destinada a durar toda la vida, aunque con una intermitencia notable hasta que nos pudimos reencontrar décadas después de haber perdido el contacto. Ha sido y es otro personaje importante en mi vida, y pronto llegaré a detallar las razones y motivos. Poco a poco la residencia se fue llenando. Ionne Corsi, Karel Van Miert, Hermaan V Steun, Basile D. Marois, Gilbert var de Louw, Iván Andrassy, Vladimir Domazert, Ida Lampe, Gabriel Aguilar, Mariolina Pavani, Barbro Lusdstedt, Roel G. Smith, Petr Poledme, Asuntina Augurio, Milan Mitie y tantos más. Vaya nombres que ordenar en la cabeza, además de descubrir las verdaderas inclinaciones políticas de cada uno de los que vivían detrás de la cortina de hierro. Se percibía una enorme cautela,
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se evitaba hablar de ciertos temas, se medían las palabras y reinaba un ambiente de absoluta desconfianza. Todos ellos se sentían espiados o infiltrados. La Cortina de Hierro tácitamente se instaló entre los becarios que provenían de la Europa del Este que eran mayoría. El miedo destartala a una sociedad y la priva de su espontaneidad y de su libre facultad creadora de ideas u opiniones. Nadie sabía quién era informante o doctrinariamente disidente. Nuestra tarea, la de los occidentales, era detectarlos para así manejarnos mejor en nuestras conversaciones personales sea con los unos o sea con los otros. El único que hablaba español era Gabriel Aguilar, de Madrid, quien no supo que yo hablaba su mismo idioma, sino el último día cuando, de pronto, al despedirnos le hice escuchar la melodía del idioma castellano hablado con total fluidez. Gabriel siempre fue muy duro en el manejo del francés y, por efecto de la soledad que suele sentirse en medio tan extraño, rodeado de amigos con los que no se puede fácilmente conversar, tenía eternas ansias de hablar y hablar, y yo andaba huyendo de aquello. El grupo académico nunca se compactó, a excepción de quienes vivíamos dentro del Château. Nos unimos por ley natural y por buscar diversión. Organizamos fiestas y romances desorganizados improvisados. Los polacos se pasaban frente a frente con los checoslovacos rodeando el tablero de ajedrez, y así aprendí algo de aquel arte de estrategias a fuerza de mirar. Fue una experiencia muy interesante aquella de vivir dentro de una mixtura de circunstancias, culturas, y personalidades. ¡Qué pequeño era mi mundo quiteño, y ya lo alcanzaba recién a comprender! ¡Cómo cambiarían las cosas con eso de la globalización inevitable que, en consecuencia del desarrollo tecnológico, se impondría inevitablemente tres décadas más tarde!

Un golpe de salud y un milagro de verdad
Antes de iniciar el crudo frío invernal, característico de Nancy, decidí atender mi salud. Mi cuerpo me resultaba un extraño dentro de mí. Era un constante peso en mi vientre. Algo estaba sucediendo y ya no lo podía negar ni postergar. Así llegué donde el doctor Martin, un gastroenterólogo que me lo recomendaron en la misma universidad. Yo gozaba de un seguro de salud incorporado a la beca y decidí, por tanto, afrontar ese tema que tanto me estaba complicando de forma reiterada, aunque ya casi me había habituado a que sea así de molestoso
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y crónico. ¡Apéndice!, me dijo de un tirón. La operación se la programó para dos días después. Era un hospital cuyo nombre prefiero no hacer el esfuerzo de siquiera recordar. Muy antigua construcción, así como gris y lúgubre y lleno de monjitas que hacían de enfermeras. Mi dormitorio era compartido con otros quince pacientes. Dos filas de ocho camas cada una puestas frente a frente, bastante separadas entre sí pero sin ninguna intimidad visual para nadie. No había ni cortinas intermedias como para mantener el mínimo recato. Paola me acompañó y recibió instrucciones muy precisas en cuanto a mi principal preocupación que consistía en despachar una carta semanal para mis padres, cartas ya preparadas precavidamente llenas de comentarios y trivialidades sin ninguna alusión a mi salud. Lo importante era que llegaran semanalmente y con puntualidad, cosa con la cual nunca fallé a mis atribulados padres que tenían puesto en mi sus aprehensiones luego de la muerte de mi hermano Tony. Había que protegerles de cualquier preocupación. Luego de aquel dramático acontecimiento, ellos se resquebrajaron emocionalmente y yo estaba decidido a no ser causa de más zozobra. Además no los quería presentes allí, ni que me cortaran la aventura que había emprendido con tanta ilusión. Tampoco la familia tenía recursos económicos como para asumir un viaje repentino y para mí innecesario. La salud es un tema entre el médico, Dios y uno. Cuando me casé, bastantes años más tarde, mi esposa se entrometió en el medio. Me llamó la atención de que todos los otros quince pacientes fueran ancianos. Mucho después me enteré que el cirujano cuyo nombre tampoco quise ni puedo recordar, alto flemático y con cara de malas pulgas, era un urólogo especializado en próstata. Resumen: quince ancianos operados de la próstata, y un joven sudamericano depositados en una sala llena de sondas. Para defecar había una silla ambulante con una cortina incorporada que cubría de la cintura para abajo ocultando así los residuos recogidos en aquel bacín portátil. Hacer esa necesidad en público corporal no era nada agradable, lo cual finalmente no era sino un problema sin real importancia frente a lo que me esperaba. La cicatriz resultó más grande de la que yo imaginaba para una operación de apéndice, y estaba sellada con unas gruesas y toscas
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grapas de metal. Así me la pasé más o menos bien hasta que cuatro días después la herida se abrió por la fuerza de una protuberancia que desgarró la piel con el metal que luchaba por mantenerla cerrada. Volví al quirófano y me volvieron a grapar. A la semana me hallaba atrapado y envuelto en mangueras de sueros, fiebre y con nula alimentación por la boca. Me recordé de Alfonso de la Garza, fallecido exactamente un año atrás allá en Madrid. Me acordé de que cuando su hermana le preguntó si acaso no estaba feliz porque pronto vería a Dios, y Alfonso respondió: ¡Sí, pero todavía no!... Y yo lo repetía y Alfonso seguramente comprendía. No quería morir todavía porque mis desafíos terrenales recién estaban comenzando y gozaban de plena vigencia. Mi cama estaba ubicada en un rincón del extremo. Al centro de la pared opuesta y diagonalmente frente a mi vista colgaba una imagen de la Virgen María. De esas imágenes que permiten que desde cualquier parte que mires, ella mantiene centrada su mirada. El hospital era atendido por unas monjitas esmeradas y muy estoicas a la hora de lavar a mano y limpiar las partes íntimas. El cirujano pasaba una vez al día y yo le sentía algo preocupado porque la feroz herida no cicatrizaba por más que la volvieron a coser o remendar dos veces. La segunda semana comenzó a ponerse atroz de aspecto por la protuberancia que crecía. Una fiebre inaudita, unos dolores abdominales que me hacían clamar piedad a los cielos. Paola comenzó a preocuparse; la escuché discutir con el cirujano en el corredor, dado que ella muy vehemente al hablar alzaba voz como buena italiana que se preciaba de serlo. Cuando llegó al pie de mi cama lucía irritada y contrariada al verme envuelto en aullidos de dolor. La morfina ya no me hacía los efectos necesarios. Deliraba en fiebre. Sudaba pus y olía a pus. Yo era pus. En una mañana muy temprano entró un sacerdote con su ornamentación completa y sin preguntarme nada me dio la extrema unción rodeado de dos monjitas, una de las cuales llevaba los santos oleos. Así fue como entendí realmente lo que estaba sucediendo luego de esa noche en que nadie pudo dormir a causa de mis estertores. Recibí la comunión y miré al cuadro de Virgen María sintiendo esta vez que me clavaba sus ojos de manera muy personalizada. De pronto sentí algo prodigioso. La imagen se iba iluminando y tomaba una fuerza gravitacional propia. Como que se desprendía de la pared. No sé cuánto
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duró ese fenómeno, si diez segundos, diez minutos o muchos más hasta que todo se interrumpió bruscamente cuando unos sonoros gritos se escuchaban en el corredor. Era Paola nuevamente; había ido a ver a François Menthon, el respetado director, quien venía acompañado de su médico personal. Ella, exaltada y con sus brazos agitados reclamaba que se trataba de un simple apéndice y que cada vez yo estaba peor y de esto ya tres largas semanas. Paola, a su vez, vino acompañada de Ione Corsi y de Hermaan Steun, los refuerzos estudiantiles con los que fue a denunciar mi caso donde François de Menthon. De ahí las cosas se desenvolvieron con mucha rapidez ya sea por mi estado de inconsciencia o realmente porque se movieron con gran velocidad. De pronto estaba en una ambulancia y Hermaan, un alemán alto, flaco y buena gente, estaba sentado al lado de mí humedeciéndome los labios con un algodón. Sonaba la sirena. Nada más puedo recordar. Desperté dos o tres días después. No lo sé. Al lado mío vi a un hombre canoso sentado en una silla y reclinado hacia mí, tomándome de la mano, mientras con la otra rezaba un rosario de esos que dan la vuelta en el dedo, igual al que mi esposa practica cuando viaja en un avión y éste golpetea en el aire. Era François de Menthon. Durante la guerra había perdido uno de sus hijos de mi edad al que hallaba parecido a mí según me lo dijo mucho después. El cuarto de la habitación era todo blanco e impecable. Una enorme ventana estaba junto a mi cama y un manto de nieve me hacía sentir flotando en una nube. Todo era luminosidad frente a lo lúgubre que fue la habitación compartida con aquellos ancianos prostáticos y que no tenía ventanas. Camino al cielo, pensaba. Ese señor que me tomaba la mano seguramente era San Pedro. Era un cuarto privado en una clínica particular. Una enorme punzada sentía al lado derecho a la altura del pecho. Me habían extraído un pedazo de una costilla para, desde ahí, drenar un litro completo de pus. Se trataba de un enorme absceso subfrénico que había causado un derrame pleural. ¡La asepsia, Monsieur, la asepsia! El cirujano había diagnosticado “maladie tropical”, ya que yo venía del África central, es decir de la entonces llamada Guinea Ecuatorial. El Ecuador nuestro, para ellos, no existía sino en su sentido gramatical como línea imaginaria que delimita la mitad de una esfera. Una bomba succionaba lentamente el pus acumulado y me sentía
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ya mucho mejor al terminar de tomar conciencia, cuando me permití preguntar a mi San Pedro dónde estaban Paola o mis otros amigos. Era un fin de semana y se había organizado una excursión hacia Colmar. Luego todo fueron festejos y Paola se sentía pletórica de haber luchado por alguien a quien había conocido apenas pocas semanas atrás. Yo era consciente de que ella me había salvado la vida. También sabía que había presenciado un milagro que sin duda provino de mi madre en recompensa a su forma silenciosa y permanente de rezar. Me recuperaba lentamente, pues el proceso tomaría algún tiempo más. Antibióticos, recuperación de peso, había bajado a simples y escuálidas noventa libras, y además debía estar vigilado médicamente para detectar posibles nuevas infecciones ya que mi sistema de defensas estaba aniquilado por tantos antibióticos recibidos. Y así me sorprendió la Navidad. Solo pero tranquilo. En esas circunstancias leía en francés “La Dama de las Camelias”, que me había traído una enfermera. Margarita Gautier me hizo llorar como han llorado tantas personas al leer la obra de Alejandro Dumas hijo. No era mi alta sensibilidad, sino que la obra es bella y triste no solamente por la historia que cuenta, sino por la delicadeza literaria como es tratada. Eso de morir joven nunca alcanzaré a comprenderlo, así como tampoco entiendo cómo hay escritores que alcanzan esos niveles supremos de sensibilidad y arte de expresarla. Un año atrás había pasado la Navidad con mis amigas norteamericanas abrazando y abrazado por las inmensas columnas de la Plaza de San Pedro, allá en Italia, junto a Francis Petrus y los demás compañeros de viaje. Vino, abrazos y efímeros romances. Ahora estaba solo. Una enfermera guapa me trajo un vasito de vino. Sí quiero ir a Dios, ¡pero todavía no!, había dicho Alfonso de la Garza un año atrás. Yo ahora me decía: ¡Gracias, Dios mío, por darme más tiempo para absorber este vasito de vino adicional! Sin duda fue la Navidad más sorprendente e íntima que yo haya vivido. Nunca he dudado ni he querido hacerlo de que viví un milagro a través de esa imagen de la Virgen. Por más morfina que tuviese encima, esa es mi íntima convicción. Los hechos se sucedieron tal como los he
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narrado y prefiero recordarlo así. ¡Que existen milagros, es verdad, y que los agnósticos se las arreglen como quieran! Por mi parte creo que es mejor vivir con el convencimiento de que existe un Dios para disfrutar mejor durante esta vida terrena, y ya veremos después. Si he vivido equivocado más es lo que he ganado que lo que he perdido en cuanto a calidad de vida y de esperanzas; y si no es así, los agnósticos sabrán muy tarde lo que debieron haber sabido más temprano.

Sainte-Maxime sur Mer
Mejoré rápidamente. Lo supe un día cualquiera cuando las pantorrillas y muslos bien conformados de la enfermera despertaron mi virilidad de su prolongada siesta. Ella subida en un banquito, acomodaba las sábanas en la parte superior del closet. ¡Estoy curado! Exclamé de pronto y ella me miró y observó de buen agrado y humor aquel bulto que, como Lázaro, resucitaba y forzaba sus mortajas. La graciosa enfermera se subió un poco más la falda y me dijo, ¡siga mejorando! Ese día me di de alta, aunque por el problema pleural necesitaba estar en un lugar menos gélido y al cuidado de algún tipo de supervisión médica cotidiana. Me sobrevenían unos cólicos tremendos debajo del pulmón derecho por donde habían obturado mi costilla. Eran a modo de contracciones que me inmovilizaban y solo se calmaban luego de una inyección antiespasmódica por vía intravenosa. Todavía había temor respecto a posibles nuevas infecciones. Esos cólicos me venían tres o cuatro veces por día y duraban unos diez o quince minutos durante los cuales lo que más me aliviaba era la posición fetal hasta que hiciese efecto la medicación, si acaso la tuviese a la mano y lograba que alguien me la ponga. Fue la decisión de François de Menthon aquello de conseguirme una estancia por algunas semanas en Saint-Máxime, en plena Costa Azul, al frente de Saint-Tropez. Era una casa de reposo y de convalecientes de la Mutuelle Nationale des Estudiants de France perteneciente a la Fundación Jacques Leten. Eran las siete de la noche de una noche gélida y oscura como debe ser un tres de enero allí en Nancy. Paola y los demás estaban en sus respectivos hogares debido a las fiestas de fin de año. Ionne Corsi, no. Ella decidió quedarse y se designó voluntaria para acompañarme
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hasta Saint-Máxime. Fuimos a la estación del tren desafiando un viento punzante que terminaba congelando todo lo que se pusiese por adelante. Era la primera vez que salía a la intemperie desde aquel 30 de octubre cuando ingresé a operarme de lo que según el diagnóstico fue simple apendicitis. Tomamos una cama litera. Mi almohada estaba situada de tal manera que me permitía mirar hacia la ventanilla, aunque la cortina la mantuve cerrada, pues no había más que oscuridad como nugatoria de un paisaje que tampoco interesaba. Estaba intranquilo y muy curioso por saber qué era lo que se venía por delante. Aturdido por el movimiento repetitivo del tren sentí que descansaba inquietamente al ritmo de su constante balanceo. Era una especie de dulce letargo. Cuando avisaron por los parlantes que llegábamos a Marsella, levanté la cortina y vi un paisaje que jamás, jamás, olvidaré. Un azul esplendoroso en el cielo, árboles y vegetación estruendosamente verdes, alegres, desafiaban el mantel blanco conformado por una inusual nevada invernal. Más adelante, a ese paisaje se le juntó el mar. Mi alma y mi cuerpo se regocijaron con mucha fuerza; me di cuenta de que aquellos sombríos y grises parajes dentro de los cuales en medio del dolor y la incertidumbre había pasado una ruda experiencia, habían quedado atrás. Recé un Avemaría y, embobado o hipnotizado, seguí mirando ese inolvidable panorama hasta que anunciaron la parada en Sainte-Maxime. Me había olvidado que existía un color denominado azul y que se imponía en el cielo y en el mar hasta juntarse ópticamente a lo lejos. Me había olvidado del verde que siempre significa alegría y esperanza. En un taxi llegamos hasta el pie de la residencia estudiantil. Ionne, fuerte y determinante como siempre lo ha sido, cargaba mi ligera maleta mientras subíamos muy despacio las largas y tenues escaleras que nos llevaban hacia el portón de ingreso. Atravesar el umbral para descubrir al instante que se trataba de una hermosa casa de reposo, alegre y pintoresca. Todo era luz por los cuatro costados. Era una hermosa y amplia residencia al más puro estilo mediterráneo, ubicada al pie del mar en la cima de una colina que se elevaba lo suficiente como para empalagar el paisaje de hermosura. Aparecieron lindas enfermeras vestidas no con el uniforme blanco habitual en hospitales, sino de forma agradable y casual. Jóvenes todas. Dos médicos residentes se ocupaban
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de las consultas y revisiones diarias. Los pacientes éramos estudiantes ávidos de vida, y no viejos sin mayor esperanza en sus expectativas. Se comía bien. Tres comidas al día, más la merienda de las cuatro de tarde cuando brindaban a placer un delicioso té, galletas y abundante mermelada. Se administraban las medicinas controladamente como en cualquier hospital y se realizaban las demás rutinas de control cotidiano que van desde la presión arterial hasta el peso. Una vez recuperado, ellos mismos se ocupaban de dar de alta a sus pacientes. La estancia en mi caso se alargó por cinco semanas, hasta cuando aquellos espasmos se fueron distanciando y perdiendo su frecuencia e intensidad paralizante. Realmente este síntoma me duró bastantes meses hasta que despareció del todo. El 11 de febrero me dieron un permiso escrito para visitar SaintTropez, a tres kilómetros de distancia. Fue una orgía espiritual por el color de sus barcas y casas pintorescas, sumado a la sensación de libertad y no dependencia. Caminar solo con ese aire frío saludando mi rostro me hizo recuperar las ganas de vivir eternamente. Por ahí en algún lugar cercano debía estar la casa de Brigitte Bardot, a la que tanto admiraba por sus formas y maneras voluptuosas. Era invierno, y el pueblo estaba en su hábitat no perturbado por la actividad turística. Los lujosos yates descansaban en espera del ansiado verano. Los lugareños realizaban sus tareas cotidianas, todos con rostros apacibles y movimientos rítmicamente lentos y tranquilos. Ni un bikini, por supuesto. ¡Volveré!, me dije, y así sucedió años más tarde para ver esos monokinis que adornaban el verano en la Riviera. La primera semana no compartí el dormitorio. Luego se incorporó un joven francés llamado Carlos Torres, que no hablaba el español. Era parisino de ascendencia ibérica. Establecimos una buena relación en cuanto a confidencias. Acababa de divorciarse y sentía deseos de volver con su esposa pero ella ya estaba con otro. Y así los días transcurrieron de manera bastante agradable. Buenas lecturas, buena comida y gran paisaje envolviéndolo todo. Y como todo termina en esta vida, me dieron de alta.

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Repensado los planes
En lugar de viajar a Nancy directamente me desvíe a París. Necesitaba hablar con Isabel María quien nunca supo de mi emergencia hospitalaria y habíamos roto abruptamente la comunicación. ¿No entiendo que haces en la Riviera, me preguntaba en una carta que yo no había contestado. Sentía la necesidad de abrirme con quien me unía un vínculo emocional o afectivo y exponerle mis dudas respecto a mi futuro. Había decidido repensar mis planes y para ello tenía necesidad desahogarme primero. Si bien había recuperado algo de peso, el semblante lucía blanquecino verdoso, el pelo largo, porque yo mismo me lo cortaba muy de vez en cuando debido a que la melena era casi obligatoria en aquellas épocas estudiantiles, y muy acentuadas las ojeras, mi facha sin duda resultaba lamentable, peor aún decorada con mi monótono y mal traído atuendo que me chorreaba a causa de la pérdida de peso. Almorzamos en un lindo y romántico lugar, cerca del Odeón. Le narré los acontecimientos y le expliqué mi disyuntiva y mis dudas respecto a continuar en Europa o regresar, aunque no lo quería hacer como un perdedor sino más bien exultado por mi aventura europea. Estaba emocionalmente bastante delicado y vulnerable, por lo que necesitaba hablar y conversar al respecto con alguien tan especial como lo fue ella. Luego de ese larguísimo almuerzo, tenía más tranquilidad para tomar mis decisiones. Es bueno desahogarse de tarde en tarde, preferiblemente con alguien por quien se siente afecto. Isabel María quería continuar su estancia en Europa, se iría, según sus planes, a Suiza. Allá se fue y allá se casó. Yo tenía una alternativa para el verano, que era la de llegar a Beirut y allí consultar con mi primo Maurice Farah, reputado cirujano libanés. Podía alojarme con mi tía Linda Lanata y así regresar a Nancy para retomar la beca que, estaba seguro, François de Menthon me podía conceder. Ese era el panorama y resuelta esa cita emocional en París, regresé a Nancy. Abrazos, aplausos, afecto. Un héroe de guerra. Apenas reingresé a mi habitación, lo primero que hice fue ir a levantar un tablón debajo del cual había dejado esa bolsita de tela que contenía mis ahorros. Estaban allí con su respectivo imperdible y las bendiciones que mi madre me
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dio antes de partir. Mi habitación no había estado desocupada del todo, pues una pareja amiga me había pedido permiso de usarla para practicar sus apasionados y ruidosos encuentros amorosos. Todas mis cosas y especialmente mi dinero oculto, estaban completos y en orden.

El desfase académico
Académicamente andaba totalmente desfasado y sin ritmo. La mitad de las conferencias habían ya transcurrido. El curso consistía realmente en una serie de charlas y seminarios diarios dictados por profesores de muchas universidades europeas, especialmente del Este europeo. Profesores de distinta formación política y de nacionalidades muy diversas. De eso se trataba. De elaborar un análisis sobre la evolución que Europa debería diseñar luego de dos enormes guerras mundiales, y de la gran división que existía por la nueva guerra fría que aplastaba a los europeos entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América. Por la diversidad de idiomas que se requería, uno de los grandes problemas era y sigue siéndolo, el de las diferencias lingüísticas y el costo que tiene mantener traducciones simultáneas, documentos en tantas cuantas lenguas distintas. El Centro Europeo cuidaba su presupuesto y utilizaba un mecanismo sencillo. Cada conferencista anticipaba su ponencia y una copia mimeografiada, redactada en francés, se repartía a los alumnos antes de ser expuesta. Así se accedía al contenido de cada conferencia y a la bibliografía recomendada. Esas ponencias mimeografiadas fueron los instrumentos que yo tuve que trabajar durante aquellos tres meses que me quedaban. Así elaboré mis inevitables centenares de fichas y me concentré fieramente para recuperar la información aunque no las vivencias. Ahí estaba el material para elaborar la segunda tesis doctoral. La primera, la de Derecho Administrativo trabajada en Madrid, estaba terminada en cuanto a su estructura y ordenamiento de las fichas correspondientes. Tenía la opción de repetir la beca en Nancy aunque no estaba seguro de querer hacerlo, ya que mi salud daba sus alarmas y me hacía presagiar que algo no había quedado bien del todo. Dejé abierta la puerta y las dudas siguieron flotando. Me interesé más bien en planificar el verano. Mi deseo y plan financiero apuntaban hacia Beirut para, desde allí, determinar mis siguientes movimientos dependiendo de la revisión médica con me haría con mi primo político, Maurice Farah el eminente
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cirujano del cual toda la familia hablaba con admiración y respeto.

Aventurando un poco
Ya la primavera tardía comenzaba a iluminar la triste Nancy y toda la región de la nublada Alsacia y Lorena. Había que conocerla. Los fines de semana nos deslizamos hacia Colmar, Estrasburgo, Colonia, Metz, Mulhouse, Reims, Bale. Y hablo en plural porque para hacer el auto stop había que andar acompañado de mis ángeles de la guarda, que fueron casi siempre Paola y Marolina Pavani. A algunos sitios llegué sólo por haberme confundido. Así fue como conocí inesperadamente Aagchen, que, en mi mapa en francés, marcaba Aix-la-Chapelle26. Vaya confusión que tuve ya que no sabía ni en qué país estaba. ¡Cuánto me faltaba aprender y conocer todavía! Yo me repetía para mis adentros que este viaje debía durar mucho tiempo más si quería cumplir con mis iniciales deseos y sueños. Para eso debía dar la espalda y espantar el miedo y la prudencia. Era entonces que brillaba como una luz aquello de los lances de osadía de los que oí por vez primera en mis tiempos madrileños. Otra excursión interesante se dio uno de aquellos fines de semana primaverales cuando decidimos realizar un crucero corto por el Rhin. Nos embarcamos en Estrasburgo y desembarcaríamos en Colonia. El trayecto es espectacular, especialmente cuando se pasa por ese peñón llamado Loreley cargado de leyendas y que yo miraba absorto ante el imponente volumen de los parlantes de la barca que imponían la fuerza y magnitud que Richard Wagner impregnaba a sus creaciones musicales. Un montaje teatral usando a la naturaleza, la leyenda de la sirena misteriosa y la intensidad de la música del genial compositor. Ya en Colonia, dentro de una casa de cambios, conocí a una peruana, Terry, que tenía la billetera llena. Simpatizamos de inmediato y me invitó a seguir el viaje con ella. Traicioné a mis custodias angelicales italianas, las abandoné y simplemente me fui con la atractiva peruana que, siendo casada, iba a visitar a sus suegros que residían en Alemania. Tenía tres días libres y quería viajar acompañada. Me compró calzoncillos nuevos y los respectivos condones.
26 Aquisgrán en español. Aagchen en alemán y Aix-la-Chapelle en francés. Está localizada cerca de donde se unen las fronteras de Alemania con Bélgica y los Países Bajos, a unos 70 kilómetros de Bonn. Fue la capital del imperio de Carlomagno. Aquisgrán fue la ciudad que coronó a más de 30 reyes alemanes, y de eso quedan claras huellas arquitectónicas.

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Tres días más tarde llegue a Nancy bajo la preocupación de mis ex acompañantes quienes, a partir de ello, me dieron absolutamente de alta en cuanto a mi salud, y abandonaron la voluntad de continuar esos viajes de auto stop en los cuales yo las usaba a ellas y a sus hermosas piernas como carnada para detener a ingenuos conductores. Para otros efectos, esas piernas para mí estaban vedadas por su propio deseo y les pedí que me comprendieran o que finalmente fueran más generosas conmigo. No lo fueron.

La Cortina de Hierro. Praga
“Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero”, había dicho Winston Churchill, perennizando la expresión que realmente no fue creación suya, sino que él acuño ante la historia en uno de sus tantos famosos discursos. La división de Europa era de dos sistemas políticos que llevaron a poner frente a frente a dos ententes militares: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) (1949) y el Pacto de Varsovia (1955). Sobre esta división y la forma de construir una nueva Europa era realmente el tema más difícil de tratar y de analizar en nuestro año académico transcurrido en Nancy. El Muro de Berlín recién tenía cinco años de construido de los veinte y ocho años que iría a durar sin que nadie en ese entonces lo sospechase siquiera. La guerra fría realmente se inició cuando la Unión Soviética hizo explosionar su bomba atómica en 1949, es decir, cuatro años después de que los norteamericanos liquidaran su conflicto con el Japón haciendo estallar las suyas. En esas circunstancias, organizamos un viaje por la entonces Checoslovaquia y con destino final Praga. No fue una excursión turística sino una suerte de viaje guiado con afán de promocionar las bondades del sistema y la belleza de esa Europa central, para nosotros tan enigmática. Partimos en autobús desde Nancy unos 28 estudiantes atraídos por un precio realmente cómodo. Los organizadores eran dos compañeros checos que, sin duda, amaban más a su patria que a la Unión Soviética que la tenía sometida. No era cuestión de tomar un autobús y punto. Precedía todo un trámite. Había que empezar pidiendo autorización al Gobierno checo señalando el punto de entrada, las fechas precisas y esperar el señalamiento de los
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lugares de alojamientos. Las autoridades debían designar el “guía” que debería acompañar a la expedición desde que se traspasaba la frontera. En mi caso concreto, constaba en mi pasaporte ecuatoriano un sello horrible de grande que decía “No válido para visitar Cuba ni los países comunistas”. Para burlar esa estúpida prohibición, había que lograr un visado no sellado en el pasaporte sino en documento aparte a modo de salvoconducto. Si se regresaba a Ecuador y veían que se había visitado un país comunista el pasaporte quedaba retenido y el nombre de aquel desventurado quedaba marcado en la lista negra y me imagino que también por la CIA. En esas circunstancias iniciamos ese viaje inolvidable que he querido narrar dándole la importancia que realmente tuvo en mi corazón, recuerdos y formación. Aparte de la camaradería que se suele remarcar en un largo viaje entre amigos y estudiantes, sentía una gran curiosidad por saber y palpar la verdad sobre las versiones que teníamos los sudamericanos de las bondades o maldades que ocurrían en esas zonas geográficas sometidas al comunismo y conducidas políticamente por la Unión Soviética con mano de hierro. El cruce de la frontera entre Alemania Occidental y la, en ese entonces, Checoslovaquia tuvo una parada de cuatro horas en medio de un brumoso paisaje envuelto de nada más que un enorme bosque espeso que bordeaba los dos lados de la carretera. Ahí, contaminados por ese estúpido compás de espera inexplicable ya que no había nadie más que nosotros intentando cruzar la frontera, unos soldados lo franqueaban con sus uniformes oscuros y gruesos, además de sus miradas hoscas o tristes que yo no podía descifrar del todo. No había tráfico. Éramos solamente nuestro autobús y nuestros pasaportes que, uno a uno, eran revisados lentamente esperando autorización por radio desde algún lugar desconocido. Lo cierto es que ese retardo me permitió incluso hacer pipi frente a grueso árbol de esos tantos que hay en la Bohemia. Sentí que dejaba allí mi marca para siempre. Finalmente penetramos hacia el mundo del Este con una sensación de vigilancia y de suspenso. Los pasaportes quedaron retenidos en ese lugar, a cambio de un salvoconducto con el cual deberíamos recuperarlos al regreso. Solo se podía retornar por el mismo lugar de ingreso fronterizo. La frontera era como un cuchillo que partía en dos la propia existencia.
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El carretero cambió de pronto conforme se alzó la barrera y se volvió estrecho y mal trazado. Los paisajes los sentí tristes, quizás porque el sol había ya comenzado a caer y estábamos cansados. Paramos en un lugar donde podíamos refrescarnos y tomar una cerveza o un insípido café. La cerveza era espectacular. Fue en Pilsen donde pasaríamos la primera noche de las siete que estaban previstas. Praga es una ciudad majestuosa, más allá de mis expectativas. No había tráfico vehicular y solo veíamos unos coches de modelos antiquísimos, parados muy espaciadamente o circulando sin apuros. El río Charles tenía algo tristemente embriagador. Y digo triste porque el paisaje urbano en general era gris no solo por la falta de mantenimiento de sus portentosos edificios, sino por la uniformidad en el vestir de los peatones, casi siempre usando telas verdosas oscuras y gruesas. Ellos caminaban por allí sin mayor entusiasmo. Deambulaban sin prisa. Los de la zona oeste éramos visualmente tan distintos por el color de los vestuarios que, para controlarnos, bastaba echar una mirada desde lejos. Especialmente en los bares estudiantiles que eran los que frecuentamos, descubrimos que las suyas eran gentes ruidosas y alegres con toda una dosificada y pasmada juventud. En las calles parecían aturdidos y era inevitable su incapacidad expresiva aunque se les escapaba un aire de envidia o de frustración al vernos caminar tan despreocupados y con tan variada vestimenta. Lejos estábamos de saber que exactamente un año después, en 1968, los tanques soviéticos harían sonar sus metrallas contra esos mismos estudiantes que expresaban abiertamente el deseo de recobrar su autonomía y libertades perdidas frente a la Unión Soviética. Esta subversión estudiantil se la conoció y se la recordará como la Primavera de Praga. Faltarían aún veinte y cinco años más todavía para que los checos y eslovacos pudiesen ver los frutos de aquella sangrienta primavera cuando se reestructuró nuevamente la geografía política de Europa. Sinceramente que el camino de la historia para ellos ha sido largo, duro y trajinado. Son países históricamente forjados con sangre y sufrimiento. Quienes en aquella época y desde Nancy habían visionado estructurar una nueva geografía europea fueron gente visionaria, tenaz y llenas de coraje.

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Beirut. Una guerra inesperada
Todo sucedió con gran rapidez. El calendario nunca se detiene. Terminó el curso académico organizado por el Colegio de Europa. Era el fin de mi segunda beca y buscaba mi tercera para prolongar mi estancia. Volver a sus casas a cada europeo le costaba lo poco que cuesta tomar un tren de regreso ya que todo está debidamente interconectado. Para mí era otro tema ya que no tenía un destino claro y mi casa estaba en otro continente. De todas maneras y así de pronto, me vi trepado en un tren, mirando desde el estribo las manos agitadas de todos aquellos amigos que me acompañaron a dar la despedida. Estábamos seguros, y eso prevalecía en el ambiente, que difícilmente nos volveríamos a ver. Así sucedió, era previsible y no fueron presentimientos vanos. Era la realidad cruda. El tren empezó lentamente a moverse con parsimonia como para que se notase la humedad que empañaba mis ojos. ¿Regresaría a Nancy? Dios ya lo sabía. Nunca más volví. Yo no tenía idea siquiera de cuál sería mi rumbo. También me despedía de ese trozo de apéndice intestinal que creía haber dejado enterrado en ese paisaje de la Alsacia que, aunque duro, frío y gris, se habían marcado en mis recuerdos por haber impregnado dentro de mí la dureza necesaria como para continuar y afrontar con entereza lo que no sabía tendría por delante. Adiós Place Stalisnas, adiós hermoso Museo de Bellas Artes. Adiós La Place de la Carrière y su Palacio Gubernamental. Adiós al Palacio Ducal y a esa enorme Catedral construida en la Plaza Manzard. Adiós Iglesia de San Sebastián, adiós Château Mombois. Adiós a mis tres amigas francesitas de Nancy, Isabelle Viuhn, Geneviève Didier y Sylvie Keirstead quien pudo haberme retenido allí si yo no fallaba en esos cinco minutos precisos y necesarios de audacia, cuando me invitó a subir a su habitación y yo me inhibí de hacerlo por el bobo pretexto de respetar a su enamorado que, supuestamente, era mi amigo y de cuyo nombre no me acordaré jamás. Tan sutil es el destino que quizás todo pudo ser distinto. De esos rostros nunca me he olvidado gracias a las abundantes fotos que he desenterrado del baúl de los recuerdos. Son fotos de un pasado ya totalmente desconectado de nuestra realidad por los efectos que el tiempo causa en los rostros, en la memoria y en el interior afectivo de cada persona. ¿Quiénes están vivos y quienes muertos? ¿Cuál fue el destino final de cada una de esas amistades con las cuales compartimos momentos intensos? ¡Para qué pensarlo!
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Salí con rumbo a París. Mis planes inmediatos ya no eran tan inciertos pues me había trazado un plan obligado porque no había otra alternativa posible. Antes que nada hice mis cuentas. Había un colchón de dinerito allí en esa “funda imperdible” que me dio mi madre antes de partir. Los ingresos de la beca siempre fueron puntuales y mis egresos disminuyeron por la hospitalización. Es decir mi “fondo de reserva” había aumentado en base de esas circunstancias, de mi austeridad y del sentido de previsión que heredé de mi madre. En base de ello actualicé mis proyecciones. Me alcanzaría plenamente para sobrevivir el verano y luego debería improvisar hasta estar seguro de que la beca sería renovada, que encontraría trabajo o cualquier otra nueva circunstancia. Por el lado académico, no tenía nada más que extraer a Nancy una vez que estaba ordenado todo el material necesario para terminar mi segunda tesis doctoral y presentarla en Ecuador. Lo adecuado resultaba pasar el verano en Beirut con alojamiento y alimentación gratuita rodeado de familiares que nunca había conocido y, una vez consultado el tema de mi salud con aquel médico cirujano y de la propia familia, seguir o no mi aventura en Europa. Era lo cuerdo, lo prudente y, además, la única alternativa inteligente. Líbano siempre estuvo en mis planes y conocer a mis consanguíneos también resultaba más que un pretexto, una obligación. Estuve una semana en París, donde dejé encargados los libros y algunas pertenencias. El 4 de junio me fui al aeropuerto de Orly. Me acompañó Isabel María, y allí nos despedimos para siempre. Ella iría a Londres primero y luego a Suiza en busca de su destino; yo a Beirut en busca del mío. Un pasaje aéreo solo de ida conseguido a precio de estudiante realmente barato para esas tres horas de vuelo. Ochenta francos recuerdo claramente. La vuelta sería por vía terrestre desde Estambul. Tomar el tren y hacer el Expreso de Medio Oriente me resultaba una gran atracción, quizás influenciado porque, cuando se detenía por instantes en la estación de Nancy, yo lo observaba en su largura; arrastraba hasta ochenta vagones, y lo digo porque siempre los contaba uno a uno. Ese aire de atracción y de misterio quizás estaba influenciado por las novelas de Agatha Christie, la prolífera escritora británica de novelas policíacas, algunas de las cuales ambientó en esa ruta que unía París con Estambul y cobraban vida con Hercule Poirot y Miss Marple. Misteriosa también siempre me ha sido esa eterna ruptura que se traza
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entre las civilizaciones de esos dos continentes que, geográficamente, no están separados. Estambul es el punto de ruptura cultural entre Oriente y Occidente que, hasta el momento, pese a la modernidad, no se puede resolver. Estambul resulta ser un punto mágico y neurálgico en el análisis de la historia desde que se llamaba Constantinopla. En el aeropuerto de Beirut me esperaban algunos familiares cuyos nombres tenía anotados. Caras totalmente desconocidas con expresión afectuosa. La comunicación era fluida porque todos hablaban francés, y lo mezclaban con frases en árabe de la misma forma que mi padre solía hacerlo. Eso es común y usual en ellos en razón de sus costumbres, pues los libaneses de habla francesa son orgullos de practicarla y les gusta exhibir su caracterización y diferencia cultural con el mundo musulmán. La Universidad Americana de Beirut era manejada por los anglicanos protestantes, y la Universidad Francesa por los católicos jesuitas. La proporción entre ellos era de cuatro a uno a favor de los vinculados con Roma. En esa proporción se hablaba el inglés o el francés, casi como primera lengua entre los libaneses cristianos. En aquel tiempo, los musulmanes en el Líbano eran un 40 por ciento de la población. El idioma árabe era la conexión lingüística entre los libaneses todos y una prueba de la vinculación del Líbano con los países asiáticos o africanos que hablan mantienen ese lazo común cultural o religioso. Esa noche fuimos a un restaurante donde sacié con ansias mis apetitos guardados y privados de tan deliciosos manjares. Finalmente me ubicaron en casa de mi tía Linda, la hermana menor de mi padre, casada con un ex piloto francés, Luis Lanata, quien se acomodaba muy bien en esa ciudad de Beirut. Mis primos Nicolás y Maroun Kikano Raad no estaban de acuerdo con que me ubicaran allí y creían más adecuado que fuera a la casa de Maurice Farah, el famoso cirujano y esposo de una prima, cuya hija, Claude, sería la adecuada para introducirme en un ambiente de juventud correspondiente a mi circunstancia. Eso se arreglaría después y yo estaba deseoso que así fuese porque mi tía me había cedido el dormitorio principal de su pequeño departamento, lo cual me incomodaba a mí y a ellos también, supongo. Desperté aquella mañana del 5 de junio y desde el balcón contemplé el mar Mediterráneo, mirado desde aquella milenaria ciudad que vio a
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mi padre nacer. Era un paisaje bellísimo, aun más sumado al agregado emocional que tenía guardado genéticamente. Desayunamos sin frugalidad, porque frugalidad en el Líbano es un término que no que existe ni se conoce y, si se lo conoce, no es permitido pronunciarlo y peor practicarlo. Teníamos por delante un gran almuerzo familiar en casa de mi primo Nicolás. Ese almuerzo estuvo cargado de sorpresas. Israel durante aquel mismo amanecer desató un ataque “preventivo” contra la fuerza aérea egipcia destruyéndola en tierra. En pocas horas se aplastó el sueño de Gamal Abdel Nasser, quien logró durante su importante liderato en el mundo árabe construir una potente e importante flota aérea, asesorado y apoyado por la Unión Soviética. La coalición árabe RAU, República Árabe Unida, era una suerte de sueño de Bolívar en esa región tan complicada para ser gobernada sino en base de autoritarismo extremo. Para los efectos de esa guerra, estaba aliados Egipto, Jordania, Irak y Siria, y se sentían preparados militarme para echar a los judíos al mar, usando sus propias expresiones. Egipto había concentrado sus fuerzas en la frontera y bloqueado los estrechos de Tirán que permitían el paso entre el Sinaí y la península Arábiga, lo cual significaba estratégicamente un importante acto de alerta y provocación. La ONU estaba mediando en el asunto con su habitual ineficacia, para lo cual había colocado fuerzas de interposición. Por eso la guerra, si bien era probable, ante los ojos de la prensa no se la esperaba de manera tan inminente. Para ese entonces, Beirut era el centro turístico y bancario del Medio Oriente y nadie imaginaría la cruenta guerra civil que se sucedería pocos años después por el efecto derivado de esa guerra llamada de los seis días. Líbano era una suerte de Suiza gracias a su neutralidad impuesta por los intereses de la banca y de sus inversionistas pues, olvidando las diferencias geográficas, religiosas o políticas, eso convenía al país. Líbano no tenía fuerzas armadas y vivía dentro de un acuerdo entre cristianos, quienes tenían la mayoría y la presidencia de la joven República formada como tal tan solo veinte y tres años atrás. Allí mandaban los intereses comerciales comunes y la banca libanesa recibía a placer dineros de los países árabes para hacerlos confluir con inversiones europeas. Todo era paz, buen vivir y prosperidad mientras hubiese paz entre árabes y judíos. La paz para Líbano era su negocio. Para los palestinos sin tierra ni país, la guerra era el suyo.
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Sobre esos acontecimientos fue de lo que se hablaba durante el almuerzo convocado para presentarme a la familia ya completa. Unos estaban más exaltados que otros, y todos muy convencidos de que el mundo árabe se impondría con facilidad y que eso daría salida al conflicto de la región. Israel era la piedra en el zapato y eso obligaba a alinearse con el mundo árabe del cual Líbano se sentía parte. Yo comía y comía con hambre atrasada y tentado por manjares, y de los asuntos de guerra escuchaba sin entenderlos bien porque pasaban del árabe al francés y al revés una y otra vez. Cuando el tono de voz se levantaba surgía el árabe, y a la hora de razonar hablaban ya en francés aunque poco razonaban. Había ofuscación y sorpresa. Estaban enardecidos más que preocupados. Mientras yo me atragantaba con una enorme porción de “blugiye”, meditaba respecto a la afectación de mis planes turísticos y cómo debería hacer para llegar a Egipto en medio de una sorpresiva guerra. Egipto era un punto obligado dentro de ese históricamente intenso radio geográfico donde me encontraba. Pensaba que esa circunstancia no me significaría un problema llegar a Estambul a finales del verano para regresarme por tierra con destino a París, tal como lo había planeado. Esa noche decretaron el black out. Había que apagar las luces públicas de toda la ciudad, y colocar cortinas en cada ventana o apagar las luces al interior de las casas para dificultar un posible bombardeo israelí. El ambiente se enrareció pues las noticias no estaban claras respecto a lo que realmente estaba sucediendo en el frente de batalla. Lo cierto es que los aviones israelitas cazaban como a moscas los tanques de guerra egipcios, desprotegidos que éstos quedaron de respaldo aéreo luego del ataque sorpresivo desplegado por Israel durante ese mismo amanecer. Habían despedazado la flota aérea egipcia al sorprenderla perfectamente alineada en tierra recargando combustible, mientras sus pilotos desayunaban luego de su usual raid de control que practicaban cada amanecer con una rutina y puntualidad espantosamente ingenua. Destruido en tierra el respaldo aéreo, los tanques soviéticos de los egipcios quedaron a merced de los excelentes pilotos israelitas. Hubo desconcierto total. Jordania respondió atacando las ciudades israelíes de Jerusalén y Netanya. En esas circunstancias, las embajadas de los países occidentales invitaron a sus ciudadanos a abandonar el país. Se armó el caos alrededor del aeropuerto de Beirut, por lo que la
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policía estableció un cerco inmenso a su alrededor, de tal manera que solo podían atravesarlo los pasajeros con pasaporte occidental o los libaneses que habían logrado, por sus influencias, un cupo aéreo. El gran aeropuerto de Beirut estaba sitiado y prácticamente bloqueado. Mi tía Linda entró en terror, nerviosa que era ella. Estaba preocupada de lo que podía sucederme, más aún con el antecedente de que su hermano, es decir mi padre, había perdido a su hijo mayor, apenas algunos pocos años atrás. Tomó la unilateral decisión de sacarme de Beirut. Salí por la mañana del 10 junio a caminar solo por la ciudad a la que ansiosamente deseaba conocer y palpar a mi propio vaivén. La familia es interesante durante los primeros momentos y al cabo de poco tiempo, por su intensidad y esmero que sofoca, se desea estar independiente y andar a propia anchas y con plena libertad. Con mi primo Maurice, el cirujano, no había podido todavía hablar sobre mi problema de salud, en parte por su tremendo ajetreo habitual y porque, además, yo quería hacerlo en forma absolutamente privada para no alarmar a la familia ya que eso repercutiría seguramente en Ecuador. No tenía apuro y era en la casa de este primo cirujano donde estaba destinado a ubicarme finalmente durante el largo verano. A las dos de la tarde regresé a casa y abajo del inmueble me esperaba mi tía Linda, su esposo y ya con mi maleta preparada al pie de la vereda. Ese mismo momento debíamos ir al aeropuerto. Debía salir del país en cualquier avión y con rumbo a cualquier lugar. Me levantaron en peso, no me dejaron hablar y así, de pronto, me depositaron en una de las entradas de ese cerco policial que daba acceso a la zona de ingreso del aeropuerto. Cruzado ese control ya no podía salir. Me subieron a un autobús y no había otra opción que ingresar a la sala de embarque donde centenares de personas gritaban y agitaban billetes en busca de un boleto hacia cualquier lugar. Por treparme a un avión, el contacto establecido para ayudarme me sacó trescientos dólares cuando por el tramo París-Beirut había pagado tan solo ochenta. Supuestamente este billete me llevaría tan solo a Atenas, lo cual en cierta forma me convenía. Las islas griegas eran un buen punto de encuentro vacacional de estudiantes y podría financiarlo para pasar ahí durante el verano que recién se iniciaba. Bastantes horas después viajaba en avión cuyo destino final fue sorpresivamente ¡Roma! A mi lado, una señora con tres
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bebés llorando y todos en pijama. Nunca volví al Líbano. A lo mejor vuelva el próximo año siempre me decía y me lo sigo diciendo. Cada vez que hubo una oportunidad, se anunciaba una y otra guerra. Todos mis meticulosos planes habían sido burlados esa y las siguientes veces también. Actualmente tengo dos primos ya ancianos viviendo en Beirut, otro en la Riviera. Mis tías todas murieron. El tiempo ha pasado, y nunca pasa en vano. Ahora me siento sin ganas ni ilusión de hacerlo. Mañana no sé si cambiaré de idea. A lo mejor vuelva el próximo año, otra vez me lo repito. Era ya la madrugada cuando llegué a Roma y me estacioné en un hotel de cuarto nivel cerca de la estación Termini, que es donde el bus me trasladó desde el aeropuerto. Cansado y desconcertado me acosté sin poder dormir porque el colchón agredía por su vejez y su propio cansancio. A la mañana siguiente temprano salí a buscar un capuccino y en el lugar donde venden los diarios leí estupefacto un enorme titular: ¡LA GUERRA E FINITA! Fue muy coyuntural, porque esa guerra, al parecer, no terminará jamás mientras los palestinos no recuperen un territorio donde puedan establecerse y aceptar a Israel que es como el resultado impuesto por una maquinaria pro-occidental oculta llamada sionismo. Veo casi imposible que estas condiciones se lleguen a dar algún día o en algún momento de la historia que yo alcance a testificarla. Israel había conquistado la Península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este (incluyendo la Ciudad Vieja) y los Altos del Golán. Todo eso en seis días, de los ocho que yo permanecí en Beirut. Eso encarneció el afán de venganza, mientras Israel comenzó a colonizar y a expandirse construyendo en los puntos ocupados. El desquite bélico llegó en 1973 cuando, con gran habilidad, Egipto y Siria descolocaron a los servicios de inteligencia israelitas, cruzaron el canal de Suez el atardecer de día de Yom Kippur27 y recuperaron la Península de Sinaí. Muchas muertes estarían por acaecer en las décadas subsiguientes. Incluso Beirut sufriría grandes estragos físicos por una guerra civil

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Yom Kippur es el día judío más santo y más solemne del año, equivalente al Ramadán de los musulmanes.

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derivada y el Líbano una inestabilidad a causa de que Siria y los palestinos se apoderaron de buena parte de su destino, mas no de su identidad. Había conocido Roma, la ciudad eterna, un año y medio atrás. Fue durante esa linda Navidad, cuando llegamos como jauría desde Madrid ávidos de vino y curiosidad. Era diciembre en aquel entonces y el invierno con su frío nos ofrecía otro paisaje que limitaba demasiado en cuanto a disfrutar de sus fuentes y rincones. Roma es la suma de muchas fontanas y rincones que surgen entre piedras llenas de historia. Esta vez solo, y durante el mes de junio, cuando se dan los días más largos del año y el calor romano hace sentir su peso, había nuevas posibilidades para escudriñarla. Por la prensa me fui enterando poco a poco la realidad de lo sucedido durante aquella guerra tan memorable para Israel y tan denigrante para el mundo árabe en general. De otra parte estaba abocado a tomar una decisión respecto a mi futuro inmediato, y también mediato. Opté por quedarme tres semanas en Roma, luego pasar unos pocos días en París y tres o cuatro semanas en Londres visitando amigos para luego regresar a Quito. Regresaría a mi país, según calculé, con algún dinerito para sostenerme hasta sustentar mi tesis doctoral y conseguir trabajo. Pero como Douglas MacArthur dijo firmemente cuando abandonó las Filipinas, yo me dije a mí mismo y con la misma determinación: ¡Volveré! No había perdido la guerra, solo la batalla circunstancial que había librado. Así fue como me adentré en Roma a conocerla en pedacitos. Tres semanas son bastante caminando. Caminé y caminé. Solía sentarme en las fontanas, sea la de Trevi o de la Piazza Navona, o en los bajos de la Piazza di Spagna en esas gradas que bajan del Trinitá di Monti hasta iniciar la vía Condotti. Eran los lugares donde los cansados turistas y estudiantes acampaban y descalzaban sus pies. Ahí se conocía gente, estudiantes por lo general, y se conversaba, lo cual me hacía bien para mi ánimo estropeado y confundido. Una de esas conversaciones dadas al azar fue con una joven y atractiva argentina, que estaba acompañada de dos amigas en sus mismas circunstancias. Era judía, y cuando le conté mi historia de los seis días en Beirut, ella me dijo algo que nunca olvidaré. Esa es la diferencia, me dijo, entre ustedes y nosotros. Ustedes, los libaneses, apenas se arma el lío, abandonan su país o emigran; en cambio nosotras estamos yendo a Israel precisamente en estos
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momentos de guerra para ayudar. Me sentí herido y la respuesta la fui conformando en tanto pasaron los años y los diversos acontecimientos. Los fenicios emigraron desde siempre por aquello de su vocación al comercio. Igual lo hicieron los judíos por las persecuciones religiosas y por mantenerse genéticamente puros, ya que la calidad de judío se mantiene religiosamente a través del vientre materno. Aquellos emigrantes como mi padre, nunca regresaron, se establecieron y fueron enterrados en los países que los acogieron. Los judíos, en cambio, sea por la razón que fuese, siempre fueron perseguidos cuando ya se establecían y entiendo o supongo que por su falta de cruce sanguíneo e integración con los pueblos donde se asentaban o emigraban, o por la acumulación de bienes más que nada portables, es decir joyas y dinero. Siempre listos para partir Dos mil años emigrando les había habituado a no vincularse con la tierra. Algo así les pasa a los gitanos que son perseguidos porque no fijan sus raíces en un espacio físico alguno. Los israelitas, así como los masones, los papados, los jesuitas, los iluminados, desarrollaron aquello de organizarse como redes de poder oculto para sustentarlo e incrementarlo. Por eso suelen ser expulsados de los países que, de cierta manera, invaden. Y así nace el sionismo, que es la necesidad de reconquistar Jerusalén y volver a establecer un Estado en tierras ya ocupadas durante dos mil años por cristianos y musulmanes. Los judíos estructuraron un plan en base de la emigración de retorno de personas y capitales. Las chicas argentinas tenían que regresar a la tierra prometida, y nosotros solo por reminiscencia. Ellas iban a entrenarse en un Kibutz organizado para ir avanzando en el desplazamiento de los palestinos y para atraer juventudes semitas de todas partes del mundo. En cambio nosotros, hijos de emigrados libaneses, sabíamos que esa era nuestra semilla, pero que las raíces estaban en la tierra donde habíamos nacido. Nunca pude responder adecuadamente a mi amiga, ella realmente no lucharía en las Malvinas, pero sí por Israel aun cuando era de nacionalidad argentina. Este tema es demasiado complejo y eterno como para tratarlo aquí con más extensión de lo que ya lo he hecho. Tampoco es un tema impregnado en mi biografía, porque estoy convencido que nunca sufrí de la enfermedad del racismo ni rechazo hacia los semitas por el simple hecho de serlo. Mi padre, que era cristiano, siempre me repetía
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que se debía desconfiar de los palestinos y que el verdadero enemigo del Líbano no era Israel sino Siria a causa de su fanatismo religioso. Y así terminó sucediendo conforme los palestinos se concentraron en Líbano y destruyeron la estabilidad económica y política que ese país había encontrado desde su misma fundación como República en 1943. La divergencia religiosa apoyada desde Siria en contra de la mayoría cristiana libanesa destruyó aquel Beirut que apenas pude conocer. Beirut, que había llegado a ser la capital financiera de toda la región y vivía en opulencia comercial, se derrumbó con los terribles enfrentamientos armados entre palestinos y judíos (1975-1990) que se desató en el territorio libanés con la intervención de Israel y Siria como reales contendores directos. Sin embargo Beirut fue reconstruida una y otra vez, y ahí sigue orgullosa de sí misma. Así, sentado delante de la bella Fontana di Trevi, me puse una y otra vez a calcular o meditar respecto a los tres nuevos deseos que iba volver a realizar cuando mis monedas salieran, una a una, despedidas de la palma de mi mano y caerían en ese imaginario, soñando con los ojos cerrados y confiando en la suerte. Amo esa fuente porque representa la inocencia de quienes hacemos de las leyendas urbanas un momento de recogimiento ingenuamente abstracto y puro. Nadie juega ni bromea a la hora de pensar en un deseo y aunque sea por un segundo extraemos un sueño confiando en la suerte. También la Fontana di Trevi me fascinaba por aquella película inolvidable que fue La Dulce Vida, filmada en 1960, con Anita Ekberg, símbolo sexual de la época, y Marcelo Mastroianni, el gran actor durante el auge del cine italiano28. En mi primera estancia en Roma, los tres deseos se me cumplieron. Tan es así, que estaba sentado en la misma Fontana sin que siquiera haya sido mi voluntad la de estar allí en esta segunda ocasión forzada por una guerra entre israelitas y árabes. El primer deseo y casi el obligatorio para todos era el de volver. Y volví y volví tantas veces, muchas más de las que imaginaba. El segundo deseo fue aquel relacionado con mi salud que no se cumplió plenamente, aunque debo admitir, mirando ya cuarenta y cuatro años después que, pese a los muchos percances que llegaría a tener, gozo
28 Aunque a decir verdad el mito urbano de las tres monedas llegó a mí con la película norteamericana filmada en 1954 “Three coins in the fountain”, que desde que la vi la mantuve presente como si estuviese predestinada a influenciarme. De hecho esa canción con el mismo nombre y tan bien interpretada por Frank Sinatra, ha sido una de mi preferidas.

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de una mala salud de hierro. El tercer deseo que era encontrar un amor europeo, y si fuese italiano mejor, demoró doce años en cumplirse cuando, en 1979, me casé con Patrizia Puccini, una perfecta y bella romana. Nada de eso lo sabía, y mi estado de incertidumbre sumado al calor me hizo volver a sentarme en la Fontana y finalmente arrojar nuevamente las tres monedas pensando en renovados deseos. Aconsejo, por tanto, a quien pase por allí que lance sus monedas con fe, que las leyendas urbanas por algo han llegado a elevarse a esa categoría encantadora. De hecho, todos los turistas lo hacen porque a todos nos gusta fantasear.

Londres
Unos cortos días en París, y luego me trasladé a Londres por tren y cruzando el Canal de la Mancha de la manera como en ese entonces se hacía, trasbordando y navegando durante seis largas y movidas horas. Me iba a instalar en la capital inglesa por tres semanas para conocer la ciudad y prolongar un poquito más mi estancia europea. Aproveché de viejas amistades que había hecho el Institute Catholique de París. Sally Hiddleston y Shepherd Geoffrey, me seleccionaron un hotelito ubicado en Russel Square, estratégicamente ubicado y muy cerca del Museo Británico que lo recorrí de cabo a rabo una y otra vez. Me di cuenta de que visitar ese museo era una buena y cómoda manera de conocer Egipto y Grecia, dada la cantidad de piezas arqueológicas y pedazos enteros de monumentos egipcios y griegos que los británicos se habían traído durante su larga tarea colonial depredadora. Uno no deja de contemplar esas inmensas piezas y piedras antiguas con gran emoción y respeto. Mis dos buenos guías londinenses se turnaron para hacerme conocer el Londres íntimo, pues del Londres turístico yo mismo me ocuparía. Me llevaron por todos aquellos lugares que no son visibles a los turistas y me llenaban de historia y anécdotas. Recorrí los muelles y el oculto mundo de una ciudad misteriosamente opaca que pocos turistas tienen la oportunidad y el tiempo para visitar. Para ese entonces, la revolución musical se centrifugaba en Inglaterra poniendo en evidencia la rebelión de esa juventud melenuda que comenzó a ser audaz e
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irrespetuosa con los tradicionales hábitos de la anterior generación con la cual rompieron. Los Beatles estaban consagrando una ruptura que fue inexorable e irreversible y se reflejó en el vestir, en la actitud ante la vida y en el menosprecio de lo tradicional. Había que desconfiar de los mayores de treinta años y yo todavía no los tenía por lo que me sentí involucrado. Era una de las frases que más se escuchaba a la par de aquella otra que predicaba que había que hacer el amor y no la guerra, con lo cual yo andaba entusiasmado. Mientras en China, el Libro Rojo de Mao Tse-Thung marcaba esa revolución dogmática, la música, la moda en el vestir y un desafío a lo convencional que caracterizó a lo equivalente de lo que sucedía en Europa y en Norteamérica. Los años sesenta fueron impactantes y es muy difícil explicar a los jóvenes de ahora de qué manera podían remecer a una generación como la mía en aquellos tiempos donde las ondas sociales no tenían instrumentos de comunicación como los que ofrece la modernidad de hoy en día. Solo por querer explicar mejor mi pensamiento de aquel entonces recojo lo que anoté en mi cuaderno respecto a esas ciudades y tiempos. “Londres, a diferencia de París, es una ciudad oculta. Hay que descubrirla, pues maneja sus rincones a la sombra de los pubs, en sótanos detrás de sombríos portones y lugares que, desde afuera, no lucen lo que encierran en su interior. París es exhibicionista de su realidad y exalta o magnifica todo a causa de su orgullo cartesiano. Londres es una ciudad oculta. Bombardeada, maltratada. Vivió realmente los rigores de la gran guerra terminada hace apenas dos décadas. París tuvo que sufrir en su orgullo el ver a las elegantes tropas nazis atravesar triunfantes por debajo de su Arco del Triunfo. Los ingleses salieron incólumes en su orgullo pero con su capital bombardeada gravemente. París salió airosa de la guerra y terminó conquistando a sus invasores que por ello la respetaron y dejaron ilesa. Francia perdió la guerra, París no. Inglaterra ganó la guerra, Londres no. Es un decir desde el punto de vista urbanístico”. “Londres me trasmite rigores y dureza. Recorrer al pie del Támesis de lado a lado, de ribera en ribera, escuchando anécdotas narradas por mis propios guías londinenses, aunque Sally realmente es irlandesa, tuvo un sabor intenso. Gratos recuerdos me deja esta breve estancia, aunque
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estoy advertido de que una cosa era pasear durante un esplendoroso sol de mayo y otra sufrir el londrazo, que es como los latinoamericanos becados llaman a esa soledad y tristeza que hace añorar los tiempos cálidos de esa Sudamérica lejana que bajo los rigores del invierno la deben hacer sentir huraña” …. “qué bonitos parques tan originalmente dispuestos y lo mejor de todo cuando compiten con sus flores esas piernas blanquecinas dispuestas a ser violadas por cualquier rayito de sol que les penetra…”. “Que cortas están las minifaldas y qué apetecibles se ven esos gruesos muslos juveniles. Sí estos parques londinenses son estupendos en su decoración y estilo, esas piernas blanquecinas le dan el toque final ante los ojos de un latino que se aprecie de serlo. Qué envidia tengo de ese césped donde esos cuerpos reposan ávidos de sol, y cuanto deseo tengo de ayudar a ese astro en su tarea de calentar esos muslos y senos deseosos del verano… si yo fuese sol me convertiría a ratos en viento para poder introducirme por esas hendijas que han derrotado a los rayos solares”. Esos son mis recuerdos escritos al calor de la época. Creo que todo y mucho ha cambiado. No solo porque las grandes ciudades se han universalizado y contaminado por masas emigrantes, y los contactos electrónicos han mutilado ese retiro espiritual que antes significaba viajar. Dicen que el clima de Londres, la ciudad gris, se ha mejorado con esto del calentamiento global y, finalmente, ya las distancias se han acortado y masificado. Ya no hay sorpresas. Antes, viajar era morir un poco. Ahora es como tomarse un vaso de agua azucarada. Viajar creo que es una suerte de trámite, traslado de maletas, un cambio de ropaje y de paisaje porque el ser humano está perdiendo la noción de la distancia y ha globalizado su mente y alma. Ha sacrificado su individualidad aunque ha acentuado su egoísmo. Regresé a París, siempre por tren y soñando si acaso algún día se cumpliría ese sueño de la ingeniería de unir a Inglaterra con Francia, para evitar ese largo proceso que significaba transportarse entre las dos inmensas ciudades separadas por el Canal de la Mancha. Sueños, me dije yo, lejos de imaginar que se lo inauguraría 28 años después. El Eurotúnel fue abierto el 6 de mayo de 1994; el trayecto ya sin transbordo dura unos 35 minutos para recorrer sus 50 kilómetros. Cuando yo realicé ese tramo fluvial, era cuestión de unas seis horas. ¿Que las distancias se
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han acortado? Claro. Se han acortado porque velocidad y espacio están íntimamente relacionados y es así que el planeta Tierra realmente se ha encogido a fuerza de extraer petróleo de su vientre y sobre poblarlo. Mis tres últimas semanas en París fueron apacibles, aunque melancólicas. Recorrerla ya conociéndola duplica su belleza. Ya sin mapas sino orientado por los propios recuerdos, los pies se transportan solos. Más se lo mira, más se lo admira. Urbanismo arquitectónico y calles señoriales siembran añoranzas. Los tardíos atardeceres de esos veranos, los pasé sentado nuevamente en la punta mas saliente de la Île de la Cité, apoyando mi espalda sobre un muro de piedra centenaria, botella de vino en mano, un sabroso enorme queso y la correspondiente baguette que iba devorando en pedacitos ya no como aquel estudiante que se alistaba para afrontar su desafío europeo, sino para recordar la intensidad como toda la aventura había sucedido. Era un repliegue ya sin entusiasmo. Hasta hoy siento la intensidad de aquellos momentos que se fueron deslizando con la velocidad que tarda un pestañear de ojos cuando estos están enrojecidos con tanto sentimiento.

Fin de un viaje y de un sueño
Tomé el tren hacia Ámsterdam. No había nadie a despedirme. Puros recuerdos. Era el fin de un viaje con sabor a sueño. Mi facha había cambiado. Pelo largo, ropa desgastada, profundas ojeras y cierto aire de tristeza que se me había impregnado en las líneas de la frente. Brazos más fuertes por mover tanto equipaje y piernas muy fortalecidas por miles de millas caminadas. Por dentro estaba más cambiado todavía. Era otra persona, un adulto de 27 años, con seiscientos dólares en el bolsillo. Pocos becarios regresan con dinero. Fui siempre previsivo y eso lo heredé de mi madre, una vez más lo repito. La bolsita que me prendió al interior del saco con un imperdible grueso con el tiempo se deshizo pero llegó de regreso prácticamente intacta en contenido. Mis ahorros tenían su razón de ser pues regresaba a Quito no por deseo sino por incertidumbre, sin perspectiva de trabajo y con la firme decisión de regresar a Europa apenas me fuese posible. La última noche en Ámsterdam la pasé de bohemia de bar en bar. Caminé por la zona de la Luz Roja a paso lento, entre Raadhuistraat y la Estación Central donde se hallaban esas vitrinas de la prostitución
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y en la que se inspiró Jacques Brel con su mítica canción “Ámsterdam”. Tristeza más que lujuria es lo que sentía. Mi putita de París estaba en los altares de mis recuerdos, y lo que sentí al recorrer esas calles y vitrinas fue pena más que repugnancia. Finalmente subí al avión que me traería de regreso. Me puse la mejor ropa que tenía, y en una funda arrojé a la basura tres de mis cuatro calzoncillos, fieles compañeros de ese trajinar de trajinares. Aterrizado en Quito, en el mismo aeropuerto, me dio un tremendo dolor de cabeza que casi me hizo desmayar. Se me aceleró el pulso a 160 pulsaciones por minuto. Soroche lo llamaban. Estaba lívido y pálido. Físicamente no podía permanecer parado. Definitivamente llegaba una persona distinta a la que partió. En casa habían preparado un almuerzo y fueron todos los amigos y parientes a verme. No era como es ahora que partir o regresar es algo que casi pasa desapercibido. No probé bocado alguno y en menos de una hora me encerré en mi dormitorio. Eran las tres de la tarde, me recosté y los objetos y pensamientos daban las vueltas. No se movían. Eran mis recuerdos en desorden adobados de una suerte de ira y rebeldía. Me parecía que todo había sido un sueño o un simple paréntesis. Fue una sensación extremadamente desagradable. En mi dormitorio todo estaba exactamente acomodado tal como lo había dejado. Mi madre tuvo mucho cuidado en eso. Sin embargo, toda mi estructura interior había cambiado y para siempre. Me esperaba un Quito casi idéntico no tanto por su conformación urbana sino por sus arraigadas costumbres pueblerinas tal como las definía ahora luego de conocer algo del mundo. Eso todavía estaba estático y debería cambiar mucho como para ser tan mundana como lo es actualmente. El cambio notorio estaba dentro de mí. Me sentí como un extraño. Dentro de casa, de los seis que siempre estábamos unidos alrededor de la mesa, Tony había fallecido, mi hermana Maggie ya se había casado. Mi hermano Jean era ya un universitario enamorado de su Medicina y de Mariana, y yo, que sabía que era una simple ave de paso. Sentí que la juventud había terminado. Que mis realidades y prioridades eran otras. Que tenía que plasmar mi propia circunstancia acorde con los cambios que dentro de mí habían ocurrido. No era que no quería a mi familia,
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a mi casa y hogar de siempre. Era una cita con otro destino todavía no descifrado. Aquello de vivir solo y con independencia de mis actos ya no era una novelería sino la necesidad imperiosa de tener mi propio espacio, sin sentimiento de culpa por haber crecido sino porque así es el orden de la vida, una perpetúa cadencia hacia ese vacío final que es la inevitable muerte. Quito está ubicado a 2800 metros de altura respecto al mar. Eso lo supe desde siempre, aunque nunca lo había sentido en carne propia. Me tomó mucho tiempo adecuarme a la altura, me fallaba la digestión y mis intestinos andaban rugientes con más rebeldía que mis neuronas. Sentía un enorme malestar físico y psíquico. Estaba desorientado. No me resultaba fácil restablecer diálogo con mis viejos amigos. Me despertaba las mañanas y me sentía en el vacío, sin guión y extrañando mi nido de soledad a la carta. Era un extraño viviendo en casa de mis padres luego de haber saboreado las experiencias que ese brusco destete que tuve al paladear aquel sabor europeo. Sentí a Quito como una ciudad aletargada, monótona y me arrepentí de haber regresado. Me había faltado aquel “lance de osadía”.

La Tesis de Grado
Con mis dos tesis, o mejor dos ficheros armados, uno en Madrid y otro en Nancy y París, me fui a la Pontificia Universidad Católica para tramitar mi denuncia de la tesis y pedir un profesor asignado quien, teóricamente, debería orientarme durante su desarrollo pese a que estaban los trabajos ya totalmente desarrollados. Faltaba únicamente volcar los ficheros en una máquina de escribir. Finalmente opté por la tesis más complicada no para mí, sino para el profesor asignado, y que titulé “Mecanismo y Estructura de la Unificación Europea”. La otra se hubiese denominado “La ausencia del derecho administrativo en el Ecuador”. Y estuve acertado pues cuarenta y tres años después sigue aún siendo crónica la mala voluntad del Estado frente a las responsabilidades que causan con sus actos administrativos apartados del derecho. Es la influencia o la coima las que siguen imperando en esta materia tan compleja que significa reclamar al Estado por los abusos burocráticos. El director de tesis simplemente se limitaba a hacer el papel de quien está al otro lado de la ventanilla durante un trámite. Ese trámite debía
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tomar obligadamente un mínimo de seis meses. El director asignado debía finalmente elaborar un informe, sin el cual no se daba el siguiente paso que era la designación de un tribunal que estaría compuesto por cinco profesores. El día señalado se procedía a exponer la tesis e impresionar, además, a los invitados para que después aplaudieran por educación o por cariño. Así era cómo uno se recibía simultáneamente como doctor en Jurisprudencia y abogado de la República. En aquellos tiempos no había esos facilismos que da el sistema de las incorporaciones masivas mediante las cuales ya se queda habilitado para ejercer la profesión de abogado sin necesidad de otro requisito. Antes no se podía ser abogado sin doctorarse, lo cual arrojaba como resultado un mejor nivel académico. En Ecuador se perdió la noción de la diferencia que existe entre un tinterillo, un licenciado, un abogado y un jurisconsulto. Actualmente, son economistas, sociólogos burócratas los que redactan las leyes y reglamentos usando sus propios lenguajes mañosos y deliberadamente confusos. Armé la tesis doctoral con absoluta facilidad. Debía hacerlo pausadamente para no asustar ni apabullar al director quien no tenía nociones respecto a un tema tan especializado, ni de las horas mías ya metidas en base de documentación tan abundante y especializada. Lo cierto es que me quedaba mucho tiempo desocupado y no tenía trabajo ni ingresos, razón por la cual comencé a desesperarme. El problema, académicamente hablando, se vino a la hora de las conclusiones, donde yo predecía que la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), no iba a funcionar y que la unificación comercial latinoamericana era un imposible porque, para lograrla, no es que se requiriese de voluntad política solamente, que no la había, sino lograr un armatoste jurídico estable y uniforme en el conjunto de países que deseaban integrarse. Para esa época esto era un imposible ya que las dictaduras militares dominaban el panorama político de América Latina, manipulada por aquello de la Guerra Fría que mantuvo a la región bajo control militar bajo la inspiración y apoyo de los Estado Unidos. Por su parte, los militares nacionalistas alentaban los problemas de fronteras para justificar su existencia. Geopolíticamente, se trataba de impedir que cayera la región bajo el control de la Unión Soviética, la misma que había establecido a Cuba como su cabecera de puente para infiltrar e insuflar el
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comunismo mediante la lucha de clases, y no de un pausado socialismo cultural. Con esta lógica irrefutable, mi opinión era que el ALALC era un saludo a la bandera, y que no estábamos construyendo mecanismos jurídicos para ir en la dirección correcta. No pude convencer a mi director de tesis, ni a él le convenía que yo haga diagnósticos que iban en contracorriente; así que tuve que concluir mi trabajo afirmando que los sueños de Bolívar y de San Martin se irían a fusionar, porque tenemos raíces, lengua y cultura homogéneas gracias a eso de la hispanidad, bla, bla, bla… Toda esa lata escrita en pocas páginas suplementarias las debí agregar para satisfacer la moda. Bueno, me dije, si este pendejo quiere guardar las formas, guardémoslas. Además, la tesis con ese guión abierto al optimismo me podría abrir puertas dentro de la burocracia nacional o internacional, a nombre y cuenta de la especialización internacional obtenida. De hecho, mi grupo de Nancy apuntaba a eso, y muchos lograron incrustarse en la inmensa burocracia instalada en Bruselas que el empeño de la integración demandó y sigue demandando conforme la Unión Europea sigue creciendo e integrando a más países. Bruselas se convirtió en la una ciudad burocrática de gran nivel que alimenta a una élite dorada cuyo costo ha llegado a alcanzar cifras increíblemente amenazadoras para la misma comunidad que debe mantenerla. El tiempo me daría la razón. La tesis resultó extensa con sus 307 páginas a cuestas y debía repartir ocho copias, una a cada profesor y otras tantas copias eran para la biblioteca y archivos de la universidad. El papel carbón no bastaba para más de cinco copias, y por eso debí mimeografiarlas. Eso significaba un trabajo manual pesado y lo sabe unicamente quien haya manejado un mimeógrafo, pero gracias a ello me quedaron para mí algunas copias adicionales que logre preservarlas y desafiar al tiempo. Ya jubilado y viejo no quería que mi tesis doctoral quedara como un montón de papel al servicio de las polillas, y aprovechando mi tiempo jubilar, comprobado que la tinta era borrosa y el papel muy amarillento, decidí digitalizar el trabajo y lo tengo colgado en la red para satisfacer mi ego29.

29 http://henryraad.com/2011/08/16/mecanismos-y-estructura-de-la-unificacion-europea/

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Europa avanzó en su integración mucho más de lo que jamás yo pude predecir y América Latina sigue pataleando en sus vanos intentos de aplicar el sentido común en beneficio de sus pueblos. Actualmente ha entrado en una inesperada crisis debido a que no siguió evolucionando hacia la conformación de un Estado Federal, tal como lo es los EEUU, donde hay coherencia de política fiscal. Tarde o temprano eso tendrá que llegar. Finalmente pude sustentar la tesis seis meses más tarde, que era el tiempo mínimo obligatorio que debía pasar luego de denunciarla. Para ese tiempo yo ya trabajaba en Guayaquil, y me daba el tiempo para cumplir con las visitas obligadas a mi director de tesis, y visitar a mis padres.

Adaptándome a una nueva realidad y un giro inesperado.
Para los efectos prácticos yo estaba consciente de que mis dos especializaciones estaba erradas de país y de época, y que con ellas no podría vivir económicamente. Así que, en cuanto a eso de ganarme la vida, todo estaba por verse. Mi meta secreta era regresar a Europa e instalarme allí y para siempre. Tenía la obligación de culminar de sustentar ese doctorado en Ecuador con la aspiración de documentar mejor mi currículo y así facilitar la obtención de nuevas becas. Mi cabeza seguía forjada de ilusiones. Para ese entonces todavía creía que yo era el dueño de mi propio destino, y no lo contrario. Mientras resolvía estas disyuntivas existenciales y emocionales, buscaba acoplarme a Quito. Para ello decidí gastar de un sopetón mis ahorros comprando de contado una pequeña camioneta Morris. Era de mi cuñado, quien ya le había dado la vuelta al kilometraje algunas cuatro veces. Mi primer auto propio. Viejito pero propio. Eso me dio la movilidad requerida para irme de un lado para el otro en busca de trabajo, pasar por la universidad a cabildear mi tesis doctoral y coquetear con mayor comodidad pues eso de caminar por la Avenida Amazonas no era lo adecuado para enamorar a nadie ni para mi satisfacción personal. La situación económica de mi casa había algo mejorado pues mi padre nunca perdió su habilidad para el comercio y encontraba la forma de generar ingresos.
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Fue una gran suerte para mí toparme con Lourdes “La Polla” Mantilla, un lindo personaje. Sostuvimos un adecuado romance en la medida que ambos sabíamos que se trataba de una situación provisional, ya que yo estaba claro de que mis metas me imponían no hacer compromisos y que tenía otras prioridades y caminos todavía por recorrer y descubrir. Lourdes resultó ser ese tipo de personas descomplicadas, lo suficientemente rebelde como para no vivir aprisionada del qué dirán que asfixiaba a las altas clases capitalinas de aquel entonces. No presionaba, vivía y dejaba vivir con mucha naturalidad. Bonita, buen carácter. Sin duda que podía ser la persona ideal porque estaba destinada a ser una verdadera compañera en las buenas y en las malas, y mucha suerte debe haber tenido quien finalmente se la llevó, un flaco alto cuyo nombre no recuerdo. Comencé a buscar cómo generar algunos ingresos y en esa circunstancia inicié un proyecto. Se trataba de abrir una oficina para asociarme con Aníbal Soto, y hacer tráfico de influencias. Él era un burócrata contumaz, economista y trabajaba en la Junta de Planificación; yo, un abogado sin trabajo instalado en una oficina dando la cara. Aníbal apostaba a mis relaciones con Guayaquil y de eso me di cuenta un poco más adelante. Por lo pronto, la idea era abrir una oficina que tenía influencias en ese importante organismo. La Junta de Planificación nació con muchas pretensiones y fue el embrión de lo que luego se llamó CONAM y que terminó convirtiéndose en la todopoderosa SENPLADES en los tiempos del Socialismo del Siglo 21. Se inspiraba en aquellos principios de la planificación central, de los planes quinquenales y de toda esa famosa infraestructura ideológica que empleó el comunismo en la Unión Soviética durante su época de oro. Una enorme golosina para aplicar un centralismo poderoso que manejara las riendas del país desde cómodos escritorios. Entre los trabajos de ese organismo, el más importante era el relacionado con el desarrollo de la cuenca del Guayas, que demoró algunas décadas en comenzar a concretarse. Aníbal tenía acceso a ese tesoro, impreso en pocos gruesos volúmenes en lo que el proyecto quedaba dibujado y detallado a colores en lindos mapas gigantescos. Allí se veía con claridad cuáles serían las tierras más beneficiadas. Mi trabajo era cabildearlo en Guayaquil, ciudad donde se suponía que yo podía penetrar. En eso
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andaba y necesitaba ochocientos sucres para comprar el escritorio y montar aquella oficina. Me endeudé por primera vez en mi vida practicando aquello del lance de osadía aprendido teóricamente en Madrid gracias a mi amigo Jacinto Faya Viesca. Mi amigo Raúl Molina, el arquitecto aquel que mordía los vasos de cristal cuando su acordeón se desgarraba de amor y bohemia regada con alcohol y poemas, trabajaba en la Mutualista Pichincha. Él tenía el tiempo necesario para compartir conmigo en estas búsquedas de amor interminables, pues era evidente que él estaba necesitado de compañía y que ya, con cierta estabilidad económica, buscaba también resolver aquella necesidad de encontrar pareja estable una vez fallido su primer amor. Tenía un Datsun del año, lindo, que cuidaba como a un tesoro. Y así llegó la Navidad, época en la cual los quiteños gustan ir al mar, especialmente a Salinas ya que el desarrollo de Esmeraldas y Bahía de Caráquez se daría recién dos décadas más tarde. Lourdes, alias “la polla”, mi enamorada, se iba para allá, y yo tenía la posibilidad de prestar la casa a mi abuela Cristina, mientras Raúl aportaba con el transporte en su auto nuevo y flamante. Así y sin otro raciocinio, emprendimos la expedición hacia la playa. Para comer bastarían las latas de sardinas o atún, las galletas Saltinas y el trago nacional. Lejos estuve de saber que ese era el viaje sin retorno que sellaría mi destino. Destino, extraño destino que se parece al viento, siendo nosotros tan solo las hojas que vuelan en caída libre para engalanar las apariencias. Mis intestinos crujían, se inflaban, molestaban. Y como todo lo crónico en la vida, pasó a ser parte de lo cotidiano y lo integré a mi diario acontecer. En la altura de Quito este malestar se agudizó pues la digestión se me volvía dolorosa, flatulenta y lenta. Yo me decía y repetía que si los ciegos, los cojos, los sordos siguen adelante y se adecuan, yo debía adecuarme a ese malestar. Había ido donde un médico de bajos honorarios quien, luego de revisar un examen convencional de sangre, me reafirmó que mi problema era hepático y me mandó las consabidas pastillas para estimular la actividad del hígado. Así que sin consultar con esos intestinos, llegué a Salinas en el auto Datsun de mi amigo Raúl y porque allí estaba Lourdes con su muy alargada familia. Y pasamos unos lindos días por eso del sol, del buen clima y de la
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“Polla”. Como era fin de año, debíamos tomar alcohol, del barato por supuesto, para seguir los cánones establecidos. ¡Una obligación! Había que festejar, ¿qué? Todavía no lo sé y cada fin de año me lo sigo preguntando. Así, de pronto, como cuando se siente inesperadamente un terremoto, el 31 de diciembre mis cólicos se comenzaron acentuar y con gran intensidad a modo de punzada aguda focalizada. Notaba que con un vodka el dolor se menguaba o, al menos, yo le ponía menos conciencia. Ya pasará, me decía. Para el 2 de enero emprendimos el viaje de regreso hacia Quito. Envuelto en retorcijones que me doblaban hacia el suelo, yo no encontraba manera de mitigar las punzadas de ese agudo dolor. Por esa razón decidimos hacer un stop en Guayaquil. Raúl tenía a su hermano, oficial de la Marina, viviendo en esa ciudad, y a mí me sobraba lugares donde llegar. Mi tía Maruja me acogió, y viéndome como me vio, sin consultarme a mí, y en confabulación con mi abuela y todo el clan familiar, trajeron al doctor Alberto Baída, un excelente cirujano de la familia y de toda la extensa colonia libanesa que vivía en Guayaquil. Un hombre inmenso con unas manos y dedos de extraordinaria habilidad pese al tamaño que tenían. Carismático y simplificado. Él mismo hacía los diagnósticos, operaba y curaba. Lo malo era que no siempre se lo ubicaba porque le encantaba ir de cacería y por esta razón desaparecía de la ciudad inesperadamente. ¿Cómo un cirujano puede matar a un animal por simple diversión? Nunca lo entendí, y no por ello dejé de admirar y estimar a este inolvidable personaje que, sin duda, será muy recordado por las tantas personas que tuvieron la suerte de conocerlo. Entró Alberto a la habitación donde yo me revolvía en mi dolor, con su imponente figura cerró bruscamente la puerta del dormitorio y, sin más ni menos, me dijo: “¡Cuéntame la verdad! ¿Esas cicatrices que tienes en tu abdomen, a qué obedecen?”. Yo reiteré que se trataba de la extracción del apéndice en Francia, con una complicación de absceso subfrénico succionado por la mitad de la costilla. Alberto tenía la versión que yo había dado a mi primo Alex cuando le dije que se trataba de un accidente de tránsito que había tenido por allá, mentira que inventé en París cuando me encontré con él y me vio tan delgado y demacrado. El cirujano me dijo de manera cortante: “¡Mañana te opero, tu apéndice todavía la tienes adentro! No comas nada”. Y se despidió con un gesto frustrado porque pese a su carisma no había logrado mi confianza.
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Acto seguido entró un peluquero y me cortó el cabello bajo protesta. Mi abuela recién veía mi nuevo aspecto hippie con el que había regresado de Europa. Ella estaba fastidiada por ese aspecto “francés”, rebelde o melenudo. No lo podía entender. Punto. Nada que patalear. El clan familiar Antón funcionaba así. Intensos, solidarios y controladores. Cuando me desperté de la operación un frasco de formol estaba en medio de la manaza del cirujano. ¡Aquí está tu apéndice, y muy, muy inflamada! “Dos días más y posiblemente ya el diablo te hubiese recogido” Depositó el frasco en la mesita del velador y salió con aire triunfal bajo el aplauso del grupo familiar que me había ido a visitar. Rasqué mi pelada cabeza y me pregunté ¿de qué mierda me habían operaron los franceses? Al menos debieron decirme que mi apéndice no estaba enterrado en Nancy como yo lo suponía. Según me lo explicó Alberto Baída, se trataba de un apéndice doblado hacia la espalda de no fácil acceso. Concluí luego de unos años cuando los diagnósticos se complementaron, que en Francia me abrieron, vieron los intestinos inflamados y no se atrevieron a seguir explorando. Yo no sabía que mi destino estaba tomando un giro inesperado.

La propuesta laboral.
Mi tía Maruja vivía en un tercer piso en la calle Aguirre. Escaleras severas y sin ascensor. Por eso resultó curiosa la llamada telefónica de José Antón Díaz, el tío rico y el menor de los hijos de mi abuelo, quien me pidió que bajara para ir en su Volvo blanco a dar una vuelta y conversar. Eran las nueve de la noche y a mis tías que estaban allí reunidas les extrañó que su hermano no subiera y mucho más que pusiera “en riesgo” mi vida ante escaleras tan empinadas, que tendría que bajar y subir, peor aún si el cirujano no me había extraído los catorce puntos de la herida, y mantenía además un drenaje auxiliar, que tuvo el buen criterio de colocar para que emigrara cualquier foco de infección que podría presentarse. Me vestí y con relativa agilidad bajé ante las extrañas miradas de mi tía Maruja, tan conservadora y controladora que siempre fue respecto a las personas que amaba. José Antón Díaz, con mucha visión y tomándose sus riesgos, había crecido comercial e industrialmente más allá de donde podía abarcar. Su
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único hijo varón todavía era un escolar. El secreto de su negocio estaba en el viajar, pues realmente desde siempre sus negocios e ideas las traía o de Nueva York, Italia y Francia o desde Japón y, posteriormente desde Hong Kong, conforme fue evolucionando el comercio. Necesitaba, me lo explicó, de alguien de confianza para que vigile sus negocios mientras él permanencia ausente. Me contó de su estrés y de algún colapso nervioso que tuvo por cuestiones del trabajo. En fin, me dijo, necesitaba ayuda. Le repliqué que yo no entendía ni aspiraba a convertirme en un empresario, aunque en principio su propuesta me interesaba y podía poner a su orden mis conocimientos jurídicos. Me contó sobre esto y aquello mientras tomaba tiempo para finalmente explicarme que el tema jurídico le tenía sin mayor preocupación y que, en cambio, necesitaba vigilancia y control. Para los temas que hacían relación a las leyes era conveniente conectarse con abogados influyentes y citó a los doctores Raúl Clemente Huerta y Otto Arosemena Gómez, juristas que por solo su nombre apabullaban mis aspiraciones o deseos de mantenerme dentro de esa línea acorde a mi profesión de abogado. Mientras conversaba, nos encaminamos ida por vuelta hasta el Puerto Marítimo. Me explicó que por ahí entraban todas las mercancías y materias primas que daban razón de ser a sus negocios, y que todo aquello que por ahí salía debía convertirse en dinero para, de esta manera, darle velocidad y rotación a su negocio. Eso ya lo sabía y mis sentidos más se centraron en las imágenes, sonidos y olores que emanan de un puerto con su incesante y pintoresca actividad nocturna. Desde los libros se aprende la importancia de los puertos, pero mientras no se percibe ese aroma a sudor y banano mezclado con cacao, mientras no se ve con ojos propios cómo es la dura faena de estibar carga a un ritmo acelerado subiendo o bajando a lomo cada kilogramo de divisas que un país exporta o importa, la palabra puerto no cobra su real significado. No había contenedores en aquella época y se trataba de una tarea manejada a músculo y pulso limpio para subir cada racimo de banano. Palpar el sudor dignificante que de esos estibadores rudos, con fama de mal encarados, emana es una cátedra universitaria completa. Fue la primera vez que visité un puerto en su plena labor nocturna, no como recorrido turístico sino entendiendo una propuesta de trabajo que hacía relación directa con esa faena sin la cual un país no puede sobrevivir por ausencia de comercio. Los estudiantes y los teóricos, como era mi caso,
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no le dábamos la importancia debida si lo leíamos solo en textos. Así percibí que Guayaquil ofrecía oportunidades de trabajo y que había que estar atento a ello. De eso se trataba el imprevisto paseo nocturno, pues se me estaba seduciendo para presentarme una propuesta laboral que cambiaría mí destino. Expliqué que mi tesis doctoral estaba a punto de ser presentada y que solo dependía de un trámite que me obligaría viajar repetidas veces a Quito para reunirme con el profesor que, teóricamente, dirigía el trabajo. También expliqué que debía liquidar una sociedad que estaba realizando al instalar una oficina legal dispuesta a cabildear, para lo cual le pedía un mes para darle una respuesta definitiva y que en principio era un sí. No le dije que si venía a Guayaquil era tan sólo por un tiempo hasta completar ahorros y regresar a Europa a buscar mi identidad y legítimo propio destino. Antes de regresarme a casa de su hermana, me dijo que el sueldo sería de ¡seis mil! sucres mensuales. Para dar una referencia, eso equivaldría en términos de adquisición a lo que ahora significaría unos 3.500 dólares mensuales en el año 2009, es decir 42 años después. Una propuesta decente y más que nada oportuna pues realmente estaba sin un céntimo en el bolsillo, con una deuda de 800 sucres, y sin perspectivas de trabajo inmediato. Había un antecedente por el cual José Antón Díaz se había fijado en mí para hacerme semejante propuesta ya que él siempre fue un hombre observador y seguro. Me había observado en mi tesón y compenetración en las tareas cuando, durante mis vacaciones escolares y colegiales de verano que yo pasaba en Guayaquil, trabajé en varias oportunidades allí como jovencito que era. Sobre ese tema él había caído como prólogo para envolverme en su propuesta. Exaltaba mi capacidad de concentración en el trabajo, mi puntualidad y mi sentido de responsabilidad en las tareas encomendadas. Y mientras José Antón Díaz seguía hablando sobre esto y aquello, mi mente repasaba los distintos trabajos temporales a los que él hacía referencia. En esas épocas de adolescente había trabajado en Pycca junto a Bolívar San Martín, su brazo derecho en el almacén donde se vendían bicicletas
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y materiales eléctricos. En aquel almacén ubicado en Rumichaca y Nueve de Octubre, aprendí además a armar juegos de luces de Navidad, bicicletas y a manejar sus tantas piezas y partes. Posteriormente, y ya en el local de Boyacá y Nueve de Octubre, cuando ese edificio era de madera todavía, trabajé junto a Hiram Pauta, un agrio personaje que se manejaba con aire de capataz en todo lo que hacía, y quien me enseñó a fuerza de sus infaltables gritos y mal genio a estibar carga en perchas luego de marcar sus precios y referencias conforme salían de los cajones que llegaban de las aduanas. Y mientras repasaba en silencio esas escenas, llegamos al pie de la casa, un tanto aturdido y confundido por el inesperado giro que estaban dando las cosas. Primero mi abuelo en 1959, y luego su hijo en 1968 me ofrecían trabajar en Guayaquil. Ya tendido en la cama, hacía un inventario de los pros y contras de la propuesta. Creía que con la extracción del apéndice estaba resuelto el problema de salud, y calculé que máximo en dos años con esos ingresos podría volvería a ser libre para regresar a Europa o alcanzar algún otro propósito de corte académico. Dormí agitado pero con la decisión casi tomada. Una semana después y ya quitados los puntos de la herida, una vez que mi inolvidable cirujano apareció de su inevitable cacería, regresé a Quito. Durante el almuerzo conté a mis padres y hermanos que me iba a vivir a Guayaquil. Arreglé mi deuda adquirida devolviendo escritorio y otros muebles para la fracasada oficina y le conté a Lourdes que me iba. Ella siempre lo supo, y seguimos siendo enamorados hasta aquel 14 de febrero, día de San Valentín. Era un domingo, y Faisal Misle, junto a su flamante esposa Coca Echeverría, mi eterna amiga de siempre, hicieron una fondue en su casa. Los cuatro, la fondue, el vino y el adiós. Ni triste ni contento. Decidido sí y eso me mantenía sereno. Sería mi adiós a Quito ya definitivo. Yo no lo sabía. Otro adiós y sin tener idea de lo trascendente que sería. No sospechaba siquiera que iba a una cita crucial con mi destino, y sin captar todavía en carne propia aquello de que el hombre es su circunstancia, tal como lo definió Ortega y Gasset.

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UN NUEVO ESTILO DE VIDA

Guayaquil, un esquema diferente
Era un lunes 15 de febrero. A Guayaquil la conocí desde siempre en los adorables meses de julio, agosto y septiembre durante los cuales reina un clima tropical y sabroso gracias al viento que acaricia con cierta lujuria. En febrero, marzo o abril jamás de los jamases. El rigor del mal llamado invierno de la Costa ecuatoriana es terrible para quien no está preparado biológica y psicológicamente. La humedad, el calor, las cucarachas, grillos y mosquitos se juntaban para mortificar la vida. Dormir con mosquiteros o toldos cuidando que las partes desnudas y descubiertas no se tropezaren con la barrera que pretendían detenerlos, es toda una aventura. Casi imposible evitar la picadura y las reacciones incómodas que me causaban. Durante el día, el calor me abrazaba de humedad pegándose a las ropas de manera irremediable. Concluí que había que tomar medidas al respecto, las que imponían la lógica y la observación. Ropa absolutamente ligera y de colores claros. Recién entendía la razón de esa costumbre de andar con pantalón, camisas y zapatos blancos e, incluso, terno de lino, para los no cedían todavía en su hábito de exhibirse pulcros y elegantes queriendo demostrar un nivel social más refinado y heredado de tiempos coloniales. A mí el blanco, el terno y la corbata de lazo ni la otra soga amarrada al cuello me atraían. Descubrí así el porqué y la razón de ser de la guayabera caribeña, y la explicación para que las mujeres caminaran con ropas ligeras y moviendo sus caderas con ese donaire que convertía su falda en una atractivo abanico automático que movía el aire entre sus piernas, con un ritmo
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muy sexy y atrayente que hacía brotar fantasías a cualquier hombre con hormonas mínimamente saludables. Adoptada la ropa adecuada, lo siguiente fue instalar un aire acondicionado en mi dormitorio. En aquel entonces el aire acondicionado existía raramente en alguna habitación de alguien que podía pagarse esa costosa novedad. En los autos se andaba con la ventana abierta y brazo colgado hacia afuera exponiendo el reloj al tradicional arranche que, en aquel entonces, practicaban veloces rateros y no como sucedería luego, cuando el que debe correr es el asaltado por miedo al arma amenazante. Ni los almacenes ni cines ni restaurantes ofrecían aquel descanso climático que existe ahora cuando uno se refugia en los centros comerciales, concepto éste que se impondría décadas más tarde. Los ventiladores de tumbado o de pared era lo que de alguna manera prevalecía para refrescarse con el mover pausado o veloz de sus astas. Ventajosamente en mi oficina ya había aire acondicionado central ya que el edificio se acababa de inaugurar y eso es lo que seguiría sucediendo conforme las construcciones de la ciudad se modernizaban con instalaciones eléctricas y ductos o espacios para los equipos correspondientes. Si no hubiese sido por esa modernidad, es muy posible que jamás me hubiese radicado en ninguna ciudad húmeda y calurosa y mi destino, por tanto, hubiese sido diferente. Felizmente había otras compensaciones importantes como aquella que valoré en estas tierras calientes. Las decisiones se toman con rapidez, ya que el dinero cambia de manos con más velocidad. Esa mayor oxigenación que se recibe al vivir a la altura del mar se traduce en una energía que aflora en el hablar, el pensar y en toda la forma de ser. De hecho, andar en mangas de camisa es como estar en traje deportivo dispuesto a la competencia y a la aventura en cualquier lugar y momento. ¡Era sinónimo de libertad! La acomodación no resultó tan sencilla. Inicialmente llegué donde mi tía Maruja. Allí me sentía invisiblemente vigilado e incómodo en razón de las libertades que yo requería. Eso de vivir solo en un departamento de soltero era mal visto por todos, especialmente para el clan familiar. Era como un descaro y una provocación para el pecado más mortal de todos. Así que apenas pude me ubiqué en un departamento esquinero, situado entre la avenida Boyacá y la calle Diez de Agosto. Cuarto piso ascensor, casi parodiando el tango. Dos habitaciones, una chica y una
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grande, un solo baño y los ambientes juntos de sala y comedor. Todo ello estaba abrazado por un balcón no muy ancho aunque absolutamente largo, ya que se estiraba hasta doblarse por la esquina de aquellas dos tradicionales calles guayaquileñas. Un balcón desde donde podía meditar con gran amplitud de visión y pensamiento. Desde ahí se contemplaba el quehacer de los periodistas de diario El Telégrafo que trabajaban en el bello y antiguo edificio situado al frente. Los linotipistas laboraban por la noche y, remangadas sus camisas, se aprestaban hacer el cierre de las noticias envueltos en el humo de sus eternos cigarrillos que colgaban de sus fisuras labiales, pues las manos las tenía ocupadas. Fumaban sin cesar y destilaban bohemia. También se veía a los periodistas en sus desgastadas máquinas de escribir apurando sus entregas, mientras en el linotipo se iba armando las páginas que irían a la vieja rotativa. Plomo y tabaco era un todo, mientras grandes y parsimoniosos ventiladores giraban perezosos empujando al aire hacia afuera por sus siempre abiertos ventanales. Un bello paisaje para mis ojos soñadores que me hacía sentir una atracción irremediable por esa respetable profesión. Muchas veces, especialmente los sábados, esperaba que los voceadores salieran con el periódico todavía calientito, y bajaba a comprarlo. Así terminaba de enterarme de las noticias que llegaban por teletipo. La prensa de ese tiempo todavía tenía fuerza romántica y literaria. Se hacía indispensable leerla con detenimiento para disfrutarlo con el café de la mañana. En la otra esquina y diagonal a mi departamento, estaba el edificio de la Sociedad Unión Libanesa construido con gran esfuerzo por aquellos primeros libaneses emigrantes entre los cuales destacaba mi abuelo como uno de los pioneros de la idea plasmada en cemento para el orgullo de todos esos legendarios personajes. Y finalmente en la otra de las esquinas estaba la Catedral. En su parte posterior se estaba adecuando el Gran Hotel Guayaquil. A la Curia no le importó dar en alquiler su patio trasero pegado al altar mayor, para que funcionara una actividad tan poco compatible. Posiblemente, yo pensaba, detrás del Altar Mayor habría una cama de dos plazas donde alguna pareja practicaba un amor más carnal del que el cura predicaba a cuatro metros de distancia. Desde mi balcón veía a las ocasionales amantes que entraban y salían con cierta discreción, y la noche continuaba melancólica incentivando mis ocurrencias.
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Ese era el paisaje costumbrista de variada actividad diurna y nocturna que acariciaba mi bohemia guayaquileña, ratificada por el buen prestigio que iba adquiriendo mi departamento de soltero, convertido en el centro de reunión de un grupo de amigos con notoria actitud y aptitud para disfrutar de su fogosa juventud. El asunto de las amistades era otro tema un tanto confuso que debía resolver y adaptarme. Mis amigos del ayer estaban solo en los recuerdos. Ya no pertenecían al mundo cotidiano por más afecto que les guardase. Había perdido mi infraestructura social quiteña que me brindara el barrio, la escuela, el colegio y la universidad. La sociedad guayaquileña, al contrario a lo que se podría suponer, resultaba bastante más compleja. Fui descubriendo que si bien era fácil hacerse de “panas” o “ñaños” ya sea por trabajo o por cualquier circunstancia banal, el acceso a su “grupo”, a la hora de participar en fiestas o reuniones como que los grupos sociales, se cerraban en forma de un panal conformando celdas o compartimientos. Era muy normal pertenecer a un club como el de La Unión conceptuando que se trataba de un privilegio dinástico y selectivo. Unión entre ellos, me decía. Los criollos de tres generaciones menospreciaban a los que recién se incorporaban. Un mal denominado “turco” o chino sentía la barrera. No así los españoles recién llegados. Esos matices no lo había sentido tan marcadamente en Quito, y luego de haber andado por una Europa igualitaria, me sorprendió de manera chocante durante mis primeros años de instalado en Guayaquil. El sentido de la prosapia y ese complejo nobiliario de los autodenominados “patricios” guayaquileños, me causaba gracia más que rabia. Eso se reflejaba en la Junta de Beneficencia y en la cúpula de la Cámara de Comercio, instituciones representativas del Guayaquil de ese entonces. Me costaba trabajo entenderlo peor aún cuando constataba que las nuevas generaciones de jóvenes estaban dispuestos a seguir llevando en alto sus equívocos blasones y estandartes. Aparte de esos deseos de ciertos guayaquileños de ser considerados como una suerte de nobleza, resultaban en términos generales ser buenas personas, alegres y amigables, aunque a la hora realmente social muchos vivían felices dentro de una especie de apartheid sofisticado. La conformación de una clase media estaba retardada. Pasados los años, pude sentir en esas insurgentes clases medias el poder emocional de
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la franqueza y la capacidad de trabajo del guayaquileño con el cual me logré identificar plenamente. En estas circunstancias, mis amigos naturales se dieron alrededor de mis primos y sus amigos quienes, por lo general, eran relacionados con la colonia libanesa. Coincidió, para suerte mía, que José Juez, a quien conocía desde mis visitas a Guayaquil durante las vacaciones colegiales30 se convirtiera en mi vecino con lo cual acrecentamos un sentimiento de amistad. A la larga, Pepe fue el más antiguo confidente y, por tanto, el mejor amigo de siempre y para siempre por la calidad y duración de la relación establecida. Irremediable soltero, muy trabajador y responsablemente auto forjado, también tenía inquietudes respecto a los tiempos libres bien disfrutados. Fuimos compinches y confidentes, además de vecinos hasta que me casé y eso fue muchos años más tarde. La “gallada” así constituida se reunía en el Salón “La Palma” o en el legendario “Flamingo” donde era habitual el arroz con menestra y abundantes cervezas. Eso nos complementó en aquello de las parrandas. Como consecuencia se armó como por generación espontánea un círculo de nuevas amistades ávidas por disfrutar de sus libertades sentimentales o carnales, porque estos dos aspectos de un todo no necesariamente se juntaban. Se trataba de jóvenes menores a nosotros que nos empujaron y ayudaron a disfrutar de nuestras ya extendidas y despreocupadas solterías31.Con todos estos elementos, mi inserción social se iba produciendo alejada de los libros y de las preocupaciones intelectuales. Así, poco a poco, me fui adaptando a un nuevo entorno, entre responsabilidades laborales y un ambiente más mundano pero con nulas aspiraciones académicas.

El nuevo trabajo
Ese lunes 15 de febrero de 1968, José Antón Díaz me fue a recibir al aeropuerto para darme la bienvenida junto a las primeras inducciones

30 Durante mis vacaciones en Guayaquil, el grupo e amigos mayores con el que compartimos estaban Alex Reshúan, Ernesto Raad, mis primos, José Juez, Jorge Garzozi, Eduardo Manzur, Roger Nader, y mi hermano Tony que es a quien yo acompañaba. 31 Miguel Cucalón, Jorge y Alfredo Yunez, Roberto Aguirre, Estéfano Isaías, Roberto Gaitán, Peter Cohen, Ernesto Gómez, Miguel Reshúan, Selim Doumet como freelance y bateador asignado, Francisco Guzmán, y el inolvidable Juan Jalil quien murió joven y temprano.

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laborales. Hacía un calor endemoniado. Esa humedad evaporada se sentía agravada por el pantalón de grueso casimir que yo traía como compañero sobreviviente de mi aventura europea, y una camisa de lana propia del serrano, sumado a medias gruesas para cerrar todo un conjunto de vestimenta inadecuado. Era las nueve de la mañana. El sol no se encendía todavía. Del aeropuerto fuimos directamente al barrio del astillero. Sentí muy hondo y penetrante aquel olor de madera recién cortada que iba adquiriendo forma de embarcación tomando arrestos para desafiar al mar y sus temperamentales olas. El aroma del astillero es único, fuerte y penetrante, además que se impregna en la memoria como su perfume de sudor, sobaco, madera y cangrejo entremezclado. Se estaba construyendo una lancha de pesca en sociedad con José Barakat, su íntimo amigo y quien realmente es uno de los personajes inolvidables que siempre recuerdo pese a que falleció muy joven, antes de cumplir sus cincuenta años de edad. Fue él quien me regaló “Rayuela”, de Julio Cortázar, un libro extraño para recibirlo de parte de un empresario32. El jefe revisó el avance de los trabajos y pagó unas cuentas escudriñadas con rigor y con esa agilidad mental y matemática que le caracterizaba. Mis pantalones de casimir eran como ortigas en las piernas. ¡Qué extraño trabajo me he conseguido! Exclamé por dentro. Para el siguiente mes de enero aquel yate de pesca estaba concluido y surcaba los mares de Salinas. “Negra del Mar” había sido bautizado en alusión a Violeta, la esposa del Jefe, sin tener idea yo para aquel entonces, lo importante que sería este personaje en el desarrollo de mi propia biografía. Seguimos a la siguiente parada. La fábrica PICA estaba recién inaugurada en el kilómetro 7 de la vía a Daule. Fui presentado a un grupo de colaboradores cuyos nombres, caras y funciones me fueron inicialmente de complicada recordación. No había llevado papel ni

32 José Barakat fue más pintor e intelectual que otra cosa, sino que el destino lo puso en otro andarivel, asunto este que yo lo entendía en carne propia porque eso precisamente me estaba sucediendo.

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pluma. Juan Domínguez, Emilio Moysang y Orly Miranda son los que más espontáneamente recuerdo. Se hablaba de un Luis Icaza a quien lo habían enviado a Italia a aprender el oficio de tornero de moldes. Tercera parada: las denominadas bodegas ubicadas en la calle Rocafuerte y Loja, donde habían funcionado anteriormente las instalaciones fabriles. Igual cosa. Me presenté ante varias personas, de las cuales solo conocía al terrible y mal genio Hiram Pauta, que había sido mi feroz jefe en aquellos veranos cuando trabajaba ocasionalmente descargando mercaderías navideñas y ordenándolas en sus respectivas perchas de acuerdo al orden de las previamente asignadas referencias. Magno Arriaga fue el otro personaje presentado como candado de seguridad en la recepción y salida de mercaderías. Finalmente llegamos al edificio ubicado en Boyacá 1205 y Nueve de Octubre, que recién estaba funcionando hacía pocos meses. La planta baja y su primer entrepiso o mezzanine estaban ocupados por los ya, en ese entonces, célebres almacenes PYCCA. ¿Qué padre no había llevado a esa tienda a comprar un juguete para sus hijos? En la mitad del primer piso alto se ubicaban las oficinas administrativas centrales de todas las empresas que me tocaba dirigir y donde estaría mi escritorio todavía no comprado. Allí los hombres claves eran Carlos López un amigo para el resto de la vida, vendedor por excelencia, trabajador incansable, honesto hasta decir basta quien lastimosamente, años más tarde, fue separado con artimañas por la ingratitud e intemperancia de las nuevas generaciones. Y cómo olvidar a Enrique San Martín, el contador de mi abuelo que trabajó con la empresa hasta el final de sus días. La otra mitad de ese piso y los cuatro pisos superiores estaban destinados al inquilinato. Braniff, la empresa aérea norteamericana, era nuestro principal arrendatario. En el último piso se estaba adecuando el domicilio personal del propietario, a la vieja tradición libanesa de tener la tienda debajo del hogar. Me asignaron un escritorio de fabricación americana que antes era del Jefe, lo cual era algo muy simbólico. El ambiente asignado era improvisado, cerca de Pilar Arauz, la secretaria y cajera de siempre. Jamás imaginé que ese ambiente y ubicación sería el lugar donde pasaría los siguientes 42 años de mi vida. Ahora que lo medito y racionalizo, me estremezco. Todavía no entendía absolutamente nada respecto a cuáles serían
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mis funciones. Soy racionalista y me gusta tener la cancha marcada y las reglas de juego claras. Esa noche dormí inquieto hasta la mañana siguiente, cuando finalmente hice la gran pregunta. ¿Cuál es mi tarea? La respuesta fue simple y clara con una sola palabra: ¡Control! Ahí se resume tu tarea, me respondió el jefe tajantemente. Cuando yo no esté aquí, tienes que tomar las decisiones, y cuando yo esté, conversa conmigo diariamente en horas tempranas. Solo al lado mío podrás reemplazarme y entender lo que yo quiero respecto a cada cosa. Simple y sencillo resultaba porque él era comunicativo y de decisiones rápidas. Hay mucho que hacer, me dijo y, simplemente, multiplícate hasta que sientas que tienes el control de todas las cosas y puedas impulsarlas hacia un resultado premeditado e inmediato acorde a mis intereses. Aquí está la firma de todas las chequeras, y tienes todo el personal a tu orden. Luego de un tiempo, deberás responderme cualquier pregunta del porqué de cada cosa. Eres responsable de los ingresos y egresos, de su control correspondiente y de manejarlos solo con tu firma. Mañana visitaremos bancos. Acto seguido me pidió acompañarle al último piso donde se estaba decorando su nuevo departamento para ocuparlo antes de la Navidad siguiente. Maestro Orrala es como lo conocíamos a aquel carpintero que laqueaba el bar del ambiente esquinero, lugar donde se tomarían importantes decisiones durante las cuatro décadas siguientes. Un bar muy bien equipado y de dimensiones sobresalientes para guardar vasos, copas y toda clase de licores. A los quince días de esos acontecimientos que narro, mi nuevo Jefe salió de viaje junto a su esposa hacia Europa y el Oriente, en su gira de negocios a la que ningún año faltó durante los 35 siguientes. Ausencias que duraban no menos de un mes, aparte de los otros seis viajes que realizaba anualmente. Lanzado a la piscina habría que nadar o ahogarse. Y corrí y corrí como corrió Tom Hanks en Forrest Gump. ¡Nadie puede decir lo contrario! Siempre puntual a las ocho de la mañana hasta que todo quedaba culminado. El proceso de adaptación se dio por simple inercia de mantenerme siempre alerta y con la mente ocupada en mis innumerables menesteres. Mi sentido de responsabilidad haría el resto. En mi etapa inicial tenía muy claro que mi propósito final era ahorrar para regresar a Europa en busca de un destino diferente. No me atraía el comercio ni el esquema
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empresarial. Así que desde el primer día mantuve un buen proceso sostenido de ahorros obligados. Lo que sobraba no se tocaba, sin descuidar el nivel de confort adecuado, a más de vigilar la seguridad económica y comodidad de mis padres. En todo caso también estaba claro que debía hacer agradable el camino. El dinero no es un fin, es un instrumento. Eso estaba y estaría siempre presente en mi esquema de vida responsablemente ordenado. No había ni que ahorrar ni gastarlo todo. Había que ser trabajador y previsivo. Reglas claras de vida adecuadas a mis cualidades y debilidades, y mi salud era una de ellas. Fácil de enunciar estos principios aunque es algo difícil establecer las correspondientes rutinas necesarias. No había que ostentar ni vivir como pobre para no llegar a ser pobre. Lo cierto es que estaba entrando en un primer mundo de la noche a la mañana. Un mundo acelerado en abundancia y revestido de pronto con poderes que jamás aquel becario en Madrid, París o Nancy habría imaginado ni se había preparado.

La vida académica hace una larga siesta
Lógicamente que mi director de tesis doctoral no tenía ningún apuro. Así que tuve que regresar a Quito una y otra vez hasta que tres meses más tarde pude sustentarla. Terminó así una era académica intensa, y de la cual yo jamás hubiese esperado que quedara allí en suspenso o trunca, sin saber si habría o no una siguiente etapa que me permitiese recoger la cosecha de tanta ilusión y esfuerzo. Por otra parte, mi nuevo trabajo era muy duro por las responsabilidades implícitas y el sentido del deber que lo tenía tan inculcado. A eso había que sumarle la necesidad de atender la vida social y mundana de soltero, y regular los temas de salud que me seguían acechando. Poco a poco me alejé de las obligadas lecturas cotidianas que me eran habituales. Leía novelas ligeras guiado por los best seller de la época. Irwing Wallace, Morris West, Harold Robbins, Irwing Shaw y todos esos autores prolíferos y exitosos en ventas no me fueron trascendentes, no por razones de exigencia literaria, sino porque los leía para distraerme y porque ya no tenía a la lectura incorporada en mi vida de forma rutinaria en busca de alimentación o meditación alguna. La televisión por aquel entonces no tenía programaciones abundantes ni muy interesantes. No había Internet ni juego electrónicos. De mis lecturas seguía la trama sin otras pretensiones. Tantas novelas que me acompañaron en los viajes y
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que, una vez terminadas, quedaron en el avión o en los hoteles olvidadas. Qué triste es abandonar un libro que regaló atención, distracción y compañía, sin darse cuenta de que fue un amigo a quien viraste las espaldas por simple comodidad o miedo al sobrepeso. Culpable por ello me declaro ahora que le doy otra dimensión a mis aciertos y errores. En mi descargo, afirmo que mi capacidad mental se agotaba durante el horario laboral que se asemejaba a un tren cuando desata sus motores. El trabajo se volvió así una suerte de papel secante y, como tal, me absorbió mas allá de lo debido según lo analizo hoy en día que es cuando realmente puedo juzgarlo. Siempre quedaba pendiente saber si valía o no la pena, pero estaba muy distante a buscar respuestas. Era un nuevo estilo de vida. Mis nuevos amigos de parranda respondían a otras esferas del quehacer humano y, sin darme cuenta plenamente, me fui alejando de los libros que tanto me aportaban en mi crecimiento y desarrollo intelectual. Ya no era un universitario. Era un tipo ocupado en desarrollarme dentro un mundo empresarial. Ya no era un socialista que quería cambiar el mundo desde el tapete. Era el fabricante de tapetes. Una pena. Quizás ese fue mi punto de quiebre emocional, envuelto en nuevas facetas o caretas muy distintas a las que realmente yo estaba preparado. Aprender a leer balances no me resultaba complicado, pero cada vez fue más insulso hacerlo porque un buen gestor no requiere de libros contables pues tiene el pulso de la operación diariamente. Sin embargo, cada vez que me caía un informe financiero, sentía culpa por el libro del mes que no había leído. Hubo una interrupción a mi inercia académica, y eso se dio a propósito de El Primer Festival Universitario de Teatro celebrado en Manizales en octubre de 1968. Fue el último contacto activo con aquel mundo estudiantil que iba quedando sumergido en el pasado. Fui acompañando al grupo Teatral guayaquileño AGORA en representación de la Universidad de Guayaquil. Presidía la delegación Manuel de J. Real destacado educador, literato y periodista. “La última noche de Franz” fue la obra presentada sin mayor éxito. Ramón Arias era el director, y mis primos Gerard y Raymond Raad los actores. De hecho esta fue la
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conexión que explica cómo me inmiscuí en el asunto, aunque tenía otra motivación importante que era la de visitar a José Fernando Escobar y principalmente a María Isabel Gutiérrez Botero. Los había conocido en París ya que eran amigos de Isabel María Ponce, aquel amor no concretado y que vivía en mi corazón ya en estado agonizante. Su padre, don Ernesto Gutiérrez Arango, un acaudalado médico y ganadero, era rector de la Universidad de Caldas. Se inauguraba el Teatro de Bellas Artes con ese festival engalanado con la presencia de Miguel Ángel Asturias, el guatemalteco premio Nobel de 1967, quien fue condecorado por el presidente Carlos Lleras Restrepo. Pablo Neruda presidía el Jurado. Este poeta chileno que recibiría el premio Nobel de Literatura cuatro años más tarde, dio un recital que se colmó de admiradores, razón por la cual me fue imposible el acceso al amplio salón Los Fundadores. Por suerte sí tuve la oportunidad privilegiada de asistir al recital privado organizado en la hermosa mansión de María Isabel. Fue muy emocionante oír los poemas de Neruda con su voz ya débil y siempre carrascosa en una sala donde una estela de luz iluminaba el rostro del poeta en medio de un ambiente dejado en la penumbra dentro de la cual todos destellábamos meditación y silencio. También durante esa estancia tuve el último contacto directo con Jack Lang, el Director del Festival de Teatro Universitario de Nancy, que también era miembro del Jurado, y que en 1981 fue Ministro de Cultura y luego de Educación durante el Gobierno de François Mitterrand. Fue una semana llena de intensas emociones porque representaron a la larga mi última vivencia universitaria y convivencia con jóvenes que vivían del teatro y para el teatro sin saber yo todavía que quizás la misma vida es teatro. Hubo juerga, poemas y locuras varias. Con María Isabel perdí el contacto casi para siempre, y digo casi porque ya hace poco, en mi época de intromisión activa en eso de las redes sociales, logré, 43 años más tarde, enterarme de su vida. Destacada profesionalmente, profesora y doctora en Medicina. No he podido ponerme en contacto directo con ella y refrescar así esos aires de juventud intelectual que tanto añoro. Lastimosamente María Isabel no está activa en redes sociales así que no establecimos contacto. De José Fernando Escobar no he podido tampoco siquiera hurgar electrónicamente datos sobre su vida ya que tanto sus nombres de pila como su apellido son demasiado profusos en Colombia.
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Un año más tarde
Era ya 1969. A punto de doblar la década. Sin darme cuenta el año laboral había pasado más rápidamente de lo previsto. Llevaba una vida ordenada, aunque vertiginosa. Solo mis fines de semana los usaba para actividades verdaderamente libertarias, y hay que recordar que para aquella época se trabajaban 48 horas por semana, es decir incluso el sábado en la mañana. En la práctica yo trabajaba sobre las sesenta. Mi familia materna era extensa, y almorzaba o cenaba en donde una u otra tía. Los desayunos los hacía en el salón La Palma hasta que se acentúo su desaseo. Puntual como siempre lo fui, jamás confundí o desordené horarios míos ni de los otros. Al César lo que es del César y al soltero lo que a éste corresponde, era un decir que repetía. La vida ordenada estaba en mi naturaleza y fue también algo que me impuse porque a cualquier desorden alimentario o de las otras causaban afectaciones a la salud, lo cual se reflejaban de forma inmediata. Que tenía una delicada salud, lo sabía, aunque preferí convencerme que lo mío no eran síntomas sino tan solo simples malestares, y que era fácil remediarlos no con abstinencias sino con una sabia moderación en el estilo de vida. El coñac pausado era la bebida preferida, y las malas noches innecesarias las evitaba. Se las usaba solo en caso de efectivas emergencias. El tabaco era reservado para una eventual pipa, de la que me cansé luego para siempre conforme la novelería se diluyó como se diluían esos aires académicos que bajo la sombra de Niestche me iban abandonando.

Las reglas de oro para una soltería prolongada.
En la vida sentimental seguí varias reglas de oro. Uno: ni hacer daño a nadie, ni dejar que me lo hagan, para lo cual hay que mantener la relación bajo control de parte y parte, cuidando relacionarse con personas con buena salud emocional y física. Dos: siempre hay que jugar con las cartas encima del tapete, es decir no crear ni falsas ilusiones o expectativas, para lo cual se debe andar siempre con las maletas listas. Es mejor una retirada honrosa antes que remediar consecuencias que arrastren. Tres: hay que tener presente que el orden de los factores sí altera el producto. Es una determinada mujer la que debe impulsar al matrimonio, y no a lo viceversa; no es la idea del matrimonio causada por la soledad la que hace buscar una mujer determinada. Puede que esta alternativa lleve a un matrimonio estable aunque no por ello necesariamente feliz. Aparte de estas teóricas reglas en el juego del amor yo tenía un semáforo
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adicional pues, teniendo claras mis metas, el matrimonio debería ser pospuesto porque me alejaba de ellas. Mi padre me dio un consejo que posiblemente se derivaba de su experiencia, pues finalmente él se casó a sus cuarenta. Lo decía en tono de broma pero iba en serio: “Siempre regresa a dormir a tu cama aunque sea para desarreglarla. Y si estás en tu cama, que el sol te encuentre solo... que no se te instalen” Y así nunca dejé que nadie deje sus cosas en mi casa, ni dejé las mías en casa de nadie. Quizás por esta mentalidad a la defensiva es que se explique cómo no tuve problemas de compromisos o embarazos y sus complicadas consecuencias. También conceptuaba que el amor era como el tranvía y que si se pierde uno, enseguida vendrá el siguiente. Había que viajar de pie y no sentado para salir en la estación más próxima porque un nuevo tranvía siempre estaría presto a recogerte. Desde otra óptica, siempre me decía que el amor tiene sus cuatro estaciones y que hay que tener el ropaje necesario para poder transitarlo. Sea lo que fuese, porque en el amor realmente no hay reglas universales, lo cierto es que mediante procesos mentales yo estructuraba las bases para disfrutar adecuadamente de una prolongada soltería.

La habilidades del Jefe y las relaciones sociales
Sucumbí ante la tentación de comprarme un auto Fiat 124, sacado de almacén de los señores Fiore, con cero kilómetros. El mismo José Antón Díaz me acompañó en persona y me animó a hacerlo, financiándolo totalmente sobre mis futuros sueldos. Luego entendería su estrategia que practicaría luego con sus yernos, pues él alentaba a meterse en el primer mundo de las necesidades para mantener la dependencia y asegurar el control sobre esa persona. Y lo hacía con estilo. Era inteligente y, además, astuto. El flamante vehículo costó sesenta mil cuatrocientos sucres, y aún conservo la factura pagada de contado33. Me tomó mucho tiempo descifrar las jugadas de habilidad del Jefe, porque tenía un carisma envolvente para camuflar sus reales y pragmáticas
33 Equivalente a unos 3000 dólares al cambio de la época.

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intenciones que le conducían inevitablemente al triunfo económico como primer y principal mandamiento. Como segundo mandamiento practicaba aquel impecable estilo de cuidarse las espaldas, para lo cual yo me desempeñé muy bien a la hora de salir al frente jugando el papel del malo, para que luego apareciera él como amigable componedor imponiendo su voluntad fríamente calculada. Yo jugaba el rol de estirar la cuerda y tensionar las cosas, hasta que llegara él con cordura a señalar el punto de la transacción que, está por demás decirlo, era mínimo el que inicialmente tenía como meta. Seguí siempre este juego que era tácito, pues consideraba que era parte de mi trabajo. Si a mi Jefe le gustaba por instinto guardarse las espaldas, yo lograba el papel que me correspondía sin que siquiera él me lo pidiese. ¿Error? No lo sé a la larga, pues era mi estilo entregarme por entero y el suyo guardarse las espaldas. Ambos lo hicimos muy bien, pero en consecuencia él siempre ganó y yo muchas veces perdí y quedé con rivalidades que no eran fáciles de superar sin ayuda del tiempo. Los contactos con la familia de Quito fueron diarios y permanentes. Las Navidades las pasaba con ellos. Vigilaba celosamente las comodidades de mis padres y el desarrollo de todos los resquicios para que su seguridad y estándar de vida estuviesen al nivel correspondiente. Ellos finalmente eran mi real núcleo familiar íntimo. Los de Guayaquil eran familiares y buenas personas, gentiles y cariñosos. Esto no me confundió porque siempre tuve claro que la verdadera y única prioridad familiar radicaba en mis padres, hermanos, esposa e hijos si Dios los ofrecía. Mis contactos sociales, amén de los amigos de parranda, se reducían a aquellos naturales alrededor de los libaneses que me incluían en las obligadas listas de invitados a sus suntuosas bodas y a la hora de los dolorosos lutos. De una manera u otra, las colonias actúan con gran sentido de solidaridad y uno queda incorporado automáticamente a todos los eventos alrededor de los cuales se agrupan como un puño cerrado, pese a sus secretas o abiertas rivalidades comerciales. Mi prioridad era construir ahorros con mucha disciplina, y ese era el punto central que explicaba mi presencia en esta ciudad portuaria y difícil de penetrar socialmente. Mi intención real era ahorrar …e irme.

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… la salud, y una rosa
Para el mes de mayo de 1969, tuve una nueva circunstancia de salud bastante molestosa y algo complicada. Una fístula rectal apareció de pronto, primero como una molestia y luego se fue tornando cada vez más dolorosa. Esta vez acudí donde el doctor Ignacio Hanna, un muy querido personaje, ojón, amable y con buena mano. La cirugía es delicada porque la zona lo es, y hay posibilidades de que inutilicen o dañen los esfínteres. Ahí, sí, estaría literalmente cagado. La operación requiere de un cirujano con mano muy precisa. La cicatrización es lenta y prolongada, si acaso llega a cicatrizar completamente. La herida es muy profunda y debe llegar a suturar el lugar de origen de ese camino que se organiza desde algún punto del intestino, hasta que encuentra una salida franca para evacuar el hilo de pus permanente. Una vez operado, el dolor desaparece porque se ha eliminado el bulto, aunque no necesariamente se evita que siga fluyendo pus como débil riachuelo. No le di mucha importancia al incidente. No sabía todavía que las fístulas son tan solo un síntoma de la actividad volcánica que llevaba adentro. Superadas parcialmente las incomodidades que sufría, emprendí un viaje a México con el objeto de encontrarme con Jacinto Faya, mi gran amigo de Torreón con quien había establecido una excelente relación allá en España. Viajé en compañía de Pepe Juez, mi otro entrañable amigo. Vacacionamos en Acapulco, perseguimos gringas, tomamos sol y tequila, y en el automóvil de Jacinto nos fuimos 1200 kilómetros al norte hasta llegar a Torreón, Coahuila, donde conocí a su familia. La pasamos estupendamente bien. Muchos recuerdos incluso el de Tatiana, una bella mexicana. Al minuto de presentarnos, Jacinto nos dijo con su talante directo, audaz y frontal, que no perdamos el tiempo y que desde ese mismo instante éramos enamorados. Nos juntó las manos, y yo ya no se la solté hasta el último día de aquel recordado viaje. Anduvimos juntos por todo lado como recién y a la vez antiguos enamorados. Era bellísima mi Tatiana. Lo malo es que estaba prometida y pronto se casaría en ciudad de México. Además de linda, era inteligente, chispeante y, para colmo, riquísima, de dinero se entiende. Muy llena de pecas que lastimosamente no se convirtieron en pecado. Luego de cinco días de intenso romance, Pepe y yo tomamos un autobús con destino a Guadalajara. Fueron todos a despedirnos con
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guitarras y pañuelos. Tatiana subió hasta llegar a mi asiento para entregarme una flor de su hermosa mano mientras entonaba dulcemente la canción del momento popularizada por Leonardo Favio “….o quizás simplemente te regale una rosa…”. Ha pasado el tiempo y han caído los años, pero me parece ayer por lo que mantengo muy vivaz el recuerdo de ese momento y de mi efímera Tatiana, llena de lindas pecas y una personalidad fantástica. Nunca más la vi ni supe más de su vida sino que se había casado tal como estaba programado. Un día de estos la buscaré por medio de las redes sociales. “Hoy corté una flor, llovía y llovía, esperando un amor… cuando llegues mi amor, te diré tantas cosas o quizás simplemente te regalé una rosa”. Los pétalos de esa flor que me regaló Tatiana las metí en un libro y ahí se disecaron. Llegando a este punto narrativo, suspendí la tarea para ir a buscar libro por libro esa florcita que se me clavó en el alma. No lo encontré por cierto, pero las horas dedicadas a la tarea me sirvieron para ordenar mis varios libreros y así incentivar aún más mi memoria. Haciéndolo concluí que recordar es como vivir dos veces y era bajo esta premisa que disfrutaba redactando estas memorias..

New York, y el diagnóstico
Había viajado, y bastante en relación a la época aquella. Durante ese viaje a México, realizado pocos meses antes, pisé por primera vez Estados Unidos de América. Miami era una ciudad muy distinta a lo que llegaría a ser en pocos años. Lo destacado era el Miami Beach donde los jubilados se asoleaban en los portales de villas de madera. Algunos hoteles lujosos, y nada más de interesante. La calle Flagler, en un muy corto tramo vivo y muy rústico. Era donde funcionaba el centro del comercio, llena de pequeños almacenes de donde surgían cubanos para pescar turistas latinoamericanos que caminaban por allí en busca de mercaderías para llenar sus maletas. Toda otra cosa resultó llegar a New York. Hasta me dolía el cuello al mirar tantos rascacielos. Un espectáculo inmenso y muy diferente a todas las otras tantas ciudades que había conocido. Y llegué a esta imponente mole de cemento a causa de mis molestias intestinales que no se habían resuelto luego de la aparatosa operación sufrida en Nancy tres años atrás.

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Dadas las circunstancias de mi salud decidí ir donde el doctor Miguel Arguello Espinosa, el gastroenterólogo que atendía a mi abuela. Al palpar tanta inflamación intestinal se preocupó bastante y me pidió entrar a una clínica por unos tres días para aplicar cortisona directamente en las zonas inflamadas. José Antón Díaz al oír lo de la cortisona me sugirió que tomara unas vacaciones y que fuera a New York, donde me consiguió una cita con el prestigioso médico Thomas Roberts, una eminencia al decir de los libaneses ricos que iban a visitarlo. Y mi Jefe hizo las cosas tan fáciles que sin darme cuenta estaba ya embarcado en Lufthansa en un vuelo directo a esa ciudad que nunca antes había pisado. Por esas cosas del destino me alojé, o me alojaron, en el legendario Hotel Plaza ya que allí se hospedaba don Juan Bucaram, un personaje sobre el cual se puede hablar bastante por su estilo derrochador y libertino, especialmente cuando viajaba y con muchos años de experiencia en aquellos gajes del oficio de la vida licenciosa. Generoso y entendido en el buen vivir neoyorquino. Así como en Guayaquil podía quebrar judicialmente a un amigo por cuestiones de negocios, al mismo amigo lo atendía meses más tarde en New York gastando encima más dinero del que le había cobrado. No era un tema de que negocios son negocios. Era un tema de doble vida: en Guayaquil una personalidad nada exuberante, y en New York otra muy diversa. Nunca entendí esa dualidad y todavía me sorprende la naturalidad con la que manejaba esa ambivalencia. Juan Bucaram, suegro de mi Jefe, se instalaba en ese hotel por largos periodos. En sus bolsillos, fajos de dinero de cien dólares chorreaban cuando de propinas y de invitar se trataba. Me alojé en el hotel más lujoso de New York, aunque en una buhardilla interior bastante pequeña y sin ventana a la calle, pese a lo cual la cuenta resultó bastante mayor de la prevista para mi riguroso plan de ahorros. Los almuerzos corrían a cargo de don Juan, a quien nunca le gustaba comer solo. Ya el maître, extasiado por las crónicas y abundantes propinas que recibía de parte de ese veterano personaje, me esperaba con una corbata preparada para quienes no usábamos ese detestable artefacto de tela sin sentido que nunca logré aceptar ni como adorno ni como invento derivado de la misma guillotina. Las normas eran esas, así como en el Club de la Unión en Guayaquil donde no permiten entrar sin medias o calzados deportivos, por más que se trate de un premio Nobel. Cada loco con su tema. A mí, seguro que por rebeldía y comodidad nunca compraría la corbata solo
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para ingresar a un determinado ambiente, se me ocurrió pertenecer a un club como el guayaquileño al cual me he referido34. Simplemente cada quien debe estar donde quiere estar. El diagnóstico fue muy claro: ileítis o inflamación crónica de los intestinos en su parte baja, el íleon, a la altura que estos se unen al colón. Una enfermedad “sicosomática”, es decir propia y congénita del individuo. Tratamiento definitivo, ninguno, pues debería andar alerta el resto de mi vida. Las complicaciones posibles, fístulas, obstrucciones, perforaciones, hemorragias, por lo general se solían presentar inesperadamente y muchas de ellas, inevitablemente, se resolvían, en aquellos entonces, en el quirófano y de emergencia. No se recomendaba la cirugía preventiva para evitar las complicaciones. Las operaciones en todo caso no curaban y servían tan solo para remediar las consecuencias mecánicas más no las causas bioquímicas. Si cortaban las partes inflamadas que, a mí varias veces me las cortaron, los extremos unidos volvían a ser tomados por esa curiosa enfermedad inflamatoria bautizada como enfermedad de Crohn. Bernard. Crohn la había descrito y estudiado. Lo anecdótico del caso es que en el informe médico correspondiente consta que no colaboré en un examen; el rectoscopio o sigmoscopio consistía en acomodar acrobáticamente al paciente en una mesa adoptando una postura sacada quizás del Kama Sutra. Debía apoyarse en tres extremidades, dos rodillas y una mano, de tal manera que el hombro restante debía bajarse completamente hasta tocar la mesa. Luego introducían un tubo metálico que se iba estirando cual antena de un vehículo que se alargaba tanto como lograba penetrar hasta que el paciente aguantara. Con un sistema de luz y espejos el médico observaba al interior del recto buscando anormalidades en la mucosa. Que no colaboré lo suficiente durante el examen me pareció una frase ofensiva porque, creo, fui y soy un excelente paciente. Aguanté lo que pude no por pudor sino por el dolor que el examen producía. Años más tarde se inventó lo que se conoce como colonoscopia que utiliza una manguera flexible y la posición es tan cómoda como confortable, adormecido con
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guardo la solicitud de ingreso que me la entregó Nicolás Febres Cordero, ya firmada por él, el caudillo durante tres décadas completas de ese club prestigioso. Yo decliné amablemente diciéndole la verdad: no soy una persona apegada a agruparme en clubes, sino a socializar de manera diferente.

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una de las maravillas modernas como lo son los sedativos. Un poco tarde para mí, ya que el diagnóstico ya no me es necesario. La endoscopía sí es útil y necesaria para tomar muestras, extraer pólipos y detectar células cancerosas en el colon que siguen siendo la mayor amenaza con el pasar de los años para quienes sufrimos de esta crónica dolencia inflamatoria. La receta fue y siguió siendo la misma por muchos años: azulfidine para proteger la mucosa intestinal. Se trata de una sulfa que no se absorbe en la sangre y por tanto no arruina del todo los riñones. Actualmente se usan medicamentos más avanzados para proteger, más que para curar, porque cura todavía no existe. La cortisona que es realmente el medicamento mágico para los procesos inflamatorios, no es recomendable usarlo sino en extremas instancias. Yo tuve que ingerirla en bajas dosis durante algunos meses y en dos ocasiones distantes en el tiempo. Actualmente se maneja esa compleja enfermedad con medicamentos inmune supresores y evitando el quirófano. Lastimosamente fui parte experimental de ese proceso. Una laparoscopía es imposible en mi vientre lacerado por adherencias tan duras y fuertes como cordones de acero que impiden que los intestinos ocupen cómodamente sus respectivos lugares. Me tuve que quedar una semana más en New York porque me hicieron la prueba de la tuberculina, lo que me causó espanto. ¿Tuberculoso? ¡Quedaría estigmatizado! Ojala hubiese tenido esa enfermedad tan desprestigiada que en esos tiempos sonaba y que ya para entonces era perfectamente tratable, curable y remediable. Cuando salió negativa la prueba de tuberculina que requería de tres días para concluirla, respiré tranquilo y hasta casi orgulloso de tener una enfermedad más sofisticada. ¡Ahora me burlo de mí mismo por esa ignorancia tan crasa! Ojala hubiese sido tuberculosis y no Crohn. Lo digo ahora al saber ya lo que me esperaba. Corría el mes de octubre, y un pintoresco otoño decoraba el Central Park por donde tanto caminaba y cavilaba. Las castañas empezaban a aparecer por la Quinta Avenida, la misma que subía y bajaba como caminador empedernido. ¡Cuánto me gustan las castañas, calientes y tostadas o confitadas tal como las hacen los franceses! Deambulé pensando en cómo me hubiese ido si me quedaba en Francia, pues a la siguiente Navidad a la que pasé hospitalizado en Nancy, me tuve
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que operar nuevamente esta vez sí del apéndice en Guayaquil, y en el octubre siguiente recién tenía un diagnóstico que me hubiese obligado a regresar de mi aventura europea. Y así, caminando y caminando, llegué al centro histórico de la ciudad. Allí me detuve varias veces para examinar con curiosidad un gran movimiento de tierras y excavaciones gigantescas que se estaba haciendo para construir el centro de negocios más grande del mundo; las Torres Gemelas. Nunca subiría en ellas. Las vi caer, antes que ellas a mí, treinta y tres años más tarde. Regresé a Guayaquil a fines de octubre de ese 1969 Tenía finalmente un diagnóstico sobre la enfermedad que me aquejaba. Preocupado un tanto, pero más decidido que nunca a vivir la vida día a día, aunque eso en mí era congénitamente un imposible debido a ese temperamento bravío que me caracterizaba. Sin embargo se acentúo ese sentido previsor que aprendí de mi madre.

La nueva onda
La onda hippie estaba en pleno auge. Mucho de psicodélico lo exaltaba. Por esa influencia libertaria, mi departamento de soltero quedó decorado a la altura de la época, con paredes y luces negras, pósters de artistas famosos y otros elementos traídos de New York. Elementos propios de esos años locos y divertidos daban a mi refugio un aspecto de novedad existencial, al menos en el Guayaquil de ese entonces. La foto del Che Guevara no estaba. Sí la de Marilyn Monroe y sus faldas al aire sacudidas por el aire caliente que brota del metro neoyorquino. En la entrada, junto a la puerta, coloqué un barril de madera auténtico de esos gigantes donde maceran los tragos añejos, y le hice una hendija a modo de alcancía. Exigía poner una moneda a quien ingresaba a mi flamante discoteca. Juré solemnemente que me casaría una vez que el tonel estuviese lleno. Años atrás, en los tiempos de bohemia quiteña, había jurado casarme cuando el hombre pusiese su pie en la luna. Como eso ya había sucedido en ese mismo mes de julio, puse ahora esa segunda condición para dilatar el asunto. Adicionalmente, y para dar bienvenida a reuniones ya debidamente programadas, fabriqué una supuesta guillotina donde el invitado debía, poniéndose previamente de rodillas y con las manos sujetas hacía atrás de las espaldas, hacer reposar su cabeza donde, supuestamente, iba
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a rodar. Caía la aparente cuchilla atrapando delicadamente el cuello, y ya en estado de sumisión completa, aparecía, recién entonces un enorme cucharón de ron con Coca Cola, limón y azúcar graduada por nuestro alquimista Miguel Cucalón o don Cuca como cariñosamente lo bautizamos. Bastante azúcar era su fórmula secreta. Así se iniciaba el ritual obligatorio para esa noche de mucha farra y poca bohemia. Así funcionaba aquel rincón existencialista que había creado como homenaje a mi pasado académico. Con un trabajo que no me correspondía, con un diagnóstico de enfermedad crónica en mano, en una ciudad que me resultaba bastante inhóspita o, al menos, opuesta a la que yo hubiese seleccionado en otras circunstancias, terminada mi época estudiantil, con veinte y nueve años de vida ya recorridos, con una salud que significaba cargar maletas con piedras, terminaba una década. Se cerraba el 1969, y ahora sólo me quedaba acomodarme a las condiciones impuestas. Vigilante de la seguridad económica de mis padres, soltero, con un buen trabajo que me alejaba cada vez más del camino trazado durante mis ilusiones académicas y estudiantiles, penetraba abiertamente al mundo de los adultos donde ya es indispensable ajustarse al aquí y al ahora, a vivir y aceptar las propias circunstancias dejando de construir quimeras. La década de los sesenta estaba terminando. Años poderosos que marcaron la vida de toda una generación completa. En mí caso me puso al borde de cumplir los 30 y esos tiempos se decía que se debía desconfiar de todos los mayores a ese límite, y me faltaba uno. En agosto acaba de cumplir 29 y me sentía un veterano de guerra. Me sentía de avanzada en cuanto a ideas, autonomía existencial y libre de presiones sociales innecesarias. Todo esto me hacía lucir raro o diferente simplemente porque no me inhibía por nada ni ante nadie. Vivía mi vida y para algunos eso molestaba. Para mí los raros eran ellos. Estaba consciente que debían ocurrir nuevas circunstancias para poder coronar aquella etapa de mi existencia, y que si eso me tomaba más tiempo no importaba porque los cambios son procesos y yo no estaba dispuesto a cambiar por fuerza del simple pasar del calendario. Y como todo tiene su precio, decidí hacer mis concesiones en cuanto a fabricar un estilo de vida ajustado a una ciudad de mente abierta para el comercio pero cerrada en cuanto a sus ornamentaciones sociales, al menos dentro del ambiente en el cual me
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desenvolvía. Tenía presiones y hubo oportunidades para escoger una pareja y salir de ese valle que es la soltería para escalar aquella montaña llamada matrimonio. En aquellos tiempos se decía “que solterón maduro, significaba maricón seguro…” No era mi problema. Me pusieron una lista de chicas de buena familia, entiéndase que libanesas más o menos ricas, y pude haber saltado una etapa en el desarrollo de mi economía, pero no en el desarrollo de la etapa emocional. De esta manera fui afirmando un estilo de vida que finalmente es, para bien o para mal, el que tengo todavía al poner en perspectiva los sueños del ayer y los logros o resultados que me regaló el destino. ****

Conforme avanza la experiencia vital, los años pasan cada vez con más velocidad. Nadie se explica por qué los días se arrastran lentamente, mientras los años corren tan veloces. Y luego nos damos cuenta de que ya no son los años, sino las décadas las que aceleran esta sensación de vértigo. Los acontecimientos alegres, tristes, serenos o llenos de crisis o placeres caen como hojas en otoño que luego se entreveran en el ayer para conformar una alfombra que se va desarmando conforme las pisotea el caminante al ritmo del tiempo. Todo el ayer constituye un rompecabezas pictórico y resulta muy difícil reconstruir el árbol desvestido de sus hojas. Solo cabe esperar la nueva primavera y no desesperarse durante el invierno envuelto en nieve y con sabor a añoranza. Mirándolo así es que acudo a este agrupamiento de recuerdos para tratar de aprisionarlos por décadas, esperando que se me haga así más fácil transitar ordenadamente por ese pasado ya convertido en viento. He organizado pensamientos, entornos, situaciones ocurridos durante cada década porque considero esta unidad de medida facilitará la narrativa en muchos casos o en la mayoría de ellos. No siempre ese esquema se ajustará a las necesidades porque hay ciertas situaciones que abarcan períodos más largos de tiempo. En esas circunstancias haré piruetas retroactivas intentando que el hilo no se pierda.

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1. Patrizia y Henry 1979. Ischia. Hotel San Montano. Vacaciones en Italia 2. Alexandra y su hermano Ricardo el día de su boda. 2009 3. Henry y Patrizia 1998 Boca Ratón 4. Henry 2002. 5. Familia Puccini. Roma 1997 Torello, Adriana, Teresa y Carlo 6. Bichara Raad foto pasaporte 1.950 7. Carlo Puccini y Patrizia Roma 2008 8. Henry y Ricardo. Olimpiadas de Biblos 1984 9. Patrizia Y Henry recién casados. Departamento El Galeón 1980 10. El día de la boda de Sandy.2009. Atrás el retrato de familia de 1999. 11. Patrizia. 1975. Foto que me regaló en 1978. 12. Ricardo en Boca Ratón 2011 13. Homicidio que no se consumó. Henry y Patrizia 2006 14. Y me gustaban las dos. Cecilia y Trudy .1961 15. Maggie y Bichara. La boda de mi hermana a la que no asistí. 1966 16. Patrizia, Dr. Robert Shapiro MD, Henry, Sandy y Ricardo Boca Ratón 2008 17. Henry graduado de bachiller 1959 18. Bautizando a Ricardo. 1981 19. Llegando a la ancianidad. 2006 Henry cumple 65 años y Sandy. 20. Cumpliendo los cincuenta. 2001 Henry entre Sandy y Ricardo 21. Con Maggie en Boca Ratón 22. Bruno Pagnacco y Ricardo bailan como dos hermanos 2009 23. Con Evelyn y Ralph Tettke. Amigos de siempre. Nicole su nieta y ahijada de Patrizia 2008 24. Al Desnudo. Día del Lanzamiento. Junto a Ricardo. Hotel Oro Verde 2003 25. María Elena, la prima preferida. 2001 26. Patrizia y Pepe Juez. Salinas 1978. Carreras de kart. 27. La Boda 1 de junio 1979. Guayaquil Tenis Club. 28. Los amigos de la tercera edad. Arturo Serrano, Thomas Thompson, Henry, Jacobo Ratinoff, el anfitrión, Luis Chiriboga Parra, Pablo Marangoni y Carlos Baquerizo A. Hotel Continental 2008 29. Arturo Serrano, mi querido amigo de más edad. 2009 30. Patrizia y mi médico de siempre Robert Shapiro Md. Boston Mass, General Hospital. 2006 31. Sandy abraza a su padre. 2006 32. Georges E Fayad, el tío Jorge y Sandy. Casa de los Fayad 1986 33. Firmando autógrafos el día del lanzamiento del libro Al Desnudo 2003. 34. El Jedi. 2011 Cien años del libro más antiguo de la casa. Restaurante Anderson. 35. Compañeros de Escuela Borja N. 2 Tercer grado. 1948 36. La polla, Lourdes Mantilla. 1968 37. Jean y su niña bonita Cristina Raad 2004 38. Patrizia, presidenta de Asvhol 2010 39. Los Jaguars. Los eternos amigos de Ricardo. 1999 40. Henry, Paola. Luc Nancy, Francia. 1967 41. La familia completa. Ricardo, Patrizia, David, Sandy, Henry, Bruno y Jerónimo 2009 42. Vicky Najas y Andrés Flores se casan. Las primas Sandy y Cristina acompañan. Quito. 43. Mariana Vaca, mi cuñada 2003 44. Concejales de Guayaquil. 1998 45. Teresa y Carlo Puccini, Roma 2011 46. Henry cumple cincuenta años de edad. 1991 47. Henry asistiendo al parto de Ricardo, su primer hijo. 1981 48. Henry, Anita, Jean, Mariana, Fernando, Maggie, Victoria y Bichara. 1975 49. Anna, mi suegra y Henry. 2009

SEGUNDA PARTE

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LA DÉCADA DE LOS SETENTA

El entorno de la década
A fines de la década, el neoliberalismo asomó sus narices en América Latina, aunque malamente aplicado porque le daba espalda a las enormes diferencias sociales existentes en la región. Quisieron saltar una etapa de nivelaciones sociales, y esa fue la falla según lo analizaríamos años mas tarde. Todo hacía predecir vientos favorables para que las empresas del mundo libre cobraran un buen y largo aliento. Las transnacionales pisoteaban las fronteras dando una sensación de modernidad que a muchos confundía. Tuve la suerte de percibir todo aquello y fui consciente de las oportunidades económicas que se presentaban como para que, a final de esta década, hubiese yo sembrado raíces en Guayaquil y para siempre. Guayaquil, en aquellos tiempos, era sin duda la capital económica del Ecuador y nadie discutía su capacidad empresarial y productiva. Las oportunidades de hacer dinero estaban abiertas y solo debía dejarme llevar por ese vértigo. Aquel becario lleno de ilusiones académicas quedaba como sombra detrás de rutinas jamás imaginadas. Aquel soñador socialista se transformaba en un liberal convencido, amante de las libertades y apasionado por su capacidad creadora. También comencé a aborrecer a la burocracia obstruccionista sin nociones de los que significa ser un “servidor público” sino convencida de ser un fin en sí misma.
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La tecnología comenzaba muy en silencio a tomar sus posiciones para transformar el mundo. En 1971, Intel creó el primer microprocesador, en 1972, se comercializó la primera consola de videojuegos Magnavox Odyssey. En 1974, se fundó Microsoft y Atari. En1976, Apple Computer nació en silencio con Steve Jobs a la cabeza. El mundo iría a cambiar definitivamente y jamás imaginé cuánto ni cómo. Vivía sumergido en mi trabajo y no percibía que el “shock del futuro” de Alvin Toffler nos estaba alcanzando. No me daba cuenta, en aquel entonces, cómo esos inventos transformarían al mundo y penetrarían tanto al interior de cada hogar y aún en la intimidad de cada persona. En el campo del cine prevalecieron películas como “French Connection”, con Gene Hackman y Fernando Rey; “La naranja mecánica”, de Stanley Kubrick; “El Padrino”, con Marlon Brando, Al Pacino y James Caan; “Tiburón”, de Steven Spielberg, “Taxi Driver”, de Martin Scorsese; “Fiebre del sábado por la noche”, con John Travolta; “La guerra de las galaxias”, de George Lucas. Jane Fonda fue mi ídolo sexual de la época; la esplendida actriz además, ganó dos Premios Oscar con “Klute” (1971) y El Regreso (1978). En las discotecas se vibraba con música disco rock duro y se respiraba marihuana combinada con nicotina propia o ajena. Los Beatles, ABBA, Alice Cooper, Santana, Cher, Bob Marley, Bad Company, The Cure, The Jackson Five, Elton Jones y The Rolling Stones, formaban parte de los discos que, de acetato todavía, comprábamos obligadamente. Valiosas colecciones que tontamente botamos por la aparición de nuevas formas de vender y almacenar la música35. Visto así, panorámicamente sucedieron tantas cosas durante la década de los setenta, que no puedo dejar de asombrarme al verlas aquí todas reunidas a propósito de esta introspección de mi vida. Y dentro de mi entorno propio, fruto de esto y aquello, la década se

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mi caso, fue mi flamante esposa quien se ocupó de “limpiar” la casa y despachar varias cajas de madera llenas de discos de acetato que constituían vestigio de mi soltería prolongada. Muchas carátulas estaban manchadas de ron con Coca Cola, otros muchos rayados por el uso o el maltrato nocturno, y otros tantos no era música de su gusto.

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marcó por esa permuta que había realizado entre mi vida académica y mi forma de sustento. A esa toma y daca, se sumaba la incidencia directa de algunas situaciones. Para un flamante abogado, encontrarse con el hecho de que en el país no había leyes y que los principios universales del Derecho naufragaban al ritmo de que los economistas burocratizados legislaban fue un gran desaliento. De otra parte, no me era fácil adecuarme a las responsabilidades que había adquirido; y con una profunda formación jurídica tradicional y ortodoxa. Durante estos años setenta, en Ecuador se vivió en dictadura prolongada desde el 22 de junio de 1970, cuando José María Velasco Ibarra disolvió el Congreso y asumió el control total de la República, hasta el 10 de agosto de 1979, cuando la dictadura militar decidió que se convocara a nuevas elecciones generales. Es decir que durante los 120 meses de esa década, apenas 10 vivimos en democracia. El General Guillermo Rodríguez Lara, conocido como Bombita por su forma y figura rechoncha, a mi criterio un mediocre personaje sin facha ni preparación siquiera, sino con un regordete pecho útil tan solo para lucir una enorme cantidad de medallas, proclamó una revolución nacionalista. Llegó al poder porque esa fue la corriente militarista de América Latina derivada de la Guerra Fría y auspiciada por los Estados Unidos de América para frenar la infiltración comunista aupada por la Unión Soviética y usando a Cuba como cabeza de puente. A esta influencia geopolítica se sumó la presión de las oligarquías criollas que no querían que un libanés, Assad Bucaram36, de corte chabacano y populista, ganara las elecciones que debían celebrarse. Las hubiese ganado y largamente. Estos elementos fueron propicios para despertar la ambición de los militares cuando se vislumbró la época petrolera, una vez que las transnacionales del ramo decidieron explotar por nuestro oriente ecuatoriano la masa de petróleo que estaba allí detectada hace muchos años, y que bien se la hubiese podido explotar por el Perú, a no ser porque políticamente la Unión Soviética había envuelto en sus redes a Juan Velasco Alvarado, militar y dictador de extrema izquierda que llevó al vecino país a un punto cercano a la cubanización completa. Velasco Alvarado gobernaría desde 1968 hasta 1975.
36 Assad Bucaram tenía registrado su nacimiento en la ciudad de Ambato, y se discutía si realmente

había llegado al Ecuador junto con sus padres. Según mi abuela Cristina, ella recordaba que en el barco viajaron los padres de Abdalá junto a dos de sus hijos pequeños, uno de los cuales era Assad.

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En Chile estaba ya Salvador Allende ejerciendo democráticamente la Presidencia de la República y lanzándose sobre las bayonetas al acelerar con imprudencia un régimen radical de corte profundamente comunista. Su fallida revolución y su muerte dieron paso a un largo régimen militar de derecha ejercido por Augusto Pinochet con mano dura y sangrienta. El mismo Pinochet que se enfrentó a mi padre por la disputa de la sombra que daban aquellos pinos sembrados por él para refrescar el sitio donde se parqueaba el vehículo de nuestra casa. En Ecuador, por aquello del petróleo, corrió dinero en abundancia como jamás antes había ocurrido y eso, lógicamente, estimuló el comercio. Se equipó de armas a las Fuerzas Armadas, se construyeron carreteras, escuelas y colegios, se alfombraron las oficinas públicas, la burocracia aumentó estrepitosamente. Se centralizó el país, se modernizó la capital de la República y se pavimentó la carretera Quito ¬Tulcán y así se abrió paso al intercambio comercial con Colombia. Al sur, en cambio, se la mantuvo aislado a causa de aquello de los problemas de frontera con el Perú. Se construyó la refinería de Esmeraldas. El Estado se hizo de Ecuatoriana de Aviación, pintarrajeó sus aviones y así llegó el general Bombita a Argelia para hacerse miembro de la OPEP. Una medalla más de las cuarenta condecoraciones que tuvo colgadas en su redondo y amplio pecho. Se diseñó una flota mercante estatal llamada Trasnave y se compraron barcos noruegos para robustecer una estúpida idea de transportar el banano e incentivar su exportación, idea que fracasó por falta de comprensión de los mecanismos de comercio que rigen para los alimentos perecederos. Como si fuese poco, se armó una flota de transportes marítimo llamado Flopec para mantener el monopolio del transporte del petróleo que se embarcaba desde Esmeraldas. Luego de una mini pero cruenta sonada militar en contra de Rodríguez Lara, asumió el poder el Consejo Supremo de Gobierno de Ecuador, desde el 11 de enero de 1976 hasta el 10 de agosto de 1979, presidido por Alfredo Poveda Burbano, un marino familiarizado con Guayaquil, al contrario que el rudo y tosco representante del ejército Guillermo Durán Arcentales y de un opaco General de la Aviación llamado Luis Leoro Franco. Para fines de la década, la era de los gobiernos militares
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latinoamericanos empezaba su declive. Poveda tuvo el acierto de llevarnos a unas elecciones, en las que ganó Jaime Roldós Aguilera, aunque con una constitución impuesta y aprobada con artificios y sumergida en una legislación plagada de enmendaduras expedidas por decretos dictatoriales. Jaime Roldós murió el 24 de mayo de 1981 en un accidente de avión flamante, más o menos a la misma edad que yo tenía entonces. En el escenario internacional, el conflicto árabe-israelí y la etapa final de la guerra de Vietnam prevalecían en los titulares de prensa. El mercado del petróleo se veía sacudido por las disposiciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP. Elevados vertiginosamente los precios del oro negro Ecuador sacó enormes beneficios a cuenta de los árabes, quienes tenían así un plan eficaz para introducir su Islam y su cultura dentro del mundo cristiano prosiguiendo una pugna histórica que llevaba y lleva ya mil años. El escándalo Watergate llevó a que Richard Nixon renunciara a su cargo, mientras el viaje del mismo Nixon a China comunista empezó abrir resquicios para que, a fines de la década siguiente, ya hubiesen señales de la desintegración de la Unión Soviética y de que China impusiera su sistema económico mixto y diera apertura a la tecnología y a los mercados y capitales occidentales pero restringiendo con mano de hierro las libertades individuales. Europa, ya reconstruida, logró mejorar substancialmente su nivel de vida, aunque evitando el consumismo brutal que prevalecía en los Estados Unidos como motor de su economía. Los países escandinavos, por su parte, consiguieron el más alto equilibrio económico social del mundo. A fines de la década, los fundamentalistas musulmanes tomaron el control de Irán bajo el liderazgo de Ayatolá Ruholah Jomeini, con lo que este país se apartó de la influencia occidental y se encerró en los más radicales principios y dogmas religiosos del mundo musulmán. El Estado religioso y no laico fue la contraparte que se presentó frente a los avances que en este sentido se lograba en los países occidentales y cristianos donde la separación entre Iglesia y Estado nadie la discute. En la península ibérica terminó la larga dictadura de Antonio de
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Oliveira Salazar, en Portugal, que se extendió desde 1926 hasta 1974. Murió el Generalísimo Francisco Franco Bahamonde, quien gobernó con mano de hierro a España desde 1936 hasta su fallecimiento en 1975. Murió también, en 1975, el Papa Pablo Vl luego de trece años de iniciar la renovación carismática de la Iglesia Católica. Su sucesor, Juan Pablo l falleció a los pocos días de ser electo. Llegó así al papado un polaco, Juan Pablo ll, quien con Ronald Reagan marcó su biografía en la historia durante la siguiente década de los años ochenta porque fueron protagonistas del golpe mortal que sufrió la Unión Soviética. Margaret Tatcher se convirtió en Primera Ministra en Inglaterra. En Polonia se creó el movimiento Solidaridad, con Lech Walesa a la cabeza, quien era consciente de que no tenía un marco firme para sustentar sus actuaciones. Por mi parte mi entorno existencial era oscuro. No era ni empresario ni jurista. Era un extraño en medio de la ciudad y del trabajo, entrometido y oportunista, haciendo el papel de segundo a bordo en un conjunto de empresas que, a esa fecha, tenía unos quinientos trabajadores y que llegaría a tener más de tres mil en los siguientes años. Aporté con lo que me sobraba: ímpetu, lealtad y honradez ante las arcas abiertas que pusieron delante de mí, un ex becario sin dinero en su bolsillo. Un “mal salvaje” se titularía la novela. Ver tanto dinero junto y manejarlo me causaba un extraño efecto porque no veía al dinero en su dimensión profunda. Lo miraba cuánticamente y en forma de simples billetes, es decir, papeles de colores que iban y venían. Literalmente realicé la tarea de contar billete por billete, empaquetarlo y controlar que regresase de vuelta transformado en un recibo de depósito bancario. Así, en ese ambiente sumergido y enfrascado en esos extraños menesteres, no percibí la cantidad y profundidad de los sucesos enunciados que desfilaron por el mundo durante la década.

Golpe de salud y Massachusetts General Hospital
Lo que sí marcó el calendario con la precisión que lo hace un bisturí, es la manera como se inició el 1 de enero de 1970. Un inesperado acontecimiento que me trasladó a Boston, en pleno gélido invierno. Había normalizado mi trabajo con nuevos bríos luego del chequeo y diagnóstico recibido en New York. Eso me hacía sentir tranquilo
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y al menos tenía una medicación, la azulfidine, a tomar de por vida y que pretendía no curarme sino proteger la mucosa intestinal de las consecuencias derivadas de aquella inflamación crónica que funcionaba psicológicamente como espada de Damocles. Había reiniciado frenéticamente mi trabajo para recuperar las tres semanas perdidas durante el pasado mes de octubre. Pero como nadie es dueño de nada, peor de su propio destino, bruscamente un 20 de diciembre, menos de tres meses luego de haber regresado de New York, sentí un bulto en la parte baja y derecha del vientre. Entre el ombligo y la ingle. Un bulto que crecía con una velocidad amenazante. Otra Navidad enfermo, me dije. Temía y hasta ahora temo a los meses de diciembre. Supongo que moriré en ese tramo mensual del año. El doctor Julio Salem Dibo, médico general de muchas familias libanesas me sugirió que aprovechara las fiestas para irme al exterior, ya que no le gustó aquel bulbo que palpó con su mano. La sugerencia sonó terrible pues todos la entendimos como que esto es un cáncer y, por tanto, “es mejor que te apures”. Se activaron las alarmas familiares y se movieron los contactos. Esta vez usando el radio aficionado, que era el Facebook de la época, Nicolás Kronfle Akel tenía contactos con un eminente nefrólogo, el doctor Crawford en Boston. Nicolás tenía muchos vínculos médicos en esa ciudad, debido que allí trataba a Karina, su segunda hija, de la misma fatal enfermedad renal que la primera ya fallecida por ese mismo mal congénito. Usando el radio aficionado se establecieron los contactos y se logró una cita de emergencia con el doctor Robert Shapiro, gastroenterólogo que laboraba en el Massachusetts General Hospital (MGH). Su oficina quedaba en Zero Emerson Place. Una dirección que memoricé a fuerza de las continuas visitas que tuve que realizar durante los muchos años siguientes hasta que se instaló como Director del Departamento de Endoscopía, ya dentro del mismo célebre hospital, piso cuarto del bloque Baker Memorial. Me sentía mal realmente. Tenía fiebre alta, dolores agudos y el bulto casi llegaba al tamaño de una buena mandarina tendiendo ya a manzana. En esas circunstancias y con un abrigo prestado, me embarqué solo, es decir sin ninguna compañía, con destino a Boston vía New York, donde debería cambiar de avión. Horas de espera en la escala por motivos climáticos. Nevaba en forma intensa. Era el dos de enero de
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1970. Así empecé aquella década. No hubo ni el primer día de descanso. Fue a recibirme Alfredo Suárez junior, ya fallecido. Suárez Company era una empresa familiar conformada por Alfredo Suárez; su hijo; Carmen, su esposa; y su hermano Jorge. Esta empresa era especializada en maquinarias y materiales de calzado, y habíamos establecido buenos contactos comerciales a raíz de que estábamos trabajando ya en una nueva línea de calzado deportivo marca KIT. Se trataba de una de las tantas familias cubanas que había salido a tiempo de Cuba y que arañaba oportunidades para restablecer sus vidas en Estados Unidos de América. Años más tarde se mudarían a la Florida por razones del clima y porque, además, se habían ampliado para proveer a los mercados centroamericanos. El Massachusetts General Hospital (MGH) es el hospital más antiguo de América. Varias veces y ha sido continuamente readecuado desde su fundación, en 1811 Inmenso y con muchos edificios juntos y adjuntos construidos como un rompecabezas a través de los años. Me correspondió una habitación muy pequeña. De largo tenía treinta centímetros más que la cama y de ancho un metro y medio era el espacio que sobraba. Un cuarto de baño, minúsculo. La habitación quedaba al final de un corredor del ala denominada Baker. Pocos años más tarde, ese edificio fue demolido y uno nuevo se levanta hoy en su reemplazo. Desde hace cuatro décadas que voy anualmente a ese hospital, y nunca he visto que se haya cesado de realizar trabajos de modernización y que éstos interrumpieran su debido funcionamiento. En los Estados Unidos nada deja de modernizarse continuamente en contraste con lo que sucede en Ecuador donde, cuando algo se inaugura, es como que se hubiese llegado a una meta para siempre. ¡Vaya invierno! Se batían registros históricos, Los viejos calefactores crujían. Nieve en sus máximos récords. Luego de una semana de exámenes de todo tipo, ingresé al quirófano para una operación previa a la que se vendría luego de que toda aquella infección que causaba el enorme bulto ya del tamaño de una manzana en vía de transformarse en papaya, hubiese sido controlada. Era una inmensa bola de pus causada por una nueva fístula que no había podido atravesar la pared abdominal. Antibióticos, botella tras botella, alimentación solo intravenosa. Debía esperarse toda una semana para evitar que la segunda intervención fuera
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contaminada por la infección que provocó la primera ida al quirófano. Recién para el 21 de enero me harían la operación que consistía en hacerme una bypass intestinal que supuestamente aliviaría la carga de trabajo del segmento dañado. Para ese tiempo había la esperanza de que el intestino así aliviado se recuperaría. Estaban experimentando al respecto. Luego, estadísticamente se comprobó que ese tejido intestinal dañado por la enfermedad de Crohn nunca se recupera. Así que fui parte de esas y de otras estadísticas que se llevaron a cabo en ese centro de investigaciones tan avanzado Durante los días de espera, caminando con mi suero por esos largos corredores, maduré cien años. En cada habitación había un enfermo con complicaciones diversas. En esta habitación era cuestión de hígado, acá de amputación diabética, allá la de un quemado que tenía seis meses encerrado. De cuántas cosas puede morir un ser humano. En el cuarto contiguo al mío, estaba una paciente cubana llamada Carmen de García, casada en segundas nupcias con Carlos García. Su arteria principal estaba colapsaba en el sector que va del corazón al riñón. Establecimos diálogos frecuentes, ya que por el oír a través de las débiles paredes que separaban los cuartos me enteré de toda sus andanzas y de las peripecias que los cubanos expatriados habían vivido al dejar atrás apuradamente sus fortunas, casas y amigos. Los recorridos por esos corredores me hacían observar la vida como un drama permanente. Los enfermos esperando recuperar la salud para luego, inevitablemente, encontrar la muerte en distinta circunstancia. Meditaba sobre el ayer, contemplaba mi sombrío presente y me preguntaba ¿valdrá la pena seguir en el empeño? Cada lunes, muy por la mañana, una secretaria del hospital dejaba delante de mi almohada una factura. No tenía para ese entonces un seguro de salud: la factura era pagada puntualmente por la oficina de Suárez Company y esos valores eran cargados en mi cuenta en Guayaquil. Se cumplirían dos años de trabajar y los ahorros se esfumaban con la velocidad del rayo. ¿Qué sentido tenía mi planificada existencia? Es más, mi cuenta corriente en la empresa se puso en un rojo vivo, realmente inmanejable. Ya no estaba alquilado. Estaba hipotecado por una década. Comencé a pedir a la asistencia social que se ocupe de ver cómo
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financiarme, a lo que me respondieron que eso era imposible de solicitar siquiera porque yo había demostrado absoluta solvencia al pagar todos los martes y tan puntualmente mi factura de la semana anterior. En vano yo explicaba que estaba adquiriendo otra deuda para eso, y supliqué a los Suárez de no hacer los pagos, cosa a la que se opusieron porque eran órdenes estrictas del señor Antón, su muy importante cliente. César Mederos era otro cubano, también emigrado a Boston en razón de los cambios que se habían producido en su país diez años atrás. Junto a su esposa visitaban a sus amigos García, y hablaban añorando, describiendo o comentando sobre la suerte que había corrido cada familia de esa alta sociedad cubana a la cual, sin duda, habían pertenecido. Yo escuchaba irremediablemente por el alto volumen de sus voces latinas y el poco espesor de las paredes. Hablaban mis amigos cubanos de las piscinas convertidas en huertos populares, de aquellas casas inmensas donde convivían varias familias aglomeradas y de mansiones destruidas e inutilizadas por falta de alguien que las mantuviera. Hablaban de los revolucionarios cuyo triunfo se debió más a la corrupción de un grupillo de gobernantes, que a épicas victorias en el campo de batalla. Escuchaba todo eso y meditaba en mi lejano Ecuador y en sus cuentas sociales pendientes. Carmen García entró a mi habitación a darme fuerzas antes de mi segunda operación. Entré y salí del quirófano con esa buena suerte que ella me había deseado. La cirugía me dejó una enorme cicatriz vertical de inmensas proporciones. Esperaba ser dado de alta unos ocho días más tarde. Gracias a César, conseguí dos libros que leí masticando con deleite: “Moby Dick”, de Herman Melville, en su versión completa; y “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, de Charles Dickens. Luego me trajo “La hermana San Sulpicio”, de Armado Palacios Valdez, e “Ivanhoe”, de Walter Scott. Se trataba de darle ritmo a los días y noches pues, de otra manera, las horas pasaban a cámara lenta. Pude ir a la habitación de mi vecina y desearle también su buena suerte antes que ella ingresara a la sala de cirugía, sin saber que ella nunca recuperaría su conciencia. Cinco días luego de mí segunda operación por un cirujano de gran prestigio, Frank Weelock, comencé a sentir fiebre; ésta subía vertiginosamente a tal nivel que comenzaron a rodearme médicos y
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enfermeras. Era una noche gélida y ventosa. Abrieron la ventana y un viento invernal entró a la habitación en forma de latigazos violentos. Así bajaron el nivel de temperatura de la habitación para, de inmediato, sumergirme en una bañera llena de alcohol y hielo. Luego de bregar como dos horas la fiebre estaba bajo control. Mi temperatura corporal había llegado a 107 grados Fahrenheit, tal como lo miden los anglosajones, o 42 grados Celsius. Del delirio pasé a un sosiego parecido al estado que debe tener un moribundo. A la mañana siguiente y muy temprano, vino Frank Weelock acompañado de su maestro que era ya un anciano de aspecto respetable. Estaban también el doctor Robert Shapiro junto a un gentío de asistentes, enfermeras y practicantes. Mis leucocitos andaban por los cielos, y demostraban una infección de altísimo riesgo. El profesor, con un marcador negro, dibujó sobre mi cuerpo una larguísima raya horizontal en forma de media luna que pasaba de un lado a otro de mi vientre, por encima de la cicatriz anterior que se le iría a cruzar verticalmente en sus dos extremos. Multiplicaron las botellas de suero hasta desalentarme al verlas en espera haciendo fila interminable. Todo me hacia calcular lo largo que sería el proceso y que las facturas semanales seguirían llegando hasta el embargo de lo que de mí yo intelectual quedaba. Entré a la tercera operación sucesiva dos días más tarde, más o menos, porque realmente ya no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que estrellé mi reloj de pulsera contra la pared de enfrente, y me abandoné a mi suerte sin ponerle empeño ni ganas. Realmente me rendí y mandé todo a la mierda. Pasó un sacerdote por mi cuarto y comulgué sin fe ni ganas. Apenas me dieron un milímetro de la sagrada hostia para cumplir con la dieta rigurosa. Recé un Padrenuestro muy despacio aquella frase que tantas veces recité mecánicamente sin entender plenamente: ¡Hágase Tu voluntad, aquí en el cielo como en la tierra! Me sentí transportado hacia la muerte y vi, ante mis ojos, el féretro de mi hermano fallecido ocho años antes. Pensé en mis padres y sufrí inevitablemente recordando los viejos tiempos cuando todos juntos vivíamos felices. Cuando recobré conciencia, ya en la pequeña habitación, me encontré inesperadamente con Solange Raad, mi prima hermana, a quien habían enviado para hacerme compañía. El doctor Shapiro había
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explicado a los señores Suárez que mi estado de ánimo no contribuía a mi recuperación. Y Solange fue así la persona designada para hacerme compañía durante la siguiente etapa de esa ya larga estadía hospitalaria. Me ayudó bastante anímicamente, aunque a veces extrañaba estar solo con mis propios pensamientos. Claro que solidificamos una amistad y un buen recuerdo que nos uniría aún más y para siempre. También me encontré con dos gruesos tubos plásticos, rellenos de gasas, que me brotaban del pecho a un palmo de mi cuello donde empieza el esternón. Se trataba de un drenaje general. Cada dren iba al interior del vientre una por el lado derecho y el otro por el izquierdo y de esa manera, mediante una laboriosa cirugía, todo foco de infección encontraba un camino de evacuación hacia afuera de la piel surcando el laberinto de tripas. Mis intestinos volvían a ser manipulados y esto a la larga me produjo la formación de adherencias que se volvieron como tirantes revueltos dentro de todo el vientre. Quedé así inhabilitado para siempre respecto a la posibilidad de tener las laparoscopias que tres décadas más tardes se practicaban para evitar las cirugías invasivas. Aquel drenaje de 1970 fue una solución altamente manipulada que me dejó secuelas por adentro. Día a día, me un pequeño tramo de drenaje, y sólo pasadas dos semanas pude entender que se trataban de mangueras de unos ochenta centímetros de largo cada una. Mientras tanto el pus drenaba y drenaba y seguía drenando. Para el 14 de febrero, día de San Valentín, me sentía anímicamente recuperado, y las enfermeras todas me parecían inesperadamente alegres y bellas. Comencé a alimentarme por cuenta propia con un mínimo de apetito luego de haber permanecido sin ingerir alimentos por boca durante seis semanas completas. Estaba básicamente en compás de espera de que la cicatrización culminara su proceso y de que recuperase peso. La balanza, ubicada en el corredor daba testimonio de mis escasas noventa libras. Y un día de esos en los que yo cumplía esta rutina apoyado en el trípode aquel desde donde colgaba mi permanente botella de suero y antibióticos, di paso a otro paciente muy obeso que alcanzaba sus 500 libras. Recuerdo todavía la risa nerviosa que me dio al ver la cara de los pasantes y enfermeras de esa imagen contrastante que la pareja conformábamos todos los días haciendo fila a la hora de pesarnos. ¡Y la risa nerviosa es cosa seria cuando el abdomen está con cicatrices frescas y peor con una herida abierta por donde brotaban dos tubos! Tuvieron que inyectarme tranquilizantes
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para neutralizar los movimientos involuntarios del diafragma, mientras con una almohada me presionaban ese abdomen para impedir que se abrieran los puntos. No era cosa de cinco minutos sino de risotadas involuntarias que duraban horas. Tuve dos ataques de risa que hasta este momento me causan risa, pese a lo dolorosos que fueron. Dejé de salir al corredor por dos días, pues bastaba ver la balanza para que el abdomen comenzara a moverse por cuenta propia hasta causar las carcajadas que eran vomitadas. Doña Carmen García falleció un día antes de que yo egresara. Lo impactante fue ver a sus tres hijos que llegaron a destiempo para verla en estado de inconsciencia. Venían de lugares distintos de los Estado Unidos de América. Ya no era una familia, eran sobrevivientes de una revolución que les afectó más que en sus bienes terrenales, en sus valores latinos, en su idiosincrasia que posiblemente se les quedó en Cuba. Eran robots despojados de lágrimas. Llegó cada uno por su cuenta y se fueron tan rápido como pudieron. A los pocos minutos, un equipo de personas limpió ese cuarto con una velocidad e intensidad extrema. Media hora más tarde ingresó una joven muy bella, de unos veinte años, con una pierna fracturada. Todo el cuarto se llenó de flores, adornos y amigas alegres que pasaban dejando chocolates y firmando sobre el yeso con crayones de colores. ¡Pobrecita!, me dije. No tiene idea de qué se trata la vida, que la disfrute mientras tanto. Muere alguno cada instante y la vida continúa como las gotas de agua de un río que una a una son transportadas inexorablemente a su final destino, unas chocando contra piedras y otras plácidas, saludando al sol y al viento, hasta que finalmente el mar se las devora por igual sin distinguir la dificultad de cada travesía.

Pilgreen House
El Servicio Social, ante mi insistencia, me había presentado una opción para aligerar mi factura durante las tres semanas que, teóricamente, faltaban para darme de alta; salir del hospital, que costaba 100 dólares diarios, a una casa de reposo llamada Pilgreen House, ubicada en Peabody, Forest Street, a veinte minutos de Boston y que solo costaba 30 dólares. Acepté la propuesta de inmediato. A fines de febrero egresé acompañado de Solange y me llevaron a mi nuevo alojamiento, luego de lo cual ella partió de regreso a Guayaquil.
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Quedé solo nuevamente. Así me sentía más cómodo espiritualmente. Todavía no captaba que Pilgreen House no era una casa de reposo comparable con aquella ubicada en la Riviera Francesa donde había convalecido tres años atrás durante mi larga hospitalización en mi época de estudiante. Se trataba en la práctica de un auténtico asilo de ancianos manejado con el confort que los norteamericanos suelen alcanzar en todas sus cosas. No es lo mismo una residencia estudiantil llena de jóvenes en recuperación, que una estructura de cemento alfombrada donde se depositan a ancianos que ingresaron por la puerta delantera y saldrán encajonados por la puerta trasera, meses o pocos años más tarde. A mis 29 años estaba, así de pronto, refugiado en un desesperanzador asilo de ancianos. Eso es un asilo. Un lugar sin esperanzas. Cada anciano o inválido era una montaña de tristeza. Miradas extraviadas sobre la ventana esperando que el domingo se apareciera al menos uno de sus hijos con sus nietos para traerle un regalito que no le serviría para nada como esas flores o cajitas de chocolate sin importar la diabetes. Las visitas de aquellos familiares eran más bien cortas y simples formalidades para tranquilizar sus propias conciencias. Hablaban de nada o de cosas huecas para luego alejarse tranquilos con la felicidad del deber cumplido. Opté por no salir a la sala comunal donde se aglomeraban las sillas de ruedas para no ver las babas chorreando sin control ni olfatear los esfínteres controlados con húmedos y malolientes pañales ni percibir los rostros esculpidos con muecas deformadas neurálgicamente. Allí los reunían a todos para jugar un insípido bingo sin apetencia de premios, y para tomar el té de la tarde sin poder siquiera saborearlo. Durante el día me refugiaba en mi cuarto para no estar allí donde se reunían las desesperanzas de todos. La cena se servía a las cinco de la tarde y a las siete se apagaban las luces. Aprovechaba ese cambio de ambiente, salía de mi habitación y me sentaba solitario en ese enorme salón de tristezas a meditar en lo cruel que finalmente resulta ser la vida cuando queda reducida a ese tan angustioso compás de espera de la muerte. Mejor que ese fantasma llegue abruptamente, pensaba y hasta ahora así lo pienso. Felizmente las enfermeras eran jóvenes y ellas también necesitaban
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ver a gente joven, razón por la cual resulté ser el paciente preferido y halagado por ellas. Allí, en delirio de soledad y de angustia, creo haberme enamorado de Diane Carroza, una bella y joven asistente que me atendió con cierta notable deferencia y que, a veces, se distraía de sus funciones de atender y engreír a los residentes con idéntico y equitativo esmero. Diane fue un oasis en medio de tanta languidez existencial. Creo que hasta le pedí la mano en matrimonio, al menos por un ratito que me la prestó para que allí depositara mi beso. Mi mal inglés me limitaba. Recuerdo sus piernas tan bostonianas, blancas y rellenas. Eso me insuflaba, al igual que cuando en Nancy otras piernas francesas de enfermera me dieron aliento para seguir recuperando la salud luego de un período comatoso cuyo peor síntoma fue carecer de ningún tipo de deseos, a más, quizá, de ir al baño. Quedaron huellas permanentes de aquella extraña convivencia con ancianos inválidos. Pensaba en mis padres y en su vejez. Eso me daba angustias y temores no tanto de la ancianidad sino de la cruel invalidez mental o corporal. Fue tan fuerte la experiencia, que desde ahí temí a quedar inválido dependiente y constituirme en una carga para quienes me quieren y rodean. A esa temprana edad tomé la decisión a favor de la eutanasia, inclusive a mano propia. Durante mis tres semanas de estancia en esa “casa de descanso” murieron un total de tres huéspedes. A razón de uno por semana. Era lo estadísticamente programado. Lo no programado era salir por la puerta principal por donde yo salí rumbo a New York, donde Juan Bucaram se encargaría de ponerme en el avión de Lufthansa de regreso a Guayaquil. Lejos estaba de saber que Boston se convertiría en la ciudad a la que más veces visité, y ha sido parte de mi periplo anual durante ya 43 años seguidos. Boston es una ciudad que amo, no solo por su estilo, sino en la que durante mis estancias y en sus parques es donde mejor medité acerca de mi vida, de mis angustias y anhelos. Gracias a ello obtuve fortaleza frente a una enfermedad que nunca me ha abandonado y que me ha sido leal como pocos lo han sido.

Regreso y retorno aparatoso
Ya dado de alta, emprendí el viaje de Boston a Guayaquil. Don Juan Bucaram, quien estaba todavía en New York, quería él mismo y
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personalmente embarcarme en Lufthansa para devolverme sano y salvo, y así destacar la preocupación que mantuvo respecto a mi salud durante mi larga estancia en el MGH. Con mi vendaje a cuestas cubriendo y protegiendo los dos anchos drenajes abiertos a la altura del esternón, llegué nuevamente al hotel Plaza, a la misma buhardilla destinada para los de tercera clase o acompañantes de viejos millonarios. La planilla corría por mi cuenta, que si por don Juan hubiese sido me colocaba en una suite de primera. Dos días con sus noches y absolutamente delgado y demacrado. Almorcé con mi anfitrión que se sentía orgulloso de darme la acogida; y además, creo, porque realmente me apreciaba. Devoré los doce ostiones gigantes servidos sobre una bandeja de plata llena de hielo y un tremendo filet mignon en su término medio. Luego el obligado cheesecake de New York. Por la noche, don Juan quería festejar a lo grande y a su propio estilo. Me obligó a ponerme el abrigo y en una limosina me llevó al Château Madrid, una boîte de lujo donde él repartía sus billetes de a cien como propina a cada paso que daba. Era como un rey entrando en su palacio. Nos acompañaba Pierre Hitti, mi primo hermano mayor que estaba en un viaje de negocios. Nos pusieron en una mesa privilegiada para ver el show y servirnos la cena. Trajeron champagne en abundancia y colocaron una silla adicional al lado del anfitrión que seguía regalando y repartiendo sus billetes. Al poco rato vino una dama bastante maquillada de unos cincuenta y tantitos más años y se sentó muy arrimada a don Juanito, como lo llamaban todos. Cariñosas atenciones y saludos. Eran sin duda viejos amigos. La feliz pareja sin importarle los evidentes veinte y tantos de edad en diferencia, recordaba jocosamente cuando habían cerrado algún cabaret en París en otras lejanas épocas. Luego se pusieron a bailar mejilla con mejilla. Pierre por su lado también bailaba con otra bella mujer acaparada entre la champaña y las risotadas; y yo, el jovencito, con menos de cien libras de peso, sentado en una mesa me revisaba el vendaje para ver si drenaba o no el fluido al ritmo previsible como para no traspasar la camisa. Finalmente me levanté, tomé un taxi y regresé al hotel para preparar mi triunfal regreso a Guayaquil. Nunca olvidaré la escena; me parecía inverosímil que, quien por juventud debería haberlo pasado a lo grande, por salud simplemente era una piltrafa que no pudo disfrutar sino de observar aquellos contrastes de la vida. Don Juan, que era quien realmente tenía un aspecto claro de anciano, en nada se parecía a los ancianos de la casa de salud que dejé atrás esperando una caja
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silenciosa que receptara sus despojos. Don Juanito murió doce años más tarde. Nunca dejó de hacer sus travesuras juveniles, incluso cuando necesitaba tanque de oxígeno para calmar las consecuencias de su enfisema pulmonar y de sus avanzados años. Llegué a Guayaquil directo de New York luego de casi tres meses de ausencia. Planifiqué una semana en Salinas para recuperarme antes de volver al trabajo. La herida abierta por donde un débil fluido drenaba no me incomodaba. Había forzado mi regreso más porque tenía ansías de salir de aquel atolladero y de esa casa de asilo. Lo recomendable era que la herida cerrara primero y los médicos aceptaron darme de alta porque percibían mi lamentable estado de ánimo. Mis padres vinieron de Quito para recibirme y acompañarme en la playa. Extrañaba ese sol maravilloso luego de tanto frío, viento, dolor, miedo y nieve. Extrañaba la comida de mi madre, el pescado tal como ella lo preparaba. Extrañaba a mi famosa “gallada” que por cierto estaba allí disfrutando de su alegre soltería y que cada sábado puntualmente durante toda la temporada playera se sentaba en la arena rodeados de chicas a tomar sus tragos a pretexto de su amigo enfermo, que estaba “agonizando” allá en Boston. Así eran las noticias. ¡Salud! Era el brindis que a causa mía tenía su doble y noble sentido de solidaridad y farra. Total que ellos pasaron muchos sábados tomando a mi salud y a mi memoria. Hasta la fecha lo siguen haciendo con cualquier otro pretexto ya no al pie del Yatch Club sino en otro sitio más discreto y cercados por sus esposas, hijos, nietos y los años que también les fueron cayendo encima. Lastimosamente esa vacación en la playa duró tan solo un día completo. Al despertar siguiente amanecí encharcado de un fluido totalmente amarillo que brotaba a un ritmo que iba en veloz aumento. Me pusieron gasas, toallas y todo cuanto encontraron. Era como una llave abierta que expulsaba aquello que, por su color, supusimos procedía de las vías biliares. Se estaba produciendo una descompensación de los electrolitos, un asunto bastante peligroso. Regresamos a Guayaquil y me ingresaron en la ruidosa Clínica Parker, ubicada en plena Avenida 9 de Octubre, para hacerme unos exámenes señalados desde Boston. Se debía hacer una radiografía con contraste partiendo de la herida abierta por donde brotaba aquel incesante flujo que empapaba una toalla en cosa de pocas horas. No había gasas estériles suficientes que pudieran
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represar ese fluido amarillento. Introdujeron por la herida una jeringa para inyectar un líquido de contraste y lograr así una radiografía para ubicar el punto de inicio de aquel riachuelo inesperado. Todo fue en vano. El procedimiento era totalmente rústico y las placas solo marcaban una plasta desbordada alrededor del vientre. Al día siguiente estaba nuevamente embarcado en un avión de Lufthansa de regreso a Boston. Me habían colocado una funda de colostomía sobre la piel para recoger los fluidos y hacerme cómodo el viaje. Las caras de impotencia de mis padres dramatizaban el ambiente de angustia que, ya de por sí, me envolvía. No podían acompañarme por limitaciones financieras y yo prefería estar solo. Ese fue el único momento de mi larga vida hospitalaria en la que estuve con ellos. Una insólita noche en la Clínica Parker ubicado en la bulliciosa avenida guayaquileña. Aterricé en Boston con la fundita totalmente seca. Al parecer al inyectar el líquido de contraste por el conducto, éste había sido taponado. Si no fue eso, fueron las oraciones de mi madre. Los doctores me pusieron en observación; luego de dos días de internado en el hospital y de realizados algunos exámenes me mandaron al hotel. Debía reportarme de inmediato cuando ese fenómeno se repitiese. Durante las tres semanas siguientes, tendría que ir cada tres días a una consulta para realizarme exámenes de sangre completos. Me ordenaron subir de peso. Me instalé en el amplio hotel Statler Hilton37, vecino al Public Garden de Boston. Esa área del centro de Boston poco a poco fue regenerada. En aquel entonces estaba llena de oscuros clubs nocturnos con nudistas, gánster y bohemios. Me advirtieron que no camine por allí durante la noche. Por curiosidad, claro que lo hice; más por sentirme curado y normal que por tentaciones de otra índole. No estaba todavía recuperado pero ya había buenas señales orgánicas. Ya era abril y la primavera hacía su efecto renovador en mi moral y ánimo. Leía tan lentamente, como masticaba y degustaba comida sabrosa, porque al menos apetito sí tenía. Mis lecturas esta vez fueron

37 Actualmente se denomina Boston Park Plaza Hotel & Tower.

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refrescantes y amenas. Al menos ya podía ir a rebuscar en las librerías bostonianas libros en español, pues en inglés me resultaba difícil y cansado. Así cayó en mis manos Charles Dickens, quien se convirtió en mi mejor compañero. Disfruté con “Historia de dos ciudades”, “David Copperfield”, “Cuento de Navidad” y “Almacén de antigüedades”. Por otra parte, Alejandro Dumas me hizo las delicias con “Los Tres Mosqueteros”, “Veinte años después” y “El Vizconde Bragelonne”. Historias amenas, cálidas y refrescantes que las había leído durante mi adolescencia en versiones resumidas y sin valor literario. Leerlas en las voluminosas ediciones completas es toda otra cosa. Me ingenié un método muy eficaz para hacer rodar el tiempo: lecturas simultáneas, es decir leía tres libros diariamente en sus respectivos horarios. Calendaricé mis tareas y fijé un horario como si tratase de ir a clases. Así de 9 a 10 de la mañana, leía un libro. Luego quince minutos de recreo o estiramiento. De 10h15 a 12h15, otro libro diferente, para quedarme con ese sabor a suspenso y renovar en la tarde otras dos horas de lecturas de otros dos libros distintos. Así mantenía un interés permanente día a día, esperando la continuación dosificada para la mañana o tarde siguiente. También intercalé aquello de hacer solitarios, pasear por el parque, almorzar, cenar y por la noche rematar con algo de televisión en el cuarto, donde pasaban béisbol, un deporte complicado de entender para quien no tenía nociones de ese juego de ajedrez con pelota. De esa manera, fragmentando disciplinadamente mis obligadas faenas, convertí a esa convalecencia en un período adecuado para recuperar serenidad. No pensaba en mí. Pensaba, me concentraba y disfrutaba en lo que hacía día a día, hora a hora minuto a minuto. Cuando estamos saludables, no apreciamos lo simple que es la vida y la cantidad de simplicidades que nos perdemos de disfrutar al quedar envueltos en ese vértigo en el que solemos estar sumergidos. Jugué mil solitarios de naipes anotando sus resultados de acuerdo a cuántos naipes sacaba afuera del tablero, y de esta manera obtenía imaginarias respuestas a las preguntas que a la baraja hacía. Paseaba por el hermoso parque aquel, por donde muchas veces y años más tarde nos instalaríamos con Patrizia, mi esposa, para que ella alimentara
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a las ardillas o patos y tomáramos descanso de largas caminatas o simplemente para leer un libro o contemplar a los pasantes. De las cuentas económicas no quise seguir rumiando ni delirando. A grosso modo, debía unos 19.000 dólares, además de haberme gastado mis ahorros de dos años. Entendí que debería quedarme vinculado con la empresa por unos cinco años y sin contar las posibles nuevas emergencias que surgieran como efectivamente sucedió. Luego de eso, ya vería. Me sentía en deuda e iba a cumplir con eso del agradecimiento, retribuyendo con dedicación y trabajo38. Ya conocida la naturaleza de mi enfermedad siempre tuve un pasaporte y visa americana debidamente actualizados, además de ahorros independientes para manejar la salud. Menos mal que era soltero y había decidido mantenerme como tal para no complicarme la vida a mí ni a mi posible compañera y peor a una posible descendencia39. Agradecí la inspiración que tuve al no quedarme en Europa y la de ir a Guayaquil a un trabajo que me remuneraba bien y que, además, aguantó esos cuatro meses de ausencia. ¡Qué cosas depara el destino!, pensaba. El dinero era importante, sin duda, por lo que me sentía capturado o atrapado dentro de unas circunstancias nunca imaginadas ni previsibles. Mi inolvidable hermano Tony había vivido y muerto de un sopetón. Mi caso era diferente y mi destino sería el de vivir y morir a plazos, pues cada anestesia general, de las veinte y cinco que hasta este momento he llegado a recibir, es un pedazo de muerte y un agujero negro similar al Big Bang, como lo bautizaría Stephen Hawking dieciocho años más tarde con sus complejas teorías que no acabo de entender todavía. Prefiero pensar que iré a un cielo azul y con nubes decorativas, que a un agujero negro que no permite el paso de la luz siquiera. Todos estos detalles narrados fueron intensos y sin duda me

entablé una relación de amistad y profesional todavía vigente y de eso cuarenta y dos años hace, me advirtió que se trataba de una enfermedad costosa y traicionera. Eso me volvió muy cauto en el manejo del dinero. 39 No se conoce con certeza si se trata de una enfermedad hereditaria. En mi línea familiar mi sobrino Esteban Najas Raad tiene la enfermedad de Crohn.

38 Respecto a cómo se comportaría mi salud de allí en adelante, el doctor Robert Shapiro, con quien

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marcaron; quizás sirvieron para explicarme por qué mis aspiraciones académicas habían quedado enterradas o pospuestas. Al momento al menos, no había otra opción que dedicarme a trabajar con empeño en cosas que, en el fondo, no me satisfacían espiritual ni profesionalmente. Entonces cobró sentido esa frase de antiguo acuño: ¡Si no tienes lo que amas, ama lo que tienes! Y así sucedió. Sin mirar hacia atrás ni hacia los lados, solo quedaba avanzar hacia adelante, lo cual no significaba que no se le pondría a la aventura un poco de sal y otro de pimienta.

La jefatura laboral
Me reincorporé al trabajo un veinte de abril de 1970, luego de casi cuatro meses de ausencia. Toda la década por delante. Me sentía con deudas económicas y morales contraídas, así que le metí al trabajo con más fuerza que nunca. Tenía que recuperar la real jefatura por encima de la imagen enfermiza que estaba ya escrita en mi hoja de servicios. Tenía que hacer pesar mi propia hoja de vida, mi capacidad y dedicación para conducir a tantos subordinados. ¿De qué otra manera podría alcanzar el respeto de ellos? Mantenerme en el cargo pese a mis quebrantos de salud debía ser compensado con duplicados esfuerzos. Se había cumplido el plazo de dos años que me propuse cuando acepté el trabajo en Guayaquil con el objeto de tener ahorros suficientes como para volver a Europa en busca de mejor destino. El balance era negativo: en lugar de ahorros, había deudas. Tragué mis viejos propósitos y puse en manos de Dios lo que vendría luego. Sin alternativas, solo me quedaba un camino: mi trabajo. Más vale pájaro en mano que sueños volando. ¿Había madurado o me había resignado? La empresa crecía tan aceleradamente que me sumergía cada vez más en la enorme responsabilidad que se iría acentuando conforme crecía el número de personas que constaban en el rol. Formado en ciencias sociales y con profundas raíces y educación humanista, sentía muchas inquietudes por los temas laborales, agravados en sí porque en mi conciencia tenía claro que solamente por ser el sobrino de mi exitoso tío pasaba a ser repentinamente jefe de un montón de personas cuyos nombres, cargos, capacidades y estructura familiar poco conocía. Siempre me sentí molesto cuando mi jefe me presentaba como a su sobrino y esto me aguijoneaba. Debía asumir esas responsabilidades de
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acuerdo a mis propios criterios y estableciendo mis propios matices sin olvidar nunca que yo no era el dueño. Delicada y complicada tarea que fui cumpliendo con dignidad y sin resignación que la empañara. Al ingresar a la empresa en 1968, mi primera y mayor sorpresa fue encontrar que el código laboral no se cumplía plenamente. Era un referente. Se afiliaba al Seguro Social a los empleados luego de largas y voluptuosas permanencias de prueba. Los sobretiempos no se tabulaban siquiera, más por falta de esquemas de control que por órdenes expresas de nadie. Puse orden y establecí una cultura severa e inamovible en cuanto a las normas laborales. Había desorden administrativo en los archivos laborales. El jefe de personal era un capataz más que un vehículo para conectar a los obreros con los empleadores. El tema de acoso sexual no era parte del lenguaje todavía, pero como práctica era casi la regla especialmente a nivel de obreras. Era algo casi normal someter a las solicitantes a la “pernada” o “derecho de corcho”, que es como yo solía llamarlo. Y así, las más guapas por cierto se aprovechaban de este mecanismo que les otorgaba oportunidades ante quienes ejercían el poder discrecional de contratarlas. No era un problema de esa empresa en particular, sino de la cultura general de la época. Tampoco eran temas detectados por el dueño, ocupado que andaba en la dinámica de crecimiento de sus atrevidos emprendimientos. Simplemente no había una jefatura administrativa que trazara políticas generales y que las vigilase. En cada departamento prevalecía lo que dijera el jefe directo. Poner orden era realmente la naturaleza de mi cargo y al menos lo asumí de esa manera. Me paré firme para establecer normas generales y, con pleno conocimiento jurídico y buena formación y sensibilidad social, enderecé las situaciones que se iban presentando. José Antón Díaz, un hombre carismático, sabía por instinto cómo exprimir las frutas y así a cada quien sacaba su propio jugo extrayendo lo mejor de cada uno. No se puede sacar zumo de manzana a un coco, ni sabor a cebolla de un ajo. Siendo un líder nato, y dada su personalidad firme pero agradable, lograba manejar los temas laborales sin mayores dificultades. Daba más de lo necesario a quienes consideraba claves, y hasta ahí llegaba su análisis pragmático. Estos son los imprescindibles,
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me decía, y hasta allí llegaba su visón del campo. Ellos eran engreídos, y yo entre ellos. Y la realidad era que el carisma del jefe era la base y el sustento del esquema laboral, ya que él contrataba a los jefes y se acercaba a los empleados y obreros con gran facilidad y estilo porque tenía buen ojo para ello. Le encantaba cruzar informaciones y oír las voces de abajo, más que por satisfacerlas para tener control sobre los jefes. Mi problema, ya lo dije, consistía en definir y transmitir mi propio estilo, para lo cual debía actuar con intuición y por formación académica. Yo estaba intelectualmente más cerca de ser socialista que capitalista, y esto me traía confusiones y sentimientos de culpa no compatibles con aquellas reglas de juego de la “productividad”. Además para mí era distinto que para el Jefe. Ser el segundo de abordo significa que existe una instancia superior y esto resta impacto al poder de decisión y, peor aún, si quien lo hace tiene tan marcado carisma. Ello tienta a que salten la cadena de mando y se creen dificultades adicionales. Por otra parte, mi sentido de productividad me hacía definir la fidelidad de los empleados como un capital operativo o una inversión a mediano y largo plazo, no como un simple gasto fijo que es como se lo muestra en los balances. Entonces, para atenuar las rigideces empresariales que en materia laboral se imponían, diseñé mecanismos para dar beneficios por debajo de la mesa. Es así como yo mismo me encargué directamente de manejar los préstamos de empleados, considerándolo estratégico porque me daba la oportunidad de conocer más la intimidad y las situaciones personales de quienes me rodeaban; me sentí así mejor ubicado y más cercano de sus angustias, sus vergüenzas, sus mentiras y sus propias debilidades. Respecto a los controles, prefería trabajar más en base de confianza que de suspicacia. Apostaba más al valor humano que a los auditores operativos pues estos, como humanos, suelen entrar en complicidades y facilitar el engaño una vez que uno se confía en los informes. En los puntos vulnerables, que son aquellos por donde ingresaba o egresaba dinero o mercadería, debía haber más acercamiento y cultivo de eso que se llama confianza que no se genera sin calidez humana y conocimiento pleno de la función encomendada. Muchos suplían este sistema por
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la generación del miedo y con autoritarismo y eso no me resultaba agradable. Practiqué organigramas planos y en vez de esos desarrollados de acuerdo a los manuales internacionales. Conforme crecen las empresas, y es el caso de las transnacionales, es que se requiere articular las tablas de decisión de una manera más sistematizada. Mientras tanto prefería trabajar a la criolla aplicando el sentido de recíprocas lealtad y confianza. A final de cuentas, me habían contratado en base de confianza y no por lo que en la universidad me habían enseñado que fue nada en materia de administración empresarial, profesión que durante mi época académica me parecía deleznable. Con el pasar del tiempo y el llegar de los “business administration”, las cosas fueron cambiando y el factor capital se volvía cada vez más prepotente frente al factor laboral. Cuando se pasa de ser una empresa familiar a una mayor se va deshumanizando el concepto del empleo y se llega a las prácticas de lo que la izquierda denomina capitalismo salvaje. Felizmente no había aterrizado en una transnacional. No hubiese podido manejarme dentro de esos armatostes sin otra alma y corazón distintos a eso de ganar hasta el último centavo posible, exprimiendo un organigrama donde los cargos significan más que las vidas de quienes los ocupan. Cada día afrontaba nuevas experiencias y circunstancias que se debían resolver sin acudir a reglas fijas o manuales. Había con frecuencia que improvisar y encontrar el nivel de tolerancia sin perder o afectar la jefatura. Por otra parte hay un peligro difícil de sortear: el ego que se tiende a desbordar cuando se supone que el jefe, por tener la capacidad de contratar o despedir, siempre tiene la razón. Si eso llega a suceder, muy fácilmente se cae en las garras de ese gusano que transforma al jefe en capataz. Cuando se ejercita el capatazgo los colaboradores dejan de serlo y se asemejan a máquinas sin inteligencia porque el miedo les inhibe en su creatividad, se incentiva la zalamería y se cultivan las intrigas internas. Nunca había sido jefe de nadie; y de pronto habían tantas personas que dependían de mí directamente, y de la apreciación que me formaría sobre ellos, errada o acertada, radicaría mi propio éxito. En el camino me debería topar con todo tipo de individuos. Centenares de seres humanos
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con quienes debí tratar cercanamente durante los cuarenta y dos años durante los cuales me llegaría a desempeñar en esas funciones. En el camino me iría, por supuesto, a encontrar con toda clase de personas: el lambón arribista, el mentiroso crónico, el leal y tonto, el inteligente ocioso, el vicioso o mujeriego, el excelente o irresponsable padre de familia, el eficiente ambicioso que cualquier día aparece con la renuncia en las manos por una mejora salarial, el conformista que finalmente ni suma ni resta. Las dos únicas recomendaciones implacables eran la de la honestidad, y la de la dedicación al trabajo. El deshonesto y el vago nunca tienen componte. El resto se arregla. Luego de establecer esos parámetros, se puede establecer un real equipo de trabajo, descartando por cierto, además, al intrigante porque esta suerte de personas es como la cizaña: no deja crecer esa vegetación que se siembra. Hay quienes agregan una “conditio sine qua non”: que sea inteligente. No comparto ese criterio, y de eso discrepaba, bastantes años más tarde, con Jorge Fayad Antón quien, por ser extremadamente inteligente, solía poner la vara de medición muy alta. Al respecto, ahora sigo pensando que prefiero la lealtad de un tonto que la perfidia de un inteligente. La meta para mí consistía no en armar un equipo humano perfecto, sino de hacerlos funcionar utilizando debidamente sus características y aceptando fortalezas y debilidades porque los seres humanos venimos enlatados con todo ese conjunto. También, debo confesar, fui amigo de las segundas oportunidades, lo cual en la mayor parte de las veces me vinculaba mejor con la persona condonada. Buenos y malos recuerdos guardo sobre esto de las segundas oportunidades. Lo cierto es que jamás hubo una tercera y eso sí era inexorable. Trabajando con José Antón Díaz, esta tarea era facilitada por su capacidad de liderar. Resultaba fácil seguirlo y de eso me enriquecía no solo en el aprendizaje sino en el desempeño final. Un líder comunica. Un capataz ordena. No puedo calificarme a mí mismo, aunque ahora, mirando en retrospectiva, sí reclamo a favor de mi propia biografía que tuve marcada conciencia social, la misma que muchas veces no fue debidamente
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valorada porque los trabajadores, como seres humanos, nunca estarán plenamente satisfechos en sus aspiraciones o ante sus inesperadas necesidades. El asunto es complejo porque radica esencialmente en encontrar un nivel de remuneraciones de acuerdo a las potencialidades y realidades de cada empresa. Trabajadores insatisfechos en sus aspiraciones, es inevitable. Empresarios avariciosos, los hay y sobran, sin saber que nunca alcanzarán su meta de riqueza ya que ésta se convierte en insaciable. La avaricia es como una maldición gitana porque mantiene insatisfecho a quien es poseído por ella, además que tiene su costo en el campo del prestigio personal que es un bien tangible y buscado por cada ser humano menos por el avaricioso. ¡Qué drama! Venganza china llamo yo, y alguien me lo ha contado, a la actitud del mesero que ha sido mal tratado por el cliente, regresa con el plato de comida y con una amable sonrisa hace sentir que bien ha complacido, sin que se sepa jamás de los jamases que previamente él ha escupido en el impecable plato. Siempre consideré que esta posibilidad existe de toda relación laboral malsana.

Una horrible experiencia
Lo más duro es despedir a un empleado. ¡Cuánto dolor hay de por medio! ¡Cuánto sentido de culpa queda aunque razones sobren! Tuve una impactante experiencia cuando contraté a la policía, pesquisas se llamaban en ese entonces, para que investigase respecto a una serie de cheques que se habían sustraído violentando el lugar donde se guardaban esos valores. Fue durante el Carnaval de 1971. Ofrecí a los pesquisas una recompensa si recuperaban lo robado y descubrían al culpable. Dos días más tarde llegaron los agentes trayendo a un joven a quién yo no conocía; traía las manos cubiertas con una ensangrentada toalla. Había confesado que con la información dada por un portero, Aníbal, homosexual con quien tenía relaciones sentimentales, realizó el robo, habiéndose quedado escondido al interior de las oficinas durante el largo feriado. Al principio me alegré cuando me fue devuelto lo robado. Luego me permití levantar la toalla que cubría las manos del joven y vi con horror que sus uñas habían sido extraídas una a una, hasta alcanzar la confesión. Nunca, nunca más llevé a un empleado a prisión, y preferí que me deba el favor antes de sentirme como en esa ocasión me sentí: cómplice, encubridor y quizás autor de crueldades como
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esa. De esa experiencia concluí que el tema laboral se debe manejar por cuerda separada del tema penal. Puede que se pierda dinero inmediato que se recuperará cuando, desde el punto de vista humano, se es recompensado por la paz interior que significa no sentirse cruel y desalmado. Finalmente esos riesgos son parte del negocio y el trabajo consiste en estar atento a ese tipo de fallas. Es decir, que siempre se tiene parte de culpa por no haber tomado las debidas precauciones.

Conflictos y reglas laborales
Lo realmente complicado y peligroso para una empresa, especialmente durante esa década de los años setenta, es el tema de los conflictos laborales colectivos. Las relaciones desequilibradas entre empleados y empleadores podían llegar a destruir la estructura de un negocio e incluso la ruina o estancamiento de tal o cual empresa. Había y abundaban verdaderas mafias de abogados y activistas que se dedicaban a reclutar trabajadores para conducirlos a una huelga general de la cual aquel abogado sacaba insospechados beneficios. Los contratos colectivos debían ser adecuados a la realidad de cada negocio y no manejados ni por la codicia empresarial ni por ese afán de revancha social que motiva a muchos trabajadores para sacar todo lo destructivo y malsano que tienen, como suele suceder una vez que las pasiones humanas se desatan. El personal directo bajo mi cargo tenía la confianza necesaria para venir a conversar y se convertían en activistas en aquello de detectar a los infiltrados marxistas, no por recompensas sino por convicción de que al trabajo se lo debía cuidar por su propio beneficio. Hubo tórridos momentos de conflictos a nivel de la planta industrial. Dentro del ambiente de oficina o comercial donde yo tenía directa incumbencia nunca hubo un conato siquiera, salvo una ocasión en la que apareció una fuerte llamarada en Quito. En aquella ocasión, y vale la pena recordarlo, viajé muy de madrugada para encontrarme con Luis Latorre Tapia, un inolvidable personaje que conocía y trabajaba directamente con los empleados alzados. El maletín estaba lleno de dinero. Así llegamos a la casa de la empleada y dirigente líder del Comité de Empresa en formación. Nos invitaron, ella y su esposo, a pasar y “compartir” su tempranero desayuno. Veinte y cuatro horas después el
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comité de empresa había abortado. La raíz del problema estaba en el ardid de esta mujer quien, con ayuda de su marido, abogado, buscaba realmente un despido negociado con altas expectativas a cambio de desactivar el contrato colectivo que estaba en ciernes. Cerramos el trato como untando mantequilla a la tostada. Esa misma mañana la pareja despareció de la ciudad. Los demás empleados, viéndose traicionados, declinaron en su actitud aunque se tuvo que despedir, adicionalmente, a toda la lista que conformaba la directiva. Nunca olvidaré ese desayuno en la casa de esta mujer y su esposo en pijamas, negociando de a poco conforme fui poniendo fajos de billetes, de denominaciones bajas para agrandar el bulto, encima de la mesa cubierta con mantel blanco con cuadros azules. Mantequilla, pan, café y fajos de dinero que aparecían así que así en horas tan tempranas fue un escenario surrealista que jamás yo, el estudiante y el idealista de París, pude haber imaginado vivir. Había pisado la raya de aquella frontera entre el mundo imaginario y el mundo pragmático real de carne y hueso.

En la planta industrial, las complicaciones eran más frecuentes porque en ese nivel socio económico es más fácil provocar conflictos, más aún si falta un buen manejo por parte de los gerentes de planta, y se establece alguna jefatura burda y no profesionalizada. Las cosas en nivel obrero se solían tornar más peligrosas y hasta violentas por la presión y adoctrinamiento con las que los abogados de izquierda atizaban el conflicto. Durante esa década, muchas empresas tambalearon e, incluso, cayeron por intransigencias laborales. Poco a poco los obreros fueron entendiendo que era necesario salvar sus empleos, pues era práctica patronal cruzarse la lista con los nombres de los revoltosos a fin de conformar una lista negra que aniquilaba las posibilidades de conseguir trabajo a cualquiera que se hubiese visto envuelto en problemas de este tipo. Por otra parte, muchos empresarios también aprendieron a transigir con los obreros de una manera bastante más adecuada. El sindicalismo definitivamente es bueno, pero son sus abusos los que terminaron de desprestigiar el mecanismo de la huelga. Tuvimos dificultades y capítulos difíciles que siempre terminaban de
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la misma manera: con coimas a los abogados, dirigentes y autoridades. No había otra manera. Las empresas que no entendían estas reglas sufrían otro revés al año siguiente, y así sucesivamente hasta que colapsaban o aceptaban jugar fuera del tablero legal. El cáncer se cura mejor con una rápida operación quirúrgica que corte la raíz del mal, y evitando las quimioterapias que suelen ser necesarias a la hora de la metástasis. También había una medida preventiva eficaz: organizar Comités de Empresa y negociar contratos colectivos prudentes con dirigentes no contaminados por las centrales obreras. Se evitaba así que los abogados sindicalistas se acercaran, ya que abogados de corte patronal los habían desplazado. Así lo hicimos y funcionó bastante bien. Durante esos años difíciles a los que me refiero, un personaje fue clave en el manejo y acercamiento con los obreros: Gustavo Maldonado, carismático líder, técnico y deportista que terminaba aconsejando y guiando tanto a patronos como a trabajadores. Manuel Jalil Loor fue otra pieza clave y hábil consejero como abogado laboral que nos guió en los momentos cruciales. Una anécdota quiero consignar porque la considero pintoresca. Tuvimos que aislar toda una sección de la planta industrial donde se había focalizado un conflicto colectivo. Levantamos un muro a fin de aislarlos del resto mientras los unos y los otros trabajaban. Se trataba de impedir que se tomaran en cualquier momento toda la planta; y de ocurrir, que máximo se paralizara esa sección y no toda la fábrica. Como era lo usual, se contrataban guardaespaldas, de color, era lo adecuado por el miedo que infundían, para formar así una guardia de choque contra los activistas que desde el exterior estaban profesionalizados en eso de tomarse las instalaciones de una industria con palos, piedras y no pocas veces con armas de fuego. Hasta ahí todo un drama de tensiones. Lo gracioso salió de boca de un obrero que se sentía vigilado, como efectivamente lo estaba, por aquellos “negros” que se paseaban por ahí, delante de los puestos de trabajo, como si fuesen “inspectores” de calidad, ya que con ese membrete los habíamos contratado y se tomaban en serio el nombramiento que constaba en la escarapela. Con mucha gracia dijo “…Cómo han cambiado las cosas. Antes los blancos vigilábamos a los negros, y ahora a mí me sucede todo lo contrario” Una carcajada brotó de unos y otros, y así se distendió el asunto. Las cosas volvieron a la normalidad luego de llegar a acuerdos individuales con
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115 personas que fueron despedidas legalmente y con el respectivo pago de sus respectivas indemnizaciones. Si no se lo hacía, otro fuego aparecería en cualquier parte de la ya enorme fábrica, donde 1300 trabajadores laboraban en 8 galpones aglomerados por un muy acelerado crecimiento alcanzado para fines de la siguiente década. Una regla de oro fácil y sencilla es la de no usar el poder de jefe o de dueño para atemorizar a los colaboradores con aquello del despido. Si alguien debe ser separado hay que hacerlo de la manera más rápida posible. Pero amenazar con el despido para reafirmar la autoridad, denigra. La memoria emocional de un subordinado laboral es igual a la del elefante que jamás olvida a quien lo humilló al menos por un instante. Y esto lo digo aquí en relación a la disfuncional manera en que se manejó la empresa en los últimos años cuando se desató la toma del poder que condujo a mi retiro. No es fácil ser jefe de nadie. Es una tarea dura y complicada, porque en ciertas ocasiones se debe hacer de juez y parte en la apreciación de muchos hechos y situaciones, lleno de dudas razonables. Puede que se tenga razón al efectuar un despido, pero siempre será feo y detestable como tarea. Sin embargo cuando hay que tomar la decisión, y cientos de veces la tuve que tomar, hay que hacerlo apegado a la ley y dando algo más razonablemente. En lo posible hay que evitar juicios laborales, y más aún penales, cuando estos pueden evitarse mediante dignas transacciones. No hay que ser implacable ni se puede tejer ardides para ahorrar o para sentirse vencedor de una desigual contienda. ¡Eso es de avaros o cobardes! Otra regla de oro que aprendí es que se debe entender que el buen ambiente en el trabajo reditúa mejor, a la larga, que un sistema de temor represivo. El buen ambiente laboral y el orgullo de pertenencia de un trabajador hacia una empresa suplen con creces los ahorros que se logran mediante un autoritarismo implacable, y además favorece el bienestar propio como del ser humano. La relación de trabajo es, antes que todo, una relación humana y muchos lo olvidan en aras de la eficiencia económica. Finalmente junto a cada balance hay un rubro donde se grafica el
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ambiente laboral de cada empresa; es el índice de las utilidades que lo esperan todos para ver compensados sus malos o duros momentos. Es un absurdo que los jefes y patrones hagan brillar sus automóviles de lujo a la hora de llegar a su trabajo, rodeados, además de fieros guardaespaldas, mientras los trabajadores terminan con un escuálido dividendo producto de su 15% de utilidades que recibe en abril de cada año. No siempre habrá utilidades, pero siempre deberá haber congruencia.

Corolario; un balance satisfactorio
Expongo mi experiencia patronal con cierto aire de satisfacción. Al valorar la relación humana pude mantenerme pisando tierra, impidiendo que se me desarrolle un sentido autoritario muy propio del ejercicio del poder. Quiero yo mismo calificarme como eso que vulgarmente se conoce como un “buen tipo”, es decir que no hizo mal a nadie durante el ejercicio de su jefatura. Pequé quizás de cierto amiguismo con empleados cercanos, conformando una relación en la que quedaban claros los límites entre el aprecio personal y el principio de autoridad. Me resulta difícil y hubiese preferido que otros hicieran esta valoración, aunque estoy seguro que acerté en la mayoría de veces en cuanto a hacer del trabajo un ambiente placentero para mí y para quienes me acompañaron. Siempre me llamaron con el apelativo de “doctor”, y yo mantuve la distancia sin usar el “tú” para aparentar una relación igualitaria inexistente. Por lo demás, la vinculación era socialmente llana, llena de confianza y de igual a igual a la hora de manejar asuntos personales. No usaba el tú por respeto a la relación y no por crear distancias. Así me educaron y esa costumbre la mantuve con mis mayores, y con mis subordinados ya que era cuestión de respeto. Puedo decir sin empachos, y ya al final de mí “carrera” de empresario que, a lo largo del camino, encontré mejores personas, más nobles e interesantes valores humanos entre los empleados y trabajadores que entre los empresarios y amistades pertenecientes a ese gremio élite. Con los primeros, tuve la oportunidad de tratar cotidianamente; con los otros, compartí en los elegantes salones durante reuniones sociales donde cada quien llegaba disfrazado de importancia en relación a lo que ganaba, tenía o al cargo que desempeñaba.

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Algo que quiero destacar es que siempre preferí formar y trabajar con mujeres, sobre todo en temas que necesitaba de más confianza como factor de control. Los hombres de nuestro medio, y en aquellas épocas especialmente, venían acompañados de muchos vicios de los denominados masculinos. El machismo impide a los varones actuar de manera certera. Pero, además, la fidelidad y dedicación laboral la brindaban mejor aquellas mujeres que ya habían logrado un nivel de estabilidad sentimental, es decir luego de superada las inquietudes propias de esa etapa de expectativa respecto a su situación familiar. ¿Tuve suerte o supe escoger? No lo sé. Buen ojo quizás. Inmensos personajes y de gran calidad humana tuvieron un papel relevante en mi desempeño y en hacer de la empresa ese segundo hogar que para mí fue. Y estoy hablando no de estos tiempos modernos cuando la mujer ha ido consiguiendo grandes avances, sino de décadas atrás cuando el machismo pleno dominaba el escenario laboral. Es muy compleja la relación que se establece entre empleados y empleadores en un país que realmente no cuenta con un sistema de seguridad social, y marcado por una indolencia estatal que cree cumplir con su función hostigando a los empleadores quienes en muchos casos, sí oprimen con su indiferencia. Para mí fue muy complejo luchar entre mi formación cultural y humanística y los fríos deberes empresariales académicamente predicados por los “Chicago Boys” que surgieron durante esta década bajo la batuta de Milton Friedman y Arnold Harberger. La desigualdad social es tan evidente, que hacer de patrono es una tarea culposa, compleja y dolorosa. Nunca dejé de considerar que dentro del ambiente laboral transcurre un tercio de la vida, con enfermedades catastróficas, muertes trágicas, lágrimas, penas y frustraciones que suelen golpear la familia de cada quién. Ser jefe o patrón, entonces, implica un sentido de solidaridad humana que no se puede desatender Sin duda debo reconocer que no tan solo yo era el bueno de la película. Violeta Antón tuvo que ver bastante con determinadas acciones muy favorables para con aquellos empleados que cayeron en las garras de dolorosas y costosas situaciones. Ella tenía contactos con pocas gentes y quienes tuvieron la suerte de tenerla cerca se sentían protegidos por su aureola. Su hija María Elena, especialmente, siguió sus
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pasos aunque poco a poco quedó alejada de la empresa y no por su voluntad propia. Ellas fueron ángeles de la guarda que, estoy seguro, bendijeron a la empresa. Este análisis o corolario sobre el tema hace relación a hechos que se sucedieron durante cuatro décadas y más de relaciones laborales, donde estuve prevalecido de mi circunstancial calidad de jefe. La calidad de jefe no se aprende sino hay disposición de receptar pues antes que jefe se es un simple ser humano que se puede equivocar. El Jefe que cree que por serlo está por encima de los demás, deja moralmente de serlo y nunca será eficaz. La jefatura no es un oficio que se dicta en la universidad, sino en el día a día de la vida, siempre y cuando haya condición humana que recepte y sustente todo ese constante fluir de situaciones variantes que salen del marco profesional de la relación establecida.

Tres situaciones que recuerdo
Estábamos en uno de esos paseos anuales que se organizaban para confraternizar. Se alquilaban ranchos adecuados y relativamente cercanos a la ciudad. Era una fiesta deportiva y un festival de comida criolla. Yo, teóricamente, era un frustrado deportista empedernido, y mi cuerpo todavía respondía para jugar el vóley criollo, es decir de tres contra tres, donde el maestro campeón, Gustavo Maldonado, era el referente. Era mi Goliat para las contiendas y me ganó tantas veces como quiso, salvo las que jugué a su lado, aunque me encantaba ponerme en su bando contrario. La cancha estaba ubicada a unos seiscientos metros de donde se encontraba la piscina y de las mesas donde se servía la comida. Me aprestaba a jugar el segundo partido en seguidilla y estaba evidentemente algo cansado. De pronto y desde lejos, miramos cómo la gente se agolpaba cerca de la piscina y fácil era intuir que algo anormal estaba sucediendo. Más por un instinto superior que por necesidad de hacerlo, corrí y corrí muy velozmente hacia donde se concentraban todos. Hice un esfuerzo físico que jamás pude explicar por su vehemencia. No había un camino trazado y era una carrera de obstáculos a campo traviesa. Rompí la densa barrera de personas que cercaban al niño que estaba tendido en el suelo morado e inmóvil. El médico de la empresa que lo había examinado afirmó que nada había que hacer. Había estado sumergido al fondo de la piscina durante nadie sabía cuánto tiempo. De forma impulsiva y espontánea, sin hacer caso
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al médico que me informaba que el chico estaba ya muerto, sin perder un instante y como acto reflejo, apreté con mi rodilla el estómago del niño de nueve años mientras le daba respiración boca a boca y soplaba al interior de sus pulmones. Tres o cuatro veces lo hice hasta que el chico sacó su propia bocanada. Jamás yo había practicado algo semejante. Todo fue instintivo. Hasta ahora es algo inexplicable. Esa noche sentí en mi interior una suerte de dulce insomnio tranquilo mientras buscaba las razones de esa inspiración que me iluminó aquel sábado. El joven Fernando Fernández tenía la misma edad de mi hijo Ricardo y quizás por eso el vínculo que se formó lo mantuve por mucho tiempo. Cuidé de sus estudios y pasaron los años como suelen pasar. La Navidad del 2009, la última que pasé en PICA, se me presentó con su esposa y su hijo a darme un regalo enorme: su foto con la familia que había formado. Nunca podré explicar bien lo sucedido. Creo con simpleza que Dios me iluminó de manera generosa. Hay una segunda historia muy reconfortante a la hora de los recuerdo. En cierta forma también iluminada. Un día cualquiera una de las empleadas de oficina se acercó llorosa a mi escritorio para solicitarme un préstamo bajo un pretexto banal o enredado. La cifra que requería era inusual en relación a su sueldo. Yo no tenía reglas fijas sobre cómo manejar los préstamos extraordinarios que son las que superan el monto de su remuneración mensual, sino que me dejaba llevar más por la intuición que por las comprobaciones o investigaciones de campo. Le dije que no, salvo que me contase la verdad completa porque las razones de su solicitud no concordaban con su expresión ni con la intensidad de sus ojos afligidos. Estoy embarazada me dijo. No tengo padre para mi bebé y quiero abortar porque no me alcanza el dinero para mantener a esa criatura. No le di el préstamo. A cambio le prometí pagar el parto y hacerme cargo de la educación de su hijo o hija hasta que los terminase universitariamente. Nació una hermosa mujercita que con los años se pondría muy esbelta y muy bonita. Cumplí con mi palabra hasta que le puse en sus manos la licencia de conducir que fue lo último que hice por ella porque, lastimosamente, para los estudios universitarios no salió buena. La madre se jubiló más o menos al mismo tiempo que yo. Nos ata esta
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suerte de vínculo que compartimos hace ya tanto tiempo y que nos une para siempre en el mundo de los lindos íntimos secretos. Debo aclarar que el dinero que sostuvo esa promesa no era dinero mío, sino que dispuse de la caja de ahorros que tenía reservados y llevados por separado de la contabilidad de la empresa para atender casos especiales y confidenciales, pues ese fondo se conformaba con las multas de los empleados y con otros ingresos no contabilizados causados por situaciones diversas como la venta de papel usado, cartones o recuperaciones de cartera dadas de baja de acuerdo a las normas contables. Así se conformó aquel Fondo de Participación de Empleados que organicé y administré a mi sola voluntad durante cuatro décadas y un tantito más. Estaba restringido para los empleados no fabriles y que estaban bajo mi responsabilidad directa: 240 personas. Este fondo quedó eliminado a fines del 2009 como uno de los últimos actos de acoso laboral del que fui sujeto. Se lo manejó como si fuese una corrección administrativa, para opacar mis quehaceres históricos o para restar mi influencia sobre el personal. El saldo que se mantenía en el exterior y a nombre de la empresa aunque no contabilizado, era de setenta mil dólares. Desapareció como por arte de magia irrespetando mi idea respecto a que ese dinero no era de la empresa, sino de los empleados. Se dispuso la eliminación de ese fondo, detrás del cual podría narrar centenares de situaciones humanas que se atenuaron gracias a ese mecanismo. De ahí en adelante los préstamos se llevarían bajo frías reglas burocráticas y de acuerdo a los manuales que constan en el vademécum de los “yupi”. Me dolió ese hecho porque simbolizaba el fin cultural de mi era. El monto aquel fue a parar a manos personales de quien destruyó ese mecanismo. Así también se produjo una tercera situación bastante extraña A las siete de la mañana de un día cualquiera, de improviso, un empleado de las bodegas, cuyo nombre recuerdo bien aunque lo omito, se presentó en mi domicilio. Algo inusual que me molestaba porque mantenía por hábito la privacidad correspondiente. Cualquier empleado sabía bien que a las ocho en punto de los día laborables la puerta de mi oficina estaba abierta para abordarme directamente. Muchos abusaban de mi extrema puntualidad y me solían esperar al pie de las escaleras pues yo siempre las subía y desechaba el ascensor privado para el uso de la
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familia así como el segundo ascensor destinado para uso general. Esta fue la primera y única ocasión en que un trabajador se me presentó sorpresivamente en mi casa. Se trataba de un joven robusto que se ocupaba de ordenar los cartones de mercadería que debían subir y bajar de los camiones de reparto. Doctor, me dijo, tengo un problema y quiero que me aconseje. Dime, le dije. Acabo de matar a un hombre, lo he arrojado en el estero y no sé si debo presentarme o no en el trabajo. El cadáver no flota todavía y tengo miedo de que los familiares, entre los cuales hay un hermano policía, me vayan a buscar en las bodegas de PICA. Lo maté con un cuchillo porque salía con mi mujer, y los manabas somos así. Eso no se puede perdonar. Esas son nuestras costumbres y es fácil hacerlo allá en el campo. Mi problema es estar en la ciudad y sin dinero. Palidecí. ¿O yo era cómplice de un asesinato o qué? Te voy a asesorar como abogado que soy, le respondí; no como tu empleador. No vayas al trabajo y ándate al campo. De mi bolsillo le entregué un dinero para que se alejara de la ciudad lo antes posible. Me explicó una vez más que si lo encontraban lo mataban porque el hermano del difunto, que era policía, también era manabita. El cadáver reflotó dos días más tarde. Lo leí en el diario El Extra. El joven asesino mantuvo contacto telefónico conmigo desde la ciudad de Milagro, donde se estableció luego de que los familiares de la víctima se tomaron su casa y sus pertenencias, mujer incluida. Así se saldó el asunto. Le remesé su liquidación laboral. Meses más tarde me llamó a preguntar si creía que podía darle trabajo, y mi consejo fue que no debía regresar a Guayaquil. ¿Obré bien o mal? No lo sé. ¿Fui encubridor o abogado? No creo haber fallado pese a que el vademécum dice que debía haberle dicho que se entregara a la justicia, y le pondría los mejores abogados. Contribuí a su fuga y actúe de acuerdo a reglas instintivas y absolutamente nada académicas ni acordes con lo aprendido durante una cátedra de Derecho Penal. Efectivamente, la policía se acercó a la oficina a preguntar sobre este empleado. Atendí a esos cuatro señores uniformados con sus caras de mafiosos y enojados; afirmé que, según los registros, había dejado de acudir a su trabajo desde una semana atrás.

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La mano militar
En el mundo empresarial de la época no todo era predecible. Y es así que en 1972 apareció repentinamente la dictadura militar que se hizo cargo del poder durante aquel Carnaval traicionero. El General Guillermo Rodríguez Lara fue el centésimo sexto jefe de Estado ecuatoriano en 142 años de historia dizque republicana, con un vergonzoso promedio de 16 meses de duración en sus tan variados tipos de gobierno. El nuevo Jefe Supremo hizo una proclama socialista, revolucionaria nacionalista, aunque en el fondo nació y vivió bajo el beneplácito de los EE.UU. y de las empresas petroleras que se alistaban a explotar el oro negro del oriente ecuatoriano. A las tres semanas del intempestivo cambio de Gobierno, un oficial de la Marina, bastante joven, de apellido Garzón y cuyo primer nombre no recuerdo, entró abruptamente a los almacenes de la empresa acompañado con unos diez infantes uniformados y armados con atemorizantes fusiles de combate y bayoneta calada. Subió a la oficina ubicada en el primer piso y me entregó un lacónico papel militarmente redactado. Se trataba de una orden de intervención a la empresa firmada por el Gobernador de la provincia, Vicealmirante Renán Olmedo González. Eran las tres de la tarde. El calor ayudaba a incrementar la tensión nerviosa. Dos marinos fuertemente armados guardaban las espaldas del suboficial que cumplía la orden. Una auténtica imagen y decoración surrealista, mientras mi cerebro intentaba descifrar si se trataba o no de un espejismo. Los otros restantes ocho marinos se ubicaron en distintos lugares como para controlar la operación militarmente, es decir como si allí hubiese gente armada dispuesta a iniciar la balacera. Las indicaciones fueron claras. Estábamos intervenidos. Las instalaciones se clausurarían con sellos al finalizar la jornada; a la mañana siguiente se reiniciarían las labores luego de que el suboficial Garzón en persona levantara los sellos y tomara el control el lugar. Efectivamente, se presentó muy temprano al día siguiente pero con un camión militar donde se llevaron, en catorce cajones, mucha documentación contable o que encontraron al azar, debía estar depositada en la Marina. ¡Orden superior!, era lo único que respondía cuando se les preguntaba al respecto.
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Imposible descifrar lo que pasaba. Esta intervención la sufrieron simultáneamente seis empresas, todas vinculadas por el apellido libanés de sus propietarios. Ese era el único factor común que las unía. Por asesoramiento de abogados, José Antón Díaz y su hijo, adolescente todavía, asustados por los hechos como lo estábamos todos, se pusieron a buen resguardo. Fueron primero a Quito a la casa de mis padres y luego a Esmeraldas donde unos lejanos parientes paternos míos. Había que esperar que todo se aclarase. Se temía la orden de prisión expeditiva, tal como ya había sucedido en dos otras intervenciones que se habían producido pocos días antes; la de Michel Achi primero y la de Mauricio Salem después. En PYCCA todo el peso de la situación caía sobre mí. Me arremangué la camisa y empecé a madurar a cien días por hora. Primero había que manejar al suboficial Garzón, para lo cual me bastó un golpe de escena dada su inexperiencia. Estaba impedido girar ni un solo cheque sino llevaba el visto bueno previo del marino. Cuando vio un cheque de alto valor girado al portador, lo paró de inmediato. Al día siguiente me puse frente a los trabajadores del almacén, y subiéndome en un pequeño banco de madera a fin de ganar altura y autoridad sobre todos, arengué más o menos con el siguiente mensaje: “Hoy es quincena. Lastimosamente el día de ayer, este joven sub oficial sin experiencia no me autorizó a girar un cheque para pagar sus haberes. Por esa razón lamento informarles que no podemos cumplir con ustedes puntualmente tal como siempre lo hemos hecho. No me responsabilizo, ya que tampoco sé la razón por la cual estámos intervenidos y amenazados con fusiles”. Puse una voz autoritaria como para encimarme ante la soldadesca uniformada. Los efectos fueron inmediatos. Dos días después vino un señor, economista ducho y arduo, de apellido Carrión. Fiscalizador zorro como el diablo, quien se instaló para autorizar los cheques que se debían firmar cada mañana. Se le asignó una oficina para su estancia que duró cuatro largos meses. Junto a dos asistentes se efectúo una revisión contable integral. Cuando nos faltaba algún documento o yo no se lo quería dar, argüía que “en la Marina debe de estar”. Había que alargar el proceso hasta que el síndrome de Estocolmo comenzara a aparecer entre Carrión y yo, porque el suboficial Garzón poco a poco se fue desvaneciendo y se limitaba a llevar y a retirar a sus hombres uniformados de blanco.

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A la semana se allanaron sorpresivamente las instalaciones fabriles ubicadas a siete kilómetros de distancia en busca de unos contenedores que habían salido días antes de la aduana. ¡Denuncia de contrabando!, se dijo. En esa época, los contenedores eran la excepción a la regla en el tema de transporte mercadería. Tamaña sorpresa se dieron cuando los abrieron y constataron que se trataba de partes de una maquinaria, que realmente era un horno muy largo, por donde se procesarían recubrimientos de tela plastificadas para las capelladas del calzado y para tapizar muebles. Kuero Lite iría a denominarse el producto. La mercadería declarada era la correcta y además estaba liberada de aranceles. Estaban dando palos de ciego, y nosotros éramos una simple piñata que, poco a poco, se iba recomponiendo conforme descifrábamos la torpeza de nuestros interventores más mal informados y torpes que mal intencionados. El momento más crítico que recuerdo de esta aventura lo viví durante la segunda noche de la intervención. A las siete de la tarde, las oficinas eran clausuradas con un sello que se lo levantaba a las ocho de la mañana del día siguiente. Debía entrar clandestinamente hasta llegar al escritorio de mi jefe a fin de rescatar una carpeta donde estaban bien claramente establecidas sus cuentas bancarias del exterior. Oscuridad total. Las luces de acceso y corredores, yo mismo las había cortado de su circuito eléctrico. Me introduje desde las escaleras de emergencia evitando pasar por el zaguán principal que estaba custodiado por tres soldados armados. Luego debía atravesar el corredor hasta llegar a la puerta de ingreso de las oficinas ubicadas en el primer piso superior. Una vez ahí, debía delicadamente despegar el sello y entrar. Fui equipado con linterna y otros implementos guardados dentro de un maletín negro. Con un trapo humedecido y una navaja intentaba aflojar el sello cuando de pronto el haz de luz de una linterna y unas voces me advirtieron que alguien subía las escaleras. Logré ocultarme arrimado a una columna. El haz de luz pasó cerca de mí un par de veces. Permanecí inmóvil conteniendo la respiración esperando que el suboficial terminara de jugar a detective y confiando en mi buena suerte. Gotas de sudor rodaban lentamente por mi rostro. Pasada la vigilancia y el susto, accedí a la carpeta y clausuré la puerta de ingreso nuevamente. Al día siguiente, el suboficial Garzón notando el desplazamiento y
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una arruga del sello de clausura me increpó con preguntas, a lo cual le contesté en tono airado que me diga lo que se le había perdido para poder responderle una vez que la documentación toda se la habían llevado a la Marina. Me puse a la ofensiva en tono de voz y ademanes. Le increpé afirmando que yo no tenía la culpa de que su personal no supiese siquiera poner bien los sellos y que él no lo hubiese supervisado si es que eso era realmente tan importante. Este joven oficial actuaba sin mayor experiencia y si uno se le encimaba no sabía cómo actuar sin órdenes superiores de apoyo. Durante los días siguientes, él mismo se encargó de poner los sellos y los firmaba una vez pegados. Semanas más tarde, se cansó de hacerlo y la rutina convirtió a la intervención militar aparatosa en una fiscalización común y corriente. Luego de cuatro semanas, José Antón Díaz estuvo de regreso cuando se determinó que se trataba solamente de una fiscalización y que no había orden de detención para él. Meses después se entendió el tinglado. Todo se originó al día siguiente del golpe de Estado. Por una revancha personal con un oficial de la Marina, Michel Achi fue apresado e investigado expeditivamente por contrabando. Encontraron una vinculación directa con Mauricio Salem y este fue también detenido. En su afán de exculpación este asoció su actividad con la de familiares y parientes, fruto de lo cual se elaboró la lista de intervenidos con criterio xenófobo, pues finalmente se trataba de una revolución “nacionalista”40 . Michel Achi, el actor principal, fue trasladado a Quito y pasó dos años apresado en la Clínica Pichincha ya que su problema era con la Marina y no con el Ejército, que de esta manera lo protegió. Seis meses más tarde, nos devolvieron los documentos incautados sin siquiera haberlos sacado de sus cajas de cartón. Fue una revisión aparatosa en las formas y maneras que terminó con unas glosas fiscales redimibles, pues al reversar el gasto iban a parar en el incremento de los activos que se irían depreciando. Esta aventura en el largo plazo terminó mejor de lo esperado, porque

40 Los intervenidos tenían como factor común el apellido libanés. Almacenes Diorvet, Deca, Juan Eljuri, Almacenes Antón, PYCCA e INCOMSA de Mauricio Salem, todos relacionados con el apellido Antón.

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a partir de esa gruesa experiencia mi jefe siempre puso a buen recaudo un adecuado porcentaje de sus ganancias, e invirtió en la Florida en terrenos y en otros asuntos que irían a florecer de la misma manera que Miami florecía. Miami en aquello tiempos no era ni la sombra de lo que llegaría ser apenas una década más tarde cuando, gracias a Fidel Castro y al temor a las expropiaciones realizadas a la cubana, se convirtió en el lugar de refugio de los capitales de Latinoamérica y, por qué no decirlo, en su capital financiera. En el transcurso de la brusca intervención militar que se fue menguando, el Jefe con su carisma estableció buenas relaciones con las principales autoridades militares, especialmente con el Gobernador de mano dura, Almirante Renán Olmedo González, quien se fue ablandando y acomodando a su nuevo estatus de poder conforme la ciudad le rendía pleitesía. Entró pateando la puerta de la ciudad y la provincia y se fue cerrándola despacio y con toda la educación posible. Estableció una cordial relación con José Antón Díaz quien usó para el efecto de todo su don carismático. Pasada la tempestad, el Jefe recuperó su ánimo y su capacidad creativa, lo cual le permitió volver con fuerza para crecer en los negocios que siguieron emprendiéndose, eso sí, con un pie afuera y el rabillo del ojo pisando, y mirando a la vez, La Florida.

Conclusiones y Moralejas
Para enero de 1976, el general Rodríguez Lara fue reemplazado por el Contralmirante Alfredo Poveda Burbano, quien fue nombrado Presidente de la Junta Militar compuesta por los más altos representantes de las ramas de las Fuerzas Armadas. Había que restablecer la unidad dentro del resquebrajamiento interno de los militares, manifestado en una revuelta en la que hubo 22 muertos en los enfrentamientos por tomar el Palacio de Gobierno acaecida cinco meses atrás41. El centésimo séptimo Gobierno del Ecuador estuvo conformado además,

41 El 31 de agosto de 1975, el general Raúl González Alvear y otros generales del Ejército se alzaron

en armas y hubo una balacera y enfrentamientos con tropas leales al Gobierno, en pleno centro de la ciudad en los alrededores de Carondelet.

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por el General Guillermo Durán Arcentales, perteneciente a las Fuerzas Terrestres y, Luis Leoro Franco, el comandante de más alto rango de la Fuerza Aérea. Este triunvirato terminó su tarea en 1979 con la elección de Jaime Roldós Aguilera, luego de hacer aprobar en Referéndum una nueva Constitución que, en buena medida, mantenía los privilegios institucionales de los militares logrados durante casi una década entera de ejercer el poder a su voluntad petrolera. Alfredo Poveda Burbano era nuestro inquilino desde hacía algunos años atrás. Lo había conocido en mi oficina cuando discutimos el contrato de arrendamiento bajo las severas actitudes de su esposa, una dama argentina muy mandona. El Almirante y su don de mando no se reflejaban al menos en su casa. Era una persona tranquila y asequible como para generar confianza empresarial luego de la fea situación en la que nos vimos envueltos con la llegada de la dictadura carnavalesca. Tiempos después y mientras ejercía su alto cargo dictatorial, lo vi con alguna frecuencia en Salinas paseando en un yate de una familia de banqueros, amistad que duró exactamente lo mismo que duró el pasajero poder que ostentaba. Cuando poco después el 11 de agosto de la posesión de Jaime Roldós, llamó al teléfono a su amigo, el banquero Nahim Isaías con quien solía pasear en su yate familiar, tuvo que oír la voz de la secretaria que lacónicamente le respondió: “No le puede atender este momento”. Moraleja: ¡El Poder solo se alimenta de poder! ¡Los poderosos no saben de amistad! Por otra parte, Guillermo Rodríguez Lara tuvo que ver con sus propios ojos, pocos años después y desde su hacienda de retiro donde vivió y envejeció plácidamente a la manera que lo hace un buen burgués regordete, cómo a pocos pasos del Templete de la Escuela Militar desde donde él proclamó, por decreto supremo, la prohibición de usar nombres extranjeros en las personas naturales y jurídicas, se inauguraba el lujoso Hotel Marriott del cual las Fuerzas Armadas fueron socios fundadores. Habían cedido sus preciosos terrenos, antes sagrados, para asociarse en ese negocio hotelero. Sus socios fueron nada más y nada menos otra de las familias y empresas de las seis intervenidas militarmente a las tres semanas de que él asumió su calidad de Jefe Supremo y proclamó su revolución nacionalista.

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La dictadura militar de los setenta en Ecuador no fue sangrienta. Hubo un asesinato político, el de Abdón Calderón Muñoz, y la masacre de los trabajadores del ingenio de Aztra. Fueron acontecimientos dados más por estupideces y torpezas que por una política de Estado, tal como sucedió en Chile o Argentina Las empresas intervenidas militarmente prosperaron y los gobernantes de aquel turno se diluyeron de la misma manera que silenciosamente surgieron. Nosotros salimos bien parados debido a la prudencia que de mucho sirvió en el futuro en cuanto a mantener reservas económicas fuera del Ecuador, lo cual dio liquidez y seguridad en los emprendimientos posteriores. Otro de los intervenidos que estuvo, además, preso durante unos pocos meses y por ese inevitable síndrome de Estocolmo, terminó siendo proveedor de los Comisariatos que mantenían los militares. Hizo su fortuna en esas circunstancias y luego se retiró de las actividades comerciales y luego a la política. Un tercer intervenido, domiciliado en el Austro, logró establecer muy sólidas relaciones con las gobernaciones militares de la región y pasados los años llegó a ser una de las empresas más importantes del país.

El vértigo empresarial y las nuevas coyunturas
¡Vaya vértigo aquel de las décadas de los años setenta! Saltando las dificultades de salud reservadas para ese decenio, tuve que encontrar formas y maneras de no perder el paso del crecimiento empresarial que se impregnó por las circunstancias favorables que se dieron. A todo aquel que se mantuvo atento a la nueva masa económica que circuló desordenadamente durante aquellos años de inesperada bonanza petrolera le fue bien, si acaso lo entendía y se mostraba dispuesto a participar en los evidentes riesgos que significaba vivir en una dictadura proclamada nacionalista y socialista. Esa dictadura no resistiría ante las tentaciones de manejarse como nuevos ricos en un país con mayoritaria población pobre y en buena medida analfabeta. El Gobierno había proclamado que “sembraría el petróleo”. Realmente no sembró sino derroches y cometió un grave error al mantener un subsidio creciente al precio de la gasolina y, lo que es más grave, a la paridad cambiaria frente a una inflación local e internacional causada por exceso de medio circulante. Los petrodólares surgían como una marea geopolítica, luego de que los jóvenes árabes que estudiaron en Harvard se dieron
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cuenta del precio real que tenía su petróleo y ya de vuelta en sus países, impusieron embargos que lograron poner el precio del petróleo a niveles jamás pensados dentro de un primer mundo consumista de energía barata. En Ecuador el tipo de cambio permaneció invariable pese a que los países del primer mundo se ajustaban los pantalones por los efectos inflacionarios causados por las alzas del precio de petróleo decretado por la OPEP42 mediante el llamado Embargo de 1973. Hubo inflación interna, se emitieron billetes de quinientos y de mil sucres43, y el precio del dólar se mantuvo bajo la misma paridad quedando rezagado de la realidad. Una paridad cambiaria mantenida no por productividad sino por subsidio, con lo cual castigó al agro exportador y alentó a un modelo económico sustentado en la substitución de importaciones. La falsa industria, sin mayor valor agregado, abría grandes oportunidades a quienes estábamos en los procesos de transformación de materias primas importadas. Esto, además, propició que el mundo financiero explotara sus propias oportunidades especulativas y prosperara sin riesgos ni esfuerzo. El poder adquisitivo del sucre, en febrero de 1972, tenía un índice de 0,76 y terminó en 0,30 en diciembre de 1976, según un índice establecido por el mismo Banco Central. Es decir que cada vez se ganaba más en dólares reales, pese a que el costo de la vida subía y subía por el simple pasar del calendario. Y si ganábamos más en dólares, mas divisas derrochábamos en viajes, productos suntuarios o en ahorros remesados al exterior para no regresar jamás. Lo usual era endeudarse en sucres y a bajos intereses (12%), y poner ese dinero en el exterior con mejores tasas de interés que, en algún momento, llegaron al 18% en los EE.UU. ¡Vaya subsidio! La inflación hacía el resto; y jugando dentro del circuito financiero, uno se hacía rico mientras jugaba golf o se rascaba sus propias pelotas. El secreto a voces estaba en utilizar capitales sustentados en préstamos bancarios para resguardar el capital en el exterior. Así bajaba

43 Los billetes de quinientos sucres se emitieron en 1977/88; los de mil sucres, en 1979/88. Los billetes de cinco mil sucres, en 1987/95; los de diez mil sucres, en 1988/98; los de 20.000 y cincuenta mil sucres, en 1995/99. Cuando el tipo de cambio con el dólar americano se puso a veinticinco mil sucres por dólar, se procedió a la dolarización en el año 2000.

42 Ecuador se adscribió a la OPEP, y fuimos una minúscula parte de esa decisión.

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el impuesto a la renta de la empresa, mientras el dinero producía mejores intereses en el exterior libre de gravamen aquí y allá. Todas estas coyunturas propiciaron un vértigo empresarial. Solamente había que mantenerse atento y saber sacar el correspondiente provecho. Nosotros supimos hacerlo. Con un dólar estable vía subsidio, se podía vender a plazos y conformar una amplia red de distribución alrededor del país entero. Abrir crédito a los comerciantes informales de la ciudad o de provincia significó una apuesta innovadora y eficaz. Los comerciantes informales que no accedían al crédito bancario accedían a la cadena de distribución de nuestros productos simplemente entregando cheques a fecha, creándose así un mecanismo que funcionaba muy eficientemente pues quien quedaba mal perdía su capacidad de renovar stocks dentro de una empresa casi monopólica en bastantes productos de venta masiva. Jurídicamente, las deudas se debían respaldar con letras de cambio; pero comercialmente este mecanismo no tenía la agilidad necesaria, especialmente en provincias. Nos atrevimos, y así fue cómo se expandió la cadena de distribución a lo largo y ancho del país entero. En eso fuimos pioneros gracias en buena parte a que yo ya estaba envuelto en el mundo del pragmatismo y en vez de inhibir estas acciones como abogado ortodoxo, más bien auspiciaba la continua innovación para acomodarse a la realidad cotidiana. Recordaba aquello que aprendí en las clases de Introducción al Derecho, cuando entendí que el derecho sigue a los hechos porque estos son como el agua que buscan sus maneras para formar sus propios causes. Una de mis principales tareas diarias consistía en sacar de la caja fuerte los cheques que vencían en aquel día para mandarlos a depositar, y recibir los subsiguientes cheques para volver a ordenarlos por su fecha de vencimiento. No era un simple acto mecánico pues había que conciliar las cajas diariamente lo cual exigía concentración y conocimiento de las trampas ocultas que se pueden inventar para camuflar un carrusel de engaños44.

44 Los

bancos demoraban hasta quince días para acreditar un depósito efectuado con cheques de provincia. Esto creaba un colchón a favor del cliente, lo cual obligaba a vigilar el real crédito que se otorgaba a un cliente cuando, además, el cheque salía protestado.

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Mientras tanto, la otra PYCCA, la netamente comercial y fundada en 1946 que se mantuvo activa con el desarrollo de su almacén y la venta de juguetes, bicicletas y productos para el hogar, siguió con su actividad de importación tradicional. Así tuvimos la habilidad y suerte, de estar en los dos lados de la orilla, porque en el fondo se entabló una batalla entre los sectores: el importador y el exportador. Las cámaras de comercio bregaban por bajar los aranceles, y las de industrias por prohibir importaciones o grabarlas con increíbles aranceles. Esta querella se notó sobretodo en la línea textil, donde también las fibras sintéticas transformaban la naturaleza de ese eterno buen negocio que es el de la ropa, la moda y la inagotable vanidad de los seres humanos. En medio de estas circunstancia se deslizó el curso de la empresa donde yo, sin quererlo, me entrometí en su destino y viceversa. Así rodó la década completa. Como consecuencia de los altos aranceles proteccionistas, se incrementó el contrabando. Prácticamente fue la década de la explosión de las llamadas Bahías, cuyo peculiar nombre se lo atribuye a un primo hermano de mi madre, Michel Antón Adum, conocido como el capitán Morgan, quien durante los años sesenta invitaba a sus amigos a acompañarle a ver que había llegado a la bahía. La sobrevolaba en una avioneta, y en esa avioneta se estrelló para convertirse en una leyenda. El término Bahía hace, pues, referencia a su significado literal, es decir a la entrada en la costa que sirve de abrigo a las embarcaciones que buscan menguar los movimientos del mar y seguridad para atracar. Entrado un buque a la bahía era el momento propicio para que hábiles canoas se acodaran por babor o estribor para descargar clandestinamente mercaderías y evitar los controles aduaneros. Por eso las denominadas Bahías de Guayaquil están ubicadas donde ahora están, al pie del río, en el punto navegable más cercano al centro de la ciudad, donde esas embarcaciones pequeñas descargaban su contrabando. También sucedía que los mismos marineros vendían productos alimenticios sustraídos de las excelentes provisiones que los grandes barcos de ultramar suelen tener en sus bodegas para efectos de alimentar a la tripulación y pasajeros. Productos estos de excelentes marcas que en el mercado local no se los conseguía. Total que el término Bahía, se convirtió para siempre en sinónimo de apetecibles mercancías y bajos
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precios ya que no sufrían el impacto de torpes y elevados aranceles. Poco a poco este tema del contrabando se fue sofisticando y se implementaron mecanismos menos burdos como lo fue la sub declaración del precio de las mercaderías para evitar rebajar aranceles ad valoren a pagar. Gracias todo ello, la población tuvo un mayor acceso a las denominadas “doras” o electrodomésticos y televisiones. Se puede afirmar, sin duda, que la masificación de estos productos llegó a espaldas del Estado obstructor de esa modernidad que, por serlo, es irrefrenable. Las consecuencias de los altos aranceles protectores cobraron su factura en aquellos comerciantes formales y tradicionales que no se atrevieron, por falta de audacia o exceso de moralidad, a declarar de sus mercancías importadas un precio menor al real para evadir impuestos ad valoren sobre sus productos. Así, lentamente, sus negocios se fueron apagando mientras otros iban surgiendo. Eso le sucedió a mi querido tío Eduardo Antón, el hijo mayor de mi abuelo, quien ya no era socio de su hermano y no quería tomarse riesgos de esta clase dada su apacible manera de ser y de entender las reglas del comercio tal como las había aprendido de mano de su padre. El próspero almacén de textiles, propiedad de mi abuelo, la fécula de todo, se fue extinguiendo como una vela ante el volumen de mercaderías que venía declarada hasta por la cuarta o sexta parte de su precio real. Dicho de otra manera y sin falsos pudores, el comercio honesto se convirtió en un suicidio. Lo tomas o lo dejas. No había alternativa. Fue duro para mí comprometerme en este tipo de situaciones y complejos malabares. Finalmente no quedaba otra opción y solo quedaba remar hacia adelante. El resultado final de esta historia del contrabando es que desató un gran desarrollo en el comercio informal aupado por la torpeza del Estado. Los criollos de las Bahías aprendieron muy, muy rápido y pronto ocuparon su propio espacio y pusieron al alcance popular todos aquellos productos que el Estado estigmatizaba con altos aranceles asumiendo que debían estar solo al alcance de los ricos. ¡Dios mío, qué miopes y torpes fueron los gobiernos de aquel turno! Quiero consignar un ejemplo. La firma Xerox revolucionaba mundialmente el mercado con eso de las fotocopiadoras, aquí y en todo el mundo. Los
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burócratas de la dictadura militar clasificaron a las fotocopiadoras en la misma partida arancelaria que a las máquinas fotográficas comunes las que, por ser productos para ricos, pagaban aranceles muy altos. Con este argumento declaró que había defraudación aduanera y efectuaron una liquidación retroactiva más multas y amenaza de prisión en contra de los funcionarios de la trasnacional para acentuar su discurso ultra nacionalista. Xerox resultaba una mala palabra. Todo se arregló luego de algunos meses de arduas batallas. ¿Y por qué esto constituye una anécdota simpática de recordar? Simplemente porque desde ese entonces las oficinas públicas y los burócratas se fueron llenado de nuevas exigencias, entre las cuales estaba la inexorable fotocopia hasta del calzoncillo de quien esperaba al otro lado de cada ventanilla. Hoy en día las piden incluso a colores. Históricamente, ¿cuántas fotocopias de algo ha pedido la administración pública a sus resignados ciudadanos como requisito para algún engorroso o simple trámite? ¡Toneladas de bosques en papel yacen en ese cementerio de trámites que mortificaron a millones de ciudadanos! El concepto del nacionalismo entrometido en la economía dio como resultado un contrasentido. Así se explica cómo el Estado, que se esforzaba en el desarrollo de su pueblo, castigaba la intromisión de los avances tecnológicos que iría a dar modernidades a su pueblo: el radio transistor, los aparatos de televisión, los electrodomésticos, fotocopiadoras fueron castigados con altos aranceles por ser considerados “cosas de ricos” y, sin embargo, fueron entrometiéndose en la vida de los ecuatorianos y mejorando su calidad de vida.

Crecimiento comercial, industrial e inmobiliario
Mi Jefe, por su espíritu emprendedor y nivel de audacia, desarrolló el arte de comprar a los más bajos precios posibles para lo cual desde siempre exploró el mercado asiático, el japonés primero, y luego el chino. Hong Kong fue y ha sido su ciudad preferida desde aquellas épocas. Fue pionero en eso y un expedicionario en busca de novedades al alcance de un público masivo. PYCCA, el almacén, sustentó su nombre en base de dos recetas: máximo surtido al mejor precio posible. Sus líneas destacadas fueron
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los juguetes y los productos para el hogar. Líder en ambos campos por muchos años. Por otra parte la exhibición de las mercaderías se caracterizó, también desde el inicio, por estar a la mano del público. El sistema de auto servicio fue un elemento pionero y triunfador. PYCCA fue, en la práctica, un gran bazar chino por su muy temprana inspiración asiática y la forma de exhibir su enorme surtido. Su prestigio y éxito estaban asegurados y trabajados desde mucho antes de que yo llegara. Otro factor del éxito de este negocio se debió a la visión de haberse ubicado en la esquina de la calle Boyacá y la Avenida Nueve de Octubre. Ese local pertenecía a una de las firmas más prestigiosas de los años cincuenta; Luis. A. Cordobés. Su dueño decidió levantar un edificio de cemento y lo hizo en la calle Francisco P. Icaza. Se mudó para allá pensando que la gente iba a seguirlo. Esas fueron sus palabras. No fue así. El Jefe, adquirió la vieja propiedad de madera, y allí desarrolló su propia historia de éxito. Para 1967 edificó el actual edificio donde multiplicó los panes con creces. En el Guayaquil de ese entonces, la Avenida Nueve de Octubre era todo, especialmente en el tramo que va en vereda sur desde la calle Boyacá hasta la calle Pichincha. Fundada en 1946, reestructurada jurídica y societariamente en 1968, con la formalización de una sociedad entre José Antón Díaz y Georges Fayad junto a su esposa Leonor Antón, por partes iguales y ya el negocio funcionando en un edificio moderno, la empresa comenzó a tomar nuevos bríos. El Jefe no se alcanzaba con sus frentes, ya que el área industrial estaba simultáneamente en pleno crecimiento. Esa fue la razón de fondo por la que se me contrató a mí para asumir el ordenamiento administrativo consecuente. Pero si bien el almacén subía en sus ventas, la tendencia impulsada por Georges Fayad era la de ir al mayoreo, mientras la de su socio era la de vender al mayor número de personas el mayor número de productos. Hay que mencionar que don Georges, y don en el sentido pleno de la palabra, era un gran vendedor y engalanaba a sus clientes con opíparos almuerzos y un trato exquisito, y así logró manejar clientes como fueron los que ahora son Supermaxi, Mi Comisariato, Salón del Juguete y Bebelandia que, luego de conocer a fondo las líneas de PYCCA, poco a poco se fueron convirtiendo en sus competidores.

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Pero para los efectos de analizar qué es lo que sucedió durante esta década de los setenta que es la que estábamos analizando, PYCCA era una marca de negocio muy potente y un símbolo de la modernidad en tiendas comerciales de Guayaquil. El crecimiento se notó y expresó en volúmenes de venta. Crecieron y crecieron. José Antón Díaz era el banquero, cobraba sus intereses anuales y además ganaba el 50% de las utilidades finales. Un aumento de capital se hacía necesario para nivelar la rentabilidad del negocio, pero esto no se dio por lo que la disparidad societaria se mantuvo por décadas. Para aquellos tiempos, el 80% del comercio se desarrollaba en el tradicional centro de la ciudad, y PYCCA estaba en una ubicación clave: Boyacá y Nueve de Octubre. Sus magníficas vitrinas era la atracción que daba oficialmente inicio a la temporada navideña. Se levantó un gigantesco árbol de Navidad en la fachada iluminado con miles de focos que fue el néctar del Marketing de aquella época. Las colas de clientes, cuando se anunciaban las ofertas de abril o agosto, doblaban las esquinas y la policía acudía a respaldar el orden. Adicionalmente, también estábamos montados sobre una industria, PICA (Plásticos Industriales CA.), favorecida por las prohibiciones de importar calzado y muñecas, prohibiciones éstas no buscadas por la empresa sino que estaban instauradas allí desde hacía varias décadas atrás, originadas en el deseo de proteger a los artesanos, sin darse cuenta de que el proceso manual en la fabricación de estos productos había evolucionado a causa de las alternativas que se desprendían de las nuevas materias primas desarrolladas a partir de los polímeros. El PVC, policloruro de vinilo, substituyó al caucho de la suela de curtiembre y, por eso simplemente, la industria del calzado en todo el mundo dejó de ser artesanal. Las muñecas ya no eran de trapo. Se les daba forma en serie mediante procesos de soplado sobre materias primas derivadas de la misma gran industria petrolera. Los polímeros dieron paso a toda una revolución industrial a partir de mediados del siglo XX. Prácticamente no puede concebirse la vida moderna sin que el plástico no esté presente en la cotidianidad. La era del plástico estaba en su pleno despegue y el gran acierto de José Antón Díaz fue haber captado oportunamente aquel fenómeno industrial revolucionario derivado de las nuevas materias primas que salieron al mercado gracias al desarrollo
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de la industria petroquímica. La empresa Plásticos Industriales CA., fundada en 1962, estaba destinada a ser sólida y próspera. Estuvo en el momento propicio en el lugar también propicio. Tenía un solo dueño, mi Jefe, y eso condujo a que sus capitales obtenidos en el área comercial se invirtieran principalmente en el crecimiento industrial donde las perspectivas eran superiores. Eran cambios inevitables. Así fue como en 1970 iniciábamos la línea de producción de calzado marca KIT. Vinieron de Alemania dos poderosas máquinas Desma, todavía hoy en funcionamiento. En ellas se inyectaron las suelas de millones de pares de zapatos y la empresa se diversificó por nuevos rumbos que le dieron más empuje y vitalidad. Había buenos márgenes de utilidad, cercanos al 40%, porque estábamos prácticamente solos en el mercado compitiendo con otras dos empresas, nacionales más no con el mundo internacional ni con los poderosos vecinos de Perú y Colombia gracias a las protecciones que el Estado brindaba mediante esta política de substitución de importaciones. Por otro lado, la industria del plástico resultaba ser muy dúctil, como su nombre lo indica. Una gran variedad de productos se lograba producir y muchas veces utilizando una misma máquina de inyección de acuerdo a la capacidad de cada prensa. Y si una misma máquina podía dar forma a varios productos distintos, todo dependía simplemente de tener visión y mantener una política agresiva de adquisición de moldes con lo cual siempre estuvo oportunamente preparado para disuadir el nacimiento o crecimiento de cualquier pequeño competidor. PICA llegó así y fácilmente a ser la fábrica líder en la línea de inyección de productos plásticos y puso en el mercado una inmensa gama de centenares productos de consumo masivo tales como baldes, jarras, lavacaras y cientos de etcéteras más, sin olvidar de mencionar la cubeta de hielo que fue el primer producto lanzado al mercado junto a las peinillas, bacinillas, jarros e incluso crucifijos que muy bien estos últimos los recuerdo por lo grotescos que eran. Volviendo sobre el vértigo empresarial de la empresa donde yo laboraba, éste se aceleraba como efecto de un círculo virtuoso. Y así
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se formó el remolino. Había que multiplicarse en empeño, tiempo y dedicación. Juro que me empeñé a fondo Durante esa década, comenzamos a manejar lo que se llamaba marketing, término no usado ni conocido en ese entonces. Es así como desarrollamos una estrategia de recordación apoyada en la fuerza que encierra la letra K, y la usamos como logotipo unificador de toda la enorme variedad de productos y líneas que PICA fabricaba. La palabra o marca KIT salió porque sí, sin estrategia de ninguno tipo y para distinguirla de la otra marca de calzado nuestra denominada 7 Vidas que fue el éxito de la década precedente, línea ésta que fue noble y rendidora. Para la línea de envases desechables la explotamos bajo el nombre de KAVERIT, simplemente por la marca de la máquina que termo formaba el polipropileno rústicamente. Ya entrada la noción del marketing, para bautizar la línea de tela plastificada se utilizó deliberadamente el nombre de KUERO LITE. Para fines de esta misma década, empezamos a fabricar tuberías de desagüe bajo el nombre de KALITUBO. La K de Kalidad fue todo un lema diseñado por la agencia de publicidad propiedad de José Peterfy Szerenics, un hábil publicista de origen húngaro quien fundó la agencia Publicitas. Su asistente fue John Beaven, un personaje pausado y tranquilo con quien era muy agradable trabajar. Lo de K de Kalidad fue una buena ocurrencia, pese al fastidio que me causaba por aquello de publicitar la mala ortografía, como realmente sucedió. Esa K impresa en una etiqueta adhesiva agrupaba a toda una inmensa gama de productos que no podía ser alineada sino por el distintivo de la empresa que lo fabricaba. Finalmente salió la línea de cajas plásticas de uso agropecuario, industrial y comercial que bautizamos como KAVETAS. Cuestiones de habilidad y ocurrencias para facilitar la fácil recordación. Eso es la esencia de lo que se llama marketing que ha sido tan importante en el desarrollo del comercio. Al final de la década, la PICA de Plásticos Industriales C.A. se consolidó como la líder en su área, mientras en el caso de la PYCCA comercial, ésta comenzaba a perder su hegemonía porque la ciudad crecía hacia el norte, y esa área geográfica no estaba siendo atendida por nosotros. Un error estratégico que duró quince años hasta encontrar una atrasada
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reacción que lentamente fue constituyéndose en una cadena. Gran parte de este impulso se debió al empuje que puso Jorge Fayad Antón en el desarrollo informático, lo cual permitió crecer y controlar a la vez varios establecimientos comerciales ubicados en lugares lejanos. También hubo un crecimiento inmobiliario. Una de las tareas menos atractivas encomendadas a mí desde un inicio fue aquella de administrar edificios renteros. El inquilinato es materia complicada en todas sus facetas. La única manera de salir bien librado es ser inquilino. La ley protege al ocupante de tal manera que la relación entre arrendador y arrendatario es extremadamente delicada. No eran muchos edificios los a mí encomendados y una buena parte de ellos eran de construcción mixta o sólo de madera, lo cual hacía más burda la tarea. El mantenimiento se hacía imposible y más costoso que los arriendos recaudados. Había que dedicar mucho tiempo en atender a los siempre quejosos inquilinos y llevarse, además, bien con ellos. Para poder adminístralos me apoyé en Ricardo Vásquez, un astuto licenciado en esa época, que era tan vivaz como simpático pero al que no se lo podía dejar suelto. Pero fue una década de oportunidades, y José Antón Díaz estaba en su mejor momento. Imposible parar sus empujes pues era muy propenso a tomar decisiones rápidas y audaces. De hecho, ya teníamos dos grandes frentes abiertos, y como lo relacionado al inquilinato yo lo detestaba rogaba a Dios que esa área inmobiliaria no se ampliara. Para buena o mala suerte, el tiempo lo diría, detrás de él había una locomotora, don Juan Bucaram Buraye, su suegro, quien pese a sus avanzados años quería propulsar la construcción de un gran pasaje comercial en pleno centro de la urbe. Tenía un proyecto en su mente y lo empujaba como si fuese un jovencito apurado y ansioso ante un sueño ya anciano. Esto reverdeció el panorama laboral desde el punto de vista inmobiliario, y ahí se enfocó una gran parte la imaginación y empeño a partir de aquel 13 de julio de 1975 cuando, en medio de tanto crecimiento y vértigo empresarial, el Jefe se embarcó hacia Caracas. Lo acompañaban el ingeniero civil y eléctrico Roberto Bitar, quien merece un capítulo aparte y lleno de aplausos en esta historia de la empresa, el ingeniero civil Winston Mata, el arquitecto John Klein y el abogado Roberto Jalil Loor. Cabe mencionar que mi jefe era realmente un
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ingeniero frustrado una vez que dejó la universidad apenas al segundo año de cursar la facultad de ingeniería civil. Lo hizo por amor e hizo la mejor decisión de su vida al enamorarse y casarse con Violeta, su esposa y compañera por 52 años. Dejó la universidad, se casó muy joven y buscó las realizaciones personales por otra vía más pragmática y menos académica. ¡Que era un ingeniero frustrado lo era!, y fue posiblemente eso lo que le motivó ir a Caracas a recorrer los Centros Comerciales que estaban ya por allí funcionando en un país inundado de dinero petrolero. Esta es la génesis de esa obra de ingeniería que se llamaría Unicentro JABUCAM, siglas que le corresponden a Juan Bucaram Buraye. Como se trató de una obra de largo aliento, inaugurada en la década siguiente, trataré sus detalles pertinentes más adelante. Por ahora basta afirmar que durante los años setenta se trabajó en tres frentes: el comercial, el industrial y el inmobiliario, con gran intensidad y empeño.

Proyectos Fallidos.
Crecimos como empresa aceleradamente, y pudimos hacerlo mucho más todavía. Son casos anecdóticos que demuestran las torpezas derivadas de la mentalidad de aquella época, cuando la burocracia alfombró sus oficinas y se revistió de posturas e importancia para, finalmente, frenar la capacidad de desarrollo de las empresas privadas y así del país entero durante una década muy propicia para liberar todo tipo de energías. De acuerdo a la legislación de ese entonces, para instalar una industria y acogerse a los beneficios de la protección correspondiente a la categoría que se llegase a determinar, había que realizar un penoso trámite en el Ministerio de Industrias y Comercio, MICEI, y así lograr calificarse. Había más beneficios si las instalaciones se realizaban en las denominadas Zonas de Protección Industrial Regional, de acuerdo a Decreto Supremo de 1976. Ecuaresinas S.A Escogimos la ciudad de Manta para desarrollar un nuevo proyecto. Ese puerto natural ofrecía mejores beneficios de descarga para barcos de
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gran calado que debían acodarse para desembarcar las materias primas líquidas que, en gran volumen, debían llegar desde Japón evitando así el paso por el canal de Panamá. Había un inconveniente importante y es que la zona no tenía agua dulce, lo que era una necesidad importante como parte del proceso para el funcionamiento de esa industria. Así se prueba que esto de regionalizar al país para darle prebendas a un negocio, no es tan categórico como los burócratas pueden suponer. La empresa se llamó ECUARESINAS.SA. El producto final era un granulado del cloruro de vinilo que lo convertía apto como materia prima para la producción de suelas de calzado, tubería plástica, discos de acetato, por citar el destino principal al cual apuntábamos. Solicitábamos una protección denominada Especial, es decir la máxima de todas por las exoneraciones que se recibirían tanto por estar la planta ubicada en Manta, como por el ahorro de divisas que generaba abaratando significativamente los fletes de una materia prima de gran volumen en su forma granulada. En verdad no se iba a crear mucha mano obra, sino más bien de gente calificada ya que el producto era de manipulación un tanto peligrosa. Los japoneses pujantes estaban interesados en el proyecto, y había que adelantarse a lo que similarmente se estaba instalando en Colombia dentro de esa gama de productos petroquímicos, cuya producción se perfilaba como estratégica comercialmente hablando para nuestra empresa. Hicimos una asociación con Mitsui, que aportaba la tecnología y parte del capital necesario. Se invirtió trescientos mil dólares en los estudios. Llegaron a Guayaquil los señores Fujita, Nagase, Yamashita, Tanaka, y Nakagawa. Intervinieron también los señores Ozeki y Shibata representantes de Mitsui en Guayaquil y Quito. Tengo lindas fotos de recuerdo que constatan tal empeño. Se sobrevoló las zonas manabitas, se determinaron los terrenos y se fijaron sus precios para ejecutar la compraventa una vez iniciado el proyecto. Todo dependía del MICEI. El economista Carlos Cortez realizó los estudios correspondientes, y el doctor Ignacio Hanna, un excelente abogado, buen amigo, prematuramente fallecido, fue como una hormiga laboriosa que se entrometió en el MICEI con su reconocida capacidad intelectual y de jode sin tope. Avisos publicados en la prensa de Quito y Guayaquil y un estudio muy voluminoso de cerca de mil quinientas páginas eran señales claras de
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que estábamos empeñosos y confiados. Era un contrato llave en mano, financiado con un periodo de gracia de 20 meses y un plazo de seis años con vencimientos semestrales, al 8%. Teníamos que poner un 10% inicial y dar una garantía bancaria sobre el convenio completo. Todo estaba en orden y sólo faltaba la agilidad del MICEI, que se había ya tomado seis meses en tramitar nuestra solicitud. Finalmente el proyecto resultó descalificado, ya que Corporación Estatal de Petróleo Ecuatoriano, CEPE, había determinado a ese tipo de industria como estratégica para el país y que como toda industria petroquímica estaba reservada a la empresa estatal. CEPE, ni Petroecuador luego, retomaron el proyecto. No hicieron jamás ni el intento siquiera. Debimos seguir importando el PVC como materia prima, lo cual en fletes significaba un 25% de recargo, a más de los márgenes de diferencia en la cadena de intermediarios. Colombia y Venezuela salieron adelante con sus innovaciones industriales, y durante los siguientes treinta años entró el polímero al Ecuador libre de aranceles desde Colombia, beneficiados por aquello del Pacto Andino y de los acuerdos aduaneros posteriores. Eso no significaba que las materias primas bajaban de precio por la exoneración de aranceles sino que estos, en vez de recaudarlos el Estado, significaban un subsidio para la industria colombiana. Una pena, aunque siempre me quedó la sospecha que esa declaración que impidió que avance nuestro proyecto fue más un acto de corrupción propiciado por parte de los intereses de nuestros vecinos del norte. Si este proyecto hubiese tomado forma, sin duda que el destino de la empresa se hubiese disparado hacia las grandes ligas de industrias en el área del océano Pacífico. Ese era la estrategia real de MITSUI que lo motivaba a establecer esta iniciativa fallida en Ecuador. Colombia se abastecía por cualquiera de los océanos, sea por Buenaventura o por Barranquilla o Cartagena, y saltaba los peajes del canal de Panamá a su entera conveniencia. Ecuador estaba obligado a acercar sus vínculos marítimos con Asia. Era una verdad insalvable a la cual nunca se le dio la importancia estratégica debida por las conveniencias capitalinas.

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Hotel Hilton en Guayaquil Hubo otro proyecto fallido. Sucedió cuando decidimos entrar en la industria hotelera y la Cadena Hilton se interesó en instalarse en Guayaquil. Era a principio de 1980, cuando el entonces flamante alcalde de Guayaquil Antonio Hanna Musse aceptó entregar terrenos al pie del Malecón, a la altura donde ahora está el MAAC, para un desarrollo hotelero que tanta falta hacía en Guayaquil. Era necesario conseguir socios ecuatorianos capitalistas y nosotros aceptamos intervenir. A esto se sumaría el apoyo de Corporación Financiera Nacional que ya se había manifestado favorablemente. La cadena hotelera se mostró interesada, y así se consiguió reunir los factores necesarios; terreno adecuado, capital nacional y soporte técnico mediante una franquicia de reconocido nivel mundial. Llegaron a la cita previamente establecida siete funcionarios internacionales de Hilton a firmar el convenio en el que intervenía el Municipio con su compromiso de ceder los terrenos señalados, y nosotros, como empresa privada, con la garantía de poner en efectivo un 20% del valor capital requerido, pues el saldo lo facilitaría la Corporación Financiera Nacional con un préstamo a diez años plazo. Se habían cruzado previamente las respectivas correspondencias donde quedaban claras las condiciones de administración que la empresa hotelera había estipulado. Se trataba de una reunión formal a celebrarse en Guayaquil para firmar la documentación ya preparada y aceptada por todas las partes. Una solemnidad a la cual fui incluso con corbata en vez de la tradicional guayabera. Así de serio se manejó el tema. Los seis representantes de la Corporación Financiera llegaron desde Quito. Era palpable la falta de capacidad hotelera que Guayaquil sufría, porque los mismos funcionarios capitalinos en su constante viajar hacia esta ciudad tenían continuos tropiezos en cuando a sus acomodaciones. No había mucho que estudiar. Estos burócratas que vinieron por parte de la Corporación Financiera, ninguno guayaquileño, se pusieron obstructivos, dieron largas al asunto, divagaron y propusieron una segunda reunión a efectuarse en New York para tres meses más tarde. Así bloquearon el proyecto y nos hicieron sentir ridículos frente a estos ejecutivos de alto nivel que
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llegaron de cuatro partes distintas del mundo, porque consideraban que los términos contractuales de su administración estaban ya acordados conforme a los parámetros internacionalmente establecidos. Está claro que el viaje a New York que los funcionarios de la Corporación habían planeado, nunca se dio porque Hilton no estaba ya dispuesto a invitarlos. Los convenios de administración de esa cadena hotelera son estandarizados a lo largo del mundo entero y no los iban a modificar unos burócratas ecuatorianos. El tema del regionalismo siempre está y estuvo inmerso y sumergido al momento que el Estado, en cualquiera de sus formas, empuja u obstruye un proyecto. La cadena Hilton se demoró una década en entrar al Ecuador y lo hizo primero en Quito y luego en Guayaquil con buen apoyo de la Corporación Financiera Nacional. Con estas dos anécdotas solo trato de explicar cómo se realizaban los negocios en esa época de oro, cuando crecimos aceleradamente aunque pudimos haberlo hecho bastante más. Pudimos, como país, avanzar muchísimo más si hubiese prevalecido otra mentalidad más pragmática, racional y liberada de un regionalismo centralizador. La dictadura no sembró el petróleo. Sembró muchas estupideces burocráticas y una cortina regionalista como telón de fondo. El desarrollo industrial así diseñado atraía a la gente del campo a la gran ciudad; eso significaba precisamente que el campo no se iba a desarrollar con aquello de que se estaba, teóricamente, sembrando el petróleo. Se formó una clase media alrededor de la burocracia, de los beneficios que se otorgaban a los miembros de las Fuerzas Armadas y a la acción de las empresas petroleras que centrifugaron e irradiaron su poder en la ciudad capital. Esa es la gran explicación del porqué surgió una clase media fuerte en Quito, mientras en el otro polo de desarrollo que era Guayaquil se formaron tugurios de campesinos alentados por ofertas de la dictadura de legalizar tierras municipales a 10 sucres por metro cuadrado45. Como símbolo de desarrollo agrario se construyó una mole de cemento en la ciudad de Guayaquil, donde se dijo que funcionaría el

45 En relación al Decreto Supremo que fijó ese ridículo precio de diez sucres por metro cuadrado para legalizar las invasiones que envolvieron a Guayaquil durante la dictadura militar.

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Ministerio de Agricultura. Ese edificio se está demoliendo y nunca fue terminado pese a que fue inaugurado por dos gobiernos democráticos posteriores, porque la dictadura se desvaneció así como vino dejando ese extraño monumento gris en todos sus sentidos. Creo ahora, haciendo retrospectiva, que yo debí propiciar negocios alrededor de mi ciudad natal, y quizás debí haberme establecido allá para manejar los intereses de la empresa guayaquileña en la que estaba trabajando. Para aquel entonces, Nicolás Intriago y Mauricio Calixto representaban nuestros intereses en la capital y, posteriormente, mí cuñado Fernando Najas. Finalmente ellos ganaban desde allí más de lo que yo ganaba acá. En mi descargo también pienso que la personalidad de José Antón Díaz no permitiría que esta iniciativa floreciera pues, si bien tenía confianza en mi persona, tampoco quería que me escapara de sus manos y en la función que fuese más útil en esos momentos. Los líderes son así, para bien o para mal de sí mismos y tanto peor para los otros.

Un lamentable asesinato
Mediante Decreto Supremo No. 239 del 16 de agosto de 1970, se unificó el mercado de cambios. En tal sentido, las transacciones cambiarias se realizarían exclusivamente por el Banco Central a una cotización de 24,75 sucres para la compra y 25,25 para la venta. El 22 de noviembre de 1971 se retornó al sistema dual del mercado cambiario, con un tipo de cambio oficial administrado por el Banco Central para importaciones y exportaciones, y un mercado libre marginal que operaba a través de los bancos privados y de las casas de cambio. La idea era que no existiesen divisas libres para el efecto de importar o exportar sino bajo controles burocráticos. Los permisos de importación o de exportación fueron indispensables. Se pretendía detener el drenaje de divisas que experimentaba la reserva monetaria internacional y que iba agrandándose conforme se inyectaba el flujo petrolero por medio del cada vez más agresivo gasto del Estado que se modernizaba incluso con la compra de armamentos obsoletos del primer mundo. Como estábamos bajo la inspiración de la “doctrina” de la substitución de importaciones se favorecía el desarrollo industrial, por lo que, además, se mantuvo forzadamente la paridad fija de 25 sucres por dólar, establecida en agosto de 1970. Adicionalmente, buscando un esquema
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selectivo de importaciones, se acudió a ese detestable mecanismo de los depósitos previos, que significaba un congelamiento del flujo de caja de la empresa importadora de productos terminados para otorgar beneficios indirectos a las inversiones de tipo industrial que importaban materias primas desgravadas. Estos depósitos previos estaban ligados a la selección de importaciones según listas 1 y 2 e implicaban menores porcentajes de depósito durante períodos más cortos para la importación de materias primas y bienes de capital. En la lista 2 estaban los bienes de consumo o castigados; y en la lista 1 los favorecidos, es decir, materias primas y bienes de capital. Esto trajo otras complicaciones globales y efectos no deseados en cuanto a desincentivar el ahorro interno y la descapitalización de las empresas. Con estas medidas no se resolvió el problema de la balanza de pagos que siguió creciendo porque nuestros productos industriales no hallaban suficiente mercado como para lograr producción a escala, similar al menos a la de los países vecinos, Colombia particularmente. Además emergieron problemas crediticios relacionados entre clientes locales y proveedores internacionales, una vez que la falta de liquidez afectaba a los importadores, que requerían un doble capital para importar; uno congelado en el Banco Central por ese mecanismo de los depósitos previos o anticipados; y el otro para cancelar al proveedor internacional, quien no embarcaba sino recibía su pago previamente mediante cartas de crédito. Como sin permisos de importación no se podía obtener divisas al tipo de cambio oficial, había que ingeniarse para conseguirlas en el mercado paralelo. Las divisas paralelas tenían dos únicas fuentes. La de los exportadores que sub declaraban sus precios para recibir la diferencia en el extranjero, y el de las pequeñas remesas que los emigrantes empezaban hacer fluir desde Estados Unidos en beneficio de sus familiares. Creada la necesidad, se deben crear soluciones. Y nosotros encontramos la nuestra. Había una creciente necesidad de canalizar los envíos remesas de los emigrantes ecuatorianos a sus hogares en Ecuador, al tradicional pésimo servicio de Correos del Ecuador se sumó otra dolencia muy grave; se
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generalizaron el robo y la violación de correspondencia para hacerse de los billetes o de los cheques viajeros remesados por esa vía. Fue tanto el descaro y la corrupción que la gente se vio obligada a utilizar su ingenio y así aparecieron nuevas soluciones. Una de esas vías la creó una agencia de viajes ecuatoriana denominada ZURIMAR establecida en New York y Guayaquil. Ellos recibían las remesas que los ecuatorianos emigrantes les confiaban, ese efectivo lo entregaban a su vez a nuestro agente de esa ciudad, manejada por un simpatiquísimo cubano, Jimmy González, y él se encargaba con ese dinero de pagar a nuestros proveedores. En contrapartida, aquí en Guayaquil entregábamos en efectivo el equivalente en moneda local, con el cual la agencia de viajes pagaba a los familiares ecuatorianos. Bastaba una lista enviada por su sucursal norteamericana vía Télex y ellos, sin necesidad de mover el dinero de un a país a otro, cumplían de una manera simple, ágil y eficiente su servicio a cambio de un buena comisión que los familiares de emigrantes estaban dispuestos a pagar. Este mecanismo nos funcionó como un reloj durante 153 semanas exactas. Claro que ya en lo cotidiano, la administración de esta solución se volvía laboriosa y delicada. Era de mi responsabilidad directa y del uso de mis propias manos recoger diariamente los billetes de las ventas en efectivo para acumularlas semanalmente y guardarlas en aquella enorme y antigua caja fuerte que era de mi abuelo. Había que empaquetar billetes debidamente para facilitar su contaje hasta que, cada lunes, venía Pepe Zurita, hermano menor de esa familia dueña de la agencia, para recoger en una maleta negra el monto de dinero acordado. En 153 semanas establecimos una buena relación personal diría yo, pues entre una y otra cosa conversábamos, tomábamos un café e, incluso, confidenciamos. Él era joven, de mi edad o algo menor posiblemente, buena persona y estaba haciendo planes matrimoniales. Todo marchó sobre ruedas hasta aquel día lunes fatídico cuando fue asaltado en el interior de su agencia poco después de regresar con el maletín cargado de billetes. Cayó fulminado de un balazo. Su local estaba ubicado en un lugar central de la ciudad en la calle Santa Elena, cerca de esquina que hace vértice con el Parque Centenario. Apenas a
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unas siete cuadras de mi oficina. La noticia la tuve pocos minutos más tarde y sin duda que me causó un notable impacto. Todavía me queda un cierto sentido de culpabilidad, además de la pena enorme por el triste final de esta aventura. Conforme se había establecido una rutina durante tres años y su clientela se agolpaba en la agencia a recoger sus remesas, la operación se había vuelto vulnerable. Este triste capítulo nunca se me difuminó con el pasar del tiempo. Sucedió en 1975. Lo recuerdo con tristeza como si fuese ayer simplemente.

Rupturas familiares
Para mí el mundo de los negocios siempre resultó complicado o enigmático, quizás por mi falta de ambiciones económicas puras. Mi formación era humanística, una vez mas lo recalco y lo repito, por lo que dentro de mi trabajo me sentí algunas veces desdoblado o incómodo. Por sentido común estaba claro a mí entender que una sociedad comercial funciona bien siempre y cuando las dos o más partes que la conforman tengan claramente establecidas las estipulaciones y tanto mejor si estas quedan escritas. Los acuerdos deben ser detallados y sin dejar resquicios para interpretaciones futuras. Las mareas cambian. En la práctica me encontré con cierta tendencia por parte de mi Jefe a dejar, deliberadamente quizás, las tuercas algo flojas. Eso me causaba problemas a la hora de manejar circunstancias derivadas. Este fue el caso en la sociedad formada entre José Antón Díaz y Ernesto Raad Rollery, su cuñado y muy amigo. Hay una regla básica en el arte de las relaciones personales y más aún las comerciales: “A nadie le gusta que lo jodan”. Y si alguien rompe la norma de equidad o los acuerdos establecidos, deberá esperarse el inevitable choque de intereses y las cosas se irán elevando de tono hasta que la ruptura o el resentimiento precipiten hacia situaciones inadecuadas y resquebrajen viejas amistades e, incluso, relaciones familiares muy cercanas. Hacer una sociedad comercial es fácil; pero sacarla adelante es mucho más difícil de lo que se cree conforme va creciendo. Las sociedades se unen por necesidad de las partes, y se rompen por ambiciones a la hora de comer los frutos o por malas interpretaciones derivadas de haber dejado flojas las tuercas del convenio. Por otra parte,
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la naturaleza humana es inexorablemente compleja y, a mayor riqueza acumulada, mayor nivel de conflictividad se suscita entre los interesados. Y eso hasta el infinito y aún entre hermanos de sangre. A veces creo que el ser humano no está bien ensamblado y ante el dinero funciona erráticamente. Se une en la necesidad y se desune ante la abundancia. Un absurdo completo. Parecería algo extraño que sea la pobreza la que une y la riqueza la que desune a las familias. Nunca quise estar en la mitad de un conflicto de intereses entre esos dos queridos parientes míos. Y yo dolorosamente lo llegué a estar en 1977. Por un lado, empresarialmente me debía José Antón Díaz y mi tarea asignada era manejar sus intereses. Para eso me había contratado. Por otro lado, estaba mi primo hermano Ernesto Raad Rollery, casado a la vez con una de las hermanas de mi madre, mi inolvidable tía María Piedad a quien todos conocían por Maruja. Esa fue mi segunda casa hogar, la de los Raad Antón donde, por cosas del destino, confluían mis dos apellidos. Allí estaba mi familia doblemente más cercana. Allí era donde almorzaba, entraba y salía como en mi casa propia, cosa que no sucedió con la de mi Jefe, donde siempre me sentí y me comporté muy protocolariamente. Consideraba que entre los dos ambientes, laboral y familiar, debía haber cierta distancia y siempre la mantuve. Muchas sobremesas y con acceso a confidencias tuve que escuchar en el hogar de los Raad Antón. Por otra parte, Ernesto Raad Rollery y José Antón Díaz eran además de cuñados, íntimos amigos y con esos antecedentes decidieron hacer aquella sociedad de la cual me enteré posteriormente a que cerraron el trato. Me hubiese gustado redactar al acta donde constaran al menos los acuerdos básicos del convenio societario. Así nació ARCALITE Cía. Ltda. José Antón Díaz era el capitalista y quien generó, además, la idea de fabricar un producto sintético denominado EVA, que sustituía al caucho y que se comenzaba a utilizar para fabricar sandalias. El calzado era una línea fuerte de PICA y su estrategia fue fabricar la nueva materia prima en una empresa distinta manejada por Ernesto, quien atravesaba por una situación económica no esplendorosa. El convenio verbal establecía que el capital operativo lo ponía José Antón Díaz y que la empresa lo pagaría junto con los intereses, ya que la otra parte, por el trabajo, cobraría sus respectivos sueldos. La empresa ARCALITE fue diseñada estratégicamente con un único fin; proveer de aquella materia
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prima exclusivamente para PICA y no a ningún otro cliente. La fórmula de calcular los precios de venta y compra fue algo no previsto, y a la larga resultó ser la manzana de la gran discordia. Las instrucciones preliminares recibidas por parte de mi Jefe eran la de formar una sociedad anónima, y cuyo capital debía ser cincuenta por ciento para PICA, cuarenta para Ernesto Raad, y diez para mí. Cuando me enteré de esto, ya Ernesto había conformado con su propio abogado, cuando supuestamente yo debía manejar el tema jurídico, una empresa constituida como sociedad limitada en la cual el cincuenta por ciento para cada uno de ellos quedando yo sorpresivamente excluido. Una jugada de pizarrón, ya que las compañías limitadas no pueden endosar sus acciones con la facilidad de las que hacen las anónimas sino que requieren del consentimiento de todas las partes mediante una escritura pública en lugar del simple endoso de la acciones. En vez de reclamar, me dije para mis adentros, que era mejor ponerme de lado para no tener que arbitrar diferencias en un momento dado. Ernesto me dijo: “Si quieres un diez por ciento de las acciones para ti, que te lo entregue el otro socio de su parte…”. Vientos de tormenta desde el inicio se avizoraron. El desenlace final fue más desastroso de lo que pude imaginar. Finalmente la sociedad agonizó y murió porque PICA abandonó su porcentaje de acciones y la empresa ARCALITE terminó fuera del mercado una vez que José Antón Díaz decidió poner su propia planta de EVA y salir a competir contra su anterior socio y contra su propia empresa de la cual era accionista igualitario. El problema se suscitó una vez que la deuda de ARCALITE y sus respectivos intereses fueron cancelados. Desde ese momento, Ernesto dejó de abastecer a PICA de su producto y abrió una línea de ventas para obtener mejores precios de los que PICA determinaba. Para colmo empezó a vender la materia prima a un competidor en el mercado de sandalias, que era a la vez el mejor distribuidor de la empresa que engendró a ARCALITE. ¡Vaya lío! Puro tema de dinero, y las consideraciones de amistad y parentesco se pusieron de lado. Una amistad y una relación familiar que se rompió para siempre. Fue acertada mi decisión de no participar en esa sociedad, pese a que fue otra oportunidad que dejé pasar pensando en mi seguridad económica ulterior. Dado mi estilo de trabajo y formación, yo hubiese redactado un contrato que regulara en detalle las relaciones societarias,
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y evitar así esas arbitrariedades que cada parte cometió: la una al fijar los precios de venta del producto con márgenes muy estrechos, y la otra en quebrar la cadena de una materia prima que necesitaba su socio que aportó la idea, la oportunidad y el capital. ARCALITE quedó allí quebrada y abandonada a su suerte, porque el Jefe impuso su castigo con inexorable prepotencia, al amparo de que “negocios son negocios”, argumento éste de última instancia y que no admite ningún otro tipo de premisa o contraorden. PICA salió al mercado a vender las planchas propias ahora producidas directamente y mediante dumping obligó a ARCALITE a su fracaso. La maquinaria, instalaciones, el esfuerzo y la relación familiar se fueron a la basura y san se acabó. Muy triste historia la que cuento. Lo cierto es que negocios son negocios, y parientes o amigos solo son eso a la hora de la suma y de la resta. Un consejo universal me atrevo a dar cuando se hacen sociedades entre familiares o íntimos amigos: afinen y documenten hasta el último detalle para cuidar de la relación por encima del negocio. Es duro decirlo pero así la perversidad o codicia de cada quien aflora a la hora del reparto. Lo mismo sucede con las herencias y peor aún porque, por algún castigo divino, hay una regla que dice que mientras más hay por repartir, más resentimientos y más profundamente se dividen las mejores familias, y que de los íntimos amigos suelen surgir, por temas de dinero, los más acérrimos enemigos. Esa es la naturaleza humana. Lastimosamente a mí también me salpicaría la maldición aquella46. Como corolario puedo afirmar que una década, la de los años setenta, fue lo que demoré en entender aquello de que los negocios son crueles y duros. Añoraba el idealismo de mis épocas académicas. Sentía simpatías por aquel joven que llegó a Guayaquil a disfrazarse de empresario, con la esperanza de hacer algunos ahorros que le permitieran regresar a su querida Europa, donde dentro de muchas limitaciones materiales cultivaba la nobleza y la inocencia.

46 Lastimosamente tres décadas más tarde me sucedió una triste experiencia con mi propio cuñado,

Fernando Najas, el esposo de mi hermana. Se rompió una relación entrañable solo por dinero pese a que yo renuncié a todos los derechos económicos de una sociedad que él manejaba, pero ni así nunca pude resolver los problemas derivados del resentimiento que a él le embargó la ruptura comercial que tuvo con PICA. Otra situación en la quedé atrapado entre la espada y la pared a más de perder dinero.

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Tropiezos de salud y el ansiado regreso a Europa
Aquella fístula rectal de la que fui operado en 1969 por el doctor Ignacio Hanna, se reinstaló en octubre de 1972 Esta vez agredió con más fuerza. El doctor Alberto Daccah S., destacado proctólogo, me la operó con tino aunque la herida no cicatrizó nunca causando las incomodidades y preocupaciones respectivas. El problema lo solucionó definitivamente el doctor Frank Weelock, en Boston, con una tercera cirugía en la delicada zona a la que me sometí durante el mes de octubre. Una operación que requirió solo de tres días de hospitalización más una semana de curaciones ambulatorias. Sin darme cuenta, esa ciudad y las calles aledañas al Hospital empezaban a integrarse tanto en mi vida como a ser parte de mis rutinas. Para finales de julio de 1973 regresé triunfante por primera vez a Europa. Mil días más tarde de lo que había previsto aquel becario que andaba con ropas raídas, y cinco años después de haber abandonado el viejo continente. Esta vez iba provisto de cheques viajeros en vez de la bolsita de tela que mi madre me confeccionó cuando partí de casa por vez primera. No eran tiempos todavía de tarjetas de crédito. No llegaba como cuando MacArthur regresó a las Filipinas. No regresaba para radicarme como lo había deseado años atrás, sino a mirar de reojo y reavivar los recuerdos. Un viaje de placer y vacaciones en hoteles de tres estrellas y ya no hospedado en buhardillas estudiantiles. El viaje lo emprendí con Estéfano Isaías, nueve años más joven que yo, y parte integral de ese grupo farrero de solteros con quienes me divertía en Guayaquil. Era su primer viaje por el viejo continente. Hicimos un recorrido por diversos países. Dinamarca y Suecia, en su parte porno. Berlín por razones de la compra de un motor fuera de borda porque el “Chino”, ese era y es el eterno apodo cariñoso del joven acompañante, estaba empecinado en ganarle en las competiciones a Roberto Gilbert, quien se las arreglaba para prevalecer en las carreras que se efectuaban en el Estero Salado, cuando las heces fecales no eran tan evidentes a ojo de buen cubero. Fue un motor extremadamente poderoso que alcanzaba tal velocidad insuperable, hasta que Estéfano inevitablemente lo fundía porque no sabía dosificar su inicial ventaja ni frenar sus ansias de ganar con la máxima distancia posible. Luego iríamos a París, más por razones emocionales mías; y, posteriormente, según lo habíamos previsto a Torremolinos en busca de nórdicas nudistas. El retorno final estaba previsto por Madrid, la ciudad donde habíamos iniciado el recorrido combinando la vía aérea
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y las ventajas del Eurailpass que ofrecía excelentes tarifas en tren para recorrer Europa no por millas, sino por el tiempo que el ticket otorgaba. Llegué a París cargado de tremendas emociones. Y necesitaba estar un tanto solo recorriendo aquellos rincones que para mí eran existenciales mientras que para mi compañero no significaban nada. Caminé lleno de añoranzas y mire mi pasado por primera vez con ojos de adulto. Ya no era un estudiante, ya no era un lector apasionado, ya no tenía metas académicas. Tras mucho caminar y sometido por el calor veraniego, me metí a una sala de cine para tomar descanso. Pasaban la película “La Gran Comilona” o “La grande buffet”, dirigida por Marco Ferrati e interpretada por Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi y Michel Piccoli. El tema es tremendamente asqueroso, porque para retratar la decadencia de la burguesía, el guión utilizaba a unos señores que se encerraban en un castillo para comer los mejores manjares hasta el empacho y luego hasta la muerte, literalmente hablando. Poco a poco, comencé a sentirme mal. Una gran presión en los intestinos, mareo y una aceleración del pulso que se iba acentuando de a poco. Salí asqueado y con nauseas que era el efecto por el film buscado, y a ello atribuí las alteraciones de salud que sentía. Conforme caminaba de regreso al hotel sentía frío en el cuerpo y se me aceleraba el ritmo cardíaco a niveles que jamás había experimentado. Jadeaba. La respiración agitada y total debilidad. Al llegar a mi destino ya no lograba dar un paso y debí apoyarme en la pared del ascensor que me llevaba a mi habitación en el Hotel Claridge, ubicado en ese entonces cerca del Arco del Triunfo y en pleno avenida Champs-Élysées. Allí, en la intimidad del baño, constaté que una tremenda hemorragia masiva se me iba por el poto. Así fue como me recibió París en esta ocasión para mí tan ansiada. Años antes fue una estruendosa diarrea. Ahora una hemorragia virulenta. Mi plan urgente fue intentar viajar a Boston aquella misma noche, pues tenía malos recuerdos de los franceses en esto de la Medicina por la mala experiencia sufrida en Nancy. Llamé a la agencia de viajes e hice la reservación para partir en pocas horas. No fue posible porque Estéfano llamó al médico del hotel, y este me advirtió que con tamaña hemorragia no amanecería con vida. Así que llegó la ambulancia y tuve que internarme en el Hospital Americano en París. Acepté ir porque durante el trayecto
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en tren previo, había leído en una edición de Selecciones de Readers Digest un testimonio de la excelencia de aquel hospital donde había llegado a ver sus últimos días el rey Eduardo de Inglaterra, quien vivió en París desde su abdicación por amor y voluntario destierro. Allí también luego moriría, años más tarde, el magnate Onassis. Me pusieron 24 pintas de sangre, pues 17 ya había perdido, y vigilaron que la hemorragia se detuviera para, luego, según era mi deseo, ir a Boston donde el doctor Shapiro me esperaba. Al día siguiente de que me interné, Estéfano vino a despedirse y siguió su recorrido turístico ante mi insistencia pues yo sabía que no se podía pedir peras al olmo. Más que asustado, él tenía muchas ganas de llegar a Torremolinos en busca de sus carnales propósitos, y siguió su itinerario inicial previsto. No me molestó el hecho porque así era él, tal cual como lo conocía. Y por mi parte, cuando tengo problemas de salud, prefiero no arrastrar a nadie. En esas circunstancias, la soledad es mi mejor compañera. Cada cual tiene sus fortalezas y debilidades. Esa era la naturaleza de mi amigo acompañante: jovial, alegre, egoísta, codicioso y bastante irresponsable, atributos o debilidades que le caracterizaron toda su vida. Por mi parte, tenía claro que en su caso yo no hubiese hecho lo mismo dado mi espíritu solidario. Estéfano partió. Para descargar su conciencia, se tomó el trabajo de pedir telefónicamente desde Torremolinos a su prima Denise Barakat, quien estudiaba en Suiza, que averiguase respecto a mi estado de salud y saber qué había sucedido con mi vida. La que mejor francés hablaba y se agenció de entablar un diálogo fluido con el doctor Jean Pierre Coquillaud, fue una amiga italiana de Denise, llamada Patrizia Puccini, a quien yo no conocía y de quien ni había oído escuchar siquiera. Por esas cosas de la vida, nueve años más tarde, esa italiana llegaría a ser mi esposa y sería también quien me acompañaría en las tantas otras emergencias quirúrgicas que se presentarían en sus respectivos momentos. ¡Una bonita anécdota que me complace narrar para demostrar cómo es que el destino curiosamente teje sus redes! El doctor Coquillaud era tan excelente como pedante. No aceptaba por nada que yo insistiese en ir a Boston. Me dijo bastante molesto que yo estaba en el mejor hospital del mundo. Sin embargo me empeciné y, una vez controlada la hemorragia, luego de diez días me trasladé a Boston, donde fui enviado y recibido por una ambulancia para así entrar
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directamente por la puerta de emergencia del Massachusetts General Hospital. Durante el viaje me acompañó un médico portando sangre de repuesto y manteniendo la vía de la vena lista para realizar ese viaje de nueve horas. En Boston pasé hospitalizado una semana en observación aunque la hemorragia había desaparecido bruscamente, así, tal como vino. Al despertar del día siguiente de ingresado al Massachusetts General Hospital, vi llegar sorpresivamente con una gran sonrisa en su boca a mi hermano Jean, quien se las había arreglado, pese a su esforzada economía, para llegar y cumplir con su deber ya de médico. Alcancé a regresar a Guayaquil justo a tiempo en septiembre 8, al matrimonio de una prima muy querida, Vicky Antón, quien se desposaba con un apuesto libanés, Oscar Nader, amigos ambos y compadres para toda la vida. Abrazos, valses, y todo festejo. No me atrasé ni un día al trabajo de acuerdo al itinerario previsto. Solo me quedó la cicatriz en el alma de haber abortado mi regreso triunfal a aquel París lleno de tantos recuerdos estudiantiles. Había regresado a esa ciudad luz de mis ensueños ya no con el bolsillo vacío ni con la funda de tela cosida por mi madre, aunque sí vaciado de esos ideales que aquel becario guardaba en el más apreciado rincón del alma. Hice un análisis de las facturas. Los gastos fueron horribles y espantosamente elevados. Mi retorno triunfal a París fue peor o semejante al de Napoleón cuando, un 18 de junio, se enfrentó con el Duque de Wellington en la Batalla de Waterloo. Al menos las fechas coincidían, aunque ciento sesenta años más tarde47. Retomé mis tareas laborales dejando atrás la traumática frustración que tuve. Lejos estaba de saber que para el mes de diciembre de 1974 viajaría de emergencia otra vez a Boston para someterme a nueva cirugía. Náuseas y vómitos anunciaban con claridad una marcada estrechez en la zona afectada por el Crohn. Una oclusión intestinal parecía inevitable, así que la recomendación era extraer otra porción de la zona afectada. Esa cirugía, me lo advirtió el médico, la hubiese evitado si yo viviese en Boston y sometido a medicaciones nuevas que requerían una supervisión mensual de su parte. Para los efectos prácticos, esa nueva resección intestinal me dejaría con un tránsito intestinal más rápido lo cual se
47 Esa fecha, 18 de junio, fue la de mi ingreso al Hospital Americano de París.

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traduce en la obligación de ir al baño con más frecuencia y tener más limitaciones incómodas. Fui operado exitosamente en diciembre, otra vez por el cirujano Frank Weelock. Alto, flemático y con una mano llena de experiencia y fama. Pasé momentos de gran unión con mi hermano, médico y amigo, que me acompañó. Llegamos justo a tiempo un 23 de diciembre a Quito, para pasar las Navidades con nuestros padres, y él con su esposa e hija Cristina que no cumplía un año todavía. Vinimos cargados de pañales y ropa de bebé. También estaba lejos de saber que esa era mi última cirugía de la década de los setenta. Pasé a tener un período prolongado de buena salud, lo cual me ayudó a cumplir con mis tareas cotidianas. Una revisión médica anual en Boston efectuada ya no como emergencia, sino por prudencia combinada con vacaciones. Se me hizo un rutina desde aquel entonces hasta la presente fecha, siempre vigilada por el doctor Robert Shapiro, más que un médico, un placebo y un amigo. Mi próxima cita con el quirófano sería para 1983. Nueve años de descanso fueron para mí un buen oasis para reorganizar mi economía y mi capacidad de soportar esas duras contingencias relacionadas a la mala salud de hierro con la cual he convivido hasta la presente fecha.

El nuevo entorno, la parranda y de las leyendas urbanas en una ciudad puritana
La década de los setenta fue de cambios drásticos en mi entorno y estilo de vida. Debía reajustar desde mis aspiraciones vitales y mis rutinas hasta el círculo de amistades en una ciudad con una idiosincrasia muy particular que debía descifrar. No todo se reducía a trabajar, aunque este fue el único motivo que me fijó en Guayaquil. Ni mis problemas de salud ni mi sed de aprender un nuevo oficio y aprovechar al máximo las oportunidades económicas que se había presentado, me hicieron desatender el desarrollo de mi necesidad de disfrutar mi gusto por la vida y a los deleites de una buena soltería. Las cosas simples y banales, los aspectos sentimentales, las amistades, son parte de un todo y ayudan a engalanar la vida y a decorar la intimidad con flores y jardines.

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Todo tiene un precio. Poco a poco fui abandonando mis lecturas cotidianas, el desarrollo académico y todas esas otras rutinas que eran congruentes y derivadas de mi pasado. Resultaba doloroso sentir cómo me iba alejando de las teorías para sumergirme en la piscina de la vida real donde si uno no nada, se ahoga. Así eran ya las cosas. Había que arremangarse y salir al encuentro de la realidad donde la carne, hormonas y huesos deben ordenarse a fin de poner de lado los ensueños de la quimérica y veloz juventud que se desliza como el viento. Sin amigos de escuela, de barrio, de colegio y de universidad, tenía que encontrar un ambiente social apto para mí. Lo usual hubiese sido que ya con casi treinta años de edad, formado y trabajador, me constituyese en un buen partido para encontrar una pareja; y en Guayaquil había algunas oportunidades, especialmente dentro del ambiente de la colonia libanesa. Escoger una buena hija de familia, asistida además por un patrimonio familiar y las mismas costumbres; así los riesgos de que las cosas vayan mal se minimizan. No voy a hablar de las candidatas que me sugirieron o en las que pude pensar. Oportunidades las hubo, sin embargo no me sentía preparado para tomar tan calculada decisión. Mi sentido de libertad y honestidad no me permitían utilizar mecanismos ni atajos de ese tipo, aunque sabía que los matrimonios concertados funcionaban y muy bien en otras culturas milenarias. A esas alturas de la vida, yo ya era como era y poco se podía hacer al respecto. Conozco de muchas personas que así se casaron bajo una fórmula de pizarrón y fueron felices, aunque sea aparentemente, y son adinerados y socialmente bien respetados. El amor viene después, me decía la abuela Cristina, la más interesada en verme casado con la nieta de cualquiera de sus tantas amigas que también emigraron48. Sentía presiones directas e indirectas como las que venía silenciosamente de mis padres en el sentido que demostraban su deseo de ver descendencia o angustia para que no siguiera viviendo solo dadas mis condiciones de salud. Nunca hice caso a nadie al respecto de consejos matrimoniales.

48 De sus seis hijos casados, todos lo hicieron con personas de la colonia libanesa; y de sus veinte y un nietos, nueve contrajeron matrimonio con personas de ascendencia libanesa, otros nueve no y tres nunca lo hicieron.

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Soltero yo, treintañero, con un buen trabajo y un departamento a mi entera y soberana disposición, debía parrandear con solteros aunque fuésemos disímiles en edad y circunstancias. Ya mis contemporáneos habían cruzado la frontera de la soltería. Así se conformó un alegre grupo de amistades o compinches. El mayor de todos, José Juez, era mi vecino y para bien o para mal siempre quedó soltero. Luego, en edad, seguía yo. Y con aquello de que Dios los crea y el diablo los junta, surgió una “gallada” de jóvenes que rondaban los 22 o 25 años de edad, sedientos de la vida y parranderos por vocación. Lo de la sed es literal porque el licor era su continuo compañero. Un ambiente así me ayudó a no envejecer en mentalidad tan rápido como los años iban resbalando. Miguel Cucalón, Alfredo y Jorge Yunes, Roberto Gaitán, Ernesto Gómez, Eduardo Raad. Miguel Reshuán, Estéfano Isaías, Peter Kohen, Roberto y Eduardo Aguirre, Alberto Swett (durante el lapso de divorciado que tuvo), Luigi Rivas y Luis Arcentales. Son quienes constamos en la foto del recuerdo que nos tomamos al fin de aquella década, foto que tengo perennizada en un formato gigante y que conservo pegada en la pared del departamento de Salinas. No mencioné a Selim Doumet, quien realmente era un freelancer dentro del grupo. Selim fue uno de mis mejores amigos, y la mayor parte de las veces practicamos el deporte de la soltería alejados de la marea humana. Ya con él cinco es multitud. Era de otro estilo y de otra manera de ser, no tan gremial en aras de su eficacia y fuerte personalidad. Selim aparece en el centro de aquella foto y con frecuencia pienso que hubiese merecido un póster solo para su enorme figura muy acorde con el aprecio que siempre le tuve. Ya inaugurado oficialmente mi primer departamento de soltero, la actividad social fue cobrando su vigor. Mi propia casa fue mi discoteca y el centro de reunión funcionando bajo mis propias reglas de juego. Dentro de todo ese aparente desorden, yo administraba mi soltería dentro de un horario que respetaba mi salud, mi responsabilidad laboral y también mi indispensable intimidad. Pese a lo que se pudiese pensar, yo me manejaba muy ordenadamente y con horarios muy estructurados. No bebía en demasía y nunca jamás me embriagué porque siempre supe llegar al punto necesario. Los sábados, unas distanciadas copas de buen coñac perfumaban mi existencia. A determinada hora de la
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noche, cerca de las doce, por lo general, si se trataba de una reunión entre semana, yo me retiraba a dormir sin importarme quién estaba o no en mi departamento. Al día siguiente solía encontrar una montaña de colillas malolientes y vasos apestando a residuos de licor regados por doquier. Este es lo único detestable de esa época de desorden ordenado. Para regular el tráfico nocturno se me ocurrió poner tres focos pequeños en el balcón. Encendía el de color rojo, el amarillo o el verde según mi voluntad. Eso significaba que mis amigos podían subir, esperar o dejarme en paz. Posteriormente, cuando Estéfano Isaías inauguró en Salinas su departamento de soltero, el mecanismo se puso en evidencia, dado que consiguió un semáforo de verdad y de dimensiones gigantescas que colocó escandalosamente en la esquina de su balcón. No le funcionó sino decorativamente. No sirvió para regular el tráfico social sino todo lo contrario: para llamar la atención. Cuando estaba en rojo era cuando la gente más subía por cuestiones de morbo. Sirvió, eso sí, para agitar y estimular otra leyenda urbana de las que se vertían en la pequeña gran ciudad, leyenda que, por otra parte, se iba retroalimentando con los paseos de las seis de la tarde en su yate cuando éste se enfilaba hacia la caída del sol llena de parejas ataviadas con húmedos e incipientes trajes de baño. El grupo de amigos quedó así marcado, y yo era parte de ese todo, aunque realmente mi estilo personal y mis circunstancias no me permitían seguir ese nivel de parrandas que, en el caso de ellos, empezaba el lunes por la noche y terminaba el domingo un poco más temprano que los otros días de la semana. Yo no asistía a discotecas que empezaron a funcionar por aquel entonces siguiendo la moda que el “Infinity” impuso cuando se inauguró en Urdesa. Prefería la reunión con poca gente, sin humo y atenuada luz donde se pudiese conversar, y todo eso me ofrecía mi departamento de soltero. Ese era mi ambiente natural a la hora de la conquista y de vencer sin tocar, tal como lo decía Chrisani Méndez mi amiga brasilera en los tiempos madrileños cuando Jacinto Faya la intentaba apretujar para acelerar la cosa. Para ese entonces y dentro de ese círculo social dentro del cual nos movíamos, había en Guayaquil dos departamentos de solteros con gran movilidad. El mío y el de los hermanos Michel y Pedro. El de ellos mucho mejor equipado. Eran muy adinerados y venían de terminar sus estudios en Europa llenos de ese torrente de libertad existencial que faltaba en
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el Guayaquil de ese entonces. Estos dos peculiares “disco domicilios” se convirtieron en una suerte de circuito obligatorio para más o menos las mismas chicas parranderas. Felizmente, en el grupo mío no se proliferó la marihuana aunque sí el licor y en abundancia. Nosotros nos autodenominamos “los zanahorias” para diferenciarnos de aquellos que jugaban con aquellas yerbas recreativas que, en aquel tiempo, hacían su aparición en los círculos sociales medios y altos. Antes, el término marihuanero era identificado con los estibadores o las barras bravas de populares equipos de fútbol porteño. Luego se fue sofisticando. Michel murió joven y dramáticamente. Nos afectó a todos aunque no era siquiera mi amigo sino un punto obligado de referencia de la farándula guayaquileña. Nos hizo meditar a muchos en la futilidad de la vida. Pedro murió algunos años más tarde, también joven en un accidente de automóvil. Mis amigos se fueron cansando y casando. Todo aquello fue parte de las tenues leyendas urbanas de esa todavía puritana ciudad de Guayaquil. Leyendas simplemente porque de ello se hablaba más de lo que realmente sucedía, y visto años después fueron simples actos de ruptura social que triunfaría finalmente porque era inevitable que sucediera ante el vértigo de cambios que se empezaban a instalar atrasadamente en la ciudad. Ya para los tiempos actuales, tener un departamento de soltero no significa ni riesgo ni desafío, incluso para las mismas mujeres solteras. Es casi una obligación a partir de cierta edad. Pero en aquel entonces no se lo veía así, y una chica que se considerada de “buenas costumbres” no debía simplemente ir a un departamento de soltero sin arriesgar su reputación. Tampoco resultaba adecuado que ese tipo de chicas se pasease sola en el automóvil con un amigo más allá del Puente Cinco de Junio. Ya a la altura de Si Café, era considerado carretero y conducente implícitamente al flamante motel llamado Las Palmas y otros de menos categoría que se instalaban por ese sector. Aquello del qué dirán inhibía y funcionaba de forma represiva. De todas maneras sucedía lo que debía de suceder cuando se encendían las pasiones, tal como viene sucediendo desde los tiempos de Adán y Eva. Lo que resulta curioso es que, ahora, treinta años después, la tasa de embarazos no programados es casi la misma a la que era en nuestros tiempos aunque creo que ahora se hace el amor con más frecuencia.

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La dolce vita Todo evoluciona. Cambiado a mi nuevo departamento más amplio, elegante y con vista al rio, mí vida de soltero atravesó el umbral de lo bohemio para envolverse en las delicias que ofrece aquello que se llama burguesía. La decoración más sobria, sin postes ni luces psicodélicos, sino con pinturas originales de artistas ecuatorianos, alfombrado y con muebles funcionales y bonitos, mejoró la calidad y el surtido de los buenos licores. Las reuniones sociales de amigos en mi departamento se hicieron también más selectivas y más ajustadas a mis nuevas circunstancias. Mi departamento fue el epicentro de una vida mundana más refinada, pues allí regulaba a mi gusto desde la calidad de la música hasta su adecuado volumen, el número de invitados y el suministro de buenas bebidas. Huía del humo, del gentío y del bullicio de las discotecas o de otros ambientes donde no se pudiese conversar a gusto. No eran fiestas realmente, sino tertulias sociales donde la buena charla primaba sobre el bailes, y la seducción tomaba al menos muchas palabras ante de que estalle el manoseo, si acaso éste llegaba a darse. Fui ingenioso en eso de innovar y como ejemplo cito una en particular que se incorporó a la leyenda urbana y que todavía perdura en la mente de las dieciocho personas que estuvimos allí encerrados, y más aún entre aquellos que hubiesen querido estar presentes. Las leyendas urbanas se constituyen no por lo que allí sucedió, sino conforme las lenguas sociales las magnifican y las trasmiten con exageraciones cada vez mas distorsionadas. La denominé la “Fiesta Oscura”. Fue toda una experiencia concebida bajo el pretendido pretexto científico de analizar cómo interactúan los ciegos en el proceso de seleccionar a su pareja. La obscuridad total no fue fácil conseguirla y tuve que comprar cien metros de paño negro para reforzar las cortinas e impedir el paso de la luz proveniente de la calle. Meticulosamente se cuidó que no existiera ni una hendija de luz, desde el foco de la refrigeradora hasta el dial del equipo de música. Se incautaron los relojes pulsera fosforescente, encendedores, cajas de fósforos. La música de fondo era la de Orfeo Negro. Todo organizado militarmente con ayuda de una amiga cómplice que se encargó de reclutar a las mujeres, mientras yo seleccionaba a los hombres. Todos debían dar su palabra de honor de cumplir con las reglas establecidas. Mi amiga y yo éramos los “garantes”. Ellos podían ingresar hasta las nueve de la noche
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y acto seguido fueron encerrados en un dormitorio en espera que se dé inicio oficial de la fiesta. Las mujeres entraron juntas media hora más tarde y ni yo conocía la identidad de todas ellas. Algunas vinieron con pelucas y antifaces, otras cubiertas con una manta para que yo no las reconociese. Fueron a otro dormitorio hasta que yo cerrara los circuitos para bloquear la corriente eléctrica. Cien mamaderas plásticas con diferentes tipo de bebidas, alcohólicas o no, estaban a disposición de quienes quisieran proveerse para las dos horas que duraría el “experimento”. Así se evitaba que los vasos se rompieran y los líquidos se desparramaran. El piso era totalmente alfombrado y se retiraron a los costados todos los muebles dejando despejada la cancha para esa inusual fiesta de ciegos. A las diez de la noche se bloquearon las luces, y ya cada quien podía recorrer a tientas por todo el departamento. A las doce se encenderían las luces y si alguien quería retirarse antes de eso, solo debía encontrar a su garante quien se encargaría de organizar el escape. La imaginación debía trabajar en cada uno. Hubo morbo propio de una fuerte dosis de adrenalina y luego mucha más de habladuría. El machismo a su enésima ultranza versus el recato femenino de ese entonces. Cada cual vivió su propia fantasía. No hubo desmanes. Quizá pecados veniales. Se convirtió en una reunión muy divertida y muy normal luego de disipada la morbosa fantasía. Sin duda que este “experimento” social causó habladurías que empañaban o engalanaban mi ya buena ganada fama de solterón empedernido. Luego de prendidas las luces, todo era una fanfarria, amistad y camaradería. La reunión duró hasta las cinco de la mañana. Cuando llegué finalmente a mi cama, me encontré con una agradable sorpresa cubierta sólo con la sábana. Un premio a mi imaginación, diría. Así por el estilo, huyendo de ambientes ajenos a la comodidad que brindaba mi departamento de soltero, agrupando personas selectas y amantes de música tranquila y distinta a la que ofrecían las ruidosas discotecas. Mis fiestas privadas eran ajustadas a mi nuevo estilo de vida ya más mundano. La buena conversación era mi principal condimento y estímulo. Jamás hubo bacanales ni promiscuidades. En alguna reunión donde fue toda una tripulación de Braniff International Airways49 un par
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De Compañía área norteamericana que finalmente fue absorbida por Easter Air Lines, y esta luego por American Air Lines. Tres nunca lo hicieron.

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de gays brasileros comenzaron a bailar con demasiada intimidad. No me importó un pito, porque gracias a ello los demás quedamos debidamente emparejados y me correspondió una bella brasilera para manejar las cosas a mi manera. Muchas cosas estaban cambiando y transformando a aquel becario idealista en un burgués ansioso de la“dulce vida”luego de haber saboreado aquel desafío de la muerte, de la enfermedad y de la incertidumbre hospitalaria. Pese a la mala salud había un buen humor y sed de vivir manifiesta. Logré combinar bien la responsabilidad intensa del trabajo con los problemas de salud y con los otros sabores que la vida ofrece a quienes estén dispuestos a paladearlos. Se mantenían tres constantes: la creatividad, la libertad y el desenfado con el qué dirán que me eran indispensables. Una fiesta oscura puede iluminar en la búsqueda del último amor, que es el que se debe encontrar para conformar una familia y seguir el destino natural. Finalmente, en temas del amor, muchos andamos a oscuras, tanteando para encontrar a quien quisiéramos algún día nos cierre los ojos luego de haberla pasado bonito, que de eso se trata el matrimonio. De algo estaba seguro; que no me iba a casar por soledad o por la necesidad de sentir compañía. Debería tantear, y lo hice bastante bien y además, bastantes veces.

Las fiestas del garaje
Ya pasados los años nos reunimos de tarde en tarde quienes conformamos aquel grupo de solteros de aquel entonces, unos con nietos, otros con calva o con canas y todavía nadie con esos trípodes bastones que usan los ancianos. Y es inevitable que todavía conversemos sobre lo mismo y especialmente rememoremos aquellas denominadas “Fiestas del Garaje” que también constituyeron otra suerte de leyenda urbana porque quedaron prendidas en la retina de quienes las disfrutamos durante 10 años seguidos. Se celebraban a propósito del fin de año en un patio destinado a guardar vehículos que es todavía propiedad de Jorge y Alfredo Yunes Dahik. Calle Babahoyo 123 se indicaba en la invitación respectiva. Lo mejor de los preparativos era cuando nos reuníamos para seleccionar al grupo de invitados e
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invitadas. Había derecho a veto, razón por la cual siempre resultaba que éramos tres hombres por cada mujer. Para economizar comprábamos dos tipos de whisky, el Johnny Walker negro y costoso, y el rojo que valía casi la mitad. Nos dábamos el trabajo de trasvasar los contenidos a fin de que nuestros invitados varones bebieran el equivocado, y nosotros felices y contentos consumiendo aquel falsamente envasado en las botellas con etiquetas rojas. Solamente el recordarlo ahora todavía nos divierte de tarde en tarde cuando nos reunimos a rememorar aquellas “fiestas del garaje.” Cada año una cartulina con una caricatura del grupo servía de invitación al evento. Las conservo todas y las miro como diría Françoise Sagan; con una cierta sonrisa que denota travesura. Anécdotas de esa prolongada soltería van a sobrar. Fueron situaciones divertidas sin transcendencia en el campo existencial. La búsqueda de lo trascendente debía continuar por encima de esas ligerezas que sirvieron solo durante aquellos instantes que fugaron con tanta rapidez pero que, sin embargo, constituyeron parte de uno.

Las primeras propiedades
Mi vida personal en el campo económico comenzaba a despegar. Pese a mis crecidas deudas adquiridas por el tema salud y las dificultades que tuve para superar mis viajes obligatorios a Boston, mis ingresos fueron elevándose conforme la empresa crecía y la importancia de mi aporte era abiertamente reconocida. Lógicamente que debía aprovechar las circunstancias haciendo inversiones adecuadas. Para 1974 y pese a que José Antón Díaz me recomendaba capitalizar primero, antes de comprar una casa propia tal como él mismo lo había hecho50, yo compré aquel hermoso departamento en el edificio El Galeón que me vendió Margarita Suárez en 450.000 sucres51, de los cuales había una buena parte hipotecada. Cuando terminé de pagarla, doce semestres después, realmente los dividendos estaban devaluados y cada vez más al alcance de mis crecientes ingresos. La inflación era superior al tipo de cambio que estaba fijo y subsidiado. La tasa de interés también estaba fijada. Se podía redimir el capital comprando cédulas hipotecarias del año

José Antón Díaz construyó su primera vivienda propia en 1968, es decir cuando su fortuna personal era ya muy, muy sólida. Mientras tanto, vivía en un amplio departamento arrendado. 51 Unos 120,000 dólares de la época.
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con interesantes descuentos. Realmente aquel mecanismo financiero funcionaba muy bien en aquellos años, hasta que los banqueros decidieron desviar las aguas a su propio viñedo. El departamento tenía una linda y amplia vista al río. El nivel del quinto piso daba la oportunidad de sentir una sensación de continuidad desde la sala comedor hasta las canoas, ramas y todo lo que flotaba en esas aguas apacibles pese a su turbulencia ocasional al ritmo del subir y bajar de las mareas. Una alfombra color naranja de bella tonalidad venía incluida en la compra. El uso de la alfombra en Guayaquil era y es muy poco usual, aunque resulta inmensamente decorativo y cómodo a la vez para un departamento de soltero. ¡Ay, si esa alfombra hablara! Espacios amplios, una adecuada cocina, tres dormitorios, tres baños, además del ambiente para acomodación de una empleada. Ibis sería mi primera camarera doméstica, y desde esa fecha tengo habilitado mi registro patronal en el Seguro Social. Pocos, muy pocos cumplían con esa obligación. Ibis era una morena nacida en algún lugar remoto de la provincia de Esmeraldas. Una mujer bastante solitaria, muy discreta y muy callada. No oía, no veía, no hablaba. Cuidé de esa buena mujer cuando por motivos de salud se resistió a acudir al Seguro Social y personalmente la llevé una noche a la Maternidad para que diera a luz a su hija. Regresó a su ciudad natal y me dejó a su hermana como reemplazo. Nunca la volví a ver aunque sí hablamos por teléfono en algunas ocasiones. De eso ya hace muchos años. Ese departamento fue mi primera propiedad y fui tan cuidadoso con aquello de no pintarrajear las paredes con pósters y aquello de las luces psicodélicas. Lo decoré con sobriedad e incorporé muebles tradicionales, entre ellos una hermosa biblioteca, la primera que tuve, de la fábrica El Maestro, estilo antiguo fabricada para exportación en Cuenca. El librero me sirvió para recuperar interés por mis libros embodegados en Quito lo cual, en cierta manera, me despertó un tanto la añoranza de regresar a la lectura continua y cotidiana, costumbre que me estaba abandonando. Substituí los pósters psicodélicos con pinturas originales de autores ecuatorianos, comenzando una simpática y buena colección que se iría acrecentando hasta que se acabaron los espacios de pared. En esos tiempos no era costoso hacerse de un Rendón, un Kigman, un Guayasamín, un Arauz, un Tábara, un Almeida que todavía no pintaba
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puertas, o que el mismo Antonio del Campo lo entregara directamente en la casa con el olor a pintura todavía fresco. Incluso unas 20 acuarelas de Moré las compré por nada. Mi gran intermediario siempre fue Juan Hádate, quien me aconsejó en la adquisición de alrededor de cincuenta cuadros que conforman una colección realizada con mis ahorros de soltero. Dos años después adquirí un departamento en Salinas, en el edificio El Tiburón, el más alto que se haya construido por allí. Me lo vendió Joe Peterfy y su esposa Lupita Salem, una muy atractiva y chispeante mujer al estilo Salma Hayeck. Una parte pagué de contado y la otra asumiendo la hipoteca que con el tiempo se me hizo fácil cubrir. Estaba equipado con muebles de vieja generación, listos para uso inmediato. Tenía tres habitaciones; durante la temporada una de ellas estaba reservada para amigos, otra para amigas y, finalmente, la principal para mí con una estupenda vista al mar mirado a quince pisos de altura. Era una alegría cada amanecer cuando desde la cama le daba la bienvenida a ese nuevo día. A mi dormitorio le puse una cerradura con clave, a fin de que me dejaran en paz y no tener que portar las llaves por la playa. Hubo mucho movimiento en esa caja de cemento decorado con alegría playera. Mi prima Titi, o Ana Cristina me lo decoró a su manera pues se estaba inaugurando como decoradora luego de sus estudios en New York. Para el manejo de mi alimentación, intenté hacerme socio del Yatch Club de Salinas. Como era precavido, luego de revisar el estado de higiene de su cocina, que resultó realmente deplorable, desistí del intento. Recuerden que en esa época el agua potable no existía sino la provisión mediante sucios tanqueros. Para mí el riesgo de una infección intestinal era altamente peligroso. Así que contraté a Margarita Borbor quien cocinaba en un restaurante. Todavía trabaja conmigo y se ocupó de mi alimentación, del aseo y del mantenimiento durante todo el año corrido. Como le era imposible predecir cuántos comensales caerían a la hora del almuerzo o amanecerían por allí, quedó establecido que se cocinaba para cuatro personas, y esas eran las que se sentaban a mis horas habituales. Reglas claras, mentes libres; sin duda que de esta manera en el mar, como dice la canción, la vida es más sabrosa y saludable también.

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Nunca podía faltar la sandía helada, el coñac, los famosos chifles de Margarita y el pescado preparado por esa mujer de cuyas manos brota la comida con el sabor oriundo del lugar. La sandía helada se explica porque cuando a las horas que el sol se pone frenético en la playa, es imposible que una linda chica con poca ropa o un poderoso bikini no acepte la invitación para refrescarse la sed bajo la inocente propuesta de una sandía helada. No es lo mismo decir a una chica, “subamos a mi departamento a tomar un trago”, que decirle, con voz angelical “¿te gustaría con este calor una sandía helada?”. Noventa por ciento decía sí, y así subían fácilmente con el riesgo de caer en la red del pescador que sabía manejar bien los tiempos de acercamiento con respetuoso tino. También durante esa década alcancé a comprar un departamento en Quito bajo el mismo sistema hipotecario. Ese departamento estuvo destinado para uso de mis padres una vez que debieron achicarse pues ya todos habíamos salido del techo familiar. Los arriendos recibidos de la casa de la calle Robles, así desocupada, pasaron a constituir un ingreso adicional para ellos. Los tiempos de vacas flacas estaban siendo superados. Había tranquilidad económica para todos. Se había justificado la decisión tomada de sacarle provecho a una oportunidad laboral que inesperadamente se me había presentado. Por otra parte, se abrían nuevos retos. Mi mala salud necesitaba estar económicamente respaldada por lo que no me quedaba otro camino que el de seguir adelante pensando en el aquí y en el ahora, haciendo aterrizar mis sueños dentro de las mejores conveniencias materiales. La pregunta en mi interior era si me había vendido o tan solo alquilado para alcanzar esos niveles de burguesía dejando enterradas para siempre mis secretas aspiraciones. Solo el tiempo tendría la respuesta a esta disyuntiva existencial que me carcomía desde un rincón de mi conciencia. Por más recompensas materiales que alcanzara, siempre habría un sentimiento de vacío existencial que me roía por dentro.

Activista del amor y la conquista
Fue en la década de los setenta que mi vida tuvo su tardío punto de inflexión. Decidí casarme. Eso sucedió en 1979. Mientras tanto, tuve las vivencias que todo adulto heterosexual tiene ejerciendo una digna soltería. No quiero ni debo enumerar todas y cada una de las situaciones
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que me forjaron mediante ese viejo procedimiento del ensayo y del error. Fueron una suma de situaciones que agradezco. No fui ni un don Juan ni un mujeriego, sino alguien sensato aunque siempre inquieto en el arte de conquistar o interesar a una mujer. Un activista del amor y de la conquista, diría yo para definirme mejor. Estaba más cerca de ser un caballero que un villano según mi propia distinción entre los débiles límites que hay entre lo uno y lo otro. De hecho, cuando me casé cerca de cumplir los 38 años de edad, no tenía lastre, es decir paternidades ocultas, ni había causado estragos ni mayores frustraciones irreversible a ninguna mujer ni a mí mismo. No propuse a nadie una petición formal y, por tanto, tampoco había dejado a ninguna dama cerca de altar pero tampoco con la bata alzada. Nadie me había rechazado una petición de nada porque avanzaba lentamente y pisando sobre seguro para verificar que todo estaba ajustado al guión previsto. Sin duda que para mantenerme soltero en algunas ocasiones hice prevalecer mi egoísmo. Mi arte de conquistar tenía dos etapas: la primera aproximarme con habilidad y cautela; y luego, la de retirarme de la misma manera. Hay una etapa intermedia, la de la cosecha; jamás dependerá solo de uno sino que, por lo general, dependerá de ella sin que por eso se deba descuidar caer en ese juego de las atracciones fatales, es decir aquellas donde uno puede convertirse en actor o víctima compulsiva de celos o venganzas. Yo tenía resistencias a amar y eso lo descifré a propósito de un curso y de ejercicios de análisis transaccional, un método grupal para conocer mejor los mecanismos sicológicos que se traban en una lucha subconsciente. Allí disputan entre sí, mediante complicados juegos emocionales el padre represor, el niño juguetón y el adulto social. Tres aspectos del yo que todos llevamos simultáneamente adentro y que deben interactuar en medio de conflictos y de las variadas disyuntivas que se suelen presentar. La conclusión fue evidente: había creado un parapeto bajo un sobredimensionado sentido de responsabilidad que se justificaba en aquello de la mala salud. Ese era mi escudo emocional y racional para evitar adentrarme en ese asunto llamado matrimonio. Mientras tanto todos mis amigos de Quito estaban ya casados y más de uno de manera precipitada, no por los embarazos ni nada de
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eso, sino por simple soledad. Mis más jóvenes amigos de Guayaquil lo estaban haciendo con la velocidad con que revienta el canguil en la olla hirviente, y caían por efecto dominó. Miguel Cucalón, el duro, cayó como un bebé ante Fabiola, y luego de ello se abrieron las puertas para todos los demás, a excepción de Pepe Juez y yo. Como que a los treinta años de edad hay que estar casados, ya sea por presión familiar, ya por el deseo de eyacular en paz. ¡Qué sé yo! Lo cierto es que el tema del matrimonio no constituía en mí ninguna prioridad. Ya vendrá, decía yo. Tenía claro que no se trataba de ponerse a buscar a la mujer ideal, sino de encontrar a la pareja de carne y hueso que el destino me había designado. Y si no, también. El matrimonio no era un punto de destino, sino una manera de viajar. Así es como ordené o justifiqué mis prioridades. Hubo también la oportunidad, más de una en verdad, de caer en una unión del tipo concertado. Hubo oportunidad pero jamás tentación. Chicas ricas y bien cuidadas, lo cual a uno le apuntala en las perspectivas económicas y me libraba de trabajar con tanta acidez y responsabilidad. Llevar una vida más acorde con mi lado poético, intelectual, ser un buen marido, tener una linda esposa, tres hijos y san se acabó. Ese no era mi designio ni estaba acorde con mi manera de ser. Conozco algunos matrimonios concertados o inducidos por la presión familiar y no les ha ido del todo mal, al menos en lo que las apariencias reflejan y algo de razón tendrán. Lo cierto es que de oportunista no tenía ni un pelo, y ganas de casarme tampoco. Y así se fue prolongando la soltería, hasta que llegué a ser considerado un solterón empedernido, bañado en algunas leyendas urbanas dentro de esa caldera del diablo que suele constituirse en las ciudades pequeñas. También contribuía en mi prestigio o desprestigio de no casamentero mi forma desinhibida de ser, hablar y pensar. Hubo amigas, amé con discreción, practiqué el amor y no quiero enfilar hacia cada uno de los recuerdos que he repasado en mi memoria. Ahí están disueltos como terrones de azúcar que endulzan el chocolate caliente de la vida que, de sorbo en sorbo, se bebe y disfruta. Están ahí presentes y a la vez ausentes, como si estuviesen parpadeando en la mente que lucha para frenar el inevitable pasar del tiempo. Y tanto va el cántaro al agua… que finalmente la soltería terminó.
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El matrimonio “Nunca ha de ser amor el que encontremos, / después de que la vida revolvamos de tanto rebuscar. / ¡Amor será el que en vano rebusquemos! /Amor será el fantasma del sueño que encontramos: / un día sin desear”. Este poema del ecuatoriano Humberto Fierro52 me marcó desde que lo leí por vez primera en años mozos. Al amor no se lo busca. Se lo encuentra. El amor buscado es en gran parte fruto de una idealización en el proceso. El amor encontrado es de alma, carne y hueso. Nueve años y medio después de iniciada la década, el 1 de junio de 1979 llegué al altar. Diez años habían pasado desde que Neil Armstrong pisó la luna y de que yo meditaba en aquel balcón al respecto de mi promesa incumplida de casarme cuando ese hecho ocurriera. Mi luna de miel fue perfecta e idílica en las islas Mauritius, allá por el Océano Indico. La Luna real seguía igual de bella, y no fue remplazada por los miles de satélites que definen ahora lo que es la modernidad y que ha logrado de una forma pragmática que personas se encuentren, se busquen y se lleguen a amar y hasta casi alcanzar el sexo carnal a través del Internet y de las nubes informáticas que pueden testimoniar que el amor nunca tuvo limitaciones ni fronteras. El que la Luna siga o no inspirando emociones románticas dependerá de cada quien. Todavía disfruto cuando puedo contemplarla de la misma manera y con la misma intensidad que cuando me enamoré por vez primera. Patrizia fue un amor circunstancial. Romana de verdad, lo cual a la hora de la hora quizás fue consecuencia de tantas monedas que arrojé en la Fontana di Trevi. Quince años menor que yo que ya rozaba los 38 a la hora de dar acceso y compartir mi intimidad. Ella tuvo la inteligencia femenina para saber manejarme de tal manera que las cosas se dieron simplemente porque se dieron, luego de tres años del primer beso que apasionadamente nos dimos sin saber ni cómo ni por qué. Fue durante la boda de Luis Arcentales y Gloria Lopera, personajes que siempre aprecié y apreciaré. No planifiqué ir a esa boda porque tenía una interesante expectativa con una chilena a quien, a última hora, le dio “jaqueca”. Así que aquel sábado 25 de octubre de 1975 terminé con esmoquin en el
Humberto Fierro (1890 1929), poeta quiteño perteneciente a la denominada Generación Decapitada.

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lugar de la boda Arcentales-Lopera. Como se suele decir, estuve en el lugar preciso en el momento preciso. Acababa de abandonar un tratamiento con bajas dosis de cortisona según indicaciones de mi médico dadas como resultado de mi reciente chequeo de salud en Boston. Lo quise festejar dándome la permisión de tomar un poco de licor. Tres o cuatro copas de champagne. A Patrizia le había sucedido lo mismo, no quería ir a causa de un mal humor o amor. Ella también se engulló sus tres copas demás. Me brindó una almendra azucarada que prendí de sus labios, y lo demás cayó por gravedad. Hasta la fecha seguimos comiendo almendras confitadas, y seguimos intercambiándolas boca a boca casi por inercia aunque sin la picardía y el misterio de aquel ayer sazonado por el áurea del atrevimiento y de lo inesperado. Todo dependió de un simple beso no buscado, logrado sorpresivamente en una fiesta a la que ni ella ni yo queríamos ir. Cosas del destino, nada más. A Patrizia la había conocido cuando era quinceañera. Venía a Guayaquil invitada por sus amigas ecuatorianas con quienes estudiaban en el colegio Brillanmont, en Laussane, Suiza. Priscila Barakat, Gisela Simón, Amira Isaías, Janeth Antón y Lorena Dassun. Usaban tacones plataforma de quince centímetros y se vestían al fulgor de la moda europea anticipada a Ecuador al menos con tres años siquiera. Pulseras ruidosas y abundantes. Exóticas y llamativas con sus peinados elevados de tal manera que se alzaban cerca de un metro ochenta del suelo. No pasaban desapercibidas aunque para mí, de treinta años, eran como unas chiquillas adolescentes que conformaban una comparsa de niñas ricas y vistosas. Nunca conversamos y yo me limité a ver el manojo pintoresco porque era inevitable. Patrizia estaba enamorada de mi primo Pepe Antón Bucaram, de su misma edad y andaban todas ellas rodeadas de sus amigos contemporáneos; Pedro Isaías, Armando Espinel, Gonzalo Dassun, Rafael García, César Febres Cordero, Gino Norero y otros, entre los cuales estaba Charlie Pareja, el único que se llegó a casar con el amor de esos entonces. Nunca imaginé que por allí iba a salir la compañera de mi vida. Patrizia había sido enviada a Suiza cuando la crisis matrimonial de sus padres, y se refugió durante las vacaciones en las familias ecuatorianas que representaban el modelo hogareño que ella hubiese deseado en vez del trastorno brutal que sufrió durante su adolescencia con el divorcio de sus padres. Así, cuando cuatro años más tarde surgió sin ningún otro antecedente ese beso almendrado, lejos estaba de
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saber las consecuencias a las que llegaríamos luego de otros tres años de tratarnos intermitentemente. La relación sentimental intermitente se fue acentuando con vientos a favor y en contra, hasta que luego de un año de nuestra algo disimulada relación, ella decidió irse para Caracas una vez que todas sus amigas le decían que yo era un amargado solterón, además de enfermo, mujeriego y todo lo demás. A mi juicio, su partida y la separación era conveniente porque entre mis razonamientos estaba aquel que me advertía respecto a los ajustes en cuanto al cambio de vida que ella sufriría por vivir en Guayaquil con sus grillos y cucarachas que hasta ahora las detesta, y no en Roma, cuna de la civilización y donde se ubica la mismísima Fontana de Trevi, la de Marcello Mastroianni y Anita Ekberg. Mi única promesa cuando ella partió fue la de hablarnos telefónicamente cada lunes, y que cada uno tenía la permisión de mantener sus opciones sentimentales abiertas. El tiempo haría lo demás. Nunca fallé un lunes y así que más tarde que temprano me encontré en Roma hablando con su padre sobre mis intenciones. Había transcurrido un año adicional de romance furtivo cuando ya en París, sentados en el restaurante Fouquet’s, le pedí formalmente la mano. Luego de su instantáneo sí, la hice pasar por debajo del Arco del Triunfo, aduciendo que solo su persistencia y manera de manejar las situaciones habían triunfado sobre mi reciedumbre emocional. Ella descifró mi personalidad, mi forma de ser; y a partir de aquel entonces realmente es quien conduce mi destino y de las manadas de animales que se vinieron con ella. Nuestra boda se realizó casi un año después de aquella petición. El 1 de junio de 1979. Lo celebramos en el Tenis Club, ubicado en la inefable Avenida Nueve de Octubre. La torta de boda era una réplica del Arco del Triunfo y no fui yo quien así lo decidió. A decir de mi suegra, al constatar en persona mi indefinición respecto a mis propósitos matrimoniales, ella advirtió a Patrizia que yo no serviría ni para chofer ni jardinero. Tenía razón. Mi esposa maneja el auto y mi vida, y se ocupa también del jardín y de las orquídeas que repaga. Mi suegro, Carlo Puccini, antes de regresar con mi flamante esposa a Guayaquil luego de esa larga y hermosa Luna de Miel, me dio un simple
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consejo final: “¡Cuida los gastos de Patrizia!”. Ya era tarde y sigue siendo tarde tantos años después. Y es así que enorme equipaje, y pagando el correspondiente recargo por el sobrepeso, emprendimos el retorno por París junto a Kouchulu, un yorkshire terrier, que se nos interponía en el lecho nupcial. Nunca hubo opción de decidir sobre cuántos animales domésticos llegaríamos a tener. Usando algo de humor dejo constancia que en mi vida matrimonial estuvo presente el reino animal como parte de un todo que se llama amor. El amor tiene sus bemoles y solo se lo reconoce al quererse dar y disfrutar haciéndolo. Si algo se recibe a cambio, tanto mejor. Casarse es simplemente dar. Todo se reduce a eso: amar es dar y cada cual tiene su forma, dosis y estilo de hacerlo. Nadie puede exigir nada y todos voluntariamente tenemos que dar lo que podamos. Si llega a predominar el egoísmo y las generosidades se desequilibran, la única solución es terminar la relación. Eso simplemente es así. El divorcio debe existir como una perspectiva o real amenaza a fin de que las parejas sepan que es una posibilidad siempre abierta, y que si no cuidan lo que tienen, podrían perderlo. Mis padres y familiares alentaban la unión. Mi abuela, en cuanto vio su rubia cabellera, la blancura de su piel y el color azul de sus ojos, aprobó. Es mediterránea, me dijo, y eso basta. No es “alan taba jome”53. Habría planificación familiar durante al menos el primer año. De otra parte yo me comprometí, no porque así ella me lo pidiese, a que todos los años ella se oxigenaría en Roma en estancias de seis semanas durante el verano. La mayor parte de la veces yo la acompañaba sus últimas tres semanas y regresábamos juntos o acomodándonos de acuerdo a lo que sucedió durante los treinta y tres años que hasta el momento llevamos de casados. Mi deseo expresado en la Fontana de Trevi de casarme con una romana se había cumplido. Lo que decía la letra chiquita que nunca leía es que ella se haría más guayaquileña que yo. Mi retiro y jubilación no se darían escribiendo en la Riviera dei Fiori, sino en Lomas de Urdesa, Guayaquil, Ecuador. Cuando acudan a esa misteriosa Fontana de Trevi,

53 Gente de este lugar.

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precisen más puntualmente sus deseos antes de lanzar sus monedas porque una vez retirada la mercadería ya no hay devolución posible. Terminaba la década de los setenta llena de tantos avatares, sorpresas, triunfos, penas y alegrías, ¿Todo eso quedó atrás? No, señor. Es parte del presente y son parte del yo total que late en mi memoria y hace parte de mi piel y de mi alma todavía. Quizás fue la década más decisiva de todas las que estaría programado que viviera. Así fue como me casé. Lo volvería hacer y con exactamente la misma mujer que el destino señaló. Esta es la respuesta a la pregunta que muchos se hacían respecto a si duraría o no esa unión conformada por una pareja dispar. Finalmente Patrizia venía de una familia adinerada que le complació en todas sus necesidades materiales y la rodeó de lujos y costumbres de primer nivel. Yo gozaba de mi mala salud de hierro, con quince años más de edad. Viviríamos en una ciudad como Guayaquil muy distinta a la Roma inmortal. Yo tenía fama de tener un mal carácter, aunque realmente considero tener un alto y refinado sentido del humor que lo subsana, de no casamentero y de muchos defectos más, menos de irresponsable o vago. Por su parte, ella no sabía siquiera calentar el agua porque no atinaba a distinguir la cocina de gas de la eléctrica. ¡Todo estaba por recorrer y descubrir en el destino de esa disímil pareja que finalmente tendría que fabricar paso a paso su propia fórmula de pasarla bien hasta que la muerte los llegue a separar! Nada se puede predecir. Es cuestión de recorrer juntos un camino, un destino y de pasarla bien en el plácido regazo del hogar, más que en los eventos sociales que por cientos o millares vayan a ocurrir. En esos eventos todos miran a las parejas como felizmente casados y eso no suele realmente ser así. ¡La procesión va por dentro y en la intimidad conyugal! ¡No todos los que se divorcian han sido infelices durante su matrimonio, ni todos los que no se divorciaron han sido realmente felices! Cada quién tiene su propia historia por contar. Muchas cosas iban a cambiar. Ajustar las costumbres de la pareja, sincronizar los gustos personales, la prioridad en el gasto, acordar los amigos comunes y tantos otros detalles que solo llegando a ser comunes enriquecen la vida familiar. Para ese entonces no había mucho
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problema con el televisor. Compartíamos gustosos la serie “Dinastía” siguiendo la historia del petrolero Blake Carrington, interpretado por John Forsythe, y admirando a Joan Collins en su papel de Alexis, y a Linda Evans en su rol de Krystle54. Estaba en su apogeo la serie Hawai 5.0. No había problemas causados por el manejo del rústico mando automático de aquel entonces porque no había sino cinco canales sobre los cuales escoger. Alberto Borges con su noticiero y sus comentarios tan guayaquileños que terminaban cerca de las doce de la noche, nos daba la señal de era hora de apagar la luz. El control de la TV lo perdería algunas décadas después, ya cuando realmente ese detalle de cederlo o no es una muestra más de sabiduría que de amor. Cayó el telón de la década. No era padre todavía. Estaba establecido en Guayaquil. No tenía preocupaciones económicas. Mis padres estaban con vida y gozaban de tranquilidad. Mi salud no había tenido recaídas importantes, a más de ciertos percances como las frecuentes piedras renales y sus cólicos de tanta intensidad. Estas y otras incomodidades o malestares eran muy propios de la enfermedad de Crohn. No importaba pues yo llegué muy bien entrenado y preparado. Patrizia tendrá su propia historia que contar. Lo único que lamento por parte de ella es que, pese a su marcada vocación como doctora, boticaria, enfermera y asistente de todo tipo de pacientes que se le cruzan en el camino, no haya aprendido a poner las inyecciones intramusculares que debo aplicarme cada mes. Mi familia política vivió lejos de nosotros. Carlo Puccini, mi suegro, es ingeniero civil al igual que sus dos hermanos: Torello, el mayor, ya fallecido, y Fausto, el menor. Eran hijos de un gran constructor que fue Gino, su padre, quien falleció en 1962 luego de haber consolidado una inmensa fortuna. Era la época de oro de Mussolini quien impulsó grandes obras de ingeniería en Italia y en la misma Roma. Luego de la guerra y en la década de los años cincuenta, Gino adquirió y construyó grandes edificios, al igual que su consuegro, Ulisse Navarra, otro muy activo constructor de aquellos años dorados de la reconstrucción.

54 Esta serie fue el mayor éxito de la televisión, luego de Dallas. Duró diez temporadas durante toda la década de los ochenta.

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Carlo, mi suegro es un personaje silencioso y tranquilo. Cortés, galante y generoso. Romano de verdad y muy orgulloso de serlo. Se casó con Anna, mi suegra, una muy hermosa mujer y también muy adinerada. Muchas fotos quedan de esos tiempos de lujos y abundancia. Tuvieron dos hijas, Patrizia, mi esposa nacida en 1956, y Arianna, nacida tres años después. Mi cuñada Arianna, una mujer muy bella, se creó más cercana a su madre, quien a su vez había desposado en segundas nupcias a Ariberto Cesa Bianchi, un milanés con nacionalidad francesa. Se radicaron en todas partes. Caracas, New York, París, Como y Assisi. Es inútil explicarlo porque tampoco yo mismo lo llegué a atender. Y fue así como mi hermana política vivió aquí y allá, disfrutando de una manera muy libre y moderna de ser. Vino a Guayaquil a pasar una corta temporada con nosotros, y por alguna extraña razón fue a parar al Cajas, cuando aquello del milagro y la aparición de la Virgen estaba en su máxima exposición mediática. No me alargo más porque de allí hasta que tomó los hábitos y se encerró en una suerte de monasterio sería muy complicado de explicar, porque yo mismo tampoco lo entiendo. Su nombre religioso es suor Anastasia di Gesú. Pinta cuadros extravagantes, ora y tiene un horario monacal. Vive sola en un departamento fuera de Roma. Nos vemos muy poco y ocasionalmente nos saludamos por teléfono. Esta mutación de Arianna fue extrema, porque de pasar a hacer topless en las playas de Salinas, como si estuviese en Saint Tropez, a tapar su bello cuerpo con largas y desaliñadas sotanas, hay demasiada diferencia. Cuando murió Teresa Puccini, madre de mi suegro, Carlo hizo un emprendimiento muy complejo sobre invirtiendo en una mina de amianto, producto éste que ya estaba cuestionado por sus efectos cancerígenos. Las instalaciones estaban cerca de Torino y cuando fuimos a visitarlas era impresionante el nivel de inversión allí comprometido. Mientras tanto, Patrizia, para quien su padre ha sido un factor emocional muy vinculante, vino a vivir ya a Guayaquil. Carlo para mantener una cercanía de más raigambre con su hija predilecta, remodeló una quinta que tenía. Quince mil metros cuadrados en plena Roma a pocos pasos de donde está el Ministerio de Relaciones y el estadio Olímpico, son un tesoro incalculable pese al impedimento de levantar nuevos volúmenes de construcción de los antiguamente existentes muy rústicos y
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antiguos. Sin embargo Carlo se la valió como constructor y levantó sobre estructuras destinadas anteriormente para garajes y bodegas, y así logró una remodelación muy bien planificada, aprovechando, además, los desniveles de terreno para construir una piscina grande, y una terraza gigantesca, desde donde la vista de la ciudad era impresionante. Adecuó un lindo departamento para cada una de sus hijas, en cuerpos separados del edificio principal donde vivía él con su esposa Teresa Meo. Todo ese recinto se llamó la Camilluccia, lleno de árboles, plantas, césped e, incluso, gallinero. Gatos y perros ni para qué mencionar. Durante nuestras infaltables vacaciones allí pasamos muy agradables momentos en esos veranos. Fue mi entorno europeo que, contradictoriamente, cuando lo tuve en mis manos, no lo puede disfrutar debido a mis responsabilidades laborales. Ahora, en tiempos de retiro, nada de eso existe, ni siquiera mi deseo de ser europeo o vivir por esos lares y lugares. Fue muy triste cuando La Camilluccia se tuvo que vender. El negocio del amianto fue un perfecto desastre que llevó a mi suegro a recogerse en una muy pequeña villa a una hora de Roma. Allí a sus 84 años ahora vive un retiro con esa gallardía que siempre le acompañó. Mi suegra, por su lado, compró un edificio en un lugar muy exclusivo de París y lo remodeló. En Ville Spontini teníamos, pues, un departamento donde llegar y así lo hicimos varios años. En la esquina hay una panadería donde el baguette despierta con su olor penetrante e inolvidable. Ese París ya no era el mío, el del estudiante. Era otro París prestado y con otro sabor, pero sabor al fin. Caminando por la rue Víctor Hugo, a diez minutos se llega al Arco del Triunfo, y en ese caminar uno encuentra “La maison du chocolat” donde venden manjares a su enésima potencia. Imposible de no comprar al paso por el aroma que de allí emana. Las caminatas por ese elegante sector de la ciudad se hicieron habituales. Por el barrio latino poco frecuentamos. En compensación de esta corta familia política tuve la suerte de tener a una suegra adicional; América Isaías. Patrizia bajó con su vestido blanco de ese edificio ubicado en el Malecón, donde vivió por muchos años toda la familia Isaías. América es de esas mujeres que tiene una
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inteligencia superior y una mordacidad deliciosa. La conocía de siempre, a ella y a su esposo José Barakat fallecido en 1974. Y así tuve a dos cuñadas más, Priscila Barakat y su prima Gisela Simon. Las considero así porque ese es el nivel de afecto que mi esposa por ellas siente. Es una familia política postiza perfecta, porque su discreción y nivel de afectuosidad estuvieron siempre presentes. Carlo Puccini ha venido a Guayaquil y a Ecuador unas cuatro o seis veces. Lo conoce y le gusta, aunque es un romano que no cambia su ciudad por ninguna otra. Anna Navarra solía venir a Salinas todos los años a tomar sol y comer pescado, como ella misma lo dice y reconoce. Además decía que la suegra al tercer día apesta así como el marisco, sin embargo se quedaba 15 días y yo nunca sentí mal olor alguno. Su esposo Ariberto vino tan solo dos veces y detesta el desorden y lo sudamericano, por amargas experiencias vividas en Caracas donde perdieron bastante dinero. Había invertido en tierras con unos venezolanos que luego lo hicieron salir del país a fuerza de amenazas físicas y legales. Eso fue en los tiempos de Carlos Andrés Pérez, cuando aquellos relacionados políticamente con las altas esferas comenzaron a pescar incautos europeos ávidos que iban a invertir en la rica Venezuela. Este es el resumen corto de mi nuevo ambiente familiar. Mi esposa ha regresado a Roma todos los veranos, cumpliendo la promesa que hice. Yo he dejado de ir los últimos cinco años porque he perdido la emoción europea en gran parte por el tema de las visas y del fastidio a los aviones. Nunca apliqué para obtener visa italiana por un tanto de soberbia al sentir esa suerte de racismo oculto en la sociedad europea.

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LA DÉCADA DE LOS OCHENTA

El entorno de la década
Los años 80 fueron intensos. Vientos de cambio nuevamente se anunciaban. Estaba claro que la denominada “Guerra Fría” no conducía a ninguna parte ya que la simple tenencia de armas nucleares se proyectaba tan disuasiva para unos y otros, además, contraproducente para aquellos que fabrican las armas convencionales, negocio mucho más rentable y permanente especialmente en los países subdesarrollados donde es fácil colocar chatarra para renovar tecnologías. Ecológicamente hablando, ¿de qué servía ganar una guerra nuclear, si el perdedor sería finalmente el planeta Tierra, cada vez más estrecho por su creciente población? Ya aquello de la capa de ozono tenía comprobaciones científicas y comenzaba a sembrar conciencia sobre su significado y alcance. Comenzó así, en aquel entonces, a prevaler la necesidad de un acercamiento entre las dos grandes potencias mundiales que acumulaban ya toneladas de desechos nucleares. De seguir esa estúpida contienda se verían seriamente afectados sin siquiera la necesidad de apretar ese amenazante botón rojo que, en un momento dado, alguien podía activar incluso por error, por un malentendido militar, burocrático, político o por demencia. Se presentaba, además, un peligro mayor derivado de la insensatez del terrorismo, plaga esta que tomó fuerza y forma organizada en la década precedente y que no daba señales de que alguien pudiese detenerlo. El terrorismo urbano se iba volviendo poco a poco la nueva
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forma de guerra mundial que llegaría a convivir con la noticia. ¡Sin noticieros globalizados, no existiría terrorismo también globalizado! Terrorismo y prensa se retroalimentan. El terrorismo se sustenta en la noticia y nada podemos hacer al respecto. En estas circunstancias se dio paso a la política de Glasnost y de la Perestroika, que el mandatario soviético Mijaíl Gorbachov sembró y cultivó; mientras en la orilla de enfrente, Ronald Reagan presentaba una serie de medidas económicas de libre mercado, las mismas que sentaron las bases de la economía neoliberal un tanto salvaje que iba a predominar en los años venideros. El golpe maestro del presidente norteamericano fue la declaración de la Guerra de las Galaxias, que resultó ser el factor precipitante para desbalancear la paridad de fuerzas militares entre las dos grandes potencias. La guerra real era tecnológica. Ya no se trataba de fabricar más y mejores tanques de guerra mediante los cuales la unión Soviética tenía atemorizada a Europa Occidental. Los soviéticos habían acumulado una clara ventaja estratégica militar en base de esta caballería metálica que crecía sin cesar. Olvidaron que la tecnología avanzaba en otra dirección gracias a la creatividad de las empresas privadas norteamericanas que trabajaban al servicio del fortalecimiento militar de su país. Mientras las industrias estatales soviéticas se mostraban lerdas, burocratizadas y por tanto carentes de imaginación, la prevalencia militar se jugaba en las galaxias. Los tanques y artillería militar soviética resultaban de pronto obsoletos geopolíticamente. Su eficacia quedaba reducida al sometimiento político respecto a los estados vecinos que controlaba. Era hora de satélites reales ubicados en el espacio y no de países satélites solamente. Para 1989, la URSS y el bloque soviético se encontraban más debilitados de lo que sus opositores suponían, por lo que nos tomó casi por sorpresa cuando, en vivo y en directo, gracias a la televisión, vimos caer físicamente el Muro de Berlín. Los grandes eventos se suceden muchas veces por circunstancias y actores inesperados. “Yo no hice lo imposible, acabo de hacer todo lo que era posible en el momento”, dijo Miklos Nemeth, un economista que se convirtió en primer ministro de Hungría en noviembre de 1988 y que fue quien realmente causó el inesperado efecto. Esto se dio circunstancialmente cuando le llamó la atención una suma misteriosamente grande solicitada por el
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Ministerio del Interior destinada a la renovación del alambre de púas en la frontera entre Hungría y Austria. Nemeth ordenó eliminar ese gasto de inmediato. Así fue como se relajaron los controles fronterizos entre los dos países, permitiendo por inacción que los alemanes del Este accedieran en masa a Austria y de ahí llegaran a la Alemania Occidental. El ya perfeccionado e inexpugnable Muro de Berlín perdió su razón de ser cuando burocráticamente se abrió la inmensa puerta de atrás. La Unión Soviética se desmoronó dos años después. Era imposible predecir que en la misma Rusia y Ucrania se comienzan a generar velozmente imperios empresariales de la magnitud de los que hay ahora. Surgieron los oportunistas burócratas y se apoderaron de áreas productivas y estratégicas. De ese caos derivado surgieron muy organizadas mafias luchando por espacios. Así el capitalismo, o un tipo de economía que se le parece, copó los nuevos ambientes empresariales utilizando las infraestructuras que quedaban a su disposición al desbaratarse el rígido, enredado y todopoderoso Estado Soviético, administrador lerdo e ineficientemente a causa de una burocracia torpe y, además, centralizada política y administradamente. China, silenciosa, se desperezaba de su revolución y entró a un revisionismo pragmático de los mandamientos que su Libro Rojo de Mao Tse Tum. El país más poblado del mundo se reinventa lentamente ante el empuje de una modernidad tecnológica que comenzaba a despedazar las barreras comerciales. La visita de Nixon a China dos décadas atrás estaba germinando en cuanto a la incorporación de un tercio de la población mundial a la economía mundial. En América Latina, Perú, luego de un régimen dictatorial de 12 años, se enfrentaba al movimiento terrorista Sendero Luminoso que se fue desplazando del campo a la gran ciudad. En 1983, Argentina volvió a la democracia luego de que, el año anterior, la Guerra de las Malvinas hizo derrumbar a la cruel, vil y tonta dictadura militar. Un débil Raúl Alfonsín llegaba a la presidencia sin estructura para apañar el retorno a una democracia desfigurada por los efectos culturales ya crónicos que sembró el peronismo y el militarismo. En Colombia, la situación de la narco guerrilla llegó a causar un hecho sin precedentes cuando, en noviembre de 1985, un comando de la organización terrorista del
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Movimiento 19 de Abril (M-19) asaltaba con armas el Palacio de Justicia en Bogotá y morían jueces y guerrilleros en un combate abierto con los militares que entraron con la brutalidad para la cual fueron entrenados. En Chile, tras quince años de dictadura militar, se retornaba a las urnas en 1988 para decidir la continuidad del general Augusto Pinochet en el Gobierno; el plebiscito le fue adverso y la democracia volvió en 1990, aunque todavía habría que esperar otros acontecimientos como para liberarse totalmente de las influencias militares anquilosadas dentro del sistema político chileno. Es esta la década del SIDA, pues a partir de 1983 tuvimos conocimiento de esta nueva y devastadora enfermedad. Todos imaginamos que con esta amenaza el mundo gay y la promiscuidad sexual se iban a refrenar. Eso sucedió tan solo por un corto período. Creo que tuvo el efecto contrario dentro de la comunidad gay, porque el miedo a la enfermedad posiblemente causó la formación de parejas monógamas que terminaría fortaleciendo aquello del “orgullo gay”. Ante uniones estables se debía seguir luchando por alcanzar una equiparación legal en cuanto a los derechos y obligaciones de las uniones homosexuales. En el campo de la tecnología, la década se inició en 1981 con la comercialización del primer ordenador personal IBM PC. Para 1983, apareció el Nintendo. En 1987, Phillips puso en el mercado los discos compactos con audio y video. En medio de tanto aparente disparate, en 1989, Timothy Berners-Lee desarrolló la World Wide Web e inició la era del www y del punto com. Tres letras y un @ simbolizaban un cambio trascendental para la humanidad. Difícil resultaría entenderlo sino décadas después, cuando los efectos de ese fenómeno arrasaron las fronteras de la imaginación y encogieron al planeta. Cuando la era del Internet se inició ni siquiera acaparó algún titular en la noticia, y su desarrollo fue tan portentoso como silencioso. Las computadoras comenzaron a penetrar en la vida moderna como elemento tanto o más trascendente y acelerado del que cinco siglos atrás lo fue la invención de un tal Johannes Gutenberg cuando inventó la imprenta. Por otro lado, se detectaba el agujero de la capa de ozono en la Antártida, se implantaba el primer corazón artificial, se creaba la píldora abortiva, nacía el primer bebé probeta, se efectuaba la clonación de un
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embrión de oveja, se ponía en órbita del telescopio espacial Hubble que iría a revolucionar la astrología. Los europeos ponían en servicio un reactor para el estudio de la fusión termonuclear controlada y, como si esto no fuese suficiente, la Unión Soviética ponía en órbita la estación espacial Mir. La NASA, por su parte, lanzaba las sondas espaciales Galileo y Magallanes sin que todavía podamos calcular lo que estas aventuras científicas vayan a deparar a las nuevas generaciones. Mirando en retrospectiva todo sucedió en un simple pestañear del tiempo. Pese a aquella aparente o real modernidad, el mundo seguía viviendo capítulos de salvajismo como lo fueron los asesinatos de Anuar el Sadat, Indira Gandhi, Olaf Palme y del candidato presidencial colombiano Carlos Galán. También durante esta década se registraron los atentados que sufrieron casi simultáneamente Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo ll. Sucedieron también cosas tan estúpidas como la guerra de las Malvinas, la guerra de Paquisha entre Ecuador y Perú, la represión y matanza en la plaza de Tianamen de Pekín o la absurda invasión de Irán a Kuwait. También se registró la matanza terrorista de ETA en un centro comercial de Barcelona. Millones de minas quedaron sembradas en zonas de conflictos tribales. Las armas se seguirían sofisticando. Unos querían lograr muertes más selectivas para atenuar los daños colaterales durante sus intervenciones militares; y otros, al contrario, mayor eficiencia para lograr muertes masivas e indiscriminadas mediante sus acciones terroristas. !Quién entiende al ser humano! Las tragedias naturales más recordadas de la década fueron la erupción del Nevado del Ruiz en Colombia, que provocó la muerte de más de 24.000 personas, el terremoto en la ciudad de México y la catástrofe nuclear tras el accidente de Chernobil. Las noticias desde cualquier punto del mundo involucraban a unos y otros, sin importancia del donde ocurrieran. El planeta se encogía dentro de la intimidad que afectaba a cada quien en el ínfimo rincón en que estuviese. En el mundo financiero, durante 1987 se produjo un desastre y derrumbe en las bolsas internacionales, de lo cual el mundo capitalista poco aprendió ya que iría a repetirse dos décadas después. Al parecer así sucederá inevitable y cíclicamente hasta que alguien descubra o invente una vacuna que inmunice a la especie humana de esa codicia
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que lo obliga a acumular sin tope ni final. Definitivamente el ser humano no es racional. Es un ser que acumula irracionalmente. Un hecho positivo y más trascendente de lo que en un primer momento parecía, resultó la liberación de Nelson Mandela, por lo que terminó significando en contra del apartheid y de la discriminación racial. Sudáfrica allí recién empezó a merecer el pleno reconocimiento como país. Lejos estábamos de suponer que décadas después, este hombre, a sus 92 años de edad, estaría vivo y recibiendo en su país el homenaje mundial ofrecido con ocasión del campeonato Mundial de Futbol FIFA, del 2010. Respecto al mundo de la cinematografía las películas de más impacto fueron Octopussy (1983), con John Glenn; Scarface (1983) con Al Pacino; Cocodrilo Dundee, con Paul Hogan; Dirty Dancing, con Patrick Swayze; E.T., con Drew Barrimore, Dee Wallace y Peter Loyole; Flashdance, con Jennifer Beals y Michael Nouri; Indiana Jones y el Templo Maldito, con Harrison Ford; Los Cazafantasmas, con Bill Murray y Dan Akroyd; The Terminator, con Arnold Schwarzenegger; Batman (1989), de Tim Burton; y Licencia para matar (1989), con John Glenn. Parece ayer, pero realmente es mucho mas el tiempo transcurrido desde que el cine tomaba su quinta dimensión: la que otorga la taquilla universal y convierte a personas en una suerte de dioses por su fama y volumen de dinero acumulado por encima de las proporciones racionales en relación a otras artes u oficios mucho más sacrificados. En el deporte, en 1982, se celebra la Copa Mundial de Fútbol en España, en cuya final la Italia de Paolo Rossi se coronó tricampeona al vencer por 3-1 a la República federal de Alemania RFA; en México, para 1986, la selección de la República Argentina llega al campeonato al vencer 3 goles contra 2 a la RFA. La FIFA se constituyó, en esta década y de hecho, en un nuevo imperio virtual con un poder de convocaría de magnitud inalcanzable. En el mundo de la música hubo una explosión sin precedentes por la cantidad de estrellas que dieron la vuelta, con su fama, a todo el planeta. Bon Jovi , Def Leppard, Michael Jackson, Prince , Guns N’ Roses, Madonna , AC/DC , Whitney Houston, The Bangles, Cyndi Lauper, Rick Springfield,
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The Cure, Phil Collins, Aerosmith, U2 ABC, Janeth Jackson, The Police, Depeche Mode, Lionel Richie, R.E.M, Rolling Stones y tantos más que es imposible enumerarlos a todos. La proliferación se hacía inevitable debido a la rentabilidad que se lograba conforme la música se masificó a lo ancho del globo terrestre, gracias al avance de la comunicación y velocidad de la interacción social. La globalización era cada vez más envolvente y la música el vehículo más veloz y eficaz para arrasar fronteras. En el mundo de la literatura, en 1982 el colombiano Gabriel García Márquez llegó a la cúspide con su premio Nobel. En 1989, otro novelista de lengua hispana, el español Camilo José Cela, llegó a alcanzar la misma distinción universal. Se destacó Juan Rulfo y el nombre de Mario Vargas Llosa sonaba ya de forma muy pujante, aunque tardaría bastante para su coronación mundial y el reconocimiento de los suecos. La década de los años ochenta fue la propicia para que en Ecuador se recogieran los frutos de quienes bien sembraron sus iniciativas y sus capitales en los años precedentes. Desde mi perspectiva y para la empresa donde trabajaba así como para muchas otras, esta fue la época dorada porque fue la de la cosecha. Políticamente habíamos dejado atrás la dictadura militar que se gastó el petróleo a manos llenas. Se fueron los militares y no tal como vinieron: conformaban ya una clase media emergente con un sentido clasista. Paralelamente, los estamentos burocráticos fueron beneficiados y también levantaban significativamente su posicionamiento social. Los campesinos quedaron al margen de los beneficios que se derivaron de estos acontecimientos. ¡Había que emigrar a la ciudad! Los militares dejaron una democracia amarrada a miles de decretos supremos, mal redactados por los denominados “kikuyos” y estructuralmente muy coyunturales. En esas circunstancias, el 10 de agosto de 1979, subió al poder Jaime Roldós Aguilera. Cometió el error de declarar su guerra de Paquisha y falleció trágicamente el 24 de mayo de 1981 cuando viajaba a visitar un punto de su imaginaria trinchera. Le sucedió Osvaldo Hurtado, un académico muy distanciado de la vida de carne y hueso. Un evento natural como lo fue el fenómeno de El Niño hizo que su Gobierno naufragará en el mar de los intrascendentes
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recuerdos. El 10 de agosto de 1984, le sucedió un empresario, León Febres Cordero. Sus dos primeros años de gestión fueron brillantes. Los dos siguientes se fueron por el despeñadero a causa de errores políticos y varios factores económicos desfavorables. El 10 de agosto de 1988, subió al poder Rodrigo Borja Cevallos, un Gobierno de corte académico inspirado en la social democracia europea, aunque chapado a la antigua frente a los acontecimientos y cambios mundiales que se estaban dando a favor de la apertura económica la misma que empezaba a romper los viejos esquemas. El Muro de Berlín cayó en 1989, y este Gobierno tendió a apuntalarlo por pura confusión dogmática. Rodrigo Borja no entendió los cambios que en ese momento se estaban produciendo y se apegó a un guión de manual ya caminando a la obsolescencia. Fue un buen demócrata, aunque falto de elasticidad mental y de la comprensión histórica frente a los cambios que se estaban dando. Fue una década de continuidad democrática y parecía que Ecuador se embarcaba finalmente por ese carril de la estabilidad política. ¡Cuán engañados estábamos! El tipo de cambio había quedado represado por los señores militares, al igual que el precio de la gasolina, que en aquel tiempo costaba mucho menos que el del agua. Para 1980, un dólar costaba 27,60 sucres, y para 1989 costaba 568 sucres. A finales del 90, iría a colapsar del todo cuando el precio del dólar llegó bruscamente a los 25.000 sucres por cada unidad del billete norteamericano que pasó a ser nuestra moneda alquilada apuradamente para frenar el caos inflacionario desatado. La inflación se convirtió en un mecanismo financiero y un abracadabra monetario al que se le podía sacar provecho por parte de quienes podían ajustar sus precios de venta de acuerdo a sus stocks importados a antiguos tipos de cambio. Endeudarse en sucres para importar mercaderías o para llevar ese dinero al exterior se convirtió en un negocio redondo. Cuando Osvaldo Hurtado puso un precio del dólar destinado a importaciones muy distante del precio del libre mercado, hubo hábiles banqueros, comerciantes e industriales que vaciaron la Reserva Monetaria. Hubo, y fue lo más triste, dueños de medios de comunicación que declaraban sus compras de telenovelas envasadas con enormes sobreprecios para, de esa manera, hacerse del subsidio del
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dólar que quedaba en el exterior para siempre. Se importaban productos sin aranceles para lucrar con la diferencia cambiaria. Una medida torpe que sin duda alguna demostró la ingenuidad, más que la mala fe, del gobernante de turno. La lujuria empresarial se desató. La factura que dejaron los militares, políticamente hablando, fue un lastre para la democracia que tuvo que remendar con artificios. La economía siguió boyante para quienes, teniendo capitales, podían usar la inflación como una oportunidad brindada por la impericia política y el clientelismo político. Los sueldos se debilitaban día a día, mientras los deudores licuaban sus deudas utilizando al Banco Central a su antojo. Los gobiernos nacían debilitados por los obligados paquetazos económicos, que para los empresarios siempre resultaban predecibles y para el mundo financiero una oportunidad enorme ya que podían influenciar en un Banco Central controlado por ellos mismos gracias al cabildeo que se iniciaba desde el momento de los aportes en las campañas electorales. En la práctica, la Junta Monetaria se convirtió en el talón de Aquiles ya que con frecuencia funcionó como instrumento en vez de controlador del sistema financiero. Para quienes tenían sus capitales bien instalados en empresas productivas había una gran ventaja, pues por pura inercia se iban quedando solos en un mercado sin competitividad interna y protegidos de la competencia externa. Para quienes tenían sus ahorros en el exterior había un nivel de vida tranquilo que no les obligaba a realizar nuevos esfuerzos generadores de empleos. Dentro de la empresa donde me desarrollaba hubo prudencia en cuanto a aquello de no endeudarse en dólares. Se reinvertía un porcentaje de las ganancias, no se tomaban préstamos en dólares ni en sucres, y el resto quedaba afuera del país como salvaguardia personal de su dueño, constituido en el banquero de sus propias empresas. Eso, sumado al trabajo endemoniado y a la visión del líder, resultaba muy positivo y favorable. El gasto público se reajustaba con cada devaluación decretada y afectaba las obras de infraestructura porque los contratos estaban debidamente protegidos e indexados a favor de los contratistas. Retardar la entrega de obras resultaba un estupendo negocio. Los
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sueldos y salarios se ajustaban automáticamente absorbidos por los nuevos precios y los balances quedaban desdibujados para efectos de graficar las reales utilidades. Durante esta década, y más aún durante la época de los noventa, la devaluación de la moneda se convirtió en un hábito imposible de manejar incluso para los banqueros siempre más codiciosos y audaces que hábiles. Todo eso sucedió en los años que ahora los jóvenes califican algo despectivamente como “los ochenteros”. Fueron años decisivos en cuanto a lo que iban a deparar en el vértigo de cambios que el mundo iría a ver con la llegada del nuevo milenio. Esas fueron las circunstancias que se dieron mientras yo transitaba de los cuarenta a los cincuenta años de edad.

La familia, los hijos y el ciclo de la vida
Cuando se adquiere la responsabilidad y el desafío de formar una familia, percibimos día a día la satisfacción de labrar y esculpir cada circunstancia en beneficio de ese todo que se antepone al yo y lo supera largamente. Ese yo se ha convertido en un nosotros. De la mejor calidad de vida familiar que alcancemos emocionalmente tendrá su real y mejor sentido el matrimonio, es decir la unión estable de una pareja que se comprometió a compartir todo lo que cada cual pueda dar sin forzamientos, sino de pleno agrado. No me resultó difícil acomodarme a mi nuevo estado civil. Creo que a Patrizia le costó bastante más porque tenía que encontrar sus propios espacios y desarrollarse dentro de una atmósfera guayaquileña que no alcanzaba a descifrar como ambiente social bajo el esquema de una mujer casada y sin actividades profesionales. Para mí era más fácil porque se seguía acelerando el vértigo laboral y me sentía lleno de entusiasmo y vitalidad pese a mi enfermedad crónica y siempre molestosa. Ya había obtenido bastante experiencia en manejarla. Durante la década solo tuve dos cirugías complejas y algunos inconvenientes menores con eso de las abundantes piedras renales y de los severos dolores de espalda causados por las adherencias de viejas operaciones que me laceraban. No me quejaba del trabajo aunque con menor angustia comprobaba
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que las viejas aspiraciones iban caducando. Faltaban ideales pero no tenía tiempo para flagelarme por ello. Racionalizaba las cosas para acallar mi conciencia académica. Los problemas, me decía, se resuelven o disuelven de mejor manera en la medida que hagamos del dinero un instrumento y no un fin en sí mismo. No es el dinero el que corrompe. Es la codicia la que fabrica malas personas. Por ese lado tenía todo mentalmente controlado porque mis niveles de ambición económica no me laceraban. Hubiera sido el mejor momento para abrirme de la empresa, y no sé si de eso hoy me arrepiento. De lo que no me arrepiento es de no haber caído en las garras de la codicia. Tenía claro que la codicia funciona como el suplicio de Tántalo que impide saciar la sed por más agua que se tenga al alcance. Ganaba bien y cada año viajamos a Boston a mi revisión médica, y a Roma para que Patrizia se oxigenara, y yo también. El matrimonio suele ponerse a prueba no cuando falta dinero, sino cuando hay que ajustarse los cinturones. Eso no nos pasó y en gran medida porque mi esposa se acopló a mi modo de vida y yo al suyo que, sin ser excéntrico, era adecuado, cómodo y sencillo. Lujos, no. Comodidad, sí. El mejor nivel de vida posible mientras algo quede para ahorrar hacia el futuro. Ya nacidos nuestros dos hijos y ajustados como pareja en cuanto al estilo de vida, decidimos cambiar de vivienda. Escogimos una villa con mucho jardín y estructurada más como una casa de campo que como elegante villa citadina. Fue un 20 de noviembre de 1984 que nos mudamos a Lomas de Urdesa. La decoración evadía las porcelanas, jarrones y adornos costosos que no estuviesen relacionados con nuestra cotidianidad. Nada colocado por razones de exhibición de estatus. Mi colección de pinturas se trasladó a nuestro nuevo hogar, y no tan a gusto de Patrizia, pues ella aún detesta dos Guayasamín que por ahí andan colocados. Sus adornos de fina platería traídos de Italia los mandó a guardar fuera de casa e incluso una copia certificada de una estatua Dalí la dejó abandonada en Italia. Destacan, eso sí, las jaulas de animales, los juguetes de los perros, la informalidad de los muebles sencillos sin el mínimo deseo de
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sacrificar comodidad por elegancia. Los meados de algunos animales han oxidado los soportes de algunos muebles importados que nos han acompañado ya 33 años. Viejos y meados, son mudos testigos del tipo de vida que hemos tenido con gran calidez. Estaba consciente de que se debía equilibrar la distribución del tiempo para así lograr conformar una pareja que compartiera las distintas situaciones. Patrizia felizmente no me resultó parrandera, lo cual me ayudó a no malgastarme en malas noches, fiestas o tertulias trasnochadas. No licor, aunque lastimosamente ella tenía el mal hábito de fumar y cada vez más acentuadamente. Fue una batalla campal en la que finalmente gané, no por coerción, sino que un día cualquiera ella misma dijo ¡no va más! Había fracasado en disuadirla cuando le regalé un Fox Terrier que lo llamaría No-smoking, bajo la amenaza que si no dejaba de fumar el perro se iría de la casa. Siguió fumando, el perro me mordió la espalda y se fue de la casa porque ella lo sacó por el temperamento agresivo de ese animal. Para ese tiempo ya había dejado de fumar. Tampoco me resultó una esposa nada dedicada a la cocina y a los quehaceres domésticos, aunque finalmente logré hacer tablas en aquello de los platos libaneses respecto a los italianos. Su manejo económico es muy difícil de controlar ya que muy buena parte de sus gastos se va en regalos y ayudas a terceros; desde la chiclera de la esquina, cuando vivía en el centro de la ciudad, hasta la exageración de frenar a raya cuando conduce hacia la playa para, dando retro, dar un caridad a un solitario mendigo que se ubicaba en el kilómetro 110 de la vía a Salinas. Es de las que se cruza la calle para dar una caridad a alguien que le inspira lástima. Apadrina, recoge y hace seguimiento a quienes, por cualquier razón, se han cruzado por su vida con alguna necesidad que cree puede solucionarla. Y esto quedó complementado e institucionalizado cuando ingresó al servicio de voluntariado donde ahora es Presidenta y le ha dedicado tres décadas de entrega y devoción. En cuanto al ambiente social resultamos una pareja sin pretensiones; huíamos del arribismo y no fuimos ansiosos por ir a las bodas, reuniones ampulosas, sino más bien en desarrollar amistades con gente no envuelta en esos asuntos donde prima el cumplimiento social sobre la calidez de la relación con las personas. Mi esposa podía jugar el rol de una encopetada o pelucona viniendo del ambiente del cual procedía
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pero, contrariamente a ello, se identificaba más con la gente llana, sencilla y necesitada. Usé muy poco la corbata y poca cosa en eso del buen vestir. La metro sexualidad jamás entró a casa. A Patrizia le advertí que con la colonia libanesa de Guayaquil, como creo sucede en todas las colonias en cualquier parte del mundo, había que ubicarse ni tan lejos que no alumbre el santo ni tan cerca que llegue a quemar la ropa. Sano consejo en cualquier relación social. Toda colonia o círculo social cerrado es propenso a enredarse entre sí innecesariamente. Supo manejarse y terminó siendo una italiana libanesa y guayaquileña de verdad. Se abrió sus propios espacios y encontró en el voluntariado hospitalario que ofrece Guayaquil un medio ambiente más natural y donde mejor se siente realizada. Quiere a sus amigas, y sus amigas la quieren. Actualmente tiene su agenda llena cuando prácticamente yo la tengo libre y vacía.

La muerte de mi padre y el nacimiento de mis hijos.
Al inicio de la década, el 15 de enero de 1981, mi padre falleció. Cada noche hablábamos por teléfono con él y con mi madre. Ellos vivían en Quito. Al despedirnos diariamente él me daba su bendición y me decía que Dios te dé la suerte de ver a los hijos de tus hijos. Para ese entonces esperábamos a nuestro primer descendiente, y yo estaba seguro de que mi padre alcanzaría a conocerlo o conocerla, porque eso de las ecografías para determinar el sexo era una novedad tecnológica que nos quitaba el encanto de la espera. Ricardo nació el 1 de abril. Le faltó sesenta y cinco días de vida a mi padre para palpar y conocer al hijo de este hijo. Mi padre tenía 83 años de edad. Su muerte fue súbita, repentina, dulce y tranquila. Luego del desayuno, y como era lo usual, abrió la ventana de su dormitorio y le dijo a mi madre que se acercara a la ventana para ver este cielo quiteño tan azul, adornado con los nevados que en Quito se suelen apreciar cuando está así de despejado. Luego de ello se acostó a leer los periódicos, como era su costumbre, y se durmió para siempre. No pude abrazarlo ni besarlo como creo hubiese querido hacerlo aun con su rostro caliente. Si bien la muerte es el fin de la vida, hay una forma de resurrección carnal increíble; el nacimiento de los hijos. Murió mi padre y nació mi hijo Ricardo. Tristeza y alegría. La vida continúa y la genética se encarga de que sobrevivamos atados a este mundo terrenal. Mi padre tenía 40
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años más que yo. Ricardo, mi hijo, 40 menos que yo. Eran las cinco y veinticinco de la mañana de un jueves 1 de abril. Habíamos llegado a la Clínica Kennedy alrededor de las dos de la mañana y el doctor Fernando Noboa, tan gordo como grande y buena persona que siempre lo fue, mandó a Patrizia a la sala de partos. No estaba planeado que yo entrara. A la hora del momento no pude imaginar a mi esposa ir tan sola al quirófano. Así que Fernando me invistió de médico imponiéndome un uniforme de su talla, el doble de la mía. Me vi ante el espejo y reí con menos ganas que la carcajada de Patrizia obligada a interrumpir así sus tan bien planificadas labores de parto. Hacía hace pocos minutos que había sentido aquello que significa ser padre cuando vi bullir a la vida a ese pedazo de amor y carne. Estaba solo en la habitación de la clínica, esperando a que subieran la flamante madre. Había pedido, aprovechando la hora, algunas llamadas internacionales para comunicar el gran evento. En aquellos tiempos no había marcado directo y era un azaroso problema conseguir los enlaces telefónicos de larga distancia. Primero hablé con mi madre que estaba en España visitando a mi hermano Jean, quien hacía prácticas en un hospital de Sevilla. Luego hablé con mi suegra Anna que vivía en aquel entonces en Caracas. Posteriormente, y ya acorde con uso horario adecuado, llamé a mi hermana Maggie en Quito. La llamada siguiente fue para José Antón Díaz y mi tía Leonor, que se hallaban en Miami. Patrizia subió ya a la habitación y trajeron al bebé en el cunero. Así salía el sol y mirando la ventana de ese hermoso amanecer. Los ojos me brillaron envuelto en emociones indescriptibles. Nadie todavía sabía en Guayaquil que había nacido Ricardo, aunque la noticia había viajado a los cuatro vientos. Recién entonces llamé a Roma, para que Carlo, mi suegro escuchara la noticia de propia voz de su hija que acababa de ingresar a la habitación. Carlo es idolatrado por su hija mayor, y ella misma quería darle la buena nueva e informarle que ya era nonno de quien, a la larga, sería el único nieto varón que tendría. Mi esposa, sentada, tenía al bebé en sus brazos, y temerosa me preguntó: “¿Ahora qué hago?”· Estábamos realmente los tres solos, y recién entendí con claridad que todo para esta pareja había cambiado
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para siempre. Cuánto tendríamos que aprender y cuánta ilusión por hacerlo todo bien. Libros, vademécum y consultas por doquier. De tanto quererlo hacerlo bien es, posiblemente, la razón por la que tanto equivocarnos. Mientras el bebé lloraba sus primeros alientos, pensé en mi padre y en ese último suspiro suyo ante el cual se rendía ante el inexorable calendario. La muerte y la vida son dos extremos de un mismo hilo, y ahora tocaba tejer una individualidad y biografía propia de una nueva personita que se integraba al mundo. Miré al cielo y recé con más profundidad que nunca. ¿Podría yo ver a los hijos de mi hijo? Han pasado treinta años y todavía no sucede. Está pendiente de cumplir esa última bendición que me dio mi padre. Mi suegra llegó dos días más tarde con sus enormes maletas llenas de regalos. Ella siempre cubrió de obsequios a Patrizia para suplir quizás su sentido o grado de culpa en la separación conyugal que privó a su hija de esa sed de hogar que siempre ella buscó. Días antes había llegado Valeria Visentini, nana de mi esposa, a quien aquella noche nada le dijimos para dejarla descansar tranquilamente. Ella, Valeria, fue quien comenzó a instruir a la flamante madre a cumplir con gran amor su tarea de la misma manera que ella había manejado a mi esposa cuando ella llegó al mundo. Finalmente se incorporó al equipo Julia Bohórquez, una enfermera que se quedó con nosotros muchos años, hasta que se radicó en Italia, al contrario de nosotros. Hace poco regresó y ya nos vimos envejecidos todos por el inexorable pasar del tiempo. El 23 de mayo bautizamos a Ricardo con la misma ropa que se había bautizado Patrizia 25 años atrás. Dos días más tarde partieron para Italia todos juntos, y yo los alcancé dos semanas más tarde. Tiempos felices para todos, especialmente para la abuela de Patrizia, la nonna Teresa, ya de ochenta y seis años de edad siempre alegre y muy vivaz. Bajo casi exactas situaciones, sino que un día y año más tarde, el 2 de abril de 1982, esta vez un Viernes Santo, nació mi hija Alexandra. Así de pronto ya éramos cuatro. Igual se sucedió todo: había llegado Valeria Visentini de Roma unas semanas antes, la misma clínica, el mismo doctor Fernando Noboa, mi mismo disfraz de partero, solo que
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Ricardo había nacido un miércoles de la Semana Santa. Tampoco esta vez quisimos anticiparnos en el conocimiento del sexo con aquello de la ecografía que, insisto, tanto aplacaba la expectativa y el misterio de la concepción y de la vida. La clínica estaba muy tranquila porque la ciudad estaba desierta y los amigos y familiares fuera por el largo feriado de Semana Santa. El resto fue ya calcado. El bautizo en casa y la partida de la comitiva familiar a Roma, incluidas Julia y Valeria. Cuatro días después de nuestro retorno a Guayaquil, nos llegó la noticia de la repentina muerte de la abuela Teresa, un personaje que vivió rebosante de alegría y dinámica vital. Otra vez sentí aquella desazón interior que surge cuando se observa cuán estrechos y vinculados son los ciclos de la vida y de la muerte. De por medio, el inexorable calendario imponiendo su inevitable dictadura. Quedan las fotos del recuerdo: Ricardo dando sus primeros pasos en un césped hermoso en la Camilluccia, el nombre de una quinta y a la vez la casa de mi suegro; la nonna Teresa sentada en una silla contemplando a Sandy, así la llamaríamos a Alexandra desde siempre; el fiel Treff, un pastor belga negro contemplando apacible la escena; Patrizia extremando sus brazos para cuidar a que Ricardo culminara sus primeros cuatro pasos de recorrido que necesitaba para llegar a los míos. ¡Dios mío: la vida es bella de verdad! El cielo azul, el pasto verde, colores fuertes y marcados, unos erguidos pinos desafiaban al invisible viento de la felicidad. El olor y color de la eterna Roma. Cada vez que veo esta foto me laten y humedecen las pupilas, que no son sino pedacitos del alma que se escapa de su cárcel corporal.

Nuevamente al quirófano
Mis vacaciones y alejamiento de los quirófanos de pronto se interrumpieron. Más por precaución que por emergencia, me recomendaron una nueva cirugía intestinal. Cuando vienen nauseas y vómitos es un señal de advertencia de que alguno malo ocurre. La porción afectada estaba peligrosamente angosta, y la radiografía con contraste realizada como simple control demostró que para el tránsito intestinal, en un tramo de unos quince centímetros, tenía el grosor de la punta de un lápiz. La operación estuvo a cargo del doctor Andrew Warshaw Louis, MD, un joven de brillante trayectoria. Ya mi cirujano precedente, Frank Weelock, estaba retirado. Corría el año 1983.
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Despertar de una larga anestesia es como resucitar porque se sale de un hueco profundo y negro. Negro, absolutamente negro. Cuando recuperé los sentidos plenamente, frente a mis ojos estaban las fotos de Ricardo y Alexandra que me decían suplicantes ¡no nos vayas a fallar! Patrizia me pasaba el algodón húmedo para refrescar los áridos y arrugados labios. Por primera vez en medio de tantas experiencias quirúrgicas y traumáticas, sentí tranquilidad y fuerza para salir adelante porque tuve un impulso emocional extrañamente fuerte y luminoso. Ya no estaba solo. Había tres personas en mi vida que me empujaban a salir hacia adelante. Y así lo hice. Una semana de convalecencia en New York en el lujoso departamento de mi suegra, y regresé a Guayaquil directamente al escritorio. Fresco y con ganas de seguir con una nueva larga cicatriz solo corporal. Esa lozanía y extraña energía venía de la responsabilidad y decisión de desear ver a mis dos hijos crecer y de mi deseo de que cuando me recordaran no lo hicieran por frías fotografías sino por las muchas cálidas vivencias que esperaba compartir con ellos. Planeábamos un tercer hijo para lograr el desempate de sexos en la casa. Esta vez el médico y ya muy amigo Robert Shapiro nos explicó que para hacerlo debía dejar de tomar por seis meses el metrotexate, un medicamento de uso delicado para evitar riesgos de mala formación de la criatura durante la gestación. Por esa razón el tercer hijo nunca llegó. Así dejamos las cosas. Aunque Patrizia, terca como siempre, finalmente se salió con la suya cuando en cierta manera y no legal por cierto, unos quince años después “adoptó” informalmente a Bruno Pagnacco, un jovencito compañero de Ricardo quien, con su suavidad y el buen talante, hizo una larga escala en nuestra casa y se integró a la familia para siempre.

Perro mundo
Todo contrato tiene implícita una obligación y por tanto una renuncia. Dos personas deben renunciar a lo individual para dar paso a un nuevo personaje que se llama pareja. Por tanto, durante esta década de los ochenta, dejaba atrás unos largos hábitos de soltero o solterón empedernido. Había salido de mi casa antes de cumplir los 24 años habiendo vivido solo, bajo mi propio criterio y a mis anchas y ganas durante catorce años de adulto y libertad activa y cultivada. Hasta ese entonces yo mandaba en mi casa y nadie eso siquiera me lo discutía.
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Jamás conviví con nadie. Ya casado y con criterio formado, sabía que las parejas deben ajustar costumbres, temperamentos, libertades, horas libres hasta formar dos en un uno, sin dejar de ser lo que cada uno es. Esto en la práctica tiene sus bemoles y dificultades o escollos desde pequeños detalles como ponerse de acuerdo en cómo se aprieta una pasta de dientes, hasta cómo se manejan los insomnios y el nivel de irritabilidad y de tolerancia de cada uno. Y así se avanza ganando o perdiendo pequeñas batallas, estableciendo o perdiendo territorios, hábitos y adquiriendo nuevas costumbres. Es un continuo ajuste cotidiano mucho más duro conforme uno es más adulto. Creo que formé a mi esposa en muchos aspectos debido a mi mayor experiencia otorgada por esos quince años de diferencia en edades, pero hay que desconfiar de las mujeres, porque ellas tienen la eterna habilidad de salirse con la suya. Gané batallas sin duda. Nunca la guerra que hasta ahora continúa porque la batalla de los sexos nunca termina. ¡Ese es el juego del amor! Amar es dar, dar es renunciar y renunciar es regalar sin llevar las cuentas de cuánto hemos dado o recibido. No importa el marcador. La batalla que perdí por goleada fue en cuanto a las mascotas. De regreso de mi luna de miel, además de las enormes y pesadas maletas de mi flamante esposa, vino también Kouchulu, un perro yorkshire terrier, gruñón porque lógicamente por antigüedad resultaba el amo y señor de la cama. Animalito bello en su forma pero muy posesivo. Así, los tres juntos, dormimos por primera vez en el Gran Hotel de París en una última parada que se hizo necesaria para recoger las joyas de Patrizia. Veníamos de Roma. Me tocó pasear a Kouchulu en la mañana para que haga pipí en las calles de aquella ciudad de mis ensueños, lo cual me resultaba gracioso mientras recordaba mis años de becario, cuando ahorraba hasta el último penique. Y ahora caminaba sobre la Rive Droite de la gran ciudad detrás de un perro fifí luego de pasar la noche en un hotel de lujo. El Henry socialista de la Rive Gauche había quedado también atrás, difuminado en los recuerdos. Mi vida canina no hacía más que empezar porque luego llegó, de
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forma sorpresiva y bajo el disfraz de huésped pasajero, Dólar, un perro runa callejero lesionado, sucio y mal herido en una de sus patas, que se quedó para siempre cojo. Se integró de manera definitiva y sin mi protesta. Su nombre respondía a cómo subía y bajaba al andar en alusión a las constantes variantes de tipo de cambio que sufría nuestra moneda. Posteriormente y sin tampoco haberme dado cuenta, llegó Fuego, un pastor alemán que ocasionó una simpática anécdota que me divierte recordar. Sucede que al departamento donde vivíamos en pleno Malecón venía de vez en cuando una amable manicurista, Matilde, para atender a Patrizia. Un día de aquellos, esta buena mujer fue al baño auxiliar para a hacer las cosas personales que solo cada quien puede hacer por sí mismo. De repente el pastor alemán comenzó a perseguir a Dakota, el gato comprado en New York en agradecimiento a mi mujer por haberme cuidado tan bien durante aquella operación de 1983. Patrizia comenzó a poner orden a gritos, a la voz de ¡Fuego! ¡Fuego! Ante esa voz de alarma inesperada lanzada en un muy alto tono de voz usual en una italiana briosa como lo es mi querida esposa, Matilde salió del baño con sus calzones abajo y aterrada por el incendio que Patrizia advertía llamando al animal por su nombre. Y aprovechando el momento al que hemos llegado con esto de las anécdotas relacionadas al mundo animal, incrusto una adicional. Sucede que Patrizia decidió poner un negocio casero en sociedad con María Elena Gómez, casada con mi primo Miguel Reshuán. Se trataba de importar un centenar de canarios que se alojaron en el balcón de nuestro departamento en dos jaulas preparadas para el efecto. Me pidió dinero para aportar con el capital inicial. Ella pondría el entusiasmo más no el cuidado de no dejar la puerta bien cerrada de esas jaulas importadas. Así que ese sábado por la mañana mucha gente me vio correr en shorts por todo el Malecón portando una red grande en mano que usaba para manejar dos inmensas peceras que no he mencionado, un par de binoculos y una escalera larga al hombro. Intentaba recuperar el capital que se había volado. A esto se unieron todos esos chiquillos y curiosos de la Bahía que corrían detrás de mí, atraídos por la recompensa ofrecida por cada canario recuperado de los árboles donde se habían posado. Total, un espectáculo que debió
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resultar muy pintoresco para el vecindario que, desde los balcones, saludaba el esfuerzo muerto de risa. Vaya jolgorio. Pese al esfuerzo, se voló una buena parte del capital quedando tan solo la anécdota sudorosa de ese sábado. Fue inevitable vender el departamento. Ya con dos hijos, gatos, perros, conejos y pericos resultaba un imperante buscar una villa con gran jardín. Una villa tipo rústico pero con un selvático y enorme espacio para sembrar plantas y veraneras. Allí plantamos los dos árboles que ya desbordaban de sus maceteros y que se integraron en nuestras vidas cuando los llevé a mi esposa luego de que mis hijos vieron su luz primera55. Nunca imaginé que en mayor espacio disponible, mayor sería la manada. Así se integraron por razones de seguridad, dizque, Trueno y Rayo, dos hermosos canes, Rottweiler el primero y Doberman el segundo. Hasta ahí tuve cierto control del tema canino. Luego boté la toalla y lo que se vino, la conformación de las manadas por cuenta de Patrizia muy bien secundada por “SU” hija Sandy56. Ambas ya han ocupado la presidencia de la Asociación Canina del Guayas y no dejan de asistir y participar en todo concurso canino. No digo que esto me ha disgustado del todo, y debo dejar constancia de mi complicidad bajo protesta, así de cuando me llevaron a una Exposición Canina Mundial en Bruselas, y a donde fui sin ninguna cadena al cuello en julio de 1995. Tres días muy inesperadamente agradables.

apenas unos días, es decir en enero del 2011, a los veintisiete años de sembrado, el árbol correspondiente al nacimiento de mi hija cayó. Era inmenso y sus raíces no aguantaron su peso ni la tormenta. El árbol de Ricardo sigue en pie y ya mide 8 metros. Ella ya vivía en su propia casa y sentí mucha angustia cuando esto sucedió. 56 En este punto hago un homenaje a los siguientes animales que mi esposa introdujo en el hogar durante los primeros treinta y un años de vida matrimonial. Todos estos corazones latieron en nuestro alrededor y son parte de los recuerdos importantes que debo mencionar. PERROS: Kouchulu (Yorkshire Terrier) Dólar (Mestizo callejero), Fuego(Pastor Alemán), Rayo (Doberman), Trueno (Rotweiller), Sansón (Rotweiller), Smoking (Fox Terrier), Blitz (Rodesian Ridgeback), Harley (Jack Russel Terrier), Athos (Doberman), Porthos (Labrador Retriever), Oliver (Dashound pelo duro), Brío (Dashound pelo largo), Potter (Pug), Asterix (Labrador Retriever), Ónix (Smooth Collie), Ciccio (Shanauzer miniatura), Elvis( Parson Terrier), Dalí (Papillon”), Zeus, pastor australiano. GATOS: Dakota, Samanta 1, Samanta 2, Clio, Nerón, Billy, Tomy y Betty, PORCINOS Obelix. AVES: Palomas mensajeras a granel cruzadas al gusto de la naturaleza, loros, pericos y papagayos que, sumados todos son más de un centenar en todo momento. TORTUGAS: Darwin (Galápago gigante) y otra serie de tortugas terrenales pequeñas, y algunas medianas.

55 Hace

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Un Viernes Santo inesperado
Salinas 1984. Estábamos en mi ex departamento de soltero, ahora de la familia Raad Puccini. Edificio El Tiburón, piso 15, vista al mar. Los preparativos para la visita del Papa Juan Pablo ll se iniciaban. Llegaría en el año siguiente. La imagen de la Virgen Peregrina recorría por los hogares católicos que la solicitaban y allí se estacionaba unos dos o tres días para que orasen ante ella los familiares, vecinos y amigos del sector. Patrizia, mi muy católica y romana esposa, lógicamente estuvo entre las que buscó a toda costa la visita de la imagen peregrina. Fue así que la inesperada visita llegó a instalarse en un improvisado altar en el que fue convertido el mueble bar que tanto se usaba en mis tiempos de soltero como preludio de lo que sea. Para ese momento su función era decorativa como una suerte de biombo para guardar en vez de botellas, los juguetes de los niños. Pensaba para mis adentros que con eso, el pasado borrascoso de ese mueble bar, quedaba redimido y bendito para siempre. Viernes Santo y 20 de abril, conjunción de fechas religiosas57. Otto Arosemena Gómez entró pálido o más bien con rostro extrañamente blanquecino con su elegante arrogancia que lo caracterizó siempre. Lo acompañaban su esposa Lila y dos hijas, Fabiola y María Auxiliadora y el gringo Avegno. La familia Arosemena Santos ocupaba su departamento en el piso cuarto del mismo edificio. Subieron a la hora convenida para rezar el Santo Rosario. Eran las seis de la tarde. Ya habían llegado mis primos Jorge Fayad y Esteban Raad con sus respectivas esposas, Rocío Samán y Amine Bassil. A Otto Arosemena Gómez lo conocí como figura pública cuando llegó a ocupar el cargo de Presidente de la República. Fue el Presidente número 42 que gobernó al Ecuador desde el 16 de noviembre de 1966 al 31 de agosto de 1968. Llegó al cargo con sólo un voto adicional, el suyo propio, una vez que el mismo Congreso debía nombrar al sucesor de Clemente Yerovi, quien hizo honor al cargo tras dimitir de su encargo provisional. En lo personal, yo había estrechado la mano de Otto Arosemena una sola vez cuando tuve oportunidad de dialogar con él

57 Día de la Dolorosa del Colegio,

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por cuestiones de trabajo. Bastante amigo de mi Jefe con quien hizo un intercambio inmobiliario y se entendían directamente en temas de seguros. Hombre bien parecido, bien vestido, con prestancia como fue característico en esa generación de guayaquileños. Abogado notorio, extremadamente inteligente. Cejas fuertes que denotaban ascendencia mora en alguno de sus genes si no en la mayoría de ellos. Que me perdonen los Arosemena todos, pero esto es evidente y si quieren rebatirme que hagan primero un estudio de ADN. Nos instalamos de pie alrededor del improvisado altar. Rezó y luego de ello se sentó en la mesita redonda donde desayunábamos todas las mañanas, encima estaba dispuesto un juego de salón llamado Estratego que evidentemente a él le gustaba. Pidió jugar y frente a él se ubicó mi primo Esteban. La partida terminó abruptamente, cuando su contendiente le dijo “doctor, ¡jaque mate! Coincidieron los momentos. Tosió feamente, se llevó la mano al pecho y se desplomó cayendo de bruces de la silla al suelo. Respiración boca a boca, golpes con la rodilla en el pecho. Mi esposa y Jorge salieron a buscar un médico. Era tarde. Me di cuenta de que los esfínteres se habían relajado totalmente y comprendí inmediatamente lo sucedido. Lo que no entendía ni comprendía era lo que debía hacer. Lila y sus hijas, especialmente Fabiola, estaban descontroladas y gritaban. Fabiola se acercaba al balcón con aires e impulsos suicidas que requerían vigilancia de dos personas. Confusión, llanto y gritos. Un Viernes Santo en Salinas a las siete de la noche es un perfecto manicomio de tráfico y nadie estaba donde pudiese ser ubicado. La Semana Santa en un balneario precisamente no tan santo como se debería suponer. No existían los celulares y los teléfonos de la Península, hasta ahora, veintisiete años más tarde, funcionan cómo y cuándo les viene en gana. Pasó una media hora y el cadáver seguía tirado en el suelo, sin que yo atinara a saber si moverlo o dejarlo en el sitio hasta que las autoridades vinieran hacer el trámite correspondiente. Mis hijos de tres y dos años de edad fueron trasladados al departamento de Olguita de Yunes, ubicado en otro piso del mismo edificio. Comenzó a llegar más y más gente. Entraban, se santiguaban ante el cadáver tirado en el piso, pero nadie
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actuaba. Finalmente llegó alguna autoridad y otras personalidades entre quienes se destacaba Juan Alfredo Illingworth, expresidente del Congreso Nacional. Fue él quien dispuso e impartió las órdenes para que se proceda con el levantamiento del cadáver expeditivamente por parte del asustado comisario que había llevado una vieja máquina de escribir para cumplir con su trabajo. ¿Ordenaba o no autopsia? Esa era su duda. Infantes de Marina se ubicaron al pie del edificio y en mi casa ya no cabía más gente. Nicolás Febres Cordero, su amigo y secretario particular cuando Otto fue Presidente, lucía desconcertado y vestido con sus shorts playeros solo atinaba a repetir sin cesar ¡Mi Führer, mi Führer! Cerca de las diez de la noche, el cadáver fue descendido por el ascensor y trasladado a Guayaquil. Al día siguiente cerramos el departamento y regresamos a la ciudad trayendo a la Imagen Peregrina, para entregarla en el nuevo hogar que le correspondía visitar. La muerte es un fantasma. Llega sin preguntar, y cada vez deja su mensaje y tarjeta de presentación. Vendrá, es seguro, pero no se sabe ni cómo ni cuándo. Una muerte inodora, súbita y rezando al parecer son las circunstancias adecuadas para recibir el jaque mate de la vida. Es quizás la mejor manera de hacerlo, aunque creo hubiese sido, en el caso de Otto, más adecuado que suceda en su propia casa y en su propio lecho, evitando estar tirado en el piso por casi tres horas sin que nadie atinara cómo se debía actuar ante tan rara circunstancia. Siempre habrá que estar preparado me decía yo, para morir o para ver morir. Otto Arosemena murió aquel 20 de abril, a los 58 años de edad. La imagen de la Virgen Peregrina siguió su caminata y no sé cuantas otras cosas vio o habrán sucedido a su regazo durante su recorrido en tierras ecuatorianas. Me quedó una duda técnica que no me atrevería a resolver sino años más tarde. Es que luego de aplicada la respiración boca a boca, de los rodillazos en el pecho, en medio de la desesperación, acudí a una lámpara que estaba muy cerca de allí. Despellejé de un sopetón sus cables y apliqué corriente eléctrica en el pecho del hombre inerte. Dio un sacudón, levantó súbitamente uno de sus brazos el mismo que un instante después cayó inmóvil para siempre. Fue una reacción mía de última hora recordando cuando, en tiempos de estudiante, experimentaba con ranas la estimulación eléctrica de los músculos
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causando lo que se llamaban movimientos involuntarios. Improvisé ese recurso a falta de un estimulador adecuado o desfibrilador, como creo que se llama. Pasados algunos años quise descargar mi conciencia y le pregunté a mi hermano médico intenso e intensivista si acaso yo había terminado dando el estoque final al ex Presidente de la República. Él me liberó del cargo de magnicidio y me explicó que si bien los estimuladores cardiacos funcionan con amperaje y voltaje diferentes, el cuadro general descrito que se trataba de un infarto masivo y que si los esfínteres estaban sueltos, habiendo pasado ya algunos minutos de inmovilidad absoluta, yo no tenía responsabilidad ulterior. Lo cierto es que siempre me extrañó la forma como reaccioné ante esa inesperada emergencia médica. Me hubiese gustado que resulte aunque sea por milagro de la Virgen Peregrina. El Papa Juan Pablo ll llegó por primera y única vez a Ecuador en enero de 1985. Lo recibió el Presidente León Febres Cordero, cuando lo predecible hubiese sido que lo recibiera Rodrigo Borja Cevallos quien había ganado la primera vuelta electoral y se durmió en los laureles durante la segunda y definitiva. Se fue de vacaciones al Caribe mientras su adversario empelló como caballo bravío. No es que León fuese un católico ferviente practicante, pero al menos no agnóstico como lo fue o se declaraba Rodrigo Borja Cevallos. No conecto los asuntos, pero tampoco me inhibo de expresar este comentario tal como lo imaginé y escribí en aquella época durante la cual ya me expresaba libremente en una columna de diario El Telégrafo.

El Unicentro
Fue un acto de audacia: levantar un Centro Comercial de veinte mil metros cuadrados, en pleno centro de la ciudad. El precursor de la idea fue Juan Bucaram Buraye. Su empuje fue irresistible hasta que uno día cualquiera, el 13 de julio de 1975, su yerno, José Antón Díaz, tomó el toro por los cuernos y pese a la cantidad de frentes abiertos se metió de lleno en el proyecto que tardaría seis años en ser inaugurado. Debió empezarse con la adquisición de cuatro inmuebles colindantes a aquel donde funcionaba Sociedad Comercial Guayaquileña, importadora de tejidos a cargo exclusivo de don Juanito. Así, en la mitad de la manzana comprendida entre las calles Aguirre, Clemente Ballén,
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Chile y Chimborazo, se abrió espacio para desarrollar aquel proyecto cuyo costo final indexado fue de catorce millones de dólares. El diseño original sobre el cual se fabricaron los planos consistía en dos torres de oficinas y, en los cuatro primeros pisos, un centro comercial excesivamente elegante destinado a tiendas. Y hago énfasis en eso de excesivo por aquello de los mármoles y tipo de acabados puesto que no se escatimó en nada. La obra física comenzó en noviembre de 1977 con las demoliciones, excavaciones y fabricación de pilotes. El proceso de construcción fue largo y complicado. Las cajoneras sobre las cuales se fundirían las losas post tensadas no serían de madera como se usaba, sino plásticas y fabricadas por PICA. Había que empezar entonces diseñando los moldes adecuados y mandarlos a elaborar en Italia bajo especificaciones propias. Para contener los perímetros de las excavaciones se utilizaron dos innovadoras en el sistema de construcción local. El de la bentonita58, y la del post tensado59 recomendadas por uno de los más célebres ingenieros de Bogotá y que era de nacionalidad italiana, el doctor. Doménico Parma (+), cuyo prestigio le venía por haber diseñado el método para mudar un edificio de la capital colombiana de un lugar a otro. También se importaron las grúas auto trepadoras diseñadas por este famoso científico, que eso es lo que era. Los ingenieros constructores fueron Roberto Bitar Mahuad y Winston Mata Bruckman. El arquitecto John Klein diseñó hasta los detalles de interiores. Colaboró como ingeniero residente el ingeniero Omar Villacís Ramírez. Yo fui el manejador de cuentas y el de los artificios contables. En la maqueta constaba el pretencioso nombre de “Unicentro Turístico de las Américas”. !Era tal el entusiasmo!

58 Enzima mezclada con arena, cuya densidad o pastosidad impide el desmoronamiento de las paredes de tierra y lodo que quedan desnudas luego del excavado. Una vez que ese espacio es ocupado por el enrejado de hierro y el respectivo concreto, la bentonita se desplaza hacia afuera en su forma líquida blanquecina y pastosa. 59 Para evitar las columnas intermedias, se colocan cables de acero de un extremo a otro de los muros de contención que sirven de pilares de sostén al piso que se va a fundir, y luego se los tensa para aumentar la resistencia y dar mayor elasticidad ante un movimiento sísmico.

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Los líderes aciertan sin temer a las equivocaciones y siguen adelante empujando sus iniciativas hasta sacar la cabeza por el otro lado del hueco donde la metieron. No miran atrás y siguen avanzando y de esta manera no se notan los yerros porque siguen olfateando hasta encontrar una salida adecuada. José Antón Díaz tenía la virtud de tomar acciones y decisiones rápidas y audaces aupadas por su carisma y dedicación al trabajo. Guayaquil, el tiempo lo diría, resultó ser una ciudad imprevisiblemente miope urbanísticamente. El desarrollo de sus tierras estuvo sujeto a muchos absurdos políticos, tales como esa estupidez de encauzarse hacia el manglar dando la espalda al cauce natural de sus ríos Guayas y Daule. Para ello se depredaron los cerros rocosos que decoraban su paisaje para, convirtiendo la roca en cascajo, rellenar el manglar. Doble torpeza ecológica y urbanística. El centro tradicional de la ciudad se quedó ahí estacionado porque para el sur ya no había capacidad de crecimiento. Así que la idea de construir un centro comercial de la ciudad en el centro de la ciudad no resultaba del todo loca. Pero ya iba comenzando a desarrollarse el norte con otro aire promisorio. Un grupo de italianos visionarios inició la construcción del Policentro, proyecto que a la larga resultó más exitoso y desarrollista en relación al nuestro. Fueron los dos primeros centros comerciales que se construyeron en Guayaquil, y se inauguraron casi simultáneamente. Siguió el Albán Borja en forma de eterno laberinto. El Unicentro fue más desafiante y muy exitoso comercialmente durante la siguiente década. El Policentro se convirtió en un nuevo polo de desarrollo comercial y conforme pasaron los años mantuvo e incrementó su vigencia. Ganó la apuesta visionaria a largo plazo. Pasados los años, creo que invertir catorce millones de dólares de aquel entonces en un desarrollo inmobiliario ubicado en el centro de la urbe, no fue una apuesta válida en relación a lo que se hubiese logrado si hubiésemos estado más atentos al desarrollo urbanístico de Guayaquil. Fácil es decirlo luego, aunque desde un principio yo insistía en construir parqueos en algún terreno colindante, que fue imposible de conseguir una vez que el proyecto comenzó a emerger desde la tierra. Los vecinos se adueñaron de la plusvalía que generábamos, y para
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cuando abordamos el tema del estacionamiento, lo construimos en la calle Boyacá y Colón, bastante distante como para darle valor agregado a ese hermoso edificio ideado con más entusiasmo que planificación urbana. ¿Un hotel? Terminada de levantar la estructura de cemento, la obra muerta como se dice, un buen día amaneció el Jefe con una iluminación en su cabeza. Giro inesperado. Ya no se destinarían las torres para oficinas, sino que implantaría un hotel de cinco estrellas. Dio las órdenes correspondientes y se marchó a Hong Kong más lleno de entusiasmo que nunca. Regresó acompañado de tres cocineros internacionales europeos a quienes había invitado y contratado para que diseñaran la cocina central de aquel inesperado hotel de cinco estrellas. Armó un banquete show en su casa, y reuniendo a la familia e ingenieros, organizó una alegre circunstancia para que todos saborearan los manjares que esos chefs prepararon y que despertaron euforia en todos. Así fue como se adecuó, de improvisto en un cuarto piso de aquel enorme edificio en construcción, una cocina moderna, amplia y técnica en sí, pero ubicada en un espacio forzado y acomodado a la estructura de cemento ya erguida60. Saltando sobre las advertencias y riesgos como quien se toma un vaso de agua, la orden estaba dada y en firme. El proyecto siguió avanzando a un ritmo económico seguro y pausado, es decir auto financiado. Ingenieros y arquitectos debería acompasarlo para resolver los nuevos problemas técnicos planteados. Mientras tanto y simultáneamente, el Jefe comenzó a ocuparse personalmente de los accesorios que un hotel necesita, es decir desde las camas, cortinas y muebles, hasta los cubiertos, manteles y miles de otras detalles. A este director de orquesta nada le frenaba. Tenía catálogos para todo, pues Internet no había. Eran

60 Esa cocina industrial, moderna y poderosa, debió, y con el tiempo lo entendimos, ser construida en un lugar cercano, en una suerte de galpón con entrada y salida de vehículos y de construcción mucho más económica. Esa cocina central debió haberse encaminado a la venta de comida rápida a lo ancho de la ciudad bajo una franquicia que nunca la explotamos debidamente. “UNI Deli” fue una marca y patente que debió ser mejor manejada pero que los distintos Gerentes del Hotel nunca lo entendieron ni supieron hacerlo. Debimos haber separado los dos conceptos; el hotelero del de la industria alimenticia para manejar puntos de venta en cadena.

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centenares de revistas y libros técnicos desperdigados por su oficina y todos ellos con sus marcas y anotaciones en las páginas respectivas. Personalmente se dedicó a este delicado empeño de entender y decidir cada detalle a fin de equipar al hotel hasta la misma cucharita de café necesaria. Todo lo importada por cierto a su gusto y gana. Esos quehaceres eran su placer y goce sin temer a las equivocaciones en las que pudiese incurrir y que hecho ocurrieron. Era un niño con su nuevo juguete, cumpliendo con aquello que M. Forbes dijo: “La diferencia entre el niño y el hombre es el precio de sus juguetes”. Una plaquita con esa frase colgué en su oficina cuando se inauguró el Unicentro y tengo una similar colgada en mis paredes de recuerdos. No se escatimó en nada. La cocina central, según muchos expertos que por allí pasaron, era de avanzada en cuanto a implementos y adecuaciones. El aire acondicionado central al servicio de un área destinada para tal propósito y los extractores encima de cada cocina facilitaban la tarea a los más de cien cocineros y ayudantes que, como hormigas, laboraban. Amplia y funcional con una gran capacidad de producción industrial que, por serla, debió estar instalada en otra parte para facilitar el ingreso y salida de productos. Sin embargo esa gran cocina fue durante algunos años el eje central de aquel negocio de comidas diseñada a propósito de un hotel de cinco estrellas que nunca pudo tener piscina por lo que en realidad siempre fue de cuatro por faltarle, además, parqueos. El negocio de comidas a nivel industrial es un asunto. El de la hotelería es otro. Pero al Jefe le complacía juntarlos dado su voraz apetito. Los defectos congénitos del proyecto por eso de las complicaciones para el ingreso de los insumos, el desalojo de la basura y el de una adecuada comunicación entre las dos torres, ubicadas a más de sesenta metros de distancia y con un Mall Comercial que los separaba, pasaron desapercibidos aunque a la larga significaron costos operativos que se harían sentir conforme evolucionó la oferta hotelera de la ciudad y el negocio se volvió extremadamente competitivo. El tema de la falta de parqueos a la larga fue una enorme desventaja que no se la sintió sino en la medida en que el tráfico fue estrangulando al centro de la ciudad, que se fue deslizando hacia el norte contra las predicciones del Jefe. Nada de eso se sintió sino paulatinamente a partir de la primera
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década de funcionamiento y conforme se fueron inaugurando muy posteriormente nuevos conceptos de centros comerciales. Una fastuosa inauguración La obra se inauguró oficialmente el viernes 6 de enero de 1981 con el matrimonio de Patricia Antón Bucaram y Edmundo Kronfle Di´ Puglia, fecha impuesta por el Jefe y anunciada a los responsables de la obra con tres meses de anticipación. A las cinco de la tarde de ese día se tumbaron las vallas de protección y se vio la luz que emanaba de esa suerte de castillo adornado con flores blancas desde el portal hasta las escaleras mecánicas que conducían a los salones del cuarto piso. El mármol relucía y el edificio brillaba como señal de una regeneración urbana en el centro de la ciudad, donde todavía existían muchas viviendas construidas en madera o con materiales mixtos envejecidos por el tiempo. Recuerdo aquella noche los temores que vivimos cuando coincidió el faustuoso evento, con la velación que se efectuaba de los restos mortales de don Assad Bucaram que se realizaban simultáneamente en la Catedral, ubicada a escasos cincuenta metros de distancia. El difunto estaba invitado, pues siempre fue un cordial amigo de José Antón Díaz por lazos distantes de familia política y por mutua consideración que se guardaban. La inmensa turba que se hizo presente para rendir homenaje a ese polémico personaje que fustigaba a las clases pudientes para atraer el voto de los que nada tienen, justificaba ese inevitable temor causado por tan drásticos contrastes. El precipicio existente entre las clases sociales causa, o debe causar al menos, ese inevitable sentimiento de culpa que llena a las clases adineradas. Yo lo sentí más fuerte que otras veces debido a la evidencia visual y circunstancial dada. En todo caso mi aprehensión fue exagerada y los dos eventos se realizaron sin inconveniente alguno. Se culminó la decoración de los almacenes ubicados en las tres plantas bajas y para el 8 de diciembre el edificio marchaba como un trasatlántico a toda máquina desbordando novelería y alegría. Los almacenes se repletaron. Para el 30 se había agotado la mercadería de todos los negocios pues las expectativas de venta fueron ampliamente
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superadas. El Unicentro fue un negocio muy exitoso, sobre todo durante su primera década. Luego y poco a poco el centro de la ciudad se fue mudando y despoblando de oficinistas que eran quienes le daban movimiento y gala. La Banca y muchas empresas se comenzaron a trasladar hacia el norte y por allí aparecieron otros hoteles en las zonas frescas de este Guayaquil que se fue abriendo y fugando en busca de nuevos espacios. Innovaciones Una innovación muy grande que se dio, en cuanto a costumbres, como consecuencia de la actividad del Unihotel, fue el servicio de bufete abierto y generoso; cuánto sorprendía que por un mismo precio se pudiese comer cuanto se quisiese y repetir una y otra vez todo lo presentado en innovadores samovares. Vi señoras de toda clase social llenar sus carteras con los postres de Manfred, uno de los pasteleros, alemán éste, más eficaces que pasó por esas radiantes cocinas. No solo pasteles, sino incluso patas de pollo y todo aquello que era capaz de envolverse en una servilleta se ocultaba en las carteras. Otra de las innovaciones fue la industrialización de los inmensos sánduches cubanos; llegamos a vender hasta mil doscientas baguetes por día rellenos de jamón, queso y lechugas. Fabricábamos desde el pan hasta los jamones y mortadelas. Fue un bingo completo. Entre la cafetería, los bufetes, las bodas y la comida para llevar en los denominados Delis estrenados también como concepto, más los servicios de cáterin, contabilizamos sábados donde se sirvieron alimentos para doce mil personas. Así fue como José Antón Díaz sacó la cabeza del hueco donde la había metido. En fin, fue una época de oro de un proyecto que se inició en la mente de un joven anciano que dio el nombre a la empresa propietaria llamada: JABUCAM; abreviación de quien en vida fue Juan Bucaram Buraye. Una vez más, en su honor, lo digo y lo repito. Una cosa es construir, y otra administrar

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La administración del Unicentro y del hotel quedó en su etapa de diseño en mis manos. Fue en mi oficina donde se crearon los esquemas de control y de contabilidad y aquellos informes que terminan siendo a la larga la única gran pregunta que interesa al dueño: ¿Dónde está la plata? El manejo del Mall y la pesada tarea de armonizar con los inquilinos dueños de almacenes estuvo siempre a cargo de un personaje clave: Roberto Bitar, ingeniero que construyó el edificio y lo conoce desde los cimientos hasta el último tornillo de todos sus íntimos recovecos. Con su apoyo y confiando en su tino y buen manejo, el problema de la administración del Centro Comercial y el trato con los siempre difíciles arrendatarios, se mantuvo siempre en orden y sin problemas. Nunca tuve buenas pulgas para eso. El tema de la administración del hotel es todo otro asunto que sí trajo dolores de cabeza. José Antón Díaz trajo de España, a Joseph Garzozi. Un excelente relacionista público, un manejador de turismo masivo ya que provenía de una agencia de viajes, aunque realmente resultó ser un administrador muy alejado de los números y de los controles gerenciales cotidianos. Al principio no se notaron las falencias porque el dinero rebullía a borbotones. Yo sentía los descontroles, y así comenzaron los tropiezos con Joseph. Finalmente el jefe me pidió que le diera las libertades implícitas en el cargo de gerente que éste reclamaba. Como buen soldado me puse de lado con la disciplina que me caracterizó siempre, pero claramente convencido de que no había administración gerencial del proyecto. Unos años más tarde, cuando una crisis de caja mostró al desnudo algunas tristes verdades derivadas de la desorganización administrativa, Joseph se despidió afirmando que él de esas cosas administrativas no sabía nada, pues él era un operador turístico y no un hotelero y que se entendía solo de lo macro. Debí volver a llenar el vacío de controles y cubrir la emergencia con redoblado esfuerzo para reparar los vicios y corruptelas que durante la época dorada se habían incrustado y acumulado.

El indio otavaleño
Era el 25 de julio de 1982, aniversario de la Fundación de Guayaquil,
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HENRY R AAD ANTÓN

feriado local que se unía al 24 de julio, natalicio de Simón Bolívar, que en ese entonces era todavía una festividad nacional. Era, por tanto, un puente vacacional en Guayaquil, lo que hacía necesaria una estancia alargada por parte del Presidente de la República Oswaldo Hurtado Larrea, quien no era muy popular que digamos en estas tierras calientes. Había accedido a su cargo tras la muerte de Jaime Roldós acaecida catorce meses antes. Las autoridades locales, sin nada que inaugurar como obra pública, programaron la visita al Unicentro para rellenar la agenda. Luego seguiría un almuerzo con muchos invitados en uno de los salones del Unihotel. Todo fue improvisado y me correspondía acudir en representación de la empresa ya que José Antón Díaz no estaba en el país. Yo era el Gerente General y debía cumplir con mis funciones. A regañadientes me puse de mala gana la corbata de siempre y así estuve esperando al doctor Hurtado, de quien había sido compañero universitario en la Pontificia Universidad Católica de Quito. El saludo fue insípidamente protocolario. Extendió su largo brazo para alcanzar mi mano con las justas, luego de lo cual comenzó el recorrido. Dado la frialdad del saludo, me puse en segunda fila mientras Joseph Garzozi, haciendo gala de su capacidad en