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LOS PROFETAS DE ISRAEL

LOS PROFETAS DE ISRAEL

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El profeta ha sido llamado por Dios para hablar en su nombre a
la sociedad de su tiempo. Dios le comunica lo que tiene que proclamar
por medio de visiones y de sueños, éstos últimos fueron poco
frecuentes en el profetismo clásico. Las visiones contienen el mensaje
de Dios al profeta y suelen ser de dos tipos principalmente: imágenes
visuales o sensoriales (por ejemplo, la visión del templo en Is 6) y
comunicaciones intelectuales (uso exclusivo de la palabra, sin
imágenes). Pues bien, en este apartado nos proponemos descubrir
cómo transmite el profeta el mensaje divino a sus oyentes. Los tres
medios de comunicación más frecuentes son los siguientes: la palabra
hablada, la palabra escrita y las acciones simbólicas. Aquí tratamos
solamente la palabra hablada y las acciones simbólicas; sobre la
palabra escrita hablaremos en 1.6.

1. La palabra

El medio habitual de los profetas para proclamar el mensaje de
Yahvé es la palabra, de viva voz. El profeta es el hombre de la palabra.
El mensaje que comunica por medio de la palabra no es abstracto ni
fuera de la realidad, sino totalmente plástico y concreto, encarnado a
fondo en las circunstancias históricas, culturales, políticas, sociales y
económicas de su tiempo. El profeta también se esfuerza por
expresarse con belleza literaria, por eso recurre con frecuencia al
lenguaje poético, más denso y complicado que la prosa, y a los juegos
de palabras que resultan más atractivos para su público. Dicho con
otras palabras, el profeta no sólo tiene un mensaje importante que
proclamar, sino que además se esmera en decirlo lo mejor posible.
Sin embargo, lo que para los contemporáneos de los profetas era
un mensaje, unas veces de gran hondura humana y religiosa, otras de
una dureza escalofriante, casi blasfema, para nosotros podrían ser
palabras que se lleva el viento, sin contenido especial, porque nos falta
un conocimiento básico de las motivaciones y circunstancias en que se
proclamaron. Por esto presentamos, a título de ejemplo, una
adaptación de un texto del profeta Amós llevada a cabo por José Luis
Sicre:

“Marchad a Betel a pecar,

“Marchad a Santiago a pecar,

en Guilgal pecad de firme:

en el Pilar pecad de firme:

ofreced por la mañana sacrificios

Acudid a misa todos los días,

y al tercer día vuestros diezmos;

ofreced vuestras velas y

ofrendas,
ofreced ázimos,

encended el botafumeiro,

pronunciad la acción de gracias,

ardan los incensarios,

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anunciad los dones voluntarios,

anunciad novenas,
que eso es lo que os gusta, israelitasque eso es lo que os gusta, católicos
-oráculo del Señor-” (Am 4,4-5)

-Palabra del Señor-”

Si recitamos este pasaje en una eucaristía o en un acto
penitencial, casi nadie entenderá su contenido. La mayor parte de la
gente no sabe qué es Betel ni Guilgal, desconoce la expresión “ofrecer
sacrificios”, ignora lo que son los diezmos, los ázimos y los dones
voluntarios. En definitiva, un auténtico fracaso. Pero si intentamos
resucitar la palabra profética de la manera señalada arriba, nos damos
cuenta de la claridad y concreción del lenguaje profético. Es un
lenguaje que va al grano, sin abstracciones. Al mismo tiempo
sorprende la brevedad y concisión del contenido.
Para comprender en toda su magnitud la grandeza y dureza del
mensaje profético se necesita un conocimiento básico del ambiente
profético y un estudio profundo de los diversos géneros literarios
empleados. Estos géneros proceden de distintos ambientes, nos guían
en la lectura de los relatos y dan una idea de la riqueza y vitalidad de
la predicación profética. Los géneros estrictamente proféticos son los
oráculos, que con frecuencia reflejan una condena contra un individuo
o contra una colectividad. Junto a éstos, conviven otros géneros
específicos de otros ambientes: del culto, de la sabiduría familiar y
tribal, del ámbito judicial y de la vida diaria.

A. Los oráculos

Toda comunicación se establece en un proceso personal entre
quien habla y quien escucha. A partir del estudio de C. Westermann
sobre los distintos destinatarios de los oráculos, distinguimos los tipos
siguientes: Oráculos de condena contra un individuo (en sí mismo o
como representante de un grupo) y oráculos de condena contra una
colectividad (contra las naciones o contra Israel).

a. Oráculos de condena contra un individuo

Un ejemplo típico de oráculo de condena contra un individuo es
el del profeta Amós en su enfrentamiento con el sumo sacerdote de
Betel, Amasías:

“Y ahora escucha tú la palabra del Señor.
Tú dices: no profetices contra Israel, no vaticines contra la casa

de Isaac.

Por eso, dice Yahvé: Tu mujer se prostituirá en la ciudad,

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tus hijos y tus hijas caerán a espada, tu suelo será repartido a

cordel,

tú mismo en un suelo impuro morirás,
e Israel será deportado de su suelo.” (Am 7,16-17)

El oráculo de Amós presenta la siguiente estructura: a) invitación
a escuchar; b) acusación; c) fórmula del mensajero; d) anuncio de
castigo. El texto evoca un ambiente de juicio: una falta o delito, un juez
y una sentencia. La falta denunciada consiste en la transgresión del
antiguo derecho divino (prohibición de predicar la palabra de Dios). El
juez es el mismo Dios, que puede actuar incluso contra un rey, un
sacerdote o una persona corriente. Tras la fórmula del mensajero
encontramos la sentencia o el castigo, que en este caso anuncia las
desgracias que se abatirán sobre la familia de Amasías, sobre él mismo
y sobre el reino del Norte. El mensajero no tiene poder para ejecutar la
sentencia, por lo que ésta queda en suspenso hasta el momento
oportuno, normalmente dentro de un plazo breve de tiempo.
Este tipo de estructura ya aparece básicamente en los oráculos
de Elías (1 Re 21,17s; 2 Re 1,3-4), lo que nos permite concluir que es la
forma característica de los comienzos de la profecía, en la época
monárquica. A partir del profeta Jeremías, sólo se emplean estos
oráculos en contadas ocasiones y los elementos básicos se reducen a
dos: acusación y sentencia, en muchos casos precedidas por una
introducción.

La acusación aparece en tres modalidades: interrogativa (por
medio de una pregunta), afirmativa (constatación de un hecho) y
causal (anuncio del castigo mediante una oración causal: “porque has
rechazado la palabra del Señor...” 1 Sm 15,23).
El anuncio del castigo suele introducirse literariamente por un
“por eso...”, “así pues...”, “he aquí...” o con otra fórmula similar, que
normalmente ejerce de bisagra entre las dos partes: el delito y el
castigo. El verbo se formula generalmente en futuro, anunciando la
sentencia que le corresponde al destinatario por su mala conducta o
simplemente como una especie de amenaza.
El oráculo profético, al condenar a un individuo, es breve, directo
y se pronuncia delante del interesado que escucha la sentencia. El
profeta, sin embargo, no siempre se mantiene fiel al mismo esquema,
sino que lo modifica con metáforas (Is 22,15-18), contrapone la actitud
del acusado con la de otro personaje (Jr 22,13-19) o introduce otro tipo
de motivos. El profeta no sólo comunica un mensaje de condena, sino
que también realiza una creación literaria.

b. Oráculos de condena contra una colectividad

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Los oráculos de condena colectiva se dirigen a todo el pueblo, a
un grupo específico o a las naciones extranjeras, lo que supone una
evolución notable del oráculo individual y un horizonte más amplio.
La estructura de estos oráculos presenta los siguientes
elementos: a) la fórmula del mensajero (“Así dice el Señor): es evidente
que el que habla es Dios y no el profeta; b) la acusación genérica y la
específica: la primera muestra una multitud de faltas, la segunda se
centra en una falta concreta; c) el anuncio de castigo o sentencia: se
indica por el uso de verbos que expresan la acción de Dios y por otros
que manifiestan las consecuencias de esa acción. Los oráculos
concluyen con la fórmula “lo ha dicho el Señor”, para reforzar la idea
inicial de que es palabra de Dios.
Como en los oráculos individuales, la creatividad del profeta
también modifica el esquema modelo, añadiendo, eliminando o
cambiando el orden. A veces esta ampliación de la estructura alcanza
tal magnitud que resulta casi imposible reconocerla, como en los
oráculos de Jeremías y Ezequiel.

B. Otros géneros literarios

a. Los relatos de vocación

Los relatos de vocación pueden ser narraciones biográficas o
autobiográficas (Is 6, 1-13: Jr 1,4-10; Ez 1-3), si bien las primeras
resultan más atípicas. La razón por la cual los profetas nos han
transmitido su vocación sigue siendo un misterio. Las soluciones
propuestas van desde la necesidad personal de comunicar una
experiencia de tal envergadura hasta la intención de avalar su acción
profética, con la manifestación del encargo divino (Am 7,10-17). De
hecho, estas narraciones resaltan que su actividad profética no es
personal ni caprichosa, sino fruto de una revelación de Dios.
Estos relatos suelen seguir el siguiente esquema: a)
manifestación divina; b) palabra introductoria; c) encargo; d) objeción;
e) confirmación f) signo. La vocación es un proceso dinámico que
abarca toda la experiencia profética, pero que se describe en un
momento puntual y concreto. La manifestación divina señala la
irrupción de Dios en la vida del profeta, pero esta presencia no es
habitual, más bien excepcional. La palabra introductoria revela que la
comunicación establecida es absolutamente personal. En la vocación
recibe el encargo imperativo, la misión de ser portavoz de Dios, algo
que nadie puede adjudicarse a sí mismo. Siempre surge alguna
objeción, que es una expresión de la libertad del profeta; es también
un grito de desahogo, no tanto ante la dificultad prevista para el
futuro, cuanto ante la dificultad que ya ha experimentado. Finalmente,
la confirmación y el signo constituyen la respuesta de Dios a la
objeción real; esta confirmación se introduce con la fórmula “Yo estoy

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contigo” que se repite en Gedeón, Moisés y Jeremías; el signo no
pretende satisfacer la curiosidad del profeta ni del auditorio, sino que
ambos son sus credenciales ante el público.

b. Géneros tomados de la sabiduría tribal y familiar

Desde antiguo, la familia y la tribu han empleado todo tipo de
recursos didácticos para transmitir un comportamiento ético y para
hacer reflexionar a sus miembros, tanto niños como adultos. Los
medios más usados eran la interrogación, la parábola, la alegoría, los
enigmas, las bendiciones y maldiciones, las comparaciones, etc. De
todos ellos encontramos ejemplos en los profetas. La parábola más
famosa es la del adulterio de David con Betsabé (2 Sm 12,1-7); un
ejemplo de bendición y maldición es Jr 17,5-8; Ezequiel usa una
alegoría para acusar al rey de Judá de violar el pacto con el rey de
Babilonia y buscar ayuda en Egipto (Ez 17,1-9); la pregunta invita a la
reflexión y llega a una conclusión inevitable, como en Am 3,3-6; una
comparación la tenemos en Jr 17,11.

c. Géneros tomados del culto

Los himnos, las oraciones, las instrucciones, las exhortaciones y
quizás los oráculos de salvación son algunos de los elementos típicos
del culto que se emplean en los profetas. Así tenemos himnos al poder
de Yahvé (Am 4,13; 5,8-9; 9,5-6; Is 12); las instrucciones eran
empleadas por los sacerdotes para responder a problemas de los
fieles, así el profeta también las usa, a veces con ironía como en Am
4,4-5; una oración la encontramos en Jr 32,16-25.

d. Géneros tomados del ámbito judicial

El discurso acusatorio, la requisitoria profética, la formulación
casuística y otros elementos judiciales también aparecen en los
profetas. Así, la enumeración de los comportamientos justos (Ez 18,5-
9) concluye con la declaración de que esa persona merece vivir; las
acusaciones típicas de un fiscal en un proceso (Ez 22,1-16); las
fórmulas casuísticas (Ez 18,10-17). Las requisitorias proféticas (Is 1,2-
3.10-20; Miq 6,1-8; Jr 2, 4-13.29) son uno de los géneros literarios más
interesantes y normalmente presentan un esquema basado en cinco
elementos: a) preliminares del proceso; b) interrogatorio; c) requisitoria
recordando los beneficios y las infidelidades; d) declaración oficial de
culpabilidad del acusado; e) condena.

e. Géneros tomados de la vida diaria

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Se trata de una serie de cantos que emergen en las situaciones
más variadas de la vida: amor, trabajo, muerte... La canción de la viña
(Is 5,1-7); la canción del trabajo doméstico (Ez 24,3-5.9-10); el canto a
la espada (Ez 21,13-21). Con motivo de la muerte de un ser querido se
recurre a la elegía, que en los profetas se usa para analizar la trágica
situación del pueblo en el presente o en el futuro (Am 5,2-3).
Relacionados con la elegía, surgen los “ayes” (ay, ay), que simbolizan
los gritos de las plañideras cuando acompañan el cortejo fúnebre; los
profetas hacen uso de ellos para indicar personas o grupos que se
hallan a las puertas de la muerte por su mala conducta (Is 5,7-10; Hab
2,7-8).

2. Las acciones simbólicas

Los profetas, además de la palabra, emplean también gestos o
acciones simbólicas para dar mayor énfasis al mensaje que quieren
transmitir. La fuerza expresiva de estas acciones atrae la atención del
oyente, provocando preguntas, y visualiza (se meten por los ojos) lo
que las palabras sólo pueden expresar con frialdad.
Estas acciones simbólicas juegan un papel secundario dentro de
la literatura profética, quizás porque no estaban muy de moda en
aquella época. Es difícil, por tanto, encontrarlas en los profetas del
siglo VIII, mientras que en Jeremías y Ezequiel, finales del siglo VII y
principios del VI, afloran con cierta frecuencia.
Los relatos sobre acciones simbólicas generalmente siguen el
mismo esquema que, según G. Fohrer, consta de seis elementos
característicos, aunque no siempre se utilizan todos: a) la orden de
ejecutar la acción siempre procede de Dios, introducida por la fórmula
del mensajero, y esta orden exige la obediencia del profeta; b) el relato
puede ser muy variado y en muchos casos la ejecución de la acción
simbólica se da por supuesta; c) la interpretación se efectúa mediante
palabras que desvelan el sentido de lo realizado. Es un elemento
esencial a la hora de evitar interpretaciones erróneas; d) los testigos
oculares se mencionan a menudo, excepto en algunos casos de
Jeremías y Ezequiel. Cuando faltan es por buenas razones, como la
mudez de Ezequiel, que sólo tiene sentido para él; e) el compromiso de
Dios en ejecutar lo simbolizado; f) el nexo entre la acción simbólica y lo
simbolizado. Enumeramos a continuación algunas de las acciones
simbólicas más conocidas:
-Isaías 20: Isaías camina descalzo y desnudo.
-Oseas 1-3: Su matrimonio con una prostituta e hijos bastardos; la
reconciliación y acogida de la esposa adúltera.
-Jeremías 13,1-11: el cinturón de lino; 19,1-2.10-11: la compra de
una jarra de loza; 27,1-3.12b: un yugo puesto al cuello; 32,7-15:
la compra de un campo.

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-Ezequiel 4,1-3.9-11 y 5,1-2: asedio, hambre y muerte en la
ciudad; 12: la marcha al destierro; 21,23-28: las dos rutas; 24,15-
24: la muerte de su esposa y prohibición de hacer luto; 37,15-19:
las dos varas.
-Zacarías 6,9-15: fabricación de una corona de oro y plata.
¿Son las acciones simbólicas reales o ficción literaria? Es un tema
todavía abierto al debate, pues no se puede afirmar con rotundidad la
historicidad de todas las acciones simbólicas, pero tampoco hay
motivos suficientes para dudar que los profetas no las ejecutaran
realmente. G. Fohrer, un experto en el tema, ofrece varios argumentos
a favor de la historicidad: 1) el mandato divino es tan serio que se
supone que el profeta lo cumplirá; 2) el hecho de que los espectadores
exijan una interpretación al profeta de sus acciones demuestra que
éstas son reales; 3) los relatos ofrecen detalles y datos de la vida
diaria: nombres, el precio que se paga por un campo, indicaciones
detalladas de lugares concretos, etc.; 4) la acción simbólica es un
signo para el pueblo, y por esto debe ser realizada; 5) muchas de estas
acciones se desarrollan en circunstancias históricas donde éstas tienen
una importancia vital.

¿Están las acciones simbólicas relacionadas con la magia?

Algunos estudiosos las consideran como los últimos vestigios de las
prácticas mágicas. Siguiendo a G. Fohrer, negamos su relación con la
magia por las siguientes razones: 1) el origen de la acción simbólica no
está en el deseo del profeta ni en la voluntad de otros hombres, sino
en una orden o encargo de Dios; 2) la interpretación de dichas
acciones por parte del profeta las diferencia radicalmente de la acción
mágica que carece de interpretación; 3) en la acción simbólica, el
poder divino que opera en la realidad humana garantiza la ejecución;
en la magia nunca se está seguro del resultado; 4) la magia se sirve
habitualmente de un ritual muy complicado del que no tenemos noticia
en los profetas; 5) la acción mágica pretende cambiar el curso del
destino, mientras que la simbólica revela los planes de Dios, sin
pretender modificarlos; sólo se busca la aceptación y el sometimiento
del hombre a ellos.

Por todas estas razones, se concluye que ninguna de las
acciones simbólicas que aparecen en el texto bíblico indican la
realización de un acto mágico. Antes bien, manifiestan el abismo
existente entre el profetismo y la magia, entre la voluntad divina
incondicional y el deseo humano. Los gestos proféticos representan la
oposición radical a las recetas humanas para evadirse de la gracia
divina, portadora y creadora de un mundo nuevo.

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