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Arnold Hauser HISTORIA } SOCIAL DE LA LITERATURA’ Y EL ARTE besae el Rococo hasta la época del cine DEBATE Version castellana de A. TOVAR Y F.P. VARAS-REYES Correccion de René Patacins More, Quedan rigurosainente prohibidas. sin 1a. autorizacién eserita de los titutares del copyright, bajo las sanciones establecidus. en las leyes. la reproduccidn toual o parcial de esta obra por cuaiguier medio 0 procedimiento, comprendidas ta reprografia yel tratamiento informatico, y la distribucién de ejemplares de alta, mediante alquiler o présiamn pablico, Titulo y-editorial originales: The Secial History of Art Routledge y Kegan Paul, Londres Primera edicién: abtil 1998 © Routledge & Kegan Paul, 1962 © De la presente edicién, Editorial Debate, $. A., O'Donnelt, 19. 28009 Madrid ISBN: 84-8306-109-0 (obra completa) ISBN: 84-8306-111-2 fvolumen 2) Depésito legal: M. 8406-1998 Compuesto en Roland Composicién, S. L. Impreso en Unigral, Arroyomolinos, Méstoles (Madrid) Impreso en Espaiia (Printed in Spain) Sumario VIIL ROCOCO, CLASICISMO Y ROMANTICISMO 1, La disoluci6n del arte cortesano .. . : . El nuevo péiblico lector _ El origen del drama burgués . .. Alemania y la Ilustracién . . . Revolucién y arte... I romanticismo alemdn y el de Furopa occidental . aw eon IX. NATURALISMO E IMPRESIONISMO La generacién de 1830 .. B) Segundo Imperio , La novela social en Inglaterra y Rusia . El impresionismo aye Ne X. BAJO EL SIGNO DEL CINE .. Indice onoméstico 2.2.2.2... AS 94 il 144 178 247 307 356 419 483 523 VII ROCOCO, CLASICISMO Y ROMANTICISMO LA DISOLUCION DEL ARTE CORTESANO L hecho de que Ia evolucin del arte cortesano, casi ininte- rrumpida desde el fin del Renacimiento, se detenga en el siglo XVII y se disuelva por obra del subjetivismo bur- gués que domina incluso nuestra concepcién artistica contempo- rdnea es generalmente conocido, pero es menos evidente la cit- cunstancia de que ciertos rasgos de la nueva orientacidn existen ya en el rococé y de que la ruptura con la tradicién cortesana acaece propiamente en ese momento. Pues aunque no entremos en el mundo burgués sino en Greuze y Chardin, nos encontramos ya en sus cercanfas con Boucher y Largilliére. La tendencia hacia lo mo- numental, lo solemne-ceremonial y lo patético desaparece ya en el ptimer rococé y deja lugar a la tendencia por lo gracioso intimo, El color y el matiz rienen desde el principio preferencia en el nue- vo arte sobre la gran Linea firme, objetiva, y la voz de la sensuali- dad y del sentimiento es perceptible ya en sus manifestaciones. Pues aunque en muchos aspectos el dixbuitiéme aparece todavia como la continuacién e incluso la consumacién del lujo y la pre- tensién barrocos, le son ajenas ya la independencia y la ausencia de concesiones con que el siglo XVII se mantuvo en el grand goft, Sus cteaciones dejan sentic la ausencia del gran formato heroico, in- cluso cuando estan destinadas a las clases sociales mds altas. Pero, naturalmente, se trata siempre atin de un arte distanciado, distin- guido, esencialmente aristocraético, de un arte para el que los cri- terios de la complacencia y lo convencional son tan decisivos como Jos de la interioridad y la espontaneidad; de un arte en el que se trabaja segdn un esquema fijo, de validez general, infinitas veces repetido, y para el cual nada es tan caracteristico como la técnica de la ejecucién, insélitamente virtuasista, aunque en gran parte completamente externa, Estos elementos decorativos y conyencio- 9 Historia social de la literatura y el arte nales del rococé, procedentes del Barroco, se disuelven sélo paula- tinamente y no son susticuidos sino por las caracterfsticas del gus- to artistico burgués. E] ataque a la traclicién del Barroco-rococé proviene de dos di- recciones distintas, pero esté orientado en ambas hacia ¢l mismo ideal artistico opuesto al gusto cortesano. El emocionalismo y el naturalismo representados por Rousseau y Richardson, Greuze y Hogarth es una de las direcciones, y el racionalismo y el clasicismo de Lessing y Winckelmann, de Mengs y de David es la otra. Am- bas oponen a la bambolla cortesana el ideal de sencillez y la serie- dad de un concepto puritano de la vida. En Inglaterra, la transfor- macién del arte cortesano en burgués se consuma mds pronto y se tealiza mds radicalmente que en la misma Francia, donde Ja tradi- ci6n barroco-rococé perdura subrerrdnea y es perceptible todavia en el romanticismo. Pero al finalizar el siglo no hay en Europa sino un arte burgués, que es el decisivo. Se puede establecer una direccién artistica de la burguesia progresiva y otra de la burguesia conser- vadora, pero no hay un arte vivo que exprese el ideal atistocrético y sitva a los propésitos corresanos. Rata vez se ha consumado en la historia del arte y la culeura la transferencia de la direccién de una clase social a otra con tanta exclusividad como ahora, cuando la burguesfa desplaza completamente a la aristocracia, y el cambio de gusto, que sustituye la decoracién por la expresién, no deja nada que desear en punto a claridad. Naturalmente, no es Ja primera vez que la burguesia aparece ef escena como mantenedora del gusto. En los siglos XV y XVI habfa por todas partes en Europa un arte dominante de cuiio dect- didamente burgués: hasta el Renacimiento tardio y la era del ma- nierismo y del Bacroco, no fue desplazado y sustituido por las crea- ciones del estilo cortesano. Pero en el siglo XVILL. cuando la burguesia consigue el poder econémico, social y politico, se di- suelve de nuevo el arte representative cortesano, que habia conse- guido mientras tanto ascender a una validez general, y deja luego que el gusco burgués domine ilimitadamente. Sélo en Holanda ha- bia en el siglo XVII un arte burgués de gran alcura, que era, por cierto, més radical y consecuentemente burgués que el del Renaci- 10 Rococd, clasicismo y remanticisme miento, empapado de elementos caballeresco-romanticos, misti- co-tomédacicos y mistico-religiosos. Pero este acte burgués de Ho- Janda siguié siendo en la Europa de entonces un fenémeno casi completamente aislado, y el siglo XVI no enlazé directamente con él cuando establecié el modesno arte burgués. No se puede ha- blar de una continuidad de la evolucién, porque la misma pincura holandesa habia perdido en el curso del siglo XVII mucho de su ca- récter burgués. El acte de la moderna burguesfa cuvo su origen, tanto en Francia como en Inglaterra, en los cambios sociales inter- nos; la superacién de la concentracién artistica cortesana pudo pro- ceder sdlo de aqui, y debié de recibir estimulos més fuertes de los movimientos filosdficos y literarios contempordneos que del arte de paises ajenos, alejados en el tiempo y en el espacio. La evolucién que alcanza su culminacién politica en la Revo- lucién francesa y su meta arcistica con €l tomanticisme comienza en Ja Regencia, con la socavacién del poder real como principio de autoridad absoluta, con la desorganizacién de la corte como centro del atte y la cultura y con la disolucién del clasicismo barroco como estilo artistico en el que las aspiraciones y la conciencia de poder de! absolutismo habjan encontrado su expresién inmediata. El pro- ceso se prepara ya durante el reinado de Luis XIV. Las guetras in- terminables desquician las finanzas de la nacidn; el resoro puiblico se agota y la poblacién se empobrece, pues no se pueden crear im- puestos de létigo y calabozo ni lograr una supremacia econémica con guerras y conquistas. Se hacen perceptibles ya en vida del Rey Sol manifescaciones criticas sobre las consecuencias de 1a autocra- cia. Fénelon es en este aspecto bastante sincero ya, pero Bayle, Ma~ lebranche y Fontenelle van tan lejos que se puede afirmar con ra- 26n que la «crisis del espiriru europeo», cuya historia Nena el siglo XVII, escaba en curso desde 1680 |. Contemporineamente con esta corriente gana terreno la critica del clasicismo, que prepara la disolucién del arte cortesano. Hacia 1685 se cierra el periodo crea- dor del clasicismo barroco; Le Brun pierde su Brandes escritores de la época, Racine, Moliére, Boileau y Bossuet, fluencia, y los * Paul Hazard, Lae Crise de fa conscience européenne, (935, 1, pags. 1-V. ll Historia social de ta literatura y el arte han dicho su ultima palabra, 0 en todo caso, su palabra definitiva *. Con la disputa de los antiguos y los modernes comienza ya aquella lucha entre tradici6n y progreso, antigtiedad y modernidad, racio- nalismo y emocionalismo que encontrard su fin en el prerromanti- cismo de Diderot y Rousseau. Ea los tiltimas afios de la vida de Luis XIV se encuentran el Estado y la corte bajo el gobierno de la devota Madame de Main- tenon. La aristocracia ya no se sentia cémoda en la atmésfera de sombria solemnidad y estrecha piedad de Versalles. Cuando murié. el Rey, respiraron aliviados todos, sobre todo aquellos que espera- ban de la regencia de Felipe de Orledns la liberacién del despotis- mo. El regence haba considerado siempre anticuado el sistema ad- ministrative de su tio *, y comenzé su gobierno con una reaccidn en toda la linea contra los viejos métodos. Politica y socialmente procuré un renacimiento de Ja nobleza; econdmicamente, fomentd las iniciativas privadas, por ejemplo las de Law; introdujo un nue- vo estilo en la vida de las clases superiores e hizo una moda del he- donismo y el libertinaje. Comenzé asi una desintegracién general, a la que no se resistié ninguno de los antiguos vinculos. Muchos de ellos se reconstruyeron mas tarde, pero el viejo sistema estaba re- movido para siempre. El primer acto de gobierno de Felipe fue la anulacién del testamento del difunto Rey, que preveia el reconoci- miento de sus hijos ilegitimos. Con esto comenzé el ocaso de la au- toridad real, que, a pesar de la subsistencia de la monarqufa abso- luta, ya nunca fue repuesta en su ancigua grandeza. El ejercicio del poder supremo se hizo verdaderamente cada vez més arbitrario, pero la confianza en el poder se volvia de dia en dia mds insegura, proceso que caracterizan mejor que nada las palabras frecuente- mente citadas del mariscal Richelieu a Luis KVL «Bajo Luis KIV nadie osaba abrir la boca; bajo Luis XV se murmuraba; ahora se ha- bla en voz alta y sin rodeos.» Quien pretendiera juzgar las verda- deras proporciones de! poder de la época por los decretos y las dis- posiciones cometerfa un ridiculo error, come observa Tocqueville. CE. Bédier-Hlazard, Hit. de la litt. frang.. 11, 1924, pags. 31-32. + Germain Marcin, La grande induitrie an Prance sout le rigne de Lauis XV. 1900, pag. 15. 12, Rococé, clasicismo y romanticismo Sanciones como la famosa pena de muerte para la redaccién y difa- sién de escritos contra la religién y el orden publico se quedaban enel papel, nada més. Los culpables debian abandonar el pais en el peor de los casos, y a menudo eran acogidos y protegidos por los mismos funcionarios que debian perseguirlos. En tiempos de Luis XIV coda la vida intelectual estaba todavia bajo la proteccién del Rey; no habia apoyo fuera de él, y mucho menos lo bubiese habido contra él. Pero ahora surgen nuevos procectores, nuevos parronos y nuevos centros de cultura; et arte en gran parte y la liceratura en su. totalidad se desarrolian ahora lejos de ta corte y del rey. Felipe de Orledns craslada la residencia de Versalles a Paris, lo que en el fondo significa la disolucién de la corte. E1 regente es opuesto a toda limitacién, a todo formalismo, a toda coaccidn; se siente a gusto s6lo en el cfrculo reducidisimo de sus amigos. F1 jo- ven rey vive en las Tullerias; el regente, en el Palais Royal; los miembros de la nobleza estén desparramados en sus castillos y pa- lacios y se divierten en el teatro, en los bailes y en los salones de la ciudad. El regente y el mismo Palais Royal represenran el gusto de Paris, el gusto mas independiente y cambiante de la ciudad frente al grand go#t de Versalles. La «ciudad» no se limita ya a existir jun- toa la «corte», sino que desplaza a la corte y asume su funcion cul- tural, La melancélica expresién de la condesa palatina Isabel Car- lota, madre del regente, corresponde totalmente a la realidad: «;¥a fo hay corte en Francia!» Y esta siruacién no es un episodio tran- sitorio; la corre, en el viejo sentido, ya no volverd a existir. Luis XV tiene las mismas inclinaciones que el regente, prefiere cambién una pequefia sociedad, y Luis XVI, sobre todo, como mejor se siente es en el circulo familiar, Ambos se sustraen a las ceremonias, la eti- queta les aburre y les irrica, y aunque la conservan relativamente, ésta pierde mucho de su solemnidad y su magnificencia. En la cor- te de Luis XVI se impone el tono de una decidida intimidad, y seis dias a la semana las reuniones tienen el cardcter de una sociedad privada *. El vinico lugar durante la Regencia donde se desarrolla una especie de corte es el castillo de la duquesa de Maine de “E Funck-Brencano, L’Ancien rézime, 1926. pigs. 299-300. 13 Hiscoria social de la fiveravura y el arce Sceaux, que se convierte en escenario de brillantes, costosas e inge- niosas fiestas y en nuevo centro artistico al mismo tiempo: una ver- dadera corte de Jas musas. Las fiestas de la duquesa, sin embargo, contienen en si el germen de la descomposicién definitiva de la vida de Ja corte; sirven de transicién entre la corte en el viejo sen- tido y los salones del siglo XVII, herederos espirituales de aqué- lla. La corte se disuelve de esta manera de nuevo en las sociedades privadas, de las que habya surgido como centro del arte y la lite tatura. El intento de Felipe de restituir én sus antiguos derechos po- litieos y en las funciones ptiblicas a la aristocracia refrenada por Luis XIV era una de fas partes mas importantes de su programa. Formé con los miembros de la alta nobleza los [lamados Conseils, que habfan de sustituir a los ministros burgueses. Pero el experi- mento hubo de suprimisse a los tres afios porque los nobles habjan perdido el hébito de la diteccién de los asuntos publicos y no te- nian ya auténtico interés en et gobierno del pais. Se mantenfan ale- jados de las sesiones y hubo que volver de buena o mala gana al sis- tema gubernative de Luis XIV. Exteriormente sefialaba también la Regencia probablemente el principio de un nuevo proceso de aris- tocratizacién, que se expresaba en la consolidacién de las fronteras sociales y en el creciente aislamiento de las clases, pero interior- mente representé la ininterrumpida marcha conquistadora de la burguesia y la decadencia progresiva de la nobleza. Un rasgo ca- racteristico de la evaluciéa social del siglo XV, ya observado por Tocqueville, es el hecho de que, si bien las fronteras entre los dis- tintos estamentos y clases se acentuaron, la nivelacién cultural no se mantuvo, y los hombres que exteriormente deseaban tan celosa- mente separarse, intimamente eran cada vez mds semejantes °, de manera que al final ae habia més que dos grandes grupos: el pue- bio, y la comunidad de los que estaban por encima del pueblo. La gente que perrenccfa a este tiltimo grupo cenfa las mismas cos- tumbres, el mismo gusto y hablaba el mismo lenguaje. La aristo~ cracia y la alta burguesia se fanden en una dnica clase culeural, con * Alexts de Toctqueville, L'Anciéa igime or la Rétolution. 1859, 42 ed., pag. 174. 44 Rococé, clasicismo y romanticismo Jo cual los antiguos mantenedores de a cultura son al mismo tiem- po donantes y receptores. Los miembros de la alta nobleza frecuen- tan no sdlo de manera ocasional, y un poco condescendiente, las casas en las que los representantes de las altas finanzas y la buro- cracia son huéspedes, sino que, por el contrario, se apifian en los sa- Jones de los burgueses ricos y de Jas burguesas ilustradas. Madame Goefirin retine junto a sf a la élite cultural y social de su tiempo: hijos de principes, condes, relojeros y pequefios comerciantes; se es- cribe con la Zarina de Rusia y con Grimm, tiene amistad con el Rey de Polonia y con Fontenelle, declina la invitacién de Federico el Grande y distingue al plebeyo D’Alembert con su atencién, La adopcién por la aristocracia de la mentralidad y la moralidad bur- guesas y la fusién de las clases elevadas con la intelectualicad burguesa comienzan precisamente en el momento en que la jerar- quia social se hace sensible més rigidamente que nunca °. Tal vez existe entre ambos fendmenos, efectivamente, una relacién causal. En el siglo XVII la nobleza habfa conservado de sus privile- gios feudales solamente el derecho de propiedad sobre sus posesio- nes territoriales y la exencién de impuestos; sus funciones judicia~ les y administrativas hubo de cederlas a los funcionarios de la Corona. La renta del suelo, como consecuencia del poder adquisiti- vo del dinero, decreciente ya desde 1660, habia perdido también mucho de su valor. La nobleza se vio obligada de manera progresi- va a enajenat sus propiedades, se empobrecié y decayé. Pero éste fue més bien el casa de tos estamentos medio y bajo de la nobleza rural que el del circulo de la alta nobleza y la nobleza cortesana, las cuales se entiquecieron cada vez mas y adquirieron de nuevo in- fluencia en el siglo XVIIL Las «cuatro mil familias» de la nobleza cortesana siguieron siendo los inicos usufraccuarios de los puestos de la corte, de fas altas dignidades eclesidsticas, de los empleos ele- vados en el ejército, de los puestos de gobernantes y de las pensio- nes reales. Casi una cuarta parte del presupuesto total va en bene- ficio suyo. El antiguo rencor de la Corona contra Ja nobleza feudal ha declinado; bajo Luis XV y Luis XVI se eligen los ministros en © Henn Sée, La France don. et soc. aw XVEM sitele, 1933, pag. 83. 15 Historia social de Ja literatura y el arte su mayor parte de entre las filas de la nobleza, es decir de la no- bleza de sangre °. Pero a pesar de ello la nobleza seguia siendo de ideas antidinasricas, era rebelde y fue un elemento fatal para la mo- narquia a la hora det peligro. Hizo frente comtin con la burguesia contra la Corona, aunque las buenas relaciones entre ambas clases habjan sufrido mucho desde la implantacién del centralismo. An- tes de eso, cuando se sintieron a menudo amenazadas ambas por el mismo peligro, habjan tenido frecuentemente que resolver comu- nes problemas administrativos, lo que habfa aproximado una a la ora. Las relaciones empeoraron cuando la nobleza, sin embargo, re- conocié en Ja burguesia a su més peligroso rival. Desde entonces, el Rey tavo que cerciar continuamente y reconciliar a fa celosa nobleza; pues aunque en apariencia él dominaba ambos partidos, tenia que hacer concesiones a cada paso y mostear su favor tan pron- to 2 unos como a otros ", Una muestra de esta politica de apaci- guamiento frence a la nobleza puede entreverse, por ejemplo, en ef hecho de que bajo Luis XV era mucho mds dificil para un plebeyo Uegar a oficial del ejército que bajo Luis XIV. Desde el edicto de 1781, la burguesia estaba en general excluida del ejército. Lo mis- mo sucedia con jos altos puestos eclesidsticos; en el sigho XVII ha- bfa codavia entre los dignatarios eclesidsticos un cierto ntimero de miembros de origen plebeyo, como Bossuet y Fléchier, por ejem- plo, pero en el siglo XVIII apenas si se daba un caso. La rivalidad entte la aristocracia y la burguesia se hizo, por una parte, més agu- da cada vez, pero, por otra, tomé las formas més sublimadas de una emulaci6s espiritual y creé una complicada red de relaciones espi- rituales en la que la accaccién y la repulsidn, la imitacidn y el des- precio, la estima y el resentimiento se conjugaban de manera miil- tiple. La igualdad material y la superioridad pedctica de la burguesfa incité a la nobleza a acencuar la desigualdad de origen y la diferencia de readiciones. Pero con la semejanza de las circuns- tancias externas se agudiz6 también por su parte la hostilidad de la burguesfa contra la nobleza. Mientras la burguesfa estuvo excluida del medro en la escala social, apenas se le ocucrié compararse con Albert Mathie, La Rétalution frang..\, 1922, pig. 8 * Karl Kautsky, Die Kinssengegenratize im Zeitalter der Franz, Rewl,, 1923, pag. 14, 16 Rococé, clasicismo y romanticismo las clases superiores; pero tan pronto como le fue dada una posibi- lidad de medrar, se dio cuenta realmente de la injusticia social existente y le parecieron ya insoportables los privilegios de la no- bleza. En suma, cuanto mds perdia la nobleza de su poder efectivo, tanto més tercarnente se aferraba a los privilegios que le quedaban y con més ostentacién los exhibia; y, por otro lado, cuantos mas bienes materiales adquirfa la burguesia, tanto mds vergonzosa en- contraba su discriminacién social y tanto mds amargamente lucha- ba por la igualdad politica. La riqueza burguesa del Renacimienté habfa desaparecido como consecuencia de las grandes bancarrotas del Estado en el si- glo XVI, y no se pudo restablecer durante el florecimiento del ab- solutismo y el mercantilismo, cuando los principes y los propios es- tados hacfan Jos grandes negocios *. Hasca cl siglo XVIII, cuando se abandoné la politica mercantilista y se implancé el /aissex-faire, la burguesfa, con sus principios econdémicos individualistas, no re- cobré su vigencia; y aunque los comerciantes y los industriales su- pieran ya sacar considerables ventajas del absentismo de la aristo- cracia con respecto a los negocios, el gran capital burgués no surgié sino durante la Regencia y el perfodo siguiente, Este régimen fue, efectivamente, «la cuna del tercer estado». Bajo Luis XVI alcanzé la burguesia del antiguo régimen la cumbre de su desarrollo espi- ritual y material . El comercio, la industria, los bancos, la ferme gé- nérale, las profesiones liberales, la literatura y el periodismo, es de- cir todos los puestos clave de la sociedad, con excepcién de los altos puestos del ejército, de la Iglesia y de la corte, estaban en sus ma- nos. Se desarrollé una inaudita actividad mercantil, las industrias crecieron, los bancos aumentaron y corrieron enormes sumas en manos de empresarios y especuladores. Las necesidades aumentaron ¥ se extendieron; y no sdlo gente como ios banqueros y grandes arrendatarios de impuestos mejord y rivalizé en su modo de vida con la nobleza, sino que también las clases medias de la burguesia aprovecharon la coyuntura y participaron de forma creciente en la ” Franz Schnabel, Dar NVI, jubrh, in Europa, co «Das Zeiltalter des Absolutis- musn, Prypylien Weligewh., VI, 1931, px. 277. ' Joseph Aynard, La Bouegeuisie frangaise, 1934, pag. 462 ay Hiscoria social de la literatura y el arte vida culeural. Por tanto, no fue en un pais econdmicamenre ex- hausto donde estall6 la Revolucion; fue mas bien en un Estado in- solvente con una rica clase media, La burguesia se apoder6 paulatinamente de todos los medios de cultura; no sdlo escribja los libros, sino que los lefa también, y no slo pintaba los cuadros, sino que también Jos adquirfa. En el siglo precedente formaba todavia una parte relativamente modesta del pui- blico inreresado en el arte y en la lectura, pero ahora consrieuye la clase culta por excelencia y se convierte en la auténtica mantenedora de la cultura. Los lectores de Volraire pertenecen ya en su mayor par- tea la burguesfa, y los de Rousseau de manera casi exclusiva. Crozat, el gran coleccionista de arte del siglo, procede de una familia de co- mercianres; Bergeret, el prorector de Fragonard, es de orien atin més humilde; Laplace ¢s hijo de un campesino, y de D’Alembert no se sabia en absoluto de quién era hijo. El mismo piblico burgués que lee los libros de Voltaire lee también los poetas latinos y los clésicos franceses del siglo XV, y es tan decidido en lo que rechaza como en la seleccién de sus lecturas, No tiene mucho interés por los autores Briegos, y éstos desaparecen gradualmente de las bibliotecas; despre- cia la Edad Media, Espafia se le ha hecho ajena, su relacién con Ita- lia no se ha desarrollado todavia propiamenre y no llegaré nunca a ser tan cordial como fue la de la sociedad cortesana con el Renacimien- to italiano en el siglo precedente. Se han considerado como repre- seatantes espirituales: del siglo XVI, al geatilbomme; del XVII, al onnéie homme, y del XVUL, al hombre ilustrada "' es decit, al lector de Voltaire. No se comprende al burgués francés -se ha afirmado-— si no 12; pero no se comprende tampoco a Voltaire si no se tiene en cuenta cudn profun- damente esté arraigade en Ia clase media, a pesar de sus coronados amigos, de sus aires sefioriales y de su enorme foreuna, y no sdlo por razdn de su origen, sino también por su manera de pensar. Su sobrio clasicismo, su renuncia a la solucién de los grandes problemas meta- fisicos, su desconfianza de todo aquel que los explica, su espiricu agu- do, agresivo y, sin embargo, tan urbano, su religiosidad anticlerical se conoce a Voltaire, al cual ha romado por modelo 2B Strowski, La Sagesse frangeise. 1915. pig. 20. » J, Aynard, op. cét., pig. 350. 18 Rococé, clasicismo y tomanticismo negadora de todo misticismo, su antirromanticismo, su repulsa con- tra todo lo opaco, lo inexplicado y lo inexplicable, su confianza en si mismo, su conviccién de que todo se puede comprender, resolver y decidir con el poder de la raz6n, su escepticismo discreto, su razona- ble conformidad con Jo préximo, lo accesible, su comprensién para la wexigencia del dfa», su «mais il faut cultiver notre jardin», todo esto es burgués, profundamente burgués, aunque no agote la bur- guesia, y aunque el subjetivismo y el sentimentalismo que Rousseau amunciaré sean la otra cara, probabtemente de igual importancia, dei espiticu burgués, E] gran antagonismo en el seno de la burguesia es- taba dado desde el principio; los adeptos posteriores de Rousseau probablemente no formaban todavia un ptiblico lector regular cuan- do Voltaire conquistaba sus lectores, pero eran ya una clase social bastante definida y encontraron luego en Rousseau simplemente su portayoz. La burguesia francesa del siglo XVIII no es en modo alguno mds uniforme de lo que lo habia sido la italiana de los siglos XV y XVI. Es cierto que ahora no existe lo que pudiera corresponder a la lucha de entonces por el dominio de los gremios, pero existe una oposicién tan aguda de incereses econdmicos entre Jos distintos es- tratos de la clase burguesa como entonces. Se acostumbra hablar de fa lucha por la libertad y de la revolucion del «tercer estado» como de un movimiento uniforme, pero en realidad la unidad de la bur- guesia se limita a sus fronteras por arriba con la nobleza y por aba- jo con el campesina y con ej proletario ciudadano. Dencro de estas froneeras, la burguesia esté dividida en una parte positivamente Privilegiada y otra negativamente privilegiada. En el siglo XVIII no se habla nunca de tos privilegios de la bur- Buesfa, y se obra como si de tales ventajas no se supiera nada; pero los favorecidos se oponen a toda reforma que pudiera extender sus Oporcunidades a las clases inferiores '*. La burguesia no quiere otra cosa que una democracia politica, y deja a sus compafieros de lucha en la estacada tan pronto como la revolucién comienza a propugnar setiamente la igualdad econdmica. La sociedad de la época estd lena ° fbid.. pag. 422 19

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