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Ana Pujalte Camus

LA POESÍA ESPAÑOLA A PARTIR DE 1940

1. ANTECEDENTES: POESÍA DE PREGUERRA Y DE LA GUERRA CIVIL 2. LOS AÑOS 40 Y PRINCIPIOS DE LOS 50. LA GENERACIÓN DEL 36. GARCILASISMO.EXISTENCIALISMO. OTRAS TENDENCIAS 3. LOS AÑOS 50. LA POESÍA SOCIAL 4. LOS AÑOS 60. DE LA POESÍA SOCIAL A UNA NUEVA POÉTICA 5. LOS AÑOS 70. LA POESÍA EXPERIMENTAL Y LOS “NOVÍSIMOS”. 6. ÚLTIMA POESÍA: POESÍA DE LA EXPERIENCIA Y OTRAS TENDENCIAS BIBLIOGRAFÍA

El presente artículo pretende ofrecer un panorama de tendencias, autores y obras de poesía española desde la posguerra hasta nuestros días, tarea compleja por las dificultades que entrañan la división generacional, el exilio de muchos creadores y la falta de perspectiva para valorar las manifestaciones más recientes. Al establecer las generaciones de creadores, es necesario distinguir entre la poesía del exilio y la publicada en España (esta última, en los primeros decenios, alejada por lo general de las corrientes extranjeras). El primer período va desde el fin de la guerra hasta los primeros años 50 donde se sitúa la Generación del 36 para la mayoría de la crítica-“generación escindida” (Gullón) o “destruida” (Díaz-Plaja)-; el segundo período abarca desde mediados de la década de los 50, con la denominada “Poesía Social”; un tercero, en los años 60, una nueva poética marcada por el agotamiento progresivo de la poesía anterior; en los años 70, la poesía experimental y los “novísimos”. En el último cuarto de siglo XX conviven diversas tendencias estéticas con cierto predominio del surrealismo, el intimismo y la rehumanización; a mediados de los años 80 destacará la estética realista o de la experiencia, en detrimento de otras; y desde comienzos de los 90 se apunta una recuperación de la irracionalidad de entreguerras y de algunos estilemas vanguardistas.

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1. ANTECEDENTES: POESÍA DE PREGUERRA Y DE LA GUERRA CIVIL A partir de 1927 nuestra poesía había iniciado un proceso de rehumanización que se intensificaría con las dramáticas circunstancias de los años 30. Los poetas, y las mismas vanguardias, se encaminaron hacia el compromiso con la realidad humana existencial e histórica. En este proceso intervino el Surrealismo, que expresaba la conciencia de indefensión en que el hombre se encontraba. A tal efecto fueron cruciales libros como Espadas como labios (1932), o Pasión de la tierra y La destrucción o el amor (1935), de Vicente Aleixandre; o Un río, un amor, o Los placeres prohibidos (escritos entre 1929 y 1931), de Luis Cernuda. La rehumanización se hacía también a través de la recuperación de los clásicos, con Garcilaso a la cabeza, como maestros de la expresión vital. Otro de los hitos en el proceso de rehumanización de preguerra lo constituyen las obras de poesía comprometida, social o revolucionaria: Un fantasma recorre Europa (1933) y la revista “Octubre” de Rafael Alberti; Andando, andando por el mundo (1930-1935), No podréis (1930-1932), El calendario incompleto del pan y del pescado (1933-1934), Llanto en la sangre. Romances (1933-1936) de Emilio Prados; Minero de estrellas (1933) de José María Morón. El deseo de establecer contacto entre vida y poesía da un paso más con el poeta chileno Pablo Neruda y su dirección de “Caballo verde para la poesía” (1935), que reclamaba la atención de los poetas sobre las cosas, poesía que huela a orina y azucena. La poesía comprometida de derechas corresponde a Ramón de Basterra (Virulo. Mocedades, 1927) o José María Pemán (Elegía de la tradición de España, 1932). Miguel Hernández (1910-1942), ferviente nerudiano, arranca de lo natural inmediato, que no abandonará nunca, y va integrándolo de manera progresiva en configuraciones cultas. Entre 1934 y 1935 escribe El rayo que no cesa donde se observa la conciencia de que la vida está trágicamente amenazada en su dimensión social. El amor aparece como un anhelo vitalista que se estrella contra los obstáculos de una moral convencional y las concretas características históricas de la España de su época. La gran composición del libro es la “Elegía a Ramón Sijé”, cuyos tercetos encadenados componen una de las más impresionantes elegías de la lírica española y, acaso, el más alto poema de la amistad que se ha escrito. En 1936 Juan Gil Albert (1904-1994) configura en la revista “Nueva cultura” toda una teoría del compromiso del poeta con la realidad social revolucionaria pero desde el campo de la sensibilidad creadora, por eso prefiere el surrealismo al realismo en Candente horror (1936). Durante la Guerra Civil surge un torrente de poesía en forma de folletos y pliegos poéticos sueltos, donde se unen voces consagradas a las de soldados

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casi analfabetos. Los intelectuales republicanos controlan la mayoría de las publicaciones cultas (“Hora de España”, “Cuadernos de Madrid”, “El Mono Azul”). El romance fue el metro favorito de los poemas bélicos, junto con el soneto, pues la estructura de ambos facilita la organización expositiva de la experiencia. En 1936 la “Alianza de Intelectuales Antifascistas para defensa de la cultura” crea El Mono Azul como órgano semanal de compromiso y contacto con los combatientes de la causa popular. En ese mismo año Manuel Altolaguirre reúne un Romancero de la guerra civil con poemas de Alberti, Aleixandre, Altolaguirre, Bergamín, Herrera Petere, Miguel Hernández, Emilio Prados, Rafael Dieste, Pedro Garfias y Serrano Plaja. Otra amplia muestra de la producción republicana lo constituye el Romancero general de la guerra de España, recogido en 1937 por Emilio Prados y Antonio Rodríguez Moñino. En el bando nacional encontramos la recopilación de Jorge Villén, Antología del alzamiento (1939), más alejada del compromiso directo, con poemas de Manuel Machado, José María Pemán, Eduardo Marquina, Agustín de Foxá y Eugenio d’Ors. En ambos bandos se tratan, desde perspectivas diferentes, el alzamiento como traición-cruzada, la solidaridad con el pueblo y la tierra concreta, la reconstrucción espiritual, la literatura convertida en arma de combate. En la España leal, Rafael Alberti se convierte en prototipo de escritor comprometido y activista (Capital de gloria, 1936-1938; Nuestra diaria palabra, 1936). Pedro Garfias, activo protagonista de la vanguardia literaria entre 1918 y 1923, escribe, desde su ideología comunista, Poesías de guerra (1938, Premio Nacional de Poesía), libro didáctico y dirigista. Siete romances de guerra (1937) y un poema-homenaje a las Brigadas Internacionales, “El laurel y las tumbas”, son la única contribución con voluntad de realismo de Juan GilAlbert. Miguel Hernández, inicia una etapa de poesía comprometida (“Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”) con Vientos del pueblo (1937) y El soldado acecha (1937-1939). Emilio Prados gana el Premio Nacional de Literatura con Destino fiel (1937). Uno de los libros de mayor calidad poética de la contienda es El hombre y el trabajo (1938), de Arturo Serrano Plaja. De León Felipe destaca La insignia (1936). César Arconada, desde la vanguardia ultraísta y creacionista (Urbe, 1928), se convierte al compromiso social (Vivimos una noche oscura, 1936) y frecuenta el romance (Romances de guerra, 1937). Autores como Pascual Pla y Beltrán siguen la línea de “juglares de guerra”. Antonio Machado, con su aportación El crimen fue en Granada, poema de recuerdo a Lorca; Manuel Altolaguirre (Nube temporal, 1939); Luis Cernuda (Las nubes, 1936-1938); Ramón de Garciasol (Alba de Sangre, 1937); José Herrera Petere (Puentes de sangre y Romances. Guerra viva, 1938). Publican en España los hispanoamericanos Nicolás Guillén (España, poema en cuatro angustias y

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una esperanza, 1937); Octavio Paz (Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España, 1937); César Vallejo (España, aparta de mí este cáliz, 1937); Pablo Neruda (España en el corazón, 1936-1937). En el bando nacional, la uniformidad temática e ideológica es mayor. La poética falangista enfatiza la dimensión retórica de la palabra y la convencional transfiguración del concepto de acción política en un acto estético. Revistas falangistas son “Jerarquía” y “Vértice”. Manuel Machado dedica a Franco Horas de oro. Devocionario poético (1938). En Los tres libros de España: España en ocaso, España militante y España en Albas (1935-1936), Eduardo Marquina se declara no un revolucionario, sino un tradicionalista nostálgico. José María Pemán pretende una equidistancia del modernismo superficial y del prosaísmo (Poema de la Bestia y el Ángel, 1938).). Luis Rosales escribe La voz de los muertos (1937), que respondía a un proyecto del propio Lorca de hacer una composición sobre los muertos de ambos bandos. Poesía en armas (1940), de Dionisio Ridruejo, presenta la guerra como algo inevitable al servicio de una noble causa. Es una glorificación de los jefes, exaltación de muerte y revestimiento religioso de la empresa. También dentro del ámbito de guerra publica Agustín de Foxá Cantos de guerra (1940). En cuanto a la “poesía del exilio”, ocupa un lugar preeminente el tema de la patria perdida. Al principio, se evoca la lucha, las ilusiones, la derrota; domina un tono amargo, junto a imprecaciones contra los vencedores. Luego, tales rasgos ceden paso a la nostalgia, a los recuerdos, a la evocación de las lejanas tierras españolas, al ansia de volver. Y junto a ello, se incrementará el cultivo de otros temas, ya sean eternas preocupaciones humanas, ya las realidades de las tierras que los acogieron. En lo referente al estilo, la dispersión de sus vidas por Europa y América hace que reciban influjos muy diversos y que sigan caminos muy variados, lo cual no hace posible señalar afinidades suficientes entre los poetas. La primera compilación de la poesía en el exilio estuvo a cargo de Francisco Giner de los Ríos (Las cien mejores poesías del destierro, Méjico, 1945) y en ella figuraban Enrique Díez Canedo, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, José Moreno Villa, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Juan José Domenchina, Emilio Prados, Concha Méndez, Pedro Garfias, Rafael Alberti, Juan Gil-Albert, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Ernestina de Champourcín y Juan Rejano. En la cárcel Miguel Hernández alcanzará una nueva cima poética con su Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), en donde no abdica de sus preocupaciones sociales pero se libera del compromiso propagandístico. Reflexiona sobre el hombre encarcelado y la libertad y el amor al hijo y esposa ausentes.

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2. LOS AÑOS 40 Y PRINCIPIOS DE LOS 50. LA GENERACIÓN DEL 36. GARCILASISMO.EXISTENCIALISMO. OTRAS TENDENCIAS En esta nueva década nos encontramos a poetas más o menos coetáneos de Miguel Hernández. Nacidos en torno a 1910, se les suele agrupar bajo el rútulo de Generación del 36. Se ha hablado también de una “generación escindida”; algunos de ellos continuaron su obra en el exilio. Los que siguen en España se orientan por diversos caminos que Dámaso Alonso redujo a dos: una poesía arraigada y una poesía desarraigada. Pero hay más tendencias. Dámaso Alonso denominó poesía arraigada a la poesía de aquellos autores que expresan “con una luminosa y reglada creencia en la organización de la realidad”. En su centro hallaríamos a un grupo de poetas que se autodenomina juventud creadora y que se agrupan en torno a la revista “Garcilaso”, fundada en 1943; de ahí que se les llamara también los garcilasistas. Vuelven sus ojos, en efecto, hacia Garcilaso (cuyo centenario en 1936 había quedado truncado por la guerra) y hacia otros “poetas del Imperio”. Han salido de la contienda con un afán optimista de claridad, de perfección, de orden. En puras formas clásicas, encierran una visión del mundo coherente, ordenada y serena (hasta las tristezas se expresan con serenidad y limpidez). Uno de los temas dominantes es un firme sentimiento religioso, junto con temas tradicionales (el amor, el paisaje, las cosas bellas…). A tales características responde la poesía que componen, por aquellos años, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, José García Nieto, Rafael Morales, José Luis Cano, etc. La poesía de Luis Felipe Vivanco (1907-1975) tiene como ejes el amor y la religión. Su lenguaje poético es austero, sencillo y entrañable y la simbiosis entre el poeta y la naturaleza es perfecta. Obras suyas son Cantos de primavera (1936), Tiempo de dolor (1934-1937), Continuación de la vida (1949), etc. Luis Rosales (1910-1992) se dio a conocer en 1935 con Abril, modelo para los jóvenes clasicistas, libro que se ha catalogado como amoroso pero que va mucho más allá, con una expectación casi religiosa ante la naturaleza y la vida. A través el intimismo busca la dimensión más profunda de las cosas. Es una poesía sensorial llena de sinestesias. En 1949 evolucionará hacia una resignada aceptación de la realidad en La casa encendida, conjunto de largos poemas en versículos y de lenguaje personalísimo, reconocido como una de las obras más importantes del lirismo español contemporáneo. Después de unos inicios creacionistas y surrealistas, Leopoldo Panero (19091962) evoluciona hacia la poesía arraigada: a sus tierras, a su familia, a Dios. Su obra se caracteriza por su ternura y sencillez, tanto en verso clásico como

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en verso libre. Sus libros más importantes son La estancia vacía (1945) y Escrito a cada instante (1949). Dionisio Ridruejo (1912-1975) cultiva el estrofismo clásico y usa una lengua pura y clara: posee una gran serenidad formal propia de la estética garcilasista y es un maestro en la forma del soneto, para el cual poseía una gran facilidad. Sus comienzos poéticos (Plural, 1935; Primer libro de amor, 1939, Sonetos a la piedra, 1943, etc.) deben algo al modelo machadiano; sus temas preferentes son el amoroso, la naturaleza, los sentimientos religiosos y patrióticos o el arte y la literatura. En sus últimos años toma el rumbo íntimo de los recuerdos. El andaluz José Luis Cano (1912-1999), son sus Sonetos de la bahía (19401942) viene siendo considerado como una de las muestras más claras del neoclasicismo garcilasista. Con unos versos llenos de connotaciones cromáticas, intenta impregnar nuestros sentidos con la visión de su paisaje natal. Hay indicios de neobarroquismo y neorromanticismo en Voz de muerte (1945) y Las alas perseguidas (1940-1945) por sus claroscuros y antítesis. José García Nieto (1914-2001) en Víspera hacia ti (1940) adopta una actitud de cántico positivo. Es una colección de sonetos y décimas de amor “cortesano”, que ve a la amada defendida por altos muros. Poesía (1940-1943) es una obra miscelánea empeñada en revelar las raíces del propio acto creador en la que se define como poeta condicionado por el impulso de lo humano. El Retablo del ángel, el hombre y la pastora (1944) es un auto simbólico en verso que trata el tema del amor como pasión que ciega, que mata y que, sublimado, salva. Rafael Morales (1919-2005), autor de Poemas del toro, rechaza el encasillamiento en el neoclasicismo y reclama para sí el retorno a lo humano. Los principios rectores de su poética son la búsqueda de la belleza expresiva, la atracción de la realidad del mundo y el amor. Es un intento rehumanizador de la lírica sin menoscabo de la belleza. El toro aparece tratado como fuerza elemental y oscura de la naturaleza, como impulso cósmico inquietante e inexplicable, instinto ciego e irracional. En El corazón y la tierra (1941-1945), de tono dramático, las tres grandes líneas ideológicas son el dolor, el amor y la muerte. A la anterior opondría Dámaso Alonso la poesía desarraigada, en la que se incluye: “Para otros, el mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla. Sí, otros estamos muy lejos de toda armonía y de toda serenidad”. A esta desazón dramática respondió su libro Hijos de la ira (1944), que preside toda una veta de la creación poética de aquel momento. También en este caso hay una revista que acoge a los poetas de esta tendencia: “Espadaña”, fundada precisamente en 1944, en León, por Victoriano Crémer y Eugenio de Nora. Se trata de una poesía arrebatada, de

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agrio tono trágico (que a veces fue calificada de “tremendista”, como cierta novela de la época); una poesía desazonada que se enfrenta con un mundo deshecho y caótico, invadido por el sufrimiento y la angustia. La religiosidad también están muy presente en los poetas “desarraigados”, pero adopta en ellos el tono de la desesperanza, de la duda, a veces; o manifiesta en desamparadas invocaciones e imprecaciones a Dios sobre el misterio del dolor humano. Este humanismo dramático, desgarrado, tiene un evidente entronque con la línea existencialista. Tales son los perfiles que adopta, en este momento, la preocupación por el hombre (antes de que desemboque claramente en una “poesía social”). A esta poesía corresponde también un estilo muy distinto al de, por ejemplo, los “garcilasistas”: un estilo bronco, directo, más sencillo y menos preocupado por los primores estéticos. En esta línea se incluyen, aparte de los poetas citados, otros como Ángela Figuera, José Luis Hidalgo (muerto muy joven), Carlos Bousoño, Vicente Gaos, Leopoldo de Luis, Carmen Conde, etc.; pero destacan especialmente los dos primeros libros de Gabriel Celaya y Blas de Otero. Este último resumía por entonces el sentir de aquellos poetas en estos versos: “Un mundo como un árbol desgajado. / Una generación desarraigada. / Unos hombres sin más destino que / apuntalar las ruinas…”. Con Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso (1898-1990) queda inaugurada una línea rehumanizadora intensamente figurativa y marcadamente expresionista, que después se irá depurando. También de 1944 es su otro libro Oscura noticia, donde también hay tres núcleos estrechamente relacionados: la obsesión de la muerte, que anudada a la vida, impide la realización definitiva de la perfección creadora; la angustia de no saber y no tener respuesta; y la dolorosa conciencia de la amenaza de Dios. El hombre-poeta, desvelado, en medio de la ciudad-cementerio, en la noche, gime insomne e interroga a Dios sobre la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre. La única vía de salvación es el amor, de la madre y de la mujer amada. Hay un deseo de apartamiento de la poesía garcilasista, con el cultivo del verso libre; de la poesía pura, queriendo admitir todas las impurezas; del surrealismo, con una expresión basada en la racionalidad interior y exteriormente cohesiva. Ángela Figuera (1902-1984) evoluciona desde una primera poesía simbolista con influjos de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez (Mujer de barro, 1948; Soria pura, 1949) a una –según ella- “etapa preocupada”, de fuerte carácter existencialista, en obras como Vencida por el ángel (1951), El grito inútil (1952) o Los días duros (1953) en las que conecta con los grandes problemas de la sociedad contemporánea: el absurdo de la existencia, la falta de libertad, la miseria, la guerra. Toda la obra de Victoriano Crémer (1906-2009) destaca por su compromiso con lo humano. Los núcleos de su poesía son la ciudad como espacio simbólico de la intriga y el odio, y la noche y la sombra como expresión del

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conflicto interior. Su tremendismo formal se basa en la selección de un léxico dinámico, intensificador y de gran pasticidad. Sus obras son Tacto sonoro (1944), Caminar de mi sangre (1947), Las horas perdidas (1949), La espada y la pared (1949) y Nuevos cantos de vida y esperanza (1952). Carmen Conde (1907-1996) evoluciona desde un individualismo apasionado de corte romántico hacia la conciencia de solidaridad. Su discurso se apoya en una base de fe y la angustia viene porque Dios no proporciona las claves de la existencia. Es autora de Honda memoria de mí (1944), Sea la luz (1947), Mi fin en el viento (1947) y Mujer sin Edén (1947). Blas de Otero (1916-1979) en esta época hace una poesía llena de preocupación existencial y religiosa. Cántico espiritual (1942) es un homenaje a San Juan de la Cruz sobre la miseria humana, donde opone a la degradante vida ordinaria la vida superior a la que aspira. Su crisis de fe religiosa y la conciencia de la precariedad existencial le llevan a Ángel fieramente humano (1950), título tomado de Góngora, y a Redoble de conciencia (1951). Es destacable su parentesco espiritual con Unamuno. El léxico expresa el desarraigo ante el abismo del pasado y el futuro de muerte. Predominan las vivencias de la mano opresora de Dios y la protesta por su obstinado silencio. Leopoldo de Luis (1918-2005) empezó escribiendo una poesía de la condición humana, de fuerte contenido existencialista y social (Alba del hijo, 1946; Huésped de un tiempo sombrío, 1948; Los imposibles pájaros, 1949; Los horizontes, 1951, etc.); a lo largo de su obra se fue afirmando una aguda conciencia del tiempo y la muerte y una posición esencialmente humanista. Los ejes de la poética de Vicente Gaos (1919-1980) son la aspiración a la serenidad desde la tensión y la angustia, y la función del pensamiento como realización salvadora. Arcángel de mi noche: sonetos apasionados (1944) se encauza hacia la serenidad. La literatura cobra la función trascendente liberadora del poeta, capaz de hallar la clave del misterio y su propio y justo lugar en la armonía universal. Sobre la tierra (1945) insiste en el lamento y denuncia de la existencia humana, engañada por los aislados momentos de felicidad o los fragmentos de belleza. José Luis Hidalgo (1919-1947) evolucionará luego de su temprano contacto con el creacionismo y el surrealismo hacia la poesía desarraigada en obras como Los muertos (1947) donde presentará el Universo como un gran cementerio, la reflexión sobre el destino de los humanos y la resignación. Eugenio de Nora (n.1923) se inicia con Amor prometido (1939-1941) y Cantos del destino (1945), muy distintos formalmente pero complementarios: el primero es la vertiente interior, subjetiva; el segundo ofrece la opción dualista entre evasión y compromiso. Contemplación del tiempo (1948) responde a un

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propósito de concentración, sin variar la angustia por el desengaño del amor y la temporalidad. En esta época publica Carlos Bousoño (n.1923) Subida al amor (1945), Primavera de la muerte (1946) y En vez de Sueño (recogidos en Hacia otra luz en 1952), y Noche del sentido (1957). El primer libro brota de la preocupación existencial, busca la seguridad en el sueño religioso (la duda comienza en En vez del sueño, tras su primer contacto con el mundo norteamericano). El hombre quiere trascender su limitación a través de Dios. Primavera de muerte eleva la muerte a categoría universal y absoluta, entrelazada quevedescamente con la vida. Ahora bien, el panorama de la poesía de posguerra no se agota con las dos líneas expuestas. Además, la distinción entre ambas no es absolutamente tajante: puede hallarse momentos de zozobra en los poetas “arraigados” o momentos de serenidad en algún poeta “desarraigado”. Y surgen también en aquellos años autores difícilmente encasillables en dicha dicotomía, si atendemos a sus ricas peculiaridades, como en el caso de José Hierro (19222002), en quien se dan con el mismo rigor poético momentos de angustias existenciales y momentos de serena aceptación de la vida. Hace una poesía testimonial. Es –según él- el tiempo el núcleo vertebrador de su obra. Se vincula al surrealismo pero al revés, dirigido a la comprensión lógica de lo que primeramente se presenta como irracional. Se estética se basa en la sencillez. Algunos de sus libros son Tierra sin nosotros (1947), Alegría (1947), Con las piedras, con el viento… (1950); y José María Valverde (1926-1996) que nos ofrece a sus diecinueve años, Hombre de Dios (1945) con el magisterio de Rilke y Machado. Como poeta católico representa la poesía arraigada en los cimientos de la fe, no carente de angustia al no sentirse aún realizado en Dios. Con La espera (1949) ganó el Premio Nacional de Poesía, donde el poeta descubre su dimensión espiritual y busca trascender lo cotidiano. En una posición marginal con respecto a las tendencias señaladas, hay que aludir a otro movimiento de posguerra: el Postismo (abreviatura de Postsurrealismo), fundado en 1945 por Carlos Edmundo de Ory (1923-2010) y otros. Enlaza con la poesía de vanguardia: pretende ser un “surrealismo ibérico”, reivindica la libertad expresiva, la imaginación, lo lúdico…Rechaza la angustia existencialista y, frente a la inmediata poesía social, se presentará como una rebeldía subjetiva, aunque no menos antiburguesa. Relacionados con este movimiento se hallan poetas como Gerardo Diego, Juan Eduardo Cirlot, Ángel Crespo, Gabino Alejandro Carriedo, Gloria Fuertes, etc.; que no hallarán eco hasta las últimas décadas gracias al interés que han suscitado en los poetas “novísimos” y los nuevos críticos.

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En semejante posición marginal habría que situar al poeta aragonés Miguel Labordeta (1921-1969), quien desde 1949 (Violento idílico) cultivó una poesía rebelde, cuyo lenguaje entronca igualmente con el Surrealismo. Un lugar especial y eminente ocupa el grupo Cántico de Córdoba, que mantenía en la posguerra el entronque con el “27” y cultivaba una poesía predominantemente intimista y de gran rigor estético, cuya valoración plena no llegaría hasta los años 70. Son sus principales figuras Ricardo Molina. Juan Bernier, Julio Aumente y, sobre todo, Pablo García Baena.

3. LOS AÑOS 50. LA POESÍA SOCIAL Hacia 1955 se consolida –en todos los géneros- el llamado “realismo social”. A esta fecha pertenecen dos libros de poemas que marcan un hito: Pido la paz y la palabra de Blas de Otero y Cantos íberos de Gabriel Celaya (Rafael Múgica, 1911-1991), en los que ambos poetas superan su anterior etapa de angustia existencial, para situar los problemas humanos en un marco social. En esta dirección los nuevos poetas también se hallarán acompañados por una figura del “grupo del 27”: Vicente Aleixandre, que en 1954 daba un giro profundo a su obra con Historia del corazón, centrado en la idea de solidaridad. Obras como las citadas muestran un nuevo concepto de la función de la poesía en el mundo. Poetas como Crémer, Nora, Figuera, Garciasol, Leopoldo de Luis, etc. partiendo de la “poesía desarraigada” pasan a cultivar la “poesía social”. Ya Vicente Aleixandre decía “El poeta es una conciencia puesta en pie hasta el fin”. Para Celaya, “un poeta es, por de pronto, un hombre” y “ningún hombre puede ser neutral”. La poesía, por tanto, debe “tomar partido” ante los problemas del mundo que lo rodea. El poeta se hace “solidario” de los demás hombres; antepone a las metas estéticas los objetivos más inmediatos: según Celaya, “La poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo”. La mejor ilustración de estas ideas aparece en su poema “La poesía es un arma cargada de futuro” en versos como “Poesía para el pobre, poesía necesaria /como el pan de cada día…” o “maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse…”. El ejercicio de la poesía se presenta como un acto de solidaridad con los que sufren, abandonando la expresión de los problemas íntimos o existenciales, rechazo de los lujos esteticistas, repulsa de la neutralidad ante las injusticias o conflictos sociales, etc. En cuanto a la temática, hay que destacar la gran proporción que abarca el tema de España, más obsesivo aún que en los “noventayochistas” y con un enfoque más político. Proliferan, en efecto, títulos de libros o de poemas como Que trata de España (Otero), Tierras de España (Garciasol), España, pasión de vida (Nora), Dios sobre España (Bousoño), etc. Pudo incluso componerse una copiosa antología titulada El tema de España en la poesía española

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contemporánea de José Luis Cano. Bastantes años antes dos poetas hispanoamericanos nos habían dado títulos semejantes a los citados: “España en el corazón” (Pablo Neruda) y “España, aparta de mí este cáliz” (César Vallejo), obras que han presidido nuestra poesía social, sobre la que han ejercido una influencia decisiva junto a la de otros poetas españoles como Antonio Machado y Miguel Hernández. Aparecen también otros temas paralelos a los que encontramos en la novela y el teatro de la misma tendencia: la injusticia social, la alienación, el mundo del trabajo, el anhelo de libertad y de un mundo mejor… Los temas y las intenciones que los sustentan explican las notas dominantes en el estilo. Los poetas se dirigen a la mayoría y expresan su voluntad de llegar al pueblo, pretensión que conduce al empleo de un lenguaje claro, intencionadamente prosaico muchas veces, y del tono coloquial. Celaya habla de “escribir como quien respira”. La preocupación por los contenidos es evidentemente mayor que el interés por los valores formales o estéticos. Es cierto que, por ese camino, muchos caerán en el peligro de una poesía prosaica, en el peor sentido: una poesía estéticamente banal, por un extraño pudor a “hacer literatura”. Pero también es cierto que los grandes poetas acertarán a descubrir los valores poéticos de la lengua de todos los días. Pero, finalmente, ¿consiguió esta poesía su objetivo de llegar a la inmensa mayoría? La respuesta es que no, piénsese que, por aquellos años, la tirada de un libro de versos rara vez alcanzaba los mil ejemplares. Además, ¿estaba el pueblo en condiciones de leer poesía? El mismo Celaya confesaba en 1960 que “aunque uno no lo quisiera, seguía siendo un minoritario ”. Y Blas de Otero se conformará pronto con sentirse “con la inmensa mayoría, aunque no me lean”. Los poetas se desengañan de que se pueda “transformar el mundo” con libros de poemas y el cansancio de la poesía social no tardó en llegar y, como sucedió en otros géneros, ello se irá acentuando en la década de los años 60. No obstante, esta tendencia se retomará más tarde y con mayor audiencia a través de los cantautores y la canción de autor.

4. LOS AÑOS 60. DE LA POESÍA SOCIAL A UNA NUEVA POÉTICA Ya durante los años de auge del realismo social se observaban otras corrientes poéticas. Poetas ya citados como José Hierro, Carlos Bousoño o José María Valverde, aunque presenten a veces acentos sociales, no pueden encasillarse tampoco en aquella tendencia, por la amplitud de sus temas y enfoques. El propio Blas de Otero iniciará una nueva etapa que llevará consigo un asombroso enriquecimiento de la lengua poética a través de formas métricas, imágenes insólitas y audacias expresivas de influencia surrealista. No desaparecen los problemas sociales y políticos pero hay una mayor presencia

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de la intimidad. Su producción posterior a 1965 solo nos es conocida en parte: del libro Hojas de Madrid conocemos algunos poemas insertos en el libro Mientras (1970) y otros incluidos en antologías. Publicó, además, Historias fingidas y verdaderas (1970), conjunto de poemas en prosa que son un prodigio de rigor. Aunque la poesía social se prolonga en los años 60, ya en la década de los 50 comienzan a aparecer poetas nuevos que representarán pronto su superación (aunque algunos de ellos aún tengan acentos sociales en sus comienzos). Los nombres que se harán más notorios son, tal vez, los de Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Francisco Brines, Claudio Rodríguez…éstos y otros han sido recogidos en ciertas antologías bajo diversos rótulos como “Generación de los 50”, “Generación del realismo social”, “Segunda generación poética de posguerra”, “Generación del 60”, “Los niños de la guerra”...y la que ha terminado por identificarlos, Grupo poético de los años 50-denominación de García Hortelano-. Tal denominación parece poco acertada pues, si bien comienzan a escribir en los 50, su poesía marcará, sobre todo, la década siguiente en que tales autores alcanzan su plena madurez creadora. Además, esa denominación puede llevar a equívocos, ya que también son los años del realismo social. Dentro de dicho grupo, por tanto, deberíamos tener en cuenta la existencia de dos promociones distintas. Por otra parte, aunque no puede decirse que estos poetas formen “grupo” dada la heterogeneidad de contenidos y estilos, es indudable que presentan no pocos rasgos comunes, indicio de que la poesía se orienta por nuevos derroteros. Hay en ellos una preocupación fundamental por el hombre que, en parte, enlaza con el humanismo existencial, pero huyen de todo tratamiento poético. Dan frecuentes muestras de inconformismo frente al mundo en que viven, pero cierto escepticismo los aleja de la poesía social, si bien se ha señalado en algunos de ellos un “realismo crítico”. Fundamentalmente, como ha dicho Gimferrer, “lo propio de estos poetas no es tanto su realismo histórico como la creación y consolidación de una poesía de la experiencia personal ”. Su temática se caracteriza, en buena parte, por un retorno a lo íntimo: el fluir del tiempo, la evocación nostálgica de la infancia, lo familiar, el amor y el erotismo, la amistad, el marco cotidiano, etc., son temas tratados con especial insistencia. En la atención por lo cotidiano pueden surgir quejas, protestas o ironías, que revelan el citado inconformismo de estos poetas. Pero, otras veces, se desemboca en cierto escepticismo dolorido, en una conciencia de asilamiento, de soledad. En el estilo es muy visible un voluntario alejamiento de los modos expresivos de las tendencias precedentes. Se rechazan por igual el patetismo de la “poesía desarraigada” (pese al frecuente sentimiento de desarraigo de estos

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poetas) y el habitual prosaísmo de tantos poetas sociales. Si muchos siguen fieles a une estilo conversacional, “hablado”, antirretórico, ello no debe ocultar una exigente labor de depuración y concentración de la palabra. En efecto, es evidente que ha aparecido un mayor rigor en el trabajo poético. Junto a ello, cada poeta se propone la búsqueda de un lenguaje personal, nuevo, más sólido. Sin embargo, no les tientan las experiencias vanguardistas: se quedan en un tono cálido, cordial, contrapesado, marcado por un frecuente empleo de la ironía (una ironía triste, reveladora de escepticismo y desvalimiento). En cualquier caso, con estos poetas renace el interés por los valores estéticos y Prosemas y menos por las posibilidades del lenguaje. La obra de Ángel González (1925-2008) presenta dos etapas o tiempos nítidamente diferenciados, si bien es cierto que, vistos en su conjunto, sus versos constituyen, en realidad, un único libro en continuo desarrollo. El primer ciclo comienza con Áspero mundo (1956), sigue con Sin esperanza, con convencimiento (1961), Palabra sobre palabra (1965) y se alarga hasta Tratado de urbanismo (1967). Se trata de una poesía en la que refleja una amarga decepción y pesimismo de corte existencial, donde los temas principales son la irreparable fuga del tiempo, el amor, el absurdo de la vida, el devenir histórico…y todo ello se conjuga con una dura crítica del mundo circundante, siendo la ironía una de las marcas de estilo del poeta. La segunda etapa comienza con Breves acotaciones para una biografía (1971) y en ella se incluyen también Procedimientos narrativos (1972) y Prosemas y menos (1985) donde el elemento más novedoso sería la tendencia al juego y a derivar la ironía hacia un humor que no rehúye el chiste, la frivolización de algunos motivos y el gusto por lo paródico, aunque la dimensión crítica sigue muy presente. De hecho, el Ángel González menos social resulta ser más eficaz a la hora de desenmascarar el absurdo, la falsedad y el envilecimiento de la sociedad. Puede decirse que sus últimos libros, Deixis en fantasma (1992), Otoños y otras luces (2001) y Nada grave (2008, póstumo) abren una nueva etapa en su trayectoria poética en que la ironía cede paso a la meditación elegíaca, pero estamos todavía ante un poeta que sigue obsesionado por el paso del tiempo y empeñado en dar testimonio del tiempo histórico que le ha tocado vivir. José M. Caballero Bonald (n. 1926) es el poeta más barroco de la promoción. Para él escribir es buscar en el laberinto de la memoria y del lenguaje la palabra precisa para dar cuenta de lo vivido, de lo salvado de la ruina del tiempo. Y es esa búsqueda la que da unidad a toda su obra, desde su primer libro (Las adivinaciones, 1952), pasando por Memorias de poco tiempo (1954), Las horas muertas (1959), Vivir para contarlo (1969), hasta la máxima expresión en Descrédito del héroe (1977) y Laberinto de fortuna (1984). José Agustín Goytisolo (1928-1999) lleva a cabo una actualización permanente de su discurso a fin de que el tiempo y el olvido no lo degraden. Si

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se analiza el conjunto de su obra (El retorno, 1955; Salmos al viento, 1958; Claridad (1961); Bajo tolerancia, 1974; Del tiempo y del olvido, 1977; etc.), puede observarse cómo ésta ha ido creciendo no solo por la agregación de nuevos frutos, sino también por la incorporación a nuevos libros de poemas otros ya publicados en títulos anteriores. Sus temas y obsesiones giran en torno al amor y sus consecuencias, la ciudad como ámbito plural, la infancia y el recuerdo de la madre y las evocaciones del pasado. Jaime Gil de Biedma (1929-1990) ha sido el cronista de la vida burguesa, de clase media, entre desencantado y amargo, lleno de ironía también. Todos los temas y motivos que trata (literarios, amorosos, políticos…) están sumidos en su experiencia, arraigados en el “yo” íntimo del poeta, con el que muchas veces dialoga. Sus libros más importantes son Compañeros de viaje (1959) y Moralidades (1966). José Ángel Valente (1929-2000) inicia su creación en plena década de los 50 con A modo de esperanza (1954), pero toda su obra (Poemas a Lázaro, 1960; La memoria y los signos, 1966; El inocente, 1970; Interior con figuras, 1976; etc.), en constante evolución, responde a un mismo espíritu de búsqueda. Parte de realidades inmediatas o de experiencias interiores para acercarnos a una profunda preocupación existencial y a un exacto y trabajado uso de la palabra poética. Francisco Brines (1932) es, sin duda, el autor más homogéneo de su promoción. De hecho, su cosmovisión poética ha cambiado muy poco desde su primer libro, Las brasas (1960), si bien es cierto que, a lo largo de su trayectoria (Palabras a la oscuridad, 1966; Aún no, 1971; Insistencias en Luzbel, 1994; El otoño de las rosas, 1986; y La última costa, 1995), pueden detectarse variaciones suficientes como para que pueda hablarse de una ajustada y matizada evolución. En líneas generales, se trata de una poesía de preocupaciones metafísicas y tono meditativo y elegíaco, con el tiempo, el amor y la muerte como destacados ejes temáticos. Destacan la implicación continua del lector, la existencia de un plano simbólico más o menos oculto en escenas cotidianas, y el conflicto entre la angustia existencial y la constante disposición al placer, la constatación de la fuga irreparable del tiempo y la exaltación de la vida y del momento presente. Claudio Rodríguez (1934-1999) es uno de los poetas de voz más impresionantemente dura. Su hondo intimismo y su sobriedad se reflejan en su primer libro, Don de la ebriedad (1954), y continúan en Conjuros (1958), Alianza y condena (1965) y El vuelo de la celebración (1976). Otros poetas de este heterogéneo grupo son Carlos Barral, Alfonso Costafreda, Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, Eladio Cabañero y Joaquín Benito de Lucas.

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5. LOS AÑOS 70. LA POESÍA EXPERIMENTAL Y LOS “NOVÍSIMOS”. En 1970 se publica una antología de amplia repercusión, titulada Nueve novísimos poetas españoles, en la que el crítico Josep María Castellet reúne a los siguientes poetas, nacidos entre 1939 y 1948: Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina- Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero. Estos poetas no cubren, desde luego, todo el horizonte poético del momento, pero resultan representativos de una nueva sensibilidad dentro de la llamada generación del 68. Son poetas nacidos después de la guerra y han recibido “una nueva educación sentimental” en la que, junto a una formación tradicional y estrecha, tuvieron un papel importante ciertos tebeos, el cine, los discos, la televisión…pero también tuvieron acceso a libros antes difíciles de encontrar, y sus frecuentes viajes al extranjero los ponen en contacto con nuevas tendencias culturales. Su bagaje cultural y literario es amplio, y sus referencias resultan significativas: poetas hispanoamericanos como Vallejo, Lezama Lima, Borges u Octavio Paz, algunos poetas del 27 (sobre todo Cernuda y Aleixandre) y otros poetas posteriores que, al margen de la poesía social, ya habían intentado renovar el lenguaje poético (el grupo Cántico, los postistas, Gil de Biedma, Valente…), a los que habría que añadir ciertos poetas extranjeros (Eliot, Ezra Pound, Yeats, Saint-John Perse, Dylan, los surrealistas franceses…). Pero no es menos importante la inspiración que encuentran en la cultura de masas: cine, música (jazz, folk, rock, pop), los cómics, etc., de lo que hay abundantes referencias en sus poemas. En la temática encontramos lo “personal” (la infancia, el amor o el erotismo, etc.) junto a lo “público” (la guerra del Vietnam, la sociedad de consumo…). Al lado de tonos graves-ecos de un íntimo malestar-aparece una provocadora e insolente frivolidad: Marilyn Monroe se codea con Che Guevara, y Carlos Marx con Groucho Marx. Frente a la sociedad de consumo, son sarcásticos y corrosivos. Sin embargo, muestran su escepticismo sobre las posibilidades que tiene la poesía de cambiar el mundo. En lo personal y lo político, son inconformistas y disidentes; pero, como poetas, persiguen metas estéticas. Es el estilo, en efecto, lo que les importa ante todo. La renovación del lenguaje poético es objetivo principal; y junto a otros modelos (algunos ya mencionados), ven en el Surrealismo, en especial, una lección vigente de ruptura con la lógica de un mundo absurdo. Puede decirse que nos hallamos ante un nuevo vanguardismo, paralelo a las corrientes experimentales de la novela y el teatro de aquellos años, que se manifiesta en constantes intentos de evitar el discurso lógico a través de la escritura automática, técnicas elípticas, sincopación y collage. Este último recurso se utiliza de forma variada: incorporación anónima de versos de otros poetas, citas extensas que anteceden a los poemas; letras de canciones, frases publicitarias, fragmentos

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de discursos o de manuales de instrucciones; recortes de periódicos y revistas. Introducen elementos exóticos y artificiosos: temas orientales, ciudades desconocidas, nombres de lugar o de persona que atraen por su valor fonético, descripciones de vestidos, disfraces, fiestas, mitos clásicos, fábulas medievales, la literatura gótica o modernista, Norteamérica…y cierto horror a todo lo español. Algunos toman como punto de arranque la poesía popular (Vázquez Montalbán, Ana María Moix), otros asumen lo popular con visión aristocratizante (Gimferrer, Panero); unos llegan a un mayor grado de experimentación con el lenguaje y su estructura (Martínez Sarrión, Azúa, Molina Foix), otros intentan dismitificar el lenguaje cotidiano por el uso voluntario de lugares comunes, frases hechas o el descuido inconsciente del lenguaje (Vázquez, Álvarez, Moix, Panero), otros resaltan los valores rítmicos de su lenguaje poético (Gimferrer, Carnero). El poeta Pere Gimferrer (n. 1945) a los veinte años consigue el Premio Nacional de Poesía con Arde el mar (1966), el título que simboliza en mayor medida a esta generación. En 1970 abandonó la escritura en castellano, que ha retomado recientemente con libros como Amor en vilo. Su “Oda a Venecia ante el mar de los teatros” inauguró la estética veneciana. La muerte en Beverly Hills (1968) recrea paisajes emocionales mediante la imaginería del mundo cinematográfico. Guillermo Carnero (n. 1947) publica en 1967 Dibujo de la muerte, con la que ya se situaba dentro del nuevo panorama poético con una veta esteticista. Destaca su visión personal del amor y el cultivo de la metapoesía, además del gusto por formas métricas clásicas. Poco a poco su lenguaje poético se irá haciendo más elegante y más frío, sin ningún tipo de sentimentalismo. José María Álvarez (n. 1942) ha publicado un único título, Museo de Cera (1970), que ha ido ampliando en siete nuevas ediciones. La poesía social de sus comienzos pasa a un cierto decandentismo culturalista en sus últimas entregas. Leopoldo María Panero (n.1948), autor de Así se fundó Carnaby Street (1970), se configura como “poeta maldito” desde la producción del documental El desencanto (1976) por Jaime Chávarri, malditismo que se acentuaría, junto a un empeoramiento de su estado de salud, hasta llegar a la publicación de Poemas del manicomio de Mondragón (1987). Hacia 1970 o 1971 se habían configurado las modalidades más características de la nueva poesía con obras como Una educación sentimental (1967) de Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003); Teatro de operaciones (1967) de Antonio Martínez Sarrión (n.1939); Cepo para nutria (1968) de Félix de Azúa (n.1944); de No time for flowers de Ana María Moix (n. 1947), el único nombre femenino incluido en la antología de Castellet. A pesar de que no fueron incluidos en la canónica nómina de Josep María Castellet, es posible considerar la obra de poetas como José Miguel Ullán

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(Amor peninsular, 1965), Félix Grande (Música amenazada, 1966), Juan Luis Panero (A través del tiempo, 1968), Antonio Colinas (Preludios a una noche total, 1969), Jaime Siles (Génesis de la luz, 1969), Jenaro Talens (Víspera de la destrucción, 1970), Luis Alberto de Cuenca (Los retratos, 1971), Luis Antonio de Villena (Sublime Solarium, 1971)… como las más afines a los novísimos. 6. ÚLTIMA POESÍA: POESÍA DE LA EXPERIENCIA Y OTRAS TENDENCIAS La situación de la poesía española, a partir de 1975 y hasta la actualidad, descubre una extraordinaria complejidad debido, entre otras causas, a la convivencia literaria de poetas procedentes de distintas promociones y a la variada multiplicidad de corrientes o tendencias que se han venido sucediendo con entera libertad, al margen de escuelas y modas. Siguen apareciendo importantes libros de poetas consagrados en etapas anteriores, como es el caso de Bousoño, Hierro, Valente, Brines o Claudio Rodríguez, entre otros. Y al mismo tiempo se publican numerosos textos de los autores más jóvenes, que ya cuentan también con abundantes antologías, de época, de grupo generacional, de tendencias poéticas e incluso de comunidades autonómicas y demarcaciones provinciales. Por otra parte, la diversidad de corrientes, con algunas más extendidas pero sin que ninguna se haya impuesto por encima de las otras, determina que toda clasificación tenga un carácter solamente orientativo, con notoria simplificación y no pocas inexactitudes. Lo cual obedece a que muchos poetas pueden ser incluidos en más de una tendencia y todos son autores de una obra en curso de transformación que irá evolucionando en el futuro. La poesía de estos últimos años es rica en cantidad y calidad y no es posible reducirla a esquemas ni menos a listas, y se hace muy difícil enunciar unas características comunes entre los diferentes autores. En líneas generales, al mismo tiempo que se han ido consumando el distanciamiento con respecto a los “Novísimos” y el alejamiento del vanguardismo más estridente en favor de la expresión de la intimidad y por las formas métricas tradicionales; se ha ido consolidando la admiración de muchos poetas jóvenes por algunos líricos de generaciones anteriores: Gil de Biedma, Ángel González, Brines, Valente o Claudio Rodríguez son ahora los nuevos maestros reconocidos. Los poetas renuncian a las grandes ambiciones y temas encaminados a explicar el mundo y prefieren expresar limitadas experiencias íntimas. En este sentido, el signo individualista puede favorecer la diversidad de tendencias. He aquí, en apretada síntesis, algunas de las más relevantes: -Tendencias vanguardistas o experimentales. Aunque se van atenuando las audacias de tipo formal, las experimentaciones se mantienen en la poesía de José Miguel Ullán, que ha cultivado la imagen surrealista, el collage y otros

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experimentos visuales (De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado). Emparentada con la vanguardia y la experimentación se encuentra la metapoesía, que reflexiona sobre sí misma en algunos textos de Guillermo Carnero y Jenaro Talens. A la vanguardia remite también el nuevo surrealismo de Blanca Andreu. -Culturalismo, clasicismo y barroquismo. Culturalismo es la denominación dada a una corriente importante de poesía inspirada en el arte, y, en general, en las más diversas raíces o manifestaciones culturales. Alcanzó un notable predominio durante los años 70. Una de sus primeras manifestaciones fue el llamado refinamiento veneciano que, con resonancias simbólicas y misteriosas, tendría su origen en la célebre “Oda a Venecia ante el mar de los teatros” de Gimferrer y en la película Muerte en Venecia de Visconti. La tendencia culturalista encontró uno de sus mejores exponentes en Antonio Colinas quien, con los años, ha ganado en hondura humana, alcanzando uno de los puestos más altos de la lírica actual. Una orientación clasicista sustentada en una amplia formación grecolatina predomina en etapas importantes de varios poetas entre los que destacan Luis Alberto de Cuenca, quien, tras Scholia, evolucionará paulatinamente en los años 80 hacia una poesía realista, de temas cotidianos, delicadas emociones y fino sentido del humor (La caja de plata, El otro sueño); Jaime Siles ha publicado libros muy diversos, desde los que se acercan a la poesía pura y visionaria (Canon) hasta los que lo hacen a una más formalista y clásica pero también más cercana a la realidad (Semáforos, semáforos); y Luis Antonio de Villena, en cuya poesía (El viaje a Bizancio) se armonizan culturalismo, reflexiones estéticas y erotismo con la herencia de Cernuda y las huellas del poeta latino Catulo o del griego moderno Kavafis. En otra línea, la orientación culturalista cristaliza en un barroquismo que hunde sus raíces en la poesía española del siglo XVII y que tiene su mejor hallazgo en la poesía de Antonio Carvajal (Tigres en el jardín), de asombrosa maestría formal valiéndose de metáforas y formas clásicas como el soneto. -Poesía de la experiencia. Como reacción al culturalismo, los poetas granadinos Álvaro Salvador, Luis García Montero y Javier Egea escriben en Granada el manifiesto, La otra sentimentalidad, que reivindica una poesía de temática realista, con un léxico sencillo y tono coloquial, situaciones cotidianas y búsqueda de la emoción, sin rehuir la mirada crítica. Los modelos de esta promoción hay que buscarlos en los poetas del 50, especialmente en Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Francisco Brines. Luis García Montero (n. 1958) se ha convertido en el mayor representante de esta corriente de poesía llamada “poesía de la experiencia”. Ganó el Premio Adonáis con El jardín extranjero (1982), libro al que siguieron Diario cómplice

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(1988), Las flores del frío (1991), Habitaciones separadas (1994), Completamente viernes (1999) y La intimidad dela serpiente (2003), con los que cosechó el Premio Nacional de Literatura, el Premio de la Crítica, o el Premio Loewe. La mayor parte de sus poemas son de tema amoroso, especialmente en escenarios nocturnos, aunque también abundan los de reflexión existencial. En la actualidad sigue publicando poemarios, ensayos a la vez que hace sus primeras incursiones en la novela y colabora semanalmente en prensa y radio donde comenta la actualidad política, reivindicando la importancia de cambiar nuestro día a día, de implicarnos más y de implicar a la poesía en lo que acontece. Felipe Benítez Reyes (n.1960) es otro representante destacado de este grupo. Sus temas preferidos, además del amoroso, son la memoria, el paso del tiempo y la propia literatura. Es autor de, entre otros, Los vanos mundos y Vidas improbables, ganador del Premio de la Crítica y del Premio Loewe. Carlos Marzal, (n. 1961) cuyo reconocimiento llegó algo más tarde que el de sus dos predecesores, ganó el Premio de la Crítica con Metales Pesados (2001), y en 2002 el Premio Nacional de Literatura por el mismo poemario. Marzal, desde una poesía realista, escéptica e irónica, meditativa sobre el amor o la amistad (La vida de frontera), pasa, sin embargo, a una menos figurativa y más cuidada. Jon Juaristi (n. 1951) se aleja levemente de estos planteamientos, ya que en él predomina un tono melancólico y desengañado ante la realidad y ante él mismo, cubierto con una sutil ironía. Destacan su reinterpretación de los clásicos y su preocupación por el problema vasco. Es autor de obras como Diario de un poeta recién cansado o Tiempo desapacible. Otros autores cercanos a estos planteamientos son Francisco Bejarano, José Mateos, Javier Salvago, Abelardo Linares, Juan Lamillar y José Antonio Mesa Toré, andaluces todos ellos, que hablan del amor y la nostalgia con lenguaje sencillo y directo y con métrica tradicional. Poeta intimista y amigo de las formas es Justo Navarro. Andrés Trapiello, en poemarios como La vida fácil, defiende una poesía tradicional, de tono sereno y basada en modelos como Unamuno o los Machado. También leonés, Julio Llamazares se encuentra a medio camino entre un simbolismo y una serenidad similar a la de Trapiello, y una nueva poesía épica del mundo rural, que recuerda la intrahistoria. -A mediados de la década de los 80, un conjunto de autores que se agruparon bajo lo que ellos mismos denominaron “La Diferencia”, reivindicaron la independencia y libertad literarias, frente a la poesía de la Experiencia, que consideraban tendencia dominante, protegida, tal y como afirmaban en sus poéticas y textos teóricos, por los poderes públicos. Dentro de esta corriente

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destacan los escritores Antonio Enrique, José Lupiañez y Fernando de Villena, que fueron derivando hacia un tipo de poesía formalmente más exigente, lejos de la lengua coloquial y las temáticas urbanas. Dicha estética, más cercana a la generación del 60 (poetas como Antonio Hernández Ramírez, Ángel García López, Rafael Soto Vergés o Jesús Hilario Tundidor) que a los poetas de la generación del 50, propugnaba una mayor consistencia verbal en orden a la atención de los recursos estilísticos, dentro de un lenguaje más figurativo, esto es permeable a los símbolos y metáforas, ya que consideraban el cultivo de la imagen esencial en discurso poético, así como una preocupación temática que excedía los ámbitos de la cotidianeidad. Frente a una sociedad cada vez más uniformada, tal y como afirmaban en su teoría poética, en sus hábitos y pensamiento, el objetivo de estos autores fue la diversidad y la disidencia. -Surge asimismo una corriente de poesía enmarcada en el Irracionalismo, alejada de los postulados de la poesía de la experiencia. Dentro de este grupo destacan poetas como el leonés Juan Carlos Mestre, autor de poemarios como Antífona de otoño en el valle del Bierzo , premio Adonáis, La poesía ha caído en desgracia o En la tumba de Keats; o Blanca Andreu, ganadora del Adonais con De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, poemario que justifica su neosurrealismo y su postura irracional con las constantes alusiones a la droga. Al hablar de ruptura encontramos al también destacado Fernando Beltrán, cuyo "Aquelarre en Madrid", accésit del premio Adonáis el año que lo gana Luis García Montero, supone un claro ejemplo de poesía rupturista con el pasado culturalista y una apuesta por la vanguardia poética. Posteriormente, su poesía se orientará también por el lado social, aunque sin abandonar nunca un cierto irracionalismo y surrealismo. Otros nombres asociados a la corriente irracionalista son Luisa Castro, Amalia Iglesias o Ángel Petisme. -Minimalismo y conceptualismo. Son muchos los poetas que en los últimos años han cultivado estas dos tendencias, a menudo reunidas en una sola, también llamada “poesía del silencio”. Inspirados en la poesía pura y con J.A. Valente como uno de sus maestros, estos autores rechazan todo exceso verbal, buscan la esencia conceptual en poemas breves y densos, y se proponen sugerir por medio de silencios. Entre los poetas de estas tendencias sobresalen Andrés Sánchez Robayna, Julia Castillo, Amparo Amorós, José Luis Jover, Álvaro Valverde, Miguel Casado, Esperanza López Parada, Vicente Valero, Olvido García Valdés, Chantal Maillard, Concha García, Pedro Provencio y Ada Salas. -En cuanto a Poesía Épica, destacan los nombres de Julio Martínez Mesanza, Julio Llamazares y Juan Carlos Suñén, en quienes domina el trasfondo moral. Mesanza, a través de endecasílabos, recrea en su poemario Europa los temas de la valentía y el honor, con escenarios clásicos o

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medievales pero con un reflejo en la vida moderna. Suñén es autor de Un hombre no debe ser recordado, Premio Rey Juan Carlos. -Un nuevo Erotismo desde un punto de vista femenino prolifera en poemarios escritos por autoras como Ana Rossetti (Los devaneos de Erato), Almudena Guzmán (Poema de Lida Sal, Usted , Calendario, El príncipe rojo) o Aurora Luque ( Hiperiónida, Problemas de doblaje, Camaradas de Ícaro).

En los años 90 algunos poetas tienden a una cierta conciliación entre realismo y metafísica. Entre otros, Jorge Riechmann, Eduardo García, los últimos libros de Carlos Marzal y Vicente Gallego. Riechmann evoluciona desde una poesía metafísica y hermética (Cántico de la erosión) hasta una comprometida con la sociedad (El día que dejé de leer El País). Gallego comenzó con un periodo reflexivo (La luz, de otra manera) al que fue incorporado meditaciones sobre la vida actual y las relaciones de pareja (La plata de los días), y en los últimos años (Si temiérais morir, Mundo dentro del claro) ha evolucionado hacia una sorprendente revisión de la poesía mística. Fernando Beltrán, tras su manifiesto en favor de una "poesía entrometida", orientará parte su voz poética a un lado social, sin abandonar el estilo que comenzó con "Aquelarre en Madrid". Fruto de esta conciliación son también las voces de Antonio Moreno Guerrero, Miguel Ángel Velasco, Luis Muñoz, Álvaro García, Lorenzo Plana y Lorenzo Oliván. En un plano más abierto al experimentalismo y a una relectura irónica de la vanguardia, se hallan las obras de Jorge Gimeno y Javier Codesal. Francisco Domene se mueve en la línea del realismo crítico. Por otro lado, recogiendo la herencia del realismo sucio, surge una poesía centrada en explorar emociones que redundan en el hastío y el desengaño. Los autores principales en esta línea son Roger Wolfe, Karmelo C. Iribarren y Pablo García Casado. Una nueva tendencia, a la que parte de la crítica ha venido a denominar “poesía de la conciencia”, se forma en una poesía de fuerte raigambre social, alrededor tanto de los encuentros poéticos organizados en Moguer con el nombre de “Voces del extremo”, como a través de diversos movimientos de izquierda anticapitalista. Autores en esta línea serían Antonio Orihuela, Isabel Pérez Montalbán, Antonio Méndez, David González y Enrique Falcón. También tendríamos que tener en cuenta a autores no vinculados a estas corrientes como Manuel Moya y Aurelio González Ovies. O por otro lado el poeta Francisco Acuyo, creador inclasificable, con un universo poético propio.

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En cuanto a la Generación poética del 2000, se trata de una generación estudiada, entre otros, por el crítico Luis Antonio de Villena en su antología La inteligencia y el hacha. Un panorama de la Generación poética de 2000 , según quien esta generación subvierte radicalmente los presupuestos de la poesía de la experiencia. De los poetas de dicha generación dice: “son plurales, como lo son todas, pero un sector importante coincide en una poesía irracionalista que pretende ser una reflexión sobre la realidad, la materia y la vida ”…“Se trata de una generación que todavía no ha logrado un gran libro pero que sin embargo ya tiene unos cuantos intentando explicarla”. El libro refleja una generación distinta a la de los ochenta pero que de alguna manera entronca con los novísimos. Incluye a Juan Antonio González Iglesias, Luis Muñoz, Andrés Neuman, Elena Medel, Antonio Lucas, Isabel Pérez Montalbán, Javier Vela, Balbina Prior, Javier Rodríguez Marcos y Rafael Espejo. Otros críticos consideran que la poesía más reciente, partiendo de la base de que ya no es poesía de la experiencia, se mueve en muy diversos frentes sin que se pueda hablar en ningún caso de una escuela predominante. Incluso dentro de cada grupo las diferencias son enormes y en muchos casos un poeta se puede adscribir a varios de ellos. Así, de este modo se produce en algunos poetas una vuelta al tratamiento de los temas humanos con un tono grave pero con leves cesiones a la ironía, Ana Isabel Conejo, Adolfo Cueto, Vanesa Pérez-Sauquillo, Luis Bagué Quílez, Carlos Contreras Elvira, Julia Piera, Ariadna G. García, Miriam Reyes, Ben Clark, Camilo de Ory, Mario Cuenca Sandoval o Martín López-Vega, alternado con un tono expresionista, existencial y reflexivo donde se situarían Miguel Ángel Contreras, Julio Mas Alcaraz, Yaiza Martínez y José Daniel García. Otros poetas se adscriben de alguna manera a la herencia dialéctica entre la tradición y la vanguardia, como Carlos Pardo, Juan Carlos Abril, Abraham Gragera, Juan Antonio Bernier, Rafael Espejo, Josep M. Rodríguez, Juan Manuel Romero, Andrés Navarro o Antonio Portela. Estos y otros poetas nacidos a mediados de los sesenta habrían adelantado presupuestos compositivos de superación radical de la poesía de la experiencia, cuyas características principales serían la superación de los referentes nacionales y la escritura neovanguardista, desde una visión netamente posmoderna y novísima, cercana al collage heteróclito. No obstante, habría que tener en cuenta que en la línea opuesta se encuentran también otros jóvenes poetas que continúan en la estela de la poesía de la experiencia, como son Raquel Lanseros, Daniel Rodríguez Moya y Fernando Valverde Rodríguez. También se puede hablar de un grupo de poetas continuadores de la herencia rilkeana, con antecedentes en Claudio Rodríguez y Vicente Valero: Javier Cánaves, Javier Cano, José Antonio Gómez Coronado o Javier Vela.

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En definitiva, se trata de un grupo extraordinariamente heterogéneo en el que conviven la posmodernidad y el eclecticismo.

Como se ha podido ver tras toda esta exposición, la diversidad de tendencias marca el devenir de la poesía española desde los años 40 hasta la actualidad, lo que indica que se trata de un género vivo y lleno de riqueza, pero que, desgraciadamente, como dice Octavio Paz, “es un rito de las catacumbas”. La realidad de la poesía es precaria y terrible en una sociedad que ha impuesto los valores de mercado sobre los de la cultura. Y, como explica Luis Antonio de Villena, para ser publicada está condenada a las antologías y los premios. Eso sí, Internet y el ciberactivismo literario reinante están suponiendo una significativa captación de lectores y creadores que, sin duda, nos hacen atisbar que nos encontramos ya ante una significativa mutación que no sabemos muy bien a dónde nos llevará, pero que algunos poetas están acogiendo con cierto derrotismo, como manifiesta el siguiente poema de González Iglesias: “La canción del verano suena más que la Eneida y en vano-Cioran dice-busca Occidente una forma de agonía digna de su pasado. Pero así están las cosas, y no tienen vuelta ni las generaciones ni las hojas de los hombres. Tristeza de saber que no regresaremos a la ternura, la serenidad, al fulgor de Virgilio. Aquel verano bailábamos oscuros bajo la noche sola”

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Ana Pujalte Camus

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