Las mil noches del

BOlIVIANO
ILUSTRACiÓN:ISTOCKPHOTO FOTOGRAfÍA: MANJARREZ

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Bebió tanto alcohol como pudo. y de tanto en tanto lo entrevistaron los medios. gozó de un respetable “éxito”: publicó varios libros. se educó a sí mismo y a todos los maleantes. Por Álex Ayala Ugarte* . Pero nunca dejó las calles. Finalmente. sino en una cama de hospital. prostitutas y vagos que tuvo a su alrededor. con buenas críticas. la noche y el alcohol. Lo hizo a su manera. pero libre. Esta es la historia de las mil noches de este hombre llamado “el Bukowski boliviano”. Víctor Hugo no murió como quería: “solo y como un perro. resistiendo el pesado frío de las madrugadas en las calles bolivianas.La de Víctor Hugo Viscarra es una historia excepcional. Indigente desde los 12 años. tomando el último trago”. Leyó y escribió a marchas forzadas. Inusualmente.

estirando luego el dedo índice como un pirata. “El narrador de los márgenes”. tomando el último trago”. la prefirió a ella. en enero de 2004. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño. como quería: “solo y como un perro. el que habita en mí debe de ser muy triste”. decía. bromeaba. Caminaba lento. decían otros. Por eso andaba siempre encogido. Porque allí. a los 49 años. “Es artero. cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. medio encorvado. Un año antes. –Sí. bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. quizás su obra más autobiográfica. pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista. “por lo menos hay calefacción”. Porque. Por eso. Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”. Porque dijo adiós desde una cama de hospital. paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. pero libre. Su madre. el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció. al abrigo de una ciudad gris. aunque borracho de corazón. –¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa. no dejó de sentir frío. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros. a pasos cortos. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. Se fue un miércoles. Más que una persona. alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo.. el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho. lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón. mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia. no en una cantina. con olor a orín en las aceras. Desde entonces. Antes. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes. a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”. “aunque un buen hombre”. y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo. dijo. Yo no lo conocía. tras echar una mirada a la carta de los precios. Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. le llamaban algunos periodistas. De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria. el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. sí. la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada. una camisa medio blanca. me preguntaba. –Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad. Que si lo hacía. “Nací viejo”. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio. En los momentos de mayor flaqueza. Bolivia. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba. una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. hacia lo lejos.Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley. –Hola. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. “El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”. describía. Pero no hizo falta. añadía unos renglones más abajo. Se cubría con una chamarra café. Y las interrogantes eran muchas. según él mismo contaba. su editor en aquel tiempo. el antropólogo –me dijo. cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella.La Paz. soy Víctor Hugo Viscarra. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. rompió varias escobas contra su espalda. “Ahí está”. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?. un suéter viejo y un pantalón negro. | EMEEQUIS | 16 DE ABRIL de 2012 55 . Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006. intuyendo probablemente la fatalidad. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Días atrás. medio sucia. Pablo Gozalves. lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto. neumonía crónica. como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle. parecía una sombra. escribió Viscarra en Borracho estaba. Y corría el riesgo de que no se presentara. medio confundido. Su padre. pero me acuerdo. No había visto antes ninguna fotografía suya. tras una paliza de su madrastra.

menos puedo hacer para recuperarlos. Borracho estaba y Avisos necrológicos. “bebió a cada momento en carne propia”. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza. presumo que a ese lugar han ido a parar. el escritor se adentró en un universo de supervivencia que. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba. dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino. Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra. Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas. otros. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él. Relatos de Víctor Hugo (1996). sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos. de su amigo Humberto. El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos. Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001). Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera. no para que los aproveche. maestrías y demás tucuymas. Al hablar. formando montañitas que crecían desde el suelo. cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. Su nariz. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante. sobre todo. Tembladerani. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. Puesto que los he perdido irremediablemente. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Alto Tejar y Chijini. Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas. Gran Poder. Borracho estaba. un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”. Silabeaba. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido. Víctor Hugo volvió enseguida al trago. bien ordenados en los estantes. ya fallecido. sarcástico y tremendamente ácido. diplomados. pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005). como las de un mago veterano. Tras la muerte de Viscarra. Memorioso. me siento en casa”. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado. No mentiste”. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. Es mi forma de hacer las cosas. una tarde nublada. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–.56 De cerca. a mí me encanta escribir de esta manera. cura en el barrio de Villa Dolores. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. Es más. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. con mis delincuentes. recordando con detalle cada fecha. cada espacio. entre otros. he leído tu libro. El “documento”. Hallé de todo: literatura inglesa. “Escritor. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. Conversamos. visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas. Todas mis deudas se las dejo generosamente | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 . También se mostraba deslenguado: –Aunque digan que no tengo estilo literario. ya que él no sabía manejar bien aquella máquina. acompañaba su discurso. lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. Alcoholatum. Su máxima era ésta: “Allí. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. su último editor. sus mañas se hacían más visibles. universidades. francesa y latinoamericana. Y cuando la charla no dio más de sí. fruto de las caídas y los golpes recibidos. simposios. y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado. cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”. imperceptible casi. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro. y porque luego le guardaba los archivos. Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. le dijo. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad: La Garita de Lima. aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Y un leve tartamudeo. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. congresos. en palabras del crítico Germán Aráuz. que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia. lenguaje secreto del hampa boliviano (1981). mis putas. se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario. sin un orden lógico de números en el marco de las puertas. de la calle. mis mendigos y mis ladrones. Con Relatos. en algunas de sus partes. parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. de la ciudad de El Alto. Achachicala. Ya que no pude hacer nada para retenerlos.

pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. En ocasiones. pero me acuerdo. pero no quiso. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal. en 2005. No lavaba. Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. Sano. De ahí nació Alcoholatum necen los guiñapos de mi devaluado corazón”. regalaba las viejas o las tiraba. Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. con hojas sueltas. Sólo a ellas perte- teaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata. En una ocasión. cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. Y él simplemente se sentó. que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. desasnándolos. era serio y responsable. –Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos. Viscarra pudo escapar de ellas. Y a veces él mismo se piradaba de aspecto a cada rato. A las tres de la tarde de un día de lluvia. a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas. Era todo una especie de rompecabezas. Su noche había sido demasiado “larga”. Era una especie de rompecabezas. cuando se mencionaba su nombre en algún sitio. sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio. me confesó apenas. como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. A veces se animaba a dor- | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 57 . cuando peor estaba. como un duende salido de las entrañas de una bestia. Temblaba. Según Manuel. Estaba borracho. Al final. Había buenos textos. la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo? Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Luego. todos de golpe y a veces unos cuantos. me dijo.. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. –¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”. lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. Por eso. Después puteó a unos policías. “De ahí escoge tú”. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí. logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum. “Y mi pobre corazón. lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di. relatos incompletos. una amiga suya. otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara. tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. la primera obra suya que edité.a mis acreedores. Cuando tomaba. lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. cuando conseguía nuevas prendas.. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón. Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso. sin embargo. –Yo le daba ropa y él. Su cara me pareció una mueca macabra. en pleno proceso de impresión. lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada. me dijo. llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales. Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba.) escribía un párrafo. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban. Apareció tambaleándose. relatos incompletos. en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba. Su ropa interior. Por lo tanto. Y como las serpientes cambian de piel. Los culturicé un poco. Sus enseres eran siempre de usar y tirar. Por convenio. con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. masculló primero un par de maldiciones. porque. él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. Solían juntarse en casa de Manuel. con hojas sueltas. Cuando se acercó hasta donde estaba. –Marcela Gutiérrez. escribía un párrafo. Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. A veces. estaba sucia y destrozada. hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño. decía. dando saltitos. cuartillas rotas (. cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio. porque. él mu- “De ahí escoge tú”. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada.

ILUSTRACiÓN: ÁLVARO ÁLVAREZ .

Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. sin ayuda me curo. Y. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie. Erick fue un privilegiado. me hace fechorías mi cerebro. Pero no siempre. doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. después. En Borracho estaba. me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente. en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo. peluches. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. con un llanto bien indígena. una taberna impregnada por un profundo olor a viejo. Soy como un perro. “Un par de veces quiso llevarme al Averno. cosas suaves. Sobrio. Y en cada salida con él se sorprendía. Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes. agua. concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada. mates o refrescos. Cuando me siento ya muy mal. Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo. pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma. Cuando su cuerpo estaba helado. Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie.mitar en alguna gradita. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. Se marchó sin despedirse. Tenía ojeras profundas. decía. Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. se me escapa todo lo negativo y me asusto. Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. no | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 59 . visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. Entonces me pongo más tranquilo. Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio. me dijo”. conciso y directo en sus apreciaciones. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega. un local de mala reputación. rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque. ‘Por fin te has jodido la vida’. Y cuando se deprimía lloraba. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. res o lo que sea. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. pude ver una cara muy hinchada. y luego me meto lo que venga: pollo. periodista y buen amigo del escritor. sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados. porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. puro líquido. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. –Entonces. cuecas. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia. El viernes en el que nos encontramos el ritmo del fol- clor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas. alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. cierra la puerta con un candado. Como los bebedores tienen el pulso de pajero. lloraba muchísimo. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches. Antes de irse. diabladas y demás familia. Aquella frase era habitual en él. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–. pero como estoy sin compañía nadie se entera. a falta de un vaso de cristal. sin soltar lágrimas”. ‘Si entras aquí. como no podía ser de otra manera. víctima de los insomnios prolongados. Así era él. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera. pero ya no existía. como sopa. y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. –No tengo más que 10. un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios. yo solito”. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. Porque cuando deseaba alcohol. se reía a carcajadas. conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. Para beber. A veces lloro. Se acelera. antenas de televisión y manuales para todo y para nada. como si de un tic se tratara. Sin ser alcohólico. cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. el orgullo le podía. Y para que el tipo no se eche atrás. pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. no vas a querer salir’. dulces. me dijo. conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”. iluminada por la luz delgada de un puñado de velas. les da un vasito vacío de yogurt. devedés y libros pirata. un alma que el escritor sentía siempre fría. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera. que no perdona”. tengo mi propio tratamiento: primer día. sayas. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo. De cerca. se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales. sin embargo. y lleno de anécdotas.

| EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 ILUSTRACiÓN:MARTÍN ELfmAN .

Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. donde atendían de domingo a domingo. a su paso. –Cuando tomaba. según Viscarra. hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase: –Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo. los tuteó con apenas un golpe de vista. algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. ubicado en un rincón con el mismo nombre. en el café Alexander de Sopocachi. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro. a los 16 años. Y contaba que. insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. divertido. Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor. cuando tenía plata. igual de maltratado. pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén.faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón. donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo. Le contesté que sí. Mientras Víctor Hugo hablaba. ni tomate. Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde: –¡Esta mate no tiene nada de sabor. descuidistas. sonaban como un aullido apagado. ni pan. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia. Y su listado de dolencias se había multiplicado. parece agua. trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces. cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita. Del Averno destacaba las peleas. me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo. Aunque él quería irse. No me gusta la política. también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”. No me gusta el deporte. Según Erick. Seguimos por más callejones | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 61 . Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio. comenzó a probar sus primeros tragos fuertes. en los ochenta. Examinaban disimuladamente al escritor. Y no me gustan los intelectuales. sin pronunciar palabra. ingresó al hospital Arco Iris. Lucía como un viejo achacoso. El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz. Cuando salimos. tuvo su bautizo de fuego: allí. quienes. Sus palabras. –El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. –El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?. yo me he llevado la fama. Yo era una intrusa. Ya nunca más volvería a escuchar su voz. Pero bueno. tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006. sucios. –Si pudiera. pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor. ni pepino. Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. a ratos. entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo. Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra. una vía estrecha y adoquinada. Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural. Su tos se había vuelto crónica. están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana. Dos semanas más tarde. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba). parecía una caricatura. sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada. la de García Meza. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y. Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco. rateros y raterillos. donde transan los volteadores. me dijo. Su cara estaba inflada. Lechuga y punto. que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista. aunque otros ganan el quivo (la plata). Andamos unos pocos metros. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. de lo esperado. ni aliño. él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo. desaconsejables para los estómagos sensibles. Concentrada. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual. –No soy como ellos. En el Callejón Tapia. Otras dos después murió. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. poco después del fallecimiento de Viscarra. llena de balcones señoriales. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca. y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos. pero con asco. tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados). acto seguido. ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. carajo! –protestó.

62 FOTOGRAfÍAS:ÁLEX AYALA UGARTE | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 .

Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa. Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de * Este texto forma parte del libro Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras del suelo. Vicky pudo saber algo más de su pasado. con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. Luego. por unos pocos pesos. le dijo. Han destinado a un tipo para cuidarnos”. los limpiadores de tumbas. pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito. No era educado. Que perteneció a las juventudes comunistas. Que luego entró al seminario como novicio. Víctor Hugo. por suerte. lo que me has hecho sufrir. mucho cemento. en sus libros. En casa de Vicky. | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 hasta llegar a una puerta de latón. En una ocasión me invitó a La Guerra. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias. así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. y la experiencia fue hermosa. a la que tanto odiaba. –Cuando lo hacía. O las quemara. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. Tardé un poco en dar con su tumba. se encogía. casi siete meses después de su muerte. siguen llegando nuevos adscritos”. puteaba. que lloran como lo hacía Víctor Hugo. “Sinvergüenza. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal. exclamaba. Y me dejó allí sola. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. sin verter lágrimas. se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. mucho frío. –Su estrategia. La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. que esnifan pegamento en los nichos vacíos. los rezadores profesionales. Eso significa que eres un buen escritor”. Había que usar velas para ver bien. se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco. publicado en marzo de 2012 por la editorial boliviana El Cuervo. me dijo. añadía. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña. mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida. como lo hacía Viscarra. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas. con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos. aunque tampoco mucho. que continúa todavía vivo como personaje literario.En diciembre de 2006. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana. Detrás había un hueco. los niños sin techo. mierda. ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. Porque supuraban las heridas. para el resto. esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. le llevé una botella de aguardiente. Mientras caminaba. Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”. que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. su editor. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra. cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Y yo le quedé eternamente agradecida. te has dejado vencer porque eres un débil”. Porque su madre. Reía. sin duda. la señora que nos atendía lo felicitó sincera. Como hicieron otros antes. Hacen falta. Ese día. Gracias a estos encuentros. un local de los bajos fondos de La Paz. Aquel día hacía frío. Que allí no duró mucho. 63 . Era muy inquieto. Porque le distraían. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. Para que matara las penas. Y que así lo hizo. –¡Ya. como si eso le tranquilizara–. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. A falta de fogatas. por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. conocida por su dureza. un colchón de paja y una manta. todas parecidas. fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. que no tenía un peso casi nunca. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas. las lloronas. –¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos. leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos. adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto. tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros. Me salvó la vida. “Pero. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. aún más sencilla. tumbas. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre. Mientras hablábamos los manoseaba. y menos para comprarse libros. y Viscarra. Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre. Porque le relajaban. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto. que escalera en mano. Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente.

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