Las mil noches del

BOlIVIANO
ILUSTRACiÓN:ISTOCKPHOTO FOTOGRAfÍA: MANJARREZ

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gozó de un respetable “éxito”: publicó varios libros. y de tanto en tanto lo entrevistaron los medios. Lo hizo a su manera.La de Víctor Hugo Viscarra es una historia excepcional. con buenas críticas. prostitutas y vagos que tuvo a su alrededor. se educó a sí mismo y a todos los maleantes. Finalmente. pero libre. la noche y el alcohol. Pero nunca dejó las calles. tomando el último trago”. Víctor Hugo no murió como quería: “solo y como un perro. Inusualmente. Leyó y escribió a marchas forzadas. resistiendo el pesado frío de las madrugadas en las calles bolivianas. Bebió tanto alcohol como pudo. Esta es la historia de las mil noches de este hombre llamado “el Bukowski boliviano”. Indigente desde los 12 años. sino en una cama de hospital. Por Álex Ayala Ugarte* .

Un año antes. pero me acuerdo. a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006. no en una cantina. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño. Se cubría con una chamarra café. Su padre. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros. Días atrás. pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista. con olor a orín en las aceras. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada. Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Se fue un miércoles. Pablo Gozalves. a pasos cortos. tras una paliza de su madrastra. tomando el último trago”. “El narrador de los márgenes”. a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. medio encorvado. escribió Viscarra en Borracho estaba. “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. rompió varias escobas contra su espalda. alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–. el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos. –Hola. Y las interrogantes eran muchas. Yo no lo conocía. | EMEEQUIS | 16 DE ABRIL de 2012 55 . a los 49 años. “por lo menos hay calefacción”. mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. decían otros. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo. Bolivia. “aunque un buen hombre”. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo. –Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad. Porque dijo adiós desde una cama de hospital. neumonía crónica. Caminaba lento. según él mismo contaba. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes. en enero de 2004. una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria. soy Víctor Hugo Viscarra. el antropólogo –me dijo. –Sí. Y corría el riesgo de que no se presentara. no dejó de sentir frío. un suéter viejo y un pantalón negro. estirando luego el dedo índice como un pirata. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto. hacia lo lejos. Antes. lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció. el que habita en mí debe de ser muy triste”. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez. decía. la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado. aunque borracho de corazón.Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. quizás su obra más autobiográfica. intuyendo probablemente la fatalidad. medio sucia. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Por eso. Que si lo hacía. bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. “Nací viejo”. sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”. tras echar una mirada a la carta de los precios. En los momentos de mayor flaqueza. su editor en aquel tiempo. No había visto antes ninguna fotografía suya. cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. le llamaban algunos periodistas. Porque. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. bromeaba. como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle. paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. la prefirió a ella. Porque allí. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo. describía. –¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. parecía una sombra. añadía unos renglones más abajo. Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio. Más que una persona. “Es artero. Por eso andaba siempre encogido. cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella. Pero no hizo falta.. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. al abrigo de una ciudad gris. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia. pero libre. Desde entonces. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba. el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho. medio confundido. y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia. “El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”. Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”. el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. “Ahí está”. como quería: “solo y como un perro. sí.La Paz. dijo. me preguntaba. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. una camisa medio blanca. Su madre.

mis mendigos y mis ladrones. fruto de las caídas y los golpes recibidos. cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates. Tras la muerte de Viscarra. Es más. sin un orden lógico de números en el marco de las puertas. No mentiste”. Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas. he leído tu libro. Es mi forma de hacer las cosas. una tarde nublada. visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas. Borracho estaba. de su amigo Humberto. Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos. Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas. un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico.56 De cerca. El “documento”. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia. dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–. sobre todo. aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. a mí me encanta escribir de esta manera. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza. y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado. Relatos de Víctor Hugo (1996). diplomados. Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. Borracho estaba y Avisos necrológicos. Achachicala. en palabras del crítico Germán Aráuz. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba. Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera. que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro. Alto Tejar y Chijini. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él. entre otros. le dijo. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”. en algunas de sus partes. Y cuando la charla no dio más de sí. maestrías y demás tucuymas. pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005). su último editor. Hallé de todo: literatura inglesa. formando montañitas que crecían desde el suelo. acompañaba su discurso. de la ciudad de El Alto. los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. recordando con detalle cada fecha. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado. parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. con mis delincuentes. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”. imperceptible casi. no para que los aproveche. Puesto que los he perdido irremediablemente. cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. Alcoholatum. También se mostraba deslenguado: –Aunque digan que no tengo estilo literario. otros. sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. bien ordenados en los estantes. lenguaje secreto del hampa boliviano (1981). Ya que no pude hacer nada para retenerlos. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. cura en el barrio de Villa Dolores. congresos. Conversamos. con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. simposios. “bebió a cada momento en carne propia”. Con Relatos. Silabeaba. ya fallecido. presumo que a ese lugar han ido a parar. se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario. Y un leve tartamudeo. Memorioso. mis putas. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. cada espacio. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad: La Garita de Lima. Su nariz. sarcástico y tremendamente ácido. Gran Poder. Víctor Hugo volvió enseguida al trago. Tembladerani. de la calle. Todas mis deudas se las dejo generosamente | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 . El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido. lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. Al hablar. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante. menos puedo hacer para recuperarlos. Su máxima era ésta: “Allí. y porque luego le guardaba los archivos. me siento en casa”. el escritor se adentró en un universo de supervivencia que. “Escritor. Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001). universidades. sus mañas se hacían más visibles. Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra. ya que él no sabía manejar bien aquella máquina. como las de un mago veterano. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. francesa y latinoamericana.

cuando peor estaba. con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. cuando conseguía nuevas prendas. pero me acuerdo. en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba. lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di. A las tres de la tarde de un día de lluvia. Después puteó a unos policías. se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales. cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. con hojas sueltas. masculló primero un par de maldiciones. hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño. una amiga suya. Viscarra pudo escapar de ellas. –Yo le daba ropa y él. él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. Cuando tomaba. me dijo. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Era una especie de rompecabezas. con hojas sueltas. ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. relatos incompletos. De ahí nació Alcoholatum necen los guiñapos de mi devaluado corazón”. Por lo tanto. tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. él mu- “De ahí escoge tú”. la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo? Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual.) escribía un párrafo. a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas. en pleno proceso de impresión. Apareció tambaleándose. Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. En ocasiones. Sólo a ellas perte- teaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata. era serio y responsable. Y a veces él mismo se piradaba de aspecto a cada rato. –Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos. como un duende salido de las entrañas de una bestia. En una ocasión. me confesó apenas. una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”.a mis acreedores. desasnándolos. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí.. Estaba borracho. Al final. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón. regalaba las viejas o las tiraba. Era todo una especie de rompecabezas. lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. Por convenio. relatos incompletos. lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. cuando se mencionaba su nombre en algún sitio. –¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. pero no quiso. Temblaba. cuartillas rotas (. Su noche había sido demasiado “larga”. porque. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban. otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. Sus enseres eran siempre de usar y tirar. Su ropa interior. sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio. escribía un párrafo. No lavaba. Luego. –Marcela Gutiérrez. Había buenos textos. Su cara me pareció una mueca macabra. estaba sucia y destrozada. A veces. Según Manuel. cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. porque. muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio. Y como las serpientes cambian de piel. “Y mi pobre corazón. llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara. sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada. Solían juntarse en casa de Manuel. pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. A veces se animaba a dor- | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 57 . Los culturicé un poco. Por eso.. dando saltitos. logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum. Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada. Y él simplemente se sentó. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal. la primera obra suya que edité. me dijo. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. sin embargo. decía. Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso. en 2005. todos de golpe y a veces unos cuantos. “De ahí escoge tú”. Cuando se acercó hasta donde estaba. Sano.

ILUSTRACiÓN: ÁLVARO ÁLVAREZ .

Cuando me siento ya muy mal. Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera. A veces lloro. porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. Y en cada salida con él se sorprendía. Se marchó sin despedirse. conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes. devedés y libros pirata. cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. a falta de un vaso de cristal. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes. víctima de los insomnios prolongados. Tenía ojeras profundas. un alma que el escritor sentía siempre fría. En Borracho estaba. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches. cuecas. pero ya no existía. Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie. me hace fechorías mi cerebro. se me escapa todo lo negativo y me asusto. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales. sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados. puro líquido. –Entonces. Entonces me pongo más tranquilo. El viernes en el que nos encontramos el ritmo del fol- clor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas. sayas. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. Sin ser alcohólico. doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. una taberna impregnada por un profundo olor a viejo. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. cierra la puerta con un candado. Cuando su cuerpo estaba helado. decía. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia. Como los bebedores tienen el pulso de pajero. Sobrio. Aquella frase era habitual en él. sin ayuda me curo. Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos. mates o refrescos. tengo mi propio tratamiento: primer día. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. Y cuando se deprimía lloraba. Antes de irse. que no perdona”. me dijo”. no | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 59 . concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada. ‘Por fin te has jodido la vida’. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega. como sopa. se reía a carcajadas. después. visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. Erick fue un privilegiado. Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo. Soy como un perro. Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. Y.mitar en alguna gradita. un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. sin embargo. les da un vasito vacío de yogurt. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”. “Un par de veces quiso llevarme al Averno. y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–. no vas a querer salir’. el orgullo le podía. dulces. cosas suaves. y lleno de anécdotas. Así era él. y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios. con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. agua. –No tengo más que 10. alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. pero como estoy sin compañía nadie se entera. iluminada por la luz delgada de un puñado de velas. conciso y directo en sus apreciaciones. me dijo. De cerca. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. lloraba muchísimo. diabladas y demás familia. pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. Pero no siempre. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. con un llanto bien indígena. pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba. pude ver una cara muy hinchada. res o lo que sea. peluches. como no podía ser de otra manera. rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque. y luego me meto lo que venga: pollo. Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie. como si de un tic se tratara. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. Porque cuando deseaba alcohol. me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. ‘Si entras aquí. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo. periodista y buen amigo del escritor. Se acelera. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo. pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma. conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. Y para que el tipo no se eche atrás. y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio. Para beber. sin soltar lágrimas”. yo solito”. un local de mala reputación. antenas de televisión y manuales para todo y para nada.

| EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 ILUSTRACiÓN:MARTÍN ELfmAN .

Andamos unos pocos metros. la de García Meza. ni tomate. la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos. llena de balcones señoriales. Ya nunca más volvería a escuchar su voz. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y. tuvo su bautizo de fuego: allí. Sus palabras. Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde: –¡Esta mate no tiene nada de sabor. parecía una caricatura. Su tos se había vuelto crónica. también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. a los 16 años. una vía estrecha y adoquinada. Seguimos por más callejones | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 61 . Mientras Víctor Hugo hablaba. Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. Cuando salimos. lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra. donde transan los volteadores. algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. de lo esperado. Yo era una intrusa. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. parece agua. descuidistas. carajo! –protestó. No me gusta el deporte.faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón. Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio. ni pan. yo me he llevado la fama. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?. En el Callejón Tapia. entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo. tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. sonaban como un aullido apagado. poco después del fallecimiento de Viscarra. Según Erick. pero con asco. Su cara estaba inflada. Otras dos después murió. cuando tenía plata. trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces. donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo. Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco. según Viscarra. Examinaban disimuladamente al escritor. donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”. ni aliño. Y contaba que. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada. Y no me gustan los intelectuales. aunque otros ganan el quivo (la plata). Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén. Concentrada. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista. insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. –No soy como ellos. sucios. Dos semanas más tarde. cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita. pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad. El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz. sin pronunciar palabra. tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Pero bueno. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro. divertido. pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor. comenzó a probar sus primeros tragos fuertes. rateros y raterillos. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca. hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase: –Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo. donde atendían de domingo a domingo. ubicado en un rincón con el mismo nombre. Lucía como un viejo achacoso. Y su listado de dolencias se había multiplicado. ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. en los ochenta. y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. desaconsejables para los estómagos sensibles. los tuteó con apenas un golpe de vista. Aunque él quería irse. –Cuando tomaba. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. –El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba). Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados). Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural. ingresó al hospital Arco Iris. igual de maltratado. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones. acto seguido. –Si pudiera. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual. en el café Alexander de Sopocachi. Del Averno destacaba las peleas. Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor. él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo. están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana. ni pepino. me dijo. Lechuga y punto. quienes. –El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. No me gusta la política. sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia. a ratos. Le contesté que sí. Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006. a su paso. me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo.

62 FOTOGRAfÍAS:ÁLEX AYALA UGARTE | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 .

Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas.En diciembre de 2006. sin verter lágrimas. la señora que nos atendía lo felicitó sincera. Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre. La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos. los limpiadores de tumbas. lo que me has hecho sufrir. todas parecidas. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. mucho cemento. Había que usar velas para ver bien. –Su estrategia. un colchón de paja y una manta. por unos pocos pesos. Y me dejó allí sola. y la experiencia fue hermosa. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. añadía. Mientras hablábamos los manoseaba. Que perteneció a las juventudes comunistas. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. –¡Ya. con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. que escalera en mano. esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. que continúa todavía vivo como personaje literario. Mientras caminaba. leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos. Vicky pudo saber algo más de su pasado. los rezadores profesionales. le dijo. “Pero. los niños sin techo. me dijo. se encogía. Porque le distraían. Han destinado a un tipo para cuidarnos”. las lloronas. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura. Gracias a estos encuentros. Porque su madre. Aquel día hacía frío. 63 . en sus libros. mierda. puteaba. La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos. Porque le relajaban. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra. Como hicieron otros antes. un local de los bajos fondos de La Paz. su editor. –Cuando lo hacía. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. mucho frío. a la que tanto odiaba. No era educado. por suerte. como lo hacía Viscarra. así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. que esnifan pegamento en los nichos vacíos. Que allí no duró mucho. publicado en marzo de 2012 por la editorial boliviana El Cuervo. A falta de fogatas. En una ocasión me invitó a La Guerra. ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos. tumbas. Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de * Este texto forma parte del libro Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras del suelo. conocida por su dureza. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Reía. y menos para comprarse libros. y Viscarra. Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente. que no tenía un peso casi nunca. Y que así lo hizo. por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. Ese día. Que luego entró al seminario como novicio. siguen llegando nuevos adscritos”. tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros. con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. Era muy inquieto. | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 hasta llegar a una puerta de latón. que lloran como lo hacía Víctor Hugo. Tardé un poco en dar con su tumba. que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito. cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. aunque tampoco mucho. Luego. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre. Hacen falta. Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa. En casa de Vicky. Víctor Hugo. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. para el resto. se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco. Eso significa que eres un buen escritor”. adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto. Y yo le quedé eternamente agradecida. Detrás había un hueco. le llevé una botella de aguardiente. mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento. como si eso le tranquilizara–. te has dejado vencer porque eres un débil”. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal. casi siete meses después de su muerte. Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto. que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. exclamaba. Porque supuraban las heridas. pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias. O las quemara. fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. Para que matara las penas. Me salvó la vida. sin duda. –¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos. “Sinvergüenza. aún más sencilla.

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