Las mil noches del

BOlIVIANO
ILUSTRACiÓN:ISTOCKPHOTO FOTOGRAfÍA: MANJARREZ

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La de Víctor Hugo Viscarra es una historia excepcional. Esta es la historia de las mil noches de este hombre llamado “el Bukowski boliviano”. se educó a sí mismo y a todos los maleantes. sino en una cama de hospital. Leyó y escribió a marchas forzadas. gozó de un respetable “éxito”: publicó varios libros. Indigente desde los 12 años. prostitutas y vagos que tuvo a su alrededor. Bebió tanto alcohol como pudo. resistiendo el pesado frío de las madrugadas en las calles bolivianas. con buenas críticas. tomando el último trago”. y de tanto en tanto lo entrevistaron los medios. pero libre. Lo hizo a su manera. Finalmente. la noche y el alcohol. Pero nunca dejó las calles. Víctor Hugo no murió como quería: “solo y como un perro. Inusualmente. Por Álex Ayala Ugarte* .

Porque allí. No había visto antes ninguna fotografía suya. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes. le llamaban algunos periodistas. el que habita en mí debe de ser muy triste”. no dejó de sentir frío. paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. Por eso. decía. En los momentos de mayor flaqueza. tomando el último trago”. Caminaba lento. sí. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros.Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley. parecía una sombra. cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. tras una paliza de su madrastra. “Nací viejo”. quizás su obra más autobiográfica. escribió Viscarra en Borracho estaba. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Días atrás. Se cubría con una chamarra café.La Paz. Porque. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. medio encorvado. añadía unos renglones más abajo. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo. una camisa medio blanca. bromeaba. pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista. Más que una persona. –Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad. en enero de 2004. pero me acuerdo. decían otros. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció. Un año antes. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado. De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria. al abrigo de una ciudad gris. “El narrador de los márgenes”. Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. rompió varias escobas contra su espalda. soy Víctor Hugo Viscarra. Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio. tras echar una mirada a la carta de los precios. y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez. lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–. dijo. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?. con olor a orín en las aceras. el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. su editor en aquel tiempo. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba. Su padre. como quería: “solo y como un perro. Desde entonces. Yo no lo conocía. a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. la prefirió a ella. estirando luego el dedo índice como un pirata. Su madre. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia. pero libre. “Es artero. cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella. como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle. Bolivia. mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. Que si lo hacía. Pero no hizo falta. medio sucia. Y corría el riesgo de que no se presentara. Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. aunque borracho de corazón. un suéter viejo y un pantalón negro. a los 49 años. “El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”. –Sí. hacia lo lejos. me preguntaba. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño. a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006. a pasos cortos. Y las interrogantes eran muchas. Antes. neumonía crónica. “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. medio confundido. el antropólogo –me dijo. describía. bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Pablo Gozalves. “aunque un buen hombre”.. intuyendo probablemente la fatalidad. “por lo menos hay calefacción”. sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos. Porque dijo adiós desde una cama de hospital. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo. según él mismo contaba. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo. Por eso andaba siempre encogido. Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”. Se fue un miércoles. una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. | EMEEQUIS | 16 DE ABRIL de 2012 55 . el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho. –Hola. el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón. “Ahí está”. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto. no en una cantina. –¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa.

Gran Poder. Relatos de Víctor Hugo (1996). Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino. Memorioso. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza. me siento en casa”. con mis delincuentes. Y un leve tartamudeo. simposios. he leído tu libro. Tembladerani. Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas. fruto de las caídas y los golpes recibidos. mis putas. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado. cura en el barrio de Villa Dolores. pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005). Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas. Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. Alto Tejar y Chijini. Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos. Silabeaba. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. Borracho estaba y Avisos necrológicos. formando montañitas que crecían desde el suelo. congresos. Achachicala. ya fallecido. Todas mis deudas se las dejo generosamente | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 . Es más. dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él. como las de un mago veterano. diplomados. en palabras del crítico Germán Aráuz. No mentiste”. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba. con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. Alcoholatum. maestrías y demás tucuymas. bien ordenados en los estantes. También se mostraba deslenguado: –Aunque digan que no tengo estilo literario. Puesto que los he perdido irremediablemente. Tras la muerte de Viscarra. sus mañas se hacían más visibles. se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario. lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–. Con Relatos. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro. Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra. Conversamos. y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Su nariz. acompañaba su discurso. sobre todo.56 De cerca. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido. cada espacio. le dijo. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace. imperceptible casi. francesa y latinoamericana. de la calle. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad: La Garita de Lima. otros. presumo que a ese lugar han ido a parar. un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico. universidades. de su amigo Humberto. parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos. “bebió a cada momento en carne propia”. de la ciudad de El Alto. cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. el escritor se adentró en un universo de supervivencia que. aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. entre otros. El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. no para que los aproveche. “Escritor. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante. mis mendigos y mis ladrones. Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera. Hallé de todo: literatura inglesa. lenguaje secreto del hampa boliviano (1981). Borracho estaba. ya que él no sabía manejar bien aquella máquina. sarcástico y tremendamente ácido. Su máxima era ésta: “Allí. menos puedo hacer para recuperarlos. sin un orden lógico de números en el marco de las puertas. Víctor Hugo volvió enseguida al trago. una tarde nublada. El “documento”. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Ya que no pude hacer nada para retenerlos. su último editor. Al hablar. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas. y porque luego le guardaba los archivos. Y cuando la charla no dio más de sí. en algunas de sus partes. a mí me encanta escribir de esta manera. que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. recordando con detalle cada fecha. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”. cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates. Es mi forma de hacer las cosas. Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001).

lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. Era una especie de rompecabezas. Y como las serpientes cambian de piel. Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso. relatos incompletos. se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales. Temblaba. Y a veces él mismo se piradaba de aspecto a cada rato. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. sin embargo. escribía un párrafo. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada. me dijo. cuando peor estaba. cuando conseguía nuevas prendas. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí. –Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos. Al final. Sus enseres eran siempre de usar y tirar. otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. Según Manuel. Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba. lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di. Solían juntarse en casa de Manuel. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban. estaba sucia y destrozada. De ahí nació Alcoholatum necen los guiñapos de mi devaluado corazón”. como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. “Y mi pobre corazón. ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. todos de golpe y a veces unos cuantos.. Los culturicé un poco. logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum. masculló primero un par de maldiciones. en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba. una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”. cuando se mencionaba su nombre en algún sitio. pero me acuerdo. tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. con hojas sueltas. como un duende salido de las entrañas de una bestia. Por convenio. una amiga suya. Por lo tanto. –Yo le daba ropa y él. lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. Por eso. regalaba las viejas o las tiraba. Luego. con hojas sueltas. me confesó apenas.a mis acreedores. la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo? Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual. en pleno proceso de impresión. Viscarra pudo escapar de ellas. era serio y responsable. muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio. pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. me dijo. hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño. sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio. En ocasiones. En una ocasión.. –¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. la primera obra suya que edité. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara. A veces. Sano. porque. Después puteó a unos policías. cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada. A las tres de la tarde de un día de lluvia. A veces se animaba a dor- | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 57 . Cuando se acercó hasta donde estaba. Su noche había sido demasiado “larga”.) escribía un párrafo. dando saltitos. Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. en 2005. cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. Su cara me pareció una mueca macabra. Su ropa interior. Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. “De ahí escoge tú”. él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. Y él simplemente se sentó. Estaba borracho. Era todo una especie de rompecabezas. No lavaba. Cuando tomaba. a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón. decía. porque. Había buenos textos. Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. él mu- “De ahí escoge tú”. llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. –Marcela Gutiérrez. Sólo a ellas perte- teaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata. desasnándolos. relatos incompletos. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal. que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. pero no quiso. Apareció tambaleándose. con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. cuartillas rotas (.

ILUSTRACiÓN: ÁLVARO ÁLVAREZ .

Y para que el tipo no se eche atrás. Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. A veces lloro. agua. Como los bebedores tienen el pulso de pajero. Para beber. cosas suaves. les da un vasito vacío de yogurt. un local de mala reputación. De cerca. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. me hace fechorías mi cerebro. Antes de irse. un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Y cuando se deprimía lloraba. Y. como sopa. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. Así era él. pero ya no existía. pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes. iluminada por la luz delgada de un puñado de velas. Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. que no perdona”. antenas de televisión y manuales para todo y para nada. Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos. Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie. y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente. como no podía ser de otra manera. no | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 59 . pude ver una cara muy hinchada. sayas. Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia. y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. Porque cuando deseaba alcohol. devedés y libros pirata. yo solito”. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo. Cuando me siento ya muy mal. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales. –No tengo más que 10. Se acelera. porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba. ‘Por fin te has jodido la vida’. Entonces me pongo más tranquilo. ‘Si entras aquí. alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”. conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes. sin embargo. tengo mi propio tratamiento: primer día. Tenía ojeras profundas. mates o refrescos. sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie. conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. res o lo que sea. Sin ser alcohólico. En Borracho estaba. me dijo. El viernes en el que nos encontramos el ritmo del fol- clor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas. en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo. víctima de los insomnios prolongados. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio. Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera. periodista y buen amigo del escritor. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. Aquella frase era habitual en él.mitar en alguna gradita. conciso y directo en sus apreciaciones. Se marchó sin despedirse. doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. diabladas y demás familia. sin soltar lágrimas”. una taberna impregnada por un profundo olor a viejo. peluches. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios. se me escapa todo lo negativo y me asusto. no vas a querer salir’. dulces. rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque. después. me dijo”. y lleno de anécdotas. Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo. con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. con un llanto bien indígena. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches. cuecas. cierra la puerta con un candado. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. a falta de un vaso de cristal. el orgullo le podía. pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega. “Un par de veces quiso llevarme al Averno. pero como estoy sin compañía nadie se entera. sin ayuda me curo. como si de un tic se tratara. visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. decía. Soy como un perro. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. Erick fue un privilegiado. Y en cada salida con él se sorprendía. Cuando su cuerpo estaba helado. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–. y luego me meto lo que venga: pollo. lloraba muchísimo. –Entonces. Pero no siempre. concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. puro líquido. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. se reía a carcajadas. un alma que el escritor sentía siempre fría. Sobrio.

| EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 ILUSTRACiÓN:MARTÍN ELfmAN .

Concentrada. comenzó a probar sus primeros tragos fuertes. cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita. un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad. lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra.faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón. entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo. Y no me gustan los intelectuales. –No soy como ellos. donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”. Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén. en el café Alexander de Sopocachi. Su tos se había vuelto crónica. Aunque él quería irse. parece agua. –Cuando tomaba. insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones. pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. donde transan los volteadores. ni aliño. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. Dos semanas más tarde. descuidistas. No me gusta la política. Otras dos después murió. parecía una caricatura. y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. a los 16 años. Y contaba que. divertido. carajo! –protestó. donde atendían de domingo a domingo. donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. ni pepino. él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo. desaconsejables para los estómagos sensibles. acto seguido. hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase: –Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo. El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz. que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista. Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor. según Viscarra. Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. aunque otros ganan el quivo (la plata). Ya nunca más volvería a escuchar su voz. –El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. ingresó al hospital Arco Iris. Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba). también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. Mientras Víctor Hugo hablaba. la de García Meza. me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo. pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. ni tomate. tuvo su bautizo de fuego: allí. sucios. ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual. pero con asco. Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. Cuando salimos. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados). a su paso. No me gusta el deporte. a ratos. –El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. quienes. Del Averno destacaba las peleas. Sus palabras. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?. la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos. rateros y raterillos. Le contesté que sí. están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana. Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde: –¡Esta mate no tiene nada de sabor. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada. llena de balcones señoriales. tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. –Si pudiera. trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces. Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural. Examinaban disimuladamente al escritor. yo me he llevado la fama. Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio. Andamos unos pocos metros. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia. en los ochenta. Según Erick. sonaban como un aullido apagado. Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. me dijo. Lechuga y punto. Lucía como un viejo achacoso. los tuteó con apenas un golpe de vista. Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. de lo esperado. tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro. ubicado en un rincón con el mismo nombre. sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba. una vía estrecha y adoquinada. En el Callejón Tapia. Seguimos por más callejones | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 61 . Pero bueno. pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca. Y su listado de dolencias se había multiplicado. sin pronunciar palabra. Yo era una intrusa. igual de maltratado. ni pan. Su cara estaba inflada. Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006. cuando tenía plata. poco después del fallecimiento de Viscarra.

62 FOTOGRAfÍAS:ÁLEX AYALA UGARTE | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 .

que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña. su editor. que lloran como lo hacía Víctor Hugo. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. por unos pocos pesos. como si eso le tranquilizara–. “Pero. “Sinvergüenza. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto. En una ocasión me invitó a La Guerra. por suerte. 63 . Me salvó la vida. la señora que nos atendía lo felicitó sincera. Que luego entró al seminario como novicio. puteaba. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida. Eso significa que eres un buen escritor”. leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos. exclamaba. –Cuando lo hacía. Y yo le quedé eternamente agradecida. y Viscarra. un colchón de paja y una manta. | EMEEQUIS | 16 DE abril DE 2012 hasta llegar a una puerta de latón. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. que escalera en mano. todas parecidas. publicado en marzo de 2012 por la editorial boliviana El Cuervo. ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. tumbas. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre. te has dejado vencer porque eres un débil”. mucho cemento. le llevé una botella de aguardiente. sin duda. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal. los rezadores profesionales. con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. me dijo. Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre. aún más sencilla. Y me dejó allí sola. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. mierda. lo que me has hecho sufrir. Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de * Este texto forma parte del libro Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras del suelo. Porque le relajaban. Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente. se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco. tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros. Y que así lo hizo. y la experiencia fue hermosa. A falta de fogatas. –¡Ya. que esnifan pegamento en los nichos vacíos. como lo hacía Viscarra. O las quemara. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Mientras caminaba. siguen llegando nuevos adscritos”. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. se encogía. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos. La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. las lloronas. Como hicieron otros antes. para el resto. Que allí no duró mucho. Detrás había un hueco. Reía. Había que usar velas para ver bien. Aquel día hacía frío. un local de los bajos fondos de La Paz. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. aunque tampoco mucho. Era muy inquieto. a la que tanto odiaba. Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas.En diciembre de 2006. pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias. Tardé un poco en dar con su tumba. Mientras hablábamos los manoseaba. los niños sin techo. con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito. Gracias a estos encuentros. así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. Ese día. Porque le distraían. Porque su madre. cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro. añadía. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. No era educado. que continúa todavía vivo como personaje literario. por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. le dijo. casi siete meses después de su muerte. Luego. Que perteneció a las juventudes comunistas. En casa de Vicky. y menos para comprarse libros. esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”. –¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos. en sus libros. mucho frío. Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. Hacen falta. fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. Para que matara las penas. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. Porque supuraban las heridas. Han destinado a un tipo para cuidarnos”. –Su estrategia. La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos. Vicky pudo saber algo más de su pasado. conocida por su dureza. que no tenía un peso casi nunca. que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. Víctor Hugo. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra. mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento. sin verter lágrimas. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas. los limpiadores de tumbas.