Ciudades apolíneas y dionisíacas

Se puede suponer que en todos los países viejos de tradiciones antiguas se dan, como se daban en Grecia, dos clases de urbes, la urbe alta, la acrópolis, la ciudad de los caballeros con un sentido racial y la urbe nueva, la hipópolis, la ciudad de los negociantes, marineros y extranjeros de sangre mezclada. La acrópolis era primitivamente la vieja ciudad que habían fundado héroes legendarios y que al paso de los siglos se convertía en ciudad templo, de tradiciones; la hipópolis era la ciudad nueva con callejuelas y barracas donde vivía el advenedizo y el extranjero. En la urbe alta se mantenía el espíritu de casta aristocrático y nacional, con sus dioses viejos y sus fórmulas hieráticas; en la ciudad baja reinaba el espíritu democrático del advenedizo y del meteco, el dios nuevo y la moda. En las alturas, el culto de Apolo, en el llano, el de Dionisios. La altidud más individualista y menos sociable tendía al aislamiento y al orgullo, la tierra baja a la comunidad y al socialismo. Esta última formaba con facilidad asociaciones: anfictionías. En todos los países viejos hay un recuerdo de esta constitución en grande y en pequeño, en las ciudades como en las naciones. En este sentido, en España, Toledo, Ávila, León, Segovia, Salamanca constituyen como una acrópolis, en cambio Barcelona, Valencia, Sevilla, Cádiz, La Coruña, Bilbao, son las villas bajas con cierta tendencia a las anfictionías. Esta tendencia se da más en el Mediterráneo que en el Atlántico, porque el Mediterráneo es el mar meteco por excelencia. La lucha entablada desde hace tiempo entre la Monarquía y la República en España es un episodio de la rivalidad de la acrópolis y las ciudades bajas. Pio Baroja – Ayer y hoy

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