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“La guerra ajena”, de David Morán ©David Reyneri Morán Rivera
Prólogo de Israel Álvarez Epílogo de Luis Amézaga Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de su autor. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Ana Patricia Moya Rodríguez Maquetación: Ana Patricia Moya Diseño: Felipe Solano (portada, contraportada e imágenes de interior) \ Ana Patricia Moya

Depósito Legal: CO 1581 - 2013 Córdoba \ Honduras, 2013
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Si

una guerra te es ajena, ¿entrarías en ella? Es muy probable que no, porque mientras nuestra guarida esté a salvo, no hay nada que temer; pero también es cierto que, en ocasiones, las personas tampoco luchan y son beligerantes en una guerra que le es propia.

en un momento - o siempre hemos estado en ese momento - en el que alzar la voz al mundo es tan necesario como el propio aire que respiramos. Globalizado ya el planeta, y pudiendo conocer toda la información al instante, nos hacen ser poderosos - a los ciudadanos del globo -, pero aún no existe la red que una al mundo en una causa común.
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E stamos

E s esa causa común la que nos habla David
Morán en este libro. El autor toma prestados aquellos versos de Quevedo:

"Pues amarga la verdad, / quiero echarla de la boca", y nos hace ser partícipes de
sus versos íntimos, pero a la vez, tan universales, para rechazar la injusticia de un mundo cruel y banal, desconsiderado con los débiles - que somos la mayoría -, para cliquear ese botón que llamamos humanidad y que decimos que se halla en el corazón. Todos los artistas, y también los poetas, son hijos de su tiempo, y David Morán es buen hijo del suyo.
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U tilizando

una poesía que no entra en la métrica ni en la rima, sino que expulsa y vomita las cosas tal como son y tal como salen de los espíritus comprometidos, “La Guerra Ajena” nos susurra, gritando, que actuemos frente al mundo, con la sensibilidad que requiere tal labor. Veintidós poemas son suficientes para decir exactamente lo que se ha de decir. Cuando se lee el libro que tienes entre las manos, desconocido lector, entre sus poros perfuma el "deber despertarse" del letargo social, romper la cadena de la esclavitud, aunque con ello deba dejarse atrás cosas que deseamos, como en el poema “El último vagón del último tren”.
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es que somos como esas estatuas que cita en el poema “Limbo”: "sin la

Y

capacidad de cambiar absolutamente... nada". Enlazando esta idea, viene su “Infiel” : "No creo en la conciencia colectiva / sino en el brillo irrepetible del alma". Nos dice en resumen que
somos singulares y únicos, y es aquí donde David Morán nos habla más claro de su dogma de vida, que al contrario del título de la obra, es una guerra siempre cercana, con uno, y por uno, mismo. Por y para el hombre.
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siendo estos poemas una denuncia continua ante la tiranía en todos sus ámbitos, también, al correr el tul de la superficie de los versos, David Morán comparte su mundo sensitivo. "Esta vida se me hace color sepia", como la oscuridad que va adueñándose del color de nuestras vidas, es buen ejemplo de ello. nos dice que "la poesía, para el poeta, es liberación". No hay mucha explicación en ello. Es una verdad que llevo yo mismo cada día en la creación poética. Si muchos poetas no lo fuéramos o no nos refugiáramos en ella, ¿qué? Leí que la vocación literaria es una mezcla de visión y misión destinada a ordenar el caos de la vida. Pues eso. Morán desea ordenar con justicia ese caos.
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A ún

T ambién

poema “Las últimas horas” es buen resumen de los planes vitales de los seres humanos, de cualquiera de nosotros, de usted mismo; y al final, abruptamente, se acaba, c'est fini . La razón no tiene relevancia, lo esencial es que termina. Pero la poesía viene y va, crece con los nuevos poetas, como las flores finitas de los campos: "la belleza es el mejor

Su

recuerdo que nos dejan / las flores marchitas". Sentimentalismo al servicio
de la raza humana: es necesario.
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Yo

me uno a esa guerra que Morán mira sin vacilar, y se enfrenta a ella. Si es ajena o no, no importa. Al final te tocará. No intentes mirar a otro lado, querido lector; al fin y al cabo, a David Morán, a usted y a mí, nos une el mismo lazo por el que luchar: la libertad. Libertad también para escribir estos versos.

Israel Álvarez, Agosto, 2013
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A manece turbia la realidad
frente a los ojos, desvanecido ya el letargo onírico de su pletórica existencia, despertamos al dolo, al goce y demás caprichos de la vida. P ensamos (si es que lo hacemos) en la razón de nuestro apremio que siempre nos levanta exaltados y nos obliga a izar las velas.
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R enacemos ávidos de sincronía
contra el caos, inadvertido queda el motivo que florece nuestra sonrisa. A ndamos, como hormigas, ansiosos por formar el mosaico del cual depende nuestra relación con el agujero del rompecabezas.
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E merge pulcra la luz
que ahuyenta los antiguos ecos, confundido está el calendario con nuestra memoria bicameral. C reemos, por sinergia, que se puede eludir los malos tiempos con el rezo maníaco o el escéptico razonar de la mente halagüeña.

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B añamos la piel que nos libera
del oprobioso pasado, y consagrando nuestra suerte a la virtud alimentaria, ansiamos, dentro del corazón, que la apuesta por la fe nunca nos arrebate el destino promisorio que se nos ha jurado.

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Y así comienza
nuestra rutinaria faena. C ontra la vida, por la vida, o a costa de la misma.

T ras la búsqueda del amor ligero
nos extraviamos en los caminos de la frivolidad.

T ras la incesante lucha
por la seguridad nos dejamos atar con fuerza a la correa del amo.
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P or conservar la identidad social
transformamos el alma en la sombra de otros.

P or impedir el rechazo que nos exilie
delegamos el pensar en manos de unos cuantos.

Y así trascurren los delirios de la mañana,
contra las apocadas almas en conflicto.
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C on la justificación del orden
atizamos la lucha entre realidad e ideal construyendo el régimen de las futuras lamentaciones.

C on la intención
de enaltecer al hombre derribamos los altares de los dioses rompiendo para siempre el nexo que nos ata con lo trascendente.
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Y así queremos construir
nuestro progreso, con arcaicos modelos que rebuznan los profetas de la revolución doliente, cuya sangre exigida - la nuestra, mas no de ellos no ajustará, a fin de cuentas, ni para comprar la triste verdad con la cual nos salvaremos.
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C uando las tinieblas
cubre nuestro camino y medra el temor con paso de bestia: somos luz en la oscuridad.

C uando el cansancio aminora
la marcha e incunable es el poder del desencanto: podemos ser luz en la oscuridad.

C uando el torbellino
arrastra al desconcierto dejando a los hombres a merced de la intemperie: debemos ser luz en la oscuridad.
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S i los demonios nos acorralan
en el debacle aprisionando las almas en la soledad del tormento: invocaremos la luz en la oscuridad.

S i nos sacan los ojos,
arrancan nuestras lenguas, queman nuestros libros o nos confinan en celdas, desde ahí seremos la luz de su oscuridad.
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S omos voz profética
que acrisola el devenir, la última gaza en el filón que jamás se ausenta.

S omos esa pléyade que custodia
la verdadera fortuna, los ojos mullidos que devoran la liturgia.

E scondidos, pequeños,
inadvertidos siquiera. Marginados, incomprendidos, últimos entre lo menos respetable.
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S urgiremos, cuando nadie lo espera,
de la palpitante catacumba de los poetas, del místico vuelo de mujeres estentóreas.

S eremos todo cuando haga falta,
menos el cañón que otros disparen al humillado pecho de la inocencia.
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S abe a rancio el grito
del hombre culto que brota desde el foso de la desesperanza, no se yergue ante el rito del orgullo vacuo que señaló su estrepitosa caída.

F ácil fue embaucar sus ojos
de pez lunar, moldearlo para los caprichos de una quimera, darle celosos porrazos hasta sacarle, por desventurada ingenuidad, fibrosas estrellas.
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L uego, rompiendo la funesta
hendidura ensangrentada: llegó Ella, tendiéndole un manantial a manos llenas. Quitó de un beso el sabor amargo de la razón invidente, secó con su manto aquellos pies de barro que se ablandaron cuando eran más necesarios; y atrás quedó la ceniza sombría del inefable ser proactivo.
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Ella escuchó atenta al hombre culto, a su rebuscada lengua jeroglífica, convirtiendo aquel mensaje extraviado en el dulce canto para el atardecer profundo. Y lo compartió a los habitantes del campo, como siempre, a manos llenas.
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E l hombre es como Dios manda,
y manda que sea perfecto. E n el llano de la libertad el amor florece como gracia del sol benévolo. Un rayo de luz es el hombre, pero con el abuso del brillo los ardientes pétalos ennegrecen.
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E l mundo se congela
a la hora del crepúsculo dejando la piel del horizonte estéril.

E l bien es el paráclito de las criaturas,
el mal es un lunar oculto en el vacío de la mente.
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E ste es el río del destino:
próximo a la orilla nace el “Árbol de Kafka”.

L ibre, indomable. Ajeno del juicio
y de la última puñalada; adicto a la siempreviva mujer.

I nmune, sereno,
ingenio encendido.

E vangelio oculto
tras un rebrote de incoherencias y borrones de tinta inacabada.

N o fue más que un perro
bajo el manto del amo distante e inaccesible.
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E nterrado ya,
las raíces lo devoran.

P ero el río, el árbol
y la siempreviva no dejan de ser: L ibres, indomables, amos de su propio destino.

E l ingenio continúa ardiendo,
pues los ojos son inagotables, como la profundidad de este nuevo amigo.
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Mil hojas trastabillan por el cielo
sin su ángel verde y su colmillo de hierro.

E stá plantada a sus faldas,
desnudo el pecho, la alcanza con aliento en espiral al deslizarse por el suelo.

H umores cálidos, gemidos secos,
sentidos unidireccionales hacen temblar el tronco al detonar las raíces.
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B aila adherida junto a las ardillas,
aves y escarabajos, de su boca sale la nuez, de su vientre un ojo sangriento.

L a música le vibra en medio de las tetas,
el vino la reconoce como una herencia fugitiva que viaja a través de venas abiertas.
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L a blancuzca esencia se escabulle
hacia la desembocadura de la herida fundamental, la sabia se hace espuma, la espuma se seca hasta volverse algodón, el algodón vuela lejos del aire sepulcral de las hojas secas, se enreda en las alas de los pájaros, y se aleja, se aleja.

A hora vuela sobre tierras sempiternas.
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R umores de aves ceñidos al viento,
cóncavas estancias para las imágenes de santos, paredes insomnes con perfume de velas engalanan el parque con el gesto cordial de puertas abiertas.

E s la pequeña fortaleza de Dios ante el
mundo que le ignora. S e ha repintado la piel que le hirieron sus detractores, se ha mantenido fiel a la fe del corazón unívoco.
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E n sus faldas se refugia
la esperanza del mendigo, en el parque, el predicador se aprovecha del flujo peatonal, los desocupados, que ocupan un sitial perentorio en las bancas, atesoran a manos llenas conversaciones amargas.
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C aminan desnudos
como zombis los orates, extraviados en el país de las maravillas, se revuelcan de indignación en las aceras al no ser tratados como los auténticos quijotes.

Y desde su inamovible solemnidad,
la Catedral, atisba a su lado el altar donde se le rinde culto al santo laico, que, bronceándose todas las mañanas montado en su caballo, es el último reducto donde se refleja nuestra libertad.
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N adia corre apresurada
a la estación del tren; nadie la acompaña en su larga travesía, sola y vestida con donaire espera a que el amor la bese y se la lleve en el tren.

N adia aguarda con discreción
y esperanza; otras, como ella, abordan cada vagón, llevan maletas donde custodian la estrella con el ánimo de pegarla en una nueva constelación.
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T odas caminan a paso lento por los pasillos,
mirándose con celo mientras se leen el destino. C aminan con sutileza pero dentro de sus pechos hay temblores de una ansiosa locomoción.

S uena el pitazo.
¡Nadia despierta de un sobresalto! E l tren comienza a partir con las jóvenes que le dicen adiós. N adia corre como gacela, en su cabello una flor, en sus manos el billete que la familia le compró.
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N adia corre desesperada
tras el último tren, nada detiene la fiera marcha del recorrido; pero su flor palidece por el largo sueño, su fuerza mengua, el ánimo se ausenta y ya nada se puede hacer.

N adia salta en un último esfuerzo,
todas la sujetan para que no se caiga del vagón, y desde el tren, ella mira, por última vez, la estación lejana.

A llá quedó, abandonado,
el amor que juró besarle los pies, y la vio como se alejaba, solitaria por siempre, en el último vagón del último tren.
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Q ué difícil creerle al viento
el perfume inédito de tu cabello que reside a los lejos.

S é, también, que es infecundo
conjurar tu nombre con poemas de versos trasnochados.

P ues creí, como un tonto,
que con una leve sonrisa tuya bastaría para liberarme.

P ero he pecado,
lo confieso, ni contra ti ni contra el mundo.
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A unque asumo este peso abrumador
cual nefasta omisión criminal.

D esde este hemisferio de la vida
espero el cálido consuelo de tus bellas manos apoyadas sobre el frío tejido de las arrugas cosidas en la extensión de mi frente.

E s difícil creerle al tiempo
que me ha tatuado tu imagen como un estigma inmortal.
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P ero me rehúso,
lo confieso, en contra mía a negar tu fragancia inaudita pues la belleza es el mejor recuerdo que nos dejan las flores marchitas.
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¡ Ha llegado la Navidad! Y estamos más pobres que nunca. S í, es verdad que nos arropamos
con esta desgracia para cobijarnos del frío. H abrá que darse un duro batazo en la cabeza para ver luces multicolores en los árboles; doblar un par de tortillas y hacer que luzcan como las olorosas hojas de los tamales; torturar a los frijoles para que suden un maldiciente sabor porcino, que inculpe la huelga falaz a la que nos someten la ingratitud de unas hoyas medio vacías.
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N o obstante,
nos mantenemos erguidos, porque somos sobrevivientes.

Y para elaborar el vino de la nochebuena
seremos capaces de sacarle fermento a las mismas cebollas.

L a Navidad no es aquello que se desparrama,
sino agradecer por cuanto aún nos sobrevive, y la promesa eterna de una epifanía pura, que se guarda en el púlpito de un corazón sin tacha.
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N o sé en qué momento
se extravío el canto del diario vivir. S ólo sé que aún conservamos al pájaro cantor en el patio con su penitente mudez. Q uizá se mudó para palpitar deseos en el corazón de un asceta; o en la humedad prisionera de unas piernas torcidas por la tristeza que causa la soledad en el anochecer.
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T al vez creyó oportuno propiciar la suerte
en una jugada de carambola; o mejor, endulzar el amargo café vespertino de la señora que no tiene ni para el azúcar. P odría haberse hecho hielo para formar las estrías en el alma de las frescas minutas; a lo mejor no quiso dejar sin moscas, en el mercado, la piel desnuda de las frutas y verduras.
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S eguramente creyó ser más útil
en el ritmo pagano que suena despotricado en los ipods de los muchachos; terciar entre la humilde honradez y la fortuita propuesta indecente; o creyó más pertinente regalar carroña de perro atropellado a las nerviosas garras del zopilote rey.

Q uizá su ímpetu se agolpa
para multiplicar fuerza en las almas que se resisten a la locura planificada; o se complace en coartar las andaduras de la mente pecaminosa que no quiere desfallecer.
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H ace días que no me canta ni un chiflido
y esta vida se me hace color sepia; luce bien ante los ojos de mis visitas: pero tengo miedo, ya que lo añejo casi nunca se me reivindica y suele convertirse en alimento para polillas. P or eso pienso en qué momento volverá, no sé. H a muerto ya su embase plumeado, quizá se conforme con un monumento a la felicidad, eso sí, bien disecado.
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H oy es un día sin felicidad
o tristeza, ni de pena o gloria, sin insanias o prodigios. E s un día replicado para el mundo de las estatuas que se miran incrédulas, sin la capacidad de cambiar absolutamente…nada.
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H ay algo loable en las jetas
de un bolo que siempre se le escurre una cruda verdad.

Y la verdad la aprecio
así como una joya que arde al rojo vivo en la punta de la lengua.

L uego el bolo vomita,
se tambalea en su ardid ridículo, y cae a la orilla de una acera sometido por el peso de una verdad ajena.
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N o creo en la conciencia colectiva
sino en el brillo irrepetible del alma, no creo en la lucha de clases sino en el amor al prójimo, no creo en el fusil revolucionario y su piel moteada de salamandra, no creo en la distribución equitativa de la riqueza sino en la fluidez de la fortuna y la administración racional de la justicia y la misericordia.
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N o creo en rojinegros
azules pardos arco iris invertidos o blancos timoratos.

Ni siquiera promulgo
la hermosa domesticación que induce la doctrina, ni en el rayo divino del caudillo redentor que sube al trono absolutista por la mano fanática de sus ejércitos populares.
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V eo con buenos ojos al pastor
que abandona su rebaño para ir tras la oveja extraviada mientras denuncio al que, para darles resguardo, las aprisiona entre bardas; admiro al pastor que guía hacia una estrella, pero mejor aún, añoro la metamorfosis de oveja a pastor y de pastor a poeta.

N o creo en el cambio climático
sino en el cambio de conciencias para rescatar al mundo.
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N o creo en la persona normal
sino en la individuo único, no creo en la tendencia relativa que nos roba las verdades más puras, ni creo en altruismos ideológicos, ni en el poder regulador del gobierno que hace saltar la moneda dorada hacia el bolsillo equivocado.

S oy un infiel
lo confieso trasgresor de un progreso a la deriva, y me llaman salvajismo por no rezar su infausto credo.
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T engo una visión sin horizonte
desarmado estoy sin el lápiz del destino ante el inexpugnable paso del tiempo que no requiere el punto final para colocar un número finito a las paginas blancas que me sobran.

S eré el plural del hombre sin esfuerzo
que al dolo del fracaso se entrega a la asfixia de las horas inútiles que transitan bajo la sombra del murciélago.
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N o soy nada sin mis exigencias
y ellas antes bien me flagelan en el recodo donde yace la muerte blanca esa que inocula la necrosis del alma.

E ntre la espada y la pared
entre el remordimiento y la impotencia no soy luz ante mi oscuridad sino su ausencia.
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P ero me niego al salto mortal,
a la ira, al miedo y debilidad siendo la piedra en medio de la aridez que llora por dentro.

P ese al esfuerzo dado a ciegas
seré el misil ante el cual sucumbió Goliat mas nunca, quizá, el monarca de mi propia existencia.

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E n las últimas horas
se las pasó haciendo planes:

D ijo que quería seguir estudiando, ir la Universidad, luego sacar maestría y, tal vez, en el futuro, un Doctorado. T rabajar duro para ayudar a la madre, dar diezmo a la diezmada iglesia, desnudar el alijo dentro de su facción política, viajar a países desarrollados para tomar ejemplo.

D esde su gruta existencial
esbozó los trazos insolventes de una figura mítica y también necesaria donde despunta un ideal.
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S ería el bache donde se atascaría
la corrupción, la palanca para mover un país desahuciado, la bombilla creativa que nos libera de la hosca mediocridad.

S e casaría pasado algún tiempo;
dos hijos, tal vez. T rabajando duro se haría con una casita, el carro y la futura pensión. E staba todo decidido.
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S e marchó,
tomó un el autobús en la esquina; alguien misterioso se le acercó: - ¡Dame el celular hijueputa! - amenazaron. D el susto no supo reaccionar, otros se horrorizaron de lo que ocurrió: que para espantar aquel enorme proyecto juvenil de su vida, el rugido de una pequeña bala maldita bastó.
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U na voz interna hipa
desde el horizonte virtual suya es la tormentosa armonía de la culpa aspea ese delicado nervio insomne que nunca descansa vive como el inquisidor solitario de la moral cruje ante el dolo de la alevosía y su fruto amargo.
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A trapado en el laberinto el culpable
no posee escapatoria el rigor de la caza ofrece una muerte lánguida de presa silvestre un prófugo es víctima desesperada en busca de redención cinceladas recriminatorias esperarán por él y lo seguirá sin tregua con esa rígida mirada inclemente.
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N o se puede escribir
un poema político mientras escuchas música romántica, pues, al final, el resultado será versos cargados de ingenuas utopías.

N o se puede escribir
un poema político sometido al embrujo de menesterosas ideologías, pues la pasión y la belleza quedarán encadenadas… …y la poesía, para el poeta, es liberación.

L a mejor política
que puede acrisolar un poeta es la práctica sagrada de tachar palabras innecesarias; lo demás… es pura vanidad.
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S igo pensando que vivo suspendido
en medio del fuego cruzado entre dos bayonetas.

E l poder de la belleza
en boca de los magos de la palabra, el poder de la fuerza en manos de los gendarmes de cinco estrellas.
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E sto hace reflexionar
sobre el camino que lleva a la nostalgia, similar a un callejón sin salida que aún guarda el viejo hedor de las babas de un perro ahogándose en sus propios aullidos.
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V íctima es de magos y gendarmes
que no ven la hora de dejar caer el telón que precede a la aurora, sin dejar de repetir la vieja rencilla entre ideales trasnochados frente a la violencia que el orden esputa.

A pesar de todos los muertos
que ha dejado esta infausta historia, cansa ya la amarga devoción por repetir una y otra vez las misma e infecunda lucha.
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P or eso, es preciso,
cuanto antes, renunciar a esta guerra que no es mía.

N o hay razón para heredar
el ciclo de las cosas tristes, marchitas, que coagulan el corazón de la patria. A unque entiendo que lo difícil no está en mitigar el resentimiento, sino en consensuar el tiempo que tomará darle vuelta a esta amarga hoja.
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C ómo nos ofende
esa parte oscura en el corazón de los hombres que apenas sintieron la calidez de una leve caricia en su espalda.

C ómo nos consterna
esa sombra frívola - como las dagas de una serpiente que su tremenda inmadurez proyecta en torno al grito de los pequeños inocentes.
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Y cómo nos duele la impotencia
al no poder corregir la locura eructada por el vientre de la bestia que nos obliga a soñar con improbables resurrecciones.

L es valdría muy poco rematar
mil veces al culpable que ha replicado esta dolosa pauta de muerte.
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E ntramos en la era
donde los psicópatas sindicalizan el resentimiento a punta del irracional estruendo de la balacera.

E ntre tanto la sociedad que los parió
se ve atónita el rostro frente al espejo gimotea, se cubre con maquillaje esa horrenda arruga que le atraviesa toda la cara como una falla geológica a punto de colapsar.
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Y se va al patio trasero a cavar un agujero
pensando que el desvarío homicida - triste es reconocerle la ingenuidad que cercenó de la carne a tantas almas se desvanecerá cual triste pesadilla al enterrar todas las armas.
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A nochece plácida la realidad
frente a los ojos, construido ya el espacio onírico de la propia existencia nos aprestamos al descanso, al olvido de las cosas amargas de la vida. S oñamos - si es que lo hacemos en construir el anhelo que restituya la pasión que nos impulsa a cultivar estrellas.
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C ansados de batallar
contra la ironía del inminente caos al descubrir la razón que marchitó nuestras sonrisas, buscaremos, como lobos solitarios, el cubil nostálgico del cual renacerá el filo de nuestra inmensa estepa.
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L legará la límpida oscuridad
para resguardar los nuevos cantos, y se encienda un rosario de luces multicolor en nuestro cerebro de broca, creeremos, por sinergia, que llegarán a su fin estos malos tiempos con el rezo desgastado y el rancio razonar que auguraron los desvelos.
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T atuaremos en la piel la herida
que nos conecte con el pasado, y consagraremos nuestra suerte al devenir de nuevas olas, con la esperanza, de sol peregrino, donde albergar un amanecer, cuya luz dignifique nuestra estampa oculta tras el letargo de la horas.
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la guinda a un pastel que nos ha dejado satisfechos es una pretensión que puede provocar colesterol del malo. Así que seré breve y liviano, como un tanga brasileño para epilogar este sustancioso libro.

P onerle

T odas las guerras nos son ajenas mientras
no sea nuestra sangre la esparcida. Pero eso es difícil. La guerra es de ellos, los muertos los ponemos nosotros. El cinismo es el búnker donde nos ocultamos.
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A nte los malos tiempos que oprimen hasta
la cabeza mejor amueblada, no sirven las fáciles agarraderas, esas nalgas que se dejan sondear por la mano voluptuosa que cuelga por casualidad. La fe no puede ser la puerta de atrás de este local mugriento y trasnochado. La fe no es válida si va acompañada de espectáculo o cobardía.
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libro que señala con el dedo vuelto hacia uno mismo después de haberlo paseado por lo social, en una búsqueda de la identidad de ida y vuelta, como esa puta que regresa a casa sin haber encontrado ni un solo cliente que le compre el producto, y siente una mezcla de tristeza y de alivio. Cómo explicarlo con la sórdida música de fondo que son sus tacones rompiendo el compás de las aceras.
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E ste

música que habla del sexo caducado, de la poesía arrinconada en los trasteros de la literatura actual. Grito bien alto para que hasta este punto llegue el eco de aquellas palabras de Houellebecq: “Toda

U na

sociedad tiene sus puntos débiles, sus heridas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte”. David Morán lo hace
y saca el dedo indemne.
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ante un libro que busca nuestra reparación, la de los mártires, que lo somos sin ambicionarlo, porque el devenir así lo ha decidido. Somos casi santos por cojones: "la luz en la oscuridad ", malditas linternas a pilas que no saben dónde ir ni qué buscar entre las sombras. Y total, para que una bala caprichosa, metafórica o no, siempre inevitable, acabe con el futuro al que tantas horas hemos dedicado en el imaginario.
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E stamos

" Sabe a rancio el grito del hombre culto /

que brota desde el foso de la desesperanza", dice Morán, en el principio
de uno de los poemas. Y me acuerdo del escritor italiano, que no sólo escritor, Gabriele D'Annunzio, del cual se cuenta:

"Las masas italianas pueden ser las más bulliciosas del mundo y, sin embargo, cuando su elocuencia alzaba el vuelo en una plaza repleta de público habría podido oírse, literalmente, la caída de un alfiler".
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esperanza para el hombre culto, para la cultura y para la poesía que evoluciona, que no se queda mirándole el culo a las chicas y lo llama amor.

H ay

" El

mundo se congela a la hora del crepúsculo / dejando la piel del horizonte estéril".

comprometido, con referencias antropófagas de la propia cultura de su autor. Una finura de cuya evolución he podido ser espectador privilegiado, al brindarme Morán su amistad.
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P oemario

Me

gustaría hablar de la amistad, de los versos a dúo, me gustaría convenceros de que os sentéis y releáis (en poesía es más importante la relectura que la primera lectura) con tiempo esta guerra ajena, que acabaréis por ver como ese asteroide que amenaza la seguridad del planeta. Cada verso acerca a la amplitud del alma de su autor, un alma que es la de todos.
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David: delante del lector discreto, a ti me dirijo en este epílogo, que como ya temes, se prolonga en demasía hasta la nada. David, estoy de acuerdo contigo cuando mencionas en algún momento del libro: " se revuelcan de

E stimado

indignación en las aceras / al no ser tratados como verdaderos quijotes” . Quizá
aún no lo sean, no lo seamos. Aunque escribir poemas es como ver gigantes donde sólo hay molinos.
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Tu

narrativa, que va por buen camino, siempre será hija adoptiva de esta poesía que nos vio nacer y que doña Ana Patricia Moya, en su cálida Groenlandia, tiene a bien servirnos con su reconocible y talentosa dedicación. Todavía quedan personas que entienden la literatura como algo interesante, no como algo interesado.
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T ú me explicarás, por qué, a pesar de todo,
(que los lectores no me dejen mentir), este poemario libera una fragancia de exaltación de la belleza. ¿Aún hay esperanza? ¿Sin ella dejaríamos de leer y de escribir y nos retiraríamos definitivamente al búnker a mascullar amarguras?

Tu

escritura nunca cae (y te admiro por ello) en la inanidad estilística, en la falta de ética, en la frivolidad ociosa, o en la vulgaridad de ideas. Quizá por ello deberías ir olvidándote del éxito de masas, que lo único que harán es "regalar carroña

de perro atropellado".
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v

verso es el triunfo del alma sobre la colectividad, lo auténtico sobre el rebaño sedado, la peculiaridad sobre la equidad. Esto, en medio de un mundo abierto a otros ojos que no son los míos legañosos, es lo que me transmite esta guerra ajena cuyo único cadáver es el de quien no se adentra en sus versos.
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C ada

ustedes lo disfruten. Y a ti, David, gracias por tu poesía, por tu palabra con vitamina C, y en particular por ese "héroe de paja". ¡Hasta la Resurrección!

Q ue

Luis Amézaga, Septiembre, 2013
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SOBRE EL AUTOR
DAVID MORÁN (Tegucipalga, Honduras). Poeta y narrador. Graduado en Psicología por la UNAH. Trabajó como asistente en oficinas particulares y como consultor independiente para el área de Recursos Humanos. Actualmente, reside en la capital, donde desarrolla una apasionada actividad literaria. Ha participado en diversos medios literarios; posee blogs personales (“El Catracho” y “Neurocosmos”) donde expone parte de sus creaciones literarias, así como opiniones sobre sucesos políticos y sociales relacionados con su país natal. Ha publicado el poemario “La conspiración de la sirena” (Groenlandia, 2009) y el dietario autobiográfico “Reloj de Arena”, junto al también poeta y narrador Luis Amézaga. “La guerra ajena” es su segundo libro de poesía. 109

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SOBRE EL AUTOR DEL PRÓLOGO
ISRAEL ÁLVAREZ (Huévar de Aljarafe, Sevilla, 1986). Sus poemas aparecen en diversas publicaciones digitales (“Groenlandia”, “Cinosargo”, “Palabras Diversas”, “Cavea Cultural”, “Palpitatio Lauri”, “Azahar”, etc), así como en blogs y páginas Web. Miembro de REMES (Red Mundial de Escritores en Español) e incluido en antologías literarias virtuales. Ha publicado el poemario “El Leteo” (Bohodón Ediciones, 2013). Actualmente, es estudiante de Geografía e Historia en la UNED.

SOBRE EL AUTOR DEL EPÍLOGO
LUIS AMÉZAGA (Vitoria, 1965). Ha escrito numerosos artículos y ha colaborado en diferentes revistas literarias (“Bolsa de pipas”, “Letralia”, “Ariadna”, “Agitadoras”, etc). Con su obra “Dualidad: onda \ partícula” fue finalista del Premio Café Mon 2008. Autor de “El caos de la impresión” (Vitrubio), “A pesar de todo… adelante” (Baile del Sol), “Los alrededores del idiota” (Editorial Remolinos), “Bolsa de canicas” (Lulú Publishing), “El Gotero” (Groenlandia) y “Una semana de arresto domiciliario” (Bubok). Ha escrito, junto con el también poeta Adolfo Marchena, los poemarios “La mitad de los cristales” (Bubok) y “Poemas fundidos” (Groenlandia); también compartió proyecto con David Morán en su dietario “Reloj de Arena”.

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NOTA DE EDICIÓN
Las fotografías utilizadas para el diseño de este poemario pertenecen al artista Felipe Solano (portada, contraportada, páginas 31, 28, 43, 46, 51, 59, 68, 73 y 77 respectivamente). 113

PRÓLOGO DE ISRAEL ÁLVAREZ
O BERTURA H EREDAR L UZ EN LA OSCURIDAD M ANOS L LENAS O RIGEN Y N ATURALEZA E L RÍO DEL D ESTINO S EMBLANZA DE UNA CONSPIRACIÓN C ATEDRAL E L ÚLTIMO VAGÓN DEL ÚLTIMO TREN F LORES M ARCHITAS E PIFANÍA M OMENTO L IMBO E L PESO DE LA VERDAD I NFIEL

66
1616 2020 24 24 28 28 3232 3434 3636 40 40 4444 48 48 52 52 54 54 58 58 6060 6262
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H ÉROE DE PAJA L AS ÚLTIMAS HORAS L A MIRADA INCLEMENTE E L POEMA P OLÍTICO L A GUERRA A JENA P AUTA DE M UERTE C REPÚSCULO EPÍLOGO DE LUIS AMÉZAGA

6666 7070 74 74 76 76 78 78 82 82 86 86 94 94 109 109 111 111 111 111 113 113
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S OBRE EL AUTOR S OBRE EL AUTOR DEL PRÓLOGO S OBRE EL AUTOR DEL E PÍLOGO N OTA DE EDICIÓN

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ÚLTIMAS PUBLICACIONES DE POESÍA
Poesía de Guerrilla, Eric Luna No frenes la lengua de los pájaros, Begoña Leonardo El ruido de los cuerpos al caer, José Pastor González La carretera roja (segunda edición), David González Poemas fundidos, Luis Amézaga & Adolfo Marchena Herrumbre, Ana Vega Bocaditos de realidad (reedición), Ana Patricia Moya Luna en mi lectura, Amancio de Lier Desde momentos encapsulados, Francisco Priegue Diario de un adolescente de pelo raro, Jorge Heras García

PRÓXIMAMENTE
La edad de los lagartos (segunda edición), Ana Vega Para qué sirve Jorge Barco Material de Desecho (segunda edición), Ana Patricia Moya Desde todas las mujeres, Begoña Leonardo Recopilatorio de lo absurdo, José Antonio Fernández Sánchez El frío de la fe, Javier Flores Letelier Rabia, Rakel Rodríguez Manual para nadie, Isabel Tejada Balsas

 

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