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Los Poetas Malditos

Los Poetas Malditos

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Los poetas malditos (del francés Les Poètes maudits) es una prosa poética de Paul
Verlaine publicada en 1888.

En esta obra se honra a seis poetas: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane
Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L'Isle-Adam y Pauvre
Lelian
(anagrama de Paul Verlaine). Los comentarios que Verlaine dio sobre cada uno de
los poetas, es la descripción de una fuente primaria.

El calificativo de "Poeta maldito" se hizo rápidamente famoso, y pasó a ser utilizado para
referirse a otros escritores que no necesariamente eran amigos de Verlaine. Por lo general,
el calificativo se refiere a un talentoso poeta que entiende de su juventud, rechaza los
valores de la sociedad, encabeza provocaciones peligrosas, es antisocial o libre; por lo
general muere antes de que su genio sea reconocido por su valor razonable. Por lo que,
además del propio Paul Verlaine y los otros cinco poetas, también se pueden definir como
"poetas malditos" a François Villon, Thomas Chatterton, Aloysius Bertrand, Gérard de
Nerval, Charles Baudelaire, Lautréamont, Petrus Borel, Charles Cros, Germain Nouveau,
Antonin Artaud, Émile Nelligan, Armand Robin, Olivier Larronde, John Keats y Edgar
Allan Poe.

Los poetas malditos

Hay cuatro poetas que ejercieron una revolución en la poesía francesa, ellos son:

Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé.

Poetas que se segregaron de la sociedad, huyeron de los honores, de los puestos oficiales
y adquirieron aspectos de marginados sociales, conocieron la miseria, las enfermedades y
el abandono.
Reaccionaron contra los poetas románticos, estos eran la voz de la sociedad, sentían y
pensaban en nombre de la comunidad.
A partir de Baudelaire no se tratará del poeta sufriendo por todos, sino que será el propio
sufrimiento encarnado en la poesía. Con ellos comienzan a surgir un puñado de poetas
que comenzaban a reunirse en los cafés junto a artistas de la bohemia.
Estos genios generaron elaboradas reflexiones sobre el fenómeno poético, influenciados
enormemente por Edgar Allan Poe.
El dogmatismo del siglo XVIII y que se prolonga hasta el siglo XIX, se ve sustituido por
una juventud escéptica, agnóstica , que ha perdido la fe en los programas y serán
reveladores de los males del siglo.
Baudelaire (1821-1867)
Se encargó de tomar los principios estéticos de Gautier, para lograr una mayor
profundidad. Sus temas fueron el arte, la mujer, la ciudad, la bohemia, la muerte y el
hastío, entre otros; temas que molestaban y le valió la censura y el procesamiento por
parte de la legislación burguesa.
Sus escritos técnicos se interesaban por la belleza más que por el arte. Belleza como
efecto del arte, herencia que toma de Poe, en donde la poesía debería ser el acceso a la
belleza.

Si para los románticos la belleza era tomada de la naturaleza y de los mitos como
símbolos de una armonía perdida, para Baudelaire el paisaje mítico de donde provenía la
fuente de inspiración era la ciudad, sus habitantes anónimos, sus miserias humanas, sus
placeres, sus sueños etc.
Al respecto Baudelaire dice: “Yo encontré la definición de lo bello, de mi belleza; es algo
ardiente y triste , algo un poco vago, que aleja margen a la conjetura. Voy a aplicar mis
ideas a un objeto sensible, por ejemplo el objeto más interesante de la sociedad, a un
rostro de mujer...”.
Ha sabido intuir las relaciones entre el amor y el mal, quedando plasmado en “Las flores
del mal”, obra que le costó ser condenado por ultraje a la moral pública y a las buenas
costumbres, pero lo cierto es que este libro marcó un hito en la poesía moderna.
Sería el comienzo del fin, “Las flores del mal” comenzará a ser escrita en pleno estado
depresivo, producto de la sífilis, luego vendría el opio, la miseria, la hemiplejía y la
muerte en agosto de 1861. Si hay algo curioso es que el 31 de mayo de 1949 la Sala
Criminal del Tribunal de Casación rehabilitó la persona de Charles Baudelaire, anulando
el fallo de 1857.
“Afana nuestras almas, nuestros cuerpos socavan
La mezquindad, la culpa, la estulticia, el error
y, como los mendigos alimentan sus piojos,
nuestros remordimientos, compacientes nutrimos”
(Extracto de “Al Lector”. Las Flores del Mal).
Verlaine (1844-1896)
Su lengua es sencilla, ingenua y conmovedora, su poesía fue comparada con la música
porque ha sabido jugar con los recursos de la misma. En donde todo está ahí intocable,
perfecto, indecible.
Si bien fue influenciado por Baudelaire, progresivamente tomará características propias.
Sostenía que sus poesías vacilaban entre el sonido y el sentido, pudiendo captar que de la
lengua Francesa se podía extraer musicalidad.
A diferencia de Baudelaire, se separá aún más de la tradición romántica, descubriendo
que las sensaciones y los sentimientos se transmiten mejor suscitándolos que
expresándolos.
Su deseo de ser libre es una ilusión tenaz y junto a tanta rebeldía, la poesía de Verlaine
expresará espontaneidad.
En 1871 se produce el encuentro con Rimbaud, hecho que cambia el destino del poeta y
de su poesía. Encuentro que provoca un enamoramiento ciego hacia Rimbaud,
abandonando su vida matrimonial, para comenzar una tumultuosa aventura junto a
Rimbaud. Las peleas y reconciliaciones serían innumerables hasta que un disparo del
arma de Verlaine hiere a Rimbaud, para finalizar en la cárcel.
Esos años de prisión le sirven como desintoxicación física y moral. Siendo en este
periodo místico- cristiano, en donde nacen “Romanzas sin palabra” (1874) y “Sensatez”
(1881), reflejando su búsqueda de Paz.
Luego en la libertad volvería la vida bohemia, el alcoholismo, la miseria, que lo
obligarían a internarse reiteradamente. Pero es en ese momento cuando logra la más
genial de su obra: “Amar” (1888), “Paralelamente” (1889), “Liturgias íntimas” (1892) y
“Elegías” (1893).
Finalmente en 1896 muere.
Rimbaud (1884- 1891)
Fue un genio; a los 20 años ya había escrito toda su obra y a los 37 años había terminado
su vida. Siendo uno de los poetas más grandes de su tiempo.
Sin embargo durante mucho tiempo su poesía permanecía ignorada, él mismo se

despreocupaba de que sus poemas fueran difundidos. Serán los surrealistas los encargados
de resucitar sus poesías y junto con ellas el mito Rimbaud, el del adolescente furioso y
enloquecido, que quiere cambiar la vida.
Rimbaud pensaba que el hombre se había vuelto manso y mediocre, incapaz de
entusiasmo de goce auténtico.
En 1871 Rimbaud descubre lo que considera la verdadera naturaleza poética: el poeta no
debe ser un artista, sino un vidente y a partir de entonces pone todo el empeño en evadirse
de lo real y en la penetración del universo inexplorado de las sensaciones. Dirá: “El poeta
se vuelve vidente por un logro inmenso y razonado desequilibrio de todos los sentidos.
Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él mismo busca, agota en sí todos
los venenos....”. (Carta a P. Demeny).
En 1873 escribe “Iluminaciones”, pero es publicada por Verlaine en 1886 y también
escribe “Temporada en el infierno” (1873). Dos años después deja de escribir y comienza
una serie de viajes para Europa y África, dedicándose a la aventura y al tráfico. En 1891
será repatriado en forma urgente a raíz de una grave enfermedad; muere en Marsella en
noviembre de ese año.
“Una noche, senté a la belleza en mis rodillas, y la encontré amarga. Y la injurié.
Tomé las armas contra la justicia.
Hui ! Oh brujas! Oh miseria, Oh rencor, a vosotros
fue confiado mi tesoro!...”.
Extracto una temporada en el infierno
Mallarmé (1842- 1898)
En contraste con Rimbaud, Mallarmé era obstinada y rigurosa con una veta estudiosa,
monótona y sedentaria.
La lectura de “Las Flores del Mal”, define su gusto por la poesía y lo aleja de las
románticos.
Sus obras y proyectos más ambiciosos son de su primera época, escritos como:
“Herodías”, “La Siesta de un fauno”, “Igitur”.
Intenta alcanzar una inaccesible perfección mediante el rechazo de lo real. Necesita
desterrar la idea de que la auténtica poesía puede ser leída por todos. En su opinion hay
que devolverle su dignidad y preservarla de la admiración fácil y trivial.
La intención de explicar el mundo y la pureza ideal, la realiza a través de dificultosos
medios.
El poeta recibe, según Mallarmé infinidad de palabras y de imágenes que le dictan,
espontáneamente, ya sea la inspiración o el mundo exterior. Hay que combinarlas entre sí
y hacer surgir sus analogías que permitirán el descubrimiento de los recíprocos
significados. De esta superposición de imágenes surgirán sus poesías.
El simbolismo de Mallarmé permitirá el intercambio de lenguajes entre los entes, es así
que “La egloga” de Mallarmé inspira a Debussy su preludio de igual nombre, y en esta
música se inspirará Nijinsky para revolucionar al ballet, en 1912.
El altísimo ejemplo poético y la tensa exigencia teórica de los poetas mencionados,
tardaron algunos años en ser plenamente comprendidas y asimiladas y siendo sus frutos
una nueva oleada de grandes poetas, varias de ellos recibieron el Premio Nobel, fueron
figuras conocidas y respetadas. Finalmente la herencia fue recibida por la poesía moderna.

Poetas malditos

¿Siguen existiendo?

Me gustan los poetas desconocidos, los que antes se hacían llamar “poetas malditos” y
que ahora, en los cambios de siglo, se han extinguido. La expresión tan repandida
“poetas malditos” tiene su origen en un libro de Paul Verlaine llamado “Les poetes
maudits”, publicado en 1888
. El escritor francés escribe ese texto como una suerte de
homenaje a su amigo poeta y amante Arthur Rimbaud y en él evoca y elogia a toda una
serie de poetas contemporáneos como Tristan Corbiere o Stéphane Mallarmé, realizando
una verdadera galería de la poesía francesa de fin de siglo. De más está decir que el libro
de Verlaine le sirvió a muchos de esos poetas hasta ahora desconocidos a afirmarse en el
terreno literario galo.

El uso de la expresión “poetas malditos”, ante la
influencia de la obra de Verlaine, se extendió a todos los
dominios nacionales y pasó a designar así a todo aquel
escritor talentoso
, poco importase su nacionalidad, que
presentase un dejo de incomprensión social y una
cierta tendencia provocante
(léase autodestructiva por el
consumo de drogas o alcohol) y cuyos textos, dado su
alto nivel de codificación poética, fuesen de oscuros
significados
.

Podríamos agregar, casi como una extraña coincidencia,
que la mayoría de estos poetas padecieron una muerte abrupta y prematura, antes de que
su herencia literaria fuese ampliamente reconocida: Arthur Rimbaud, ya es bien sabido,
escribió todo lo que tenía que escribir hasta la edad de 21 años para luego partir a Africa y
morir a los 37 años;Tristan Corbière muere en 1875 a la temprana edad de 29 años, luego
de una vida de soledad y enfermad; Baudelaire muere a los 46 años luego de ser
perseguido durante 10 años por “ofensa a la moral religiosa y a las buenas costumbres”
luego de la publicación de su obra maestra “Las flores del mal“; Edgan Allan Poe fallece
a los 40 años bajo circunstancias oscuras -aparentemente lo habrían emborrachado y
drogado. Y la lista podría seguir extendiéndose.

El adjetivo maldito tendría entonces que ver con una temprana actitud de oposición frente
a la sociedad, una vida complicada y una difícil interpretación poética. A partir de ésto
podemos decir que la noción de “poeta maldito” se focaliza en el concepto de
incomprensión: incomprensión social e incomprensión literaria
.

La idea de incomprensión lleva consigo toda la estética del movimiento romántico de
principios del S XIX que veía en la personalidad del artista a un genio incomprendido.
Según Baudelaire, el genio (cuando digo genio lo utilizo en su concepción romántica, es
decir como sinónimo de artista) es un reloj que adelanta. La hora del artista va delante
de la hora del resto de los mortales
. Esta definición implica que el genio está siempre
adelantado a su época y que, a causa de ese adelantamiento, no puede ser entendido. Pero
“entendido” en el sentido más amplio del vocablo francés “entendu“: comprendido y
oído. Desde el punto de vista etimológico, el verbo entendre tiene una particular
evolución desde el latín hasta el francés contemporáneo. Entendre comparte su origen con
el “entender” español, ambos vienen del latín intendere, “tender algo hacia algún lado”.
Pero, como toda lengua es metafórica, pasó a significar primero, en el sentido figurado,

“tender, dirigir su mirada o su mente hacia” y más tarde “prestar atención, escuchar,
comprender”. En el francés antiguo se podía utilizar bajo tres acepciones:

En el área lingüística de la audición: “tender la oreja”, lo que implicaba una actitud
activa del sujeto (sinónimo de “interesarse por” o “prestar atención”) o “recibir por medio
de la oreja”, lo que significaba una posición pasiva (sinónimo de “oir”);
En el área del intelecto: “comprender”;
En el área de la voluntad: “tener la intención de” (recordemos la raiz latina “tendere”,
“tender”, y su cercanía lingüística con la idea de “tensión” y entonces con “in-tención”-
en francés “intention”);

Hoy en día en Francia entendre es utilizado ampliamente como sinónimo de “oir” (ouïr
en francés). Todas sus otras acepciones han perdido una buena parte de su uso.
Sin embargo, la pluralidad semántica del verbo francés entendre nos ayuda a comprender
mejor la idea de Baudelaire. El poeta maldito no puede ser ni comprendido (el verbo
entendre tomado según su acepción intelectual) ni escuchado (entendre en el sentido
contemporáneo que le otorga el habla francesa). Esta incomprensión total es la base de la
superioridad del artista (su reloj adelanta).
Pero al mismo tiempo, e irónicamente, esta incomprensión de la genialidad del artista es
lo que justificó (sigue justificando dirán algunos) todo el trabajo del crítico literario. Esto
significa lo siguiente: como el artista adelanta y como ese adelantamiento vuelve difícil su
comprensión pública, el rol del crítico sería el de intentar acercar la obra del genio al
simple lector mediante la interpretación acertada de la potencia estética de la obra del
escritor maldito. El trabajo del crítico consistiría en develar, descubrir, la significación
oculta en los oscuros e incomprendidos versos del poeta. Su labor sería entonces la de un
relojero que busca poner en hora al reloj del público.

Ahora bien, al principio de este texto afirmé, al pasar, que los poetas malditos se estaban
extinguiendo. Antes de que alguno ponga el grito en el cielo explicaré a lo que me refiero:
lo que está desapareciendo es la visión del artista como genio cuyo reloj adelanta. Ahora,
con la evolución de los sistemas de comunicación y el aumento de la velocidad en la
producción-recepción de los mensajes, la hora del público está tendiendo a acercarse a la
hora del artista. La producción y la recepción se producen casi simultáneamente y, cada
vez más, las esferas cambian de lugar: el receptor se vuelve productor y viceversa. Las
producciones literarias interactivas y on line se dirigen hacia una participación activa del
lector, que en un abrir y cerrar de ojos se vuelve escritor, proponiendo sus textos y
corrigiendo los textos de otros. De esta manera el escritor y el lector comparten ya el
mismo tiempo, el mismo horario: el tiempo real.

Antoine Marie Joseph Artaud comúnmente llamado Antonin Artaud (Marsella,
Francia, 4 de septiembre de 1896 - † París, 4 de marzo de 1948), fue un poeta,
dramaturgo, ensayista, novelista, director escénico y actor francés.

Artaud es autor de una vasta obra que explora la mayoría de los géneros literarios,
utilizándolos como caminos hacia un arte absoluto y "total". Sus tempranos libros de
poemas (luego abandonaría el preciosismo poético, decepcionado) L'ombilic des limbes
(El ombligo de los limbos) de 1925 y Le Pèse-Nerfs (El pesa-nervios) anuncian ya el
carácter explosivo de su obra posterior. Es más conocido como el creador del teatro de la
crueldad (cf. El teatro y su doble, 1938; Manifiesto del teatro de la crueldad, 1948),
noción que ha ejercido una gran influencia en la historia del teatro mundial. Trabajó en 22

películas, durante los años 20 y 30, entre las que destacan Napoléon de Abel Gance y La
Pasión de Juana de Arco
de Carl Theodor Dreyer.

No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor
posible.

Antonin Artaud

Contenido

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•1 Biografía
•2 Rechazo con violencia los refugios de la Fe y el Arte
•3 Obra

o3.1 Los Tarahumaras
o3.2 Heliogábalo
o3.3 Analogía entre el teatro y la peste
o3.4 Notas
•4 El Teatro de la Crueldad de Artaud
•5 Filosofía de Artaud
•6 Influencia
•7 Fragmentos

o7.1 El ombligo de los limbos
o7.2 El pesa-nervios
o7.3 Van Gogh el suicidado de la sociedad
o7.4 Para acabar con el Juicio de Dios
o7.5 Los Tarahumaras
•8 Véase también
•9 Bibliografía

•10 Enlaces externos

Biografía [editar]

Antonin Artaud nace en Marsella, hijo de un armador francés y de una mujer de
herencia levantina. A los cuatro años de edad sufre un grave ataque de meningitis, cuya
consecuencia es un temperamento nervioso e irritable, interpretado también como síntoma
de una neurosífilis adquirida de uno de sus padres. El dolor físico y cierta sensación de
paranoia no lo dejarán nunca y lo obligarán a pasar largas estancias periódicas en
sanatorios mentales (cuyo ejemplo más prolongado y trágico son los nueve años que pasa
encerrado en El Havre, Villejuif y Rodez, de 1937 a 1946).

La muerte de su hermana Germaine, en 1905, lo marca profundamente. Vale la pena
anotar que por aquel entonces es una persona extremadamente devota. En 1914, luego de
sufrir una crisis depresiva, durante sus estudios, piensa en inscribirse en el seminario. El
catolicismo, pues, influye en la vida de Artaud y en su obra desde muy joven. Su
influencia lo hará oscilar entre el ateísmo declarado y la devoción excesiva (que se
manifiesta durante sus crisis nerviosas en 1943, llevándolo a un extremo de piedad
antisemita).

En 1920 llega a París para dedicarse a escribir. Reúne sus primeros versos bajo el título
Trictac del ciel (1924). Dirá después de ellos que no lo representan por ser afectados,
"farsas de un estilo que no lo es y que nunca lo fue." A raíz de su publicación entra en
contacto con André Breton, quien acaba de hacer público, a su vez, el primer Manifiesto
Surrealista. Asume el cargo de director de la oficina de investigaciones surrealistas. A lo
largo de este periodo escribe también guiones de películas y poemas El ombligo de los
limbos
, El pesanervios, etc.

Junto con Roger Vitrac funda, en ese período, El teatro Alfred Jarry y entre 1927 y 1929,
monta cuatro espectáculos. El absoluto fracaso de sus primeros montajes le lleva a
refugiarse en la teoría, con lo que sienta las bases del denominado Teatro de la crueldad.

Aquel que apuesta por el impacto violento en el espectador. Para ello, las acciones, casi
siempre violentas, se anteponen a las palabras, liberando así el inconsciente en contra de
la razón y la lógica.

Antonin Artaud - El teatro y su doble.

En 1936 Artaud viaja a México y convive con los Tarahumaras, un pueblo indígena, para
encontrar la antigua cultura solar y experimentar con el Peyote.Durante una década en
Montparnasse (1924-1934 ) Cantú convivió con Artaud Tanto en las visitas del Poeta al
Atelier de Rue Dlambre como en La Rotonde y Le Dóme ; Tarde tras tarde hablaban
sobre arte, poesía y surrealismo. En 1934 Cantú decidió regresar a México , la
comunicación con Artaud y Breton siguió y para 1936 el Poeta decide visitar a su amigo.
En lagunas ocasiones Artaud se quedo hospedado en casa de Cantú en la calle de San
Francisco 325 en la colonia del Valle. Esa época en México la escuela de pintura
Mexicana del siglo XX Tenia su principal foro en la Galería de Ines Amor. Artaud
acompaño varias veces a Cantú a esta Galería ( Inés narra en sus memorias como mientras
trataba la venta de obra con Cantú, Artaud permanecía en una silla inmóvil , perdido en la
droga). Y es an la Galería donde Artaud se relaciona con Maria Izquierdo. Cuenta
Cardoza y Aragon en el libro ( Antología): Alguna vez encontré Artaud en casa de Maria
Izquierdo junto con Federico Cantú (1907-1989) y Luis Ortiz Monasterio( escultor 1906-
1990), quizá lograron en alguna forma ayudar Artaud en sus apremios de gran
enfermo…… pero no se a quien se le ocurrió que Artaud viviera en el prostíbulo de Ruth.

Con los Tarahumaras uno entra en un mundo terriblemente anacrónico y que es un desafío
a estos tiempos. Me atrevo a decir que es peor para estos tiempos y tanto mejor para los
Tarahumaras.

Antonin Artaud

A su regreso de México, a principios de 1937, Artaud pasó algunos meses imerso en el
estudio de la astrología, la numerología y el Tarot. Como explica Giordano Berti en su
artículo sobre Artaud en Claves y Secretos del Tarot, existe una obra de Artaud, "Las
nuevas revelaciones del ser"
(1937) que contiene el testimonio de un especial método de
interpretación del Tarot consistente en interpretar los arcanos mayores y menores como
referente simbólico para las experiencias cotidianas. Un año más tarde, deportado de
Irlanda, será ingresado por "sobrepasar los límites de la marginalidad".

Pasa nueve años en manicomios con el tratamiento de terapia electroconvulsiva acabando
por hundirle físicamente. Sus amigos logran sacarlo y vuelve a París, donde vivirá durante
tres años. Publica en 1947 el ensayo Van Gogh le suicidé de la société ("Van Gogh el
suicidado de la sociedad"), galardonado al año siguiente con el Prix Saint-Beuve de
ensayo. En 1948 este periodo produjo el programa de radio Para acabar con el Juicio de
Dios
, el cual es censurado y sólo será transmitido en los años 1970. Sus cartas de la
década de los 40, muestran su desilusión frente a tal decisión.

Antonin Artaud muere de un cáncer el 4 de marzo de 1948 en el asilo de Ivry-sur-Seine.

Rechazo con violencia los refugios de la Fe y el Arte [editar]

Hipnotizado por su propia miseria, en la que vio a la humanidad entera, Artaud rechaza
con violencia los refugios de la Fe y del Arte. Adquiriendo encarnar ese mal, viviendo la
pasión total, para encontrar, en el corazón de la nada, el éxtasis. Grito de la carne que
sufre y del espíritu alienado que se siente como tal, he aquí el testimonio de este precursor
del teatro del absurdo.

Sus últimas palabras escritas son:

...de continuer à faire de moi cet envoûté éternel etc. etc.
...de seguir convirtiéndome en ese hechizado eterno etc. etc.

Obra [editar]

La obra de Artaud es violenta, sangrienta, "cruel", si utilizamos el término que para él
mismo marca el rigor tremendo con que piensa efectuar la deconstrucción de la vida en la
escena de su Teatro de la crueldad. Los años de reclusión le llevan a desarrollar un
profundo odio por el mundo de la psiquiatría. Para él, los médicos que afirman "curarle"
son sólo seres que envidian su genialidad y la califican de locura. Son, nos dice en Van
Gogh, el suicidado de la sociedad
, quienes llevaron al pintor holandés al suicidio.

Los Tarahumaras [editar]

Nos revela un mundo en que un hombre agobiado, no tanto por la locura que padece
como por el tratamiento psiquiátrico, encuentra a sus iguales. En él encuentra efigies
vivientes y grabadas por la naturaleza en la montaña, símbolos de la santidad que Artaud
confiere a tal tierra. Para el autor francés, los Tarahumaras son una "Raza-Principio" cuya
cultura considera superior a la del hombre de Occidente. Tal es su influencia que propone
como primera representación del Teatro de la crueldad, el título de La conquista de
México
(La conquête du Méxique), que contaría, en su escenografía que funde al público
con el espectáculo, la historia de una opresión, la historia del hombre blanco y del
carácter pútrido del que está dotado, en obras como la ya citada El teatro y su doble.

Y es ese mismo hombre blanco al que había maldecido en su Héliogabale ou l'anarchiste
couronné
. La influencia no sólo de esa Raza-Principio mexicana, sino también del mundo
de Oriente al que fue introducido por el teatro balinés (y del cual vemos influencias muy
evidentes en su teatro de crueldad).

Heliogábalo [editar]

Obra marcada tanto por una investigación, rigurosa en extremo, como por la violencia
lírica propia del poeta maldito, Artaud presenta una poetización de la historia del
emperador romano Vario Avito Bassiano, apodado El-Gabal o Heliogábalo. La crueldad
de su manifiesto teatral se ve prefigurada en la anarquía del tirano: la gratuidad de una
vida dramática, la sangre, la poesía hecha realidad.

Analogía entre el teatro y la peste [editar]

La analogía entre el teatro y la peste, en el prólogo de El teatro y su doble, se refleja
igualmente en la novela histórica. La gratuidad que trae la peste, cuando vemos a los
burgueses robando como simples ladrones, matando, huyendo, corriendo angustiados, es
la misma que provocan los ritos del dios sol que el joven emperador de Roma prodiga
entre lujos y lujuria extremos.

Notas [editar]

La obra de Artaud es expresiva de todos los aspectos de su personalidad. Se aprecian en
ella desde los intermitentes ataques de locura del autor y sus primeras terapias
psicoanalíticas con el doctor Toulouse, hasta sus publicaciones en Demain, pasando por
sus manías religiosas de los primeros años en los asilos de Ville-Évrard, Le Havre y
Rodez, años en los cuales el artista experimentaba una profunda necesidad de adueñarse
de una vez de la conciencia propia. Resuenan asimismo los gritos finales de Van Gogh,
todo ello expresivo de una unidad de pensamiento, una filosofía que sintetiza su teoría
total sobre el teatro con aquella prosa de admiración y profunda simpatía por el pre-
expresionista holandés, tan propalada por Artaud en su último año de vida.

Así lo afirma Evelyne Grossman en su prólogo a las Oeuvres del autor francés
(Gallimard, colección Quarto, 2004), quien habla de la obra de Artaud como ese mismo
"Art total", comparándolo con la estética de las correspondencias de Charles Baudelaire,
con Richard Wagner y su Gesamkunstwerk: desaparecen entonces las barreras de una sola
obra, de un solo tipo de arte, de una plástica definida, tal y como en el Teatro de la
Crueldad se funden en un solo espectáculo la música, los gritos, la insensatez, el teatro, la
danza...

Por eso Grossman nos llama a no leer de este autor solamente las poderosas explosiones
de Pour en finir avec le jugement de dieu, ni tampoco únicamente los textos teatrales: nos
invita, en cambio, a leer a Artaud en su totalidad, pues él es su misma obra, uno y otra se
pertenecen inexorablemente. Como él mismo afirmaba allá por 1925: "...Chacune de mes
oeuvres, chacun des plans de moi-même, chacune des floraisons glacières de mon âme
intérieure bave sur moi."

Cada una de mis obras, cada plano de mí mismo, cada florecimiento glaciar de mi alma
interior echa su baba sobre mí.

El Teatro de la Crueldad de Artaud [editar]

Artaud creía que el Teatro debería afectar a la audiencia tanto como fuera posible, por lo
que utilizaba una mezcla de formas de luz, sonido y ejecución extrañas y perturbadoras.

En una producción que hizo acerca de la plaga, utilizó sonidos tan reales que provocó que
algunos miembros de la audiencia vomitaran en la mitad del espectáculo.

En su libro El Teatro y su Doble, formado de un primer y un segundo manifiesto, Artaud
expresó su admiración por formas de teatro orientales, particularmente por la balinés.
Admiraba el teatro Oriental debido a la fisicalidad precisa, codificada y sumamente
ritualizada de la danza balinés, y promovía lo que él llamaba "Teatro de la Crueldad".
Para él no era exclusivo de la crueldad el sadismo o el causar dolor, sino que con la
misma frecuencia se refería a una violenta determinación física para destrozar la falsa
realidad. Artaud consideraba que el texto había sido un tirano del significado, y aboga en
cambio por el teatro hecho de un lenguaje único, un punto medio entre los pensamientos y
los gestos. Artaud describía lo espiritual en términos físico, y creía que toda expresión es
expresión física en el espacio.

El Teatro de la Crueldad ha sido creado para restablecer en el teatro una concepción de la
vida apasionada y convulsiva, y es en este sentido de rigor violento y condensación
extrema de elementos escénicos que debe entenderse la crueldad en la cual están basados.
Esta crueldad, que será sangrienta en el momento que sea necesario, pero no de manera
sistemática, puede ser identificada con una especie de pureza moral severa que no teme
pagar a la vida el precio que sea necesario.
Antonin Artaud, The Theatre of Cruelty, in The Theory of the Modern Stage (ed. Eric
Bentley), Penguin, 1968, p.66

Evidentemente, los varios usos que daba Artaud al término crueldad deben ser
examinados para comprender plenamente sus ideas. Lee Jamieson identificó cuatro
formas bajo las cuales Artaud usa el término crueldad. En primer lugar, lo ocupa
metafóricamente para describir la esencia de la existencia humana. Artaud creía que el
teatro debe reflejar su visión nihilista del universo, formando una inesperada conexión
entre su propio pensamiento y el de Nietzsche.

La definición de Nietzsche sobre la crueldad forma la del propio Artaud, declarando que
todo arte encarna e intensifica las brutalidades subyacentes de la vida para recrear la
emoción de la experiencia... Aunque Artaud no cita formalmente a Nietzsche, [sus
escritos] contienen una autoridad persuasiva familiar, una exuberante fraseología similar,
y motivos en extremo...

Lee Jamieson, Antonin Artaud: From Theory to Practice, Greenwich Exchange, 2007,
p.21-22

En segundo lugar Artaud construía el uso de la palabra (según Jamieson), en una forma de
disciplina. Aunque Artaud necesitaba el "rechazo de formas e incitar al caos" (Jamieson,
p22), él además promovía una disciplina estricta y un método de rigor para el espectáculo.

Filosofía de Artaud [editar]

La imaginación, para Artaud, es la realidad; sueños, pensamientos e ideas delirantes no
son menos reales que lo de "fuera" del mundo. Realidad parece ser un acuerdo, el mismo
acuerdo que la audiencia acepta cuando se introduce un teatro para ver un juego, que por
un tiempo pretende que lo que están viendo es real.

Influencia [editar]

Para comprender su concepción del teatro y la caracterización de su modelo de actuación
es necesario referirse a las influencias estéticas e ideológicas de Artaud. Heredero del
dadaismo, forma parte posteriormente del movimiento surrealista. De estas visiones anti-
burguesas de la vida y el arte se impregna la totalidad de su propuesta. Diagnosticó la
enfermedad de la sociedad y la necesidad de su curación, a partir de una experiencia
teatral de características rituales.

Arte y vida se identifican a través de la ruptura de las convenciones tradicionales. El
inconsciente y su verdad pura, sin los condicionantes mentirosos de la razón, se imponen.
Anti-arte y anti-razón. Automatismos que permiten que la verdad del inconsciente aflore a
la luz. Yuxtaposición de sueño y realidad, rechazo de la palabra, culto del yo. Este es el
ambiente cultural de Artaud.

Es fuertemente influenciado por el teatro balinés que resumía para él las diferencias entre
la cultura oriental y la occidental: la primera, mística; la segunda, realista; una confiaba en
los gestos y en los símbolos; la otra, en el diálogo y en las palabras. El Teatro de Bali
utilizaba la escena para el ritual y la trascendencia; el teatro occidental, para la ética y la
moralidad.

Admiró profundamente la actitud de los actores balineses, entregados a un teatro que
pretende trascender la realidad, entrar en contacto con la vida interior, arrancar las
máscaras para alcanzar el inconsciente. Los personajes representaban estados metafísicos,
la acción se presentaba en fragmentos simultáneos y múltiples; se eliminaba la
comunicación verbal, reemplazándosela por sonidos y ademanes que, juntamente con
varias configuraciones físicas, formaban imágenes jeroglíficas.

Fragmentos [editar]

El ombligo de los limbos [editar]

Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados,
el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el
ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una
voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple,
una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a
rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión
muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida
por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar
cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en
rompiente dolor (...)

Antonin Artaud, L'ombilic des limbes, 1925

El pesa-nervios [editar]

Bajo esta costra de hueso y piel, que es mi cabeza, hay una constancia de angustias, no
como un punto moral, como los razonamientos de una naturaleza imbécilmente
puntillosa, o habitada por un germen de inquietudes dirigidas a su altura, sino como una
(decantación). en el interior, como la desposesión de mi sustancia vital, como la pérdida
física y esencial (quiero decir pérdida de la esencia) de un sentido.

Antonin Artaud, Le Pèse-Nerfs, 1927

Van Gogh el suicidado de la sociedad [editar]

On peut parler de la bonne santé mentale
de van Gogh qui, dans toute sa vie, ne s’est
fait cuire qu’une main et n’a pas fait plus,
pour le reste, que de se trancher une fois
l’oreille gauche, dans un monde où on
mange chaque jour du vagin à la sauce
verte ou du sexe de nouveau-né flagellé et
mis en rage, tel que cueilli à sa sortie du
sexe maternel.

Se puede hablar de la buena salud mental de
van Gogh quien, en toda su vida, no hizo
sino hacerse cocer una mano y no hizo más,
de resto, que tajarse una vez la oreja
izquierda, en un mundo en el que se come
cada día vagina cocida en salsa verde o sexo
de recién nacido, flagelado y enrabiado, tal
como fue recogido al salir del sexo materno.
Antonin Artaud, Van Gogh le suicidé de la société, 1947

Para acabar con el Juicio de Dios [editar]

Para acabar con el juicio de dios o Para acabar de una vez por todas con el juicio de
dios

Là où ça sent la merde ça sent l’être.
L’homme aurait très bien pu ne pas chier,
ne pas ouvrir la poche anale, mais il a
choisi de chier comme il aurait choisi de
vivre au lieu de consentir à vivre mort.
C’est que pour ne pas faire caca, il lui
aurait fallu consentir à ne pas être, mais il
n’a pas pu se résoudre à perdre l’être,
c’est-à-dire à mourir vivant. Il y a dans
l’être quelque chose de particulièrement
tentant pour l’homme et ce quelque chose
est justement LE CACA. (ici rugissements.)

Donde huele a mierda huele a ser. El
hombre bien habría podido no defecar, no
abrir nunca el bolsillo anal, pero escogió
cagar como habría podido escoger la vida
en lugar de consentir en vivir muerto.
Puesto que para no defecar, habría tenido
que consentir en no ser, pero no pudo
resolverse a perder el ser, es decir a morir
en vida. Hay en el ser algo particularmente
tentador para el hombre y ese algo es
justamente LA MIERDA. (aquí rugidos.)
Antonin Artaud, Pour en finir avec le jugement de dieu, 1947

Los Tarahumaras [editar]

Ce que c’est que le Moi, je n’en sais rien.
La conscience ? une répulsion
épouvantable de l’Innomé, du mal tramé,
car le JE vient quand le cœur l’a noué
enfin, élu, tiré hors de ceci et pour cela, à
travers l’éternelle supputation de
l’horrible, dont tous les non-moi, démons,
assaillent ce qui sera mon être, cet être que
je ne cesse pas devant mes yeux de voir
faillir tant que Dieu à mon cœur n’a passé
la clef.

De lo que es el Yo, yo no sé nada. ¿La
consciencia? una repulsión espantable de lo
innominado, del mal urdido, pues el YO
viene cuando el corazón lo ha añudao por
fin, lo ha elegido, lo ha halado fuera de
esto, para aquello, a través de la eterna
supuración de lo horrible, cuyos no-yo,
demonios todos, asaltan lo que será mi ser,
el ser que no ceso de ver cómo decae ante
mis ojos, mientras Dios no haya pasado la
llave por mi corazón.

Poemas y textos de Antonin Artaud:

Correspondencia de la momia

Descripción de un estado físico

El ombligo de los limbos

El yunque de las fuerzas

La tara tóxica

Los enfermos y los médicos

Noche

Poeta negro

Primera carta conyugal

Segunda carta conyugal

Tercera carta conyugal

Texto surrealista

Una de sus últimas declaraciones

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Correspondencia de la momia

Esa carne que ya no se tocará en la vida,
esa lengua que ya no logrará abandonar su corteza,
esa voz que ya no pasará por las rutas del sonido,
esa mano que ha olvidado hasta el ademán de tomar, que ya no logra determinar el espacio
en el que ha de realizar su aprehensión,
ese cerebro en fin cuya capacidad de concebir ya no se determina por sus surcos,
todo eso que constituye mi momia de carne fresca da a dios una idea del vacío en que la

compulsión

de haber nacido me ha colocado.
Ni mi vida es completa ni mi muerte ha fracasad0 completamente.
Físicamente no existo, por mi carne destrozada, incompleta, que ya no alcanza a nutrir mi

pensamiento.

Espiritualmente me destruyo a mí mismo, ya no me acepto como vivo. Mi sensibilidad está a
ras del suelo, y poco falta para que salgan gusanos, la gusanera de las construcciones
abandonadas.
Pero esa muerte es mucho más refinada, esa muerte multiplicada de mí mismo reside en una
especie de rarefacción de mi carne. La inteligencia ya no tiene sangre. El calamar de las pesadillas
da toda su tinta, la que obstruye las salidas del espíritu; es una sangre que ha perdido hasta sus
venas, una carne que ignora el filo del cuchillo.
Pero de arriba a abajo de esta carne agrietada, de esta carne no compacta, circula siempre el fuego
virtual. Una lucidez enciende de hora en hora sus ascuas que retornan a la vida y sus flores.
Todo lo que tiene un nombre bajo la bóveda compacta del cielo, todo lo que tiene un frente, lo que
es el nudo de un soplo y la cuerda de un estremecimiento, todo eso pasa en las rotaciones de ese
fuego en el que se asemejan las olas de la carne misma, de esa carne dura y blanda que un día
crece como un diluvio de sangre.
La habéis visto a la momia fijada en la intersección de los fenómenos, esa ignorante, esa momia
viviente que lo ignora todo de las fronteras de su vacío, que se espanta de las pulsaciones de su
muerte.
La momia voluntaria se halla levantada, y a su alrededor se agita toda realidad. La conciencia
como una tea de discordia, recorre el campo entero de su virtualidad obligada.
Hay en esa momia una pérdida de carne, hay en el sombrío lenguaje de su carne intelectual toda
una impotencia para conjurar esa carne. Ese sentido que recorre las venas de esa carne mística, en
la que cada sobresalto es un modo de mundo y otra especie de engendrar, se pierde y se devora a sí
misma en la quemadura de una nada errónea.
¡Ah! ser el padre nutricio de esa sospecha, el multiplicador de ese engendrar y de ese mundo en su
devenir, en sus consecuencias de flor.
Pero toda esa carne es sólo comienzos y ausencias y ausencias y ausencia...
Ausencias.

De "Oeuvres complètes (Tome I)
Versión de Aldo Pellegrini

Descripción de un estado físico

Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil,
un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido.
Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos,
en los movimientos.
Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos,
la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central,

una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer,
una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual
en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente
a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada.

Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento
de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento
doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que
cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio
de un esfuerzo victorioso.
Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y
presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de
miembros nunca
en su sitio.
La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios.

Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo,
una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas
de calor
nunca quietas.
Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en
sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos.

Ahora tendría que hablar de la descoporización de la realidad, de esa especie de ruptura
aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en
nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instantánea de las cosas en las células del
espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo.
Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo.
Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo.
Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa
qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos
del espíritu.

Un vientre aplanado.
Un vientre de polvo fino y como en foco. Debajo del vientre una granada reventada.
La granada expande un flujo de copos que se eleva como lenguas de fuego, un fuego helado. El
flujo se

agarra del vientre y lo hace girar.
Pero el vientre no da más vueltas. Son venas de sangre como vino, de sangre combinada con
azufre y azafrán pero con un azufre endulzado con agua.

Sobre el vientre sobresalen los senos. Y más hacia arriba y en profundidad, pero en otro
plano del espíritu un sol enardecido de manera que se podría pensar que es el seno el que arde. Y
un pájaro

al pie de la granada.
El sol parece que tuviera una mirada.
Pero una mirada que estaría mirando el sol.
Y el aire todo es una como una melodía gélida pero una extensa, honda melodía bien compuesta
y secreta y colmada de ramificaciones congeladas.
Y todo construido con columnas, y con una especie de aguada arquitectónica que une el vientre
con la realidad.
La tela está ahuecada y estratificada.
La pintura está muy prensada a la tela.
Es como un círculo que se cierra sobre sí mismo, una suerte de abismo
en movimiento que se parte por el medio.
Es como un espíritu que se ve y se ahueca, está modelado y trabajado
sin cesar por las manos crispadas del espíritu.

Mientras tanto el espíritu siembra su fósforo. El espíritu está seguro. Tiene un pie bien

apoyado

en este mundo.

El vientre, los senos, la granada, son como evidencias testimoniales de la realidad. Hay un pájaro
muerto y hay un abundante surgimiento de columnas.
El aire está plagado de golpes de lápices como de golpes de cuchillos, como de esquirlas de uña
mágica.
El aire está suficientemente alterado.
Así donde germina una semilla de irrealidad se dispone en células.
Las células se colocan cada una en su lugar, en abanico, rodeando el vientre,
delante del sol más lejos del pájaro y sobre ese flujo de agua sulfurosa.
Pero la arquitectura que sostiene y no dice nada es indiferente a las células.
Cada célula contiene un huevo donde se destaca el germen.
Repentinamente nace un huevo en cada célula.
En cada uno hay un hormigueo inhumano pero límpido,
las diversificaciones de un universo detenido.
Cada célula contiene bien su huevo y nos lo ofrece; pero al huevo no le importa demasiado
ser elegido o rechazado.
Algunas células no llevan huevo. En algunas crece una espiral.
Y en el aire cuelga una espiral más grande pero como azufrada, de fósforo todavía y cubierta
de irrealidad.
Y esta espiral tiene toda la relevancia del pensamiento más potente.
El vientre lleva a recordar la cirugía y la Morgue, la bodega, la plaza pública y la mesa de
operaciones.
El cuerpo del vientre parece tallado en granito o en mármol o en yeso, pero un yeso
endurecido.
Hay un casillero para una montaña.
Las burbujas del cielo dibuja sobre la montaña
una aureola fresca y translúcida. Alrededor de la montaña el aire es sonoro, compasivo,
antiguo, prohibido.
La entrada a la montaña está prohibida. La montaña tiene su lugar en el alma.
Ella es el horizonte de algo que no deja de retroceder.
Produce la impresión del horizonte infinito.
Y yo describo con lágrimas esta pintura porque esta pintura me toca el corazón.
En ella siento desplegarse mi pensamiento como en un espacio ideal, absoluto, pero un espacio
que tendría una forma posible de ser insertada en la realidad.

Caigo en ella del cielo.
Y alguna de mis fibras se desata y encuentra un lugar en determinados casilleros.
A ella regreso como a mi fuente,
allí siento el lugar y la disposición de mi espíritu.
El que ha pintado esa tela es el más grande pintor del mundo.
A André Mason lo que es justo.

De "L'Ombilic des limbes"
Versión de L.S.

El ombligo de los limbos

Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.
Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida.
No amo en sí misma a la creación. Tampoco entiendo el espíritu en sí mismo. Cada una de mis
obras, cada uno de los proyectos de mí mismo, cada uno de los brotes gélidos de mi vida interior
expulsa sobre mí su baba.
Estoy en una carta escrita para dar a entender el estrujamiento íntimo de mi ser, tanto como estoy
en un ensayo exterior a mí mismo y que se me presenta como una indiferente incubación de mi
espíritu.
Sufro que el Espíritu no halle lugar en la vida y que la vida no se encuentre en el Espíritu, sufro del

Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción o del Espírítu-atemorizante-de-las-cosas para hacerlas
ingresar en el Espíritu. Yo dejo este libro colgado de la vida, deseo que sea masticado por las cosas
exteriores y en primer término por todos los estremecimientos acuciantes, todas las vacilaciones
de mi yo por venir.
Todas estas páginas se arrastran en el espíritu como témpanos. Perdón por mi total libertad. Me
niego a hacer diferencias entre cada minuto de mí mismo. No acepto el espíritu planeado.

Es preciso acabar con el Espíritu como con la literatura. Quiero decir que el Espíritu y la vida se
encuentran en todos los grados. Yo quisiera hacer un libro que altere a los hombres, que sea como
una puerta abierta que los lleve a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir, una puerta
simplemente ligada con la realidad.
Y esto no es el prefacio de un libro, como tampoco lo son los poemas que lo indican en la lista de
todas las furias del malestar.

Esto no es más que un témpano atragantado. Una gran pasión razonadora y superpoblada
arrastraba a mi yo como un puro abismo. Resoplaba un viento carnal y sonoro, y el azufre también
era denso. Y pequeñas raíces diminutas llenaban ese viento como un enjambre de venas y su
entrelazamiento fulguraba. El espacio sin forma penetrable era calculable y crujiente. Y el centro
era un mosaico de trozos como una especie de rígido martillo cósmico, de una pesadez deformada
y que sin parar cae como un muro en el espacio con un estruendo destilado. Y la cubierta
algodonosa del estruendo tenia la opción obtusa y una viva mirada que lo penetraba. Sí, el espacio
entregaba su puro algodón mental donde ningún pensamiento era todavía claro ni devolvía su
descarga de objetos. Pero paulatinamente la masa dio vueltas como una náusea potente y fangosa,
una especie de fuerte flujo de sangre vegetal y detonante. Y las ínfimas raíces trémulas en el filo de
mi ojo mental se arrancaban de la masa erizada del viento a una velocidad vertiginosa. Y todo el
espacio como un sexo saqueado por el vacío ardiente del cielo, se estremeció. Y algo como un pico
de paloma real socavó la masa turbada de los estados, todo el pensamiento más hondo se
diversificaba, se disipaba, se volvía claro y reducido.
Entonces era preciso que una mano se transformara en el órgano mismo de la aprehensión. Y aún
dos o tres veces giró la masa artificial y cada vez, mi ojo se enfocaba sobre un sitio más exacto. La
oscuridad misma se hacía más densa y sin objeto. Todo el hielo ganaba la claridad.

Dios-el-perro contigo y su lengua
que atraviesa la costra como una saeta
del doble morrión abovedado
de la tierra que le causa ardor.

Y aquí está el triángulo de agua
que se aproxima con paso de chinche
pero que bajo la chinche ardiente
se transforma en cuchillada.

Bajo los senos de la espantosa tierra
dios-la-perra se ha marchado,
de los senos de la tierra y de agua congelada
que pudren los agujeros de su lengua.

Y aquí está la virgen-del-martillo
para masticar las cuevas de la tierra
donde la calavera del perro del cielo
siente crecer el horroroso nivel.

Doctor,

Hay un asunto sobre el cual hubiera querido insistir: es el de la relevancia de la cosa sobre la cual
operan sus inyecciones; esta especie de languidecimiento esencial de mi ser, esta disminución de
mi estiaje mental, que no quiere decir, como podría creerse, un rebajamiento cualquiera de mi
moralidad (de mi alma moral) o ni siquiera de mi inteligencia, sino más bien de mi intelectualidad
servible, de mis recursos razonantes, y que se relaciona más con el sentimiento que tengo yo
mismo de mí mismo yo, que con lo que pongo de manifiesto a los demás de él.
Esta vitrificación sorda y polimorfa del pensamiento que en cierto momento elige su forma. Hay

una vitrificación inmediata y llana del yo en el centro de todas las posibles formas, de todos los
modos posibles del pensamiento.
Y, señor Doctor, ahora que usted está bien enterado de lo que puede ser alcanzado en mí (y curado
por las drogas), de la zona de conflicto de mi vida, espero que sabrá suministrarme la cantidad
suficiente de líquidos sutiles, de reactores especiosos, de morfina mental, capaces de sobreponer
mi abatimiento, de enderezar lo que cae, de juntar lo que está separado, de reparar lo que está
destruido.

Le saluda mi pensamiento

De "L'Ombilic des limbes"
Versión de L.S.

El yunque de las fuerzas

Ese flujo, esa náusea, esas tiras: aquí comienza el fuego. El fuego de lenguas. El fuego tejido en
flecos de lenguas, en el reflejo de la tierra que se abre como un vientre que está por parir, con
entrañas de miel y azúcar. Con todo su obsceno tajo ese vientre fláccido bosteza, pero el fuego
bosteza por encima con lenguas retorcidas y ardientes que llevan en la punta rendijas parecidas a
la sed. Ese fuego retorcido como nubes en el agua límpida, con la luz al lado que traza una recta y
algunas pestañas. Y la tierra entreabierta por todas partes muestra áridos secretos. Secretos como
superficies. La tierra y sus nervios, y sus prehistóricas soledades, la tierra de geologías primitivas,
donde se descubren secciones del mundo en una sombra
negra como el carbón. La tierra es madre bajo el hielo del fuego. Ved el fuego en los Tres Rayos,
coronado por su melena en la que pululan ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El centro ardiente
y convulso de ese fuego es como la punta descuartizada del trueno en la cima del firmamento.
Centro blanco de las convulsiones. Un resplandor absoluto en el tumulto de la fuerza. La
espantosa punta de la fuerza que se quiebra con estruendo azul.
Los Tres Rayos forman un abanico cuyas ramas caen rectas y convergen hacia el mismo centro.
Ese centro es un disco lechoso recubierto por una espiral de eclipses.
La sombra del eclipse forma un muro sobre los zig-zags de la alta albañilería celeste.
Pero por encima del cielo está el Doble-Caballo. La evocación del Caballo se empapa en la luz de la
fuerza sobre un fondo de muro deteriorado y exprimido hasta la trama. La trama de su doble
pecho. El primero de los dos es mucho más extraño que el otro. Él recoge el resplandor del cual el
segundo es sólo la pesada sombra.
Más bajo aún que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo proyectan una sombra
como si toda el agua del mundo hiciera subir el orificio de un pozo.
El abanico desplegado domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de vértices. Una idea
de desierto planea sobre esos vértices por encima de los cuales flota un astro desmelenado,
horriblemente, inexplicablemente suspendido. Suspendido como el bien en el hombre o el mal en
el comercio de hombre
a hombre, o la muerte en la vida. Fuerza giratoria de los astros.
Pero detrás de esa visión de absoluto, ese sistema de plantas, de estrellas, de terrenos partidos
hasta los huesos, detrás de esa ardiente floculación de gérmenes, esa geometría de búsquedas, ese
sistema giratorio de vértices, detrás de ese arado hundido en el espíritu y ese espíritu que separa
sus fibras, y descubre sus sedimentos, detrás de esa mano de hombre, en fin, que deja impreso su
duro pulgar y dibuja sus tanteos, detrás de esa mescolanza de manipulaciones y cerebro y esos
pozos en todas las direcciones del alma y esas cavernas en la realidad, se alza la Ciudad
amurallada, la Ciudad inmensamente alta a la que no basta todo el cielo para hacerle un techo
donde las plantas crecen en sentido inverso y con una velocidad de astros despedidos.
Esa ciudad de cavernas y de muros que proyecta sobre el abismo absoluto arcos perfectos y
subsuelos como puentes.
Cómo se quisiera en la concavidad de esos arcos, en la arcada de esos puentes insertar la curva de
un hombro desmesuradamente grande, de un hombro en el cual se difunde la sangre. Y colocar su

cuerpo en reposo y su cabeza en la que hormiguean los sueños sobre el reborde de esas cornisas
gigantescas donde se escalona el firmamento.
Pues un cielo de Biblia está allá arriba por donde se deslizan blancas nubes. Pero las suaves
amenazas de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí del que dejan asomar las pavesas. Pero la
sombra que hace la tierra y la iluminación apagada y blancuzca. Pero finalmente esa sombra en
forma de cabra y ese macho cabrío. Y el aquelarre de las Constelaciones.
Un grito para recoger todo eso y una lengua para ahorcarme.

Todos esos reflujos comienzan en mí.
Mostradme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el atroz nacimiento de mis uñas. Un
bloque, un inmenso bloque artificial me separa de mi mentira. Y ese bloque tiene el color que cada
uno quiere.
El mundo deja allí su baba como el mar sobre las rocas y como yo con los reflujos del amor.
Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestros guijarros sobre mi alma. Yo. Yo. Dad vuelta la
página de los escombros. También yo espero el pedregullo celeste y la playa sin márgenes. Es
necesario que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi gestación.
Que los bloques de hielo retornen a encallar bajo mis dientes. Tengo el cráneo espeso, pero el alma
lisa, un corazón de materia encallada. Carezco de meteoros, carezco de fuelles ardientes. Busco en
mi garganta nombres, y algo como la pestaña vibrátil de las cosas. El olor de la nada, un tufo de
absurdo, el estiércol de la muerte total. El humor ligero y rarefacto. También yo no espero sino al
viento. Que se llame amor o miseria casi no logrará hacerme encallar sino en una playa de
osamentas.

De "L'Art et la mort"
Versión de Aldo Pellegrini

La tara tóxica

Evoco el mordisco de inexistencia y de imperceptibles cohabitaciones. Venid, psiquiatras, os llamo
a la cabecera de este hombre abotagado pero que todavía respira. Reuníos con vuestros equipos de
abominables mercaderías en torno de ese cuerpo extendido cuan largo es y acostado sobre
vuestros sarcasmos. No tiene salvación, os digo que está INTOXICADO, y harto de vuestros
derrumbamientos de barreras, de vuestros fantasmas vacíos, de vuestros gorjeos de desollados.
Está harto. Pisotead, pues, ese cuerpo vacío, ese cuerpo transparente que ha desafiado lo
prohibido. Está MUERTO. Ha atravesado aquel infierno que le prometíais más allá de la
licuefacción ósea, y de una extraña liberación espiritual que significaba para vosotros el mayor de
todos los peligros. ¡Y he aquí que una maraña de nervios lo domina!
Ah medicina, aquí tenéis al hombre que ha TOCADO el peligro. Has triunfado, psiquiatra, has
TRIUNFADO, pero él te sobrepasa. El hormigueo del sueño irrita sus miembros embotados. Un
conjunto de voluntades adversas lo afloja, elevándose en él como bruscas murallas. El ciclo se
derrumba estrepitosamente. ¿Qué siente? Ha dejado atrás el sentimiento de sí mismo. Se te
escapa por miles y miles de aberturas. Crees haberlo atrapado y es libre. No te pertenece.
No te pertenece. DENOMINACIÓN. ¿Hacia dónde apunta tu pobre sensibilidad? ¿A devolverlo a
las manos de su madre, a convertirlo en el canal, en el desaguadero de la más ínfima
confraternidad mental posible, del común denominador consciente más pequeño?
Puedes estar tranquilo: ÉL ES CONSCIENTE.
Pero es el Consciente Máximo.
Pero es el pedestal de un soplo que agobia tu cráneo de torpe demente pues él ha ganado
por lo menos el hecho de haber derribado la Demencia. Y ahora, legiblemente, conscientemente,
claramente, universalmente, ella sopla sobre tu castillo de mezquino delirio, te señala,
temblorcillo atemorizado que retrocede delante de la Vida-Plena.
Pues flotar merced a miembros grandilocuentes, merced a gruesas manos de nadador, tener un
corazón cuya claridades la medida del miedo, percibir la eternidad de un zumbido de insecto sobre
el entarimado, entrever las mil y una comezones de la soledad nocturna, el perdón de hallarse
abandonado, golpear contra murallas sin fin una cabeza que se entreabre y se rompe en llanto,

extender sobre una mesa temblorosa un sexo inutilizable y completamente falseado, surgir al fin,
surgir con la más temible de las cabezas frente a las mil abruptas rupturas de una existencia sin
arraigo; vaciar por un lado la existencia y por el otro retomar el vacío de una libertad cristalina.
En el fondo, pues, de ese verbalismo tóxico, está el espasmo flotante de un cuerpo libre, de un
cuerpo que retorna a sus orígenes, pues está clara la muralla de muerte cortada al ras y volcada.
Porque así procede la muerte, mediante el hilo de una
angustia que el cuerpo no puede dejar de atravesar. La muralla bullente de la angustia exige
primero un atroz encogimiento, un abandono primero de los órganos tal como puede soñarlo la
desolación de un niño. A esa reunión de padres sube en un sueño la memoria, rostros de abuelos
olvidados. Toda una reunión de razas humanas a las que pertenecen estos y los 0tros.
Primera aclaración de una rabia tóxica.
He aquí el extraño resplandor de los tóxicos que aplasta el espacio siniestramente familiar.
En la palpitación de la noche solitaria, aquí está ese rumor de hormigas que producen los
descubrimientos, las revelaciones, las apariciones, aquí están esos grandes cuerpos varados que
recobran viento y vuelo, aquí está el inmenso zarandeo de la Supervivencia. A esa convocatoria de
cadáveres, el estupefaciente llega con su rostro sanioso. Disposiciones inmemoriales comienzan.
La muerte tiene al principio el rostro de lo que no pudo ser. Una desolación soberana da la clave a
esa multitud de sueños que sólo piden despertar. ¿Qué decís vosotros?
¡Y todavía pretendéis negar a importancia de esos Reinos, por los cuales apenas comienzo a
marchar!

Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 11 (1928)
Versión de Aldo Pellegrini

Los enfermos y los médicos

La enfermedad es un estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero decir más cobarde y más mezquino.
No hay enfermo que no se haya agigantado, no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición, por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté.

He estado enfermo toda mi vida y no pido más que continuar estándolo,
pues los estados de privación de la vida me han dado siempre mejores indicios
sobre la plétora de mi poder que las creencias pequeño burguesas de que:
BASTA LA SALUD

Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque es espantoso.
Espantoso, espanto, formado de espantoso.

Curar una enfermedad es criminal
Significa aplastar la cabeza de un pillete mucho menos codicioso que la vida
Lo feo con-suena . Lo bello se pudre.

Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína o morfina.
Y es necesario amar el espanto de las fiebres.
la ictericia y su perfidia
mucho más que toda euforia.

Entonces la fiebre, la fiebre ardiente de mi cabeza,
-pues estoy en estado de fiebre ardiente desde hace cincuenta años que tengo de vida-

me dará

mi opio,
-este ser-
éste

cabeza ardiente que llegaré a ser, opio de la cabeza a los pies.
Pues,
la cocaína es un hueso,
la heroína, un superhombre de hueso.

Ca itrá la sará cafena
Ca itrá la sará cafá

y el opio es esta cueva
esta momificación de sangre cava ,
este residuo de esperma de cueva,
esta excrementación de viejo pillete,
esta desintegración de un viejo agujero,
esta excrementación de un pillete,
minúsculo pillete de ano sepultado,
cuyo nombre es:
mierda, pipí,
Con-ciencia de las enfermedades.
Y, opio de padre a higa,
higa, que a su vez, va de padre a hijo,-
es necesario que su polvillo vuelva a ti
cuando tu sufrir sin lecho sea suficiente.

Por eso considero
que es a mí, enfermo perenne,
a quien corresponde curar a todos los médicos,
-que han nacido médicos por insuficiencia de enfermedad-
y no a médicos ignorantes de mis estados espantosos de enfermo,
imponerme su insulinoterapia,
salvación de un mundo postrado.

Publicado en "Les Quatre Vents", N°8 (1947)
Versión de Aldo Pellegrini

Noche

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una mujer desnuda.

En los odres de las sábanas hinchadas
en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se multiplican.

El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.

Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca,
el vientre está bien.

Mira como se llenan los vasos
en los mostradores de la tierra
la vida está vacía,
la cabeza está lejos.

En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está atestado.

En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.

Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.

En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos
de los sueños mal construidos.

Porque aquí se cuestiona la Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea aérea.

El Verbo brota del sueño
como una flor o como un vaso
lleno de formas y de humos.

El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos vitrificados.

El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.

La vida pasa por el pensamiento
del poeta melenudo.

De "Oeuvres Completes" (Tome I)
Versión de Aldo Pellegrini

Poeta negro

Poeta negro, un seno de doncella
te obsesiona
poeta amargo, la vida bulle
y la ciudad arde,
y el cielo se resuelve en lluvia,
y tu pluma araña el corazón de la vida.

Selva, selva, hormiguean ojos
en los pináculos multiplicados;
cabellera de tormenta, los poetas
montan sobre caballos, perros.

Los ojos se enfurecen, las lenguas giran
el cielo afluye a las narices
como azul leche nutricia;
estoy pendiente de vuestras bocas
mujeres, duros corazones de vinagre.

De "L'Ombilic des limbes"
Versión de Aldo Pellegrini

Primera carta conyugal

Cada una de tus cartas aumenta la incomprensión y la estrechez de espíritu de las
anteriores; juzgas con tu sexo y no con tu pensamiento como lo hacen todas las mujeres.
Confundirme yo, con tus razones. ¡Te burlas! Pero lo que me irritaba era verte volver sobre las
razones que hacían tabla rasa sobre mis razonamientos, cuando uno de esos mismos te había
llevado a la evidencia.

Todos tus razonamientos y tus infinitas disputas no podrán impedir que no sepas nada de
mi vida y que me condenes por un mínimo fragmento de ella misma. No debería siquiera serme
necesario justificarme ante ti si sólo fueras, tú misma, una mujer prudente y equilibrada, pero tu
imaginación te enloquece, una sensibilidad sobre aguda que no te permite enfrentar la verdad.
Contigo cualquier discusión es imposible.

Sólo me queda decirte una cosa: mi espíritu siempre fue confuso, un achatamiento del
cuerpo y del alma, esa suerte de contracción de todos mis nervios. Si me hubieras visto hace
algunos años, por períodos más o menos cercanos, antes aún de que en mi se sospechara el uso del
que tú me recriminas, dejarías de extrañarte, ahora, del retorno de esos fenómenos.
Si por otra parte estás convencida, si te parece que su reincidencia se debe a ello, entonces no hay
nada que decir, contra un sentimiento no se puede luchar.
De cualquier manera ya no puedo contar contigo en mi angustia, ya que te niegas a ocuparte de la
parte de mí más afectada: mi alma.

No me has juzgado, por otra parte, nunca de otra manera que por mi aspecto externo como
hacen todas las mujeres, como hacen todos los imbéciles, cuando lo que está más destruido, más
arruinado es mi alma interior; y no puedo perdonarte eso, pues las dos no siempre coinciden,
desafortunadamente para mí. En cuanto a lo demás, te prohibo hablar otra vez.

Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de L.S.

Segunda carta conyugal

Necesito a mi lado una mujer sencilla y equilibrada, y cuya alma agitada y oscura no alimentara
continuamente mi desesperación. Los últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de
temor e incomodidad. Sé muy bien que tus inquietudes por mí son a causa de tu amor, pero es tu
alma enferma y malformada como la mía la que exaspera esas inquietudes y te corrompe la
sangre. No quiero seguir viviendo contigo bajo el miedo.

Agregaré que además necesito unas mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda encontrar en
todo momento en mi casa. Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto
solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades de la vida. Me hace falta un hogar y lo
necesito enseguida, y una mujer que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy de
ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta de los más insignificante. Una artista como tú tiene
su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así.
No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva
inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente.

Pienso que sabrás reconocer la enorme franqueza con que te hablo y sabrás darme la siguiente
prueba de tu inteligencia: comprender muy bien que todo lo que te digo no rebaja en nada la
profunda ternura, y el indecible sentimiento de amor que te tengo y seguiré teniendo
inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no guarda ninguna relación con el devenir corriente
de la vida. La vida es para vivirse. Son demasiadas las cosas que me unen a ti para que te pide que
lo nuestro se rompa; sólo te pido que cambiemos nuestras relaciones, que cada uno se construya
una vida diferente, pero que no nos desunirá más.

Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de L.S.

Tercera carta conyugal

Desde hace cinco días he dejado de vivir a causa de ti, a causa de tus estúpidas cartas, por tus
cartas no de espíritu sino de sexo, por tus cartas llenas de reacciones de sexo y no de
razonamientos conscientes. Estoy harto de nervios, harto de razones; en lugar de protegerme, tú
me agobias, me agobias por que lo que dices es errado.

Siempre has errado. Siempre me has juzgado con la sensibilidad más baja que hay en la mujer.
Te empeñas en no admitir ninguna de mis razones. Pero a mí ya no me quedan razones, ya no
tengo nada de qué disculparme, ya no tengo nada que discutir contigo. Conozco mi vida y eso me
alcanza. Y en el instante en que comienzo a meterme en mi vida, más y más me socavas, causas mi
desesperación; cuantos más motivos te doy para esperar, para que seas paciente, para tolerarme,
más encarnizadamente te empeñas en destrozarme, en hacerme perder los beneficios
logrados, más intolerante eres con mis males.

Del espíritu lo desconoces todo, nada sabes de la enfermedad. Todo lo juzgas llevada por las
apariencias externas. Pero yo conozco mi interior, ¿verdad?, Y cuando te grito no hay nada en mí,
nada en mi persona, que no sea causado por la existencia de un mal anterior a mí mismo, previo a
mi voluntad, nada en ninguna de mis más inmundas reacciones que no provenga exclusivamente

de mi enfermedad y no le fuera imputable, sea cual sea el caso, vuelves a esgrimir tus razones
equivocadas que se fijan en los detalles nimios de mi persona, que me condenan por lo más
mezquino.

Pero cualquier cosa que yo haya podido hacer de mi vida, ¿no es verdad? No me ha impedido
retornar paulatinamente a mi ser e instalarme un poco más cada día. En ese ser que la
enfermedad me había arrebatado y que los reflujos de la vida me reintegran pedazo a pedazo. Si
no supieras a qué me había entregado para limitar o extirpar los dolores de esa separación
intolerable, tolerarías mis desequilibrios, mis estruendos, ese desmoronamiento de mi persona
física, esas ausencias, esos achatamientos.

Y en virtud de que supones que se deben al uso de una sustancia, que de sólo nombrarla oscurece
tu razón, me acosas, me amenazas, me arrastras a la locura, me destrozas con tus manos ira la
materia misma de mi cerebro. Sí, me obligas a obstinarme más conmigo mismo, cada una de tus
cartas parte a mi espíritu en dos, me tira a insensatos callejones sin salida, me destruye con
desesperaciones, con furores. No puedo más, te he gritado suficiente. Deja de razonar con tu sexo,
asimila de una vez la vida, toda la vida, ábrete a la vida, mira las cosas, mírame, renuncia, y deja al
menos que la vida me abandone, se expanda ante mí, en mí. No me agobies. Basta.

La Cuadrícula es un momento espantoso para la sensibilidad, la materia.

Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de L.S.

Texto surrealista

El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un
pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.Pero algo
sucedió de golpe.
Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo
perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que
derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en
esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general,
en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de
columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones
estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles
sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el
aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el
hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen
huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo,
todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre
desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos
terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo
de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.

Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 2 (1925)
Versión de Aldo Pellegrini

Una de sus últimas declaraciones

"Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el
hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al
electroshock". Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos
los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y
con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta
electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había
olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean
Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...
-Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se las sabe todas".

Charles Pierre Baudelaire (9 de abril de 1821 - † 31 de agosto de 1867) fue un poeta,
crítico de arte y traductor francés. Fue llamado poeta maldito, debido a su vida de
bohemia y excesos, y a la visión del mal que impregna su obra. Barbey d'Aurevilly,
periodista francés, dijo de él que fue el Dante de una época decadente. Fue el poeta de
mayor impacto en el simbolismo francés. Las influencias más importantes sobre él fueron
Théophile Gautier, Joseph de Maistre (de quien dijo que le había enseñado a pensar) y, en
particular, Edgar Allan Poe, a quien tradujo extensamente.

Contenido

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•1 Biografía

o1.1 Infancia
o1.2 Juventud y bohemia
o1.3 Últimos años
o1.4 Las flores del mal

•2 Influencia
•3 Obra
•4 Bibliografía recomendada
o4.1 En español
o4.2 En otros idiomas
•5 Véase también
•6 Enlaces externos
o6.1 En español
o6.2 En francés

o6.3 En inglés

Biografía [editar]

Infancia [editar]

Nació en París el 9 de abril de 1821. Su padre, Joseph François Baudelaire, ex-
seminarista, antiguo preceptor, fue también profesor de dibujo, pintor y funcionario jefe
del Despacho de la Cámara de los Pares. Joseph le enseñó las primeras letras. Cuando

nació Charles, su padre tenía la edad de sesenta años, y un hijo, Claude Alphonse, fruto
de su primer matrimonio. Su madre fue Caroline Archimbaut-Dufays, quien no llegaba a
los treinta años al nacer Baudelaire. Era hija de emigrantes franceses a Londres durante la
revolución de 1793. Enseñó inglés a su hijo.

Fue criado por la sirvienta de la familia. Se conoce muy poco sobre ella, Mariette, pero se
intuye que debió de tener gran peso en la familia. Baudelaire la recuerda en un poema
aparecido en Las flores del mal.

Joseph François Baudelaire falleció en 1827, cuando Charles tenía seis años. Dejó una
pequeña herencia. Su madre cambió de residencia y, a los veinte meses, Caroline se casó
por conveniencia con Jacques Aupick, un vecino suyo de cuarenta años que llegará a ser
general comandante de la plaza fuerte de París. Es probable que fuesen amantes antes de
contraer matrimonio. Baudelaire con ello recibió un gran impacto emocional, viviéndolo
como un abandono. Nunca llegó a tener buenas relaciones con Aupick, a quien siempre
odió.

Tras las jornadas revolucionarias de 1830, Aupick es ascendido a teniente coronel por su
participación en la campaña de Argelia. Dos años más tarde es nombrado jefe del Estado
Mayor y se traslada con su familia a Lyon; allí permanecerán cuatro años, estudiando
Baudelaire en el Collège Royal de Lyon, de cuyo ambiente no guardará buenos recuerdos.
El futuro poeta se aburre y escapa de su encierro.

Su madre, impregnándose de la personalidad de Aupick, se va volviendo cada vez más
rígida y puritana. En 1836 su marido asciende a general del Estado Mayor. Vuelven a
París, donde Baudelaire es internado en el Collège Louis-le-Grand; allí permanecerá
durante dos años y medio. En esa época lee a Sainte-Beuve, a Chenier y Musset, a quien
más tarde criticará. Consigue el título de Bachiller superior pero, por una falta aún
desconocida, es expulsado.

Juventud y bohemia [editar]

Jeanne Duval, amante de Baudelarie cuando éste tenía 21 años. Es retratada por Édouard
Manet.

En 1840 Baudelaire se matricula en la Facultad de Derecho. Comienza a frecuentar a la
juventud literaria del Barrio Latino y conoce a nuevas amistades, como Gustave
Levavasseur y Ernest Prarond. También entabla amistad con Gérard de Nerval, con
Sainte-Beuve, Théodore de Banville y Balzac. Intima igualmente con Louis Ménard, que
se dedica a la taxidermia y vivisección de animales.

Comienza a llevar una vida despreocupada; los altercados con la familia son constantes
debido a su adicción a las drogas y al ambiente bohemio. Frecuenta prostíbulos y
mantiene relaciones con Sarah, una prostituta judía del Barrio Latino. Charles la

denomina La Louchette (la bizca). Además de torcer la vista, era calva. Probablemente
fue ella quien le contagió la sífilis. Dentro de su obra capital, Las flores del mal,
Baudelaire se refiere a Sarah en un poema, probablemente escrito en el momento en que
dejó de verla asiduamente, reanudando sus relaciones con su otra amante, Jeanne Duval.

Une nuit que j'étais près d'une affreuse
Juive, Comme au long d'un cadavre un
cadavre étendu, Je me pris à songer près
de ce corps vendu a la triste beauté dont
mon désir se prive.

‘Una noche en que estaba con una horrible
Judía, como un cadáver tendido junto a
otro, pensaba, al lado de aquel cuerpo
vendido, en esta triste belleza de la cual mi
deseo se priva.’

Charles Baudelaire

La conducta de Baudelaire, que rechaza entrar en la carrera diplomática, horroriza a su
familia. Su padrastro, descontento con la vida libertina que lleva, trata de distanciarle de
los ambientes bohemios de París. En marzo de 1841 un consejo de familia lo envía a
Burdeos para que embarque con destino a los Mares del Sur, a bordo de un paquebote. La
travesía, que duró dieciocho meses, le llevó hasta Calcuta, en compañía de comerciantes y
oficiales del Ejército.

De regreso en Francia, se instaló de nuevo en la capital, volviendo a sus antiguas
costumbres desordenadas.

Baudelaire, fotografía de Nadar

Empezó a frecuentar los círculos literarios y artísticos y escandalizó a todo París por sus
relaciones con la joven Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspiraría algunas de sus
más brillantes y controvertidas poesías. Destacó pronto como crítico de arte: El Salón de
1845, su primera obra, llamó ya la atención de sus contemporáneos, mientras que su
nuevo Salón, publicado un año después, llevó a la fama a Delacroix (pintor, entonces
todavía muy discutido) e impuso la concepción moderna de la estética de su autor.

Buena muestra de su trabajo como crítico son sus Curiosidades estéticas, recopilación
póstuma de sus apreciaciones acerca de los salones, al igual que El arte romántico (1868),
obra que reunió todos sus trabajos de crítica literaria. Fue asimismo pionero en el campo

de la crítica musical, donde destaca sobre todo la opinión favorable que le mereció la obra
de Richard Wagner, que consideraba como la síntesis de un arte nuevo.

En literatura, los autores Hoffmann y Edgar Allan Poe, del que realizó numerosas
traducciones (todavía canónicas en francés), alcanzaban, también según el criterio de
Baudelaire, esta síntesis vanguardista; la misma que persiguió él asimismo en La
Fanfarlo
(1847), su única novela, y en sus distintos esbozos de obras teatrales.

Últimos años [editar]

Tumba de Baudelaire en Montparnasse.

Comprometido por su participación en la revolución de 1848, la publicación de Las flores
del mal
, en 1857, acabó de desatar la violenta polémica gestada en torno a su persona. Los
poemas (las flores) fueron considerados «ofensas a la moral pública y las buenas
costumbres» y su autor fue procesado. Ante tales acusaciones Baudelaire respondió:

Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad
en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos,
que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse
y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las
estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes
indecencias.

Sin embargo, ni la orden de suprimir seis de los poemas del volumen ni la multa de
trescientos francos que le fue impuesta impidieron la reedición de la obra, en 1861. En
esta nueva versión aparecieron, además, unos treinta y cinco textos inéditos. El mismo
año de la publicación de Las flores del mal, e insistiendo en la misma materia, emprendió
la creación de los Pequeños poemas en prosa, editados en versión íntegra en 1869 (en
1864, el diario Le Figaro había publicado algunos textos bajo el título de El spleen de
París
). En esta época también vieron la luz Los paraísos artificiales (1858-1860), en los
cuales se percibe una notable influencia del inglés De Quincey; el estudio
Richard
Wagner et Tannhäuser à Paris, aparecido en la Revue européenne en 1861; y El pintor de
la vida moderna, un artículo sobre Constantin Guys, publicado por Le Figaro en 1863.

En 1864 viaja a Bélgica y residirá dos años en Bruselas. Allí intenta ganarse la vida
dictando conferencias sobre arte, pero son un fracaso. En la primavera se encuentra con su

editor. Sólo consigue dar tres conferencias sobre Delacroix, Gautier y Los paraísos
artificiales
, con escasa asistencia de público. Intenta una edición de su obra completa,
pero fracasa; se venga de la falta de aceptación escribiendo un panfleto titulado ¡Pobre
Bélgica!
La sífilis que padecía le causó un primer conato de parálisis en (1865), y los
síntomas de afasia y hemiplejía, que arrastraría hasta su muerte, aparecieron con violencia
en marzo de 1866, cuando sufrió un ataque en la iglesia de Saint Loup de Namur.
Trasladado urgentemente por su madre a una clínica de París, permaneció sin habla, pero
lúcido, hasta su fallecimiento, en agosto del año siguiente. Fue enterrado en el
Cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de su padrastro. Su epistolario se publicó
en 1872; los Journaux intimes (que incluyen Cohetes y Mi corazón al desnudo), en 1909;
y la primera edición de sus obras completas, en 1939. Charles Baudelaire es considerado
el padre, o gran profeta, de la poesía moderna.

Fue una figura bastante popular en los círculos artísticos de París. Manet incluyó su efigie
en su famoso cuadro Música en las Tullerías, y en 1865 grabó dos retratos de él, uno de
ellos basado en una fotografía de Nadar.

Retrato de Baudelaire, por Gustave Courbet

Las flores del mal [editar]

Artículo principal: Las flores del mal

Las flores del mal es una obra de concepción clásica en su estilo, y oscuramente
romántica por su contenido, en la que los poemas se disponen de forma orgánica (aunque
esto no es tan evidente en las ediciones realizadas tras la censura y el añadido de nuevos
poemas). En ella, Baudelaire expone la teoría de las correspondencias y, sobre todo, la
concepción del poeta moderno como un ser maldito, rechazado por la sociedad burguesa,
a cuyos valores se opone. El poeta se entrega al vicio (singularmente la prostitución y la
droga), pero sólo consigue el hastío (spleen, como se decía en la época), al mismo tiempo
que anhela la belleza y nuevos espacios ("El viaje"). Es la "conciencia del mal".

Influencia [editar]

Baudelaire fue para algunos la crítica y síntesis del Romanticismo, para otros el precursor
del Simbolismo, y tal vez haya sido ambas cosas al mismo tiempo. También es
considerado el padre espiritual del decadentismo que aspira a épater la bourgeoisie
(escandalizar a la burguesía). Los críticos coinciden al señalar que formalmente abrió el
camino de la poesía moderna. Su oscilación entre lo sublime y lo diabólico, lo elevado y
lo grosero, el ideal y el aburrimiento angustioso (el Spleen) se corresponde con un espíritu

nuevo, y precursor, en la percepción de la vida urbana. Además, estableció para la poesía
una estructura basada en las antedichas Correspondencias o trasvases perceptivos entre
los distintos sentidos, idea ésta que desarrolla en el poema de ese título con el que abre
para asi comenzar como el primer poeta en escritura romana llamada Las flores del mal.
Las correspondencias equivalen a audaces imágenes sensoriales que representan la caótica
vida espiritual del hombre moderno.Recibe el título de Conde de Detif, del quimérico
reino de La Araucanía y La Patagonia, el mismo que hoy ostenta el escritor Antonio Gil,
primer chileno en recibir títulos de esa Casa Real.

El simbolismo de Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, avanzando por el camino de una poesía
autónoma, que se representara sólo a sí misma, es especialmente deudor de esta profunda
concepción estética de Baudelaire. El trabajo de amplificación expresiva que realizó con
la metáfora contribuyó en todo caso a indicar el terreno ilimitado en el que podía
expandirse el sistema de representación de la poesía. Todo lo cual fue de importancia
decisiva para el desarrollo de la poesía en el siglo XX, junto con la experimentación de
Arthur Rimbaud, el principal de los poetas "malditos", quizá el mejor heredero de
Baudelaire.

Obra

Salon de 1845 / El Salón de 1845 (1845)
Salon de 1846 / El Salón de 1846 (1846)
La Fanfarlo (1847)
Du vin et du haschisch (1851)
Fusées (1851)
L'Art romantique (1852)
Morale du joujou (1853)
Exposition universelle (1855)
Les Fleurs du mal / Las flores del mal (1857)
Le Poème du haschich (1858)
Salon de 1859 / El Salón de 1859 (1859)
Les Paradis artificiels / Los paraísos artificiales (1860)
La Chevelure (1861)
Réflexions sur quelques-uns de mes contemporains (1861)
Richard Wagner et Tannhäuser à Paris (1861)
Petits poèmes en prose o Le Spleen de Paris / Pequeños poemas en prosa o
Spleen de París (1862)
Le Peintre de la vie moderne / El Pintor de la vida moderna (1863)
L'œuvre et la vie d'Eugène Delacroix (1863)
Mon cœur mis à nu (1864)
Les Épaves / Los despojos (1866)
Curiosités esthétiques / Curiosidades estéticas (1868)
L'Art romantique / El arte romántico (1869)
Journaux intimes (1851-1862

Poemas de Charles Baudelaire:

De "Las flores del mal" Versiones de Antonio Martínez Sarrión

La Gaya Ciencia S.A. Barcelona 1976

De Spleen e Ideal:

2. El albatros
3. Elevación
5. La voz
6. Me gusta recordar esas desnudas épocas...
8. La musa enferma
9. La musa venal
11. El enemigo
12. La mal suerte
21. La máscara
23. Las joyas
24. Perfume exótico
25. La cabellera
34. El leteo
37. El gato
45. ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria...
47. A la que es demasiado alegre
48. Reversiblidad
49. Confesión
55. Cielo neblinoso
57. El bello navío
71. Mœsta et errabunda
74. El surtidor
75. Tristezas de la luna
84. La campana hendida

De "Cuadros Parisienses":

103. Paisaje
104. El sol
110. Recogimiento
111. A una transeúnte
117. El amor engañoso
118. Todavía no he olvidado...
119. A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa...
121. Sueño parisiense
122. El crepúsculo matutino

De "El Vino":

123. El alma del vino
126. El vino del solitario
127. El vino de los amantes

De "Flores del mal":

128. La destrucción
130. La plegaria de un pagano
133. Mujeres condenadas
134. Las dos buenas hermanas
136. Alegoría
137. La Beatriz
138. La metamorfosis del vampiro
140. El amor y el cráneo

De "La muerte":

144. La muerte de los amantes
146. La muerte de los artistas
147. El fin de la jornada
148. Sueño de un curioso
150. Epígrafe para un libro condenado
152. Proyecto del epílogo

De "Bribes":

Nota del traductor: Migajas
153. Orgullo
154. El glotón
155. Condenación

Tres poemas de "Los despojos":

156. Sobre «El Tasso en prisión»
157. A Theodore de Banville
158. Puesta de sol romántica

Conversación

Traducciones de otros autores:

A la que pasa
Alegoría
El balcón
El enemigo
El extranjero
El gusto de la nada
El perfume
El reloj
El vampiro
El vino de los amantes
El «Yo pecador» del artista
Embriáguense
Invitación al viaje

La belleza
La desesperación de la vieja
La destrucción
La estéril
La fuente de sangre
La pipa
La serpiente que danza
Madrigal triste
Recogimiento
Remordimiento póstumo
Soneto de otoño
Te adoro igual
Últimos suspiros de un parnasiano
Un hemisferio en una cabellera

De "Las flores del mal" Versiones de Ignacio Caparrós

Ed. Alhulia Colección "Crisálida" n°20. Granada, 2001

II El albatros
IV Correspondencias
X El enemigo
XIV El hombre y la mar
XVII La belleza
XXXIII Remordimiento póstumo
LXVI Los gatos
LXXVII Spleen

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Las flores del mal: (Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión)

De Spleen e Ideal:

2. El albatros

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.

* * * * *

3. Elevación

Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!

* * * * *

5. La voz

Se encontraba mi cuna junto a la biblioteca,
Babel sombría, donde novela, ciencia, fábula,

Todo, ya polvo griego, ya ceniza latina
Se confundía. Yo era alto como un infolio.
Y dos voces me hablaban. Una, insidiosa y firme:
«La Tierra es un pastel colmado de dulzura;
Yo puedo (¡y tu placer jamás tendrá ya término!)
Forjarte un apetito de una grandeza igual.»
Y la otra: «¡Ven! ¡Oh ven! a viajar por los sueños,
lejos de lo posible y de lo conocido.»
Y ésta cantaba como el viento en las arenas,
Fantasma no se sabe de que parte surgido
Que acaricia el oído a la vez que lo espanta.
Yo te respondí: «¡Sí! ¡Dulce voz!» Desde entonces
Data lo que se puede denominar mi llaga
Y mi fatalidad. Detrás de los paneles
De la existencia inmensa, en el más negro abismo,
Veo, distintamente, los más extraños mundos
Y, víctima extasiada de mi clarividencia,
Arrastro en pos serpientes que mis talones muerden.

Y tras ese momento, igual que los profetas,
Con inmensa ternura amo el mar y el desierto;
Y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo
Y encuentro un gusto grato al más ácido vino;
Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas
Y por mirar al cielo caigo en pozos profundos.
Más la voz me consuela, diciendo: «Son más bellos
los sueños de los locos que los del hombre sabio».

* * * * *

6. Me gusta recordar esas desnudas épocas...

Me gusta recordar esas desnudas épocas
En que placía a Febo las estatuas dorar ,
En tanto hombre y mujer, en su esplendor más alto,
Sin angustia gozaban y sin mentira alguna,
Y, el amoroso cielo envolviendo sus cuerpos,
La salud de su noble máquina ejercitaban.

Mostrábase Cibeles fértil y generosa,
No hallando que sus hijos fuesen gravosa carga;
Antes bien, loba henchida de ternezas comunes,
Nutría al universo con sus oscuras ubres.
Elegante y robusto, el hombre se preciaba
Entre bellezas múltiples que por rey le acataban.
Frutos aún no ultrajados y carentes de grietas,
¡Cuya bruñida pulpa incitaba al mordisco!
Hoy el Poeta, cuando pretende imaginar
Tal nativa grandeza y acude a los lugares
En que hombres y mujeres sin velos aparecen,
Siente envuelto su espíritu en tenebroso frío,
Ante ese negro cuadro que rebosa de espanto.
¡Oh monstruosidades llorando sus vestidos!
¡Oh ridículos torsos que son propios de máscaras!
Pobres cuerpos torcidos, fláccidos o ventrudos,
Que el Señor de lo útil, sereno e implacable,
Envolvió desde niños en pañales de bronce.
Y vosotras, mujeres, pálidas como cirios,
En quienes la lujuria se ceba, y esas vírgenes
Arrastrando la herencia de los maternos vicios
¡Y todos los horrores de la fecundidad!

Tenemos, ello es cierto, naciones corrompidas,
A los antiguos pueblos de ignorado esplendor:
Los rostros devorados por las llagas cordiales
Y algo que llamaríamos desmayadas bellezas;
Más esas invenciones de las musas tardías,
Jamás impedirán a las razas decrépitas
Rendir a las más jóvenes un profundo homenaje,
-A la juventud santa de simple y dulce frente,
De mirar claro y limpio como agua saltarina,
Y que marcha, inconsciente, por doquier esparciendo,
como el azul del cielo, las flores y los pájaros,
Sus perfumes, sus cánticos y sus suaves calores.

* * * * *

8. La musa enferma

Mi Pobre musa, !ay! ¿qué tienes este día?
Pueblan tus vacuos ojos las visiones nocturnas
Y alternándose veo reflejarse en tu tez
La locura y el pánico, fríos y taciturnos.

¿El súcubo verdoso y el rosado diablillo
El miedo te han vertido, y el amor, de sus urnas?
¿Con su puño te hundieron las foscas pesadillas
En el fondo de algún fabuloso Minturno?

Quisiera que, exhalando un saludable olor,
Tu seno de ideas fuertes se viese frecuentado
Y tu cristiana sangre fluyese en olas rítmicas,

Como los sones múltiples de las sílabas viejas
Donde, reinan Por turno Febo, padre del canto,
Y el gran Pan, cuyo imperio se extiende por las mieses.

* * * * *

9. La musa venal

Tú que amas los palacios, oh musa de mi vida,
¿Tendrás, cuando el Bóreas², sea el dueño de Enero,
Mientras cae la nieve en tediosas veladas,
Para caldear tus pies violáceos, un tizón?

¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas
En los nocturnos rayos que filtran los postigos?
¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües
Con el oro que esplende en la bóveda azul?

Debes, para ganar tu pan de cada noche,
Agitar como niño de coro el incensario
Y salmodiar Te Deums en los que apenas crees,
Reiterando tus gracias, como hambriento payaso
Y tu risa velada por lágrimas secretas,
Para ver cómo estalla la vulgar carcajada.

²dios que personificaba el viento del Norte en la mitología griega.

* * * * *

11. El enemigo

Mi juventud no fue sino un gran temporal
Atravesado, a rachas, por soles cegadores;
Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros
Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.

He alcanzado el otoño total del pensamiento,
y es necesario ahora usar pala y rastrillo
Para poner a flote las anegadas tierras
Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,
Hallarán en mi suelo, yermo como una playa,
El místico alimento que les daría vigor?

-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,
Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,
Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.

* * * * *

12. La mala suerte

Para alzar un peso tan grande
¡Tu coraje haría falta, Sísifo!
Aun empeñándose en la obra
El Arte es largo y breve el Tiempo.

Lejos de célebres túmulos
En un camposanto aislado
Mi corazón, tambor velado,
Va redoblando marchas fúnebres.

-Mucha gema duerme oculta
En las tinieblas y el olvido,
Ajena a picos ya sondas.

-Mucha flor con pesar exhala
Como un secreto su grato aroma
En las profundas soledades.

* * * * *

21. La máscara

Estatua alegórica
a la manera del renacimiento
a Ernest Christophe, escultor

Contempla ese tesoro de gracias florentinas;
En la forma ondulante del musculoso cuerpo,
Son hermanas divinas la Elegancia y la Fuerza.
Esta mujer, fragmento en verdad milagroso,
Noblemente robusta, divinamente esbelta,
Nació para reinar en lechos suntuosos
Y entretener los ocios de un príncipe o de un papa.

-Observa esa sonrisa voluptuosa y fina
Donde la Fatuidad sus éxtasis pasea,
Esos taimados ojos lánguidos y burlones,
El velo que realza esa faz delicada
Cuyos rasgos nos dicen con aire triunfador:
«¡El Deleite me nombra y el Amor me corona!»
A un ser que está dotado de tanta majestad,
¡Qué encanto estimulante le da la gentileza!
Acerquémonos trémulos de su belleza en torno.

¡Oh blasfemia del arte! ¡Oh sorpresa brutal!
La divina mujer, que prometía la dicha
¡Concluye en las alturas en un monstruo bicéfalo

¡Mas no! Máscara es sólo, mentido decorado,
Ese rostro que luce un mohín exquisito,
Y, contémplalo cerca: atrozmente crispados,
La auténtica cabeza, el rostro más real,
Se ocultan al amparo de la cara que miente.

¡Oh mi pobre belleza! El río esplendoroso
De tu llanto se abisma en mi hondo corazón.
Me embriaga tu mentira y se abreva mi alma
En la ola que en tus ojos el Dolor precipita.

-Mas, ¿por qué llora? En esa belleza inigualable
Que tendría a sus pies todo el género humano,
¿Qué misterioso mal roe su flanco de atleta?

-¡Insensata, solloza sólo porque ha vivido!
¡Y porque vive! Pero lo que lamenta más,
Lo que hasta las rodillas la hace estremecer
Es que mañana, ¡ay!, continuará viviendo,
¡Mañana, al otro día, siempre! ¡Igual que nosotros!

* * * * *

23. Las joyas

Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos,
Sólo había conservado las sonoras alhajas
Cuyas preseas le otorgan el aire vencedor
Que las esclavas moras tienen en días fastos.

Cuando en el aire lanza su sonido burlón
Ese mundo radiante de pedrería y metal
Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí
Las Cosas en que se une el sonido a la luz.

Ella estaba tendida y se dejaba amar,
Sonriendo de dicha desde el alto diván
A mi pasión profunda y lenta como el mar
Que ascendía hasta ella como hacia su cantil.

Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado,
Con aire soñador ensayaba posturas
Y el candor añadido a la lubricidad
Nueva gracia agregaba a sus metamorfosis;

Y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos
Pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes,
Pasaban por mis ojos lúcidos y serenos;
Y su vientre y sus senos, racimos de mi viña,

Avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal
Para turbar la paz en que mi alma estaba
Y para separarla del peñón de cristal
Donde se había instalado solitaria y tranquila.

Y creí ver unidos en un nuevo diseño
-Tanto hacía su talle resaltar a la pelvis-
Las caderas de Antíope al busto de un efebo,
¡Soberbio era el afeite sobre su oscura tez!

-Y habiéndose la lámpara resignado a morir
Como tan sólo el fuego iluminaba el cuarto,
Cada vez que exhalaba un destello flamígero
Inundaba de sangre su piel color del ámbar.

* * * * *

24. Perfume exótico

Cuando entorno los ojos bajo el sol otoñal
Y respiro el aroma de tu cálido seno,
Ante mí se perfilan felices litorales
Que deslumbran los fuegos de un implacable sol.

Una isla perezosa donde Naturaleza
Produce árboles únicos y frutos sabrosísimos,
Hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados
Y mujeres con ojos donde pinta el asombro.

Guiado por tu aroma hacia mágicos climas
Veo un puerto colmado de velas y de mástiles
Todavía fatigados del oleaje marino,

Mientras del tamarindo el ligero perfume,
Que circula en el aire y mi nariz dilata,
En mi alma se mezcla al canto marinero.

* * * * *

25. La cabellera

¡Oh vellón, que rizándose baja hasta la cintura!
¡Oh bucles! ¡Oh perfume cargado de indolencia!
¡Éxtasis! Porque broten en esta oscura alcoba
Los recuerdos dormidos en esa cabellera,
La quiero hoy agitar, cual si un pañuelo fuese.

Languidecientes asias y áfricas abrasadas,
Todo un mundo lejano, ausente, casi muerto,
Habita tus abismos, ¡arboleda aromática!
Tal como otros espíritus se pierden en la música,
El mío, ¡oh mi querida!, navega en tu perfume.

Lejos iré, donde árbol y hombre, un día fuertes
Fatalmente se agostan bajo climas atroces;

Firmes trenzas, sed olas que me arranquen al fin.
Tu albergas, mar de ébano, un deslumbrante sueño
De velas, de remeros, de navíos, de llamas:

Un rumoroso puerto donde mi alma bebiera
A torrentes el ruido, el perfume, el color;
Donde naos surcando el oro y el moaré,
Abren inmensos brazos para estrechar la gloria
De un puro cielo, donde vibre eterno calor.

Y hundiré mi cabeza sedienta de embriaguez
En ese negro océano, donde se encierra el otro,
Y mi sutil espíritu que el vaivén acaricia
Os hallará otra vez, ¡oh pereza fecunda!
¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!

Oh cabellos azules, oscuros pabellones
Que me entregáis, inmensa, la bóveda celeste;
En las últimas hebras de esas crenchas rizadas,
Confundidos, me embargan los ardientes olores
Del aceite de coco, del almizcle y la brea.

Durante edades, siempre, en tu densa melena
Mi mano sembrará perlas, rubíes, zafiros,
Para que el deseo mío no puedas rechazar.
¿No eres, acaso, oasis donde mi sueño abreva
A sorbos infinitos el vino del recuerdo?

26. Te adoro como adoro la bóveda nocturna
¿Oh vaso de tristeza! ¡Oh mi gran taciturna!
Y tanto más te adoro cuanto te escapas más,
Y cuando me parece, ¡oh lujo de mis noches!
Que con más ironía amontonas las leguas
Que separan mis brazos de la inmensidad azul.

Me dispongo al ataque y acometo el asalto
Como tras un cadáver un coro de gusanos
Y me enloquece, ¡oh fiera implacable y cruel!
Hasta esa frialdad que te vuelve aún más bella.

27. En tu calleja harías entrar, mujer impura,
Al universo entero. El hastío te hace cruel.
Para entrenar tus dientes en juego tan insólito,
Cada día necesitas morder un corazón.
Tus encendidos ojos igual que escaparates
O brillantes bengalas en bulliciosas fiestas,
Usan con arrogancia de un prestado poder
Sin conocer jamás la ley de su belleza.

¡Máquina ciega y sorda, fecunda en crueldades,
Saludable instrumento, bebedora de sangre!
¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste
En todos los espejos decrecer tus encantos?
La enormidad del mal, en que te crees tan sabia,
¿No te hizo jamás retroceder de espanto
Cuando Naturaleza, con ocultos designios,
De ti puede servirse, ¡oh reina del pecado!
-De ti, vil animal- para engendrar un genio?
¡Oh fangosa grandeza! ¡Oh sublime ignominia!

* * * * *

34. El leteo

Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
Tigre adorado, monstruo de aire indolente;
Quiero enterrar mis temblorosos dedos
En la espesura de tu abundosa crin;

Sepultar mi cabeza dolorida
En tu falda colmada de perfume
Y respirar, como una ajada flor,
El relente de mi amor extinguido.

¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la muerte, dulce,
Estamparé mis besos sin descanso
Por tu cuerpo pulido como el cobre.

Para ahogar mis sollozos apagados,
Sólo preciso tu profundo lecho;
El poderoso olvido habita entre tus labios
Y fluye de tus besos el Leteo.

Mi destino, desde ahora mi delicia,
Como un predestinado seguiré;
Condenado inocente, mártir dócil
Cuyo fervor se acrece en el suplicio.

Para ahogar mi rencor, apuraré
El nepentes³ y la cicuta amada,
del pezón delicioso que corona este seno
el cual nunca contuvo un corazón.

³nepentes: pócima mágica que los antiguos ingerían para suprimir
la tristeza y el dolor y que, posiblemente, contenía algún estupefaciente.
Leteo: uno de los ríos del infierno, cuyas quietas aguas permitían a los
muertos el olvido de sus afanes terrestres.

* * * * *

37. El gato

Ven, bello gato, a mi amoroso pecho;
Retén las uñas de tu pata,
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal.

Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,

A mi señora creo ver. Su mirada
Como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,

Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo.

* * * * *

45. ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria...

¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria,
Qué dirás, corazón, marchito hace tan poco,
A la muy bella, a la muy buena, a la amadísima,
Bajo cuya mirada floreciste de nuevo?

-El orgullo emplearemos en cantar sus loores;
Nada iguala al encanto que hay en su autoridad;
Su carne espiritual tiene un perfume angélico,
Y nos visten con ropas purísimas sus ojos.

En medio de la noche y de la soledad,
O a través de las calles, del gentío rodeado,
Danza como una antorcha su fantasma en el aire.

A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno
Que por amor a mí no améis sino lo Bello;
Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona».

* * * * *

47. A la que es demasiado alegre

Tu cabeza, tu gesto, tu aire
Como un bello paisaje, son bellos;
Juguetea en tu cara la risa
Cual fresco viento en claro cielo.

El triste paseante al que rozas
Se deslumbra por la lozanía
Que brota como un resplandor
De tus espaldas y tus brazos.

El restallante colorido
De que salpicas tus tocados
Hace pensar a los poetas
En un vivo ballet de flores.

Tus locos trajes son emblema
De tu espíritu abigarrado;
Loca que me has enloquecido,
Tanto como te odio te amo.

Frecuentemente en el jardín
Por donde arrastro mi atonía,
Como una ironía he sentido
Que el sol desgarraba mi pecho;

Y el verdor y la primavera
Tanto hirieron mi corazón,
Que castigué sobre una flor
La osadía de la Naturaleza.

Así, yo quisiera una noche,
Cuando la hora del placer llega,
Trepar sin ruido, como un cobarde,
A los tesoros que te adornan,

A fin de castigar tu carne,

De magullar tu seno absuelto
Y abrir a tu atónito flanco
Una larga y profunda herida.

Y, ¡vertiginosa dulzura!
A través de esos nuevos labios,
Más deslumbrantes y más bellos,
Mi veneno inocularte, hermana.

* * * * *

48. Reversibilidad

Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia,
La culpa, la vergüenza, el hastío, los sollozos
Y los vagos terrores de esas horribles noches
Que al corazón oprimen cual papel aplastado?
Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia?

Ángel de bondad lleno, ¿sabes lo que es el odio,
Las lágrimas de hiel y los puños crispados,
Cuando su infernal voz levanta la venganza
Ven capitán se erige de nuestras facultades?
Ángel de bondad lleno: ¿sabes lo que es el odio?

Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre,
Que a lo largo del muro del lechoso hospital,
Como los exiliados, marcha con pie cansino,
En pos del sol escaso y moviendo los labios?
Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre?

Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?
¿Y el miedo a envejecer, y ese odioso tormento
De leer el secreto horror del sacrificio
En ojos donde un día los nuestros abrevaron?
Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?

¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!
David agonizante curación pediría
A las emanaciones de tu cuerpo hechicero;
Pero de ti no imploro, ángel, sino plegarias,
¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!

David: alusión a la leyenda, según la cual, el rey David, debilitado por la edad,
trató de recobrar sus fuerzas mediante el contacto con cuerpos jóvenes.

* * * * *

49. Confesión

Una vez, una sola, mujer dulce y amable,
En mi brazo el vuestro pulido
Se apoyó ( sobre del denso fondo de mi alma
Ese recuerdo no ha palidecido);

Era tarde; al igual que una medalla nueva,
La Luna llena apareció,
Y la solemnidad nocturna, como un río,
Sobre París dormido se extendía.

Los gatos, por debajo de las puertas de coches,
Deslizábanse furtivos
El oído al acecho o, como sombras caras,
Nos seguían despacio.

Y de súbito, en medio de aquella intimidad,
Abierta en la luz pálida,
De Vos, rico y sonoro instrumento en que vibra
La más luminosa alegría,

De vos, clara y alegre igual que una fanfarria
En la mañana chispeante,
Una quejosa nota, una insólita nota
Vacilante se escapó,

Como un niño sombrío, horrible y enfermizo
Que a su familia avergonzara,
Y al que durante años, para ocultarlo al mundo,
En una cueva habría encerrado.

Vuestra discorde nota, ¡mi pobre ángel! cantaba:
«Que aquí abajo nada es firme,
Y que siempre, aunque mucho se disfrace,
El egoísmo humano se traiciona;

Que es un oficio duro el de mujer hermosa
Y que es más bien tarea banal,
De la loca y helada bailarina fijada
En maquinal sonrisa;

Que fiar en corazones es algo bien estúpido;
Que es todo trampa, belleza y amor,
Y al final el Olvido los arroja a un cesto
¡Y los torna a la Eternidad!»

Esa luna encantada evoqué con frecuencia,
Ese silencio y esa languidez,
Y aquella confidencia penosa, susurrada
Del corazón en el confesionario.

* * * * *

55. Cielo neblinoso

Se diría cubierta de vapor tu mirada;
Tu mirar misterioso (¿es azul, gris o verde?)
Alternativamente tierno, cruel, soñador,
Refleja la indolencia y palidez del cielo.

Recuerdas los días blancos, y tibios y velados,
Que a las cautivas almas hacen fundirse en lágrimas,
Cuando, presa de un mal confuso que los tensa,
Los excitados nervios se burlan del dormido.

A veces te asemejas a esos bellos paisajes
Que iluminan los soles de estaciones brumosas...
¡Y cómo resplandeces, oh mojado paisaje
Que atraviesan los rayos entre un cendal de niebla!

¡Oh mujer peligrosa, oh seductores climas!
¿Acabaré adorando vuestras nieves y escarchas,
Y, al cabo, arrancaré del implacable invierno
Placeres más agudos que el hielo y que la espada?

* * * * *

57. El bello navío

Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera!
Los distintos encantos que ornan tu juventud;
Trazar deseo tu belleza
Donde, a la par, se alían infancia y madurez.

Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda
Semejas a un bajel que enfila la bocana
Y anda balanceándose, desplegadas las velas,
Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento.

Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas
Se pavonea con gracia tu altanera cabeza;
Con aire plácido y triunfal
Continúas tu camino, majestuosa niña.

Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera!
Los distintos encantos que ornan tu juventud;
Trazar deseo tu belleza
Donde, a la par, se alían infancia y madurez.

Tu seno que se comba, oprimiendo el moaré,
Tu seno triunfante es un pulido armario
Cuyas dos jambas claras y arqueadas
Se parecen a escudos que aferrasen la luz.

¡Provocantes defensas con dos rosadas puntas!
Mueble dulce en secretos, lleno de cosas ricas:
Vinos, perfumes, néctares,
Que harían delirar mentes y corazones.

Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda,
Semejas a un bajel que enfila la bocana
Y anda balanceándose, desplegadas las velas,
Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento.

Tus piernas escultóricas, bajo airosos volantes,
Provocan y exasperan las fiebres más oscuras,
Cual dos brujas batiendo
En profunda vasija el más siniestro tósigo.

Tus brazos que anhelaran los hércules precoces,
Son los más firmes émulos de las boas deslizantes,
Pensados para asir
Como para tatuar en tu pecho a tu amante.

Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas,
Se pavonea con gracia tu cabeza altanera;
Con aire plácido y triunfal
Continúas tu camino, majestuosa niña.

* * * * *

71. Mœsta et errabunda

¿No huye el corazón, Ágata, muchas veces de ti,
Lejos del negro océano de la ciudad inmunda,
Hacia otra donde estalla, súbito, el esplendor,
Azul, profundo, claro cual la virginidad?
¿No huye el corazón, Ágata, muchas veces de ti?

¡El mar, el vasto mar, nuestras tareas consuela!
¿Qué demonio ha dotado al mar, ronco cantor,
Al que el potente órgano de los vientos secunda,
De esa función sublime de arrullar nuestros sueños?
¡El mar, el vasto mar nuestras tareas consuela!

¡Ráptame tú, fragata! ¡Arrástrame, vagón!
¡Lejos! ¡Aquí las lágrimas se han convertido en fango!
-¿No es cierto que, a menudo, el corazón de Ágata
Dice: Lejos de crímenes, de dolores y culpas,
¡Ráptame tú, fragata! ¡Arrástrame vagón!?

¡Qué lejos te hallas ya, paraíso aromático,
Donde, bajo los cielos, todo es amor y risas,
Donde lo que se ama digno es de ser amado,
Donde en puro deleite se ahoga el corazón!
¡Qué lejos te hallas ya, paraíso aromático!

Pero ese paraíso de amores juveniles,
Las carreras, los cantos, los besos y las flores,
Los violines sonando detrás de las colinas,
Con los jarros de vino, de noche, en la espesura,
-Pero ese paraíso de amores juveniles,

Paraíso inocente de furtivos placeres,
¿Está más lejos ya que la India y la China?
¿Lo podremos llamar con gritos lastimeros
Y todavía animarlo con argentina voz,
Al puro paraíso de furtivos placeres?

* * * * *

74. El surtidor

Se cansaron tus ojos, ¡pobre amante!
Que se queden cerrados largo rato,
En esa postura indolente
En que el placer te sorprendió.
El murmullo del surtidor,
Que día y noche permanece,
Prolonga dulcemente el éxtasis
En que el amor me sumiera.

El amplio chorro
En flores mil,
Donde Febea ¹
Colores muestra,
Cae como lluvia
De lentas lágrimas.

Así tu alma, incendiada
Por la cruda luz del goce,

Se lanza atrevida y rápida
Rumbo a cielos encantados.
Moribunda, se transforma
En una triste ola lánguida
Que, por invisible rampa,
Se abisma en mi corazón

El amplio chorro
En flores mil,
Donde Febea
Colores muestra,
Cae como lluvia
De lentas lágrimas.

¡Oh embellecida por la noche,
Resulta dulce, sobre el seno,
Escuchar el gemido eterno
Que en el estanque solloza!
Agua, sonora, luna, noche,
Estremecidos árboles en torno,
Vuestra pura melancolía
Es el espejo de mi amor.

El amplio chorro
En flores mil,
Donde Febea
Colores muestra,
Cae como lluvia
De lentas lágrimas.

¹Febea: una de las advocaciones por las que se conocía a Diana, diosa lunar.

* * * * *

75. Tristezas de la luna

Esta noche la luna sueña con más pereza,
Cual si fuera una bella hundida entre cojines
Que acaricia con mano discreta y ligerísima,
Antes de adormecerse, el contorno del seno.

Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes,
Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis,
Y pasea su mirada sobre visiones blancas,
Que ascienden al azul igual que floraciones.

Cuando sobre este globo, con languidez ociosa,
Ella deja rodar una furtiva lágrima,
Un piadoso poeta, enemigo del sueño,

De su mano en el hueco, coge la fría gota
como un fragmento de ópalo de irisados reflejos.
Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz.

* * * * *

84. La campana hendida

En las noches de invierno es amargo y es dulce

Escuchar, junto al fuego que palpita y humea,
Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos
Al son de carillones que suenan en la bruma.

¡Feliz campana aquella de enérgica garganta
Que, pese a su vejez, conservada y alerta,
Con fidelidad lanza su grito religioso
Como un viejo soldado que vigila en su tienda!

Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos,
Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna,
Con frecuencia sucede que su cansada voz

Semeja al estertor de un herido olvidado
Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,
Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos.

De "Cuadros Parisienses":

103. Paisaje

Deseo, para escribir castamente mis églogas,
Dormir cerca del cielo, cual suelen los astrólogos,
Y escuchar entre sueños, vecino a las campanas,
Sus cánticos solemnes que propalan los vientos.
El mentón en las manos, tranquilo en mi buhardilla,
Observaré el taller que parlotea y canta;
Las chimeneas, las torres, esos urbanos mástiles,
Y los cielos que invitan a soñar con lo eterno.

Es dulce ver surgir a través de las brumas
La estrella en el azul, la luz en la ventana,
Alzarse al firmamento los ríos del carbón
Y derramar la luna sus desvaído hechizo.
Veré las primaveras, los estíos, los otoños,
Y al llegar el invierno de monótonas nieves,
Cerraré a cal y canto postigos y mamparas,
Para alzar en la noche mis feéricos palacios.
Y entonces soñaré con zarcos horizontes,
Jardines, surtidores quejándose en el mármol,
Con besos y con pájaros que cantan noche y día,
Lo que el Idilio alberga de puro y de infantil.
El Motín, golpeando sin éxito en los vidrios,
No hará que del pupitre se levante mi frente,
Pues estaré gozando la voluptuosidad,
De que la Primavera a mi capricho irrumpa,
De hacer que se alce un sol en mi pecho, y crear
Una atmósfera tierna de mis ideas quemantes.

* * * * *

104. El sol

Por la vieja barriada, donde, de las casuchas
Las persianas ocultan las lujurias secretas
Cuando el astro cruel furiosamente hiere
La ciudad y los campos, los techos y sembrados,
Quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica
Husmeando en los rincones azares de la rima,
Tropezando en las sílabas, como en el empedrado,
Acaso hallando versos que hace tiempo soñé.

Ese padre nutricio, que huye de las clorosis,
En los campos despierta los versos y las rosas;
Logra que se evaporen hacia el éter las penas
Saturando de miel cerebros y colmenas.
Es el quien borra años al que lleva muletas
Y le torna festivo como las bellas mozas,
Y a las mieses ordena madurar y crecer
En la inmortal entraña que desea florecer.

Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades,
Ennoblece la suerte de las cosas mas viles,
Y penetra cual rey, sin séquito ni pompa,
Tanto en las casas regias como en los hospitales.

* * * * *

110. Recogimiento

Sé sabia, Pena mía, y permanece en calma.
Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí:
Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura
A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.

Mientras que la gran masa de los viles mortales,
Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido,
Cosecha sinsabores en la fiesta servil,
Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí

Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos
Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas
Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;

Descansa bajo un arco el moribundo sol
Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente,
Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.

* * * * *

111. A una transeúnte

La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
Una dama pasó, que con gesto fastuoso
Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.
De súbito bebí, con crispación de loco.
Y en su mirada lívida, centro de mil tomados,

El placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!

* * * * *

117. El amor engañoso

Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente,
Paseando el hastío de tu mirar profundo,
Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento
Mientras suena la música que se pierde en los techos.

Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola,
Tu frente aureolada de un mórbido atractivo
Donde las luces últimas del sol traen a la aurora,
Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,

Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña!
El taraceado recuerdo, pesada y regia torre,
La corona, y su corazón, prensado como fruta,
Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.

¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores?
¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas?
¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos,
Almohadón acariciante o canastilla de flores?

Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía
Que no guardan escondido ningún precioso secreto,
Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias
Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.

Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia,
Alegrando al corazón que huye de la verdad?
¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia?
Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.

* * * * *

118. Todavía no he olvidado...

Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad,
Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila,
La Pomona de estuco y la antigua Afrodita
Velando su pudor tras una rala fronda,
Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio
Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos,
Parecía, gran pupila en el cielo curioso,
Contemplar nuestras largas y solitarias cenas,
Derramando sus bellos reflejos alongados
En el estor de sarga y en el frugal mantel.

* * * * *

119. A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa...

A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa
Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba,
Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores.
Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares
Y cuando lanza Octubre su viento melancólico
Que despoja a los árboles en torno de las tumbas,
A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos
Por dormir tibiamente bajo sus cobertores,
Mientras que, devorados por negras pesadillas,
Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho,
Esqueletos helados que trabajó el gusano,
Ellos sufren las nieves goteantes del invierno,
Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos,
Reemplacen los jirones que penden de sus verjas.
Cuando silba y crepita el leño, si una noche,
Tranquila, en el sillón la viera reclinarse,
Si en una noche azul y helada de Diciembre
La encontrara encogida en un rincón del cuarto,
Grave y recién llegada de su lecho perenne,
Ciñendo al niño grande con maternal mirada,
A aquella alma piadosa ¿qué le respondería
Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados?

* * * * *

121. Sueño parisiense

a Constantin Guys

I
De aquel terrible paisaje
Como nunca vio mortal,
Esta mañana, aún la imagen
Vaga y lejana perdura.

¡Lleno está el sueño de magia!
Por un singular capricho
Desterré de ese espectáculo
Al barroco vegetal,

Y, pintor fiel de mi sueño,
En el cuadro saboreé
La monotonía embriagante
De agua, mármol y metal.

Babel de arcos y escaleras,
Era un palacio infinito
lleno de fuentes y aljibes
En oro bruñido o mate;

Y rumorosas cascadas,
Como cortinas de vidrio,
Se suspendían destellantes
Sobre murallas metálicas.

No árboles, sino columnas,
Ceñían estanques dormidos,
Donde gigantescas náyades

Como damas se miraban.

Capas de agua se extendían,
Por muelles rosas y verdes,
Durante miles de leguas,
Hacia el fin del universo;

Había piedras inauditas
Y olas mágicas; había
Inmensos hielos absortos
Por lo que ellos reflejaban.

Taciturnos y distantes,
Ganges en el firmamento,
Arrojaban sus tesoros
En diamantinos abismos.

Arquitecto de mis magias
Hacía, a mi voluntad,
Bajo un enjoyado túnel
Pasar un manso océano;

Y hasta los negros colores
Parecían claros y limpios;
Fundía su gloria el líquido
En el rayo cristalino.

No había vestigio de astros,
¡Ni siquiera el sol poniente,
Para alumbrar los prodigios
Que con su fuego brillaban!

Y sobre esas maravillas
Planeaba (¡atroz novedad!
Presente el ojo, no el oído)
Un infinito silencio.

II
Al abrir mis ardientes ojos,
Miré el horror de mi cuarto
Y sentí, de nuevo en mi alma,
De la inquietud el aguijón;

El fúnebre son del péndulo,
Me recordó el mediodía;
Caía la oscuridad
Sobre el embotado mundo.

* * * * *

122. El crepúsculo matutino

La diana resonaba en todos los cuarteles
Y apagaba las lámparas el viento matutino.

Era la hora en que enjambres de maléficos sueños
Ahogan en sus almohadas a los adolescentes;
Cuando tal palpitante y sangrienta pupila,
La lámpara en el día traza una mancha roja
Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado,

Imita los combates del día y de la lámpara.
Como lloroso rostro que enjugase la brisa,
Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas
Y se cansan los hombres de escribir y de amar.

Empiezan a humear acá y allá las casas,
Las hembras del placer, con el párpado lívido,
Reposan boquiabiertas con derrengado sueño;
Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos,
Soplan en los tizones y soplan en sus dedos.
Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío,
Las parturientas sienten aumentar sus dolores;
Como un roto sollozo por la sangre que brota
El canto de los gallos desgarra el aire oscuro;
Baña los edificios un océano de niebla,
y los agonizantes, dentro, en los hospitales,
Lanzan su último aliento entre hipos desiguales.
Los libertinos vuelven, rotos por su labor.

La friolenta aurora en traje verde y rosa
Avanzaba despacio sobre el Sena desierto
Y el sombrío Paris, frotándose los ojos,
Empuñaba sus útiles, viejo trabajador.

De "El Vino":

123. El alma del vino

Cantó una noche el alma del vino en las botellas:
«¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,
Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,
Un cántico fraterno y colmado de luz!»

Sé cómo es necesario, en la ardiente colina,
Penar y sudar bajo un sol abrasador,
Para engendrar mi vida y para darme el alma;
Mas no seré contigo ingrato o criminal.

Disfruto de un placer inmenso cuando caigo
En la boca del hombre al que agota el trabajo,
y su cálido pecho es dulce sepultura
Que me complace más que mis frescas bodegas.

¿Escuchas resonar los cantos del domingo
y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?
De codos en la mesa y con desnudos brazos
Cantarás mis loores y feliz te hallarás;

Encenderé los ojos de tu mujer dichosa;
Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,
Siendo para ese frágil atleta de la vida,
El aceite que pule del luchador los músculos.

Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,

Raro grano que arroja el sembrador eterno,
Porque de nuestro amor nazca la poesía
Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»

* * * * *

126. El vino del solitario

La singular mirada de una mujer galante
Que llega hasta nosotros como la blanca luz
Que enviara la luna al lago tembloroso
Cuando quiere bañar su indolente belleza;

Los últimos escudos que tiene un jugador;
Un beso lujurioso de la flaca Adelina;
Los ecos de una música cálida y enervante
Como el grito lejano del humano sufrir,

No vale todo ello, oh botella profunda,
El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre
Ofrece al corazón del poeta abrumado;

Tú le dispensas vida, juventud y esperanza
-Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria
Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes.

* * * * *

127. El vino de los amantes

¡Hoy el espacio es fabuloso!
Sin freno, espuelas o brida,
Partamos a lomos del vino
¡A un cielo divino y mágico!

Cual dos torturados ángeles
Por calentura implacable,
En el cristal matutino
Sigamos el espejismo.

Meciéndonos sobre el ala
De la inteligente tromba
En un delirio común,

Hermana, que nadas próxima,
Huiremos sin descanso
Al paraíso de mis sueños.

De "Flores del mal":

128. La destrucción

A mi lado sin tregua el Demonio se agita;
En torno de mi flota como un aire impalpable;
Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones
De un deseo llenándolos culpable e infinito.

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,
De la más seductora mujer las apariencias,
y acudiendo a especiosos pretextos de adulón
Mis labios acostumbra a filtros depravados.

Lejos de la mirada de Dios así me lleva,
Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro
De las hondas y solas planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,
Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,
¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!

* * * * *

130. La plegaria de un pagano

No dejes morir tus llamas;
Caldea mi sordo corazón,
¡Voluptuosidad, cruel tormento!

Diva! supplicem exaudî!

Diosa en el aire difundida,
Llama de nuestro subterráneo,
Escucha a un alma consumida
Que alza hacia ti su férreo canto,

¡Voluptuosidad, sé mi reina!
Toma máscara de sirena
Hecha de carne y de brocado,

O viérteme tus hondos sueños
En el licor informe y místico,
¡Voluptuosidad, fantasma elástico!

* * * * *

133. Mujeres condenadas

Como bestias inmóviles tumbadas en la arena,
Vuelven sus ojos hacia el marino horizonte,
Y sus pies que se buscan y sus manos unidas,
Tienen desmayos dulces y temblores amargos.

Las unas, corazones que aman las confidencias
En el fondo del bosque donde el arroyo canta,
Deletrean el amor de su pubertad tímida
Y marcan en el tronco a los árboles tiernos;

Las otras, como hermanas, andan graves y lentas,
A través de las peñas llenas de apariciones,
Donde vio san Antonio surgir como la lava
Aquellas tentaciones con los senos desnudos;

Y las hay, que a la luz de goteantes resinas,

En el hueco ya mudo de los antros paganos,
Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre.
¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes!

Y otras, cuyas gargantas lucen escapularios,
Que, un látigo ocultando bajo sus largas ropas,
Mezclan en las umbrías y solitarias noches,
La espuma del placer al llanto del suplicio.

Oh vírgenes, oh monstruos, oh demonios, oh mártires,
De toda realidad desdeñosos espíritus,
Ansiosas de infinito, devotas, satiresas,
Ya crispadas de gritos, ya deshechas en llanto.

Vosotras, a quien mi alma persiguió en tal infierno,
¡Hermanas mías!, os amo y os tengo compasión,
Por vuestras penas sordas, vuestra insaciable sed
y las urnas de amor que vuestro pecho encierra.

* * * * *

134. Las dos buenas hermanas

Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas,
Pródigas de sus besos y ricas en salud
Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren,
Bajo la eterna siembra jamás fructificó.

Al poeta siniestro, tara de las familias,
Valido del infierno, cortesano sin paga,
Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel,
Un lecho que jamás la inquietud frecuentó

Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias,
Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas,
Placeres espantosos y dulzuras horrendas.

Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás?
¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante,
A injertar tus cipreses en sus mirtos infectos?

* * * * *

136. Alegoría

Es una mujer bella y de espléndido porte,
Que en el vino arrastrar deja su cabellera.
Las garras del amor, los venenos del antro,
Resbalan sin calar en su piel de granito.
Se chancea de la muerte y del Libertinaje:
Los monstruos, cuya mano desgarradora y áspera,
Ha respetado siempre, en sus juegos fatales,
La ruda majestad de ese cuerpo arrogante.
Camina como diosa, posa como sultana;
Una fe mahometana deposita en el goce
y con abiertos brazos que los senos resaltan,
Con la mirada invita a la raza mortal.
Cree o, mejor aún, sabe, esta infecunda virgen,
Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo,

Que la hermosura física es un sublime don
Que de toda ignominia sabe obtener clemencia.
Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora,
Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche,
Contemplará de frente el rostro de la Muerte,
Como un recién nacido -sin odio ni pesar.

* * * * *

137. La Beatriz

En cenicientas tierras, sin verdor, calcinadas,
Como yo me quejase a la Naturaleza,
Y el puñal de mi mente, caminando al azar,
Fuese afilando lento sobre mi corazón,
Una gran nube oscura, de un temporal surgida,
Que albergaba una tropa de viciosos demonios,
Semejantes a enanos furiosos y crueles.
Se volvieron entonces fríamente a mirarme,
Y, como viandantes que se asombran de un loco,
Los escuché entre sí reír y cuchichear
Intercambiando señas y guiños expresivos:

-«Contemplemos a gusto a esta caricatura,
A esta sombra de Hamlet que su postura imita,
Los cabellos al viento, la indecisa mirada.
¿No es en verdad penoso ver a tal vividor,
A este pillo, a este vago, a este histrión perezoso,
Que, porque representa con arte su papel,
Pretende interesar, cantando sus pesares,
Al águila y al grillo, al arroyo y las flores,
E inclusive a nosotros, autores de esas rúbricas,
A voces nos recita sus públicas tiradas?»

Hubiera yo podido (alto como los montes
Es mi orgullo y domina a diablos y nublados)
Apartar simplemente mi soberana testa,
Si no hubiera atisbado entre la sucia tropa,
¡Y este crimen no hizo tambalearse al sol!
A la reina de mi alma de mirada sin par,
Que con ellos reía de mi sombría aflicción,
Haciéndoles, de paso, una obscena caricia.

* * * * *

138. La metamorfosis del vampiro

La mujer, entre tanto, de su boca de fresa
Retorciéndose como una sierpe entre brasas
Y amasando sus senos sobre el duro corsé,
Decía estas palabras impregnadas de almizcle:
«Son húmedos mis labios y la ciencia conozco
De perder en el fondo de un lecho la conciencia,
Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales.
Y hago reír a los viejos con infantiles risas.
Para quien me contempla desvelada y desnuda
Reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas.
Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites,
Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos
O cuando a los mordiscos abandono mi busto,

Tímida y libertina y frágil y robusta,
Que en esos cobertores que de emoción se rinden,
Impotentes los ángeles se perdieran por mí.»

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula
y muy lánguidamente me volvía hacia ella
A fin de devolverle un beso, sólo vi
Rebosante de pus, un odre pegajoso.
Yo cerré los dos ojos con helado terror
y cuando quise abrirlos a aquella claridad,
A mi lado, en lugar del fuerte maniquí
Que parecía haber hecho provisión de mi sangre,
En confusión chocaban pedazos de esqueleto
De los cuales se alzaban chirridos de veleta
O de cartel, al cabo de un vástago de hierro,
Que balancea el viento en las noches de invierno.

* * * * *

140. El amor y el cráneo

Viñeta antigua

Se sienta el Amor en el cráneo
De la Humanidad,
Y sobre tal solio el profano,
Con risa procaz,

Sopla alegremente redondas burbujas,
Que en el aire suben,
Como para juntarse a los mundos
Al fondo del Éter.

El globo luminoso y frágil
En un amplio vuelo,
Revienta y escupe su alma pequeña
Como un áureo sueño.

Y oigo al cráneo, a cada burbuja,
Rogar y gemir:
-«Este fuego feroz y ridículo,
¿Cuándo acabará?

Pues lo que tu boca cruel
Esparce en el aire,
Monstruo asesino, es mi cerebro,
¡Mi sangre y mi carne!»

De "La muerte":

144. La muerte de los amantes

Poseeremos lechos colmados de aromas
Y, como sepulcros, divanes hondísimos

E insólitas flores sobre las consolas
Que estallaron, nuestras, en cielos más cálidos.

Avivando al límite postreros ardores
Serán dos antorchas ambos corazones
Que, indistintas luces, se reflejarán
En nuestras dos almas, un día gemelas.

Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
Intercambiaremos un solo relámpago
Igual a un sollozo grávido de adioses.

Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas
Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
Los turbios espejos y las muertas llamas.

* * * * *

146. La muerte de los artistas

¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir
Y besarte la frente, triste caricatura?
Para dar en el blanco, de mística virtud,
Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar?

En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos,
Y más de un bastidor hemos de destruir,
Antes de contemplar la acabada Criatura
Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos.

Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo,
Escultores malditos que el oprobio marcó,
Que se golpean con saña en el pecho y la frente,

Sin más que una esperanza, !Capitolio sombrío!
Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado,
Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente.

* * * * *

147. El fin de la jornada

Bajo una pálida luz
Corre, danza y se retuerce
La Vida, impura y gritona.
Tan pronto como a los cielos

La gozosa noche asciende
Y todo, hasta el hambre calma,
Ocultando la vergüenza
Se dice el Poeta: «¡Al fin!

Mis vértebras, como mi alma,
Codician dulce reposo;
De fúnebres sueños lleno

La espalda reclinaré
Y rodaré entre tus velos,
¡Oh refrescante tiniebla!»

* * * * *

148. Sueño de un curioso

a F. N.

Conoces, tal mi caso, ese dolor sabroso,
Y de ti haces que digan: «¡Qué ser tan singular!»
-Iba a morir. Y había en mi alma amorosa,
Deseo mezclado a horror, un raro sufrimiento;

Angustia y esperanza, sin humor encontrado.
Mientras más se vaciaba la arena ineluctable,
Más deliciosa y áspera resultó mi tortura;
Se desgajaba mi alma del mundo familiar.

Y era como ese niño, ávido de espectáculos,
Que odia el telón igual que se odia una barrera.
Hasta que, al fin, la fría verdad se desveló:

Sin sentirlo, había muerto, y la terrible aurora
Me circundaba. -¡Cómo! ¿No es más que esto, al fin?
El telón se había alzado y yo aguardaba aún.

* * * * *

150. Epígrafe para un libro condenado

Lector apacible y bucólico,
Ingenuo y sobrio hombre de bien,
Tira este libro saturniano,
Melancólico y orgiástico.

Si no cursaste tu retórica
Con Satán, el decano astuto,
¡Tíralo! nada entenderás
O me juzgarás histérico.

Mas si de hechizos a salvo,
Tu mirar tienta el abismo,
Léeme y sabrás amarme;

Alma curiosa que padeces
Y en pos vas de tu paraíso,
¡Compadéceme!... ¡O te maldigo!

* * * * *

152. Proyecto de epílogo

Para la segunda ecición de "Las flores del mal"

Tranquilo como un sabio, manso como un maldito, dije:
Te amo, oh mi beldad, oh encantadora mía...
Cuántas veces...
Tus orgías sin sed, tus amores sin alma,
Tu gusto de infinito
Que en todo, hasta en el mal, se proclama,

Tus bombas, tus puñales, tus victorias, tus fiestas,
Tus barrios melancólicos,
Tus suntuosos hoteles,
Tus jardines colmados de intrigas y suspiros,
Tus templos vomitando musicales plegarias,
Tus pueriles rabietas, tus juegos de vieja loca,

Tus desalientos;

Tus fuegos de artificio, erupciones de gozo,
Que hacen reír al cielo, tenebroso y callado.

Tu venerable vicio, que en la seda se ostenta,
Y tu virtud risible, de mirada infeliz
Y dulce, extasiándose en el lujo que muestra...

Tus principios salvados, tus vulnerables leyes,
Tus altos monumentos donde la bruma pende,
Tus torres de metal que el sol hace brillar,
Tus reinas de teatro de encantadoras voces,
Tus toques de rebato, tu cañón que ensordece,
Tus empedrados mágicos que alzan las fortalezas,

Tus parvos oradores de barrocas maneras,
Predicando el amor, y tus alcantarillas, pletóricas de sangre,
En el Infierno hundiéndose como los Orinocos.
Tus bufones, tus ángeles, nuevos en su oropel.
Ángeles revestidos de oro, jacinto y púrpura,
Sed testigos, vosotros, que cumplí mi deber
Como un perfecto químico, como un alma devota.

Porque de cada cosa la quintaesencia extraje,
Tú me diste tu barro y en oro lo troqué.

Bribes:

Nota del traductor: Migajas
Los fragmentos siguientes, fueron publicados por primera vez por Yves-Gerard le Dantec, en «Le
Figaro» del 28-2- 31, a partir de una copia defectuosa obtenida por Féli Gautier. En 1934,
tomando como base el manuscrito original, se insertaron de nuevo en un «Cahier Jacques-
Doucet». Tal manuscrito se encuentra, en efecto, en los fondos Doucet de la Bibliothèque Sainte-
Genevieve, encartado en un ejemplar del tomo I de «Obras Completas», que perteneció a Nadar.
Y.-G.le Dantec, señaló que cuatro títulos de entre los comprendidos estas «Migajas» ( término
escogido por el propio Baudelaire ), se hallan en una lista tachada de poemas, destinados a la
segunda edición de «Las flores del mal», la cual figuraba al dorso del manuscrito del poema
«Sisina» :
El Heautontimoroumenos -Dorotea -Spleen -Siete -¡Trinquemos, Satán! -Ni remordimientos, ni
recuerdos -El mantenedor -La mujer salvaje -Condenación -El glotón -Orgullo -La cabellera
(realizado) -El albatros (realizado) -Una pieza con versos recurrentes o estribillo cambiado.

* * * * *

153. Orgullo

Ángeles de oro vestidos, de púrpura y de jacinto.
El genio y el amor son fáciles deberes.

Amasé sólo barro y de él extraje oro

Llevaba en la mirada el brío del corazón.
En París, su desierto, viviendo a la intemperie,
Fuerte como una bestia y libre como un Dios.

* * * * *

154. El glotón

Rumiando, yo me burlo de la gente famélica.

Como un obús reventaría,
Si no absorbiese como un chancro,

Su mirada no era tímida ni indolente,
Exhalaba, más bien, alguna ávida cosa,
Y, como su nariz, expresaba la fiebre
De artista ante la obra surgida de sus dedos.
Tu juventud estará más llena de tormentas
Que este estío de pupilas llenas de resplandor,
Que sobre nuestras frentes se retuerce abrasado,

Y, exhalando en la noche sus febriles alientos,
Logra que de sus cuerpos se prenden las doncellas,
Y enfrente del espejo, ¡oh estériles deleites!
Admiren la sazón de su virginidad,
Más veo en esos ojos, cargados de tormentas,
Que no está hecha tu alma para las dulces fiestas,
Y que belleza tal, sombría como el hierro,
Es de aquellas que forjan y pulen los Infiernos,
Para un día oficiar espantosas lujurias
Y contristar el alma de humildes criaturas.
Con su peso aplastando un enorme almohadón
Un cuerpo allí lucía con un sopor muy dulce,
Y su sueño, adornado de una feliz sonrisa
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
El surco de su espalda que estremecía el deseo.

El aire estaba ungido de furor amoroso;
Los insectos volaban a la lámpara, el viento
Permanecía inmóvil en torno a las cortinas.
Era una noche cálida, un baño juvenil.

Gran ángel, que llevais sobre la fiera faz
Lo sombrío del Infierno, desde donde ascendisteis;
Domador dulce y fiero que me habéis enjaulado,
Para recreación de vuestra crueldad,

Pesadilla nocturna, sirena sin corsé,
Que me arrastrais, maligna, siempre de pie a mi lado,
Por mi sayal de santo o mi barba de sabio,
Para darme el veneno de un descarado amor...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

* * * * *

155. Condenación

El banco inextricable y duro,
, El arduo pasadizo, el voraz maëlstrom
Menos arena arrastran y menos broza impura

Que nuestros corazones, donde se mira el cielo;
Son como promontorios en el aire sereno,
Donde el faro destella, centinela benéfico,
Pero abajo minados por corrosivas lapas;

Podríamos compararlos todavía al albergue,
Del hambriento esperanza, donde golpean de noche,
Jurando, heridos, rotos, solicitando asilo,
Prelados y estudiantes, rameras y soldados.

Nunca regresaran a las sucias alcobas;
Guerra, ciencia y amor, nada nos necesita.
El atrio estaba helado, infectos vino y lecho;
¡Hay que servir de hinojos a visitantes tales!

maëlostrom: remolino y sima marítima que intermitentemente se forman
en las costas de Noruega

Tres poemas de "Los despojos":

156. Sobre «El Tasso en prisión»

En su celda, el poeta, harapiento y enfermo,
Teniendo un manuscrito bajo su pie convulso,
Contempla con mirada inundada de pánico
La escalera de vértigo donde su alma se abisma.

Las risas enervantes que pueblan la prisión,
Arrastran su razón a lo absurdo y lo extraño;
La Duda lo rodea y el ridículo Miedo,
Odioso y multiforme, circula en torno de él.

Este genio encerrado en un antro malsano,
Esas muecas y gritos, espectros cuyo enjambre
Amotinado gira detrás de sus oídos,

El soñador a quien el horror despertara,
Tal es tu emblema, Alma de tenebrosos sueños,
Que ahoga la Realidad entre sus cuatro muros.

* * * * *

157. A Theodore de Banville

De la Diosa empuñasteis la espesa cabellera,
Con vigor tal, que todos os hubieran tomado,

Al ver ese aire altivo y ese hermoso abandono
Por un joven rufián que golpease a su amante.

La mirada incendiada por un fuego precoz,
Vuestro orgullo de artífice sin pudor exhibisteis,
En esas construcciones, cuya audacia correcta,
Anticipa los frutos de vuestra madurez.

Poeta, nuestra sangre por cada poro escapa.
¿Tal vez por un azar, la veste del Centauro,
Que cada vena en fúnebre arroyo transformó,

Fue tres veces teñida en las sutiles lavas,
De aquellos monstruosos reptiles vengativos,
Que Hércules en su cuna un día estrangulara?

* * * * *

158. Puesta de sol romántica

Qué hermoso el sol parece cuando fresco se eleva,
Dando los buenos días como en una explosión
-Feliz aquel que puede, por el amor transido,
Saludar al poniente, más glorioso que un sueño.

¡Lo recuerdo!... Yo he visto todo, flor, surco, fuente,
Caer bajo su mirada como un corazón vivo...
-Pronto, pronto, ya es tarde, vamos al horizonte
Para atrapar al menos algún oblicuo rayo.

Pero persigo en vano al Dios que se retira;
La irresistible Noche establece su imperio,
Negro, húmedo, funesto, roto de escalofríos;

Un olor a sepulcro en las tinieblas boga,
Y mi pie temeroso roza, junto al pantano,
Sapos inesperados y babosas heladas.

Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión

Conversación

¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa!
Pero en mí, la tristeza asciende como el mar,
Y en su reflujo deja en mis cansados labios,
El punzante recuerdo de sus limos amargos.

-Se desliza tu mano por mi agotado pecho;
Lo que ella en vano busca, es un hueco asolado
Por las feroces garras que esconde la mujer.
Mi corazón no busques, fue pasto de las fieras.

Ahora es como un palacio saqueado por las turbas,
Donde beben, se matan, se arrancan los cabellos.
-Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!...

¡Tú lo quieres, Belleza, flagelo de las almas!
Con tus ojos de fuego, como fiestas lujosas,
¡Calcina esos despojos que evitaron las fieras!

Versión de Antonio Martínez Sarrión

Traducciones de otros autores:

A la que pasa

La avenida estridente en torno de mí aullaba.
Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
Casi apartó las puntas del velo que llevaba.

Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,
Me hizo beber crispado, en un gesto demente,
En sus ojos el cielo y el huracán latente;
El dulzor que fascina y el placer que destroza.

Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,
Por tu brusca mirada me siento renacido.
¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?

¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.
Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.
Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.

Versión de José Emilio Pacheco

Alegoría

Ésta es una mujer de rotunda cadera
que permite en el vino mojar su cabellera.
Las garras del amor , las mismas del granito.
Se ríe de la muerte y la depravación,
y, a pesar de su fuerte poder de destrucción,
las dos han respetado hasta ahora, en verdad,
de su cuerpo alto y firme la altiva majestad.

Anda como una diosa y tiende sultana,
siente por el placer fe mahometana.
Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos
demanda la mirada de todos los humanos.

Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!,
necesaria, no obstante a la caterva inmunda,
que la beldad del cuerpo es un sublime don
que de cualquier infamia asegura el perdón.

Ella ignora el infierno y purgatorio ignora,
y mirará por eso, cuando le llegue la hora,
la cara de la muerte en un tan duro momento,
como un niño: sin odio sin remordimiento.

Versión de María Fasce

El balcón

¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes!
Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres!
En ti revivirán los íntimos instantes
y el sabor del hogar en los atardeceres,
Madre de los recuerdos, ¡Reina de los Amantes!

Las noches que doraba la crepitante lumbre,
las noches del balcón entre un vaho de rosas,
cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre
y el frecuente decirnos inolvidables cosas
en noches que doraba la crepitante lumbre.

¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas!
¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío¡
Inclinado hacia ti, Reina de las amadas,
respiraba el perfume de tu cuerpo bravío.
Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas.

En redor espesaba la noche su negrura
y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas,
yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno! ¡Oh dulzura!
Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas,
y en redor espesaba la noche su negrura.

¡Es de artistas fijar los minutos del gozo
remirando el ayer sumido en tus rodillas!
¿A qué vano buscar encanto langoroso,
de tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas?
Es de artistas fijar los minutos del gozo.

Juramentos, aromas, besos innumerables:
renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas
como soles que suben a cielos inefables
después de sumergidos en las amargas ondas?

¡Oh aromas, juramentos! ¡Oh besos incontables!

Versión de Carlos López Narváez

El enemigo

Mi juventud no fue sino oscura tormenta
que rara vez el Sol cortó con luz brillante,
trueno y lluvia ejercieron tan repetida afrenta
que en mi jardín no existen los frutos incitantes.

Yo que toqué el otoño del pensamiento azadas
tendré que usar, rastrillos y palas poderosas,
para juntar de nuevo las tierras inundadas
donde los agujeros son grandes como fosas.

Quién sabe si las nuevas flores que yo he soñado
encontrarán en este territorio lavado
el místico alimento que las vaya elevando!

Oh dolor de dolor! Corre el tiempo, la vida,
y el oscuro enemigo que nos va desangrando
crece y se fortifica con la sangre perdida!

Versión de Pablo Neruda

El extranjero

-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre,
a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes
maravillosas!

El gusto de la nada

¡Triste espíritu, antaño amante de la lucha,
la Esperanza, cuya espuela excitaba tu ardor,
no quiere ya montarte! Échate sin pudor,
viejo caballo cuyas patas tropiezan en todos los obstáculos.

Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto.

¡Espíritu vencido, extenuado! Para ti, viejo merodeador,
el amor no tiene ya sabor, ni tampoco la lucha;
¡adiós, pues, cantos del metal y suspiros de la flauta!,
¡placeres, no tentéis ya a un corazón sombrío y gruñón!

¡La adorable Primavera ha perdido su olor!

Y el Tiempo me devora minuto tras minuto,
como la nieve inmensa a un cuerpo afectado por la rigidez;
contemplo desde lo alto el globo de su redondez,
y ya no busco en él el abrigo de una choza.

Alud, ¿quieres arrastrarme en tu caída?

El perfume

Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado
con morosa embriaguez, con avidez golosa
el incienso que invade la nave silenciosa,
o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?

¡Oh mágico, profundo portento alucinado,
presencia revivida de evocación brumosa,
cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa
de la sepulta imagen, del recuerdo adorado!

Selváticos efluvios se propagan al vuelo
del espeso y elástico madejón de su pelo,
como un incensario que sahuma la alcoba.

Y de las muselinas y el terciopelo oscuro
de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro,
negro aroma gemelo del lecho de caoba.

Versión de: Carlos López Narváez

El reloj

Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un
arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora
era.

El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a
decírselo.» Pocos instantes después presentose de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como
suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.» Y
así era en verdad.

Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de
su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en
sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la
misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos,
una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro,
rápida como una ojeada.

Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si
algún genio malo e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué
miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal
pródigo y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!»

¿Verdad, señora, que éste es un madrigal ciertamente meritorio y tan enfático como vos misma?
Por de contado, tanto placer tuve en bordar esta galantería presuntuosa, que nada, en cambio, he
de pediros.

El vampiro

Tú que, como una cuchillada;
Entraste en mi dolorido corazón.
Tú que, como un repugnante tropel
De demonios, viniste loca y adornada,

Para hacer de mi espíritu humillado
Tu lecho y tu dominio.
¡Infame!, a quien estoy ligado
Como el forzado a su cadena,

Como al juego el jugador empedernido,
Como el borracho a la botella,
Como a la carroña los gusanos.
-¡Maldita, maldita seas tú!

Supliqué a la rápida espada
Que conquistara mi libertad
Y supliqué al pérfido veneno
Que sacudiera mi ruindad.

¡Ay! el veneno y la espada.
Me desdeñaron diciéndome:.
-No eres digno de que se te libere
De tu esclavitud maldita.

-¡Imbécil! -Si de su dominio
Te libraron nuestros esfuerzos,
Tus besos resucitarían
El cadáver de tu vampiro.

Versión de María Fasce

El vino de los amantes

¡Hoy es espléndido el espacio!
Sin freno, ni espuelas, ni brida,
Partamos a lomos del vino
Hacia un cielo divino y mágico.

Cual dos ángeles torturados
Por implacable calentura
En el cristal azul del alba
Sigamos tras el espejismo.

Balanceándonos sobre el ala
Del torbellino inteligente,
En un delirio paralelo,

Hermana, navegando juntos,
Huiremos sin reposo o tregua
Al paraíso de mis sueños.

El «Yo pecador» del artista

¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor! Pues hay en él
ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de
lo infinito.
¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio,
castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su
pequeñez y aislamiento,
de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo
por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical
y pintorescamente, sin
argucias, sin silogismos, sin deducciones.
Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada
intensidad.
La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan
más que vibraciones chillonas, dolorosas.
Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del
mar, lo inmutable del espectáculo me subleva... ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo
bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No
tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da
gritos de terror antes de caer vencido.

Embriáganse

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el
horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que
embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad
huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al
viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que
rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la
estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
“¡Es hora de embriagarse!
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Invitación al viaje

Mi hermana, mi ser,
sueña en el placer
de juntar las vidas en tierra distante;
y en un lento amar,
amando expirar
en aquel país a Ti semejante.
Los húmedos soles
de sus arreboles
mi alma conturban con el mismo encanto
de tus agoreros
ojos traicioneros
cuando resplandecen a través del llanto.

Allá todo es rítmico, hermoso
y sereno esplendor voluptuoso.

Pulieron los años
suntuosos escaños
que serán la muelle pompa de la estancia
donde los olores
de exóticas flores
vagan entre 'una ambarina fragancia.
La rica techumbre,
la ilímite lumbre
que dan los espejos con magia oriental,

hablaran con voces
de incógnitos goces
al alma en su dulce lenguaje natal.

Allá todo es rítmico, hermoso
y sereno esplendor voluptuoso.
Mira en las orillas
las dormidas quillas
de innúmera ruta, de sino errabundo:
siervas de tu anhelo,
su marino vuelo
tendieron de todos los puertos del mundo.
Ponentinos lampos
revisten los campos,
la senda, la orilla. Cárdeno capuz
de oro y jacinto,
por el orbe extinto
difunde la tarde su cálida luz.
Allá todo es rítmico, hermoso
y sereno esplendor voluptuoso.

Versión de Carlos López Narváez

La belleza

Yo soy bella, ¡oh mortales! , como un sueño de piedra.
Mi seno -donde el hombre se desangra y expira-
Mudo, infinito amor al poeta le inspira,
Coronada de rosas lo mismo que de yedra.

Campea en el azul -esfinge impenetrable-:
Bajo alburas de cisne llevo un alma de nieve;
Odio los movimientos que las líneas remueve;
Lo mismo ignoro el llanto que la risa inefable.

Los poetas, absortos frente a mis actitudes
-Que asumidas parecen de altivas magnitudes-
Consumirán sus días sondando las edades;

Que tengo para embrujo de amadores tan fieles,
-Espejos que trasmutan las guijas en joyeles-
Mis ojos, grandes ojos, de eternas claridades.

Versión de Carlos López Narváez

La desesperación de la anciana

La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada por todos, a
quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella, viejecita, y como ella también sin
dientes ni cabellos.
Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables.
Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la casa con
sus aullidos.
Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo: «¡Ay! Ya pasó
para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aun a los inocentes; ¡y hasta
causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles cariño!»

La destrucción

El demonio a mi lado acecha en tentaciones;
como un aire impalpable lo siento en torno mío;
lo respiro, lo siento quemando mis pulmones
de un culpable deseo con que, en vano, porfío.

Toma a veces la forma, sabiendo que amo el arte,
de la más seductora de todas las mujeres;
con pretextos y antojos que no hecho a mala parte
acostumbra mis labios a nefandos placeres.

Cada vez más, me aleja de la dulce mirada
de Dios, dejando mi alma jadeante, fatigada
en medio de las negras llanuras del hastío.

Y pone ante mis ojos llenos de confesiones,
heridas entreabiertas, espantosas visiones...
la destrucción preside este corazón mío.

Versión de María Fasce

La estéril

Con su veste ondulante, de visos nacarados
-aún cuando camina parece que danzara-
cual ágiles serpientes que en la mágica vara
y en cadencias concitan los juglares sagrados;

Como la arena fosca y el azul inclemente
-una y otro impasibles ante el dolor humano;
como la red sin fondo del artero océano,
va desplegando Ella su mirar indolente.

Tersos, fingen sus ojos un metal agorero
-amalgama de oro, gemas, lampos de acero-
suma del ángel puro y la esfinge profunda,

y en su naturaleza simbólica y extraña
esplende para siempre, con su inútil entraña,
la fría majestad de la hembra infecunda.

Versión de Carlos López Narváez

La fuente de sangre

Creo sentir, a veces que mi sangre en torrente
se me escapa en sollozos lo mismo que una fuente.
Oigo perfectamente su queja dolorida,
pero me palpo en vano para encontrar la herida.

Corre como si fuera regando un descampado,
y en curiosos islotes convierte el empedrado,
apagando la sed que hay en toda criatura
y tiñendo doquiera de rojo la Natura.

A menudo también del vino he demandado
que aplaque por un día mi terror. ¡Pero el vino
torna el mirar más claro y el oído más fino.

Tampoco en el amor el olvido he encontrado:
ha sido para mí un lecho de alfileres,
hecho para saciar la sed de las mujeres.

Versión de Eduardo Ritter

La pipa

Soy la pipa de un escritor:
dice bien claro mi pergeño
de cafre, que tengo por dueño
un refinado fumador.

Al agobio de su labor
se agita mi flabel risueño
igual que el penacho hogareño
a la vuelta del labrador.

Mecer su corazón yo gusto

en el móvil azul arbusto
nacido en mi boca de fuego.

Y extiendo con mi beso ardiente
sobre su espíritu doliente
unción de encanto y de sosiego.

Versión de Carlos López Narváez

La serpiente que danza

¡Cuánto gozo al mirar, dulce indolente,
Tu corpóreo esplendor
Como si fueran seda iridiscente
Tu piel y su fulgor.

Y sobre tu profunda cabellera
De un ácido aromar
-Cual un mar errabundo, sin ribera,
En azul ondular;

Como bajel que despertó del sueño
Al viento matinal,
Lanzo mi alma en soñador empeño
Hacia el piélago astral.

En tu mirada que nada revela
De dulzura ni hiel,
Mezcla de oro y hierro se congela
Para el doble joyel.

Mirando la cadencia con que avanzas
Bella de lasitud,
Dijéranse las serpentinas danzas
Al ritmo del laúd.

Agobiada de un fardo de molicie
Tu cabeza infantil
Se balancea como en la planicie
Una leona febril.

Y tu cuerpo se inclina y se distiende
Como un ebrio bajel,
Y va de borda en borda mientras hiende
Las aguas su proel.

Cual la onda engrosada por las fuentes
Del rugidor glaciar ,
Cuando asoman al filo de tus dientes
Espuma y pleamar,

Creo beber un vino -sangre y llama,
Sima y elevación-,

Un vino que me inunda, que me inflama
De astros el corazón.

Versión de Carlos López Narváez

64. Madrigal triste

¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste.
Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto.
Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto;
la tormenta a las flores de frescura reviste.

Eres más la que amo si la melancolía
consterna tu mirada; si en lago de negrura
tu corazón naufraga; si el ayer su pavura
tiende sobre tus horas como nube sombría.

Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte
-tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda
mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda
tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.

¡Oh voluptuosidades profundas y divinas!
¡Salmo de los deleites entonado en sollozos!
Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos
con que las interiores penumbras iluminas.

Tu corazón es fragua; la pasión insepulta
como ascua inextinta, dispersa su destello;
y bajo la celeste blancura de tu cuello
un poco de satánica rebeldía se oculta.

Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños
pesadillas sin término, reflejos avernales,
y en lívidas visiones de azufre mil puñales
tajen tu carne ebria de filtros y beleños,

y a todas las quimeras pávida esclavizada
el augurio funesto mires a cada paso,
y convulsa te acojas al letárgico abrazo
del tedio irresistible que anuncia la alborada.

Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley
y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa,
decirme desde el antro de la noche morbosa,
con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey!

Versión de Carlos López Narváez

Recogimiento

Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena.
Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.

Mientras la muchedumbre que se rinde al placer
Su verdugo inclemente por las calles anhela
Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela,
Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver

Que es posible escaparse de los ya muertos años
Con sus antiguos trajes en el balcón celeste.
Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,

Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
Ahora, tal un sudario que desciende del este.
Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.

Versión de José Emilio Pacheco

Remordimiento póstumo

Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa,
tendida bajo el mármol de negro monumento
y por tibia morada y por solo aposento
tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;

Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa,
y le robe a tus flancos su dulce rendimiento,
acallará por siempre tu corazón violento,
detendrá para siempre tu andanza vagarosa.

La tumba, confidente de mi anhelo infinito
(compasivo refugio del poeta maldito)
a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:

"Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte
denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte"?
Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos.

Versión de Carlos López Narváez

73. Soneto de otoño

Me preguntan tus ojos, claros como el cristal,
para ti, extraño amante, ¿cuál es mi atractivo?
-¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, al que todo irrita
excepto el candor del animal primitivo,

no quiere descubrirte su secreto infernal.
Berceuse cuya mano al dulce sueño invita,
ni su negra leyenda escrita con llamas.
¡Odio la pasión y el ingenio me duele!

Amémonos con dulzura. El amor en su garita,
tenebroso, emboscado, blande su arco cruel.
Conozco las armas de su perfecto arsenal.

¡Crimen, horror y locura! ¡Oh, pálida margarita!
¿Acaso, como yo, no eres tú un sueño otoñal,
también tú, mi tan fría y pálida Margarita?

Versión de María Fasce

Te adoro igual que a la bóveda nocturna...

Te adoro igual que a la bóveda nocturna,
¡oh vaso de tristeza, gran taciturna!
Y te amo tanto más, bella, cuanto más me huyes;
y cuanto más me pareces encanto de mis noches,
irónicamente aumentar la distancia
que separa mis brazos de la inmensidad azul.
Avanzo en los ataques y trepo en los asaltos
como junto a un cadáver un coro de gusanos,
y amo tiernamente, bestia implacable y cruel,
incluso tu frialdad, que aumenta tu belleza.

Versión de María Fasce

Últimos suspiros de un parnasiano

Klop, klip, klop, klop, klip, klop.
Desgranando gota a gota su rítmico sollozo,
En los pilones de la fuente donde el agua duerme inmóvil,
Un surtidor es el único en turbar la plácida y tranquila noche.

Qué silencio! Se diría que este globo aletargado
Sobre aterciopeladas olas hacia el infinito se desliza.
Allá en lo alto, a miles de millones de lenguas acribillando el
Espacio,

Peregrinos ahítos de las azules soledades,
Ajenos a los mártires que sobre sus flancos pululan,
Enredando sin fin sus orbe indolentes,
-Oasis de miseria o cadáveres de mundos-
Las doradas esferas circulan errantes de concierto.
Alma mía, olvidemos todo! Soltemos las riendas de oro
A las contemplaciones que su vuelo despliegan,
Las estrofas en mi seno permanecen alicaídas...
Por qué razón someterlas a un metro rebelde!
Nada quiero saber, el vértigo enervante
Me arrulla en los pliegues de su abismo movedizo...
Me fundo dulcemente... Estoy muerto, nada... ni siquiera la certeza
De oír el surtidor puntuar gota a gota
El eterno silencio de un rítmico sollozo.
Klop, klip, klop, klop, klip, klop...

Un hemisferio en una cabellera

Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir en ellos el rostro,
como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos con mi mano, como pañuelo odorífero,
para sacudir recuerdos al aire.

¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus cabellos! Mi alma
viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música.

Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos
mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más
profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana.

En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres
vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y
complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el eterno calor.

En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un
diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre
macetas y jarros refrescantes.

En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la
no-che de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu
cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco.

Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos
elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

De "Las flores del mal:

Versiones de Ignacio Caparrós
(Ed. Alhulia. Colección "Crisálida", nº 20. Granada, 2001)

II- El albatros

Por divertirse a veces suelen los marineros
cazar a los albatros, aves de envergadura,
que siguen, en su rumbo indolentes viajeros,
al barco que se mece sobre la amarga hondura.

Apenas son echados en la cubierta ardiente,
esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
sus grandes alas blancas abaten tristemente
como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.

¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico!
¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco!
¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico,
imita otro su vuelo con renqueo burlesco!

El Poeta es semejante al príncipe del cielo
que puede huir las flechas y el rayo frecuentar;
entre mofas y risas exiliado en el suelo,
sus alas de gigante le impiden caminar.

* * * * *

IV- Correspondencias

La creación es un templo donde vivos pilares
hacen brotar a veces vagas voces oscuras;
por allí pasa el hombre a través de espesuras
de símbolos que observan con ojos familiares.

Como ecos prolongados que a lo lejos se ahogan
en una tenebrosa y profunda unidad,
inmensa cual la noche y cual la claridad,
perfumes y colores y sonidos dialogan.

Laten frescas fragancias como carnes de infantes,
verdes como praderas, dulces como el oboe,
y hay otras corrompidas, gloriosas y triunfantes,

de expansión infinita sus olores henchidos,
como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe,
que los éxtasis cantan del alma y los sentidos.

* * * * *

X- El enemigo

Mi juventud fue sólo tenebrosa tormenta,
por rutilantes soles cruzada acá y allá;
relámpagos y lluvias la hicieron tan violenta,
que en mi jardín hay pocos frutos dorados ya.

De las ideas hoy al otoño he llegado,
y rastrillos y pala ahora debo emplear
para igualar de nuevo el terreno inundado,
donde el agua agujeros cual tumbas fue a cavar.

¿Quién sabe si las flores nuevas que en sueño anhelo

hallarán como playas en el regado suelo
el místico alimento que les diera vigor?

-¡Dolor!, ¡dolor! ¡El Tiempo, ay, devora la vida,
y el oscuro Enemigo que roe nuestro interior
con nuestra propia sangre crece y se consolida!

* * * * *

XIV- El hombre y la mar

¡Para siempre, hombre libre, a la mar tu amarás!
Es tu espejo la mar; mira, contempla tu alma
en el vaivén sin fin de su oleada calma,
y tan hondo tu espíritu y amargo sentirás.

Sumergirte en el fondo de tu imagen te dejas;
con tus ojos y brazos la estrechas, y tu ardor
se distrae por momentos de su propio rumor
al salvaje e indomable resonar de sus quejas.

Oscuros a la vez ambos sois y discretos:
hombre, nadie sondeó el fondo de tus simas,
tus íntimas riquezas, oh mar, a nadie arrimas,
¡con tan celoso afán calláis vuestros secretos!

Y en tanto van pasando los siglos incontables
sin piedad ni aflicción vosotros os sitiáis,
de tal modo la muerte y la matanza amáis,
¡oh eternos combatientes, oh hermanos implacables!

* * * * *

XVII- La belleza

Bella soy, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra,
y mi seno, que a todos siempre ha martirizado,
para inspirar amor a los poetas medra
a la materia igual, inmortal y callado.

En el azul impero, incomprendida esfinge;
al blancor de los cisnes uno un corazón frío;
detesto el movimiento que a las líneas refringe,
y nunca lloro como jamás tampoco río.

Los poetas, al ver mis grandes ademanes,
que parecen prestados de altivos edificios,
consumirán sus días en austeros afanes;

Pues, para fascinar a amantes tan propicios,
tengo puros espejos que hacen las cosas bellas:
¡mis ojos, tan profundos, como eternas centellas!

* * * * *

XXXIII- Remordimiento póstumo

Cuando en el fondo duermas, mi bella tenebrosa,
de una tumba de mármol denegrido construida,
y ya tan sólo tengas por alcoba o guarida

una cueva lluviosa y una profunda fosa;

Cuando oprima la losa tu carne temblorosa
y tus flancos doblados con encanto tendida,
y el latir y el querer a tu pecho le impida,
Y a tus pies el correr su carrera azarosa,

La tumba, confidente de mi sueño infinito,
(porque la tumba siempre comprenderá al poeta),
en esas largas noches en que el sueño es proscrito,

Te dirá: “¿De qué os sirve, cortesana indiscreta,
lo que los muertos lloran no haber conocimiento?”
-Y te roerá el gusano como un remordimiento.

* * * * *

LXVI- Los gatos

Los amantes fervientes y los sabios austeros
adoran por igual, en su estación madura,
al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura
de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.

Amigos de la ciencia y la sensualidad,
al horror de tinieblas y al silencio se guían;
los fúnebres corceles del Erebo serían,
si pudieran al látigo ceder su majestad.

Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes
de alargadas esfinges, que en vastas latitudes
solitarias se duermen en un sueño inmutable;

Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas,
y partículas de oro, como arena agradable,
estrellan vagamente sus místicas pupilas.

* * * * *

LXXVII- Spleen

Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso,
rico, pero impotente, joven, aunque achacoso,
que, despreciando halagos de sus cien concejales,
con sus perros se aburre y demás animales.
Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón,
ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.
La grotesca balada del bufón favorito
no distrae la frente de este enfermo maldito;
en cripta se convierte su lecho blasonado,
y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado,
no saben ya encontrar qué vestido indiscreto
logrará una sonrisa del joven esqueleto.
el sabio que le acuña el oro no ha podido
extirpar de su ser el humor corrompido,
y en los baños de sangre que hacían los Romanos,
que a menudo recuerdan los viejos soberanos,
reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido
pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido.

Versión de Ignacio Caparrós

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