Los poetas malditos (del francés Les Poètes maudits) es una prosa poética de Paul Verlaine publicada en 1888

. En esta obra se honra a seis poetas: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L'Isle-Adam y Pauvre Lelian (anagrama de Paul Verlaine). Los comentarios que Verlaine dio sobre cada uno de los poetas, es la descripción de una fuente primaria. El calificativo de "Poeta maldito" se hizo rápidamente famoso, y pasó a ser utilizado para referirse a otros escritores que no necesariamente eran amigos de Verlaine. Por lo general, el calificativo se refiere a un talentoso poeta que entiende de su juventud, rechaza los valores de la sociedad, encabeza provocaciones peligrosas, es antisocial o libre; por lo general muere antes de que su genio sea reconocido por su valor razonable. Por lo que, además del propio Paul Verlaine y los otros cinco poetas, también se pueden definir como "poetas malditos" a François Villon, Thomas Chatterton, Aloysius Bertrand, Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, Lautréamont, Petrus Borel, Charles Cros, Germain Nouveau, Antonin Artaud, Émile Nelligan, Armand Robin, Olivier Larronde, John Keats y Edgar Allan Poe.

Los poetas malditos
Hay cuatro poetas que ejercieron una revolución en la poesía francesa, ellos son: Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé. Poetas que se segregaron de la sociedad, huyeron de los honores, de los puestos oficiales y adquirieron aspectos de marginados sociales, conocieron la miseria, las enfermedades y el abandono. Reaccionaron contra los poetas románticos, estos eran la voz de la sociedad, sentían y pensaban en nombre de la comunidad. A partir de Baudelaire no se tratará del poeta sufriendo por todos, sino que será el propio sufrimiento encarnado en la poesía. Con ellos comienzan a surgir un puñado de poetas que comenzaban a reunirse en los cafés junto a artistas de la bohemia. Estos genios generaron elaboradas reflexiones sobre el fenómeno poético, influenciados enormemente por Edgar Allan Poe. El dogmatismo del siglo XVIII y que se prolonga hasta el siglo XIX, se ve sustituido por una juventud escéptica, agnóstica , que ha perdido la fe en los programas y serán reveladores de los males del siglo. Baudelaire (1821-1867) Se encargó de tomar los principios estéticos de Gautier, para lograr una mayor profundidad. Sus temas fueron el arte, la mujer, la ciudad, la bohemia, la muerte y el hastío, entre otros; temas que molestaban y le valió la censura y el procesamiento por parte de la legislación burguesa. Sus escritos técnicos se interesaban por la belleza más que por el arte. Belleza como efecto del arte, herencia que toma de Poe, en donde la poesía debería ser el acceso a la belleza.

Si para los románticos la belleza era tomada de la naturaleza y de los mitos como símbolos de una armonía perdida, para Baudelaire el paisaje mítico de donde provenía la fuente de inspiración era la ciudad, sus habitantes anónimos, sus miserias humanas, sus placeres, sus sueños etc. Al respecto Baudelaire dice: “Yo encontré la definición de lo bello, de mi belleza; es algo ardiente y triste , algo un poco vago, que aleja margen a la conjetura. Voy a aplicar mis ideas a un objeto sensible, por ejemplo el objeto más interesante de la sociedad, a un rostro de mujer...”. Ha sabido intuir las relaciones entre el amor y el mal, quedando plasmado en “Las flores del mal”, obra que le costó ser condenado por ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres, pero lo cierto es que este libro marcó un hito en la poesía moderna. Sería el comienzo del fin, “Las flores del mal” comenzará a ser escrita en pleno estado depresivo, producto de la sífilis, luego vendría el opio, la miseria, la hemiplejía y la muerte en agosto de 1861. Si hay algo curioso es que el 31 de mayo de 1949 la Sala Criminal del Tribunal de Casación rehabilitó la persona de Charles Baudelaire, anulando el fallo de 1857. “Afana nuestras almas, nuestros cuerpos socavan La mezquindad, la culpa, la estulticia, el error y, como los mendigos alimentan sus piojos, nuestros remordimientos, compacientes nutrimos” (Extracto de “Al Lector”. Las Flores del Mal). Verlaine (1844-1896) Su lengua es sencilla, ingenua y conmovedora, su poesía fue comparada con la música porque ha sabido jugar con los recursos de la misma. En donde todo está ahí intocable, perfecto, indecible. Si bien fue influenciado por Baudelaire, progresivamente tomará características propias. Sostenía que sus poesías vacilaban entre el sonido y el sentido, pudiendo captar que de la lengua Francesa se podía extraer musicalidad. A diferencia de Baudelaire, se separá aún más de la tradición romántica, descubriendo que las sensaciones y los sentimientos se transmiten mejor suscitándolos que expresándolos. Su deseo de ser libre es una ilusión tenaz y junto a tanta rebeldía, la poesía de Verlaine expresará espontaneidad. En 1871 se produce el encuentro con Rimbaud, hecho que cambia el destino del poeta y de su poesía. Encuentro que provoca un enamoramiento ciego hacia Rimbaud, abandonando su vida matrimonial, para comenzar una tumultuosa aventura junto a Rimbaud. Las peleas y reconciliaciones serían innumerables hasta que un disparo del arma de Verlaine hiere a Rimbaud, para finalizar en la cárcel. Esos años de prisión le sirven como desintoxicación física y moral. Siendo en este periodo místico- cristiano, en donde nacen “Romanzas sin palabra” (1874) y “Sensatez” (1881), reflejando su búsqueda de Paz. Luego en la libertad volvería la vida bohemia, el alcoholismo, la miseria, que lo obligarían a internarse reiteradamente. Pero es en ese momento cuando logra la más genial de su obra: “Amar” (1888), “Paralelamente” (1889), “Liturgias íntimas” (1892) y “Elegías” (1893). Finalmente en 1896 muere. Rimbaud (1884- 1891) Fue un genio; a los 20 años ya había escrito toda su obra y a los 37 años había terminado su vida. Siendo uno de los poetas más grandes de su tiempo.

Sin embargo durante mucho tiempo su poesía permanecía ignorada, él mismo se despreocupaba de que sus poemas fueran difundidos. Serán los surrealistas los encargados de resucitar sus poesías y junto con ellas el mito Rimbaud, el del adolescente furioso y enloquecido, que quiere cambiar la vida. Rimbaud pensaba que el hombre se había vuelto manso y mediocre, incapaz de entusiasmo de goce auténtico. En 1871 Rimbaud descubre lo que considera la verdadera naturaleza poética: el poeta no debe ser un artista, sino un vidente y a partir de entonces pone todo el empeño en evadirse de lo real y en la penetración del universo inexplorado de las sensaciones. Dirá: “El poeta se vuelve vidente por un logro inmenso y razonado desequilibrio de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él mismo busca, agota en sí todos los venenos....”. (Carta a P. Demeny). En 1873 escribe “Iluminaciones”, pero es publicada por Verlaine en 1886 y también escribe “Temporada en el infierno” (1873). Dos años después deja de escribir y comienza una serie de viajes para Europa y África, dedicándose a la aventura y al tráfico. En 1891 será repatriado en forma urgente a raíz de una grave enfermedad; muere en Marsella en noviembre de ese año. “Una noche, senté a la belleza en mis rodillas, y la encontré amarga. Y la injurié. Tomé las armas contra la justicia. Hui ! Oh brujas! Oh miseria, Oh rencor, a vosotros fue confiado mi tesoro!...”. Extracto una temporada en el infierno Mallarmé (1842- 1898) En contraste con Rimbaud, Mallarmé era obstinada y rigurosa con una veta estudiosa, monótona y sedentaria. La lectura de “Las Flores del Mal”, define su gusto por la poesía y lo aleja de las románticos. Sus obras y proyectos más ambiciosos son de su primera época, escritos como: “Herodías”, “La Siesta de un fauno”, “Igitur”. Intenta alcanzar una inaccesible perfección mediante el rechazo de lo real. Necesita desterrar la idea de que la auténtica poesía puede ser leída por todos. En su opinion hay que devolverle su dignidad y preservarla de la admiración fácil y trivial. La intención de explicar el mundo y la pureza ideal, la realiza a través de dificultosos medios. El poeta recibe, según Mallarmé infinidad de palabras y de imágenes que le dictan, espontáneamente, ya sea la inspiración o el mundo exterior. Hay que combinarlas entre sí y hacer surgir sus analogías que permitirán el descubrimiento de los recíprocos significados. De esta superposición de imágenes surgirán sus poesías. El simbolismo de Mallarmé permitirá el intercambio de lenguajes entre los entes, es así que “La egloga” de Mallarmé inspira a Debussy su preludio de igual nombre, y en esta música se inspirará Nijinsky para revolucionar al ballet, en 1912. El altísimo ejemplo poético y la tensa exigencia teórica de los poetas mencionados, tardaron algunos años en ser plenamente comprendidas y asimiladas y siendo sus frutos una nueva oleada de grandes poetas, varias de ellos recibieron el Premio Nobel, fueron figuras conocidas y respetadas. Finalmente la herencia fue recibida por la poesía moderna.

Poetas malditos

¿Siguen existiendo? Me gustan los poetas desconocidos, los que antes se hacían llamar “poetas malditos” y que ahora, en los cambios de siglo, se han extinguido. La expresión tan repandida “poetas malditos” tiene su origen en un libro de Paul Verlaine llamado “Les poetes maudits”, publicado en 1888. El escritor francés escribe ese texto como una suerte de homenaje a su amigo poeta y amante Arthur Rimbaud y en él evoca y elogia a toda una serie de poetas contemporáneos como Tristan Corbiere o Stéphane Mallarmé, realizando una verdadera galería de la poesía francesa de fin de siglo. De más está decir que el libro de Verlaine le sirvió a muchos de esos poetas hasta ahora desconocidos a afirmarse en el terreno literario galo. El uso de la expresión “poetas malditos”, ante la influencia de la obra de Verlaine, se extendió a todos los dominios nacionales y pasó a designar así a todo aquel escritor talentoso, poco importase su nacionalidad, que presentase un dejo de incomprensión social y una cierta tendencia provocante (léase autodestructiva por el consumo de drogas o alcohol) y cuyos textos, dado su alto nivel de codificación poética, fuesen de oscuros significados. Podríamos agregar, casi como una extraña coincidencia, que la mayoría de estos poetas padecieron una muerte abrupta y prematura, antes de que su herencia literaria fuese ampliamente reconocida: Arthur Rimbaud, ya es bien sabido, escribió todo lo que tenía que escribir hasta la edad de 21 años para luego partir a Africa y morir a los 37 años;Tristan Corbière muere en 1875 a la temprana edad de 29 años, luego de una vida de soledad y enfermad; Baudelaire muere a los 46 años luego de ser perseguido durante 10 años por “ofensa a la moral religiosa y a las buenas costumbres” luego de la publicación de su obra maestra “Las flores del mal“; Edgan Allan Poe fallece a los 40 años bajo circunstancias oscuras -aparentemente lo habrían emborrachado y drogado. Y la lista podría seguir extendiéndose.

El adjetivo maldito tendría entonces que ver con una temprana actitud de oposición frente a la sociedad, una vida complicada y una difícil interpretación poética. A partir de ésto podemos decir que la noción de “poeta maldito” se focaliza en el concepto de incomprensión: incomprensión social e incomprensión literaria. La idea de incomprensión lleva consigo toda la estética del movimiento romántico de principios del S XIX que veía en la personalidad del artista a un genio incomprendido. Según Baudelaire, el genio (cuando digo genio lo utilizo en su concepción romántica, es decir como sinónimo de artista) es un reloj que adelanta. La hora del artista va delante de la hora del resto de los mortales. Esta definición implica que el genio está siempre adelantado a su época y que, a causa de ese adelantamiento, no puede ser entendido. Pero “entendido” en el sentido más amplio del vocablo francés “entendu“: comprendido y oído. Desde el punto de vista etimológico, el verbo entendre tiene una particular evolución desde el latín hasta el francés contemporáneo. Entendre comparte

su origen con el “entender” español, ambos vienen del latín intendere, “tender algo hacia algún lado”. Pero, como toda lengua es metafórica, pasó a significar primero, en el sentido figurado, “tender, dirigir su mirada o su mente hacia” y más tarde “prestar atención, escuchar, comprender”. En el francés antiguo se podía utilizar bajo tres acepciones: En el área lingüística de la audición: “tender la oreja”, lo que implicaba una actitud activa del sujeto (sinónimo de “interesarse por” o “prestar atención”) o “recibir por medio de la oreja”, lo que significaba una posición pasiva (sinónimo de “oir”); En el área del intelecto: “comprender”; En el área de la voluntad: “tener la intención de” (recordemos la raiz latina “tendere”, “tender”, y su cercanía lingüística con la idea de “tensión” y entonces con “in-tención”en francés “intention”); Hoy en día en Francia entendre es utilizado ampliamente como sinónimo de “oir” (ouïr en francés). Todas sus otras acepciones han perdido una buena parte de su uso. Sin embargo, la pluralidad semántica del verbo francés entendre nos ayuda a comprender mejor la idea de Baudelaire. El poeta maldito no puede ser ni comprendido (el verbo entendre tomado según su acepción intelectual) ni escuchado (entendre en el sentido contemporáneo que le otorga el habla francesa). Esta incomprensión total es la base de la superioridad del artista (su reloj adelanta). Pero al mismo tiempo, e irónicamente, esta incomprensión de la genialidad del artista es lo que justificó (sigue justificando dirán algunos) todo el trabajo del crítico literario. Esto significa lo siguiente: como el artista adelanta y como ese adelantamiento vuelve difícil su comprensión pública, el rol del crítico sería el de intentar acercar la obra del genio al simple lector mediante la interpretación acertada de la potencia estética de la obra del escritor maldito. El trabajo del crítico consistiría en develar, descubrir, la significación oculta en los oscuros e incomprendidos versos del poeta. Su labor sería entonces la de un relojero que busca poner en hora al reloj del público. Ahora bien, al principio de este texto afirmé, al pasar, que los poetas malditos se estaban extinguiendo. Antes de que alguno ponga el grito en el cielo explicaré a lo que me refiero: lo que está desapareciendo es la visión del artista como genio cuyo reloj adelanta. Ahora, con la evolución de los sistemas de comunicación y el aumento de la velocidad en la producción-recepción de los mensajes, la hora del público está tendiendo a acercarse a la hora del artista. La producción y la recepción se producen casi simultáneamente y, cada vez más, las esferas cambian de lugar: el receptor se vuelve productor y viceversa. Las producciones literarias interactivas y on line se dirigen hacia una participación activa del lector, que en un abrir y cerrar de ojos se vuelve escritor, proponiendo sus textos y corrigiendo los textos de otros. De esta manera el escritor y el lector comparten ya el mismo tiempo, el mismo horario: el tiempo real. Antoine Marie Joseph Artaud comúnmente llamado Antonin Artaud (Marsella, Francia, 4 de septiembre de 1896 - † París, 4 de marzo de 1948), fue un poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, director escénico y actor francés. Artaud es autor de una vasta obra que explora la mayoría de los géneros literarios, utilizándolos como caminos hacia un arte absoluto y "total". Sus tempranos libros de poemas (luego abandonaría el preciosismo poético, decepcionado) L'ombilic des limbes (El ombligo de los limbos) de 1925 y Le Pèse-Nerfs (El pesa-nervios) anuncian ya el

carácter explosivo de su obra posterior. Es más conocido como el creador del teatro de la crueldad (cf. El teatro y su doble, 1938; Manifiesto del teatro de la crueldad, 1948), noción que ha ejercido una gran influencia en la historia del teatro mundial. Trabajó en 22 películas, durante los años 20 y 30, entre las que destacan Napoléon de Abel Gance y La Pasión de Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer. No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible. Antonin Artaud

Contenido
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1 Biografía 2 Rechazo con violencia los refugios de la Fe y el Arte 3 Obra o 3.1 Los Tarahumaras o 3.2 Heliogábalo o 3.3 Analogía entre el teatro y la peste o 3.4 Notas 4 El Teatro de la Crueldad de Artaud 5 Filosofía de Artaud 6 Influencia 7 Fragmentos o 7.1 El ombligo de los limbos o 7.2 El pesa-nervios o 7.3 Van Gogh el suicidado de la sociedad o 7.4 Para acabar con el Juicio de Dios o 7.5 Los Tarahumaras 8 Véase también 9 Bibliografía 10 Enlaces externos

Biografía [editar]
Antonin Artaud nace en Marsella, hijo de un armador francés y de una mujer de herencia levantina. A los cuatro años de edad sufre un grave ataque de meningitis, cuya consecuencia es un temperamento nervioso e irritable, interpretado también como síntoma de una neurosífilis adquirida de uno de sus padres. El dolor físico y cierta sensación de paranoia no lo dejarán nunca y lo obligarán a pasar largas estancias periódicas en sanatorios mentales (cuyo ejemplo más prolongado y trágico son los nueve años que pasa encerrado en El Havre, Villejuif y Rodez, de 1937 a 1946). La muerte de su hermana Germaine, en 1905, lo marca profundamente. Vale la pena anotar que por aquel entonces es una persona extremadamente devota. En 1914, luego de sufrir una crisis depresiva, durante sus estudios, piensa en inscribirse en el seminario. El catolicismo, pues, influye en la vida de Artaud y en su obra desde muy joven. Su influencia lo hará oscilar entre el ateísmo declarado y la devoción excesiva (que se

manifiesta durante sus crisis nerviosas en 1943, llevándolo a un extremo de piedad antisemita). En 1920 llega a París para dedicarse a escribir. Reúne sus primeros versos bajo el título Trictac del ciel (1924). Dirá después de ellos que no lo representan por ser afectados, "farsas de un estilo que no lo es y que nunca lo fue." A raíz de su publicación entra en contacto con André Breton, quien acaba de hacer público, a su vez, el primer Manifiesto Surrealista. Asume el cargo de director de la oficina de investigaciones surrealistas. A lo largo de este periodo escribe también guiones de películas y poemas El ombligo de los limbos, El pesanervios, etc. Junto con Roger Vitrac funda, en ese período, El teatro Alfred Jarry y entre 1927 y 1929, monta cuatro espectáculos. El absoluto fracaso de sus primeros montajes le lleva a refugiarse en la teoría, con lo que sienta las bases del denominado Teatro de la crueldad. Aquel que apuesta por el impacto violento en el espectador. Para ello, las acciones, casi siempre violentas, se anteponen a las palabras, liberando así el inconsciente en contra de la razón y la lógica. Antonin Artaud - El teatro y su doble. En 1936 Artaud viaja a México y convive con los Tarahumaras, un pueblo indígena, para encontrar la antigua cultura solar y experimentar con el Peyote.Durante una década en Montparnasse (1924-1934 ) Cantú convivió con Artaud Tanto en las visitas del Poeta al Atelier de Rue Dlambre como en La Rotonde y Le Dóme ; Tarde tras tarde hablaban sobre arte, poesía y surrealismo. En 1934 Cantú decidió regresar a México , la comunicación con Artaud y Breton siguió y para 1936 el Poeta decide visitar a su amigo. En lagunas ocasiones Artaud se quedo hospedado en casa de Cantú en la calle de San Francisco 325 en la colonia del Valle. Esa época en México la escuela de pintura Mexicana del siglo XX Tenia su principal foro en la Galería de Ines Amor. Artaud acompaño varias veces a Cantú a esta Galería ( Inés narra en sus memorias como mientras trataba la venta de obra con Cantú, Artaud permanecía en una silla inmóvil , perdido en la droga). Y es an la Galería donde Artaud se relaciona con Maria Izquierdo. Cuenta Cardoza y Aragon en el libro ( Antología): Alguna vez encontré Artaud en casa de Maria Izquierdo junto con Federico Cantú (1907-1989) y Luis Ortiz Monasterio( escultor 1906-1990), quizá lograron en alguna forma ayudar Artaud en sus apremios de gran enfermo…… pero no se a quien se le ocurrió que Artaud viviera en el prostíbulo de Ruth.

Con los Tarahumaras uno entra en un mundo terriblemente anacrónico y que es un desafío a estos tiempos. Me atrevo a decir que es peor para estos tiempos y tanto mejor para los Tarahumaras. Antonin Artaud A su regreso de México, a principios de 1937, Artaud pasó algunos meses imerso en el estudio de la astrología, la numerología y el Tarot. Como explica Giordano Berti en su artículo sobre Artaud en Claves y Secretos del Tarot, existe una obra de Artaud, "Las nuevas revelaciones del ser" (1937) que contiene el testimonio de un especial método

de interpretación del Tarot consistente en interpretar los arcanos mayores y menores como referente simbólico para las experiencias cotidianas. Un año más tarde, deportado de Irlanda, será ingresado por "sobrepasar los límites de la marginalidad". Pasa nueve años en manicomios con el tratamiento de terapia electroconvulsiva acabando por hundirle físicamente. Sus amigos logran sacarlo y vuelve a París, donde vivirá durante tres años. Publica en 1947 el ensayo Van Gogh le suicidé de la société ("Van Gogh el suicidado de la sociedad"), galardonado al año siguiente con el Prix Saint-Beuve de ensayo. En 1948 este periodo produjo el programa de radio Para acabar con el Juicio de Dios, el cual es censurado y sólo será transmitido en los años 1970. Sus cartas de la década de los 40, muestran su desilusión frente a tal decisión. Antonin Artaud muere de un cáncer el 4 de marzo de 1948 en el asilo de Ivry-sur-Seine.

Rechazo con violencia los refugios de la Fe y el Arte [editar]
Hipnotizado por su propia miseria, en la que vio a la humanidad entera, Artaud rechaza con violencia los refugios de la Fe y del Arte. Adquiriendo encarnar ese mal, viviendo la pasión total, para encontrar, en el corazón de la nada, el éxtasis. Grito de la carne que sufre y del espíritu alienado que se siente como tal, he aquí el testimonio de este precursor del teatro del absurdo. Sus últimas palabras escritas son: ...de continuer à faire de moi cet envoûté éternel etc. etc. ...de seguir convirtiéndome en ese hechizado eterno etc. etc.

Obra [editar]
La obra de Artaud es violenta, sangrienta, "cruel", si utilizamos el término que para él mismo marca el rigor tremendo con que piensa efectuar la deconstrucción de la vida en la escena de su Teatro de la crueldad. Los años de reclusión le llevan a desarrollar un profundo odio por el mundo de la psiquiatría. Para él, los médicos que afirman "curarle" son sólo seres que envidian su genialidad y la califican de locura. Son, nos dice en Van Gogh, el suicidado de la sociedad, quienes llevaron al pintor holandés al suicidio.

Los Tarahumaras [editar]
Nos revela un mundo en que un hombre agobiado, no tanto por la locura que padece como por el tratamiento psiquiátrico, encuentra a sus iguales. En él encuentra efigies vivientes y grabadas por la naturaleza en la montaña, símbolos de la santidad que Artaud confiere a tal tierra. Para el autor francés, los Tarahumaras son una "RazaPrincipio" cuya cultura considera superior a la del hombre de Occidente. Tal es su influencia que propone como primera representación del Teatro de la crueldad, el título de La conquista de México (La conquête du Méxique), que contaría, en su escenografía que funde al público con el espectáculo, la historia de una opresión, la historia del hombre blanco y del carácter pútrido del que está dotado, en obras como la ya citada El teatro y su doble.

Y es ese mismo hombre blanco al que había maldecido en su Héliogabale ou l'anarchiste couronné. La influencia no sólo de esa Raza-Principio mexicana, sino también del mundo de Oriente al que fue introducido por el teatro balinés (y del cual vemos influencias muy evidentes en su teatro de crueldad).

Heliogábalo [editar]
Obra marcada tanto por una investigación, rigurosa en extremo, como por la violencia lírica propia del poeta maldito, Artaud presenta una poetización de la historia del emperador romano Vario Avito Bassiano, apodado El-Gabal o Heliogábalo. La crueldad de su manifiesto teatral se ve prefigurada en la anarquía del tirano: la gratuidad de una vida dramática, la sangre, la poesía hecha realidad.

Analogía entre el teatro y la peste [editar]
La analogía entre el teatro y la peste, en el prólogo de El teatro y su doble, se refleja igualmente en la novela histórica. La gratuidad que trae la peste, cuando vemos a los burgueses robando como simples ladrones, matando, huyendo, corriendo angustiados, es la misma que provocan los ritos del dios sol que el joven emperador de Roma prodiga entre lujos y lujuria extremos.

Notas [editar]
La obra de Artaud es expresiva de todos los aspectos de su personalidad. Se aprecian en ella desde los intermitentes ataques de locura del autor y sus primeras terapias psicoanalíticas con el doctor Toulouse, hasta sus publicaciones en Demain, pasando por sus manías religiosas de los primeros años en los asilos de Ville-Évrard, Le Havre y Rodez, años en los cuales el artista experimentaba una profunda necesidad de adueñarse de una vez de la conciencia propia. Resuenan asimismo los gritos finales de Van Gogh, todo ello expresivo de una unidad de pensamiento, una filosofía que sintetiza su teoría total sobre el teatro con aquella prosa de admiración y profunda simpatía por el preexpresionista holandés, tan propalada por Artaud en su último año de vida. Así lo afirma Evelyne Grossman en su prólogo a las Oeuvres del autor francés (Gallimard, colección Quarto, 2004), quien habla de la obra de Artaud como ese mismo "Art total", comparándolo con la estética de las correspondencias de Charles Baudelaire, con Richard Wagner y su Gesamkunstwerk: desaparecen entonces las barreras de una sola obra, de un solo tipo de arte, de una plástica definida, tal y como en el Teatro de la Crueldad se funden en un solo espectáculo la música, los gritos, la insensatez, el teatro, la danza... Por eso Grossman nos llama a no leer de este autor solamente las poderosas explosiones de Pour en finir avec le jugement de dieu, ni tampoco únicamente los textos teatrales: nos invita, en cambio, a leer a Artaud en su totalidad, pues él es su misma obra, uno y otra se pertenecen inexorablemente. Como él mismo afirmaba allá por 1925: "...Chacune de mes oeuvres, chacun des plans de moi-même, chacune des floraisons glacières de mon âme intérieure bave sur moi." Cada una de mis obras, cada plano de mí mismo, cada florecimiento glaciar de mi alma interior echa su baba sobre mí.

El Teatro de la Crueldad de Artaud [editar]
Artaud creía que el Teatro debería afectar a la audiencia tanto como fuera posible, por lo que utilizaba una mezcla de formas de luz, sonido y ejecución extrañas y perturbadoras. En una producción que hizo acerca de la plaga, utilizó sonidos tan reales que provocó que algunos miembros de la audiencia vomitaran en la mitad del espectáculo. En su libro El Teatro y su Doble, formado de un primer y un segundo manifiesto, Artaud expresó su admiración por formas de teatro orientales, particularmente por la balinés. Admiraba el teatro Oriental debido a la fisicalidad precisa, codificada y sumamente ritualizada de la danza balinés, y promovía lo que él llamaba "Teatro de la Crueldad". Para él no era exclusivo de la crueldad el sadismo o el causar dolor, sino que con la misma frecuencia se refería a una violenta determinación física para destrozar la falsa realidad. Artaud consideraba que el texto había sido un tirano del significado, y aboga en cambio por el teatro hecho de un lenguaje único, un punto medio entre los pensamientos y los gestos. Artaud describía lo espiritual en términos físico, y creía que toda expresión es expresión física en el espacio. El Teatro de la Crueldad ha sido creado para restablecer en el teatro una concepción de la vida apasionada y convulsiva, y es en este sentido de rigor violento y condensación extrema de elementos escénicos que debe entenderse la crueldad en la cual están basados. Esta crueldad, que será sangrienta en el momento que sea necesario, pero no de manera sistemática, puede ser identificada con una especie de pureza moral severa que no teme pagar a la vida el precio que sea necesario. Antonin Artaud, The Theatre of Cruelty, in The Theory of the Modern Stage (ed. Eric Bentley), Penguin, 1968, p.66 Evidentemente, los varios usos que daba Artaud al término crueldad deben ser examinados para comprender plenamente sus ideas. Lee Jamieson identificó cuatro formas bajo las cuales Artaud usa el término crueldad. En primer lugar, lo ocupa metafóricamente para describir la esencia de la existencia humana. Artaud creía que el teatro debe reflejar su visión nihilista del universo, formando una inesperada conexión entre su propio pensamiento y el de Nietzsche. La definición de Nietzsche sobre la crueldad forma la del propio Artaud, declarando que todo arte encarna e intensifica las brutalidades subyacentes de la vida para recrear la emoción de la experiencia... Aunque Artaud no cita formalmente a Nietzsche, [sus escritos] contienen una autoridad persuasiva familiar, una exuberante fraseología similar, y motivos en extremo... Lee Jamieson, Antonin Artaud: From Theory to Practice, Greenwich Exchange, 2007, p.21-22 En segundo lugar Artaud construía el uso de la palabra (según Jamieson), en una forma de disciplina. Aunque Artaud necesitaba el "rechazo de formas e incitar al caos" (Jamieson, p22), él además promovía una disciplina estricta y un método de rigor para el espectáculo.

Filosofía de Artaud [editar]
La imaginación, para Artaud, es la realidad; sueños, pensamientos e ideas delirantes no son menos reales que lo de "fuera" del mundo. Realidad parece ser un acuerdo, el mismo acuerdo que la audiencia acepta cuando se introduce un teatro para ver un juego, que por un tiempo pretende que lo que están viendo es real.

Influencia [editar]
Para comprender su concepción del teatro y la caracterización de su modelo de actuación es necesario referirse a las influencias estéticas e ideológicas de Artaud. Heredero del dadaismo, forma parte posteriormente del movimiento surrealista. De estas visiones anti-burguesas de la vida y el arte se impregna la totalidad de su propuesta. Diagnosticó la enfermedad de la sociedad y la necesidad de su curación, a partir de una experiencia teatral de características rituales. Arte y vida se identifican a través de la ruptura de las convenciones tradicionales. El inconsciente y su verdad pura, sin los condicionantes mentirosos de la razón, se imponen. Anti-arte y anti-razón. Automatismos que permiten que la verdad del inconsciente aflore a la luz. Yuxtaposición de sueño y realidad, rechazo de la palabra, culto del yo. Este es el ambiente cultural de Artaud. Es fuertemente influenciado por el teatro balinés que resumía para él las diferencias entre la cultura oriental y la occidental: la primera, mística; la segunda, realista; una confiaba en los gestos y en los símbolos; la otra, en el diálogo y en las palabras. El Teatro de Bali utilizaba la escena para el ritual y la trascendencia; el teatro occidental, para la ética y la moralidad. Admiró profundamente la actitud de los actores balineses, entregados a un teatro que pretende trascender la realidad, entrar en contacto con la vida interior, arrancar las máscaras para alcanzar el inconsciente. Los personajes representaban estados metafísicos, la acción se presentaba en fragmentos simultáneos y múltiples; se eliminaba la comunicación verbal, reemplazándosela por sonidos y ademanes que, juntamente con varias configuraciones físicas, formaban imágenes jeroglíficas.

Fragmentos [editar]
El ombligo de los limbos [editar]
Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de

estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor (...) Antonin Artaud, L'ombilic des limbes, 1925

El pesa-nervios [editar]
Bajo esta costra de hueso y piel, que es mi cabeza, hay una constancia de angustias, no como un punto moral, como los razonamientos de una naturaleza imbécilmente puntillosa, o habitada por un germen de inquietudes dirigidas a su altura, sino como una (decantación). en el interior, como la desposesión de mi sustancia vital, como la pérdida física y esencial (quiero decir pérdida de la esencia) de un sentido. Antonin Artaud, Le Pèse-Nerfs, 1927

Van Gogh el suicidado de la sociedad [editar]
On peut parler de la bonne santé mentale Se puede hablar de la buena salud mental de van Gogh qui, dans toute sa vie, ne de van Gogh quien, en toda su vida, no s’est fait cuire qu’une main et n’a pas fait hizo sino hacerse cocer una mano y no hizo plus, pour le reste, que de se trancher une más, de resto, que tajarse una vez la oreja fois l’oreille gauche, dans un monde où on izquierda, en un mundo en el que se come mange chaque jour du vagin à la sauce cada día vagina cocida en salsa verde o verte ou du sexe de nouveau-né flagellé et sexo de recién nacido, flagelado y mis en rage, tel que cueilli à sa sortie du enrabiado, tal como fue recogido al salir sexe maternel. del sexo materno. Antonin Artaud, Van Gogh le suicidé de la société, 1947

Para acabar con el Juicio de Dios [editar]
Para acabar con el juicio de dios o Para acabar de una vez por todas con el juicio de dios Là où ça sent la merde ça sent l’être. Donde huele a mierda huele a ser. El L’homme aurait très bien pu ne pas chier, hombre bien habría podido no defecar, no ne pas ouvrir la poche anale, mais il a abrir nunca el bolsillo anal, pero escogió choisi de chier comme il aurait choisi de cagar como habría podido escoger la vida vivre au lieu de consentir à vivre mort. en lugar de consentir en vivir muerto. C’est que pour ne pas faire caca, il lui Puesto que para no defecar, habría tenido aurait fallu consentir à ne pas être, mais il que consentir en no ser, pero no pudo n’a pas pu se résoudre à perdre l’être, resolverse a perder el ser, es decir a morir c’est-à-dire à mourir vivant. Il y a dans en vida. Hay en el ser algo l’être quelque chose de particulièrement particularmente tentador para el hombre y tentant pour l’homme et ce quelque chose ese algo es justamente LA MIERDA. est justement LE CACA. (ici rugissements.) (aquí rugidos.) Antonin Artaud, Pour en finir avec le jugement de dieu, 1947

Los Tarahumaras [editar]
Ce que c’est que le Moi, je n’en sais rien. La conscience ? une répulsion épouvantable de l’Innomé, du mal tramé, car le JE vient quand le cœur l’a noué enfin, élu, tiré hors de ceci et pour cela, à De lo que es el Yo, yo no sé nada. ¿La consciencia? una repulsión espantable de lo innominado, del mal urdido, pues el YO viene cuando el corazón lo ha añudao por fin, lo ha elegido, lo ha halado fuera de

travers l’éternelle supputation de l’horrible, dont tous les non-moi, démons, assaillent ce qui sera mon être, cet être que je ne cesse pas devant mes yeux de voir faillir tant que Dieu à mon cœur n’a passé la clef.

esto, para aquello, a través de la eterna supuración de lo horrible, cuyos no-yo, demonios todos, asaltan lo que será mi ser, el ser que no ceso de ver cómo decae ante mis ojos, mientras Dios no haya pasado la llave por mi corazón.

Poemas y textos de Antonin Artaud:

Correspondencia de la momia Descripción de un estado físico El ombligo de los limbos El yunque de las fuerzas La tara tóxica Los enfermos y los médicos Noche Poeta negro Primera carta conyugal Segunda carta conyugal Tercera carta conyugal Texto surrealista Una de sus últimas declaraciones
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Correspondencia de la momia
Esa carne que ya no se tocará en la vida, esa lengua que ya no logrará abandonar su corteza, esa voz que ya no pasará por las rutas del sonido, esa mano que ha olvidado hasta el ademán de tomar, que ya no logra determinar el espacio en el que ha de realizar su aprehensión, ese cerebro en fin cuya capacidad de concebir ya no se determina por sus surcos, todo eso que constituye mi momia de carne fresca da a dios una idea del vacío en que la compulsión de haber nacido me ha colocado. Ni mi vida es completa ni mi muerte ha fracasad0 completamente. Físicamente no existo, por mi carne destrozada, incompleta, que ya no alcanza a nutrir mi pensamiento. Espiritualmente me destruyo a mí mismo, ya no me acepto como vivo. Mi sensibilidad está a ras del suelo, y poco falta para que salgan gusanos, la gusanera de las construcciones abandonadas. Pero esa muerte es mucho más refinada, esa muerte multiplicada de mí mismo reside en una especie de rarefacción de mi carne. La inteligencia ya no tiene sangre. El calamar de las pesadillas da toda su tinta, la que obstruye las salidas del espíritu; es una sangre que ha perdido hasta sus venas, una carne que ignora el filo del cuchillo. Pero de arriba a abajo de esta carne agrietada, de esta carne no compacta, circula siempre el fuego virtual. Una lucidez enciende de hora en hora sus ascuas que retornan a la vida y sus flores. Todo lo que tiene un nombre bajo la bóveda compacta del cielo, todo lo que tiene un frente, lo que es el nudo de un soplo y la cuerda de un estremecimiento, todo eso pasa en las rotaciones de ese fuego en el que se asemejan las olas de la carne misma, de esa carne dura y blanda que un día crece como un diluvio de sangre. La habéis visto a la momia fijada en la intersección de los fenómenos, esa ignorante, esa momia viviente que lo ignora todo de las fronteras de su vacío, que se espanta de las pulsaciones de su muerte. La momia voluntaria se halla levantada, y a su alrededor se agita toda realidad. La conciencia como una tea de discordia, recorre el campo entero de su virtualidad obligada. Hay en esa momia una pérdida de carne, hay en el sombrío lenguaje de su carne intelectual toda una impotencia para conjurar esa carne. Ese sentido que recorre las venas de esa carne mística, en la que cada sobresalto es un modo de mundo y otra especie de engendrar, se pierde y se devora a sí misma en la quemadura de una nada errónea. ¡Ah! ser el padre nutricio de esa sospecha, el multiplicador de ese engendrar y de ese mundo en su devenir, en sus consecuencias de flor. Pero toda esa carne es sólo comienzos y ausencias y ausencias y ausencia... Ausencias. De "Oeuvres complètes (Tome I) Versión de Aldo Pellegrini

Descripción de un estado físico
Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca en su sitio. La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios. Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor nunca quietas. Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos. Ahora tendría que hablar de la descoporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instantánea de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo. Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo. Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu. Un vientre aplanado. Un vientre de polvo fino y como en foco. Debajo del vientre una granada reventada. La granada expande un flujo de copos que se eleva como lenguas de fuego, un fuego helado. El flujo se agarra del vientre y lo hace girar. Pero el vientre no da más vueltas. Son venas de sangre como vino, de sangre combinada con azufre y azafrán pero con un azufre endulzado con agua. Sobre el vientre sobresalen los senos. Y más hacia arriba y en profundidad, pero en otro plano del espíritu un sol enardecido de manera que se podría pensar que es el seno el que arde. Y un pájaro al pie de la granada. El sol parece que tuviera una mirada. Pero una mirada que estaría mirando el sol. Y el aire todo es una como una melodía gélida pero una extensa, honda melodía bien compuesta y secreta y colmada de ramificaciones congeladas.

Y todo construido con columnas, y con una especie de aguada arquitectónica que une el vientre con la realidad. La tela está ahuecada y estratificada. La pintura está muy prensada a la tela. Es como un círculo que se cierra sobre sí mismo, una suerte de abismo en movimiento que se parte por el medio. Es como un espíritu que se ve y se ahueca, está modelado y trabajado sin cesar por las manos crispadas del espíritu. Mientras tanto el espíritu siembra su fósforo. El espíritu está seguro. Tiene un pie bien apoyado en este mundo. El vientre, los senos, la granada, son como evidencias testimoniales de la realidad. Hay un pájaro muerto y hay un abundante surgimiento de columnas. El aire está plagado de golpes de lápices como de golpes de cuchillos, como de esquirlas de uña mágica. El aire está suficientemente alterado. Así donde germina una semilla de irrealidad se dispone en células. Las células se colocan cada una en su lugar, en abanico, rodeando el vientre, delante del sol más lejos del pájaro y sobre ese flujo de agua sulfurosa. Pero la arquitectura que sostiene y no dice nada es indiferente a las células. Cada célula contiene un huevo donde se destaca el germen. Repentinamente nace un huevo en cada célula. En cada uno hay un hormigueo inhumano pero límpido, las diversificaciones de un universo detenido. Cada célula contiene bien su huevo y nos lo ofrece; pero al huevo no le importa demasiado ser elegido o rechazado. Algunas células no llevan huevo. En algunas crece una espiral. Y en el aire cuelga una espiral más grande pero como azufrada, de fósforo todavía y cubierta de irrealidad. Y esta espiral tiene toda la relevancia del pensamiento más potente. El vientre lleva a recordar la cirugía y la Morgue, la bodega, la plaza pública y la mesa de operaciones. El cuerpo del vientre parece tallado en granito o en mármol o en yeso, pero un yeso endurecido. Hay un casillero para una montaña. Las burbujas del cielo dibuja sobre la montaña una aureola fresca y translúcida. Alrededor de la montaña el aire es sonoro, compasivo, antiguo, prohibido. La entrada a la montaña está prohibida. La montaña tiene su lugar en el alma. Ella es el horizonte de algo que no deja de retroceder. Produce la impresión del horizonte infinito. Y yo describo con lágrimas esta pintura porque esta pintura me toca el corazón. En ella siento desplegarse mi pensamiento como en un espacio ideal, absoluto, pero un espacio que tendría una forma posible de ser insertada en la realidad. Caigo en ella del cielo. Y alguna de mis fibras se desata y encuentra un lugar en determinados casilleros. A ella regreso como a mi fuente, allí siento el lugar y la disposición de mi espíritu. El que ha pintado esa tela es el más grande pintor del mundo. A André Mason lo que es justo. De "L'Ombilic des limbes" Versión de L.S.

El ombligo de los limbos
Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida. No amo en sí misma a la creación. Tampoco entiendo el espíritu en sí mismo. Cada una de mis obras, cada uno de los proyectos de mí mismo, cada uno de los brotes gélidos de mi vida interior expulsa sobre mí su baba. Estoy en una carta escrita para dar a entender el estrujamiento íntimo de mi ser, tanto como estoy en un ensayo exterior a mí mismo y que se me presenta como una indiferente incubación de mi espíritu. Sufro que el Espíritu no halle lugar en la vida y que la vida no se encuentre en el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción o del Espírítu-atemorizante-de-las-cosas para hacerlas ingresar en el Espíritu. Yo dejo este libro colgado de la vida, deseo que sea masticado por las cosas exteriores y en primer término por todos los estremecimientos acuciantes, todas las vacilaciones de mi yo por venir. Todas estas páginas se arrastran en el espíritu como témpanos. Perdón por mi total libertad. Me niego a hacer diferencias entre cada minuto de mí mismo. No acepto el espíritu planeado. Es preciso acabar con el Espíritu como con la literatura. Quiero decir que el Espíritu y la vida se encuentran en todos los grados. Yo quisiera hacer un libro que altere a los hombres, que sea como una puerta abierta que los lleve a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir, una puerta simplemente ligada con la realidad. Y esto no es el prefacio de un libro, como tampoco lo son los poemas que lo indican en la lista de todas las furias del malestar. Esto no es más que un témpano atragantado. Una gran pasión razonadora y superpoblada arrastraba a mi yo como un puro abismo. Resoplaba un viento carnal y sonoro, y el azufre también era denso. Y pequeñas raíces diminutas llenaban ese viento como un enjambre de venas y su entrelazamiento fulguraba. El espacio sin forma penetrable era calculable y crujiente. Y el centro era un mosaico de trozos como una especie de rígido martillo cósmico, de una pesadez deformada y que sin parar cae como un muro en el espacio con un estruendo destilado. Y la cubierta algodonosa del estruendo tenia la opción obtusa y una viva mirada que lo penetraba. Sí, el espacio entregaba su puro algodón mental donde ningún pensamiento era todavía claro ni devolvía su descarga de objetos. Pero paulatinamente la masa dio vueltas como una náusea potente y fangosa, una especie de fuerte flujo de sangre vegetal y detonante. Y las ínfimas raíces trémulas en el filo de mi ojo mental se arrancaban de la masa erizada del viento a una velocidad vertiginosa. Y todo el espacio como un sexo saqueado por el vacío ardiente del cielo, se estremeció. Y algo como un pico de paloma real socavó la masa turbada de los estados, todo el pensamiento más hondo se diversificaba, se disipaba, se volvía claro y reducido. Entonces era preciso que una mano se transformara en el órgano mismo de la aprehensión. Y aún dos o tres veces giró la masa artificial y cada vez, mi ojo se enfocaba sobre un sitio más exacto. La oscuridad misma se hacía más densa y sin objeto. Todo el hielo ganaba la claridad. Dios-el-perro contigo y su lengua que atraviesa la costra como una saeta del doble morrión abovedado de la tierra que le causa ardor. Y aquí está el triángulo de agua que se aproxima con paso de chinche pero que bajo la chinche ardiente se transforma en cuchillada. Bajo los senos de la espantosa tierra dios-la-perra se ha marchado, de los senos de la tierra y de agua congelada que pudren los agujeros de su lengua. Y aquí está la virgen-del-martillo para masticar las cuevas de la tierra

donde la calavera del perro del cielo siente crecer el horroroso nivel. Doctor, Hay un asunto sobre el cual hubiera querido insistir: es el de la relevancia de la cosa sobre la cual operan sus inyecciones; esta especie de languidecimiento esencial de mi ser, esta disminución de mi estiaje mental, que no quiere decir, como podría creerse, un rebajamiento cualquiera de mi moralidad (de mi alma moral) o ni siquiera de mi inteligencia, sino más bien de mi intelectualidad servible, de mis recursos razonantes, y que se relaciona más con el sentimiento que tengo yo mismo de mí mismo yo, que con lo que pongo de manifiesto a los demás de él. Esta vitrificación sorda y polimorfa del pensamiento que en cierto momento elige su forma. Hay una vitrificación inmediata y llana del yo en el centro de todas las posibles formas, de todos los modos posibles del pensamiento. Y, señor Doctor, ahora que usted está bien enterado de lo que puede ser alcanzado en mí (y curado por las drogas), de la zona de conflicto de mi vida, espero que sabrá suministrarme la cantidad suficiente de líquidos sutiles, de reactores especiosos, de morfina mental, capaces de sobreponer mi abatimiento, de enderezar lo que cae, de juntar lo que está separado, de reparar lo que está destruido. Le saluda mi pensamiento De "L'Ombilic des limbes" Versión de L.S.

El yunque de las fuerzas
Ese flujo, esa náusea, esas tiras: aquí comienza el fuego. El fuego de lenguas. El fuego tejido en flecos de lenguas, en el reflejo de la tierra que se abre como un vientre que está por parir, con entrañas de miel y azúcar. Con todo su obsceno tajo ese vientre fláccido bosteza, pero el fuego bosteza por encima con lenguas retorcidas y ardientes que llevan en la punta rendijas parecidas a la sed. Ese fuego retorcido como nubes en el agua límpida, con la luz al lado que traza una recta y algunas pestañas. Y la tierra entreabierta por todas partes muestra áridos secretos. Secretos como superficies. La tierra y sus nervios, y sus prehistóricas soledades, la tierra de geologías primitivas, donde se descubren secciones del mundo en una sombra negra como el carbón. La tierra es madre bajo el hielo del fuego. Ved el fuego en los Tres Rayos, coronado por su melena en la que pululan ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El centro ardiente y convulso de ese fuego es como la punta descuartizada del trueno en la cima del firmamento. Centro blanco de las convulsiones. Un resplandor absoluto en el tumulto de la fuerza. La espantosa punta de la fuerza que se quiebra con estruendo azul. Los Tres Rayos forman un abanico cuyas ramas caen rectas y convergen hacia el mismo centro. Ese centro es un disco lechoso recubierto por una espiral de eclipses. La sombra del eclipse forma un muro sobre los zig-zags de la alta albañilería celeste. Pero por encima del cielo está el Doble-Caballo. La evocación del Caballo se empapa en la luz de la fuerza sobre un fondo de muro deteriorado y exprimido hasta la trama. La trama de su doble pecho. El primero de los dos es mucho más extraño que el otro. Él recoge el resplandor del cual el segundo es sólo la pesada sombra. Más bajo aún que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo proyectan una sombra como si toda el agua del mundo hiciera subir el orificio de un pozo. El abanico desplegado domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de vértices. Una idea de desierto planea sobre esos vértices por encima de los cuales flota un astro desmelenado, horriblemente, inexplicablemente suspendido. Suspendido como el bien en el hombre o el mal en el comercio de hombre

a hombre, o la muerte en la vida. Fuerza giratoria de los astros. Pero detrás de esa visión de absoluto, ese sistema de plantas, de estrellas, de terrenos partidos hasta los huesos, detrás de esa ardiente floculación de gérmenes, esa geometría de búsquedas, ese sistema giratorio de vértices, detrás de ese arado hundido en el espíritu y ese espíritu que separa sus fibras, y descubre sus sedimentos, detrás de esa mano de hombre, en fin, que deja impreso su duro pulgar y dibuja sus tanteos, detrás de esa mescolanza de manipulaciones y cerebro y esos pozos en todas las direcciones del alma y esas cavernas en la realidad, se alza la Ciudad amurallada, la Ciudad inmensamente alta a la que no basta todo el cielo para hacerle un techo donde las plantas crecen en sentido inverso y con una velocidad de astros despedidos. Esa ciudad de cavernas y de muros que proyecta sobre el abismo absoluto arcos perfectos y subsuelos como puentes. Cómo se quisiera en la concavidad de esos arcos, en la arcada de esos puentes insertar la curva de un hombro desmesuradamente grande, de un hombro en el cual se difunde la sangre. Y colocar su cuerpo en reposo y su cabeza en la que hormiguean los sueños sobre el reborde de esas cornisas gigantescas donde se escalona el firmamento. Pues un cielo de Biblia está allá arriba por donde se deslizan blancas nubes. Pero las suaves amenazas de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí del que dejan asomar las pavesas. Pero la sombra que hace la tierra y la iluminación apagada y blancuzca. Pero finalmente esa sombra en forma de cabra y ese macho cabrío. Y el aquelarre de las Constelaciones. Un grito para recoger todo eso y una lengua para ahorcarme. Todos esos reflujos comienzan en mí. Mostradme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el atroz nacimiento de mis uñas. Un bloque, un inmenso bloque artificial me separa de mi mentira. Y ese bloque tiene el color que cada uno quiere. El mundo deja allí su baba como el mar sobre las rocas y como yo con los reflujos del amor. Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestros guijarros sobre mi alma. Yo. Yo. Dad vuelta la página de los escombros. También yo espero el pedregullo celeste y la playa sin márgenes. Es necesario que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi gestación. Que los bloques de hielo retornen a encallar bajo mis dientes. Tengo el cráneo espeso, pero el alma lisa, un corazón de materia encallada. Carezco de meteoros, carezco de fuelles ardientes. Busco en mi garganta nombres, y algo como la pestaña vibrátil de las cosas. El olor de la nada, un tufo de absurdo, el estiércol de la muerte total. El humor ligero y rarefacto. También yo no espero sino al viento. Que se llame amor o miseria casi no logrará hacerme encallar sino en una playa de osamentas. De "L'Art et la mort" Versión de Aldo Pellegrini

La tara tóxica
Evoco el mordisco de inexistencia y de imperceptibles cohabitaciones. Venid, psiquiatras, os llamo a la cabecera de este hombre abotagado pero que todavía respira. Reuníos con vuestros equipos de abominables mercaderías en torno de ese cuerpo extendido cuan largo es y acostado sobre vuestros sarcasmos. No tiene salvación, os digo que está INTOXICADO, y harto de vuestros derrumbamientos de barreras, de vuestros fantasmas vacíos, de vuestros gorjeos de desollados. Está harto. Pisotead, pues, ese cuerpo vacío, ese cuerpo transparente que ha desafiado lo prohibido. Está MUERTO. Ha atravesado aquel infierno que le prometíais más allá de la licuefacción ósea, y de una extraña liberación espiritual que significaba para vosotros el mayor de todos los peligros. ¡Y he aquí que una maraña de nervios lo domina! Ah medicina, aquí tenéis al hombre que ha TOCADO el peligro. Has triunfado, psiquiatra, has TRIUNFADO, pero él te sobrepasa. El hormigueo del sueño irrita sus miembros embotados. Un conjunto de voluntades adversas lo afloja, elevándose en él como bruscas murallas. El ciclo se derrumba estrepitosamente. ¿Qué siente? Ha dejado atrás el sentimiento de sí mismo. Se te

escapa por miles y miles de aberturas. Crees haberlo atrapado y es libre. No te pertenece. No te pertenece. DENOMINACIÓN. ¿Hacia dónde apunta tu pobre sensibilidad? ¿A devolverlo a las manos de su madre, a convertirlo en el canal, en el desaguadero de la más ínfima confraternidad mental posible, del común denominador consciente más pequeño? Puedes estar tranquilo: ÉL ES CONSCIENTE. Pero es el Consciente Máximo. Pero es el pedestal de un soplo que agobia tu cráneo de torpe demente pues él ha ganado por lo menos el hecho de haber derribado la Demencia. Y ahora, legiblemente, conscientemente, claramente, universalmente, ella sopla sobre tu castillo de mezquino delirio, te señala, temblorcillo atemorizado que retrocede delante de la Vida-Plena. Pues flotar merced a miembros grandilocuentes, merced a gruesas manos de nadador, tener un corazón cuya claridades la medida del miedo, percibir la eternidad de un zumbido de insecto sobre el entarimado, entrever las mil y una comezones de la soledad nocturna, el perdón de hallarse abandonado, golpear contra murallas sin fin una cabeza que se entreabre y se rompe en llanto, extender sobre una mesa temblorosa un sexo inutilizable y completamente falseado, surgir al fin, surgir con la más temible de las cabezas frente a las mil abruptas rupturas de una existencia sin arraigo; vaciar por un lado la existencia y por el otro retomar el vacío de una libertad cristalina. En el fondo, pues, de ese verbalismo tóxico, está el espasmo flotante de un cuerpo libre, de un cuerpo que retorna a sus orígenes, pues está clara la muralla de muerte cortada al ras y volcada. Porque así procede la muerte, mediante el hilo de una angustia que el cuerpo no puede dejar de atravesar. La muralla bullente de la angustia exige primero un atroz encogimiento, un abandono primero de los órganos tal como puede soñarlo la desolación de un niño. A esa reunión de padres sube en un sueño la memoria, rostros de abuelos olvidados. Toda una reunión de razas humanas a las que pertenecen estos y los 0tros. Primera aclaración de una rabia tóxica. He aquí el extraño resplandor de los tóxicos que aplasta el espacio siniestramente familiar. En la palpitación de la noche solitaria, aquí está ese rumor de hormigas que producen los descubrimientos, las revelaciones, las apariciones, aquí están esos grandes cuerpos varados que recobran viento y vuelo, aquí está el inmenso zarandeo de la Supervivencia. A esa convocatoria de cadáveres, el estupefaciente llega con su rostro sanioso. Disposiciones inmemoriales comienzan. La muerte tiene al principio el rostro de lo que no pudo ser. Una desolación soberana da la clave a esa multitud de sueños que sólo piden despertar. ¿Qué decís vosotros? ¡Y todavía pretendéis negar a importancia de esos Reinos, por los cuales apenas comienzo a marchar! Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 11 (1928) Versión de Aldo Pellegrini

Los enfermos y los médicos
La enfermedad es un estado, la salud no es sino otro, más desagraciado, quiero decir más cobarde y más mezquino. No hay enfermo que no se haya agigantado, no hay sano que un buen día no haya caído en la traición, por no haber querido estar enfermo, como algunos médicos que soporté. He estado enfermo toda mi vida y no pido más que continuar estándolo, pues los estados de privación de la vida me han dado siempre mejores indicios sobre la plétora de mi poder que las creencias pequeño burguesas de que: BASTA LA SALUD

Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque es espantoso. Espantoso, espanto, formado de espantoso. Curar una enfermedad es criminal Significa aplastar la cabeza de un pillete mucho menos codicioso que la vida Lo feo con-suena . Lo bello se pudre. Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína o morfina. Y es necesario amar el espanto de las fiebres. la ictericia y su perfidia mucho más que toda euforia. Entonces la fiebre, la fiebre ardiente de mi cabeza, -pues estoy en estado de fiebre ardiente desde hace cincuenta años que tengo de vidame dará mi opio, -este seréste cabeza ardiente que llegaré a ser, opio de la cabeza a los pies. Pues, la cocaína es un hueso, la heroína, un superhombre de hueso. Ca itrá la sará cafena Ca itrá la sará cafá y el opio es esta cueva esta momificación de sangre cava , este residuo de esperma de cueva, esta excrementación de viejo pillete, esta desintegración de un viejo agujero, esta excrementación de un pillete, minúsculo pillete de ano sepultado, cuyo nombre es: mierda, pipí, Con-ciencia de las enfermedades. Y, opio de padre a higa, higa, que a su vez, va de padre a hijo,es necesario que su polvillo vuelva a ti cuando tu sufrir sin lecho sea suficiente. Por eso considero que es a mí, enfermo perenne, a quien corresponde curar a todos los médicos, -que han nacido médicos por insuficiencia de enfermedady no a médicos ignorantes de mis estados espantosos de enfermo, imponerme su insulinoterapia, salvación de un mundo postrado. Publicado en "Les Quatre Vents", N°8 (1947) Versión de Aldo Pellegrini

Noche

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas, la lluvia vuelve a ascender hasta la luna; en la avenida una ventana nos revela una mujer desnuda. En los odres de las sábanas hinchadas en los que respira la noche entera el poeta siente que sus cabellos crecen y se multiplican. El rostro obtuso de los techos contempla los cuerpos extendidos. Entre el suelo y los pavimentos la vida es una pitanza profunda. Poeta, lo que te preocupa nada tiene que ver con la luna; la lluvia es fresca, el vientre está bien. Mira como se llenan los vasos en los mostradores de la tierra la vida está vacía, la cabeza está lejos. En alguna parte un poeta piensa. No tenemos necesidad de la luna, la cabeza es grande, el mundo está atestado. En cada aposento el mundo tiembla, la vida engendra algo que asciende hacia los techos. Un mazo de cartas flota en el aire alrededor de los vasos; humo de vinos, humo de vasos y de las pipas de la tarde. En el ángulo oblicuo de los techos de todos los aposentos que tiemblan se acumulan los humos marinos de los sueños mal construidos. Porque aquí se cuestiona la Vida y el vientre del pensamiento; las botellas chocan los cráneos de la asamblea aérea. El Verbo brota del sueño como una flor o como un vaso lleno de formas y de humos. El vaso y el vientre chocan: la vida es clara en los cráneos vitrificados. El areópago ardiente de los poetas se congrega alrededor del tapete verde, el vacío gira.

La vida pasa por el pensamiento del poeta melenudo. De "Oeuvres Completes" (Tome I) Versión de Aldo Pellegrini

Poeta negro
Poeta negro, un seno de doncella te obsesiona poeta amargo, la vida bulle y la ciudad arde, y el cielo se resuelve en lluvia, y tu pluma araña el corazón de la vida. Selva, selva, hormiguean ojos en los pináculos multiplicados; cabellera de tormenta, los poetas montan sobre caballos, perros. Los ojos se enfurecen, las lenguas giran el cielo afluye a las narices como azul leche nutricia; estoy pendiente de vuestras bocas mujeres, duros corazones de vinagre. De "L'Ombilic des limbes" Versión de Aldo Pellegrini

Primera carta conyugal
Cada una de tus cartas aumenta la incomprensión y la estrechez de espíritu de las anteriores; juzgas con tu sexo y no con tu pensamiento como lo hacen todas las mujeres. Confundirme yo, con tus razones. ¡Te burlas! Pero lo que me irritaba era verte volver sobre las razones que hacían tabla rasa sobre mis razonamientos, cuando uno de esos mismos te había llevado a la evidencia. Todos tus razonamientos y tus infinitas disputas no podrán impedir que no sepas nada de mi vida y que me condenes por un mínimo fragmento de ella misma. No debería siquiera serme necesario justificarme ante ti si sólo fueras, tú misma, una mujer prudente y equilibrada, pero tu imaginación te enloquece, una sensibilidad sobre aguda que no te permite enfrentar la verdad. Contigo cualquier discusión es imposible. Sólo me queda decirte una cosa: mi espíritu siempre fue confuso, un achatamiento del cuerpo y del alma, esa suerte de contracción de todos mis nervios. Si me hubieras visto hace algunos años, por períodos más o menos cercanos, antes aún de que en mi se sospechara el uso

del que tú me recriminas, dejarías de extrañarte, ahora, del retorno de esos fenómenos. Si por otra parte estás convencida, si te parece que su reincidencia se debe a ello, entonces no hay nada que decir, contra un sentimiento no se puede luchar. De cualquier manera ya no puedo contar contigo en mi angustia, ya que te niegas a ocuparte de la parte de mí más afectada: mi alma. No me has juzgado, por otra parte, nunca de otra manera que por mi aspecto externo como hacen todas las mujeres, como hacen todos los imbéciles, cuando lo que está más destruido, más arruinado es mi alma interior; y no puedo perdonarte eso, pues las dos no siempre coinciden, desafortunadamente para mí. En cuanto a lo demás, te prohibo hablar otra vez. Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926 Versión de L.S.

Segunda carta conyugal
Necesito a mi lado una mujer sencilla y equilibrada, y cuya alma agitada y oscura no alimentara continuamente mi desesperación. Los últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de temor e incomodidad. Sé muy bien que tus inquietudes por mí son a causa de tu amor, pero es tu alma enferma y malformada como la mía la que exaspera esas inquietudes y te corrompe la sangre. No quiero seguir viviendo contigo bajo el miedo. Agregaré que además necesito unas mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda encontrar en todo momento en mi casa. Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades de la vida. Me hace falta un hogar y lo necesito enseguida, y una mujer que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy de ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta de los más insignificante. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así. No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente. Pienso que sabrás reconocer la enorme franqueza con que te hablo y sabrás darme la siguiente prueba de tu inteligencia: comprender muy bien que todo lo que te digo no rebaja en nada la profunda ternura, y el indecible sentimiento de amor que te tengo y seguiré teniendo inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no guarda ninguna relación con el devenir corriente de la vida. La vida es para vivirse. Son demasiadas las cosas que me unen a ti para que te pide que lo nuestro se rompa; sólo te pido que cambiemos nuestras relaciones, que cada uno se construya una vida diferente, pero que no nos desunirá más. Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926 Versión de L.S.

Tercera carta conyugal
Desde hace cinco días he dejado de vivir a causa de ti, a causa de tus estúpidas cartas, por tus

cartas no de espíritu sino de sexo, por tus cartas llenas de reacciones de sexo y no de razonamientos conscientes. Estoy harto de nervios, harto de razones; en lugar de protegerme, tú me agobias, me agobias por que lo que dices es errado. Siempre has errado. Siempre me has juzgado con la sensibilidad más baja que hay en la mujer. Te empeñas en no admitir ninguna de mis razones. Pero a mí ya no me quedan razones, ya no tengo nada de qué disculparme, ya no tengo nada que discutir contigo. Conozco mi vida y eso me alcanza. Y en el instante en que comienzo a meterme en mi vida, más y más me socavas, causas mi desesperación; cuantos más motivos te doy para esperar, para que seas paciente, para tolerarme, más encarnizadamente te empeñas en destrozarme, en hacerme perder los beneficios logrados, más intolerante eres con mis males. Del espíritu lo desconoces todo, nada sabes de la enfermedad. Todo lo juzgas llevada por las apariencias externas. Pero yo conozco mi interior, ¿verdad?, Y cuando te grito no hay nada en mí, nada en mi persona, que no sea causado por la existencia de un mal anterior a mí mismo, previo a mi voluntad, nada en ninguna de mis más inmundas reacciones que no provenga exclusivamente de mi enfermedad y no le fuera imputable, sea cual sea el caso, vuelves a esgrimir tus razones equivocadas que se fijan en los detalles nimios de mi persona, que me condenan por lo más mezquino. Pero cualquier cosa que yo haya podido hacer de mi vida, ¿no es verdad? No me ha impedido retornar paulatinamente a mi ser e instalarme un poco más cada día. En ese ser que la enfermedad me había arrebatado y que los reflujos de la vida me reintegran pedazo a pedazo. Si no supieras a qué me había entregado para limitar o extirpar los dolores de esa separación intolerable, tolerarías mis desequilibrios, mis estruendos, ese desmoronamiento de mi persona física, esas ausencias, esos achatamientos. Y en virtud de que supones que se deben al uso de una sustancia, que de sólo nombrarla oscurece tu razón, me acosas, me amenazas, me arrastras a la locura, me destrozas con tus manos ira la materia misma de mi cerebro. Sí, me obligas a obstinarme más conmigo mismo, cada una de tus cartas parte a mi espíritu en dos, me tira a insensatos callejones sin salida, me destruye con desesperaciones, con furores. No puedo más, te he gritado suficiente. Deja de razonar con tu sexo, asimila de una vez la vida, toda la vida, ábrete a la vida, mira las cosas, mírame, renuncia, y deja al menos que la vida me abandone, se expanda ante mí, en mí. No me agobies. Basta. La Cuadrícula es un momento espantoso para la sensibilidad, la materia. Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926 Versión de L.S.

Texto surrealista
El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.Pero algo sucedió de golpe. Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro. Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado

aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba. Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos. La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado. Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche. La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas. Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 2 (1925) Versión de Aldo Pellegrini

Una de sus últimas declaraciones
"Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock". Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió... -Estoy asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se las sabe todas".

Charles Pierre Baudelaire (9 de abril de 1821 - † 31 de agosto de 1867) fue un poeta, crítico de arte y traductor francés. Fue llamado poeta maldito, debido a su vida de bohemia y excesos, y a la visión del mal que impregna su obra. Barbey d'Aurevilly, periodista francés, dijo de él que fue el Dante de una época decadente. Fue el poeta de mayor impacto en el simbolismo francés. Las influencias más importantes sobre él fueron Théophile Gautier, Joseph de Maistre (de quien dijo que le había enseñado a pensar) y, en particular, Edgar Allan Poe, a quien tradujo extensamente.

Contenido
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1 Biografía o 1.1 Infancia o 1.2 Juventud y bohemia o 1.3 Últimos años o 1.4 Las flores del mal 2 Influencia 3 Obra 4 Bibliografía recomendada o 4.1 En español o 4.2 En otros idiomas 5 Véase también 6 Enlaces externos o 6.1 En español o 6.2 En francés
o

6.3 En inglés

Biografía [editar]
Infancia [editar]
Nació en París el 9 de abril de 1821. Su padre, Joseph François Baudelaire, exseminarista, antiguo preceptor, fue también profesor de dibujo, pintor y funcionario jefe del Despacho de la Cámara de los Pares. Joseph le enseñó las primeras letras. Cuando nació Charles, su padre tenía la edad de sesenta años, y un hijo, Claude Alphonse, fruto de su primer matrimonio. Su madre fue Caroline Archimbaut-Dufays, quien no llegaba a los treinta años al nacer Baudelaire. Era hija de emigrantes franceses a Londres durante la revolución de 1793. Enseñó inglés a su hijo. Fue criado por la sirvienta de la familia. Se conoce muy poco sobre ella, Mariette, pero se intuye que debió de tener gran peso en la familia. Baudelaire la recuerda en un poema aparecido en Las flores del mal. Joseph François Baudelaire falleció en 1827, cuando Charles tenía seis años. Dejó una pequeña herencia. Su madre cambió de residencia y, a los veinte meses, Caroline se casó por conveniencia con Jacques Aupick, un vecino suyo de cuarenta años que llegará a ser general comandante de la plaza fuerte de París. Es probable que fuesen amantes antes de contraer matrimonio. Baudelaire con ello recibió un gran impacto emocional, viviéndolo como un abandono. Nunca llegó a tener buenas relaciones con Aupick, a quien siempre odió. Tras las jornadas revolucionarias de 1830, Aupick es ascendido a teniente coronel por su participación en la campaña de Argelia. Dos años más tarde es nombrado jefe del Estado Mayor y se traslada con su familia a Lyon; allí permanecerán cuatro años,

estudiando Baudelaire en el Collège Royal de Lyon, de cuyo ambiente no guardará buenos recuerdos. El futuro poeta se aburre y escapa de su encierro. Su madre, impregnándose de la personalidad de Aupick, se va volviendo cada vez más rígida y puritana. En 1836 su marido asciende a general del Estado Mayor. Vuelven a París, donde Baudelaire es internado en el Collège Louis-le-Grand; allí permanecerá durante dos años y medio. En esa época lee a Sainte-Beuve, a Chenier y Musset, a quien más tarde criticará. Consigue el título de Bachiller superior pero, por una falta aún desconocida, es expulsado.

Juventud y bohemia [editar]

Jeanne Duval, amante de Baudelarie cuando éste tenía 21 años. Es retratada por Édouard Manet. En 1840 Baudelaire se matricula en la Facultad de Derecho. Comienza a frecuentar a la juventud literaria del Barrio Latino y conoce a nuevas amistades, como Gustave Levavasseur y Ernest Prarond. También entabla amistad con Gérard de Nerval, con Sainte-Beuve, Théodore de Banville y Balzac. Intima igualmente con Louis Ménard, que se dedica a la taxidermia y vivisección de animales. Comienza a llevar una vida despreocupada; los altercados con la familia son constantes debido a su adicción a las drogas y al ambiente bohemio. Frecuenta prostíbulos y mantiene relaciones con Sarah, una prostituta judía del Barrio Latino. Charles la denomina La Louchette (la bizca). Además de torcer la vista, era calva. Probablemente fue ella quien le contagió la sífilis. Dentro de su obra capital, Las flores del mal, Baudelaire se refiere a Sarah en un poema, probablemente escrito en el momento en que dejó de verla asiduamente, reanudando sus relaciones con su otra amante, Jeanne Duval. Une nuit que j'étais près d'une affreuse Juive, Comme au long d'un cadavre un cadavre étendu, Je me pris à songer près de ce corps vendu a la triste beauté dont mon désir se prive. ‘Una noche en que estaba con una horrible Judía, como un cadáver tendido junto a otro, pensaba, al lado de aquel cuerpo vendido, en esta triste belleza de la cual mi deseo se priva.’ Charles Baudelaire

La conducta de Baudelaire, que rechaza entrar en la carrera diplomática, horroriza a su familia. Su padrastro, descontento con la vida libertina que lleva, trata de distanciarle de los ambientes bohemios de París. En marzo de 1841 un consejo de familia lo envía a Burdeos para que embarque con destino a los Mares del Sur, a bordo de un paquebote. La travesía, que duró dieciocho meses, le llevó hasta Calcuta, en compañía de comerciantes y oficiales del Ejército.

De regreso en Francia, se instaló de nuevo en la capital, volviendo a sus antiguas costumbres desordenadas.

Baudelaire, fotografía de Nadar Empezó a frecuentar los círculos literarios y artísticos y escandalizó a todo París por sus relaciones con la joven Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspiraría algunas de sus más brillantes y controvertidas poesías. Destacó pronto como crítico de arte: El Salón de 1845, su primera obra, llamó ya la atención de sus contemporáneos, mientras que su nuevo Salón, publicado un año después, llevó a la fama a Delacroix (pintor, entonces todavía muy discutido) e impuso la concepción moderna de la estética de su autor. Buena muestra de su trabajo como crítico son sus Curiosidades estéticas, recopilación póstuma de sus apreciaciones acerca de los salones, al igual que El arte romántico (1868), obra que reunió todos sus trabajos de crítica literaria. Fue asimismo pionero en el campo de la crítica musical, donde destaca sobre todo la opinión favorable que le mereció la obra de Richard Wagner, que consideraba como la síntesis de un arte nuevo. En literatura, los autores Hoffmann y Edgar Allan Poe, del que realizó numerosas traducciones (todavía canónicas en francés), alcanzaban, también según el criterio de Baudelaire, esta síntesis vanguardista; la misma que persiguió él asimismo en La Fanfarlo (1847), su única novela, y en sus distintos esbozos de obras teatrales.

Últimos años [editar]

Tumba de Baudelaire en Montparnasse. Comprometido por su participación en la revolución de 1848, la publicación de Las flores del mal, en 1857, acabó de desatar la violenta polémica gestada en torno a su persona. Los poemas (las flores) fueron considerados «ofensas a la moral pública y las buenas costumbres» y su autor fue procesado. Ante tales acusaciones Baudelaire respondió: Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias. Sin embargo, ni la orden de suprimir seis de los poemas del volumen ni la multa de trescientos francos que le fue impuesta impidieron la reedición de la obra, en 1861. En esta nueva versión aparecieron, además, unos treinta y cinco textos inéditos. El mismo año de la publicación de Las flores del mal, e insistiendo en la misma materia, emprendió la creación de los Pequeños poemas en prosa, editados en versión íntegra en 1869 (en 1864, el diario Le Figaro había publicado algunos textos bajo el título de El spleen de París). En esta época también vieron la luz Los paraísos artificiales (18581860), en los cuales se percibe una notable influencia del inglés De Quincey; el estudio Richard Wagner et Tannhäuser à Paris, aparecido en la Revue européenne en 1861; y El pintor de la vida moderna, un artículo sobre Constantin Guys, publicado por Le Figaro en 1863. En 1864 viaja a Bélgica y residirá dos años en Bruselas. Allí intenta ganarse la vida dictando conferencias sobre arte, pero son un fracaso. En la primavera se encuentra con su editor. Sólo consigue dar tres conferencias sobre Delacroix, Gautier y Los paraísos artificiales, con escasa asistencia de público. Intenta una edición de su obra completa, pero fracasa; se venga de la falta de aceptación escribiendo un panfleto titulado ¡Pobre Bélgica! La sífilis que padecía le causó un primer conato de parálisis en (1865), y los síntomas de afasia y hemiplejía, que arrastraría hasta su muerte, aparecieron con violencia en marzo de 1866, cuando sufrió un ataque en la iglesia de Saint Loup de

Namur. Trasladado urgentemente por su madre a una clínica de París, permaneció sin habla, pero lúcido, hasta su fallecimiento, en agosto del año siguiente. Fue enterrado en el Cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de su padrastro. Su epistolario se publicó en 1872; los Journaux intimes (que incluyen Cohetes y Mi corazón al desnudo), en 1909; y la primera edición de sus obras completas, en 1939. Charles Baudelaire es considerado el padre, o gran profeta, de la poesía moderna. Fue una figura bastante popular en los círculos artísticos de París. Manet incluyó su efigie en su famoso cuadro Música en las Tullerías, y en 1865 grabó dos retratos de él, uno de ellos basado en una fotografía de Nadar.

Retrato de Baudelaire, por Gustave Courbet

Las flores del mal [editar]
Artículo principal: Las flores del mal

Las flores del mal es una obra de concepción clásica en su estilo, y oscuramente romántica por su contenido, en la que los poemas se disponen de forma orgánica (aunque esto no es tan evidente en las ediciones realizadas tras la censura y el añadido de nuevos poemas). En ella, Baudelaire expone la teoría de las correspondencias y, sobre todo, la concepción del poeta moderno como un ser maldito, rechazado por la sociedad burguesa, a cuyos valores se opone. El poeta se entrega al vicio (singularmente la prostitución y la droga), pero sólo consigue el hastío (spleen, como se decía en la época), al mismo tiempo que anhela la belleza y nuevos espacios ("El viaje"). Es la "conciencia del mal".

Influencia [editar]
Baudelaire fue para algunos la crítica y síntesis del Romanticismo, para otros el precursor del Simbolismo, y tal vez haya sido ambas cosas al mismo tiempo. También es considerado el padre espiritual del decadentismo que aspira a épater la bourgeoisie (escandalizar a la burguesía). Los críticos coinciden al señalar que formalmente abrió el camino de la poesía moderna. Su oscilación entre lo sublime y lo diabólico, lo elevado y lo grosero, el ideal y el aburrimiento angustioso (el Spleen) se corresponde con un espíritu nuevo, y precursor, en la percepción de la vida urbana. Además, estableció para la poesía una estructura basada en las antedichas Correspondencias o trasvases perceptivos entre los distintos sentidos, idea ésta que desarrolla en el poema de ese título con el que abre para asi comenzar como el primer poeta en escritura romana llamada Las flores del mal. Las correspondencias equivalen a audaces imágenes

sensoriales que representan la caótica vida espiritual del hombre moderno.Recibe el título de Conde de Detif, del quimérico reino de La Araucanía y La Patagonia, el mismo que hoy ostenta el escritor Antonio Gil, primer chileno en recibir títulos de esa Casa Real. El simbolismo de Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, avanzando por el camino de una poesía autónoma, que se representara sólo a sí misma, es especialmente deudor de esta profunda concepción estética de Baudelaire. El trabajo de amplificación expresiva que realizó con la metáfora contribuyó en todo caso a indicar el terreno ilimitado en el que podía expandirse el sistema de representación de la poesía. Todo lo cual fue de importancia decisiva para el desarrollo de la poesía en el siglo XX, junto con la experimentación de Arthur Rimbaud, el principal de los poetas "malditos", quizá el mejor heredero de Baudelaire.

Obra
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Salon de 1845 / El Salón de 1845 (1845) Salon de 1846 / El Salón de 1846 (1846) La Fanfarlo (1847) Du vin et du haschisch (1851) Fusées (1851) L'Art romantique (1852) Morale du joujou (1853) Exposition universelle (1855) Les Fleurs du mal / Las flores del mal (1857) Le Poème du haschich (1858) Salon de 1859 / El Salón de 1859 (1859) Les Paradis artificiels / Los paraísos artificiales (1860) La Chevelure (1861) Réflexions sur quelques-uns de mes contemporains (1861) Richard Wagner et Tannhäuser à Paris (1861) Petits poèmes en prose o Le Spleen de Paris / Pequeños poemas en prosa o Spleen de París (1862) Le Peintre de la vie moderne / El Pintor de la vida moderna (1863) L'œuvre et la vie d'Eugène Delacroix (1863) Mon cœur mis à nu (1864) Les Épaves / Los despojos (1866) Curiosités esthétiques / Curiosidades estéticas (1868) L'Art romantique / El arte romántico (1869) Journaux intimes (1851-1862

Poemas de Charles Baudelaire:

De "Las flores del mal"

Versiones de Antonio Martínez Sarrión La Gaya Ciencia S.A. Barcelona 1976

De Spleen e Ideal:
2. El albatros 3. Elevación 5. La voz 6. Me gusta recordar esas desnudas épocas... 8. La musa enferma 9. La musa venal 11. El enemigo 12. La mal suerte 21. La máscara 23. Las joyas 24. Perfume exótico 25. La cabellera 34. El leteo 37. El gato 45. ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria... 47. A la que es demasiado alegre 48. Reversiblidad 49. Confesión 55. Cielo neblinoso 57. El bello navío 71. Mœsta et errabunda 74. El surtidor 75. Tristezas de la luna 84. La campana hendida

De "Cuadros Parisienses":
103. Paisaje 104. El sol 110. Recogimiento 111. A una transeúnte 117. El amor engañoso 118. Todavía no he olvidado... 119. A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa... 121. Sueño parisiense 122. El crepúsculo matutino

De "El Vino":
123. El alma del vino 126. El vino del solitario 127. El vino de los amantes

De "Flores del mal":
128. La destrucción 130. La plegaria de un pagano 133. Mujeres condenadas 134. Las dos buenas hermanas

136. Alegoría 137. La Beatriz 138. La metamorfosis del vampiro 140. El amor y el cráneo

De "La muerte":
144. La muerte de los amantes 146. La muerte de los artistas 147. El fin de la jornada 148. Sueño de un curioso 150. Epígrafe para un libro condenado 152. Proyecto del epílogo

De "Bribes":
Nota del traductor: Migajas 153. Orgullo 154. El glotón 155. Condenación

Tres poemas de "Los despojos":
156. Sobre «El Tasso en prisión» 157. A Theodore de Banville 158. Puesta de sol romántica

Conversación

Traducciones de otros autores:
A la que pasa Alegoría El balcón El enemigo El extranjero El gusto de la nada El perfume El reloj El vampiro El vino de los amantes El «Yo pecador» del artista Embriáguense Invitación al viaje La belleza La desesperación de la vieja La destrucción La estéril

La fuente de sangre La pipa La serpiente que danza Madrigal triste Recogimiento Remordimiento póstumo Soneto de otoño Te adoro igual Últimos suspiros de un parnasiano Un hemisferio en una cabellera

De "Las flores del mal"

Versiones de Ignacio Caparrós Ed. Alhulia Colección "Crisálida" n°20. Granada, 2001

II IV X XIV XVII XXXIII LXVI LXXVII

El albatros Correspondencias El enemigo El hombre y la mar La belleza Remordimiento póstumo Los gatos Spleen

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Las flores del mal: De Spleen e Ideal:

(Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión)

2. El albatros
Por distraerse, a veces, suelen los marineros Dar caza a los albatros, grandes aves del mar, Que siguen, indolentes compañeros de viaje, Al navío surcando los amargos abismos. Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas, Estos reyes celestes, torpes y avergonzados, Dejan penosamente arrastrando las alas, Sus grandes alas blancas semejantes a remos. Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil! Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco! ¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa, Aquél, mima cojeando al planeador inválido! El Poeta es igual a este señor del nublo, Que habita la tormenta y ríe del ballestero. Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, Sus alas de gigante le impiden caminar. *****

3. Elevación
Por encima de estanques, por encima de valles, De montañas y bosques, de mares y de nubes, Más allá de los soles, más allá de los éteres, Más allá del confín de estrelladas esferas, Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad Y como un nadador que se extasía en las olas, Alegremente surcas la inmensidad profunda Con voluptuosidad indecible y viril. Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas, Sube a purificarte al aire superior Y apura, como un noble y divino licor, La luz clara que inunda los límpidos espacios. Detrás de los hastíos y los hondos pesares Que abruman con su peso la neblinosa vida, ¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos! Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras, Levantan hacia el cielo matutino su vuelo -¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo, La lengua de las flores y de las cosas mudas! *****

5. La voz
Se encontraba mi cuna junto a la biblioteca, Babel sombría, donde novela, ciencia, fábula, Todo, ya polvo griego, ya ceniza latina Se confundía. Yo era alto como un infolio. Y dos voces me hablaban. Una, insidiosa y firme:

«La Tierra es un pastel colmado de dulzura; Yo puedo (¡y tu placer jamás tendrá ya término!) Forjarte un apetito de una grandeza igual.» Y la otra: «¡Ven! ¡Oh ven! a viajar por los sueños, lejos de lo posible y de lo conocido.» Y ésta cantaba como el viento en las arenas, Fantasma no se sabe de que parte surgido Que acaricia el oído a la vez que lo espanta. Yo te respondí: «¡Sí! ¡Dulce voz!» Desde entonces Data lo que se puede denominar mi llaga Y mi fatalidad. Detrás de los paneles De la existencia inmensa, en el más negro abismo, Veo, distintamente, los más extraños mundos Y, víctima extasiada de mi clarividencia, Arrastro en pos serpientes que mis talones muerden. Y tras ese momento, igual que los profetas, Con inmensa ternura amo el mar y el desierto; Y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo Y encuentro un gusto grato al más ácido vino; Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas Y por mirar al cielo caigo en pozos profundos. Más la voz me consuela, diciendo: «Son más bellos los sueños de los locos que los del hombre sabio». *****

6. Me gusta recordar esas desnudas épocas...
Me gusta recordar esas desnudas épocas En que placía a Febo las estatuas dorar , En tanto hombre y mujer, en su esplendor más alto, Sin angustia gozaban y sin mentira alguna, Y, el amoroso cielo envolviendo sus cuerpos, La salud de su noble máquina ejercitaban. Mostrábase Cibeles fértil y generosa, No hallando que sus hijos fuesen gravosa carga; Antes bien, loba henchida de ternezas comunes, Nutría al universo con sus oscuras ubres. Elegante y robusto, el hombre se preciaba Entre bellezas múltiples que por rey le acataban. Frutos aún no ultrajados y carentes de grietas, ¡Cuya bruñida pulpa incitaba al mordisco! Hoy el Poeta, cuando pretende imaginar Tal nativa grandeza y acude a los lugares En que hombres y mujeres sin velos aparecen, Siente envuelto su espíritu en tenebroso frío, Ante ese negro cuadro que rebosa de espanto. ¡Oh monstruosidades llorando sus vestidos! ¡Oh ridículos torsos que son propios de máscaras! Pobres cuerpos torcidos, fláccidos o ventrudos, Que el Señor de lo útil, sereno e implacable, Envolvió desde niños en pañales de bronce. Y vosotras, mujeres, pálidas como cirios, En quienes la lujuria se ceba, y esas vírgenes Arrastrando la herencia de los maternos vicios ¡Y todos los horrores de la fecundidad! Tenemos, ello es cierto, naciones corrompidas, A los antiguos pueblos de ignorado esplendor:

Los rostros devorados por las llagas cordiales Y algo que llamaríamos desmayadas bellezas; Más esas invenciones de las musas tardías, Jamás impedirán a las razas decrépitas Rendir a las más jóvenes un profundo homenaje, -A la juventud santa de simple y dulce frente, De mirar claro y limpio como agua saltarina, Y que marcha, inconsciente, por doquier esparciendo, como el azul del cielo, las flores y los pájaros, Sus perfumes, sus cánticos y sus suaves calores. *****

8. La musa enferma
Mi Pobre musa, !ay! ¿qué tienes este día? Pueblan tus vacuos ojos las visiones nocturnas Y alternándose veo reflejarse en tu tez La locura y el pánico, fríos y taciturnos. ¿El súcubo verdoso y el rosado diablillo El miedo te han vertido, y el amor, de sus urnas? ¿Con su puño te hundieron las foscas pesadillas En el fondo de algún fabuloso Minturno? Quisiera que, exhalando un saludable olor, Tu seno de ideas fuertes se viese frecuentado Y tu cristiana sangre fluyese en olas rítmicas, Como los sones múltiples de las sílabas viejas Donde, reinan Por turno Febo, padre del canto, Y el gran Pan, cuyo imperio se extiende por las mieses. *****

9. La musa venal
Tú que amas los palacios, oh musa de mi vida, ¿Tendrás, cuando el Bóreas², sea el dueño de Enero, Mientras cae la nieve en tediosas veladas, Para caldear tus pies violáceos, un tizón? ¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas En los nocturnos rayos que filtran los postigos? ¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües Con el oro que esplende en la bóveda azul? Debes, para ganar tu pan de cada noche, Agitar como niño de coro el incensario Y salmodiar Te Deums en los que apenas crees, Reiterando tus gracias, como hambriento payaso Y tu risa velada por lágrimas secretas, Para ver cómo estalla la vulgar carcajada. ²dios que personificaba el viento del Norte en la mitología griega. *****

11. El enemigo
Mi juventud no fue sino un gran temporal Atravesado, a rachas, por soles cegadores; Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón. He alcanzado el otoño total del pensamiento, y es necesario ahora usar pala y rastrillo Para poner a flote las anegadas tierras Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas. ¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño, Hallarán en mi suelo, yermo como una playa, El místico alimento que les daría vigor? -¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo, Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón, Crece y se fortifica con nuestra propia sangre. *****

12. La mala suerte
Para alzar un peso tan grande ¡Tu coraje haría falta, Sísifo! Aun empeñándose en la obra El Arte es largo y breve el Tiempo. Lejos de célebres túmulos En un camposanto aislado Mi corazón, tambor velado, Va redoblando marchas fúnebres. -Mucha gema duerme oculta En las tinieblas y el olvido, Ajena a picos ya sondas. -Mucha flor con pesar exhala Como un secreto su grato aroma En las profundas soledades. *****

21. La máscara
Estatua alegórica a la manera del renacimiento a Ernest Christophe, escultor Contempla ese tesoro de gracias florentinas; En la forma ondulante del musculoso cuerpo, Son hermanas divinas la Elegancia y la Fuerza. Esta mujer, fragmento en verdad milagroso, Noblemente robusta, divinamente esbelta, Nació para reinar en lechos suntuosos Y entretener los ocios de un príncipe o de un papa. -Observa esa sonrisa voluptuosa y fina Donde la Fatuidad sus éxtasis pasea,

Esos taimados ojos lánguidos y burlones, El velo que realza esa faz delicada Cuyos rasgos nos dicen con aire triunfador: «¡El Deleite me nombra y el Amor me corona!» A un ser que está dotado de tanta majestad, ¡Qué encanto estimulante le da la gentileza! Acerquémonos trémulos de su belleza en torno. ¡Oh blasfemia del arte! ¡Oh sorpresa brutal! La divina mujer, que prometía la dicha ¡Concluye en las alturas en un monstruo bicéfalo ¡Mas no! Máscara es sólo, mentido decorado, Ese rostro que luce un mohín exquisito, Y, contémplalo cerca: atrozmente crispados, La auténtica cabeza, el rostro más real, Se ocultan al amparo de la cara que miente. ¡Oh mi pobre belleza! El río esplendoroso De tu llanto se abisma en mi hondo corazón. Me embriaga tu mentira y se abreva mi alma En la ola que en tus ojos el Dolor precipita. -Mas, ¿por qué llora? En esa belleza inigualable Que tendría a sus pies todo el género humano, ¿Qué misterioso mal roe su flanco de atleta? -¡Insensata, solloza sólo porque ha vivido! ¡Y porque vive! Pero lo que lamenta más, Lo que hasta las rodillas la hace estremecer Es que mañana, ¡ay!, continuará viviendo, ¡Mañana, al otro día, siempre! ¡Igual que nosotros! *****

23. Las joyas
Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos, Sólo había conservado las sonoras alhajas Cuyas preseas le otorgan el aire vencedor Que las esclavas moras tienen en días fastos. Cuando en el aire lanza su sonido burlón Ese mundo radiante de pedrería y metal Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí Las Cosas en que se une el sonido a la luz. Ella estaba tendida y se dejaba amar, Sonriendo de dicha desde el alto diván A mi pasión profunda y lenta como el mar Que ascendía hasta ella como hacia su cantil. Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado, Con aire soñador ensayaba posturas Y el candor añadido a la lubricidad Nueva gracia agregaba a sus metamorfosis; Y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos Pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes, Pasaban por mis ojos lúcidos y serenos;

Y su vientre y sus senos, racimos de mi viña, Avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal Para turbar la paz en que mi alma estaba Y para separarla del peñón de cristal Donde se había instalado solitaria y tranquila. Y creí ver unidos en un nuevo diseño -Tanto hacía su talle resaltar a la pelvisLas caderas de Antíope al busto de un efebo, ¡Soberbio era el afeite sobre su oscura tez! -Y habiéndose la lámpara resignado a morir Como tan sólo el fuego iluminaba el cuarto, Cada vez que exhalaba un destello flamígero Inundaba de sangre su piel color del ámbar. *****

24. Perfume exótico
Cuando entorno los ojos bajo el sol otoñal Y respiro el aroma de tu cálido seno, Ante mí se perfilan felices litorales Que deslumbran los fuegos de un implacable sol. Una isla perezosa donde Naturaleza Produce árboles únicos y frutos sabrosísimos, Hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados Y mujeres con ojos donde pinta el asombro. Guiado por tu aroma hacia mágicos climas Veo un puerto colmado de velas y de mástiles Todavía fatigados del oleaje marino, Mientras del tamarindo el ligero perfume, Que circula en el aire y mi nariz dilata, En mi alma se mezcla al canto marinero. *****

25. La cabellera
¡Oh vellón, que rizándose baja hasta la cintura! ¡Oh bucles! ¡Oh perfume cargado de indolencia! ¡Éxtasis! Porque broten en esta oscura alcoba Los recuerdos dormidos en esa cabellera, La quiero hoy agitar, cual si un pañuelo fuese. Languidecientes asias y áfricas abrasadas, Todo un mundo lejano, ausente, casi muerto, Habita tus abismos, ¡arboleda aromática! Tal como otros espíritus se pierden en la música, El mío, ¡oh mi querida!, navega en tu perfume. Lejos iré, donde árbol y hombre, un día fuertes Fatalmente se agostan bajo climas atroces; Firmes trenzas, sed olas que me arranquen al fin. Tu albergas, mar de ébano, un deslumbrante sueño De velas, de remeros, de navíos, de llamas:

Un rumoroso puerto donde mi alma bebiera A torrentes el ruido, el perfume, el color; Donde naos surcando el oro y el moaré, Abren inmensos brazos para estrechar la gloria De un puro cielo, donde vibre eterno calor. Y hundiré mi cabeza sedienta de embriaguez En ese negro océano, donde se encierra el otro, Y mi sutil espíritu que el vaivén acaricia Os hallará otra vez, ¡oh pereza fecunda! ¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado! Oh cabellos azules, oscuros pabellones Que me entregáis, inmensa, la bóveda celeste; En las últimas hebras de esas crenchas rizadas, Confundidos, me embargan los ardientes olores Del aceite de coco, del almizcle y la brea. Durante edades, siempre, en tu densa melena Mi mano sembrará perlas, rubíes, zafiros, Para que el deseo mío no puedas rechazar. ¿No eres, acaso, oasis donde mi sueño abreva A sorbos infinitos el vino del recuerdo? 26. Te adoro como adoro la bóveda nocturna ¿Oh vaso de tristeza! ¡Oh mi gran taciturna! Y tanto más te adoro cuanto te escapas más, Y cuando me parece, ¡oh lujo de mis noches! Que con más ironía amontonas las leguas Que separan mis brazos de la inmensidad azul. Me dispongo al ataque y acometo el asalto Como tras un cadáver un coro de gusanos Y me enloquece, ¡oh fiera implacable y cruel! Hasta esa frialdad que te vuelve aún más bella. 27. En tu calleja harías entrar, mujer impura, Al universo entero. El hastío te hace cruel. Para entrenar tus dientes en juego tan insólito, Cada día necesitas morder un corazón. Tus encendidos ojos igual que escaparates O brillantes bengalas en bulliciosas fiestas, Usan con arrogancia de un prestado poder Sin conocer jamás la ley de su belleza. ¡Máquina ciega y sorda, fecunda en crueldades, Saludable instrumento, bebedora de sangre! ¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste En todos los espejos decrecer tus encantos? La enormidad del mal, en que te crees tan sabia, ¿No te hizo jamás retroceder de espanto Cuando Naturaleza, con ocultos designios, De ti puede servirse, ¡oh reina del pecado! -De ti, vil animal- para engendrar un genio? ¡Oh fangosa grandeza! ¡Oh sublime ignominia! *****

34. El leteo
Ven a mi pecho, alma sorda y cruel, Tigre adorado, monstruo de aire indolente; Quiero enterrar mis temblorosos dedos En la espesura de tu abundosa crin; Sepultar mi cabeza dolorida En tu falda colmada de perfume Y respirar, como una ajada flor, El relente de mi amor extinguido. ¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce, Estamparé mis besos sin descanso Por tu cuerpo pulido como el cobre. Para ahogar mis sollozos apagados, Sólo preciso tu profundo lecho; El poderoso olvido habita entre tus labios Y fluye de tus besos el Leteo. Mi destino, desde ahora mi delicia, Como un predestinado seguiré; Condenado inocente, mártir dócil Cuyo fervor se acrece en el suplicio. Para ahogar mi rencor, apuraré El nepentes³ y la cicuta amada, del pezón delicioso que corona este seno el cual nunca contuvo un corazón. ³nepentes: pócima mágica que los antiguos ingerían para suprimir la tristeza y el dolor y que, posiblemente, contenía algún estupefaciente. Leteo: uno de los ríos del infierno, cuyas quietas aguas permitían a los muertos el olvido de sus afanes terrestres. *****

37. El gato
Ven, bello gato, a mi amoroso pecho; Retén las uñas de tu pata, Y deja que me hunda en tus ojos hermosos Mezcla de ágata y metal. Mientras mis dedos peinan suavemente Tu cabeza y tu lomo elástico, Mientras mi mano de placer se embriaga Al palpar tu cuerpo eléctrico, A mi señora creo ver. Su mirada Como la tuya, amable bestia, Profunda y fría, hiere cual dardo, Y, de los pies a la cabeza, Un sutil aire, un peligroso aroma, Bogan en torno a su tostado cuerpo. *****

45. ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria...
¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria, Qué dirás, corazón, marchito hace tan poco, A la muy bella, a la muy buena, a la amadísima, Bajo cuya mirada floreciste de nuevo? -El orgullo emplearemos en cantar sus loores; Nada iguala al encanto que hay en su autoridad; Su carne espiritual tiene un perfume angélico, Y nos visten con ropas purísimas sus ojos. En medio de la noche y de la soledad, O a través de las calles, del gentío rodeado, Danza como una antorcha su fantasma en el aire. A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno Que por amor a mí no améis sino lo Bello; Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona». *****

47. A la que es demasiado alegre
Tu cabeza, tu gesto, tu aire Como un bello paisaje, son bellos; Juguetea en tu cara la risa Cual fresco viento en claro cielo. El triste paseante al que rozas Se deslumbra por la lozanía Que brota como un resplandor De tus espaldas y tus brazos. El restallante colorido De que salpicas tus tocados Hace pensar a los poetas En un vivo ballet de flores. Tus locos trajes son emblema De tu espíritu abigarrado; Loca que me has enloquecido, Tanto como te odio te amo. Frecuentemente en el jardín Por donde arrastro mi atonía, Como una ironía he sentido Que el sol desgarraba mi pecho; Y el verdor y la primavera Tanto hirieron mi corazón, Que castigué sobre una flor La osadía de la Naturaleza. Así, yo quisiera una noche, Cuando la hora del placer llega, Trepar sin ruido, como un cobarde, A los tesoros que te adornan, A fin de castigar tu carne,

De magullar tu seno absuelto Y abrir a tu atónito flanco Una larga y profunda herida. Y, ¡vertiginosa dulzura! A través de esos nuevos labios, Más deslumbrantes y más bellos, Mi veneno inocularte, hermana. *****

48. Reversibilidad
Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia, La culpa, la vergüenza, el hastío, los sollozos Y los vagos terrores de esas horribles noches Que al corazón oprimen cual papel aplastado? Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia? Ángel de bondad lleno, ¿sabes lo que es el odio, Las lágrimas de hiel y los puños crispados, Cuando su infernal voz levanta la venganza Ven capitán se erige de nuestras facultades? Ángel de bondad lleno: ¿sabes lo que es el odio? Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre, Que a lo largo del muro del lechoso hospital, Como los exiliados, marcha con pie cansino, En pos del sol escaso y moviendo los labios? Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre? Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas? ¿Y el miedo a envejecer, y ese odioso tormento De leer el secreto horror del sacrificio En ojos donde un día los nuestros abrevaron? Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas? ¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría! David agonizante curación pediría A las emanaciones de tu cuerpo hechicero; Pero de ti no imploro, ángel, sino plegarias, ¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría! David: alusión a la leyenda, según la cual, el rey David, debilitado por la edad, trató de recobrar sus fuerzas mediante el contacto con cuerpos jóvenes. *****

49. Confesión
Una vez, una sola, mujer dulce y amable, En mi brazo el vuestro pulido Se apoyó ( sobre del denso fondo de mi alma Ese recuerdo no ha palidecido); Era tarde; al igual que una medalla nueva, La Luna llena apareció, Y la solemnidad nocturna, como un río, Sobre París dormido se extendía.

Los gatos, por debajo de las puertas de coches, Deslizábanse furtivos El oído al acecho o, como sombras caras, Nos seguían despacio. Y de súbito, en medio de aquella intimidad, Abierta en la luz pálida, De Vos, rico y sonoro instrumento en que vibra La más luminosa alegría, De vos, clara y alegre igual que una fanfarria En la mañana chispeante, Una quejosa nota, una insólita nota Vacilante se escapó, Como un niño sombrío, horrible y enfermizo Que a su familia avergonzara, Y al que durante años, para ocultarlo al mundo, En una cueva habría encerrado. Vuestra discorde nota, ¡mi pobre ángel! cantaba: «Que aquí abajo nada es firme, Y que siempre, aunque mucho se disfrace, El egoísmo humano se traiciona; Que es un oficio duro el de mujer hermosa Y que es más bien tarea banal, De la loca y helada bailarina fijada En maquinal sonrisa; Que fiar en corazones es algo bien estúpido; Que es todo trampa, belleza y amor, Y al final el Olvido los arroja a un cesto ¡Y los torna a la Eternidad!» Esa luna encantada evoqué con frecuencia, Ese silencio y esa languidez, Y aquella confidencia penosa, susurrada Del corazón en el confesionario. *****

55. Cielo neblinoso
Se diría cubierta de vapor tu mirada; Tu mirar misterioso (¿es azul, gris o verde?) Alternativamente tierno, cruel, soñador, Refleja la indolencia y palidez del cielo. Recuerdas los días blancos, y tibios y velados, Que a las cautivas almas hacen fundirse en lágrimas, Cuando, presa de un mal confuso que los tensa, Los excitados nervios se burlan del dormido. A veces te asemejas a esos bellos paisajes Que iluminan los soles de estaciones brumosas... ¡Y cómo resplandeces, oh mojado paisaje Que atraviesan los rayos entre un cendal de niebla!

¡Oh mujer peligrosa, oh seductores climas! ¿Acabaré adorando vuestras nieves y escarchas, Y, al cabo, arrancaré del implacable invierno Placeres más agudos que el hielo y que la espada? *****

57. El bello navío
Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera! Los distintos encantos que ornan tu juventud; Trazar deseo tu belleza Donde, a la par, se alían infancia y madurez. Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda Semejas a un bajel que enfila la bocana Y anda balanceándose, desplegadas las velas, Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento. Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas Se pavonea con gracia tu altanera cabeza; Con aire plácido y triunfal Continúas tu camino, majestuosa niña. Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera! Los distintos encantos que ornan tu juventud; Trazar deseo tu belleza Donde, a la par, se alían infancia y madurez. Tu seno que se comba, oprimiendo el moaré, Tu seno triunfante es un pulido armario Cuyas dos jambas claras y arqueadas Se parecen a escudos que aferrasen la luz. ¡Provocantes defensas con dos rosadas puntas! Mueble dulce en secretos, lleno de cosas ricas: Vinos, perfumes, néctares, Que harían delirar mentes y corazones. Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda, Semejas a un bajel que enfila la bocana Y anda balanceándose, desplegadas las velas, Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento. Tus piernas escultóricas, bajo airosos volantes, Provocan y exasperan las fiebres más oscuras, Cual dos brujas batiendo En profunda vasija el más siniestro tósigo. Tus brazos que anhelaran los hércules precoces, Son los más firmes émulos de las boas deslizantes, Pensados para asir Como para tatuar en tu pecho a tu amante. Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas, Se pavonea con gracia tu cabeza altanera; Con aire plácido y triunfal Continúas tu camino, majestuosa niña. *****

71. Mœsta et errabunda
¿No huye el corazón, Ágata, muchas veces de ti, Lejos del negro océano de la ciudad inmunda, Hacia otra donde estalla, súbito, el esplendor, Azul, profundo, claro cual la virginidad? ¿No huye el corazón, Ágata, muchas veces de ti? ¡El mar, el vasto mar, nuestras tareas consuela! ¿Qué demonio ha dotado al mar, ronco cantor, Al que el potente órgano de los vientos secunda, De esa función sublime de arrullar nuestros sueños? ¡El mar, el vasto mar nuestras tareas consuela! ¡Ráptame tú, fragata! ¡Arrástrame, vagón! ¡Lejos! ¡Aquí las lágrimas se han convertido en fango! -¿No es cierto que, a menudo, el corazón de Ágata Dice: Lejos de crímenes, de dolores y culpas, ¡Ráptame tú, fragata! ¡Arrástrame vagón!? ¡Qué lejos te hallas ya, paraíso aromático, Donde, bajo los cielos, todo es amor y risas, Donde lo que se ama digno es de ser amado, Donde en puro deleite se ahoga el corazón! ¡Qué lejos te hallas ya, paraíso aromático! Pero ese paraíso de amores juveniles, Las carreras, los cantos, los besos y las flores, Los violines sonando detrás de las colinas, Con los jarros de vino, de noche, en la espesura, -Pero ese paraíso de amores juveniles, Paraíso inocente de furtivos placeres, ¿Está más lejos ya que la India y la China? ¿Lo podremos llamar con gritos lastimeros Y todavía animarlo con argentina voz, Al puro paraíso de furtivos placeres? *****

74. El surtidor
Se cansaron tus ojos, ¡pobre amante! Que se queden cerrados largo rato, En esa postura indolente En que el placer te sorprendió. El murmullo del surtidor, Que día y noche permanece, Prolonga dulcemente el éxtasis En que el amor me sumiera. El amplio chorro En flores mil, Donde Febea ¹ Colores muestra, Cae como lluvia De lentas lágrimas. Así tu alma, incendiada Por la cruda luz del goce,

Se lanza atrevida y rápida Rumbo a cielos encantados. Moribunda, se transforma En una triste ola lánguida Que, por invisible rampa, Se abisma en mi corazón El amplio chorro En flores mil, Donde Febea Colores muestra, Cae como lluvia De lentas lágrimas. ¡Oh embellecida por la noche, Resulta dulce, sobre el seno, Escuchar el gemido eterno Que en el estanque solloza! Agua, sonora, luna, noche, Estremecidos árboles en torno, Vuestra pura melancolía Es el espejo de mi amor. El amplio chorro En flores mil, Donde Febea Colores muestra, Cae como lluvia De lentas lágrimas. ¹Febea: una de las advocaciones por las que se conocía a Diana, diosa lunar. *****

75. Tristezas de la luna
Esta noche la luna sueña con más pereza, Cual si fuera una bella hundida entre cojines Que acaricia con mano discreta y ligerísima, Antes de adormecerse, el contorno del seno. Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes, Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis, Y pasea su mirada sobre visiones blancas, Que ascienden al azul igual que floraciones. Cuando sobre este globo, con languidez ociosa, Ella deja rodar una furtiva lágrima, Un piadoso poeta, enemigo del sueño, De su mano en el hueco, coge la fría gota como un fragmento de ópalo de irisados reflejos. Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz. *****

84. La campana hendida
En las noches de invierno es amargo y es dulce

Escuchar, junto al fuego que palpita y humea, Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos Al son de carillones que suenan en la bruma. ¡Feliz campana aquella de enérgica garganta Que, pese a su vejez, conservada y alerta, Con fidelidad lanza su grito religioso Como un viejo soldado que vigila en su tienda! Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos, Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna, Con frecuencia sucede que su cansada voz Semeja al estertor de un herido olvidado Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos, Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos.

De "Cuadros Parisienses": 103. Paisaje
Deseo, para escribir castamente mis églogas, Dormir cerca del cielo, cual suelen los astrólogos, Y escuchar entre sueños, vecino a las campanas, Sus cánticos solemnes que propalan los vientos. El mentón en las manos, tranquilo en mi buhardilla, Observaré el taller que parlotea y canta; Las chimeneas, las torres, esos urbanos mástiles, Y los cielos que invitan a soñar con lo eterno. Es dulce ver surgir a través de las brumas La estrella en el azul, la luz en la ventana, Alzarse al firmamento los ríos del carbón Y derramar la luna sus desvaído hechizo. Veré las primaveras, los estíos, los otoños, Y al llegar el invierno de monótonas nieves, Cerraré a cal y canto postigos y mamparas, Para alzar en la noche mis feéricos palacios. Y entonces soñaré con zarcos horizontes, Jardines, surtidores quejándose en el mármol, Con besos y con pájaros que cantan noche y día, Lo que el Idilio alberga de puro y de infantil. El Motín, golpeando sin éxito en los vidrios, No hará que del pupitre se levante mi frente, Pues estaré gozando la voluptuosidad, De que la Primavera a mi capricho irrumpa, De hacer que se alce un sol en mi pecho, y crear Una atmósfera tierna de mis ideas quemantes. *****

104. El sol
Por la vieja barriada, donde, de las casuchas Las persianas ocultan las lujurias secretas Cuando el astro cruel furiosamente hiere La ciudad y los campos, los techos y sembrados, Quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica Husmeando en los rincones azares de la rima, Tropezando en las sílabas, como en el empedrado, Acaso hallando versos que hace tiempo soñé. Ese padre nutricio, que huye de las clorosis, En los campos despierta los versos y las rosas; Logra que se evaporen hacia el éter las penas Saturando de miel cerebros y colmenas. Es el quien borra años al que lleva muletas Y le torna festivo como las bellas mozas, Y a las mieses ordena madurar y crecer En la inmortal entraña que desea florecer. Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades, Ennoblece la suerte de las cosas mas viles, Y penetra cual rey, sin séquito ni pompa, Tanto en las casas regias como en los hospitales. *****

110. Recogimiento
Sé sabia, Pena mía, y permanece en calma. Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí: Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura A unos la paz trayendo y a los más la zozobra. Mientras que la gran masa de los viles mortales, Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido, Cosecha sinsabores en la fiesta servil, Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas; Descansa bajo un arco el moribundo sol Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente, Oye, querida, oye cómo avanza la Noche. *****

111. A una transeúnte
La calle atronadora aullaba en torno mío. Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina Una dama pasó, que con gesto fastuoso Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos, Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas. De súbito bebí, con crispación de loco. Y en su mirada lívida, centro de mil tomados,

El placer que aniquila, la miel paralizante. Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer. ¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás? ¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca! Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta, ¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste! *****

117. El amor engañoso
Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente, Paseando el hastío de tu mirar profundo, Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento Mientras suena la música que se pierde en los techos. Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola, Tu frente aureolada de un mórbido atractivo Donde las luces últimas del sol traen a la aurora, Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos, Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña! El taraceado recuerdo, pesada y regia torre, La corona, y su corazón, prensado como fruta, Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor. ¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores? ¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas? ¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos, Almohadón acariciante o canastilla de flores? Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía Que no guardan escondido ningún precioso secreto, Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos. Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia, Alegrando al corazón que huye de la verdad? ¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia? Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza. *****

118. Todavía no he olvidado...
Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad, Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila, La Pomona de estuco y la antigua Afrodita Velando su pudor tras una rala fronda, Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos, Parecía, gran pupila en el cielo curioso, Contemplar nuestras largas y solitarias cenas, Derramando sus bellos reflejos alongados En el estor de sarga y en el frugal mantel. *****

119. A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa...
A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba, Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores. Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares Y cuando lanza Octubre su viento melancólico Que despoja a los árboles en torno de las tumbas, A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos Por dormir tibiamente bajo sus cobertores, Mientras que, devorados por negras pesadillas, Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho, Esqueletos helados que trabajó el gusano, Ellos sufren las nieves goteantes del invierno, Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos, Reemplacen los jirones que penden de sus verjas. Cuando silba y crepita el leño, si una noche, Tranquila, en el sillón la viera reclinarse, Si en una noche azul y helada de Diciembre La encontrara encogida en un rincón del cuarto, Grave y recién llegada de su lecho perenne, Ciñendo al niño grande con maternal mirada, A aquella alma piadosa ¿qué le respondería Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados? *****

121. Sueño parisiense
a Constantin Guys I De aquel terrible paisaje Como nunca vio mortal, Esta mañana, aún la imagen Vaga y lejana perdura. ¡Lleno está el sueño de magia! Por un singular capricho Desterré de ese espectáculo Al barroco vegetal, Y, pintor fiel de mi sueño, En el cuadro saboreé La monotonía embriagante De agua, mármol y metal. Babel de arcos y escaleras, Era un palacio infinito lleno de fuentes y aljibes En oro bruñido o mate; Y rumorosas cascadas, Como cortinas de vidrio, Se suspendían destellantes Sobre murallas metálicas. No árboles, sino columnas, Ceñían estanques dormidos, Donde gigantescas náyades

Como damas se miraban. Capas de agua se extendían, Por muelles rosas y verdes, Durante miles de leguas, Hacia el fin del universo; Había piedras inauditas Y olas mágicas; había Inmensos hielos absortos Por lo que ellos reflejaban. Taciturnos y distantes, Ganges en el firmamento, Arrojaban sus tesoros En diamantinos abismos. Arquitecto de mis magias Hacía, a mi voluntad, Bajo un enjoyado túnel Pasar un manso océano; Y hasta los negros colores Parecían claros y limpios; Fundía su gloria el líquido En el rayo cristalino. No había vestigio de astros, ¡Ni siquiera el sol poniente, Para alumbrar los prodigios Que con su fuego brillaban! Y sobre esas maravillas Planeaba (¡atroz novedad! Presente el ojo, no el oído) Un infinito silencio. II Al abrir mis ardientes ojos, Miré el horror de mi cuarto Y sentí, de nuevo en mi alma, De la inquietud el aguijón; El fúnebre son del péndulo, Me recordó el mediodía; Caía la oscuridad Sobre el embotado mundo. *****

122. El crepúsculo matutino
La diana resonaba en todos los cuarteles Y apagaba las lámparas el viento matutino. Era la hora en que enjambres de maléficos sueños Ahogan en sus almohadas a los adolescentes; Cuando tal palpitante y sangrienta pupila, La lámpara en el día traza una mancha roja Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado,

Imita los combates del día y de la lámpara. Como lloroso rostro que enjugase la brisa, Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas Y se cansan los hombres de escribir y de amar. Empiezan a humear acá y allá las casas, Las hembras del placer, con el párpado lívido, Reposan boquiabiertas con derrengado sueño; Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos, Soplan en los tizones y soplan en sus dedos. Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío, Las parturientas sienten aumentar sus dolores; Como un roto sollozo por la sangre que brota El canto de los gallos desgarra el aire oscuro; Baña los edificios un océano de niebla, y los agonizantes, dentro, en los hospitales, Lanzan su último aliento entre hipos desiguales. Los libertinos vuelven, rotos por su labor. La friolenta aurora en traje verde y rosa Avanzaba despacio sobre el Sena desierto Y el sombrío Paris, frotándose los ojos, Empuñaba sus útiles, viejo trabajador.

De "El Vino": 123. El alma del vino
Cantó una noche el alma del vino en las botellas: «¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado, Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos, Un cántico fraterno y colmado de luz!» Sé cómo es necesario, en la ardiente colina, Penar y sudar bajo un sol abrasador, Para engendrar mi vida y para darme el alma; Mas no seré contigo ingrato o criminal. Disfruto de un placer inmenso cuando caigo En la boca del hombre al que agota el trabajo, y su cálido pecho es dulce sepultura Que me complace más que mis frescas bodegas. ¿Escuchas resonar los cantos del domingo y gorjear la esperanza de mi jadeante seno? De codos en la mesa y con desnudos brazos Cantarás mis loores y feliz te hallarás; Encenderé los ojos de tu mujer dichosa; Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores, Siendo para ese frágil atleta de la vida, El aceite que pule del luchador los músculos. Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,

Raro grano que arroja el sembrador eterno, Porque de nuestro amor nazca la poesía Que hacia Dios se alzará como una rara flor!» *****

126. El vino del solitario
La singular mirada de una mujer galante Que llega hasta nosotros como la blanca luz Que enviara la luna al lago tembloroso Cuando quiere bañar su indolente belleza; Los últimos escudos que tiene un jugador; Un beso lujurioso de la flaca Adelina; Los ecos de una música cálida y enervante Como el grito lejano del humano sufrir, No vale todo ello, oh botella profunda, El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre Ofrece al corazón del poeta abrumado; Tú le dispensas vida, juventud y esperanza -Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes. *****

127. El vino de los amantes
¡Hoy el espacio es fabuloso! Sin freno, espuelas o brida, Partamos a lomos del vino ¡A un cielo divino y mágico! Cual dos torturados ángeles Por calentura implacable, En el cristal matutino Sigamos el espejismo. Meciéndonos sobre el ala De la inteligente tromba En un delirio común, Hermana, que nadas próxima, Huiremos sin descanso Al paraíso de mis sueños.

De "Flores del mal": 128. La destrucción

A mi lado sin tregua el Demonio se agita; En torno de mi flota como un aire impalpable; Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones De un deseo llenándolos culpable e infinito. Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte, De la más seductora mujer las apariencias, y acudiendo a especiosos pretextos de adulón Mis labios acostumbra a filtros depravados. Lejos de la mirada de Dios así me lleva, Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro De las hondas y solas planicies del Hastío, Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos, Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas, ¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive! *****

130. La plegaria de un pagano
No dejes morir tus llamas; Caldea mi sordo corazón, ¡Voluptuosidad, cruel tormento! Diva! supplicem exaudî! Diosa en el aire difundida, Llama de nuestro subterráneo, Escucha a un alma consumida Que alza hacia ti su férreo canto, ¡Voluptuosidad, sé mi reina! Toma máscara de sirena Hecha de carne y de brocado, O viérteme tus hondos sueños En el licor informe y místico, ¡Voluptuosidad, fantasma elástico! *****

133. Mujeres condenadas
Como bestias inmóviles tumbadas en la arena, Vuelven sus ojos hacia el marino horizonte, Y sus pies que se buscan y sus manos unidas, Tienen desmayos dulces y temblores amargos. Las unas, corazones que aman las confidencias En el fondo del bosque donde el arroyo canta, Deletrean el amor de su pubertad tímida Y marcan en el tronco a los árboles tiernos; Las otras, como hermanas, andan graves y lentas, A través de las peñas llenas de apariciones, Donde vio san Antonio surgir como la lava Aquellas tentaciones con los senos desnudos; Y las hay, que a la luz de goteantes resinas,

En el hueco ya mudo de los antros paganos, Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre. ¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes! Y otras, cuyas gargantas lucen escapularios, Que, un látigo ocultando bajo sus largas ropas, Mezclan en las umbrías y solitarias noches, La espuma del placer al llanto del suplicio. Oh vírgenes, oh monstruos, oh demonios, oh mártires, De toda realidad desdeñosos espíritus, Ansiosas de infinito, devotas, satiresas, Ya crispadas de gritos, ya deshechas en llanto. Vosotras, a quien mi alma persiguió en tal infierno, ¡Hermanas mías!, os amo y os tengo compasión, Por vuestras penas sordas, vuestra insaciable sed y las urnas de amor que vuestro pecho encierra. *****

134. Las dos buenas hermanas
Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas, Pródigas de sus besos y ricas en salud Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren, Bajo la eterna siembra jamás fructificó. Al poeta siniestro, tara de las familias, Valido del infierno, cortesano sin paga, Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel, Un lecho que jamás la inquietud frecuentó Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias, Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas, Placeres espantosos y dulzuras horrendas. Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás? ¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante, A injertar tus cipreses en sus mirtos infectos? *****

136. Alegoría
Es una mujer bella y de espléndido porte, Que en el vino arrastrar deja su cabellera. Las garras del amor, los venenos del antro, Resbalan sin calar en su piel de granito. Se chancea de la muerte y del Libertinaje: Los monstruos, cuya mano desgarradora y áspera, Ha respetado siempre, en sus juegos fatales, La ruda majestad de ese cuerpo arrogante. Camina como diosa, posa como sultana; Una fe mahometana deposita en el goce y con abiertos brazos que los senos resaltan, Con la mirada invita a la raza mortal. Cree o, mejor aún, sabe, esta infecunda virgen, Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo,

Que la hermosura física es un sublime don Que de toda ignominia sabe obtener clemencia. Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora, Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche, Contemplará de frente el rostro de la Muerte, Como un recién nacido -sin odio ni pesar. *****

137. La Beatriz
En cenicientas tierras, sin verdor, calcinadas, Como yo me quejase a la Naturaleza, Y el puñal de mi mente, caminando al azar, Fuese afilando lento sobre mi corazón, Una gran nube oscura, de un temporal surgida, Que albergaba una tropa de viciosos demonios, Semejantes a enanos furiosos y crueles. Se volvieron entonces fríamente a mirarme, Y, como viandantes que se asombran de un loco, Los escuché entre sí reír y cuchichear Intercambiando señas y guiños expresivos: -«Contemplemos a gusto a esta caricatura, A esta sombra de Hamlet que su postura imita, Los cabellos al viento, la indecisa mirada. ¿No es en verdad penoso ver a tal vividor, A este pillo, a este vago, a este histrión perezoso, Que, porque representa con arte su papel, Pretende interesar, cantando sus pesares, Al águila y al grillo, al arroyo y las flores, E inclusive a nosotros, autores de esas rúbricas, A voces nos recita sus públicas tiradas?» Hubiera yo podido (alto como los montes Es mi orgullo y domina a diablos y nublados) Apartar simplemente mi soberana testa, Si no hubiera atisbado entre la sucia tropa, ¡Y este crimen no hizo tambalearse al sol! A la reina de mi alma de mirada sin par, Que con ellos reía de mi sombría aflicción, Haciéndoles, de paso, una obscena caricia. *****

138. La metamorfosis del vampiro
La mujer, entre tanto, de su boca de fresa Retorciéndose como una sierpe entre brasas Y amasando sus senos sobre el duro corsé, Decía estas palabras impregnadas de almizcle: «Son húmedos mis labios y la ciencia conozco De perder en el fondo de un lecho la conciencia, Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales. Y hago reír a los viejos con infantiles risas. Para quien me contempla desvelada y desnuda Reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas. Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites, Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos O cuando a los mordiscos abandono mi busto,

Tímida y libertina y frágil y robusta, Que en esos cobertores que de emoción se rinden, Impotentes los ángeles se perdieran por mí.» Cuando hubo succionado de mis huesos la médula y muy lánguidamente me volvía hacia ella A fin de devolverle un beso, sólo vi Rebosante de pus, un odre pegajoso. Yo cerré los dos ojos con helado terror y cuando quise abrirlos a aquella claridad, A mi lado, en lugar del fuerte maniquí Que parecía haber hecho provisión de mi sangre, En confusión chocaban pedazos de esqueleto De los cuales se alzaban chirridos de veleta O de cartel, al cabo de un vástago de hierro, Que balancea el viento en las noches de invierno. *****

140. El amor y el cráneo
Viñeta antigua Se sienta el Amor en el cráneo De la Humanidad, Y sobre tal solio el profano, Con risa procaz, Sopla alegremente redondas burbujas, Que en el aire suben, Como para juntarse a los mundos Al fondo del Éter. El globo luminoso y frágil En un amplio vuelo, Revienta y escupe su alma pequeña Como un áureo sueño. Y oigo al cráneo, a cada burbuja, Rogar y gemir: -«Este fuego feroz y ridículo, ¿Cuándo acabará? Pues lo que tu boca cruel Esparce en el aire, Monstruo asesino, es mi cerebro, ¡Mi sangre y mi carne!»

De "La muerte": 144. La muerte de los amantes
Poseeremos lechos colmados de aromas Y, como sepulcros, divanes hondísimos

E insólitas flores sobre las consolas Que estallaron, nuestras, en cielos más cálidos. Avivando al límite postreros ardores Serán dos antorchas ambos corazones Que, indistintas luces, se reflejarán En nuestras dos almas, un día gemelas. Y, en fin, una tarde rosa y azul místico, Intercambiaremos un solo relámpago Igual a un sollozo grávido de adioses. Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso, Los turbios espejos y las muertas llamas.

***** 146. La muerte de los artistas
¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir Y besarte la frente, triste caricatura? Para dar en el blanco, de mística virtud, Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar? En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos, Y más de un bastidor hemos de destruir, Antes de contemplar la acabada Criatura Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos. Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo, Escultores malditos que el oprobio marcó, Que se golpean con saña en el pecho y la frente, Sin más que una esperanza, !Capitolio sombrío! Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado, Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente. *****

147. El fin de la jornada
Bajo una pálida luz Corre, danza y se retuerce La Vida, impura y gritona. Tan pronto como a los cielos La gozosa noche asciende Y todo, hasta el hambre calma, Ocultando la vergüenza Se dice el Poeta: «¡Al fin! Mis vértebras, como mi alma, Codician dulce reposo; De fúnebres sueños lleno La espalda reclinaré Y rodaré entre tus velos, ¡Oh refrescante tiniebla!»

*****

148. Sueño de un curioso
a F. N. Conoces, tal mi caso, ese dolor sabroso, Y de ti haces que digan: «¡Qué ser tan singular!» -Iba a morir. Y había en mi alma amorosa, Deseo mezclado a horror, un raro sufrimiento; Angustia y esperanza, sin humor encontrado. Mientras más se vaciaba la arena ineluctable, Más deliciosa y áspera resultó mi tortura; Se desgajaba mi alma del mundo familiar. Y era como ese niño, ávido de espectáculos, Que odia el telón igual que se odia una barrera. Hasta que, al fin, la fría verdad se desveló: Sin sentirlo, había muerto, y la terrible aurora Me circundaba. -¡Cómo! ¿No es más que esto, al fin? El telón se había alzado y yo aguardaba aún. *****

150. Epígrafe para un libro condenado
Lector apacible y bucólico, Ingenuo y sobrio hombre de bien, Tira este libro saturniano, Melancólico y orgiástico. Si no cursaste tu retórica Con Satán, el decano astuto, ¡Tíralo! nada entenderás O me juzgarás histérico. Mas si de hechizos a salvo, Tu mirar tienta el abismo, Léeme y sabrás amarme; Alma curiosa que padeces Y en pos vas de tu paraíso, ¡Compadéceme!... ¡O te maldigo! *****

152. Proyecto de epílogo
Para la segunda ecición de "Las flores del mal" Tranquilo como un sabio, manso como un maldito, dije: Te amo, oh mi beldad, oh encantadora mía... Cuántas veces... Tus orgías sin sed, tus amores sin alma, Tu gusto de infinito Que en todo, hasta en el mal, se proclama,

Tus bombas, tus puñales, tus victorias, tus fiestas, Tus barrios melancólicos, Tus suntuosos hoteles, Tus jardines colmados de intrigas y suspiros, Tus templos vomitando musicales plegarias, Tus pueriles rabietas, tus juegos de vieja loca, Tus desalientos; Tus fuegos de artificio, erupciones de gozo, Que hacen reír al cielo, tenebroso y callado. Tu venerable vicio, que en la seda se ostenta, Y tu virtud risible, de mirada infeliz Y dulce, extasiándose en el lujo que muestra... Tus principios salvados, tus vulnerables leyes, Tus altos monumentos donde la bruma pende, Tus torres de metal que el sol hace brillar, Tus reinas de teatro de encantadoras voces, Tus toques de rebato, tu cañón que ensordece, Tus empedrados mágicos que alzan las fortalezas, Tus parvos oradores de barrocas maneras, Predicando el amor, y tus alcantarillas, pletóricas de sangre, En el Infierno hundiéndose como los Orinocos. Tus bufones, tus ángeles, nuevos en su oropel. Ángeles revestidos de oro, jacinto y púrpura, Sed testigos, vosotros, que cumplí mi deber Como un perfecto químico, como un alma devota. Porque de cada cosa la quintaesencia extraje, Tú me diste tu barro y en oro lo troqué.

Bribes:
Nota del traductor: Migajas Los fragmentos siguientes, fueron publicados por primera vez por Yves-Gerard le Dantec, en «Le Figaro» del 28-2- 31, a partir de una copia defectuosa obtenida por Féli Gautier. En 1934, tomando como base el manuscrito original, se insertaron de nuevo en un «Cahier JacquesDoucet». Tal manuscrito se encuentra, en efecto, en los fondos Doucet de la Bibliothèque Sainte-Genevieve, encartado en un ejemplar del tomo I de «Obras Completas», que perteneció a Nadar. Y.-G.le Dantec, señaló que cuatro títulos de entre los comprendidos estas «Migajas» ( término escogido por el propio Baudelaire ), se hallan en una lista tachada de poemas, destinados a la segunda edición de «Las flores del mal», la cual figuraba al dorso del manuscrito del poema «Sisina» : El Heautontimoroumenos -Dorotea -Spleen -Siete -¡Trinquemos, Satán! -Ni remordimientos, ni recuerdos -El mantenedor -La mujer salvaje -Condenación -El glotón -Orgullo -La cabellera (realizado) -El albatros (realizado) -Una pieza con versos recurrentes o estribillo cambiado. *****

153. Orgullo
Ángeles de oro vestidos, de púrpura y de jacinto. El genio y el amor son fáciles deberes. Amasé sólo barro y de él extraje oro Llevaba en la mirada el brío del corazón. En París, su desierto, viviendo a la intemperie, Fuerte como una bestia y libre como un Dios. *****

154. El glotón
Rumiando, yo me burlo de la gente famélica. Como un obús reventaría, Si no absorbiese como un chancro, Su mirada no era tímida ni indolente, Exhalaba, más bien, alguna ávida cosa, Y, como su nariz, expresaba la fiebre De artista ante la obra surgida de sus dedos. Tu juventud estará más llena de tormentas Que este estío de pupilas llenas de resplandor, Que sobre nuestras frentes se retuerce abrasado, Y, exhalando en la noche sus febriles alientos, Logra que de sus cuerpos se prenden las doncellas, Y enfrente del espejo, ¡oh estériles deleites! Admiren la sazón de su virginidad, Más veo en esos ojos, cargados de tormentas, Que no está hecha tu alma para las dulces fiestas, Y que belleza tal, sombría como el hierro, Es de aquellas que forjan y pulen los Infiernos, Para un día oficiar espantosas lujurias Y contristar el alma de humildes criaturas. Con su peso aplastando un enorme almohadón Un cuerpo allí lucía con un sopor muy dulce, Y su sueño, adornado de una feliz sonrisa ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... El surco de su espalda que estremecía el deseo. El aire estaba ungido de furor amoroso; Los insectos volaban a la lámpara, el viento Permanecía inmóvil en torno a las cortinas. Era una noche cálida, un baño juvenil. Gran ángel, que llevais sobre la fiera faz Lo sombrío del Infierno, desde donde ascendisteis; Domador dulce y fiero que me habéis enjaulado, Para recreación de vuestra crueldad, Pesadilla nocturna, sirena sin corsé, Que me arrastrais, maligna, siempre de pie a mi lado, Por mi sayal de santo o mi barba de sabio, Para darme el veneno de un descarado amor... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

*****

155. Condenación
El banco inextricable y duro, , El arduo pasadizo, el voraz maëlstrom Menos arena arrastran y menos broza impura Que nuestros corazones, donde se mira el cielo; Son como promontorios en el aire sereno, Donde el faro destella, centinela benéfico, Pero abajo minados por corrosivas lapas; Podríamos compararlos todavía al albergue, Del hambriento esperanza, donde golpean de noche, Jurando, heridos, rotos, solicitando asilo, Prelados y estudiantes, rameras y soldados. Nunca regresaran a las sucias alcobas; Guerra, ciencia y amor, nada nos necesita. El atrio estaba helado, infectos vino y lecho; ¡Hay que servir de hinojos a visitantes tales! maëlostrom: remolino y sima marítima que intermitentemente se forman en las costas de Noruega

Tres poemas de "Los despojos": 156. Sobre «El Tasso en prisión»
En su celda, el poeta, harapiento y enfermo, Teniendo un manuscrito bajo su pie convulso, Contempla con mirada inundada de pánico La escalera de vértigo donde su alma se abisma. Las risas enervantes que pueblan la prisión, Arrastran su razón a lo absurdo y lo extraño; La Duda lo rodea y el ridículo Miedo, Odioso y multiforme, circula en torno de él. Este genio encerrado en un antro malsano, Esas muecas y gritos, espectros cuyo enjambre Amotinado gira detrás de sus oídos, El soñador a quien el horror despertara, Tal es tu emblema, Alma de tenebrosos sueños, Que ahoga la Realidad entre sus cuatro muros. *****

157. A Theodore de Banville

De la Diosa empuñasteis la espesa cabellera, Con vigor tal, que todos os hubieran tomado, Al ver ese aire altivo y ese hermoso abandono Por un joven rufián que golpease a su amante. La mirada incendiada por un fuego precoz, Vuestro orgullo de artífice sin pudor exhibisteis, En esas construcciones, cuya audacia correcta, Anticipa los frutos de vuestra madurez. Poeta, nuestra sangre por cada poro escapa. ¿Tal vez por un azar, la veste del Centauro, Que cada vena en fúnebre arroyo transformó, Fue tres veces teñida en las sutiles lavas, De aquellos monstruosos reptiles vengativos, Que Hércules en su cuna un día estrangulara? *****

158. Puesta de sol romántica
Qué hermoso el sol parece cuando fresco se eleva, Dando los buenos días como en una explosión -Feliz aquel que puede, por el amor transido, Saludar al poniente, más glorioso que un sueño. ¡Lo recuerdo!... Yo he visto todo, flor, surco, fuente, Caer bajo su mirada como un corazón vivo... -Pronto, pronto, ya es tarde, vamos al horizonte Para atrapar al menos algún oblicuo rayo. Pero persigo en vano al Dios que se retira; La irresistible Noche establece su imperio, Negro, húmedo, funesto, roto de escalofríos; Un olor a sepulcro en las tinieblas boga, Y mi pie temeroso roza, junto al pantano, Sapos inesperados y babosas heladas. Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión

Conversación
¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa! Pero en mí, la tristeza asciende como el mar, Y en su reflujo deja en mis cansados labios, El punzante recuerdo de sus limos amargos. -Se desliza tu mano por mi agotado pecho; Lo que ella en vano busca, es un hueco asolado Por las feroces garras que esconde la mujer. Mi corazón no busques, fue pasto de las fieras.

Ahora es como un palacio saqueado por las turbas, Donde beben, se matan, se arrancan los cabellos. -Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!... ¡Tú lo quieres, Belleza, flagelo de las almas! Con tus ojos de fuego, como fiestas lujosas, ¡Calcina esos despojos que evitaron las fieras! Versión de Antonio Martínez Sarrión

Traducciones de otros autores:

A la que pasa
La avenida estridente en torno de mí aullaba. Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa, pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa Casi apartó las puntas del velo que llevaba. Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa, Me hizo beber crispado, en un gesto demente, En sus ojos el cielo y el huracán latente; El dulzor que fascina y el placer que destroza. Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza, Por tu brusca mirada me siento renacido. ¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido? ¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza. Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías. Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías. Versión de José Emilio Pacheco

Alegoría
Ésta es una mujer de rotunda cadera que permite en el vino mojar su cabellera. Las garras del amor , las mismas del granito. Se ríe de la muerte y la depravación, y, a pesar de su fuerte poder de destrucción, las dos han respetado hasta ahora, en verdad, de su cuerpo alto y firme la altiva majestad.

Anda como una diosa y tiende sultana, siente por el placer fe mahometana. Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos demanda la mirada de todos los humanos. Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!, necesaria, no obstante a la caterva inmunda, que la beldad del cuerpo es un sublime don que de cualquier infamia asegura el perdón. Ella ignora el infierno y purgatorio ignora, y mirará por eso, cuando le llegue la hora, la cara de la muerte en un tan duro momento, como un niño: sin odio sin remordimiento. Versión de María Fasce

El balcón
¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes! Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres! En ti revivirán los íntimos instantes y el sabor del hogar en los atardeceres, Madre de los recuerdos, ¡Reina de los Amantes! Las noches que doraba la crepitante lumbre, las noches del balcón entre un vaho de rosas, cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre y el frecuente decirnos inolvidables cosas en noches que doraba la crepitante lumbre. ¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas! ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío¡ Inclinado hacia ti, Reina de las amadas, respiraba el perfume de tu cuerpo bravío. Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas. En redor espesaba la noche su negrura y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas, yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno! ¡Oh dulzura! Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas, y en redor espesaba la noche su negrura. ¡Es de artistas fijar los minutos del gozo remirando el ayer sumido en tus rodillas! ¿A qué vano buscar encanto langoroso, de tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas? Es de artistas fijar los minutos del gozo. Juramentos, aromas, besos innumerables: renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas como soles que suben a cielos inefables después de sumergidos en las amargas ondas?

¡Oh aromas, juramentos! ¡Oh besos incontables! Versión de Carlos López Narváez

El enemigo
Mi juventud no fue sino oscura tormenta que rara vez el Sol cortó con luz brillante, trueno y lluvia ejercieron tan repetida afrenta que en mi jardín no existen los frutos incitantes. Yo que toqué el otoño del pensamiento azadas tendré que usar, rastrillos y palas poderosas, para juntar de nuevo las tierras inundadas donde los agujeros son grandes como fosas. Quién sabe si las nuevas flores que yo he soñado encontrarán en este territorio lavado el místico alimento que las vaya elevando! Oh dolor de dolor! Corre el tiempo, la vida, y el oscuro enemigo que nos va desangrando crece y se fortifica con la sangre perdida! Versión de Pablo Neruda

El extranjero
-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano? -Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo. -¿A tus amigos? -Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer. -¿A tu patria? -Ignoro en qué latitud está situada. -¿A la belleza? -Bien la querría, ya que es diosa e inmortal. -¿Al oro? -Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios. -Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero? -Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!

El gusto de la nada
¡Triste espíritu, antaño amante de la lucha, la Esperanza, cuya espuela excitaba tu ardor, no quiere ya montarte! Échate sin pudor, viejo caballo cuyas patas tropiezan en todos los obstáculos. Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto. ¡Espíritu vencido, extenuado! Para ti, viejo merodeador, el amor no tiene ya sabor, ni tampoco la lucha; ¡adiós, pues, cantos del metal y suspiros de la flauta!, ¡placeres, no tentéis ya a un corazón sombrío y gruñón! ¡La adorable Primavera ha perdido su olor! Y el Tiempo me devora minuto tras minuto, como la nieve inmensa a un cuerpo afectado por la rigidez; contemplo desde lo alto el globo de su redondez, y ya no busco en él el abrigo de una choza. Alud, ¿quieres arrastrarme en tu caída?

El perfume
Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado con morosa embriaguez, con avidez golosa el incienso que invade la nave silenciosa, o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado? ¡Oh mágico, profundo portento alucinado, presencia revivida de evocación brumosa, cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa de la sepulta imagen, del recuerdo adorado! Selváticos efluvios se propagan al vuelo del espeso y elástico madejón de su pelo, como un incensario que sahuma la alcoba. Y de las muselinas y el terciopelo oscuro de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro, negro aroma gemelo del lecho de caoba. Versión de: Carlos López Narváez

El reloj
Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era. El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a decírselo.» Pocos instantes después presentose de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.» Y así era en verdad. Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada. Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!» ¿Verdad, señora, que éste es un madrigal ciertamente meritorio y tan enfático como vos misma? Por de contado, tanto placer tuve en bordar esta galantería presuntuosa, que nada, en cambio, he de pediros.

El vampiro
Tú que, como una cuchillada; Entraste en mi dolorido corazón. Tú que, como un repugnante tropel De demonios, viniste loca y adornada, Para hacer de mi espíritu humillado Tu lecho y tu dominio. ¡Infame!, a quien estoy ligado Como el forzado a su cadena, Como al juego el jugador empedernido, Como el borracho a la botella, Como a la carroña los gusanos. -¡Maldita, maldita seas tú! Supliqué a la rápida espada Que conquistara mi libertad Y supliqué al pérfido veneno Que sacudiera mi ruindad. ¡Ay! el veneno y la espada. Me desdeñaron diciéndome:. -No eres digno de que se te libere De tu esclavitud maldita.

-¡Imbécil! -Si de su dominio Te libraron nuestros esfuerzos, Tus besos resucitarían El cadáver de tu vampiro. Versión de María Fasce

El vino de los amantes
¡Hoy es espléndido el espacio! Sin freno, ni espuelas, ni brida, Partamos a lomos del vino Hacia un cielo divino y mágico. Cual dos ángeles torturados Por implacable calentura En el cristal azul del alba Sigamos tras el espejismo. Balanceándonos sobre el ala Del torbellino inteligente, En un delirio paralelo, Hermana, navegando juntos, Huiremos sin reposo o tregua Al paraíso de mis sueños.

El «Yo pecador» del artista
¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor! Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito. ¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones. Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada intensidad. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vibraciones chillonas, dolorosas. Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva... ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido.

Embriáganse
Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense. Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán: “¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Invitación al viaje
Mi hermana, mi ser, sueña en el placer de juntar las vidas en tierra distante; y en un lento amar, amando expirar en aquel país a Ti semejante. Los húmedos soles de sus arreboles mi alma conturban con el mismo encanto de tus agoreros ojos traicioneros cuando resplandecen a través del llanto. Allá todo es rítmico, hermoso y sereno esplendor voluptuoso. Pulieron los años suntuosos escaños que serán la muelle pompa de la estancia donde los olores de exóticas flores vagan entre 'una ambarina fragancia. La rica techumbre, la ilímite lumbre que dan los espejos con magia oriental,

hablaran con voces de incógnitos goces al alma en su dulce lenguaje natal. Allá todo es rítmico, hermoso y sereno esplendor voluptuoso. Mira en las orillas las dormidas quillas de innúmera ruta, de sino errabundo: siervas de tu anhelo, su marino vuelo tendieron de todos los puertos del mundo. Ponentinos lampos revisten los campos, la senda, la orilla. Cárdeno capuz de oro y jacinto, por el orbe extinto difunde la tarde su cálida luz. Allá todo es rítmico, hermoso y sereno esplendor voluptuoso. Versión de Carlos López Narváez

La belleza
Yo soy bella, ¡oh mortales! , como un sueño de piedra. Mi seno -donde el hombre se desangra y expiraMudo, infinito amor al poeta le inspira, Coronada de rosas lo mismo que de yedra. Campea en el azul -esfinge impenetrable-: Bajo alburas de cisne llevo un alma de nieve; Odio los movimientos que las líneas remueve; Lo mismo ignoro el llanto que la risa inefable. Los poetas, absortos frente a mis actitudes -Que asumidas parecen de altivas magnitudesConsumirán sus días sondando las edades; Que tengo para embrujo de amadores tan fieles, -Espejos que trasmutan las guijas en joyelesMis ojos, grandes ojos, de eternas claridades. Versión de Carlos López Narváez

La desesperación de la anciana
La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella, viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos. Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables. Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la casa con sus aullidos. Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo: «¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aun a los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles cariño!»

La destrucción
El demonio a mi lado acecha en tentaciones; como un aire impalpable lo siento en torno mío; lo respiro, lo siento quemando mis pulmones de un culpable deseo con que, en vano, porfío. Toma a veces la forma, sabiendo que amo el arte, de la más seductora de todas las mujeres; con pretextos y antojos que no hecho a mala parte acostumbra mis labios a nefandos placeres. Cada vez más, me aleja de la dulce mirada de Dios, dejando mi alma jadeante, fatigada en medio de las negras llanuras del hastío. Y pone ante mis ojos llenos de confesiones, heridas entreabiertas, espantosas visiones... la destrucción preside este corazón mío. Versión de María Fasce

La estéril
Con su veste ondulante, de visos nacarados -aún cuando camina parece que danzaracual ágiles serpientes que en la mágica vara y en cadencias concitan los juglares sagrados; Como la arena fosca y el azul inclemente -una y otro impasibles ante el dolor humano; como la red sin fondo del artero océano, va desplegando Ella su mirar indolente.

Tersos, fingen sus ojos un metal agorero -amalgama de oro, gemas, lampos de acerosuma del ángel puro y la esfinge profunda, y en su naturaleza simbólica y extraña esplende para siempre, con su inútil entraña, la fría majestad de la hembra infecunda. Versión de Carlos López Narváez

La fuente de sangre
Creo sentir, a veces que mi sangre en torrente se me escapa en sollozos lo mismo que una fuente. Oigo perfectamente su queja dolorida, pero me palpo en vano para encontrar la herida. Corre como si fuera regando un descampado, y en curiosos islotes convierte el empedrado, apagando la sed que hay en toda criatura y tiñendo doquiera de rojo la Natura. A menudo también del vino he demandado que aplaque por un día mi terror. ¡Pero el vino torna el mirar más claro y el oído más fino. Tampoco en el amor el olvido he encontrado: ha sido para mí un lecho de alfileres, hecho para saciar la sed de las mujeres. Versión de Eduardo Ritter

La pipa
Soy la pipa de un escritor: dice bien claro mi pergeño de cafre, que tengo por dueño un refinado fumador. Al agobio de su labor se agita mi flabel risueño igual que el penacho hogareño a la vuelta del labrador. Mecer su corazón yo gusto

en el móvil azul arbusto nacido en mi boca de fuego. Y extiendo con mi beso ardiente sobre su espíritu doliente unción de encanto y de sosiego. Versión de Carlos López Narváez

La serpiente que danza
¡Cuánto gozo al mirar, dulce indolente, Tu corpóreo esplendor Como si fueran seda iridiscente Tu piel y su fulgor. Y sobre tu profunda cabellera De un ácido aromar -Cual un mar errabundo, sin ribera, En azul ondular; Como bajel que despertó del sueño Al viento matinal, Lanzo mi alma en soñador empeño Hacia el piélago astral. En tu mirada que nada revela De dulzura ni hiel, Mezcla de oro y hierro se congela Para el doble joyel. Mirando la cadencia con que avanzas Bella de lasitud, Dijéranse las serpentinas danzas Al ritmo del laúd. Agobiada de un fardo de molicie Tu cabeza infantil Se balancea como en la planicie Una leona febril. Y tu cuerpo se inclina y se distiende Como un ebrio bajel, Y va de borda en borda mientras hiende Las aguas su proel. Cual la onda engrosada por las fuentes Del rugidor glaciar , Cuando asoman al filo de tus dientes Espuma y pleamar, Creo beber un vino -sangre y llama, Sima y elevación-,

Un vino que me inunda, que me inflama De astros el corazón. Versión de Carlos López Narváez

64. Madrigal triste
¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste. Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto. Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto; la tormenta a las flores de frescura reviste. Eres más la que amo si la melancolía consterna tu mirada; si en lago de negrura tu corazón naufraga; si el ayer su pavura tiende sobre tus horas como nube sombría. Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte -tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda tu angustia con el trémulo presagio de la muerte. ¡Oh voluptuosidades profundas y divinas! ¡Salmo de los deleites entonado en sollozos! Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos con que las interiores penumbras iluminas. Tu corazón es fragua; la pasión insepulta como ascua inextinta, dispersa su destello; y bajo la celeste blancura de tu cuello un poco de satánica rebeldía se oculta. Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños pesadillas sin término, reflejos avernales, y en lívidas visiones de azufre mil puñales tajen tu carne ebria de filtros y beleños, y a todas las quimeras pávida esclavizada el augurio funesto mires a cada paso, y convulsa te acojas al letárgico abrazo del tedio irresistible que anuncia la alborada. Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa, decirme desde el antro de la noche morbosa, con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey! Versión de Carlos López Narváez

Recogimiento
Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena. Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está. Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena. Mientras la muchedumbre que se rinde al placer Su verdugo inclemente por las calles anhela Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela, Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver Que es posible escaparse de los ya muertos años Con sus antiguos trajes en el balcón celeste. Ya brotan, como salen del mar, los desengaños, Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza. Ahora, tal un sudario que desciende del este. Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza. Versión de José Emilio Pacheco

Remordimiento póstumo
Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa, tendida bajo el mármol de negro monumento y por tibia morada y por solo aposento tengas, no más, el antro húmedo de la fosa; Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa, y le robe a tus flancos su dulce rendimiento, acallará por siempre tu corazón violento, detendrá para siempre tu andanza vagarosa. La tumba, confidente de mi anhelo infinito (compasivo refugio del poeta maldito) a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos: "Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte"? Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos. Versión de Carlos López Narváez

73. Soneto de otoño
Me preguntan tus ojos, claros como el cristal, para ti, extraño amante, ¿cuál es mi atractivo? -¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, al que todo irrita excepto el candor del animal primitivo, no quiere descubrirte su secreto infernal. Berceuse cuya mano al dulce sueño invita, ni su negra leyenda escrita con llamas. ¡Odio la pasión y el ingenio me duele! Amémonos con dulzura. El amor en su garita, tenebroso, emboscado, blande su arco cruel. Conozco las armas de su perfecto arsenal. ¡Crimen, horror y locura! ¡Oh, pálida margarita! ¿Acaso, como yo, no eres tú un sueño otoñal, también tú, mi tan fría y pálida Margarita? Versión de María Fasce

Te adoro igual que a la bóveda nocturna...
Te adoro igual que a la bóveda nocturna, ¡oh vaso de tristeza, gran taciturna! Y te amo tanto más, bella, cuanto más me huyes; y cuanto más me pareces encanto de mis noches, irónicamente aumentar la distancia que separa mis brazos de la inmensidad azul. Avanzo en los ataques y trepo en los asaltos como junto a un cadáver un coro de gusanos, y amo tiernamente, bestia implacable y cruel, incluso tu frialdad, que aumenta tu belleza. Versión de María Fasce

Últimos suspiros de un parnasiano
Klop, klip, klop, klop, klip, klop. Desgranando gota a gota su rítmico sollozo, En los pilones de la fuente donde el agua duerme inmóvil, Un surtidor es el único en turbar la plácida y tranquila noche. Qué silencio! Se diría que este globo aletargado Sobre aterciopeladas olas hacia el infinito se desliza. Allá en lo alto, a miles de millones de lenguas acribillando el Espacio,

Peregrinos ahítos de las azules soledades, Ajenos a los mártires que sobre sus flancos pululan, Enredando sin fin sus orbe indolentes, -Oasis de miseria o cadáveres de mundosLas doradas esferas circulan errantes de concierto. Alma mía, olvidemos todo! Soltemos las riendas de oro A las contemplaciones que su vuelo despliegan, Las estrofas en mi seno permanecen alicaídas... Por qué razón someterlas a un metro rebelde! Nada quiero saber, el vértigo enervante Me arrulla en los pliegues de su abismo movedizo... Me fundo dulcemente... Estoy muerto, nada... ni siquiera la certeza De oír el surtidor puntuar gota a gota El eterno silencio de un rítmico sollozo. Klop, klip, klop, klop, klip, klop...

Un hemisferio en una cabellera
Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire. ¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus cabellos! Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música. Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana. En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el eterno calor. En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes. En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la no-che de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco. Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

De "Las flores del mal:
Versiones de Ignacio Caparrós (Ed. Alhulia. Colección "Crisálida", nº 20. Granada, 2001)

II- El albatros
Por divertirse a veces suelen los marineros cazar a los albatros, aves de envergadura, que siguen, en su rumbo indolentes viajeros, al barco que se mece sobre la amarga hondura. Apenas son echados en la cubierta ardiente, esos reyes del cielo, torpes y avergonzados, sus grandes alas blancas abaten tristemente como remos que arrastran a sus cuerpos pegados. ¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico! ¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco! ¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico, imita otro su vuelo con renqueo burlesco! El Poeta es semejante al príncipe del cielo que puede huir las flechas y el rayo frecuentar; entre mofas y risas exiliado en el suelo, sus alas de gigante le impiden caminar. *****

IV- Correspondencias
La creación es un templo donde vivos pilares hacen brotar a veces vagas voces oscuras; por allí pasa el hombre a través de espesuras de símbolos que observan con ojos familiares. Como ecos prolongados que a lo lejos se ahogan en una tenebrosa y profunda unidad, inmensa cual la noche y cual la claridad, perfumes y colores y sonidos dialogan. Laten frescas fragancias como carnes de infantes, verdes como praderas, dulces como el oboe, y hay otras corrompidas, gloriosas y triunfantes, de expansión infinita sus olores henchidos, como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe, que los éxtasis cantan del alma y los sentidos. *****

X- El enemigo
Mi juventud fue sólo tenebrosa tormenta, por rutilantes soles cruzada acá y allá; relámpagos y lluvias la hicieron tan violenta, que en mi jardín hay pocos frutos dorados ya. De las ideas hoy al otoño he llegado,

y rastrillos y pala ahora debo emplear para igualar de nuevo el terreno inundado, donde el agua agujeros cual tumbas fue a cavar. ¿Quién sabe si las flores nuevas que en sueño anhelo hallarán como playas en el regado suelo el místico alimento que les diera vigor? -¡Dolor!, ¡dolor! ¡El Tiempo, ay, devora la vida, y el oscuro Enemigo que roe nuestro interior con nuestra propia sangre crece y se consolida! *****

XIV- El hombre y la mar
¡Para siempre, hombre libre, a la mar tu amarás! Es tu espejo la mar; mira, contempla tu alma en el vaivén sin fin de su oleada calma, y tan hondo tu espíritu y amargo sentirás. Sumergirte en el fondo de tu imagen te dejas; con tus ojos y brazos la estrechas, y tu ardor se distrae por momentos de su propio rumor al salvaje e indomable resonar de sus quejas. Oscuros a la vez ambos sois y discretos: hombre, nadie sondeó el fondo de tus simas, tus íntimas riquezas, oh mar, a nadie arrimas, ¡con tan celoso afán calláis vuestros secretos! Y en tanto van pasando los siglos incontables sin piedad ni aflicción vosotros os sitiáis, de tal modo la muerte y la matanza amáis, ¡oh eternos combatientes, oh hermanos implacables! *****

XVII- La belleza
Bella soy, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra, y mi seno, que a todos siempre ha martirizado, para inspirar amor a los poetas medra a la materia igual, inmortal y callado. En el azul impero, incomprendida esfinge; al blancor de los cisnes uno un corazón frío; detesto el movimiento que a las líneas refringe, y nunca lloro como jamás tampoco río. Los poetas, al ver mis grandes ademanes, que parecen prestados de altivos edificios, consumirán sus días en austeros afanes; Pues, para fascinar a amantes tan propicios, tengo puros espejos que hacen las cosas bellas: ¡mis ojos, tan profundos, como eternas centellas! *****

XXXIII- Remordimiento póstumo
Cuando en el fondo duermas, mi bella tenebrosa, de una tumba de mármol denegrido construida, y ya tan sólo tengas por alcoba o guarida una cueva lluviosa y una profunda fosa; Cuando oprima la losa tu carne temblorosa y tus flancos doblados con encanto tendida, y el latir y el querer a tu pecho le impida, Y a tus pies el correr su carrera azarosa, La tumba, confidente de mi sueño infinito, (porque la tumba siempre comprenderá al poeta), en esas largas noches en que el sueño es proscrito, Te dirá: “¿De qué os sirve, cortesana indiscreta, lo que los muertos lloran no haber conocimiento?” -Y te roerá el gusano como un remordimiento. *****

LXVI- Los gatos
Los amantes fervientes y los sabios austeros adoran por igual, en su estación madura, al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros. Amigos de la ciencia y la sensualidad, al horror de tinieblas y al silencio se guían; los fúnebres corceles del Erebo serían, si pudieran al látigo ceder su majestad. Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes de alargadas esfinges, que en vastas latitudes solitarias se duermen en un sueño inmutable; Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas, y partículas de oro, como arena agradable, estrellan vagamente sus místicas pupilas. *****

LXXVII- Spleen
Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso, rico, pero impotente, joven, aunque achacoso, que, despreciando halagos de sus cien concejales, con sus perros se aburre y demás animales. Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón, ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón. La grotesca balada del bufón favorito no distrae la frente de este enfermo maldito; en cripta se convierte su lecho blasonado, y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado, no saben ya encontrar qué vestido indiscreto logrará una sonrisa del joven esqueleto. el sabio que le acuña el oro no ha podido extirpar de su ser el humor corrompido,

y en los baños de sangre que hacían los Romanos, que a menudo recuerdan los viejos soberanos, reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido. Versión de Ignacio Caparrós

Aloysius Bertrand
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Aloysius Bertrand

Nombre Nacimiento Defunción Seudónimo Ocupación Nacionalidad

Louis Jacques Napoléon Bertrand 20 de abril de 1807 Ceva, Italia 29 de abril de 1841 (34 años) París Aloysius Bertrand Poeta Italiano

Louis Jacques Napoléon Bertrand llamado artísticamente Aloysius Bertrand (20 de abril de 1807 en Ceva, Piamonte, Italia - † 29 de abril de 1841 en París). Escribió una colección de poemas titulados Gaspard de la nuit sobre la que el compositor Maurice Ravel escribió una suite del mismo nombre basada en los poemas, Scarbo, Ondine y Le Gibet. Introdujo el género literario conocido como el poema en prosa e inspiró a Charles Baudelaire, como el mismo autor lo indica en el prólogo de la obra al escribir Spleen de París, con la finalidad de describir la vida moderna de modo tan pintoresco como Gaspard de la Nuit lo hace con la vida medieval. Bertrand nació en Ceva, Piamonte, Italia y su familia se estableció en Dijon en 1814. Allí desarrolló un interés en la capital de Borgoña. Sus contribuciones a un diario local

le llevaron al reconocimiento por Victor Hugo y Charles Augustin Sainte-Beuve. Vivió en París brevemente con poco éxito. Regresó a Dijon y continuó escribiendo para los periódicos locales. Gaspard de la nuit fue vendido en 1836 pero no fue publicado hasta 1842 después de su muerte por tuberculosis. El libro fue redescubierto por Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé. Hoy se considera una obra clásica de la poesía y literatura fantástica.

Gaspar de la Noche [editar]
Gaspard de la nuit es la obra principal del autor; inaugura el género del poema en prosa, consta de seis partes que a su vez se subdividen en varios relatos. Abundan las metáforas y la fantasía en cada uno de los relatos, que nacen de las anécdotas muy peculiares de los personajes de la época. La elección del Consejo de Administración de la Wikimedia Foundation ha comenzado. Por favor vote.
[Contraer] [Ayúdanos traduciendo.]

Tristan Corbière
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Tristan Corbière

Nombre Nacimiento Defunción Seudónimo Ocupación Nacionalidad Movimientos

Édouard-Joachim Corbière 18 de julio de 1845 Bretaña 1 de marzo de 1875 (29 años) Bretaña Tristan Corbière Poeta Francés Simbolismo

Édouard-Joachim Corbière llamado Tristan Corbière (Coat-Congar de comuna francesa, Morlaix (Finisterre), 18 de julio de 1845 – 1 de marzo de 1875), donde vivió la mayor parte de su vida y donde fallecira de tuberculosis a la edad de 29 años. Fue un poeta donde su trabajo fue poco conocido hasta que Paul Verlaine lo incluyó en su prosa poética de Los poetas malditos (poètes maudits); pero la recomendación de Verlaine fue suficiente para llevar su trabajo a la luz pública y establecerlo como uno de los maestros reconocidos del Simbolismo. Su único trabajo publicado en vida apareció en Les amours jaunes, 1873. Es un libro de poemas en el que el lirismo descriptivo, el reflejo de la atracción que despertaron en el autor el océano y la tierra y la gente de Bretaña se unen a originales hallazgos formales, presididos por el sarcasmo, la crítica irónica y el espíritu de rebeldía. Este conjunto de sonetos aparenta mostrar la experiencia del autor en la Gran Capital de la literatura francesa: pero la verdad es que el poeta bretón Tristán Corbière (1845-1875) hace máquinas algo más complejas. El hablante parece identificarse con el protagonista de Le Négrier, la novela de su padre, dada su condición de hijo de oficial de marina (bretón) y una “bella criolla”, dando una señal clara (que la lectura del libro íntegro puede confirmar) de que Corbière quiso construir una especie de “alter ego” literario, pretensión que, como tantas otras, no logra llevar a cabo con la limpieza de un Grande (léase Hugo, Gautier, Baudelaire, etc...). La canción del epígrafe del Soneto III es tradicional y nostálgica, se llama À la claire fontaine. En el mismo soneto, nótese que el “manzanillo”, planta del Caribe, se había hecho proverbial en Europa: era tan venenoso que su sombra, tan sólo, ya mataba –el zinc de las barras de los bares tendría, claro, similares virtudes. En el Soneto VII, la tramontane es, por cierto, lo que en el Sur de Francia se llama mistral; quien sube a París es Frédéric Mistral (1830-1914), poeta provenzal que gozaba de una considerable fama (ya había publicado sus obras más resonantes: Miréio, en 1859, y Calendou, en 1867) –un excelente objeto de comparación (y de envidia, claro) para un bretón, que vendría del extremo norte a caer en la falsa capital. En este mismo soneto, Monsieur Vautour es un personaje de vodevil que encarna al propietario rapaz, que explota y persigue a los inquilinos; y para el mismo poema no se olvide que four, aparte de “horno, cocina” se puede traducir como fracaso teatral, fiasco. No deja de ser interesante cómo resonaba en el Verlaine que escríbía Les Poètes maudits el Soneto VIII (y en homenaje a él y a otras almas dejo con una rima falaz el verso final)... Se ha querido traducir el espíritu del texto, y de la forma más cercana e insidiosa: ya que el espíritu de estos textos incluye cierta violenta parodia de la rima, amor de Corbière a los órdenes subvertidos desde su aparente obsecuencia que también muestra su único y pulcramente organizado libro, Los amores amarillos. Se agradece a Fernando Pérez su sustanciosa colaboración: la ocurrencia proustiana es sin duda prodigiosa.

Paris I Bâtard de Créole et Breton, Il vient aussi là – fourmilière, Bazar où rien n’est en pierre, Où le soleil manque de ton. - Courage! On fait queue... Un planton Vous pousse à la chaîne – derrière! – ... Incendie éteint, sans lumière; Des seaux passent, vides ou non. – Là, sa pauvre Muse pucelle Fit le trottoir en demoiselle, Ils disaient: Qu’est-ce qu’elle vend? - Rien. – Elle restait là, stupide, N’entendant pas sonner le vide Et regardant passer le vent...

París I Bastardo de Criolla y de Bretón Viene él también aquí, a un hormiguero, bazar con nada de piedra hecho, y al sol le falta el color.. - ¡Coraje! Se hace fila... Un empujón Te lleva a la cadena: ¡atrás! Incendio apagado, que luz no da más, Y los baldes pasan, vacíos o no. Acá su pobre Musa doncellita Trabajó en la calle como señorita, Y decían: ¿Qué es lo que ella vende? - Nada-. Pasmada, se deja llevar Sin escuchar al vacío sonar, Mirando el viento, muda, indiferente.

II Là: vivre à coups de fouet! – passer En fiacre, en correctionelle; Repasser à la ritournelle, Se dépasser, et trépasser!... - Non, petit, il faut commencer Par être grand – simple ficelle – Pauvre: remuer l’or à la pelle; Obscur: un nom à tout casser!...

II ¡Aquí se vive a latigazos! -se pasa Entre carros y comisarías; Y se repasa con la melodía De ¡sobrepasa, traspasa!... - No, mi pequeño, se parte Por ser un grande -un truco fácil de hacerEntre los pobres: a la pala el oro recoger; Y oscuro: ¡un nombre que a todo desarme!...

Le coller chez les mastroquets, Et l’apprendre à des perroquets Qui le chantent ou qui le sifflent... - Musique! C’est le paradis Des mahomets et des houris, Des dieux souteneurs qui se giflent!

E ir a instalarlo en los bares, Y a los loros enseñarles A que lo canten o silben. - ¡Música! ¡El paraíso está aquí De los musulmanes y las hurís, De los bravos dioses cafiches!

III Je voudrais que la rose – Dondaine Fût encore au rosier, - Dondé Poète – Après?... Il faut la chose: Le Parnasse en escalier, Les Dégoûteux, et la Chlorose, Les Bedeaux, les Fous à lier... L’Incompris couche avec sa pose Sous le zinc d’un mancenillier; Le Naïf “voudrait que la rose, Dondé! fût encore au rosier!” “La rose au rosier, Dondaine!” - On a le pied fait à sa chaîne. “La rose au rosier”... – Trop tard! – “La rose au rosier”... – Nature! - On est essayeur, pédicure, Ou quelqu’autre chose dans l’art!

III Ay que la rosa estuviera -¡Dondén! En el rosal yo quisiera -¡Dondé! Poeta... ¿Y qué? Le falta aquella cosa... El Parnaso ha de escalar: Los Aburridos, las ojerosas, Los Gendarmes, Los Locos de atar... El incomprendido se tiende con actitud Bajo el zinc de un manzanillo en las bodegas, El Ingenuo: "Ay que la rosa estuviera, ¡Dondén! En el rosal yo quisiera!" "¡La rosa en el rosal quisiera!" - Tiene el pie justo para su cadena. "La rosa en el rosal"... - ¡Ya es muy tarde! "La rosa en el rosal"... - ¡Ay el Decoro! - ¡Se es ensayista, pedicuro, O cualquier otra cosa en el arte!

IV J’aimais... – Oh, ça n’est plus de vente! Même il faut payer: dans le tas, Pioche la femme! – Mon amante M’avait dit: “Je, n’oublierai pas...” ... J’avais une amante là-bas Et son ombre pâle me hante Parmi des senteurs de lilas... Peut-être Elle pleure... – Eh bien: chante, Pour toi tout seul, ta nostalgie, Tes nuits blanches sans bougie... Tristes vers, tristes au matin!... Mais ici... fouette-toi d’orgie! Charge ta paupière rougie, Et sors ton gran air de catin!

IV Yo amaba... - ¡Ay, pero eso ya no se vende! Y aún queda por pagar: ¡entre el montón, Busca a la mujer! - Mi amante Me dijo: "No te olvidaré yo, no..." Tenía yo una amante por allá Y me visita su pálida sombra En medio del aroma de un rosal Quizá Ella llora... - Y bien, canta ahora, Para ti solo tu melancolía, Tus noches blancas sin bujías... ¡Tus versos tristes de cada mañana! ¡Mas aquí, azótate de orgía, Recarga tus párpados rojos de llantería, Y sácate esa pinta tan proustiana!

V C’est la bohême, enfant: Renie Ta lande et ton clocher à jour, Les mornes de ta colonie Et les bamboulas au tambour. Chanson usée et bien finie, Ta jeunesse... Eh, c’est bon un jour!... Tiens: - C’est toujous neuf – calomnie Tes pauvres amours... et l’amour. Évohé! ta coupe est remplie!

V Es la bohemia, niño, reniega ya De tu páramo y tu campanil soleado, Las colinas en tu colonia, allá, Y las bamboulas del tambor al paso. Una canción usada y bien acabada, Eso fue tu juventud... ¡Buena por un día sólo! Vamos, siempre esto es nuevo: profana

Jette le vin, garde la lie... Comme ça. – Nul n’a vu le tour. Et qu’un jour le monsieur candide De toi dise – Infect! Ah splendide! – ... Ou ne dise rien. – C’est plus court

Tus pobres amores... y al amor. ¡Evohé! ¡tienes la copa llena! Arroja el vino, guarda la hez... Así se hace... Y nadie te vio. Y que un día el señor cándido Diga de ti: ¡Inmundo! ¡Ah, espléndido! O nada diga; más corto y mejor.

VI Évohé! fouaille la veine; Évohé! misère: Éblouir! En fille de joie, à la peine Tombe, avec ce mot-là. – Jouir! Rôde en la coulisse malsaine Où vont les fruits mal secs moisir, Moisir por un quart-d’heure en scène... - Voir les planches, et puis mourir! Va: tréteaux, lupanars, églises, Cour des miracles, cour d’assises: - Quarts-d’heure d’immortalité! Tu parais! c’est l’apothéose!!!... Et l’on te jette quelque chose: - Fleur en papier, ou saleté. –

VI ¡Evohé! Escarba la vena; ¡Evohé! ¡Miseria, a deslumbrar! Como una muchacha alegre, a la pena Cae, con la palabra gozar. Vaga por los bastidores malsanos Donde los frutos mal secos se van a podrir, Podrirse por un cuarto de hora en el escenario... ¡Ver las tablas, y después morir! Está bien: caballetes, lupanares, iglesias, Cortes de milagros o de justicia: - ¡Cuartos de hora de inmortalidad! ¡¡¡Y hete aquí en apoteosis!!! Y alguna cosa te toca: - Flores de papel, o suciedad.

VII Donc, la tramontane est montée:

VII Y así la tramontana ha remontado:

Tu croiras que c’est arrivé! Cinq-cent-millième Promethée, Au roc de carton peint rivé. Hélas: quel bon oiseau de proie, Quel vautour, quel Monsieur Vautour Viendra mordre à ton petit foie Gras, truffé?... pour quoi – Pour le four!... Four banal!... – Adieu la curée! – Ravalant ta rate rentrée, Va, comme le pélican blanc, En écorchant le chant du cygne, Bec-jaune, te percer le flanc!... Devant un pêcheur à la ligne.

¡Creerás que llegaste ahí! Prometeo número quinientos mil, Remachado en la roca de cartón pintado. ¡Lástima! ¡Qué buena ave de rapiña, Qué buitre, que Señor Buitre Vendrá con tu tripa a darse un convite De hígado con trufas? Así que... ¡A la cocina! ¡Una vulgar cocina!... - ¡Adiós a la presa! Consumiendo el pellejo arranca a traviesa, Como el pelícano blanco Desollando del cisne la cantata; ¡Con tu pico amarillo partiéndote los flancos!... Frente a un pescador a la caña.

VIII Tu ris. – Bien! – Fais de l’amertume, Prends le pli, Méphisto blagueur. De l’absinthe! et ta lèvre écume... Dis que cela vient de ton cœur. Fais de toi ton œuvre posthume, Châtre l’amour... l’amour – longueur! Ton poumon cicatrisé hume Des miasmes de gloire, ô vainqueur! Assez, n’est-ce pas? va-t’en! Laisse

VIII Te ríes... ¡Bien! Hazte el amargo, Toma el hábito, Mefisto de mentira: ¡El de la absinta! Y espumea tu labio... Di que tu corazón a ello te obliga. Haz de ti tu propia obra póstuma, Castra el amor... ¡nostalgia sólo el amor! Respira ya tu cicatrizado pulmón Las miasmas de la gloria, ¡oh vencedor! Ya es bastante, ¿no? ¡Ándate!

Ta bourse – dernière maîtresse – Ton revolver – dernier ami... Drôle de pistolet fini! ... Ou reste, et bois ton fond de vie, Sur une nappe desservie...

Deja Tu bolsa -la última querida-, Y tu revólver -el último amigo. ¡Se acabó el tonto de la pistolita! ... O quédate, y sobre una mesa sin mantel, Tu vida hasta el fondo bébete...

Paul Verlaine
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Paul Verlaine

Nombre Nacimiento Defunción Seudónimo Ocupación Nacionalidad Movimientos

Paul Marie Verlaine 30 de marzo de 1844 Francia, Metz 8 de enero de 1896, 51 años Francia, París Paul Verlaine Poeta francés Simbolismo

Paul Marie Verlaine, comúnmente llamado Paul Verlaine, (Metz, Francia, 30 de marzo de 1844 - † París, Francia, 8 de enero de 1896) fue un poeta francés, perteneciente al movimiento simbolista.

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1 Biografía 2 Influencia 3 Obras o 3.1 Poemas o 3.2 Prosa 4 Galería 5 Enlaces externos

Biografía [editar]
De familia perteneciente a la pequeña burguesía, su padre, como el de Arthur Rimbaud, era capitán de la armada. Hizo sus estudios en París, y llegó a trabajar en el ayuntamiento. Frecuentó los cafés y salones literarios parisinos, y en 1866 colaboró en el primer Parnaso contemporáneo publicando los Poemas saturnianos, influenciados por Baudelaire, aunque ya anunciaban el «esfuerzo hacia la Expresión, hacia la Sensación devuelta» (Carta a Mallarmé del 22 noviembre de 1866), propósito que desarrollaría en sus mejores obras. En el año 1869, las Fiestas galantes, fantasías evocadoras del siglo XVIII de Watteau, confirmaban esta orientación. En 1870, se casó con Mathilde Mauté, a quien le escribió La buena canción.

En el café, fotografiado por Dornac (Museo Carnavalet) Al año siguiente, la joven pareja empezó a vivir con los padres de Mathilde, fue entonces cuando Arthur Rimbaud aparece en su vida y la cambia completamente. Rimbaud se muda con ellos por invitación de Verlaine, el cual había descubierto el genio precoz del adolescente. Al poco tiempo ambos se hacen amantes y, después de que el comportamiento de Rimbaud escandalizara a los círculos literarios parisienses, Verlaine deja a su mujer y se va con el joven poeta a Londres y luego Bélgica. Durante estos viajes, escribe una gran parte de la colección Romanzas sin palabras En 1873, por consejo de su madre, Rimbaud decide terminar su relación amorosa con Verlaine, pero éste fuera de sí hiere de un tiro a Rimbaud y es condenado a dos años de prisión, que cumple en Bruselas y en Mons. Durante su estancia en la prisión elabora la base de un libro que no verá nunca la luz (Carcelariamente); su esposa obtiene la separación, tras un proceso iniciado en 1871. En prisión se convirtió al catolicismo, en la madrugada, escribió, de una «mística noche». De esta conversión data probablemente el abandono

de Carcelariamente y la idea de recopilar Sabiduría, que formará parte, con Antaño y hogaño (1884) y Paralelamente (1888), de una gran antología. Al salir de prisión, vuelve nuevamente a Inglaterra y después a Rethel, donde ejerce como profesor. En 1883, publica en la revista Lutèce la primera serie de los «poetas malditos» (Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud), que contribuye a darlo a conocer. Junto con Mallarmé, es tratado como maestro y precursor por los poetas simbolistas y decadentistas. En 1884, publica Antaño y hogaño, que marca su vuelta a la vanguardia literaria, aunque el libro estuviera compuesto fundamentalmente por poemas anteriores a 1874. A partir de 1887, a medida que su fama crece, cae en la más negra de las miserias. Sus producciones literarias de esos años son puramente alimentarias. En esta época pasa el tiempo entre el café y el hospital. En sus últimos años fue elegido «Príncipe de los Poetas» (en 1894) y se le otorga una pensión. Prematuramente envejecido, muere en 1896 en París, a los 51 años. Al día siguiente de su entierro, varios paseantes cuentan un hecho curioso: la estatua de la Poesía, ubicada en la plaza de la Ópera, perdió un brazo, que se rompió junto con la lira que sujetaba, en el momento en que el coche fúnebre de Verlaine pasaba por allí: Il pleure dans mon coeur Comme il pleut sur la ville; Quelle est cette langueur Qui pénètre mon coeur ...

Influencia [editar]
La influencia de Verlaine fue grande entre sus coetáneos, por ejemplo en Evelina, y no hizo más que crecer tras su fallecimiento, tanto en Francia como en el resto del mundo. En castellano, el modernismo no puede entenderse sin la figura de Verlaine. La obra de algunos grandes poetas del ámbito hispánico, como Rubén Darío, Manuel Machado o Pablo Neruda, son consecuencia directa o indirecta de la del poeta francés.

Obras [editar]
Poemas [editar]
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Poemas saturnianos (1866) Los amigos (1867) Fiestas galantes (1869) La Buena canción (1870) Romanzas sin palabras (1874) Sabiduría (1880) Antaño y hogaño (1884) Amor (1888) Paralelamente (1889) Dedicatorias (1890) Mujeres (1890) Hombres (1891) Sensatez (1891)

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Canción para ellas (1891) Liturgias íntimas (1892) Elegías (1893) Odas en su honor (1893) En los limbos (1894) Epigramas (1894) Ca (1896) Invectivas (1896) Biblio-sonetos (1913) Obras olvidadas (1926–1929).

Prosa [editar]
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Los poetas malditos (1884) Louise Leclercq (1886) Memorias de un viudo (1886) Mis hospitales (1891) Mis prisiones (1893) Quince días en Holanda (1893) Veintisiete biografías de poetas y literatos Confesiones (1895) Romanzas sin palabras Carcelariamente.

Galería [editar]

Caricatura de Retrato de Retrato de Verlaine por: Caricatura de Verlaine Verlaine por: Verlaine por: Eugène Carrière por: Félix Vallotton Edmond Aman-Jean Gustave Courbet

Busto de Verlaine por: Auguste de Caricatura de Niederhäusern, llamado Tumba de Verlaine Verlaine por: Rodo (1863-1913) Paterne Berrichon Jardín del Luxemburgo, París.

Le Coin de table por: Henri Fantin-Latour (1872) Verlaine y Arthur Rimbaud sentados a la izquierda.

Caricatura de Arthur Rimbaud por: Paul Verlaine.

Fábula o historia
10 de marzo de 1895 publicado en el poema

Poemas de Paul Verlaine:

Aria de antaño Canción de otoño El hogar y la lámpara de resplandor pequeño Green Las conchas Lasitud Mi sueño Mujer y gata Serenata Soñé contigo esta noche... Tú crees en el ron del café, en los presagios...
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Aria de antaño
"Son joyeux, importum, d'un clavecin sonore" Petrus Borel Lucen vagamente las teclas del piano a la luz del suave crepúsculo rosa, y bajo los finos dedos de su mano un aire de antaño canta y se querella en la diminuta cámara suntuosa en donde palpitan los perfumes de Ella. Un plácido ensueño mi espíritu mece mientras que el teclado sus notas desgrana; ¿por qué me acaricia, por qué me enternece esa canción dulce, llorosa e incierta que apaciblemente muere en la ventana a las tibias auras del jardín abierta...? Versión de Eduardo Castillo

Canción de otoño
Los sollozos más hondos del violín del otoño son igual que una herida en el alma de congojas extrañas sin final. Tembloroso recuerdo esta huida del tiempo que se fue. Evocando el pasado y los días lejanos lloraré.

Este viento se lleva el ayer de tiniebla que pasó, una mala borrasca que levanta hojarasca como yo. Versión de Carlos Fujol

El hogar y la lámpara de resplandor pequeño...
El hogar y la lámpara de resplandor pequeño; la frente entre las manos en busca del ensueño; y los ojos perdidos en los ojos amados; la hora del té humeante y los libros cerrados; el dulzor de sentir fenecer la velada, la adorable fatiga y la espera adorada de la sombra nupcial y el ensueño amoroso. ¡Oh! ¡Todo esto, mi ensueño lo ha perseguido ansioso, sin descanso, a través de mil demoras vanas, impaciente de meses, furioso de semanas! Versión de Luis Garnier

Green
Te ofrezco entre racimos, verdes gajos y rosas, mi corazón ingenuo que a tu bondad se humilla; no quieran destrozarlo tus manos cariñosas, tus ojos regocije mi dádiva sencilla. en el jardín umbroso mi cuerpo fatigado las auras matinales cubrieron de rocío; como en la paz de un sueño se deslice a tu lado el fugitivo instante que reposar ansío. Cuando en mis sienes calme la divina tormenta, reclinaré, jugando con tus bucles espesos, sobre tu núbil seno mi frente soñolienta, sonora con el ritmo de tus últimos besos. Versión de Víctor M. Londoño

Las conchas
Cada concha incrustada En la gruta donde nos amamos, Tiene su particularidad. Una tiene la púrpura de nuestras almas, Hurtada a la sangre de nuestros corazones, Cuando yo ardo y tú te inflamas; Esa otra simula tus languideces Y tu palidez cuando, cansada, Me reprochas mis ojos burlones; Esa de ahí imita la gracia De tu oreja, y aquella otra Tu rosada nuca, corta y gruesa; Pero una, entre todas, es la que me turba.

Lasitud
Encantadora mía, ten dulzura, dulzura... calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional; la amante, a veces, debe tener una hora pura y amarnos con un suave cariño fraternal. Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa; yo prefiero al espasmo de la hora violenta el suspiro y la ingenua mirada luminosa y una boca que me sepa besar aunque me mienta. Dices que se desborda tu loco corazón y que grita en tu sangre la más loca pasión; deja que clarinee la fiera voluptuosa. En mi pecho reclina tu cabeza galana; júrame dulces cosas que olvidarás mañana Y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa. Versión de Emilio Carrere

Mi sueño
Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante de una mujer ignota que adoro y que me adora,

que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora y que las huellas sigue de mi existencia errante. Se vuelve transparente mi corazón sangrante para ella, que comprende lo que mi mente añora; ella me enjuga el llanto del alma cuando llora y lo perdona todo con su sonrisa amante. ¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro. ¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro, el de virgen de aquellas que adorando murieron. Como el de las estatuas es su mirar de suave y tienen los acordes de su voz, lenta y grave, un eco de las voces queridas que se fueron... Versión de Nicolás Bayona Posada

Mujer y gata
La sorprendí jugando con su gata, y contemplar causóme maravilla la mano blanca con la blanca pata, de la tarde a la luz que apenas brilla. ¡Como supo esconder la mojigata, del mitón tras la negra redecilla, la punta de marfil que juega y mata, con acerados tintes de cuchilla! Melindrosa a la par por su compañera ocultaba también la garra fiera; y al rodar (abrazadas) por la alfombra, un sonoro reír cruzó el ambiente del salón... y brillaron de repente ¡cuatro puntos de fósforo en la sombra! Versión de Guillermo Valencia

Serenata
Como la voz de un muerto que cantara desde el fondo de su fosa, amante, escucha subir hasta tu retiro mi voz agria y falsa.

Abre tu alma y tu oído al son de mi mandolina: para ti he hecho, para ti, esta canción cruel y zalamera. Cantaré tus ojos de oro y de onix puros de toda sombra, cantaré el Leteo de tu seno, luego el de tus cabellos oscuros. Como la voz de un muerto que cantara desde el fondo de su fosa, amante, escucha subir hasta tu retiro mi voz agria y falsa. Después loare mucho, como conviene, A esta carne bendita Cuyo perfume opulento evoco Las noches de insomnio. Y para acabar cantaré el beso de tu labio rojo y tu dulzura al martirizarme, ¡Mi ángel, mi gubia! Abre tu alma y tu oído al son de mi mandolina: para ti he hecho, para ti, esta canción cruel y zalamera.

Soñé contigo esta noche...
Soñé contigo esta noche: Te desfallecías de mil maneras Y murmurabas tantas cosas... Y yo, así como se saborea una fruta Te besaba con toda la boca Un poco por todas partes, monte, valle, llanura. Era de una elasticidad, De un resorte verdaderamente admirable: Dios... ¡Qué aliento y qué cintura! Y tú, querida, por tu parte, Qué cintura, qué aliento y Qué elasticidad de gacela... Al despertar fue, en tus brazos, Pero más aguda y más perfecta, ¡Exactamente la misma fiesta! Versión de Víctor M. Londoño

Tú crees en el ron del café, en los presagios...
Tú crees en el ron del café, en los presagios, y crees en el juego; yo no creo más que en tus ojos azulados. Tú crees en los cuentos de hadas, en los días nefastos y en los sueños; yo creo solamente en tus bellas mentiras. Tú crees en un vago y quimérico Dios, o en un santo especial, y, para curar males, en alguna oración. Mas yo creo en las horas azules y rosadas que tú a mí me procuras y en voluptuosidades de hermosas noches blancas. Y tan profunda es mi fe y tanto eres para mí, que en todo lo que yo creo sólo vivo para ti.

Jean Nicolas Arthur Rimbaud (Charleville, 20 de octubre de 1854 – Marsella, 10 de noviembre de 1891) fue un poeta francés, adscrito unas veces al movimiento simbolista, junto a Mallarmé, y otras al decadentista, junto a Verlaine.

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1 Biografía o 1.1 Relación con Paul Verlaine o 1.2 Su vida posterior (1875–1891) 2 Obras 3 Obras en castellano 4 Influencia 5 Cine 6 Véase también 7 Referencias 8 Enlaces externos

Biografía [editar]
Nació en el seno de la clase media rural de Charleville-Mézières, en el departamento de las Ardenas, en el noreste de Francia, en la calle conocida hoy como Bérégovoy. Su padre, Frédéric Rimbaud, era capitán del ejército en la guarnición de Mézières y

participó en la campaña de Argelia, donde obtuvo la Legión de Honor. Se casó con Vitalie Cuif, una joven natural de Chuffilly-Roche, aldea cercana a Attigny, y se instalaron en Charleville. Tuvo con ella cinco hijos: Frédéric, Arthur, Victorine, Vitalie e Isabelle, antes de abandonar a su familia cuando Arthur tenía siete años. En la familia de Rimbaud se recuerda a la madre como una persona autoritaria, rígida educadora y con gran afán de respetabilidad. Prohibió a sus hijos jugar en la calle con los hijos de los obreros, y el domingo iban todos en fila a la iglesia cerrando la madre la marcha. Rimbaud detestaba la tiranía materna y se fugaba con frecuencia, pero siempre volvía al redil en Charleville donde, siendo todavía un jovenzuelo, se aburría mortalmente.

Caricatura de Rimbaud dibujada por Verlaine en 1872. Estudiante inquieto y burlón, era sin embargo superdotado y brillante: A los quince años ya había ganado todo tipo de premios de redacción y compuesto originales versos y diálogos en latín. Tras un concurso de composición latina sobre el tema de Yugurta, el profesor Desdouets dirá de él: «Nada banal germina dentro de esta cabeza. Será un genio del Mal o un genio del Bien». En 1870 conoció a un nuevo joven maestro de retórica, Georges Izambard, que se convirtió en su primer mentor literario; los originales versos en francés del poeta alcanzaron rápidamente una calidad máxima, dentro de una estética parnasiana. En una de sus frecuentes huídas, es posible que participase brevemente en la Comuna de París, en 1871, lo cual habría retratado en su poema L ´Orgie parisienne ou Paris se repeuple (La orgía parisina o París se repuebla). Probablemente fue víctima de un ataque sexual por parte de soldados comuneros borrachos. Su poema Le Coeur supplicié (El corazón torturado) así lo insinúa. Para entonces, su conducta se había vuelto caótica e irreverente; había comenzado a beber y se divertía conmocionando a los burgueses locales con sus vestimentas andrajosas, sus pintadas de «Muera Dios» en las iglesias y su cabello largo. La biografía de Rimbaud está bien documentada gracias a la conservación de sus cartas, cuyas ediciones han iluminado a todos los biógrafos. En una carta de 24 de mayo de 1870 enviada al representante de Le Parnasse Contemporain, Théodore de Banville,

Arthur, que sólo contaba entonces 15 años, afirma querer ser «parnasiano o nada». En su carta adjuntaba varios poemas, (Ophélie, Sensation, Soleil et chair), a fin de obtener su apoyo o el del editor Alphonse Lemerre. Al mismo tiempo escribía a Izambard y Paul Démenty sobre su método para lograr la trascendencia poética, o el poder visionario, a través de «una larga, inmensa y racional locura de todos los sentidos» (Les Lettres du Voyant, Las cartas del vidente).

Relación con Paul Verlaine [editar]
Rimbaud fue convencido por su amigo Charles Auguste Bretagne a escribirle una carta a Paul Verlaine, un eminente poeta simbolista, después de no haber obtenido respuesta de otros poetas.[1] Rimbaud envió a Verlaine dos cartas con varios de sus poemas, incluyendo el enigmático "Le Dormeur du Val" y "El barco ebrio". Verlaine quedó intrigado por el talento de Rimbaud y le respondió diciendo: "Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos". Junto a la carta mandó un boleto de tren a París.[2] Rimbaud llegó a finales de septiembre de 1871 atendiendo la invitación de Verlaine y pasó a vivir con Verlaine y su esposa.[3] Verlaine estaba casado con Mathilde Mauté, la cual tenía diecisiete años y estaba embarazada. En recopilaciones posteriores, Verlaine se expresó de Rimbaud como "Un joven con la cabeza de niño, con cuerpo adolescente aun en crecimiento y cuya voz, tenía altos y bajos como si fuera a quebrarse."[4] Rimbaud y Verlaine iniciaron rápidamente una tormentosa relación sentimental. Verlaine ya había tenido experiencias homosexuales antes, sin embargo, no se sabe si ésta era la primera de Rimbaud. Durante el tiempo que estuvieron juntos, llevaron una salvaje vida disoluta de vagabundos, embriagados de ajenjo y hachís. Así escandalizaron a la elite literaria parisina, indignada en particular por el comportamiento de Rimbaud, auténtico arquetipo del enfant terrible. A lo largo de este período continuó escribiendo sus contundentes y visionarios versos modernos. La tempestuosa relación homosexual entre Rimbaud y Verlaine los condujo a Londres en septiembre de 1872, abandonando el último de ellos a su esposa e hijo pequeño (a quienes solía maltratar en extremo durante las iras causadas por el alcohol). Rimbaud y Verlaine vivieron en una considerable pobreza en Bloomsbury y en Camden Town, viviendo de dar clases y de una pequeña mensualidad dada por la madre de Verlaine.[5] Rimbaud pasó sus días en el Museo Británico, donde "la calefacción, la iluminación, las plumas y la tinta eran gratis."[5] En julio de 1873, después de una pelea en extremo violenta en la mansión sita en el 1000 de la Rue de Brasseurs de Bruselas, Verlaine le disparó en la muñeca a Rimbaud. Temiendo por su vida, Rimbaud llamó a la policía. Verlaine fue arrestado y sometido a un humillante examen médico legal, luego de que se considerara la comprometedora correspondencia y las acusaciones de la esposa de Verlaine respecto de la naturaleza de la amistad entre los dos hombres. El juez fue inmisericorde y, a pesar de que Rimbaud retiró la denuncia, Verlaine fue condenado a dos años de prisión. Rimbaud regresó a Charleville y completó su Une Saison en Enfer (Una temporada en el infierno), en prosa, ampliamente reconocida como una de las obras pioneras del simbolismo moderno, y como una descripción de aquel drôle de ménage («pareja infernal»), cual fue la vida con Verlaine, su pitoyable frère («pesaroso hermano»), la vierge folle («la virgen demente») de quien él era l´époux infernale («el esposo infernal»). En 1874 regresó a Londres, en compañía del poeta Germaine Nouveau, y

terminó de escribir sus controvertidas Illuminations, que incluyen los primeros dos poemas franceses en verso libre.

Rimbaud en Harar en 1883

Su vida posterior (1875–1891) [editar]
Rimbaud y Verlaine se encontraron por última vez en 1875, en Alemania, luego de que éste recuperara la libertad y tras su simulada conversión al catolicismo. Pero este encuentro no salió del todo bien, tomando en cuenta el hecho de que Verlaine salió del sitio de la reunión con cortaduras de navaja en la cara. Para entonces Rimbaud había abandonado la escritura y había optado por una vida estable de trabajo, harto ya de su salvaje existencia anterior, según algunos han afirmado, o en razón de que había decidido volverse rico e independiente, para después poder ser un poeta y hombre de letras libre de penurias económicas, según especulan otros. Continuó viajando extensamente por Europa, mayormente a pie. En el verano de 1876, se enroló como soldado en el ejército holandés para viajar gratis a Java (Indonesia), donde rápidamente desertó, regresando a Francia en barco. Viajó a Chipre y, en 1880, finalmente se radicó en Adén (Yemen), como empleado de cierta importancia en la Agencia Bardey. Allí tuvo varias amantes nativas; por un tiempo vivió con una abisinia. En 1884 dejó ese trabajo y se transformó en mercader cuentapropista en Harar, en la actual Etiopía. Hizo una pequeña fortuna como traficante de armas; hasta que en su rodilla derecha se desarrolló una sinovitis que degeneró en carcinoma; lo cual le forzó a regresar a Francia el 9 de mayo de 1891, donde días después le amputaron la pierna. Finalmente murió en Marsella, el 10 de noviembre, a la edad de 37 años.

Obras [editar]
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Poésies (c. 1869-1873) Le bateau ivre (1871) Une Saison en Enfer (1873) Les illuminations (1874) Letters (1870-1891) Le Soleil Était Encore Chaud (1866) Proses Évangeliques (1872)

Obras en castellano [editar]
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Poesías y otros textos. Eds. Hiperión. Bilingüe. Traducción de Xoán Abeleira. Una temporada en el infierno. Eds. Hiperión. Bilingüe. Traducción de Xoán Abeleira. Iluminaciones y Cartas del vidente. Eds. Hiperión. Bilingüe. Traducción de Xoán Abeleira. Poemas. Mondadori Bolsillo. Traducción de Xoán Abeleira. Prometo ser bueno: cartas completas. Barril & Barral. Traducción de Paula Cifuentes.

Influencia [editar]

Los simbolistas. Verlaine y Rimbaud (sentados en la izquierda) Su influencia en la literatura moderna, en la música y en el arte es enorme. Rimbaud influyó en los siguientes artistas: en los poetas franceses posteriores en general, en los surrealistas, en los poetas beats, en Henry Miller, Anais Nin, William S. Burroughs, Pier Paolo Pasolini, Alejandro De Michele, Hugo Pratt, Mário Cesariny de Vasconcelos, Klaus Kinski, Patti Smith, Luis Alberto Spinetta, Bruce Chatwin, Penny Rimbaud, Jim Morrison, Cevladé, Mohamed, Bob Dylan, Kurt Cobain, Roby Draco Rosa, Richard Hell, Joe Strummer, entre otros muchos. Van Morrison escribió Tore Down a la Rimbaud. El escritor de terror Thomas Ligotti es afecto a la obra de Rimbaud. Los nadaistas colombianos,Alejandro De Michele, el poeta argentino que integrara el grupo Pastoral, acusó en sus comienzos una clara influencia de Rimbaud en obras como Tía Negra y Hoy, recién hoy. También en el dúo argentino Pedro y Pablo, los cuales en su disco Conesa, de 1972, hacen un versión adaptada del poema «Alba» del libro Iluminaciones, llamando al tema «El alba del estío». Sin embargo es sabido que la más

fiel seguidora de Rimbaud es la poetisa y reina del punk Patti Smith quien desde su juventud siguió su escuela, hasta ser condecorada por el gobierno francés como la poetisa del rock. También influyó en el decadentismo. Para Rimbaud, «el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos». Se trata de «registrar lo inefable» y para ello «es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras»; al mismo tiempo, «esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida».

Cine [editar]
Su relación sentimental con Verlaine en París y Londres fue llevada al cine el año 1995, en una notable película conocida en España Vidas al límite (título original: Total Eclipse), dirigida por la directora polaca Agnieszka Holland, con las interpretaciones de Leonardo Di Caprio en el papel de Rimbaud y David Thewlis en el de Verlaine. Dicha película está editada en DVD. Más recientemente, existe una nueva interpretación de Ben Whishaw en la película biográfica de Todd Haynes I'm Not There. Poemas de Arthur Rimbaud: A la música El ángel y el niño El baile de los ahorcados El sueño de Bismark (Fantasía) La brisa ¡La hemos vuelto a hallar!... Ofelia Primera velada Sensación Sol y carne Sueño para el invierno Sueño para el invierno (otra versión)
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A la música
Plaza de la Estación, en Charleville A la plaza que un césped dibuja, ralo y pobre, y donde todo está correcto, flores, árboles, los burgueses jadeantes, que ahogan los calores, traen todos los jueves, de noche, su estulticia. -La banda militar, en medio del jardín, con el vals de los pífanos el chacó balancea: -Se exhibe el lechuguino en las primeras filas y el notario es tan sólo los dijes que le cuelgan. Rentistas con monóculo subrayan los errores: burócratas henchidos arrastran a sus damas a cuyo lado corren, fieles como cornacas, -mujeres con volantes que parecen anuncios. Sentados en los bancos, tenderos retirados, a la par que la arena con su bastón atizan, con mucha dignidad discuten los tratados , aspiran rapé en plata , y siguen: «¡Pues, decíamos!...» Aplastando en su banco un lomo orondo y fofo, un burgués con botones de plata y panza nórdica saborea su pipa, de la que cae una hebra de tabaco; -Ya saben, lo compro de estraperlo. Y por el césped verde se ríen los golfantes, mientras, enamorados por el son del trombón, ingenuos, los turutas, husmeando una rosa acarician al niño pensando en la niñera... Yo sigo, hecho un desastre, igual que un estudiante, bajo el castaño de indias, a las alegres chicas: lo saben y se vuelven, riéndose, hacia mí, con los ojos cuajados de ideas indiscretas. Yo no digo ni mú, pero miro la carne de sus cuellos bordados, blancos, por bucles locos:

y persigo la curva, bajo el justillo leve, de una espalda de diosa, tras el arco del hombro. Pronto, como un lebrel, acecho botas, medias... -Reconstruyo los cuerpos y ardo en fiebres hermosas. Ellas me encuentran raro y van cuchicheando... -Mis deseos brutales se enganchan a sus labios...

El ángel y el niño
El nuevo año ha consumido ya la luz del primer día; luz tan agradable para los niños, tanto tiempo esperada y tan pronto olvidada, y, envuelto en sueño y risa, el niño adormecido se ha callado... Está acostado en su cuna de plumas; y el sonajero ruidoso calla, junto a él, en el suelo. Lo recuerda y tiene un sueño feliz: tras los regalos de su madre, recibe los de los habitantes del cielo. Su boca se entreabre, sonriente, y parece que sus labios entornados invocan a Dios. Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado: espía los susurros de un corazón inocente y, como colgado de su propia imagen, contempla esta cara celestial: admira sus mejillas, su frente serena, los gozos de su alma, esta flor que no ha tocado el Mediodía : «¡Niño que a mí te pareces, vente al cielo conmigo! Entra en la morada divina; habita el palacio que has visto en tu sueño; ¡eres digno! ¡Que la tierra no se quede ya con un hijo del cielo! Aquí abajo, no podemos fiamos de nadie; los mortales no acarician nunca con dicha sincera; incluso del olor de la flor brota un algo amargo; y los corazones agitados sólo gozan de alegrías tristes; nunca la alegría reconforta sin nubes y una lágrima luce en la risa que duda. ¿Acaso tu frente pura tiene que ajarse en esta vida amarga, las preocupaciones turbar los llantos de tus ojos color cielo y la sombra del ciprés dispersar las rosas de tu cara? ¡No ocurrirá! te llevaré conmigo a las tierras celestes, para que unas tu voz al concierto de los habitantes del cielo. Velarás por los hombres que se han quedado aquí abajo. ¡Vamos! Una Divinidad rompe los lazos que te atan a la vida. ¡Y que tu madre no se vele con lúgubre luto; que no mire tu féretro con ojos diferentes de los que miraban tu cuna; que abandone el entrecejo triste y que tus funerales no entristezcan su cara, sino que lance azucenas a brazadas, pues para un ser puro su último día es el más bello!» De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada... y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño, llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo. Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza, pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida. Murió... Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa, y ronda el nombre de su madre; y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace. Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tranquilo. Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal, rodea su frente de una luz celeste desconocida, atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.

¡Oh! con qué lágrimas la madre llora a su muerto ¡cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana! Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño, le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe. De pronto, resbalando en el aire, en tomo a la madre extrañada, revolotea con sus alas de nieve y a sus labios delicados une sus labios divinos.

El baile de los ahorcados
En la horca negra bailan, amable manco, bailan los paladines, los descarnados danzarines del diablo; danzan que danzan sin fin los esqueletos de Saladín. ¡Monseñor Belzebú tira de la corbata de sus títeres negros, que al cielo gesticulan, y al darles en la frente un buen zapatillazo les obliga a bailar ritmos de Villancico! Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles: como un órgano negro, los pechos horadados , que antaño damiselas gentiles abrazaban, se rozan y entrechocan, en espantoso amor. ¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza , trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio, ¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla! ¡Furioso, Belzebú rasga sus violines! ¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta! Todos se han despojado de su sayo de piel: lo que queda no asusta y se ve sin escándalo. En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro. El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas; cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla: parecen, cuando giran en sombrías refriegas, rígidos paladines, con bardas de cartón. ¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos! ¡y la horca negra muge cual órgano de hierro! y responden los lobos desde bosques morados: rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno... ¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos, un rosario de amor por sus pálidas vértebras: ¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! . Y de pronto, en el centro de esta danza macabra brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,

llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún, crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje con gritos que recuerdan atroces carcajadas, y, como un saltimbanqui se agita en su caseta, vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta. En la horca negra bailan, amable manco, bailan los paladines, los descarnados danzarines del diablo; danzan que danzan sin fin los esqueletos de Saladín.

La brisa
En su retiro de algodón, con suave aliento, duerme el aura: en su nido de seda y lana, el aura de alegre mentón Cuando el aura levanta su ala, en su retiro de algodón y corre do la flor lo llama su aliento es un fruto en sazón. ¡Oh, el aura quintaesenciada! ¡Oh, quinta esencia del amor! ¡Por el rocío enjugada, qué bien me huele en el albor! Jesús, José, Jesús, María. Es como el ala de un halcón que invade, duerme y apacigua al que se duerme en oración. Versión de Andrés Holguín

¡La hemos vuelto a hallar!...
¡La hemos vuelto a hallar! ¿Qué?, la Eternidad. Es la mar mezclada con el sol. Alma mía eterna, cumple tu promesa

pese a la noche solitaria y al día en fuego. Pues tú te desprendes de los asuntos humanos, ¡De los simples impulsos! Vuelas según.. Nunca la esperanza, no hay oriente. Ciencia y paciencia. El suplicio es seguro. Ya no hay mañana, brasas de satén, vuestro ardor es el deber. ¡La hemos vuelto a hallar! -¿Qué?- -La Eternidad. Es la mar mezclada con el sol. Versión de Umberto Toso

Ofelia
I En las aguas profundas que acunan las estrellas, blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio, flota tan lentamente, recostada en sus velos... cuando tocan a muerte en el bosque lejano. Hace ya miles de años que la pálida Ofelia pasa, fantasma blanco por el gran río negro; más de mil años ya que su suave locura murmura su tonada en el aire nocturno. El viento, cual corola, sus senos acaricia y despliega, acunado, su velamen azul; los sauces temblorosos lloran contra sus hombros y por su frente en sueños, la espadaña se pliega. Los rizados nenúfares suspiran a su lado, mientras ella despierta, en el dormido aliso, un nido del que surge un mínimo temblor... y un canto, en oros, cae del cielo misterioso. II ¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve, muerta cuando eras niña, llevada por el río! Y es que los fríos vientos que caen de Noruega te habían susurrado la adusta libertad.

Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena, en tu mente traspuesta metió voces extrañas; y es que tu corazón escuchaba el lamento de la Naturaleza –son de árboles y noches. Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo rompió tu corazón manso y tierno de niña; y es que un día de abril, un bello infante pálido, un loco miserioso, a tus pies se sentó. Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca! . Te fundías en él como nieve en el fuego; tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra. –Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul. III Y el poeta nos dice que en la noche estrellada vienes a recoger las flores que cortaste , y que ha visto en el agua, recostada en sus velos, a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.

Primera velada
Desnuda, casi desnuda; y los árboles cotillas a la ventana arrimaban, pícaros, su fronda pícara. Asentada en mi sillón, desnuda, juntó las manos. Y en el suelo, trepidaban, de gusto, sus pies, tan parvos. -Vi cómo, color de cera, un rayo con luz de fronda revolaba por su risa y su pecho -en la flor, mosca , -Besé sus finos tobillos. Y estalló en risa, tan suave, risa hermosa de cristal. desgranada en claros trinos... Bajo el camisón, sus pies -¡Basta, basta!» -se escondieron. -¡La risa, falso castigo del primer atrevimiento! Trémulos, pobres, sus ojos mis labios besaron, suaves: -Echó, cursi, su cabeza hacia atrás: «Mejor, si cabe...!

Caballero, dos palabras...»» -Se tragó lo que faltaba con un beso que le hizo reírse... ¡qué a gusto estaba! -Desnuda, casi desnuda; y los árboles cotillas a la ventana asomaban, pícaros, su fronda pícara. Versión de Andrés Holguín

Sensación
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, herido por el trigo, a pisar la pradera; soñador, sentiré su frescor en mis plantas y dejaré que el viento me bañe la cabeza. Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos: pero el amor sin límites me crecerá en el alma. Me iré lejos, dichoso, como con una chica, por los campos , tan lejos como el gitano vaga. Marzo de 1870 Versión de Andrés Holguín

Sol y carne
¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue! Porque el hombre ha terminado, el hombre representó ya todos sus papeles. En el gran día, fatigado de romper los ídolos, resucitará, libre de todos sus dioses, y, como es del cielo, escrutará los cielos. El ideal, el pensamiento invencible, eterno, todo el dios que vive bajo su arcilla carnal se alzará, se alzará, arderá bajo su frente. Y cuando le veas sondear el inmenso horizonte, vencedor de los viejos yugos, libre de todo miedo, te acercarás a darle la santa redención.

Espléndida, radiante, del seno de los mares, tú surgirás, derramando sobre el Universo con sonrisa infinita el amor infinito, el mundo vibrará como una inmensa lira bajo el estremecimiento de un beso inmenso... El mundo tiene sed de amor: tú la apaciguarás, ¡oh esplendor de la carne! , ¡oh esplendor ideal ¡Oh renuevo de amor, triunfal aurora en la que doblegando a sus pies los dioses y los héroes, la blanca Calpigia y el pequeño Eros cubiertos con nieve de las rosas las mujeres y las flores su bellos pies cerrados! Versión de L.S.

Sueño para el invierno 1
a ella... En el invierno viajaremos en un vagón de tren con asientos azules. Seremos felices. Habrá un nido de besos oculto en los rincones. Cerrarán sus ojos para no ver los gestos en las últimas sombras, esos monstruos huidizos, multitudes oscuras de demonios y lobos. Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño... un beso muy pequeño como una araña suave correrá por tu cuello... Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara -y tardaremos mucho en hallar esa araña, por demás indiscreta.

Sueño para el invierno (otra versión)
A ella En el invierno iremos en un vagoncito rosa con almohadones azules. Estaremos bien. Un nido de besos locos reposa en cada una de las blandas esquinas. Cerrarás los ojos para no ver a través del cristal hacer señas las sombras de la noche;

esas ariscas monstruosidades, populacho de negros lobos y negros demonios. Después sentirás tu mejilla rozada. Un leve beso, como una loca araña, te correrá por el cuello. Y me dirás: «Busca», inclinando la cabeza; y dedicaremos nuestro tiempo a encontrar ese animalito que viaja mucho.

Stéphane Mallarmé (París, 18 de marzo de 1842 – ibídem, 9 de septiembre de 1898) fue un poeta y crítico francés, uno de los grandes del siglo XIX, que representa la culminación y al mismo tiempo la superación del simbolismo francés. Fue antecedente claro de las vanguardias que marcarían los primeros años del siguiente siglo.

Contenido
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1 Biografía 2 Obra 3 Fragmento de Igitur 4 Obras 5 Traducciones 6 Véase también 7 Bibliografía 8 Enlaces externos

Biografía [editar]
Bautizado con el nombre Etienne Mallarmé, al perder a su padre en 1849, fue tutelado por sus abuelos. La muerte de su hermana María lo marcó profundamente. Estudió el bachillerato en Sens. En 1862, tras conocer a una joven alemana, Maria Gerhard, dejó su empleo para vivir con ella en Londres, con la idea de prepararse para ser profesor de inglés. Excluido del servicio militar en 1863, se casó en Londres con María el 10 de agosto y obtuvo su acreditación para enseñar inglés. En septiembre, fue nombrado jefe de estudios en el Instituto de Tournon; en 1866 la revista Parnasse Contemporain publicó diez poemas suyos; es un año que abre un periodo fundamental para él, porque durante una estancia en Cannes en casa de su amigo y corresponsal Eugène Lefébure empieza a dudar de sus convicciones estéticas primitivas; este periodo se cierra en 1869. Mobrado profesor en Besançon, comienza una correspondencia con Paul Verlaine. Consiguió el traslado al liceo de Aviñón y allí conoce el Movimiento Félibrige y entabla amistad con sus poetas en lengua provenzal: Théodore Aubanel, Joseph Roumanille y Frédéric Mistral, con quienes además mantuvo correspondencia; en 1867 logra el ansiado traslado al liceo Fontanes de París y, establecido en la capital, abre un famoso salón o tertulia. En 1876 lo pinta Édouard Manet, el mismo año en que da a conocer su poema L'après-midi d'un faune. Por entonces frecuenta a los poetas parnasianos Leconte de

Lisle y José-Maria de Heredia. Investigó el uso de la tipografía libre y el espacio en blanco en la poesía y el verso libre en su poema más audaz, Un coup de dés jamais n'abolira le hasard (Una tirada de dados jamás derogará el azar), de 1897. Al año siguiente (8 de septiembre de 1898) sufrió un fatal espasmo faríngeo mientras trabajaba en su poema Herodías y pidió a su ayudante y a su hija que destruyeran sus escritos diciendo: «No hay herencia literaria ahí...». A la mañana siguiente, murió. Durante años, sus veladas literarias fueron consideradas el centro de la vida intelectual parisina. Entre otros asistentes, cabe mencionar a los poetas alemanes Stefan George y Rainer Maria Rilke, a los franceses Paul Verlaine y Paul Valéry, a los novelistas André Gide e Huysmans y al lírico irlandés W. B. Yeats. Con dos amigos intercambió una caudalosa correspondencia: Henri Cazalis (conocido entre los parnasianos con el sobrenombre de Jean Lahor) y Eugène Lefébure, apasionado por la poesía y el ocultismo, que se haría muy célebre como egiptólogo. El músico del impresionismo Claude Debussy compuso en 1892 una pieza de orquesta sobre su poema La siesta de un fauno, y el también impresionista Maurice Ravel musicó poemas suyos en Trois poèmes de Stéphane Mallarmé (1913); a estos hay que agregar los compositores Darius Milhaud (Chansons bas de Stéphane Mallarmé, 1917) y Pierre Boulez (Pli selon pli, 1957-62). José Lezama Lima, Poeta y escritor cubano estudioso y admirador de Mallarmé escribió: «... es, con Arthur Rimbaud, uno de los grandes centros de polarización poéticos, situado en el inicio de la poesía contemporánea y una de las aptitudes más enigmáticas y poderosas que existen en la historia de las imágenes. Sus páginas, y el murmullo de sus timbres serán algún día alzados, para ser leídos por los dioses».

Obra [editar]
En un principio la obra poética de Mallarmé mostró la huella de tres contemporáneos ilustres a los que reconoció como maestros: Théophile Gautier, Théodore de Banville y, sobre todo, Charles Baudelaire. Pero pronto soltó amarras y se mostró autor de una obra poética tan breve como ambiciosa. El oscuro y esteticista Mallarmé inició, en la segunda mitad del siglo XIX, una renovación de la poesía cuya influencia se siente hasta nuestros días y que acabaría por trascender su Simbolismo inicial en una estética más ambiciosa, el Impresionismo, que continuarían el orfismo de discípulos suyos como Rainer María Rilke o la poesía pura de Paul Valéry. Divulgó su nueva poética a través de la tertulia que mantenía en su casa, por ejemplo la introducción del verso libre y la construcción del poema alrededor de un símbolo central. Fue uno de los pioneros del Decadentismo francés. Dueño de una sintaxis experimental, cuyo hipérbaton mezclaba construcciones inglesas y latinas, y de un ritmo y vocabulario poco comunes, Mallarmé creó poemas cerrados en sí mismos, lejos de cualquier realismo, donde el sentido proviene de las resonancias. En su poesía las sonoridades y los colores juegan un rol tan importante como los sentidos cotidianos que tienen las palabras, lo cual hace su traducción realmente difícil. Según algunos autores, Mallarmé es el creador de un impresionismo literario (escribió que su intención era "pintar no la cosa, sino el efecto que produce", por lo cual el verso no debía componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación. Junto con otros poetas, tales como Arthur Rimbaud, fue incluido en el libro Los poetas malditos de Paul Verlaine.

Fragmento de Igitur [editar]
Es el sueño puro de una medianoche, desaparecida en sí misma, cuya Claridad reconocida, que permanece sola en su realización sumergida en la sombra, resume su esterilidad en la palidez de un libro abierto que la mesa ofrece; página y decorado común de la Noche, si es que aún subsiste el silencio de una antigua palabra proferida por él, en la que, volviendo, la Medianoche evoca su sombra acabada y ausente con estas palabras: Yo fui la hora que debe purificarme.

Obras [editar]
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Herodías (1864) Preludio a la siesta de un fauno (L'après-midi d'un faune, 1865), que sirvió de inspiración a Claude Debussy para su pieza musical homónima. Los dioses antiguos (Les Dieux Antiques, 1879) Divagaciones (Divagations1897) Una tirada de dados jamás abolirá el azar (Un coup de dés jamais n'abolira le hasard, 1897), su última obra y la más experimental.

Traducciones [editar]
El estilo de Mallarmé, particularmente difícil de trasvasar a otra lengua, exige mucho del traductor y con frecuencia ha de prescindir de la rima para poder acomodar mejor la forma, aunque Alfonso Reyes consiguió buenos resultados con los poemas breves conservando la rima. Por el verso suelto optaron Octavio Paz, Rosa Chacel y Pilar Gómez Bedate.

Poemas de Stéphan Mallarmé: Angustia Angustia Aparición Brisa marina Herodías La siesta de un fauno La tumba de Edgar Poe Las cuatro estaciones
1. Resurgir 2. Tristeza de verano 3. Suspiro (Otra versión)

4. Invierno

Soneto
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Georgia

Angustia
Hoy no vengo a vencer tu cuerpo, oh bestia llena de todos los pecados de un pueblo que te ama, ni a alzar tormentas tristes en tu impura melena bajo el tedio incurable que mi labio derrama. Pido a tu lecho el sueño sin sueños ni tormentos con que duermes después de tu engaño, extenuada, tras el telón ignoto de los remordimientos, tú que, más que los muertos, sabes lo que es la nada. Porque el Vicio, royendo mi majestad innata, con su esterilidad como a ti me ha marcado; pero mientras tu seno sin compasión recata un corazón que nada turba, yo huyo, deshecho, pálido, por el lúgubre sudario obsesionado, ¡con terror de morir cuando voy solo al lecho! Versión de Andrés Holguín

Angustia (Otra versión)

Yo no vengo esta noche para vencer tu cuerpo, en el que están los pecados de un pueblo ni para, en tu impuro cabello, alzar tormenta bajo el fastidio incurable .que destilan mis besos. Pido a tu lecho el pesado sueño sin fantasmas deslizándose a través de las cortinas ignoradas del remordimiento, que tú puedes saborear después de tus negras mentiras. Tú que sobre la nada sabes más que los muertos. Pues el vicio, royendo mi nativa nobleza, me ha marcado, como a ti, con el sello de la esterilidad; mas en tanto que tu seno de piedra lo habita un corazón que la garra de ningún crimen hiere, yo huyo, pálido, deshecho, obsesionado por mi sudario, temiendo morir cuando duermo solo. Versión de L. S.

Aparición
La luna se entristecía. Serafines llorando sueñan, el arquillo en los dedos, en la calma de las flores vaporosas, sacaban de las lánguidas violas blancos sollozos resbalando por el azul de las corolas, Era el día bendito de tu primer beso. Mi ensueño que se complace en martirizarme se embriagaba sabiamente con el perfume de tristeza Que incluso sin pena y sin disgusto deja el recoger de su sueño al corazón que lo ha acogido. Vagaba, pues, con la mirada fija en el viejo enlosado, cuando con el sol en los cabellos, en la calle y en la tarde, tú te me apareciste sonriente, y yo creí ver el hada del brillante sombrero, que otrora aparecía en mis sueños de niño mimado, dejando siempre, de sus manos mal cerradas, cien blancos ramilletes de estrellas perfumadas. Versión de L. S.

Brisa marina
Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste. ¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan entre el cielo y la espuma. Nada de lo que existe,

ni los viejos jardines que los ojos reflejan, ni la madre que, amante, da leche a su criatura, ni la luz que en la noche mi lámpara difunde sobre el papel en blanco que defiende su albura retendrá al corazón que ya en el mar se hunde. ¡Yo partiré! ¡Oh, nave, tu velamen despliega y leva al fin las anclas hacia incógnitos cielos! Un tedio, desolado por la esperanza ciega, confía en el supremo adiós de los pañuelos. Y tal vez, son tus mástiles de los que el viento lanza sobre perdidos náufragos que no encuentran maderos, sin mástiles, sin mástiles, ni islote en lontananza... Corazón, oye cómo cantan los marineros! Versión de Andrés Holguín

Herodías
(Escena)

La nodriza - Herodías
Nodriza ¡Vives! ¿O aquí la sombra miro de una princesa? A mis labios tus dedos, sus anillos, y cesa de andar por ignoradas edades... Herodías Detente. De mis inmaculados cabellos el torrente rubio, al bañar mi cuerpo solitario, lo hiela de horror, y mis cabellos, que la luz encarcela, son inmortales. Un beso me mataría si la belleza no fuera la muerte... ¿Guía qué imán, y cuál mañana que olvidan los videntes vuelca su triste luz en ocasos murientes, lo sé yo? Tú me has visto, mi nodriza invernal, bajo prisión de piedras y de duro metal donde arrastran leones viejos siglos arcanos entrar, mientras venía, fatal, puras las manos En el desierto aroma de estos reyes vetustos; ¿pero es que viste acaso cuáles fueron mis sustos? Me detengo en exilios soñando; se deshojan como al pie de una fuente cuyas linfas me acojanyertos lirios en mí, mientras, con vivoos ojos que ven cómo descienden los lánguidos despojos, en silencio, leones mis ensueños turbando apartan la indolencia de mis ropajes, cuando miran cómo mis pies pueden calmar el mar. Tráta tú las angustias seniles de calmar, ven, y que mis cabellos imiten las maneras

hoscas, que a ti dan miedo, de equinas cabelleras; ayúdame, que asi mirarte no te dejo, a peinarme indolentemente frente a mi espejo. Nodriza ¿Si no la alegre mirra, en redomas guardada, de la esencia a vejeces de las rosas raptada quisieras, hija mia, comprobar la virtud fúnebre? Herodías ¡De perfumes basta! ¿No sabes tú que los odio, nodriza? ¿Buscas luego que sienta su embriaguez inundar mi frente macilenta? Quiero que mis cabellos, así no sean flores para esparcir olvido de humanos sinsabores sino el oro, por siempre virgen de las fragancias en sus crueles relámpagos y en sus lívidas ansias observen el helor estéril del metal, reflejándoos, gemas del baluarte natal, armas, vasos de días solos de mi niñez. Nodriza Perdón! Vuestra defensa la edad borró tal vez, De mi espíritu pálido cual negro libro, o viejo; Herodías ¡Basta! Ten frente a mí este espejo ¡oh espejo! agua fría que el tedio logró ver congelada, que a veces, y durante las horas, desolada de los sueños, buscando mis memorias, lo mismo que las hojas debajo de su profundo abismo. En ti me aparecí como sombra lejana, mas, ¡horror! por las noches en tu adusta fontana vi del disperso sueño la desnuda beldad. Nodriza, ¿bella soy'? Nodriza Un astro, a la verdad mas esta trenza cae... Herodías Que congelada va mi sangre hacia su fuente, y esta impiedad famosa del gesto; ¿cuál endriago seguro te abalanza sobre el siniestro halago? El beso y los perfumes brindados, corazón, y la mano, sacrílega siempre, el día son (conmoverme buscabas sin duda) que no habría de morir en la torre sin desventura. ¡Oh día, oh día que Herodías con estupor observa! Nodriza ¡Tiempo extraño, en efecto, de qué el cielo os preserva! Erráis, oh sombra sola, renovado furor, y contemplando en vos precoz, y con horror pero siempre adorable como un sér inmortal, oh mi niña, y hermosa terriblemente, tal como...

Herodías Nodriza

¿Mas no queréis conmoverme?

Quería ser a quien el Destino los secretos confía. Herodías ¡Oh, cállate! Nodriza Herodías ¿No me oís? Nodriza ¡Pero cómo, sino en medio de oscuras amenazas, pensar más implacable, en tanto, y como al dios pidiendo que el espléndido encanto de vuestra gracia espera! ¿Para quién, devorada de angustias, conserváis la elación ignorada y el misterio que oculta vuestro sér? Herodías Para mí. Nodriza Triste flor que impasible crecer a solas vi, vana sombra en el agua vista con atonía. Herodías Vete, y tu compasión guárda con tu ironía. Nodriza Sin embargo, explicad: ingenua niña mía, este triunfal desdén ha de amainar un día. Herodías ¿Mas quién me tocará, de leones temida? Además, nada humano deseo, y esculpida, si al paraíso ve que mi mirada ha errado, es que recuerdo un día tu leche haber gustado. Nodriza ¡Víctima lamentable que al Destino se ofrece! Herodías ¡Sí, para mí, desierta, mi juventud florece! Ya lo sabéis, jardines de amatista, anegados sin término en sapientes abismos deslumbrados. Oros ignotos, luz que antigua persevera bajo el sueño sombrío de una tierra primera, joyas en que mis ojos, como gemas lustrales, beben su claridad melodiosa; metales que un esplendor fatal dáis a mi cabellera juvenil, y a su torva majestad altanera. En cuanto a ti, mujer nacida en horas vanas, y para la maldad de las grutas arcanas, Estrellas puras, ¿Vendría quizás?

¡y que hablas de un mortal! Según que, si en mis vestes, los cálices, aroma de delicias agrestes, daban a mi desnudo cándida conmoción. Sibila que, si el tibio azur de la estación, tras él, nativamente descubre la doncella me mira en mi pudor titilante de estrella, ¡muero! Gusto el horror de ser virgen; quisiera vivir entre el terror que da mi cabellera para, cuando en la noche retirada, serpiente inviolada, sentir en la carne impotente tu pálido fulgor, tu mate claridad, tú, que vives y mueres y ardes de castidad, ¡noche blanca de hielos y de nieve crüel! Tú, solitaria hermana, mi eterna hermana fiel, Hacia ti volará mi sueño con la rara Virtud de un corazón que así lo consagrara, En mi patria monótona sola vedme. En redor De mí, todo en el culto vive del resplandor De un cristal que en su calma sabe copiar radiante A Herodías de clara mirada de diamante. ¡Sí! Sé que sola estoy, ¡oh encanto postrimer! Nodriza ¿Señora, ansiáis entonces morir? Herodías No, pobre sér, cálma, y si mi rigor has de olvidar, ¡abur! Mas antes los postigos ciérra, pues el azur seráfico sonríe tras las vidrieras hondas, y yo detesto el bello azur! ¿En ondas que allá se mecen, sabes acaso de un lugar donde el siniestro espacio tenga el torvo mirar de Venus, que en las frondas fulgura en el Ocaso? Allí voy. Pero enciénde (pueril lo ves acaso) la cera de estas hachas que con llama ligera llora entre el oro vano su congoja extranjera. Nodriza ¿Y bien? Herodías Adiós entonces. ¡Mientes, desnuda flor de mis labios! Yo siento venir ignoto amor o bien, de tus clamores y el misterio ignorante, un supremo sollozo lanzas, agonizante,

de una infancia que siente cómo, en sus fantasías, se separan por fin sus yertas pedrerías. Versión de Otto de Greiff

La siesta de un fauno
(Égloga) El Fauno: Estas ninfas quisiera perpetuar. Que palpite su granate ligero, y en el aire dormite en sopor apretado. ¿Quizás un sueño amaba? Mi duda, en oprimida noche remota, acaba en más de una sutil rama que bien sería los bosques mismos, al probar que me ofrecía como triunfo la falta ideal de las rosas. Reflexionemos... ¡Si las mujeres que glosas un deseo figuran de tus locos sentidos! Se escapa la ilusión de los ojos dormidos y azules, cual llorosa fuente, de la más casta; ¡mas, la otra, en suspiros, dices tú que contrasta como brisa del día cálido en tu toisón! ¡Que no! que por la inmóvil y lasa desazón -el sol con la frescura matinal en reyertano murmura agua que mi flauta no revierta al otero de acordes rociado; sólo el viento fuera de los dos tubos pronto a exhalar su aliento en árida llovizna derrame su conjuro; es, en la línea tersa del horizonte puro, el hálito visible y artificial, el vuelo con que la inspiración ha conquistado el cielo. Sicilianas orillas de charca soporosa que al rencor de los soles mi vanidad acosa, tácita bajo flores de centellas, DECID: "Que yo cortaba juncos vencidos en la lid "por el Talento; al oro glauco de las lejanas "verduras consagrando su viña a las fontanas, "ondea una blancura animal en la siesta; "y que al preludio lento de que nace la fiesta, "vuelo de cisnes, ¡No! de náyades, se esquive " "o se Sumerja... Fosca, la hora inerte avive sin decir de qué modo sutil recogerá húmenes anhelados por el que busca el LA: me erguiré firme entonces al inicial fervor, recto, bajo oleadas antiguas de fulgor, ¡Lis! uno de vosotros para la ingenuidad.

Sólo esta nada dócil, oh labios, propalad, beso que suavemente perfidias asegura. Mi pecho, virgen antes, muestra una mordedura misteriosa, legado de algún augusto diente; ¡Y basta! arcano tal buscó por confidente junco gemelo y vasto que al sol da su tonada que, desviando de sí mejilla conturbada, sueña, en un solo lento, tramar en ocasiones la belleza en redor, quizá por confusiones falsas entre ella misma y nuestra nota pura; y de lograr, tan alto como el amor fulgura, desvanecer del sueño sólito de costado o dorso puro, por mi vista ciega espiado, una línea vana, monótona y sonora. ¡Quiére, pues, instrumento de fugas, turbadora siringa, florecer en el lago en que aguardas! Yo, en mi canto engreído, diré fábulas tardas de las diosas; y por idólatras pinturas, a su sombra hurtaré todavía cinturas: así cuando a las vides la claridad exprimo, por desechar la pena que me conturba, mimo risas, alzo el racimo ya exhausto, al sol, y siento cuando a las luminosas pieles filtro mi aliento, mirando a su trasluz un ávida embriaguez. Oh ninfas, los RECUERDOS unamos otra vez. "Mis ojos, tras los juncos, hendían cada cuello "inmortal, que en las ondas hundía su destello "y un airado clamor al cielo desataba; "y el espléndido baño de cabellos volaba "entre temblor y claridad, ¡oh pedrería! "corro; cuando a mis pies alternan (se diría "por ser dos, degustando, langorosas, el mal) "dormidas sólo en medio de un abrazo fatal: "las sorprendo, sin desenlazarlas, y listo "vuelo al macizo, de fútil sombra malquisto, "de rosas que desecan al sol todo perfume, "en que, como la tarde, nuestra lid se resume". ¡Yo te adoro, coraje de vírgenes, oh gala feroz del sacro fardo desnudo que resbala por huír de mi labio fogoso, y como un rayo zozobra! De la carne misterioso desmayo; de los pies de la cruel al alma de la buena que abandona a la vez una inocencia, llena de loco llanto y menos atristados vapores. "Mi crimen es haber, tras de humillar temores "traidores, desatado el intrincado nido "de besos que los dioses guardaban escondido; "pues, yendo apenas a ocultar ardiente risa "tras los pliegues felices de una sola (sumisa "guardando para que su candidez liviana "se tiñera a la fiel emoción de su hermana "la pequeñuela, ingenua, sin saber de rubor); "ya de mis brazos muertos por incierto temblor, "esta presa, por siempre ingrata, se redime "sin piedad del sollozo de que embriagado vime".

¡Peor! me arrastrarán otras hacia la vida por la trenza a los cuernos de mi frente ceñida; tú sabes, mi pasión, que, púrpura y madura, toda granada brota y de abejas murmura; y nuestra sangre loca por quien asirla quiere, fluye por el enjambre del amor que no muere. Cuando el bosque de oro y cenizas se tiña, una fiesta se exalta en la muriente viña: ¡Etna! En medio de ti, de Venus alegrado, en tu lava imprimiendo su coturno sagrado, si un sueño triste se oye, si su fulgor se calma, ¡tengo la reina! Oh cierto castigo... Pero el alma de palabras vacante, y este cuerpo sombrío tarde sucumben al silencio del estío: sin más, fuerza es dormir, lejano del rencor, sobre la arena sitibunda, a mi sabor, ¡la boca abierta al astro de vinos eficaces! ¡Oh par, abur! La sombra miro en que te deshaces. Versión de Otto de Greiff

La tumba de Edgar Poe
Tal como al fin el tiempo lo transforma en sí mismo, el poeta despierta con su desnuda espada a su edad que no supo descubrir, espantada, que la muerte inundaba su extraña voz de abismo. Vio la hidra del vulgo, con un vil paroxismo, que en él la antigua lengua nació purificada, creyendo que él bebía esa magia encantada en la onda vergonzosa de un oscuro exorcismo. Si, hostiles alas nubes y al suelo que lo roe, bajo-relieve suyo no esculpe nuestra mente para adornar la tumba deslumbrante de Poe, que, como bloque intacto de un cataclismo oscuro, este granito al menos detenga eternamente los negros vuelos que alce el Blasfemo futuro. Versión de Andrés Holguín

Las cuatro estaciones 1. Resurgir
Primavera enfermiza tristemente ha expulsado Al invierno, estación de arte sereno, lúcido, Y, en mi ser presidido por la sangre sombría, La impotencia se estira en un largo bostezo. Unos blancos crepúsculos se entibian en mi cráneo Que un cerco férreo ciñe como a una vieja tumba Y triste, tras un sueño bello y etéreo, vago Por campos do la inmensa savia se pavonea. Luego caigo enervado de perfumes arbóreos, Cavando con mi rostro una fosa a mi sueño, Mordiendo el suelo cálido donde crecen las lilas, Espero que, al hundirme, mi desgana se alce... -Mientras, el Azur ríe sobre el seto y despierta Tanto pájaro en flor que al sol gorgea-.

2. Tristeza de verano
El sol, sobre la arena, luchadora durmiente, Calienta un baño lánguido en tu pelo de oro Y, consumiendo incienso sobre tu hostil mejilla, Con las lágrimas mezcla un brebaje amoroso. De ese blanco flameo esa inmutable calma Te ha hecho, triste, decir -oh, mis besos miedosos-: "¡Nunca seremos una sola momia Bajo el desierto antiguo y felices palmeras!" ¡Pero tu cabellera es un río tibio, Donde ahogar sin temblores el alma obsesionante Y encontrar esa Nada desconocida, tuya! Yo probaré el afeite llorado por tus párpados, Por ver si sabe dar al corazón que heriste La insensibilidad del azur y las piedras.

3. Suspiro
Mi alma hacia tu frente donde sueña Un otoño alfombrado de pecas, calma hermana, Y hacia el errante cielo de tus ojos angélicos Asciende, como en un melancólico parque, Fiel, un surtidor blanco suspira hacia el azul. -Hacia el Azur eternecido de octubre puro y pálido Que mira en los estanques su languidez sin fin Y deja, sobre el agua muerta do la salvaje Agonía de las hojas yerra al viento y excava un frío surco, Arrastrarse al sol gualda de un larguisimo rayo.

4. Invierno
¡El virgen, el vivaz y bello día de hoy Da un aletazo ebrio va a desgarrarnos este

Lago duro olvidado que persigue debajo de la escarcha El glaciar transparente de los vuelos no huidos! Un cisne de otro tiempo se acuerda de que él es Quien, aun sin esperanza, magnífico se libra Por no haber cantado la región do vivir Cuando ha esplendido el tedio del estéril inviemo. Sacudirá su cuello entero esta blanca agonía Por el espacio impuesto al ave que lo niega, Mas no el horror del suelo que aprisiona al plumaje. Fantasma que su puro destello a este lugar asigna, Se aquieta en el ensueño helado del desprecio Que entre su exilio inútil viste el Cisne. Versión de: Aníbal Núñez

Soneto
El de sus puras uñas onix, alto en ofrenda, La Angustia, es medianoche, levanta, lampadóforo, Mucho vesperal sueño quemado por el Fénix Que ninguna recoge ánfora cineraria: Salón sin nadie en las credencias conca alguna, Espiral espirada de inanidad sonora, (El Maestro se ha ido, llanto en la Estigia capta Con eso solo objeto nobleza de la Nada.) Mas cerca la ventana vacante al norte, un oro Agoniza según tal vez rijosa fábula De ninfa alanceada por llamas de unicornios Y ella apenas difunta desnuda en el espejo Que ya en las nulidades que claüsura el marco Del centellar se fija súbito el septimino.

Marceline Desbordes-Valmore (Douai, 20 de junio de 1786 – París, 23 de julio de 1859) fue una poetisa francesa. Durante la Revolución francesa, se mudó con sus padres al archipiélago de Guadalupe. En 1817, se casó con su segundo marido, el actor Prosper Lanchantin-Valmore. En 1819, publicó su primer poema, titulado Élégies et Romances, además hizo varias apariciones como actriz y cantante en el Teatro Nacional de la Opéra-Comique y en el teatro La Monnaie. Su poesía es conocida por ser oscura y depresiva. Es la única mujer incluida en una de las secciones de Los poetas malditos de Paul Verlaine.

Contenido
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1 Obras 2 Bibliografía 3 Véase también 4 Enlaces externos

Obras [editar]
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1816 — Chansonnier des grâces 1819 — Élégies et romances 1825 — Elégies et Poésies nouvelles 1829 — Album du jeune âge 1830 — Poésies Inédites 1833 — Les Pleurs 1839 — Pauvres Fleurs 1843 — Bouquets et prières 1860 — Poésies posthumes (póstuma)

Los sollozos
de Marceline Desbordes-Valmore
Nota: Traducción de Mauricio Bacarisse (1921)

¡El infierno está aquí! El otro no me asusta. Empero, el purgatorio mi corazón disgusta. De él me han hablado mucho y su nombre funesto en mi corazón débil ha encontrado su puesto. Cuando la ola de días va agostando mi flor, el purgatorio veo al perder el color. ¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí, Dios de toda existencia, para llegar a ti! Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz que el peso del temor y del amor la cruz. Para oír cómo gimen las almas condenadas sin poderles decir “¡Estáis ya perdonadas!” ¡Dolor de los dolores; no poder agotar los sollozos que intentan por doquiera brotar!

De noche tropezar en celdas intranquilas que ningún alba tiñe con sus claras pupilas. Ni poder decir al Señor incomprendido: “¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?” Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío, como el ave caída teme por su albedrío. A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente, y mi alma más cercana el purgatorio siente. Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada, como una esclava indócil, al fin de la jornada, cubriendo con las manos el semblante abatido, pisando el corazón, por tierra malherido. Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo y no oso desear nada de lo que amo. Y este corazón mío no tendrá más dulzura que los lejanos ecos de su antigua ventura. Cielos, ¿adónde iré sin pies para huir? ¿Adónde llamaré sin llave para abrir? Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria no arderá ante mis ojos ninguna luminaria. No he de ver más escenas mundanas y horrorosas que abatan mis humildes miradas dolorosas. ¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida para el mal en la tierra, empero, está encendida. Ve el culpable que a la horca su delito conduce el saludo del orbe que se divierte y luce. ¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar! ¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar! Para el junco del lago no hay un soplo viviente ni aire para que exista un átomo viviente. Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura al ingrato, tendré en mi sed y calentura.

Del corazón ausente que me hará padecer acumularé el llanto que no puedo verter. Cielos, ¿adónde iré sin pies para huir? ¿Adónde llamaré sin llave para abrir? ¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto! ¡No más familia dulce, sentada en el umbral que bendice cantando el sueño patriarcal! ¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible hasta la Nada absurda tornaría sensible! No más libros divinos desde el cielo exfoliados, conciertos para el alma por la vista escuchados. Y no osando morir tampoco oso vivir ni buscar en la muerte quién me ha de redimir. ¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo? Cielos, ¿adónde iré sin pies para huir? ¿Adónde llamaré sin llave para abrir? ¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada, del dolor de nacer con morir castigada! Mas no tengo en la muerte si me siento expirar ni una lejana voz que aconseje esperar. ¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida esta melancolía besara con luz cálida! ¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror viera cómo me ven dos ojos con amor! ¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita, que bajaría a ver a su hija precita! ¡Sí; mi madre podría al Dios justo ablandar y ella me sacaría del horrible lugar!

De la esperanza joven alzara el fuerte viento al fruto derribado por tanto sufrimiento. Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos, arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos. El aire auxiliaría a mis alas nacientes como a las golondrinas libres e independientes. Huiría para siempre, pues mi madre al partir viva me llevaría hacia lo porvenir. Mas antes de pasar las mortales fronteras otras almas quisiéramos tener por compañeras. Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores y el aroma que exhalan los llantos de dolores caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes, gritando “¡Acompañadnos!” a las almas dolientes. “¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar el amor en que no hay que morir ni llorar? ¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos! ¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos! ¡El sepulcro está roto por la eterna pasión! ¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!” debe escribir; lo hago, para que lejos en mi alma puedas leer cómo al partir. No he de trazar un signo que en ti mejor grabado no exista ya. De quien se ama, el vocablo cien veces pronunciado nuevo será. La dicha sea contigo; yo sólo he de esperar, y aunque distante, yo me siento ir a ti para ver y escuchar tu paso errante. ¡Jamás la golondrina al cruzar el sendero pueda apartarte! Será mi fiel cariño que pasará ligero para rozarte…

Tú te vas, como todo se va… Su éxodo emprenden la luz, la flor; el estío te sigue; las tormentas sorprenden mi triste amor. De esperanza y zozobra suspira mientras tanto el que no ve… Repartámoslo bien: a mí me queda el llanto, a ti la fe. Yo no quiero que sufras, que está muy arraigado mi amor por ti. Quien desea dolores para el ser adorado guarda odio a sí. Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889) fue un escritor francés cuya obra, que abarca la poesía, el teatro y la narración, se orientan en gran parte hacia el movimiento simbolismo. Dotado de un vigoroso poder expresivo, capaz de conferir sus obras un estilo torturado, a la vez violento y profundamente lírico. Los cuentos de Villiers son muy desiguales; al lado de algunos absurdos y exagerados, se dan otros en los que el humor, la ironía o el terror macabro dan lugar a situaciones excepcionalmente sugerentes.

Obras [editar]
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1862 - Isis 1883 - Cuentos Crueles 1886 - La Eva futura 1888 - Historias insólitas 1888 - Nuevos cuentos crueles

Cuentos
Antonia
[Cuento. Texto completo]

Villiers de L'Isle Adam

Íbamos a menudo a casa de la Duthé: allí hablábamos de moral y otras veces hacíamos cosas peores. -El Príncipe de LigneAntonia

vertió agua helada en un vaso y

puso en él su ramo de violetas de Parma: -¡Adiós a las botellas de vino de España! -dijo. E, inclinándose hacia un candelabro, encendió, sonriendo, un papelito liado con una pizca de phëresli1; este movimiento hizo brillar sus cabellos, negros como el carbón. Toda la noche habíamos estado bebiendo jerez. Por la ventana, abierta sobre los jardines de la villa, oíamos el rumor de las hojas. Nuestros bigotes estaban perfumados con sándalo, y, también, Antonia nos dejaba coger las rosas rojas de sus labios con un encanto a la vez tan sincero que no despertaba ningún tipo de celos. Alegre, se contemplaba luego en los espejos de la sala; cuando se volvía hacia nosotros, con aires de Cleopatra, era para verse en nuestros ojos. En su joven seno había un medallón de oro mate, con sus iniciales en pedrería, sujeto con una cinta de terciopelo negro. -¿Símbolo de luto? Ya no lo amas. Y como la abrazaran, ella dijo: -¡Vean! Separó con sus finas uñas el cierre de la misteriosa joya: el medallón se abrió. Allí dormía una sombría flor de amor, un pensamiento, artísticamente trenzado con cabellos negros. -¡Antonia!... según esto, ¿tu amante debe ser algún joven salvaje encadenado por tus malicias? -¡Un cándido no daría, tan ingenuamente, semejantes muestras de ternura! -¡No está bien mostrarlo en momentos de placer! Antonia estalló en una carcajada tan primorosa, tan gozosa, que tuvo que beber, precipitadamente, entre sus violetas, para no ahogarse. -¿No es necesario tener cabellos en un medallón?... ¿cómo testimonio?... -dijo ella. -¡Naturalmente! ¡Sin duda! -¡Ay! mis queridos amantes, tras haber consultado todos mis recuerdos, he escogido uno de mis rizos, y lo llevo... por espíritu de fidelidad.

Amigas de pensionado
[Cuento. Texto completo]

Villiers de L'Isle Adam

A Octave Maus Nada sirve de nada. Y, ante todo, no hay nada. Sin embargo, todo llega, pero esto es indiferente. -Théophile Gautier

Hijas de padres ricos, Félicienne y Georgette ingresaron, siendo muy niñas aún, en el célebre pensionado de la señorita Barbe Désagrémeint. Allí -aunque las últimas gotas del destete humedecieran todavía sus labios-, las unió pronto una amistad profunda, basada en su coincidencia respecto a las naderías sagradas del tocado De la misma edad y de un encanto de la misma índole, la paridad de instrucción sabiamente restringida que recibieron juntas consolidó su afecto. Por otra parte, ¡oh misterios femeninos!, al punto e instintivamente, a través de las brumas de la tierna edad, habían sabido que no podían hacerse sombra. De clase en clase, no tardaron en advertir, por mil detalles de sus modales, la estima laica en que se tenían ellas mismas y que habían heredado de los suyos: lo indicaba la seriedad con que comían sus rebanadas de pan con mantequilla de la merienda. De modo que, casi olvidadas de sus familias, cumplieron dieciocho años casi simultáneamente, sin que ninguna nube hubiese nunca turbado el azul de su mutua simpatía, que, por otra parte, daba solidez a la exquisita terrenalidad de sus naturalezas, y por otro, idealizaba, si podemos decirlo, su “honradez” de adolescentes. Bruscamente, habiendo la Fortuna conservado su deplorable carácter versátil, y como no existe nada estable en este mundo, ni siquiera en los tiempos modernos, sobrevino la Adversidad. Sus familias, radicalmente arruinadas en menos de cinco horas por La Gran Quiebra, tuvieron que sacarlas rápidamente del pensionado, donde, por lo demás, la educación de ambas señoritas podía considerarse como terminada. Se trató en seguida de casarlas, por medio de anuncios, como supremo recurso, el único arriesgado, sin demasiada locura, en aquella desgracia. Se ponderaron, en tipografía diamantina, sus “cualidades del corazón”, lo atractivo de sus figuras, su gentileza, sus estaturas, incluso su sensatez y sus inclinaciones caseras. Hasta se llegó a imprimir que sólo les gustaban los viejos. No se presentó ningún partido. ¿Qué hacer? ¿Trabajar? Perspectiva poco seductora y de incómoda práctica. Es verdad que Georgette demostraba cierta tendencia hacia la confección; y, por lo que atañe a Félicienne, algo la empujaba hacia la enseñanza. Pero se hubiera requerido lo imposible, a saber: esos primeros gastos de útiles y de instalación, gastos que (¡ siempre topando con esa bribona de Adversidad!) sus padres sólo podían permitirse en sueños. Fatigadas de la lucha, las dos muchachas, como sucede demasiado a menudo en las grandes ciudades, una noche, por primera vez, se retrasaron... hasta las doce y media del día siguiente. Entonces empezó la vida galante: fiestas, placeres, cenas, amores, bailes, carreras y estrenos. Sólo veían a sus familiares para hacerles pequeños servicios, proporcionarles entradas de teatro gratuitas o algo de dinero. En medio de aquel torbellino de polvo dorado, y aunque sus nuevas ocupaciones las obligaban por conveniencia a vivir separadas, Félicienne y Georgette debían fatalmente encontrarse. Sí, era inevitable. Pues bien, su amistad, lejos de atenuarse a causa de ese cambio de vida, se hizo más estrecha. En efecto, en medio del vértigo del mundo, es agradable poder solazarse, de vez en cuando, con algo puro y honrado, y ese algo lo obtenían, entre ellas, por el sencillo cambio mutuo de una mirada de otros tiempos cargada de inocentes recuerdos de su infancia en la Institución Désagrémeint, noble y casta ilusión cuyo inalienable tesoro afianzaba su simpatía. La impresión que sacaban con esta respectiva mirada les procuraba -por su contraste y a voluntad- una dulzona melancolía en la que ambas saboreaban por lo menos un resabio de aquella estima laica que les era innata. En una palabra, cada una sentía “que no eran las primeras llegadas”.

Catalina
[Cuento. Texto completo]

Villiers de L'Isle Adam

Al señor Victor Wilder

Mi deliciosa y solitaria villa, situada a orillas del Marne, con su cercado y su fresco jardín, tan umbrosa en verano, tan cálida en invierno; mis libros de metafísica alemana; mi piano de ébano de sonidos puros; mi bata de flores apagadas, mis confortables zapatillas; mi apacible lámpara de estudio, y toda esta existencia de profundas meditaciones, tan gratas a mi gusto por el recogimiento. Una hermosa tarde de verano decidí sacudirme el encanto de todas estas cosas tomándome unas semanas de exilio. Así fue. Para relajar el espíritu de aquellas abstractas meditaciones, a las que por demasiado tiempo -me parecía- había consagrado toda mi juvenil energía, acababa de concebir el proyecto de realizar algún viaje divertido, en el que las únicas contingencias del mundo fenomenal distraerían, por su frivolidad misma, el ansioso estado de mi entendimiento en lo que concierne a las cuestiones que, hasta entonces, lo habían preocupado. Quería... no pensar más, dejar descansar la mente, soñar con los ojos abiertos como un tipo convencional. Semejante viaje de recreo no podía -así lo creí- sino ser útil a mi querida salud, pues la realidad es que yo me estaba debilitando sobre aquellos temibles libros. En resumen, esperaba que semejante distracción me devolvería al perfecto equilibrio de mí mismo y, al regreso, apreciaría sin dudar las nuevas fuerzas que esta tregua intelectual me procuraría. Queriendo evitar en aquel viaje cualquier ocasión de pensar o de encontrarme con pensadores, no hallaba sobre la superficie del globo -salvo países completamente rudimentarios-, no hallaba sino un único país cuyo suelo imaginativo, artístico y oriental no hubiera dado nunca metafísicos a la Humanidad. Con estos datos reconocemos, ¿no es cierto?, la Península Ibérica. Aquella tarde pues -y tras esta reflexión decisiva- sentado en el cenador del jardín donde, al tiempo que seguía con la mirada las espirales opalinas de un cigarrillo, saboreaba el aroma de una taza de café puro, no me resistí -lo confieso- al placer de exclamar: «¡Vamos! ¡viva la fuga alegre a través de las Españas! Quiero dejarme seducir por las obras maestras del bello arte musulmán! ¡por las ardientes pinturas de los maestros del pasado! ¡por la belleza contemplada entre los movimientos de vuestros abanicos negros, pálidas mujeres de Andalucía! ¡Vivan las ciudades soberanas, de cielo embrujado, de seductores recuerdos, que por la noche, a la luz de mi lámpara, he vislumbrado en los relatos de los viajeros! ¡A mí, Cádiz, Toledo, Córdoba, Granada, Salamanca, Sevilla, Murcia, Madrid y Pamplona! Está decidido: en marcha.» No obstante, como no me agradan sino las aventuras sencillas, los incidentes y las sensaciones tranquilos, los acontecimientos acordes con mi apacible naturaleza, decidí antes que nada comprar una de esas Guías del Viajero, gracias a las cuales se sabe de antemano lo que se va a ver y que preservan los temperamentos nerviosos de cualquier emoción inesperada. Una vez que hube cumplido con este deber, me hice con una cartera modesta, pero suficientemente repleta; cerré mi ligera maleta; la cogí y, dejando a mi ama de llaves estupefacta al cuidado de la casa, en menos de una hora me puse en la capital. Sin detenerme en ella, pedí al cochero que me condujera a la estación de Mediodía. Al día siguiente, desde Bordeaux, llegué a Arcachon. Después de un buen y refrescante chapuzón en el mar seguido de un excelente almuerzo, me dirigí a la rada. Vi un vapor, Le Véloce, a punto de salir hacia Santander, y compré un pasaje en el mismo. Levaron anclas. Hacia el atardecer, el viento de tierra nos trajo súbitos efluvios de limoneros y, pocos instantes después, podíamos divisar la costa española que domina la encantadora ciudad de Santander, rodeada en el horizonte por verdes montañas. La tarde le daba un tono violeta al mar, aún dorado por Occidente; contra las rocas de la rada venía a romper una espuma de pedrería. El vapor se abrió camino entre los barcos; un puente de madera, lanzado desde el malecón, vino a engancharse a la proa. Siguiendo el ejemplo de los demás pasajeros, abordé, eché a andar por el muelle enrojecido por el sol en medio del gentío. Estaban descargando. Los paquetes, llenos de productos exóticos, las jaulas con pájaros de Australia, los arbustos, topaban con las cajas de productos de

Cuento de final de verano
[Cuento. Texto completo]

Villiers de L'Isle Adam

Al señor René Baschet ¿Cómo la cadena de seres creados se acabaría en el Hombre? Platónicos del s. XII

En provincias, a la caída del crepúsculo sobre las pequeñas ciudades -hacia las seis de la tarde, por ejemplo, al acercarse el otoño- se diría que los ciudadanos buscan lo mejor que pueden aislarse de la inminente gravedad de la noche: cada cual entra en su concha al presentir todo aquel peligro de estrellas que podría inducir a «pensar». En consecuencia, el singular silencio que se produce entonces parece emanar, en parte, de la atonía acompasada de las figuras sobre los umbrales. Es la hora en que el crujido molesto de las carretas va apagándose por los caminos. Entonces, en los paseos -«clases de Buenas Maneras»- suena, más nítidamente por los aires, sobre el aislamiento de los tresbolillos, el estremecimiento triste de las altas frondosidades. A lo largo de las calles, entre sombras, se intercambian saludos rápidos, como si el regreso a sus anodinos hogares compensara de los pesados momentos (¡tan vanamente lucrativos!) de la jornada vivida. Y, de los reflejos deslucidos del atardecer sobre las piedras y los cristales; de la impresión nula y melancólica de la que el espacio está imbuido, se desprende una tan incómoda sensación de vacío, que uno se creería entre difuntos. Pero, cada día, a esta hora vespertina, en una de esas pequeñas ciudades, y en la avenida más desierta del paseo, se encuentran habitualmente dos paseantes, habitantes bastante antiguos ya de la localidad. Ambos deben, sin duda, haber superado la cincuentena: su atuendo rebuscado, su fina camisa de encajes, lo anticuado de sus largas chaquetas, el brillo de los sombreros de ala ancha, su forma de vestir aún despierta, sus maneras a veces extrañamente conquistadoras, todo, hasta las hebillas de sus zapatos demasiado elegantes, denuncian no se sabe qué verts-galants empedernidos. ¿Qué sentido tienen esos aires triunfantes, en medio de un conjunto de seres negativos, de una bisexualidad cualquiera, en la mente de los cuales no podría brotar la exclamación: ¡Qué hacer!? Con un bastón de puño dorado en la mano, el primer llegado entra bajo los árboles solitarios donde pronto aparece su amigo. Uno tras otro, caminando misteriosamente de puntillas, se aproximan; luego acercándose al oído del otro, y protegiendo con la mano el cuchicheo de sus palabras, susurra frases sorprendentes análogas, por ejemplo, a éstas (salvo en los nombres): -¡Ah! amigo mío, ¡la Pompadour estuvo encantadora anoche! -¿Debo felicitarlo? -replica, no sin una sonrisa bastante ufana, el interlocutor. -¡Puf!... Si hay que decirlo todo, yo prefiero a la deliciosa Du Deffand... En cuanto a Ninon... (El resto de la frase se pronuncia en voz baja, y tras haber pasado el brazo por debajo del del confidente) -¡De acuerdo! -prosigue entonces éste, con los ojos dirigidos al cielo-, ¡pero la Sévigné, querido!... ¡ah! ¡la Sévigné!... (caminan juntos, bajo las viejas sombras; la noche va a teñirse de azul y a iluminarse). -Hoy mismo debo esperarla hacia las nueve, lo mismo que a la Parabère, pese a que ese diablo de regente... -Le felicito, mi querido amigo. Sí, no salgamos del gran siglo. En mi libro de memoria no cuento más que a tres adoradas del tiempo antiguo: primero, Eloísa... -¡Chut! -Luego, Margarita de Borgoña. -¡Brrr! -Y finalmente, María Estuardo.

El asesino de cisnes
[Cuento. Texto completo]

Villiers de L'Isle Adam

de consultar tomos de Historia Natural, nuestro ilustre amigo, el doctor Tribulat Bonhomet había terminado por aprender que «el cisne canta bien antes de morir». Efectivamente, -nos confesaba aún en fechas recientesdesde que la había escuchado, sólo esa música le ayudaba a soportar las decepciones de la vida, y cualquier otra ya no le parecía sino una cencerrada, puro «Wagner». ¿Cómo había conseguido esa alegría de aficionado? Así: En los alrededores de la antiquísima ciudad fortificada en la que vive, el práctico anciano había descubierto un buen día en un parque secular abandonado, a la sombra de grandes árboles, un viejo estanque sagrado, sobre el sombrío espejo del cual se deslizaban doce o quince apacibles aves; había estudiado meticulosamente los accesos, calculado las distancias, observado sobre todo al cisne negro, el vigilante, que dormía, perdido en un rayo de sol. Éste, permanecía todas las noches con los ojos bien abiertos con un guijarro en su largo pico rosa, y si la más mínima alarma le revelaba peligro para aquellos a quienes guardaba, con un movimiento del cuello, lanzaba bruscamente al agua el guijarro, en mitad del blanco círculo de los dormidos para que los despertara: al oír aquella señal, el grupo, guiado por su guardián, habría echado a correr en medio de la oscuridad hacia avenidas profundas, hacia lejanos céspedes, hacia alguna fuente en la que se reflejaban grises estatuas, o hacia cualquier otro refugio conocido por su memoria. Y Bonhomet los había contemplado largo rato en silencio, sonriéndoles incluso. ¿No era, pues, con su último canto con el que, como perfecto diletante, soñaba regalarse muy pronto los oídos? A veces, pues, cuando sonaban las doce de alguna otoñal noche sin luna, fastidiado por el insomnio, Bonhomet se levantaba de repente y se vestía de forma especial para asistir al concierto que necesitaba volver a escuchar. Tras introducir sus piernas en descomunales botas de goma forradas que prolongaba, sin sutura, una ancha levita impermeable convenientemente forrada también, el huesudo y gigantesco doctor introducía las manos en un par de guanteletes de acero blasonado provenientes de alguna armadura de la Edad Media (guanteletes de los que se había convertido en feliz propietario después de abonar treinta y ocho hermosas monedas -¡Una locura!- a un anticuario). Hecho esto, se ceñía su amplio sombrero moderno, apagaba la vela, descendía y, con la llave de su casa en el bolsillo, se encaminaba, a la burguesa, hacia la linde del parque abandonado. Enseguida, se introducía por oscuros senderos hacia el retiro de sus cantantes favoritos, hacia el estanque cuya agua poco profunda, y bien sondeada por todas partes, no le pasaba de la cintura. Y, bajo la bóveda de arboleda próxima a los aterrajes, ensordecía sus pasos al pisar ramas secas. Cuando llegaba al borde del estanque, lenta, muy lentamente -¡sin hacer ruido alguno!-, introducía una bota, luego la otra, y avanzaba dentro del agua con precauciones inauditas, tan inauditas que apenas se atrevía a respirar. Como el melómano ante la inminencia de la cavatina esperada. De tal manera que, para dar los veinte pasos que le separaban de sus queridos virtuosos, empleaba normalmente entre dos y dos horas y media, hasta tal extremo temía alarmar la sutil vigilancia del guardián negro. El soplo de los cielos sin estrellas agitaba lastimeramente las altas ramas en la oscuridad que rodeaba el estanque, pero Bonhomet, sin dejarse distraer por el misterioso susurro, seguía avanzando insensiblemente y tan bien que, hacia las tres de la madrugada, se encontraba, invisible, a medio paso del cisne negro, sin que éste hubiera percibido ni el más mínimo indicio de su presencia. Entonces, el buen doctor, sonriendo en la oscuridad, arañaba suave, muy suavemente, rozando apenas con la punta de su índice medieval, la superficie anulada del agua, delante del vigilante... Y arañaba con tal suavidad que éste, aunque algo sorprendido, no juzgaba esta vaga alarma como de una importancia digna de lanzar el guijarro. El cisne escuchaba. A la larga, cuando su instinto se percataba vagamente de la idea de peligro, su corazón, ¡oh! su pobre corazón ingenuo se ponía a latir horriblemente, lo que llenaba de júbilo a Bonhomet. Y los bellos cisnes, uno tras otro, perturbados por ese ruido en lo profundo de su sueño, sacaban ondulosamente la cabeza de debajo de sus pálidas alas plateadas y bajo el peso de la sombra de Bonhomet, entraban poco a poco en un estado de angustia, percibiendo no se sabe qué confusa consciencia del mortal peligro que los amenazaba. Pero, en su infinita delicadeza, sufrían en silencio como el vigilante, al no poder huir puesto que el guijarro

Los cisnes comprenden los signos. Victor Hugo, Les Misérables A fuerza

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