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150 Motivos Para Aumentar Su Fe

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La frase que me sirve de título es de la madre
Maravillas de Jesús. Una religiosa carmelita que
descendía de familia aristócrata y noble. Perseguida
y asediada por los promotores de la Guerra Civil
española, consiguió salir impune en todos los
interrogatorios que le hicieron, pero igualmente fue
beatificada por Juan Pablo II el 10 de mayo de 1998.
Su voluminosa biografía nos la regalaron las
Carmelitas Descalzas, y es un ejemplo que nos
empequeñece con obras y palabras.

La religiosa madrileña sólo daba un consejo
clave a sus subordinadas del convento para
alcanzar el grado de santidad en el que ella se
encontraba: «Si tú le dejas...». Es decir, si nosotros
no ponemos impedimento en las gracias espirituales
que Dios derrama sobre todos sus hijos, la santidad
está garantizada. Pero leyendo el libro titulado
«SIGUIENDO SUS HUELLAS», encuentro un párrafo que
me conmueve, al parecerme inaccesible a la
mediocridad religiosa en que estoy viviendo. Y es
cuando Jesucristo le habla a Santa Ángela de
Foligno.

Si el señor Director me concede permiso e
indulgencia para reproducir lo que Jesús dice, y los
lectores tienen lenidad para soportarlo, como los
canonizados no mienten, transcribo lo que firmemente
creo y me ha hecho comprender mejor «si tú le
dejas...».

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Hija mía -le dijo Jesús a Santa Ángela por los
pecados que había cometido-, los atentados que has
cometido en tu ornato, dando a tus mejillas color contra
la naturaleza y ensortijando artificialmente tus cabellos;
toda la vanagloria con que te mostraste a los hombres
ofendiendo a Dios; todo eso yo lo expié. Por todas aquellas
pinturas y pomadas que deshonraron tu cabeza, la mía
mesada en la barba, arrancados sus cabellos y taladrada
de espinas, golpeada con la caña, ensangrentada, mofada,
despreciada hasta la coronación.

Tú te pintabas las mejillas para mostrarlas a
hombres infelices y mendigar sus favores. Tranquilízate.
Mi faz se cubrió de las salivas de esos miserables; fue
deformada e hinchada por las bofetadas. Tú te valiste de
los ojos para mirar vanamente, para mirar lo que daña,
para alegrarte ofendiendo a Dios. Los míos fueron
velados, anegados en mis lágrimas primero y luego en
mi sangre. La sangre que me corría de la cabeza los
cegaba.

Por los pecados de tus oídos que escucharon lo
inútil y malo, y oí las falsas acusaciones, los insultos,
las maldiciones, las burlas, las risotadas, la sentencia de
muerte dictada por el inicuo juez y el llanto de mi madre.

Tú has conocido los placeres de la gula y has
abusado de la bebida. Yo tuve la boca seca por la sed, el
hambre y el ayuno. Me dieron hiel y vinagre.

Tú has murmurado y calumniado; te has burlado,
has blasfemado, has mentido hasta el perjurio... Has
hecho otras cosas... Yo callé ante los jueces y los testigos

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falsos y no abrí los labios para disculparme. Tu olfato
no está puro; te acuerdas de ciertos deleites originados
en ciertos perfumes... Yo sentí el hedor infecto de los
salivazos. Tu cuello se agitó por los movimientos de la
ira, de la concupiscencia y de la soberbia... El mío fue
golpeado y acardenalado por los látigos. Por los pecados
de tus espaldas, las mías llevaron la Cruz. Por los pecados
de tus manos y de tus brazos, que hicieron lo que bien
sabes, mis manos fueron taladradas con gruesos clavos
y fijadas en el madero. Por el pecado de tu corazón, el
mío fue abierto por la lanza.

Por los pecados de tus pies, por los bailes inútiles,
por el andar lascivo, por el correr vano... Los míos, que
podían contentarse con haberlos atado, fueron taladrados
y enclavados en la Cruz. En vez de tus zapatos abiertos,
elegantemente fabricados, mis pies estuvieron cubiertos
de sangre.

Por los pecados de todo tu cuerpo... yo fui enclavado
en la Cruz, horriblemente azotado. Para pagar por tus
vanos vestidos... yo fui expuesto desnudo a los ojos de
todos. No encontrarás ni pecado ni enfermedad del alma
del que yo no haya sufrido la pena y ofrecido el remedio.

Esto le dijo Nuestro Señor a Santa Ángela de

Foligno.

Publicado en «LA VOZ DE AVILÉS» 15-Junio-1999

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