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150 Ejemplos a Seguir

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Muy pocos ignoran que «solidaridad» es
modo de derecho u obligación in sólidum, es decir,
adhesión a la causa o empresa de otros. Pero esta
palabra tan halagadora se ha convertido en un
tópico impregnado de hipocresía y simulación.
Pues nunca he oído pronunciar tantas veces este
vocablo ni tampoco he observado tanta injusticia
social como hay ahora, después de tanto progreso.

Hace pocos días me encontré con un señor
licenciado en Derecho y ricote. Es un hombre con
una filosofía realista y un gracejo festivo que
resuena al no dar un golpe fuera del clavo: «No
seas tonto -me dijo-, ganan las derechas, ganan las
izquierdas. El que tiene come, y el que no, se queda
sin comer».

Es claro que este señor está en lo cierto. Pero
lo que sí pueden tener por seguro los mandatarios
políticos es que mientras no se haga justicia con
los desheredados, con los menesterosos, con los
indigentes y con los paupérrimos, es decir -y sirva
como un ejemplo-, con esos que viven en los Andes
del Perú, hasta que el hambre y el frío los hacen
mártires de la miseria y el abandono en que los
tienen los gobiernos, mientras todo esto suceda,
habrá guerras y guerrilleros y nadie conseguirá la
paz en el mundo, porque «la justicia y la paz se
besan» (Salmos 85, 11).

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Y como la inmensa mayoría de los políticos
sólo piensan en ganar las próximas elecciones, her-
moseando las plazas y calles, fomentando las ven-
tas de coches lujosos, aumentando el consumismo,
haciendo las autopistas más modernas, inventan-
do cohetes para nada, bueno sí, para presumir del
progreso y hacerse famosos en el mundo (y conste
que todo el progreso y el lujo me parecen muy bien,
pero mucho antes de lo superfluo está lo impres-
cindible), estas gentes que se mueren de hambre
no pueden prescindir del alimento y de un techo
donde encuentren abrigo para no pasar las noches
ateridos de frío y durmiendo en un zulo de adobes
sin puertas ni ventanas (yo los he visto). Mientras
nosotros vamos echando a la basura alimentos que
nos sobran y cambiando muebles lujosos por otros
fáusticos.

No, no es así como nuestra conciencia lo
demanda y Dios nos lo exige. Y los cristianos no
adelantaremos mucho en ir a la iglesia y golpearnos
el pecho. Y ya que los gobiernos no hacen nada,
nosotros, católicos, no debemos acercarnos a
comulgar mientras no desembolsemos un mínimo
del diez por ciento de nuestros ingresos para esos
hermanos que pueden condenar nuestras almas.
Pues el «justo muerto puede condenar al impío
vivo» (Sabiduría 4, 16).

Y si la generosidad de nuestro admirado di-
rector nos lo permite, reproduciré las palabras del
mayor santo y taumaturgo de los últimos siglos, el
Santo Cura de Ars: «Aquellos que han practicado

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la limosna no temerán el juicio final. Es muy cierto
que aquellos momentos serán terribles, el profeta
Joel lo llama el día de las venganzas del Señor, día
de espanto y desesperación para el pecador. Mas
¿queréis que aquel día se convierta en día de con-
suelo?. Dad muchas limosnas y podéis estar tran-
quilos. ¿No podemos decir que nuestra salvación
depende de la limosna?. En efecto, Jesucristo al
anunciar el juicio al que nos habrá de someter, ha-
bla únicamente de la limosna y de que dirá a los
buenos: «Venid, benditos de mi Padre, porque
tuve hambre y me disteis de comer, estuve desnu-
do y me vestisteis» (San Mateo 25, 35-36).

Publicado en «LA VOZ DE AVILÉS» 1-Mayo-1997

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