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Razones Para Creer

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La verdad que procede de Dios nos deja
apabullados a todos. Y como don Luis García Díaz nos
presenta una sarta de petulancias en su dilatadísima carta
del pasado día 1 de noviembre, sin tener noción del
Evangelio ni conocimiento de la caridad, por muy
fraternal que se quiera hacer la respuesta, la medicación
que necesita es escocedora y ardiente.

Está claro que puede tener fe cristiana. Esto me
recuerda a una señora que vivía de la práctica abortiva,
y cuando los niños que atocinaba en el seno materno no
eran suficientes, se acercaba a la Madre de Dios haciendo
rogativas para que le diera trabajo en su profesión
criminal, y la Virgen -conforme a sus declaraciones-
siempre le presentaba una señora más para eliminarle el
niño incipiente y obtener su retribución.

El obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Gea
Escolano, es un varón justo y valiente, y es claro que si
un hombre no tiene el aguante suficiente para llevar la
soberanía de un hogar con su legítima esposa y sus hijos
mayores, difícilmente la tendrá para la vicepresidencia
del Gobierno de la nación, y menos aún para dar buen
ejemplo a las innumerables familias que diariamente se
disgregan en España, seducidas por la lujuria que les
ofrece el post-divorcio y el amancebamiento.

Estas aseveraciones que ha hecho el obispo
susodicho, tienen sus raíces en el Evangelio que usted
no comprende. Pues el último de los profetas y el más
grande de los nacidos de mujer (San Mateo 11, 11; San

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Lucas 7, 28) -Juan el Bautista-, lejos de la política que
usted les imputa a los prelados injustamente, y
practicando la caridad más colosal que nos exige el
Evangelio a todos, le dijo al rey Herodes que no le era
lícito vivir con la mujer de su hermano. Y Cristo llamó
raposa al rey Herodes.

Y el divorcio que tanto defiende don Luis García,
y se nos presenta como abanderado del conocimiento
evangélico y de la caridad, y dice que Jesús le infunde
sosiego y esperanza, de su carta malaventurada se destila
que nunca ha leído el Evangelio en su totalidad, y menos
aún el Antiguo Testamento.

Observemos lo que Jesús nos dice del divorcio y
lo que manifiesta su Padre Dios: «Maestro: ¿Es lícito
repudiar a la mujer por cualquier causa?. Jesús
respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador
los hizo varón y mujer? Y dijo: Por esto (por lo que Dios
dijo y Jesús ratifica) dejará el hombre al padre y a la
madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola
carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el
hombre» (San Mateo 19, 3 a 9).

Es claro que el divorcio, amén de opugnar las leyes
de Dios con el pecado que esto implica, es una
frustración más del ser humano con la tribulación
correspondiente, y no me apena el esposo/a que pide la
separación oficial injustamente, inducido/a por el
egoísmo y la lujuria, lo que me conmueve a compasión es
el cónyuge desamparado y los hijos que, inocentemente,
tienen que cargar con la cruz que al infractor le
correspondía.

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Por eso, en el caso que nos ocupa, nuestra caridad
tiene que volcarse en el hogar desgraciado donde
habitaba el señor Cascos, máxime si tenemos en cuenta
que su abnegada y solícita esposa, en compañía de sus
hijos desamparados por su querido padre, han tenido que
soportar el bodijo pomposo que les metieron en el hogar
las revistas y las telecomunicaciones, sin que nadie se
haya solidarizado con la vejación humillante e
injustísima que sufren, y resulta que don Luis García
nos viene hablando de la caridad. ¡Cómo será la caridad
de este hombre, Dios mío!.

También nos dice que «Roma veduta, fede
perduta», es decir, que en Roma se pierde la fe, cuando
lo cierto es que hasta seis mil anglicanos se están
pasando anualmente a nuestra religión católica al visitar
Roma y mirar al Santo Padre. También nos dice don Luis
García que tal vez a estas horas se haya arrodillado el
prelado antedicho para pedir perdón por sus
despropósitos.

Creo que si usted meditara la actitud insolente que
va contrariando los preceptos de Jesús, y vilipendiando
a los prelados a quienes todos los fieles debemos
obediencia y muchísimo respeto, haría una confesión
contrita con lágrimas en los ojos.

Y le sugiero un poco más de acatamiento y
sumisión a la Iglesia que Cristo ha fundado derramando
su preciosa sangre por usted y por mí, pues ya tiene
bastantes detractores en el mundo sin que los que creen

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estar dentro de la Iglesia, como usted, también intenten
envilecerla.

Reciba un cordial saludo de un pecador indigno de
pertenecer a la Iglesia de Cristo Jesús, y cuente con mis
pobres oraciones -si Dios quiere- todos los días que
faltan para terminar el mes de noviembre.

Publicado en «LA NUEVA ESPAÑA» 16-Noviembre-1996

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