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Razones Para Creer

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Es un misionero que viene de Santo Domingo. Su
caridad filantrópica le impele constantemente a visitar
las prisiones de la isla. «Son almas en pecado -nos dice-,
y hay más alegría en el cielo por pecador arrepentido que
por cien justos». Amado Sebastián es un hombre de Dios
y sólo mira el lado bueno de cada persona. Entra en una
cárcel y encuentra a dos delincuentes en una misma
celda. Les lleva algunos obsequios y les habla de un
Evangelio que les favorece. Uno de los reclusos recibe
alegremente la palabra de Dios.

El otro la rechaza. Se pasa las horas mirando desde
aquella ventana. Sólo mira al suelo y se fija en el camino
surcado por las ruedas de un camión embarrado. Lodo
glutinoso. Se le entristece el alma y se aparta displicente
de la ventana, exclamando: «¡Qué asco! ¡Cuánto barro!».
Quiere mirar sin ver; todo es tristeza. Él no siente culpa
de nada. Es la sociedad responsable de todo. Un mundo
injusto. Dios no puede existir. Por unos atracos
cometidos no puede estar allí tres años. Reniega de la
vida y de Dios.

Su compinche recibe las palabras evangélicas que
el buen sacerdote le profiere. Se postra de rodillas y reza
el rosario que va desgranando el clérigo piadoso.
Después se pega a los barrotes de la ventana. Contempla
el silencio de los campos y bosques. Levanta los ojos al
cielo tachonado de estrellas y se siente arrobado: «¡Qué
bonito atardecer! ¡Cuánta estrella! ¡Bendito sea Dios y
su creación! ¿Por qué habré robado?. Este mes de julio

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quiero vivirlo enamorado del Corazón de Jesús, el que
¡tanto nos ama!».

Al misionero ya no le preocupa el confeso. Es un
prosélito más que Dios ha llamado a su Reino. Pero le
obsesiona el delincuente ateo y renegado. Prosigue sus
visitas a la celda. Ahora ya tiene un apóstol conviviendo
con el apóstata. Es una gran ayuda. Entre los dos lo
convertirán. El misionero continua frecuentando la celda
y agasajando a los malhechores. También rezan el rosario
mientras el desalentado sigue mirando el barro. Ha
pasado un mes más y todo sigue igual.

El sacerdote hace rogativas en cada misa que
celebra por el pecador impenitente. Y vuelve a la celda,
vuelve a obsequiar al delincuente ateo. Le pide atención
un momento. Le expone con todo detalle la pasión de
Jesús. Le expresa la actitud de los dos ladrones que
fueron crucificados con Él. Al malhechor se le llenan
los ojos de lágrimas y se dispone a rezar el rosario con
ellos. Ya no mira al barro, se confiesa y se siente culpado
de todo. Once meses después -gracias a la buena
conducta que adquirieron y al esfuerzo testimonial del
sacerdote- consiguen la libertad y se adhieren a las
misiones como hermanos legos.

Si todos los seglares y sacerdotes hiciésemos una
labor tan caritativa como este misionero, cambiaría el
mundo y el infierno cerraría sus puertas.

Publicado en «LA VOZ DE AVILÉS» 25-Marzo-1997

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