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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith

WILBUR SMITH.

EL LEOPARDO CAZA EN LA OSCURIDAD.

Craig Mellow, escritor de éxito en crisis, acepta la misión que le confía el World
Bank y retorna a la tierra de sus padres, Zimbabwe. De repente se encuentra
envuelto en un feroz conflicto de intereses que tiene como protagonistas agentes
del servicio secreto, guerrilleros, políticos corruptos y dos ministros del nuevo
régimen, dos leopardos cazando en la noche. Escenarios de majestuosa belleza,
acción persistente y pasiones vibrantes: Wilbur Smith al rojo vivo.

Wilbur Smith nació en 1933 en Rhodesia del Norte (la actual Zambia),pero creció y
estudio en Sudáfrica. Y ahora es considerado el escritor de aventura mas importante
de nuestro tiempo. Entre sus muchas novelas, todas de gran suceso, recordamos:
Furia, El leopardo caza en la oscuridad, Voraz como el mar, Cuando comen los
leones, El dios del río y el séptimo papiro, aparecidos en Editorial Longanesi.

Wilbur Smith
El leopardo caza en la oscuridad.

Traducción de Hernán Kelly.

Título original
The Leopard Hunts in the Darkness.

EL LEOPARDO CAZA EN LA OSCURIDAD.

A Danielle,
con Todo mi amor.

Soplaba una suave brisa que ya había recorrido mas de mil millas, porque
venia del Kalahari, el vasto y desolado desierto que los pequeños bosquimanos
amarillos llamaban “ El Gran Seco. Ahora que había llegado al valle del Zambesi se
rompía en vórtices y remolinos entre las colinas y los acantilados accidentados.
El elefante macho estaba cerca apenas por debajo de la cresta de una de esas
colinas. Era muy astuto para cometer el error de destacar su mole contra el cielo.
En cambio se había ocultado detrás de las tiernas hojas nuevas de los árboles de
msasa, confundiéndola con el gris de la roca del fondo
Dio unos pocos pasos y aspiró el aire con la amplia nariz peluda, después
retiró la trompa y delicadamente se sopló en la boca.
Los dos órganos olfativos colocados debajo del labio superior se abrieron
como un capullo de rosa y el elefante aspiró el aire.
Reconoció el polvo fino y picante del lejano desierto, el polen de cientos de
plantas, el tibio olor bovino de los búfalos que pastaban en el fondo del valle y
el fresco olor del agua donde abrevaban. Captó estos y otros aromas, y calculó
exactamente la distancia a la fuente de cada olor.
Aunque no eran estos los aromas que buscaba. Buscaba el acre hedor que tapa a
todos los otros: el olor de tabaco africano mezclado con el rancio e inconfundible
miasma del carnívoro, el sudor seco, en la lana sucia, la parafina, el jabón, el
cuero curtido de las botas: en suma, el olor del hombre. Y allí estaba, tan fuerte
y cercano como había estado en todos los largos días desde que la caza había
comenzado.
Una vez mas el viejo macho sintió la atávica ira crecer en el. Innumerables
generaciones de su especie habían sido perseguidas por ese olor. Desde cachorro
había aprendido a odiarlo y temerlo, y casi toda su vida se había regido por eso.
Solo recientemente había habido una interrupción en esta vivencia de caza y
huida continuada. Por once años había habido una tregua, un tiempo de tranquilidad
para las manadas a lo largo del Zambesi. El macho no podía saber ni entender la
razón: que entre sus perseguidores se libraba una terrible guerra civil.
Guerra que había transformado esas vastas áreas a lo largo de la ribera sur
del Zambesi en una especie de tierra de nadie, demasiado peligrosa para los
cazadores de marfil o aun para los guarda fauna cuyos deberes incluían la matanza
discriminada de la población excedente de elefantes. Las manadas habían prosperado

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en esos años, pero ahora las persecuciones habían recomenzado con toda la vieja e
implacable ferocidad.
Con la rabia y el terror en el corazón, el viejo macho levanto la trompa otra
vez y aspiro el olor tan temido en los senos de su cráneo. Luego se volvió y
lentamente cruzo la rocosa cresta, una mera mancha grisácea contra el azul pálido
del cielo Africano. Siempre aspirando anduvo hasta donde su manada se diseminaba
sobre la pendiente opuesta de la colina.
Había casi trescientos elefantes distribuidos entre los árboles. La mayoría
de las hembras tenían cachorros con ellas, algunos tan jóvenes que parecían gordos
lechones pequeños para caber bajo las panzas de sus madres, desenrollaban las
pequeñas trompas sobre las cabezas y estiraban el cuello hasta las ubres hinchadas
que colgaban entre las patas anteriores de sus madres.
Los cachorros mas grandes retozaban a su alrededor, jugando ruidosamente,
hasta que la exasperación de alguno de los adultos hacia que desgajara una rama de
algún árbol y blandiéndola en la trompa la descargaba sobre el inoportuno,
dispersando a los jóvenes elefantes que huyan chillando alegremente, mas que
barritando de miedo.
Las hembras y machos jóvenes se alimentaban con metódica calma. Enfilando la
trompa profundamente en la densa mata, plagada de espinas para arrancar un racimo
de bayas maduras y después colocarlas bien adentro de la garganta, como un viejo
tragando una aspirina; o usando la punta de un manchado colmillo marfileño para
despegar la corteza de un árbol de msasa, y luego arrancando una tira de tres
metros e introduciéndosela con placer tras el colgante labio triangular inferior; o
alzando su voluminoso cuerpo sobre las patas posteriores como un perro mendigando
comida, y estirando la trompa para alcanzar las tiernas hojas en la cima de un
árbol alto, o utilizando la ancha frente y las cuatro toneladas de peso para
sacudir otro árbol haciendo caer una lluvia de bayas maduras. Mas abajo de la
ladera, dos jóvenes machos habían combinado esfuerzos para voltear un árbol de
dieciocho metros cuyas hojas mas altas estaban mas allá de su alcance. Mientras
caía a tierra con un crujido de fibras quebradas, el jefe de la manada cruzo la
cresta e inmediatamente el alegre fragor ceso abruptamente para ser reemplazado por
una calma que contrastaba con la intensa actividad previa.
Los mas pequeños se arrimaron ansiosamente a los costados de sus madres, y
los adultos se inmovilizaron defensivamente, con las orejas desplegadas y solo las
puntas de sus trompas vibrando.
El gran macho llego junto a ellos con su trote oscilante, con sus gruesos
colmillos amarillentos levantados, su alarma evidente en la posición de las orejas.
Todavía portaba el olor del hombre en su cabeza y cuando llego al grupito mas
cercano de hembras, extendió la trompa y soplo sobre ellas el aire contaminado.
Instantáneamente ellas giraron instintivamente a sotavento, de manera que el
olor continuara llegándoles, el resto de la manada vio la manada y se dispusieron
en formación de huida, cerrándose, con los mas jóvenes en el centro junto a sus
madres, las viejas estériles rodeándolos, los machos jóvenes a la vanguardia de la
manada y los machos mas antiguos junto a sus asistentes askaris, sobre los flancos;
y partieron con el oscilante trote devora-terreno que podían mantener un día, una
noche y otro día sin interrupciones.
Huyendo, el viejo macho se sentía confuso. Nunca había experimentado una
persecución tan persistente como esta: ya habían transcurrido ocho días de tener a
los hombres detrás, pero no obstante los perseguidores nunca se habían acercado
para hacer contacto con la manada.
Estaban siempre al sur, llegándole su olor pero siempre manteniéndose fuera
del alcance de su débil vista. Parecía que eran muchos, mas de los que alguna vez
había encontrado en sus vagabundeos, una línea de ellos se extendía como una red a
través de los senderos que llevaban al sur. Solamente una vez los había visto, en
el quinto día, habiendo llegado al limite de la paciencia, había ordenado a la
tropa a girar y tratar de romper la línea. Y ellos estaban allí presentes, para
espantarlos, las diminutas figuras de pie como bastoncitos, tan decepcionantemente
frágiles y sin embargo tan letales, saltando desde la hierba amarilla, bloqueando
su escape al sur, agitando colchas y batiendo sobre latas de kerosén vacías, hasta
que flaqueo su coraje y el viejo macho les dio la espalda y condujo a sus huestes
una vez mas descendiendo los escabrosos contrafuertes hacia el gran río.
Esa pendiente estaba surcada por las sendas de elefantes usadas por diez mil
años por las manadas: senderos que seguían las mas mínimas pendientes y encontraban
los pasos y pasajes a través de esas colinas rocosas. El viejo macho llevo a su

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manada por una de ellas y los elefantes lo siguieron en fila india a través de los
pasajes estrechos y se abrieron de nuevo mas allá.
La marcha continuo toda la noche. Aunque no había luna, las blancas estrellas
los iluminaban y la manada se desplazo casi sin sonidos por el bosque oscuro. En
una oportunidad, después de medianoche, el viejo macho se detuvo y espero junto a
la senda, dejando que la manada continuara. En el espacio de una hora volvió a
captar el olor del hombre en el viento, mucho mas distante, pero allí, siempre
allí, y se apuro para alcanzar a las hembras.
Al alba los elefantes entraron en una zona que no habían visitado en diez
años. Era la angosta franja a lo largo del río que había sido escena de intensa
actividad humana durante la larga guerra, razón por la cual la habían evitado hasta
ahora, cuando eran obligados reticentemente a volver.
La manada se movía ahora con menos urgencia: habían dejado a los
perseguidores bien lejos atrás, y disminuyeron la marcha para alimentarse al paso.
El bosque era mas verde y exuberante allí en las tierras bajas del valle. Los
árboles de msasa habían cedido lugar a los mopani y a los baobab gigantes que
prosperaban en la zona mas tórrida, y el viejo macho, pudo sentir el agua adelante
y las tripas le resonaron sedientas en la panza. Sin embargo un misterioso instinto
le advertía de otro peligro al frente como el que tenia detrás. Se detuvo a menudo,
moviendo lentamente la gran cabeza gris de un lado al otro, las orejas desplegadas
como pantallas de radar y sus pequeños y débiles ojos brillando mientras
investigaba cautelosamente antes de proseguir.
Y de golpe se detuvo una vez mas. Algo en el limite de su campo visual le
llamo la atención, algo que brillaba como metal con los oblicuos rayos del sol
matutino. Reculo alarmado, y detrás de el toda la manada, contagiada de su temor,
retrocedió.
El viejo macho se paro a observar el reflejo y lentamente paso el miedo,
porque nada se movía excepto por el paso de la brisa a través del bosque, ningún
sonido, salvo el susurro en las ramas y el sedante parloteo y zumbido de pájaros e
insectos indiferentes a su alrededor. Sin embargo el viejo macho espero, mirando
adelante y cuando cambio la luz noto que había otros objetos metálicos idénticos en
una línea cruzando delante de el y transfirió su peso de una pata a la otra,
emitiendo un suave ronroneo de indecisión en su garganta.
Lo que alarmaba al elefante era una fila de carteles de chapa aplicados a los
postes plantados en el terreno hacia tanto tiempo ya, que el olor del hombre se
había disipado. Sobre cada cartel había un lacónico aviso pintado de rojo que el
sol había desteñido al rosa pálido: un cráneo estilizado y tibias cruzadas
acompañaban la escritura PELIGRO – CAMPO MINADO.
El campo minado se había creado en los años previos por las fuerzas de
seguridad del extinto gobierno rhodesiano blanco, para formar un cordón sanitario a
lo largo del Zambesi en la tentativa de impedir a los guerrilleros del ZIPRA y del
ZANU que penetraran en el territorio del Estado desde sus bases situadas del otro
lado del río en Zambia. Millones de minas antipersonales, y de Claymore mas
grandes, formaban una franja impenetrable, tan larga y ancha que era imposible
limpiarla del todo; el costo de hacerlo le resultaba prohibitivo para el nuevo
gobierno negro del país, que ya se debatía en serias dificultades económicas.
Mientras el viejo macho vacilaba todavía, el aire se lleno de un sonido
ensordecedor, el salvaje sonido de vientos huracanados. Venia desde atrás de la
manada, también del sur, y el viejo macho giro para ver de que se trataba.
La nueva amenaza que se perfilaba sobre los árboles del bosque podía parecer
un grotesco pájaro negro suspendido de un disco brillante. Llenando los cielos de
ruido, se abatió sobre la manada tan bajo que el viento del rotor sacudió las ramas
de los árboles como un temporal, levantando de la tierra seca una nube de polvo
rojo.
Empujado por esta nueva amenaza, el viejo macho giro y corrió hacia el frente
mas allá de la línea de discos de metal, en el campo minado, seguido por la manada
completa presa del pánico.
Había recorrido medio centenar de metros cuando la primer mina exploto debajo
de el. Como un poderoso hachazo, el dispositivo antipersonal le voló la mitad de la
pata posterior derecha. Jirones de carne viva y sangrante le colgaban, mientras en
el fondo de la herida se veía blanquear el enorme hueso. En tres patas, el viejo
macho avanzo, y la siguiente mina le estallo justo debajo de la pata anterior
derecha.

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Esta vez le aplasto el pie hasta el tobillo. El macho barrito de dolor, y no
pudiendo apoyarse mas sobre el lado derecho cayo impotente sobre las ancas,
mientras a su alrededor la manada invadía el campo minado.
El bum-bum de las detonaciones fue intermitente al principio, en el limite
del campo minado, pero bien pronto se acelero como un enloquecido solo de tambores.
Cada tanto cuatro o cinco minas explotaban simultáneamente, con una detonación
fortísima que retumbaba sobre las colinas rocosas creando centenares de ecos.
En el fondo, como el conjunto de cuerdas de alguna orquesta diabólica, estaba
el ruido sibilante de los rotores del helicóptero, que se elevaba y abatía como un
perro pastor para empujar a los elefantes en fuga, de nuevo sobre las minas,
volando para cazar y hacer retroceder a un joven elefante que milagrosamente llego
ileso a la orilla del río, hasta que una mina exploto destrozándole una pata y la
pobre bestia cayo barritando desesperadamente.
Ahora las explosiones eran continuas, como un bombardeo naval, y cada
explosión levantaba en el aire quieto del valle una alta nube de polvo, de modo que
la niebla rojiza cubrió un poco de ese horror. El polvo se arremolinaba a la altura
de la copa de los árboles, transformando a los animales en oscuros espectros
atormentados iluminados por los relámpagos de las explosiones.
Una vieja hembra mutilada en las cuatro patas yacía sobre un costado y,
apoyando la cabeza sobre la tierra, trataba de levantarse en vano. Otra se
arrastraba sobre la panza, con los miembros posteriores amputados, tratando de
proteger con la trompa al pequeño que tenia a su lado, hasta que una mina Claymore
le exploto bajo ella y le abrió el pecho por donde aparecieron las costillas como
las delgas de un barril, y simultáneamente arrancándole los cuartos traseros al
cachorro a su lado.
Otros elefantitos, separados de sus madres, daban vueltas barritando entre la
nube de polvo, con las orejas aplastadas contra el cráneo por el terror, hasta que
alguna mina los despanzurraba proyectando sus miembros.
Continuo por un largo tiempo y después las explosiones disminuyeron,
tornáronse intermitentes de nuevo, y finalmente de manera gradual cesaron. El
helicóptero aterrizo fuera del campo minado. Se apago el motor, las palas del rotor
se aquietaron. Ahora el único sonido era el de las bestias mutiladas y moribundas,
que gritaban sobre el terreno revuelto bajo los árboles cubiertos de polvo. La
compuerta del helicóptero se abrió y un hombre salto ágilmente a tierra.
Era un negro, vestido con una campera de Jean desteñida, ala cual se le
habían quitado cuidadosamente las mangas, y pantalones de Jean ajustados. En los
días de la guerra rhodesiana, la tela de jeans era prácticamente el uniforme de los
guerrilleros independentistas. Este calzaba en los pies elaboradas botas de cuero
repujadas, de estilo occidental, y en la frente anteojos Polaroid antirreflejos, de
aviador, demarco dorado. Estos y la fila de bolígrafos enganchadas en el bolsillo
de la campera, eran las insignias que, entre los guerrilleros, distinguían los
rangos entre los veteranos. Bajo el brazo derecho llevaba el fusil de asalto AK 47.
camino hasta el limite del campo minado y permaneció cinco minutos observando
impasible la carnicería que yacía en el bosque. Después se volvió al helicóptero.
Detrás de la burbuja de perspex el piloto lo miraba atento, con los
auriculares todavía sobre la cabeza encima de su elaborado peinado afro: pero el
oficial lo ignoro para concentrarse en el fuselaje de la máquina.
Todas las insignias y el numero de identificación habían sido cubiertos
cuidadosamente con cintas adhesivas y luego repintadas con pintura negra. En un
punto la cinta adhesiva se había despegado, exponiendo un ángulo del numero; el
oficial lo volvió a pegar en su lugar con la palma de la mano, inspecciono su
trabajo con ojo critico, y después de un instante giro sobre los talones y se fue
directo a la sombra del mopani mas cercano.
Apoyo el AK 47 contra el tronco, coloco en el suelo un pañuelo para no
ensuciarse los pantalones y se sentó contra el árbol. Encendió un cigarrillo con un
elegante Dunhill de oro e inspiro profundamente, antes de soltar el humo en volutas
entre los gruesos labios oscuros.
Después finalmente se sonrío, una sonrisa fría y racional, al pensar en
cuantos hombres, cuanto tiempo y cuantas municiones deberían emplearse para matar a
trescientos elefantes de manera convencional.
« El compañero comisario no ha perdido nada de la astucia de los viejos
tiempos de la guerrilla. A que otro podría ocurrírsele un truco así? » Sacudió la
cabeza en un gesto de respeto y admiración.

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Termino el cigarrillo y redujo el pucho a polvo entre los dedos, un habito
que le había quedado de los viejos tiempos, y cerro los ojos.
El terrible coro de gruñidos y chillidos que provenían del campo minado non
le impidieron conciliar el sueño, pero fueron las lejanas voces humanas las que lo
despertaron al instante. Se levanto con urgencia, instantáneamente alerta, y miro
al sol. Era mediodía pasado. Fue al helicóptero a despertar al piloto.
« Llegaron. »
Tomo el megáfono en el helicóptero y salio afuera a esperar, hasta que el
primero de ello salio de entre los árboles y los miro con divertido desprecio.
« Babuinos! » murmuro con el desprecio de las personas instruidas por los
campesinos, o de un africano por uno de una tribu distinta.
Venían en una larga fila, por la senda de los elefantes. Doscientos o
trescientos, cubiertos de pieles o de indumentaria occidental andrajosa, los
hombres delante y las mujeres atrás. Muchas de ella iban con los senos
descubiertos, y algunas eran jóvenes de rostro provocativo y glúteos redondos que
se contoneaban líricamente bajo cortas faldas de colas de animales. Al observarlas
el oficial en jeans su desprecio se transformo en excitación; quizás tendría tiempo
de encargarse de una de ellas mas tarde, pensó, metiéndose una mano en el bolsillo
del pantalón. Se alinearon al borde del campo minado, chacoteando y lanzando
grititos de alegría, codeándose y señalándose unos a otros las masas de las grandes
bestias muertas.
El oficial los dejo explayar su alegría. Se habían ganado esa pausa de auto
felicitación. Habían pasado ocho días sobre la pista, casi sin descanso, trabajando
por turnos como batidores para arriar a los elefantes desde las colinas y
empujarlos hasta el campo minado. Mientras esperaba que se calmaran, volvió a
considerar el magnetismo personal y la fuerza de carácter que pudo transformar esa
caterva de primitivos campesinos analfabetos en un conjunto coordinado y eficiente.
La operación completa había sido organizada por un solo hombre.
« Un gran hombre », se dijo el oficial, e inmediatamente después se recupero
de ese desliz en el culto de la personalidad y se llevo el megáfono a los labios.
« Silencio! Quietos! » Comenzó a distribuir el trabajo.
Selecciono la cuadrilla de carneadores de entre aquellos armados de hachas o
pangas, el machete africano. Encargo a las mujeres preparar los colgaderos para
ahumar la carne y construir cestas con cortezas de mopani, ordeno a otras buscar
leña para los fuegos. Después volvió a ocuparse de los carneadores.
Ninguno de esos salvajes había subido a una aeronave, y el oficial debió usar
las punteras de sus botas para inducirlos a hacerlo para dar el corto salto sobre
el campo sembrado de minas hasta la osamenta mas cercana.
Asomándose por la compuerta, el oficial miro al viejo macho.
Aprecio los gruesos colmillos curvados y después vio que la bestia había
muerto desangrada durante las horas de espera y le indico al piloto que
descendiera.
Acerco los labios a la oreja del mas anciano de los negros de la tribu. « Tus
pies nunca deben tocar la tierra! Si no mueres! » le grito. El hombre asintió.
« Primero los colmillos y después la carne. »
El hombre asintió de nuevo.
El oficial le palmeo el hombro y el anciano salto sobre el vientre de aquella
bestia que ya estaba comenzando a hincharse por el gas de la putrefacción.
Ágilmente recupero el equilibrio y en breve fue seguido por el resto de la
cuadrilla con el hacha en la mano.
A la señal del oficial el helicóptero se elevo como una libélula y de un
salto se posiciono sobre la vertical de la siguiente carcasa que mostraba gruesos
colmillos bajo los labios. Pero no era una carcasa, este todavía estaba vivo!
Dificultosamente se irguió y levanto la cabeza tratando de aferrar con la trompa al
revoloteante helicóptero.
Desde la carlinga, asomándose asegurado por la cintura, el oficial apunto con
el AK 47 y disparo un solo proyectil debajo de la nuca a la altura del hueso del
cuello. La hembra cayo yaciendo tan inmóvil como su cachorro junto a ella. Con un
gesto el oficial movilizo a la segunda cuadrilla de carneadores.
En equilibrio sobre la gigantesca cabeza gris, atentos de no pisar el terreno
ni siquiera con la punta del pie, los hombres con las hachas descalzaban los
colmillos de sus encastres en el hueso blanco.
Era un trabajo delicado, porque un golpe de hacha mal dado, marcando el
colmillo podía disminuir drásticamente el valor del marfil. Y ya habían visto al

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oficial de los jeans ajustados quebrarle la mandíbula aun hombre con la culata del
AK 47 a uno que se había demorado demasiado en cumplir su orden. Que no le haría a
uno que hubiese arruinado un colmillo?
Así todos trabajaban con gran atención. A medida que se extraían los
colmillos, el helicóptero los recogía y luego transportaba la cuadrilla a la
siguiente carcasa.
Al caer la noche la mayor parte de los elefantes había muerto o por las
graves heridas o por el golpe de gracia con el AK 47, pero los gritos de aquellos
que aun no habían recibido el golpe de gracia se mezclaban con los aullidos de los
chacales y las jaurías de hienas que había comenzado a reunirse para hacer la noche
mas espantosa. Los carneadores con el hacha continuaron trabajando a la luz de
reflectores eléctricos, y para las primeras luces de la mañana todo el marfil había
sido recogido.
Ahora podían dedicarse a la carne, al faenado y desmembramiento de las
carcasas. Pero el calor creciente trabajaba mas rápidamente que ellos.
El hedor de la carne en putrefacción se mezclaba con el gas de las vísceras
rotas y se difundía por el aire llevando al paroxismo de excitación a las hienas y
chacales en anticipada glotonería. El helicóptero entretanto transportaba cada
trozo carneado al borde del campo minado, donde las mujeres cortaban la carne en
tiras y las ahumaban sobre los fuegos de leña verde.
Mientras observaba el trabajo, el oficial hacia las cuentas. Era un verdadero
pecado no poder llevarse también las pieles. Valían mil dólares cada una, pero eran
demasiado voluminosas y no se podía impedir la putrefacción, que las tornaría sin
valor alguno.
En cambio, una leve putrefacción le daría a la carne mayor precio para el
paladar africano, exactamente como los ingleses prefieren las presas un poco
pasadas.
Quinientas toneladas de carne fresca; el peso disminuiría con la
deshidratación, pero igualmente en las cercanas minas de cobre de Zambia, donde se
concentraban decenas de miles de trabajadores que debían ser alimentados, todas
esas proteínas se vendería literalmente como pan caliente. El precio, ya pactado,
era de cuatro dólares el Kilo para la carne simplemente ahumada. El total
ascendería a un millón de dólares. Y después, naturalmente estaba el marfil.
El marfil había sido acarreado por el helicóptero a un kilómetro de distancia
del campo minado, a un sitio solitario entre las colinas. Allí había sido colocado
en filas y una selecta cuadrilla se pondría a trabajar quitándoles el gordo
filamento nervioso del interior de los colmillos, y a limpiar el marfil de
cualquier mancha de sangre y grasa o piel que hubiera podido revelar su procedencia
al sensible olfato de cualquier guarda aduanero oriental.
Eran en total cuatrocientos colmillos. Algunos procedentes de animales
inmaduros pesaban solo unos pocos kilos, pero los del viejo macho, por ejemplo,
superaban los cuarenta kilos cada uno, el promedio de todo el lote era de diez
kilos. El precio en Hong Kong era de doscientos dólares el kilo, lo que daba un
total de ochocientos mil dólares. La ganancia en un día de trabajo seria de mas de
un millón de dólares, en un país donde el ingreso promedio anual de cada varón
adulto era de menos de seiscientos dólares.
Naturalmente la operación tenia también otros pequeños costos. Uno de los
carneadores se había resbalado de una carcasa de elefante y había aterrizado con su
trasero directamente sobre una mina antipersonal.
« Hijo de un babuino loco. » el oficial todavía estaba enojado por la
estupidez de ese hombre. Había causado la interrupción del trabajo por casi una
hora, el tiempo de recuperar el cuerpo y sepultarlo.
Otro trabajador había perdido un pie debido a un golpe de hacha; y otra
docena tenían cortes menores con las pangas. Y otro había muerto de un disparo de
AK 47 en la panza durante la noche cuando había puesto objeciones a lo que el
oficial le hacia a su joven mujer entre los matorrales mas allá de los colgaderos
para ahumar la carne. Pero en comparación con la ganancia los costos eran
insignificantes. El compañero comisario quedaría satisfecho, y con buena razón.
Era la mañana del tercer día cuando la cuadrilla del marfil termino su
trabajo con la completa satisfacción del oficial. Se los envío a ayudar en la
operación de ahumado, dejando desierto el marfil almacenado a cielo abierto. No
debía haber testigos para descubrir la identidad de la importante visita que
vendría ahora a inspeccionar el botín.

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Llego en el helicóptero. El oficial estaba parado en posición de firme junto
a las largas filas de brillante marfil. El viento del rotor le sacudió las ropas,
pero el se mantuvo rígidamente en la posición.
La maquina aterrizo y una imponente figura descendió. Un hombre elegante,
derecho y fuerte, de dentadura blanquísima de dientes cuadrados que contrastaban
con el caoba oscuro de su cara, de apretado pelo motoso africano cortado casi a ras
del bien contorneado cráneo. Vestía un costoso traje gris perla de corte italiano
sobre una camisa blanca y una corbata azul oscuro. Los zapatos negros de cuero eran
hechos a mano.
Extendió la mano al oficial. Inmediatamente el hombre joven abandono su digna
postura y corrió hacia el como corre un niño hacia su padre.
« Compañero comisario! »
« No! No! » corrigió amablemente el oficial, siempre sonriendo. « No mas
compañero comisario, sino compañero ministro ahora! No mas el líder de una manada
de piojosos guerrilleros en el bosque, sino un miembro del gobierno de un Estado
soberano. » El ministro se permitió una sonrisa al admirar la fila de colmillos
relucientes al sol. « Y la mas exitosa cacería furtiva de marfil de todas las
épocas, no es cierto? »

Craig Mellow se estremeció cuando el taxi agarro otro bache en la superficie


de la Quinta Avenida justo frente a la entrada de Bergdorf Goodman. Como tantos
otros taxis de New York, también este tenia una suspensión mas adaptada a un tanque
Sherman.
« He viajado mas cómodo cuando atravesé la depresión de Mbabwe en un Land
Rover », se dijo Craig, y tuvo un repentino sobresalto de nostalgia pensando en esa
carretera accidentada y tortuosa que atravesaba la tierra inhóspita al sur del río
Chobe, ese verde y ancho tributario del gran Zambesi.
Todo eso estaba tan lejano y hacia tanto tiempo, y dejo los recuerdos a un
lado y volvió a sumergirse en el sentimiento de inferioridad que sentía al tener
que conducirse en un taxi a un almuerzo de trabajo con su editor; un taxi, hubo un
tiempo en que ellos le enviaban una limusina con chofer y el destino era el Four
Season o La Grenouille,no una miserable trattoria italiana del Village. Los
Editores hacían esas sutiles protestas cuando un escritor no producía nada desde
hacia tres años, y pasaba mas tiempo dándole ordenes a su agente de bolsa y
pasándosela en Studio 54 que junto a la máquina de escribir.
« Bueno, imagino que me lo merezco », se dijo Craig con una mueca, buscando
un cigarrillo y luego deteniéndose al acordarse que había dejado de fumar. En
cambio se saco de la frente el grueso mechón de pelo negro y miro las caras de la
multitud de peatones marchando en las veredas. Hubo una época en que encontraba
estimulante el trafago de la metrópolis después del silencio de la jungla africana;
hasta las sórdidas fachadas y los carteles de neón sobre las calles sucias habían
sido diferentes e intrigantes.
Pero ahora se sentía sofocado y claustrofóbico, y añoraba echar una mirada a
un cielo abierto mas que a esa estrecha cinta que se mostraba entre las altas cimas
de los rascacielos.
El taxi frenó de golpe, interrumpiendo sus pensamientos, el taxista murmuró
sin darse vuelta; « Décimo sexta ».
Craig saco un billete de diez dólares y lo introdujo en la ranura de pantalla
de perspex blindado que protegía al conductor de sus pasajeros. « Tenga », le dijo
y descendió a la vereda. Vio enseguida al restaurante, una concentración de los
peores lugares comunes (botellas de Chianti en la vitrina con cubierta de paja) del
« típico » italiano.
Craig cruzo la vereda, se movía tranquilamente, sin la mas minima traza de
renguera; así que nadie que hubiera estado observándolo, podría sospechar de su
invalidez. Contrariamente a lo que temía, el interior del restaurante estaba fresco
y limpio, y el olor de la comida abría el apetito.
Ashe Levy se levanto desde una mesita en el fondo de la sala y lo saludo
llamándolo.
« Craig, baby! » Le puso un brazo sobre los hombros y le palmeo la majilla en
un gesto paternal. « Pero que bien luces, viejo sabueso! »
Ashe cultivaba su peculiar estilo ecléctico. Llevaba el pelo cortado como
cepillo y los anteojos con marcos de oro. Tenia camisa a rayas pero con el cuello
blanco, gemelos de platino hacían juego con el sujetador de las corbata y zapatos
marrones con una guarda de pequeñas perforaciones en las punteras. El saco era de

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cachemira, con solapas angostas. Sus ojos muy pálidos, y nunca miraban directamente
a los de su interlocutor, sino a un punto a unos centímetros a la izquierda o a la
derecha. Craig sabia que el fumaba mariguana, solo la mejor Tijuana Gold.
« Lindo lugarcito, Ashe. Como hiciste para encontrarlo? »
« Me aburrí del Seasons », sonrío Ashe, astuto, estaba complacido que ese
gesto de desaprobación se hubiera notado. « Craig, quiero presentarte a una dama de
gran talento. »
Se había sentado bien atrás en las sombras, en el fondo del compartimento,
pero ahora se inclino adelantándose y le ofreció la mano. La lámpara le ilumino la
mano; así que fue esta la primera impresión que Craig tuvo de ella.
Era una mano elegante, de dedos de artista, y si bien las uñas estaban
recortadas y sin esmalte, no denotaban una sofisticación particular, la piel tenia
un bronceado dorado con prominentes venas aristocráticas trasparentándose azules
debajo de la misma. Los huesos eran finos, pero había callosidades en la base de
esos largos dedos rectos. Era una mano habituada al trabajo duro.
Craig la tomo y sintió toda su fortaleza, y la suavidad de la piel seca y
fresca del dorso y la rugosidad de la palma. Y la miro a la cara.
Tenia gruesas cejas negras que se extendían en una curva continua desde un
ángulo del ojo al otro. Y los ojos, aun es esa escasa luz, eran verdes con
manchitas doradas en el borde del iris. La mirada era directa y cándida.
« Sally-Anne Jay », dijo Ashe. « El es Craig Mellow. »
Su nariz era recta pero ligeramente grande, y la boca demasiado grande para
ser hermosa. El espeso pelo oscuro lo llevaba peinado hacia atrás despejando la
ancha frente. El rostro lo tenia bronceado como sus manos y tenia un fino moteado
de pecas en las mejillas.
« He leído su libro », dijo la muchacha. Su voz era firme y clara, el acento
medio-atlántico, pero solo cuando escucho su timbre, se dio cuenta Craig de lo
joven que era. « Pienso que merece todo el éxito que ha tenido. »
« Un cumplido o una bofetada? » pregunto tratando que sonara ligeramente
despreocupado; pero se encontró deseando fervientemente que ella no fuese una de
esas que intentaban demostrar lo refinado de sus gustos literarios, denigrando el
trabajo de un escritor popular en su cara.
« No, no, me ha gustado también a mi », precisó la muchacha, y Craig se
sintió absurdamente complacido, aunque eso parecía ser el cierre de ese tema en lo
que a ella concernía. Para demostrarle su propio placer Craig le estrecho un poco
mas fuerte la mano y la retuvo un instante mas de lo necesario, hasta que ella la
retiro y la coloco con firmeza sobre la falda.
Entonces, ella no era una cazadora de cueros cabelludos, una buscona. De
todos modos. Pensó para si, estaba aburrido de esas fanáticas literarias que
trataban de llevárselo a la cama.
« Veamos si podemos hacer que Ashe pague los tragos », sugirió, y se metió en
el compartimento sentándose frente a ella.
Ashe hizo la usual escena sobre la lista de vinos, pero termino por ordenar
un Frascati de diez dólares.
« Frutado », dictamino después de haberlo probado con mas gestos que un
sommelier.
« Fresco y húmedo », sentencio Craig, y Ashe sonrío también. Ambos recordaron
el Corton Charlemagne del '70 que habían bebido la ultima vez.
« Mas tarde llegara otro huésped », le dijo Ashe al mozo. « Ordenaremos
cuando venga. » Y se volvió hacia Craig: « Quisiera que Sally-Anne te mostrase algo
de su trabajo ».
« Veamos », invitó Craig, poniéndose inmediatamente a la defensiva otra vez.
Aunque esta era una historia vieja. El mundo pululaba de gente que quería
aprovecharlo... Aquellos que tenían una novela sin publicar, aquellos que deseaban
administrarle las suculentas royalties, aquellos que estaban graciosamente
dispuestos a permitirle escribir la historia de sus vidas dividiendo las ganancias
al cincuenta por ciento, aquellos que querían venderle un seguro, o un paraíso en
los Mares de Sur, aquellos que querían encargarle que escribiera guiones
cinematográficos a cambio de un pequeño anticipo y un porcentaje todavía mas
pequeño sobre las futuras ganancias, toda clase de parásitos que se agrupaban
alrededor de la presa del león como hienas.
Sally-Anne levanto una carpeta portafolio del suelo junto a ella y la colocó sobre
la mesa frente a Craig. Mientre Ashe ajustaba la luz del reservado para iluminarla,
Sally-Anne desato las cintas que cerraban la carpeta y volvió a sentarse.

8
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Craig abrió la tapa y se quedo inmóvil. Sintió la piel de gallina formársele sobre
los antebrazos, y parársele el cabello sobre la nuca; era su reacción a la
grandeza, a cualquier cosa perfectamente bella. Había un Gauguin en el museo
Metropolitano en el Central Park; una Madonna polinesia llevando a Jesús niño sobre
el hombro. Le había puesto la piel de gallina y erizarse los vellos sobre la nuca,
había pasajes de poesía de T.S. Eliot y de prosa de Lawrence Durrell que le hacían
erizar el vello cada vez que los Leia.
La overtura de la Quinta Sinfonía de Beethoven, esos increíbles saltos de Nureyev,
y el modo como Vilas y Borg golpeaban la pelota en sus buenos tiempos... Esas cosas
lo hacían erizarse, y ahora esta muchacha también le provocaba eso!
Era una fotografía. La terminación era de grano fino, cada detalle era nítido. Los
colores claros y perfectamente reales. Era la foto de un elefante, un viejo macho.
Miraba a la cámara con la característica actitud de alarma: con las orejas
desplegadas como negras banderas. De algún modo, retrataba la total vastedad y
eternidad de un continente, no obstante se mantenía en guardia, y uno notaba que
con toda su gran fortaleza era impotente, confundido por cosas que estaban mas allá
de su experiencia y de la memoria ancestral de su raza y que estaba abrumado por el
cambio como la misma África.
Con el elefante, la foto mostraba el África, la rica tierra roja desgarrada por el
viento, abrasada por el sol, arruinada por la sequía. Craig casi podía percibir el
sabor del polvo en la lengua. Y luego, cubriéndolo todo, el cielo ilimitado,
conteniendo la promesa de socorro: Los plateados cumulonimbos apilados como una
cordillera nevada, coloreado de púrpura y azul real, atravesado por un solo rayo de
luz desde un solo oculto que caía sobre el viejo macho como una bendición.
Ella había capturado el significado y el misterio de su tierra nativa en la
centésima de segundo de la exposición, mientras que el había trabajado por largos
difíciles meses sin llegar ni siquiera a aproximarse a eso y reconociendo
secretamente su fracaso, temía intentarlo de nuevo. Tomo un traguito del insípido
vino que le ofrecieron como un reproche por su crisis de confianza en su propia
capacidad, y ahora el vino tenia un regusto amargo que no había percibido antes.
« De donde es usted? » le pregunto a la muchacha sin mirarla.
« De Denver, Colorado », respondió. « Pero mi padre estuvo en la embajada de
Londres muchos años. Yo estudie en Inglaterra. » Por eso su acento. « Fui al África
a los dieciocho años, y me enamore de ella enseguida », completo simplemente la
historia de su vida.
Craig tuvo que hacer un esfuerzo para tocar la fotografía y darla vuelta con
delicadeza. La siguiente era la de una joven mujer sentada en una negra roca de
lava junto a un pozo de agua en el desierto. Usaba el distintivo tocado de cuero de
orejas de conejo de la tribu ovahimba. Su hijo parado junto a ella se alimentaba
del pecho desnudo. La piel de la mujer estaba brillante de grasa y pintura ocre.
Los ojos eran los de un fresco en la tumba de un Faraón, y era hermosa.
« Denver, Colorado! Que tal! » pensó Craig, y se sorprendió de su propia amargura y
de la profundidad de su repentino resentimiento. Como osaba una maldita muchachita
extranjera encapsular tan magistralmente el complejo espíritu de un pueblo, en ese
retrato de una joven mujer? El había pasado toda la vida con ellos y sin embargo
nunca había visto a un africano con tanta claridad como en ese momento, en un
restaurante italiano del Greenwich Village!
Dio vuelta la fotografía con contenida violencia. Debajo había una foto de la
magnifica corola, marrón y oro, de una kigelia africana abierta, la flor favorita
de Craig. En las lustrosas profundidades de la flor anidaba un diminuto escarabajo
como una esmeralda preciosa, de un brillante verde iridiscente. Era un arreglo
perfecto de forma y color, y sintió que la odiaba por eso.
Había muchas otras. Una de un soldado sonriente con el AK 47 al hombro y un collar
de orejas humanas momificadas alrededor del cuello, una caricatura de salvajismo y
arrogancia; otra de un arrugado hechicero con colgantes de cuernos, cuentas y
cráneos y todos los macabros abalorios de su especialidad, su paciente extendido
sobre el desnudo suelo polvoriento ante el en el proceso de ser sangrada
crudamente, la sangre formando brillantes serpientes oscuras sobre su piel negra.
La paciente era una mujer joven, con marcas tatuadas en los senos, mejillas y
frente. Los dientes le habían sido limados en punta como los de un tiburón, una
reliquia de las épocas de canibalismo, y sus ojos como los de un animal sufriente
parecían llenos con todo el estoicismo y paciencia de África. Luego había otra
fotografía contrastante de un niño africano en un salón de clase de postes y burdo
techo de paja. Compartían una pizarra cada tres, pero todas las manos estaban

9
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
levantadas ansiosas a las preguntas del joven maestro negro y todas las caras
encendidas por el ardiente deseo de saber, todo estaba allí, un registro completo
de esperanza y desesperación, de abyecta pobreza y grandes riquezas, de salvajismo
y ternura, de implacables elementos y rebosante fecundidad, de dolor y gentileza.
Craig no pudo mirarla a ella de nuevo, y continuo hojeando lentamente las rígidas y
brillantes láminas saboreando cada imagen y demorando el momento en que debería
enfrentar a la autora.
Craig se interrumpió de golpe, impresionado por una composición particularmente
sensacional. Se trataba de un campo de huesos blanqueados. Había usado el blanco y
negro para aumentar el efecto dramático y los huesos centellaban en el brillante
sol africano hectáreas de huesos, grandes fémures y tibias, blanqueados como madera
de resaca, enormes costillares como estructuras de veleros varados, cráneos del
tamaño de barriles de cerveza con oscuras cavidades de orbitas vacías.
Craig pensó en los legendarios cementerios de los elefantes, el mito de los viejos
cazadores del lugar secreto donde los elefantes se retiran para morir.
« Cazadores furtivos », dijo la muchacha. « Doscientos ochenta y seis osamentas. »
Craig levanto la vista ahora, sorprendido por la cifra. « De una sola vez? »
pregunto, y ella asintió.
« Los arriaron hacia uno de los viejos campos minados. »
Involuntariamente Craig se estremeció y volvió a mirar la foto. Bajo la mesa,
corrió la mano derecha por su muslo hasta que encontró la correa que sostenía su
pierna ortopédica y sintió una conmovedora simpatía por la suerte de esos grandes
paquidermos. Recordó su propio campo minado, y sintió de nuevo el violento impacto
de la explosión sobre el pie, como si hubiese sido golpeado por una gran maza.
« Lo lamento », dijo suavemente la muchacha. « Su pierna... lo se. »
« Se nota que ha hecho los deberes, eh? » dijo Ashe.
« Cállate », pensó Craig furioso. « Porque no se callan ustedes dos. » Odiaba que
alguien mencionara su pierna. Si de verdad la muchacha se había informado
previamente sobre el, tendría que haberlo sabido... pero no era solo la mención de
su pierna. Era también por los elefantes. Una vez Craig había trabajado como guarda
fauna del ministerio para la Conservación de la Fauna. Conocía a los elefantes y
había terminado por quererlos, y la evidencia de la masacre lo ponía mal. Estaba
horrorizado. Eso aumento su resentimiento por la muchacha. Era ella quien le había
infligido aquella visión, y ahora quería vengarse; una urgencia infantil por la
represalia. Pero antes que pudiera satisfacerlo llego el último huésped, que Ashe
se puso a presentar con mucha verborragia.
« Craig, quiero presentarte a un tipo verdaderamente especial. »
Todas las presentaciones de Ashe contenían una especie de faceta publicitaria.
« Este es Henry Pickering, Henry es el vicepresidente del World Bank. Presta
atención y escucharas el rumor de todos esos millones de dólares que se agitan en
su cabeza. Henry, este es Craig Mellow, nuestro niño prodigio. Es uno de los
mejores escritores que ha producido el África, sin excluir a Karen Blixen. Eso es
lo que es! »
« He leído su libro », asintió Henry. Era muy alto y delgado, prematuramente calvo.
Vestía un traje oscuro de banquero y una camisa blanca; con un pequeño toque de
color personal en la corbata y brillantes ojos celestes. « Por una vez, Ashe, no
exageraste! »
Beso platónicamente la mejilla de Sally-Anne, se sentó, probo el vino que Ashe le
había servido y empujo la copa una pulgada hacia atrás. Craig se vio sorprendido
por su estilo.
« Usted que piensa? » le pregunto Henry Pickering a Craig, señalando con la mirada
a la carpeta de fotografías abierta.
« Le gustaron a rabiar, Henry », intervino con rapidez Ashe Levy. « Se volvió
loco... quisiera que hubieses visto su cara cuando le dio el primer vistazo... Como
loco le gustaron, como loco! »
« Bueno », le dijo en voz baja Henry, observando la cara de Craig. « ya le has
explicado el plan? »
« Quiero servírselo bien caliente », sacudió la cabeza Ashe Levy negando.
« Preferí esperarte. »
Se volvió a Craig. « Se trata de un libro », dijo. « El titulo será El África de
Craig Mellow. Tu escribirás sobre el África de tus ancestros, de lo que era y en lo
que se ha convertido. Volverás la pasado y te introducirás en la realidad
palpitante... Hablas con la gente y... »

10
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Perdóname », lo interrumpió Henry. « Entiendo que usted habla una de las dos
lenguas principales... el Sindebele, no es de Zimbabwe? »
« Con fluidez », respondió Ashe por Craig. « Como uno de ellos. »
« Bueno », asintió Henry. « Es cierto que tiene muchos amigos, algunos en los
cargos superiores del gobierno actual? »
Ashe se entrometió de nuevo. « Y como no! Algunos de sus compinches son ministros
en el gobierno de Zimbabwe. No se puede ascender mucho mas. »
Craig bajo la vista sobre la foto del cementerio de elefantes. « Zimbabwe »:
todavía no se había acostumbrado al nuevo nombre que le habían elegido los
vencedores negros. Para el todavía era Rhodesia. Esa era la patria de sus
ancestros, que la habían sacado de la barbarie con el hacha y con la ametralladora
Maxim. La tierra de ellos, como en un tiempo la suya... y, como quiera que se
llamase, siempre su patria.
« Será un trabajo de primera calidad, Craig, sin fijarse en gastos. Puedes ir a
donde te plazca, hablar con quien quieras, el World Bank... Pagara todo... » Ashe
Levy galopaba, entusiasmado, y Craig miro a Henry Pickering.
« El World Bank una editorial? » pregunto sardónicamente Craig. Y cuando Ashe Levy
estaba por responder, Henry Pickering le puso una mano sobre el brazo para
acallarlo.
« Hablare un poco yo, Ashe », dijo. Había advertido el humor de Craig, su tono era
amable y calmado. « La parte principal de nuestra actividad consiste en prestamos a
los países subdesarrollados. Hemos invertido casi mil millones de dólares en
Zimbabwe, y queremos proteger la inversión. Piénselo como un proyecto, queremos que
el mundo sepa del pequeño estado africano, que queremos transformar en un ejemplo
de como un gobierno negro puede alcanzar el éxito. Pensamos que su libro podría
darnos una mano en eso. »
« Y estas? » Craig toco la pila de fotografías.
« Queremos que el libro tenga un impacto visual, además de intelectual. Pensamos
que Sally-Anne podrá aportar eso. »
Craig quedo inmóvil por varios segundos, sintiendo el terror reptar profundo en su
interior, como un reptil repugnante. El terror del fracaso. Luego pensó en tener
que competir con aquellas tremendas fotografías, de tener que producir un texto que
no fuese devorado por las impresionantes vistas a través del lente de esa muchacha.
Estaba en riesgo su reputación, mientras que ella no tenia nada que perder. Las
probabilidades estaban todas con ella; no era una aliada sino una adversaria, y
todo el resentimiento volvió en plenitud, tan intenso que fue casi una especie de
odio. Ella estaba inclinada hacia el a través de la mesa; la luz iluminando sus
largas pestañas y enmarcando esos verdes ojos. Su boca temblando de ansiedad, y
sobre el labio inferior, como una diminuta perla, brillaba una gotita de saliva.
Aun en su estado de rabia y temor, Craig se pregunto como seria besar esa boca.
« Craig », dijo ella, « puedo hacerlo todavía mejor si me da una oportunidad. Y lo
haré seguramente si usted me da esta posibilidad. Por favor! »
« Le gustan los elefantes? » le preguntó Craig. « Le contare una historia de
elefantes. Había un viejo elefante macho que tenia una pulga en la oreja izquierda.
Un día el elefante cruzo un puente en mal estado. Cuando llego al otro extremo, la
pulga grito; Lo hicimos sacudir!' »
Sally-Anne cerro los labios lentamente y palideció. Parpadeo, las negras pestañas
aleteando como mariposas, y cuando las lagrimas le asomaron se aparto de la luz de
la lámpara.
Hubo un silencio, y durante el mismo Craig sintió remordimientos. Se sentía
disgustado por su propia mezquindad y sadismo. Había esperado que ella fuese una
mujer dura y combativa, capaz de responderle con la misma dureza. No esperaba
lágrimas. Quería consolarla, decirle que no había hablado en serio; quería
explicarle su propio miedo e inseguridad, pero ella ya estaba recogiendo las fotos
en su portafolios.
« Partes de su libro eran tan comprensivas, tan compasivas. Yo quería
desesperadamente trabajar con usted », dijo suavemente la muchacha.
« Pero supongo que fui una tonta al creer que usted seria como su libro. » Miro a
Ashe. « Lo lamento, Ashe, perdí el apetito. »
Ashe Levy se levanto rápidamente. « Tomaremos un taxi juntos », dijo. Y luego
despacio a Craig: « Felicitaciones, héroe, llámame cuando tengas listo el nuevo
guión », Siguió rápidamente a Sally-Anne. Mientras atravesaba la salida, Craig le
vio la silueta de las piernas bajo la pollera. Eran largas y bellas. Un instante
mas tarde había desaparecido.

11
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Henry Pickering jugueteaba con su copa, estudiando pensativamente el vino que
contenía.
« Es meada pasteurizada de cabra romana », dijo Craig, sintiendo que tenia la voz
insegura. Le hizo señas al sommelier y le ordeno un Meursault.
« Ese es mejor », comento Henry. « Bueno, quizás lo del libro no fue una gran idea
después de todo, no? » Miro la hora. « Mejor ordenemos. »
Hablaron de otros temas; el default de México, la evaluación de la gestión de la
presidencia de Reagan, el precio del oro. Henry dijo que la plata tenia tendencia
de volver a ascender mas rápidamente, y que muy pronto, en su opinión, los
diamantes recuperarían valor. « Hoy yo compraría acciones de la De Beers »,
aconsejo.
Una esbelta rubia joven se aproximo desde una de las otras mesas mientras estaban
tomando el café. « Usted es Craig Mellow », lo apostrofó. « Lo vi. en la tele. Me
gusto mucho su libro. Por favor me da un autógrafo? »
Mientras Craig firmaba una copia del menú, la muchacha se inclino y le aplasto una
tetita dura y caliente contra su espalda.
« Trabajo en Saks sobre la Quinta, en el puesto de cosméticos », susurró. « Me
puede encontrar allí cuando lo desee. » El aroma de caros perfumes, rapiñados,
perduro después que se fue.
« Siempre las manda a pasear? » pregunto Henry melancólico.
« El hombre es de carne y sangre », se rió Craig, y Henry insistió en pagar la
cuenta.
« Afuera tengo la limosina », dijo. « Puedo llevarlo. »
« Prefiero caminar para bajar la pasta », replicó Craig.
« Sabe, Craig, creo que finalmente terminara por volver al África. He visto como
miro aquellas fotos; como un hambriento. »
« Es posible. »
« El libro, nuestro interés en el; había mas en ello de lo que Ashe entendió. Usted
conoce a los jerarcas negros de allí. Es eso lo que me interesa. Las ideas que
expresó en su libro coinciden con lo que nosotros pensamos. Si decide volver allá,
llámeme primero, Usted y yo podemos intercambiar favores. »
Henry subió al asiento trasero del Cadillac negro, y luego, con la portezuela aun
abierta dijo; « Pienso que esas fotos eran bastante buenas realmente ». Cerró la
puerta y le hizo una seña al chofer y el auto partió.

El Bawu estaba amarrado entre dos nuevos yates comerciales fabricados en serie, un
Camper and Nicholson de catorce metros y un Hatteras convertible, y salía bien
librado en la comparación, aunque ya tenia casi cinco años. Craig le había puesto
cada tornillo con sus propias manos. Se paro en la puerta de la banquina a
mirarlos, pero hoy sus líneas no le proporcionaban tanta satisfacción como otras
veces. Lo llamaron de la oficina. « Hubo un par de llamadas para usted, Craig »,
dijo la empleada. « puede usar este teléfono si quiere. »
Miro las notitas que ella le alcanzaba. Una era de su agente de bolsa, marcada «
urgente », y la otra de un editor literario de un diario del medio oeste. No había
tenido muchos de esos mensajes últimamente.
Primero telefoneo al agente de Bolsa. Habían vendido los certificados de oro
Mocatta que el había comprado por trescientos veinte dólares la onza, a quinientos
dos dólares. Les dio instrucciones para que pusieran el dinero en una cuenta
corriente. Después llamó al otro número. Mientras esperaba la conexión, la muchacha
detrás del escritorio comenzó a moverse mas de lo que era realmente necesario,
inclinándose a recoger cualquier cosa de los cajones mas bajos del archivo de
manera de ofrecerle a Craig una buena vista de lo que tenia debajo de los blancos
bermudas y el escote de la remera rosa.
El editor respondió. Quería saber cuando salía su nuevo libro.
« Que libro? » pensó amargamente Craig, pero respondió; « No sabemos todavía con
precisión la fecha, pero estamos trabajando »,dijo. « Quiere que le de una
entrevista mientras tanto? »
« Gracias, pero esperaremos la publicación, señor Mellow. »
« Larga espera mi querido », pensó Craig, y cuando colgó la chica lo miraba con una
sonrisa luminosa.
« La fiesta es en el Firewater esta noche. »
Todas las noches del año había una fiesta sobre uno u otro yate.
« Usted va? »

12
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Craig miro a la muchacha. Tenia un estomago plano entre los shorts y el top, sin
los anteojos podía verse bastante bonita y que diablos, acababa de hacerse de un
cuarto de millón de dólares con los certificados de oro y pasar por tonto en la
mesa del restaurante.
« Prefiero hacer una fiesta personal a bordo del Bawu », dijo. « Para dos. » Había
sido una buena y paciente muchacha, y había llegado su momento.
El rostro de ella se ilumino y Craig vio que había acertado. Realmente era bastante
hermosa. « Termino aquí a las cinco.
« Lo se », dijo el. « Ven enseguida. »
« Haciendo llorar a una y poniendo contenta a otra », pensó. Debería sentirse bien,
pero naturalmente no fue así.

Craig yacía sobre la espalda, cubierto con una sábana, sobre la ancha cucheta, con
ambas manos tras la nuca escuchando los ruiditos de la noche; el crujir del timón
entre sus topes, el golpeteo de una driza contra el mástil y las bofetadas de las
olitas contra el casco. En el lado opuesto de la dársena la fiesta a bordo del
Firewater estaba todavía en pleno apogeo; hubo un leve chapoteo y una distante
explosión de risas de borrachos cuando arrojaron a alguien sobre la borda al agua.
A su lado la muchacha dormía respirando suavemente.
Se había mostrado ansiosa y muy experta, pero no obstante Craig continuaba nervioso
e insomne. Tenia deseos de subir al puente, pero eso hubiera despertado a la
muchacha y sabia que todavía estaría deseosa y el ya no podía mas. Así que
permaneció acostado permitiendo que las imágenes del portafolio de Sally-Anne,
corrieran por su cabeza como en una linterna mágica; y estas le hicieron evocar
otras que hacia mucho yacían dormidas pero ahora volvieron frescas y vívidas,
acompañadas por los olores y sabores y sonidos del África. De modo que en vez de
las risotadas de los juerguistas del yate, escucho nuevamente el latido de los
tambores nativos a lo largo del río Chobe en la noche; en lugar de las amargas
aguas del río del Este olfateo la tropicales gotas de lluvia sobre la tierra
calcinada, y comenzó a padecer con la agridulce melancolía de la nostalgia y no
pudo dormir mas aquella noche.
La muchacha insistió en prepararle el desayuno. No lo hizo con la misma habilidad
con que hacia el amor, y después que bajo al muelle le tomo casi una hora limpiar
la cocina. Después fue a la cabina.
Corrió las cortinas para que el movimiento sobre la banquina no lo distrajese y se
sentó en el escritorio poniéndose a trabajar. Volvió a leer el ultimo lote de diez
páginas, y se dio cuenta que con suerte podría salvar dos. Puso manos a la obra,
pero los personajes se resistían y decían trilladas estupideces. Después de una
hora de dio vuelta para tomar el diccionario de sinónimos del estante detrás del
escritorio para buscar una palabra alternativa.
« Por Dios, hasta yo se que la gente no dice 'pusilánime' en una conversación común
y corriente », murmuro abriendo el volumen. Y después se detuvo al ver una delgada
hoja de papel de cartas plegada salio revoloteando de entre las páginas.
Secretamente contento de poder tomarse unos instantes de tregua, la desplegó y con
un poco de sorpresa descubrió que era una carta de una chica llamada Janina, una
que había compartido con el las agonías de sus heridas de guerra, que había
transitado con el la larga y lenta senda de la recuperación, había estado a su lado
cuando caminó de nuevo por primera vez después de perder la pierna, que lo había
acompañado en el timón cuando, a bordo del Bawu, habían encontrado la primera
borrasca atlántica.
Era una muchacha que había amado y estuvo a punto de desposarla, pero ahora tenia
gran dificultad en recordar su cara.
Janina le había escrito aquella carta desde su casa en Yorkshire, tres días antes
de casarse con el veterinario que era socio minoritario en el consultorio de su
padre. Releyó lentamente la carta, todas las diez páginas de la misma, y se dio
cuenta del porque de haberla ocultado de si mismo. Janina era amarga solo en parte,
pero alguna de las otras cosas que escribió, cortaban profundamente.
« ... Has sido un fracaso durante tanto tiempo y tan a menudo que tu repentino
éxito se te subió a la cabeza... »
Se detuvo ante la afirmación. Que otra cosa había logrado aparte del libro, aquel
único libro? Y ella le había dado la respuesta.
« ... Eras tan inocente y gentil, Craig, tan amable a tu manera de muchachito
torpe. Por eso quería vivir contigo, pero después que dejamos África, eso se seco
lentamente, comenzaste a ser duro y cínico...

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« ... Recuerdas nuestro primer encuentro, o uno de los primeros, cuando te dije:
Eres un chiquillo malcriado que renuncias a todo lo que vale la pena?... Bueno, es
verdad, Craig. Renunciaste a nuestra relación. No hablo solo de las otras, las
muñecas, la cazadoras de cabezas literarias, sin elástico en la bombacha; quiero
decir que renunciaste al cariño. Permíteme darte un consejito gratis: no renuncies
a lo único que has hecho bien, no dejes de escribir, Craig. Seria un verdadero
pecado.... »
Recordó con que soberbia se había mofado de ese concepto cuando lo leyó la primera
vez. No lo tomó a la ligera ahora; tenia mucho miedo. Le estaba ocurriendo tal y
cual ella lo había predicho.
« Yo llegue a amarte verdaderamente, Craig, no de inmediato, pero poquito a poco.
Tuviste que esforzarte mucho para destruir eso. Ya no te amo mas, Craig. Dudo que
alguna vez ame a otro hombre, ni siquiera al que me desposará el sábado; pero tu me
agradas, y me agradaras siempre. Te deseo lo mejor, pero cuídate de tu enemigo mas
implacable: tu mismo. »
Craig volvió a plegar la carta y tuvo ganas de beber un trago. Fue a la cocina y se
sirvió un Bacardí, una buena dosis con poco jugo de lima. Bebiéndolo releyó la
carta y esta vez una sola frase lo impresionó: « ... Después que abandonamos África
pareció secarse en tu interior... La comprensión, la genialidad... »
« Sí », susurró. « Me seque. Todo se secó adentro. »
Repentinamente su nostalgia se transformó en un dolor insoportable de añoranza por
su hogar. Había perdido el rumbo, la fuente en su interior se había agotado y
deseaba volver al manantial. Rasgó la carta en pequeños trozos y los arrojo a las
turbias aguas del puerto, dejo el vaso y descendió por la pasarela a la banquina.
No quería volver a ver a la muchacha de la oficina, así que telefoneo usando la
cabina publica junto a la entrada del puerto.
Fue mas simple de lo que esperaba. La chica del conmutador lo paso enseguida con la
secretaria de Henry Pickering.
« No estoy segura de que el señor Pickering este disponible. Quien habla, por
favor? »
« Craig Mellow. » Pickering respondió casi inmediatamente.
« Hay un viejo proverbio de los Matabeles que dicen: 'El que bebió en las aguas del
Zambesi deberá volver a beberlas' », dijo Craig.
« Así que esta sediento », dijo Pickering. « Ya me parecía. »
« Me dijo que lo llamara, antes de volver allá. »
« Si, venga a visitarme. »
« Hoy? » pregunto Craig.
« Eh, que urgencia, jovencito! Déjeme que consulte un poco mi agenda... Que le
parece a las seis esta tarde? Es el primer hueco que tengo. »
La oficina de Henry estaba en el piso veintisiete y las altas ventanas enfrentaban
los profundos cañones de las avenidas hacia las verdes expansiones del Central Park
en la distancia.
Henry le sirvió a Craig un whisky con soda y lo llevo a la ventana. Se pararon allí
a mirar las entrañas de la ciudad bebiendo en silencio, mientras el gran disco rojo
del sol lanzaba inquietantes sombras en el crepúsculo púrpura.
« Creo que ya es tiempo de hablar claro », dijo finalmente Craig.
« Dígame que quiere realmente de mi. »
« Quizás tenga razón », admitió el banquero. « El libro no fue mas que un pequeño
pretexto. Aunque personalmente me hubiera gustado ver su texto junto a aquellas
hermosas fotografías... »
Craig hizo un pequeño gesto de impaciencia y Henry prosiguió.
« Yo soy el vicepresidente a cargo de la división africana. »
« Leí su cargo sobre la puerta », asintió Craig.
« Contrariamente a lo que nuestros críticos dicen, nosotros no somos una
institución de beneficencia, sino un baluarte del capitalismo. África es un
continente de Estados económicamente frágiles. Con la obvia excepción de Sudáfrica
y de los países productores de petróleo al norte, se trata sustancialmente de
sociedades agrícolas de pura subsistencia, sin una estructura industrial y con
poquísimos recursos minerales. »
Craig asintió nuevamente.
« Algunos de aquellos que han logrado la reciente independencia del viejo sistema
colonial, todavía se están beneficiando de la infraestructura creada por los
colonizadores blancos, mientras que gran parte de los otros - por ejemplo Zambia,
Tanzania y Maputo – por ejemplo, ya han caído desde hace largo tiempo en el caos

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
del letargo y las fantasías ideológicas. Será difícil salvarlos. » Henry sacudió
tristemente la cabeza y se pareció aun mas a un empresario de pompas fúnebres. «
Pero con otros países como Zimbabwe, Kenya y Malawi, tenemos una buena oportunidad:
el sistema todavía funciona. Y aun los establecimientos rurales no han sido
totalmente diezmados, y entregados a hordas de campesinos abusadores, el
ferrocarril funciona, y hay alguna ganancia en el balance comercial por las
exportaciones de cobre y cromo y el turismo. Con un poco de suerte podemos
mantenerlas funcionando. »
« Y porque molestarse? » preguntó Craig. « No me acaba de decir que el World Bank
no es una institución de beneficencia? Porque molestarse »
« Porque si no los alimentamos, tarde o temprano tendremos que combatirlos, tan
simple como eso. Si comienzan a morir de hambre, adivine en cuales grandes garras
rojas terminaran por caer? »
« Entiendo. Tiene mucho sentido », dijo Craig bebiéndose el whisky.
« Volviendo a la realidad por un momento », prosiguió Henry, « los países en
nuestra corta lista tienen un bien explotable: nada tangible como el oro, pero
mucho mas preciado. Atraen a turistas occidentales. Si alguna vez vamos a ver algún
interés en los billones que hemos invertido en ellos, conviene asegurarnos que
permanezcan atractivos. »
« Y como lo hará? » pregunto Craig.
« Tomemos a Kenya, por ejemplo », sugirió Henry. « Por supuesto que tienen sol y
playas hermosas, pero también los tienen Grecia y Cerdeña, que están mucho mas
cerca de Paris o Berlín. Lo que los Mediterráneos no tienen es la vida salvaje del
África. Y por eso los turistas volaran todas esas horas extras, y esa es la
consecuencia de nuestros empréstitos. Los dólares de los turistas son los que nos
mantienen en el negocio. »
« Okay, pero todavía no entiendo donde entro yo », frunció el ceño Craig.
« Espere, ya llegaremos a eso a su debido tiempo », dijo Henry. « Pero déjeme
explayarme un poco en el cuadro general. El hecho es que, desgraciadamente, la
primera cosa que los negros africanos echa mano apenas conquistada la independencia
después que se van los blancos es el marfil, los cuernos de rinoceronte y la carne
de los animales. Un solo rinoceronte o elefante para un africano representa mas
riqueza que la que pueden ganar honestamente en diez años de trabajo. Por cincuenta
años el departamento de caza conducido por blancos ha protegido todas esas
maravillosas riquezas, pero ahora que los blancos han escapado a Australia o a
Sudáfrica, un jeque árabe pagara veinticinco mil dólares por una daga con
empuñadura genuina de cuerno de rinoceronte, y los victoriosos guerrilleros del
país africano tienen un AK 47 en sus manos. Todo es muy lógico. »
« Si, lo he visto », asintió Craig.
« y sucedió lo mismo en Kenya. La caza furtiva era un gran negocio, y estaba
manejado desde la cúpula: es decir del mismo vértice del poder. Nos tomo quince
años y la muerte de un presidente, para romper esa componenda. Ahora Kenya tiene
las mas estrictas leyes de protección de la fauna en África; y lo mas importante,
las hacen respetar. Tuvimos que utilizar toda nuestra influencia. Hasta amenazar
con recortarles los fondos, pero ahora nuestras inversiones están bien protegidas.
» Henry adopto un aire petulante por un momento, después sucumbió a su natural
melancolía. « Exactamente el mismo camino debemos emprender hoy en Zimbabwe. Ha
visto las fotos de la masacre sobre el campo minado. Lo organizaron, y de nuevo
sospechamos que el responsable es alguien en un alto puesto. Tenemos que
detenerlo.»
« estoy esperando escuchar como me afecta eso. »
« Necesito un agente en el campo. Un hombre experto, quizás alguien que haya
trabajado en el departamento de caza y fauna salvaje; alguien que hable la lengua
local, que tenga una legitima excusa para moverse y hacer preguntas; quizás un
escritor investigando para un nuevo libro que tenga contactos de alto nivel en el
gobierno. Por supuesto, si mi agente tiene reputación internacional, se le abrirían
aun mas puertas y si fuese un dedicado proponente del sistema capitalista y
realmente creyera en lo que estamos haciendo, seria totalmente efectivo. »
« Yo, James Bond? »
« No, investigador para el World Bank. La paga es de cuarenta mil dólares anuales,
mas gastos y mucha satisfacción laboral y si no hay un libro al final de todo, le
pagaré una cena en la Grenouille con el vino a su elección. »
« Como dije al principio, Henry... Porque no dejamos la cháchara y me pone al tanto
de todo? »

15
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Fue la primera vez que Craig escucho reír a Henry. Era una risa verdaderamente
contagiosa, calida, gutural.
« Su percepción confirma lo acertado de mi elección. Muy bien Craig, hay algo mas
que eso. No quise hacerlo demasiado complicado, no hasta que se hubiese metido en
el asunto. Permítame que le sirva otro trago. »
Fue hasta el mueble-bar que tenia la forma de un antiguo globo terráqueo y mientras
hacia tintinear los trozos de hielo, prosiguió.
« Para nosotros es vital tener siempre un panorama completo de lo que se mueve bajo
la superficie en todos los países en donde tenemos alguna intervención. En otras
palabras, un sistema de inteligencia funcionando. Nuestro dispositivo en Zimbabwe
no es ni por asomo tan eficiente como desearíamos que fuera. Últimamente perdimos
un hombre clave en un accidente de tránsito, al menos en apariencia. Antes de morir
nos dio una pista que había recogido, los rumores de un golpe de estado respaldado
por los ruskies. »
Craig suspiró. « Nosotros los africanos no ponemos mucha confianza en las urnas. Lo
único que cuenta son las lealtades tribales y un brazo fuerte. Un golpe de estado
tiene mas sentido que los votos. »
« Entonces, estas en el equipo? » preguntó Henry.
« En los gastos están comprendidos los pasajes aéreos de primera clase? » preguntó
Craig maliciosamente.
« Cada hombre tiene su precio; este es el suyo? » replicó Henry.
« No me vendo tan barato », Craig sacudió la cabeza, pero odio que un fantoche
soviético mande en la tierra donde esta enterrada mi pierna. Tomo el trabajo. »
« Me lo suponía. » Henry le extendió la mano. Era fría y sorprendentemente fuerte.
« Te mandare a tu yate un mensajero con una carpeta y un kit de emergencia. Lea la
carpeta y devuélvamela con el mensajero. Guárdese el kit. »
El kit de emergencia de Henry Pickering contenía una colección de tarjetas
impresas, una membresía del TWA Ambassadors Club, una tarjeta de crédito Visa sin
limite del World Bank. Y un distintivo en forma de estrella de metal esmaltado, en
un estuche de cuero, con la leyenda « Asesor de Campo World Bank ».
Craig lo sopesó en la mano. « Con esto se podría darle por la cabeza a un león come
hombres »,murmuró « No veo para que otra cosa podrá servir. »
La carpeta era mucho mas interesante. Cuando termino de leerlo, comprendió que el
cambio de nombre de Rhodesia a Zimbabwe era probablemente uno de los menos
drásticos cambios que habían acontecido en su tierra natal desde que le había
dejado apenas unos pocos años antes.

Craig condujo lentamente el Volkswagen que había alquilado sobre las suaves colinas
cubiertas de hierbas doradas, manteniendo el pie livianamente sobre el pedal del
acelerador. La muchacha Matabele, en la oficina de Avis del aeropuerto de Bulawayo,
le había advertido: « El tanque esta lleno, señor, pero no se cuando podrá llenarlo
de nuevo. Escasea el combustible en Matabeleland ».
En la misma ciudad había visto con sus propios ojos las larguísimas colas en los
surtidores, y el dueño del motel lo había puesto en guardia a Craig cuando se
registraba y tomaba las llaves de su bungalow.
Los rebeldes de Maputo continúan saboteando el oleoducto que llega desde la costa
este. Y lo peor es que, apenas cruzando la frontera, los sudafricanos tienen toda
la que quieren y estarían felices de negociar, pero nuestros brillantes gobernantes
no quieren el combustible de los racistas, y así todo el país esta detenido. La
plaga de las fantasías políticas! Para subsistir tenemos que tratar con ellos, y ya
es tiempo que ellos acepten esa simple realidad. »
De modo que Craig manejaba con cuidado, pero le agradaba viajar despacio. Le daba
tiempo para examinar el paisaje familiar, y evaluar los cambios que unos pocos años
habían traído.
Salio de la ruta asfaltada a unos treinta kilómetros de la ciudad y tomo la
amarillenta ruta de tierra que se dirigía al norte. Después de un par de kilómetros
llego a la cerca y vio de inmediato que la tranquera colgaba de una bisagra y
estaba abierta. Era la primera vez que la veía en esas condiciones. Estacionó y
trato de cerrarla tras de si, pero el marco estaba torcido y las bisagras se habían
oxidado. Abandono el esfuerzo y dejo el camino para examinar el cartel que estaba
tirado en el suelo.
Había sido arrancado, los pernos que lo sostenían, rotos. Yacía, con la leyenda
para arriba, y aunque desteñido por el sol, todavía era legible:

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
ESTABLECIMIENTO DE TOROS DE RAZA AFRIKANDER
AQUI NACIÓ EL BALLANTYNE ILLUSTRIOUS IV
GRAN CAMPEON DE CAMPEONES
PROPIETARIO: JONATHAN BALLANTYNE.

Craig tenia una vivida imagen mental de la gran bestia roja con la grupa jorobada y
los pliegues del vientre oscilantes bajo la gran mole, con la roseta azul del
campeón sobre la mejilla, el anillo en el hocico. Su abuelo materno, Jonathan «
Bawu » Ballantyne, conduciéndolo orgullosamente del anillo de bronce insertado en
el brillante hocico húmedo.
Craig volvió al Volkswagen y condujo a través del campo sobre los pastos que una
vez habían sido tupidos dorados y dulces, pero ahora se veía la tierra entre las
matas como la cabeza calva de un hombre de mediana edad. Estaba apenado por la
condición de las pasturas. Nunca, ni siquiera en los cuatro años de sequía de los
años cincuenta, los pastos de King's Lynn habían estado tan deteriorados como
ahora, y Craig no se explicaba la causa hasta que se detuvo nuevamente junto a un
matorral de espinos camello que arrojaban su sombra en el camino. Cuando detuvo el
motor oyó los balidos entre los espinos y ahora se sintió verdaderamente
escandalizado.
« Cabras! » dijo en voz alta. « Están criando cabras e King's Lynn! » el alma de
Bawu Ballantyne no debe tener paz ni descanso. Cabras en sus amadas pasturas. Craig
Fue a mirarlas. Eran doscientas o mas en un solo rebaño. Algunos de los ágiles
animales multicolores habían trepado alto en los árboles y se estaban comiendo la
corteza y las chauchas, mientras otras ramoneaban abajo en los pastos arrasando
hasta las raíces, por lo cual en breve el árbol moriría y el suelo quedaría
estéril. Craig había visto la devastación que esos animales habían producido en los
territorios asignados a la tribu.
Había dos muchachitos Matabele desnudos con el rebaño. Quedaron encantados cuando
Craig les hablo en su propia lengua. Se rellenaron las bocas con los caramelos
baratos que Craig había traído para la ocasión y se pusieron a charlar sin
inhibiciones.
Si, ahora había treinta familias viviendo en King's Lynn, y cada familia tenia su
propio rebaño de cabras, las mejores cabras de Matabeleland, se jactaron con las
bocas llenas. Debajo de los árboles un viejo macho cabrio se estaba montando a una
joven cabra con vigorosos golpes de ancas. « Mira », gritaron los pastorcitos,
« como les gusta reproducirse? Pronto tendremos mas cabras que todas las otras
familias. »
« Que les sucedió a los blancos que vivían acá? » preguntó Craig.
« Se fueron! » le dijeron orgullosamente. « Nuestros guerreros los expulsaron hacia
donde habían venido y ahora la tierra pertenece a los hijos de la revolución. »
Tenían seis años, pero ya sabían de memoria el catecismo de la revolución.
Cada muchachito tenia colgada a cuello una honda hecha con la goma de viejas
cámaras de auto, y alrededor de la cintura un rosario de pájaros que habían matado
a hondazos: golondrinas, palomas y pájaros cantores de bellos colores. Craig sabia
que a mediodía los cocinarían sobre las brasas, simplemente dejando que se quemaran
las plumas y después devorándose con gran apetito las pequeñas carcasas
ennegrecidas.
Los pastorcitos siguieron a Craig hasta el camino, pidiéndole mas caramelos y lo
saludaron como a un viejo amigo. Pese a las cabras y los pájaros, Craig sintió
nuevamente el abrumador afecto por aquella gente. Después de todo era su gente y
era hermoso encontrase de nuevo en casa.
Se detuvo otra vez sobre la cima de la colina y miro hacia abajo, a la casa. Los
prados no existían mas debido a la falta de atención, y las cabras habían pasado
sobre los canteros de flores. Aun a esa distancia, Craig pudo ver que la casa
estaba deshabitada. Las ventanas estaban rotas y mostraban negros huecos como de
dientes faltantes, y la mayor parte de las chapas de asbestos que formaban el techo
habían sido robadas y se veían las vigas desnudas y esqueléticas contra el cielo.
Las chapas de asbesto se habían usado para construir los destartalados cobertizos
habitados por los ocupas de la propiedad, cercanas a los viejos establos.
Craig descendió de la colina y estaciono junto al reservorio de agua. La cisterna
estaba sin agua y medio llena de tierra y basuras. Paso hacia el campamento de los
usurpadores. Había una media docena de familias viviendo allí. Craig disperso
A los perros ladradores que le salieron al encuentro con unas pocas piedras bien
lanzadas, después saludo al viejo que estaba sentado junto a uno de los fuegos.

17
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Te veo, viejo padre. » Nuevamente su dominio de la lengua causo placer. Se sentó
junto al fuego por una hora, charlando con el viejo Matabele, con las palabras
llegándole mas y mas fluidas a la lengua y los oídos mientras se ajustaban al ritmo
y matices del Sindebele. Junto a ese fuego se enteró mas de lo que había
descubierto durante los cuatro días desde su llegada a Matabeleland.
« Se nos dijo que después de la revolución cada hombre tendría un hermoso auto y
quinientas cabezas del mejor ganado del hombre blanco. » El viejo escupió en el
fuego. « Los únicos que tienen autos son los ministros del gobierno. Se nos dijo
que siempre tendríamos la panza llena, pero ahora los alimentos cuestan cinco veces
mas que cuando Smith y los otros blancos huyeron del país. Todo cuesta cinco veces
mas, azúcar, sal y jabón, todo. »
Durante el régimen blanco, un estricto control de la balanza comercial y una rígida
estructura de control de precios internos había aislado al país de los peores
efectos de la inflación, pero ahora estaban experimentando todas las alegrías de
haber reingresado en la comunidad internacional y el dinero local ya se había
devaluado en un veinte por ciento.
« No podemos permitirnos la crianza de ganado bovino », explico el viejo, « así que
criamos cabras. Cabras! » Escupió otra vez en el fuego y miro chisporrotear la
flema. « Cabras! Como los comemierda de los Shonas. » El odio tribal bullía como su
salivazo.
Craig lo dejo farfullando agriamente junto al fuego que humeaba y camino hacia la
casa. Mientras subía los escalones de la ancha veranda, tuvo una extraña
premonición de que su abuelo saldría repentinamente a recibirlo con algún sarcasmo.
Con los ojos de la mente vio otra vez al viejo, alto y derecho con el espeso
cabello plateado, la piel como cuero curtido y esos ojos increíblemente verdes de
los Ballantyne, frente a el.
« En casa de nuevo con la cola entre las piernas, eh, Craig? » Sin embargo la
galería estaba cubierta de escombros y cagadas de las palomas salvajes que anidaban
sin ser molestadas en las traviesas del techo.
Camino hasta la puerta doble que daba a la vieja biblioteca. En un tiempo habían
existido dos grandes colmillos de elefante enmarcando esa puerta, el macho que el
tatarabuelo de Craig había cazado en 1860. Esos colmillos eran una reliquia de
familia y siempre habían guardado la puerta de King's Lynn. El viejo abuelo los
tocaba cada vez que pasaba, así que había una zona pulida sobre el marfil amarillo.
Ahora solo quedaban los agujeros en el muro donde habían sido arrancado los pernos
que sostenían el marfil. Las únicas reliquias de familia que había heredado y que
todavía poseía, era la colección de diarios familiares encuadernados en cuero, los
registros de sus ancestros, laboriosamente manuscritos, desde el arribo de su
tatarabuelo al África mas de cien años antes. Los colmillos hubieran complementado
a los viejos libros. Los buscaría, se prometió, tesoros tan raros deberían ser
fáciles de encontrar.
Entro en la casa abandonada. Las estanterías y el piso de madera habían sido
arrancados por los ocupantes para hacer fuego, los vidrios de las ventanas habían
servido como blancos de los niños negros con sus hondas. Los libros, las
fotografías de las paredes, las alfombras y el pesado mobiliario de teca rhodesiana
había desaparecido. La hacienda era una cáscara vacía, pero una cáscara fuerte. Con
la palma abierta Craig palmeo los muros construidos por su tatarabuelo Zouga
Ballantyne en bloques de piedra tallados a mano y caliza que había tenido casi cien
años de fraguado para endurecerse como diamante. El golpe resonó solidamente. Se
necesitaría un poco de imaginación y una buena cantidad de dinero para transformar
esa cáscara vacía, nuevamente en una casa esplendida.
Craig salio de la casa y ascendió el kopje detrás de la casa hasta el cementerio
familiar, rodeado por un muro bajo, que se extendía bajo los árboles de msasa sobre
la cima rocosa. Entre las lapidas crecía la hierba. El cementerio había sido
abandonado pero no vandalizado como muchos otros monumentos de la era colonial.
Craig se sentó al costado de la tumba de su abuelo y dijo: « Hola Bawu, he
retornado ». y se sorprendió cuando casi escucho la socarrona voz del viejo
hablando en su mente.
« Si, cada vez que te golpeas el culo vuelves aquí enseguida, que paso esta vez? »
« Me seque, Bawu », respondió en voz alta. Después silencio. Quedo sentado por
largo rato, y muy lentamente sintió que el tumulto interior se aplacaba.
« El lugar esta hecho un desastre, Bawu », dijo de nuevo; al sonido de su voz una
lagartija de cabeza azul huyo bajo la lápida del abuelo. « Se han llevado los
colmillos de la galería, y están criando cabras en tus mejores pastizales. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Otra vez quedo en silencio, pero ahora estaba comenzando a calcular y planificar.
Permaneció allí por casi una hora y después se puso de pie.
« Bawu, que te parecería si saco las cabras de tus pastizales? » preguntó, y
descendió la colina volviendo al Volkswagen.
Eran casi las cinco cuando volvió a la ciudad. La oficina inmobiliaria y de remates
frente al Standard Bank todavía estaba abierta. El cartel había sido repintado de
rojo, y tan pronto Craig entro, reconoció la cara roja del fornido rematador en
shorts y camisa mangas cortas color kaki.
« Así que no “cortaste la cuerda” como el resto de nosotros, Jock », lo saludó
Craig. « Cortar la cuerda », era la expresión derogativa para todos los que
emigraban. De los doscientos cincuenta mil rhodesianos blancos, casi ciento
cincuenta mil habían “cortado la cuerda” desde el comienzo de las hostilidades, y
la mayoría de ellos habían partido después de perder la guerra y que el gobierno de
Robert Mugabe tomo el control.
Jock lo miro. « Craig! » exploto. « Craig Mellow! » le agarro la mano con una zarpa
callosa. « Si, me quede, pero a veces me siento mortalmente solo. Pero tu la
hiciste bien, por dios! Dicen en los diarios que con ese libro has hecho un millón
de dólares. Aquí apenas podían creerlo. El viejo Craig Mellow, decían. Figúrate,
nada menos que el! »
« Eso decían? » La sonrisa de Craig se endureció, y retiro su mano.
« No puedo decir que a mi me haya gustado tanto el libro », dijo Jock sacudiendo la
cabeza. « Hiciste que todos los negros se vieran como maldito héroes. Pero eso es
lo que les gusta en el exterior, no es así? Lo Negro es bello, eso es lo que vende
libros, eh? »
« Algunos críticos me han tildado de racista », murmuró Craig.
« No se puede contentar a todos todo el tiempo. »
Jock no lo escuchaba. « Otra cosa, Craig; era necesario decir que mister Rhodes era
un maricón? » Cecil Rhodes, el padre de los colonos blancos, había muerto hacia
ochenta años, pero los viejos lo llamaban todavía « mister Rhodes ».
« Di los motivos en el libro », trato de calmarlo Craig.
« Era un gran hombre, Craig, pero hoy es la moda de los jóvenes desacreditar cada
grandeza, como perros bastardos mordiendo los talones de un león. » Craig se dio
cuenta que Jock se estaba acalorando con el argumento, y trato de cambiar de tema.
« Que te parece un trago, Jock? » pregunto y Jock se interrumpió. No era solo por
el sol africano que tenia la nariz y las mejillas rojas.
« Ahora si que nos entendemos », dijo Jock lamiéndose los labios. « Ha sido un
largo y seco día. Permíteme ir a la licorería. »
« Si traes una botella, podremos beberla charlando aquí. »
Los últimos rastros de hostilidad de Jock se evaporaron. « Buena idea. La licorería
tiene algunas botellas de Dimple Haig... y conseguiré un baldecito con hielo,
mientras tu me esperas. »
Se sentaron en la oficinita de Jock, bebiendo el buen whisky en vasitos baratos. El
humor de Jock Daniels había mejorado perceptiblemente.
« Nome fui Craig, porque no sabia a donde ir. Inglaterra? No he vuelto allí desde
la guerra. Sindicatos, lluvias, no gracias. Sudáfrica? Van a terminar como
nosotros; al menos acá ya lo pasamos, historia terminada. » Se sirvió otra dosis de
whisky. « Si te vas, te dejan llevarte doscientos dólares. Doscientos dólares para
empezar de nuevo, a los sesenta y cinco años? No, muchas gracias! »
« Y como se esta aquí, ahora Jock? »
« Sabes como le dicen a un optimista aquí? » preguntó Jock.
« A quien cree que las cosas no pueden empeorar mas de lo que están. » Se rió de su
chiste, dándose palmadas en los muslos peludos.
« No, bromeaba. No te va tan mal. Si te adecuas a condiciones inferiores de vida,
mantienes la boca cerrada y no te ocupas de política, todavía puedes vivir bastante
bien, probablemente tan bien como en cualquier otra parte del mundo. »
« Los grandes agricultores y ganaderos... Como la pasan? »
« Son la élite. El gobierno ha recobrado el sentido. Han desechado toda esa basura
de nacionalizar la tierra. Se enfrentaron al hecho de que si tienen que alimentar a
las masas negras, tienen necesidad de los latifundistas blancos. Han llegado a
estar muy orgullosos de ellos; cuando llega una visita de estado, un comunista
chino o un ministro de Libia, le dan un tour por las plantaciones y ranchos
ganaderos de los blancos para hacerles ver que bien que van las cosas... »
« Cuanto cuesta la tierra? »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Al final de la guerra, cuando ganaron los negros que gritaban a los cuatro
vientos de tomar las granjas y devolvérselas a las masas, no costaba nada », dijo
Jock regurgitando ruidosamente un sorbo de whisky. « Toma la sociedad de tu familia
por ejemplo, la Rholands Ranching Company, que poseía las tres haciendas: King's
Lynn, Queen's Lynn y esa vastísima extensión al norte, colindante con la reserva de
caza de Chizarira, tu tío Douglas vendió todo en bloque por un cuarto de millón de
dólares. Antes de la guerra podría haber pedido tranquilamente diez millones de
dólares. »
« Un cuarto de millón! » se escandalizó Craig. « La regaló! »
« Eso incluía todo el stock de toros africanos premiados y vacas de cría, todo el
lote. » Jock relataba con placer. « Ves, debió irse a la fuerza. » Había sido
miembro del gobierno de Smith desde el comienzo y sabia era un hombre marcado una
vez que el gobierno negro tomo el poder. Se lo vendió a un consorcio suizo -
alemán, y le pagaron en Zurich. El viejo Dougie tomo a su familia y se fue a
Australia. Por supuesto el ya tenia algunos millones fuera del país, así que pudo
comprarse un hermoso establecimiento ganadero en Queensland. Solo nosotros los
pobretones que todo lo que tenemos esta aquí, tuvimos que quedarnos. »
« Tomate otro », le ofreció Craig, y lo llevo de vuelta al asunto de la Rholands
Ranching Co. « Que hizo el consorcio, con la Rholands? »
« Malditos astutos teutones! » Jock tenia ahora la lengua como de trapo. «
Reunieron todo el ganado, coimearon a algunos en el gobierno para conseguirse un
permiso de exportación y las embarcaron para Sudáfrica. Escuche que las vendieron
por un millón y medio allí. Recuerda que eran todas de pedigrí, campeones de
campeones. Así ganaron mas de un millón, y luego repatriaron la ganancia en
acciones de oro e hicieron otro par de millones. »
« Despojaron a los establecimientos y ahora los han abandonado? » preguntó Craig, y
Jock asintió pesadamente.
« Están tratando de revender la compañía, por supuesto. La tengo en mis libros...
Pero hará falta un gran capital para repoblarla y ponerla en funcionamiento. Y
nadie esta interesado en hacerlo. Quien querría invertir en un país inestable y al
borde de la bancarrota como este? Contéstame eso! »
« Cuanto piden por la compañía? » preguntó Craig despreocupadamente. Jock Daniels
volvió a estar sobrio milagrosamente y miro a Craig con los ojos del agente
inmobiliario que entrevé el negocio.
« No estarás tu interesado? » su mirada se hizo ahora mas penetrante. « Realmente
hiciste un millón de dólares con ese libro? »
« Cuanto piden? » repitió Craig.
« Dos millones de dólares. Eso porque no he encontrado un comprador. A muchos de
los muchachos de acá, les gustaría meter las zarpas en esos pastizales, pero dos
millones! Quien tiene tanta plata en este país? »
« Suponiendo que pudiera pagarse en Zurich, bajaría el precio? » pregunto Craig.
« Apestan los sobacos de un shona?! »
« Cuanto rebajarían? »
« Podrían aceptar un millón, en Zurich. »
« Un cuarto de millón? »
« Nunca, ni soñando, ni en diez mil años », dijo Jock sacudiendo dramáticamente la
cabeza.
« Telefonéales. Dile que los establecimientos están plagados de ocupantes intrusos
y que tratar de echarlos provocaría una revuelta política. Dile que crían cabras en
las pasturas y que en un año se convertirán en un desierto. Recálcales que
rescataran intacta la inversión original. Dile que el gobierno ha amenazado con
apropiarse de toda la tierra de propietarios ausentes y que podrían perder todo. »
« Todo es verdad », asintió Jock. « Pero un cuarto de millón! Me harás perder el
tiempo. »
« Telefonéales. »
« Quien paga la comunicación? »
« La pago yo, tu no pierdes nada, Jock. »
Jock suspiró resignado. « Bueno, los llamo. »
« Cuando? »
« Hoy es viernes, no tiene sentido llamarlos antes del lunes. »
« Muy bien, y mientras tanto me puedes conseguir unas latas de combustible? »
preguntó Craig.
« Para que la quieres? »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Me voy a Chizarira. Hace diez años que falto de allí. Si la compro, me gustaría
verla de nuevo. »
« Yo no lo haría, Craig. Es zona de bandoleros. »
« La palabra correcta es disidentes políticos. »
« Son criminales », dijo gravemente Jock, « y o te dispararan en el culo haciéndote
mas agujeros de los que ya tienes, o te secuestraran para pedir un rescate, o ambas
cosas. »
« Tu consígueme el combustible, yo corro el riesgo. Estaré de vuelta el lunes de la
próxima semana para escuchar que tienen que decir tus amigos de Zurich. »

Era una tierra maravillosa, todavía salvaje e intacta – sin alambrados ni cultivos
ni edificios - protegida del influjo del ganado y de campesinos por el anillo de la
mosca tse-tse que se extendía desde el valle del Zambesi hasta los bosques a lo
largo de los riscos.
Por un costado estaba limitada por la reserva de Chizarira, y por el otro por la
reserva del bosque de Mzolo, ambas áreas, eran vastos reservorios de fauna salvaje.
Durante la depresión de 1930, el viejo Bawu había elegido la tierra con cuidado y
pagado seis peniques por acre, cien mil acres por dos mil quinientas libras
esterlinas. « Por supuesto nunca será un terreno adaptado para la cría de ganado »,
le había dicho a Craig una vez que habían acampado bajo las higueras salvajes junto
a una profunda olla verde del río Chizarira, y miraban a las garzas descender
contra el sol en el ocaso para posarse en los blancos bancos de arena mas allá de
la orilla opuesta. « La hierba es muy ácida, y la mosca tse-tse matara cualquier
animal que se quiera criar aquí; pero por ese motivo siempre será una zona intacta
de África, como en los viejos tiempos. »
El viejo la usaba como reserva de caza y para ir de vacaciones. Nunca había cercado
con alambre de púas ni construido una cabaña, prefiriendo dormir sobre la tierra
desnuda bajo las ramas de las higueras.
Bawu, había cazado muy selectivamente; solo elefantes, leones, rinocerontes y
búfalos, solo caza peligrosa, pero los había protegido de otros fusiles; hasta a
sus hijos y nietos se les había denegado el derecho de cazar allí.
« Es mi pequeño paraíso privado », le había dicho a Craig, « y soy lo bastante
egoísta como para mantenerlo así. »
Craig dudaba que la ruta hasta la ollas hubiera sido utilizada desde que el y el
viejo estuvieron juntos ahí diez años antes. Estaba completamente cubierta de
hierba, los elefantes habían derribado mopanis atravesándola como rudimentarias
barreras de ruta, y las grandes lluvias la habían casi borrado por completo.
« Al diablo señor Avis », dijo Craig, y arremetió con el pequeño Volkswagen.
Sin embargo el vehiculo de tracción delantera era bastante liviano y ágil para
afrontar hasta los mas hostiles lechos de río secos, aunque Craig tuvo que
mejorarle la tracción, en los lechos de arena, con ramas cruzadas para
proporcionarle agarre a las ruedas en la arena fina. Perdió el rumbo una media
docena de veces y solo lo encontró después de una laboriosa exploración a pie.
En una oportunidad metió las ruedas en la madriguera de un oso hormiguero y tuvo
que levantar el tren delantero para desencajar la maquina y se paso la mitad del
tiempo buscando rodeos para evitar los bloqueos causados por los elefantes. Pero
finalmente tuvo que abandonar el Volkswagen y cubrir a pie los pocos kilómetros que
le faltaban. Llego a las lagunas con las ultimas luces del día.
Se envolvió en la colcha que había escamoteado del motel y durmió tranquilamente
sin soñar o agitarse para despertar en la magia de la aurora africana. Comió
porotos cocidos enlatados con el café, después dejo su mochila y colcha bajo las
higueras salvajes y caminó a lo largo de la orilla del río.
A pie, solamente podía cubrir una pequeña parte de la amplia cuña de terreno
salvaje que se extendía por mas de cien mil acres, pero el río Chizarira era el
corazón y la arteria de ese territorio. Lo que encontrara allí le permitiría juzgar
que cambios se habían producido desde su ultima visita.
Casi inmediatamente se dio cuente que todavía había bastante de las mas comunes
variedades de vida salvaje en el bosque. Los espectrales kudus, de cuernos
espiralados, huían saltando, sacudiendo las esponjosas colas blancas, y los
graciosos impalas aparecían como humo rosado entre los árboles. Después encontró
rastros de animales mas raros. Primero las huellas frescas de un leopardo en la
arcilla al borde del agua, donde el felino había bebido durante la noche, y luego,
las elongadas huellas con forma de lagrima y las deposiciones fecales como racimos
de uvas del magnifico antílope sable.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Para el almuerzo comió fetas de salame que corto con el cuchillo de caza, y el jugo
dulce de las vainas del baobab. Cuando reanudo la caminata llego a un extenso
bosquecillo de ébanos salvajes y siguió una de las serpenteantes sendas de animales
que lo atravesaban. No había avanzado mas de un centenar de pasos cuando llego a un
pequeño claro en el medio del matorral de ramas entrelazadas y experimento una
oleada de jubilo.
El claro olía como un corral para ganado, pero mas fétido y salvaje. Lo reconoció
como un estercolero, un muladar natural adonde el animal retorna habitualmente a
defecar. Por las características de los excrementos, compuesto de ramitas y
cortezas digeridas, y del hecho que estos habían sido revueltos y desparramados,
Craig supo de inmediato que era el estercolero de un rinoceronte negro, una de las
especies mas raras y en peligro de extinción del África.
A diferencia de su primo el rinoceronte blanco, que pasta en las praderas y es un
animal placido y letárgico, el rinoceronte negro se nutre de las ramas mas bajas de
los espesos arbustos que frecuenta. Por naturaleza es un animal irascible,
inquisitivo, estupido y nervioso. Cargara contra cualquier cosa que lo moleste, sea
hombre, caballo, camión o hasta una locomotora.
Antes de la guerra era famosa una bestia que vivía sobre las pendientes del valle
del Zambesi, donde tanto la carretera como la vía férrea comenzaban el descenso
hacia las cataratas Victoria. Había acumulado una cantidad de dieciocho camiones y
buses, esperándolos en una sección empinada de la carretera donde debían viajar a
paso de hombre, y los topaba de frente de modo que su cuerno les perforaba el
radiador en un estallido de vapor. Luego, perfectamente satisfecho trotaba de
regreso a los espesos arbustos lanzando chillidos de triunfo.
Envalentonado por el éxito, terminó sobreestimándose cuando se la tomo con el
Victoria Express, avanzando pesadamente en los rieles como un caballero medieval en
el andarivel de una justa. La locomotora hacia unos cuarenta kilómetros por hora y
el rinoceronte, pesando unas dos toneladas avanzaba a mas o menos la misma
velocidad en dirección opuesta. El encontronazo fue monumental. El rápido tuvo que
detenerse con las ruedas patinando inútilmente, pero el rinoceronte llego al fin de
su carrera como destructor de radiadores.
La ultima deposición de estiércol en el muladar había sido dentro de las
precedentes doce horas, estimó Craig con alegría, y las huellas indicaban un grupo
familiar de un macho, la hembra y un pequeño. Craig recordó la vieja leyenda
Matabele que explicaba el habito del rinoceronte de esparcir las heces, y su temor
por el puercoespín, el único animal de la selva que lo hacia huir presa de pánico.
Decían los Matabeles que en la noche de los tiempos el rinoceronte le había pedido
prestado una púa al puercoespín para coser una herida causada por una espina en su
gruesa piel. El rinoceronte prometió devolverle la púa en su próximo encuentro.
Después de reparar la rotura con filamentos de corteza, el rinoceronte puso la púa
entre sus labios mientras admiraba su trabajo y sin querer se la tragó. Ahora el
todavía busca la púa, y continuamente evita las recriminaciones del puercoespín.
La población mundial del rinoceronte negro probablemente no supera unos pocos miles
de ejemplares, y tener todavía algunos sobrevivientes aquí complació a Craig e hizo
mucho mas viables sus planes tentativos para el área.
Todavía sonriendo siguió las huellas frescas que partían desde el muladar,
esperando hacer algún avistare, y había hecho solo un kilómetro cuando apenas mas
allá de la pared gris de los impenetrables arbustos que flanqueaban la estrecha
senda, hubo un repentino chillido de alarma y una nube de pájaros marrones se elevo
sobre el matorral. Esos bochincheros pájaros vivían en simbiótica relación con los
grandes paquidermos, alimentándose exclusivamente con las garrapatas y moscas chupa
sangre que los infestaban, y en retribución actuaban como atentos centinelas para
advertir el peligro.
Enseguida tras la alarma, hubo un ensordecedor resoplido y bufidos como de un motor
a vapor, con un crujido el matorral se abrió y Craig consiguió ver lo que quería,
una enorme bestia gris irrumpió en el sendero a treinta pasos de el y todavía
lanzando explosiones de indignación, escudriñando con sus ojillos miopes sobre el
doble cuerno pulido en busca de algo contra que cargar.
Sabiendo que los débiles ojos de la bestia no distinguirían a un hombre inmóvil a
mas de quince pasos, y que la leve brisa soplaba directamente sobre su cara, Craig
se mantuvo inmóvil pero preparado para lanzarse hacia un costado si el rinoceronte
cargaba. El rinoceronte giraba hacia uno y otro lado con sorprendente agilidad, sin
que se apaciguara su ira, y en la febril imaginación de Craig los cuernos parecían
agrandarse y agudizarse a cada momento. Sigilosamente tomo su cuchillo de caza. La

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
bestia percibió el movimiento y troto una media docena de pasos mas cerca, de
manera que Craig estaba en la periferia de su campo visual efectivo y en serio
peligro. Con un movimiento seco de la mano arrojó el cuchillo alto por encima de la
cabeza de la bestia en el matorral de ébanos detrás de ella, y hubo un fuerte
estrépito cuando golpeo una rama.
Instantáneamente el rinoceronte giro sobre si mismo y lanzo su enorme cuerpo gris
en una carga furiosa en dirección al ruido. El matorral se abrió como frente a un
tanque de guerra Centurión, y el fragor de la carga se apago rápidamente mientras
el rinoceronte ascendía la colina a toda velocidad y por encima de la cresta en
búsqueda de un adversario. Craig se sentó pesadamente en el medio del sendero y se
doblo de la risa medio histérico.
En pocas horas Craig encontró tres charcos de agua pútrida estancada que estas
extrañas bestias prefieren al agua corriente limpia del río, y había decidido donde
situar los escondites desde los cuales los turistas podrían verlos a corta
distancia. Por supuesto, junto a los charcos pondría panes de sal con el fin de
hacerlos mas atractivos para las bestias y atraerlas para ser fotografiadas y
comentadas.
Sentado sobre un tronco, junto a una de las charcas, reconsideró los factores que
favorecieron sus planes. El lugar estaba a menos de una hora de vuelo de las
cataratas Victoria, una de las siete maravillas naturales del mundo, que ya atraían
a miles de turistas por mes. Seria un corto desvío a su campamento aquí, de manera
que añadía poco al pasaje aéreo original de los turistas. El tenia un animal que
otras pocas reservas podían mostrar, junto con la mayoría de las otras variedades
de animales concentrados en una zona relativamente pequeña. Tenia parques naturales
en ambos limites para asegurarse una permanente fuente de interesante vida animal.
Lo que tenia en mente era un campamento tipo « caviar y champagne », en el estilo
de aquellas propiedades privadas que bordeaban el Parque Nacional Kruger de
Sudáfrica. Dispondría pequeños campamentos, suficientemente aislados unos de los
otros para darle a los ocupantes la ilusión de tener toda la naturaleza para ellos.
Les suministraría de guías carismáticos y conocedores para llevar a sus turistas en
Land Rover o a pie cerca de animales raros y potencialmente peligrosos, haciendo de
ello una aventura, y lujosos entornos cuando volvieran al campamento al atardecer:
aire acondicionado y fina comida y vinos, hermosas camareras jóvenes para mimarlos,
películas documentales sobre la naturaleza del África y conferencias por expertos
para instruirlos y entretenerlos. Y por todo eso les haría pagar un alto precio,
apuntando al turismo de alto nivel.

Craig llego a su rudimentario campamento bajo las higueras rengueando después de la


caída del sol. Con la cara y brazos enrojecidos por el sol, picaduras de la mosca
tse-tse escociéndole e hinchadas en la nuca y cuello y el muñón de su pierna
dolorido por el inusual ejercicio. Estaba demasiado cansado para cenar, se desato
la pierna ortopédica, bebió un trago de whisky de la cantimplora, y se enrollo en
su frazada durmiéndose casi de inmediato. Durante la noche se despertó por algunos
minutos, y orinó escuchando con somnoliento placer los lejanos rugidos de una
manada de leones cazando. Después volvió a su frazada.
Lo despertaron los trinos de las palomas verdes que se daban un banquete con los
higos salvajes sobre su cabeza, y sintió que tenia un hambre feroz y tan feliz como
nunca lo había estado en años.
Después de comer se acerco a la orilla del río, llevando enrollada una copia de la
revista Farmers Weekly, la Biblia del agricultor africano. Luego, se sentó
placenteramente en las aguas bajas, con el trasero desnudo sobre la arena gruesa
del color del azúcar y las frescas aguas verdes que calmaban el todavía dolorido
muñón, estudio los precios del ganado ofrecido en venta en la revista haciendo
cálculos mentales con las cifras.
Sus ambiciosos planes fueron redimensionados rápidamente cuando se dio cuenta de
cuanto le costaría repoblar King's Lynn y Queen's Lynn de ganado seleccionado. El
consorcio había vendido el lote de reproductores original por un millón y medio, y
los precios habían subido desde entonces.
Tendría que comenzar con algunos buenos toros, y vacas de cruza, para construir
gradualmente los mejores linajes. Aunque eso costaría bastante, los ranchos
tendrían que ser re equipados, y también la construcción de la villa turística
sobre el río Chizarira costaría un montón de dinero. Después tendría que trasladar
a las familias de ocupantes usurpadores y sus rebaños; y la única forma de hacerlo
era ofreciéndoles una compensación financiera. Como siempre le decía el viejo Bawu:

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« Calcula cuanto te costará, y después duplícalo; de esa manera andarás cerca ».
Craig arrojo la revista a la orilla y se acostó dejando solamente la cabeza fuera
del agua. Se puso a hacer cuentas.
A su favor, había vivido frugalmente abordo de su yate, a diferencia de otros
autores repentinamente exitosos. El libro había estado en la lista de best seller
por casi un año, oferta principal de tres importantes clubes del libro, y había
sido traducido a un gran numero de idiomas, incluido el hindú, condensado por
Selecciones del Reader’s Digest, en series de la TV, y finalmente publicado en
ediciones de bolsillo. Aunque ciertamente había debido pagar una buena suma en
impuestos a las ganancias.
Pero con lo que le quedo, otra ves tuvo suerte. Había especulado en oro y plata y
logrado tres buenos aciertos en la Bolsa, después, en el momento justo, había
cambiado a francos suizos la mayor parte de la ganancias. Además de eso podía
vender el yate. Un mes antes le había ofrecido ciento cincuenta mil dólares por el
Bawu, pero no le agradaba venderlo. Aparte de eso, podía tratar de pedirle a Ashe
Levy un substancioso anticipo por el libro todavía por escribir, y empeñar hasta el
alma en el proceso.
Llego al fondo de su calculo y decidió que como máximo podría juntar un millón y
medio, lo que significaba que debía procurar al menos la misma cantidad de dinero
de algún otro modo.
« Henry Pickering, mi banquero favorito, me parece que te daré una sorpresa! »
Sonrío imprudentemente mientras pensaba como estaba infringiendo la principal regla
del perfecto inversor, de colocar todo el capital en una sola canasta. « Querido
Henry, has sido seleccionado por nuestra computadora para ser el afortunado
prestamista de un millón y medio a un ex escritor, seco y pata de palo. » Era la
mejor idea que se le ocurría por el momento, y no valía la pena preocuparse
seriamente hasta no tener la respuesta del consorcio de Jock Daniels. Paso a otras
ocupaciones mas concretas.
Metió la cabeza bajo el agua y bebió un sorbo de la limpia agua dulce. El Chizarira
era un afluente menor del Zambesi, así que estaba bebiendo de nuevo el agua del
Zambesi, como le había dicho a Henry Pickering que debía hacerlo según la leyenda
de los Matabeles. « Chizarira »: para pronunciarlo el turista medio se mordería la
lengua; sin hablar de recordarlo. Para vender su pequeño paraíso africano tendría
que buscarle otro nombre.
« Zambesi Waters », dijo en voz alta: lo llamare Aguas del Zambesi. Detrás de el
escucho otra voz, tan cercana que casi lo hizo ahogarse:
« Debe ser un loco ».
Era una voz de Matabele, profunda y melodiosa. « Primero, viene aquí solo y
desarmado; segundo, se sienta en medio de los cocodrilos y le habla a los árboles!»
Craig giro rápido sobre el estomago y vio a tres hombres que habían aparecido
silenciosamente de la jungla y ahora lo miraban desde la orilla, a diez pasos de
distancia, con las caras cerradas e inexpresivas.
Estaban vestidos en telas de Jean desteñidas, el uniforme de los guerrilleros y las
armas que portaban con descuidada familiaridad eran los omnipresentes AK 47 con el
típico cargador curvo y culata de madera laminada.
Denim, AK 47, Matabele: Craig no podía tener dudas sobre quienes eran. El ejercito
regular de Zimbabwe ahora usaban uniformes adaptados al combate en la jungla, la
mayoría armados con fusiles de la OTAN y hablaban en shona. Estos eran ex
partisanos pertenecientes al disuelto ZIPRA, Ejercito Revolucionario del Pueblo de
Zimbabwe, devenidos ahora en rebeldes políticos, hombres no sujetos a ninguna ley o
autoridad superior, forjados en la larga, despiadada y sangrienta guerrilla en la
jungla hasta transformarse en duros e inexorables guerreros con la muerte en las
manos y en los ojos. Aunque Craig había sido advertido de un posible encuentro y el
medio lo esperaba, la conmoción lo golpeo lo mismo con un ataque de nausea que le
seco la boca.
« No tenemos que capturarlo », dijo el mas joven de los guerrilleros. « Basta con
dispararle y enterrarlo, será lo mismo que secuestrarlo. » Tenia menos de
veinticinco años, notó Craig, y probablemente habría matado un hombre por cada año
que tenia.
« Los seis rehenes que capturamos en la ruta de las cataratas Victoria nos causaron
problemas por semanas y al final tuvimos que matarlos de todos modos », el segundo
guerrillero se declaró de acuerdo, y ambos miraron al tercer hombre. Era un poco
mas viejo, no mucho, pero no cabía duda que era el jefe. Una cicatriz que partía de

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
la boca le surcaba la mejilla hasta el nacimiento del pelo en la sien,
confiriéndole a su rostro una sonrisa torcida y sardónica.
Craig recordó el incidente del que hablaban. Los guerrilleros habían detenido a un
ómnibus de turistas en la ruta principal a las cataratas Victoria y secuestraron a
seis hombres, australianos, americanos e ingleses, llevándolos a la jungla como
rehenes para intercambiar con presos políticos. Pese a la intensiva búsqueda de la
policía y el ejercito regular, no se recupero a ningún rehén.
El jefe de la cicatriz miro a Craig con ojos nublados y oscuros por largos
segundos, y luego con el pulgar selecciono en el arma la posición de disparo
automático.
« Un verdadero Matabele no mata a un hermano de sangre de la tribu. » Le costo un
enorme esfuerzo a Craig para decir estas pocas palabras con voz firme, desprovista
de terror. Su Sindebele era tan perfecto que fue el jefe de los guerrilleros el que
pestañeo estupefacto.
« Hau! » exclamó, con una expresión de sorpresa. « Tu hablas como un hombre... Pero
quien ese hermano de sangre del cual te jactas? »
« El compañero ministro Tungata Zebiwe », respondió Craig, y vio el cambio
instantáneo en la mirada del hombre, y la inmediata confusión en las caras de sus
dos compañeros. Les había tocado una cuerda que los había descolocado y retrasado
su ejecución por el momento, pero el fusil del jefe todavía apuntaba sin seguro a
su estomago. Fue el mas joven quien rompió el silencio hablando en voz alta, como
para cubrir su propia inseguridad. « Es fácil para el babuino gritar el nombre del
león de melena negra de la montaña y reclamar su protección, pero reconoce el león
al babuino? Mátalo, digo yo, y terminemos con esto. »
« Sin embargo habla como un hermano », murmuró el jefe, « y el compañero Tungata es
un hombre duro... »
Craig se convenció de que su vida pendía de un hilo. Un empujoncito bastaba para
romper ese peligroso equilibrio.
« Te lo demostrare », dijo, sin el menor temblor en su voz. « Déjenme ir hasta mi
mochila. »
El jefe vacilaba.
« Estoy desnudo », dijo Craig. « No estoy armado, ni siquiera un cuchillo, y
ustedes son tres con armas. »
« Ve » concedió el Matabele. « Pero cuidado, no he matado a nadie desde hace varias
lunas y tengo gran necesidad de hacerlo. »
Craig se levanto despacio del agua y observó el interés en sus ojos mientras
estudiaban su pierna, amputada bajo la rodilla, a mitad de camino con el tobillo y
el insólito desarrollo muscular de la otra pierna y el resto de su cuerpo para
compensar la mutilación. El interés paso a admiración cuando vieron con que
facilidad y rapidez se movía Craig en una sola pierna. Llegó a su mochila con el
agua goteándole sobre los duros y planos músculos del pecho y estomago. Había
venido preparado para este encuentro, y de un bolsillo de la mochila saco una
billetera y le alcanzo una foto en colores al guerrillero.
En la foto dos hombres sentados sobre el capot de una vieja Land Rover. Tenían sus
brazos alrededor de los hombros del otro y ambos se reían. Cada uno sostenía una
lata de cerveza en la mano libre y con ella saludaban al fotógrafo. El acuerdo y la
camaradería entre ellos era evidente.
El guerrillero de la cicatriz la miro largamente y después coloco el seguro en su
fusil automático. « Es el compañero Tungata », dijo, y le alcanzo la foto a los
otros.
« Quizás si », dijo el mas joven, « pero hace mucho tiempo. Todavía pienso que
deberíamos dispararle. » No obstante su opinión parecía ahora mas insegura.
« El compañero Tungata te comerá si siquiera masticar », dijo de plano su
compañero, colgándose el fusil al hombro.
Craig recogió la pierna artificial y en un momento se la coloco. Enseguida los tres
guerrilleros quedaron intrigados, con sus intenciones homicidas dejadas de lado.
Conociendo perfectamente el gusto de los africanos por las bromas, Craig se hizo un
poco el payaso. Bailó una giga, hizo piruetas sobre la pierna, se dio un puntapié
en la canilla sin inmutarse, y finalmente le robo el gorro al mas joven y mas
sanguinario de los guerrilleros, lo hizo un bollo y gritando « Pelé! Pelé! » lo
pateo con la pierna ortopédica hasta las ramas bajas de la higuera. Los otros dos
se pusieron a reír como locos, hasta que las lágrimas le corrieron por las
mejillas, mientras el jovencito perdía su dignidad trepándose a la higuera para
recuperar el birrete.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Juzgando bien el humor, Craig abrió la mochila y saco un jarro y la botella de
whisky. Sirvió una dosis abundante y se la ofreció al jefe.
« Entre hermanos », dijo.
El guerrillero apoyó el AK 47 contra el árbol y aceptó la oferta. Bebió el whisky
de un sorbo, soplando extasiado los vapores por la nariz y la boca. También los
otros dos bebieron con gran placer.
Cuando Craig se puso los pantalones y se sentó sobre la mochila colocando delante
la botella, los tres dejaron las armas y se acuclillaron en semicírculo frente a
el.
« Me llamo Craig Mellow », dijo.
« Te llamaremos Kufela », le dijo el jefe. « Pierna que camina sola. » Los otros
aplaudieron aprobando, y Craig les sirvió otra vuelta para festejar el bautismo.
« Mi nombre es camarada Lookout», dijo el jefe. Los guerrilleros en general
adoptaban nombres de guerra. « Este es el camarada Pekín. » Un tributo a los
instructores chinos, adivino Craig. « Y este », dijo el jefe indicando al mas
joven, « es el camarada Dólar. » Craig tenia dificultades para permanecer serio
ante aquella inédita yuxtaposición de ideologías.
« Camarada Lookout», dijo Craig « los kanka te han marcado. »
Los kanka eran los chacales, las fuerzas de seguridad, y Craig sabia que el jefe
debía estar orgulloso de la cicatriz producida en combate.
El camarada Lookout se acaricio la cicatriz. « Un bayonetazo. Mi dejaron sobre el
terreno creyéndome muerto, para las hienas. »
« Y tu pierna? » pregunto Dólar a su vez. « También de la guerra? »
Responder afirmativamente significaba informarles que había combatido contra ellos.
Sus reacciones eran impredecibles, pero Craig dejo pasar solo un segundo antes de
asentir. « Tropecé con una de nuestras minas. »
« Su propia mina! » Lookout se reía como un loco. « Metió la pata sobre su mina! »
También los otros sonrieron pero, noto Craig, sin ningún resentimiento.
« Donde? » quiso saber Pekín.
« Sobre el río, entre Kazungula y las cataratas Victoria. »
« Ah si », asintieron los otros. « Feo lugar. Cruzábamos por allí a menudo »,
recordó Lookout. « Y allí es donde combatimos contra los Exploradores. »
Los Exploradores de Ballantyne eran una de las unidades de elite de las fuerzas de
seguridad, y Craig había sido reclutado como armero.
« El día que tropecé con la mina fue el día que los Exploradores siguieron a
vuestros hombres a través del río. Hubo una terrible batalla en el territorio de
Zambia, y los Exploradores fueron aniquilados. »
« Hau! Hau! » exclamaron con estupor. « Ese fue el día! Nosotros estábamos allí y
peleamos a las ordenes del camarada Tungata. »
« Que batalla! Que buena masacre cuando los emboscamos! » recordó Dólar con los
ojos brillantes de crueldad.
« Ellos pelearon! Madre de Nkulu kulu, y como pelearon! Aquellos eran hombres
verdaderos. »
Al recordarlos, se le revolvió el estomago a Craig, era su primo, Roland
Ballantyne, a cargo de los Exploradores ese día fatal. Mientras Craig yacía
mutilado y sangrante sobre el campo minado, Roland y sus hombres habían encontrado
la muerte combatiendo a pocos kilómetros mas adelante. Sus cuerpos habían sido
mancillados y desecrados por estos hombres que ahora hablaban de ello como un
memorable partido de futbol.
Craig les sirvió otro whisky. Cuanto los había odiado, a ellos y a sus compañeros
terroristas. Les llamaban terroristas, los aborrecían con ese odio especial
reservado para quien amenaza tu propia vida y todo lo que amas. Pero ahora, a su
turno, los saludo con el jarro y bebió a su salud. El había oído de pilotos de la
R.A.F. y de la Luftwaffe, encontrándose después de la guerra y recordando lo que
había hecho, mas como camaradas que como enemigos mortales.
« Donde estabas cuando atacamos con cohetes los tanques de almacenamiento en Harare
e incendiamos el combustible? » le preguntaron.
« Se acuerdan cuando los Exploradores cayeron desde el cielo contra nuestro
campamento en Molingushi? Mataron a Ochocientos de los nuestros ese día, y yo
estuve allí! » recordó con orgullo Pekín. « Pero, a mi no me capturaron! »
Y ahora Craig sintió que no podía sostener mas ese odio. Bajo el barniz de crueldad
y salvajismo impuestos sobre ellos por la guerra, estaban los verdaderos Matabeles
que siempre había amado, con su irreprimible sentido del humor, el profundo orgullo

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
en si mismos y su tribu, el sentido del honor y la lealtad a su particular código
moral.
Mientras charlaban, Craig se mostró afectuoso hacia ellos y ellos lo percibieron y
le respondieron a su vez del mismo modo.
« Y que fue lo que te trajo aquí, Kufela? Un hombre inteligente como tu, que entra
desarmado en la guarida del leopardo? Debes haber oído hablar de nosotros y no
obstante viniste lo mismo? »
« Si, escuche hablar sobre ustedes, Oí que ustedes son hombres duros , como los
antiguos guerreros de Mzilikazi. »
El elogio les dio placer.
« Pero yo he venido a verlos y hablar con ustedes », prosiguió Craig.
« Porque? » pregunto Lookout.
« Escribiré un libro, y en este libro contare como son ustedes verdaderamente y
porque combaten todavía. »
« Un libro? » Pekín sospechó inmediatamente.
« Que clase de libro? » pregunto Dólar respaldándolo.
« Y quien eres tu para escribir un libro? » pregunto Lookout con cierto desprecio.
« Eres muy joven. Los que escriben libros son viejos e instruidos. » Como todos los
africanos apenas alfabetizados, tenia un supersticioso respeto por la palabra
impresa, y reverencia por lo cabellos grises de los ancianos.
« Un escritor con una sola pierna », se burló Dólar, y Pekín se rió recogiendo el
fusil. Se lo puso en la falda y se rió de nuevo. La atmosfera había cambiado de
nuevo « Si miente a propósito de este libro, quizás también miente a propósito de
su amistad con el camarada Tungata », sugirió Dólar con maligna satisfacción.
Pero Craig estaba preparado también para esto. Tomo un gran sobre en papel Manila
de la tapa de su mochila y extrajo de el un grueso manojo de recortes de diarios.
Los repartió lentamente entre los tres incrédulos permitiendo que la burlona
incredulidad se transformara en interés y luego seleccionó uno y se lo alcanzó a
Lookout.
La serie de TV del libro se había visto en la televisión de Zimbabwe hacia dos
años, antes que estos guerrilleros retornaran a la selva. Ellos la habían
disfrutado y seguido ávidamente durante su transmisión.
« Hau! » exclamó Lookout. « Es el viejo rey Mzilikazi! »
La fotografía retrataba a Craig en el set de televisión, con los actores
caracterizados con sus vestuarios. Los guerrilleros reconocieron inmediatamente al
actor americano negro que personificaba al antiguo rey de los Matabeles. Lucia el
vestuario de piel de leopardo y plumas de garzas.
« Y este eres tu, junto al rey! » No habian quedado tan impresionados ni siquiera
con su foto junto a Tungata.
Había otro recorte, una foto tomada en la librería Doubleday sobre la Quinta
Avenida, donde Craig, posaba junto a la enorme pirámide de copias de su libro con
una ampliación de su retrato de tapa puesto en la cima de la pirámide.
« Eres tu! » estaban realmente atónitos ahora. « Tu escribiste ese libro? »
« Ahora me creen? » preguntó Craig, pero Lookout antes de comprometerse volvió a
examinar con gran atención la prueba.
Moviendo los labios leyó el texto del articulo y cuando se lo devolvió a Craig,
dijo con seriedad: « Kufela, no obstante tu juventud eres verdaderamente un
escritor importante ».
Ahora estaban casi patéticamente ansiosos de contarle sus quejas, como apelantes en
un indaba tribal donde los ancianos de la tribu escuchaban las causas y
administraban justicia. Mientras hablaban, el sol se elevaba en un cielo azul y sin
mácula como un huevo de garza y alcanzo el cenit y hacia la tarde hasta la rosada
muerte en el crepúsculo.
Lo que relataban era la tragedia del África, las barreras que dividían este
poderoso continente, y que contenía todas las semillas de violencia y desastre, la
única enfermedad incurable que los infectaba a todos, el tribalismo.
Aqui se trataba de Matabeles contra Mashonas.
« Los comemierda », los llamaba Lookout. « Los hombres de las cavernas, los
fugitivos en las colinas fortificadas, los chacales que solo muerden cuando le das
la espalda. »
Era el desprecio del guerrero por el mercader, del hombre de acción por el astuto
negociador y el político.
« Desde cuando el gran Mzilikazi cruzo por primera vez el Limpopo, los Mashonas son
nuestros perros: esclavos e hijos de esclavos. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Esta historia de desplazamiento y dominación de un grupo por otro no estaba solo
confinada a Zimbabwe, sino que en el transcurrir de los siglos había tenido lugar
en todo el continente. Mas al norte los aristocráticos Masai habían asolado y
aterrorizado a los Kikuyu, que no poseía cultura guerrera; los gigantes Watussi,
que consideraban enano a cualquier hombre de menos de dos metros, habían reducido a
la esclavitud a los gentiles Hutus; y en cada caso, los esclavos habían compensado
su falta de ferocidad con la astucia política, y tan pronto la protección de los
colonos blancos se retiro, habían o masacrado a sus torturadores, como los Hutus le
habían hecho a los Watusis, o habían bastardeado la doctrina del gobierno de
Westminster, descartando los controles y equilibrios que hacían equitativo al
sistema, y habían usado su superioridad numérica para reducir a sus antiguos
dominadores a la impotencia política, como habían hecho los Kikuyu con los Masai.
Exactamente el mismo proceso estaba ocurriendo aquí en Zimbabwe. Los colonos
blancos se habían vuelto intrascendentes por la guerrilla, y los conceptos de juego
limpio e integridad que los administradores blancos y los servidores públicos
habían impuesto a todas las tribus fueron anulados con ellos.
« Hay cinco Mashonas comemierda por cada indoda Matabele », le dijo amargamente
Lookouta a Craig. « Pero porque esto les da derecho a mandarnos? Cinco esclavos
pueden mandar a un rey? Si cinco babuinos gritan, acaso tiembla quizás el león de
melena negra? »
« Así se hace en Inglaterra y en America », dijo Craig suavemente: « La voluntad de
la mayoría prevalece... »
« Me cago en la voluntad de la mayoría », afirmo Lookout descartando ligeramente la
doctrina democrática. « Esas cosas podrán funcionar en Inglaterra o en America,
pero aquí estamos en África. No funcionan aquí. Yo no acato la voluntad de cinco
comemierdas. No, y ni siquiera de cien o mil. Yo soy un Matabele, y el único que me
puede mandar es un rey de los Matabeles. »
« Sí », pensó Craig, « esta es el África. » La vieja África que se despertaba del
trance provocado por cien años de colonialismo y volvía inmediatamente a las viejas
costumbres.
Pensó en la decena de miles de jóvenes ingleses de caras de niño que, por un
modesto salario del Servicio Colonial, habían venido a pasar sus vidas intentando
inculcar en las reacias poblaciones indígenas, la ética del trabajo protestante, el
ideal del juego limpio y la democracia parlamentaria; hombres jóvenes que habían
vuelto a Inglaterra prematuramente avejentados y con la salud arruinada, a terminar
sus días con una miserable pensión y la idea de haber dedicado sus vidas a una
misión importante y duradera. « Cuantos de ellos habrían sospechado », se
preguntaba Craig, « de que todo podía haber sido en vano? »
Los limites que el sistema colonial había impuesto, eran precisos y netos. Seguían
un río, o la costa de un lago, un cordón montañoso o, donde no había nada por el
estilo, un agrimensor con teodolito trazaba una línea ideal sobre el territorio.
« Este lado es el África Oriental alemana, de este otro lado el Imperio Británico.»
No sabiendo ni siquiera el nombre de la tribu que con esa acción dividían por la
mitad.
« Muchos de nuestro pueblo viven del otro lado del río, en Sudáfrica », se lamentó
Pekín. « Si estuviéramos unidos, las cosas serian diferentes, seriamos mas
nosotros, pero estamos divididos. »
« Y el shona es astuto, astuto como los babuinos que vienen a comer el grano en el
campo de noche. Sabe que un guerrero Matabele es capaz de comerse a cien de ellos,
así fue la primera vez que nos levantamos contra ellos, se sirvieron de los
soldados blancos de Smith que habían quedado aquí... »
Craig recordó la amarga satisfacción de los soldados blancos que consideraban que
no habían sido derrotados en combate, sino traicionados cuando el gobierno de
Mugabe los había dejado solos contra la facción disidente de los Matabeles.
« Llegaron los pilotos blancos con los aviones, y las tropas blancas del Regimiento
Rhodesiano... ».
Después de la batalla, el patio de maniobras de la estación de Bulawayo estaba
atestado de vagones frigoríficos cada uno lleno del piso al techo con los cadáveres
de los Matabeles caídos.
« Los soldados blancos le hicieron el trabajo, mientras Mugabe y los suyos se
escapaban a Harare a esconderse bajo las polleras de sus mujeres. Después, cuando
los blancos nos desarmaron, aparecieron de nuevo, se sacudieron el polvo de la
retirada y volvieron pavoneándose como conquistadores. »
« Han deshonrado a nuestros dirigentes... »

28
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Nkomo, el jefe de los Matabeles, fue acusado de proteger a los disidentes y
acumular reservas de armas, y cayo en desgracia con el gobierno dominado por los
Mashonas, y fue obligado a retirarse de la política.
« Tienen campos de concentración secretos en la selva donde se llevan a nuestros
lideres », continuó Pekín. « Le hacen cosas a nuestros hombres que no se pueden
relatar. »
« Ahora que estamos desarmados, sus unidades especiales se mueven por nuestras
aldeas. Apaleando a nuestros viejos y mujeres, violan a las jóvenes y se llevan a
nuestros muchachos y nunca mas los vemos u oímos de ellos. »
Craig había visto una fotografía de hombres en azul y kaki de la vieja Policía
Sudafricana, en un tiempo el uniforme del honor y del juego limpio, que conducían
un interrogatorio en una aldea. Tenían a un Matabele desnudo acostado de panza en
la tierra, policías armados y uniformados se paraban con sus botas y peso completo
sobre cada tobillo y muñecas para sujetarlo; mientras otros dos policías blandiendo
cachiporras pesadas como bates de béisbol le lanzaban golpes con toda su fuerza,
levantando las cachiporras por sobre sus cabezas y haciendo llover palos sobre los
hombros espalda y glúteos del prisionero.
En el epígrafe de la foto se leía: « Policías de Zimbabwe interrogan a un
sospechoso en un intento por conocer el paradero de turistas Británicos y
Americanos secuestrados por disidentes Matabeles ». Pero no había fotos de lo que
le hicieron a las muchachas Matabeles.
« Quizás las tropas del gobierno buscaban a los rehenes ustedes admitieron haber
capturado », observó Craig. « Hace un rato antes ustedes me habrían matado
alegremente o tomado como rehén también. »
« Los shona comenzaron con este negocio mucho antes que nosotros capturáramos a
nuestro primer rehén », le replico Lookout.
« Si, pero ustedes están capturando rehenes inocentes », insistió Craig. «
Disparándole a los agricultores blancos... »
« Y que otra cosa podemos hacer para hacerle entender al mundo lo que le esta
sucediendo a nuestro pueblo? Tenemos muy pocos dirigentes que no han sido
encarcelados o silenciados aunque no tengan el mas mínimo poder. No tenemos armas
excepto estas pocas que pudimos esconder, no tenemos amigos poderosos, mientras que
los shona tienen aliados Chinos, Ingleses y Americanos. No tenemos dinero para
continuar la lucha, y ellos tienen toda la riqueza del país y millones de dólares
de ayuda de esos poderosos aliados. Que otra cosa podemos hacer para que el mundo
entienda nuestra desesperación? »
Craig decidió prudentemente que no era ni el momento ni el lugar para ofrecerles
una lección de moralidad política; después de todo pensaba que quizás su concepto
de moralidad era un poco anticuado. Había un nuevo oportunismo político en las
relaciones internacionales que se había vuelto aceptable: el derecho de las
minorías impotentes y sin voz de llamar la atención a su causa con la violencia.
Desde los palestinos y los vascos separatistas a los dinamiteros del IRA reventando
a jóvenes guardias británicos y caballos por las calles de Londres, existía una
nueva moralidad afuera. Con estos ejemplos frente a sus ojos, y desde su propia
experiencia de lograr exitosos cambios políticos mediante la violencia, estos
jóvenes eran los hijos de la nueva moralidad.
Si bien Craig no podría nunca concordar con esos métodos, ni siquiera en cien años,
no obstante se sorprendió simpatizando –aunque a pesar suyo- con esta gente y sus
aspiraciones. Siempre había habido un extraño y a veces sangriento vinculo entre la
familia de Craig y los Matabeles. Una tradición de respeto y comprensión por un
pueblo que podía constituir el mejor amigo del mundo o un enemigo de los peores,
una raza fiera, aristocrática y guerrera que merecía algo mejor del destino que
ahora le tocaba.
Había un rasgo elitista en la mentalidad de Craig que le hacia odiar ver a un
Gulliver rendido impotente por los liliputienses.
Aborrecía la política de la envidia y la malignidad del socialismo que, sentía,
buscaba minimizar a los héroes y reducir a cada hombre excepcional al gris rango de
la grey, a sustituir la verdadera conducción con el lento mascullar de los patanes
sindicales, a castrar cada iniciativa con esquemas punitivos para después, guiar
gradualmente a una plebe obtusa y quejosa al encierro del totalitarismo marxista.
Estos hombres eran terroristas, ciertamente. Craig sonrío; también lo era Robin
Hood, pero al menos tenia un cierto estilo y un poco de clase.
« Veras pronto al camarada Tungata? » le preguntaron con ansia casi patética.
« Sí, lo veré pronto. »

29
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Dile que estamos aquí. Dile que estamos listos y esperando. »
Craig asintio. « Se lo dire. ».
Volvieron con el hasta donde había dejado el Volkswagen, y el camarada Dólar
insistió en llevarle la mochila. Cuando llegaron al auto cubierto de tierra se
subieron apretujándose con los cañones de los AK 47 fuera de las ventanillas.
« Vamos contigo hasta la ruta a las cataratas Victoria, Porque si encuentras otra
de nuestras patrullas cuando estés solo, quizás te disparen antes de hablar. »
Llegaron a la Gran Carretera Norte mucho después de que anocheciera. Craig abrió su
mochila y les dio lo que quedaba de sus raciones, el whisky y los cigarrillos. En
la billetera tenia doscientos dólares y los agrego al regalo. Después se
estrecharon las manos.
« Dile al camarada Tungata que necesitamos armas », dijo Dólar.
« Y que mas que las armas necesitamos de un líder. » El camarada Lookout le tendió
la mano con ese especial apretón de pulgar y palma reservado para los amigos de mas
confianza. « Ve en paz, Kufela », le dijo. « Que la pierna-que-camina-sola pueda
llevarte lejos y rápido. »
« Queda en paz, amigo mío », le dijo Craig.
« No, Kufela, augúrame mejor la sangrienta guerra... »
El rostro de Lookout con la gran cicatriz se veía terrible a la luz de los faros.
Cuando Craig se volvió, habían desaparecido en la oscuridad, silenciosos como
leopardos cazando.

« Habría apostado a que no volverias mas. » Así lo saludo Jock Daniels a Craig
cuando entro en la agencia a la mañana siguiente.
« Estuviste en el Chizarira, o prevaleció el buen sentido? »
« Todavía estoy vivo, no? » replicó Craig eludiendo la pregunta directa.
« Bravo », dijo Jock. « Mejor no meterse con esos shufta Matabeles. Son todos
bandidos y basta. »
« Noticias de Zurich? »
Jock negó con la cabeza. « Mande un telex a las nueve hora local. Tienen una hora
de diferencia con nosotros. »
« Puedo usar tu teléfono? Debo hacer unas llamadas privadas. »
« Locales? No quisiera que hablases con tus pájaros en New York a mis expensas. »
« Por supuesto. »
« Bueno. Mientras telefoneas me cuidas el negocio mientras estoy ausente. »
Craig se sentó en el escritorio de Jock y consultó los apuntes en código que había
tomado del legajo de Henry Pickering.
La primera llamada que hizo fue a la embajada americana de Harare, la capital, a
seiscientos kilómetros al noreste de Bulawayo.
« Me pasa con el agregado cultural, mister Morgan Oxford por favor? », le pregunto
a la operadora en el conmutador.
« Oxford », el acento era nítido de Boston y de la Ivy League.
« Craig Mellow. Un amigo común me pedido que lo llame para darle sus saludos. »
« Si, lo estaba esperando. Porque no viene a verme? »
« Con mucho placer », le dijo Craig y colgó.
Henry Pickering no hablaba en vano. Cualquier mensaje consignado a Oxford partiría
en la valija diplomática y estaría en el escritorio de Pickering en el termino de
doce horas.
La segunda llamada fue al ministerio de Turismo e Información, y finalmente
consiguió conectarse con la secretaria del ministro. Su actitud cambio a una cálida
cooperación cuando el le hablo en Sindebele.
« El camarada ministro esta en el parlamento en Harare», le dijo, y la dio a Craig
su numero de teléfono privado en esa institución.
Craig logró conectarse con la secretaria parlamentaria en la cuarta tentativa. Noto
que el sistema telefónico había comenzado lentamente a deteriorarse: la maldición
de todos los países en vía de desarrollo era la falta de buenos técnicos y
artesanos expertos. Antes de la independencia, el mantenimiento del sistema
telefónico era confiada a los blancos, pero ahora se habían ido casi todos.
Esta secretaria era Mashonas e insistía en hablar en ingles para dar muestras de su
sofisticación.
« Por favor declare el motivo de su llamada. » Obviamente estaba leyendo de un
papel impreso.
« Personal. Conosco al camarada ministro. »

30
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Ah, si. P-e-r-s-o-n-a-l. » La secretaria silabeo laboriosamente la palabra
mientras la escribía.
« Consultare la agenda del camarada ministro. Deberá telefonear de nuevo. »
Craig consultó su propia lista. La próxima llamada era al registro gubernamental de
sociedades, y esta vez tuvo mas suerte, porque encontró a un empleado eficiente y
deseoso de colaborar.
« El registro accionario de la sociedad Rholands Ltda., anteriormente conocida como
la Rhodesian Lands and Mining Ltd. » Advirtió la desaprobación en el tono del
empleado. « Rhodesia y Rhodesiano » eran malas palabras ahora, y Craig tomo
mentalmente la resolución de cambiar el nombre de la compañía, si en el futuro
tenia la potestad de hacerlo. « Zimlands » sonaría mucho mejor a los oídos
africanos.
« Tendré la copia de los datos que pidió sobre la sociedad para que los retire a
las dieciséis », le aseguro el empleado. « La tasa por este servicio es de quince
dólares. »
La siguiente llamada de Craig fue a la oficina del Registro de Propiedades, y otra
vez solicito copia de los títulos de propiedad de la compañía, los ranchos King’s
Lynn, Queen’s Lynn y las propiedades Chizarira.
Después había otros catorce nombres en su lista, todos los cuales habían tenido
ranchos en Matabeleland cuando el se fue, vecinos cercanos y amigos de su familia,
en los cuales el abuelo Bawu había confiado y apreciaba.
De los catorce solo pudo contactar con cuatro, todos los otros habían vendido y
emprendido la marcha hacia el sur. Las familias que quedaron se alegraron
verdaderamente al escucharlo. « Bienvenido a casa, Craig. Hemos leído tu libro y
visto la serie por TV. » Pero cuando comenzó a hacer preguntas se mostraron
Reticentes y evasivos. Uno de ellos dijo; « Estos malditos teléfonos tienen fugas
como un colador. Ven a cenar con nosotros, puedes quedarte a dormir. Sabes que
siempre hay una cama para ti, Craig. Dios sabe que quedan pocas personas amigas
aquí ».

Jock Daniels volvió a media tarde, con la cara roja y transpirando. « Todavía
usando mi teléfono? » farfullo. « Me pregunto si la licorería tendrá otra botella
de ese Dimple Haig. »
Craig respondió a su sutileza atravesando la calle y trayendo la botella en una
bolsa de papel marrón.
« Me olvide que necesitas tener un hígado de hierro para vivir en este país. »
Desenrosco la tapa y la tiro en el cesto de la basura.
A las cinco menos diez telefoneo de nuevo a la secretaria del ministro en el
parlamento.
« El camarada ministro Tungata Zebiwe gentilmente ha accedido a encontrarse con
usted el viernes por la mañana a las diez. Puede concederle veinte minutos. »
« Por favor transmita mi agradecimiento al ministro. »
Eso le daba a Craig tres días de tiempo para matar, y significaba que tendría que
conducir los seiscientos kilómetros hasta Harare.

« Ninguna respuesta de Zurich? » Lleno de nuevo el vaso de Jock.


« Si me hicieras una oferta como esa, yo tampoco me molestaría en contestarla »,
rezongó Jock, agarrando la botella de la mano de Craig y sirviéndose un poco mas en
el vaso.

En los días sucesivos Craig acepto las invitaciones para visitar a los viejos
amigos de Bawu, y fue agasajado con la tradicional hospitalidad rhodesiana.
« Por supuesto no puedes conseguir todos los lujos, las mermeladas Crosse and
Blackwell, el jabón Bronnley », le dijo una de sus anfitrionas sirviéndole una
abundante porción de comida, « pero una se las arregla y es divertido. » y le
indico a la camarera de guantes blancos que llenaran de nuevo el plato de plata con
batatas horneadas.
Paso los días con hombres bronceados, de hablar parco y sombreros de ala ancha de
fieltro y pantalones cortos color kaki, examinando su gordo ganado desde el asiento
de una Land Rover descapotada.
« Todavía la carne de Matabeleland es la mejor », le dijeron con orgullo. « El
pasto mas dulce del mundo. Por supuesto debemos exportar a través de Sudáfrica,
pero los precios son muy buenos. Me alegro de no haberme ido. Escuche acerca del

31
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
viejo Derek Sanders, en Nueva Zelanda. Trabajando como peón en un rancho de ovejas,
dice que es una vida muy dura. Allá no hay Matabeles para hacer el trabajo sucio. »
Miraba a sus pastores negros con afecto paternal. « Son exactamente los mismos de
antes, bajo todos los ritmos de la política. La sal de la tierra, mi muchacho. Son
mi pueblo, siento que son como mi familia y me alegro de no haberlo abandonado. »
« Naturalmente que hay problemas », le dijo otro de sus huéspedes. « Las
importaciones son dificilísimas. Es difícil conseguir repuestos para los tractores,
las medicinas para el ganado, etc. Pero el gobierno de Mugabe esta despertando.
Como productores de alimentos, tenemos prioridad en los permisos de importación
para lo esencial. Por supuesto, los teléfonos funcionan cuando tienen ganas y los
trenes no correr mas a horario. Hay una inflación galopante, pero el precio de los
bovinos se mantiene a la par. Han abierto las escuelas, pero mandamos a los chicos
al sur, para que tengan una educación decente... »
« Y la política? »
« Eso es entre los negros. Matabeles y Mashonas. El hombre blanco, gracias a Dios,
no interviene mas. Dejemos que los bastardos se destrocen entre si quieren! Yo me
mantengo al margen y no es una mala vida, no como en los viejos tiempos, esta
claro, pero nunca lo es, no es verdad? »
« Comprarías mas tierras? »
« No tengo el dinero, mi viejo. »
« Y si lo tuvieses? »
El ranchero se refregó la nariz pensativo. « Quizás se podría hacer una fortuna si
el país se endereza, con los precios que tiene la tierra en este momento, o podría
perder todo si las cosas empeoran. »
« Se puede decir lo mismo de la Bolsa, pero, mientras tanto, se vive bien? »
« Se vive bien, si. Y que diablos, yo fui criado en las aguas del Zambezi. No creo
que seria feliz respirando el smog de Londres o sacudiéndome las moscas en el
interior australiano. »
El jueves por la mañana Craig volvió al motel, recogió su ropa limpia, la coloco en
el bolso de tela que constituya todo su equipaje, pagó la cuenta y se fue.

Telefoneo a la oficina de Jock. « Todavía nada de Zurich? »


« Llego un telex hace una hora. »
Se precipitó a la agencia, donde Jock le entregó la hoja. Craig lo leyó
rápidamente.
« Garantizamos a su cliente una opción valida por treinta días para adquirir todas
las acciones de la Rholands Co. Al precio de medio millón de dólares americanos
pagaderos en Zurich a la firma del boleto de compraventa. No se consideraran
contraofertas. » No podrían haber sido mas concluyentes. Bawu había dicho “duplica
tu estimado” y hasta ahora tenia razón.
Jock lo estaba estudiando. « Duplicaron tu oferta inicial », observó.« Tienes medio
millón? »
« Tengo que hablar con mi tío rico », bromeo Craig; « Y de todos modos tengo
treinta días. Estaré de vuelta antes. »
« Donde te puedo encontrar? » le preguntó Jock.
« No me llames, te llamare yo. »
Le pidió a Jock otro bidón de combustible de su reserva personal y enfilo el
Volkswagen hacia el noreste en la carretera hacia Mashonaland y Harare. Veinte
kilómetros fuera de la ciudad se enfrento con el primer puesto de control.
« Casi como en los viejos tiempos », pensó, mientras se bajaba a la banquina. Dos
soldados negros en uniforme de batalla camuflado examinaron el Volkswagen en busca
de armas con exasperante lentitud, mientras que un teniente con el birrete del
distintivo rojo de la Tercera Brigada, adiestrada por coreanos, le examinaba el
pasaporte.
Una vez mas Craig se felicitó por la tradición familiar por la cual las mujeres
encintas, tanto del lado de los Mellows como de Ballantyne, iban a parir a
Inglaterra. Ese librito azul con el león dorado y el unicornio y el lema “Honni
soit qui mal y pense“ impreso en la tapa todavía demandaba una cierta deferencia
aun hasta en un puesto de control de la Tercera Brigada.
Eran las ultimas horas de la tarde cuando, superada la línea de bajas colinas
distinguió el grupito de rascacielos que se elevaban incongruentes en el veld
africano, como lápidas sobre el sueño de inmortalidad del Imperio Británico.
La ciudad que en un tiempo se había llamado Lord Salisbury, el ministro del
exterior que había negociado la transferencia a la corona de la Compañía Británica

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
de Sudáfrica, había vuelto al nombre de Harare; por el cacique del original
villorrio shona, un puñado de cabañas que los pioneros blancos habían encontrado
allí aquel día de septiembre de 1890 cuando habían llegado finalmente después del
largo viaje desde el sur. También las calles habían cambiado de nombre; de aquellos
que conmemoraban a los pioneros blancos y el imperio victoriano, a los de los hijos
de la revolución negra y a sus aliados.
Cualquier nombre andaba bien, bastaba que fuese distinto.
Entrando en la ciudad, Craig se encontró con una atmosfera de expansión. Las
veredas estaban atestadas de ruidosas multitudes negras, y en el lobby del
Monomatapa Hotel, situado en un edificio de dieciséis pisos, resonaba una veintena
de lenguas y acentos diversos. Los turistas se empujaban con banqueros, hombres de
negocios, diplomáticos extranjeros, funcionarios estatales y consejeros militares.
No había una habitación para Craig, hasta que no se encontró con un asistente de
gerente del hotel que había leído su libro y visto la novela seriada en la TV.
Luego Craig fue acompañado a una habitación en el piso quince con vista al parque.
Mientras se encontraba en el baño, arribó una procesión de mozos trayendo flores y
canastas con frutas y una botella de champagne sudafricano graciosamente ofrecida
por la dirección. Trabajo hasta después de media noche en el informe a Henry
Pickering, y estuvo en el edificio del parlamento en Causeway a las nueve y treinta
de la mañana siguiente.
La secretaria del ministro lo hizo esperar cuarenta y cinco minutos antes de
conducirlo a la oficina de paredes recubiertas en maderas y el camarada
ministro Tungata Zebiwe se levanto de su escritorio para recibirlo.
Craig si había olvidado lo imponente que era aquel hombre, o quizás había crecido
en estatura desde la ultima vez que lo había visto. Recordó que una vez Tungata
había sido su ayudante, cuando Craig era ranger del ministerio para la Conservación
de la Fauna, y le pareció un hecho de una vida anterior. En aquellos días se
llamaba Samson Kumalo, de los Kumalo que descendían en línea directa del rey
Matabele, y el era su directo descendiente. Bazo, su bisabuelo, había sido el jefe
de la rebelión de los Matabele del 1896, y había sido ahorcado por los colonos
blancos por esto. Su tatarabuelo Gandang, era hermanastro de Lobengula, el ultimo
rey de los Matabeles que los soldados de Rhodes habían conducido a una muerte
innoble y a una tumba desconocida en la región selvática del norte después de
destruir su capital en Gubulawayo, el lugar de la masacre.
Era de sangre real, y se notaba. Mas alto que Craig, llegaba a los dos metros y no
era flaco, todavía no había comenzado a engordar, lo que era a menudo la contextura
de los Matabeles, su físico destacado a la perfección por el corte del traje
italiano de seda; hombros anchísimos como un verdadero ropero y vientre plano de
galgo. Había sido uno de los mas exitosos combatientes durante la guerra, y todavía
era un guerrero, no había duda de eso. Craig experimento un notable e inesperado
placer al verlo.
« Te veo, camarada ministro », lo saludó Craig en sindebele, evitando elegir entre
el viejo apelativo familiar « Sam », y el nombre de guerra que había adoptado
ahora, Tungata Zebiwe, que significa « Aquel-que-persigue-la-justicia ».
« Te despedí una vez », respondió Tungata en la misma lengua. « Salde todas las
deudas entre nosotros y te despedí. » No había signos de placer en sus ojos
oscuros, la mandíbula huesuda apretada rígidamente.
« Te estoy agradecido por lo que hiciste », dijo Craig, también sin sonreír,
escondiendo su placer. Fue Tungata quien firmo un permiso ministerial especial para
consentirle exportar el yate de construcción propia, el Bawu, en un momento en que
no se podía sacar del país ni siquiera una heladera vieja o el elástico de una
cama. En esa época el yate era la única posesión de Craig en el mundo, y el todavía
estaba convaleciente de la explosión de la mina y confinado a una silla de ruedas.
« No quiero tu gratitud », dijo Tungata. Sin embargo detrás de aquellos ojos del
color de la miel oscura había algo que Craig no lograba entender.
« Ni siquiera la amistad que todavía te ofrezco? » pregunto amablemente Craig.
« Todo eso murió en el campo de batalla », dijo Tungata.
« Fue lavado con sangre. Elegiste irte, porque has vuelto ahora? »
« Porque esta es mi tierra. »
« Tu tierra... » Vio el rojizo brillo de la rabia difundirse en el blanco de los
ojos de Tungata. « Tu tierra! Hablas como un colonialista. Como uno de los soldados
asesinos de Cecil Rhodes. »
« No quise decirlo de ese modo. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Tu gente conquisto esta tierra con fusiles, y a punta de fusiles la sometieron.
No me hables mas de tu tierra. »
« Sabes odiar tan bien como has combatido », le dijo Craig, comenzando a sentir que
su propio enojo empezaba a picarle tras los ojos, « pero no he vuelto para odiar.
He vuelto porque mi corazón me trajo. Volví porque sentí que podía contribuir a
reconstruir lo que fue destruido. »
Tungata se sentó en el escritorio, cubriendo con las manos el blanco secante. Eran
muy oscuras y potentes. Se miraron en silencio, un silencio que se prolongo por
varios segundos.
« Estuviste en Kings Lynn », dijo finalmente Tungata, y Craig se sorprendió. «
Después fuiste al norte al Chizarira. »
« Tus ojos son penetrantes », asintió Craig. « Ven todo. »
« Has pedido de los títulos de esas tierras. » Nuevamente Craig se vio sorprendido,
pero permaneció callado. « Pero no puedes ignorar que debes tener la aprobación
del gobierno para comprar tierras en Zimbabwe. Debes declarar el uso que intentas
darle y el capital que invertirás. »
« Si, también lo se », concordó Craig.
« Así que vienes a hablarme de amistad », dijo Tungata levantando la vista y
mirándolo a la cara. « Luego, como un viejo amigo, me pedirás otro favor, no es
así? »
Craig extendió los brazos, con las palmas hacia arriba con gesto de resignación.
« Un solo colono blanco en una tierra que basta para dar de comer a cincuenta
familias Matabele. Un criador blanco que engorda y se enriquece mientras sus
sirvientes visten harapos y comen las sobras que el tira! » tronó Tungata. -
Craig levantó la voz a su vez. « Un criador blanco que trae un capital de millones
a un país hambriento de divisas; un criador blanco que les da trabajo a decenas de
Matabeles; un criador blanco que produce alimentos suficientes para diez mil
Matabeles, y no para solo cincuenta. Un criador blanco que hace rendir a la tierra,
defendiéndola de las cabras y de la sequía, de modo que producirá por quinientos
años y no cinco... » Craig dejo rebullir su rabia y le devolvió la mirada airada a
Tungata, inclinado con sus piernas rígidas sobre el escritorio.
« Tu estas terminado aqui! » rugió Tungata. « El kraal esta cerrado para ti! Vuelve
a tu barco, a tu fama y a tus mujeres en celo, y agradece al cielo que solo te
quitamos una pierna! Vete antes que pierdas también la cabeza! »
Tungata miro su reloj pulsera. « No tengo mas nada que decir », dijo parándose. No
obstante, detrás de su mirada inexpresiva y hostil, Craig continuaba advirtiendo
que esa cosa indefinible todavía estaba allí. Trató de darle un nombre; no era
temor, estaba seguro, ni era engaño. Una especie de desesperacion, un profundo
pesar, hasta un sentimiento de culpa; o quizás una mezcla de todo eso junto.
« Bueno, antes de irme debo decirte otra cosa. »
Craig se acerco mas al escritorio y bajo la voz. « Sabes que estuve en el
Chizarira. Allí encontré tres hombres. Se llaman Pekín, Lookout y Dólar, y me han
pedido que te transmita un mensaje... »
Craig no pudo proseguir, porque la rabia de Tungata se transformó en furia. La
cólera lo hacia temblar, se le nubló la vista, y se le anudaron los músculos en las
articulaciones de la imponente mandíbula.
« Silencio », siseó, con la voz controlada pero a punto de explotar. « No te metas
en cosas que no entiendes y que no te importan. Deja este país antes que te
pisotee. »
« Me iré », dijo Craig devolviéndole desafiante la mirada, « pero solo después que
mi solicitud para comprar tierras haya sido rechazada oficialmente. »
« Entonces te iras pronto », replicó Tungata. « Yo te lo garantizo. »

En el estacionamiento del parlamento el Volkswagen se estaba calcinando. Craig


abrió las puertas y mientras esperaba que el interior se refrescara un poco, se
encontró temblando por el efecto del altercado con Tungata Zebiwe. Levanto una mano
a la altura de sus ojos y constato el temblor de sus dedos. Cuando trabajaba e la
reserva, después de haber matado a un león comedor de hombres o un elefante
destructor de sembrados, la adrenalina le jugaba la misma pasada.
Entró en el vehiculo y mientras esperaba recuperar el control, trato de ordenar sus
impresiones de la reunión y de rever lo que había sacado de ella.
Claramente había estado bajo la vigilancia de un servicio secreto estatal desde el
momento de su llegada a Matabeleland. Quizás el motivo de la vigilancia era

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
simplemente su fama literaria; su nombre era tan conocido que en una lista saltaba
a la vista.
Nunca lo habría sabido, pero el hecho era que cada movimiento suyo le había sido
informado a Tungata.
Sin embargo todavía no lograba entender la violenta oposición de Tungata a su
proyecto. Las razones que le había dado eran mezquinas y rencorosas. Y Samson
Kumalo nunca había sido ni mezquino ni rencoroso Craig estaba seguro que había
percibido correctamente esa extraña atenuante emoción contradictoria detrás del
comportamiento hostil de Tungata; había corrientes y contracorrientes en las aguas
que navegaba Craig.
Repensó en la colérica reacción de Tungata cuando menciono a los tres guerrilleros
que había encontrado en el Chizarira. Obviamente Tungata ya conocía sus nombres y
sus reprensiones habían sido demasiado violentas para venir de una consciencia
cristalina. Había muchas cosas que a Craig le hubiera gustado saber, y muchas que
Henry Pickering habría juzgado interesantes.

Craig arranco el VW y volvió lentamente al Monomatapa a lo largo de las avenidas


que originalmente habían sido trazadas lo suficientemente anchas para permitir a un
tiro de treinta y seis bueyes a girar en « U ». Era cerca del mediodía cuando llego
a su habitación. Abrió el bar y tomo la botella de gin, después la dejó sin abrirla
y en cambio llamo al servicio de habitaciones para que le trajeran café. Su habito
de beber durante el día lo había seguido desde New York, y sabia que había
contribuido a su falta de propósitos. Eso tenia que cambiar, decidió.
Se sentó en el escritorio junto a la ventana panorámica y miro hacia abajo.
Mientras ordenaba sus pensamientos admiraba los frondosos jacarandaes azules del
parque, después tomo la lapicera y puso al día el informe a Henry Pickering,
incluyendo sus impresiones de la relación de Tungata con los disidentes Matabeles y
su extraña oposición al proyecto de Craig de comprar tierras.
Esto condujo necesariamente al pedido de financiamiento, y el dispuso sus cifras,
su valoración del potencial de la Rholands, y sus planes para King's Lynn y la
reserva del Chizarira del modo mas favorable posible. Jugando con el manifiesto
interés de Henry Pickering por los recursos turísticos en Zimbabwe, se explayo en
sumo grado sobre el desarrollo de « Zambesi Waters » como atracción turística.
Coloco los dos informes separados en dos sobres de papel Manila, los sello y se fue
a la embajada americana. Sobrevivió al escrutinio de un marine en su cubículo
blindado y espero a que Morgan Oxford viniese a identificarlo.
El agregado cultural fue una sorpresa para Craig. Apenas pasaba de la treintena,
como Craig, pero era fornido como un atleta universitario, tenia el pelo cortísimo
y los ojos de un azul penetrante y un apretón de mano firme sugería bastante mas
fuerza que la que ejercía en ese momento.
Acompaño a Craig hasta una pequeña oficina trasera y acepto los dos sobres Manila
sin comentarios.
« Mi han pedido que lo presente en el ambiente », dijo. « Hay una recepción y
cocktail en la residencia del embajador de Francia esta noche. Un buen lugar para
comenzar, de seis a siete, le viene bien? »
« Okay. »
« Esta en el Mono o en el Meikles? »
« Monomatapa. »
« Iré a recogerlo a las diecisiete y cuarenta y cinco. »
Craig noto que no había dicho las seis menos cuarto, como diría cualquiera, sino
diecisiete y cuarenta y cinco, como un ferroviario, un astronauta o un militar.
« Agregado cultural? », pensó.

No obstante el régimen socialista de Mitterrand, los franceses sacaron a relucir su


característico impulso vital. La recepción fue sobre los prados de la residencia
del embajador, con la tricolor ondulando alegremente en la brisa vespertina y el
perfume de las flores de frangipani que, después del tórrido calor del día, creaba
una ilusión de frescura. Los sirvientes Lucian kanzas blancas hasta el tobillo, con
fez y fajas rojas, y el champagne, aunque no de la mejor cosecha, era Bollinger,
mientras que el foie gras sobre los canapés provenía del Perigord. La banda de la
policía, bajo los árboles de Spathodea en el limite del prado, tocaban aires de
opereta italiana con el exuberante ritmo africano. Solo la heterogeneidad de los
invitados distinguía a esta recepción de la ultima a la que había sido invitado
Craig, seis años antes, del gobernador general de Rhodesia.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Los Chinos y los Coreanos eran los mas numerosos y notables, disfrutando en su
posición de especial favoritismo con el gobierno. Habían sido ellos los mas
constantes en ayuda y apoyo material a las fuerzas Shona durante la larga guerra en
la jungla, mientras que los Soviéticos habían cometido un raro error de juicio
cortejando a la facción Matabeles, por lo cual el gobierno de Mugabe los relegaba
en gran medida.
Cada grupo en el prado parecía incluir las rechonchas figuras en arrugados trajes
pijamas, sonriendo y sacudiendo sus largos y lacios mechones como muñecos
mandarines, mientras que los Rusos formaban un pequeño grupo entre ellos y los que
estaban uniformados eran oficiales jóvenes, no habiendo ni siquiera un coronel
entre ellos, notó Craig; los rusos estaban verdaderamente constreñidos a remar
contra la corriente.
Morgan Oxford presentó a Craig a los anfitriones. La embajadora era por lo menos
treinta años mas joven que su marido. Ella lucia un brillante Pucci estampado con
chic parisino. Craig dijo: « Enchanté, madame », y toco el dorso de su mano con los
labios. Cuando se enderezó, ella le dedicó una lenta ojeada de apreciación antes de
volverse al siguiente huésped.
« Pickering ya me había advertido que usted era una especie de Don Juan », lo
chanceo amablemente Morgan. « Pero cuidado con provocar un incidente diplomatico.»
« Muy bien, me conformare con una copa del burbujeante Bollinger. »
Cada uno de ellos armado con una copa de champaña examinaron el prado. Las damas de
las republicas centroafricanas lucían trajes nacionales, una maravillosa cacofonía
de colores como un enjambre de mariposas de la jungla, y sus consortes llevaban
bastones primorosamente tallados o matamoscas hechos de colas de animales, y los
musulmanes entre ellos usaban fezes bordados con las borlas denotando que eran
Hadji que habían efectuado la peregrinación a la meca.
« Duerme bien, Bawu », Craig pensó en su abuelo, el archi colonialista. « Es mejor
que no hayas vivido para ver esto. »
« Mejor representemos tu número frente a los británicos, dado que ese es el
pasaporte que tienes », sugirió Morgan, y lo presentó a la mujer del alto
comisionado británico, una mujer de mandíbula de acero con un peinado laqueado
inspirado en el de Margaret Thatcher.
« No puedo decir que disfrute de toda esa violencia detallada en su libro », lo
apostrofó severamente. « Cree que era realmente necesaria? »
Craig elimino toda traza de ironía en su voz. « El África es una tierra violenta.
Quien oculte ese hecho no seria un narrador sincero. » No estaba de humor para
tratar con críticos literarios amateurs y dejo que su mirada se deslizase por el
prado, en busca de alguna distracción.
Lo que vio le hizo saltar el corazón como un animal enjaulado. Desde el otro
extremo del parque ella lo estaba mirando con los verdes ojos debajo de una
ininterrumpida línea de oscuras y espesas cejas. Vestía una pollera de algodón con
bolsillos aplicados que le llegaba hasta las rodillas, sandalias abiertas sujetas
alrededor de los tobillos y una simple remera. Los cabellos negros y espesos los
llevaba atados con una tira de cuero detrás del cuello, recién lavados y
brillantes. Aunque no usaba maquillaje, su piel tostada tenia el lustre de una
salud perfecta y los labios coloreados por la juvenil circulación sanguínea. Sobre
un hombro le colgaba una Nikon FM con motor, y ambas manos metidas en los bolsillos
de su pollera.
Lo había estado mirando, pero, en el momento que Craig la miro directamente, ella
levanto la barbilla en un gesto de desdén, le mantuvo la mirada por el tiempo
estrictamente necesario y luego volvió la cabeza sin urgencia hacia el hombre que
estaba parado junto a ella, escuchando atentamente lo que el le decía y luego
mostró los blancos dientes en una pequeña risa controlada. El hombre era un
africano, casi seguramente un Mashona, porque usaba el impecable uniforme del
ejercito regular de Zimbabwe y el grado de general de brigada. Era tan elegante
como el joven Harry Belafonte.
« A algunas le gusta la carne de caballo », dijo en voz baja Morgan, bromeando
nuevamente. « Ven que te lo presento. »
Antes que Craig pudiera protestar, comenzó a cruzar el prado y el debió seguirlo.
« General Peter Fungabera, puedo presentarle al señor Craig Mellow? El señor Mellow
es el celebre escritor. »
« Como le va, señor Mellow. Me disculpo por no haber leído su libro, tengo tan poco
tiempo para el placer. » su ingles era excelente, la elección de palabras precisa,
pero tenia un fuerte acento.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« El general Fungabera es el ministro de la Seguridad Interna, Craig », le explicó
Morgan.
« Una cartera difícil, general. » Craig le estrecho la mano y vio que sus ojos eran
penetrantes y crueles como los de un halcón, había un giro humorístico en su
sonrisa y Craig se sintió inmediatamente atraído, un hombre duro, pero un buen
hombre, juzgó.
El general asintió. « Pero nunca es fácil nada que valga la pena hacer, ni siquiera
escribir libros, no es verdad, señor Mellow? »
Era un tipo despierto y a Craig le agradó mas todavía, pero su corazón todavía
latía y tenia la boca seca, así que pudo concentrar tan solo una pequeña parte de
su atención en el general.
« Y esta », dijo Morgan, « es la señorita Sally-Anne Jay. » Craig giró para
mirarla. Cuanto tiempo había pasado desde su ultimo encuentro? Quizás un mes? Pero
el recordaba claramente cada mota dorada en sus ojos y cada peca en sus mejillas.
« El señor Mellow y yo ya nos conocimos, aunque no creo que me recuerde. » Se
volvió hacia Morgan y lo tomo del brazo en un gesto amistosamente familiar.
« Lamento que no nos hayamos visto mas desde que volví de los Estados Unidos
Morgan. No pude agradecerle lo suficiente por haber arreglado la exhibición para
mi. He recibido tantas cartas... »
« Oh, fue muy útil para nosotros también », le dijo Morgan. « Un trabajo excelente.
Podemos cenar la semana que viene? Se lo mostraré » Se volvió hacia Craig para
explicarle; « Organizamos una muestra de las fotografías de Sally-Anne en todos
nuestros consulados africanos. Fotos esplendidas, Craig, debe ver su trabajo ».
« El ya lo ha visto », dijo Sally-Anne con una sonrisa sin calidez. « Pero
desgraciadamente el señor Mellow no comparte su entusiasmo por mi humilde
esfuerzo.» Y sin darle a Craig la oportunidad de protestar, se volvió hacia Morgan.
« Es magnifico, el general Fungabera me ha prometido acompañarme en una visita a un
campo de reeducacion, y me permitirá hacer una serie de fotografías... » Con una
sutil inclinación del cuerpo excluyo eficazmente a Craig de la conversación, y lo
dejo sintiéndose desgarbado y sin palabras a un costado.
Un suave toque en el hombro lo saco del embarazo. El general Fungabera lo llevo
aparte, lo suficientemente lejos como para asegurarse la privacidad.
« Usted parece tener la especialidad de crearse enemigos, señor Mellow. »
« Hubo un malentendido entre nosotros en New York », dijo Craig mirando de reojo a
Sally-Anne.
« Aunque detecte cierta frialdad entre ustedes dos, no me refería a la joven y
encantadora fotógrafa, sino a otros colocados mas alto y en mejor posición para
ocasionarle perjuicios. » Ahora toda la atención de Craig se concentró en Peter
Fungabera, que prosiguió suavemente. « Su reunión de esta mañana con un colega de
gabinete mío fue, digamos que... » hizo una pausa, « infructuosa, verdad? »
« Infructuosa es una palabra muy apropiada », concordó Craig.
« Una gran pena, señor Mellow. Si queremos ser autosuficientes en alimentación e
independientes de nuestros racistas vecinos del sur, necesitamos granjeros con
capital y determinación en tierras que ahora están siendo abusadas. »
« Usted esta bien informado, general, y visionario. » Conocía ya todo el mundo en
el país exactamente lo que intentaba hacer? Se preguntaba Craig.
« Gracias, señor Mellow. Quizás cuando usted este listo para pedir el permiso del
gobierno para adquirir la tierra le convendría venir a hablar conmigo. Un amigo en
la corte, no es ese el termino? Mi cuñado es el Ministro de Agricultura. »
Cuando sonreía, el general Peter Fungabera era irresistible. « Y ahora, señor
Mellow, como ya escucho, voy a acompañar a la señorita Jay en una visita a ciertas
zona prohibidas del país. La prensa internacional esta haciendo un gran escándalo a
propósito; hablan de Buchenwald creo que uno de ellos escribió, o fue Belsen? Se me
ocurre que un hombre de su reputación podría aclararle las ideas a la opinión
publica, un favor por otro, quizás si usted viajara en la misma compañía que la
señorita Jay, entonces yo podría brindarle la oportunidad de reparar su
malentendido de New York, no le parece? »

Todavía estaba oscuro y frío cuando Craig estacionó el VW junto al hangar de la


base aeronáutica de New Sarum. Con su bolso de mano se inclino para ingresar por la
baja puerta lateral en el cavernoso interior.
Peter Fungabera estaba allí, delante de el, hablando con dos suboficiales de la
fuerza aérea, pero en el momento que vio a Craig, los despidió con un saludo
informal y se le acercó sonriendo.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Usaba el uniforme de batalla y el birrete rojo con el distintivo de plata
representando una cabeza de leopardo, de la Tercera Brigada. Aparte de una pistola
enfundada, llevaba solamente una fusta cubierta de cuero.
« Buen día, señor Mellow. Yo admiro la puntualidad. »
Miro el pequeño bolso de viaje de Craig. « Y la capacidad de viajar con poco
equipaje. »
Pasaron a través de las altas puertas corredizas dentro del hangar. Había dos
viejos bombarderos Canberra estacionados delante del hangar. Ahora el orgullo de la
fuerza aérea de Zimbabwe, alguna vez habían bombardeado despiadadamente los
campamentos guerrilleros del otro lado del Zambesi. Detrás de las dos aeronaves
militares estaba un elegante Cessna 210 plateado y azul, y Peter Fungabera se
dirigió a el mientras bajo el ala apareció Sally-Anne. Estaba absorta en su
recorrida de inspección de la maquina y Craig se percato que ella seria su piloto.
Había esperado un helicóptero, y un piloto militar.
Vestía un rompevientos patagónico, blujeans y botas de cuero blando. Se cubría los
cabellos con una bufanda de seda. Se la veía profesional y competente mientras
realizaba el chequeo visual del nivel de combustible en los tanques de las alas y
luego salto al asfalto de la pista.
« Buenos días, general. Le gustaría ocupar el asiento derecho de adelante? »
« Porque no ponemos adelante al señor Mellow? Yo ya conozco el paisaje. »
« Como guste », asintió mirando fríamente a Craig.
« Señor Mellow », saludó, y trepo al asiento del piloto.
Se comunico con la torre y carreteo hasta el punto inicial. Allí aplico el freno y
murmuró; « Demasiado cerdo contrasta con la buena educación hebrea ».
Craig abrió los ojos. Que clase de expresión era esa? Pero cuando vio que la
muchacha comenzaba a abrir y cerrar interruptores, apretar botones y controlar
diales indicadores, cayo en cuenta de que la extraña frase debía ser su acrónimo
personal para recordar los controles necesarios antes de emprender el decolaje y
sus prejuicios contra las mujeres piloto disminuyeron un poco.
Después del despegue viro hacia el noroeste y coloco el piloto automático, abrió un
mapa en gran escala sobre la falda y se concentró en la ruta. Una buena técnica de
vuelo, admitió Craig, pero no mucho para relaciones públicas.
« Una hermosa maquina », intentó Craig. « Es suya? »
« De la Fundación Mundial Vida Salvaje. En préstamo permanente », respondió la
muchacha, siempre fijando la mirada en el cielo frente a ella.
« Cual es la velocidad de crucero? »
« Hay un velocímetro directamente frente a usted, señor Mellow », rebatió sin
inmutarse.
Fue Peter Fungabera que, inclinándose sobre el respaldo del asiento de Craig rompió
el silencio. « Ahí esta el Great Dyke », dijo indicando la accidentada formación
geológica debajo de ellos. « Una intrusión riquísima de minerales: cromo, platino,
oro. » Mas allá del afloramiento las tierras de labranza se esfumaban rápidamente y
sobrevolaron una vasta área de colinas escarpadas y junglas de un verde enfermizo
que se extendían interminablemente hacia un horizonte lechoso.
« Aterrizaremos en una pista secundaria, junto a las colinas de Pongola. Allí hay
una misión y un pequeño asentamiento. Es una zona muy remota. El transporte nos
encontrará allí, pero son otras dos horas de viaje hasta el campo », explico el
general.
« Le molesta si volamos un poco mas bajo, general? » pregunto Sally-Anne, y el
general se rió.
« No es necesario preguntar el motivo... Sally-Anne quiere instruirme en la
importancia de los animales selváticos y en su conservación. »
Sally-Anne desaceleró y descendieron. El calor estaba subiendo y el liviano avión
comenzó a saltar y hundirse cuando encontró las corrientes térmicas llegando desde
las colinas rocosas. La zona que sobrevolaban estaba carente de habitantes o
cultivos.
« Colinas abandonadas de Dios », gruño el general. « Sin manantiales, hierbas
amargas y moscas. »
Sally-Anne distinguió una manada de antílopes gibosos en uno de los claros abiertos
junto a un cauce de río seco y cuarenta kilómetros mas allá, un elefante macho
solitario.
Descendió hasta rozar la copa de los árboles, extendió los flaps y realizo una
serie de virajes escarpados alrededor del elefante, sacándolo de la selva y

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
manteniéndolo en el claro de modo que lo obligo a enfrentar la maquina con las
orejas desplegadas y la trompa en alto.
« Es magnifico! » grito, con el viento que entraba por la ventanilla abierta los
zarandeaba y se llevaba sus palabras. « Cincuenta kilos de marfil por colmillo. »
Lo fotografiaba con una mano sola en la ventanilla abierta, mientras el motorcito
de la Nikon zumbaba haciendo correr la película a través de la cámara.
Volaban tan bajo que parecía que el elefante podría agarrar la punta del ala con la
trompa. Craig podía distinguir claramente la húmeda exudación de las glándulas
detrás de sus ojos. Se encontró aferrado con las dos manos a los costados de su
asiento.
Finalmente Sally-Anne lo dejo, nivelo las alas y ascendió. Craig se hundió
aliviado.
« Tiene los pies helados, señor Mellow? o debería ser singular, pie? »
« Perra », pensó Craig. « Ese es un golpe bajo. » Pero ella estaba hablando con
Peter Fungabera sobre su hombro.
« Muerto, ese animal vale diez mil dólares máximo.
Vivo, vale diez veces mas, y reproduciéndose multiplicara por cien su valor. »
« Sally-Anne esta convencida que hay una mafia de cazadores furtivos operando en
este país. Me ha mostrado algunas fotografías notables... Y debo decir que comienzo
a compartir sus preocupaciones. »
« Debemos encontrarlos y aplastarlos, general », insistió ella.
« Encuéntrelos, Sally-Anne, y yo los aplastaré. Tiene mi palabra. »
Escuchándolos hablar, Craig sintió otra vez la primera impresión que tuvo cuando
los vio juntos a los dos. No podía pasar inadvertido el buen acuerdo entre ellos, y
Fungabera era un tipo elegantísimo. Ahora le lanzo una mirada sobre el hombro, y
sorprendió al general que lo estaba observando atentamente de cerca y
especulativamente, una mirada que oculto instantáneamente con una sonrisa.
« Que piensa usted de este asunto, señor Mellow? » preguntó, y de repente Craig se
puso a contarle de su proyecto de villa turística-ecológica sobre el Chizarira. Les
contó lo de los rinocerontes negros y las áreas selváticas protegidas que los
rodeaban, y también que accesible eran desde las cataratas Victoria, y ahora Sally-
Anne escuchaba tan interesada como el general. Cuando terminó, ambos quedaron en
silencio por un rato, y luego el general dijo: « Ahora señor Mellow, esta obrando
con buen sentido. Esta es la clase de planes que este país necesita
desesperadamente, y su potencial económico será entendido hasta por los mas
retrasados entre mis compatriotas ».
« Porqué no nos tratamos de tu, general? »
« Te agradezco, llámame solo Peter. »
Media hora mas tarde Craig vio el reflejo de un techo de chapa ondulada brillando
al sol directamente frente a ellos, y Sally-Anne dijo: « La misión de Tuti » y
comenzó el descenso para el aterrizaje.
Viró sobre la iglesia y Craig vio pequeñas figuras alrededor del grupo de cabañas
que agitaban las manos.
La pista era corta, estrecha y accidentada, y el viento soplaba cruzado. Sally-Anne
la enfrento oblicuamente, enderezando solo un instante antes de tocar tierra,
después compensó el viento cruzado manteniendo el ala izquierda mas baja. Era una
excelente pilota, pensó Craig.
Debajo de un gran árbol de marula los esperaba una camioneta Land Rover color arena
del ejercito. Tres soldados saludaron a Peter Fungabera taconeando las botas que
levantaron polvo y un cacheteo de las cantoneras de los fusiles. Después, mientras
Craig ayudaba a Sally-Anne a asegurar el avión al terreno, los soldados cargaron el
escaso equipaje en la Land Rover.
Mientras llegaban en el vehiculo a la misión cercana, Sally-Anne pregunto al
general si podía encontrar un baño para mujeres. El general Fungabera le ordenó al
chofer que frenara.
La galería de la misión estaba colmada de niños negros de ojos vivaces. La maestra
salio para recibir a Sally-Anne mientras subía los escalones, dándole una cortes
bienvenida. Tenia aproximadamente la misma edad que Sally-Anne, con largas piernas
delgadas bajo una simple pollera de algodón. Su vestido estaba quirúrgicamente
limpio y prolijamente planchado, y también sus blancas zapatillas lucían
impecables. Su piel era satinada como terciopelo y tenia la típica cara redonda
dientes brillantes y ojos de gacela de las doncellas Nguni: pero había cierta
gracia en su contextura, una expresión alerta e inteligente y las formas de sus
facciones que eran verdaderamente hermosas.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Hablo un momento con Sally-Anne y después la condujo al interior de la misión.
« Será mejor yo y tu aclaremos las cosas, Craig », le dijo el general cuando Sally-
Anne desapareció adentro con la otra muchacha. « Te he visto mirándonos a Sally
Anne y a mi. Déjame decirte que yo admiro los logros de Sally-Anne, su inteligencia
y su iniciativa, pero, a diferencia de tantos otros hombres de mi raza, la
hibridación no tiene para mi ningún atractivo. Encuentro a la mayoría de las
mujeres europeas generalmente viriloides y demasiado dominantes, y la carne blanca
insípida. Espero que me perdones la franqueza. »
« Me alivia oírlo, Peter », sonrió Craig.
« En cambio la maestrita si que me gusta. Ella es... No encuentro la palabra,
ayúdame, tu eres el maestro, por favor. »
« Apetitosa. » « Buena. » « Núbil. »
« Mucho mejor... » se rió Peter. « Verdaderamente debo encontrar tiempo para leer
tu libro. » Volvió a ponerse serio y continuó. « Se llama Sarah. Es maestra y
enfermera diplomada, bella y modesta, respetuosa y educada de la manera
tradicional. Te diste cuenta que no nos miraba directamente a la cara, a nosotros
hombres? Eso seria una desfachatez. » Peter se dijo para si. « Una mujer moderna
con virtudes antiguas. Y pensar que su padre es un brujo vestido de pieles, que
predice el futuro arrojando huesos y se baña una ves por año. Es el África », dijo.
« Mi magnifica e infinitamente fascinante, mutable e inmutable África. »
Las dos jóvenes volvieron charlando animadamente de las cabañas detrás de la
escuela, mientras Sally-Anne tomaba fotografías, capturando imágenes de los chicos
con su maestra que parecía no mucho mayor que ellos. Los dos hombres las observaron
desde la Land Rover.
« Tu me impresionaste como un hombre de acción, Peter, y no puedo creer que te
falte dinero para comprar a la mujer », observó Craig. « Que es lo que esperas? »
« Ella es Matabele y yo Mashona. Capuletos y Montescos », explicó brevemente Peter.
« No es una cuestión menor. »
Los niños, dirigidos por Sarah, cantaron una canción de bienvenida desde la galería
y luego, a pedido de Sally-Anne, recitaron el alfabeto y las tablas de multiplicar,
mientras ella fotografiaba sus expresiones. Cuando subió a la Land Rover, corearon
su despedida y agitaron las manos hasta que el vehiculo desapareció en una nube de
polvo.
La ruta estaba poceada y la Land Rover saltaba sobre las profundas huellas formadas
en la estación de las lluvias en negro barro glutinoso y ahora seco, solidificado
como cemento. A través de aberturas en el bosque vieron colinas azules en el
horizonte norte, hispidas y accidentadas y poco acogedoras.
« La colinas de Pongola », les dijo Peter. « Pésima zona. » Mientras se aproximaban
a su destino, les empezó a contar lo que podían esperar cuando llegaran.
« Estos campos de reeducacion no son campos de concentración sino, como el nombre
lo dice, son centros de reeducacion y reinserción al mundo normal. » Lo miro a
Craig. « Tu, como cualquiera de nosotros, sabes bien que hemos pasado por una
terrible guerra civil. Once años de infierno, que han brutalizado a una generación
entera de jóvenes. Desde adolescentes, estos muchachos han tenido siempre un fusil
en la mano, y se les ha enseñado nada mas que destrucción y aprendido nada mas que
los deseos de un hombre pueden lograrse simplemente eliminando a cualquiera que se
les ponga delante. »
Peter Fungabera calló por algunos instantes, y Craig pudo ver que el estaba
reviviendo su propia historia en aquellos terribles años. Después suspiró.
« Estos pobres muchachos en muchos casos fueron ilusionados por sus jefes. Para
sostenerlos en las dificultades y las privaciones de la guerrilla en la jungla, le
hicieron promesas que nadie podía cumplir. Les prometieron fértiles tierras de
cultivo y cientos de cabezas de ganado de raza, dinero y autos y todas las mujeres
que quisieran. » Peter hizo un gesto de rabia. « Les crearon grandes expectativas,
y cuando estas no se cumplieron, se volvieron contra aquellos que les hicieron las
promesas. Cada uno de ellos estaba armado, soldados entrenados que habían matado y
no vacilarían en matar de nuevo. Que podíamos hacer? » Peter se interrumpió y miró
su reloj pulsera. « Es hora de comer y estirar las piernas », sugirió.
El chofer estacionó donde el camino atravesaba un terraplén, y un puente de madera
sobre el lecho de un río donde las frescas aguas verdes se arremolinaban sobre
bancos de arena ondulada y los altos juncales se mecían en cada orilla. Los
soldados armaron un fogón y asaron mazorcas de maíz sobre las llamas y prepararon
el te, mientras Peter paseaba despreocupado con sus huéspedes por la orilla del río
continuando con su discurso.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Nosotros los africanos alguna vez teníamos una tradición. Si uno de nuestros
jóvenes se ponía intratable y violaba las leyes de la tribu, era enviado a un
campamento en la selva donde los mayores lo obligaban a comportarse. Este centro de
rehabilitación es la versión modernizada del tradicional campamento en la selva. Yo
no voy a tratar de ocultarles nada a ustedes. No es un Club Méditerranée lo que
vamos a visitar. Los hombres allí son duros, y solo un tratamiento duro tendrá
efecto sobre ellos. Por otra parte, no son campos de exterminio, digamos que son el
equivalente a las barracas de detención del ejercito británico. » Craig no podía
menos que impresionarse por la honestidad de Fungabera.
« Ustedes tienen la libertad de hablar con cualquier detenido, pero debo pedirles
que no vayan a caminar solos en el bosque; y esto se aplica especialmente para ti,
Sally-Anne », le sonrió Peter. « Este lugar es muy salvaje y aislado. Alrededor del
campo pululan hienas y leopardos, atraídos por la basura y deshechos y no tienen
ningún temor al hombre. Pídanmelo si quieren salir del campo y les asignaré una
escolta. »
Comieron el frugal almuerzo – pelando las chalas quemadas de las mazorcas de maíz y
bajándolas con el muy azucarado te cargado.
« Si están listos, seguimos », dijo Peter.
Los llevo de regreso a la Land Rover y una hora mas tarde llegaron al centro de
reeducacion de Tuti.
Durante la guerra de la independencia era uno de los « poblados fortificados »
establecidos por el gobierno de Smith en un intento de defender a los campesinos
negros de la intimidación de los guerrilleros. Había un kopje rocoso central que
había sido desmontado completamente, una pila de grandes rocas de granito sobre la
cual se había construido un pequeño fuerte con bolsas de arena con almenas para
ametralladoras plataformas de disparo, trincheras de comunicación y casamatas.
Debajo de este, estaba el campamento, ordenadas filas de cabañas de barro y techos
de paja, muchas de ellas con media pared para permitir la circulación de aire,
construidas alrededor de un polvoriento espacio abierto que debió haber sido una
plaza o cancha de futbol, porque había arcos rudimentarios en cada extremo e,
incongruentemente una maciza pared blanqueada en el extremo mas próximo al fuerte.
Una doble cerca de alambre de púas, entre las cuales corría una profunda zanja,
rodeando el campo. Los cercos de alambre de púa eran de tres metros de alto y de
malla pequeña. En el fondo de la zanja se habían plantado estacas de madera
puntiagudas muy próximas unas de otras, y había altas torres de guardia montadas
sobre postes en cada ángulo del campo. Los guardias en la única entrada saludaron a
la Land Rover que prosiguió lentamente por la calle que bordeaba la plaza de armas.
El sol, en medio de la plaza, dos o tres centenares de negros jóvenes, vestidos
solo con shorts kaki realizaban vigorosos ejercicios gimnásticos ordenados por los
gritos de instructores negros en uniforme. En las cabañas de paredes abiertas otros
cientos se sentaban en ordenadas filas sobre la tierra desnuda, recitando al
unísono la lección sobre el pizarrón.
« Después daremos una vuelta », les dijo Peter. « Primero los ubicaremos a
ustedes.»
Craig fue alojado en una casamata del fuerte. El piso de tierra había sido barrido
recientemente y rociado con agua para refrescarlo y asentar el polvo. Los únicos
muebles eran una estera de juncos tejidos para dormir sobre el suelo y una tela de
arpillera cubriendo la puerta de entrada. Sobre la estera había una caja de
fósforos y un paquete de velas. Craig supuso que esos eran lujos reservados para
invitados importantes.
Sally-Anne fue alojada en la casamata frente a la de Craig. Ella no mostró reparos
por las primitivas condiciones, y cuando Craig espío detrás de la cortina, la vio
sentada en su estera en la posición de flor de loto, limpiando los lentes de la
cámara y recargando película.
Peter Fungabera se disculpó y siguió por la trinchera hasta el puesto de comando en
la cima de la colina. Pocos minutos mas tarde, un generador eléctrico comenzó a
funcionar y Craig pudo oír a Peter en la radio hablando rápidamente en Shona que no
pudo entender. Volvió una media hora mas tarde.
« En una hora habrá oscurecido. Bajaremos y veremos a los detenidos recibiendo la
cena. »
Los prisioneros se alinearon en perfecto silencio, avanzando para recibir la
comida. No había sonrisas ni bromas. No mostraron ni la mas mínima curiosidad por
los visitantes y por el general.
« Una cena simple », observó Peter. « Polenta y verdura. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
A cada hombre le tocaba una cucharada de polenta servida en un bowl y coronada de
otra cucharada de verduras hervidas.
« Carne una vez a la semana. Tabaco lo mismo: ambos pueden ser negados como
castigo. » Peter decía las cosas como eran. Los prisioneros eran piel y huesos, con
las costillas marcadas debajo de músculos bien trabajados, ninguna traza de gordura
en ellos. Devoraron la comida inmediatamente, usando los dedos para limpiar los
bowls. Estaban flacos, pero no escuálidos, como, lo demostraban los músculos
todavía eficientes que, en caso de grave desnutrición se verían desinflados. Así
pensó Craig y luego afino la vista.
« Ese hombre esta herido. » Sobre la piel oscura se destacaban las magulladuras
púrpuras.
« Puedes hablar con el », lo invitó Peter, y cuando Craig le preguntó en sindebele
el hombre respondió inmediatamente.
« Que te paso en la espalda? »
« Me apalearon. »
« Porque? »
« Por una riña con otro prisionero. »
Peter llamó a uno de los guardias y le hablo tranquilamente en shona, luego
explicó: « Apuñalo a otro prisionero con un arma hecha con alambre de la cerca
afilado. Privado de carne y tabaco por dos meses y quince bastonazos con la
cachiporra grande. Este es precisamente el tipo de conducta antisocial que estamos
tratando de reprimir ».
Mientras, atravesaban el patio de armas, caminaban a lo largo del muro blanqueado,
Peter continuo; « Mañana podrán recorrer el campamento; pasado mañana, por la
mañana temprano, partiremos ».
Almorzaron con los oficiales Shonas que vigilaban el lugar, en la cantina, el
alimento era el mismo que se les daba a los detenidos, con la adición de un
estofado de carne fibrosa de origen incierto y dudosa frescura. Inmediatamente que
terminaron de comer, Peter Fungabera se disculpó y condujo afuera a sus oficiales
dejando solos a Craig y Sally-Anne.
Antes que Craig pudiese pensar en algo que decir, Sally-Anne se levanto sin decir
una palabra y se fue del recinto. Craig había llegado al limite de su paciencia y
de repente se enojó con ella. Se puso en pie de un salto y la siguió. La encontró
en la plataforma de tiro de la trinchera principal, encaramada en las bolsas de
arena, abrazando sus rodillas mirando al campamento abajo. La luna llena ya estaba
bien alto sobre las colinas en el horizonte. Ella no lo miro cuando el se paro a su
lado, y el enojo de Craig se evaporó tan pronto como había surgido.
« Me comporte como un cerdo », le dijo. Ella se abrazo mas estrechamente a sus
rodillas y no contestó.
« La primera vez que nos vimos estaba pasando por un mal momento », prosiguió el
obstinado. « No voy a aburrirla con detalles, pero el libro que estaba escribiendo
estaba empantanado y había perdido el rumbo. Así que me descargue en usted. »
Ella todavía no mostraba signo de haberlo oído. Abajo en la selva, tras la doble
cerca de espinos, hubo un repentino aullido horrible: chillidos de tristes
carcajadas, subiendo y bajando de tono, sollozos y lamentos, recogidos y repetidos
en una docena de lugares alrededor del campamento, apagándose finalmente en una
serie descendente de risotadas, gruñidos y dolorosos gemidos.
« Las hienas », dijo Craig, y Sally-Anne tembló levemente y se irguió como para
levantarse.
« Por favor... » Craig escucho el tono desesperado en su propia voz. « Solo un
minuto mas, he estado buscando una oportunidad para disculparme. »
« No es necesario », dijo ella. « Fue presuntuoso de mi parte esperar que a usted
le gustara mi trabajo. » Su tono no era para nada conciliatorio. « Supongo que me
lo busque, y usted me lo proporcionó. »
« Su trabajo... Sus fotos... » le tembló la voz, « me asustaron. Por eso mi
reacción fue tan pueril. »
Ahora ella se volvió para mirarlo a la cara por primera vez. La luna le plateaba
los planos de su cara. « Lo asustaron? » preguntó.
« Me aterrorizaron. Mire, yo no era capaz de trabajar. Estaba comenzando a creer
que solo había sido una casualidad, que el libro era una excepción, un caso de
suerte, y que no quedaba mas talento en mi. Volvía cada mañana al escritorio y no
atinaba a hilvanar nada... » Ahora ella lo miraba, con la boca entreabierta y los
ojos como misteriosos lagos de negrura.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Y luego usted me golpeo con aquellas malditas fotografías, desafiándome a
igualarlas. »
Ella meneó la cabeza lentamente.
« No lo habrá hecho a propósito, pero eso fue un desafío. Un desafío que no tuve el
coraje de aceptar. Tenia miedo y la ofendí, y lo he estado lamentando desde
entonces. »
« Entonces le gustan las fotos? » le pregunto.
« Sacudieron mi pequeño mundo. Me mostraron de nuevo al África, y me llenaron de
nostalgia. Cuando las vi, comprendí lo que me estaba faltando. Fui presa de la
nostalgia como un chico la primera noche que duerme en el colegio como pupilo. »
Sintió un nudo en la garganta y no se avergonzó. « Fueron sus fotografías las que
me hicieron volver aquí. »
« No lo entendí » dijo ella, y después ambos callaron. Craig sabia que si
continuaba, serian sollozos, porque las lágrimas de auto conmiseración le escocían
en el borde de las pestañas.
Abajo en el campamento alguien comenzó a cantar. Era una bella voz de tenor
africana, que llegaba débil pero clara hasta la cima de la colina, así que Craig
pudo entender las palabras. Era un antiguo canto de guerra Matabele, pero ahora era
cantado como un lamento, y parecía concentrar todo el sufrimiento y la tragedia de
un continente; y hasta las hienas se callaron, mientras la voz cantaba:

Los Topos están bajo la tierra.


« Están muertos? » preguntan las hijas de Mashobane.
Escuchen, bellas doncellas, no oyen que algo se agita en la oscuridad?

La voz del cantor se acallo finalmente, y Craig imaginó los centenares de jóvenes
que yacían insomnes sobre sus esteras angustiados y entristecidos por la canción
como el.
Luego Sally-Anne hablo de nuevo. « Gracias por decírmelo », susurró. « Se cuanto
debe haberle costado. » Le toco el brazo desnudo, una leve caricia con la punta de
sus dedos, un contacto que le conmovieron las terminaciones nerviosas y le hicieron
latir fuerte el corazón.
Luego ella estiró las piernas y salto ágilmente del parapeto deslizándose por la
trinchera. Craig sintió flamear la tela arpillera frente a la entrada de su reducto
y el raspado de un fósforo cuando encendió una vela.
Sabia que no podría dormir, así que permaneció allí solo, escuchando los rumores de
la noche africana y mirando la luna.
Lentamente sintió surgir las palabras en el, como agua de un pozo al que se le
elimina el barro. Toda la tristeza desapareció y fue sustituida por la excitación.
Fue a su propio reducto y encendió una de las velas, la insertó en un nicho en la
pared y de su bolso saco un cuaderno y un bolígrafo. Las palabras bullían en su
cerebro como leche hirviendo. Aplicó la punta de la birome en la hoja blanca
pautada y la dejo correr sobre la pagina como una cosa viva. Las palabras le
surgían de la mente como un alegre orgasmo largamente retenido, y se derramaban
desordenadamente sobre el papel. Se interrumpió solamente para cambiar las velas.
Por la mañana tenia los ojos rojos y ardiendo por el esfuerzo. Se sentía débil y
tembleque como si hubiese corrido mucho velozmente, pero el cuaderno estaba tres
cuartos lleno y el se sentía extrañamente eufórico.
Esta euforia lo acompaño por buena parte de la mañana, exaltada por el cambio de
actitud de Sally-Anne hacia el. Estaba siempre reservada y calma, pero al menos lo
escuchaba cuando hablaba y respondía seria y pensativa. Una o dos veces se sonrió,
y entonces su boca demasiado grande y su nariz demasiado grande finalmente
armonizaron con el resto de la cara. Craig encontró difícil concentrarse en la
difícil situación de los hombres que habían venido a observar, hasta que aprecio la
compasión de Sally-Anne por esos hombres y la escucho hablar libremente por primera
vez.
Seria tan fácil señalarlos como criminales brutales », murmuró observando sus
caras inexpresivas y ojos cautos, « hasta que uno se da cuenta de cómo deben haber
sido privados de todas las influencias humanizantes. La mayoría fueron secuestrados
de sus aulas escolares en su adolescencia y llevados a los campamentos de
entrenamiento de los guerrilleros. No tenían nada, no tuvieron nunca nada propio,
excepto su propio fusil AK 47. Como podríamos esperar que respetaran la persona y
las propiedades de otros? Craig, por favor, pregúntale a aquel cuantos años tiene.»

43
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« No lo sabe », le tradujo Craig. « No sabe cuando nació, no donde están sus
padres. »
« El ni siquiera tiene el derecho de conocer su identidad », observó Sally-Anne,
y de improviso Craig recordó con que grosería podía rechazar un vino que no era
exactamente de su gusto, o con que ligereza podía comprarse un traje nuevo, o
entrar en la cabina de primera clase de un avión; mientras estos hombres tenían
solo un par de shorts rotosos, sin siquiera un par de zapatos o una manta para
cubrirse.
«La brecha entre los ricos y los desposeídos de este mundo nos sumirá a todos
nosotros en la destrucción », dijo Sally-Anne retratando con la Nikon la
resignación animal de aquellos hombres mas allá de toda esperanza.
« Pregúntale a alguno de ellos como lo tratan aquí », insistió ella, y cuando Craig
habló el interpelado lo miró sin entender, como si la pregunta fuese sin sentido, y
poco a poco la sensación de bienestar de Craig se desvaneció como la niebla de la
mañana.
En las aulas las lecciones eran de orientación política y el rol del ciudadano
responsable en el estado socialista. En los pizarrones los diagramas mostraban las
relaciones del parlamento con los poderes judicial, legislativo y ejecutivo. Habían
sido copiados en los pizarrones por instructores aburridos y semi analfabetos, y
recitados como loros por las filas de detenidos sentados. Su obvia falta de
comprensión deprimió a Craig aun mas.
Volviendo a su alojamiento en la colina, un pensamiento lo asaltó a Craig, y se
volvió hacia Peter Fungabera.
« Todos los hombres de aquí son Matabeles, no es cierto? »
« Así es. Mantenemos las tribus segregadas para reducir las fricciones. »
« Hay algunos prisioneros shona? » insistió Craig.
« Oh sì », le aseguro Peter. « Los campamentos para ellos están en las tierras
altas orientales. Exactamente en las mismas condiciones. »
A la caída del sol se encendió el generador que alimentaba la radio y veinte
minutos mas tarde Peter Fungabera entro al cubículo donde estaba Craig releyendo y
corrigiendo lo escrito la noche anterior.
« Hay un mensaje para ti, Craig, de Morgan Oxford de la embajada americana. »
Craig saltó sobre sus pies impaciente. Había arreglado para que la respuesta de
Henry Pickering se le pasara tan pronto como fuera recibida. Tomo la hoja donde
Peter había transcripto el mensaje y leyó: « Para Mellow stop Mi personal
entusiasmo por tu proyecto no compartido por otros stop Ashe Levy rechaza el
anticipo o garantía stop El Comité de Prestamos de aquí exige garantías muy
precisas para abrir el crédito stop Lo lamento y mis mejores deseos Henry ».
Craig leyó el telegrama primero velozmente y después lo releyó de nuevo muy
lentamente.
« No es asunto mío », dijo Peter Fungabera, « pero presumo que tiene relación con
tu proyecto para el lugar que llamas Zambesi Waters, verdad? »
« Así es, y me temo que lo mata al nacimiento », respondió amargamente Craig.
« Quie es este Henry? »
« Un amigo, un banquero del que quizás esperé demasiado. »
« Ya », dijo pensativo Peter Fungabera. « Asi parece, no? »

Aunque la noche anterior Craig no había dormido, tenia dificultades para dormir. La
estera era durísima y el coro infernal de las hienas en la selva aumentaba sus
tristes pensamientos.

Durante el largo trayecto hasta la pista en la misión de Tuti, se sentó junto al


conductor y no participo en la conversación entre Peter y Sally-Anne en el asiento
posterior. Solamente ahora se daba cuenta de cuanta pasión había puesto en la
compra de Rholands y estaba amargamente irritado con Ashe Levy, que le había negado
su apoyo, y con Henry Pickering, que no había puesto suficiente empeño y su maldito
Comité de Prestamos que no veía mas allá de sus propias narices.
Sally-Anne insistió en detenerse una vez mas en la escuela de la misión para
renovar su contacto con Sarah, la maestra Matabele.
Esta vez Sarah estaba preparada y les ofreció te a sus visitantes. Sin humor para
cordialidades, Craig fue a sentarse sobre la valla de la galería, bien lejos de los
otros, y sin el mínimo optimismo se puso a pergeñar el modo de superar el rechazo
de Henry Pickering.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Sarah se le acercó presurosa con una taza esmaltada de te sobre una bandeja de
madera tallada. Cuando se la ofrecía le daba la espalda a Peter Fungabera.
« Cuando el cocodrilo come hombres sabe que el cazador lo esta buscando, se esconde
en el barro del fondo del río », le habló en voz baja en Sindebele. « y cuando el
leopardo caza, lo hace en la oscuridad ».
Sorprendido, Craig la miro en la cara. Sus ojos no estaban mas bajos, y en su
oscura profundidad, brillaba un fiero reflejo.
« Los cachorros de Fungabera deben haber estado ruidosos », continuo siempre en voz
baja. « No podian alimentarlos mientras ustedes estaban alli. Deben haber estado
hambrientos. Los escuchaste, Kufela?. » le preguntó, y esta vez Craig salto de la
sorpresa. Sarah había pronunciado el nombre que le había puesto el camarada
Lookout. Como podía saberlo? Que quería decir con los cachorros de Fungabera?
Antes que pudiese responder, Fungabera levanto la vista y vio la cara de Craig. Se
puso rápidamente de pie y tranquilamente cruzo la galería hacia ellos.
Inmediatamente la muchacha bajo la vista, y murmurando una cortesía se retiró con
la bandeja vacía.
« No dejes que la decepción te deprima demasiado, Craig, ven con nosotros », dijo
Peter palmeándolo amigablemente en la espalda.
En el breve trayecto desde la misión hasta la pista Sally-Anne se inclinó de
repente y le toco el hombro.
« He estado pensando una cosa, Craig. Ese lugar que llamas Zambesi Waters no debe
estar a mas de una media hora de vuelo desde aquí. He visto donde esta el río
Chizarira en el mapa; podemos hacer una pequeña desviación y sobrevolarlo durante
el regreso. »
« No vale la pena », dijo Craig.
« Pero porque? » le preguntó, y el le paso el mensaje de Pickering.
« Oh, lo lamento. » Era sincera, Craig se dio cuenta, y su pena lo confortó un
poco.
« A mi me gustaría darle un vistazo a la zona », intervino de pronto Peter
Fungabera, y cuando Craig sacudió la cabeza de nuevo, su voz se endureció. « Iremos
para allá », dijo en tono terminante, y Craig levanto los hombros, indiferente.
Craig y Sally-Anne se inclinaron sobre el mapa. « Las lagunas deben estar aquí,
donde este arroyo confluye en el río. »
Y ella trabajo rápidamente con compás y su computadora de a bordo para obtener el
rumbo. « Okay, veintidós minutos de vuelo con este viento. »
Mientras volaban, y Sally-Anne estudiaba el terreno confrontándolo con el mapa,
Craig caviló sobre las palabras de la muchacha Matabele. « Los cachorros de
Fungabera. » Sonaba amenazador y el uso del nombre Kuphela lo preocupaba mas
todavía. Solamente había una explicación; estaba en contacto con, y era
probablemente un miembro del grupo de disidentes. Que habría querido decir con la
alegoría del cocodrilo y del leopardo, y la alusión a los cachorros de Fungabera? Y
sin importar lo que fuera, que imparcial y confiable seria ella si fuera
simpatizante de los guerrilleros?
« Ahí esta el río », dijo Sally-Anne mientras desaceleraba y comenzaba un lento
giro descendente hacia el brillo del agua a través de los árboles de la selva.
Voló muy bajo a lo largo de la orilla del río, y pese a la espesa alfombra de
vegetación, descubrió manadas de animales salvajes, hasta en un cierto momento, la
gran masa negra de un rinoceronte en los matorrales de Ebano.
Luego de repente señalo adelante. « Miren allá! » En una curva del río había una
lonja de terreno abierto bordeada de altos árboles ribereños donde el pasto había
sido segado como un prado por las manadas de cebras que ya estaban levantando polvo
mientras huían al galope en pánico por el avión que se aproximaba. « Les apuesto a
que puedo aterrizar allí », dijo Sally-Anne y saco flaps, disminuyendo la velocidad
y bajando la nariz del Cessna para tener mejor visibilidad hacia adelante. Luego
bajo el tren de aterrizaje.
Efectuó una serie de pasajes sobre el terreno, cada uno mas bajo que el precedente,
hasta que al cuarto pasaje las ruedas pasaron sobre el terreno a menos de un metro
de altura, y pudieron ver cada huella de las cebras sobre la tierra arenosa.
« Firme y despejado », dijo, y el siguiente pasaje aterrizo, frenando enseguida al
máximo. El avion se detuvo en pocos metros.
« Mujer pájaro », le sonrió Craig y ella de devolvió la sonrisa.
Descendieron del avión y atravesaron el terreno plano hacia el limite del bosque.
Siguieron un sendero de animales y salieron a un acantilado rocoso que dominaba el
río.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Era una escena perfecta de paisaje africano. Blancos bancos de arena y rocas
pulidas por el agua brillando como escamas de reptiles, ramas colgantes sobre las
profundas aguas verdes, cubiertas de nidos de pájaros, árboles altos de blancas
raíces serpenteando sobre las rocas, y mas allá, la jungla.
« Que hermoso », dijo Sally-Anne, y se alejó con la máquina fotográfica.
« Este seria un buen lugar para tus campamentos », dijo Peter Fungabera, señalando
los enormes montículos de excrementos de elefante sobre la arena blanca se extendía
delante de ellos.
« Un magnifico puesto de observación. »
« Ideal », concordó Peter. « Una ganga que no se puede desperdiciar a ese precio.
Debe poder rendir millones de ganancia. »
« Para se un buen socialista africano, hablas como un cerdo capitalista », le dijo
Craig malhumorado.
Peter se rió y dijo: « Se dice que el socialismo es la mejor filosofía... Mientras
que haya un capitalista que pague ».
Craig levanto la vista, y por la primera vez vio el relumbrar de la buena, vieja
avaricia occidental europea en los ojos de Peter Fungabera. Ambos permanecieron
callados, mirando a Sally-Anne en el cauce del río mientras hacia composiciones de
árboles, rocas y cielo y las fotografiaba.
« Craig », dijo Peter, habiendo llegado obviamente a una decisión. « Si te consigo
la garantía que pide el World Bank, puedo esperar una comisión en acciones de la
Rholands? »
« Supongo que tendrías todo el derecho », dijo Craig sintiendo renacer el germen de
la esperanza, y en ese momento Sally-Anne los llamó.
Se esta haciendo tarde y tenemos dos horas y media de vuelo hasta Harare. »
De regreso en la base aerea New Sarum les estrecho las manos a ambos. « Espero que
sus fotos salgan bien », le dijo a Sally-Anne, y a Craig: « Estarás en el
Monomatapa? Te buscaré alli dentro de tres dias ».
Se subió al jeep del ejercito que lo estaba esperando, le hizo una seña a su
chofer, y los saludo con la fusta mientras se iba.
« Tienes un auto? » le pregunto Craig a Sally-Anne, y cuando ella negó con la
cabeza: « No puedo decir que manejo tan bien como tu piloteas, pero si quieres
arriesgarte... »
Ella había alquilado un departamento en un viejo edificio en la avenida opuesta a
la casa de gobierno. El la llevo hasta la entrada.
« Y si cenamos juntos? » le propuso.
« Tengo mucho trabajo que hacer, Craig. »
« Una cena rápida, te lo prometo. Es un ofrecimiento de paz. Te traeré a casa a las
diez. » Se puso teatralmente la mano sobre el corazón, y ella cedió.
« Muy bien, nos veremos aquí a las siete. » La miro ascender los escalones de la
entrada antes de encender otra vez el motor del VW. Su andar era rápido y enérgico
pero su trasero en los vaqueros azules era absolutamente frívolo.

Sally-Anne sugirió una churrasquería donde ella fue saludada como una reina por el
dueño, gordo y barbudo, y donde los bifes eran los mejores que Craig había
saboreado: gruesos, tiernos y jugosos. Bebieron un Cabernet del Cabo de Buena
Esperanza y después de un acartonado inicio, la charla se facilitó a medida que
entraron en confianza.
« Todo anduvo bien mientras yo era una simple asistente técnica en la Kodak, pero
cuando comenzaron a invitarme en expediciones como fotógrafo oficial y a
organizarme exposiciones. El simplemente no pudo soportarlo » le dijo. « El primer
hombre del mundo celoso de una Nikon. »
« Por cuanto tiempo estuviste casada? »
« Dos años. »
« No tuvieron hijos? »
« No, gracias a Dios. »
Comía como caminaba, con urgencia, con regularidad y eficiencia, pero también con
un dejo de sensualidad. Cuando termino, miro a su Rolex de oro.
« Me prometiste llevarme a casa a las diez », dijo, y pese a las protestas de el,
dividieron escrupulosamente la cuenta en dos y ella pago su parte.
Cuando estacionaron delante de la puerta de su casa lo miro seriamente a la cara
por un momento antes de preguntar: « Café? »
« Con mucho gusto. » Comenzó a abrir la puerta, pero ella lo detuvo.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Pongamos las cosas en claro desde el principio », dijo ella. « El café es Nescafé
instantáneo... Y eso es todo. Nada de gimnasia, nada de nada de otra cosa, estamos
de acuerdo? »
« De acuerdo », dijo Craig.
« Vamos. »
En su departamento tenia un grabador portátil, almohadones enfundados en tela y una
cama de campaña sobre la cual estaba prolijamente enrollada una bolsa de dormir, el
piso estaba desnudo pero muy limpio, y las paredes estaban tapizadas con sus
fotografías. El dio una vuelta estudiándolas mientras ella hacia el café en la
cocinita.
« Si quieres ir al baño, esta allí », le dijo. « Pero ten cuidado. » Mas que un
baño era una cámara oscura, con una carpa de nailon oscuro a prueba de luz sobre el
gabinete de la ducha y frascos de drogas y paquetes de papel fotográfico donde en
cualquier otro baño femenino habría lociones y jabones.
Se sentaron en los almohadones, bebieron el café, escucharon la Quinta Sinfonía de
Beethoven en la cinta magnética, y hablaron del África. Una o dos veces ella citó
al pasar su libro, demostrando haberlo leído con atención.
« Mañana me debo levantar temprano », dijo finalmente tomándole la taza vacía de su
mano. « Buenas noches, Craig. »
« Cuando te veo de nuevo? »
« No estoy segura, estoy volando hacia las tierras altas mañana temprano. No se
cuando regreso. » Después, viendo su expresión, cedió. « Cuando vuelva te telefoneo
al Monomatapa, de acuerdo? »
« Buenísimo. »
« Craig, comienzas a simpatizarme como amigo quizás, pero no estoy buscando
romance: todavía estoy herida por el shock del divorcio y no quiero otra
historia.», dijo estrechándole la mano, en la puerta del departamento.
Pese a su negativa, Craig se sentía absurdamente feliz volviendo en el auto al
Monomatapa. En este punto no se detenía a analizar demasiado profundamente sus
sentimientos por ella, ni de definir sus intenciones. Era simplemente un buen
cambio no tener a su lado otra cazadora de celebridades tratando de agregar su
nombre a su lista personal. La atracción física que desataba en el era estimulada
por su renuencia; y el respetaba sus talentos y éxitos y estaba en completa
sintonía con su amor por el África y su compasión por la gente que la habitaba.
« Eso es suficiente por ahora », se dijo mientras estacionaba el VW.
El asistente del gerente lo recibió en el lobby del hotel. Retorciéndose las manos
angustiado, y lo llevo a su oficina.
« Señor Mellow, yo tuve una visita de la rama especial de la policía mientras usted
estaba de viaje. Tuve que abrir su caja fuerte para ellos, y dejarlos entrar a su
habitación. »
« Por Dios, pero como se permiten hacer una cosa así? » Craig estaba furioso.
« Usted no entiende... Aquí ellos pueden hacer lo que quieran », prosiguió apurado
el asistente. « Pero no se llevaron nada de su caja, puedo asegurárselo señor
Mellow. »
« No obstante quiero controlar lo mismo », dijo Craig, de pésimo humor.
Hojeo la libreta de cheques de viajero y vio que no faltaba ninguno. El pasaje
aéreo para volverse estaba intacto, como su pasaporte. Pero habían hurgado en el
“kit de supervivencia que le había dado Pickering. El distintivo de enviado del
World Bank estaba fuera de su cubierta de cuero.
« Quien pudo haber ordenado semejante requisa? » le pregunto al asistente del
gerente mientras cerraba la caja fuerte.
« Solo alguien con un alto cargo. »
« Tungata Zebiwe », pensó con amargura. « El malicioso entrometido bastardo, como
ha cambiado! »

Craig llevó a la embajada el informe para Pickering del campo de reeducacion, y


Morgan Oxford lo aceptó y le ofreció café.
« Podría tener que quedarme aquí un tiempo mayor que el que preveía », le dijo
Craig, « y no puedo trabajar en la habitación de un hotel. »
« Es muy difícil encontrar departamento », le contesto Morgan Oxford encogiéndose
de hombros, « pero veré que puedo hacer. »
Le telefoneo al día siguiente. « Craig, una de nuestras chicas vuelve a su casa de
vacaciones por un mes. Es una fanática tuya, y esta dispuesta a sub. alquilarte el
departamento por seiscientos dólares. Parte mañana. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
El departamento no era mas que un dormitorio, pero cómodo y aireado. Había una
amplia mesa que podia servir de escritorio.
Craig coloco una resma de papel en el centro de la misma, con un ladrillo como
pisapapeles, su Concise Oxford Dictionary junto a la misma y dijo en voz alta: « de
vuelta al trabajo ».
Casi había olvidado como pasaban rápido las horas, en el utópico País de Nunca
Jamás, y la alegría de ver acumularse las hojas escritas en un rincon de la mesa.
En los días subsiguientes Morgan Oxford le telefoneo dos veces, para invitarlo a
recepciones diplomáticas, pero Craig rehusó y después de la segunda llamada,
desconecto el teléfono. Al cuarto día reconecto el aparato y casi de inmediato
sonó.
« Señor Mellow! » Era una voz africana. « Tuvimos grandes dificultades para
encontrarlo! No me corte, por favor, que el general Fungabera desea hablarle. »
« Hola, Craig », El familiar fuerte acento y simpatía. « Podemos reunirnos esta
tarde? Te envío un coche. »
La residencia privada del general Fungabera se encontraba a treinta kilómetros de
la ciudad, sobre las colinas en torno al lago Macillwane. Era una villa
originariamente construida en los años veinte por un rico ingles, oveja negra e
hijo mas joven de un industrial aeronáutico británico. Estaba rodeada
principalmente por anchas galerías y blancas guardas talladas en los aleros y por
dos hectáreas de parques y árboles floridos.
La guardia de soldados de la Tercera Brigada en uniforme de combate reviso a Craig
y a su chofer en la entrada antes de permitirle seguir hasta la casa. Cuando Craig
trepó los escalones, Peter Fungabera estaba esperándolo arriba. Estaba vestido con
pantalones de algodón blanco y una camisa de seda carmesí de mangas cortas que se
veía magnifica contra su piel negra aterciopelada. Con un amistoso brazo sobre los
hombros de Craig, lo condujo por la galería hacia donde estaba sentado un pequeño
grupo.
« Craig, puedo presentarte al señor Musharewa, presidente del Land Bank de
Zimbabwe? Y este es su asistente el doctor Kapwepwe, y el señor Cohen, mi abogado.
Señores, les presento al famoso escritor Craig Mellow. »
Estrecharon manos. « Un trago, Craig? Nosotros estamos bebiendo Bloody Mary. »
« Lo mismo para mi, Peter. »
Un sirviente en una larguísima kanza blanca, como en los tiempos coloniales, le
trajo a Craig su cocktail y cuando se fue, Peter Fungabera dijo simplemente: « El
Land Bank de Zimbabwe acepta emitir una garantía a tu favor por un préstamo de
cinco millones de dólares del World Bank o su filial de New York ».
Craig lo miro con ojos desorbitados.
« Tu conexión con el World Bank no es un secreto. También Henry Pickering es bien
conocido por nosotros, sabes. » Peter sonrió y prosiguió con calma. « Por supuesto,
hay ciertas condiciones y estipulaciones, pero creo que no serán prohibitivas. » Se
volvió hacia su abogado blanco. « Tienes los documentos Izzy? Bien, dale una copia
al señor Mellow y léelas para nosotros, por favor? »
Isidoro Cohen se ajusto los anteojos, tomo la gruesa pila de documentos sobre la
mesa y comenzó la lectura.
« Primero, esto es una compra de tierras aprobada », dijo. « Con la cual se
autoriza a Craig Mellow, súbdito británico y ciudadano de Zimbabwe, a comprar el
paquete accionario de control de la compañía terrateniente privada Rholands (Pty)
Ltd. L aprobación esta firmada por el presidente de la Republica y por el ministro
de Agricultura. »
Craig pensó en la promesa de Tungata Zebiwe de negarle esa aprobación, y después
recordó que el ministro de Agricultura era el cuñado de Peter Fungabera. Miró al
general, pero este escuchaba atentamente la lectura de su abogado.
A medida que tomaba cada documento de la pila, Isidoro Cohen lo leía
cuidadosamente, sin omitir ni siquiera el preámbulo, deteniéndose al termino de
cada párrafo por preguntas y explicaciones.
Craig estaba tan excitado que tenia dificultades para quedarse quieto y mantener su
expresión y nivel de voz adecuados a la ocasión. El pánico momentáneo que había
sentido a la repentina mención por parte de Peter del World Bank, fue olvidada y
ahora se sentía como saltando y bailando arriba y abajo por la galería. La Rholands
era suya, King's Lynn era suya, Queens Lynn era suya, y Zambesi Waters era suya.
Pero no obstante tanta excitación una cláusula le sonó falsa cuando Isidoro Cohen
la leyó.
« Que diablos significa "enemigo del Estado y del pueblo de Zimbabwe"? » Preguntó.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Es una cláusula normal en todos los contratos de este tipo », lo tranquilizó
Cohen. « Nada mas que una expresión de sentimiento patriótico. Después de todo el
Land Bank es una institución gubernamental. Si el prestatario se involucrase en
actividades subversivas y fuese declarado enemigo del estado y el pueblo, el Land
Bank se vería obligado a repudiar todas sus obligaciones y abandonar a la parte
culpable a su destino. »
« Pero es legal? » preguntó Craig dudando, y cuando el abogado le dijo que si
continuó: « Cree que el banco prestamista aceptará eso? ».
« Ya la han aceptado en otros contactos de garantía », le dijo el presidente del
banco. « Como el señor Cohen dijo, se trata de una cláusula standard. »
« Después de todo, Craig », sonrió Peter Fungabera, « no creo que tengas la
intención de encabezar una revolución armada para derrocar al gobierno, no? »
Craig le devolvio debilmente la sonrisa. « Bueno, okay, si el banco americano lo
acepta, supongo que será legitimo. »
La lectura les llevó cerca de una hora, después el presidente Musharewa firmó todas
las copias, y su asistente y Peter Fungabera ambos firmaron atestiguando. Luego fue
el turno de Craig para firmar, y finalmente Isidoro Cohen estampó su sello notarial
en cada documento.
« Ya esta, señores. Leido, firmado y subscripto. »
« Falta ver solamente si Henry Pickering queda satisfecho. »
« Oh, olvide de decirtelo? » sonrio Peter Fungabera. « El presidente Kapwepwe lo
llamo a Pickering ayer por la tarde, 10 A.m. hora de New York. El dinero estará
disponible para ti tan pronto esta garantía este en sus manos. » Le hizo una seña
al sirviente. « Puedes traer el champagne. »
Brindaron por ellos, por el Land Bank de Zimbabwe, por el World Bank y por la
Rholands Ltd., y solo cuando la segunda botella quedo vacía, los dos banqueros se
marcharon con alguna reticencia.
Cuando su limusina tomaba el camino, Peter Fungabera tomo por el brazo a Craig. «
Y ahora podemos hablar de mi parte. El señor Cohen tiene el contrato. »
Craig lo leyó y palideció. « El diez por ciento », balbuceo.
« El diez por ciento de las acciones Rholands! »
« Deberemos cambiar ese nombre », frunció el ceño Peter Fungabera. « Como ves, el
señor Cohen será mi procurador. Podrá ahorrar inconvenientes mas adelante. »
Craig simulo re leer el contrato, mientras trataba de elaborar una protesta. Los
dos hombres lo observaron en silencio. El diez por ciento era un robo, pero adonde
mas podía ir Craig.
Isidoro Cohen desenrosco lentamente el capuchón de la estilográfica y se la ofreció
a Craig.
« Creo que encontraras muy conveniente tener por socio oculto a un general del
ejercito y ministro », dijo, y Craig tomo la pluma.
« Hay solo una copia », dijo Craig, todavía vacilante.
« Solo necesitamos una copia », replicó Peter sonriendo. « y yo la guardare. »
Craig asintió.
No habría pruebas de la transacción. Las acciones en manos de un procurador, el
contrato en mano a Peter Fungabera. En un eventual litigio, seria la palabra de
Craig contra la de un ministro. Pero el deseaba la Rholands, mas que cualquier otra
cosa en el mundo.
Firmó el contrato y, del otro lado de la mesa los dos hombres se relajaron
visiblemente y Peter Fungabera hizo traer una tercera botella de champagne.

Hasta ahora Craig había necesitado solo de una lapicera y una resma de papel, el
tiempo estaba a su disposición, podía usarlo como quisiera para ocio o trabajo.
De repente estaba enfrentado con la enorme responsabilidad del propietario, y no
disponía de mucho tiempo. Había tanto por hacer y tan poco tiempo para hacerlo que
se sintió paralizado por la indecisión, aterrorizado por su audacia, y dudoso de
sus habilidades organizativas.
Quería consuelo y ánimo, y pensó enseguida en Sally-Anne, fue a su departamento,
pero las ventanas estaban cerradas, el buzón de cartas rebosaba de correspondencia
y no hubo respuesta a su llamado.
Volvió a su propio departamento, se sentó frente a la mesa y tomo una hoja en
blanco de la pila y lo encabezó: « Tareas a realizar » y comenzó a escribir.
Recordó lo que una vez una muchacha había dicho de el. « Solamente has hecho una
cosa bien en tu vida. » Pero escribir un libro era muy diferente a tener que poner
otra vez en pie a una compañía ganadera multimillonaria. Sintió difundirse el

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
pánico dentro de el y lo sofocó. La suya era una familia de ganaderos, el había
sido criado con el olor amoniacal del estiércol de vaca en su nariz y había
aprendido a apreciar el ganado en pie cuando era tan pequeño como para montarse en
la silla de Bawu como un gorrión sobre un poste de la cerca.
« Puedo hacerlo », dijo con orgullo, y comenzó a trabajar en su lista. Escribió:
1. Telefonar a Jock Daniels. Aceptar la oferta para comprar Rholands.
2. Volar a New York.
a) Ir al World Bank.
b) Abrir una cuenta y depositar los fondos.
c) Vender el Bawu.
3. Volar a Zurich.
a) Firmar el contrato de compra.
b) Arreglar el pago con los vendedores.
El pánico comenzaba a disminuir. Levantó el teléfono y llamo a la British Airways.
Podían reservarle el vuelo del viernes para Londres, y luego a New York con el
Concorde.
Encontró a Jock Daniels en su oficina. « Donde diablos has estado? »
Se notaba que Jock ya había comenzado a beber.
« Felicitaciones Jock, te acabas de hacer una comisión de veinticinco grandes », le
dijo Craig y disfruto de su atónito silencio.
La lista de Craig comenzó a alargarse, llegando a una docena de páginas.

39. Averiguar si Okky van Rensburg todavía esta en el país.

Okky era el mecánico de Bawu en King's Lynn por veinte años. El abuelo de Craig
decía que Okky podía desarmar un tractor John Deere y armar con sus piezas un
Cadillac y dos Rolls Royce Silver Clouds. Craig lo necesitaba. Dejo el bolígrafo y
sonrió al recuerdo del viejo. « Estamos volviendo a casa, Bawu », dijo en voz alta.
Miro la hora, eran las diez, pero sabia que no podría dormir.
Se puso un sweater liviano y salio para dar una caminata nocturna. Una hora mas
tarde se encontró delante de la casa de Sally-Anne. Lo habían llevado sus pies sin
darse cuenta, o así parecía.
Sintió un hormigueo de excitación: la ventana estaba abierta y la luz encendida.
« Quien es? » su voz sonó apagada
« Soy Craig. » Un largo silencio.
« Es casi medianoche. »
« No, son solo las once, y tengo una cosa que decirte. »
« Oh, okay.» La puerta esta abierta, pasa. »
Estaba en el cuarto oscuro, se sentía el correr de los químicos.
« Saldré en cinco minutos », le dijo. « Eres capaz de preparar café? »
Cuando salio, vestía un jersey tejido que le llegaba hasta las rodillas y llevaba
el pelo suelto sobre los hombros. Nunca la había visto así y se sorprendió.
« Mejor que sea bueno », le dijo, con los puños sobre las caderas.
« Conseguí la Rholands! » exclamo, y fue el turno de ella de sorprenderse.
« Quien o que cosa es la Rholands? »
« La sociedad propietaria de Zambesi Waters. Es mía. Soy el propietario. Esta
bueno? »
Se lanzó a abrazarlo, pero al ver que el también levantaba los brazos,
instantáneamente se reprimió y se detuvo, obligándolo a hacer los mismo. Estaban a
dos pasos de distancia.
« Es una maravillosa noticia, Craig. Estoy contentísima por ti. Como fue? Creía que
todo estaba perdido. »
« Peter Fungabera me consiguió una garantía por cinco millones de dólares. »
« Dios mío...». Cinco millones! Estas pidiendo un préstamo de cinco millones?
Cuanto es el interés por cinco millones? »
No quería pensar en eso. Se veía en su cara y ella se arrepintió.
« Lo lamento », le dijo. « Soy una insolente. Estoy contentísima por ti. Debemos
festejar... » Rápidamente se aparto de el.
En el armario de la cocina encontró un botella de whisky Glenlivet que contenía una
pulgada y se la agregó al café humeante.
« Por el éxito de Zambesi Waters », dijo levantando el pocillo. Y ahora cuéntamelo
todo, que después yo también tengo noticias para ti. »
Hasta después de medianoche le hablo de sus proyectos: el desarrollo de los ranchos
gemelos del sur, la reconstrucción de la casa, y la compra de animales de pedigrí,

50
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
pero sobretodo de su proyecto para Zambesi Waters y la fauna que contenía, sabiendo
que allí era donde ella centraría su interés.
« Estaba pensando que necesitaría un toque femenino en el planeamiento y diseño de
los campos, no cualquier mujer, sino una con un sentido artístico y conocimientos y
amor por la selva africana. »
« Craig, si eso me alude a mi, sabes que trabajo para la WWF y debo dedicarle todo
mi tiempo. »
« No se necesitará mucho », protestó el. « Solo una consulta. Podrías hacerte un
vuelo en la primera oportunidad que tengas libre. » Vio que estaba por ceder y
prosiguió. « Y luego, por supuesto, una vez que los campos estén funcionando, yo
desearía que dieras una serie de conferencias y shows de tus diapositivas para los
huéspedes... » Y el vio que había dado en la tecla. Como todos los artistas, le
interesaba aprovechar cada ocasión de mostrar su trabajo.
« No te estoy haciendo ninguna promesa », le dijo seriamente, pero ambos sabían que
ella lo haría, y Craig sintió que esa carga de responsabilidad se le alivianaba.
« Me dijiste que tenias noticias para mi », le recordó finalmente, agradecido por
la posibilidad de estirar mas la velada.
Pero no estaba preparado para su repentino cambio de solemne seriedad.
« Si, tengo novedades », le dijo. Pareció concentrarse y luego prosiguió. « Estoy
tras la pista del jefe de los cazadores furtivos. »
« Dios mio! Del bastardo que barrio con esa manada de elefantes? Esa es una buena
noticia. Donde? Como? »
« Sabes que estuve en las montañas orientales en los últimos diez días. Lo que no
te dije es que estoy haciendo un estudio sobre el leopardo en las montañas para la
WWF. Tengo gente trabajando para mi en las áreas boscosas mas riesgosas. Los
estamos censando y relevando el territorio de caza de cada felino, investigamos sus
deshechos y sus rastros, las presas muertas, e intentamos establecer si el hombre y
su presencia en esos lugares tienen alguna influencia en su existencia. Bueno, esto
me lleva a uno de mis hombres. El es un viejo bastardo Shangane cazador furtivo,
debe tener ochenta años: la mas joven de sus mujeres tiene diecisiete y la otra
semana le ha dado dos gemelos. Es un completo canalla, con un gran sentido del
humor y una verdadera pasión por el whisky: dos tragos de Glenlivet y se larga a
hablar. Estábamos en las montañas Vumba, nosotros dos solos, y después del segundo
trago de whisky se le escapo que le habían ofrecido doscientos dólares por una piel
de leopardo. Le comprarían todas las pieles que pudiera cazar y ellos le
proporcionarían las trampas de acero a resorte. Le di otro trago y supe que el
ofrecimiento había venido de un joven negro muy bien vestido que conducía una Land
Rover del gobierno. Mi viejo shangane le dijo a aquel hombre que tenia miedo que lo
arrestaran y lo metieran en la cárcel, pero el le había garantizado que estaría
seguro. Que estaría bajo la protección de uno de los grandes jefes en Harare, un
camarada ministro que había sido un famoso guerrero en la guerra en la selva y que
todavía mandaba su propio ejercito privado. »
Había una carpeta sobre el catre de campaña de Sally-Anne; la muchacha la tomo y la
coloco sobre la falda de Craig que la abrió. En la primera hoja estaba la lista de
los ministros del gobierno de Zimbabwe. Veintiséis nombres, con la cartera que
ocupaban escrita al lado.
« Podemos achicarla enseguida: poquísimos miembros del gobierno han combatido
efectivamente », observó Sally-Anne.
« La mayoría paso la guerra en el Ritz de Londres o en alguna dacha en el mar
Caspio. »
Se sentó en el almohadón junto a Craig, se inclinó y paso a la segunda hoja. « Seis
nombres », dijo. « Seis comandantes de la guerrilla. »
« Todavía son demasiados », murmuró Craig, y vio que el primer nombre era Peter
Fungabera.
« Podemos mejorarlo », continuó Sally-Anne.
« Un ejercito privado significa disidentes, y los disidentes son todos Matabele. Su
líder debe ser de la misma tribu. »
Volvió la página hasta la tercera. Había solo un nombre. « Uno de los mas exitosos
jefes de la guerrilla. Matabele. Ministro del Turismo, y el departamento de Vida
Salvaje entra en su orbita. Es una vieja historia, pero aquellos a los que se les
encarga la custodia de un tesoro muy a menudo son los que lo roban. Todo encaja. »
Craig leyó el nombre en voz baja. Tungata Zebiwe. Descubrió que no quería que fuese
cierto. « Pero si estuvo conmigo en el Departamento de Caza, era mi ayudante! »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Como ya te dije, los guardianes son los que mas fácilmente tienen la posibilidad
de ejercitar la caza furtiva. »
« Pero que haría Sam con el dinero? El jefe de los cazadores debe estar recibiendo
millones de dólares. Sam lleva una vida muy modesta, todos lo saben, no tiene
grandes mansiones, ni autos caros, ni grandes regalos para las mujeres, ni tierras
ni vicios costosos. »
« Excepto quizás el mas costoso de todos », dijo Sally-Anne tranquilamente. « El
poder. » Las ulteriores protestas murieron en la garganta de Craig.
« Poder. No lo ves Craig? Para tener un ejercito privado de disidentes se necesita
dinero, muchísimo dinero. »
Lentamente, el rompecabezas se iba armando, Craig debió aceptarlo. Henry
Pickering le había advertido de la posibilidad de un golpe apoyado por los
soviéticos. Durante la guerra los rusos habían apoyado a la facción Matabele, el
ZIPRA, por eso el candidato debía ser por fuerza un Matabele. Si, era muy probable.
Sin embargo Craig no quería creer. Aferrado a sus recuerdos del hombre que había
sido su amigo, quizás el mejor amigo que había tenido en la vida. Recordó la
esencial decencia del hombre que entonces había conocido como Samson Kumalo, el
cristiano educado por misioneros de integridad y altos principios, quien había
renunciado junto con Craig en el ministerio para la Conservación de la Fauna cuando
sospecharon de su inmediato superior involucrado con una mafia de traficantes de
marfil. Ahora el jefe de una mafia análoga era el? Aquel hombre compasivo que había
ayudado a Craig mutilado e invalido a quedarse con su única posesión en el mundo,
el yate con el que había abandonado África? Era ahora el complotado ávido de poder?
« Era mi amigo », dijo Craig.
« Lo era, pero ha cambiado. La ultima vez que lo viste se declaró como tu enemigo»,
señalo Sally-Anne. « Tu mismo me lo contaste. »
Craig asintió, y de repente recordó la requisa de su caja fuerte en el hotel por la
policía cumpliendo ordenes superiores. Tungata debía haber sospechado que Craig era
un agente del World Bank, debía haberse imaginado que a el se lo había destacado
para recoger información sobre la caza ilegal y complot contra el gobierno y todo
eso podría haber pesado en su inexplicable violenta oposición a los planes de
Craig.
« Lo aborrezco », murmuró Craig. « Odio esta idea, pero pienso que puedes tener
razón. »
« Yo estoy segura. »
« Que vas a hacer? »
« Iré con Peter Fungabera con las pruebas que he recogido. »
« Aplastará a Sam », dijo Craig, y ella le respondió inmediatamente:
« Tungata es malo Craig, un saqueador! »
« Es mi amigo. »
« Era tu amigo », lo contradijo Sally-Anne. « No puedes saber en que se ha
transformado. No sabes que cosa pudo haberle pasado durante la guerrilla en la
jungla. La guerra cambia profundamente a los hombres, y el poder puede cambiarlos
aun mas. »
« Oh Dios, lo odio! »
« Ven conmigo a ver a Peter Fungabera. Quiero que estés conmigo cuando presente la
acusación contra Tungata Zebiwe. » Sally-Anne le tomo la mano, un pequeño gesto de
consuelo.
Craig no cometió el error de devolverle el apretón.
« Lo lamento, Craig. » Le apretó los dedos. « Lo lamento verdaderamente », le dijo,
y retiró la mano.

Peter Fungabera encontró tiempo para recibirlos temprano por la mañana, y fueron
juntos en auto a su casa sobre el lago Macillwane.
Un sirviente los introdujo a la oficina del general, una gran sala con pocos
muebles que dominaba el lago y alguna vez había sido la sala de billares. Una pared
estaba cubierta por un inmenso mapa de Zimbabwe. Estaba llena de pinchos de colores
que señalaban los lugares de evidente interés militar. Bajo las ventanas había una
larga mesa cubierta con informes y despachos y documentos parlamentarios y un
escritorio de roja teca africana en el centro de la sala, sobre el piso de piedra
sin alfombrar.
Peter Fungabera se levantó del escritorio para saludarlos. Estaba descalzo y vestía
un simple taparrabo atado a la cintura. La piel del pecho y de los brazos brillaba
como si hubiese sido recientemente aceitada, y debajo los músculos se movían como

52
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
una bolsa de cobras vivas. Claramente Peter Fungabera se mantenía al máximo de su
condición física.
« Disculpen mi vestimenta », sonrío saludándoles, « pero me siento mas cómodo
cuando me visto de africano. »
Delante del escritorio había bajos taburetes de ébano con intrincadas tallas.
« Hare traer sillas », dijo Peter. « Tengo pocos visitantes aquí. »
« No, no », replicó Sally-Anne sentándose en uno de los taburetes.
« Ustedes saben que siempre estoy complacido de verlos, pero hoy debo estar en el
parlamento a las diez », dijo Peter Fungabera exhortándolos implícitamente a
apurarse.
« Voy al grano enseguida », dijo Sally-Anne. « Creo haber descubierto quien es el
jefe de los cazadores furtivos. »
Peter estaba por acomodarse en el escritorio, pero al escuchar eso se inclinó hacia
adelante con sus puños apoyados en la mesa y la mirada penetrante e indagadora.
« Usted dijo que bastaba con que yo le dijera quien era y usted lo aplastaría », le
recordó Sally-Anne.
« Díganmelo », le ordenó, pero Sally-Anne expuso primero sus fuentes y deducciones,
como había hecho con Craig. Peter Fungabera le escucho en silencio, frunciendo el
entrecejo o asintiendo pensativamente mientras seguía su razonamiento. Luego ella
le revelo sus conclusiones, el ultimo nombre de la lista. « El camarada ministro
Tungata Zebiwe! » repitió despacio Peter Fungabera y finalmente se sentó en su
silla y tomo su fusta recubierta de cuero. Miro por encima de la cabeza de Sally-
Anne el mapa que cubría la pared, castigándose con la fusta la rosada palma de su
mano izquierda.
El silencio se prolongó hasta que Sally-Anne pregunto: « Y bien? » Peter Fungabera
bajo la vista para mirarla nuevamente. « Me han pasado la mas roñosa papa
caliente», dijo. « Estas segura que tu acusación del camarada Zebiwe no esta
influenciada por el tratamiento en la confrontación con Craig Mellow? »
« Es una sospecha indigna », le respondió calmada Sally-Anne.
« Si, yo también lo creo », declaro Peter. Después se volvio a Craig. « Y tu que
piensas? »
« Era mi amigo y le debo mucha gratitud. »
« Tiempo pasado », declaró Peter. « Ahora se te ha declarado en contra. »
« Todavía continuo estimándolo y admirándolo. »
« Y entonces?... » preguntó Peter, perplejo.
« Pienso que Sally-Anne podría tener razón », admitió Craig, muy disgustado.
Peter Fungabera se levanto y cruzo la sala en silencio para situarse junto al
enorme mapa.
« El país esta en grave efervescencia », dijo, mirando los pinchos clavados en el
mapa. « Los Matabeles están al borde de la rebelión. Aquí! Aquí! Aquí! Sus
guerrillas se están congregando en la jungla. » Dijo golpeteando sobre el mapa.
« Estamos obligados a decapitar el complot de sus lideres mas irresponsables, que
se estaban moviendo hacia una revuelta armada. Nkomo esta en retiro forzoso y dos
miembros Matabeles del gobierno han sido arrestados y acusados de alta traición.
Tungata Zebiwe es el último Matabele que queda en el gabinete. Es un hombre muy
respetado, aun fuera de su tribu, mientras que los Matabeles lo ven como el único
líder que les queda. Si lo tocamos... »
« Lo va a dejar escapar! » dijo Sally-Anne desesperanzada. « Y asi se fugará. Ese
es vuestro paraiso socialista! Una ley para el pueblo y otra para los... »
« Silencio, mujer! » ordenó Peter Fungabera, y ella obedeció.
El volvió a su escritorio. « Trataba de explicarte las consecuencias de una acción
apresurada. Arrestar a Tungata Zebiwe puede llevar a todo el país a una sangrienta
guerra civil. No dije que no tomaría acción, pero seguramente que no haremos nada
sin pruebas positivas y testimonios de testigos independientes de impecable
imparcialidad para apoyar mis acciones. » Todavía miraba en mapa en la pared. « Ya
el mundo nos acusa de planear el genocidio tribal de los Matabeles, mientras que
todo lo que hacemos es mantener la vigencia de la ley y buscar una forma de
conciliación con esa tribu guerrera e intratable. Por el momento Tungata Zebiwe es
nuestro único razonable y conciliatorio contacto con los Matabeles, no podemos
permitirnos liquidarlo con ligereza. »
Hizo una pausa y Sally-Anne rompió el silencio. « Una cosa que todavía no habíamos
mencionado, pero con Craig la habíamos discutido. Si Tungata Zebiwe es el jefe de
la mafia, esta utilizando las ganancias para un fin especial. No da señales

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
visibles de extravagancias, pero sabemos que hay una conexión entre el y los
disidentes. »
La expresión de Peter Fungabera se endureció. Y sus ojos eran terribles. « Si es el
culpable, pagará », se prometió mas a si mismo que a sus visitantes. « Pero deberán
existir pruebas irrefutables. En cuyo caso no se me escapará. »
« Será mejor que se apure », dijo Sally-Anne con obstinación.

« Ha elegido en mejor momento para venderlo », el agente vendedor del yate parado
en la cabina del Bawu se veía muy náutico en su blazer cruzado y gorra de capitán
con insignia de ancla dorada, conjunto de setecientos dólares de Bergdorf Goodman.
Su bronceado era perfecto y logrado a fuerza de lámpara solar en el N.Y. Athletic
Club. Tenia una fina red de arrugas alrededor de sus ojos penetrantes, no por
entrecerrarlos observando a través del sextante, ni por soles tropicales en lejanos
océanos y playas coralinas, sino por escudriñar etiquetas de precios y cifras en
cheques, de eso Craig estaba seguro..
« Las tasas de interés están cayendo, la gente esta comprando yates de nuevo. »
Era como discutir los términos de un divorcio con un abogado, o los arreglos con un
empresario de pompas fúnebres. El Bawu había sido parte de su vida durante mucho
tiempo.
« Esta en optimas condiciones su barco, muy bien mantenido y muy marinero. El
precio es razonable. Traeré a algunas personas a verlo mañana. »
« Solo asegúrese que yo no este aquí. » le advirtió Craig
« Entiendo, señor Mellow. » El hombre sonaba como un enterrador.

También Ashe Levy parecía un enterrador cuando Craig le telefoneó. No obstante


envío un cadete de la oficina al puerto a recoger los primeros tres capítulos que
Craig había completado en África. Después se fue a almorzar con Henry Pickering.
« Que placer verte, Craig! » El escritor se había olvidado cuanto había crecido en
la estima este hombre en solo dos breves reuniones.
« Ordenemos primero », dijo Henry, y pidió una botella de Grands Echézaux.
« Eres un hombre valiente. Yo siempre temo pronunciarlo no sea el caso que piensen
que estoy estornudando. »
« Si, mucha gente tiene el mismo temor, es quizás por eso que es el menos conocido
de los grandes vinos. Asi continua costando relativamente poco, gracias a Dios. »
Apreciativamente olfatearon el bouquet del vino y le dieron la atención que
merecía. Después Henry posó la copa sobre la mesa.
« Ahora dime lo que piensas del general Fungabera », lo invitó.
« Todo esta en mis informes, no los leíste? »
« Si que los he leído, pero dímelo lo mismo. Algunas veces una pequeña cosa puede
surgir en la conversación que no fue puesta en el informe. »
« Peter Fungabera es un hombre instruido. Su ingles es notable, su elección de las
palabras, su poder de expresión, pero todo tiene un fuerte acento africano. En
uniforme parece un general del ejercito ingles. En ropas de civil parece un divo de
la TV, pero en taparrabos parece lo que verdaderamente es: un africano. Eso es lo
que tendemos a olvidar con todos ellos. Todos sabemos de la inescrutabilidad china,
de la flema inglesa, pero rara vez consideramos que los negros africanos tienen una
naturaleza especial... »
« Eso es, ves? » murmuró Pickering. « Todo esto no estaba en tu informe. Continua,
Craig. »
« Para nuestro ritmo frenético, parecen lentos, y no nos percatamos que no es
indolencia sino la profunda consideración que le dan a cualquier asunto antes de
actuar. Los consideramos simples y directos, cuando en realidad están entre los mas
complicados y reservados pueblos del mundo, mas leales a la tribu que cualquier
escoses a su clan. Como los sicilianos, pueden mantener un feudo de sangre por mas
de cien años... »
Henry Pickering escuchaba atentamente, alentándolo con preguntas apropiadas solo
cuando decaía el relato. Una vez pregunto; « Hay algo que todavía encuentro algo
confuso, Craig... La sutil diferencia de los términos Matabele, ndebele y
Sindebele. Me la puedes aclarar? »
« Un francés se llama a si mismo francais, pero nosotros lo llamamos francés. Un
Matabele se llama a si mismo ndebele, mientras que nosotros lo llamamos Matabele. »
« Ah », asintió Henry. « Y la lengua que hablan es el Sindebele, verdad? »
« Correcto. En realidad, desde la independencia, la palabra Matabele parece haber
adquirido un sesgo colonialista... »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
La charla prosiguió relajada y libre, así que fue con cierta sorpresa que Craig se
dio cuenta que habían quedado solos en el restaurante y el mozo rondaba la mesa con
la cuenta.
« Lo que estaba tratando de decir », concluyo Craig, « es que el colonialismo a
dejado al África con un sistema de valores impuestos. El África los rechazará y
volverá a los suyos propios. »
« Y probablemente será mejor para ellos », concluyo por Craig Henry Pickering.
« Bueno, Craig, ciertamente te has ganado tu salario. Me alegro que regreses allá.
Puedo ver que pronto serás nuestro mas productivo agente de campo en ese teatro.
Cuando vuelves? »
« Solo vine a New York para recoger un cheque. » Henry Pickering lanzó su deliciosa
risotada grave. « Tus alusiones son sutiles como una pata de elefante. Tiemblo al
pensar en un pedido directo de ti. » Pagó la cuenta y se levantó. « El abogado del
banco te espera. Primero firma la venta de tu cuerpo y alma y después te otorgo el
derecho a un retiro total de cinco millones de dólares. »
El interior de la limousine era silencioso y fresco, y la suspensión absorbía casi
todas las irregularidades de las superficies de las calles de New York.
« Ahora amplíame un poco las conclusiones de Sally-Anne respecto al cabecilla de la
banda », lo invitó Henry.
« En esta etapa, no veo otro candidato alternativo para el patrón de los
traficantes, quizás también el lider de los disidentes. »
Henry guardo silencio por un momento. Después dijo: « Como juzgas la reticencia del
general Fungabera a actuar? »
« Es un hombre prudente, es un africano. No tiene urgencia. Lo pensara bien,
tenderá su red con astucia, y cuando actúe pienso que todos nos sorprenderemos de
cuan devastador, decisivo y rápido será. »
« Quisiera que le prestes al general Fungabera toda la ayuda que puedas. Una
cooperación plena, por favor, Craig. »
« Tu sabes que Tungata era mi amigo. »
« Lealtad dividida? »
« No lo creo, si el es culpable. »
« Muy bien! Mi gente esta muy contenta con tus logros hasta ahora. Estoy autorizado
a incrementar tu remuneración a sesenta mil dólares al año. »
« Fantástico », dijo Craig con una sonrisa. « Eso será una gran ayuda para el pago
de intereses sobre los cinco millones... »

Todavía estaba claro cuando el taxi depositó a Craig en la entrada del puerto. El
smog de Manhattan se había transformado por el bajo ángulo del sol en una mágica
nube púrpura que suavizaba las lúgubres siluetas de las grandes torres de cemento.
Cuando Craig subió a la pasarela, el yate bailoteo levemente bajo su peso y alerto
a la figura en la cabina.
« Ashe! » Craig fue tomado por sorpresa. « Ashe Levy, la princesita de la fabula de
los escritores en crisis! »
« Baby... » Ashe vino a su encuentro sobre el puente, con los pasos inseguros de la
gente de tierra. « No podía esperar, tenia que venir a verte enseguida. »
« Estoy conmovido. » El tono de Craig era sarcástico. « Llegas siempre al galope
cuando no necesito ayuda. »
Ashe Levy ignoró la burla y puso sus manos sobre los hombros de Craig. « Lo he
leído. Lo he releído... y luego lo guarde en mi caja fuerte. » Su voz se hizo mas
profunda. « Es hermoso. »
Craig lo estudio, para ver si distinguía en su cara las señales de hipocresía. En
cambio se dio cuenta que detrás de los anteojos de marco dorado los ojos de Ashe
Levy se veían acerados con lagrimas de emoción.
« Es lo mejor que has escrito, Craig. »
« Son solo tres capítulos. »
« Que emoción! Me has golpeado en las entrañas. »
« Necesita pulirse un montón. »
« Craig, dude de ti, lo admito. Estaba comenzando a creer que no podrías escribir
otro libro, pero ahora... Estuve sentado allí por las ultimas horas, me puse a
pensar y encuentro que puedo recitar algunas partes de memoria. »
Craig lo estudio cuidadosamente. Las lagrimas podían ser un reflejo del sol sobre
las aguas del puerto. Ashe se saco los anteojos y se sonó ruidosamente la nariz.
Las lagrimas eran genuinas, pero Craig apenas lo creía. Había solo un modo de
verificar la sinceridad de Ashe.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Podrías darme un adelanto, Ashe? » Ahora el no necesitaba del dinero, lo hacia
solo como prueba definitiva.
« Cuanto necesitas, Craig? Doscientos mil dólares? »
« Entonces de verdad te gusta », Craig dejo escapar un suspiro mientras las eternas
dudas del escritor se disipaban por un breve periodo bendito. « Tomemos algo,
Ashe.»
« Hagamoslo mejor, emborrachemonos », dijo Ashe.

Craig sentado en la popa, con sus pies sobre la barra del timón, mirando el rocío
formando pequeños diamantes en el vaso en su mano ya no escuchaba mas los
entusiastas comentarios de Ashe Levy sobre su libro. En cambio dejaba vagar
libremente el pensamiento, diciéndose que quizás era mejor no tener toda la suerte
concentrada en un breve periodo, sino distribuidas en el tiempo para poderlas
disfrutar una a una mas completamente.
Estaba inundado de alegría: pensó en Kings Lynn y en su nariz perduraba el olor
arcilloso de las praderas de Matabeleland. Pensó en Zambesi Waters, y escucho
nuevamente el rumor de un gran cuerpo de rinoceronte en el matorral de espinos.
Pensó en los veinte capítulos que seguirían a los tres primeros y el dedo índice le
hormigueaba de la impaciencia. Seria posible, se pregunto, que en aquel momento el
fuese el hombre mas feliz del mundo?
Y repentinamente se dio cuenta que la total apreciación de la felicidad solo podía
ser lograda compartiéndola con otro y descubrió un pequeño espacio vacío en su
interior y una sombra de melancolía al recordar unos ojos extrañamente moteados y
una firme boca joven. Quería decírselo, quería hacerle leer esos tres capítulos y
de repente deseó con toda su alma estar de nuevo en África, donde estaba Sally-
Anne.

Craig encontró una Land Rover de segunda mano en el lote de autos detrás de la
agencia donde Jock Daniels vendía autos usados. Cerro sus oídos a la cháchara del
vendedor y en su lugar escucho el motor. La puesta a punto estaba mal pero no había
pistoneo. La transmisión delantera funcionaba bien y los frenos estaban bien.
Cuando la lanzo sobre un terreno accidentado fuera de la ciudad, el silenciador se
desprendió pero todo el resto se manutuvo unido. En un tiempo era capaz de
desmontar completamente una Land Rover y volverla a armar en el espacio de un fin
de semana: el sabia que podía poner a punto esta.
Le bajo el precio en mil dólares y todavía la pago cara, pero tenia mucha urgencia.
En la Land Rover cargo todo lo que había recuperado de la venta del yate: un baúl
lleno de ropa, una docena de libros preferidos, y una caja de cuero con flejes de
bronce, su pieza de equipaje mas pesada, que contenía los diarios de la familia.
Estos diarios eran toda su herencia, todo lo que Bawu le había dejado. El resto de
la multimillonaria propiedad del anciano, incluyendo las acciones de la Rholands,
había ido a para a su hijo mayor Douglas, el tío de Craig que había vendido y
emigrado a Australia. Pero aquellos estropeados libros forrados en cuero y
manuscritos habían sido su mayor tesoro. Leerlos le había dado a Craig un sentido
de la historia y un orgullo en su linaje ancestral, que lo había dotado de
suficiente confianza y entendimiento del periodo como para sentarse y escribir el
libro que a su vez le había brindado todo esto: éxito, fama y fortuna, y hasta la
Rholands misma había vuelto a sus manos a través de esa caja de viejos papeles.
Se pregunto cuantas miles de veces había recorrido el camino hasta King’s Lynn,
pero nunca como esta, nunca como el dueño. Se detuvo en la tranquera principal para
que sus pies pudiesen tocar su propia tierra por la primera vez.
Erguido, miro a su alrededor los dorados campos y los bosquecillos de acacias de
copas aplanadas, hacia el horizonte de colinas grises y azuladas en la distancia y
la inmaculadamente azul bóveda del cielo cubriéndolo todo, luego se arrodillo como
un suplicante religioso. Fue el único movimiento en el que la pierna lo dificulto
un poquito. Recogió un poco de tierra en su manos. Era casi tan rica y roja como la
carne que nutriría. A ojo dividió el puñado en dos partes, y dejo derramar un
décimo de nuevo al suelo.
« Ese es tu diez por ciento, Peter Fungabera », susurró para si. « Pero el resto es
mío, y juro retenerlo por toda mi vida, protegerlo y cuidarlo, y que Dios me
ayude.» Sintiéndose un poco tonto por su teatralización, dejo que la tierra cayera
y se limpio las manos en las piernas de su pantalón y volvió a la Land-Rover.
Al pie de la colina delante de la casa se encontró con una alta y delgada figura
viniendo por el camino. El hombre usaba solamente una grasienta cobija sobre su

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
espalda y un breve taparrabo; sobre el hombro llevaba sus palos de combate. Sus
pies metidos en sandalias hechas con viejas cubiertas de autos y sus aros eran
tapas de plástico de garrafas adornadas con cuentas de colores que ensanchaban los
lóbulos de sus orejas tres veces su tamaño normal. Arreaba delante de el una
pequeña tropa de cabras multicolores.
« Te veo, hermano mayor », lo saludo Craig, y el viejo mostró las aberturas en sus
dientes amarillentos cuando sonrió por la cortesía del saludo y al reconocer a
Craig.
« Te veo, Nkosi », dijo; era el mismo anciano que Craig había encontrado agachado
en las construcciones anexas de King's Lynn.
« Cuando va a llover? » le preguntó Craig ofreciéndole un paquete de cigarrillos
que había traído precisamente para tal encuentro.
Se trabaron en la agradable rutina de preguntas y respuestas que en África debe
preceder a cualquier discusión seria.
« Como te llamas, viejo? » Para los Matabeles no era una acusación de senilidad,
sino un termino de respeto.
« Me llaman Shadrach.»
« Dime, Shadrach, están a la venta tus cabras? » finalmente Craig pudo preguntarle
sin pasar por ingenuo, e inmediatamente apareció un brillo de astucia en los negros
ojos del pastor.
« Son cabras muy lindas » dijo. « Separarme de ellas seria como separarme de mis
niños. »
Shadrach era el portavoz y el líder reconocido de la pequeña comunidad de
usurpadores que había tomado como domicilio a King's Lynn.
Craig descubrió que a través de el podía negociar con todos ellos, y sintió alivio,
ahorraría días y una gran cantidad de desgaste emocional y lagrimas.
Sin embargo, no privaria a Shadrach de la oportunidad de mostrar sus habilidades de
negociador, ni lo insultaría tratando de abreviar el procedimiento. Así que este se
extendió por los siguientes dos días mientras Craig reconstruía el techo del viejo
chalet de huéspedes con una lona pesada, reemplazo la bomba robada con un motor
diesel capaz de aspirar agua del pozo artesiano y colocó su nuevo catre de campaña
en el desnudo dormitorio del chalet.
Al tercer día se pusieron de acuerdo con el precio de venta y Craig se convirtió en
el propietario de casi dos mil cabras. Pagó a los vendedores en efectivo, contando
cada billete y cada moneda en sus manos para evitar futuras discusiones, y luego
cargo sus cabras en cuatro camiones alquilados y las envió al matadero de Bulawayo,
saturando el mercado en el proceso y haciendo caer el precio en un cincuenta por
ciento causándole una perdida de un poco mas de diez mil dólares.
« Un gran inicio en los negocios », sonrió, mandando a llamar a Shadrach.
« Dime, viejo, que sabes de ganado? » Era un poco como preguntarle a un polinesio
si sabia de pesca, o a un suizo si sabia lo que era la nieve.
Shadrach se irguió indignado. « Cuando era así de alto », dijo rígido, indicándose
la rodilla, « ordeñaba la leche caliente directamente de la ubre de la vaca a mi
boca. Cuando era así de alto » - levanto la mano unos pocos centímetros - « tenia a
mi cargo doscientas cabezas. Liberaba a los terneros encajados en la panza de la
madre con estas manos; los llevaba sobre los hombros cuando el arroyo estaba
crecido. Cuando era si de alto » - levanto la mano a diez centímetros de la rodilla
- « mate una leona con mi assegai porque quería comerse a mis búfalos. »
Craig escucho la historia mientras ascendía en pequeños incrementos hasta la altura
de los hombros y Shadrach concluyo; « Y tu tienes el coraje de preguntarme que se
de ganado! »
« Muy pronto sobre estos pastos criare vacas tan lustrosas y bellas que cuando las
veas se te inundaran los ojos de lagrimas.
Tendré toros con lomos tan lustrosos como agua que brilla al sol y con gibas
grandes como montañas sobre las grupas y sus papadas pesadas de grasa, barrerán el
suelo cuando caminen como las ráfagas de lluvia barren el polvo en la tierra seca.»
« Hau! » dijo Shadrach, una exclamación de gran estupor, impresionado tanto por el
lirismo de Craig como por las intenciones que manifestaba.
« Necesito un hombre que entienda de ganado y de hombres », le dijo Craig.
Shadrach eligió a los peones. De las familias de usurpadores eligió a veinte, todos
ellos fuertes y voluntariosos, no demasiado jóvenes para ser tontos o volubles, ni
tan adultos para ser débiles e impotentes.
« Los otros », dijo con desprecio Shadrach, « son una cruza de babuinos y cuatreros
shona: les ordene que se marcharan de nuestras tierras. »

57
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Craig sonrió con aquel « nuestra », pero quedo impresionado por el hecho de que
cuando Shadrach ordenaba, la gente le obedecía.
Shadrach reunió a sus reclutas delante del chalet burdamente restaurado, y les
impartió la tradicional giya, la arenga con pantomima con la cual los viejos
indunas Matabeles enfervorizaban a sus guerreros antes de las batallas.
« Ustedes me conocen! » gritó. « Saben que mi tatarabuela era hija del viejo rey
Lobengula, el Viento-que-lleva! »
« Eh-he! » Ellos comenzaban a entrar en el espíritu de la ocasión.
« Saben que soy un príncipe de sangre real, y que si el mundo anduviese como
debiera, seria un legitimo induna de mil guerreros, con plumas de grullas en mis
cabellos y colas de búfalo sobre mi escudo de guerra. » Apuñaleo el aire con sus
palos de batalla.
« Eh-he! » Mirando sus expresiones, Craig vio el real respeto que le tenían al
viejo, y quedo gratamente complacido con su elección.
« Ahora », continuó Shadrach, « gracias a la sagacidad y a la visión del joven
Nkosi aquí presente, he llegado a ser verdaderamente un induna! Soy el induna de
King's Lynn » - pronunció Kingi Lingi - « y vosotros sois mis amadodas, mis
guerreros selectos. »
« Eh-he! » concordaron, estampando sus pies desnudos en el suelo con un ruido de
cañonazo.
« Y ahora miren a este hombre blanco. Podrán pensar que es un joven imberbe... Pero
cuidado! Es el nieto de Bawu y chozno de Taka Taka! »
« Hau! » exclamaron los guerreros de Shadrach. Porque esos eran nombres bien
conocidos. A Bawu lo habían conocido en persona, sir Ralph Ballantyne solo como una
leyenda: Taka Taka era el onomatopéyico nombre que los Matabeles le habían dado a
sir Ralph por el sonido de la ametralladora Maxim que los viejos saqueadores habían
empuñado a tal efecto durante la guerra Matabele y la rebelión.
Miraron a Craig con nuevos ojos.
« Sí », los instó Shadrach, « Mírenlo! Es un guerrero que lleva terribles heridas
de la guerra en la jungla! Ha matado a centenares de cobardes violadores Mashona
antes de ser herido gravemente! » Craig parpadeo ante la licencia poética que
Shadrach se permitía. « El también mato a algunos de los bravos leones guerrilleros
Matabeles del ZIPRA! Y ahora saben que es un hombre, no un muchacho. »
« Eh-he! » No demostraron el menor rencor a la noticia del presunto estrago de sus
hermanos efectuada por Craig.
« Sabrán además que el ha venido a transformarlos de afeminados pastores de cabras,
sentados al sol, rascándose las pulgas, en orgullosos y bravos pastores de búfalos!
Porque », y aquí Shadrach hizo una pausa dramática, « pronto en estas hierbas
volverán a alimentarse vacas tan lustrosas y bellas que al mirarlas... »
Craig notó que Shadrach podía repetir sus propias palabras perfectamente, haciendo
gala de la notable memoria de los analfabetos. Cuando termino con un gran salto en
el aire, golpeando uno contra otro sus palos de batalla, lo aplaudieron
entusiastas, y luego miro a Craig expectante.
« Un discurso difícil de igualar », se dijo Craig, de pie delante de ellos. Hablo
con calma, e voz baja, en el musical lenguaje Sindebele. « El ganado estará aquí
pronto, y hay mucho trabajo que hacer antes de que lleguen. Ustedes saben del
salario fijado por el gobierno para los peones agrícolas. Eso les voy a pagar, y
raciones de comida para cada uno de ustedes y sus familias.» Esto fue recibido sin
grandes muestras de entusiasmo. « Además », dijo Craig después de una pausa, « por
cada año de trabajo completo les regalaré una hermosa ternera que tendrá el derecho
de pastar en las praderas de Kingi Lingi y también de ser servidas por mis grandes
toros, así ellas podrán procrear sus esplendidos terneros... »
« Eh-he! » gritaron, saltando de alegría, hasta que finalmente Craig levanto los
brazos.
« Quizás entre ustedes alguno podrá tentarse de robar lo que me pertenece, o
encontrará la sombra de un árbol para pasar el día en vez de tensar los alambrados
o pastorear el ganado. » Los fulminó con la mirada, y ellos se acobardaron un poco.
« Ahora, este sabio gobierno prohíbe darle una pateadura a un hombre, pero cuidado,
yo puedo patearles el culo sin usar mi propio pie»
Se inclinó y con un rápido movimiento se saco la pierna artificial. Y se levanto
sosteniéndola en una mano. Quedaron con las bocas abiertas por el estupor.
« Han visto? No es mi propio pie! » Sus expresiones tornáronse en terror, como en
la presencia de una terrible brujería. Comenzaron a inquietarse nerviosamente y a
mirar a su alrededor en busca de una vía de escape.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Entonces », grito Craig, « sin infringir la ley yo puedo encajarle una patada a
quien quiera! » Con dos saltos veloces uso el envión para sacudirle la punta de la
bota de su pierna desmembrada en el culo del guerrero mas cercano.
Por un largo instante duró el atónito silencio, después fueron superados por su
propio sentido del humor. Rieron hasta que las lagrimas les marcaron las mejillas.
Se tambaleaban en círculos golpeándose las cabezas, abrazándose unos a otros,
tironeándose y jadeando de la risa. Rodearon al desafortunado que había sido objeto
de la broma de Craig y abusaron mas de el, atizándole pataditas juguetonas y
aullando de la risa. Shadrach, con toda su dignidad descartada, rodaba en el suelo
de la risa.
Craig los miraba con afecto. Ya eran su gente, su especiales a cargo. Ciertamente
habría manzanas podridas entre ellos. Tendría que erradicarlos como mala hierba.
Hasta los buenos a veces probarían deliberadamente su vigilancia y tolerancia, como
era la costumbre africana, pero con el tiempo también ellos serian una familia
unida y el sabia que finalmente llegaría a quererlos.

Las cercas eran la primera prioridad. Habían caído en un estado calamitoso:


faltaban kilómetros de alambres de púa, casi seguramente robado. Cuando Craig trato
de sustituirlo, comprendió porque: No había nada a la venta en Matabeleland. Ningún
permiso de importación se había emitido en el trimestre para el alambre de púas.
« Bienvenido a la alegre comunidad de los ganaderos del Zimbabwe negro », le dijo
el presidente de la Cooperativa Ganadera de Bulawayo. « Alguien consiguió un
permiso de importación por un millón de dólares en caramelos y chocolatines, pero
ningún permiso para alambre de púa. »
« Por el amor de Dios! » exclamó Craig desesperado. « Tengo necesidad de cercar mis
potreros! Como podría repoblar el rancho si no tengo las pasturas cercadas? Cuando
recibirá la primera consignación? »
« Eso depende de un empleaducho del ministerio de Comercio Exterior de Harare », se
encogió de hombros el presidente, y Craig se marchó tristemente a la Land Rover,
cuando repentinamente tuvo una idea.
« Puedo usar el teléfono? » le pregunto al presidente de la cooperativa.
Llamo al número privado que le había dado Peter Fungabera y después que se
identifico, la secretaria lo puso enseguida al habla.
« Peter, tengo un grave problema. »
« Puedo ayudarte? »
Craig se lo dijo y Peter tomo nota murmurando para si. « cuanto necesitas? »
« por lo menos mil doscientos rollos. »
« Algo mas? »
« No por el momento... Ah si, perdona si te molesto, Peter, pero he estado tratando
de encontrar a Sally-Anne. No responde al telefono ni a los telegramas. »
« Llámame en diez minutos », ordenó Peter Fungabera, y cuando Craig lo llamó le
dijo: « Sally-Anne esta fuera del país, parece que ha volado a Kenya con el Cessna.
Se encuentra en un lugar que se llama Kitchwa Tembu en Masai Mara. »
« Sabes cuando vuelve? »
« No, pero apenas reingrese al Zimbabwe te aviso. »
Craig quedo impresionado por el alcance de los tentáculos de Fungabera, al extremo
de seguir a una persona hasta mas allá de los limites del país. Obviamente Sally-
Anne estaba en alguna lista para atención especial, como el.
Por supuesto el sabia porque Sally-Anne estaba en Kitchwa Tembu. Dos años antes
Craig había visitado ese maravilloso campamento de safari en la planicie Mara a la
invitación de sus propietarios Geoff y Jolie Kent. Era la estación cuando las
vastas manadas de búfalos comenzaban a parir los terneros y las batallas entre las
vacas madres y las jaurías merodeadoras de predadores intentando devorar a los
recién nacidos constituían uno de los mas impresionantes y grandiosos espectáculos
de los llanos africanos. Sally-Anne estaría allí con su Nikon.
En el camino de retorno a King's Lynn, se detuvo en la oficina de correos y le
envió un telegrama a través de la oficina de Abercrombie y Kent de Nairobi. «
Tráeme algunas fotos para Zambesi Waters también stop La caza esta abierta todavía
Punto interrogativo Saludos Craig. »
Tres días mas tarde una fila de camiones ascendió las colinas de King's Lynn y un
pelotón de soldados de la Tecera Brigada descargo mil doscientos rollos de alambres
de púa en los cobertizos sin techo para los tractores.
« Hay que pagar una factura? » pregunto Craig al sargento que comandaba el pelotón.
« O algún papel que firmar? »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« No lo se », dijo el hombre. « Solo se que me han ordenado transportar aquí esta
carga y ya esta hecho. »
Craig miro irse a los camiones vacíos, rugiendo por la bajada, con un peso en el
estomago. Sospechaba que nunca habria una factura. También sabia que esto era
África, lo tocaba simplemente estar muy atento a no enemistarse con el general. Las
consecuencias podrían ser terribles.
Por cinco días trabajo con su cuadrillas Matabeles plantando cercas, en cueros
hasta la cintura con gruesos guantes de cuero protegiéndole las manos; tirando de
las torniquetas tensando el alambre y cantando las cantinelas de trabajo con sus
hombres pero todo ese tiempo el cargo de consciencia pesaba sobre su estomago, y no
lo soportaba mas.
Todavía no tenia línea telefónica en la propiedad, así que condujo hasta Bulawayo.
Encontró a Peter en el parlamento.
« Mi querido Craig, te estas preocupando por una pavada. El oficial de intendencia
todavía no me ha facturado el alambre a mi. Pero si hace que te sientas mejor,
envíame un cheque y yo veré que la transacción se cierre inmediatamente. Oh, Craig
y que el cheque sea pagadero en efectivo, si? »

En las siguientes semanas, Craig descubrió su capacidad de vivir durmiendo muchas


menos horas de las que creía posibles. Estaba en pie cada mañana a las cuatro y
media, e iba a despertar a las cuadrillas en sus cabañas. Salían adormilados,
todavía envueltos en sus colchas y temblando de frío, tosiendo por el humo de la
leña ardiendo en los fogones y rezongando contra el sin malicia.
A mediodía Craig buscaba la sombra de una acacia y dormía la siesta como todos
ellos. Después, descansados, reanudaban el trabajo por toda la tarde hasta que el
sonido del gong (un trozo de riel suspendido de la rama de un jacarandá cercano a
la casa) daba la señal de que el horario de trabajo había terminado y el grito de
« Shayile! Ha sonado. » se pasaba de cuadrilla en cuadrilla y en varios grupos
confluían al camino para retornar a casa.
Luego Craig se lavaba la transpiración y el polvo en una casilla de cemento detrás
del chalet, cenaba rápidamente y para cuando oscurecía estaba sentado frente a la
mesa en el chalet en la siseante luz blanca del farol a gas con una hoja de papel
al frente y bolígrafo en mano se transportaba al otro mundo de su imaginación.
Algunas noches escribía hasta bastante después de la medianoche y después a las
cuatro y media estaba afuera, sintiéndose descansado y vigoroso.
El sol le bronceo la piel y le aclaró el flequillo de pelo que le caía sobre los
ojos: el duro trabajo físico le tonifico los músculos y le encalleció el muñón, así
que pudo caminar a lo largo de las cercas todo el día sin molestias, había tan poco
tiempo que perder que cocinar se volvió mecánico, y la botella de whisky permanecía
en su bolso con el sello inviolado, así que bien pronto adelgazo y se le afilo el
rostro.
Luego, una tarde que estacionaba la Land Rover bajo los árboles de jacarandá y
comenzaba a caminar hacia el chalet: El aroma de roast beef con papas asándose lo
obligó a detenerse, fue como estrellarse contra una pared de ladrillos. Bajo la
lengua surgió un chorrito de saliva y arrancó otra vez, súbitamente famélico.
En la diminuta cocina casera una figura esmirriada inclinada sobre el fuego, de
blancos cabellos lanudos. Lo miró acusadoramente mientras Craig se paraba en la
entrada.
« Porque no me mando a llamar? » preguntó en Sindebele. « Ningún otro cocina en
Kingi Lingi mientras yo viva! »
« Joseph! » exclamó Craig, abrazándolo impetuosamente. El viejo había sido el
cocinero de Bawu por treinta años. Era capaz de preparar un banquete impecable para
cincuenta comensales, como preparar rápidamente una minuta a la cazadora en un
fuego de leños. Ya había pan horneado en un tacho de chapa con el que había
improvisado un horno y había recogido un cazo de ensalada de la huerta descuidada.
Joseph se liberó del abrazo de Craig, un poco escandalizado por aquella infracción
a la etiqueta. « Nkosana », Joseph todavía usaba el diminutivo para los jovencitos,
« tus ropas estaban mugrientas y tu cama no estaba tendida! » Lo regaño seriamente:
« Hemos trabajado todo el día para ordenar todo el desorden que has dejado! »
Solo entonces Craig notó que había otro hombre en la cocina. « Xapa-lola! » rió
feliz, y el muchacho se inclino sonriendo complacido. Estaba planchando con la
pesada plancha negra a carbón.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Todas sus ropas y sábanas habían sido lavadas y las estaba planchando. Las paredes
del chalet habían sido lavadas y el piso pulido hasta brillar. Hasta los tapones de
bronce de la pileta brillaban como los botones en un uniforme de la marina.
« He hecho una lista de lo que nos hace falta », dijo Joseph a Craig. « Por Ahora
puede pasar. Pero no es correcto que tu vivas así, en un chiquero! Nkosi Bawu, tu
abuelo, no lo habría tolerado. »
El cocinero Joseph tenia cierta pretensión de estilo. « Por eso he mandado al tío
de mi primera esposa, que es un maestro techador, y le pedí que trajera a su hijo
mayor que es albañil, y a su sobrino que es un buen carpintero. Estarán aquí mañana
y comenzaran a reparar los daños que estos perros le han hecho a la casa grande. En
cuanto a la quinta y el jardín, conozco a la persona justa... » dijo enumerando las
tareas que consideraba necesarias con los dedos, para restaurar el orden en King’s
Lynn. « Así estaremos listos para invitar a treinta huéspedes importantes a la cena
de Navidad, como se acostumbraba en los viejos tiempos. Ahora, Nkosana, ve a
lavarte que la cena estará lista en un cuarto de hora. »
Con los prados seguramente cercados y la restauración de las construcciones
accesorias y el edificio principal en marcha, Craig pudo finalmente comenzar a
pensar en la compra de los animales. Convocó a Shadrach y a Joseph, y les encargó a
ambos el cuidado de la propiedad durante su ausencia. Aceptaron seriamente la
responsabilidad. Luego Craig se fue al aeropuerto, dejó la Land Rover en el
estacionamiento y compro un pasaje para el primer vuelo directo al sur.
En las tres semanas subsiguientes visito los grandes ranchos de Transvaal del
Norte, la provincia sudafricana con clima y morfología mas similar a la de
Matabeleland. Las compras de ganado de pedigrí llevaban tiempo. Cada compra era
precedida por días de negociaciones con el vendedor y de exámenes de los animales
en el campo, mientras Craig disfrutaba de la tradicional hospitalidad de los
campesinos Afrikaners. Sus huéspedes eran hombres cuyos ancestros habían emigrado
al norte desde el Cabo de Buena Esperanza, transportándose en carros tirados por
sus bueyes y habían vivido toda su vida pegados a los animales. Así que cuando
Craig compro las bestias, se aprovechaba de su experiencia para acumular gran
cantidad de conocimientos en la crianza de los bovinos. Todo lo que aprendía
reforzaba su deseo de continuar los exitosos experimentos de Bawu con la cruza de
animales autóctonos, reconocidos por su resistencia a las enfermedades y a la
sequía, con la raza Santa Gertrudis de mas rápido engorde.
Compró vacas jóvenes inseminadas artificialmente y preñadas, compró toros de
aristocrático pedigrí, descendientes de líneas de sangre famosas, y se ocupó de la
documentación, inspección, inoculación, cuarentena y seguros que eran necesarios
antes que le permitieran cruzar el limite internacional. Mientras tanto contrato el
transporte terrestre hacia el norte con contratistas especializados en transportar
valioso ganado en pie.
Gastó casi dos millones de dólares que le habían prestado antes de volar de regreso
a King's Lynn para ultimar los preparativos para recibir su ganado. Las entregas
eran escalonadas durante un periodo de meses, de modo que cada remesa pudiera ser
recibida adecuadamente y se ambientaran antes de la llegada de la siguiente
partida.
Los primeros en llegar fueron cuatro jóvenes toros, apenas maduros para emprender
su trabajo de reproductores. Craig había pagado quince mil dólares por cada uno.
Peter Fungabera estaba determinado a festejar el advenimiento; invitó a dos
ministros colegas del gobierno a la ceremonia de bienvenida, aunque ni el primer
ministro ni el ministro de Turismo Tungata Zebiwe estuvieron disponibles aquel día.
Craig alquilo una carpa y le encargo a Joseph que preparara uno de sus legendarios
banquetes al aire libre. A Craig todavía le dolía en desembolso de dos millones de
dólares, así que economizó en el champagne, ordenando la imitación del Cabo de
Buena Esperanza en vez del articulo genuino.
La compañía ministerial llego a bordo de una flotilla de Mercedes negros, con
guardaespaldas armados, todos usando anteojos para sol tipo aviador. Las mujeres
usaban vestidos largos estampados con los mas salvajes e increíbles colores. El
barato y dulzón espumante bajaba como si le hubieran sacado el tapón a la pileta, y
pronto todos reían y gorjeaban como una bandada de estorninos.
La mujer mas vieja esposa del ministro de Educación se desabotonó la blusa y saco
fuera una suculenta teta negra y se puso a amamantar al niño que llevaba sobre su
cadera, mientras ella tomaba copiosas cantidades de espumante. « Reabastecimiento
en vuelo », dijo uno de los vecinos blancos de Craig, que había piloteado los
bombarderos de la RAF, sonriendo.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Peter Fungabera fue el ultimo en llegar, en uniforme de gala, con su ayudante de
campo, un joven capitán de la Tercera Brigada que Craig había visto en varias
ocasiones. Esta vez Peter se lo presentó: « El capitán Timón Nbebi ».
Era tan flaco que parecía frágil. Los ojos, detrás de los anteojos de marco de
acero, eran demasiado vulnerables para un soldado, y su apretón de mano fue rápido
y nervioso. A Craig le hubiera gustado hablarle, pero en ese momento el camión con
los toros estaba subiendo la cuesta de la entrada.
Llegó envuelto en una nube de fino polvo rosado y se paro frente al corral
preparado por Craig para los toros. Se bajo la planchada pero antes que se abriera
la compuerta Peter Fungabera subió al palco y se dirigió a los reunidos.
« El señor Craig Mellow es un hombre que hubiera podido elegir cualquier país del
mundo para vivir, como escritor internacional de Best Sellers habría sido
bienvenido. Ha elegido volver a Zimbabwe, y haciéndolo así, ha declarado al mundo
entero que aquí hay una tierra donde hombres de cualquier color, de cualquier
tribu, negros o blancos, Mashona o Matabeles, son libres para vivir y trabajar, sin
temores y sin ser molestados, seguros al amparo de leyes justas. »
Después de la propaganda política, Fungabera se permitió una broma.
« Y ahora, demos la bienvenida a estos otros nuevos inmigrantes, con la certeza de
que serán los padres de muchos hijos e hijas y a contribuir a la prosperidad de
nuestro Zimbabwe. »
Peter Fungabera comenzó a aplaudir mientras Craig abría el portón, y el primer
nuevo inmigrante emergió para detenerse pestañeando al rayo del sol. Era una bestia
enorme de mas de una tonelada de abultados músculos bajo la brillante piel marrón
rojiza. Había aguantado dieciséis horas acorralado en una ruidosa máquina. Los
tranquilizantes que le habían dado habían perdido el efecto, dejándolo con una gran
resaca y un amargo rencor contra todo el mundo. Ahora observó a la multitud
aplaudiendo, los mareantes colores de los tradicionales vestidos de las mujeres y
finalmente encontró un foco para su irritación y frustración. Emitió un largo y
feroz mugido y arrastrando tras el a los peones que lo sujetaban se lanzo como una
avalancha sobre la planchada.
Los peones soltaron las cuerdas que lo retenían y la barrera de troncos explotó
frente a la carga, lo mismo que la comitiva ministerial, se desparramaron como
sardinas en la embestida de una barracuda hambrienta.
Los altos oficiales agarraron a sus mujeres, en frenética carrera hacia el
santuario de los jacarandaes; los niños envueltos en las espaldas de sus madres
aullaban tan alto como sus progenitoras.
El toro se metió por un costado de la carpa siempre a la carrera, arrastrando los
vientos en sus enormes paletas, así que la carpa se vino abajo en graciosas oleadas
de lonas atrapando debajo a una horda de juerguistas aterrorizados. Salio por el
lado opuesto de la carpa colapsada justo cuando una de las mas jóvenes esposas
ministeriales corría, chillando de terror, frente a su camino, La engancho con un
largo cuerno y la punta atrapo el flameante ruedo del vestido. El toro levanto
bruscamente la cabeza y la tela de brillantes colores se desenrosco del cuerpo de
la muchacha como la cuerda de un trompo. Ella giro en una involuntaria pirueta,
perdió el equilibrio y luego, totalmente desnuda, siguió saltando por la colina con
gran movimiento de las largas piernas y el bamboleo elástico de las grandes tetas.
« Dos a uno, la potranca va a ganar por una teta », bramo extasiado el piloto de la
RAF. También el se había llenado el tanque con el champagne barato.
El vestido chillón se había envuelto en la cabeza del toro. Esto sirvió para
acosarlo mas allá de una simple furia en la letal pasión de la corrida del toro que
enfrenta el capote del matador. Sacudió la gran cabeza armada a uno y otro lado, el
vestido remolineando como enseña de batalla al viento y exponiendo uno de sus
malévolos ojos que se clavaron en el honorable ministro de educación, el menos “pie
veloz” de los corredores que la estaba pasando mal en la subida.
El ministro ostentaba la carga de carnes que corresponde a un hombre de tal
importancia. La panza se balanceaba debajo del chaleco,. La cara era de un gris
ceniza, y chillaba con aniñada voz en falsete: « Dispárenle! Dispárenle al diablo
desencadenado! » Pero su guardia de corps ignoraba las ordenes. Lo precedían en la
huida por cincuenta pasos y aumentando rápidamente la ventaja.
Craig, desesperado, veía desde el camión como el toro bajaba la cabeza y ascendía
la cuesta detrás del ministro que bufaba en la subida como una locomotora. Las
pezuñas del toro levantaban nubes de polvo y mugió de nuevo. La explosión del
sonido a solo pulgadas del trasero del ministro pareció elevarlo físicamente y
propulsarlo por los últimos pocos pasos y resulto ser mucho mejor trepador que

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
corredor. Subió por el tronco del primer jacarandá como una ardilla y quedo
precariamente colgado en las ramas mas bajas con el toro directamente debajo de el.
La bestia mugió de nuevo, con frustración asesina, fulminando con la mirada a la
cobarde figura, rasgo la tierra con las pezuñas delanteras y apuñaleo el aire con
furibundos lanzazos de sus malignos cuernos de puntas blancas.
« Hagan algo! » grito el ministro. « hagan que se vaya!» Sus guardaespaldas miraron
hacia atrás y viendo la impase, recobraron el coraje. Se detuvieron, empuñaron las
armas y cautelosamente se acercaron al toro y su victima.
« No! » grito Craig al ver las armas automáticas. « No disparen! » Era seguro que
la póliza no cubriría la « muerte por disparo intencional de armas de fuego » y,
aparte de los quince mil dólares, una ráfaga podría barrer el área detrás del toro,
la cual incluía la carpa y sus ocupantes un desparramo de mujeres huyendo y chicos
y el mismo Craig.
Uno de los soldados levanto el fusil y tomo puntería. Su reciente esfuerzo y el
terror no contribuían a afirmarle el pulso, el cañón del arma describía amplios
círculos en el aire.
« No! » grito de nuevo Craig, y se tiro de panza sobre el piso del camión. En ese
momento una alta y delgada figura se interpuso entre el fusil y el gran toro.
« Shadrach! » susurró contento Craig, mientras el viejo apartaba imperiosamente el
cañón del arma y se volvía a enfrentar al toro.
« Te veo, Nkunzi Kakhulu! Gran Toro! » lo saludo cortésmente. El toro movió la
cabeza al sonido de su voz, y claramente miró a Shadrach: bufó sacudió la
cornamenta amenazador.
« Hau! Príncipe de las bestias! Que hermosos eres! » Shadrach avanzo un paso hacia
esos maliciosos cuernos puntiagudos.
El toro pateo la tierra y luego amago una carga de advertencia. Shadrach permaneció
inmóvil y el toro se detuvo.
« Que noble testa! » dijo, acariciante. « Que ojos de luna negra! »
El toro agitó los cuernos en su dirección, pero con menos furia que antes, y
Shadrach dio otro paso hacia el. Los chillidos de las mujeres y los chicos cesaron.
Hasta el mas pusilánime se detuvo y todos miraron al viejo y a la bestia rojiza.
« Tus cuernos son afilados como el assegai del gran Mzilikazi. »
Shadrach continuaba acercándose al toro que pestañeaba inseguro, mirándolo con ojos
inyectados en sangre.
« Que gloriosos testículos », murmuró siempre mas acariciante Shadrach. « Parecen
rocas de granito. Diez mil vacas sentirán tu peso y tu majestuosidad. »
El toro retrocedió un paso y dio otra cornada poco convincente al aire.
« Tu aliento es calido como el viento del norte, mi incomparable rey de los toros.
» Shadrach avanzó lentamente la mano, mientras todos miraban conteniendo la
respiración.
« Tesoro mío », dijo Shadrach tocándole el hocico brillante, húmedo y de color
chocolate. El toro se sacudió nerviosamente, después cautelosamente volvió a
olfatear los dedos extendidos de Shadrach.
« Mi dulce tesoro, padre de grandes toros », Shadrach deslizo su dedo índice en el
anillo de bronce que el animal tenia en el hocico, se inclino y puso su boca sobre
los rosados orificios nasales del toro y le soplo su propio aliento. El toro tembló
y Craig pudo ver claramente que los músculos anudados de las paletas se relajaban.
Shadrach se irguió y con su dedo todavía en el anillo avanzo y el toro placidamente
camino tras el con la papada pendulando. Una débil exclamación de alivio e
incredulidad se elevo de la concurrencia y se apago cuando Shadrach lanzo una
mirada despreciativa en torno suyo.
« Nkosi! » le gritó a Craig. « Echa afuera de nuestra tierra a estos charlatanes
monos Mashonas. Molestan a mi tesoro », ordenó, y Craig esperó ardientemente que
ninguno de sus invitados comprendiera el Sindebele.
Craig se maravillo nuevamente de la casi mística unión existente entre el pueblo
Nguni y su ganado. Desde aquellos tiempos, hace mucho oscurecidos por las nieblas
del tiempo, cuando las primeras manadas habían salido de Egipto para comenzar las
migraciones centenarias hacia el sur, el destino de los pastores negros y las
bestias habían estado inexorablemente ligados. Esa raza de búfalos gibosos era
originaria de la India, su género bos indicus era bien diferente del bos taurus
europeo: pero con el pasar del tiempo se había convertido tan africano como las
tribus que los criaban y compartían sus vidas con ellos. Era extraño, consideró
Craig, que las tribus de pastores parecían haber sido siempre las mas dominantes y
guerreras: pueblos como los Masai, los Bechuana y los Zulúes siempre habían

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
prevalecido sobre los pueblos agricultores. Quizás la causa era la continua
necesidad de nuevas pasturas, de defenderse de otros y de proteger las manadas de
predadores, humanos animales, lo que los hacia tan belicosos.
Mirando a Shadrach llevarse el gran toro, no había dudas de su señorial arrogancia:
bestia y amo eran nobles en su alianza. No así con el ministro de educación,
todavía aferrado como gato a su rama en el jacarandá. Craig fue a unir sus ruegos a
los de sus guardaespaldas que lo instaban a bajar a tierra otra vez.
Peter Fungabera fue el ultimo de la comitiva oficial en irse. Lo acompaño a Craig
en un paseo por las instalaciones, oliendo apreciativamente el dulce perfume de la
dorada paja para techar que ya cubría la mitad del área a techar.
« Mi abuelo remplazo el techo original con chapas de asbesto corrugado durante la
guerra », le explico Craig. « Por miedo a vuestros cohetes RPG-7. »
« Si », recordó enseguida Fungabera, « iniciamos muchas buenas fogatas con aquellos
cohetes. »
« A decir verdad, estoy muy contento de la oportunidad de restaurar el edificio. La
paja es mas fresca y mas pintoresca y tanto el cableado como la plomería
necesitaban reemplazo... »
« Debo felicitarte por todo lo que has logrado hacer en tan poco tiempo. Muy pronto
estarás viviendo en el gran estilo que tus ancestros gozaron desde cuando se
adueñaron de esta tierra. »
Craig lo miro atentamente, para ver si lo había dicho con malicia; pero la sonrisa
de Peter era simpática y serena como siempre.
« Todas estas mejoras le agregaran valor a la propiedad que en parte te pertenece»,
observó.
« Cierto », dijo Peter apoyándole amigablemente una mano sobre el brazo. « Y tienes
mucho trabajo por delante. Cuando comenzaras a ocuparte de las Zambesi Waters? »
« Estoy casi listo para hacerlo tan pronto llegue el resto del ganado y Sally-Anne
podrá darme una mano. »
« Ah », dijo Peter. « Entonces puedes empezar enseguida, Sally-Anne llego ayer por
la mañana al aeropuerto de Harare. »
Craig sintió una oleada de satisfacción. « Esta misma noche iré a la ciudad a
telefonearle. »
Peter Fungabera tuvo un gesto de contrariedad. « Pero como, todavía no te han
colocado el teléfono? Veré que te lo instalen mañana. Mientras tanto puedes
servirte de mi radio. »
El operario de teléfonos llego al día siguiente antes del mediodía y unas hora mas
tarde el Cessna de Sally-Anne se presento roncando desde el este. Craig le había
señalado la vieja pista en desuso con fuego de trapos embebidos en aceite, y le
indico la dirección del viento instalando un palo con una bandera.
Ella aterrizo y carreteo hasta donde el había estacionado la Land Rover. Cuando
Sally-Anne salto fuera de la cabina, Craig advirtió que se había olvidado de la
gracia de su andar rápido y ágil y las formas de sus piernas enfundadas en ajustado
denim azul de los jeans. Su sonrisa era de genuino placer y su apretón de manos
firme y cálido. No usaba corpiño debajo de la camisa de algodón. Ella noto que los
ojos de el se posaban abajo y después se levantaban con un poco de culpa, pero ella
no dio señas de estar resentida.
« Que hermoso rancho, visto desde el cielo », le dijo.
« Déjame mostrártelo », replicó el cargando su valija en la Land Rover mientras
Sally-Anne entraba cabalgando la portezuela como un muchacho.
Era avanzada la tarde cuando retornaron a la casa. « Kapa-lola te ha preparado un
cuarto, y Joseph ha cocinado su mejor plato. Tenemos el generador funcionando por
fin; así que tenemos luz y el termo tanque ha estado hirviendo todo el día, así que
hay un baño caliente. O si prefieres puedo llevarte a un motel en la ciudad? »
« Ahorremos nafta' » aceptó ella con una sonrisa.
Salio a la galería con una toalla envuelta como un turbante alrededor de sus
cabellos húmedos, se tiró en la silla junto a el y puso sus pies sobre el parapeto.
« Fantástico baño. » Olía a jabón y todavía estaba rosada y resplandeciente por el
baño.
« Como prefieres el whisky? »
« Con mucho hielo. »
Bebieron y suspiraron, y miraron la caída del sol. Era uno de aquellos atardeceres
africanos que pintaban el cielo de un rojo furibundo que los cautivó, hablar en ese
momento hubiera sido una blasfemia. Observaron al sol irse en silencio, luego Craig
se inclinó y le alcanzo un delgado fajo de papeles.

64
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Que es esto? » La muchacha era curiosa.
« Pago parcial de tus servicios como consultora y conferenciante de visita en la
villa de Zambesi Waters. » Craig encendió la luz en la galería.
Ella leyó lentamente, cada hoja tres o cuatro veces, y finalmente permaneció con el
fajo de hojas en la falda cubriéndolo protectoramente con las manos y con la mirada
fija en la oscuridad de la noche.
« Solamente es un primer bosquejo, solo las primeras páginas. Propuse las
fotografías que deberían ilustrar cada texto; por supuesto tengo solo unas pocas.
Estoy seguro que tendrás cientos de otras. Tengo en mente un libro de doscientas
cincuenta páginas, con el mismo número de tus fotografías, todas a color
obviamente. »
Ella giró lentamente la cabeza hacia el. « Y tu tienes miedo? » le pregunto.
« Maldición, Craig Mellow! Ahora soy yo la que tiembla. »
Craig vio que Sally-Anne tenia lagrimas en los ojos.
« Es tan... » Buscó una palabra y desistió. « Si pongo mis fotografías en esto,
parecerán... No se... Inadecuadas, imagino, indignas del amor profundo que expresas
tan elocuentemente por esta tierra. »
Craig sacudió la cabeza, negando. Sally-Anne bajo nuevamente los ojos sobre el
manuscrito y lo leyó nuevamente. « Estas seguro, Craig, estas seguro que quieres
hacer este libro conmigo? »
« Si, segurísimo. »
« Gracias », le dijo simplemente. Y en ese momento Craig supo con toda seguridad
que serian amantes. No ahora, no esta noche, todavía era muy temprano pero algún
día lo serian. El sintió que ella lo sabia también, porque aunque después de esa
conversación, no hablaron mucho, sus mejillas se oscurecieron bajo el bronceado con
la joven sangre tímida cada vez que el la miraba, y ella no podía sostenerle la
mirada.
Después de la cena Joseph sirvió el café en la galería, y cuando se fue, Craig
apagó la luz y se quedaron mirando la luna que aparecía sobre los árboles de msasa
que coronaban la colina mas allá del valle.
Cuando finalmente ella se levanto para irse a dormir, se movió lentamente
quedándose innecesariamente. Se paro frente a el, con la cabeza que le llegaba al
mentón y otra vez le dijo suavemente: « Gracias », echo la cabeza hacia atrás y en
puntas de pie lo beso en la mejilla con suaves labios. Pero el sabia que ella aun
no estaba lista y no intentó retenerla.

Cuando llego el segundo embarque de ganado, la segunda casa en Queen’s Lynn a diez
kilómetros mas allá estaba lista para ser ocupada y el nuevo mayordomo blanco
contratado por Craig se mudó con su familia. Era un hombre fornido de pocas
palabras, que pese a su sangre afrikáner, había nacido y vivido en el país toda su
vida. Hablaba Sindebele como Craig, comprendía y respetaba a los negros y era
querido y respetado por ellos. Pero sobre todo amaba y conocía al ganado, como el
verdadero africano que era.
Con Hans Groenewald en el rancho, Craig pudo concentrarse en desarrollar el
proyecto Zambesi Waters para el turismo. Eligio a un joven arquitecto que había
diseñado los alojamientos de algunos de los mas lujosos ranchos de caza privados en
Sudáfrica y lo hizo venir desde Johannesburg.
Los tres (Sally-Anne, Craig y el arquitecto) acamparon por una semana en Zambesi
Waters, explorando las dos orillas del río Chizarira a palmo a palmo, eligiendo los
sitios para cinco alojamientos de huéspedes y el complejo de servicios para
atenderlos. A las ordenes de Peter Fungabera fueron escoltados por un pelotón de
soldados de la Tercera Brigada al comando del capitán Timón Nbebi.
La primera impresión que Craig tenia de este oficial se confirmó al conocerlo
mejor. Era un hombre serio e instruido, que pasaba todo el tiempo libre estudiando
un curso por correspondencia de política económica de la Universidad de Londres.
Hablaba ingles y Sindebele aparte del shona que era su lengua materna. Con Craig y
Sally-Anne tuvieron largas conversaciones frente al fogón del campo, tratando de
llegar a alguna solución a las enemistades tribales que asolaban el país. Las ideas
de Timón Nbebi eran sorprendentemente moderadas para ser un oficial de la brigada
de elite Shona, y parecía desear sinceramente un eficaz compromiso entre las dos
tribus.
« Señor Mellow », dijo una vez, « podemos permitirnos vivir en un país dividido por
el odio? Cuando veo los efectos de la lucha en Irlanda del Norte y en el Líbano,
temo por nosotros. »

65
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Pero tu eres un shona, Timón », observó gentilmente Craig. « Sin duda que tu
lealtad esta con tu propia tribu. »
« Sí », admitió Timón. « Pero soy ante todo un patriota. No puedo pensar que la paz
de mis hijos dependa de un AK 47. No puedo ser un orgulloso shona matando a todos
los Matabeles. »
Eran discusiones inconcluyentes, pero eran mas patéticas por la real necesidad de
una guardia armada aun en esta remota y aparentemente pacifica zona. La presencia
constante de hombres armados comenzó a fastidiar a Craig y a Sally-Anne, y una
noche, casi al final de su estadía en Zambesi Waters, se escaparon de los guardias.
Se encontraban verdaderamente a su gusto, capaces de compartir un amigable silencio
o de charlar por una hora sin pausas. Habían comenzado a tocarse, contactos todavía
breves, aparentemente casuales, no obstante estar enteramente conscientes. Ella
podía estirar el brazo y cubrirle la mano con la propia para enfatizar un
argumento, o rozarse contra el al inclinarse juntos sobre los bosquejos del
arquitecto. Aunque ella era mas ágil que el, Craig la tomaba del codo para saltar
una charca en el río o se inclinaba sobre ella para indicarle un nido de pájaro o
una colmena salvaje en una planta.
Aquel día, al fin solos, descubrieron un hormiguero de arcilla mas alto que los
ébanos que lo rodeaban, y miraron desde arriba un estercolero de rinoceronte. Era
un optimo puesto de observación, del cual fotografiar eventualmente a los animales.
Mientras esperaban una visita de aquel grotesco monstruo prehistórico, hablaban en
susurros con las cabezas juntas, pero esta vez sin tocarse.
De repente Craig miro hacia el espeso matorral debajo de ellos y se quedo helado.
« No te muevas », le dijo rápidamente. « Quédate muy quieta. »
Lentamente ella volvió la cabeza siguiendo la mirada de el y enseguida se escucho
un sofocado gemido de sorpresa.
« Quienes son? » le pregunto, pero Craig no respondió.
Se veian solo dos. Solamente sus ojos estaban visibles. Habían llegado silenciosos
como leopardos, mimetizados en los matorrales con la habilidad de hombres que
Vivian escondiéndose.
« Ahora, Kuphela », hablo finalmente uno de ellos. « Has traído a esos mastines
shona a este lugar para que nos cacen? »
« No es así, camarada Lookout», le respondió Craig con un leve susurro. « Me los ha
asignado el gobierno para protegerme. »
« Ustedes son nuestros amigos, no necesitas protección con nosotros. »
« El gobierno no sabe eso. » Craig trato de ponerle un tono persuasivo a su
susurro. « Nadie sabe que nos hemos visto. Ninguno sabe que ustedes están aquí. Lo
juro por mi vida. »
« Cuida de no perderla », le recordó el camarada Lookout. « Dime rápidamente porque
están aquí, si no es para traicionarnos. »
« He comprado esta tierra. El otro blanco que esta con nosotros es un constructor
de casas. Quiero hacer una reserva zoológica aquí para turistas, como la de Wankie
Park. »
Esto lo entendieron, porque el famoso Wankie National Park estaba también en
Matabeleland. Por algunos minutos los dos guerrilleros hablaron entre si y después
volvieron a mirar a Craig.
« Y que será de nosotros », pregunto el camarada Lookout, « cuando hayas construido
tus casas? »
« Somos amigos », les recordó Craig. « Hay lugar para ustedes aquí. Les daré comida
y dinero, y en cambio ustedes protegerán mis animales y mis construcciones. En
secreto vigilaran a mis visitantes y no se hablara mas de secuestros. Es una
propuesta de amigo o no? »
« Cuanto vale nuestra amistad para ti, Kuphela? »
« Quinientos dólares al mes. »
« Mil dólares », pidió Lookout.
« Los buenos amigos no discuten sobre cuestiones de dinero », declaró Craig.
« Tengo solamente seiscientos dólares ahora, pero el resto lo dejaré enterrado
debajo de la higuera donde acampamos. »
« Lo encontraremos » le aseguró Lookout « Cada mes nos encontraremos aquí o allí.»
Lookout indicó los dos lugares, ambos en la cima de colinas bien distantes del río,
azulinas en la lejanía. « La señal del encuentro será un pequeño fuego de hojas
verdes, o tres disparos de fusil a intervalos regulares. »
« De acuerdo. »

66
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Y ahora, Kuphela, deja el dinero sobre ese hormiguero, y vuelve al campamento con
tu mujer. »
Sally-Anne se quedo muy cerca de el durante el regreso al campamento, amarrándole
el brazo para asegurarse cada pocos pasos y mirando hacia atrás temerosa.
« Oh Dios mío, Craig, aquellos eran verdaderos shufta, guerrilleros con toda la
pinta. Como es que nos dejaron ir? »
« Por la mejor razón del mundo, el dinero. » La risotada de Craig fue un poco ronca
y sonaba falsa aun en sus propios oídos, y la adrenalina todavía le circulaba por
la sangre. « Por una miseria de mil dólares por mes me aseguré los mas eficientes
guardaespaldas y guarda caza que hay en el mercado. Una buena pichincha. »
« Hiciste un trato con ellos? » preguntó Sally-Anne. « No es peligroso? Seguramente
por traición o cualquier cosa por el estilo. »
« Probablemente es un reto, pero basta asegurarse de que ninguno lo sepa, no te
parece?

También el arquitecto se revelo como una ganga. Su proyecto era fantástico: Los
alojamientos se construirían en piedras naturales, maderas locales y techos de
paja. Se mimetizarían discretamente en los sitios elegidos a lo largo del río.
Sally Anne trabajo con el en el diseño interior y el mobiliario e introdujo
encantadores toquecitos de su propia cosecha.
Durante los meses siguientes, el trabajo de Sally-Anne para la WWF, la alejó por
varios periodos, pero en sus viajes reclutó al equipo que necesitarían para la
gestión de Zambesi Waters.
Primero sedujo a un chef suizo de una gran cadena de hoteles. Luego seleccionó a
cinco jóvenes guías de safari, todos nacidos en África, con un profundo
conocimiento y cariño por esta tierra y su fauna, y lo mas importante, con la
habilidad de transmitir ese conocimiento a otros.
Luego volvió su atención en el diseño de los folletos de publicidad, utilizando sus
fotos y los textos de Craig. « Una especie de ensayo general para el libro », le
dijo cuando ella le telefoneo desde Johannesburg y Craig se dio cuenta por primera
vez de la incalculable contribución que le había dado Sally-Anne a la iniciativa;
era una perfeccionista, cada detalle o andaba bien o no andaba para nada, y para
obtenerlo a su gusto era capaz de todo, y obligándose ella y a los impresores a
hacer lo mismo.
El resultado fue una obra de arte en miniatura, en la cual cada color fue
cuidadosamente coordinado y hasta el diseño de los bloques de texto equilibraban
sus ilustraciones. Mando copias a todas las agencias turísticas especializadas en
viajes al África, desde Copenhagen a Tokio.
« Ahora tenemos que fijar el día de la inauguración », le dijo a Craig, « y
asegurarnos que los primeros huéspedes sean personas conocida por la opinión
pública. Me temo que deberás invitarlos. »
« No estarás pensando en una estrella popular? » sonrió Craig, haciéndola temblar.
« Llame a mi papá en la embajada americana en Londres. Quizás pueda conseguir al
príncipe Andrés, pero no es seguro. Después, Henry Pickering conoce a Jane
Fonda...»
« Dios mío, no sospechaba que tenias tanto talento para la publicidad... »
« Y ya que estamos hablando de celebridades, pienso que puedo conseguir a un
escritor de best sellers que hace chistes malos y probablemente bebe mas whisky de
lo que vale! »
Cuando Craig estuvo listo para comenzar los trabajos en Zambesi Waters, se quejó
con Peter Fungabera lamentando la dificultad en encontrar mano de obra para
trabajar en la jungla. Peter replicó: « No te preocupes, yo me ocupo », y cinco
días mas tarde, un convoy de camiones del ejercito llegó trayendo a doscientos
presos de los centros de rehabilitación.
« Esclavista! » le dijo Sally-Anne a Craig con disgusto.
Sin embargo el camino de acceso al Chizarira fue completado en diez días, y Craig
pudo telefonarle a Sally-Anne en Harare y darle la noticia. « Creo que podemos
fijar tranquilamente la apertura para el primero de julio. »
« Magnifico, Craig! »
« Cuando puedes volver? No te he visto en casi un mes. »
« Son solo tres semanas », negó ella.
« He escrito otras veinte paginas del libro », le contó el. « Tenemos que
terminarlo con urgencia. »
« Mándamelas. »

67
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Ven a buscarlas. »
« Okay », cedió ella. « La semana próxima, el miércoles. Donde estarás, en King's
Lynn o en Zambesi Waters? »
« En Zambesi Waters. Los electricistas y los plomeros están terminando, debo
quedarme para revisar las instalaciones. »
« Iré en el avión. »
Aterrizó en el espacio abierto junto al río donde las cuadrillas de trabajadores de
de Craig habían consolidado la pista con granza para que fuese usable en toda
condición climática y hasta habían instalado una verdadera manga de viento para su
llegada.
Apenas Sally-Anne saltó fuera de la cabina, Craig pudo ver que estaba furiosa.
« Que pasa? »
« Has perdido dos de tus rinocerontes. » Ella se le acercó un poco « He visto las
osamentas desde el avión. »
« Donde? » le preguntó Craig, repentinamente enojado como ella.
« En los matorrales espesos mas allá de la quebrada. Son seguramente los cazadores
furtivos. Las carcasas yacían a cincuenta pasos una de la otra. Descendí para
mirarlas mejor, le han sacado los cuernos. »
« Crees que sean Charlie y Lady Di » le preguntó.
Desde el aire, Craig y Sally-Anne habían contado a los rinocerontes y habían
identificado veintisiete ejemplares en la propiedad, incluyendo cuatro crías y
nueve pares de animales maduros a los cuales le habían dado nombres. Charlie y Lady
Di erano una pareja de jovenes rinocerontes, probabablemente recientemente
constituidos. A pie, Craig y Sally-Anne habían podido acercarse a ellos en el
espeso matorral que el par había tomado como su territorio. Ambos animales tenían
cuernos maravillosos, los del macho mucho mas gruesos y fuertes. El cuerno frontal
de cincuenta centímetros y con un peso de diez kilos le habría reportado por lo
menos diez mil dólares a un cazador furtivo. La hembra, Lady Di, era un animal mas
chico con un par de cuernos mas delgados bellamente curvados y estaba preñada casi
a termino la ultima vez que la vieron.
« Si, son ellos, estoy segura. »
« El terreno es muy accidentado en esta parte de la quebrada, no llegaremos allí
antes del anochecer. »
« No con la Land Rover, pero si con el avión. Creo haber visto un lugar donde se
puede aterrizar, esta a solo dos kilómetros del sitio donde los mataron. »
Craig descolgó el fusil de los clips detrás del asiento del conductor y controlo la
carga. « Bueno, vamos », dijo.
La presa de los cazadores estaba en el ángulo mas lejano de la propiedad, casi en
la cresta del valle que caía hacia el gran río en lo profundo. El sitio avistado
por Sally-Anne para el aterrizaje era un angosto claro natural al borde de la
cuenca del río y ella tuvo que abortar el primer intento de aterrizaje dar otra
vuelta. En el segundo pasaje viboreo sobre la copa de los árboles y aterrizo
perfectamente.
Dejaron el aparato en el claro y comenzaron el descenso de la quebrada, Craig a la
cabeza, con el fusil amartillado y listo. Los cazadores furtivos todavía podían
estar en la zona.
En el ultimo kilómetro los guiaron los buitres. Estaban posados en cada árbol
alrededor de las osamentas, como grotescas frutas negras. El área en torno a las
carcasas estaba aplastada y abierta por los carroñeros y regada de plumas de los
buitres. Mientras una media docena de hienas salio trotando con su peculiar paso de
grupas levantadas. Ni sus temibles mandíbulas habían podido devorar completamente
la gruesa piel de los rinocerontes, los cazadores habían abierto los vientres de
sus victimas para permitirles fácil acceso. Las carcasas tenían al menos una
semana, la hediondez de la putrefacción agravada por los excrementos de buitres que
blanqueaban los restos. De la cabeza del macho le habían devorado los ojos y las
orejas y mejillas habían sido masticadas. Come había visto Sally-Anne desde el
aire, los cuernos habían desaparecido. La marca de los hachazos era claramente
visible en el hueso expuesto del hocico del animal.
Mirando aquellos despojos en el suelo, Craig se sintió temblando de la rabia y el
la boca se le seco la saliva. « Si los encuentro los mato », dijo.
Junto a el Sally-Anne estaba pálida y triste. « Que bastardos », murmuró. « Que
malditos bastardos. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Caminaron hasta la carroña de la hembra. Aquí también le habían sacado los cuernos
y le habían abierto la cavidad abdominal. La hiena había arrastrado al feto del
útero y lo había devorado casi todo.
Sally-Anne se inclinó sobre los patéticos restos. « Principito Billy », susurró.
« Pobrecito! »
« No hay nada mas que hacer aquí », dijo Craig tomándola del brazo y levantándola.
« Vámonos. » Temblaba un poco, cuando se la llevó.

Desde la cima de la colina elegida por Craig para el punto de encuentro con el
camarada Lookout, miraron los alrededores sobre la tierra marrón hasta donde el río
se mostraba como una exuberante serpentina extendida de vegetación mas densa, casi
en el limite de su alcance visual.
Craig había encendido el fuego de hojas verdes un poco después del mediodía, y
hasta ese momento lo había alimentado regularmente. Ahora el cielo se estaba
tornando púrpura y el silencio y el fresco de la noche cayo sobre ellos, Sally-Anne
tembló.
« Tienes frío? » le pregunto Craig.
« Y estoy triste. » Sally-Anne se puso tensa pero no se retiró cuando el le puso un
brazo sobre los hombros. Luego poco a poco se relajó y se apretó contra el buscando
el calor de su cuerpo. Las tinieblas borraron el horizonte deslizandose hacia
ellos.
La voz fue tan cercana que los sorprendió « Te veo, Kuphela. » Sally-Anne se separó
del abrazo de Craig, come vergonzosa. « Me has llamado », dijo el camarada Lookout
permaneciendo fuera del débil resplandor del fuego.
« Donde estaban cuando alguien mato a dos de mis beiane para robarle los cuernos? »
lo acusó rudamente Craig. « Donde estaban los hombres que me prometieron cuidar de
mi tierra? »
Hubo un largo silencio en la oscuridad.
« Donde ocurrió eso? » Craig se lo dijo.
« Eso esta lejos de aquí y de mi campamento. No nos enteramos. » Hablaba en tono de
escusa, era evidente que el camarada Lookout sentía que había fallado en la
negociación. « Pero descubriremos a los que lo hicieron, los seguiremos y los
encontraremos. »
« Cuando lo encuentren, es importante que sepamos el nombre de la persona que les
compro los cuernos », ordenó Craig.
« Te traeré el nombre de esa persona », prometió el camarada Lookout. « Vigila
nuestra señal en esta colina. » Doce días mas tarde, con los binoculares, Craig
descubrió la pluma gris de humo sobre la lejana colina. Se fue solo al punto de
encuentro, porque Sally-Anne se había ido tres días antes. Habría querido quedarse,
pero uno de los directores del WWF estaba llegando a Harare y ella debía estar allí
para recibirlo.
« Me imagino que mi confirmación para el año que viene depende de esto », le había
explicado a Craig con urgencia mientras ascendía al Cessna, « pero tu telefonéame
apenas sepas cualquier cosa de tus delincuentes domesticados. »
Craig ascendió impaciente la colina, y cuando estuvo en la cima respiraba
normalmente y la pierna se sentía fuerte y cómoda. En esos últimos meses se había
puesto en forma y la bronca todavía persistía cundo llego al lado de los restos
humeantes del fuego de señales.
Pasaron veinte minutos antes que el camarada Lookout se moviera silencioso al borde
del bosque todavía cubriéndose y con el fusil automático en el hueco del codo.
« No te han seguido? » Craig sacudió la cabeza negando. « Siempre deberlos estar en
guardia, Kuphela. »
« Han encontrado al cazador furtivo? »
« Has traido el dinero? »
« Sí. » Craig saco de un bolsillo interno de la chaqueta el grueso sobre. « Han
encontrado a los hombres? »
« Cigarrillos », lo fastidio el camarada Lookout. « Me has traído los cigarrillos?»
Craig le tiró un paquete y el camarada Lookout encendió uno e inhalo profundamente.
« Hau! » dijo. « Que bueno! »
« Dime », insistió Craig.
« Eran tres. Seguimos sus huellas desde las osamenta aunque eran casi de diez días
y ellos habían tratado de cubrirlas. » El camarada Lookout le dio una profunda seca
al su cigarrillo hasta que las chispas volaron de la punta encendida. « Su aldea
esta en la falda del valle, a tres días de marcha desde aquí. Son simios batonka. »

69
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Los batonka son una de las tribus primitivas de cazadores y recolectores que viven
en el valle de Zambesi.
« Todavía tenían los cuernos de tus rinocerontes. Agarramos a los tres y los
llevamos a la jungla y tuvimos una larga charla con ellos. » Craig sintió que se le
ponía la piel de gallina al pensar en aquella larga charla. Sintió que su rabia
cedía para ser reemplazada por un sentimiento de culpa; debería haber disuadido al
camarada Lookout de utilizar sus métodos.
« Y que te dijeron? »
« Mi han dicho que hay un hombre, un hombre de ciudad que anda en auto y se viste
como blanco, que compra cuernos de rinoceronte, colmillos de elefante y pieles de
leopardo, pagándole mas dinero del que han visto en toda su vida. »
« Donde y cuando se encuentran con el? »
« Viene cada luna llena, en auto, por el camino que va de la misión de Tuti al río
Shangani. Lo esperan junto al camino, de noche. »
Craig se agacho junto al fuego y pensó por algunos minutos, después miro al
camarada Lookout. « Les dirás a esos hombres que esperen junto al camino la próxima
luna llena con los cuernos de rinoceronte hasta que este hombre llegue con su auto»
« Imposible », lo interrumpió el camarada Lookout.
« Porque? » preguntó Craig.
« Por que los tres están muertos. »
Craig lo miro, amargamente contrariado. « los tres? »
« Los tres », confirmó el camarada Lookout. Sus ojos eran despiadados e
indiferentes.
« Pero... » Craig no lograba decidirse a hacer la pregunta. El había puesto a los
guerrilleros sobre la pista de los cazadores. Era como haber puesto a una jauría de
Fox-Terriers tras un hámster domesticado. Aunque no hubiera querido que sucediera,
el sin duda era el responsable. Se avergonzó y se arrepintió de haberlo hecho.
« No te preocupes, Kuphela », lo consoló gentilmente el compañero Lookout. « Te
hemos traído los cuernos de tus beiane, y los hombres eran solo sucios monos
batonka, de todos modos. »
Con la bolsa de los cuernos de rinoceronte en el hombro, Craig bajo hasta donde se
hallaba la Land Rover. Se sentía mal y cansado y la pierna le dolía, pero la bolsa
de cuerdas trenzadas cortándole la piel no le dolía tanto como su consciencia.

Los cuernos de rinoceronte estaban dispuestos ordenadamente en fila sobre el


escritorio de Peter Fungabera. Eran cuatro. Los anteriores mas largos, y los
posteriores mas cortos.
« Afrodisíacos », murmuró Peter Fungabera tocando a uno con la punta de sus dedos.
« Es un mito », dijo Craig. « El análisis químico ha demostrado que no contienen
sustancias que puedan tener efectos afrodisíacos. »
« No son mas que un aglutinado de pelos », explico Sally-Anne. « El efecto que los
viejos libertinos chinos buscan cuando lo pulverizan y lo toman con un trago de
aguas de rosa, no es mas que un placebo; el cuerno es largo y duro, y eso es todo!»
« De todos modos los petroleros árabes pagaran mas por sus mangos de cuchillos que
lo que los decrépitos astutos chinos pagaran por sus propios “puñales” íntimos »,
observó Craig.
« Cualquiera que sea el mercado final, el hecho es que ahora hay dos rinocerontes
menos en Zambesi Waters de los que había hace un mes. Y en el mes próximo cuantos
mas faltaran? »
Peter Fungabera se levantó, y rodeo el escritorio con los pies descalzos. El
taparrabos que usaba estaba recién lavado y perfectamente planchado. Se paro frente
a ellos. « He estado siguiendo mis propias líneas de investigación », dijo con
calma, « y todas ellas parecen apuntar en la misma dirección que llevó a Sally-Anne
a su razonamiento. Parece cierto que existe una banda altamente organizada de
cazadores furtivos operando en el país, induciendo a las tribus primitivas de las
zonas ricas en fauna a cazar a los animales mas preciosos. Colmillos de elefantes,
pieles de leopardo y cuernos de rinoceronte son recogidos por intermediarios,
algunos de los cuales son jóvenes funcionarios estatales. El botín se acumula en
varios remotos y seguros depósitos hasta que el valor es suficiente para garantizar
una sola carga grande que se envía fuera del país. »
Peter Fungabera comenzó a pasearse lentamente de un extremo al otro de la
habitación. « Usualmente la carga es exportada en un vuelo comercial de Air
Zimbabwe a Dar-es-Salaam sobre la costa de Tanzania. No estamos seguros de lo que
pasa allí, pero probablemente el botín se carga en alguna nave soviética o china. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Los soviéticos no tienen el mas mínimo escrúpulo por la conservación de la
fauna», intervino Sally-Anne. « Con la caza de la ballena y los animales de pieles
obtienen muchas divisas extranjeras. »
« La compañía aérea Air Zimbabwe de que ministerio depende? » preguntó de improviso
Craig.
« Del ministerio de Turismo, el honorable Tungata Zebiwe », respondió tranquilo
Peter, y todos permanecieron en silencio un momento, hasta que el general continuo:
« Cuando se prevé una consignación, los productos se traen a Harare, todos juntos
en el mismo día, o noche. No se almacenan, sino que van directamente al avión bajo
grandes medidas de seguridad y parten en vuelo casi de inmediato ».
« Y con que frecuencia ocurre todo eso? » preguntó Craig, y Peter Fungabera miro a
su ayudante de campo que estaba apartado en un rincón de la habitación.
« Eso varia », dijo el capitán Timón Nbebi. « En la estación de las lluvias la
hierba esta alta y las condiciones en la jungla son desfavorables. Hay poca caza,
pero durante los meses de sequía los cazadores pueden trabajar mas eficientemente.
Sin embrago nuestro informante nos ha dicho que dentro de poco habrá un embarque
que será dentro de las próximas dos semanas... »
« Gracias, capitan », lo interrumpio Peter Fungabera con un pequeño gesto de
molestia. Evidentemente queria dar esa información el mismo. « Tambien sabemos que
el jefe de la organización a menudo toma parte activa en la operación. Por
Ejemplo en esa masacre de elefantes en el viejo campo minado », Peter miro a Sally-
Anne, « el que tu fotografiaste de manera tan impresionante... bien, sabemos que un
ministro de gobierno – no sabemos con seguridad quien fue – llego al sitio en un
helicóptero del ejercito. Sabemos que en otras dos ocasiones un alto funcionario
del gobierno, probablemente de rango ministerial, estuvo presente cuando los
embarques se llevaron al aeropuerto para ser cargados. »
« Probablemente teme que sus propios complices lo traicionen », murmuró Craig.
« Dada la manada de asesinos que trabajan para el. Quien podria culparlo? » La voz
de Sally-Anne estaba ronca de indignación.
Peter Fungabera prosiguió, calmado. « Pensamos que seremos avisados antes
delproximo embarque. Como ya les dije, tenemos un infiltrado es su organización.
Vigilaremos los movimientos de la persona que sospechamos a medida que se aproxime
la fecha y con un poco de suerte, lo atraparemos con las manos en la masa. Y si no,
secuestraremos al carga en el aeropuerto y arrestaremos a todos los presentes.
Estoy seguro que lograremos convence a alguien a testimoniar contra sus complices.»
Mirando su rostro, Craig volvio a ver la misma expresión fria, indiferente y
despiadada que le había visto al camarada Lookout cuando le había contado de la
suerte corrida por los tres cazadores furtivos. Fue solo un destello detrás de sus
modales educados y luego Peter Fungabera volvió a sentarse en el escritorio.
« Por los motivos que ya les explique, necesito testigos neutrales y confiables
para efectuar cualquier arresto que tengamos la fortuna de hacer. Quiero que ambos
estén allí. Así que les estaré muy agradecido si ustedes están listos para moverse
a la primera noticia, y si ustedes pudieran informarle al capitán Timón Nbebi de
vuestra ubicación en el curso de las próximas dos o tres semanas. »
Al levantarse para irse Craig preguntó cual seria la máxima pena prevista para la
caza furtiva. Peter Fungabera consultó una carpeta que tenia sobre el escritorio.
« Con las leyes actuales, el máximo son dieciocho meses de trabajos forzados por
cada falta... »
« No es suficiente! » exclamó Craig recordando la carcasas violadas y pudriéndose
de sus animales.
« No », concordó Peter. « No es suficiente. Dos días atrás presente a la cámara una
enmienda para aumentar la pena. Tengo pleno apoyo del partido, también lo he
presentado como independiente, y les aseguro que el jueves como máximo se
convertirá en ley. »
« Y cuales serán las nuevas penas? » preguntó Sally-Anne.
« Cuando la simple caza ilegal sea agravada por la comercialización de los trofeos
de animales protegidos, tal el caso de adquisición, reventa del marfil, etcétera,
el máximo de la pena será de doce años de trabajos forzados y cien mil dólares de
multa. »
Pensaron un momento, después Craig asintió.
« Doce años... Si, diría que es suficiente. »

71
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
La convocación de Peter Fungabera llegó una mañana temprano, cuando Craig y Hans
Groenewald, su mayordomo, apenas habían llegado de la inspección matutina de las
pasturas. Craig estaba en la mitad de uno de los desayunos pantagruélicos de Joseph
cuando sonó el teléfono, y fue a responderlo todavía saboreando una salchicha.
« Señor Mellow, habla el capitán Nbebi. El general desearía verlo enseguida en su
casa en Macillwane. Esperamos que nuestro hombre se mueva esta noche. Cuando podrá
estar aquí? »
« Son unas seis horas de viaje. » contestó Craig
« La señorita Jay esta yendo al aeropuerto. Ella podría esta en King’s Lynn en dos
horas para recogerlo. »
Sally-Anne llego antes de las dos horas y Craig estaba esperándola en la pista.
Volaron directamente al aeropuerto de Harare y Sally-Anne condujo hasta la casa en
las colinas de Macillwane. Cuando traspusieron la entrada advirtieron enseguida la
inusual actividad en el terreno. En el jardín del frente se hallaba posado un
helicóptero Súper Fresón. El piloto y el ingeniero, apoyados en el fuselaje,
fumaban y charlaban entre ellos. Cuando Sally-Anne y Craig se presentaron en el
caminito, alzaron la vista expectantes, para descartarlos enseguida como personajes
poco importantes. Había cuatro camiones del ejercito de color arena, estacionados
detrás de la casa, con soldados de la Tercera Brigada en uniforme de batalla
completo agrupados en torno a ellos. Craig pudo percibir su agitación como sabuesos
liberados para la caza.
La oficina de Peter Fungabera se había convertido en un cuartel general. Dos mesas
de campaña se había colocado enfrentando el enorme mapa sobre la pared. En la
primera mesa se sentaban tres jóvenes oficiales, había un aparato de radio en la
segunda mesa y Timón Nbebi estaba inclinado sobre los hombros del operador,
hablando en el micrófono en Shona, demasiado rápidamente para que Craig pudiese
entender lo que decía. El capitán se interrumpió para impartir una orden al
sargento negro de pie junto al mapa, que enseguida movió uno de los marcadores
coloreados a una nueva posición.
Peter Fungabera, saludo a Craig y Sally-Anne con un gesto invitándolos a sentarse
sobre los taburetes y luego siguió hablando por teléfono. Cuando colgo, explicó
rapidamente: « Conocemos la ubicación de tres despositos. El primero esta en Shamba
sobre las montañas Chimanimani, contiene la mayoría de pieles de leopardo y algunos
colmillos de elefante. El segundo esta en un almacén cercano a Chiredzi, en el sur;
ese tiene casi todo marfil. El tercero viene del norte. Pensamos que esta
depositado en la Estación de la Misión Tuti. Es el mas grande y valioso embarque de
marfil y cuernos de rinoceronte ».
Se interrumpió para mirar el papelito que le entregaba el capitán Nbebi. Lo leyó
rápidamente y dijo: « Bueno, mueva dos pelotones al norte hasta Karoi ». Luego se
volvio hacia Craig.
« El nombre en código de la operación es Bada, que significa leopardo en shona. El
pez grande del cual sospechamos, por todo el curso de la operación, se llamara
Bada. » Craig asintió. « Recién nos enteramos que Bada salio de Harare. Va a bordo
de su Mercedes oficial, con el chofer y dos guardaespaldas. Todos Matabeles, por
supuesto. »
« Que rumbo tomo? » preguntó Sally-Anne.
« En este momento, parece que se dirige al norte pero es demasiado pronto para
asegurarlo. »
« Para encontrar el embarque mas grande... » En los ojos de Sally-Anne brillaba una
luz de batalla, y también Craig sintió su propia excitación al erizarse los pelos
de la nuca.
« Creemos que si », asintió Peter. « Ahora déjenme explicarles nuestro dispositivo
si Bada se mueve hacia el norte. A los embarque de Chimanimani y de Chiredzi se les
permitirá llegar sin inconvenientes hasta el aeropuerto. Serán arrestados apenas
lleguen, los conductores y el comité de recepción, para ser usados como testigos
posteriormente. Por supuesto su progreso estará vigilado en todo momento, desde que
los camiones se carguen. Los propietarios de los dos depósitos serán arrestados tan
pronto los camiones partan y despejen el área. »
Sally-Anne y Craig escuchaban con la máxima atención, mientras Peter proseguía la
explicación del plano. « Si Bada se moviese al este o al sur, transferiremos el
foco de la operación a ese sector. Sin embargo hemos anticipado que el embarque mas
valiosos esta al norte, ahí es donde ira naturalmente. Por supuesto, por ahora
parece que tenemos razón. Apenas tengamos la certeza, nos moveremos. »
« Como piensa capturarlo? » le pregunto Sally-Anne.

72
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Dependerá de como se presente el asunto. Y lo que hagamos dependerá
necesariamente en lo que haga Bada. Tenemos que tratar de hacer una conexión física
entre el y el embarque. Vigilaremos ambos vehículos, el camión que lleva el
contrabando y su Mercedes, y tan pronto se pongan en contacto, daremos el golpe. »
Peter Fungabera enfatizó este acto golpeándose con la fusta revestida en cuero la
palma de la mano con un chasquido de látigo. Craig descubrió que estaba tan tenso
que se sobresalto. Y luego le sonrio como disculpandose, a Sally-Anne.
La radio crepitó, zumbó y luego una voz descarnada hablo en Shona. El capitán Nbebi
respondió brevemente y miro a Peter.
« Esta confirmado, señor. Bada se dirige velozmente hacia el norte por el camino a
Karoi. »
« Bien, capitán, ahora podemos pasar a la tercera fase », ordenó Peter, ajustándose
el correaje con la pistola enfundada. « Tienen alguna novedad de los equipos de
vigilancia del camino a Tuti? » El capitán Nbebi llamó tres veces en el micrófono y
obtuvo casi inmediata respuesta. Una respuesta breve.
« Negativo señor », le dijo a Peter.
« Es demasiado temprano. » Peter se ajusto la boina bordó en un Angulo atrevido y
la cabeza de leopardo plateada brillo sobre su ojo derecho.
« Pero podemos empezar a movernos a nuestras posiciones adelantadas ahora. »
precedió la marcha a través de la puerta que daba a la galería.
La tripulación del helicóptero lo vio, tiraron enseguida los cigarrillos y
ascendieron a la aeronave. Peter Fungabera entró en la cabina e inmediatamente los
rotores arriba comenzaron a girar.
Mientras se sentaban y se ajustaban los cinturones de seguridad, Craig planteó
impulsivamente la pregunta que lo atormentaba; pero la hizo en un tono
suficientemente bajo para no ser oído por los otros en el creciente fragor del
motor.
« Peter, esta es una operación militar en gran escala, casi una cruzada. Porque no
dejarlo en manos de la policía? »
« Desde que despidieron a los oficiales blancos, la policía se transformo en una
banda de torpes de manos pesadas... Sin contar que », y aquí Peter le hizo un
guiño, « después de todo aquellos rinocerontes me pertenecían también a mi! »
El helicóptero se elevó con rapidez vertiginosa y apunto la nariz hacia el norte.
Manteniéndose bajo, siguiendo los contornos del terreno se alejo y el ruido del
aire que entraba por la puerta abierta hizo imposible seguir la conversación.
Se mantuvieron bien al oeste del camino principal hacia el norte, para no
arriesgarse a ser vistos por los ocupantes del Mercedes. Una hora mas tarde el
helicóptero comenzaba su descenso sobre el pequeño cuartel militar de Karoi, Craig
miro el reloj. Eran las cuatro pasadas.
Peter Fungabera vio el gesto y asintió. « Parece que el contacto será de noche »,
dijo.
La aldea de Karoi había sido el centro de reunión de los propietarios blancos de la
zona, pero ahora era una sola calle de desvencijados locales de negocios, una
estación de servicio, una oficina postal y un pequeño puesto de policía. La base
militar estaba a cierta distancia del pueblo, todavía pesadamente fortificada desde
el tiempo de la guerrilla, circundada de bolsas de arena y alambres de púa.
El comandante local, un joven subteniente negro, estaba evidentemente apabullado
por la importancia de los visitantes y no hacia mas que saludar teatralmente cada
vez que Fungabera hablaba.
« Llévate a este idiota de aqui. No quiero verlo mas », le gruño Peter al capitán
Nbebi, tomando la jefatura del cuartel. « Y dame el ultimo informe de los
movimientos de Bada. »
« Ya paso por Sinoia hace veintitrés minutos », dijo el capitán Nbebi consultando
enseguida el cuaderno de apuntes del radiotelegrafista.
« Bien. Tenemos una descripción exacta del vehiculo? »
« Un Mercedes azul oscuro tipo 280 SE, con el banderín ministerial, patente PL 674.
No hay motociclistas ni otros vehículos de escolta. Cuatro pasajeros. »
« Asegúrate que todas las unidades tengan esta descripción, y repite una vez mas
que no quiero disparos. Bada debe ser capturado ileso. Si lo herimos, nos
arriesgamos a tener una rebelión de los Matabeles. Ninguno debe disparar, ni para
resguardar su propia vida. Ponlo bien en claro, cada hombre que desobedezca deberá
vérselas conmigo personalmente. »

73
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Nbebi llamo a cada unidad individualmente, repitió las ordenes de Peter y espero la
confirmación. Luego esperaron impacientes, tomando te en jarros de loza cachados y
mirando el equipo de radio.
De repente la radio crujió y Timón Nbebi se abalanzó sobre ella. « Hemos localizado
el camión », tradujo en tono de triunfo. « Es un Ford de cinco toneladas, con
cobertura de lona. El chofer y un pasajero en la cabina. Muy cargado, bajísimo
sobre la suspensión, en las subidas debe meter el primer cambio. Ha atravesado el
vado sobre el río Sanyati hace diez minutos, viene desde la misión de Tuti, hacia
la intersección con la ruta nacional a cincuenta kilómetros al norte de aquí. »
« Entonces Bada y el camión siguen rutas que se intersectan », dijo suavemente
Peter Fungabera, y en su ojos refulgió el brillo del cazador.
Ahora el centro de su atención era la radio, cada vez que chasqueaba se precipitaba
a mirarla. Los informes llegaban regularmente, trazando el rápido avance del
Mercedes hacia el norte y el del vacilante camión descendiendo lentamente la
polvorienta huella secundaria desde la dirección opuesta. Entre un informe y otro
se sentaban en silencio, sorbiendo el te fuerte y dulcísimo y mordisqueando
sándwiches de pan negro y carne enlatada.
Peter Fungabera comió poco. Había inclinado hacia atrás su silla, apoyando los pies
sobre la mesa del comandante de la base. Golpeaba rítmicamente la fusta contra los
borcegos de suelas de goma con un ritmo monótono que comenzaba a irritar a Craig.
De repente Craig sintió un deseo irrefrenable de fumar un cigarrillo otra vez, la
primera vez en meses, se paró y comenzó a caminar por la oficina incesantemente.
Timón Nbebi fue a recibir otro informe y después de dejar el micrófono, tradujo del
Shona: « El Mercedes llego al pueblo. Paro en la estación de servicio a cargar
nafta ». Tungata Zebiwe estaba a pocas cuadras de distancia de ellos. Craig se
sintio desconcertado. Hasta ahora, la caza había sido mas un ejercicio intelectual
que algo real, no una cuestión de vida o muerte; había dejado de pensar en Tungata
como un hombre, era simplemente Bada, la presa para anticipar y capturar en la
trampa. Ahora repentinamente lo recordaba como un hombre, un amigo, un ser humano
extraordinario, y una vez mas se sintió desgarrado entre la residual lealtad de la
amistad y su deseo de ver a un criminal frente a la justicia.
De golpe se sintió claustrofóbico en el puesto de comando, y salio al pequeño patio
rodeado de altas y gruesas paredes y sacos de arena. El sol se había puesto y el
breve crepúsculo africano teñía de púrpura el cielo sobre sus cabezas. Se puso a
observarlo. Escucho un paso ligero a su lado y bajo los ojos para mirar.
« No te pongas triste », le rogó Sally-Anne. Estaba conmovida por su sufrimiento.
« No estas obligado a ir », prosiguió. « Puedes quedarte aquí. »
Craig sacudió la cabeza. « Quiero estar seguro, quiero ver por mi mismo », le dijo.
« Pero no por eso lo odio menos. »
« Lo se », le dijo ella. « Y te respeto por eso. »
La miro a la cara, con su rostro vuelto hacia el suyo, y supo que ella quería que
la besara. El momento que esperaba por tanto tiempo y con tanta paciencia había
llegado. Estaba lista para el, finalmente, su deseo tan grande como el de el.
Suavemente le rozo la mejilla con los dedos, y ella bajo los parpados. Se acerco a
el y Craig se dio cuenta que la amaba. El saberlo le quito el aliento por un
instante. Sintió un sobrecogimiento casi religioso.
« Sally-Anne », susurró, y la puerta de la oficina se abrió y Peter Fungabera
irrumpió en el patio.
« Vamos », dijo, y los dos se separaron. Craig vio a Sally-Anne estremecerse como
despertándose de un sueño y sus ojos se enfocaron nuevamente.
Lado a lado siguieron a Peter y Timón a la Land Rover que los esperaba en la
entrada de la base.
La noche estaba fresca después del calor del día, y el viento le clavaba sus garras
porque el parabrisas de la Land Rover había sido rebatido sobre el capot.
Manejaba Timón Nbebi, con Peter Fungabera en el asiento de al lado. Craig, Sally-
Anne y el radiotelegrafista estaban apretujados detrás. Timón manejaba cauteloso,
solo con las luces de estacionamiento encendidas, y los dos camiones de soldados de
la Tercera Brigada lo seguían de cerca.
El Mercedes estaba a menos de un kilómetro adelante. Cada tanto podían verle las
luces traseras cuando trepaba por el camino en una de las densamente arboladas
colinas.
Peter Fungabera controlo el cuentakilómetros. « Ya hemos hecho treinta y ocho
kilómetros, la desviación para Tuti y Sanyati esta a menos de cuatro kilómetros. »

74
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Le dio un golpecito en el hombro a Timón con la fusta. « Frena. Llama a la unidad
en el cruce. »
Craig se puso a temblar, tanto por la excitación como por el frío. Con el motor
todavía encendido Timón llamo al pelotón apostado en el cruce.
« Ah! Eso es! » Timón no podía ocultar su satisfacción. « Bada ha dejado la ruta
nacional, general. El camión si ha detenido y esta estacionado a cuatro kilómetros
del cruce. Debe ser el lugar preestablecido para en encuentro. »
« Sigue », le dijo Peter Fungabera. « Síguelos! »
Ahora Timón Nbebi conducía mas rápido, siguiendo el borde del camino con las luces
de posición.
« Ahí esta la curva! » exclamo Peter cuando vio el camino secundario unirse a la
nacional, en la oscuridad casi total.
Timón bajo la velocidad y embocó la desviación. Un sargento de la Tercera Brigada
surgió de la oscuridad de los matorrales y subió al pescante, tratando de hacer la
venia con la mano libre.
« Pasaron hace un minuto, general », dijo de prisa. « El camión esta un poco mas
adelante. Le colocamos un bloqueo detrás, y apenas pasen ustedes les colocaremos
otro bloqueo aquí. Los tenemos embotellados. »
« Proceda, sargento », lo animó Peter, y se volvió a Timón Nbebi. « Desde aquí
hasta el vado es todo bajada. Ordena a los camiones apagar los motores, avanzaremos
sin hacer ruido. »
Después del ruido de los grandes motores, el silencio pareció mágico, roto solo por
el quejido de la suspensión de la Land Rover, el crujir de las cubiertas sobre la
grava y el rumor del viento en las orejas.
Las curvas del camino se le aparecían en medio de la noche con enervante velocidad,
y Timón Nbebi luchaba con el volante en su descenso del primer desnivel de la
planicie. Los dos camiones se guiaban por sus luces de posición traseras.
Constituían formas monstruosas, negras, apareciendo entre las tinieblas detrás de
ellos. En cada curva los pasajeros de la Land Rover eran empujados unos contra
otros, y Sally-Anne le tomo la mano a Craig y se apretó contra el por todo el
trayecto.
« Allá están! » profirió abruptamente Peter Fungabera, con la voz ronca por la
excitación.
Debajo de ellos vieron los faros del Mercedes filtrarse entre los árboles. Se
estaban acercando rápidamente. Por algunos segundos desaparecieron los faros en una
curva del camino sinuoso y luego aparecieron de nuevo dos largos haces de luz que
iluminaban la pálida superficie arenosa del camino. Y he aquí que a esos faros le
respondieron otros dos de la dirección opuesta, encandilarte, aun a esa distancia;
destellaron tres veces, claramente una señal de reconocimiento, y enseguida el
Mercedes desaceleró.
« Los tenemos », exultó Peter Fungabera, y apago las luces de posición.
Debajo de ellos, un camión cubierto dejo la banquina del camino donde estaba
estacionado en la oscuridad rodando lenta y ruidosamente hasta la mitad de la
calzada. Con los faros iluminaba al Mercedes, que se había detenido. Dos hombres
bajaron del Mercedes y se acercaron a la cabina del camión. Uno de ellos llevaba en
la mano un AK 47. Se puso a hablar con el chofer a través de la ventanilla abierta.
Silenciosamente, en la mas completa oscuridad, la Land Rover avanzo hacia la zona
iluminada en el fondo del valle. Sally-Anne se aferraba a Craig con fuerza
sorprendente.
En el camino, uno de los dos hombres comenzó a caminar hacia la parte trasera del
camión, después se detuvo y alzo la vista mirando al camino oscuro desde donde
avanzaba rauda la Land Rover con las luces apagadas y el motor detenido. Estaban
tan cerca ahora que hasta por encima del ruido del Mercedes y el camión, ellos
debían haber oído el crujido de las cubiertas.
Peter Fungabera encendió los faros de la Land Rover. Encandilaron con contundente
brillo, y en el mismo momento el general empuño el megáfono electrónico y se lo
llevo a la boca.
« Todos quietos! » tronó en la noche su voz magnificada. Y volvió en ecos desde las
colinas vecinas. « No traten de escapar! »
Los dos hombres giraron y se lanzaron hacia el Mercedes. Timón Nbebi encendió el
motor de la Land Rover y acelero rugiendo hacia los dos vehículos.
« Quietos! Arrojen las armas! »
Los hombres vacilaron, después el que estaba armado arrojo el fusil al suelo y
ambos alzaron las manos sobre la cabeza.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Timon Nbebi puso la Land Rover delante del Mercedes, bloqueandolo. Después salto
afuera y corrió hasta la ventanilla abierta y apunto la ametralladora Uzi al
interior.
« Fuera! Todos afuera! » Detrás de el se situaban entretanto los dos camiones de
soldados, con gran chillido de frenos y nubes de polvo que se levantaban de las
ruedas duales posteriores. Soldados armados llegaron en tropel para bajar a
garrotazos a los dos hombres desarmados rodearon el Mercedes, abrieron las puertas
y arrastraron fuera a los ocupantes del asiento posterior.
La figura alta y de anchos hombros era inconfundible. Los faros iluminaron sus
negros rasgos marcados, exagerando la fortaleza de su mandíbula prominente. Tungata
Zebiwe se liberó con una sacudida del agarre de sus captores y los miro furibundo,
obligándolos a retroceder involuntariamente.
« Atrás, chacales ladradores! Como se atreven a tocarme! » Estaba en pantalones
oscuros y camisa blanca. La cabeza de cabellos muy cortos era redonda y negra como
una bala de cañón.
« Saben quien soy? » pregunto. « vuestros veinticinco padres no le han enseñado
mejores modales? » Su arrogante seguridad les hizo retroceder otro paso y mirar
hacia la Land Rover. Peter Fungabera bajo del vehiculo e ingreso en el rayo de luz
de los faros. Tungata Zebiwe lo reconoció al instante.
« Tu! » rugió. « Claro! El jefe de los carniceros! »
« Abran el camión », ordenó Peter Fungabera, sin sacarle los ojos de encima al otro
hombre. Se miraron con un odio tan terrible que volvió insignificante todo lo que
había a su alrededor. Era una confrontación elemental, pareciendo encarnar todo el
salvajismo del continente, dos hombres poderosos despojados de todo vestigio de
inhibición civilizada, su antagonismo tan fuerte que apenas lo soportaban.
Craig se había bajado de la Land Rover y se había adelantado, pero ahora permanecía
bloqueado junto al Mercedes, observando atónito. No se había esperado nada ni
remotamente parecido a esto. Ese odio casi tangible no era algo de ese momento,
parecía que los dos hombres estaban a punto de arrojarse el uno contra el otro como
animales buscando estrangularse a mano limpia. Esta era una pasión de raíces
profundas, una furia reciproca basada en un monumental fundamento de antigua
hostilidad.
Desde atrás del camión capturado los soldados arrojaban bultos y cajones. Uno de
los cajones se rompió al caer a tierra y aparecieron colmillos de marfil brillantes
como ambas en las luces de los faros. Un soldado abrió un bulto y extrajo preciosas
pieles de lince y leopardo que contenía.
« Eso es! » La voz de Peter Fungabera salio ahogada deleitado con el triunfo, el
odio y la venganza. « Capturen al perro matabele! »
« De cualquier cosa que se trate, te recaerá en la cabeza », rugió Tungata, « Hijo
de una puta shona! »
« Préndanlo! » repitió Peter a sus hombres, pero ellos vacilaron, todavía
contenidos por el aura invisible de poder que emanaba de aquella alta figura
imperial.
El la pausa Sally-Anne saltó de la Land Rover y se encamino hacia el tesoro de
marfil y pieles que yacían en medio del camino. Por un instante tapo a Tungata
Zebiwe de sus captores, y se movió en un abrir y cerrar de ojos, como el golpe de
una serpiente, casi demasiado rápido para que la mirada pudiese seguirlo.
Tomo el brazo de Sally-Anne, se lo retorció, y le levanto en el aire, sosteniéndola
como un escudo mientras se agachaba y recogía el AK 47 que había arrojado su
guardaespaldas. Había elegido el momento perfectamente. Los soldados estaban todos
amontonados y ninguno podía disparar sin herir a uno de los suyos.
Tungata tenia la espalda cubierta por la Land Rover y el pecho cubierto por Sally-
Anne.
« No disparen! » gritó Peter Fungabera a sus hombres. « Lo quiero para mi, el
bastardo Matabeles! »
Tungata metio el cañón del AK 47 bajo la axila de Sally-Anne y empuñando el fusil
con una mano sola, como una pistola, lo apuntó contra Peter Fungabera, después
retrocedió hacia la Land Rover. Arrastrando a Sally-Anne con el. El motor de la
Land Rover todavía estaba funcionando.
« No te escaparas », gruño Peter Fungabera. « El camino esta bloqueado, tengo cien
hombres. Finalmente te capturare. »
Tungata corrió con el pulgar el selector de disparo y apunto a la panza de Peter
Fungabera. Craig, situado diagonalmente detrás de su hombro izquierdo, vio la leve
desviación que le dio al cañón del fusil un instante antes de la primera ráfaga, y

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
se dio cuenta que Tungata a propósito había evitado darle a Peter. El tartajearte
sonido del fuego automático fue ensordecedor y el grupo de hombres saltaron en
busca de cobertura.
El AK 47 se levantó en la mano de Tungata, las balas impactaron en el camión
estacionado, dejando oscuras marcas en la carrocería, cada una rodeada por un borde
de brillante metal desnudo. Peter Fungabera se tiro a un costado girando para caer
de plano en el camino junto al camión y escabullirse frenéticamente bajo las ruedas
del camión.
Polvo y humo velaron los faros, y los soldados se desparramaron, interfiriéndose
unos a otros el campo de tiro. Mientras tanto, aprovechándose de la confusión,
Tungata levanto a Sally-Anne y la arrojo en el asiento del pasajero de la Land
Rover colocándose al volante. Metio el cambio y con un rugido el vehiculo partió.
« No disparen! » gritó de nuevo Peter Fungabera, había una desesperada urgencia en
su voz. « Lo quiero vivo! » Un soldado se paro frente a la Land Rover, en el inútil
intento de pararla. Se oyó un ruido sordo cuando el capot lo golpeo en pleno pecho
y cayó, hubo una serie de saltos y sacudidas cuando la maquina le pasaba por encima
dejándolo exánime en medio del camino.
Sin reflexionar, Craig abrió la puerta del Mercedes ministerial abandonado y subió.
Encendió el motor, giró el volante ciento ochenta grados y apretó el acelerador a
fondo. El auto derrapó, con las ruedas patinando y choco contra el alto bordo de
tierra, un golpe de refilón con el lateral derecho que le alineo la trompa con en
camino. Craig levanto el pie del acelerador, controlo el derrape, centró el volante
y aceleró de nuevo a fondo. El Mercedes salio disparado y por la ventanilla abierta
oyó gritar a Peter Fungabera: « Espera, Craig! »
Ignoró la llamada y se concentro en la primera curva cerrada del camino empinado
que apareció ante el. La dirección asistida del Mercedes era engañosamente liviana,
el casi sobreviró y las ruedas exteriores bordonearon peligrosamente. Contrarestó
alcanzando a permanecer en el camino y vio adelante las luces posteriores de la
Land Rover, parcialmente oscurecidas por el polvo que levantaba.
Craig desengancho la transmisión automática y la coloco en modo deportivo, el motor
aulló y la aguja del taquímetro llego hasta el sector rojo por encima de las 5000
rpm y el auto aceleró devorando la subida y ganándole terreno rápidamente a la Land
Rover. Se la trago la curva siguiente y el polvo cegó a Craig de modo que fue
obligado a levantar el pie derecho buscando a tientas el camino en la curva y
nuevamente casi yerra y las ruedas traseras patinaron en la pronunciada caída, a
centímetros del desastre antes que pudiera sacarlo. Se estaba acostumbrando a la
máquina y trescientos metros mas adelante entrevió a la Land Rover entre la
polvareda. Sus luces iluminaron a Sally-Anne. Ella estaba medio retorcida sobre el
costado tratando de arrojarse del vehiculo, pero Tungata con una mano la alejó de
la portezuela y la tomo del hombro airándola hacia atrás y obligándola a sentarse.
El pañuelo que llevaba en la cabeza voló, aleteando como un pájaro nocturno para
perderse en la oscuridad, y los cabellos se soltaron y enredaron sobre su cabeza y
cara. Luego el polvo la oculto de nuevo y Craig sintió que la rabia lo golpeaba en
el pecho con una fuerza que lo ahogaba. En aquel momento odiaba a Tungata Zebiwe
como no había odiado nunca antes a otro ser humano. La siguiente curva la tomo a la
perfección, acelerando al máximo apenas salio de la misma.
La Land Rover estaba a doscientos metros adelante. La distancia acortándose
rápidamente, luego Craig freno por la siguiente curva del camino y cuando salio la
Land Rover estaba mucho mas cerca. Sally-Anne se daba vuelta y lo miraba. Tenia la
cara blanca, casi luminosa a la luz de los faros, y los cabellos le danzaban
alrededor, por momentos cubriéndole el rostro y después descubriéndolo
completamente y luego otra curva la oculto nuevamente. Craig la siguió a toda
velocidad, y al fondo de la recta que seguía vio el bloqueo del camino.
Había un camión militar de tres toneladas atravesado en medio del camino, y los
espacios que quedaban a los flancos se habían llenado con arbustos espinosos recién
hachados. Las ramas entrelazadas formaban una sólida barrera y los pesados troncos
habían sido encadenados unos a otros, Craig vio los eslabones brillando en la luz
de los faros. Esa barrera hubiera parado a un buldózer.
Cinco soldados parados delante de la barrera agitaban los fusiles ordenando a la
Land Rover que se parase. El hecho de que no hubieran empezado a disparar ya, le
hizo pensar a Craig que Peter Fungabera los habría instruido por radio, pero
igualmente el pensamiento de Sally-Anne, tan vulnerable en el vehiculo descubierto,
atravesada despiadadamente por una ráfaga de ametralladora en el cuerpo y el rostro
le produjo nauseas.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Por favor no disparen », rogó, y presionando tanto el acelerador que la cavidad
de su pierna artificial le mordió el muñón. Ya el Mercedes estaba a solo quince
metros de la cola de la Land Rover y ganando terreno.
A noventa metros del bloqueo al costado del camino había un lugar bajo en la mano
derecha. Tungata doblo por allí saliendo del camino y el vehiculo voló con las
cuatro ruedas girando y rasgando como una trilladora las altas hierbas elefante.
Craig sabia que el Mercedes, mucho mas bajo arrancaría la suspensión y dirección en
el bordo. Así que paso a la carrera y luego clavo los frenos cuando apareció el
bloqueo que le lleno el parabrisas. El Mercedes hizo medio trompo y se detuvo en
una nube de polvo y Craig salio de un salto al camino. Recupero el equilibrio y
trepo por el bordo derecho. La Land Rover estaba a quince metros mas allá, con el
motor atronando en primera, sacudiéndose y saltando sobre el terreno desparejo
trillando la densa hierba amarilla, cuyos tallos eran gruesos como el dedo meñique
de un hombre y mas altos que su cabeza, agitándose entre los árboles del bosque,
reducida su velocidad por el terreno a la de un hombre corriendo. Craig vio que
Tungata tendría éxito en rodear el bloqueo del camino, y corrió para adelantarse a
la Land Rover. La furia y el miedo por Sally-Anne parecieron guiarle los pies,
tropezó solo una vez en el terreno desigual.
Tungata Zebiwe lo vio venir y levantó el rifle con una mano, apuntándole sobre el
capot de la Land Rover, pero Sally-Anne se arrojó contra el arma, aforrándola con
ambas manos con todo su peso, bajando el cañón y Tungata no pudo sacar su otra mano
del volante.
Ya habían sobrepasado el bloqueo ahora y Craig estaba perdiendo terreno, dándose
cuenta que no podría alcanzarlos el trotaba dificultosamente detrás del vehiculo.
Tungata y Sally-Anne se debatían luchando confusamente hasta que el enorme hombre
negro liberó su brazo, y usando su mano como un hacha, la golpeo brutalmente debajo
de la oreja.
Sally-Anne se abatió con la cara sobre el tablero, y Tungata giró el volante. El
vehiculo zigzagueó, dándole a Craig unos preciosos metros de ventaja, y luego
pareció elevarse por un instante sobre el alto bordo mas allá del bloqueo y salto
sobre el borde cayendo en el camino con un clamor de metal y ruedas girando.
Craig uso el resto de sus reservas y determinación y corrió para alcanzar el sitio
sobre el bordo un instante después que la Land Rover desapareciera.
A tres metros debajo de el, la Land Rover había aterrizado milagrosamente sobre el
camino, con la trompa apuntada hacia la subida, y Tungata Zebiwe, con la cara
ensangrentada por el golpe contra el volante, luchaba para controlar la dirección.
Craig no vaciló y se arrojo desde el bordo. La caída le quito la respiración. La
Land Rover ya estaba acelerando, y el cayo sobre la compuerta posterior, mitad
adentro y mitad afuera. Sintió que las costillas le crujían sobre el borde
metálico, la respiración le siseo en la garganta al pasarle el aire violentamente
expulsado de los pulmones. Se le oscureció la visión por un instante, pero encontró
un sostén en el equipo de radio y se aferro con fuerza.
Sentía que la Land Rover aceleraba y a Sally-Anne gimiendo por el dolor y el
terror. Esto lo hizo volver inmediatamente en si, se le aclaró la vista. Estaba
colgado sobre la portezuela trasera, con los pies pendulando y arrastrándose.
Detrás de el, el camión del ejercito estaba maniobrando para salir del bloqueo, con
los faros iluminándolos, mientras que adelante se acercaba a gran velocidad la
intersección en « T » con la ruta nacional, a medida que la Land Rover adquiría su
máxima velocidad de nuevo.
Craig, esperando la curva, se sostuvo lo mas fuerte que pudo, pero aun así, cuando
llegaron, sintió que se le arrancaban los brazos de los hombros cuando Tungata
dobló a la izquierda en dos ruedas. Ahora se dirigía al norte. Por supuesto el
limite con Zambia estaba solo a doscientos kilómetros mas adelante. La ruta
descendía al gran valle del Zambezi y no había asentamientos humanos en esa zona
tórrida, selvática e infectada por la mosca tse-tse, antes del puesto fronterizo y
el puente de Chirundu. Con un rehén, era posible que pudiera llegar. Si Craig
desistía, podría llegar, o en la tentativa hacerse matar junto con Sally-Anne.
De a un centímetro por vez Craig se metio en la Land Rover.
Sally-Anne estaba acurrucada sobre el asiento, con la cabeza bamboleando de un lado
a otro en cada sacudida y oscilación del vehiculo. Junto a ella, Tungata se veía
alto y macizo alto, con la camisa blanca iluminada por el reflejo de los faros.
Craig soltó una mano y trato de alcanzar el respaldo del asiento para izarse a
bordo. Inmediatamente la Land Rover se desvío y en el mismo instante el vio el

78
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
brillos de los ojos de Tungata en el espejo retrovisor. Lo estaba vigilando,
esperando la oportunidad de agarrarlo desequilibrado y arrojarlo del vehiculo.
La fuerza centrifuga lo hizo girar hacia un costado y afuera del vehiculo; estaba
agarrado solamente con la mano izquierda y los músculos y tendones crujieron con la
tensión cuando debieron aguantar todo su peso. Jadeo de dolor cuando la tracción se
propago al pecho, pero se sostuvo, colgando lastimado fuera del vehiculo, mientras
el borde metálico le machacaba las costillas de nuevo.
Tungata se desvío de nuevo hacia el bordo y Craig vio venir a su encuentro el bordo
iluminado por los faros. Evidentemente Tungata intentaba apretarlo contra la roca,
haciéndolo pedazos entre la roca esquistosa y el metal afilado. Gritando
involuntariamente por el esfuerzo, Craig plegó las rodillas hacia arriba y sobre el
borde de la carrocería. Hubo un rasguido de metal sobre la roca cuando la Land
Rover rozo el bordo. Algo le golpeo la pierna, que se le transmitió a la cadera y
sintió cortarse las correas cuando la prótesis voló. Si hubiese sido la pierna de
carne y hueso hubiera quedado fatalmente amputado. En cambio, cuando la Land Rover
reboto hacia el camino, el uso el impulso para rodar adentro y agarrar a Tungata
del cuello con el brazo libre, desde atrás.
Era un estrangulamiento, y puso toda su energía. Sentía la laringe de Tungata en el
hueco del codo y las vértebras a punto de quebrarse como una rama seca. Quería
matarlos, quería arrancarle la cabeza, pero no pudo afirmarse para aplicar esos
últimos gramos de presión.
Tungata soltó el volante y con ambas manos le aferro la muñeca y el codo, emitiendo
un gemido sofocado, mientras el vehiculo sin control comenzaba a desbandarse. La
Land Rover se salio del camino, cayo sobre la pendiente rocosa sin guardrail que lo
detuviese y con un ruido de hierros retorcidos, se tumbo.
Craig fue despedido fuera, golpeo la dura tierra, dio una vuelta carnero y quedo
por un segundo con los oídos que le zumbaban y todo su cuerpo aplastado e indefenso
hasta que se recuperó y se puso de rodillas.
La Land Rover estaba dada vuelta con las ruedas para arriba. Los faros aun
encendidos y a treinta pasos de la cuesta, en medio del haz de luz, yacía Sally-
Anne.
Parecía una niña dormida. Tenia los ojos cerrados y la boca laxa, con los labios
muy rojos en comparación con la palidez del rostro; pero desde el nacimiento de los
cabellos le corría sobre la frente una negra serpiente de sangre.
Craig comenzó a arrastrarse hacia ella, cuando otra presencia se levanto desde la
oscuridad circundante, una figura grande, oscura, de anchos hombros. Tungata
trastabillaba, girando en círculos, sosteniéndose con la mano la garganta
lastimada. Al verlo Craig, se enfureció por la rabia y el dolor.
Si lanzaron uno contra el otro, abrazándose. Mucho tiempo antes, cuando eran
amigos, habían luchado a menudo, pero Craig había olvidado la titánica fuerza de
ese hombre. Sus músculos duros, elásticos y negros como la goma vulcanizada de las
cubiertas de un camión transcontinental, bien pronto desbalancearon a Craig.
Tungata estaba un poco grogui, pero el tenia una sola pierna. Muy rápido Craig
perdió el equilibrio, no obstante no soltó la presa mientras, pese a toda su
fuerza, Tungata no lograba liberarse. Cayendo, Craig uso el muñón duro y calloso
para darle al gigante un fuerte golpe bajo.
Tungata gruño y toda la fuerza lo abandono. Craig rodó debajo de el y con los
hombros en tierra, se proyecto con los músculos de todo el cuerpo para golpear a
Tungata con el muñón en pleno pecho, justo sobre el corazón. Sonó como un golpe de
hacha blandido con los dos brazos contra el tronco de un árbol. Tungata cayo hacia
atrás y quedó inmóvil. Craig se arrastró hasta el y le aferro la garganta
desprotegida con las dos manos. Sintió los cordones de músculos en torno al
cartílago de la nuez de Adán u hundió los pulgares profundamente. Al sentir la vida
bullendo bajo sus manos, su rabia se disipo y descubrió que no podía matarlo.
Abrió sus manos y se retiro temblando y jadeando. Dejo a Tungata acurrucado y
exánime en el suelo y se arrastro hasta donde yacía Sally-Anne. La levantó y se
sentó con ella sobre las piernas, acunándole la cabeza contra su hombro, desolado
por su lasitud y la falta de reacción de su cuerpo. Con una mano le limpio el
chorrito de sangre que estaba por entrarle en un ojo.
Encima de ellos sobre la carretera el camión que lo seguía freno con un metálico
chillido de frenos. Un grupo de hombres armados bajaron por la cuesta, chillando
como una jauría de perros de caza. Entre sus brazos, como una niña despertando,
Sally-Anne se movió y farfullo débilmente.

79
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Estaba viva, todavía viva y el le susurro. « Oh tesoro mio, tesoro mio », « Io ti
amo tanto. »

Sally-Anne tenia cuatro costillas rotas, una distorsión en el tobillo y diversas


escoriaciones en el cuello a causa del golpe recibido.
Sin embargo el corte en el cuero cabelludo era superficial y la radiografía no
mostró daños en el cráneo. No obstante se la retuvo para observación en el cuarto
privado que Peter Fungabera le consiguió para ella en el sobrecargado hospital
publico.
Fue allí que Abel Khori, el fiscal encargado del proceso a Tungata Zebiwe la
visitó. El señor Khori era un shona de aire distinguido que había ejercido abogacía
en Londres y que conservaba las vestimentas típicas y una propensión a las
doctorales aunque irrelevantes citas latinas.
« He venido para elucidar conceptualmente algunos puntos que usted ya declaro en la
policía », le explico Khori. « Seria en efecto altamente impropio de mi parte que
tratase de influenciar en ningún modo la evidencia que usted dará. »
Le mostró a Craig y Sally-Anne los informes de espontáneas demostraciones Matabeles
para liberar a Tungata, que habían sido reprimidas inmediatamente por la policía y
la Tercera Brigada, y que el editor shona del Herald había relegado a las páginas
internas.
« Debemos tener siempre en cuenta que este hombre esta ipso jure acusado de un acto
criminal y no se le debe permitir convertirse en un mártir de su tribu. Miren los
peligros que eso implica. Cuanto antes podamos tener el caso resuelto mutatis
mutandis será mejor para todos. »
Craig y Sally-Anne quedaron al principio atónitos y después se pusieron realmente
intranquilos por la rapidez con que Tungata Zebiwe fue procesado. Pese al hecho de
que las listas estaban completas por los próximos siete meses, su caso se adjudico
a la Corte Suprema en diez días.
« No podemos, nudis verbis, tener a un hombre de esa envergadura siete meses en la
cárcel en espera del proceso », explicó el fiscal de estado, « y ofrecerle una
fianza y dejarlo en libertad para a sus seguidores. Seria un disparate suicida. »
Aparte del juicio, había otros asuntos de menor importancia que ocupaban a Craig y
Sally-Anne. Su Cessna debía pasar la revisión prevista cada mil horas de vuelo para
recibir el permiso de decolar en los aeropuertos civiles, y como no había en
Zimbabwe talleres autorizados para eso, debió encargarle a otro piloto para que lo
llevara a Johannesburg. « Me siento como un pájaro con las alas cortadas », se
lamento la muchacha.
« Conozco bien la sensación », sonrío Craig burlonamente, dando un golpe en el
suelo con su muleta.
« Oh, discúlpame, Craig. »
« No hay porque. No me desagrada hablar de mi pata perdida, al menos contigo. »
« Cuando te enviaran? »
« Morgan Oxford la envió en la valija diplomática y Henry Pickering ha prometido
poner en movimiento un escuadrón entero de ortopedistas y técnicos del Hospital
Hopkins. Deberia tenerla para la fecha del proceso. »
El proceso. Todo parecia girar en torno al proceso. Hasta el funcionamiento de
King's Lynn y la preparación final para la apertura de los alojamientos en Zambesi
Waters no podían separar a Craig de la cabecera de Sally-Anne y los preparativos
para el juicio. Por suerte tenia a Hans Groenewald en King's Lynn, y Peter
Younghusband, el joven gerente y guía keniata seleccionado para Zambesi Waters por
Sally-Anne, había llegado y podía ocuparse de los trabajos. Si bien hablaba con
cada uno de ellos todos los días, por radio y por teléfono, Craig permanecía en
Harare cerca de Sally-Anne.
La pierna ortopédica de Craig le llego el día anterior al alta de Sally-Anne del
hospital. Craig se levanto la pierna del pantalón para mostrársela.
« Enderezada, reforzada, lubrificada y reacondicionada », se jacto. « Y tu cabeza,
como va? »
« Como tu pierna », se rió. « aunque los doctores me han advertido de no
golpeármela por lo menos por las próximas dos semanas. »
Sally-Anne estaba usando un bastón por su tobillo, y todavía tenia el pecho vendado
cuando Craig le bajo la valija hasta la Land Rover a la mañana siguiente.
« Te duelen las costillas? » le pregunto Craig viéndola hacer un pequeño gesto de
dolor mientras subía al vehiculo.
« Mientras no me las aprieten lo puedo soportar. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Nada de abrazos, es una norma? » bromeo el.
« Eh, diría que si », respondió la muchacha antes de bajar la mirada y agregar:
« Pero las normas son para los tontos, y para guía de los hombres inteligentes ».
Y Craig se sintió considerablemente alentado.

La sala segunda del Departamento de Mashonaland de la Suprema Corte de la Republica


de Zimbabwe conservaba todos los símbolos de la justicia británica.
El elevado estrado con el escudo de armas de Zimbabwe sobre el asiento del juez,
dominaba la sala. Las hileras de bancos de roble lo enfrentaban y el cubículo de
los testigos y el banquillo de los acusados se situaban a los flancos. El fiscal,
los abogados defensores y jueces adjuntos usaban largas túnicas negras, mientras
que el Magistrado lucia magnifico en su toga escarlata. Solo el color de sus caras
había cambiado, su negrura acentuada por los apretados rizos blancos de sus pelucas
y los almidonados cuellos blancos.
La sala estaba atestada y cuando el sitio para los espectadores de pie se lleno,
los ujieres cerraron las puertas dejando a la multitud apiñada en los corredores
del palacio de justicia. El público estaba serio y compuesto, casi todos ellos
Matabeles que habían hecho el largo viaje en colectivos desde Matabeleland. Muchos
de ellos ostentando la escarapela del partido ZAPU. Solo cuando el acusado fue
llevado al banquillo de los acusados, se produjo una agitación y un murmullo y una
mujer entre el publico vestida con los colores del ZAPU grito: « Bayete, Nkosi
Nkulu! » saludándolo con el puño cerrado. Enseguida los guardias la agarraron y la
empujaron fuera. Tungata Zebiwe, parado en la barra, miraba impasible,
empequeñeciendo con su imponente presencia la de cualquier otra persona en la sala.
Sin embargo el juez Domashawa tenia una formidable reputación, y el fiscal se
alegró de su elección cuando les contó eso a Craig y a Sally Anne.
« En verdad es persona grato. No hay cuidado, veremos que se hace justicia, porque
el esta decididamente in gremio legis. »
Mientras el país todavía era Rhodesia, el sistema británico de jurados populares se
había abandonado. En su lugar se había introducido el tribunal, o sea un jurado de
tres magistrados profesionales, el presidente y dos jueces adlátere. En esta
ocasión, todos eran Shonas. Uno de los jueces adlátere era un experto en cuestiones
relativas a la protección de la fauna, y el otro un magistrado anciano. Pero el
presidente recibía de ellos una opinión simplemente consultiva, el veredicto final
era por lo tanto suyo y también podía estar en contra de las consideraciones de sus
colegas.
Ahora el se acomodo la toga como el avestruz hace con sus plumas cuando se echa en
el nido, el magistrado se fijo en Tungata Zebiwe con sus brillantes ojos oscuros
mientras el ujier Leia en ingles la acusación.
Las acusaciones principales eran ocho: comercio y exportación de trofeos de
animales protegidos, secuestro de personas, ultraje y resistencia a un oficial
publico, hurto de un vehiculo del ejercito, daño doloso del mismo vehiculo,
lesiones y atentado de homicidio. Había también diversas imputaciones menores.
« Por Dios », susurró Craig a Sally-Anne. « Le están tirando con los ladrillos de
las paredes. »
« Y las baldosas del piso. Bien por ellos, me gustara ver a ese bastardo hamacarse
al extremo de la cuerda. »
« Lo lamento, mi querida, pero ninguna de las acusaciones prevé la pena de muerte.»
Y sin embargo, durante toda la lectura de los autos de imputación Craig fue
embargado por un sentimiento como de tragedia griega, en la cual un personaje
heroico fuese rodeado y aplastado por pequeños hombres mezquinos.
Pese a sus sentimientos, Craig debió admitir que Abel Khori estaba haciendo un buen
trabajo, del punto de vista puramente profesional, en la presentación del proceso.
No obstante estaba atento a no intercalar demasiadas citas en latín. El primero de
una larga lista de testigos fue el general Peter Fungabera. Esplendido en uniforme
completo, efectúo el juramento y se paro firme, marcial, con la fusta en su mano.
Dio su testimonio sin equivocaciones, tan directa e impresionante que el juez
aprobaba sacudiendo la cabeza de tanto en tanto mientras tomaba nota.
El Comité Central del partido ZAPU había instruido a un abogado de Londres, pero
hasta el señor Joseph Petal, patrocinante en las mas altas cortes inglesas, no
logró apabullar al general Fungabera y muy pronto se dio cuenta que la esperanza de
meterlo en dificultades era vana. Así que se retiro para aguardar presas mas
vulnerables.
El siguiente testigo era el chofer del camión del marfil.

81
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Era un ex guerrillero del ZIPRA, recientemente liberado de un campo de
rehabilitación, y su declaración fue traducida al inglés por el interprete
judicial.
« Conoció al imputado antes de la noche del arresto? » le preguntó Abel Khori
después de haber establecido su identidad.
« Si, estuve con el en la guerra de la independencia. »
« Y lo vio después de la guerra? »
« Sí. »
« Le puede decir a la corte cuando? »
« El año pasado en la temporada seca. »
« Antes de ser enviado al campo de reeducacion? »
« Sí, antes. »
« Y donde se encontró con el ministro Tungata Zebiwe?
« En el valle, cerca del gran río. »
« Diga de que hablaron? Quiere explicarle a la corte la razón del encuentro con el
ministro Tungata Zebiwe? »
« Para ir a cazar al elefante. Por el marfil. »
« Como los cazaban? »
« Utilizamos a los primitivos batonkas como batidores, y un helicóptero para arriar
a los animales al campo minado. »
« Objeción, vuestra señoría », saltó el abogado defensor Señor Petal. « No tiene
nada que ver con los cargos.»
« Tiene que ver con la primera de las imputaciones, » insistió Abel Khori.
« Objeción denegada. El fiscal puede proseguir el interrogatorio al testigo. »
« Cuantos elefantes capturaron? »
« Muchos, muchos elefantes. »
« No ` puede estimar cuantos? »
« Quizás doscientos elefantes, no estoy seguro. »
« Y usted sostiene que el ministro Tungata Zebiwe estaba allí? »
« Llego después que los elefantes estuvieron muertos. Había venido a contar los
colmillos y a llevárselos con el helicóptero... »
« Que helicóptero? »
« Era un helicóptero del gobierno. »
« Objeción vuestra señoría, el punto es irrelevante. »
« Objecion denegada, Sr. Petal, por favor continue. »
Cuando le toco el turno de repreguntar al testigo, el abogado Petal paso
inmediatamente al ataque.
« Yo le digo que usted no fue nunca guerrillero con el ministro Tungata Zebiwe.
Usted vio al ministro por primera vez aquella noche sobre la ruta a Karoi. »
« Objeción, vuestra señoría », gritó indignado Abel Khori.
« La defensa esta tratando de desacreditar al testigo aprovechándose de la
circunstancia de que no existen registros de combatientes por la independencia, por
lo tanto el testigo no esta en condiciones de probar su servicio valerosamente
prestado en la guerra por la causa patriótica. »
« Objeción aceptada. Abogado Petal, haga el favor de limitar sus preguntas al
argumento del proceso sin intimidar ni insultar al testigo. »
« Muy bien, vuestra señoría. » El abogado estaba rojo por la rabia y la desilusión.
Se dirigió nuevamente al testigo. « Puede decirle al jurado cuando fue liberado del
campo de reeducacion? »
« No se... No me acuerdo... »
« Fue hace mucho tiempo antes de su arresto, o poco tiempo? »
« Poco tiempo antes del arresto », respondió bajando la cabeza.
« Y quizás fue liberado del campo de prisioneros a condicione de guiar el camión
aquella noche, para después testimoniar contra el imputado? »
« Vuestra señoría! » chillo Abel Khori. Pero también el juez estaba chillando.
« Señor Petal! Le prohíbo llamar campo de prisioneros a nuestro centro de
reeducacion! »
« Como vuestra señoría prefiera », continuó el defensor del ministro. « Se le
hicieron promesas en ocasión de su liberación del centro de reeducación? »
« No », dijo el testigo mirando a su alrededor intranquilo.
« Dos días antes de su liberación, vino quizás a verlo el capitán Timón Nbebi de la
Tercera Brigada? »
« No. »
« Ninguno vino a verlo al campo? »

82
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« No! No! »
« Ningún visitante? Esta seguro? »
« El testigo ya ha respondido a esa pregunta », le interrumpió el juez. El abogado
Petal emitió un suspiro teatral y levanto los brazos.
« No tengo mas preguntas, vuestra señoría. »
« Tiene intención de llamar a otros testigos, señor Khori? »
Craig sabia que el siguiente testigo debía ser Timón Nbebi, pero inesperadamente
Abel Khori lo salteo y llamo en su lugar a un soldado que había sido atropellado
por la Land Rover. Craig sintió una intranquila sensación de duda por el cambio de
táctica del fiscal. Queria el fiscal proteger a Timon Nbebi de un contra
interrogatorio de la defensa? Quería impedir que el Sr. Petal continuase con la
cuestión de la visita de Timón Nbebi al centro de rehabilitación? Si así fuera, las
implicancias serian tales que Craig se obligo a dejar de lado esas dudas.
La necesidad de traducir todas las preguntas y las respuestas hizo que el proceso
se volviera largo y tedioso, así que recién al tercer día Craig fue llamado a
prestar testimonio.

Después de que se le tomo juramento, y antes que Abel Khori iniciase el


interrogatorio, Craig miro al imputado. Tungata Zebiwe lo estaba mirando fijamente,
y cuando sus ojos se encontraron le hizo una señal con la mano derecha.
En los viejos tiempos, cuando trabajaban juntos como guarda faunas para el
ministerio para la Conservación de la Fauna, Craig y Tungata habían elaborado un
sistema de señales muy preciso. Si por ejemplo debían realizar el peligroso trabajo
de acercarse a una manada de elefantes pastando para dispararle a los individuos
viejos y enfermos que sobre poblaban la reserva, o cuando seguían a grupos de
leones cebados que preferían los animales domesticados del hombre antes que a la
presas tradicionales, usaban esas señales para comunicarse a distancia de manera
silenciosa y eficaz.
Ahora Tungata le hacia la señal del puño cerrado, los poderosos dedos negros contra
la palma rosada de la mano; una señal que significaba: « Atento! Grave peligro ».
La ultima vez que Tungata le había hecho esa señal, Craig había tenido solo una
fracción de segundo para darse vuelta y defenderse de la carga de una leona furiosa
y herida en un pulmón que, escupiendo sangre, salio de la maleza tupida lanzándose
contra el como un rayo dorado; y aunque la bala 458 magnum que tuvo tiempo de
dispararle le traspasó el corazón, su impulso tiro a Craig al suelo.
Ahora la señal de Tungata le hizo erizar la piel al recordarle el peligro pasado y
la amenaza del peligro actual. Era una amenaza o un aviso? Se preguntaba Craig,
mirando a Tungata. Pero no era posible decirlo, porque Tungata permanecía impasible
e inmóvil. Craig le hizo la señal de no comprender, pero Tungata lo ignoró, y en el
mismo momento se dio cuenta que no había escuchado la primera pregunta de Abel
Khori.
« Disculpe, podría repetirme la pregunta? »
Rápidamente el fiscal repitió la pregunta. « Vio al chofer del camión haciéndole
señales al Mercedes que se acercaba? »
« Sí, guiñó los faros. »
« Y cual fue la respuesta? »
« El Mercedes se detuvo y dos de sus ocupantes descendieron para ir a hablar con el
chofer del camión. »
« En su opinión, se trató de un encuentro pre establecido? »
« Objeción, vuestra señoría, el testigo no podía saberlo. »
« Objeción aceptada. El testigo no responda a la pregunta. »
« Vamos ahora a su valiente intervención en defensa de la señorita Jay de las
malvadas garras del imputado... »
« Objeción! Las palabras malvadas garras! »
« Que la acusación del fiscal sea menos melodramática. »
« Como desee vuestra señoría. »
Después de aquella señal y por todo el resto del testimonio de Craig, Tungata
Zebiwe permaneció inmóvil como una figura esculpida en el granito de Matabeleland,
con el mentón apoyado en el pecho pero la mirada siempre fija en los ojos de Craig.
Cuando el señor Petal se levantó para contra interrogarlo, se movió por primera
vez, inclinándose hacia el abogado defensor y dirigirle unas pocas palabras. El
señor Petal pareció protestar, pero Tungata corto cada discusión con un gesto
imperioso.

83
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« No tengo preguntas, vuestra señoría », cedió el abogado, y volvió a sentarse,
liberando a Craig para abandonar el banquillo de los testigos sin hostigamiento.
Sally-Anne era el ultimo testigo de la acusación y después de Peter Fungabera,
quizás la mas importante.
Rengueaba todavía por el esguince del tobillo, así que Abel Khori la ayudó a
acomodarse en la barra. Sobre el cuello todavía se veía bien el moretón del golpe
inferido por Tungata Zebiwe. Ella dio su testimonio sin vacilaciones y con voz
clara y agradable.
« Cuando el acusado la tomó, que sentimientos le produjo? »
« Tuve miedo de morir. »
« Usted sostiene que el acusado la golpeó: donde? »
« Sobre el cuello. Todavía se ve el moretón. »
« Usted dice que el acusado apuntó en fusil contra el señor Mellow. Cual fue su
reacción? Dígale a la corte si ha informado alguna otra lesión. »
Abel Khori saco el máximo partido de tan encantadora testigo y muy
inteligentemente, el abogado defensor renuncio a repreguntar. El fiscal cerró su
caso en la tarde del tercer día, dejándolo a Craig preocupado y deprimido.
El y Sally-Anne comieron en su churrasquería favorita y ni siquiera una botella de
vino del Cabo pudo animarlo.
« Ese asunto del chofer del camión que nunca había conocido a Tungata y que fue
liberado solo bajo el compromiso de conducir el camión... »
« No lo creiste? » se mofó Sally-Anne. « Hasta el juez dio a entender que se
trataba de una insinuación gratuita. »
Después de dejarla en su casa, Craig volvió caminando, por las calles desiertas,
sintiéndose solo y traicionado... aunque no podía encontrar una razón lógica para
este sentimiento.
El abogado defensor abrió su defensa llamando al chofer de Tungata Zebiwe.
Era un Matabeles fornido, aunque todavía joven, y ya tendiendo a engordar. Con una
cara redonda, que hubiera debido ser sonriente y jovial, estaba ahora preocupada y
oscura. Tenia la cabeza recientemente afeitada y nunca miro a Tungata Zebiwe
durante la declaración.
« La noche de su arresto que ordenes le impartió el ministro Zebiwe? »
« Ninguna. No me dijo nada. »
El señor Petal quedo genuinamente sorprendido y consultó sus anotaciones. « No le
dijo adonde ir? Usted no sabia adonde estaban yendo? »
« Me decía cada tanto: “siga derecho”, “doble aquí”, “ doble allá” », murmuró el
chofer. « No sabia adonde estabamos yendo. »
Obviamente el señor Petal no esperaba esta respuesta. « El ministro Zebiwe no le
había ordenado dirigirse a la misión de Tuti? »
« Objeción, vuestra señoría. »
« No induzca al testigo, señor Petal. »
El abogado estaba claramente pensando sobre la marcha. Revolvió sus papeles, le
lanzó una mirada a Tungata Zebiwe, que permanecía completamente impasible, y cambió
su línea de preguntas.
« Desde la noche del arresto, donde estuvo? »
« En prisión. »
« Ha recibido visitas? »
« Vino mi mujer. »
« Ningún otro? »
« No », respondió el chofer agachando la cabeza a la defensiva.
« Que son esas marcas en su cabeza? Fue apaleado? »
Por primera vez Craig notó los chichones que salpicaban el cráneo afeitado del
chofer.
« Vuestra señoría, me opongo enérgicamente! » se quejo en alta voz Abel Khori.
« Abogado Petal donde quiere llegar con esa pregunta? » preguntó con aire
amenazador el juez Domashawa.
« Vuestra señoría, estoy simplemente tratando de entender porque la declaración del
chofer contrasta con sus previas declaraciones en la policía. »
El señor Petal lucho para conseguir una respuesta clara del evasivo y poco
cooperativo testigo, y finalmente desistió con un gesto de resignación.
« No mas preguntas, vuestra señoría. »
Abel Khori se levantó sonriente a repreguntar. « Así que el camión le hizo un guiño
con las luces, verdad? »
« Sí. »

84
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Y que sucedió después? »
« No entiendo. »
« Alguien en el Mercedes dijo o hizo algo, a la vista del camión? »
« Vuestra señoría... » comenzó el abogado Petal.
« Creo que es una pregunta perfectamente correcta. Responda el testigo. »
El chofer arrugo el ceño en el esfuerzo por recordar, y después balbuceo: « El
camarada ministro Zebiwe dijo; “Ahí esta. Deténgase en la banquina” ».
« “Ahí esta” » repitió lentamente Abel Khori. « “Detengase en la banquina!” Eso
dijo el imputado a la vista del camión, es correcto? »
« Sí. Dijo eso exactamente. »
« Ninguna otra pregunta, vuestra señoría. »
« Llamo a Sarah Tandiwe Nyoni. » El señor Petal introdujo a su testigo sorpresa. Y
Abel Khori frunció en seño y conferencio agitado con sus dos asistentes.
Uno de ellos se levanto, se inclino frente tribunal y salio rápidamente de la sala.
Sarah Tandiwe Nyoni entró y juró en perfecto ingles. Su voz era melodiosa y dulce,
sus modales reservados y modestos como el día en que Craig y Sally-Anne la habían
conocido, en la misión de Tuti. Usaba un vestido de algodón verde de cuello blanco,
y zapatos blancos sin tacos. Sus cabellos elaboradamente trenzados en el estilo
tradicional. En el momento que terminó de leer la formula del juramento, volvió su
dulce mirada hacia Tungata Zebiwe en el banquillo de los acusados. El no sonrió ni
cambió de expresión, pero la mano derecha, apoyada en la barra, se movió sigilosa,
y Craig se dio cuenta que estaba usando el mismo código de señales con la muchacha.
« Valor », decía la señal. « Estoy contigo! » Y la muchacha tomo evidente confianza
y fuerza. Alzó el mentón y enfrento decidida al señor Petal.
« Por favor, diga su nombre. »
« Soy Sarah Tandiwe Nyoni », respondió la muchacha.
Tandiwe Nyoni, su nombre Matabeles, significaba « Pájaro Bienamado », y Craig se lo
tradujo en voz baja a Sally-Anne. « Le cabe a la perfección », le susurró ella.
« Cual es su profesión? »
« Directora de la escuela primaria estatal de Tuti. »
« Puede decirle a la corte cuales son sus diplomas? »
Joseph Petal puso hábilmente en claro que se trataba de una joven instruida y
responsable. Luego prosiguió: « Usted conoce al acusado, Tungata Zebiwe? »
La muchacha miro a Tungata antes de responder, con el rostro que parecía irradiar
brillo. « Oh, si, lo conozco », dijo seria en voz baja.
« Levante la voz, por favor, mi querida. »
« Lo conosco. »
« Alguna vez la visitó en la misión de Tuti? »
« Si », asintió la muchacha.
« Con cuanta frecuencia? »
« El camarada ministro es un hombre importante y muy ocupado, yo no soy mas que una
maestra... »
Tungata le hizo una breve seña negativa con la derecha. Ella lo vio y se formo una
leve sonrisita en sus labios perfectamente esculpidos.
« Venia cada vez que podía, pero no con tanta frecuencia como hubiera deseado. »
« Y lo estaba esperando también aquella noche? »
« Si que los estaba esperando! »
« Y porque? »
« Esa misma mañana habíamos hablado por teléfono y me prometió que iba a venir. Me
dijo que llegaría en auto a Tuti antes de medianoche. » La sonrisa se desvaneció de
sus labios y los ojos se oscurecieron desolados. « Esperé hasta la madrugada, pero
no llegó. »
« Por lo que usted sabia, había algún motivo particular por el que la visitaría ese
fin de semana? »
« Si. » Las mejillas de Sarah se oscurecieron. Sally-Anne miraba fascinada: nunca
había visto a una muchacha negra ruborizarse. « Si, había dicho que quería hablar
con mi padre. Yo ya había preparado su encuentro. »
« Gracias, mi querida », le dijo cortésmente Joseph Petal.
Durante el interrogatorio del defensor el asistente del fiscal había vuelto a su
asiento y le alcanzó a Abel Khori un folio de apuntes manuscritos. Abel Khori lo
estaba consultando cuando se levantó para contra interrogar.
« Señorita Nyoni, puede explicarle a la corte el significado de la palabra
Sindebele isifebi? »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Tungata Zebiwe emitió un rugido sofocado y comenzó a levantarse, pero los guardias
lo retuvieron.
« Significa prostituta », respondio tranquilamente Sarah.
« No significa también “mujer no casada que convive con un hombre...”? »
« Vuestra señoría! » El abogado Petal estaba indignado. El juez Domashawa le dio la
razón.
« Señorita Nyoni », intentó nuevamente Abel Khori. « Usted ama al acusado? Por
favor hable fuerte, no la escuchamos. »
Esta vez la voz de Sarah resonó clara y firme, casi en tono desafiante. « Sí, lo
amo. »
« Haría cualquier cosa por el? »
« Sí. »
« Mentiría para salvarlo? »
« Me opongo, vuestra señoría », exclamó Joseph Petal, poniéndose de pie de un
salto.
« Y yo retiro la pregunta », replicó Abel Khori previniendo la intervención del
juez. « Permítame mejor ponerlo así, señorita Nyoni, que el acusado le había pedido
a usted que facilitara un deposito de la escuela donde se pudieran almacenar los
colmillos de marfil y las pieles de leopardo! »
« No », sacudió la cabeza Sarah. « El nunca hubiera... »
« Y que el le pidió a usted supervisar la carga de esos colmillos en un camión y el
despacho del mismo! »
« No! No! » gritó Sarah.
« Cuando usted hablo por teléfono con el, no le ordenó que preparara un embarque
de... »
« No! El es un buen hombre », sollozo Sarah. « Un gran hombre y un buen hombre! No
haría nunca nada de eso! »
« No tengo mas preguntas, vuestra señoría. »
Muy satisfecho de si, Abel Khori se sentó y su asistente se inclinó susurrarle sus
felicitaciones.
« Llamo a declarar al imputado, el ministro Tungata Zebiwe. » Esa era una riesgosa
jugada de parte del señor Petal. Aun siendo un lego en asuntos jurídicos, Craig se
dio cuenta que Khori era un hueso duro como fiscal.
Joseph Petal comenzó estableciendo la posición de Tungata en la comunidad, sus
servicios a la revolución, su vida frugal.
« Usted posee bienes inmobiliarios? »
« Sí, tengo una casa en Harare. »
« Quiere decirle a la corte cuanto la pago? »
« Catorce mil dólares. »
« No es una gran suma por una casa, no le parece? »
« Tampoco la casa es una gran cosa. » La respuesta de Tungata, muy espontánea y
rápida, le saco una sonrisa al juez.
« Tiene un auto? »
« Dispongo del auto ministerial. »
« Cuenta bancaria en el exterior? »
« No. »
« Esposas? »
« Ninguna... » miro a Sarah Nyoni, que se sentaba en la ultima fila, « ... Por
ahora », concluyó.
« Otras mujeres que convivan? »
« Una vieja tía vive en mi casa. Se ocupa del cuidado de la casa. »
« Vayamos a la noche en cuestión. Puede decirle a la corte porque se encontraba en
la carretera a Karoi? »
« Estaba yendo a la misión de Tuti. »
« Por que motivo? »
« Para visitar a la señorita Nyoni, y hablar con su padre de cuestiones
personales.»
« Su visita había sido preanunciada? »
« Sí, en una conversaciones telefónica con la señorita Nyoni. »
« Había ido a visitarla antes, mas de una vez? »
« Sí, varias veces. »
« Y donde se alojaba en aquellas ocasiones? »
« En un indlu de techo de paja reservado para mi. »
« Una cabaña? Con una estera y un fogón a un costado? »

86
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Sí. »
« Y no le parecía un alojamiento indigno de su cargo? »
« Al contrario, me da placer la oportunidad de volver a los modos de vida
tradicionales de mi pueblo. »
« Alguien compartía con usted la cabaña? »
« Sí, el chofer y mis custodios. »
« La señorita Nyoni venia a visitarlo en la cabaña? »
« Eso hubiera sido contrario a nuestras costumbres y a las leyes de la tribu. »
« El fiscal utilizó la palabra isilebi... Usted que piensa? »
« Que quizás pueda aplicarla a mujeres de su conocimiento; yo no conozco a ninguna
a la que se le pueda aplicar el término. »
De nuevo el juez sonrío, y el asistente del fiscal lo codeo juguetonamente.
« Y ahora, señor ministro, diga si alguno sabia de sus intención de hacerle una
visita a su novia en la misión de Tuti. »
« No era un secreto. Lo anoté también en la agenda. »
« Tiene en su poder la agenda? »
« No. Le pedí a mi secretario que se la alcanzara a la defensa, pero no la
encontró. Desapareció de mi escritorio. »
« Entiendo. Cuando le ordenó al chofer que preparara el auto, le informo del
destino? »
« Por cierto. »
« El declara que no. »
« Entonces diría que le falla la memoria o ha sido afectada por los golpes en la
cabeza », comentó Tungata encogiéndose de hombros. El juez golpeo con el martillo
sobre el estrado.
« Aquella noche, en la ruta de Karoi, se encontró con algún vehiculo? »
« Si, un camión parado sobre la banquina, en la oscuridad, con el frente apuntado
hacia nosotros. »
« Puede decirle a la corte que paso entonces? »
« El camionero encendió los faros y después guiño las luces tres veces. En el mismo
momento se subió a la ruta. »
« De manera de obligarle a su auto a detenerse? »
« Exacto. »
« Que hizo entonces? »
« Le dije al chofer: “Estaciona al costado pero con cuidado, podría ser una
emboscada”. »
« No esperaba encontrar ese camión ahí, entonces? »
« Para nada. »
« No dijo: Ahí esta! Frena? »
« Para nada. »
« Que cosa intentaba decir con las palabras: “Podría ser una emboscada”? »
« Recientemente muchos vehículos han sido atacados por bandidos armados, shufta,
especialmente de noche en rutas solitarias. »
« Entonces, cuales fueron sus sensaciones? »
« Esperaba problemas. »
« Que sucedió después? »
« Dos de mis custodios bajaron del Mercedes y fueron a hablar con el camionero. »
« Desde donde usted estaba sentado en el auto, pudo ver al camionero? »
« Si, era un completo desconocido, nunca lo había visto antes. »
« Cual fue su reacción? »
« En ese momento estaba muy preocupado. »
« Y después que paso? »
« De repente se encendieron otros faros en la ruta detrás nuestro: Una voz en un
megáfono le ordenó a mis hombres rendirse y arrojar el arma. El Mercedes estaba
rodeado de hombres armados y a mi me sacaron a la fuerza. »
« Reconoció a alguno de esos hombres? »
« Si, cuando me sacaron fuera del auto reconocí al general Fungabera. »
« Y eso lo tranquilizó? »
« Al contrario, me convencí que peligraba mi vida. »
« Como fue eso, señor ministro? »
« El general Fungabera comanda una brigada que es notoria por sus actos de
violencia contra los Matabeles... »

87
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Objeción, vuestra señoría... La Tercera Brigada es una unidad del ejercito
regular de este país y el general Fungabera un alto oficial bien conocido y
respetado », chillo Abel Khori.
« La objeción del fiscal esta completamente justificada », dijo el juez temblando
de rabia. « No puedo permitir al acusado usar esta sala para atacar a un prominente
militar y hombre caballeroso. No puedo admitir que el imputado siembre cizaña y
odio tribal delante de esta corte de justicia. Le advierto que no vacilaré en
declararlo culpable de alto desacato a este tribunal si continua así. »
Joseph Petal se tomo unos buenos treinta segundos para permitir al testigo
recuperarse de esa diatriba.
« Usted dice que sentía que su vida estaba en peligro? »
« Si », respondio tranquilo Tungata.
« Usted estaba tenso y nervioso. »
« Si. »
« Vio a los soldados descargar el marfil y las pieles del camión? »
« Si. »
« Cual fue su reacción? »
« Pensé que se trataba de un montaje para incriminarme o quizás matarme. »
« Objeción, vuestra señoría », grito Abel Khori.
« No advertiré de nuevo al imputado », dijo amenazadoramente el juez.
« Que paso después? »
« La señorita Jay dejo el vehiculo en el que viajaba y se me acercó. Los soldados
se distrajeron. Pensé que esta seria mi ultima oportunidad. Agarre a la señorita
para impedir que los soldados dispararan e intente la fuga a bordo de la Land
Rover. »
« Gracias, señor ministro. » El defensor se volvió hacia el juez. « Vuesa señoria,
mi cliente ha soportado una fatigosa examinación. Puedo sugerirle que la corte se
levante hasta mañana para darle la oportunidad de recuperarse. »
Abel Khori se puso de pie de inmediato, sediento de sangre. « Es apenas el
mediodía, y el acusado ha estado en la barra por menos de treinta minutos, y su
abogado lo ha tratado recte et suaviter. Tratándose de un soldado entrenado y
endurecido, creo que un interrogatorio así será para el una mera bagatela per se. »
Abel Khori, en su agitación, tropezaba con el Latín.
« La audiencia continua, abogado Petal », decidió el juez, y Joseph Petal se
encogió de hombros.
« Su testigo, señor fiscal. »
Abel Khori estaba en su elemento. Transformándose en lírico y poético.
« Usted ha declarado que temía por su vida. Y yo digo que si, usted temía y
justamente temía aquella noche, pero temía pagar el precio de su culpa! Temía la
perspectiva de afrontar un proceso ejemplar delante de esta corte que representa al
pueblo de nuestro país, temía la cólera del hombre docto y justo, en toga
escarlata, que ahora se sienta frente a usted! »
« No. »
« Fue nada mas que su miedosa culpable consciencia que le hizo embarcarse en una
serie de abyectas y crueles acciones criminales que... »
« No. No es así. »
« Cuando usted agarro a la grácil señorita Jay, no aplicó quizás una excesiva
fuerza física para torcerle el brazo detrás de la espalda? No retorció vilmente sus
tiernos y jóvenes miembros? No le aplico quizás golpes bestiales? »
« La golpee una sola vez para impedirle hacerse mas daño arrojándose fuera de la
Land Rover. »
« No le apuntó quizás con un arma mortal - por caso un fusil-ametrallador de asalto
AK 47 – que sabia cargado, contra la persona del general Peter Fungabera? »
« Lo amenace con el fusil. Eso es verdad, si. »
« Y luego disparo deliberadamente a sus partes bajas, por caso, el abdomen? »
« No le disparé a Fungabera, le erre a proposito. »
« Yo lo acuso de haber tratado de matar al general, y solo sus maravillosos
reflejos lo salvaron de su ataque! »
« Si hubiese tratado de matarlo », dijo Tungata despacio, « ahora no estaría aquí.»
« Cuando robo la Land Rover, sabia que era de propiedad del Estado? »
« Es verdad que apuntó el AK 47 contra el señor Craig Mellow? »
« Es verdad que solo la valerosa intervención de la señorita Jay le impidió
matarlo? »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Por casi una hora Abel Khori se ensaño sobre el impasible Tungata, adjudicándole
una cantidad de reconocimientos incriminantes, que, cuando finalmente volvió a su
asiento, lo hizo pavoneándose como un gallo de combate victorioso,
Craig pensó que el abogado defensor había pagado un caro precio por alguna pequeña
ventaja que podría haber ganado al colocar a su cliente en el banquillo de los
testigos.
Sin embargo, la arenga final del señor Petal fue hábilmente elaborada para atraer
la simpatía sobre su cliente y para explicar y justificar todas las acciones de
Tungata Zebiwe aquella noche sin ofender las convicciones patrióticas, o instintos
tribales, del juez del tribunal.
« Pronunciare la sentencia mañana », dijo el juez Domashawa, y la corte se levantó.
El publico comenzó a desalojar la sala comentando el interrogatorio del acusado.
En la cena Sally-Anne admitió que, por primera vez desde el inicio de esa historia,
se sentía preocupada por Sarah. « Es una criatura tan dulce. »
« Criatura? Creo que tiene uno o dos años mas que tu », se rió Craig. « Eso te
convierte en una recién nacida, en comparación. »
Ignoró su broma y continuó, seria. « Cree tanto en el que por un momento hasta yo
dude de lo que bien se... Después, naturalmente, Abel Khori me ha traído de vuelta
a tierra. »
El juez Domashawa leyó la sentencia con su precisa voz de vieja que en cierto modo
no se adaptaba a la gravedad del discurso. Primero cubrió los eventos que fueron
causa común entre la acusación y la defensa, y luego continuo.
« La defensa ha basado su caso en dos pilares principales: el primero es la
declaración de la señorita Sarah Nyoni, la cual asevera que la noche del arresto el
imputado iba directo a lo que, a falta de una mejor definición, llamaremos un
convenio de amor, y que el encuentro con el camión fue una coincidencia o una
estratagema urdida por personas desconocidas de una manera inexplicada.
« Ahora, la señorita Nyoni ha impresionado a esta corte por su modestia y su
ingenuidad, y por haberlo admitido ella misma de estar completamente bajo la
influencia del imputado. La corte tiene, por fuerza, que considerar la postulación
del fiscal de que la señorita Nyoni puede estar influenciada por el imputado al
extremo de convertirse en su cómplice en el contrabando del marfil. Por lo tanto la
corte ha decidido rechazar el testimonio de la señorita Nyoni como tendencioso y
no confiable. »
« El segundo pilar de la defensa descansa sobre la premisa de que la vida del
imputado fue amenazada, o que el creía ser amenazado por los oficiales que querían
arrestarlo; y que por esta creencia se involucro en acciones irracionales e
irresponsables de auto defensa. »
« El general Peter Fungabera es un miembro del gobierno y un militar de reputación
impecable. La Tercera Brigada es una unidad de elite del ejercito regular: sus
soldados, si bien son veteranos endurecidos en las batallas, son soldados
disciplinados y adiestrados. Por lo tanto la corte rechaza categóricamente la idea
de que el general Fungabera o sus hombres podrían ni lejanamente constituir una
hipotética amenaza para la seguridad o la vida del imputado. La corte excluye
también la posibilidad de que el imputado pudiera creer una cosa por el estilo. »
« Por consiguiente, llego a la primera de las acusaciones, principalmente el
contrabando de marfil y los otros trofeos de animales protegidos de la fauna
nacional. Declaro al imputado culpable y lo condeno al tope de la pena, doce años
de trabajos forzados. »
« En cuanto concierne a la segunda acusación, el secuestro, de persona, declaro al
imputado culpable y lo condeno a diez años de trabajos forzados. »
« Por la agresión a mano armada, lo declaro culpable y lo condeno a seis años de
trabajos forzados. »
« Por la agresión simple e intención de graves lesiones, seis años de trabajos
forzados. »
« Intento de homicidio, seis años de trabajos forzados. »
« Ordeno que tales sentencias sean seguidas y consecutivas y que ninguna parte de
la pena pueda ser suprimida. »
Hasta Abel Khori se sacudió a oír esto. La suma de la pene llegaba a cuarenta años.
Aun con buena conducta, Tungata no saldría antes de treinta años, prácticamente
todo el resto de su vida.
De entre el publico una mujer negra grito en Sindebele: « Baba! Padre! Nos están
separando de nuestro padre! » Otros repitieron el grito: « El padre del pueblo! El

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
padre del pueblo esta muerto para nosotros ! » Un hombre comenzó a cantar con voz
de barítono:

Porque lloran, viudas de Shangani...


Porque lloran, hijitos de los topos,
cuando vuestros padres obedecen las ordenes del rey?

Era una de las viejas canciones guerreras del los impis del rey Lobengula, y el que
la cantaba era un hombre maduro, con una cara firme e inteligente y la barba en
forma de punta de lanza salpicada de gris. Mientras cantaba, las lagrimas rodaban
sobre sus mejillas y la barba. En otra época podría haber sido un induna de algún
impi real. La canción fue coreada por los otros hombres que lo rodeaban, y el juez
Domashawa se puso de pie furioso.
« Si no se hace inmediato silencio, haré desalojar la sala y condenaré a los
revoltosos por vilipendio », gritó por encima de la canción, pero pasaron otros
cinco minutos de confusión antes que los guardias lograran restablecer el orden.
Por todo este tiempo Tungata Zebiwe permaneció tranquilo en el banquillo de los
acusados, solo con el esbozo de una sonrisa burlona en los labios. Cuando
finalmente todo termino, pero antes de que los guardias se lo llevaran, miro a
Craig Mellow en el otro extremo de la sala y le hizo otra señal. Ellos la habían
usado solamente en broma antes, quizás después de haber luchado o alguna otra
amigable competencia. Ahora sin embargo, Tungata no bromeaba. « Estamos a mano »,
decía, y Craig entendió perfectamente. El había perdido la pierna y Tungata la
libertad. Estaban parejos.
Quería decirle al hombre que en un tiempo había sido su amigo que era un lamentable
resultado, que no había buscado, pero Tungata ya se alejaba. Los guardias trataban
de llevárselo, pero Tungata resistía, buscando con la mirada a otra persona en la
sala colmada.
Sarah Nyoni se trepó a una banca y lo saludo con la mano levantada por sobre las
cabezas del público. Tungata le hizo otra de sus señales. Craig lo vio claramente:
« Escóndete! » le ordenó Tungata. « Desaparece! Estas en peligro. »
Por la expresión alterada de su cara, Craig vio que la muchacha había comprendido.
Después los guardias se llevaron a Tungata Zebiwe por la escalera que conducía a
las celdas subterráneas.

Craig Mellow se abrió paso a codazos entre la multitud de Matabeles que cantaban
tristes por la condena de Tungata en los corredores del palacio de justicia y salio
a la avalancha del trafico del mediodía sobre la ancha avenida del frente. Arrastro
a Sally-Anne por la muñeca y bruscamente empujó a un costado a los fotógrafos de
los diarios que trataron de bloquearle el paso.
En el estacionamiento ayudo a subir a Sally-Anne a la Land Rover y corrió a subirse
al asiento del conductor amenazando con el puño levantado a los últimos y mas
persistentes fotógrafos en su camino. Condujo directamente al departamento de ella
y se detuvo en la puerta principal sin apagar el motor.
« Y ahora? » le preguntó Sally-Anne.
« No entiendo la pregunta », replicó ella.
« Eh! Somos amigos, no te acuerdas de mi? »
« Lo lamento. » Si derrumbó sobre el volante. « Me siento como un perro. Hecho
pedazos. » La mujer no respondió, pero sus ojos estaban llenos de compasión por el.
« Cuarenta años », susurró. « Nunca lo pensé. Si lo hubiese sabido... »
« No había nada que pudieras hacer, ni ahora ni antes. »
Le dio un puñetazo al volante. « Pobre diablo! Cuarenta años! »
« Subes? » le preguntó dulcemente, pero el sacudió la cabeza.
« Debo volver a King's Lynn. He descuidado aquello desde que comenzó esta maldita
historia. »
« Te vas ya? » Estaba sorprendida.
« Si. »
« Solo? » le preguntó, y el asintió.
« Tengo ganas de estar solo. »
« Asi puedes torturarte a gusto. » Su voz se endureció. « Maldita sea si te lo
permito. Voy contigo. Espera! Meto dos cosas en el bolso y vengo. No pares el
motor. Bajo en un segundo. »
Le tomo cinco minutos, y corrió escaleras abajo con una mochila y el bolso de las
cámaras fotográficas. Las dejo sobre el asiento posterior de la de la Land Rover.

90
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Okay, vamos. »
Hablaron muy poco durante el largo viaje, pero muy pronto Craig agradeció tenerla a
su lado, agradecido por su sonrisa cuando la miraba, por el toque de su mano sobre
la suya cuando ella sentía que los pensamientos que le pasaban por la mente eran
demasiado tristes, agradecido por su silencio que no le exigía nada.
Llegaron a las colinas de King's Lynn al anochecer. Joseph los había
visto llegar desde lejos, y estaba esperándolos en la galería del frente.
« Te veo, Nkosazana. » Desde el primer encuentro había sentido una gran simpatía
por Sally-Anne. Ya era « la patroncita » y una gran sonrisa rompía
Su solemne dignidad mientras ordenaba a los sirvientes descargar su escaso
equipaje.
« Le preparo el baño, muy caliente. »
« Ah, magnifico, Joseph. »
Después del baño volvió a la galería y fue a prepararle un whisky como le gustaba a
ella, y otro para el con solo un chorrito de soda.
« Al juez Domashawa », dijo alzando irónicamente el vaso, « y a la justicia
Mashona y a los cuarenta años de ella. »
Sally-Anne rechazó el vino en la cena no obstante las protestas de el. « El
barón Rotschild estará terriblemente ofendido. Su mejor vino! La ultima botella,
que contrabandee personalmente en el país! » Craig bromeo alegremente.
Después de la cena, mientras Craig levantaba el botellón de brandy y estaba a punto
de servir, Sally-Anne le dijo: « Craig, por favor, no te embriagues ».
Se quedo con la botella en la mano y la miro a la cara.
« No », continuó sacudiendo la cabeza. « No estoy siendo mandona. Soy egoista: esta
noche te quiero sobrio. »
Craig bajo el botellón, empujo la silla hacia atrás y rodeo la mesa. Ella se
levantó para recibirlo. Si paró delante de ella. « Oh mi amor, hacia tanto que
esperaba! »
« Lo se », susurró ella. « También yo. »
La tomo cuidadoso entre sus brazos, como una cosa frágil y preciosa, y la sintió
cambiar poco a poco. Pareció suavizarse, y su cuerpo se hizo maleable,
conformándose al de el, así que la pudo sentir desde las rodillas al firme busto
juvenil, mientras su tibieza se propagaba rápidamente a Craig a través de su ligero
vestido.
El inclinó la cabeza mientras ella levantaba el mentón, y las bocas se unieron. Los
labios de Sally-Anne eran frescos y secos, pero casi inmediatamente se entibiaron y
se abrieron, húmedos y dulces como un higo maduro calentado por el sol, recién
cortado y abriéndose con sus jugos maduros.
Craig la miro a los ojos mientras la besaba, maravillándose de los colores y
diseños que formaban un nimbo alrededor de las pupilas, verdes trazos atravesados
por puntas de flechas doradas y luego sus parpados aletearon sobre ellas y las
largas pestañas se cerraron. El cerro sus ojos y la tierra pareció tumbarse y
bailotear bajo sus pies, el la rodeaba fácilmente, estrechándola contra su pecho
pero no tratando de explorar su cuerpo, contentándose con la maravilla de su boca y
del aterciopelado contacto de su lengua contra la de el.
Joseph abrió la puerta de la cocina y se detuvo con la bandeja de café en sus manos
y luego se sonrío cómplice y se retiró cerrando la puerta tras de el. Ninguno de
los dos lo había sentido llegar e irse. Cuando ella separo la boca, Craig se sintió
privado y engañado, y la busco de nuevo.
Sally-Anne le cubrió los labios con los dedos deteniéndolo momentáneamente, y el
susurro fue tan ronco que debió aclararse la garganta y repetir. « Vamos a tu
dormitorio querido », le dijo.
Fue un desagradable momento cuando el se sentó desnudo al borde de la cama para
quitarse la pierna ortopédica. Pero enseguida ella se arrodillo delante de Craig,
también desnuda, empujándole las manos y desato las correas ella misma y beso el
calloso y duro muñón en la extremidad de la pierna.
« Gracias », le dijo Craig. « Me alegro que tu pudieras hacer eso. »
« Se trata de ti », replicó Sally-Anne, « de una parte de ti », y de nuevo beso el
muñón y después sus labios ascendieron hasta su rodilla y mas allá.
Craig se despertó antes que ella y se quedo acostado con los ojos cerrados,
sorprendido por la sensación de bienestar que lo embargaba, sin saber porque, hasta
que de repente recordó y lo inundó la alegría y abrió los ojos y giro la cabeza,
por un instante azorado de que ella no estuviera, pero estaba.

91
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Ella había arrojado su almohada al suelo y la sábana a un costado; estaba encogida
como un bebé, con sus rodillas casi bajo el mentón. La luz de la mañana filtrada
por las cortinas, le lanzaba rayos perlados sobre la piel, sombreando las fisuras y
concavidades de su cuerpo. El cabello suelto le cubría la cara y ondulaba a cada
larga y lenta respiración.
Craig permaneció inmóvil para no molestarla y la contempló, con el vivo deseo de
tocarla, refrenándose pero para exacerbar mas el deseo aun mas ardiente, a la
espera de que se hiciera intolerable. Ella debió sentir su atención, porque
extendió la pierna, se volvió sobre la espalda y se enarcó estirándose lenta y
voluptuosamente, como una gata.
Craig se inclino sobre ella y con un dedo le levantó el brillante cabello negro de
la cara. Los ojos de Sally-Anne lo enfocaron, y luego lo miraron en cómica
estupefacción. Luego arrugó la nariz en una sonrisa pícara.
« Eh, mister », le susurró, «usted es algo muy especial. Ahora lamento haber
esperado tanto. » Y le tendió los brazos para estrecharlo.
Craig sin embargo, no compartía su pesar. Sabia que el tiempo había sido justo.
Hasta un día antes hubiera sido demasiado temprano. Mas tarde el se lo dijo,
mientras yacían abrazados, pegados ligeramente uno con el otro con su propia
transpiración.
« Aprendimos a gustarnos primero, así era como quería que fuera. »
« Tienes razón », dijo ella, y se separó un poco para mirarlo a la cara. De tal
modo que sus pechos produjeron un pequeño chupon deliciosamente obsceno
despegándose del pecho de Craig. « Tu me gustas, sabes? »
« Y yo... » comenzó el, pero Sally-Anne le cubrió enseguida la boca con los dedos.
« No todavía, Craig querido », le imploró. « No quiero escucharlo... No todavia. »
« Cuando? » le preguntó el.
« Pronto, creo... » y después con mas seguridad: « Si », dijo, « pronto, y podré
decírtelo también yo ».

La gran propiedad de King's Lynn parecía haber esperado como ellos habían esperado
que esto ocurriera de nuevo.
Mucho tiempo atrás había sido extraída de la selva; el amor de otro hombre y otra
mujer habían sido la principal inspiración de su creación, y en el curso de las
décadas había recibido los cuidados y el amor de hombres y mujeres que siguieron a
aquella primera pareja. Ellos y las generaciones sucesivas que los siguieron,
yacían ahora en el cementerio vallado sobre el Kopje detrás de la casa principal,
pero mientras ellos habían vivido King's Lynn había florecido. Así como había
decaído cuando cayo en manos de indiferentes extranjeros de una tierra lejana,
había sido despojada, profanada y privada del vital ingrediente del amor.
Aun cuando Craig había reconstruido la casa y repoblado las pasturas, aquel vital
elemento continuaba faltando. Pero ahora finalmente el amor moraba de nuevo en
King's Lynn, y su mutuo regocijo en el otro parecía irradiar de las paredes de la
casa permeabilizando toda la propiedad, instilando en la tierra el halito de la
vida y la fecunda promesa de mas vida.
Los Matabeles lo reconocieron inmediatamente. Cuando Craig y Sally-Anne, sobre la
destartalada Land Rover, recorrieron las rojas huellas polvorientas que rodeaban
Las vastas pasturas, las mujeres Matabeles dejaban los morteros en donde estaban
pisando el maíz para hacer la harina y los miraban, para saludarlos y observarlos
afectuosamente. Lo mismo hacían si por caso estaban llevando a la casa en
equilibrio sobre la cabeza los enormes bultos de leña para el fuego.
El viejo Joseph no dijo nada, pero hizo la cama en el cuarto de Craig con cuatro
almohadas y puso flores sobre la mesa al costado de la cama que había elegido
Sally-Anne, y colocó cuatro de sus biscochos especiales sobre la bandeja del
desayuno que servia en la cama al alba.
Por tres días Sally-Anne se contuvo, y luego, una mañana sentada en la cama
bebiendo el te le dijo a Craig: « Esas cortinas parecen repasadores de cocina »,
señalando con un biscocho mordido los trozos de algodón gris que el había colgado
en las ventanas.
« Podrías mejorarlas? » le preguntó Craig con sutil astucia, y ella cayo en la
trampa. Una vez que se involucro en la elección de las cortinas, inmediatamente
se involucro en el resto. Desde el diseño de los muebles por el pariente de
Joseph, el famoso ebanista, a la reestructuración del huerto y el replanteo de los
rosales y arbustos que se habían secado por descuido.

92
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Luego hasta Joseph entró en la conspiración, proponiéndole el menú de la cena.
« Nkosazana, que se come esta noche, será asado o pollo al curry? »
« A Nkosi Craig le gustan las brozas », dijo Sally-Anne, que lo había descubierto
en una conversación casual. « Puedes hacer tripa gorda con cebollas? »
Joseph se iluminó. « Al viejo gobernador general, antes de la guerra, todas las
veces que venia a Kingi Lingi le hacia tripa gorda con cebollas. El me decía: muy
bien, Joseph, la mejor del mundo! »
« Okay, Joseph, entonces esta noche comeremos tu tripa gorda con cebollas mejor del
mundo », se rió Sally-Anne; y solo cuando Joseph, formalmente, le entregó la llave
de la despensa, comprendió la seriedad de su declaración.
Estuvo presente a medianoche, cuando nació el primer ternero en King's Lynn: un
parto difícil, porque tenia la cabeza vuelta hacia adentro, así que Craig debió
enjabonarse el brazo y meterlo en la matriz para liberar al ternero, mientras
Shadrach y Hans Groenewald tenían firme la cabeza de la búfala y Sally-Anne
iluminaba con la linterna.
Finalmente, cuando nació eyectado repentinamente, era un ternerito color crema que
quedo tambaleándose sobre las largas y débiles patas. Bien pronto se prendió a las
ubres de su madre y todos pudieron volver a dormir.
« Esa fue una de las experiencias mas bellas de mi vida, tesoro. Quien te enseño a
hacerlo? »
« Mi abuelo Bawu. » La abrazo en el dormitorio oscuro. « No te dio asco? »
« Al contrario, me ha fascinado. »
« Come Enrique VIII, el nacimiento lo prefiero en abstracto », se rió el. « O sea,
prefiero concebir. »
« Machista », le susurró. « Pero no estas demasiado cansado? »
« Y tu? »
« No », respondió ella. « No diría la verdad si dijiera que si. »
Enseguida hizo una o dos tentativas de rechazo poco convincentes antes de ceder:

« Hoy recibí un telegrama, el certificado de revisión del Cessna esta listo, deberé
ir a buscarlo a Johannesburg ».
« Si puedes esperar dos o tres semanas voy contigo. Están soportando una terrible
sequía en el sur y los precios del ganado están cayendo. Podríamos visitar los
grandes ranchos en el avión y hacer algunos negocios. »
Así que Sally-Anne se quedo, y los días se anudaron unos a otros, llenos para ambos
de amor y de trabajo: trabajo para el libro fotográfico, para la nueva novela, para
el WWF, para la inminente inauguración de Zambesi Waters, y para la gestión
cotidiana de King's Lynn, que se ponía cada vez mas bella.
Con cada semana que pasaba, la voluntad de Sally-Anne de romper el encanto que
Craig y King's Lynn le estaba tejiendo a su alrededor se debilitaba, y las
exigencias de su vida pasada empalidecían, hasta que un día se puso a pensar en
King's Lynn como su casa y lo tomo prácticamente con mucha naturalidad.
Una semana mas tarde, le enviaron una carta certificada de su dirección en Harare.
Era un formulario de aplicación para renovar su contrato anual con la WWF. En lugar
de llenarlo y reenviarlo enseguida, lo guardó en el bolso de las cámaras
fotográficas.
« Lo completo mañana », se prometió, pero en el fondo de su corazón se dio cuenta
que había llegado a una encrucijada de su vida. La perspectiva de viajar sola por
el África en su avión, con sus únicas posesiones; una muda de ropa y una cámara,
durmiendo en donde cayera y lavándose cuando pudiera, no era mas atractiva como
antes.
Esa noche en la cena miro a su alrededor el casi vacío enorme comedor, las nuevas
cortinas, su único lujo y toco la gran mesa de teca rhodesiana la cual, bajo su
guía el pariente de la había construido; ya anticipaba la patina que el uso y el
cuidado le conferirían bien pronto. Luego lanzo una mirada por encima de los
candelabros al hombre sentado frente a ella, y tuvo un estremecimiento de miedo y
una extraña emoción. Sabia que había tomado la decisión.
Tomaron el café en la galería y escucharon a las cigarras chirriando sobre los
árboles de Jacaranda, y los murciélagos chillando y volando a la caza de insectos
bajo la luna amarillenta.
Sally-Anne se apretujó contra el hombro de Craig y le dijo: « Craig, querido, es
hora que te lo diga, también yo te amo ».

93
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Craig quería correr a Bulawayo, sacar de la cama al juez de paz, pero ella lo
retuvo riendo a carcajadas.
« Dios Mio, estas loco, no es como comprar un kilo de queso! No puedes levantarte y
casarte así nomás simplemente. »
« Como no! Un montón de gente lo hace. »
« Yo no », dijo la muchacha con firmeza. « Yo quiero hacerlo con toda la regla. »
Hizo algunas cuentas con los dedos y el calendario en la ultima hoja de su cuaderno
de notas y luego decidió: « El dieciséis de febrero ».
« Pero eso es dentro de cuatro meses! » exclamó Craig, pero sus protestas no se
tuvieron en cuenta sin piedad.
Por otra parte Joseph estaba plenamente de acuerdo con los planes de Sally-Anne
para una boda formal.
« Casense en Kingi Lingi, Nkosikazi! »
Era una orden mas que una pregunta. Y el Sindebele de Sally-Anne había progresado
lo suficiente para reconocer que había sido ascendida de « patroncita » a « gran
señora ».
« Cuantos invitados? » pregunto Joseph. « Doscientos, trescientos? »
« Dudo que podamos llegar a tantos », se lamentó Sally-Anne.
« Cuando se caso Nkosana Roly a Kingi Lingi vinieron cuatrocientos invitados; hasta
Nkosi Smithy vino. »
« Sabes que eres un snob terrible, viejo Joseph? » lo amonestó ella.

Y así Craig superó la depresión de la pesada condena infligida a Tungata, absorbido


por toda la excitación y la actividad en King's Lynn. En pocos meses se olvido de
su ex amigo, recordándolo solo en algunos momentos, cuando menos lo esperaba. Para
el resto del mundo, Tungata Zebiwe no había existido nunca; después de la crónica
del proceso y de la condena hecha por los diarios y la radio y televisión, pareció
caer una cortina de silencio sobre el, como una mortaja.
Luego, abruptamente, una vez mas el nombre de Tungata Zebiwe fue repetido en cada
pantalla de televisión y en cada radio y aparecía en la primera página de todos los
diarios del continente.
Craig y Sally-Anne sentados frente al televisor, apenados e incrédulos mientras
escuchaban los primeros informes. Cuando terminó el noticiero y el programa cambio
al informe meteorológico, Craig se levantó a apagar el televisor. Después volvió a
sentarse junto a ella, moviéndose como un hombre en estado de shock después de
haber tenido un terrible accidente.
Ambos permanecieron en silencio en la sala a oscuras, hasta que Sally-Anne le tomo
la mano. Se la apretó fuerte, temblando incontrolablemente en todo el cuerpo.
« Esas pobres chicas, eran criaturas! Puedes imaginarte su terror? »
« Conocía a los Goodwin, eran buena gente. Siempre trataron bien a sus trabajadores
negros », barbotó Craig.
« Esto prueba que tenían razón al encerrarlo como un animal peligroso. » Su horro
se estaba empezando a convertirse en furia.
« No puedo imaginar que cosa esperan ganar con esta... » Craig todavía incrédulo
sacudía la cabeza. Y Sally Anne explotó.
« El país entero, el mundo entero lo juzgara por lo que son, carniceros sedientos
de sangre... » La voz se le quebró transformándose en un sollozo. « Esas pobres
niñas... Oh Dios del cielo, lo odio, quisiera verlo muerto. »
« Han usado su nombre, pero esto no quiere decir que lo haya planeado, sabido u
ordenado Tungata », trató de convencerla Craig.
« Lo odio », susurró ella. « Lo odio por esta masacre. »
« Es una locura. Todo lo que pueden obtener es una sangrienta represión de las
tropas Shonas en Matabeleland. »
« La mas chica tenia solo cinco años », repetía Sally-Anne en su indignación y su
dolor.
« Nigel Goodwin era un buen hombre. Lo conocía muy bien, estábamos en la misma
unidad especial de la policía durante la guerra. Me agradaba. » Craig fue al
bargueño y preparó dos whisky. « Por favor, Dios del cielo, no permitas que todo
comience de nuevo. Por favor, líbranos del horror, la atrocidad y la crueldad... »

Si bien Nigel Goodwin tenia casi cuarenta años, la suya era una de esas caras rosas
que el sol africano no lograba afectar y eso lo hacia verse mas joven. Su mujer
Helen era una muchacha flaca de cabellera oscura, simple pero siempre alegre y de
ojos muy vivaces.

94
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Las dos niñas durante la semana estudiaban en el colegio de monjas de Bulawayo. A
los ocho años, Alice Goodwin tenia los cabellos y las pecas de color jengibre, y
como su padre era regordeta y rosada. Stephanie, la pequeña, tenia cinco años y era
muy chica para estar en el colegio; pero en consideración del hecho que tenia una
hermana mayor en el convento, la Reverenda Madre Superiora en su caso había hecho
una excepción. Era bonita, pequeña, trigueña y charlatana como un pajarito, con los
ojos brillantes de su madre.
Cada viernes por la mañana Nigel y Helen Goodwin recorrían en el auto los ciento
cincuenta kilómetros desde el rancho a la ciudad. A la una de la tarde recogían a
las niñas en el colegio, almorzaban en el restaurante del Hotel Selbourne,
compartiendo una botella de vino, y luego pasaban la tarde de compras. Helen
reabastecía la despensa, compraba telas para hacer vestidos para ella y las chicas,
y después, mientras las niñas miraban la matinée en el cine local, se hacia lavar,
cortar y peinar los cabellos, la única extravagancia de su simple existencia.
Nigel era miembro de la Unión de los Agricultores de Matabeleland y pasaba en la
sede una hora o dos en agradable charla con el secretario y aquellos otros miembros
que estaban en la ciudad por ese día. Después se iba a pasear por las calles anchas
y soleadas, con el sombrero aludo tirado hacia atrás sobre la cabeza y las manos en
los bolsillos, fumándose un buen cigarro de tabaco negro, saludando a los conocidos
que encontraba, blancos o negros, deteniéndose cada pocos metros a intercambiar una
palabra o una charla.
Cuando llegaba a donde había dejado la camioneta Toyota frente a la Cooperativa, su
capataz Matabeles, Josiah, y dos peones lo estaban esperando. Cargaban el alambre
de púas, herramientas y piezas de repuesto, las medicinas para el ganado y
cualquier otra cosa que hubieran comprado, en la caja de la camioneta y esperaban
el regreso de Helen y de las niñas.
« Disculpe, señorita », decía siempre Nigel abordando a su esposa, « ha visto por
casualidad a la señora Goodwin por ahí? » Era una bromita que se repetía todas las
semanas. Helen se reía, arreglándose la permanente.
Para las niñas tenia una bolsa de golosinas. Su mujer protestaba, afirmando que los
dulces le afectaban a los dientes, y Nigel le guiñaba un ojo a las niñas diciendo;
« Ya lo se, pero esta vez no las va a matar ».
Stephanie, porque era la mas pequeña, viajaba en la cabina entre sus padres,
mientras Alice subía atrás con Josiah y los otros Matabeles.
« Abrígate querida, que se pondrá oscuro antes que lleguemos a casa », le decía su
madre.
Los primeros ciento veinte kilómetros eran de ruta asfaltada; después Josiah
saltaba a tierra para abrir la tranquera del camino de tierra que llevaba a la
propiedad.
« En casa de nuevo », decía contento Nigel, manejando en sus tierras. Lo decía
siempre, y Helen sonreía y le ponía la mano sobre la rodilla.
« Es lindo volver a casa, querido », concordaba con el.
La noche africana cayo rápidamente sobre ellos y Nigel encendió los faros. Ahora al
costado de la ruta descubrían como pequeños puntos brillantes de luz, los ojos del
ganado, búfalos gordos y satisfechos, el olor de sus excrementos fuerte y amoniacal
en el aire fresco de la noche.
« Se esta poniendo muy seco », barbotaba Nigel. « Necesitamos algo de lluvia. »
« Si, querido. » Helen tomo en brazos a Stephanie y la pequeña se acurrucaba
adormecida en la falda de su madre.
« Ya estamos », murmuraba Nigel. « Cooky ha encendido las lámparas. »
Hacia diez años que se proponía instalar un generador de corriente eléctrica, pero
siempre había algo mas importante, así que todavía andaban con el gas y el
kerosene. Las luces titilantes de la casa los recibieron oscilando entre las ramas
de las acacias.
Nigel estacionó la camioneta junto a la galería trasera y apago el motor y las
luces de los faros. Helen descendió con Stephanie en brazos, la criatura estaba
dormida ahora con el pulgar en su boca, las piernitas flacas y desnudas colgando.
Nigel fue atrás de la camioneta y bajó a Alice.
« Longile, Josiah, pueden irse ahora. Descargaremos la camioneta mañana temprano »,
les dijo a los peones. « Buenas noches! »
Teniendo a Alice de la mano, siguió a su mujer hacia la galería, pero antes que
llegaran, el enceguecedor haz de luz de una potente linterna los iluminó y la
familia se detuvo en un pequeño grupo compacto.

95
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Quien es? » preguntó irritado Nigel, cubriéndose los ojos con una mano, todavía
teniendo a Alice en la otra mano.
Sus ojos comenzaron a distinguir lo que había detrás de la linterna, y de repente
temió por la vida de su mujer y de las niñas. Eran tres negros, en jeans y chalecos
de denim. Cada uno de ellos llevaba un AK 47 en la mano. Los fusiles apuntaban al
grupo familiar. Nigel miro rápidamente detrás de el. Había otros extraños, pero no
estaba seguro de cuantos eran. Habían salido de las tinieblas y tenían apuntados a
Josiah y los dos peones.
Nigel penso en el fusil en la caja fuerte de su oficina al extremo de la galeria.
Pero enseguida recordó que el armero estaba vacío; al final de la guerra, uno de
los primeros actos del gobierno negro, fue obligar a todos los propietarios blancos
a entregar todas sus armas. En realidad no importaba, se dio cuenta. Nunca podría
haber alcanzado la caja fuerte de todos modos.
« Quienes son, papá? » pregunto Alice, con la voz quebrada por el miedo. Por
supuesto ellalo sabia. Era lo bastante grande como para recordar la guerra.
« Sean valientes, mis queridas », les dijo Nigel a todas ellas. Helen se arrimo a
el, siempre con la pequeña Stephanie en brazos.
Le clavaron el cañon de un fusil en la espalda y le ataron las manos atrás con
alambre galvanizado que le cortó la carne. Después le quitaron a Stephanie de los
brazos de su madre y la pusieron de pie en el suelo. Vaciló, somnolienta,
pestañeando como una lechuza a la luz de la linterna, continuo chapándose el
pulgar. También a Helen la maniataron detrás de la espalda. Gimió de dolor, cuando
el alambre le laceró las muñecas y se mordió los labios. Dos mas fueron a atar a
las niñas.
« Son criaturas », les dijo Nigel en Sindebele. « Por favor, no las aten, no les
hagan daño. »
« Silencio, chacal blanco », respondió uno de ellos en la misma lengua,
arrodillándose para atar a Stephanie.
« Duele, papito », comenzó a llorar la pequeña. « Me hace daño! Dile que no me haga
daño! »
« Debes ser valiente », repitió Nigel, entupidamente e inadecuadamente, odiándose.
« Ahora eres una muchachita grande. » El otro hombre fue por Alice.
« Yo no lloraré », prometió. « Seré valiente, papá. »
« Brava, nenita mía », le dijo Nigel mientras el hombre la ataba.
« Caminen! » ordenó el hombre con la linterna, que era claramente el jefe del
grupo, y con la culata del fusil empujo a la niña hacia los peldaños de la galería
de la cocina.
Stephanie tropezó y cayó. Con las manos atadas detrás de la espalda no lograba
levantarse y pataleaba impotente.
« Bastardos », susurró Nigel. « Bastardos asquerosos. »
Uno de ellos tomo a la niña por los cabellos y la puso de pie. La pequeña a los
tropezones, llorando histéricamente corrió a donde su hermana parada contra la
pared de la galería.
« No seas niña, Stephy », le dijo Alice. « Es un juego. » Pero su voz temblaba de
terror y sus ojos a la luz de la linterna eran enormes y llenos de lagrimas.
Alinearon a Helen y a Nigel junto a las chicas y la linterna les ilumino la cara
varias veces, de atrás para adelante, encandilándolos de modo que no pudieran ver
que sucedía en el patio.
« Pero porque hacen esto? » les pregunto Nigel. « La guerra terminó, y no les hemos
hecho ningún mal. »
Ninguna respuesta. Solo el haz de luz de la linterna que pasaba de una cara a la
otra, y el llanto de Stephanie, un llanto desgarrador. Luego se oyó el murmullo de
otras voces en la oscuridad, muchas voces ahogadas y temerosas, mujeres, hombres y
niños.
« Han traído a los trabajadores para que vean », dijo despacio Helen.
« Y como durante la guerra, nos fusilaran. » Hablo en voz baja para que no la
escucharan las niñas. Nigel no supo que responderle. Sabia que tenia razón.
« Desearía haberte dicho cuanto te amo », le dijo.
« No te preocupes », le susurró ella en respuesta. « Se que siempre me quisiste. »
Ahora ya distinguían a los peones del rancho, todos los Matabeles de la aldea
próxima; una masa negra iluminada por la linterna eléctrica y luego la voz del jefe
se escucho en Sindebele:

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Estos son los chacales blancos que se alimentan de la tierra de los Matabeles.
Esta es la basura blanca aliada de los asesinos Mashonas, los comemierda de Harare,
los enemigos juramentados de los hijos de Lobengula... »
El orador se estaba caldeando, autosugestionándose para alcanzar un estado de furia
homicida. Ya Nigel podía ver que los otros hombres que los vigilaban comenzaban a
oscilar rítmicamente y a canturrear, sumiéndose en esa insana pasión donde la razón
no existe. Los Matabeles la llamaban « locura divina ». en la época del viejo rey
Mzilikazi, un millón de seres humanos habían muerto por esta divina locura.
« Estos son los blancos que lamen el culo de los Mashona, los traidores que
entregaron a Tungata Zebiwe, el padre de nuestro pueblo, a los campos de exterminio
de los Mashona », grito el jefe.
« Las abrazo a todas, mis queridas », susurró Nigel Goodwin. Helen nunca le había
escuchado decir nada tan tierno, y fue esto, no el temor lo que hizo que comenzara
a llorar. Trató de contener las lagrimas, pero le inundaron el rostro.
« Que debemos hacer con ellos? » tronó el jefe.
« Matémoslos! » gritó uno de sus hombres, pero la masa de trabajadores Matabeles
permaneció silenciosa, en la oscuridad.
« Que debemos hacer con ellos? » Esta vez el líder saltó desde la galería y grito
en la cara de los peones que todavía permanecieron en silencio.
« Que debemos hacer con ellos? » Otra vez la pregunta, seguida esta vez del sonido
de golpes inferidos con las culatas de los fusiles sobre la carne negra.
« Que debemos hacer con ellos? » La misma pregunta por cuarta vez.
« Matémosles! » Una insegura respuesta aterrorizada, y otros golpes con las culatas
de los fusiles.
« Mátenlos! » El grito fue continuado.
« Mátenlos! »
« Abantwana kamina! » Era una voz de mujer que Nigel reconoció como de la vieja
Martha, la niñera. « Mis nenas! » gritaba, pero su voz fue ahogada enseguida por el
coro ensordecedor de « a muerte! a muerte!, » a medida que la « divina locura » se
propagaba.
Dos hombres vestidos en denim avanzaron en la zona iluminada por la linterna.
Agarraron a Nigel por los brazos y lo giraron de cara a la pared y lo obligaron a
arrodillarse.
El jefe le paso la linterna a otro de sus hombres y saco la pistola del cinturón de
sus jeans. Desplazo la corredera metiendo una bala en la recamara con un chasquido
seco, apoyo el cañón en la nuca de Nigel y disparó un solo tiro. Nigel cayó. El
contenido del cráneo se estampo contra la pared blanca y luego comenzó a correr
como un torrente gelatinoso hacia el suelo.
Nigel todavía estaba pataleando cuando hicieron que Helen se arrodillara al lado
del cadáver del marido.
« Mamá! » grito Alice, cuando el siguiente tiro destrozo la frente de la mujer
haciéndole hundir el cráneo. Todo el coraje patéticamente demostrado hasta ahora
por Alice se desvaneció. La pobre niña cayó temblando sobre el piso de la galería,
mientras que un reflejo involuntario le vaciaba los intestinos con un gorgoteo
sofocado.
El jefe se acerco a ella. La frente de la niña casi se apoyaba en el suelo, sus
cabellos rojizos se habían dividido mostrando la nuca tierna. El jefe estiró el
brazo y apoyó el cañón de la pistola sobre esa carne blanda que sofocó el estampido
del disparo. El brazo se sacudió por el retroceso del arma. Volutas de humo azul se
elevaron a la luz de la linterna.
La pequeña Stephanie fue la única en ofrecer resistencia, hasta que el jefe la
golpeo con el caño de la pistola. Aun así ella se debatía y pateaba, caída en el
piso de la galería en el charco de sangre de su hermana que se ampliaba. El jefe le
colocó un pie en la espalda entre los omoplatos. La bala salio por la sien de
Stephanie frente a su oreja derecha y excavo sobre el piso de cemento de la galería
un agujero no mayor que un dedal. El hueco se lleno enseguida con la sangre de la
niña.
El jefe se inclino y metió el índice en el hueco tiñéndolo de sangre oscura y con
eso escribió en la pared blanca de la galería con grandes letras irregulares:
TUNGATA ZEBIWE VIVE.
Después salto de la galería y como un leopardo se alejo silencioso en las tinieblas
de la noche. Sus hombres lo siguieron a paso veloz en fila india.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Yo les prometo solemnemente », dijo el primer ministro, « que estos considerados
disidentes serán aniquilados, completamente aniquilados. »
Detrás de los anteojos de montura de acero sus ojos estaban gélidos y opacos. La
mala calidad de la transmisión televisiva agregaba halos de siluetas fantasmas a su
cabeza, que no disminuía su enojo que parecía desbordar la pantalla e inundar el
living room de King's Lynn.
« Nunca lo vi en ese estado », dijo Craig.
« Usualmente es un pescado frio », concordó Sally-Anne.
« He ordenado a la policía y al ejercito a salir a capturar a los perpetradores de
esta terrible atrocidad. Los encontraremos, y a sus sostenedores, sentirán toda la
fuerza de la rabia del pueblo. No toleraremos a estos disidentes! »
« Bien por el », asintió Sally-Anne. « Nunca me gusto mucho, pero ahora comienza a
gustarme.»
« Tesoro, no te alegres tanto », le advirtió Craig.
« Recuerda que estamos en África, no en America o en Inglaterra. Esta tierra es muy
diferente, las palabras tienen otro significado aquí. Palabras como “capturar” y
“aniquilar”. »
« Craig, yo se que los Matabeles te caen simpáticos, pero esta vez seguramente... »
« Muy bien », dijo Craig levantando una mano, « lo admito: los Matabeles me
simpatizan, mi familia siempre vivió con ellos, los hemos apaleado y explotado,
combatimos contra ellos y los masacramos, y fuimos masacrados por ellos. Sin
embargo también llegamos a conocerlos, estimarlos y honrarlos. Yo no conozco a los
Mashonas. Son fríos y reservados, astutos e inteligentes. No conozco su lengua y no
me fío de ellos. Por eso es que opté por vivir en Matabeleland. »
« Estas diciendo que los Matabeles son santos? Que no son capaces de cometer una
atrocidad por el estilo? » Ahora se estaba enojando con el. Su tono se agudizo, y
el se apresuro a calmarla.
« No por Dios! Son crueles como cualquier otra tribu africana, y mucho mas
guerreros que casi todas las otras. En los viejos tiempos, cuando atacaban a otras
tribus, lanzaban al aire a los chicos y los recibían en la punta de sus assegais,
tiraban a los viejos al fuego y se divertían al verlos quemarse. La crueldad tiene
un valore diferente en África; si vives aquí es lo primero que debes entender. »
Hizo una pausa y sonrió. « Una vez estaba discutiendo de filosofía política con un
Matabeles, un ex guerrillero, y le explicaba los principios de la democracia. Su
respuesta fue: 'No puede funcionar. Quizás funcionara con ustedes, pero aquí entre
nosotros no puede funcionar'. No ves? Este es el punto. El África crea y respeta
sus propias reglas, y yo te apuesto un millón de dólares contra un sorete de
elefante que en las próximas semanas veremos cosas que seguramente no verías en
Pensilvania o en Dorset. Cuando Mugabe dice 'aniquilar', no significa
'capturar, procesar y condenar'. Es un africano e intenta justamente 'aniquilar'. »

Eso ocurrió un miércoles. El viernes siguiente era día de compras en King's Lynn,
el día para ir a Bulawayo a hacer las compras y las visitas. Craig y Sally-Anne
partieron temprano ese viernes por la mañana. El nuevo camión de cinco toneladas,
lleno de Matabeles del rancho, seguía a la Land Rover: los peones aprovechaban el
viaje gratuito a Bulawayo, vestidos de fiesta y todos excitados, cantando.
Craig y Sally-Anne se encontraron con el camino bloqueado apenas antes del cruce de
Thabas Indunas. Había una fila de autos de doscientos metros, y Craig vio que la
mayor parte de ellos se volvían.
« Quédate al volante », le dijo a Sally-Anne, y descendió de la Land-Rover, se fue
caminando hasta la punta de la fila de vehículos. No se trataba de un boqueo
temporario. Había ametralladoras pesadas en emplazamientos protegidos por sacos de
arena a ambos lados del camino, y ametralladoras livianas ubicadas a metros mas
allá para cubrir una eventual irrupción de un vehiculo veloz.
La verdadera barricada era de tambores llenos de cemento y chapas metálicas
aguzadas para pinchar las gomas de los autos. Los soldados eran de la Tercera
Brigada, con la típica boina roja del leopardo de plata. Los uniformes de batalla
camuflados le conferían un aire felino de tigres de la jungla.
« Que pasa, sargento? » le pregunto Craig a uno de ellos.
« La ruta esta cerrada, Mambo », le respondió el hombre cortésmente. « Pasan solo
los que tienen permiso otorgado por el comando militar. »
« Debo ir a la ciudad! »
« Hoy no », dijo el hombre sacudiendo la cabeza. «No es un buen lugar para
permanecer hoy en Bulawayo. »

98
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Come para confirmar esto, en dirección de la ciudad se escucharon débiles
detonaciones. Parecían ramas verdes que reventaban en un fuego, y a Craig se le
erizo la piel. Conocía muy bien ese sonido, que le trajo toda una serie de
recuerdos infames del tiempo de la guerra.
« Vuelva a casa, Mambo », le dijo amablemente el sargento. « No es mas tu indaba,
esto. »
De golpe Craig sintió la urgencia de llevar a King's Lynn, sanos y salvos, a los
peones Matabeles que los seguían en el camión. Volvió corriendo a la Land Rover y
efectúo un giro en «U».
« Que pasa, Craig? »
« Creo que ya ha comenzado », le dijo tristemente, y apretó el acelerador a fondo.
Encontraron al camión cargado de peones que cantaban todos alegres. Craig le hizo
señas para que se detuvieran y bajo a hablar con Shadrach, que se sentaba en la
cabina junto al chofer, con el traje gris de franela que Craig le había regalado.
« Vuelvan a Kingi Lingi », ordenó Craig. « Hay gran peligro en la ciudad. Ninguno
debe abandonar Kingi Lingi hasta que todo termine. »
« Los soldados Mashona? »
« Si », respondio Craig. « La Tercera Brigada. »
« Chacales e hijos de chacales comemierda », dijo Shadrach, escupiendo por la
ventanilla abierta.

« Hablar de miles de inocentes muertos por las fuerzas de seguridad del estado es
una tontería... » El ministro de Justicia de Zimbabwe, con su traje oscuro y la
camisa blanca, parecía un agente de Bolsa exitoso. Sonreía blandamente en la
pantalla de televisión con la cara negra brillante de sudor bajo la luz de los
reflectores del estudio de TV. « La verdad es que uno o dos civiles han muerto en
el fuego cruzado de las tropas con los forajidos Matabeles disidentes. Pero hablar
de millares... Ah ah ah! » se rió jovial. « Si es cierto, desearía que alguien me
mostrase los cuerpos de estos miles de personas muertas, porque no se nada de
ellos. »
« Bueno », dijo Craig apagando el televisor. « Esto es todo de Harare. » Miro el
reloj. « Son casi las ocho, veamos que dice la BBC. »
Durante el régimen de Smith, con la censura imperante, los hombres pensantes del
África central se habían procurado radiorreceptores de onda corta, y todavía era
una buena idea poseer uno. El de Craig era un Yaesu Musen que captaba fácilmente el
noticiario africano de la BBC en 2171 kilohertz.
« El gobierno de Zimbabwe ha expulsado de Matabeleland a todos Los periodistas
extranjeros. El Alto Comisario británico le ha manifestado al primer ministro de
Zimbabwe la preocupación del gobierno de Su Majestad acerca de las noticias de
masacres perpetradas por las tropas del ejercito en el... »
Craig busco Radio Sudáfrica y la captó clara y fuerte. « ... la llegada de
centenares de prófugos de la frontera con Zimbabwe.
Los refugiados son todos de la tribu Matabele. Un portavoz de este grupo ha
descripto la masacre de civiles a la que han asistido en las aldeas: “Están matando
a todos”, ha dicho. 'Mujeres y niños, y hasta pollos y cabras.' Otro prófugo pidió
no ser enviado de vuelta: Los soldados nos mataran'. »
Craig buscó la Voz de America.
« El líder del partido ZAPU, que representa la facción Matabele de Zimbabwe, el
señor Joshua Nkomo, ha llegado al Estado limítrofe de Botswana después de haberse
fugado de su país. 'Han asesinado a mi chofer', ha declarado a nuestro
corresponsal. 'Mugabe me quiere muerto, esta vez no tengo dudas.'
« Con el reciente apresamiento de todos los otros notables del partido ZIPRA, la
partida de Zimbabwe de Nkomo deja a los Matabeles sin mas lideres ni dirigentes en
su patria. Contemporáneamente el gobierno de Robert Mugabe ha establecido una
censura total de todo lo que esta ocurriendo en el este del país; los periodistas
extranjeros han sido todos expulsados y se rechazó un pedido de la Cruz Roja de
enviar observadores a la región. »
« Es todo tan familiar », dijo Craig. « Hasta tengo la misma nausea en el fondo del
estomago cuando lo escucho. »
El lunes era el cumpleaños de Sally-Anne. Después del desayuno fueron juntos a
Queen's Lynn a recoger su regalo. Craig lo había dejado al cuidado de la señora
Groenewald, la mujer del mayordomo, para mantener el secreto y la sorpresa.
« Oh, Craig, que belleza! »
« Ahora tienes dos cachorros para cuidarnos en King's Lynn », le dijo Craig.

99
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Sally-Anne alzó al cachorro en brazos y lo besó en el hocico húmedo. El perrito,
color de miel, la retribuyó con un lenguetazo en la cara.
« Es un perro-león rhodesiano », le dijo Craig. « Pero ahora habrá que llamarlo
zimbabweano. »
La piel del cachorro era demasiado grande para su tamaño, y le colgaba creando
numerosas arrugas en la frente, dándole un aspecto de preocupación. El lomo
presentaba la cresta dorsal típica de su raza.
« Mira que patas! » exclamo Sally-Anne. « Va a ser un monstruo. Como debo
llamarlo?»
Craig decretó un día de fiesta en Kingi Lingi por el cumpleaños de Sally-Anne.
Tomaron el cachorro y fueron a hacer un picnic sobre la costa del lago artificial
creado por la represa en el limite norte de la propiedad y tendieron una manta bajo
los árboles al borde del agua, y allí buscaron un nombre para el perrito. Sally-
Anne rechazó la sugerencia de Craig, que quería llamarlo « Perro ».
Los pájaros tejedores de cara negra revoloteaban trinando y haciendo el nido en el
árbol sobre sus cabezas. Joseph había colocado en la cesta una botella de vino
blanco helado. El cachorro se fue a la caza de saltamontes hasta que cayó exhausto
sobre la manta junto a Sally-Anne. Terminaron el vino y cuando hicieron el amor
sobre el paño Sally-Anne le susurró seria: « Ssstt! No despertemos al perrito! »
Luego volvieron a la casa en la colina y Sally-Anne de improviso dijo: « No hemos
hablado del conflicto en todo el día ».
« No arruines el record! »
« Lo llamaré Buster. »
« Porque? »
« Porque así se llamaba el primer cachorro que me regalaron. »
Le dieron a Buster la cena en la escudilla que Craig le había comprado para el, y
le hicieron una cucha con una caja de vino vacía, cerca de la cocina. Estaban
cansados y felices, y aquella noche dejaron el libro y las fotografías y se fueron
enseguida a la cama después de la cena.

Craig se despertó por el estampido de una ráfaga de ametralladora. Los reflejos


adquiridos en la guerra lo pusieron en pie antes de estar completamente despierto.
Era fuego de armas automáticas, ráfagas breves, muy cercanas. Las ráfagas breves
significaban buenos tiradores expertos. Venían del villorrio de los negros del
rancho. Se colocó la prótesis, ahora completamente despierto, y su primer
pensamiento fue para Sally-Anne. Moviéndose agachado, por debajo del alfeizar de
las ventanas, rodeó la cama y la arrastró al suelo junto a el. Estaba desnuda y
semi dormida.
« Que pasa? »
« Toma », le dijo Craig, dándole la bata que había descolgado del respaldo de la
cama. « Vístete pero no te levantes. » Mientras trataba de colocarse la bata,
sentada en el piso, Craig intentaba poner en orden sus pensamientos. No había armas
en la casa, excepto los cuchillos de cocina y una pequeña hacha para cortar leña en
la galería posterior. No había parapetos de sacos de arena, ni perímetro defensivo
de cercos de alambre y reflectores, ni radio transmisores; ninguna de las mas
elementales defensas con las cuales cada rancho se había provisto anteriormente.
Otra descarga de disparos, seguida de un grito de mujer, débil y cortado
abruptamente.
« Que sucede? Quien dispara? » La voz de Sally-Anne era bastante tranquila. Estaba
despierta y no tenia miedo. Craig sintió orgullo por ella. « Son los disidentes? »
« No lo se, pero no vamos a esperarlos para averiguarlo », le respondió con una
mueca amarga.
Le dio una ojeada al nuevo techo de paja altamente inflamable. Seria mejor salir de
la casa y esconderse entre los arbustos. Pero para eso debía crear una distracción.
« Quédate allí », le ordenó. « Cálzate los zapatos y prepárate para correr, vuelvo
en un minuto. »
Rodó bajo la ventana hacia la pared y se puso de pie. La puerta del dormitorio
estaba abierta y se deslizo al corredor. Perdió diez segundos en el teléfono –
sabia que deberían haber cortado los cables, y lo confirmó inmediatamente –
prosiguió dejando colgar el tubo mudo e inservible del aparato. Corrió atravesando
la cocina. Había una sola distracción que se le ocurrió. Fue al tablero de control
del generador diesel y lo encendió. Hubo una débil vibracion del sonido desde el
cobertizo del motor en el patio y las lámparas se encendieron. Abrio la caja de
fusibles encima del tablero de control, desactivo las luces de la casa y encendio

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
las luces de la galeria y el jardin del frente. Eso dejo la parte posterior de la
casa a oscuras. Podrian escapar por atras, decidio, y tendria que ser rapido. Los
atacantes no habían llegado a la casa todavia pero podrian estar a segundos de
distancia. Corrio saliendo de la cocina, se detuvo en la puerta del living para
verificar lailuminacion en el jardin del frente y la galeria. El cesped tenia un
verde peculiarmente exhuberante en la luz artificial, los jacarandaes se cernian
encima como el techo de una catedral. El fuego había cesado, pero abajo cerca de
las cabañas de los trabajadores una mujer estaba lamentandose, ese plañidero sonido
de duelo africano que le erizo la piel.
Craig sabia que ya estarian ascendiendo la colina y se estaba volviendo para volver
con Sally-Anne, cuando capto un movimiento en el limite de la zona iluminada y
trato de ver de que se trataba. Saber quienes eran los atacantes podia darle una
pequeña ventaja, pero estaba perdiendo preciosos segundos.
Era un hombre que corria hacia la casa. Un negro, desnudo... No, vestia una especie
de taparrabo y no corria, pero trastabillaba como borracho. A la luz de la galeria
la mitad de su cuerpo brillaba como aceitado, y Craig se dio cuenta que era sangre.
El hombre estaba teñido en su propia sangre y goteaba como agua de la piel de un
perro de aguas que llega a la orilla con un pato en las fauces.
Luego una mas intensa conmoción de horror, Craig se dio cuenta que era el viejo
Shadrach, y sin pensarlo fue a auxiliarlo. Abrio de una patada la puerta de la
galeria, corriendo salto la pared baja y tomo a Shadrach en sus brazos justo cuando
estaba por caer y lo puso en pie. Se sorprendio al ver lo liviano del cuerpo del
hombre. Lo llevo en un solo salto a la galeria y se agacho con el debajo de la
pared baja.
Había sido herido en el brazo, apenas encima del codo. El hueso estaba quebrado y
el miembro pendia colgado solo de una lonja de carne y piel. Shadrach lo sostenia
contra el pecho como a un recien nacido.
« Estan llegando », le dijo con voz quebrada a Craig. « Tienes que escapar
enseguida. Han matado a nuestra gente, te mataran tambien a ti. »
Ya esra un milagro que el viejo pudiera hablar con una herida semejante, ni que
pensar en moverse y correr.
Agachado debajo de la pared, rasgó una tira de tela de algodón del taparrabos con
sus dientes y comenzo a enrrollarla alrededor de su brazo encima de la herida.
Craig le retiró la mano y se la anudó.
« Debes escapar, patoncito », y antes que Craig pudiese impedirselo el viejo se
puso de pie y desaparecio en la oscuridad detras de la casa.
« Ha arriesgado su vida para venir a avisarme », pensó Craig mirandolo por un
mnomento, después se levanto e inclinado detras del parapeto volvio a la casa.
Sally-Anne estaba donde ella había dejado, acurrucada debajo del antepecho de la
ventana. La luz caia sobre ella en un cuadrado amarillento, y vio que se había
atado los cabellos detras de las cabeza, colocado una camiseta y shorts, y se
estaba atando los cordones de sus zapatos de deporte de cuero blando.
« Buena chica », dijo arrodillandose junto a ella. « Vamonos ahora. »
« Buster », dijo ella. « mi cachorro! »
« Pero por el amor de Dios! »
« No podemos dejarlo aqui! » Tenia esa mirada obstinada que ya le conocia bien.
« Mira que te llevo alzada si tengo que hacerlo », le advirtio lanzando otra mirada
preocupada por la ventana.
El cesped y los jardines todavia estaban brillantemente iluminados. Sombras negras
ascendian desde el valle. Eran soldados en orden de batalla. Por un instante no
creyo lo que veia, después suspiró con alivio.
« Oh gracias a Dios! » susurró. La impresion lo dejo débil y tembloroso, tomo en
brazos a Sally-Anne y la consoló.
« Va a estar todo bien ahora », le dijo. « Veras que todo se arreglará. »
« Que paso? »
« El ejercito ha llegado », le dijo. Había reconocido la boina roja de los soldados
que cruzaban el cesped. « Es la Tercera Brigada, estamos a salvo. »
Salieron a la galeria del frente a saludar a sus salvadores. Sally-Anne llevando al
cachorro amarillo en sus brazos, y Craig con su brazo sobre los hombros.
« Estoy muy contento de ver a usted y sus hombres, sargento », dijo Craig al
suboficial que comandaba la vanguardia.
« Entre, por favor », el sargento hizo un gesto con su fusil, imperativo, casi
amenazador. Era un hombre alto, con miembos energicos y largos, de expresion fria y
neutral. Craig sintio disminuir su propio alivio. Había algo que no andaba. La

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
linea de soldati había rodeado la casa como una red, avanzando en pares cubriendose
uno al otro. Era la clasica tactica de la guerrilla. En breve entraron en la casa,
franqueando puertas y ventanas y controlando toda la habitación. Hubo un sonido de
cristales rotos detras de la casa. Era una requisa un tanto destructiva.
« Pero que pasa sargento? » Resurgio la ira de Craig y esta vez el gesto del alto
sargento fue indudablemente hostil.
Craig y Sally-Anne retrocedieron delante de el en el comedor y se pararon en el
centro de la habitacion junto a la mesa de teca. Craig sosteniendo a Sally–Anne
protectoramente.
Dos soldados entraron por la puerta principal y le informaron al sargento en un
galimatias en Shana que Craig no logro entender. El sargento asintio con una
sacudida de cabeza y dio una orden. Se desplegaron con rapidez, obedientemente, a
lo largo de la pared. Sus armas apuntaban indudablemente a la atonita pareja en el
centro de la sala.
« Donde estan las luces? » le preguntó el sargento y cuando Craig se lo indico, fue
a encenderlas.
« Que pasa, sargento? » repitio Craig, enojado y vacilante y de nuevo preocupado
por Sally-Anne.
El sargento ignoró la pregunta y fue a la puerta. Llamó a uno de los soldados en el
cesped y el hombre vino a la carrera. Cargaba un radiotransmisor portatil en la
espalda con la antena aerea asomando sobre su hombro. El sargento hablo en voz baja
en el microfono y después volvio a la habitación.
Ahora configuraban un inmobil cuadro vivente. A Craig le parecio que transcurrio
una hora en aquel silencio, pero no fueron mas de cinco minutos, hasta que el
sargento irguio la cabeza levemente, escuchando. Craig tambien lo sintio, era un
motor, que pulsaba a un ritmo distinto del generador de corriente electrica. Cuando
el sonido aumentó un poco, reconocio tambien el tipo de motor, que era el de una
Land Rover.
Subia por el sendero, con los faros encendidos que iluminaron las ventanas. Se
detuvo con un chirrido de frenos y crujido de la grava delante de los escalones de
la galeria. El motor se detuvo, las puertas golpearon y se oyeron los pasos de un
grupito de hombres cruzando la galeria.
El general Peter Fungabera condujo a su staf a traves de las dobles puertas
vidriadas. Usaba su boina caida sobre un ojo y una bufanda de seda en el cuello.
Excepto por la pistola enfundada en su costado, estaba armado solo con su fusta
forrada de cuero.
Detras de el, el capitan Timon Nbebi, alto y de hombros redondos, con la mirada
inescrutable detras de los lentes enmarcados en acero. Tenia en su mano un estuche
de cuero para mapas, y el fusil ametrallador colgando de una correa en su hombro.
« Peter!» En el alivio de Craig había una sombra de preocupacion. La situacion
aparentaba ser demasiado artificiosa, controlada y amenazante. « Algunos de mis
peones han sido asesinados, mi induna ha escapado a la selva con una gran herida en
el brazo. »
« Han habido muchas bajas enemigas », asintio Fungabera.
« Que enemigo? » Craig estaba perplejo.
« Los rebeldes matabeles », respondio Peter. « los disidentes.
« Disidentes? » Craig lo miro sorprendido. « Shadrach un disidente? Es una
locura... es un pastor analfabeto que no se mete con la politica... »
« Las cosas muchas veces no son lo que parecen », dijo Peter Fungabera tomado una
silla en la cabecera de la mesa y poniendo un pie sobre la misma colocó un codo
sobre su rodilla. Timon Nbebi colocó el estuche de mapas sobre la mesa frente a el
y se paro detras, en posicion de guardia, sosteniendo el fusil ametrallador por la
empuñadura.
« Por favor, alguien me puede explicar que es lo que esta sucediendo aqui, Peter? »
Craig estaba exasperado y nervioso. « Alguien asalto mi villa y mato a algunos de
mi gente... Quien sabe cuantos... Porque no los persiguen? »
« El tiroteo terminó », dijo Peter Fungabera. « hemos liquidado las viboras, el
nido de traidores que tu estuviste criando en esta propiedad de estilo colonial
tuya. »
« Pero que estas diciendo? » Ahora Craig estaba verdaderamente nervioso. « No es
posible que hables en serio! »
« Ah no? » Peter mostro una amplia sonrisa. Se enderezo y puso los dos pies de
nuevo en el suelo. Se acerco para mirarles las caras a Craig y Sally-Anne. « Pero
mira, un cachorro! » dijo siempre sonriendo. « Deveras adorable. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Tomo a Buster de los brazos de Sally-Anne antes que ella se diera cuenta de sus
intenciones. Volvio a la cabecera de la mesa, acariciando al animal, rascandole
detras de las orejas. El cachorro todavia estaba medio dormido y gemia apretandose
contra el pecho del general, buscando instintivamente la teta de la madre.
« Me preguntas si hablo en serio? » repitio Peter. « Te mostrare que serio soy! »
Arrojo al suelo al perrito, que aterrizo con el lomo sobre el suelo de granito y
quedó alli atontado. El general le puso una bota sobre su pecho y lo aplasto con
todo su peso. El cachorro chillo solo una vez y murio.
« Asi es como soy serio. » No se sonreia mas. « Sus vidas valen para mi lo que
valia la vida de este animal. »
Sally-Anne emitio un gemido ahogado y se volvio escondiendo su cara en el pecho de
Craig. Boqueaba por la nausea, y Craig pudo sentir que luchaba para no vomitar.
Peter Fungabera lanzo el cuerpo del cachorro a la chimenea de una patada y se
sento.
« Ya hemos perdido demasiado tiempo con esta comedia », dijo abriendo el estuche de
mapas y esparciendo los documentos sobre la mesa frente a el.
« Señor Mellow, usted es un agente provocador a sueldo de la CIA, la infame
organizacion espia americana... »
« Es una maldita mentira! » grito Craig, y Peter ignoró su furia.
« Su control local era el agente americano Morgan Oxford de la embajada de los
Estados Unidos, mientras que su control central y oficial pagador es un cierto
señor Henry Pickering, en la cobertura de funcionario del World Bank. El los
recluto a ambos, usted y la señorita Jay... »
« No es verdad! »
« Su remineracion era de sesenta mil dolares al año y su mision era organizar un
centro de subversion en Matabeleland, financiado con fondos de la CIA canalizados a
usted mediante un prestamo de un banco controlado por la CIA subsidiario del World
Bank, por una suma de cinco millones de dolares. »
« Cristo, Peter, son todas tonteria, y tu lo sabes bien! »
« En el resto del presente interrogatorio usted se dirigirá a mi llamandome 'señor'
o generale Fungabera, esta claro? » Se volvio a un costado para ver que sucedia
porque hubo una repentina actividad tras las dobles puertas vidriadas. Sonaba como
la llegada de una columna de camiones livianos, desde los cuales estaban
descendiendo mas tropas en una gran confusion de ordenes gritadas en shona. A
traves de las puertas Craig vio a una docena de soldados que transportaban grandes
cajones hasta la galeria.
Peter Fungabera lanzó una mirada interrogativa a Timon Nbebi, que asintio
confirmando la pregunta no formulada.
« Perfecto! » dijo Peter Fungabera volviendose hacia Craig. « Podemos continuar.
Usted abrio negociaciones con conocidos traidores matabeles, aprovechandose de su
perfecto conocimiento de la lengua y del caracter de esta población intratable... »
« Nombreme a uno solo, si puede! » lo desafio Craig.
Peter Fungabera le hizo una seña a Timon Nbebi, que grito una orden.
Introdujeron a un hombre en la sala, entre dos soldados. Estaba descalzo, vestido
solo con unos pantalones cortos raidos color kaki. Estaba consumido al punto que la
cabeza parecia grotescamente grande. Estaba rapado y tenia el craneo cubierto de
moretones y cicatrices frescas, las costillas surcadas de marcas de latigazos,
probablemente azotado con el terrible latigo de piel de hipopotamo llamado siambok.
« Conoce a este hombre blanco? » le preguntó el generale Fungabera. El hombre miro
a Craig. Sus ojos manifestaban una obtusa opacidad, como si estuviesen cubiertos de
polvo.
« No lo he visto jamas », comenzó Craig, interrumpiendose enseguida. Lo había
reconocido. Era el camarada Dolar, el mas joven y agresivo de los guerrilleros
rebeldes de Zambesi Waters.
« Si? » lo alentó Peter Fungabera, sonriendo de nuevo. « Que cosa estaba diciendo,
señor Mellow? »
« Quiero ver a alguien de la embajada britanica », declaró Craig. « Y la señorita
Jay con la americana. »
« Por supuesto », asintio Peter Fungabera. « Todo a su tiempo. Pero ahora debemos
terminar lo que comenzamos. » Se volvio otra vez hacia el camarada Dolar. « Conoce
a este hombre blanco? »
El camarada Dolar asintio. « Nos dio dinero. »
« Llevenselo », ordenó Peter Fungabera. « Tratenlo bien y denle de comer. Entonces,
señor Mellow, continua negando su contacto con los rebeldes? » No esperó la

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
respuesta, pero prosiguio tranquilamente. « Usted a constituido un arsenal de armas
en esta propiedad, armas que debian ser utilizadas contra el gobierno electo por el
pueblo en un golpe de estado que colocaria en el poder a un dictador pro-
Americano... »
« No », negó tranquilamente Craig. « Aqui no hay armas. »
Peter Fungabera suspiro. « Sus negativas son inutiles y aburridas. » Se volvió al
sargento alto y le dio una orden; « Traigan a los dos ». El encabezó la marcha
hacia la amplia galeria donde los soldados habían apilado los cajones.
« Abran los cajones », les ordenó a los soldados que abrieron los cierres y
levantaron las tapas.
Craig reconocio las armas en el cajón. Eran ametralladoras americanas Armalite
5.56. Seis por cajon, nuevas de fábrica, todavia con la grasa de origen.
« No he visto jamas estas armas, no tienen nada que ver conmigo », negó con
vehemencia Craig.
« Usted esta abusando de mi paciencia », le dijo Peter Fungabera. después,
volviendose al capitan Timon Nbebi: « Haga traer aqui al otro hombre blanco ».
Hans Groenewald, el mayordomo de Craigg, se lo hizo bajar de la cabina de uno de
los camione y se lo condujo a la galeria. Tenia las manos esposadas detras de la
espalda y estaba aterrorizado. La cara ancha y bronceada parecia haberse desinflado
dando lugar a una coleccion de profundas arrugas y pliegues de piel flacida como la
piel suelta de un mastin enfermo y su bronceado oscuro se había desvanecido hasta
el beige. Sus ojos inyectados de sangre y lagrimas como los de un borracho.
« Usted almaceno estos cajones de armas en el cobertizo de los tractores? » le
preguntó el general Fungabera. La respuesta de Groenewald no se escucho.
« Hable mas fuerte, hombre! »
« Si, los almacene en el cobertizo, señor. »
« Por orden de quien? »
Groenewald miro a Craig con aire apenado, y de repente a Craig se le helo el
corazón, y el hielo se le difundio por todas las visceras.
« Por orden de quien? » repitio paciente Fungabera.
« Por orden del señor Mellow, señor.
« Llevenselo. »
Mientras los guardias se lo llecaban al camion, Groenewald continuaba girando la
cabeza, mirando fijamente a Craig, con la expresion desgarrada. De repente gritó:
« Lo lamento, señor Mellow, pero yo tengo mujer e hijos... »
Un soldato le tiró un golpe en el estomago con la culata del fusil. Groenewald
gimio y se doblo en dos. Hubiera caido, pero lo tomaron de las axilas y lo
transportaron a la cabina. El chofer encendio el motor el camion se alejo por el
camino.
Peter Fungabera los condujo de regreso al living y se acomodo de nuevo en la silla
de la cabecera. Mientras reordenaba y estudiaba los papeles que había sacado del
estuche de mapas, ignoró a Craig y Sally-Anne. Fueron obligados a permanecer
parados contra el muro opuesto, con cuatro soldados cerca. El silencio se
prolongaba.
Aunque Craig se daba cuenta que este silencio era deliberado, pensño en romperlo
gritando su inocencia, protestando por la red de falsedades y de medias verdades y
distorsiones en las cuales de a poco lo envolvian.
A su lado Sally-Anne estaba erguida, las manos entrelazadas a la altura de la
cintura para evitar que temblaran y la cara tenia un tinte verdoso bajo un velo de
transpiracion. Continuaba mirando la chimenea donde yacia el cuerpo del perrito
como un juguete roto.
Finalmente Peter Fungabera empujo los papeles a un lado y se reclino contra el
respaldo de la silla, tamborillando sobre la superficie de la mesa con la fusta.
« Una mala acción », dijo. « Una ofensa capital para ambos,usted y la señorita
Jay.»
« Esto no tiene nada que ver con ella », dijo Craig pasando el brazo en torno a los
hombros de Sally-Anne.
« Los organos inferiores internos de las mujeres resisten menos al sacudon de la
caida del patibulo », observo Peter Fungabera.
« El efecto puede ser muy raro, al menos ese es lo que me han dicho. » Craig tuvo
una sensación de nausea y trago sin poder hablar.
« Afortunadamente no sera necesario llegar a tanto. La elección sera de ustedes. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Peter jugueteo con la fusta entre sus dedos. Craig se puso a mirar fijamente las
manos de Peter.. las palmas y el interior de los dedos largos y fuertes eran de un
suave rosa delicado.
« En el fondo no son mas que fantoches de vuestros patrones capitalistas e
imperialistas », sonrio de nuevo Peter Fungabera. « Voy a dejar que se vayan. »
Ambos levantaron las cabezas mirandolo a la cara.
« Si, parecen incredulos, pero hablo en serio. Personalmente me cayeron simpaticos
los dos. Tener que colgarlos no me daria ningun placer. Ambos poseen un talento
artistico que seria un pecado desperdiciar, y de ahora en mas no podran hacer
ningun daño. »
Todavia se mantuvieron en silencio, comenzando a esperanzarse, pero no obstante
temerosos, sintiendo que todo eso se trataba del juego cruel del gato con el ratón.
« Les hare una propuesta: si ustedes descargan su consciencia, rindiendo plena y
detallada confesion, los hare acompañar a la frontera con todos vuestros
documentos, las cosas de valor y todo cuanto pudieren empacar rapidamente en las
valijas. Los mandare libres al exterior, donde no nos molesten mas con vuestras
ideas subversivas ni a mi ni a mi pueblo. »
Espero sonriendo y tamborilleando sobre la mesa con la fusta, como la gota de una
canilla que pierde. Esto distrajo a Craig. Se sintio incapaz de pensar claramente.
Todo había ocurrido demasiado rapido. Peter Fungabera los había tomado
desprevenidos, cambiando de improviso elobjetivo de su ataque. Pero el necesitaba
de tiempo para recomponerse y recomenzar a reflexionar logicamente.
« Un confesion? » murmuró. « Que clase de confesion? Una de tus exhibiciones ante
una corte popular? Una humillacion publica? »
« No, no creo necesario llegar a tanto », le aseguró Peter Fungabera. « Bastará una
declaración escrita, un relato de tus crimenes y las maquinaciones de tus amos. La
confesion sera adecuadamente atestiguada y luego seras escoltado hasta la frontera
y puesto en libertad. Todo muy simple, directo y si puedo decirlo, tambien
humanitario y civilizado. »
« Prepararas tu, naturalmente, la confesion para firmar? » pregunto amargamente
Craig, y Peter Fungabera se rió.
« Que intuicion! » Selecciono uno de los documentos de la pila que tenia frente a
el. « Aqui esta. Solo debes poner la fecha y una firmita. »
Hasta Craig se sorprendio de eso. « Ya lo han mecanografiado? ». Ninguno respondio
y el capitan Timon Nbebi le llevo el documento.
« Por favor, lealo, señor Mellow », lo invitò.
Eran tres hojas mecanografiadas, llenas de denuncias de sus « amos imperialistas »
en la histerica jerga la extrema izquierda. Pero en esta mezcolanza ideologica,
como las pasas en el budin, no faltaban los duros hechos de los que Craig estaba
acusado.
La leyo lentamente, tratando de obligar a su cerebro obnubilado para que funcionara
con claridad, pero todo era de cualquier modo onirico y surrealista, pareciendo que
no lo afectaban a el personalmente: hasta que leyo las palabras que lo sacudieron
poniendolo consciente otra vez. Las palabras eran tan familiares, tan bien
recordadas, y quemaban como ácido concentrado en el corazón.
« Reconosco plenamente que con mis acciones me he mostrado como enemigo del Estado
y pueblo de Zimbabwe... ». Era una expresion identica a aquella usada en otro
documento que el había firmado, y de golpe se le aclaró todo el plan urdido tras
los eventos de esa noche.
« King's Lynn », susurró, y levanto los ojos de la confesion mecanografiada mirando
a Peter Fungabera. « Eso es lo que quieres: andas detras de King's Lynn! »
Se hizo un silencio, excepto por el tamborilleo de la fusta sobre la mesa de teca.
Peter Fungabera no perdia el ritmo y sonreia siempre.
« Tenias en mente todo esto desde el inicio. La garantia del Land Bank, con aquella
clausula extraña... »
El torpor letargico de desvanecio poco a poco y Craig sintio la ira crecer
nuevamente dentro de si. Arrojo desdeñosamente la confesion al piso. El capitan
Nbebi la recogio y se paro con ella sosteniendola torpemente con ambas manos. Craig
temblaba de ira. Dio un paso hacia la figura elegante sentada frente a el,
levantando involuntariamente las manos, pero el alto sargento shona le bloqueo el
camino con el cañon del fusil cruzado sobre el pecho de Craig.
« Ladron! » siseo Craig a Peter, con una espuma de saliva blanca sobre el labio
inferiore. « Quiero a la policia? Invoco la protección de la ley! »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Señor Mellow », respondio con calma Peter Fungabena, « en Matabeleland yo soy la
ley. Y es mi protección la que le estoy ofreciendo. »
« Nunca lo hare. Jamas firmare esa mierda. Primero me voy al infierno! »
« Eso podria arreglarse », concedio divertido Fungabera. Después asumio un tono
racinal y persuasivo. « Lo exorto a firmar ese documento sin hacer tanta historia.
Atengase a lo inevitable, firme y evite consecuencias peores. »
Crudas palabras afloraron a los labios de Craig, y con esfuerzo se resistio a
pronunciarlas, no queriendo degradarse frente a esa gente. « No », repitió. « No
Firmare jamas ese documento. Primero tendra que matarme. »
« Te concedo la ultima posibilidad de cambiar de idea. »
« No, nunca! »
Peter Fungabera giro soble la silla hacia el sargento alto. « Te doy a la mujer »,
dijo. « Primero tu y después los soldados, uno por vez, todos, por turno. Aquí, en
esta habitación, sobre esta mesa. »
« Cristo, tu no eres un hombre », barboto Craig tratando de abrazar a Sally-Anne
para protejerla. Pero los soltaron lo tomaron de atras y lo empujaron contra la
pared. Uno de ellos, lo mantuvo quieto apuntandole a la garganta con la bayoneta.
E otro le retorcio el brazo a Sally-Anne y la sostuvo frente al sargento. La mujer
comenzo a debatirse salvajemente, pero el soldado la levantó hasta que solo las
puntas de sus zapatillas tocaban el suelo y su cara se contorsiono en una mueca de
dolor.
El sargento se mantuvo inexpresivo, sin lanzarle miradas lascivas ni hacer gestos
obscenos. Agarro lapechera de lacamiseta de Sally-Anne con ambas manos y la
desgarro hasta la cintura. Los senos oscilaron libres. Eran muy blancos y tenian un
aspecto tierno, con las puntas rosa sensibles y vulnerables.
« Tengo a mis ordenes ciento cincuenta hombres esta noche », observó Peter
Fungabera. « Pasara un buen rato hasta que hallan terminado. »
El sargento metio los pulgares en la cintura de los shorts de Sally-Anne y se los
bajo. Cayeron alrededor de los tobillos de la muchacha.
Craig se estiro hacia adelante, pero la punta de la bayoneta le perforó la piel de
la garganta. Unas pocas gotas de sangre se corrieron por el frente de su camisa.
Sally-Anne trato de cubrirse el oscuro monticulo triangular de su pudenda con la
mano libre, un gesto pateticamente ineficaz.
« Se bien cuan ferozmente hasta un blanco liberal como tu sufre al pensar que la
carne negra penetre en su mujer », dijo en tono casi de conversacion Peter
Fungabera. « Será interesante ver cuantas veces permitiras que eso suceda. »
El sargento y el soldado levantaron a Sally-Anne y la tendieron sobre la mesa. El
sargento le quito los shorts de los tobillos, dejandole las zapatillas puestas, y
los andrajos de su camiseta bajo las axilas.
Extertos, le llevaron las rodillas contra el pecho y después se las bajaron,
encajandoselas bajo las axilas. Debian haberlo hecho muchas veces. Estaba
indefensa, doblada en dos, trabada y completamente a su merced. Todos los hombres
presentes estaban mirando las secretas profundidades de su cuerpo. El sargento
comenzo a desprenderse el cinto con su mano libre.
« Craig! » gritó Sally-Anne, y el cuerpo del hombre se sacudio involuntariamente
como al recibir un latigazo.
« Firmaré », dijo en un susurro. « Dejenla ir y firmo. »
Peter Fungabera dio una orden en shona e inmediatamente los soldados dejaron libre
a Sally-Anne. El sargento la ayudo a levantarse. Educadamente le entrego los shorts
y ella se los colocó saltando en un pie, sollozando suavemente y temblando mientras
se los ponia.
Después corrio hacia Craig, abrazandolo fuerte. No podia hablar,pero se ahogó y se
tragó las lágrimas. Temblaba violentamente y Craig la estrecho tratando de
consolarla con silabas inarticuladas.
« Cuanto antes firmes mas rapido te podras ir. » Craig fue a la mesa, siempre
abrazando a Sally-Anne con el brazo izquierdo. El capitan Nbebi le entregó una
pluma y el inicialó las dos primeras hojas de la confesion, firmando la tercera al
pie. Tanto el capitan Nbebi como el general Fungabera firmaron como testigos y
Peter dijo: « Una ultima formalidad. Quiero que ambos seais visitados por el medico
del regimiento, que les extenderá un certificado que excluya cualquier signo de
maltrato o coercion indebida en ustedes ».
« Que Dios te maldiga, no ha tenido ella mas que suficiente? »
« Complaceme, por favor, querido amigo. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
El medico debia haber estado esperando afuera en alguno de los camiones. Era un
pequeño shona de modales nerviosos y profesionales.
« Examine a la mujer en el dormitorio, doctor. Asegurese particularmente que ella
no haya sido violada, lo instruyó Peter Fungabera. Mientras dejaban el living se
volvio a Craig. « Mientras tanto puedes abrir la caja fuerte de tu oficina y sacar
los pasaportes y todos los otros documentos que necesites para el viaje. »
Dos soldados acompañaron a Craig a su estudio en un extremo de la galeria, y
esperaron mientras hacia girar la combinación de la caja fuerte. Saco el pasaporte,
la billetera con las tarjetas de crédito y el distintivo del World Bank, tres
chequeras de travellers checks, y el manuscrito de la nueva novela. Guardo todo en
un bolso de viaje y volvio al living.
Sally-Anne y el doctor volvieron del dormitorio. Ella se había cambiado, vestia
camiseta, jeans y un jersey de cachemira azul; había controlado su histeria a un
ocasional sollozo ahogado, aunque todavia temblaba con cortos accesos convulsivos.
Tenia en su mano el bolso de las maquinas fotograficas y el album de fotos para el
libro.
« Te toca a ti ahora », le dijo Peter Fungabera invitandolo a seguir al doctor.
Cuando volvio, encontró a Sally-Anne sobre el asiento posterior de una Land Rover
estacionada delante de la galeria. El capitan Nbebi estaba a su lado y en la
trasera del vehiculo dos soldados armados. El lugar junto al chofer estaba libre
para Craig.
Peter Fungabera lo esperaba sobre la galeria. « Adios, Craig », le dijo, y Craig lo
miro fijo tratando de inocularle todo el veneno que podia.
« Como pudiste ceer que te daria permiso de reconstituir el imperio de tu familia?»
le pregunto Peter, sin rencor. « Hemos combatido duramente para destruir aquel
mundo. »
Mientras la Land Rover descendia de la colina en la oscuridad de la noche, Craig se
volvio a mirar para atras. Peter Fungabera todavia estaba en la galeria iluminada,
y en cierta forma su alta figura se había transformado. Parecia como si
perteneciera alli, como un conquistador que ha tomado posesion, el amo de la
propiedad. Craig continuó mirandolo hasta que los árboles lo ocultaron y solo
entonces volvio a inundarlo todo el odio que sentia por el.
Los faros de la Land Rover iluminaron por un instante el cartel:

CRIANZA DE TOROS DE RAZA KING'S LYNN


PROPIETARIO: CRAIG MELLOW.

Parecia una burla. Lo superaron en un instante y franquearon traqueteando el


guardaganado en la entrada de la propiedad. Habían abandonado el suelo de King's
Lynn y los sueños de Craig.
Giraron hacia el este y tomaron el asfalto de la ruta principal. Ninguno hablaba en
la Land Rover. El capitan Nbebi abrio el portafolios que tenia sobre sus rodillas y
extrajo una botella del fuerte aguardiente local, destilado de caña de azucar.
Se la ofrecio a Craig, que la rechazó bruscamente. Timon Nbebi insistio y entonces
Craig, de mala gana, la aceptó. Desenroscó la tapa y bebio un sorbo, exhalando los
vapores con un ruidoso suspiro. Le afloraron las lagrimas a los ojos. El licor
ardiente le penetro enseguida en la sangre, confortandolo un poco. Bebió otro sorbo
y le paso la botella a Sally-Anne. Ella sacudio la cabeza. « Bebe », le ordeno
Craig, y ella mansamente obedeció. Había parado de llorar, pero los tembloresa
continuaban. El alcohol la hizo toser y atragantarse, pero finalmente la
reconfortaron tambien a ella.
« Gracias », le dijo, entregandole la botella a Timon Nbebi, y la palabra educada
de parte de una mujer que poco antes había sido tan degradada resulto embarazosa
para todos.
Llegaron al primer bloqueo en los suburbios de Bulawayo, y Craig miro el reloj.
Faltaban siete minutos para las tres de la mañana. No había otros vehiculos
esperando en la barrera y dos soldados salieron de detras de la barricada y se
situaron a cada lado de la Land Rover. Timon Nbebi bajo el vidrio de la ventanilla
y hablo con calma con uno de ellos, mostrandole el permiso de paso. El soldado lo
examino un instante y se lo devolvio. Saludó y levanto la barrera.
Bulawayo estaba silenciosa y vacia, poquisimas ventanas estaban iluminadas. Un
semaforo titilaba verde, ambar y rojo y el chofer se detuvo obedientemente, aunque
la calle estaba completamente desierta. El ruido del motor disminuyo y muy lejano,
apenas audible, llego el sonido de una ráfaga de ametralladora.

107
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Craig miraba a Timon Nbebi en el espejo retrovisor, y lo vio parpadear al sonido
del tiroteo. Luego la luz cambio y continuaron, tomaron la ruta al sur a traves de
los suburbios. En el limite de la ciudad había dos bloqueos mas y después la ruta
estaba libre.
Iban hacia el sur en la noche oscura, con el zumbido de las gomas y el silbido del
viento contra la cabina. El resplandor del tablero los iluminaba dandole a sus
caras un tono verdoso enfermizo. Una o dos veces, desde atras, la radio crugio
emitiendo confusas palabras distorsionadas en shona. En una de esas transmisiones
Craig reconocio la voz de Peter Fungabera, pero debia haber llamado a otra unidad
porque Timon Nbebi no respondio y prosiguieron en silencio. El monotono rumor del
motor y de las cubiertas y la calidez de la cabina arrullaron a Craig, y por
reaccion, después de toda la rabia y el miedo, se adormecio.
Se despertó sobresaltado a la voz de Timon Nbebi. El rumor del motor había
cambiado. Eran las primeras luces del alba; las copas de los árboles se destacaban
negras contra el cielo pálido amarillo-limon. La Land Rover desaceleró y abandono
la ruta asfaltada entrando en una calle de tierra. Inmediatamente el olor a hongos
del polvo fino como talco invadio la cabina.
« Adonde estamos? » preguntó Craig. « Porque dejamos la ruta? »
Timon Nbebi le hablo al chofer, que paro a un costado del camino. « Desciendan por
favor », ordenó Timon Nbebi y apena Craig estuvo abajo, Timon, que ya estaba en
tierra, simulando ayudarlo, le coloco instantaneamente las esposas. El gesto fue
tan rapido y experto que Craig por algunos segundos quedo desconcertado mirandose
las muñecas esposadas. Después gritó: « Cristo, que es esta historia? »
Timon Nbebi ya había esposado con la misma destreza a Sally-Anne e, ignorando la
furia de Craig, se puso a hablar tranquilamente con el chofer y los dos soldados.
Hablaba demasiado rapido para que Craig pudiese entender todo, pero capto las
palabras shona que significaban « matar » y « ocultar ». Uno de los soldados
parecio protestar y Timon tomo el microfono de la radio de abordo. Llamó tres veces
repitiendo una contraseña y después de una breve espera escucho la voz de Peter
Fungabera en la radio, perfectamente reconocible no obstante la distorsion. Hubo un
breve intercambio y cuando Timon Nbebi dejó el microfono, el soldado no protestaba
mas. Claramente las ordenes del capitan Nbebi habían sido confirmadas por el
general.
« Prosigamos », dijo Timon volviendo a hablar en ingles y Craig fue obligado a
subir al asiento del frente. El cambio en la manera de tratarlos era muy
preocupante.
El chofer condujo la Land Rover siempre mas adentro en el veld espinoso, mientras
aumentaba la luz del dia. Afuera, el concierto matutino de los pajaros estaba en
pleno desarrollo. Craig reconocio el duo de una pareja de cardenales en una acacia
junto al camino. Una liebre encandilada por los faros se paro a mirarlos un
instante con las largas orejas rosas moviendose antes de desaparecer en dos saltos.
Después el cielo se incendio de maravillosos colores del alba africana y el chofer
apago los faros.
« Craig, tesoro, nos van a matar, verdad? » le preguntó tranquila Sally-Anne. Su
tono era firme y claro ahora; había superado la histeria y se controlaba de nuevo
perfectamente. Hablaba como si estuvieran solos.
« Lo lamento. » Craig no supo que otra cosa decirle. « Debia haber sabido que Peter
Fungabera no nos habria liberado nunca. »
« No podias hacer nada, aunque lo hubieses sabido. »
« Nos sepultaran en cualquier lugar desierto y atriburan nuestra desaparicion a los
rebeldes matabeles », dijo Craig, mientras Timon Nbebi sentado impasibile, no
admitia ni negaba la acusación.
El camino se bifurcó. A la izquierda el sendero apenas se distinguia y Timon Nbebi
le indicó al chofer que lo tomara. El conductor cambio una marcha desacelerando
mas. Prosiguieron a los barquinazos por unos veinte minutos. Para entonces ya había
plena luz diurna, la promesa de la salida del sol encendiendo las ramas superiores
de las acacias. Timon Nbebi dio otra orden y el chofer abandono la huella entrando
en el mar de hierbas altas hasta la cintura de un hombre, costeando el borde de un
Kopje de granito gris hasta que se perdieron de vista hasta desde aquella huella
donde ciertamente no pasaba nadie. Otra orden seca y el chofer freno y apago el
motor.
El silencio cayo sobre ellos. Aumentando la sensación de abandono y aislamiento.
« Nadie nos encontrara jamas aqui », dijo Sally-Anne tranquilamente, y Craig no
encontro palabras de consuelo.

108
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Permanezcan aqui », ordenó Timon Nbebi.
« No siente verguenza por lo que estan por hacer? » le preguntó Sally-Anne, y el
volvio la cara hacia ella. Detras de los anteojos de marco de acero quizas su
mirada tendria una sombra de pena, pero su boca permanecia dura. No le respondio y
después de un momento aparto la mirada y se movio dando ordenes en shona, y los
soldados colocaron sus fusiles en la parte de atras de la Land Rover mientras el
chofer trepo a la parrilla del techo y bajo tres palas plegables para cavar
trincheras.
Timon Nbebi metio la mano por la ventanilla y saco la llave de la Land Rover,
después llevó a sus hombres a una corta distancia in con la puntera de la bota
marcó dos cuadrilateros en la tierra gris arenosa. Los tres shona se sacaron el
correaje y la chaqueta militar y comenzaron a excavar las fosas. El trabajo
avanzaba rapidamente en el terreno blando. Timon Nbebi los miraba fumando un
cigarrillo y el humo gris se elevaba en espirales en el calmo y fresco aire de la
mañana.
« Voy a tratar de agarrar uno de los fusiles » cuchicheo Craig a Sally-Anne. Las
armas estaban en la parte de atras del vehiculo. Tendria que haberse arrastrado
sobre los respaldos de ambos asientos, y luego alcanzar los fusiles que estaban
parados en los soportes.
Tendria que abrir el gancho en los soportes, cargar el arma, cambiar el selector de
fuego y apuntar a traves de la ventanilla posterior, y todo con las manos
esposadas.
« No podras hacerlo », le susurró Sally-Anne.
« Es probable, pero se te ocurre otra cosa? » le dijo tristemente. « Cuando te diga
“ya”, arrojate al piso de la camioneta. »
Craig se revolvio sobre el asiento, con la pierna artificial que lo molestaba con
el tobillo encajado en la palanca de cambios.
Liberó la pierna y se preparó a lanzarse. Suspiró profundo y le dio un vistazo por
la ventanilla trasera al grupito de sepultureros.
« Escucha », le dijo rapidamente. « Te amo. Nunca ame a otra como te amo a ti. »
« Yo tambien de amo, tesoro mio », respondio despacio Sally-Anne.
« Ten coraje », le dijo.
« Buena suerte! » Ella se estaba agachando abajo, y el estaba por lanzarse, pero en
ese momento Timon Nbebi se volvio hacia la Land Rover. Vio a Craig vuelto hacia
atras en el asiento y a Sally-Anne agachada evidentemente bajo el nivel de las
ventanillas. Volvio al vehiculo a grandes pasos rapidamente. Frente a la ventanilla
abierta se detuvo y hablo en voz baja en ingles.
« No lo haga, señor Mellow. Estamos todos en gravisimo peligro. Su unica
posibilidad de salvación es quedarse tranquilo y no interferir de ningun modo. »
Saco la llave de arranque del vehiculo del bolsillo y con la otra mano desabrocho
la funda de la pistola.
Continuó hablando despacio: « Desarme a mis soldados, como ha visto, y los puse a
trabajar. Cuando entre en la Land Rover, no haga ningun movimiento ni trate de
atacarme. Yo tambien estoy arriesgando la piel y debe confiear en mi. Entiende? »
« Si », asintio Craig, pensando: « Como si tuviese elección ».
Timon abrio la portezuela del lado del conductor y se puso al volante. Lanzo una
mirada a los tres soldados ahora metidos en los pozos hasta la cintura. Después
metio la llave de arranque y la hizo girar. El burro arrancó ruidosamente y los
tres soldados levantaron la vista perplejos. El burro de arranque zumbaba pero el
motor no arrancaba. Uno de los soldados grito y salto fuera de la fosa. Corrio
hacia la Land Rover. Timón Nbebi bombeó combustible en el motor, siempre haciendo
girar el burro de arranque. Tenia una mirada desesperada. « Cuidado que lo
ahogarás! » le dijo Craig. « Levanta el pie del acelerador! »
El soldado se acercaba rapidamente, gritando furiosas preguntas, mientras el burro
de arranque continuaba girando, uirr - uirr - uirr, con Timon inmovilizado al
volante.
Ya el soldado estaba casi junto a la Land Rover, y los otros mas lerdos y menos
alertas comenzaban a seguirlo. Tambien estaban gritando, uno de ellos blandiendo su
pala amenazadoramente.
« Traba la puerta! » grito Craig rapidamente y Timon bajo la manija a la posición
de bloqueo mientras el soldado tiraba de ella. Cargo todo su peso sobre la manija y
se precipito a la puerta trasera y antes de que Sally-Anne pudiese trabarla, la
abrio. Aferró a la muchacha por el brazo y comenzo a arrastrarla fuera del
vehiculo. Craig, que todavia estaba vuelto hacia atras, levantó ambas manos

109
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
esposadas y le dio un gran golpe sobre la cabeza rapada del soldado. El acero de
bordes afilados de la esposa le cortó el cuero cabelludo hasta el hueso del craneo
y el hombre cayo, mitad afuera y mitad adentro en la puerta abierta.
Craig lo golpeo de nuevo sobre la frente y tuvo por un instante la vision de un
hueso blanco en el fondo de la herida antes que rapidamente la sangre brillante lo
ocultara. Los otros dos soldados estaban a solo pasos de distancia, gritaban como
una jauria de perros y remolineaban amenazadoramente las palas.
En ese momento el motor del vehiculo arranco. Timon Nbebi metio el cambio y la Land
Rover salto hacia adelante. Craig fue arrojado sobre el respaldo del asiento medio
encima de Sally-Anne, y el soldado herido fue atrapado por las piernas que le
colgaban en un espinillo que lo arranco de la puerta trasera.
La Land Rover acelero saltando sobre rocas y ramas caidas y los soldados
perseguidores quedaron atras. Uno de ellos les arrojo la pala desesperadamente.
Hizo trizas el cristal trasero y los trozos de vidrios rotos llovieron sobre la
parte trasera de la cabina.
Timon Nbebi siguio las huellas del sendero por donde habían venido a traves de la
alta hierba, alcanzando finalmente una velocidad superior a la de un hombre
corriendo. Los dos soldados renunciaron a seguirlos y quedaron jadeando en las
huellas, sus gritos de recriminación y rabia sefueron apagando hasta perderse.
Timon llego hasta la bifurcacion y enfilo por la carretera principal adquiriendo
mayor velocidad.
« Denme sus manos », ordeno, y cuando Craig le ofrecio las manos esposadas, Timon
le soltó las esposas. « Tome », le dijo, pasandole la llave a Craig. « Libere a la
señorita Jay. »
Ella se masajeo las muñecas. « Dios mio, Craig, verdaderamente crei que este era el
fin de la linea. »
« Bastante cerca, creo », admitio Timon Nbebi, mirando la ruta. « Como dijo
Napoleon, si no me equivoco ». Y antes de que Craig pudiese corregirlo: « Tome un
fusil, señor Mellow, y paseme otro ».
Sally-Anne pasó las cortas y feas armas sobre el asiento delantero. La Tercera
Brigata era la unica unidad del ejercito regular todavia armada con AK 47, un
legado de sus instructores norcoreanos.
« Sabe usarlo, señor Mellow? » pregunto Timon Nbebi.
« Era armero en la policia rhodesiana. »
« Ah ya, que estupido. »
Rapidamente Craig reviso el cargador curvo « banana » e introdujo una bala en la
recamara. El arma era nueva y bien mantenida. El peso en las manos de Craig cambio
enteramente su personalidad. Pocos minutos antes no era mas que un corcho en la
corriente, llevado por los acontecimientos sobre los cuales no tenia ningun
control, confuso, inseguro y temeroso; pero ahora estaba armado. Ahora podia
defenderse, protegerse a si mismo y a su mujer, ahora podia darle forma a los
eventos en vez de estar condicionado por ellos.
Era el instinto atavico del hombre primitivo, y Craig se regocijó. Se dio vuelta
para tomar la mano de Sally-Anne, se la apreto brevemente y ella le devolvio
fervientemente el apreton.
« Ahora por lo menos tenemos una posibilidad de defendernos. » El nuevo tono de su
voz no le paso inadveretido. Su moral subio un poquito, y lesonrio por primera vez
después de aquella terrible noche. El retiró su mano, tomo la botella de
aguardiente de caña y se la ofrecio. Después que la muchacha bebió, le paso la
botella a Timon Nbebi.
« Bien, capitan, que diablos esta pasando aqui? »
Timon tosio por la potencia del licor y respondio con voz un poco ronca: « Tenian
toda la razón, señor Mellow, primero; el general Fungabera me había ordenado de
llevarlos a la selva y fusilarlos a los dos. Tambien es verdad que vuestro fin
seria atribuido a los rebeldes matabeles ».
« Bueno, y porque no obedecio las ordenes?»
Antes de responder, Timon volvio a pasarle la botella a Craig y después miro a
Sally-Anne en el asiento trasero.
« Lamento que haya tenido que participar en todos los preparativos para su
ejecucion, sin poderles advertir, pero mis hombres hablan ingles. Debia hacer que
se viera real, me molestaba porque no queria infligirles mas daño a ustedes,
después de lo que habían sufrido. »
« Capitan Nbebi, le perdono todo y lo quiero por lo que esta haciendo, pero porque,
en el nombre de Dios, lo hace? » le preguntó Sally-Anne.

110
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Lo que ahora les voy a decir no se lo he dicho a nadie antes. Veran, mi madre era
Matabele. Y murio cuando yo era muy chico, pero yo la recuerdo y honro su memoria.»
No los miraba,pero se concentraba en la ruta adelante. « Fui criado como shona por
mi padre, pero siempre fui consciente de mi sangre Matabele. Son mi pueblo y no
aguanto mas lo que le estan haciendo. Estoy seguro que el general Fungabera se ha
dado cuenta de mis veraderos sentimientos. Aunque dudo que sepa lo de mi madre,
pero sabe que he llegado al fin de mi utilidad para el. Recientemente han habido
pequeñas señales, he vivido demasiado cerca del leopardo come hombres por mucho
tiempo como para no conocer su humor. Una vez liquidados ustedes, habria llegado
para mi el turno de una hermosa tumba sin nombre, o los cachorros de Fungabera. »
Timon uso la palabra Sindebele, amawundhla para Fungabera, y Craig se sorprendio;
tambien Sarah Nyoni, la maestra de la mision de Tuti, había usado exactamente la
misma expresion.
« Y que son los cachorros de Fungabera? Ya he escuchado esa expresion antes, pero
no la entiendo », dijo Craig.
« Son las hienas », explico Timon. « Aquellos que mueren o son fusilados en los
campos de reeducación se los lleva a la selva para pasto de las hienas, que no ni
un mechon de cabellos ni un fragmento de hueso en el monte. »
« Oh Dios mio », exclamó Sally-Anne. « Nosotros estuvimos en Tuti, y escuchamos las
hienas, pero no entendimos. Cuantos mas habran terminado asi? »
« Solo puedo suponerlo... Digamos muchos millares de personas. »
« Es increible! »
« El odio del general Fungabera por los matabeles es una especie de locura, de
obsesion. Quiere exterminarlos a todos. Primero fueron sus lideres, acusados de
traición... Falsamente acusados, como Tungata Zebiwe... »
« Oh no! » exclamó con pena Sally-Anne. « No puedo creerlo! Era inocente Zebiwe? »
« Eh si. Lo lamento por usted, señorita Jay », confirmó Timon Nbebi. « Fungabera
debio estar muy cuidadoso con el. Sabia que si lo apresaba por su actividad
politica, habria causado la insurreccion de todos los matabeles. Pero usted y el
señor Mellow le dieron una buena escusa en bandeja de plata; un crimen comun, un
crimen por codicia. »
« Que estupida! » dijo Sally-Anne. « Pero si no era Zebiwe, el jefe de los
cazadores ilegales, quien era? »
« Era el general Fungabera en persona », respondio simplemente Timon Nbebi.
« Esta seguro? » Craig no podia creerlo.
« Me ocupe yo mismo de muchas exportaciones de cargas de marfil. »
« Pero aquella noche sobre la carretera a Karoi? »
« Fue facilisimo organizar la trampa. El general Fungabera sabia que tarde o
temprano Zebiwe volveria a la mision de Tuti. La secretaria de Zebiwe le informó
del dia y la hora exacta. Enviamos a interceptarlo al camion cargado de marfil,
conducido por un matabele corrupto, sobre la ruta a Tuti. Naturalmente no habíamos
previsto la violenta reaccione de Tungata Zebiwe, que fue un premio para nosotros.»
Timon coinducia a la maxima velocidad que le permitia la ruta, con Sally-Anne y
Craig acurrucados en los asientos. La excitacion de la fuga rapidamente sucumbiendo
a la fatiga y el shock.
« Hacia donde vamos? »
« Al limite con Botswana. »
Era el estado mediterraneo situado al sur y oeste que se había convertido en la
Mecca de los fugitivos politicos de sus vecinos.
« Por el camino espero que tengan ocasion de ver lo que verdaderamente le esta
sucediendo a mi pueblo. No hay otros testimonios, el general Fungabera ha sellado
el acceso al Matabeleland sudoccidental. No se permiten periodistas, ni misioneros,
ni invitados de la Cruz Roja... »
Disminuyeron la velocidad en una zona donde las termitas habían construido sus
hormigueros gigantes en la ruta, después aceleró de nuevo.
« El pase que tengo del general Fungabera, nos llevará un poco mas adelante, pero
no hasta el limite. Deberemos usar caminos secundarios hasta encontrar un lugar
para pasar la frontera. Muy pronto el generale Fungabera sabra de mi deserción y
toda la Tercera Brigata correra tras de nosostros. Antes que esto suceda, debemos
llegar lo mas lejos posible. »
Llegaron a un desvio en la ruta y Timon Nbebi paro sin apagar el motor. Saco un
mapa en gran escala de su portafolios y lo estudio atentamente. « Estamos al sur de
la linea ferroviaria. Esta es la ruta que va a la mision de Empandeni. Si podemos
llegar alli antes que se expanda la alarma, entonces podremos intentar pasar la

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
frontera entre Madaba y Matsumi. La policia de Botswana patrulla regularmente a lo
largo de la cerca. »
« Vamos entonces. » Craig estaba impaciente y comenzaba a temer. Ya el fusil que
tenia sobre las rodillas lo confortaba menos. Timon plegó el mapa y partio.
« Puedo hacerle algunas otras preguntas? » pregunto Sally-Anne después de un rato.
« Tratare de responderle », dijo Timon.
« El asesinato de los Goodwin y de las otras familias blancas de Matabeleland...
Estas atrocidades fueron ordenadas por Tungata Zebiwe? Es el el responsable de esos
terribles delitos? »
« No, no, señorita Jay. Zebiwe, siempre ha intentado desesperadamente de controlar
a esos asesinos. Creo que estaba en camino a lamision de Tuti justamente para
encontrarse con el ala extremista de los matabeles y tratar de hacerlos razonar. »
« Perolo escrito con sangre? Tungata Zebiwe vive? »
Ahora Timon calló, con la cara deformada con una mueca, como si estuviese librando
una batalla interior. Los otros dos esperaban que hablara. Finalmente suspiro
explosivamente y hablo con la voz cambiada.
« Señorita Jay, le ruego trate de comprender mi posición antes de juzgarme por lo
que le estoy por decir. El general Fungabera es un hombre persuasivo. Yo fui
engañado por sus promesas de gloria y de carrera. Luego repentinamente había ido
demasiadolejos y no podia retroceder. Creo que la expresion inglesa es 'cavalgar un
tigre'. Fui obligado a pasar de una mala accion a otra peor. » Hizo una pausa y
después rapidamente: « Señorita Jay, yo reclute personalmente a los asesinos de la
familia Goodwin en un campo de reeducacion. Yo les dije adonde ir, que tenian que
hacer, y tambien que tenian que escribir en la pared. Les entregue las armas y los
hice llevar allugar con un camión de la Tercera Brigada ».
Hubo silencio nuevamente, roto solo por el palpitar del motor de la Land Rover, y
Timon Nbebi tuvo que romperlo hablando como si las palabras fuesen un alivio para
su culpa.
« Eran veteranos matabeles, hombres endurecidos en la guerra, que harian cualquier
cosa para volver a ser libres con un fusil en la mano. No vacilaron. »
« y Fungabera lo ordeno? » pregunto Craig.
« Naturalmente. Tenia necesidad de un pretexto para comenzar la purga de los
matabeles. Ahora quizas entienda porque decidí escapar con ustedes. No podia
continuar mas en este camino. »
« Y los otros homicidas? El asesinato del senatore Savage y su familia? » preguntó
Sally-Anne.
« El general Fungabera no tuvo que ordenar eso! » sacudio la cabeza Timon. « Esos
fueron imitaciones del primero! La jungla ahora esta llena de guerrilleros de la
epoca de la guerra. Ellos esconden las armas en la jungla y vienen a las ciudades,
algunos hasta tienen trabajos regulares, pero en los fines de semana o en los
feriados, vuelven a la selva, desentierran sus fusiles y van en busca de sus
presas. No son rebeldes o disidentes politicos, son simples malechores, y las
familias de los blancos constituyen los mas suculentos objetivos de su rapiña.
Sono ricos e indefensos; privados por el gobierno de Mugabe de todas las armas de
fuego, asi que no pueden defenderse. »
« Y esto les hace el juego a los Mashona. Todos los bandidos se convierten en
disidentes matabeles, dandole pruebas al mundo de que se trata de una tribu feroz e
intratable », continuó Craig po el.
« Exacto, señor Mellow. »
« Y el ya ha asesinado a Tungata Zebiwe. » Craig se sentia responsable, culpable de
la terrible condena a su amigo de otra epoca.
« No, señor Mellow. No creo que Zebiwe este muerto. Creo que el general Fungabera
lo queria vivo, tiene ciertos planes para el. »
« Que planes? » le pregunto Craig.
« No estoy seguro, perocreo que Fungabera esta en contacto con los sovieticos. »
« Los sovieticos? » repitio Craig incredulo.
« El ha tenido reuniones secretas con un extraño, un extranjero, un hombre que creo
es un importante miembro de la Inteligencia Rusa. »
« Esta seguro, Timon? »
« Lo vi con mis propios ojos. »
Craig reflexionó por algunos segundos, y después volvio al argumento del principio.
« Okay, dejemos a los rusos por ahora. Donde esta Tungata Zebiwe? Donde lo tiene
Peter Fungabera? »
« No lo se, lo lamento señor Mellow. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Si todavia esta vivo, que Dios se apiade de su alma », susurró Craig.
Era facil imaginar el indecible sufrimiento de Tungata Zebiwe en ese momento. Craig
quedo en silencio por algunos minutos, después cambió de argumento.
« El general Fungabera tomo mi propiedad para el mismo, no para el estado?, Es
correcto lo que creo? »
« Sì, deseaba esa tierra ardientemente. Hablaba de eso a menudo. »
« Pero como hara para posesionarla? Quiero decir, desde elpunto de vista legal o al
menos pseudolegal? »
« Es muy simplie », explico Timon. « Usted se ha reconocido como un enemigo del
Estado, su propiedad esta prendada. Sera confiscada por el Estado. El World Bank
retirara la garantia de su prestamo en base a la clausula liberadora que usted
suscribio. EL Estado pondra en venta las acciones de la Rholands, y el general
Fungabera resultara el mejor oferente: primero, porque ninguni se arriesgara a
disputarsela; segundo, porque el administrador de los bienes nacionalizados es su
cuñado. Lepuedo asegurar que comprara aquellas acciones asun precio ventajosisimo.»
« Ya lo creo », dijo amargamente Craig.
« Pero porque ir tan lejos? » pregunto Sally-Anne. « El general Fungabera ya debe
ser multimillonario, si no me equivoco. No tiene ya suficiente? »
« Señorita Jay... Para ciertos hombres no existe lo 'suficiente'. »
« No pensara salirse con la suya, seguramente? »
« Y quien se lo puede impedir, señorita Jay? » y cuando ella no respondio, el
capitan Nbebi prosiguio. « El Africa esta retornando al punto en que estaba antes
de la intrusion del hombre blanco. Aqui para un hombre del gobierno existe un solo
criterio: la fuerza. Nosotros los africanos no nos fiamos de nada mas. Fungabera es
fuerte, como en un tiempo era fuerte Tungata Zebiwe. »
Timon Nbebi miro su reloj pulsera. «Pero debemos comer, creo que tenemos un largo
dia por delante. » Abandonó la ruta y entró en un campo de matorrales. Trepo al
capot y acomodo ramas sobre el techo para ocultarlo de un observador aereo y luego
abrio la caja de raciones de emergencia del cajon debajo del asiento del pasajero.
Había agua en el tanque debajo de las maderas del piso. Craig lleno una cantimplora
metálica con arena y la empapo de nafta del tanque de reserva. Fabrico asi un
quemador sin humo donde calentar agua para el te. Comieron las poco apetitosas
raciones frias en silencio.
Una vez Timon levanto el volumen de la radio para escuchar mejor una transmision,
después sacudio la cabeza. « Nada que ver con nosotros. » Volvio a agacharse junto
a Craig.
« A que distancia esta la frontera, segun tu? » le preguntó Craig con la boca llena
de carne fria.
« Unos ochenta kilómetros mas o menos. »
La radio crugio de nuevo y Timon se puso de pie y escucho con atención.
« Hay una unidad de la Tercera Brigada delante de nosotros, a pocos kilometros de
distancia », le informò. « En la estacion de la mision de Empandeni. Recientemente
han terminado de hacer un rastrillaje de disidentes y estan por irse, quizas pasen
por aqui. Debemos tener cuidado. »
« Voy a ver si somos visibles desde la ruta », dijo levantandose Craig. « Sally-
Anne, apaga el fuego. Capitan, cubreme. »
Agarró el AK 47 y corrio al camino. Desde alli examino criticamente el arbusto
ficticio que ocultaba la Land Rover, después borro con una rama sus propias huellas
y las del vehiculo. Enderezo la hierba que la Land Rover había aplastado cuando
dejo el camino. No era un trabajo perfecto, pero si lo suficiente como para superar
un examen superficial desde un vehiculo en movimiento, pensó, y luego una leve
vibracion en el aire quieto. Escuchó. El sonido del motor de un camion creciendo.
Craig volvio corriendo a la Land Rover y se sento adelante, junto a Timon.
« Ponga su fusil otra vez en elsoporte », le dijo el capitan.
Como Craig dudaba, continuo: « Haga como le digo, señor Mellow. Si nos encuentran,
sera inutil combatir. Debere inventar cualquier escusa, y no podre explicar porque
esta armado ».
Con reticencia, Craig le paso el fusil a Sally-Anne. Lo coloco en el
soporte,mientras Craig se sentia desnudo y vulnerable.
Cerro el puño sobre el regazo. El sonido de los motores se acercaba rapidamente, y
luego se oyeron tambien las voces de hombres cantando. El sonido se elevaba, y pese
a la tension, Craig sintio que se le erizaban los pelos en la nuca por la peculiar
belleza del coro africano.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Es la Tercera Brigada », dijo Timon. « Es la cancion del Viento que trae la
lluvia, el himno del regimiento. » Ninguno respondio y Timon canturreo para si:
tenia una voz bellisima y conmovedora.

Cuando la nacion arde, el viento de lluvia trae alivio.


Cuando las bestias se mueren de sed,
el viento de lluvia las pone de pie.
Cuando tus niños lloran de sed,
el viento de lluvia los sacia.
Nosotros somos los vientos que traen la lluvia.
Nosotros somos el buen viento de la nación.

Timon la tradujo del shona para su beneficio y ahora Craig alcanzo a ver el polvo
gris levantado por los camiones; y el canto era claro y cercano.
Hubo un destello del reflejo del sol sobre el metal y luego a traves del follaje
Craig entrevió el convoy que pasaba. Eran tres camiones grises, cargados de
soldados en uniforme de combate y cascos camuflados, con las armas en las manos
listas para usarlas. Sobre el ultimo camion, junto a chofer se sentaba un oficial,
el unico con la boina roja y el leopardo de plata. Miraba en dirección a Craig, y
parecia muy cercano: la pantalla de follaje parecio de golpe demasiado rala. Craig
se contrajo en su asiento. Por suerte el convoy paso, el ruido de motores y la
cancion se apagaron y el polvo se asentó.
Timon Nbebi exhalo un gran suspiro. « Habra otros », advirtio, y con los dedos en
la llave de arranque espero hasta que el silencio fue completo de nuevo, después
encendio el motor, salio retrocediendo de entre los matorrales y volvio al camino.
Rumbeo en la direccion opuesta al convoy y condujo sobre las profundas huellas que
los camiones habían dejado sobre la tierra arenosa. Prosiguieron por unos veinte
minutos y Timon se agacho sobre el asiento paraobservar el cielo.
« Humo », dijo. « Empandeni esta justo al frente. Prepare la camara señorita Jay,
porque creo que la Tercera Brigada le ha dejado algunas cosas para fotografiar. »
Llegaron al campo de maiz que rodeaba la mision. Las plantas estaban secas, y las
mazorcas comenzaban a caerse, pesadas, amarillas, maduras para la cosecha. Había
habido mujeres trabajando en el campo; una de ellas yacia junto al camino. Le
habían disparado en la espalda mientras huia, la bala le había salido entre los
senos. El bebe que llevaba en la espalda había sido apuñalado varias veces con la
bayoneta. Las moscas se elevaron en una nube cuando pasaron y se posaron de nuevo.
Ninguno hablo. Sally-Anne hurgo en el bolso de las camaras y saco la Nikon. Su cara
estaba gris bajo las pecas.
Las otras mujeres yacian mas alla del camino, simples montones de generos
multicolores empapados de sangre. La aldea consistia en un medio centenar de
cabañas y todas estaban ardiendo, con los techos de paja transformados en antorchas
que flameaban contra el cielo azul de la mañana. Habían arrojado la mayoria de los
cadaveres en las cabañas, dejando negros charcos de sangre en la tierra donde
habían caido y marcas en elpolvo donde los habían arrastrado. Había un olor
terrible a carne quemada. Craig, para no devolver, tuvo que taparse la boca y
lanariz con las manos.
« Esos son disidentes? » susurró Sally-Anne. Tenia los labios exangues. El
motorcito de la Nikon continuaba girando mientras ella disparaba por la ventanilla
abierta.
Habían matado hasta los pollos. Las plumas de las gallinas volaban por todos lados.
« Detengase! » orden Sally-Anne.
« Es peligroso », dijo Timon.
« Frena », repitio Sally-Anne.
descendio, dejando la portezuela abierta, y camino entre las cabañas. Trabajo
rapidamente, cambiando un rollo tras otro con dedos expertos, con los labios
temblorosos y los ojos en el objetivo, desorbitados por el horror.
« Debemos irnos », dijo Timon.
« Espera. » Sally-Anne avanzo rapidamente a pie, haciendo su trabajo como la
profesional que era. Se metio detras de un grupo de cabañas. El hedor a carne
quemada era alli casi insoportable, y el calor del incendio llegaba en ráfagas con
la brisa como el halito de un horno.
Sally-Anne grito y los dos hombres saltaron de la Land Rover con el fusil en mano,
separandose para cubrirse mutuamente a Craig le volvieron inmediatamente los

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
habitos adquiridos durante su entrenamiento. Giro en el angulo de una cabaña.
Sally-Anne se había parado al descubierto, incapaz de seguir usando su camara.
A sus pies yacia una mujer negra desnuda. La parte superior de su cuerpo era el de
una muchacha plena de salud, pero debajo del ombligo era una mostruosa abrasion
rosa. Se había arrastrado fuera de las llamas donde había sido arrojada viva. En
algunos puntos de los miembros inferiores las quemaduras no eran profundas, aqui la
carne era rosasea y brotaba la linfa; en otros puntos estaba carbonizada al punto
de verse los huesos. Los huesos de la cadera estaban carbonizados sobresaliendo
obscenamente de la carne calcinada de la zona pelvica. Del vientre quemado asomaban
las entrañas por las aberturas. Milagrosamente todavia estaba viva. Con los dedos
arañaba mecanicamente el terreno. La boca se abria y cerraba sin emitir sonido
alguno, y tenia los ojos desorbitados, consciente y sufriendo.
« Vuelva a la Land Rover, señorita Jay », le dijo Timon Nbebi. « No se puede hacer
nada mas por ella. »
Sally-Anne permanecia inmobil, rigida, incapaz de moverse. Craig puso sus brazos
sobre sus hombros y la hizo volverse. En la esquina de la cabaña en llamas Craig se
dio vuelta. Timon Nbebi se había acercado a la mujer herida empuñando el AK 47 y la
miraba con una expresion de piedad en el rostro casi tan sufrida como el de la
pobre mujer.
Craig doblo la esquina con Sally-Anne. Detras de ellos escucharon una sola
detonación, amortiguada por el crugido de las llamas a su alrededor. Sally- Anne
tropezó y recuperò el equilibrio. Cuando llegaron a la Land Rover, la mujer se
apoyó en el capot y se doblo en dos. Vomitó en la tierra y se limpio la boca con el
dorso de la mano.
Craig saco la botella de aguardiente de caña del compartimiento. No quedaban mas
que dos dedos. Se la paso a Sally-Anne, que la bebió como si fuera agua. Craig le
agarró la botella vacia y luego abrupta y salvajemente la arrojo contra la cabaña
en llamas.
Llego Timon Nbebi. Sin hablar se sento tras delvolante, mientras Craig ayudaba a
Sally-Anne a subir atras. Desfilaron lentamente entre las ultimas cabañas de la
aldea, mirando a uno y otro costado las terribles escenas que se les presentaban.
Cuando pasaron la capillita de ladrillos rojos, vieron colapsar el techo. La cruz
de madera de la cupula fue tragada en una erupcion de chispas y llamas y humo azul.
Las llamas ahora bajo el sol alto eran casi incoloras.

Timón Nbebi usaba la radio como un marinero en aguas peligrosas Utiliza la ecosonda
para encontrar el canal en aguas bajas. Los bloqueos de rutas y emboscadas de la
Tercera Brigada informaban al comando via radio sus posiciones ademas de sus
informes rutinarios y Timon las marcaba en el mapa. Dos veces evitaron bloqueos del
camino tomando caminos laterales y huellas del ganado, avanzando cautelosos en el
bosque de acacias. Pasaron por otras dos aldeas, simples puestos ganaderos,
habitados por dos o tres familias de matabeles. La Tercera Brigada los había
precedido, y cuervos y buitres banqueteaban sobre los cadaveres.
Siguieron moviendo hacia el oeste cuando las huellas lo permitian. Ante cada punto
elevado que se acercaban, Timon estacionaba a cubierto y Craig a pie trepaba hasta
la cima para observar adelante. En todas las direcciones que miraba, veia elevarse
el humo de las aldeas incendiadas. Se encaminaban siempre hacia el oeste, y el
terreno cambio rapidamente a medida que se aproximaban al borde del desierto del
Kalahari. El paisaje sa hacia cada vez mas plano. La tierra se nivelaba en una
monotona llanura gris calentada interminablemente bajo los impiadosos rayos del sol
alto. Los árboles aparecian ralos y contorsionados, con las ramas anquilosadas como
los miembros de un invalido. Era aquella una tierra a duras penas capaz de nutrir
al hombre, el comienzo del gran desierto; no obstante continuaban adentrandose
siempre al oeste.
El sol llego al cenit e inició la declinacion. Desde el alba no habían logrado
hacer mas que unos sesenta kilometros; todavia estaban a unos cuarenta kilometros
de la frontera, estimó Craig en el mapa, y los tres estaban exhaustos por la
incesante tension y el calor infernal en la cabina metalica sin aislación.
A media tarde se detuvieron por algunos minutos. Craig preparó el tè. Sally-Anne
fue a acuclillarse detras de un arbusto, mientras Timon escuchaba la radio.
« No hay mas aldeas desde aqui en adelante », dijo Timon sintonizando el receptor.
« Creo que tenemos el camino libre, pero no conozco la zona y no se que
encontraremos mas alla. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Yo trabaje en esta zona cuando era guardafauna con Tungata, en el '72. Seguiamos
a una manada de leones que mataban el ganado por cerca de doscientos kilometros
cruzando la frontera.
Es un territorio malo, sin agua, y con el terreno cubierto de costras de sal
que...» Se interrumpio porque Timon le hizo señas para que guardara silencio.
Había captado algo en la radio. Era una voz mas autoritaria y cortante que aquellas
que informaban sobre las unidades y que habían escuchado hasta ese momento.
Claramente se trataba del comando que ordenaba silencio de radio para una
comunicacion urgente. Timon Nbebi se puso rigido y maldijo en voz baja.
« Que pasa? » Craig no lograba contenerse. Pero Timon repitio el gesto de hacer
silencio, escuchando la larga transmision en shona. Cuando la luz roja de la
recepción se apagó, los miro a los dos.
« Una patrulla ha recogido a los tres que abandonamos esta mañana. Eso fue un
alerta para todas las unidades, Fungabera le ha dado prioridad absoluta a nuestra
captura. Dos aviones de reconocimiento han sido enviados a esta zona. Deberiamos
verlos por aqui arriba muy pronto. El generale ha calculado nuestra posición
presunta con mucha exactitud y ha ordenado a las unidades al este de nosotros a
abandonar sus misiones y marchar en esta dirección inmediatamente. Ha adivinado que
tenemos laintención de pasar la frontera al sur de Plumtree y la linea ferroviaria.
Ha ordenado a dos pelotones de aquel puesto de frontera a marchar hacia Plumtree
para cerrarnos el camino. » Hizo una pausa. Se saco los anteojos y limpio los
cristales con la punta de la corbata de seda. Sin los anteojos parecia tan miope
como un buho a la luz del dia.
« El general Fungabera le ha transmitido a todas las unidades el codigo
leopardo...» hizo otra pausa, y casi en tono de excusa explico: « Codigo leopardo
significa disparar a la vista. Muy mala noticia, me temo ».
Craig abrio el mapa y se puso a estudiarlo, mientras Sally-Anne se inclinaba sobre
el. « Estamos aqui », dijo, y Timon asintio. « Este es el unico camino a partir de
aqui, y va hacia el noroeste », murmuró Craig para si. « La patrulla de Plumtree
vendra a nuestro encuentro por este mismo camino, y la expedición punitiva nos
seguirá. »
Timon asintio otra vez. « Y esta vez no pasaran sin vernos porque estaran atentos.
» La radio se despertó de nuevo y Timon volvio al aparato. Mientras escuchaba,su
expresion se hacia mas lugubre.
« Los que estaban detras han encontrado nuestras huellas. No estan muy lejos y se
acercan rapidamente », le informó.
« Se han puesto en contacto con la patrulla que viene a nuestro encuentro. Nos han
embotellado. No se que hacer, señor Mellow. Estaran aqui en pocos minutos. » Miro a
Craig en espera de una idea.
« Y bien », dijo Craig tomando con naturalidad el comando. « Dejaremos el camino y
cruzaremos campo atraviesa el desierto. »
« Pero no me había dicho que el terreno es muy dificil... » comenzo Timon.
« Engancha las cuatro ruedas motrices y ponte al volante », lo cortó Craig. « Yo
subo al techo y desde alli te guio. Sally-Anne, sientate adelante. »
Encaramado en el techo de la Land Rover, con el fusil en la espalda, Craig hizo
cuatro calculos de la deflección magnetica con la brujula, trazo la ruta sobre el
mapa y le grito a Timon que se desviara.
« A la derecha, un poco mas a la derecha, ahi está! Manten esa dirección. » Estaba
alineado con el blanco resplandor de una pequeña salina a pocos kilometros mas
adelante. El terreno bajolas ruedas parecia compacto y razonablemente transitable.
La Land Rover acelerò aplastando los bajos arbustos espinosos, desviandose solo si
se encontraba con alguno un poco mas grande. A cada desviacion Craig controlaba el
rumbo.
Andaban a cerca de cincuenta kilomEtros por hora y el horizonte estaba
completamente limpio en todas direcciones. Los camiones que los perseguian, pesados
y poco agiles como eran, no podrian alcanzarlos, Craig estaba seguro de eso, y la
frontera estaba a menos de una hora. Ademas ya estaba por caer la noche. La taza de
tè lo había reconfortado, y sintio que se elevaba el animo.
« Muy bien, bastardos, vengan a capturarnos! » exclamó desafiando al invisible
enemigo, y se rio al viento. Había olvidado como la adrenalina hacia hervir la
sangre cuando el peligro esta cercano. Alguna vez le había gustado esa sensacion y
se dio cuenta que la adiccion todavia estaba presente.
Se dio vuelta para mirar hacia atras y lo vio inmediatamente.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Parecia un pequeño willy-willy, los remolinos del desierto, los vortices de polvo
que se crean en el aire quieto del mediodia. Pero esa nubecita se movia en una
dirección precisa, y se encontraba justo donde esperaba verla aparecer, directo al
este, sobre el camino que habían dejado recientemente.
« Patrulla a la vista », se inclino a gritar en la ventanilla de Timon. « Estan
detras a menos de diez kilometros. »
Después volvio a mirar hacia atras, a la propia nube de polvo que levantaban con la
traccion en las cuatro ruedas. Los seguia como la cola de una novia y no se
asentaba hasta después de unos minutos de pasar; en la estepa árida formaba como
una larga mancha palida sobre los matorrales. Era imposible que no la vieran.
Miraba la polvareda, en lugar de mirar al frente. El hormiguero quedaba oculto al
conductor por la hierba del desierto; lo agarraron a cincuenta kilometros por hora,
y los frenó en seco.
Craig fue lanzado del techo, volando sobre el capot y cayendo a tierra con sus
codos y rodillas y un costado de la cara. Quedo en el suelo atontado y dolorido,
después rodo hasta sentarse escupiendo sangre de la boca. Controló los dientes con
la lengua, estaban firmes. Tenia los codos pelados y la sangre brotaba de las
rodillas de sus jeans, se tanteo las correas de su pierna, estaban intactas. Se
puso pesadamente en pie.
La Land Rover estaba enterrada en el pozo con la rueda izquerda delantera. Craig se
acerco rengueando al puesto del pasajero, maldiciendose por su falta de atencion, y
abrio la portezuela. El parabrisas estaba roto y astillado donde Sally-Anne había
golpeado con la cabeza y estaba tirada hacia adelante en el asiento.
« Oh Dios! », dijo levantandole suavemente la cabeza. Sobra el ojo tenia un chichon
azul del tamaño de una bellota, pero cuando le toco la mejilla, Sally-Anne lo miro
enfocando la vista.
« Estas herida grave? » Ella se enderezó. « Eres tu elque sangra », farfullo como
borracha.
« Son raspones », le aseguró Craig, apretandole el brazo y mirando a Timon.
Había golpeado con la boca en el volante y sangraba del labio superior cortado. Un
incisivo se le había roto a ras de la encia. Tenia la boca llena de sangre, que
trataba de taponar con un pañuelo.
« Mete la marcha atras », le ordenò Craig, y saco afuera a Sally-Anne para aligerar
elvehiculo. La muchacha dio cuatro pasos tambaleandose y cayo sentada al suelo.
Todavia atontada y confusa por el golpe.
El motor se había parado, pero arranco rapido petardeando, mientras Craig miraba la
nube de polvo detras de ellos. No estaba tan lejos y se aproximaba rapidamente.
Finalmente Timon trato de salir del hormiguero marcha atras, pero soltó el embrague
demasiado rápido y las cuatro ruedas giraron vertiginosamente.
« Ehi, despacio, vas a romper un semieje? » le gruño Craig. Timon intento mas suave
esta vez, pero ahora las ruedas patinaron levantando polvo y excavando en el
terreno una verdadera tumba para la Land Rover. Craig se tiro alsuelo y miro debajo
del chasis. La rueda delantera izquierda en elpozo giraba en el aire; el peso del
vehiculo descansaba sobre el semieje.
« Trae las palas », le grito Craig a Timón.
« Se las dejamos a los soldados », le recordó el oficial, y Craig se tiro al borde
del pozo cavando con las manos desnudas. « Encuentra cualquier cosa para cavar! »,
dijo, mientras continuaba haciéndolo con los dedos freneticamente.
Timon fue a hurgar en el baul y le trajo la manija del gato y una panga ancha.
Craig atacò el borde del pozo con eso, gruñendo y jadeando, con el sudor que le
hacia arder la herida dela mejilla.
La radio graznó. « Han encontrado el punto donde abandonamos el camino », tradujo
Timon.
« Cristo! » exclamo Craig, trabajando lo mas rápido que podia. Estaban a solo
cuatro quilometros de distancia.
« Puedo ayudarte? » le preguntó , que ahora ceceaba por la perdida del diente.
Craig no se dignó a responderle. Debajo de la Land Rover podia trabajar una sola
persona. La tierra se derrumbo y la Land Rover bajo unos centimetros y luego la
rueda libre toco el fondo del pozo. Craig volvio su atención al borde, cortandolo y
formando una rampa para que no bloqueara la rueda.
« Sally-Anne, sientate al volante », hablo entrecortado entre un golpe de panga y
otro. « Yo y Timon trataremos de levantar el tren delantero. » Se arrastro desde
abajo del auto y perdio un segundo para mirarhacia atras. Ahora el polvo de los
perseguidores se veia bien al nivel del suelo. « Vamos, Timon. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Se pararon hombro con hombro frente al radiador y doblaron las rodillas para
asegurarse un buen agarre en el parachoques.
Sally-Anne sentada detras del parabrisa cubierto de polvo. El chichon se le había
hinchado sobre la frente y parecia una gran saguijuela azul. La mujer miro a Craig
desde atras del vidrio con expresion desesperada.
« Ahora! » grito Craig, e hicieron fuerza juntos, con los musculos de las piernas,
de la espalda y de los brazos. El tren delantero se elevo unos centimetros sobre la
suspension y Craig le hizo una seña a Sally-Anne. Ella solto el embrague, el motor
petardeo, la rueda giró y se freno contra el borde del pozo.
« Descansemos », dijo Craig. Y se dejaron caer jadeando sobre el capot. Craig vio
la polvareda de los perseguidores tan cerca que que espero ver aparecer los
camiones bajo la nube de un momento a otro.
« Okay, la haremos rebotar », le dijo a Timon. « Fuerza! Uno! Dos! Tres! »
Mientras Sally-Anne aceleraba el motor, sacudian el tren delantero con breves
impulsos regulares ritmicos y veloces. « Uno! Dos! Tres! » jadeaba Craig. El
vehiculo comenzo a rebotar locamente sobre el borde del pozo.
« Mantenelo acelerado! »
Una nube de polvo se levanto desde las ruedas del vehiculo y la voz en la radio
ladró exultante, como el lider de la jauria al captar el rastro de la presa. Habían
avistado la polvareda.
« Tenelo acelerado! »
Craig encontro reservas de energia insospechadas. Apretando los dientes, la
respiración silbando en su garganta, con la cara hinchada enrojecida por el
esfuerzo y la rabia, los ojos llenos de estrellitas luminosas, continuaba hciendo
saltar con Timon el tren delantero dela Land Rover. Justo cuando pensaba que había
agotado las fuerzas, de estar a punto de romperse la espalda, las ruedas delanteras
rebotaron sobre el borde y la Land Rover salio disparada hacia atras, limpia y
libre.
Craig perdio el apoyo y cayo de rodillas. Pensaba que no tenia mas fuerzas
paraponerse de pie.
« Craig! Rapido! » le gritó Sally-Anne. « Sube! » Con el ultimo resto de energia se
trepo al techo de la Land Rover y permanecio aferrado al portaequipaje sin mirar
hasta que le volvio un poco de energia a los musculos. Entonces levanto la cabeza y
miro hacia atras.
Era un solo camion el que los perseguia, un Toyota de cinco toneladas pintado con
el familiar color arena. En la distorsion de espejismo creado por las ondas de
calor que se elevaban del suelo, aoarecia monstruoso, parecia dirigirse hacia ellos
flotando, desconectado de la tierra.
La vision se le aclaró y en la confusa superestructura negra que coronaba la cabina
del camion identifico una ametralladora pesada con la cabeza negra del artillero
detras. Aun a esa distancia tenia el aire de ser la Goryunov Stankovy modificada,
un arma muy antipatica.
« Oh buen Jesus! » susurró,cuando por primera vez se dio cuenta de la extraña
vibración dela Land Rover. Temblaba, sacudiendose fuerte y se escuchaba la
chirriante protesta de metal rozando metal desde la izquierda del tren delantero,
donde había golpeado; y andaba lento, lentisimo.
Craig grito en la ventanilla del conductor. « Acelera! »
« Se rompio el tren delantero », le respondio Sally-Anne sacando la cabeza fuera de
la ventanilla. « Si acelero, se hace pedazos. »
Craig miro hacia atras. El camion se acercaba, no tan rapidamente pero
inexorablemente. Sobre el techo de la cabina vio al artillero ajustando la mira.
« Dale, prueba, Sally-Anne! » le gritó. « Quizas resista! Tienen una ametralladora
pesada y estan llegando a distancia de tiro. »
La Land Rover aceleró un poco y ahora hubo un pesado traqueteo y un ruido lacerante
de chapa contra chapa. La vibracion lehacia castañetearlos dientes a Craig y miro
hacia atras. Ganaban terreno sobre el camión y luego vio al vehiculo vibrar por el
retroceso de la ametralladora sobre la cabina.
No se escucho ningun sonido y Craig observaba con interes academico. Abruptamente
surgio polvo abajo cerca del flanco izquierdo, saltandoun metro y medio en el aire
recalentado y en una diafana cortina, pareciendo eterea e inofensiva. Pero el
sonido del disparo restallo ferozmente, como alambre de cobre golpeando sobre una
barra de acero.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« A la izquierda! » grito Craig. Siempre girar hacia el impacto. El artillero
estara corrigiendo la punteria en la dirección opuesta, y el polvo contribuira a
confundirle la punteria.
La descarga siguiente cayo a la derecha, muy larga.
« A la derecha! » grito Craig.
« Disparale tu tambien! » le dijo Sally-Anne sacando la cabeza por la ventanilla.
Claramente se estaba recuperando del golpe y el combate la excitaba.
« Yo doy las ordenes, tu conduce », la intimó.
La rafaga siguiente fue larga y a unos treinta metros a la izquierda.
« Gira a la izquierda! »
El zig-zag le confundia las ideas al artillero, y el polvo que levantaban le
ocultaba la distancia, pero tambien perdian terreno. El camion se estaba acercando
de nuevo.
La salina blanca resplandeciente ya estaba cerca. Se trataba del fondo de un
antiguo lago salado, plano y brillante, contra el sol. Craig entrecerro los ojos y
alcanzó a ver, en la capa de sal, las huellas de una pequeña manada de cebras. Las
pezuñas habían roto la costra blanca mostrando la pasta amarilla de abajo. Un
vehiculo que intentara ese tentador cruce se habria empantanado a los pocos metros.
« Costea la orilla del lago salado. A la izquierda! Mas, Un poco mas! Bien, sigue
asi », le grito en la ventanilla a Sally-Anne.
Había una estrecha franja de la salina que se extendia frente a ellos, quizas podia
inducir a los perseguidores a tratar de atravesarla para cortar camino. Miro hacia
atras y solto una imprecación en voz baja. « Mierda! »
El comandante era demasiado astuto para tratar de cortar camino. Seguia exactamente
sus propias huellas. Otra ráfaga de ametralladora llovio en torno de la Land Rover.
Tres proyectiles perforaron la carroceria creando crateres de chapa brillante donde
salto la pintura.
« Estan bien? »
« Bien! » grito en respuesta Sally-Anne, pero el tono de su voz no era tan firme.
« Craig, la camioneta se esta frenando. Acelero a fondo, pero disminuye. Hay algo
que la frena. »
Tambien Craig sentia ahora elolor del metal caliente que surgia del tren delantero
dañado.
« Timon, pasame un fusil. »
Estaban todavia muy fuera del alcance del AK 47, pero dispararle una rafaga a los
perseguidores lo hacia sentirse menos indefenso, aunque no pudiera ver ni siquiera
donde impactaban las balas. Giraron atronando en torno a la lengua salina, en el
olor de chapa recalentada y polvo, y Craig levanto la cabeza después de haber
recargado el fusil.
A que distancia estaban de la frontera? Veinte kilometros, quizas? Pero pararia una
frontera internacional a una patrulla punitiva de la Tercera Brigada a la que se
había dado el código “leopardo”? Los Israelies y los Sudafricanos hace tiempo
habían creado un precedente de « persecución caliente » en territorio neutral.
Sabia que los perseguirian hasta la muerte.
La Land Rover saltaba ritmicamente, ahora, sobre la suspension desbalanceada, y
Craig supo por primera vez que no lo lograrian. Darse cuenta de ello lo hizo
enojar. Disparo el segundo cargador en cortas rafagas espaciadas, y en la segunda
rafaga el camion Toyota se desvio ligeramente y se paro en una nube de polvo.
« Lo alcancé! » grito exultante.
« Se la pusiste! » grito Sally-Anne. « Geronimo! »
« Felicitaciones, señor Mellow! Ha estado magnifico. »
El enorme camion estaba inmobil, mientras a su alrededor se asentaba el polvo.
« Chupate esa! » aullo Craig agitando el puño.
« Metanselo en el culo, hijos de puta! » Y vació el cargador contra el vehiculo
lejano.
Los hombres pululaban alrededor de la cabina del camion como hormigas alrededor de
un bicho muerto. La Land Rover se alejaba distanciandose de los perseguidores.
« Oh, no! » gruño Craig.
La silueta del camion cambiò cambio de forma mientras giraba para volver a la
persecucion. Una vez mas se elevo la polvareda tras el.
« Se nos vienen! » Quizas había herido al conductor. Pero, cualquier daño que les
hubiese inferido, no era permanente. El camion se había parado menos de dos minutos
y ahora, corria mas veloz que antes. Y como para enfatizar el hecho, otra rafaga de
la ametralladora pesada acerto ruidosamente en la Land Rover.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Alguien en la cabina grito. Era un grito agudo y femenino. Craig se quedo helado,
sin atreverse a preguntar nada, aferrado rigidamente al portaequipaje.
« Timon esta herido. » La voz de Sally-Anne. El corazón de Craig se acelero por el
alivio.
« Gravemente? »
« Sì. Pierde mucha sangre. »
« No podemos detenernos, prosigue. » Craig, deseperado, miro hacia adelante, donde
la nada se extendia delante de el. Hasta los atrofiados árboles habían
desaparecido. El paisaje era plano y monotono: el reflejo de las salinas hacia
empalidecer el cielo lechoso y confundia el horizonte, de manera que no había clara
division entre el cielo y la tierra, nada en que fijar la vista.
Craig bajo la vista y gritó: « Frena! » Para reforzar la orden, dio un fuerte golpe
sobre el techo de la camioneta, y Sally-Anne reaccionó inmediatamente con una
frenada. La estropeada Land Rover se paró con un breve bandazo en poco espacio.
La causa del grito de Craig era un pequeña y aparentemente inocua bola de pelo
amarillo, no mayor a una pelota de futbol. Saltaba delante del vehiculo, sobre las
patas posteriores de canguro, totalmente desproporcionadas con el resto del cuerpo.
De repente desaparecio debajo de la tierra.
« Una liebre saltarina! » grito Craig. « hay una enorme colonia justo frente a
nosotros! »
« Ratas-canguro! » dijo Sally-Anne mirando fuera de la ventanilla y esperando su
orden con el motor funcionando. Habían tenido suerte. Esas liebres eran animales
nocturnos y ver a uno de dia fuera de la madriguera era un caso excepcional. Por lo
tanto ahora, mirando bien, Craig pudo descubrir la extension de la colonia. Había
decenas de miles de madrigueras, las entradas marcadas con pequeños monticulos de
tierra suelta; pero Craig sabia bien que elsuelo arenoso debajo de ellas estaria
todo perforado con pasajes intercomunicantes. La zona entera era una trampa que
escondia un laberinto profundo de un metro a un metro y medio.
Ese suelo no soportaria el peso de un hombre a caballo, ni pensar una Land Rover.
Con el motor regulando, Craig podia oir el bramido del camion que los perseguia, y
la ametralladora escupio otra ráfaga que paso alto encima de ellos, induciendo a
Craig a agacharse instintivamente.
« A la izquierda! » grito. « Viremos hacia las costras de sal! »
En ángulo recvto atravesaron delante del camión que disparaba. Los gemidos de Timon
ahora se dejaban oir sobre el ruido de los motores. Craig se esforzo para hacer
caso omiso.
« No hay paso! » grito Sally-Anne. Las madrigueras de liebre estan por todos lados.
« Sigue », le grito Craig. El camion había virado en su direccion para cortarle el
camino a la Land Rover, y ya estaba cerca.
« Ahi! » gritó Craig con alivio. Como había imaginado, las madrigueras terminaban
un poco antes de la salina, para evitar infiltraciones de salmuera desde la salina.
Había un estrecho puente para cruzar las madrigueras,y Craig guió a Sally-Anne.
Después de cincuenta pasos habían superado la zona minada y se encontraban con
terreno firme adelante. Sally-Anne aceleró al maximo tratando de alejarse de sus
perseguidores.
« No! No! » le gritó Craig. « Gira a la derecha! Todo a la derecha! » Sally-Anne
vacilaba. « Obedece, maldita! » Y de pronto entendio lo que se proponia y giró el
volante, atravesando en dirección opuesta a la precedente, ofreciendo el costado al
camion que disparaba.
Inmediatamente el camion viro para cortarles el camino, apartandose de la salina y
de la lengua de terreno sólido a traves del laberinto subterraneo de madrigueras.
Estaba tan cerca que podian ver las cabezas de los soldados en la caja abierta.
Tambien se veia la boina roja del oficial que comandaba el pelotón, sobre la que
brillaba el leopardo de plata; se sentia el griterio excitado de los perseguidores
que agitaban triunfantes los AK 47.
Una rafaga de ametralladora pesada aró el terreno delante de la Land Rover, que se
sumergio en la nube de polvo.
Craig disparaba rafagas de metralla contra el camion, en la esperanza de distraer
la atencion del conductor del terreno que tenia adelante.
« Por favor, por favor, haz que caiga! » rogo cambiando el cargador al fusil
caliente. A toda velocidad el camion entró en la zona perforada por las
madrigueras. Los dioses debian haberlo escuchado.
Fue como cuando un elefante cae en la trampa. La tierra se abrio y lo tragó. El
camion se tumbo sobre un costado, arrojando afuera a los soldados que estaban sobre

120
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
la caja. Cuando se poso el polvo, el camion yacia inmobil y semi volcado. Alrededor
los soldados se estaban levantando trabajosamente, o yacian donde había caido.
« Eso! » gritó Craig. « Necesitaran un buldózer para sacarlo de ahí. »
« Craig! » grito la muchacha. « Timon esta mal. No podemos ayudarlo? »
« Frena un segundo. »
Craig bajo del techo y entro al vehiculo. Sally-Anne arranco enseguida. Timon
estaba semi tendido sobre el asiento, con la cabeza apoyada en la portezuela. Había
perdido los anteojos y respiraba con mucha dificultad. La respitacion le gorgoteaba
en la garganta y sobre la espalda de la chaqueta tenia una gran mancha de sangre.
Craig lo enderezo con cuidado y le desprendio la chaqueta.
Se puso pálido.la bala debia haber entrado a traves de la carroceria y deformada
por el impacto se transformo en una primitiva dum-dum. Sobre la espalda de Timon
tenia un orificio del tamaño de un pocillo de cafe. No había orificio de salida, la
bala todavia estaba adentro del cuerpo.
Sobre el tablero había engrapado un botiquin de primeros auxilios. Craig tomo dos
vendas y fajó el torax de Timon sobre la herida.
« Como esta? » le pregunto Sally-Anne desatendiendo por un instante la vista sobre
el terreno.
« Pronto estara bien », dijo Craig en beneficio de Timon, mientras sacudia la
cabeza a Sally-Anne en señal de negativa. Timon era hombre muerto. Podria resistir
todavia una hora o dos. Nadie sobrevive a una herida por el estilo. El olor a chapa
caldeada dentro del vehiculo, era sofocante.
« No puedo respirar », dijo Timon jadeando. Craig había esperado en vano que
estuviera inconsciente. Pero los ojos de Timon se fijaron en los suyos. Para
hacerle llegar un poco de aire, Craig ledio un golpe a la ventanilla de perspex,
abriendola.
« Donde estan mis anteojos? » pregunto Timon. « No veo nada. » Craig los encontro
en el piso y se los colocó suavemente.
« Gracias, señor Mellow. » Increiblemente Timon sonrio. « Por lo que parece no ire
con ustedes después de todo. »
Craig se sorprendio de la intensidad de su pena. Apreto con la mano el hombro de
Timon, esperando que el contacto fisico pudiese consolarlo un poco.
« y el camion? » pregunto Timon.
« Lo dejamos fuera de combate. »
« Bien por ustedes. »
En eso, el habitaculo se lleno de un olor a aceite y goma quemada.
« Nos estamos incendiando! » gritó Sally-Anne, y Craig se volvió de inmediato.
El tren delantero del Land Rover ardía. El metal caliente del cojinete averiado
al entrar en contacto con los engranajes girando había encendido la grasa y la goma
del neumático delantero izquierdo.
Inmediatamente la rueda terminó de engranarse y el motor que continuaba girando se
frenó con un ruido metálico. También ardía el embrague. Por debajo del piso
ingresaban al habitáculo volutas de humo.
« Para el motor! » ordenó Craig, y abrió de golpe la puerta agarrando el extintor
enganchado en el garante.
Esparcio una nube de espuma blanca sobre el tren delantero en llamas, sofocandolas
casi enseguida, después destrabo y levanto el capot quemandose los dedos con la
chapa caliente. Esparcio tambien espuma sobre el motor para impedir un reinicio del
incendio y dio un paso atras.
« Bueno », dijo en tono conclusivo. « Este cacharro no nos llevara mas a ninguna
parte. »
El silencio era ensordecedor. Era roto solo por el tintineo del metal que se
enfriaba, como un oncierto de cimbales. Craig fue a la parte de atras del vehiculo
y miro hacia atras. Las ondas de calor ocultaban al camion tumbado. el silencio le
zumbaba en los oidos y la soledad del desierto lecayo encima como una pesada capa
que parecia retardar sus movimientos y sus pensamientos.
Tenia la boca seca, como sucede cuando la adrenalina deja de circular en la sangre.
« Agua! » Fue rapidamente al tanque de reserva bajoel asiento y controlo el nivel.
« Por lo menos veinticinco litros. »
Había una cantimplora de aluminio colgada junto al AK 47 en el soporte, dejada por
uno de los soldados. Craig la lleno de agua y se la llevo a Timon.
Este bebio con alivio, tragando y tosiendo en la urgencia por ingerir el liquido.
Craig le paso la canti,plora a Sally-Anne y después bebio el mismo. Timon parecia

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
estar un poco mejor y Craig le examinó el vendaje. Por el momento la hemorragia
había cesado.
« La primera regla para sobrevivir en el desierto », recordó Craig: « Quedarse
junto al vehiculo ». Solo que en este caso no se aplicaba. El vehiculo habria
atraido a los perseguidores como un faro. Timon había hablado de aviones de
reconocimiento; sobre aquellallanura árida localizarian a la Land Rover desde
sesenta kilometros. Luego estaba la segunda patrulla viniendo desde elpuesto
fronterizo de Plumtree. Estarian aqui en unas pocas horas.
No podian quedarse. Debian proseguir. Miro a Timon, e intercambiaron una mirada de
entendimiento.
« Deberan dejarme aqui », susurró Timon. Craig no pudo responderle ni sostener su
mirada. En cambio, volvio al techo de la Land Rover y miro hacia atras. Sus huellas
eran clarisimas en la tierra blanda. El sol que caia arrojaba sombras sobre las
mismas. Las siguio con la vista hasta el horizonte neblinoso y luego salto
alarmado. Algo se movia en ellimite de su vision. Por largos segundos tuvo la
esperanza de que fuesen trucos de la luz. Luego el movimiento se repitio. Parecia
un cienpies que se movia en el espejismo: no tardó en revelarse lo que era, un
peloton de soldados que los seguian en fila india.
La Tercera Brigada no abandonaba la caceria. Seguian a pie a lo largo de sus
huellas, trotando sobre la llanura desertica. Craig ya sabia que los soldados
negros eran capaces de mantener ese paso por un dia y una noche sin detenerse
nunca. Se bajo del techo y encontro los binoculares de Timon en la guantera del
tablero.
« Hay una patrulla que nos sigue a pie », le informó.
« Cuantos son? » preguntó Timon.
Sobre el techo enfocó los binoculares. « Son ocho. Si ve que tuvierton bajas cuando
tumbo el camion. » Miro el sol. Estaba enrojeciendo y no quemaba mas como antes,
hundiendose en la bruma. Dos horas para el crepusculo, pensó.
« Si me coloca en una buena posicione, le puedo dar fuego de cobertura », le dijo
Timon. Y viendo que Craig dudaba: « No pierda tiempo discutiendo, señor Mellow ».
« Sally-Anne, llena de nuevo la cantimplora », le ordeno Craig. « Toma de las
raciones de emergencia las tabletas de chocolate y las tabletas de concentrado de
proteinas. Toma el mapa, la brujula y los binoculares. »
Miro a su alrededor. Junto al vehiculo inutilizado el terreno no ofrecia ningún
reparo salvo la misma Land Rover. Craig abrio el tapón de drenaje del tanque de
combustible para extraerle toda la nafta, que fue absorbida por el suelo arenoso.
No deseaba que un tiro de suerte de los atacantes pudiese incendiar el vehiculo con
el pobre Timon adentro. Rapidamente construyó una barricada entre las ruedas
traseras, con las ruedas de auxilio y la caja de herramientas para cubrir los
flancos de Timon cuando comenzaran a rodearlo.
Ayudo a Timon a descender del asiento trasero y lo acosto de panza tras la
barricada. Sangraba de nuevo, impregnanadole las ropas, estaba gris ceniciento y
transpiraba en brillantes gotitas de sudor sobre ellabio superior. Craig le puso en
sus manos un AK 47, construyendole una especie de apoyo que le facilitase la
punteria. Colocó la caja de cargadores de repuesto a la derecha, quinientos
proyectiles.
« Resistire hasta la noche », prometio Timon con un gemido. « Pero dejenme tambien
una granada. » Los tres sabian para que le seviria. Timon no queria ser capturado
vivo. Al final de todo se pondria la granada en el pecho y la haria explotar.
Craig recogio las otras cinco bombas y las metio en una mochila. Colocó encima la
bolsa con los documentos y el manuscrito del libro. De la guantera saco un rollo de
alambre fino y un alicate; de la caja de municiones seis cargadores para el AK 47.
Dividio el contenido del botiquin de primeros auxilios, dejandole a Timon vendas,
analgesicos y una jeringa con morfina. El resto lo volcó todo en su mochila.
Lanzo una rápida mirada al interior de la Land Rover. Había alguna otra cosa que
podria necesitar? Una tela impermeable de plastico camuflada, enrollada. La metio
en la mochila y le probó el peso, podia cargarla. Miro a Sally-Anne. Tenia la
cantimplora al cuello y otro bolsito en la espalda con el portafolio de fotografias
enrrollado. Estaba muy pálida y elchichón sobre la frente se le había hinchado
todavia mas.
« Estas lista? » le preguntó.
« Okay. »
Se agacho junto a Timon. « Adios, capitan », le dijo.
« Adios, señor Mellow! »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Craig le tomó la mano y lo miro a los ojos. No vio miedo alli, y penso una vez mas
en la ecuanimidad con que los africanos pueden aceptar la muerte. Lo había visto a
mennudo.
« Gracias, Timon, gracias por todo », le dijo.
« Hamba gashle », replicó Timón gentilmente. « Ve en paz. »
« Shala gashle », le respondió Craig con la misma gentileza, como dictaba
la tradición: « Queda en paz ».
Se levanto y Sally-Anne tomo su lugar. « Usted es un buen hombre, Timon. Y muy
valiente », le dijo.
Timón se desprendió la solapa de la pistolera y extrajo la pistola. Era una
imitación china de la Tokarev tipo 51. La dio vuelta y se la alcanzó. Ella no dijo
nada y después de un momento la aceptó.
« Gracias, Timón. »
Sabían que, como la granada, era para el final: la vía de salida mas fácil. Sally-
Anne se metió la pistola en el cinturón y luego impulsivamente se inclinó para
besar a Timón. « Gracias », le dijo nuevamente; se levantó y se dio vuelta.
Craig la precedio trotando. Cada pocosd metros se daba vuelta, manteniendo a la
Land Rover entre ellos y la patrulla que los perseguia. Si sospechaban que dos de
ellos habían abandonado el vehiculo, se habrian dividido y cuatro habrian rodeado a
Timon para seguirlos a ellos.
Treinta y cinco minutos después oyeron la primera rafaga de disparos. Craig se paro
a escuchar. La Land Rover no era mas que un lejano puntito negro, con la oscuridad
del crepusculo cayendo rapidamente. La primera fue seguida por una tormenta de
fuego, muchas armas disparando juntas furiosamente.
« Es un buen soldado », dijo Craig. « Se debe haber asegurado ese primer tiro. Ya
no son mas ocho, seguramente. »
Con sorpresa vio que sobre las mejillas de la muchacha corrian las lágrimas,
fangosas en el polvo que le cubria la cara. « No es morir lo que cuenta », le dijo
tranquilo Craig, « sino la manera en que se muere. »
Lo miro enojadisima. « Guardate para ti esa mierda literaria de Hemingway,
fanfarron! No eres tu el que esta muriendo. » Y enseguida después, arrepentida:
« Perdoname, tesoro, me duele la cabeza y a mi me caia muy simpatico ».
El rumor del combate disminuyo a medida que se alejaban, hasta que no fue mas que
un rumor como de pasos lejanos sobre la hojarasca seca detras de ellos.
« Craig! » lo llamó Sally-Anne, y el se dio vuelta. Se había quedado una veintena
de pasos atras y su sufrimiento era evidente. Apenas vio que Craig se detenia, se
dejo caer al suelo con la cabeza entre las rodillas.
« Me recupero en un momento, me duele tanto la cabeza. »
Craig abrio el estuche de los analgesicos y le hizo tragar dos con un sorbo de agua
de la cantimplora. El tamaño del chichón sobre la frente lo espantó. Le pasó un
brazo alrededor de los hombros y la sostuvo fuerte.
« Ah, esto si que me hace bien », dijo ellas abrazandolo agradecida.
En el silencio del crepusculo les llego el sonido de una explosion lejana. Sally-
Anne se enderezó. « Que fue eso? » le pregunto.
« Granada », le respondio Craig mirando el reloj. « Terminó, pedo nos dio una
ventaja de cincuenta y cinco minutos. Que Dios te benediga y te reciba enseguida,
Timon. »
« No debemos desperdiciarlos », exorto la muchacha con decision, y se puso de pie.
Miro hacia atras. « Pobre Timon », dijo, poniendose de nuevo en movimiento.
Enseguida se habrian dado cuenta que la Land Rover era defendida por un solo
hombre. Habrian encontrado sus huellas que se alejaban y las habrian seguido
enseguida. Craig se preguntaba cuantos habria logrado eliminar Timon y cuantos
quedaban.
« Lo descubriremos pronto », se dijo, y la noche cayço sobre ellos con la velocidad
de un telón de teatro. La luna nueva había pasado hacia tres dias, y la unica luz
era de las estrellas. Orion brillaba alto en una parte, y en el lado opuesto la
Cruz del Sud. En el aire seco del desierto las estrellas brillaban fantasticamente,
y la Via Lactea se esparcia en el cielo como la fosforecencia de una luciernaga
aplastada por los dedos de un niño. el cielo estrellado era magnifico pero, miro
hacia atras y se dio cuenta que había bastante luz para ver sus huellas.
« Descansa! » le dijo a Sally-Anne, que se acosto enseguida en el suelo.
Con la bayoneta del AK 47 corto un arbusto, lo ato con alambre y después ato la
otra punta del alambre a su cinturon en la espalda a manera de cola.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Ve adelante! » le dijo con extrema economia de palabras. Ella avanzo delante de
el, mas lentamente que antes, mientras Craig atras de ella, arrastraba tras de si
el arbusto, borrando las huellas. Controló y quedo satisfecho, no se
veia nada mas.
En un par de kilometros el arbusto, una verdadera ancla, comenzó a minar su
energia. Craig se inclinaba hacia adelante para vencer la resistencia. En la hora
siguiente Sally-Anne pidio tres veces agua. El se la nego. Nunca hay que beber a la
primera sed, esa es una de las reglas fundamentalers para la supervivencia en el
desierto. Si se bebe, la sed bien pronto se torna insaciable. Pero Sally-Anne
estaba dolorida por la herida en la cabeza, y Craig no tuvo elcoraje de negarsela
por cuarta vez. Evitó de beber tambien el. Mañana, si lograban llegar vivos,
pasarian una sed infernal. Le saco la cantimplora para evitar la tentación.
Poco antes de la medianoche se desato el arbusto de la cintura. El ya no soportaba
mas arrastrarlo tras de si y si los Shonas todavia estaban tras sus huellas, era
inutil insistir. En cambio tomo la mochila de Sally-Anne y se lo puso al hombro.
« Puedo llevarla », protestó ella, aunque se tambaleaba como borracha. No se había
quejado ni una sola vez, aunque a la luz de las estrellas su cara se veia plateada
como la salina que ahora estaban atravesando.
Craig trato de pensar en algo para consolarla.
« Debemos haber cruzado la frontera hace horas », le dijo.
« Significa que estamos a salvo? » susurró ella y Craig no se atrevió a mentirle.
Ella temblo.
El viento de la noche penetraba debajo de sus ropas livianas. Craig desplego la
tela camuflada y se la coloco sobre los hombros, después la tomo de la cintura y la
empujo hacia adelante.
Después de otro par de kilometros llegaron al limite de la salina y el sabia que
ella no podria seguir mas allá esa noche. Había un borde de cuarenta y cinco
centimetros que constituia el inicio del terreno firme.
« Nos quedamos aca. » La muchacha se tiro al suelo y el la tapó con la tela
impermeable.
« Puedo tomar un poco de agua? »
« No. Mañana. »
La cantimplora estaba liviana, vacia hasta la mitad a juzgar por el chapaleo que se
escucho cuando Craig bajo la mochila. Corto unos arbustos para hacerle un reparo
para elviento, después le saco las zapatillas. Le masajeo los pies examinandole las
plantas. « Ahi, eso me arde! » Tenia el talon izquierdo escoriado. Craig se lo
llevo a la boca y limpio la abrasion lamiendola para ahorrar agua. Después la mojo
con Mercurocromo y le aplico una venda. Le cambio las medias de un pie al otro, y
le volvio a poner las zapatillas.
« Eres tan amable », murmuró Sally-Anne mientras el se deslizaba tambien bajo el
paño y la abrazaba. « Y tan cálido. »
« Te amo », le dijo Craig. « Y ahora duerme. » Sally-Anne suspiro acurrucandose
entre sus brazos y el penso que se había dormido hasta que la sintio decir en voz
baja: « Craig, lo lamento tanto por King's Lynn ».
Después se durmio, respirando profundamente con ritmo regular contra su pecho.
Craig de deslizo fuera del paño impermeable y la dejo sin molestarla. Fue a
sentarse sobre el borde de la salina, con el fusil sobre las rodillas, esperando
ver aparecer a los perseguidores de un momento a otro.
Haciendo la guardia, pensaba en lo que le había dicho Sally-Anne. Pensaba en King's
Lynn, en las manadas de grandes bestias rojizas y en la casa sobre la colina.
Pensaba en los hombres y mujeres que vivieron alli y criaron a sus familias.
Pensaba en los sueños que había imaginado para sus vidas y lo que había esperado
fundar con su mujer.
Mi mujer. Se volvio hacia ella y se inclino a escuchar su respiración, recordandola
desnuda y despatarrada sobre la mesa del living, bajo el cruel escrutinio de tantos
ojos. Volvio al borde del antiguo lago a hacer la guardia y penso en Tungata
Zebiwe, recordando las risas y la camaraderia que habían compartido. Vio la señal
que le había hecho del banquillo de los acusados con la mano antes que se lo
llevaran.
« Estamos a mano. » Sacudio la cabeza. Pensó que había sido millonario y ahora
debía millones. De rico, en un solo golpe había sido reducido a algo peor que la
pobreza. No poseia ni siquiera el manuscrito que llevaba en la mochila. Se lo
quitarian los acreedores. No tenia nada, excepto esa mujer y su ira.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
La imagen del general Peter Fungabera le lleno su imaginacion. Elegante como el
pecado mortal, terso como una taza de chocolate caliente, malvado y poderoso como
Lucifer. La ira crecio dentro de el, amenazando consumirlo.
Se quedo ahi sentado, despierto toda la noche, odiando con toda la fuerza de su
ser. A cada hora iba a ver a Sally-Anne y se inclinaba sobre ella. Una vez le
acomodó el paño empermeable sobre los hombros, otra vez le rozo el chichon con el
indice y ella se quejó en sueños. Luego volvio a su vigilia.
Una vez vio negras formas sobre la salina y se le cerro laboca del estomago; pero
el binocular de Timon le reveló que se trataba de gacelas del desierto, grandes
casi como caballos, con las marcas caracteristicas en las caras. Pasaron
silenciosamente a barlovento de donde se encontraba y se perdieron de nuevo en la
noche.
Orion atravesó el cielo y empalidecio a las primeras luces. Era hora de seguir el
camino, pero vacilaba, reacio a condenar a Sally-Anne al terror y a las pruebas que
el dia traeria consigo. Le concedio esos ultimos pocos minutos de inconsciencia.

Después los vio, y sintio en las tripas y las caderas el plomo fundido de la
desesperacion. Todavia estaban lejos en la salina, demasiado negros para ser
confundidos con algun animal del desierto: una oscuridad que avanzaba rapidamente
hacia ellos. Era quizas merito de la idea del arbusto que se habían demorado tanto.
Pero, cuando lo había abandonado, habían commenzado a dejar huellas destacadisimas.
Luego su desesperación cambio de forma. « Si debe ocurrir, tanto da que ocurra
ahora », pensó. Era un lugar como cualquier otro para intentar la ultima defensa.
Como los Shonas debian atravesar la salina al descubierto, mientras el gozaba de la
pequeña ventaja de estar tras el borde y la escasa cobertura de las matas secas a
la altura de la rodilla. Pero tenia poquisimo tiempo para sacarles partido.
Corrió hasta donde había dejado la mochila, doblado en dos para no destacarse
contra el cielo que ya se estaba aclarando. Metio las cinco granadas en la camisa,
agarro el rollo de alambre y el alicate y volvio rapidamente al borde del lago
seco.
Lanzó una mirada a la patrulla que avanzaba. Iban en fila india porque la salina
eran tan abierta; pero imaginó que en cuanto llegasen al borde, se desplegarian,
adoptando la clasica formación en flecha que garantizaba la cobertura sobre los
flancos e impedia sorprenderlos a todos junto en una emboscada.
Craig coloco las granadas en base a esta suposición. Sobre el borde de la orilla
porque aquella elevacion, aunque pequeña, extenderia la explosion un poco mas.
Ato firmemente cada granada al tronco de un arbusto, a una distancia de veinte
pasos una de la otra, y luego ato el delgado alambre al anillo del seguro que, unas
vez quitado, después de tres segundos las haria explotar. Después, de a uno por
vez, llevo los extremos de los alambres hasta donde se encontraba Sally-Anne,
asegurandolos a la solapa de su mochila.
Ahora estaba de rodillas, porque la luz aumentaba in la patrulla estaba cada vez
mas cerca. Coloco la quinta y ultima granada de mano y volvio arrastrandose sobre
el estomago. Se tendio junto a la mochila con los hilos de alambre que se abrian
como un abanico desde donde se encontraba tras la pantalla de arbustos que
habíacortado la noche anterior como reparo. Verifico la carga del AK47 y colocó los
cargadores de reserva a su derecha.
Era tiempo de despertar a Sally-Anne. La beso suave sobre la boca, y ella fruncio
la nariz balbuceando en el sueño, después abrio los ojos y el amor se reflejo en su
mirada, enseguida sustituido por la pena al recordar la situacion en que se
hallaban. Intentó sentarse, pero el se lo impidio con la mano sobre el pecho.
« Estan aqui », le advirtio. « Voy a pelear. » Sally-Anne asintio.
« Tienes la pistola de Timon? »
Ella asintio, hurgando en el bolsillo de los jeans para sacarla.
« La sabes usar? »
« Si. *
« Reserva una bala para el final. » Ella lo miró.
« Prometeme que no vacilaras. »
« Te lo prometo », le susurró.
Craig levanto lentamente la cabeza. La patrulla estaba a doscientos metros de
distancia del borde dellago seco. Como había imaginado, se estaban desplegando.
Asi pudo contarlos. Eran cinco! Se desesperó. Timon no lo había hecho tan bien como
esperaba. Había eliminado solo a tres. Pero cinco eran demasiados para Craig. Aun
con la ventaja de la sorpresa, eran muchos.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Agacha la cara », le susurró. « Refleja como un espejo. » Obediente, Sally-Anne
la escondio en el pliegue del codo. Tambien el se subio la camisa para taparse la
boca y la nariz y los vio avanzar.
« Oh Dios, son buenos », pensó. « Mira como se mueven! Han marchado toda la noche y
todavia estan despiertos y atentos. » La punta de la « flecha » era un shona alto
que se movia como una pluma. Llevava su kalashnikov bajo sobre el costado derecho,
y estaba caregado de una concentracion mortalmente intensa. En un momento la luz
del alba se reflejo en sus ojos, que brillaron como fuegos lejanos en la negrura
desu cara. Craig lo reconocio como el lider.
Sus hombres, dos de cada lado, eran siluetas fornidas y torvas, llenas de amenaza
oscura y no menos subordinadas al hombre que los conducia. Reaccionaban como
marionetas a las señales que el alto shona les hacia con la mano. Avanzaban en
silencio hacia la orilla del antiguo lago. Craig dispuso los alambres en su mano
izquierda, entre los dedos.
A cincuenta pasos de la orilla el Shona los detuvo con una señal de la mano. Se
inmobilizaron al instante. La cabeza del lider giro lentamente hacia izquierda y
derecha, mientras examinaba el borde y los arbustos mas alla. Avanzó cinco pasos,
pisando suavemente y se detuvo otra vez. Giró la cabeza a uno y otro lado. Había
visto algo. Craig instintivamente contuvo la respiración mientras transcurrian los
segundos. Luego el Shona se movio de nuevo, giro y escogio a su flanqueadores,
señalandolos con el dedo indice. La formacion cambio disponiendose como flecha
invertida, los Shonas habían adoptado la tradicional formacion de combate de las
tribus nguni, los « cuernos del toro » que el rey Chaka había usado con admirable
y terrible efecto y ahora los cuernos se estaban moviendo para invadir la posición
de Craig.

Craig supiro aliviado por su propia prevision de ubicar las granadas a tanta
distancia unas de otras. Los dos hombres de los extremos caminaban casi sobre la
misma linea donde había colocado sus granadas mas externas. Eligio los alambres
correspondientes, sosteniendolos tirantes y mirando avanzar a los hombres. Hubiera
deseado quer fuese el Shona alto, el hombre peligroso, pero el no se movio de
nuevo. Se mantenia detras, fuera del alcance de la granada, observando y dirigiendo
la maniobra envolvente.
El hombre de la derecha llego a la orilla y agilmente se trepo al borde, pero el
hombre de la izquierda todavia estaba a diez pasos del borde sobre la salina.
« Juntos », susurro Craig mordiéndose los labios. « Debo agarrarlos juntos. »
El hombre sobre el borde casi debia haber rozado la granada oculta con la rodilla,
pero Craig lo dejo avanzar esperando al segundo.
El hombre de la izquierda llego a la orilla. Tenia una venda ensangrentada
alrededor de la cabeza, obra de Timon. La granada estaba al nivel del ombligo.
Craig tiró con toda su fuerza los alambres de las dos granadas externas y sintio
que las lenguetas saltaban con dos secas vibraciones metálicas: teng, teng.

Tres segundos de demora en las espoletas: los Shonas reaccionaron como soldados
adiestrados. El primero se zambullo, pero Craig juzgó que estaba demasiado cerca de
la granada para sobrevivir. Los otros tres todavía sobre la salina se tiraron al
suelo, disparando mientras caian y rodando sobre las costras de sal, llenando de
plomo el borde.
Solo el soldado a la izquierda, el hombre herido, quizas con los reflejos
disminuidos por su lesion, permanecio en pie durante esos fatales tres segundos.
La granada exploto con el brillo de un relampago, y el hombre fue alcanzado por las
esquirlas de lleno. Fue levantado en peso mientras la explosion le rasgaba el
vientre. A la derecha la granada detono en un breve trueno y Craig sintio el
cachetazo de las esquirlas golpeando la carne.
« Dos menos », pensó, y trato de acertarle al shona alto con el AK 47; pero
apuntaba a traves del arbusto y sobre el borde, y el Shona estaba rodando. La
primera ráfaga de Craig resulto corta y levantó terrones de sal delante del Shona
alto que, siempre rodando, respondió inmediatamente al fuego. La segunda fue un
poco as la izquierda, y el Shona respondio el fuego y siguio rodando.
Uno de los otros soldados salto y atacó el borde esquivando como un rugbier en
posesión de la pelota, y Craig le disparó enbistiendolo con la corta ráfaga. Lo
alcanzo a la altura de la ingle y ascendiendo por el estomago y el pecho. El AK 47
tenia la tendencia de elevarse disparando, pero Craig lo sabia y pudo compensarlo.
El shona cayo perdiendo el fusil y rodando, si puso de rodillas y se precipitó

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
boca abajo como un musulman rezando.
El Shona alto ya se había puesto depie y se venia, gritando ordenes; el otro
soldado lo seguia a unos veinte pasos. Craig le apuntó exultante; ahora no podia
errar. El AK 47 disparó una sola bala . El cargador estaba vacío y el shona
continuaba avanzando incólume.
Craig no fue tan veloz para recargar como antes, y perdio esa fraccion de segundo
que le permitio al Shona arrojarse al reparo del borde de la orilla mientras la
rafaga le pasaba por encima.
Craig maldijo. El otro soldado estaba a tres pasos de la seguridad del borde.
Girando rapidamente el fusil a la izquierda, Craig disparo a ciegas una rafaga que
por pura casualidad un solo proyectil le impacto al soldado en la boca y le tiro la
cabeza hacia atras como por un fuerte puñetazo y la boina roja volo alta en el
cielo, mientras el soldado caia.
Cuatro de cinco en los primeros diez segundos: era mas de lo que Craig
había osado esperar; pero el quinto hombre, el mas peligroso, estaba
todavia vivo e ileso al reparo de la rivera, y debia haber visto el fogonazo del
arma. Lo tenia a Craig localizado.
« Quedate debajo del paño », le ordenó Craig a Sally-Anne, y tiró de los alambres
de las otras tres granadas. Las explosiones fueron casi simultaneas, un ruido der
trueno similar a una andanada de una nave de guerra; y en la polvareda y las
llamas, Craig se movio.
Avanzo hacia la derecha, treinta pasos ala carrera, doblado en dos, con el AK 47
recien recargado en la mano. Se zambullo, rodo y luego espero panza abajo,
vigilando el punto en la orilla donde se había ocultado el Shona alto, pero
controlando todo con rapidas miradas a diestra y siniestra.
La luz era mejor, l a aurora llegaba rapidamente, y el Shona se movio. Saltó sobre
la orilla, rapido como una cobra, destacandose por un instante contra la blanca
llanura salada pero donde Craig no se lo esperaba. Debia haberse arrastrado un buen
trecho al reparo del borde y estaba bastante lejos a la izquierda de Craig.
Le apunto el AK 47 pero no disparó, era un tiro muy dificil y nmo valia la pena
traicionar su nueva posición, y erl Shona desaparecio entre los arbustos secos a
unos cincuenta pasosde distancia. Craig se arrastro hacia adelante para tratar de
interceptarlo, lentamente, como una oruga, sin hacer ruido, sin levantar polvo y
con los oidos y los ojos atentos al mas mínimo movimiento. Largos segundos pasaron
mientras Craig avanzava centimetro a centimetro, sabiendo que el Shona seguramente
se estaba arrastrando hacia el punto donde había dejado a Sally-Anne.
Luego Sally-Anne grito. El sonido le laceró los nervios a Craig como un papel de
lija y desde los arbusto se levantaron ambos: Sally-Anne que luchaba arañando como
una gata y el Shona que la tenia agarrada de los cabellos, arrodillado pero
sujetandola facilmente girando con ella para frustrar cualquier oportunidad de un
disparo.
Craig partió a la carga. No fue una decision consciente: se puso de pie lanzandose
hacia adelante revoleando el AK 47 como un garrote. El Shona lo vio y solto a
Sally-Anne, que cayo hacia atras. El negro evitó el masazo agachadose y
levantandose golpeo a Craig con el hombro en las costillas. El fusil volo de sus
manos y se prendio al Shona mientras luchaba para recuperar el aliento. Dandose
cuenta que su fusil era inutil en una lucha cuerpo a cuerpo, el Shona lo dejo caer
y uso ambas manos.
Al primer contacto Craig vio que su contrincante era mucho mas fuerte que el. Era
alto, pesaba mas y estaba entrenado, con musculos duros como antracita. Pasó un
largo brazo alrededor del cuello de Craig que en vez de resistir, se lanzo en
direccion del tiron del Shona, eso lo tomo de sorpresa y ambos cayeron. Al quedar
encima Craig lo pateo con la pierna metálica pero no logro conectarla limpiamente.
El Shona lo esquivó y le devolvio el golpe. Craig lo paró y se trabaron,pecho
contra pecho, rodando primero uno arriba y después el otro; aplastando los asperos
arbustos, respirando ruidosamente en la cara del adversario. Con sus dientes
blancos y cuadrados el shona trató de morder la cara de Craig, como un lobo. De
haberlo logrado le hubiera arrancado la nariz o rasgado la mejilla, como había
visto hacer una vez en una riña en un bar.
En lugar de alejar la cara, Craig le asestó un cabezaso en los dientes. El Shona
perdio un incisivo y la boca se le lleno de sangre. Craig si tiró hacia atras para
repetir la operacion, pero el negro lo esquivo con una cabriola y de repente tenia
el cuchillo que llevaba en la cintura.
Craig le aferró la muñeca, desesperado, alcanzando apenas a evitar la puñalada.

127
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Rodaron por tierra y el shona quedo arriba, a caballo, con el puñal que brillaba en
la derecha, apuntado a la garganta y a la cara de Craig que lo mantenia alejado con
las dos manos, una en la muñeca y la otra en el hueco del codo, pero no lograba
detener la derecha del soldado. La punta del cuchillo descendia lentamente hacia
el, mientras el Shona pateaba sus piernas y trabo una entre las de Craig.
El puñal descendía y detrás la cara del shona, contraída por el esfuerzo, con el
incisivo roto y rojo de sangre, la sangre goteándole por el mentón y cayéndole
encima de la cara a Craig, los ojos moteados de pequeñas venitas marrones,
proyectándose fuera de las orbitas... Y el puñal que bajaba.
Craig empleo toda su fuerza contra el. La punta del puñal se detuvo por un segundo,
después bajo y Craig la sintio perforar como una aguja hipodermica en la concavidad
entre el cuello y la clavicula. Con una sensacion de horror Craig sintio el cuerpo
del Shona tensarse para imprimirle al puñal el impulso final que le habria clavado
el acero plateado a traves de la laringe, y sabia que no podia evitarlo de ningun
modo.

Milagrosamente la cabeza del Shona cambio de aspecto, deformandose como una mascara
de goma, colapsando hacia el interior como desinflandose,mientras el contenido del
craneo brotaba como una fuente líquida a traves de la sien. El estampido de un
disparo llego ensordecedor en los oidos de Craig.
El cuerpo del Shona perdió energía y rodó y cayo a tierra como un bagre recién
pescado.
Craig se sentó. Sally-Anne estaba muy cerca, arrodillada delante de el, con la
Tokarev empuñada con las dos manos, el cañón apuntado al cielo donde lo había
enviado el retroceso. Debía haberla apoyado en la sien del shona antes de
dispararle.
« Lo maté », sollozó con los ojos llenos de horror.
« Gracias a Dios! » Jadeo Craig taponándose el tajo en la garganta con el cuello de
la camisa.
« Nunca había matado antes », musitó Sally-Anne.
« Ni siquiera un pez o un conejo. »
Dejo caer la pistola y comenzó a refregarse las manos como para lavárselas, mirando
el cadáver del shona. Craig se arrastro hacia ella y la tomo entre los brazos.
Temblaba como una hoja.
« Sácame de aquí », le imploró. « Por favor, Craig, siento olor a sangre, sácame de
aquí. »
« Si. Si. » La ayudo a levantarse, y rápidamente enrollo el paño impermeable y la
mochila.
« Por alla. » Cargo las mochilas y el fusil automatico, Craig la llevo lejos del
lugar de la matanza, hacia el este.
Habían caminado casi tres horas y se habían detenido para beber, cuando Craig se
dio cuenta de su terrible olvido. La cantimplora! En la urgencia y el pánico no
había pensado en llevarse las cantimploras de los muertos.
Miro hacia atras con angustia. Aunque dejara allí a Sally-Anne y retornase solo, ir
y volver le insumiría al menos cuatro horas, mientras seguramente la Tercera
Brigada se acercaba. Sopesó la cantimplora en la mano. Tenia un cuarto; apenas
suficiente para ese día, si ahora se detenían y esperaban el fresco de la noche;
pero si proseguían - y debían proseguir -, no alcanzaba.
Otro tomo la decision por el. Se oyó el sonido de un monomotor que se acercaba
desde el sur. Amargamente Craig miro hacia arriba, sintiéndose indefenso como una
ardilla bajo el vuelo de un halcón.
« Un observador », dijo escuchando el lejano rumor. Disminuyo por un instante,
después aumento otra vez.
« Busca en la superficie. »
Mientras hablaba lo vio. Estaba mas cerca de lo que pensaba, y mucho mas bajo.
Obligó a Sally-Anne a tirarse al suelo con un empujón en la espalda y le colocó
encima la tela camuflada impermeable, mirando hacia atrás al hacerlo. Venia rápido,
era un monoplano de ala baja. Viró ligeramente apuntando derecho hacia ellos. Craig
se tiro junto a Sally-Anne y se deslizo bajo la tela camuflada.
El sonido del motor aumentó. El piloto los había visto. Craig levanto una esquina
de la tela y miro.
« Es un Piper Lance », dijo despacio Sally-Anne.

128
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Tenia las insignias de la aviación militar de Zimbabwe, pero incongruentemente el
piloto era un hombre blanco. Junto a el se sentaba un negro con la boina roja de la
Tercera Brigada.
Ambos, mientras el Piper viraba, miraban hacia abajo con rostros inexpresivos: la
extremidad del ala apuntaba como un cuchillo directamente adonde se encontraban. El
oficial negro tenia el micrófono en los labios. El avión completo el giro y volvió
por donde había venido. Muy pronto el rumor del motor se perdió en el silencio del
desierto.
Craig hizo incorporar a Sally-Anne.
« Puedes seguir? »
Ella asintió, tirando hacia atrás un mechón de cabellos húmedos de transpiración
que le bajaba sobre la frente. Tenia los labios todos agrietados, y el inferior le
sangraba, colgándole una gota que parecía un rubí.
« Ahora debemos encontrarnos bastante dentro de Botswana, y hay un camino paralelo
al limite que no puede estar lejos. Si encontráramos una patrulla... »

El camino consistía en dos surcos continuos en dirección norte-sur, que se


desviaban solo para evitar alguna colonia de liebres o algún lago salado seco. Era
patrullada regularmente por la policía de Botswana en búsqueda de cazadores
furtivos y contrabandistas.
Craig y Sally-Anne alcanzaron el camino a media tarde, cuando ya habían abandonado
el pesado fusil ametrallador, cargadores y todo lo que no consideraron
indispensable; también había considerado la idea de enterrar el manuscrito para
recuperarlo después, pero Sally-Anne lo había disuadido con un ronco susurro.
La cantimplora estaba vacía. Habían bebido el ultimo sorbo de agua caliente como
sopa antes del mediodía. La velocidad de la marcha se había reducido a un par de
kilómetros por hora. Craig no transpiraba mas. Sentía que la lengua se le estaba
hinchando y la garganta se cerraba a medida que el calor le absorbía toda la
humedad del organismo.
Llegaron a la ruta. Craig miraba el horizonte confuso por las ondas de calor,
desmoralizado, concentrado únicamente en la acción de poner un pie delante del
otro. Atravesaron el camino sin verlo, y prosiguieron en el desierto. No eran los
primeros en dejar pasar la oportunidad de recibir socorro y seguir hacia la muerte
por sed y agotamiento. Siguieron trastabillando hacia delante por otras dos horas
antes que Craig se detuviera.
« Ya deberíamos haber llegado al camino », susurró recontrolando el rumbo con la
carta y la brújula. « La brújula debe estar descompuesta. El norte no queda para
allá. » Estaba confundido y dudoso. « Hemos avanzado demasiado al sur », se dijo, e
inició el primero de los círculos sin rumbo que, en una espiral, conducen a la
muerte al que se pierde en el desierto.
Una hora antes del ocaso Craig tropezó en una especie de viña contorsionada y seca,
que crecía penosamente sobre ese suelo gris y pedregoso. Tenia un fruto, verde y
grande del tamaño de una naranja. Se inclinó para tomarlo con gran cuidado, como si
fuese el diamante Cullinan. Farfullando algo entre los labios agrietados,
cortó cuidadosamente en dos el fruto con la bayoneta. El sol lo había calentado
como carne viva.
« Gemsbok melón », le explicó a Sally-Anne, que sentada lo miraba con ojos débiles
e incomprensivos.
Con la punta de la bayoneta tajeó la pulpa blanca del melón y luego sostuvo el
medio melón en la boca de Sally-Anne. La garganta se le convulsionó con el esfuerzo
de tragar el claro líquido tibio, y ella cerró los ojos extasiada cuando el sabor
del fruto jugoso le corrió sobre la lengua seca.
Trabajando con extremo cuidado, Craig exprimió otro cuarto de pulpa y le hizo beber
el jugo. El olor del líquido le hizo doler y contraer involuntariamente la garganta
mientras Sally-Anne bebía. Ella pareció recuperar fuerzas frente a sus ojos, y solo
cuando la última gota del liquido pasó a través de sus labios, ella se dio cuenta
de lo que Craig había hecho.
« Y tu?» susurró
El chupó la dura corteza y el corazón del melón.
« Lo lamento. » Estaba disgustada por su propia insensibilidad, pero el sacudió la
cabeza.
« Pronto refrescará. Noche. »
La ayudó a levantarse y reemprendieron el camino.
El tiempo se contraía en la mente de Craig, veía el crepúsculo y creía que

129
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
era el amanecer.
« Descompuesta. » tomó la brújula y la arrojó. No fue muy lejos. « Rumbo
equivocado. » Giró y llevó a Sally-Anne tras el.
Craig tenia la cabeza llena de sombras y negras formas, algunas sin rostro
y terroríficas, quería gritarles, sin poder emitir sonido alguno, para
espantarlas. En cambio a algunas las reconocía. Ashe Levy, que cabalgaba
sobre una hiena blandiendo el nuevo manuscrito de Craig, con sus anteojos de
marcos dorados que brillaban en las luces del crepúsculo. « No se venden ni
como papel para envolver pescado », se regodeaba. « Nadie lo quiere, baby,
estas terminado. Eres un escritor de un solo libro, Craig baby, eso es lo
que eres. »
Después Craig se dio cuenta que no era su manuscrito, sino la lista de vinos
del Four Seasons.
« ¿Probamos este Corton Charlemagne? » lo tentaba Ashe. « o pedimos un buen
magnum de la Viuda? »
« Solo los brujos cabalgan las hienas », le gritaba Craig,sin emitir sonido
alguno de su garganta reseca. « Siempre supe que lo eras... »
Ashe soltó una risotada sarcástica, maligna, acicateó la hiena al galope y
lanzó al aire el manuscrito. Las páginas blancas planeaban en el aire como
garzas posándose: cuando Craig se inclinó de rodillas para recogerlas, se
trasformaron en puñados de arena y se encontró con que no tenia fuerzas para
levantarse. Sally-Anne estaba caída junto a el, y mientras se sostenían
abrazados cayó la noche.
Cuando se despertó era de mañana, y no pudo despertar a Sally-Anne. Continuaba
roncando, respirando por la nariz y la boca abierta.
De rodillas cavó un pozo, para crear un alambique solar. Aunque el suelo era
blando y arenoso, trabajó despacio.
Laboriosamente, siempre de rodillas, juntó una brazada de la escasa vegetación
del desierto. Parecía que en esa leña seca no había nada de humedad cuando la
picó finamente con la bayoneta y la depositó en el fondo del pozo.
Cortó la parte superior de la cantimplora de aluminio vacía y colocó el recipiente
así conseguido en el centro del pozo. Le demandó enorme concentración realizar
estas simples tareas. Extendió la tela impermeable sobre el pozo, sujetando los
bordes con montoncitos de tierra. En el centro de la tela colocó una bala, de modo
que quedara directamente sobre el recipiente, Luego se arrastró junto a Sally-Anne
y se sentó a su lado de modo de darle sombra sobre la cara.
« Todo va andar bien », le dijo. « Pronto encontraremos el camino. Debemos estar
muy cerca... »
No se daba cuenta que no emitía ningún sonido y que de haberlo hecho ella no podría
oírle.
« Ese soretito de Ashe es un mentiroso. Veras que terminaré el libro, y pagaré
todas las deudas. Venderé los derechos cinematográficos... Comprare King's Lynn...
Todo saldrá bien. No te preocupes, querida. »
Esperó durante toda la mañana, en el terrible calor, venciendo la impaciencia, y
cuando su reloj señaló el mediodía fue a abrir el alambique. El sol cayendo sobre
la tela impermeable había aportado la temperatura en el pozo cerca del punto de
ebullición. De las plantas trituradas se había evaporado el agua que se había
condensado bajo la tela camuflada, corriendo por el peso de la bala y terminando
por caer, gota a gota, en el recipiente de abajo.
Había recogido cerca de un cuarto litro o poco mas. Tomo el recipiente con ambas
manos, temblando tanto que casi la derramó. Bebió un pequeño sorbo y lo mantuvo en
la boca. Estaba muy caliente, pero sabia a mieles y tuvo que recurrir a todo su
autocontrol para evitar tragarla.
Se inclinó y apoyó los labios sobre los labios amoratados y sangrantes de Sally-
Anne. Suavemente inyectó el líquido en la boca de ella.
« Bebe, querida mía, bébela toda. » Se sorprendió riéndose como un estupido,
mientras la miraba tragar dolorosamente.
De a pocas gotas por vez, le paso el precioso líquido desde su boca a la de ella,
que tragaba cada sorbo con mayor facilidad. Guardo para si el ultimo sorbo y lo
dejó correr por la garganta. Se le fue a la cabeza como un licor y quedó sentado y
riendo estúpidamente con los labios negros, la cara hinchada y roja, las abrasiones
sobre las mejillas cubiertas de costras y los ojos inyectados de sangre pegoteados
de lagañas.
Recargó el alambique y se sentó junto a Sally-Anne. La protegió del sol cortándose

130
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
un faldón de la camisa y susurro:
« Todo va bien... Encontraré ayuda... Pronto. No te preocupes...
amor mío... »
Pero sabia que era el último día de vida para ambos. No podrían mantenerse con vida
por otras veinticuatro horas.
Mañana morirían. Por el sol o por los soldados de la Tercera Brigada: pero mañana
morirían.
Al crepúsculo el alambique les brindó otra media taza de agua destilada, y después
que se la bebieron se adormecieron en un sopor pesado y mortal, uno en bazos del
otro.
Algo despertó a Craig, y por un momento pensó que se trataba del viento nocturno
en los arbustos. Con dificultad se sentó y levantó la cabeza para escuchar, no
estaba seguro si estaba alucinando o si verdaderamente escuchaba ese débil sonido
que subía y bajaba.
Debía ser casi el amanecer, juzgó. El horizonte era una nítida línea oscura contra
el telón de terciopelo del cielo.
Y abruptamente aumentó el rumor y el lo reconoció.
Era el típico latido del motor de cuatro cilindros del Land Rover. La Tercera
Brigada no había renunciado a la cacería. Llegaba inexorable, como las hienas que
han olfateado el olor de la sangre.
Vio un par de faros, lejos en el desierto: sus pálidos haces oscilantes que
titilaban en la noche mientras el vehiculo cubría el duro trayecto. Buscó el
AK 47. No pudo encontrarlo. Debía habérselo robado Ashe Levy, pensó con amargura,
se lo había llevado a grupas de la hiena. « No debía haberme fiado de
aquel hijo de puta. »
Craig miró desesperado las luces que se acercaban. En su luz danzaba una especie de
duende amarillo. « Es Puck », pensó.
« Son los duendes. Pero yo nunca creí en duendes. No hay que decirlo...
Una vez que se lo dice, uno se muere. No quiero matar duendes. Yo creo en ellos
» Su mente corría, visiones y fantasías se alternaban con destellos de lucidez.
Y de repente reconoció que el duende semidesnudo y amarillo era un bosquimano, la
raza de pigmeos habitantes del desierto.
Un bosquimano como guía! La Tercera Brigada utilizaba un bosquimano para
atraparlos! Solo un bosquimano podía haber seguido sus huellas durante la noche,
rastreando con los faros del Land Rover.
Los faros lo iluminaron como un spot teatral, y Craig levantó la mano para
protegerse los ojos del reflejo. La luz era tan brillante que hacia doler. Tenia la
bayoneta con la otra mano tras las espalda.
Elimino a uno, se dijo. A uno lo dejo afuera.
El Land Rover paró a pocos pasos de distancia. El pequeño
bosquimano estaba cerca de el y hablaba en su extraño lenguaje
de pitidos y chasquidos como de pájaro. Craig escucho que se abría la
puerta del Land Rover detrás de las luces encandilantes, y un hombre venia
hacia el. Craig lo reconoció inmediatamente. El general Peter Fungabera... Parecía
tan alto como un gigante a contraluz, mientras se acercaba a Craig acurrucado
sobre el suelo del desierto.
Dios te agradezco, rezaba Craig, te agradezco de habérmelo enviado antes de morir,
y empuñaba con fuerza la bayoneta. A la garganta, se dijo, apenas se incline sobre
mi. Reunió todas las fuerzas que le quedaban. El general Fungabera se inclinó sobre
el.
Ahora! Craig hizo el esfuerzo: clava la punta en la garganta! Pero no paso nada.
Los miembros no le respondieron. Estaba terminado. Todo había terminado.
« Le informo que esta bajo arresto por el ingreso ilegal en la república de
Botswana, señor », le dijo el general Fungabera. Pero había cambiado la voz. Era
una voz humana, gentil, profunda, y hablaba ingles con otro acento.
Esta vez no me engaña, pensó Craig, maldito tramposo. Y vio que el general Peter
Fungabera vestía un uniforme de sargento de la policía de Botswana.
« Tuvieron suerte », dijo inclinándose. « Vimos donde atravesaron la ruta. » Estaba
ofreciéndole a Craig una cantimplora recubierta de paño. « Los estamos siguiendo
desde ayer a las tres de la tarde.
Agua fresca y dulce fluyó a borbotones en la boca de Craig y corrió por su mentón.
Soltó la bayoneta y agarró la cantimplora con las dos manos. Quería beberla toda en
un trago, quería ahogarse. Era tan maravilloso que los ojos se le llenaron de

131
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
lágrimas. Tras las lágrimas vio sobre la portezuela del Land Rover la insignia de
la policía de Botswana.
« Quien.. ? » dijo, mirando a Peter Fungabera: pero nunca había visto esa cara. Era
una cara larga, de nariz achatada, con una expresión preocupada y atribulada como
la de un bulldog amigable.
« Quien ... ? » graznó nuevamente.
« No hable. Debemos llevarlo rápido al hospital en Francistown. Son muy
afortunados. Muere mucha gente en el desierto. »
« Usted no es el general Fungabera? » susurró Craig. « Quien es usted? »
« Policía de Botswana de patrulla en el límite. Sargento Simon Mafeking, a su
servicio... »

De muchacho, antes de la gran guerra patriótica, el coronel Nikolai Bucharin


acompañaba a su padre en la cacería de lobos, detrás de las jaurías que, en el
largo y crudo invierno aterrorizaban a su remota villa en los Altos Urales.
Aquellas expediciones en la vasta y melancólica floresta llamada taiga lo había
nutrido de una profunda pasión por la caza. Disfrutaba de la soledad de los lugares
salvajes, de la atávica alegría de controlar todos sus sentidos frente a los
peligrosos animales. Vista, oído, olfato, y aquel otro sentido extraordinario que
le permite al cazador nato anticipar las evasivas y tentativas de fuga de la presa:
todo eso poseía todavía el coronel en sumo grado, no obstante sus sesenta y dos
años. Además de una memoria casi de computadora de hechos y caras, que le habían
permitido ascender en su trabajo, y había favorecido su promoción a la cabeza de su
departamento del séptimo comisariato donde continuaba dando caza a la presa mas
peligrosa de todas... el hombre.
Cuando iba a cazar jabalíes y osos en las grandes propiedades reservadas a la
recreación de los altos oficiales de la GPU y de la KGB, preocupaba a compañeros y
guarda faunas por su hábito de despreciar disparar desde los puestos ocultos
preparados y de aventurarse peligrosamente solo, a pie, en la mas espesa
vegetación. La emoción del riesgo mortal satisfacía alguna profunda necesidad en
el.
Cuando la asignación en la cual estaba comprometido ahora, fue encaminada a su
despacho en el segundo piso de los cuarteles centrales en la plaza Dzerinskij,
reconoció inmediatamente su importancia y tomo inmediatamente control personal. Por
su atenta acción, el vago potencial previsto al comienzo del órgano superior se
estaba concretando gradualmente, y cuando finalmente llegó el momento de
encontrarse con su hombre cara a cara en el campo de acción, el coronel Bucharin
estaba listo y había elegido la cobertura que mas se adaptaba a su gusto.
Los rusos, y especialmente los rusos de alto rango, eran vistos con sospecha y
hostilidad en la recién creada república de Zimbabwe.
Durante la chimurenga, la guerra de la independencia, Rusia había apuntado al
Caballo equivocado, apoyando al ZIPRA de Joshua Nkomo, el ala revolucionaria de los
Matabele. Así, para el gobierno de Harare, los rusos no eran otra cosa que los
nuevos enemigos colonialistas, mientras que los verdaderos amigos de la revolución
eran los chinos y los coreanos del norte.
Por esa razón el coronel Nikolai Bucharin había ingresado a Zimbabwe con un
pasaporte finlandés y una identidad falsa. Hablaba el finlandés fluentemente, como
otras cinco lenguas incluyendo el Inglés. Necesitaba una cobertura tal que le
permitiera salir libremente de la ciudad de Harare, donde sus movimientos no fuesen
vigilados, para internarse en las regiones selváticas y despobladas donde podía
encontrarse con su hombre sin temor de ser vigilado.
Aunque muchos otras repúblicas africanas, por las presiones del World Bank y del
Fondo Monetario Internacional, habían prohibido la caza mayor, Zimbabwe continuaba
entregando licencias a cazadores profesionales para la organización de sus
elaborados safaris en la « Zone de caza controlada »: estos safaris contribuyan a
traer divisas para reforzar las reservas nacionales.
Al coronel le divertía actuar como un acaudalado comerciante de Helsinki, y a
satisfacer la pasión por la caza en esta manera decadente reservada exclusivamente
a los aristócratas financieros del sistema capitalista.
Por supuesto el presupuesto acordado por su país para esta operación no le habría
permitido solventar una extravagancia similar. Pero el general Peter Fungabera, el
destinatario del la operación, era un hombre rico y ambicioso. No había puesto
inconvenientes cuando el coronel Bucharin le sugirió el safari como cobertura para

132
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
su reunión, y al general Fungabera tendría el honor de ser el perfecto anfitrión y
pagar los cinco mil dólares por día que costaba el safari.
Parado en el centro del pequeño claro, el coronel Bucharin miró a su hombre.
Deliberadamente había herido al búfalo. Nikolai Bucharin disparaba muy bien con la
pistola, el fusil y la escopeta, y la distancia había sido de 30 metros. Si hubiera
querido, podría colocarle la bala en un ojo, exactamente en el centro de la pupila
negra y brillante. En cambio le había disparado a la panza a un palmo de distancia
del pulmón, para no afectarle la respiración, pero no tan atrás como para dañarle
los cuartos traseros, dificultándole así la probable carga.
Era un magnifico macho, de grandes cuernos negros recurvados que se extendían mas
de un metro entre puntas. Un trofeo que pocos podían igualar, y como el había
obtenido la primera sangre le pertenecía al coronel, no tenia importancia quien le
daba el golpe de gracia. Le sonreía a Peter Fungabera sirviéndose vodka en el
vasito de la petaca de plata.
« Na Zdorovye! » exclamó saludando a Peter, y bebió el vodka sin parpadear, lleno
de nuevo el vasito y se lo ofreció.
Peter vestía uniforme de combate perfectamente lavado y planchado, con su nombre en
el pecho: y un pañuelo de seda kaki al cuello, pero iba a cabeza descubierta sin
insignias que brillaran al sol y espantaran la caza.
Aceptó el vasito y, miro al ruso por encima del borde. Era tan alto como Peter,
pero también mas delgado, erguido como un hombre treinta años mas joven. Sus ojos
eran de un azul pálido muy peculiar y crueles. Su cara estaba surcada con las
cicatrices de la guerra y de otros viejos conflictos, parecía un paisaje lunar en
miniatura. Tenia el cráneo rapado, la fina pelusa que lo recubría era plateada y
brillaba al sol como fibra de vidrio.
Peter Fungabera apreciaba a este hombre. Disfrutaba del aura de poder que portaba
como un manto imperial. Disfrutaba de su innata crueldad, que era casi africana y
que Peter comprendía perfectamente, Gustaba de su tortuosidad, de su continua
mezcla de mentiras verdades y medias verdades de modo de hacerlas aparecer
indistinguibles. Se excitaba por la sensación de peligro que emanaba tan fuerte que
casi era un olor.
« Somos de la misma raza », pensó Peter alzando el vasito para devolverle el
brindis. Bebió de un sorbo el fuerte licor. Después, respirando profundamente para
no mostrar el mas mínimo malestar, devolvió el vasito. » Bebes como un hombre »,
reconoció Nikolai Bucharin. « Veremos si también eres un cazador. »
Peter había comprendido que era una prueba. El vodka y el búfalo herido eran parte
de eso. Alzó los hombros con la máxima indiferencia y el ruso le hizo una seña al
cazador profesional que estaba respetuosamente fuera del alcance del oído.
El era un blanco nacido en Zimbabwe, de cerca de cuarenta años, vestido para la
ocasión con un sombrero de ala ancha y dos grandes cartucheras que se cruzaban
sobre el pecho con proyectiles de grueso calibre. Tenia una barba negra y rizada y
la expresión afligida de alguien que se prepara a seguir a un búfalo herido en la
densa vegetación.
« El general Fungabera tomará el .458 », dijo el coronel Bucharin, y el cazador
asintió penosamente.
Como hizo ese viejo bastardo para errar un tiro facilísimo como ese? Hasta ahora
había disparado como un campeón olímpico! Cristo, ese matorral se ve realmente
asqueroso, que espeso!
El cazador blanco reprimió un temblor y chasqueó los dedos ordenándole al segundo
porteador que preparara el pesado fusil.
« Usted esperará aquí con el porteador », dijo con calma el ruso.
« Pero señor! » protestó rápidamente el cazador. « No puedo dejarlo ir solo!
Perderé la licencia. No es absolutamente... »
« Basta », dijo el coronel Bucharin.
« Pero señor, usted no comprende que... »
« He dicho basta. » El ruso no levantaba la voz, pero sus ojos pálidos acallaron
completamente al hombre mas joven. El descubrió de repente que le tenia mas miedo a
aquel hombre que a perder su licencia, o del búfalo herido oculto en la maleza. Y
retrocedió, aliviado en el fondo.
El ruso tomó el .458 de las manos del porteador, controló que estuviese cargado con
balas de punta blanda, y se lo alcanzó a Peter Fungabera. Peter lo tomó sonriendo
levemente y se lo devolvió al porteador. El coronel Bucharin levantó una ceja
plateada y también sonrió. Era una sonrisa burlona y despreciativa.
Peter habló brevemente con el porteador en shona. « Eh eh, Mambo! »

133
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
El hombre corrió a agarrar otra arma de otro porteador negro. Se la llevó a Peter,
palmeando en señal de respeto.
Peter sopesó el la mano la nueva arma. Era una lanza corta, una assegai. El mango
era de madera dura con alambre de cobre enrollándolo. La hoja era larga de sesenta
centímetros y de cuatro dedos de ancho. Con cuidado Peter afeitó los vellos de la
base del pulgar con el filo. Después deliberadamente se sacó la camisa, los
pantalones y las botas.
Vestido solo con un par de shorts verde-oliva y la assegai, dijo: « Coronel, en
África se hace así ». El ruso no se reía mas. « Pero, naturalmente, no espero que
un hombre de su edad cace de este modo », lo justificó con cortesía. « Usted puede
usar su fusil. »
El ruso asintió, aceptando el envite. « Uno a cero para el negro: pero ahora », se
dijo, « veremos si este mujik negro habla en serio o es un fanfarrón. » Bucharin
miró las huellas del búfalo en la tierra.
Las grandes improntas eran como platos soperos y las delgadas gotas acuosas de
sangre estaban teñidas del excremento verde amarillento de los intestinos
perforados.
« Yo rastrearé », dijo. « Usted matará a la bestia. »
Avanzaron despacio, con el ruso cinco pasos adelante, inclinado atentamente sobre
las huellas de sangre, y Peter Fungabera muy atento detrás, con la asegai baja y
los ojos negros que escrutaban la espesura al frente barriéndola rítmicamente de un
lado al otro, los ojos entrenados no esperando ver al animal completo pero buscando
los pequeños detalles, quizás el reflejo del hocico húmedo, o la curva de un gran
cuerno.
A los veinte pasos se cerró la espesura a su alrededor. Verdosa y sofocante como
invernadero, la húmeda vegetación presionando increíblemente a su alrededor, el
aire apestando por las hojas en descomposición que silenciaban sus pasos. El
silencio era opresivo, de modo que una rama seca que se quebró bajo la bota del
ruso resonó fuerte como el rugir del motor de un camión. El coronel sudaba: la
camisa sobre la espalda estaba mojada, y en la nuca le brillaban las gotitas de
sudor. Peter lo sentía respirar, profundo y ronco, pero sabia por instinto que no
era miedo, sino la excitación difusa del cazador.
Peter Fungabera no la compartía. Había una gran frialdad en el, en lugar del temor.
Se había habituado a eso durante la chimurenga. Esta era una tarea indispensable,
la acción con la asegai era solo para impresionar al Ruso y con todo el temor y
sentimientos anestesiados por la frialdad Peter Fungabera se preparó. Sintió
contraerse los músculos, y la tensión difundirse por todos los nervios y tendones
hasta que fue como una flecha encastrada en un arco tensado.
Dirigía las miradas a la maleza, pero no tanto al punto donde se dirigían las
huellas del búfalo herido, sino a los laterales. Esta bestia que estaban cazando
era la mas astuta entre los animales peligrosos del África, excepto quizás el
leopardo. Pero esta tenia la fortaleza de cien leopardos. El león rugirá antes del
ataque, el elefante se retirará bajo el castigo de balas de grueso calibre en el
pecho, pero el búfalo de Cabo carga en silencio, y solo una cosa puede detenerlo:
la muerte.
Una gran mosca azul metálico se poso sobre el labio superior de Peter Fungabera y
se le metió en la nariz. Pero su concentración era tan absoluta que ni la sintió y
no hizo un gesto para espantarla. Continuaba vigilando los flancos, concentraba
toda la esencia de su ser en los flancos.
El ruso se acercó a examinar el cambio en el rastro del búfalo. La marca de sólidos
cascos, el charco de sangre y estiércol. Aquí era donde el búfalo se había parado
después de la primera corrida. Peter Fungabera se lo podía imaginar: negro,
gigantesco, con el hocico en alto y la cabeza volteada vigilando si los cazadores
lo seguían, con la terrible agonía en las tripas y las heces líquidas de los
intestinos desgarrados brotando incontrolable sobre los cuartos traseros. Aquí se
había detenido a escuchar su voces y el odio y la rabia se posesionaron en el. Se
había iniciado la furia homicida. Había bajado la cabeza y proseguido, encorvando
el lomo para disminuir el dolor en las vísceras, solo la ira lo mantenía en pie.
El ruso miro a Peter detrás y no fue necesario hablar. Juntos avanzaron.
El búfalo actuaba en base a la memoria atávica. Cada movimiento que hacia ya había
sido realizado innumerables veces por sus ancestros. Desde aquel primer salvaje
galope después de haber sido herido, la detención para escuchar a los cazadores y
vigilar atrás, la contracción de los grandes músculos y ahora el trote mas
tranquilo, desviándose para presentar las ancas a la débil brisa para que le

134
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
trajera el olor de sus perseguidores y la lenta oscilación de la cabeza armada de
cuernos afiladísimos comenzando la búsqueda del sitio para la emboscada: todo eso
formaba parte de un antiguo ritual.
El búfalo atravesó un pequeño claro de doce pasos de ancho, enfiló la cabeza contra
la muralla opuesta de relucientes hojas verdes manchándolas con fresca sangre
brillante y prosiguió otros cuarenta metros, después giró bruscamente a un lado y
retrocedió describiendo un gran giro. Ahora se movía con mucha cautela, insinuando
apenas su gran mole detrás de las lianas y el follaje casi sin moverse, de a un
paso por vez, hasta que nuevamente se encontró con el claro. Ahí se detuvo,
escondido en el límite de la maleza, vigilando sus propias huellas sangrientas que
atravesaban la estrecha abertura. Su cuerpo oculto completamente tras el espeso
follaje de la jungla, y una tremenda inmovilidad se extendió sobre el. Dejaba que
las moscas se posaran en la herida abierta sin sacudir la piel o barrerlas con la
cola. No sacudía tampoco las orejas grandes y extendidas hacia el frente. Ni
siquiera pestañaba mientras observaba el rastro marcado en el límite del claro por
su mismo paso, esperando a los cazadores.
El ruso entro tranquilamente en el claro, con la mirada al frente en donde la
sangre había teñido las ramas que colgaban en la orilla del frente y un gran cuerpo
había forzado el paso.
Avanzó con calma, seguido de Peter Fungabera que se movía como un bailarín,
vigilando los flancos, con el cuerpo cubierto de una pátina de sudor y los músculos
del tórax, y brazos ondulando a cada mínimo movimiento.
Vio un ojo del búfalo. Reflejaba la luz como una moneda nueva, y Peter se congeló.
Chasqueó los dedos de la mano izquierda y también el ruso se inmovilizó. Peter
Fungabera miró el ojo del búfalo, todavía inseguro de lo que veía, pero sabiendo
que estaba en la posición exacta: a veinticinco metros a la izquierda. Allí era
donde debía hallarse el búfalo si había vuelto.
Peter pestañeó y de repente se aclaró la imagen. No estaba mas enfocado solo en el
ojo y así pudo distinguir la curva de un cuerno, tan inmóvil que parecía una rama.
Vio el estriado sobre los cuernos que se unían sobre los ojos del búfalo, y volvió
a mirar dentro de ello: fue como echar una mirada al mismo infierno.
El búfalo cargó. El follaje se abrió en una explosión delante de el, las ramas
crujieron quebrándose, las hojas volaron como cuando sopla un huracán y el búfalo
apareció en el claro. Salio moviéndose lateralmente, una engañosa pero
característica finta que había engañado a mas de un cazador, antes del repentino
ataque directo.
Avanzó rápido! Parecía imposible que una bestia tan enorme pudiese moverse tan
rápido. Era alto y grande como un kopje granítico, con la grupa y el lomo
incrustados con el fango seco del revolcadero: y había obscenos parches pelados
plateados sobre las paletas y cuello, surcados de viejas cicatrices producidas por
espinas y garras de leones.
De las fauces abiertas colgaban plateados cordones de saliva y lágrimas que
humedecían el pelo de las quijadas. Un hombre apenas podría abrazar ese cuello con
los brazos o medir la distancia entre las puntas de los cuernos. En los pliegues de
la piel de la garganta anidaban racimos de garrapatas azules como uvas maduras, y
en el invernadero de la selva el fuerte olor bovino era asfixiante.
Cargó, majestuoso en su furia homicida, y Peter Fungabera fue a su encuentro. Pasó
delante del coronel Bucharin que justamente levantaba el rifle de grueso calibre
preparándose a disparar, obligándolo a levantar el cañón hacia el cielo. Peter se
movía como un oscuro fantasma de la jungla, aproximándose al toro en una dirección
opuesta a su carga oblicua, tomándolo desequilibrado de modo que el animal se
comportó como un boxeador tirando puñetazos y retrocediendo: la corneada fuera de
tiempo y sin ver claramente, y Peter la esquivó con la parte superior del cuerpo.
La punta recurvada de un cuerno le pasó a un palmo de distancia de las costillas y
luego volviendo hacia atrás cuando la cabeza del animal se elevo alto al final del
golpe.
En ese momento el búfalo estaba al descubierto, desde el hocico levantado hasta los
blandos pliegues de la piel entre las patas anteriores. Y Peter
Fungabera puso todo el peso de su cuerpo y el impulso de su carrera tras la hoja de
acero. El búfalo se lanzó sobre la punta que le entró en el cuerpo con el sonido de
la succión de un pie en el barro y la carne viva se tragó la hoja. Entro hasta que
los dedos de la mano derecha de Peter sobre la empuñadura tocaron la herida y el
surtidor de sangre lo empapó hasta el hombro. Peter soltó la assegai y saltó
haciendo una pirueta, apartándose, mientras el búfalo corcoveaba con las patas

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
rígidas atravesado por el acero en la cavidad torácica. Trató de seguir a Peter,
pero se quedo corto y parado sobre sus gruesas patas delanteras abiertas, mirando
al hombre desnudo con la vista vidriosa.
Peter Fungabera colocado en pose frente a el con ambos brazos alzados
graciosamente. « Ah, terremoto! » le gritó en shona. « Ah, retumbo del trueno! »
El búfalo ejecutó dos pasos vacilantes hacia el frente, y alguna cosa reventó
dentro del animal. Del hocico surgió un doble chorro de sangre. Abrió las fauces y
mugió también surgió sangre de la garganta en una espumosa cascada brillante
inundándole el pecho. El gran búfalo se tambaleó, tratando de mantener el
equilibrio.
« Muere, muere engendro de las tinieblas! » lo acosó Peter. « Siente el acero de un
futuro rey y muere! »
El búfalo cayó a tierra. El suelo tembló bajo su peso muerto.
Peter Fungabera dio dos pasos hacia la gran cabeza enastada en la cual los ojos
encendidos se estaban apagando. Asentó una rodilla en tierra y formando un cuenco
con ambas manos, recogió una porción de aquella rica y caliente sangre que corría
por las fauces semiabiertas del búfalo, llevó las manos a los labios y bebió esa
sangre cual si fuese vino. Corrió por sus antebrazos y sobre el mentón, y Peter se
rió, un sonido que hasta hizo congelar la sangre imperturbable del ruso.
« He bebido tu sangre viva, oh gran toro! Ahora tu fuerza es mía! » grito, mientras
el búfalo se enarcaba en el espasmo final de la muerte.

Peter Fungabera se había duchado y cambiado. Estaba en uniforme: pantalones negros


con una banda de seda roja, chaqueta corta roja con solapas negras de seda. La
camisa blanca tenia la pechera almidonada con cuello de pajarita y la corbata de
lazo negra y lucia una doble hilera de diminutas condecoraciones.
Los sirvientes había preparado la mesa bajo las protectoras ramas de un árbol de
mhoba-hobo, al costado de un claro de pastos cortos y exuberantes, fuera de la
vista y los oídos del campamento. Sobre la mesa había una botella de Chivas Regal y
una de vodka, un balde de hielo y dos vasos de cristal.
El coronel Nikolai Bucharin sentado frente a Peter. Tenia una larga camisa de
algodón, colgando fuera de sus amplias bombachas de cosaco, con un cinturón a la
altura de la cintura. Los pies calzados en botas de cuero blando sobado. Se inclinó
sobre la mesa, sirvió los dos vasos y le ofreció uno a Peter.
Esta vez un hubo brindis ampulosos. Bebieron lentamente mirando el cielo africano
tornarse violeta y dorado. El silencio envolvía la camaradería de dos hombres que
habían arriesgado la vida juntos y se habían considerado mutuamente valerosos, un
camarada para morir con el, o un adversario para pelear hasta la muerte.
Finalmente el coronel Bucharin colocó el vaso sobre la mesa con un golpecito seco.
« Ahora, amigo mío, dime que cosa quieres », lo invitó.
« Quiero esta tierra », respondió simplemente Peter Fungabera.
« Toda? » preguntó el coronel.
« Toda. »
« No solo el Zimbabwe? »
« No solo el Zimbabwe. »
« Y nosotros te deberemos ayudar? »
« Si. »
« A cambio de que? »
« Mi amistad.
« Tu amistad hasta la muerte », observó secamente el coronel, « o hasta que hallas
obtenido lo que quieres y puedas encontrar nuevos amigos? »
Peter se sonrió. Hablaban la misma lengua, se entendían uno al otro.
« Y que muestras concretas de amistad eterna darás? » insistió el ruso.
« Un pobre país como el mío... » dijo Peter levantando los hombros. « Un poco de
minerales estratégicos... Cromo, titanio, berilio y níquel... Y algunas onzas de
oro. »
El ruso asintió, cauteloso: « Nos serán útiles ».
« Pero después, una vez que sea el Monomotapa de Zimbabwe, mi mirada girará en
torno, naturalmente... »
« Naturalmente. » El ruso lo miraba a los ojos. No le gustaban los negros: esta
intolerancia racista era común en los rusos. No le gustaba ni su color ni su olor:
pero esto le gustaba, y como!

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Y podría también mirar hacia el sur », dijo despacio Peter Fungabera. Ah! El
coronel Bucharin ocultó su satisfacción tras una expresión de pena. Este si que es
diferente!
« En la misma dirección que miran ustedes desde hace tiempo », continuó Peter. El
coronel podría haberse reído.
« Y que cosa verá en el sur, camarada general? »
« Veré un pueblo esclavizado y maduro para la emancipación. »
« Y que mas? »
« Veré el oro de las minas del Witwatersrand y del Estado Libre, los diamantes de
Kimberley, el uranio, el platino, la plata, el cobre... En resumen, veré una tierra
pletórica de abundancia y los tesoros mas preciosos del mundo. »
« Si? » lo alentó el ruso, deleitado. Este es rápido, tiene cerebro y también tiene
el coraje que se necesita.
« Veré una base que dividirá en dos el mundo occidental, que controlará tanto el
Océano Atlántico como el Océano Indico, donde se sitúa la ruta del petróleo entre
el Golfo de Arabia y Europa, entre el Golfo de Arabia y América. »
El ruso levantó una mano. « Y adonde te conducen estos pensamientos? »
« Será mi deber elevar esta tierra a su justo rango en la comunidad internacional
bajo la tutela y la protección del país que mas que cualquier otro ama la libertad
del pueblo, la Unión de las Republicas Socialistas Soviéticas. »
El ruso asintió, siempre mirándolo a los ojos. Si, este negro había entrevisto el
diseño global que estaba detrás de todo. El premio mayor era Sudáfrica, pero para
conquistarlo era necesario estrangularlo en una morsa de hierro. Hacia el este ya
tenían a Mozambique, al oeste Angola era suya y Namibia seguiría pronto. Faltaba
por lo tanto el norte para aislar a la presa, y el norte era Zimbabwe, como el
pulgar del estrangulador sobre la tráquea: y aquel hombre era capaz de
conseguírselo.
El coronel Bucharin se sentó hacia adelante en su silla de loneta, asumiendo un
tono concreto, rápido y enérgico.
« Cuales son las condiciones que se te ocurren? »
« Caos económico, guerras tribales, divisiones en la cúpula del gobierno central »,
enumeró con los dedos Peter Fungabera.
« Me parece que el gobierno actual te esta jugando a favor en cuanto a la crisis
económica », observó el ruso. « Y tu personalmente estas haciendo un optimo trabajo
en alentar el odio tribal. »
« Gracias, camarada.»
« Sin embargo los campesinos deben comenzar a sufrir hambre un poco antes de que se
los pueda manejar bien... »
« Estoy presionando en el gabinete para que el gobierno nacionalice las propiedades
agrícolas de los blancos y los ranchos ganaderos. Sin la agricultura de los blancos
yo podré provocar hambruna en buena medida », sonrío Peter Fungabera.
« Escuche que ya habías comenzado... Te felicito por la reciente adquisición de esa
propiedad, como se llama... Kings Lynn? Así se llama no es cierto? »
« Estas bien informado, coronel. »
« Me tome mucho trabajo para obtenerla. Pero cuando llegue el momento de tomar las
riendas del país, a que hombre mirará la gente? »
« Un hombre fuerte », respondió Peter sin vacilar. « cuya dureza haya sido
demostrada. »
« Como la que demostraste primero en la chimurenga y después, mas recientemente,
en Matabeleland. »
« Un Hombre de presencia y carisma, un hombre bien conocido por el pueblo. »
« Las mujeres cantan tus alabanzas en las calles de Harare, no pasa día sin
tu imagen en las pantallas de la televisión o en las primeras páginas de los
diarios. »
« Un hombre con fortaleza respaldándolo. »
« La Tercera Brigada », asintió el ruso, « y la bendición del pueblo de la URSS.
Sin embargo », hizo una pausa significativa, « hay dos preguntas que requieren
respuestas, camarada general. »
« Si? »
« La primera es una mundana y desagradable cuestión de dinero, para plantearla
entre dos hombres como nosotros. Mis financistas están preocupados. Nuestros gastos
están superando mucho el valor del marfil y las pieles que nos has enviado... »
Levantó otra vez la mano para impedir objeciones. Era una mano de viejo, moteada de
pecas marrones y surcada de venas azules prominentes. « Ya se que debemos hacer

137
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
todas estas cosas simplemente por amor a la libertad, que el dinero es una
obscenidad capitalista, pero en este mundo nada es perfecto. En pocas palabras,
camarada general, estas alcanzando los limites que Moscu estableció para tu
crédito. »
« Entiendo », asintió Peter Fungabera. « Y cual es la segunda pregunta? »
« La tribu Matabele. Son una tribu guerrera y peligrosa. Yo se que haz sido
obligado a provocar enemistad para causar disenso y rebelión y a llevar contra el
actual gobierno la desaprobación del mundo occidental por tu campaña en
Matabeleland: pero que pasara después? Como los controlaras una vez que hallas
tomado el poder? »
« Puedo responder a ambas cuestiones con un solo nombre », respondió Peter
Fungabera.
« Que nombre? »
« Tungata Zebiwe. »
« Ah si, Tungata Zebiwe, el líder Matabele. Lo has dejado fuera de combate! Presumo
que en este momento ya lo has liquidado, verdad? »
« No. Lo tengo custodiado en secreto y bien asegurado en uno de mis campos de
reeducacion cerca de aquí. »
« Explícate. »
« Principalmente por el dinero. »
« Por lo que sabemos, Tungata Zebiwe no es un hombre rico », observo el ruso.
« Tiene la clave de una fortuna que puede tranquilamente superar los doscientos
millones de dólares USA. »
El ruso levanto ceja plateada en un gesto de incredulidad que Peter comenzaba a
conocer bien y ya lo irritaba.
« Diamantes », dijo.
« La madre patria es uno de los máximos productores del mundo » dijo el ruso con un
gesto desdeñoso.
« No hablo de basura para uso industrial », preciso Fungabera. « Hablo de gemas de
primera agua, piedras grandes, piedras enormes, algunas de las mas finas jamás
extraídas de cualquier lugar. »
El ruso miro, pensativo. « Si es verdad... »
« Es verdad! Pero no te cuento mas nada. Al menos por ahora. »
« Esta bien, al menos puedo llevarles algún tipo de promesa a las sanguijuelas de
nuestro departamento de tesorería?. Y la segunda cuestión. Los Matabele? No
pensaras exterminarlos a todos, hombres, mujeres y niños? »
Peter Fungabera sacudió la cabeza, tristemente. « Seria la mejor solución, Pero
America e Inglaterra no lo permitirían nunca. No, mi respuesta es también Tungata
Zebiwe.
Cuando tome el poder, reaparecerá... Será un retorno milagroso, casi del reino de
la muerte... La tribu Matabele enloquecerá de alegría y de alivio. Ellos lo
seguirán, lo adorarán y yo lo nombraré mi vicepresidente. »
« Pero te odia. Lo has aniquilado, si lo liberas buscará venganza. »
« No », dijo Peter, sacudiendo la cabeza. « Lo mandare con ustedes.
Se que tienen clínicas fantásticas para curar los casos mas difíciles.
No es así? Institutos donde un enfermo mental puede ser tratado con drogas y otras
técnicas que lo volverán racional y razonable. »
Esta vez el ruso empezó a reírse y se sirvió otro vodka, temblando con una risa
silenciosa. Cuando miró a Peter había respeto en esos pálidos ojos por primera vez.
« Bebo a tu salud, Monomotapa de Zimbabwe, que puedas reinar mil años! »
Apoyó el vaso y se volvió a mirar el vasto terreno abierto hasta el distante
manantial. Una manada de cebras había bajado a beber. Estaban nerviosas y cautas,
porque cerca del agua estaban los leones emboscados. Finalmente entraron en el pozo
todas juntas, en fila, sumergidas hasta las rodillas, y bebieron simultáneamente.
La escena se reflejaba en el agua, multiplicándose, formando un friso de idénticas
cabezas como una infinidad de imágenes reflejadas hasta que el viejo macho
centinela bufó en nerviosa alarma y la formación explotó en agua espumosa y
salvajes cuerpos galopando.
« El tratamiento del que hablas es un poco drástico », dijo el coronel Bucharin
mirando a las cebras dispersarse en la maleza. « Algunos pacientes no sobreviven.
Aquellos que resisten son... » buscó la palabra « ... Alterados. »
« Sus mentes están destruidas », dijo Peter por el.
« En pocas palabras, sí », asintió el coronel.
« Necesito su cuerpo, no su cerebro. Necesito un títere, no un ser humano. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Se puede hacer. Cuando lo mandarás? »
« Primero los diamantes », respondió Peter. .
« Por supuesto, primero los diamantes. Cuanto tiempo llevará? »
Peter levanto los hombros. « No mucho. »
« Cuando estés listo, te enviaré un doctor con las medicinas apropiadas. Podemos
llevarnos a este Zebiwe por la misma ruta del marfil: Air Zimbabwe hasta Dar-es-
Salaam y desde allí a Odessa en una de nuestras naves. »
« De acuerdo. »
« Has dicho que se encuentra cerca de aquí? Me gustaría verlo. »
« Es seguro? »
« Compláceme, por favor. » Dicho por el coronel Bucharin era una orden, mas que un
pedido.

Tungata Zebiwe estaba de pie al sol del mediodía. Se encontraba frente a una pared
blanqueada que reflejaba los rayos del sol como un gran espejo. Estaba allí desde
antes de la salida del sol cuando la helada cubría la escasa hierba marrón al borde
de la plaza de armas.
Tungata estaba completamente desnudo, como los dos hombres que lo flanqueaban. Los
tres estaban tan flacos que las costillas se les veían claramente y las vértebras
sobresalían como las cuentas de un rosario en el centro de la espalda. Tungata
entrecerraba los ojos de manera de evitar gran parte del reflejo del sol sobre la
pared blanca, pero no los cerraba del todo. Para vencer el vértigo que ya había
hecho presa en los otros dos prisioneros, fijaba la mirada en una marca en el
revoque. Si caía, como le había pasado a los otros dos mas de una vez, venían los
guardias a obligarlos a ponerse de pie a latigazos.
Ahora oscilaban, siempre a punto de perder el equilibrio.
«Coraje mis hermanos », susurro Tungata en Sindebele. « No permitan que los perros
shona los vean vencidos. »
Estaba determinado a no caer, y continuaba mirando la marca sobre la pared. Era un
orificio de bala, blanqueado a la cal. Blanqueaban la pared después de cada
ejecución, eran muy meticulosos con eso.
« Anwzi », gemía el hombre de la derecha: agua!
« No pienses en eso », le ordenó Tungata. « No hables, o te volverás loco. »
La pared reflejaba el calor con una intensidad que golpeaba casi físicamente.
« Estoy ciego », susurró el segundo hombre. « No puedo ver. » El resplandor blanco
había quemado sus pupilas como cegado por la nieve.
« No hay nada que ver, aparte de la fea cara de los simios shona », le dijo
Tungata. « Agradece tu ceguera, amigo.
De pronto, detrás de sus espaldas, gritaron bruscas ordenes en shona y luego llego
el sonido del paso de un pelotón sobre la plaza de armas.
« Han llegado », susurró el Matabele ciego, y Tungata Zebiwe sintió una enorme pena
crecer en su interior. Si, venían al fin, esta vez por el.
Durante cada día de las largas semanas de encarcelamiento, había escuchado los
pasos del pelotón de fusilamiento atravesar la plaza de armas al mediodía. Esta vez
era por el. No temía a la muerte, pero lo apenaba. Era triste por no haber podido
ayudar a su pueblo en aquella terrible prueba, se afligía de no poder ver
nuevamente a su mujer, y que ella nunca le Daria ese hijo que el anhelaba tanto,
era triste que su vida que prometía tanto tuviese que terminar sin poder dar
frutos, y repentinamente pensó en un día en que miraba con su abuelo un campo de
maíz desvastado por una breve y furiosa granizada, le había escuchado decir: «
Tanto trabajo para nada, que desperdicio! »
Tungata repitió para si aquellas palabras, mientras manos rudas lo hacían girar y
lo empujaban contra el palo clavado en la tierra delante de la pared.
Le ataron las muñecas al poste y el abrió los ojos completamente. El alivio de no
ver mas el resplandor de la pared fue interrumpido por la visión de la fila de
hombres armados frente a el.
Trajeron a los otros dos Matabele desnudos de la pared. El ciego cayo de rodillas,
postrado y aterrorizado, y sus intestinos se vaciaron involuntariamente. Los
guardias se rieron tras exclamaciones de desagrado.
« De pie! » le ordenó bruscamente Tungata. « Muere de pie, como verdadero hijo de
Mashobane! » El hombre lucho para pararse.
« Ve al poste », le ordenó Tungata. « Esta un poco a tu izquierda. »
El hombre caminó tanteando ciegamente y encontró el poste. Lo ataron a el.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Había ocho hombres en el pelotón de ejecución y el comandante era un capitán de la
tercera brigada. Pasó revista a los soldados, controlando la carga de cada fusil.
Bromeaba en shona, haciendo reír a sus hombres. Tungata no entendía nada, pero le
parecía que sus risotadas eran desinhibidas como bajo el efecto del alcohol o
alguna droga.
No era la primera vez que hacían este trabajo, y les gustaba. Tungata había visto a
tantos hombres transformarse así durante la guerra. La violencia y la sangre se
habían convertido en su adicción.
El capitán volvió a la cabeza del pelotón y del bolsillo de la camisa extrajo una
hoja dactilografiada mugrienta y ajada por el uso.
La leyó, tropezando con cada palabra y pronunciándola mal como un escolar, su
inglés casi incomprensible.
« Ustedes han sido condenados como enemigos del Estado y del pueblo », leyó. « Son
declarados incorregibles. Su condena a muerte ha sido firmada por el vicepresidente
de la Republica de Zimbabwe... »
Tungata Zebiwe levantó la cabeza y comenzó a cantar. Su voz profunda y bella tapo
los agudos tonos del capitán shona:

Los Topos están bajo la tierra.


« Están muertos? » preguntan las hijas de Mashobane.

Era el antiguo canto de guerra de los Matabele, y al terminar la estrofa les ladró
a los dos condenados junto a el: « Canten! Háganle sentir a los chacales shona como
ruge el león Matabele ».
Y ellos cantaron con el:

Como la mamba negra debajo de una piedra


Inyectamos la muerte con colmillos de acero...

Frente a ellos, el capitán dio una orden, y como un solo hombre el pelotón avanzó
el pie derecho y levantaron los fusiles. Otra orden y los fusiles apuntaron.
Mientras los tres Matabele desnudos cantaban bajo el sol, los ojos de los soldados
los encuadraban en las miras.
Y, como por encanto, otras voces lejanas se unieron al canto de guerra. Venían de
las barracas de los prisioneros alrededor de la plaza de armas. Centenares de
prisioneros Matabele cantaban con ellos, acompañándolos en el momento de extrema
prueba, dándoles fuerza y consuelo.
El capitán shona alzó la mano derecha, y en el último instante de vida la tristeza
de Tungata se desvaneció dando lugar a una gran fortaleza. « Estos son hombres »,
pensó: « con o sin mi, resistirán al tirano. »
El capitán bajó la mano bruscamente gritando la orden:« Fuego! »
Los disparos fueron simultáneos. La fila de soldados osciló por el retroceso de los
fusiles, y el estruendo repercutió en los oídos de Tungata haciéndolo tambalear
involuntariamente.
Oyó el terrible chasquear de las balas en la carne, y con el rabo del ojo vio a sus
dos compañeros sacudirse como impactados por un invisible martillo neumático y
luego caer de bruces, sostenidos por las ataduras. La canción se cortó bruscamente
en sus labios; sin embargo continuaba surgiendo el canto de la garganta de Tungata,
siempre erguido. Los fusileros bajaron sus armas, riéndose y palmeándose como si
fuese una gran broma. Desde las barracas de los prisioneros el canto de guerra
cambio por un triste lamento fúnebre. Y ahora finalmente la voz de Tungata se
acalló.
Giró la cabeza para mirar a los dos compañeros a sus costados. Estaban acribillados
a balazos. Ya las moscas revoloteaban sobre las heridas.
De repente las rodillas de Tungata comenzaron a temblar, y sintió que los
esfínteres se relajaban. Luchó contra su cuerpo, odiando su propia debilidad. Poco
a poco pudo controlarse.
El capitán Shona llegó hasta el y le dijo en ingles: « Linda broma, eh? » y se le
rió exageradamente en la cara. Después se volvió y ordenó que trajeran agua. Llego
un soldado con un plato esmaltado lleno de agua hasta el borde.
El capitán lo tomó. Tungata podía oler el agua. Se dice que los pequeños
bosquimanos olfatean el agua a distancias de muchos kilómetros, pero el no lo creía
hasta ahora. El agua despedía un olor dulce como un melón recién cortado en

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
tajadas, y la garganta se le contrajo en un espasmo para tragar. No podía apartar
los ojos del plato.
El capitán levanto con ambas manos el plato hasta sus labios y bebió un trago,
luego se enjuagó la boca e hizo gárgaras. Escupió el resto y le sonrió a Tungata,
luego sostuvo el plato frente a su cara. Lenta y deliberadamente tumbó el plato y
derramo el agua en el polvo a los pies de Tungata. Le salpicó las piernas hasta las
rodillas. Cada gota se sentía helada como astillas de hielo y cada célula del
cuerpo de Tungata la ansiaba con una intensidad próxima a la locura. El capitán
invirtió el plato y dejo que cayeran las últimas gotas.
« Heavy hombre », repitió sin sentido, y se volvió a gritar una orden a sus
hombres. En dos filas abandonaron la plaza de armas, dejando a Tungata solo con los
muertos y las moscas.
Volvieron por el a la puesta del sol. Cuando le cortaron las ligaduras, gimió
involuntariamente por el dolor causado por la sangre que volvía a correr por sus
manos hinchadas, y cayó de rodillas. Las piernas no lo soportaban. Tuvieron que
transportarlo casi en peso hasta la barraca.
La habitación estaba vacía, excepto por un balde descubierto en un rincón y dos
platos en el centro del piso de tierra apisonada. Uno contenía una pinta de agua,
el otro un puñado de torta de maíz blanco. Estaba saladísimo. Mañana pagaría por
comerlo con la dura moneda de la sed, pero tenia que alimentarse para mantenerse.
Bebió la mitad del agua y dejo la otra mitad para la mañana y luego se acostó en el
suelo. Del techo de chapa acanalada emanaba todavía el calor del día, pero por la
mañana sabia que estaría temblando de frío. Le dolían todas las articulaciones del
cuerpo y su cabeza pulsaba por en efecto del sol y del resplandor en la pared; le
parecía que el cráneo de iba a explotar como una baya madura de baobab.
Afuera en la oscuridad mas allá del cerco de alambre de púas, la jauría de hienas
se disputaban el banquete preparado para ellas. Sus gritos y aullidos eran un
lunático manicomio salpicado por el crujir de huesos en las grandes mandíbulas.
No obstante todo eso, Tungata durmió, y se despertó con el taconeo de pasos y
gritos de ordenes por la mañana. Rápidamente bebió el agua que quedaba para
fortalecerse, y después se agachó sobre el balde. El día anterior su cuerpo casi lo
había traicionado. Hoy no dejaría que pasara.

Se abrió la puerta.
« Fuera, perro Matabele! Fuera de tu perrera maloliente! »
Se lo llevaron a la pared. Había otros tres Matabele desnudos, de cara al muro.
Futilmente Tungata notó que habían blanqueado la pared. Eran muy concienzudos
respecto a eso. Se paró con la cara a sesenta centímetros de distancia de la
superficie blanca del muro y se preparó interiormente para el día que se avecinaba.
A mediodía fusilaron a los otros tres prisioneros. Esta vez Tungata no los indujo a
cantar. Trató, pero se le cerró la garganta. A media tarde la vista se le
interrumpía en parches negros e hirientes luces blancas. Sin embargo cada vez que
sus piernas cedían y caía hacia delante sostenido por las muñecas atadas, el dolor
en las coyunturas de los hombros y brazos girados hacia arriba lo revivían. La sed
era inenarrable.
Las manchas de oscuridad en su cabeza eran cada vez mas profundas y duraderas, el
dolor no lo reanimaba completamente. De una de estas zonas negras surgió una voz.
« Mi querido amigo », dijo la voz. « En que terrible estado me toca verte. »
Era la voz de Peter Fungabera, que disipó las tinieblas en su mente y dieron a
Tungata nuevas energías. Lucho para erguirse, levantó la cabeza y se esforzó para
aclarar la vista. Miro la cara de Peter Fungabera y su odio lo ayudó. Lo acogió con
placer, como una fuerza vital.
Peter Fungabera estaba en uniforme y con birrete. Llevaba su fusta en la mano
derecha. A su lado un hombre blanco al que Tungata no había visto antes. Era alto,
flaco y viejo.
Tenia el cuero cabelludo recién afeitado, la piel arruinada con cicatrices y los
ojos de un extraño azul pálido que Tungata encontró repelente y gélido como la
mirada de la cobra. Observaba a Tungata con interés clínico, privado de piedad u
otro sentimiento humano.
« Lamento que el camarada ministro Tungata Zebiwe no este en su mejor forma », dijo
Peter al hombre blanco. « Ha perdido mucho peso, pero no aquí... »
Con la punta de la fusta, Peter Fungabera levanto el pesado bulto negro de los
genitales de Tungata.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Viste alguna vez algo como esto? » preguntó. Usando la fusta con la misma
destreza que un palillo chino, Tungata no podía apartarse. Aquel descarado manejo
de sus partes intimas era extremadamente degradante.
« Alcanza para tres hombres normales », estimó Peter con simulada admiración,
mientras Tungata lo miraba sin hablar.
El ruso hizo un gesto de impaciencia y Peter asintió.
« Tienes razón, estamos perdiendo tiempo. ».
Miró su reloj pulsera y se volvió hacia el capitán que esperaba cerca con su
pelotón. « Lleven al prisionero al fuerte. » Debieron transportarlo en peso.

El alojamiento de Peter Fungabera en el fuerte en la cima del kopje estaba


amueblado de manera espartana, pero el piso de tierra había sido barrido
recientemente y rociado con agua. El y el ruso se sentaron en un lado de la mesa de
caballete que servia como escritorio: había un banco de madera del otro lado.
Los guardias llevaron a Tungata hasta el banco. El rechazó las manos de los
soldados y se sentó erguido, mirando silencioso a los dos hombres que tenia al
frente. Peter le dijo algo al capitán en shona, y dos soldados le trajeron a
Tungata un sábana gris de lana y cubrieron con ella los hombros de Tungata. Otra
orden, y el capitán trajo una bandeja con una botella de vodka y una de whisky, dos
vasos, un balde con hielo y una jarra de agua.
Tungata evitó mirar el agua. Necesitó todo su autocontrol pero fijo sus ojos en
Peter Fungabera.
« Ahora esta un poco mas civilizado », dijo Peter. « El camarada ministro Zebiwe no
habla shona, solo el primitivo dialecto Matabele; entonces usaremos la lengua que
es común a todos nosotros, el ingles. »
Sirvió whisky y vodka. El hielo tintineo en los vasos y Tungata pestañeó pero
continuo mirando a Fungabera.
« Esto es una sesión informativa », explicó Peter. « Nuestro huésped », dijo
señalando a viejo hombre blanco. « es un estudioso de historia africana. Ha leído,
y recuerda todo lo que se ha escrito a propósito de nuestro país. Mientras tu, mi
querido Tungata, eres un descendiente de la casa de Kumalo, el antiguo jefe de los
ladrones Matabele que por cien años asaltaron y aterrorizaron a los legítimos
dueños de esta tierra, la tribu de los Mashona. Por consiguiente ustedes dos
probablemente ya conocerán lo que estoy a punto de contar. En tal caso, me disculpo
anticipadamente. » Bebió un sorbo de whisky mientras ninguno de los otros dos
hablaba o se movían.
« Tenemos que retroceder ciento cincuenta años », continuó Peter, « cuando un joven
general del rey zulu Chaka, un hombre que era el favorito del rey, no le entregó a
Chaka el botín de guerra. El nombre de este hombre era Mzilikazi, hijo de Mashobane
de la sub tribu zulu del Kumalo, y estaba destinado a ser el primer Matabele. De
paso es interesante notar, que él estableció un precedente para la tribu que estaba
por fundar. Primero, era un maestro de la rapiña y el saqueo, un famoso asesino.
Después era ladrón. Le robó a su propio soberano. No le entregó su parte del botín.
Y para terminar fue un cobarde, porque cuando Chaka lo mandó a llamar para hacerle
pagar la culpa, huyó. Peter le sonrió a Tungata. « Eso fue Mzilikazi, Asesino!
Ladrón! y Cobarde! padre de los Matabele, y desde aquel día hasta ahora esa
descripción le cabe a cada miembro de su tribu. Asesino! Ladrón! Cobarde! » repitió
los insultos con satisfacción, mientras Tungata lo miraba con ojos llameantes.
« Y así este ejemplo de virtudes viriles, llevándose consigo su regimiento de
guerreros zulúes renegados, se escapó al norte. Cayó sobre las tribus mas débiles
que encontró en su camino y capturó sus ganados y sus jóvenes mujeres. Esto fue la
Umfecane, la gran matanza. Se dice que un millón de almas indefensas perecieron
bajo las asegai de los Matabele. Ciertamente Mzilikazi dejo tras de si una tierra
desierta, de aldeas quemadas y blancos esqueletos ».
« Prosiguió su camino de destrucción a través del continente hasta que encontró,
proviniendo del sud-oeste, una enemigo aún mas sediento de sangre y mas avaricioso
que el: los hombres blancos, los boers, que con fusiles masacraron a los famosos
guerreros de Mzilikazi como perros rabiosos. Y así Mzilikazi, el cobarde, escapó de
nuevo, siempre hacia el norte. »
Peter agitó suavemente los cubos de hielo en el vaso, un suave tintineo que hizo
pestañear ligeramente a Tungata, pero no miró hacia el vaso.
« El descarado Mzilikazi atravesó el río Limpopo y descubrió una hermosa tierra de
dulces pastizales y claras aguas. Estaba habitada por un pueblo pacifico y
pastoral, los descendientes de una raza que había construido grandes ciudades de

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
piedra, un pueblo agraciado que Mzilikazi con desprecio llamó 'comemierda' y los
consideró como su ganado, matándolos por deporte, o esclavizándolos para proveer a
sus indolentes guerreros de sirvientes. Las jóvenes mujeres Mashona, si eran
núbiles, se las violaba por placer y para engendrar nuevos guerreros para las
sanguinarias filas del rey... Pero ustedes ya saben todo esto. »
« A grandes rasgos si », asintió el viejo hombre blanco. « Pero no tu
interpretación de los hechos. Lo que demuestra que la historia es meramente la
propaganda escrita por los vencedores. » Peter se rió. « Es una definición que
nunca antes había escuchado, pero es verdad. Ahora nosotros los shona somos los
últimos vencedores, tenemos todo el derecho de reescribir la historia. »
« Continua », lo invitó el hombre blanco. « Lo encuentro muy instructivo. »
« Muy bien. En el año 1868, según como miden el tiempo los blancos, Mzilikazi, ese
gordo, depravado y enfermo asesino, murió. Es gracioso recordar que sus secuaces,
antes de darle sepultura, mantuvieron su cadáver en el trono durante cincuenta y
seis días, con el calor de Matabeleland! Así el rey apestó en la muerte tan
potentemente como había apestado en vida. Otra simpática característica de los
Matabele. » Esperó la protesta de Tungata, la cual no llegó. Entonces prosiguió.
« Le sucedió uno de sus hijos, Lobengula, el-que-corre-como-el-Viento. Tan gordo,
taimado y sanguinario como su ilustre padre. Sin embargo, casi en la misma época en
que heredaba la jefatura de los matabeles, se sembraron dos semillas que pronto
crecerían en grandes lianas serpenteantes que finalmente sofocarían y abatirían al
gordo toro de Kumalo. » Hizo una pausa de efecto, de narrador experto, y después
levantó un dedo. « Primero: lejos hacia el sur de sus saqueados dominios, el hombre
blanco había encontrado en un desolado kopje en la llanura una pequeña piedra
brillante. Y segundo: de una triste isla lejana en las brumas del norte, un joven
hombre blanco enfermo se embarcó en una nave, buscando el aire seco y limpio para
sus pulmones enfermos.
« Rápidamente el kopje fue excavado por las hormigas blancas, y se transformó en un
hoyo enorme de dos kilómetros de diámetro y una profundidad de ciento veinte
metros. Los hombres blancos lo llamaron Kimberley, por el nombre del ministro de
asuntos exteriores de los ingleses que condonó el hurto a las tribus locales.
« El blanco tísico se llamaba Cecil John Rhodes, y probó ser mas malvado, astuto y
sin escrúpulos que cualquier rey Matabele. Simplemente se comió a los otros hombres
blancos que habían descubierto el kopje de las piedras brillantes. Intimidó,
corrompió, engañó y aduló hasta que se apoderó de todo. Se convirtió así en el
hombre mas rico del mundo.
« No obstante, para extraer las piedras brillantes se necesitaba del duro trabajo
de decenas de miles de hombres. ¿Y hacia donde mira el hombre blanco en África
cuando hay trabajo duro que realizar? »
Peter se rió y dejo sin respuesta la pregunta retórica.
« Cecil Rhodes ofrecía unas pocas monedas, una simple comida y un viejo fusil a
cambio de tres años de trabajo. Los hombres negros, ingenuos y para nada
sofisticados, aceptaron la oferta, e hicieron a su patrón varias veces
multimillonario.
« Entre los hombres negros que llegaron a Kimberley estaban los jóvenes amadoda de
los matabeles. Los mandaba Lobengula – ¿Ya les dije que Lobengula era un ladrón? -
con la orden de robar la piedras relucientes y llevárselas a el. Decenas de miles
de matabeles emprendieron el largo viaje al sur, a la mina, y trajeron los
diamantes.
« Los que recogían eran los mas grandes y brillantes, que eran mas fáciles de ver
en el proceso de lavado. ¿Cuantos diamantes se llevaron? Un Matabele descubierto
por la policía blanca se había tragado 348 carats de diamantes, por un valor de
tres mil libras esterlinas de aquella época. Hoy diríamos trescientas mil. Otro se
había hecho un agujero en el muslo y se había incrustado en la carne una piedra de
doscientos carates. » Peter levantó los hombros. « Cuanto podría valer hoy una
piedra similar? No menos de dos millones de libras. »
El viejo hombre blanco, que había escuchado distraídamente la primera parte de la
conferencia de Fungabera, ahora se había vuelto hacia el general y estaba pendiente
de sus labios.
« Pero esos eran los pocos que la policía descubría. Pero había miles y miles de
contrabandistas Matabele que nunca fueron atrapados. Recuerden que en los primeros
tiempos de las excavaciones, virtualmente no había control sobre los mineros
negros. Iban y venían como querían. Algunos trabajaban una sola semana, antes de
huir. Otros trabajaban los tres años del contrato. Pero cuando se iban, las piedras

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
brillantes se iban con ellos: en el cabello, en los tacos de las botas nuevas, en
la boca, en el estomago, en el ano o en la vagina de sus mujeres. Los diamantes
salían por miles y miles de carats.
« Naturalmente no podía durar. Rhodes introdujo el sistema de confinamiento
forzado. Los mineros vivían en villas rodeadas de alambres de púa, de las cuales no
podían salir por los tres años del contrato. Antes de irse se los desnudaba y
alojaba en barracas especiales en cuarentena por diez días, durante esos días eran
rapados de la cabeza y los genitales, y los cuerpos se inspeccionaban
minuciosamente por los doctores blancos, el ano y todas las heridas recientemente
cicatrizadas eran probadas y si era necesario, reabiertas con un bisturí.
« Se les daba masivas dosis de aceite de castor y se colocaban finas mallas de
alambre sobre las letrinas de modo que las heces podían ser disueltas y procesadas
como si fuesen la tierra azul de las excavaciones diamantíferas. Sin embargo los
matabeles eran ladrones habilísimos y todavía encontraron maneras de llevarse las
piedras del recinto cerrado de Rhodes. El río de diamantes se redujo a un arroyuelo
pero continuaba corriendo al norte hacia Lobengula.
« ¿Quieren saber cuantas? Solo podemos adivinar. Hubo un Matabele que se llamaba
Bazo, el Hacha, que abandonó Kimberley con un cinturón de diamantes en torno a su
cintura.
Tu has oído hablar de Bazo, hijo de Gandang, mi querido Tungata, porque era tu bis-
abuelo. Se convirtió en un famoso induna Matabele, y en el curso de sus incursiones
asesinó a centenares de Mashonas indefensos. El cinturón de diamantes que puso a
los pies de Lobengula, dice la leyenda, pesaba el equivalente a diez huevos de
avestruz. Y como cada huevo de avestruz tiene la capacidad de dos docenas de huevos
de gallina, y aun considerando que la leyenda exagera, llegamos a una cifra
superior a cinco millones de libras esterlinas con la inflación actual.
« Otra fuente informa que Lobengula tenia cinco cantaros llenos de diamantes de
primer agua, equivalente a cinco galones de diamantes, suficiente para hundir el
monopolio de De Beers.
« Y otra leyenda habla del ritual del khombisile que Lobengula ejecutaba para sus
indunas, los consejeros de la tribu.
Khombisile en Sindebele significa muestra, exposición », explicó Peter al hombre
blanco, y prosiguió. « En la intimidad de su gran choza, el rey se desnudaba y sus
mujeres untaban su cuerpo con una gruesa capa de grasa bovina. Después adherían
los diamantes a la grasa hasta que todo el cuerpo del rey quedaba recubierto de un
mosaico de piedras preciosas, una escultura viviente cubierta de diamantes por un
valor de cien millones de libras esterlinas.
« Y esta es la respuesta a su pregunta, señores. Lobengula poseía probablemente mas
diamantes de los que jamás se han reunido en un solo lugar en el mismo momento,
aparte de las bóvedas de la organización De Beers en Londres.
« Mientras esto ocurría, Rhodes, el hombre mas rico del mundo, estaba en Kimberley
obsesionado por su idea del imperio, miraba hacia el norte y soñaba. Tal fue la
fuerza de su obsesión que comenzó a hablar de 'mi norte'. Finalmente lo tomo como
había tomado la mina de diamantes de Kimberley: un poco por vez. Mandó a sus
enviados a negociar con Lobengula la concesión de prospección y explotación de los
recursos minerales en su territorio, que incluía la tierra de los Mashona.
« De la reina blanca de Inglaterra, Rhodes obtuvo la autorización para crear la
Royal Charter Company, y luego mandó un ejercito privado de hombres rudos e
implacables a ocupar aquellas concesiones. Lobengula no se esperaba nada por el
estilo: Unos pocos hombres excavando pequeños agujeros, pero no un ejército del
brutales aventureros.
Los hombres blancos lo presionaban constantemente mas y mas, hasta que lo obligaron
a cometer un fatal error de juicio. Lobengula, sintiendo amenazada su propia
existencia, convocó a sus impis y exhibió amenazadoras señales de guerra.
« Era la provocación que Rhodes y sus secuaces habían planeado y buscado. Cayeron
salvajemente sobre Lobengula en una impiadosa campaña, ametrallaron a sus famosos
impis, y aplastaron a la nación Matabele. Después galoparon hacia el kraal de
Lobengula en GuBulawayo. Pero Lobengula, ese ladrón y cobarde, ya se había escapado
hacia el norte, llevándose consigo sus mujeres, el ganado, lo que quedaba de sus
guerreros y los diamantes.
« Una reducida patrulla de hombres blancos lo siguieron parte del camino, hasta que
cayeron en una emboscada de los matabeles y fueron exterminados hasta el último
hombre. Mas hombres blancos podrían haber perseguido a Lobengula, pero llegó la
estación de las lluvias, que trasformó el terreno en un pantano y los ríos

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
crecieron. Así Lobengula escapó con el tesoro. Vagó hacia el norte, sin destino
fijo, hasta que lo abandonaron las ganas de seguir adelante.
« En un salvaje sitio solitario llamó a Gandang, uno de sus medios hermanos, y le
asigno el cuidado de su pueblo. Y cobarde hasta el fin, ordeno a su brujo que
preparara una poción venenosa y la bebió.
« Gandang sentó su cadáver erguido en una caverna. A su alrededor colocó todas sus
cosas: Su asegai, las plumas y las pieles, su colchoneta, y apoya cabeza, sus
fusiles y cuchillos, las tinajas de cerveza y de diamantes. El cadáver de Lobengula
fue dejado en posición sentada y envuelto en una piel de leopardo y a sus pies se
colocaron las cinco vasijas de un galón cada una llenas de diamantes. Luego la
entrada a la caverna fue cuidadosamente sellada y disimulada, y Gandang condujo de
vuelta a la población Matabele a GuBulawayo a rendirse a la esclavitud de Rhodes
y de su Royal Charter Company.
«¿Me preguntan cuando sucedió todo eso? En la estación de las lluvias en 1894. No
hace tanto tiempo, apenas noventa años.
« ¿Quieren saber donde? La respuesta es: muy cerca de donde estamos sentados.
Probablemente en un radio de menos de cuarenta kilómetros. Lobengula se dirigió
directo al norte de GuBulawayo, y casi había llegado al río Zambesi cuando
desesperado decidió suicidarse.
« ¿Me preguntan si algún ser viviente conoce la exacta ubicación de la caverna del
tesoro? La respuesta es si! »
Peter Fungabera se interrumpió y exclamó: « Oh, perdona, mi querido Tungata. Me
olvide de ofrecerte de beber ». Pidió que trajeran otro vaso y cuando llegó lo
llenó con agua y hielo y con su mano, se lo ofreció a Tungata.
Tungata sostuvo el vaso con ambas manos y bebió controlado, de a un sorbo por vez.
« ¿Donde había quedado? » dijo Fungabera volviendo a su asiento.
« Estabas hablando de la caverna », dijo el hombre blanco con los pálidos ojos, no
pudiendo contenerse.
« Ah ya, es verdad! Bien, parece que antes de morir Lobengula le encargó a su medio
hermano Gandang la custodia de los diamantes. Se supone que le dijo:: Llegará el
día en que estos diamantes le servirán a mi pueblo. Tu, tus hijos y sus hijos
custodiaran el tesoro para ese momento.
« Y así el secreto fue pasando en la familia Kumalo, la así llamada familia real de
los Matabele. Cuando el hijo elegido llegaba a la adultez, lo llevaba su padre o su
abuelo en un peregrinaje... »
Tungata estaba tan postrado por su terrible experiencia que se sentía débil y
febril. Su mente divagaba, y el agua helada en su estomago parecía drogarlo, de
modo que la fantasía se mezclaba con la realidad y el recuerdo de su peregrinaje a
la tumba de Lobengula fue tan real que parecía estar reviviéndolo mientras Peter
Fungabera continuaba hablando.
Había ocurrido durante su primer año en la universidad de Rhodesia. Había vuelto a
casa a pasar las largas vacaciones con su abuelo, Gideon Kumalo, vicepresidente de
la escuela de la misión de Khami, en los suburbios de Bulawayo.
« Tengo una gran novedad para ti », lo había saludado el viejo, sonriéndole detrás
de los gruesos cristales de los anteojos. Todavía conservaba algo de su vista,
aunque en los siguientes cinco años perdió todo vestigio de ella.
« Vamos a hacer un viajecito juntos, Vundla. » Así lo llamaba afectuosamente el
viejo: Vundla, la liebre, el vivaz e inteligente animal que aman todos los
africanos. Los esclavos lo llevaron en una leyenda a América, en el mítico Brer
Rabbit.
Los dos tomaron el ómnibus que los llevó directamente al Norte, cambiando una media
docena de veces en solitarios puestos de venta o remotas encrucijadas, a veces
esperando en una parada por cuarenta y ocho horas cuando se atrasaba la conexión.
No obstante, el retraso no los molestaba. Lo disfrutaban como un picnic. Sentándose
en las noches alrededor de un fogón y conversando.
Que maravillosas historias contaba el abuelo Gideon! Fabulas, leyendas e historias
tribales: pero eran las historias lo que fascinaba a Tungata. Podía escucharlas
repetidas cincuenta veces sin cansarse. La historia del éxodo de Mzilikazi de la
tierra de los zulúes, y la umfecane, la guerra con los boers, y el cruce del río
Limpopo. Podía recitar los nombres de los impis mas gloriosos y de sus comandantes,
las campañas que habían combatido y los honores que habían conquistado.
Especialmente aprendió del viejo la historia de los « Topos-que-excavaron-la-
montaña », el impi fundado y comandado por su bisabuelo Bazo, el Hacha. Aprendió
las canciones de guerra y el himno de los Topos, y soñaba que en un mundo perfecto

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
un día el mismo comandaría a los Topos, usando la vincha del regimiento de piel de
topo y las pieles y las plumas.
Y así, la dupla formada por el anciano y el muchacho viajaron juntos por cinco
placenteros días, hasta que a pedido del viejo el destartalado y polvoriento
ómnibus los dejo sobre una senda de tierra en el monte.
« Recuerda bien este lugar, Vundla », le dijo Gideon. « Aquí, el arroyo con el
desprendimiento de rocas, y aquel kopje allá arriba que parece un león durmiendo.
Este es el punto de partida. »
Se dirigieron hacia el norte a trabes del monte, siguiendo una seguidilla de
señales de reconocimiento que el viejo le hizo recitar en la forma de una poesía
rimada.
Tungata la recordaba perfectamente y todavía podía recitarla sin vacilar: Al
comienzo esta el león dormido, sigue su mirada hasta cruzar el sendero del
elefante...
Fueron otros tres días de camino, al paso lento de Gideon, antes de ascender la
empinada ladera con Tungata ayudándolo en los lugares difíciles, y finalmente se
detuvieron frente a la tumba de Lobengula.
Tungata recordó haberse arrodillado delante de la tumba, chupando sangre de la
herida que se había autoinfligido en la muñeca y escupiéndola sobre las rocas que
bloqueaban la entrada, repitiendo con su abuelo el terrible juramento de mantener
el secreto y guardar la tumba. Naturalmente ni el viejo ni el juramento mencionaban
el tesoro de diamantes. Tungata simplemente había jurado mantener el secreto de la
tumba, revelándoselo al hijo elegido, hasta el día en que « Los hijos de Mashobane
clamaran por ayuda, y las rocas se abrieran para liberar el espíritu de Lobengula,
que surgiría como fuego: el fuego de Lobengula! »
Después de la ceremonia el viejo descansó a la sombra del ficus que crecía junto a
la entrada y, exhausto por el largo viaje se durmió hasta el ocaso. Tungata había
permanecido despierto examinando la tumba y el área circundante. Había encontrado
ciertos signos que lo habían llevado a la conclusión de no confiar en su abuelo,
ni entonces ni durante el viaje de regreso.
No quería alarmar ni molestar a Gideon. Su cariño por el era demasiado grande.
La voz de Peter Fungabera interrumpió su meditación y lo retrotrajo al presente.
« De hecho tenemos ahora el privilegio de tener aquí con nosotros un ilustre
miembro del clan de Kumalo, el actual guardián de la tumba del viejo ladrón, el
Honorable Camarada Ministro Tungata Zebiwe. »
Los pálidos y crueles ojos del hombre blanco se clavaron en Tungata rígido sobre el
duro banco de madera. Tungata se aclaró la voz y descubrió que aun aquella pequeña
cantidad de agua que había bebido le había amortiguado la garganta. Su voz resonó
profunda y medida.
« Te haces ilusiones, Fungabera. » Pronunció el nombre como un insulto, pero la
sonrisa de su interlocutor no se inmutó. « No se nada de esa tontería que has
soñado, y aunque supiese cualquier cosa... » Tungata no precisó terminar la frase.
« Veras que mi paciencia es interminable », le prometió Peter.
« Los diamantes han permanecido allí por noventa años, unas pocas semanas mas no
los dañaran. Traje conmigo un medico que supervisará tu tratamiento: veremos cuanto
puedes resistir hasta que te abandone el coraje. Por otra parte dependerá de ti
terminar tu sufrimiento en cualquier momento. Puedes elegir mostrarnos el lugar
donde esta sepultado Lobengula, e inmediatamente después abordar un avión e irte a
donde quieras. » Peter hizo una pausa antes de ofrecerle el ultimo aliciente.
« Y contigo podrá viajar la mujer que tan caballerescamente te defendió en el
tribunal, Sarah Nyoni. »
Esta vez hubo un destello de emoción detrás de la mascara impasible de Tungata.
« Oh si », afirmó Peter. « Esta en nuestras manos. »
« Tus falsedades no necesitan desmentirse. Si la tuviesen en su poder, ya la
habrías utilizado. » Tungata se obligó a creer que Sarah le había obedecido. Había
visto y comprendido las señales que le había hecho en la sala con la mano. « Escapa
escóndete, estas en peligro! » le había ordenado, y ella había entendido y
asentido. Estaba a salvo, debía creerlo, era todo lo que le quedaba.
« Veremos », prometió Peter Fungabera.
« No es que importe mucho. » Tungata debía tratar de protegerla, ahora que estaba
claro que los shona las buscaban. « Es simplemente una mujer, Hagan lo que quieran.
Por mi... »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Fungabera levantó la voz. « Capitán! » El comandante de la guardia apareció
inmediatamente. « Lleve al prisionero a su barraca. Su tratamiento será ordenado y
supervisado por el doctor. Ha entendido? »
Cuando quedaron solos, el coronel Bucharin dijo tranquilamente: « No será fácil. Es
muy fuerte físicamente, pero no es solo eso. Ciertos hombres no se doblegan nunca,
aun bajo la mas extrema coerción ».
« Llevará un cierto tiempo, pero al final... »
« No estés tan seguro », suspiró Bucharin. « ¿De veras tienes a esa Sarah Nyoni? »
Peter vaciló. « No todavía. Ha desaparecido, pero también aquí es solo cuestión de
tiempo. No puede estar desaparecida por siempre. »
« El tiempo », repitió el coronel Bucharin. « Si, hay un tiempo para cada cosa,
pero tu tiempo esta pasando. Este es un asunto para hacer rápido o no hacerlo. »
« Se trata de días, no semanas », dijo Peter, pero con la voz insegura. El coronel
Bucharin, que era un consumado cazador de hombres, se dio cuenta enseguida.
« Este Zebiwe es un hombre duro y no estoy seguro que responderá a nuestro
tratamiento en la clínica. Y además no me gusta esta historia de los diamantes,
parece una novela para muchachos. Y no me gusta que te hayas dejado engañar por esa
mujer Matabele. Toda esta cuestión comienza a deprimirme. »
« Eres muy pesimista. Todo esta marchando bien, necesito solamente un poco de
tiempo para demostrártelo. »
« Ya sabes que no puedo entretenerme aquí todavía por mucho tiempo, debo volver a
Moscú. ¿Y que les voy a decir? ¿Que estas buscando un tesoro? » Bucharin levantó
los brazos. « Dirán que me estoy poniendo senil. »
« Un mes », dijo Peter Fungabera. « Necesito un mes. »
« Hoy es diez, tienes hasta fin de mes para entregar al hombre y el dinero. »
« Es mucho pedir », protestó Peter.
« Volveré el primero del mes próximo. Si para esa fecha no estas en condiciones de
hacer la entrega, sugeriré a mis superiores anular el programa completo. »

La serpiente era larga, casi de dos metros y parecía tan gorda como un cerdo
cebado. Estaba enroscada en un ángulo de la jaula de malla metálica. Y el diseño
sobre sus escamas era de colores dorado, púrpura rojizos y violáceos, en suma todos
los colores del otoño inscriptos en diamantes perfectos bordeados de una línea
negra de luto.
No obstante los colores y diseños de la serpiente no eran suficientemente
espectaculares para distraer la atención de la cabeza. Era terrible. De las
dimensiones de una calabaza venenosa, pero conformada como el as de picas, plana y
aguzada hacia el hocico con sus orificios como ranuras. Los ojos eran brillantes
como perlas pulidas, y la lengua bifida que se deslizaba saliendo y entrando entre
los labios sonrientes.
« No es idea mía », dijo Fungabera. « El buen doctor es responsable de este pequeño
entretenimiento. » Le sonrío a Tungata. « Han pasado varios días desde la ultima
vez que hablamos, y francamente tu tiempo se terminó. También el mío. Debo tener tu
acuerdo hoy o nada importará. A partir de hoy eres descartable, camarada Zebiwe. »
Tungata estaba amarrado a una sólida silla de teca roja rhodesiana. La jaula de
malla metálica estaba sobre la mesa delante de el.
« Una ves estuviste en el Departamento de Caza », prosiguió Peter Fungabera.
« Así que conocerás a esta serpiente. Es una Bitis Gabonica. Es una de las mas
venenosas serpientes africanas. Solo la mamba es mas toxica. No obstante su mordida
es mucho mas dolorosa que la de la mamba o de la cobra. Se dice que el dolor vuelve
loco a un hombre antes de la muerte. »
Tocó la jaula con la punta de la fusta y la serpiente atacó. Las espiras
propulsaron la monstruosa cabeza que atravesó la jaula en un borroso movimiento
líquido con la mitad de su grueso cuerpo en el aire por la potencia del golpe; las
mandíbulas se abrieron mostrando la garganta de color amarillo manteca y los largos
colmillos recurvados que brillaban blancos como la porcelana, mientras se
estrellaban contra la pared de malla con una fuerza que sacudió la mesa. Peter
Fungabera saltó involuntariamente hacia atrás, y después se rió disculpándose:
« No soporto a las serpientes », explicó. « Me erizan la piel. Y tu camarada
ministro? »
« Lo que sea que estés pensando es un bluff », respondió Tungata. Su voz era mas
débil, ahora. Desde su ultimo encuentro, habían pasado muchos días en el paredón,
bajo el sol. Su cuerpo parecía haberse encogido hasta quedar demasiado grande
respecto a la cabeza. La piel tenia un tono gris, y se veía polvorienta y seca.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Non puedes permitir que esa cosa me muerda. Creo que le has extraído las
glándulas venenosas.
« Doctor. » Peter Fungabera se volvió hacia el médico del regimiento que se sentaba
en la otra cabecera de la mesa. El se levantó inmediatamente y salió de la
habitación.
« Hemos sido bastante afortunados al encontrar un ejemplar de esta especie de
serpiente. Son bastante raras, como sabes. »
El médico volvió. Ahora usaba gruesos guantes que le llegaban hasta el codo y traía
un gran ratón de campo rayado, del tamaño de un gatito. El ratón que luchaba en su
mano, chillaba y mordía el guante. Con cuidado, el doctor abrió la puertita en el
techo de la jaula, y arrojó dentro el ratón y cerró inmediatamente. El pequeño
animal correteo alrededor de la jaula probando las paredes en busca de una vía de
escape, hasta que repentinamente vio a la víbora en el rincón. Saltó alto y
aterrizó con las patas rígidas, después se retiró al rincón opuesto y se acurrucó
allí mirando a través de la jaula.
La víbora comenzó a desenroscarse. Los diseños del dorso brillaban con una gracia
ultraterrena mientras se deslizaba silenciosamente sobre el piso enarenado de la
jaula hacia el ratón arrinconado. Una rigidez no natural le sobrevino al animalito.
El hocico y los bigotes no vibraban mas. Hundido con la panza en tierra y la
pelambre erizada, y observaba con hipnótica fascinación la repulsiva muerte que se
deslizaba inexorablemente hacia el.
A sesenta centímetros del ratón la víbora se detuvo, arqueó el cuello formando una
« S » compacta y después, tan rápida que el ojo no pudo seguirla, golpeó.
El ratón fue lanzado contra la pared de la jaula, e inmediatamente la víbora
retrocedió, enroscándose suavemente sobre si misma. Ahora sobre la piel del ratón
se veían gotitas de sangre. Su cuerpo comenzó a pulsar rápidamente. Los miembros se
retorcieron y agitaron descortinadamente, y después, de repente el ratón emitió un
chillido intolerable de agonía, y cayo sobre el lomo en las convulsiones finales de
la muerte.
El doctor extrajo al ratón muerto de la jaula con una pinza de madera y lo sacó de
la habitación.
« Naturalmente », observó Peter Fungabera, « tu pesas muchas veces mas que el
roedor y contigo tomará mas tiempo. »
El medico volvió a la habitación con el capitán de la guardia y dos soldados.
« Como te dije, el doctor fue el que inventó todo el aparato. Pienso que ha hecho
un excelente trabajo, considerando la escasez de materiales y la falta de tiempo. »
Levantaron la silla de Tungata y lo acercaron a la jaula. Uno de los soldados traía
otra jaula de malla metálica mas chica. Tenia la forma de una máscara de
esgrimista, pero sobredimensionada. Y la calzó en la cabeza de Tungata, cerrándola
apretadamente alrededor del cuello. Por delante salía un tubo de malla que parecía
una trompa – mas gruesa y mas corta – de un elefante deforme.
Los dos soldados se pararon detrás de la silla de Tungata y lo empujaron hasta
alinear el tubo de malla abierto con la puerta de la jaula de la serpiente. Con
destreza el doctor shona aseguro el tubo a la puerta por medio de dos ganchos.
« Cuando levantemos la puerta de la jaula, tu y la víbora de Gabon compartirán el
mismo espacio vital », dijo Fungabera.
Tungata miraba en el fondo del tubo de malla metálica, la puerta de la jaula. «
Pero podemos parar esto en el instante que tu digas cierta palabra. »
« Tu padre era una hiena shona comemierda », le dijo despacio Tungata.
« Induciremos a la serpiente a dejar su jaula y llegar a la tuya calentando la
pared opuesta. Te aconsejo encarecidamente que no seas obstinado. Llévanos a la
tumba de Lobengula.
« La tumba del rey es sagrada... » se quebró Tungata. Estaba mas débil de lo que
creía. Se le había escapado. Hasta ahora siempre había negado obstinadamente la
existencia de la tumba.
« Bravo! » dijo alegremente Peter. « Por lo menos estamos de acuerdo en que la
tumba existe. Ahora acepta llevarnos allá y todo esto terminará enseguida, un vuelo
seguro a otro país con tu mujer. »
« Te escupo en la cara, Fungabera, y escupo sobre la puta apestada de tu madre. »
« Abran la jaula », ordenó Fungabera.
La puertita se corrió chirriando sobre las guías y Tungata fijó la mirada en el
fondo del tubo como el cañón de un fusil. La víbora estaba enroscada en el rincón
opuesto de la jaula y lo miraba con sus ojitos negros y brillantes.
« Todavía hay tiempo, camarada. »

148
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Tungata no se fió de su voz para hablar de nuevo. Se armó de valor y clavó sus ojos
en los de la serpiente tratando de dominarla.
« Procedan », dijo Peter, y un soldado colocó un pequeño brasero sobre la mesa.
Tungata podía sentir el calor de los carbones encendidos desde donde se encontraba.
Lentamente, el soldado acercó el brasero a la pared de la jaula y la serpiente
siseo explosivamente y desenroscó el cuerpo para escapar del calor, comenzó a
reptar hacia el tubo de malla.
« Rápido camarada », lo alentó Peter. « Di que lo harás. Te quedan pocos segundos
de vida, pero todavía puedo cerrar la puerta de la jaula. »
Tungata sentía que la transpiración le escocia al brotarle de la frente y
deslizarse por su espalda desnuda. Quería maldecir a Peter Fungabera, augurarle un
destino tan horroroso como este, pero el pulso de su sangre en las orejas lo
ensordecía.
La serpiente vaciló a la entrada del tubo, reticente a entrar.
« Todavía estas a tiempo », susurró Peter. « No mereces una muerte tan horrible. Di
que lo dirás... Dilo! dilo! »
Tungata no se había dado cuenta del tamaño de la serpiente. Sus ojos estaban a
cuarenta centímetros de distancia de los suyos, y siseaba como una goma de auto que
se desinfla. Una gran exhalación de aire que lo aturdía. El soldado apoyó el
brasero a la jaula, y la serpiente metió la cabeza en el tubo. Las escamas del
vientre rasparon audiblemente contra la malla metálica.
« Todavía no es demasiado tarde », dijo Peter Fungabera extrayendo la pistola de su
funda y colocando el cañón de la pistola contra el alambre a solo centímetros de la
cabeza de la serpiente. « Di una sola palabra y la mato. »
« Vete al infierno de los asquerosos shona », susurró Tungata. Ahora podía sentir
el olor de la víbora, no era un olor fuerte, pero dulzón, débil, como de ratones
podridos. Eso le produjo nauseas. El vómito le subió y le llego a la garganta.
Tragó y comenzó a luchar intentando desatarse. La jaula se sacudió con sus
esfuerzos, pero los dos soldados lo sostenían por los hombros y la gran serpiente
alarmada por sus movimientos, siseó nuevamente y arqueó el cuello en una « S » para
morder.
Tungata se inmovilizó obligándose a permanecer quieto. Sentía la transpiración
corriendo por su cuerpo, goteando fría por sus costados y formando un charquito en
el asiento de la silla.
Gradualmente la víbora relajó el cuello y repto hacia su cara. A quince centímetros
de sus ojos, y Tungata seguía inmóvil como una estatua en su propia transpiración,
repugnancia y terror. Estaba tan cerca que no podía enfocarla, no era mas que una
mancha borrosa que le llenaba todo el campo visual. Y entonces la víbora sacó la
lengua y exploró su cara con ligeros toques del bífido y negro apéndice.
Cada nervio en el cuerpo de Tungata estaba tenso al punto de cortarse y su cuerpo
debilitado inundado del torrente de adrenalina al punto que sintió que se sofocaba.
Debió aferrarse a su consciencia con todas las fuerzas que le quedaban para no
transponer el límite del negro vacío de la inconsciencia.
La serpiente se movía lentamente. Tungata sintió el frío y viscoso contacto de las
escamas sobre las mejillas, detrás de las orejas, sobre la nuca y luego, en un
extremo espasmo de horror, se dio cuenta que el enorme reptil se estaba enroscando
alrededor de su cabeza, espira tras espira, envolviéndolo, cubriéndole la nariz y
la boca. No osó gritar ni moverse, y pasaron los segundos.
« Le gustas », dijo Peter Fungabera con la voz ronca por la excitación y la
impaciencia. « Se ha acomodado contigo. »
Tungata giró los ojos y entrevió a Peter, borrosamente por el tejido de la jaula,
en la periferia de su campo visual.
« No podemos tolerar esto », declaró Peter, y Tungata lo vio alargar la mano hacia
el brasero. Por primera vez Tungata se dio cuenta que una delgada varilla de acero,
como un atizador, estaba introducido entre los carbones encendidos. Cuando Peter lo
sacó la punta estaba al rojo vivo.
« Esta es tu última oportunidad de aceptar », dijo. « Cuando toque al animal con
esto, temo que enloquecerá de rabia. »
Esperó por una respuesta. « Naturalmente no puedes hablar. Si estas de acuerdo
pestañea rápidamente. »
Tungata lo miraba fijo a través de la malla metálica de la jaula, tratando de
concentrar sobre el todo el odio que experimentaba.
« Bueno, lo hemos intentado », dijo Peter Fungabera. « Ahora solo puedes culparte a
ti mismo. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Insertó la punta de la varilla incandescente en la malla de la jaula y toco a la
serpiente con ella. Hubo un fuerte siseo de carne quemada; una nubecita de humo
fétido y la serpiente se irritó terriblemente.
Tungata sintió las espiras en torno a su cara convulsionando e hinchándose y luego
el gran cuerpo debatiéndose, llenando la jaula, azotándola, contorsionándose sin
coordinación. La jaula golpeaba, se sacudía y traqueteaba por esas convulsiones, y
Tungata perdió el control, gritó mientras el terror lo embargaba.
Luego la cabeza de la serpiente le llenó el campo visual. Las fauces totalmente
abiertas, y la brillante garganta amarilla se le abalanzó un instante antes de la
mordedura. La violencia del golpe lo aturdió. Le clavó los colmillos en la mejilla
debajo del ojo, un fuerte golpe que lo sacudió al punto que sus dientes
entrechocaron y se mordió la lengua. La boca se le llenó de sangre, mientras sentía
que los largos colmillos curvos de la víbora enganchados en la carne como anzuelos
y agitándose, tironeándolo inyectándole chorros de mortal toxina en su carne. Y
luego, misericordiosamente se sumió en la oscuridad y Tungata se abatió
inconsciente contra las cuerdas que lo sujetaban.

« Lo ha matado, maldito idiota! » La voz de Peter Fungabera sonaba aguda y


petulante por el pánico.
« No, no. » El médico trabajaba rápidamente. Con la ayuda de los soldados
desprendió la mascara de la cabeza de Tungata. Uno de los soldados
tomó por la cola a la víbora maltrecha y la estampó contra la pared, después le
aplasto la cabeza con la culata del fusil.
« No, solo esta desvanecido, eso es todo. Esta muy debilitado por la permanencia en
el paredón. »
Entre dos levantaron a Tungata y lo llevaron al catre de campaña contra la pared de
la habitación. Con exagerada delicadeza el doctor le controló el pulso.
« Esta muy bien. » El medico llenó una jeringa descartable con el contenido de una
ampolla de vidrio y la inyecto en el bíceps de Tungata, brillante de transpiración.
« Le he dado un estimulante... Ahí esta! » El alivio del doctor era evidente. « Ahí
esta! Se está recuperando. »
El doctor frotó con el algodón embebido en desinfectante las profundas incisiones
en la mejilla de Tungata de la cual brotaba linfa acuosa.
« Siempre hay riesgo de infección por estas mordidas », explicó el doctor
ansiosamente. « Le inyectaré un antibiótico. »
Tungata se quejó, farfulló y trató débilmente de soltarse. Los soldados lo
retuvieron hasta que estuvo plenamente consciente y luego lo ayudaron a sentarse.
Sus ojos se enfocaron trabajosamente en Peter Fungabera, y su confusión fue obvia.
« Bienvenido al mundo de los vivos, camarada. La voz de Peter era de nuevo suave y
bien modulada. « Ahora eres uno de los pocos privilegiados que han visto el mas
allá. » El doctor todavía estaba atendiéndolo, pero la mirada de Tungata no
abandono la cara de Peter Fungabera.
« No entiendes », dijo Peter, « y nadie puede culparte por eso. Veras, el buen
doctor verdaderamente había extraído los sacos venenosos de la serpiente, como tu
creíste que podría haberlo hecho. »
Tungata sacudió la cabeza, todavía incapaz de hablar.
« El ratón? » hablo Peter por el. « Si, es cierto, el ratón. Eso fue muy
inteligente. Mientras estaba fuera de la habitación el doctor le dio una pequeña
inyección. El había ensayado la dosis sobre otros roedores para calcular el tiempo
justo. Tenias razón, mi querido Tungata, todavía no estamos listos para mandarte al
otro mundo. La próxima vez quizás, o la otra. Nunca lo sabrás con certeza. Y
después, naturalmente, podríamos calcular mal. Por ejemplo podría quedar alguna
gota de veneno en los colmillos de la serpiente. » Peter se encogió de hombros. «
Fue una cosa un poco delicada. Esta vez, la próxima vez: quien sabe? Cuanto tiempo
podrás resistir, camarada, antes de darte por vencido? »
« Seguramente mas que tu », socorro hosco Tungata. « Te lo juro. »
« Vamos, vamos! No hagas promesas vanas! » lo reprendió suavemente Peter Fungabera.
« A lo mejor la próxima opereta que escogeremos para ti incluirá a mis amados
cachorros. Has sentido hablar de los cachorros de Fungabera, verdad? Los has
escuchado todas las noches. No estoy seguro como podremos controlarlos, será
interesante, podrás perder fácilmente un brazo o un pie. Solo tomará una mordida de
esas fauces. » Peter jugueteaba con la fusta, girándola entre los dedos. « La
elección es tuya, y por supuesto solo bastará una palabra tuya para terminar todo

150
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
esto. No necesitas responder ahora. Te concederemos unos cuantos días de paredón
para recuperarte, y después... »

Tungata había perdido la noción del tiempo. No podía recordar cuantos días había
pasado en el paredón, cuantos hombres habían sido fusilados, cuantas noches habían
transcurrido escuchando a las hienas.
No lograba pensar en ninguna otra cosa que la próxima vasija con agua. El doctor
había calculado con extrema precisión la cantidad estrictamente necesaria para
sobrevivir. La sed era un tormento que no cesaba jamás, y menos cuando dormía,
porque ahora sus sueños estaban llenos de escenas acuáticas: lagos y arroyos que no
lograba alcanzar, lluvia que caía a su alrededor pero sin tocarlo, y la sed, la sed
mas tremenda.
Además de la sed, Peter Fungabera le había inseminado en la mente el terror de ser
comido vivo por las hienas, y se hacia mas potente por cada día que pasaba. El agua
y las hienas estaban comenzando a llevarlo mas allá de los límites de la cordura.
Sabia que no podía aguantar mucho mas, y se preguntaba confusamente porque había
resistido tanto tiempo. Debía continuar recordándose que la tumba de Lobengula era
la razón por la cual todavía estaba vivo. Mientras tuviera el secreto, no podían
asesinarlo.
No creyó en ningún momento en la promesa de Fungabera de dejarlo libre después que
lo condujera a la tumba.
Debía sobrevivir: era su deber. Mientras viviera, había una esperanza, aunque leve,
de libertad. Sabia que con su muerte su gente se hundiría mas profundamente en las
espiras del opresor. El constituía la esperanza de salvación. Era su deber para con
ellos sobrevivir, aun cuando ahora la muerte seria una bendición y un alivio. No
podía morir.
Aguardó en la helada oscuridad que precede al alba, con el cuerpo demasiado rígido
y debilitado para incorporarse. Este día deberían transportarlo al paredón o a
donde quiera que planearan para el. Odiaba esa perspectiva. Odiaba mostrar tanta
debilidad delante de ellos.
Sintió que el campamento comenzaba a vivir. Los pasos de los guardias, las órdenes
gritadas con inútil violencia. El rumor de las botas y los gritos de un prisionero
de la celda al lado de la suya, que era llevado al paredón para ser fusilado.
Ahora vendrían por el. Estiró la mano hacia la vasija de agua y tuvo un gesto de
desagrado recordando que la noche anterior no había podido contenerse y la había
bebido toda.
Se la llevó igualmente a al boca y lamió el esmalte como un perro, por si acaso
hubiera quedado alguna gota. Pero estaba seca.
Abrieron el candado y empujaron la puerta. El día había comenzado. Tungata trató de
levantarse. Lucho trabajosamente para ponerse de rodillas. Un guardia entró y
colocó un gran objeto oscuro sobre el umbral. Después se retiró enseguida. Aseguró
otra vez la puerta de la celda y Tungata quedó solo.
Esto no había pasado nunca. Tungata estaba estupefacto y no entendía nada. Se
agacho en la oscuridad y esperó a que sucediera algo mas, pero no pasó nada.
Escucho a los otros prisioneros cuando se los llevaban, y después el silencio tras
la puerta de su celda.
La luz comenzó a aumentar y cautelosamente examinó el objeto dejado por el guardia.
Era un bidón de plástico, en la semioscuridad del alba brillaba el contenido. Agua.
Un galón completo de agua, casi cuatro litros. Se arrastró hasta el bidón y lo
examinó de cerca, no osando esperanzarse todavía. Una vez, lo habían engañado:
habían salado el agua, y el había bebido un trago antes de darse cuenta. Era my
salada y amarga. Otra idea del doctor: La sed que le produjo lo hizo delirar y
temblar como en una crisis de malaria.
Suavemente, metió el índice en el liquido del bidón y probó una gota. Agua fresca y
limpia. Gimió y llenó la vasija con el precioso liquido, echo la cabeza hacia atrás
y vertió toda el agua en la garganta. Bebió con una terrible desesperación,
temiendo que en cualquier momento la puerta se abriera y un guardia irrumpiese y
pateara el bidón. Bebió hasta que el estomago vacío se le hincho y los espasmos del
cólico lo atravesaron. Luego descansó por algunos minutos, sintiendo el liquido
fluir en sus tejidos resecos, sintiendo que se recargaban de energía; y luego bebió
nuevamente, descansó y volvió a beber. Después de tres horas orinó abundantemente
en el balde, por primera vez desde que se acordaba.
Cuando finalmente vinieron a buscarlo cerca del mediodía, pudo pararse solo e
insultarlos con gran creatividad.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Lo condujeron junto al paredón de ejecuciones, y se sentía casi feliz. Con la panza
llena de agua que chapoteaba, estaba seguro de poder resistir todo. No lo asustaba
el paredón de ejecuciones, había permanecido allí muchas veces y por mucho tiempo.
Ahora todo era rutina para el, le daba la bienvenida, era cosa conocida. Había
llegado al punto en el cual se teme solo a lo desconocido.
En medio de la plaza de armas se dio cuenta que algo había cambiado. Habían
construido una nueva estructura delante del paredón. Era un gazebo: al reparo del
mismo, habían puesto una mesa y dos sillas para el almuerzo.
Sentado junto a la mesa estaba la temida y familiar figura de Fungabera. Tungata no
lo veía desde hacia varios días, y flaqueó su nuevo coraje. Volvió la debilidad y
sintiendo las rodillas de goma tropezó. Que cosa habrían planeado hacerle hoy? Si
solo lo supiera podría prepararse para resistirlo. La incertidumbre era la peor de
las torturas.
Peter Fungabera estaba almorzando y ni lo miró cuando Tungata pasó junto al gazebo.
Comía usando los dedos, a la manera africana, tomando porciones de polenta blanca
del tamaño de un bocado, modelándola en bolitas, y formando una depresión en ella
con el pulgar y luego rellenándola con salsa de verduras y pescado salado kapenta
proveniente del lago Kariba. El aroma del alimento hizo que se le llenara la boca
de saliva, pero Tungata prosiguió hasta el paredón y el poste de las ejecuciones.
Ese día había una sola victima en el palo, notó, entrecerrando los ojos contra el
reflejo del sol sobre el muro. Luego, con sorpresa, Tungata se dio cuenta que era
una mujer.
Estaba desnuda. Una mujer joven. Al sol, su piel tenia una suave textura
aterciopelada. Su cuerpo era grácil, los pechos simétricos y firmes, las aureolas
del color de moras maduras, los pezones erectos. Las piernas eran largas y
flexibles, los pies descalzos y bien formados. Atada como estaba, no podía
cubrirse. Tungata advirtió su vergüenza por el sexo descubierto, anidado oscuro y
crespo en la unión de los muslos como un animalito dotado de vida propia. Desvió
los ojos, la miró a la cara y se desesperó.
Todo se había perdido. Los guardianes lo soltaron, y el caminó vacilante hacia la
mujer amarrada al poste. Aunque sus ojos estaban enormemente abiertos y oscuros por
el terror y la vergüenza, sus primeras palabras fueron para el. Ella susurró
despacio en Sindebele: « Mi señor, que te han hecho? »
« Sarah. » Quería acariciarle el rostro, pero no podía hacerlo bajo las miradas
libidinosas de los guardias.
« Como te encontraron? » Se sentía muy viejo y frágil. Todo había terminado.
« Hice como me lo ordenaste », dijo ella en tono de disculpa.
« Me escapé a la montaña, pero después me llegó un mensaje: uno de los chicos de la
escuela se estaba muriendo por un ataque de disentería y no había médico. No podía
ignorar la llamada. »
« Y naturalmente era una mentira », adivinó el.
« Era una mentira », confirmo, ella afligida. « Los soldados shona. Me estaban
esperando. Perdóname mi señor. »
« Ya no importa. » contestó el
« No para mi, señor », imploró. « No hagas nada por mi. Soy una hija de Mashobane y
resistiré a todo lo que me hagan estas bestias shona. »
Tungata sacudió tristemente la cabeza, y finalmente extendió la mano y tocó sus
labios con la punta de los dedos. La mano le temblaba como la de un borracho. Ella
le besó los dedos. El dejó caer la mano y, volviéndose, se dirigió lentamente hacia
el gazebo. Los soldados no trataron de impedírselo.
Peter Fungabera levantó la vista y lo invitó a sentarse en la otra silla. Tungata
se sentó, y desplomó su cuerpo.
« Primero: la mujer debe ser desatada y vestida.»
Peter dio la orden. La cubrieron y la llevaron a una de las barracas.
« Mi señor... » dijo, luchando por desasirse, vuelta hacia el, con una expresión de
piedad en el rostro.
« No debe ser maltratada de ningún modo. »
« No lo ha sido », dijo Peter. « Y no lo será, si no nos obligas. »
Empujó la polenta hacia Tungata. Este la ignoró.
« La deben sacar del país y entregarla a un representante de la Cruz Roja
Internacional en Francistown. »
« Hay un avión esperándola en el aeropuerto de Tuti. Come, camarada, te queremos
fuerte y en buena salud. »

152
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Cuando esté a salvo, hablará conmigo por radio o por teléfono y me dirá una
palabra en código que arreglaré con ella antes de que se vaya. »
« De acuerdo. » Sirvió té caliente para Tungata.
« Los dejaremos solos para acordar la contraseña. »
« Podrás hablar con ella, naturalmente », aceptó Peter. « Pero aquí, en la mitad de
la plaza. Mis hombres no se acercaran a menos de noventa metros, pero siempre habrá
una ametralladora pesada apuntándolos. Te daré exactamente cinco minutos con la
mujer. »

« Te he fallado », dijo Sarah, y Tungata había olvidado cuan bella era. Todo su ser
la anhelaba.
« No », dijo el, « era inevitable. No hay ninguna culpa. Era tu deber volver por
aquel niño. »
« Mi señor, que puedo hacer ahora? »
« Escúchame bien », le dijo, y le habló quedo y claramente.. « Algunos de mis
hombres de confianza han escapado de la búsqueda de la Tercera Brigada de
Fungabera, debes encontrarlos. Creo que se encuentran en Botswana. » Le dio sus
nombres y ella los repitió fielmente.
De reojo Tungata miraba a los guardias parados al borde de la plaza de armas que se
movían para buscarlos. Sus cinco minutos de conversación habían terminado.
« Cuando estés a salvo, te harán hablar conmigo por radio. Si todo anda bien, me
dirás: 'Tu hermoso pájaro ha volado alto y rápido'. Repítelo. »
« Oh mi señor », sollozó ella.
« Repítelo! »
Ella obedeció y se abrazó fuerte a Tungata. Se abrazaron con desesperación.
« Te volveré a ver? »
« No », le dijo el. « Debes olvidarme.»
« Nunca! » gritó la muchacha. « Nunca si vivo hasta la vejez! Nunca te olvidaré, mi
señor. »
Los guardias los separaron. Una Land Rover entró a la plazoleta y empujaron a Sarah
adentro.
Lo último que el vio de ella fue su cara en la luneta trasera mirándolo con su
amado rostro vuelto hacia el. Después no la vio mas.

El tercer día vinieron a buscar a Tungata en la celda y lo llevaron a Fungabera,


que lo esperaba en la casamata sobre el kopje central.
« La mujer esta lista para hablar contigo. Hablen solo en ingles, y la conversación
Será grabada. » Peter señaló el grabador cerca de la radio. « Si intentas deslizar
algún mensaje en Sindebele será traducido mas tarde. »
« La contraseña que hemos convenido es en Sindebele », le dijo Tungata. « Deberá
repetírmela. »
« Muy bien. Eso es aceptable, pero nada mas. » Lo miró a Tungata criticamente. «
Estoy encantado de verte nuevamente en forma, camarada. Un poco de buena comida y
de reposo hacen milagros. »
Tungata vestía pantalones cortos desteñidos, pero limpios y planchados. Todavía
estaba demacrado y agotado, pero la piel había perdido ese aspecto grisáceo y
polvoriento, y los ojos estaban claros y brillantes. La hinchazón sobre la mejilla
de la mordida de la serpiente se había desinflamado y la costra que cubría la
cicatriz se veía seca y saludable.
Peter Fungabera le hizo una seña al capitán de la guardia y le pasó el micrófono de
la radio a Tungata, oprimiendo simultáneamente el botón « record » del grabador.
« Habla Tungata Zebiwe. »
« Mi señor, soy Sarah. » Su voz era ronca y distorsionada por la descarga
electrostática, pero no había la mas mínima duda que era ella. El dolor de la
ausencia inundó el pecho de Tungata.
« Estas a salvo? »
« Estoy en Francistown. La Cruz Roja me esta protegiendo. »
« Tienes un mensaje para darme? »
Ella contestó en Sindebele. « Tu bello pájaro ha volado alto y rápido. » luego
agregó: « He encontrado a algunos aquí. No desesperes ».
« Bien. Quiero que tu... »
Peter Fungabera le arrancó el micrófono de la mano. « Perdona, camarada, pero yo
soy el que paga la comunicación. » Se llevó a los labios el micrófono y dijo: «
Cambio y fuera ». después le arrojo al descuido el micrófono al capitán de la

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
guardia. « Haz traducir la cinta por uno de los matabeles confiables y tráeme
inmediatamente la traducción. » Después se volvió hacia Tungata.
« La vacación terminó, camarada, ahora tu y yo tenemos trabajo. vamos. »

Tungata se preguntaba por cuanto tiempo podría dilatar la búsqueda de la tumba de


Lobengula. Cada hora que pudiera ganar seria valiosa una hora mas de vida y de
esperanza.
« Han pasado casi veinte años desde que mi abuelo me mostró el lugar. No lo
recuerdo muy bien... »
« Tu memoria es clara como el sol que brilla allá arriba », le dijo Peter
Fungabera. « Tu eres famoso por la capacidad de recordar lugares, caras y nombres.
Camarada, no olvides que te he escuchado hablar en la Cámara, sin papeles. Además
tendrás a disposición un helicóptero para llevarte directamente al sitio. »
« No funciona. La primera vez fuimos a pie, y debo volver del mismo modo, no
reconocería las señales desde el aire. »
Así que volvieron a recorrer los polvorientos caminos que Tungata y el viejo Gideon
habían seguido un día tantos años atrás, y Tungata no lograba verdaderamente
encontrar el punto de partida: El derrumbe de rocas junto al curso del río y el
kopje con la forma de la cabeza de león. Pasaron tres días buscándolo, mientras
Peter Fungabera se tornaba cada vez mas enojado e incrédulo, antes se detuvieron en
la pequeña villa y almacén que era el último punto de referencia que Tungata
recordaba.
« Ah, el viejo camino! Si, el puente había sido arrastrado por las aguas muchos
años atrás. No había sido reconstruido. Ahora el camino gira hacia... »
Finalmente encontraron la senda, toda cubierta de lianas y vegetación, y cuatro
horas mas tarde encontraron el antiguo cauce del río. El puente de cemento, había
colapsado en una pila de trozos de cemento ya cubiertos con lianas. Pero la pared
de rocas, río arriba estaba exactamente como Tungata la recordaba, y experimentó
una punzada de nostalgia.
De pronto el viejo Gideon pareció estar muy cerca de el, tanto que miro en torno e
hizo una señal con la mano derecha para apaciguar los espíritus ancestrales,
susurrando: « Perdóname, Baba, porque voy a romper el juramento ».
Extrañamente la presencia que advertía era benigna y afectuosamente indulgente,
como siempre había sido el viejo Gideon. « Por aquí. » Dejaron la Land Rover y
prosiguieron a pie.
Tungata guiaba, con dos soldados armados a su espalda. Andaban despacio, lo que
enojaba a Peter Fungabera, que seguía detrás de los guardias. Mientras andaban,
Tungata dejó vagar la fantasía. Imaginó ser parte del sequito de Gandang en el
éxodo de los matabeles de casi un siglo antes, una reencarnación de Gandang,
tatarabuelo, fiel y leal hasta el fin. Sintió de nuevo la desesperación de un
pueblo derrotado y el terror de la persecución de los blancos, que podían aparecer
en cualquier momento desde el bosque a sus espaldas, con las ametralladoras de tres
pies, le pareció oír el lamento de las mujeres y de los niños, el mugido de las
bestias que caían a tierra en ese territorio duro y amargo.
Cuando los últimos bueyes habían muerto de sed, Gandang había ordenado a sus
guerreros del famoso regimiento Inyati que tiraran del carro que llevaba al rey.
Tungata imaginaba al rey obeso y enfermo y desahuciado, sentado en la caja
oscilante de la carreta mirando hacia el norte, la dirección prohibida de la
salvación imposible: un hombre atrapado en las muelas del destino y de la historia.
« Y ahora la traición final », pensó amargamente Tungata.
« Estoy guiando a estos animales shona para perturbar otra vez su reposo. »
Tres veces, tomó deliberadamente la senda equivocada, llevando a Peter Fungabera al
limite extremo de la paciencia. La tercera vez el general lo hizo desnudar y
amarrar sus muñecas y tobillos, después se paró sobre el con un látigo de piel de
hipopótamo curtida, el terrible kiboko que los tratantes de esclavos árabes
introdujeron en África, y fustigó a Tungata como un perro hasta que su sangre goteó
sobre la arenosa tierra gris.
Fueron la vergüenza y la humillación mas que el dolor de la flagelación lo que
indujo a Tungata a retroceder y retomar otra vez sus puntos de referencia.
Finalmente, cuando alcanzaron la colina, esta apareció de improviso, con la misma
mágica prontitud que recordaba vividamente desde la primera visita.
Habían seguido por una profunda garganta de roca negra, pulida por los caudalosos
torrentes crecidos durante milenios. Las profundidades estaban salpicadas de verdes
ollas de agua estancada en las cuales enormes bagres bigotudos agitaban la turbia

154
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
superficie al emerger para alimentarse, y maravillosas mariposas fluctuaban en el
aire calido por encima, joyas de iridiscentes rojos y azules.
Giraron en un recodo de la garganta, trepando sobre peñascos del color y tamaño de
elefantes; y abruptamente los acantilados que los rodeaban se abrieron y la
vegetación retrocedió. Ante ellos, como un vasto monumento que empequeñecía las
pirámides de los faraones, la colina de Lobengula elevose hacia el cielo.
Las laderas eran hispidas y moteadas de líquenes de veinte tonalidades diferentes
de amarillos, ocres y malaquita. Había una colonia de buitres nidificando en las
salientes superiores. Las aves adultas se lanzaban planeando elegantemente en las
corrientes de aire caliente de la garganta, girando y haciendo tirabuzones.
« Aquí esta », dijo Tungata. « Thabas Nkosi, la colina del rey. »
El sendero natural que conducía a la cumbre seguía una falla en la cara de la roca
donde la piedra caliza cubría la roca. En algunos lugares era empinada y
desalentadora y los soldados, cargados con mochilas y armas miraban nerviosamente
al abismo y se abrazaban a la pared rocosa mientras avanzaban ascendiendo. Pero
Peter Fungabera y Tungata trepaban ágiles y seguros aun en los peores lugares,
dejando a la escolta lejos detrás.
« Podría desbarrancarlo », pensó Tungata, « si lo agarro desprevenido. » Miró hacia
atrás y vio a Peter, a diez pasos detrás de el. Tenia en la mano la pistola Tokarev
y sonreía como una mamba.
« No », le advirtió, y ambos se entendieron sin mas palabras.
Por el momento Tungata desechó el pensamiento de la venganza y continuó
ascendiendo. Giraron en un ángulo de la roca y aparecieron en la cima de la colina,
a ciento cincuenta metros del fondo de la oscura quebrada.
Parados algo apartados uno del otro, sudando ligeramente en el cálido sol, miraron
hacia abajo en el profundo y ancho valle del Zambesi. Al limite de la vista, las
anchas aguas del lago artificial de Kariba brillaba suavemente a través de la
neblina de calor y humo azul de los primeros incendios de la estación seca. Los
soldados salieron del sendero con evidente alivio y Peter Fungabera miró expectante
a Tungata.
« Nosotros estamos listos para seguir, camarada. »
« Hemos llegado », replicó Tungata.
Sobre la cresta del acantilado, las formaciones rocosas, estaban erosionadas y
rotas formando contrafuertes y parapetos en ruinas. Los árboles que habían
encontrado sostén en las grietas y hendiduras habían entrelazado sus raíces sobre
la cara rocosa como serpientes apareándose mientras que los tallos estaban
engrosados y deformes por las severas condiciones de calor y sequías.
Tungata los guió a través de la roca rajada y el bosque torturado hasta la entrada
de una quebrada en el fondo de la cual crecía un viejo ficus Natalensis, la higuera
estranguladora, sus ramas carnosas manchadas de amarillo cargadas de racimos de la
amarga fruta. Mientras se aproximaban una bandada de loros marrones de verdes alas
marcadas de amarillo que se estaban dando un banquete con los higos salvajes, alzó
el vuelo. En la base del ficus la roca estaba segmentada y las raíces habían
encontrado la grietas ampliándolas mas.
Tungata se paró frente a la pared de roca y Peter Fungabera, sofocando una
imprecación de impaciencia, lo miró y vio que sus labios se movían silenciosos en
una plegaria o una súplica. Peter Fungabera comenzó a observar mas detenidamente la
pared de roca y notó con creciente excitación que las fisuras eran demasiado
regulares para ser naturales.
« Aquí! » le gritó a los soldados, y ellos se acercaron corriendo, señalo uno de
los bloques en la cara y ellos se pusieron a trabajar con las bayonetas y las manos
desnudas. En quince minutos de arduo trabajo habían aflojado el bloque y estaba
claro ahora que la pared de piedra era en realidad un muro de piedras
cuidadosamente disimulado. En la profundidad de la abertura dejada por el bloque
distinguieron una segunda pared.
« Traigan al prisionero », ordenó Peter. « Trabajará en la primera fila. »
Para la hora en que fue demasiado oscuro para seguir habían abierto un agujero
suficientemente ancho para que dos hombres trabajaran hombro con hombro en la pared
externa, y habían comenzado a atacar la pared interior. Sobre el muro externo
Tungata había podido verificar lo que había supuesto durante la primer visita a la
tumba, tantos años antes: las señales que había notado y le había ocultado al viejo
abuelo Gideon eran aun mas evidentes sobre el muro interno. Eso alivió su
consciencia y el dolor de romper el juramento.

155
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Con reticencia Peter Fungabera ordenó interrumpir la excavación por la noche. Las
manos de Tungata, estaban en carne viva por el contacto con los ásperos bloques y
había perdido una uña entre dos piedras del muro. Lo maniataron a uno de los
soldados por la noche, pero ni aun esto evito que cayera en un sueño profundo.
Peter Fungabera tuvo que patearlos a el y a su guardia para despertarlos la
siguiente mañana.
Estaba todavía oscuro y comieron en silencio las magras raciones de tortas de maíz
frías y te dulce. Apenas habían terminado de engullirlas cuando Peter Fungabera les
ordeno volver al trabajo en la pared de piedra.
Las manos con escoriaciones de Tungata estaban torpes y rígidas. Peter
Fungabera estaba de pie detrás de el en la abertura y cada vez que flaqueaba lo
fustigaba con el kiboko alrededor de las costillas en la suave y sensible piel de
las axilas. Tungata rugía como un león herido, y arrancaba del muro bloques de
piedra de setenta kilos.
El sol iluminó la cima de la colina y sus rayos dorados alcanzaron la pared del
acantilado. Con la ayuda de una rama seca, Tungata y un soldado shona apalancaron
otro trozo de roca y cuando empezó a moverse hubo un derrumbe y un áspero chirriar
de piedras contra piedras y la pared interna colapsó. Se apartaron tosiendo por el
polvo, mirando la abertura que habían creado.
El aire de la caverna olía como el aliento de un borracho, rancia y acida y la
oscuridad era intimidante y amenazadora.
« Entra tu primero », ordenó Peter Fungabera, y Tungata vaciló, estaba abrumado con
un temor supersticioso. Era un hombre instruido e inteligente, pero en el fondo era
un africano. Los espíritus de su tribu y sus ancestros guardaban este lugar. Miró a
Peter Fungabera y supo que también el estaba experimentando el mismo temor por lo
sobrenatural, aunque se había armado de una linterna, cuyas pilas había conservado
cuidadosamente para ese momento.
« Muévete! » le ordenó Fungabera. El tono áspero no logro disimular su inquietud y
Tungata, para humillarlo, saltó cuidadosamente sobre las rocas caídas y entro en la
cueva. Se detuvo un momento para permitir que la visión se adaptara a la oscuridad
y distinguiese los contornos de la caverna. El suelo bajo sus pies era liso y
gastado, pero descendía rápido en un ángulo pronunciado. Obviamente la caverna
había sido la guarida de animales y el refugio de hombres primitivos por decenas de
miles de años, antes de transformarse en la tumba de un rey.
Peter Fungabera, detrás de Tungata, dirigía la linterna sobre las paredes y el
techo del antro. El techo aparecía negro con el tizne de viejos fogones, y las
lisas paredes estaban cubiertas con las pictografías de los pequeños bosquimanos
amarillos que la habían habitado. Mostraban los animales que habían cazado y
observado minuciosamente: manadas de búfalos negros, y altísimas jirafas moteadas,
rinocerontes y antílopes en brillantes colores, todos deliciosamente
caricaturizados. Con ellos el artista pigmeo había retratado a su propio pueblo,
estilizadas figuras con glúteos tan pronunciados como gibas de camello e imperiales
erecciones para magnificar su virilidad. Armados de arcos y flechas, corriendo
detrás de las manadas sobre la pared de piedra.
Peter Fungabera iluminó la esplendida galería con la linterna y luego dirigió el
rayo hacia las intimas profundidades de la gruta donde se estrechaba la garganta y
el pasaje rocoso giraba sobre si mismo sumido en la oscuridad y las misteriosas
sombras debajo de ellos.
« Adelante! » ordenó, y Tungata se movió con cautela descendiendo por el suelo
inclinado de la caverna. Alcanzaron la garganta de la cueva tuvieron que inclinarse
por lo bajo del techo. Tungata giró en el ángulo del corredor rocoso y siguió por
unos cincuenta pasos antes de detenerse de golpe.
Había llegado a una espaciosa sala con el techo abovedado a seis metros sobre sus
cabezas. El suelo estaba nivelado pero abigarrado de rocas caídas desde arriba.
Peter Fungabera la exploró con la linterna. Contra la pared opuesta había una
cornisa a la altura de los hombros de una persona y sostuvo el rayo de la linterna
iluminando un revoltijo de objetos apilados sobre la misma. Por un momento Tungata
quedó perplejo, después reconoció la forma de la rueda de una carreta con un diseño
de cien años atrás. Una rueda mas alta que los bueyes que la arrastraron, luego
distinguió el piso y los laterales del carro. el vehiculo había sido desarmado y
sus partes separadas transportadas hasta la caverna.
« El carro de Lobengula », susurró. « Su bien mas preciado, que sus guerreros
arrastraron cuando los bueyes murieron... »

156
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Peter Fungabera lo empujó con el cañón de la pistola, y prosiguieron a través del
suelo cubierto de guijarros.
Había rifles apilados como haces de trigo: los viejos Lee-Enfield que eran parte
del pago que Cecil Rhodes había entregado a Lobengula por la concesión. Rifles y
cien soberanos de oro por mes, el precio de una nación y de un pueblo vendido a la
esclavitud, pensó amargamente Tungata. Sobre el altar de piedra había otros
objetos, sacos de cuero con sal, cuchillos y utensilios, collares de cuentas y
ornamentos y asegais de ancha hoja.
Peter Fungabera exclamó con avaricia e impaciencia. « Rápido, debemos encontrar el
cadáver, los diamantes estarán cerca. »
Huesos! Brillaban a la luz de la linterna. Un cúmulo de ellos bajo el altar.
Un cráneo! Les sonreía despiadado, un gorro de lana apelmazada todavía le cubría
las sienes.
« Es el! » grito jubiloso Peter. « Es el viejo demonio! » Cayó de rodillas junto al
esqueleto.
Tungata permaneció de pie, calmado. Después del primer instante de alarma, notó que
era el esqueleto de un hombre viejo y bajo, casi del tamaño de un niño, con dientes
que faltaban al frente de su maxilar superior. Lobengula había sido un hombre
grande con todos los dientes intactos. Todos los que lo habían conocido en vida
comentaban de su sonrisa. Este esqueleto todavía estaba envuelto en toda la lúgubre
parafernalia que individualizaba al brujo: cuentas, caparazones, y huesecillos,
cuernos ahuecados para los polvos mágicos, cráneos de reptiles sujetos a la
cintura. Hasta Peter no tardó en darse cuenta de su error y se puso de nuevo en
pie.
« No es el! » gritó, ansiosamente. « Debieron haber sacrificado al brujo y lo
colocaron aquí para hacer la guardia. » Estaba explorando la caverna con la
linterna, frenético.
« Donde esta? »le gritó a Tungata. « Tu debes saberlo. Seguro que te lo han dicho.»
Tungata permaneció en silencio. Sobre el esqueleto del brujo la cornisa sobresalía,
como un gran púlpito de roca. Las posesiones del rey habían sido colocadas
ordenadamente alrededor de esta prominencia, el sacrificio humano yacía debajo de
la misma. El punto focal de la caverna estaba en este sitio. Era la lógica y
natural posición en la cual situar al cadáver del rey. Peter Fungabera pensó lo
mismo y lentamente iluminó el espacio vacío sobre el altar con la linterna.
« No esta aquí », susurró Peter con la voz tensa por la decepción y la frustración.
« El cadáver de Lobengula se ha ido! »
Las señales que Tungata había notado en la pared exterior, donde el muro había sido
abierto y resellado con escasa meticulosidad, lo había llevado a la correcta
conclusión. La tumba del rey había sido profanada muchos años antes. El cuerpo
había sido trasladado y los diamantes robados. Después habían tratado de disimular
la sacrílega profanación.
Peter Fungabera salto sobre el altar de roca y busco frenéticamente gateando sobre
el suelo. Impasible, a dos pasos detrás, Tungata se maravillo por como la codicia
podía ridiculizar a un hombre tan peligroso e impresionante como Fungabera.
Farfullaba incoherentemente para si mismo mientras colaba con sus dedos los
polvorientos detritus del suelo.
« Mira aquí! Mira aquí! » Recogió un pequeño objeto oscuro, y Tungata se acercó un
paso. A la luz de la linterna distinguió un fragmento de terracota. Un trozo del
borde decorado de una vasija de cerámica decorado en el tradicional estilo de
diamantes que le permitió identificarlo inmediatamente como un jarro de cerveza
usado por los matabeles.
« Un jarro de cerveza », dijo Peter girándolo entre sus manos. « Una de las vasijas
de diamantes... Rota! » Tiró el fragmento y revolvió en el polvo, levantando una
nube de polvo que osciló en el haz de luz de la linterna.
« Aqui! » Había encontrado algo mas. Algo mas pequeño. La sostuvo entre el pulgar y
el índice. Era del tamaño de una avellana. La iluminó con el rayo de la linterna e
inmediatamente la luz se descompuso en los colores del arco iris, que se reflejaron
sobre la cara de Peter Fungabera.
« Un diamante! » suspiró con religioso temor, girándolo lentamente entre los dedos.
Era una piedra en bruto, pero el cristal – observó Tungata – se había formado con
tal simetría que cada plano era tan perfecto como para capturar y reflejar el débil
rayo de la linterna.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Que bello! » murmuró Peter, acercándolo a los ojos. aquel diamante era un
octaedro natural y su color, aún a la luz artificial, era claro como el agua de
deshielo en un arroyo de montaña.
« Bello », repitió Fungabera, mientras su rostro perdía gradualmente su expresión
soñadora.
« Uno solo », susurró. « Una simple piedra caída por casualidad al suelo, cuando
debería tener cinco vasijas llenas de diamantes. »
Su mirada se posó en Tungata. La linterna, apuntada hacia abajo proyectaba extrañas
sombras sobre su cara dándole un aspecto demoníaco.
« Tu lo sabes », lo acusó Peter. « Siempre tuve la sensación de que me escondías
algo. Sabias que se habían llevado los diamantes, y también sabes adonde. »
Tungata sacudió la cabeza negando, pero Fungabera ya se estaba enojando. Con los
rasgos contorsionados, repetía siempre lo mismo, mientras en las comisuras de la
boca se le formaba una espuma blanquecina de saliva.
« Tu lo sabes! »
Saltó de la cornisa con la furia de un leopardo herido.
« Me lo dirás! » chilló. « Veras que al final me lo dirás! » Golpeó a Tungata en la
cara con el cañón de la pistola. « Dímelo! » gritó. « Dime donde están los
diamantes! »
El cañón se estrelló contra el pómulo de Tungata, abriéndole la carne y cayo de
rodillas. Peter Fungabera si alejó de el, apoyándose en el altar de roca, tratando
de contener una furia que de otro modo en breve habría asesinado al valioso
informante.
« No », se dijo. « Demasiado fácil! Debe sufrir... » se metió las manos debajo de
las axilas estrechándose el pecho para sujetarse de atacar de nuevo a Tungata.
« Veras que al final me lo dirás. Me imploraras para llevarme a los diamantes. Me
imploraras para que te mate... »

« Aquí están! Dos inocentes criaturas en Sodoma y Gomorra !» dijo Morgan Oxford. «
Eso es lo que son ustedes dos! Por Dios, se han enterrado en la mierda hasta las
cejas! »
Morgan Oxford había volado desde Harare apenas supo que una patrulla de fronteras
de Botswana había encontrado a Craig y Sally-Anne en el desierto.
« Tanto el embajador americano como el británico han recibido una protesta oficial
de Mugabe. Los británicos están saltando y echando chispas. No saben nada de ti,
Craig, y tu eres un ciudadano británico. Si te echan mano, te digo que te encierran
en la Torre de Londres y te cortan la cabeza. »
Morgan estaba parado a los pies de la cama de hospital de Sally-Anne. Había
rehusado la silla que le ofrecía Craig.
« En cuanto a ti, señorita, el embajador me ha encargado que te diga que mejor te
tomas el primer avión que salga para los Estados Unidos. »
« No puede darme ordenes », lo interrumpió Sally-Anne cortándole la serie de
amargas recriminaciones. « Esto no es Rusia. Yo soy una ciudadana libre. »
« Por ahora. Si Mugabe obtiene la extradición, va a parar de inmediato a la horca
por insurrección armada, homicidio y cuantas cosas mas... »
« Todo es un complot! »
« Tu y tu amiguito aquí dejaron una pila de cadáveres tibios tras de ustedes como
latas de cerveza en un picnic. Mugabe ya ha iniciado el proceso de extradición con
el gobierno de Botswana... »
« Somos refugiados políticos », retrucó Sally-Anne.
« Son Bonny and Clyde, dulzura, según las autoridades de Zimbabwe. »
« Sally-Anne! » intervino con calma Craig. « No debes agitarte así... »
« No debo agitarme? » gritó Sally-Anne. « Hemos sido robados y golpeados,
amenazados de violación y fusilamiento... Y ahora el representante oficial de los
Estados Unidos de América, el país del cual resulto ser ciudadana, viene a decirme
que soy una criminal! »
« No digo eso », negó secamente Morgan Oxford. « Solo te estoy sugiriendo que
saques tu lindo traserito de África y retornes a casa con mami. »
« Primero nos trata como criminales y después se comporta como un sucio
chauvinista... »
« Baja un cambio, Sally-Anne », dijo Morgan Oxford alzando una mano. « Comencemos
de nuevo: Ustedes están en problemas, nosotros estamos en problemas, grandes
problemas. Debemos encontrar el modo de resolverlos.»

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Ahora te vas a sentar? » le dijo Craig, alcanzándole la silla. Y Morgan se sentó
y encendió un Chesterfield.
« Bueno, y como estas? »
« Creía que no lo ibas a preguntar! » observó Sally-Anne secamente.
« Ella estaba muy deshidratada. Sospechaban daño renal. La alimentaron con suero y
dieta liquida con cuentagotas por tres días. Por suerte después de eso estuvo bien.
También estaban preocupados por el golpe en la cabeza, pero las radiografías no
mostraron nada en particular gracias a Dios. Fue solo una leve concusión.
Prometieron darle de alta mañana. »
« Entonces puede viajar? »
« Me parecía que tu interés era un poco extraño... »
« Escúchame bien, Sally-Anne: estamos en África y si las autoridades de Zimbabwe te
apresan, no podremos hacer nada por ti. Es por tu bien. Debes irte. El embajador...
»
« Que se vaya a la mierda el embajador », dijo Sally-Anne con
intensidad y sentimiento, « y también tu, Morgan Oxford! »
« No tengo autoridad para hablar por Su Excelencia », sonrió Morgan por primera
vez, « pero en cuanto a nosotros dos, cuando podemos comenzar? » Y también Sally-
Anne se rió.
Craig aprovecho el momento de buen humor. « Morgan, puedes confiar en mi para
cuidar que ella haga lo correcto... »
Inmediatamente Sally-Anne partió lanza en ristre contra la nueva afrenta machista,
pero Craig le envío una leve señal con el ceño fruncido y sacudió la cabeza y ella
obedeció con cierta reticencia. Morgan se volvió hacia Craig.
« En cuanto a ti, Craig, como diablos hicieron para descubrir que trabajas para la
Agencia? » preguntó.
« Que? » Craig estaba sorprendido. « Nadie me lo dijo. »
« Y quien crees que es Henry Pickering? Papa Noel? »
« Henry? No es un vicepresidente del World Bank? »
« Niños! » gimió Morgan. « Dos niños ingenuos en el bosque de los ogros y las
brujas! » Se relajó. « Bueno, de todos modos ya pasó. Tu contrato terminó... Cuando
hiciste tu último informe.? »
« Se lo envié a Henry hace tres días... »
« Si. Que bien! » deploró Morgan resignado. « Informando que Peter Fungabera es el
candidato de Moscú! Un shona! Los Ruskies nunca entrarían en contacto con el, así
que sácatelo de la cabeza, el general Fungabera odia a la Unión Soviética desde
hace tiempo y tenemos una muy buena relación con Peter Fungabera, realmente muy
buena. Y ya basta. »
« Por el amor de Dios, Morgan! Entonces esta haciendo el doble juego! Me lo dijo
su propio ayudante de campo Timón Nbebi en persona. »
« El cual ahora esta muy convenientemente muerto », le recordó Morgan. « Si te hace
sentir mejor, insertamos tu información en la computadora, con un grado de
credibilidad próximo a cero. Henry Pickering te envía su sincero agradecimiento. »
Sally-Anne intervino. « Morgan, tu vistes mis fotos de las aldeas quemadas, con los
niños muertos, la devastación de la Tercera Brigada... »
« Como dice el refrán. Hay que romper huevos para hacer la tortilla », Interrumpió
Morgan. « Es verdad que las he visto, y naturalmente no queremos la violencia, pero
debemos considerar que Fungabera es antisoviético. Los Matabeles son pro
soviéticos. Debemos apoyar a los regimenes anti-comunistas, aun si nos desagradan
algunos de sus métodos, hubieron mujeres y niños que murieron también en el
Salvador. ¿Debemos por eso detener la ayuda a ese país? ¿ Debemos retirarnos de
todas las situaciones en que no se aplica la Convención de Ginebra? Vamos, Sally-
Anne, este es el mundo real. »
Ser hizo un silencio en la pequeña salita del hospital, roto solo por el crujir de
la chapa ondulada del techo que se dilataba bajo el sol del mediodía. Detrás de la
ventana, sobre el marchito pasto del jardín, caminaban los pacientes, ataviados con
batas rosas del hospital, estampadas en la espalda con las iniciales del
Departamento de Salud de Botswana.
« Es eso todo lo que viniste a decirnos? » pregunto finalmente Sally-Anne.
« Porque, no es suficiente? » dijo Morgan apagando la colilla del cigarrillo y
poniéndose de pie. « Hay otra cosa, Craig. Henry Pickering me ha pedido que te
informe que el Land Bank de Zimbabwe ha retirado la garantía de tu préstamo, en
base a la cláusula de que has sido oficialmente declarado enemigo del pueblo y del
Estado.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Henry Pickering me encargó de advertirte que ahora el World Bank te estará buscando
para que devuelvas el capital y los intereses del préstamo. Tiene sentido para ti?
»
« Desgraciadamente si », asintió Craig lúgubremente.
« Dice que cuando llegues a New York buscará de arreglar la cuestión de algún modo,
pero mientras tanto se han visto obligados a bloquear todas tus cuentas bancarias y
a expedir una intimación a tus editores para que retenga todos los futuros derechos
de autor. »
« Me imagino. »
« Lo lamento, Craig. Parece algo muy serio. » Morgan extendió su mano. « Me gustó
tu libro, realmente me gustó mucho. Siento mucho que todo esto haya tenido que
terminar así. »
Craig caminó con el hasta el Ford verde con las placas del Cuerpo Diplomático que
conducía Morgan Oxford.
« Me podrás hacer un ultimo favor? »
« Si puedo. » Morgan lo miro con sospecha.
« Puedes ver que se entregue un paquete a mi editor de New York? »
Y, como las sospechas de Morgan Oxford no cesaban: « Se trata solo de las ultimas
páginas de mi nuevo manuscrito, te doy mi palabra ».
« Okay, entonces », dijo dudando Morgan Oxford. « Me ocupare de que se lo
entreguen. »
Craig fue al extremo de la playa de estacionamiento s buscar el bolso de viaje
sobre el Land Rover que había alquilado y le suplicó: « Te lo recomiendo. Es la
sangre de mi corazón y mi unica esperanza de salvación ».
Se quedo a ver el Ford verde que partia y después volvió al edificio del hospital.
« Que fue todo ese asunto de bancos y prestamos? » le dijo Sally-Anne apenas Craig
entro a la habitación.
« Significa que cuando te pedí que te casaras conmigo era millonario », le
respondió Craig sentándose sobre la cama, « mientras que ahora estoy tan quebrado
como uno que no posee nada y debe un par de millones de dólares. »
« Pero tienes el nuevo libro. Ashe Levy dice que será un best seller. »
« Querida, si escribiese un best seller al año por el resto de mi vida, podría a lo
sumo pagar los intereses de la deuda que tengo con Henry Pickering y su banco. »
Ella lo miró fijamente.
« Así que lo que trato de decirte es que puedes reconsiderar mi propuesta de
matrimonio... No estas obligada a casarte conmigo solo porque me has dado el sí. »
« Craig », dijo ella, « cierra la puerta y baja la persiana. »
« Debes estar bromeando! No ahora, y no aquí! Probablemente es un serio delito en
este país, cohabitación ilícita o algo parecido. »
« Escuche señor, cuando a una se la busca por homicidio e insurrección armada, un
polvito ilegal a escondidas con el futuro marido, aun tratándose de una persona
indigente, pesa muy poco sobre la conciencia. »

Craig fue a buscar a Sally-Anne al hospital la mañana siguiente. Vestía la misma


ropa que cuando la admitieron.
« La hermana la hizo lavar y remendar... » se interrumpió al ver la Land Rover.
« Que es esto? Pensé que estábamos quebrados? »
« La computadora no ha recibido todavía la feliz noticia, y la tarjeta de crédito
sigue funcionando. »
« ¿Pero es lícito? »
« Cuando adeudas cinco millones de dólares, señora, otro par de cientos de dólares
pesa poquísimo sobre la consciencia. » Sonrió, encendiendo el motor.
« Me parece que lo estas tomando muy bien, Craig. » Se corrió sobre el asiento mas
cerca de el.
« Todavía estamos vivos los dos », le dijo abrazándola, « y eso basta para festejar
con fuegos artificiales. En cuanto al dinero... bueno, no creo estar destinado a
ser millonario. Cuando tuve el dinero, no dejaba de tener continuamente miedo de
perderlo. Me minaba las energías. Ahora que lo perdí, me siento liberado de un modo
impagable. »
« ¿Estas contento de haber perdido todo lo que tenias? » se volvió de costado para
mirarlo a la cara. « Me parece una insensatez aún para ti. »
« No, no es que este contento », negó el. « Pero lo que verdaderamente me disgusta
es la pérdida de King's Lynn y Zambesi Waters. Habríamos podido hacer algo

160
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
verdaderamente maravilloso, tu y yo. Esto me desagradas mucho, y otra cosa que me
llena de remordimientos es la suerte de Tungata Zebiwe. »
« Si. Lo destruimos. » Ambos se quedaron serios y apenados. « Si solo pudiésemos
remediarlo de algún modo! »
« No podemos hacer nada. » Craig sacudió la cabeza. « No obstante lo que Timón
aseguró, no sabemos ni si acaso todavía esta vivo, y, si lo estuviese, no tenemos
la mínima idea de donde encontrarlo. »
Atravesaron trepidando el paso a nivel y se encontraron en el centro de
Francistown.
« La joya de norte », dijo Craig. « Población: dos mil personas; actividad
principal: consumo de bebidas alcohólicas; razón de su existencia: desconocida. »
Estacionaron fuera del único hotel que había. « Como ves, están todos en el bar. »
Sin embargo el joven portero de hotel, un botswano, era simpático y eficiente.
« Señor Mellow, hay una señora que lo esta esperando », le dijo a su llegada al
hall. Craig no reconoció a su visitante hasta que Sally-Anne corrió a abrazarla.
« Sarah! » gritó. « Como llegaste aquí? Como nos encontraste? »
La habitación de Craig tenia dos camas simples con una mesita en medio, una sola
silla y una alfombra imitando a un tapete persa sobre el piso de cemento pintado de
rojo brillante. Las dos muchachas se sentaron sobre la cama, con las piernas
plegadas bajo sus cuerpos en una postura típicamente femenina.
« El la Cruz Roja me dijeron que a ustedes los encontró la policía en el desierto,
señorita Jay. »
« Mi nombre es Sally-Anne, Sarah. »
Sarah acogió la invitación con una sonrisa. « Después del proceso no estaba segura
de que me quisieran ver de nuevo, pero después mis amigos aquí me contaron como
habían sido maltratados por los soldados de Fungabera. Entonces pensé que quizás
ustedes se habrían convencido que yo tenia razón, que Tungata Zebiwe no era un
criminal y que el necesita amigos ahora. »
Se volvió hacia Craig. « Era su amigo, señor Mellow. Me habló de usted, con respeto
y con afecto. Temió por usted, cuando supo que había vuelto a Zimbabwe. Supo que
quería recomprar la tierra de su familia en Matabeleland, y sabia bien que habría
grandes problemas y que usted se vería envuelto en ellos. Decía que usted era
demasiado tierno para los tiempos duros que venían. Lo llamaba “Pupho”, el soñador,
el amable soñador, pero decía que también eras tozudo y obstinado. Quería evitarle
nuevas heridas. Decía: La última vez perdió una pierna, esta vez podría perder la
vida. Así para ser su amigo, debo mostrarme como su enemigo. Debo obligarlo a que
se vaya de Zimbabwe. »
Craig sentado rígido sobre la silla, recordaba el tempestuoso encuentro con Tungata
cuando fue a pedirle ayuda en su proyecto de recomprar King's Lynn. ¿Actuaba
entonces? Todavía lo encontraba casi increíble. Su pasión parecía tan
real, su furia tan convincente.
« Lo siento, señor Mellow. Esto que le cuento son cosas un poco duras, lo lamento,
pero eso es lo que piensa Tungata. El era su amigo, y lo es todavía. »
« No importa mas lo que pensaba antes, » murmuró Craig. « El pobre Sam esta
probablemente muerto ahora. »
« No! » Por primera vez Sarah alzó la voz hablando con vehemencia, casi enojada.
« No, no diga eso, nunca lo diga! Esta vivo. Lo he visto y hablé con el. No podrán
matar a un hombre como el. »
La silla crujió debajo de Craig cuando se inclino ansioso hacia adelante. « Lo ha
visto? Y cuando? »
« Hace dos semanas. »
« Donde? Donde estaba? »
« En Tuti, en el campo de concentración. »
« Sam esta vivo! » Craig cambió mientras lo decía. Levanto los hombros caídos,
irguió la cabeza y los ojos le brillaron mas alertas. No veía a Sarah, miraba a la
pared, tratando de dominar el torrente de ideas y de emociones que lo asaltaron, y
así no vio que Sarah lloraba.
Fue Sally-Anne que puso un brazo protector sobre ella, mientras Sarah sollozaba. «
Oh, Tungata, mi señor! Que te han hecho!
Lo han golpeado y mantenido sin comer ni beber. Estaba todo piel y huesos, como un
perro de la calle, lleno de cicatrices. Se mueve como un viejo: solo sus ojos son
los de antes. »
Sally-Anne la consolaba sin palabras. Craig saltó de la silla y comenzó a pasearse.
Pero la habitación era muy pequeña, cada tres pasos debía volverse. Sally-Anne

161
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
hurgó en su bolsillo y saco un arrugado pañuelito para Sarah.
« ¿Cuando estará listo el Cessna? » le preguntó Craig, sin dejar de caminar. La
pierna ortopédica hacia un pequeño clic cada vez que daba un paso.
« Está listo desde la semana pasada, no te lo dije? » respondió Sally-Anne
distraídamente, abrazada a Sarah.
« Cual es la máxima carga que puede transportar? »
« El Cessna? Una vez llevé a seis personas adultas, pero entraron apretujados. La
licencia no permite... »
Sally-Anne se interrumpió. Lentamente giro la cabeza hacia el y lo miro totalmente
incrédula.
« Por lo mas sagrado, Craig, que tienes en mente? Estas loco? »
« Autonomía a plena carga? » prosiguió Craig ignorándola.
« Doscientas millas marinas. Pero no hablas en serio. »
« Okay. » Craig, pensaba en voz alta. « Puedo cargar en la Land Rover un par de
tambores de combustible. Se puede aterrizar para reaprovisionarse y decolar de un
lago seco que conozco, cercano a la frontera, en Panda Matengal, a quinientos
kilómetros al norte de aquí. Es el punto mas favorable para entrar... »
« Craig, sabes lo que harán si nos capturan? » Su voz estaba ronca por el shock.
« Armas », prosiguió Craig. « las necesitaremos. Morgan
Oxford? No, maldito sea, nos cancelo... »
« Armas? » la voz de Sarah, se oyó sofocada por el pañuelo y las lágrimas.
« Si, armas y granadas », dijo Craig. «Explosivos, todo lo que se pueda conseguir.
»
« Yo puedo conseguir armas. Algunos de los nuestros están refugiados en Botswana y
tienen armas ocultas en la jungla del tiempo de la guerra. »
« De que clase? » preguntó Craig.
« AKs y granadas. »
« AK 47 », dijo Craig. « Sarah, eres un sol. »
« Solo nosotros dos? » Sally-Anne se puso pálida, comprendiendo que hablaba en
serio. « Nosotros dos solos contra la Tercera Brigada? Eso es lo que estas
pensando? »
« No, yo también iré con ustedes, seremos tres », dijo Sarah dejando a un lado el
pañuelo.
« Tres! Fantástico! » dijo Sally-Anne. « Fenomenal! »
Craig volvió y se paro frente a ellas. « Primero: debemos dibujar un plano del
campo de Tuti. Incluiremos todos los detalles que podamos recordar. »
Comenzó a pasearse de nuevo, incapaz de quedarse quieto. « Segundo: nos reuniremos
con los amigos de Sarah y veremos que ayuda nos pueden brindar. Tercero: Sally-Anne
toma el avión hacia Johannesburgo y trae el Cessna... Cuanto tiempo llevará? »
« Tres días. » El color estaba volviendo al rostro de Sally-Anne. « Es decir, si
decido ir! »
« Okay! Muy bien! » Craig se frotó las manos. « Ahora podemos comenzar a dibujar el
plano. »
Ordenó sándwiches y una botella de vino a la habitación y trabajaron hasta las 2 de
la mañana, cuando Sarah los dejo con la promesa de volver por la mañana a la hora
del desayuno. Craig plegó cuidadosamente el plano y después el y Sally-Anne se
metieron en la cama abrazados, pero estaban demasiado nerviosos para dormirse.
« Sam trataba de protegerme! » se maravillo Craig. « Lo estuvo haciendo por mi,
todo el tiempo. »
« Háblame de el », le susurró Sally-Anne, acurrucándose. Entre sus brazos escucho
la historia de su amistad.
Cuando finalmente Craig terminó su relato, ella le dijo despacio: « Entonces
piensas en serio en este asunto? »
« Absolutamente en serio. Pero lo harás conmigo? »
« Es una locura. O una estupidez. Pero hagámosla. »

El carbonoso humo negro se elevaba en columnas en el claro cielo del desierto desde
dos fogatas de trapos impregnados de aceite, que Craig había dispuesto en sendos
montones para señalizar el lugar. Craig e Sarah estaban juntos parados en el capot
de la Land Rover, mirando hacia el sur. Se encontraban en la seca región selvática
del noroeste de Botswana. El limite con Zimbabwe estaba a una treintena de
kilómetros hacia el este: la planicie llana y punteada de acacias negras espinosas
y moteada de blancuzcas costras saladas.

162
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Los espejismos hacían temblar el aire y engañaban la visión de modo que los
retorcidos árboles en la lejana orilla opuesta del lago seco parecían flotar y
cambiar de forma como una ameba en el microscopio.
Un remolino de polvo se elevó desde la blanca superficie girando y danzando
sinuosamente como una odalisca en la danza del vientre, elevándose en el cielo unos
sesenta metros antes de desvanecerse tan repentinamente como había nacido.
El sonido del motor del Cessna subía y bajaba y volvía a subir en la atmosfera
recalentada. « Allá! » Sarah indicó un puntito, un mosquito lejano, bajo sobre el
horizonte.
Craig echo una ultima mirada a la pista de emergencia que había preparado. Había
encendido los fuegos indicadores en cada extremo de la pista, apenas oyó el rumor
del aparato. Había conducido el Land Rover yendo y viniendo entre ambos fuegos para
que las huellas de la camioneta señalasen a Sally-Anne el terreno compacto al
margen de la costra salina, a cincuenta metros a ambos lados la superficie estaba
demasiado blanda para el aterrizaje.
Volvió a mirar a la máquina que se aproximaba. Sally-Anne estaba virando bajo sobre
las copas de los baobabs, alineándose con la pista que le habían preparado, hizo
una prudente pasada a lo largo, examinándola con la cabeza fuera de la cabina y
luego dio la vuelta y aterrizó suavemente, carreteando hacia la Land Rover.
« Estuviste afuera por un siglo », dijo Craig abrazándola y levantándola apenas
saltó fuera del habitáculo.
« Tres días », protestó ella pataleando con los pies en el aire.
« Para mi fue como un siglo », le dijo besándola.
El la bajó pero mantuvo un brazo a su alrededor mientras la conducía hasta la Land-
Rover. Después que saludo a Sarah, Craig le presento a los dos Matabele sentados a
la sombra del vehiculo. Se levantaron cortésmente a recibirla.
« Este es Jonás y este es Aaron. Ellos nos llevaron al deposito de armas y nos
ayudaran en lo que puedan. »
Eran dos jóvenes serios y reservados: con ojos de viejos que habían visto cosas
inenarrables, pero eran voluntariosos y plenos de energía.
Bombearon el combustible de aviación directamente del tambor de 44 galones al
tanque del Cessna mientras Craig desmontaba los asientos de atrás para reducir el
peso y hacer lugar para la carga.
Después comenzaron a cargar. Sally-Anne pesó cada bulto con una balanza a resortes
que había comprado para la ocasión y anotó el peso de todos los objetos y los anotó
en su tabla de carga.
Las municiones eran las cosas mas pesadas. Tenían ocho mil proyectiles para los AK
47. Craig había abierto los envases originales y las había empaquetado en bolsas
negras de plástico para basura, para salvar peso y espacio. Habían estado
enterradas por años y muchos de los proyectiles estaban corroídos al punto que eran
inutilizables. No obstante, Craig había efectuado una selección manual, y disparado
algunas cargas de cada caja en el desierto y no había encontrado ninguna fallada.
también los fusiles estaban en deplorables condiciones, y Craig había trabajado por
las noches con el farol a gas desmontando, puliendo y canibalizando hasta que
obtuvo veinticinco armas en buen estado. Había también cinco pistolas Tokarev y dos
cajas de granadas de fragmentación, que parecían estar en condiciones un poco
mejores que los fusiles. Craig había lanzado una de cada caja probándolas contra un
hormiguero que había saltado en el aire en una nube de arena. Quedaron cuarenta y
ocho de la cantidad original. Craig las metió en dos bolsas de tela de arpillera
que había adquirido en el supermercado de Francistown.
El resto del equipo también lo había comprado en el mismo lugar. Pinzas corta
alambre, tenazas, cuerdas de nylon, pangas que Jonás y Aaron habían afilado como
navajas, linternas y baterías extra, cantimploras y una docena de utensilios que
podían ser de utilidad. Sarah había sido nombrada responsable de la sanidad y había
preparado un botiquín de primeros auxilios con ítems comprados en la farmacia de
Francistown. Las raciones de alimentos eran espartanas. Harina de maíz en bolsas de
plástico de cinco kilos, el mejor nutriente posible en relación al peso, y algunos
paquetes de sal gruesa.
« Hockey, ya esta », dijo Sally-Anne, truncando la operación. « Un kilo mas y no
lograremos decolar. El resto tendrá que esperar por el segundo viaje. »
Cuando cayo la noche, se sentaron en torno al fuego a darse un banquete con los
bistecs y la fruta fresca que Sally-Anne había traído de Johannesburgo.
« Coman, coman, chicos », los alentaba. « Quien sabe cuando volveremos a tener una
comida así. »

163
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Después Craig y Sally-Anne se llevaron sus colchas apartados del fuego, fuera del
oído de los demás, y se tendieron desnudos en el aire tibio del desierto a hacer el
amor bajo la luna, ambos bien conscientes que podría ser la ultima vez.
Desayunaron en la oscuridad, poco después de la puesta de la luna y antes del
primer reflejo del amanecer. Dejaron a Jonás y Aaron de guardia de la Land Rover,
para que ayudaran a cargar en el segundo viaje y Sally-Anne carreteo hasta el final
de la pista cuando hubo luz suficiente para ver las huellas. Aun en el frescor de
la madrugada le costo mucho despegar al sobrecargado Cessna, y ascendieron
lentamente hacia el brillo del sol naciente.
« La frontera con Zimbabwe », murmuró Sally-Anne. « No puedo creer lo que estamos
haciendo. » Craig estaba sentado al lado de ella, sobre una bolsa de municiones,
mientras Sarah estaba acurrucada detrás de otro bulto de armas.
Sally-Anne viro levemente para reconocer las señales del terreno que había
establecido en el mapa que tenia sobre la falda. Había dibujado un itinerario que
atravesaba la línea ferroviaria a unos treinta kilómetros al sur de la ciudad
minera de Wankie (carbón) y luego cruzaba la ruta principal unos pocos kilómetros
mas allá, evitando toda presencia humana. El terreno debajo de ellos cambio de
golpe: del desierto a la selva densamente poblada de pasturas. Hacia el norte había
algunas formaciones nubosas, cúmulos blancos indicadores de buen tiempo, hacia
otras direcciones el cielo estaba absolutamente despejado. Craig escudriño el
territorio, entrecerrando los ojos contra el resplandor del sol naciente.
« Ahí esta la ferrovía. » Sally-Anne descendió en picada. A quince metros sobre la
copa de los árboles niveló y atravesó rugiendo la ferrovía y minutos mas tarde la
ruta nacional, avizoraron un camión lejano avanzando a lo largo de la cinta gris
azulada del pavimento, pero cruzaron detrás de el, y fueron visibles por pocos
segundos.
Sally-Anne hizo una mueca de disgusto. « Esperemos que no nos hayan visto », dijo.
« No obstante, debe haber bastante tráfico aéreo liviano por aquí. » Miró el reloj
e informó: « Tiempo estimado de arribo, cuarenta minutos. »
« Muy bien », dijo Craig. « Repasemos todo una vez mas. Me dejaras a Sarah y a mi,
después volverás a decolar lo mas pronto posible. Volverás al sitio de partida.
Reabastecerás y cargaras el resto. Dentro de tres días regresaras: si ves una señal
de humo, aterrizarás; si no, volverás a Botswana. Danos dos días mas y vuelve: si
no ves señales de humo, ya esta, te vas y no vuelves mas. »
Sally-Anne le tomo la mano. « Craig, no lo digas ni en broma. Por favor, tesoro,
vuelve a mi! »
Se entrelazaron las manos por el resto del viaje, excepto por los breves instantes
en que ella necesitaba de ambas manos para pilotear.
« Ahí esta! » El río Chizarira era una oscura pitón verde en la tierra marrón. En
medio de los árboles de la ribera se entreveía el brillo del agua.
« Zambesi Waters. Justo ahí arriba. »
Se mantuvieron alejados de los campamentos turísticos que habían construido con
tanto trabajo y cariño, pero ambos miraron nostálgicos río arriba donde la línea de
colinas azules punteaba el horizonte lejano.
Sally-Anne descendió mas y mas hasta casi rozar las ramas altas de los árboles, y
después realizó lentamente un amplio giro, manteniendo las colinas entre ellos y la
villa turística.
« Ahí esta! » dijo Craig. Y señalo por debajo de la punta del ala inclinada por el
giro del avión, y pudieron ver por un instante las cuentas blancas al borde de la
línea de árboles.
« Todavía están allí. » Eran los esqueletos de los rinocerontes abatidos por los
cazadores furtivos, limpiados por los carroñeros y blanqueados por el sol.
Sally-Anne efectuó los controles previos al aterrizaje y se alineó con la angosta
faja de pasto a lo largo del borde de la quebrada, donde ya había aterrizado antes.
« Roguemos para que los pecaries y los osos hormigueros no hayan excavado por aquí
», murmuró mientras el Cessna sobrecargado fluctuaba perezosamente y la alarma de
entrada en pérdida pitaba y destellaba furiosamente por la falta de sustentación y
potencia.
Sally-Anne descendió casi en picada de la cima de los árboles y tocó tierra con un
sacudón algo excesivo. El Cessna cabeceó y rebotó varias veces sobre el terreno
desparejo, pero por suerte los frenos aplicados al máximo y la hierba alta que se
enredaba en el tren de aterrizaje lo sujetaron rápidamente y Sally-Anne dejo
escapar un suspiro de alivio.

164
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Te agradezco, Señor. » Descargaron todo con frenética premura, amontonando todo
en tierra y cubriéndolo con una red de nailon verde que Craig había comprado en
Francistown originalmente diseñada para dar sombra a plantas jóvenes. Sally-Anne y
Craig se miraron tristemente.
« Oh Dios mío, cuanto odio tener que irme! »
« Tampoco me gusta a mi, mero vete enseguida, maldición. »
Se besaron y Sally-Anne corrió hacia el aparato. Rodó hasta el final de la pista,
aplastando la hierba, y después volvió a toda velocidad sobre sus propias huellas.
El avión aligerado se elevó de un salto y la ultima cosa que Craig vio de ella fue
su cara pálida en la ventanilla lateral vuelta hacia él, y después las copas de los
árboles los ocultaron.
Craig espero hasta que el sonido del motor se apagó, y el silencio de la selva los
envolvió nuevamente. Luego él recogió el rifle y la bolsa y se la cruzó en el
hombro. Miró a Sarah: vestía vaqueros y zapatillas de tela azul. Llevaba la bolsa
de alimentos y las cantimploras, con la pistola Tokarev metida en la cintura.
« Lista? » Ella asintió y se colocó detrás de él, manteniendo ágilmente el paso
rápido que el impuso. Alcanzaron el kopje a primera hora de la tarde, y desde la
cima Craig contempló la villa turística de Zambesi Waters sobre el río.
Ahora esta seria la parte peligrosa. No obstante encendió el fuego de señalización
y llevando a Sarah consigo, fue a agazaparse en emboscada junto al sendero, para el
caso que la señal de humo atrajese visitantes indeseables. Se tendieron bien
cubiertos y no hablaron ni se movieron por tres horas. Solo los ojos escudriñando
las lomas arriba y abajo y los matorrales circundantes.
No obstante, fueron tomados desprevenidos. La voz fue un ronco susurro en
Sindebele, cercano, muy cercano.
« Ah! Kufela has traído el dinero. » Era el camarada Lookout. Los espiaba con su
cara llena de cicatrices. Se había deslizado hasta unos diez pasos de distancia sin
que lo notaran. « Creía que te habías olvidado de nosotros. »
« No traigo dinero para ustedes, sino un difícil y peligroso trabajo », le dijo
Craig. Notó ahora que junto al camarada Lookout había tres hombres ágiles, fuertes
y silenciosos como lobos. Extinguieron el fuego y se distribuyeron en la espesura
en formación de exploración, que cubrirían la marcha.
« Debemos irnos », explico el camarada Lookout. « Aquí en terreno abierto los kanka
shona nos acosaran como perros de caza, desde la ultima vez que nos vimos, hemos
perdido muchos buenos hombres. El camarada Dólar fue capturado. »
« Lo se. » Craig lo recordaba, golpeado y maniatado, testimoniando contra él
aquella terrible noche en King's Lynn.
Caminaron hasta dos horas después de oscurecer, directo al norte, en el terreno
accidentado de la costa del gran río. Los exploradores despejaban y controlaban el
camino y siempre se mantenían invisibles adelante en la espesura. Solo sus trinos
imitando pájaros los guiaban.
Finalmente llegaron al campamento de los guerrilleros. Junto a los pequeños fuegos
para cocinar, que no humeaban, había mujeres y una de ellas corrió a abrazar a
Sarah.
« Es la hija menor de mi tía », explicó Sarah. Ahora ella y Craig hablaban solo en
Sindebele.
El campamento era un lugar poco confortable y para nada acogedor, consistía en una
serie de toscas cuevas excavadas en la empinada orilla de un arroyo seco, y ocultas
por las ramas de los árboles. Tenia un aire de refugio temporario. No existían
lujos o artículos del equipo que no pudiesen ser empacados en minutos y
transportados sobre la espalda de un hombre. Las mujeres de los guerrilleros eran
tan serias como los hombres.
« No nos quedamos en un solo lugar », explicó el camarada Lookout. « los kanka ven
las señales desde el aire, si nos quedamos. Aunque nunca marchamos por la misma
senda, ni siquiera a las letrinas, en poco tiempo se marcan los senderos y eso es
lo que ellos buscan. Pronto deberemos mudarnos de aquí. »
Las mujeres les trajeron comida y Craig se dio cuenta de lo hambriento y cansado
que estaba. Pero antes de comer abrió su mochila y repartió los cartones de
cigarrillos que había traído. Y por primera vez vio sonreír a esos hombres
amargados mientras se pasaban un pucho en la rueda.
« Cuantos hombres son en el grupo? »
« Veintiséis », dijo el camarada LookOut soltando el humo del cigarrillo y
pasándole el pucho al vecino. « Pero hay otro grupo cerca. »

165
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
Veintiséis bastaran, pensó Craig. Si podían aprovechar el elemento sorpresa, podría
ser suficiente.
Comieron con las manos de la olla popular y después el camarada Lookout les
permitió compartir otro cigarrillo.
« Y ahora, Kufela, dijiste que tenias trabajo para nosotros. »
« El camarada ministro Tungata Zebiwe esta prisionero de los shona. »
« Es una cosa terrible, una puñalada en el corazón del pueblo Matabele, pero
también aquí en la jungla lo sabíamos desde hace varios meses. Viniste a decirnos
algo que ya todo el mundo sabe? »
« Todavía esta vivo, y lo tienen en el campamento de Tuti. »
« Tuti? Hau! » exclamó el camarada Lookout, y todos se pusieron a hablar
simultáneamente.
« Como sabes eso? »
« Escuchamos decir que lo habían matado... »
« Son chimentos de viejas... »
Craig se volvió hacia donde las mujeres se sentaban apartadas. « Sarah! » la llamó
Craig. Ella se acercó.
« Conocen a esta mujer? » preguntó Craig.
« Como no, es la prima de mi mujer. »
« Es la maestra de la misión. »
« Es una de nosotros. »
« Cuéntales todo », le ordenó Craig.
La escucharon atentamente en silencio, mientras Sarah relataba su ultimo encuentro
con Tungata, con los ojos brillantes al resplandor del fuego, y, cuando la muchacha
terminó, permanecieron callados. Sarah se levantó tranquilamente y volvió con las
mujeres. El camarada Lookout se volvió hacia uno de sus hombres.
« Habla! » lo invitó.
El elegido para opinar era el mas joven. Los otros hablarían en orden ascendiente
de edad, era la antigua costumbre del consejo y tomaría tiempo. Craig se armó de
paciencia, eran las reglas de África.
Después de medianoche el camarada Lookout resumió.
« Conocemos a la mujer. Es digna de crédito y nosotros le creemos. El camarada
Tungata es nuestro padre. Su sangre es la sangre de nuestro rey, y se encuentra en
las manos de los asquerosos shona. Sobre esto todos estamos de acuerdo. » Hizo una
pausa. « Pero hay algunos que trataran de librarlo de los shona violadores de
niños; y otros que dicen que somos muy pocos, que tenemos solo un rifle cada dos
hombres, y solo cinco proyectiles para cada fusil. Así que estamos divididos. »
Miró a Craig. « Que dices tu, Kufela? »
« Yo digo que les he traído ocho mil balas. Veinticinco Kalashnikov y cincuenta
granadas », respondió Craig. « Yo digo que el camarada Tungata es mi amigo y mi
hermano. Yo digo que si aquí hay solo mujeres y cobardes y ningún guerrero que me
acompañe. Entonces iré solo con esta mujer, Sarah, que tiene el corazón de un
guerrero, y buscaré hombres en otra parte. »
Lookout arrugó la cara indignado, y su tono fue de reproche. « Que no si hable mas
de mujeres y cobardes, Kufela! Que no se hable mas! Mejor vamos a Tuti, a hacer lo
que debemos. Eso es lo que yo digo. »

Encendieron la señal de humo apenas oyeron el zumbido del Cessna, y lo extinguieron


inmediatamente después que Sally-Anne, hizo destellar las luces de aterrizaje en
señal de reconocimiento. Los hombres del camarada Lookout habían cortado el pasto
en el claro con los machetes y había aplanado un poco el terreno, así el aterrizaje
de Sally-Anne fue mas suave que la ultima vez.
Los guerrilleros descargaron el resto de las armas y municiones en silencio, muy
disciplinados, pero no podían esconder sus sonrisas de placer, pasándose las bolsas
de municiones y las granadas. Porque estas eran las herramientas de su metier. La
carga desapareció rápidamente en la jungla. En quince minutos, Craig y Sally-
Anne quedaron solos bajo el ala del Cessna vacío.
« Sabes porque rezaba? Rezaba porque no encontraras a los guerrilleros, o que si
los encontrabas, rehusaran seguirte, y tu fueses obligado a abortar y a salir de
este país conmigo. »
« No debes ser muy buena en ese ramo, entonces. »
« No se, pero me temo que en los próximos días acumularé mucha práctica. »
« En los próximos cinco días », precisó Craig. «volverás el martes por la mañana. »

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Bueno », asintió ella. « Despegaré de noche y estaré sobre el aeródromo de Tuti
al salir el sol, eso es a las 5 y 22. »
« Pero no aterrizarás hasta que recibas señales de que la pista esta asegurada. Y
por al amor de Dios, te recomiendo que no te quedes sin combustible en el aire por
esperar demasiado tiempo. Si no nos ves, no esperes un milagro y corta la cuerda. »
« Tendré tres horas de autonomía sobre el campamento de Tuti antes de tener que
volver a la base. Eso quiere decir que puedo esperarte hasta las 8 y 30. »
« Si a esa hora no estamos, será inútil esperar mas. Ahora vete, amor mío. Es hora
de que partas. »
« Lo se », dijo Sally-Anne, pero no se movió.
« Debes irte », le dijo Craig.
« No se como voy a hacer para vivir en los próximos cinco días, no sabiendo nada,
solo viviendo con mis temores e imaginación. »
El la apretó entre sus brazos y notó que temblaba.
« Tengo tanto miedo por ti », le susurró contra el cuello.
« Nos veremos el martes por la mañana », repitió el. « Sin falta. »
« Sin falta! » confirmó ella, y después le tembló la voz. « Vuelve a mi, Craig. No
quiero vivir sin ti. Prométeme que volverás. »
« Lo prometo. » La beso.
« Ah, ahora me siento mejor. » Le sonrió de la manera que solo ella sabia, pero no
lo logró tan bien esta vez.
Saltó a la cabina y encendió el motor.
« Te amo! » sus labios formaron las palabras que el ruido del motor ahogó. Ella
giró el Cessna con un golpe de acelerador y partió sin mirar hacia atrás.

Sobre la carta geográfica la distancia era de solo ciento diez kilómetros, y desde
el asiento del avión no parecía un terreno difícil. Pero hacerlo a pie fue
diferente.
Si la cuenca del Zambesi era una hondonada en la cual las colinas del valle
representaban los dientes, su itinerario lo atravesaba todo, así que nunca
caminaban sobre terreno plano, sino siempre subiendo o bajando, atravesando cada
vez el curso de agua del fondo del valle que corría a izquierda y derecha respecto
a ellos.
Los guerrilleros habían dejado a sus mujeres en un sitio seguro, y habían
consentido la compañía de Sarah solo a regañadientes. Pero ella llevaba una carga
completa y sostenía ágilmente el duro paso que el camarada Lookout les había
impuesto.
Las colinas de granito reflejaban el sol contra ellos, mientras ascendían
trabajosamente las laderas. El descenso, no era mas fácil, bajo las pesadas cargas
que cada uno llevaba exigían un notable esfuerzo en las pantorrillas doloridas y
los tendones de Aquiles. El antiguo sendero de elefantes que recorrían estaba
sembrado de cantos rodados que rodaban bajo sus pies como una alfombra de bolitas,
haciendo peligroso cada paso.
Uno de los guerrilleros cayó y el tobillo se le hincho tanto que no pudo volver a
calzarse la bota. Los otros se dividieron la carga y lo dejaron allí, para que
volviese, presumiblemente saltando en una sola pierna, hasta donde habían dejado a
las mujeres. Las pequeñas moscas que anidan en los mopanis los perseguían durante
el día, metiéndose en las narices y los ojos en su continua búsqueda de humedad; y
de noche su lugar era ocupado por los mosquitos que salían a atacarlos desde las
charcas de agua estancada y los torrentes del fondo del valle. En cierto punto
durante el viaje, atravesaron la línea de la mosca Tse-tse, que se unió al
tormento: silenciosa, liviana, se posaba tan suave que la victima no se daba cuenta
hasta que el candente aguijón se clavaba en la carne blanda detrás de las orejas o
bajo las axilas.
Siempre estaba presente el peligro de ataque. Cada pocos kilómetros los
exploradores de la vanguardia o los de la retaguardia lanzaban señales de alarma. Y
la columna de guerrilleros debía dejar el sendero y esconderse, con el dedo en el
gatillo, hasta que pasaba el peligro.
Era un viaje lento y enervante: dos días enteros de marcha desde la mañana gélida
hasta el mediodía tórrido y de nuevo a la oscuridad, hacia la aldea del padre de
Sarah. Su nombre era Vusamanzi y era un viejo brujo, adivino y hacedor de lluvia de
la tribu Matabele. Como todos sus pares vivía aislado, solo con sus mujeres y los
parientes mas cercanos. No obstante el gran respeto que le tenían, los mortales
comunes preferían evitar a los que practicaban las ciencias ocultas: los visitaban

167
El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
solo para hacerse curar o leer el futuro, pagaban la cabra o la gallina del
honorario, y se batían en retirada apresuradamente agradecidos.
La aldea de Vusamanzi estaba a unos pocos kilómetros al norte de la misión de Tuti.
Era una prospera comunidad en la cima de una colina, con muchas esposas, cabras,
gallinas y campos de maíz en el valle.
Los guerrilleros se agacharon tras la maleza, debajo del kopje, y enviaron a Sarah
a cerciorarse que todo estaba tranquilo en la aldea y a advertir a los pobladores
de su presencia. Sarah volvió a la hora y Craig con el camarada Lookout volvieron a
la aldea con ella.
Vusamanzi, había ganado su nombre, que significa “El que eleva las aguas”, por su
habilidad demostrada en el control del Zambezi y sus tributarios. De joven había
enviado una gran inundación para barrer la aldea de un jefe de poca importancia que
no le había pagado; y también otras persona que de algún modo lo habían ofendido se
habían ahogado misteriosamente en pozos de agua donde se estaban bañando. Se decía
que bastaba una palabra de Vusamanzi para que la superficie calma de una laguna
saltara repentinamente en una ola al acercarse su enemigo que iba a beber o a
bañarse o a cruzar, tragándoselo. Ningún ser viviente había visto nunca este
terrible fenómeno: pero nunca había tenido Vusamanzi problemas para cobrar deudas
de sus pacientes y clientes.
Vusamanzi tenia los cabellos y la barba de un blanco puro recortada en punta, como
la usan los Zulúes. Sarah había nacido cuando el ya era viejo, pero había heredado
sus finos rasgos de el, que era elegante e imponente. No usaba ropajes, tan solo un
simple taparrabo: recibió a Craig cortésmente, con pocas palabras con voz cerrada y
profunda.
Claramente Sarah lo reverenciaba: tomó el jarro de cerveza de una de sus mujeres
mas jóvenes y se arrodillo para ofrecérsela ella misma.
A su vez Sarah era querida de manera particular por el viejo, que le sonreía con
afecto, y cuando se sentó a sus pies, le acarició la cabeza mientras escuchaba
atentamente lo que Craig le decía. Después la mando a ayudar a una de sus esposas a
preparar comida y cerveza para llevarle a los guerrilleros escondidos en el valle,
antes de volverse nuevamente hacia Craig.
« El hombre al que llamar Tungata Zebiwe, Aquel-que-busca-la-justicia, nacido
Samson Kumalo, un descendiente en línea directa de Mzilikazi el primer rey y padre
de nuestro pueblo. El que describen las antiguas profecías. La noche que fue
capturado por los soldados shona, había mandado por el para informarlo de su
responsabilidad en la confrontación de los matabeles y de los secretos de nuestro
rey. Si todavía esta vivo, como dice mi hija, es deber de cada Matabele hacer todo
lo posible para liberarlo. El futuro de nuestra tribu esta en sus manos. Como puedo
ayudarte? Solo debes pedirlo. »
« Ya nos ayudaste con comida », le agradeció Craig. « Ahora necesitamos
información. »
« Pregunta, Kufela. Te diré todo lo que quieras. »
« La ruta entre la misión de Tuti y el campamento de los soldados pasa cerca de
aquí, no es cierto? »
« Detrás de aquellas colinas », indicó el viejo.
« Sarah me dijo que cada semana pasan los camiones hacia el campamento, siempre en
el mismo día, cargados de provisiones y nuevos prisioneros. »
« Es así. Pasan los lunes tarde después del mediodía, cargados de bolsas de maíz y
otras cosas. Vuelven vacíos a la mañana siguiente. »
« Cuantos camiones? »
« Dos o raramente tres. »
« Cuantos soldados los escoltan? »
« Dos adelante, junto al conductor, otros tres o cuatro en la caja. Uno sobre el
techo con un fusil grande que dispara rápido. »
Una ametralladora pesada, tradujo Craig. « los soldados van muy atentos y los
camiones corren rápido. »
« El lunes pasaron como de costumbre? » preguntó Craig.
« Como siempre! » Vusamanzi asintió moviendo la blanca cabeza. Craig pensó que la
rutina no habría variado y apostó todo a eso.
« A que distancia esta la misión desde aquí? » pregunto.
« De aquí hasta aquí. » El brujo barrio con su brazo un segmento de cielo que el
sol recorre en cerca de cuatro horas: al paso de un hombre a pie, aproximadamente
treinta kilómetros.

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
« Y de aquí al campamento de los soldados? » prosiguió Craig. Vusamanzi levantó los
hombros. « Es la misma distancia. »
« Bueno. » Craig desplegó su mapa. Esa equidistancia le permitía calcular con
cierta precisión los tiempos y distancias, que anotó al margen del mapa.
« Tenemos un día de adelanto », dijo Craig levantando la vista. « Los hombres
podrán descansar y prepararse.»
« Mis mujeres los alimentaran », concordó Vusamanzi. « Después el lunes, tendré
necesidad de ayuda de alguno de ustedes. »
« Pero aquí hay solo mujeres », observó el viejo.
« Las mujeres me servirán », le dijo Craig. « Mujeres jóvenes y bonitas. »
La mañana siguiente, antes del alba, Craig y el camarada Lookout, junto con un
mensajero, fueron a reconocer el trecho del camino que quedaba justo detrás de las
colinas. Era como Craig recordaba, una pista de tierra donde los pesados camiones
habían marcado profundas huellas; la Tercera Brigada había cortado los matorrales a
ambos lados del camino para reducir el riesgo de una emboscada.
Poco después del mediodía llegaron al lugar donde Peter Fungabera había parado
durante su primer viaje a Tuti: el cauce donde el camino cruzaba por el puente de
troncos el río verde, el lugar donde habían comido el almuerzo de choclos asados.
Craig notó que recordaba muy bien el lugar. La pista descendía rápido de la colina
y se curvaba para embocar la estrecha rampa de tierra que llevaba al puente: en
aquel trecho seguramente el camión debía andar muy despacio. Era un punto ideal
para una emboscada, y Craig envió al mensajero de vuelta a la aldea de Vusamanzi
para traer al resto de la fuerza. Mientras los esperaban, Craig y el camarada
Lookout adaptaron el plano al terreno real.
El ataque principal debería desarrollarse sobre el puente, pero si fallaba,
deberían tener un plan alternativo para impedir que el camión pasara. Apenas
llegaron todos los guerrilleros, Craig mandó a Lookout con cinco hombres a
inspeccionar la ruta mas allá del puente. Después de la primera curva, invisible
desde el puente, había un gran árbol de mhoba-hoba que abatieron sobre el camino
creando un eficacísimo bloqueo. El camarada Lookout comandaría el destacamento que
atacaría en ese punto, mientras Craig comandaría los hombres de la emboscada en el
puente.
« Quienes son los hombres que hablan shona? » preguntó Craig.
« Este habla como un shona, este otro no tan bien.»
« No deben combatir, no podemos arriesgarnos a perderlos porque nos servirán en el
campamento. »
« Yo me hago cargo », prometió el compañero Lookout.
« y ahora las muchachas. »
Sarah había elegido a tres de sus hermanastras en la aldea, de dieciséis y
dieciocho años.
Eran las mas bonitas de las muchas hijas del viejo brujo, y cuando Craig les
explico el papel que deberían representar, se rieron cubriéndose la boca con las
manos y haciendo todos los otros gestos del pudor y de la modestia virginal. Pero
era obvio que la idea las fascinaba. Nada tan excitante y erótico les había
sucedido nunca en sus jóvenes vidas.
« Han entendido? » pregunto Craig a Sarah. « Mira que será una cosa peligrosa;
deben hacer exactamente como hemos dicho. »
« Cuidaré de ellas », le aseguró Sarah. « También esta noche... Especialmente esta
noche. » Esto ultimo era para el beneficio de las chicas. Sarah estaba muy al tanto
de las mutuas miradas furtivas intercambiadas entre sus hermanas y los jóvenes
guerrilleros. Las ahuyentó hacia el tosco refugio de ramas de espinos, siempre
entre risitas, que les había hecho construir para ellas y Sarah misma se sitúo
frente a la puerta.
« Estas afiladas espinas mantendrán a un león come hombres alejado, Kufela », le
dijo a Craig, « pero no se si funcionaran con un muchacho con picazón y una
muchacha lista para rascarlo... Creo que esta noche dormiré poco. »
Finalmente Craig durmió poco también. Tuvo los sueños otra vez. Los mismos que casi
lo llevaron a la locura durante la larga y lenta convalecencia después de la
perdida de la pierna en el campo minado. Estaba atrapado en el sueño, incapaz de
escapar a la consciencia, hasta que Sarah lo sacudió para despertarlo, y cuando
volvió en si, temblaba tan fuerte que le castañeteaban los dientes y tenia la
camisa toda húmeda de sudor.
Sarah entendió. Compasivamente, se sentó junto a el y le sostuvo la mano hasta que
le paso el temblor, y luego charlaron toda la noche, susurrando para no molestar a

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
los otros. Hablaron de Tungata y de Sally-Anne, y de lo que cada uno de ellos
quería de la vida y de sus posibilidades de obtenerlo.
« Cuando me case con el camarada ministro, podré hablar por todas las mujeres
matabeles. Ellas han sido tratadas demasiado tiempo por sus hombres como objetos.
Todavía hoy una enfermera entrenada y maestra debe comer en el fogón de las
mujeres. Después de esta, habrá otra campaña que combatir, una pelea para ganar
para las mujeres de mi tribu el derecho y el respeto que se merecen. »
Craig sintió una gran simpatía y consideración por Sarah. Era justamente la mujer
adecuada para un hombre como Tungata Zebiwe.
Mientras conversaban, pudo dominare el temor por el mañana, y la noche paso tan
rápidamente que se sorprendió cuando miro su reloj.
« Las cuatro, es hora de moverse », susurro. « Gracias, Sarah. No soy un hombre de
coraje, y necesito tu ayuda. »
La muchacha se levanto ágilmente y permaneció por un instante mirándolo. « No te
haces justicia: yo creo que tu eres un hombre muy corajudo », dijo dulcemente.
Después se fue a despertar a las hermanas.

El sol estaba alto, y Craig estaba acostado en una hendidura entre dos grandes
rocas negras pulidas por las aguas, sobre la otra orilla del río. El Kalashnikov
apoyado frente a el, cubriendo el cauce y la orilla opuesta a ambos lados del
puente de madera. El había contado los pasos de distancia, un centenar de metros:
no cabía la posibilidad de errar el tiro.
« Por favor que no sea necesario », pensó, y verifico una vez mas las posiciones de
todos. Había un grupo de cuatro guerrilleros bajo el puente, semidesnudos. Aunque
lo