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la moral cristiana sobre la sociedad

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LA MORAL CRISTIANA SOBRE LA SOCIEDAD: FUNDAMENTOS, OBJETIVOS Y PRINCIPIOS 1.

Moral social y moral personal Entre los cristianos tiene una gran importancia la conducta personal y casi todo se hace depender del esfuerzo individual. Sin embargo, las modernas ciencias sociales aportan una matización a esta visión de la conducta humana. La visión liberal del hombre y la sociedad establece una clara separación entre la persona y el orden social: la persona es el sujeto libre y en la medida en que ponga su libertad al servicio de sus propios ideales encontrará su propia realización El orden social es una realidad objetiva y dada de antemano que se constituye en el escenario invariable donde éste se desarrolla. En una consideración cristiana de esta visión antropológica, el orden social es algo que procede de Dios, ante el cual -como don del Creador- al hombre sólo le cabe una actitud de respeto y veneración. La persona es el sujeto capaz de optar por el bien o por el mal, y en esa opción se juega en sentido último su relación con Dios, que no es indiferente ante la conducta de su criatura. Hoy en día, la sociología se ha encargado de estudiar los fenómenos sociales, descubriendo que el grupo social es más que la suma de sus miembros. La sociedad no es un mero conglomerado de individuos, por lo que se puede hablar de una conducta colectiva o comportamiento social. Entre la persona y la sociedad hay una interacción. En la persona actúa la sociedad y deja sobre ella su impronta. Pero la sociedad no subsiste independientemente de los grupos o personas que actúan en ella, como si fuera algo ajena a esos grupos(1). Se podría resumir esa influencia mutua en tres sentencias simultáneas: «la sociedad es un producto humano; la sociedad es una realidad objetiva; el individuo es un producto social»(2). Habría, pues, una ética social junto a la ética personal. Siguiendo a MEHL se podría decir que «mientras que la ética personal tiene por objeto y por contenido la acción que yo ejerzo sobre mi mismo para establecer en mi opción y, de modo más general, en mi estilo de vida un cierto orden que esté en armonía con unos determinados valores, la ética social tendrá por objeto la reflexión crítica sobre las estructuras sociales existentes y la acción colectiva encaminada a la reforma de esas estructuras a o la instauración de unas estructuras nuevas»(3). La ética personal sobrepasa los actos aislados y queda iluminada por una opción fundamental que construye la persona como realidad ética. La moral social, por su parte, tiene por objeto último las estructuras sociales, que son como la forma de ser de una sociedad concreta. Una ética se calificará de de social cuando se refiera al grupo social, a la conducta social y a las estructuras sociales, como realidades cualitativamente diferentes de la persona individual No basta, pues, con atenerse a las acciones individuales con trascendencia interpersonal(4). Sistemáticamente considerado, para delimitar en objeto de la ética social como algo distinto de la ética individual, podríamos exponer los siguientes enunciados:

a) El hombre es al mismo tiempo un ser individual y social. Por esto, los valores han de ser considerados en esa doble vertiente. Sobre la prioridad de un ámbito sobre el otro existen dos teorías: El individuo es una parte de un todo, por lo que se puede instrumentalizar por la comunidad. El individuo es punto de partida, y la comunidad es un mero «puente lógico para poder hablar de relaciones interhumanas en general, las cuales están enmarcadas de un modo u otro en la totalidad»(5). Esta es la postura de los personalistas católicos, como Mounier, de donde ha surgido el principio de subsidiariedad. b) Intersubjetividad y sociabilidad: Un peligro es entender la sociedad como el pequeño círculo de relaciones interpersonales, como la esfera de las amistades y de la camaradería. Pero la sociedad no se reduce al círculo de simpatía, sino que es algo mucho más amplio y objetivado. No obstante, lo que se exige para la intersubjetividad se pide a la vez para la sociabilidad. Ambas se integran: una intersubjetividad no socializada es una nueva forma de egoísmo y una sociedad sin dimensión interpersonal está falta de armonía. Las relaciones personales, en comunión y fidelidad, serán condiciones imprescindibles para evitar una sociedad sin normas o alienada en la utopía irrealizable. Solamente quien quiera el bien del otro será capaz de querer el bien de todos. El amor así entendido saldrá del círculo privado de simpatías y se abrirá a toda la sociedad. c) Sentido de la autonomía de las realidades terreras: Las realidades terrenas son obra de Dios y son sagradas por tanto, sin que Dios necesite “tocarlas”continuamente; Santo Tomás decía que la gracia no anula la naturaleza. Esas realidades terrenas tienen su autonomía, sin que esto signifique que exista oposición entre las cosas del mundo y las cosas de Dios. Cada uno de esos ámbitos necesita del otro para explicarse o darse a conocer. Entre ciencia y moral existen zonas de interdependencia. En cambio, si se absolutiza lo temporal, se deshumaniza. Con la relación entre lo mundano y lo sagrado, sin embargo, se garantiza la unidad y la diversidad, y la consistencia y bondad propias de la naturaleza. d) Los objetivos propios de la moral social podrían ser: De carácter salvífico: La búsqueda de caminos para crear un mundo más habitable. De carácter teológico-cristológico: El cristianismo tiene una dimensión curativa en Cristo. La moral social presenta las dimensiones sociales de la vida humana y cristiana. De carácter eclesial: Como dice el Papa Pío XII la Iglesia ilumina y profundiza en las verdades morales manteniendo intacta la sustancia y las aplica a las condiciones variables de lugares y tiempos. De carácter científico: El compromiso cristiano debe tener en cuenta la realidad desde el análisis de los problemas concretos, utilizando todas las herramientas cognoscitivas para el análisis de la sociedad.

De carácter dialogal: El fomento de la capacidad de dialogo con todos en un intento de crear modelos sociales y de contribuir a la transformación del mundo, manteniendo una distancia crítica respecto de todas las reivindicaciones históricas, unas veces colaborando con ellas y otras en abierta contraposición (Solicitudo rei socialis, 41). De carácter estructural: En este proceso social, el cristiano debe distinguir entre la Iglesia y la sociedad. La Iglesia se presenta como modelo imperfecto de fraternidad universal, como un anticipo del Reino; sin que se puedan confundir Iglesia, sociedad y Reino de Dios(6). 2. Fundamentación de la moral social 2.1. Factores nuevos para una moral social fundamental Antes el hecho social lo componía la suma de individuos. Hoy el hecho social constituye una realidad original con respecto a los individuos. Esa originalidad proviene de la importancia que tienen las estructuras y las instituciones como mediación e influencia en la relación entre individuos. La persona se comprende hoy en un nivel personalista más que individualista. Pero también existe un paradigma nuevo, el que Fritjol Capra ha llamado “revolución blanda”. Es revolución porque está constituida por cambios radicales: cambios del sistema económico internacional, en la distribución de la riqueza, en el reparto de la pobreza, la degradación del medioambiente etc. Y es blanda porque intenta minimizar la violencia y conflictividad que llevan consigo esos cambios (1). 2.1.1. Comprensión actual del fenómeno de la moral social La moral atraviesa en determinadas épocas por momentos de mayor aceptación o de crisis. Pero desde mediados del siglo XX se ha puesto en cuestión a la vez los comportamientos morales y su legitimación. Han surgido nuevos problemas comunes a la humanidad que requieren de nuevos instrumentos teóricos para solucionarlos: igualdad de todos los hombres, supervivencia de la humanidad, desnivel en el desarrollo de los países, el destino del desarrollo tecnológico. Todo esto no ha acabado con la moral; más bien unos comportamientos han desaparecido y han surgido otros, como el capitalismo avanzado e intervensionista y la difusión de los medios de comunicación de masas. Todo ello obliga a elaborar una teología moral social. En primer lugar, hay un creciente interés por la moral y se han relanzado actitudes como el “escándalo”, no sólo ante hechos que se consideran intolerables, sino ante la relativización de las normas. Surge también la actitud de la “indignación”, como reacción más grave que el escándalo, pues no sólo rechaza la trasgresión sino que reafirma los valores ofendidos. Junto a estas actitudes que manifiestan la permanencia del sentimiento moral, la renovación de la moral social es más comprensible, si se cuenta además con los nuevos movimientos

de tipo cultural, económico, político, social y religioso que han surgido últimamente -siempre que éstos sean sinceros-. En efecto, la mera presencia de esos movimientos revela ya que en el mundo reina la injusticia, y confirma a la vez la permanencia del sentimiento moral y su concreción práctica. En segundo lugar, para construir la respuesta a la emergente instancia moral, se puede seguir un camino corto (elaborar una respuesta moral desde las indicaciones que surgen del mismo interrogante) u otro largo (afrontar toda la problemática de la instancia moral con el objeto de comprenderla, conociendo su origen e historia) (2). 2.1.2. Raíces de la problemática moral actual En la época moderna el lugar de la moral está entre individuo y sociedad. La moral constituye una instancia crítica enfrente de la sociedad y del horizonte mundano, en cuanto deja al descubierto las pretensiones totalizantes; y el lugar de esa instancia crítica es la relación individuo-sociedad. El origen actual en la tarea de la construcción de la moral debe remontarse a la filosofía moderna, principalmente con Kant, donde el sujeto ocupa la centralidad absoluta, porque se impone a sí mismo la ley moral. La subjetividad será el lugar de la moral, apareciendo la relación con los otros como problemática. Lo positivo estará en el individuo, lo negativo en la sociedad. La complejidad de la época moderna consiste en observar como el sujeto tiende a ser el centro de la realidad; pero a la vez esa conquista del sujeto aparece fuertemente comprometida por el efectivo desarrollo de la sociedad moderna. Hoy en Occidente ocupa un lugar peculiar el nacimiento y la evolución de las democracias y la potenciación de los nacionalismos, con el grave peligro de desmembramiento de las naciones. La moral social cristiana debe prestar atención a todos estos acontecimientos, situándose en una cierta tensión entre la doctrina religiosa y el pensamiento secular (3). 2.1.3. Proceso fenomenológico de la experiencia moral de la sociedad Para construir la moral social es necesario comprender el fenómeno moral actual y sus raíces. En el fundamento de dicha moral se encontrará, a su vez, el fundamento de toda la moral y de la moral de la persona que mira a la sociedad. En el proceso fenomenológico de la experiencia moral en su vertiente social ha de considerarse los siguientes estadios (4): En la experiencia moral del hecho social se dan unas implicaciones: sociales, personales, familiares, institucionales, etc. En la experiencia moral del hecho social se dan unas implicaciones: sociales, personales, familiares, institucionales, etc.

Se debe considerar seriamente la reconstrucción de las bases de la convivencia civil y del desarrollo económico. En toda experiencia moral el sujeto quiere ser reconocido como tal. En la experiencia moral el propio sujeto se esfuerza por actualizar su propio conocimiento íntimo en el reconocimiento de los demás sujetos. En la experiencia moral debe aparecer el compromiso individual y colectivo y su consecuente responsabilidad. En la experiencia moral debe tenerse en cuenta su historicidad, su proceso. 2.1.4. Líneas fundamentales de la moral social Frente a una concepción filosófica que entiende al hombre como un instrumento (Hobbes, Locke y Rousseau), la ética cristiana asume la concepción del hombre como un valor incondicional y absoluto frente a todos los totalitarismos. El hombre es la realización de sus capacidades, es un ser esencialmente llamado a la comunión y al diálogo, y, como dice la Gaudium et Spes, es «el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social» (GS, 63). Éstas podrían ser las líneas fundamentales de la moral de la sociedad (5): La relación social es imprescindible para que el hombre se conozca a sí mismo. Sin los demás, el hombre desconoce su propia personalidad. Bíblicamente el hombre se presenta como llamado a la comunión y compañía de Dios, de los demás y del cosmos. La relación social es en sí mismo buena. Para que las relaciones humanas no sean alienantes deber ser interpersonales, es decir, un ser humano no puede ser utilizado para dominar a otro. El deseo profundo del hombre es que los demás le reconozcan como alguien. En la relación social nace el conflicto tanto personal como social, bien cuando se anula la subjetividad y el reconocimiento del otro en favor de la eficacia, bien cuando se anula la eficacia en favor de la subjetividad, bien cuando se piensa que uno necesita más que los otros, o bien cuando los medios son insuficientes para satisfacer las necesidades creadas. El camino hacia el fundamento del hombre es el camino hacia su realidad; en definitiva, es el camino hacia la realidad trascendente, hacia Dios. Dios viene en una forma nueva a la historia y se encuentra en la realización práctica e histórica. El hombre, así, se encuentra proyectado hacia el otro y hacia la historia; es protagonista de una historia que en parte es obra suya y en parte le trasciende, que debe asumir como memoria y como utopía.

2.2. Opción por la justicia y la libertad En efecto, todo lo considerado hasta ahora podría sintetizarse en dar respuesta a una doble aspiración humana: el anhelo de libertad y el de igualdad. Llegar a la conciencia de ambas aspiraciones fue lento, pero mucho más lento es la conquista efectiva de esa libertad e igualdad. A esto se añade que no se entiende de la misma manera lo que significa ambos conceptos. Las primeras manifestaciones a favor de la libertad del hombre se produjeron en un ambiente liberal-individualista, con el fin de poner al individuo a salvo del poder creciente del Estado, que es una amenaza para las personas. Se llama, por tanto, libertad- resistencia. Es necesario delimitar los ámbitos del Estado y del individuo. Para que el Estado y las personas se reconcilien es necesaria la aparición de la sociedad y la conciencia de la misma. Las personas son actores de la misma y el concepto de libertad adquiere tintes positivos. Junto a la libertad, la humanidad también ha ido entendiendo que somos iguales por naturaleza, y la libertad sirve de expresión de esa igualdad. Pero el ejercicio de la libertad es diferente y, por ende, existen desigualdades. La toma de conciencia de la igualdad humana radical y natural se proyecta como meta y promueve, a su vez, una exigencia de justicia, propia de nuestro mundo. Libertad y justicia, por otra parte, parecen autoexcluirse. La libertad tiende con su ejercicio a discriminar a unos frente a otros; La igualdad parece enfrentarse en muchas ocasiones con las libertades individuales. Y sin embargo, no podemos renunciar a ninguno de esos valores. El equilibrio entre la igualdad y la libertad se sitúa en la ética. Por un lado, la ética deberá reafirmar esos valores supremos, explicar su contenido y sus exigencias, pero a la vez buscará permanentemente el equilibrio entre ellos a lo largo de los diferentes momentos históricos. En la justicia va implícita la aspiración por la igualdad. La libertad postula el derecho y el deber de todos a participar en la construcción y el mantenimiento de un orden capaz de garantizar esa igualdad. Ambas -libertad e igualdad- deben implicarse mutuamente, sin exclusiones. Dadas las dificultades de armonización ésta será siempre una tarea imperfecta, llamada a su superación continua (6). 3. Principios fundamentales de la ética social cristiana Los principios se refieren a las proposiciones o criterios doctrinales que orientan toda la moral social desde una visión cristiana del hombre y de la sociedad. Tienen carácter teórico, práctico y validez universal. Son teóricos porque recogen conceptos que desde un análisis filosófico y teológico tratan de explicar la realidad del hombre y de la sociedad. Son prácticos porque impulsan a la construcción de un orden social más acorde con la visión cristiana de la sociedad. Y tienen validez universal en la medida que expresan pilares del orden moral natural o verdades de fe, aunque su formulación pueda variar según las circunstancias (1). 3.1 Principio de la dignidad sagrada de la persona humana

La dignidad de la persona humana radica en que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y en que hemos sido elevados a un fin sobrenatural que trasciende esta vida. El hombre entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad son el centro de todas las explicaciones de la persona humana, cuyo desarrollo condiciona a la sociedad misma. El hombre debe desarrollar esta dignidad sustancial durante su existencia individual y social a través de su inteligencia, de la conciencia moral, de la sabiduría que profundiza en la verdad de las cosas, de la libertad y de la responsabilidad. La dignidad de la persona humana se expresa en los derechos fundamentales del hombre y en su reconocimiento social. Propiamente el hombre es el único titular de los llamados derechos fundamentales. Los principales derechos humanos son: el derecho a la vida, el derecho de libertad religiosa, el de participación en la vida social (libertad de dar y recibir educación, libertad de expresión, de asociación, etc.) y en la vida económica (derecho a la iniciativa económica, al sustento necesario, a la superación de la pobreza individual y colectiva, etc.) (2). 3.2. Principio de solidaridad La solidaridad es «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Por solidaridad vemos al “otro” (persona, pueblo o nación) como un “semejante” nuestro» (Solicitudo rei socialis, núm 39e). Se reafirma con este principio la relación entre las personas, los grupos sociales y la misma sociedad. Su razón de ser está en la dignidad de la persona humana y en su dimensión comunitaria. Expresa la unión de todos los hombres y convoca a la responsabilidad personal de cada uno: cada persona se hace responsable del bien de los otros. La solidaridad es caridad personal y comunitaria. 3.3. Principio de subsidiariedad Mediante este principio se reconoce como contraria a la estructura social a aquella organización que sofoque la capacidad responsable y creativa de los individuos y de los grupos intermedios. Pretende, por tanto, incentivar la participación de los individuos y de los organismos intermedios, para evitar un centralismo estatal sofocante. Por este principio se declara ilícito e injusto traspasar a la comunidad y quitar a los individuos o grupos menores lo que ellos puedan realizar por su propio esfuerzo e iniciativa. La subsidiariedad complementa a la solidaridad e impide que los individuos y grupos intermedios pierdan su legítima autonomía (Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe Libertatis conscientia (1986), núm. 73) 3.4. Principio del bien común

Es «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et Spes, núm. 26). Es superior al interés privado, está unido inseparablemente al bien de la persona humana y compromete a los poderes públicos. Tiene un doble sentido. En primer lugar indica la apertura de las personas y los grupos a los intereses generales. Y en segundo lugar, señala el conjunto de indicaciones generales para que las personas y los grupos sociales puedan desarrollarse integralmente. 3.5. Principio de la unidad del género humano La única sociedad perfecta es la humanidad entera, cuya vocación es darse continuamente. Existe una interdependencia humana, reforzada por la interdependencia económica y política. «Ningún país puede, separado de los otros, atender como es debido a su provecho y alcanzar de manera completa su perfeccionamiento» (Pacem in terris, núm. 131) (3). 3.6. Principio del destino universal de los bienes Todos los hombres tienen el derecho primario a usar de todos los medios disponibles para la vida. El derecho de propiedad, aunque sea legítimo, se subordina a este principio. El verdadero derecho natural y fundamental no es el de propiedad, sino el del destino universal de los bienes. Por eso, dice la Gaudium et Spes que el propietario «no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás (núm. 69). Por tanto, las autoridades y los particulares deben arbitrar medidas que faciliten la distribución real de los bienes. La propiedad privada no es, en efecto, un derecho absoluto e incondicionado; por el contrario, el bien común puede exigir la expropiación y la reforma de la propiedad (4). 4. Especificidad de la ética social cristiana 4.1. Ética social cristiana La ética social está llamada a construir modelos sociales. Y esto sólo será posible en la medida en que esos modelos sean compartidos por muchos. Esto exige capacidad de diálogo y claridad de ideas. Así la ética social de los cristianos podrá contribuir a la transformación del mundo. En medio de muy variadas mentalidades e ideologías, la aportación cristiana debe situarse en la tensión insuperable entre historia y Reino de Dios. La sociedad es un proceso dinámico que apunta a un sentido último: el Reino de Dios, que sin estar plenamente al

alcance humano, sirve de guía y criterio para discernir hacia donde queremos dirigir la historia de la humanidad. En este ambiente el cristiano mantendrá distancias críticas respecto de todas las realizaciones históricas, colaborando en lo que pueda con ellas. A veces se producirán rupturas graves, pues parecerá que las cosas se han torcido y se ha quebrado abiertamente el dinamismo que conduce al reino de Dios Pero el cristiano siempre actúa en la Iglesia. La Iglesia se inserta en el mundo, pero no se identifica con el mundo ni es coextensiva con él. Ella se ofrece como modelo anticipado e imperfecto de fraternidad universal en que los hombres nos reconocemos hijos de un mismo Padre (1). 4.2. Las peculiaridades de la ética social cristiana No existen, pues, contenidos éticos-sociales concretos específicamente cristianos; pero los cristianos si tenemos algo que aportar a la construcción de la justicia social desde la peculiaridad de nuestra fe. El cristianismo proyecta su estilo ético sobre la realidad social. La ética social de los cristianos se configura mediante los rasgos siguientes: No es una alternativa a la racionalidad ética de los humano. Del Evangelio no se puede deducir un proyecto de realización intrahumana que pueda ser y denominarse “cristiano” que supla la racionalidad de los humano. «Los proyectos históricos del cristiano son tan relativos y fragmentarios como los de otros. Busca, como todos los movimientos de liberación, sirviéndose de las ciencias humanas e históricas, consciente de que no existe ningún proyecto histórico capaz de anular a todos los demás: No pretende poder conseguir él solo la realización de una sociedad perfecta en la historia, cosa que llevaría al integrismo, a la intolerancia y a la consagración de un poder absoluto. Admite la limitación de todo proyecto» (2). El creyente, mediante la proclamación de su compromiso ético, debe de huir de la doble tentación de la “retirada al ghetto” y del “colonialismo imperialista”. El que el Evangelio no proponga una “alternativa” específicamente cristiana no significa que no tenga cabida un ethos cristiano. El compromiso del cristiano procede de un elemento que está más allá de la ética, procede de la fe. Ese compromiso intrahumano y plenamente autónomo no disuelve la fe. El modo de actuar del compromiso ético cristiano puede concretarse en tres formas de actuación: Reconociendo los auténticos valores humanos que van haciendo su aparición en las diversas situaciones históricas de la esperanza humana.

Rechazando los contravalores humanos aunque éstos se presente revestidos como verdaderos valores. Proponiendo utopías globales que, formuladas como principios activos de esperanza escatológica, comporten y se comprometan en la auténtica liberación humana (3). En conclusión: Iglesia, sociedad y Reino de Dios no se identifican, pero ello no obstaculiza a que la Iglesia aspire a ser en verdad realización práctica, aunque siempre imperfecta, del Reino de Dios ya iniciado, y pretenda humildemente hacer de la sociedad un lugar de salvación, atrayendo a todos los pueblos al banquete del Reino. 4.3. Partes de la moral social Nosotros vamos a desarrollar los distintos temas de la moral social, agrupados en cuatro grandes bloques: a) Moral sobre diversos aspectos sociales: la cuestión demográfica, las revoluciones científico técnicas y las modernas tecnologías, la cuestión ecológica y la cuestión de la persona en relación con la sociedad (familia, mujer, jóvenes y ancianos). b) Moral de la cultura: Las relaciones fe y cultura, la educación y los medios de comunicación social. c) Moral de la economía: relaciones entre economía y ética, finalidades de la economía, el trabajo humano, la propiedad, la empresa, el mercado, los sindicatos, la intervención del Estado en la economía, la dimensión internacional de la economía y el desarrollo de los pueblos. d) Moral de la política: relaciones entre ética y política, la comunidad política, el compromiso político del cristiano, la comunidad internacional y la ética de la guerra y de la paz.

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