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INTIMIDAD DIVINA - Meditaciones para Cuaresma y Semana Santa

INTIMIDAD DIVINA - Meditaciones para Cuaresma y Semana Santa

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Meditaciones para cada día de la Cuaresma y Semana Santa.
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«¡Oh Cristo, que padeciste por nosotros y
nos dejaste ejemplo para que siguiéramos tus
pasos!» (1 Pe 2, 21).
1.— «Yo, como cordero manso, llevado al matadero,
no sabía los planes homicidas que contra mí
planeaban: "Talemos el árbol en su lozanía,
arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se
pronuncie más"» (Jer 11, 19). Jeremías, buscado a

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muerte por sus conciudadanos, es figura de Cristo
perseguido, «el Cordero de Dios» —como un día le
saludaría el Bautista— conducido al matadero para
quitar los pecados del mundo (Jn 1, 29). Pero
mientras Jeremías ignora la conjura que contra él se
trama, Cristo conoce perfectamente la que se trama
contra él. La pasión que le espera no es para él un
imprevisto, sino una libre y consciente inmolación a la
voluntad del Padre: «Nadie me quita la vida, sino que
yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla
y tengo poder para recuperarla: Este mandato he
recibido de mi Padre» (Jn 10, 18). Con estos sentimien-
tos va Jesús al encuentro de su pasión, y se ofrece a
ella como un cordero manso que no recalcitra, que no
se niega. Su padecer es mucho más que un sufrir pasi-
vo: es una aceptación espontánea, amorosa, fundada
en el conocimiento de la resurrección. Y sin embargo,
es un padecimiento real que le atormenta el espíritu y
los miembros.
El Hijo de Dios ha venido al mundo y ha salvado a los
hombres asumiendo su naturaleza pasible, con la que
ha expiado sus pecados y ha santificado, sufriendo,
todo el dolor de la humanidad. Para encontrarse con él,
los hombres deben, a su vez, aceptar el padecimiento.
Pero el padecer del cristiano no puede resolverse en
una paciencia resignada, algo así como forzada
porque no se puede evitar. A imitación de la de Cristo,
la paciencia cristiana es una libre aceptación de lo que
en la vida crucifica, en amorosa conformidad con la
voluntad de Dios. Por medio de esta adhesión
voluntaria, el cristiano se asemeja a Cristo paciente, y
su padecer se hace participación en el misterio de
Cristo. La paciencia, así entendida, no envilece al
hombre, no le convierte en esclavo de situaciones

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dolorosas de las que no sabe o no puede liberarse,
sino que le hace capaz de abrazar voluntariamente
todo el sufrimiento que Dios permite en su vida, con
una positiva disposición de amor, de unión a Cristo
crucificado y resucitado.
2. — «Estad alegres cuando compartís los padecimien-
tos de Cristo —dice san Pedro— para que cuando se
manifieste su gloria reboséis de gozo» (1Pe 4, 13). La
conciencia de participar en la pasión del Señor le hace
valiente al cristiano, sereno y hasta alegre en sus tribu-
laciones. No es el suyo un padecer sombrío, desespe-
rado, sino fortalecido e iluminado por la esperanza. Esas
mismas situaciones dolorosas que no tienen una solu-
ción humana, hallan apoyo y explicación en el misterio
de Cristo, el cual une íntimamente a sí a todos cuantos
pasan a través de su pasión. De este modo, el sufri-
miento de los inocentes deja de ser un absurdo, para
convertirse en la semejanza al Inocente crucificado.
Desde esta perspectiva, la paciencia cristiana no es
tanto una virtud moral, cuanto la exigencia de participar
en el misterio de Cristo. El que no entra en el misterio
de su pasión y de su muerte, tampoco entra en el de
su resurrección. Y mientras que la vida eterna será la
plenitud de la resurrección de Cristo, la vida terrena
no es más que su preludio, predominando en ella la
inmersión en el sufrimiento y en la muerte del Señor.
Sin embargo, aun en el tiempo, la resurrección está ya
actualizada en virtud de la vida divina de la que Cristo
hace participar a cuantos fueron bautizados en su
muerte y a ella se asemejaron.
La paciencia se aprende fijando la mirada en el Pa-
ciente divino: «El no cometió pecado ni encontraron en-
gaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el

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insulto; en su pasión no profería amenazas... Cargado
con nuestros pecados subió al leño» (1Pe 2, 22-24). Si
los pecados del hombre atormentaron a Cristo inocente,
no hay injusticia alguna en que muerdan al culpable de
los mismos. Mirando al Crucificado, ningún hombre
puede pensar que se halla solo en su padecer; Cristo
sufrió en sí mismo todas las amarguras, todas las
angustias, todas las congojas, para hacérselas al
hombre menos ásperas y para darle alientos en sus
tribulaciones. Fortalecido con el ejemplo y con la
gracia de Cristo, sostenido por el amor a él, el
cristiano aprende a vivir su propio sufrimiento personal
sin abatirse, y aprende a ofrecerlo por la salvación de
los hermanos, como humilde aportación a la obra
redentora. «Completo en mi carne los dolores de
Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col
1, 24).

He fijado en ti la mirada, ¡oh Cristo crucificado!, te he visto
ofrecerte como víctima al Padre por las almas, y reconcentrándome en
esta amplia visión de tu caridad, he comprendido la pasión de amor
que tu alma sufrió y quiero entregarme como tú lo hiciste.
¡Cuánto me alegra pensar que desde toda la eternidad el Padre
nos conoce y quiere hallar en nosotros tu imagen, oh Cristo crucificado!
¡Oh, cuán necesario es el sufrimiento para que se cumpla en el alma
la obra de Dios! Dios mío, tienes un deseo inmenso de enriquecernos
de tus gracias, pero somos nosotros los que establecemos la medida
en la proporción en que nos dejamos inmolar por ti, inmolar con alegría,
con acción de gracias, como el Maestro, diciendo como él: «El cáliz
que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?». ¡Oh Maestro, la
hora de la pasión tú la llamabas «tu hora», por ella habías venido, ella
era el objeto de todos tus deseos!
Cuando se me presente un gran sufrimiento o un mínimo sacrificio,
quiero pensar inmediatamente que también ha llegado mi hora, la hora
en que me dispongo a dar pruebas de mi amor a ti, Señor, que
«tanto me has amado». (ISABEL DE LA TRINIDAD, Cartas C XII, 272).
¡Oh dulcísimo Jesús, qué pensamientos te indujeron a padecer y
qué inmensa caridad manifestaste en tu pasión! Pero dime, Jesús
mío, ¿no podías haber redimido al hombre y haber salvado mi alma sin
tanto exceso de amor, con sufrimientos más suaves y con afecto más

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moderado? ¡Oh dolores inefables de mi Señor, oh amor constante,
invencible, incomprensible! Jesús mío, ¿cuándo podré yo devolverte
tanto amor como te debo y deseo tenerte?
Ciertamente será necesario que de aquí en adelante, viviendo,
muera continuamente... y sin embargo, por mucho que sea lo que yo
padezca en esta vida, nunca será tanto como mis culpas merecen.
Antes bien, ésta es la cruz de todas las cruces, el dolor de todos los
dolores: ¡haberte ofendido, Dios mío!
Jesús, mi único amor, no me abandones; trátame en esta vida
como te plazca y envíame las cruces que quieras: heme aquí
resignado totalmente a tu voluntad. Sólo te pido que no permitas que
me separe de tu gracia por el pecado. (BEATO ENRIQUE SUSON,
Diálogo del amor, V, VI, XVII).

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