Adiós

Por J. Daniel García
“A veces llega un momento en que te haces viejo de repente sin arrugas en la frente pero con ganas de morir” Celtas Cortos, “La senda del tiempo”

800 d.c Noto el aire salino. Mis labios, acostumbrados al salitre y a la sangre degustan lo que queda de noche mientras nuestro drakar se acerca lentamente a la costa. Existe, tenían razón, hay tierra en el oeste y por fin he podido venir a verla, a luchar y a morir con honor. Mis cabellos ondean al viento mientras aferro con fuerza el hacha de mi padre. Soy Hakon hijo de Ivar y vengo a esta tierra a reclamar un hueco en el palacio de Odín. El Valhala me espera en esas tierras y no pienso rechazarlo. Las muertes abrirán mi camino y te las ofreceré Odin, Cuervo de la tormenta. El amuleto de mi padre me protegerá para que mi muerte no sea ignorada y canten los poetas mis hazañas.

1718 d.c. Suenan. Las miles de patas suenan en el suelo, en las paredes, en mi cabeza. Las noto venir, acercarse y cuchichear. El Thamesis hace crujir las barcas y veo surgir ante mi dos ojos que me miran en las tinieblas, amarillos, profundos. La luna intenta hacerse ver entre las eternas nubes que reinan sobre los edificios, aunque yo no estoy seguro de querer más luz. El sudor baja por mis mejillas y caen sobre el papel arrugado en el que me hace escribir. No quiero seguir, no puedo seguir, pero no me deja parar. Espero que nunca nadie lea esta aberración, esta locura que consumirá a quién ose posar sus ojos en ella. Mi pie ya se ha podrido y me voy consumiendo poco a poco. ¡Maldigo el día en que encontré esa maldita piedra! 1815 d.c. Anochece. Es mi hora, es mi día. La noche de difuntos, hoy la conoceré. Es la luz que guía mis pasos y por eso, en la noche más profunda, la veré, la seguiré y nos amaremos como nunca nadie ha osado ni tan siquiera imaginar. Mi espada, mi capa y mi pluma estarán a sus pies. Huiremos, lejos, muy lejos. A tierras que los celtas reclamaron como suyas hace mucho y crearemos un hogar, un país, en el que crecerá nuestra familia. Ella todavía no sabe quién soy, pero seguro que con el tiempo llegará a amarme. Ahora se agita dentro del saco, lucha contra lo inevitable, pero dentro de poco, cuando el veneno haga efecto estará conmigo para siempre, y todo se lo debo a él, a todo lo que me enseñó con su libro y a este querido regalo que guardo colgado en mi pecho. 2008 d.c. ¡A ver, Juan ven aquí! ¡Andrea! Estudiantes, venid que os tengo que explicar esto un momento y luego nos volvemos al hotel. Esto que veis aquí es un petrogrifo, una especie de escultura prehistórica que no tenemos muy claro para qué se utilizaba, pero que es motivo de estudio dado que a veces representan figuras antropomórficas y… -¿Antropoqué…? Profe no nos enteramos de na. - Bueno, da igual. El caso es que es arte prehistórico que aquí en Galicia se dio con mucha profusión… Abundancia… ¡Vamos que se dio mucho! - ¿Sólo en Galicia? - Pues no, hay más caso y uno muy raro. Pues también se da en un pueblo de Murcia, en Yecla. - Profe, ¿es normal esa niebla que se está levantando detrás de aquellas rocas… Se ve como una sombra, lleva un libro en la mano…

2013 d.c. Las notas de su guitarra se caen de la cortina, lentamente. Andrés abre los ojos, está en una habitación de hostal, bueno así lo llaman aquí, en otros sitios no pasaría de pensión. Es un lugar algo rancio, con decoración que tuvo que ser lujosa en su momento, pero que los años no han tratado muy bien y menos el carácter hosco de sus dueños. Ayer vino a acompañar a un amigo y se quedaron hasta muy tarde hablando, bebiendo, riendo y tocando. Hoy, con un velo de resaca, viene el dueño del hostal a decirle que se tiene que ir, que ayer llamó a la policía pero que no hubo manera de entrar en la habitación, que si sinvergüenza, que si borracho… Andrés no responde, entra en la habitación, se ducha, agarra su guitarra y el alma que tenía bajo el colchón planchándose y se va del antro. Es extraño, el día es frío, el aire corta la piel pero no siente nada. Hace tiempo que dejó de sentir, pero algo siempre quedaba. Hoy no, no hay nada ya, su amor ha dejado de ser invierno y ha pasado a no ser. En su conciencia, la de la historia, está la conciencia de muchos, la memoria de los olvidados que pugnan por salir, pero no puede ser así. Ha de ser aquí, en Yecla, aquí nació y aquí debe morir. Lo sabe, ha sido un largo viaje, muchas aventuras, música, mujeres, alcohol y literatura; pero ya no hay más allá. Se sienta en el banco del parque, el Parque de las Palomas, y las mira, mientras ellas, con sus ojos descarnados observan su interior, su vacío, y el horror de la sinrazón. No hay más allá. Sentado en el parque observa a los niños jugar mientras yo me coloco tras él, saco mi 9mm, le devuelvo su libro, su amuleto y le digo adiós.

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