@lourdesdomenech

ramos jóvenes y estábamos deseosos de emular a aquellos escritores que leíamos vampíricamente. Vivíamos recordando sus gestas y saboreando el fluido de sus textos. Aquella noche del 31 de octubre nos habíamos reunido en la casa de campo de un amigo, con el firme propósito de repetir el mismo reto que protagonizaron en 1816 Byron, Polidori y Mary Shelley, en villa Diodati. En aquella ocasión, para matar el aburrimiento por no poder salir de la mansión a causa del mal tiempo, el poeta y sus invitados se plantearon el reto de escribir historias de terror, en el menor tiempo posible. Shelley dio a luz a su adorable Frankenstein y Polidori, al personaje del vampiro, que años más tarde inspiraría al Drácula de Bram Stoker. Ninguno de nosotros gozaba del talento de los insignes amigos de Byron, pero nada impidió que nos lanzáramos a la aventura de inventar cuentos al calor de la lumbre. Fue una noche terrorífica, porque a medida que se iban sucediendo las historias, se hacía más perceptible el crujir de los muebles y se iba acomodando el miedo en nuestra imaginación. No puedo recordarlas todas, porque los años han pasado y mi memoria se resiente, pero sí hubo una que no he olvidado…

C

omo todos los años, el día 31 de octubre,

apareció publicado un misterioso anuncio en el periódico local: “Cuando se apague la luz del crepúsculo y la noche teja su manto, te espero al pie del ciprés”. Durante años, nadie se interesó por él. Pero ese día fue distinto. A Cora y a Frank, a quienes les unía una relación sentimental algo tortuosa, les despertó la curiosidad. Había en el mensaje algo que llamó su atención: un romanticismo que quedaba muy alejado del trato que se dispensaban desde hacía tiempo. Si bien es verdad que nada sospecharon, decidieron acudir furtivamente a la cita y ser testigos del misterioso encuentro. El ciprés no podía ser otro que el vetusto árbol del cementerio que se alzaba como punta de lanza hacia el inmenso cielo. Agazapados detrás del panteón de un ilustre escritor local, se dispusieron a esperar. El silencio pesaba como una losa y la humedad del mar subía por el acantilado hasta impregnar la tierra. La noche era cerrada. Nada se veía. Se cogieron de la mano con fuerza y acercaron sus mejillas buscando el calor del otro. A cambio, un leve escalofrío recorrió sus cuerpos. Aunque se miraron, nada vieron, nada dijeron, pues un intenso y desagradable olor nubló sus sentidos y ambos cayeron en un profundo sueño. Se había apoderado de ellos la maldición. De repente, se levantaron fuertes corrientes de aire. Las hojas empezaron a rasgar el mármol de las tumbas y un silbido inarmónico anunció la aparición de un ser etéreo que corrió a posarse al pie del ciprés. Su voz no dejaba de emitir un tenue quejido, un grito ahogado de reclamo y desesperación. La tenue luz que desprendía dejaba ver cómo rodeaba insistentemente el tronco centenario y dibujaba mensajes en el aire que inmediatamente desaparecían. Eran palabras de amor. Cuando la bóveda del cielo parecía a punto de abrir sus puertas, hizo su entrada una maravillosa joven de cuerpo translúcido. Como en una danza, sus pasos se movían al ritmo del canto de su enamorado. Sin poder separarse del tronco, éste veía cómo ella se aproximaba, al mismo tiempo que la luz del día anunciaba su desaparición. Otro año más, la cita hubiera sido infructuosa, si no hubiera sido porque ocurrió algo inaudito. Una espesa nube se posó delante del sol y eclipsó la aurora el tiempo suficiente para que los amantes eternos se fundieran en un inseparable abrazo. Al instante, sus cuerpos se materializaron al pie del ciprés. Con la luz del día, se oyeron ladridos y voces procedentes de la batida de hombres que buscaba desesperadamente a la joven pareja, tras el anuncio de su desaparición la noche anterior. Entre las tumbas, el cancerbero halló las ropas de Cora y de Frank. Nada dijo, pero en su fuero interno, el viejo no tuvo ninguna duda: los amantes vivirían separados durante años, quizá siglos, a la espera de que una Noche de Difuntos una nube demorara la llegada del día.

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